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«En la oscuridad»: Edith Nesbit; relato y análisis.


«En la oscuridad»: Edith Nesbit; relato y análisis.




«Dijo que no podría deshacerme del cuerpo.
Y no puedo. No puedo.»



En la oscuridad (In the Dark) es un relato de terror de la escritora inglesa Edith Nesbit (1858-1924), publicado originalmente en la antología de 1910: Miedo (Fear). Más adelante reaparecería en El libro de Oxford de cuentos góticos (The Oxford Book of Gothic Tales).

En la oscuridad, uno de los cuentos de Edith Nesbit menos conocidos, relata la historia de dos viejos amigos [Haldane y Winston] que se reencuentran y conversan sobre un tercer camarada, llamado Visger, un sujeto que posee la inusual habilidad de saberlo todo.


«Cuando estudiábamos en la escuela con mi amigo había un chico. Era un tramposo. Siempre les decía a los profesores cosas malas que hacían otros niños. Pero no veía estas malas acciones con sus propios ojos. Simplemente lo sabía todo y los profesores le creían. No sé qué era. ¿Un tercer ojo o un sexto sentido?»


Es casi sobrenatural cómo Visiger conoce los secretos más oscuros de cada persona. Esta capacidad de anticipación lo hace notablemente difícil de asesinar.

Sin embargo, Haldane estrangula a Visger luego de que este «mojigato» insufrible le costó la relación con su prometida. La última burla de Visger es una predicción justo antes de morir: Haldane nunca podrá deshacerse de su cuerpo, y así se demuestra en el curso de la historia. «Siempre supo cosas que no podía saber», lamenta el asesino.

Desde entonces, Haldane es atormentado por extrañas presencias durante la noche, a tal punto que ha decidido terminar con su vida antes de morir de puro terror en la oscuridad.

En la oscuridad cuenta con un reducido elenco de personajes, y en el poco tiempo que pasamos con ellos adquieren agencia propia. Por un lado está Haldane, un hombre al borde del colapso nervioso después de haber sucumbido a la ira y el rencor, y haber asesinado a un tipo desagradable. Por el otro tenemos a Winston [el narrador], un sujeto de buen corazón que hace todo lo que está a su alcance para que su amigo logre recuperar la cordura. Y después está Visger. No pasamos tiempo con él, pero aun así entendemos a la perfección la clase de idiota que era:


«Visger creció siendo un mojigato. Era vegetariano y abstemio, un fanático de la ciencia cristiana y todas esas cosas.»


En este contexto, Winston convence a Haldane de realizar un viaje juntos. Durante un tiempo, las cosas marchan bastante bien. Las visiones dejan de atormentar a Haldane, sin embargo, este todavía conserva un comportamiento infantiloide cuando se encuentra en un sitio oscuro.

A pesar de los mejores esfuerzos del narrador por liberar a su amigo de la desesperación, el ciclo que pronosticó Visiger se completa, aunque no de manera sobrenatural. Pensándolo bien, el final que plantea Edith Nesbit es tan absurdo, tan inverosímil, que el elemento sobrenatural bien podría estar presente de forma subrepticia. Como mínimo, estamos ante un hombre [Haldane] que es una especie de imán para cadáveres.




En la oscuridad.
In the Dark, Edith Nesbit (1858-1924)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Puede que fuera una forma de locura, puede que realmente estuviera obsesionado, o puede que —aunque no pretendo entender cómo— haya sido el desarrollo, a través de un intenso sufrimiento, de un sexto sentido en una naturaleza muy nerviosa y muy sensible. Algo ciertamente lo llevó a donde estaban Ellos. Y para él Todos eran uno.

Me contó la primera parte de la historia. La última parte la vi con mis propios ojos.


I

Haldane y yo éramos amigos incluso en nuestros días de escuela. Lo primero que nos unió fue nuestro odio común hacia Visger, que venía de nuestra parte del país. Era la persona más intolerable, niño y hombre, que he conocido. No decía una mentira. Y eso estaba bien, pero no se detenía allí. Si le preguntaban si algún otro tipo había hecho algo, si se había salido de los límites o si había hecho alguna clase de broma, siempre decía: «No lo sé, señor, pero creo que sí». Lo que él creía siempre era correcto. Recuerdo que Haldane le retorcía el brazo para que dijera cómo sabía lo del cerezo, y él sólo dijo: «No lo sé; estoy seguro». Y tenía razón, ¿entiende?. ¿Qué se puede hacer con un chico así?

Crecimos para ser hombres. Al menos Haldane y yo lo hicimos. Visger creció para ser un mojigato. Era vegetariano y abstemio, un fanático de la Ciencia Cristiana, pero no era un mojigato común. Sabía todo tipo de cosas que no debería haber sabido, que no podría haber sabido de ninguna manera ordinaria y decente. No es que descubriera cosas; simplemente las sabía. Una vez, cuando yo estaba muy triste, él entró en mi habitación (estábamos todos en nuestro último año en Oxford) y habló de cosas que yo apenas entendía. Ésa fue realmente la razón por la que fui a la India ese invierno.

Estuve fuera más de un año. Al regresar, pensé mucho en lo maravilloso que sería volver a ver al viejo Haldane. Si pensaba en Visger, deseaba que estuviera muerto, pero no pensaba mucho en él.

Quería ver a Haldane. Siempre fue un tipo tan alegre, amable, sencillo, honorable, tenso y lleno de simpatías prácticas. Anhelaba verlo, ver la sonrisa en sus alegres ojos azules que miraban desde la red de arrugas que la risa había formado alrededor, oírlo y sentir el buen apretón de su gran mano. Fui directamente de los muelles a sus aposentos en Gray's Inn, y lo encontré frío, pálido, anémico, con ojos apagados y una mano flácida, labios pálidos que sonreían sin alegría y expresaban una bienvenida anodina.

Estaba rodeado de un montón de muebles desordenados y efectos personales a medio embalar. Había unas cajas grandes atadas con cuerdas y estanterías de libros.

—Sí, me voy —dijo—. No soporto estas habitaciones. Hay algo extraño en ellas, algo diabólico.

El crepúsculo otoñal llenaba de sombras los rincones.

—Tienes las pieles —dije, sólo por decir algo, porque vi la gran caja que las contenía.

—¿Pieles? —dijo—. Oh, sí. Muchas gracias. Sí. Me olvidé de las pieles.

Se rió, supongo que por cortesía, porque no era broma lo de las pieles. Eran muchas y de buena calidad, las mejores que podía conseguir con mi dinero, y las había visto empaquetadas y enviadas cuando tenía el corazón muy apenado. Se quedó mirándome y no dijo nada.

—Vamos a cenar algo —dije con toda la alegría que pude.

—Estoy demasiado ocupado —respondió, después de una breve pausa y de echar un vistazo a la habitación—. Mira, me alegro muchísimo de verte. Si pudieras pasarte y pedir la cena…

Fui.

Cuando volví había despejado un espacio cerca del fuego y había trasladado allí su gran mesa de entrada. Cenamos a la luz de las velas. Traté de ser divertido. Estoy seguro de que él también lo intentó. Ninguno de los dos lo logró. Sus ojos demacrados me observaban todo el tiempo, salvo en esos fugaces momentos en los que, sin girar la cabeza, miraba por encima del hombro hacia las sombras que se agolpaban alrededor del pequeño lugar iluminado donde estábamos sentados.

Cuando terminamos de cenar y el hombre vino a retirar los platos, miré a Haldane con mucha atención, de modo que se detuvo en una anécdota sin sentido y me miró interrogativamente.

—¿Y bien? —dije.

—No me estás escuchando —dijo petulantemente—. ¿Qué pasa?

—Eso es lo que quiero que me digas —dije.

Se quedó callado, lanzó una de esas miradas furtivas a las sombras y se agachó para atizar el fuego.

—Estás hecho pedazos —dije alegremente—. ¿Qué has estado haciendo? ¿Vino? ¿Jugando a las cartas? ¿Especulando? ¿Una mujer? Si no me lo quieres decir, tendrás que decírselo a tu médico. Pero, querido amigo, estás hecho un desastre.

—Eres un buen amigo para tener en casa —dijo, y sonrió con una sonrisa mecánica que no resultaba nada agradable de ver.

—Creo que soy el amigo que buscas —dije—. ¿Crees que soy ciego? Algo ha ido mal. ¿Morfina, tal vez? Y has estado dándole vueltas al asunto hasta perder todo sentido de la proporción. Déjalo ya, amigo. Te apuesto un dólar a que no es tan malo como crees.

—Si pudiera decírtelo a ti... o a cualquiera —dijo lentamente—, no sería tan malo como es. Si pudiera decírselo a alguien, te lo diría a ti. Y, aun así, te he dicho más a ti que a cualquier otra persona.

No pude sacarle nada más, pero me presionó para que me quedara. Me habría dado su cama pero yo había alquilado mi habitación en el Victoria y esperaba cartas. Así que lo dejé, bastante tarde, y él se quedó de pie en las escaleras, sosteniendo una vela sobre la barandilla para iluminarme.

Cuando volví a la mañana siguiente, ya no estaba. Unos hombres estaban trasladando sus muebles a un gran furgón que tenía pintado en letras grandes el nombre de alguien. No le había dejado ninguna dirección al portero y se había ido en un cabriolé con dos maletas... a Waterloo, pensó el portero.

Bueno, un hombre tiene derecho al monopolio de sus propios problemas, si así lo desea. Y yo tenía mis propios problemas que me mantenían ocupado.


II

Pasó más de un año cuando volví a ver a Haldane. Para entonces ya había alquilado habitaciones en el Albany y él se presentó allí una mañana, muy temprano, antes del desayuno. Si antes tenía un aspecto cadavérico, ahora parecía casi fantasmal. Su rostro parecía desgastado, como una concha de ostra que durante años ha sido arrojada al mar dos veces al día en una orilla llena de guijarros. Sus manos eran delgadas como las garras de un pájaro y temblaban como mariposas atrapadas.

Le di la bienvenida con cordialidad y le pedí que desayunara. Esta vez, decidí, no haría preguntas, porque vi que no eran necesarias. Él me lo diría. Tenía la intención de decírmelo. Había venido para decírmelo y para nada más.

Encendí la lámpara de alcohol, preparé café y le conversé un rato, comí y bebí y esperé a que empezara. Y así empezó:

—Voy a suicidarme —dijo—. No te alarmes —supongo que yo había dicho o mirado algo—. No lo haré aquí ni ahora. Lo haré cuando tenga que hacerlo, cuando ya no pueda soportarlo más. Y quiero que alguien sepa por qué. No quiero sentir que soy el único ser vivo que lo sabe. Y puedo confiar en ti, ¿no?

Murmuré algo tranquilizador.

—Me gustaría que, si no te importa, me dieras tu palabra de que no le dirás a nadie lo que te voy a contar mientras viva. Después podrás decírselo a quien quieras.

Le di mi palabra.

Se quedó en silencio mirando el fuego. Luego se encogió de hombros.

—Es extraordinario lo difícil que es decirlo —dijo y sonrió. —El caso es que ya conoces a esa bestia, George Visger.

—Sí —dije—. No lo he visto desde que regresé. Alguien me dijo que había ido a una isla u otra a predicar el vegetarianismo a los caníbales. De todos modos, ya no está en el camino, mala suerte para él.

—Sí —dijo Haldane—, ya no está en el camino. Pero no está predicando nada. De hecho, está muerto.

—¿Muerto? —fue todo lo que se me ocurrió decir.

—Sí —dijo él—; no es de conocimiento público, pero lo está.

—¿De qué murió? —pregunté, aunque no me importaba. El simple hecho me bastaba.

—Ya sabes lo entrometido que era siempre. Siempre lo sabía todo. Hablaba de corazón a corazón... y lo decía todo abiertamente y con transparencia. Bueno, se interpuso entre otra persona y yo... le dijo un montón de mentiras.

—¿Mentiras?

—Bueno, las cosas eran ciertas, pero él las convirtió en mentiras de la manera en que las contó, ya sabes.

Asentí.

—Y ella me abandonó. Murió. Ni siquiera éramos amigos. No pude verla... antes... ni siquiera pude... Oh, Dios mío... Pero fui al funeral. Él estaba allí. Lo habían invitado. Y luego volví a mis habitaciones, y me quedé sentado, pensando. Y él se acercó.

—Espero que lo hayas echado.

—No, no lo hice. Escuché lo que tenía que decir: «Sin duda, todo fue para bien». Él no sabía lo que yo pensaba. Sólo había adivinado. Y había adivinado bien, maldita sea. ¿Qué derecho tenía a adivinar bien? Y dijo que todo era para bien, porque, además de eso, había locura en mi familia. Él también lo había descubierto...

—¿Y la hay?

—Yo no lo sabía. Y por eso era lo mejor. Entonces dije: «Antes no había locura en mi familia, pero ahora sí», y lo agarré del cuello. No estoy seguro si tenía intención de matarlo; debería haber tenido intención de matarlo. De todos modos, lo maté. ¿Qué dijiste?

No había dicho nada. No es fácil pensar en algo diplomático y apropiado que decir cuando tu más viejo amigo te dice que es un asesino.

—Cuando pude sacar mis manos de su cuello (era tan difícil como soltar las asas de una batería galvánica), cayó hecho un bulto sobre la alfombra. Vi lo que había hecho. ¿Cómo es que los asesinos son descubiertos?

—Supongo que son descuidados —me sorprendí diciendo—, pierden el valor.

—No lo hice —dijo—. Nunca estuve más tranquilo. Me senté en el sillón, lo miré, y lo pensé todo. Acababa de irse a esa isla, lo sabía. Se había despedido de todos. Me lo había dicho. No había sangre de la que deshacerse... o sólo un toque en la comisura de su boca flácida. Él no iba a viajar con su propio nombre por culpa de los entrevistadores. El equipaje de señor No Sé Qué quedaría sin reclamar y su camarote estaría vacío. Nadie adivinaría que el señor No Sé Qué era Sir George Visger. Todo estaba claro. No había nada de lo que deshacerse, excepto del hombre. Ni un arma, ni sangre... y me deshice de él sin problemas.

—¿Cómo?

Sonrió astutamente.

—No, no —dijo—; ahí es donde pongo el límite. No es que dude de tu palabra, pero si alguna vez hablas en sueños o tienes fiebre o algo así... No, no. Mientras no sepas dónde está el cuerpo estoy bien. Incluso si pudieras demostrar que he dicho todo esto (cosa que no puedes), no son más que los devaneos de mi pobre cerebro trastornado. ¿Lo ves?

Lo vi. Y lo sentí por él. No creía que hubiera matado a Visger. No era el tipo de hombre que mata. Así que dije:

—Sí, viejo amigo, ya lo veo. Ahora mira. Vámonos juntos, tú y yo, viajemos un poco, veamos el mundo, y olvidémonos por completo de ese tipo bestial.

Al oír eso sus ojos se iluminaron.

—Bueno —dijo—, tú lo entiendes. No me odias ni me rechazas. Ojalá te lo hubiera dicho antes, cuando llegaste y yo estaba empacando todas mis cosas. Pero ahora es demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde? En absoluto —dije—. Vamos, empacaremos nuestras cosas y nos iremos esta noche... hacia lo desconocido, ¿qué dices?

—Allí es adónde voy —dijo—. Espera. Cuando hayas oído lo que me ha estado sucediendo, no estarás tan entusiasmado por viajar conmigo.

—Pero me has contado lo que te ha estado sucediendo —dije, y cuanto más pensaba en lo que me había dicho, menos lo creía.

—No —dijo lentamente—, no; te he contado lo que le pasó a él. Lo que me pasó a mí es muy diferente. ¿Te conté cuáles fueron sus últimas palabras? Justo cuando me acercaba a él. Antes de que le hubiera agarrado por el cuello, me dijo: «Cuidado, nunca podrás deshacerte del cuerpo. Además, la ira es pecado». Ya sabes que él tenía esa actitud, pero no lo volví a pensar en eso durante un año. Porque sí que me deshice de su cuerpo. Y entonces estaba sentado en ese cómodo sillón y pensé: «Debe de haber pasado un año desde que...». Saqué mi cartera y me acerqué a la ventana para mirar un pequeño almanaque que llevo conmigo. Estaba anocheciendo y, efectivamente, había pasado un año, exactamente. Y entonces recordé lo que había dicho. Y me dije: «No es mucho problema deshacerse de tu cuerpo, bruto». Y entonces miré la alfombra de la chimenea y... ¡Ah! —gritó de repente y muy fuerte—: No puedo decírtelo... no, no puedo.

Mi amigo abrió la puerta; su rostro era suave y su curiosidad se retorcía.

—¿Ha llamado, señor?

—Sí —mentí—. Quiero que lleve una nota al banco y espere una respuesta.

Cuando se deshizo de él, Haldane dijo:

—¿Dónde estaba?

—Me estabas contando lo que pasó después de mirar el almanaque. ¿Qué era?

—Nada importante —dijo, riendo suavemente—, oh, nada importante; solo que miré la alfombra y allí estaba él, el hombre que había matado un año antes. No intentes explicarlo o perderé los estribos. La puerta estaba cerrada. Las ventanas estaban cerradas. No había estado allí un minuto antes. Y estaba allí en ese momento. Eso es todo.

Alucinación, fue una de las palabras con las que me tropecé.

—Exactamente lo que pensé —dijo triunfante—, pero... lo toqué. Era completamente real. Pesado, ya sabes, y más duro que la gente viva al tacto; las manos eran más como una cosa de piedra y los brazos como una estatua de mármol con un traje de sarga azul. ¿No odias a los hombres que llevan trajes de sarga azul?

—También hay alucinaciones del tacto —me encontré diciendo.

—Exactamente lo que pensé —dijo Haldane más triunfante que nunca—, pero hay límites, ya sabes... límites. Entonces pensé que alguien lo había sacado, al verdadero él, y lo había dejado allí para asustarme, mientras yo estaba de espaldas, y fui al lugar donde lo había escondido, y estaba allí... ¡ah!... tal como lo había dejado. Sólo que... fue hace un año. Hay dos de él ahora.

—Mi querido amigo —dije—, esto es simplemente cómico.

—Sí —dijo—, es cómico. A mí también me parece cómico. Especialmente por la noche, cuando me despierto y pienso en ello. Espero no morir en la oscuridad, Winston. Ésa es una de las razones por las que creo que tendré que suicidarme. Así podría estar seguro de no morir en la oscuridad.

—¿Eso es todo? —pregunté, sintiéndome seguro de que debía serlo.

—No —dijo Haldane de inmediato—. Eso no es todo. Ha vuelto otra vez. Fue en un vagón de tren. Yo estaba dormido. Cuando me desperté, allí estaba él, tendido en el asiento frente al mío. Parecía exactamente el mismo. Lo arrojé a la vía en el túnel de Red Hill. Y si lo vuelvo a ver, me iré yo también. No lo soporto. Es demasiado. Prefiero irme. Sea como sea el otro mundo, no hay cosas así en él. Las dejamos aquí, en tumbas y cajas y... Tú crees que estoy loco, pero no lo estoy. No puedes ayudarme, nadie puede. Él lo sabía, ¿sabes? Dijo que no podría deshacerme del cuerpo. Y no puedo deshacerme de él. No puedo. Él lo sabía. Siempre supo cosas que no podía saber. Pero voy a interrumpir su juego. Después de todo, tengo el as de triunfo y lo jugaré. Te doy mi palabra de honor, Winston, de que no estoy loco.

—Mi querido amigo —dije—, no creo que estés loco. Pero sí creo que tus nervios están alterados. Los míos también. ¿Sabes por qué fui a la India? Fue por ti y por ella. No pude quedarme a verlo, aunque deseaba tu felicidad y todo eso; tú sabes que lo deseaba. Y cuando regresé, ella... y tú... Basta, no seguirás imaginando cosas si me tienes a mí para hablar. Y siempre dije que no eras un viejo tonto.

—Le gustabas —dijo.

—Oh, sí —dije—, yo le gustaba.


III

Así fue como llegamos juntos al extranjero. Tenía muchas esperanzas en él. Siempre había sido un tipo espléndido, cuerdo y fuerte. No podía creer que se hubiera vuelto loco. Tal vez mis propios problemas me hicieron ver las cosas con más claridad. De todos modos, me lo llevé para que recuperara la salud mental, exactamente como debería haberlo llevado para que se fortaleciera después de una fiebre. Y la locura pareció pasar, y en un mes o dos estábamos perfectamente alegres. Creí que lo había curado. Yo estaba muy contento por esa antigua amistad que teníamos, y porque ella lo había amado y me había querido a mí.

Nunca hablamos de Visger. Pensé que se había olvidado por completo de él. Creí comprender cómo su mente, sobrecargada por el dolor y la ira, se había fijado en el hombre que odiaba y había tejido una red de pesadilla alrededor de esa personalidad detestable. Y yo había recibido el látigo de mi propio problema. Estuvimos tan alegres como muñecos de arena juntos durante todos esos meses.

Y finalmente llegamos a Brujas, atestada de gente debido a la Exposición. Sólo pudimos conseguir una habitación y una cama. Así que echamos a suertes la cama, y el que perdiera pasaría la noche lo mejor posible en el sillón. Las sábanas las compartiríamos equitativamente.

Pasamos la noche en un café y terminamos en una cervecería. Era tarde cuando regresamos a la Grande Vigne. Saqué la llave de su clavo en la habitación del portero y subimos. Recuerdo que hablamos un rato de la ciudad, del campanario y del aspecto veneciano de los canales a la luz de la luna. Luego Haldane se metió en la cama, yo me convertí en crisálida con mi parte de las mantas y acomodé en el sillón. No estaba nada cómodo, pero estaba cansado y casi dormía cuando Haldane me despertó para contarme su testamento.

—Te lo he dejado todo a ti, viejo —dijo—. Sé que puedo confiar para que te ocupes de todo.

—Así es —dije—, y si no te importa hablaremos de ello por la mañana.

Intentó seguir hablando de lo buen amigo que había sido y todo eso, pero lo callé y le dije que se fuera a dormir. Pero no. No se sentía cómodo, dijo. Y tenía una sed terrible. Se había dado cuenta de que no había ninguna botella de agua en la habitación.

—Y el agua de la jarra es como una sopa pálida —dijo.

—Está bien —dije—. Enciende tu vela y ve a buscar un poco de agua entonces, en nombre del Cielo, y déjame dormir.

Pero él dijo:

—No, enciéndela tú. No quiero levantarme de la cama a oscuras. Podría... podría pisar algo, ¿no? O tropezar con algo que no estaba allí cuando me acosté.

—¡Qué tontería! —dije.

Pero encendí la vela de todos modos. Se sentó en la cama y me miró, muy pálido, con el pelo despeinado y los ojos parpadeando.

—Está mejor —dijo. Y luego—: Oye, mira.

—Ah, sí, ya veo. Está bien. Es curioso cómo marcan las sábanas aquí.

—Maldita sea si no pensé que era sangre, aunque sea por un momento

La sábana estaba marcada, no en la esquina, sino justo en el medio, donde se dobla hacia abajo, con un gran punto rojo.

—Sí, ya veo —dije—, es un lugar extraño para marcarla.

—Es extraño que tenga letras —dijo. G.V.

—Grande Vigne —dije—. ¿Con qué letras esperas que marquen las cosas? Date prisa.

—Sí, significa Grande Vigne, por supuesto. Me gustaría que vinieras tú también, Winston.

—Bajaré —dije y me di la vuelta con la vela en la mano.

En un instante se levantó de la cama y estuvo cerca de mí.

—No —dijo—, no quiero quedarme solo en la oscuridad.

Lo dijo como lo hubiera dicho un niño asustado.

—Muy bien, ven conmigo —dije. Y nos fuimos.

Recuerdo que intenté hacer una broma sobre el largo de su pelo y el corte de su pijama.

Estaba casi bastante claro para mí, incluso entonces, que todo mi tiempo y mis problemas habían sido en vano, y que él no estaba curado después de todo. Bajamos lo más silenciosamente que pudimos y nos llevamos una jarra de agua de la larga mesa vacía del comedor. Al principio me agarró del brazo, pero después me quitó la vela y se fue muy despacio, protegiendo la luz con la mano y mirando con mucho cuidado a su alrededor, como si esperara ver algo que deseaba desesperadamente no ver. Por supuesto, yo sabía qué era ese algo. No me gustaba su forma de actuar. No puedo expresar en absoluto lo profundamente que me disgustaba. Miraba por encima del hombro de vez en cuando, tal como hizo aquella primera noche después de mi regreso de la India.

El asunto me puso tan nervioso que apenas podía encontrar el camino de regreso a la habitación. Cuando llegamos allí, te doy mi palabra de que esperaba ver lo mismo que él, eso o algo parecido en la alfombra. Pero, por supuesto, no había nada.

Apagué la luz y acomodé las mantas; las había estado arrastrando tras de mí en nuestra expedición. En ese momento, Haldane habló.

—Tienes todas las mantas —dijo.

—No, no las tengo —dije—, sólo las que tenía antes.

—Entonces no puedo encontrar la mía —dijo, y pude escuchar sus dientes castañetear—. Tengo frío. Tengo... ¡Por el amor de Dios, enciende la vela. Enciéndela. Enciéndela. Algo horrible...!

No pude encontrar las cerillas.

—Enciende la vela, enciende la vela —dijo, y se le quebró la voz, como a veces le ocurre a un niño—. Si no lo haces, vendrá a mí. Es tan fácil acercarse a cualquiera en la oscuridad. ¡Oh, Winston, enciende la vela, por el amor de Dios! No puedo morir en la oscuridad.

—La estoy encendiendo —dije con furia. Estaba buscando las cerillas en la cómoda de mármol, en la repisa de la chimenea, en todas partes menos en la mesa redonda del centro, donde las había dejado—. No vas a morir. No seas tonto —dije—. Está bien. En un segundo habrá luz.

—Hace frío. Hace frío. Hace frío —dijo tres veces.

Y luego gritó en voz alta, como una mujer, como un niño, como una liebre cuando los perros la tienen atrapada. Ya lo había oído gritar así una vez.

—¿Qué pasa? —grité, apenas menos fuerte—. Por el amor de Dios, no hagas tanto ruido. ¿Qué pasa?

Hubo un silencio vacío. Luego, muy lentamente:

—Es Visger —dijo.

Habló con voz ronca, como a través de un velo sofocante.

—Tonterías. ¿Dónde? —pregunté, justo cuando mi mano se cerró sobre las cerillas.

—Aquí —gritó con fuerza, como si hubiera desgarrado el velo—, aquí, a mi lado. En la cama.

Encendí la vela. Me acerqué a él.

Estaba aplastado en un montón al borde de la cama. Tendido detrás de él había un hombre muerto, blanco y muy frío.

Haldane había muerto en la oscuridad.

Todo era tan simple.

Habíamos llegado a la habitación equivocada. El hombre al que pertenecía la habitación estaba allí, en la cama que había contratado y pagado antes de morir de una enfermedad cardíaca, más temprano. Un comisionado de viajes francés que representaba jabones y perfumes. Su nombre era Félix Leblanc.

Más tarde, en Inglaterra, hice averiguaciones. En el túnel de Red Hill se había encontrado el cuerpo de un hombre: un mercero llamado Simmons, que había bebido alcohol de sales debido a la depresión del comercio. La botella estaba apretada en su mano muerta.

Por razones de seguridad, me ocupé de tener a un inspector de policía conmigo cuando abrí las cajas que me llegaron por testamento de Haldane. Una de ellas era la gran caja, forrada de metal, en la que le había enviado las pieles desde la India. Era un regalo de bodas, Dios nos ayude a todos.

Estaba bien soldada.

¿Dentro había pieles de animales? No. Los cuerpos de dos hombres. Uno fue identificado, después de algunas dificultades, como el de un vendedor ambulante de plumas en las oficinas de la ciudad, propenso a sufrir ataques. Había muerto en uno, al parecer. El otro cuerpo era el de Visger, claro.

Explíquelo como quiera. Le ofrecí, si recuerda, una variedad de explicaciones antes de comenzar la historia. Aún no he encontrado una explicación que pueda satisfacerme.

Edith Nesbit (1858-1924)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edith Nesbit.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edith Nesbit: En la oscuridad (In the Dark), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Tres centavos marcados»: Mary Elizabeth Counselman; relato y análisis.


«Tres centavos marcados»: Mary Elizabeth Counselman; relato y análisis.




«Todos coincidieron en que todo el asunto era la concepción de un cerebro retorcido,
una partida de ajedrez jugada por un loco, en la que las piezas,
en lugar de trozos tallados de marfil o ébano, eran seres humanos.»



Tres centavos marcados (The Three Marked Pennies) es un relato de terror de la escritora norteamericana Mary Elizabeth Counselman (1911-1995), publicado originalmente por Farnsworth Wright en la edición de agosto de 1934 de la revista Weird Tales; y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: El lado nocturno (The Night Side). Finalmente volvería a aparecer en las colecciones: A medias en las sombras (Half in Shadow) y Legados de Weird Tales (Weird Legacies)

Tres centavos marcados, uno de los cuentos de Mary Elizabeth Counselman más reconocidos, fue también una de las historias más populares de Weird Tales, según el voto de los lectores, a pesar de haber sido publicada como relleno al final de la edición de agosto de 1934. De hecho, el cuento generó una reacción tan positiva que los lectores de la revista la mencionaron en cartas durante años. La propia Mary Elizabeth Counselman fue una de las autoras más prolíficas de Weird Tales [30 cuentos y 6 poemas en un período de dos décadas], apenas por debajo de Allison V. Harding.

Mary Elizabeth Counselman escribió Tres centavos marcados a los quince años de edad, pero recién aparecería en 1934. El cuento comienza con un misterioso mensaje adherido a los postes de la pequeña ciudad de Blankville, en el sur de los Estados Unidos, indicando que el 13 de abril entrarán en circulación tres monedas de un centavo con tres marcas distintivas: un cuadrado, un círculo y una cruz. Para el 21 de abril, aquellos que posean alguna de las monedas deberán presentarse en el períodico local para que se publiquen sus nombres. Uno de los poseedores recibirá 100.000 dólares en efectivo, otro un viaje alrededor del mundo, y el último la muerte.


«La respuesta a este enigma está en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de ellas simboliza la riqueza? ¿Cuál el viaje? ¿Cuál la muerte? La respuesta no es obvia.»


Es «curioso que nadie dudara de la autenticidad del concurso», dice la Narradora, aunque algunos piensan que podría tratarse de un truco publicitario o un elaborado experimento psicológico [la atmósfera de la Gran Depresión está fuertemente presente aquí]. Lo intrigante del asunto es que no puede saberse con certeza qué simboliza cada una de las tres marcas. Equivocarse en esa interpretación, según los parámetros del concurso, puede ser fatal.

Entre las muchas teorías que circulan en el pueblo, alguien propone que la «cruz» podría representar una tumba, y cuando esa teoría se difunde «el centavo marcado con una cruz comenzó a cambiar de manos con creciente rapidez». Otros suponen que «el círculo representa el globo terráqueo»; por lo tanto, ésa sería la moneda del viaje, pero están quienes especulan que el círculo significa dinero porque «tiene forma de moneda».

La mayoría de los que reciben alguna de las monedas marcadas [en el vuelto de las compras, en una máquina tragamonedas, en una caja registradora] se jactan públicamente, pero después se la pasan subrepticiamente a alguien más, incluso la dejan caer en las latas de los mendigos, argumentanto luego que se les cayó del bolsillo.

Tres centavos marcados suele ser considerado como un relato modernista donde «los símbolos no significan lo que parecen», pero Mary Elizabeth Counselman parece desafiar esa categorización, incorporando elementos más crudos, como el gótico sureño, dentro de un estilo muy sencillo y directo. La premisa de la historia cuestiona la confiabilidad del lenguaje escrito y el consenso de una comunidad a la hora de determinar el significado de una serie de símbolos elementales.

A simple vista, Tres centavos marcados despliega un experimento sociológico macabro, sin embargo, lo más interesante de la historia no tiene que ver con el «concurso» en sí, tampoco con sus consecuencias, sino con el aporte de los sesgos interpretativos de las personas del pueblo. Todos ven las mismas monedas marcadas [con el Círculo, el Cuadrado y la Cruz], pero todos las interpretan de acuerdo a sus propias ideas preexistentes. Nadie se muestra incapaz de resolver el misterio; por el contrario, todos confían en su capacidad para decodificar el mensaje, aunque al aproximarse la fecha de cierre esa confianza que se ve socavada por el miedo, que a su vez proviene de la separación fundamental entre el lenguaje y la realidad. Todos pueden «leer» los tres símbolos, incluso los niños saben qué es un Círculo, un Cuadrado y una Cruz, pero su significado está más allá de las interpretaciones convencionales.

Esta inocente representación de tres monedas marcadas que circulan en una pequeña comunidad es una verdadera hazaña para una escritora adolescente. El misterio genera una gran tensión, es estresante, pero su ejecución es simple y eficiente. Además, Mary Elizabeth Counselman consigue otro logro infrecuente en el pulp: personajes de carne y hueso, con luces y sombras, alejados de los estereotipos. Ninguno asume un rol predeterminado por su género, raza o estatus social. De hecho, todos actúan con el mismo desconcierto [del lector], con la misma incapacidad para decodificar el mensaje. Algunos años después veremos una variante más refinada de todo este conglomerado de virtudes [con un concurso incluido] en el cuento de Shirley Jackson: La lotería (The Lotery).

El giro final de Tres centavos marcados es imprevisto. El concurso concluye en tiempo y forma: los «premios» son exactamente los mismos que fueron anunciados en el folleto, y su distribución se realiza con rapidez; sin embargo, el significado de los símbolos resulta ser tan lógico como desconcertante. En este punto desafiamos a los lectores de El Espejo Gótico a dar una respuesta honesta al final de la lectura del cuento. ¿Cuáles fueron sus conjeturas preliminares sobre los símbolos, particularmente el de la muerte, en contraste con el significado que, al final, le atribuye el diabólico organizador del concurso?




Tres centavos marcados.
The Three Marked Pennies, Mary Elizabeth Counselman (1911-1995)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Todos estuvieron de acuerdo, una vez terminado, en que todo el asunto era la concepción de un cerebro retorcido, una partida de ajedrez jugada por un loco, en la que las piezas, en lugar de trozos tallados de marfil o ébano, eran seres humanos.

Era curioso que nadie dudara de la autenticidad del «concurso». El público nunca parece haberlo considerado, ni por un momento, como la jugada de un bromista, o incluso un truco publicitario. Jeff Haverty, editor del News, propuso la teoría de que el asunto estaba destinado a ser un astuto y elaborado experimento psicológico que terminaría con la revelación de la identidad del creador y una gran risa para todos.

Tal vez fue la manera glamorosa del anuncio lo que dio al asunto un interés tan generalizado. Blankville (como llamaré a la ciudad sureña de unos 30.000 habitantes en la que ocurrió el asunto) se despertó una mañana de abril para encontrar todos sus árboles, postes telefónicos, casas y escaparates cubiertos con un extraño cartel. Había decenas de ellos, escritos en papel amarillo y en una máquina de escribir corriente. El cartel decía:

«Durante este día 13 de abril, tres monedas de un centavo llegarán a los bolsillos de esta ciudad. En cada centavo habrá una marca bien definida. Una es un cuadrado, otra es un círculo y la otra es una cruz. Estos tres centavos cambiarán de manos con frecuencia, como sucede con todas las monedas, y el séptimo día después de este anuncio (21 de abril), el poseedor de cada centavo marcado recibirá un regalo.

«Al primero: 100.000 dólares en efectivo.

«Al segundo: Un viaje alrededor del mundo.

«Al tercero: la muerte.

«La respuesta a este enigma está en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de ellas simboliza la riqueza? ¿Cuál el viaje? ¿Cuál la muerte? La respuesta no es obvia.

«Al que encuentre y obtenga el primer centavo, se le enviarán sin demora los 100.000 dólares. Al que tenga el segundo se le regalará un boleto de primera clase para el primer vapor de gira mundial que zarpe. Al poseedor de la tercera moneda marcada se le dará muerte. Si tienes miedo de que tu centavo sea el tercero, regálalo, ¡pero puede ser el primero o el segundo!

«Muestre su centavo marcado al editor del News el 21 de abril, indicando su nombre y dirección. No sabrá nada de este concurso hasta que lea uno de estos carteles. Se le solicita que publique los nombres de los tres poseedores de las monedas del 21 de abril, con la marca del centavo que contiene cada una.

«No servirá de nada marcar una moneda propia, ya que las fechas de las monedas verdaderas se enviarán al editor Haverty.»


Al mediodía todos habían leído el aviso y la ciudad hervía de emoción. Los empleados comenzaron a examinar el contenido de las cajas registradora. Las manos se metieron en bolsillos y carteras. Las tiendas y los bancos se vieron inundados de clientes que querían cambiar plata por cobre.

Jefff Haverty fue el blanco de una avalancha de preguntas, y su edición vespertina apareció con un extenso editorial que incorporaba todo lo que sabía sobre el misterio, que era exactamente nada.

Esa mañana había llegado una nota con el resto de su correo, una nota sin firmar y escrita a máquina en el mismo papel amarillo, en un sobre sencillo, sellado con el matasellos de esa ciudad. Decía simplemente: «Círculo: 1920. Cuadrado: 1909. Cruz: 1928. Por favor, no revele estas fechas hasta después del 21 de abril.»

Haverty cumplió con la solicitud y exaltó la historia al máximo.

El primer centavo lo encontró un niño pequeño en la calla. Rápidamente se lo llevó a su padre. Este, a su vez, se lo entregó a su barbero, quien se lo dio en el vuelto a un cliente antes de notar el profundo corte transversal en la superficie de la moneda.

El patrón se lo llevó a su mujer, quien inmediatamente pagó con él al tendero. «¡Es una posibilidad demasiado remota, cariño!», silenció este último las protestas de su esposa. «No me gusta la idea de esa amenaza de muerte en el aviso… y éste ciertamente debe ser el tercer centavo. ¿Qué más podría representar esa pequeña cruz? Cruz significa tumba. ¿No lo ves?»

Y cuando esa explicación se difundió, el centavo marcado con una cruz comenzó a cambiar de manos con creciente rapidez.

Los otros dos centavos surgieron antes del anochecer: uno marcado con un pequeño cuadrado perfecto, el otro con un círculo limpio.

El centavo marcado con un cuadrado fue descubierto en una máquina tragamonedas por el propietario del Busy Bee Café. «No había manera de que hubiera llegado allí», informó, desconcertado y un poco asustado. Sólo cuatro personas, todos antiguos clientes, habían estado en el café ese día. Y ninguno había estado cerca de la máquina tragamonedas, situada en la parte trasera del lugar y llena de chicle rancio que, a simple vista, no valía ni un centavo. Además, el propietario había examinado la cosa la noche anterior en busca de una moneda casual y la había dejado vacía cuando la cerró; sin embargo, el centavo marcado con un cuadrado estaba en la máquina tragamonedas a la hora de cerrar el 15 de abril.

Había contemplado la moneda durante mucho tiempo antes de entregársela a una solterona anciana.

—No vale la pena —murmuró para sí mismo —. Tengo un restaurante que me hace ganar la vida, y no tengo ninguna prisa por morir ante la vaga posibilidad de ganar esos cien mil o ese viaje. ¡No, señor!

La solterona echó un vistazo a la moneda marcada, emitió un breve chillido parecido al de un ratón y la arrojó a la alcantarilla como si fuera una tarántula.

—¡Mi tierra! —tembló—. ¡No quiero esa cosa en mi bolsillo!

El centavo marcado con un círculo fue notado por primera vez en una pila de monedas por un cajero del Farmer's Trust.

—Recibimos monedas marcadas de vez en cuando —dijo—. No noté esta en particular; puede que haya estado aquí durante días.

Se la guardó alegremente en el bolsillo, pero a la mañana siguiente descubrió, con una punzada de consternación, que se la había pasado a alguien sin darse cuenta.

—¡Quería quedármela! —suspiró—. ¡Para bien o para mal!

Miró con furia los fajos de dinero de otra persona que tenía delante y se preguntó furtivamente cuántos cajeros se quedaron alguna vez con bienes robados.

Un vendedor de frutas había recibido el centavo. Lo miró dubitativamente.

—Tal vez me traigas fortuna, ¿eh? —se lo mostró a su gorda y grasienta esposa, quien le hizo la señal de los cuernos contra el mal de ojo.

—¡Tíralo! —ordenó estridentemente. ¡Trae mala suerte!

Su cónyuge se encogió de hombros y lanzó la moneda marcada con un círculo al otro lado de la calle. Un niño harapiento se abalanzó sobre ella y se alejó corriendo para comprar regaliz. La moneda marcada con un círculo cambió de manos una vez más: aferrada por dedos avariciosos, contemplada por ojos hartos de escenas familiares, abandonada nuevamente por el poder del miedo.

Aquellos que tuvieron brevemente posesión de las tres monedas se sintieron preocupados por el tira y afloja de consejos contradictorios.

—¡Quédatelo! —instaban algunos—. ¡Piensa! ¡Puede significar un viaje alrededor del mundo! ¡París! ¡Londres! Oh, ¿por qué no pude haberlo conseguido?

—¡Regálaselo a alguien! —advirtieron otros—. Tal vez sea el tercer centavo, no se puede saber. ¡Tal vez los símbolos no significan lo que parecen, y el cuadrado es el centavo de la muerte! Si fuera tú, lo tiraría a la basura.

—¡No, no! —gritaron otros—. ¡Guárdalo!. Puede que ganes los cien mil dólares. ¡Cien mil dólares! ¡En estos tiempos! ¡Vaya, amigo, serías igual que un millonario!

El significado de los tres símbolos estaba en boca de todos y ninguno estaba de acuerdo con la solución del enigma de su vecino.

—Es tan claro como la nariz de mi cara —declararía un hombre—. El círculo representa el globo terráqueo: el centavo del viaje.

—No, no. La cruz significa eso. Cruzar los mares, ¿no lo entiendes? Una especie de juego de palabras. El círculo significa dinero, tiene forma de moneda, ¿entiendes?

—¿Y el cuadrado?

—Una tumba. Un cuadrado para un ataúd, ¿ves? Muerte. Es bastante simple. ¡Ojalá pudiera conseguir ese círculo!

Pero esa noche soñó con puertos extranjeros, con gente parloteando con una lengua quebradiza, con aletas de barracuda cortando la superficie de aguas de un azul profundo y con las ruinas de ciudades antiguas.

Un trabajador negro recogió el centavo a la mañana siguiente y se pasó el día pensando en él, soñando con Harlem, antes de sucumbir finalmente al miedo que lo corroía. Y la moneda marcada con un cuadrado volvió a cambiar de manos.

—¡Estás loco! La cruz es para la muerte, todo el mundo lo dice. Y créeme, ¡todo el mundo se deshace de ella tan pronto como la recibe! Puede que sea una broma de algún tipo... no representa ningún peligro, pero no me gustaría ser el dueño de eso. ¡Un centavo marcado con una cruz cuando llegue el 21 de abril! Lo guardaría y esperaría hasta que los otros dos hubieran recibido lo que les correspondía. Luego, si el mío resultara ser el equivocado, ¡lo tiraría! —dijo un hombre de manera importante.

—Pero no pagará hasta que haya contabilizado los tres centavos —respondió otro—. Y tal vez la oferta no sea válida después del 21 de abril. Usted estaría perdiendo los cien mil o una gira mundial solo porque tiene miedo.

—Hay mucho en juego, hombre —murmuró otro—. Pero, francamente, no me gustaría correr el riesgo.

Todos designaban al desconocido autor del concurso como «Él», aunque, por supuesto, no había más pistas sobre su sexo que sobre su identidad.

—Debe ser rico —decían algunos—, para ofrecer premios tan caros.

—¡Y loco! —estallaron otros—. Amenazar con matar… ¡Nunca se saldrá con la suya!

—Pero fue inteligente —admitieron muchos—, pensó en todo el asunto. Conoce la naturaleza humana, sea quien sea. Me inclino a estar de acuerdo con Haverty: es una especie de experimento psicológico. Está tratando de ver si el deseo de viajar o la codicia por el dinero son más fuertes que el miedo a la muerte.

—¿Crees que piensa pagar?

—¡Eso aún está por verse!

Al sexto día, Blankville había alcanzado un grado de excitación que casi llegaba a la histeria. Nadie podría dejar de pensar en el resultado de la extraña prueba del día siguiente.

Se sabía que el repartidor de una tienda de comestibles tenía la moneda marcada con un cuadrado, porque había estado alardeando de su indiferencia sobre si el cuadrado representaba o no una tumba abierta. Exhibió el centavo abiertamente, haciendo bromas sobre lo que pensaba hacer con sus cien mil dólares, pero al llegar el último día perdió el temple. Al ver a una mendiga ciega acurrucada en su rincón favorito, entre dos tiendas, pasó cerca de ella y subrepticiamente dejó caer el centavo en su caja de lápices.

—¡Lo tenía! —le gritó a un amigo después de llegar a la tienda de comestibles—. ¡Lo tenía aquí en mi bolsillo anoche y ya no está! Mira, tengo un agujero en la maldita cosa: ¡se debe haber caído!

También se supo quién tenía el centavo marcado con un círculo. Un joven dependiente de la tienda de refrescos, con esa especie de sonrisa dispuesta que a los clientes les gusta ver frente a un mostrador de mármol. Descubrió la moneda y la sacó de la caja registradora, exultante por su buena suerte.

—Bud Skinner tiene el centavo del círculo —se decían unos a otros, oscilando entre la ansiedad y la alegría—. Espero que el chico haga esa gira mundial. Parece disfrutar tanto de la vida; ¡Es un pecado tener que quedarse atrapado en este pueblo!

Finalmente se supo quién sostenía el centavo marcado con una cruz.

—Carlton... ¡pobre diablo! —murmuraba la gente—: La muerte sería una bendición para él. Me sorprende que no se haya pegado un tiro antes de esto. Supongo que simplemente no tiene el valor.

El hombre del centavo con la cruz sonrió amargamente.

—¡Espero que este maldito símbolo signifique lo que todos creen que significa! —le confió a un amigo.

Por fin llegó el día tan esperado. Una multitud se formó en la calle frente a la oficina del periódico para ver a los tres poseedores de las tres monedas marcadas ante Haverty, para que este publicara sus nombres. El editor se reunió con el trío en la acera fuera del edificio, para que todos pudieran verlos.

La edición nocturna publicó las fotografías de las tres personas, con el nombre, la dirección y la marca en el centavo de cada una debajo de cada imagen. Blankville leyó y contuvo la respiración.

La mañana del 22 de abril, la anciana mendiga ciega estaba sentada en su lugar de costumbre, reflexionando sobre la emoción del día anterior, cuando varias personas la habían conducido (lo supo por el olor a pescado del mercado de enfrente) hasta el oficina del periódico. Allí, alguien le había preguntado su nombre y muchas otras cosas que la habían desconcertado hasta casi romper a llorar.

—¡Déjenme sola! —había gemido—. Sólo pido comida suficiente para no morir de hambre y un lugar para dormir. ¿Por qué me empujan así? ¿Por qué me gritan? ¡Déjenme volver a mi rincón! No me gusta toda esta confusión que no puedo ver... ¡Me asusta!

Luego le habían contado algo sobre un centavo marcado que habían encontrado en su caja de limosnas, y otras cosas sobre una gran suma de dinero y algún peligro inminente que la amenazaba. Se alegró cuando la llevaron de regreso a su rincón entre las tiendas.

Ahora, mientras estaba sentada en su lugar habitual, asintiendo cómodamente y tarareando en voz baja, un papel revoloteó hasta su regazo. Palpó, supo que era un sobre y llamó a un transeúnte a su lado.

—Ábrame esto, ¿quiere? —preguntó—. ¿Es una carta? Léala para mí.

El espectador abrió el sobre y frunció el ceño.

—Es una nota —dijo—. Mecanografiada y sin firma. Diablos, simplemente dice: «Los cuatro rincones de la tierra son exactamente iguales». ¡Mire! Vaya. Lo lamento, olvidé que usted es… ¡Es un billete de barco para una gira mundial! Mire, ¿no tenía uno de los centavos marcados?

La ciega asintió, adormecida.

—Sí, con el cuadrado, dijeron —ella suspiró débilmente—. Tenía la esperanza de recibir el dinero, o… lo otro, para no tener que volver a mendigar.

—Bueno, aquí tiene su billete —el espectador se lo tendió con incertidumbre—. ¿No lo desea? —ya que la mendiga no hizo ningún movimiento para tomarlo.

—No —espetó la ciega—. ¿De qué me serviría?

Agarró el billete con repentina rabia y lo rompió en pedazos.

Casi a la misma hora, Kenneth Carlton recibía del cartero un grueso sobre. Frunció el ceño mientras entrecerraba los ojos para ver el matasellos local. Su amigo, Evans, estaba a su lado, más pálido que Carlton.

—¡Ábrelo, ábrelo! —instó—. Léelo, no, no lo abras, Ken. ¡Tengo miedo! Después de todo… es un camino terrible a seguir. Sin saber de dónde viene el golpe, y…

Carlton emitió una risa macabra y abrió el pesado sobre.

—Es lo mejor que me ha sucedido en años, Jim. ¡Me alegro! Me alegro, Jim, ¿me oyes? Será rápido, e indoloro… ¿Qué es esto? —se preguntó—. ¿Un tratado sobre cómo volarte la cabeza?

Sacudió el contenido de la carta sobre una mesa y luego, después de un momento, comenzó a reír horriblemente.

Su amigo se quedó mirando el fajo de billetes crujientes, todos de mayor denominación.

—¡El dinero! ¡Los cien mil, Ken! No puedo creerlo...

Se interrumpió para tomar un trozo de papel amarillo entre los billetes.

—«La riqueza es la mayor cruz que un hombre puede soportar» —leyó en voz alta las palabras escritas a máquina—. No tiene sentido... ¿riqueza? Entonces... ¿la cruz significa riqueza? No lo entiendo.

La risa de Carlton se quebró.

—Sea quien sea, bonita ironía, Jim: la riqueza es una carga en lugar de la bendición que la mayoría de la gente considera. Supongo que tiene razón en eso. Pero me pregunto si conoce la parte realmente irónica. Cien mil dólares para un hombre con... cáncer. Bueno, Jim, tengo un mes o menos para gastarlo... ¡un maldito mes más para sufrir antes de que todo termine!

Su terrible risa volvió a surgir, hasta que su amigo tuvo que taparse los oídos con las manos para acallar el sonido.

Pero la parte más extraña de todo el asunto fue la muerte de Bud Skinner. Justo después del mediodía encontró un pequeño paquete dirigido a él en el mostrador trasero de la farmacia. Con entusiasmo arrancó el envoltorio de papel marrón, mientras una docena de amigos se agolpaban a su alrededor.

Lo que encontró fue una caja de plata curiosamente labrada. Presionó el pestillo con dedos temblorosos y abrió la tapa. Un instante después, su rostro adoptó una expresión extraña y se deslizó silenciosamente hasta el suelo de la farmacia.

La investigación policial que siguió no encontró nada sobrenatural, excepto que el joven Skinner había sido envenenado con crotalina (veneno de serpiente) administrada mediante un pinchazo en el pulgar cuando presionaba el cierre de la pequeña caja plateada. Esto y la nota mecanografiada en la caja que de otro modo estaría vacía:

«La vida termina donde comenzó, en ninguna parte.»

Esto fue todo lo que se encontró como explicación de la muerte del empleado. Tampoco salió a la luz nada más sobre la misteriosa contienda de los tres centavos marcados. Centavos que, probablemente, todavía estén en circulación en algún lugar de los Estados Unidos.

Mary Elizabeth Counselman (1911-1995)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Mary Elizabeth Counselman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Mary Elizabeth Counselman: Tres centavos marcados (The Three Marked Pennies), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Diente»: Shirley Jackson; relato y análisis.


«El Diente»: Shirley Jackson; relato y análisis.




«Se apresuró a secarse, levantar la cara y mirarse al espejo, cuando se dio cuenta
de que no tenía la menor idea de cuál de aquellos rostros era el suyo.»



El Diente (The Tooth) es un relato de terror de la escritora norteamericana Shirley Jackson (1916-1965), publicado originalmente en la edición de invierno de 1949 de la revista Hudson Review, y luego reeditado en la antología de ése mismo año: La Lotería o Las aventuras de James Harris (The Lottery, or, The Adventures of James Harris).

El Diente, probablemente uno de los cuentos de Shirley Jackson menos conocidos, relata la historia de Clara Spencer, una dedicada esposa y ama de casa que, debido a un espantoso dolor de muelas y un encuentro con un misterioso desconocido, sufre una extraña transformación de personalidad.

Clara está casada, tiene un hijo pequeño y vive en los suburbios con su esposo, cuando un agudo dolor de muelas la obliga a tomar un autobús, en medio de la noche, con destino a Nueva York, para que se la extraigan. En el camino, en medio de un estado de sopor producto de la codeína, Clara conoce a Jim: un sujeto afable, seductor, pero muy extraño, que siembra la semilla de la duda en su corazón.

El viaje en autobús es onírico, incluso mitológico, a lo largo del cual afloran los deseos reprimidos de Clara, casi en la misma medida en que el dolor de muelas y «toda esa codeína, whisky y nada para comer en todo el día» adormecen su consciencia. Como en El amante demoníaco (The Daemon Lover), los sucesos de El Diente pueden explicarse como creaciones de la mente de Clara; en una palabra: alucinaciones. Podemos observar que Clara es una mujer proclive a las ensoñaciones desde el principio de la historia, alguien que quizás vive en una extraña mezcla de sueño, fantasía y realidad. Si un personaje de Shirley Jackson está sujeto a una percepción de la realidad distinta de la «normal», nunca es necesariamente delirante [ver: «Y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo»]

En todo caso, Shirley Jackson emplea a un narrador en tercera persona, aparentemente neutral, que esboza una caracterización desestabilizada de Clara. Esto permite a la autora desdibujar la frontera convencional entre el sueño y la realidad, entre lo consciente y lo inconsciente. Al final, Clara no puede reconocerse. No sabe cuál es su rostro en el espejo del baño de damas, y a partir de esa duda resuelve irse con Jim y abandonar a su marido e hijo. Pero incluso la existencia objetiva del propio Jim está en duda [ver: Puérpera, loca y poseída]

Antes de que Clara suba al autobús, el marido establece que no es la primera vez que ella tiene problemas con esa muela. Al menos «seis o siete veces» antes ha tenido una crisis de dolor, incluso «en nuestra luna de miel», menciona el marido en tono acusatorio. Clara no lo recuerda, pero, en una interpretación freudiana, la mención de la luna de miel [aparentemente arruinada] establece una conexión entre el dolor de muela y el sexo; más específicamente como un impedimento para que la relación se consuma. Como estudiosa de la demonología medieval, Shirley Jackson juega hábilmente con la insinuación de una presencia demoníaca, celosa y posesiva, que estimula los problemas de alcoba entre Clara y su esposo. Cuando una mujer, una «bruja», es amada por el demonio [como todas las mujeres en esta antología de Shirley Jackson], es imposible para un mortal estar con ella [ver: Diario de una iniciada]

En el autobús, Clara cae en un sueño intranquilo, y, cuando despierta, el vehículo se ha detenido junto a un restaurante en la ruta. Los pasajeros se apresuran para tomar algo. Clara se sienta al final del mostrador, se vuelve a dormir y despierta cuando un extraño le toca el brazo y le pregunta cuál es su destino. El extraño es alto y viste un traje azul. Clara, significativamente, «no podía enfocar sus ojos para ver más». Luego, mientras ella bebe su café, el extraño despliega su estrategia de tentación. Dice inesperadamente: «Incluso más allá de Samarcanda, y las olas tintineando en la costa como campanas»; y continúa, ya de vuelta en el autobús: «las flautas suenan toda la noche, y las estrellas son tan grandes como la luna y la luna es tan grande como un lago.»

La misteriosa aparición del extraño y la cita de esta desconcertante balada parecen cumplir una promesa, o un compromiso, establecido en una instancia anterior al relato. La aparición del arquetipo del Amante Demoníaco siempre está motivada por el cumplimiento de una promesa. Como menciona el narrador del cuento de Elizabeth Bowen: El amante demoníaco (The Demon Lover), este arquetipo o principio masculino «se interpone entre la mujer y el resto de la especie humana»:


«Ninguna otra forma de entregarse podría haberla hecho sentir tan apartada, perdida y abandonada. No podría haber hecho una promesa más siniestra.»


La bruja medieval se prometía al Diablo, ofrecía su cuerpo, su alma; y el Diablo eventualmente la reclamaba como su esposa. En esta instancia de El Diente, Clara no ha llegado tan lejos. El extraño simplemente está tentándola, hablándole de un lugar idílico [Samarcanda] que no tendría sentido si ella estuviera en plena posesión de sus facultades. Que un desconocido, en medio de la noche, en un autobús a oscuras, mientras estás casi inconsciente, comienza a recitar una balada sobre una antigua ciudad de Uzbekistán, no es precisamente una experiencia común.

La mención de Samarcanda es interesante por varias razones. Fue una de las ciudades más florecientes de Asia Central, a tal punto que era considerada como una especie de paraíso terrenal durante su apogeo en los siglos XIV y XV. Samarcanda está fuertemente asociada al gobernante tártaro Timur-i-Lenk, cuyo nombre occidentalizado es Tamerlán [el mismo Tamerlán del poema de Edgar Allan Poe]. Al parecer, Tamerlán hizo de Samarcanda un poderoso centro de comercio y cultura, pero era brutal con sus enemigos. Sólo perdonaba a los artistas, albañiles, arquitectos y artesanos, el resto de sus enemigos eran decapitados y sus cráneos utilizados con fines prácticos, como material de construcción para muros, caminos y torres. En resumen: la bella y próspera Samarcanda fue creada [simbólicamente] por un «demonio», alguien capaz de las mayores atrocidades pero también de apreciar el arte y la belleza.

En este contexto, el Extraño en el autobús quiere llevar a Clara «incluso más allá de Samarcanda», es decir, a un lugar que trasciende las fronteras de la belleza y la crueldad, al tiempo que sugiere una vida mejor y más emocionante.

Clara sigue entrando y saliendo del sueño en el autobús, con el Extraño [que se hace llamar Jim] a su lado. El vehículo vuelve a detenerse, y Jim lleva a Clara a un restaurante que parece ser el mismo de antes. Sentados a la mesa, Jim continúa con la balada: «y mientras navegábamos por la isla escuchamos una voz que nos llamaba». De nuevo suben al autobús, de nuevo Clara se duerme, de nuevo despierta asustada y Jim la lleva a otro restaurante, donde ahora ella olvida su frasco de codeína en la mesa.

En este punto ya hay signos de mayor intimidad entre los dos. De regreso al autobús, Clara apoya su cabeza en el hombro de Jim mientras él dice: «la arena es tan blanca que parece nieve, pero hace calor, incluso de noche hace calor bajo tus pies». El resto del viaje transcurre en medio de sueños, despertares y conversaciones oníricas. Cuando Clara llega a Nueva York, Jim desaparece de la escena. Ella vuelve a quedarse dormida en la sala de espera de la terminal y, cuando despierta, Jim reaparece y dice: «La hierba es tan verde y tan suave, y el cielo es más azul que cualquier cosa que hayas visto jamás, y las canciones...». Ella se aleja y sale a la calle. Jim la sigue y le muestra «un puñado de perlas» [¿cómo dientes?], tal vez provenientes de esta tierra extraña.

Esta sección de El Diente es confusa. No podemos separar el sueño de la realidad. Shirley Jackson no afirma explícitamente que Clara está soñando, sólo se nos dice que se quedó dormida, estuvo en restaurantes y escuchó las poéticas palabras de Jim. Es posible que haya soñado a Jim en su totalidad, partes de sus conversaciones, o nada.

Es tentador pensar que Jim existe, que efectivamente sube al autobús, se sienta junto a Clara y la lleva a tomar café, al menos al primer restaurante; Sin embargo, su discurso, su descripción de un paraíso «más allá de Samarcanda», tal vez le lleguen a Clara en sueños; pero si aceptamos esto todo lo demás también podría formar parte del sueño. Cualquier interpretación es posible. Shirley Jackson establece una estructura intencionalmente vaga, confusa y ambivalente; de modo que cualquier teoría es respaldable. Más allá de esto, hay un patrón cíclico de subidas y bajadas del autobús, de quedarse dormida y despertar, de empezar cada interacción con Jim con esta balada que no se interrumpe, sino que prosigue con cada reinicio del bucle.

Esta repetición claramente refiere al concepto de lo Siniestro de Sigmud Freud. En su modelo, Freud sostiene que una de las vías de expresión de lo Siniestro es la repetición de actos y situaciones pero con pequeños detalles aleatorios que cambian cada vez [repetición incremental], el cual es un recurso común en los mitos y, sobre todo, en los cuentos de hadas y las baladas medievales [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]

Mientras Clara espera para cruzar la calle, percibe a alguien detrás de ella, y asume que es Jim:


«Ella siguió caminando sin levantar la vista, mirando con resentimiento la acera, el diente le quemaba, y luego miró hacia arriba, pero no había ningún traje azul entre la gente que se apretujaba a ambos lados.»


Ya en el consultorio del dentista, ella comienza a sentirse cada vez más incómoda, como si estuviera perdiendo el sentido de sí misma, a tal punto que «su diente, que la había traído hasta aquí infaliblemente, parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad». Cuando le hacen la radiografía, siente que le han «tomado una foto sin ella», es decir, que el diente es «la criatura importante, la que debía ser registrada, examinada y gratificada; ella era sólo su vehículo involuntario».

El dentista la deriva a un cirujano para que le extraiga el molar inferior. En el taxi vuelve a quedarse dormida. Cuando Clara consigue llegar al consultorio del cirujano, se siente orgullosa de sí misma, como si fuera un gran logro. Probablemente nunca ha hecho nada sola. En este punto de la historia, la elección de su nombre de casada [Spencer] no parece casual. En la Edad Media, la forma original de Spencer era despenser [del anglo-francés espencer], que designaba a una persona encargada de las provisiones del hogar. En esencia: una criada de cocina.

La enfermera la conduce a través de «laberintos y pasadizos» antes de llegar a la sala de espera, donde pasa casi una hora «medio dormida». Anestesiada, cree que podrá volver a ver a Jim:


«Y luego la música giraba, la música resonante y confusamente alta que seguía y seguía, dando vueltas y vueltas, y ella corría tan rápido como podía por un largo pasillo horriblemente despejado (...) y al final del pasillo estaba Jim, extendiendo las manos y riendo, y gritando algo que ella nunca pudo oír debido a la música.»


Al despertar, Clara le pregunta a la enfermera si dijo algo durante la intervención. «Dijiste: no tengo miedo», responde la enfermera, pero la respuesta no satisface a Clara. Su anhelo por Jim es cada vez más fuerte, desea volver a verlo; es como si una obsesión se hubiera apoderado de ella. La extracción del diente, asociado a su esposo y, consecuentemente, a su problemática vida sexual, la ha liberado [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]. Mientras se recupera, Clara le dice a la enfermera: «Dios me ha dado sangre para beber», una declaración similar a la abre la novela gótica de Nathaniel Hawthorne: La casa de los siete tejados (The House of the Seven Gables), donde Matthew Maule, acusado de brujería, está a punto de ser ahorcado y lanza esta especie de maldición que pone en marcha la historia.

El tema principal de la novela de Hawthorne es la idea de que ciertas acciones detestables, como el satanismo y la brujería, perduran en las generaciones posteriores. Al aludir a esto, Clara parece estar hablando del pasado que regresa para atormentarla. En este modelo, Jim es una presencia demoníaca que viene a reclamar el cumplimiento de una promesa, tal vez, hecha en generaciones anteriores, pero que ella deberá saldar. Por otro lado, beber sangre, en Revelaciones, está relacionado con el juicio de la ramera de Babilonia, que está «ebria de la sangre de los santos». La refrencia a La casa de los siete tejados también vincula la historia con los juicios de Salem [ver: Nathaniel Hawthorne y las brujas de Salem]

El beber sangre también refiere al Edipo de Sófocles. El propio Edipo dice que, una vez muerto, beberá «sangre caliente». El significado de esto es que Edipo, ya en la tumba, recibirá libaciones [sacrificios], y su cuerpo enterrado beberá la sangre derramada de Tebas, cuando sus hijos, Polinices y Eteocles, se maten entre sí en una batalla por el control de la ciudad. El coro, en la tragedia de Sófocles, termina hablando del trino del ruiseñor y el florecimiento de los narcisos. Es un pasaje bello, pero en realidad es un lamento: el ruiseñor está asociado a Perséfone [ella estaba recogiendo narcisos cuando fue raptada por Hades] y a su perdición [por lo tanto, es una flor de la muerte]. Esta no es una especulación aventurera si consideramos que Shirley Jackson originalmente tituló esta historia: Perséfone.

El Diente insinúa que Clara y su marido han tenido problemas de índole sexual, pero nunca afirma que Clara esté huyendo, al menos no conscientemente, o usando el dolor de muelas como excusa para dejarlo [y a su hijo]. Al final de la historia, ella decididamente está escapando de su antigua vida. Tampoco elige la libertad, sino que es llevada a los brazos de Jim como consecuencia de su manipulación «demoníaca». Más que liberada, Clara es capturada por una fantasía.

Clara termina en el baño de mujeres. Se observa en el espejo y no reconoce su rostro, no puede distinguirlo de los de las demás mujeres. Comienza a examinar su bolso para tratar de descubrir quién es. Insatisfecha con su apariencia [cree que está demasiado pálida] se maquilla excesivamente, forjando una nueva identidad para reemplazar la anterior, que ha desaparecido con el diente. Después de salir del edificio, se queda en la vereda, esperando; hasta que Jim sale de la multitud, se acerca a ella y la toma de la mano. Su delirio es ahora tan fuerte que piensa que la ciudad está cubierta de la arena caliente que Jim mencionó en la balada.

El diente, en términos psicoanalíticos, representa algo arraigado en el pasado de la protagonista. Cuando era niña, Clara dependía de su madre y, más adelante, de su marido. Para rebelarse contra los roles sociales establecidos es crucial para ella deshacerse de la influencia de su madre. En el consultorio, piensa que «su diente parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad». Si el diente representa a la Madre con la que se fusiona la Niña antes de formar su propia identidad, la extracción significa romper con la Madre y obtener, por fin, una identidad separada. Clara se pregunta hasta dónde llegan las «raíces» del diente; le preocupa si quedará algo dentro de ella cuando se deshaga del control de su madre. Siempre ha estado ahí y no puede imaginar su vida sin él, aunque le cause dolor. Después de que el dentista comenta que la operación debería haberse realizado hace años, Shirley Jackson une hábilmente todo este dispositivo. Para ser una mujer dueña de sí misma, y disfrutar de su sexualidad, debió haberse separado de los roles impuestos por su madre hace años. Ahora comprendemos por qué el esposo de Clara insinúa que el dolor de muela arruinó su luna de miel, es decir, el primer encuentro sexual de la pareja.

Por todo esto, la extracción de la muela cambia a Clara Spencer tanto física como psícológicamente. Una vez liberada de la influencia de su madre, tiene la confianza suficiente para ser quién es y unirse a su amante demoníaco.




El Diente.
The Tooth, Shirley Jackson (1916-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El autobús esperaba, ronroneando pesadamente, estacionado ante la pequeña estación. Su mole azul y plateada brillaba a la luz de la luna. Sólo había un puñado de personas y a aquella hora no había nadie paseando por la calle. La única sala de cine del pueblo había cerrado sus puertas y todos los concurrentes habían pasado ya por la cafetería a tomar un helado y se habían marchado a casa; ahora el lugar estaba cerrado y era otra puerta oscura y silenciosa en la larga calle dormida. Las únicas luces eran los semáforos, los carteles de neón del bar de mala muerte al otro lado de la calle, que permanecía abierto toda la noche, y la solitaria lámpara en el mostrador de la estación, donde la chica del despacho de boletos estaba sentada con el abrigo y el sombrero puestos, esperando a que se marchara el autobús de Nueva York para volver a casa y acostarse.

En la acera, junto a la puerta abierta del autobús, Clara Spencer se aferraba al brazo de su marido con gesto nervioso.

—Me siento muy rara —murmuró.

—¿Te encuentras bien? —preguntó él—. ¿Quieres que te acompañe?

—No, por supuesto que no. Ya se me pasará —a la mujer le costaba hablar con la mandíbula hinchada; con una mano apretó el pañuelo sobre la zona dolorida y con la otra se sujetó con fuerza a su marido—. ¿Estás seguro de que podrás arreglártelas solo? —preguntó—. Estaré de regreso mañana por la noche, a más tardar. De lo contrario, te llamaré.

—Todo andará bien —aseguró él, animándola—. Mañana al mediodía te habrá pasado el dolor. Dile al dentista que, si sucede cualquier cosa, iré enseguida.

—Me siento muy rara —repitió ella—. Me siento aturdida y un poco mareada.

—Es por la medicación. Tanta codeína, y ese whisky y sin comer nada en todo el día...

—Me temblaba tanto la mano que no me pude peinar —explicó ella con una risa nerviosa—. Menos mal que todo está oscuro.

—Procura dormir en el viaje. ¿Tomaste la pastilla para dormir?

La mujer asintió. Estaban esperando a que el conductor terminara su café en el bar; podían verlo a través de la ventana, sentado ante el mostrador, tomándose su tiempo.

—Me siento muy rara...

—¿Sabes una cosa, Clara? —el hombre habló en tono grave, como si pudiera dar más fuerza a sus palabras y, por lo tanto, resultar más reconfortante—: ¿Sabes?, me alegro de que vayas a Nueva York a que Zimmerman se ocupe de esto. No me lo perdonaría si resultase ser algo serio y te hubiera dejado ir con ese carnicero del pueblo.

—No es más que un dolor de muelas —replicó Clara, inquieta—. Un dolor de muelas no tiene nada de importante.

—Nunca se sabe —dijo él—. Puede haber un absceso o algo así; estoy seguro de que tendrá que sacarla.

—¡Ni se te ocurra volver a decirlo! —murmuró ella con un escalofrío.

—Bueno, tiene un mal aspecto —aseguró él, serio como antes—. Con la cara tan hinchada y todo eso. Pero no te preocupes.

—No estoy preocupada —aseguró Clara—. Es sólo que me siento como si fuera toda muelas, eso es todo.

El conductor se levantó y se dirigió a la caja para pagar. Clara avanzó hasta el vehículo y su marido le dijo:

—Tienes tiempo; tienes mucho tiempo todavía.

—Es que me siento tan rara.

—Escucha; esa muela te viene molestando desde hace años; desde que te conozco. Es hora de hacer algo. Hasta te dolió durante la luna de miel —añadió en tono acusador.

—¿De verdad? —replicó Clara—. ¿Sabes una cosa? — continuó diciendo, con una risita—, me di tanta prisa que no me vestí como era debido. Llevo unas medias viejas y lo guardé todo de cualquier manera en el bolso.

—¿Llevas suficiente dinero? —preguntó él.

—Casi veinticinco dólares —asintió Clara—. Mañana estaré de vuelta.

—Envíame un telegrama si necesitas más —le recordó el hombre. El chofer apareció a la puerta del bar—. No te preocupes.

—Escucha —dijo Clara—, ¿seguro que podrás arreglártelas? La señora Lang vendrá por la mañana para preparar el desayuno y no es preciso que Johnny vaya a la escuela si las cosas se complican.

—Ya lo sé.

—La señora Lang —insistió ella, tanteándose la cara con los dedos—. Le dije a la señora Lang que dejé el pedido de la tienda en la mesa, puedes comerte la lengua fría para almorzar y, en caso de que no esté de vuelta, la señora Lang te hará la cena. El chico de la lavandería tiene que venir a las cuatro; yo no habré llegado, así que dale tu traje marrón pero acuérdate de vaciar los bolsillos.

—Envíame un telegrama si necesitas más dinero —dijo él—. O llama. Mañana me quedaré en casa, así que puedes llamar.

—La señora Lang se ocupará del bebé.

—Recuerda, un telegrama —insistió el marido.

El chofer cruzó la calle y se detuvo junto a la puerta del autobús.

—¿Nos vamos? —preguntó.

—Adiós —dijo Clara a su esposo.

—Mañana te sentirás bien —le aseguró él—. Sólo es un dolor de muelas.

—Me encuentro bien —dijo Clara—. No te preocupes —empezó a subir al autobús y se detuvo de pronto, con el conductor esperando detrás de ella—. El lechero —recordó a su esposo—. Déjale una nota para que nos traiga huevos.

—Lo haré. Adiós.

—Adiós —repitió Clara.

Terminó de subir al autobús y, detrás de ella, el conductor se colocó al volante. El autobús iba casi vacío y la mujer se acomodó en la parte de atrás, junto a la ventanilla tras la cual esperaba su marido—. Adiós —le dijo a través del cristal—, cuídate.

—Adiós —dijo él, agitando la mano enérgicamente.

El autobús se desperezó, gruñó y empezó a avanzar. Clara volvió la cabeza para decir adiós con la mano una vez más y, por fin, se acomodó en el asiento, amplio y mullido. ¡Dios santo, las cosas que hay que hacer!, se dijo.

Tras la ventanilla, la calle familiar se deslizó ante sus ojos, extraña y oscura y vista, inesperadamente, desde la perspectiva única de una persona que abandonaba el pueblo a bordo de un autobús. No era como si fuese la primera vez que iba a Nueva York, pensó Clara con indignación; era el efecto del whisky, la codeína, la pastilla para dormir y el dolor de muelas. Se apresuró a comprobar que llevaba las pastillas de codeína en el bolso. Normalmente, tenía el frasco en el mueble de la sala de estar, con las aspirinas y un vaso de agua, pero debía haberlo tomado en algún momento de su frenética salida de la casa, porque lo encontró en el bolso, junto a los veintiún dólares la polvera, el peine y el lápiz de labios.

Por el tacto, la mujer advirtió que había llevado el lápiz de labios viejo, que estaba casi terminado, y no el nuevo, que era de un tono más oscuro y le había costado dos con cincuenta. Tenía la media corrida y un agujero en la punta, que no había advertido en casa con sus cómodos zapatos viejos pero que ahora, de pronto, resultaba desagradablemente visible con sus mejores zapatos de paseo. Bueno, se dijo, ya compraré unas medias nuevas en Nueva York, cuando tenga arreglada la muela y vuelva a sentirme bien.

Se llevó la lengua a la muela con mucho cuidado y fue recompensada con una punzada de dolor.

El autobús se detuvo ante un semáforo y el chofer abandonó su asiento, recorrió el pasillo del vehículo hasta llegar a la altura de Clara y dijo:

—Me olvidé de pedirle el boleto, señora.

—Supongo que estaba demasiado apurada —respondió ella. Encontró el boleto en el bolsillo del abrigo y se lo entregó al hombre—. ¿A qué hora llegaremos a Nueva York?

—A las cinco y cuarto —informó el chofer—. Tendrá mucho tiempo para desayunar. ¿Sólo ida?

—Sí, volveré en tren —explicó Clara, sin entender por qué razón se lo contaba, salvo que era de madrugada y la gente que compartía el aislamiento en una prisión extraña como aquel autobús tenía que mostrarse más amistosa y comunicativa que a otras horas.

—Yo volveré en autobús —contestó el hombre, y los dos se echaron a reír (Clara, dolorosamente debido a la hinchazón del rostro).

Cuando el chofer volvió al asiento del conductor, ella se recostó apaciblemente en el respaldo, percibiendo el efecto del somnífero. Ahora, el latido de la muela resultaba distante y se mezclaba con el movimiento uniforme del autobús, como las palpitaciones de su corazón, que escuchaba cada vez más fuertes, incansables en la noche. Echó la cabeza hacia atrás, puso los pies en el asiento contiguo, discretamente cubiertos con la falda, y cayó dormida sin haber dicho adiós al pueblo.

En un momento abrió los ojos y vio que el autobús avanzaba a través de la oscuridad casi en silencio. La muela le latía uniformemente y volvió la mejilla hacia el frío respaldo con cansina resignación. Las únicas luces eran las bombillas mortecinas a lo largo del techo. En la parte delantera, lejos de su asiento, vio sentados a los demás pasajeros; el chofer, tan distante como si fuera una pequeña silueta al extremo de un telescopio, estaba al volante muy derecho, perfectamente despierto al parecer. Clara volvió a sumirse en su extraño sueño.

Un rato después despertó de nuevo porque el autobús se había detenido. La interrupción de aquel movimiento silencioso a través de la oscuridad fue un sobresalto tan grande que la despertó aturdida, y pasó un minuto antes de que la muela empezara a dolerle de nuevo. Los pasajeros ocupaban el pasillo y el conductor, volviendo la cabeza, anunció: «¡Quince minutos!»

Clara se incorporó y siguió a los demás, completamente dormida y moviendo los pies sin darse cuenta de lo que hacía. Se habían detenido frente a un restaurante abierto, solitario e iluminado junto a la carretera desierta. El lugar estaba caluroso y lleno de gente y de bullicio. Vio un asiento libre al fondo y lo ocupó, sin notar que había vuelto a quedarse dormida hasta que alguien se sentó junto a ella y le tocó el brazo. Cuando Clara miró a su alrededor nebulosamente, el hombre preguntó:

—¿Va muy lejos?

—Sí —respondió ella.

El hombre llevaba un traje azul y parecía alto; Clara no pudo concentrar los ojos para distinguir nada más.

—¿Quiere un café?

Ella asintió y el hombre señaló con un gesto el mostrador, donde Clara vio una taza humeante frente a ella.

—Tómelo rápido —dijo él.

Clara dio un sorbo con delicadeza; si por ella hubiera sido habría probado el café sin levantar la taza del mostrador. El hombre estaba diciendo algo:

—Más allá incluso de Samarcanda, y las olas tintineando en la costa como campanas.

—Bien, vamos —anunció el chofer, y Clara dio otro rápido sorbo al café, suficiente para permitirle regresar al autobús.

Cuando volvió a ocupar el asiento, el desconocido se instaló en al lado. El autobús estaba tan oscuro que la luz del restaurante le resultó tan insoportable que cerró los ojos. Con los párpados entornados, antes de caer dormida de nuevo, se sintió encerrada a solas con el dolor de muelas.

—Las flautas suenan toda la noche —dijo el desconocido— y las estrellas son grandes como la luna, y la luna es grande como un lago.

Cuando el autobús reemprendió la marcha, se adentraron de nuevo en la oscuridad. Sólo la hilera de luces del techo unía la parte trasera del vehículo, donde ella iba sentada, con la parte delantera donde estaba el chofer y los pasajeros que ocupaban aquellas plazas, tan alejadas de la suya. Las luces los mantuvieron unidos mientras el desconocido sentado junto a ella murmuraba:

—Nada que hacer en todo el día, sino estar tumbado bajo los árboles.

Clara no era nada; mientras pasaba ante los árboles y las esporádicas casas dormidas, estaba en el autobús pero estaba en otro mundo, unida al chofer por una tenue hilera de luces y llevada carretera adelante sin esfuerzo.

—Me llamo Jim —dijo el desconocido.

Ella estaba tan dormida que se sacudió, incómoda, y apoyó la frente en el cristal de la ventana, tras la cual seguía reinando la oscuridad. Al cabo de un rato, un nuevo sobresalto la despertó y, aturdida, preguntó con voz asustada:

—¿Qué pasa?

—No es nada —dijo el desconocido, Jim —. Venga.

Clara lo siguió, bajó del autobús y entró en lo que le pareció el mismo restaurante pero, cuando se dispuso a ocupar el mismo taburete al fondo del mostrador, el hombre la tomó de la mano y la condujo a una mesa.

—Vaya a lavarse la cara —le dijo—. Después vuelva aquí.

Clara entró en el baño de mujeres y encontró allí a una chica empolvándose la nariz. Sin volverse, la chica le dijo:

—Cuesta diez centavos. Deje la puerta abierta para que la siguiente no tenga que pagar.

La puerta tenía una traba para impedir que se cerrara y la mitad de una caja de fósforos en la cerradura. Lo dejó todo como lo había encontrado y volvió a la mesa donde la esperaba Jim.

—¿Qué quiere tomar? —preguntó, pero él señaló otra taza de café y un bocadillo y murmuró—. Adelante.

Mientras Clara trataba de comer el bocadillo, oyó la voz suave y melodiosa del hombre:

—Y mientras dejábamos atrás la isla, escuchamos una voz que nos llamaba...

De nuevo en el autobús, Jim le dijo:

—Apoye la cabeza en mi hombro y vuélvase a dormir.

—Así estoy bien —respondió ella.

—No. Antes llevaba la cabeza golpeando contra el cristal.

Una vez más Clara se durmió. Y, una vez más, despertó sobresaltada cuando el vehículo se detuvo. Y una vez más Jim la condujo a un restaurante y le ofreció otro café. La muela empezó a dolerle y, con una mano apretada contra la mejilla, rebuscó en los bolsillos del abrigo y luego en el bolso hasta encontrar el frasquito de codeína, y se tomó dos pastillas mientras Jim la observaba.

Estaba terminando el café cuando escuchó el ruido del motor y se incorporó de inmediato. Subió corriendo al refugio en sombras de su asiento, con Jim sosteniéndola del brazo. El autobús ya estaba en marcha cuando advirtió que había olvidado el frasco en la mesa del restaurante. Ahora estaba a merced del dolor. Volvió la vista un momento por la ventanilla hacia las luces del restaurante y luego apoyó la cabeza en el hombro de Jim. Mientras se dormía, lo oyó decir:

—La arena es tan blanca que parece nieve, pero está caliente; incluso de noche está caliente bajo los pies.

Se detuvieron por última vez y Jim la ayudó a bajar del autobús. Por un instante, se encontraron juntos en Nueva York. Una mujer que pasaba cerca de ellos dijo al hombre que la seguía con unas maletas:

—Llegamos puntualmente. Las cinco y cuarto.

—Voy al dentista —explicó ella a Jim.

—Ya lo sé —respondió él—. La estaré vigilando.

El hombre se fue, aunque Clara no lo vio hacerlo. Se le ocurrió buscar a alguien con traje azul saliendo por la puerta, pero no vio a nadie.

Debería haberle dado las gracias, se dijo medio atontada, y se dirigió lentamente al bar de la estación, donde volvió a pedir café. El hombre del mostrador la miró con la fatigada compasión de quien había pasado una larga noche viendo a gente subir y bajar de los vehículos.

—¿Tiene sueño? —preguntó.

—Sí —contestó Clara.

Al cabo de un rato descubrió que la estación estaba al lado de la Terminal de Pennsylvania y consiguió llegar al vestíbulo principal y encontrar un hueco en una de las bancas antes de caer dormida de nuevo.

Alguien la sacudió enérgicamente por el hombro y le dijo:

—¿Qué tren va a tomar, señora? Son casi las siete.

Clara se incorporó y vio su bolso sobre el regazo; observó sus pies, elegantemente cruzados, y se fijó en el reloj que tenía ante ella.

—Gracias —murmuró.

Se puso en pie y anduvo hasta dejar atrás los bancos y llegar a una escalera mecánica. Alguien subió inmediatamente detrás de ella y la tocó en el brazo; Clara se volvió y encontró a Jim.

—La hierba es muy suave y muy verde —dijo él con una sonrisa—, y el agua del río es muy fría.

Ella lo miró con aire cansado. Cuando llegaron a lo alto de la escalera, Clara saltó y echó a andar hacia la calle. Jim avanzó junto a ella y su voz continuó:

—El cielo es más azul que cualquiera que hayas visto, y las canciones...

Clara se apartó de él y le pareció que la gente la miraba al pasar. Se detuvo en la esquina esperando a que cambiara el semáforo, y Jim, con movimientos muy rápidos, se acercó a ella y luego se alejó.

—Mira —susurró al pasar, y le mostró un puñado de perlas.

Al otro lado de la calle había un bar que acababa de abrir. Entró y se sentó; al instante, vió junto a ella a una camarera de expresión malhumorada.

—Estaba usted dormida —dijo la camarera en tono acusador.

—Lo siento mucho —respondió. Ya era de día—. Huevos revueltos y café, por favor.

Eran las ocho menos cuarto cuando salió del bar.

Si tomo un autobús, pensó, y voy directamente al centro, puedo esperar en el bar de enfrente del consultorio; así podré ser la primera cuando llegue el dentista.

Los autobuses iban llenos; tomó el primero que llegó y no encontró asiento. Quería bajar en la calle 23 y sólo pudo sentarse cuando ya estaba cruzando la calle 26; cuando despertó, se encontró en pleno centro, tan lejos que tardó casi media hora en encontrar otro autobús y volver a la calle 23.

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo en la esquina de la calle 23, se vio envuelta en una multitud de peatones, y cuando éstos cruzaron la calle y se dispersaron en varias direcciones, alguien se puso a su lado. Durante unos instantes, la mujer continuó caminando sin levantar la cabeza, con la vista fija en la acera y un aire irritado, y con la muela ardiéndole; por fin, levantó los ojos y miró a su alrededor, pero no encontró ningún traje azul entre la gente que circulaba.

Cuando llegó al edificio donde estaba el consultorio, aún era muy temprano. El conserje estaba recién afeitado y perfectamente peinado, y sostenía la puerta con gesto enérgico; cuando llegaran las cinco, sus movimientos serían perezosos y llevaría el cabello ligeramente despeinado. Clara cruzó la puerta con una sensación de triunfo; había conseguido ir de un lugar a otro y había alcanzado su objetivo, la meta de su viaje.

La enfermera, vestida de impecable blanco, estaba sentada tras un escritorio; sus ojos observaron la mejilla hinchada y los hombros hundidos de Clara y murmuró:

—¡Oh, pobre! Parece usted agotada.

—Me duele una muela.

La enfermera sonrió, como si aún esperara el día en que alguien entrara diciendo: «Me duelen los pies». Se incorporó.

—Venga —dijo—. No la haremos esperar.

El sol iluminaba el sillón del dentista, la mesita blanca, redonda, y el torno con su fina punta de cromo. El dentista sonrió con el mismo aire tolerante de la enfermera; tal vez todas las dolencias humanas estaban contenidas en los dientes y aquel hombre podía arreglarlas a condición de que una acudiera a verlo a tiempo. La enfermera dijo con voz tranquila:

—Voy a buscar el historial, doctor. Hemos considerado hacerla pasar enseguida.

Mientras le hacían una radiografía, Clara pensó que no había nada detrás de su cabeza que detuviera el objetivo malicioso de la cámara, como si esta pudiera ver a través de ella y fotografiar los clavos de la pared, o los botones del puño de la camisa del dentista.

—Extracción —dijo el dentista a la enfermera con voz apenada. La enfermera contestó:

—Sí, doctor.

La muela, que había llevado a Clara hasta allí, parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad. Daba la impresión de que el resto de su ser no hubiera estado presente al hacer la radiografía. Ahora, la muela era lo importante, lo que merecía ser registrado y examinado, y ella sólo era su involuntaria portadora (y sólo como tal era objeto del interés del dentista y de la enfermera). El dentista le entregó un papel con el diagrama de una dentadura completa; la muela que le dolía estaba marcada con tinta negra y al lado se leía: «Molar inferior; extracción».

—Con este papel —indicó el dentista—, vaya a la dirección que figura en el membrete. Es un cirujano dentista. Allí se ocuparán de usted.

—¿Qué harán? —preguntó ella, pero no era la pregunta que quería hacer; no, señor. Más bien era: «¿Qué me harán?», o: «¿Hasta dónde llega la raíz?»

—Extraerle esa muela —contestó el dentista con irritación, dándole la espalda—. Debería habérsela sacado hace años.

Estoy aquí desde hace bastante tiempo y ya se cansó de mi muela, pensó Clara. Se levantó del sillón y dijo:

—Gracias, doctor. Adiós.

—Adiós —respondió el dentista y, en el último momento, le dirigió una sonrisa mostrando a la mujer su dentadura blanca y perfecta.

—¿Se encuentra bien? ¿Le molesta demasiado? —se interesó la enfermera.

—Sí, me encuentro bien.

—Puedo darle unas pastillas de codeína —continuó la enfermera—, aunque sería mejor que no tomara nada, por supuesto, pero puedo administrarle algunas si le duele mucho.

—No —respondió Clara, recordando el frasquito de la codeína olvidado en la mesa de algún restaurante—. No me molesta tanto, gracias.

—Muy bien... —dijo la enfermera—, que tenga buena suerte.

Clara bajó las escaleras y salió a la calle, pasando delante del conserje. En el cuarto de hora que había pasado en la consulta, el hombre ya había perdido un poco de presencia matutina y su reverencia fue un poco más corta que antes.

—¿Taxi? —preguntó el conserje, y Clara, recordando el autobús de la calle 23, asintió.

En el preciso instante en que el conserje hacía un gesto desde el cordón de la vereda, con una reverencia hacia un taxi que parecía haber sacado de la nada, Clara creyó ver una mano que le hacía señales entre la multitud al otro lado de la calle.

Leyó la tarjeta del papel que le había dado el dentista y la repitió cuidadosamente al taxista. Con la tarjeta y el papel donde el dentista había escrito «molar inferior», y donde aparecía claramente identificada la muela, Clara permaneció sentada, inmóvil, sin soltar los papeles y con los ojos casi cerrados. Pensó que debía haberse dormido cuando el taxi se detuvo de pronto y el chofer, alargando un brazo hacia atrás para abrir la puerta, la miró con curiosidad antes de anunciar:

—Llegamos, señora.

—Voy a que me saquen una muela —explicó ella.

—¡Vaya! —exclamó el taxista. Ella le pagó y el hombre le deseó buena suerte antes de cerrar fuerte la puerta.

Estaba ante un edificio extraño, cuya entrada flanqueaban unos símbolos médicos tallados en piedra; allí, el conserje tenía un leve aire profesional, como si fuera capaz de hacerle un diagnóstico en el caso de que ella no quisiera entrar. Clara pasó junto a él y siguió adelante hasta que un ascensor abrió sus puertas. Mostró la tarjeta al ascensorista y éste dijo:

—Séptimo.

Tuvo que retroceder hasta el fondo del ascensor para dejar espacio a una enfermera que llevaba a una anciana en silla de ruedas. La anciana estaba muy tranquila y quieta, sentada con una manta sobre las rodillas: «Buenos días», saludó al ascensorista, y éste respondió: «Es magnífico ver el sol», y la anciana se recostó en la silla y la enfermera le acomodó la manta en torno a las rodillas y dijo: «Bueno, ahora estaremos tranquilas...», y la anciana contestó, irritada: «¿Quién se preocupa?»

Las dos mujeres bajaron en el cuarto piso. El ascensor siguió su camino y el ascensorista anunció por fin: «Séptimo piso», y la puerta se abrió.

—Directo al fondo del pasillo y luego doble a la izquierda —le indicó el ascensorista.

A ambos lados del pasillo había puertas cerradas, con carteles. En algunas de ellas se leía «DCD», en otras decía «Clínica» y en otras, «Rayos X». Una de ellas, de aspecto amistoso y, en cierto modo, comprensible, decía «Damas». Después dobló a la izquierda y encontró otra puerta con el nombre de la tarjeta, la abrió y entró. Había una enfermera sentada detrás de un mostrador, casi como el de un banco, y unas palmeras enanas plantadas en macetas en los rincones de la sala de espera, y unas revistas recientes y unas sillas cómodas. La enfermera de la ventanilla preguntó: «¿Sí?», como si Clara estuviera en deuda con el dentista y le debiera todavía un par de muelas.

Deslizó el papel por la ventanilla y la enfermera lo inspeccionó antes de decir:

—Molar inferior, sí. Llamaron diciendo que venía. ¿Quiere pasar, por favor? Por la puerta de la izquierda.

¿Entrar en el santuario?, estuvo a punto de decir Clara, pero abrió la puerta en silencio y entró. Allí la esperaba otra enfermera que le sonrió y dio media vuelta esperando que la siguiera sin mostrar la menor duda sobre su derecho a guiarla.

Pasaron ante otra puerta de rayos X y la enfermera dijo a una colega: «Molar inferior», y la otra enfermera susurró: «Sígame por aquí, por favor».

Recorrieron un laberinto de pasillos que parecían conducir al corazón del edificio, hasta que, por fin, llegaron a un cubículo donde había un sofá con una almohada, una palangana y una silla.

—Aguarde aquí —dijo la enfermera—. Y trate de relajarse.

—Lo más probable es que me quede dormida — respondió Clara.

—Muy bien. No tendrá que esperar mucho.

Aguardó más de una hora, quizás, aunque pasó la mitad del tiempo semidormida, despertando cuando alguien pasaba ante la puerta. A veces la enfermera asomaba la cabeza y sonreía. En una ocasión le repitió que no tendría que esperar mucho. Luego, de pronto, la enfermera reapareció sin la sonrisa, sin hacerse ya la anfitriona amable, sino con aire de eficiencia y rapidez.

—Vamos —dijo, y la sacó del cubículo y la condujo de nuevo por los pasillos con aire resuelto.

Después, tan deprisa que ni le dio tiempo a verlo, se encontró sentada en un sillón, con una toalla en torno a la cabeza y otra bajo la barbilla. La enfermera apoyaba una mano sobre su hombro.

—¿Me dolerá? —preguntó Clara.

—No —respondió la enfermera con una sonrisa—. Usted sabe bien que no, ¿verdad?

—Sí —murmuró.

Entró el dentista y le sonrió desde arriba.

—Bien —dijo.

—¿Me dolerá? —repitió ella.

—Vamos, vamos —contestó el hombre en tono animado—, si le hiciéramos daño a la gente no duraríamos en este negocio —mientras hablaba, el médico se afanaba con unos objetos metálicos ocultos bajo un lienzo mientras acercaban al sillón una gran máquina sobre ruedas—. No duraríamos nada —insistió—. Lo único que debe preocuparle es contarnos algún secreto mientras está dormida. ¿Molar inferior? —preguntó a la enfermera.

—Molar inferior, doctor —confirmó ésta.

A continuación le colocaron una máscara de goma de sabor metálico y el médico, distraídamente, repitió un par de veces: «¿Sabe?», mientras ella lo veía por encima de la máscara. La enfermera dijo: «Relaje las manos, querida», y al cabo de rato notó que sus dedos se relajaban.

Antes de que todo le aleje, pensó, recuerda esto. Y recuerda el sonido y el sabor metálico. Y lo ultrajante de todo asunto.

Y luego el torbellino de la música, el sonido confuso de la música que seguía y seguía, girando y girando, y Clara corría por un pasillo largo, horrorosamente claro, con puertas a ambos lados, y al fondo del pasillo estaba Jim, con los brazos extendidos y riéndose, diciendo algo que ella no alcanzaba a oír debido a la música, y volvía a correr y luego decía: «No tengo miedo», y alguien de la puerta contigua la agarraba del brazo y tiraba de ella y el mundo se fue ensanchando hasta que pareció que nunca se detendría, pero a continuación se detuvo con la cara del doctor mirándola desde arriba y la ventana quedó encuadrada delante de ella, y la enfermera le estaba sosteniendo el brazo.

—¿Por qué me tironeaba del brazo? —preguntó, y notó la boca llena de sangre—. Yo quería seguir...

—Yo no le tiré del brazo... —replicó la enfermera, pero el dentista comentó:

—Todavía no ha despertado del todo.

Clara se echó a llorar y notó que las lágrimas le rodaban por el rostro y que la enfermera las secaba con una toalla. No había sangre en ninguna parte, salvo en su boca; todo lo demás estaba limpio como antes. El dentista se marchó y la enfermera le tendió el brazo y la ayudó a incorporarse.

—¿Dije algo? —preguntó de pronto, con voz nerviosa —. ¿Dije algo?

—Solo: «No tengo miedo» —la tranquilizó la enfermera—. Justo cuando estaba despertando.

—No —respondió Clara, deteniéndose para sujetar el brazo que la rodeaba por la cintura—. ¿Dije algo? ¿Dije dónde está él?

—No dijo nada —insistió la enfermera—, el doctor sólo estaba bromeando.

—¿Dónde está la muela? —quiso saber de pronto; la enfermera soltó una risita y respondió:

—La sacamos. No volverá a molestarla.

Volvió a encontrarse en el cubículo. Se tendió en el sofá y se echó a llorar, y la enfermera le llevó whisky en un vaso descartable y se lo dejó junto a la palangana.

—Dios me ha dado a beber sangre —dijo a la enfermera, y ésta le respondió:

—No se enjuague la boca o no coagulará.

Después de un largo rato la enfermera volvió a asomar la cabeza y le dijo desde la puerta, con una sonrisa:

—Veo que ya está despierta.

—¿Por qué lo dice? —preguntó Clara.

—Se quedó dormida y no quise despertarla.

Clara se incorporó en el sofá; se sentía mareada, como si llevara toda la vida en aquel cubículo.

—¿Desea acompañarme? —preguntó la enfermera. De nuevo era todo amabilidad, ofreciéndole el mismo brazo, lo bastante fuerte como para guiar cualquier paso inseguro. Volvieron a recorrer el largo pasillo hasta donde estaba la primera enfermera, sentada.

—¿Todo listo? —preguntó esta enfermera con tono animada—. Siéntese ahí un minuto —señaló una silla y se volvió para anotar algo afanosamente—. No se enjuague la boca en un par de horas —indicó, sin mirarla—. Esta noche tome un laxante, y un par de aspirinas si le duele. Si sufre muchos dolores o tiene una hemorragia excesiva, póngase en contacto enseguida con este consultorio. ¿Lo ha entendido? —preguntó, con otra de sus animadas sonrisas.

Clara se encontró con otro pequeño papel en la mano. Decía: «Extracción», y debajo: «No se enjuague la boca. Tome un laxante suave y un par de aspirinas para el dolor. Si el dolor es excesivo o se presenta alguna hemorragia, avise al consultorio.»

—Adiós —la despidió la enfermera con amabilidad.

—Adiós —respondió Clara.

Con la nota en la mano, salió por la puerta de vidrio y, casi dormida, dobló y echó a andar por el pasillo. Cuando abrió un poco los ojos y vio que estaba en un largo corredor con puertas a ambos lados, se detuvo ante una de ellas, donde se leía: «Damas», y entró. Se encontró en una amplia sala con ventanas y asientos de mimbre y relucientes baldosas blancas y brillantes grifos plateados; en torno a los lavamanos había cuatro o cinco mujeres peinándose o pintándose los labios. Avanzó directamente hasta el lavamanos más próximo, tomó una toallita de papel, dejó el bolso y la nota en el suelo, a su lado, y abrió el grifo, donde procedió a mojar la toallita hasta que estuvo empapada. A continuación se la aplicó enérgicamente sobre el rostro. Se le aclaró la vista y se sintió más despierta, de modo que empapó otra toallita y la mujer que estaba más cerca le pasó una, soltando una risita que Clara captó perfectamente, aunque no podía ver debido al agua que tenía en los ojos. Luego, oyó decir a una de las mujeres: «¿Dónde vamos a almorzar?», y a otra que respondía: «En el bar de abajo, probablemente. Ese viejo estúpido quiere que esté de vuelta en media hora».

Comprendió que estaba estorbando, que aquellas mujeres tenían los minutos contados para asearse y bajar a almorzar, y se apresuró a secarse la cara, apartarse un par de pasos, levantar la cara y mirarse al espejo, cuando se dio cuenta, con una leve punzada de desconcierto, de que no tenía la menor idea de cuál de aquellos rostros era el suyo.

Observó las imágenes del espejo como si tuviera delante un grupo de desconocidas que la miraban; ninguno de los rostros le resultaba familiar, ninguno le sonreía ni daba la menor muestra de reconocerla. Siempre había pensado que mi propio rostro me reconocería, se dijo con un extraño entumecimiento en la garganta. Ante ella había una cara fofa, sin barbilla y con el cabello rubio brillante, otra cara de facciones enjutas bajo un sombrero rojo con velo, otro rostro descolorido y nervioso con el cabello castaño aplastado y recogido en la nuca, otro de líneas angulosas bajo una melena también cuadrada y dos o tres caras más que disputaban por acercarse al espejo, haciendo muecas y estudiándose con mirada crítica. Tal vez no es un espejo, pensó; tal vez es una ventana y estoy viendo a unas mujeres que se acicalan al otro lado. Pero no: aquellas mujeres estaban peinándose y mirándose en el espejo; decididamente, el grupo estaba de su lado. Ojalá no sea esa rubia, se dijo, y levantó la mano llevándosela a la mejilla.

Comprobó que la suya era la cara pálida y nerviosa con el cabello recogido y, al advertirlo, se sintió indignada. Retrocedió, abriéndose paso entre las mujeres mientras se decía: No es justo. ¿Por qué tengo esa cara tan descolorida? En ese espejo había algunas caras bonitas; ¿por qué no escogí una de ellas? No tuve tiempo, se respondió malhumorada; no me dieron tiempo de pensar. Si lo hubiera tenido, habría podido escoger otro más bonito. Incluso el de la rubia habría sido mejor.

Retrocedió hasta el fondo del baño, y se sentó en una de las sillas de mimbre. Es vulgar, seguía pensando. Alzó la mano y se tanteó el cabello; estaba algo despeinado después de haber dormido pero así era como lo llevaba peinado, aplastado hacia atrás y recogido en la nuca con un broche ancho. Como una estudiante, se dijo, sólo que... (añadió, recordando la cara pálida del espejo), sólo que ya tengo bastantes más años. Desabrochó la hebilla del pelo con dificultad y la colocó donde pudiera verla. El cabello le cayó suavemente en torno al rostro, cálido y largo hasta los hombros. El broche era de plata y llevaba grabado un nombre: «Clara».

—Clara —dijo en voz alta.

«¿Clara?»

Dos de las mujeres se volvieron para dirigirle una sonrisa mientras salían del baño. Casi todas salían ya perfectamente peinadas y maquilladas, y se alejaban apresuradamente sin dejar de parlotear. En cuestión de un segundo, como aves abandonando las ramas de un árbol, todas desaparecieron y ella se quedó sentada a solas.

Dejó caer el broche en el cenicero junto al asiento; el cenicero era hondo y metálico y el broche produjo un agradable ruido al caer. Con el cabello suelto, abrió el bolso y empezó a sacar cosas; las fue colocando en su regazo conforme aparecían. Un pañuelo liso, blanco y sin desdoblar. Una polvera cuadrada de plástico, imitación, con un compartimento para el maquillaje y otro para el rouge; era evidente que el primero no se había utilizado, aunque el rouge estaba casi acabado.

Por eso estoy tan pálida, pensó mientras dejaba la polvera.

Un lápiz de labios, de un tono rosa, casi acabado también. Un peine, un paquete abierto de cigarrillos y una caja de cerillos, un monedero y una billetera. El monedero era rojo, de imitación de cuero, con un cierre en la parte superior; lo abrió y vació su contenido en la mano. Monedas de diez centavos; de cinco, de uno, de cuarto de dólar. Noventa y siete centavos en total. Con eso no podía ir muy lejos, se dijo, y abrió la billetera de piel marrón; contenía dinero, pero primero buscó otros papeles y no encontró ninguno. Lo único que había dentro eran billetes. Los contó: diecinueve dólares. Con eso podía ir un poco más lejos, pensó.

El bolso no contenía nada más. Ni llaves (¿no debería tener llaves?, se preguntó), ni papeles, ni agendas ni documentos de identidad. El bolso era también de imitación de cuero, de color gris claro. Se examinó y observó que llevaba un traje gris oscuro de franela y una blusa rosa salmón con un volante en torno al cuello. Sus zapatos eran negros, de tacón discreto y con cordones, uno de los cuales estaba desatado. Llevaba medias beige y advirtió un desgarro en la rodilla derecha y otra, escandalosamente grande, que le bajaba por la pantorrilla y terminaba en un agujero en el dedo gordo del pie, que podía apreciar al tacto dentro del zapato. En la solapa de la chaqueta llevaba un prendedor y, cuando le dio la vuelta para verlo, comprobó que era una letra C de plástico azul.

Se lo quitó y lo arrojó al cenicero, donde repicó contra el fondo, arrancando un tintineo metálico al chocar con el broche para el cabello. Sus manos eran menudas, con los dedos rechonchos y las uñas sin pintar, y la única joya que lucía era una fina alianza de oro en la mano izquierda.

Sentada en la silla de mimbre del baño de damas, pensó: Lo menos que puedo hacer es librarme de estas medias.

Como no había nadie, se quitó los zapatos y las medias con una sensación de alivio cuando el dedo gordo quedó libre del agujero. ¿Dónde las escondo?, se preguntó. En el cesto de las toallitas usadas. Cuando se puso en pie, pudo verse mejor en el espejo.

Su aspecto era aún más espantoso de lo que pensaba: el traje gris le hacía bolsas en los glúteos, sus piernas eran huesudas y tenía los hombros hundidos. Tengo aspecto de cincuentona, pensó; pero no puedo tener más de treinta, añadió al estudiarse el rostro. El cabello le colgaba desordenado en torno a sus pálidas facciones y, en un arrebato furioso, rebuscó en el bolso hasta encontrar el lápiz de labios. Trazó una marcada boca rosa en el rostro blanquecino y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que no era experta en maquillarse.

De todos modos, con los labios pintados, la cara que tenía delante le pareció un poco más aceptable, de modo que abrió la polvera y se ruborizó las mejillas. Le quedaron desiguales y demasiado marcadas, igual que los labios, pero al menos ya no se veía tan demacrada.

Echó las medias a la papelera y salió de nuevo al pasillo con las piernas desnudas, dirigiéndose resueltamente hacia el ascensor.

—¿Abajo? —preguntó el ascensorista al verla.

Ella entró y el ascensor la transportó silenciosamente hasta la planta baja.

Volvió a pasar ante el conserje con su aire grave y profesional, y salió a la calle, llena de gente. Se detuvo delante del edificio y esperó. Al cabo de unos minutos, entre la multitud de transeúntes apareció Jim, que llegó hasta ella y la tomó de la mano.

En alguna parte, entre un mundo y otro, había quedado su frasco de codeína y arriba, en el suelo del baño de damas, había dejado la hojita de papel que empezaba diciendo: «Extracción».

Siete pisos más abajo, sin pensar en la gente que caminaba decidida por la acera, sin advertir las esporádicas miradas curiosas, con su mano en la de Jim y el cabello cayéndole sobre los hombros, corría descalza por la arena caliente.

Shirley Jackson (1916-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Shirley Jackson.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Shirley Jackson: El Diente (The Tooth), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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