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«El árbol devorador de hombres»: Phil Robinson; relato y análisis.


«El árbol devorador de hombres»: Phil Robinson; relato y análisis.




El árbol devorador de hombres (The Man-Eating Tree) es un relato de terror del escritor británico Phil Robinson —Philip Stewart Robinson (1847-1902)—, publicado originalmente en la antología de 1881: Bajo el Punkah (Under the Punkah).

El árbol devorador de hombres, uno de los mejores cuentos de Phil Robinson, relata la historia de un hombre que descubre una extraña especie de árbol carnívoro en Nubia [ver: Relatos de terror de árboles]

En el relato pulp podemos encontrar toda clase de plantas devoradoras de hombres, sobre todo escondidas en lugares recónditos del mundo [desde la perspectiva del lector urbano de Weird Tales o Argosy]; por ejemplo, la cuenca del Amazonas, el Himalaya, África. Pero las cosas fueron evolucionando paulatinamente. El relato de terror comenzó a trasplantar estos especímenes voraces a las áreas salvajes y pantanos de los Estados Unidos, y, al otro lado del Atlántico, a las regiones rurales de Inglaterra. Pero incluso entonces las plantas carnívoras fueron progresando, tanto es así que el lector del Weird de los años '40 del siglo pasado podía encontrar excelentes ejemplares en ciertas floristerías, generalmente cultivadas botánicos desquiciados [ver: Horror Botánico]

El árbol devorador de hombres evita la posibilidad de plantas monstruosas desarrollándose al resguardo de las biosferas alienígenas de la ciencia ficción, también aquellas que prosperan en los mundos secundarios, como el Viejo Hombre-Sauce de la Tierra Media; sino que parte de una [falsa] premisa evolutiva: si algunas especies de animales han variado su dieta en el curso de miles y miles de años, ¿por qué ciertos árboles no podrían haber seguido el mismo camino?

El árbol devorador de hombres de Phil Robinson relata la historia de Peregrine Oriel, un explorador que viaja al centro de África y se encuentra con un árbol que crece en un claro del bosque, apartado de los demás, con características tan únicas como siniestras. Al parecer, es capaz de producir frutos muy dulces y atractivos. Cuando su presa se acerca lo suficiente, sus ramas se doblan repentinamente, atrapándola. El árbol entonces produce una especie de rocío tóxico que funciona como paralizante. Entonces, las afiladas hojas cortan la carne y succionan la sangre, dejando a su víctima completamente seca [ver: Relatos botánicos de terror]

En la historia, Peregrine está cazando a un grupo de ciervos. Hiere a un cervatillo, que huye como puede. El pobre animal busca refugio en el árbol devorador de hombres, y es seguido por un niño, Otona, ayudante del británico, que comparte el destino atroz del cervatillo.

Peregrine queda paralizado por esta escena horrorosa, e incluso parece caer en una especie de letargo al observar al Árbol [en realidad, está inhalando sus vapores tóxicos]. Lo percibe no solo como una criatura carnívora, sino como una entidad consciente que, a su vez, siente la presencia del hombre y ansía su sangre. Afortunadamente, Peregrine sale de su letargo y vacía su arma una y otra vez sobre el Árbol, el cual queda reducido a una masa de ramas que se retuercen como serpientes y hojas que se arrastran por el suelo blando del bosque [ver: Tentáculos «por default»]. Esa destrucción revela los restos aún no digeridos de las últimas comidas del Árbol, entre ellas, el pequeño Otona.

El árbol devorador de hombres de Phil Robinson fue escrito en 1881, una época en la cual la inquietud darwiniana produjo una amplia variedad de engaños periodísticos y decenas de ficciones botánicas. A fines del siglo XIX, en Europa se produjo la llamada «fiebre de las orquídeas», donde muchas personas acaudaladas viajaban al exterior simplemente para «cazar» o descubrir alguna nueva especie de flor. Los caballeros más aventureros, y con mayores recursos económicos, podían darse el lujo de visitar lugares exóticos. Este tipo de viajes se convirtió en la excusa común para la mayoría de los relatos botánicos de terror de la época, donde el descubrimiento, por supuesto, es una nueva y aterradora planta carnívora.

La influencia de las teorías de Charles Darwin es evidente en El árbol devorador de hombres. Por un lado, Phil Robinson utiliza los recursos habituales para este tipo de plantas carnívoras: velocidad extraordinaria, ramas que se mueven como tentáculos, semillas parasitarias, exudaciones tóxicas [generalmente con un efecto soporífero en la víctima], y una particular avidez por la sangre humana [sobre todo blanca y occidental]. Por el otro, el autor racionaliza al Árbol Devorador de Hombres tanteando una explicación evolutiva:


[«Cada animal o vegetal eventualmente podría revolucionar su naturaleza. El lobo podría alimentarse de hierba o anidar en los árboles, y la violeta podría armarse de espinas o atrapar insectos.»]


El árbol devorador de hombres es una de muchas de estas historias [de hecho, ni siquiera es la única con ese título] donde una planta ha tomado un camino evolutivo diferente. No es una abominación de la naturaleza, sino el producto refinado de la evolución. Si bien esto es un lugar común para el lector moderno, habituado a la utilización [casi siempre falaz] del pensamiento darwiniano en la ficción especulativa y sus precursores, a fines del siglo XIX constituía un tropo sumamente atractivo para el público, y que además permitía enmascarar algunas cuestiones políticas, como el impacto de las ambiciones imperiales en los sitios exóticos donde suelen desarrollarse estas historias, pero no de una forma antiimperialista. El Árbol Devorador de Hombres, nativo de Nubia, es esencialmente un Vampiro, una entidad continuamente hambrienta y con una particular predilección por la sangre occidental. En cierto modo, el Árbol cumple la función del doppelgänger gótico para el héroe, se decir, una proyección de su propia voracidad colonialista.




El árbol devorador de hombres.
The Man-Eating Tree, Phil Robinson (1847-1902)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


[Antes de comprometer este trabajo con el ridículo del Gran Mediocre —porque muchos, me temo, se inclinarán a considerar increíble esta historia— me aventuraría a expresar una opinión sobre la credulidad, que no recuerdo haber conocido antes. Poniendo a la suprema Sabiduría y a la suprema Ignorancia en los dos extremos, y a mí mismo en el medio, me sorprende encontrar que, ya sea que vaya hacia un extremo o hacia el otro, la credulidad de aquellos con los que me encuentro aumenta. Para decirlo como una paradoja, sea un hombre más tonto o más sabio que yo, es más crédulo. Hago esta observación para señalar a los Grandes Mediocres, cuya atención puede haber escapado, que la credulidad no es en sí misma vergonzosa o despreciable, y que depende de la manera más que de la materia, si gravitan hacia el sabio o al revés. El lector podrá medir, como le plazca, su sabiduría o su insensatez]


Peregrine Oriel, mi tío materno, fue un gran viajero, como parecían haber adivinado sus proféticos patrocinadores. De hecho, había hurgado en los desvanes y sótanos de la tierra con algo más que una diligencia ordinaria. Pero en la narración de sus viajes, por desgracia, no conservó la juiciosa cautela de Jenofonte entre lo visto y lo oído, y así sucedió que los concejales de Brunsbüttel (a quienes había mostrado un pico de ornitorrinco, atrapado vivo por él en Australia, y que lo envió a un importador de alimañas artificiales) no estaban solos en su escepticismo.

Así, por ejemplo, ¿quién podría oír y creer la historia del árbol chupa-hombres del que apenas había escapado con vida? Él mismo lo llamó más terrible que los Upas.

»Esta espantosa planta, que levanta su espléndida sombra mortuoria en la soledad central de un bosque de helechos de Nubia, enferma con sus malsanos humores a toda la vegetación de sus inmediaciones, y se alimenta de las fieras que, aterrorizadas por la caza, o por el calor del mediodía, buscan el refugio espeso de sus ramas; y de los pájaros que, revoloteando por el espacio abierto, entran en el círculo encantado de su poder, o se refrescan inocentemente en las copas de sus grandes flores de cera; incluso del hombre mismo cuando, una presa poco frecuente, el salvaje busca asilo en la tormenta, o se aleja de la áspera hierba que hiere los pies, para arrancar la maravillosa fruta que cuelga verticalmente entre el exhuberante follaje.

»¡Y qué fruta! Gloriosos óvalos dorados, grandes gotas de miel, hinchadas por su propio peso en forma de pera. El follaje brilla con un rocío extraño, que durante todo el día gotea sobre el suelo, alimentando un crecimiento frondoso de hierbas, que brotan en lugares tan altos que sus púas alimentadas con sangre quedan ocultas, resguardando el temible secreto del osario interior, y dibujaando alrededor de las raíces negras de la planta asesina una pantalla de verde vivo.


Tal fue su descripción de la planta; y el otro día, buscándola en un diccionario botánico, encuentro que realmente es conocida por los naturalistas una familia de plantas carnívoras; pero veo que la mayoría son muy pequeñas y se alimentan sólo de pequeños insectos.

Mi tío materno, sin embargo, no sabía nada de esto, porque murió antes de los días del descubrimiento de estos especímenes, y basando su conocimiento del árbol chupa-hombres simplemente en su terrible experiencia. De este modo explicó su existencia por medio de sus propias teorías.

Negando la fijeza de todas las leyes de la naturaleza excepto una, que el más fuerte se esforzará por consumir al más débil, y sosteniendo que incluso esta fijeza es sólo un medio para un mayor cambio general, argumentó que, puesto que cualquier distribución parcial de la facultad de autodefensa presumiría una parcialidad indigna en el Creador, y dado que los instintos sensuales de la bestia y el vegetal son manifiestamente análogos, el mundo debe ser tan perceptivo como sensible en todas partes.

Continuando con su teoría (pues para él era algo más que una hipótesis), llegó a la creencia de que, dada la necesidad de cualquier peligro inminente o interés propio urgente, cada animal o vegetal podría eventualmente revolucionar su naturaleza. El lobo podría alimentarse de hierba o anidar en los árboles, y la violeta podría armarse de espinas o atrapar insectos.


»¿Cómo —preguntaba— podemos reclamar para el hombre la consecuencia de las percepciones, y sin embargo negar a las bestias que oyen, ven, sienten, huelen y saborean, un principio perceptivo coexistente con sus sentidos? Y si en toda la gama del mundo animado existe este don de la autodefensa contra la extirpación y de la ofensa contra la debilidad, ¿por qué el mundo inanimado, que sostiene una lucha tan feroz por la existencia como el otro, ha de quedar indefenso y desarmado?

»La epífita brasileña estrangula el árbol y succiona sus jugos. El árbol, nuevamente, para matar de hambre a su parásito vampiro, extrae sus jugos en sus raíces, y perforando el suelo en algún lugar nuevo, convierte la corriente de su savia en otros brotes. Luego, la epífita deja caer las ramas muertas sobre los brotes verdes frescos que brotan del suelo debajo de ella, y así continúa la lucha. Otro ejemplo es el árbol indio peepul; ¿en qué difiere el feroz anhelo de sus raíces hacia el pozo lejano de la triste lucha del camello hacia el oasis, o del ejército de Senaquerib hacia el Nilo salvador?

»¡La planta sensible está inconsciente! He caminado millas a través de sus llanuras, y he observado, hasta que la observación casi me hizo temer que la planta se armara de valor y se volviera contra mí, la alfombra verde palideció hasta convertirse en un gris plateado ante mis pies, y se desvaneció a mi alrededor. Tan extrañamente sentí la influencia de esta aversión universal, que habría discutido con la planta; pero, ¿de qué serviría? Si tan solo extendiera mis manos, la mera sombra de mi extremidad aterrorizaría al vegetal hasta enfermarlo; se desmoronaría al sentir las vibraciones de mi discurso; grandes arbustos de aspecto compacto, a cuya robustez había apelado tontamente, se hundirían en pálidas súplicas.

»Ni una hoja me haría compañía.

»De mí salió un soplo que enfermó la vida. Mi mera presencia paralizaba la vida, y me alegré por fin de encontrarme entre una vegetación menos tímida y sentir la resentida yerba que se vengaba del descuido que la habría aplastado. El mundo vegetal, sin embargo, tiene sus venganzas. Puedes mantener al conejillo de indias en una conejera, pero, ¿cómo acaricias al basilisco? La plantita sensitiva de vuestro jardín divierte a vuestros hijos (que también se complacerán en ver a los abejorros), pero, ¿cómo trasplantar una hortaliza que agarra al ciervo que corre, abate al pájaro que pasa, y una vez atrapado, chupa el cadáver del hombre mismo, hasta que su materia se vuelve tan vaga como su mente, y todas sus capacidades animadas no pueden arrebatarlo del terrible abrazo de… ¡Dios lo ayude! ¿Un árbol inanimado?

»Hace muchos años —dijo mi tío—, dirigí mis pasos inquietos hacia África Central, e hice el viaje desde donde el Senegal desemboca en el Atlántico hasta el Nilo, bordeando el Gran Desierto, y llegando a Nubia en mi camino hacia la costa este. Tenía conmigo entonces a tres sirvientes nativos, dos de ellos hermanos, el tercero, Otona, un joven salvaje de las tierras altas de Gabón, un simple muchacho en su adolescencia; y un día, dejando mi mula con los dos hombres que estaban montando mi tienda para pasar la noche, me fui con mi escopeta, el muchacho acompañándome, hacia un bosque de helechos.

»Cuando me acerqué, descubrí que el bosque estaba cortado en dos por un amplio claro; y al ver una pequeña manada de antílopes, una excelente bestia en la olla, paciendo su camino a lo largo del lado sombreado, me arrastré tras ellos. Aunque ignorante de su peligro real, la manada sospechaba y, trotando lentamente delante de mí, me llevó durante una milla o más a lo largo del borde de los helechos. Al doblar, de repente me di cuenta de un árbol solitario que crecía en medio del claro. De inmediato me di cuenta de que nunca antes había visto un árbol igual; pero, como estaba decidido a comer carne para la cena, lo miré sólo lo suficiente para satisfacer mi primera sorpresa al ver una sola planta de tan rico crecimiento floreciendo en un lugar donde sólo los ásperos helechos parecían prosperar.

»Mientras tanto, los ciervos estaban a medio camino entre el árbol y yo, y al mirarlos vi que iban a cruzar el claro. Exactamente enfrente de ellos había una abertura en el bosque en la que ciertamente debería haber perdido mi cena; así que disparé al centro del grupo. Le di a un cervatillo, y el resto, dando media vuelta en su súbito terror, se fue en dirección al árbol, dejando al cervatillo luchando en el suelo.

»Otona, el niño, corrió hacia adelante a mi orden para asegurarlo, pero la pequeña criatura, al verlo venir, intentó seguir a sus camaradas y, a buen paso, siguió su curso. Mientras tanto, el grupo había llegado al árbol, pero de repente, en lugar de pasar por debajo de él, se desvió en su carrera y lo rodeó a una distancia de algunas yardas.

»¿Estaba loco o la planta realmente trató de atrapar al ciervo? De repente vi, o creí ver, que el árbol se agitó violentamente, y mientras los helechos a su alrededor permanecían inmóviles en el aire muerto de la tarde, sus ramas fueron sacudidas por una ráfaga repentina hacia los ciervos. Me pasé la mano por los ojos, los cerré un momento y volví a mirar. ¡El árbol estaba tan inmóvil como yo!

»Hacia él, y ahora cerca de él, el niño corría en persecución excitada del cervatillo. Extendió las manos para atraparlo, pero el animal evitó su ansioso agarre. Nuevamente alargó la mano hacia adelante, y nuevamente se le escapó. Hubo otra carrera y al instante siguiente el niño y el venado estaban debajo del árbol.

»Y entonces no hubo duda de lo que vi.

»El árbol se convulsionó, se inclinó hacia adelante, barrió sus espesas ramas cubiertas de follaje hasta el suelo, y envolvió de mi vista al perseguidor y al perseguido. Estaba a cien metros, y el grito de Otona me llegó con toda la claridad de su agonía. Hubo entonces un grito ahogado, estrangulado, y excepto por la agitación de las hojas donde se habían cerrado sobre el muchacho, ¡no había ni una señal de vida!

»—¡Otona! —grité.

»No hubo respuesta.

»Traté de gritar de nuevo, pero mi expresión fue como la de una bestia salvaje golpeada por un terror repentino. Me quedé allí, rígido. Ni todos los terrores de la tierra podrían haberme hecho apartar mi ojo de la horrible planta, o mi pie del suelo.

»Debí haberme quedado así durante al menos una hora, porque las sombras habían salido del bosque antes de que me abandonara ese espantoso paroxismo de miedo. Entonces mi primer impulso fue el de alejarme sigilosamente para que el árbol no me viera, pero la razón recobrada me ordenó acercarme a él. El niño pudo haber caído en la guarida de alguna bestia de presa, o tal vez la terrible vida en el árbol era la de alguna gran serpiente entre sus ramas.

»Preparándome para defenderme, me acerqué al árbol silencioso: la hierba áspera crujía bajo mis pies con un ruido extraño, las cigarras en el bosque chillaban hasta que el aire parecía palpitar a mi alrededor con ondas de sonido. La terrible verdad pronto estuvo ante mí en toda su terrible novedad.

»El vegetal descubrió mi presencia por primera vez a unos cincuenta metros de distancia. Entonces me di cuenta de un movimiento sigiloso entre las hojas de labios gruesos, que me recordó a una bestia salvaje que se despierta lentamente de un largo sueño. ¿Has visto alguna vez abejas colgando de una rama —un gran grupo de cuerpos, una abeja aferrándose a otra—, que un pequeño golpe hace que esa vida en masa comience a desintegrarse y cada insecto afirme su derecho individual a moverse?

»Me acerqué a veinte metros. El árbol temblaba a través de cada rama, murmurando por sangre. Impotente con los pies enraizados, cada rama me anhelaba. Era ese terror de las profundidades marinas que temen los hombres de los fiordos del norte, y que, anclado en alguna roca hundida, extiende hacia el espacio vano sus brazos anhelantes, diáfanos como el mar mismo, e implacables como el Polifemo mutilado que busca a tientas a sus víctimas.

»Cada hoja estaba agitada y hambrienta. Como manos, se juntaron a tientas, sus palmas carnosas se enroscaron sobre sí mismas y se desdoblaron de nuevo, cerrándose una sobre la otra y deshaciéndose de nuevo, manos gruesas, indefensas, sin dedos (más bien labios o lenguas que manos) con pequeños hoyuelos en forma de copa. Me acerqué más y más, paso a paso, hasta que vi que estos suaves horrores estaban todos en movimiento, abriéndose y cerrándose incesantemente.

»Ahora estaba a diez metros de la rama más lejana. Cada parte de ella estaba histérica de emoción. La agitación de sus miembros era horrible, repugnante pero fascinante. En un éxtasis de avidez, las hojas se volvieron unas contra otras. Dos juntas se chuparían cara a cara, con una fuerza que comprimía el grosor de sus juntas a la mitad, adelgazando las dos hojas en una sola, ahora forcejeando en una voluta como un caparazón doble, retorciéndose como un gusano verde, y al final, desmayándose con la violencia del paroxismo, se desmoronaban como sanguijuelas atiborradas.

»Un rocío pegajoso brillaba en los hoyuelos, brotaba y goteaba por la hoja. El sonido del goteo de una hoja a otra hizo que pareciera que el árbol estaba murmurando para sí mismo. Los hermosos frutos dorados, mientras se balanceaban aquí y allá, estaban agarrados por una hoja y otra, mantenidos por un momento cerca de la vista, y luego repentinamente liberados. Aquí una hoja grande, parecida a un vampiro, había succionado los jugos de una más pequeña. Colgaba inerte y sin sangre, como un cadáver del que la comadreja se ha cansado.

»Observé la terrible lucha hasta que mis ojos sobresaltados, tensos por la intensa atención, rechazaron lo que veían. Apenas puedo decir lo que sucedió. El árbol parecía haberse convertido en una bestia viva. Por encima sentí que había un gran miembro, y cada una de sus miles de manos sudorosas se extendía hacia mí, a tientas.

»Se tensó, se estremeció, se meció y tiró. Se arrojó desesperado. Las ramas, atormentadas hasta la locura por la presencia de la carne, fueron arrojadas de un lado a otro en la agonía de un deseo frenético. Las hojas estaban retorcidas como las manos de alguien enloquecido por una miseria repentina. Sentí caer sobre mí el rocío vil que brotaba de las venas tensas. Mi ropa comenzó a despedir un olor extraño. El suelo en el que estaba parado brillaba con jugos animales.

»¿Estaba desconcertado por el terror? ¿Me habían abandonado mis sentidos? No lo sé, pero me pareció que el árbol estaba vivo. Inclinándose hacia mí, parecía estar arrancando sus raíces del suelo reblandecido y moverse hacia mí. ¡Un monstruo montañoso, con miríadas de labios, murmurando juntos por mi vida, estaba sobre mí!

»Como quien se defiende desesperadamente de la muerte inminente, hice un esfuerzo y disparé contra el horror que se acercaba. Para mis sentidos mareados, el sonido parecía lejano, pero el impacto del retroceso me recordó parcialmente a mí mismo y, comenzando a retroceder, recargué.

»El disparo se había abierto paso en el cuerpo blando de la gran cosa. El tronco, al recibir la herida, se estremeció, y todo el árbol fue golpeado con un temblor repentino. Una fruta cayó, resbalando de las hojas, ahora rígidas y con venas hinchadas. Entonces vi caer lentamente un gran brazo. Sin hacer ruido se separó del tronco engordado y se hundió suavemente, sin hacer ruido, a través de las hojas relucientes.

»Disparé de nuevo, y otro fragmento vil quedó impotente: muerto.

»En cada descarga, el terrible vegetal producía una vida. Poco a poco la ataqué, matando aquí una hoja y allá una rama. Mi furia aumentó con la matanza hasta que, cuando se agotaron mis municiones, el espléndido gigante quedó destrozado, como si un huracán lo hubiera atravesado. En el suelo yacían los fragmentos amontonados, forcejeando, subiendo y bajando, jadeando. En el centro, goteando por cada juntura, estaba el reluciente tronco.

»Mis continuos disparos habían hecho subir a uno de mis hombres en mi mula. No se atrevía a acercarse a mí, creyéndome loco. Ahora había sacado mi cuchillo de caza, y con esto estaba peleando con las hojas. Sí, pero cada hoja estaba llena de una vida horrible; y más de una vez sentí que mi mano era mordida por labios afilados. Ignorando la presencia de mi compañero, me abalancé sobre el follaje caído, y con un último paroxismo clavé mi cuchillo hasta el mango en el tronco blando y, resbalando sobre la savia que se coagulaba rápidamente, caí exhausto e inconsciente entre las hojas todavía jadeantes.

»Mis compañeros me llevaron de regreso al campamento, y después de buscar en vano a Otona esperaron mi regreso a la conciencia. Pasaron dos o tres horas antes de que pudiera hablar, y varios días antes de que pudiera acercarme a la cosa terrible. Mis hombres no se acercarían. Estaba bastante muerta. Cuando subimos, un pájaro de gran pico y llamativo plumaje se había estado dando un festín con la fruta en descomposición.

»Quitamos el follaje podrido y allí, entre las hojas muertas todavía blandas por los jugos, y amontonadas alrededor de las raíces, encontramos las espantosas reliquias de muchas comidas anteriores y, su último alimento, el cadáver del pequeño Otona.

»Haber quitado las hojas habría llevado demasiado tiempo, así que enterramos el cuerpo tal como estaba con cien hojas de vampiro todavía adheridas a él.


Tal como la recuerdo, esta es la historia de mi tío sobre el árbol devorador de hombres.

Phil Robinson (1847-1902)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Phil Robinson: El árbol devorador de hombres (The Man-Eating Tree), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El cactus»: Mildred Johnson; relato y análisis


«El cactus»: Mildred Johnson; relato y análisis.




El cactus (The Cactus) es un relato de terror de la escritora norteamericana Mildred Johnson (¿?), publicado originalmente en la edición de enero de 1950 de la revista Weird Tales.

El cactus, uno de los dos cuentos de Mildred Johnson en obtener algo de reconocimiento, relata la historia de Edith Porter, una mujer recientemente abandonada por su esposo que se vuelca al cuidado amoroso de sus plantas. En este contexto, Edith recibe por correo un cactus muy particular, agresivo, capaz de convertirla a ella misma en objeto de desagradables atenciones (ver: Horror Botánico: ¡el brócoli dominará el mundo!)

SPOILERS.

El cactus comienza con una pareja estadounidense que se detiene en un área aislada del norte de México. En este punto Mildred Johnson introduce algunas sutilezas. La esposa recoge un brote de cactus, uno ciertamente extraño, que crece en lo que parece ser el cráter de un meteorito. El lector debe decidir si el crecimiento prodigioso de esos especímenes, y su comportamiento homicida, son el resultado casual de una mutación producida por lo que sea que haya caído del espacio, o el producto de una deliberada panspermia (ver: El Cambio Climático como proceso de Terraformación)

Resulta difícil no pensar aquí en El color que cayó del espacio (The Colour Out of Space) de H.P. Lovecraft (ver: ¿Qué era el Color que Cayó del Espacio?)

Otro detalle que el lector puede pasar desapercibido tiene que ver con las propiedades aromáticas del cactus. Mildred Johnson, de nuevo, es sutil al respecto. Las flores del cactus (de simpático «color hígado») exudan un aroma dulzón y almizclado, un olor que parece irresistible para las mujeres, pero repugnante para los hombres; aunque este aspecto no es explícito, y no tiene impacto en el argumento. De todos modos, es un matiz que le aporta extrañeza al relato.

Eventualmente, el brote de Edith prospera. De hecho, crece a un ritmo insualmente acelerado, al igual que el cactus de su amiga, Abby, quien se lo ha enviado desde Los Ángeles. Ellas parecen encantadas, aunque los hombres los encuentran repugnantes. A través de cartas nos enteramos que el esposo de Abby, Robert, desarrolla una auténtica hostilidad hacia este intruso, mientras que el personal de mantenimiento de Edith, el señor Krakaur, tolera su espécimen, aunque proclama que «apesta a cabra».

Si bien la posgerra introdujo algunos cambios sociales importantes, las vidas de las mujeres estadounidenses seguían siendo muy limitadas en 1950. Sus pasatiempos eran exiguos, y el cultivo de plantas exóticas era una opción popular y socialmente aceptable. Edith, abandonada por su marido, tiene sus cactus. Mildred Johnson puede estar ofreciendo algo de crítica social aquí, incluso algo de sátira, aunque únicamente como subtexto. De hecho, ni siquiera sabemos si la autora era mujer o no, y menos aun si estos detalles constituyen un esfuerzo deliberado por compartir una perspectiva femenina (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

Mientras tanto, las cartas de Abby mantienen a Edith bien informada sobre la creciente e irracional hostilidad de Robert hacia el cactus. Finalmente llega una llamada de la angustiada hija de los Burden, Nancy. Al parecer, Robert ha intentado quemar al perturbador intruso, pero la mitad superior del cactus «saltó» sobre él, ensartándolo con sus púas. Nancy le transmite a Edith una advertencia de su madre, ahora postrada y sedada, tratamiento estándar para las mujeres en esos días. De nuevo, ¿una crítica social o una descripción casual de la realidad cotidiana? (ver: El Machismo en el Horror)

En este punto, Edith decide tomar medidas drásticas; no obstante, el destino parece marcado, y sus precauciones solo sirven para retrasar la confrontación final con el cactus.

El cactus de Mildred Johnson no es un gran relato, pero sí uno que reclama atención. Su crítica sutil, tal vez involuntaria, su perspectiva femenina del extraño tópico vegetal es muy interesante. En cierto modo, El cactus es un cuento sobre una planta asesina de hombres en un entorno doméstico, un entorno que permite una crítica feminista implícita, si no deliberada. Si Mildred Johnson incorporó todos estos elementos conscientemente, o si surgieron como un subproducto natural de su mirada como mujer, es un enigma.

El cactus podría estar inspirado en el cuento homónimo de O. Henry, de 1902. Las similitudes son vagas, pero ambos comparten un tono común, aunque mucho más sombrío en la interpretación de Mildred Johnson. De algún modo es un cuento que posee una resonancia espeluznante; un cuento raro, extraño. Mildred Johnson demuestra una comprensión admirable de lo fantástico, precisamente porque no fuerza la situación, permitiendo que lo fantástico se manifieste en sus propios términos. Y el margen de error es estrecho aquí. Fácilmente se puede caer en el absurdo en un relato sobre un cactus asesino (ver: Relatos botánicos de terror)

Mildred Johnson es un enigma en sí misma. Solo publicó un par de historias, ambas en Weird Tales. La otra, menos memorable, es El espejo (The Mirror). ¿Era «Mildred Johnson» un seudónimo? Probablemente, sobre todo si tenemos en cuenta que su producción literaria se limitó a dos cuentos publicados con unos pocos meses de diferencia; cuentos que, por otro lado, no parecen el ensayo dubitativo de una autora sin experiencia, sino el fruto de una escritora consolidada. De todos modos, El cactus solo fue reimpreso un par de veces antes de caer en el olvido. La mayoría de las antologías sobre plantas sobrenaturales lo omiten por completo.




El cactus.
The Cactus, Mildred Johnson (¿?)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El paquete llegó por correo de primera clase. Era de la vieja amiga de Edith en Los Ángeles, Abby Burden. Lo abrió con interés, removió un envoltorio de algodón, una carta abultada, y más algodón. Al parecer, eso era todo, pero como nadie, ni siquiera Abby, empaquetaba una carta con tanta ternura, volvió a inspeccionar el algodón y encontró un pequeño objeto espinoso. Sin duda, la explicación estaba en la carta.

Estaba escrita, como de costumbre, en papel fino, mecanografiada a mano y anotaciones que se arrastraban por las páginas y los márgenes. Edith tuvo que darle la vuelta y al final y arrastrar oraciones por hojas antes de captar el sentido. Trataba del viaje de los Burden a México, pero hasta el final no divulgaba el misterio del asunto.


—Y ahora sobre el brote —escribió Abby—. También puedo decirte que Robert está en contra de que te lo envíe. Piensa que soy muy tonta. Pero déjame contarte sobre esto.

»Lo recogí en un lugar apartado, abandonado por Dios, a unas cien millas de Chihuahua, donde pinchamos una llanta. En ese campo desértico, a noventa grados a la sombra —aunque no había sombra— el pobre Robert se enfrentó a la perspectiva de cambiar el neumático. Me ofrecí a ayudar, pero me dijo que la mejor manera de ayudarlo sería callar un rato. Ya sabes lo irritable que puede ponerse un hombre en esas condiciones. El coche era como un horno, así que di un pequeño paseo para ver la vegetación, pero parecía que no había nada en cientos de millas más que salvia, matorrales y arena. A poca distancia, me pareció ver una especie de niebla. Pensé que era una ilusión óptica, porque, ¿quién oyó hablar de niebla en el desierto? Pero, como no estaba lejos, caminé y, al acercarme, olí el olor más dulce y agrio, el olor más almizclado que he conocido.

»De repente, el suelo se hundió y yo estaba mirando algo extraño y hermoso. ¿Te acuerdas del cráter del meteorito en Arizona? Lo que vi allí era lo mismo, mucho más pequeño, por supuesto. Era una pala en la tierra, como un gran hoyuelo, y estaba lleno de cactus, maravillosos, sobrenaturales, hermosos, de ocho, nueve, diez pies de altura, gigantes de color gris verdoso que estiraban sus brazos retorcidos hacia el cielo. Había cientos de ellos, algunos de ellos ya florecían con flores rojas, era esta última la que desprendía el extraño y dulce olor.

»Me sentí como si estuviera en otro planeta, y con el perfume pesado y el calor, mi cabeza daba vueltas. Pero finalmente me recompuse y corrí de regreso a Robert para rogarle que viniera a ver lo que había encontrado y pedirle que me cortara un trozo de una de esas plantas raras. Pero su reacción fue muy peculiar. Ya sabes lo sensato que suele ser Robert, pero por alguna razón le disgustó toda la zona. Era positivamente tonto. Dijo que había algo en el pequeño valle que le daba escalofríos. Pero finalmente se rindió y me cortó un trozo diminuto de la planta más cercana. Se pinchó al hacerlo y eso no lo hizo más feliz. Las púas en el tallo son bastante complicadas, lo notarás.

»Tan pronto como lo llevé a casa, lo planté. Edith, es el mejor espécimen que he visto y crece como… iba a decir como una mala hierba, pero es más rápido que eso. En una semana tuve que trasplantarlo a una maceta más grande.

»Sin embargo, Robert todavía está enojado por eso. Cree que estoy loca por enviarte un corte. Pero conociendo tu afición por los cactus, tuve que compartir mi descubrimiento contigo.


Edith dobló la carta e inspeccionó el pequeño corte, sosteniéndolo en su palma. No medía más de una pulgada de largo, estaba marrón y arrugado, tan sin vida que dudaba que creciera en absoluto. Sin embargo, le daría una oportunidad. Encontró una maceta pequeña, lo plantó, lo regó y lo dejó en el estante con sus otras plantas de cactus.

—Si vas a ser un cactus gigante —dijo—, tienes un largo camino por recorrer, amiguito.

Al examinarlo a la mañana siguiente se alegró de ver que viviría. El lunes siguiente, mientras regaba su colección de cactus, decidió que el bebé iba a ser un prodigio, porque no solo había cambiado su cubierta marrón arrugada por una de un verde saludable, sino que se había enderezado y crecido unos cinco centímetros. Su forma era algo cómica: con el tallo gordo y espinoso y los dos cuernos pequeños que brotaban de la parte superior, parecía una oruga de tomate. Edith le escribió a Abby esa tarde agradeciéndole.

Seis semanas después, a finales de mayo, había superado a todos los demás cactus del estante. Ahora tenía quince pulgadas de alto, había sido trasplantado a una gran urna y, en la mente de Edith, sería la estrella en la feria hortícola de otoño. Sus amigos lo admiraban y, en las reuniones del club, preguntaban sobre su salud como lo harían sobre la de un niño.

Sin embargo, cuando la señora Ferguson, su vecina de al lado, lo vio, hizo la pregunta:

—¿Cuándo se supone que dejará de crecer?

—Bueno —se rio Edith—, la amiga que me lo envió dijo que los que ella vio en México tenían dos metros y medio, pero no imagino que crezca tanto. No tengo un contenedor lo suficientemente grande para eso, para empezar.

—Y el techo de tu porche no es lo suficientemente alto.

Inclinándose y sintiendo tentativamente los dos picos paralelos en la cabeza de la planta, agregó:

—No es que no pudiera perforar un agujero si quisiera con estas cosas. Son como dagas.

Su comentario llevó a Edith a preguntarle a Abby cómo estaba creciendo su espécimen, y escuchó, con un poco de consternación, que también era hiperexpansivo, ya de dos metros de altura y no mostraba signos de detenerse. Edith pensó con tristeza: cuando crezca más que mi casa, adiós, cactus, supongo.

Floreció a principios de junio con flores de un peculiar color hígado. Aunque nunca lo habría admitido públicamente, Edith los consideró poco atractivos, casi repugnantes. Eran casi como llagas, pensó. Y su olor era lo suficientemente picante como para causar comentarios, el repartidor del panadero preguntaba si se estaba escapando el gas, el lector del medidor quería saber si tenía algo quemándose en el horno. Pero su hábil amigo, el señor Krakaur, que venía los lunes a sacar botes de basura, cortar el césped, etc., y que era el filósofo local, declaró francamente que «apestaba a cabra».

—Señor Krakaur, ¿cómo puede decir eso? —riendo, recordó lo que había dicho Robert Burden al respecto.

—Y también parece una —prosiguió el señor Krakaur, rumiando reflexivamente—. Tiene cuernos y todo. Parece una cabra enferma con forúnculos.

Pero en dos semanas las flores se fueron. La mayor parte del olor se fue con ellas, aunque permaneció inexplicablemente en varias partes de la casa lejos del porche, en los armarios, en su dormitorio, y parecía estar contenido en bolsas de aire porque, generalmente por la noche, lo olía, fuerte y almizclado. Era como si el propio cactus hubiera pasado por su puerta abierta.

Ella sonreía ante su imaginación, pero se sorprendió al escuchar de Abby que Robert Burden tenía la misma idea, aunque la estaba llevando a extremos ridículos, afirmando, por ejemplo, que había vislumbrado al cactus flotando en sus propias emanaciones como una medusa en una corriente oceánica.

Abby escribió que si pensaba que asustarla la haría deshacerse del cactus, estaba equivocada. Su marido estaba siendo irracional. Incluso estaba amenazando con advertir a Edith sobre el peligro.

No iba a dejarse influir por un conflicto en la casa de los Burden, pensó Edith, pero de todos modos, después de leer la carta de Abby, fue al porche y echó un buen vistazo a su cactus. Era una cosa grotesca, admitió, un marco en el que fácilmente se podían colgar todas las aberraciones mentales. De forma cruciforme, sus «brazos» levantados terminaron en nódulos puntiagudos, como dedos en garra; los cuernos hacia adelante eran realmente formidables; y las flores marchitas en la «cabeza» estaban dispuestas a sugerir un rostro malvado, un rostro demoníaco, lascivo y repugnante.

Súbitamente asqueada, decidió que debía destruirlo, pero luego, recordando su promesa de exhibirlo en la feria y obtener la admiración e interés de sus amigos, canceló el impulso riéndose de ello.

—No vas a prestar atención a las locas ideas de Robert Burden, ¿verdad? —se preguntó, recordándose además que siempre lo había considerado un neurótico.

Ahora sonaba positivamente psicótico.

Pero esa noche soñó con el cactus. Parecía que estaba en la cama y, despertada por un sonido que se deslizaba desde el pasillo, se levantó para investigar. En un rayo de luz de luna estaba sentado un animal diminuto, como una ardilla, todo resplandeciente de luz plateada, delicado y bonito, y estaba a punto de acercarse a él cuando de repente apareció Ted. Parecía joven y delgado, como había sido cuando se casaron, pero su rostro estaba serio. Apoyando una mano en su hombro, negó con la cabeza como para contenerla, pero ella no le prestó atención y caminó hacia el animalito. Pero, cuando lo alcanzó y se inclinó hacia él, este comenzó a hincharse y crecer y en un segundo se había convertido en el cactus, retorciéndose con vil deleite, su rostro malévolo pegado al de ella, sus largos brazos apretando los suyos a sus costados en un abrazo enfermizo.

Llamó a Ted a gritos, pero él se había ido. La había dejado.

Ahogándose, el corazón latiendo salvajemente, se despertó y se quedó temblando de terror. Por fin miró hacia la puerta, y fue como si una mano se aferrara a su corazón porque el pasillo estaba bañado, parecía, en una niebla profunda y aceitosa, como un miasma de pantano, detrás del cual algo gris y verde estaba arrastrándose.

Se sentó, miró fijamente, tomó cautelosamente la lámpara de la cama y la encendió.

No había nada.

No había nada más que la luz de la luna, siniestras sombras y su propia respiración agitada.

A la luz sensata del día se maravilló y se avergonzó del manto de miedo que estaba tejiendo a partir de la sugestión; justo ella, Edith Porter, de mediana edad, de hecho, una burlona profesada, creyendo en supersticiones. ¿Iba a permitir que un olor, una forma y un mal sueño la empujaran a la irracionalidad? Y en cuanto a las vaporizaciones de Robert Burden, por lo que sabía, podría estar bromeando.

Se controlaría con firmeza y, mientras tanto, intentaría librar a la casa del serpenteante hedor.

Eran las nueve de la noche del domingo siguiente. Después de haber pasado el día cabalgando por el campo con los Ferguson, Edith estaba terminando de leer el periódico y comenzaba a bostezar con delicioso cansancio cuando sonó el teléfono.

Era la voz de una chica, borrosa por el llanto, agudizada por la histeria, y Edith no podía reconocerla.

—¿Señora Porter? Soy Nancy, Nancy Winnick, la hija de los Burden.

—Oh, sí, Nancy, ¿cómo estás? ¿Te pasa algo? —la mente de Edith saltó frenéticamente en busca de una explicación.

Aparentemente, la chica estaba tratando de controlarse.

—Lo más horrible sucedió esta mañana. ¡Papá está muerto!

—¡Oh no! ¿Cómo... cómo sucedió? —sintió que se enfriaba de la conmoción.

—No conozco toda la historia porque mamá está medio loca y nos la ha contado en pedazos. Ahora está descansando gracias a un sedante, pero toda la tarde no ha dejado de rogarme que la llame y se lo haga saber. Se trata de ese cactus que le envió. Quiere que la destruya, porque dice… —aquí Nancy estalló en sollozos y estuvo unos segundos recuperándose—. Ella dice que lo mató. Tiene miedo de que algo le suceda a usted también. No quiere dos muertes en su conciencia.

—¿Pero cómo? ¿Cómo lo mató?

—Esta mañana, mamá finalmente acordó que podía deshacerse de él. No sabe la controversia que ha habido al respecto. Mamá dijo que le escribió sobre eso, cómo papá lo odiaba tanto y mamá estaba decidida a quedárselo. Bueno, parece que esta mañana lo sacaron y ella le dijo que siguiera adelante y lo destruyera si él estaba tan convencido de ello. No esperó ni un minuto. Lo sacó al cubo de la basura, había crecido hasta un tamaño enorme, ya sabe, y lo arrojó encima de la basura, con maceta y todo —Nancy comenzó a temblar de nuevo—. No sé qué lo hizo hacerlo, excepto que quería deshacerse de él rápidamente y no podía esperar a la recolección de basura, pero lo prendió fuego y se quedó allí mirando cómo se quemaba. Mamá dijo que le gritó desde la ventana, pero él parecía fascinado por la vista de las llamas, y luego, de repente, el cactus se partió en el medio y la mitad superior voló hacia él, en llamas, y se clavó en… Estaba por toda su cara y cabeza.

—¡Oh, qué horrible! —Edith se quebró entonces y lloró con Nancy, quien finalmente completó la historia.

—Cuando mi esposo y yo llegamos, encontramos a mamá desmayada. Cuando volvió en sí, solo gritaba. Luego mi esposo salió al patio, pero no nos dejaba ver a papá. Se lo llevaron para que lo cremaran. Pensamos que era lo mejor.

Palabras lenitivas, condolencias, ¿de qué servían ahora? Edith no pudo decirlas; estaba demasiado sorprendida.

Después de colgar, se quedó paralizada, luego se levantó rápidamente, se dirigió al porche, bajó el cactus del estante y, agarrando los cuernos como lo haría con las orejas de un conejo, lo arrancó de raíz. Del enorme agujero se elevaba un olor fétido tan concentrado que se atragantó y tosió, pero su ira le dio valor y, sin mirar la planta que tenía en la mano, sosteniéndolo lo más lejos posible, bajó corriendo al sótano y lo arrojó al bote de basura. Volvió por la maceta y la bajó también, la puso encima del bote; tomó un martillo y la rompió.

Todavía estaba jadeando cuando se sentó en su escritorio en la sala de estar para escribirle a Abby toda la simpatía que no había podido expresar por teléfono a su hija. Temblaba tanto que tuvo que descansar antes de comenzar.

Una mano tocó su hombro, suave pero firme, una mano de advertencia; descansaba allí; sintió la presión de los dedos. Lentamente desveló sus ojos. Todo a su alrededor era una niebla que se derramaba en nubes cada vez más espesas desde el área detrás de ella. Algo oscurecía la luz, y un hedor nauseabundo flotaba en sus fosas nasales, pero no podía moverse: en ese creciente hedor, esa humedad, esa acrescencia de vileza, ella se quedó quieta. La mano apretó con fuerza y, volviendo a sus sentidos, ella medio volvió la cabeza. En la pared, justo detrás de su cabeza, estaba la sombra con cuernos.

Se puso en pie de un salto, abrió la ventana y se lanzó a la oscuridad, aterrizando sobre sus manos y rodillas en la tierra blanda de un macizo de flores. Se puso de pie y se lanzó hacia adelante por el campo que separaba su casa de la de los Ferguson. Tropezó, cayó, siguió corriendo y por fin llegó a la puerta trasera y golpeó. Cuando se le abrió, cayó y se apretó contra la pared.

La señora Ferguson la estaba mirando, regordeta, con la cara roja y los ojos redondos.

—¿Qué pasa?

Edith no pudo responder.

—¡Harry! —la señora Ferguson llamó—. ¡Ven aquí!

Ferguson apareció y juntos llevaron a Edith a una silla.

—¿Alguien está intentando entrar en tu casa? —preguntó.

—No lo sé —jadeó—. No lo sé. Acabo de tener un susto terrible.

Bebió un sorbo del vaso de agua que le dieron y sus dientes castañetearon contra el borde.

—¡Llama a la policía, Harry! —instó la señora Ferguson mientras Edith Porter se sentaba, todavía muy asustada.

Edith levantó una mano en protesta. ¿La policía para derrotar algo de otro universo, otro estrato de existencia; la ley para ordenar lo sobrenatural?

—No llames a la policía —dijo, dejando el vaso sobre la mesa y suspirando.

—Pero si hay un merodeador…

—No hay ningún merodeador, estoy segura. Solo lo imaginé.

Miró a estas personas sólidas y cuerdas y se preguntó si era cierto. Quizás lo había soñado todo. Sin embargo, no pudo regresar a la casa. Era difícil confesar su miedo a quedarse sola, pero tenía que hacerlo. Dijeron que entendían, ofrecieron su habitación de invitados, pero estaban desconcertados.

Cuando el señor Krakaur apareció en la calle a la mañana siguiente, ella salió y caminó con él.

—¿Qué está haciendo tan temprano, señora Porter? —preguntó.

—Anoche tuve una especie pesadilla despierta. Creí que alguien… algo, estaba entrando en casa, así que corrí hacia los Ferguson y allí me quedé. Ya sabes cómo las mujeres nos ponemos nerviosas a veces.

—¿A veces? —se rio entre dientes el señor Krakaur, que se creía algo misógino—. Yo diría que todo el tiempo.

No estaba de humor para malas palabras. Tratando de ser casual, dijo:

—Me pregunto si sería lo suficientemente bueno como para sacar el cubo de la basura de inmediato. Quiero arreglar el sótano.

De pie, temerosa, en la cocina, sin atreverse a bajar las escaleras del sótano pero llena de curiosidad, lo oyó abrir las puertas exteriores y volver por la maceta. Sin embargo, no se sorprendió demasiado cuando él la llamó desde el pie de las escaleras:

—Señora Porter, ¿qué le pasó a su cactus?

—Se arruinó —dijo desde la puerta—. Se cayó del estante.

Sin darse cuenta, ella se había movido hasta lo alto de las escaleras y estaba mirando por encima de la barandilla justo cuando él recogía del suelo una de las piezas de la maceta. Su corazón dio un brinco. Esta vez no podía ser una coincidencia, ni un sueño. Que cada pieza de la olla hubiese quedado en el bote y ninguna se hubiese caído… La enfermedad del terror se apoderó de ella.

—No se ve tan mal —estaba diciendo—. Todo lo que tiene que hacer es ponerlo en otra maceta. Creo que crecerá igual de bien.

—No —dijo ella.

—Usted manda.

Sintió que debía salir y descansar, limpiar su cerebro de ese horror viscoso que la mantenía temblando. Le daba miedo irse a la cama. Hacerlo suponía quedarse mirando fijamente a las sombras, sonriendo al aire, sobresaltada.

Ahora estaba segura de que la mano en su hombro había sido de Ted. Pero se acabó; el peligro se había ido; y tal vez un verano en Maine, en el pequeño hotel de Winter Harbor donde ella y Ted habían pasado su luna de miel, erradicaría los efectos inmediatos de su experiencia.

Cuando le entregó una de sus llaves a la señora Ferguson, esta última expresó su aprobación por su decisión.

—Para decirte la verdad, Harry y yo estábamos preocupados por ti. Es tan fácil tener un ataque de nervios, ¿sabes?

Dio algunos ejemplos de amigos que se habían sufrido lo mismo, y le aseguró que regaría las plantas y se aseguraría de que todo estuviera bien en la casa.

—Es una lástima lo de tu cactus —dijo la señora Ferguson—. Krakaur me dijo que se cayó del estante. Pero es así: siempre son las cosas que más nos gustan las que se rompen.

Era septiembre cuando regresó Edith.

Viajando en el taxi desde la estación, escuchando el reloj de la iglesia dar las once en el aire puro, se sintió tranquila, capaz de retomar su vida donde la había dejado ese domingo por la noche de junio. De hecho, ahora todo eso parecía muy lejano.

El verano tranquilo, los nuevos amigos, los nuevos estímulos, la habían ayudado a olvidar. Y no tenía miedo. Nunca más estaría completamente segura de sí misma y del orden de la existencia, porque algo extraño y sobrenatural la había tocado. Sabía que también existía el bien para vencer al mal, una mano tierna para advertirle de su aproximación.

El conductor la dejó en la entrada, tomó su dinero, le agradeció la propina y se fue.

Y ahora estaba sola; pero todo estaba en su sitio, familiar, querido y hogareño: el tic-tac del reloj de la abuela en el rincón (la señora Ferguson no se había olvidado de darle cuerda), las figurillas de Meissen, un hombre y una mujer, sobre la mesa, el espejo Regency reflejando una parte de la sala de estar y, más allá, el porche con su verdor de plantas.

Soltó el aliento que había estado conteniendo, sonrió, se acercó al espejo y se quitó el sombrero. Luego lo sintió, la mano en su hombro.

—¡Esto es ridículo! —dijo en voz alta—. ¡Ahora estoy segura de que lo soñé todo!

La presión se renovó y ella se dio la vuelta y gritó:

—Se ha ido, ¿no lo sabías?

En un histérico movimiento de triunfo, corrió al porche y encendió la luz. Gritó:

—¡Te digo que se ha ido! ¡Se ha ido!

Pero, en la pared, vio el contorno de los cuernos y, simultáneamente, aspiró su olor nauseabundo. Su grito fue gutural. Con las manos extendidas, tratando de protegerse, la boca deformada en una mueca de terror, dio un paso atrás, chocó contra un objeto duro, giró, y en el último segundo de conciencia vio al cactus tambalearse y caer…

—Pero me siento responsable. Siento que es mi culpa —la señora Ferguson lo había dicho una y otra vez.

Nunca terminaría de decirlo ni olvidaría la vista que encontró con sus ojos cuando, al encender la luz, se acercó a darle la bienvenida a Edith en casa. Nuevamente explicó:

—Ella sabía que me encantaba ese cactus. Cuando lo encontré creciendo junto al bote de basura me alegré mucho. No le dije nada. Quería sorprenderla. Así que lo planté en una maceta propia y creció aún más rápido. Sin embargo, debería habérselo dicho, ¿no?

—Fue un accidente —dijo Harry Ferguson con paciencia—. No tienes la culpa. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en las mismas circunstancias. Fue un accidente, eso es todo.

—Pero nunca hubiera sucedido si no lo hubiera hecho. Oh, Dios, cuando entré y la vi tendida allí con esas espinas clavadas en la garganta...

Mildred Johnson (¿?)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Mildred Johnson: El cactus (The Cactus), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El árbol»: Walter de la Mare; relato y análisis


«El árbol»: Walter de la Mare; relato y análisis.




El árbol (The Tree) es un relato fantástico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado originalmente en la edición de octubre de 1922 de la revista London Mercury, y luego reeditado en la antología de 1923: El acertijo y otros relatos (The Riddle and Other Stories).

El árbol, sin dudas uno de los cuentos de Walter de la Mare más notables, relata la historia de dos hermanos. Uno de ellos es un rico comerciante de frutas, el otro, un pintor sumido en la pobreza. En medio de esas dos vidas hay un árbol extraordinario, único, que de alguna manera no es de este mundo. Las diferencias entre los hermanos se expresan en sus actitudes contrastantes hacia este árbol notable (ver: Relatos de terror de árboles).

En cierto modo, este árbol maravilloso reune los atributos de todos los árboles conocidos, e incluso es capaz de atraer hacia sí criaturas peculiares: insectos y pequeños animales que no son exactamente iguales a los de esta realidad. En este contexto, si el árbol vivo es capaz de atraer esta fauna desconocida, extradimensional, el árbol muerto seguramente podría atraer toda clase de seres oscuros y desagradables (ver: Horror Botánico: ¡el brócoli dominará el mundo!).

SPOILERS.

El árbol no es un cuento fácil de leer. Walter de la Mare fue un autor aclamado en su tiempo, pero que ahora se ha sumido en la oscuridad. Su estilo ciertamente no corresponde a estos tiempos, pero su obra, y particularmente este relato, poseen una sensibilidad tan delicada que resulta sencillamente intoxicante.

Leer El árbol de Walter de la Mare es como entrar en un mundo oscuro, misterioso, inquietante, pero al mismo tiempo desbordante de belleza y de una profundidad aparentemente insondable. Avanzar en sus páginas exige cierto esfuerzo, sobre todo al comienzo, pero a medida que uno se acostumbra a su estilo, a su forma singular de generar imágenes deslumbrantes, su lectura termina convirtiéndose en una experiencia sensorial francamente maravillosa.

El árbol de Walter de la Mare es esencialmente un cuento sobre el impulso creativo, pero aborda esa cuestión de una perspectiva tan elegante como indescriptible. Como marco de referencia uno puede tomar algunas piezas de Lord Dunsany, y especialmente el cuento de J.R.R. Tolkien: Hoja de Niggle (Leaf by Niggle)—donde un pintor es muy hábil para pintar hojas pero incapaz de pintar un árbol—, y agregarle varias capas de oscuridad para empezar a aproximarse al tono de a historia.

El final de El árbol de Walter de la Mare es extremadamente ambiguo, y de hecho nos lleva a cuestionarnos todo lo que dábamos por sentado hasta entonces. No obstante, la sensación de asombro, de estupor, de estar en el umbral de una realidad que subyace debajo de la nuestra, se mantiene a pesar de todo. No por nada este era uno de los relatos favoritos de H.P. Lovecraft, y quizás uno de los mejores ejemplos tempranos del horror cósmico (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos).




El árbol.
The Tree, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En su deslucido vagón de primera clase, el próspero comerciante de frutas se sentó solo. Del cuello de su grueso abrigo de friso sobresalía una nariz triangular. A cada lado, un pequeño ojo negro y sombrío miraba distraídamente uno de los botones del asiento vacío, tapizado en azul, frente a él. Su aliento extendía un vapor que se desvanecía en el aire. Se incorporó de golpe, congelado en su cuerpo, caliente en su mente, con su ojo ciego fijo en ese botón de tela, ese perno. No había nada más que mirar, por la sencilla razón de que las seis ventanas estrechas estaban cubiertas de escarcha.

Solo, sus pensamientos eran su compañía. Y sus pensamientos no eran de satisfacción ni de placer. Su cabeza cuadrada y dura no era más que una olla llena de irritación, desprecio y descontento. ¿Por qué su medio hermano lo había invitado justo ahora, con un clima tan triste? La ira casi brilló en su mente mientras consideraba la intención de su viaje, y lo que probablemente sería su final. Doce años sólidos, aunque fugaces, lo separaron de su último encuentro con su medio hermano durante la carga de un barco que transportaba naranjas y limones exóticos, piñas, higos en caja y granadas sonrojadas. En ese mismo momento, tres buques navegaban por los canales del mundo con cargas de las cuales él era el consignatario principal.

Estiró las piernas y cruzó los pies. Era un hombre sustancial. No había nada fantástico sobre él. Sentía que debía cumplir con ingratitud aquella oferta amistosa y pelear con el único pariente en la tierra que lo había mantenido fuera de su trabajo, y cuyo hogar había jurado no volver a pisar. Sin embargo, aquí estaba.

Después de haberse lavado las manos de todo aquel asunto, debió haberlas mantenido limpias. En cambio, las metió más profundamente en sus bolsillos espaciosos y le preguntó a Dios cuándo su viaje llegaría a su fin.

No era un motivo caritativo, amistoso ni sentimental, lo que lo impulsaba. Un medio hermano, y particularmente si este te debe cien libras, no tiene por qué recibir un trato distinto, y menos aún alguien con quien se sonríe pensando en los Auld lang syne. No había nada en común entre los dos, excepto un padre, ahora veinticinco años en la tumba, y un préstamo que nunca se pagaría.

Esa fue la característica más irritante de la situación. En su propio periódico matutino, el comerciante de frutas había recibido un simple grabado en madera, rubricado como P. P., junto con noventa y siete guineas: ¡sesenta y ocho cajas de excelentes naranjas de Denia a treinta chelines por caja! ¡Qué diablos! Sus pequeños ojos parecían congestionarse y, al mismo tiempo, sobresalir de sus cuencas.

P.P. podría significar parásito perfecto; y, sin embargo, seguía siendo familia. No podías darle a un medio hermano que no te hubiera enviado una sola palabra de saludo en doce años, fugaces y prósperos, un término como ese. Incluso si te debía cien libras. Incluso si no tuviera el más mínimo deseo de recordarte el hecho. No es que el comerciante de frutas quisiera sus cien libras. No era un cobrador de deudas. Era una cuestión de principios.

Y estaba la cuestión del árbol. ¡El árbol!

La sola idea barrió una nube de ira palpitante sobre sus ojos. Una insolencia tranquila que podría haber perdonado, y casi olvidado, pero el simple recordatorio de esa conversación sobre el árbol nunca dejaba de enfurecerlo. Lo enfurecía ahora porque sabía, incluso si no se lo confesaba abiertamente, que este era el señuelo que lo arrastraba en estas cincuenta y tres millas interminables en una tarde helada y horrible.

¡El árbol! Nunca en toda su vida se había encontrado con semejante exhibición de locura pura y cruda a mediados del verano. Y, sin embargo, con cada centímetro de su viaje, el recuerdo creció sobre él. No podía sacarlo de su cabeza. Curiosidad, resentimiento, venganza, una astucia fría y rastrera, una cantidad de emociones en conflicto, zigzagueando de un lado a otro en su mente. Su cuerpo se puso rígido ante una idea: le tenía miedo al árbol.

Cuando finalmente tratas con un pariente que ha sido una plaga para ti toda tu vida, lo único que no buscas es una interferencia de ese tipo.

No podía negarlo, el árbol lo había impresionado. En el momento en que pensó en su hermano, en el país, incluso en su infancia, allí estaba. Le había impresionado tanto que el botón tapizado ahora había desaparecido por completo, y parecía estar realmente en presencia del árbol nuevamente. Lo vio tan vívidamente como si su imagen colgara ante sus propios ojos, allí en el aire ligeramente templado de su compartimento solitario. La experiencia lo llenó de una avalancha de aversión y resentimiento tan repentina que la voz del guardia que cantaba el nombre de su destino lo alcanzó justo a tiempo para obligarlo a bajar frenéticamente su ventana congelada y arrojarse del tren.

Una mirada apresurada a su alrededor mostró que era el único viajero que se posó sobre las maderas heladas de la oscura y pequeña estación. Un leve color de rosa en el oeste predijo el declive del día invernal. Los abetos que flanqueaban el lúgubre cobertizo de pasajeros de la plataforma ya estaban cargados con la oscuridad de la noche.

Era anciano, era obeso, su corazón no era demasiado fuerte, al menos en comparación con su cabeza; sin embargo, si quería tomar el último tren a casa, apenas tenía dos horas para llegar a la miserable casita de su medio hermano, felicitarlo por sus guineas, negarse a aceptar el reembolso de su préstamo, y burlarse de su árbol, para volver a la estación.

Un ladrido a un joven portero con guantes, con la boca entreabierta sobre sus largos dientes, lo envió a buscar un medio de transporte. El comerciante de frutas estaba parado debajo del cobertizo, con su abrigo de friso y su sombrero cuadrado y rígido, mientras veía el tren deslizarse fuera de la estación. El chirrido de su motor, que se elevaba en el aire sin viento, había expresado exactamente sus propios sentimientos.

No había un ser vivo a la vista sobre el cual respirar una maldición. Solo él mismo, un ser que había estado maldiciendo vagamente a lo largo de su tedioso viaje. El paisaje helado yacía blanco en el día agonizante. El sol colgaba como la yema de un huevo sobre el horizonte quieto. Alguna amenaza en el aspecto mismo de este objeto huraño insinuó que el P. P. podría haber cruzado la frontera. La idea se desvió hacia canales más accidentados: la conversación que había tenido la intención de entablar con su medio hermano. En otras palabras, le daría al tonto un poco de su mente.

El hecho era que su última disputa, si algo tan unilateral podría llamarse una disputa, había teñido la perspectiva del comerciante de frutas mucho más densamente de lo que hasta ahora habría confesado.

Ninguna criatura viviente, ningún sonido, agitó el aire. El país yacía frío, como desmayado. Y como un plato invertido, poco profundo, un cielo calmado se curvó sobre la quietud ininterrumpida de los campos. Su amplia barbilla hendida se metió en su bufanda, sus manos en sus bolsillos; solo se quedó allí parado, mirando con sus pequeños ojos negros. No era el mejor lugar para quedar varado, rodeado por campos estériles, fríos, y sin una sola alma a la vista.

Ante el sonido de las ruedas y los cascos tosió, indignado, y giró sobre sus talones. Con un gesto de desdén, el comerciante de frutas arrojó un chelín agriamente a la mano de nudillos inmensos del porteador. Era como un animalito cauteloso y oscuro. Cuando se le dio la dirección, su rostro cayó en una expresión indescriptible debajo de sus bigotes, una expresión, al parecer, que era su aproximación más cercana a una sonrisa.

—Y no le des descanso al caballo —dijo el comerciante.

Un vagón de ferrocarril, incluso los más antiguos, con los vidrios opacos por la escarcha, es un poco menos parecido a una celda de prisión que un coche de cuatro ruedas. Por esa razón, tal vez, cuando el vehículo se deslizó debajo de los brumosos olmos sin hojas, permitió que el aire gélido entrara suavemente por la ventanilla. Aun con ese fresco sobre el rostro, el comerciante de frutas se empeñó en recordar cada incidente de su última experiencia en este mismo camino.

Había sido verano: junio. Había sido doce años más joven, una buena cantidad, y tal vez por eso no advirtió que estaba particularmente indefenso.

La reunión con su medio hermano en el pequeño jardín blanco había sido casi amistosa. Tan amistosa que difícilmente se suponía que estuvieran relacionados de manera desagradable entre sí. No se percibía ninguna recriminación, ningún encono. No es que P.P. fuera el tipo de persona que uno se apresura a presentar a sus amigos. No solo nunca sabías qué diría; ni siquiera estabas seguro de lo que podría hacer.

No es que los dos medios hermanos hayan discutido juntos sus objetivos e intenciones e ideas sobre la vida, sus deseos o motivos, esperanzas, aversiones, aprehensiones o prejuicios. El comerciante de frutas tenía su parte justa de la mayoría de estos incentivos humanos, pero también tenía principios, y uno de ellos era mantener la boca cerrada.

Se habían visto, se habían dado la mano, habían intercambiado comentarios sobre el clima. Luego, P.P., con su chaqueta y zapatillas deshilachadas, lo había llevado sin rumbo al jardín con una cara inexpresiva, había dejado caer algunos comentarios distantes sobre su pasado común y luego, rodeado como estaban por el paisaje, los olores y los ruidos del verano, había metido las manos anudadas en los bolsillos de sus pantalones y se había quedado callado, sus ojos grises y vacíos fijos en el árbol.

Aparte de un grupo de olmos en la distancia, no había nada a la vista que lo desafiara por su belleza, tamaño y posición. El árbol se elevaba al cielo prodigiosamente, con sus hojas largas, oscuras, verdes y puntiagudas. Se alzaba, desde la primera rama hasta el ápice, una fuente inmóvil y somnolienta de flores.

Había mirado melancólicamente a su alrededor. El jardín era un desperdicio, los setos sin podar, un crecimiento de malezas rancias y lujuriosas hacían alarde de sus flores al sol. Y este árbol, bueno, debía haber estado floreciendo aquí durante siglos. P.P. ni siquiera podía ponerle un nombre, sin embargo, por la expresión fija, idiota y soñadora en su rostro, podría haber supuesto que era un regalo del cielo; como si la cosa hubiese surgido del suelo por pura magia.

Un zumbido bajo llenaba el aire, y la luz reflejada aturdió sus ojos. Una sensación de desmayo momentáneo se apoderó de él cuando se volvió una vez más y miró de nuevo la cara larga y huesuda de su medio hermano: los ojos ausentes, la mejilla prominente y el cabello canoso moteado por la luz del sol.

—¿Cómo sabes que es único? —había preguntado—. Puede ser tan común como las moras en otras partes del país, o en el extranjero. Uno de los oficiales en el catamarán me dijo…

—No sé —su medio hermano lo había interrumpido—. Pero he estado mirando árboles toda mi vida. Esto se parece a todo, y me recuerda a ninguno. Además, no voy al extranjero, al menos por el momento.

El comerciante de frutas simplemente se quedó allí, entre las flores y los pastos, mirando hacia las ramas extendidas, casi involuntariamente sacudiendo su cabeza ante la dulzura penetrante que colgaba del aire, densa y enfermiza. Y los viejos síntomas familiares comenzaron a agitarse en él, síntomas que sus íntimos podrían haber descrito con una sola palabra: furia.

Ciertamente el árbol era notable.

Por un lado, tenía dos tipos distintos de flor. La circular, llena y lechosa en forma de cáliz, con racimos de pistilos de punta escarlata; el otro un óvalo amarillo pálido, de tres pétalos, con un toque central de naranja. Había escondido subrepticiamente un par de flores caídas en su bolsillo, las había sacado en su oficina a la mañana siguiente para mostrárselas a su socio, solo para encontrarlas negras, viscosas e irreconocibles, y para reírse por sus dolores.

—¿Son comestibles? —había preguntado a su medio hermano.

Ante lo cual, con la leve sonrisa en su rostro que había enfurecido al comerciante de frutas incluso cuando era niño, el otro simplemente se encogió de hombros.

—¿Por qué no probarlo con los cerdos?

—No tengo cerdos.

—Bueno, ¿no hay pájaros en estas partes?

El árbol trae los suyos.

No se podía negar, al menos en lo que respecta al pequeño conocimiento ornitológico del comerciante de frutas, que no eran aves comunes. Tenían un brillo verdoso particularmente vivo que contrastaba con el azul profundo del cielo y el ocre de las montañas. Pequeños pájaros, con plumas inusualmente largas y atenuadas, jugando, revoloteando, balbuceando, cortejando y aparentemente bebiendo el néctar embriagador de las flores, mientras se posaban como gemas animadas en las ramas.

—¡Escucha!

Una serie de cantos desbordaron desde la copa del árbol, como los gritos y las risas que podrían oírse en un parque cuando los niños son liberados repentinamente para unas inesperadas vacaciones.

El ruido de las criaturas aún resonaba en sus oídos mientras se sentó allí, balanceándose de forma voluminosa. Vio un escarabajo iridiscente, azul, un tipo de abejorro con cuernos, una mariquita moteada, todos ellos viviendo sus vidas en los alrededores del árbol. Persiguió con la mirada un par de mariposas exóticas por la ladera del jardín, y había señalado pequeños grupos de flores de color azafrán, y una mala hierba desgarbada con un grupo de florecillas negras en forma de casco. No vio nada que tuviese precedentes en su memoria. Todo era tan raro, tan único, como el árbol mismo.

El árbol ha traído sus propias alimañas, ¿verdad?

—Me ha traído —dijo el otro, mirando en la dirección opuesta.

—¿Y dónde crías tus tomates, alcachofas, todas tus verduras? Me parece un maldito desperdicio de tierra.

Los ojos errantes, grisáceos, se habían posado por un momento en la cara hinchada y despectiva a unos centímetros debajo de ellos, una cara sin el más leve signo de inteligencia. Ojos vacíos, pero con un toque de peligro en ellos, como un charco de agua verde en una vieja cantera.

—Tendrás una canasta de la fruta, si la arriesgas a subir. Nunca madura realmente. Sus semillas tienen un aspecto extraño.

—¿Las has probado?

Los ojos se deslizaron, los hombros estrechos se levantaron un poco.

—Tomo las cosas como vienen.

Sentados allí, a cada lado de la mesa de la sala de estar, sobre un almuerzo de pan, queso seco y cebolla, con la luz del árbol reflejada en la cara de su medio hermano, que la conversación entre los dos se había degenerado gradualmente hacia un altercado.

Finalmente, el comerciante de frutas perdió completamente los estribos. Una mermelada medio vacía, llena de abejas extrañas, nunca antes vistas, fueron la gota que rebalsó el vaso. Literalmente lo habían picado al repetir algunas verdades fraternales. Después de todo, someterse a estar medio muerto de hambre simplemente porque nadie con dinero para desperdiciar compraba sus dibujos, y solo sentarse allí, soñadoramente, sonriendo a un árbol en su jardín trasero, era absurdo.

El comerciante de frutas instintivamente pasó una mano fría y gorda por su rostro cuando un recuerdo cada vez más preciso ocupó su mente. El silencio puede ser insultante, y había una cosa sobre su medio hermano peor que todas sus peculiaridades juntas, algo que nunca había fallado en reducirlo a una indignación impotente: sus ojos. Nunca te veían, incluso cuando se fijaban sobre ti. Veían algo más, algo más allá.

¡Y esas manos! Podrías jurar que nunca habían tenido un solo día de trabajo honesto. Ver esas manos le había facilitado al comerciante de frutas deslizarse hacia un estado de ánimo vecino de la ira. En ese momento, le llegó voz baja y desapasionada de su hermano.

Dijo algo sobre haber encontrado su propio lugar, y que allí tenía la intención de quedarse. Antes de sentarse en un taburete escribiendo facturas de cajas de naranjas y piñas, se colgaría de las ramas más altas del árbol. Tenías que llevar tu propia vida, y no importaba si eso conducía a una vida de privaciones, o incuso a la muerte. Tampoco le hizo reclamos, porque su opinión era que cada persona era distinta, y que el afecto consiste en conocer y respetar esas diferencias.

—¿Así que eso es lo que esperas obtener de tu viejo arbusto de abejas? —dijo el comerciante—. ¿Dibujar garabatos?

Una vez más había golpeado su enorme puño sobre la mesa. A continuación volvió a hablar:

—Mira, te daré cien libras aquí y ahora. No quiero que haya ningún reclamo en el futuro. Ni siquiera compartimos la misma madre. Nunca has ganado un centavo decente en tu vida, y nunca lo harás. Eres un tonto y un holgazán. Estoy harto de eso, ¿lo oyes? Te sientas allí lloriqueando que prefieres colgar tu miserable cadáver de un árbol antes que tomar un trabajo respetable. Y debo decir que tu cuerpo no romperá las ramas si este es el tipo de comida que le puedes dar a un visitante. Ya he terminado contigo, me lavo las manos.

Había incluso pantomimado la operación, frotándose las manos. Entonces contuvo el aliento, mientras observaba por la ventana oblonga, los ojos fijos en los setos más allá. Se insinuó un viejo recuerdo, un viejo dolor.

—¿Escuchaste? Me voy.


El caballo casi se arrastraba sobre los cuartos traseros cuando el coche se detuvo. Ante los rugientes suspiros del animal, el comerciante de frutas se subió. No miró hacia atrás. El Este era un resplandor a la luz de luna, que brillaba en los cielos grises como una pequeña ventana circular de vidrio plano.

—Espera aquí —dijo el comerciante de frutas al conductor del coche en medio la desolación.

—Está usted bastante cerca —dijo el otro mientras sacudía la cabeza.

—No tardaré —dijo el comerciante.

¿Qué quiso decir con eso de estar cerca?, era la pregunta quejumbrosa que el comerciante de frutas se hizo para sí mismo mientras caminaba los pocos metros restantes hacia la cima de una pendiente. Estaba cansado, anciano, y tenía frío. Una mirada patética, casi de tristeza, apareció en su rostro. Tosió. Le respondió el más leve eco del bosque que bordeaba el carril. La hierba, cristalizada con escarcha, amortiguaba sus pasos. ¿Qué había querido decir con eso?, se repitió.

Cuando perdió de vista al conductor y a su vehículo debajo de la ladera de la colina, el comerciante de frutas hizo una pausa y levantó los ojos. Como si estuviese en los confines del mundo, el campo se extendía ante él sobre praderas cubiertas de escarcha, bosques y senderos serpenteantes. Y había una sola casa a la vista: una casita pequeña, destartalada, sin luz, acurrucada, con techos de paja y paredes irregulares a la luz de la luna. Y allí, estirándose hacia los cielos vacíos, con sus ramas barriendo las estrellas, estaba el árbol.

El comerciante de frutas lo miró, como un belio obeso y diminuto en las murallas del Edén. Había sido engañado. Debió haber adivinado la fatuidad de su empresa. La casa estaba vacía. ¿Por qué había soñado lo contrario? Simplemente porque todos estos años le habían engañado haciéndole creer que había una especie de honestidad en su medio hermano, pero solo había algo quijotesco, estúpido, terco, demente; nada más que mentiras.

Esa abeja en su sombrero, esa serpiente en la hierba; nada más que mentiras. No había ningún principio por el cual pudieras juzgar a un hombre así; y, sin embargo, bueno, él era como cualquier otra persona. Dale una probada de los dulces del éxito, y su jactanciosa soledad, su desprecio por las meras debilidades de la vida, su pretendido disgusto por los hombres más capaces y de cabeza cuadrada que él, se habrían desvanecido en el aire.

Descubrió que había tontos en el mundo que pagarían noventa y siete guineas por un sorteo de segunda o tercera mano.

—Tienes razón —se dijo—. Me largo de aquí.

Una sonrisa despectiva, pero lúgubre, se apoderó de las facciones del comerciante de frutas. Sería honesto al respecto. Disfrutaba positivamente reconocer cuando un rival lo había superado. Incluso podía admitir que ciertas supersticiones lo perturbaban. Había sido lo suficientemente tonto como para dejarse impresionar, y asustarse, por un simple árbol.

Lo miró desde allí, esa hierba magra y prodigiosa; y luego, con una mirada furtiva sobre su hombro redondo hacia la cresta de la ladera detrás de la cual se abría camino de este paisaje invernal, y de cada recuerdo del bufón que lo había engañado, descendió lentamente la colina, abriendo la puerta, y entró en el jardín helado, desatendido.

Una vez más se detuvo en su abrigo de friso, y miró hacia las enormes ramas gélidas. Las yemas verdes y vivas de sus frutos estaban acurrucadas en sus somnolientas defensas. Incluso el comerciante de frutas podía distinguir entre las frutas inmaduras y las podridas. Y mientras miraba, dos pensamientos corrieron como ratas fuera del revestimiento de su mente. Esas ramitas delgadas y encogidas, esos enormes huesos, ¡el árbol estaba muerto!

Parecía que alguien, una sombra, una silueta, merodeaba el esqueleto de madera. Respiró profundamente. Los correteos contra las paredes de su cabeza cesaron. No había necesidad de alarmarse. Era una ilusión óptica; nada más.

El árbol estaba muerto. Eso estaba claro: una cosa demacrada, negra y sin savia. Pero la sombra, la silueta desgarbada, alzada a medio camino entre sus ramas, no era un cuerpo humano acurrucado. Era un mero parásito: muérdago, y marchito, para colmo. Esa suave sacudida, esa oscilación en forma de esqueleto que pendía de lo alto del árbol era solo el toque de una leve brisa a la luz de la luna, golpeando ramita contra ramita.

Un cadáver a la vez era suficiente para cualquier hombre en una noche como esta, y en un país tan triste como las llanuras de Gomorra. Pero lo cierto es que había algo horrible en el conjunto retorcido de ramas sobre su cabeza, algo que le produjo náuseas.

¡Gracias al Señor su medio hermano no le había enviado frutas de aquel árbol.

Para esto lo había llamado, para jactarse de una vida inútil a costa de otras personas. Y ahora volaba el astuto pájaro. El insulto del triunfo de su medio hermano apuñaló al comerciante de frutas como una espada.

Un repentino mareo, el rugido del agua, en alguna parte, reverberó en sus oídos. Metió una mano cautelosa en el pecho de su abrigo y bajó los ojos. Reparó en el escarpado tronco una vez más. La corteza había sido de un gris rojizo, parecido al del haya. Además de un brillo particular debido a la escarcha que lo cristalizaba, como la piel de una cosa muerta, esa corteza ahora sugería la textura de la lepra. A medio camino del tronco sin ramificar, a una altura de cinco a seis pies del suelo, apareció una cicatriz amplia y peculiar.

El gris iridiscente aquí terminó abruptamente. Por encima se extendía un anillo de color más oscuro, ocupado, dentro y fuera, con pequeños grupos de hongos llamativos.

El comerciante de frutas pasó una mano por la herida. De manera limpia y precisa, la corteza gruesa del árbol había sido cortada, y a una altura demasiado alejada del suelo como para que haya sido obra de cerdos o cabras. Estaba perfectamente claro: la piel protectora de la savia había sido cortada deliberadamente. El árbol había sido asesinado.

El comerciante de frutas se volvió sigilosamente y examinó una vez más la casa de su medio hermano. El movimiento lento y casi furtivo de su cabeza y hombros sugirió que la acción fue involuntaria. Desde este lado del jardín, el aspecto de la choza era aún más abyecto y desconsolado. Su única chimenea no tenía humo. Los rayos de luna llovían suavemente y sin piedad sobre las paredes de piedra, las ventanas tapiadas, la paja devastada por los pájaros.

Solo un espectro podría contentarse con tal vivienda. Sin embargo, la casa todavía estaba habitada, ya que un delgado rayo de luz ámbar se asomaba en un ángulo obtuso desde una grieta en el encofrado de madera. Por un momento el comerciante de frutas dudó. Podía salir del jardín y recuperar su carruaje sin acercarse a la casa; aún podía lavarse las manos una vez más.

Ciertamente, después de ver el traicionero trabajo del maníaco en este árbol único creado por Dios, no tenía el menor deseo de confrontar a su medio hermano. Todo lo contrario. Preferiría arrojarle otras cien libras y olvidarse del asunto. Pero había algo vil en su entorno. En sombras tan negras como la brea, como estas, cualquier criatura malvada, cualquier criatura inconcebible, podría permanecer en secreto.

Si el árbol vivo era capaz de atraer una fauna extraña, desconocida, hacia su néctar, el árbol muerto podría invitar a seres menos agradables. En cualquier caso, estaba preparado. Cuando la mente está llena de asco e inquietud, no hay lugar para el miedo físico. Simplemente quieres liberarte, huir.

Sin embargo, con gran precaución, el comerciante estaba yendo hacia la casa. En una noche completamente oscura, podría haber dudado. ¿No tenían las serpientes venenosas la costumbre de descansar en las grietas y huecos de la madera? Pero tan brillante era la luna, tan quieto estaba el cielo estrellado que podía escuchar e incluso ver las semillas de las humildes malezas que se dispersaban de sus vainas.

Y al acercarse por fin a la casa, como una sombra, se detuvo una vez más y respiró hondo, Fijó su mirada en la grieta por la cual brotaba un delgado rayo de luz.

Tan artificialmente brillante era la habitación interior en comparación con la luz de la luna llena que, por un momento, no vio nada. Después de un tiempo sus ojos se fueron acostumbrando. Con los dedos aferrados al alféizar helado, se quedó allí, como si no lo hubieran notado.

A un metro de distancia estaba el rostro de su medio hermano. Fue una de esas visiones que pueden perseguirte hasta el día de tu muerte. Estaba coronado por una especie de gorro de dormir y era casi irreconocible. Algo, los años solitarios tal vez, habían causado estragos en las características que una vez le fueron familiares. Las cejas que sobresalían por encima de los pómulos angulares se parecían a dos piedras pulidas. Las orejas se destacaban como las alas de un murciélago. Inmóvil, la lámpara de parafina vertía su resplandor sobre este rostro cadavérico, revelando cada línea, cada hueso y arruga.

Sin embargo, su poseedor, este anciano encogido y espantoso en su marco de pobreza extrema, con los brazos colgando a los costados del cuerpo caído, había trabajado con ahínco. Alrededor de él se veía el fruto de su trabajo. Fijadas a las paredes de escamas, apoyadas en el destartalado estante de una chimenea sin fuego, e incluso junto a los restos rancios de una hogaza de pan, había una cantidad impresionante de pinturas. Y en todas, encantador y maravilloso, estaba el árbol; a veces en el deleite de la primavera, en la tranquila maravilla del verano, en el opaco otoño, en la soñolienta gracia invernal. Los colores brillaban sobre el papel fino y áspero como diminutas lámparas.

También había dibujos de pájaros de plumaje deslumbrante, de flores y mariposas con tonos carmesí y esmeralda, rosa y azafrán, pétalos y plumas y penachos de una belleza atesorada. Y allí, una víbora con sus escamas fundidas; y una cara, una forma, capaz de despertar a un soñador en medio de un hermoso sueño.

Solo tres sonidos se oían en esa noche silenciosa, y estos eran apenas perceptibles: el débil y agudo canto de la llama en la lámpara, el aliento áspero y sibilante del artista, y el ruido de ratas correteando por allí. El comerciante miró a su medio hermano y pensó que el brazo que le había dado al árbol su quietud ahora no tenía fuerza para levantar un hacha. Sin embargo, los dedos torpes habían trabajado asiduamente.

El comerciante de frutas, espiando a la vieja criatura medio hambrienta que estaba sentada allí, quemándose rápidamente entre sus pinturas, casi explotó en una risa que tenía mucho de llanto. Estaba asustado y eufórico, mudo y lleno de palabras. Su cabeza estaba completamente vacía. La última pizca de ira y de venganza se habían desvanecido. Estaba contento de haber venido, porque ahora estaba recordando.

Lo poco que quedaba del presente y el futuro pronto sería pasado. Él también estaba envejeciendo. Su vida también estaba llegando a su fin. Se quedó mirando, oh, sí. Y ni siquiera un sobrino para heredar su pequeña y cómoda fortuna. Bienes mundanos que no podía llevarse. Tal vez legaría una parte a la caridad, cumpliendo con su deber en un mundo codicioso e ingrato a pesar de que pronto también se estaría lavando las manos.

¡Todo es desperdicio, nada más que desperdicio! Pero le agradeció al Señor que había mantenido su cordura, que a pesar de todo era respetado.

No negó el reconocimiento a la obra del viejo loco de su medio hermano. Se venderían. Alguien lo haría. ¡Noventa y siete guineas! Había más dinero en esa choza pestilente de lo que él mismo podía reunir en una vida de trabajo decente.

Y había tontos en abundancia, tontos ricos, diletantes, que pagarían. Gente que nunca sabrían que P. P. había destruido al árbol que lo había dado todo por él. ¿Y por qué? El comerciante de frutas estuvo casi tentado de quemar la miserable cabaña sobre la cabeza de su medio hermano. ¿Quién podría saberlo? Una ráfaga de viento se agitó en la paja desgarrada, quejándose débilmente en el ojo de la cerradura.

Y en ese momento, como si un pensamiento impotente pudiera hacerse audible incluso por encima del hambriento jadeo de ratones y el silbido melancólico de una lámpara de parafina, en ese momento el semblante de un cadáver, casi al alcance de un dedo al otro lado de la mesa, lentamente se levantó de su trabajo. Parecía estar buscando a través de la grieta del obturador, como si estuviera en el cerebro del comerciante de frutas. La mirada lo atravesó como una avalancha.

No. Se había alejado de las paredes impías tan suavemente como un inmenso saco de heno. Estos no eran ojos en ese semblante abominable. Moteados, grises, verdosos, desenfocados bajo la protuberante estera de cejas, permanecieron tan quietos como un mar salado y estancado. Y en sus elevadas profundidades, extendiéndose en interminables distancias, el comerciante de frutas había visto regiones de un país donde ni por amor ni por dinero podría cosechar una fruta, una pepita.

Y floreciendo allí, junto a un arroyo vidrioso en la distancia, estaba el árbol.

En años posteriores, una figura vieja, gorda, vulgar, amortiguada en un patético chal, a veces se veía sentada en un lugar de honor de la casa de subastas, con su sombrero duro y cuadrado sobre un cráneo grueso y calvo. Comprar cada obra de P.P que entró en el mercado fue un sueño más allá de la avaricia de un multimillonario. Pero pequeños escarabajos o larvas estaban al alcance del bolsillo del comerciante de frutas.

Luego, en el secreto de su hogar, entregaba estas obras a las llamas.

Pero dado que su médico le había advertido que cualquier manifestación de pasión probablemente sería su fin, evitaba constantemente pensar en el árbol. Sin embargo, allí crecía, imposible de barrer de su desvanecida imaginación.

Murió en una negra madrugada de invierno, y tan pacíficamente como un niño, soñando que estaba mirando a través de una grieta de lo que no parecía ser el infierno, sino el limbo o el purgatorio, el lugar de los espíritus difuntos.

Porque allí estaba sentado su medio hermano, muy, muy quieto, y todo alrededor de él brillaba para ser visto: pájaros alegres y pintados, flores de cristal, mariposas de damasco; y, por así decirlo, sílfides y salamandras, formas de una belleza sobrenatural. Pero todos ellos estaban sobrenaturalmente quietos, como si fueran parte de un espectáculo, como si estuvieran disecados.

Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)

*Auld lang syne significa «por los viejos tiempos», y hace referencia al poema de Robert Burns: Por los viejos tiempos (Auld Lang Syne).



Relatos góticos. I Relatos de Walter de la Mare.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Walter de la Mare: El árbol (The Tree), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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