«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche.»



El castillo oscuro (The Dark Chateau) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la antología de 1951: El castillo oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

El castillo oscuro, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, está plagado de referencias a la literatura gótica clásica, muchas de ellas lo suficientemente vagas como para ser casi indetectables.


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen en regiones desoladas
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún conocido y solitario castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
donde aún se agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos de lo que fuiste, pasa.
Por armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas que se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas apagadas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


El punto de partida de cualquier análisis de este poema debería ser la significativa dedicatoria del autor: «A la memoria de Edgar Allan Poe». Por otro lado, Clark Ashton Smith no emplea la palabra castle [«castillo»], sino chateau, lo cual nos proporciona otra pista. Y si pensamos en Edgar Allan Poe y chateau debemos apuntar al relato de 1842: El retrato oval (The Oval Portrait).

El escenario de este cuento de E.A. Poe es un chateau, el cual se describe como un edificio lúgubre, lleno de viejos tapices y pinturas, situado en los Apeninos. La historia comienza con el narrador, herido o discapacitado [E.A. Poe no ofrece explicaciones] y su criado, quienes buscan refugio en un chateau abandonado. El narrador pasa las horas admirando las pinturas y leyendo un extraño libro dejado sobre una almohada, que las describe. Al acercar la vela al libro, el narrador descubre un cuadro que hasta entonces no había visto, el cual muestra la cabeza y los hombros de una joven. La imagen lo cautiva [«quizás durante una hora»]. Después de meditarlo, descubre que lo le fascina de la pintura es su «absoluta verosimilitud». El narrador consulta con avidez el libro en busca de una explicación. El resto de la historia es una cita de este libro: una historia dentro de otra historia.

Entonces, ¿el chateau de Edgar Allan Poe es el escenario del poema de Clark Ashton Smith?

Es probable, no tanto por el contenido de El castillo oscuro, básicamente un recorrido por una casa antigua y abandonada, aunque lena de fantasmas, sino por el estilo, casi tan arcaico como la prosa de las novelas góticas de Ann Radcliffe. Clark Ashton Smith utiliza términos como gales [«vendavales»]; spiceries [«especiarios», que son un tipo de habitación en una casa real o nobiliaria]; gule [«rojo», en descripciones heráldicas]; niche [que puede traducirse como «nicho» (como hemos hecho), aunque «hornacina» sería mejor, es decir, un hueco en forma de arco en el que se colocan estatuas, jarrones u otros adornos]; coigne [forma arcaica de quoin, «esquina», ángulo externo de una pared o edificio]; jambart [pieza de armadura para la pierna, por debajo de la rodilla]; lampadephore [del griego lampadephóros, «portador de antorcha», una persona que lleva una antorcha]; por mencionar algunos ejemplos.

Otra probable inspiración de Clark Ashton Smith es el poema de Walter de la Mare: The Dark Château, el cual presenta un «castillo» onírico, soñado, en el que el orador desea entrar. No es tan lúgubre como el chateau de Edgar Allan Poe, aunque comparte algunas similitudes con el de Smith; entre ellas, su estado de abandono, el hecho de que ninguna voz en su interior sea audible, etc. El estilo, sin embargo, es muy diferente; más etéreo en el caso de De la Mare, en línea con los espacios mágicos de Lord Dunsany.

Finalmente debemos mencionar una autorreferencia: el cuento de Clark Ashton Smith de 1930: El final de la historia (The End of the Story), primera entrega del ciclo de Averoigne. La historia transcurre en 1789. Christophe Morand, un joven estudiante, viaja para visitar a su padre, pero se pierde en el bosque durante una tormenta nocturna. Desesperado, busca refugio en la Abadía de Perigon. Allí conoce a Hilaire, el abad, quien lo lleva a recorrer la biblioteca, «repleta de tomos raros». Uno de ellos, un manuscrito en francés antiguo, llama la atención de Christophe, pero Hilaire le prohíbe leerlo, y le advierte: «Hay una maldición sobre las páginas que tienes en tus manos: un hechizo maligno, un poder perverso que las acecha». Christophe se las ingenia para regresar solo a la biblioteca y leer el libro prohibido. Descubre que trata sobre un tal Gerard, conde de Venteillon, quien se encontró con un sátiro en el bosque de Averoigne.

La Abadía de Perigon no es el chateau de El castillo oscuro, sin embargo, al progresar en la historia seguimos a Christophe por pasadizos subterráneos hasta que emerge en otro mundo, en otra realidad, donde se alza un «castillo oscuro». Este, quizás, es el chateau del poema; e incluso el orador de este último podría ser el propio Christophe Morand.




El castillo oscuro.
The Dark Chateau, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde las agujas sin día se oxidan,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
y viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen, en regiones desoladas,
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego, cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún solitario y conocido castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
aún agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos que fuiste tú, pasa.
Desde armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


The mysteries of your former dust,
Your lives declined from solar light—
These would you know, or these surmise?
Beneath a swathed and mummied sun,
Descend where dayless dials rust,
Where the, void hourglass fills with night;
And seeing with still-living eyes
Dim Acherontic rivers run,

Follow where shrouded barges float
And fall, in regions of the dead,
Into the sable-foaming depths.
Then over ghostland mountains go
To find, beyond a bridgeless moat,
What stairs with shadow carpeted
Crumble behind the climber's steps
In some foreknown forlorn chateau.

Where exile ghosts of gales that blew
At eve from vintages antique
Still stir the blurring tapestries,
And empty armor guards the rooms
By rotting portraits that were you,
Pass on. From airless cupboards bleak
Startle memorial spiceries
And plagues adrowse in attared glooms.

By oriels charged with stifled stains,
With night-blent purples, gules embrowned,
And spring's lost verdure, graver now
Than cypress at the set of day,
Pause, and look forth: no ghost remains
Save you to gaze on that dim ground
Where once the budding almond-bough
Waved, and the oleander-spray.

Hoar silence is the seneschal
Of court and keep, of niche and coigne.
With drumless ear no lute annoys,
Nor clang from farring jambarts drawn,
Death, with dlulled arrasses for pall,
Waits whitely there; and none will join
Your quest, nor ever any voice
Speak from. the chambered epochs gone:

Till from the vaults with shadows brimmed
Shall come a cowled lampadephore,
holding his lamp, by no breath blown,
To mirrors moony-clear and still
Where never living face is limned,
But wan reflections fixed of yore—
Long-mouldered shapes that were your own—
Graven in glass, unchanged and chill.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: El castillo oscuro (The Dark Chateau), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«San Sapo»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.


«San Sapo»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.




«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!»



San Sapo (St. Toad's) es un poema gótico del escritor norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937), publicado de manera póstuma por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep).

San Sapo, uno de los poemas de Lovecraft menos conocidos, forma parte del ciclo Hongos de Yuggoth (Fungi from Yuggoth), el cual consta de 36 poemas. La mayoría de las piezas de Yuggoth son sonetos narrativos, básicamente microficciones con finales abiertos, como es el caso de este poema.

San Sapo resulta doblemente interesante. Por un lado, es una pieza onírica; por el otro, refleja la actitud de Lovecraft hacia la religión. El Orador del poema vaga «por laberintos oscuros e indefinidos», donde unos ancianos andrajosos le advierten tres veces: «¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!». El Orador intenta huir, pero la dirección que toma lo lleva inevitablemente a la Iglesia de San Sapo, como si todos los caminos de ese laberinto condujeran hacia allí.


¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo! —le oí gritar
mientras me adentraba en esos callejones extraños
que serpentean en laberintos oscuros e indefinidos
al sur del río donde sueñan las antiguas centurias—.
Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,
y en un instante se había escabullido de mi vista,
así que seguí avanzando en la noche
hacia donde se alzaban más tejados, malignos y dentados.

Ninguna guía habla de lo que allí acecha,
pero entonces oí a otro anciano gritar:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Y, ya débil, me detuve cuando un tercero de barba gris graznó, aterrado:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Horrorizado, huí,
hasta que de repente aquella aguja negra se alzó imponente ante mí.


Uno se pregunta de qué podría ser patrono San Sapo. Difícil saberlo. Von Junzt no registra en el Unaussprechlichen Kulten («Cultos sin Nombre») ni la práctica ni la doctrina, pero su identidad quizás tenga algo que ver con Tsathoggua.

Dios Sapo está inspirado en una pesadilla de Lovecraft, tal como él mismo lo menciona en una carta a Clark Ashton Smith:


«Mis investigaciones me han brindado un sueño magníficamente inquietante , que esta mañana me dejó con una profunda sensación de opresión y maldad cósmica. Buscaba por callejones oscuros y arcaicos en Southwark, al otro lado del Puente de Londres, la rumoreada y primigenia Iglesia de San Sapo, de la que se habla solo en susurros (como algo que siempre se oye de segunda o tercera mano) y en cuya cripta prenormanda se dice que perdura cierta influencia . No la encontré. En mi visión, crucé el Puente hasta ese mismo enredo de barrios marginales, buscando la horrible y fabulosa iglesia de San Sapo, cuyas campanas agrietadas oyen por la mañana por los lunáticos, por encima de la sana música de campanas más saludables.»


La carta de Lovecraft a Clark Ashton Smith parece echar por tierra la posibilidad de que San Sapo sea, Tsathoggua. Después de todo, la iglesia [del sueño] está situada en Londres, y aunque su torre se alce en un «enredo de barrios marginales», convengamos que no es lo mismo mantener las cosas en secreto en una ciudad de este tamaño que en Arkham. Aunque, ¿qué Londres soñó Lovecraft? ¿De qué año?

San Sapo y la imponente «aguja negra» de su iglesia resuenan con el relato de Robert E. Howard: La piedra negra (The Black Stone) y aquel detestable dios-sapo. Sin embargo, no hay ninguna torre aquí, sino un monolito negro, que es el sitio de veneración. Supongo que podríamos pensar que el monolito es una especie de iglesia; de hecho, Howard lo describe tres veces en el relato como «aguja», aunque definitivamente no se encuentra en la ciudad de Londres. ¿Será que este culto bárbaro, una nueva religión, se propagaría en las grandes ciudades?

En lo personal, creo que San Sapo y su iglesia son la síntesis de un motivo recurrente en los cuentos de Lovecraft: un terror antiguo, profundamente enterrado, que despierta con el tañido de las campanas. En El descendiente (The Descendant), El libro (The Book) y Las campanas (The Bells) [este último dentro del ciclo de Yuggoth] repiten la misma dinámica. De hecho, los tres ancianos que le anuncian al Orador la proximidad de la iglesia, quizás sea solo uno, y con nombre propio: lord Nottham [El descendiente] quien «grita cuando suenan las campanas de la iglesia».

San Sapo también guarda algunos parecidos con El clérigo malvado (The Evil Clerygman). Más aún, el poema parece una precuela del relato, con sus representaciones oníricas entre callejuelas oscuras que desembocan en una iglesia donde habita un malvado sacerdote anglicano, y también donde un anciano guía y advierte el narrador.

La mejor fuente para develar el misterio de San Sapo es Robert M. Price, quien escribió dos artículos muy interesantes, titulados: Hagiografía de San Sapo (St. Toad's Hagiography) y San Sapo revisitado ("St. Toad's" Revisited), donde especula que el soneto de Lovecraft se inspiró en una escena de La sombra sobre Innsmouth (The Shadow over Innsmouth), donde el protagonista, Robert Olmstead, se topa con una iglesia similar, en un contexto similar. Sin la carta del flaco de Providence, donde menciona explícitamente la ciudad de Londres, no sería difícil creer que Innsmouth es el hogar de San Sapo. Sin embargo, la carta contradice a Robert M. Price. ¿O será que el culto de Innsmouth de algún modo ha logrado trascender las fronteras de Nueva Inglaterra?




San Sapo.
St. Toad's, H. P. Lovecraft (1890-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo! —le oí gritar
mientras me adentraba en esos callejones extraños
que serpentean en laberintos oscuros e indefinidos
al sur del río donde sueñan las antiguas centurias—.
Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,
y en un instante se había escabullido de mi vista,
así que seguí avanzando en la noche
hacia donde se alzaban más tejados, malignos y dentados.

Ninguna guía habla de lo que allí acecha,
pero entonces oí a otro anciano gritar:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Y, ya débil, me detuve cuando un tercero de barba gris graznó, aterrado:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Horrorizado, huí,
hasta que de repente aquella aguja negra se alzó imponente ante mí.


Beware St. Toad’s cracked chimes!” I heard him scream
As I plunged into those mad lanes that wind
In labyrinths obscure and undefined
South of the river where old centuries dream.
He was a furtive figure, bent and ragged,
And in a flash had staggered out of sight,
So still I burrowed onward in the night
Toward where more roof-lines rose, malign and jagged.

No guide-book told of what was lurking here—
But now I heard another old man shriek:
“Beware St. Toad’s cracked chimes!” And growing weak,
I paused, when a third greybeard croaked in fear:
“Beware St. Toad’s cracked chimes!” Aghast, I fled—
Till suddenly that black spire loomed ahead.


H. P. Lovecraft (1890-1937)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de H. P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de H. P. Lovecraft: San Sapo (St. Toad's), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La cosa en el bosque»: Bernard Capes; relato y análisis.


«La cosa en el bosque»: Bernard Capes; relato y análisis.




«Condenado a tomar esta forma al atardecer,
y así aullar alrededor de las puertas de los hombres
hasta que el bendito día lo liberara.»



La cosa en el bosque (The Thing In The Forest) es un relato de hombres lobo del escritor inglés Bernard Capes (1854-1918), publicado originalmente en la antología de 1915: Los fabulistas (The Fabulists), y luego reeditado en El libro negro del hombre lobo (Black Book of the Werewolf).

La cosa en el bosque, uno de los cuentos de Bernard Capes más reconocidos, es una historia breve dentro de la narrativa más amplia de Los fabulistas, donde cuatro hombres: Heriot, Scarrott, Duxbury y Raven, quienes viajan de pueblo en pueblo, se cuentan extrañas anécdotas en cada parada. La cosa en el bosque es una de las historias contadas por Raven.

El cuento nos sitúa en las montañas de Hungría, y comienza con una joven recién casada llamada Elspet, que regresa sola a su cabaña después de comprar víveres en la aldea. Al pasar junto a una iglesia aislada, divisa un lobo. Algo en la expresión del animal le indica que es más que una simple bestia. Naturalmente, Elspet siente miedo, pero también compasión. Tal es así que, antes de huir toma un pedazo de carne de su cesta y se la arroja al lobo.

Ya en la cabaña, Elspet pasa la noche sumida en una terrible angustia espiritual. Está convencida de haber pecado mortalmente al alimentar al licántropo. Al día siguiente, la joven se dirige a la iglesia. El párroco, llamado Ruhl, escucha su confesión, y Elspet se lleva una sorpresa cuando descubre que el sacerdote no es lo que parece.

La cosa en el bosque es una historia corta, cuyo valor se pierde fuera del contexto de Los fabulistas. De todos modos constituye un resumen preciso de las leyendas de hombres lobo, y una aproximación más adulta al cuento de Caperucita Roja, con Elspet caminando sola por el bosque con su cesta [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja»]

Si bien el hombre lobo tradicional está ligado a una maldición, este tropo sería reemplazado por alguien que simplemente está en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y es mordido. La cosa en el bosque juega más con el pecado, la noción de que la licantropía responde a una desviación de la doctrina cristiana. Elspet piensa en los hombres lobo como seres condenados, pecadores, cuya condición surge como castigo. El padre Ruhl, evidentemente, cuenta con algunos «pecados inconfesables» en su pasado [ver: Razas y clanes de hombres lobo]

La revelación final de que el padre Ruhl es el hombre lobo es fácil de intuir. En definitiva, solo hay dos candidatos: Stefan, el marido de Elspet, y el sacerdote. Sin embargo, en 1915, el motivo del hombre lobo era todavía lo suficientemente raro como para causar algo de sorpresa. De todos modos, Bernard Capes no busca el impacto; más bien se apoya en la idea de un sacerdote diabólico para darle un matiz más controversial a la historia. Recordemos que Ruhl confiesa a Elspet, y luego se transforma.

En lo personal, creo que La cosa en el bosque es una reinterpretación del cuento de Caperucita Roja, o un retorno a su forma más cruda [ver: Psicología de Caperucita Roja]. La única duda que nos deja Bernard Capes es qué clase de pecado cometió el sacerdote para ser condenado a pasar el resto de su vida como un licántropo, pero eso, desde la perspectiva de Elspet, no tiene demasiada importancia.




La cosa en el bosque.
The Thing In The Forest, Bernard Capes (1854-1918)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En los bosques nevados de la Alta Hungría, en invierno, los lobos se adentran sigilosamente; pero hay cosas peores, más terribles, que golpean el corazón del viajero solitario.

Una tarde de diciembre, Elspet, la joven esposa, recién casada, del leñador Stefan, llegó apresuradamente por las laderas bajas de las Montañas Blancas desde el pueblo donde había estado todo el día haciendo compras. Llevaba una cesta con provisiones debajo del brazo; sus mejillas regordetas parecían dos manzanas frías; su respiración era entrecortada, más por nerviosismo que por cansancio. Se acercaba el anochecer, y se alegró al ver la pequeña y solitaria iglesia en el valle, el centro, por así decirlo, de muchos senderos que se ramificaban entre los árboles, uno de los cuales era el camino a su cálida cabaña, a medio kilómetro de distancia.

Se detuvo un instante al pie de la ladera, indecisa sobre si entrar en el pequeño y frío edificio y suplicar protección a la gran y maltrecha imagen de piedra de Nuestra Señora del Socorro que se encontraba dentro, junto al confesionario; Pero el silencio y la creciente oscuridad la convencieron, y siguió adelante. Una chispa de fuego que brillaba a través de la ventana de la casa parroquial parecía repelerla más que atraerla, y se alegró cuando las curvas del sendero la ocultaron de su vista. Siendo nueva en el distrito, apenas había visto al padre Ruhl, y de alguna manera, el conocimiento penetrante y la mirada ardiente del párroco la incomodaban.

El suave montículo, el sendero de pinos altos e inmóviles, se extendía en una quietud sepulcral. En algún lugar, el sol, como un fuego extinto, se había convertido en brasas opalescentes, apenas luminosas, que bastaban para rozar las sombras con una palidez aún más espantosa. Reinaba tal silencio que el leve crujido de sus propios pasos en la nieve le oprimió el corazón, como una profanación.

De repente, algo cerca de ella que no había estado antes apareció. Llegó como una sombra, sin más ruido ni aviso. Estaba aquí, allá, detrás de ella. Se giró, presa del pánico, y vio un lobo. Con un grito ahogado y temblorosos miembros, intentó apresurarse en su camino; y supo, aunque no había indicios de persecución, que la sombra deslizante la seguía de cerca. Desesperada por el terror, se detuvo una vez más y la enfrentó.

¡Un lobo! ¿Era un lobo? ¡Quién podría dudarlo! Sin embargo, la expresión salvaje en esos ojos hambrientos, tan perdidos, tan lastimeros, ¡tan mezclados de hambre insaciable y necesidad humana! Condenado, por sus pecados inefables, a tomar esta forma al atardecer, y así aullar y olfatear alrededor de las puertas de los hombres hasta que el bendito día lo liberara. Un hombre lobo... no un lobo.

Esa terrible comprensión golpeó a la muchacha como un cuchillo surgido de la oscuridad: por un instante estuvo a punto de desmayarse. Y entonces un gemido bajo rompió su corazón y lo inundó de compasión. Tan perdido, tan infinitamente desesperanzado. Y tan lastimero... sí, a pesar de todo, tan lastimero. Había pecado, más allá de cualquier pecado que su inocencia conociera o su experiencia pudiera comprender; pero era una mujer, muy afortunada, muy feliz, con todas sus comodidades y la certeza de su amor. Sabía que estaba prohibido socorrer a esos marginados, condenados y sin nombre, ayudarlos o compadecerse de ellos de ninguna manera.

Pero…

En su cesta había buena cantidad de carne, ¿y quién tenía por qué saberlo o contarlo? Con manos temblorosas encontró y arrojó un trozo a la bestia desolada; luego, dándose la vuelta, se apresuró a seguir su camino. Pero en casa, su pecado secreto se le presentó, interponiéndose entre su marido y ella, proyectó su sombra sobre los rostros de ambos. ¿Qué se había atrevido a hacer? ¿Qué había hecho? Con su propio acto había perdido su derecho de nacimiento a la inocencia; con su propio acto se había puesto en manos del mal al que había servido. Toda aquella noche permaneció postrada, avergonzada y horrorizada, y todo el día siguiente, hasta que Stefan terminó de cenar y se marchó, se movió en una agonía muda. Entonces, impulsada insoportablemente por el recuerdo de su rostro atribulado y desconcertado, al acercarse el crepúsculo, se puso su manto y bajó a la pequeña iglesia del valle para confesar su pecado.

«Madre, perdóname y sálvame», susurró al pasar junto a la estatua.

Tras tocar el timbre para llamar al confesor, apenas se había arrodillado ante el confesionario en la penumbra de la capilla, fría y vacía como una bóveda, cuando la barandilla del presbiterio crujió y se oyeron los pasos del padre Ruhl sobre las piedras.

Él llegó, tomó asiento tras la reja; y, entre suspiros y vacilaciones, Elspet confesó su culpa. Y cuando, con la cabeza gacha, terminó, un sonido extraño le respondió: era como una risita, y sin embargo, no tanto una risa como un gruñido.

Con una conmoción como la de la muerte, levantó la mirada. Era el padre Ruhl quien estaba sentado allí, y, sin embargo, no era el padre Ruhl. En ese instante crepuscular, su rostro ya estaba cambiando, afilándose, volviéndose lobuno: los ojos redondos y la mandíbula babeante. Jadeó y retrocedió; entonces, ladrando y mordisqueando la reja, él cayó con una mirada malévola, y ella lo oyó acercarse. El puro horror la paralizó. Con un grito, se puso de pie de un salto y huyó. Su manto se enganchó en algo; hubo un tirón y un estruendo, y, como una inundación, el olvido la envolvió.

Fue el anciano sacristán, sordo y casi senil, quien los encontró allí tendidos: la mujer ilesa pero inconsciente, el sacerdote aplastado por la caída de la antigua estatua, que llevaba tiempo tambaleándose hasta derrumbarse. Ella se recuperó; de él, nadie sabe dónde yace enterrado. Pero circularon historias siniestras de una manada aullando aquella noche, y de un pavimento vacío y ensangrentado cuando fueron a buscar el cuerpo.

Bernard Capes (1854-1918)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Bernard Capes.


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