«El fresno»: M.R. James; relato y análisis


«El fresno»: M.R. James; relato y análisis.




El fresno (The Ash Tree) es un relato de terror del escritor inglés M.R. James (1862-1936), publicado en la antología de 1904: Historias de fantasmas de un anticuario (Ghost Stories of an Antiquary).

El fresno, uno de los mejores cuentos de terror de M.R. James, nos sitúa en Inglaterra, y relata la historia de una mujer, quien es descubierta mientras arranca algunas ramas de un viejo fresno. El dueño de la mansión donde está ubicado el árbol la denuncia, y la mujer es ejecutada. Tiempo después, una serie de hechos misteriosos comienzan a suceder en la mansión, de algún modo relacionados con el fresno, especie de lápida arbórea que custodia los restos de la mujer, y le permiten un vehículo para manifestarse en el plano real.

En este sentido, El fresno ha sido alternativamente clasificado como un relato de brujas, un relato de vampirsmo, aunque desde aquí preferimos situarlo entre los grandes relatos botánicos de terror del período.


El fresno.
The Ash Tree; M.R. James (1862-1936)

El que ha viajado por el este de Inglaterra conoce las casa residenciales que la salpican: pequeños edificios húmedos, de estilo italiano, en general, rodeados de parques extensos. Siempre me han atraído particularmente: con su empalizada gris de roble, árboles nobles, lagos, y la línea distante del bosque. Adoro esos pórticos con columnas, también sus bibliotecas, donde uno puede encontrar desde un salterio del siglo XIII a una edición antigua de Shakespeare. Por supuesto, me gustan los cuadros; pero sobre todo me gusta imaginar la vida en una casa así, en los tiempos de sus dueños. Ojalá tuviera yo una casa así.

Pero esto es una digresión. Lo que tengo que contaros es una extraña serie de sucesos que ocurrieron en una de estas casas que he intentado describir. Se trata de Castringham Hall, en Suffolk. Creo que le han hecho bastantes reformas desde la época de mi relato, pero aún conserva la esencia que acabo de esbozar. El único rasgo que la distinguía de otras ha desaparecido: vista desde el parque tenía a su derecha, a pocas yardas del muro, un fresno añoso y corpulento, que casi rozaba el edificio con sus ramas. Supongo que estaba allí desde que Castringham dejó de ser una plaza fuerte, cegaron el foso y construyeron el edificio isabelino; en todo caso, en el año 1690 casi había alcanzado sus proporciones definitivas.

Durante ese año, la residencia fue escenario de varios Procesos por brujería. Creo que tardaremos mucho en evaluar la consistencia de las razones —si es que las había— en que se fundaba el miedo a las brujas. En mi opinión, aún no han recibido respuesta cuestiones tales como si los acusadas de brujería se imaginaban dotadas de poderes excepcionales; o si tenían la voluntad de causar daño, o si sus confesiones les fueron arrancadas por los cazadores de brujas a fuerza de crueldad.

El presente relato me hace vacilar. Yo no me decido a clasificarlo como mera invención: el lector deberá juzgar por sí mismo.

Castringham aportó una víctima a la fe: se llamaba señora Mothersole, y se diferenciaba de las típicas brujas de pueblo sólo en que era persona acomodada e influyente. Varios agricultores conocidos trataron de salvarla. Prestaron el mejor testimonio que pudieron sobre su reputación, y mostraron gran pena cuando el jurado pronunció su veredicto. Pero lo que resultó fatal para la mujer fue la declaración del entonces dueño de Castraingham Hall, sir Matthew Fell: afirmó que en tres ocasiones la había visto desde la ventana tomando ramos del fresno junto a la casa durante la luna llena. Se había trepado al árbol, en camisa, y cortaba ramas con un raro cuchillo curvo mientras hablaba sola. Las tres veces había intentado sir Matthew apresar a la mujer, pero las tres la había alertado algún ruido fortuito, y lo único que vio cuando bajó al jardín fue una liebre que cruzaba veloz el parque en dirección al pueblo. La tercera noche había procurado seguirla y fue directamente a casa de la señora Mothersole; pero estuvo un cuarto de hora golpeando la puerta hasta que ella salió muy enfadada y aparentemente soñolienta, como recién salida de la cama; y sir Matthew no pudo dar una explicación plausible de su visita.

A causa de esta declaración, aunque hubo otras no tan insólitas, la señora Mothersole fue hallada culpable y condenada a muerte. La ahorcaron una semana después del juicio, junto con cinco o seis desventurados más, en Bury St. Edmunds.

Sir Matthew Fell, vicepresidente del tribunal de justicia del condado, estuvo presente en la ejecución: una mañana húmeda de marzo subió la carreta, bajo la llovizna, el cerro herboso y áspero de las afueras de Northgate donde se alzaba el cadalso. Las otras víctimas iban sumidas en la apatía o la aflicción; pero la señora Mothersole se mostró de un temperamento muy distinto. Su furia venenosa —según cuenta un cronista de la época— produjo tal efecto en los curiosos (y hasta en el verdugo) que fue unánime la afirmación de los que presenciaron su ejecución de que era la viva imagen de un Demonio. Sin embargo, no se resistió a los oficiales; sólo lanzó a los que le pusieron las manos encima una mirada tan terrible que (como uno de ellos me aseguró) seis meses después aún les llenaba de inquietud. Lo único que consta de sus palabras fue lo siguiente: Habrá huéspedes en la residencia. Palabras que repitió más de una vez en voz baja.

No dejó indiferente a sir Matthew Fell la actitud de la mujer. Habló del asunto con el vicario de la parroquia, cuando regresaban de la ejecución: no había prestado declaración de muy buen grado; no estaba especialmente infectado de la manía de perseguir brujas, pero tanto entonces como después sostuvo que no podía dar otra versión del asunto que la que había dado ya, y que no había posibilidad de que se hubiera equivocado en cuanto a lo que vio. El proceso le había resultado desagradable porque era hombre al que le gustaba estar en buenos términos con todos; pero había un deber que cumplir, y lo había cumplido. Esos parecían ser sus sentimientos, y el vicario los aplaudió como habría hecho cualquier hombre razonable.

Unas semanas más tarde, cuando la luna de mayo alcanzó su plenitud, volvieron a encontrarse el vicario y el señor en el parque y se dirigieron juntos a la residencia. Lady Fell se había ido a pasar unos días con su madre, que se encontraba gravemente enferma, y sir Matthew estaba solo en la casa; de modo que no le costó convencer al vicario, el señor Crome, de que se quedase a cenar. Sir Matthew no fue un buen interlocutor esa noche. La conversación recayó sobre asuntos familiares y de la parroquia; pero quiso la suerte que a sir Matthew se le ocurriera tomar notas de determinados deseos o proyectos respecto a sus posesiones, que más tarde se revelaron sumamente útiles. Cuando el señor Crome se retiró —eran alrededor de las nueve y media—, dieron una vuelta por el paseo detrás de la casa. Y hubo un detalle que sorprendió al señor Crome: tenían a la vista el fresno que, como he dicho, crecía junto a las ventanas del edificio, cuando se detuvo sir Matthew y dijo:

—¿Qué es eso que sube y baja corriendo por el fresno? No puede ser una ardilla. A estas horas deben de estar todas en sus madrigueras.

Miró el vicario y vio a la bestia; pero no consiguió distinguir su color a la luz de la luna. Se le quedó grabada su silueta, aunque la vio un instante; y habría asegurado, dijo —aunque comprendía que era una insensatez—, que ardilla o no, tenía más de cuatro patas.

No dieron mayor importancia a esta visión y se despidieron. Quizá volvieron a verse, pero aún habría de pasar una veintena de años. Al día siguiente sir Matthew Fell no bajó a las seis de la mañana como era su costumbre, ni a las siete, tampoco a las ocho. Los criados subieron. No hace falta que describa la ansiedad de que fueron presa mientras escuchaban y renovaban los golpes en la puerta. Finalmente abrieron, y descubrieron al señor ennegrecido y muerto, como habréis adivinado. A primera vista no se veía señales de violencia; pero la ventana estaba abierta.

Uno de los criados fue a buscar al sacerdote y a continuación, por encargo de éste, a dar parte a la autoridad. El señor Crome acudió en cuanto pudo a la residencia, y al llegar le condujeron al aposento donde estaba el muerto. Había dejado algunas notas entre sus documentos que revelan el sincero respeto que había sentido por sir Matthew, y su pesar. En ellas hay un pasaje que transcribo por la luz que arroja sobre estos sucesos, y también sobre las creencias corrientes de la época:


No había indicios de que la puerta haya sido forzada; pero la ventana estaba abierta. Antes de acostarse solía tomar cerveza en un vaso de plata, y esa noche no se la había terminado. Así, pues, fue analizada la bebida por el médico de Bury, un tal señor Hodgkins, quien, como declaró después bajo juramento, no descubrió ninguna sustancia venenosa. Porque naturalmente, dado lo hinchado y negro que estaba el cadáver, corría el rumor entre los vecinos de que había sido envenenado. Lo habían encontrado en la cama, en una postura contorsionada, al extremo de hacer más que probable la hipótesis de que mi estimado amigo y protector había expirado con gran agonía y sufrimiento. Y a lo que hasta ahora no se ha encontrado explicación, y demuestra para mí una maquinación tenebrosa por parte de los autores de este bárbaro asesinato, es lo siguiente: que las mujeres a las que se encomendó lavar y amortajar el cadáver, personas dolientes y muy respetadas en su fúnebre profesión, vinieron con gran congoja y tribulación de alma y cuerpo a decirme (cosa que se confirmaba a primera vista) que no bien tocaron el pecho del cadáver sintieron dolor en las palmas, y un escozor intenso y anormal en las manos, las cuales, igual que los antebrazos, se les hincharon en poco tiempo, persistiendo el dolor, que, como quedó claro más tarde, se vieron obligadas a suspender su trabajo durante varias semanas; aunque sin señal alguna visible en la piel.

Al oír esto, mandé llamar al médico, que aún no había abandonado la casa, y examinamos lo más atentamente que pudimos, con ayuda de una pequeña lente de aumento, el estado de la piel; pero no logramos descubrir nada de importancia, salvo dos pequeñas picaduras o punturas, que concluimos entonces serían los sitios por donde pudo ser inoculado el veneno, recordando esa sortija del papa Borgia, con otros conocidos ejemplos del horrendo arte de los envenenadores italianos de la pasada época. Es todo lo que se puede decir de los síntomas observados en el cadáver. Lo que ahora voy a añadir es mera experiencia personal, y corresponde a la posteridad juzgar si tiene algún valor. Había encima de la mesa de noche una biblia pequeña, de la que mi amigo solía leer al acostarse, y al levantarse por la mañana, un trozo escogido. Y al tomarla me vino la idea, como en esos momentos de impotencia en que tratamos de atrapar el más pequeño destello que promete ser luz, de probar esa antigua y para muchos supersticiosa práctica llamada las sortes, cuyo principal ejemplo, en el caso de su difunta majestad el santo mártir rey Carlos y milord Falkland es hoy muy comentado. Debo confesar que mi prueba no me procuró mucha ayuda; no obstante, dado que es posible que alguien pueda proponerse en el futuro averiguar la causa y origen de estos horribles sucesos, consigno los resultados por si señalan la verdadera dirección a una inteligencia más penetrante que la mía. Hice pues, tres intentos, abriendo el libro y poniendo el dedo en determinadas palabras. La primera vez obtuve la frase de Lucas 13, 7: Córtalo. La segunda, la de Isaías 13,20: No será jamás habitada; y la tercera, la de Job 39, 30: Sus polluelos lamerán sangre.

No hace falta citar nada más de los papeles del señor Crome. Colocaron a sir Matthew Fell en su ataúd y le dieron debida sepultura. El sermón fúnebre se publicó con el título: El camino inescrutable, o el peligro de Inglaterra y las malvadas intrigas del Anticristo, siendo la opinión del vicario, y la más sostenida por la vecindad, que el terrateniente había sido víctima de un recrudecimiento de las maquinaciones papistas.

Su hijo, sir Matthew segundo, heredó el título y las propiedades. De este modo concluye el primer acto de la tragedia de Castringham. Hay que decir —aunque el hecho no tiene nada de extraño— que el nuevo barón no ocupó el aposento en el que había muerto su padre, ni durmió prácticamente nadie en él, quitando alguna visita ocasional, mientras él vivió. Murió en 1735, y no encuentro nada digno de reseñar en la etapa de su vida, salvo una extraña y persistente mortandad de su ganado en general, con una ligera tendencia a aumentar con el paso del tiempo. Los interesados en este fenómeno encontrarán información en una carta publicada por la Gentleman's Magazine en 1772, la cual saca los datos de los papeles del propio barón. Éste acabó definitivamente con dichas pérdidas gracias a la sencilla medida de guardar el ganado en el establo por las noches, y no dejar una sola oveja en los pastos. Porque había observado que nunca les ocurría nada a las que pasaban la noche encerradas. A partir de entonces el problema afectó a las aves salvajes y a la caza. Pero dado que no disponemos de una buena descripción de los síntomas, y la vigilancia nocturna era inútil, no voy a extenderme en lo que los campesinos de Suffolk dieron en llamar El mal de Castringham.

El segundo sir Matthew murió en 1735, como he dicho, y le sucedió puntualmente su hijo, sir Richard. Fue en tiempos de éste cuando se construyó en la iglesia parroquial, en el lado norte, el gran banco familiar. El proyecto de este barón era tan grandioso que hubo que quitar varias sepulturas de ese lado del edificio. Entre ellas estaba la de la señora Mothersole, cuyo lugar exacto se conocía bien gracias a una anotación en un plano de la iglesia y el cementerio anexo, ambas cosas debidas a la mano del señor Crome. Hubo cierto revuelo cuando se supo que iban exhumar a la famosa bruja, y no fue pequeño el estupor, incluso la inquietud, cuando se descubrió que, aunque el ataúd salió entero y sin daño, no encontraron en él vestigio alguno de cuerpo, huesos o polvo. Era un fenómeno de lo más singular; porque en los tiempos en que fue enterrada no existían ladrones de cadáveres, y es difícil imaginar un motivo para robar un cadáver que no sea el de abastecer las salas de disección.

El incidente resucitó temporalmente las historias sobre brujas y procesos por brujería. Sir Richard ordenó quemar el ataúd; y aunque a muchos les parecía una temeridad, la cumplieron sin ninguna objeción. Verdaderamente, sir Richard era un innovador. Antes de él, la residencia había sido un hermoso edificio de ladrillo de un suave color rojo. Pero en sus viajes por Italia se había contagiado del gusto italiano; y dado que tenía más dinero que sus predecesores, decidió dejar un palacio italiano donde había encontrado una casa inglesa. Así que taparon el ladrillo, instalaron mármoles en el vestíbulo y en el jardín, erigieron una reproducción del templo de la sibila de Tívoli en la orilla opuesta del lago, y Castringham adquirió un aspecto totalmente nuevo y, hay que decirlo también, menos atractivo. Pero causó gran admiración, y sirvió de modelo en años posteriores a muchos miembros de la pequeña aristocracia de la vecindad.

Una mañana de 1754, sir Richard se despertó tras una noche de molestias. Por culpa del viento, la chimenea no había parado de humear; pero hacía tanto frío que no había tenido más remedio que mantenerla encendida. Algo había estado golpeando la ventana, también, al extremo de que nadie había tenido un momento de paz. Además, esperaba la llegada de varios invitados importantes en el transcurso del día, sin duda dispuestos a participar en algún tipo de cacería, si bien los estragos (que seguían produciéndose en la fauna de su parque) habían sido últimamente tan graves que temía por la reputación de su reserva de caza. Pero lo que más alterado le tenía era la noche que había pasado. Desde luego, no volvería a dormir en esa habitación.

Desayunó inquieto; y al terminar emprendió una inspección de las habitaciones para ver cuál le convenía más. Tardó en encontrarla: ésta tenía la ventana hacia oriente y aquélla hacia el norte; en ésta los criados estaban pasando constantemente por delante de la puerta, y en aquélla no le gustaba la cama. No; necesitaba una habitación que diera a poniente, de manera que el sol no le despertase temprano, y que estuviese alejada del ajetreo de la casa. Al ama de llaves se le agotaron las sugerencias.

—Bueno, sir Richard —dijo—, sólo hay una habitación así en la casa.

—¿Cuál?

—La de sir Matthew; la cámara de poniente.

—Bien, pues instáleme en ella; esta noche voy a dormir allí —dijo su señor.

—¡Pero, sir Richard, hace cuarenta años que no duerme nadie allí! Apenas se ha renovado el aire desde que murió sir Matthew —iba diciendo mientras corría tras él.

—Vamos, abra la puerta, señora Chiddock. Quiero verla al menos.

La señora Chiddock abrió la puerta y, efectivamente, notaron en ella un hedor terroso y a encierro. Sir Richard fue a la ventana, y con su acostumbrada impaciencia retiró los postigos y la abrió. Este extremo de la casa apenas había sufrido alteraciones, y estaba como cubierto por el gran fresno, que lo ocultaba de la vista.

—Deje que se airee todo el día, señora Chiddock, y mande que trasladen aquí mi cama y mis muebles esta tarde. Y acomode al obispo de Kilmore en mi habitación.

—Disculpe, sir Richard —dijo una voz, interrumpiendo este diálogo—, ¿podría concederme un momento?

Sir Richard se dio la vuelta y vio a un hombre de negro en el umbral que inclinó la cabeza.

—Le ruego que perdone esta intromisión. Seguramente no me conoce. Me llamo William Crome, y mi abuelo fue vicario aquí en tiempos de su abuelo.

—Por supuesto, señor —dijo sir Richard—; el nombre de Crome es siempre alabado en Castringham. Me alegra renovar una amistad que viene de antaño. ¿En qué puedo ayudarle? Porque esta hora de venir... Y si no me equivoco, su aspecto revela que ha hecho el camino con cierta premura.

—Es muy cierto, señor. Vengo de Norwick y me dirijo a Bury St Edmunds todo lo deprisa que puedo. Me he detenido para entregarle unos papeles que han aparecido al revisar los que dejó mi abuelo a su muerte. He pensado que puede haber en ellos cuestiones familiares de interés para usted,

—Es usted muy amable, señor Crome, si tiene la bondad de acompañarme al salón, a tomar una copa de vino, les podemos echar una ojeada juntos, Entretanto, señora Chiddock, ocúpese de airear esta cámara como le he dicho. Sí, aquí es donde murió mi abuelo. Sí, puede que el árbol la haga un poco húmeda. Bueno, no quiero oír nada más. No ponga más dificultades, se lo ruego. Ya tiene mis instrucciones, así que adelante. ¿Quiere acompañarme, señor?

Se dirigieron al salón. El sobre que traía el señor Crome contenía las notas que el viejo vicario había tomado con motivo de la muerte de sir Matthew Fell. Y por primera vez, sir Richard se enfrentó con las enigmáticas sortes Biblicae a que me he referido. Las encontró divertidas.

—Bueno —dijo—; al menos la biblia le dio un buen consejo a mi abuelo: Córtalo. Si se refiere al fresno puede descansar tranquilo, porque me voy a ocupar de ello. En mi vida he visto una sementera igual de fiebres y resfriados.

Los libros de la casa, que no eran demasiados, estaban en el salón. Sir Richard alzó los ojos del documento y miró hacia la estantería.

—Me pregunto —dijo— si estará ahí aún el viejo profeta. Creo que lo he visto.

Cruzó la habitación, sacó una biblia gruesa que, efectivamente, llevaba en la guarda la siguiente inscripción: Para Matthew Fell, de su madrina que le quiere, Anne Aldous. 2 de septiembre de 1659.

—No estaría mal que lo pusiéramos a prueba otra vez. ¿Qué opina, señor Crome? Apuesto a que las Crónicas nos darán un par de nombres. Vamos a ver. ¿Qué tenemos aquí?: Me buscarás por la mañana, y no estaré. ¡Vaya, vaya! Su abuelo habría visto aquí una buena profecía, ¿a que sí? Bueno, dejémonos de profetas. Son puro cuento. Señor Crome, le agradezco infinitamente que me haya traído el sobre éste. Me temo que estará impaciente por seguir su viaje. Permítame ofrecerle otra copa.

Se despidieron, con sinceros ofrecimientos de hospitalidad por parte de sir Richard (porque el talante y los modales del joven le habían causado buena impresión). Por la tarde llegaron los invitados: el obispo de Kilmore, lady Mary Hervey, sir William Kentifield, etc. La comida fue a las cinco; después hubo vino, una partida de cartas, la cena y se retiraron a dormir. A la mañana siguiente, sir Richard no se sintió con ánimo para tomar la escopeta. Habla con el obispo de Kilmore. Este prelado, a diferencia de la mayoría de los obispos irlandeses de aquel entonces, había visitado su sede; incluso había residido en ella bastante tiempo. Esta mañana, mientras paseaban los dos por la terraza comentando los cambios y mejoras de la casa, dijo el obispo, señalando la ventana de la habitación de poniente:

—Jamás conseguiría que uno de mis feligreses irlandeses ocupara esa habitación, sir Richard.

—¿Y eso por qué, señor? La verdad es que es la mía.

—Bueno, se ha dicho siempre entre nuestros campesinos que da mala suerte dormir junto a un fresno, y ése tan hermoso que tiene ahí está muy cerca de su aposento. Puede que le haya hecho sentir ya su influjo —prosiguió el obispo con una sonrisa—; porque, si me permite decirlo, no parece todo lo fresco que sus amigos quisieran verle, pese a que acaba de levantarse.

—Es verdad; ese árbol, o lo que sea, me ha tenido desvelado desde las doce hasta las cuatro. Pero lo van a cortar mañana, de manera que no dará más batalla.

—Aplaudo su decisión. No puede ser sano respirar el aire filtrado por todo ese follaje.

—Creo que tiene razón su ilustrísima. Pero anoche no dejé la ventana abierta; era más bien un ruido constante, como un restregar de ramas en los cristales, lo que no me dejaba dormir.

—Eso me parece poco probable, sir Richard. Mire, puede comprobarlo desde aquí: ninguna de las ramas alcanza a rozar siquiera la ventana, a menos que se levante un vendaval; y anoche no hubo viento.

—Entonces no sé qué era lo que arañaba y se agitaba de esa manera... y ha llenado de rayas y señales el polvo del alféizar.

Finalmente coincidieron en que debió de subir alguna rata por la hiedra. Fue la explicación que se le ocurrió al obispo, y sir Richard la aceptó sin más.

El día transcurrió, llegó la noche, y cada cual se retiró a su aposento, deseando a sir Richard una noche más descansada. Ahora nos encontramos en su dormitorio, con la luz apagada y él metido en la cama. La habitación está encima de la cocina. La noche, fuera, es cálida y apacible, así que ha dejado abierta la ventana. Llega poca claridad a la cama, pero hay en ella un extraño movimiento; como si sir Richard agitase la cabeza a uno y otro lado con levísimo ruido. Podría creerse incluso —tan engañosa es la penumbra— que tiene varias cabezas, cabezas redondas y marrones que mueve adelante y atrás, bajándolas incluso hasta el pecho. Es una ilusión horrible. ¿No hay nada más? ¡Mirad! Algo cae de la cama con blando ruido, del tamaño de un gatito, y sale como una centella por la ventana; otro... cuatro... Después todo vuelve a quedar inmóvil.

Me buscarás por la mañana, y no estaré.

Como a sir Matthew, sir Richard fue encontrado ennegrecido y muerto en la cama.

Un grupo pálido y silencioso de huéspedes y criados se congregó al pie de la ventana al saberse la noticia. Envenenadores italianos, sicarios del papa, el aire inficionado... estas y otras muchas conjeturas se barajaron. El obispo de Kilmore alzó los ojos hacia el árbol y vio en la horquilla de sus ramas más bajas un gato blanco que miraba encogido hacia una oquedad que los años habían excavado en el tronco.

Observaba con gran atención algo que había en el interior del árbol. De repente, se levantó y alargó una garra hacia el agujero. En ese instante cedió el trozo de corteza en el que se apoyaba y cayó dentro. Todos alzaron los ojos ante el ruido que hizo.

Es sabido que los gatos tienen buena voz; pero pocos hemos oído un alarido como el que brotó del tronco del gran fresno. Sonaron dos o tres maullidos —los testigos no están seguros—, y a continuación se oyó un ruido ahogado de forcejeo o agitación. Lady Mary Hervey se desmayó de la impresión, el ama de llaves se tapó los oídos, echó a correr y tropezó y se cayó en la terraza. El obispo de Kilmore y sir William Kenfield no hicieron un solo movimiento. Estaban asustados también, aunque sólo era el maullido de un gato. Sir William tragó saliva un par de veces antes de decir:

—En ese árbol hay algo, ilustrísima. Opino que debemos inspeccionarlo ahora mismo.

El prelado se mostró de acuerdo. Trajeron una escala y subió uno de los jardineros. Se asomó al hueco, pero sólo pudo notar que se movía algo. Trajeron un farol para bajarlo al interior con una cuerda.

—Hay que llegar al fondo de esto. A fe, ilustrísima, que se esconde ahí el misterio de esas muertes terribles.

Subió el jardinero otra vez con el farol, y lo fue bajando cautelosamente por el agujero. Todos veían desde abajo su rostro inclinado, iluminado por la luz amarilla. Y vieron su expresión de incrédulo terror antes de proferir un espantoso alarido y precipitarse al suelo —donde por fortuna lo recibieron dos hombres—, dejando caer el farol dentro del árbol. Estaba mortalmente asustado, y tardó un rato en recobrar la palabra. Cuando lo hizo, otra cosa atraía la atención de los demás: debió de romperse el farol en el fondo y prender la llama en las hojas secas y broza del interior, porque unos minutos después empezó a salir un humo espeso, a continuación llamas y finalmente ardió el árbol entero.

Los presentes se apartaron en círculo; y sir William y el obispo mandaron a los criados que trajesen las armas y herramientas que pudiesen. Porque, evidentemente, el fuego obligaría a salir a la alimaña que estaba utilizando el árbol como madriguera. Así fue. Primero vieron aparecer en la horquilla, envuelto en llamas, un bulto redondo como del tamaño de una cabeza humana; acto seguido se tambaleó y cayó en el agujero. La escena se repitió cinco o seis veces; luego, saltó al aire un bulto parecido y cayó en la hierba, donde un momento después quedó inmóvil. El obispo se atrevió a acercarse unos pasos, y vio... ¡los restos de una araña enorme, nervuda, y abrasada! Y cuando el fuego llegó abajo, empezaron a brotar del tronco cuerpos más horribles aún, completamente cubiertos de pelo gris.

Todo el día estuvo ardiendo el fresno. Los hombres siguieron allí hasta que cayó a trozos, matando de cuando en cuando los bichos que salían. Finalmente, transcurrido un buen rato sin que saliesen más, se acercaron precavidamente y examinaron las raíces.

—Debajo en la tierra —dice el obispo de Kilmore—, descubrieron una cavidad redonda con dos o tres bichos de esos muertos, evidentemente asfixiados por el humo. Y lo que es más extraño para mí: al lado de esta cueva, junto a la pared, encontraron acuclillada la anatomía o esqueleto de un ser humano, con la piel seca sobre los huesos, con restos de cabello negro, y que correspondía sin ninguna duda, según declararon los que lo examinaron, a una mujer, evidentemente muerta hacía unos cincuenta años.

M.R. James (1862-1936)




Relatos góticos. I Relatos de M.R. James.


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El análisis y resumen del relato de M.R. James: El fresno (The Ash-Tree), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente relato y pagina

Melvy Prior Morales dijo...

De los poquísimos cuentos de M. R. James que realmente puedo elogiar. Es una gran historia, bastante bien lograda. El argumento principal, así como los demás elementos que le dan sustento a la narración: los juicios de brujas, la mansión, el árbol, las generaciones que se van sucediendo a lo largo de los años y, lo mejor, el final. Un desenlace genial. Bien podría decirse que en el cuento no hay nada sobrenatural, pero no por ello es menos terrorífico; en mi opinión, la causa de las desgracias, es decir, los autores materiales de tan horrendas tragedias, hacen que este relato sea todavía más espantoso.



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