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«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.


«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




«Los Susurradores estaban de pie justo al lado de su cama.
La habitación estaba llena.»



Los Susurradores (The Whisperers) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado originalmente en la edición de mayo de 1912 de la revista The Eye-Witness, y luego reeditado en la antología de 1914: Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories). Más adelante volvería a aparecer en El libro de cuentos de fantasmas (The Mammoth Book of Ghost Stories).

Los Susurradores, uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de un escritor cuya habitación es asediada por una multitud de susurros.

Jones [Es lícito suponer que se trata del propio Blackwood] necesita una habitación vacía, estéril de voces, para componer sus historias. Siempre parte de una idea sólida, que debe capturar antes de que se desvanezca. En este contexto, es invitado a trabajar en casa de un amigo, la cual cuenta con una habitación —un ático— con esas características. Una vez dentro, de noche, es atacado por un coro de susurros que luchan por controlar y dirigir su imaginación.

Esto es un problema, porque Jones, además de ser un escritor imaginativo, es extremadamente sensible a los vendavales psíquicos. Necesita aislamiento porque sus ideas con delicadas, y cualquier estímulo externo puede barrerlas hacia el olvido. De pronto, ya instalado en aquel ático de la ciudad de Jura, empieza a percibir un tímido pero creciente murmullo que brota de las paredes. Él los llama Los Susurradores [The Whisperers], presencias incorpóreas que lo agreden con ideas intrusivas mientras intentan apoderarse de su mente y, en úitima instancia, suplantar aquella frágil idea original con algo completamente nuevo.

En esencia, Los Susurradores es una historia que transita una delgada línea entre la inspiración artística y el ataque psíquico.

Algernon Blackwood rompe aquí con la premisa gótica de que los fantasmas son los espíritus de los difuntos [ver: El ABC de las historias de fantasmas], y los transforma en energía residual, o residuos psíquicos, que invaden la habitación y fuerzan un enlace con la imaginación del protagonista. En este sentido, Jones es algo así como un médium, solo que en vez de recibir una suave brisa de inspiración sobrenatural es acosado por poderosas influencias etéreas que, además, no contienen un discurso unificado, sino un coro disonante de cientos y cientos de voces con sus respectivas ideas.

La revelación final es, digamos, algo previsible para nosotros, más de cien años después de la publicación de esta historia, pero Los Susurradores no depende de que el descubrimiento final resulte sorprendente. En resumen: la habitación donde Jones recibe a estos extraños visitantes albergó hace tiempo una gran biblioteca. Los susurros son las voces residuales de los libros:


« A menudo pienso —añadió con ligereza— que cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo las mentes que los escribieron deben inquietarse.»


Si bien es una historia original, Los Susurradores recicla la obsesión de Algernon Blackwood por la percepción de insinuaciones fantasmales. Por ejemplo, en El oyente (The Listener) encontramos el diario personal de un escritor, quien anota los extraños acontecimientos que experimenta en una vieja casa de Londres, donde oye pasos, repetidamente, o tal vez el sonido de alguien arrastrándose en la puerta de su habitación [ver: Experiencia aparicional]. Esta presencia lo sigue a otros lugares, lo espía, manteniéndose justo fuera de su campo de visión. Ya al final de la historia llegan los susurros, y la revelación final del pasado macabro de la casa [ver: Psicología de las casas embrujadas]

Otro ejemplo es Un caso de oídas (A Case of Eavesdropping), donde un hombre llamado Jim Shorthouse alquila una habitación en una pensión de Nueva York [a un precio inusualmente bajo], y es perturbado por incesantes conversaciones nocturnas en el cuarto contiguo [ver: Espíritus que imitan la voz humana]

Es curioso que Algernon Blackwood vuelva a utilizar el apellido «Jones» en Los Susurradores. Este escritor/médium/psíquico no parece ser el mismo Jones que protagoniza La locura de Jones (The Insanity of Jones). Este último es un hombre callado y de modales apacibles que trabaja en una oficina de seguros y empieza a tener sueños muy vívidos sobre crueldades de siglos pasados, lo que despierta en él una personalidad oculta [ver: Memoria del Lugar vs. Teoría de la Cinta de Piedra]. Ambos son sensitivos, es cierto, pero uno es empleado y el otro se codea con un estrato social más alto. De todos modos, nunca se sabe.

Como dato final hay que mencionar que Hugh B. Cave escribió un cuento con algunas similitudes con la historia de Blackwood, titulado [también]: Los susurradores (The Whisperers), donde se cuenta la historia de Peter y Annie Winslow, una pareja de recién casados que se muda a su nuevo hogar, al principio inconscientes de las criaturas que viven en el sótano, susurrando sin cesar.




Los Susurradores.
The Whisperers, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Ser demasiado impresionable es una fuente de debilidad tanto como ser hipersensible: llegan tantos mensajes, unos tras otros, que el resultado es la confusión; la mente se atasca y la imaginación se congestiona.

Jones, como escritor imaginativo, era muy consciente de ello, pero no siempre podía evitarlo; pues si embotaba su mente ante una impresión, corría el riesgo de volverla insensible a todas las demás. Proteger su idea principal y asegurar su buen curso en medio del hervidero de añadidos que acudían constituía un rompecabezas psicológico que a veces desbordaba su capacidad de selección crítica.

No obstante, se preparaba para ello. Un editor le pedía un relato —«unas cinco mil palabras, ya sabe»— y Jones respondía: «Se lo enviaré con mucho gusto... cuando llegue». Conocía demasiado bien su dificultad como para prometer más. Nunca faltaban ideas, pero la extensión de su desarrollo dependía de un mecanismo interno al que no podía forzar. Estaban vivas; se negaban a someterse a los caprichos de los editores. A mitad de un relato que, en su germen original, se presentaba cristalino y definido, irrumpía un torrente de nuevas impresiones que, o bien ahogaban la concepción inicial, o bien la transformaban hasta hacerla irreconocible.

A menudo, un relato breve se ramificaba de forma explosiva, escapando a su control. Empezaba uno sin saber nunca adónde le llevaría. Siempre era una aventura. Como la planta de habichuelas de Jack el Matagigantes, crecía en secreto durante la noche, alimentada por todo cuanto él leía, veía, sentía u oía. Jones era demasiado impresionable; recibía demasiadas impresiones, y con demasiada facilidad.

Por esta razón, cuando trabajaba en una idea concreta y breve, prefería una habitación vacía —sin cuadros, muebles, libros ni nada que resultara sugestivo— y con una claraboya que ocultara el paisaje exterior: solo tinta, papel en blanco y la imagen nítida en su mente. Intentaba regular su propio mundo interior, libre de los estímulos de los géiseres de la vida externa; aunque, incluso en estas condiciones favorables, la tarea no resultaba sencilla, dada la prodigiosa capacidad de una mente sensible para engendrar ideas.

Su experiencia en la habitación vacía de la casa del carpintero fue un caso curioso y revelador; ocurrió en el pequeño pueblo del Jura donde vivía su primo para educar a sus hijos.

«Aquí nos alojamos todos en una pensión encima de la oficina de correos —escribió el primo—, pero ahora mismo la casa está llena y, además, es bastante ruidosa. Te he alquilado una buhardilla en casa del carpintero, cerca del bosque. He tenido algunas cosas mías guardadas allí durante todo el invierno, pero esta mañana he retirado las cajas. Hay cama, escritorio, lavabo, sofá y una ventana de tejado; por lo demás, está vacía, tal como sé que prefieres. Puedes hacer las comidas con nosotros».

Aquello le venía como anillo al dedo a Jones, que tenía entre manos un trabajo de seis semanas para el cual necesitaba una soledad absoluta. Su «idea» era tenue y muy delicada; cualquier añadido habría ahogado fácilmente su clara expresión, por lo que su tratamiento debía ser sutil, sencillo y diáfano.

La habitación era, en realidad, una buhardilla, pero espaciosa, ancha y de techos altos. Al acostarse, oía el viento pasar con fuerza junto a la claraboya. Cuando el armario estaba abierto, también oía allí el viento, azotando las paredes exteriores y las tejas. Desde la almohada veía asomarse un retazo de estrellas que lo observaban. Jones sabía que las montañas y los bosques estaban cerca, pero no podía verlos. Y, lo que es mejor, tampoco podía olerlos. Se acostaba agotado, absorto en el tema en el que trabajaría a la mañana siguiente. Lo visualizaba hasta el final; casi habría podido prometer cinco mil palabras. Al amanecer se levantaría y se pondría manos a la obra, pues solía despertar muy temprano con la mente rebosante, como si el subconsciente hubiera madurado el material durante el sueño. Un baño frío, una taza de té y luego su escritorio; y cuanto antes llegaba a él, más rico era el contenido de su pensamiento imaginativo. Lo que le había desconcertado la noche anterior se aclaraba invariablemente por la mañana. Solo la enfermedad podía interferir en este proceso y en su rutina.

Pero esta vez fue distinto. Despertó y comprendió al instante, con una mezcla de sorpresa y decepción, que su mente tanteaba a ciegas aquella pequeña idea perdida. No sufría ningún mal físico; se sentía descansado, despejado y con la mente clara, pero su cerebro buscaba y buscaba, además, en medio de una multitud. Al intentar aferrarse al hilo de pensamiento que había soltado horas atrás, solo atrapaba una cáscara vacía y esquiva. La idea había cambiado por completo; o más bien, parecía sofocada por una avalancha de nuevas impresiones que se precipitaban sobre ella: nuevas formas de abordarla, puntos de vista, un desarrollo en toda regla. A la luz de estas ampliaciones y aspectos novedosos, su idea original se había transformado hasta volverse irreconocible. El germen se había desplegado de tal modo que solo un volumen entero podría expresarlo. Un ejército de nuevas sugerencias reclamaba ser expresado. Su subconsciente bullía de vida; hervía, activo, abarrotado, tumultuoso.

Y la oscuridad lo desconcertaba. Recordó la ausencia de las ventanas habituales, pero fue solo cuando la luz de la vela acercó a su vista la esfera del reloj —que marcaba las dos— que oyó un murmullo confuso en los rincones de la habitación y comprendió, con una leve punzada de miedo, que quienes susurraban acababan de estar de pie justo al lado de su cama. La habitación estaba llena.

Aunque la luz de las velas revelaba que la estancia estaba vacía —paredes desnudas, cinco muebles sin gracia y cincuenta estrellas asomando por la claraboya—, estaba innegablemente abarrotada de seres vivos cuyas mentes lo habían arrancado de un sueño profundo. Los susurros, naturalmente, se disiparon con el viento que azotaba el tejado y la claraboya, pero los Susurradores permanecieron allí. Habían intentado llegar hasta él; al despertar de golpe, los había sorprendido en plena faena. Y todos traían consigo nuevas interpretaciones; su pensamiento había cambiado radicalmente: la idea original quedó sepultada, nuevas imágenes inundaron su mente y su cerebro trabajaba con la intensidad propia de los momentos de creación.

Jones se incorporó, temblando ligeramente, y observó la habitación vacía que, sin embargo, estaba densamente poblada por aquellos Susurradores. Entonces comprendió algo asombroso: él era el blanco de su asalto deliberado, y decenas de otras mentes —mentes profundas, poderosas y muy activas— golpeaban con fuerza atronadora las puertas de su imaginación. La acometida fue tremenda y desconcertante; el ataque de ideas agresivas borraba su historia original bajo un torrente de nuevas sugerencias. La inspiración se había vuelto repentinamente torrencial, pero tan vasta que resultaba inmanejable, incoherente e inútil. Era como la tempestad de imágenes que provoca la fiebre. Su concepción inicial ya no le parecía «delicada», sino insignificante. Se había vuelto irreal y minúscula en comparación con el enorme abanico de posibilidades de tratamiento, extensión y desarrollo que ahora abrumaba su cerebro palpitante.

El miedo se apoderó de él mientras buscaba alguna explicación en el desván vacío. No había nada que justificara aquella tempestad de nuevas impresiones. Parecía que le hablaban todos a la vez, de forma algo confusa, pero insistente. Era más una obsesión que una inspiración; y resultaba tan dolorosamente, tan terriblemente real.

«¿Quiénes son?», susurró su mente a las paredes desnudas y a los rincones vacíos.

Desde el suelo y el techo le devolvieron el grito con un coro de imágenes que irrumpían con fuerza, clamando por expresarse. Jones permaneció inmóvil y escuchó; dejó que fluyeran. No quedaba nada más que hacer. Permanecía allí, tumbado: temeroso, negativo, receptivo. Todo aquello le sobrepasaba, ajustado a una escala de grandes logros que eclipsaba sus propias y modestas capacidades. Además, se presentaba como una serie de impresiones: distintas entre sí, pero a la vez entrelazadas de algún modo.

En vano intentó clasificarlas. Era como querer ordenar las olas de un mar agitado. Eran demasiado indómitas para someterlas a dirección o control alguno. Como animales salvajes —hambrientos, sedientos, voraces—, se precipitaban desde todas partes y se aferraban a su mente.

Sin embargo, las percibía siguiendo una cierta secuencia.

Pues, en primer lugar, aquella buhardilla desprovista de muebles estaba llena de pasión humana: de amor y odio, de venganza y astucia maliciosa, de celos, valor y cobardía; de toda emoción humana vital —ya fuera anhelada, disfrutada o frustrada— que clamaba por encontrar expresión. Atravesando todo aquello, entretejiéndose de forma incongruente, surgía después una ternura anhelante de belleza que suspiraba en los espacios vacíos de su corazón, implorando una realización imposible. Enormes interrogantes destellaban, se sumergían y retumbaban en un enredo salvaje pero estructurado, exigiendo ser desentrañados y aclarados. Es más: con cada grupo surgía una nueva forma de abordar aquella pequeña idea clara con la que se había acostado cinco horas antes.

Jones adoptaba cada una de ellas por turno. Su imaginación se retorcía y convulsionaba bajo la presión de aquellas posibles vías de expresión entre las que debía elegir. Su pequeña idea se desplegaba en múltiples volúmenes, generando trabajo suficiente para llenar una docena de vidas. Resultaba algo magníficamente estimulante, aunque irremediablemente inabarcable. Se sentía como si albergara muchas mentes en una sola.

Entonces surgió otra cadena de impresiones: violentas, pero firmes gracias a su profundidad. Las voces, las preguntas y las súplicas se transformaron en imágenes; y vio, emergiendo desde lo más profundo de su ser, a una multitud de personas que fluían como ríos —apiñadas, arreadas y zarandeadas de un lado a otro por alguna figura de mando imponente que las dirigía como si fueran agua en movimiento. Gritaban, luchaban y combatían, para luego desaparecer de la vista, amontonadas y aniquiladas en sangre.

Y sus lugares fueron ocupados al instante por multitudes de rostros blancos, de ojos brillantes y semblantes anhelantes, que trepaban por alturas escarpadas hacia un Resplandor que permanecía siempre oculto, como el amanecer tras unas montañas que luego devoran las nubes. El torrente de imágenes, con su estruendo y su embestida, resultó devastador; su pequeña idea inicial quedó ahogada y destrozada.

Jones se dejó caer hacia atrás, exhausto y totalmente desconcertado. Renunció a cualquier intento de selección.

La tormenta impetuosa lo atravesaba sin cesar, ora intensificándose, ora amainando, pero sin disminuir jamás y pareciendo tan infinita como el cielo. Giraba en círculos, como una rueda gigantesca. Todas las actividades con las que las mentes humanas han lidiado desde el origen del pensamiento irrumpían con estrépito y fuerza, pugnando por expresarse contra la materia imaginativa que constituía su propia mente. Las paredes empezaron a ceder y a derrumbarse. Era como el caos que trae consigo la locura. No opuso resistencia; dejó que aquello fluyera, manteniéndose abierto y receptivo, flexible y maleable ante cada detalle. La única vez que intentó obedecer, alargando la mano hacia el lápiz y el cuaderno que reposaban junto a la cama, desistió y volvió a hundirse en las almohadas con una risa nerviosa, casi temerosa. Pues la tempestad parecía entonces derribarlo y golpearle el cerebro mismo. Se vio envuelto en una confusión inextricable. Habría sido igual de inútil intentar tomar notas sobre toda la Biblioteca de Alejandría en media hora.

Entonces —y esto fue lo más singular de todo—, mientras sentía cómo el sueño del agotamiento se apoderaba de sus nervios, escuchó aquel sonido profundo y prodigioso. Aquel sonido recogía maravillosamente todo lo anterior, acogiéndolo con una dulzura que a su imaginación se le antojaba una madeja armoniosa y geométrica, contenedora de todas las actividades que las mentes humanas han conocido jamás. Apenas lo percibía, como algo que se distinguía desde una distancia infinita. En medio de las corrientes de aparente contradicción que pugnaban con tanta fuerza a su alrededor, aquello parecía aportar un atisbo de explicación unificadora y armoniosa. Y, aquí y allá, mientras el sueño lo envolvía, imaginaba acordes ensartados en hilos de cadencias que a veces rompían a cantar en melodía: una música que surgía por doquier de la vida y tejía el Pensamiento en un Todo homogéneo.

—¿Dormiste bien? —preguntó su primo cuando apareció muy tarde al día siguiente—. ¿Crees que podrás trabajar bien en esa habitación?

—Dormí, sí, gracias —dijo Jones—. Sin duda podré trabajar perfectamente... cuando haya descansado. Por cierto —preguntó poco después—, ¿para qué se ha utilizado el ático últimamente? ¿Qué había allí, quiero decir?

—Libros, solo libros —fue la respuesta—. He tenido mi «biblioteca» almacenada allí durante meses, sin oportunidad de usarla. Ya ves que me muevo mucho. Sacaron quinientos libros justo antes de que llegaras. A menudo pienso —añadió con ligereza— que, cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo, las mentes que los escribieron deben inquietarse y...

—¿Qué clase de libros eran? —interrumpió Jones.

—Ficción, poesía, filosofía, historia, religión, música. Tengo doscientos libros solo sobre música.

Algernon Blackwood (1869-1951)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: Los Susurradores (The Whisperers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.


«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.




Est enim magnum chaos.
[«Porque existe un gran abismo»]



Abrir la puerta (Opening the Door) es un relato fantástico del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), escrito en 1931 y publicado en la antología del mismo año: Cuando los cementerios bostezan (When Churchyards Yawn).

Abrir la puerta, uno de los grandes cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un clérigo que trasciende los límites del tiempo y el espacio, y de algún modo queda desincronizado con el presente.

Arthur Machen combina en esta historia dos facetas de su personalidad: su experiencia periodística y su interés, su obsesión se diría, con lo que actualmente llamamos «horror cósmico» [ver: Cosmicismo]. La premisa es sencilla: un clérigo, llamado Jones, desaparece tras cruzar la puerta de su jardín. Al reaparecer, seis semanas después, el tiempo de su ausencia no coincide con su experiencia interior.

Abrir la puerta es narrado por un periodista que investiga el caso. La primera parte es poco menos que insufrible, está llena de anécdotas y elementos insignificantes, como el problema del tráfico. Superado esto, las cosas vuelven al cauce normal de Arthur Machen. Jones, el clérigo, es erudito en folklore celta, por lo que cruzar la puerta en el muro de su jardín incita que creer que, del otro lado, transcurre el tiempo anormal de las hadas y los elfos, a los que se refiere como odd-looking “children” [«"niños" de aspecto peculiar»]. Esto, naturalmente, lo deja desincronizado de nuestra realidad ordinaria.

Esta distorsión temporal es resumida en una frase de la Biblia: Est enim magnum chaos [«Porque existe un gran abismo (o vacío)»], el cual apunta al espacio entre el cielo y el infierno. Arthur Machen utiliza la palabra inglesa gulf, no chaos, pero su intención se acerca más al concepto griego de Caos, es decir, una subdivisión de la realidad, el desorden antes del cosmos ordenado, donde otros seres inteligentes, reducidos a «hadas» o «elementales» en la tradición, todavía existen. Jones, aparentemente, cruzó esa puerta y regresó, completamente transformado, desorientado, lidiando con problemas mentales, lagunas, y la aterradora constatación de una realidad diferente a la nuestra [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

La noción de «velo» es común en Arthur Machen, no simplemente como realidad alternativa, numinosa, que se superpone a nuestra existencia terrenal. El velo, aquí, es nuestra realidad, nuestro mundo o tierra-media, cuya constitución es permeable. En este contexto, «abrir la puerta» equivale a dar un paso transversal en el espacio-tiempo y acceder a un plano para el cual nuestro aparato psicológico no está equipado. Por supuesto, la historia solo insinúa, sugiere, dejando al lector con más preguntas que respuestas. Jones no recuerda lo que vio, el otro lado de la puerta permanece en el misterio, y el énfasis recae en el recuerdo emocional tras su regreso: la impresión de haber estado en un lugar «donde todo estaba bien».

La puerta por la que cruza Jones se asemeja mucho a la que aparece en El pueblo blanco (The White People), donde un cazador sigue a un ciervo blanco hasta un portal en la ladera de una colina [ver: La chica que hablaba con las hadas: análisis de «El Pueblo Blanco»]. Algo similar ocurre en La alegría de Londres (The Joy of London) donde un hombre transita por una calle que no conoce y descubre una puerta en la pared. Al cruzar, se encuentra con «un mundo nuevo e insospechado».



Abrir la puerta.
Opening the Door, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El periodista, por la naturaleza de su trabajo, tiene que lidiar con asuntos cotidianos. Se esfuerza por encontrar algo singular e impactante en el espectáculo de los acontecimientos del día; pero, a pesar de sí mismo, suele verse obligado a confesar que, sea lo que sea que haya bajo la superficie, la superficie en sí es bastante aburrida.

Debo admitir, sin embargo, que durante mis aproximadamente diez años en Fleet Street, me topé con algunos casos que no estaban exentos de rarezas. Estaba, por ejemplo, el asunto de Campo Tosto. Eso nunca salió en los periódicos. Campo Tosto, debo explicar, era un belga, establecido durante muchos años en Inglaterra, que había dejado todos sus bienes al hombre que lo cuidaba.

A mi editor de noticias le llamó la atención algo extraño en la breve noticia que apareció en el periódico matutino y me envió a investigar. Bajé del tren en Reigate; Allí descubrí que el señor Campo Tosto había vivido en un lugar llamado Burnt Green —que es la traducción de su nombre al inglés— y que disparaba a los intrusos con arco y flechas. Me llevaron a su casa y, a través de una puerta de cristal, vi parte de la propiedad que había legado a su sirviente: trípticos del siglo XV, oscuros, ricos y dorados; estatuas talladas de santos; grandes candelabros de altar con puntas; incensarios de plata deslustrada con varias historias; y muchos otros tesoros antiguos de la iglesia. El legatario, cuyo nombre era Turk, no me dejó entrar; pero, como recompensa, me quitó el periódico del bolsillo y lo leyó al revés con gran precisión y facilidad. Escribí esta historia tan peculiar, pero Fleet Street no la aceptó. Creo que les pareció demasiado extraña para sus serias columnas.

Y luego estaba el asunto de la J.H.V.S. Syndicate, que trataba sobre un cifrado cabalístico, el fenómeno llamado en el Antiguo Testamento «la Gloria del Señor» y el descubrimiento de ciertos objetos enterrados bajo el emplazamiento del Templo de Jerusalén; esa historia quedó a medias y nunca supe el final. Y nunca entendí el asunto del tesoro de monedas que una tormenta reveló en la costa de Suffolk, cerca de Aldeburgh. Por lo que contaban los estibadores, que vigilaban entre las dunas, parecía que una gran ola llegó y arrastró un trozo del acantilado justo debajo de ellos. Vieron objetos brillantes cuando el mar retrocedió y recuperaron lo que pudieron. Vi el tesoro: era una colección de monedas; la más antigua del siglo XII, la más reciente, peniques, tres o cuatro, de Eduardo VII, y una medalla de bronce de Charles Spurgeon. Hay, por supuesto, explicaciones para el enigma; pero también dificultades para aceptar cualquiera de ellas. Resulta evidente, por ejemplo, que el tesoro no fue reunido por un coleccionista de monedas; ni los peniques del siglo XX ni la medalla del gran predicador bautista atraerían a un numismático.

Pero quizás la historia más extraña que conocí gracias a mis contactos periodísticos fue la del reverendo Jones, el «clérigo de Canonbury», como lo llamaban los titulares.

Para empezar, se trató de una desaparición. Creo que personas de todo tipo desaparecen por decenas cada año, y nadie se entera de ellas ni de sus desapariciones. Quizás reaparecen, o quizás no; en cualquier caso, nunca se mencionan en los periódicos, y ahí termina todo. Tomemos, por ejemplo, a aquel hombre desconocido en el coche en llamas, que le costó la vida al viajante de comercio enamorado. En cierto modo, todos supimos de él; pero debió de desaparecer de la nada. Así sucede a menudo; pero de vez en cuando surge alguna circunstancia que llama la atención sobre el hecho de que A. o B. estaba en su lugar el lunes y desapareció el martes y el miércoles; entonces se hacen averiguaciones y, por lo general, se encuentra al desaparecido, vivo o muerto, y la explicación suele ser bastante sencilla.

Pero en cuanto al caso de Jones... Este caballero, clérigo como ya he dicho, pero que, al parecer, rara vez ejercía su sagrado oficio, vivía retirado en una brumosa casa de 1830-1840 en los rincones de Canonbury. Se sabía que se dedicaba a algún tipo de investigación académica, era una figura conocida en la Sala de Lectura del Museo Británico y aparentaba entre cincuenta y sesenta años. Parece probable que, si se hubiera contentado con ese logro, podría haberse ausentado cuando quisiera sin que nadie lo molestara; pero una noche, mientras estudiaba hasta tarde en la tranquilidad de aquel rincón apartado, un camión pasó por una carretera cercana a Tollit Square, rompiendo el silencio con un fuerte estruendo y provocando un temblor que se sintió en el estudio de Jones. Una taza y un platillo sobre una mesita auxiliar se tambalearon ligeramente, y Jones apartó la vista de sus libros y cuadernos.

Esto ocurrió en febrero o marzo de 1907, cuando la industria automotriz aún estaba en sus inicios. Si preferías un autobús de caballos, aún quedaban muchos en las calles. Los autocares eran inexistentes, los coches de caballos seguían trotando y tintineando alegremente en su camino; y había muy pocas furgonetas pesadas en circulación. Pero a Jones, perturbado por el tintineo de su taza y platillo, se le concedió una visión del futuro, muy colorida, y comenzó a escribir a los periódicos. Imaginó las calles de Londres casi como las conocemos hoy; calles donde un vehículo de caballos sería casi un motivo para mostrar a los hijos para que lo recordaran en su vejez; calles por las que una gran procesión de enormes ómnibus que transportaban cincuenta, setenta, cien personas pasaba continuamente; calles por las que furgonetas y remolques cargados mucho más allá de la capacidad de cualquier equipo manejable de caballos harían temblar el suelo sin cesar.

El erudito retirado, con esa alegre actividad que a veces distingue al pez fuera del agua, continuó sin escatimar críticas. Newton vio caer la manzana y construyó un universo matemático; Jones oyó el tintineo de la taza de té y redujo a ruinas el universo de Londres. Señaló que ni las carreteras ni las casas adyacentes estaban construidas para soportar el peso y la vibración del tráfico. Redujo a polvo todas las tiendas de Oxford Street y Piccadilly; agrietó la cúpula de San Pablo, derribó la Abadía de Westminster y redujo los Tribunales de Justicia a polvo fino. Lo que quedó fue arrasado por el fuego, las inundaciones y la peste. El profético Jones demostró que las carreteras se derrumbarían, afectando a los diversos servicios subterráneos. Aquí, las tuberías de agua y el alcantarillado principal inundarían las calles; allí, se escaparían enormes cantidades de gas y los cables eléctricos se fundirían; la tierra se rasgaría con explosiones y las innumerables calles de Londres arderían en una gran llamarada. Nadie creía que sucedería, pero era una lectura amena, y Jones concedió entrevistas, inició debates y disfrutó enormemente. Así se convirtió en el «Clérigo de Canonbury». «El Clérigo de Canonbury afirma que la catástrofe es inevitable»; «El Clérigo de Canonbury predice la perdición de Londres»; «El pronóstico del Clérigo de Canonbury: Londres, un carnaval de inundaciones, incendios y terremotos»: ese tipo de cosas.

Y así, Jones, aunque sus principales intereses eran litúrgicos, logró publicar algunos párrafos en la prensa antes de desaparecer, más de un año después de su gran campaña, que no se olvidó del todo, pero tampoco se recordaba con claridad.

«Unos párrafos», dije, y guardé la mayoría en rincones recónditos de los periódicos. Parecía que la señora Sedger, la mujer que compartía con su marido el cuidado de Jones, llevaba el té en una bandeja a su estudio a las cuatro en punto, como de costumbre, y volvía, también como de costumbre, a recogerlo a las cinco. Y, para su gran asombro, el estudio estaba vacío. Concluyó que su amo había salido a dar un paseo, aunque él nunca salía a pasear entre el té y la cena. No regresó para la cena; y Sedger, al inspeccionar el salón, señaló que los sombreros, abrigos, bastones y paraguas del amo estaban en sus perchas. Los Sedger conjeturaron esto, aquello y lo otro, esperaron una semana, y luego acudieron a la policía, y la historia salió a la luz y perturbó a algunos amigos y corresponsales eruditos: el prebendado Lincoln, autor de El canon romano en el siglo III; el Dr. Brightwell, experto en el Rito de Malabar; y Stokes, el hombre mozárabe. El resto de la población no mostró mucho interés en el asunto, y cuando, al cabo de seis semanas, aparecieron un par de líneas que decían que «el reverendo Jones, cuya desaparición a principios del mes pasado de su casa en Tollit Square, Canonbury, causó cierta inquietud entre sus amigos, regresó ayer», no hubo ni entusiasmo ni curiosidad. La última línea decía que el incidente se debía a un malentendido; y nadie siquiera preguntó qué significaba esa afirmación.

Ahí habría terminado todo si Sedger no hubiera chismorreado en el bar. Una persona misteriosa y extraoficial, con contactos en ese círculo, se coló en presencia de mi editor y le contó la historia de Sedger. La señora Sedger, una mujer meticulosa, mantenía todas las habitaciones impecables y limpias. El martes por la tarde abrió la puerta del estudio y vio, para su asombro y alegría, a su amo sentado a la mesa con un gran libro abierto a su lado y un lápiz en la mano. Exclamó:

—¡Oh, señor, me alegra verlo de nuevo!

—¿De nuevo? —dijo el clérigo—. ¿Qué quiere decir? Creo que me apetece otro té.

—No tengo ni idea de qué se trata —dijo el editor—, pero podría ir a ver a Jones y charlar con él. Quizás haya alguna historia.

Había una historia, pero no para mi periódico, ni para ningún otro.

Entré en la casa de Tollit Square con un pretexto poco honroso relacionado con el susto del tráfico que Jones había causado el año anterior. Al principio me lanzó una mirada perdida, pero mi presentación del diseño propuesto para un «transporte gigantesco» lo aclaró, empezó a hablar con entusiasmo y, según me pareció, lúcidamente, sobre la grave amenaza del nuevo transporte mecánico.

—¿Pero de qué sirve hablar? —concluyó—. Intenté alertar a la gente sobre los peligros que se avecinaban. Pareciera que lo conseguí durante unas semanas; y luego lo olvidaron. Se podría decir que la mayoría son como soñadores, como sonámbulos. Sí; como hombres que caminan en un sueño, ajenos a la realidad, a los hechos de la vida. Saben que, de hecho, caminan al borde de un precipicio; y, sin embargo, parecen creer que el precipicio es un sendero de jardín; y se comportan como si lo fuera, tan seguro como ese sendero que ves ahí abajo, que lleva a la puerta al final de mi jardín.

El estudio se encontraba en la parte trasera de la casa y daba al extenso jardín, cubierto de arbustos silvestres que se entremezclaban entre sí, algunos en plena floración, ocultando y difuminando armoniosamente los rígidos muros grises que sin duda separaban cada jardín de los vecinos. Sobre los altos arbustos crecían olmos, plátanos y fresnos aún más altos, sin podar y con un aspecto descuidado; y bajo esta densa capa de ramas verdes, el sendero descendía hasta una puerta verde, apenas visible entre una nube de rosas blancas.

—Tan seguro como ese sendero —repitió el Jones, y, al mirarlo, me pareció que su expresión cambió ligeramente; muy levemente, en efecto, pero a una cierta duda, podría decirse, a una vacilación meditativa. Me recordó a un hombre enfrascado en una discusión, que expone su argumento con firmeza y decisión; y luego duda una fracción de segundo al ocurrírsele una idea que nunca antes había considerado; una idea aún no sopesada, no valorada. Vagamente presente, más como una sombra que como una figura.

El periodista necesita tanto los gestos de la serpiente como su astucia. Olvidé cómo pasé del tema seguro del peligro del tráfico al terreno dudoso que me habían enviado a explorar. En cualquier caso, mis contorsiones fueron las más elegantes que pude idear; pero fueron completamente inútiles. El rostro amable, delgado y bien afeitado de Jones adquirió una expresión de angustia. Me miró como si estuviera perplejo; parecía buscar en su mente no la respuesta que debía darme, sino alguna respuesta que le correspondía a él mismo.

—Lamento muchísimo no poder darle la información que busca —dijo, tras una larga pausa—. Pero la verdad es que no puedo profundizar en el asunto. De hecho, es completamente imposible. Debe decirle a su editor que todo esto se debe a un malentendido, a una idea errónea, que no estoy en posición de explicar. Pero lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.»

Había una disculpa y un arrepentimiento genuinos, no solo en sus palabras, sino en su tono y en su semblante. No podía simplemente despedirme con una breve frase, como un emisario decepcionado y algo disgustado; así que entablamos una conversación informal, y resultó que ambos proveníamos de la frontera galesa, y que hacía mucho tiempo habíamos recorrido las mismas colinas y bebido de los mismos pozos. De hecho, creo que demostramos nuestro parentesco, de séptimo grado aproximadamente, y nos sirvieron el té. Jones estaba inmerso en problemas litúrgicos, de los cuales yo sabía lo suficiente como para hacer de oyente. De hecho, cuando le comenté que el hwyl, o elocuencia cantada, de los metodistas galeses era, en realidad, el tono del prefacio del Misal Romano, se mostró sumamente agradecido e interesado, tomó nota en uno de sus libros y dijo que el punto era sumamente curioso e importante. Era una tarde agradable, y paseamos por las puertas francesas hacia el jardín florido, sombreado por el verde, y continuamos nuestra conversación hasta que llegó la hora —y ya era hora— de que me marchara. Me había quitado el sombrero al salir del estudio, y mientras estábamos junto a la puerta verde en la pared al final del jardín, sugerí que podría usarla.

—Lo siento mucho —dijo el Jones, con un aire que me pareció algo preocupado—, pero me temo que está atascada, o algo parecido. Siempre ha sido una puerta incómoda, y casi nunca la uso.

Así que cruzamos la casa, y en la puerta me insistió en que volviera, y fue tan cordial que acepté su sugerencia del sábado por la mañana. Y así, por fin, obtuve una respuesta a la pregunta que mi periódico me había encomendado originalmente; pero una respuesta que, desde luego, no era para uso periodístico. El relato, la experiencia, la impresión, o como quiera que se le llame, me fue transmitido muy lentamente, con vacilaciones y con una sugerencia tentativa que a menudo me recordaba nuestra primera conversación. Era como si Jones se cuestionara una y otra vez el contenido de sus palabras, como si dudara si no deberían considerarse sueños y descartarse como nimiedades sin importancia.

Una vez me dijo:

—Sé que la gente cuenta sus sueños; pero, ¿no suele parecer que no dicen nada? Eso es lo que me preocupa.

Le dije que creía que podríamos esclarecer muchos aspectos oscuros si se contaran más sueños.

—Pero ahí —dije— reside la dificultad. Dudo que los sueños en los que estoy pensando puedan contarse. Hay sueños perfectamente lúcidos de principio a fin, y también perfectamente insignificantes. Hay otros que se ven borrosos por un fallo de memoria, quizás solo en un detalle: sueñas con un muerto como si estuviera vivo. Luego están los sueños proféticos: en general, no parece haber duda de ello. Y luego puede que tengas un sinsentido absoluto; una vez perseguí a Julio César por todo Londres para conseguir su receta de huevos al curry. Pero, además de estos, hay un tipo de sueño de otro orden: lucidez absoluta hasta el momento de despertar, y luego percibido como algo indescriptible. No tiene sentido ni es un sinsentido; tiene, quizás, su propia notación, pero... bueno, no se puede tocar a Euclides en el violín.

Jones negó con la cabeza.

—Me temo que mis experiencias son bastante parecidas —dijo. Era evidente, en efecto, que le resultaba muy difícil encontrar una fórmula verbal que transmitiera alguna pista de sus aventuras.

Eso fue después. Al principio, todo anduvo bastante fácil; aunque, como era de esperar, empezó a contar su historia antes de que me diera cuenta. Yo estaba hablando de las extrañas travesuras que a veces le juega la memoria a uno. Decía que unos días antes me habían interrumpido en un trabajo que estaba haciendo. Tenía que recoger mi escritorio rápidamente, junté un montón de papeles sueltos y esperé a mi visitante con un bloc de notas nuevo. El hombre llegó. Me ocupé del asunto que le preocupaba y volví a lo mío cuando se marchó. Pero no pude encontrar el fajo de papeles. Creí haberlos guardado en un cajón. No estaban en el cajón; no estaban en ningún cajón, ni en el secante, ni en ningún sitio donde uno esperara encontrarlos. Los encontró a la mañana siguiente el sirviente que limpiaba el polvo de la habitación, metidos a presión en el hueco entre el asiento y el respaldo de un sillón, cuidadosamente escondidos bajo un cojín.

—Y —terminé—, no tenía el más mínimo recuerdo de haberlo hecho. Mi mente estaba en blanco.

—Sí —dijo Jones—, supongo que todos sufrimos eso a veces. Hace aproximadamente un año tuve una experiencia del mismo tipo. Me preocupó bastante en su momento. Fue poco después de haber abordado la cuestión del nuevo tráfico y sus probables —sus seguras— consecuencias. Como habrás podido deducir, he estado absorto la mayor parte de mi vida en mis propios estudios, que están bastante alejados de las actividades e intereses actuales. No ha sido mi costumbre escribir a la prensa para decir que hay demasiados perros en Londres, ni para denunciar a los músicos callejeros. Pero debo decir que los extraordinarios peligros de usar nuestro sistema vial actual me impresionaron profundamente; y me atrevo a decir que me dejé llevar por un interés y una excitación excesivos.

—Hay mucho que decir a favor de la máxima apostólica: «Estudia para el silencio y ocúpate de tus propios asuntos». Me temo que me obsesioné con aquello y descuidé mi trabajo, que en aquel momento, si mal no recuerdo, consistía en investigar una cuestión curiosa: la validez o invalidez de la fórmula de consagración del Gran Santo Grial: Car chou est li sanc di ma nouviele loy, li miens meismes. En lugar de eso, me dejé arrastrar por la discusión que había iniciado, y durante una o dos semanas no pensé en otra cosa: incluso cuando consultaba fuentes en el Museo Británico, no podía sacarme de la cabeza el ruido de la furgoneta. Así pues, como ves, me dejé llevar por la ansiedad, la preocupación y la distracción, y atribuí lo que siguió a toda la agitación que estaba experimentando. El otro día, cuando tuviste que dejar el trabajo a medias y empezar con otra cosa, supongo que te sentiste molesto y frustrado, y apartaste esos papeles sin pensar realmente en lo que hacías, y supongo que a mí me pasó algo parecido. Aunque creo que fue aún más raro.

Hizo una pausa, pareció meditar con dudas, y luego soltó una risa de disculpa:

—¡Suena bastante loco! —y después—: Olvidé dónde vivo.

—¿Pérdida de memoria por exceso de trabajo y nerviosismo?

—Sí, pero no de la forma habitual. Tenía muy claro mi nombre y mi identidad. Y conocía mi dirección a la perfección: 39, Tollit Square, Canonbury.

—Pero usted dijo que había olvidado dónde vivía.

—Lo sé; pero ahí está la dificultad de expresión de la que hablábamos. Fue así: había estado trabajando hasta la mañana en la sala de lectura con el peligro del tráfico en mente, y al salir del museo, sintiendo una especie de pesadez y confusión, decidí caminar a casa. Pensé que el aire me refrescaría. Empecé a buen ritmo. Conocía cada metro del trayecto, pues lo había hecho muchas veces, y avancé mecánicamente, con la mente absorta en un asunto muy importante relacionado con mis estudios. De hecho, había encontrado en un lugar de lo más inesperado una declaración que arrojaba una luz completamente nueva sobre el Rito de la Iglesia Celta, y sentí que podría estar a punto de hacer un descubrimiento importante. Estaba perdido en un laberinto de conjeturas, y cuando levanté la vista me encontré de pie en la acera junto al Angel, en Islington, totalmente sin saber adónde tenía que ir después. Reconocí al Ángel, y sabía que vivía en Tollit Square; pero la relación entre ambos se había desvanecido de mi conciencia. Para mí, ya no existían los puntos cardinales; no había dirección alguna, ni norte ni sur, ni izquierda ni derecha, una sensación extraordinaria que creo no haberle explicado con claridad. Estaba bastante perturbado y sentía que debía irme a algún sitio, así que me puse en marcha y me encontré en la estación de tren de King's Cross. Entonces hice lo único que podía hacer: tomé un coche de caballos y volví a casa, sintiéndome bastante tembloroso.

Comprendí que este fue el primer incidente en una serie de extrañas experiencias que le ocurrieron a este erudito y afable clérigo. Su memoria se volvió poco fiable, o eso creyó al principio.

Empezó perder papeles importantes de su escritorio. Una serie de notas, en tres hojas marcadas con las letras A, B y C, las había dejado debajo de un pisapapeles una noche, justo antes de acostarse. Habían desaparecido a la mañana siguiente. Estaba seguro de haberlas puesto en ese lugar, debajo del pisapapeles de cristal con rosas incrustadas en su interior; pero no estaban. Entonces la señora Sedger llamó a la puerta y entró con los papeles en la mano. Dijo que los había encontrado entre la cama y el colchón en el dormitorio principal y que pensó que podrían ser necesarios.

Jones no podía entenderlo. Supuso que debía haber puesto los papeles ahí y luego lo olvidó, pero estaba intranquilo, temiendo estar al borde de una crisis nerviosa. Luego estaban las dificultades con sus libros, con los que era muy meticuloso. Una mañana quiso consultar el Misal de Arbuthnott, un gran volumen rojo, que se encontraba al final de un estante inferior cerca de la ventana. No estaba. El hombre subió a su dormitorio, palpó la cama por todas partes, miró debajo de sus camisas en la cómoda, y buscó por toda la habitación en vano.

Después fue a la Sala de Lectura, verificó su referencia y regresó a Canonbury: y allí estaba el volumen rojo en su lugar. Ahora, parecía seguro, no había lugar para la pérdida de memoria; Jones empezó a sospechar que sus sirvientes le gastaban bromas y trató de encontrar una explicación a su imbecilidad o maldad; no sabía cómo llamarla. No le sirvió de nada. Papeles y libros desaparecían y reaparecían, a veces se esfumaban sin dejar rastro. Una tarde, luchando, según me contó, contra una creciente confusión, había llenado con considerable dificultad dos hojas de papel rayado con varios extractos necesarios para el tema que tenía entre manos. Al terminar, sintió que su desconcierto se espesaba como una nube a su alrededor:

—Era, física y mentalmente, como si los objetos de la habitación se volvieran indistintos, como si se presentaran envueltos en una bruma o oscuridad resplandeciente.

Sintió miedo, se levantó y salió al jardín. Las dos hojas de papel que había dejado sobre la mesa yacían en el camino junto a la puerta.

A decir verdad, pensé que estos casos eran más propios de un psiquiatra que de mí. Había indicios suficientes de una grave crisis nerviosa y, a mi parecer, de delirios. Me pregunté si era mi deber aconsejarle al hombre que acudiera al mejor médico que conociera, y sin demora. Entonces, Jones continuó:

—Sé que son tonterías, trucos y artimañas, ilusionismo infantil; despreciable todo ello. Pero me asustó. Me sentía como un hombre caminando en la oscuridad, acosado por sonidos inciertos y débiles ecos de pasos que parecían provenir de una profundidad inmensa. Había algo desconocido en mí; y me aferraba con fuerza a lo que sabía, preguntándome si lograría mantenerme firme.

Después de una pausa, continuó.

—Una tarde me encontraba en un estado de profunda tristeza. No podía concentrarme en mi trabajo. Salí al jardín y caminé de un lado a otro intentando calmarme. Abrí la puerta del jardín y miré hacia el estrecho pasaje que recorre el final de todos los jardines de este lado de la plaza. No había nadie allí, excepto tres niños jugando a algún juego. Eran criaturas extrañas y raquíticas, así que volví al jardín y entré en el estudio. Acababa de sentarme y me había puesto a trabajar con la esperanza de encontrar alivio, cuando la señora Sedger, mi criada, entró y exclamó que se alegraba de verme de nuevo. Me inventé una historia. No sé si la creyó. Supongo que piensa que me he visto envuelto en algo turbio.

—¿Y qué pasó?

—No tengo ni la más remota idea.

Nos quedamos mirándonos un buen rato.

—Supongo que lo que pasó fue esto —dije por fin—. Tu sistema nervioso andaba mal. Colapsó por completo; perdiste la memoria, la identidad, todo. Puede que hayas pasado las últimas seis semanas escribiendo direcciones en la calle.

Se giró hacia uno de los libros de la mesa y lo abrió. Entre las hojas se veían los pétalos rojos y blancos, algo apagados, de una flor parecida a una anémona.

—Recogí esta flor —dijo— mientras caminaba por el sendero aquella tarde. Fue la primera de su especie en florecer, muy temprano. Todavía la tenía en la mano cuando volví a entrar en esta habitación, seis semanas después, como todo el mundo cuenta. Pero estaba muy fresca.

No había nada que decir. Guardé silencio durante cinco minutos antes de preguntarle si su mente estaba en blanco respecto a las seis semanas durante las cuales nadie lo había visto; si no tenía ningún tipo de recuerdo, por vago que fuera.

—Al principio, absolutamente nada. No podía creer que hubieran transcurrido más de unos segundos entre que abrí la puerta del jardín y la cerré. Luego, al cabo de un par de días, tuve la vaga impresión de haber estado en un lugar donde todo era absolutamente perfecto. No puedo decir más. Ni alegrías de cuento de hadas, ni paraísos de dicha, ni nada por el estilo; ninguna sensación de nada extraño o inusual. Pero allí no había ninguna preocupación. Est enim magnum chaos.

Eso significa: «porque hay un gran vacío», o «un gran abismo».

Nunca volvimos a hablar del tema. Dos meses después me contó que los nervios le habían estado dando problemas y que iba a pasar un mes o seis semanas en una granja cerca de Llanthony, en las Montañas Negras, a pocos kilómetros de su antigua casa. Tres semanas después recibí una carta escrita de puño y letra de Jones. Dentro había un papelito en el que había escrito:

Est enim magnum chaos.

El día que envió la carta, salió una tarde de otoño con un temporal muy fuerte y nunca regresó. Jamás se encontró rastro de él.

Arthur Machen (1863-1947)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: Abrir la puerta (Opening the Door), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.




«Tendrá una mirada burlona cuando le hable de vampiros.
No es que crea en esas cosas, pero…»



Mascarada (Masquerade) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de mayo de 1942 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead).

Mascarada, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de una pareja durante su segunda luna de miel. Una tormenta los obliga a detener la marcha y buscar refugio. Lo encuentran entre una familia de degenerados endógamos [que pueden o no ser vampiros], quienes viven en un antiguo manicomio abandonado.

Para mi asombro, Mascarada es un buen relato. Acierta en todos los blancos hacia los que apunta. No pretende ser otra cosa que un comentario [o crítica] sobre las historias de vampiros «modernas» [en 1942]. En el camino efectúa una autopsia sobre los clichés del género en clave humorística.

Han pasado algo más de ochenta años desde 1942, por lo que buena parte de los códigos que desbarata Henry Kuttner ya no forman parte del imaginario del lector del género. En otras palabras, el giro final es previsible en 2025. De modo tal que, cuando se nos revela que esta pobre pareja en realidad son dos vampiros, y la familia de locos y degenerados son la presa, no hay asombro ni consternación. Sin embargo, Mascarada es más que un plot twist.

En la apertura, el protagonista, que además es el narrador de la historia, sugiere que podría tratarse de un escritor. De entrada, justo antes de pedir asilo en el manicomio abandonado, Charlie le dice a su esposa, Rosamond: «Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo». Es decir, comenta que lo que les está sucediendo parece sacado de un cuento por debajo de lo genérico. Por supuesto, Charlie y Rosamond son Henry Kuttner y su esposa, Catherine L. Moore, otra prolífica escritora.

Todo participa de este gran cliché al que se refiere en la apertura: en su segunda luna de miel, durante una fuerte tormenta, Charlie y Rosamond llaman a la puerta de un manicomio cerrado y son recibidos por una familia desquiciada, los Carta, quienes se comportan como caníbales. Disfrutan mucho hablando de la leyenda de chupasangres locales: los vampiros Henshawe, sugiriendo que podrían ser ellos mismos. El giro final es que el narrador y su esposa son los vampiros Henshawe, y lo que nosotros, los lectores, interpretamos como miedo y recelo a los idiotas rurales es, de hecho, cierto desagrado por tener que beber sangre humana para sobrevivir [ver: mitos y leyendas de vampiros]

Queda claro que Henry Kuttner elaboró cuidadosamente los diálogos para mantener esta revelación a salvo hasta el final, sin inducir información falsa en el proceso. Charlie, el narrador, parece demasiado bromista para la situación en la que está, incluso se burla de los Carta, pero, siendo un personaje bidimensional, no estorba demasiado y, al final, funciona. De hecho, el humor exacerbado de Charlie es como un caballo de Troya que relaja las defensas de los Carta y los vuelve presas fáciles.

En cuanto a los vampiros, no cuentan con atributos particulares, salvo el hecho de que Charlie menciona que el whisky alivia la sed [de sangre], y que Rosamond parece algo asqueada de por sus hábitos alimenticios, sin llegar a la depresión de un Louis de Pointe du Lac. Por lo demás, deben evitar las corrientes de agua y, quizás, dormir en la tierra donde se convirtieron en vampiros. Afortunadamente para ellos, son de la zona, por lo que pueden descansar en el manicomio. Ya al final de la historia, Charlie hace algunas comparaciones con el Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Mascarada se aleja de la faceta de Henry Kuttner como acólito de H. P. Lovecraft, y apunta en la dirección opuesta de sus anteriores colaboraciones a los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia parece estar en la vena de Ray Bradbury, que también aportó algunos vampiros bastante inusuales [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]




Mascarada.
Masquerade, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Mira —le dije a Rosamond con amargura—. Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo…

—Eres demasiado modesto, Charlie —dijo—. Es la típica broma de que el rechazo no implica necesariamente falta de mérito, pero que la historia huele mal. Así que aquí estamos. De luna de miel. Se avecina una tormenta. Relámpagos cruzan el cielo. La lluvia cae a cántaros. Y esa casa a la que nos dirigimos es, obviamente, un manicomio abandonado. Cuando llamemos a la puerta, se oirán pasos arrastrados y un viejo cascarrabias de aspecto repugnante nos abrirá. Se alegrará mucho de vernos, pero tendrá un brillo burlón en los ojos cuando empiece a hablar de una leyenda de vampiros que rondan por aquí. No es que crea en esas cosas, pero…

—¿Pero qué hace que sus dientes sean tan afilados?

Rosamond sonrió.

Entonces estábamos en el porche destartalado golpeando el panel de roble que el relámpago nos había mostrado. Lo hicimos de nuevo. Rosamond dijo:

—Prueba con el llamador. No debemos usar la fórmula equivocada.

Así que llamé a la puerta con un golpe seco y oí pasos arrastrados. Rosamond y yo nos miramos, incrédulos, y sonreímos. Es muy guapa. Nos gustan las mismas cosas —sobre todo las poco convencionales— y por eso nos llevamos bien.

En fin, la puerta se abrió y allí estaba un viejo cascarrabias de aspecto repugnante, con una lámpara de aceite en una mano nudosa. No parecía muy sorprendido. Pero su rostro estaba tan lleno de arrugas que era difícil descifrar cualquier cambio en su expresión. Tenía una nariz aguileña que sobresalía como una cimitarra, y sus pequeños ojos eran verdosos en la penumbra. Curiosamente, tenía el pelo negro, grueso y áspero. Del tipo que le quedaría bien a un cadáver, pensé.

—Visitantes —dijo con voz ronca—. Aquí recibimos pocas visitas.

—Debes de tener mucha hambre entre visita y visita —bromeé, y llevé a Rosamond al pasillo.

Olía a humedad. El anciano también.

Cerró la puerta para protegerse del viento y nos hizo señas para que entráramos en un salón. Rozamos unas cortinas de cuentas antiguas y nos encontramos de nuevo en la época victoriana. El abuelo tenía sentido del humor.

—Nosotros no nos comemos a las visitas —comentó—. Simplemente las matamos y les robamos el dinero. Pero hoy en día hay poca comida —rió como una gallina triunfante con quintillizos en ciernes—. Yo —dijo—, soy Jed Carta.

—¿Carter?

—Carta, siéntense, pónganse cómodos mientras preparo la chimenea.

Estábamos empapados.

—¿Podemos pedir prestada algo de ropa? Llevamos años casados, por si te lo preguntabas. Pero aún nos sentimos pecadores. Nos llamamos Denham, Rosamond y Charlie.

—¿No son recién casados? —Carta pareció decepcionado.

—Es nuestra segunda luna de miel. Más divertida que la primera. ¡Qué romántico! —le dije a Rosamond.

Carta asintió.

Mi esposa es la única mujer más inteligente que yo a la que no odio. Es muy guapa, incluso cuando parece un gatito mojado.

Carta estaba encendiendo la chimenea.

—Mucha gente vivió aquí antes —comentó—. Solo que no querían. Estaban locos. Pero ya no es un manicomio.

—Esa es tu historia —dije.

Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la puerta.

—Les traeré algo de ropa —dijo por encima del hombro—. Eso sí, si no les importa quedarse solos aquí.

—¿No crees que estamos casados? —preguntó Rosamond—. De verdad, no necesitamos un chaperón.

Carta mostró algunos dientes torcidos.

—Oh, no es eso. La gente de por aquí tiene ideas raras. Como... —rió entre dientes—. ¿Han oído hablar de vampiros? Dicen que últimamente ha habido muertes en esta región.

—El rechazo no implica necesariamente falta de mérito —dije débilmente.

—¿Eh?

—No importa. —miré a Rosamond y ella me devolvió la mirada.

—No es que crea en esas cosas —dijo Carta.

Sonrió de nuevo, se humedeció los labios y salió dando un portazo. También cerró la puerta con llave.

—Sí, cariño —dije—. Tenía los ojos verdes. Me fijé.

—¿Tenía los dientes afilados?

—Solo tenía uno. Y estaba destrozado hasta el hueso. Quizá algunos vampiros tienen problemas de caries, aunque no suena convencional.

—Quizá los vampiros no siempre son convencionales.

Rosamond miraba fijamente al fuego. Las sombras danzaban por la habitación. Un relámpago iluminó el exterior.

El rechazo no siempre es inevitable.

Encontré unas mantas afganas polvorientas y las sacudí. Colgamos nuestras prendas junto al fuego, envolviéndonos en las mantas hasta parecer indigentes.

—Quizá no sea una historia de fantasmas —dije—. Quizá sea una historia de sexo.

—No si estamos casados —replicó Rosamond.

Simplemente sonreí. Pero me quedé pensando en Carta. No creo en las coincidencias. Era más fácil, de alguna manera, creer en vampiros.

La puerta se abrió y el hombre que entró no era Carta. Parecía el tonto del pueblo: un hombre obeso y grotesco, con labios gruesos y babeantes y pliegues de grasa alrededor del cuello desabrochado. Se subió el mono, se rascó y nos sonrió con sorna.

—También tiene los ojos verdes —comentó Rosamond.

El recién llegado tenía paladar hendido, pero pudimos entender lo que decía.

—Todos nuestros parientes tienen los ojos verdes. El abuelo está ocupado. Me mandó con esto. Soy Lem Carta.

Lem llevaba un bulto al hombro y me lo lanzó. Ropa vieja. Camisas, mono, zapatos; bastante limpios, pero con el mismo olor a humedad.

Lem se acercó pesadamente al fuego y dejó caer su monstruoso cuerpo en cuclillas. Tenía la misma nariz aguileña que el abuelo Carta, pero medio enterrada entre almohadillas de grasa flácida. Soltó una risita ronca.

—Nos gustan las visitas —anunció—. Mamá ya viene a saludarlos. Se está cambiando.

—¿Poniéndose una mortaja limpia, eh?

—Vete, Lem —amenacé—. Y no mires por el ojo de la cerradura.

Refunfuñó, pero salió arrastrando los pies, y nos pusimos esas prendas mohosas. Rosamond se veía muy guapa del tipo campesina, dije, lo cual era mentira. Me dio una patada.

—Guarda tus fuerzas, cariño —dije—. Podríamos necesitarlas contra los Carta. Una familia horrible. Probablemente esta sea su mansión ancestral. Solían vivir aquí cuando era un manicomio. Huéspedes de pago. Ojalá tuviera una copa.

Me miró fijamente.

—Charlie, ¿empiezas a creer que...?

—¿Que los Carta son vampiros? ¡Ni hablar! Son unos idiotas que intentan asustarnos.

—Te quiero, cariño.

Casi le rompo las costillas al abrazarla. Estaba temblando.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Tengo frío —dijo—. Eso es todo.

—Claro.

La llevé hacia el fuego.

—¿Qué te parece si vamos a explorar? —dije

—Quizás deberíamos esperar a Lem.

Un murciélago revoloteó contra la ventana. Rara vez vuelan durante una tormenta. Rosamond no lo vio.

—No, no esperaremos —dije—. Vamos.

Me detuve en la puerta, porque mi esposa se había arrodillado. No estaba rezando, sin embargo. Miraba fijamente la tierra del suelo. La levanté con la mano libre.

—Claro. Es moho de cementerio. El Conde Drácula anda por ahí con los Hardy. Vamos a echar un vistazo al manicomio. Seguro que hay algunos esqueletos por ahí.

Salimos al pasillo y Rosamond se dirigió rápidamente a la puerta principal e intentó abrirla. Me miró con ojos sabios.

—Cerrada. Y las ventanas tienen rejas.

Dije: «Vamos», y la arrastré tras de mí. Regresamos por el pasillo, deteniéndonos a observar las habitaciones polvorientas y silenciosas, sumidas en la oscuridad. Ni un esqueleto. Nada. Solo un olor a moho, a humedad, como una casa deshabitada durante años. Pensé con desesperación: el rechazo no implica necesariamente...

Salimos a la cocina y vimos una luz tenue que se filtraba por una puerta. Un curioso susurro me intrigó. Un bulto oscuro se transformó en el joven Lem, la esperanza de los Kallikak.

El chapoteo cesó. La voz quebrada de Jed Carta dijo:

—Parece afilado ahora.

Algo salió volando y golpeó a Lem en la cara. Lo agarró y, mientras lo rodeábamos, vimos que estaba royendo un trozo de carne cruda.

—Bien —babeó, con sus ojos verdes brillando hacia nosotros—. ¡Buenísimo!

—Fortalece los dientes —le informé, y entramos en el cobertizo.

Jed Carta estaba afilando un cuchillo en una piedra. Quizás era una espada. En cualquier caso, era lo suficientemente grande como para batirse a duelo. Parecía algo desconcertado. Le pregunté:

—¿Preparándote para la invasión?

—Nunca termino mis tareas —murmuró—. Cuidado con esa lámpara. Este lugar está más seco que la yesca. Una chispa y arderá como pólvora.

—El fuego es una muerte tan limpia —murmuré, y gruñí cuando Rosamond me dio un codazo en las costillas. Dijo dulcemente:

—Señor Carta, tenemos muchísima hambre. Me pregunto si…

—Qué gracioso. Yo también tengo hambre —dijo él con una voz extrañamente baja y ronca.

—¿Seguro que no tienes sed? —pregunté—. A mi, en cambio, me vendría bien un whisky. Sangre para acompañar —añadí, y Rosamond me volvió a golpear.

—Hay veces —dijo con acidez— que uno se busca problemas.

—Es un disfraz —le dije—. Estoy muerto de miedo, señor Carta. De verdad. Lo tomo muy en serio. Dejó el cuchillo y esbozó una sonrisa.

—No estás habituado a las costumbres del campo, eso es todo.

—Eso es todo —dije, escuchando a Lem roer y babear sobre su carne cruda en la cocina—. Debe ser genial vivir una vida sana y limpia.

—Oh, sí, claro —rió entre dientes—. El condado de Henshawe es un buen lugar. Todos hemos vivido aquí mucho tiempo. Claro que nuestros vecinos no nos visitan mucho…

—Me sorprende —murmuró Rosamond. Parecía haber superado su recelo.

—Pero somos una comunidad antigua. Muy antigua. Tenemos nuestras costumbres, que se remontan a la época de la Revolución, incluso tenemos nuestras leyendas. —miró un trozo de carne que colgaba de un gancho—. Tenemos una leyenda sobre vampiros: los vampiros de Henshawe. Pero ya lo mencioné, ¿no?

—Sí —dije, balanceándome sobre los talones—. Dijiste que no le dabas importancia.

—Algunos sí —sonrió—. Pero no me creo esos cuentos de demonios de cara blanca con capas negras que vuelan por las grietas y se convierten en murciélagos. Me parece que un vampiro debería adaptarse a los tiempos, ¿sabes? Un vampiro del condado de Henshawe no sería como uno europeo. Incluso podría tener sentido del humor.

Carta soltó una carcajada y nos sonrió, radiante.

—Apuesto a que, si actuara como cualquier otra persona, nadie sospecharía lo que es. Y entonces podría seguir siendo como era antes de… —Carta miró sus manos curtidas por el trabajo—. Antes de morir.

—Si intentas asustarnos... —empecé.

—Solo bromeaba —dijo Carta. Se giró hacia el trozo de carne que colgaba del gancho—. Olvídalo. Dijiste que tenías hambre. ¿Te apetece un filete?

—He cambiado de opinión —dijo Rosamond apresuradamente—: Soy vegetariana —lo cual era mentira, pero secundé la moción de mi esposa.

Carta soltó una risita desagradable.

—¿Quizás te apetezca algo caliente para beber? ¿Qué tal un whisky?

—¡Claro! ¡Lem! —gritó el viejo—. ¡Trae un poco de licor antes de que te dé una buena reprimenda!

En ese momento, sostenía dos tazas rotas y una botella de bourbon barato cubierta de telarañas.

—Siéntanse como en casa —invitó Carta—. Se encontrarán con mi hija por ahí. Habla sin parar —algún pensamiento secreto pareció divertirlo, pues soltó una risita en esa rejilla grasienta y desagradable—. Lleva un diario, sí. Le dije que no era lo más sensato, pero Ruthie es muy terca.

Regresamos a la sala, nos sentamos frente a la chimenea y bebimos bourbon. Las tazas estaban sucias, así que levantamos la botella. Le dije:

—Hace mucho que no hacemos esto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos en coche al parque con una botella...?

Rosamond negó con la cabeza, pero su sonrisa era curiosamente tierna.

—Éramos tan jóvenes, Charlie. Parece que fue hace tanto tiempo.

—Nuestra segunda luna de miel. Te quiero, cariño —dije en voz baja—. Nunca lo olvides.

Le pasé la botella.

—No está mal.

Un murciélago revoloteó contra el cristal de la ventana.

La tormenta no amainaba. Los truenos y relámpagos seguían formando el telón de fondo habitual. El licor me calentó. Dije:

—Exploremos un poco. Me quedo con el primer esqueleto.

Rosamond me miró.

—¿Qué era ese cadáver colgado en el cobertizo?

—Un costillar de res —expliqué con cuidado—. Vamos, o te parto la cara. Trae la botella. Yo llevo la lámpara. Cuidado con las trampillas, los paneles secretos y las manos que te agarran.

—¿Y los vampiros de Henshawe?

—Trampas —dije con firmeza.

Subimos por unas escaleras destartaladas y crujientes hasta el segundo piso. Algunas puertas tenían rejas con barrotes. Ninguna estaba cerrada con llave. El lugar había sido un manicomio, sin duda.

—Piensa —dijo Rosamond, bebiendo whisky— en todos los pacientes que estuvieron aquí. Todos locos.

—Sí —asentí—. Y a juzgar por los Carta, la enfermedad persiste.

Nos detuvimos, mirando a través de una reja una celda ocupada. Una mujer estaba sentada en silencio en un rincón, esposada a la pared, vestida con una camisa de fuerza. Una lámpara estaba cerca de ella. Tenía el rostro plano y achatado, cetrino y feo; sus ojos eran grandes y verdes, y una mueca torcida se dibujaba en sus labios.

Empujé la puerta; se abrió con facilidad. La mujer nos miró sin curiosidad.

—¿Usted es... una paciente? —pregunté débilmente.

Se quitó la camisa de fuerza, se liberó de las cadenas y se puso de pie.

—Oh, no —dijo, con la misma sonrisa torcida y congelada—. Soy Ruth Carta. Jed me dijo que estaban aquí.

Sintiendo, al parecer, que debía dar alguna explicación, miró la camisa de fuerza.

—Estuve internada en un manicomio durante algunos años, hace ya bastante tiempo. Me dieron el alta, curada. Solo que a veces siento nostalgia.

—Sí —dije con desdén—. Lo entiendo. Como un vampiro que desea volver a su antiguo hogar cada mañana.

Se quedó paralizada, con sus ojos vacíos como cristal verde.

—¿Qué te ha estado diciendo Jed?

—Solo chismes del pueblo, señora Carta.

Le extendí la botella.

—¿Un trago?

—¿De eso? —su sonrisa se volvió amarga—. ¡No, gracias!

Parecía que estábamos en un punto muerto. Ruthie nos miraba fijamente, con esos ojos verdes e indescifrables y esa sonrisa fija, y el olor a humedad me asfixiaba. ¿Qué seguía? Rosamond rompió el silencio.

—¿Es usted la señora Carta? —preguntó—. ¿Cómo es que se llaman igual que…?

—Silencio —dije en voz baja—. Que estemos casados no significa que todos lo estén.

Pero Ruth Carta no pareció molesta.

—Jed es mi padre. Lem es mi hijo —explicó—. Me casé con Eddie Carta, mi primo. Lleva muerto años. Por eso me internaron en un psiquiátrico.

—¿Shock? —sugerí.

—No —dijo—. Lo maté. Todo se volvió rojo —su sonrisa no cambió, pero vi en ella una burla sardónica—. Eso fue mucho antes de que semejante defensa fuera ridiculizada en los tribunales. Aun así, fue cierto en mi caso. La gente se equivoca cuando cree que los clichés no son ciertos.

—Me parece que tienes mucha más educación que Lem o Jed —comenté.

—Cuando era joven estudié en un internado para señoritas. Quería quedarme allí, pero Jed no podía pagarlo. Me amargó bastante estar atada a esta rutina monótona. Pero ahora no me importa el tedio.

Ojalá Ruthie dejara de sonreír. Rosamond tomó la botella. Dijo:

—Sé cómo te sientes.

La señora Carta se recostó contra la pared, apoyando las palmas de las manos sobre ella. Sus ojos brillaban de una forma sobrenatural. Y su voz era un quejido ronco.

—No puedes saberlo. Una jovencita como tú… No puedes saber lo que es vislumbrar el glamour, la emoción, la ropa bonita y los hombres, y luego tener que volver aquí, encerrada, a fregar suelos y cocinar repollo, casada con un patán estúpido con la mente de un mono. Solía sentarme junto a la ventana de la cocina, mirar afuera y odiar todo y a todos. Eddie nunca lo entendió. Le pedía que me llevara al centro, pero decía que no podía permitírselo. Y de alguna manera, ahorré lo suficiente para un viaje a Chicago. Soñaba con eso. Pero cuando llegué allí, ya no era una niña. La gente en la calle me miraba la ropa. Tenía ganas de gritar.

Bebí bourbon.

—Sí —dije—. Lo sé… supongo.

La voz se elevó. Le caía saliva de los labios.

—Así que regresé y un día vi a Eddie besando a una chica que trabajaba aquí. Tomé el hacha y le corté la cabeza. Cayó al suelo y se convulsionó como un pez, y me sentí como una niña otra vez. Todos me miraban y decían lo maravillosa y bonita que era.

Su voz era como un fonógrafo. Gritaba monótonamente. Se deslizó contra la pared hasta quedar sentada, y la espuma le corría por los labios. Se estremecía por completo. Empezó a gritar histéricamente, pero fue menos agradable cuando empezó a reír.

Tomé a Rosamond del brazo y la empujé hacia el pasillo.

—Vamos a buscar a los chicos —dije—. Antes de que Ruthie encuentre un hacha.

Así que bajamos a la cocina y se lo contamos a Lem y Jed. Lem se rió entre dientes, con la cara gorda temblando, y se dirigió al pasillo. Jed sacó una jarra de agua y lo siguió.

—Ruthie tiene esos episodios —dijo por encima del hombro—. No suelen durar mucho.

Desapareció. Rosamond aún tenía la lámpara. Se la quité, la dejé con cuidado sobre la mesa y le di la botella. La terminamos. Luego fui a la puerta trasera y probé la cerradura. Estaba, por supuesto, cerrada.

—La curiosidad siempre ha sido mi debilidad —dijo Rosamond. Señaló una puerta en la pared—. ¿Qué te imaginas...?

—Podemos averiguarlo.

El licor estaba haciendo efecto. Armado con la lámpara, tiré del panel y nos quedamos mirando hacia la oscuridad de un sótano. Olía, como todo en esta casa, a humedad.

Bajé las escaleras delante de Rosamond. Estábamos en una cámara oscura, como una bóveda. Estaba completamente vacía. Pero a nuestros pies había una robusta trampilla de roble. El candado abierto yacía cerca, y el pestillo se había soltado. Bueno, continuamos nuestro camino alegremente por una escalera. Bajaba en línea recta unos tres metros. Luego nos encontramos en un pasadizo con paredes de tierra. El ruido de la tormenta había quedado aislado.

En un estante a nuestro lado había una libreta raída, con un lápiz atado por un trozo de cuerda mugrienta. Rosamond la abrió, mientras yo miraba por encima de su hombro.

—El libro de visitas —comentó.

Había una lista de nombres y, debajo de cada uno, anotaciones importantes. Como esta: «Thomas Dardie. 57,53 $. Reloj de oro. Anillo». Rosamond soltó una risita, abrió el libro por la última entrada y escribió: «Señor y señora Denham».

—Tu sentido del humor me mata, cariño —dije con frialdad—. Si no te quisiera, te estrangularía.

—A veces es más seguro bromear —susurró.

Seguimos adelante. Al final del pasillo había una pequeña celda con un esqueleto encadenado a la pared. En el suelo había una tapa circular de madera con un anillo. Levanté el disco, bajé la lámpara y miramos hacia las negras profundidades de un pozo. El olor no era de Chanel.

—¿Más esqueletos? —preguntó Rosamond.

—No lo sé —dije—. ¿Quieres bajar y averiguarlo?

—Odio los lugares oscuros —dijo casi sin aliento, y de repente cerré la tapa de golpe, dejé la lámpara y abracé a Rosamond con fuerza. Se aferró a mí como una niña asustada en una habitación a oscuras.

—No, cariño —murmuré, con los labios rozando su cabello. —Está bien.

—No lo está. Esto es horrible... Ojalá estuviera muerta. ¡Ay, te quiero, Charlie! ¡Te quiero muchísimo!

Nos separamos entonces, pues se oían pasos en la bóveda. Aparecieron Lem, Jed y Ruthie. Ninguno pareció sorprenderse al encontrarnos allí. Lem tenía la mirada fija en el esqueleto; se humedeció los labios y soltó una risita nerviosa. Ruthie miraba fijamente, con esa misma sonrisa fija y retorcida. Jed Carta nos lanzó una mirada verde y maliciosa, y dejó la lámpara que llevaba.

—Hola, chicos —dijo—. Así que lograron llegar hasta aquí, ¿eh?

—Nos preguntábamos si tenían un refugio antibombas —dije—. Uno se siente un poco más seguro con la situación mundial como está.

Soltó una carcajada.

—No te asustas fácilmente. Toma, Ruthie. —tomó un látigo de la pared y se lo puso en las manos a la mujer. Al instante, se puso en acción. Caminó hacia aquel esqueleto encadenado y comenzó a azotarlo. Su rostro era una horrible máscara sonriente.

—Es lo único que la calma cuando le dan esos ataques —dijo Jed—. Ha empeorado desde que murió Bess.

Miró el esqueleto.

—¿Bess? —preguntó Rosamond débilmente.

—Ella... era una sirvienta. Creemos que esto ya no le hace daño y, al menos, mantiene a Ruthie tranquila.

La señora Carta dejó caer el látigo. Su rostro seguía congelado, pero, cuando habló, su voz era completamente normal.

—¿Subimos? Debe ser desagradable para nuestros invitados.

—Sí —dije—. Vamos. ¿Tal vez tengas otra botella por ahí, Jed?

Asintió hacia el disco de madera en el suelo.

—¿Quieres mirar ahí abajo?

—Ya lo hice.

—Lem es bastante fuerte —dijo el anciano, aparentemente al azar—. Demuéstrales, Lem. Usa la cadena de Bessie. No importará si ahora está rota, ¿verdad?

Todos los Carta parecían muy divertidos. Lem se acercó pesadamente y rompió la cadena con facilidad.

—Bueno —dije—, eso es todo. El pequeño aquí usa las manos. Tú tienes un cuchillo. ¿Qué usa Ruthie? Un hacha, supongo.

Sonrió.

—¡No creerás que de verdad matamos a la gente que pasa por aquí! O, si tienen coche, los metemos en el estanque grande que hay detrás de la casa.

—No si son los vampiros Henshawe —dije—. Los mataría el miedo al agua corriente.

—No corre —dijo—. Está estancada. No deberías creer en esas cosas.

Rosamond dijo en voz baja:

—Todas las puertas están cerradas con llave y las ventanas tienen rejas. Encontramos tu libro de visitas. Revisamos tu calabozo. Todo cuadra, ¿verdad?

—Olvida esas ideas —aconsejó Carta—. Dormirás mejor si lo haces.

—No tengo sueño —dijo Rosamond.

Tomé la lámpara y la sujeté del brazo. Nos adelantamos a los demás por el pasillo, subimos la escalera hasta el sótano y de allí a la cocina. Noté que una enorme tina llena de agua se alzaba en un rincón oscuro. Podíamos oír la tormenta con toda su furia. Carta dijo:

—Les preparé una cama. ¿Quieren ir ya?

Agité la lámpara.

—¿Podrías echarle más queroseno? Mi esposa se asustaría muchísimo si se apagara en la noche.

Jed asintió a Lem, quien se alejó arrastrando los pies y regresó con un chorro de agua que chapoteaba. Llenó la lámpara.

Subimos todos. Jed fue primero, una figura de espantapájaros con una tosca peluca negra. Tras nosotros, Lem, con su sonrisa grosera, y al final Ruthie, con su sonrisa fija y sus grandes y vacíos ojos verdes.

—Oye —dije—, vas a tener que arrastrar nuestros cuerpos hasta el sótano, Jed. ¿Para qué complicarte la vida?

—Supuse que estarías cansado —rió entre dientes—. En fin, tengo algunas cosas que hacer, pero nos vemos luego.

Fue una procesión infernal escaleras arriba, un clamor de protesta bajo nuestros pies. Rosamond frunció los labios.

—Un poco melodramático.

—Deberían ser trece escalones —recordé—. Eso sería un toque sutil. Trece escalones hasta la horca —le expliqué a Jed, que nos miraba con el ceño fruncido.

Soltó una carcajada.

—Te imaginas cosas que no son ciertas. Si crees que somos asesinos, ¿por qué no te vas?

—La puerta está cerrada.

—Podrías pedirme que la abra.

No respondí, porque la burla en su voz era desagradable. Lem babeaba alegremente a nuestros talones. Recorrimos el pasillo hasta una habitación al fondo. Olía a humedad. Ramas arañaban la ventana enrejada. Un murciélago se lanzó frenéticamente contra el cristal. En la habitación, esperamos. Dejé la lámpara sobre una polvorienta mesilla de noche. Lem, Jed y Ruthie estaban junto a la puerta. Parecían tres lobos de ojos observándonos.

—¿Alguna vez se pararon a pensar —pregunté— que quizá no seamos ovejas? Ni siquiera nos han preguntado de dónde venimos ni cómo llegamos aquí.

Jed nos obsequió con una sonrisa desdentada.

—Supongo que no conoce bien el condado de Henshawe, señor. Hace mucho que no tenemos ley aquí. Hemos sido muy precavidos; dudo que el gobierno federal nos preste atención. Y el condado de Henshawe no puede mantener a un sheriff competente. No intente engañarnos, porque no le funcionará.

Me encogí de hombros.

—¿Parecemos preocupados?

Había una admiración a regañadientes en el tono de Jed.

—No te asustas fácilmente. Bueno, tengo que hacer mis tareas antes de irme a dormir. Nos vemos luego.

Desapareció en la oscuridad. Ruthie hizo un gesto brusco con la mano. Lem se humedeció los labios y desapareció. La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca congelada.

—Sé lo que estás pensando. A qué le tienes miedo —dijo—. Y tienes razón.

Entonces dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe. Oímos el clic de la cerradura.

—Jed olvidó darme otra botella —observé—. Pronto estaré sobrio. Y sediento. Mucha sed.

Noté que mi voz cambiaba un poco.

—Está bien, cariño. Ven aquí.

Los labios de Rosamond estaban fríos; pude sentirla estremecerse.

—Esta habitación es como un congelador —murmuró—. No me acostumbro al frío, Charlie. ¡No me acostumbro al frío!

No pude hacer nada más que abrazarla con todas mis fuerzas.

—Intenta recordar —le dije en voz baja—. No es de noche. No hay tormenta. No estamos aquí. Estamos en el parque, y es por la tarde. ¿Recuerdas, cariño?

Escondió la cara en mi hombro.

—Es difícil recordar, de alguna manera. Parece que ha pasado una eternidad desde que vimos la luz del día. Esta horrible casa... ¡Ay, ojalá estuviéramos muertos, mi amor!

La sacudí un poco.

—¡Rosamond!

—Lo siento, cariño. Es que... ¿por qué nos tuvo que pasar esto?

Me encogí de hombros.

—Llámalo suerte. Obviamente, no somos los primeros en este lugar. Cierra los ojos y recuerda.

—¿Crees que... sospechan?

—¿Cómo podrían? Están demasiado ocupados con su jueguito asesino.

Sentí el escalofrío de repulsión que la recorrió.

—No podemos cambiar lo que se avecina —tuve que recordarle—. No podemos cambiarlos ni a nosotros.

Lentas lágrimas se deslizaron bajo sus pestañas. Y nos aferramos el uno al otro como niños con miedo a la oscuridad. No se me ocurría ningún chiste. La lámpara parpadeó y se apagó. No tenía cerillas. Claro que ya daba igual.

—Ojalá Lem se hubiera acordado de la otra botella —murmuré al rato—. El whisky ayuda.

La tormenta amainaba rápidamente. La luz de la luna ya se filtraba débilmente por las ventanas. Recordé a Drácula y las formas que se habían materializado en los rayos de luna. Hacían que incluso las rejas de las ventanas parecieran diáfanas. Pero, me dije, los Carta no eran vampiros. Solo eran asesinos. Locos, de sangre fría, sin remordimientos. No, me recordé, si los Carta hubieran sido vampiros, no habrían fingido. Los vampiros de verdad no fingen... ¡mira a Drácula!

Abracé a Rosamond y cerré los ojos. En algún lugar, un reloj dio las doce. Y entonces...

Bueno, eran cerca de las dos cuando la llave que esperaba tintineó en la cerradura. La puerta se abrió y Jed Carta estaba en el umbral, temblando de pies a cabeza, con la lámpara temblando en su mano. Su voz se quebró al intentar hablar. No podía. Solo nos hizo señas para que lo siguiéramos. Lo hicimos. Podía oír a Rosamond gimotear muy suavemente:

—¡Ojalá estuviéramos muertos! ¡Ojalá estuviéramos muertos!

Jed nos llevó a una habitación al otro lado del pasillo. Ruthie Carta yacía en el suelo. Estaba muerta. Tenía dos pequeñas perforaciones rojas en su delgada garganta, y surcos hundidos marcaban el recorrido de los vasos sanguíneos drenados.

A través de una puerta abierta pude ver la habitación contigua y el cuerpo grotesco e inmóvil que yacía allí. Era Lem, y él también era un cadáver. Jed Carta casi gritó:

—Algo vino y…

Su rostro era una máscara temblorosa y contraída por el miedo.

—¡Los vampiros Henshawe! —dijo con dificultad, apenas capaz de articular.

—La ley del más fuerte —dije.

Miré a Rosamond. Ella me sostuvo la mirada con la repulsión que ya conocía tan bien, y tras ella, un ansia avergonzada. Sabía que era hora de volver a bromear; cualquier cosa con tal de borrar esa mirada de los ojos de Rosamond.

—Tengo una sorpresa para ti, Jed —dije, y me acerqué a él, cada vez más—. Sé que no te importan estas cosas, pero, aunque no lo creas, somos los vampiros Henshawe.

Henry Kuttner (1915-1958)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Mascarada (Masquerade), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Interim»: Ray Bradbury; relato y análisis.


«Interim»: Ray Bradbury; relato y análisis.




«Y entonces se produjo un rápido y extraño «staccato»,
como si miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes
en una histeria interrogativa.»



Interim (Interim) es un relato de terror del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012), publicado originalmente en la antología de 1949: Carnaval oscuro (Dark Carnival); y luego reeditado en la edición de julio de ese mismo año de la revista Weird Tales. No confundir con la historia del mismo nombre publicada en Crónicas marcianas [que describe la construcción de una ciudad en Marte], ni con el Interim publicado en la revista Epoch [que trata sobre viajes en el tiempo].

Interim, uno de los mejores cuentos de Ray Bradbury, nos sitúa en un cementerio, al atardecer. Los muertos empiezan a comunicarse bajo tierra dando pequeños golpecitos en sus ataúdes. La noticia de hoy tiene que ver con la señora Lattimore, fallecida y enterrada el año anterior, quien está a punto de dar a luz.

Interim es un cuento muy breve. En apenas unas pocas líneas, Ray Bradbury nos introduce en este cementerio rodeado de árboles. Un pájaro, «que estaba a punto de cantar», se queda en silencio al escuchar una «débil pulsación, un rumor» bajo la tierra. Los ataúdes empiezan sacudirse; sus habitantes dan «golpes lentos, uniformes y apagados». Al parecer, la tierra es un excelente conductor de estos sonidos.

Ray Bradbury comenta que no se trata de ruidos aleatorios, sino de un «código», una especie de lenguaje que utilizan los enterrados para comunicarse entre sí. Es un proceso tedioso, que finaliza cuando el mensaje llega «hasta que los enterrados a mayor profundidad». El mensaje del día involucra a la señora Lattimore, enterrada «hacía un año» en el «extremo norte» del cementerio, «bajo el árbol recubierto de musgo», poco «antes del nacimiento de su hijo». Dicen los muertos que era una muchacha bonita.


«Entonces, con uniformidad, con tranquilidad, golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo, uno tras otro, sonó la respuesta. El terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez, martilleando, alejándose en un silencio estremecedor, de sepultura.»


La señora Lattimore está dando a luz en su ataúd. La noticia corre entre los muertos, quienes se preguntan cómo será el niño, qué será. Ray Bradbury, por supuesto, deja la respuesta a la imaginación del lector:


Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente, bajo la lápida con el nombre de la señora Latimore, se produjo un rasgueo y un retorcimiento y se escuchó un extraño sonido procedente de su ataúd enterrado bajo la tierra húmeda.


Interim es un cuento hermoso y, en particular, desconcertante. ¿Cómo se puede escribir la historia de un parto de ultratumba sin caer en lo macabro? Ray Bradbury lo consigue, quizás debido a la ausencia de artilugios y de un lenguaje gótico.

La idea de que los muertos se comunican mediante una especie de código subterráneo tal vez fue inspirada por el libro de Michaël Ranft: De Masticatione Mortuorum in Tumulis [«De la masticación de los muertos en sus tumbas»], donde se explica que los ruidos que se oyen en los cementerios están relacionados con las actividades de los muertos en sus ataúdes, como masticarse las extremidades. En el caso de Interim, el «código» consiste en pequeños golpes y pausas, un código telegráfico del más allá.

Sobre el parto de la señora Lattimore no tengo mucho para aportar. Resulta difícil encontrar una definición. ¿Cómo debemos llamar a la cosa sobre la que Ray Bradbury escribe? El bebé, el recién nacido, el recién muerto, seguramente hubiese sido un niño humano si la señora Lattimore no hubiera fallecido, pero ahora, con su madre muerta, ¿qué es? ¿Un no-muerto? ¿Un no-vivo? Y ahora que ha nacido, ¿en qué condiciones podríamos describir su existencia? No tengo ninguna respuesta satisfactoria, pero creo que el hijo de la señora Lattimore ha nacido a la muerte [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]

Hay una lectura más siniestra de Interim, que apenas me atrevo a mencionar. Podríamos pensar que no hay parto bajo tierra, sino la lenta corrupción del cuerpo de la señora Lattimore, que después de un año se ha deteriorado lo suficiente como para dejar al descubierto al hijo no nacido. Es una imagen horrible y triste.

El título del cuento, [interín, en español], es un desafío adicional, que esclarece en la misma proporción que oscurece. La palabra Interim pertenece al latín, y significa «mientras tanto», es decir, un intervalo de tiempo entre dos sucesos. También puede traducirse como «provisional» [de ahí la palabra «interino»]. En el cuento de Bradbury, el interín, el mientras tanto, el estado o situación intermedia, es tanto el embarazo de la señora Lattimore como su período en el cementerio. La sugerencia [Bradbury tiende a volverse lírico sobre lo morboso] podría ser que estar enterrado en un ataúd es análogo a la existencia en el útero materno. De hecho, el autor describe a los difuntos como «cada uno en un útero», es decir, en un ataúd.

Pero, ¿por qué sería enterrado el cuerpo de una mujer embarazada de nueve meses con su hijo todavía dentro? Sin embargo, la pregunta más pertinente es: ¿por qué está llegando a término [póstumo] justo ahora? Después de todo, la señora Lattimore lleva un año enterrada, y sabemos que eso fue justo antes de llegar a los nueve meses de embarazo. ¿Por qué ahora? [ver: El cuerpo de la mujer en el Horror]

Este debe ser un acontecimiento inusual, porque incluso los demás habitantes del cementerio están desconcertados. El pulso de los golpes subterráneos son una manifestación de «histeria inquisitiva». Es como si los propios muertos se preguntaran: «¿Cómo es posible?»




Interim.
Interim, Ray Bradbury (1920-2012)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El murmullo atravesó el terreno de un extremo a otro; y no era muy grande: estaba limitado al este y al oeste por álamos, sicomoros, grandes robles y arbustos, y contenido al norte y al sur por una valla de ladrillos y hierro forjado. Un pájaro, que estaba a punto de cantar, permaneció en silencio y bajo la tierra se produjo una especie de débil pulsación, un rumor.

Los ataúdes, cada uno de ellos un útero de silencio, con su contenido rígido, cada uno profundamente enterrado, aislado, fueron golpeados lentamente. Las tapas y laterales de los ataúdes respondieron con golpes lentos, uniformes y apagados. La tierra condujo cada uno de los sonidos.

Todo comenzó en un cajón oscuro; el código golpeó y golpeó, pasando hacia el siguiente, donde una nueva, cansada y seca mano repitió el mensaje. Y así se fue transmitiendo, hasta que los enterrados a mayor profundidad lo escucharon y, de a poco, empezaron a comprender.

Al cabo de un tiempo, todo era como un gran corazón que palpitaba bajo la tierra. El murmullo sistólico continuó mientras el sol se ponía, más allá del horizonte. El pájaro, sobre el árbol, torció su cabeza de ojos redondos, esperando. El corazón siguió palpitando.

Lenta y dolorosamente, el golpeteo pronunció el nombre.

(Ella era la que había sido enterrada en el extremo norte, bajo el árbol recubierto de musgo, hacía un año, justo poco antes del nacimiento de su hijo. ¿La recuerda? ¡Era tan bonita!)

—Señora Latimore.

El latir del corazón martilleó, débil y lejano, bajo el césped.

—¿Has...? —preguntó el latido.

—¿Tú...? —siguió el latido con cansancio.

—¿Oíste? —preguntó.

—¿Qué... —??preguntó— está pasándole...? —continuó.

— ... a ella?", concluyó.

El latir del corazón se detuvo. Y los mil fríos contenidos de mil ataúdes profundamente enterrados esperaron la respuesta a la golpeante, lenta, muy lenta pregunta.

El sol colgaba justo por detrás de las lejanas colinas azules. Las estrellas brillaban pálidamente.

Entonces, con uniformidad, con tranquilidad, golpe tras golpe, con un sistólico ruido sordo, uno tras otro, sonó la respuesta. El terreno se estremeció con ella y la repitió, una y otra vez, martilleando, alejándose en un silencio estremecedor, de sepultura.

—La señora Latimore.

La pulsación profundizó más.

—Tendrá...

Lenta, muy lentamente.

—A su hijo hoy.

Y entonces se produjo un rápido y extraño staccato, como si miles de manos golpearan las tapas de los ataúdes en una histeria interrogativa.

—¿Cómo será? ¿Cómo puede ser? ¿A qué se parecerá? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

El golpeteo se desvaneció. El sol se elevó de nuevo.

Mientras el pájaro cantaba, profunda, muy profundamente, bajo la lápida con el nombre de la señora Latimore, se produjo un rasgueo y un retorcimiento y se escuchó un extraño sonido procedente de su ataúd enterrado bajo la tierra húmeda.


Ray Bradbury (1920-2012)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ray Bradbury.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ray Bradbury: Interim (Interim), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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