Magnetismo: Guy de Maupassant


Magnetismo (Magnétisme) es un relato de terror del escritor francés Guy de Maupassant, publicado en 1882.

En este cuento, Guy de Maupassant explora las inquietantes posibilidades del magnetismo, un arte que fue muy popular en su tiempo.





Magnetismo.
Magnétisme, Guy de Maupassant (1850-1893)

Era el final de una cena de hombres, la hora de los interminables puros e incesantes pequeñas copas, entre el humo y el entumecimiento de las digestiones, en el ligero desorden de la cabeza después de tantas carnes y licores absorbidos y mezclados.

Se comenzó a hablar de magnetismo, de los trucos de Donato y de las experiencias de doctor Charcot. De repente, esos hombres escépticos, agradables e indiferentes a toda religión se pusieron a relatar hechos extraños, historias increíbles pero probadas, afirmaban; volvían a caer bruscamente en creencias supersticiosas, señalándolas como maravillosas, convertidos en devotos de este misterio del magnetismo, defendiéndolo en nombre de la ciencia.

El único que sonreía era un vigoroso muchacho, gran perseguidor de muchachas y cazador de mujeres, que exhibía una incredulidad de todo, tan grande que ni siquiera admitía el debate. Repetía con desprecio:

—¡Bromas! ¡Bromas! ¡Bromas! No discutamos de Donato, que es simplemente un muy astuto hacedor de trucos. En cuanto al señor Charcot, que dice ser un notable científico, me da la impresión de ser uno de esos narradores al estilo de Edgar Poe, que terminan locos a fuerza de reflexionar sobre extraños casos de locura. Ha constatado fenómenos nerviosos inexplicados y aún inexplicables, va tras lo desconocido que explora cada día, y al no poder siempre entender lo que ve, quizá recuerda demasiado las explicaciones eclesiásticas de los misterios. Y por lo tanto quiero proponer que se hable de cualquier otra cosa que eso que ustedes reiteran.

Hubo en torno al incrédulo una especie de movimiento de piedad, como ante un blasfemo en una asamblea de monjes. Uno de estos señores expresó:

—Milagros hubo antes.
Pero el otro respondió:
—Lo niego. ¿Por qué ya no los hay?

Entonces cada uno aportó un hecho, presentimientos fantásticos, comunicaciones de almas a través de amplios espacios, influencias secretas de un ser sobre otro. Se afirmaron y se declararon hechos incuestionables, mientras el negador encarnizado repetía:

—¡Bromas! ¡Bromas! ¡Bromas!
Al final se levantó, apagó su puro y metió las manos en los bolsillos.
—Bien, yo también hablaré. Voy a contarles dos historias, y luego las explicaré. Ahí las tienen.

En el pequeño pueblo de Étretat, los hombres —todos marineros— van cada año al banco de Terranova a pescar el bacalao. Ahora bien, una noche, el hijo de uno de estos marineros despertó sobresaltado y gritando que "su papá había muerto en el mar". Calmaron al chaval, que despertó de nuevo gritando que "su papá había muerto". Un mes después supieron en efecto de la muerte del padre, arrancado del puente por un golpe de mar. La viuda recordó que su hijo había despertado. Gritaron, ¡Milagro! Todo el mundo se conmovió, se compararon las fechas y se encontró que el accidente y el sueño habían coincidido, aproximadamente; de donde se concluyó que habían sucedido la misma noche y a la misma hora. He aquí un misterio de magnetismo.

El narrador se detuvo. Entonces uno de los oyentes, muy emocionado, preguntó:
—Y usted, ¿cómo lo explica?
—Perfectamente, caballero, encontré el secreto. El hecho me había sorprendido e incluso vivamente desconcertado; pero yo, sabe, no creo por principio. Así como otros comienzan por creer, yo comienzo por dudar; y cuando no lo comprendo de ninguna manera sigo negando toda comunicación telepática de las almas, seguro de que mi sola penetración es suficiente. Bien, busqué y busqué, y terminé, a fuerza de interrogar a todas las mujeres de los marineros ausentes, de convencerme de que no pasaban ocho días sin que alguna de ellas o alguno de los hijos soñara, y anunciara al despertar que "su papá había muerto en el mar". El horrible y constante temor a este accidente hacía que ellos hablaran siempre de él, que pensaran en él sin cesar. Ahora bien, si una de estas frecuentes predicciones coincidía por simple casualidad con una muerte, de inmediato gritaban el milagro, y se olvidaban de repente de todos los demás sueños, de todos los demás presagios, de todas las otras profecías que permanecían sin confirmación. Por mi parte he entrevistado a más de cincuenta personas cuyos sueños, ocho días más tarde, ya no recordaban. Pero si el hombre efectivamente había muerto, la memoria se despertaba de inmediato y se celebraba la intervención de Dios según unos, del magnetismo según otros.

Uno de los fumadores declaró:
—Es bastante justo lo que nos ha dicho, pero veamos su segunda historia, ¿sí?
—¡Oh! Mi segunda historia es muy delicada de contar. Me sucedió a mí y por eso no confío en mi propia apreciación. Uno nunca es equitativamente juez y parte. En fin, aquí la tienen.

Había entre mis relaciones mundanas una joven mujer en quien nunca pensaba de ninguna manera, a la que ni siquiera había observado atentamente, nunca le había echado el ojo, como se dice. La clasificaba entre las insignificantes, aunque no era fea; en fin, me parecía que tenía ojos, una nariz, una boca, un cabello cualquiera, toda una fisonomía apagada; era uno de esos seres sobre los que uno ni siquiera se plantea un pensamiento ni por casualidad, ni detenerse, ni un simple deseo. Ahora bien, una noche, cuando escribía unas cartas junto al fuego antes de meterme a la cama, en medio de un aluvión de ideas, de una procesión de imágenes que rozaron mi cerebro mientras permanecía algunos minutos en ensoñación, la pluma en el aire, sentí una especie de suspiro que atravesaba mi espíritu, un ligero estremecimiento de mi corazón y de inmediato, sin razón y sin ninguna secuencia de pensamientos lógicos, vi claramente, como si la tocara, de pies a cabeza y sin ningún velo, a esta joven mujer en quien nunca había pensado más de tres segundos seguidos, apenas el tiempo que su nombre cruzaba mi cabeza. Y de súbito descubrí en ella muchas cualidades que no había observado, un suave encanto, un lánguido atractivo; despertó en mí esa clase de inquietud de amor que le pone a uno tras una mujer. Pero yo no lo pensé mucho tiempo. Me dormí, y dormido soñé.

¿Han tenido estos sueños singulares, verdad, que los convierten en amos de lo imposible, que les abren puertas insuperables, que les brindan alegrías inesperadas, de brazos impenetrables? ¿Quién de nosotros, en un sueño perturbado, nervioso y jadeante, no tuvo, abrazó, acarició y poseyó con sensaciones de agudeza extraordinaria, a aquella que ocupaba nuestro espíritu? ¡Y habrán observado qué delicias sobrehumanas aporta la buena fortuna de ese sueño! ¡En qué loca embriaguez nos lanza, con qué fogosos espasmos nos sacude, y qué ternura infinita, acariciadora y penetrante introduce en el corazón hacia quien uno posee desfalleciente y cálida en esta ilusión adorable y brutal, que parece una realidad!

Todo eso experimenté con una inolvidable violencia. Esta mujer fue mía, tan mía que la tibia suavidad de su piel permaneció en mis dedos, el olor de su piel se quedó en mi cerebro, el sabor de sus besos estaba en mis labios, el sonido de su voz resonaba en mis oídos; sentía la presión de su abrazo en torno a mis riñones, y el encanto ardiente de su ternura en toda mi persona, mucho tiempo después de despertar, exultante y decepcionado. Y tres veces en esta noche tuve el mismo sueño.

Llegó el día; ella me obsesionaba, me poseía, atormentaba mi cabeza y mis sentidos, tanto que no pasaba más de un segundo sin pensar en ella. Al final, sabiendo qué hacer, me vestí y fui a verla. En su escalera temblaba de emoción, mi corazón latía alocado: un vehemente deseo me invadía de pies a cabeza. Entré. Se levantó, toda rígida, al escuchar mi nombre, y de repente nuestros ojos se cruzaron con sorprendente fijeza. Me senté. Balbuceé algunas trivialidades que ella parecía no escuchar. No sabía qué decir ni hacer; entonces, bruscamente, me lancé sobre ella, la tomé en mis brazos, y todo mi sueño se cumplió allí tan rápida, fácil y locamente, que de pronto dudé de estar despierto... Ella fue mi amante durante dos años...

-¿Cuál es su conclusión? —dijo una voz.
El narrador parecía vacilar.
—Mi conclusión... saqué la conclusión de que fue una coincidencia, por Dios. Y además, ¿quién sabe? Quizá hubo una mirada suya que no había observado y que regresó a mí esa noche por una de las misteriosas e inconscientes jugadas de la memoria que a menudo nos presentan cosas perdidas por nuestra conciencia, inadvertidas a nuestra inteligencia.
—Todo lo que quiera —dijo un huésped—, ¡pero si no cree en el magnetismo después de eso, usted es un ingrato, mi querido caballero!

Guy de Maupassant (1850-1893)



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