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La Tierra Moribunda (subgénero)


La Tierra Moribunda (Dying Earth) es un subgénero literario que, en mayor o menor medida, nos describe el fin de la vida sobre la Tierra, o bien el desarrollo de un nuevo tipo de vida y una nueva sociedad.

Los recursos de la Tierra Moribunda son innumerables, así como sus ejemplos prácticos. En ocasiones nos proyecta hacia el futuro, es decir, hacia el final de los tiempos, o bien retrocede y nos ubica en una época dudosa, incierta, en donde las leyes naturales se quiebran dando comienzo a lo que actualmente percibimos como "realidad".

Es importante señalar que la Tierra Moribunda no necesariamente habla del apocalípsis, léase, colapso o catástrofe de proporciones globales, sino de un cambio o transición del mundo hacia un nuevo nivel de existencia, no siempre en mejores condiciones que la anterior.

En términos menos ampulosos, la Tierra Moribunda jamás habla de un final absoluto, sino de un agotamiento del mundo que eventualmente derivará en nuevas formas de vida.

Los primeros ejemplos literarios de la Tierra Moribunda se hallan en el romanticismo, puntualmente en El último hombre (Le Dernier Homme, 1805) de Jean-Baptiste Cousin (1746-1805), donde se nos informan las extravagantes aventuras de Omegarus, el último hombre vivo del planeta. Otro ejemplo notable de aquel período es el poema de Lord Byron: Oscuridad (Darkness, 1816), donde se imagina una tierra tenebrosa tras la muerte del sol.

Luego siguió El fin del mundo (La Fin du Monde, 1893) del astrónomo Camille Flammarion; acaso la primera novela en hablar de un cometa en curso de colisión con la Tierra durante el siglo XXV -luego vendría En los días del cometa (In the Days of the Comet) de H.G. Wells-. Tras del impacto, Flammarion nos informa sobre el alzamiento de la civilización sobre un mundo estéril y sembrado de vómitos volcánicos.

Quizás el exponente más conocido de la Tierra Moribunda sea el clásico de H.G. Wells, La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895); donde un viajero en el tiempo se proyecta hacia un futuro remoto y descubre que la humanidad se ha dividido genéticamente en dos especies notablemente disímiles. A H.G. Wells le debemos otro exponente del subgénero, un cuento poco conocido llamado Sueño de Armageddon (A Dream of Armageddon, 1901).

William Hope Hodgson hizo dos aportes notables a la Tierra Moribunda: La casa en el confín de la Tierra (The House on the Borderland, 1908), donde el narrador se arroja hacia un futuro -sin explicar cómo ni porqué- en donde la humanidad ya no existe; y La Tierra Nocturna (The Night Land, 1912), historia que nos ubica millones de años en el futuro y donde el sol flota en el espacio como una descomunal esfera oscura. Los pocos humanos que sobreviven al desastre habitan en el interior de una pirámide de metal, donde la ciencia elabora sus últimos esfuerzos para generar cultivos bajo luz artificial.

Ya bien entrado el siglo XX Clark Ashton Smith, miembro ilustra del ciclo de Cthulhu, creado por H.P. Lovecraft, compone las historias de Zothique, el último continente de la Tierra, basado en las elucubraciones teosóficas de Annie Besant y Madame Blavatski; y donde las guerras y conflictos intercontinentales se ven reducidos a brutales batallas tribales.

Similares conceptualmente a los relatos de la Tierra Moribunda, Catherine L. Moore, esposa de Henry Kuttner, crea la saga de Northwest Smith, aunque aquí el colapso se produce en el planeta Marte; sede de inquietantes civilizaciones antiquísimas. En la misma sintonía podemos mencionar a Soy Leyenda (I am Legend), de Richard Matheson, donde el último representante de la humanidad se enfrenta con una hueste de zombies-vampiros.

En lo personal, el subgénero de la Tierra Moribunda me parece un tanto trillado, aunque de la mano de grandes narradores puede revitalizarse hasta sus formas primigenias. H.P. Lovecraft escribió un relato fantasma para Robert H. Barlow llamado Hasta en los mares (Till A’the Seas), publicado póstumamente por August Derleth, a lo largo del cual se describe con macabra precisión la desaparición de la raza humana y la total extinción de la vida sobre el planeta, extinción que, por otro lado, no incluye otras formas de vida menos convencionales. El relato nos habla de un mundo desértico bajo el resplandor macilento de un sol rojizo, habitado por Ull, el último descendiente de una tribu desaparecida; y su jornada a lo largo del páramo interminable sembrado por ciudades abandonadas con la esperanza de hallar agua u otros sobrevivientes. Como es de esperar en un hombre atildado como H.P. Lovecraft, la esperanza pronto se torna en desolación, y todo lo que alguna vez fue verde y exhuberante se vuelve oscuro y tenebroso, como los últimos acordes de una sinfonía que lentamente toca a su fin.

Lord Aelfwine.




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