Mostrando entradas con la etiqueta Tierra Moribunda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tierra Moribunda. Mostrar todas las entradas

«La última ciudadela de la Tierra»: Henry Kuttner y Catherine L. Moore.


«La última ciudadela de la Tierra»: Henry Kuttner y Catherine L. Moore.




La última ciudadela de la Tierra (Earth's Last Citadel) es una novela de ciencia ficción escrita en colaboración entre Catherine L. Moore (1911-1987) y Henry Huttner (1915-1958), publicada por entregas en la revista pulp Argosy durante 1943, y reeditada en formato de libro en 1964.

La última ciudadela de la Tierra, uno de los mejores cuentos de Henry Kuttner, y probablemente entre los relatos de C.L. Moore más destacados, nos ubica en un futuro inconcebible. Cuatro humanos realizan una expedición a Carcasilla, literalmente la última ciudadela de la Tierra, que se encuentra sepultada por las arenas del desierto, y donde los restos corruptos de la humanidad se preparan para la batalla final.

El hombre ha sido conquistado por fuerzas exteriores contra las que resulta imposible, y vano, luchar. No obstante, frente a la extinción inminente de la raza, estos cuatro exploradores intentarán vender cara la derrota.

C.L. Moore y Henry Kuttner son dos ejemplos notables de la Edad de Oro de la ciencia ficción, y La última ciudadela de la Tierra solo sirve para corroborarlo.

Los cuatro protagonistas de la novela provienen del presente, desde luego, del presente de C.L. Moore y Henry Kuttner. Dos de ellos son oficiales aliados, y los otros pertenecen al ejército alemán. Por casualidad, los cuatro descubren simultáneamente un extraño dispositivo en un perdido desierto al norte de África, y son lanzados a un futuro desolador.

El planeta futuro también está en guerra, una lucha desigual entre los restos de la humanidad, corrupta y deformada por terribles mutaciones, y una misteriosa raza de dioses alienígenas con poderes extraordinarios.

En este futuro la humanidad es «cultivada», literalmente, para satisfacer los caprichos de los dioses reptilianos venidos del espacio.




Novelas de Henry Kuttner. I Novelas de C.L. Moore.


El análisis y resumen de la novela de Henry Kuttner y Catherine L. Moore: La última ciudadela de la Tierra (The Earth's Last Citadel) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La pasión de la Nueva Eva»: Angela Carter; novela y análisis.


«La pasión de la Nueva Eva»: Angela Carter; novela y análisis.




La pasión de la Nueva Eva (The Passion of New Eve) es una novela distópica de la escritora inglesa Angela Carter (1940-1992), publicada en 1977.

La pasión de la Nueva Eva, una de las novelas de Angela Carter más importantes, nos ubica en un escenario inquietante. Estados Unidos se desangra luego de una guerra civil que dispersó definitivamente sus impulsos de unidad. El país está dividido, segmentado, internamente desgarrado en pequeñas comunidades ideológicas, raciales, políticas y genéricas.

Para algunos La pasión de la Nueva Eva es una especie de sátira que se burla de las primitivas nociones acerca del género y la identidad. Desde aquí no tenemos nada para refutar ese argumento, pero nos atrevemos a sumar un detalle. Angela Carter elabora su sátira a partir de una perspectiva post-feminista que no pone el acento estrictamente sobre los hombres como individuos, sino sobre las paradojas de una sociedad que por un lado promueve la libertad individual y por el otro la condena.

La pasión de la Nueva Eva presenta a Evelyn, un profesor inglés en camino a ocupar un puesto estable en la Universidad de Nueva York. El hombre solo tiene una pasión: Tristessa de St Ange, una antigua estrella del cine mudo. Su admiración y deseo por esta mujer lo lleva a sostener varias obsesiones, entre ellas, rastrear a cualquier dama de rasgos similares a la la estrella para obtener favores sexuales.

En cierto sentido, Evelyn es un misógino consumado. No solo utiliza a las mujeres en beneficio propio, sino que a menudo se da a la fuga cuando aquellas reclaman algo más que atenciones epidérmicas. Ya en una Nueva York sórdida, Evelyn embaraza a Leilah, una exótica y seductora muchacha negra que ejerce el oficio más antiguo del mundo. Temeroso de afrontar las consecuencias de esa unión, Evelyn huye al desierto de Arizona, donde La pasión de la Nueva Eva realmente comienza.

Evelyn es capturado por una tribu de mujeres que habita en cuevas subterráneas. Su reina es llamada Madre (Mother Godess), una especie de diosa autoproclamada que controla un culto insólito. Ella misma se ha implantado una hilera de pechos siempre rebosantes de leche, quizás para dar una impresión de maternal abundancia. Evelyn, el misógino más obsecado que podamos imaginar, es condenado a convertirse en una hermosa mujer, Eva (Eve). Una vez en ese rol, la condena se duplica fabulosamente. Evelyn no solo será mujer, sino que su destino es ser fecundado por su propia simiente, es decir, por el producto de su propia castración, en orden de gestar al nuevo Mesías del desierto.

Lo que se dice venganza de género en estado puro.

Después de incontables vejaciones Eva logra escapar nuevamente, solo para caer en manos de otra tribu de mujeres, un grupo de esclavas sumisas gobernadas por Zero el poeta, un regente machista y brutal que somete a sus esclavas a una forma peculiar de concebir las relaciones. La metamorfosis de Eva es tan perfecta que Zero no sospecha su naturaleza masculina y la recluye dentro de su harem. Una vez allí, y luego de renovadas torturas, Eva logra llegar a la mansión de cristal Tristessa de Saint Ange, aquella actriz que lo obsesionó en sus épocas de misógino; y que ahora aparece como una reina gótica, rodeada de figuras de cera y ataúdes ricamente ornamentados.

Finalmente Angela Carter nos presenta una última comunidad, acaso la más escalofriante de todas: el Ejército de los Niños.

Los problemas sociales de este país distópico son tan alarmantes que un grupo de huérfanos se organizan como un ejército con el propósito de resistir como una burguesía organizada. La ideología de esta comunidad oscila entre el fascismo y la devoción cristiana; una fe oscura que parece alimentada por una identificación homosexual con el líder, un muchacho de catorce años que se hace llamar Coronel y que padece de nictofobia, miedo a la oscuridad.

Eva entra en contacto con Lilith, una rebelde y paria del desierto. Juntas se encuentran nuevamente con Madre, y con una mujer extraño que acaso representa la superficialidad de la ancianidad: una vieja maquillada como un payaso que se alimenta de excrementos y vodka. Recién en presencia de Lilith, Eva recapitula sobre sus amores con Leilah, y le atribuye una naturaleza alucinatoria, es decir, una manifestación de su propia corrupción y lujuria.

Además de las metamorfosis de Evelyn/Eva, La pasión de la Nueva Eva nos narra los crueles enfrentamientos entre estos tres grupos, que buscan afirmar una supremacón física e ideológica sobre los demás; aunque el verdadero interés de la novela gira en torno a la decisión final de Eva, quien eventualmente deberá elegir si continúa siendo una mujer o si regresa a su anterior estado masculino.




Novelas distópicas. I Novelas de Angela Carter.


El análisis y resumen de la novela de Angela Carter: La pasión de la Nueva Eva (The Passion of New Eve) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un mundo devastado»: Brian Aldiss; novela y análisis.


«Un mundo devastado»: Brian Aldiss; novela y análisis.




Un mundo devastado (Earthworks) es una novela de ciencia ficción del escritor inglés Brian Aldiss (1925- ), publicada en 1965.

Podemos hablar de Un mundo devastado como una de las novelas distópicas más interesantes del siglo XX. La historia transcurre en el futuro de nuestro planeta, totalmente devastado por la superpoblación y el desastre ambiental.

La necesidad de producir alimento para un número creciente de habitantes ha llevado a la expansión irracional de la maquinaria agríocola, que utiliza masivamente algunos productos químicos que agotan la fertilidad del suelo; además de intoxicar a los trabajadores rurales, llevándolos a comportarse como verdaderos zombis [ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos]

En Un mundo devastado vemos que las máquinas son más valiosas que las personas. El sistema social colapsa a causa del hambre. El sistema religioso -todos, de hecho- sucumben ante la necesidad de nuevos dioses que se muestren favorables a la nueva situación del planeta. La educación deja de ser una necesidad inmediata para convertirse en un lujo para pocos.

De este modo surgen cultos blasfemos, siniestros, retorcidos, ocupados en propiciar sacrificios y distintas abominaciones a los nuevos dioses de lo macabro.

En algunos foros se habla de Un mundo devastado como una novela de zombis, algo que no hace justicia a las intenciones de Brian Aldiss. Si bien en sus páginas podemos hallar la presencia de inquietantes autómatas orgánicos, la novela pretende explicar el apocalipsis a través de la inequidad social.

Todas las bases sociales han vuelto a la era feudal, aunque con ribetes aún más siniestros. La policía gobierna de facto sobre las calles, y el poco orden ecomómico que queda en pie es dominado por una clase aristocrática de terratenientes que explotan ferozmente a sus esclavos, casi todos prisioneros que han tenido la mala fortuna de caer en sus garras. Los únicos hombres libres de Un mundo devastado son los errantes, los Viajeros (Travellers) que han logrado escapar de los estrictos controles urbanos.




Novelas de Brian Aldiss. I Novelas distópicas. I Novelas de ciencia ficción.


El análisis y resumen de la novela de Brian Aldiss: Un mundo devastado (Earthworks) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«En los días del cometa»: H.G. Wells; novela y análisis


«En los días del cometa»: H.G. Wells; novela y análisis.




En los días del cometa (In the Days of the Comet) es una novela victoriana del escritor inglés H.G. Wells (1866-1946), publicada en 1906.

Con un despliegue exhuberante de imaginación y creatividad, En los días del cometa, una de las grandes novelas de H.G. Wells, narra un acontecimiento insólito que cambiará para siempre la vida sobre la faz de la Tierra. Un cometa entra en contacto con la atmósfera liberando ciertas substancias químicas que modifican el nitrógeno terrestre, un gas respirable, diferente del oxígeno, que resulta ser un bálsamo para el cuerpo y la mente de todos los seres vivos del planeta; en especial para el hombre, cuyas enfermedades, debilidades y malformaciones quedan prolijamente erradicadas, dando paso a una era dorada donde la salud y la belleza están presentes en todos y cada uno de los seres vivos.

Desde luego, todas las bendiciones, aún las que caen del cielo envueltas en la furia ígnea de un cometa, tienen sus consecuencias.

En los días del cometa comienza con un joven turbado, William, que decide asesinar a su ex novia y su nueva pareja, Verral. Gran Bretaña y Alemania inician una guerra bestial [recordemos que la Primera Guerra Mundial comenzaría ocho años después de la aparición de la novela], mientras arriba un cometa rasga el cielo nocturno liberando una extraña luz verdosa.

A la mañana siguiente todo parece haber cambiado, el mundo reflexiona repentinamente sobre la inutilidad de los conflictos bélicos, y nuestro protagonista comprende lo abominable del acto que estuvo a punto de cometer. A partir de allí H.G. Wells nos ofrece una visión inédita sobre cómo sería la humanidad si fuese esencialmente ajena a sus impulsos beligerantes, un ángulo poco utilizado por la literatura fantástica, salvo, quizás, por E.A. Poe en su relato Conversación de Eiros y Charmion (The Conversation of Eiros and Charmion), aunque sólo en la idea de un cometa que colapsa contra la atmósfera provocando un desastre global.




En los días del cometa.
In the Days of the Comet, H.G. Wells (1866-1946)

Copia y pega el link en tu navegador para leer online o descargar en pdf En los días del cometa, de H.G. Wells.
  • http://www.gutenberg.org/cache/epub/3797/pg3797.html




Novelas de H.G. Wells. I Novelas góticas.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen de la novela de H.G. Wells: En los días del cometa (In the Days of the Comet) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Tierra Moribunda: subgénero de la ciencia ficción


La Tierra Moribunda: subgénero de la ciencia ficción.




La Tierra Moribunda (Dying Earth) es un subgénero de la ciencia ficción que, en mayor o menor medida, describe el fin de la vida sobre e planeta, o bien el desarrollo de una nueva forma de vida y una nueva sociedad (ver: La Tierra como superorganismo consciente en la ficción)

Los recursos de la Tierra Moribunda son innumerables, así como sus ejemplos prácticos. En ocasiones nos proyecta hacia el futuro, es decir, hacia el final de los tiempos, o bien retrocede y nos ubica en una época dudosa, incierta, donde las leyes naturales se quiebran dando comienzo a lo que actualmente percibimos como realidad (ver: El Cambio Climático como proceso de Terraformación)

Es importante señalar que la Tierra Moribunda no necesariamente habla del apocalípsis en términos de catástrofe de proporciones globales, sino de un cambio o transición hacia un nuevo nivel de existencia, no siempre en mejores condiciones que la anterior (ver: Historia del cambio climático en la ficción). En términos menos ampulosos, la Tierra Moribunda jamás habla de un final absoluto, sino de un agotamiento del mundo que eventualmente derivará en nuevas formas de vida.

Los primeros ejemplos literarios de la Tierra Moribunda se hallan en el romanticismo, puntualmente en El último hombre (Le Dernier Homme, 1805), de Jean-Baptiste Cousin (1746-1805), donde se nos informan las extravagantes aventuras de Omegarus, el último hombre vivo del planeta. Otro ejemplo notable de aquel período es el poema de Lord Byron: Oscuridad (Darkness), de 1816, donde se imagina una tierra tenebrosa tras la muerte del sol.

Luego siguió El fin del mundo (La Fin du Monde, 1893), del astrónomo Camille Flammarion; acaso la primera novela en hablar de un cometa en curso de colisión con la Tierra durante el siglo XXV —luego vendría En los días del cometa (In the Days of the Comet) de H.G. Wells—. Tras del impacto, Flammarion nos informa sobre el alzamiento de la civilización sobre un mundo estéril y sembrado de vómitos volcánicos.

Quizás el exponente más conocido de la Tierra Moribunda sea el clásico de H.G. Wells: La máquina del tiempo (The Time Machine, 1895 (ver: H.G. Wells, la Máquina del Tiempo, y la claustrofobia temporal), donde un viajero en el tiempo se proyecta hacia un futuro remoto y descubre que la humanidad se ha dividido genéticamente en dos especies notablemente disímiles (ver: ¡Morlocks, allá vamos!). A Wells le debemos otro exponente del subgénero de la Tierra Moribunda, un cuento poco conocido llamado Sueño de Armageddon (A Dream of Armageddon), de 1901).

William Hope Hodgson hizo dos aportes notables a la Tierra Moribunda: La casa en el confín de la Tierra (The House on the Borderland), de 1908, donde el narrador se arroja hacia un futuro —sin explicar cómo ni porqué— donde la humanidad ya no existe; y La Tierra Nocturna (The Night Land), de 1912), historia que nos ubica millones de años en el futuro y donde el sol flota en el espacio como una descomunal esfera oscura. Los pocos humanos que sobreviven al desastre habitan en el interior de una pirámide de metal, donde la ciencia elabora sus últimos esfuerzos para generar cultivos bajo luz artificial.

Ya bien entrado el siglo XX Clark Ashton Smith, miembro ilustre de los Mitos de Cthulhu, compone las historias de Zothique, el último continente de la Tierra, basado en las elucubraciones teosóficas de Annie Besant y Madame Blavatski; y donde las guerras y conflictos intercontinentales se ven reducidos a brutales batallas tribales.

Similares conceptualmente a los relatos de la Tierra Moribunda, Catherine L. Moore, esposa de Henry Kuttner, crea la saga de Northwest Smith, aunque aquí el colapso se produce en el planeta Marte; sede de inquietantes civilizaciones antiquísimas. En la misma sintonía podemos mencionar a Soy Leyenda (I am Legend), de Richard Matheson, donde el último representante de la humanidad se enfrenta con una hueste de zombies-vampiros.

En lo personal, el subgénero de la Tierra Moribunda me parece un tanto agotado, aunque de la mano de grandes narradores puede revitalizarse hasta sus formas primigenias. H.P. Lovecraft escribió un relato fantasma para Robert H. Barlow llamado Hasta en los mares (Till A’the Seas), publicado póstumamente por August Derleth, a lo largo del cual se describe con macabra precisión la desaparición de la raza humana y la total extinción de la vida sobre el planeta; extinción que, por otro lado, no incluye otras formas de vida menos convencionales. El relato nos habla de un mundo desértico bajo el resplandor macilento de un sol rojizo, habitado por Ull, el último descendiente de una tribu desaparecida; y su jornada a lo largo del páramo interminable sembrado por ciudades abandonadas con la esperanza de hallar agua u otros sobrevivientes. Como es de esperar en un hombre atildado como H.P. Lovecraft, la esperanza pronto se torna en desolación, y todo lo que alguna vez fue verde y exhuberante se vuelve oscuro y tenebroso, como los últimos acordes de una sinfonía que lentamente toca a su fin.




Ciencia ficción. I Taller gótico.


El artículo: La Tierra Moribunda: subgénero de la ciencia ficción fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Requiem»: Edmond Hamilton; relato y análisis


«Requiem»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




Requiem (Requiem) es un relato de ciencia ficción del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado en la edición de abril de 1962 de la revista Amazing Stories.

Requiem, uno de los grandes cuentos de Edmond Hamilton, nos sitúa en el futuro, mucho tiempo después de que la vida humana ha desaparecido sobre la faz de la Tierra. La humanidad, sin embargo, no ha desaparecido. De hecho, una misión de reconocimiento regresa a la Tierra, ya inhabitable, para realizar una despedida final antes de que el planeta sea devorado por el calor abrasador del sol.

En este contexto, Requiem de Edmond Hamilton es un relato sentimental, que evita algunos clichés de la ciencia ficción, sobre todo en la figura del comandante de aquella misión, quien desarrolla un vínculo melancólico, nostálgico, con la tierra moribunda, convirtiéndose así en su único deudo real, siendo que el resto de la humanidad ve en la muerte del planeta un espectáculo vacío de todo interés.




Réquiem.
Requiem, Edmond Hamilton (1904-1977)

Kellon pensaba exasperado que no estaba gobernando una astronave, sino un circo ambulante. Llevaba a bordo hombres de la radio y televisión con toneladas de equipo, espléndidos comentaristas que tenían respuesta para todo, bellísimas muchachas expertas en cuestiones femeninas, pomposos burócratas persiguiendo la publicidad y estrellas de variedades que viajaban aquí por las mismas razones. Su nave y tripulación habían sido de las mejorcitas existentes en el servicio de Astrografía, pero ya habían deja o de serlo. Se les había relevado de su peculiar misión de promover los conocimientos astrográficos a las más remotas regiones de la Galaxia, y se les había encomendado transportar este cargamento de gente dispendiosa, en una misión totalmente innecesaria. «Al diablo con los sentimentalismos», se dijo para sí, y, en voz alta añadió:

—Señor Riney, ¿coincide la posición con la órbita calculada?

Riney, el segundo de a bordo, era un joven serio que había estado sumamente atareado con los instrumentos en la cabina de astronavegación.

—Sí —respondió—. Justamente a proa. ¿Vamos a desembarcar ya?

Kellon no respondió inmediatamente. Aparecía a pie firme sobre el puente como un hombre de mediana edad, fornido, de hombros cuadrados, y su rostro basto y curtido no dejaba entrever e! resentimiento que experimentaba. Le dolía dar la orden pero tenía que hacerlo.

—Está bien; atraque.

Mientras descendían miraba tristemente por las ventanillas filtrantes. En esta región espiral de la Galaxia las estrellas eran relativamente escasas. Sólo se veían algunas a la deriva, destacando sobre ¡a oscuridad. Bien al frente refulgía un pequeño y compacto sol como si fuera un diamante. Era un diminuto sol blanco que llevaba así dos mil años ofreciendo tan escaso calor que los planetas que le rodeaban habían quedado helados y aprisionados bajo sus propios hielos constantemente. Todos ellos eran planetas muertos por el frío, excepto e! más interior. Kellon miró fijamente aquel planeta, parecido a una burbuja tostada. El hielo que lo había cubierto desde el primer cataclismo, estaba ahora derretido. Meses antes, un oscuro cuerpo errante había pasado muy cerca de este sistema sin vida. Su paso perturbó las órbitas planetarias y los planetas interiores habían comenzado a cerrar sus órbitas en espiral hacia el sol lentamente, y el hielo iba desapareciendo de la superficie. Víresson, uno de los jóvenes oficiales, entró, con aspecto cansado, al puente y dijo a Kellon:

—Desean verle abajo, señor. Especialmente el señor Borrodale. Dice que es urgente.

«Bueno, ya empieza ese hatajo de comediantes a hacer de las suyas. Tendré que decirles cuatro cosas», pensó con desgana.

Asintiendo con un movimiento de cabeza dirigido a Viresson, el capitán bajó al camarote principal. Aquel espectáculo le sublevó. En vez de encontrar allí a sus propios hombres, charlando y relajándose, lo que había era una pequeña y ruidosa turba de hombres y mujeres, vestidos con ropajes estrafalarios, que parecían hablar y reír todos al mismo tiempo, con risas incoherentes y nerviosas.

—Capitán Kellon, quiero pedirle...

—Capitán, será tan amable...

Asintiendo y sonriendo pacientemente, el capitán se abrió paso entre ellos hasta Borrodale. Había recibido instrucciones particulares para que cooperase con Borrodale, el comentarista de telerradio más famoso de la Federación. Borrodale era un hombre ligeramente regordete, de rostro redondo rosado y unos ojos negros, serios y desproporcionadamente grandes. Cuando hablaba, uno se daba cuenta en seguida de la profundidad, significado e increíble riqueza de su voz.

—Capitán, mi primer reportaje comienza dentro de treinta minutos. Necesito una buena vista de aproximación. Si mis hombres pudieran instalar las cámaras en el puente...

—Por supuesto —asintió Kellon—. El señor Viresson está allá arriba para ayudarles en lo que sea.

—Gracias, capitán. ¿No le gustaría presenciar la emisión?

—Sí, claro, pero...

Fue interrumpido por Lorri Lee cuyo rostro —resplandecientemente hermoso— y tipo, así como su sofisticada palabrería, habían hecho de ella el ídolo entre todas las reporteras femeninas.

—Recuerde que mi emisión tendrá lugar inmediatamente después del desembarco. Me gustaría aparecer sola, teniendo por fondo únicamente el vacío de aquel mundo. ¿Será tan amable de dar las órdenes para conseguir ese efecto, capitán?

—Haremos lo que podamos —murmuró Kellon, y al ver que todos le acosaban a la vez añadió con aspereza—: Hablaremos más tarde. El programa del señor Borrodale...

Pasó entre ellos, echando a andar detrás de Borrodale en dirección al camarote, que había sido preparado como sala de transmisión de reportajes audiotelevisados. Kellon pensaba amargamente que este camarote había servido en otros tiempos para propósitos más dignos, almacenando las pruebas de agua, tierra y otras muestras tomadas de mundos lejanos. Pero aquello era en los tiempos que tenían por misión el realizar un honrado trabajo de astrografía, y no haciendo de carabina a un puñado de estúpidos charlatanes en este viaje de peregrinación sentimental. A Kellon no le hacía mucha gracia presenciar la emisión,'pero lo prefería a tener que soportar aquella gentuza del camarote principal. Vio como Borrodale daba la señal. La pantalla del monitor cobró vida. En ella se veía un globo de color pardo girando en el espacio, que se iba haciendo visiblemente mayor a medida que se aproximaban a él. Ahora se destacaban sobre su superficie algunos mares dispersos. Pasaron unos momentos sin que Borrodale dijera una sola palabra, dejando que la imagen se extinguiera. Luego empezó a oírse su voz.

—Están ustedes viendo la Tierra —dijo.

Se hizo de nuevo el silencio y el parduzco globo flotante se veía ahora más grande, envuelto por algunas nubes blancas. Entonces, Borrodale habló otra vez.

—A todos los que están contemplando el programa desde los numerosos mundos de la galaxia; esta es la patria de nuestra raza. Pronuncien su nombre conmigo: La Tierra.

Kellon sentía un profundo desagrado. Todo aquello era cierto, pero también era falso. ¿Qué significaba la Tierra para él, para Borrodale o para sus billones de oyentes? Pero era un acontecimiento, una ocasión sentimental que se les presentaba y tenían que sacar partido de ella.

—Hace tres mil quinientos años —seguía diciendo Borrodale— que nuestros antepasados habitaron este mundo. Fue entonces cuando saltaron por primera vez al espacio. En principio, llegaron hasta estos otros planetas, pero, muy pronto, alcanzaron otras estrellas. Y así es cómo se fue extendiendo nuestra Federación, nuestra comunidad de la civilización humana en tantas estrellas y mundos.

Ahora, en el monitor, la vista correspondiente al globo pardo de la Tierra había sido reemplazada por un primer plano del rostro de Borrodale. Hizo una pausa dramática.

—Pero hace más de dos mil años, se había descubierto que el Sol que alumbraba la Tierra estaba a punto de contraerse y perder su calor. Por ello, quienes aún vivían en la Tierra la abandonaron para siempre y, cuando se produjo el cambio solar, la Tierra y los demás planetas se cubrieron de eternos hielos. Ahora, dentro de pocos meses va a tener lugar la desaparición definitiva del viejo planeta que sustentó el origen de nuestra raza.

Lentamente se va acercando en espiral hacia el Sol y pronto se fundirá con él como ya han hecho Mercurio y Venus. Y cuando esto ocurra habrá desaparecido para siempre el mundo de origen del hombre. Hizo una nueva pausa, prolongándola por el tiempo justo, y luego, Borrodale continuó con voz hábilmente modulada en un tono bajo.

—Y nosotros a bordo de esta nave, humildes reporteros y servidores de la vasta audiencia radiotelevisiva de todos los mundos, hemos venido hasta aquí para ofrecerles, en las siguientes semanas, la última visión de nuestro ancestral mundo. Creemos —y esperamos— que encuentren ustedes interesante recordar un pasado que casi es leyenda.

Y Kellon pensaba en aquellos momentos: «Seguro que este bastardo no siente mucho más interés que yo por ese viejo planeta, pero ciertamente es un adulador». Tan pronto como terminó la emisión, Kellon se vio asediado una vez más por la clamorosa multitud del camarote principal. Levantó la mano en señal de protesta.

—Un momento, por favor. Primero tenemos que desembarcar. Doctor Darnow, ¿quiere venir conmigo?

El doctor Darnow pertenecía a la Oficina Histórica y era el titular encargado de la expedición, pero nadie le prestaba mucho interés. Era un hombrecillo mayor que hablaba excitado mientras iba con Kellon hacia el puente. Su interés, al menos, es sincero, pensaba Kellon. Igualmente sinceros eran los numerosos científicos que iban a bordo, pero quedaban anulados por los señorones buscadores de publicidad, por los intrusos y sentimentalistas profesionales que les acompañaban. ¡Bonita misión le había encomendado el servicio de Astrografía! Ya en el puente, miró por la ventanilla al planeta de color pardo y su satélite. Luego preguntó a Darnow:

—¿Dijo usted algo acerca del lugar exacto donde quería desembarcar?

El historiógrafo meneó la cabeza y empezó a desplegar un gran mapa del estilo antiguo.

—¿Ve este continente? Pues, a lo largo de sus costas orientales existían bastantes ciudades de las más grandes, como Nueva York.

Kellon se acordaba de este nombre; lo había aprendido hacía mucho tiempo en la escuela de Historia. El dedo de Darnow señaló a un punto del mapa.

—Si fuera posible desembarcar aquí, sobre esta isla... Kellon estudió las características de la superficie y meneó la cabeza.

—Demasiado bajo. A medida que transcurra el tiempo se producirán grandes mareas y no podemos arriesgarnos. Sin embargo, puede que en esta otra isla de terreno más elevado sea factible.

Darnow parecía decepcionado.

—Bueno, supongo que tendrá usted razón. Kellon pidió a Riney que calculara la operación de desembarco. Luego le dijo a Darnow con tono escéptico:

—Seguramente no espera usted encontrar mucho en esas viejas ciudades, después de llevar dos mil años cubiertas de hielo, ¿verdad?

—No hay duda de que habrán sufrido un desgaste terrible —admitió Darnow—. Pero deben quedar numerosas reliquias. Aquí hay materia para pasarme muchos años estudiando.

—No disponemos de años; sólo contamos con unos cuantos meses para que este planeta se aproxime demasiado al sol —repuso Kellon y, luego, añadió mentalmente—:«Gracias a Dios».

La nave siguió su plan de desembarco. La atmósfera friccionaba sobre el casco y, en seguida, espesas nubes grises se agitaban a su alrededor. Después de traspasar la capa nubosa estuvo gravitando sobre un paisaje oscuro y tristón, con manchas blancas en sus valles más profundos. Al fondo se divisaba un océano gris. Pero la astronave descendió hacia una quebrada llanura pardusca, posándose en ella, y acto seguido se produjo el esperado estruendo de silencio que siempre sigue al paro de toda maquinaria. Kellon miró a Riney, que volvió en un momento del cuadro de pruebas con un tenue aire de sorpresa en el rostro.

—Presión, oxígeno, humedad... todo en condiciones óptimas. Por supuesto —agregó—, éste «fue» un lugar óptimo.

Kellon asintió. Luego dijo:

—El doctor Darnow y yo daremos primero un vistazo alrededor. Viresson, que no salgan los pasajeros.

Cuando fue en unión de Darnow a la cámara reguladora de presión, situada abajo, oyó el clamor de las voces que venían desde el camarote principal y pensó que a Viresson le había tocado una buena papeleta que resolver. Aquellos tipos no estaban acostumbradas a que les dijeran que no, y adivinaba su resentimiento contra aquella orden. Guando salieron de la cámara reguladora de presión, un aire frío y húmedo saludó a Kellon. Quedaron a pie firme sobre el terreno embarrado y arenoso que se hundía un poco bajo sus botas a medida que se alejaban trabajosamente de la nave. Se pararon, tiritando, y contemplaron las inmediaciones. Bajo un cielo encapotado de nubarrones grises se extendía un triste paisaje sin sol y de color pardo. Nada rompía el monótono color de tierra pelada más que los ocasionales cascos de hielo que aún quedaban en las partes bajas. Un viento recio y voluble agitó el crudo ambiente y luego cesó totalmente. Tras ellos no se oía otro ruido que el tintineo que emitía la corteza de la nave en sus contracciones al enfriarse. Kellon pensó que, por encima de todo sentimentalismo, aquello no era más que un mundo de melancolía. Pero los ojos de Darnow aparecían resplandecientes.

—Tendremos que aprovechar al máximo cada minuto que estemos aquí —murmuró—.Hasta el último minuto.

En cosa de dos horas, el pesado equipo radiofónico había sido cargado en dos grandes tractores y se alejaban de la astronave en dirección Este. En uno de ellos viajaba Lorri Lee, vestida con un traje resplandeciente de color lila y de seda sintética. Kellon, temiendo la posibilidad de que cayeran sobre algún terreno de arenas movedizas, acudió a los acantilados desde donde se contemplaban las ruinas de Nueva York para estar presente en la primera emisión. Cuando ésta estuvo en marcha se arrepintió de haber ido. Porque Lorri Lee, con su cabeza rubia que destacaba más aún con la luz tristona, dio rienda suelta a todos sus encantadores gestos, ya ensayados, frente a las cámaras, señalando con gran excitación hacia las ruinas que yacían a sus pies.

—¡Resulta tan increíble! —gritaba para oyentes de mil mundos—. ¡Es increíble encontrarse aquí, en la Tierra, contemplar de nuevo los viejos lugares! ¡Es algo que se apodera de una!

Algo, en efecto, se apoderó de Kellon. Le hizo sentir náuseas. Dio media vuelta y se volvió hacia la nave, pensando en aquel momento que, si Lorri Lee cayera en las arenas movedizas durante el camino de regreso, después de todo, no sería una gran pérdida. Pero aquel primer día fue sólo el principio. La gigantesca nave se convirtió pronto en el centro de diversos y continuos programas. Había sido especialmente equipada para conectar con la estación más próxima de la red de la Federación, y sus transmisores raras veces estaban callados. Kellon se dio cuenta de que Darnow, a quien se le suponía coordinador de todos estos programas, se hallaba totalmente ajeno a ello. El diminuto historiador vivía sobre un séptimo cielo en este viejo planeta, que había sido descubierto a la vista por vez primera desde hacía miles de años, y se pasaba fuera la mayor parte del tiempo ocupado en otras cosas de mayor interés para él. Y fue a su ayudante, un joven activo, inquieto y fatigado, a quien cupo intentar una reconciliación con las insistentes demandas y exigencias de las altamente temperamentales estrellas radiofónicas.

Kellon experimentaba un creciente hastío al tener que estar allí, mientras salía al éter toda aquella sarta de disparates. Aquella gente estaba pasando una especie de día de campo, pero a él le importaban muy poco todos ellos y sus programas. Roy Quayle, el joven diseñador de modas, formó un desfile semi-humorístico, semi-nostálgico, al estilo de la antigua moda de la Tierra, vistiendo a las bellas muchachas con ciertos trajes de época, que resultaban ridículos, de los cuales traía un duplicado. Barden, el famoso productor de guiones, pasó antiguas películas referentes a los antiguos dramas de la Tierra que hicieron llorar y reír en sus tiempos a todo el mundo. Jay Maxson, un saliente político en el Congreso de la Federación, discutió con Borrodale los sistemas políticos de los viejos tiempos, de forma previamente calculada para no dejar en el peor lugar a su propio partido extendido por toda la galaxia.

Los Arcturus Players, un brillante grupo de jóvenes artistas, dieron lectura a poemas y dramas de la vieja Tierra. No era más que eso: una representación teatral, pensaba Kellon malhumorado. Gente mayor y famosa, aprovechando por los pelos la oportunidad que les brindaba la muerte ocasional de un planeta olvidado, para ponerse ante la atención del público, igual que niños sabihondos. Mientras tanto, había un verdadero trabajo que realizar en la galaxia, el trabajo de Astrografía, el interminable y agotador pero siempre fascinante trabajo de cartografiar los sistemas y mundos desconocidos. Y en vez de realizar esta importante misión, le habían condenado a pasar aquí semanas y meses con esta cuadrilla de comediantes. A los científicos e historiadores los respetaba. Estos aparecían pocas veces ante las cámaras y su interés era verdadero. Fue uno de ellos llamado Haller, biólogo, quien excitadamente mostró a Kellon un puñado de tierra húmeda, una semana después de su llegada.

—¡Mire esto! —dijo con orgullo. Kellon se quedó mirando.

—¿Qué?

—Estas semillas son de cizaña. Véalas.

Kellon las estudió, viendo que de cada una de las minúsculas semillas brotaba un tallo nuevo tan delgado como un cabello.

—¿Acaso están germinando? —preguntó incrédulo. Haller asintió feliz.

—Sin duda alguna. Ya lo sospechaba yo. Cuando el Sol perdió todo su vigor, de acuerdo con los antecedentes que tenemos, en el hemisferio norte era casi primavera.

Era cosa de pocas horas la temperatura comenzó a descender y la hidrosfera y atmósfera iniciaron su proceso de congelación.

—¡Pero eso, seguramente, acabó con la vida de todo el planeta...!

—No —dijo Haller—. Ciertamente acabó con la vida de las plantas superiores, árboles, arbustos de hoja perenne, etcétera. Pero las semillas de plantas temporales se quedaron en animación suspendida a causa del frío. Y ahora, el calor las está haciendo germinar.

—¿Entonces tendremos hierba y plantas menores?

—Muy pronto; a medida que vaya aumentando e! calor.

En realidad, según transcurrían las primeras semanas, el calor se iba acentuando más. Un día se dispersaron las nubes y aparecieron en e¡cielo los débiles rayos blancos de aquel minúsculo sol que parecía un diamante. Y llegó una mañana en que encontraron la quebrada llanura de! paisaje ligeramente teñida de un verde pálido. Y creció la hierba, y botaron las semillas, y germinaron las vides, todas ellas como queriendo acelerar su crecimiento, como si supieran que ésta, su última temporada, iba a durar poco. Pronto el barro pelado y oscuro de las colinas y valles fue reemplazado por un tapiz verde y por doquier rompía la vegetación y comenzaban a aparecer las flores. Tréboles, campanillas, dientes de león, violetas, todas brotaron una vez más. Kellon dio un largo paseo, ahora que no tenía que esforzarse caminando por el barro. El griterío que rodeaba a la nave, el constante discutir de aquellos antagónicos temperamentos y las aguas y febriles voces le ahuyentaban de allí. Se encontraba mejor apartándose solo de aquel bullicio.

Había vuelto la hierba y las flores pero, por lo demás, seguía siendo un mundo vacío. Pese a ello, se encontraba cierta paz de espíritu al pasear arriba y abajo por los largos y serpenteantes declives cubiertos de verde. El sol era ahora brillante y alentador, y blancas nubes moteaban el cielo. El viento susurraba cálido mientras Kellon se sentaba en una ladera y extendía su mirada hacia poniente donde ya no vivía nadie ni viviría jamás.

—Qué gran tristeza —pensaba—. Pero es mejor esta paz que el bullicio de esos charlatanes.

Permaneció largo tiempo sentado frente a los oblicuos rayos del sol, sintiendo que sus agarrotados nervios se relajaban. La hierba se mecía a su alrededor, agitándose en largas olas, y las flores más altas se inclinaban en una reverencia. No había otro movimiento ni otra clase de vida. Que pena, pensaba, que no hubiera ni siquiera pájaros en esta última primavera de la vieja Tierra; ni siquiera una mariposa. Bueno, lo mismo daba, porque todo ello iba a durar muy poco. Cuando empezaba a caer la oscuridad del ocaso y Kellon regresaba a la nave, de repente se apercibió de que en el apagado firmamento había una burbuja brillante. Se detuvo a contemplarla y en seguida recordó lo que era.

Sin duda se trataba de la luna del viejo planeta, que no había podido ver sobre el cielo encapotado de nubes durante las noches anteriores. Prosiguió su camino, rodeado de aquella luz difusa. Al regresar al iluminado camarote principal de la nave, sus relajados nervios sufrieron una repentina sacudida. Se estaba desarrollando una pendencia de primera clase, en la. que todos intervenían o comentaban el hecho. Lorri Lee, como si fuera una niña antojadiza quejándose de algo, alegaba que deseaba ocupar e! espacio de la emisión del día siguiente, en favor de su programa de interés femenino, mientras que alguien contradecía sus pretensiones. Mientras tanto, Vallely, el joven ayudante de Darnow, aparecía inquieto y fuera de sí. Kellon pasó junto a ellos sin que se apercibieran de él, cerró con llave la puerta de su camarote, se sirvió generosamente una copa y maldijo de nuevo al servicio de Astrografía por la misión que le había encomendado. A la mañana siguiente tuvo buen cuidado en salir temprano de la nave antes de que estallara la tormenta. Al cargo de la misma dejó a Viresson, aunque nada había que hacer en aquellos momentos, y se alejó paseando por las verdes laderas antes de que nadie tuviera tiempo de llamarle.

Kellon pensaba que aún tenían por delante otras cinco semanas. Luego, gracias a Dios, la Tierra se acercaría tanto al Sol que la nave habría de volver a su propio elemento espacial. Mientras llegaba este día deseado, él permanecería fuera de la vista de todos en lo que fuera posible. Cada día caminaba varias millas. Tenía gran cuidado en alejarse del Este y de las ruinas de Nueva York, donde los otros iban con frecuencia. Pero paseaba en dirección norte, oeste y sur sobre las laderas herbáceas y florecientes de un mundo vacío. Al menos había encontrado la paz, aunque no hubiera nada que ver. Pero, después de un tiempo, Kellon se apercibió de que había cosas por ver, si se las buscaba. Entre ellas destacaban los cambios sufridos por el cielo, que nunca parecía igual. A veces eran recias nubes blancas y de azul profundo que cruzaban como poderosas naves. Pero, de repente, se tornaban grises y deprimentes y la lluvia le rociaba, para terminar con un rayo de sol que traspasaba las nubes y las desgajaba como cintas voladoras. Y hubo una ocasión en que contempló, desde una serranía, el paso de una vasta tormenta que avanzaba sobre el continente, como si fuera un ejército, cubriéndolo de oscuridad y sombras, con un fondo de gallardetes luminosos y estruendos de tambores.

Los vientos y la luz del sol, la fragancia del aire, la imagen de la luna y el contacto de la suave hierba bajo sus pies, todo ello, parecía singularmente real y apropiado. Kellon había caminado por muchos mundos bajo la luz de otros soles con colores muy distintos y algunos -de ellos no llegaron a gustarle, pero jamás había, encontrado un mundo, que pareciera tan exactamente a tono con su cuerpo, como este planeta gastado y vacío. Se preguntó vagamente cómo sería cuando estuviera poblado de pájaros, árboles, animales de todas clases, carreteras y ciudades. Por las noches se pasaba las horas solo en su camarote contemplando libros ilustrados de la biblioteca de consultas, que Darnow y los demás habían traído a bordo, y aunque realmente no le importaba aquello demasiado, al menos ofrecía cierto interés y le apartaba del alboroto y pendencias que tenían lugar entre los expedicionarios.

A partir de entonces durante sus paseos, Kellon trataba de imaginarse el verdadero aspecto de todo aquello en tiempos remotos. Sobre aquellos prados abundarían los petirrojos y azulejos, los abejorros chupando el dulce de las corolas; elevados árboles cuyos nombres le eran igualmente extraños, olmos, saúcos y sicómoros. Pequeños animalillos de fina piel, nubes de insectos zumbadores; peces y batracios en las lagunas y ríos, una vasta y compleja sinfonía de vida, tiempo ha desaparecida y olvidada. ¿Pero estaban menos olvidados todos los hombres, mujeres y niños que habían vivido aquí? Borrodale y los otros hablaban mucho en sus emisiones sobre la gente de la antigua Tierra pero éste era sólo un nombre sin cara, un término carente de significado.

Seguramente que ninguno de aquellos millones de seres pensó jamás en sí mismo como parte integrante de una multitud innumerable. Cada uno fue para sí, y para sus allegados, un ente individual, único, que no se repetiría jamás. ¿Qué podían saber estos locuaces charlatanes, ni nadie, acerca de aquellos individuos? Kellon encontraba, aquí y allá, vestigios de ellos, insignificantes pecios que habían sido respetados por la opresión de los hielos. Una retorcida hoja de acero, una viga o un riel elaborado por alguien. Una cantera con las marcas dejadas en la roca por las herramientas, donde seguramente los hombres, en un tiempo, sudaron al sol. Los quebrados parches de hormigón que se prolongaban en una línea rugosa para formar una carretera sobre la que una vez viajaron nombres y mujeres, corriendo en pos de misiones de amor o ambición, codicia o temor. Pero encontró algo más: un sorprendente hallazgo por mera casualidad. Siguiendo un arroyo que discurría por un valle muy estrecho saltó a la otra orilla, mas, a! levantar la vista, descubrió que había una casa.

Kellon creyó al principio que todo estaría milagrosamente entero y conservado y, seguramente, eso no podía ser. Pero, cuando se aproximó más, vio que todo era una ilusión y que la destrucción había operado también sobre ella. Sin embargo, la casa permanecía increíblemente reconocible. Era una casa de recreo, construida de piedra, con bajas paredes y tejado de pizarra, situada junto al verde declive que formaba la pared de un valle. Un alero y parte del extremo de un muro se encontraban derruidos. Kellon, al estudiar su disposición sobre la pared, llegó a la conclusión de que el hielo debió formar sobre la casa un caprichoso arco natural, preservándola de la enorme presión que había destruido todas las demás estructuras. En las ventanas y puertas sólo se veían toscas aberturas. Penetró dentro y estuvo mirando las frías sombras de lo que, en un tiempo pasado, fuera una habitación. Había algunas destrozadas piezas de mobiliario completamente podridas, y e! polvo y barro seco acumulado a lo largo de una pared contenía irreconocibles partículas de metal herrumbroso, pero no había nada más. Adentro se sentía una fría y ahogada opresión, y entonces salió a la terracita y se sentó al sol.

Mirando a la casa calculó que no podía haber sido edificada después del siglo veinte. En ella debió vivir gente bastante distinta durante los cientos de años que precedieron a la evacuación de la Tierra. Kellon consideró extraño el que las fotografías aéreas tomadas por los hombres de Darnow en busca de reliquias no la hubieran descubierto. Pero luego no ¡o consideró tan extraño, porque los muros de piedra ofrecían un color grisáceo poco visible y, además, se encontraba bastante oculta por e! despeñadero que formaba el valle. Sus ojos fueron a posarse sobre una corroída inscripción que había en e! cemento de la terraza y acercándose más limpió el barro que la cubría. Las letras aparecían muy desgastadas y comidas por e! paso del tiempo, pero le fue posible leerlas. «Villa Ross y Jennie», leyó. Kellon dejó escapar una sonrisa. Bueno, al menos, ya sabía quién vivió aquí en un tiempo, los que probablemente la habrían construido. Se imaginaba a aquellos dos jóvenes grabando sus nombres sobre el cemento húmedo, rebosantes de felicidad. ¿Quiénes habrían sido Ross y Jennie y dónde estarían ahora?

Exploró los alrededores de ¡a casa. Tras ella había lo que antaño fuera un jardín de flores. En él brotaban, en anárquico desorden, media docena de florecillas brillantes, de distintas especies, a diferencia de las que crecían silvestres sobre las laderas. Eran las semillas de un viejo jardín que habían estado esperando que acabara el largo invierno de la Tierra para germinar, y habían dormido en suspendida animación hasta que se fundieran los hielos y se presentara al fin ¡a fértil y cálida primavera. Ignoraba qué clase de flores podían ser, pero despedían una vistosidad que le agradaba. Cuando hacía el camino de regreso sobre la tierra verde a la luz suave del crepúsculo, Kellon pensó que debía contárselo a Darnow. Pero si se lo decía, seguro que la cuadrilla de charlatanes de a bordo acudirían como moscas al lugar. Se imaginaba la clase de emisiones que Borrodale y Lee y el resto de ellos iban a preparar, teniendo como solemne escenario la milenaria casa.

—No —pensó—. ¡Que se vayan al diablo!

En realidad, no le importaba demasiado la vieja casa, pero le brindaba un refugio de paz y no quería atraer hacia ella las ruidosas hordas de las que estaba tratando de escapar. En los días que siguieron, Kellon se alegró de no haberlo dicho. Aquella casa le proporcionaba un lugar de evasión donde fisgonear y sacar conjeturas, atrayendo su interés durante aquel tiempo de espera. Allí se pasaba las horas y no decía una palabra a nadie. Haller, el biólogo, le prestó un libro sobre flores de la Tierra y le traía con él para identificar las que veía en el derruido jardín. Había verbenas, claveles, dondiegos de día y los llamados berros de atrevidos colores rojos y amarillos. Muchas de estas plantas, según leyó en el libro, no se adaptaban bien a otros mundos ni habían sido trasplantadas con éxito.

Si esto era cierto, aquella iba a ser la última floración de toda su existencia. Siguió investigando en el interior de la casa, tratando de averiguar la clase de vida que llevaron sus moradores. Era una casa extraña que en nada se parecía a las modernas de construcción metálica. Incluso los tabiques interiores eran increíblemente recios y las ventanas parecían sumamente angostas. Se veía claramente que en la habitación más grande era donde aquellas gentes pasaban la mayor parte del tiempo, y sus ventanales daban al pequeño jardín, al verde valle y al riachuelo.

Kellon reflexionaba sobre la clase de personas que fueron Ross y Jennie, que en un tiempo estuvieron sentados juntos mirando por estas ventanas. Se preguntaba qué cosas habrían sido importantes para ellos, qué les habría agradado y desagradado. Kellon era un hombre que siempre fue soltero, pues los capitanes de Astrografía, cuyo campo de operaciones era ilimitado, raras veces se casaban. Pero estuvo ponderando acerca de aquel matrimonio de tantísimos años atrás, y sobre lo que pudo dar de sí. ¿Habrían tenido hijos y su sangre estaría corriendo por los lejanos mundos? Pero aunque así fuera, ¿qué relación guardaba dicha sangre con la de aquellos dos antepasados remotos? Ahora recordaba parte de un poema escrito al final del libro que le había prestado Haller, Decía así:


Flores y amantes ahora reunidos,
De vientos, campos y mares olvidados,
Sin un soplo del tiempo que ha pasado.
En el aire suave de un verano consumido.


Cierto, pensaba Kellon, ellos, Ross y Jennie estaban ahora reunidos, con todas las cosas que habían hecho y pensado, todo ello reunido bajo el polvo de este viejo planeta cuyo último y cálido verano terminaría pronto, muy pronto. Físicamente, allí estaba toda la existencia de aquel hombre llamado Ross y aquella mujer conocida por Jennie, allí estaba convertida en átomos, exceptuando la pequeña fracción de su materia que hubiera escapado hacia otros mundos. Se acordó de los nombres que todavía eran famosos a través de los mundos de la galaxia, nombres de hombres, mujeres y lugares. Platón, Shakespeare, Beethoven, Blake, el antiguo esplendor de Babilonia, y los despojos de Ankara, y las humildes casas de sus propios antepasados, todo ello aquí, todavía aquí. Kellon se estremeció mentalmente. Lo malo era que no tenía otra forma mejor de ocupar el tiempo que venir a sacar conjeturas en este pequeño y sombrío lugar.

Ya había visto todos sus misterios y carecía de objeto el seguir viniendo. Pero volvió. No es que tuviera para él un valor arqueológico sentimental, se dijo. De sentimentalismos ya había oído bastante a los charlatanes que llevaba a bordo. Kellon era un hombre del servicio de Astrografía y todo lo que deseaba era volver a su trabajo, pero mientras le tuvieran retenido aquí le resultaba mejor vagar sobre la tierra verde o andar curioseando en torno a esta vieja reliquia, que el tener que oír las interminables algazaras de los otros.

Cada vez se peleaban más, porque se estaban cansando de aquella monotonía. Les pareció de maravillas el salir en primer plano por toda la galaxia, ayudando a realizar un reportaje sobre el fin de la Tierra, pero, a medida que iba transcurriendo el tiempo, su voluble entusiasmo se fue debilitando No podían marcharse de allí, pues la expedición tenía que transmitir el desenlace final de la muerte del planeta, y éste no se realizaría hasta dentro de varias semanas. Darnow, sus ayudantes y científicos, ocupados en ir y venir a muchos viejos sitios, habrían aguantado allí eternamente, pero los otros estaban realmente aburridos. Kellon, por otra parte, había descubierto en la vieja casa el suficiente interés para soportar la espera sin que le resultara demasiado opresiva. Había leído mucho ya sobre cómo eran aquí las cosas en los pasados tiempos, y se pasaba largas horas sentado en la terracita, al sol de la tarde, tratando de imaginarse la existencia que habían llevado aquel hombre y aquella mujer, llamados Ross y Jennie.

¡Qué extraña y circunscrita parecía ahora aquella clase de vida! Leía que, en aquellos viejos tiempos, la mayoría de las gentes tenían automóviles de tierra que utilizaban para desplazarse a las ciudades donde trabajaban. ¿Se desplazarían a trabajar los dos, o sólo el hombre? Tal vez la mujer se quedara en la casa a cuidar de ¡os niños, si los tenían, y por la tarde a lo mejor se entretenía cuidando las flores del jardincito donde todavía brotaban algunas semillas supervivientes. ¿Se les habría ocurrido pensar alguna vez que, en un día futuro, cuando hiciera muchos siglos que ellos habían muerto, su casa estaría solitaria y en silencio con un visitante de las estrellas lejanas? Se acordó de un pasaje leído por los Arcturus Players, correspondiente a una obra antigua: Vienen como la sombra y así se van.

No, pensaba Kellon; Ross y Jennie eran sombras ahora, pero no lo habían sido entonces. Para ellos, y para todas las demás gentes que se imaginaba entrando y saliendo de las ciudades en aquellos días remotos, la sombra era él, el hombre del futuro que aún no existía. Aquí solo, sentado, tratando de comprender aquel tiempo pretérito, Kellon tenía a veces el fantástico presentimiento de que sus vivas imaginaciones acerca de las gentes, las multitudinarias ciudades, los movimientos y las risas eran una realidad, y que él no era más que un fantasma al acecho.

Los días del verano llegaron en seguida, cálidos, sofocantes. El Sol aparecía blanco y más grande en lo alto de los cielos, derramando sobre la Tierra más luz y más calor que recibiera en miles de años. Y toda la vegetación parecía responder con ímpetu alborozado al desarrollo final, como un acto de jubilosa afirmación que Kellon encontraba infinitamente conmovedor. Ahora, incluso las noches eran cálidas; los vientos soplaban temblorosos y suaves y, en la distancia, el océano saltaba sobre las playas en una risotada de espuma y estruendo, presa de grandes mareas solares. Con un sobrecogimiento, como si despertara de una pesadilla, Kellon comprendió de repente que sólo faltaban unos días. La espiral se iba cerrando velozmente y muy pronto el calor sería intolerable. Se dijo a sí mismo que estaría muy contento de partir. Luego tendrían que esperar en el espacio hasta que todo hubiera concluido. Después podría volver a su propio trabajo, a su propia vida, y dejarse de especular acerca de unas sombras que ya no existían. Cierto; se alegraría con la marcha. Pero cuando faltaban unos días- para el despegue, Kellon volvió a visitar la vieja casa, y estaba meditando sobre ella cuando una voz sonó a sus espaldas:

—Perfecta —dijo Borrodale—, es una reliquia perfecta.

Kellon se volvió, en cierto modo, sobresaltado y con espanto. Los ojos de Borrodale resplandecían de interés a medida que inspeccionaba la casa. Luego se volvió hacia Kellon.

—Estaba dando un paseo, capitán, y al verle venir hacia aquí se me ocurrió seguirle. ¿Es aquí donde venía usted tan a menudo?

Kellon, sintiéndose un poco culpable, trató de eludirle.

—He venido unas cuantas veces.

—¿Por qué ha querido ocultarnos esto? —exclamó Borrodale—. Desde aquí podemos rodar un formidable reportaje final. Es una antigua y típica casa de la Tierra. Roy se encargará de vestir a los Players con atuendos de aquella época y los filmaremos haciendo la clase de vida que entonces llevaban...

Kellon, inesperadamente, sintió una violenta reacción.

—No —dijo con aspereza. Borrodale arqueó las cejas.

—¿No? Pero, ¿por qué razón?

Efectivamente, poco podía importarle a Kellon que se posesionaran de la casa, que se burlaran de su vetustez y falta de condiciones, posando ridículamente ante las cámaras vestidos con trajes a la moda antigua para hacer un espectáculo con todo ello. ¿Qué podía importarle a él para quien tan poco significaba este olvidado planeta ni nada de lo que había en su superficie? Sin embargo, en sus adentros había algo que se sublevaba contra lo que pudieran hacer aquí.

—Podríamos vernos obligados a despegar de pronto—dijo—. Si se vienen todos ustedes hasta aquí, podría implicar un peligroso retraso.

—¡Pues usted mismo dijo que aún faltaban unos días!—exclamó Borrodale, y luego añadió firmemente—: Capitán, no comprendo por qué quiere obstruir nuestra labor. Pero puedo recurrir a otra autoridad por encima de la suya.

Se marchó de allí y, Kellon pensó de mal talante que si Borrodale enviaba un mensaje al Cuartel General de Astrografía se iba a salir con la suya y él quedaría en muy mal lugar. Se sentó en la terraza y estuvo recreando su vista hasta que cayeron las sombras de la noche. La Luna se alzó blanca y resplandeciente pero, esta noche, la atmósfera no estaba en calma. Un viento seco y abrasador había comenzado a soplar y al remover las altas hierbas hacía que las laderas y planicies dieran la vaga impresión de estar vivas. Era como si hubiese empezado a latir un pulso extraño en el aire y en el suelo, como si el Sol llamara a su hija la Tierra y ésta se esforzase por responder. La casa se ofrecía como de ensueño a la luz de plata y las flores del jardín emitían un susurro. Cuando regresó Borrodale, su regordeta figura negra se recortaba a la luz de la luna.

—He comunicado con su cuartel general —dijo con aire triunfante—, y me han concedido plena cooperación. Mañana haremos desde aquí nuestro primer reportaje.

—No —dijo Kellon poniéndose en pie.

—Kellon, no puede ignorar una orden...

—Mañana ya no estaremos aquí —agregó Kellon—. Soy yo el responsable de sacar la nave de la Tierra con un amplio margen de seguridad. Despegaremos a primera hora de la mañana.

Borrodale guardó silencio por un momento, y cuando habló su voz llevaba un tono perplejo.

—No hay duda de que está usted adelantando las cosas para impedir nuestra emisión. La verdad, no comprendo su actitud.

Claro que no lo comprendía, pensaba Kellon, pero ¿cómo hacérselo entender? Permaneció un rato en silencio Borrodale le miró a él y luego a la vieja casa.

—Sin embargo, tal vez le comprenda, Kellon —dijo Borrodale pensativo, después de un momento—. Usted ha estado viniendo aquí solo con bastante frecuencia. El hombre puede encariñarse demasiado con los fantasmas...

—No diga disparates —objetó Kellon bruscamente— Vale más que regresemos a la nave. Tenemos mucho que hacer antes de despegar.

Borrodale no pronunció palabra mientras hicieron el camino de vuelta por el valle plateado por la luna. Se volvió a mirar una sola vez, pero Kellon ni siquiera giró su cabeza. Doce horas más tarde despegaron de la Tierra, en una mañana triste y ominosa a causa de las nubes que se agolpaban veloces. Kellon sintió un ligero alivio cuando rebasaron la atmósfera y se internaron en la estrellada negrura sin fondo. El espacio era su elemento, al que él pertenecía. Recibiría una dura reprimenda por su arbitraria decisión final, pero no le importaba. Situó la nave en una órbita calculada y se puso a esperar. Debían transcurrir varios días antes de que llegara el fin de la Tierra. El blanco Sol aparecía ahora mucho más cerca, y su «Luna» se había alejado de él en una nueva falsa órbita, pero aun así pasaría algún tiempo antes de que pudieran retransmitir a la expectante galaxia el fin de su ancestral mundo. Kellon permanecía parte del tiempo en su camarote. Los preparativos que estaban teniendo lugar, a medida que se aproximaba el gran momento, le producían náuseas. Deseaba que todo hubiera terminado ya. Pensaba que le iba a ser insoportable. Cuando faltaba una hora y veinte minutos para la «Hora E», pensó que debía salir al puente para presenciarlo. Allí habían sido instaladas las cámaras móviles, y se encontraba abarrotado por Borrodale y por cuantos pudieron entrar allí. A Borrodale le habían encomendado la emisión de la última hora y, al parecer, los demás estaban resentidos.

—¿Por qué has de presentar tú sólo el reportaje final? —se quejaba amargamente Lorri Lee a Borrodale—. Eso no es justo.

Ouayle defendía el mismo punto enfadado.

—Será presenciado por el mayor público de la historia —decía— y todos deberíamos tener la oportunidad de hablar.

Borrodale les contestaba y las voces subían de tono. Kellon se daba cuenta de que los técnicos de la emisión parecían preocupados. Tras ellos, por la ventanilla filtrante, veía a la motita oscura del planeta que se Iba acercando a la estrella blanca. El Sol la había llamado, y la Tierra, con acelerada ansiedad, estaba recorriendo los últimos pasos de su larga carrera. Mientras tanto, el clamor levantado por las voces de protesta hizo que Kellon montara en repentina cólera.

—Escuchen —les dijo a los técnicos de la emisión—. Cierren toda clase de sonido. Que aparezca sólo la imagen.

Aquellas palabras hicieron callar a todos. Finalmente, Lorri Lee protestó:

—¡Capitán Kellon, no puede hacer eso!

—Puedo hacerlo y lo hago. Cuando navegamos por el espacio asumo el mando absoluto —dijo.

—Pero este reportaje necesita un comentario...

—Por Cristo —dijo Kellon con desgana—, callen todos ustedes y dejen morir en paz a ese planeta.

Les volvió la espalda. Ni siquiera oía sus voces de resentimiento, ni cuando guardaron todos un impresionante silencio y se pusieron a contemplar la escena a través de las ventanillas filtrantes, como la estaba contemplando él, la cámara y toda la galaxia. ¿Pero qué faltaba por ver sino una motita oscura casi engullida por los brillantes vapores del Sol? Pensó que las piedras de la vieja casa debían estar ya empezando a volatilizarse, ahora que los vapores de luz y fuego ocultaban casi por completo al insignificante planeta, atraído por la llamada de los suyos. Kellon pensó que, en aquel momento, todos los átomos de la vieja Tierra estaban siendo liberados para mezclarse con el ente solar; todo lo que antaño fuera Ross y Jennie, Shakespeare y Schubert, alegres flores y sonoros ríos, océanos, rocas y vientos, volvían a fundirse con el ser que les dio vida. Seguían contemplando en silencio, pero ya no quedaba nada por ver; nada en absoluto. También en silencio, la cámara fue desconectada. Kellon dio una orden e inmediatamente la nave salió de su órbita para comenzar el largo camino de retorno. Ya se habían marchado todos de allí, excepto Borrodale. Sin volverse siquiera le dijo:

—Ahora ya puede enviar sus quejas al cuartel general. Borrodale sacudió la cabeza.

—No formularé ninguna queja, capitán. El silencio puede ser el mejor réquiem para todo. Ahora me alegro de que haya sido así.

—¿Que se alegra?

—Sí —añadió Borrodale—. Me alegro de que, al fin. la Tierra haya tenido un verdadero funeral.

Edmond Hamilton (1904-1977)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Edmond Hamilton: Requiem (Requiem), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las abominaciones de Yondo»: Clark Ashton Smith; relato y análisis


«Las abominaciones de Yondo»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




Las abominaciones de Yondo (The Abominations of Yondo) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado en la edición de abril de 1926 de la revista pulp Overland Monthly, y posteriormente por la editorial Arkham House en la antología de 1960: Las abominaciones de Yondo (The Abominations of Yondo).

Las abominaciones de Yondo, uno de los mejores cuentos de terror de Clark Ashton Smith, relata la historia de un prisionero de los sacerdotes del dios Ong, quien es liberado en las planicies desoladas del desierto de Yondo. Sin embargo, es tal el horror que este prisionero descubre en las arenas inmemoriales que finalmente resuelve regresar a manos de sus torturadores.

En este sentido, es importante señalar que Las abominaciones de Yondo pertenece al ciclo de relatos de Zothique: un continente fantástico, situado en el futuro, y que a su vez se inscribe en el subgénero de la Tierra Moribunda (Dying Earth).




Las abominaciones de Yondo.
The Abominations of Yondo; Clark Ashton Smith (1893-1961)

La arena del Yondo no es como la de otros desiertos. Se encuentra justo en el extremo del mundo, y vientos extraños que soplan desde un abismo, cuya profundidad no ha podido determinar ningún astrónomo, han sembrado sus campos con el polvo gris de planetas corroídos, y las cenizas negras de soles extinguidos. Las montañas sombrías y con esferas que se elevan sobre una planicie áspera y erosionada no son tan sólo montañas, algunas son asteroides que han caído en la arena abismal. Cosas extrañas han surgido de espacios distantes, cuya exploración está prohibida por los dioses de todas las tierras bien gobernadas. Pero no existen dioses semejantes en Yondo, donde habitan los genios de las estrellas desaparecidas, y los demonios decrépitos cuyas casas fueron destruidas en infiernos antiguos.

Era un mediodía de primavera cuando logré salir del interminable bosque de cactus donde me habían dejado los inquisidores de Ong, cuando vi el comienzo gris de las llanuras de Yondo. Repito que se trataba de un mediodía de primavera, pero durante mi estancia en ese bosque fantástico no había encontrado nada que me recordase a la primavera; la vegetación, hinchada, moribunda, no se parecía a los demás cactus, sino que tenía siluetas abominables. El aire estaba densamente cargado de olores fétidos, y los helechos leprosos moteaban la tierra negra. Serpientes de un verde pálido levantaban la cabeza entre los arbustos, y me observaban con ojos de un ocre brillante, sin párpados ni pupilas. Todo esto me inquietó; no me gustaban los fungus monstruosos de brazos descoloridos y cabezas de un malva venenoso que crecían a los bordes de los charcos hediondos y el oleaje siniestro que cubría las aguas amarillentas no suponía precisamente un tranquilizante para alguien cuyos nervios estuviesen aún alterados por las torturas recientes. Entonces, cuando hasta los enfermizos y horrendos cactus comenzaron a escasear mientras que aparecía ya la arena cenicienta, comencé a sospechar hasta qué punto mi herejía había despertado un tremendo odio en los sacerdotes de Ong, y la perversidad infinita de su venganza.

No detallaré las indiscreciones que me habían conducido, a mí, un incauto extranjero de tierras lejanas, hasta las manos de esos temibles magos que están al servicio de Ong. Me duele recordar las indiscreciones cometidas así como las circunstancias que rodearon mi detención; pero lo peor de todo fueron los tableros enlazados con intestino de dragón y rociado de polvos, donde estiraban a los hombres desnudos; o esa habitación sin luz, con ventanas de seis pulgadas en el alféizar, por donde se paseaban cientos de gusanos que se alimentaban en una catacumba cercana. Para terminar, diré que después de agitar conmigo todos los recursos de su temible fantasía, mis inquisidores me obligaron a cabalgar durante horas y horas a lomos de un camello, para abandonarme al amanecer en ese bosque siniestro. Me dijeron que estaba libre, que podía ir adonde quisiera; y, como muestra de la clemencia de Ong, me entregaron una hogaza de pan de centeno, y una bota de vino con agua pasada a modo de provisiones. El día rayaba su hora doce, cuando yo llegaba al desierto de Yondo.

Hasta entonces no había considerado retroceder, impresionado por el horror de los cactus y las cosas infernales que crecían a su alrededor. Pero al llegar al desierto recordé la leyenda aterradora que rodeaba esa tierra, ya que Yondo es un lugar donde muy pocos se aventuran por propia voluntad. Menos aún son los que han regresado, y cuando lo han conseguido balbucean horrores desconocidos y tesoros inconmensurables; además, no supone ningún estímulo el constante movimiento que sacude sus miembros, ni la mirada extraviada de sus ojos inquietos. Por esta razón dudé al borde de las arenas cenicientas, y sentí el temor de un miedo en lo más íntimo de mis vísceras. Tan horroroso era seguir adelante como retroceder, estaba seguro de que los sacerdotes se habían asegurado de que así fuera. Caminé, hundiéndome en una blandura desagradable; me seguía una larga hilera de insectos que había encontrado entre los cactus. Tenían color de muerto y eran del tamaño de las tarántulas; pero cuando me volví y aplasté algunos con el pie, llegó hasta mi nariz una pestilencia más vomitiva aún que su propio color.

No eran más que pequeños temores en comparación con otras monstruosidades. Bajo un enorme sol escarlata, se extendía un Yondo interminable, una tierra de pesadilla contra el cielo negro. Lejos, muy lejos, se erguían las montañas esféricas; pero entre ellas había horribles vacíos de desolación, y colinas bajas, yermas. Después de una dificultosa caminata vi grandes pozos donde se habían hundido meteoros, desapareciendo de la vista; y muchas piedras preciosas de diversos colores, resplandecían y brillaban entre el polvo. Cipreses caídos se pudrían junto a mausoleos derrumbados, por cuyos mármoles cubiertos de verdín se paseaban camaleones con perlas maravillosas en sus fauces. Ocultas tras apriscos surgían ciudades donde no quedaba intacta piedra sobre piedra; ciudades inmensas y antiquísimas hundiéndose centímetro a centímetro, átomo a átomo, para alimentar la desolación infinita. Me arrastré, debilitado por la tortura, por montañas de escombros, que en otro tiempo fueron templos; a mis pies fruncían el ceño las estatuas de los dioses. Pero la nota dominante era el silencio, roto únicamente por la risa satánica de las hienas y el silbido de las serpientes entre los setos, o por los jardines antiguos, reino actual de insectos y alimañas.

Al llegar a la cumbre de uno de los numerosos apriscos en forma de montículo, me encontré ante las aguas de un extraño lago, oscuro y tan verde como la malaquita; estaba separado por barras de sal brillante. Las aguas yacían muy por debajo de mí en una hondonada en forma de taza; pero casi a mis pies surgían las lomas y montones de una sal antiquísima, bañada incesantemente por el agua del lago. Yo sabía que ese lago no era más que el amargo y triste residuo de un mar anterior. Descendiendo, me aproximé a las oscuras aguas y comencé a lavarme las manos; pero había algo cortante y corrosivo y desistí de mi propósito, prefiriendo el polvo del desierto, que hasta entonces me había envuelto como una capa.

Descansé a la orilla del lago, y empujado por un punzante apetito consumí parte de las escasas provisiones. Mi propósito era reunir todas mis fuerzas y llegar como pudiera a las tierras que se extienden al norte de Yondo. Estas tierras están desiertas, pero su desolación es más natural que la de Yondo; además, se sabe que en ocasiones se asientan allí ciertas tribus de nómadas. Si la fortuna me sonriese, podría encontrarme con alguna.

La escasa colación me reanimó, y por primera vez en semanas sentí una ligera esperanza. Los insectos con aspecto de cadáveres ya no me seguían, y a pesar del silencio sepulcral y de las ruinas polvorientas, no había vuelto a encontrar nada tan horrible. Hubo un instante en que pensé que había cierta exageración en las abominaciones del Yondo.

Fue en ese instante cuando oí una carcajada diabólica desde la colina, sobre mi cabeza. El ruido comenzó de repente, sobresaltándome, y continuó sin parar, sin variar una sola nota, como si fuera la risa de un demonio idiota. Me volví y vi la boca de una oscura cueva, dentada con estalactitas verdes, que hasta entonces no había visto. Al parecer, el ruido provenía de ahí.

Con una intensidad producida por el pánico, observé la abertura negra. La carcajada se hizo más intensa, pero no pude ver nada. Por fin capté un destello blanco en la profundidad, y entonces, con la rapidez de un rayo, salió una cosa monstruosa. Su cuerpo era pálido, lampiño, en forma de huevo, del tamaño de una cabra; se movía sobre nueve patas largas, flexibles y peludas, como las de una araña gigante. La extraña criatura pasó corriendo por mi lado hacia el borde del lago, y entonces vi que su rostro carecía de ojos; sin embargo, por encima de su cabeza destacaban dos largas orejas en forma de cuchillos, y un pellejo delgado y arrugado colgaba sobre su boca, de labios húmedos, separados en una carcajada eterna, dejaban entrever filas de colmillos de murciélago.

Bebió con avidez de las amargas aguas del lago; después, cuando calmó su sed, se volvió y pareció notar mi presencia, ya que el pellejo se erizó, y me olfateó. No sé si me hubiera atacado, y si habría escapado de allí, pero como yo no podía tolerar tan desagradable visión, corrí temblando entre los grandes peñascos y los bloques de sal que bordeaban el lago. Agotado y sin aliento, me detuve, pero al volver la cabeza advertí que nadie me seguía. Temblando aún, me senté a la sombra de una roca. Pero no duraría mucho mi descanso, porque en ese momento comenzó la segunda de esas extrañas aventuras que me obligaron a creer en todas las leyendas que había oído.

Mucho más alarmante que la carcajada diabólica fue el grito que se elevó a mi lado, procedente de la arena silícea; era el grito de una mujer en medio de una atroz agonía. Al volverme, pude contemplar a una Venus, desnuda, con una perfección blanca que podía resistir cualquier escrutinio, ya que estaba incrustada en la arena hasta el ombligo. Sus ojos, abiertos por el terror, me imploraban, y sus manos de loto se extendían hacia mí, mendicantes. Corrí a su lado, y toqué una estatua de mármol, cuyos párpados tallados caían en un sueño enigmático; sus manos estaban enterradas junto a la hermosura perdida de las caderas y los muslos. Escapé, aturdido por un nuevo miedo, y una vez más oí el grito de agonía de una mujer. Pero en esta ocasión no me volví.

Cuesta arriba por una ladera al norte del lago, tropezando con piedras de basalto y bordes afilados de metales, tambaleando por pozos de sal o terrazas desgastadas por las mareas de eones antiquísimos, huí y escapé como un hombre que pasa de una pesadilla a otra, en el transcurso de una noche cacodemoniaca. De cuando en cuando sentí un suspiro helado, ajeno al viento, y al mirar atrás advertí una sombra que corría siguiendo mis huellas. No era la sombra de un hombre, ni de un mono o bestia conocida; tenía una cabeza grotescamente alargada y un cuerpo ancho. Tampoco pude determinar si la sombra tenía cinco patas o si la quinta era una cola.

El miedo renovó mi fuerza, y cuando llegué arriba me atreví a mirar atrás. Pero la sombra extraña seguía aún mis huellas, y entonces llegó hasta mí un hedor repugnante, hediondo como el de los murciélagos que cuelgan en los desolladeros entre los montones de carnes podridas. Corrí durante muchas leguas, mientras el sol rasgaba las montañas que yacen al oeste; pero la extraña sombra se alargaba igual que la mía, conservando siempre la misma distancia detrás de mí.

Una hora antes del ocaso llegué a un círculo formado por pequeños dólmenes que milagrosamente seguían intactos. Al pasar, me pareció oír un gemido, similar al quejido de un animal salvaje, una mezcla de rabia y miedo; entonces advertí que la sombra no me había seguido dentro del círculo. Me detuve, concluyendo que había encontrado un santuario donde mi perseguidor no se atrevía a entrar. Pronto confirmé mis sospechas. La cosa dudó, y corrió alrededor del círculo, parando de vez en cuando entre las mismas; pero en ningún momento dejó de gemir, y por último se alejó desapareciendo por el desierto hacia el sol poniente.

Durante media hora no me atreví a moverme; pero luego, la proximidad de la noche, con todas sus posibilidades de nuevos terrores, me obligó a seguir adelante, siempre hacia el norte. Me encontraba en ese momento en el mismo corazón de Yondo, donde bien podían habitar demonios o fantasmas que no respetarían necesariamente el santuario de columnas intactas.

A medida que avanzaba, la luz solar cambió; el disco rojo, al aproximarse al horizonte, se hundió deshaciéndose en un cinturón de resplandores y miasmas, donde el polvo flotante de las ruinas de la metrópolis de Yondo se mezclaba con los desagradables vapores que se elevaban en forma de columna hacia el cielo desde los enormes golfos negros que se encuentran más allá del extremo del mundo. A la luz roja, las montañas redondas, las colinas serpenteadas y las ciudades perdidas adquirían un tono escarlata oscuro y fantasmal.

Entonces, desde el lejano norte, donde las sombras cobran un color mostaza, surgió una extraña figura; era un hombre alto, completamente cubierto por una cota de malla, o al menos pensé que se trataba de un hombre. Al aproximarse, resonando su armadura a cada paso, observé que su cota de malla era de cobre cubierta de verdín; llevaba un casco del mismo metal, adornado con cuernos retorcidos y una afilada cresta que sobresalía encima de la cabeza; y digo cabeza porque estaba oscureciendo y no podía ver con claridad a cierta distancia. Pero cuando la aparición estuvo más próxima pude advertir que bajo el yelmo no había rostro alguno, y por un momento el perfil del casco vacío se dibujó en las sombras crepusculares. La figura pasó a mi lado, haciendo sonar tristemente su armadura, y desapareció.

Pero inmediatamente después, cuando el sol estaba en su punto más bajo, llegó una segunda aparición galopando a toda carrera y parando cuando estuvo a mi altura; era la momia monstruosa de un antiguo rey, cuya cabeza estaba coronada por una tiara de oro sin mancillar. Al volver su rostro advertí el paso del tiempo y el asiduo trabajo de los gusanos. Sobre el esqueleto flotaban ropajes destrozados, y encima de la corona, de zafiros y rubíes anaranjados, colgaba algo negro que asentía macabramente. Por un instante no pude adivinar de qué se trataba. Entonces se abrieron dos ojos oblicuos de color rojo, que resplandecían como dos carbones, y dos fauces triangulares que parecían una boca de simio. Una cabeza cuadrada, sin pelo y deforme se inclinaba desde un cuello largo y susurraba algo inaudible al oído de la momia. Entonces, y de una sola zancada, el monstruo salvó la mitad de la distancia que nos separaba y apareció un brazo con guantelete de debajo de las ropas rasgadas, brazo de cuyo extremo colgaban dedos descarnados y agarrotados, cargados de pesadas sortijas, que trataban de aferrar mi cuello.

Retrocediendo lejos, muy lejos a través de años de luz llenos de locura y terror, en una huida alocada y precipitada, escapé de los dedos insidiosos que quedaron colgando en el crepúsculo. Retrocediendo lejos, muy lejos, hasta el infinito, sin pensar, sin dudar, lanzándome hacia todas las abominaciones que abandonara. Huí retrocediendo hacia el denso anochecer, hacia las ruinas indefinidas y estáticas, hacia el lago encantado, y el bosque de los cactus malignos; huí retrocediendo hasta que llegué a los crueles y cínicos inquisidores de Ong, que aguardaban mi regreso.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del relato de Clark Ashton Smith: Las abominaciones de Yondo (The Abominations of Yondo), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Charles Beaumont.
Poema de Clark Ashton Smith.
Poema de H. P. Lovecraft.


Relato de Bernard Capes.
Consultorio paranormal.
Poema de Leah Bodine Drake.