«Oda a la melancolía»: Elizabeth Carter; poema y análisis


«Oda a la melancolía»: Elizabeth Carter; poema y análisis.




Oda a la melancolía (Ode to Melancholy) es un poema de cementerio de la escritora inglesa Elizabeth Carter (1717-1806), escrito en 1739.

Oda a la melancolía, probablemente uno de los mejores poemas de Elizabeth Carter, prefigura uno de los principales motivos del romanticismo: el consuelo de la melancolía, una especie de celebración de la disposición pensativa e introspectiva, a pesar de los pozos insonsables a los que pueda llevarnos. El poema, atravesado por la tristeza y la morbosidad, se anticipa a los clásicos la poesía de cementerio, como Pensamientos nocturnos (Night Thoughts) de Edward Young; y Los placeres de la melancolía (The Pleasures of Melancholy) de Thomas Warton (1745), e incluye algunos elementos que luego adquirirían mayor relevancia en la literatura gótica:


¡Horrores de medianoche! ¡Espantosa penumbra!
Vosotras, regiones silenciosas de la tumba,
mi futuro lecho pacífico:
aquí se cerrarán mis ojos cansados,
y cada dolor reposará
en la refrescante sombra de la muerte.


Las meditaciones sobre la mortalidad en Oda a la melancolía brindan una interesante perspectiva sobre lo que es realmente importante en la vida. Elizabeth Carter promueve el retiro a la soledad, y termina el poema con una visión de una dicha celestial que promete aliviar el sufrimiento de la vida. La caracterización de Elizabeth Carter revela un cambio radical en el entendimiento de la melancolía, dejando atrás su etiología tradicional, galénica, como un desequilibrio humoral que produce una miríada de síntomas, hacia una condición debilitante causada por cierta sensibilidad y delicadeza de los sentidos (ver: Breve historia de la Melancolía)

Oda a la melancolía insinúa una de las primeras representaciones de la melancolía como fuente de placer y dolor simultáneamente. El enfoque de Elizabeth Carter resalta esta aparente paradoja que, durante el romanticismo, sería asociada directamente a los amantes apasionados, cuya enfermedad es el resultado directo de un objeto amado inalcanzable o ausente; pero que también produce ciertos desequilibrios en su presencia, es decir, cuando el amante anhela una unión más metafísica que sexual, más ideal que real (ver: La atracción por lo Macabro en la ficción). La melancolía amorosa, por supuesto, es una categoría importante en Oda a la melancolía.

La susceptibilidad al dominio irracional de las pasiones se consideró durante mucho tiempo como una característica femenina, y Elizabeth Carter aprovecha este lugar común. Hay una cierta conexión erótica en el lenguaje que sublima la melancolía, enfatizando tanto su dicha como su amargura. De este modo, le da a la melancolía un tratamiento más individualizado, más íntimo, y por lo tanto más subjetivo. En este sentido, Oda a la melancolía inicia un cambio que los poetas del romanticismo adoptarán como parte de su lenguaje, reconfigurándolo, y a veces por completo, para adecuarse al discurso masculino. Porque, en esencia, Elizabeth Carter registra su experiencia como mujer en una sociedad que ofrecía muy pocas oportunidades, sino ninguna [salvo en la poesía], para la independencia y la expresión.

Oda a la melancolía intenta afirmar que el sufrimiento causado por la sensibilidad no conduce a un lugar donde el dolor se convierte en placer, sino a un anhelo de liberación de ese sentimiento, a un estado de anestesia, o, en su extremo, a la muerte. Elizabeth Carter juega aquí con la noción de que toda persona sensible se caracteriza por la morbosidad, tanto en el sentido psicológico de estar preocupada, incluso obsesionada con la muerte, como en el sentido patológico de sentirse enferma. Esta morbosidad tiene un género, ya que, durante décadas, la receptividad comprensiva al sufrimiento era considerada un rasgo femenino, lo cual generó la suposición de que el dolor de una mujer es más fino, más intenso que el de un hombre (ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico)

Oda a la melancolía comienza como un poema de cementerio, muy similar de hecho al poema de Thomas Parnell: Una pieza nocturna sobre la muerte (A Night-Piece on Death). Ya en la primera línea, Elizabeth Carter escribe que la melancolía es la «compañera de mi hora solitaria» , y le pide que complazca su mente pensativa. Si bien esta abertura inicia su incursión al cementerio de forma más o menos similar a la de otros autores, Elizabeth Carter ofrece una visión mucho más matizada del intelecto femenino. Su mente está pensativa y abierta a cualquier nueva idea que la melancolía pueda traerle, incluso pensamientos más bien oscuros. Se refiere a los «gusanos» como hermanas, se acuesta diabólicamente con los muertos, lo cual podría ser un comentario sobre sus propios pensamientos macabros a altas horas de la noche.




Oda a la melancolía.
Ode to Melancholy, Elizabeth Carter (1717-1806)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Ven, melancolía! Poder silencioso,
compañera de mi hora solitaria,
al sobrio pensamiento confinado:
Tú, huésped ideal, dulcemente triste,
en todos tus encantos reconfortantes,
complace mi mente pensativa.

Ya no me apresuro salvajemente
hacia las mareas de la alegría, que suben y bajan,
en el torrente ruidoso de la locura:
de la muchedumbre agitada me retiro,
para cortejar los objetos que inspiran
tu sueño filosófico.

A través de tu oscuro bosque de tejos tristes,
con pasos solitarios, medito,
guiada por tu dirección:
Aquí, fría a las tentadoras formas del placer,
me asocio con mis hermanas gusanos
y me mezclo con los muertos.

¡Horrores de medianoche! ¡Espantosa penumbra!
Vosotras, regiones silenciosas de la tumba,
mi futuro lecho pacífico:
aquí se cerrarán mis ojos cansados,
y cada dolor reposará
en la refrescante sombra de la muerte.

Vosotros, pálidos habitantes de la noche,
ante mi vista intelectual
ascienden con solemne pompa:
Para contar cuán insignificante parece ahora
la hilera de miedos y vanas esperanzas
que acompañan a la vida diaria.

¡Vosotros, ídolos infieles de nuestra sensatez,
reconoced aquí cuán vano es vuestro fingido afecto,
vosotros, vacíos nombres de gozo!
Formas transitorias como sombras pasan,
frágil vástago del cristal mágico,
ante el ojo mental.

Los colores deslumbrantes, falsamente brillantes,
atraen la mirada vulgar que observa
con un estado superficial:
¡A través de la óptica más clara de la razón,
despojada de toda su pompa,
qué grosera parece esa trampa!

¿Puede el poder tirano de la ambición salvaje,
o el depósito superfluo de la riqueza mal habida,
controlar el miedo a la muerte?
¿Pueden los encantos del placer evitar
o calmar las espantosas alarmas
que sacuden el alma que se separa?

¡Religión! Antes de que la mano del destino
haga que la reflexión ruegue demasiado tarde,
mis sentidos errados enseñan,
en medio de las halagadoras esperanzas de la juventud,
a meditar la verdad solemne
que predican estas horribles reliquias.

Tus rayos penetrantes dispersan
la bruma del error, de donde nuestros miedos
derivan su fatal manantial:
Es tuyo el corazón tembloroso para calentar
y suavizar como a un ángel
al pálido y terrible rey.

Cuando se hunde por la culpa en la triste desesperación,
el arrepentimiento respira su humilde oración,
y con justicia se adueña de tus amenazas:
Tu voz, el tembloroso clamor suplicante,
con misericordia apacigua sus tortuosos temores
y la levanta del polvo.

Sublimada por ti, el alma aspira
más allá de la gama de los bajos deseos,
en vistas más nobles se regocija:
Inmóvil, su destino cambia, mira,
y armada por la fe, intrépida paga
la deuda universal.

En el manso sueño de la muerte, arrullada para descansar,
ella duerme, con bendecidas visiones sonrientes
que susurran suavemente paz:
Hasta que el rayo de la última mañana
se despliegue en el brillante día eterno
de la vida activa y la dicha.


Come, Melancholy ! silent pow'r,
Companion of my lonely hour,
To sober thought confin'd:
Thou sweetly-sad ideal guest,
In all thy soothing charms confest,
Indulge my pensive mind.

No longer wildly hurried thro'
The tides of mirth, that ebb and flow,
In folly's noisy stream:
I from the busy croud retire,
To court the objects that inspire
Thy philosophic dream.

Thro' yon dark grove of mournful yews
With solitary steps I muse,
By thy direction led:
Here, cold to pleasure's tempting forms,
Consociate with my sister-worms,
And mingle with the dead.

Ye midnight horrors! awful gloom!
Ye silent regions of the tomb,
My future peaceful bed:
Here shall my weary eyes be clos'd,
And ev'ry sorrow lie repos'd
In death's refreshing shade.

Ye pale inhabitants of night,
Before my intellectual sight
In solemn pomp ascend:
O tell how trifling now appears
The train of idle hopes and fears
That varying life attend.

Ye faithless idols of our sense,
Here own how vain your fond pretence,
Ye empty names of joy!
Your transient forms like shadows pass,
Frail offspring of the magic glass,
Before the mental eye.

The dazzling colours, falsely bright,
Attract the gazing vulgar sight
With superficial state:
Thro' reason's clearer optics view'd,
How stript of all it's pomp, how rude
Appears the painted cheat!

Can wild ambition's tyrant pow'r,
Or ill-got wealth's superfluous store,
The dread of death controul?
Can pleasure's more bewitching charms
Avert, or sooth the dire alarms
That shake the parting soul?

Religion ! ere the hand of fate
Shall make reflexion plead too late,
My erring senses teach,
Amidst the flatt'ring hopes of youth,
To meditate the solemn truth,
These awful relics preach.

Thy penetrating beams disperse
The mist of error, whence our fears
Derive their fatal spring:
'Tis thine the trembling heart to warm,
And soften to an angel form
The pale terrific king.

When sunk by guilt in sad despair,
Repentance breathes her humble pray'r,
And owns thy threat'nings just:
Thy voice the shudd'ring suppliant chears,
With mercy calms her tort'ring fears,
And lifts her from the dust.

Sublim'd by thee, the soul aspires
Beyond the range of low desires,
In nobler views elate:
Unmov'd her destin'd change surveys,
And, arm'd by faith, intrepid pays
The universal debt.

In death's soft slumber lull'd to rest,
She sleeps, by smiling visions blest,
That gently whisper peace:
'Till the last morn's fair op'ning ray
Unfolds the bright eternal day
Of active life and bliss.


Elizabeth Carter
(1717-1806)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de cementerio.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Carter: Oda a la melancolía (Ode to Melancholy), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

¿Qué significa realmente la inscripción en el Anillo Único?


¿Qué significa realmente la inscripción en el Anillo Único?




Advertencia: este artículo contiene algunas conjeturas [nada que no se haya dicho ya] pero sobre todo preguntas; muchas preguntas, y ninguna conclusión.

Los Tres Anillos élficos no fueron hechos por Sauron. Pero la inscripción en el Anillo Único estaba de alguna manera relacionada con su poder. Lo que está claro es que cuando Sauron se puso el Anillo Único, y los Elfos entendieron la trampa, empezó probablemente la mejor historia de la Tierra Media de J.R.R. Tolkien. Sin embargo, ¿no es el Poema del Anillo inexacto?. Sabemos que es un verso «conocido desde hace mucho en la tradición élfica», como Gandalf le explica a Frodo en La Sombra del pasado. ¿Fue escrito por los Elfos? ¿Fue escrito por Sauron? (ver: ¿Cómo era el aspecto de Sauron en realidad?)

La inscripción maligna en el Anillo describe las acciones y los propósitos del Señor de los Anillos, pero este solo entregó los Siete y los Nueve, no los Tres, que eran excepcionales. Tenía poder sobre ellos porque fueron forjados con las mismas técnicas, pero Sauron no los había planeado originalmente. Se hicieron de forma independiente y podemos imaginar que lo tomaron por sorpresa. Entonces, ¿no es extraño que el Poema «conocido desde hace mucho en la tradición élfica» sitúe a los Tres en el mismo nivel, como si el propósito del Anillo Único hubiera sido desde el principio «gobernarlos a todos»?

Todo parece indicar que la inscripción en el Anillo Único fue hecha por Sauron, pero el Poema fue creado separadamente:


Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo,
Siete para los Señores Enanos en palacios de piedra,
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir,
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.

[Three Rings for the Elven-kings under the sky,
Seven for the Dwarf-lords in their halls of stone,
Nine for Mortal Men doomed to die,
One for the Dark Lord on his dark throne
In the Land of Mordor where the Shadows lie.
One Ring to rule them all. One Ring to find them,
One Ring to bring them all and in the darkness bind them
In the Land of Mordor where the Shadows lie]


Este es el Poema del Anillo, pero la inscripción en el Anillo es mucho más breve:


Ash nazg durbatulûk, ash nazg gimbatul, ash nazg thrakatulûk, agh burzum-ishi krimpatul.

[Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas]


Gandalf menciona la forja del Anillo por parte de Sauron y la inscripción como escuchada: «De los Años Negros surgen las palabras que los herreros of Eregion escucharon y supieron que habían sido traicionados». Estas palabras, continúa Gandalf, son: Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas.

En este punto existe la Inscripción, pero podemos deducir que el resto del Poema aún no existía, ya que los Siete y los Nueve solo se repartieron después de que se forjó el Anillo Único.

Tan pronto como Sauron se puso el Anillo Único en su dedo, los Elfos lo advirtieron, y comprendieron el plan. Entonces comenzó una guerra abierta. Sauron exigía que los Tres le fueran entregados, ya que los herreros Elfos no podrían haberlos hecho sin su saber y consejo. Sauron reunió todos los Anillos de Poder restantes y los repartió: Siete a Enanos, Nueve a los Hombres, según Gandalf, «los más dispuestos a su voluntad».

Dada esa línea de tiempo, resulta obvio que el resto del Poema del Anillo se escribió en una fecha posterior. Por quién, Tolkien no se revela. El hecho de que el Poema sea «conocido desde hace mucho en la tradición élfica» no significa que haya sido escrito por un Elfo, sino sólo que lo conocían. Dado que los Elfos que estuvieron en la forja del Anillo todavía vivían en la Tierra Media (Cirdan, Celeborn, Galadriel, Elrond, y potencialmente otros), la sospecha sería que sabrían quién escribió el Poema si hubiera sido compuesto por un Elfo. Esta persona no es revelada, pero podemos ir atando cabos.

Quien haya escrito el Poema tendría que ser consciente de la tradición del Anillo, es decir, conocer o haber escuchado él mismo el verso que aterrorizó a los herreros de Ergion. Además, debería conocer la existencia de los Tres, los Siete y los Nueve, así como su propósito. Eso limita la búsqueda a un Elfo, uno de los Istari, Sauron, o uno de sus lugartenientes cercanos, si es que alguno de ellos estuviera inclinado a escribir poesía en su tiempo libre, lo cual parece improbable. Con respecto a los orcos, excluiría cualquier inclinación poética.

Es interesante mencionar que los Enanos tienen su versión del Poema del Anillo [Gimli lo cita] pero el verso dice «en SUS salones de piedra», no «en NUESTROS», lo cual naturalmente los excluye como posibles autores.

Ahora bien, sabemos que la Inscripción del Anillo fue hecha por Sauron. Sabemos también que estas palabras [Ash nazg durbatulûk, ash nazg gimbatul, ash nazg thrakatulûk, agh burzum-ishi krimpatul] en la Lengua Negra de Mordor son físicamente dolorosas para cualquier Elfo que las escuche (así como cualquier otra palabra de ese idioma). La Inscripción usa letras élficas [Tengwar] porque todas las formas de escritura que Tolkien describe en ese momento fueron inventadas por los Elfos.

Es decir que la Inscripción del Anillo en la Lengua Negra es anterior al Poema, ya que narra lo que sucedió primero, cronológicamente: cuando Sauron engañó a los Elfos. Obviamente no fue hecha por los Elfos, quienes odian esa lengua, y nunca la hablarían o escribirían voluntariamente. Recordemos la reacción de todos cuando Gandalf la pronuncia durante el Concilio Elrond. El Poema del Anillo, entonces, es una adición posterior, necesariamente debe serlo, ya que describe la traición de Sauron, lo cual implica que el Anillo Único ya estaba hecho, y también la Inscripción en él.

Tolkien, como en todos los demás aspectos de su obra, es extremadamente riguroso aquí. El Poema describe la traición de Sauron, lo que significa que el Anillo Único los gobierna a todos, pero eso no significa que los Elfos supieran desde el principio que esto sucedería. Tampoco implica que Sauron hizo los Tres Anillos, solo que eran «para los reyes Elfos», lo cual es cierto, ya que ellos mismos los hicieron.

Todo apunta a los Elfos como autores del Poema del Anillo. Después de todo, el poema en sí mismo es una especie de regresión desde los cielos [los Elfos bajo el cielo] a la oscuridad y la sombra [Mordor]. No es un poema triunfante, como sin dudas lo sería desde el punto de vista de Sauron, satisfecho de que su plan esté funcionando, sino más bien un lamento, incluso un lamento que usa las palabras del enemigo.

Ahora bien, tanto la Inscripción como el Poema coinciden en «gobernarlos a todos». ¿A quiénes se refiere? ¿Acaso a los otros Anillos de Poder, a sus portadores?

Probablemente a ambos. Después de todo, los anillos no toman decisiones, no dan órdenes. Los portadores lo hacen, y a través del control de los anillos Sauron podría influir en sus decisiones, y hasta controlarlos como en el caso de los Espectros. Pero, al menos en esto, el plan de Sauron parece un tanto exiguo. Nunca controló a los Tres, y los Enanos mostraron una resistencia notable a los Siete. De «gobernarlos a todos» Sauron debió conformarse con gobernar a los Nueve.

Hay cierta ambigüedad inherente en el tema, creo que intencional. Después de todo, Galadriel, Elrond y Gandalf son portadores de los Tres Anillos, y el Único no parece tener poder o influencia sobre los ellos. ¿O es que es necesario usarlos abiertamente para ser afectados por el Único? En ese caso, podemos suponer que, antes de que Gandalf descubra que Sauron había regresado, tanto él como Galadriel usaron sus respectivos Anillos en algún momento [¿De qué sirve tener un Anillo de Poder si no vas a usarlo], quizás cuando el Único estaba en posesión de Gollum, y evidentemente no fueron afectados. Como mínimo, habrían percibido que el Único estaba activo y en posesión de alguien (ver: Gollum y Renfield: el vampirismo en El Señor de los Anillos)

Al controlar a los Tres, los Siete y los Nueve, Sauron esperaba seducir a los grandes gobernantes de la Tierra Media hacia el mal. Ahora bien, ¿es la Inscripción en el Anillo Único una característica prevista? Es decir, ¿Sauron quería que el Anillo la mostrara en determinadas circunstancias, por ejemplo, al calentarlo, como una especie de comando a distancia que se activa y se sincroniza con los demás Anillos? (ver: Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avazada de tecnología)

En apariencia, las marcas se hicieron intencionalmente. En el Concilio de Elrond, Gandalf cuenta su viaje a Isengard, y comenta lo que aprendió de Saruman: «Los Nueve, los Siete y los Tres —dice— tenían cada uno su propia gema. No así el Único. Era redondo y sin adornos, como si fuera uno de los anillos menores; pero su creador puso marcas sobre él que los sabios, tal vez, todavía podrían ver y leer.» Además, Isildur escribe:


Estaba caliente cuando lo tomé por primera vez, y mi mano se quemó, tanto que dudo si alguna vez volveré a estar libre del dolor. Sin embargo, incluso mientras escribo, se enfría y parece encogerse, aunque no pierde ni su belleza ni su forma. La escritura sobre él, que al principio era tan clara como una llama roja, se desvanece y ahora apenas se puede leer. El Anillo echa de menos, tal vez, el calor de la mano de Sauron, que era negra y, sin embargo, ardía como el fuego. Tal vez si el oro se calentara de nuevo, la escritura se renovaría.


Esto parece probar que Sauron hizo intencionalmente el Anillo con la Inscripción. En todo caso, el calor de su mano lo activaba de algún modo. Saruman menciona que «su creador puso marcas sobre él», lo cual prueba que Sauron las colocó allí, aunque su función no queda clara, más allá de afirmar sus intenciones de poder. La verdadera pregunta es, ¿por qué Sauron crearía intencionalmente la Inscripción en el Anillo cuando, en realidad, en el momento en que esto fue hecho sería mejor mantener en secreto su plan de dominación?

Más aún, si la Inscripción fue hecha voluntariamente por Sauron, ¿por qué usar caracteres élficos? Por otro lado, si la Inscripción no fue deliberada, si de algún modo se produjo mágicamente cuando Sauron pronunció en voz alta las palabras en la Lengua Negra de Mordor, ¿por qué se inscribieron en élfico? 

Sabemos que la Lengua Negra no tiene una variante escrita, o al menos Tolkien no hace referencia a ella, pero seguramente Sauron habría recurrido a cualquier otra lengua, y no a la élfica, para marcar su máxima creación. Así como los Elfos sienten dolor al escuchar el habla de Mordor, es probable que el élfico, en cualquier variante, también lastime los oídos de Sauron. Sin embargo, para entender esa elección primero debemos entender cómo piensa Sauron.

Morgoth, y hasta cierto punto, también Sauron, estaban motivados por el odio y los celos hacia Illúvatar. Los Elfos fueron durante mucho tiempo la creación favorita de Illúvatar, por eso Morgoth convirtió a Fëanor en su objetivo principal. Como el Elfo más notable de su tiempo, la caída de Fëanor fue una gran victoria. Entonces es probable que Sauron haya elegido el Tengwar, una creación de Fëanor, para marcar deliberadamente el Anillo. Después de todo, el Único sería la caída de los Elfos, o al menos eso pensaba Sauron, y una buena forma de inflingirles un daño extra era utilizando sus amados caracteres. Grabar el Anillo con una creación de Fëanor es una declaración muy significativa.

Quizás necesitemos recurrir a una respuesta múltiple para todo esto: Sauron puso las marcas en el Anillo, pero no intencionalmente, o al menos eso es lo que sugiere Tolkien. Esas palabras en la Lengua Negra fueron pronunciadas por Sauron como parte de la forja del Anillo, las mismas palabras que los herreros de Eregion escucharon. Es decir que la Inscripción no habría sido hecha deliberadamente, sino que las palabras formuladas por Sauron aparecieron como un efecto secundario de su magia. Además. ¿qué beneficio tendría dejar una marca que haría que sus enemigos reconocieran el Anillo, por lo demás, no diferente de cualquier anillo común? Por otro lado, dada la naturaleza lingüística-musical de la magia, es concebible que las palabras y la magia de Sauron estén esencialmente unidas.

El alcance del poder de los Anillos, y sus influencias cruzadas, es un verdadero laberinto. Celebrimbor parece haber sido el encargado de hacer los Nueve y los Siete bajo la guía de Sauron, y los Tres en secreto, por su cuenta. ¿No contradice esto a Galadriel cuando dice que, al destruir el Anillo Único, todo lo bueno que se hizo con los Tres también se reduciría. Después de todo, los Tres no tienen nada que ver con Sauron, nunca estuvieron en su poder, y solo conoció su existencia más adelante. ¿Por qué la destrucción del Único terminaría con las obras creadas con los Tres [Rivendel y Lothlórien, entre otras]? Una buena respuesta podría ser la siguiente: Todos los Anillos fueron hechos, en parte, con el conocimiento y las técnicas de Sauron, las cuales incorporan su deseo de controlar y dominar, y por eso los Tres son suceptibles al Único.

En todo caso, Celembrimbor parece haber descubierto la estratagema, y por eso dispersó los Tres entre los Elfos, cuando en realidad probablemente los había forjado para sí mismo, en secreto.... ¿Por qué en secreto? ¿Para ocultarlos de Sauron —en ese momento no había razones para desconfiar de él— o de los demás Elfos? Si esto es así, la presencia del Único despertó a Celembrimbor, hizo que advierta la trampa: la forja en secreto de los Tres acaso estaba prevista por Sauron al compartir sus conocimientos.

Esto, al menos para mí, es sumamente interesante.

Sauron no tuvo nada que ver en la forja de los Tres, pero su poderes están entrelazados con el Único porque los Tres fueron hechos, en parte, con el conocimiento y las técnicas de Sauron, incorporando así su deseo de dominación.

Sabemos que Tolkien creía que el conocimiento también puede corromper, como le ocurrió a Saruman cuando estudió en profundidad las artes de Sauron, lo cual lo llevó a querer emular la creación de anillos mágicos, cuestión que eventualmente lo llevó a caer bajo la influencia de Sauron. Es decir que una parte del poder de los Tres está hecho a partir del poder de Sauron, real o deseado. Aunque Celebrimbor no se corrompió, usó los conocimientos de Sauron, de algún modo infectados con su deseo de poder, estableciendo involuntariamente el dominio del Único sobre el Tres.




Tierra Media. I Taller Gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: ¿Qué significa realmente la inscripción en el Anillo Único? fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La presa de los nocturnos»: Hugh B. Cave; relato y análisis


«La presa de los nocturnos»: Hugh B. Cave; relato y análisis.




La presa de los nocturnos (Prey of the Nightborn) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Hugh B. Cave (1910-2004), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1936 de la revista Spicy Mystery Stories, y luego reeditado en la antología de 1977: Murgunstrumm y otros (Murgunstrumm and Others).

La presa de los nocturnos, posiblemente uno de los cuentos de Hugh B. Cave menos conocidos, relata la historia de Peter Marabeck, un hombre que ha perdido a su esposa recientemente, la cual aparentemente habría muerto de causas naturales, salvo por dos extraños y pequeños orificios en su cuello.

SPOILERS.

La esposa de Peter Marabeck, Jane, muere en circunstancias poco claras. No hay una investigación oficial, pero su médico asegura haber encontrado dos marcas extrañas en su cuello. Eventualmente nos enteramos que Jane ha sido víctima de una vampiresa, llamada Morgu, quien lidera un pequeño clan de vampiros que se ocultan en una cantera abandonada (ver: Razas y clanes de vampiros)

Cuando Morgu vuelve su atención a Peter, el espíritu de Jane asume la forma de un lobo blanco para protegerlo. Pero Morgu es obstinada, y hechiza a Marabeck, quien la acompaña a la caverna debajo de la cantera abandonada donde se reúne su clan [hay una escena bastante tétrica aquí con una chica colgada y un grupo de vampiros bebiendo de sus heridas abiertas]. Afortunadamente, Jane vuelve al rescate, esta vez blandiendo una cruz en llamas. Juntos huyen al cementerio donde, a petición de su esposa, Peter le ensarta un cuchillo de plata en el pecho y luego lo clava en el suyo. Mientras agoniza, reaparece Morgu, y Peter sabe que debe evitar que lo muerda para no convertirse en una pieza más de su clan nocturno y alejarlo para siempre de Jane (ver: La cuestión de género entre vampiros y vampiresas)

Es interesante mencionar que Hugh B. Cave vivía muy cerca de Lovecraft, uno en Pawtuxet y el otro en Providence. No se conocieron en persona, lo cual probablemente fue lo mejor, pero en ocasiones mantuvieron correspondencia. Lovecraft y Hugh B. Cave discrepaban vehementemente sobre la estética y el profesionalismo del trabajo en revistas pulp como Weird Tales. Lovecraft, digamos, tomó el camino más elevado, pero menos lucrativo. Desdeñó el uso de fórmulas y convenciones, y sobre todo se rehusó a enfocarse en la cantidad sobre la calidad de sus historias (ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»). Hugh B. Cave tomó el camino contrario, y fue prolífico y exitoso, pero sus historias a menudo recurren una y otra vez a las mismas fórmulas; tal es el caso de La presa de los nocturnos.

Si bien la extensión de La presa de los nocturnos es la habitual para este tipo de publicaciones, de algún modo resulta demasiado vertiginosa, con poco o ningún agarre a un contexto que justifique buena parte de la acción. Claro que Hugh B. Cave estaba escribiendo para Spicy Mystery Stories, cuyos lectores buscaban fundamentalmente cuatro cosas: poco contexto, acción frenética, violencia gráfica y mujeres con poca ropa (ver: El Machismo en el Horror). En el afán por satisfacer a sus lectores [tal era el precio de la productividad en el pulp] lo mejor de Hugh B. Cave se diluye miserablemente. Sin embargo, como de hecho era un buen autor, algunas pequeñas joyas chisporrotean aquí y allí, justificando lo que de otro modo sería una total y absoluta porquería.

Aislado del contexto de Spicy Mystery Stories, La presa de los nocturnos es un relato sumamente extraño. De hecho, constantemente el lector debe aceptar premisas que no parecen tener sentido, pero que precipitan la acción vertiginosamente. En este contexto, es importante mencionar que eso era lo que buscaban los lectores de la revista: cultos dirigidos por un maniático [generalmente con una biología exagerada pero bastante terrestre], personajes arrojados a la acción sin ningún contexto, extrañas resurrecciones de personajes que se creía estaban muertos, y mujeres hermosas, muchas mujeres hermosas (ver: El cuerpo de la mujer en el Horror)

La presa de los nocturnos de Hugh B. Cave solo debería juzgarse dentro del marco de sus intenciones, y sus intenciones son claras: colocar a un sujeto promedio a merced de una vampiresa que desea convertirlo en su amante eterno. Es un relato muy pobre en comparación con otros cuentos de Hugh B. Cave, pero posee algunos detalles [pocos, es cierto] que valen la pena; sobre todo para el amante de los relatos de vampiros, quien está acostumbrado a tragar mucha mierda para encontrar alguna modesta joya ocasional.




La presa de los nocturnos.
Prey of the Nightborn, Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La mujer de Peter Marabeck fue enterrada el martes. La otra apareció en su vida el sábado siguiente, por la noche, mientras conducía a casa desde Putney. La nieve había caído irregularmente durante dos días. El camino a través del valle era un dedo blanco, apuntando, y la mujer estaba erguida y quieta en esa desolación. Era extrañamente hermosa, y estaba casi desnuda. Peter se puso rígido al verla. Ella dio un paso adelante, lo miró fijamente y levantó los brazos hacia él con avidez. Sus pechos redondos bajo su cubierta diáfana relucían como copas de plata fundida. El movimiento sinuoso de sus caderas era un tono susurrante; y luego, de repente, no estaba allí en absoluto.

—Eso es extraño —pensó Peter—. ¿Adónde fue?

Era más que extraño, porque el valle era bastante llano en todas direcciones, y ninguna persona podría haber desaparecido tan abruptamente. Peter salió del coche y caminó hacia donde la mujer había estado mirándolo, pero no vio nada excepto una alfombra lisa de nieve, sin huellas.

Dijo en voz alta, mientras regresaba al auto:

—Estoy viendo cosas. Ayer escuchaba cosas, y ahora las estoy viendo. El impacto de perder a Jane me ha destrozado los nervios.

Ayer, durante todo el día, había vagado sin rumbo por la casa en un vano intento de sofocar su soledad. Su propio nombre, Peter, susurrado por la voz de una mujer, lo había perseguido. Ahora, en cambio, estaba viendo cosas. Condujo despacio y llegó por fin a la masía que, no hace mucho, se había hecho eco del canto de su esposa. Afuera, el viento suspiraba a través de los árboles. En el interior, no se oía ningún sonido de cosas maravillosas; sólo había sombras y silencio, como si las paredes, las alfombras y el mobiliario se hubieran unido a su ama en un sueño eterno.

—No puedo vivir aquí —pensó Peter—. Cada cosa me recuerda a ella. ¡Dios mío, si pudiera estar con ella!

Una voz dijo suavemente:

—¡Peter!

Se volvió, se detuvo, y la otra mujer estaba sentada allí en una silla mullida cerca de la ventana, como si hubiera estado sentada allí durante mucho tiempo. Era esbelta y seductora, y estaba tan escasamente vestida que Peter sintió que la sangre en sus venas cobraba vida mientras la miraba.

Sus ojos eran glóbulos de cristal que reflejaban la luz de la lámpara, y desde sus brillantes profundidades se extendía un poder magnético que enredó el alma de Peter Marabeck. Una serpentina de vívido escarlata, a juego con sus labios, colgaba como una llama sobre la blancura de alabastro de un hombro. El resto de ella estaba pálido y de alguna manera irreal, pero lo suficientemente real como para atraer a Peter hacia adelante, con los ojos muy abiertos y temblando. Y luego, de repente, la silla mullida estaba gris y vacía, riéndose de él. No había ninguna mujer; no había boca escarlata esperando la presión hambrienta de sus labios. En silencio, miró fijamente, luego murmuró:

—Me estoy volviendo loco.

Se dejó caer en una silla y miró alrededor de la habitación como si fuera un lugar extraño e impío.

—Dijo mi nombre como lo escuché ayer —pensó—. ¿Quién es ella? ¿Qué quiere de mí?

Luego se durmió, pero no fue un buen sueño.

Soñó que su esposa se acercaba y se paraba a su lado.

—Esa mujer es mala, Peter —susurró su esposa—. Ella no es para ti. Debes tener cuidado.

En su sueño, se puso de pie, abrazó a su esposa y le habló. Pero las palabras tintinearon y se convirtieron en el clamor vibrante de una campana; y cuando despertó, la habitación estaba llena del mismo sonido. Pasó mecánicamente por la cocina hasta la puerta trasera. El timbre volvió a sonar con insistencia, y abrió la puerta. Afuera caía nieve. El hombre de la escalinata estaba cubierto de pies a cabeza.

—Oh —dijo Peter—. Eres tú. Entra.

Había olvidado la visita del doctor Menner, pero ahora se alegraba. Era bueno estar de pie y ver al doctor sacudirse la nieve de los brazos y las piernas. Estas cosas eran reales. Podía entenderlas.

—Horrible noche —dijo Menner con brusquedad—. Si no fuera un practicante de un pueblo pequeño, estaría en casa en la cama. ¡Uf! Tengo que calentarme sobre la estufa un rato.

—No hay fuego —dijo Peter.

—¿Qué? ¿Sin fuego en una noche como esta? ¿Estás loco?

—Me olvidé.

El médico lo miró de forma extraña.

—Ya veo. Bueno, quiero hablar contigo de todos modos.

Entró en la sala y Peter lo siguió.

—He estado hablando con un especialista —declaró Menner—. Quiere verla...

—¿Verla? —Peter frunció el ceño.

—Sí. Oh, lo sé, sé cómo te sientes. Pero él insiste. Tan pronto como le conté sobre esas marcas en su cuello, me llamó la atención. Curioso, su nombre es Markham. Por lo general, se necesita una epidemia generalizada para que un caso le interese.

—No puede verla —dijo Peter con rigidez—. Deja que los muertos descansen en paz.

—Eres un tonto, Marabeck.

—Ella no querría que la desenterraran.

Menner se inclinó hacia delante para señalar con un dedo acusador.

—Mira, ¿sabes lo que piensa Markham? ¡La marca del vampiro, dice!

—¿La marca de…? ¡No, no! ¡Dios mío!

—Ha pasado mucho tiempo desde que este valle fue maldecido, Peter. No tenías más de tres años; no lo recuerdas. Pero vinieron, hordas de ellos. De dónde, nadie lo sabe. Los matamos, pero no a todos.

—¡No, no! —Peter dijo con voz ronca—. Mi esposa murió de forma natural.

—No a todos —repitió Menner, recordando—. Algunas de las víctimas vivían con sed de sangre. Las aislamos, como leprosos.

Peter estaba mirando detrás del mullido sillón, donde un rostro miraba fija y silenciosamente al suyo. Los labios carmesí estaban curvados, sonriendo. Los senos pálidos subían y bajaban con un ritmo maligno. Manos blancas aguardaban para rodear la garganta del doctor.

—Pero no se quedaron donde los pusimos —dijo pensativo el médico—. Uno era una demonio. Se escapó y se llevó a los demás con ella. A dónde van, nadie lo sabe. Pero si Markham tiene razón, ellos han vuelto... o ella ha vuelto, de todos modos.

Manos suaves y blancas agarraron la garganta del doctor, y el grito de horror de Peter fue silencioso. Menner se retorció, profirió horribles sonidos de tormento y terror mientras los labios carmín bajaban hasta su cuello estirado y se clavaban allí.

Peter lo miró todo con los ojos muy abiertos. Esto no era real. Estaba viendo cosas de nuevo. Pero los pies del médico golpeaban rápidamente la alfombra, y su rostro, volteado hacia el techo, se retorcía de dolor que poco a poco se iba convirtiendo en algo más. Un suspiro de satisfacción escapó de los labios torcidos de Menner. Sus brazos se curvaron lentamente hacia arriba y sostuvieron a la mujer contra él, y con sus propias manos presionó sus labios rojos más profundamente en su garganta.

Cuando por fin se enderezó, su víctima yacía inerte. Se volvió hacia Peter y este se quedó mirando. Ella sonrió. Peter se levantó mecánicamente. Sus manos extendidas estaban frías al tacto de sus propios dedos. La mujer dijo suavemente:

—¡Bésame, Peter!

La tomó en sus brazos, y sus labios sobre los de él estaban tan absolutamente sin calor que, paradójicamente, parecían estar en llamas. Sus suaves dedos acariciaron su rostro, su cuello. La miró a los ojos sin fondo y se olvidó de que su esposa acababa de morir.

La levantó del suelo y la llevó por las polvorientas escaleras hasta la habitación donde había muerto su esposa. Pero ahora no pensaba en su esposa. Con la puerta cerrada, bajó su carga voluntaria sobre una silla grande. Se sentó a su lado y deleitó sus ojos en su tentadora belleza.

La gloria medio revelada hizo nadar sus sentidos y removió ácidos extraños en su sangre. ¡Ninguna mujer podría ser tan hermosa como esta! Seguramente ella era una cosa irreal creada por el dolor de su propia soledad, y pronto se derretiría ante él, dejándolo solo de nuevo. Pero su piel era vibrante y viva al toque de sus ansiosas manos. Sus labios respondieron hambrientos a la presión de los suyos, y sus pechos, aplastados contra él, palpitaron hasta convertirse en una oleada. Ella lo atrajo más cerca y lo sostuvo en sus brazos.

—¿Quién eres? —susurró Peter.

—Morgu.

—¿Qué clase de mujer eres?

Ella no respondió. En cambio, aplastó su boca contra la suya y la mantuvo allí hasta que fue drogado por la furia de la tempestad de su propio anhelo loco. Luego dijo, mientras un reloj de la planta baja tocaba cuatro veces:

—Mañana, Peter, vendré a buscarte.

Peter suspiró y se relajó. No estaba seguro de lo que ella le hizo entonces, pero su aliento era frío en sus labios y se durmió.

El doctor Menner yacía despatarrado en la silla mullida, con los pies extendidos ante él y la cabeza colgando; y Peter, al bajar las escaleras a la mañana siguiente, lo encontró allí.

Peter lo sacudió, miró las marcas carmesí en su cuello y luego se sentó a pensar.

—Debo ir al pueblo y avisar a la policía —pensó—. No. Si lo hago dirán que lo maté. Debo encontrar a Markham, el especialista, y contarle lo que sucedió. Solo él me creerá.

Caminó hasta el pueblo, a la casa de Markham.

—He venido porque el doctor Menner está muerto.

Luego habló apresuradamente y con entusiasmo sobre su esposa y la otra mujer; y mientras hablaba, Markham escuchó y frunció el ceño. Entonces Markham hizo muchas preguntas, lo examinó y finalmente dijo:

—Estamos perdiendo el tiempo. Ven.

Condujeron en el automóvil del médico hasta la casa de Peter, donde Markham examinó el cadáver del doctor Menner.

—No puedes quedarte en esta casa, Marabeck —dijo Markham—. Debes irte.

—Mañana —prometió Peter.

—¡Esta noche, tonto! ¡Hoy!

—Debo esperar hasta que venga mi esposa —dijo Peter—. Si me voy sin verla primero, ¿cómo me encontrará?

El médico miró al muerto y dijo con el ceño fruncido:

—La gente ya no cree en esto. Si lo llevo conmigo ahora, te acusarán de asesinato. Afortunadamente, Menner no tiene esposa ni personas cercanas. Lo dejaré aquí por el momento. Esta noche vendré otra vez y lo llevaremos a su propia casa. Cuando lo encuentren allí, me llamarán para dar una opinión, y lo llamaré enfermedad cardíaca. Las marcas se pueden lavar y limpiar. Nadie las notará.

Peter se despidió con rigidez y el médico se marchó de nuevo.

El sol se estaba poniendo y el resplandor rojo en la nieve era como sangre, pero Peter no tenía miedo. Dentro de poco vendría Jane. Él estaba seguro de ello.

Subió las escaleras y se acostó, esperando. La habitación se oscureció. Luego su vigilia fue recompensada y su esposa estaba con él, a su lado. La abrazó suavemente y la besó como siempre la había besado.

—Debo irme de aquí, Jane. El doctor Markham dice que debo irme.

Ella asintió.

—Lo sé, Peter. Un nuevo hogar en algún pueblito donde serás feliz. Pero debes llevarte mi ataúd y asegurarte de que contiene tierra de sepultura. ¿Serás feliz, amado mío?

Peter pensó: «¿Por qué no debería ser feliz? Este asunto de la vida es fácil de adaptar. Muchos otros hombres duermen los días y trabajan por las noches sin importarles. Yo haré lo mismo.»

—¿Ha estado aquí, Peter?

—Sí.

—Ella es malvada. Y te quiere. Escúchame y déjame decirte quién es.

Peter escuchó. Sin embargo, las cosas que le dijo eran cosas del pasado, cosas oscuras. Vio a la mujer llamada Morgu liderando una compañía impía a lo largo del camino hacia la aldea. Vio la calle del pueblo atestada de gente que gritaba de miedo mortal mientras huían del horror que se acercaba. Las mujeres se arrodillaron en súplica; los hombres lucharon como bestias. Y en una puerta no muy lejana, una mujer se agachó llorando y un niño pequeño se acurrucó contra sus piernas. El chico era Peter Marabeck.

Ahora había fogatas encendidas y en el centro del pueblo había una cruz en llamas. La hermosa mujer y su impía horda se retiraron, abandonando a sus víctimas. Días después, los hombres se sentaron y hablaron en una habitación en alguna casa de la aldea. Uno era el padre de Peter, otro, el doctor Menner, quien dijo en voz baja:

—Debemos enfrentar los hechos. Algunas de nuestras personas yacen muertas con la marca del vampiro sobre ellas. Otras sobrevivirán, pero la marca también está sobre ellas. Debemos aislarlas hasta que podamos descubrir alguna cura.

Ahora la escena era realmente extraña, pues hombres y mujeres paseaban como animales enjaulados en un espacio despejado del bosque. En todas direcciones un alto muro les impedía escapar. Era de noche y los ocupantes del patio de la prisión llenaban la oscuridad con gritos animales de hambre; y de las sombras cerca de la puerta cerrada se arrastró la mujer llamada Morgu, guiando a sus seguidores impíos.

El guardia huyó aterrorizado. La puerta se abrió. ¡Fuera del patio de la prisión se apresuraron a gruñir seres humanos sedientos de sangre! Y más tarde, esa misma noche, la mujer de labios rojos condujo su extraña manada a una enorme cámara rodeada de rocas en medio de las fruncidas paredes de la cantera, y luego salió sola para saciar su propia hambre.

—Verás, Peter, ella es malvada.

Peter se estremeció. La mano de su esposa estaba fría, así como su aliento, y en su cuello aún eran visibles las marcas del vampiro. Nunca morirían, esas marcas, porque la propia Jane nunca podría morir. Ella había regresado a él como una criatura de la noche, pero seguía siendo su esposa.

—Quédate conmigo —le rogó, y la abrazó, acariciándola.

La calidez de su cuerpo lo consoló y suspiró con satisfacción. Sus labios buscaron los de él, y sus manos dispararon su sangre con un ardor más tempestuoso, pero más suave que nunca. Su respiración se aceleró. Luego hubo otro sonido, y una delgada forma gris se agachó en las sombras.

El terror arrancó un chillido de los labios de Peter. Acercó a su esposa hacia él. Ella estaba temblando. Ojos verdes los miraron a ambos. Peter se incorporó, tambaleándose, arrastrando a su esposa con él, y de repente, donde un cuerpo tembloroso había sido presionado contra él, ya no había cuerpo. Había dos elegantes formas de lobo luchando horriblemente en la oscuridad.

Entonces fue una pesadilla. Las dos bestias, una negra grisácea, gruñendo, la otra blanca marfil y siempre a la defensiva, daban vueltas con cautela.

Lucharon, saltando y golpeándose unos a otros con furia salvaje. La habitación era una cámara de terror llena de sonidos que no provenían de labios humanos. Cuando terminó, la bestia más grande y pesada se tambaleó sobre su víctima y lanzó un espantoso aullido de triunfo. Pero entonces no había lobos, no había lobos en absoluto. En cambio, la esposa de Peter Marabeck yacía sin vida y sangrando sobre la alfombra, y la mujer llamada Morgu estaba a su lado, con los brazos extendidos y los labios separados, esperando que Peter avanzara.

Peter miró a su esposa y se tambaleó hacia adelante, pero la voz de la otra mujer lo detuvo. Miró en sus ojos sin fondo. Su belleza impía sostuvo su mirada, y sus labios susurraron una pregunta:

—¿A quién amas, Peter?

—A ti.

—Entonces ven conmigo, Peter.

Bajó con ella por la oscura escalera y atravesó las habitaciones inferiores hasta la puerta trasera.

—Tendrás frío —dijo tontamente, y no se le ocurrió que ella ya tenía más frío que la noche misma.

Él la siguió. No tenía ni idea de adónde lo llevaba, ni le importaba.

—¡Solo las horas de la noche valen la pena! —dijo Morgu en voz baja—. Por la noche, el mundo será nuestro para tomarlo, cuando los vientos negros sollocen en los cielos. Hablaremos con Ahrimán y los niños de alas verdes de Nazora. ¡Beberemos vino tinto con el maestro de la alegría del infierno!

Uno al lado del otro anduvieron sobre campos cubiertos de nieve mientras las horas morían detrás de ellos.

Llegaron, después de muchas horas de caminata, a un lugar donde un camino estrecho y virgen serpenteaba en una oscuridad inexpugnable. Pronto se detuvieron al borde de una cantera abandonada. Sonriendo, la bella mujer descendió por medio de un sendero resbaladizo y excavado en la roca. Y, por fin, en el suelo del gigantesco pozo, se volvió y extendió las manos.

—Esta es nuestra casa, mi Peter.

Peter miró a su alrededor y no le importó nada. Cielo o infierno, era de ella, y su hogar era suyo también. Sin embargo, la escena le resultaba vagamente familiar. De repente pensó en lo que le había dicho su esposa y tuvo miedo. Pero no había tenido tiempo para recordar. La mujer vampiro lo condujo rápidamente por el suelo blanco de la cantera hasta donde las oscuras aberturas invadían la pared del fondo. Entró en uno de estos túneles, seguida de Peter, y luego la oscuridad fue la de la noche más profunda.

Al oír a Peter tropezar, la mujer le dijo para animarlo:

—Pronto serás una criatura de las tinieblas, como yo.

En la penumbra, sus ojos habían adquirido un brillo verdoso que la convertía en una cosa animal, extrañamente maligna. Pero Peter la siguió a través de pasadizos laberínticos, hasta que llegaron a una gran cámara central en la que también brillaban otros ojos de animales.

Ahora había luz, porque por encima de él se extendía una fisura estrecha, y el blanco de la luna brillaba a través de ella. A su alrededor había hombres y mujeres de rostro perverso, algunos vestidos con ropas que no les quedaban bien, otros desnudos. Orbes siniestros lo examinaron.

Una mujer casi desnuda se acercó con los labios carmesí entreabiertos, y podría haber caído sobre él si Morgu no le hubiera ordenado que no lo hiciera.

En un rincón de la cueva, otra mujer, flácida, humana e inconsciente, colgaba encadenada contra la pared. La sangre manaba de una incisión en su cuello. En el suelo, a sus pies, un hombre yacía con la boca abierta para recoger las gotas.

—Esta es mi gente —dijo Morgu—. ¡Ven!

La siguió a una cámara donde decenas de antiguas cajas de madera yacían una al lado de la otra en el suelo de piedra. Las cajas estaban numeradas y llenas de tierra marrón que apestaba a descomposición. Luego lo condujo hacia el laberinto, a una cámara más pequeña donde solo había dos cajas y donde colgaban pinturas malignas de las paredes.

Aquí una suave alfombra cubría el suelo y la luz de la luna se filtraba a través de un nicho en el techo; y en una mesa cerca de un sofá cubierto con seda rojo sangre, estaba una figura de labios rojos: Ahrimán, el demonio de la noche, en bronce. Y Morgu dijo, sonriendo:

—Este es mi tocador, amado. Nuestro tocador. Tu cama está al lado de la mía. ¡Ámame, Peter!

Peter la tomó en sus brazos y la colocó en el sofá. La faja escarlata que cubría sus pechos se aflojó en sus dedos, y los sintió latiendo con excitación maligna. Cada movimiento de su seductor cuerpo era una sinfonía oscura mientras se aferraba a él, atrayéndolo más cerca. Sus sentidos nadaron; la sangre hervía en sus venas.

Allí, en la reclusión de ese extraño tocador, cedió por completo al atractivo hipnótico de los ojos sin fondo de la mujer y a las súplicas susurrantes de su voz sedosa. Sus labios le extrajeron el alma de su pecho agitado. La carne suave como el yeso se estremeció bajo la ávida presión de sus dedos. Y, cuando por fin se recostó, el suave susurro de su voz formó algunas palabras.

—No es la muerte, Peter. No sentirás dolor, sólo éxtasis. Durante un día dormirás; luego, cuando vuelva a caer la noche, iremos juntos, hijos de la noche.

Sin miedo, vio sus labios descender a su cuello y sintió la presión. Sus pechos llenos pesaban contra él y sus brazos lo rodeaban. Y luego, de repente, la mujer retrocedió. Un grito áspero tintineó de sus labios mientras caía hacia atrás, mirando algo más allá de él.

Peter se volvió violentamente y contempló una visión extraña: una figura vestida completamente de blanco y una antorcha encendida sostenida en alto. Sus ojos se abrieron de par en par. A su lado, Morgu se había cubierto la cara y estaba gritando, porque la llama que avanzaba era una cruz.

Directamente hacia el sofá llegó la mujer de blanco, aparentemente sin miedo.

Era la esposa de Peter Marabeck.

Morgu, gritando, se incorporó de un salto y corrió medio desnuda hacia la puerta. La otra, bajando la antorcha, dijo en voz baja:

—No tengas miedo, Peter.

Peter susurró su nombre. Como un niño, se aferró a ella, murmurando una confesión de lo que había hecho, de lo que, peor aún, iba a hacer. Pero su esposa respondió simplemente:

—Es un demonio, Peter. Cualquier hombre habría hecho lo mismo.

Aturdido, todavía sollozando, Peter se dejó llevar fuera de la habitación. Los horrores que lo rodeaban eran confusos. Por todos lados, los demonios del clan hambriento de Morgu avanzaron, solo para retroceder aterrorizados por el resplandor de la cruz en llamas. Luego se paró en la entrada de las cuevas, y detrás de él, en la oscuridad del túnel, estaba la mujer de la pasión, la mujer llamada Morgu mirándolo con malvados ojos verdes.

Se estremeció. Su esposa sostuvo la antorcha encendida en alto y juntos treparon por el camino estrecho y tortuoso hasta el borde de la cantera. Allí su esposa se volvió y dijo:

—Te amo, Peter.

Ella presionó la antorcha en su mano y sus labios encontraron los suyos.

—Te amo, pero ahora debo dejarte. Toma esta antorcha y vete a casa. Cuando vuelva la noche, amado mío, ven a mi tumba en el cementerio.

—Sí —dijo Peter.

—Y trae un cuchillo, Peter. Un cuchillo de plata.

Luego se marchó y, a través de la nieve blanca, una elegante forma de sombra parecida a un lobo se alejó corriendo, girando en la cima de la primera colina iluminada por la luna para mirarlo.

El sótano de la casa de Peter Marabeck se llenó con un clamor rechinante, y Peter estaba de pie en un banco de trabajo, haciendo rodar una piedra de afilar. Habían pasado horas desde su regreso a casa, pero su esposa le había dicho que trajera un cuchillo, y el cuchillo debía ser de plata.

El doctor Markham lo estaba esperando.

—Así que por fin has venido —había dicho Markham con el ceño fruncido—. ¡Ya era hora! ¡Tuve que sacar el cuerpo de Menner de aquí yo mismo!

Peter lo lamentaba, pero ahora tenía otras cosas en las que pensar. El sol se pondría pronto y tendría que ir por el camino del valle hasta el cementerio. Jane estaría allí, esperando.

La piedra de afilar cantó un acompañamiento gutural a sus pensamientos.

Más tarde, temblando un poco de frío, cerró la puerta a sus espaldas y salió. Una penumbra plomiza difuminaba los desvanecidos reflejos del sol. Sería una noche oscura, pensó, con nubes grises corriendo por el cielo. No habría luna.

Llegó al cementerio. Miró a su alrededor y tuvo miedo. Pero prosiguió y finalmente se detuvo junto a la lápida que marcaba la tumba de su esposa. Humildemente se arrodilló, limpió la losa con la mano y leyó las palabras grabadas allí. Eran sus propias palabras, diciendo simplemente:


QUERIDA JANE, MI ESPOSA.


Y luego llegó Jane.

Ella se paró frente a él, sonriendo, con los brazos extendidos. El mismo vestido delgado revelaba su exquisita hermosura, y parecía no sentir el aire frío de la noche.

—Sabía que vendrías, Peter —dijo en voz baja—. Sabía que no tendrías miedo.

Pensó: «No, no tengo miedo. Morgu es todo lo que temo, y seguramente no vendrá a buscarme esta noche.»

En voz alta dijo:

—Me dijiste que trajera un cuchillo...

—Sí, Peter. Pero primero tómame en tus brazos. Abrázame. Te dará valor.

La sostuvo contra él y se dio cuenta vagamente de que había dos tipos de amor, el bueno y el malo. Este tipo era bueno. Su cuerpo se fusionó con el de él y se volvió más cálido, y cuando su mano buscó la suave curva de su cintura, fue gentil a pesar del anhelo que lo invadió. Curiosamente, parecía calentado por la presión de la piel suave como el satén, aunque no había calor en ella. Y de repente hizo una pregunta que le había preocupado durante muchas horas.

—Anoche, querida, cuando sostuviste la cruz, ¿por qué no te…

—¿Por qué no me destruyó, Peter? No sé. Pero cuando oré pidiendo ayuda para salvarte, fue porque te amaba. El suyo no era mi tipo de amor; era un hambre bestial. ¿Le temes a la muerte, Peter?

—No —dijo con sinceridad.

—¿Tienes miedo de morir?

—No.

—¿Trajiste el cuchillo?

Sacó el cuchillo del bolsillo y se lo mostró. Luego dijo casi inaudiblemente:

—Hay dos maneras de estar juntos, amado mío. Existe el camino de esa mujer llamada Morgu, pero es un camino de pecado y no hay felicidad en él. El otro camino significa paz y amor, pero necesitarás coraje y fe.

—Tengo fe —respondió.

—Entonces…

Ella medio descubrió sus pálidos pechos y volvió sus labios hacia los de él. Ninguna palabra se dijo mientras se abrazaron por última vez. Luego ella susurró suavemente:

—No me hará daño, Peter. Un momento de dolor y habré muerto de verdad. Entonces, si tu amor por mí es mayor que el miedo, puedes unirte a mí.

Cerró los ojos y esperó, y durante muchos minutos Peter se mantuvo rígido, luchando contra el terror que amenazaba con apoderarse de él. Cerró los ojos y oró, y luego su mano izquierda buscó su piel fría. Su derecha, sujetando el cuchillo, se elevó más y tembló.

—¡No puedo hacerlo! —gimió.

—Si me amas, Peter...

Temblando, clavó la hoja en su sitio, y la punta plateada se hundió profundamente en el tierno montículo de su pecho y la sangre brotó de la herida. Sus labios se abrieron con un dolor repentino. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Sé valiente Peter!

Luego, su cuerpo se desplomó sin vida en la nieve. Con un grito, Peter cayó de rodillas a su lado. Sus manos agarraron el cuchillo y lo soltaron. Sollozando, presionó sus labios contra los de ella y supo que estaba muerta. Estuvo largo rato allí, mientras la sangre de su pecho perforado manchaba su ropa. Luego, tambaleándose, se paró sobre ella y hundió la hoja en su propio cuerpo. La agonía forzó un gemido bajo de sus labios tensos. La empuñadura del cuchillo permaneció sobresaliendo de su pecho. El dolor lo aterrorizó. Luego, detrás de él, se pronunció su propio nombre en voz alta.

—¡Peter!

Se volvió a ciegas. La muerte era solo cuestión de momentos, y se habría caído si su cuerpo no se hubiera puesto rígido involuntariamente por lo que vio. Allí, cerca de él, estaba la mujer llamada Morgu, casi desnuda y exóticamente hermosa. Sus brazos estaban extendidos hacia él y sus ojos eran imanes que lo atraían hacia adelante.

Sólo por un momento, Peter se dio cuenta de las espantosas consecuencias. Él estaba muriendo.

Si esos seductores labios carmín mordieran su cuello antes de que llegara la muerte, el abismo entre él y la mujer que yacía muerta en la nieve sería infinito para siempre, y él sería una criatura de la noche, malvada, vil y solitaria.

Entonces sus ojos se abrieron con deseo. Tropezó hacia adelante, ajeno incluso a la agonía. Los brazos de Morgu se enroscaron sinuosamente a su alrededor y su cuerpo casi desnudo se estremeció en su loco abrazo.

El dolor y la pasión rabiaron en el cuerpo atormentado de Peter. La mujer estaba desnuda ahora; sus dedos frenéticos habían desgarrado la faja escarlata de sus pechos. Su boca inquisitiva se aferró a la de él y pareció drenar la agonía de su interior, agotando también su vida. El triunfo brilló en sus ojos.

Se aferró a ella y se mantuvo erguido con una fuerza nacida de la pasión. Entonces, la agonía infligida por el cuchillo suicida se volvió insoportable y se hundió en la nieve, flácido, inconsciente y peligrosamente cerca de la muerte.

Morgu, gruñendo de triunfo, se arrojó sobre él, buscando su cuello. Entonces era el final. Sabía que era el final. Esos dientes afilados se clavarían en su cuello y entonces ningún poder en el cielo o el infierno podría liberarlo.

Gimió el nombre de su esposa y cerró los ojos para borrar el inminente horror. Y luego, detrás de una alta lápida gris, a diez pasos de distancia, una forma indistinta apareció repentinamente al descubierto. Una lengua de fuego partió la oscuridad. Un estruendo, como el ladrido de un perro, ahogaba todos los demás sonidos.

La mujer se puso rígida sobre su víctima. Se llevó las manos a la garganta. Un grito bajo, casi inaudible, se ahogó en sus labios. Luchó convulsivamente por levantarse, pero cayó de espaldas sobre la nieve.

Desde su escondite en las sombras, el salvador de Peter avanzó lentamente. Tenía un revólver en una mano; en la otra, un puñado de balas. El revólver era antiguo, con el signo de la cruz grabado en el cañón, y las balas eran plateadas.

El hombre era el doctor Markham.

Con tristeza, se acercó al cuerpo tendido de Peter. Su mirada pasó a la mujer y se estremeció, pues el cuerpo desnudo se desintegraba lenta y horriblemente. Era el cuerpo de una bruja. En silencio, el doctor Markham levantó el cuerpo de Peter Marabeck de la nieve y lo colocó junto al cuerpo de su esposa. Su cuerpo no había cambiado, ni siquiera en la muerte. El rostro vuelto hacia arriba, pálido y encantador, seguía sonriendo.

Markham colocó los dos cuerpos uno al lado del otro y con reverencia extendió su abrigo sobre ellos. Luego se volvió. De la mujer llamada Morgu no quedó nada más que una lúgubre mancha oscura en la nieve.

—Terminado —murmuró Markham—. Terminado por fin, gracias a Dios. Ahora será un asunto fácil destruir a los demás...

Por un momento permaneció inmóvil, con las manos cruzadas y el rostro levantado en actitud de oración. Luego, con una última mirada a las dos formas silenciosas en la nieve, se fue.

Hugh B. Cave (1910-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hugh B. Cave.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Hugh B. Cave: La presa de los nocturnos (Prey of the Nightborn), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Artículo.
Relato de Hugh B. Cave.
Relato de Robert E. Howard.

Análisis de «Las ¿ratas? en las paredes».
Relato de Shirley Jackson.
Poema de Hannah More.