«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.


«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




«Los Susurradores estaban de pie justo al lado de su cama.
La habitación estaba llena.»



Los Susurradores (The Whisperers) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado originalmente en la edición de mayo de 1912 de la revista The Eye-Witness, y luego reeditado en la antología de 1914: Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories). Más adelante volvería a aparecer en El libro de cuentos de fantasmas (The Mammoth Book of Ghost Stories).

Los Susurradores, uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de un escritor cuya habitación es asediada por una multitud de susurros.

Jones [Es lícito suponer que se trata del propio Blackwood] necesita una habitación vacía, estéril de voces, para componer sus historias. Siempre parte de una idea sólida, que debe capturar antes de que se desvanezca. En este contexto, es invitado a trabajar en casa de un amigo, la cual cuenta con una habitación —un ático— con esas características. Una vez dentro, de noche, es atacado por un coro de susurros que luchan por controlar y dirigir su imaginación.

Esto es un problema, porque Jones, además de ser un escritor imaginativo, es extremadamente sensible a los vendavales psíquicos. Necesita aislamiento porque sus ideas con delicadas, y cualquier estímulo externo puede barrerlas hacia el olvido. De pronto, ya instalado en aquel ático de la ciudad de Jura, empieza a percibir un tímido pero creciente murmullo que brota de las paredes. Él los llama Los Susurradores [The Whisperers], presencias incorpóreas que lo agreden con ideas intrusivas mientras intentan apoderarse de su mente y, en úitima instancia, suplantar aquella frágil idea original con algo completamente nuevo.

En esencia, Los Susurradores es una historia que transita una delgada línea entre la inspiración artística y el ataque psíquico.

Algernon Blackwood rompe aquí con la premisa gótica de que los fantasmas son los espíritus de los difuntos [ver: El ABC de las historias de fantasmas], y los transforma en energía residual, o residuos psíquicos, que invaden la habitación y fuerzan un enlace con la imaginación del protagonista. En este sentido, Jones es algo así como un médium, solo que en vez de recibir una suave brisa de inspiración sobrenatural es acosado por poderosas influencias etéreas que, además, no contienen un discurso unificado, sino un coro disonante de cientos y cientos de voces con sus respectivas ideas.

La revelación final es, digamos, algo previsible para nosotros, más de cien años después de la publicación de esta historia, pero Los Susurradores no depende de que el descubrimiento final resulte sorprendente. En resumen: la habitación donde Jones recibe a estos extraños visitantes albergó hace tiempo una gran biblioteca. Los susurros son las voces residuales de los libros:


« A menudo pienso —añadió con ligereza— que cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo las mentes que los escribieron deben inquietarse.»


Si bien es una historia original, Los Susurradores recicla la obsesión de Algernon Blackwood por la percepción de insinuaciones fantasmales. Por ejemplo, en El oyente (The Listener) encontramos el diario personal de un escritor, quien anota los extraños acontecimientos que experimenta en una vieja casa de Londres, donde oye pasos, repetidamente, o tal vez el sonido de alguien arrastrándose en la puerta de su habitación [ver: Experiencia aparicional]. Esta presencia lo sigue a otros lugares, lo espía, manteniéndose justo fuera de su campo de visión. Ya al final de la historia llegan los susurros, y la revelación final del pasado macabro de la casa [ver: Psicología de las casas embrujadas]

Otro ejemplo es Un caso de oídas (A Case of Eavesdropping), donde un hombre llamado Jim Shorthouse alquila una habitación en una pensión de Nueva York [a un precio inusualmente bajo], y es perturbado por incesantes conversaciones nocturnas en el cuarto contiguo [ver: Espíritus que imitan la voz humana]

Es curioso que Algernon Blackwood vuelva a utilizar el apellido «Jones» en Los Susurradores. Este escritor/médium/psíquico no parece ser el mismo Jones que protagoniza La locura de Jones (The Insanity of Jones). Este último es un hombre callado y de modales apacibles que trabaja en una oficina de seguros y empieza a tener sueños muy vívidos sobre crueldades de siglos pasados, lo que despierta en él una personalidad oculta [ver: Memoria del Lugar vs. Teoría de la Cinta de Piedra]. Ambos son sensitivos, es cierto, pero uno es empleado y el otro se codea con un estrato social más alto. De todos modos, nunca se sabe.

Como dato final hay que mencionar que Hugh B. Cave escribió un cuento con algunas similitudes con la historia de Blackwood, titulado [también]: Los susurradores (The Whisperers), donde se cuenta la historia de Peter y Annie Winslow, una pareja de recién casados que se muda a su nuevo hogar, al principio inconscientes de las criaturas que viven en el sótano, susurrando sin cesar.




Los Susurradores.
The Whisperers, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Ser demasiado impresionable es una fuente de debilidad tanto como ser hipersensible: llegan tantos mensajes, unos tras otros, que el resultado es la confusión; la mente se atasca y la imaginación se congestiona.

Jones, como escritor imaginativo, era muy consciente de ello, pero no siempre podía evitarlo; pues si embotaba su mente ante una impresión, corría el riesgo de volverla insensible a todas las demás. Proteger su idea principal y asegurar su buen curso en medio del hervidero de añadidos que acudían constituía un rompecabezas psicológico que a veces desbordaba su capacidad de selección crítica.

No obstante, se preparaba para ello. Un editor le pedía un relato —«unas cinco mil palabras, ya sabe»— y Jones respondía: «Se lo enviaré con mucho gusto... cuando llegue». Conocía demasiado bien su dificultad como para prometer más. Nunca faltaban ideas, pero la extensión de su desarrollo dependía de un mecanismo interno al que no podía forzar. Estaban vivas; se negaban a someterse a los caprichos de los editores. A mitad de un relato que, en su germen original, se presentaba cristalino y definido, irrumpía un torrente de nuevas impresiones que, o bien ahogaban la concepción inicial, o bien la transformaban hasta hacerla irreconocible.

A menudo, un relato breve se ramificaba de forma explosiva, escapando a su control. Empezaba uno sin saber nunca adónde le llevaría. Siempre era una aventura. Como la planta de habichuelas de Jack el Matagigantes, crecía en secreto durante la noche, alimentada por todo cuanto él leía, veía, sentía u oía. Jones era demasiado impresionable; recibía demasiadas impresiones, y con demasiada facilidad.

Por esta razón, cuando trabajaba en una idea concreta y breve, prefería una habitación vacía —sin cuadros, muebles, libros ni nada que resultara sugestivo— y con una claraboya que ocultara el paisaje exterior: solo tinta, papel en blanco y la imagen nítida en su mente. Intentaba regular su propio mundo interior, libre de los estímulos de los géiseres de la vida externa; aunque, incluso en estas condiciones favorables, la tarea no resultaba sencilla, dada la prodigiosa capacidad de una mente sensible para engendrar ideas.

Su experiencia en la habitación vacía de la casa del carpintero fue un caso curioso y revelador; ocurrió en el pequeño pueblo del Jura donde vivía su primo para educar a sus hijos.

«Aquí nos alojamos todos en una pensión encima de la oficina de correos —escribió el primo—, pero ahora mismo la casa está llena y, además, es bastante ruidosa. Te he alquilado una buhardilla en casa del carpintero, cerca del bosque. He tenido algunas cosas mías guardadas allí durante todo el invierno, pero esta mañana he retirado las cajas. Hay cama, escritorio, lavabo, sofá y una ventana de tejado; por lo demás, está vacía, tal como sé que prefieres. Puedes hacer las comidas con nosotros».

Aquello le venía como anillo al dedo a Jones, que tenía entre manos un trabajo de seis semanas para el cual necesitaba una soledad absoluta. Su «idea» era tenue y muy delicada; cualquier añadido habría ahogado fácilmente su clara expresión, por lo que su tratamiento debía ser sutil, sencillo y diáfano.

La habitación era, en realidad, una buhardilla, pero espaciosa, ancha y de techos altos. Al acostarse, oía el viento pasar con fuerza junto a la claraboya. Cuando el armario estaba abierto, también oía allí el viento, azotando las paredes exteriores y las tejas. Desde la almohada veía asomarse un retazo de estrellas que lo observaban. Jones sabía que las montañas y los bosques estaban cerca, pero no podía verlos. Y, lo que es mejor, tampoco podía olerlos. Se acostaba agotado, absorto en el tema en el que trabajaría a la mañana siguiente. Lo visualizaba hasta el final; casi habría podido prometer cinco mil palabras. Al amanecer se levantaría y se pondría manos a la obra, pues solía despertar muy temprano con la mente rebosante, como si el subconsciente hubiera madurado el material durante el sueño. Un baño frío, una taza de té y luego su escritorio; y cuanto antes llegaba a él, más rico era el contenido de su pensamiento imaginativo. Lo que le había desconcertado la noche anterior se aclaraba invariablemente por la mañana. Solo la enfermedad podía interferir en este proceso y en su rutina.

Pero esta vez fue distinto. Despertó y comprendió al instante, con una mezcla de sorpresa y decepción, que su mente tanteaba a ciegas aquella pequeña idea perdida. No sufría ningún mal físico; se sentía descansado, despejado y con la mente clara, pero su cerebro buscaba y buscaba, además, en medio de una multitud. Al intentar aferrarse al hilo de pensamiento que había soltado horas atrás, solo atrapaba una cáscara vacía y esquiva. La idea había cambiado por completo; o más bien, parecía sofocada por una avalancha de nuevas impresiones que se precipitaban sobre ella: nuevas formas de abordarla, puntos de vista, un desarrollo en toda regla. A la luz de estas ampliaciones y aspectos novedosos, su idea original se había transformado hasta volverse irreconocible. El germen se había desplegado de tal modo que solo un volumen entero podría expresarlo. Un ejército de nuevas sugerencias reclamaba ser expresado. Su subconsciente bullía de vida; hervía, activo, abarrotado, tumultuoso.

Y la oscuridad lo desconcertaba. Recordó la ausencia de las ventanas habituales, pero fue solo cuando la luz de la vela acercó a su vista la esfera del reloj —que marcaba las dos— que oyó un murmullo confuso en los rincones de la habitación y comprendió, con una leve punzada de miedo, que quienes susurraban acababan de estar de pie justo al lado de su cama. La habitación estaba llena.

Aunque la luz de las velas revelaba que la estancia estaba vacía —paredes desnudas, cinco muebles sin gracia y cincuenta estrellas asomando por la claraboya—, estaba innegablemente abarrotada de seres vivos cuyas mentes lo habían arrancado de un sueño profundo. Los susurros, naturalmente, se disiparon con el viento que azotaba el tejado y la claraboya, pero los Susurradores permanecieron allí. Habían intentado llegar hasta él; al despertar de golpe, los había sorprendido en plena faena. Y todos traían consigo nuevas interpretaciones; su pensamiento había cambiado radicalmente: la idea original quedó sepultada, nuevas imágenes inundaron su mente y su cerebro trabajaba con la intensidad propia de los momentos de creación.

Jones se incorporó, temblando ligeramente, y observó la habitación vacía que, sin embargo, estaba densamente poblada por aquellos Susurradores. Entonces comprendió algo asombroso: él era el blanco de su asalto deliberado, y decenas de otras mentes —mentes profundas, poderosas y muy activas— golpeaban con fuerza atronadora las puertas de su imaginación. La acometida fue tremenda y desconcertante; el ataque de ideas agresivas borraba su historia original bajo un torrente de nuevas sugerencias. La inspiración se había vuelto repentinamente torrencial, pero tan vasta que resultaba inmanejable, incoherente e inútil. Era como la tempestad de imágenes que provoca la fiebre. Su concepción inicial ya no le parecía «delicada», sino insignificante. Se había vuelto irreal y minúscula en comparación con el enorme abanico de posibilidades de tratamiento, extensión y desarrollo que ahora abrumaba su cerebro palpitante.

El miedo se apoderó de él mientras buscaba alguna explicación en el desván vacío. No había nada que justificara aquella tempestad de nuevas impresiones. Parecía que le hablaban todos a la vez, de forma algo confusa, pero insistente. Era más una obsesión que una inspiración; y resultaba tan dolorosamente, tan terriblemente real.

«¿Quiénes son?», susurró su mente a las paredes desnudas y a los rincones vacíos.

Desde el suelo y el techo le devolvieron el grito con un coro de imágenes que irrumpían con fuerza, clamando por expresarse. Jones permaneció inmóvil y escuchó; dejó que fluyeran. No quedaba nada más que hacer. Permanecía allí, tumbado: temeroso, negativo, receptivo. Todo aquello le sobrepasaba, ajustado a una escala de grandes logros que eclipsaba sus propias y modestas capacidades. Además, se presentaba como una serie de impresiones: distintas entre sí, pero a la vez entrelazadas de algún modo.

En vano intentó clasificarlas. Era como querer ordenar las olas de un mar agitado. Eran demasiado indómitas para someterlas a dirección o control alguno. Como animales salvajes —hambrientos, sedientos, voraces—, se precipitaban desde todas partes y se aferraban a su mente.

Sin embargo, las percibía siguiendo una cierta secuencia.

Pues, en primer lugar, aquella buhardilla desprovista de muebles estaba llena de pasión humana: de amor y odio, de venganza y astucia maliciosa, de celos, valor y cobardía; de toda emoción humana vital —ya fuera anhelada, disfrutada o frustrada— que clamaba por encontrar expresión. Atravesando todo aquello, entretejiéndose de forma incongruente, surgía después una ternura anhelante de belleza que suspiraba en los espacios vacíos de su corazón, implorando una realización imposible. Enormes interrogantes destellaban, se sumergían y retumbaban en un enredo salvaje pero estructurado, exigiendo ser desentrañados y aclarados. Es más: con cada grupo surgía una nueva forma de abordar aquella pequeña idea clara con la que se había acostado cinco horas antes.

Jones adoptaba cada una de ellas por turno. Su imaginación se retorcía y convulsionaba bajo la presión de aquellas posibles vías de expresión entre las que debía elegir. Su pequeña idea se desplegaba en múltiples volúmenes, generando trabajo suficiente para llenar una docena de vidas. Resultaba algo magníficamente estimulante, aunque irremediablemente inabarcable. Se sentía como si albergara muchas mentes en una sola.

Entonces surgió otra cadena de impresiones: violentas, pero firmes gracias a su profundidad. Las voces, las preguntas y las súplicas se transformaron en imágenes; y vio, emergiendo desde lo más profundo de su ser, a una multitud de personas que fluían como ríos —apiñadas, arreadas y zarandeadas de un lado a otro por alguna figura de mando imponente que las dirigía como si fueran agua en movimiento. Gritaban, luchaban y combatían, para luego desaparecer de la vista, amontonadas y aniquiladas en sangre.

Y sus lugares fueron ocupados al instante por multitudes de rostros blancos, de ojos brillantes y semblantes anhelantes, que trepaban por alturas escarpadas hacia un Resplandor que permanecía siempre oculto, como el amanecer tras unas montañas que luego devoran las nubes. El torrente de imágenes, con su estruendo y su embestida, resultó devastador; su pequeña idea inicial quedó ahogada y destrozada.

Jones se dejó caer hacia atrás, exhausto y totalmente desconcertado. Renunció a cualquier intento de selección.

La tormenta impetuosa lo atravesaba sin cesar, ora intensificándose, ora amainando, pero sin disminuir jamás y pareciendo tan infinita como el cielo. Giraba en círculos, como una rueda gigantesca. Todas las actividades con las que las mentes humanas han lidiado desde el origen del pensamiento irrumpían con estrépito y fuerza, pugnando por expresarse contra la materia imaginativa que constituía su propia mente. Las paredes empezaron a ceder y a derrumbarse. Era como el caos que trae consigo la locura. No opuso resistencia; dejó que aquello fluyera, manteniéndose abierto y receptivo, flexible y maleable ante cada detalle. La única vez que intentó obedecer, alargando la mano hacia el lápiz y el cuaderno que reposaban junto a la cama, desistió y volvió a hundirse en las almohadas con una risa nerviosa, casi temerosa. Pues la tempestad parecía entonces derribarlo y golpearle el cerebro mismo. Se vio envuelto en una confusión inextricable. Habría sido igual de inútil intentar tomar notas sobre toda la Biblioteca de Alejandría en media hora.

Entonces —y esto fue lo más singular de todo—, mientras sentía cómo el sueño del agotamiento se apoderaba de sus nervios, escuchó aquel sonido profundo y prodigioso. Aquel sonido recogía maravillosamente todo lo anterior, acogiéndolo con una dulzura que a su imaginación se le antojaba una madeja armoniosa y geométrica, contenedora de todas las actividades que las mentes humanas han conocido jamás. Apenas lo percibía, como algo que se distinguía desde una distancia infinita. En medio de las corrientes de aparente contradicción que pugnaban con tanta fuerza a su alrededor, aquello parecía aportar un atisbo de explicación unificadora y armoniosa. Y, aquí y allá, mientras el sueño lo envolvía, imaginaba acordes ensartados en hilos de cadencias que a veces rompían a cantar en melodía: una música que surgía por doquier de la vida y tejía el Pensamiento en un Todo homogéneo.

—¿Dormiste bien? —preguntó su primo cuando apareció muy tarde al día siguiente—. ¿Crees que podrás trabajar bien en esa habitación?

—Dormí, sí, gracias —dijo Jones—. Sin duda podré trabajar perfectamente... cuando haya descansado. Por cierto —preguntó poco después—, ¿para qué se ha utilizado el ático últimamente? ¿Qué había allí, quiero decir?

—Libros, solo libros —fue la respuesta—. He tenido mi «biblioteca» almacenada allí durante meses, sin oportunidad de usarla. Ya ves que me muevo mucho. Sacaron quinientos libros justo antes de que llegaras. A menudo pienso —añadió con ligereza— que, cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo, las mentes que los escribieron deben inquietarse y...

—¿Qué clase de libros eran? —interrumpió Jones.

—Ficción, poesía, filosofía, historia, religión, música. Tengo doscientos libros solo sobre música.

Algernon Blackwood (1869-1951)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: Los Susurradores (The Whisperers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.


«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.




«Desde aquella hora terrible
jamás he vuelto a encontrar mi habitación.»



La habitación perdida (The Lost Room) es un relato gótico del escritor irlandés Fitz-James O'Brien (1828-1862), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1858 de la revista Harper's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1888: Poemas y relatos de Fitz James O'Brien (The Poems and Stories of Fitz-James O'Brien).

La habitación perdida, uno de los cuentos de Fitz-James O'Brien menos conocidos, relata la historia de un hombre condenado a vagar eternamente por los pasillos de una gran casona señorial en busca de su habitación perdida [ver: Casas como metáfora de la psique]

Nuestro protagonista [y narrador anónimo] se aloja en una antigua, lujosa y tétrica mansión donde rara vez se cruza con otro ser humano, incluso con su sirviente. En una sofocante noche de verano, tumbado en el sofá, fumando, se dispone a narrar [extensamente] la historia de los objetos que pueblan su habitación. Finalmente sale al jardín para tomar el aire fresco de la noche y se encuentra con un hombre de estatura inusualmente baja, quien le advierte que la casa está habitada por «caníbales, necrófagos y hechiceros». Afirma también haber sido uno de ellos.

El insomnio, el calor agobiante, la noche, la advertencia del enano, hunden al protagonista en el pánico. Corre de regreso a la casa y encuentra que su habitación está ocupada por tres mujeres y tres hombres celebrando una reunión fastuosa que él describe como una «orgía», aunque lo único que hacen los visitantes es comer, beber y cantar. Le ofrecen participar, pero los rechaza, y ordena que salgan de su habitación:


—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.

—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.

—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.

—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.


Los visitantes parecen tener razón Ninguna de las pertenencias del protagonista se encuentra en la habitación. Aún así, exige que se marchen.

Una de las mujeres lo reta a un desafío: si él gana, ellos se marcharán; pero si ella gana, él será expulsado de la habitación. El protagonista pierde, lo arrastran fuera de la habitación hacia el pasillo, y por motivos que Fitz-James O'Brien no explica, no consigue salir de la casa. En cambio, vaga eternamente por los pasillos buscando aquella habitación perdida.

La habitación perdida es un cuento difícil de leer. Digamos que requiere cierto paladar, cierto gusto adquirido por el gótico. El lenguaje es arcaico, el ritmo es lento, la historia de los objetos es densa, pero al final retribuye cualquier dificultad con esta especie de dimensión de bolsillo [o desplazamiento de tiempo] donde proliferan esperpentos orientales como los ifrit y los ghouls [ver: Ghouls: historia secreta de los necrófagos]

Como en toda buena historia de fantasmas, la noción del Yo del protagonista está ligada a su entorno, a su habitación. O’Brien le dedica mucha atención [y tal vez demasiado tiempo] a desplegar esa interioridad a través de la descripción de los objetos, la estética, la atmósfera de la habitación [como expresiones de la vida interior], estableciéndola como un punto de anclaje en el tiempo antes de introducir las típicas «perturbaciones». En esas primeras páginas queda claro que el protagonista está preocupado por la posesión, tanto del espacio físico como de su memoria, y, en última instancia, de su propia identidad [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente]

En este sentido, La habitación perdida se anticipa a las nociones freudianas de la consciencia [la habitación], que puede ser ocupada por diferentes agencias. Para O’Brien [como para Sigmund Freud], el Yo no es un agente soberano y unificado. Debajo hay fuerzas desconocidas, autónomas, percibidas como «oscuras» por el ego [ver: El horror siempre viene desde el sótano]. Los misteriosos fantasmas o visitantes primero se desplazan de forma oblicua, a través de la historia de los objetos, del lugar, hasta que por fin ocupan toda la habitación [la consciencia] y se adueñan de ella [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa tomada»]

Ahora bien, ¿por qué? Después de todo, el protagonista es un hombre educado, cultivado en historia y música, y parece ser un sujeto centrado. Su defecto, por llamarlo de algún modo, es existir únicamente en la Habitación, sin prestarle atención al resto de la casa [el resto de su estructura mental] y sus ocupantes [agencias, impulsos, deseos]. Toda su vida interior, su identidad, se proyecta en los objetos de la habitación. O’Brien sugiere que hay un peligro en esto. el arte, la memoria, la música, pueden elevar el espíritu pero también sofocarlo si lo obligan a aislarse de la sensorialidad, del afuera.

La habitación perdida es uno de esos cuentos que uno cree haber leído ya, quizás porque muchos de sus condimentos serían reutilizados. Es un ejemplo clásico de la pesadilla sin resolución, ni racional ni moral. Es un cuento anticuado y asombrosamente moderno. Existe, como el protagonista, en un espacio liminal.

Me parece también un precursor de La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann) de H. P. Lovecraft; al menos comparte la fascinación por las habitaciones inestables y el arte como vehículo de atracción hacia otros estados mentales donde la realidad es menos sólida de lo que parece [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. También presagia a Número trece (Number 13) de M. R. James, a los ambientes oníricos de El resplandor (The Shining) de Stephen King [más aún los de Stanley Kubrick], y en general a cualquier historia donde los espacios cerrados estén cargados de un profundo significado psicológico y metafísico, funcionando no solo como entornos, sino como umbrales entre distintos estados del ser, como en la novela clásica de Shirley Jackson: La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) [ver: La entidad que se esconde Hill House]

En lo personal, lo que hace que La habitación perdida sea memorable es la destreza del autor para equilibrar elementos disonantes. O’Brien primero recurre al gótico clásico: la arquitectura laberíntica [la casa], una atmósfera opresiva [la habitación], un trasfondo con peso ancestral [la historia de los objetos] y un protagonista introspectivo y sensible. Sin embargo, pronto desbarata las expectativas del género. En lugar de antiguas maldiciones, aristócratas decrépitos y transgresiones morales hereditarias, O’Brien erosiona el sentido del tiempo y la realidad, ofrece algo más extraño, y lo extraño siempre es reacio a brindar un cierre definitivo [ver: Lovecraft contra los finales de mierda]

El horror de La habitación perdida no viene del pasado, coexiste con el presente. O’Brien lo sugiere en la escena donde el protagonista habla con el misterioso enano en el jardín. El hombrecito le pregunta si nunca se fijó en los ojos de los otros ocupantes de la casa, en cómo se deleitan mirándolo pasar, si nunca oyó, en medio de la noche, pasos amortiguados en los pasillos y «manos sigilosas girando el pomo de la puerta». El protagonista, desde luego, nunca ha visto ni oído nada porque hasta ahora existe únicamente en el presente, su ser está anclado en el aquí, el ahora, pero las cosas cambian pronto, muy rápido.




La habitación perdida.
The Lost Room, Fitz-James O'Brien (1828-1862)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hacía un calor sofocante. El sol se había ocultado hacía tiempo, pero parecía haber dejado tras de sí su esencia vital. El aire estaba en calma; las hojas de las acacias que cubrían mis ventanas colgaban inmóviles, como plomadas, de sus delicados tallos. El humo de mi cigarro apenas se elevaba por encima de mi cabeza.

Llevaba la camisa abierta y el pecho se me agitaba con esfuerzo al intentar aspirar algo de aire fresco. Hasta los ruidos de la ciudad parecían sumidos en el sueño, y el zumbido agudo de los mosquitos era el único que rompía la quietud. Mientras yacía con los pies en alto sobre el respaldo de una silla, envuelto en ese estado de ánimo peculiar en el que el pensamiento cobra una especie de movimiento inerte, me asaltó la extraña idea de hacer un inventario de los principales muebles de la habitación. Era una tarea acorde con mi estado de ánimo. Sus formas se perfilaban en la penumbra que flotaba como una sombra por la estancia; no suponía esfuerzo alguno distinguir y detallar cada uno de ellos, y desde mi asiento podía abarcar con la vista todas mis pertenencias sin siquiera girar la cabeza.

Estaba, en primer lugar, aquella litografía fantasmal de Calame. Era una simple mancha negra sobre la pared blanca, pero mi visión interior escudriñaba cada detalle de la imagen. Un brezal agreste, desolado y nocturno, con un roble espectral en el centro. El viento sopla con furia y las ramas irregulares, escasamente vestidas de hojas raquíticas, son arrastradas continuamente hacia la izquierda por su fuerza gigantesca. Unas nubes informes y desgarradas cruzan el cielo imponente, y la lluvia barre el paisaje casi en paralelo al horizonte. Más allá, el brezal se extiende hacia una negrura infinita; en sus confines, la fantasía o el arte han conjurado unas formas indefinibles que parecen cabalgar hacia el espacio. Al pie del enorme roble se alza una figura envuelta en un manto. La ráfaga ciñe su capa al cuerpo en pliegues apretados, y la larga pluma de gallo de su sombrero se yergue impulsada por el viento, hasta parecer erizada de miedo. Sus rasgos no son visibles, pues se aferra a la capa con ambas manos y se la ha echado sobre el rostro desde ambos lados. La imagen carece de propósito. No narra ninguna historia, pero posee un poder inquietante que se queda grabado en la memoria; y fue precisamente por eso por lo que la compré.

Junto al cuadro aparece esa mancha redonda que cuelga debajo; sé que se trata de un gorro. Lleva mi escudo de armas bordado en la parte delantera y, por eso, nunca me lo pongo, aunque creo que me sienta bien con su larga borla de seda azul colgando junto a la mejilla. Recuerdo la época en que se estaba confeccionando. Recuerdo aquellas manos diminutas que hacían pasar las sedas de colores con tanta agilidad a través de la tela tensada en el bastidor; el enorme esfuerzo que me costó conseguir una reproducción en color de mi blasón para el motivo heráldico que debía adornar la parte frontal de la banda; los gestos de fruncir la boca y de arrugar la frente juvenil mientras su dueña se sumía en profundas cavilaciones sobre cómo representar la nube de la que surge la mano armada —mi cimera—; aquel momento sublime en que las manitas me lo colocaron sobre la cabeza —en una postura que no pude soportar más que unos segundos— y yo, cual rey, ejercí de inmediato mi prerrogativa real tras la coronación e impuse al instante un tributo a mi única súbdita, tributo que, por cierto, ella pagó de muy buen grado. ¡Ah! El gorro sigue ahí, pero la bordadora ha partido; ¡pues Átropos cortaba el hilo de su vida sobre su cabeza mientras ella tejía aquel refugio de seda para la mía!

¡Qué aspecto tan tosco presenta el enorme piano que ocupa el rincón a la izquierda de la puerta en la penumbra incierta! No toco ni canto, y sin embargo poseo un piano. Me reconforta contemplarlo y sentir que la música reside en él, aunque sea incapaz de romper el hechizo que la mantiene prisionera. Es grato saber que Bellini y Mozart, Cimarosa, Porpora, Gluck y todos sus semejantes —o al menos sus almas— duermen en esa voluminosa caja. Allí quedaron como embalsamadas todas las óperas, sonatas, oratorios, nocturnos, marchas, canciones y danzas que alguna vez cobraron vida a través de los cuatro compases que encierran la melodía. Hubo una ocasión en que me vi plenamente recompensado por la inversión realizada en aquel instrumento que jamás utilizo: Blokeeta, el compositor, vino a visitarme. Naturalmente, sus instintos lo impulsaron hacia mi piano, como si una suerte de poder magnético en su interior lo obligara.

Lo afinó y tocó en él. Durante toda la noche, hasta que el amanecer gris y espectral surgió de las profundidades de la medianoche, permaneció sentado tocando, mientras yo yacía fumando junto a la ventana y escuchaba. Salvajes, sobrenaturales y, a veces, insoportablemente dolorosas eran las improvisaciones de Blokeeta. Los acordes parecían quebrarse de angustia. Almas en pena gritaban en sus lúgubres preludios; voces apenas audibles de espíritus sufrientes —que tanteaban el vacío a distancias inconcebibles de cualquier cosa hermosa o armoniosa— parecían emerger tenuemente de las oleadas de sonido que brotaban bajo sus manos. Un amor humano y melancólico vagaba por lejanos brezales o bajo cipreses húmedos y sombríos, murmurando su pena no correspondida; o bien, odiosos gnomos retozaban y cantaban en pantanos estancados, triunfando con tonos sobrenaturales sobre el caballero al que habían atraído hacia la muerte. Tal fue la velada musical de Blokeeta; y cuando finalmente cerró el piano y se marchó apresuradamente a través de la fría mañana, dejó en torno al instrumento un recuerdo del que jamás pude librarme.

Aquellos zapatos de nieve, colgados en el espacio entre el espejo y la puerta, evocan mis andanzas por Canadá. Recuerdo una larga carrera a través de los densos bosques sobre la nieve helada —cuya frágil costra cedía a cada paso bajo los finos cascos del caribú que perseguíamos—, hasta que la pobre criatura, acorralada y desesperada, se volvió para plantar cara en un pequeño matorral de enebros, donde lo abatimos sin piedad. Recuerdo cómo Gabriel, el colono, y François, el mestizo, la degollaron, y cómo la sangre tibia brotó a borbotones sobre el suelo nevado; recuerdo también el refugio de nieve que construyó Gabriel, donde los tres dormimos bien abrigados, y la gran hoguera que ardía a nuestros pies, proyectando toda clase de formas demoníacas sobre el telón negro del bosque exterior; los filetes de ciervo que asamos para desayunar y la embriaguez salvaje de Gabriel a la mañana siguiente, tras haber estado bebiendo a escondidas de mi frasco de brandy durante toda la noche.

Esa larga daga sin empuñadura que cuelga sobre la repisa de la chimenea hace que se me hinche el corazón de emoción. La encontré cuando era niño, en un vetusto castillo donde vivió uno de mis antepasados maternos. Aquel mismo antepasado —que, dicho sea de paso, aún perdura en la historia— era un singular y anciano rey del mar que habitaba en el extremo más remoto de la costa suroeste de Irlanda. Poseía la totalidad de esa fértil isla llamada Inniskeiran, situada justo frente a Cape Clear; entre ambas, el Atlántico forma lo que los pescadores de la zona llaman «el Estrecho». Es un lugar temible en invierno: hay días en que ninguna embarcación puede resistir allí, y Cape Clear queda a menudo incomunicado de tierra firme durante días enteros.

Este viejo señor del mar —Sir Florence O’Driscoll— llevó una vida azarosa. Desde lo alto de su castillo observaba el océano y, cuando divisaba algún navío ricamente cargado que navegaba desde el sur hacia los laboriosos comerciantes de Galway, izaba las velas de su galera. Así se ganaba la vida; un modo de sustento que, ciertamente, no resulta muy honrado según nuestros criterios modernos, pero perfectamente compatible con la moral de su época. Como cabe suponer, Sir Florence acabó teniendo problemas. Los comerciantes saqueados presentaron quejas contra él ante la corte inglesa, y el vikingo irlandés partió hacia Londres para defender su causa ante la buena reina Bess, como se la llamaba. Contaba con una poderosa baza a su favor: era un hombre de una belleza extraordinaria. Aunque no era de ascendencia celta, sino de sangre mitad española y mitad danesa, poseía la imponente estatura de los pueblos del norte, combinada con los rasgos regulares, la mirada vivaz y el cabello oscuro de la raza ibérica. Esto podría explicar por qué su estancia en la corte se prolongó más de lo necesario, así como la tradición —mencionada por un historiador local— de que la reina de Inglaterra mostró hacia él una predilección de índole distinta a la que habitualmente manifestaba un monarca hacia sus súbditos.

Antes de partir, Sir Florence confió la custodia de sus propiedades a un inglés llamado Hull. Aquel individuo logró congraciarse con las autoridades locales y ganarse su favor hasta el punto de mostrarse dispuestas a respaldarlo en cualquier empresa. Tras una larga estancia fuera, Sir Florence —ya indultado de todas sus faltas— regresó. Pero aquel ya no era su hogar: Hull se había apoderado de él y se negaba a ceder ni un solo acre de las tierras que había adquirido de manera tan vil. De nada servía recurrir a la justicia, pues sus funcionarios estaban aliados con la parte contraria. Tampoco servía apelar a la Reina, ya que esta tenía otro amante y para entonces se había olvidado del pobre caballero irlandés; así pues, el vikingo pasó la mayor parte de su vida intentando en vano recuperar sus vastas posesiones y, finalmente, en su vejez, hubo de conformarse con su castillo junto al mar y con la isla de Inniskeiran, el único lugar del que el usurpador no pudo despojarlo. De este modo, la vieja historia sobre la suerte de mi pariente emerge de la penumbra que envuelve aquel puñal sin empuñadura colgado en la pared.

Fue más o menos de esta manera como, sumido en ensueños, hice el inventario de mis pertenencias. Al posar la vista en cada objeto —uno tras otro— o en los lugares donde reposaban (pues la habitación estaba ya tan oscura que resultaba casi imposible distinguir nada con claridad), acudía a mi mente una multitud de recuerdos e inevitablemente me dejé llevar por ellos. Así pues, avanzaba con lentitud; finalmente, el cigarro se redujo a una colilla ardiente y amarga que apenas lograba sostener entre los labios, mientras la noche me parecía cada vez más opresiva. Precisamente cuando cavilaba sobre algún modo imposible de refrescar mi desdichado cuerpo, la colilla comenzó a quemarme los labios.

Lo arrojé con ira por la ventana abierta y me incliné hacia afuera para verlo caer. Primero fue a parar a las hojas de la acacia, despidiendo una lluvia de chispas rojas; luego, al rodar, cayó de lleno sobre el sendero del jardín, iluminando tenuemente los árboles y las flores inmóviles. No sabría decir si fue el contraste entre el destello rojo de la colilla y la silenciosa oscuridad del jardín, o si fue que, gracias a aquella luz repentina, percibí un leve movimiento de las hojas, pero algo me sugirió que en el jardín reinaba la frescura. «Daré una vuelta por allí —pensé—, tal como estoy; no puede hacer más calor que en esta habitación y, por muy quieto que esté el aire, al aire libre siempre se experimenta una sensación de libertad y amplitud». Con esta idea me levanté, encendí otro cigarro y salí a los largos y laberínticos pasillos que conducían a la escalera principal. ¡Con qué sentimiento tan distinto habría cruzado el umbral de mi habitación si hubiera sabido que jamás volvería a poner un pie en ella!

Vivía en una casa enorme, donde ocupaba dos habitaciones en el segundo piso. Era una casa de estilo antiguo, con todas sus plantas comunicadas por una inmensa escalera circular que ascendía por el centro del edificio; en cada rellano, largos y laberínticos pasillos se prolongaban hacia rincones y recovecos misteriosos. Aquel palacio era muy alto, y sus posibilidades espaciales —en cuanto a huecos y vericuetos— parecían interminables. Nada parecía tener un final definido; no había callejones sin salida en toda la propiedad. Los pasillos y corredores, como líneas matemáticas, parecían susceptibles de extenderse indefinidamente; sin duda, el objetivo del arquitecto había sido erigir un edificio en el que uno pudiera seguir avanzando eternamente. Todo el lugar resultaba sombrío, no tanto por su gran tamaño, sino porque una suerte de desnudez parecía impregnar su estructura.

Las escaleras, los pasillos, los salones y los vestíbulos participaban de una desolación semejante a la del desierto. No había nada en las paredes que rompiera la sombría monotonía de aquellas largas perspectivas de sombra. Ni tallas en los zócalos, ni máscaras moldeadas que observaran desde las cornisas de severa sencillez, ni jarrones de mármol en los rellanos. Reinaba en toda la mansión una desolación profunda y una absoluta falta de vida —algo tan inusual en un establecimiento estadounidense—. Era como la casa encantada de Hood, pero ordenada y recién pintada. También los sirvientes resultaban espectrales y reacios a dejarse ver. Había que hacer sonar las campanillas tres veces antes de lograr que la camarera se dignara a aparecer; y el camarero negro —una criatura de aspecto cadavérico oriunda del Congo— solo acudía a la llamada cuando la paciencia de uno se había agotado o cuando la necesidad ya había sido satisfecha por otros medios. Cuando por fin se presentaba, uno lamentaba que no hubiera permanecido ausente del todo, tal era el aire hosco y salvaje que mostraba.

Avanzaba por los suelos, que no devolvían eco alguno, con un andar lento y silencioso, hasta que su figura sombría, surgiendo de la penumbra, parecía la de algún ifrit reticente, obligado por el poder de su amo a dejarse ver. Cuando se cerraban las puertas de todas las habitaciones y ninguna luz iluminaba el largo pasillo —salvo el resplandor rojizo y malsano de una pequeña lámpara de aceite situada en una mesa al fondo, donde los huéspedes que llegaban tarde encendían sus velas—, resultaba imposible imaginar una estampa más triste o desoladora. Sin embargo, la casa era de mi agrado. De hábitos sedentarios y reflexivos, disfrutaba de aquel silencio absoluto. Había pocos inquilinos —de lo que deducía que el negocio del casero no era muy próspero— y estos, probablemente oprimidos por el aire sombrío del lugar, se movían de forma silenciosa, como fantasmas. Al propietario apenas lo veía. Mis facturas aparecían cada mes sobre la mesa, depositadas por manos invisibles mientras yo paseaba o salía a caballo, y el pago correspondiente quedaba en manos de aquel ifrit que me atendía. En definitiva, teniendo en cuenta el espíritu bullicioso y alerta de Nueva York, el carácter sombrío y apenas animado de la casa constituía una anomalía que nadie comprendía mejor que yo, su propio habitante.

Bajé tanteando la ancha escalera en busca de alguna brisa. Al entrar en el jardín noté que el ambiente era algo más fresco que en mi habitación, y avancé fumando por los senderos flanqueados de cipreses con una sensación de relativo alivio. Reinaba una gran oscuridad. Las altas flores que bordeaban el camino estaban tan envueltas en penumbra que parecían masas piramidales; todos los detalles de hojas y pétalos quedaban ocultos bajo un manto envolvente. Era un lugar y un momento propicios para estimular la imaginación, pues en aquellos impenetrables rincones había espacio para que las fantasías más desenfrenadas dieran rienda suelta. Caminaba y caminaba, y el eco de mis pasos sobre el sendero, cubierto de musgo y sin grava, despertaba en mí una sensación contradictoria: me sentía solo y, a la vez, acompañado. La soledad del lugar se hacía patente en aquel silencio, roto únicamente por el eco de mis pisadas; sin embargo, esas mismas reverberaciones parecían infundirme la vaga sensación de no estar solo. Por ello, no me sobresalté cuando, de repente, una voz que surgía de la densa oscuridad de un inmenso ciprés me interpeló diciendo:

—¿Podría darme fuego, caballero?

—Ciertamente —respondí, intentando distinguir a quien hablaba.

Alguien se acercó y le tendí mi puro. Lo único que pude averiguar sobre el individuo era que debía de ser de estatura extremadamente baja; pues yo, que de ningún modo soy un hombre de gran talla, tuve que inclinarme considerablemente para entregarle el puro.

—Caballero, anda usted fuera a horas tardías —dijo aquel desconocido mientras, tras pronunciar un agradecimiento a medias, me devolvía el puro, que tuve que buscar a tientas en la penumbra.

—No más tarde de lo habitual —respondí con sequedad.

—¡Mmm! ¿Le gusta pasear a altas horas, entonces?

—Depende.

—¿Vive usted aquí?

—Sí.

—Una casa peculiar, ¿verdad?

—Yo la encuentro tranquila.

—¡Mmm! Pero le parecerá peculiar, créame.

Pronunció esto con gran seriedad; y, al mismo tiempo, sentí que un dedo huesudo se posaba sobre mi brazo, clavándose con fuerza como un cuchillo sin filo.

—No puedo aceptar su palabra como prueba de tal afirmación —respondí con brusquedad, apartando aquel dedo huesudo con un gesto de repugnancia.

—Sin ánimo de ofender —murmuró mi invisible compañero con una voz extraña y contenida que habría resultado estridente de haber sido más fuerte—; que usted se enfade no cambia las cosas. Verá que es una casa extraña. Todo el mundo la considera extraña. ¿Sabe quiénes viven allí?

—Jamás me entrometo en los asuntos ajenos, señor —respondí con aspereza, pues los modales de aquel individuo, sumados a mi absoluta incertidumbre sobre su aspecto, me provocaban un deseo agobiante de librarme de él.

—¡Ah! ¿No lo hace? Pues yo sí. Sé lo que son... vaya, vaya, vaya... —y, al pronunciar estas últimas palabras su voz se elevó hasta culminar en un chillido que resonó de forma espantosa entre los senderos solitarios—. ¿Sabe qué comen? —continuó.

—No, señor; y tampoco me importa.

—¡Ah! Pero le importará. Tiene que importarle. Le importará. Le diré lo que son. Son hechiceros. Son necrófagos. Son caníbales. ¿Nunca se fijó en sus ojos y en cómo se deleitaban al mirarle cuando pasaban a su lado? ¿Nunca reparó en la comida que servían en su mesa? ¿Nunca oyó, en lo más profundo de la noche, pasos amortiguados y sobrenaturales deslizándose por los pasillos, ni manos furtivas girando el pomo de su puerta? ¿Acaso no le envuelve continuamente una influencia magnética cuando pasan cerca, recorriéndole el espíritu y el cuerpo con un escalofrío helado que ni siquiera la luz del sol logra disipar? ¡Oh, sí! ¡Ha sentido todas esas cosas! ¡Lo sé!

La vehemencia, el tono contenido y el acento apasionado con que pronunciaba todo aquello me causaron una impresión sumamente inquietante. Realmente parecía como si pudiera recordar todos aquellos sucesos e influencias extrañas de los que hablaba; y me estremecí involuntariamente en medio de la impenetrable oscuridad.

—¡Mmm! —dije, adoptando sin darme cuenta un tono confidencial—: ¿podría preguntar cómo sabe usted estas cosas?

—¿Cómo las sé? Porque soy su enemigo. Porque tiemblan ante mi susurro. Porque les sigo el rastro con la perseverancia de un sabueso y el sigilo de un tigre... porque... porque... ¡yo fui uno de ellos!

—¡Desgraciado! —exclamé con excitación, pues su tono me había llevado a un estado de gran nerviosismo—: ¿entonces quiere decir que usted...?

Obedeciendo a un impulso incontrolable, extendí la mano hacia mi interlocutor e intenté agarrar algo a ciegas. Las yemas de mis dedos parecieron tocar una superficie tan lisa como el cristal. Un siseo agudo e iracundo resonó en la penumbra, seguido de un zumbido, como si un proyectil pasara velozmente a mi lado; al instante siguiente, supe instintivamente que estaba solo.

Una sensación desagradable me invadió: un instinto profético de que una terrible desgracia me acechaba, y una ansiedad intensa y abrumadora por regresar a mi habitación sin perder tiempo. Me di la vuelta y corrí a ciegas por el oscuro sendero de cipreses; cada macizo de flores que se alzaba como una sombra negra en los bordes hacía que, por momentos, mi corazón dejara de latir. Los ecos de mis propios pasos parecían redoblarse y cobrar el sonido de perseguidores desconocidos. Las ramas de los arbustos de lilas y celindas que aquí y allá se extendían parcialmente sobre el camino parecían haberse dotado de repente de manos ganchudas que intentaban atraparme al pasar; a cada instante esperaba ver caer ante mí una barrera espantosa e infranqueable que me encerrara para siempre.

Por fin llegué a la amplia entrada. De un salto subí los cuatro o cinco escalones del pórtico y corrí por el vestíbulo, subí la ancha y resonante escalera y recorrí los pasillos sombríos y lúgubres hasta detenerme, sin aliento y jadeante, ante la puerta de mi habitación. Una vez allí, me detuve y me apoyé con fuerza contra uno de los paneles, jadeando con intensidad tras la carrera. Sin embargo, apenas había dejado caer todo mi peso sobre la puerta cuando esta cedió y entré tambaleándome, cayendo de cabeza. Para mi absoluto asombro, la habitación que había dejado en profunda oscuridad estaba ahora inundada de luz. La iluminación era tan intensa que, durante unos segundos —mientras las pupilas de mis ojos se contraían—, no vi absolutamente nada salvo aquel resplandor cegador.

Este hecho, que se me presentó con tal brusquedad, bastó para prolongar mi confusión; solo trascurridos varios momentos percibí que la habitación no solo estaba iluminada, sino ocupada. ¡Y qué ocupantes! El asombro ante aquella escena se apoderó de mí de tal modo que fui incapaz de moverme o articular palabra. Lo único que pude hacer fue apoyarme contra la pared y contemplar la escena con la mirada perdida.

Aquello bien podría haber salido de las páginas de Grammont, o haber ocurrido en algún palacio del ministro Fouquet.

Alrededor de una gran mesa situada en el centro de la estancia —donde yo había dejado libros y papeles esparcidos con el desorden propio de un estudiante— se hallaban sentadas media docena de personas: tres hombres y tres mujeres. La mesa rebosaba de una profusión de lujos. Exquisitas frutas orientales se amontonaban en vasijas de filigrana de plata, a través de cuyas tramas resplandecían sus cáscaras vivas en un juego de mil matices. Pequeñas fuentes de plata —que bien podría haber diseñado Benvenuto—, cargadas de carnes suculentas y aromáticas, se distribuían sobre un mantel de níveo damasco. Botellas de toda índole —esbeltas botellas del Rin, robustas botellas holandesas, recias botellas españolas y curiosos frascos italianos revestidos de mimbre— cubrían por completo la mesa. Copas de diversos tamaños y colores llenaban los espacios libres; la jarra alemana, propia para saciar la sed, se alzaba junto a las etéreas burbujas de cristal veneciano que se sostenían con ligereza sobre sus tallos finos como hilos. Un aroma de lujo y sensualidad flotaba en el ambiente. Las lámparas, encendidas en cualquier rincón donde hubiera espacio para ellas, parecían difundir un sutil incienso en el aire; y en un gran jarrón colocado en el suelo vi un conjunto de magnolias, nardos y jazmines agrupados, ahogándose mutuamente en su fragancia dulce y densa.

Los ocupantes parecían acordes a una atmósfera tan sensual. Las mujeres eran de una belleza singular y vestían trajes de diseños fantásticos y colores resplandecientes. Poseían formas redondeadas, flexibles y elásticas; ojos oscuros y lánguidos; labios carnosos, turgentes y de un color encendido y exquisito. Los tres hombres llevaban antifaces, de modo que lo único que lograba distinguir eran mandíbulas robustas, barbas en punta y cuellos fornidos que emergían como columnas macizas de sus jubones. Los seis se hallaban reclinados en lechos romanos alrededor de la mesa, bebiendo vino púrpura a grandes tragos, echando la cabeza hacia atrás y riendo con desenfreno.

Permanecí allí, supongo que unos tres minutos, apoyado contra la pared y contemplando con mirada ausente aquella visión dionisíaca, antes de que alguno de los comensales reparara en mi presencia. Por fin, sin que gesto alguno revelara si me habían visto desde el principio o no, dos de las mujeres se levantaron de sus lechos y, acercándose, me tomaron de las manos para conducirme a la mesa. Obedecí sus indicaciones mecánicamente. Me senté en un lecho entre ambas, tal como ellas señalaron. Me dejé rodear el cuello por sus brazos sin oponer resistencia.

—Debes beber —dijo una de ellas mientras servía una copa grande de vino tinto—; aquí tienes un Clos Vougeot de una añada excepcional; y aquí —añadió, acercándome un frasco de vino color ámbar— tienes Lachrima Christi.

—Debes comer —dijo la otra, acercando hacia sí las fuentes de plata—. Aquí tienes chuletas estofadas con aceitunas y filetes rellenos de castañas dulces —y mientras hablaba, sin esperar respuesta, procedió a servirme.

La vista de la comida me recordó las advertencias que había recibido en el jardín. Este súbito esfuerzo de memoria me devolvió mis otras facultades. Me puse en pie de un salto, apartando a las mujeres con ambas manos.

—¡Demonios! —grité casi—. No quiero saber nada de esa maldita comida. Las conozco. Son caníbales, son necrófagas, son hechiceras. ¡Largo de aquí! ¡Fuera de mi habitación!

Una carcajada general fue la única reacción que provocó mi apasionado discurso. Los hombres se revolcaban en sus lechos y sus antifaces temblaban con las convulsiones de su risa. Las mujeres chillaban, lanzaban al aire sus finas copas de vino y se volvían hacia mí para arrojarse sobre mi pecho, sollozando de pura risa.

—Sí —continué, tan pronto como cesó el estruendo de las risas—, sí, ¡digo que abandonen mi habitación inmediatamente! ¡No toleraré orgías antinaturales!

—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.

—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.

—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.

—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.

—¿Cómo lo sé? —respondí indignado—. ¿Cómo voy a reconocer mi propia habitación? ¿Cómo podría confundirla, dígame? Ahí están mis muebles... mi piano...

—¡A eso lo llama piano! —gritaron mis vecinos, de nuevo presa de convulsiones de risa, mientras yo señalaba el rincón donde solía estar mi enorme piano, consagrado a la memoria de Blokeeta—. ¡Oh, sí! Es su habitación. ¡Ahí... ahí está su piano!

El énfasis que pusieron en la palabra «piano» hizo que examinara con mayor detenimiento el objeto que estaba señalando. Hasta ese momento, aunque estaba totalmente atónito por la irrupción de aquellas personas —y asociándolas en cierto modo con las historias descabelladas que había oído en el jardín—, conservaba una vaga idea de que todo era una broma de disfraces organizada durante mi ausencia, y que la orgía báquica que presenciaba no era más que parte de un elaborado engaño del que yo iba a ser la víctima. Pero cuando dirigí la mirada al rincón vi un órgano vasto y sombrío que alzaba su frente de tubos estriados hasta el mismo techo; y me convencí, tras un rápido esfuerzo de memoria, de que ocupaba exactamente el lugar donde había dejado mi propio instrumento.

Perdí el poco aplomo que me quedaba. Miré a mi alrededor, desconcertado.

Del mismo modo, todo había cambiado. En lugar de aquella vieja daga sin empuñadura, vinculada a tantos recuerdos personales, veía ahora un yatagán turco que pendía de su tahalí de seda carmesí, mientras las joyas de la empuñadura resplandecían bajo los reflejos de la lámpara. Donde antes colgaba mi preciado gorro —recuerdo de un amor ya sepultado—, se hallaba ahora suspendido un yelmo de caballero, coronado por un dragón de oro en actitud de saltar. Aquella extraña litografía de Calame ya no era tal; me parecía más bien que se había recortado la sección de pared que esta cubría —conservando su forma y tamaño exactos— y que, en lugar del cuadro, se veía una escena real a la misma escala y con personajes auténticos.

Allí estaban el viejo roble y el cielo tormentoso; pero veía cómo las ramas del árbol se mecían con la tempestad y las nubes eran arrastradas por el viento. El viajero envuelto en su capa había desaparecido; en su lugar, contemplaba un círculo de figuras salvajes —hombres y mujeres— que, tomados de las manos, danzaban alrededor del tronco del gran árbol mientras entonaban un fragmento de canción agreste, cuyo coro sobrenatural era rugido por los vientos. También habían desaparecido las botas de nieve —con cuya trama de tendones había recorrido durante días las vastas tierras heladas de Canadá— y, en su lugar, yacía un par de extrañas babuchas de puntas curvadas hacia arriba, calzado que tal vez se habían despojado muchas veces a las puertas de las mezquitas, bajo el resplandor constante de un sol de Oriente.

Todo había cambiado. Dondequiera que posara la vista, echaba de menos objetos familiares y hallaba, en cambio, extraños sustitutos. Sin embargo, en todos esos reemplazos creía percibir un eco de aquello a lo que sustituían. Parecían haber sido transmutados solo temporalmente en otras formas, y a su alrededor persistía el aura de lo que antaño habían sido. Así, habría jurado que la habitación era la mía, y no obstante, no había en ella nada que pudiera reclamar como propio. Todo me recordaba a alguna antigua posesión que, en realidad, no era tal. Busqué la acacia junto a la ventana y —¡oh, sorpresa!— vi largas y sedosas hojas de palmera meciéndose al entrar por la celosía abierta; mas poseían el mismo movimiento y el mismo aire que mi árbol predilecto, y parecían susurrarme: «Aunque parezcamos hojas de palmera, somos hojas de acacia; ¡sí, aquellas mismas sobre las que solías observar cómo se posaban las mariposas y cómo repiqueteaba la lluvia mientras fumabas y soñabas!».

Lo mismo ocurría con todo. La habitación era mía y, a la vez, no lo era; y una angustiosa conciencia de mi absoluta incapacidad para conciliar su identidad con su apariencia me abrumaba y sofocaba mi razón.

—Bueno, ¿has decidido ya si esta es tu habitación o no? —preguntó la joven situada a mi izquierda, ofreciéndome un enorme vaso rebosante de champán y riendo con picardía mientras hablaba.

—Es mía —respondí con obstinación, golpeando bruscamente el vaso con la mano y derramando el aromático vino sobre el mantel blanco—. Sé que es mía; y ustedes son unos prestidigitadores y hechiceros.

—Silencio —dijo ella con suavidad, sin enfadarse por mi brusquedad—. Estás alterado. Alf tocará algo para calmarte.

A una señal suya, uno de los hombres se levantó y se sentó ante el órgano. Tras un preludio frenético y espasmódico comenzó lo que a mi parecer era una sinfonía de recuerdos. Sombría y lúgubre, impregnada de una agonía intensa y vibrante, parecía evocar una noche oscura y funesta en un arrecife helado, azotado con furia eterna por un océano invisible pero aterradoramente audible. Parecía como si una pareja solitaria se hallara en la cima: uno vivo, la otra muerta; él rodeando con sus brazos el tierno cuello y el pecho desnudo de ella, esforzándose por devolverle la vida con su calor, mientras el aliento gélido de la tormenta le arrebataba a él mismo la vitalidad a cada instante. De vez en cuando, un lamento aterrador en tono menor vibraba entre los acordes, semejante al graznido de las aves marinas o al presagio de una muerte inminente.

Mientras el hombre tocaba, apenas podía contenerme. Me parecía estar escuchando y contemplando a Blokeeta. Aquella noche maravillosa de placer y dolor que una vez pasé escuchando parecía reanudarse justo donde se había interrumpido, y la misma mano continuaba la melodía. Observaba fijamente al hombre llamado Alf. Allí estaba sentado, con su capa, su jubón, su larga espada y su máscara de terciopelo negro. Sin embargo, había algo en el aire de su barba puntiaguda, un misterio familiar en la salvaje melena de color azabache que caía sobre sus hombros, como si el viento la agitara, que cautivó mi memoria.

—¡Blokeeta! ¡Blokeeta! —grité, levantándome con furia del diván, y rompiendo el abrazo de los hermosos brazos que rodeaban mi cuello como si fueran cadenas odiosas—: ¡Blokeeta! ¡Amigo mío, te lo ruego, háblame! Di a estos horribles hechiceros que me dejen en paz. Diles que los odio. ¡Diles que les ordeno que abandonen mi habitación!

El hombre del órgano no se inmutó. Dejó de tocar, y el sonido agonizante de la última nota que había pulsado se desvaneció en un gemido melancólico. Los otros hombres y mujeres estallaron de nuevo en carcajadas burlonas.

—¿Por qué insiste en llamar a esta habitación suya? —dijo la mujer a mi lado, con una sonrisa que pretendía ser amable pero indescriptiblemente repugnante—. ¿Acaso no le hemos demostrado, por el mobiliario y el aspecto general del lugar, que se equivoca y que este no puede ser su aposento? Quédese tranquilo con nosotros. Es bienvenido aquí y ya no necesita preocuparse por su habitación.

—¡Quedarme tranquilo! —respondí con frenesí—. ¡Vivir con fantasmas! ¡Comer manjares espantosos y contemplar visiones horribles! ¡Jamás, jamás! Han lanzado algún sortilegio sobre el lugar para disfrazarlo; pero, a pesar de todo, sé que es mi habitación. ¡Deben abandonarla!

—¡Calma, calma! —dijo otra—. Resolvamos esto amistosamente. Este pobre caballero parece obstinado y propenso a armar un escándalo. Y nosotros no queremos escándalos. Amamos la noche y su quietud; y no hay noche que amemos tanto como aquella en que la luna queda sepultada entre nubes. ¿No es así, hermanos míos?

Una sonrisa aterradora brilló en los rostros de su audiencia espectral, pareciendo deslizarse visiblemente desde debajo de sus máscaras.

—Ahora —continuó ella—, tengo una propuesta. Sería ridículo que cediéramos esta habitación simplemente porque este caballero afirma que es suya; y, sin embargo, deseo complacer, en la medida de lo justo, su descabellada pretensión de propiedad. Una habitación, al fin y al cabo, no significa mucho para nosotros; podemos conseguir otra con facilidad, pero aun así nos resistiríamos a entregar este aposento ante una exigencia tan imperiosa. No obstante, estamos dispuestos a arriesgarnos a perderla. Es decir —volviéndose hacia mí—, propongo que nos juguemos la habitación. Si usted gana, se la cederemos de inmediato; si, por el contrario, pierde, se comprometerá a marcharse y a no molestarnos nunca más.

Angustiado por los misterios cada vez más sombríos que parecían acumularse a mi alrededor, y desesperanzado ante la idea de disiparlos mediante el mero ejercicio de mi voluntad, me aferré casi con alegría a la oportunidad que se me presentaba. La idea de perder o ganar apenas figuraba en mis cálculos. Lo único que sentía era la vaga certeza de que, de la manera propuesta, podría recuperar en un instante aquella tranquila estancia y la paz mental de la que tan extrañamente me habían privado.

—¡Acepto! —exclamé con entusiasmo—. ¡Acepto! ¡Cualquier cosa con tal de librarme de tan siniestra compañía!

La mujer tocó una pequeña campanilla de oro que había sobre la mesa, cerca de ella; apenas había cesado de tintinear cuando entró un enano negro portando una bandeja de plata con cubiletes y dados. Un escalofrío me recorrió al pensar que en aquel africano de baja estatura podía advertir cierto parecido con el sirviente negro, con aspecto de ghoul, a cuya presencia yo estaba acostumbrado.

—Ahora —dijo mi compañera, tomando uno de los cubiletes y entregándome el otro—, gana la puntuación más alta. ¿Lanzo yo primero?

Asentí con la cabeza.

Ella agitó los dados, y sentí que un peso indescriptible se liberaba de mi corazón cuando obtuvo una suma de quince.

—Su turno —dijo con una sonrisa burlona—; pero antes de lanzar, repito la oferta que le hice hace un momento. Viva con nosotros. Sea uno de los nuestros. Lo iniciaremos en nuestros misterios y placeres; placeres de los que no puede hacerse idea a menos que los experimente. Vamos; aún no es demasiado tarde para cambiar de opinión. ¡Únase a nosotros!

Respondí con una feroz imprecación mientras agitaba los dados con un nerviosismo espasmódico y los arrojaba sobre el tablero. Rodaron una y otra vez y, durante aquel breve instante, sentí una tensión cuya intensidad jamás había conocido ni he vuelto a conocer. Por fin quedaron quietos ante mí. Resonó en mis oídos la misma risa horrible y enloquecedora. Observé los dados pero mi vista estaba tan turbada que no lograba distinguir la puntuación. Esto duró unos instantes. Luego mi vista se aclaró y me dejé caer hacia atrás, casi inerte por la desesperación, al ver que apenas había sacado un doce.

—¡Perdió! ¡Perdió! —gritó mi vecino con una risa frenética.

—¡Perdido! ¡Perdido! —vociferaron las voces graves de los hombres enmascarados.

—¡Vete, cobarde! —clamaron todos—; no eres digno de estar entre nosotros. Recuerda tu promesa: ¡vete!

Entonces pareció como si una fuerza invisible me agarrara por los hombros y me empujara hacia la puerta. En vano me resistí. En vano grité y pedí auxilio. En vano imploré su piedad. La única respuesta que obtuve fueron aquellas carcajadas burlonas mientras avanzaba tambaleándome como un borracho hacia la salida.

Al llegar al umbral, el órgano rompió a sonar con una melodía triunfal. La fuerza que me impulsaba se concentró en un empujón vigoroso que me lanzó a ciegas hacia el pasillo resonante; y, mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, alcancé a vislumbrar por última vez la estancia. Una transformación, semejante a una sombra, se apoderó de ella. Las lámparas se apagaron, las mujeres-sirena y los hombres enmascarados se desvanecieron, las flores, las frutas, la brillante platería y el mobiliario extravagante se esfumaron, y vi de nuevo, durante una décima de segundo, mi antigua habitación tal como era. Allí estaba la acacia agitándose en la penumbra; allí, la mesa abarrotada de libros; allí, la litografía fantasmal, el queridísimo gorro, las botas de nieve canadienses, la daga ancestral. Y allí, sentada al piano —que ya no era un órgano—, estaba Blokeeta tocando.

Al instante siguiente la puerta se cerró violentamente y quedé allí, de pie en el pasillo, atónito y desesperado.

Tan pronto como recuperé el sentido corrí hacia la puerta con la vaga idea de derribarla a golpes. Mis dedos chocaron contra una pared fría y sólida. ¡No había puerta!

Palpé el pasillo a lo largo de varios metros, a ambos lados. No había ni siquiera una rendija que me diera esperanzas. Bajé las escaleras corriendo y gritando como un loco. Nadie respondió. En el vestíbulo me encontré con el negro; lo agarré por el cuello y le exigí mi habitación. El demonio mostró sus dientes blancos y aterradores, limados en forma de sierra, y, zafándose de mi agarre con un tirón brusco, huyó por el pasillo soltando una risa entrecortada y gutural.

Nada más que el eco respondía a mis gritos desesperados. El solitario jardín resonaba con mis alaridos mientras recorría los senderos oscuros, y los altos cipreses fúnebres parecían sepultarme bajo sus pesadas sombras. No encontré a nadie. No pude hallar a nadie. Tuve que soportar mi pena y mi desesperación en soledad. Desde aquella hora terrible, jamás he vuelto a encontrar mi habitación. La busco por todas partes, pero nunca la veo. ¿Llegaré a encontrarla algún día?

Fitz-James O'Brien (1828-1862)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Fitz-James O'Brien.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Fitz-James O'Brien: La habitación perdida (The Lost Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.


«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.




Est enim magnum chaos.
[«Porque existe un gran abismo»]



Abrir la puerta (Opening the Door) es un relato fantástico del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), escrito en 1931 y publicado en la antología del mismo año: Cuando los cementerios bostezan (When Churchyards Yawn).

Abrir la puerta, uno de los grandes cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un clérigo que trasciende los límites del tiempo y el espacio, y de algún modo queda desincronizado con el presente.

Arthur Machen combina en esta historia dos facetas de su personalidad: su experiencia periodística y su interés, su obsesión se diría, con lo que actualmente llamamos «horror cósmico» [ver: Cosmicismo]. La premisa es sencilla: un clérigo, llamado Jones, desaparece tras cruzar la puerta de su jardín. Al reaparecer, seis semanas después, el tiempo de su ausencia no coincide con su experiencia interior.

Abrir la puerta es narrado por un periodista que investiga el caso. La primera parte es poco menos que insufrible, está llena de anécdotas y elementos insignificantes, como el problema del tráfico. Superado esto, las cosas vuelven al cauce normal de Arthur Machen. Jones, el clérigo, es erudito en folklore celta, por lo que cruzar la puerta en el muro de su jardín incita que creer que, del otro lado, transcurre el tiempo anormal de las hadas y los elfos, a los que se refiere como odd-looking “children” [«"niños" de aspecto peculiar»]. Esto, naturalmente, lo deja desincronizado de nuestra realidad ordinaria.

Esta distorsión temporal es resumida en una frase de la Biblia: Est enim magnum chaos [«Porque existe un gran abismo (o vacío)»], el cual apunta al espacio entre el cielo y el infierno. Arthur Machen utiliza la palabra inglesa gulf, no chaos, pero su intención se acerca más al concepto griego de Caos, es decir, una subdivisión de la realidad, el desorden antes del cosmos ordenado, donde otros seres inteligentes, reducidos a «hadas» o «elementales» en la tradición, todavía existen. Jones, aparentemente, cruzó esa puerta y regresó, completamente transformado, desorientado, lidiando con problemas mentales, lagunas, y la aterradora constatación de una realidad diferente a la nuestra [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

La noción de «velo» es común en Arthur Machen, no simplemente como realidad alternativa, numinosa, que se superpone a nuestra existencia terrenal. El velo, aquí, es nuestra realidad, nuestro mundo o tierra-media, cuya constitución es permeable. En este contexto, «abrir la puerta» equivale a dar un paso transversal en el espacio-tiempo y acceder a un plano para el cual nuestro aparato psicológico no está equipado. Por supuesto, la historia solo insinúa, sugiere, dejando al lector con más preguntas que respuestas. Jones no recuerda lo que vio, el otro lado de la puerta permanece en el misterio, y el énfasis recae en el recuerdo emocional tras su regreso: la impresión de haber estado en un lugar «donde todo estaba bien».

La puerta por la que cruza Jones se asemeja mucho a la que aparece en El pueblo blanco (The White People), donde un cazador sigue a un ciervo blanco hasta un portal en la ladera de una colina [ver: La chica que hablaba con las hadas: análisis de «El Pueblo Blanco»]. Algo similar ocurre en La alegría de Londres (The Joy of London) donde un hombre transita por una calle que no conoce y descubre una puerta en la pared. Al cruzar, se encuentra con «un mundo nuevo e insospechado».



Abrir la puerta.
Opening the Door, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El periodista, por la naturaleza de su trabajo, tiene que lidiar con asuntos cotidianos. Se esfuerza por encontrar algo singular e impactante en el espectáculo de los acontecimientos del día; pero, a pesar de sí mismo, suele verse obligado a confesar que, sea lo que sea que haya bajo la superficie, la superficie en sí es bastante aburrida.

Debo admitir, sin embargo, que durante mis aproximadamente diez años en Fleet Street, me topé con algunos casos que no estaban exentos de rarezas. Estaba, por ejemplo, el asunto de Campo Tosto. Eso nunca salió en los periódicos. Campo Tosto, debo explicar, era un belga, establecido durante muchos años en Inglaterra, que había dejado todos sus bienes al hombre que lo cuidaba.

A mi editor de noticias le llamó la atención algo extraño en la breve noticia que apareció en el periódico matutino y me envió a investigar. Bajé del tren en Reigate; Allí descubrí que el señor Campo Tosto había vivido en un lugar llamado Burnt Green —que es la traducción de su nombre al inglés— y que disparaba a los intrusos con arco y flechas. Me llevaron a su casa y, a través de una puerta de cristal, vi parte de la propiedad que había legado a su sirviente: trípticos del siglo XV, oscuros, ricos y dorados; estatuas talladas de santos; grandes candelabros de altar con puntas; incensarios de plata deslustrada con varias historias; y muchos otros tesoros antiguos de la iglesia. El legatario, cuyo nombre era Turk, no me dejó entrar; pero, como recompensa, me quitó el periódico del bolsillo y lo leyó al revés con gran precisión y facilidad. Escribí esta historia tan peculiar, pero Fleet Street no la aceptó. Creo que les pareció demasiado extraña para sus serias columnas.

Y luego estaba el asunto de la J.H.V.S. Syndicate, que trataba sobre un cifrado cabalístico, el fenómeno llamado en el Antiguo Testamento «la Gloria del Señor» y el descubrimiento de ciertos objetos enterrados bajo el emplazamiento del Templo de Jerusalén; esa historia quedó a medias y nunca supe el final. Y nunca entendí el asunto del tesoro de monedas que una tormenta reveló en la costa de Suffolk, cerca de Aldeburgh. Por lo que contaban los estibadores, que vigilaban entre las dunas, parecía que una gran ola llegó y arrastró un trozo del acantilado justo debajo de ellos. Vieron objetos brillantes cuando el mar retrocedió y recuperaron lo que pudieron. Vi el tesoro: era una colección de monedas; la más antigua del siglo XII, la más reciente, peniques, tres o cuatro, de Eduardo VII, y una medalla de bronce de Charles Spurgeon. Hay, por supuesto, explicaciones para el enigma; pero también dificultades para aceptar cualquiera de ellas. Resulta evidente, por ejemplo, que el tesoro no fue reunido por un coleccionista de monedas; ni los peniques del siglo XX ni la medalla del gran predicador bautista atraerían a un numismático.

Pero quizás la historia más extraña que conocí gracias a mis contactos periodísticos fue la del reverendo Jones, el «clérigo de Canonbury», como lo llamaban los titulares.

Para empezar, se trató de una desaparición. Creo que personas de todo tipo desaparecen por decenas cada año, y nadie se entera de ellas ni de sus desapariciones. Quizás reaparecen, o quizás no; en cualquier caso, nunca se mencionan en los periódicos, y ahí termina todo. Tomemos, por ejemplo, a aquel hombre desconocido en el coche en llamas, que le costó la vida al viajante de comercio enamorado. En cierto modo, todos supimos de él; pero debió de desaparecer de la nada. Así sucede a menudo; pero de vez en cuando surge alguna circunstancia que llama la atención sobre el hecho de que A. o B. estaba en su lugar el lunes y desapareció el martes y el miércoles; entonces se hacen averiguaciones y, por lo general, se encuentra al desaparecido, vivo o muerto, y la explicación suele ser bastante sencilla.

Pero en cuanto al caso de Jones... Este caballero, clérigo como ya he dicho, pero que, al parecer, rara vez ejercía su sagrado oficio, vivía retirado en una brumosa casa de 1830-1840 en los rincones de Canonbury. Se sabía que se dedicaba a algún tipo de investigación académica, era una figura conocida en la Sala de Lectura del Museo Británico y aparentaba entre cincuenta y sesenta años. Parece probable que, si se hubiera contentado con ese logro, podría haberse ausentado cuando quisiera sin que nadie lo molestara; pero una noche, mientras estudiaba hasta tarde en la tranquilidad de aquel rincón apartado, un camión pasó por una carretera cercana a Tollit Square, rompiendo el silencio con un fuerte estruendo y provocando un temblor que se sintió en el estudio de Jones. Una taza y un platillo sobre una mesita auxiliar se tambalearon ligeramente, y Jones apartó la vista de sus libros y cuadernos.

Esto ocurrió en febrero o marzo de 1907, cuando la industria automotriz aún estaba en sus inicios. Si preferías un autobús de caballos, aún quedaban muchos en las calles. Los autocares eran inexistentes, los coches de caballos seguían trotando y tintineando alegremente en su camino; y había muy pocas furgonetas pesadas en circulación. Pero a Jones, perturbado por el tintineo de su taza y platillo, se le concedió una visión del futuro, muy colorida, y comenzó a escribir a los periódicos. Imaginó las calles de Londres casi como las conocemos hoy; calles donde un vehículo de caballos sería casi un motivo para mostrar a los hijos para que lo recordaran en su vejez; calles por las que una gran procesión de enormes ómnibus que transportaban cincuenta, setenta, cien personas pasaba continuamente; calles por las que furgonetas y remolques cargados mucho más allá de la capacidad de cualquier equipo manejable de caballos harían temblar el suelo sin cesar.

El erudito retirado, con esa alegre actividad que a veces distingue al pez fuera del agua, continuó sin escatimar críticas. Newton vio caer la manzana y construyó un universo matemático; Jones oyó el tintineo de la taza de té y redujo a ruinas el universo de Londres. Señaló que ni las carreteras ni las casas adyacentes estaban construidas para soportar el peso y la vibración del tráfico. Redujo a polvo todas las tiendas de Oxford Street y Piccadilly; agrietó la cúpula de San Pablo, derribó la Abadía de Westminster y redujo los Tribunales de Justicia a polvo fino. Lo que quedó fue arrasado por el fuego, las inundaciones y la peste. El profético Jones demostró que las carreteras se derrumbarían, afectando a los diversos servicios subterráneos. Aquí, las tuberías de agua y el alcantarillado principal inundarían las calles; allí, se escaparían enormes cantidades de gas y los cables eléctricos se fundirían; la tierra se rasgaría con explosiones y las innumerables calles de Londres arderían en una gran llamarada. Nadie creía que sucedería, pero era una lectura amena, y Jones concedió entrevistas, inició debates y disfrutó enormemente. Así se convirtió en el «Clérigo de Canonbury». «El Clérigo de Canonbury afirma que la catástrofe es inevitable»; «El Clérigo de Canonbury predice la perdición de Londres»; «El pronóstico del Clérigo de Canonbury: Londres, un carnaval de inundaciones, incendios y terremotos»: ese tipo de cosas.

Y así, Jones, aunque sus principales intereses eran litúrgicos, logró publicar algunos párrafos en la prensa antes de desaparecer, más de un año después de su gran campaña, que no se olvidó del todo, pero tampoco se recordaba con claridad.

«Unos párrafos», dije, y guardé la mayoría en rincones recónditos de los periódicos. Parecía que la señora Sedger, la mujer que compartía con su marido el cuidado de Jones, llevaba el té en una bandeja a su estudio a las cuatro en punto, como de costumbre, y volvía, también como de costumbre, a recogerlo a las cinco. Y, para su gran asombro, el estudio estaba vacío. Concluyó que su amo había salido a dar un paseo, aunque él nunca salía a pasear entre el té y la cena. No regresó para la cena; y Sedger, al inspeccionar el salón, señaló que los sombreros, abrigos, bastones y paraguas del amo estaban en sus perchas. Los Sedger conjeturaron esto, aquello y lo otro, esperaron una semana, y luego acudieron a la policía, y la historia salió a la luz y perturbó a algunos amigos y corresponsales eruditos: el prebendado Lincoln, autor de El canon romano en el siglo III; el Dr. Brightwell, experto en el Rito de Malabar; y Stokes, el hombre mozárabe. El resto de la población no mostró mucho interés en el asunto, y cuando, al cabo de seis semanas, aparecieron un par de líneas que decían que «el reverendo Jones, cuya desaparición a principios del mes pasado de su casa en Tollit Square, Canonbury, causó cierta inquietud entre sus amigos, regresó ayer», no hubo ni entusiasmo ni curiosidad. La última línea decía que el incidente se debía a un malentendido; y nadie siquiera preguntó qué significaba esa afirmación.

Ahí habría terminado todo si Sedger no hubiera chismorreado en el bar. Una persona misteriosa y extraoficial, con contactos en ese círculo, se coló en presencia de mi editor y le contó la historia de Sedger. La señora Sedger, una mujer meticulosa, mantenía todas las habitaciones impecables y limpias. El martes por la tarde abrió la puerta del estudio y vio, para su asombro y alegría, a su amo sentado a la mesa con un gran libro abierto a su lado y un lápiz en la mano. Exclamó:

—¡Oh, señor, me alegra verlo de nuevo!

—¿De nuevo? —dijo el clérigo—. ¿Qué quiere decir? Creo que me apetece otro té.

—No tengo ni idea de qué se trata —dijo el editor—, pero podría ir a ver a Jones y charlar con él. Quizás haya alguna historia.

Había una historia, pero no para mi periódico, ni para ningún otro.

Entré en la casa de Tollit Square con un pretexto poco honroso relacionado con el susto del tráfico que Jones había causado el año anterior. Al principio me lanzó una mirada perdida, pero mi presentación del diseño propuesto para un «transporte gigantesco» lo aclaró, empezó a hablar con entusiasmo y, según me pareció, lúcidamente, sobre la grave amenaza del nuevo transporte mecánico.

—¿Pero de qué sirve hablar? —concluyó—. Intenté alertar a la gente sobre los peligros que se avecinaban. Pareciera que lo conseguí durante unas semanas; y luego lo olvidaron. Se podría decir que la mayoría son como soñadores, como sonámbulos. Sí; como hombres que caminan en un sueño, ajenos a la realidad, a los hechos de la vida. Saben que, de hecho, caminan al borde de un precipicio; y, sin embargo, parecen creer que el precipicio es un sendero de jardín; y se comportan como si lo fuera, tan seguro como ese sendero que ves ahí abajo, que lleva a la puerta al final de mi jardín.

El estudio se encontraba en la parte trasera de la casa y daba al extenso jardín, cubierto de arbustos silvestres que se entremezclaban entre sí, algunos en plena floración, ocultando y difuminando armoniosamente los rígidos muros grises que sin duda separaban cada jardín de los vecinos. Sobre los altos arbustos crecían olmos, plátanos y fresnos aún más altos, sin podar y con un aspecto descuidado; y bajo esta densa capa de ramas verdes, el sendero descendía hasta una puerta verde, apenas visible entre una nube de rosas blancas.

—Tan seguro como ese sendero —repitió el Jones, y, al mirarlo, me pareció que su expresión cambió ligeramente; muy levemente, en efecto, pero a una cierta duda, podría decirse, a una vacilación meditativa. Me recordó a un hombre enfrascado en una discusión, que expone su argumento con firmeza y decisión; y luego duda una fracción de segundo al ocurrírsele una idea que nunca antes había considerado; una idea aún no sopesada, no valorada. Vagamente presente, más como una sombra que como una figura.

El periodista necesita tanto los gestos de la serpiente como su astucia. Olvidé cómo pasé del tema seguro del peligro del tráfico al terreno dudoso que me habían enviado a explorar. En cualquier caso, mis contorsiones fueron las más elegantes que pude idear; pero fueron completamente inútiles. El rostro amable, delgado y bien afeitado de Jones adquirió una expresión de angustia. Me miró como si estuviera perplejo; parecía buscar en su mente no la respuesta que debía darme, sino alguna respuesta que le correspondía a él mismo.

—Lamento muchísimo no poder darle la información que busca —dijo, tras una larga pausa—. Pero la verdad es que no puedo profundizar en el asunto. De hecho, es completamente imposible. Debe decirle a su editor que todo esto se debe a un malentendido, a una idea errónea, que no estoy en posición de explicar. Pero lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.»

Había una disculpa y un arrepentimiento genuinos, no solo en sus palabras, sino en su tono y en su semblante. No podía simplemente despedirme con una breve frase, como un emisario decepcionado y algo disgustado; así que entablamos una conversación informal, y resultó que ambos proveníamos de la frontera galesa, y que hacía mucho tiempo habíamos recorrido las mismas colinas y bebido de los mismos pozos. De hecho, creo que demostramos nuestro parentesco, de séptimo grado aproximadamente, y nos sirvieron el té. Jones estaba inmerso en problemas litúrgicos, de los cuales yo sabía lo suficiente como para hacer de oyente. De hecho, cuando le comenté que el hwyl, o elocuencia cantada, de los metodistas galeses era, en realidad, el tono del prefacio del Misal Romano, se mostró sumamente agradecido e interesado, tomó nota en uno de sus libros y dijo que el punto era sumamente curioso e importante. Era una tarde agradable, y paseamos por las puertas francesas hacia el jardín florido, sombreado por el verde, y continuamos nuestra conversación hasta que llegó la hora —y ya era hora— de que me marchara. Me había quitado el sombrero al salir del estudio, y mientras estábamos junto a la puerta verde en la pared al final del jardín, sugerí que podría usarla.

—Lo siento mucho —dijo el Jones, con un aire que me pareció algo preocupado—, pero me temo que está atascada, o algo parecido. Siempre ha sido una puerta incómoda, y casi nunca la uso.

Así que cruzamos la casa, y en la puerta me insistió en que volviera, y fue tan cordial que acepté su sugerencia del sábado por la mañana. Y así, por fin, obtuve una respuesta a la pregunta que mi periódico me había encomendado originalmente; pero una respuesta que, desde luego, no era para uso periodístico. El relato, la experiencia, la impresión, o como quiera que se le llame, me fue transmitido muy lentamente, con vacilaciones y con una sugerencia tentativa que a menudo me recordaba nuestra primera conversación. Era como si Jones se cuestionara una y otra vez el contenido de sus palabras, como si dudara si no deberían considerarse sueños y descartarse como nimiedades sin importancia.

Una vez me dijo:

—Sé que la gente cuenta sus sueños; pero, ¿no suele parecer que no dicen nada? Eso es lo que me preocupa.

Le dije que creía que podríamos esclarecer muchos aspectos oscuros si se contaran más sueños.

—Pero ahí —dije— reside la dificultad. Dudo que los sueños en los que estoy pensando puedan contarse. Hay sueños perfectamente lúcidos de principio a fin, y también perfectamente insignificantes. Hay otros que se ven borrosos por un fallo de memoria, quizás solo en un detalle: sueñas con un muerto como si estuviera vivo. Luego están los sueños proféticos: en general, no parece haber duda de ello. Y luego puede que tengas un sinsentido absoluto; una vez perseguí a Julio César por todo Londres para conseguir su receta de huevos al curry. Pero, además de estos, hay un tipo de sueño de otro orden: lucidez absoluta hasta el momento de despertar, y luego percibido como algo indescriptible. No tiene sentido ni es un sinsentido; tiene, quizás, su propia notación, pero... bueno, no se puede tocar a Euclides en el violín.

Jones negó con la cabeza.

—Me temo que mis experiencias son bastante parecidas —dijo. Era evidente, en efecto, que le resultaba muy difícil encontrar una fórmula verbal que transmitiera alguna pista de sus aventuras.

Eso fue después. Al principio, todo anduvo bastante fácil; aunque, como era de esperar, empezó a contar su historia antes de que me diera cuenta. Yo estaba hablando de las extrañas travesuras que a veces le juega la memoria a uno. Decía que unos días antes me habían interrumpido en un trabajo que estaba haciendo. Tenía que recoger mi escritorio rápidamente, junté un montón de papeles sueltos y esperé a mi visitante con un bloc de notas nuevo. El hombre llegó. Me ocupé del asunto que le preocupaba y volví a lo mío cuando se marchó. Pero no pude encontrar el fajo de papeles. Creí haberlos guardado en un cajón. No estaban en el cajón; no estaban en ningún cajón, ni en el secante, ni en ningún sitio donde uno esperara encontrarlos. Los encontró a la mañana siguiente el sirviente que limpiaba el polvo de la habitación, metidos a presión en el hueco entre el asiento y el respaldo de un sillón, cuidadosamente escondidos bajo un cojín.

—Y —terminé—, no tenía el más mínimo recuerdo de haberlo hecho. Mi mente estaba en blanco.

—Sí —dijo Jones—, supongo que todos sufrimos eso a veces. Hace aproximadamente un año tuve una experiencia del mismo tipo. Me preocupó bastante en su momento. Fue poco después de haber abordado la cuestión del nuevo tráfico y sus probables —sus seguras— consecuencias. Como habrás podido deducir, he estado absorto la mayor parte de mi vida en mis propios estudios, que están bastante alejados de las actividades e intereses actuales. No ha sido mi costumbre escribir a la prensa para decir que hay demasiados perros en Londres, ni para denunciar a los músicos callejeros. Pero debo decir que los extraordinarios peligros de usar nuestro sistema vial actual me impresionaron profundamente; y me atrevo a decir que me dejé llevar por un interés y una excitación excesivos.

—Hay mucho que decir a favor de la máxima apostólica: «Estudia para el silencio y ocúpate de tus propios asuntos». Me temo que me obsesioné con aquello y descuidé mi trabajo, que en aquel momento, si mal no recuerdo, consistía en investigar una cuestión curiosa: la validez o invalidez de la fórmula de consagración del Gran Santo Grial: Car chou est li sanc di ma nouviele loy, li miens meismes. En lugar de eso, me dejé arrastrar por la discusión que había iniciado, y durante una o dos semanas no pensé en otra cosa: incluso cuando consultaba fuentes en el Museo Británico, no podía sacarme de la cabeza el ruido de la furgoneta. Así pues, como ves, me dejé llevar por la ansiedad, la preocupación y la distracción, y atribuí lo que siguió a toda la agitación que estaba experimentando. El otro día, cuando tuviste que dejar el trabajo a medias y empezar con otra cosa, supongo que te sentiste molesto y frustrado, y apartaste esos papeles sin pensar realmente en lo que hacías, y supongo que a mí me pasó algo parecido. Aunque creo que fue aún más raro.

Hizo una pausa, pareció meditar con dudas, y luego soltó una risa de disculpa:

—¡Suena bastante loco! —y después—: Olvidé dónde vivo.

—¿Pérdida de memoria por exceso de trabajo y nerviosismo?

—Sí, pero no de la forma habitual. Tenía muy claro mi nombre y mi identidad. Y conocía mi dirección a la perfección: 39, Tollit Square, Canonbury.

—Pero usted dijo que había olvidado dónde vivía.

—Lo sé; pero ahí está la dificultad de expresión de la que hablábamos. Fue así: había estado trabajando hasta la mañana en la sala de lectura con el peligro del tráfico en mente, y al salir del museo, sintiendo una especie de pesadez y confusión, decidí caminar a casa. Pensé que el aire me refrescaría. Empecé a buen ritmo. Conocía cada metro del trayecto, pues lo había hecho muchas veces, y avancé mecánicamente, con la mente absorta en un asunto muy importante relacionado con mis estudios. De hecho, había encontrado en un lugar de lo más inesperado una declaración que arrojaba una luz completamente nueva sobre el Rito de la Iglesia Celta, y sentí que podría estar a punto de hacer un descubrimiento importante. Estaba perdido en un laberinto de conjeturas, y cuando levanté la vista me encontré de pie en la acera junto al Angel, en Islington, totalmente sin saber adónde tenía que ir después. Reconocí al Ángel, y sabía que vivía en Tollit Square; pero la relación entre ambos se había desvanecido de mi conciencia. Para mí, ya no existían los puntos cardinales; no había dirección alguna, ni norte ni sur, ni izquierda ni derecha, una sensación extraordinaria que creo no haberle explicado con claridad. Estaba bastante perturbado y sentía que debía irme a algún sitio, así que me puse en marcha y me encontré en la estación de tren de King's Cross. Entonces hice lo único que podía hacer: tomé un coche de caballos y volví a casa, sintiéndome bastante tembloroso.

Comprendí que este fue el primer incidente en una serie de extrañas experiencias que le ocurrieron a este erudito y afable clérigo. Su memoria se volvió poco fiable, o eso creyó al principio.

Empezó perder papeles importantes de su escritorio. Una serie de notas, en tres hojas marcadas con las letras A, B y C, las había dejado debajo de un pisapapeles una noche, justo antes de acostarse. Habían desaparecido a la mañana siguiente. Estaba seguro de haberlas puesto en ese lugar, debajo del pisapapeles de cristal con rosas incrustadas en su interior; pero no estaban. Entonces la señora Sedger llamó a la puerta y entró con los papeles en la mano. Dijo que los había encontrado entre la cama y el colchón en el dormitorio principal y que pensó que podrían ser necesarios.

Jones no podía entenderlo. Supuso que debía haber puesto los papeles ahí y luego lo olvidó, pero estaba intranquilo, temiendo estar al borde de una crisis nerviosa. Luego estaban las dificultades con sus libros, con los que era muy meticuloso. Una mañana quiso consultar el Misal de Arbuthnott, un gran volumen rojo, que se encontraba al final de un estante inferior cerca de la ventana. No estaba. El hombre subió a su dormitorio, palpó la cama por todas partes, miró debajo de sus camisas en la cómoda, y buscó por toda la habitación en vano.

Después fue a la Sala de Lectura, verificó su referencia y regresó a Canonbury: y allí estaba el volumen rojo en su lugar. Ahora, parecía seguro, no había lugar para la pérdida de memoria; Jones empezó a sospechar que sus sirvientes le gastaban bromas y trató de encontrar una explicación a su imbecilidad o maldad; no sabía cómo llamarla. No le sirvió de nada. Papeles y libros desaparecían y reaparecían, a veces se esfumaban sin dejar rastro. Una tarde, luchando, según me contó, contra una creciente confusión, había llenado con considerable dificultad dos hojas de papel rayado con varios extractos necesarios para el tema que tenía entre manos. Al terminar, sintió que su desconcierto se espesaba como una nube a su alrededor:

—Era, física y mentalmente, como si los objetos de la habitación se volvieran indistintos, como si se presentaran envueltos en una bruma o oscuridad resplandeciente.

Sintió miedo, se levantó y salió al jardín. Las dos hojas de papel que había dejado sobre la mesa yacían en el camino junto a la puerta.

A decir verdad, pensé que estos casos eran más propios de un psiquiatra que de mí. Había indicios suficientes de una grave crisis nerviosa y, a mi parecer, de delirios. Me pregunté si era mi deber aconsejarle al hombre que acudiera al mejor médico que conociera, y sin demora. Entonces, Jones continuó:

—Sé que son tonterías, trucos y artimañas, ilusionismo infantil; despreciable todo ello. Pero me asustó. Me sentía como un hombre caminando en la oscuridad, acosado por sonidos inciertos y débiles ecos de pasos que parecían provenir de una profundidad inmensa. Había algo desconocido en mí; y me aferraba con fuerza a lo que sabía, preguntándome si lograría mantenerme firme.

Después de una pausa, continuó.

—Una tarde me encontraba en un estado de profunda tristeza. No podía concentrarme en mi trabajo. Salí al jardín y caminé de un lado a otro intentando calmarme. Abrí la puerta del jardín y miré hacia el estrecho pasaje que recorre el final de todos los jardines de este lado de la plaza. No había nadie allí, excepto tres niños jugando a algún juego. Eran criaturas extrañas y raquíticas, así que volví al jardín y entré en el estudio. Acababa de sentarme y me había puesto a trabajar con la esperanza de encontrar alivio, cuando la señora Sedger, mi criada, entró y exclamó que se alegraba de verme de nuevo. Me inventé una historia. No sé si la creyó. Supongo que piensa que me he visto envuelto en algo turbio.

—¿Y qué pasó?

—No tengo ni la más remota idea.

Nos quedamos mirándonos un buen rato.

—Supongo que lo que pasó fue esto —dije por fin—. Tu sistema nervioso andaba mal. Colapsó por completo; perdiste la memoria, la identidad, todo. Puede que hayas pasado las últimas seis semanas escribiendo direcciones en la calle.

Se giró hacia uno de los libros de la mesa y lo abrió. Entre las hojas se veían los pétalos rojos y blancos, algo apagados, de una flor parecida a una anémona.

—Recogí esta flor —dijo— mientras caminaba por el sendero aquella tarde. Fue la primera de su especie en florecer, muy temprano. Todavía la tenía en la mano cuando volví a entrar en esta habitación, seis semanas después, como todo el mundo cuenta. Pero estaba muy fresca.

No había nada que decir. Guardé silencio durante cinco minutos antes de preguntarle si su mente estaba en blanco respecto a las seis semanas durante las cuales nadie lo había visto; si no tenía ningún tipo de recuerdo, por vago que fuera.

—Al principio, absolutamente nada. No podía creer que hubieran transcurrido más de unos segundos entre que abrí la puerta del jardín y la cerré. Luego, al cabo de un par de días, tuve la vaga impresión de haber estado en un lugar donde todo era absolutamente perfecto. No puedo decir más. Ni alegrías de cuento de hadas, ni paraísos de dicha, ni nada por el estilo; ninguna sensación de nada extraño o inusual. Pero allí no había ninguna preocupación. Est enim magnum chaos.

Eso significa: «porque hay un gran vacío», o «un gran abismo».

Nunca volvimos a hablar del tema. Dos meses después me contó que los nervios le habían estado dando problemas y que iba a pasar un mes o seis semanas en una granja cerca de Llanthony, en las Montañas Negras, a pocos kilómetros de su antigua casa. Tres semanas después recibí una carta escrita de puño y letra de Jones. Dentro había un papelito en el que había escrito:

Est enim magnum chaos.

El día que envió la carta, salió una tarde de otoño con un temporal muy fuerte y nunca regresó. Jamás se encontró rastro de él.

Arthur Machen (1863-1947)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: Abrir la puerta (Opening the Door), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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