¿Quién podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?


¿Quién podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?




Dicen que los muebles tienen la desagradable costumbre de moverse solos durante la noche. A veces son pequeños ajustes de ángulo, milímetros ganados por un cajón medio abierto; otras producen verdaderos estruendos al arrastrarse por el suelo del comedor. En el relato de 1937: Todos los Santos (All Souls'), la escritora norteamericana Edith Wharton comenta:


«¿Quién que haya vivido en una casa antigua
podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?»


Edith Wharton podría ser vista como una especie de parapsicóloga de la ficción. Sus relatos de fantasmas abandonan los castillos, las criptas, los monasterios y las abadías de la literatura gótica tradicional y hablan de entidades que se inmiscuyen en el interior de casas ordinarias. Gente común, en hogares comunes, deben convivir con lo paranormal [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Este desplazamiento de lo sobrenatural, desde las grandes mansiones embrujadas y genealogías decrépitas a casas ordinarias, coincide con los avances tecnológicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX, más concretamente con el acceso a la electricidad. Los timbres, teléfonos, la iluminación eléctrica, parecen haber sido elementos claves en la migración de los fantasmas a los espacios domésticos.

Esta es una idea contraintuitiva; de hecho, la noción más popular indica lo opuesto: «Los fantasmas se fueron cuando llegó la electricidad», observa Sir Osbert Sitwell, sugiriendo que la iluminación eléctrica desterró para siempre lo sobrenatural de nuestras vidas. Edith Wharton propone lo contrario: no existe una oposición entre lo fantasmal y la modernización. Y al parecer dio en la tecla, o al menos rozó un nervio sensible, porque los fenómenos paranormales siguen siendo tan populares como siempre.

Edith Wharton afirma que los sentimientos de intrusión e inseguridad, fuertemente asociados a la idea de los fantasmas, funcionan tanto en la casa antigua, aristocrática, pobremente iluminada y todavía atada a las viejas jerarquías, como en los hogares recientemente modernizados; porque uno de los ejes de estas historias es el trauma que retorna del pasado y se manifiesta como una invasión de la privacidad [ver: El ABC de las historias de fantasmas]

Edith Wharton se encuentra en un período histórico de transición, donde la mayoría de los hogares ya contaban con luz eléctrica pero todavía poseían ciertos rasgos vetustos, como la servidumbre. Es decir, sus historias transcurren en medio de los cambios sociales que produjo la tecnología de inicios del siglo XX. Los relatos de fantasmas del siglo XIX a menudo cuentan con la presencia de sirvientes que funcionan como testigos silenciosos de lo sobrenatural, y, más adelante en el tiempo, como observadores de la tecnología, que en muchos casos es una generadora activa de las perturbaciones. Algo de esto puede verse en La campana de la doncella (The Lady's Maid's Bell), donde una sirvienta, que además en la narradora de la historia, debe interpretar el mensaje de su predecesora muerta a través de un dispositivo electrónico [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

En el prólogo de la antología de 1937: Fantasmas (Ghosts), Edith Wharton se pregunta si acaso la tecnología terminará atrofiando nuestra capacidad para interactuar con las apariciones fantasmales. Después de todo, la radio, la televisión [y más acá las computadoras, internet, los teléfonos móviles, las consolas] atacan, según Wharton, las dos condiciones indispensables para la producción de fantasmas: «silencio y continuidad». Sin embargo, la tecnología produjo un ingrediente extra: cuando las bombillas eléctricas se apagan y los dispositivos dejan de irradiarnos con sus estímulos, el silencio es más profundo y el tiempo vuelve a su antigua dimensión.

Entonces, la observación de Sitwell: «Los fantasmas se fueron cuando llegó la electricidad», malinterpreta la verdadera naturaleza de lo fantasmal. Lo que aleja a los fantasmas no es el microondas o la cocina eléctrica [el hogar moderno]; de hecho, la tecnología propició la aparición de nuevos tipos fantasmales [ver: Psicología de las casas embrujadas]

H. P. Lovecraft interpretó este fenómeno de manera diferente. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), propone:


«El atractivo de lo espectralmente macabro es generalmente limitado porque exige del lector cierto grado de imaginación y capacidad de desapego de la vida cotidiana»


En otras palabras, el flaco de Providence establece una distinción entre lo sobrenatural y lo cotidiano. Sin embargo, este razonamiento parte de una suposición sin fundamento: que existe una separación entre lo sobrenatural y lo cotidiano. El propio Lovecraft desbarata su conclusión al comentar que el horror, como género, depende de «una cierta atmósfera de pavor sin aliento e inexplicable», la cual puede producirse sin problemas en el ámbito ordinario.

En resumen, el «miedo a lo desconocido» también puede activarse por sucesos macabros dentro del marco cotidiano; de hecho, ese es el único ámbito en el que, por contraste, podemos detectarlos.

La tecnología reestructuró nuestra relación con las dimensiones espaciales del hogar, pero el aislamiento, el trauma, el abuso, que son condiciones sine qua non de los antiguos fantasmas de la novela gótica, siguen vigentes, y no dependen de la presencia de la electricidad. Por supuesto, uno ya no puede acceder, como antes, a la cripta familiar, llena de ratas, telarañas, parientes inquietos y maldiciones ancestrales. Sin embargo, esos eran espacios prohibidos. Estabas bien sin no respondías su llamado. En tu casa, por el contrario, los puntos de acceso a lo sobrenatural podrían estar en cualquier parte; por lo que ningún espacio doméstico es completamente seguro [ver: Horror doméstico]

Un ejemplo de esto puede encontrarse en el cuento de Wharton: Semilla de granada (Pomegranate Seed), que comienza con una mujer en el umbral de su casa. Frente a ella está «la agobiante y áspera vida callejera de la ciudad»; a sus espaldas el vestíbulo con su destartalada biblioteca y, más allá, el salón, todos ellos elementos que constituyen «ese santuario velado que ella llamaba hogar». Sin embargo, en este hogar idílico hay un cuadro, un retrato de la primera esposa del marido de la protagonista, cuyo último deseo antes de morir fue colocar su imagen en la salita para «ver» a sus hijos mientras juegan. La historia prosigue su curso [esperamos poder traducirla pronto para El Espejo Gótico], pero lo que importa aquí es el motivo, seguramente presente en tu hogar también: la intrusión del pasado.

En el libro: La decoración de casas (The Decoration of Houses), Edith Wharton menciona que «todos estamos inconscientemente tiranizados por las necesidades de predecesores muertos». En otras palabras, el cuadro de la primera esposa en Semilla de granada es la imposición de una muerta. Es decir, es un fantasma, en términos de pasado traumático [muerte de una mujer joven] que resurge y se impone en la existencia de los vivos. En este caso es un retrato, pero puede ser un espejo [oval o no], un armario, un libro, un reloj, incluso una habitación entera, que se prolongan en el presente de la casa [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]

Supongo que todas las casas poseen al menos un artículo que haya pertenecido a una persona muerta. El viejo cuchillo que descansa, casi olvidado, en el fondo de un cajón; o el libro usado que hemos comprado alguna vez, «tienen una forma incómoda de imponer sus diferentes hábitos y gustos a través de la corriente de existencias posteriores», dice Wharton. La electricidad es lo de menos, nuestros muertos, de alguna forma, coexisten con nosotros en el espacio doméstico.

El retrato en el cuento de Wharton representa las sensaciones extrañas que nos provocan los efectos personales de alguien que ha fallecido, Esa es la canalización de lo sobrenatural en la dimensión de lo cotidiano. No necesita médiums ni arquitecturas desaforadas. Basta prestar atención a las muchas y sutiles formas en que el pasado se entromete con el presente para descubrir pequeños puntos de acceso donde lo sobrenatural podría ocurrir.

La presunta desaparición de los fantasmas en la casa moderna es algo así como una creencia tranquilizadora. Lo fantasmal ha adquirido nuevas formas; ya no tenemos los espectros ululantes de una mansión ancestral, sino rincones. Porque toda casa es susceptible de ser invadida por recuerdos traumáticos y presencias invisibles. Los muebles, por supuesto, todavía se mueven solos durante la noche.




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«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.


«El hechizo del demonio»: Hume Nisbet; relato y análisis.




«Soy lo que llamarían un alma perdida. Estoy en la esfera más baja.
La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel.»



El hechizo del demonio (The Demon Spell) es un relato de terror del escritor escocés Hume Nisbet (1849-1923), publicado en la antología de 1894: La estación embrujada y otras historias (The Haunted Station and Other Stories).

El hechizo del demonio, uno de los cuentos de Hume Nisbet más curiosos, nos sitúa en una típica sesión espiritista de fines del siglo XIX, donde se manifiesta el espíritu de una mujer cuya descripción sugiere que fue una de las víctimas de Jack el destripador.

Hume Nisbet está lejos de utilizar la figura de Jack de una manera grotesca, lo cual es lógico si tenemos en cuenta que el relato se escribió seis años después de los asesinatos de Whitechapel. La historia, sencilla pero cargada de una atmósfera siniestra, gira alrededor del espíritu de esta mujer que intenta salvar a la médium de ser la siguiente en la lista del Destripador.

El hechizo del demonio comienza con el protagonista [anónimo] asistiendo a una sesión espiritista, y sigue con una experiencia desconcertante con un ser fantasmal que le aconseja rescatar a la médium de un futuro ataque. El hombre corre a su casa, ataca y mata a un «demonio» (?), sin comprobar si la mujer de hecho está bien ni hablar con las personas que se acercan al lugar al oír sus gritos. Por otro lado, el espíritu de la mujer en la sesión asegura llamarse «Polly»., el cual era el apodo de la primera víctima canónica de Jack el destripador [son cinco en total], llamada Mary Ann Nichols.

En un nivel simbólico, El hechizo del demonio sugiere que todo lo que ocurre en la historia es consecuencia del ritual espiritista, porque a partir de ahí el protagonista experimenta alucinaciones y/o contactos con espíritus malignos. La descripción del demonio es algo ambigua, se habla de «garras» y «niebla», y no mucho más.

Al final, casi nada se explica realmente. El narrador, cuyo nombre no se revela, es escéptico del espiritismo [típico], pero los rasgos de su carácter lo vuelven una presa receptiva. Él mismo asegura que es «fácilmente influenciable» y «extremadamente nervioso». Por otro lado, sostiene que no es «imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición». Parecen términos contradictorios, porque si es «fácilmente influenciable» bien podría ser «propenso a la superstición». Hume Nisbet debe ser el primero en presentar un escéptico influenciable.

Supongo que la broma interna del relato reside en el cliché que se convierta en realidad. Quiero decir, la médium, a quien se la describe como «dotada por el cielo», invoca o atrae el alma atormentada de una de las víctimas de Jack el destripador. Esto es equivalente a que Napoleón o Julio César se hagan presentes en la sesión. Sin embargo, aquí el cliché aparentemente se vuelve real.

Tal vez lo más interesante es que el relato convierte a Jack el destripador en un demonio. En efecto, Polly, una mujer que ha tenido una vida miserable como «desafortunada» [prostituta] en Whitechapel, narra su asesinato, y sostiene que fue cometido por una entidad demoníaca, aunque esto podría ser una exageración debido a su inmensa crueldad. En cierto momento se dice que Jack tiene un rostro oscuro, marcado por la viruela, este último un rasgo humano, pero después se dice que posee garras. Quizás este Jack fue humano en algún momento y progresivamente se fue convirtiendo en una entidad demoníaca, o quizás nunca fue un asesino mundano. No está claro. En todo caso, es una experiencia distinta a otras participaciones del asesino de Whitechapel, como Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack the Ripper) de Robert Bloch.




El hechizo del demonio.
The Demon Spell, Hume Nisbet (1849-1923)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Era la época en que el espiritismo estaba de moda en Inglaterra, y ninguna fiesta se consideraba completa sin una sesión, entre otras diversiones. Una noche, un amigo, gran creyente en las manifestaciones del mundo invisible, me invitó a casa y solicitó, para mi especial instrucción, una conocida médium de trance. «Una chica guapa y con dones celestiales, que seguro te caerá bien, lo sé», me dijo.

Yo no creía en el regreso de los espíritus, pero, pensando en divertirme, accedí a asistir a la hora señalada. En ese momento acababa de regresar de una larga estancia en el extranjero y me encontraba en un estado de salud muy delicado, fácilmente influenciable y extremadamente nervioso. A la hora señalada, me encontré en casa de mi amigo, donde me presentaron a los asistentes que se habían reunido para presenciar los fenómenos. Algunos, como yo, desconocían las reglas; otros, expertos, ocuparon sus lugares de inmediato en el orden en que habían asistido a reuniones anteriores. La médium aún no había llegado, y mientras esperábamos su llegada, nos sentamos e inauguramos la sesión con un himno.

Acabábamos de entonar la segunda estrofa cuando se abrió la puerta y la médium entró sigilosamente, ocupando su lugar en un espacio vacío a mi lado, uniéndose a los demás en la última estrofa. Tras lo cual todos permanecimos inmóviles con las manos apoyadas en la mesa, esperando la primera manifestación del mundo invisible. Ahora bien, aunque toda esta actuación me parecía ridícula, había algo en el silencio y la tenue luz, pues el gas estaba bajo y la habitación parecía estar llena de sombras; algo en la frágil figura a mi lado, con la cabeza gacha, me emocionó con una curiosa sensación de miedo y un horror gélido como nunca antes había sentido.

No soy imaginativo por naturaleza ni propenso a la superstición, pero desde el momento en que aquella joven entró en la habitación sentí como si una mano se posara sobre mi corazón, una mano de hierro frío que lo comprimía. Mi oído también se había agudizado, de modo que el latido del reloj en el bolsillo de mi chaleco sonaba como el golpeteo de una trituradora de cuarzo, y la respiración pausada de quienes me rodeaban, tan fuerte y perturbadora como el resoplido de una máquina de vapor. Solo cuando me volví para mirar a la médium me tranquilicé; entonces me pareció como si una ola de aire frío me hubiera atravesado el cerebro, acallando, por el momento, esos horribles sonidos.

—Está poseída —susurró mi anfitrión al otro lado—. Espera, pronto hablará y nos dirá a quién tenemos a nuestro lado.

Mientras esperábamos sentados, la mesa se movió varias veces bajo nuestras manos, mientras se oían golpes a intervalos, en la mesa y por toda la sala, una escena de lo más extraña y espeluznante, aunque ridícula, que me hizo sentir entre ganas de salir corriendo del susto y de quedarme quieto y reír; en general, creo, ese horror se apoderó de mí por completo. Al instante levantó la cabeza y puso su mano sobre la mía, comenzando a hablar con una voz extraña, monótona y lejana:

—«Esta es mi primera visita desde que dejé la tierra, y me has llamado.

Me estremecí cuando su mano rozó la mía, pero no tuve fuerzas para apartarla de su suave y ligero apretón.

—Soy lo que llamarían un alma perdida; es decir, estoy en la esfera más baja. La semana pasada estuve en mi cuerpo, pero encontré la muerte en Whitechapel. Fui lo que llaman una desafortunada, sí, bastante desafortunada. ¿Quieren que les cuente cómo sucedió?

La médium tenía los ojos cerrados, y fuera mi imaginación distorsionada o no, parecía haber envejecido y tener un aspecto decididamente libertino desde que se sentó, o más bien como si una máscara ligera y vaporosa de vicio degradante hubiera reemplazado sus antiguos rasgos delicados.

Nadie habló, y la médium en trance continuó:

—Había estado fuera todo el día, sin suerte ni comida, de modo que arrastraba mi cuerpo cansado por el aguanieve y el barro, pues había estado mojado todo el día, y estaba empapada hasta los huesos, y miserable, ah, diez mil veces más miserable de lo que soy ahora, porque la tierra es un infierno mucho peor para alguien como yo que nuestro infierno aquí.

»Había importunado a varios transeúntes mientras caminaba esa noche, pero ninguno me dirigió la palabra, pues el trabajo había escaseado durante todo el invierno, y supongo que no parecía tan tentadora como antes; Solo una vez me respondió un hombre, un hombre moreno, de mediana estatura, de voz suave y mucho mejor vestido que mis compañeros habituales. Me preguntó adónde iba y luego me dejó, poniéndome una moneda en la mano, por la que le di las gracias. Como llegué justo a tiempo a la última taberna, me apresuré, pero al acercarme a la barra y mirarme la mano, descubrí que era una curiosa moneda extranjera, con cifras extravagantes, que el posadero no quiso aceptar, así que volví a salir a la oscura niebla sin mi bebida.

»No tenía sentido seguir adelante esa noche. Recorrí el patio donde estaba mi alojamiento, con la intención de ir a casa a dormir, ya que no podía comer, cuando sentí que algo me tocaba suavemente por detrás, como si alguien me hubiera agarrado el chal; entonces me detuve y me giré para ver quién era.

»Estaba sola, sin nadie cerca, solo niebla y la penumbra de la lámpara del patio. Sin embargo, sentí como si algo se hubiera apoderado de mí, aunque no podía ver qué era. Se estaba acumulando a mi alrededor.

»Intenté gritar, pero no pude, pues una garra invisible se cerró sobre mi garganta y me ahogó, y entonces caí al suelo y lo olvidé todo. Al instante siguiente, desperté, fuera de mi pobre cuerpo mutilado, y me quedé observando el terrible trabajo que se estaba llevando a cabo, tal como lo ven ahora».

En efecto, lo vi todo cuando la médium dejó de hablar: un cadáver destrozado yacía sobre el pavimento embarrado, y un rostro demoníaco, oscuro y picado de viruelas, inclinado sobre él con las garras delgadas extendidas, y la densa niebla en lugar de un cuerpo, como la encarnación a medio formar de músculos.

—Eso fue lo que lo causó, y lo sabrás de nuevo —dijo—. He venido a buscarte para que lo encuentres.

—¿Es inglés? —jadeé, mientras la visión se desvanecía y la habitación volvía a ser nítida.

—No es ni hombre ni mujer, pero vive como yo, está conmigo ahora y puede que esté contigo esta noche. Aun así, si me quieres en su lugar, puedo retenerlo, solo debes desearme con todas tus fuerzas.

La sesión se estaba volviendo demasiado horrible, y por consentimiento general nuestro anfitrión subió el gas, y entonces vi por primera vez a la médium, ahora liberada de su malvada posesión, una hermosa joven de unos diecinueve años, con, creo, los ojos marrones más gloriosos que jamás había visto.

—¿Crees lo que has estado diciendo? —le pregunté mientras conversábamos.

—¿Qué he dicho?

—Sobre la mujer asesinada.

—No sé nada en absoluto. Solo que he estado sentada a la mesa. Nunca sé qué son mis trances.

¿Decía la verdad? Sus ojos oscuros la reflejaban, así que no podía dudar de ella.

Esa noche, al ir a mi alojamiento, debo confesar que tardé un rato en decidir acostarme. Estaba alterado y nervioso, y deseé no haber asistido nunca a esa reunión espiritual. Mientras me quitaba la ropa y me metía apresuradamente en la cama, hice una promesa mental de que sería la última sesión impía a la que asistiría.

Por primera vez en mi vida no pude apagar el gas. Sentí como si la habitación se llenara de fantasmas, como si este par de espectros espantosos, el asesino y su víctima, me hubieran acompañado a casa y en ese momento se disputaran mi posesión. Así que, en lugar de eso, me tapé la cabeza con las sábanas, pues hacía frío, y me fui a dormir.

¡Las doce! Y el aniversario del nacimiento de Cristo. Sí, oí las campanadas desde la aguja de la calle y las conté, lentamente, escuchando los ecos de otros campanarios, después de que esta cesara, mientras yacía despierto en esa habitación iluminada por el gas, sintiéndome como si no estuviera solo en esa mañana de Navidad.

Así, mientras intentaba pensar en qué me había despertado tan repentinamente, me pareció oír un eco lejano que gritaba: «¡Ven a mí!». Al mismo tiempo, las sábanas fueron retiradas lentamente de la cama y abandonadas en una masa confusa en el suelo.

—¿Eres tú, Polly? —grité, recordando la sesión espiritista y el nombre con el que el espíritu se había anunciado al tomar posesión.

Tres golpes claros resonaron en el poste de la cama, junto a mi oído, la señal de «Sí».

—¿Puedes hablarme?

—Sí —respondió un eco más que una voz, mientras sentía que se me erizaba la piel, pero me esforzaba por ser valiente.

—¿Puedo verte?

—¡No!

—¿Sentirte?

Al instante, una mano fría y ligera me tocó la frente y me recorrió el rostro.

—¡En nombre de Dios, qué quieres!

—Salvar a la chica con la que estuve esta noche. La persigue y la matará si no vienes pronto.

En un instante me levanté de la cama y me vestí como pude, horrorizado, pero sintiendo como si Polly me estuviera ayudando a vestirme. Había una daga kandiana sobre mi mesa que había traído de Ceilán, una daga vieja que había comprado por su antigüedad y diseño, y la recogí al salir de la habitación, con esa mano invisible y ligera que me guiaba fuera de la casa y por las calles desiertas y nevadas.

No sabía dónde vivía la médium, pero seguí su suave agarre a través de la nevada salvaje y cegadora, doblando esquinas y atajos, cabizbajo y con los copos cayendo a mi alrededor, hasta que finalmente llegué a una plaza silenciosa, frente a una casa en la que, por instinto, supe que debía entrar.

Al otro lado de la calle noté a un hombre de pie, mirando hacia una ventana tenuemente iluminada, pero no pude verlo con claridad y no le presté mucha atención en ese momento, sino que subí corriendo los escalones de la entrada y entré en la casa, con esa mano invisible todavía empujándome hacia adelante.

Cómo se abrió esa puerta, o si se abrió, no podría decirlo, solo sé que entré, como en un sueño, y subiendo las escaleras interiores, pasé a un dormitorio donde la luz ardía tenuemente. Era su dormitorio, y ella forcejeaba entre las garras brutales, esas mismas garras demoníacas, y el resto se desvanecía en la nada.

Lo vi todo de un vistazo: su figura semidesnuda, con las sábanas revueltas, mientras el demonio informe de músculos se aferraba a su delicada garganta. Y entonces me lancé furioso con mi daga, cortando transversalmente esas garras crueles y ese rostro maligno, mientras vetas de sangre seguían el curso de mi cuchillo, dejando feas manchas, hasta que finalmente dejó de forcejear y desapareció como una horrible pesadilla, mientras la chica medio estrangulada, ahora liberada de ese agarre, despertaba a la casa con sus gritos, mientras de su mano caía una extraña moneda, de la que me apoderé.

Así la dejé, sintiendo que mi trabajo estaba hecho, bajando las escaleras como había subido, sin impedimentos ni siquiera pareciendo, en lo más mínimo, llamar la atención de los demás inquilinos de la casa, quienes corrieron en camisón hacia el dormitorio de donde provenían los gritos.

De nuevo a la calle, con la moneda en una mano y mi daga en la otra, recordé al hombre que había visto mirando hacia la ventana. ¿Seguía allí? Sí, pero en el suelo, en una masa negra y confusa entre la nieve blanca, como si lo hubieran derribado.

Me acerqué a donde yacía y lo miré. ¿Estaba muerto? Sí. Lo giré y vi que tenía la garganta desgarrada de oreja a oreja, y por todo su rostro —el mismo rostro oscuro, pálido, malvado y marcado por la viruela, y manos como garras— vi los oscuros cortes de mi daga kandiana, mientras que la suave nieve a su alrededor estaba teñida con charcos de vida carmesí, y mientras miraba oí el reloj dar la una, desde la distancia sonaba el canto de los que se acercaban, entonces me giré y huí ciegamente hacia la oscuridad.

Hume Nisbet (1849-1923)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Hume Nisbet.


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«Mysterium Horrendum»: algunas sensaciones extrañas antes de lo paranormal.


«Mysterium Horrendum»: algunas sensaciones extrañas antes de lo paranormal.




«Esas leyes fijas de la Naturaleza son nuestra
única protección contra los asaltos del caos.»
[H. P. Lovecraft]



Antes de la ocurrencia de un fenómeno paranormal, el sujeto experimenta una sensación extraña, como si acabara de entrar sin autorización en un sitio prohibido. Los sonidos se apagan de repente, como si se hubiera accionado un interruptor. Todo está en silencio, inmóvil, expectante. Algunos lo describen como transitar por una rebanada de tiempo sin conexión con el antes y el después.

Buena parte de la parapsicología de comienzos del siglo XX asegura que los testigos de fenómenos paranormales suelen experimentar esta sensación de ser transportados temporalmente a una realidad paralela, similar a la realidad conocida pero ligeramente distinta. Esto adquiere mayor definición dentro de una casa. Parece quedar desprovista de cualquier sonido conocido durante el tiempo que dura la experiencia; pero también los espacios públicos, una calle, una plaza, quedan vacíos de ruido, ni siquiera se oye el ladrido de los perros. De pronto, todo vuelve a la normalidad, y el sujeto queda preguntándose si de hecho ocurrió algo o fue solo su imaginación.

Algunos investigadores proponen que existe una zona de influencia alrededor de ciertos fenómenos paranormales. Si estás dentro, se la experimenta como una realidad alternativa donde el tiempo parece detenerse, desaparecer, y hasta perder todo su significado. Si estás afuera, se la percibe como un ligero malestar o incomodidad justo antes de que el fenómeno tenga lugar [ver: Espíritus y «ambientes cargados»]

Esta sensación de desplazamiento es conocida como campana de irrealidad, y en general no llega a ser más que una conjunción de silencios en una casa o un lugar ruidoso, asociado a sentimientos extraños. Suele producirse en espacios liminales [cementerios, bifurcaciones, caminos rurales, edificios antiguos] o en espacios de transición dentro de una casa [pasillos, habitaciones en desuso]. De algún modo, estas áreas funcionan como burbujas donde se puede acceder sensorialmente a otras frecuencias, dimensiones o tiempos [ver: ¿Fantasmas o deslizamientos de tiempo?]

Las dos características de este fenómeno son, en primer lugar, la sensación de que el tiempo se detiene; y la segunda que el sonido desaparece, generando una atmósfera de aislamiento. Por supuesto, cuando el fenómeno anormal ocurre nos centramos en él, y esta instancia previa queda en un segundo plano.

En ocasiones, la campana de irrealidad se produce en espacios abiertos, por ejemplo, caminando por una calle vacía durante la noche. El silencio en la burbuja acústica puede ser aterrador, así como la sensación de inminencia, como si algo o alguien estuviera a punto de saltar sobre tu espalda.

Siendo un ser racional, es probable que el sujeto descarte lo que está ocurriendo, o lo ignore, y siga caminando. Después de todo, sentirse raro, incluso un poco paranoico, no es tan infrecuente. ¿Qué podría andar mal? Sin embargo, empieza a instalarse en tu cabeza. Caminas un poco más a medida que el estado de alerta se apodera de tus sentidos. No hay ningún peligro a la vista, presente o inminente, pero todo tu cuerpo grita lo contrario. De repente se oye un grito a la distancia, o un susurro en tus oídos, lo suficientemente claro como para reconocer que se trata de tu propia voz [ver: Algo me llamó por mi nombre]

Después de unos segundos de parálisis, el miedo ocupa cada resquicio. Te susurra que, si sigues adelante, algo terrible ocurrirá. Necesitas salir de ahí.

Lo más común es que esto ocurra en casa: el área alrededor de la persona que está por presenciar un suceso extraño queda súbitamente en silencio. A veces ni siquiera llegamos a notar el suceso paranormal, solo quedamos absortos en este aparente cambio de entorno.

Existe una vasta bibliografía sobre estos silencios sobrenaturales que parecen ser el preludio de una variedad de sucesos extraños, y en todos los casos encontramos un cambio brusco en el ritmo en que se percibe el tiempo, asociado a una sensación de peligro inminente, sin causa, como si el lugar de repente se desordenara y reorganizara en un instante [incluida nuestra relación con el tiempo lineal], dejándonos incapaces de procesar lo que ha ocurrido.

Las llamadas «cosas raras» ocurren todo el tiempo y en todas partes. La mayoría de las veces no poseen la densidad necesaria para que reparemos en ellas, pero cuando ocurren en el hogar son fácilmente detectables a través de esta percepción alterada, más o menos intensa de acuerdo a la espectacularidad del fenómeno.

En las primeras fases del fenómeno poltergeist se observa un conjunto de síntomas similares [ver: Las 8 fases de la actividad poltergeist]. La mayoría confluye en la impresión de haber abandonado temporalmente la realidad ordinaria y entrado en otro espacio, con otras reglas. Esto se debe al desplazamiento del punto de vista, es decir, el sujeto ha cambiado su estado de consciencia, por lo que le es posible percibir muchos aspectos de la realidad que hasta entonces le eran desconocidos.

La presencia de entidades, humanas o no humanas, trae consigo un comportamiento inusual de la luz. Si la sensación es agradable, seductora, o simplemente surrealista, como podría serlo una aparición de crisis, se produce lo que Rudolf Otto llama Mysterium Fascinans [«misterio (secreto) fascinante»]. Si la sensación es ominosa, sobrecogedora, comienza el Mysterium Tremendum [o mysterium horrendum, «misterio terrible» y «misterio horrible» respectivamente].

El mysterium horrendum podría describirse como el conjunto de respuestas humanas por defecto ante un suceso anormal, es decir, miedo intenso, sobrecogedor, que se acciona ante algo que nuestra mente no puede comprender ni procesar pero que nuestros sentidos llegan a captar fugazmente. Si examinamos cualquier fenómeno paranormal veremos que el mysterium horrendum es un hilo conductor, junto con otras características fenomenológicas. Hasta podría tomarse como indicador de si el fenómeno fue real, es decir, objetivo, o producto de la imaginación.

Es decir que muchas experiencias paranormales, desde la presencia de fantasmas [energía residual] a la interacción de entidades inteligentes con nuestro entorno físico, están atravesadas por sensaciones humanas que podemos reconocer, aunque su origen sea desconocido. En los peores casos, el fenómeno parece impregnar el lugar con una sensación de malevolencia que casi puede palparse [ver: Loca Infesta: de la infestación demoníaca al poltergeist]

No es infrecuente que recibamos en nuestro Consultorio paranormal experiencias de personas que aseguran interactuar con lo extraño de forma natural, sin miedo ni inquietud. Yo diría que esa es una buena señal de que se trata de fenómenos ilusorios, producto de confusiones y un mal diagnóstico de la situación. En todas las experiencias paranormales, como mínimo, subyace una profunda sensación de rareza.

En otras palabras, para que surja el mysterium horrendum es necesario encontrarse, rozar siquiera, la absoluta otredad, algo que no tiene cabida en nuestra concepción de la realdad, sino que pertenece a una esfera de la experiencia diferente. No se trata simplemente de una respuesta emocional, todo lo contrario; constituye la necesidad de recurrir a lo irracional para tratar de procesar lo que está ocurriendo, lo cual puede ser francamente aterrador.

Rudolf Otto va todavía más lejos, y declara que el mysterium horrendum es la reacción humana ante la presencia de lo demoníaco, es decir, entidades no humanas y en contra de la humanidad, pero el hombre era teólogo y razonaba, como todos, dentro de su estructura de creencias [ver: Sobre las apariciones demoníacas]

Muchas creencias antiguas hablan de esto. Por un lado, el misterio de la divinidad que llega como una suave marea y nos deja en un estado de admiración. Por el otro, el arrebato de terror ante inteligencias o fuerzas hostiles. También lo encontramos en la ficción extraña, en el weird, en dosis tolerables pero que pueden darnos un chispazo de la experiencia real de esos intersticios de tiempo y espacio. Pienso en aquella definición dada por H. P. Lovecraft en el ensayo: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature):


«El verdadero relato sobrenatural contiene algo más que un asesinato secreto, huesos ensangrentados o una figura envuelta en sábanas que arrastra cadenas. Debe estar presente una atmósfera de terror inexplicable y sin aliento ante fuerzas externas desconocidas; y debe haber un indicio, expresado con una seriedad y una solemnidad dignas de su tema, de esa terrible concepción del cerebro humano: una suspensión o derrota maligna y particular de esas leyes fijas de la Naturaleza que son nuestra única protección contra los asaltos del caos y los demonios del espacio inexplorado.»


El mysterium horrendum es una forma ampliada del weird que propone Lovecraft: es «una atmósfera de terror inexplicable» ante «fuerzas externas desconocidas», que no son otra cosa que un desafío a «esas leyes fijas de la Naturaleza que son nuestra única protección contra los asaltos del caos y los demonios del espacio inexplorado».

Hablamos, en definitiva, de un tipo particular de perturbación que implica una sensación de extrañeza. Hemos presenciado, o estamos apunto de presenciar, algo que no debería ocurrir. Por lo tanto, invalida todas las categorías que, hasta entonces, hemos utilizado para asimilar la realidad.




Consultorio Paranormal. I Fenómenos paranormales.


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