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M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas.


M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas.




La semana pasada, al analizar el cuento de May Sinclair: La naturaleza de la evidencia (The Nature of Evidence), comentábamos que uno de los maestros del género, M. R. James, estableció que el sexo debía excluirse del relato de fantasmas, llegando a afirmar que su inclusión era un «error fatal»; aunque sus historias, por asépticas que parezcan en términos de intimidad física, de hecho abrazan la sexualidad humana.

En el ensayo de 1929: Historias que he intentado escribir (Stories I Have Tried to Write), M. R. James instó a los escritores del género a ser discretos en la materia, no así en cuanto a la violencia, el salvajismo, lo perturbador. Por ejemplo, en Corazones perdidos (Lost Hearts), James presenta a un aficionado a la magia negra que engaña a un grupo de jóvenes y les arranca el corazón cuando aún están con vida.

Volvamos al ensayo de 1929. James afirma:


«La discreción contribuye al efecto, la ostentación lo arruina, y hay mucha ostentación en relatos recientes. Además, incluyen sexo, lo cual es un error fatal; el sexo ya resulta bastante tedioso en las novelas; en un relato de fantasmas, o como eje central de uno, no lo tolero.»


Por un lado, M. R. James excluye la intimidad física del cuento de fantasmas, pero advierte que el escritor no debe ser «suave ni insulso»:


«La malevolencia y el terror, la mirada de rostros malvados, la sonrisa pétrea de la malicia sobrenatural, las figuras que acechan en la oscuridad y los gritos lejanos y prolongados están presentes, al igual que una pizca de sangre, derramada con deliberación y cuidadosamente dosificada.»


En Los fantasmas los tratan con gentileza (Ghosts Treat Them Gently, 1931), James amplía estas recomendaciones:


«Por supuesto, todos los escritores de historias de fantasmas desean provocar escalofríos; pero estos son descarados en sus intentos. Son increíblemente groseros y repentinos, y se regodean en la corrupción. Y si hay un tema que debería mantenerse fuera de las historias de fantasmas, es el del osario. Eso y el sexo.»


James no era tan puritano como H. P. Lovecraft, pero de todos modos creía que el romance y, sobre todo, el sexo, son meras distracciones, condimentos innecesarios en el terror. Por el contrario, vindicaba la sutileza, la ambientación, la sugerencia, la contención, como los auténticos motores del miedo. No es casual que la mayoría de sus historias, así como las de Lovecraft, se abstuvieran de introducir protagonistas con intereses amorosos o siquiera con deseo hacia las mujeres, siendo en general anticuarios, académicos y eruditos solteros en entornos dominados por varones.

Sin embargo, no es posible excluir una parte fundamental de la experiencia humana; a lo sumo, se la puede desplazar, recluir o reprimir, pero al final encuentra la forma de salir a la superficie. Tal es así que los protagonistas de M. R. James a menudo centran sus experiencias en la repulsión a ser tocados por fantasmas y entidades demoníacas, casi como si estas encarnaran la ansiedad del autor por la sexualidad en general, pero específicamente por la intimidad física.

Sigmund Freud, quien examinó de cerca un buen número de historias macabras del siglo XIX, vio en los cuentos de fantasmas una forma de liberación de sentimientos e impulsos reprimidos [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. El propio M. R. James estaba al tanto de las fuertes corrientes psicológicas subyacentes en sus historias, pero, como todo material reprimido, era impotente para combatirlas. Además, es sabido que James sentía aversión por el contacto físico, aunque disfrutó de varias amistades con sus alumnos, por supuesto, platónicas, puramente intelectuales.

Su rechazo por el contacto físico, y en consecuencia, por toda forma de intimidad que no fuera intelectual, generó un variado catálogo de demonios, monstruos y manifestaciones sobrenaturales cuyo clímax se produce en el contacto físico con el protagonista. Más aún, los mejores monstruos de James, aquellos capaces de transportar a la superficie sus propios sentimientos reprimidos, en general presentan desagradables anormalidades físicas [ver: El otro Conde: análisis de «El Conde Magnus» de M.R. James]

Entonces, el monstruo promedio de James: antiguo, deforme, subterráneo, atado al conocimiento prohibido, asciende a la superficie para «tocar» al asexuado protagonista, quien frecuentemente es un erudito o un anticuario, como el propio autor. En otras palabras, se colocó a sí mismo [simbólicamente] como protagonista de sus historias. Esto, pienso, una forma de honestidad.

M. R. James perfeccionó un estilo personal que se conoce como jamesiano, esencialmente tres ingredientes que se repiten porque resuenan con el universo interior del autor, y por lo tanto son terreno fértil para el surgimiento de material reprimido. Repasemos:

a- Un pintoresco pueblo inglés, a veces rural, a veces costero; o una antigua abadía, un monasterio, situados en Suecia, Dinamarca o Francia.

b- Un protagonista erudito, anticuario, caballero, de carácter reservado y bastante ingenuo.

c- El descubrimiento de un libro prohibido u algún objeto antiguo que despierta o atrae la atención de una criatura sobrenatural.

Eso es lo jamesiano, en mi opinión, no el estilo narrativo, que por supuesto tiene sus particularidades. La intención de James era ponerse a sí mismo en sus historias por varias razones, entre otras, porque deseaba «poner al lector en la posición de decirse a sí mismo: ¡Si no tengo cuidado, algo así me puede pasar a mí!» Un tanto ingenuo, es cierto, pero el efecto secundario de involucrarse en sus historias es la inclusión de sentimientos reprimidos. Él mismo vivía en un lugar pintoresco, él mismo era anticuario, y el libro prohibido que despierta o atrae al «monstruo» es la historia que está escribiendo.

Ahora bien, el Monstruo jamesiano nunca hace una entrada espectacular, más bien se introduce en la historia a través de la sugerencia, siendo el lector quien debe aportar una dosis de imaginación para rellenar los espacios en blanco. El narrador, por lo general, primero se centra en cuestiones mundanas, como la descripción de paisajes y arquitecturas, para darle mayor contraste a las insinuaciones sobrenaturales. En cierto modo, lo jamesiano tiene algo de musical. El propio James lo desliza en el prólogo de la antología de 1924: Fantasmas y maravillas (Ghosts and Marvels):


«Dos ingredientes de los más valiosos en la creación de una historia de fantasmas son, para mí, la atmósfera y el crescendo bien manejado (...) Seamos, pues, presentados a los actores de manera plácida; veámoslos haciendo sus cosas cotidianas, sin perturbarse por presentimientos, complacidos con su entorno; y en este ambiente tranquilo dejemos que la cosa ominosa saque la cabeza, discretamente al principio, y luego con más insistencia, hasta que domine el escenario.»


En cuanto al Monstruo, James señala: «Otro requisito, en mi opinión, es que el fantasma sea malévolo u odioso: las apariciones amables y serviciales están muy bien en los cuentos de hadas o en las leyendas locales, pero no tienen lugar en una historia de fantasmas.» [ver: La biología de los monstruos]

Ahora bien, para excluir al sexo de sus historias, James debió excluir a la mujer, y, por extensión, a lo femenino. Esto no constituyó un gran esfuerzo para alguien que no tenía interés en el sexo opuesto. Además, James [como sus protagonistas] vivía en un ámbito académico, exclusivamente masculino, donde el contacto con mujeres se limitaba a madres, hermanas y sirvientas. Mucho se ha escrito sobre este universo académico de hombres recluidos cuyo mayor temor era ser señalado como homosexual.

Es decir que M. R. James evitó incluir al sexo en sus cuentos de fantasmas, sin embargo, eso no significa que la sexualidad estuviera ausente, todo lo contrario. En estas historias donde no hay intimidad física, existen otra clase de comuniones simbólicas. Uno se pregunta porqué James se empeñó tanto en hacer pública su reticencia a la representación del acto sexual. Una de las respuestas es que se trató de una defensa o de justificación por su falta de conocimiento en la materia, porque en el artículo de 1929: Algunas observaciones sobre los relatos de fantasmas (Some Remarks on Ghost Stories), amplía su aversión más allá de su obra:

Resulta lógico que James no tuviera interés en representar la intimidad física porque eso constituye una forma de interés en el tema. Su mundo era muy recluido, ordenado; y aparte de algunas pocas amistades, no tenía ninguna válvula de escape para la intimidad. Sin embargo, sus personajes masculinos y femeninos expresan aspectos muy interesantes de su personalidad, aspectos que, por otro lado, James no podía explorar en su vida porque podrían interpretarse como sexuales, y de una manera particularmente perturbadora.

Es evidente que James utiliza a sus monstruosidades como vehículos para canalizar su libido reprimida o frustrada. De hecho, los seres jamesianos se caracterizan por surgir de una prohibición transgredida [la lectura de un libro, el descubrimiento de un artefacto, etc.], y cuando salen a la luz se vuelven peligrosos, atacan a quien los ha hecho emerger a la superficie. Esto, en mi opinión, es de una enorme honradez intelectual. James podría haber escrito sobre cualquier cosa donde la ausencia de intimidad física fuera esperable, pero eligió tratar sobre aquello que es, simbólicamente, pura sexualidad reprimida.

M. R, James, como hemos visto, tiene un perfil de protagonista, pero también un arquetipo femenino que suele estar presente en sus historias. En general, es una mujer madura, decidida, de temperamento fuerte, que no teme a la aventura y manipula a los hombres más débiles. Carl Jung diría que estas señoras han completado parte del proceso de individuación, llegando a integrar su animus [lo masculino] y confían en sí mismas. En cierto modo, estas mujeres son opuestas al otro tipo de hombre en la ficción jamesiana, que podría describirse como un varón joven y afeminado, alguien que no ha integrado completamente su masculinidad, o, en términos freudianos, que no ha logrado destituir al arquetipo materno.

Estos varones, además, hacen todo lo posible para evitar convertirse en hombres comunes, y por lo tanto interesados en las mujeres. Están centrados en el ámbito académico, en sus estudios, viven rodeados de otros varones jóvenes, no cultivan relaciones fuera de la universidad y sus aficiones personales no difieren demasiado de sus intereses intelectuales. De hecho, esta incapacidad para desenvolverse en el mundo exterior es lo que termina metiéndolos en problemas.

M. R. James a veces se encarniza con sus escasos personajes femeninos, en especial con aquellos que se desvían del ideal de mujer de la época. Un ejemplo típico de alteridad es la señora Mothersole en El fresno (The Ash-Tree), una mujer mayor que trepa árboles por la noche buscando las ramas de fresno que crecen en la propiedad de un terrateniente, introduciéndose de este modo en un espacio seguro de la masculinidad tradicional. Sin embargo, James también presenta representaciones positivas de la feminidad en muchas historias, aunque siempre con la consabida ausencia de contacto físico.

Lo monstruoso, en James, coexiste con el decoro, y funciona como una sexualidad sublimada. En sus obras encontramos casi tantas mujeres fantasmas y hembras maduras, fuertes y peligrosas como hombres afeminados y monstruosidades masculinas marcadas por un comportamiento sádico. Si su ficción servía o no como válvula de escape, tal vez la única disponible, para comportamientos que el propio autor hubiera deseado transgredir, es materia de opinión. Recordemos que James pertenecía a la élite del ámbito universitario, un tipo respetable, admirado, que protegía celosamente su privacidad. Sus cuentos, tal vez, son la única expresión cruda de su mundo interior en lo que respecta al sexo.

Si hablamos de contenido reprimido hay que mencionar el cuento de 1911: El cerco de Martin (Martin’s Close), donde su protagonista, la difunta Ann Clark, acosa incesantemente a George Martin, su antiguo amante. Esto, que parece una versión temprana de la «hierve conejos», adquiere tintes macabros cuando descubrimos que Ann, la «despechada», es una chica marginada que, además, sufre de discapacidad mental, lo cual la sitúa en una relación asimétrica con el adinerado George Martin. En vida, sufrió toda clase de vejaciones de parte de George; solo en la muerte, como fantasma, ella se convierte en una depredadora.

En el relato de 1928: El pozo de las lamentaciones (Wailing Well), M. R. James juega con el concepto de vampiros [algo así], tanto femeninos como masculinos, quienes atacan a los que se aventuran en los campos que rodean el Pozo. El asesinato Stanley Judkins, el protagonista, sugiere la representación de la escena sexual primaria. Su cuerpo, al final, cuelga de un árbol después de que tres vampiresas se saciaran con su sangre, sin obtener ni un ápice del placer que experimentó John Harker al ser abusado por las tres novias de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. En el relato de 1913: La historia de una desaparición y una aparición (The Story of a Disappearance and an Appearance) se nos presenta un sueño dentro de un sueño, un distanciamiento necesario [en aquella época] para atenuar el impacto de una escena de violación masculina.

No creo que sea necesario presentar al vampirismo como ejemplo de sexualidad reprimida en tiempos de James. Ya era un tropo bien establecido, de modo que las mordidas, que podrían interpretarse como algo sexual, eran inevitables. Sin embargo, solo Lady Sadleir, en el cuento de 1925: El insólito libro de oraciones (The Uncommon Prayer-Book), es una vampiresa que muerde el cuello de su víctima.

Es frecuente que M. R. James proporcione chispazos de contacto íntimo, siempre en un contexto repugnante. En el relato de 1911: Una historia escolar (A School Story), el señor Sampson lleva tres décadas desaparecido después de ver a un espectro [femenino] trepando por su ventana. Sus cuerpos sin vida son encontrados en un pozo, «fuertemente abrazados». Sampson, como muchos protagonistas jamesianos, no hace demasiado para despertar el ataque, y, cuando este llega, siempre es muy físico, íntimo incluso.

Como ocurre en los cuentos de Lovecraft, la ausencia de sexo en la obra de James hace que sus expresiones secundarias adquieran mayor relieve. Constantemente encontramos manifestaciones fálicas peludas, dentadas, protuberantes, carnosas, rosadas, que ganan protagonismo gracias a que James mantiene sus historias cuidadosamente libres de referencias explícitas [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. Por ejemplo, en el relato de 1904: Silba y acudiré (Oh, Whistle, and I'll Come to You, My Lad), un hombre es atormentado en la oscuridad de su dormitorio por una entidad incorpórea, y el terror final, el clímax de la historia, se enfoca en la visión de la cama desordenada [ver: El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré»]

El decoro de M. R. James, su obsesión con barrer cualquier referencia sexual directa, al final tiene un efecto brillante. Por un lado, no estaba influido por los tropos freudianos, de modo que estos símbolos aparecen de forma plena, indicativa de los sentimientos del autor por no ser buscados. Por el otro, la carga de libido reprimida la lleva el Monstruo [o lo que sea que regresa a la superficie], y por tratarse de un Monstruo no puede liberarse de forma ordinaria [sexualidad «normal»], generando esas típicas escenas jamesianas.

Una de ellas se encuentra en el relato de 1911: El maleficio de las runas (Casting the Runes), donde el arquetipo de la vagina dentata aparece de forma casi directa, haciendo que su carga subconsciente [tabú] resulte notablemente eficaz, sin ser arruinada por un autor pendiente de los tropos freudianos, y por lo tanto proclive a disimularlos para que resulten menos reveladores de sus neurosis personales. En esta historia, el señor Dunning está en la cama, mete la mano en el conocido hueco debajo de la almohada, y lo que roza, lo que toca, es una boca... con dientes... y pelo... [ver: Horror táctil: análisis de «El Maleficio de las Runas»]




Taller gótico. I M. R. James.


Más literatura gótica:
El artículo: M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La naturaleza de la evidencia»: May Sinclair; relato y análisis.


«La naturaleza de la evidencia»: May Sinclair; relato y análisis.




«Ella se había convencido de que era solo una casa embrujada,
ya sabes, esas cosas que no crees hasta que te suceden.»



La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence) es un relato de fantasmas de la escritora inglesa May Sinclair —seudónimo de Mary Amelia St. Clair (1863-1946)—, publicado originalmente en la edición de mayo de 1923 de la revista Fortune, y luego reeditado en la antología del mismo año: Historias inquietantes (Uncanny Stories).

La naturaleza de la evidencia es uno de los cuentos de May Sinclair más extraños. En la superficie, es una historia de fantasmas sobre una difunta, llamada Rosamund, quien empieza a interactuar con el plano de los vivos cuando Edward Marston, su marido, vuelve a casarse, desde luego, mostrando su descontento por la elección de su segunda esposa, Pauline. Pero debajo de eso hay mucho más.

El punto focal de los fenómenos paranormales que ocurren en esta casa es la cama matrimonial. De hecho, Rosamund, una de las más inusuales apariciones post-mortem, está determinada a impedir que Marston y Pauline compartan el lecho alguna vez y consumen su matrimonio, llegando incluso a meterse en la cama con ellos [ver: ¡Algo sacude la cama!]

En este contexto, La naturaleza de la evidencia presenta un escenario cargado de impulsos eróticos reprimidos, y se pregunta si el goce espiritual está o no por encima de la satisfacción carnal: pasional, terrenal y momentánea. En otras palabras, Marston debe elegir entre comulgar espiritualmente con su esposa muerta [a quien ama] o consumar sus apetitos carnales con Pauline [a quien desea].

Esta dinámica ataca el principal axioma del género hasta entonces, acuñado por M. R. James, quien en el ensayo de 1929, titulado: Algunas observaciones sobre los relatos de fantasmas (Some Remarks on Ghost Stories), afirmó que el sexo no tiene lugar en la historia de fantasmas [ver: El único tema que debe excluirse de las historias de fantasmas.]. Pero, ¿estaba en lo cierto? En primer lugar, M. R. James sostuvo que el sexo no tiene lugar, es decir, que no es un ingrediente indispensable, pero la sexualidad sí. En este sentido, La naturaleza de la evidencia desafía esta interpretación al colocar a una pareja que desea disfrutar de su noche de bodas y a un fantasma, Rosamund, con todas las características de los espectros de M. R, James, empeñado en obstruir ese encuentro [ver: El cuento de fantasmas de M. R. James]

May Sinclair se divierte jugando con las prohibiciones de M. R. James. ¿Es mucho pedir que dos personas puedan acostarse en una historia de fantasmas? Aparentemente, sí. M. R. James defendía la postura de que el horror debe centrarse en lo extraño, en lo paranormal, en la naturaleza demoníaca de estas manifestaciones, pero los fantasmas de May Sinclair no son demonios ni vampiros ni monjes que pactaron con el diablo. Son seres humanos ordinarios, o lo fueron alguna vez, y por lo tanto necesitan expresar su angustia, darle voz a la tragedia de la muerte. Regresan, es cierto, como los de M. R. James, pero no para llevar a cabo una venganza o para castigar a los que siguen vivos, sino para ser recordados, reconocidos, escuchados. Eso es lo único que ansían los fantasmas de May Sinclair: ser escuchados.

Tampoco es justo pensar que ambos autores están en extremos opuestos. Más bien, May Sinclair lleva sus historias un paso más allá del punto donde M. R. James las terminaría, es decir, en el instante en que se revela el misterio. May Sinclair quiere que sus personajes interpreten, entiendan y resuelvan el conflicto del fantasma [sin caer en sentimentalismos]; en definitiva, quiere que resuelvan el misterio porque de ese modo resolverán el suyo, aún cuando eso los lleve a otro tipo de sufrimiento, Como en Donde su fuego nunca se apaga (Where Their Fire Is Not Quenched), donde una mujer muerta se ve obligada a revivir una y otra vez su único romance, eternamente, con un hombre apático. Para James, en cambio, el misterio es lo único que importa. Todo lo demás, incluso los conflictos humanos, son una distracción.

Así llegamos a La naturaleza de la evidencia, un cuento poco jamesiano, si se quiere, donde todo gira en torno al amor y al sexo atravesados por la culpa. Marston todavía ama a su difunta esposa, Rosamund, pero sabe que podría llegar a enamorarse de Pauline si consiguen consolidarse como pareja [comenzando por compartir el lecho], pero la culpa, encarnada en el fantasma de Rosamund, ataca el espacio de transición en esa relación: la cama matrimonial. En cierto modo, La naturaleza de la evidencia comparte algunos matices con Edgar Allan Poe, además de la yuxtaposición de dos mujeres jóvenes y hermosas, una muerta y otra viva, una rubia y otra morena; una virginal y otra sensual [al estilo de Ligeia y Lady Rowena]; por ejemplo, la tensión entre sexualidad y espiritualidad, entre el deseo carnal y el amor elevado.

Podría decirse que May Sinclair amplía los horizontes del cuento de fantasmas tradicional al incorporar elementos del modernismo y la psicología [en especial las teorías de Sigmund Freud] sin desbaratar su esencia.

Algunas de las controversias dentro de La naturaleza de la evidencia son algo escurridizas para nosotros, situados poco más de cien años después de que se escribiera. Por ejemplo, la insinuación de que Marston [viudo] y Pauline [divorciada] ingresan en un matrimonio sencillo basado en la necesidad de contacto físico y emocional, es decir, sexo, y acaso lujuria. La difunta Rosamund, por supuesto, no lo aprueba, pero no porque desee frustrar los impulsos de su marido a causa de los celos. De hecho, la propia Rosamund, antes de morir, le dice a su esposo que espera que él vuelva a casarse algún día, pero solo con «la mujer adecuada». Si acaso contrajera matrimonio con la mujer equivocada, ella «no lo soportaría». Ahora bien, no queda claro [al menos para mí] porqué Pauline no es «la mujer adecuada», aunque por sus modos se la retrata como vulgar y licenciosa, para los parámetros de la época [simplemente quiere acostarse con su nuevo marido]. Supongo que Rosamund desea invitar a Marston a un tipo de goce superior al que podría proporcionarle Pauline, más extático, espiritual, pero también físico [sensorial, quiero decir], con ella, no ya en la vieja cama matrimonial, sino en la biblioteca [ver: La casa embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

El desenlace de La naturaleza de la evidencia es espléndido. Por un lado tenemos a Pauline, descrita como una mujer mundana con una fuerte libido, dueña de «una belleza arrolladora». Por el otro está Rosamund, inocente e infantil, con algo de «celestial», quienes pugnan entre sí. Una invita al goce, la otra incita su postergación; y al final [¡por fin!], somos testigos de un memorable encuentro íntimo [por poco orgiástico] entre un hombre y un espíritu:


«(Marston) salió tras ella, apenas consciente del cuerpo desnudo de Pauline que aún se retorcía allí, aferrándose a sus pies al pasar, como un gusano, como una bestia, por el suelo.
Mientras bajaba las escaleras tras el fantasma, pudo ver el rostro de Pauline, distorsionado por la lujuria y el terror, observándolos desde lo alto de la escalera. Ella los vio descender el último tramo, cruzar el pasillo y entrar en la biblioteca. La puerta se cerró tras ellos.»


Entonces, Marston llega a considerar el cuerpo desnudo y terrenal de Pauline «como un gusano, como una bestia», en una muestra freudiana de aversión a lo vermiforme; en contraste con la incorporeidad de Rosamund [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. De algún modo, mediante maniobras que May Sinclair se abstuvo de comentar, Marston y Rosamund experimentan la «pasión en cada instante del ser», el «momento supremo», el «éxtasis». De más está decir que, al día siguiente, Pauline se va para siempre de esa casa.




La naturaleza de la evidencia.
The Nature of the Evidence, May Sinclair (1863-1946)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Esta es la historia que me contó Marston. No quería contarla. Tuve que sacársela poco a poco. He reconstruido los fragmentos cronológicamente y he explicado algunas cosas aquí y allá, pero los hechos son los que él me dio.

De él, bueno, admitirás que mi fuente es intachable. Edward Marston, el gran K.C., y autor de una admirable obra sobre «La lógica de la evidencia». Deberías haber leído los capítulos sobre «Qué es evidencia y qué no es». Puedes decir que mintió; pero si conocieras a Marston sabrías que no mentiría, por la sencilla razón de que es incapaz de inventar nada. Así que, si me preguntas si creo esta historia, lo único que puedo decir es que creo que las cosas sucedieron, porque él dijo que sucedieron y porque le sucedieron a él. En cuanto a qué fueron... bueno, no pretendo explicarlo, ni él tampoco lo haría.

Sabes que se casó dos veces. Adoraba a su primera esposa, Rosamund, y Rosamund lo adoraba a él. Supongo que eran felices. Ella era quince años menor que él y hermosa. Ojalá pudiera hacerte ver lo hermosa que era. Sus ojos y su boca tenían la misma forma de arco, grandes y amplios, y lo miraban con la misma inocencia grave y contemplativa. Sus comisuras estaban rematadas con una delicada moldura, redondeada como el pétalo de una flor. Llevaba el cabello recogido en un flequillo dorado sobre la frente, como el de una niña, y un gran moño en la nuca. Cuando lo llevaba suelto, le llegaba a la cintura como un grueso cable. Marston solía burlarse de ella por eso. Tenía la costumbre de tirar la cuerda hacia atrás por la noche, cuando hacía calor, y esta le caía de lleno en la cara.

Había en ella una melancolía que no puedo describir: una belleza curiosa, pura y dulce, como la de una niña. Perfecta, y perfectamente inmadura; tan inmadura que resultaba imposible imaginar que durara así, del mismo modo que la infancia no dura. Marston solía decir que le ponía nervioso. Temía despertar y descubrir que había cambiado durante la noche. Y su belleza era tan intrínseca que era imposible pensar en Rosamund sin ella. De alguna manera, uno sentía que si una se iba, la otra también se iría.

Pues bien, ella se fue primero.

Durante el año siguiente, Marston vivió siempre al borde del colapso. Si no se derrumbó del todo fue porque su trabajo lo salvó. No tenía teorías que lo consolaran. Era uno de esos materialistas fanáticos del siglo XIX que creían que la conciencia era una función puramente fisiológica y que, cuando el cuerpo muere, uno muere. No veía razón para suponer lo contrario. «Si se tiene en cuenta», solía decir, «¡la naturaleza de la evidencia!».

Es bueno tener esto presente para comprender que no tenía prejuicios ni expectativas. Rosamund solo sobrevivía en sus recuerdos. Y en sus recuerdos seguía enamorado de ella. Al mismo tiempo, solía hablar con bastante cinismo sobre la posibilidad de volver a casarse. Parece que durante su luna de miel habían abordado ese tema. Rosamund decía que odiaba pensar en él solo y miserable, y, suponiendo que ella muriera antes que él, le hubiese gustado que él se casara de nuevo. Si, estipuló ella, se casaba con la mujer adecuada.

Él le había preguntado:

—¿Y si me caso con la equivocada?

Ella había respondido:

—Eso sería diferente. No lo soportaría.

Él recordó todo esto después; pero en aquel momento no había nada que le hiciera pensar que ella tomaría medidas.

Una noche, él y yo lo hablamos.

—Supongo —dijo—, que tendré que casarme de nuevo. Es una necesidad física. Pero no será nada. No me casaré con una mujer que espere algo más. No pondré a otra mujer en el lugar de Rosamund. No habrá infidelidad.

Y no la hubo. Poco después de ese primer año, se casó con Pauline Silver.

Ella era hija del viejo juez Parker, amigo de la gente de Marston. No había visto a la chica hasta que regresó de la India tras su divorcio.

Sí, se habían divorciado. Silver se había comportado con decencia. Le había permitido usar el caso en su contra para protegerla. Pero circulaban algunos rumores extraños. No llegaron a oídos de Marston, porque estaba muy involucrado con la gente de ella; y si lo hubieran hecho, no los habría creído. Había decidido casarse con Pauline en cuanto la vio. Era guapa; de esas de piel oscura, negra, blanca y bermellón, con una pequeña nariz aristocrática y una boca lasciva.

Fue, tal como él lo había planeado, pura atracción física por ambas partes. Ni hablar de que Pauline ocupara el lugar de Rosamund.

Marston tenía un caso importante entre manos en ese momento. Los dos tenían tanta prisa que no podían esperar; y como eso lo mantenía en Londres, acordaron posponer su luna de miel hasta el otoño; y él la llevó directamente a su casa en Curzon Street.

Después admitió que esa era la parte que odiaba. La casa de la calle Curzon estaba asociada a Rosamund; especialmente su dormitorio —el dormitorio de Rosamund— y su biblioteca. La biblioteca era la habitación que más le gustaba a Rosamund, porque era su habitación. Tenía su lugar en el rincón junto a la chimenea, y siempre estaban solos allí por las noches cuando él terminaba de trabajar, y cuando aún no había terminado, ella seguía sentada con él, en silencio en su rincón con un libro. Por suerte para Marston, a Pauline le disgustó la biblioteca desde el primer momento.

Puedo oírla:

—¡Brrr! Hay algo bestial en esta habitación, Edward. No puedo imaginar cómo puedes sentarte aquí.

Y Edward, un poco cáustico:

—No tienes por qué, si no te gusta.

—Desde luego que no.

Allí estaba ella —la veo—, sobre la alfombra junto a la silla de Rosamund, con un aspecto inusualmente hermoso y lascivo. Iba a tomarla en brazos y besar sus labios bermellones cuando, según dijo, algo lo detuvo. Lo detuvo en seco, como si se hubiera alzado e interpuesto entre ellos. Supuso que era el recuerdo de Rosamund, vívido en el lugar que había sido suyo.

Verás, era precisamente ese lugar, de comunión silenciosa e íntima, el que Pauline jamás aceptaría. Y aquella criatura rica, tosca y complaciente ni siquiera quería aceptarlo. Comprendió que allí se quedaría solo con su recuerdo.

Pero el dormitorio era otra historia. Pauline lo había dejado claro desde el principio: tendría que ser suyo. De hecho, no había otro que él pudiera haberle ofrecido. El salón ocupaba toda la primera planta. Los dormitorios de arriba eran estrechos, y este se había formado uniendo las dos habitaciones delanteras. Daba al sur, y el baño se abría a la parte trasera. La pequeña habitación norte tenía una puerta en el estrecho rellano, perpendicular a la puerta de su esposa. Difícilmente podía esperar que ella durmiera allí, y mucho menos en alguna de las diminutas habitaciones del último piso. Decía que ojalá hubiera vendido la casa de la calle Curzon.

Pero Pauline estaba encantada con la amplia habitación de tres ventanas que iba a ser suya. Había sido exquisitamente amueblada para la pobre Rosamund: todo de madera de nogal del siglo XVII, alfombras de Bokhara, gruesas cortinas de seda azul oscuro con forro morado, y una cama grande y lujosa cubierta con una colcha morada, bordada en azul.

Una cosa en la que Marston insistió fue en dormir en el lado de la cama de Rosamund, y Pauline en su antiguo sitio. No quería ver el cuerpo de Pauline donde había estado el de Rosamund. Por supuesto, tuvo que mentir y fingir que siempre había dormido junto a la ventana.

Puedo ver a Pauline dando vueltas por la habitación, observándolo todo; mirándose a sí misma, su negro, blanco y bermellón, en el cristal que había contenido el vestido rosa y dorado de Rosamund; abriendo el armario donde solían colgar los vestidos de Rosamund, aspirando el delicado aroma floral de Rosamund, sin importarle, cubriéndolo con su propio y espeso rastro.

Y Marston (a quien le importaba muchísimo) puedo verlo cada vez más miserable y a la vez más excitado a medida que avanzaba la noche. La llevó al teatro para matar el tiempo, o quizás para sacarla de la habitación de Rosamund; Dios sabe. Los veo sentados en los palcos, aburridos e inquietos, levantándose y saliendo antes de que terminara la función, y regresando a esa casa en la calle Curzon antes de las once.

No eran mucho más de las once cuando él fue a su habitación.

Ya te dije que su puerta estaba en ángulo recto con la suya, y el rellano era estrecho, así que cualquiera que estuviera junto a la puerta de Pauline debió ser visto en cuanto él abrió la suya. Ni siquiera tuvo que cruzar el rellano para llegar hasta ella. Bueno, Marston jura que no había nadie cuando abrió su puerta; pero cuando llegó a la de Pauline vio a Rosamund de pie frente a ella; y, dijo: «No me dejó entrar».

Tenía los brazos extendidos, bloqueando el paso. Oh, sí, vio su rostro, el rostro de Rosamund; intuí que era dulce e inexorable. No podía pasar junto a ella. Así que se dirigió a su habitación, retrocediendo, según cuenta, para seguir mirándola. Y cuando se detuvo en el umbral de su puerta, ella ya no estaba.

No, no tenía miedo. No pudo decirme qué sentía; pero dejó la puerta abierta toda la noche porque no soportaba cerrarla. Y no hizo ningún otro intento de entrar en lo de Pauline; estaba convencido de que el fantasma de Rosamund volvería y se lo impediría.

No sé qué excusa le dio a Pauline a la mañana siguiente. Dijo que había estado muy rígida y malhumorada todo el día; y no me extraña. Seguía enamorado de ella, y no creo que el fantasma de Rosamund le hubiera hecho perder el interés por Pauline en lo más mínimo. De hecho, se convenció de que aquello no era más que una alucinación, sin duda debida a su excitación.

En cualquier caso, no esperaba volver a verla en la puerta la noche siguiente.

Pero estaba allí. Solo que, esta vez, dijo, se apartó para dejarlo pasar. Le sonrió, como diciendo: «Entra, si quieres; ya verás lo que pasa».

No tuvo la sensación de que lo hubiera seguido hasta la habitación; estaba seguro de que, esta vez, lo dejaría en paz. Fue cuando se acercó a la cama de Pauline, que había sido la de Rosamund, que ella apareció de nuevo, de pie entre él y la cama, extendiendo los brazos para detenerlo.

Lo único que Pauline pudo ver fue a su novio retrocediendo y retrocediendo, luego allí de pie, inmóvil, y la expresión de su rostro. Eso bastó para asustarla.

Ella dijo:

—¿Qué te pasa, Edward?

No se movió.

—¿Qué haces ahí parado? ¿Por qué no te acuestas?

Entonces Marston pareció perder la cabeza y lo soltó todo:

—No puedo. No puedo.

—¿No puedo qué? —preguntó Pauline desde la cama.

—No puedo dormir contigo. Ella no me deja.

—¿Ella?

—Rosamund. Mi esposa. Está ahí.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Está ahí, te lo aseguro. No me deja. Me está apartando.

Dice que Pauline debió pensar que estaba borracho o algo así. Ella no vio nada más que a Edward, su rostro y su actitud misteriosa. Se incorporó en la cama, con sus duros ojos negros fijos en él, y le dijo que saliera de la habitación en ese mismo instante. Y él lo hizo.

Al día siguiente, discutió con él. Entendí que no paraba de hablar del «estado» en que se encontraba.

—Entraste a mi habitación, Edward, en un estado lamentable.

Supongo que Marston se disculpó; pero no pudo evitarlo; no estaba borracho. Él insistió en que Rosamund estaba allí. La había visto. Y Pauline dijo que si no estaba borracho debía estar loco, a lo que él respondió con timidez: «Quizás estoy loco».

Eso la enfureció, y estalló en cólera. Él no estaba más loco que ella; pero no le importaba; ponía excusas ridículas, fingiendo para quitársela de encima. Había otra mujer.

Marston le preguntó por qué demonios creía que se había casado con ella. Entonces ella rompió a llorar y dijo que no lo sabía.

Luego parece que se reconcilió con Pauline. Logró convencerla de que no mentía, de que realmente había visto algo, y entre los dos llegaron a una explicación racional de la aparición. Había estado trabajando demasiado; el fantasma de Rosamund no era más que una alucinación de su mente agotada.

Esta teoría lo mantuvo despierto hasta la hora de dormir. Entonces, cuenta, empezó a preguntarse qué pasaría, qué haría a continuación el fantasma de Rosamund. Cada mañana, su pasión por Pauline regresaba, intensificada por la frustración, y se había vuelto cada vez más fuerte al anochecer.

De repente, se había vuelto propenso a las alucinaciones. Pero mientras supiera que estaba alucinando, todo estaba bien. Así que lo que acordaron hacer esa noche fue por precaución, en caso de que la cosa volviera a aparecer. Incluso podría ser suficiente para impedir que viera nada.

En lugar de entrar en la habitación de Pauline, debía entrar antes que ella, y ella debía ir allí con él. Eso, dijeron, rompería el hechizo. Para sentirse aún más seguro, pretendía estar en la cama antes de que llegara Pauline.

Bueno, entró en la habitación sin problema. Fue cuando intentó meterse en la cama que... la vio (me refiero a Rosamund).

Allí estaba ella, en su sitio junto a la ventana, su propio sitio, recostada en su belleza infantil e inmadura, dormida, con la firme y carnosa comisura de sus labios suavizada por el sueño. Era perfecta en cada detalle: las pestañas de sus párpados cerrados, doradas sobre sus mejillas blancas; el oro macizo de su flequillo cuadrado, brillante; y la gran trenza dorada de su cabello, echada hacia atrás sobre la almohada.

Él se arrodilló junto a la cama y apoyó la frente en las sábanas, cerca de ella. Declaró que podía sentir su respiración.

Se quedó allí durante los veinte minutos que Pauline tardó en desvestirse y acercarse. Dice que los minutos se le hicieron eternos. Pauline lo encontró todavía arrodillado, con el rostro hundido en las sábanas. Cuando se levantó, se tambaleó.

Ella le preguntó qué hacía y por qué no estaba en la cama. Y él dijo:

—Es inútil. No puedo. No puedo.

Pero, de alguna manera, no pudo decirle que Rosamund estaba allí. Rosamund era demasiado sagrada; no podía hablar de ella. Solo dijo:

—Será mejor que duermas en mi habitación esta noche.

Miraba fijamente el lugar de la cama donde aún veía a Rosamund. Pauline no podía ver nada más que sábanas, pero alisadas sobre un pecho invisible, y un hueco en la almohada. Dijo que no haría tal cosa. No iba a dejar que la asustaran para que se fuera de su habitación. Él podía hacer lo que quisiera.

No podía dejarlas allí; no podía dejar a Pauline con Rosamund, ni a Rosamund con Pauline. Así que se incorporó en una silla, dándole la espalda a la cama. No. No intentó volver a mirar. Dice que sabía que ella seguía allí, tumbada, vigilando su sitio, que era el de ella. Lo extraño es que no se sintió ni perturbado, ni asustado, ni sorprendido. Lo aceptó todo con naturalidad. Y al poco rato se quedó dormido.

Un grito lo despertó, seguido del sonido de un cuerpo que saltaba violentamente de la cama y se ponía de pie con un golpe seco. Encendió la luz y vio las sábanas desparramadas, y a Pauline de pie en el suelo con la boca abierta.

Se acercó a ella y la abrazó. Estaba fría al tacto y temblaba de terror, con la mandíbula desencajada como si estuviera paralizada.

Dijo:

—Edward, hay algo en la cama.

Volvió a mirar la cama. Estaba vacía.

—No hay nada —dijo él—. Mira.

Quitó la ropa de cama para que ella pudiera ver.

—Había algo.

—¿Lo viste?

—No. Lo sentí.

Ella se lo contó todo. Primero, algo se había balanceado y le había golpeado la cara. Una gruesa y pesada cuerda de cabello de mujer. La había despertado. Luego extendió las manos y palpó el cuerpo. Un cuerpo de mujer, suave y horrible; sus dedos se habían hundido en los pechos planos. Entonces gritó y dio un brinco.

Y no pudo quedarse en la habitación. La habitación, dijo, era «bestial».

Durmió en la habitación de Marston, en su pequeña cama individual, y él se quedó con ella toda la noche, en una silla.

Pauline empezó a creer que él había visto algo, y recordaba que la biblioteca también era monstruosa. Embrujada. Muy bien. Dos habitaciones de la casa estaban embrujadas: su dormitorio y la biblioteca. Tendrían que evitarlas. Ella se había convencido, ya sabes, de que no era más que un caso de una casa embrujada común y corriente; de esas cosas que siempre oyes y en las que nunca crees hasta que te suceden a ti. A Marston no le gustaba señalarle que la casa no había estado embrujada hasta que ella entrara.

La noche siguiente, la cuarta noche, ella debía dormir en la habitación de invitados del último piso, junto a los sirvientes, y Marston en la suya. Pero Marston no durmió. No dejaba de preguntarse si subiría o no a la habitación de Pauline. Eso lo ponía terriblemente inquieto, y en lugar de desvestirse e irse a la cama, se sentó en una silla con un libro. No estaba nervioso; Pero tenía la extraña sensación de que algo iba a suceder, de que debía estar preparado y de que más le valía ir vestido.

Debía de ser poco después de medianoche cuando oyó girar el pomo de la puerta, muy despacio. La puerta se abrió tras él y Pauline entró, moviéndose sin hacer ruido, y se detuvo frente a él. Se sobresaltó; pues había estado pensando en Rosamund, y al oír girar el pomo, esperaba ver entrar a la etérea Rosamund. Dice que, durante el primer minuto, fue la aparición de Pauline lo que le pareció extraño e inquietante.

No llevaba nada puesto, absolutamente nada, salvo una bata blanca, transparente, de gasa. Intentaba desabrochársela. Pudo ver cómo le temblaban las manos mientras forcejeaba con los cierres.

Se levantó de repente, y se quedaron allí de pie, uno frente al otro, sin decir nada, mirándose. Él quedó fascinado por el puro glamour de su cuerpo, que brillaba blanco a través de la fina tela, y por el movimiento de sus dedos. Creo que ya dije que era una mujer hermosa, y su belleza en ese momento era abrumadora.

Y él seguía mirándola sin decir nada. Parece que su silencio duró bastante tiempo, pero en realidad no pudo haber sido más que una fracción de segundo.

Entonces ella comenzó:

—Oh, Edward, por Dios, di algo. ¿No debería haber venido? —y continuó sin esperar respuesta—: ¿Estás pensando en ella? Porque, si... si lo estás, no voy a dejar que te aleje de mí... No lo voy a permitir... Ella seguirá viniendo mientras no... ¿No ves que esta es la manera de detenerlo...? Cuando me tomes en tus brazos.

Se quitó las mangas sueltas del vestido de gasa y este cayó a sus pies. Marston dice que oyó un sonido extraño, algo entre un gemido y un gruñido, y se sorprendió al descubrir que provenía de él mismo.

Aún no la había tocado —aunque todo sucedió en un instante—, se extendían los brazos el uno hacia el otro cuando la puerta se abrió de nuevo, sin hacer ruido y, sin que se viera a nadie pasar, apareció el fantasma. Llegó con una rapidez increíble, y al principio, delgado, como un rayo de luz que se deslizaba entre ellos. No hizo nada; no hubo golpes, solo que, al tomar su forma completa, su perfecta semejanza de carne y hueso, su presencia se sintió como un empujón, una fuerza que los separó.

Pauline aún no lo había visto. Pensó que era Marston quien la estaba empujando. Gritó:

—¡Oh, no, no me empujes!

Se agachó bajo la guardia del fantasma y se aferró a sus rodillas, retorciéndose y llorando. Por un instante, fue una lucha entre su carne en movimiento y aquel ser inmóvil y sobrenatural.

En ese instante, Marston se dio cuenta de que odiaba a Pauline. Luchaba contra Rosamund con su carne y sangre, aprovechándose cruelmente de su condición humana para derrotar a la criatura celestial e incorpórea.

La llamó para que la soltara.

—No soy yo —gritó—. ¿No la ves?

Entonces, de repente, la vio, la soltó y cayó al suelo, agachándose e intentando cubrirse. Esta vez no gritó.

El fantasma cedió; se movió lentamente hacia la puerta y, al avanzar, miró por encima del hombro a Marston, extendiendo una mano, indicándole que se acercara.

Salió tras ella, apenas consciente del cuerpo desnudo de Pauline que aún se retorcía allí, aferrándose a sus pies al pasar, como un gusano, como una bestia, por el suelo.

Debió de levantarse de inmediato y seguirla hasta el rellano. Mientras bajaba las escaleras tras el fantasma, pudo ver el rostro de Pauline, distorsionado por la lujuria y el terror, observándolos desde lo alto de la escalera. Ella los vio descender el último tramo, cruzar el pasillo y entrar en la biblioteca. La puerta se cerró tras ellos.

Algo sucedió allí dentro. Marston nunca me dijo con precisión qué fue, y yo no le pregunté.

Al día siguiente, Pauline huyó con su familia. No podía quedarse en casa de Marston porque estaba embrujada por Rosamund, y él no se iría por la misma razón.

Y nunca regresó; pues no solo le tenía miedo a Rosamund, sino también a Marston. Si hubiera regresado, no habría servido de nada. Marston estaba convencido de que, por mucho que intentara acercarse a Pauline, algo lo detendría. Pauline, por su parte, sentía que, si Rosamund se veía abocada a ello, podría manifestarse de una forma aún más siniestra y aterradora. Ella sintió que la habían golpeado.

Y había algo más. Creo que él intentó explicárselo; dijo que se había casado con ella dando por hecho que Rosamund estaba muerta, pero que ahora sabía que estaba viva; estaba, como él decía, «allí». Intentó hacerle entender que si tenía a Rosamund, no podía tenerla a ella. La presencia de Rosamund en el mundo anulaba su contrato.

Verás, estoy convencida de que algo sucedió aquella noche en la biblioteca. Digo, nunca me dijo con precisión qué fue, pero una vez se le escapó algo. Estábamos hablando de uno de los amoríos de Pauline (después de la separación, ella le dio un sinfín de motivos para el divorcio).

—Pobre Pauline —dijo—, se cree tan apasionada.

—Bueno —dije—, ¿no lo era?

Entonces estalló. No. Ella no sabe lo que es la pasión. Ninguno de ustedes lo sabe. No tienen ni la más remota idea. Tendrían que deshacerse de sus cuerpos primero. Yo no lo supe hasta que...

Se detuvo. Creo que iba a decir: «hasta que Rosamund regresó y me lo mostró». Porque se inclinó hacia adelante y susurró: «No es algo localizado en absoluto. Si supieras...»

Así que no creo que fuera simplemente fidelidad a un recuerdo revivido. Supongo que hubo, tras esa puerta cerrada, alguna experiencia, algún contacto terrible y exquisito. Más penetrante que la vista o el tacto. Más... más extenso: pasión en todos los puntos del ser.

Quizás el momento supremo, el éxtasis, solo llegó cuando su fantasma se desvaneció.

Después de eso, no pudo volver con Pauline.

May Sinclair (1863-1946)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de May Sinclair.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de May Sinclair: La naturaleza de la evidencia (The Nature of the Evidence), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Memoria del Lugar vs. Teoría de la Cinta de Piedra.


La Memoria del Lugar vs. Teoría de la Cinta de Piedra.




Cada recuerdo tiene sus lugares.
¿Cada lugar tiene sus recuerdos?



Las experiencias paranormales más creíbles suelen ser incidentes aislados que ocurren en un lugar específico. De hecho, es difícil considerar seriamente a las personas que sostienen cosas como que una entidad o un espíritu las atormenta desde hace años. No pretendo desestimar estos testimonios, pero después de leer muchísimos correos para el Consultorio Paranormal de El Espejo Gótico hay ciertos rasgos y características compartidas en la mayoría de las personas que experimentan lo paranormal a partir del ego, como haber visto «cosas extrañas» desde pequeños, haber tenido familiares con «dones especiales», poseer cierta sensibilidad adicional, entre otras cosas.

Por el contrario, las experiencias más creíbles [a título personal] no presentan este tipo de características, y ciertamente ninguna señal reveladora. Son episodios vagos, desconcertantes, sin asociaciones ni afirmaciones extraordinarias sobre su causa. Es decir, carecen de «reglas».

Supongo que es parte de nuestro cerebro esta necesidad de comprender lo «extraño» mediante el razonamiento, y eso incluye atribuirle ciertas reglas, ciertos patrones, con el fin de darle un contexto más seguro y previsible a la vida diaria. El problema es que esto genera, como factor colateral, una serie de opiniones personales que no admiten explicaciones más sencillas para los fenómenos inusuales que, en teoría, se experimenta. Y lo paranormal, casi siempre, tiene una explicación sencilla.

El parapsicólogo y filósofo de Oxford, Harry Price, propuso un concepto que denominó «Memoria de Lugar» [place memory] para explicar una gran variedad de fenómenos extraños. Según su modelo, la memoria no es dominio exclusivo de los organismos vivos, sino una propiedad del espacio-tiempo. En otras palabras, la memoria se almacena en todas partes a nuestro alrededor, todo el tiempo, de manera tal que, en determinadas circunstancias, es posible «recordar» [em términos de «extraer» un recuerdo del tejido del universo] a partir de la memoria de ciertos lugares.

Imaginemos que regresamos a un sitio que frecuentábamos en el pasado, la escuela primaria. Seguramente podríamos rememorar muchas cosas, compañeros, maestras, incidentes; básicamente recuerdos personales. Según Harry Price, las fronteras de la memoria se extienden más allá, y en estas ocasiones, cuando entramos en un lugar al que estuvimos relacionados, podríamos ser capaces de extraer psíquicamente [o recordar] material almacenado en él. Esa es la Memoria del Lugar, externalizada y extraída por un tercero.

La Memoria del Lugar parece un concepto similar al de la Teoría de la Cinta de Piedra [Stone Tape Theory]; después de todo, ambos exploran las relaciones psíquicas de los seres humanos con los espacios físicos, y cómo estos pueden retener, almacenar y reproducir incidentes y emociones del pasado. En este modelo, todos seríamos capaces de sentir el pasado de un lugar, incluso si no estuvimos presentes durante el suceso original. Sin embargo, la Teoría de la Cinta de Piedra propone que estos recuerdos residuales que quedan impresos en el lugar poseen una intensidad extraordinaria, lo cual limita el asunto a eventos traumáticos, como accidentes, hechos de violencia, sufrimiento psicológico, muerte.

Ahora bien, la Teoría de la Cinta de Piedra propone que el almacenamiento requiere ciertos materiales de construcción que cumplan la función de soporte, así como una persona con determinada sensibilidad para reproducir el recuerdo en condiciones específicas. Comparativamente hablando, esto se aproxima al concepto de Memoria del Lugar, sin embargo, existen diferencias.

La Memoria del Lugar, por ejemplo, se centra en las experiencias emocionales del individuo al interactuar con un espacio determinado. En pocas palabras, aborda el aspecto psicológico, personal y emocional de esta experiencia. Por otra parte, la Teoría de la Cinta de Piedra incorpora el ingrediente sobrenatural, es decir, establece una conexión directa entre el entorno y la actividad paranormal [ver: ¿Energía Residual o entidades inteligentes?]

Podría decirse que la Memoria del Lugar funciona de manera más sutil: el individuo extrae una impresión psíquica [recuerdo] del lugar [soporte], pero no la reproduce como si se tratara de una grabación fija [como en la Teoría de la Cinta de Piedra], sino que se entrelaza con sus recuerdos personales.

Tal vez la idea de que estas impresiones psíquicas son una especie de recuerdo, en el sentido de que persiste en el tiempo [al igual que un recuerdo persiste en la memoria] y luego va desapareciendo progresivamente, se olvida [como algunos recuerdos tienden a desvanecerse], no es del todo precisa. Ofrece la noción de que puede experimentarse objetivamente, cuando en realidad es todo lo contrario: los recuerdos, en todas sus formas, son subjetivos.

A diferencia de lo que ocurre en la Teoría de la Cinta de Piedra, la Memoria del Lugar permite acceder a un recuerdo impersonal [el hecho original] pero a través del tamiz de la percepción personal. No es el lugar ni los materiales de construcción los que proyectan el recuerdo, como si se tratara de una cinta, es la memoria del individuo, con su carga de subjetividad, quien accede al material de base, recordando, en cierta forma, un pasado que no experimentó [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]

La Memoria del Lugar se fundamenta en la noción de que la memoria humana roza o se complementa con las habilidades psíquicas. Sigmund Freud no llegó tan lejos, pero su concepto de reminiszenz [reminiscencia o recuerdo], en el contexto de la histeria, funciona de manera similar: ciertos recuerdos están enterrados en nuestro inconsciente, no queremos saber nada con ellos, sin embargo, necesitan expresarse, y lo hacen a través de determinados síntomas, del mismo modo en que un recuerdo traumático asociado a un lugar a veces se expresa emitiendo sonidos, moviendo objetos, etc. En este contexto, lo que experimentamos como paranormal es un síntoma, no la causa [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones»?]

La memoria humana, después de todo, quizás desempeñe un rol fundamental en percepción extrasensorial, actuando como canal o enlace, no solo con el lugar, sino con otras personas. En definitiva, cada vez que accedemos a nuestra memoria estamos moviéndonos a través del espacio y el tiempo.

No debemos confundir «memoria» con «recuerdo». El recuerdo es el material almacenado, la memoria es el acto de acceder a ese recuerdo; de ahí la posibilidad de que ciertos aspectos de la memoria no solo se extiendan a nuestros recuerdos personales, sino a los recuerdos [o impresiones] almacenados en un lugar físico.

La memoria humana está viva, encarnada, navega por un tiempo y un lugar pero no está limitada al ahora. Una persona escéptica podría argumentar, y con toda lógica, que los recuerdos son «huellas» tangibles, en el sentido de que tienen un correlato orgánico, que existen en el dominio físico del cerebro. Sin embargo, quizás exista una especie de sincronización entre nuestra memoria y la memoria de los lugares, huellas también, pero de un origen diferente.

Me gusta pensar que las emociones pueden ser absorbidas y retenidas por ciertos lugares, donde permanecen en estado latente hasta que otra memoria accede a ellas, no tanto reproducirlas, como ocurre con la Teoría de la Cinta de Piedra. Más aún, es lícito afirmar que la Memoria del Lugar y la Teoría de la Cinta de Piedra son puntos de vista opuestos, conceptualmente se basan en premisas diferentes. La última propone una presunta «grabación», físicamente tangible, es decir, incrustada en la composición física de una construcción o de un accidente geológico, como ocurre con el Genius Loci y otros ejemplos del folklore popular. En cambio, la Memoria del Lugar es orgánica, no se basa en registros o grabaciones, sino en recuerdos, huellas, reminiscencias, aspectos mucho más sutiles y que, por su propia naturaleza, son tan vagos y caprichosos como la memoria humana.




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Apariciones post-mortem.


Apariciones post-mortem.




«Quince apariciones he visto;
la peor, un abrigo colgado en una percha.»

[Las apariciones, W.B. Yeats]



Hace un tiempo en El Espejo Gótico hablamos de las apariciones de crisis, que podrían describirse como visiones de personas vivas en situaciones de enfermedad grave, agonía o peligro mortal. Las «apariciones post-mortem» son visiones de personas fallecidas, en general, poco después su muerte y comúnmente interpretadas como despedidas. Por otro lado, las apariciones post-mortem no tienen por qué ser perturbadoras para quien las experimenta, aunque a veces lo son [ver: Comunicaciones post-mortem]

Por «aparición» se entiende, a grandes rasgos, un fenómeno visible que se asemeja en su aspecto al ser humano que la proyectó. Es un término algo engañoso, al igual que «fantasma». entidad a la cual se le atribuye cierta perduración, como el típico fantasma que ronda por una casa en particular y puede ser visto durante muchos años. En cambio, las apariciones post-mortem se producen una sola vez, durante unos segundos, y en ocasiones manifiestan efectos físicos como mover objetos o interactuar con el entorno, cuestiones que normalmente se asocian al comportamiento de los fantasmas [ver: Señales de que hay un espíritu en casa]

Las apariciones, bueno, aparecen [lat. apparere, «mostrarse»], es decir, son fenómenos visuales que pueden incluir otras manifestaciones sensoriales subordinadas [oído, olfato, gusto y tacto].

Si bien se considera que las apariciones post-mortem no interactúan demasiado con el entorno físico, debemos ampliar esa definición para incluir fenómenos auditivos y olfativos, además de los visuales. Entre los sonidos asociados se encuentran pasos, golpes, y muy ocasionalmente voces,. Entre los aromas se encuentran olores fuertes, no necesariamente desagradables, asociados a la persona cuando estaba viva, como café, perfume, tabaco.

Escasean los casos en los que la aparición diga más que unas pocas palabras, casi siempre nombres propios o lugares, a veces en un tono cordial, otras con un timbre autoritario, incluso irritado. Menos infrecuentes son las experiencias táctiles, desde leves caricias en el rostro, abrazos, a fuertes golpes o tirones de ropa [ver: Cuando algo invisible te toca]

La enorme mayoría de las apariciones post-mortem se producen pocas horas después de la muerte de la persona, aunque esta ventana puede expandirse a días o incluso meses. Interactúan directamente con una o dos personas de su entorno, familiares o amigos cercanos, y suelen tener un propósito explícito, a veces simplemente despedirse, otras comunicar un mensaje.

Cuando se habla de fenómenos paranormales se suele dejar de lado a las apariciones post-mortem por considerarlas experiencias demasiado subjetivas, pero lo cierto es que, más allá de una vaga sensación de presencia, las dos experiencias más comunes durante el duelo son «oír» y «ver» al difunto. De hecho, el duelo parece ser el combustible que permite establecer tal enlace, habida cuenta que las apariciones tienden a disminuir en frecuencia después del primer año desde la pérdida. En cambio, la sensación de «presencia» puede persistir durante muchos años, incluso durante toda la vida [ver: Experiencia aparicional]

El momento más propicio para las apariciones post-mortem no suele coincidir con los instantes de dolor crudo y desgarrador tras la pérdida, no en los momentos de absoluta tristeza y desolación, sino más bien en la desorientación posterior que forma parte del inicio del duelo. El contacto es inesperado e involuntario, es decir, no tiene que ver con la intensidad del dolor ni con el deseo de volver a ver a la persona fallecida. Simplemente ocurre, y cuando ocurre suele ser una experiencia reconfortante.

La literatura parapsicológica es extensa en lo que refiere a las apariciones post-mortem, en parte porque estas experiencias podrían estar relacionadas con el uso o activación de la percepción extrasensorial, en parte porque los fenómenos físicos asociados [sonidos, movimiento de objetos, proyección de sombras] podrían implicar la utilización de psicoquinesis.

Las apariciones post-mortem pueden producirse en cualquier sitio, no solo en la casa donde vivió el difunto. En esencia, están asociadas a una persona. En lugar de ser vistas en el ámbito doméstico, o en sitios donde trabajaron, las apariciones se dirigen a las personas que conocieron en vida. No tienen un vínculo estrecho con los espacios físicos, como ocurre con los fantasmas. La parapsicóloga Louisa E. Rhine acuñó en 1957 el término: «tipo espectador» (bystander-type) para aquellas apariciones que son observadas por un tercero, un espectador, que no es el destinatario del mensaje. Algo así como un testigo casual.

A diferencia del fantasma de la literatura gótica: difuso, hecho de sombras y niebla, las apariciones post-mortem son de aspecto sólido, siendo muy similares o idénticas a la persona cuando estaba viva. Sin embargo, esta «solidez» es aparente, y no está sujeta a las leyes físicas que conocemos. Pueden aparecer y desaparecer en espacios cerrados o atravesar objetos sólidos sin problema.

Los fenómenos táctiles son raros, y nulos cuando son buscados por la persona viva. Los intentos de tocar una aparición cortan de cuajo la experiencia, pero a veces la diluyen progresivamente. Por ejemplo, la aparición se presenta con un obstáculo entre ella y el testigo [un mueble, el cristal de una ventana, una calle], o bien evita el contacto. Siempre parece estar fuera del alcance de la mano, como si uno se estirara indefinidamente, hasta que por fin desaparece en un punto inaccesible. Esto resulta difícil de imaginar, pero quizás las apariciones post-mortem traigan consigo una distorsión más o menos aguda en la percepción del testigo. Tanto es así que todavía se discute si se trata de un fenómeno externo o meramente mental.

En resumen, podría decirse que los parámetros de la experiencia, la forma en que el testigo percibe a la aparición, están determinados por su propio estado mental en el momento del evento, y hasta condicionado por las intenciones de la aparición.

Los fantasmas o entidades asociadas a un lugar físico pueden comportarse de forma [aparentemente] errática, confusa, como si existiera cierto grado de desorientación espacial, pero las apariciones post-mortem muestran un comportamiento que sugiere consciencia de su entorno. Se mueven en una habitación evitando muebles, realizan acciones deliberadas como girar la cabeza para seguir los movimientos de la persona viva, etc.

Los avistamientos de apariciones tienden a disminuir rápidamente en los días posteriores al deceso [si no ocurre pronto, es probable que no ocurra nunca]. De hecho, los casos de apariciones post-mortem después del año del fallecimiento son raros, y su intensidad [la claridad o nitidez con la que se manifiestan] también se reduce drásticamente. Sin embargo, con el tiempo aumenta la frecuencia de fenómenos más subjetivos, como sensaciones súbitas de tibieza, frío, aire, que a menudo son experimentadas como una forma de tacto [ver: Toques espirituales]

La variabilidad de estas experiencias, así como su carga de subjetividad, atentan contra cualquier intento de esbozar una teoría unificada. Algunos sostienen que las apariciones post-mortem no representan la totalidad de la persona fallecida, sino un impulso, un sentimiento, algo de su personalidad que perdura un tiempo en nuestro plano y busca comunicarse con las personas con las que tuvo un vínculo emocional. De modo tal que si alguien es visitado por su padre fallecido, el visitante es la suma de todos los aspectos paternales de la persona, esa faz que solo existe en relación al testigo, en este caso, un hijo.

Tal vez debido a esto las apariciones post-mortem parecen incapaces de improvisar, o al menos desplazarse lateralmente de sus intenciones de comunicación. No oyen razones, no responden preguntas ni cumplen solicitudes. Hacen lo que han venido a hacer: despedirse y hacernos saber que están bien.

También existe una diferencia entre una aparición post-mortem y esta especie de «huella» o «registro» [o recuerdo impreso] que las personas dejan en ciertos lugares donde vivieron. Hasta podría decirse que la parapsicología tuvo su origen en la idea de que los lugares pueden conservar de alguna manera la «huella» de personas y eventos del pasado. Después de todo, los fantasmas, espíritus y entidades que pueblan los bestiarios parapsicológicos son rebanadas del pasado. No se registran, que yo sepa, fantasmas del futuro [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]

A finales del siglo XIX, la investigadora Eleanor Sidgwick propuso que existe «algo» en los espacios físicos habitados por personas, una «influencia sutil» que sirve de plataforma para que se produzca la aparición. Más que combustible, sería algo así como un sucesivo registro de impresiones que se extraen y consolidan para dar forma visible a la aparición. Estas ideas fueron la base para la teoría de la Cinta de Piedra, algo diferente, la cual propone que las apariciones vistas repetidamente, en patrones regulares, en un sitio determinado, son activaciones bruscas de energía residual almacenada. En otras palabras, las apariciones podrían ser fragmentos del pasado que han quedado grabados en el lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]

Las apariciones post-mortem no se comportan de esta manera. No son fenómenos repetitivos, no siguen un patrón, y son conscientes del entorno, aunque sí se producen con mayor frecuencia en lugares donde pudo haber quedado algún tipo de rastro, vestigio o huella de la persona cuando estaba viva. Tampoco hablamos aquí de huellas de eventos traumáticos, como a menudo se expone en la ficción. Los registros de emociones que la persona viva va dejando impresos son sutiles y automáticos, como huellas dactilares en una copa.




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«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.


«La dama de Rosemount»: T. G. Jackson; relato y análisis.




«Una vaga sensación de influencia lo invadió:
alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído:
Eres mío



La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount) es un relato gótico del escritor inglés T. G. Jackson —Thomas Graham Jackson (1835-1924)—, publicado originalmente en la antología de 1919: Seis historias de fantasmas (Six Ghost Stories).

La dama de Rosemount, uno de los cuantos de T. G. Jackson más reconocidos, relata la historia de Henry Charlton, un joven estudiante de Oxford que decide pasar las vacaciones en una residencia recientemente adquirida por su tío, sir Thomas Wilmot, conocida como Abadía de Rosemount.

La abadía data del siglo XII, y fue hogar de monjes benedictinos, por lo que el joven Henry, aficionado al oficio de anticuario, se siente fascinado por su historia y arquitectura. Mientras explora la capilla con sus primos descubre una tumba escondida entre la maleza, encima de la cual se encuentra una estatua, entre hermosa e inquietante, de la condesa Alianora.

Henry ya había descubierto algunos indicios de la condesa en los vitrales de la casa, cuyas inscripciones en latín hablan de una misteriosa mujer acompañada por la imagen de «la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida». Entre las inscripciones [sobre las cuales T. G. Jackson no proporciona una traducción], puede leerse: QVALITER DIABOLVS TENTAVIT COMITISSAM ALI..., que puede traducirse como: «Sobre cómo el diablo tentó a la condesa Ali...». La inscripción está rota, pero más adelante quedará claro que se trata de la condesa Alianora.

Otras inscripciones son: HIC COMITISSA TENTATA A DI... [«aquí la condesa es tentada por di... [¿diavolus?, «diablo»]. En otra imagen «se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda»: HIC FRATER PAVLVS DAT COMI... [«aquí el hermano Pablo da...»]. La última imagen representa a «una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía»: HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST [«aquí la condesa es absuelta por el Papa»].

Finalmente, en la tumba de la condesa puede leerse: HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ MISEREATVR DEVS [«aquí yace Alianora, condesa pecadora que fue destruida en el año de nuestro señor 1350 por la misericordia de Dios»].

Henry se siente «fascinado y repelido» por la estatua de la condesa, tanto es así que, ya de noche, visita su tumba y tiene una visión donde ella lo incita a acercarse más, lo besa y establece una especie de enlace psíquico [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

No queda claro cuál fue el pecado de Alianora, pero debió ser considerable debido a que, para obtener el perdón papal, hizo construir la abadía. También es evidente que ella continuó con sus actividades profanas, habida cuenta que en su tumba se dice que fue «destruida» por «la misericordia de Dios». Podría tratarse de una vampiresa, aunque la presencia de diablo en las imágenes puede interpretarse como una sugerencia de brujería.

La dama de Rosemount es una historia algo densa, lenta, donde ocurre poco, pero intensamente gótica en la trama y el escenario. T. G. Jackson, que además era arquitecto y anticuario, sigue la fórmula planteada por M. R. James [también anticuario], en la cual establece dos condiciones para una buena historia de fantasmas. La primera es que transcurra en la vida cotidiana, y la segunda es que el fantasma debe ser maligno. Jackson no transgrede ninguna de las dos, aunque la «vida cotidiana» de un inglés adinerado de comienzos del siglo XX sea bastante diferente de la nuestra [ver: El ABC de las historias de fantasmas]




La dama de Rosemount.
The Lady of Rosemount, T. G. Jackson (1835-1924)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Así que, Charlton, vas a pasar parte de las vacaciones en la Abadía de Rosemount. ¡Qué envidia! Es un lugar encantador, y lo pasarás de maravilla.

—Sí —dijo Charlton—, tengo muchísimas ganas. Nunca la he visto; sabes que mi tío la adquirió hace poco y se mudaron allí la Navidad pasada. Había olvidado que la conocías y que habías estado allí.

—¡Ah! No la conozco muy bien —dijo Edwards—. Pasé unos días allí hace un par de años con el anterior propietario. Te va a encantar porque te apasionan las abadías antiguas y las ruinas, y encontrarás suficiente allí para satisfacer a toda la Sociedad de Anticuarios, además de a ti mismo. ¿Cuándo vas?

—Muy pronto. Tendré que estar en casa una semana o así después de ir. Y luego creo que mi tío me esperará en Rosemount. ¿Qué piensas hacer?

—Bueno, la verdad es que no sé. Nada del otro mundo. Quizás haga una escapada al extranjero más adelante. Pero tendré que leer porque el próximo trimestre me toca Literatura Inglesa. Por cierto, es posible que ande por ahí cerca. Tengo amigos cerca de Rosemount que quieren que pase parte de las vacaciones allí.

—De acuerdo —dijo Charlton—, no olvides venir a verme. Mientras tanto, adiós, viejo, y buena suerte.

Charlton se quedó un rato en la ventana, mirando el patio de su universidad. El trimestre en Oxford acababa de terminar y los chicos bajaban rápidamente. Los coches esperaban en la puerta, los muchachos bajaban ruidosamente las escaleras con maletas y demás parafernalia juvenil, los amigos se estrechaban la mano y se despedían. En unas horas la universidad estaría vacía, y la soledad la envolvería durante cuatro meses, interrumpidos solo por visitantes ocasionales, nativos o transatlánticos. La huida de los muchachos sería seguida por la de los profesores a todas partes de Europa o más allá; la residencia quedaría desierta y el portero reinaría supremo sobre una vasta soledad.

Charlton no debía bajar hasta la mañana siguiente. Cenó en el comedor con otros tres o cuatro hombres, los únicos supervivientes de la multitud, y luego se retiró a sus aposentos para terminar de empacar. Hecho esto, se sentó en el alféizar de la ventana mirando hacia el patio. Era una noche espléndida; la luz de la luna dormía sobre la hierba y plateaba las paredes grises y las ventanas, mientras que la capilla y el salón estaban sumidos en una sombra impenetrable. Todo estaba tan silencioso como la muerte; ningún sonido del mundo exterior penetraba el recinto, y para la bulliciosa colmena de hombres en su interior, reinaba ahora el silencio de un desierto. Quizás no haya lugar donde el silencio y la soledad se puedan sentir con mayor intensidad que en el interior de un colegio de Oxford en época de vacaciones, y había algo en la escena que atrajo al temperamento del joven que la contempló.

Henry Charlton era hijo único. Su padre había fallecido cuando era niño, y su madre, destrozada por el dolor, había renunciado a la vida social y llevaba una vida muy apartada en el campo. En Winchester y Oxford, naturalmente, se relacionó con los demás y entabló amistades, pero su vida familiar era algo sombría y su círculo social, limitado. Creció como un joven reservado y retraído, con pocas amistades, aunque las que formó eran sinceras y sus afectos, fuertes. Su temperamento —poético y teñido de melancolía— lo inclinaba naturalmente hacia el romanticismo, y desde temprana edad se deleitaba con la arqueología, la heráldica y las leyendas. En la escuela y la universidad, disfrutaba de la arquitectura antigua que lo rodeaba. Sus gustos incluso lo llevaron más allá, al ámbito de la investigación psíquica y las dudosas revelaciones del espiritismo; aunque una sana vena de escepticismo lo salvó de sumergirse profundamente en esos laberintos.

Sentado junto a la ventana, la escena familiar adquirió un aire romántico. El silencio se apoderó de su alma; las ventanas, donde solía brillar una luz acogedora a través de las cortinas rojas, invitando a la visita, ahora estaban ciegas y oscuras; el misterio envolvía las conocidas paredes; parecían un lugar para los muertos, ya no una morada para los vivos, de los cuales él podría ser el último superviviente. Finalmente, levantándose de su asiento y riéndose a medias de sus propias fantasías, Henry Charlton se fue a la cama.

Unas semanas después, bajó del tren en la pequeña estación rural de Brickhill, en Northamptonshire, y mientras el mozo recogía sus pertenencias, esperó el carruaje.

—¡Hola! Harry, aquí estás —dijo una voz a sus espaldas, y al darse la vuelta, su primo, Charley Wilmot, lo saludó efusivamente.

Un coche los esperaba, y en cinco minutos partieron, recorriendo a toda velocidad una de las anchas carreteras de Northamptonshire, con una generosa extensión de césped a cada lado entre los setos y los árboles que bordeaban la tierra. El país era nuevo para Henry Charlton, y lo observaba con interés. La finca de Rosemount había llegado recientemente, y de forma inesperada, tras la muerte de un pariente lejano de su tío, Sir Thomas Wilmot, y la familia apenas había tenido tiempo de instalarse. Su primo, Charley estaba entusiasmado con la novedad del lugar y el encanto de la abadía.

—Te lo aseguro, es un lugar destartalado —dijo—, lleno de rincones y recovecos extraños, y están las ruinas de la iglesia con todo tipo de objetos antiguos por ver; pero tendrás tiempo de sobra para explorarlo todo. Aquí estamos, ahí está mi padre esperándote en la puerta del salón.

Entraron por una verja y subieron por una avenida al final de la cual Henry pudo ver un viejo conjunto de gabletes de piedra, ventanas con parteluces, enormes chimeneas y un amplio portal arqueado, amablemente abierto, donde Sir Thomas esperaba para recibir a su sobrino.

Habían pasado algunos años desde que Henry había visto a sus parientes, y se alegraba de estar con ellos de nuevo. Una casa llena de primos animados, algo más jóvenes que él, le había proporcionado en el pasado un agradable cambio respecto a su propio hogar, bastante melancólico, y esperaba con ilusión recuperar la cercanía. Su joven primo Charley acababa de terminar sus estudios en Eton y comenzaría la universidad en octubre. Las niñas, Kate y Cissy, habían crecido mucho desde que él jugaba con ellas en la guardería y ya eran demasiado mayores para recibir besos. Sus tíos se mostraron tan amables como siempre, y después de que él respondiera a sus preguntas sobre su madre y les contara su tranquilo viaje, todos se dirigieron al jardín, donde les esperaba el té bajo los árboles. Fue entonces cuando Henry vio por primera vez parte de la Abadía de Rosemount.

Esta antigua fundación, de Sanctus Egidius in Monte Rosarum, había sido una casa benedictina del siglo XII, que tras la Disolución de los monasterios fue concedida a un favorito real, quien la desmanteló parcialmente y la convirtió en su residencia. Sus descendientes, en tiempos de Jacobo I, derribaron gran parte de los edificios conventuales y sustituyeron las incómodas celdas de los monjes por una estructura más confortable, al estilo de la época. Sin embargo, muchos fragmentos de la abadía se incorporaron a la casa posterior. El refectorio de los monjes se conservó y constituía el gran salón de la mansión, con su bóveda y sus ventanas caladas, en las que aún se conservaban algunos de los antiguos vitrales. La cocina del abad seguía abasteciendo la mesa de Sir Thomas, y entre las dependencias y otros lugares se encontraban partes de los edificios domésticos. Al norte del refectorio, según el plano benedictino habitual, se encontraba el claustro y, más allá, la iglesia, situada a un nivel ligeramente inferior, debido a la inclinación del terreno desde la cima del Monte de las Rosas, sobre la que se había construido la parte habitable del convento. Del claustro quedaba lo suficiente, aunque muy deteriorado y en ruinas, para mostrar lo que había sido, pero la mayor parte de la iglesia fue destruida para aprovechar sus materiales cuando se construyó la casa jacobina. Sin embargo, una parte considerable de la nave seguía en pie, incluso con su bóveda intacta, y del resto, se conservaba suficiente de la parte inferior de los muros para mostrar que la iglesia había sido de un tamaño considerable, aunque no comparable a las grandes construcciones.

Henry Charlton, con la mirada ávida de un anticuario, contempló la abadía mientras tomaba su té y tostadas con mantequilla a la sombra de los olmos que bordeaban el jardín de ese lado de la casa. Pero tuvo que contener su impaciencia por visitar las ruinas, pues después del té sus primos insistieron en jugar al tenis, una partida que se prolongó hasta la hora de la cena, y después de cenar ya era demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para explorar.

Cenaron en el gran salón, que antaño fue el refectorio de los monjes, pero no demasiado grande para las comodidades modernas, ya que la abadía había sido una de las casas más pequeñas de la Orden y el número de miembros de la hermandad era limitado. Henry estaba encantado y no podía contener su entusiasmo.

—¡Ah! —dijo su tía—, recuerdo que tu madre me contó que te apasionaban la arquitectura y las antigüedades. Pues bien, aquí tendrás de sobra para disfrutar de ellas. Por mi parte, a menudo añoro un poco más de comodidad moderna.

—Pero, querida tía —dijo Henry—, hay tantas cosas que compensan las pequeñas incomodidades de vivir en este precioso lugar que podrían olvidarse.

—¿Y tú qué sabes de tareas domésticas? —dijo su tía—, me gustaría que escucharas a la señora Baldwin, el ama de llaves, hablar sobre el tema. Cómo se esfuerza subiendo una escalera solo para tener que bajar otra. La casa, dice ella, tiene escaleras innecesarias y pasillos torcidos que podrían haber sido rectos, y a las criadas les llevó quince días aprender el camino a la despensa.

—Es inútil, madre —dijo Charley—, nunca lo convencerás. Le gustaría que volvieran esos viejos monjes y ser uno de ellos, con una capucha grasienta en la cabeza y sandalias en los pies, y sin nada que comer más que hierbas bañadas en agua.

—¡No, no! —dijo Henry, riendo—, no los quiero de vuelta, pues estoy muy a gusto con mi compañía actual. Pero confieso que me gusta imaginar a los hombres que construyeron y vivieron entre estas viejas paredes; creo que soñaré con ellos esta noche.

—Bueno, Harry —dijo su tío—, puedes soñar con ellos cuanto quieras, siempre y cuando no los traigas de vuelta para echarnos. Y tendrás toda la oportunidad, pues dormirás en una parte del antiguo convento que los constructores de la abadía, al construir la casa moderna, respetaron; y quién sabe si el fantasma de su antiguo ocupante no te volverá a visitar sus antiguos aposentos.

Harry rió mientras se levantaban de la mesa y dijo que confiaba en que su visitante no lo trataría como a un intruso.

El largo día de verano les había permitido terminar de cenar a la luz del día, y aún había suficiente luz para ver las antiguas vidrieras. Estaban muy fragmentadas, y ninguna de las imágenes era perfecta. En una de las luces pudieron distinguir parte de una figura femenina ricamente vestida; sostenía algo que se había roto, y junto a ella se encontraba la mitad inferior de un demonio inconfundible, con piernas peludas y pezuña hendida. La leyenda debajo decía así, con la última palabra incompleta:

QVALITER DIABOLVS TENTAVIT C OMITISSAM ALI...

La siguiente vidriera era aún más imperfecta, pero mostraba parte de la misma figura femenina en plena acción, con el fragmento de una leyenda:

HIC COMITISSA TENTATA A DI...

Otras partes, evidentemente de la misma historia, permanecían en la siguiente vidriera, pero eran demasiado fragmentarias para comprenderse. En una de ellas se veía un trozo de la figura de un monje y parte de una leyenda:

HIC FRATER PAVLVS DAT COMI...

La última de todas era bastante perfecta. Representaba a una mujer vestida de negro, sosteniendo en su mano una pequeña maqueta de una iglesia. Estaba arrodillada, postrada ante el Papa, quien estaba sentado y extendía la mano en señal de bendición. La leyenda debajo decía:

HIC COMITISSA A PAPA ABSOLVTA EST.

Henry estaba muy interesado y quería saber la historia de la condesa pecadora; pero ninguno de los presentes pudo contársela, de hecho, ninguno le había prestado mucha atención al espejo hasta entonces. Sir Thomas había intentado una vez averiguar la identidad de la condesa, pero con escaso éxito, y pronto había abandonado la búsqueda.

—Tienes un problema de antigüedades que resolver, Harry —dijo—, pero no sé dónde buscar la solución. Los anales de Rosemount son muy incompletos. En los que están a mi alcance no pude encontrar nada relacionado con el tema.

—Me temo, señor —dijo Harry—, que si usted fracasó, yo tampoco tendré éxito, pues solo soy un humilde anticuario y no sabría por dónde empezar. Me parece, sin embargo, que la historia debía tener algo que ver con la historia de la Abadía, y que su suerte estaba ligada a la malvada Condesa, o los monjes no habrían expuesto su relato en sus vidrieras.

—Bueno, entonces, ahí tienes una pista para investigar —dijo su tío—, y ahora reunámonos con las damas.

La habitación donde Henry Charlton iba a dormir estaba en la planta baja, en un rincón de la casa, y daba al claustro y a la iglesia abacial en ruinas. Era, como había dicho su tío, una reliquia de la parte doméstica de la Abadía, y cuando se despidió de su primo Charley, quien lo acompañó hasta allí, observó la habitación con gran interés. Era de buen tamaño, con techo bajo y enormes vigas negras entre las viguetas. La pared era tan gruesa que había espacio para un pequeño asiento en el hueco de la ventana a cada lado, al que se accedía por un escalón, ya que el alféizar estaba bastante alto. Frente a la ventana se abría una amplia chimenea con soportes para leña y un montón de cenizas sobre el hogar. Las paredes estaban revestidas de roble hasta el techo y el suelo, donde no estaba cubierto de alfombras, era del mismo material, pulido hasta brillar. Salvo por los sanitarios de la civilización moderna, la habitación permanecía inalterada desde que el último hermano del convento la abandonó para no volver jamás.

Henry intentó imaginarse a su predecesor; lo imaginó sentado a la mesa, leyendo o escribiendo, o de rodillas rezando; en su sencilla estantería habrían estado sus pocos libros y manuscritos, prestados de la biblioteca del convento, a los que debía devolverlos cuando se reunían una vez al año, bajo severa pena en caso de pérdida o daño. Mientras yacía en su cama, Henry intentó imaginar qué habría pensado si él mismo hubiera sido aquel personaje fantasmal cinco siglos atrás; se imaginó en el coro de la gran iglesia; oyó el sonoro canto gregoriano de una veintena de voces graves y varoniles, resonando en la bóveda y haciendo eco por las naves; vio las vestiduras bordadas, las luces que brillaban con mayor claridad a medida que la penumbra del atardecer envolvía la arcada y el triforio en tinieblas y misterio, y convertía en oscuridad las históricas vidrieras que poco antes resplandecían con los colores del zafiro, el rubí y la esmeralda. Satisfecho con estas fantasías, permaneció despierto hasta que el reloj dio las doce y entonces, insensiblemente, la visión se desvaneció y se quedó dormido.

Su sueño no fue tranquilo. Varias veces se despertó a medias, solo para volver a dormirse y retomar el hilo de un sueño tedioso que lo desconcertaba y preocupaba, pero que no lo llevaba a ninguna conclusión. Al amanecer, despertó del todo e intentó reconstruir los fragmentos que recordaba, pero no logró recordarlos todos. Le pareció ver al monje sentado a la mesa tal como lo había imaginado la noche anterior. El monje no estaba leyendo, sino que hojeaba unas botellitas que sacaba de un estuche de cuero, y parecía estar esperando a alguien o algo. Entonces, en su sueño, Henry imaginó que alguien llegaba y que algo sucedía, pero no recordaba qué era, y del visitante no recordaba nada, salvo que sentía que había una personalidad presente, pero no lo suficientemente visible como para ser reconocida; más una impresión que un hecho. Sin embargo, recordaba una mano extendida hacia la figura sentada y los objetos que sostenía. No podía recordar con claridad nada más, pero la misma figura se repetía cada vez que se dormía con una postura ligeramente diferente, aunque sin mayor nitidez. El monje podía explicarlo con los pensamientos que había tenido la noche anterior, pero respecto al incidente de su sueño, si es que a un asunto tan vago se le podía llamar incidente, no encontraba ninguna explicación.

La luminosa mañana de verano y la alegre reunión en el desayuno pronto borraron el recuerdo del sueño. Después había que ver los caballos y los perros, y visitar el jardín, y no fue hasta la tarde que sus primos le permitieron satisfacer su anhelo de visitar las ruinas de la iglesia y el claustro. Allí fueron todos juntos. El césped del claustro estaba bien cortado y cuidado, y aquí y allá, apenas sobresaliendo del verde prado, se encontraban las piedras que marcaban los lugares de descanso de la hermandad. Parte del claustro conservaba sus ventanas caladas y su bóveda, y en las paredes estaban inscritos los nombres de abades y monjes cuyos huesos yacían bajo el pavimento. Al final del pasillo occidental, una puerta finamente esculpida conducía a la nave de la iglesia, la parte más antigua del edificio, construida cuando la tosca arquitectura normanda comenzaba a transformarse en un estilo más refinado. Henry estaba extasiado y juró que ni Fountains ni Rievaulx podrían mostrarle nada más perfecto. Las chicas se alegraron al ver que apreciaban sus partes favoritas del edificio y lo guiaron de un punto a otro, decididas a que no se perdiera nada.

—Y ahora —dijo Cissy—, tienes que ver lo mejor de todo, ¿verdad, Kate? No se lo enseñamos a todo el mundo por miedo a que los extraños hagan alguna travesura.

Dicho esto, abrió una puerta en la pared lateral y los condujo a una capilla funeraria construida entre dos de los grandes contrafuertes de la nave lateral. Era, en efecto, una joya arquitectónica del gótico más puro del siglo XIV, y Henry quedó absorto ante su belleza. Las delicadas tracerías de la pared y el techo estaban talladas con un acabado similar al marfil, y aunque algo manchadas por el paso del tiempo, ya que las ventanas habían perdido sus cristales, conservaban toda su nitidez. Parte del muro exterior se había derrumbado, la maleza y la hiedra habían invadido y cubierto parcialmente el suelo, y una espesa masa de vegetación se amontonaba bajo las ventanas, contra la mampostería.

—¡Qué lástima que este precioso lugar se haya convertido en semejante desastre! —dijo Henry—, Nunca he visto nada más bello.

—Bueno —dijo Charley—, no tardaríamos mucho en deshacernos de toda esta basura. ¿Qué te parece si nos ponemos manos a la obra?

Mientras las chicas observaban, los dos hombres buscaron herramientas de jardinería y cortaron, desbrozaron y arrancaron la maleza, la hiedra y las zarzas, que arrojaron por la abertura en el muro, logrando pronto una limpieza parcial. Henry había comenzado con la masa que se alzaba a la altura del pecho junto a la ventana, cuando una exclamación repentina hizo que los demás lo miraran. Miraba fijamente la masa de vegetación, de la que había retirado la capa superior, con una expresión de asombro que atrajo a los demás. De entre la hiedra, los miraba un rostro: el de una hermosa mujer, con el cabello recogido en elegantes mechones y sujeto por una esbelta corona.

Era evidente que bajo el montón de vegetación se encontraba una tumba con una efigie que había permanecido oculta durante mucho tiempo, y cuya existencia se había olvidado. Cuando se hubo retirado el resto de la vegetación, apareció una tumba-altar sobre la cual yacía la figura de alabastro de una mujer. Los lados llevaban escudos heráldicos y evidentemente habían estado coloreados. La figura estaba exquisitamente modelada, obra de un escultor de gran talento; las manos estaban cruzadas sobre el pecho. Pero con la cabeza el artista se había superado a sí mismo. Era un triunfo de la escultura. Los rasgos eran de una belleza perfecta, regulares y clásicos, pero había algo en ella que iba más allá de la belleza, algo parecido a la vida, algo que parecía responder a la mirada del observador y atraerlo inconscientemente, quisiera o no.

El grupo se quedó mirando la figura en una especie de fascinación. Finalmente, Kate, la mayor, se apartó con un ligero escalofrío y dijo:

—¡Oh! ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa? Siento como si algo estuviera mal; es demasiado hermosa; no me gusta. Ven, Cissy —y sacó a su hermana de la capilla con una especie de temblor.

Charley las siguió, y Henry se quedó solo con la mirada fija en el hermoso rostro. Mientras lo observaba, parecía leer un nuevo significado en los fríos rasgos de alabastro. La boca, aunque perfectamente serena, parecía expresar una cierta sátira velada. Los ojos estaban representados como abiertos, y parecían mirarlo con una curiosidad divertida. Había una diablerie en toda la figura. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera apartar la mirada del rostro que parecía comprender y devolverle la suya, y no sin un esfuerzo titánico finalmente se apartó. Los rasgos de la imagen parecían haberse grabado a fuego en su cerebro, y permanecer allí indeleblemente, ya fuera con placer o no, no podía decidirlo, pues mezclado con una extraña atracción e incluso fascinación, era consciente de una corriente subterránea de terror, y hasta de aversión, como a algo impuro. Mientras se alejaba, su mirada se posó en una inscripción en letras góticas alrededor del borde de la losa sobre la que yacía la figura.

HIC JACET ALIANORA COMITISSA PEC’CATRIX
QVÆOBIIT ANO DNI MCCCL CVIVS ANIMÆ
MISEREATVR DEVS.

Copió el epitafio en su cuaderno, comentando que difería de la fórmula habitual, y luego, tras cerrar la puerta de la capilla, siguió a sus primos de vuelta a la casa.

—Bueno, por fin están aquí —dijo Lady Wilmot cuando Charley y sus hermanas aparecieron—. ¡Cuánto tiempo han pasado en las ruinas! El té se está enfriando. ¿Y qué han hecho con Harry?

—¡Ay, mamá! —exclamó Cissy—, ¡menuda aventura hemos tenido! ¿Recuerdas esa pequeña capilla que tanto nos gusta? Pues bien, pensamos que necesitaba un arreglo, así que quitamos la maleza y la basura, ¿y qué crees que encontramos? ¡La estatua más hermosa que jamás hayas visto! Dejamos a Harry mirándola como si se hubiera enamorado de ella.

—¡Por Júpiter! —exclamó Charley—, igual que el viejo Pigmalión, que se enamoró de una estatua y consiguió que Venus le diera vida.

—No digas eso, Charley —dijo Kate—. Hay algo inquietante en ella, no sé qué es, pero me alegré mucho de alejarme.

—Sí, madre —dijo Cissy—, Kate le tenía bastante miedo y me arrastró lejos, justo cuando yo deseaba mirarla, porque nunca habías visto nada tan hermoso.

—Pero hay algo que he notado, padre —dijo Charley—, que creo que merece atención. Una grieta importante en esa hermosa bóveda sobre la capilla, que parece peligrosa, y creo que deberían enviar al párroco a que la revise.

—Gracias, Chancy —dijo Sir Thomas—. Lamentaría que le ocurriera algo a esa parte del edificio, pues los arqueólogos me dicen que es la estructura más perfecta de su tipo en Inglaterra. El párroco está ocupado con otros asuntos los próximos días, pero me aseguraré de que la revisen la semana que viene. Por cierto, esta noche tendremos otra visita. ¿Se acuerdan del amigo de la universidad de Harry, el señor Edwards? Oí que se alojaba en casa de los Johnston, así que le pedí que viniera unos días mientras Harry está con nosotros. Creo que ahí viene.

Edwards ya conocía a los Wilmot, y pronto lo invitaron a tomar el té, después a jugar al tenis, deporte en el que se había ganado una gran reputación.

Harry Charlton no apareció hasta que todos estuvieron reunidos en el salón antes de la cena. Al salir de la abadía, lo invadió una aversión a la animada vida social. Sentía un extraño cosquilleo en los nervios; presentía que algo inusual se avecinaba, como si hubiera traspasado una barrera y cerrado la puerta tras de sí, entrando en una nueva vida donde le aguardaban experiencias insólitas. No encontraba explicación. Intentó descartar el hallazgo de la estatua como un mero descubrimiento arqueológico, interesante tanto por su historia como por su valor artístico; pero no le bastaba. Aquel rostro, con su expresión enigmática, lo obsesionaba y no podía ignorarlo. Intuía que aquello no era el final de la aventura; que, de alguna manera misteriosa, aquella mujer muerta había tocado su vida, y que aún quedaba mucho por descubrir. A ese algo más aspiraba con la misma indefinible mezcla de atracción y repulsión que había sentido en la capilla al contemplar aquellos rasgos puros de alabastro. Debía de estar solo. En ese momento no podía retomar la rutina de la vida cotidiana, así que emprendió un paseo por campos y bosques para tranquilizarse y poder reunirse con sus amigos por la noche con serenidad. Un buen tramo de diez millas le ayudó a recuperar su ánimo habitual. Se alegró de encontrar a su amigo Edwards, de cuya llegada no le habían avisado, y cuando se sentó a la mesa junto a su tía, su comportamiento fue de lo más normal.

La conversación durante la cena giró, naturalmente, en torno al descubrimiento realizado esa tarde. Resultaba singular que una obra tan extraordinaria hubiera caído en el olvido, y que la Sociedad Arqueológica de Northamptonshire, que contaba entre sus filas con tantos anticuarios entusiastas, la hubiera pasado por alto. La sociedad había celebrado reuniones en las ruinas, se habían leído y publicado artículos sobre ellas, se habían realizado planos y se habían dibujado ilustraciones de diversas partes del edificio, incluida la capilla. Pero no había ninguna mención ni indicación del monumento, ni en el texto ni en las láminas. Extraño que a nadie se le hubiera ocurrido indagar en aquella maraña de zarzas que lo ocultaba, hasta ese mismo día.

—Mañana mismo debo ir a primera hora —dijo Sir Thomas—, a ver su maravilloso descubrimiento. Lo siguiente será averiguar quién era esa bella dama.

—Creo que puedo decírselo, señor —dijo Henry, hablando casi por primera vez—, y creo que ayuda a resolver el misterio de la pecadora condesa de las vidrieras de enfrente, que nos desconcertó anoche.

Todas las miradas se dirigieron a los fragmentos de vidrieras de las ventanas del vestíbulo mientras Henry continuaba.

—En la primera vidriera, el diablo tienta a la condesa ALI..., cuyo nombre se ha perdido. Pues bien, en la tumba hay un epitafio que completa la parte que falta. Es la condesa Alianora; no se menciona ningún otro título. Pero quienquiera que fuera, la dama cuya tumba encontramos es la misma que la dama cuyas aventuras se representaban en las vidrieras.

—Ahora lo entiendo —interrumpió Kate—, por qué estaba asustada en la capilla. Era una mujer malvada, y algo me lo decía, y me hacía querer alejarme de ella.

—Bueno —dijo Lady Wilmot—, esperemos que se haya reformado y haya tenido un buen final. Verá, fue a Roma y el Papa la absolvió.

—Sí, pero apuesto a que no obtuvo la absolución por nada —dijo Charley—. Solo mírela y verá que tiene una iglesia en la mano. Tenga por seguro que le perdonaron sus malas acciones a cambio de sus donaciones a la Abadía de Rosemount; y me atrevo a decir que reconstruyó gran parte de ella y, entre otras cosas, su propia capilla.

—Charley —dijo Edwards—, debería ser abogado; presenta un caso tan sólido para la acusación.

—En cualquier caso —dijo Sir Thomas—, Charley nos da una buena pista para nuestra investigación. Revisaré las antiguas escrituras e intentaré averiguar qué conexión, si la hay, existía entre la Abadía de Rosemount y una condesa Alianora de un lugar desconocido.

El resto de la velada transcurrió con normalidad. Algunos amigos de las casas vecinas se unieron a la fiesta; hubo un pequeño baile improvisado, y ya era casi medianoche cuando se retiraron a descansar. Henry se había divertido como los demás y olvidó la aventura de la tarde hasta que se encontró de nuevo, solo, en la celda monástica, contemplando la abadía en ruinas. Fue entonces cuando, por primera vez, recordó el sueño de la noche anterior; se preguntó si tendría alguna relación con su experiencia en la capilla. El sueño parecía simplemente una de esas fantasías con las que todos estamos familiarizados, carente de significado.

Sin embargo, no estaba destinado a descansar en paz. Esta vez, su sueño le mostró al mismo monje; lo reconoció por sus rasgos toscos y cejas pobladas, pero se encontraba en la nave de una iglesia, y en los enormes pilares redondos y la austera arquitectura de los arcos y el triforio, Henry reconoció la nave de la Abadía de Rosemount, no como ahora, en ruinas, sino abovedada e intacta. Era casi de noche, y el coro tras el púlpito estaba sumido en la penumbra, en medio de la cual brillaban algunas luces frente al altar mayor y los diversos santuarios. El monje sostenía algo pequeño en la mano y, evidentemente, como la noche anterior, esperaba a alguien o algo. Por fin, Henry se dio cuenta de que ese alguien había llegado. Una figura sombría, vestida de negro, salió rápidamente de detrás de un pilar y se acercó al monje. Intentó en vano descubrir qué era aquella figura. Lo único que pudo ver fue que, tal como había sucedido la noche anterior, una mano se extendió y tomó algo del monje, que rápidamente escondió entre los pliegues de la tela que cubrían a la figura. La mano, sin embargo, se veía con mayor claridad esta vez. Era la mano de una mujer, blanca y delicada, y una joya brillaba en su dedo. La escena le produjo un terror sordo, como si temiera alguna calamidad desconocida o algún crimen del que hubiera sido testigo, y se despertó sobresaltado, empapado en sudor.

Se levantó y paseó de un lado a otro por su habitación, y luego miró por la ventana. Era una luz de luna brillante, que proyectaba fuertes sombras de los muros derruidos sobre el tranquilo claustro donde los monjes de antaño dormían plácidamente hasta que la última y temible llamada los despertara. La luz caía de lleno sobre los antiguos muros de la nave y acariciaba con la magia del misterio los delicados tracerías de la capilla donde yacía la condesa Alianora. Su rostro apareció fugazmente en su memoria, con su expresión enigmática, mitad atractiva, mitad repulsiva, y un deseo irresistible lo impulsó a verla de nuevo. Su ventana estaba abierta y el suelo a pocos metros de distancia. Se vistió apresuradamente y salió. Todo estaba en silencio; la naturaleza parecía dormida, ni una brisa movía los árboles ni agitaba la hierba mientras avanzaba lentamente por el claustro: su mente se encontraba en un extraño estado de excitación nerviosa; casi estaba en trance mientras avanzaba hacia la nave, donde las sombras de las columnas y los arcos se proyectaban negras sobre el pavimento roto.

Se detuvo un instante ante la puerta que conducía a la capilla y luego entró como en un sueño, pues todo le parecía irreal, y él mismo un mero fantasma. Finalmente, se detuvo junto a la tumba y contempló el hermoso rostro que lo había hechizado por la tarde. La luz de la luna caía sobre él, dotándolo de un misterio y un encanto sobrenaturales. Su belleza era indescriptible: jamás había concebido nada tan hermoso. La extraña expresión semisatírica que había percibido por la tarde había desaparecido; en sus facciones solo se desprendía dulzura y seducción. Un impulso apasionado lo invadió, se inclinó y la besó en los labios. ¿Era fantasía o era real, aquellos labios suaves y llenos de vida que parecían encontrarse con los suyos? No lo sabía: un éxtasis delirante lo transportó, la escena se desvaneció ante sus ojos y se desplomó en el suelo, desmayado.

Nunca supo cuánto tiempo estuvo tendido. Cuando recobró el conocimiento, la luna se había puesto y estaba sumido en la oscuridad. Un terror indefinible se apoderó de él. Se puso de pie con dificultad, salió corriendo de la abadía, huyó a sus aposentos, entró a los tropezones por la ventana y se arrojó jadeando sobre la cama.

Henry Charlton fue el último en aparecer a la mañana siguiente en la mesa del desayuno. Estaba pálido y desanimado, y le costó mucho esfuerzo participar en la conversación sobre qué hacer ese día. Después del desayuno, alegó dolor de cabeza y se retiró a la biblioteca con un libro, mientras los demás se dedicaban a diversos pasatiempos o tareas. Las chicas estaban en el jardín, donde encontraron al viejo Donald, el jardinero, que había pasado toda su vida en Rosemount y para quien el jardín era tanto suyo como de su amo, o quizás incluso más.

—Sí, jovencita —decía—, las malas hierbas crecen muchísimo con este buen tiempo, y como decías, ya es hora de que limpiemos un poco la vieja abadía. Pero veo que los jóvenes caballeros también han hecho algo por su cuenta, tirando todas esas zarzas y basura al césped, justo como yo lo había cortado y arreglado.

—¡Vaya, Donald! —dijo Cissy—, deberías haberles dado las gracias, porque esa capilla estaba hecha un desastre y te han ahorrado un buen lío.

—Bueno, supongo que hicieron lo que quisieron, pero ahí no es donde yo debería haberme metido, ¡no, no! —Y diciendo esto, se marchó.

—¿Pero por qué no? —preguntó Kate—, ¿por qué no allí, precisamente?

—¡Oh! Yo no digo nada —dijo Donald—. Solo la gente dice que están allí porque no les gusta que los molesten.

—En efecto; ¿qué dicen en el pueblo?

—¡Oh! ¡Ay! Yo no digo nada. No me meto en asuntos ajenos. Y no te diré nada más, señorita, no es bueno que las jóvenes lo sepan.

—Pero ¿sabes, Donald —dijo Cissy—, lo que encontramos allí?

—¿Qué encontraron, señorita? ¿No es ella? ¡Ay, Dios mío! Ya la encontraron una vez, y no sirvió de nada. Listo, no me preguntes más sobre eso. No es bueno que las jóvenes lo sepan.

Dicho esto, Donald se llevó su carretilla a otra parte del jardín.

—Padre —dijo Kate a Sir Thomas, que se acercaba—. Donald lo sabe todo sobre la tumba y la estatua, y no nos dice nada, excepto que la gente cree que trae mala suerte tocarla. ¿Has oído hablar de alguna superstición al respecto?

—Nada en absoluto —respondió él—. Acabo de bajar a ver su descubrimiento. La estatua es una obra maravillosa. Nunca he visto nada mejor, ni aquí ni en Italia. Pero la capilla está en muy mal estado y parte del techo amenaza con derrumbarse. Acabo de avisarle al párroco que venga mañana por la mañana a solucionarlo.

Poco después se les unieron Edwards y Charley, y el día transcurrió agradablemente, con las diversiones habituales de una casa de campo en época de vacaciones. Henry no participó mucho. Estaba distraído, desatento y completamente desanimado. Tenía una vaga idea de lo sucedido la noche anterior, pero parecía que aún persistía en sus labios aquel beso místico, quizás profano, y aún flotaba ante sus ojos el enigmático y burlón rostro de aquel hermoso semblante. Temía la llegada de la noche, sin saber qué le depararía, e intentó distraerse con otras cosas, pero sin mucho éxito.

Su amigo Edwards estaba muy preocupado por el cambio en su comportamiento y le preguntó a Charley si Henry se había alterado de alguna manera durante su visita. Le aseguraron que hasta la tarde anterior Henry había estado tan alegre y sociable como siempre, y que el cambio se había producido solo esa mañana.

—Pero te puedo asegurar una cosa —dijo Charley—, creo que anoche no estuvo en su habitación, pues los macizos de flores tienen huellas y las enredaderas están arrancadas frente a su ventana, lo que indica que alguien entraba y salía. Desde luego, no ha habido ningún robo en la casa. ¿Sabes si camina dormido?

—Nunca he oído que lo haga —dijo Edwards—. No podemos preguntarle si le pasa algo, porque no parece dar pie a que le preguntemos y nos ha evitado todo el día. Pero si se trata de sonambulismo, podríamos vigilarlo esta noche para evitar que haga alguna travesura.

—De acuerdo —dijo Charley—. Mi habitación está encima de la suya y da al mismo lado. Intentaré mantenerme despierto hasta medianoche y te llamaré si lo veo.

—De acuerdo —dijo Edwards—, pero debemos tener cuidado de que no nos vea, pues creo que es peligroso despertar a un sonámbulo.

Y así, se retiraron a sus respectivas habitaciones.

La primera parte de la noche transcurrió bastante tranquila para Henry. No tuvo sueños que lo perturbaran, pero hacia la medianoche comenzó a moverse en la cama, abrumado por la extraña sensación de no estar solo. Despertó y vio la luna brillando con la misma intensidad que la noche anterior, revelando cada detalle de los antiguos edificios de enfrente. Una vaga sensación de alguna influencia siniestra lo invadió: alguien lo acompañaba, alguien invisible, que le susurraba al oído: «Eres mío, eres mío».

No podía distinguir ninguna forma, pero en su mente se veía claramente el rostro de la figura en la capilla, ahora con la expresión satírica y burlona más presente, y se sintió atraído sin saber adónde. De nuevo, los labios burlones parecieron decir: «Eres mío, eres mío».

Casi inconscientemente, se levantó y se dirigió hacia la ventana. Una forma apenas visible pareció moverse ante él, vio los rasgos de la condesa con mayor claridad, y sin saber cómo había llegado allí se encontró fuera de la habitación en el patio, y entrando en la sombra del claustro. Algo impalpable se deslizó ante él, volviéndole el rostro que lo atraía aunque lo burlaba, y que no pudo sino seguir, aunque con una creciente sensación de terror y aversión. Aún en su oído resonaban las palabras: «Eres mío, eres mío», y fue incapaz de resistir el hechizo que lo arrastraba cada vez más hacia la penumbra de la nave en ruinas.

Y ahora la forma adquirió consistencia y le pareció ver a la condesa Alianora de pie frente a él. En sus rasgos estaba la misma sonrisa burlona, en su dedo la joya de su sueño. «Eres mío», pareció decir, «mío, mío, lo sellaste con un beso», y extendió los brazos; pero mientras estaba de pie ante él en su maravillosa y sobrenatural belleza, un cambio se apoderó de ella; Su rostro se contrajo en arrugas espantosas, sus extremidades se marchitaron, y mientras se acercaba a él, una masa de repugnante corrupción, y extendía sus horribles brazos para abrazarlo, él lanzó un grito terrible, como el de un alma torturada, y se desplomó desmayado en el suelo.

—¡Edwards, Edwards, ven rápido! —gritó Charley, golpeando la puerta—. Harry no está en su habitación y le pasa algo. No sé qué es, pero date prisa o podría ocurrir algún percance.

Su amigo estuvo listo en un instante, y los dos bajaron sigilosamente las escaleras y, para no molestar a la familia, salieron al claustro por la ventana de la habitación de Harry. En el camino notaron que su cama había sido usada y estaba revuelta. Tomaron el camino del claustro por donde Charley había visto pasar a Harry, y justo cuando llegaban a la puerta que daba a la nave, oyeron su grito de terror sobrenatural. Corrieron a la iglesia gritando: «¡Harry, Harry, aquí estamos! ¿Qué pasa? ¿Dónde estás?». Al no obtener respuesta, lo buscaron lo mejor que pudieron a la luz de la luna. Finalmente lo encontraron, tendido en el suelo a la entrada de la capilla funeraria. Al principio pensaron que estaba muerto, pero su pulso latía débilmente, y lo sacaron, aún inconsciente, al exterior. Poco después mostró algunas señales de vida, pero permaneció inconsciente. Despertaron a todos en la casa, lo acostaron y enviaron mensajeros a buscar al médico. Mientras velaban junto a su cama, un estruendo ensordecedor los sobresaltó; al mirar por la ventana, vieron una nube de polvo donde había estado la capilla, y a la mañana siguiente vieron que el techo se había derrumbado, destruyéndola.

Harry Charlton estuvo postrado durante muchas semanas con fiebre cerebral. De sus gritos y desvaríos se pudo deducir algo de los horrores de aquella noche fatídica, pero jamás se le ocurriría contar toda la historia tras su recuperación.

Los restos fueron retirados, y Sir Thomas esperaba que la hermosa estatua hubiera sobrevivido. Pero, curiosamente, aunque se examinó y contabilizó minuciosamente cada fragmento de mampostería, no se halló rastro alguno de la figura de alabastro ni de la tumba de la Condesa Alianora.

T. G. Jackson (1835-1924)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de vampiros.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de T. G. Jackson: La dama de Rosemount (The Lady of Rosemount), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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