«Los muertos sedientos»: Raymond Whetstone; relato y análisis.
«¿Cómo puedo seguir luchando?
¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de unirme a ellos?»
¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de unirme a ellos?»
Los muertos sedientos (The Thirsty Dead) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Raymond Whetstone (¿?), publicado originalmente en la edición de marzo de 1935 de la revista Terror Tales.
Los muertos sedientos, el primer cuento de Raymond Whetstone [uno de los seudónimos más herméticos del pulp], cuenta la historia de un joven que se encuentra con un anciano llamado Philip Moore, a quien todos temen [y que a todas luces es un vampiro], y movido por la piedad acepta la invitación de pasar un tarde con él en su vieja mansión [ver: ¿Por qué los vampiros necesitan ser invitados?]
Es una historia muy sencilla, elemental, donde todo es previsible, donde todo es cliché, excepto el pasaje final, que pone en duda la credibilidad del narrador y, en consecuencia, todo lo que hemos leído hasta ese momento.
«La casa se agazapaba como un sapo leproso en medio de arces marchitos y moribundos. A veces él salía al porche, una diminuta figura negra. Su aspecto me provocaba una sensación extraña, un escalofrío de pavor que me recorría el cuerpo. Aquel sentimiento no se debía únicamente a los rumores inquietantes que circulaban sobre él —palabras dichas en voz baja, cuyas implicaciones resultaban mucho más aterradoras que su significado literal—. Incluso desde lejos, era evidente que algo andaba mal con él; algo casi inconcebible. ¿Sería posible que aquellos rumores fueran ciertos?»
Philip Moore es el clásico vampiro [«menudo, parecido a una araña»] que vive en una casa embrujada, en este caso, situada en un bosque «a las afueras de Willoughby». Los lugareños, por supuesto, lo evitan; creen que es un practicante de la magia negra. La única persona que tiene tratos con él es su ama de llaves, Hilda, «una vieja bruja espantosa, con una mueca perpetua en su rostro marcado por la viruela». Si bien es un panorama convencional, resulta prometedor para el amante del género.
El narrador, que hace lo que se espera de él para que la historia progrese, accede a pasar una hora en compañía del anciano, movido por la compasión ante su soledad. En cierto momento, Moore toma un violín que, según afirma, fue un regalo de Paganini, quien además le enseñó a tocarlo:
«Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió ni dijo una palabra. Luego, el anciano se acercó a un armario que había en un rincón y sacó un estuche de violín muy desgastado. Tras llevarlo junto a la chimenea, abrió la tapa con reverencia. En su interior, sobre un lecho de terciopelo azul, reposaba un magnífico Stradivarius; su madera pulida resplandecía bajo la luz del fuego.»
Todo parece normal, excepto que Paganini, a quien se le atribuye haber firmado un pacto con el diablo a cambio de obtener un talento inusual para la música, lleva muerto alrededor de un siglo.
«—Dicen algunos que Paganini aprendió su técnica del diablo —continuó, hablándose más a sí mismo que a mí—. Pero ¿quién podría saberlo mejor que yo? ¿Acaso no fuimos ambos alumnos del mismo maestro?»
Al mejor estilo Erich Zann, la dulce música de Moore cambia, «mancillando su pureza». Se vuelve «siniestra y amenazante», una ráfaga de «sonidos discordantes» [ver: El limbo de la Rue d’Auseil: análisis de «La música de Erich Zann»]. El narrador empieza a ver «rostros espantosos» que lo observan con malicia, «arañándome con manos descarnadas». A su alrededor flotan «calaveras sonrientes» que profieren obscenidades.
«Y entonces —¡el colmo del horror!—, la habitación comenzó a llenarse de formas extrañas y terribles. Comprendí que aquella música infernal las había invocado; supe, además, el motivo de su llegada. Eran figuras vagas y amorfas, que se retorcían y ondulaban, apenas más tangibles que el humo o la niebla. Pero cada una de ellas poseía una boca cruel y hambrienta, y unos ojos que brillaban con sed de sangre. Lenta e inexorablemente, se acercaban... cada vez más...»
El narrador huye, no se sabe cómo, se golpea la cabeza y pierde el conocimiento. Despierta en el hospital. El médico le diagnostica un ataque de «fiebre cerebral» [?]. Se burla de su experiencia, pero el narrador sabe que todo fue real debido al «inexplicable alargamiento y afilamiento de mis colmillos». Más aún, sus sentidos han aumentado, puede notar que en el cuello «largo y terso» de la enfermera «late un pulso diminuto». Siente el «deseo desenfrenado de acercar mi boca, de desgarrar, de destrozar».
Los muertos sedientos no tiene casi nada rescatable, salvo un aspecto que para mí tiene su valor. Muchas historias de terror de la época proporcionaban explicaciones elaboradas, a menudo inverosímiles, para mostrar que sus sucesos de índole [aparentemente] sobrenatural no eran más que una experiencia personal, interna, a veces producto de la locura o del engaño de un villano depravado. Esta historia deja abierta la posibilidad de una explicación sobrenatural, aunque nuestro narrador, en teoría, acosado por vampiros, tal vez no sea del todo digno de confianza.
Raymond Whetstone fue un escritor bastante activo durante las décadas de 1930 y 1940, siempre dentro del ámbito pulp, aunque no he encontrado información fiable sobre él. De hecho, suena a seudónimo [y uno clamoroso], aunque aparentemente era su nombre real.
Los muertos sedientos.
The Thirsty Dead, Raymond Whetstone (¿?)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Lo había visto varias veces —aquel anciano menudo, parecido a una araña—, pero nunca tan de cerca. Hasta entonces, me había limitado a observar su casa con un catalejo; la vivienda se agazapaba, como un sapo leproso, en medio de unos arces marchitos y moribundos. A veces, él salía al porche —una diminuta figura negra— y se movía con inquietud, como si supiera que lo estaba observando; en esos momentos, su aspecto me provocaba una sensación extraña, un escalofrío de pavor que me recorría el cuerpo. Aquel sentimiento no se debía únicamente a los rumores inquietantes que circulaban sobre él —palabras dichas en voz baja, cuyas implicaciones resultaban mucho más aterradoras que su significado literal—. Incluso desde lejos, era evidente que algo andaba mal con él; algo casi inconcebible. ¿Sería posible que aquellos rumores fueran ciertos?
Aunque vivía a un tiro de piedra de Willoughby, jamás se acercaba al pueblo. Una vez a la semana, Helga, su ama de llaves, se dirigía cojeando a la tienda de comestibles para hacer las compras. Era una vieja horripilante, con una perpetua mueca de desprecio en su rostro marcado por la viruela y un cuerpo encorvado y retorcido, como el de un árbol azotado por el viento. Huelga decir que los lugareños le temían casi tanto como a su amo. «Ella también tiene el mal de ojo —murmuraban con tono sombrío—. ¡Ella también ha entregado su alma al diablo!».
Y, cada vez que la veían, se santiguaban.
Había salido a dar un paseo aquella tarde de otoño, buscando un respiro de la novela que estaba escribiendo. El bosque por el que caminaba empezaba a colorearse; los robles, de un rojo intenso, rivalizaban en esplendor con los arces amarillos. A lo largo de la orilla del arroyo, una hilera de zarzas escarlatas encendía el paisaje, mientras a lo lejos se alzaba un fresno blanco cuyas hojas se tornaban de un color bronce dorado. Avanzaba a buen paso, deleitándome con aquel derroche de belleza, llenando mis pulmones de un aire puro y penetrante, sin reparar en el paso del tiempo.
Las horas fueron pasando. El sol descendió hasta desaparecer tras una línea de colinas de tono violáceo. Una oscuridad, impalpable como el polvo fino, se fue filtrando a mi alrededor. Al darme cuenta de lo tarde que se estaba haciendo, emprendí el camino de regreso a Willoughby. Sabía que mi casera —una anciana con aire maternal— se preocuparía si tardaba demasiado.
Era imposible que él supiera que yo vendría; no había hecho ruido alguno al salir del bosque. Y, sin embargo, allí estaba, esperándome al borde del camino, con un farol polvoriento balanceándose en su brazo. Un viento gélido me atravesó cuando divisé aquella figura deforme y me topé con sus ojos brillantes.
—¿Y bien? —la palabra brotó de mis labios casi por sí sola.
—Me llamo Moore... Philip Moore. Es probable que haya oído hablar de mí —Su voz tenía el tono quebradizo de la senilidad; resultaba desagradable, pero a la vez patética—. Me... me preguntaba si le apetecería visitarme esta noche. Mi casa está muy cerca.
—Lo siento, pero no puedo, señor Moore. Se está haciendo tarde y debo estar ya en mi casa. Quizás en otra ocasión.
Me aparté bruscamente cuando él se acercó. No es que fuera una persona aprensiva, pero el aire a su alrededor estaba impregnado de un hedor a podredumbre. Además, esa extraña e inexplicable sensación de que él era horriblemente anormal, de que, en cierto modo, no era humano, intensificó mi inquietud. Así que comencé a alejarme.
—No se vaya. Por favor, no se vaya —sus dedos huesudos tiraron de mi manga, y acercó su rostro demacrado al mío—. No crea las cosas terribles que dicen sobre mí —suplicó con voz temblorosa—. ¡Son mentiras! ¡Mentiras monstruosas! Sabes que no podría hacerte daño, ni aunque quisiera. Mira lo débil y viejo que estoy. Quédate conmigo, aunque solo sea una hora. Me he sentido tan solo, sin nadie con quien hablar salvo esa estúpida ama de llaves. Es algo muy sencillo lo que te pido: solo una hora de tu compañía.
Vacilé; la lástima y la curiosidad luchaban contra mi sensación de pavor y repugnancia. Al fin y al cabo, ¿qué había que temer? El hombre no parecía capaz de hacerle daño ni a una mosca. Y estaba tan deseoso de mi compañía que sentí pena por él. Sabía las cosas terribles que la soledad puede provocar. Además, tenía curiosidad por ver cómo era su casa por dentro. Se contaban tantas historias extrañas sobre ella como sobre su dueño.
—Está bien —accedí a regañadientes—. Pero le advierto que no puedo quedarme más de una hora.
Un destello pareció cruzar su rostro, resaltando cada uno de sus afilados rasgos. Alcancé a ver dos ojos hipnóticos y llameantes, una nariz aguileña con las fosas nasales dilatadas y unos labios finos como el pergamino, contraídos hacia atrás... El efecto duró solo un instante, pero me heló la sangre en las venas.
—¿Entonces, vendrás? —exclamó con un tono agudo, triunfal, como el de un niño deforme e increíblemente anciano—. ¿Vendrás? ¡Ah, amigo mío, qué bueno eres conmigo! Eres joven. Llevas dentro la alegría de vivir; una alegría que yo casi he olvidado. Quizás me ayudes a volver a saborear la vida, a rejuvenecer... Quizás.
Ni siquiera entonces lo supe. No entendí a qué se refería.
Lo seguí a ciegas, estúpidamente, como una oveja sigue al carnicero. Subimos por un camino sinuoso y atravesamos un patio invadido por la maleza. Ante nosotros se alzaba la casa, sombría y amenazante; sus ventanas oscuras se abrían al vacío como ojos ciegos. Mi anfitrión avanzó rápidamente por el porche delantero, que se caía a pedazos, y abrió la puerta de par en par. Un aire frío y húmedo salió de golpe, envolviéndome como una manta asfixiante. Tosí una vez y me sentí irritado al oír la risita seca y sin alegría del anciano.
Iluminada por la luz de un farol, la estancia en la que entramos se veía tenue, fantasmal y extraordinariamente grande. Numerosas sillas y mesas se repartían por el lugar; a lo largo de una de las paredes se extendía una enorme chimenea, flanqueada por estantes vacíos que, en otro tiempo, tal vez albergaron libros. Una capa de polvo lo cubría todo, y de las ventanas y el techo colgaban telarañas a modo de guirnaldas. Un intenso olor a descomposición me golpeó el olfato.
—Rara vez vengo —susurró el anciano, adivinando, al parecer, lo que pasaba por mi mente—. Lo mantengo cerrado, salvo cuando recibo invitados.
—¿Tiene muchos? —no pude evitar preguntar.
—Usted es el primero... en mucho tiempo.
Una vez más, su rostro experimentó aquella metamorfosis que tanto me había sobresaltado mientras íbamos por el camino. Sentí su mano sobre mi brazo y me aparté de un tirón, como si me hubieran tocado unas escamas de reptil.
—Estoy olvidando mis deberes como anfitrión —aquel destello de obsceno triunfo se apagó en sus ojos. Aparte de un ligero espasmo en la boca, sus facciones recuperaron la calma—. Siéntase como en su casa mientras traigo algo de leña. Hace demasiado frío aquí como para estar sin fuego.
Me dejé caer en una silla, sin darme cuenta hasta ese instante de la fatiga abrumadora que sentía. Tras dejar el farol sobre una mesa cercana, él se deslizó por la estancia y desapareció por una puerta situada al otro lado. Oí una voz femenina, que fue silenciada de inmediato por un par de palabras susurradas por el anciano. Luego, la puerta se cerró de golpe.
Me quedé solo en aquella habitación sombría y misteriosa. Solo, y de pronto invadido por un miedo atroz que me cortaba la respiración y me oprimía el corazón con sus manos esqueléticas. Intuí que corría un peligro terrible; supe que debía escapar mientras aún estaba a tiempo. Ni siquiera intenté averiguar por qué me invadía un frío tan intenso. Solo sabía que aquel miedo era real, casi algo físico. Sin embargo, no podía moverme. Una fuerza —esa extraña sensación de fatiga—, más poderosa que mi propia voluntad, me impedía moverme, manteniéndome sujeto a la silla como si estuviera atado por cadenas invisibles.
Sin poder hacer nada, aguardé lo que fuera a suceder.
El anciano regresó cargando una buena cantidad de leña. Con destreza, colocó el combustible en la chimenea y encendió una cerilla. Pronto, las llamas empezaron a ascender por la negra boca de la chimenea, proyectando oleadas de calor por toda la estancia. Me incliné hacia adelante, olvidándome de mi miedo y de aquella extraña y pesada lasitud; mi cuerpo, entumecido por el frío, absorbía con avidez el calor. Podía sentir que el anciano me observaba; sabía que estaba sonriendo, aunque su rostro permanecía en la penumbra.
Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió ni dijo una palabra. Luego, el anciano se acercó a un armario que había en un rincón y sacó un estuche de violín muy desgastado. Tras llevarlo junto a la chimenea, abrió la tapa con reverencia. En su interior, sobre un lecho de terciopelo azul, reposaba un magnífico Stradivarius; su madera pulida resplandecía bajo la luz del fuego. Me quedé sin aliento al comprender su valor.
—¡Es el instrumento de Paganini... Paganini, el violinista más grande de todos los tiempos!
El anciano habló con aire soñador, sin apartar la mirada del objeto inestimable que sostenía entre sus manos.
—Él mismo me lo entregó antes de morir.
—¿Antes de morir? —repetí, atónito—. ¡Pero si Paganini lleva muerto casi cien años!
No prestó atención a mis palabras.
—Dicen algunos que Paganini aprendió su técnica del diablo —continuó, hablándose más a sí mismo que a mí—. Pero ¿quién podría saberlo mejor que yo? ¿Acaso no fuimos ambos alumnos del mismo maestro?
No cabía duda: el hombre estaba loco. Completamente loco. Estremeciéndome, intenté levantarme de la silla, pero me hizo señas para que permaneciera sentado.
—¡Tocaré para usted! —exclamó con vehemencia—. ¡Tocaré tal como lo haría Paganini... si estuviera vivo esta noche!
¿Cómo podría hablar de su música? ¿Cómo describir el color a un ciego? La llama de su genio insuflaba una vida vibrante al instrumento que sostenía entre sus manos.
Deslizó el arco sobre las cuerdas y una melodía lenta y seductora inundó aquella estancia sumida en sombras. Había algo hipnótico en su ritmo constante, inmutable; algo que me infundió una engañosa sensación de paz y seguridad.
Fascinado por aquel flujo cristalino de sonidos, me recosté, abandonándome a una lasitud abrumadora, mientras una gloriosa multitud de visiones desfilaba por mi mente.
Poco a poco, casi de forma imperceptible, la música cambió. Una nota menor se filtró en ella, mancillando su pureza. Se volvió siniestra y amenazante, un torrente impetuoso de sonidos discordantes. También las visiones se transformaron: rostros espantosos me miraban con malicia, arañándome con manos descarnadas. Calaveras sonrientes flotaban a mi alrededor, articulando obscenidades. Una horda de seres que gritaban se disputaba un sudario en descomposición. ¡Aquel arroyo límpido y claro se había convertido en un torrente fétido y lodoso, surgido del mismísimo infierno!
Dejó el violín y se acercó lentamente. Aún bajo el hechizo de su música diabólica, incapaz de mover un solo músculo, vi el brillo de regocijo en sus ojos y cómo sus labios se retraían, dejando al descubierto sus afilados dientes. Un hilo de saliva le escurría por la comisura de la boca...
—¡He esperado mucho... tanto tiempo! —murmuró, inclinándose sobre mí—. ¡Pero ahora... ahora podré beber hasta saciarme!
Entonces, como una bestia voraz, se abalanzó sobre mi camisa y la rasgó. Unos labios fríos y húmedos se adhirieron a mi garganta, aferrándose a ella. ¡Sus dientes puntiagudos buscaban mi yugular! El sudor brotó por mi piel mientras luchaba por liberarme de la terrible parálisis que me atenazaba. Fue inútil. No podía ni siquiera levantar un dedo para proteger mi cuerpo —mi alma— de aquella entidad malévola que me había atacado.
De repente, Helga, el ama de llaves de aspecto brujeril, apareció en la habitación; sus ojos ardían con una locura desenfrenada y su puño escuálido aferraba un cuchillo reluciente.
—¡Engendro del infierno! —chilló—. ¿Acaso no prometiste compartirlo conmigo?
Y un torrente de viles maldiciones brotó de su boca retorcida.
La Cosa alzó sus fauces goteantes y se abalanzó sobre ella. Entre mordiscos y zarpazos, ambos cayeron al suelo, enredados en una lucha furiosa de cuerpos que se retorcían. Helga apuñaló al anciano una y otra vez. Pero, o bien no lograba alcanzar un punto vital, o tal vez él era invulnerable a las armas convencionales, pues las estocadas parecían no surtir efecto alguno. El combate continuó, volviéndose cada vez más atroz debido a actos de un odio sádico.
Y entonces —¡el colmo del horror!—, la habitación comenzó a llenarse de formas extrañas y terribles. Comprendí que aquella música infernal las había invocado; supe, además, el motivo de su llegada. Eran figuras vagas y amorfas, que se retorcían y ondulaban, apenas más tangibles que el humo o la niebla. Pero cada una de ellas poseía una boca cruel y hambrienta, y unos ojos que brillaban con sed de sangre. Lenta e inexorablemente, se acercaban... cada vez más...
El terror absoluto debió de romper, en ese instante, el vínculo invisible que atenazaba mi mente.
Me vi libre —milagrosamente libre— del hechizo hipnótico que me mantenía prisionero. Gritando como un alma en pena, corrí hacia la puerta y la abrí de un golpe. A mis espaldas estalló un clamor infernal. Tropecé al bajar los escalones, con la jauría de sabuesos infernales pisándome los talones. A unos doce metros, gorgoteaba el riachuelo junto al cual había caminado aquella misma tarde. Luché desesperadamente por alcanzarlo y cruzarlo para perderme en el bosque —limpio, oscuro y acogedor— que se extendía al otro lado.
Estaba a punto de lograrlo cuando mi pie se enredó en una raíz. Caí al suelo con una fuerza atroz. Antes de que pudiera levantarme, se abalanzaron sobre mí; sus labios gélidos y babeantes se adhirieron a mi carne temblorosa. Un olvido misericordioso descendió sobre mí, borrando mi horror y mi agonía...
Llevo ya mucho tiempo aquí. El médico viene a visitarme todos los días. Es muy paciente y amable, pero insiste en que sufrí un ataque de «fiebre cerebral» allá en el bosque. Se ríe de mí cuando le repito lo que realmente ocurrió. ¡Maldito sea! ¿Acaso cree que puede engañarme? ¿Por qué no sabe explicar el inexplicable alargamiento y afilamiento de mis colmillos? ¿Por qué aparta la mirada cuando le pregunto qué causó esas heridas en mi cuello?
La enfermera también es amable. Es una chica guapa, con un cuello largo y terso en el que late un pulso diminuto. Ese pulso me fascina. Siento un deseo desenfrenado de acercar mi boca, de desgarrar, de destrozar...
¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios implacable! ¿Acaso no hay esperanza?
¿No hay nada que pueda salvarme? ¿Acaso soy ya uno de ellos?
Me han dicho que el anciano y su ama de llaves han desaparecido. La casa ya no está habitada. Bien puedo creerlo, pues cada noche veo sus rostros malvados tras la ventana, regodeándose a mi costa. ¡Cada noche escucho las notas infernales de un violín que me llama, que me ordena acudir! ¿Cómo puedo seguir luchando contra ellos? Estoy tan cansado... tan sumamente cansado. ¿Cuánto tiempo más debo esperar antes de unirme a ellos?
Raymond Whetstone (¿?)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)
Relatos góticos. I Relatos de vampiros.
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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Raymond Whetstone: Los muertos sedientos (The Thirsty Dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com




















































