«Los muertos sedientos»: Raymond Whetstone; relato y análisis.


«Los muertos sedientos»: Raymond Whetstone; relato y análisis.




«¿Cómo puedo seguir luchando?
¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de unirme a ellos?»



Los muertos sedientos (The Thirsty Dead) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Raymond Whetstone (¿?), publicado originalmente en la edición de marzo de 1935 de la revista Terror Tales.

Los muertos sedientos, el primer cuento de Raymond Whetstone [uno de los seudónimos más herméticos del pulp], cuenta la historia de un joven que se encuentra con un anciano llamado Philip Moore, a quien todos temen [y que a todas luces es un vampiro], y movido por la piedad acepta la invitación de pasar un tarde con él en su vieja mansión [ver: ¿Por qué los vampiros necesitan ser invitados?]

Es una historia muy sencilla, elemental, donde todo es previsible, donde todo es cliché, excepto el pasaje final, que pone en duda la credibilidad del narrador y, en consecuencia, todo lo que hemos leído hasta ese momento.



«La casa se agazapaba como un sapo leproso en medio de arces marchitos y moribundos. A veces él salía al porche, una diminuta figura negra. Su aspecto me provocaba una sensación extraña, un escalofrío de pavor que me recorría el cuerpo. Aquel sentimiento no se debía únicamente a los rumores inquietantes que circulaban sobre él —palabras dichas en voz baja, cuyas implicaciones resultaban mucho más aterradoras que su significado literal—. Incluso desde lejos, era evidente que algo andaba mal con él; algo casi inconcebible. ¿Sería posible que aquellos rumores fueran ciertos?»


Philip Moore es el clásico vampiro [«menudo, parecido a una araña»] que vive en una casa embrujada, en este caso, situada en un bosque «a las afueras de Willoughby». Los lugareños, por supuesto, lo evitan; creen que es un practicante de la magia negra. La única persona que tiene tratos con él es su ama de llaves, Hilda, «una vieja bruja espantosa, con una mueca perpetua en su rostro marcado por la viruela». Si bien es un panorama convencional, resulta prometedor para el amante del género.

El narrador, que hace lo que se espera de él para que la historia progrese, accede a pasar una hora en compañía del anciano, movido por la compasión ante su soledad. En cierto momento, Moore toma un violín que, según afirma, fue un regalo de Paganini, quien además le enseñó a tocarlo:


«Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió ni dijo una palabra. Luego, el anciano se acercó a un armario que había en un rincón y sacó un estuche de violín muy desgastado. Tras llevarlo junto a la chimenea, abrió la tapa con reverencia. En su interior, sobre un lecho de terciopelo azul, reposaba un magnífico Stradivarius; su madera pulida resplandecía bajo la luz del fuego.»


Todo parece normal, excepto que Paganini, a quien se le atribuye haber firmado un pacto con el diablo a cambio de obtener un talento inusual para la música, lleva muerto alrededor de un siglo.


«—Dicen algunos que Paganini aprendió su técnica del diablo —continuó, hablándose más a sí mismo que a mí—. Pero ¿quién podría saberlo mejor que yo? ¿Acaso no fuimos ambos alumnos del mismo maestro?»


Al mejor estilo Erich Zann, la dulce música de Moore cambia, «mancillando su pureza». Se vuelve «siniestra y amenazante», una ráfaga de «sonidos discordantes» [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. El narrador empieza a ver «rostros espantosos» que lo observan con malicia, «arañándome con manos descarnadas». A su alrededor flotan «calaveras sonrientes» que profieren obscenidades.


«Y entonces —¡el colmo del horror!—, la habitación comenzó a llenarse de formas extrañas y terribles. Comprendí que aquella música infernal las había invocado; supe, además, el motivo de su llegada. Eran figuras vagas y amorfas, que se retorcían y ondulaban, apenas más tangibles que el humo o la niebla. Pero cada una de ellas poseía una boca cruel y hambrienta, y unos ojos que brillaban con sed de sangre. Lenta e inexorablemente, se acercaban... cada vez más...»


El narrador huye, no se sabe cómo, se golpea la cabeza y pierde el conocimiento. Despierta en el hospital. El médico le diagnostica un ataque de «fiebre cerebral» [?]. Se burla de su experiencia, pero el narrador sabe que todo fue real debido al «inexplicable alargamiento y afilamiento de mis colmillos». Más aún, sus sentidos han aumentado, puede notar que en el cuello «largo y terso» de la enfermera «late un pulso diminuto». Siente el «deseo desenfrenado de acercar mi boca, de desgarrar, de destrozar».

Los muertos sedientos no tiene casi nada rescatable, salvo un aspecto que para mí tiene su valor. Muchas historias de terror de la época proporcionaban explicaciones elaboradas, a menudo inverosímiles, para mostrar que sus sucesos de índole [aparentemente] sobrenatural no eran más que una experiencia personal, interna, a veces producto de la locura o del engaño de un villano depravado. Esta historia deja abierta la posibilidad de una explicación sobrenatural, aunque nuestro narrador, en teoría, acosado por vampiros, tal vez no sea del todo digno de confianza.

Raymond Whetstone fue un escritor bastante activo durante las décadas de 1930 y 1940, siempre dentro del ámbito pulp, aunque no he encontrado información fiable sobre él. De hecho, suena a seudónimo [y uno clamoroso], aunque aparentemente era su nombre real.




Los muertos sedientos.
The Thirsty Dead, Raymond Whetstone (¿?)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Lo había visto varias veces —aquel anciano menudo, parecido a una araña—, pero nunca tan de cerca. Hasta entonces, me había limitado a observar su casa con un catalejo; la vivienda se agazapaba, como un sapo leproso, en medio de unos arces marchitos y moribundos. A veces, él salía al porche —una diminuta figura negra— y se movía con inquietud, como si supiera que lo estaba observando; en esos momentos, su aspecto me provocaba una sensación extraña, un escalofrío de pavor que me recorría el cuerpo. Aquel sentimiento no se debía únicamente a los rumores inquietantes que circulaban sobre él —palabras dichas en voz baja, cuyas implicaciones resultaban mucho más aterradoras que su significado literal—. Incluso desde lejos, era evidente que algo andaba mal con él; algo casi inconcebible. ¿Sería posible que aquellos rumores fueran ciertos?

Aunque vivía a un tiro de piedra de Willoughby, jamás se acercaba al pueblo. Una vez a la semana, Helga, su ama de llaves, se dirigía cojeando a la tienda de comestibles para hacer las compras. Era una vieja horripilante, con una perpetua mueca de desprecio en su rostro marcado por la viruela y un cuerpo encorvado y retorcido, como el de un árbol azotado por el viento. Huelga decir que los lugareños le temían casi tanto como a su amo. «Ella también tiene el mal de ojo —murmuraban con tono sombrío—. ¡Ella también ha entregado su alma al diablo!».

Y, cada vez que la veían, se santiguaban.

Había salido a dar un paseo aquella tarde de otoño, buscando un respiro de la novela que estaba escribiendo. El bosque por el que caminaba empezaba a colorearse; los robles, de un rojo intenso, rivalizaban en esplendor con los arces amarillos. A lo largo de la orilla del arroyo, una hilera de zarzas escarlatas encendía el paisaje, mientras a lo lejos se alzaba un fresno blanco cuyas hojas se tornaban de un color bronce dorado. Avanzaba a buen paso, deleitándome con aquel derroche de belleza, llenando mis pulmones de un aire puro y penetrante, sin reparar en el paso del tiempo.

Las horas fueron pasando. El sol descendió hasta desaparecer tras una línea de colinas de tono violáceo. Una oscuridad, impalpable como el polvo fino, se fue filtrando a mi alrededor. Al darme cuenta de lo tarde que se estaba haciendo, emprendí el camino de regreso a Willoughby. Sabía que mi casera —una anciana con aire maternal— se preocuparía si tardaba demasiado.

Era imposible que él supiera que yo vendría; no había hecho ruido alguno al salir del bosque. Y, sin embargo, allí estaba, esperándome al borde del camino, con un farol polvoriento balanceándose en su brazo. Un viento gélido me atravesó cuando divisé aquella figura deforme y me topé con sus ojos brillantes.

—¿Y bien? —la palabra brotó de mis labios casi por sí sola.

—Me llamo Moore... Philip Moore. Es probable que haya oído hablar de mí —Su voz tenía el tono quebradizo de la senilidad; resultaba desagradable, pero a la vez patética—. Me... me preguntaba si le apetecería visitarme esta noche. Mi casa está muy cerca.

—Lo siento, pero no puedo, señor Moore. Se está haciendo tarde y debo estar ya en mi casa. Quizás en otra ocasión.

Me aparté bruscamente cuando él se acercó. No es que fuera una persona aprensiva, pero el aire a su alrededor estaba impregnado de un hedor a podredumbre. Además, esa extraña e inexplicable sensación de que él era horriblemente anormal, de que, en cierto modo, no era humano, intensificó mi inquietud. Así que comencé a alejarme.

—No se vaya. Por favor, no se vaya —sus dedos huesudos tiraron de mi manga, y acercó su rostro demacrado al mío—. No crea las cosas terribles que dicen sobre mí —suplicó con voz temblorosa—. ¡Son mentiras! ¡Mentiras monstruosas! Sabes que no podría hacerte daño, ni aunque quisiera. Mira lo débil y viejo que estoy. Quédate conmigo, aunque solo sea una hora. Me he sentido tan solo, sin nadie con quien hablar salvo esa estúpida ama de llaves. Es algo muy sencillo lo que te pido: solo una hora de tu compañía.

Vacilé; la lástima y la curiosidad luchaban contra mi sensación de pavor y repugnancia. Al fin y al cabo, ¿qué había que temer? El hombre no parecía capaz de hacerle daño ni a una mosca. Y estaba tan deseoso de mi compañía que sentí pena por él. Sabía las cosas terribles que la soledad puede provocar. Además, tenía curiosidad por ver cómo era su casa por dentro. Se contaban tantas historias extrañas sobre ella como sobre su dueño.

—Está bien —accedí a regañadientes—. Pero le advierto que no puedo quedarme más de una hora.

Un destello pareció cruzar su rostro, resaltando cada uno de sus afilados rasgos. Alcancé a ver dos ojos hipnóticos y llameantes, una nariz aguileña con las fosas nasales dilatadas y unos labios finos como el pergamino, contraídos hacia atrás... El efecto duró solo un instante, pero me heló la sangre en las venas.

—¿Entonces, vendrás? —exclamó con un tono agudo, triunfal, como el de un niño deforme e increíblemente anciano—. ¿Vendrás? ¡Ah, amigo mío, qué bueno eres conmigo! Eres joven. Llevas dentro la alegría de vivir; una alegría que yo casi he olvidado. Quizás me ayudes a volver a saborear la vida, a rejuvenecer... Quizás.

Ni siquiera entonces lo supe. No entendí a qué se refería.

Lo seguí a ciegas, estúpidamente, como una oveja sigue al carnicero. Subimos por un camino sinuoso y atravesamos un patio invadido por la maleza. Ante nosotros se alzaba la casa, sombría y amenazante; sus ventanas oscuras se abrían al vacío como ojos ciegos. Mi anfitrión avanzó rápidamente por el porche delantero, que se caía a pedazos, y abrió la puerta de par en par. Un aire frío y húmedo salió de golpe, envolviéndome como una manta asfixiante. Tosí una vez y me sentí irritado al oír la risita seca y sin alegría del anciano.

Iluminada por la luz de un farol, la estancia en la que entramos se veía tenue, fantasmal y extraordinariamente grande. Numerosas sillas y mesas se repartían por el lugar; a lo largo de una de las paredes se extendía una enorme chimenea, flanqueada por estantes vacíos que, en otro tiempo, tal vez albergaron libros. Una capa de polvo lo cubría todo, y de las ventanas y el techo colgaban telarañas a modo de guirnaldas. Un intenso olor a descomposición me golpeó el olfato.

—Rara vez vengo —susurró el anciano, adivinando, al parecer, lo que pasaba por mi mente—. Lo mantengo cerrado, salvo cuando recibo invitados.

—¿Tiene muchos? —no pude evitar preguntar.

—Usted es el primero... en mucho tiempo.

Una vez más, su rostro experimentó aquella metamorfosis que tanto me había sobresaltado mientras íbamos por el camino. Sentí su mano sobre mi brazo y me aparté de un tirón, como si me hubieran tocado unas escamas de reptil.

—Estoy olvidando mis deberes como anfitrión —aquel destello de obsceno triunfo se apagó en sus ojos. Aparte de un ligero espasmo en la boca, sus facciones recuperaron la calma—. Siéntase como en su casa mientras traigo algo de leña. Hace demasiado frío aquí como para estar sin fuego.

Me dejé caer en una silla, sin darme cuenta hasta ese instante de la fatiga abrumadora que sentía. Tras dejar el farol sobre una mesa cercana, él se deslizó por la estancia y desapareció por una puerta situada al otro lado. Oí una voz femenina, que fue silenciada de inmediato por un par de palabras susurradas por el anciano. Luego, la puerta se cerró de golpe.

Me quedé solo en aquella habitación sombría y misteriosa. Solo, y de pronto invadido por un miedo atroz que me cortaba la respiración y me oprimía el corazón con sus manos esqueléticas. Intuí que corría un peligro terrible; supe que debía escapar mientras aún estaba a tiempo. Ni siquiera intenté averiguar por qué me invadía un frío tan intenso. Solo sabía que aquel miedo era real, casi algo físico. Sin embargo, no podía moverme. Una fuerza —esa extraña sensación de fatiga—, más poderosa que mi propia voluntad, me impedía moverme, manteniéndome sujeto a la silla como si estuviera atado por cadenas invisibles.

Sin poder hacer nada, aguardé lo que fuera a suceder.

El anciano regresó cargando una buena cantidad de leña. Con destreza, colocó el combustible en la chimenea y encendió una cerilla. Pronto, las llamas empezaron a ascender por la negra boca de la chimenea, proyectando oleadas de calor por toda la estancia. Me incliné hacia adelante, olvidándome de mi miedo y de aquella extraña y pesada lasitud; mi cuerpo, entumecido por el frío, absorbía con avidez el calor. Podía sentir que el anciano me observaba; sabía que estaba sonriendo, aunque su rostro permanecía en la penumbra.

Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió ni dijo una palabra. Luego, el anciano se acercó a un armario que había en un rincón y sacó un estuche de violín muy desgastado. Tras llevarlo junto a la chimenea, abrió la tapa con reverencia. En su interior, sobre un lecho de terciopelo azul, reposaba un magnífico Stradivarius; su madera pulida resplandecía bajo la luz del fuego. Me quedé sin aliento al comprender su valor.

—¡Es el instrumento de Paganini... Paganini, el violinista más grande de todos los tiempos!

El anciano habló con aire soñador, sin apartar la mirada del objeto inestimable que sostenía entre sus manos.

—Él mismo me lo entregó antes de morir.

—¿Antes de morir? —repetí, atónito—. ¡Pero si Paganini lleva muerto casi cien años!

No prestó atención a mis palabras.

—Dicen algunos que Paganini aprendió su técnica del diablo —continuó, hablándose más a sí mismo que a mí—. Pero ¿quién podría saberlo mejor que yo? ¿Acaso no fuimos ambos alumnos del mismo maestro?

No cabía duda: el hombre estaba loco. Completamente loco. Estremeciéndome, intenté levantarme de la silla, pero me hizo señas para que permaneciera sentado.

—¡Tocaré para usted! —exclamó con vehemencia—. ¡Tocaré tal como lo haría Paganini... si estuviera vivo esta noche!

¿Cómo podría hablar de su música? ¿Cómo describir el color a un ciego? La llama de su genio insuflaba una vida vibrante al instrumento que sostenía entre sus manos.

Deslizó el arco sobre las cuerdas y una melodía lenta y seductora inundó aquella estancia sumida en sombras. Había algo hipnótico en su ritmo constante, inmutable; algo que me infundió una engañosa sensación de paz y seguridad.

Fascinado por aquel flujo cristalino de sonidos, me recosté, abandonándome a una lasitud abrumadora, mientras una gloriosa multitud de visiones desfilaba por mi mente.

Poco a poco, casi de forma imperceptible, la música cambió. Una nota menor se filtró en ella, mancillando su pureza. Se volvió siniestra y amenazante, un torrente impetuoso de sonidos discordantes. También las visiones se transformaron: rostros espantosos me miraban con malicia, arañándome con manos descarnadas. Calaveras sonrientes flotaban a mi alrededor, articulando obscenidades. Una horda de seres que gritaban se disputaba un sudario en descomposición. ¡Aquel arroyo límpido y claro se había convertido en un torrente fétido y lodoso, surgido del mismísimo infierno!

Dejó el violín y se acercó lentamente. Aún bajo el hechizo de su música diabólica, incapaz de mover un solo músculo, vi el brillo de regocijo en sus ojos y cómo sus labios se retraían, dejando al descubierto sus afilados dientes. Un hilo de saliva le escurría por la comisura de la boca...

—¡He esperado mucho... tanto tiempo! —murmuró, inclinándose sobre mí—. ¡Pero ahora... ahora podré beber hasta saciarme!

Entonces, como una bestia voraz, se abalanzó sobre mi camisa y la rasgó. Unos labios fríos y húmedos se adhirieron a mi garganta, aferrándose a ella. ¡Sus dientes puntiagudos buscaban mi yugular! El sudor brotó por mi piel mientras luchaba por liberarme de la terrible parálisis que me atenazaba. Fue inútil. No podía ni siquiera levantar un dedo para proteger mi cuerpo —mi alma— de aquella entidad malévola que me había atacado.

De repente, Helga, el ama de llaves de aspecto brujeril, apareció en la habitación; sus ojos ardían con una locura desenfrenada y su puño escuálido aferraba un cuchillo reluciente.

—¡Engendro del infierno! —chilló—. ¿Acaso no prometiste compartirlo conmigo?

Y un torrente de viles maldiciones brotó de su boca retorcida.

La Cosa alzó sus fauces goteantes y se abalanzó sobre ella. Entre mordiscos y zarpazos, ambos cayeron al suelo, enredados en una lucha furiosa de cuerpos que se retorcían. Helga apuñaló al anciano una y otra vez. Pero, o bien no lograba alcanzar un punto vital, o tal vez él era invulnerable a las armas convencionales, pues las estocadas parecían no surtir efecto alguno. El combate continuó, volviéndose cada vez más atroz debido a actos de un odio sádico.

Y entonces —¡el colmo del horror!—, la habitación comenzó a llenarse de formas extrañas y terribles. Comprendí que aquella música infernal las había invocado; supe, además, el motivo de su llegada. Eran figuras vagas y amorfas, que se retorcían y ondulaban, apenas más tangibles que el humo o la niebla. Pero cada una de ellas poseía una boca cruel y hambrienta, y unos ojos que brillaban con sed de sangre. Lenta e inexorablemente, se acercaban... cada vez más...

El terror absoluto debió de romper, en ese instante, el vínculo invisible que atenazaba mi mente.

Me vi libre —milagrosamente libre— del hechizo hipnótico que me mantenía prisionero. Gritando como un alma en pena, corrí hacia la puerta y la abrí de un golpe. A mis espaldas estalló un clamor infernal. Tropecé al bajar los escalones, con la jauría de sabuesos infernales pisándome los talones. A unos doce metros, gorgoteaba el riachuelo junto al cual había caminado aquella misma tarde. Luché desesperadamente por alcanzarlo y cruzarlo para perderme en el bosque —limpio, oscuro y acogedor— que se extendía al otro lado.

Estaba a punto de lograrlo cuando mi pie se enredó en una raíz. Caí al suelo con una fuerza atroz. Antes de que pudiera levantarme, se abalanzaron sobre mí; sus labios gélidos y babeantes se adhirieron a mi carne temblorosa. Un olvido misericordioso descendió sobre mí, borrando mi horror y mi agonía...

Llevo ya mucho tiempo aquí. El médico viene a visitarme todos los días. Es muy paciente y amable, pero insiste en que sufrí un ataque de «fiebre cerebral» allá en el bosque. Se ríe de mí cuando le repito lo que realmente ocurrió. ¡Maldito sea! ¿Acaso cree que puede engañarme? ¿Por qué no sabe explicar el inexplicable alargamiento y afilamiento de mis colmillos? ¿Por qué aparta la mirada cuando le pregunto qué causó esas heridas en mi cuello?

La enfermera también es amable. Es una chica guapa, con un cuello largo y terso en el que late un pulso diminuto. Ese pulso me fascina. Siento un deseo desenfrenado de acercar mi boca, de desgarrar, de destrozar...

¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios implacable! ¿Acaso no hay esperanza?

¿No hay nada que pueda salvarme? ¿Acaso soy ya uno de ellos?

Me han dicho que el anciano y su ama de llaves han desaparecido. La casa ya no está habitada. Bien puedo creerlo, pues cada noche veo sus rostros malvados tras la ventana, regodeándose a mi costa. ¡Cada noche escucho las notas infernales de un violín que me llama, que me ordena acudir! ¿Cómo puedo seguir luchando contra ellos? Estoy tan cansado... tan sumamente cansado. ¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de unirme a ellos?

Raymond Whetstone (¿?)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de vampiros.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Raymond Whetstone: Los muertos sedientos (The Thirsty Dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La glicina gigante»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.


«La glicina gigante»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




«Las hojas de la glicinia —esas que parecen dedos—
parecían reptar sobre ellos.»



La glicina gigante (The Giant Wistaria) es un relato de fantasmas de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición de junio de 1891 de la revista New England Magazine, y firmado con el seudónimo: «Charlotte P. Stetson».

La glicina gigante, uno de los cuentos de Charlotte Perkins menos conocidos, nos sitúa en Nueva Inglaterra y presenta dos historias que transcurren en la misma casa, con un siglo de diferencia, relacionadas con una planta de glicina (Wisteria sinensis), testigo de un hecho trágico que resuena a través de los años.


«—Tiene un siglo, al menos —respondió él—. Esta agua actúa como conservante; contiene cal. ¡Ah! ¿Te refieres al...? No más de un mes. Era un bebé muy pequeño.»


La glicina gigante transcurre en dos épocas distintas: el siglo XVIII y el siglo XIX. Comienza con una familia inglesa y un escándalo: la hija menor ha dado a luz fuera del matrimonio. A pesar de sus súplicas, sus padres planean entregar al niño, casar a la joven con un primo [al que ella rechazó en repetidas ocasiones] dispuesto a aceptarla, y luego regresar a Inglaterra para evitar un escándalo.

Cien años después, la casa donde la chica dio a luz se encuentra en un estado calamitoso, con sus muros prácticamente devorados por una enorme planta de glicina [o glicinia]. Un grupo de amigos adinerados quedan cautivados por su «encanto rústico» —y por la expectativa de que estuviera embrujada—, y deciden alquilarla para pasar el verano. Tras la primera noche, la mitad del grupo despierta habiendo compartido el mismo sueño: una chica fantasmagórica que sostiene un bulto en brazos y lleva una cruz roja alrededor del cuello.

Después de unir las diferentes perspectivas de lo que parece ser un mismo sueño, el grupo deduce que deben investigar el sótano. Allí encuentran un pozo, donde uno de ellos soñó que el fantasma de la mujer desaparecía. Al izar el cubo, descubren el cuerpo de un recién nacido.

Poco tiempo después, la luz de la mañana revela los restos de una mujer estrangulada por las raíces de la glicina.

La principal dificultad de La glicina gigante se encuentra en la primera parte [muy poco desarrollada y hasta innecesaria], que transcurre durante el siglo XVIII, con su pesado y excesivo uso del inglés de la época. Lo demás es mucho más interesante, estremecedor por momentos, aunque en general es una historia opacada por el triunfo posterior de Charlotte Perkins: El empapelado amarillo (The Yellow Wallpaper), publicado un año después. Sin embargo, La glicina gigante y El empapelado amarillo comparten los mismos temas subyacentes: la represión de la sexualidad femenina y el control familiar y social sobre el ámbito de la maternidad [ver: La depresión post-parto en el horror] Volveremos sobre esto más adelante.

Resulta curioso el uso de la glicina [no de un roble, no de un ciprés, no de un tejo] en una historia de fantasmas. Hay quien afirma que la elección de wistaria se debe a su semejanza fonética con hysteria [«histeria»], vinculando de este modo a la planta con lo que, se creía, era un rasgo dominante de la psique femenina. Tratándose de Charlotte Perkins, es una posibilidad factible. Además, Charlotte tenía profundos conocimientos de botánica, por lo que el aspecto de la glicina, su crecimiento desbordado, retorcido, su resistencia, sus raíces profundas, capaces de perforar los cimientos de una casa [patriarcal], son ideales para abrazar el secreto macabro que se esconde en el corazón de esta historia.

En esta Nueva Inglaterra colonial y puritana, la glicina [originaria de China] es tan extranjera como la familia de inmigrantes ingleses [y adinerados] cuya hija se convierte en madre soltera. De hecho, tanto el escenario, la época, como el drama central, se asemejan bastante a la tragedia de Hester Prynne en la novela de Nathaniel Hawthorne: La letra escarlata (The Scarlet Letter); es decir, en términos de representación de la frágil situación de la mujer [en ambos casos, madres solteras] en la sociedad puritana.

El gran misterio de esta historia es qué ocurre en el medio, es decir, después del preludio y antes de que el grupo de amigos alquile la casa. Por un lado, sabemos que la familia de la chica pensaba entregar al bebé y casar a su hija con un primo; por el otro, encontramos los cuerpos del bebé y la mujer en el pozo. ¿Cómo llegaron hasta ahí? ¿Cómo murieron? El final es cerrado, pero el desarrollo es abierto. Un recurso que resulta interesante. Suscita más interrogantes que respuestas; y en este tipo de historias, al menos, eso funciona de maravillas.

Es sugestivo que, en la segunda parte, los hombres vean a la glicina como un obstáculo [¿transgresión? ¿pecado?] para su estancia en la casa [la estructura social aceptada], y sugieren cortarla. Las mujeres, por su parte, especialmente Jenny, intentan protegerla, y le advierten a los varones que la dejen en paz. En otras palabras, los hombres en este cuento están desvinculados de la naturaleza. Para ellos, tipos racionales, la glicina es una molestia, mientras que las mujeres se muestran más empáticas, más espirituales; perciben que la planta encierra una historia que debe ser rescatada y contada [ver: Casas como metáfora de la psique]

Las afinidades entre La glicina gigante y El empapelado amarillo son evidentes. Ambas historias tratan sobre la represión de la sexualidad femenina [y casas en ruinas, jardines antiguos y descuidados] y la acción de las instituciones patriarcales sobre la maternidad, con el valor agregado de ser algo más meras revisiones posteriores. Son dramas escritos en medio de una cultura predominantemente represora. Desde luego, El empapelado amarillo es infinitamente superior, en todos los sentidos, pero su existencia y eficacia sin dudas le deben mucho a su predecesor.

En este contexto, hay que destacar que Jenny es quien ansía alquilar la casa con la esperanza de que estuviera embrujada. Su estado de ánimo, sus afinidades intelectuales y espirituales, la sincronizan con la historia de fondo. De hecho, por pedido de Jenny, George invita al resto con el objeto de investigar el pasado de la casa. Algo similar ocurre en El empapelado amarillo, donde un joven matrimonio se muda a una casa de verano [aparentemente embrujada] para que la narradora pueda «curarse» de una depresión post-parto. Mientras se la somete a su «tratamiento» [encierro, cama, bromuro y aislamiento del bebé], la narradora experimenta un progresivo descenso hacia la locura. A la luz de todo esto, uno se pregunta si Jenny y su conexión con la casa, en La glicina gigante, no son en realidad síntomas de un desequilibrio mental, desde luego, visto y diagnosticado desde la perspectiva de las expectativas sociales de la época [ver: Puérpera, loca y poseída: análisis de «El empapelado amarillo»]

Digamos que los puntos de vista son distintos en ambas historias. En La glicina gigante, una casa «llama» a una mujer para que esta descubra sus secretos: en El empapelado amarillo, la casa se convierte en una metáfora del estado mental de su protagonista [ver: La casa embrujada como representación del cuerpo de la mujer]. Sin embargo, solo hay que correr un poco la mira para descubrir que la casa de la glicina, en términos edilicios, es parte del cuerpo de la madre soltera, solo que no conocemos su punto de vista en la historia.

De hecho, casi todo ocurre fuera de escena en La glicina gigante: la muerte de la madre soltera, la muerte del bebé, el incidente que los llevó, voluntariamente o por la fuerza, a pasar cien años en un pozo. En El empapelado amarillo, en cambio, todo [las prácticas abusivas, el aislamiento social, los tratamientos médicos que hoy consideraríamos una forma de tortura, el consecuente brote psicótico] ocurre en primera persona.

El fantasma de la madre soltera es algo decepcionante. Está ahí, simplemente. Recorre la casa por las noches, revuelve los cajones e insinúa a Jenny su historia de fondo. No ofrece resistencia y las señales que proporciona son bastante claras; es decir, los vivos no tienen que descifrar nada. Entre Jenny y ella no hay un vínculo de maternidad frustrada. Jenny no ha sufrido ningún trauma, ningún maltrato, sin embargo, su marido le proporciona bromuro para aliviar sus «nervios» [en realidad, funciona como un correctivo para comportamientos considerados inadecuados para una dama], lo mismo que le ocurre a la protagonista de El empapelado. Parece cuestión de tiempo para que ambas mujeres tengan más en común [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el horror]




La glicina gigante.
The Giant Wistaria, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—No te metas con mi vid, niña. ¡Mira! Ya has roto el tierno brote. Ni la aguja ni la rueca son para ti, y aun así no puedes estarte quieta.

Sus dedos nerviosos vacilaron, se aferraron a una pequeña cruz de cornalina que colgaba de su cuello y luego cayeron, llenos de desesperación.

—¡Devuélveme a mi hijo, madre, y entonces me estaré quieta!

—¡Calla, calla, insensata! ¡Podría haber alguien cerca! Mira, ahí viene tu padre. ¡Entra rápido!

Ella alzó la mirada hacia el rostro de su madre; eran ojos cansados ​​que, sin embargo, conservaban un destello vacilante en sus profundidades.

—¿Eres madre y no sientes piedad por mí? ¡Devuélveme a mi hijo!

Su voz se alzó en un grito extraño y ahogado, interrumpido por la mano de su padre, que le cubrió la boca.

—¡Desvergonzada! —dijo él, apretando los dientes—. ¡Vete a tu aposento y no te dejes ver esta noche, o te haré atar!

Ella se marchó, seguida por una sirvienta de rostro severo, quien poco después regresó para entregarle una llave a su ama.

—¿Está bien ella? ¿Y el niño también?

—Está tranquila, señora Dwining; pasará la noche bien, no tenga duda. El niño lloriquea sin cesar, pero, fuera de eso, crece sano bajo mi cuidado.

Los padres quedaron solos en el alto porche sostenido por grandes columnas. La luna, al ascender, comenzó a proyectar tenues sombras de las hojas de la joven vid —que crecía con exuberancia a su alrededor—; sombras que se movían como pequeños dedos que se estiraban sobre las anchas y pesadas tablas del suelo de roble.

—Crece bien esta vid que trajiste en el barco, esposo mío.

—Sí —intervino con amargura—. Y lo mismo ocurre con la vergüenza que ha traído. Si lo hubiera sabido, habría preferido que el barco se hundiera con nosotros y ver a nuestra hija ahogada, antes que llegar a este extremo.

—Eres muy duro, Samuel. ¿No temes por su vida? Sufre profundamente por el niño, por los verdes campos donde solía pasear.

—No —respondió él con severidad—, no temo. Ya ha perdido algo que vale más que la vida; y pronto tendrá aire de sobra. Mañana el barco estará listo y regresaremos a Inglaterra. Aquí nadie sabe nada de nuestra deshonra, nadie en absoluto; y si el pueblo se queda con un niño al que habrá que criar como es debido... bueno, no es la primera vez que sucede, ni siquiera aquí. Estará bien cuidado. Y, a decir verdad, debemos estar agradecidos de que su primo todavía esté dispuesto a casarse con ella.

—¿Se lo has dicho?

—¡Pues claro! ¿Acaso crees que iba a llevar la deshonra a la casa de otro hombre sin que él lo supiera? Él siempre la ha deseado, pero ella nunca quiso saber nada de él, ¡qué testaruda! ¡Ahora ya no tiene muchas opciones!

—¿Será amable con ella, Samuel? ¿Podrá...?

—¿Amable? ¿Cómo llamas tú a tomar por esposa a una mujer como ella? ¡Amable! ¿Cuántos hombres aceptarían casarse con ella, incluso si tuviera el doble de fortuna? Y, como ya es de la familia, él estará encantado de ocultar esta mancha para siempre.

—¿Y si ella se niega? Él es un hombre tosco, y ella siempre lo ha evitado.

—¿Has perdido el juicio, mujer? O se casa con él antes de que zarpemos mañana, o se queda encerrada en esa habitación para siempre. ¡La muchacha no es tan tonta! Él la convertirá en una mujer respetable y salvará a nuestra familia de la deshonra pública. ¿Qué otra esperanza le queda, sino una vida nueva que cubra la anterior? Deja que tenga un hijo legítimo, ya que tanto anhela uno.

Caminó a grandes zancadas por el porche, haciendo que las tablas sueltas volvieran a crujir; iba de un lado a otro con los brazos cruzados y el ceño fruncido con ferocidad sobre su boca, dura como el hierro. Arriba, entre el follaje, las sombras se agitaban con aire burlón sobre un rostro pálido, cuyos ojos conservaban apenas un rescoldo de fuego consumido.

***


—¡Oh, George, qué casa! ¡Qué casa tan encantadora! ¡Estoy segura de que está embrujada! ¡Alquilémosla para pasar el verano! Invitaremos a Kate, a Jack, a Susy y a Jim, y lo pasaremos de maravilla.

Los maridos jóvenes suelen ser complacientes, pero aun así deben atenerse a la realidad.

—Querida, puede que la casa no esté en alquiler; además, tal vez ni siquiera sea habitable.

—Seguro que hay alguien dentro. ¡Voy a preguntar!

El gran portón central estaba oxidado y desprendido de sus bisagras, y el largo camino de acceso estaba invadido por árboles; sin embargo, un pequeño sendero mostraba señales de ser transitado con frecuencia. Por allí se adentró la señora Jenny, seguida por su dócil George. Las ventanas de la fachada de la vieja mansión estaban desiertas, pero en un ala trasera encontraron cortinas blancas y puertas abiertas. Afuera, bajo la límpida luz del sol de mayo, una mujer lavaba la ropa. Se mostró amable, cordial, y claramente se alegró de recibir visitas en aquel lugar tan solitario.

Comentó que «quizás se pudiera alquilar, aunque no estaba segura». Los herederos se encontraban en Europa, pero «había un abogado en Nueva York que se encargaba del alquiler». Hacía años que no vivía nadie allí, al menos desde que ella estaba. Ella y su marido vivían en una parte de la casa a cambio de cuidar la propiedad; bueno, no es que la cuidaran mucho, pero al menos «evitaban que entraran ladrones». La casa estaba completamente amueblada —con un estilo algo anticuado, pero de buena calidad— y, «si decidían alquilarla, ella misma podría encargarse de las tareas domésticas... siempre que él estuviera de acuerdo».

Nunca un plan tan descabellado resultó tan fácil de organizar. George conocía al abogado de Nueva York; el precio del alquiler no era desorbitado; y su cercanía a un destino costero en pleno auge lo convertía en un lugar aún más agradable para pasar el verano.

Kate, Jack, Susy y Jim aceptaron encantados, y la luna de junio los encontró a todos sentados en el elevado porche de la entrada. Habían explorado la casa desde la gran estancia en la buhardilla —que no contenía más que una cuna destartalada— hasta el pozo en el sótano, desprovisto de brocal y con una cadena oxidada que se adentraba en una negrura insondable. También habían recorrido los terrenos, antaño hermosos gracias a sus árboles y arbustos singulares, pero convertidos ahora en un sombrío paraje de vegetación enmarañada.

Las viejas lilas y laburnos, las celindas, se mecían rozando las ventanas del segundo piso. Lo que quedaba del jardín eran grandes arbustos desaliñados o macizos de plantas sin forma definida. Una enorme glicinia cubría toda la fachada de la casa. Su tronco —era demasiado grueso para llamarlo simplemente tallo— se alzaba en una esquina del porche, junto a los altos escalones; en otro tiempo, la planta había trepado por las columnas, pero ahora estas habían sido arrancadas y permanecían rígidas, aprisionadas por los tallos fuertemente enroscados y anudados.

La glicinia envolvía todo el piso superior del porche, formando una pared trenzada de tallos y hojas; se extendía a lo largo del alero, sosteniendo el canalón que, antaño, le había servido de apoyo. Proyectaba una densa sombra verde sobre cada ventana, y sus flores, fragantes y colgantes, creaban un manto púrpura que ondeaba desde el tejado hasta el suelo.

—¿Se ha visto alguna vez una glicinia así? —exclamó la señora Jenny, entusiasmada—. Solo por sentarse bajo una planta semejante ya vale la pena pagar el alquiler. Tener una higuera al lado sería un exceso innecesario, una extravagancia imperdonable.

—Jenny le da mucha importancia a su glicinia —comentó George— porque está decepcionada con el tema de los fantasmas. Desde el primer momento se hizo la idea de que habría fantasmas en la casa, y resulta que no ha conseguido encontrar ni una sola historia.

—Es cierto —admitió Jenny con aire apenado—. Estuve tres días interrogando a la pobre señora Pepperill, pero no logré sacarle nada. Aun así, estoy convencida de que debe de haber alguna historia, si tan solo pudiéramos dar con ella. Vamos, una casa como esta, con un jardín así y un sótano como el que tiene, tiene que estar encantada.

—Estoy de acuerdo —dijo Jack. Era periodista en un diario de Nueva York y estaba prometido con la hermana de la señora Jenny—. Y si no encontramos un fantasma de verdad, pueden estar seguros de que inventaré uno. Es una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar.

La bonita hermana, que estaba sentada a su lado, protestó:

—¡Ni se te ocurra hacer nada por el estilo, Jack! Este es un lugar verdaderamente fantasmal, y no voy a permitir que se burlen de él. Miren ese grupo de árboles allá, entre la hierba alta… parece, sin lugar a dudas, una figura agazapada.

—A mí me parece una mujer recogiendo arándanos —dijo Jim, quien estaba casado con la hermana de George.

—¡Cállate, Jim! —intervino la joven—. Yo creo en el fantasma de Jenny tanto como ella. ¡Qué lugar, por Dios! ¡Miren nada más este enorme tronco de glicinia que trepa junto a los escalones! Parece, sin duda, un cuerpo que se retuerce… encogido… suplicante.

—Sí —respondió Jim, algo cohibido—, es verdad, Susy. Fíjate en su «cintura». Tiene casi dos metros, y además está toda retorcida. Un desperdicio de buen material.

—¡No sean tan horribles, muchachos! ¡Váyanse a fumar a otra parte si no son capaces de ser más agradables.

—¡Podemos! Seremos tan fantasmagóricos como quieras.

Y, de inmediato, empezaron a ver tantas manchas de sangre y figuras agazapadas que los escalofríos —de lo más deliciosos— se multiplicaron; las entusiastas muchachas se retiraron a sus camas, declarando que no pegarían ojo en toda la noche.

—¡Seguro que todas soñamos algo! —exclamó la señora Jenny—. Y mañana por la mañana tendremos que contarnos nuestros sueños.

—Hay otra cosa segura —dijo George, sujetando a Susy cuando esta tropezó con una tabla suelta—: ustedes, criaturas inquietas, deben usar la puerta lateral hasta que arregle este pórtico, si no acabaremos teniendo fantasmas nuevos. Hemos encontrado una tabla que se abre como una trampilla lo suficientemente grande como para tragarse a cualquiera. Creo que el fondo llega hasta China.

A la mañana siguiente todos estaban vivos y disfrutando de un contundente desayuno al estilo de Nueva Inglaterra, acompañados por el sonido de sierras y martillos en el porche, donde unos carpinteros, de una rapidez casi milagrosa, estaban desmontándolo todo.

—Hay que derribar casi todo —habían dicho ellos—. Estas vigas están completamente podridas, salvo las que han quedado fuera de su sitio por culpa de esta enorme glicina. Es prácticamente lo único que mantiene esto en pie.

Tenían razón en lo que decían; así que, tras la advertencia de la preocupada señora Jenny de que no dañaran la glicinia, los dejaron trabajar a sus anchas en la demolición y las reparaciones.

—¿Y qué hay de los fantasmas? —preguntó Jack tras comerse su cuarta torta—. A mí se me apareció uno y me ha quitado el apetito.

La señora Jenny soltó un gritito y dejó caer el cuchillo y el tenedor.

—¡Oh, a mí también! Tuve una experiencia... bueno, no fue exactamente un sueño, sino más bien una sensación. ¡Ya ni me acordaba!

—Debió ser terrible —dijo Jack, tomando otra torta—. Cuéntanos qué sentiste. Mi fantasma puede esperar.

—Todavía hoy me recorre un escalofrío al pensarlo —dijo ella—. Me desperté de golpe, con esa sensación terrible de que algo iba a suceder, ya saben. Estaba completamente despierta; me parecía poder oír hasta el más mínimo sonido a kilómetros a la redonda. En el campo hay muchísimos ruidos extraños, a pesar de que todo parece estar en calma. Hay millones de grillos y otras criaturas ahí fuera, además de todo tipo de crujidos entre los árboles. Apenas soplaba el viento, y la luz de la luna se colaba por mis tres grandes ventanales, proyectando tres cuadrados blancos sobre el suelo oscuro; las hojas de la glicinia —esas que parecen dedos, de las que hablábamos anoche— parecían reptar sobre ellos. Y... ¡ay, chicas!, ¿recuerdan ese pozo espantoso que hay en el sótano?

El relato causó un gran efecto, y Jenny continuó con entusiasmo:

—Pues bien, en medio de aquel silencio aterrador, mientras yo permanecía allí, intentando no despertar a George, oí (con tanta claridad como si estuviera dentro de la misma habitación) cómo la vieja cadena que hay ahí abajo traqueteaba y chirriaba contra las piedras.

—¡Bravo! —exclamó Jack—. ¡Estupendo! Lo incluiré en la edición del domingo.

—¡Silencio! —dijo Kate—. ¿Qué fue, Jenny? ¿Llegaste a ver algo?

—No, la verdad es que no. Pero, en ese momento, tampoco quise verlo. Desperté a George y armé tal alboroto que me dio bromuro; dijo que iría a echar un vistazo, y ahí terminó todo para mí, hasta que Jack me lo recordó. El bromuro funcionó de maravilla.

—Ahora te toca a ti, Jack —dijo Jim—. Quizás tu historia encaje con la de ella. Un fantasma sediento, supongo. A lo mejor aquí ya existía la Ley Seca por aquel entonces.

Jack dobló la servilleta y se reclinó en su silla con aire solemne.

—El gran reloj del vestíbulo estaba dando las doce... —comenzó a decir.

—Pero si no hay ningún reloj en el vestíbulo.

—¡Ay, cállate, Jim! Estás rompiendo el hilo de la historia. En aquel momento era apenas la una, según mi reloj antiguo

—¡No importa qué hora fuera!

—Bueno, la verdad es que me desperté de golpe, igual que nuestra querida anfitriona, e intenté volver a dormirme, pero no pude. Experimenté todas esas sensaciones, de luz de luna y saltamontes, tal como le pasó a Jenny, y me preguntaba qué habría tenido de malo la cena, cuando de repente apareció mi fantasma. Era una mujer, imagino que sería joven y guapa, pero todas aquellas figuras agazapadas y aterrorizadas de la noche anterior me rondaban la cabeza, y esta pobre criatura se parecía mucho a ellas. Iba envuelta en un chal y llevaba un bulto grande bajo el brazo. Con el paso de alguien presa del terror, la figura embozada se deslizó hacia una vieja cómoda y pareció sacar cosas de los cajones. Al darse la vuelta, la luz de la luna iluminó de lleno una pequeña cruz roja que colgaba de su cuello mediante una fina cadena de oro; ¡la vi brillar mientras se alejaba sigilosamente de la habitación! Eso es todo.

—¡Oh, Jack, no seas tan horrible! ¿De verdad? ¿Eso es todo? ¿Qué crees que era?

—No soy horrible por naturaleza, solo por deformación profesional. Sí, de verdad. Eso fue todo. Y estoy totalmente convencido de que se trataba del auténtico y legítimo fantasma de una doncella que se fugaba y, además, padecía cleptomanía.

—¡Eres tremendo, Jack! —exclamó Jenny—. Le quitas todo el terror al asunto. Ya no queda ni un solo escalofrío entre nosotros.

—No es momento para escalofríos a las nueve y media de la mañana, con la luz del sol y los carpinteros ahí fuera. Aun así, si no pueden esperar al crepúsculo, creo que puedo ofrecerles un par de ellos —dijo George—. Bajé al sótano tras el fantasma de Jenny.

Se alzó un coro de voces femeninas llenas de entusiasmo, y Jenny le dirigió a su marido una mirada de auténtica gratitud.

—Está muy bien eso de quedarse en la cama viendo fantasmas, o escuchándolos —continuó él—. Pero el joven dueño de la casa sospecha que hay ladrones, a pesar de que, como médico, conoce bien el tema de los nervios; así que, después de que Jenny se durmiera, emprendí una expedición. Te prometo que no volveré a hacerlo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué era?

—¡Ay, George!

—Encendí una vela...

—Un buen detalle para los ladrones —murmuró Jack.

—Y recorrí toda la casa, bajando poco a poco hasta el sótano y el pozo.

—¿Y bien? —dijo Jack.

—Ahora pueden reírse; pero ese sótano no es ninguna broma a plena luz del día, y una vela allí, de noche, resulta tan poco reconfortante como una luciérnaga en la Cueva del Mamut. Bajé con la luz, tratando de no caer al pozo; llegué a él de repente, acerqué la luz y entonces vi, justo bajo mis pies (casi me tropiezo con ella, o tal vez la atravieso) a una mujer encogida bajo un chal. Tenía agarrada la cadena, y la luz de la vela iluminaba sus manos Eran manos blancas y delgadas, y una pequeña cruz roja le colgaba del cuello. Fíjate, Jack, no creo en fantasmas y me opongo rotundamente a la presencia de desconocidos en la casa durante la noche; así que le hablé con bastante severidad. Ella pareció no darse cuenta, me incliné para agarrarla... ¡y entonces subí corriendo!

—¿Por qué?

—¿Qué pasó?

—¿Qué ocurrió?

—Bueno, no pasó nada. Simplemente ella ya no estaba allí. Podría haber sido una indigestión, claro está, pero, como médico, no le aconsejo a nadie sufrir una indigestión a solas, a medianoche, en un sótano.

—Es el fantasma más interesante, errante y escurridizo del que he oído hablar jamás —dijo Jack—. Apuesto a que en el fondo de ese pozo hay un sinfín de jarras de plata y joyas a montones. Propongo que vayamos a comprobarlo.

—¿Al fondo del pozo, Jack?

—Al fondo del misterio. ¡Vamos!

Hubo un asentimiento unánime, y los impecables vestidos y los elegantes botines fueron escoltados galantemente hacia abajo por unos caballeros cuyas bromas eran tan frecuentes que, a menudo, resultaban un tanto forzadas.

La vieja y profunda bodega estaba tan oscura que tuvieron que traer luces; el pozo, por su parte, resultaba tan sombrío en su negrura que las damas retrocedieron.

—Ese pozo daría miedo hasta a un fantasma. En mi opinión, mejor sería dejar las cosas como están —dijo Jim.

—La verdad se oculta en el fondo de un pozo, y debemos sacarla —respondió George—. ¿Me echas una mano con la cadena?

Jim tiró de la cadena, George accionó el chirriante torno y Jack acompañó la tarea con sus comentarios.

—Si no hay un mar embravecido para este fantasma, al menos le daremos un buen remojón —dijo—. Parece que invocar espíritus requiere un esfuerzo considerable. Supongo que, al caer, el pobre estiró la pata.

A medida que la cadena se tensaba y se acortaba, un silencio tenso se apoderó de ellos; y cuando, por fin, el cubo apareció emergiendo lentamente de las oscuras aguas, todos se asomaron con una mezcla de curiosidad y reticencia, retrocediendo instintivamente. Examinaron el sombrío contenido:

—Nada más que agua.

—Y lodo.

—Y algo más...

Vaciaron el cubo sobre la tierra oscura; entonces, las jóvenes salieron al aire libre, bajo el sol cálido y radiante frente a la casa, donde se oía el golpeteo de sierras y martillos y se percibía el aroma a madera recién cortada. Nadie dijo nada hasta que los hombres se reunieron con ellas; entonces, Jenny preguntó con timidez:

—¿Qué edad crees que tiene, George?

—Un siglo, al menos —respondió él—. Esta agua actúa como conservante; contiene cal. ¡Ah! ¿Te refieres al...? No más de un mes. Era un bebé muy pequeño.

Tras estas palabras, se hizo un nuevo silencio, interrumpido de pronto por un grito de los obreros. Habían retirado el suelo y las paredes laterales del viejo porche, permitiendo que la luz del sol iluminara las oscuras piedras del fondo de la bodega. Y allí, atrapados en el abrazo asfixiante de las raíces de una gran glicinia, yacían los restos de una mujer; de su cuello aún pendía una diminuta cruz escarlata, sujeta por una fina cadena de oro.

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Perkins Gilman.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: La glicina gigante (The Giant Wistaria), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La casa gris»: John Metcalfe; relato y análisis.


«La casa gris»: John Metcalfe; relato y análisis.




«Hammond sintió que allí afuera, oculta en medio de un laberinto de calles sinuosas,
las ventanas de la Casa lo observaban como una criatura al acecho.»



La casa gris (The Grey House) es un relato fantástico del escritor inglés John Metcalfe (1891-1965), publicado en la antología de 1925: La pierna humeante y otros relatos (The Smoking Leg and Other Stories).

La casa gris, uno de los cuentos de John Metcalfe menos conocidos, relata la historia del señor Hammond, un hombre que intenta localizar una casa misteriosa —la Casa Gris— donde tiempo atrás fue dejado por un taxista fantasmal. Para ello recurre a la neurótica reconstrucción de incidentes que lo llevaron a tomar aquel taxi en primer lugar.

Es fácil suponer que el señor Hammond —aquella noche— se desplazó momentáneamente hacia una realidad paralela, o que fue víctima de un molesto desplazamiento en el tiempo, pero creo que John Metcalfe también intenta otra cosa. La historia explora la idea de que la realidad última, inaccesible para nuestros sentidos, se abre para aquellos que están a punto de cruzar el umbral de la muerte:


«Percibía aquella oscuridad que lo envolvía como a una entidad real, casi como a una compañera. Podía calibrar su personalidad tal como lo haría con la de un ser humano.»


La Casa Gris propiamente dicha no está emplazada entre dos mundos, siendo un lugar de transición para los mortales en sus últimos instantes, sino que todas las casas, todos espacios, participan de esas dos realidades. Es la muerte, su proximidad, la que nos premite ser conscientes de ello [ver: Si la vida es sueño, ¿la muerte es el despertar?]

John Metcalfe toca varias cuerdas en esta historia. La primera consiste en fatigar al lector con un vasto panorama de calles y esquinas del sur Londres para darnos un contexto de realidad cotidiana. Acto seguido hace que Hammond sea prácticamente arrebatado por un taxi conducido por un chofer alto y de aspecto fantasmal, que de algún modo recuerda al cochero —Drácula en persona— que transporta a Harker hasta el castillo [ver El «extraño cochero»]. En esencia, es Caronte, un psicopompo, un guía de las almas en tránsito hacia el reino de los muertos [ver: Nekropompos: la historia de Caronte, el barquero].

La segunda nota es el trayecto en taxi, que se repite dos veces. La segunda vez se produce en esta realidad paralela y recurrente —no en un sueño— hasta llegar a la Casa Gris.

Luego se produce un brusco cambio de perspectiva cuando un «amigo» sigue a Hammond —ya desaparecido— guiándose por unas cuentas rojas que este último tuvo la precaución de ir arrojando. Esta es la tercera nota, y recuerda a las migas de pan en el cuento de Hansel y Gretel. Al final, el amigo encuentra unas ruinas donde Hammond dijo haber encontrado la Casa Gris:


«Cerca de él, en el suelo, se distinguían los cimientos en ruinas de antiguas viviendas. Su mente bullía ante el entusiasmo que le provocaba una teoría. Debían ser los vestigios de edificaciones que antaño flanqueaban la marisma, y cabía la posibilidad de que entre ellas se hubiera alzado la casa de la historia del señor Hammond. ¡El infortunado filósofo había caído a través de alguna deplorable grieta de su propio siglo hacia el anterior!»


La casa gris es un ejercicio de perspectiva. Otro autor nos hubiera entregado el diario personal de Hammond, crudo y repleto de entradas con su búsqueda de la Casa, pero John Metcalfe apenas si aporta unas pocas líneas al respecto. Su prioridad no es revelar un mecanismo detrás de las sincronías sino a un hombre atrapado en una red de incidentes que parecen casuales. Al final, Hammond encuentra la Casa, su versión de la Casa Gris, sin caer en procedimientos racionales, aunque sí un tanto extraños, como deducir la dirección del vehículo a partir de los trazos irregulares de su lápiz al escribir la experiencia mientras esta ocurría.

El final de La casa gris es incierto. Sabemos que Hammond desapareció, y que su amigo descubrió que la Casa estaba en ruinas. Y no solo eso, sino que alguien dejó una trampilla abierta, por la cual Hammond quizás se desplazó hacia atrás en el tiempo, pero estas son elucucubraciones del amigo —«el hombre de las polainas»—, por lo que no podemos estar seguros. Prefiero creer que cuestiones cotidianas, como un viaje el coche por la ciudad, pueden transformarse en pasajes a una realidad más amplia, quizás sin limitaciones temporales.

Algo similar ocurre en otro cuento de John Metcalfe: Las tierras malas (The Bad Lands), donde una casa situada en un paraje remoto de la costa de Norfolk posee límites geográficos bien definidos, pero, a la vez, se extiende más allá de sus posibilidades físicas. Los dos protagonistas experimentan esa amplitud, esa especie de portal hacia oscuras tierras espirituales, pero los demás, aquellos que están anclados a la realidad objetiva, solo ven una inofensiva granja.




La casa gris.
The Grey House, John Metcalfe (1891-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era una casa pequeña, y frente a ella había dos árboles retorcidos, cubiertos de hollín. Parecían disputar con acritud. A su alrededor se entrelazaban calles sombrías, y viejos pecadores marchitos, vestidos con abrigos raídos, interpretaban melodías invernales al violín. O, al menos, esa era la atmósfera con la que Hammond revestía la casa. Al contemplar el sureste de Londres desde One Tree Hill, sabía, por supuesto, que la vivienda se perdía en la inmensidad grisácea del entorno; sin embargo, sentía su presencia —sutil y oculta— como un único punto en aquel tenue claroscuro, una nota aislada en el coro onírico y multitudinario de la ciudad.

Para Hammond, que observaba Londres con suma atención desde las alturas de Crofton, la Casa parecía reclamar su atención con insistencia. Su mirada recorría la vasta extensión de sombría mampostería —desde Nunhead y Brockley, justo a sus pies, pasando por Denmark Hill y la desolación de Camberwell, hasta la lejana bruma donde serpenteaba el río— y, a veces, se detenía, preguntándose si acaso lograba divisar la Casa. Con gran paciencia intentaba evocarla: la Casa de los dos árboles y las macetas de piedra mohosa sobre el césped.

Habían transcurrido dos semanas desde aquella tarde de noviembre en que, tras salir de la residencia de Sir Windrop Winton en Queen Anne Street, fue conducido en un taxi a una velocidad de vértigo: recorrió Chandos Street y Cavendish Square, bajó por Princes Street, salió a Oxford Street y siguió por Charing Cross Road, cruzando luego por Strand y el puente de Waterloo hacia el desierto del sur de Londres.

Aquello sucedió al anochecer. El rápido desfile de luces amarillas ante las ventanillas quedó oculto de pronto por unas cubiertas oscuras que descendieron desde el exterior como persianas. El señor Hammond, atónito pero dueño de su asombro, tomó nota de que, en el instante en que las ventanillas quedaban cubiertas, el vehículo acababa de dejar Chandos Street para entrar en Cavendish Square. Poco después, el brusco cambio —del deslizamiento suave y seco sobre el asfalto a los botes irregulares sobre el macadán— le indicó que estaban cruzando hacia el lado de Surrey. Hammond, siempre reacio a lo anormal, se tomó el pulso y percibió el latido de su corazón. Le dolía la cabeza y, ante la sospecha de que se estaba asfixiando, se acercó al tubo de comunicación y lo olió; el tenue aroma a metal sucio y goma deteriorada le resultó tranquilizador y eminentemente sensato.

De nada servía gritar por el tubo acústico, al menos por el momento. Ante lo que parecía un caso de secuestro, decidió que era mejor agotar cualquier otro recurso antes de recurrir al soborno o a las amenazas. Durante los cinco minutos siguientes, Hammond y la oscuridad que lo rodeaba —una oscuridad cargada de olor a cuero húmedo— atravesaron el Londres nocturno a treinta millas por hora. Percibía aquella oscuridad como a una entidad real, casi como a un compañero; era capaz de captar su personalidad tal como lo haría con la de un ser humano. Y por encima de ambos, guiándolos —al parecer— con una suerte de firme suavidad, se encontraba el conductor.

Al cabo de diez minutos, la figura del conductor se volvió casi nítida para Hammond. Echando la vista atrás logró recordar aquella silueta alta y oscura envuelta en un impermeable arrugado. Hammond le había hecho señas cuando el vehículo pasaba lentamente frente a la casa de Sir Windrop y, tras subir y cerrar la puerta, había gritado su destino con su habitual tono seco y preciso: «Calthrop Gardens, número diecinueve». La figura pareció asentir; Hammond se recostó en los asientos acolchados y, de repente, se vio arrastrado por una vorágine de asombro mientras las persianas descendían, sumiéndolo en una oscuridad absoluta.

Buscó cerillas, encontró dos —las últimas de la caja— y encendió una. El breve resplandor no le aportó información útil. El interior del taxi era de lo más corriente, y el reflejo de su rostro en una de las ventanillas —frío y oscuro contra el cristal exterior— resultaba inquietante. La cerilla se apagó y encendió la otra. Con ella prendió un puro y, mientras daba unas caladas, se puso a reflexionar. A medida que proseguían aquel insólito trayecto, sintió cómo se apoderaba de él una extraña sensación de satisfacción y una gran reticencia a cambiar de postura. Había intentado abrir las puertas, naturalmente, y las había encontrado bloqueadas; ahora, para su propia sorpresa, se sentía bastante aliviado por ello. De algún modo, en aquel cubo cerrado de negrura, con el puro en la boca y sumido en una languidez peculiar, parecía alejarse a toda prisa de la vida que conocía —aquella existencia bastante interesante, aunque algo monótona, de un anciano aficionado a la filosofía— para adentrarse en algo insólito, intenso y gratamente familiar.

El taxi se bamboleaba —avanzaban a una velocidad vertiginosa— y, en el exterior, él sentía cómo hileras e hileras de casas pasaban fugazmente a su lado, perdiéndose en la oscuridad. Mientras tanto, en el interior, el señor Hammond, chupando su puro y reflexionando con sabiduría, se dejaba llevar de aquel modo maravilloso hacia el gran Desconocido.

Lo más notable de todo el asunto, tal como le parecía a Hammond mientras reflexionaba en One Tree Hill, era que no lograba recordar nada de lo sucedido entre el trayecto en taxi y el momento en que se encontró —al parecer, a primera hora de la mañana siguiente— dentro del vehículo, contemplando una pequeña casa gris. Respiraba con esa sensación de melancolía que surge al terminar una obra de teatro fascinante. Casi pasivamente, había visto cómo bajaban de nuevo el telón y se había sentido transportado otra vez a través de lo que parecía una distancia considerable. Durante ese tiempo, para completar la fantasía absurda de toda la aventura, fue anotando sus impresiones en una libreta, sin importarle la oscuridad ni las sacudidas. Al ser dejado cerca de la esquina de Forest Hill Road —punto en el que la puerta pareció abrirse sola—, se deslizó hacia la parte delantera del taxi para ver al conductor, pero el vehículo arrancó demasiado rápido y desapareció casi al instante. Por un momento solo se vio una silueta oscura, mientras las extrañas cubiertas de las ventanas ondeaban al viento como lúgubres bufandas.

One Tree Hill era un lugar propicio para reflexiones de índole sombría. En los días despejados, la vista alcanzaba a divisar, a kilómetros de distancia, las alturas del norte al otro lado de la vasta y bulliciosa hondonada intermedia; e incluso cuando la niebla se asentaba en el valle aún era posible contemplar la afligida silueta —de un tono pardo oscuro— de las tristes colinas que se alzaban tenuemente entre la bruma.

Una y otra vez, el señor Hammond se sentaba allí, junto a un pequeño árbol, y cavilaba sobre su aventura mientras su mirada recorría el mar agitado de tejados de Londres. En algún lugar a lo lejos, bajo el manto de niebla, se alzaba la Casa. Sentado allí arriba, mirando hacia el tenue noreste, le parecía sentir que la casa le devolvía la mirada, como una presencia oculta y vigilante. Podía estar a una milla de distancia, o a dos, o a tres —no sabía dónde—; sin embargo, mientras su mirada recorría aquella extensión monótona e infinita, sintió con absoluta certeza que allí fuera, oculta y cubierta en medio de aquel desconcertante laberinto de calles sinuosas, las ventanas de la Casa observaban como los ojos de una criatura al acecho.

Toda la aventura le parecía tan irreal y fantástica que no se la había mencionado a nadie. Cabe suponer, tal vez, que cincuenta años de sequedad espiritual habían hecho casi imposible para el señor Hammond alcanzar una intimidad profunda y trascendente. Nadie habría imaginado que en su mente ocurrían a veces cosas de una intensidad y un fervor desbordantes; por ello, sus momentos de exaltación —cuando lograba vivirlos— permanecían en el ámbito de lo estrictamente privado.

Es propio de tales naturalezas llevar diarios —a menudo reveladores de una capacidad introspectiva casi lamentable—, y los del señor Hammond eran, sin duda, de esta índole. Revisó y reorganizó minuciosamente las notas que había tomado durante el trayecto en taxi hacia One Tree Hill. Cada vez era más consciente de haber vivido una aventura mística singular y, probablemente, valiosa. Resultaba especialmente inexplicable el vacío en su memoria respecto a lo sucedido aquella noche asombrosa. Se hacía cada vez más evidente que, fuera lo que fuese lo que había ocurrido en la casa gris, se trataba de algo ajeno a la realidad cotidiana: algo tal vez paralelo a ella, pero que no se identificaba con ella ni la contradecía; una especie de vacío en la experiencia, según lo definió para sí mismo. ¿Cómo —se preguntaba— podría justificar o refutar esta convicción tan pasmosa? ¿Cómo, si la Casa realmente existía, podría regresar a ella paso a paso, recorriendo de nuevo aquel laberinto de giros y recovecos por el que se había alejado?

Su primer plan denotaba los métodos bastante obvios y carentes de imaginación propios de un detective. Las notas que había tomado fueron escritas dentro de un automóvil que se sacudía violentamente. Aquello parecía evidente y sencillo; ¿podría Hammond —se preguntó—, observando la forma en que el lápiz había garabateado en ciertos puntos, deducir la dirección de los giros que el coche había dado mientras se redactaban las notas?

Una breve reflexión le demostró que tal plan era totalmente inviable, por lo que ideó otros, igual o aún más inútiles. A medida que se hacía más patente la imposibilidad de localizar la Casa, crecía la extraña fascinación que esta ejercía sobre él, así como la convicción de que se había topado con una experiencia de profundo significado místico. La idea le surgió a Hammond casi tres semanas después de su aventura. Había sido llevado a toda velocidad a la casa gris la noche del día siete, y ya era el veintiséis. Se encontraba en su pequeño jardín de Calthrop Gardens, contemplando las últimas hojas amarillas que caían de los árboles, cuando de repente se le ocurrió una idea: «¿Por qué no intentar llegar a la Casa retrocediendo el camino desde One Tree Hill? ¿Por qué no partir del punto de origen, en Queen Anne Street?».

La singular idea que había acudido a la mente exaltada de Hammond consistía en preparar las circunstancias de tal modo que, dejándose llevar por su corriente en el momento psicológico preciso, pudiera atravesar de nuevo aquellas experiencias extrañas y desconcertantes que solo recordaba vagamente.

Lleno de euforia, compró una libra de pequeñas cuentas rojas, confió los detalles por primera vez a un amigo y logró que lo invitaran a casa de Sir Windrop, fijando la visita para un viernes.

Entre cierta confusión al expresarse y mucha más reflexión, en el diario de Hammond se percibe con bastante claridad cuál era su intención al volver a casa de Sir Windrop. «Un taxi negro con crespones al viento», piensa.

«¡Curioso! «Será mejor que cene en la misma casa, a la misma hora, y salga a pasear por la misma calle. El taxi estará allí».

Intenta, como revela su diario, hallar alguna analogía para el tipo de operación que contempla. Garabatea frases desenfrenadas: está «jugando bromas a la Experiencia», «activando la alarma de la Vida» o «sondeando un doble fondo metafísico». En suma, resulta evidente que le costaba explicarse a sí mismo, en términos concretos, la naturaleza exacta de su «experimento».

Llevó a cabo dicho experimento (según cuenta el propio Sir Windrop) con calma y deliberación.

«Winton —dijo—, ¿recuerdas lo que me contabas la última vez que estuve aquí? Me pareció un caso bastante interesante. Aunque creo que he olvidado gran parte de los detalles. Cuéntamelo otra vez».

Sir Windrop, un hombre corpulento de mente parsimoniosa, reflexionó con gravedad mientras se servía una copa de oporto y la examinaba entrecerrando un ojo.

«Sí —dijo—. Sí, lo recuerdo. Fue así...».

Debemos imaginarlo conversando; la cadencia pausada de sus frases solo se veía interrumpida por los sorbos a su copa y por la voz aguda y nerviosa de Hammond.

El invitado pensó: «Es una tontería. No puedo engañar a la Experiencia de esta manera. Mi idea es que, si todas las vías estuvieran ajustadas de la misma forma, la locomotora recorrería siempre el mismo camino. Pero no logro semejante precisión. Hay cientos de ellas, miles, millones. Aunque tal vez solo algunas sean esenciales: mi tono emocional particular, supongo. La última vez que estuve aquí pensaba en cuando era niño, y en aquel coche fúnebre largo y negro de cuando murió la niñera (debo tomar nota de eso)».

Sir Windrop Winton se inclinó y le dio unos golpecitos en la pechera de la camisa.

«Le aseguro —dijo— que es así. Puede estar de acuerdo conmigo o no, por supuesto, pero fue indudablemente un caso que encaja exactamente en esa descripción. Lo juraría en mi lecho de muerte.»

«Sí —dijo Hammond con aire soñador—, un lecho de muerte muy agradable. Una manta marrón con figuras curiosas, como hombrecillos desfilando. La cubrieron, claro está, con una sábana blanca cuando ya estaba completamente muerta...»

Bajo la pesada desaprobación de Sir Windrop, y sin pensar ya en tender trampas a las Circunstancias, salió a la noche y caminó a buen paso por la acera. Soplaba un viento frío que atrapó la bufanda de Hammond, haciendo que los extremos ondearan y restallaran junto a sus oídos. Así avanzaba él, como una figura simbólica de tensión y esfuerzo, embistiendo el viento con obstinación, con su sombrero de copa.

De nuevo, una sensación inefable de gran euforia se apoderó de su espíritu y, bajo el cielo estrellado y ventoso, su mente pareció regresar a aquel estado misterioso y sobrecogedor de asombro y trance etéreo. Solo una o dos veces antes había experimentado algo así: un estado repleto de recuerdos de la infancia, resplandeciente con la alegría vibrante de quien descubre, de repente e inesperadamente, algo perdido y olvidado hace mucho tiempo. Así, digamos, avanzó hacia el extremo inferior de Cavendish Square y llegó al lugar donde anteriormente había encontrado el taxi. Un súbito desasosiego se apoderó de él al advertir que no había rastro alguno del extraño vehículo ni de su conductor. ¿Había pasado algo por alto? ¿Eran las circunstancias demasiado diferentes para que la historia se repitiera?

No; aquella era su vieja idea errónea —ridículamente ingenua y burda, nacida tan solo de un momento de locura—: la idea de atrapar la Experiencia como quien atrapa una liebre o un topo. Era el estado mental lo que marcaba la pauta, lo que contaba; eso y nada más. Las demás condiciones eran fortuitas y secundarias. Y, sin embargo, no había taxi...

Su desconcierto se disipó tan rápidamente como había surgido. A sus espaldas, avanzando sigilosamente y con una extraña ausencia de ruido, se acercaba un largo taxi negro conducido por una figura alta. Se preguntó si el chofer llevaría puesto el mismo impermeable arrugado y si aquello que ondeaba al viento, saliendo de las ventanillas como oscuros turbantes, serían realmente bufandas.

Vaciló un instante, indeciso, con una mano extendida hacia la puerta. Entonces, el taxi pareció abrirse para él por sí solo y se encontró hundido en los asientos acolchados. La puerta se cerró de golpe, el conductor metió la marcha y unas extrañas persianas cayeron, sumiéndolo en la oscuridad.

Otra vez. Se pusieron en marcha.

Muy temprano a la mañana siguiente, cuando el alba teñía de rosa el cielo oriental sobre Hackney Wick, un hombre alto y delgado, vestido con polainas, salió corriendo de su casa y tomó el metro hacia Queen Anne Street. Era el amigo a quien Hammond había confiado su experiencia. Echó a andar a paso ligero por Oxford Street, pasando por Princes Street, y luego giró hacia Charing Cross Road con la mirada clavada en el suelo. Al poco tiempo se detuvo, ahogando un grito, y recogió algo del suelo: una diminuta cuenta de vidrio color rubí.

Más adelante encontró otras cuantas y siguió el rastro durante una hora, jadeando, esquivando tranvías y carros de carga, mientras los cocheros le maldecían y los agentes de policía le observaban con recelo.

Para las once de la mañana ya se encontraba adentrado en el sur de Londres; entró en un pequeño restaurante donde comió salchichas y descansó un cuarto de hora. Reanudó la marcha a toda prisa, pues las cuentas abundaban, y llegó a Lee Green, pasando por Lewisham. Poco después, la hilera de cuentas se desviaba bruscamente hacia el este, bordeando una zona comunal, para luego detenerse en seco.

Era un lugar sombrío. Al norte se extendía el río y, frente a él, la carretera hacia Woolwich serpenteaba por lo alto de unos tristes acantilados de arcilla. Allí, el ladrillo chillón de las casas recién construidas resplandecía en medio del gris circundante y, tras ellas, los autobuses de la línea 66Z destellaban con un escarlata que parecía cobrar importancia propia. El hombre que había seguido el rastro evaluó la situación con pesar. Para él resultaba evidente que, a su amigo, la muerte lo había sorprendido terriblemente apartado de la vida —de los trayectos en los trenes suburbanos hacia el Instituto, de las lecturas de Bosanquet, Stout y Bradley, de la elaboración de discursos minuciosos y elegantes para la Academia Británica—; apartado, en suma, de todo cuanto realmente importaba.

Imaginó al señor Hammond cayendo —de forma espantosa y apartándose de toda aquella amable futilidad— por algún desagüe o trampilla funesta que el azar, por un descuido atroz, había dejado abierta.

Cerca de él, en el suelo, se distinguían los cimientos en ruinas de antiguas viviendas. Su mente bullía ante el entusiasmo que le provocaba una teoría. Debían ser los vestigios de edificaciones que antaño flanqueaban la marisma, y cabía la posibilidad de que entre ellas se hubiera alzado la casa de la historia del señor Hammond. ¡El infortunado filósofo había caído a través de alguna deplorable grieta de su propio siglo hacia el anterior!

El hombre de las polainas se excitó tanto que empezó a gesticular para sí mismo.

Al poco tiempo, aquella extraña posibilidad se transformó en certeza absoluta en su interior, y rápidamente esbozó los puntos clave de un artículo sobre el caso. La primavera siguiente, cuando ya resultaba evidente que Hammond había desaparecido para no volver, fue precisamente aquel artículo el que llevó a su autor a la cima de la fama como artífice de una nueva teoría sobre el tiempo y el espacio.

Al cabo de un rato, se cansó de aquellas glorias anticipadas y reparó en que el sol descendía hacia el oeste, tiñéndose de un amarillo más intenso. Tras una última mirada a las ruinas desmoronadas y a la triste extensión del río lejano, subió a un autobús de color carmesí y regresó así a Hackney Wick y a la hora del té.

John Metcalfe (1891-1965)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de John Metcalfe.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de John Metcalfe: La casa gris (The Grey House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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