«La casa gris»: John Metcalfe; relato y análisis.
«Hammond sintió que allí afuera, oculta en medio de un laberinto de calles sinuosas,
las ventanas de la Casa lo observaban como una criatura al acecho.»
las ventanas de la Casa lo observaban como una criatura al acecho.»
La casa gris (The Grey House) es un relato fantástico del escritor inglés John Metcalfe (1891-1965), publicado en la antología de 1925: La pierna humeante y otros relatos (The Smoking Leg and Other Stories).
La casa gris, uno de los cuentos de John Metcalfe menos conocidos, relata la historia del señor Hammond, un hombre que intenta localizar una casa misteriosa —la Casa Gris— donde tiempo atrás fue dejado por un taxista fantasmal. Para ello recurre a la neurótica reconstrucción de incidentes que lo llevaron a tomar aquel taxi en primer lugar.
Es fácil suponer que el señor Hammond —aquella noche— se desplazó momentáneamente hacia una realidad paralela, o que fue víctima de un molesto desplazamiento en el tiempo, pero creo que John Metcalfe también intenta otra cosa. La historia explora la idea de que la realidad última, inaccesible para nuestros sentidos, se abre para aquellos que están a punto de cruzar el umbral de la muerte:
«Percibía aquella oscuridad que lo envolvía como a una entidad real, casi como a una compañera. Podía calibrar su personalidad tal como lo haría con la de un ser humano.»
La Casa Gris propiamente dicha no está emplazada entre dos mundos, siendo un lugar de transición para los mortales en sus últimos instantes, sino que todas las casas, todos espacios, participan de esas dos realidades. Es la muerte, su proximidad, la que nos premite ser conscientes de ello [ver: Si la vida es sueño, ¿la muerte es el despertar?]
John Metcalfe toca varias cuerdas en esta historia. La primera consiste en fatigar al lector con un vasto panorama de calles y esquinas del sur Londres para darnos un contexto de realidad cotidiana. Acto seguido hace que Hammond sea prácticamente arrebatado por un taxi conducido por un chofer alto y de aspecto fantasmal, que de algún modo recuerda al cochero —Drácula en persona— que transporta a Harker hasta el castillo [ver El «extraño cochero»]. En esencia, es Caronte, un psicopompo, un guía de las almas en tránsito hacia el reino de los muertos [ver: Nekropompos: la historia de Caronte, el barquero].
La segunda nota es el trayecto en taxi, que se repite dos veces. La segunda vez se produce en esta realidad paralela y recurrente —no en un sueño— hasta llegar a la Casa Gris.
Luego se produce un brusco cambio de perspectiva cuando un «amigo» sigue a Hammond —ya desaparecido— guiándose por unas cuentas rojas que este último tuvo la precaución de ir arrojando. Esta es la tercera nota, y recuerda a las migas de pan en el cuento de Hansel y Gretel. Al final, el amigo encuentra unas ruinas donde Hammond dijo haber encontrado la Casa Gris:
«Cerca de él, en el suelo, se distinguían los cimientos en ruinas de antiguas viviendas. Su mente bullía ante el entusiasmo que le provocaba una teoría. Debían ser los vestigios de edificaciones que antaño flanqueaban la marisma, y cabía la posibilidad de que entre ellas se hubiera alzado la casa de la historia del señor Hammond. ¡El infortunado filósofo había caído a través de alguna deplorable grieta de su propio siglo hacia el anterior!»
La casa gris es un ejercicio de perspectiva. Otro autor nos hubiera entregado el diario personal de Hammond, crudo y repleto de entradas con su búsqueda de la Casa, pero John Metcalfe apenas si aporta unas pocas líneas al respecto. Su prioridad no es revelar un mecanismo detrás de las sincronías sino a un hombre atrapado en una red de incidentes que parecen casuales. Al final, Hammond encuentra la Casa, su versión de la Casa Gris, sin caer en procedimientos racionales, aunque sí un tanto extraños, como deducir la dirección del vehículo a partir de los trazos irregulares de su lápiz al escribir la experiencia mientras esta ocurría.
El final de La casa gris es incierto. Sabemos que Hammond desapareció, y que su amigo descubrió que la Casa estaba en ruinas. Y no solo eso, sino que alguien dejó una trampilla abierta, por la cual Hammond quizás se desplazó hacia atrás en el tiempo, pero estas son elucucubraciones del amigo —«el hombre de las polainas»—, por lo que no podemos estar seguros. Prefiero creer que cuestiones cotidianas, como un viaje el coche por la ciudad, pueden transformarse en pasajes a una realidad más amplia, quizás sin limitaciones temporales.
Algo similar ocurre en otro cuento de John Metcalfe: Las tierras malas (The Bad Lands), donde una casa situada en un paraje remoto de la costa de Norfolk posee límites geográficos bien definidos, pero, a la vez, se extiende más allá de sus posibilidades físicas. Los dos protagonistas experimentan esa amplitud, esa especie de portal hacia oscuras tierras espirituales, pero los demás, aquellos que están anclados a la realidad objetiva, solo ven una inofensiva granja.
La casa gris.
The Grey House, John Metcalfe (1891-1965)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Era una casa pequeña, y frente a ella había dos árboles retorcidos, cubiertos de hollín. Parecían disputar con acritud. A su alrededor se entrelazaban calles sombrías, y viejos pecadores marchitos, vestidos con abrigos raídos, interpretaban melodías invernales al violín. O, al menos, esa era la atmósfera con la que Hammond revestía la casa. Al contemplar el sureste de Londres desde One Tree Hill, sabía, por supuesto, que la vivienda se perdía en la inmensidad grisácea del entorno; sin embargo, sentía su presencia —sutil y oculta— como un único punto en aquel tenue claroscuro, una nota aislada en el coro onírico y multitudinario de la ciudad.
Para Hammond, que observaba Londres con suma atención desde las alturas de Crofton, la Casa parecía reclamar su atención con insistencia. Su mirada recorría la vasta extensión de sombría mampostería —desde Nunhead y Brockley, justo a sus pies, pasando por Denmark Hill y la desolación de Camberwell, hasta la lejana bruma donde serpenteaba el río— y, a veces, se detenía, preguntándose si acaso lograba divisar la Casa. Con gran paciencia intentaba evocarla: la Casa de los dos árboles y las macetas de piedra mohosa sobre el césped.
Habían transcurrido dos semanas desde aquella tarde de noviembre en que, tras salir de la residencia de Sir Windrop Winton en Queen Anne Street, fue conducido en un taxi a una velocidad de vértigo: recorrió Chandos Street y Cavendish Square, bajó por Princes Street, salió a Oxford Street y siguió por Charing Cross Road, cruzando luego por Strand y el puente de Waterloo hacia el desierto del sur de Londres.
Aquello sucedió al anochecer. El rápido desfile de luces amarillas ante las ventanillas quedó oculto de pronto por unas cubiertas oscuras que descendieron desde el exterior como persianas. El señor Hammond, atónito pero dueño de su asombro, tomó nota de que, en el instante en que las ventanillas quedaban cubiertas, el vehículo acababa de dejar Chandos Street para entrar en Cavendish Square. Poco después, el brusco cambio —del deslizamiento suave y seco sobre el asfalto a los botes irregulares sobre el macadán— le indicó que estaban cruzando hacia el lado de Surrey. Hammond, siempre reacio a lo anormal, se tomó el pulso y percibió el latido de su corazón. Le dolía la cabeza y, ante la sospecha de que se estaba asfixiando, se acercó al tubo de comunicación y lo olió; el tenue aroma a metal sucio y goma deteriorada le resultó tranquilizador y eminentemente sensato.
De nada servía gritar por el tubo acústico, al menos por el momento. Ante lo que parecía un caso de secuestro, decidió que era mejor agotar cualquier otro recurso antes de recurrir al soborno o a las amenazas. Durante los cinco minutos siguientes, Hammond y la oscuridad que lo rodeaba —una oscuridad cargada de olor a cuero húmedo— atravesaron el Londres nocturno a treinta millas por hora. Percibía aquella oscuridad como a una entidad real, casi como a un compañero; era capaz de captar su personalidad tal como lo haría con la de un ser humano. Y por encima de ambos, guiándolos —al parecer— con una suerte de firme suavidad, se encontraba el conductor.
Al cabo de diez minutos, la figura del conductor se volvió casi nítida para Hammond. Echando la vista atrás logró recordar aquella silueta alta y oscura envuelta en un impermeable arrugado. Hammond le había hecho señas cuando el vehículo pasaba lentamente frente a la casa de Sir Windrop y, tras subir y cerrar la puerta, había gritado su destino con su habitual tono seco y preciso: «Calthrop Gardens, número diecinueve». La figura pareció asentir; Hammond se recostó en los asientos acolchados y, de repente, se vio arrastrado por una vorágine de asombro mientras las persianas descendían, sumiéndolo en una oscuridad absoluta.
Buscó cerillas, encontró dos —las últimas de la caja— y encendió una. El breve resplandor no le aportó información útil. El interior del taxi era de lo más corriente, y el reflejo de su rostro en una de las ventanillas —frío y oscuro contra el cristal exterior— resultaba inquietante. La cerilla se apagó y encendió la otra. Con ella prendió un puro y, mientras daba unas caladas, se puso a reflexionar. A medida que proseguían aquel insólito trayecto, sintió cómo se apoderaba de él una extraña sensación de satisfacción y una gran reticencia a cambiar de postura. Había intentado abrir las puertas, naturalmente, y las había encontrado bloqueadas; ahora, para su propia sorpresa, se sentía bastante aliviado por ello. De algún modo, en aquel cubo cerrado de negrura, con el puro en la boca y sumido en una languidez peculiar, parecía alejarse a toda prisa de la vida que conocía —aquella existencia bastante interesante, aunque algo monótona, de un anciano aficionado a la filosofía— para adentrarse en algo insólito, intenso y gratamente familiar.
El taxi se bamboleaba —avanzaban a una velocidad vertiginosa— y, en el exterior, él sentía cómo hileras e hileras de casas pasaban fugazmente a su lado, perdiéndose en la oscuridad. Mientras tanto, en el interior, el señor Hammond, chupando su puro y reflexionando con sabiduría, se dejaba llevar de aquel modo maravilloso hacia el gran Desconocido.
Lo más notable de todo el asunto, tal como le parecía a Hammond mientras reflexionaba en One Tree Hill, era que no lograba recordar nada de lo sucedido entre el trayecto en taxi y el momento en que se encontró —al parecer, a primera hora de la mañana siguiente— dentro del vehículo, contemplando una pequeña casa gris. Respiraba con esa sensación de melancolía que surge al terminar una obra de teatro fascinante. Casi pasivamente, había visto cómo bajaban de nuevo el telón y se había sentido transportado otra vez a través de lo que parecía una distancia considerable. Durante ese tiempo, para completar la fantasía absurda de toda la aventura, fue anotando sus impresiones en una libreta, sin importarle la oscuridad ni las sacudidas. Al ser dejado cerca de la esquina de Forest Hill Road —punto en el que la puerta pareció abrirse sola—, se deslizó hacia la parte delantera del taxi para ver al conductor, pero el vehículo arrancó demasiado rápido y desapareció casi al instante. Por un momento solo se vio una silueta oscura, mientras las extrañas cubiertas de las ventanas ondeaban al viento como lúgubres bufandas.
One Tree Hill era un lugar propicio para reflexiones de índole sombría. En los días despejados, la vista alcanzaba a divisar, a kilómetros de distancia, las alturas del norte al otro lado de la vasta y bulliciosa hondonada intermedia; e incluso cuando la niebla se asentaba en el valle aún era posible contemplar la afligida silueta —de un tono pardo oscuro— de las tristes colinas que se alzaban tenuemente entre la bruma.
Una y otra vez, el señor Hammond se sentaba allí, junto a un pequeño árbol, y cavilaba sobre su aventura mientras su mirada recorría el mar agitado de tejados de Londres. En algún lugar a lo lejos, bajo el manto de niebla, se alzaba la Casa. Sentado allí arriba, mirando hacia el tenue noreste, le parecía sentir que la casa le devolvía la mirada, como una presencia oculta y vigilante. Podía estar a una milla de distancia, o a dos, o a tres —no sabía dónde—; sin embargo, mientras su mirada recorría aquella extensión monótona e infinita, sintió con absoluta certeza que allí fuera, oculta y cubierta en medio de aquel desconcertante laberinto de calles sinuosas, las ventanas de la Casa observaban como los ojos de una criatura al acecho.
Toda la aventura le parecía tan irreal y fantástica que no se la había mencionado a nadie. Cabe suponer, tal vez, que cincuenta años de sequedad espiritual habían hecho casi imposible para el señor Hammond alcanzar una intimidad profunda y trascendente. Nadie habría imaginado que en su mente ocurrían a veces cosas de una intensidad y un fervor desbordantes; por ello, sus momentos de exaltación —cuando lograba vivirlos— permanecían en el ámbito de lo estrictamente privado.
Es propio de tales naturalezas llevar diarios —a menudo reveladores de una capacidad introspectiva casi lamentable—, y los del señor Hammond eran, sin duda, de esta índole. Revisó y reorganizó minuciosamente las notas que había tomado durante el trayecto en taxi hacia One Tree Hill. Cada vez era más consciente de haber vivido una aventura mística singular y, probablemente, valiosa. Resultaba especialmente inexplicable el vacío en su memoria respecto a lo sucedido aquella noche asombrosa. Se hacía cada vez más evidente que, fuera lo que fuese lo que había ocurrido en la casa gris, se trataba de algo ajeno a la realidad cotidiana: algo tal vez paralelo a ella, pero que no se identificaba con ella ni la contradecía; una especie de vacío en la experiencia, según lo definió para sí mismo. ¿Cómo —se preguntaba— podría justificar o refutar esta convicción tan pasmosa? ¿Cómo, si la Casa realmente existía, podría regresar a ella paso a paso, recorriendo de nuevo aquel laberinto de giros y recovecos por el que se había alejado?
Su primer plan denotaba los métodos bastante obvios y carentes de imaginación propios de un detective. Las notas que había tomado fueron escritas dentro de un automóvil que se sacudía violentamente. Aquello parecía evidente y sencillo; ¿podría Hammond —se preguntó—, observando la forma en que el lápiz había garabateado en ciertos puntos, deducir la dirección de los giros que el coche había dado mientras se redactaban las notas?
Una breve reflexión le demostró que tal plan era totalmente inviable, por lo que ideó otros, igual o aún más inútiles. A medida que se hacía más patente la imposibilidad de localizar la Casa, crecía la extraña fascinación que esta ejercía sobre él, así como la convicción de que se había topado con una experiencia de profundo significado místico. La idea le surgió a Hammond casi tres semanas después de su aventura. Había sido llevado a toda velocidad a la casa gris la noche del día siete, y ya era el veintiséis. Se encontraba en su pequeño jardín de Calthrop Gardens, contemplando las últimas hojas amarillas que caían de los árboles, cuando de repente se le ocurrió una idea: «¿Por qué no intentar llegar a la Casa retrocediendo el camino desde One Tree Hill? ¿Por qué no partir del punto de origen, en Queen Anne Street?».
La singular idea que había acudido a la mente exaltada de Hammond consistía en preparar las circunstancias de tal modo que, dejándose llevar por su corriente en el momento psicológico preciso, pudiera atravesar de nuevo aquellas experiencias extrañas y desconcertantes que solo recordaba vagamente.
Lleno de euforia, compró una libra de pequeñas cuentas rojas, confió los detalles por primera vez a un amigo y logró que lo invitaran a casa de Sir Windrop, fijando la visita para un viernes.
Entre cierta confusión al expresarse y mucha más reflexión, en el diario de Hammond se percibe con bastante claridad cuál era su intención al volver a casa de Sir Windrop. «Un taxi negro con crespones al viento», piensa.
«¡Curioso! «Será mejor que cene en la misma casa, a la misma hora, y salga a pasear por la misma calle. El taxi estará allí».
Intenta, como revela su diario, hallar alguna analogía para el tipo de operación que contempla. Garabatea frases desenfrenadas: está «jugando bromas a la Experiencia», «activando la alarma de la Vida» o «sondeando un doble fondo metafísico». En suma, resulta evidente que le costaba explicarse a sí mismo, en términos concretos, la naturaleza exacta de su «experimento».
Llevó a cabo dicho experimento (según cuenta el propio Sir Windrop) con calma y deliberación.
«Winton —dijo—, ¿recuerdas lo que me contabas la última vez que estuve aquí? Me pareció un caso bastante interesante. Aunque creo que he olvidado gran parte de los detalles. Cuéntamelo otra vez».
Sir Windrop, un hombre corpulento de mente parsimoniosa, reflexionó con gravedad mientras se servía una copa de oporto y la examinaba entrecerrando un ojo.
«Sí —dijo—. Sí, lo recuerdo. Fue así...».
Debemos imaginarlo conversando; la cadencia pausada de sus frases solo se veía interrumpida por los sorbos a su copa y por la voz aguda y nerviosa de Hammond.
El invitado pensó: «Es una tontería. No puedo engañar a la Experiencia de esta manera. Mi idea es que, si todas las vías estuvieran ajustadas de la misma forma, la locomotora recorrería siempre el mismo camino. Pero no logro semejante precisión. Hay cientos de ellas, miles, millones. Aunque tal vez solo algunas sean esenciales: mi tono emocional particular, supongo. La última vez que estuve aquí pensaba en cuando era niño, y en aquel coche fúnebre largo y negro de cuando murió la niñera (debo tomar nota de eso)».
Sir Windrop Winton se inclinó y le dio unos golpecitos en la pechera de la camisa.
«Le aseguro —dijo— que es así. Puede estar de acuerdo conmigo o no, por supuesto, pero fue indudablemente un caso que encaja exactamente en esa descripción. Lo juraría en mi lecho de muerte.»
«Sí —dijo Hammond con aire soñador—, un lecho de muerte muy agradable. Una manta marrón con figuras curiosas, como hombrecillos desfilando. La cubrieron, claro está, con una sábana blanca cuando ya estaba completamente muerta...»
Bajo la pesada desaprobación de Sir Windrop, y sin pensar ya en tender trampas a las Circunstancias, salió a la noche y caminó a buen paso por la acera. Soplaba un viento frío que atrapó la bufanda de Hammond, haciendo que los extremos ondearan y restallaran junto a sus oídos. Así avanzaba él, como una figura simbólica de tensión y esfuerzo, embistiendo el viento con obstinación, con su sombrero de copa.
De nuevo, una sensación inefable de gran euforia se apoderó de su espíritu y, bajo el cielo estrellado y ventoso, su mente pareció regresar a aquel estado misterioso y sobrecogedor de asombro y trance etéreo. Solo una o dos veces antes había experimentado algo así: un estado repleto de recuerdos de la infancia, resplandeciente con la alegría vibrante de quien descubre, de repente e inesperadamente, algo perdido y olvidado hace mucho tiempo. Así, digamos, avanzó hacia el extremo inferior de Cavendish Square y llegó al lugar donde anteriormente había encontrado el taxi. Un súbito desasosiego se apoderó de él al advertir que no había rastro alguno del extraño vehículo ni de su conductor. ¿Había pasado algo por alto? ¿Eran las circunstancias demasiado diferentes para que la historia se repitiera?
No; aquella era su vieja idea errónea —ridículamente ingenua y burda, nacida tan solo de un momento de locura—: la idea de atrapar la Experiencia como quien atrapa una liebre o un topo. Era el estado mental lo que marcaba la pauta, lo que contaba; eso y nada más. Las demás condiciones eran fortuitas y secundarias. Y, sin embargo, no había taxi...
Su desconcierto se disipó tan rápidamente como había surgido. A sus espaldas, avanzando sigilosamente y con una extraña ausencia de ruido, se acercaba un largo taxi negro conducido por una figura alta. Se preguntó si el chofer llevaría puesto el mismo impermeable arrugado y si aquello que ondeaba al viento, saliendo de las ventanillas como oscuros turbantes, serían realmente bufandas.
Vaciló un instante, indeciso, con una mano extendida hacia la puerta. Entonces, el taxi pareció abrirse para él por sí solo y se encontró hundido en los asientos acolchados. La puerta se cerró de golpe, el conductor metió la marcha y unas extrañas persianas cayeron, sumiéndolo en la oscuridad.
Otra vez. Se pusieron en marcha.
Muy temprano a la mañana siguiente, cuando el alba teñía de rosa el cielo oriental sobre Hackney Wick, un hombre alto y delgado, vestido con polainas, salió corriendo de su casa y tomó el metro hacia Queen Anne Street. Era el amigo a quien Hammond había confiado su experiencia. Echó a andar a paso ligero por Oxford Street, pasando por Princes Street, y luego giró hacia Charing Cross Road con la mirada clavada en el suelo. Al poco tiempo se detuvo, ahogando un grito, y recogió algo del suelo: una diminuta cuenta de vidrio color rubí.
Más adelante encontró otras cuantas y siguió el rastro durante una hora, jadeando, esquivando tranvías y carros de carga, mientras los cocheros le maldecían y los agentes de policía le observaban con recelo.
Para las once de la mañana ya se encontraba adentrado en el sur de Londres; entró en un pequeño restaurante donde comió salchichas y descansó un cuarto de hora. Reanudó la marcha a toda prisa, pues las cuentas abundaban, y llegó a Lee Green, pasando por Lewisham. Poco después, la hilera de cuentas se desviaba bruscamente hacia el este, bordeando una zona comunal, para luego detenerse en seco.
Era un lugar sombrío. Al norte se extendía el río y, frente a él, la carretera hacia Woolwich serpenteaba por lo alto de unos tristes acantilados de arcilla. Allí, el ladrillo chillón de las casas recién construidas resplandecía en medio del gris circundante y, tras ellas, los autobuses de la línea 66Z destellaban con un escarlata que parecía cobrar importancia propia. El hombre que había seguido el rastro evaluó la situación con pesar. Para él resultaba evidente que, a su amigo, la muerte lo había sorprendido terriblemente apartado de la vida —de los trayectos en los trenes suburbanos hacia el Instituto, de las lecturas de Bosanquet, Stout y Bradley, de la elaboración de discursos minuciosos y elegantes para la Academia Británica—; apartado, en suma, de todo cuanto realmente importaba.
Imaginó al señor Hammond cayendo —de forma espantosa y apartándose de toda aquella amable futilidad— por algún desagüe o trampilla funesta que el azar, por un descuido atroz, había dejado abierta.
Cerca de él, en el suelo, se distinguían los cimientos en ruinas de antiguas viviendas. Su mente bullía ante el entusiasmo que le provocaba una teoría. Debían ser los vestigios de edificaciones que antaño flanqueaban la marisma, y cabía la posibilidad de que entre ellas se hubiera alzado la casa de la historia del señor Hammond. ¡El infortunado filósofo había caído a través de alguna deplorable grieta de su propio siglo hacia el anterior!
El hombre de las polainas se excitó tanto que empezó a gesticular para sí mismo.
Al poco tiempo, aquella extraña posibilidad se transformó en certeza absoluta en su interior, y rápidamente esbozó los puntos clave de un artículo sobre el caso. La primavera siguiente, cuando ya resultaba evidente que Hammond había desaparecido para no volver, fue precisamente aquel artículo el que llevó a su autor a la cima de la fama como artífice de una nueva teoría sobre el tiempo y el espacio.
Al cabo de un rato, se cansó de aquellas glorias anticipadas y reparó en que el sol descendía hacia el oeste, tiñéndose de un amarillo más intenso. Tras una última mirada a las ruinas desmoronadas y a la triste extensión del río lejano, subió a un autobús de color carmesí y regresó así a Hackney Wick y a la hora del té.
John Metcalfe (1891-1965)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Relatos góticos. I Relatos de John Metcalfe.
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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de John Metcalfe: La casa gris (The Grey House), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com





















































