«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.


«Ojos azules»: Maurice Level; relato y análisis.




«Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio,
pero ya no era consciente de ello.
Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio,
imaginándola adornada con flores.»



Ojos azules (Mes yeux) es un relato del escritor francés Maurice Level (1875-1926), escrito en 1904 y publicado en la antología de 1910: Las puertas del infierno (Les portes de l'enfer).

Ojos azules, uno de los grandes cuentos de Maurice Level, relata la historia de una prostituta, joven y enferma, dispuesta a cualquier cosa con tal de llevarle flores a su difunto amado, ejecutado por asesinato, en el Día de Todos los Santos.

Ojos azules, apodo de esta pobre mujer, se encuentra en un estado deplorable: decrépita, consumida, a tal punto que lo único que queda de ella son sus ojos. A duras penas consigue reunir fuerzas para irse del hospital donde está internada para cumplir una promesa. Su amado, llamado Vandat, fue ejecutado recientemente, y nadie le ha llevado flores ni ha rezado en la fosa común donde está enterrado. Con este objetivo, Ojos azules sale a las calles de Paris, hambrienta, enferma, y sin dinero para comprar el ramo.

Presa de la fiebre, Ojos azules logra llegar hasta el burdel donde trabajaba para recuperar sus pertenencias, un abrigo al menos, para paliar el frío de las calles. Con sus últimas fuerzas sale de nuevo para buscar un último cliente y así conseguir unas monedas para las flores. Su recorrido por las calles es onírico, cargado de imágenes sugestivas. Finalmente, consigue obtener la atención de un hombre con el que apenas cruza palabra. Juntos vuelven al burdel, a la habitación sórdida, y consigue las monedas.

El giro final de esta historia, justifica su inclusión en la categoría conte cruel [«cuento cruel», sobre el cual hablaremos en un momento]: el último cliente de Ojos azules es el verdugo que ejecutó a su amado.

Ojos azules de Maurice Level es un conte cruel por excelencia. No se conforma con lo macabro de la situación [una prostituta enferma que debe salir a la calle para conseguir unas monedas], sino que aplica sobre ella la devastadora ironía del destino, haciendo que su recorrido se transforme en una especie de infierno personal, visto desde el humanismo, pero un infierno a fin de cuentas.

Maurice Level no utiliza la ironía de forma aleccionadora. Es brutal, cruel y gratuita. ¿Qué ha hecho Ojos azules para sufrir este destrato de Dios o del destino? Nada. No hay razones. Tampoco lecciones de moral. La vida sencillamente es una mierda para muchas personas, y de una manera tan cruel que hasta parece dirigida por un titiritero sádico.

Es importante mencionar que Ojos azules es una historia pensada para los periódicos parisinos, y luego para ser representada en el legendario Théâtre du Grand-Guignol, cuyas obras fueron precursoras de los thrillers y las películas de terror modernas; es decir, busca el impacto, la violencia, lo melodramático. En términos de género, Ojos azules pertenece a la escuela del conte cruel, hermana del decadentismo, que toma su nombre de la antología de Auguste Villiers de l'Isle-Adam de 1883: Cuentos crueles (Contes cruels), aunque otros autores, como Edgar Allan Poe, proporcionaron ejemplos anteriores.

Actualmente se llama conte cruel a esas historias de terror que no cuentan con ingredientes sobrenaturales y que poseen algún giro final desagradable, aunque en realidad es aplicable a cualquier historia que utilice la ironía del destino de una forma macabra. En el ensayo de 1927: El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature), H. P. Lovecraft menciona que «este tipo de historias [las de Maurice Level] pertenece menos a la tradición de lo extraño que a una clase peculiar en sí misma: el llamado cuento cruel, en el que la angustia emocional se logra mediante intrigas dramáticas, frustraciones y horrores físicos espantosos».

ACLARACIÓN: La siguiente traducción al español de Ojos Azules no fue hecha sobre el original francés. En 1920, la periodista y editora inglesa Alys Eyre Macklin tradujo una colección de 26 cuentos de Maurice Level y los publicó con el título: Crisis: cuentos de misterio y horror (Crises: Tales of Mystery and Horror). Nuestra traducción fue hecha sobre esta versión.




Ojos azules.
Mes yeux, Maurice Level (1875-1926)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Envuelta en una holgada bata de hospital que la hacía parecer aún más delgada de lo que era, la chica enferma permanecía erguida, absorta en sus pensamientos, al pie de su cama.

Su rostro infantil estaba demacrado, y sus ojos azules, tristes, profundos y rodeados de ojeras, eran tan anormalmente grandes que parecían iluminar toda su cara. Sus mejillas ardían con un rubor intenso, y las profundas arrugas que descendían hasta su boca parecían haber sido marcadas por un flujo incesante de lágrimas.

Bajó la cabeza cuando el médico residente se detuvo a su lado.

—Bueno, pequeña número 4, ¿qué es esto que oigo? ¿Quieres salir?

—Sí, señor —la voz apenas era un susurro.

—Pero eso es una tontería. Solo llevas aquí dos o tres días, y con este tiempo, además, seguro que volverías a enfermar. Espera un día o dos. ¿Te sientes incómoda aquí? ¿Alguien te ha tratado mal?

—No, oh, no, señor.

—¿Qué ocurre entonces?

Su voz adquirió más energía al decir:

—Tengo que salir —y como si anticipara otra pregunta, continuó rápidamente—: Hoy es el Día de Todos los Santos. Prometí llevar flores a la tumba de mi amado. Se lo prometí. Solo me tiene a mí. Si no voy, nadie irá.

Una lágrima brilló bajo su párpado. Se la secó con un dedo.

El médico residente se conmovió y, ya fuera por curiosidad o para no dejarla sin palabras de consuelo, preguntó:

—¿Hace mucho que falleció?

—Casi un año.

—¿Qué le pasaba?

Ella pareció encogerse, volverse más frágil, con el pecho más hundido, las manos más delgadas, mientras, con los ojos entrecerrados y los labios temblorosos, murmuraba:

—Lo ejecutaron.

El médico residente se mordió el labio inferior y dijo en voz baja:

—Pobre niña, lo siento mucho. Si de verdad tienes que salir, sal, pero ten cuidado de no resfriarte. Debes volver mañana.

Una vez fuera de las puertas del hospital, ella empezó a temblar.

Era una mañana otoñal. La humedad goteaba por las paredes. Todo era gris: el cielo, las casas, los árboles desnudos y la brumosa lejanía por donde la gente se apresuraba, ansiosa por salir de las calles.

Había enfermado a mediados de verano, y su vestido era de algodón fino y de colores vivos. La cinta arrugada que rodeaba su cuello demacrado la hacía parecer aún más lamentable. La falda, la blusa y la corbata parecían sonreírle al sol, pero en el frío y gris ambiente se veían melancólicas.

Empezó a caminar con paso inseguro, deteniéndose de vez en cuando porque le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas. La gente a su paso se giraba para mirarla. Ella vacilaba, como si quisiera hablar con ellos, pero luego, asustada, seguía caminando, mirando nerviosamente de derecha a izquierda. Así cruzó medio París. Se detuvo al llegar a los muelles, contemplando el lento y turbio fluir del río.

El frío penetrante la caló hasta los huesos, y sintiendo que no podía soportarlo más, reanudó la marcha.

Al llegar a la Place Maubert y la Avenue des Gobelins, se sintió casi como en casa, pues estaba en el barrio donde había vivido. Pronto empezó a ver rostros conocidos y oyó a alguien decir al pasar:

—¡Seguro que es la chica de Vandat. ¡Cómo ha cambiado!

—¿Qué Vandat?

—El asesino...

Aceleró el paso, tapándose la cara con las manos para no oír el final.

Ya estaba anocheciendo cuando por fin llegó al miserable hotel donde se había alojado antes de enfermar. Entró. Unas chicas de la calle y los hombres con los que se alojaban jugaban a las cartas en el pequeño café de abajo. Al verla, la saludaron:

—¡Hola! ¡Aquí está Ojos Azules! —ese era su apodo—. Ven a tomar algo, siéntate, ven.

Su bienvenida la conmovió, pero el humo denso y rancio la hizo toser, y apenas pudo respirar mientras respondía:

—No tengo tiempo ahora. ¿Está la señora?

—Sí, ahí está.

Le sonrió tímidamente a la encargada.

—Quería preguntarle, señora, si puedo recuperar mis cosas. La ropa que llevo puesta no abriga lo suficiente.

—La ropa que dejó la subieron al ático; estará por ahí. Enviaré a alguien a buscarla. Siéntese junto a la estufa y caliéntese.

—No, ahora no tengo tiempo. Volveré enseguida.

Se dirigió a la puerta. Uno de los hombres se burló:

—¿De vuelta a la calle, no? No pierdes el tiempo.

Salió, y la breve estancia en la sofocante habitación hizo que el frío exterior pareciera más penetrante que nunca. La gente se apresuraba, cargada de coronas de cuentas y ramos de flores; otros, vestidos con sus mejores galas, charlaban y reían, y se veía a simple vista que llevaban sus ofrendas al cementerio por costumbre, que el tiempo había mitigado su dolor.

A lo largo de la acera se alineaban carretas de flores. Crisantemos de pétalos rizados se inclinaban sobre racimos de rosas; aquí y allá, la mimosa esparcía su polvo dorado sobre ramos de violetas. Más cerca del cementerio, frente a las tiendas de los marmolistas, había macetas con flores dispuestas en los estantes de los puestos, insignificantes, con follaje cuidado y colores sobrios; más adelante, siemprevivas y grandes coronas de cuentas.

Ella lo contempló todo con ojos que brillaban de envidia. Ojalá pudiera conseguirle algunas, solo un pequeño ramo para él, que yacía al fondo del cementerio, en su pobre tumba sin consagrar, un montículo desnudo, sin una palabra que indicara que estaba allí.

«Asesino», eso no significaba nada para ella. Él era el ser que adoraba, su Hombre, el amante que había poseído no solo su cuerpo, sino su alma. En un momento de locura había matado a alguien. ¿Acaso no había pagado ya su deuda?

El día que lo arrestaron, ella juró no volver a tener nada que ver con ningún otro hombre, jamás. Abandonaría la vida que llevaba, trabajaría, volvería a ser una chica honrada.

Siguió mirando las flores. Un vendedor le susurró:

—¿Un ramo? ¿Y unos crisantemos? ¿Violetas?

Pasó de largo sin responder, pues no tenía ni un céntimo. Sin embargo, tenía una idea en mente: flores. Necesitaba flores. Tenía que conseguirle flores de alguna manera, se lo había prometido.

Estaba a punto de desmayarse de hambre y cansancio, pero ya no era consciente de ello. Solo pensaba en la árida franja de tierra del cementerio, imaginándola adornada con flores. Pero el dinero, ¿cómo iba a conseguirlo? ¿Qué podía hacer?

La solución que se le ocurrió era la más obvia, y no parecía contradecir su promesa de honrar la memoria de su amado.

Como un buen artesano que regresa a su taller, toma sus herramientas y se pone a trabajar, se arregló el cabello mecánicamente, se acomodó el vestido y comenzó a caminar por la calle como solía hacerlo en los viejos tiempos, cuando su hombre, jugando a las cartas en el café, era lo único que le importaba en el mundo.

Siguió caminando, con la mirada atenta, contoneando las caderas, pero estaba demasiado demacrada: una sola mirada bastaba para que los hombres se alejaran. Y, en efecto, su rostro ya no era un rostro para el placer; tampoco su cuerpo, con sus ángulos marcados y profundas concavidades visibles bajo su fino vestido de algodón. En tiempos pasados, cuando era hermosa, cuando realmente era la «Ojos Azules» que todos admiraban, las cosas eran diferentes. Ahora solo era objeto de lástima.

La luz del día se desvanecía. ¿Y si el cementerio cerraba antes de que pudiera comprar las flores?

Caía una llovizna fina, silenciosa, impalpable, y todo se envolvía en sombras grises. Ya no se veía nada de su delgado rostro excepto sus ojos, dos grandes ojos que ardían de fiebre.

Un hombre doblaba la esquina de una calle tranquila, con el cuello del abrigo levantado y las manos en los bolsillos. Ella rozó su brazo y le dijo suavemente, con la voz llena de anhelo:

—¿No quieres venir conmigo.?

La miró un instante. Ella se había acercado, sus ojos penetrando los suyos con la expresión inspirada de quien tiene una misión importante.

Él la tomó del brazo y ella lo condujo al modesto hotel que acababa de dejar. A través de la puerta entreabierta, dijo rápidamente:

—Mi llave. Una vela.

La encargada respondió en voz baja:

—Número 23, segundo piso, tercera puerta.

Los hombres y las mujeres del café se inclinaron para ver quién era, y mientras subía las escaleras oyó exclamaciones y carcajadas.

Ya casi era de noche cuando bajó. Se despidió apresuradamente de su acompañante y echó a correr. Deteniéndose ante la primera florista que encontró, tomó el ramo más cercano y arrojó las dos monedas de plata que tintineaban en sus manos.

Corrió hacia el cementerio. La gente se marchaba en pequeños grupos. Temblaba. ¿Aún habría tiempo? En la entrada, el portero dijo:

—¡Demasiado tarde! Ya cerramos.

—¡Ay, por favor, por favor! Solo quiero entrar y salir rápidamente. Solo dos minutos.

—Muy bien. Pero rápido.

Bajó corriendo por el sendero, tropezando con las piedras en la oscuridad. Era un largo camino. Apenas podía respirar; algo le quemaba el pecho con un dolor insoportable. Se detuvo junto al muro donde entierran a los ejecutados y cayó de rodillas, esparciendo sus flores por la tierra. Las lágrimas le corrían por las mejillas, goteando entre las manos que se apretaban contra el rostro. Intentó rezar, pero no recordaba las palabras adecuadas, y solo sollozó, con los labios pegados al suelo:

—¡Ay, mi hombre... mi hombre...!

Entonces, tan agotada que había perdido la sensibilidad en las extremidades, pero con una sensación de alivio, casi de alegría en el corazón, se levantó y se alejó. Incluso le sonrió al portero mientras decía:

—Como ves, no me tomó mucho tiempo.

Ahora que todo había terminado, ahora que había cumplido su promesa, que había estado cerca de su hombre, volvió a sentir el frío y el cansancio. Apenas podía arrastrarse, la tos era terrible: de vez en cuando tenía que detenerse y apoyarse contra la pared.

Finalmente, regresó al hotel y entró tambaleándose. Las chicas y los chicos seguían jugando a las cartas en la habitación sofocante y llena de humo. Un silencio sepulcral se apoderó de todos al verla. Intentó reír.

Una mujer al fondo de la habitación se dejó caer en la silla y exclamó:

—¡Qué buen comienzo, Ojos Azules! Necesitabas un poco de valor, ¿no?

Se encogió de hombros. La otra continuó:

—¿Sabías quién era tu cliente?

—No.

—Bueno, te lo diré. Era Le Bingue.

Ojos Azules tartamudeó:

—¿Qué dices? Le...

La otra vació su vaso y volvió a tomar las cartas, respondiendo:

—Sí, Le Bingue. Ya sabes, el verdugo.

Maurice Level (1875-1926)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Maurice Level: Ojos azules (Mes yeux), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Sepultura»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Sepultura»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«En lo profundo de mi corazón, como en la lápida hueca
y el silencio de algún antiguo sepulcro,
yace tu belleza plateada, y no se moverá,
olvidada, incorruptible, sola.»



Sepultura (Sepulture) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de octubre de 1918 de la revista The Mart Set, y luego reeditado en la antología de 1922: Ébano y cristal (Ebony and Crystal), esta vez con el título: Sepulchre [«sepulcro»].

Sepultura, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, explora un motivo tradicional de la literatura gótica: el merodeo melancólico de un hombre alrededor de la tumba de su amada.


En lo profundo de mi corazón, como en la lápida hueca
y el silencio de algún antiguo sepulcro,
yace tu belleza plateada, y no se moverá,
olvidada, incorruptible, sola:

Aunque los altares se oscurezcan, y sople un viento
desde mares sin estrellas sobre las hogueras que fueron,
dentro de tu tumba, con aceites de bálsamo y mirra,
arderán por siempre las desconocidas lámparas de ónice.

Y aunque los desolados jardines de noviembre produzcan
polvo de rosas y hojas de hiedra, y no se encuentre flor alguna
en el bosque bermellón o en el campo pálido,
aún, aún el asfódelo y el loto yacen alrededor de tu lecho,
y hora tras hora silenciosa
exhalan una fragancia inmortal, como un suspiro.


¿Quién es esta mujer cuya «belleza plateada» yace «olvidada, incorruptible, sola», en el sepulcro? Si el poeta fuera Edgar Allan Poe, o incluso H. P. Lovecraft, sería sencillo adivinarlo, pero Clark Ashton Smith no era lo que se dice estable con sus afinidades sentimentales. De hecho, se labró una reputación de seductor entre 1909 y 1930, durante su etapa en Sierra Nevada, cerca de Auburn, California, llegando a mantener varios romances clandestinos, en simultáneo, con las esposas de sus vecinos y otras mujeres. Es decir que su vida amorosa no se limitó a un par de grandes amores, sino a un verdadero catálogo de mujeres casadas, antes de contraer matrimonio con Carol Jones Dorman a una edad lo suficientemente avanzada como para que tales aventuras le fueran imposibles de continuar.

El Amor y los Amantes [condenados], son temas centrales en la poesía de Clark Ashton Smith, pero es la Mujer, sus arquetipos, quienes están más ligados al temperamento decadente, exótico y cósmico del autor. Lejos de lo que ocurre con otros autores de la época, sus personajes femeninos rara vez ocupan roles tradicionales, y nunca aparecen como damiselas en apuros. Repasemos, a grandes rasgos, los cuatro arquetipos femeninos en la obra de Clark Ashton Smith y veamos si podemos encontrar uno que se ajuste a la silenciosa y anónima habitante de Sepulcro.

1- La Hechicera: motivo clásico en las historias de Averoigne y Zothique. Clark Ashton Smith subvierte las normas de género de estas épocas imaginarias, con mucho de medieval, al situar a la Hechicera en una posición de poder y dominio político gracias a su magia y capacidad de manipulación. No parece ser nuestra chica.

2- La Tentadora: no es exactamente una femme fatale, sino un principio femenino sobrenatural, extradimensional, y a veces botánico. A su modo destructivo, la Tentadora llama, seduce, y, en última instancia, devora física o espiritualmente al hombre. Puede ser apenas una conciencia depredadora que existe en un limbo entre lo animal y lo vegetal, como las mujeres-flor. Definitivamente no es la mujer en el sepulcro.

3- La Entidad: la deidad femenina arquetípica por excelencia en los panteones de Clark Ashton Smith. Está más allá del entendimiento humano.

4- La Inalcanzable: esta podría ser la mujer en la sepultura. Es, en esencia, un amor perdido, generalmente una mujer muerta. El protagonista [en este caso, el orador del poema] a menudo sufre espantosamente, crea ilusiones para mantenerse en contacto con ella, incluso puede llegar a viajar a otras dimensiones para encontrarla. Desde luego, es un ideal inalcanzable, se encuentra al otro lado de la frontera de la muerte. De todos modos, la función del poeta es mantenerla viva, cercana, de la única manera que puede, recordándola, venerándola en su memoria. y aunque...


Aunque los altares se oscurezcan, y sople un viento
desde mares sin estrellas sobre las hogueras que fueron,
dentro de tu tumba, con aceites de bálsamo y mirra,
arderán por siempre las desconocidas lámparas de ónice.




Sepultura.
Sepulture, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En lo profundo de mi corazón, como en la lápida hueca
y el silencio de algún antiguo sepulcro,
yace tu belleza plateada, y no se moverá,
olvidada, incorruptible, sola:

Aunque los altares se oscurezcan, y sople un viento
desde mares sin estrellas sobre las hogueras que fueron,
dentro de tu tumba, con aceites de bálsamo y mirra,
arderán por siempre las desconocidas lámparas de ónice.

Y aunque los desolados jardines de noviembre produzcan
polvo de rosas y hojas de hiedra, y no se encuentre flor alguna
en el bosque bermellón o en el campo pálido,
aún, aún el asfódelo y el loto yacen alrededor de tu lecho,
y hora tras hora silenciosa
exhalan una fragancia inmortal, como un suspiro.


Deep in my heart, as in the hollow stone
And silence of some olden sepulcher,
Thy silver beauty lies, and shall not stir—
Forgotten, incorruptible, alone:

Though altars darken, and a wind be blown
From starless seas on beacon-fires that were—
Within thy tomb, with oils of balm and myrrh,
For ever burn the onyx lamps unknown.

And though the bleak Novembral gardens yield
Rose-dust and ivy-leaf, nor any flower
Be found through vermeil forest or wan field—
Still, still the asphodel and lotos lie
Around thy bed, and hour by silent hour,
Exhale immortal fragrance like a sigh.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Sepultura (Sepulture), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas.


M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas.




La semana pasada, al analizar el cuento de May Sinclair: La naturaleza de la evidencia (The Nature of Evidence), comentábamos que uno de los maestros del género, M. R. James, estableció que el sexo debía excluirse del relato de fantasmas, llegando a afirmar que su inclusión era un «error fatal»; aunque sus historias, por asépticas que parezcan en términos de intimidad física, de hecho abrazan la sexualidad humana.

En el ensayo de 1929: Historias que he intentado escribir (Stories I Have Tried to Write), M. R. James instó a los escritores del género a ser discretos en la materia, no así en cuanto a la violencia, el salvajismo, lo perturbador. Por ejemplo, en Corazones perdidos (Lost Hearts), James presenta a un aficionado a la magia negra que engaña a un grupo de jóvenes y les arranca el corazón cuando aún están con vida.

Volvamos al ensayo de 1929. James afirma:


«La discreción contribuye al efecto, la ostentación lo arruina, y hay mucha ostentación en relatos recientes. Además, incluyen sexo, lo cual es un error fatal; el sexo ya resulta bastante tedioso en las novelas; en un relato de fantasmas, o como eje central de uno, no lo tolero.»


Por un lado, M. R. James excluye la intimidad física del cuento de fantasmas, pero advierte que el escritor no debe ser «suave ni insulso»:


«La malevolencia y el terror, la mirada de rostros malvados, la sonrisa pétrea de la malicia sobrenatural, las figuras que acechan en la oscuridad y los gritos lejanos y prolongados están presentes, al igual que una pizca de sangre, derramada con deliberación y cuidadosamente dosificada.»


En Los fantasmas los tratan con gentileza (Ghosts Treat Them Gently, 1931), James amplía estas recomendaciones:


«Por supuesto, todos los escritores de historias de fantasmas desean provocar escalofríos; pero estos son descarados en sus intentos. Son increíblemente groseros y repentinos, y se regodean en la corrupción. Y si hay un tema que debería mantenerse fuera de las historias de fantasmas, es el del osario. Eso y el sexo.»


James no era tan puritano como H. P. Lovecraft, pero de todos modos creía que el romance y, sobre todo, el sexo, son meras distracciones, condimentos innecesarios en el terror. Por el contrario, vindicaba la sutileza, la ambientación, la sugerencia, la contención, como los auténticos motores del miedo. No es casual que la mayoría de sus historias, así como las de Lovecraft, se abstuvieran de introducir protagonistas con intereses amorosos o siquiera con deseo hacia las mujeres, siendo en general anticuarios, académicos y eruditos solteros en entornos dominados por varones.

Sin embargo, no es posible excluir una parte fundamental de la experiencia humana; a lo sumo, se la puede desplazar, recluir o reprimir, pero al final encuentra la forma de salir a la superficie. Tal es así que los protagonistas de M. R. James a menudo centran sus experiencias en la repulsión a ser tocados por fantasmas y entidades demoníacas, casi como si estas encarnaran la ansiedad del autor por la sexualidad en general, pero específicamente por la intimidad física.

Sigmund Freud, quien examinó de cerca un buen número de historias macabras del siglo XIX, vio en los cuentos de fantasmas una forma de liberación de sentimientos e impulsos reprimidos [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. El propio M. R. James estaba al tanto de las fuertes corrientes psicológicas subyacentes en sus historias, pero, como todo material reprimido, era impotente para combatirlas. Además, es sabido que James sentía aversión por el contacto físico, aunque disfrutó de varias amistades con sus alumnos, por supuesto, platónicas, puramente intelectuales.

Su rechazo por el contacto físico, y en consecuencia, por toda forma de intimidad que no fuera intelectual, generó un variado catálogo de demonios, monstruos y manifestaciones sobrenaturales cuyo clímax se produce en el contacto físico con el protagonista. Más aún, los mejores monstruos de James, aquellos capaces de transportar a la superficie sus propios sentimientos reprimidos, en general presentan desagradables anormalidades físicas [ver: El otro Conde: análisis de «El Conde Magnus» de M.R. James]

Entonces, el monstruo promedio de James: antiguo, deforme, subterráneo, atado al conocimiento prohibido, asciende a la superficie para «tocar» al asexuado protagonista, quien frecuentemente es un erudito o un anticuario, como el propio autor. En otras palabras, se colocó a sí mismo [simbólicamente] como protagonista de sus historias. Esto, pienso, una forma de honestidad.

M. R. James perfeccionó un estilo personal que se conoce como jamesiano, esencialmente tres ingredientes que se repiten porque resuenan con el universo interior del autor, y por lo tanto son terreno fértil para el surgimiento de material reprimido. Repasemos:

a- Un pintoresco pueblo inglés, a veces rural, a veces costero; o una antigua abadía, un monasterio, situados en Suecia, Dinamarca o Francia.

b- Un protagonista erudito, anticuario, caballero, de carácter reservado y bastante ingenuo.

c- El descubrimiento de un libro prohibido u algún objeto antiguo que despierta o atrae la atención de una criatura sobrenatural.

Eso es lo jamesiano, en mi opinión, no el estilo narrativo, que por supuesto tiene sus particularidades. La intención de James era ponerse a sí mismo en sus historias por varias razones, entre otras, porque deseaba «poner al lector en la posición de decirse a sí mismo: ¡Si no tengo cuidado, algo así me puede pasar a mí!» Un tanto ingenuo, es cierto, pero el efecto secundario de involucrarse en sus historias es la inclusión de sentimientos reprimidos. Él mismo vivía en un lugar pintoresco, él mismo era anticuario, y el libro prohibido que despierta o atrae al «monstruo» es la historia que está escribiendo.

Ahora bien, el Monstruo jamesiano nunca hace una entrada espectacular, más bien se introduce en la historia a través de la sugerencia, siendo el lector quien debe aportar una dosis de imaginación para rellenar los espacios en blanco. El narrador, por lo general, primero se centra en cuestiones mundanas, como la descripción de paisajes y arquitecturas, para darle mayor contraste a las insinuaciones sobrenaturales. En cierto modo, lo jamesiano tiene algo de musical. El propio James lo desliza en el prólogo de la antología de 1924: Fantasmas y maravillas (Ghosts and Marvels):


«Dos ingredientes de los más valiosos en la creación de una historia de fantasmas son, para mí, la atmósfera y el crescendo bien manejado (...) Seamos, pues, presentados a los actores de manera plácida; veámoslos haciendo sus cosas cotidianas, sin perturbarse por presentimientos, complacidos con su entorno; y en este ambiente tranquilo dejemos que la cosa ominosa saque la cabeza, discretamente al principio, y luego con más insistencia, hasta que domine el escenario.»


En cuanto al Monstruo, James señala: «Otro requisito, en mi opinión, es que el fantasma sea malévolo u odioso: las apariciones amables y serviciales están muy bien en los cuentos de hadas o en las leyendas locales, pero no tienen lugar en una historia de fantasmas.» [ver: La biología de los monstruos]

Ahora bien, para excluir al sexo de sus historias, James debió excluir a la mujer, y, por extensión, a lo femenino. Esto no constituyó un gran esfuerzo para alguien que no tenía interés en el sexo opuesto. Además, James [como sus protagonistas] vivía en un ámbito académico, exclusivamente masculino, donde el contacto con mujeres se limitaba a madres, hermanas y sirvientas. Mucho se ha escrito sobre este universo académico de hombres recluidos cuyo mayor temor era ser señalado como homosexual.

Es decir que M. R. James evitó incluir al sexo en sus cuentos de fantasmas, sin embargo, eso no significa que la sexualidad estuviera ausente, todo lo contrario. En estas historias donde no hay intimidad física, existen otra clase de comuniones simbólicas. Uno se pregunta porqué James se empeñó tanto en hacer pública su reticencia a la representación del acto sexual. Una de las respuestas es que se trató de una defensa o de justificación por su falta de conocimiento en la materia, porque en el artículo de 1929: Algunas observaciones sobre los relatos de fantasmas (Some Remarks on Ghost Stories), amplía su aversión más allá de su obra:

Resulta lógico que James no tuviera interés en representar la intimidad física porque eso constituye una forma de interés en el tema. Su mundo era muy recluido, ordenado; y aparte de algunas pocas amistades, no tenía ninguna válvula de escape para la intimidad. Sin embargo, sus personajes masculinos y femeninos expresan aspectos muy interesantes de su personalidad, aspectos que, por otro lado, James no podía explorar en su vida porque podrían interpretarse como sexuales, y de una manera particularmente perturbadora.

Es evidente que James utiliza a sus monstruosidades como vehículos para canalizar su libido reprimida o frustrada. De hecho, los seres jamesianos se caracterizan por surgir de una prohibición transgredida [la lectura de un libro, el descubrimiento de un artefacto, etc.], y cuando salen a la luz se vuelven peligrosos, atacan a quien los ha hecho emerger a la superficie. Esto, en mi opinión, es de una enorme honradez intelectual. James podría haber escrito sobre cualquier cosa donde la ausencia de intimidad física fuera esperable, pero eligió tratar sobre aquello que es, simbólicamente, pura sexualidad reprimida.

M. R, James, como hemos visto, tiene un perfil de protagonista, pero también un arquetipo femenino que suele estar presente en sus historias. En general, es una mujer madura, decidida, de temperamento fuerte, que no teme a la aventura y manipula a los hombres más débiles. Carl Jung diría que estas señoras han completado parte del proceso de individuación, llegando a integrar su animus [lo masculino] y confían en sí mismas. En cierto modo, estas mujeres son opuestas al otro tipo de hombre en la ficción jamesiana, que podría describirse como un varón joven y afeminado, alguien que no ha integrado completamente su masculinidad, o, en términos freudianos, que no ha logrado destituir al arquetipo materno.

Estos varones, además, hacen todo lo posible para evitar convertirse en hombres comunes, y por lo tanto interesados en las mujeres. Están centrados en el ámbito académico, en sus estudios, viven rodeados de otros varones jóvenes, no cultivan relaciones fuera de la universidad y sus aficiones personales no difieren demasiado de sus intereses intelectuales. De hecho, esta incapacidad para desenvolverse en el mundo exterior es lo que termina metiéndolos en problemas.

M. R. James a veces se encarniza con sus escasos personajes femeninos, en especial con aquellos que se desvían del ideal de mujer de la época. Un ejemplo típico de alteridad es la señora Mothersole en El fresno (The Ash-Tree), una mujer mayor que trepa árboles por la noche buscando las ramas de fresno que crecen en la propiedad de un terrateniente, introduciéndose de este modo en un espacio seguro de la masculinidad tradicional. Sin embargo, James también presenta representaciones positivas de la feminidad en muchas historias, aunque siempre con la consabida ausencia de contacto físico.

Lo monstruoso, en James, coexiste con el decoro, y funciona como una sexualidad sublimada. En sus obras encontramos casi tantas mujeres fantasmas y hembras maduras, fuertes y peligrosas como hombres afeminados y monstruosidades masculinas marcadas por un comportamiento sádico. Si su ficción servía o no como válvula de escape, tal vez la única disponible, para comportamientos que el propio autor hubiera deseado transgredir, es materia de opinión. Recordemos que James pertenecía a la élite del ámbito universitario, un tipo respetable, admirado, que protegía celosamente su privacidad. Sus cuentos, tal vez, son la única expresión cruda de su mundo interior en lo que respecta al sexo.

Si hablamos de contenido reprimido hay que mencionar el cuento de 1911: El cerco de Martin (Martin’s Close), donde su protagonista, la difunta Ann Clark, acosa incesantemente a George Martin, su antiguo amante. Esto, que parece una versión temprana de la «hierve conejos», adquiere tintes macabros cuando descubrimos que Ann, la «despechada», es una chica marginada que, además, sufre de discapacidad mental, lo cual la sitúa en una relación asimétrica con el adinerado George Martin. En vida, sufrió toda clase de vejaciones de parte de George; solo en la muerte, como fantasma, ella se convierte en una depredadora.

En el relato de 1928: El pozo de las lamentaciones (Wailing Well), M. R. James juega con el concepto de vampiros [algo así], tanto femeninos como masculinos, quienes atacan a los que se aventuran en los campos que rodean el Pozo. El asesinato Stanley Judkins, el protagonista, sugiere la representación de la escena sexual primaria. Su cuerpo, al final, cuelga de un árbol después de que tres vampiresas se saciaran con su sangre, sin obtener ni un ápice del placer que experimentó John Harker al ser abusado por las tres novias de Drácula [ver: La verdad sobre las tres Vampiresas de Drácula]. En el relato de 1913: La historia de una desaparición y una aparición (The Story of a Disappearance and an Appearance) se nos presenta un sueño dentro de un sueño, un distanciamiento necesario [en aquella época] para atenuar el impacto de una escena de violación masculina.

No creo que sea necesario presentar al vampirismo como ejemplo de sexualidad reprimida en tiempos de James. Ya era un tropo bien establecido, de modo que las mordidas, que podrían interpretarse como algo sexual, eran inevitables. Sin embargo, solo Lady Sadleir, en el cuento de 1925: El insólito libro de oraciones (The Uncommon Prayer-Book), es una vampiresa que muerde el cuello de su víctima.

Es frecuente que M. R. James proporcione chispazos de contacto íntimo, siempre en un contexto repugnante. En el relato de 1911: Una historia escolar (A School Story), el señor Sampson lleva tres décadas desaparecido después de ver a un espectro [femenino] trepando por su ventana. Sus cuerpos sin vida son encontrados en un pozo, «fuertemente abrazados». Sampson, como muchos protagonistas jamesianos, no hace demasiado para despertar el ataque, y, cuando este llega, siempre es muy físico, íntimo incluso.

Como ocurre en los cuentos de Lovecraft, la ausencia de sexo en la obra de James hace que sus expresiones secundarias adquieran mayor relieve. Constantemente encontramos manifestaciones fálicas peludas, dentadas, protuberantes, carnosas, rosadas, que ganan protagonismo gracias a que James mantiene sus historias cuidadosamente libres de referencias explícitas [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]. Por ejemplo, en el relato de 1904: Silba y acudiré (Oh, Whistle, and I'll Come to You, My Lad), un hombre es atormentado en la oscuridad de su dormitorio por una entidad incorpórea, y el terror final, el clímax de la historia, se enfoca en la visión de la cama desordenada [ver: El Hombre de Lino: análisis de «Silba y acudiré»]

El decoro de M. R. James, su obsesión con barrer cualquier referencia sexual directa, al final tiene un efecto brillante. Por un lado, no estaba influido por los tropos freudianos, de modo que estos símbolos aparecen de forma plena, indicativa de los sentimientos del autor por no ser buscados. Por el otro, la carga de libido reprimida la lleva el Monstruo [o lo que sea que regresa a la superficie], y por tratarse de un Monstruo no puede liberarse de forma ordinaria [sexualidad «normal»], generando esas típicas escenas jamesianas.

Una de ellas se encuentra en el relato de 1911: El maleficio de las runas (Casting the Runes), donde el arquetipo de la vagina dentata aparece de forma casi directa, haciendo que su carga subconsciente [tabú] resulte notablemente eficaz, sin ser arruinada por un autor pendiente de los tropos freudianos, y por lo tanto proclive a disimularlos para que resulten menos reveladores de sus neurosis personales. En esta historia, el señor Dunning está en la cama, mete la mano en el conocido hueco debajo de la almohada, y lo que roza, lo que toca, es una boca... con dientes... y pelo... [ver: Horror táctil: análisis de «El Maleficio de las Runas»]




Taller gótico. I M. R. James.


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El artículo: M. R. James y el único tema que debería excluirse de las historias de fantasmas fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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