«La casa gris»: John Metcalfe; relato y análisis.


«La casa gris»: John Metcalfe; relato y análisis.




«Hammond sintió que allí afuera, oculta en medio de un laberinto de calles sinuosas,
las ventanas de la Casa lo observaban como una criatura al acecho.»



La casa gris (The Grey House) es un relato fantástico del escritor inglés John Metcalfe (1891-1965), publicado en la antología de 1925: La pierna humeante y otros relatos (The Smoking Leg and Other Stories).

La casa gris, uno de los cuentos de John Metcalfe menos conocidos, relata la historia del señor Hammond, un hombre que intenta localizar una casa misteriosa —la Casa Gris— donde tiempo atrás fue dejado por un taxista fantasmal. Para ello recurre a la neurótica reconstrucción de incidentes que lo llevaron a tomar aquel taxi en primer lugar.

Es fácil suponer que el señor Hammond —aquella noche— se desplazó momentáneamente hacia una realidad paralela, o que fue víctima de un molesto desplazamiento en el tiempo, pero creo que John Metcalfe también intenta otra cosa. La historia explora la idea de que la realidad última, inaccesible para nuestros sentidos, se abre para aquellos que están a punto de cruzar el umbral de la muerte:


«Percibía aquella oscuridad que lo envolvía como a una entidad real, casi como a una compañera. Podía calibrar su personalidad tal como lo haría con la de un ser humano.»


La Casa Gris propiamente dicha no está emplazada entre dos mundos, siendo un lugar de transición para los mortales en sus últimos instantes, sino que todas las casas, todos espacios, participan de esas dos realidades. Es la muerte, su proximidad, la que nos premite ser conscientes de ello [ver: Si la vida es sueño, ¿la muerte es el despertar?]

John Metcalfe toca varias cuerdas en esta historia. La primera consiste en fatigar al lector con un vasto panorama de calles y esquinas del sur Londres para darnos un contexto de realidad cotidiana. Acto seguido hace que Hammond sea prácticamente arrebatado por un taxi conducido por un chofer alto y de aspecto fantasmal, que de algún modo recuerda al cochero —Drácula en persona— que transporta a Harker hasta el castillo [ver El «extraño cochero»]. En esencia, es Caronte, un psicopompo, un guía de las almas en tránsito hacia el reino de los muertos [ver: Nekropompos: la historia de Caronte, el barquero].

La segunda nota es el trayecto en taxi, que se repite dos veces. La segunda vez se produce en esta realidad paralela y recurrente —no en un sueño— hasta llegar a la Casa Gris.

Luego se produce un brusco cambio de perspectiva cuando un «amigo» sigue a Hammond —ya desaparecido— guiándose por unas cuentas rojas que este último tuvo la precaución de ir arrojando. Esta es la tercera nota, y recuerda a las migas de pan en el cuento de Hansel y Gretel. Al final, el amigo encuentra unas ruinas donde Hammond dijo haber encontrado la Casa Gris:


«Cerca de él, en el suelo, se distinguían los cimientos en ruinas de antiguas viviendas. Su mente bullía ante el entusiasmo que le provocaba una teoría. Debían ser los vestigios de edificaciones que antaño flanqueaban la marisma, y cabía la posibilidad de que entre ellas se hubiera alzado la casa de la historia del señor Hammond. ¡El infortunado filósofo había caído a través de alguna deplorable grieta de su propio siglo hacia el anterior!»


La casa gris es un ejercicio de perspectiva. Otro autor nos hubiera entregado el diario personal de Hammond, crudo y repleto de entradas con su búsqueda de la Casa, pero John Metcalfe apenas si aporta unas pocas líneas al respecto. Su prioridad no es revelar un mecanismo detrás de las sincronías sino a un hombre atrapado en una red de incidentes que parecen casuales. Al final, Hammond encuentra la Casa, su versión de la Casa Gris, sin caer en procedimientos racionales, aunque sí un tanto extraños, como deducir la dirección del vehículo a partir de los trazos irregulares de su lápiz al escribir la experiencia mientras esta ocurría.

El final de La casa gris es incierto. Sabemos que Hammond desapareció, y que su amigo descubrió que la Casa estaba en ruinas. Y no solo eso, sino que alguien dejó una trampilla abierta, por la cual Hammond quizás se desplazó hacia atrás en el tiempo, pero estas son elucucubraciones del amigo —«el hombre de las polainas»—, por lo que no podemos estar seguros. Prefiero creer que cuestiones cotidianas, como un viaje el coche por la ciudad, pueden transformarse en pasajes a una realidad más amplia, quizás sin limitaciones temporales.

Algo similar ocurre en otro cuento de John Metcalfe: Las tierras malas (The Bad Lands), donde una casa situada en un paraje remoto de la costa de Norfolk posee límites geográficos bien definidos, pero, a la vez, se extiende más allá de sus posibilidades físicas. Los dos protagonistas experimentan esa amplitud, esa especie de portal hacia oscuras tierras espirituales, pero los demás, aquellos que están anclados a la realidad objetiva, solo ven una inofensiva granja.




La casa gris.
The Grey House, John Metcalfe (1891-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era una casa pequeña, y frente a ella había dos árboles retorcidos, cubiertos de hollín. Parecían disputar con acritud. A su alrededor se entrelazaban calles sombrías, y viejos pecadores marchitos, vestidos con abrigos raídos, interpretaban melodías invernales al violín. O, al menos, esa era la atmósfera con la que Hammond revestía la casa. Al contemplar el sureste de Londres desde One Tree Hill, sabía, por supuesto, que la vivienda se perdía en la inmensidad grisácea del entorno; sin embargo, sentía su presencia —sutil y oculta— como un único punto en aquel tenue claroscuro, una nota aislada en el coro onírico y multitudinario de la ciudad.

Para Hammond, que observaba Londres con suma atención desde las alturas de Crofton, la Casa parecía reclamar su atención con insistencia. Su mirada recorría la vasta extensión de sombría mampostería —desde Nunhead y Brockley, justo a sus pies, pasando por Denmark Hill y la desolación de Camberwell, hasta la lejana bruma donde serpenteaba el río— y, a veces, se detenía, preguntándose si acaso lograba divisar la Casa. Con gran paciencia intentaba evocarla: la Casa de los dos árboles y las macetas de piedra mohosa sobre el césped.

Habían transcurrido dos semanas desde aquella tarde de noviembre en que, tras salir de la residencia de Sir Windrop Winton en Queen Anne Street, fue conducido en un taxi a una velocidad de vértigo: recorrió Chandos Street y Cavendish Square, bajó por Princes Street, salió a Oxford Street y siguió por Charing Cross Road, cruzando luego por Strand y el puente de Waterloo hacia el desierto del sur de Londres.

Aquello sucedió al anochecer. El rápido desfile de luces amarillas ante las ventanillas quedó oculto de pronto por unas cubiertas oscuras que descendieron desde el exterior como persianas. El señor Hammond, atónito pero dueño de su asombro, tomó nota de que, en el instante en que las ventanillas quedaban cubiertas, el vehículo acababa de dejar Chandos Street para entrar en Cavendish Square. Poco después, el brusco cambio —del deslizamiento suave y seco sobre el asfalto a los botes irregulares sobre el macadán— le indicó que estaban cruzando hacia el lado de Surrey. Hammond, siempre reacio a lo anormal, se tomó el pulso y percibió el latido de su corazón. Le dolía la cabeza y, ante la sospecha de que se estaba asfixiando, se acercó al tubo de comunicación y lo olió; el tenue aroma a metal sucio y goma deteriorada le resultó tranquilizador y eminentemente sensato.

De nada servía gritar por el tubo acústico, al menos por el momento. Ante lo que parecía un caso de secuestro, decidió que era mejor agotar cualquier otro recurso antes de recurrir al soborno o a las amenazas. Durante los cinco minutos siguientes, Hammond y la oscuridad que lo rodeaba —una oscuridad cargada de olor a cuero húmedo— atravesaron el Londres nocturno a treinta millas por hora. Percibía aquella oscuridad como a una entidad real, casi como a un compañero; era capaz de captar su personalidad tal como lo haría con la de un ser humano. Y por encima de ambos, guiándolos —al parecer— con una suerte de firme suavidad, se encontraba el conductor.

Al cabo de diez minutos, la figura del conductor se volvió casi nítida para Hammond. Echando la vista atrás logró recordar aquella silueta alta y oscura envuelta en un impermeable arrugado. Hammond le había hecho señas cuando el vehículo pasaba lentamente frente a la casa de Sir Windrop y, tras subir y cerrar la puerta, había gritado su destino con su habitual tono seco y preciso: «Calthrop Gardens, número diecinueve». La figura pareció asentir; Hammond se recostó en los asientos acolchados y, de repente, se vio arrastrado por una vorágine de asombro mientras las persianas descendían, sumiéndolo en una oscuridad absoluta.

Buscó cerillas, encontró dos —las últimas de la caja— y encendió una. El breve resplandor no le aportó información útil. El interior del taxi era de lo más corriente, y el reflejo de su rostro en una de las ventanillas —frío y oscuro contra el cristal exterior— resultaba inquietante. La cerilla se apagó y encendió la otra. Con ella prendió un puro y, mientras daba unas caladas, se puso a reflexionar. A medida que proseguían aquel insólito trayecto, sintió cómo se apoderaba de él una extraña sensación de satisfacción y una gran reticencia a cambiar de postura. Había intentado abrir las puertas, naturalmente, y las había encontrado bloqueadas; ahora, para su propia sorpresa, se sentía bastante aliviado por ello. De algún modo, en aquel cubo cerrado de negrura, con el puro en la boca y sumido en una languidez peculiar, parecía alejarse a toda prisa de la vida que conocía —aquella existencia bastante interesante, aunque algo monótona, de un anciano aficionado a la filosofía— para adentrarse en algo insólito, intenso y gratamente familiar.

El taxi se bamboleaba —avanzaban a una velocidad vertiginosa— y, en el exterior, él sentía cómo hileras e hileras de casas pasaban fugazmente a su lado, perdiéndose en la oscuridad. Mientras tanto, en el interior, el señor Hammond, chupando su puro y reflexionando con sabiduría, se dejaba llevar de aquel modo maravilloso hacia el gran Desconocido.

Lo más notable de todo el asunto, tal como le parecía a Hammond mientras reflexionaba en One Tree Hill, era que no lograba recordar nada de lo sucedido entre el trayecto en taxi y el momento en que se encontró —al parecer, a primera hora de la mañana siguiente— dentro del vehículo, contemplando una pequeña casa gris. Respiraba con esa sensación de melancolía que surge al terminar una obra de teatro fascinante. Casi pasivamente, había visto cómo bajaban de nuevo el telón y se había sentido transportado otra vez a través de lo que parecía una distancia considerable. Durante ese tiempo, para completar la fantasía absurda de toda la aventura, fue anotando sus impresiones en una libreta, sin importarle la oscuridad ni las sacudidas. Al ser dejado cerca de la esquina de Forest Hill Road —punto en el que la puerta pareció abrirse sola—, se deslizó hacia la parte delantera del taxi para ver al conductor, pero el vehículo arrancó demasiado rápido y desapareció casi al instante. Por un momento solo se vio una silueta oscura, mientras las extrañas cubiertas de las ventanas ondeaban al viento como lúgubres bufandas.

One Tree Hill era un lugar propicio para reflexiones de índole sombría. En los días despejados, la vista alcanzaba a divisar, a kilómetros de distancia, las alturas del norte al otro lado de la vasta y bulliciosa hondonada intermedia; e incluso cuando la niebla se asentaba en el valle aún era posible contemplar la afligida silueta —de un tono pardo oscuro— de las tristes colinas que se alzaban tenuemente entre la bruma.

Una y otra vez, el señor Hammond se sentaba allí, junto a un pequeño árbol, y cavilaba sobre su aventura mientras su mirada recorría el mar agitado de tejados de Londres. En algún lugar a lo lejos, bajo el manto de niebla, se alzaba la Casa. Sentado allí arriba, mirando hacia el tenue noreste, le parecía sentir que la casa le devolvía la mirada, como una presencia oculta y vigilante. Podía estar a una milla de distancia, o a dos, o a tres —no sabía dónde—; sin embargo, mientras su mirada recorría aquella extensión monótona e infinita, sintió con absoluta certeza que allí fuera, oculta y cubierta en medio de aquel desconcertante laberinto de calles sinuosas, las ventanas de la Casa observaban como los ojos de una criatura al acecho.

Toda la aventura le parecía tan irreal y fantástica que no se la había mencionado a nadie. Cabe suponer, tal vez, que cincuenta años de sequedad espiritual habían hecho casi imposible para el señor Hammond alcanzar una intimidad profunda y trascendente. Nadie habría imaginado que en su mente ocurrían a veces cosas de una intensidad y un fervor desbordantes; por ello, sus momentos de exaltación —cuando lograba vivirlos— permanecían en el ámbito de lo estrictamente privado.

Es propio de tales naturalezas llevar diarios —a menudo reveladores de una capacidad introspectiva casi lamentable—, y los del señor Hammond eran, sin duda, de esta índole. Revisó y reorganizó minuciosamente las notas que había tomado durante el trayecto en taxi hacia One Tree Hill. Cada vez era más consciente de haber vivido una aventura mística singular y, probablemente, valiosa. Resultaba especialmente inexplicable el vacío en su memoria respecto a lo sucedido aquella noche asombrosa. Se hacía cada vez más evidente que, fuera lo que fuese lo que había ocurrido en la casa gris, se trataba de algo ajeno a la realidad cotidiana: algo tal vez paralelo a ella, pero que no se identificaba con ella ni la contradecía; una especie de vacío en la experiencia, según lo definió para sí mismo. ¿Cómo —se preguntaba— podría justificar o refutar esta convicción tan pasmosa? ¿Cómo, si la Casa realmente existía, podría regresar a ella paso a paso, recorriendo de nuevo aquel laberinto de giros y recovecos por el que se había alejado?

Su primer plan denotaba los métodos bastante obvios y carentes de imaginación propios de un detective. Las notas que había tomado fueron escritas dentro de un automóvil que se sacudía violentamente. Aquello parecía evidente y sencillo; ¿podría Hammond —se preguntó—, observando la forma en que el lápiz había garabateado en ciertos puntos, deducir la dirección de los giros que el coche había dado mientras se redactaban las notas?

Una breve reflexión le demostró que tal plan era totalmente inviable, por lo que ideó otros, igual o aún más inútiles. A medida que se hacía más patente la imposibilidad de localizar la Casa, crecía la extraña fascinación que esta ejercía sobre él, así como la convicción de que se había topado con una experiencia de profundo significado místico. La idea le surgió a Hammond casi tres semanas después de su aventura. Había sido llevado a toda velocidad a la casa gris la noche del día siete, y ya era el veintiséis. Se encontraba en su pequeño jardín de Calthrop Gardens, contemplando las últimas hojas amarillas que caían de los árboles, cuando de repente se le ocurrió una idea: «¿Por qué no intentar llegar a la Casa retrocediendo el camino desde One Tree Hill? ¿Por qué no partir del punto de origen, en Queen Anne Street?».

La singular idea que había acudido a la mente exaltada de Hammond consistía en preparar las circunstancias de tal modo que, dejándose llevar por su corriente en el momento psicológico preciso, pudiera atravesar de nuevo aquellas experiencias extrañas y desconcertantes que solo recordaba vagamente.

Lleno de euforia, compró una libra de pequeñas cuentas rojas, confió los detalles por primera vez a un amigo y logró que lo invitaran a casa de Sir Windrop, fijando la visita para un viernes.

Entre cierta confusión al expresarse y mucha más reflexión, en el diario de Hammond se percibe con bastante claridad cuál era su intención al volver a casa de Sir Windrop. «Un taxi negro con crespones al viento», piensa.

«¡Curioso! «Será mejor que cene en la misma casa, a la misma hora, y salga a pasear por la misma calle. El taxi estará allí».

Intenta, como revela su diario, hallar alguna analogía para el tipo de operación que contempla. Garabatea frases desenfrenadas: está «jugando bromas a la Experiencia», «activando la alarma de la Vida» o «sondeando un doble fondo metafísico». En suma, resulta evidente que le costaba explicarse a sí mismo, en términos concretos, la naturaleza exacta de su «experimento».

Llevó a cabo dicho experimento (según cuenta el propio Sir Windrop) con calma y deliberación.

«Winton —dijo—, ¿recuerdas lo que me contabas la última vez que estuve aquí? Me pareció un caso bastante interesante. Aunque creo que he olvidado gran parte de los detalles. Cuéntamelo otra vez».

Sir Windrop, un hombre corpulento de mente parsimoniosa, reflexionó con gravedad mientras se servía una copa de oporto y la examinaba entrecerrando un ojo.

«Sí —dijo—. Sí, lo recuerdo. Fue así...».

Debemos imaginarlo conversando; la cadencia pausada de sus frases solo se veía interrumpida por los sorbos a su copa y por la voz aguda y nerviosa de Hammond.

El invitado pensó: «Es una tontería. No puedo engañar a la Experiencia de esta manera. Mi idea es que, si todas las vías estuvieran ajustadas de la misma forma, la locomotora recorrería siempre el mismo camino. Pero no logro semejante precisión. Hay cientos de ellas, miles, millones. Aunque tal vez solo algunas sean esenciales: mi tono emocional particular, supongo. La última vez que estuve aquí pensaba en cuando era niño, y en aquel coche fúnebre largo y negro de cuando murió la niñera (debo tomar nota de eso)».

Sir Windrop Winton se inclinó y le dio unos golpecitos en la pechera de la camisa.

«Le aseguro —dijo— que es así. Puede estar de acuerdo conmigo o no, por supuesto, pero fue indudablemente un caso que encaja exactamente en esa descripción. Lo juraría en mi lecho de muerte.»

«Sí —dijo Hammond con aire soñador—, un lecho de muerte muy agradable. Una manta marrón con figuras curiosas, como hombrecillos desfilando. La cubrieron, claro está, con una sábana blanca cuando ya estaba completamente muerta...»

Bajo la pesada desaprobación de Sir Windrop, y sin pensar ya en tender trampas a las Circunstancias, salió a la noche y caminó a buen paso por la acera. Soplaba un viento frío que atrapó la bufanda de Hammond, haciendo que los extremos ondearan y restallaran junto a sus oídos. Así avanzaba él, como una figura simbólica de tensión y esfuerzo, embistiendo el viento con obstinación, con su sombrero de copa.

De nuevo, una sensación inefable de gran euforia se apoderó de su espíritu y, bajo el cielo estrellado y ventoso, su mente pareció regresar a aquel estado misterioso y sobrecogedor de asombro y trance etéreo. Solo una o dos veces antes había experimentado algo así: un estado repleto de recuerdos de la infancia, resplandeciente con la alegría vibrante de quien descubre, de repente e inesperadamente, algo perdido y olvidado hace mucho tiempo. Así, digamos, avanzó hacia el extremo inferior de Cavendish Square y llegó al lugar donde anteriormente había encontrado el taxi. Un súbito desasosiego se apoderó de él al advertir que no había rastro alguno del extraño vehículo ni de su conductor. ¿Había pasado algo por alto? ¿Eran las circunstancias demasiado diferentes para que la historia se repitiera?

No; aquella era su vieja idea errónea —ridículamente ingenua y burda, nacida tan solo de un momento de locura—: la idea de atrapar la Experiencia como quien atrapa una liebre o un topo. Era el estado mental lo que marcaba la pauta, lo que contaba; eso y nada más. Las demás condiciones eran fortuitas y secundarias. Y, sin embargo, no había taxi...

Su desconcierto se disipó tan rápidamente como había surgido. A sus espaldas, avanzando sigilosamente y con una extraña ausencia de ruido, se acercaba un largo taxi negro conducido por una figura alta. Se preguntó si el chofer llevaría puesto el mismo impermeable arrugado y si aquello que ondeaba al viento, saliendo de las ventanillas como oscuros turbantes, serían realmente bufandas.

Vaciló un instante, indeciso, con una mano extendida hacia la puerta. Entonces, el taxi pareció abrirse para él por sí solo y se encontró hundido en los asientos acolchados. La puerta se cerró de golpe, el conductor metió la marcha y unas extrañas persianas cayeron, sumiéndolo en la oscuridad.

Otra vez. Se pusieron en marcha.

Muy temprano a la mañana siguiente, cuando el alba teñía de rosa el cielo oriental sobre Hackney Wick, un hombre alto y delgado, vestido con polainas, salió corriendo de su casa y tomó el metro hacia Queen Anne Street. Era el amigo a quien Hammond había confiado su experiencia. Echó a andar a paso ligero por Oxford Street, pasando por Princes Street, y luego giró hacia Charing Cross Road con la mirada clavada en el suelo. Al poco tiempo se detuvo, ahogando un grito, y recogió algo del suelo: una diminuta cuenta de vidrio color rubí.

Más adelante encontró otras cuantas y siguió el rastro durante una hora, jadeando, esquivando tranvías y carros de carga, mientras los cocheros le maldecían y los agentes de policía le observaban con recelo.

Para las once de la mañana ya se encontraba adentrado en el sur de Londres; entró en un pequeño restaurante donde comió salchichas y descansó un cuarto de hora. Reanudó la marcha a toda prisa, pues las cuentas abundaban, y llegó a Lee Green, pasando por Lewisham. Poco después, la hilera de cuentas se desviaba bruscamente hacia el este, bordeando una zona comunal, para luego detenerse en seco.

Era un lugar sombrío. Al norte se extendía el río y, frente a él, la carretera hacia Woolwich serpenteaba por lo alto de unos tristes acantilados de arcilla. Allí, el ladrillo chillón de las casas recién construidas resplandecía en medio del gris circundante y, tras ellas, los autobuses de la línea 66Z destellaban con un escarlata que parecía cobrar importancia propia. El hombre que había seguido el rastro evaluó la situación con pesar. Para él resultaba evidente que, a su amigo, la muerte lo había sorprendido terriblemente apartado de la vida —de los trayectos en los trenes suburbanos hacia el Instituto, de las lecturas de Bosanquet, Stout y Bradley, de la elaboración de discursos minuciosos y elegantes para la Academia Británica—; apartado, en suma, de todo cuanto realmente importaba.

Imaginó al señor Hammond cayendo —de forma espantosa y apartándose de toda aquella amable futilidad— por algún desagüe o trampilla funesta que el azar, por un descuido atroz, había dejado abierta.

Cerca de él, en el suelo, se distinguían los cimientos en ruinas de antiguas viviendas. Su mente bullía ante el entusiasmo que le provocaba una teoría. Debían ser los vestigios de edificaciones que antaño flanqueaban la marisma, y cabía la posibilidad de que entre ellas se hubiera alzado la casa de la historia del señor Hammond. ¡El infortunado filósofo había caído a través de alguna deplorable grieta de su propio siglo hacia el anterior!

El hombre de las polainas se excitó tanto que empezó a gesticular para sí mismo.

Al poco tiempo, aquella extraña posibilidad se transformó en certeza absoluta en su interior, y rápidamente esbozó los puntos clave de un artículo sobre el caso. La primavera siguiente, cuando ya resultaba evidente que Hammond había desaparecido para no volver, fue precisamente aquel artículo el que llevó a su autor a la cima de la fama como artífice de una nueva teoría sobre el tiempo y el espacio.

Al cabo de un rato, se cansó de aquellas glorias anticipadas y reparó en que el sol descendía hacia el oeste, tiñéndose de un amarillo más intenso. Tras una última mirada a las ruinas desmoronadas y a la triste extensión del río lejano, subió a un autobús de color carmesí y regresó así a Hackney Wick y a la hora del té.

John Metcalfe (1891-1965)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de John Metcalfe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de John Metcalfe: La casa gris (The Grey House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.


«Los Susurradores»: Algernon Blackwood; relato y análisis.




«Los Susurradores estaban de pie justo al lado de su cama.
La habitación estaba llena.»



Los Susurradores (The Whisperers) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado originalmente en la edición de mayo de 1912 de la revista The Eye-Witness, y luego reeditado en la antología de 1914: Cuentos de diez minutos (Ten Minute Stories). Más adelante volvería a aparecer en El libro de cuentos de fantasmas (The Mammoth Book of Ghost Stories).

Los Susurradores, uno de los cuentos de Algernon Blackwood menos conocidos, relata la historia de un escritor cuya habitación es asediada por una multitud de susurros.

Jones [Es lícito suponer que se trata del propio Blackwood] necesita una habitación vacía, estéril de voces, para componer sus historias. Siempre parte de una idea sólida, que debe capturar antes de que se desvanezca. En este contexto, es invitado a trabajar en casa de un amigo, la cual cuenta con una habitación —un ático— con esas características. Una vez dentro, de noche, es atacado por un coro de susurros que luchan por controlar y dirigir su imaginación.

Esto es un problema, porque Jones, además de ser un escritor imaginativo, es extremadamente sensible a los vendavales psíquicos. Necesita aislamiento porque sus ideas con delicadas, y cualquier estímulo externo puede barrerlas hacia el olvido. De pronto, ya instalado en aquel ático de la ciudad de Jura, empieza a percibir un tímido pero creciente murmullo que brota de las paredes. Él los llama Los Susurradores [The Whisperers], presencias incorpóreas que lo agreden con ideas intrusivas mientras intentan apoderarse de su mente y, en úitima instancia, suplantar aquella frágil idea original con algo completamente nuevo.

En esencia, Los Susurradores es una historia que transita una delgada línea entre la inspiración artística y el ataque psíquico.

Algernon Blackwood rompe aquí con la premisa gótica de que los fantasmas son los espíritus de los difuntos [ver: El ABC de las historias de fantasmas], y los transforma en energía residual, o residuos psíquicos, que invaden la habitación y fuerzan un enlace con la imaginación del protagonista. En este sentido, Jones es algo así como un médium, solo que en vez de recibir una suave brisa de inspiración sobrenatural es acosado por poderosas influencias etéreas que, además, no contienen un discurso unificado, sino un coro disonante de cientos y cientos de voces con sus respectivas ideas.

La revelación final es, digamos, algo previsible para nosotros, más de cien años después de la publicación de esta historia, pero Los Susurradores no depende de que el descubrimiento final resulte sorprendente. En resumen: la habitación donde Jones recibe a estos extraños visitantes albergó hace tiempo una gran biblioteca. Los susurros son las voces residuales de los libros:


« A menudo pienso —añadió con ligereza— que cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo las mentes que los escribieron deben inquietarse.»


Si bien es una historia original, Los Susurradores recicla la obsesión de Algernon Blackwood por la percepción de insinuaciones fantasmales. Por ejemplo, en El oyente (The Listener) encontramos el diario personal de un escritor, quien anota los extraños acontecimientos que experimenta en una vieja casa de Londres, donde oye pasos, repetidamente, o tal vez el sonido de alguien arrastrándose en la puerta de su habitación [ver: Experiencia aparicional]. Esta presencia lo sigue a otros lugares, lo espía, manteniéndose justo fuera de su campo de visión. Ya al final de la historia llegan los susurros, y la revelación final del pasado macabro de la casa [ver: Psicología de las casas embrujadas]

Otro ejemplo es Un caso de oídas (A Case of Eavesdropping), donde un hombre llamado Jim Shorthouse alquila una habitación en una pensión de Nueva York [a un precio inusualmente bajo], y es perturbado por incesantes conversaciones nocturnas en el cuarto contiguo [ver: Espíritus que imitan la voz humana]

Es curioso que Algernon Blackwood vuelva a utilizar el apellido «Jones» en Los Susurradores. Este escritor/médium/psíquico no parece ser el mismo Jones que protagoniza La locura de Jones (The Insanity of Jones). Este último es un hombre callado y de modales apacibles que trabaja en una oficina de seguros y empieza a tener sueños muy vívidos sobre crueldades de siglos pasados, lo que despierta en él una personalidad oculta [ver: Memoria del Lugar vs. Teoría de la Cinta de Piedra]. Ambos son sensitivos, es cierto, pero uno es empleado y el otro se codea con un estrato social más alto. De todos modos, nunca se sabe.

Como dato final hay que mencionar que Hugh B. Cave escribió un cuento con algunas similitudes con la historia de Blackwood, titulado [también]: Los susurradores (The Whisperers), donde se cuenta la historia de Peter y Annie Winslow, una pareja de recién casados que se muda a su nuevo hogar, al principio inconscientes de las criaturas que viven en el sótano, susurrando sin cesar.




Los Susurradores.
The Whisperers, Algernon Blackwood (1869-1951)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Ser demasiado impresionable es una fuente de debilidad tanto como ser hipersensible: llegan tantos mensajes, unos tras otros, que el resultado es la confusión; la mente se atasca y la imaginación se congestiona.

Jones, como escritor imaginativo, era muy consciente de ello, pero no siempre podía evitarlo; pues si embotaba su mente ante una impresión, corría el riesgo de volverla insensible a todas las demás. Proteger su idea principal y asegurar su buen curso en medio del hervidero de añadidos que acudían constituía un rompecabezas psicológico que a veces desbordaba su capacidad de selección crítica.

No obstante, se preparaba para ello. Un editor le pedía un relato —«unas cinco mil palabras, ya sabe»— y Jones respondía: «Se lo enviaré con mucho gusto... cuando llegue». Conocía demasiado bien su dificultad como para prometer más. Nunca faltaban ideas, pero la extensión de su desarrollo dependía de un mecanismo interno al que no podía forzar. Estaban vivas; se negaban a someterse a los caprichos de los editores. A mitad de un relato que, en su germen original, se presentaba cristalino y definido, irrumpía un torrente de nuevas impresiones que, o bien ahogaban la concepción inicial, o bien la transformaban hasta hacerla irreconocible.

A menudo, un relato breve se ramificaba de forma explosiva, escapando a su control. Empezaba uno sin saber nunca adónde le llevaría. Siempre era una aventura. Como la planta de habichuelas de Jack el Matagigantes, crecía en secreto durante la noche, alimentada por todo cuanto él leía, veía, sentía u oía. Jones era demasiado impresionable; recibía demasiadas impresiones, y con demasiada facilidad.

Por esta razón, cuando trabajaba en una idea concreta y breve, prefería una habitación vacía —sin cuadros, muebles, libros ni nada que resultara sugestivo— y con una claraboya que ocultara el paisaje exterior: solo tinta, papel en blanco y la imagen nítida en su mente. Intentaba regular su propio mundo interior, libre de los estímulos de los géiseres de la vida externa; aunque, incluso en estas condiciones favorables, la tarea no resultaba sencilla, dada la prodigiosa capacidad de una mente sensible para engendrar ideas.

Su experiencia en la habitación vacía de la casa del carpintero fue un caso curioso y revelador; ocurrió en el pequeño pueblo del Jura donde vivía su primo para educar a sus hijos.

«Aquí nos alojamos todos en una pensión encima de la oficina de correos —escribió el primo—, pero ahora mismo la casa está llena y, además, es bastante ruidosa. Te he alquilado una buhardilla en casa del carpintero, cerca del bosque. He tenido algunas cosas mías guardadas allí durante todo el invierno, pero esta mañana he retirado las cajas. Hay cama, escritorio, lavabo, sofá y una ventana de tejado; por lo demás, está vacía, tal como sé que prefieres. Puedes hacer las comidas con nosotros».

Aquello le venía como anillo al dedo a Jones, que tenía entre manos un trabajo de seis semanas para el cual necesitaba una soledad absoluta. Su «idea» era tenue y muy delicada; cualquier añadido habría ahogado fácilmente su clara expresión, por lo que su tratamiento debía ser sutil, sencillo y diáfano.

La habitación era, en realidad, una buhardilla, pero espaciosa, ancha y de techos altos. Al acostarse, oía el viento pasar con fuerza junto a la claraboya. Cuando el armario estaba abierto, también oía allí el viento, azotando las paredes exteriores y las tejas. Desde la almohada veía asomarse un retazo de estrellas que lo observaban. Jones sabía que las montañas y los bosques estaban cerca, pero no podía verlos. Y, lo que es mejor, tampoco podía olerlos. Se acostaba agotado, absorto en el tema en el que trabajaría a la mañana siguiente. Lo visualizaba hasta el final; casi habría podido prometer cinco mil palabras. Al amanecer se levantaría y se pondría manos a la obra, pues solía despertar muy temprano con la mente rebosante, como si el subconsciente hubiera madurado el material durante el sueño. Un baño frío, una taza de té y luego su escritorio; y cuanto antes llegaba a él, más rico era el contenido de su pensamiento imaginativo. Lo que le había desconcertado la noche anterior se aclaraba invariablemente por la mañana. Solo la enfermedad podía interferir en este proceso y en su rutina.

Pero esta vez fue distinto. Despertó y comprendió al instante, con una mezcla de sorpresa y decepción, que su mente tanteaba a ciegas aquella pequeña idea perdida. No sufría ningún mal físico; se sentía descansado, despejado y con la mente clara, pero su cerebro buscaba y buscaba, además, en medio de una multitud. Al intentar aferrarse al hilo de pensamiento que había soltado horas atrás, solo atrapaba una cáscara vacía y esquiva. La idea había cambiado por completo; o más bien, parecía sofocada por una avalancha de nuevas impresiones que se precipitaban sobre ella: nuevas formas de abordarla, puntos de vista, un desarrollo en toda regla. A la luz de estas ampliaciones y aspectos novedosos, su idea original se había transformado hasta volverse irreconocible. El germen se había desplegado de tal modo que solo un volumen entero podría expresarlo. Un ejército de nuevas sugerencias reclamaba ser expresado. Su subconsciente bullía de vida; hervía, activo, abarrotado, tumultuoso.

Y la oscuridad lo desconcertaba. Recordó la ausencia de las ventanas habituales, pero fue solo cuando la luz de la vela acercó a su vista la esfera del reloj —que marcaba las dos— que oyó un murmullo confuso en los rincones de la habitación y comprendió, con una leve punzada de miedo, que quienes susurraban acababan de estar de pie justo al lado de su cama. La habitación estaba llena.

Aunque la luz de las velas revelaba que la estancia estaba vacía —paredes desnudas, cinco muebles sin gracia y cincuenta estrellas asomando por la claraboya—, estaba innegablemente abarrotada de seres vivos cuyas mentes lo habían arrancado de un sueño profundo. Los susurros, naturalmente, se disiparon con el viento que azotaba el tejado y la claraboya, pero los Susurradores permanecieron allí. Habían intentado llegar hasta él; al despertar de golpe, los había sorprendido en plena faena. Y todos traían consigo nuevas interpretaciones; su pensamiento había cambiado radicalmente: la idea original quedó sepultada, nuevas imágenes inundaron su mente y su cerebro trabajaba con la intensidad propia de los momentos de creación.

Jones se incorporó, temblando ligeramente, y observó la habitación vacía que, sin embargo, estaba densamente poblada por aquellos Susurradores. Entonces comprendió algo asombroso: él era el blanco de su asalto deliberado, y decenas de otras mentes —mentes profundas, poderosas y muy activas— golpeaban con fuerza atronadora las puertas de su imaginación. La acometida fue tremenda y desconcertante; el ataque de ideas agresivas borraba su historia original bajo un torrente de nuevas sugerencias. La inspiración se había vuelto repentinamente torrencial, pero tan vasta que resultaba inmanejable, incoherente e inútil. Era como la tempestad de imágenes que provoca la fiebre. Su concepción inicial ya no le parecía «delicada», sino insignificante. Se había vuelto irreal y minúscula en comparación con el enorme abanico de posibilidades de tratamiento, extensión y desarrollo que ahora abrumaba su cerebro palpitante.

El miedo se apoderó de él mientras buscaba alguna explicación en el desván vacío. No había nada que justificara aquella tempestad de nuevas impresiones. Parecía que le hablaban todos a la vez, de forma algo confusa, pero insistente. Era más una obsesión que una inspiración; y resultaba tan dolorosamente, tan terriblemente real.

«¿Quiénes son?», susurró su mente a las paredes desnudas y a los rincones vacíos.

Desde el suelo y el techo le devolvieron el grito con un coro de imágenes que irrumpían con fuerza, clamando por expresarse. Jones permaneció inmóvil y escuchó; dejó que fluyeran. No quedaba nada más que hacer. Permanecía allí, tumbado: temeroso, negativo, receptivo. Todo aquello le sobrepasaba, ajustado a una escala de grandes logros que eclipsaba sus propias y modestas capacidades. Además, se presentaba como una serie de impresiones: distintas entre sí, pero a la vez entrelazadas de algún modo.

En vano intentó clasificarlas. Era como querer ordenar las olas de un mar agitado. Eran demasiado indómitas para someterlas a dirección o control alguno. Como animales salvajes —hambrientos, sedientos, voraces—, se precipitaban desde todas partes y se aferraban a su mente.

Sin embargo, las percibía siguiendo una cierta secuencia.

Pues, en primer lugar, aquella buhardilla desprovista de muebles estaba llena de pasión humana: de amor y odio, de venganza y astucia maliciosa, de celos, valor y cobardía; de toda emoción humana vital —ya fuera anhelada, disfrutada o frustrada— que clamaba por encontrar expresión. Atravesando todo aquello, entretejiéndose de forma incongruente, surgía después una ternura anhelante de belleza que suspiraba en los espacios vacíos de su corazón, implorando una realización imposible. Enormes interrogantes destellaban, se sumergían y retumbaban en un enredo salvaje pero estructurado, exigiendo ser desentrañados y aclarados. Es más: con cada grupo surgía una nueva forma de abordar aquella pequeña idea clara con la que se había acostado cinco horas antes.

Jones adoptaba cada una de ellas por turno. Su imaginación se retorcía y convulsionaba bajo la presión de aquellas posibles vías de expresión entre las que debía elegir. Su pequeña idea se desplegaba en múltiples volúmenes, generando trabajo suficiente para llenar una docena de vidas. Resultaba algo magníficamente estimulante, aunque irremediablemente inabarcable. Se sentía como si albergara muchas mentes en una sola.

Entonces surgió otra cadena de impresiones: violentas, pero firmes gracias a su profundidad. Las voces, las preguntas y las súplicas se transformaron en imágenes; y vio, emergiendo desde lo más profundo de su ser, a una multitud de personas que fluían como ríos —apiñadas, arreadas y zarandeadas de un lado a otro por alguna figura de mando imponente que las dirigía como si fueran agua en movimiento. Gritaban, luchaban y combatían, para luego desaparecer de la vista, amontonadas y aniquiladas en sangre.

Y sus lugares fueron ocupados al instante por multitudes de rostros blancos, de ojos brillantes y semblantes anhelantes, que trepaban por alturas escarpadas hacia un Resplandor que permanecía siempre oculto, como el amanecer tras unas montañas que luego devoran las nubes. El torrente de imágenes, con su estruendo y su embestida, resultó devastador; su pequeña idea inicial quedó ahogada y destrozada.

Jones se dejó caer hacia atrás, exhausto y totalmente desconcertado. Renunció a cualquier intento de selección.

La tormenta impetuosa lo atravesaba sin cesar, ora intensificándose, ora amainando, pero sin disminuir jamás y pareciendo tan infinita como el cielo. Giraba en círculos, como una rueda gigantesca. Todas las actividades con las que las mentes humanas han lidiado desde el origen del pensamiento irrumpían con estrépito y fuerza, pugnando por expresarse contra la materia imaginativa que constituía su propia mente. Las paredes empezaron a ceder y a derrumbarse. Era como el caos que trae consigo la locura. No opuso resistencia; dejó que aquello fluyera, manteniéndose abierto y receptivo, flexible y maleable ante cada detalle. La única vez que intentó obedecer, alargando la mano hacia el lápiz y el cuaderno que reposaban junto a la cama, desistió y volvió a hundirse en las almohadas con una risa nerviosa, casi temerosa. Pues la tempestad parecía entonces derribarlo y golpearle el cerebro mismo. Se vio envuelto en una confusión inextricable. Habría sido igual de inútil intentar tomar notas sobre toda la Biblioteca de Alejandría en media hora.

Entonces —y esto fue lo más singular de todo—, mientras sentía cómo el sueño del agotamiento se apoderaba de sus nervios, escuchó aquel sonido profundo y prodigioso. Aquel sonido recogía maravillosamente todo lo anterior, acogiéndolo con una dulzura que a su imaginación se le antojaba una madeja armoniosa y geométrica, contenedora de todas las actividades que las mentes humanas han conocido jamás. Apenas lo percibía, como algo que se distinguía desde una distancia infinita. En medio de las corrientes de aparente contradicción que pugnaban con tanta fuerza a su alrededor, aquello parecía aportar un atisbo de explicación unificadora y armoniosa. Y, aquí y allá, mientras el sueño lo envolvía, imaginaba acordes ensartados en hilos de cadencias que a veces rompían a cantar en melodía: una música que surgía por doquier de la vida y tejía el Pensamiento en un Todo homogéneo.

—¿Dormiste bien? —preguntó su primo cuando apareció muy tarde al día siguiente—. ¿Crees que podrás trabajar bien en esa habitación?

—Dormí, sí, gracias —dijo Jones—. Sin duda podré trabajar perfectamente... cuando haya descansado. Por cierto —preguntó poco después—, ¿para qué se ha utilizado el ático últimamente? ¿Qué había allí, quiero decir?

—Libros, solo libros —fue la respuesta—. He tenido mi «biblioteca» almacenada allí durante meses, sin oportunidad de usarla. Ya ves que me muevo mucho. Sacaron quinientos libros justo antes de que llegaras. A menudo pienso —añadió con ligereza— que, cuando los libros permanecen cerrados así durante mucho tiempo, las mentes que los escribieron deben inquietarse y...

—¿Qué clase de libros eran? —interrumpió Jones.

—Ficción, poesía, filosofía, historia, religión, música. Tengo doscientos libros solo sobre música.

Algernon Blackwood (1869-1951)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Algernon Blackwood.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Algernon Blackwood: Los Susurradores (The Whisperers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.


«La habitación perdida»: Fitz-James O'Brien; relato y análisis.




«Desde aquella hora terrible
jamás he vuelto a encontrar mi habitación.»



La habitación perdida (The Lost Room) es un relato gótico del escritor irlandés Fitz-James O'Brien (1828-1862), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1858 de la revista Harper's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1888: Poemas y relatos de Fitz James O'Brien (The Poems and Stories of Fitz-James O'Brien).

La habitación perdida, uno de los cuentos de Fitz-James O'Brien menos conocidos, relata la historia de un hombre condenado a vagar eternamente por los pasillos de una gran casona señorial en busca de su habitación perdida [ver: Casas como metáfora de la psique]

Nuestro protagonista [y narrador anónimo] se aloja en una antigua, lujosa y tétrica mansión donde rara vez se cruza con otro ser humano, incluso con su sirviente. En una sofocante noche de verano, tumbado en el sofá, fumando, se dispone a narrar [extensamente] la historia de los objetos que pueblan su habitación. Finalmente sale al jardín para tomar el aire fresco de la noche y se encuentra con un hombre de estatura inusualmente baja, quien le advierte que la casa está habitada por «caníbales, necrófagos y hechiceros». Afirma también haber sido uno de ellos.

El insomnio, el calor agobiante, la noche, la advertencia del enano, hunden al protagonista en el pánico. Corre de regreso a la casa y encuentra que su habitación está ocupada por tres mujeres y tres hombres celebrando una reunión fastuosa que él describe como una «orgía», aunque lo único que hacen los visitantes es comer, beber y cantar. Le ofrecen participar, pero los rechaza, y ordena que salgan de su habitación:


—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.

—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.

—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.

—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.


Los visitantes parecen tener razón Ninguna de las pertenencias del protagonista se encuentra en la habitación. Aún así, exige que se marchen.

Una de las mujeres lo reta a un desafío: si él gana, ellos se marcharán; pero si ella gana, él será expulsado de la habitación. El protagonista pierde, lo arrastran fuera de la habitación hacia el pasillo, y por motivos que Fitz-James O'Brien no explica, no consigue salir de la casa. En cambio, vaga eternamente por los pasillos buscando aquella habitación perdida.

La habitación perdida es un cuento difícil de leer. Digamos que requiere cierto paladar, cierto gusto adquirido por el gótico. El lenguaje es arcaico, el ritmo es lento, la historia de los objetos es densa, pero al final retribuye cualquier dificultad con esta especie de dimensión de bolsillo [o desplazamiento de tiempo] donde proliferan esperpentos orientales como los ifrit y los ghouls [ver: Ghouls: historia secreta de los necrófagos]

Como en toda buena historia de fantasmas, la noción del Yo del protagonista está ligada a su entorno, a su habitación. O’Brien le dedica mucha atención [y tal vez demasiado tiempo] a desplegar esa interioridad a través de la descripción de los objetos, la estética, la atmósfera de la habitación [como expresiones de la vida interior], estableciéndola como un punto de anclaje en el tiempo antes de introducir las típicas «perturbaciones». En esas primeras páginas queda claro que el protagonista está preocupado por la posesión, tanto del espacio físico como de su memoria, y, en última instancia, de su propia identidad [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente]

En este sentido, La habitación perdida se anticipa a las nociones freudianas de la consciencia [la habitación], que puede ser ocupada por diferentes agencias. Para O’Brien [como para Sigmund Freud], el Yo no es un agente soberano y unificado. Debajo hay fuerzas desconocidas, autónomas, percibidas como «oscuras» por el ego [ver: El horror siempre viene desde el sótano]. Los misteriosos fantasmas o visitantes primero se desplazan de forma oblicua, a través de la historia de los objetos, del lugar, hasta que por fin ocupan toda la habitación [la consciencia] y se adueñan de ella [ver: Casa Tabú: análisis de «Casa tomada»]

Ahora bien, ¿por qué? Después de todo, el protagonista es un hombre educado, cultivado en historia y música, y parece ser un sujeto centrado. Su defecto, por llamarlo de algún modo, es existir únicamente en la Habitación, sin prestarle atención al resto de la casa [el resto de su estructura mental] y sus ocupantes [agencias, impulsos, deseos]. Toda su vida interior, su identidad, se proyecta en los objetos de la habitación. O’Brien sugiere que hay un peligro en esto. el arte, la memoria, la música, pueden elevar el espíritu pero también sofocarlo si lo obligan a aislarse de la sensorialidad, del afuera.

La habitación perdida es uno de esos cuentos que uno cree haber leído ya, quizás porque muchos de sus condimentos serían reutilizados. Es un ejemplo clásico de la pesadilla sin resolución, ni racional ni moral. Es un cuento anticuado y asombrosamente moderno. Existe, como el protagonista, en un espacio liminal.

Me parece también un precursor de La música de Erich Zann (The Music of Erich Zann) de H. P. Lovecraft; al menos comparte la fascinación por las habitaciones inestables y el arte como vehículo de atracción hacia otros estados mentales donde la realidad es menos sólida de lo que parece [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. También presagia a Número trece (Number 13) de M. R. James, a los ambientes oníricos de El resplandor (The Shining) de Stephen King [más aún los de Stanley Kubrick], y en general a cualquier historia donde los espacios cerrados estén cargados de un profundo significado psicológico y metafísico, funcionando no solo como entornos, sino como umbrales entre distintos estados del ser, como en la novela clásica de Shirley Jackson: La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House) [ver: La entidad que se esconde Hill House]

En lo personal, lo que hace que La habitación perdida sea memorable es la destreza del autor para equilibrar elementos disonantes. O’Brien primero recurre al gótico clásico: la arquitectura laberíntica [la casa], una atmósfera opresiva [la habitación], un trasfondo con peso ancestral [la historia de los objetos] y un protagonista introspectivo y sensible. Sin embargo, pronto desbarata las expectativas del género. En lugar de antiguas maldiciones, aristócratas decrépitos y transgresiones morales hereditarias, O’Brien erosiona el sentido del tiempo y la realidad, ofrece algo más extraño, y lo extraño siempre es reacio a brindar un cierre definitivo [ver: Lovecraft contra los finales de mierda]

El horror de La habitación perdida no viene del pasado, coexiste con el presente. O’Brien lo sugiere en la escena donde el protagonista habla con el misterioso enano en el jardín. El hombrecito le pregunta si nunca se fijó en los ojos de los otros ocupantes de la casa, en cómo se deleitan mirándolo pasar, si nunca oyó, en medio de la noche, pasos amortiguados en los pasillos y «manos sigilosas girando el pomo de la puerta». El protagonista, desde luego, nunca ha visto ni oído nada porque hasta ahora existe únicamente en el presente, su ser está anclado en el aquí, el ahora, pero las cosas cambian pronto, muy rápido.




La habitación perdida.
The Lost Room, Fitz-James O'Brien (1828-1862)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hacía un calor sofocante. El sol se había ocultado hacía tiempo, pero parecía haber dejado tras de sí su esencia vital. El aire estaba en calma; las hojas de las acacias que cubrían mis ventanas colgaban inmóviles, como plomadas, de sus delicados tallos. El humo de mi cigarro apenas se elevaba por encima de mi cabeza.

Llevaba la camisa abierta y el pecho se me agitaba con esfuerzo al intentar aspirar algo de aire fresco. Hasta los ruidos de la ciudad parecían sumidos en el sueño, y el zumbido agudo de los mosquitos era el único que rompía la quietud. Mientras yacía con los pies en alto sobre el respaldo de una silla, envuelto en ese estado de ánimo peculiar en el que el pensamiento cobra una especie de movimiento inerte, me asaltó la extraña idea de hacer un inventario de los principales muebles de la habitación. Era una tarea acorde con mi estado de ánimo. Sus formas se perfilaban en la penumbra que flotaba como una sombra por la estancia; no suponía esfuerzo alguno distinguir y detallar cada uno de ellos, y desde mi asiento podía abarcar con la vista todas mis pertenencias sin siquiera girar la cabeza.

Estaba, en primer lugar, aquella litografía fantasmal de Calame. Era una simple mancha negra sobre la pared blanca, pero mi visión interior escudriñaba cada detalle de la imagen. Un brezal agreste, desolado y nocturno, con un roble espectral en el centro. El viento sopla con furia y las ramas irregulares, escasamente vestidas de hojas raquíticas, son arrastradas continuamente hacia la izquierda por su fuerza gigantesca. Unas nubes informes y desgarradas cruzan el cielo imponente, y la lluvia barre el paisaje casi en paralelo al horizonte. Más allá, el brezal se extiende hacia una negrura infinita; en sus confines, la fantasía o el arte han conjurado unas formas indefinibles que parecen cabalgar hacia el espacio. Al pie del enorme roble se alza una figura envuelta en un manto. La ráfaga ciñe su capa al cuerpo en pliegues apretados, y la larga pluma de gallo de su sombrero se yergue impulsada por el viento, hasta parecer erizada de miedo. Sus rasgos no son visibles, pues se aferra a la capa con ambas manos y se la ha echado sobre el rostro desde ambos lados. La imagen carece de propósito. No narra ninguna historia, pero posee un poder inquietante que se queda grabado en la memoria; y fue precisamente por eso por lo que la compré.

Junto al cuadro aparece esa mancha redonda que cuelga debajo; sé que se trata de un gorro. Lleva mi escudo de armas bordado en la parte delantera y, por eso, nunca me lo pongo, aunque creo que me sienta bien con su larga borla de seda azul colgando junto a la mejilla. Recuerdo la época en que se estaba confeccionando. Recuerdo aquellas manos diminutas que hacían pasar las sedas de colores con tanta agilidad a través de la tela tensada en el bastidor; el enorme esfuerzo que me costó conseguir una reproducción en color de mi blasón para el motivo heráldico que debía adornar la parte frontal de la banda; los gestos de fruncir la boca y de arrugar la frente juvenil mientras su dueña se sumía en profundas cavilaciones sobre cómo representar la nube de la que surge la mano armada —mi cimera—; aquel momento sublime en que las manitas me lo colocaron sobre la cabeza —en una postura que no pude soportar más que unos segundos— y yo, cual rey, ejercí de inmediato mi prerrogativa real tras la coronación e impuse al instante un tributo a mi única súbdita, tributo que, por cierto, ella pagó de muy buen grado. ¡Ah! El gorro sigue ahí, pero la bordadora ha partido; ¡pues Átropos cortaba el hilo de su vida sobre su cabeza mientras ella tejía aquel refugio de seda para la mía!

¡Qué aspecto tan tosco presenta el enorme piano que ocupa el rincón a la izquierda de la puerta en la penumbra incierta! No toco ni canto, y sin embargo poseo un piano. Me reconforta contemplarlo y sentir que la música reside en él, aunque sea incapaz de romper el hechizo que la mantiene prisionera. Es grato saber que Bellini y Mozart, Cimarosa, Porpora, Gluck y todos sus semejantes —o al menos sus almas— duermen en esa voluminosa caja. Allí quedaron como embalsamadas todas las óperas, sonatas, oratorios, nocturnos, marchas, canciones y danzas que alguna vez cobraron vida a través de los cuatro compases que encierran la melodía. Hubo una ocasión en que me vi plenamente recompensado por la inversión realizada en aquel instrumento que jamás utilizo: Blokeeta, el compositor, vino a visitarme. Naturalmente, sus instintos lo impulsaron hacia mi piano, como si una suerte de poder magnético en su interior lo obligara.

Lo afinó y tocó en él. Durante toda la noche, hasta que el amanecer gris y espectral surgió de las profundidades de la medianoche, permaneció sentado tocando, mientras yo yacía fumando junto a la ventana y escuchaba. Salvajes, sobrenaturales y, a veces, insoportablemente dolorosas eran las improvisaciones de Blokeeta. Los acordes parecían quebrarse de angustia. Almas en pena gritaban en sus lúgubres preludios; voces apenas audibles de espíritus sufrientes —que tanteaban el vacío a distancias inconcebibles de cualquier cosa hermosa o armoniosa— parecían emerger tenuemente de las oleadas de sonido que brotaban bajo sus manos. Un amor humano y melancólico vagaba por lejanos brezales o bajo cipreses húmedos y sombríos, murmurando su pena no correspondida; o bien, odiosos gnomos retozaban y cantaban en pantanos estancados, triunfando con tonos sobrenaturales sobre el caballero al que habían atraído hacia la muerte. Tal fue la velada musical de Blokeeta; y cuando finalmente cerró el piano y se marchó apresuradamente a través de la fría mañana, dejó en torno al instrumento un recuerdo del que jamás pude librarme.

Aquellos zapatos de nieve, colgados en el espacio entre el espejo y la puerta, evocan mis andanzas por Canadá. Recuerdo una larga carrera a través de los densos bosques sobre la nieve helada —cuya frágil costra cedía a cada paso bajo los finos cascos del caribú que perseguíamos—, hasta que la pobre criatura, acorralada y desesperada, se volvió para plantar cara en un pequeño matorral de enebros, donde lo abatimos sin piedad. Recuerdo cómo Gabriel, el colono, y François, el mestizo, la degollaron, y cómo la sangre tibia brotó a borbotones sobre el suelo nevado; recuerdo también el refugio de nieve que construyó Gabriel, donde los tres dormimos bien abrigados, y la gran hoguera que ardía a nuestros pies, proyectando toda clase de formas demoníacas sobre el telón negro del bosque exterior; los filetes de ciervo que asamos para desayunar y la embriaguez salvaje de Gabriel a la mañana siguiente, tras haber estado bebiendo a escondidas de mi frasco de brandy durante toda la noche.

Esa larga daga sin empuñadura que cuelga sobre la repisa de la chimenea hace que se me hinche el corazón de emoción. La encontré cuando era niño, en un vetusto castillo donde vivió uno de mis antepasados maternos. Aquel mismo antepasado —que, dicho sea de paso, aún perdura en la historia— era un singular y anciano rey del mar que habitaba en el extremo más remoto de la costa suroeste de Irlanda. Poseía la totalidad de esa fértil isla llamada Inniskeiran, situada justo frente a Cape Clear; entre ambas, el Atlántico forma lo que los pescadores de la zona llaman «el Estrecho». Es un lugar temible en invierno: hay días en que ninguna embarcación puede resistir allí, y Cape Clear queda a menudo incomunicado de tierra firme durante días enteros.

Este viejo señor del mar —Sir Florence O’Driscoll— llevó una vida azarosa. Desde lo alto de su castillo observaba el océano y, cuando divisaba algún navío ricamente cargado que navegaba desde el sur hacia los laboriosos comerciantes de Galway, izaba las velas de su galera. Así se ganaba la vida; un modo de sustento que, ciertamente, no resulta muy honrado según nuestros criterios modernos, pero perfectamente compatible con la moral de su época. Como cabe suponer, Sir Florence acabó teniendo problemas. Los comerciantes saqueados presentaron quejas contra él ante la corte inglesa, y el vikingo irlandés partió hacia Londres para defender su causa ante la buena reina Bess, como se la llamaba. Contaba con una poderosa baza a su favor: era un hombre de una belleza extraordinaria. Aunque no era de ascendencia celta, sino de sangre mitad española y mitad danesa, poseía la imponente estatura de los pueblos del norte, combinada con los rasgos regulares, la mirada vivaz y el cabello oscuro de la raza ibérica. Esto podría explicar por qué su estancia en la corte se prolongó más de lo necesario, así como la tradición —mencionada por un historiador local— de que la reina de Inglaterra mostró hacia él una predilección de índole distinta a la que habitualmente manifestaba un monarca hacia sus súbditos.

Antes de partir, Sir Florence confió la custodia de sus propiedades a un inglés llamado Hull. Aquel individuo logró congraciarse con las autoridades locales y ganarse su favor hasta el punto de mostrarse dispuestas a respaldarlo en cualquier empresa. Tras una larga estancia fuera, Sir Florence —ya indultado de todas sus faltas— regresó. Pero aquel ya no era su hogar: Hull se había apoderado de él y se negaba a ceder ni un solo acre de las tierras que había adquirido de manera tan vil. De nada servía recurrir a la justicia, pues sus funcionarios estaban aliados con la parte contraria. Tampoco servía apelar a la Reina, ya que esta tenía otro amante y para entonces se había olvidado del pobre caballero irlandés; así pues, el vikingo pasó la mayor parte de su vida intentando en vano recuperar sus vastas posesiones y, finalmente, en su vejez, hubo de conformarse con su castillo junto al mar y con la isla de Inniskeiran, el único lugar del que el usurpador no pudo despojarlo. De este modo, la vieja historia sobre la suerte de mi pariente emerge de la penumbra que envuelve aquel puñal sin empuñadura colgado en la pared.

Fue más o menos de esta manera como, sumido en ensueños, hice el inventario de mis pertenencias. Al posar la vista en cada objeto —uno tras otro— o en los lugares donde reposaban (pues la habitación estaba ya tan oscura que resultaba casi imposible distinguir nada con claridad), acudía a mi mente una multitud de recuerdos e inevitablemente me dejé llevar por ellos. Así pues, avanzaba con lentitud; finalmente, el cigarro se redujo a una colilla ardiente y amarga que apenas lograba sostener entre los labios, mientras la noche me parecía cada vez más opresiva. Precisamente cuando cavilaba sobre algún modo imposible de refrescar mi desdichado cuerpo, la colilla comenzó a quemarme los labios.

Lo arrojé con ira por la ventana abierta y me incliné hacia afuera para verlo caer. Primero fue a parar a las hojas de la acacia, despidiendo una lluvia de chispas rojas; luego, al rodar, cayó de lleno sobre el sendero del jardín, iluminando tenuemente los árboles y las flores inmóviles. No sabría decir si fue el contraste entre el destello rojo de la colilla y la silenciosa oscuridad del jardín, o si fue que, gracias a aquella luz repentina, percibí un leve movimiento de las hojas, pero algo me sugirió que en el jardín reinaba la frescura. «Daré una vuelta por allí —pensé—, tal como estoy; no puede hacer más calor que en esta habitación y, por muy quieto que esté el aire, al aire libre siempre se experimenta una sensación de libertad y amplitud». Con esta idea me levanté, encendí otro cigarro y salí a los largos y laberínticos pasillos que conducían a la escalera principal. ¡Con qué sentimiento tan distinto habría cruzado el umbral de mi habitación si hubiera sabido que jamás volvería a poner un pie en ella!

Vivía en una casa enorme, donde ocupaba dos habitaciones en el segundo piso. Era una casa de estilo antiguo, con todas sus plantas comunicadas por una inmensa escalera circular que ascendía por el centro del edificio; en cada rellano, largos y laberínticos pasillos se prolongaban hacia rincones y recovecos misteriosos. Aquel palacio era muy alto, y sus posibilidades espaciales —en cuanto a huecos y vericuetos— parecían interminables. Nada parecía tener un final definido; no había callejones sin salida en toda la propiedad. Los pasillos y corredores, como líneas matemáticas, parecían susceptibles de extenderse indefinidamente; sin duda, el objetivo del arquitecto había sido erigir un edificio en el que uno pudiera seguir avanzando eternamente. Todo el lugar resultaba sombrío, no tanto por su gran tamaño, sino porque una suerte de desnudez parecía impregnar su estructura.

Las escaleras, los pasillos, los salones y los vestíbulos participaban de una desolación semejante a la del desierto. No había nada en las paredes que rompiera la sombría monotonía de aquellas largas perspectivas de sombra. Ni tallas en los zócalos, ni máscaras moldeadas que observaran desde las cornisas de severa sencillez, ni jarrones de mármol en los rellanos. Reinaba en toda la mansión una desolación profunda y una absoluta falta de vida —algo tan inusual en un establecimiento estadounidense—. Era como la casa encantada de Hood, pero ordenada y recién pintada. También los sirvientes resultaban espectrales y reacios a dejarse ver. Había que hacer sonar las campanillas tres veces antes de lograr que la camarera se dignara a aparecer; y el camarero negro —una criatura de aspecto cadavérico oriunda del Congo— solo acudía a la llamada cuando la paciencia de uno se había agotado o cuando la necesidad ya había sido satisfecha por otros medios. Cuando por fin se presentaba, uno lamentaba que no hubiera permanecido ausente del todo, tal era el aire hosco y salvaje que mostraba.

Avanzaba por los suelos, que no devolvían eco alguno, con un andar lento y silencioso, hasta que su figura sombría, surgiendo de la penumbra, parecía la de algún ifrit reticente, obligado por el poder de su amo a dejarse ver. Cuando se cerraban las puertas de todas las habitaciones y ninguna luz iluminaba el largo pasillo —salvo el resplandor rojizo y malsano de una pequeña lámpara de aceite situada en una mesa al fondo, donde los huéspedes que llegaban tarde encendían sus velas—, resultaba imposible imaginar una estampa más triste o desoladora. Sin embargo, la casa era de mi agrado. De hábitos sedentarios y reflexivos, disfrutaba de aquel silencio absoluto. Había pocos inquilinos —de lo que deducía que el negocio del casero no era muy próspero— y estos, probablemente oprimidos por el aire sombrío del lugar, se movían de forma silenciosa, como fantasmas. Al propietario apenas lo veía. Mis facturas aparecían cada mes sobre la mesa, depositadas por manos invisibles mientras yo paseaba o salía a caballo, y el pago correspondiente quedaba en manos de aquel ifrit que me atendía. En definitiva, teniendo en cuenta el espíritu bullicioso y alerta de Nueva York, el carácter sombrío y apenas animado de la casa constituía una anomalía que nadie comprendía mejor que yo, su propio habitante.

Bajé tanteando la ancha escalera en busca de alguna brisa. Al entrar en el jardín noté que el ambiente era algo más fresco que en mi habitación, y avancé fumando por los senderos flanqueados de cipreses con una sensación de relativo alivio. Reinaba una gran oscuridad. Las altas flores que bordeaban el camino estaban tan envueltas en penumbra que parecían masas piramidales; todos los detalles de hojas y pétalos quedaban ocultos bajo un manto envolvente. Era un lugar y un momento propicios para estimular la imaginación, pues en aquellos impenetrables rincones había espacio para que las fantasías más desenfrenadas dieran rienda suelta. Caminaba y caminaba, y el eco de mis pasos sobre el sendero, cubierto de musgo y sin grava, despertaba en mí una sensación contradictoria: me sentía solo y, a la vez, acompañado. La soledad del lugar se hacía patente en aquel silencio, roto únicamente por el eco de mis pisadas; sin embargo, esas mismas reverberaciones parecían infundirme la vaga sensación de no estar solo. Por ello, no me sobresalté cuando, de repente, una voz que surgía de la densa oscuridad de un inmenso ciprés me interpeló diciendo:

—¿Podría darme fuego, caballero?

—Ciertamente —respondí, intentando distinguir a quien hablaba.

Alguien se acercó y le tendí mi puro. Lo único que pude averiguar sobre el individuo era que debía de ser de estatura extremadamente baja; pues yo, que de ningún modo soy un hombre de gran talla, tuve que inclinarme considerablemente para entregarle el puro.

—Caballero, anda usted fuera a horas tardías —dijo aquel desconocido mientras, tras pronunciar un agradecimiento a medias, me devolvía el puro, que tuve que buscar a tientas en la penumbra.

—No más tarde de lo habitual —respondí con sequedad.

—¡Mmm! ¿Le gusta pasear a altas horas, entonces?

—Depende.

—¿Vive usted aquí?

—Sí.

—Una casa peculiar, ¿verdad?

—Yo la encuentro tranquila.

—¡Mmm! Pero le parecerá peculiar, créame.

Pronunció esto con gran seriedad; y, al mismo tiempo, sentí que un dedo huesudo se posaba sobre mi brazo, clavándose con fuerza como un cuchillo sin filo.

—No puedo aceptar su palabra como prueba de tal afirmación —respondí con brusquedad, apartando aquel dedo huesudo con un gesto de repugnancia.

—Sin ánimo de ofender —murmuró mi invisible compañero con una voz extraña y contenida que habría resultado estridente de haber sido más fuerte—; que usted se enfade no cambia las cosas. Verá que es una casa extraña. Todo el mundo la considera extraña. ¿Sabe quiénes viven allí?

—Jamás me entrometo en los asuntos ajenos, señor —respondí con aspereza, pues los modales de aquel individuo, sumados a mi absoluta incertidumbre sobre su aspecto, me provocaban un deseo agobiante de librarme de él.

—¡Ah! ¿No lo hace? Pues yo sí. Sé lo que son... vaya, vaya, vaya... —y, al pronunciar estas últimas palabras su voz se elevó hasta culminar en un chillido que resonó de forma espantosa entre los senderos solitarios—. ¿Sabe qué comen? —continuó.

—No, señor; y tampoco me importa.

—¡Ah! Pero le importará. Tiene que importarle. Le importará. Le diré lo que son. Son hechiceros. Son necrófagos. Son caníbales. ¿Nunca se fijó en sus ojos y en cómo se deleitaban al mirarle cuando pasaban a su lado? ¿Nunca reparó en la comida que servían en su mesa? ¿Nunca oyó, en lo más profundo de la noche, pasos amortiguados y sobrenaturales deslizándose por los pasillos, ni manos furtivas girando el pomo de su puerta? ¿Acaso no le envuelve continuamente una influencia magnética cuando pasan cerca, recorriéndole el espíritu y el cuerpo con un escalofrío helado que ni siquiera la luz del sol logra disipar? ¡Oh, sí! ¡Ha sentido todas esas cosas! ¡Lo sé!

La vehemencia, el tono contenido y el acento apasionado con que pronunciaba todo aquello me causaron una impresión sumamente inquietante. Realmente parecía como si pudiera recordar todos aquellos sucesos e influencias extrañas de los que hablaba; y me estremecí involuntariamente en medio de la impenetrable oscuridad.

—¡Mmm! —dije, adoptando sin darme cuenta un tono confidencial—: ¿podría preguntar cómo sabe usted estas cosas?

—¿Cómo las sé? Porque soy su enemigo. Porque tiemblan ante mi susurro. Porque les sigo el rastro con la perseverancia de un sabueso y el sigilo de un tigre... porque... porque... ¡yo fui uno de ellos!

—¡Desgraciado! —exclamé con excitación, pues su tono me había llevado a un estado de gran nerviosismo—: ¿entonces quiere decir que usted...?

Obedeciendo a un impulso incontrolable, extendí la mano hacia mi interlocutor e intenté agarrar algo a ciegas. Las yemas de mis dedos parecieron tocar una superficie tan lisa como el cristal. Un siseo agudo e iracundo resonó en la penumbra, seguido de un zumbido, como si un proyectil pasara velozmente a mi lado; al instante siguiente, supe instintivamente que estaba solo.

Una sensación desagradable me invadió: un instinto profético de que una terrible desgracia me acechaba, y una ansiedad intensa y abrumadora por regresar a mi habitación sin perder tiempo. Me di la vuelta y corrí a ciegas por el oscuro sendero de cipreses; cada macizo de flores que se alzaba como una sombra negra en los bordes hacía que, por momentos, mi corazón dejara de latir. Los ecos de mis propios pasos parecían redoblarse y cobrar el sonido de perseguidores desconocidos. Las ramas de los arbustos de lilas y celindas que aquí y allá se extendían parcialmente sobre el camino parecían haberse dotado de repente de manos ganchudas que intentaban atraparme al pasar; a cada instante esperaba ver caer ante mí una barrera espantosa e infranqueable que me encerrara para siempre.

Por fin llegué a la amplia entrada. De un salto subí los cuatro o cinco escalones del pórtico y corrí por el vestíbulo, subí la ancha y resonante escalera y recorrí los pasillos sombríos y lúgubres hasta detenerme, sin aliento y jadeante, ante la puerta de mi habitación. Una vez allí, me detuve y me apoyé con fuerza contra uno de los paneles, jadeando con intensidad tras la carrera. Sin embargo, apenas había dejado caer todo mi peso sobre la puerta cuando esta cedió y entré tambaleándome, cayendo de cabeza. Para mi absoluto asombro, la habitación que había dejado en profunda oscuridad estaba ahora inundada de luz. La iluminación era tan intensa que, durante unos segundos —mientras las pupilas de mis ojos se contraían—, no vi absolutamente nada salvo aquel resplandor cegador.

Este hecho, que se me presentó con tal brusquedad, bastó para prolongar mi confusión; solo trascurridos varios momentos percibí que la habitación no solo estaba iluminada, sino ocupada. ¡Y qué ocupantes! El asombro ante aquella escena se apoderó de mí de tal modo que fui incapaz de moverme o articular palabra. Lo único que pude hacer fue apoyarme contra la pared y contemplar la escena con la mirada perdida.

Aquello bien podría haber salido de las páginas de Grammont, o haber ocurrido en algún palacio del ministro Fouquet.

Alrededor de una gran mesa situada en el centro de la estancia —donde yo había dejado libros y papeles esparcidos con el desorden propio de un estudiante— se hallaban sentadas media docena de personas: tres hombres y tres mujeres. La mesa rebosaba de una profusión de lujos. Exquisitas frutas orientales se amontonaban en vasijas de filigrana de plata, a través de cuyas tramas resplandecían sus cáscaras vivas en un juego de mil matices. Pequeñas fuentes de plata —que bien podría haber diseñado Benvenuto—, cargadas de carnes suculentas y aromáticas, se distribuían sobre un mantel de níveo damasco. Botellas de toda índole —esbeltas botellas del Rin, robustas botellas holandesas, recias botellas españolas y curiosos frascos italianos revestidos de mimbre— cubrían por completo la mesa. Copas de diversos tamaños y colores llenaban los espacios libres; la jarra alemana, propia para saciar la sed, se alzaba junto a las etéreas burbujas de cristal veneciano que se sostenían con ligereza sobre sus tallos finos como hilos. Un aroma de lujo y sensualidad flotaba en el ambiente. Las lámparas, encendidas en cualquier rincón donde hubiera espacio para ellas, parecían difundir un sutil incienso en el aire; y en un gran jarrón colocado en el suelo vi un conjunto de magnolias, nardos y jazmines agrupados, ahogándose mutuamente en su fragancia dulce y densa.

Los ocupantes parecían acordes a una atmósfera tan sensual. Las mujeres eran de una belleza singular y vestían trajes de diseños fantásticos y colores resplandecientes. Poseían formas redondeadas, flexibles y elásticas; ojos oscuros y lánguidos; labios carnosos, turgentes y de un color encendido y exquisito. Los tres hombres llevaban antifaces, de modo que lo único que lograba distinguir eran mandíbulas robustas, barbas en punta y cuellos fornidos que emergían como columnas macizas de sus jubones. Los seis se hallaban reclinados en lechos romanos alrededor de la mesa, bebiendo vino púrpura a grandes tragos, echando la cabeza hacia atrás y riendo con desenfreno.

Permanecí allí, supongo que unos tres minutos, apoyado contra la pared y contemplando con mirada ausente aquella visión dionisíaca, antes de que alguno de los comensales reparara en mi presencia. Por fin, sin que gesto alguno revelara si me habían visto desde el principio o no, dos de las mujeres se levantaron de sus lechos y, acercándose, me tomaron de las manos para conducirme a la mesa. Obedecí sus indicaciones mecánicamente. Me senté en un lecho entre ambas, tal como ellas señalaron. Me dejé rodear el cuello por sus brazos sin oponer resistencia.

—Debes beber —dijo una de ellas mientras servía una copa grande de vino tinto—; aquí tienes un Clos Vougeot de una añada excepcional; y aquí —añadió, acercándome un frasco de vino color ámbar— tienes Lachrima Christi.

—Debes comer —dijo la otra, acercando hacia sí las fuentes de plata—. Aquí tienes chuletas estofadas con aceitunas y filetes rellenos de castañas dulces —y mientras hablaba, sin esperar respuesta, procedió a servirme.

La vista de la comida me recordó las advertencias que había recibido en el jardín. Este súbito esfuerzo de memoria me devolvió mis otras facultades. Me puse en pie de un salto, apartando a las mujeres con ambas manos.

—¡Demonios! —grité casi—. No quiero saber nada de esa maldita comida. Las conozco. Son caníbales, son necrófagas, son hechiceras. ¡Largo de aquí! ¡Fuera de mi habitación!

Una carcajada general fue la única reacción que provocó mi apasionado discurso. Los hombres se revolcaban en sus lechos y sus antifaces temblaban con las convulsiones de su risa. Las mujeres chillaban, lanzaban al aire sus finas copas de vino y se volvían hacia mí para arrojarse sobre mi pecho, sollozando de pura risa.

—Sí —continué, tan pronto como cesó el estruendo de las risas—, sí, ¡digo que abandonen mi habitación inmediatamente! ¡No toleraré orgías antinaturales!

—¡Su habitación! —chilló la mujer a mi derecha.

—¡Su habitación! —repitió la de mi izquierda.

—¡Su habitación! ¡Dice que es su habitación! —gritó todo el grupo, mientras volvían a revolcarse en convulsiones de hilaridad.

—¿Cómo sabe que es su habitación? —dijo finalmente uno de los hombres sentados frente a mí, una vez que las risas hubieron amainado.

—¿Cómo lo sé? —respondí indignado—. ¿Cómo voy a reconocer mi propia habitación? ¿Cómo podría confundirla, dígame? Ahí están mis muebles... mi piano...

—¡A eso lo llama piano! —gritaron mis vecinos, de nuevo presa de convulsiones de risa, mientras yo señalaba el rincón donde solía estar mi enorme piano, consagrado a la memoria de Blokeeta—. ¡Oh, sí! Es su habitación. ¡Ahí... ahí está su piano!

El énfasis que pusieron en la palabra «piano» hizo que examinara con mayor detenimiento el objeto que estaba señalando. Hasta ese momento, aunque estaba totalmente atónito por la irrupción de aquellas personas —y asociándolas en cierto modo con las historias descabelladas que había oído en el jardín—, conservaba una vaga idea de que todo era una broma de disfraces organizada durante mi ausencia, y que la orgía báquica que presenciaba no era más que parte de un elaborado engaño del que yo iba a ser la víctima. Pero cuando dirigí la mirada al rincón vi un órgano vasto y sombrío que alzaba su frente de tubos estriados hasta el mismo techo; y me convencí, tras un rápido esfuerzo de memoria, de que ocupaba exactamente el lugar donde había dejado mi propio instrumento.

Perdí el poco aplomo que me quedaba. Miré a mi alrededor, desconcertado.

Del mismo modo, todo había cambiado. En lugar de aquella vieja daga sin empuñadura, vinculada a tantos recuerdos personales, veía ahora un yatagán turco que pendía de su tahalí de seda carmesí, mientras las joyas de la empuñadura resplandecían bajo los reflejos de la lámpara. Donde antes colgaba mi preciado gorro —recuerdo de un amor ya sepultado—, se hallaba ahora suspendido un yelmo de caballero, coronado por un dragón de oro en actitud de saltar. Aquella extraña litografía de Calame ya no era tal; me parecía más bien que se había recortado la sección de pared que esta cubría —conservando su forma y tamaño exactos— y que, en lugar del cuadro, se veía una escena real a la misma escala y con personajes auténticos.

Allí estaban el viejo roble y el cielo tormentoso; pero veía cómo las ramas del árbol se mecían con la tempestad y las nubes eran arrastradas por el viento. El viajero envuelto en su capa había desaparecido; en su lugar, contemplaba un círculo de figuras salvajes —hombres y mujeres— que, tomados de las manos, danzaban alrededor del tronco del gran árbol mientras entonaban un fragmento de canción agreste, cuyo coro sobrenatural era rugido por los vientos. También habían desaparecido las botas de nieve —con cuya trama de tendones había recorrido durante días las vastas tierras heladas de Canadá— y, en su lugar, yacía un par de extrañas babuchas de puntas curvadas hacia arriba, calzado que tal vez se habían despojado muchas veces a las puertas de las mezquitas, bajo el resplandor constante de un sol de Oriente.

Todo había cambiado. Dondequiera que posara la vista, echaba de menos objetos familiares y hallaba, en cambio, extraños sustitutos. Sin embargo, en todos esos reemplazos creía percibir un eco de aquello a lo que sustituían. Parecían haber sido transmutados solo temporalmente en otras formas, y a su alrededor persistía el aura de lo que antaño habían sido. Así, habría jurado que la habitación era la mía, y no obstante, no había en ella nada que pudiera reclamar como propio. Todo me recordaba a alguna antigua posesión que, en realidad, no era tal. Busqué la acacia junto a la ventana y —¡oh, sorpresa!— vi largas y sedosas hojas de palmera meciéndose al entrar por la celosía abierta; mas poseían el mismo movimiento y el mismo aire que mi árbol predilecto, y parecían susurrarme: «Aunque parezcamos hojas de palmera, somos hojas de acacia; ¡sí, aquellas mismas sobre las que solías observar cómo se posaban las mariposas y cómo repiqueteaba la lluvia mientras fumabas y soñabas!».

Lo mismo ocurría con todo. La habitación era mía y, a la vez, no lo era; y una angustiosa conciencia de mi absoluta incapacidad para conciliar su identidad con su apariencia me abrumaba y sofocaba mi razón.

—Bueno, ¿has decidido ya si esta es tu habitación o no? —preguntó la joven situada a mi izquierda, ofreciéndome un enorme vaso rebosante de champán y riendo con picardía mientras hablaba.

—Es mía —respondí con obstinación, golpeando bruscamente el vaso con la mano y derramando el aromático vino sobre el mantel blanco—. Sé que es mía; y ustedes son unos prestidigitadores y hechiceros.

—Silencio —dijo ella con suavidad, sin enfadarse por mi brusquedad—. Estás alterado. Alf tocará algo para calmarte.

A una señal suya, uno de los hombres se levantó y se sentó ante el órgano. Tras un preludio frenético y espasmódico comenzó lo que a mi parecer era una sinfonía de recuerdos. Sombría y lúgubre, impregnada de una agonía intensa y vibrante, parecía evocar una noche oscura y funesta en un arrecife helado, azotado con furia eterna por un océano invisible pero aterradoramente audible. Parecía como si una pareja solitaria se hallara en la cima: uno vivo, la otra muerta; él rodeando con sus brazos el tierno cuello y el pecho desnudo de ella, esforzándose por devolverle la vida con su calor, mientras el aliento gélido de la tormenta le arrebataba a él mismo la vitalidad a cada instante. De vez en cuando, un lamento aterrador en tono menor vibraba entre los acordes, semejante al graznido de las aves marinas o al presagio de una muerte inminente.

Mientras el hombre tocaba, apenas podía contenerme. Me parecía estar escuchando y contemplando a Blokeeta. Aquella noche maravillosa de placer y dolor que una vez pasé escuchando parecía reanudarse justo donde se había interrumpido, y la misma mano continuaba la melodía. Observaba fijamente al hombre llamado Alf. Allí estaba sentado, con su capa, su jubón, su larga espada y su máscara de terciopelo negro. Sin embargo, había algo en el aire de su barba puntiaguda, un misterio familiar en la salvaje melena de color azabache que caía sobre sus hombros, como si el viento la agitara, que cautivó mi memoria.

—¡Blokeeta! ¡Blokeeta! —grité, levantándome con furia del diván, y rompiendo el abrazo de los hermosos brazos que rodeaban mi cuello como si fueran cadenas odiosas—: ¡Blokeeta! ¡Amigo mío, te lo ruego, háblame! Di a estos horribles hechiceros que me dejen en paz. Diles que los odio. ¡Diles que les ordeno que abandonen mi habitación!

El hombre del órgano no se inmutó. Dejó de tocar, y el sonido agonizante de la última nota que había pulsado se desvaneció en un gemido melancólico. Los otros hombres y mujeres estallaron de nuevo en carcajadas burlonas.

—¿Por qué insiste en llamar a esta habitación suya? —dijo la mujer a mi lado, con una sonrisa que pretendía ser amable pero indescriptiblemente repugnante—. ¿Acaso no le hemos demostrado, por el mobiliario y el aspecto general del lugar, que se equivoca y que este no puede ser su aposento? Quédese tranquilo con nosotros. Es bienvenido aquí y ya no necesita preocuparse por su habitación.

—¡Quedarme tranquilo! —respondí con frenesí—. ¡Vivir con fantasmas! ¡Comer manjares espantosos y contemplar visiones horribles! ¡Jamás, jamás! Han lanzado algún sortilegio sobre el lugar para disfrazarlo; pero, a pesar de todo, sé que es mi habitación. ¡Deben abandonarla!

—¡Calma, calma! —dijo otra—. Resolvamos esto amistosamente. Este pobre caballero parece obstinado y propenso a armar un escándalo. Y nosotros no queremos escándalos. Amamos la noche y su quietud; y no hay noche que amemos tanto como aquella en que la luna queda sepultada entre nubes. ¿No es así, hermanos míos?

Una sonrisa aterradora brilló en los rostros de su audiencia espectral, pareciendo deslizarse visiblemente desde debajo de sus máscaras.

—Ahora —continuó ella—, tengo una propuesta. Sería ridículo que cediéramos esta habitación simplemente porque este caballero afirma que es suya; y, sin embargo, deseo complacer, en la medida de lo justo, su descabellada pretensión de propiedad. Una habitación, al fin y al cabo, no significa mucho para nosotros; podemos conseguir otra con facilidad, pero aun así nos resistiríamos a entregar este aposento ante una exigencia tan imperiosa. No obstante, estamos dispuestos a arriesgarnos a perderla. Es decir —volviéndose hacia mí—, propongo que nos juguemos la habitación. Si usted gana, se la cederemos de inmediato; si, por el contrario, pierde, se comprometerá a marcharse y a no molestarnos nunca más.

Angustiado por los misterios cada vez más sombríos que parecían acumularse a mi alrededor, y desesperanzado ante la idea de disiparlos mediante el mero ejercicio de mi voluntad, me aferré casi con alegría a la oportunidad que se me presentaba. La idea de perder o ganar apenas figuraba en mis cálculos. Lo único que sentía era la vaga certeza de que, de la manera propuesta, podría recuperar en un instante aquella tranquila estancia y la paz mental de la que tan extrañamente me habían privado.

—¡Acepto! —exclamé con entusiasmo—. ¡Acepto! ¡Cualquier cosa con tal de librarme de tan siniestra compañía!

La mujer tocó una pequeña campanilla de oro que había sobre la mesa, cerca de ella; apenas había cesado de tintinear cuando entró un enano negro portando una bandeja de plata con cubiletes y dados. Un escalofrío me recorrió al pensar que en aquel africano de baja estatura podía advertir cierto parecido con el sirviente negro, con aspecto de ghoul, a cuya presencia yo estaba acostumbrado.

—Ahora —dijo mi compañera, tomando uno de los cubiletes y entregándome el otro—, gana la puntuación más alta. ¿Lanzo yo primero?

Asentí con la cabeza.

Ella agitó los dados, y sentí que un peso indescriptible se liberaba de mi corazón cuando obtuvo una suma de quince.

—Su turno —dijo con una sonrisa burlona—; pero antes de lanzar, repito la oferta que le hice hace un momento. Viva con nosotros. Sea uno de los nuestros. Lo iniciaremos en nuestros misterios y placeres; placeres de los que no puede hacerse idea a menos que los experimente. Vamos; aún no es demasiado tarde para cambiar de opinión. ¡Únase a nosotros!

Respondí con una feroz imprecación mientras agitaba los dados con un nerviosismo espasmódico y los arrojaba sobre el tablero. Rodaron una y otra vez y, durante aquel breve instante, sentí una tensión cuya intensidad jamás había conocido ni he vuelto a conocer. Por fin quedaron quietos ante mí. Resonó en mis oídos la misma risa horrible y enloquecedora. Observé los dados pero mi vista estaba tan turbada que no lograba distinguir la puntuación. Esto duró unos instantes. Luego mi vista se aclaró y me dejé caer hacia atrás, casi inerte por la desesperación, al ver que apenas había sacado un doce.

—¡Perdió! ¡Perdió! —gritó mi vecino con una risa frenética.

—¡Perdido! ¡Perdido! —vociferaron las voces graves de los hombres enmascarados.

—¡Vete, cobarde! —clamaron todos—; no eres digno de estar entre nosotros. Recuerda tu promesa: ¡vete!

Entonces pareció como si una fuerza invisible me agarrara por los hombros y me empujara hacia la puerta. En vano me resistí. En vano grité y pedí auxilio. En vano imploré su piedad. La única respuesta que obtuve fueron aquellas carcajadas burlonas mientras avanzaba tambaleándome como un borracho hacia la salida.

Al llegar al umbral, el órgano rompió a sonar con una melodía triunfal. La fuerza que me impulsaba se concentró en un empujón vigoroso que me lanzó a ciegas hacia el pasillo resonante; y, mientras la puerta se cerraba a mis espaldas, alcancé a vislumbrar por última vez la estancia. Una transformación, semejante a una sombra, se apoderó de ella. Las lámparas se apagaron, las mujeres-sirena y los hombres enmascarados se desvanecieron, las flores, las frutas, la brillante platería y el mobiliario extravagante se esfumaron, y vi de nuevo, durante una décima de segundo, mi antigua habitación tal como era. Allí estaba la acacia agitándose en la penumbra; allí, la mesa abarrotada de libros; allí, la litografía fantasmal, el queridísimo gorro, las botas de nieve canadienses, la daga ancestral. Y allí, sentada al piano —que ya no era un órgano—, estaba Blokeeta tocando.

Al instante siguiente la puerta se cerró violentamente y quedé allí, de pie en el pasillo, atónito y desesperado.

Tan pronto como recuperé el sentido corrí hacia la puerta con la vaga idea de derribarla a golpes. Mis dedos chocaron contra una pared fría y sólida. ¡No había puerta!

Palpé el pasillo a lo largo de varios metros, a ambos lados. No había ni siquiera una rendija que me diera esperanzas. Bajé las escaleras corriendo y gritando como un loco. Nadie respondió. En el vestíbulo me encontré con el negro; lo agarré por el cuello y le exigí mi habitación. El demonio mostró sus dientes blancos y aterradores, limados en forma de sierra, y, zafándose de mi agarre con un tirón brusco, huyó por el pasillo soltando una risa entrecortada y gutural.

Nada más que el eco respondía a mis gritos desesperados. El solitario jardín resonaba con mis alaridos mientras recorría los senderos oscuros, y los altos cipreses fúnebres parecían sepultarme bajo sus pesadas sombras. No encontré a nadie. No pude hallar a nadie. Tuve que soportar mi pena y mi desesperación en soledad. Desde aquella hora terrible, jamás he vuelto a encontrar mi habitación. La busco por todas partes, pero nunca la veo. ¿Llegaré a encontrarla algún día?

Fitz-James O'Brien (1828-1862)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Fitz-James O'Brien.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Fitz-James O'Brien: La habitación perdida (The Lost Room), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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