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«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.


«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.




«Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio,
pero ya no era consciente de ello.
Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio,
imaginándola adornada con flores.»



Ojos azules (Mes yeux) es un relato del escritor francés Maurice Level (1875-1926), escrito en 1904 y publicado en la antología de 1910: Las puertas del infierno (Les portes de l'enfer).

Ojos azules, uno de los grandes cuentos de Maurice Level, relata la historia de una prostituta, joven y enferma, dispuesta a cualquier cosa con tal de llevarle flores a su difunto amado, ejecutado por asesinato, en el Día de Todos los Santos.

Ojos azules, apodo de esta pobre mujer, se encuentra en un estado deplorable: decrépita, consumida, a tal punto que lo único que queda de ella son sus ojos. A duras penas consigue reunir fuerzas para irse del hospital donde está internada para cumplir una promesa. Su amado, llamado Vandat, fue ejecutado recientemente, y nadie le ha llevado flores ni ha rezado en la fosa común donde está enterrado. Con este objetivo, Ojos azules sale a las calles de Paris, hambrienta, enferma, y sin dinero para comprar el ramo.

Presa de la fiebre, Ojos azules logra llegar hasta el burdel donde trabajaba para recuperar sus pertenencias, un abrigo al menos, para paliar el frío de las calles. Con sus últimas fuerzas sale de nuevo para buscar un último cliente y así conseguir unas monedas para las flores. Su recorrido por las calles es onírico, cargado de imágenes sugestivas. Finalmente, consigue obtener la atención de un hombre con el que apenas cruza palabra. Juntos vuelven al burdel, a la habitación sórdida, y consigue las monedas.

El giro final de esta historia, justifica su inclusión en la categoría conte cruel [«cuento cruel», sobre el cual hablaremos en un momento]: el último cliente de Ojos azules es el verdugo que ejecutó a su amado.

Ojos azules de Maurice Level es un conte cruel por excelencia. No se conforma con lo macabro de la situación [una prostituta enferma que debe salir a la calle para conseguir unas monedas], sino que aplica sobre ella la devastadora ironía del destino, haciendo que su recorrido se transforme en una especie de infierno personal, visto desde el humanismo, pero un infierno a fin de cuentas.

Maurice Level no utiliza la ironía de forma aleccionadora. Es brutal, cruel y gratuita. ¿Qué ha hecho Ojos azules para sufrir este destrato de Dios o del destino? Nada. No hay razones. Tampoco lecciones de moral. La vida sencillamente es una mierda para muchas personas, y de una manera tan cruel que hasta parece dirigida por un titiritero sádico.

Es importante mencionar que Ojos azules es una historia pensada para los periódicos parisinos, y luego para ser representada en el legendario Théâtre du Grand-Guignol, cuyas obras fueron precursoras de los thrillers y las películas de terror modernas; es decir, busca el impacto, la violencia, lo melodramático. En términos de género, Ojos azules pertenece a la escuela del conte cruel, hermana del decadentismo, que toma su nombre de la antología de Auguste Villiers de l'Isle-Adam de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels), aunque otros autores, como Edgar Allan Poe, proporcionaron ejemplos anteriores.

Actualmente se llama conte cruel a esas historias de terror que no cuentan con ingredientes sobrenaturales y que poseen algún giro final desagradable, aunque en realidad es aplicable a cualquier historia que utilice la ironía del destino de una forma macabra. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H. P. Lovecraft menciona que «este tipo de historias [las de Maurice Level] pertenece menos a la tradición de lo extraño que a una clase peculiar en sí misma: el llamado cuento cruel, en el que la angustia emocional se logra mediante intrigas dramáticas, frustraciones y horrores físicos espantosos».

ACLARACIÓN: La siguiente traducción al español de Ojos Azules no fue hecha sobre el original francés. En 1920, la periodista y editora inglesa Alys Eyre Macklin tradujo una colección de 26 cuentos de Maurice Level y los publicó con el título: Crisis: cuentos de misterio y horror (Crises: Tales of Mystery and Horror). Nuestra traducción fue hecha sobre esta versión.




Ojos azules.
Mes yeux, Maurice Level (1875-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Envuelta en una holgada bata de hospital que la hacía parecer aún más delgada de lo que era, la chica enferma permanecía erguida, absorta en sus pensamientos, al pie de su cama.

Su rostro infantil estaba demacrado, y sus ojos azules, tristes, profundos y rodeados de ojeras, eran tan anormalmente grandes que parecían iluminar toda su cara. Sus mejillas ardían con un rubor intenso, y las profundas arrugas que descendían hasta su boca parecían haber sido marcadas por un flujo incesante de lágrimas.

Bajó la cabeza cuando el médico residente se detuvo a su lado.

—Bueno, pequeña número 4, ¿qué es esto que oigo? ¿Quieres salir?

—Sí, señor —la voz apenas era un susurro.

—Pero eso es una tontería. Solo llevas aquí dos o tres días, y con este tiempo, además, seguro que volverías a enfermar. Espera un día o dos. ¿Te sientes incómoda aquí? ¿Alguien te ha tratado mal?

—No, oh, no, señor.

—¿Qué ocurre entonces?

Su voz adquirió más energía al decir:

—Tengo que salir —y como si anticipara otra pregunta, continuó rápidamente—: Hoy es el Día de Todos los Santos. Prometí llevar flores a la tumba de mi amado. Se lo prometí. Solo me tiene a mí. Si no voy, nadie irá.

Una lágrima brilló bajo su párpado. Se la secó con un dedo.

El médico residente se conmovió y, ya fuera por curiosidad o para no dejarla sin palabras de consuelo, preguntó:

—¿Hace mucho que falleció?

—Casi un año.

—¿Qué le pasaba?

Ella pareció encogerse, volverse más frágil, con el pecho más hundido, las manos más delgadas, mientras, con los ojos entrecerrados y los labios temblorosos, murmuraba:

—Lo ejecutaron.

El médico residente se mordió el labio inferior y dijo en voz baja:

—Pobre niña, lo siento mucho. Si de verdad tienes que salir, sal, pero ten cuidado de no resfriarte. Debes volver mañana.

Una vez fuera de las puertas del hospital, ella empezó a temblar.

Era una mañana otoñal. La humedad goteaba por las paredes. Todo era gris: el cielo, las casas, los árboles desnudos y la brumosa lejanía por donde la gente se apresuraba, ansiosa por salir de las calles.

Había enfermado a mediados de verano, y su vestido era de algodón fino y de colores vivos. La cinta arrugada que rodeaba su cuello demacrado la hacía parecer aún más lamentable. La falda, la blusa y la corbata parecían sonreírle al sol, pero en el frío y gris ambiente se veían melancólicas.

Empezó a caminar con paso inseguro, deteniéndose de vez en cuando porque le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas. La gente a su paso se giraba para mirarla. Ella vacilaba, como si quisiera hablar con ellos, pero luego, asustada, seguía caminando, mirando nerviosamente de derecha a izquierda. Así cruzó medio París. Se detuvo al llegar a los muelles, contemplando el lento y turbio fluir del río.

El frío penetrante la caló hasta los huesos, y sintiendo que no podía soportarlo más, reanudó la marcha.

Al llegar a la Place Maubert y la Avenue des Gobelins, se sintió casi como en casa, pues estaba en el barrio donde había vivido. Pronto empezó a ver rostros conocidos y oyó a alguien decir al pasar:

—¡Seguro que es la chica de Vandat. ¡Cómo ha cambiado!

—¿Qué Vandat?

—El asesino...

Aceleró el paso, tapándose la cara con las manos para no oír el final.

Ya estaba anocheciendo cuando por fin llegó al miserable hotel donde se había alojado antes de enfermar. Entró. Unas chicas de la calle y los hombres con los que se alojaban jugaban a las cartas en el pequeño café de abajo. Al verla, la saludaron:

—¡Hola! ¡Aquí está Ojos Azules! —ese era su apodo—. Ven a tomar algo, siéntate, ven.

Su bienvenida la conmovió, pero el humo denso y rancio la hizo toser, y apenas pudo respirar mientras respondía:

—No tengo tiempo ahora. ¿Está la señora?

—Sí, ahí está.

Le sonrió tímidamente a la encargada.

—Quería preguntarle, señora, si puedo recuperar mis cosas. La ropa que llevo puesta no abriga lo suficiente.

—La ropa que dejó la subieron al ático; estará por ahí. Enviaré a alguien a buscarla. Siéntese junto a la estufa y caliéntese.

—No, ahora no tengo tiempo. Volveré enseguida.

Se dirigió a la puerta. Uno de los hombres se burló:

—¿De vuelta a la calle, no? No pierdes el tiempo.

Salió, y la breve estancia en la sofocante habitación hizo que el frío exterior pareciera más penetrante que nunca. La gente se apresuraba, cargada de coronas de cuentas y ramos de flores; otros, vestidos con sus mejores galas, charlaban y reían, y se veía a simple vista que llevaban sus ofrendas al cementerio por costumbre, que el tiempo había mitigado su dolor.

A lo largo de la acera se alineaban carretas de flores. Crisantemos de pétalos rizados se inclinaban sobre racimos de rosas; aquí y allá, la mimosa esparcía su polvo dorado sobre ramos de violetas. Más cerca del cementerio, frente a las tiendas de los marmolistas, había macetas con flores dispuestas en los estantes de los puestos, insignificantes, con follaje cuidado y colores sobrios; más adelante, siemprevivas y grandes coronas de cuentas.

Ella lo contempló todo con ojos que brillaban de envidia. Ojalá pudiera conseguirle algunas, solo un pequeño ramo para él, que yacía al fondo del cementerio, en su pobre tumba sin consagrar, un montículo desnudo, sin una palabra que indicara que estaba allí.

«Asesino», eso no significaba nada para ella. Él era el ser que adoraba, su Hombre, el amante que había poseído no solo su cuerpo, sino su alma. En un momento de locura había matado a alguien. ¿Acaso no había pagado ya su deuda?

El día que lo arrestaron, ella juró no volver a tener nada que ver con ningún otro hombre, jamás. Abandonaría la vida que llevaba, trabajaría, volvería a ser una chica honrada.

Siguió mirando las flores. Un vendedor le susurró:

—¿Un ramo? ¿Y unos crisantemos? ¿Violetas?

Pasó de largo sin responder, pues no tenía ni un céntimo. Sin embargo, tenía una idea en mente: flores. Necesitaba flores. Tenía que conseguirle flores de alguna manera, se lo había prometido.

Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio, pero ya no era consciente de ello. Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio, imaginándola adornada con flores. Pero el dinero, ¿cómo iba a conseguirlo? ¿Qué podía hacer?

La solución que se le ocurrió era la más obvia, y no parecía contradecir su promesa de honrar la memoria de su amado.

Como un buen artesano que regresa a su taller, toma sus herramientas y se pone a trabajar, se arregló el cabello mecánicamente, se acomodó el vestido y comenzó a caminar por la calle como solía hacerlo en los viejos tiempos, cuando su hombre, jugando a las cartas en el café, era lo único que le importaba en el mundo.

Siguió caminando, con la mirada atenta, contoneando las caderas, pero estaba demasiado demacrada: una sola mirada bastaba para que los hombres se alejaran. Y, en efecto, su rostro ya no era un rostro para el placer; tampoco su cuerpo, con sus ángulos marcados y profundas concavidades visibles bajo su fino vestido de algodón. En tiempos pasados, cuando era hermosa, cuando realmente era la «Ojos Azules» que todos admiraban, las cosas eran diferentes. Ahora solo era objeto de lástima.

La luz del día se desvanecía. ¿Y si el cementerio cerraba antes de que pudiera comprar las flores?

Caía una llovizna fina, silenciosa, impalpable, y todo se envolvía en sombras grises. Ya no se veía nada de su delgado rostro excepto sus ojos, dos grandes ojos que ardían de fiebre.

Un hombre doblaba la esquina de una calle tranquila, con el cuello del abrigo levantado y las manos en los bolsillos. Ella rozó su brazo y le dijo suavemente, con la voz llena de anhelo:

—¿No quieres venir conmigo.?

La miró un instante. Ella se había acercado, sus ojos penetrando los suyos con la expresión inspirada de quien tiene una misión importante.

Él la tomó del brazo y ella lo condujo al modesto hotel que acababa de dejar. A través de la puerta entreabierta, dijo rápidamente:

—Mi llave. Una vela.

La encargada respondió en voz baja:

—Número 23, segundo piso, tercera puerta.

Los hombres y las mujeres del café se inclinaron para ver quién era, y mientras subía las escaleras oyó exclamaciones y carcajadas.

Ya casi era de noche cuando bajó. Se despidió apresuradamente de su acompañante y echó a correr. Deteniéndose ante la primera florista que encontró, tomó el ramo más cercano y arrojó las dos monedas de plata que tintineaban en sus manos.

Corrió hacia el cementerio. La gente se marchaba en pequeños grupos. Temblaba. ¿Aún habría tiempo? En la entrada, el portero dijo:

—¡Demasiado tarde! Ya cerramos.

—¡Ay, por favor, por favor! Solo quiero entrar y salir rápidamente. Solo dos minutos.

—Muy bien. Pero rápido.

Bajó corriendo por el sendero, tropezando con las piedras en la oscuridad. Era un largo camino. Apenas podía respirar; algo le quemaba el pecho con un dolor insoportable. Se detuvo junto al muro donde entierran a los ejecutados y cayó de rodillas, esparciendo sus flores por la tierra. Las lágrimas le corrían por las mejillas, goteando entre las manos que se apretaban contra el rostro. Intentó rezar, pero no recordaba las palabras adecuadas, y solo sollozó, con los labios pegados al suelo:

—¡Ay, mi hombre... mi hombre...!

Entonces, tan agotada que había perdido la sensibilidad en las extremidades, pero con una sensación de alivio, casi de alegría en el corazón, se levantó y se alejó. Incluso le sonrió al portero mientras decía:

—Como ves, no me tomó mucho tiempo.

Ahora que todo había terminado, ahora que había cumplido su promesa, que había estado cerca de su hombre, volvió a sentir el frío y el cansancio. Apenas podía arrastrarse, la tos era terrible: de vez en cuando tenía que detenerse y apoyarse contra la pared.

Finalmente, regresó al hotel y entró tambaleándose. Las chicas y los chicos seguían jugando a las cartas en la habitación sofocante y llena de humo. Un silencio sepulcral se apoderó de todos al verla. Intentó reír.

Una mujer al fondo de la habitación se dejó caer en la silla y exclamó:

—¡Qué buen comienzo, Ojos Azules! Necesitabas un poco de valor, ¿no?

Se encogió de hombros. La otra continuó:

—¿Sabías quién era tu cliente?

—No.

—Bueno, te lo diré. Era Le Bingue.

Ojos Azules tartamudeó:

—¿Qué dices? Le...

La otra vació su vaso y volvió a tomar las cartas, respondiendo:

—Sí, Le Bingue. Ya sabes, el verdugo.

Maurice Level (1875-1926)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Maurice Level: Ojos azules (Mes yeux), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas.


M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas.




La semana pasada, al analizar el cuento de May Sinclair: La naturaleza de la evidencia (The Nature of Evidence), comentábamos que uno de los maestros del género, M. R. James, estableció que el sexo debía excluirse del relato de fantasmas, llegando a afirmar que su inclusión era un «error fatal»; aunque sus historias, por asépticas que parezcan en términos de intimidad física, de hecho abrazan la sexualidad humana.

En el ensayo de 1929: Historias que he intentado escribir (Stories I Have Tried to Write), M. R. James instó a los escritores del género a ser discretos en la materia, no así en cuanto a la violencia, el salvajismo, lo perturbador. Por ejemplo, en Corazones perdidos (Lost Hearts), James presenta a un aficionado a la magia negra que engaña a un grupo de jóvenes y les arranca el corazón cuando aún están con vida.

Volvamos al ensayo de 1929. James afirma:


«La discreción contribuye al efecto, la ostentación lo arruina, y hay mucha ostentación en relatos recientes. Además, incluyen sexo, lo cual es un error fatal; el sexo ya resulta bastante tedioso en las novelas; en un relato de fantasmas, o como eje central de uno, no lo tolero.»


Por un lado, M. R. James excluye la intimidad física del cuento de fantasmas, pero advierte que el escritor no debe ser «suave ni insulso»:


«La malevolencia y el terror, la mirada de rostros malvados, la sonrisa pétrea de la malicia sobrenatural, las figuras que acechan en la oscuridad y los gritos lejanos y prolongados están presentes, al igual que una pizca de sangre, derramada con deliberación y cuidadosamente dosificada.»


En Los fantasmas los tratan con gentileza (Ghosts Treat Them Gently, 1931), James amplía estas recomendaciones:


«Por supuesto, todos los escritores de historias de fantasmas desean provocar escalofríos; pero estos son descarados en sus intentos. Son increíblemente groseros y repentinos, y se regodean en la corrupción. Y si hay un tema que debería mantenerse fuera de las historias de fantasmas, es el del osario. Eso y el sexo.»


James no era tan puritano como H. P. Lovecraft, pero de todos modos creía que el romance y, sobre todo, el sexo, son meras distracciones, condimentos innecesarios en el terror. Por el contrario, vindicaba la sutileza, la ambientación, la sugerencia, la contención, como los auténticos motores del miedo. No es casual que la mayoría de sus historias, así como las de Lovecraft, se abstuvieran de introducir protagonistas con intereses amorosos o siquiera con deseo hacia las mujeres, siendo en general anticuarios, académicos y eruditos solteros en entornos dominados por varones.

Sin embargo, no es posible excluir una parte fundamental de la experiencia humana; a lo sumo, se la puede desplazar, recluir o reprimir, pero al final encuentra la forma de salir a la superficie. Tal es así que los protagonistas de M. R. James a menudo centran sus experiencias en la repulsión a ser tocados por fantasmas y entidades demoníacas, casi como si estas encarnaran la ansiedad del autor por la sexualidad en general, pero específicamente por la intimidad física.

Sigmund Freud, quien examinó de cerca un buen número de historias macabras del siglo XIX, vio en los cuentos de fantasmas una forma de liberación de sentimientos e impulsos reprimidos [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. El propio M. R. James estaba al tanto de las fuertes corrientes psicológicas subyacentes en sus historias, pero, como todo material reprimido, era impotente para combatirlas. Además, es sabido que James sentía aversión por el contacto físico, aunque disfrutó de varias amistades con sus alumnos, por supuesto, platónicas, puramente intelectuales.

Su rechazo por el contacto físico, y en consecuencia, por toda forma de intimidad que no fuera intelectual, generó un variado catálogo de demonios, monstruos y manifestaciones sobrenaturales cuyo clímax se produce en el contacto físico con el protagonista. Más aún, los mejores monstruos de James, aquellos capaces de transportar a la superficie sus propios sentimientos reprimidos, en general presentan desagradables anormalidades físicas [ver: El otro Conde: análisis de «El Conde Magnus» de M.R. James]

Entonces, el monstruo promedio de James: antiguo, deforme, subterráneo, atado al conocimiento prohibido, asciende a la superficie para «tocar» al asexuado protagonista, quien frecuentemente es un erudito o un anticuario, como el propio autor. En otras palabras, se colocó a sí mismo [simbólicamente] como protagonista de sus historias. Esto, pienso, una forma de honestidad.

M. R. James perfeccionó un estilo personal que se conoce como jamesiano, esencialmente tres ingredientes que se repiten porque resuenan con el universo interior del autor, y por lo tanto son terreno fértil para el surgimiento de material reprimido. Repasemos:

a- Un pintoresco pueblo inglés, a veces rural, a veces costero; o una antigua abadía, un monasterio, situados en Suecia, Dinamarca o Francia.

b- Un protagonista erudito, anticuario, caballero, de carácter reservado y bastante ingenuo.

c- El descubrimiento de un libro prohibido u algún objeto antiguo que despierta o atrae la atención de una criatura sobrenatural.

Eso es lo jamesiano, en mi opinión, no el estilo narrativo, que por supuesto tiene sus particularidades. La intención de James era ponerse a sí mismo en sus historias por varias razones, entre otras, porque deseaba «poner al lector en la posición de decirse a sí mismo: ¡Si no tengo cuidado, algo así me puede pasar a mí!» Un tanto ingenuo, es cierto, pero el efecto secundario de involucrarse en sus historias es la inclusión de sentimientos reprimidos. Él mismo vivía en un lugar pintoresco, él mismo era anticuario, y el libro prohibido que despierta o atrae al «monstruo» es la historia que está escribiendo.

Ahora bien, el Monstruo jamesiano nunca hace una entrada espectacular, más bien se introduce en la historia a través de la sugerencia, siendo el lector quien debe aportar una dosis de imaginación para rellenar los espacios en blanco. El narrador, por lo general, primero se centra en cuestiones mundanas, como la descripción de paisajes y arquitecturas, para darle mayor contraste a las insinuaciones sobrenaturales. En cierto modo, lo jamesiano tiene algo de musical. El propio James lo desliza en el prólogo de la antología de 1924: Fantasmas y maravillas (Ghosts and Marvels):


«Dos ingredientes de los más valiosos en la creación de una historia de fantasmas son, para mí, la atmósfera y el crescendo bien manejado (...) Seamos, pues, presentados a los actores de manera plácida; veámoslos haciendo sus cosas cotidianas, sin perturbarse por presentimientos, complacidos con su entorno; y en este ambiente tranquilo dejemos que la cosa ominosa saque la cabeza, discretamente al principio, y luego con más insistencia, hasta que domine el escenario.»


En cuanto al Monstruo, James señala: «Otro requisito, en mi opinión, es que el fantasma sea malévolo u odioso: las apariciones amables y serviciales están muy bien en los cuentos de hadas o en las leyendas locales, pero no tienen lugar en una historia de fantasmas.» [ver: La biología de los monstruos]

Ahora bien, para excluir al sexo de sus historias, James debió excluir a la mujer, y, por extensión, a lo femenino. Esto no constituyó un gran esfuerzo para alguien que no tenía interés en el sexo opuesto. Además, James [como sus protagonistas] vivía en un ámbito académico, exclusivamente masculino, donde el contacto con mujeres se limitaba a madres, hermanas y sirvientas. Mucho se ha escrito sobre este universo académico de hombres recluidos cuyo mayor temor era ser señalado como homosexual.

Es decir que M. R. James evitó incluir al sexo en sus cuentos de fantasmas, sin embargo, eso no significa que la sexualidad estuviera ausente, todo lo contrario. En estas historias donde no hay intimidad física, existen otra clase de comuniones simbólicas. Uno se pregunta porqué James se empeñó tanto en hacer pública su reticencia a la representación del acto sexual. Una de las respuestas es que se trató de una defensa o de justificación por su falta de conocimiento en la materia, porque en el artículo de 1929: Algunas observaciones sobre los relatos de fantasmas (Some Remarks on Ghost Stories), amplía su aversión más allá de su obra:

Resulta lógico que James no tuviera interés en representar la intimidad física porque eso constituye una forma de interés en el tema. Su mundo era muy recluido, ordenado; y aparte de algunas pocas amistades, no tenía ninguna válvula de escape para la intimidad. Sin embargo, sus personajes masculinos y femeninos expresan aspectos muy interesantes de su personalidad, aspectos que, por otro lado, James no podía explorar en su vida porque podrían interpretarse como sexuales, y de una manera particularmente perturbadora.

Es evidente que James utiliza a sus monstruosidades como vehículos para canalizar su libido reprimida o frustrada. De hecho, los seres jamesianos se caracterizan por surgir de una prohibición transgredida [la lectura de un libro, el descubrimiento de un artefacto, etc.], y cuando salen a la luz se vuelven peligrosos, atacan a quien los ha hecho emerger a la superficie. Esto, en mi opinión, es de una enorme honradez intelectual. James podría haber escrito sobre cualquier cosa donde la ausencia de intimidad física fuera esperable, pero eligió tratar sobre aquello que es, simbólicamente, pura sexualidad reprimida.

M. R, James, como hemos visto, tiene un perfil de protagonista, pero también un arquetipo femenino que suele estar presente en sus historias. En general, es una mujer madura, decidida, de temperamento fuerte, que no teme a la aventura y manipula a los hombres más débiles. Carl Jung diría que estas señoras han completado parte del proceso de individuación, llegando a integrar su animus [lo masculino] y confían en sí mismas. En cierto modo, estas mujeres son opuestas al otro tipo de hombre en la ficción jamesiana, que podría describirse como un varón joven y afeminado, alguien que no ha integrado completamente su masculinidad, o, en términos freudianos, que no ha logrado destituir al arquetipo materno.

Estos varones, además, hacen todo lo posible para evitar convertirse en hombres comunes, y por lo tanto interesados en las mujeres. Están centrados en el ámbito académico, en sus estudios, viven rodeados de otros varones jóvenes, no cultivan relaciones fuera de la universidad y sus aficiones personales no difieren demasiado de sus intereses intelectuales. De hecho, esta incapacidad para desenvolverse en el mundo exterior es lo que termina metiéndolos en problemas.

M. R. James a veces se encarniza con sus escasos personajes femeninos, en especial con aquellos que se desvían del ideal de mujer de la época. Un ejemplo típico de alteridad es la señora Mothersole en El fresno (The Ash-Tree), una mujer mayor que trepa árboles por la noche buscando las ramas de fresno que crecen en la propiedad de un terrateniente, introduciéndose de este modo en un espacio seguro de la masculinidad tradicional. Sin embargo, James también presenta representaciones positivas de la feminidad en muchas historias, aunque siempre con la consabida ausencia de contacto físico.

Lo monstruoso, en James, coexiste con el decoro, y funciona como una sexualidad sublimada. En sus obras encontramos casi tantas mujeres fantasmas y hembras maduras, fuertes y peligrosas como hombres afeminados y monstruosidades masculinas marcadas por un comportamiento sádico. Si su ficción servía o no como válvula de escape, tal vez la única disponible, para comportamientos que el propio autor hubiera deseado transgredir, es materia de opinión. Recordemos que James pertenecía a la élite del ámbito universitario, un tipo respetable, admirado, que protegía celosamente su privacidad. Sus cuentos, tal vez, son la única expresión cruda de su mundo interior en lo que respecta al sexo.

Si hablamos de contenido reprimido hay que mencionar el cuento de 1911: El cerco de Martin (Martin’s Close), donde su protagonista, la difunta Ann Clark, acosa incesantemente a George Martin, su antiguo amante. Esto, que parece una versión temprana de la «hierve conejos», adquiere tintes macabros cuando descubrimos que Ann, la «despechada», es una chica marginada que, además, sufre de discapacidad mental, lo cual la sitúa en una relación asimétrica con el adinerado George Martin. En vida, sufrió toda clase de vejaciones de parte de George; solo en la muerte, como fantasma, ella se convierte en una depredadora.

En el relato de 1928: El pozo de las lamentaciones (Wailing Well), M. R. James juega con el concepto de vampiros [algo así], tanto femeninos como masculinos, quienes atacan a los que se aventuran en los campos que rodean el Pozo. El asesinato Stanley Judkins, el protagonista, sugiere la representación de la escena sexual primaria. Su cuerpo, al final, cuelga de un árbol después de que tres vampiresas se saciaran con su sangre, sin obtener ni un ápice del placer que experimentó John Harker al ser abusado por las tres novias de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. En el relato de 1913: La historia de una desaparición y una aparición (The Story of a Disappearance and an Appearance) se nos presenta un sueño dentro de un sueño, un distanciamiento necesario [en aquella época] para atenuar el impacto de una escena de violación masculina.

No creo que sea necesario presentar al vampirismo como ejemplo de sexualidad reprimida en tiempos de James. Ya era un tropo bien establecido, de modo que las mordidas, que podrían interpretarse como algo sexual, eran inevitables. Sin embargo, solo Lady Sadleir, en el cuento de 1925: El insólito libro de oraciones (The Uncommon Prayer-Book), es una vampiresa que muerde el cuello de su víctima.

Es frecuente que M. R. James proporcione chispazos de contacto íntimo, siempre en un contexto repugnante. En el relato de 1911: Una historia escolar (A School Story), el señor Sampson lleva tres décadas desaparecido después de ver a un espectro [femenino] trepando por su ventana. Sus cuerpos sin vida son encontrados en un pozo, «fuertemente abrazados». Sampson, como muchos protagonistas jamesianos, no hace demasiado para despertar el ataque, y, cuando este llega, siempre es muy físico, íntimo incluso.

Como ocurre en los cuentos de Lovecraft, la ausencia de sexo en la obra de James hace que sus expresiones secundarias adquieran mayor relieve. Constantemente encontramos manifestaciones fálicas peludas, dentadas, protuberantes, carnosas, rosadas, que ganan protagonismo gracias a que James mantiene sus historias cuidadosamente libres de referencias explícitas [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. Por ejemplo, en el relato de 1904: Silba y acudiré (Oh, Whistle, and I'll Come to You, My Lad), un hombre es atormentado en la oscuridad de su dormitorio por una entidad incorpórea, y el terror final, el clímax de la historia, se enfoca en la visión de la cama desordenada [ver: El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré»]

El decoro de M. R. James, su obsesión con barrer cualquier referencia sexual directa, al final tiene un efecto brillante. Por un lado, no estaba influido por los tropos freudianos, de modo que estos símbolos aparecen de forma plena, indicativa de los sentimientos del autor por no ser buscados. Por el otro, la carga de libido reprimida la lleva el Monstruo [o lo que sea que regresa a la superficie], y por tratarse de un Monstruo no puede liberarse de forma ordinaria [sexualidad «normal»], generando esas típicas escenas jamesianas.

Una de ellas se encuentra en el relato de 1911: El maleficio de las runas (Casting the Runes), donde el arquetipo de la vagina dentata aparece de forma casi directa, haciendo que su carga subconsciente [tabú] resulte notablemente eficaz, sin ser arruinada por un autor pendiente de los tropos freudianos, y por lo tanto proclive a disimularlos para que resulten menos reveladores de sus neurosis personales. En esta historia, el señor Dunning está en la cama, mete la mano en el conocido hueco debajo de la almohada, y lo que roza, lo que toca, es una boca... con dientes... y pelo... [ver: Horror táctil: análisis de «El Maleficio de las Runas»]




Taller gótico. I M. R. James.


Más literatura gótica:
El artículo: M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La naturaleza de la evidencia»: May Sinclair; relato y análisis.


«La naturaleza de la evidencia»: May Sinclair; relato y análisis.




«Ella se había convencido de que era solo una casa embrujada,
ya sabes, esas cosas que no crees hasta que te suceden.»



La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa May Sinclair —seudónimo de Mary Amelia St. Clair (1863-1946)—, publicado originalmente en la edición de mayo de 1923 de la revista Fortune, y luego reeditado en la antología del mismo año: Historias inquietantes (Uncanny Stories).

La naturaleza de la evidencia es uno de los cuentos de May Sinclair más extraños. En la superficie, es una historia de fantasmas sobre una difunta, llamada Rosamund, quien empieza a interactuar con el plano de los vivos cuando Edward Marston, su marido, vuelve a casarse, desde luego, mostrando su descontento por la elección de su segunda esposa, Pauline. Pero debajo de eso hay mucho más.

El punto focal de los fenómenos paranormales que ocurren en esta casa es la cama matrimonial. De hecho, Rosamund, una de las más inusuales apariciones post-mortem, está determinada a impedir que Marston y Pauline compartan el lecho alguna vez y consumen su matrimonio, llegando incluso a meterse en la cama con ellos [ver: ¡Algo sacude la cama!]

En este contexto, La naturaleza de la evidencia presenta un escenario cargado de impulsos eróticos reprimidos, y se pregunta si el goce espiritual está o no por encima de la satisfacción carnal: pasional, terrenal y momentánea. En otras palabras, Marston debe elegir entre comulgar espiritualmente con su esposa muerta [a quien ama] o consumar sus apetitos carnales con Pauline [a quien desea].

Esta dinámica ataca el principal axioma del género hasta entonces, acuñado por M. R. James, quien en el ensayo de 1929, titulado: Algunas observaciones sobre los relatos de fantasmas (Some Remarks on Ghost Stories), afirmó que el sexo no tiene lugar en la historia de fantasmas [ver: El único tema que debe excluirse de las historias de fantasmas.]. Pero, ¿estaba en lo cierto? En primer lugar, M. R. James sostuvo que el sexo no tiene lugar, es decir, que no es un ingrediente indispensable, pero la sexualidad sí. En este sentido, La naturaleza de la evidencia desafía esta interpretación al colocar a una pareja que desea disfrutar de su noche de bodas y a un fantasma, Rosamund, con todas las características de los espectros de M. R, James, empeñado en obstruir ese encuentro [ver: El cuento de fantasmas de M. R. James]

May Sinclair se divierte jugando con las prohibiciones de M. R. James. ¿Es mucho pedir que dos personas puedan acostarse en una historia de fantasmas? Aparentemente, sí. M. R. James defendía la postura de que el horror debe centrarse en lo extraño, en lo paranormal, en la naturaleza demoníaca de estas manifestaciones, pero los fantasmas de May Sinclair no son demonios ni vampiros ni monjes que pactaron con el diablo. Son seres humanos ordinarios, o lo fueron alguna vez, y por lo tanto necesitan expresar su angustia, darle voz a la tragedia de la muerte. Regresan, es cierto, como los de M. R. James, pero no para llevar a cabo una venganza o para castigar a los que siguen vivos, sino para ser recordados, reconocidos, escuchados. Eso es lo único que ansían los fantasmas de May Sinclair: ser escuchados.

Tampoco es justo pensar que ambos autores están en extremos opuestos. Más bien, May Sinclair lleva sus historias un paso más allá del punto donde M. R. James las terminaría, es decir, en el instante en que se revela el misterio. May Sinclair quiere que sus personajes interpreten, entiendan y resuelvan el conflicto del fantasma [sin caer en sentimentalismos]; en definitiva, quiere que resuelvan el misterio porque de ese modo resolverán el suyo, aún cuando eso los lleve a otro tipo de sufrimiento, Como en Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched), donde una mujer muerta se ve obligada a revivir una y otra vez su único romance, eternamente, con un hombre apático. Para James, en cambio, el misterio es lo único que importa. Todo lo demás, incluso los conflictos humanos, son una distracción.

Así llegamos a La naturaleza de la evidencia, un cuento poco jamesiano, si se quiere, donde todo gira en torno al amor y al sexo atravesados por la culpa. Marston todavía ama a su difunta esposa, Rosamund, pero sabe que podría llegar a enamorarse de Pauline si consiguen consolidarse como pareja [comenzando por compartir el lecho], pero la culpa, encarnada en el fantasma de Rosamund, ataca el espacio de transición en esa relación: la cama matrimonial. En cierto modo, La naturaleza de la evidencia comparte algunos matices con Edgar Allan Poe, además de la yuxtaposición de dos mujeres jóvenes y hermosas, una muerta y otra viva, una rubia y otra morena; una virginal y otra sensual [al estilo de Ligeia y Lady Rowena]; por ejemplo, la tensión entre sexualidad y espiritualidad, entre el deseo carnal y el amor elevado.

Podría decirse que May Sinclair amplía los horizontes del cuento de fantasmas tradicional al incorporar elementos del modernismo y la psicología [en especial las teorías de Sigmund Freud] sin desbaratar su esencia.

Algunas de las controversias dentro de La naturaleza de la evidencia son algo escurridizas para nosotros, situados poco más de cien años después de que se escribiera. Por ejemplo, la insinuación de que Marston [viudo] y Pauline [divorciada] ingresan en un matrimonio sencillo basado en la necesidad de contacto físico y emocional, es decir, sexo, y acaso lujuria. La difunta Rosamund, por supuesto, no lo aprueba, pero no porque desee frustrar los impulsos de su marido a causa de los celos. De hecho, la propia Rosamund, antes de morir, le dice a su esposo que espera que él vuelva a casarse algún día, pero solo con «la mujer adecuada». Si acaso contrajera matrimonio con la mujer equivocada, ella «no lo soportaría». Ahora bien, no queda claro [al menos para mí] porqué Pauline no es «la mujer adecuada», aunque por sus modos se la retrata como vulgar y licenciosa, para los parámetros de la época [simplemente quiere acostarse con su nuevo marido]. Supongo que Rosamund desea invitar a Marston a un tipo de goce superior al que podría proporcionarle Pauline, más extático, espiritual, pero también físico [sensorial, quiero decir], con ella, no ya en la vieja cama matrimonial, sino en la biblioteca [ver: La casa embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

El desenlace de La naturaleza de la evidencia es espléndido. Por un lado tenemos a Pauline, descrita como una mujer mundana con una fuerte libido, dueña de «una belleza arrolladora». Por el otro está Rosamund, inocente e infantil, con algo de «celestial», quienes pugnan entre sí. Una invita al goce, la otra incita su postergación; y al final [¡por fin!], somos testigos de un memorable encuentro íntimo [por poco orgiástico] entre un hombre y un espíritu:


«(Marston) salió tras ella, apenas consciente del cuerpo desnudo de Pauline que aún se retorcía allí, aferrándose a sus pies al pasar, como un gusano, como una bestia, por el suelo.
Mientras bajaba las escaleras tras el fantasma, pudo ver el rostro de Pauline, distorsionado por la lujuria y el terror, observándolos desde lo alto de la escalera. Ella los vio descender el último tramo, cruzar el pasillo y entrar en la biblioteca. La puerta se cerró tras ellos.»


Entonces, Marston llega a considerar el cuerpo desnudo y terrenal de Pauline «como un gusano, como una bestia», en una muestra freudiana de aversión a lo vermiforme; en contraste con la incorporeidad de Rosamund [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. De algún modo, mediante maniobras que May Sinclair se abstuvo de comentar, Marston y Rosamund experimentan la «pasión en cada instante del ser», el «momento supremo», el «éxtasis». De más está decir que, al día siguiente, Pauline se va para siempre de esa casa.




La naturaleza de la evidencia.
The Nature of the Evidence, May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Esta es la historia que me contó Marston. No quería contarla. Tuve que sacársela poco a poco. He reconstruido los fragmentos cronológicamente y he explicado algunas cosas aquí y allá, pero los hechos son los que él me dio.

De él, bueno, admitirás que mi fuente es intachable. Edward Marston, el gran K.C., y autor de una admirable obra sobre «La lógica de la evidencia». Deberías haber leído los capítulos sobre «Qué es evidencia y qué no es». Puedes decir que mintió; pero si conocieras a Marston sabrías que no mentiría, por la sencilla razón de que es incapaz de inventar nada. Así que, si me preguntas si creo esta historia, lo único que puedo decir es que creo que las cosas sucedieron, porque él dijo que sucedieron y porque le sucedieron a él. En cuanto a qué fueron... bueno, no pretendo explicarlo, ni él tampoco lo haría.

Sabes que se casó dos veces. Adoraba a su primera esposa, Rosamund, y Rosamund lo adoraba a él. Supongo que eran felices. Ella era quince años menor que él y hermosa. Ojalá pudiera hacerte ver lo hermosa que era. Sus ojos y su boca tenían la misma forma de arco, grandes y amplios, y lo miraban con la misma inocencia grave y contemplativa. Sus comisuras estaban rematadas con una delicada moldura, redondeada como el pétalo de una flor. Llevaba el cabello recogido en un flequillo dorado sobre la frente, como el de una niña, y un gran moño en la nuca. Cuando lo llevaba suelto, le llegaba a la cintura como un grueso cable. Marston solía burlarse de ella por eso. Tenía la costumbre de tirar la cuerda hacia atrás por la noche, cuando hacía calor, y esta le caía de lleno en la cara.

Había en ella una melancolía que no puedo describir: una belleza curiosa, pura y dulce, como la de una niña. Perfecta, y perfectamente inmadura; tan inmadura que resultaba imposible imaginar que durara así, del mismo modo que la infancia no dura. Marston solía decir que le ponía nervioso. Temía despertar y descubrir que había cambiado durante la noche. Y su belleza era tan intrínseca que era imposible pensar en Rosamund sin ella. De alguna manera, uno sentía que si una se iba, la otra también se iría.

Pues bien, ella se fue primero.

Durante el año siguiente, Marston vivió siempre al borde del colapso. Si no se derrumbó del todo fue porque su trabajo lo salvó. No tenía teorías que lo consolaran. Era uno de esos materialistas fanáticos del siglo XIX que creían que la conciencia era una función puramente fisiológica y que, cuando el cuerpo muere, uno muere. No veía razón para suponer lo contrario. «Si se tiene en cuenta», solía decir, «¡la naturaleza de la evidencia!».

Es bueno tener esto presente para comprender que no tenía prejuicios ni expectativas. Rosamund solo sobrevivía en sus recuerdos. Y en sus recuerdos seguía enamorado de ella. Al mismo tiempo, solía hablar con bastante cinismo sobre la posibilidad de volver a casarse. Parece que durante su luna de miel habían abordado ese tema. Rosamund decía que odiaba pensar en él solo y miserable, y, suponiendo que ella muriera antes que él, le hubiese gustado que él se casara de nuevo. Si, estipuló ella, se casaba con la mujer adecuada.

Él le había preguntado:

—¿Y si me caso con la equivocada?

Ella había respondido:

—Eso sería diferente. No lo soportaría.

Él recordó todo esto después; pero en aquel momento no había nada que le hiciera pensar que ella tomaría medidas.

Una noche, él y yo lo hablamos.

—Supongo —dijo—, que tendré que casarme de nuevo. Es una necesidad física. Pero no será nada. No me casaré con una mujer que espere algo más. No pondré a otra mujer en el lugar de Rosamund. No habrá infidelidad.

Y no la hubo. Poco después de ese primer año, se casó con Pauline Silver.

Ella era hija del viejo juez Parker, amigo de la gente de Marston. No había visto a la chica hasta que regresó de la India tras su divorcio.

Sí, se habían divorciado. Silver se había comportado con decencia. Le había permitido usar el caso en su contra para protegerla. Pero circulaban algunos rumores extraños. No llegaron a oídos de Marston, porque estaba muy involucrado con la gente de ella; y si lo hubieran hecho, no los habría creído. Había decidido casarse con Pauline en cuanto la vio. Era guapa; de esas de piel oscura, negra, blanca y bermellón, con una pequeña nariz aristocrática y una boca lasciva.

Fue, tal como él lo había planeado, pura atracción física por ambas partes. Ni hablar de que Pauline ocupara el lugar de Rosamund.

Marston tenía un caso importante entre manos en ese momento. Los dos tenían tanta prisa que no podían esperar; y como eso lo mantenía en Londres, acordaron posponer su luna de miel hasta el otoño; y él la llevó directamente a su casa en Curzon Street.

Después admitió que esa era la parte que odiaba. La casa de la calle Curzon estaba asociada a Rosamund; especialmente su dormitorio —el dormitorio de Rosamund— y su biblioteca. La biblioteca era la habitación que más le gustaba a Rosamund, porque era su habitación. Tenía su lugar en el rincón junto a la chimenea, y siempre estaban solos allí por las noches cuando él terminaba de trabajar, y cuando aún no había terminado, ella seguía sentada con él, en silencio en su rincón con un libro. Por suerte para Marston, a Pauline le disgustó la biblioteca desde el primer momento.

Puedo oírla:

—¡Brrr! Hay algo bestial en esta habitación, Edward. No puedo imaginar cómo puedes sentarte aquí.

Y Edward, un poco cáustico:

—No tienes por qué, si no te gusta.

—Desde luego que no.

Allí estaba ella —la veo—, sobre la alfombra junto a la silla de Rosamund, con un aspecto inusualmente hermoso y lascivo. Iba a tomarla en brazos y besar sus labios bermellones cuando, según dijo, algo lo detuvo. Lo detuvo en seco, como si se hubiera alzado e interpuesto entre ellos. Supuso que era el recuerdo de Rosamund, vívido en el lugar que había sido suyo.

Verás, era precisamente ese lugar, de comunión silenciosa e íntima, el que Pauline jamás aceptaría. Y aquella criatura rica, tosca y complaciente ni siquiera quería aceptarlo. Comprendió que allí se quedaría solo con su recuerdo.

Pero el dormitorio era otra historia. Pauline lo había dejado claro desde el principio: tendría que ser suyo. De hecho, no había otro que él pudiera haberle ofrecido. El salón ocupaba toda la primera planta. Los dormitorios de arriba eran estrechos, y este se había formado uniendo las dos habitaciones delanteras. Daba al sur, y el baño se abría a la parte trasera. La pequeña habitación norte tenía una puerta en el estrecho rellano, perpendicular a la puerta de su esposa. Difícilmente podía esperar que ella durmiera allí, y mucho menos en alguna de las diminutas habitaciones del último piso. Decía que ojalá hubiera vendido la casa de la calle Curzon.

Pero Pauline estaba encantada con la amplia habitación de tres ventanas que iba a ser suya. Había sido exquisitamente amueblada para la pobre Rosamund: todo de madera de nogal del siglo XVII, alfombras de Bokhara, gruesas cortinas de seda azul oscuro con forro morado, y una cama grande y lujosa cubierta con una colcha morada, bordada en azul.

Una cosa en la que Marston insistió fue en dormir en el lado de la cama de Rosamund, y Pauline en su antiguo sitio. No quería ver el cuerpo de Pauline donde había estado el de Rosamund. Por supuesto, tuvo que mentir y fingir que siempre había dormido junto a la ventana.

Puedo ver a Pauline dando vueltas por la habitación, observándolo todo; mirándose a sí misma, su negro, blanco y bermellón, en el cristal que había contenido el vestido rosa y dorado de Rosamund; abriendo el armario donde solían colgar los vestidos de Rosamund, aspirando el delicado aroma floral de Rosamund, sin importarle, cubriéndolo con su propio y espeso rastro.

Y Marston (a quien le importaba muchísimo) puedo verlo cada vez más miserable y a la vez más excitado a medida que avanzaba la noche. La llevó al teatro para matar el tiempo, o quizás para sacarla de la habitación de Rosamund; Dios sabe. Los veo sentados en los palcos, aburridos e inquietos, levantándose y saliendo antes de que terminara la función, y regresando a esa casa en la calle Curzon antes de las once.

No eran mucho más de las once cuando él fue a su habitación.

Ya te dije que su puerta estaba en ángulo recto con la suya, y el rellano era estrecho, así que cualquiera que estuviera junto a la puerta de Pauline debió ser visto en cuanto él abrió la suya. Ni siquiera tuvo que cruzar el rellano para llegar hasta ella. Bueno, Marston jura que no había nadie cuando abrió su puerta; pero cuando llegó a la de Pauline vio a Rosamund de pie frente a ella; y, dijo: «No me dejó entrar».

Tenía los brazos extendidos, bloqueando el paso. Oh, sí, vio su rostro, el rostro de Rosamund; intuí que era dulce e inexorable. No podía pasar junto a ella. Así que se dirigió a su habitación, retrocediendo, según cuenta, para seguir mirándola. Y cuando se detuvo en el umbral de su puerta, ella ya no estaba.

No, no tenía miedo. No pudo decirme qué sentía; pero dejó la puerta abierta toda la noche porque no soportaba cerrarla. Y no hizo ningún otro intento de entrar en lo de Pauline; estaba convencido de que el fantasma de Rosamund volvería y se lo impediría.

No sé qué excusa le dio a Pauline a la mañana siguiente. Dijo que había estado muy rígida y malhumorada todo el día; y no me extraña. Seguía enamorado de ella, y no creo que el fantasma de Rosamund le hubiera hecho perder el interés por Pauline en lo más mínimo. De hecho, se convenció de que aquello no era más que una alucinación, sin duda debida a su excitación.

En cualquier caso, no esperaba volver a verla en la puerta la noche siguiente.

Pero estaba allí. Solo que, esta vez, dijo, se apartó para dejarlo pasar. Le sonrió, como diciendo: «Entra, si quieres; ya verás lo que pasa».

No tuvo la sensación de que lo hubiera seguido hasta la habitación; estaba seguro de que, esta vez, lo dejaría en paz. Fue cuando se acercó a la cama de Pauline, que había sido la de Rosamund, que ella apareció de nuevo, de pie entre él y la cama, extendiendo los brazos para detenerlo.

Lo único que Pauline pudo ver fue a su novio retrocediendo y retrocediendo, luego allí de pie, inmóvil, y la expresión de su rostro. Eso bastó para asustarla.

Ella dijo:

—¿Qué te pasa, Edward?

No se movió.

—¿Qué haces ahí parado? ¿Por qué no te acuestas?

Entonces Marston pareció perder la cabeza y lo soltó todo:

—No puedo. No puedo.

—¿No puedo qué? —preguntó Pauline desde la cama.

—No puedo dormir contigo. Ella no me deja.

—¿Ella?

—Rosamund. Mi esposa. Está ahí.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Está ahí, te lo aseguro. No me deja. Me está apartando.

Dice que Pauline debió pensar que estaba borracho o algo así. Ella no vio nada más que a Edward, su rostro y su actitud misteriosa. Se incorporó en la cama, con sus duros ojos negros fijos en él, y le dijo que saliera de la habitación en ese mismo instante. Y él lo hizo.

Al día siguiente, discutió con él. Entendí que no paraba de hablar del «estado» en que se encontraba.

—Entraste a mi habitación, Edward, en un estado lamentable.

Supongo que Marston se disculpó; pero no pudo evitarlo; no estaba borracho. Él insistió en que Rosamund estaba allí. La había visto. Y Pauline dijo que si no estaba borracho debía estar loco, a lo que él respondió con timidez: «Quizás estoy loco».

Eso la enfureció, y estalló en cólera. Él no estaba más loco que ella; pero no le importaba; ponía excusas ridículas, fingiendo para quitársela de encima. Había otra mujer.

Marston le preguntó por qué demonios creía que se había casado con ella. Entonces ella rompió a llorar y dijo que no lo sabía.

Luego parece que se reconcilió con Pauline. Logró convencerla de que no mentía, de que realmente había visto algo, y entre los dos llegaron a una explicación racional de la aparición. Había estado trabajando demasiado; el fantasma de Rosamund no era más que una alucinación de su mente agotada.

Esta teoría lo mantuvo despierto hasta la hora de dormir. Entonces, cuenta, empezó a preguntarse qué pasaría, qué haría a continuación el fantasma de Rosamund. Cada mañana, su pasión por Pauline regresaba, intensificada por la frustración, y se había vuelto cada vez más fuerte al anochecer.

De repente, se había vuelto propenso a las alucinaciones. Pero mientras supiera que estaba alucinando, todo estaba bien. Así que lo que acordaron hacer esa noche fue por precaución, en caso de que la cosa volviera a aparecer. Incluso podría ser suficiente para impedir que viera nada.

En lugar de entrar en la habitación de Pauline, debía entrar antes que ella, y ella debía ir allí con él. Eso, dijeron, rompería el hechizo. Para sentirse aún más seguro, pretendía estar en la cama antes de que llegara Pauline.

Bueno, entró en la habitación sin problema. Fue cuando intentó meterse en la cama que... la vio (me refiero a Rosamund).

Allí estaba ella, en su sitio junto a la ventana, su propio sitio, recostada en su belleza infantil e inmadura, dormida, con la firme y carnosa comisura de sus labios suavizada por el sueño. Era perfecta en cada detalle: las pestañas de sus párpados cerrados, doradas sobre sus mejillas blancas; el oro macizo de su flequillo cuadrado, brillante; y la gran trenza dorada de su cabello, echada hacia atrás sobre la almohada.

Él se arrodilló junto a la cama y apoyó la frente en las sábanas, cerca de ella. Declaró que podía sentir su respiración.

Se quedó allí durante los veinte minutos que Pauline tardó en desvestirse y acercarse. Dice que los minutos se le hicieron eternos. Pauline lo encontró todavía arrodillado, con el rostro hundido en las sábanas. Cuando se levantó, se tambaleó.

Ella le preguntó qué hacía y por qué no estaba en la cama. Y él dijo:

—Es inútil. No puedo. No puedo.

Pero, de alguna manera, no pudo decirle que Rosamund estaba allí. Rosamund era demasiado sagrada; no podía hablar de ella. Solo dijo:

—Será mejor que duermas en mi habitación esta noche.

Miraba fijamente el lugar de la cama donde aún veía a Rosamund. Pauline no podía ver nada más que sábanas, pero alisadas sobre un pecho invisible, y un hueco en la almohada. Dijo que no haría tal cosa. No iba a dejar que la asustaran para que se fuera de su habitación. Él podía hacer lo que quisiera.

No podía dejarlas allí; no podía dejar a Pauline con Rosamund, ni a Rosamund con Pauline. Así que se incorporó en una silla, dándole la espalda a la cama. No. No intentó volver a mirar. Dice que sabía que ella seguía allí, tumbada, vigilando su sitio, que era el de ella. Lo extraño es que no se sintió ni perturbado, ni asustado, ni sorprendido. Lo aceptó todo con naturalidad. Y al poco rato se quedó dormido.

Un grito lo despertó, seguido del sonido de un cuerpo que saltaba violentamente de la cama y se ponía de pie con un golpe seco. Encendió la luz y vio las sábanas desparramadas, y a Pauline de pie en el suelo con la boca abierta.

Se acercó a ella y la abrazó. Estaba fría al tacto y temblaba de terror, con la mandíbula desencajada como si estuviera paralizada.

Dijo:

—Edward, hay algo en la cama.

Volvió a mirar la cama. Estaba vacía.

—No hay nada —dijo él—. Mira.

Quitó la ropa de cama para que ella pudiera ver.

—Había algo.

—¿Lo viste?

—No. Lo sentí.

Ella se lo contó todo. Primero, algo se había balanceado y le había golpeado la cara. Una gruesa y pesada cuerda de cabello de mujer. La había despertado. Luego extendió las manos y palpó el cuerpo. Un cuerpo de mujer, suave y horrible; sus dedos se habían hundido en los pechos planos. Entonces gritó y dio un brinco.

Y no pudo quedarse en la habitación. La habitación, dijo, era «bestial».

Durmió en la habitación de Marston, en su pequeña cama individual, y él se quedó con ella toda la noche, en una silla.

Pauline empezó a creer que él había visto algo, y recordaba que la biblioteca también era monstruosa. Embrujada. Muy bien. Dos habitaciones de la casa estaban embrujadas: su dormitorio y la biblioteca. Tendrían que evitarlas. Ella se había convencido, ya sabes, de que no era más que un caso de una casa embrujada común y corriente; de esas cosas que siempre oyes y en las que nunca crees hasta que te suceden a ti. A Marston no le gustaba señalarle que la casa no había estado embrujada hasta que ella entrara.

La noche siguiente, la cuarta noche, ella debía dormir en la habitación de invitados del último piso, junto a los sirvientes, y Marston en la suya. Pero Marston no durmió. No dejaba de preguntarse si subiría o no a la habitación de Pauline. Eso lo ponía terriblemente inquieto, y en lugar de desvestirse e irse a la cama, se sentó en una silla con un libro. No estaba nervioso; Pero tenía la extraña sensación de que algo iba a suceder, de que debía estar preparado y de que más le valía ir vestido.

Debía de ser poco después de medianoche cuando oyó girar el pomo de la puerta, muy despacio. La puerta se abrió tras él y Pauline entró, moviéndose sin hacer ruido, y se detuvo frente a él. Se sobresaltó; pues había estado pensando en Rosamund, y al oír girar el pomo, esperaba ver entrar a la etérea Rosamund. Dice que, durante el primer minuto, fue la aparición de Pauline lo que le pareció extraño e inquietante.

No llevaba nada puesto, absolutamente nada, salvo una bata blanca, transparente, de gasa. Intentaba desabrochársela. Pudo ver cómo le temblaban las manos mientras forcejeaba con los cierres.

Se levantó de repente, y se quedaron allí de pie, uno frente al otro, sin decir nada, mirándose. Él quedó fascinado por el puro glamour de su cuerpo, que brillaba blanco a través de la fina tela, y por el movimiento de sus dedos. Creo que ya dije que era una mujer hermosa, y su belleza en ese momento era abrumadora.

Y él seguía mirándola sin decir nada. Parece que su silencio duró bastante tiempo, pero en realidad no pudo haber sido más que una fracción de segundo.

Entonces ella comenzó:

—Oh, Edward, por Dios, di algo. ¿No debería haber venido? —y continuó sin esperar respuesta—: ¿Estás pensando en ella? Porque, si... si lo estás, no voy a dejar que te aleje de mí... No lo voy a permitir... Ella seguirá viniendo mientras no... ¿No ves que esta es la manera de detenerlo...? Cuando me tomes en tus brazos.

Se quitó las mangas sueltas del vestido de gasa y este cayó a sus pies. Marston dice que oyó un sonido extraño, algo entre un gemido y un gruñido, y se sorprendió al descubrir que provenía de él mismo.

Aún no la había tocado —aunque todo sucedió en un instante—, se extendían los brazos el uno hacia el otro cuando la puerta se abrió de nuevo, sin hacer ruido y, sin que se viera a nadie pasar, apareció el fantasma. Llegó con una rapidez increíble, y al principio, delgado, como un rayo de luz que se deslizaba entre ellos. No hizo nada; no hubo golpes, solo que, al tomar su forma completa, su perfecta semejanza de carne y hueso, su presencia se sintió como un empujón, una fuerza que los separó.

Pauline aún no lo había visto. Pensó que era Marston quien la estaba empujando. Gritó:

—¡Oh, no, no me empujes!

Se agachó bajo la guardia del fantasma y se aferró a sus rodillas, retorciéndose y llorando. Por un instante, fue una lucha entre su carne en movimiento y aquel ser inmóvil y sobrenatural.

En ese instante, Marston se dio cuenta de que odiaba a Pauline. Luchaba contra Rosamund con su carne y sangre, aprovechándose cruelmente de su condición humana para derrotar a la criatura celestial e incorpórea.

La llamó para que la soltara.

—No soy yo —gritó—. ¿No la ves?

Entonces, de repente, la vio, la soltó y cayó al suelo, agachándose e intentando cubrirse. Esta vez no gritó.

El fantasma cedió; se movió lentamente hacia la puerta y, al avanzar, miró por encima del hombro a Marston, extendiendo una mano, indicándole que se acercara.

Salió tras ella, apenas consciente del cuerpo desnudo de Pauline que aún se retorcía allí, aferrándose a sus pies al pasar, como un gusano, como una bestia, por el suelo.

Debió de levantarse de inmediato y seguirla hasta el rellano. Mientras bajaba las escaleras tras el fantasma, pudo ver el rostro de Pauline, distorsionado por la lujuria y el terror, observándolos desde lo alto de la escalera. Ella los vio descender el último tramo, cruzar el pasillo y entrar en la biblioteca. La puerta se cerró tras ellos.

Algo sucedió allí dentro. Marston nunca me dijo con precisión qué fue, y yo no le pregunté.

Al día siguiente, Pauline huyó con su familia. No podía quedarse en casa de Marston porque estaba embrujada por Rosamund, y él no se iría por la misma razón.

Y nunca regresó; pues no solo le tenía miedo a Rosamund, sino también a Marston. Si hubiera regresado, no habría servido de nada. Marston estaba convencido de que, por mucho que intentara acercarse a Pauline, algo lo detendría. Pauline, por su parte, sentía que, si Rosamund se veía abocada a ello, podría manifestarse de una forma aún más siniestra y aterradora. Ella sintió que la habían golpeado.

Y había algo más. Creo que él intentó explicárselo; dijo que se había casado con ella dando por hecho que Rosamund estaba muerta, pero que ahora sabía que estaba viva; estaba, como él decía, «allí». Intentó hacerle entender que si tenía a Rosamund, no podía tenerla a ella. La presencia de Rosamund en el mundo anulaba su contrato.

Verás, estoy convencida de que algo sucedió aquella noche en la biblioteca. Digo, nunca me dijo con precisión qué fue, pero una vez se le escapó algo. Estábamos hablando de uno de los amoríos de Pauline (después de la separación, ella le dio un sinfín de motivos para el divorcio).

—Pobre Pauline —dijo—, se cree tan apasionada.

—Bueno —dije—, ¿no lo era?

Entonces estalló. No. Ella no sabe lo que es la pasión. Ninguno de ustedes lo sabe. No tienen ni la más remota idea. Tendrían que deshacerse de sus cuerpos primero. Yo no lo supe hasta que...

Se detuvo. Creo que iba a decir: «hasta que Rosamund regresó y me lo mostró». Porque se inclinó hacia adelante y susurró: «No es algo localizado en absoluto. Si supieras...»

Así que no creo que fuera simplemente fidelidad a un recuerdo revivido. Supongo que hubo, tras esa puerta cerrada, alguna experiencia, algún contacto terrible y exquisito. Más penetrante que la vista o el tacto. Más... más extenso: pasión en todos los puntos del ser.

Quizás el momento supremo, el éxtasis, solo llegó cuando su fantasma se desvaneció.

Después de eso, no pudo volver con Pauline.

May Sinclair (1863-1946)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de May Sinclair.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de May Sinclair: La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.


«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.




«Si tan solo le hubiera dicho desde el principio
que no le gustaba la casa, todo habría ido bien.»



La gente nueva (The New People) es un relato de terror del escritor norteamericano Charles Beaumont (1929-1967), publicado originalmente en la edición de agosto de 1958 de la revista Rogue, y luego reeditado en la antología de 1960: Paseo nocturno y otros viajes (Night Ride and Other Journeys).

La gente nueva, uno de los grandes cuentos de Charles Beaumont, relata la historia de una joven pareja y su hijo pequeño, quienes se mudan a un vecindario aparentemente tranquilo y descubren que sus vecinos esconden secretos oscuros, incluyendo actividades satánicas.

Resulta evidente que La gente nueva fue una poderosa influencia para la novela de Ira Levin: El bebé de Rosemary (Rosemary's Baby), publicada nueve años después. Todos los ingredientes están ahí, cada uno, aunque en diferente orden.

Si bien el tropo del vecino extraño, amigable al principio, querible incluso, que eventualmente se revela como una suma de elementos perturbadores, ha sido utilizado con frecuencia, en 1958 todavía permitía cierta originalidad. En definitiva, no todos los días uno descubre que sus vecinos son satanistas. No burdos adoradores del Maligno, sino un grupo bien organizado, bien financiado, integrado por individuos intachables, y decididos a ampliar su coven con sangre joven.

Pero, claro, «lo de todos los días» no es el terreno de Charles Beaumont. El tropo del vecino extraño [asesino, vampiro, fantasma, hechicero, etc.] utiliza aquí un ambiente suburbano. No hay edificios malditos ni leyendas de fondo con historias trágicas; solo un grupo de personas maduras, ricas, que no consiguen sacudirse de encima el aburrimiento si no es apelando a las artes oscuras, al satanismo, más precisamente;

Charles Beaumont, un autor bastante menospreciado en nuestros días, casi olvidado, construye una historia tan persuasiva que deja al lector con la sensación de que podría ponerse tranquilamente en el lugar del protagonista. En cierto modo, somos un poco como Prentice, quiero decir, ignoramos lo que está sucediendo, vamos descubriendo con él los peligros que rodean a su familia, con la dificultad que estos residen en un lugar que, en teoría, debería ser el menos peligroso: un suburbio para profesionales adinerados y acostumbrados a la buena vida.

Los cuentos de Charles Beaumont suelen convertir lo ordinario en extraordinario, pero no mediante maniobras forzadas, tampoco apelando a lo sobrenatural, sino al indagar en lo «normal». Basta rascar un poco en la superficie para descubrir que esa normalidad es solo una apariencia. Debajo ocurren cosas interesantes, macabras a veces.

El bebé de Rosemary, decíamos, le debe mucho a La gente nueva de Charles Beaumont [y otro tanto a La gente de verano (The Summer People) de Shirley Jackson]; todo, en realidad, desde el argumento al escenario; aunque Ira Levin jamás mencionó que tal influencia existiera. No hablo de influencias vagas, genéricas, como un suburbio estadounidense o un matrimonio joven, aparentemente feliz, que esconde secretos que van revelándose sutilmente; sino directas, concretas. Por ejemplo, nunca llegamos a conocer el nombre de lugar donde transcurre La gente nueva, pero se insinúa que es un sitio donde viven guionistas de Hollywood. Recordemos que Guy, en El bebé de Rosemary, se une a los satanistas porque ambiciona hacer una carrera en Hollywood. También tenemos una residencia cuyo antiguo ocupante se quitó la vida, una fiesta de bienvenida, un sutil trabajo de seducción de parte de los viejos residentes, y finalmente una ordalía donde todas esas personas amables y «normales» se muestran como realmente son.

Poco después de mudarse a su nuevo hogar, el matrimonio formado por Hank y Ann, junto Davey, su hijo adoptivo, empiezan a entablar relaciones sociales con sus vecinos. Aunque Davey no quiere tener nada que ver con los lugareños, Hank y Ann organizan una pequeña reunión para los nuevos amigos. A medida que avanza la noche, uno de los vecinos, Matt Dystal, le insinúa a Hank que posee información secreta e importante que debe compartir. En un giro imprevisto, Hank descubre que su nuevo amigo no es para nada un inocente, sino un miembro más del culto satanista.

Para ser honestos, el grupo de satanistas de Charles Beaumont no tiene demasiado que ver con los vecinos de Rosemary. Son simplemente degenerados, gente que comienza a realizar actividades algo inocentes, como el intercambio de parejas, y progresivamente se meten en la magia negra, pero solo porque están «aburridos». Es decir, no son verdaderos creyentes en el satanismo, sino gente rica, poderosa y decadente.




La gente nueva.
The New People, Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Si tan solo le hubiera dicho desde el principio que no le gustaba la casa, todo habría ido bien. Podría haber inventado alguna historia creíble sobre problemas de plomería o mala construcción —¡cualquier cosa!— y ella le habría seguido la corriente. Quizás no sin discutir: Recordaba la expresión de su cara cuando pararon el coche. Pero podría haberla convencido de que no lo hiciera. Ahora, claro, era demasiado tarde.

¿Para qué?, se preguntó, intentando no pensar en la fiesta y todo el ruido que conllevaría. ¿Demasiado tarde para qué? Es una buena casa, bien construida, bien cuidada, espaciosa. Excepto por esa mancha de sangre, alegre. Cualquiera en su sano juicio...

—Cariño, ¿no te vas a afeitar?

Bajó el periódico con cuidado y dijo: «Claro». Pero Ann lo miraba con esa expresión de dolor y reproche.

Hank, ¿qué te pasa?, pensó, dirigiéndose al baño.

—Hank —dijo ella.

Él se detuvo, pero no se giró.

—¿Sí?

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo él.

—Cariño, por favor.

La miró. El vestido rosa se ceñía a su cuerpo, que conservaba la firmeza de la juventud; su rostro era impecable, el lápiz labial y el maquillaje impecables; su cabello, largo y corto, caía suavemente sobre sus blancos hombros: en siete años, Ann no había cambiado. Prentice apartó la mirada con resentimiento. Y se sintió avergonzado. «Uno pensaría que con el tiempo me acostumbraría», pensó.

—¡Maldita sea! ¡Lo está haciendo!

—Dime —dijo Ann.

—¿Decirte qué? Todo está bien —dijo él.

Ella se acercó y él pudo oler el perfume, pudo ver las pequeñas pecas que salpicaban su pecho. Se preguntó cómo sería dormir con ella. Probablemente muy agradable.

—Se trata de Davey, ¿verdad? —dijo ella, bajando la voz a un susurro. Estaban a pocos metros de la habitación de su hijo.

—No —dijo Prentice—, pero era cierto: Davey tenía algo que ver. Desde hacía una semana, Prentice se había aferrado a la esperanza de que la reparación de la locomotora cambiara las cosas. Un niño sin tren, se había dicho, seguro que se comporta de forma extraña. Pero había reparado la locomotora y la había traído a casa, y Davey ni siquiera se había molestado en montar las vías.

—Lo agradeció, cariño —dijo Ann—. ¿No te dio las gracias?

—Sí, me dio las gracias.

—¿Y bien? —dijo ella—. Cariño, ya te lo he dicho: Davey está pasando por una etapa, eso es todo. Los niños pasan por eso. De verdad.

—Lo sé.

—Y las clases han terminado hace casi un mes.

—Lo sé —dijo Prentice, y pensó—: ¡Mudarse a un barrio donde no hay ni un solo niño con quien jugar en toda la cuadra también podría tener algo que ver!

—Entonces —dijo Ann—, soy yo.

—No, no, no —intentó sonreír. No tenía sentido discutir: ya habían hablado de eso docenas de veces, y ella tenía respuesta para todo. Recordaba la firmeza en su voz: Me encanta la casa, Hank. Y me encanta el barrio. Es con lo que he soñado toda mi vida, y creo que me lo merezco, ¿no crees? (Era la primera vez que se lo recordaba conscientemente). El problema es que has vivido tanto tiempo en apartamentos pequeños y mugrientos que te has acostumbrado a ellos. No puedes adaptarte a un lugar decente, y Davey no es diferente. Son tal para cual: dos viejecitos que no soportan los cambios, ¡ni siquiera para mejor! Pues yo sí. Me da igual que cincuenta personas se suicidaran aquí, soy feliz. ¿Lo entiendes, Hank? Feliz.

Prentice lo había entendido y se había propuesto hacer un verdadero esfuerzo por acostumbrarse al nuevo lugar. Si no podía, al menos podría ocultarle sus sentimientos a Anne, pues sabía que eran una tontería, una auténtica tontería. Todo lo que ella decía era cierto, y debía estar agradecido. Sin embargo, de alguna manera, no podía dejar de soñar con el anciano que una noche había tomado una navaja y se había cortado el cuello...

Ann lo miraba fijamente.

—Quizás —dijo—, yo también estoy pasando por una mala racha. Le dio un suave beso en la frente.

—Vamos, que la gente va a llegar en cualquier momento, y pareces Lady Macbeth.

Ella le sujetó el brazo un instante.

—Te estás adaptando a la casa, ¿verdad? —dijo—. Quiero decir, cada vez la sientes más como tu hogar, ¿no?

—Sí —dijo Prentice.

Su esposa hizo una pausa y luego sonrió.

—Bien, aféitate. Rhoda cree que eres muy guapo.

Entró al baño y enchufó la afeitadora eléctrica. Rhoda, pensó. Ya nos llamamos por nuestro nombre y no llevamos aquí tres semanas.

—¿Papá?

Miró a Davey, que se había colado con el sigilo de un niño de nueve años.

—Hola.

Como de costumbre, le pasó la afeitadora por la barbilla. Davey no respondió. Retrocedió y preguntó:

—Papá, ¿viene el señor Ames esta noche?

Prentice asintió.

—Supongo que sí.

—¿Y el señor Chambers?

—Ajá. ¿Por qué?

Davey no contestó.

—¿Qué quieres saber?

—Vaya. —Los ojos de Davey estaban rojos y muy abiertos—. ¿Puedo quedarme en mi habitación?

—¿Por qué? ¿Estás enfermo?

—No. Un poco.

—¿Dolor de estómago? ¿Dolor de cabeza?

—Solo estoy enfermo —dijo Davey. Tiró de un hilo de su camisa y volvió a quedarse callado. Prentice frunció el ceño.

—Pensé que tal vez te gustaría mostrarles tu tren —dijo.

—Por favor —dijo Davey. Su voz se había alzado un poco y Prentice vio que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Papá, por favor, no me hagas salir. Déjame quedarme en mi habitación, no haré ruido, lo prometo, y me iré a dormir a mi hora.

—Vamos, ¡no le des tanta importancia! —Prentice le pasó el frío metal por la cara. La ira iba y venía, rápidamente. Qué tontería enfadarse—. Davey, ¿qué hiciste? ¿Montaste en bici en su césped o algo así? ¿Rompiste una ventana?

—No.

—Entonces, ¿por qué no quieres verlos?

—Simplemente no quiero.

—Al señor Ames le caes bien. Me lo dijo ayer. Cree que eres un buen chico, y el señor Chambers también. Ellos...

—¡Por favor, papá! —El rostro de Davey estaba pálido; empezó a llorar—. Por favor, por favor, por favor. ¡No dejes que me atrapen!

—¿De qué estás hablando? Davey, basta. ¡Ahora mismo!

—Vi lo que estaban haciendo en el garaje. Y ellos saben que los vi. Lo saben. Y...

—¡Davey! —la voz de Ann era aguda, fuerte y resonante en el baño revestido de azulejos. El niño dejó de llorar al instante. Levantó la vista, dudó un momento y salió corriendo. Cerró la puerta de golpe. Prentice dio un paso atrás.

—No, Hank. Déjalo en paz.

—Está molesto.

—Déjalo que se moleste. —le lanzó una mirada furiosa hacia el dormitorio—. Supongo que te contó esa historia tan desagradable sobre el garaje, ¿verdad?

—No —dijo Prentice—. No me la contó. ¿De qué se trata?

—De nada. Absolutamente nada. Esa fantasía suya la sacó de alguien, y no de nosotros. Vas a tener que hablar con él, Hank. Lo digo en serio. De verdad.

—¿De qué?

—¡Qué historias tan locas! ¿Y si el señor Ames las oyera? Me moriría. Y encima se ha portado tan bien con Davey.

—No he oído esas historias —dijo Prentice.

—Oh, ya las oirás —dijo Ann, desabrochándose el delantal y doblándolo con rabia—. ¡De verdad! A veces creo que ustedes dos se empeñan en hacerme la vida imposible.

El timbre sonó con fuerza.

—Intenta ser amable, ¿quieres? Al fin y al cabo, es una fiesta de inauguración. Y date prisa.

Ella cerró la puerta. Él la oyó decir: «¡Hola!» y luego la voz grave de Ben Roth: «¡Hola!».

Ridículo, se dijo a sí mismo, enchufando la maquinilla de afeitar de nuevo. Absolutamente ridículo. Nadie se quejó más que yo cuando nos tropezábamos en ese pequeño ataúd del piso de arriba en Friar; yo era el que no paraba de quejarse por una casa, no Ann. Y ahora tenemos una...

Miró la pequeña mancha de sangre marrón que no se quitaba del papel pintado y suspiró.

—Ahora tenemos una,

—¡Hank!

—¡Ya voy! —se arregló la corbata y entró en el salón.

Los Roth, por supuesto, estaban allí. Ben y Rhoda. «Hazlo bien», pensó, «porque todos vamos a ser amigos».

—Hola, Ben.

—Pensé que nos habías abandonado, muchacho —dijo el hombre grande y rosado, riendo.

—No. Jamás haría eso.

—Hank —indicó Ann—. Ya conoces a Beth Cummings, ¿verdad?

La mujer alta y elegantemente vestida rio entre dientes y le tendió la mano.

—Nos hemos visto —dijo—, Hola.

Su marido, un hombre pálido de pelo blanco, le apretó los dedos a Prentice.

—Es broma —dijo, riendo con dificultad.

Intentando no hacer una mueca, Prentice retiró la mano. Un hombre corpulento y calvo, vestido con un traje marrón de doble botonadura, la agarró al instante. «Reiker», dijo el hombre. «Llámame Bud. Todo el mundo lo hace. No sé por qué; me llamo Oscar».

—Por eso —dijo una mujer, acercándose—. Ann nos presentó, pero probablemente no te acuerdes de que conozco a hombres. Soy Edna.

—Claro —dijo Prentice—. ¿Cómo estás?

—Bien. Pero claro, soy mujer: ¡me gustan las fiestas!

—¿Cómo dices?

—¡Hank!

Prentice se disculpó y entró rápidamente a la cocina. Ann sostenía un paquete.

—Cariño, ¡mira lo que nos trajo Rhoda!

Tomó con cuidado el salero y el pimentero y los volvió a dejar.

—Qué bonitos.

—Giras la cabeza del gallo —dijo la señora Roth—, y muele la pimienta.

—Maravilloso —dijo Prentice.

—Y Beth nos dio este precioso bol para ensalada, ¿ves? ¡Lo necesitábamos desde hace siglos! ¡Y de plástico!

—Maravilloso —dijo Prentice. De nuevo sonó el timbre. Miró a la señora Roth, que lo observaba pensativa, y regresó a la sala.

—¿Cómo estás, Hank? —preguntó Lucian Ames, entrando y frotándose las manos con energía—. ¡Vaya! Ya está todo el grupo, veo. ¿Pero dónde está tu hijo?

—¿Davey? —dijo Prentice—, está enfermo.

—¡Tonterías! Los chicos de esa edad nunca se enferman. ¡Nunca!

Ann rio nerviosamente desde la cocina.

—Debe ser algo que ha comido.

—Espero que no sean los dulces que le mandamos.

—Oh, no.

—Bueno, dile que su tío Lucian le manda saludos.

Ames, un hombrecillo bronceado, de ojos brillantes y un bigote que no le sentaba bien, le recordaba un poco a Prentice a esos oficinistas que se sentaban en silencio en taburetes altos de madera, anotando cifras minúsculas en enormes libros de contabilidad. Sin embargo, era el director de una agencia de publicidad de renombre nacional. Su esposa, Charlotte, representaba un contraste notable. Parecía pertenecer a la década de 1920, con su rostro de porcelana, su cuerpo delgado y delicadamente anguloso, su aire de fragilidad.

—Linda —se dijo Prentice.

Recogió los abrigos y los colgó en los armarios. Estrechó manos y sonrió hasta que le empezó a doler la cara. Miró los regalos, dio las gracias a las mujeres. Repartió sándwiches. Preparó bebidas. A las ocho y media ya habían llegado todos los vecinos de la cuadra: los Johnson, los Ames, los Roth, los Reiker, los Klementaski, los Chambers; y otros cuatro o cinco cuyos nombres que Prentice no recordaba, aunque Ann se había encargado de presentárselos.

Lo que sucede, decidió, mirando a la gente, los regalos que habían traído, recordando sus muchas atenciones y cómo Ann ya había hecho más amigos que nunca, es que simplemente soy un antisocial.

Después de la tercera ronda de whiskies y martinis, alguien encendió la radio FM y otro sugirió bailar. Prentice siempre había creído que solo se bailaba en las fiestas de Nochevieja, pero finalmente se hartó y trató de relajarse.

—¿Bailamos? —preguntó la señora Ames.

Quiso decir que no, pero Ann lo estaba observando. Así que, en cambio, dijo:

—Claro, si tienes los pies fuertes.

Casi de inmediato empezó a sudar. El humo, las bebidas, el calor de la habitación llena de gente, le provocaban dolor de cabeza; y, como siempre, se sentía profundamente avergonzado de tener que abrazar tan de cerca a una desconocida. Pero siguió sonriendo.

La señora Ames bailaba bien, lo seguía con un instinto infalible; y en cuestión de segundos, le hablaba sin parar al oído. Le contó sobre el viejo señor Thomas, el hombre que había vivido allí antes, y lo sorprendidos que estaban todos por lo sucedido; le contó la curiosidad que sentían por los recién llegados y el alivio que les dio encontrarlos a él y a Ann tan agradables; le dijo que tenía brazos fuertes. Herb Johnson hacía girar a Ann. Ella sonreía.

Entonces empezó un interminable y lento tres pasos, y la señora Ames apoyó su mejilla junto a la de Prentice. En medio de una frase incoherente, dijo de repente, en un susurro: «Sabes, creo que fue muy valiente de tu parte adoptar al pequeño Davey. Quiero decir, considerando...»

—¿Considerando qué?

Se apartó y lo miró.

—Nada —dijo—. Lo siento muchísimo.

Enrojecido de furia, Prentice se dio la vuelta y entró a la cocina. Contuvo su ira, pensando: «Dios mío, ¿se lo estará contando a desconocidos? ¿Será tema de chismes de barrio? Mi marido es impotente, ¿sabes? ¿El tuyo también?»

Se sirvió whisky en un vaso y se lo bebió de un trago. Le lloró los ojos y, al abrirlos, vio a una figura a su lado. ¿Quién era? «Dystal. Matthew Dystal; soltero; guionista o algo así; vive a la vuelta de la esquina. Llámalo Matt.»

—Qué pena, ¿verdad? —dijo el hombre, quitándole la botella de la mano a Prentice.

—¿Qué quieres decir?

—Todo —dijo el hombre. Llenó su vaso y se lo bebió de un trago—. Esos de ahí fuera.. —volvió a llenar el vaso.

—Buena gente —se obligó a decir Prentice.

—¿De verdad lo crees?

El hombre estaba borracho. Claramente. Y solo eran las nueve y media.

—¿De verdad lo crees? —repitió.

—Claro. ¿Tú no?

—Por supuesto. Soy uno de ellos, ¿no?

Prentice observó atentamente a su invitado y luego se dirigió a la sala. Dystal lo tomó del brazo.

—Espera —dijo—. Escucha. Eres un buen tipo. No te conozco muy bien, pero me caes bien, Hank Prentice. Así que te voy a dar un consejo —su voz bajó a un susurro—. Vete de aquí —dijo.

—¿Qué?

—Justo lo que te dije. Vete, vete a otra ciudad.

Prentice sintió una punzada de fastidio, pero la contuvo.

—¿Por qué? —preguntó sonriendo.

—No te preocupes —dijo Dystal—. Hazlo. Esta noche. ¿Quieres? Tenía el rostro lívido, empapado en sudor; los ojos muy abiertos.

—Creí que habías dicho que te caíamos bien. ¿Y ahora quieres deshacerte de nosotros?

—No bromees —dijo Dystal, señalando la ventana—. ¿Es que no ves la luna? ¡Qué idiota! ¿No la ves...?

—¡Oye, oye!

Al oír la voz, Dystal se quedó paralizado. Cerró los ojos un instante y los abrió lentamente, pero no se movió. Lucian Ames entró en la cocina.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, poniendo el brazo sobre el hombro de Dystal—. ¿Intentas acaparar a nuestro anfitrión toda la noche?

Dystal no respondió.

—¿Qué tal si me sirves otra copa, Hank? —dijo Ames, retirando la mano.

Prentice dijo:

—Claro —y preparó la bebida. De reojo, vio a Dystal darse la vuelta y salir de la habitación con paso rígido. Escuchó que la puerta principal se abría y se cerraba.

Ames se reía entre dientes.

—Pobre Matt —dijo—. Mañana tendrá resaca. Es una lástima, ¿no? O sea, uno pensaría que un gran guionista de Hollywood aguantaría bien el alcohol. Pero no Matt. Se emborracha con solo mirar las etiquetas. ¿Te estaba contando una de sus pesadillas más disparatadas?

—¿Qué? No, solo estábamos hablando. De cosas.

Ames dejó caer un cubito de hielo en su bebida.

—¿Cosas? —preguntó.

—Sí.

Ames tomó un sorbo de whisky y se acercó a la ventana, luciendo ágil, de alguna manera, y a la vez pequeño. Tras lo que pareció una larga espera, dijo:

—Bueno, es una noche preciosa, ¿verdad? Clara y despejada, una luna hermosa —se giró y sacó un cigarrillo de un paquete rojo, lo encendió—. Hank —dijo, dejando que el humo gris saliera por las comisuras de sus labios—, dime algo. ¿Qué haces para divertirte?

Prentice se encogió de hombros. Era una pregunta extraña, pero esa noche todo le parecía extraño.

—No lo sé —dijo—. Voy al cine de vez en cuando. Veo la tele. Lo de siempre.

Ames ladeó la cabeza.

—Pero... ¿no te aburres? —preguntó.

—Sí, supongo. De vez en cuando. Ser contador público certificado, ya sabes, no es precisamente el trabajo más fascinante del mundo.

Ames rió con comprensión.

—Es horrible, ¿verdad?

—¿Ser contador público certificado?

—No. Aburrirse. Es de lo peor del mundo, ¿no crees? Alguien comentó una vez que creía que era el único pecado real que un ser humano podía cometer.

—Espero que no —dijo Prentice.

—¿Por qué?

—Bueno, quiero decir... todo el mundo se aburre, ¿no?

—No —dijo Ames—, si tienen cuidado.

Prentice se sentía cada vez más irritado por la conversación.

—Supongo que ayuda —dijo— ser el director de una agencia de publicidad.

—No, la verdad es que no. Es como cualquier otro trabajo: interesante al principio, pero luego te acostumbras. Se vuelve rutinario, así que buscas otras distracciones.

—¿Como qué?

—Oh, cualquier cosa. De todo —Ames le dio una palmada amistosa en el brazo a Prentice—. Me caes bien, Hank —dijo.

—Gracias.

—Lo digo en serio. No te imaginas lo contentos que estamos de que te hayas mudado aquí.

—¡Nosotros también!

Ann se dirigió con paso vacilante al fregadero con varios vasos vacíos.

—Quiero disculparme de nuevo por Davey, Lucian. Le comentaba a Charlotte que últimamente se ha portado fatal. Debería haberte dado las gracias por arreglarle el asiento de la bici.

—Olvídalo —dijo Ames alegremente—. El niño está enfadado porque no tiene con quién jugar —miró a Prentice—. Algunos de nosotros, los mayores, tenemos hijos, Hank, pero ya son casi adultos. Probablemente sepas que nuestra hija, Ginnie, está en la universidad. Y el hijo de Chris y Beth vive en Nueva York. Pero, ya sabes, no te preocupes. En cuanto empiecen las clases, Davey se portará bien. Ya verás.

Ann sonrió.

—Seguro que tienes razón, Lucian. Pero te pido disculpas de todas formas.

Ames regresó a la sala y se puso a bailar con Beth Cummings. Prentice pensó entonces en preguntarle a Ann qué demonios hacía al contarle su vida privada a desconocidos, pero decidió no hacerlo. No era el momento. Estaba demasiado enfadado, demasiado confundido.

La fiesta duró otra hora. Entonces Ben Roth dijo:

—¡Mejor dejemos que esta familia descanse! —y, poco a poco, la gente se fue. Ann cerró la puerta. Parecía radiante de satisfacción, luciendo más joven y guapa que en los últimos años.

—En casa —dijo en voz baja, y empezó a recoger ceniceros, vasos y platos—. Quitemos todo esto de en medio para no tener que verlo mañana por la mañana —añadió.

—De acuerdo —dijo Prentice con tono neutro. Estaba a punto de volver a colocar la mesa en su sitio cuando sonó el teléfono.

—¿Sí?

La voz que contestó era un susurro áspero, como una ráfaga de viento entre las hojas.

—Prentice, ¿ya se fueron?

—¿Quién es?

—Matt Dystal. ¿Ya se fueron?

—Sí.

—¿Todos? ¿Ames? ¿Se fue?

—Sí. ¿Qué quieres, Dystal? Es tarde.

—Más tarde de lo que crees, Prentice. Te dijo que estaba borracho, pero mintió. No estoy borracho. Estoy...

—¿Qué quieres?

—Tengo que hablar contigo —dijo la voz—. Ahora mismo. Esta noche. ¿Puedes venir?

—¿Ahora?

—Sí. Prentice, escúchame. No estoy borracho y no estoy bromeando. Esto es cuestión de vida o muerte. La tuya. ¿Entiendes lo que te digo?

Prentice vaciló, confundido.

—Sabes dónde está mi casa: la cuarta casa desde la esquina, a la derecha. Ven ahora mismo. Pero escucha con atención: sal por la puerta de atrás. La puerta de atrás. Prentice, ¿me escuchas?

—Sí —dijo Prentice.

—Mi luz estará apagada. Da la vuelta por la parte de atrás. No te molestes en llamar, simplemente entra, pero hazlo en silencio. No deben verte.

Prentice oyó un clic, luego silencio. Se quedó mirando el auricular un rato antes de colgarlo.

—¿Y bien? —dijo Ann. —¿Conversación de hombres?

—No exactamente —Prentice se secó las palmas de las manos en los pantalones—. Ese tal Matt Dystal, al parecer está enfermo. Quiere que vaya a su casa.

—¿Ahora?

—Sí. Creo que mejor; sonaba bastante mal. Vete a dormir, vuelvo enseguida.

—Vale, cariño. Espero que no sea nada grave. Pero, es agradable hacer algo por ellos, ¿verdad?

Prentice besó a su esposa, esperó a que se cerrara la puerta del baño y salió a la fría noche. Caminó por el borde de hierba del callejón, cruzó los pequeños jardines y subió los escalones hasta la puerta trasera de Dystal. Lo pensó un momento y entró.

—¿Prentice? —susurró una voz.

—Sí. ¿Dónde estás?

Una mano le tocó el brazo en la oscuridad.

—Entra en el dormitorio.

Se encendió una lámpara tenue. Prentice vio que las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas color canela. Hacía frío en la habitación, frío y húmedo.

—¿Y bien? —preguntó Prentice con irritación.

Matthew Dystal se pasó la mano por su cabello color cuerda.

—Sé lo que estás pensando —dijo—. Y no te culpo. Pero era necesario, Prentice. Era necesario. Ames te ha contado sobre mis «pesadillas» y sé que eso te va a marcar; pero entiéndelo bien —apretó el puño—. Todo lo que voy a decir es cierto. Por muy descabellado que parezca, es cierto, y tengo pruebas. Todo lo que necesitas. Así que quédate quieto, Prentice, y escúchame. Puede que te cueste la vida: la tuya, la de tu esposa y la de tu hijo. Y, tal vez, la mía… —su voz se apagó; entonces, de repente, dijo—: ¿Quieres algo de beber?

—No.

—Deberías beber un trago. Apenas estás al borde de la confusión, amigo mío. Pero hay cosas peores que la confusión, créeme —Dystal se acercó a una estantería y se quedó allí casi un minuto. Cuando se giró, su semblante era algo más sereno—. ¿Qué sabes de la casa en la que vives?

Prentice se removió incómodo.

—Sé que un hombre se suicidó allí, si a eso te refieres.

—¿Pero sabes por qué?

—No.

—Porque perdió —dijo Dystal, riendo—. Le tocó el papelito corto. ¿Qué te parece esa motivación?

—Creo que mejor me voy —dijo Prentice.

—Espera. —Dystal sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente—. No quería empezar así. Es que nunca se lo he contado a nadie, y es difícil. Ya verás por qué. Por favor, Prentice, prométeme que no te irás hasta que haya terminado.

Prentice miró al hombrecillo delgado y nervioso y maldijo la debilidad que lo había metido en semejante lío. Quería irse a casa. Pero sabía que no podía marcharse ahora.

—De acuerdo —dijo—. Continúa.

Dystal suspiró. Luego, mirando por la ventana, empezó a hablar.

—Construí esta casa —dijo— porque pensaba que me iba a casar. Cuando me di cuenta de que estaba equivocado, la obra ya estaba terminada. Debería haberla vendido, lo sé, lo entiendo, pero me sentía demasiado mal para ocuparme del papeleo. Además, ya había dejado mi apartamento. Así que me mudé —tosió—. Ten paciencia conmigo, Prentice: esta es la única manera de contarlo, desde el principio. ¿En qué estaba?

—Te mudaste.

—¡Sí! Todos fueron muy amables. Me invitaron a cenar a sus casas, pasaron a saludarme, me hicieron pequeños favores. Pensé: Qué vecinos tan estupendos. Normales. Auténticos. Eso era: eran auténticos. Ames, publicista; Thomas, abogado; Johnson, de una empresa de pinturas; Chambers, de seguros; Reiker y Cummings, ingenieros. ¿Qué más se puede pedir?

Dystal hizo una pausa. Una mueca desagradable apareció en su rostro.

—Me gustaban —dijo—. Y estaba realmente encantado con todo. Pero, claro, ya sabes cómo es cuando una mujer te deja plantado. Todavía me estaba lamiendo las heridas. Y supongo que se notó, porque Ames vino una noche. Simplemente pasó a saludar, como buen vecino. Tomamos unas copas. Hablamos de mujeres. Entonces, de repente, me hizo la pregunta: ¿Estás aburrido?

Prentice se puso rígido.

—Bueno, cuando pierdes a tu chica, pierdes gran parte de tu ambición. Le dije que sí, que estaba muy aburrido. Y él dijo: «Yo también lo estaba». Recuerdo sus palabras exactas. «Yo también lo estaba», dijo. «El largo camino hacia el éxito, la lucha, las noches en vela: se acabó, lo había logrado», dijo. «Dinero en el banco. Socio en una agencia importante. Hija mayor y en la universidad. Estaba listo para jubilarme, Matt. ¡Pero el caso es que solo tenía cincuenta y dos años! Me quedaban quizás veinte años más. Y casi todos los demás en el edificio estaban igual: Ed, Ben y Oscar, todos iguales. Ya sabes: con sus trabajos, pero ya no les interesaban, en realidad. Porque los trabajos ya no los necesitaban. Estaban aburridos».

Dystal se acercó a la mesita de noche y se sirvió una copa.

—Eso fue hace cinco años —murmuró—. Ames anduvo con rodeos un rato, tanteándome, probándome; luego me dijo que había decidido hacer algo al respecto. Al respecto del aburrimiento. Había organizado a todos los vecinos. Una vez a la semana, explicó, jugaban. Era una verdadera actividad grupal. Un esfuerzo comunitario. Empezaron con mímica, pero se cansaron enseguida. Luego probaron con las cartas. Para hacerlo más interesante, apostaban fuerte. Todos tenían su turno de perder. Entonces, dijo Ames, alguien sugirió hacer el juego aún más interesante, porque se estaba volviendo aburrido. Así que una noche experimentaron con el póker de striptease. Solo por diversión, ¿entiendes? Rhoda perdió. La siguiente vez fue Charlotte. Y así siguió un tiempo, hasta que, finalmente, Beth perdió. Todos lo estaban esperando. Sin embargo, después de eso, la cosa se volvió decepcionante, así que las apuestas cambiaron de nuevo. Cada uno se emparejó con la esposa de otro; el equipo con la puntuación más baja tenía que... —Dystal inclinó la botella—. ¿Seguro que no quieres un trago?

Prentice aceptó la bebida sin protestar. Tenía un sabor amargo y fuerte, pero le ayudó.

—Bueno —continuó Dystal—. Me costó muchísimo creer todo eso, quiero decir, ya sabes: Ames, después de todo, un tipo bajito con aspecto de contable, canoso y con gafas… Aun así, por cómo hablaba, sabía —de alguna manera— que era verdad. ¡Quizás porque no creía que un tipo como Ames pudiera inventárselo todo! En fin: cuando probaron todas las combinaciones posibles, la cosa volvió a aburrirse. Algunas de las mujeres querían parar, pero, claro, ya estaban demasiado metidas en el lío. Durante una Noche Divertida en particular, Ames había sacado fotos. Así que tenían que seguir. Cada semana era algo nuevo. Algo diferente. Los intercambios los mantuvieron ocupados un tiempo, me contó Ames: Chambers se fue de vacaciones dos semanas con Jacqueline, Ben y Beth fueron a Acapulco, y cosas así. Y ahí es donde entré yo en escena.

Dystal levantó la mano.

—Lo sé, no hace falta que me lo digas, debería haberme echado atrás. Pero era más joven entonces. Era un escritor de renombre, un hombre de mundo. Me estaba formando en Hollywood. No podía decirle que estaba impactado: habría sido traicionar mi oficio. Y él también lo pensó así: por eso me lo contó. Además, sabía que tarde o temprano me enteraría. Podían ocultárselo a casi todo el mundo, pero no a alguien que vivía en el mismo barrio. Así que le seguí el juego. Acepté su invitación para unirme a la siguiente actividad grupal, que es como él las llama. A la mañana siguiente, pensé que había soñado toda la visita, de verdad. Pero el sábado, efectivamente, sonó el teléfono y Ames dijo: «Empezamos a las ocho en punto». Cuando llegué a su casa, la encontré abarrotada. Todo el vecindario. Con el mismo aspecto de siempre. Bebidas, baile. Al cabo de un rato, empecé a preguntarme si no sería todo una broma elaborada. Pero, a las diez, Ames nos contó la sorpresa de la noche.

Dystal se estremeció.

—Fue una sorpresa, sin duda —dijo—. Les dije que no quería tener nada que ver, pero Ames había puesto algo en mi bebida. Parecía que no podía controlarme. Me llevaron al dormitorio y…

Prentice esperó, pero Dystal no terminó la frase. Sus ojos brillaban.

—No importa —dijo—. ¡No importa lo que haya pasado! El caso es que estaba borracho y... bueno, lo hice. Tenía que hacerlo. ¿Lo entiendes, verdad?

Prentice dijo que sí.

—Ames me señaló que el único pecado, el único, era el aburrimiento. Esa era su justificación, ese era su incentivo. Simplemente no quería pecar, eso era todo. Así que las actividades del grupo continuaron. Y empeoraron. Mucho. Una vez planearon un crimen y lo llevaron a cabo: el robo al Union Bank, tal vez hayas leído sobre ello: 1953. Yo conduje el coche para ellos. En otra ocasión, decidieron que para combatir el aburrimiento prenderían fuego a un almacén cerca de los muelles. El fuego se propagó. Prentice, ¿te acuerdas de aquel DC-7 que se estrelló entre aquí y Detroit?

Prentice dijo:

—Sí, me acuerdo.

—Su trabajo —dijo Dystal—. Ames lo planeó. En cierto modo, creo que es un genio. Podría pasarme toda la noche contándote lo que hicimos, pero no hay tiempo. Tengo que irme.

Se tapó los ojos con los dedos.

—Juana de Arco —dijo—, fue el punto de inflexión. Ames decidió que sería entretenido recrear escenas famosas de la literatura, así que él y Bud fueron a la calle principal, creo que era, y encontraron a una chica bohemia a la que le pareció divertido. Le dieron veinticinco dólares, pero nunca tuvo la oportunidad de gastarlos. Recuerdo que se rió hasta que Ames prendió fuego a la pila de trapos empapados en aceite... Después, recrearon otras escenas. La ejecución de María Antonieta. El asesinato del padre de Hamlet. ¿Conoces El hombre de la máscara de hierro? También la hicieron. Y muchas más. Duró bastante tiempo, pero Ames empezó a impacientarse.

Dystal extendió las manos de repente y las miró fijamente.

—El siguiente juego era una especie de ruleta rusa. Quien sacara la pajita más corta tenía que suicidarse, a su manera. Se entendía que, si fallaba, las consecuencias serían mucho peores, y Ames había desarrollado unas técnicas bastante interesantes. Como las pinzas para los nervios, por ejemplo. Thomas perdió. Le dieron doce horas para acabar con todo.

Prentice sintió un frío sudor frío sobre su piel. Intentó hablar, pero le fue imposible. El hombre, por supuesto, estaba loco. Completamente demente. Pero tenía que escuchar el final de la historia.

—Continúa —dijo.

Dystal se lamió el labio inferior, se sirvió otra copa y continuó:

—Cummings y Chambers se asustaron —dijo—. Argumentaban que un desconocido se mudaría a la casa y que entonces habría un montón de problemas. Tuvimos una reunión en Reiker's, y a Chris se le ocurrió la idea de que todos pusiéramos dinero y compráramos la casa. Pero a Ames no le gustó. «No seamos tan excluyentes», dijo. «Al fin y al cabo, los nuevos también podrían aburrirse. Dios sabe que nos vendría bien sangre nueva en el Grupo». Cummings era pesimista. Dijo: «¿Y si te equivocas? ¿Y si no quieren unirse a nosotros?». Ames se lo tomó a broma: «Espero», dijo, «que no pienses que somos los únicos. ¡Claro! Todas las ciudades tienen su barrio como el nuestro. No somos tan especiales.» Y luego añadió que, si la gente nueva no funcionaba, él se encargaría de la situación. No dijo cómo.

Dystal volvió a mirar por la ventana.

—Veo que está a punto de invitarte, Prentice. Cuando eso suceda, estás acabado. O te unes a ellos o aceptas la única alternativa.

De repente, la habitación quedó en silencio.

—No me crees, ¿verdad?

Prentice abrió la boca.

—No, claro que no. Son desvaríos de un loco.

—Pues te lo voy a demostrar, Prentice.

Empezó a dirigirse a la puerta.

—Vamos. Sígueme; pero no hagas ruido.

Dystal salió por la puerta trasera, la cerró y se movió silenciosamente sobre la suave hierba negra.

—Están en plan místico ahora mismo —le susurró a Prentice—. Ames está intentando invocar al diablo. La semana pasada sacrificamos un perro y leímos los Mandamientos al revés; la anterior, recitamos unos cánticos de un libro viejo que Ben encontró en la biblioteca; antes de eso, orgías —sacudió la cabeza—. Pero no está funcionando. Dios sabe por qué. Uno pensaría que el diablo estaría tan encantado con Ames que lo habría reclutado para el equipo.

Prentice siguió a su vecino por los jardines, caminando con cuidado y preguntándose por qué. Pensó en su pulcra oficina en la calle Harmon, en la anciana señora Gleason, en el restaurante limpio y bien iluminado donde almorzaba y leía los titulares del periódico; y todo parecía terriblemente lejano. ¿Por qué, se preguntó, ando merodeando por los patios traseros con un lunático a medianoche?

¿Por qué?

—Hay luna llena esta noche, Prentice. Eso significa que lo intentarán de nuevo.

En silencio, sin hacer el menor ruido, Matthew Dystal se movió por el césped, manteniéndose siempre en las sombras. Un minuto después levantó la mano y se detuvo. Estaban en la parte trasera de la casa de los Ames. Dentro estaba oscuro.

—Vamos —susurró Dystal.

—Espera un momento —de alguna manera, la visión de su propia sala, aún iluminada, tranquilizó a Prentice—. Creo que ya he tenido suficiente por esta noche.

—¿Suficiente? —el rostro de Dystal se contrajo grotescamente. Apretó la manga de la chaqueta de Prentice con fuerza—. Escucha —siseó—, escucha, idiota. Estoy arriesgando mi vida para ayudarte. ¿Aún no lo entiendes? Si se enteran de que he hablado… —soltó la manga—. Prentice, por favor. Tienes una oportunidad ahora, una oportunidad para salir de este maldito lío; pero no la tendrás por mucho tiempo. ¡Créeme!

Prentice suspiró.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó.

—Nada. Ven conmigo, en silencio. Están en el sótano.

Respirando con dificultad, Dystal rodeó la casa. Se detuvo ante una pequeña ventana a ras de suelo. Estaba cerrada.

—Prentice. Con cuidado. Agáchate y que no te vean.

Con movimientos lentos, Dystal extendió la mano y empujó la ventana. Se abrió un centímetro. La empujó de nuevo. Se abrió otro centímetro. Prentice vio un rayo de luz amarilla que salía por la rendija. Al instante sintió la garganta muy seca y dolorida. Se oyó un ruido. Un murmullo bajo, un susurro, como un tarareo lejano.

—¿Qué es eso?

Dystal se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto:

—Aquí.

Prentice se arrodilló junto a la ventana y miró hacia la luz. Al principio no podía creer lo que veían sus ojos. Era un sótano, como otros sótanos de casas antiguas, con una gran caldera de hierro, suelo de cemento y vigas pesadas. Esto sí lo reconoció y comprendió. El resto, no. En el centro del suelo había un dibujo, obviamente hecho con tizas de colores. A Prentice le pareció una Estrella de David, aunque había otros dibujos alrededor y dentro. No eran particularmente artísticos, pero sí intrincados. En el centro había una gran taza, parecida a una ensaladera, vagamente familiar, vacía.

—Ahí —susurró Dystal, retirándose.

Ligeramente a la izquierda se veían un círculo y un pentagrama, cuyos cinco vértices tocaban la circunferencia por igual. Prentice parpadeó y dirigió su atención a la gente. De pie sobre un bloque de madera, rodeado de hombres y mujeres, había una figura con una túnica negra y una corona en forma de serpiente. Era Ames.

Su esposa, Charlotte, vestida con un vestido blanco, estaba a su lado. Sostenía una lámpara.

También vestidos con túnicas estaban Ben y Rhoda Roth, Bud Reiker y su esposa, los Cummings, los Chambers, los Johnson… Prentice se sacudió el repentino mareo y se cubrió los ojos con la mano. A la derecha, cerca del horno, había una mesa cubierta con una sábana blanca. Y a sesenta centímetros, una extraña estructura hexagonal con velas negras encendidas desde una docena de aberturas.

—Escucha —dijo Dystal.

Ames tenía los ojos cerrados. En voz baja, recitaba:

Toda degradación, toda infamia, la sufrirás.
Tu cabeza bajo el fango, la droga de mujeres despreciables,
como en un sueño odioso, para finalmente yacer;
la mujer debe pisotearte mientras respiras ese humo mortal;
los gusanos más viles deben arrastrarse,
los vampiros más repugnantes deben acechar…

—La Gran Bestia —rio Dystal.

—Yo —dijo Ames— soy Ipsissimus —y los demás corearon—: Él es Ipsissimus.

—He leído los libros, Señor Oscuro. ¡He leído el Libro de la Magia Sagrada de Abramelin el Mago, y lo rechazo!

—¡Lo rechazamos! —murmuraron los Roth.

—El poder del Bien siempre estará al servicio del poder de la Oscuridad —levantó las manos—. En tu altar está la estela de Ankf-f-nKhonsu; allí también, el Libro de los Muertos y el Libro de la Ley, seis velas a cada lado, mi Señor, la Campana, el Buril, el Lamen, la Espada, la Copa y los Pasteles de la Vida…

Prentice miró a las personas que había visto hacía solo unas horas en su sala de estar y se estremeció. Se sentía muy débil.

—Nosotros, tus siervos —dijo Ames, haciendo señas—, imploramos tu presencia, Señor de la Noche y de la Vida Eterna, Soberano de las Almas de los hombres en todo tu vasto dominio.

Prentice comenzó a levantarse, pero Dystal lo agarró de la chaqueta.

—No —dijo—. Espera. Espera un minuto más. Esto es algo que debes ver.

—...Vivimos para servirte, concédenos...

—Está suplicando al diablo que aparezca —susurró Dystal.

—...esta noche, y que le ofrezca el regalo más grande y preciado. ¡Acepta nuestra ofrenda!

—¡Acéptala! —gritaron los demás.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Prentice, afiebrado.

Entonces Ames dejó de hablar y los demás guardaron silencio. Ames levantó la mano izquierda y la bajó. Chris Cummings y Bud Reiker hicieron una reverencia y retrocedieron hacia las sombras, donde Prentice no podía verlos. Charlotte Ames se acercó a la estructura hexagonal con las velas y recogió un objeto largo y delgado. Regresó y se lo entregó a su esposo. Era un cuchillo.

—¡No matarás! —gritó Ed Chambers, y cruzó el pentagrama hasta la mesa cubierta con una sábana.

Prentice se frotó los ojos.

Bud Reiker y Chris Cummings regresaron al centro de luz. Llevaban un bulto envuelto en mantas. El bulto se agitaba y emitía extraños ruidos amortiguados. Los hombres lo levantaron y lo colocaron sobre la mesa. Ames asintió y bajó del bloque de madera. Caminó hacia la mesa y se detuvo; el cuchillo de carnicero de hoja larga brillaba con el resplandor de las velas.

—¡A Ti, oh Señor del Inframundo, te ofrecemos esto! ¡A Ti, el regalo más preciado de todos!

—¿Qué es? —preguntó Prentice—. ¿Qué es?

La voz de Dystal era firme y ansiosa.

—Una virgen —dijo.

Entonces retiraron la manta. Prentice sintió que los ojos se le salían de las órbitas, que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

—Ann —susurró con voz ahogada—. ¡Ann!

El cuchillo se alzó.

Prentice se puso de pie de un salto y luchó contra el mareo.

—Dystal —gritó—. Dystal, por Dios, ¿qué están haciendo? ¡Detenlos! ¿Me oyes? ¡Detenlos!

—No puedo —dijo Matthew Dystal con tristeza—. Es demasiado tarde. Me temo que tu esposa dijo algunas cosas que no debió haber dicho, Prentice. Verás, llevamos mucho tiempo buscando a alguien así…

Prentice intentó abalanzarse, pero el esfuerzo le hizo perder el equilibrio. Cayó al suelo. Sentía los brazos y las piernas entumecidos, y recordó, de repente, el sabor amargo de la bebida que había tomado.

—En realidad era inevitable —dijo Dystal—. Es decir, el chico lo sabía, y te lo habría contado tarde o temprano. Y habrías empezado a investigar, y… oh, ya me entiendes. Le dije a Lucian que deberíamos haber comprado la casa, pero es tan obstinado; ¡cree que lo sabe todo! Ahora, claro, tendremos que quemarla, y eso sí que parece un desperdicio —negó con la cabeza—. Pero no te preocupes. Para entonces estarás dormido y, te lo prometo, no sentirás nada. De verdad.

Prentice apartó la mirada de la ventana y gritó en silencio durante un largo rato.

Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Beaumont.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charles Beaumont: La gente nueva (The New People), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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