«El imperio de los nigromantes»: Clark Ashton Smith; relato y análisis


«El imperio de los nigromantes»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




El imperio de los nigromantes (The Empire of the Necromancers) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por primera vez en la edición de septiembre de 1932 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: Mundos perdidos (Lost Worlds).

El imperio de los nigromantes, uno de los clásicos entre los cuentos de Clark Ashton Smith, pertenece al ciclo de relatos de Zothique, aquel último continente de una Tierra Moribunda donde los antiguos dioses han regresado, y el ocultismo y la magia negra florecen en medio de la decadencia general.

En este sentido, El imperio de los nigromantes cuenta la historia de Mmatmuor y Sodosma, dos practicantes de la nigromancia de la infame isla de Naat, quienes buscan el perdido reino de Cincor para levantar a los muertos de sus tumbas. Sin embargo, el emperador Illeiro, que también ha regresado del más allá, condena a los nigromantes a un destino mucho peor que la muerte.

En esta historia, así como otras pertenecientes a otros ciclos literarios del autor —como el de Averoigne, el Hiperbóreo y el de Poseidonis, entre otros— ponen en evidencia porqué Clark Ashton Smith fue uno de los grandes hacedores de reinos fantásticos de la época, por cierto, a menudo opacado por la popularidad de figuras como H.P. Lovecraft y Robert E. Howard, pero también con argumentos propios, un estilo singular, y en ocasiones superior al de aquellos dos grandes maestros del Círculo de Lovecraft.




El imperio de los nigromantes.
The Empire of the Necromancers, Clark Ashton Smith (1893-1961)

La historia de Mmatmuor y Sodosma surgirá solamente en los últimos ciclos de la Tierra, cuando las felices leyendas de los tiempos de apogeo hayan caído en el olvido. Se sucederán muchas eras antes de que sea contada, los mares retrocederán a sus lechos y nuevos continentes verán la luz. Tal vez ese día esta leyenda sirva para distraernos del negro hastío de una raza que agoniza, sin más esperanza que el olvido. Cuento la historia tal como será contada por los hombres de Zothique, el último continente, bajo un sol mortecino y tristes cielos donde las estrellas asoman con terrible fulgor antes del anochecer.

Mmatmuor y Sodoma era nigromantes que llegaron de la oscura isla de Naat para practicar sus siniestras artes en Tinarath, allende los menguados mares. Pero no lograron prosperar en Tinarath, porque la muerte era sagrada para las gentes de ese triste país, el silencio de la tumba no debía ser profanado a la ligera y el levantamiento de los muertos practicado por la nigromancia era tenido por algo abominable. Así pues, tras un breve periodo de tiempo, ambos se vieron obligados por la ira de los habitantes a abandonar el lugar y huir hacia Cincor, un desierto del sur poblado tan sólo por los huesos y las momias de una raza que la peste había aniquilado en otro tiempo.

La tierra en la que se adentraron se extendía terrible, leprosa y cenicienta bajo un sol enorme y abrasador. Sus rocas desmoronadas y mortales soledades de arena habrían sobrecogido de terror los corazones de hombres corrientes; y puesto que habían sido expulsados a aquel inhóspito lugar sin comida ni sustento alguno, la situación de los dos brujos bien podría calificarse de desesperada. Pero, sonriendo secretamente, con el aire de conquistadores que pisan las proximidades de un reino largamente codiciado, Sodosma y Mmatmuor se adentraron en Cincor con paso decidido.

A través de campos despojados de árboles o hierba y de lechos de ríos secos, se extendía interminable ante ellos la gran carretera por la que los viajeros habían transitado entre Cincor y Tinarath en otros tiempos. Aquí no encontraron ni un solo ser vivo; pero pronto se toparon con los esqueletos de un caballo y un jinete en medio de la carretera, aún ataviados con los arreos y vestimenta que llevaban en vida. Y Mmatmuor y Sodosma se detuvieron delante de los lastimosos huesos, sobre los que no quedaba ni un solo trozo de carne podrida; y se miraron con malicia el uno al otro.

—El corcel será tuyo —dijo Mmatmuor—, ya que eres el mayor de los dos, y te corresponde este privilegio; y el jinete nos servirá a ambos y será el primero en jurarnos lealtad en Cincor.

Entonces, sobre la grisácea arena al borde del camino dibujaron un triple círculo; y poniéndose de pie en el centro realizaron los abominables rituales que obligan a los muertos a levantarse de su tranquila vacuidad y someterse a partir de ese momento a la oscura voluntad del nigromante. Después espolvorearon una pizca de polvo mágico en las fosas nasales del hombre y del caballo; y los blancos huesos se alzaron de donde yacían, crujiendo tristemente, y se irguieron prestos a servir a sus amos.

Así pues, como habían acordado entre ellos, Sodosma montó el esqueleto del corcel, sujetó las riendas adornadas con piedras preciosas y cabalgó en una diabólica parodia de la Muerte sobre su pálido corcel; mientras tanto Mmatmuor lo siguió arrastrando los pies, apoyándose ligeramente en un bastón de ébano; y el esqueleto del hombre, con sus ostentosas vestiduras aleteando contra su osamenta, los siguió a ambos como un fiel sirviente. Después de un rato, en la baldía y gris inmensidad, encontraron los restos de otro caballo y su jinete, que los chacales habían respetado, en tanto el sol los amojamaba hasta convertirlos en viejas momias. También levantaron a éstos de la muerte.

Mmatmuor montó el marchito corcel y los dos magos continuaron su marcha majestuosamente, como emperadores errantes con una momia y un esqueleto a su servicio. Otros huesos y restos de hombres y bestias con los que tropezaron fueron resucitados de la misma forma; de manera que reunieron a su alrededor una tropa en constante aumento conforme avanzaban a través de Cincor. Por el camino, a medida que se acercaban a la que en otros tiempos fuera la capital, Yethlyreom, encontraron numerosas tumbas y necrópolis, aún intactas después de tantos siglos, que contenían momias amortajadas que apenas se habían marchitado desde el momento de su muerte. A todas ellas revivieron sacándolas de su noche sepulcral para someterlas a su voluntad.

A algunas les ordenaron sembrar y labrar los desiertos campos y transportar agua desde los pozos subterráneos; a otros les asignaron diversas tareas, como las que hubieran realizado en vida. El silencio de un siglo fue interrumpido por el ruido y el alboroto de la intensa actividad; y los lánguidos cadáveres de tejedores trabajaban en los telares; y los cadáveres de los labradores trabajaban los surcos arando detrás de carroña de bueyes. Cansados por tan extraño viaje y los innumerables encantamientos, Mmatmuor y Sodosma divisaron finalmente delante de ellos y desde una colina desierta las altas agujas y las claras e imperturbables cúpulas de Yethlyreom, bañadas por el rojo fulgor de sangre estancada y cada vez más oscura de la inquietante puesta del sol.

—Es una buena tierra —dijo Mmatmuor—; la compartiremos y reinaremos sobre todos sus muertos, y mañana seremos coronados como emperadores en Yethlyreom.

—Por supuesto —replicó Sodosma—, porque no hay ningún ser vivo que pueda enfrentarse a nosotros aquí; y aquellos a los que hemos invocado y levantado de su tumba sólo se moverán y respirarán a nuestras órdenes, y no podrán rebelarse contra nosotros.

Así pues, en el enrojecido crepúsculo que se tornaba morado, entraron en Yethlyreom y cabalgaron entre las altas y oscuras mansiones. Se instalaron con su siniestro séquito en el lujoso palacio abandonado en el que la dinastía Nimboth había reinado durante dos mil años, dominando desde allí todo Cincor. En los polvorientos salones dorados encendieron las lámparas de ónice vacías mediante ingeniosos encantamientos, y cenaron viandas reales procedentes del pasado, las cuales evocaron de la misma forma. Las manos descarnadas de sus sirvientes escanciaron imperiales vinos añejos en copas de adularia, y bebieron y festejaron y disfrutaron con pompa fantasmagórica, dejando para el día siguiente la resurrección de aquellos que yacían muertos en Yethlyreom.

Al alba, bajo un cielo de oscuro carmesí, abandonaron los lujosos lechos de palacio en los que habían dormido, pues quedaba mucho por hacer. Recorrieron minuciosamente de un lado a otro todos los rincones de aquella ciudad olvidada, practicando sus encantamientos en las gentes que habían muerto durante el último año de la peste y que yacían en tierra sin haber sido enterradas. Y una vez terminada esta labor, dejaron atrás Yethlyreom y se dirigieron a aquella otra ciudad de elevadas tumbas e imponentes mausoleos en los que yacían los emperadores Nimboth y los ciudadanos y nobles más influyentes de Cincor. Entonces ordenaron a sus esqueletos esclavos que rompieran con martillos las puertas cerradas herméticamente; y luego, con sus depravados y tiránicos encantamientos, invocaron a las momias imperiales, incluso al más anciano de la dinastía, y todos acudieron aproximándose rígidamente, con ojos apagados y aún envueltos en ricos paños recubiertos de piedras preciosas fulgurantes.

Más tarde insuflaron un simulacro de vida a muchas generaciones de cortesanos y dignatarios. Desfilando solemnemente, con oscuros y vacuos rostros altivos, los emperadores y emperatrices muertos de Cincor se sometieron a la voluntad de Mmatmuor y Sodosma, y los siguieron como un ejército de cautivos a través de las calles de Yethlyreom. Después, en el inmenso salón del trono del palacio, los nigromantes tomaron asiento en el trono doble, donde los gobernantes por derecho se habían sentado con sus consortes. Ante los emperadores reunidos, con fabuloso y funerario boato, fueron coronados reyes por las marchitas manos de la momia de Hestaiyon, el más anciano de la línea Nimboth, y que había reinado en épocas míticas.

A continuación todos los descendientes de Hestaiyon, que abarrotaban el salón en masa, aclamaron con ecos de voces monocordes la soberanía de Mmatmuor y Sodosma. Así fue como los nigromantes proscritos encontraron por sí solos un imperio y unos súbditos en la tierra desolada y yerma donde los hombres de Tinarath los habían desterrado para que perecieran. Reinando con supremo poder sobre todos los muertos de Cincor, y por virtud de su abominable magia, ejercieron un despiadado despotismo.

Porteadores descarnados les llevaban tributos desde reinos remotos; los cadáveres carcomidos por la peste, y las distinguidas momias perfumadas con bálsamos mortuorios, marchaban de un lado a otro haciendo recados por todo Yethlyreom, o apilaban delante de sus codiciosos ojos el oro ennegrecido por las telarañas y las polvorientas piedras preciosas procedentes de criptas inextinguibles. Los trabajadores muertos hicieron que en los jardines del palacio reverdecieran flores desaparecidas mucho tiempo atrás; las momias y los esqueletos trabajaban para ellos en las minas, o levantaban extraordinarias y fantásticas torres hacia el sol moribundo. Chambelanes y príncipes de la Antigüedad ejercían ahora de coperos, y los instrumentos de cuerda sonaban para su deleite tañidos por delgadas manos de emperatrices de cabellos de oro que habían salido de la noche de sus tumbas casi inmaculadas. Las más hermosas de ellas, a las que la peste y los gusanos no habían devorado demasiado, eran tomadas como amantes y usadas para saciar su lujuria.

Pero las gentes de Cincor ejercían las actividades que realizaban en vida, aunque ahora bajo las órdenes de Mmatmuor y Sodosma. Hablaban, se movían, comían y bebían como en vida. Oían, veían y sentían de forma similar a la que disfrutaban con sus sentidos antes de la muerte, pero sus cerebros eran cautivos de una abominable nigromancia. Se acordaban, aunque vagamente, de su anterior existencia; y su estado, tras haber sido invocados, era vacío, turbulento y espectral. La sangre circulaba gélida y viscosa por sus venas, mezclada con agua del Leteo; y los vapores del Leteo nublaban sus ojos. Obedecían sin chistar los dictados de los tiránicos señores, sin rebelarse ni protestar, pero embargados por un vago e infinito cansancio que sólo pueden experimentar los muertos cuando, tras haber bebido del sueño eterno, son traídos de nuevo para la amargura de sus cuerpos mortales. No conocían ni la pasión ni el deseo, o el goce, tan sólo la negra languidez de su despertar del Leteo, y un deseo gris e incesante de regresar a ese sueño interrumpido.

El más joven y último de los emperadores Nimboth era Illeiro, muerto el primer mes de la plaga. Y había yacido en su mausoleo elevado durante doscientos años antes de la llegada de los nigromantes. Alzado junto a su gente y sus padres para servir a los tiranos, Illeiro había reanudado el vacío de su existencia sin una sola objeción, tampoco había sentido ninguna sorpresa. Aceptó su propia resurrección y la de sus antepasados como quien acepta las indignidades y maravillas de un sueño. Sabía que había regresado bajo un sol mortecino a un mundo vacío y espectral, a un orden que lo relegaba a ser meramente una sombra obediente. Pero al principio solamente se sentía importunado, como el resto, por un débil cansancio y el vago deseo de retornar al olvido perdido.

Embotado por la magia de sus amos, debilitado por la incapacitación de una muerte de años, contempló como un sonámbulo las barbaridades a las que sus padres eran sometidos. Sin embargo, con el transcurso de los días, una débil chispa se encendió en el empapado crepúsculo de su mente. Como algo perdido e irrecuperable, más allá de abismos prodigiosos, recordó la pompa de su reino en Yethlyreom, y el dorado orgullo y júbilo que había disfrutado durante su juventud. Y al recordarlo, sintió una leve agitación de rebeldía, un resentimiento espectral contra los magos que lo habían resucitado para encerrarlo en esta parodia de vida. Oscuramente, comenzó a afligirse por su reino perdido y la triste situación de sus antepasados y sus súbditos.

Día tras día, trabajando de copero en los salones donde en otra época él mismo había gobernado, Illeiro observaba atentamente las acciones de Mmatmuor y Sodosma. Fue testigo de sus caprichos de crueldad y lujuria, su creciente ebriedad y glotonería. Los vio mientras se revolcaban en sus lujos de nigromantes, y también vio cómo se relajaban en la pura indolencia, cebados de indulgencia. Descuidaron el estudio de su arte y olvidaron muchos de los encantamientos. Pero aun así continuaron gobernando, poderosos y formidables; y, repantigados sobre sofás de color morado y rosa, planeaban liderar un ejército de muertos y lanzarlo contra Tinarath.

Soñando con la conquista, y con nigromancias de mayor alcance, fueron engordando y cebándose en la pereza, como gusanos asentados en un osario rebosante de putrefacción. Y paso a paso, su indolencia y tiranía avivó el fuego de la rebelión en el sombrío corazón de Illeiro, como una llama que lucha contra los humedales del Leteo. Y lentamente, con el lustre de su ira, retornó a él algo de la fuerza y la firmeza que había poseído en vida. Víctima de la vileza de los opresores, y consciente del mal que infligían a los muertos desvalidos, escuchó en su mente el clamor de voces sofocadas que exigían venganza.

Caminando entre sus antepasados, a través de los salones del palacio de Yethly reom, Illeiro se movía en silencio a la orden de sus amos, o permanecía a la espera de sus órdenes. Servía en sus copas de ónice vinos de añadas ambarinas, traídas por medios mágicos desde colinas alumbradas por un sol más joven, y se sometía a sus insultos y contumelias. Y noche tras noche observaba cómo zarandeaban sus ebrias cabezas, hasta que caían dormidos, congestionados y orondos, en medio de su esplendor.

Pocas palabras se cruzaban entre los muertos vivientes; hijo y padre, hija y madre, amante y amado, deambulaban de un lado a otro sin mostrar ningún signo de reconocimiento, sin hacer ni un solo comentario sobre su aciago sino. Pero, finalmente, un día, hacia la medianoche, cuando los tiranos se refocilaban durmiendo profundamente y las llamas bailaban en las lámparas nigromantes, Illeiro consultó con Hestaiyon, su antepasado más anciano, el cual, según las leyendas, había sido celebrado como gran mago y estaba familiarizado con los secretos de los saberes de la Antigüedad. Hestaiyon se había separado de los otros y permanecía en un rincón del salón en penumbra. Se le veía apergaminado y ajado bajo sus ropajes de momia a punto de desintegrarse, y sus apagados ojos de obsidiana aún parecían mirar hacia la nada. No mostró señal de oír la pregunta de Illeiro, pero, finalmente, en un susurro seco y crujiente, le respondió:

—Soy viejo, y la noche del sepulcro ha sido larga, y he olvidado demasiado. Sin embargo, si retrocediera a través del vacío de la muerte, tal vez recupere parte de mi anterior sabiduría, y podríamos concebir un modo de liberarnos.

Hestaiyon rebuscó entre los jirones de su memoria, como quien acude a un lugar lleno de gusanos y descubre que los pergaminos ocultos de tiempos pasados se han podrido dentro de sus carpetas; hasta que al final recordó, y dijo:

—Recuerdo que en otro tiempo fui un mago poderoso; y, entre otras cosas, conocía los encantamientos de la nigromancia, pero no los empleaba, pues consideraba su uso y el levantamiento de muertos como algo totalmente abominable. Además, poseía otro conocimiento; y quizás, entre los restos de esa sabiduría de los tiempos antiguos, haya algo que nos sirva ahora como guía. Recuerdo una vaga y dudosa profecía, concebida en los primeros años, sobre la crea ción de Yethlyreom y el imperio de Cincor. La profecía anunciaba que un mal peor que la muerte recaería sobre los emperadores y las gentes de Cincor en tiempos venideros; y que el primero y el último de la dinastía Nimboth, consultándose mutuamente, idearían una forma de liberarse de tan funesto destino. No se le daba un nombre a ese mal en la profecía, pero se decía que los dos emperadores llegarían a la solución de su problema rompiendo una antigua figura de barro que guarda la cripta más profunda bajo el palacio imperial de Yethlyreom.

Entonces, habiendo oído esta profecía de los pálidos labios de su antepasado, Illeiro reflexionó durante unos instantes, y dijo:

—Recuerdo ahora que una tarde en mi temprana juventud, cuando merodeaba aburrido por las criptas abandonadas de nuestro palacio, como haría cualquier muchacho, llegué hasta la última cripta y encontré una polvorienta y tosca figura de barro, cuya forma y apariencia me resultaban extrañas. Como no sabía nada de la profecía, me di la vuelta decepcionado y volví sobre mis pasos tan distraídamente como había llegado, en busca de la luz del sol.

Así pues, escabulléndose de sus ensimismados semejantes y portando lámparas con piedras preciosas incrustadas que habían tomado del salón, Hestaiyon e Illeiro descendieron por las escaleras subterráneas que se abrían paso bajo el palacio. Como implacables sombras furtivas recorrieron el laberinto de oscuros corredores, hasta que llegaron a la cripta más profunda. Y allí, bajo el negro polvo y madejas de telarañas de un pasado inmemorial, encontraron, como se había predicho, la figura de barro, cuyos toscos rasgos eran los de un olvidado dios de la tierra. Entonces Illeiro machacó la figura con un trozo de piedra, y ambos sacaron de su interior una espada, un arma de acero brillante sin óxido alguno, y una pesada llave de bronce pulido, y las tablas de latón brillante sobre las que estaban inscritas las instrucciones que debían seguirse para que Cincor se liberara del oscuro reinado de los nigromantes y sus gentes regresaran a la inconsciencia de la muerte.

Con la llave de bronce inmaculado y siguiendo las instrucciones de las tablas, Illeiro abrió una puerta baja y estrecha al final de la cripta más profunda, más allá de la figura quebrada; y él y Hestaiyon vieron, como había sido profetizado, los escalones en espiral de sombría piedra que descendían hasta un abismo inexplorado donde ardían aún los profundos fuegos de la tierra. Y dejando a Illeiro vigilando la puerta abierta, Hestaiyon tomó la espada de acero brillante en su delgada mano y regresó al salón donde dormían los nigromantes, repantigados sobre sillones rosa y morado, con los lánguidos y exangües muertos a su alrededor en pacientes hileras.

Siguiendo la antigua profecía y la sabiduría ancestral de las brillantes tablas, Hestaiyon alzó la enorme espada y cercenó las cabezas de Mmatmuor y de Sodosma, cada una de ellas de un solo golpe. Luego, como había sido ordenado, descuartizó los restos con poderosos tajos. Y de esta forma los nigromantes abandonaron sus sucias vidas, y yacieron en posición supina, inmóviles, añadiendo un rojo más oscuro al rosa y un matiz más brillante al triste morado de sus sillones. Luego, dirigiéndose a sus gentes, que permanecían en silencio e indiferentes y apenas conscientes de su liberación, la venerable momia de Hestaiyon habló en apagados murmullos, pero con autoridad, como un rey que da órdenes a sus hijos. Los emperadores y emperatrices muertos se agitaron, como hojas de otoño en una ráfaga de viento repentina, y un susurro pasó de uno a otro y fue más allá de palacio, para ser comunicado a lo ancho y largo y mediante intrincados métodos, a todos los muertos de Cincor.

Toda esa noche, y durante el oscuro día sangriento que siguió, bajo la parpadeante luz de las antorchas o la débil luz del sol, llegó un interminable ejército de momias carcomidas por la peste, de destrozados esqueletos, derramándose como un horrendo torrente a través de las calles de Yethlyreom y por el salón del palacio donde Hestaiyon vigilaba los cadáveres de los nigromantes. Sin detenerse, con ojos turbios y fijos, avanzaban como sombras dirigidas en busca de las criptas subterráneas bajo el palacio, para pasar a través de la puerta abierta donde Illeiro esperaba en la última cripta, y descender miles y miles de escalones hasta el borde de ese abismo en el que hervían los menguantes fuegos de la tierra. Allí, desde el mismo borde, se lanzaron a una segunda muerte y a la purificadora aniquilación de las llamas insondables.

Y entonces, una vez que todos se hubieron liberado, Hestaiyon permaneció allí, solo ante la puesta de sol bajo la luz que se desvanecía, junto a los cadáveres descuartizados de Mmatmuor y Sodosma. Y allí, como le indicaban las tablas, pronunció aquellos encantamientos de la antigua nigromancia que él había conocido en su anterior sabiduría, y maldijo los cuerpos desmembrados con la misma vida en muerte perpetua que Mmatmuor y Sodosma habían pretendido imponer sobre las gentes de Cincor. Y las maldiciones salieron de los pálidos labios, y las horribles cabezas rodaron con ojos desorbitados, y las extremidades y torsos se retorcieron sobre los sillones imperiales entre sangre coagulada.

Luego, sin mirar atrás y sabiendo que ya todo estaba cumplido según había sido ordenado y predicho desde el principio, la momia de Hestaiyon abandonó a los nigromantes a su funesto destino y bajó cansadamente por los negros laberintos de criptas para reunirse con Illeiro. Y así, en tranquilo silencio, sin mayor necesidad de palabras, Illeiro y Hestaiyon pasaron a través de la puerta abierta de la cripta más profunda, e Illeiro cerró la puerta a sus espaldas con la llave de bronce brillante. Y desde allí, por las escaleras en espiral, se encaminaron hacia el abismo de las llamas profundas y se unieron a su pueblo y a sus antepasados en el último y definitivo vacío. Pero sobre Mmatmuor y Sodosma se dice que sus cuerpos desmembrados se arrastran aún de un lado a otro por Yethlyreom, sin encontrar paz ni respiro en su aciago destino de vida en la muerte, buscando en vano por los negros laberintos de las criptas más profundas la puerta que Illeiro dejó cerrada.


Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


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El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: El imperio de los nigromantes (The Empire of the Necromancers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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