«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.
«Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio,
pero ya no era consciente de ello.
Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio,
imaginándola adornada con flores.»
pero ya no era consciente de ello.
Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio,
imaginándola adornada con flores.»
Ojos azules (Mes yeux) es un relato del escritor francés Maurice Level (1875-1926), escrito en 1904 y publicado en la antología de 1910: Las puertas del infierno (Les portes de l'enfer).
Ojos azules, uno de los grandes cuentos de Maurice Level, relata la historia de una prostituta, joven y enferma, dispuesta a cualquier cosa con tal de llevarle flores a su difunto amado, ejecutado por asesinato, en el Día de Todos los Santos.
Ojos azules, apodo de esta pobre mujer, se encuentra en un estado deplorable: decrépita, consumida, a tal punto que lo único que queda de ella son sus ojos. A duras penas consigue reunir fuerzas para irse del hospital donde está internada para cumplir una promesa. Su amado, llamado Vandat, fue ejecutado recientemente, y nadie le ha llevado flores ni ha rezado en la fosa común donde está enterrado. Con este objetivo, Ojos azules sale a las calles de Paris, hambrienta, enferma, y sin dinero para comprar el ramo.
Presa de la fiebre, Ojos azules logra llegar hasta el burdel donde trabajaba para recuperar sus pertenencias, un abrigo al menos, para paliar el frío de las calles. Con sus últimas fuerzas sale de nuevo para buscar un último cliente y así conseguir unas monedas para las flores. Su recorrido por las calles es onírico, cargado de imágenes sugestivas. Finalmente, consigue obtener la atención de un hombre con el que apenas cruza palabra. Juntos vuelven al burdel, a la habitación sórdida, y consigue las monedas.
El giro final de esta historia, justifica su inclusión en la categoría conte cruel [«cuento cruel», sobre el cual hablaremos en un momento]: el último cliente de Ojos azules es el verdugo que ejecutó a su amado.
Ojos azules de Maurice Level es un conte cruel por excelencia. No se conforma con lo macabro de la situación [una prostituta enferma que debe salir a la calle para conseguir unas monedas], sino que aplica sobre ella la devastadora ironía del destino, haciendo que su recorrido se transforme en una especie de infierno personal, visto desde el humanismo, pero un infierno a fin de cuentas.
Maurice Level no utiliza la ironía de forma aleccionadora. Es brutal, cruel y gratuita. ¿Qué ha hecho Ojos azules para sufrir este destrato de Dios o del destino? Nada. No hay razones. Tampoco lecciones de moral. La vida sencillamente es una mierda para muchas personas, y de una manera tan cruel que hasta parece dirigida por un titiritero sádico.
Es importante mencionar que Ojos azules es una historia pensada para los periódicos parisinos, y luego para ser representada en el legendario Théâtre du Grand-Guignol, cuyas obras fueron precursoras de los thrillers y las películas de terror modernas; es decir, busca el impacto, la violencia, lo melodramático. En términos de género, Ojos azules pertenece a la escuela del conte cruel, hermana del decadentismo, que toma su nombre de la antología de Auguste Villiers de l'Isle-Adam de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels), aunque otros autores, como Edgar Allan Poe, proporcionaron ejemplos anteriores.
Actualmente se llama conte cruel a esas historias de terror que no cuentan con ingredientes sobrenaturales y que poseen algún giro final desagradable, aunque en realidad es aplicable a cualquier historia que utilice la ironía del destino de una forma macabra. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H. P. Lovecraft menciona que «este tipo de historias [las de Maurice Level] pertenece menos a la tradición de lo extraño que a una clase peculiar en sí misma: el llamado cuento cruel, en el que la angustia emocional se logra mediante intrigas dramáticas, frustraciones y horrores físicos espantosos».
ACLARACIÓN: La siguiente traducción al español de Ojos Azules no fue hecha sobre el original francés. En 1920, la periodista y editora inglesa Alys Eyre Macklin tradujo una colección de 26 cuentos de Maurice Level y los publicó con el título: Crisis: cuentos de misterio y horror (Crises: Tales of Mystery and Horror). Nuestra traducción fue hecha sobre esta versión.
Ojos azules.
Mes yeux, Maurice Level (1875-1926)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Envuelta en una holgada bata de hospital que la hacía parecer aún más delgada de lo que era, la chica enferma permanecía erguida, absorta en sus pensamientos, al pie de su cama.
Su rostro infantil estaba demacrado, y sus ojos azules, tristes, profundos y rodeados de ojeras, eran tan anormalmente grandes que parecían iluminar toda su cara. Sus mejillas ardían con un rubor intenso, y las profundas arrugas que descendían hasta su boca parecían haber sido marcadas por un flujo incesante de lágrimas.
Bajó la cabeza cuando el médico residente se detuvo a su lado.
—Bueno, pequeña número 4, ¿qué es esto que oigo? ¿Quieres salir?
—Sí, señor —la voz apenas era un susurro.
—Pero eso es una tontería. Solo llevas aquí dos o tres días, y con este tiempo, además, seguro que volverías a enfermar. Espera un día o dos. ¿Te sientes incómoda aquí? ¿Alguien te ha tratado mal?
—No, oh, no, señor.
—¿Qué ocurre entonces?
Su voz adquirió más energía al decir:
—Tengo que salir —y como si anticipara otra pregunta, continuó rápidamente—: Hoy es el Día de Todos los Santos. Prometí llevar flores a la tumba de mi amado. Se lo prometí. Solo me tiene a mí. Si no voy, nadie irá.
Una lágrima brilló bajo su párpado. Se la secó con un dedo.
El médico residente se conmovió y, ya fuera por curiosidad o para no dejarla sin palabras de consuelo, preguntó:
—¿Hace mucho que falleció?
—Casi un año.
—¿Qué le pasaba?
Ella pareció encogerse, volverse más frágil, con el pecho más hundido, las manos más delgadas, mientras, con los ojos entrecerrados y los labios temblorosos, murmuraba:
—Lo ejecutaron.
El médico residente se mordió el labio inferior y dijo en voz baja:
—Pobre niña, lo siento mucho. Si de verdad tienes que salir, sal, pero ten cuidado de no resfriarte. Debes volver mañana.
Una vez fuera de las puertas del hospital, ella empezó a temblar.
Era una mañana otoñal. La humedad goteaba por las paredes. Todo era gris: el cielo, las casas, los árboles desnudos y la brumosa lejanía por donde la gente se apresuraba, ansiosa por salir de las calles.
Había enfermado a mediados de verano, y su vestido era de algodón fino y de colores vivos. La cinta arrugada que rodeaba su cuello demacrado la hacía parecer aún más lamentable. La falda, la blusa y la corbata parecían sonreírle al sol, pero en el frío y gris ambiente se veían melancólicas.
Empezó a caminar con paso inseguro, deteniéndose de vez en cuando porque le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas. La gente a su paso se giraba para mirarla. Ella vacilaba, como si quisiera hablar con ellos, pero luego, asustada, seguía caminando, mirando nerviosamente de derecha a izquierda. Así cruzó medio París. Se detuvo al llegar a los muelles, contemplando el lento y turbio fluir del río.
El frío penetrante la caló hasta los huesos, y sintiendo que no podía soportarlo más, reanudó la marcha.
Al llegar a la Place Maubert y la Avenue des Gobelins, se sintió casi como en casa, pues estaba en el barrio donde había vivido. Pronto empezó a ver rostros conocidos y oyó a alguien decir al pasar:
—¡Seguro que es la chica de Vandat. ¡Cómo ha cambiado!
—¿Qué Vandat?
—El asesino...
Aceleró el paso, tapándose la cara con las manos para no oír el final.
Ya estaba anocheciendo cuando por fin llegó al miserable hotel donde se había alojado antes de enfermar. Entró. Unas chicas de la calle y los hombres con los que se alojaban jugaban a las cartas en el pequeño café de abajo. Al verla, la saludaron:
—¡Hola! ¡Aquí está Ojos Azules! —ese era su apodo—. Ven a tomar algo, siéntate, ven.
Su bienvenida la conmovió, pero el humo denso y rancio la hizo toser, y apenas pudo respirar mientras respondía:
—No tengo tiempo ahora. ¿Está la señora?
—Sí, ahí está.
Le sonrió tímidamente a la encargada.
—Quería preguntarle, señora, si puedo recuperar mis cosas. La ropa que llevo puesta no abriga lo suficiente.
—La ropa que dejó la subieron al ático; estará por ahí. Enviaré a alguien a buscarla. Siéntese junto a la estufa y caliéntese.
—No, ahora no tengo tiempo. Volveré enseguida.
Se dirigió a la puerta. Uno de los hombres se burló:
—¿De vuelta a la calle, no? No pierdes el tiempo.
Salió, y la breve estancia en la sofocante habitación hizo que el frío exterior pareciera más penetrante que nunca. La gente se apresuraba, cargada de coronas de cuentas y ramos de flores; otros, vestidos con sus mejores galas, charlaban y reían, y se veía a simple vista que llevaban sus ofrendas al cementerio por costumbre, que el tiempo había mitigado su dolor.
A lo largo de la acera se alineaban carretas de flores. Crisantemos de pétalos rizados se inclinaban sobre racimos de rosas; aquí y allá, la mimosa esparcía su polvo dorado sobre ramos de violetas. Más cerca del cementerio, frente a las tiendas de los marmolistas, había macetas con flores dispuestas en los estantes de los puestos, insignificantes, con follaje cuidado y colores sobrios; más adelante, siemprevivas y grandes coronas de cuentas.
Ella lo contempló todo con ojos que brillaban de envidia. Ojalá pudiera conseguirle algunas, solo un pequeño ramo para él, que yacía al fondo del cementerio, en su pobre tumba sin consagrar, un montículo desnudo, sin una palabra que indicara que estaba allí.
«Asesino», eso no significaba nada para ella. Él era el ser que adoraba, su Hombre, el amante que había poseído no solo su cuerpo, sino su alma. En un momento de locura había matado a alguien. ¿Acaso no había pagado ya su deuda?
El día que lo arrestaron, ella juró no volver a tener nada que ver con ningún otro hombre, jamás. Abandonaría la vida que llevaba, trabajaría, volvería a ser una chica honrada.
Siguió mirando las flores. Un vendedor le susurró:
—¿Un ramo? ¿Y unos crisantemos? ¿Violetas?
Pasó de largo sin responder, pues no tenía ni un céntimo. Sin embargo, tenía una idea en mente: flores. Necesitaba flores. Tenía que conseguirle flores de alguna manera, se lo había prometido.
Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio, pero ya no era consciente de ello. Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio, imaginándola adornada con flores. Pero el dinero, ¿cómo iba a conseguirlo? ¿Qué podía hacer?
La solución que se le ocurrió era la más obvia, y no parecía contradecir su promesa de honrar la memoria de su amado.
Como un buen artesano que regresa a su taller, toma sus herramientas y se pone a trabajar, se arregló el cabello mecánicamente, se acomodó el vestido y comenzó a caminar por la calle como solía hacerlo en los viejos tiempos, cuando su hombre, jugando a las cartas en el café, era lo único que le importaba en el mundo.
Siguió caminando, con la mirada atenta, contoneando las caderas, pero estaba demasiado demacrada: una sola mirada bastaba para que los hombres se alejaran. Y, en efecto, su rostro ya no era un rostro para el placer; tampoco su cuerpo, con sus ángulos marcados y profundas concavidades visibles bajo su fino vestido de algodón. En tiempos pasados, cuando era hermosa, cuando realmente era la «Ojos Azules» que todos admiraban, las cosas eran diferentes. Ahora solo era objeto de lástima.
La luz del día se desvanecía. ¿Y si el cementerio cerraba antes de que pudiera comprar las flores?
Caía una llovizna fina, silenciosa, impalpable, y todo se envolvía en sombras grises. Ya no se veía nada de su delgado rostro excepto sus ojos, dos grandes ojos que ardían de fiebre.
Un hombre doblaba la esquina de una calle tranquila, con el cuello del abrigo levantado y las manos en los bolsillos. Ella rozó su brazo y le dijo suavemente, con la voz llena de anhelo:
—¿No quieres venir conmigo.?
La miró un instante. Ella se había acercado, sus ojos penetrando los suyos con la expresión inspirada de quien tiene una misión importante.
Él la tomó del brazo y ella lo condujo al modesto hotel que acababa de dejar. A través de la puerta entreabierta, dijo rápidamente:
—Mi llave. Una vela.
La encargada respondió en voz baja:
—Número 23, segundo piso, tercera puerta.
Los hombres y las mujeres del café se inclinaron para ver quién era, y mientras subía las escaleras oyó exclamaciones y carcajadas.
Ya casi era de noche cuando bajó. Se despidió apresuradamente de su acompañante y echó a correr. Deteniéndose ante la primera florista que encontró, tomó el ramo más cercano y arrojó las dos monedas de plata que tintineaban en sus manos.
Corrió hacia el cementerio. La gente se marchaba en pequeños grupos. Temblaba. ¿Aún habría tiempo? En la entrada, el portero dijo:
—¡Demasiado tarde! Ya cerramos.
—¡Ay, por favor, por favor! Solo quiero entrar y salir rápidamente. Solo dos minutos.
—Muy bien. Pero rápido.
Bajó corriendo por el sendero, tropezando con las piedras en la oscuridad. Era un largo camino. Apenas podía respirar; algo le quemaba el pecho con un dolor insoportable. Se detuvo junto al muro donde entierran a los ejecutados y cayó de rodillas, esparciendo sus flores por la tierra. Las lágrimas le corrían por las mejillas, goteando entre las manos que se apretaban contra el rostro. Intentó rezar, pero no recordaba las palabras adecuadas, y solo sollozó, con los labios pegados al suelo:
—¡Ay, mi hombre... mi hombre...!
Entonces, tan agotada que había perdido la sensibilidad en las extremidades, pero con una sensación de alivio, casi de alegría en el corazón, se levantó y se alejó. Incluso le sonrió al portero mientras decía:
—Como ves, no me tomó mucho tiempo.
Ahora que todo había terminado, ahora que había cumplido su promesa, que había estado cerca de su hombre, volvió a sentir el frío y el cansancio. Apenas podía arrastrarse, la tos era terrible: de vez en cuando tenía que detenerse y apoyarse contra la pared.
Finalmente, regresó al hotel y entró tambaleándose. Las chicas y los chicos seguían jugando a las cartas en la habitación sofocante y llena de humo. Un silencio sepulcral se apoderó de todos al verla. Intentó reír.
Una mujer al fondo de la habitación se dejó caer en la silla y exclamó:
—¡Qué buen comienzo, Ojos Azules! Necesitabas un poco de valor, ¿no?
Se encogió de hombros. La otra continuó:
—¿Sabías quién era tu cliente?
—No.
—Bueno, te lo diré. Era Le Bingue.
Ojos Azules tartamudeó:
—¿Qué dices? Le...
La otra vació su vaso y volvió a tomar las cartas, respondiendo:
—Sí, Le Bingue. Ya sabes, el verdugo.
Maurice Level (1875-1926)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Relatos góticos. I Relatos de terror.
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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Maurice Level: Ojos azules (Mes yeux), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com




















































