«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.


«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




«Nosotros, los de Transilvania,
sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen.»



La aldea de los vampiros (Vampire Village) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado en la edición de noviembre de 1932 de la revista Weird Tales bajo el seudónimo Hugh Davidson.

La aldea de los vampiros, uno de los cuentos de Edmond Hamilton más populares de la época, es una historia convencional, bastante entretenida, sobre un pueblo abandonado de Transilvania que una vez al año es habitado por no-muertos. Por supuesto, dos forasteros racionalistas desoyen las recomendaciones de los supersticiosos lugareños y visitan este pueblo en la noche equivocada.

Detrás de los lugares comunes, que abundan aquí, creo que Edmond Hamilton expande una idea que Bram Stoker utilizó en Drácula, sin aprovecharla demasiado; me refiero a la insinuación de que en la víspera del Día de San Jorge todo el mal que se encuentra dormido, de repente despierta. Hamilton se pregunta por qué los vampiros eligen o están limitados a esa noche en particular. La respuesta, que se aleja del marco folklórico utilizado por Bram Stoker, a pesar de que se encuentra presente en la principal fuente para Drácula: La Tierra más allá del Bosque (The Land Beyond the Forest), es que hay diferentes razas de vampiros. Están los que son mordidos y transformados por otro no-muerto, y están los vampiros que fueron confinados en sus tumbas por la acción del clero. Es decir que en la Víspera de San Jorge todos los vampiros, incluso los que ya fueron tratados con la Cruz y el suelo sagrado, pueden romper los lazos que los atan y levantarse de sus tumbas.


«Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas hasta que los sacerdotes hayan realizado los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.»


En Drácula, cuando Jonathan Harker se dispone a irse del hotel Golden Krone, una anciana le dice:


«Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder?»


Diría que La aldea de los vampiros es una historia entretenida, a pesar de que el truco argumental se ve venir desde el principio. Los dos viajeros, Barton [el narrador] y Croft proceden como dos sujetos que no conocen absolutamente nada sobre vampiros. La cultura popular de la época no los ha tocado. Están inmaculados de toda superstición.

Solo así se entiende que recorran Transilvania a pie, de noche, buscando refugio en el pueblo de Kranzak. Los lugareños les niegan la entrada porque es la Víspera de San Jorge y sospechan que todos son potenciales vampiros. No obstante, esta buena gente les aconseja seguir camino hasta un pueblo cercano llamado Wieslant. Así lo hacen, y descubren que los habitantes de Wieslant están en plena celebración en la plaza del pueblo. Estos aldeanos son amables, pero inquietantes, y les repugna inexplicablemente la cruz de madera que el narrador encontró en la puerta de la posada en Kranzak y luego guardó distraídamente en el bolsillo de su saco.

Uno diría que hay demasiadas red flags para 1932, pero me molestan menos los protagonistas y ese recurso fácil de utilizar el escepticismo como sinónimo de estrechez de miras, que los aldeanos de Kranzak, quienes sí creen en vampiros y así y todo les dan direcciones para llegar a una aldea abandonada, justo en esa noche del año, justo cuando los vampiros se reúnen en algún sitio próximo pero indeterminado.

Otro asunto que exaspera es la dificultad de los protagonistas para deducir que Wieslant es la infame aldea habitada por vampiros, cuando el lector llega a esa conclusión casi de inmediato [y no solo porque la historia se titula: «La aldea de los vampiros»]. Uno puede comprender cierta falta de perspicacia, ¡pero estos aldeanos le temen a las cruces! ¡En Transilvania! [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]




La aldea de los vampiros.
Vampire Village, Edmond Hamilton (1904-1977)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Toca otra vez! —le dije a Croft.

—Ya —respondió—. Estas posadas del pueblo duermen como muertos, ¡y todavía no es medianoche!

—¿Qué pasa? —pregunté. Él sacudía la mano con pesar.

—Me he golpeado los nudillos con algo en la puerta —dijo irritado. La desprendió y me la pasó. Vi que era una pequeña cruz de madera. —¡Una forma muy incómoda de expresar fervor religioso! —exclamó Croft, mientras volvía a tocar la puerta.

Miré a lo largo del camino blanco, que brillaba bajo la luz de las estrellas. Se alineaban una veintena de casas de madera con tejados a dos aguas que formaban el pueblo de Kranzak. Croft y yo habíamos contado, tras recorrer las colinas de Transilvania durante todo el día y la noche, con una cena tardía y alojamiento para pasar la noche. Pero ahora Kranzak parecía ofrecer pocas perspectivas de cena o descanso, pues desde las ventanas cerradas de sus casas no se veía luz, y nuestros golpes en la puerta de la posada no habían obtenido respuesta. Habíamos oído voces dentro de la posada al acercarnos, pero al primer golpe se callaron de repente.

Croft, molesto por haberse lastimado la mano con la cruz, exclamó ahora en nuestro húngaro imperfecto:

—¡Déjennos entrar! Esto es una posada, ¿no?

Una voz anciana y temblorosa respondió.

—Sí, es la posada de Kranzak, pero esta noche no abre para nadie.

—¿Por qué no? —preguntó mi compañero.

La misma voz respondió:

—¡Porque esta es la noche de los vampiros, señores! La noche de San Jorge, cuando todos los que en vida fueron vampiros y sirvientes del mal se levantan de nuevo para obrar el mal hasta el amanecer. Ninguna puerta se abrirá hasta el amanecer.

—¡Noche del diablo! —exclamé—. ¿Qué clase de locura es esta?

Croft rió, apartándose de la puerta.

—No sirve de nada, Barton. Nos hemos topado con sus supersticiones y parece que no tendremos alojamiento esta noche.

Una voz diferente y más aguda llamó desde dentro.

—¡Si queréis alojamiento, id a Wieslant! —nos dijo, y fue seguida por un murmullo de tres o cuatro voces desde dentro.

Retrocedimos al camino, desconcertados, mirando las casas del pueblo. Cada una tenía una especie de cruz en su puerta y todas seguían oscuras.

—Bueno, parece que vamos a Wieslant, o donde sea —dije.

—Wieslant, no lo recuerdo en el mapa —dijo Croft—. Pero estos pueblos están todos bastante juntos, así que no puede estar lejos.

—Adelante, entonces —ordené, y comenzamos a caminar por el camino a la luz de las estrellas—. La noche de San Jorge... la noche de los vampiros —repetí, mientras salíamos del pueblo y nos adentrábamos en el oscuro bosque de pinos—. ¿Acaso todo ese pueblo estaba encerrado por miedo a esa vieja superstición, Croft?

Asintió.

—Es una creencia muy arraigada aquí en Transilvania. Estos transilvanos creen firmemente que cuando mueren las personas que se han vendido al mal, no se convierten en muertos, sino en no-muertos, en vampiros que se levantan de sus tumbas por la noche para chupar la sangre y la vida de los demás.

—He leído algo sobre esa creencia, por supuesto —dije—, pero creía que los vampiros podían levantarse cualquier noche entre el atardecer y el amanecer. No sabía que la noche de San Jorge era la única del año en que podían hacerlo.

Croft rió.

—Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas cada noche hasta que los sacerdotes hayan realizado sobre ellas los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.

—Por eso la noche de San Jorge los encuentra encerrados —dije, negando con la cabeza—. ¿Y esas cruces en las puertas? —pregunté, señalando con el pulgar la pequeña de madera que Croft me había dado, la cual me había guardado en el bolsillo del pecho.

Él sonrió.

—Para protegerlos de los vampiros, por supuesto. Una cruz es el arma infalible contra los vampiros, ya sabes, lo único que temen. Es muy interesante toda esta superstición vampírica.

—Y muy inconveniente para nosotros —añadí—. Si la gente de Wieslant está tan aterrorizada por los vampiros esta noche como la de Kranzak, estamos perdidos.

Ajustamos nuestras mochilas sobre nuestros hombros y nos inclinamos para la tarea constante de caminar. El camino blanco serpenteaba a través de densos bosques, subiendo por una larga pendiente que parecía un paso entre las colinas que teníamos delante y a la derecha. No había luna, pero la tenue luz de las estrellas delineaba el camino en sus curvas a través del oscuro pinar.

Mientras avanzábamos, kilómetro tras kilómetro, comprendí que la misma penumbra de este paisaje transilvano debía ser la raíz de las creencias de su gente. Sería fácil creer, especulé, que en la oscuridad de medianoche de las colinas que nos rodeaban se movían seres sobrenaturales, liberados esa noche de la tumba. Pudimos ver una o dos veces siluetas negras voladoras de considerable tamaño moviéndose a la luz de las estrellas, bajas sobre los bosques distantes. Y aunque para Croft y para mí era bastante evidente que debían ser halcones o búhos buscando presas en los bosques, pensé que era fácil imaginar cómo cualquier transilvano que los viera podría creer que se trataba de vampiros sueltos en esta, su noche.

La voz de Croft finalmente interrumpió mis especulaciones.

—Ahí abajo se ven las luces de un pueblo —anunció.

—Supongo que es Wieslant.

Habíamos llegado al borde de un valle en forma de cuenco, de varios kilómetros de ancho, rodeado de colinas. En la oscuridad del centro brillaba un pequeño conjunto de luces, con un punto donde se veía el resplandor rojizo de las hogueras.

—Al parecer, Wieslant está lleno de vida —dije con optimismo—. Quizás podamos cenar y dormir esta noche.

—Parece que hay posibilidades —coincidió Croft.

Descendimos al valle, hacia las luces del pueblo. Wieslant, al entrar, se hizo evidente que era un lugar inusualmente antiguo, pues las casas a lo largo de sus callejuelas parecían más antiguas que cualquiera que hubiéramos visto hasta entonces. Tenían los grotescos grabados en espiral y las puertas y ventanas de formas extrañas, típicas de las casas de la zona hace unos siglos. Estaban iluminadas con luz amarilla de velas, pero no vimos a nadie dentro mientras pasábamos. La razón de esto se explicó cuando nos acercamos al espacio verde en el centro del pueblo; allí ardían grandes hogueras, se oía música alegre y animada, y alrededor del césped iluminado por el fuego, bailando al son de la música, se encontraban los habitantes de Wieslant.

Mientras Croft y yo nos acercábamos, solo podíamos ver a estas personas como siluetas que danzaban entre nosotros y las llamas. Sus oscuras formas giraban con tal rapidez que, con la luz en nuestros ojos, parecían desprenderse del suelo y girar en el aire al frenético ritmo de la danza. Nos acercamos y nos detuvimos en las sombras, fuera del círculo verde iluminado por el fuego, observando con asombro. Media docena de hogueras derramaban una luz rojiza sobre el césped, y alrededor de cada una de ellas se desarrollaba una de las extrañas danzas. Los hombres iban vestidos con chaquetas brillantes y pantalones ajustados, las mujeres con faldas y corpiños igualmente brillantes, la indumentaria festiva de los campesinos de Transilvania. Sin embargo, estos trajes eran de un estilo más antiguo y peculiar que cualquier otro que hubiéramos visto. Alrededor del borde del césped, a la luz del fuego, había un centenar de aldeanos que observaban y aplaudían la danza.

En un punto, una orquesta campesina de instrumentos de cuerda destilaba una música salvaje y vertiginosa. Junto a ella, un anciano alto, de bigote blanco y rostro fiero, gritaba por encima del estruendo a los bailarines mientras giraban. Jamás había visto una escena tan extraña de alegría desenfrenada, y Croft y yo observábamos maravillados desde la penumbra. Estos aldeanos, vestidos con ropas antiguas, parecían entregarse a la alegría del baile con total desenfreno. Los ojos de bailarines y espectadores brillaban de color carmesí, aparentemente por el reflejo del fuego. De repente, uno de los espectadores nos vislumbró a Croft y a mí en la oscuridad. Lanzó un grito agudo, e instantáneamente todos corrieron hacia nosotros.

En nuestra momentánea estupefacción, casi nos pareció que se abalanzaban por los aires para atacarnos, una visión densa de ojos carmesí y dientes blancos y brillantes. Pero cuando Croft y yo estábamos casi encima, se detuvieron en seco, ¡como si nos hubieran atacado! Nos rodearon, lanzando un murmullo de gritos excitados en un dialecto húngaro casi incomprensible, mientras sus ojos brillantes y excitados nos miraban fijamente. El estruendo era inmenso.

—Campesinos muy nerviosos, ¿no? —dijo Croft—. ¿Puedes entender lo que gritan?

—No, mientras griten todos a la vez —respondí—. ¿Qué les pasa? Por un momento pensé que nos atacaban.

—Estos transilvanos son todos muy nerviosos —dijo—. Parece que viene el jefe del pueblo, y debería poder calmarlos.

Era el anciano alto y de bigote blanco que había estado llamando a los bailarines el que se abría paso entre la multitud hacia nosotros. Iba vestido como los demás, con el brillante traje festivo, que realzaba bastante bien su alta figura. Nos hizo una reverencia, con la mirada fija en la nuestra.

—Bienvenidos a Wieslant, señores —nos saludó, en el dialecto extrañamente retorcido de los demás—. No esperábamos extraños aquí esta noche.

—Lamento si hemos interrumpido sus celebraciones —le dijo Croft—. No era nuestra intención.

El otro restó importancia a la disculpa con una sonrisa.

—Soy Mihail Hallos, jefe de Wieslant. Vemos pocos extraños y por eso se emocionan cuando alguno visita nuestra pequeña aldea.

—Bueno, no era nuestra intención venir —dijo Croft—. En el último pueblo, Kranzak, todos estaban encerrados por miedo a los vampiros. Debían de tener miedo de que nosotros mismos fuéramos vampiros, porque no nos dejaron entrar y nos mandaron a Wieslant.

La sonrisa de Hallos se acentuó y una risa recorrió la multitud.

—La gente de Kranzak tiene mucho miedo a los vampiros esta noche, es cierto —dijo el jefe—, porque no muy lejos de Kranzak se encontraba la aldea de los vampiros.

—¿Aldea de vampiros? —repitió Croft con tono interrogativo, pero Hallos hizo un gesto con la mano.

—Es una creencia en esta parte de Transilvania. Les contaré la historia más tarde. Mantiene a muchos pueblos atemorizados esta noche.

—Bueno, me alegro de que al menos no los mantenga encerrados en Wieslant —comenté—. No nos apetecía caminar toda la noche.

—Encontrarán un alojamiento excelente aquí en Wieslant —me aseguró Hallos—. De hecho, no podrían haber venido en mejor momento que esta noche.

De nuevo, la risa burlona recorrió la multitud, aunque no le encontré la gracia a sus palabras. Estos aldeanos de ojos brillantes y vestimenta extraña nos incomodaban bastante, tanto a Croft como a mí, con sus miradas fijas desde todos los ángulos. Hallos debió de darse cuenta.

—Nuestra posada está allí, al borde del prado —dijo—. Puedo acompañarlos.

Protestamos por su insistencia, pero con la cortesía típica de Transilvania, desestimó nuestras protestas. Hallos hizo señas a los aldeanos para que nos abrieran paso y se estaba girando de nuevo hacia nosotros cuando choqué torpemente con él, cara a cara. Para mi sorpresa, se tambaleó y cayó de rodillas, con la mano en el corazón y el rostro contraído por un espasmo de agonía.

Se puso de pie antes de que pudiéramos ayudarlo a levantarse. Me disculpé lo mejor que pude por mi torpeza.

—No fue culpa tuya —dijo con la mano aún sobre el pecho—, pero tengo una herida aquí y lo que llevabas en el bolsillo me pinchó cuando chocamos.

Miré hacia abajo y vi que sobresalía de mi bolsillo la pequeña cruz de madera que Croft me había dado en Kranzak, la cual había olvidado.

—Lo siento mucho —dije—. Fue una torpeza.

Hallos sonrió y negó con la cabeza, pero noté, mientras nos abríamos paso entre la multitud hacia la posada, que mantenía a Croft entre él y yo. Al parecer, no tenía intención de volver a confiar en mí.

Mientras avanzábamos entre los aldeanos alegremente vestidos que se apartaban para dejarnos pasar, incluso pensé que se alejaban más de mí que de Croft. Me resultó un poco incómodo. Hallos siguió hablando con cortesía mientras nos guiaba hacia la posada. La música a nuestras espaldas había vuelto a sonar y los aldeanos ya estaban bailando de nuevo cuando llegamos a la posada de aspecto antiguo que se encontraba al borde de la plaza.

Seguimos al jefe hasta la sala, empedrada y con amplias vigas de madera. Un gran fuego crepitaba en una chimenea, y detrás de la pequeña barra al fondo de la sala, el posadero, gordo y de pelo blanco, servía botellas de formas extrañas y retorcidas a una docena de hombres y mujeres disfrazados.

Habían estado charlando y riendo a carcajadas cuando entramos, pero se quedaron en silencio al vernos a Hallos y a nosotros, mirándonos fijamente. Me sorprendió de nuevo el efecto de la luz del fuego sobre los rostros de estas personas, que hacía que sus ojos parecieran de un rojo intenso.

El posadero se adelantó y Hallos lo presentó.

—Este es Kallant, posadero de Wieslant, y uno de los mejores que se pueden encontrar en Transilvania —nos dijo sonriendo—. Estará encantado de antenderlos. No suele alojar a forasteros.

—No muy a menudo —admitió el gordo Kallant, riendo de una manera extraña—. De hecho, no suelo tener clientes de ningún tipo. ¿Quieren dos habitaciones, señores?

—Oh, una habitación nos bastará —respondió Croft—. Ahora mismo nos preocupa más la cena que la habitación.

—Si nos hacen el honor —intervino Hallos—. Nuestras festividades continúan toda la noche, y algunos de nosotros, los aldeanos más importantes, siempre cenamos aquí a las dos. Nos honrarían acompañándonos.

—Será un honor —dijo Croft—. Ya son casi las dos, así que será mejor que Barton y yo nos aseemos un poco.

—Les mostraré la habitación, señores —dijo Kallant, volviéndose con una vela hacia la estrecha escalera que se alzaba en las sombras.

Entrábamos con él en la oscura escalera cuando la voz de Hallos nos detuvo. Señalaba con una sonrisa divertida la cruz de madera que aún sobresalía del bolsillo de mi chaqueta.

—Ese símbolo de piedad es mejor dejarlo en su habitación, señor —me dijo sonriendo—. Esta noche la piedad se olvida y solo pensamos en divertirnos.

Croft y yo nos reímos.

—En realidad no es mío —le dije al jefe—, pero por supuesto que lo dejaré. No quiero ser el esqueleto en su banquete.

Mientras subíamos por la oscura y estrecha escalera tras el gordo Kallant, oí un repentino murmullo de voces salvajes que irrumpió en la taberna que acabábamos de abandonar. La voz aguda de Hallos las interrumpió y las silenció, y sonreí ante esta prueba de que nuestro cortés anfitrión podía comportarse como un tirano con sus sencillos súbditos. La escalera conducía a un largo vestíbulo tenuemente iluminado por una o dos velas en los portalámparas de la pared. Había puertas apenas visibles entre las sombras, y Kallant nos condujo a una de ellas y la abrió, señalando hacia adentro mientras colocaba su vela en un portalámparas dentro de la puerta.

—Esto les servirá, señores —nos dijo—. Huele un poco a humedad No solemos tener clientes aquí, pero debería ser bastante cómodo.

—Está bien —le aseguramos.

—Dígale a Hallos que bajaremos en unos instantes.

Hizo una reverencia y se retiró. Miramos a nuestro alrededor.

—Huele a humedad, sí —comenté—. Parece que no se ha usado en siglos.

La habitación, de hecho, estaba cubierta de una gruesa capa de polvo que cubría el suelo, los muebles y la cama de madera antigua. A través de las ventanas de forma peculiar, pudimos vislumbrar el verde exterior, donde aún ardían las hogueras y se veían las oscuras sombras de los bailarines girando al ritmo de la música salvaje.

Croft y yo nos arreglamos lo mejor que pudimos. Cuando salimos de la oscura escalera y volvimos a la taberna de la posada, encontramos allí al jefe, Hallos, con una veintena o más de hombres y mujeres. Todos iban vestidos, sin excepción, con los trajes festivos de antaño a los que ya estábamos acostumbrados. Hallos casi se abalanzó sobre nosotros al entrar en la taberna, con los ojos brillantes. Pero a un paso de nosotros se detuvo, mirando fijamente mi pecho.

Bajé la mirada y vi que había olvidado sacar la pequeña cruz de madera del bolsillo.

—Oh, lo siento —dije—. Pero supongo que tenerla no importa realmente, ¿verdad?

—Por supuesto que no —me dijo cortésmente—. ¿No quieren conocer a algunos de los nuestros? Son mis dos hijas.

Hizo las presentaciones y charlamos lo mejor que pudimos en nuestro titubeante húngaro. Me sentí algo disgustado, lo admito, al ver que tendían a reunirse alrededor de Croft y a evitarme. Recordando las palabras del jefe, supuse que, por la cruz que sobresalía de mi bolsillo, juzgaban que yo era un devoto estricto. Croft notó mi aislamiento y me lanzó miradas divertidas de vez en cuando, pues estaba progresando mucho con las dos bellezas de mejillas brillantes que Hallos le había presentado como sus hijas. El propio Hallos conversó conmigo, aunque a cierta distancia, hasta que el gordo Kallant apareció desde otra habitación para anunciar que la cena estaba lista.

Entramos en el comedor donde nos esperaba una larga mesa repleta de platos y vinos de Transilvania. Hallos se sentó al final de la mesa, con Croft y la hija menor a su derecha, y yo con la mayor a su izquierda. Pero antes de que pudiera dirigirle una palabra a la mayor, apartó su silla lo más posible y me dio la espalda para hablar con su otra vecina.

La cena fue animada, y Croft y la hermana menor que estaba frente a mí eran de los más alegres, aunque me sentía algo disgustado por el trato frío que me daban. Lo compensé atacando con vigor la comida picante y los vinos fuertes, y Croft no se quedó atrás, ya que llevábamos doce horas sin comer. La comida y el vino estaban tan deliciosos como nunca antes había probado, pero me parecieron extrañamente poco sustanciosos; de hecho, después de terminar media docena de platos y varias copas, tenía tanta hambre como al principio. Sin embargo, aunque Croft también parecía un poco desconcertado, los demás en la mesa no parecieron darse cuenta.

La sala resonaba con risas, charlas y el tintineo de copas, con ecos de la música de baile que venía de afuera. Kallant merodeaba para asegurarse de que todos estuvieran servidos, y al final de la mesa Hallos era la imagen de un anfitrión cortés. Durante una pausa en el murmullo de las voces, Croft se dirigió a él.

—Dijiste que nos contarías sobre la aldea de vampiros ubicada cerca de Kranzak —le recordó—. Me gustaría escuchar la historia si al resto no le importa.

Hallos sonrió y vi una alegría contenida en los rostros de nuestros compañeros.

—Bueno, todos aquí conocen la historia —dijo el jefe—, pero si les interesa... Nosotros, los transilvanos, sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen. Sabemos que los hombres y mujeres que en vida se entregan a las fuerzas del mal no mueren, sino que se convierten en vampiros, no-muertos. De día, los vampiros yacen como muertos en sus tumbas, pero de noche se levantan y chupan la sangre y la vida de cualquier persona desprotegida que encuentren. Y nosotros, los transilvanos, también sabemos que contra la cruz los vampiros son impotentes. Así que, siempre que se descubre la tumba de un vampiro en este condado, los sacerdotes realizan sobre ella ceremonias de la cruz que atan al vampiro a su tumba. Sin embargo, incluso los vampiros así atados y aprisionados pueden, una noche al año, la noche de San Jorge, levantarse y trabajar hasta el amanecer. Hace casi doscientos cincuenta años, en esta sección de Transilvania, había un pueblo situado no lejos de Kranzak. Y este pueblo cerca de Kranzak llegó a estar embrujado por vampiros como ningún otro pueblo lo había estado antes.

«¡Era, pues, un pueblo de vampiros! Los vivos que quedaban huyeron a Kranzak y otros lugares, pero los vampiros permanecieron. Cada día, el pueblo yacía desierto y deshabitado bajo el sol. Pero cada noche, los vampiros se levantaban para recorrerlo y habitarlo como si estuvieran vivos, aventurándose a menudo a atacar a la gente de los pueblos cercanos. Así que, finalmente, la gente de los alrededores llegó con muchos sacerdotes para acabar con este pueblo. Sobre cada tumba, los sacerdotes realizaron sus ritos de atadura, aprisionando así a cada vampiro. Desde entonces, aunque ningún vivo volvió a habitarlo, los vampiros no volvieron a salir de noche, salvo esa noche del año, la noche de San Jorge, cuando todos los vampiros son liberados. Esa noche, el pueblo vuelve a bullir hasta el amanecer con sus no-muertos.

—Y como la noche de San Jorge es esta noche —sonrió Croft—, temían en Kranzak que nosotros dos fuéramos del pueblo de vampiros.

—Así es —dijo Hallos, sonriendo también—, porque a pesar de los siglos transcurridos, los habitantes de Kranzak y de los demás pueblos siguen temiendo esta noche del año.

—¿Pero ustedes aquí en Wieslant no parecen tenerle mucho miedo a la aldea de vampiros? —dije.

Todos se rieron.

—Es porque San Jorge es nuestro patrón, y en su noche festiva contamos con su protección —explicó Hallos—, y podemos entregarnos a la alegría sin miedo.

Croft negó con la cabeza.

—Qué extraño es el poder de estas creencias —dijo—. Sin embargo, de alguna manera, encajan con sus antiguas casas y vestimentas.

La mayor de las Hallos se rió.

—Estos trajes que usamos en esta noche deben parecerles muy extraños —le dijo a Croft.

—Parecen hermosos —le respondió él—. Sin embargo, me hacen sentir como si Barton y yo hubiéramos viajado al pasado.

—Nuestros bailes también son antiguos esta noche —dijo—. ¿No vendrás con mi hermana y conmigo a verlos?

Su invitación me excluyó tan claramente que Croft me lanzó una mirada sonriente al aceptar.

—¿Vamos, Barton? —preguntó mientras nos levantábamos.

Negué con la cabeza.

—Voy a subir a dormir un poco, me hace falta —dije—. Ya casi amanece.

Nuestro grupo regresó a la taberna, Croft entre las dos hermanas y yo con Hallos a mi lado. Era evidente que Croft había causado una buena impresión en las dos bellezas, pues sus ojos y sus pequeños dientes blancos brillaban por igual mientras reían al verlo, apretando sus brazos con caricias casi posesivas.

—Subiré enseguida, Barton —me dijo Croft mientras se dirigían a la puerta—. Yo también necesito dormir un poco.

—¡Dormir! ¡Ya hay suficiente sueño en el mundo! —exclamó la hermana menor—. Esta noche es una noche festiva, no para dormir, sino para vivir... ¡para vivir!

Habló con una vehemencia asombrosa y con los ojos realmente ardientes, lo que sorprendió bastante a Croft, y también a mí. Hallos la miró con furia, y ella bajó las pestañas con recato.

Cuando Croft salió con ellos, le lancé una mirada diciéndole que no hiciera el ridículo por culpa de las dos bellezas transilvanas. La mayoría de los presentes los siguieron y les deseé buenas noches en general. A Hallos y Kallant, que se quedaron, les di las gracias antes de subir las escaleras. Mientras subía, creí oír unos pasos rápidos abajo y me giré, pero no había nadie. Oí la voz de Hallos siseando a alguien, evidentemente Kallant:

—¡Todavía no, tonto, aún lo tiene consigo!

La respuesta murmurada de Kallant fue inaudible.

Seguí subiendo a la habitación. A la tenue luz de las velas, la cama mohosa resultaba poco atractiva, pero me senté, bostezando, mirando por la ventana polvorienta. Las hogueras en el prado aún brillaban en rojo, pero la música había cesado y las siluetas oscuras de los aldeanos parecían agrupadas alrededor de algún objeto de interés.

Me aflojé el cuello de la camisa y, con una sonrisa, arrojé sobre la mesa la cruz de madera cuyo simbolismo de piedad había provocado tal aversión entre los aldeanos. Entonces se me ocurrió buscar la ubicación exacta de Wieslant en mi guía de viaje. Croft había dicho que Wieslant no aparecía en el mapa, y así fue: no había ningún pueblo marcado entre Kranzak y el lejano Holf. Algo desconcertado, me dirigí al texto, pero tampoco encontré ninguna descripción de Wieslant. Estaba a punto de rendirme, disgustado por la ineficiencia de los creadores de guías, cuando el nombre «Wieslant» en una nota a pie de página me llamó la atención.

Mientras empezaba a leerla, fui consciente de dos cosas: de un ajetreo y un alboroto entre la multitud que se encontraba en la plaza, y del crujido de alguien moviéndose en el pasillo, fuera de mi puerta. No obstante, si un trueno hubiera resonado a mi alrededor no habría despertado el horror inefable que creció en mí mientras leía la fina tipografía de la nota al pie. Las palabras parecían danzar ante mis ojos:

«Wieslant... aproximadamente a medio camino entre Kranzak y Holf... completamente desierto en 1683 por miedo a los vampiros... todavía llamado en esa sección el pueblo de los vampiros... ahora casi totalmente en...»

Y justo cuando la terrible verdad se estrellaba contra mi cerebro, un grito agonizante en la voz de Croft llegó a mis oídos desde el exterior.

Corrí por la habitación y abrí la puerta de golpe. Hallos y Kallant estaban afuera, con los ojos de un rojo infernal, como demonios. Los dos se lanzaron hacia mí y, mientras me empujaban hacia atrás, sentí sus afilados colmillos en mi garganta, sentí en mi rostro el aliento corrupto de la tumba.

Pero mientras retrocedía con esos dos vampiros infernales encima, mi mano extendida tocó la mesa. Mis dedos agarraron algo instintivamente, la pequeña cruz. Al tocarlos, los arrojó de nuevo al otro lado de la habitación, contra la pared, como si fuerzas titánicas los hubieran golpeado.

Con los ojos como llamas del infierno. Hallos y Kallant me fulminaron desde allí mientras me tambaleaba hacia la puerta, el grito de Croft resonando de nuevo, más débil, en mis oídos.

Me arrojé escaleras abajo, con Hallos y Kallant tras de mí, la cruz aún aferrada a mi mano. Me tambaleaba hacia el césped para oír de nuevo el grito ahogado de Croft. Estaba en el suelo y la multitud de vampiros de ojos escarlata, girando frenéticamente, se abalanzaba sobre él, sus dientes blancos buscando su garganta.

La mitad de ellos corrían hacia mí, figuras negras de demonios contra las llamas que se atenuaban mientras una promesa de luz se asomaba hacia el este. De pronto retrocedieron y se apartaron cuando tropecé hacia adelante, extendiendo la cruz. Se enfurecieron a mi alrededor como sombras infernales, gritando.

Estaba al lado de Croft, y los que lo rodeaban se reagruparon cuando caí a su lado con la cruz. Parecía inconsciente, y sentí que mis propios sentidos se desvanecían y la cruz se me escapaba de los dedos mientras rugía la horda de vampiros. Se acercaban cuando la cruz se me resbaló de la mano entumecida; los rostros demoníacos de Hallos, sus hijas y todos los demás giraban cada vez más cerca en un frenético espectáculo de ojos rojos, labios ávidos y dientes blancos y afilados.

Entonces, desde el este llegó un rayo gris del amanecer. Al instante, fue como si una niebla envolviera a la multitud de vampiros y a todo el pueblo que nos rodeaba, una niebla que se oscureció en mi mente al perder el conocimiento.

La luz del amanecer había cambiado del gris al dorado cuando recuperé la consciencia. Croft se movía débilmente, y cuando se incorporó, recogió del suelo a mi lado, automáticamente, una pequeña cruz de madera.

Nos pusimos de pie y miramos aturdidos a nuestro alrededor. Antiguas ruinas cubiertas de maleza se extendían bajo la luz dorada. Se veían los contornos rotos de cimientos de edificios, y en un lugar, un recinto de lápidas desgastadas por el tiempo, apenas visibles, pero no había ninguna casa ni estructura en pie, ni señal alguna de vida. Croft y yo observábamos con la mirada perdida, mientras el mundo entero permanecía en silencio bajo la luz del sol matutino.

Edmond Hamilton (1904-1977)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edmond Hamilton: La aldea de los vampiros (Vampire Village), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los problemas de un libro»: Laura Riding; poema y análisis.


«Los problemas de un libro»: Laura Riding; poema y análisis.




«La prueba de un libro consiste
en no dar señales de esfuerzo,
en ser plano e insensible
al sentido literal de la imprenta.»



Los problemas de un libro (The Troubles of a Book) es un poema de la escritora norteamericana Laura Riding (1901-1991), escrito en 1938.

Los problemas de un libro, uno de los poemas de Laura Riding más interesantes, explora el ciclo de vida del libro, desde su preexistencia en el ámbito metafísico, espiritual, su manifestación en la imaginación del autor, hasta su arraigo final en la mente del lector, donde por fin muere.


El problema de un libro es, primero,
no ser un pensamiento para nadie,
luego reposar sin ser escrito
tanto tiempo como permanecerá sin ser leído,
después erigir, palabra por palabra, un autor,
y ocupar su cabeza
hasta que la cabeza se declare vacante
y haga alarde de su vacío.

El problema de un libro es, segundo,
mantenerse despierto, atento
alerta como un posadero,
deseando y no deseando un huésped,
dividido entre la esperanza del desvelo
y el anhelo del descanso.
Inseguras, las páginas se adormecen
y en un instante se abren a los dedos que hojean
con una sonrisa de posadero, para luego cerrarse.

El problema de un libro es, tercero,
pronunciar su sermón y mirar hacia otro lado,
provocar revuelo en los márgenes,
donde la lengua se encuentra con la mirada,
pero sin alegar pánico
ni complicidad en la protesta.
La prueba de un libro consiste
en no dar señales de esfuerzo,
en ser plano e insensible
al sentido literal de la imprenta.

El problema de un libro reside
en ser nada más que un libro por afuera;
llevar encuadernación como tal,
enterrarse en la muerte del libro,
sin dejar de sentirse libro;
en respirar palabras vivas,
pero con el aliento de las letras;
en dirigirse a la vivacidad
de los ojos lectores y ser respondido
con letras y cariño.


Laura Riding examina la noción platónica de que las ideas y formas existen en un plano diferente al nuestro, perfectas, y que de algún modo se filtran hacia nuestra realidad a través del pensamiento y la imaginación. Es decir que el libro, todo libro, existe antes de ser escrito.

Además, el libro tiene una existencia paradójica. Es un vehículo activo del pensamiento, capaz de dispersarse en otras mentes, y, a la vez, un objeto físico, inerte. Del mismo modo en que el autor accede [o se deja acceder] por el espacio platónico para extraer una idea, una imagen, una odisea completa, el lector recurre al espacio potencial del libro cerrado, con todo su saber o engaño en estado latente, que se activa con el proceso de lectura.

Los problemas de un libro no es un poema que exalte las virtudes de la literatura, particularmente de la poesía, más bien desnuda sus dificultades: período latencia, creación, espera y limitaciones físicas. El libro, dice Laura Riding, primero debe «reposar sin ser escrito» hasta «ocupar» la cabeza del autor. Más adelante, ya hecho libro físico, debe mantenerse «alerta como un posadero» mientras espera pacientemente en la biblioteca por la llegada de un «huésped». Y así, «en un instante», las páginas «se abren a los dedos que hojean / con una sonrisa de posadero, para luego cerrarse».

Laura Riding continúa afirmando que «la prueba de un libro consiste en no dar señales de esfuerzo», es decir, en presentarse ante el lector de manera tal que las luchas internas del autor, sus dificultades, la tenacidad con la que trabaja y pule una idea, no se noten; y además debe sobrevivir «al sentido literal de la imprenta», o sea, al significado estricto que deriva de las palabras.




Los problemas de un libro.
The Troubles of a Book, Laura Riding (1901-1991)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El problema de un libro es, primero,
no ser un pensamiento para nadie,
luego reposar sin ser escrito
tanto tiempo como permanecerá sin ser leído,
después erigir, palabra por palabra, un autor,
y ocupar su cabeza
hasta que la cabeza se declare vacante
y haga alarde de su vacío.

El problema de un libro es, segundo,
mantenerse despierto, atento
alerta como un posadero,
deseando y no deseando un huésped,
dividido entre la esperanza del desvelo
y el anhelo del descanso.
Inseguras, las páginas se adormecen
y en un instante se abren a los dedos que hojean
con una sonrisa de posadero, para luego cerrarse.

El problema de un libro es, tercero,
pronunciar su sermón y mirar hacia otro lado,
provocar revuelo en los márgenes,
donde la lengua se encuentra con la mirada,
pero sin alegar pánico
ni complicidad en la protesta.
La prueba de un libro consiste
en no dar señales de esfuerzo,
en ser plano e insensible
al sentido literal de la imprenta.

El problema de un libro reside
en ser nada más que un libro por afuera;
llevar encuadernación como tal,
enterrarse en la muerte del libro,
sin dejar de sentirse libro;
en respirar palabras vivas,
pero con el aliento de las letras;
en dirigirse a la vivacidad
de los ojos lectores y ser respondido
con letras y cariño.


The trouble of a book is first to be
No thoughts to nobody,
Then to lie as long unwritten
As it will lie unread,
Then to build word for word an author
And occupy his head
Until the head declares vacancy
To make full publication
Of running empty.

The trouble of a book is secondly
To keep awake and ready
And listening like an innkeeper,
Wishing, not wishing for a guest,
Torn between hope of no rest
And hope of rest.
Uncertainly the pages doze
And blink open to passing fingers
With landlord smile, then close.

The trouble of a book is thirdly
To speak its sermon, then look the other way,
Arouse commotion in the margin,
Where tongue meets the eye,
But claim no experience of panic,
No complicity in the outcry.
The ordeal of a book is to give no hint
Of ordeal, to be flat and witless
Of the upright sense of print.

The trouble of a book is chiefly
To be nothing but book outwardly;
To wear binding like binding,
Bury itself in book-death,
Yet to feel all but book;
To breath live words, yet with the breath
Of letters; to address liveliness
In reading eyes, be answered with
Letters and bookishness.


Laura Riding (1901-1991)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Laura Riding.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Laura Riding: Los problemas de un libro (The Troubles of a Book), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.


«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.




«Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio,
pero ya no era consciente de ello.
Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio,
imaginándola adornada con flores.»



Ojos azules (Mes yeux) es un relato del escritor francés Maurice Level (1875-1926), escrito en 1904 y publicado en la antología de 1910: Las puertas del infierno (Les portes de l'enfer).

Ojos azules, uno de los grandes cuentos de Maurice Level, relata la historia de una prostituta, joven y enferma, dispuesta a cualquier cosa con tal de llevarle flores a su difunto amado, ejecutado por asesinato, en el Día de Todos los Santos.

Ojos azules, apodo de esta pobre mujer, se encuentra en un estado deplorable: decrépita, consumida, a tal punto que lo único que queda de ella son sus ojos. A duras penas consigue reunir fuerzas para irse del hospital donde está internada para cumplir una promesa. Su amado, llamado Vandat, fue ejecutado recientemente, y nadie le ha llevado flores ni ha rezado en la fosa común donde está enterrado. Con este objetivo, Ojos azules sale a las calles de Paris, hambrienta, enferma, y sin dinero para comprar el ramo.

Presa de la fiebre, Ojos azules logra llegar hasta el burdel donde trabajaba para recuperar sus pertenencias, un abrigo al menos, para paliar el frío de las calles. Con sus últimas fuerzas sale de nuevo para buscar un último cliente y así conseguir unas monedas para las flores. Su recorrido por las calles es onírico, cargado de imágenes sugestivas. Finalmente, consigue obtener la atención de un hombre con el que apenas cruza palabra. Juntos vuelven al burdel, a la habitación sórdida, y consigue las monedas.

El giro final de esta historia, justifica su inclusión en la categoría conte cruel [«cuento cruel», sobre el cual hablaremos en un momento]: el último cliente de Ojos azules es el verdugo que ejecutó a su amado.

Ojos azules de Maurice Level es un conte cruel por excelencia. No se conforma con lo macabro de la situación [una prostituta enferma que debe salir a la calle para conseguir unas monedas], sino que aplica sobre ella la devastadora ironía del destino, haciendo que su recorrido se transforme en una especie de infierno personal, visto desde el humanismo, pero un infierno a fin de cuentas.

Maurice Level no utiliza la ironía de forma aleccionadora. Es brutal, cruel y gratuita. ¿Qué ha hecho Ojos azules para sufrir este destrato de Dios o del destino? Nada. No hay razones. Tampoco lecciones de moral. La vida sencillamente es una mierda para muchas personas, y de una manera tan cruel que hasta parece dirigida por un titiritero sádico.

Es importante mencionar que Ojos azules es una historia pensada para los periódicos parisinos, y luego para ser representada en el legendario Théâtre du Grand-Guignol, cuyas obras fueron precursoras de los thrillers y las películas de terror modernas; es decir, busca el impacto, la violencia, lo melodramático. En términos de género, Ojos azules pertenece a la escuela del conte cruel, hermana del decadentismo, que toma su nombre de la antología de Auguste Villiers de l'Isle-Adam de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels), aunque otros autores, como Edgar Allan Poe, proporcionaron ejemplos anteriores.

Actualmente se llama conte cruel a esas historias de terror que no cuentan con ingredientes sobrenaturales y que poseen algún giro final desagradable, aunque en realidad es aplicable a cualquier historia que utilice la ironía del destino de una forma macabra. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H. P. Lovecraft menciona que «este tipo de historias [las de Maurice Level] pertenece menos a la tradición de lo extraño que a una clase peculiar en sí misma: el llamado cuento cruel, en el que la angustia emocional se logra mediante intrigas dramáticas, frustraciones y horrores físicos espantosos».

ACLARACIÓN: La siguiente traducción al español de Ojos Azules no fue hecha sobre el original francés. En 1920, la periodista y editora inglesa Alys Eyre Macklin tradujo una colección de 26 cuentos de Maurice Level y los publicó con el título: Crisis: cuentos de misterio y horror (Crises: Tales of Mystery and Horror). Nuestra traducción fue hecha sobre esta versión.




Ojos azules.
Mes yeux, Maurice Level (1875-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Envuelta en una holgada bata de hospital que la hacía parecer aún más delgada de lo que era, la chica enferma permanecía erguida, absorta en sus pensamientos, al pie de su cama.

Su rostro infantil estaba demacrado, y sus ojos azules, tristes, profundos y rodeados de ojeras, eran tan anormalmente grandes que parecían iluminar toda su cara. Sus mejillas ardían con un rubor intenso, y las profundas arrugas que descendían hasta su boca parecían haber sido marcadas por un flujo incesante de lágrimas.

Bajó la cabeza cuando el médico residente se detuvo a su lado.

—Bueno, pequeña número 4, ¿qué es esto que oigo? ¿Quieres salir?

—Sí, señor —la voz apenas era un susurro.

—Pero eso es una tontería. Solo llevas aquí dos o tres días, y con este tiempo, además, seguro que volverías a enfermar. Espera un día o dos. ¿Te sientes incómoda aquí? ¿Alguien te ha tratado mal?

—No, oh, no, señor.

—¿Qué ocurre entonces?

Su voz adquirió más energía al decir:

—Tengo que salir —y como si anticipara otra pregunta, continuó rápidamente—: Hoy es el Día de Todos los Santos. Prometí llevar flores a la tumba de mi amado. Se lo prometí. Solo me tiene a mí. Si no voy, nadie irá.

Una lágrima brilló bajo su párpado. Se la secó con un dedo.

El médico residente se conmovió y, ya fuera por curiosidad o para no dejarla sin palabras de consuelo, preguntó:

—¿Hace mucho que falleció?

—Casi un año.

—¿Qué le pasaba?

Ella pareció encogerse, volverse más frágil, con el pecho más hundido, las manos más delgadas, mientras, con los ojos entrecerrados y los labios temblorosos, murmuraba:

—Lo ejecutaron.

El médico residente se mordió el labio inferior y dijo en voz baja:

—Pobre niña, lo siento mucho. Si de verdad tienes que salir, sal, pero ten cuidado de no resfriarte. Debes volver mañana.

Una vez fuera de las puertas del hospital, ella empezó a temblar.

Era una mañana otoñal. La humedad goteaba por las paredes. Todo era gris: el cielo, las casas, los árboles desnudos y la brumosa lejanía por donde la gente se apresuraba, ansiosa por salir de las calles.

Había enfermado a mediados de verano, y su vestido era de algodón fino y de colores vivos. La cinta arrugada que rodeaba su cuello demacrado la hacía parecer aún más lamentable. La falda, la blusa y la corbata parecían sonreírle al sol, pero en el frío y gris ambiente se veían melancólicas.

Empezó a caminar con paso inseguro, deteniéndose de vez en cuando porque le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas. La gente a su paso se giraba para mirarla. Ella vacilaba, como si quisiera hablar con ellos, pero luego, asustada, seguía caminando, mirando nerviosamente de derecha a izquierda. Así cruzó medio París. Se detuvo al llegar a los muelles, contemplando el lento y turbio fluir del río.

El frío penetrante la caló hasta los huesos, y sintiendo que no podía soportarlo más, reanudó la marcha.

Al llegar a la Place Maubert y la Avenue des Gobelins, se sintió casi como en casa, pues estaba en el barrio donde había vivido. Pronto empezó a ver rostros conocidos y oyó a alguien decir al pasar:

—¡Seguro que es la chica de Vandat. ¡Cómo ha cambiado!

—¿Qué Vandat?

—El asesino...

Aceleró el paso, tapándose la cara con las manos para no oír el final.

Ya estaba anocheciendo cuando por fin llegó al miserable hotel donde se había alojado antes de enfermar. Entró. Unas chicas de la calle y los hombres con los que se alojaban jugaban a las cartas en el pequeño café de abajo. Al verla, la saludaron:

—¡Hola! ¡Aquí está Ojos Azules! —ese era su apodo—. Ven a tomar algo, siéntate, ven.

Su bienvenida la conmovió, pero el humo denso y rancio la hizo toser, y apenas pudo respirar mientras respondía:

—No tengo tiempo ahora. ¿Está la señora?

—Sí, ahí está.

Le sonrió tímidamente a la encargada.

—Quería preguntarle, señora, si puedo recuperar mis cosas. La ropa que llevo puesta no abriga lo suficiente.

—La ropa que dejó la subieron al ático; estará por ahí. Enviaré a alguien a buscarla. Siéntese junto a la estufa y caliéntese.

—No, ahora no tengo tiempo. Volveré enseguida.

Se dirigió a la puerta. Uno de los hombres se burló:

—¿De vuelta a la calle, no? No pierdes el tiempo.

Salió, y la breve estancia en la sofocante habitación hizo que el frío exterior pareciera más penetrante que nunca. La gente se apresuraba, cargada de coronas de cuentas y ramos de flores; otros, vestidos con sus mejores galas, charlaban y reían, y se veía a simple vista que llevaban sus ofrendas al cementerio por costumbre, que el tiempo había mitigado su dolor.

A lo largo de la acera se alineaban carretas de flores. Crisantemos de pétalos rizados se inclinaban sobre racimos de rosas; aquí y allá, la mimosa esparcía su polvo dorado sobre ramos de violetas. Más cerca del cementerio, frente a las tiendas de los marmolistas, había macetas con flores dispuestas en los estantes de los puestos, insignificantes, con follaje cuidado y colores sobrios; más adelante, siemprevivas y grandes coronas de cuentas.

Ella lo contempló todo con ojos que brillaban de envidia. Ojalá pudiera conseguirle algunas, solo un pequeño ramo para él, que yacía al fondo del cementerio, en su pobre tumba sin consagrar, un montículo desnudo, sin una palabra que indicara que estaba allí.

«Asesino», eso no significaba nada para ella. Él era el ser que adoraba, su Hombre, el amante que había poseído no solo su cuerpo, sino su alma. En un momento de locura había matado a alguien. ¿Acaso no había pagado ya su deuda?

El día que lo arrestaron, ella juró no volver a tener nada que ver con ningún otro hombre, jamás. Abandonaría la vida que llevaba, trabajaría, volvería a ser una chica honrada.

Siguió mirando las flores. Un vendedor le susurró:

—¿Un ramo? ¿Y unos crisantemos? ¿Violetas?

Pasó de largo sin responder, pues no tenía ni un céntimo. Sin embargo, tenía una idea en mente: flores. Necesitaba flores. Tenía que conseguirle flores de alguna manera, se lo había prometido.

Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio, pero ya no era consciente de ello. Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio, imaginándola adornada con flores. Pero el dinero, ¿cómo iba a conseguirlo? ¿Qué podía hacer?

La solución que se le ocurrió era la más obvia, y no parecía contradecir su promesa de honrar la memoria de su amado.

Como un buen artesano que regresa a su taller, toma sus herramientas y se pone a trabajar, se arregló el cabello mecánicamente, se acomodó el vestido y comenzó a caminar por la calle como solía hacerlo en los viejos tiempos, cuando su hombre, jugando a las cartas en el café, era lo único que le importaba en el mundo.

Siguió caminando, con la mirada atenta, contoneando las caderas, pero estaba demasiado demacrada: una sola mirada bastaba para que los hombres se alejaran. Y, en efecto, su rostro ya no era un rostro para el placer; tampoco su cuerpo, con sus ángulos marcados y profundas concavidades visibles bajo su fino vestido de algodón. En tiempos pasados, cuando era hermosa, cuando realmente era la «Ojos Azules» que todos admiraban, las cosas eran diferentes. Ahora solo era objeto de lástima.

La luz del día se desvanecía. ¿Y si el cementerio cerraba antes de que pudiera comprar las flores?

Caía una llovizna fina, silenciosa, impalpable, y todo se envolvía en sombras grises. Ya no se veía nada de su delgado rostro excepto sus ojos, dos grandes ojos que ardían de fiebre.

Un hombre doblaba la esquina de una calle tranquila, con el cuello del abrigo levantado y las manos en los bolsillos. Ella rozó su brazo y le dijo suavemente, con la voz llena de anhelo:

—¿No quieres venir conmigo.?

La miró un instante. Ella se había acercado, sus ojos penetrando los suyos con la expresión inspirada de quien tiene una misión importante.

Él la tomó del brazo y ella lo condujo al modesto hotel que acababa de dejar. A través de la puerta entreabierta, dijo rápidamente:

—Mi llave. Una vela.

La encargada respondió en voz baja:

—Número 23, segundo piso, tercera puerta.

Los hombres y las mujeres del café se inclinaron para ver quién era, y mientras subía las escaleras oyó exclamaciones y carcajadas.

Ya casi era de noche cuando bajó. Se despidió apresuradamente de su acompañante y echó a correr. Deteniéndose ante la primera florista que encontró, tomó el ramo más cercano y arrojó las dos monedas de plata que tintineaban en sus manos.

Corrió hacia el cementerio. La gente se marchaba en pequeños grupos. Temblaba. ¿Aún habría tiempo? En la entrada, el portero dijo:

—¡Demasiado tarde! Ya cerramos.

—¡Ay, por favor, por favor! Solo quiero entrar y salir rápidamente. Solo dos minutos.

—Muy bien. Pero rápido.

Bajó corriendo por el sendero, tropezando con las piedras en la oscuridad. Era un largo camino. Apenas podía respirar; algo le quemaba el pecho con un dolor insoportable. Se detuvo junto al muro donde entierran a los ejecutados y cayó de rodillas, esparciendo sus flores por la tierra. Las lágrimas le corrían por las mejillas, goteando entre las manos que se apretaban contra el rostro. Intentó rezar, pero no recordaba las palabras adecuadas, y solo sollozó, con los labios pegados al suelo:

—¡Ay, mi hombre... mi hombre...!

Entonces, tan agotada que había perdido la sensibilidad en las extremidades, pero con una sensación de alivio, casi de alegría en el corazón, se levantó y se alejó. Incluso le sonrió al portero mientras decía:

—Como ves, no me tomó mucho tiempo.

Ahora que todo había terminado, ahora que había cumplido su promesa, que había estado cerca de su hombre, volvió a sentir el frío y el cansancio. Apenas podía arrastrarse, la tos era terrible: de vez en cuando tenía que detenerse y apoyarse contra la pared.

Finalmente, regresó al hotel y entró tambaleándose. Las chicas y los chicos seguían jugando a las cartas en la habitación sofocante y llena de humo. Un silencio sepulcral se apoderó de todos al verla. Intentó reír.

Una mujer al fondo de la habitación se dejó caer en la silla y exclamó:

—¡Qué buen comienzo, Ojos Azules! Necesitabas un poco de valor, ¿no?

Se encogió de hombros. La otra continuó:

—¿Sabías quién era tu cliente?

—No.

—Bueno, te lo diré. Era Le Bingue.

Ojos Azules tartamudeó:

—¿Qué dices? Le...

La otra vació su vaso y volvió a tomar las cartas, respondiendo:

—Sí, Le Bingue. Ya sabes, el verdugo.

Maurice Level (1875-1926)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




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