«Canción nocturna del caminante»: Goethe; poema y análisis.


«Canción nocturna del caminante»: Goethe; poema y análisis.




Canción nocturna del caminante (Wanderers Nachtlied) —a veces traducido al español como Canción nocturna del errante y Canto nocturno del caminante— es un poema del romanticismo del escritor alemán GoetheJohann Wolfgang von Goethe (1749-1832)—, escrito en 1870.

Canción nocturna del caminante es en realidad el título por el que se conoce a dos poemas de Goethe [Tú eres del cielo (Der du von dem Himmel bist) y Sobre todas las cumbres (Über allen Gipfeln)]. Ambos fueron editados originalmente en 1815 como Canción nocturna del caminante [Wandrers Nachtlied] y Otro [Ein Gleiches]. Posteriormente, los dos poemas serían musicalizados por Franz Schubert.

Según cuenta el propio autor en una carta a Charlotte von Stein, la noche del 6 de septiembre de 1780, el joven Goethe pernoctó en una cabaña de cazadores en la cumbre del Kickelhahn [«para evitar el desierto de Städgen, las quejas, los deseos, la incorregible confusión de la gente»], una montaña de los bosqus de Turingia. Impresionado por la calma que reinaba en el lugar, Goethe escribió unos versos en un tablón de la pared:


Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde
Warte nur, balde
Ruhest du auch!


[«Sobre todas las cumbres
hay silencio,
sobre todas las copas de los árboles
sientes
sólo una brisa;
los pájaros callan en el bosque.
Espera, pronto
tú también descansarás.»]


Cincuenta y un años después, el 27 de agosto 1831, en la víspera de su cumpleaños 82, Goethe volvió a la región y quiso volver a visitar la cabaña. Al llegar al lugar, acaso después de entrar en calor, Goethe y su acompañante [Johann Christian Mahr] se acercaron a la pared, donde todavía podían leerse aquellos versos.

Johann Christian Mahr luego comentó:


[Goethe leyó estos pocos versos y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Muy lentamente, sacó su pañuelo blanco como la nieve de su abrigo marrón oscuro, se secó las lágrimas y dijo en un tono suave y melancólico: «Si, pronto tú también descansarás». Se quedó en silencio durante medio minuto, volvió a mirar por la ventana el sombrío bosque de pinos y se volvió hacia mí diciendo: «¡Ahora, vamos!»]


Goethe moriría unos meses más tarde.

El manuscrito de la otra Canción nocturna del caminante [Tu eres del cielo (Der du von dem Himmel bist)] —publicado sin autorización en 1800— se encontró entre las cartas de Goethe a su amiga Charlotte von Stein, y lleva la firma En la ladera de Ettersberg, el 12 de febrero de 76. Supuestamente fue escrito bajo un árbol que más tarde se conocería como Roble de Goethe:


Der du von dem Himmel bist,
Alles Leid und Schmerzen stillest,
Den, der doppelt elend ist,
Doppelt mit Erquickung füllest;
Ach, ich bin des Treibens müde!
Was soll all der Schmerz und Lust?
Süßer Friede,
Komm, ach komm in meine Brust!


[«Tú que eres del cielo,
que aquietas todo dolor y pena,
refrescando dos veces
a los que son dos veces miserables;
oh, estoy cansado del ajetreo y el bullicio!
¿Por qué este éxtasis y dolor?
¡Dulce paz,
ven, oh, ven a mi pecho!»]


Canción nocturna del caminante de Goethe es un poema con una musicalidad innata; también con movimiento, como lo sugiere el título. Se puede suponer que el Caminante no es un vagabundo cansado, sino que Goethe habla de sí mismo. Eso implica que el Caminante es un ser solitario, un artista, un pensador, alguien que tiene la libertad y la capacidad intelectual para recogerse, sincronizarse de algún modo con su entorno natural, y pensar.

El poema de Goethe también se mueve desde lo grande a lo pequeño, del cielo al pecho del hombre, en un caso; desde las cumbres de las montañas a los árboles y los pájaros, en el otro. También podemos pensar que Goethe nos invita a desplazarnos desde lo inamovible y lo inorgánico [las montañas] a lo animado y lo orgánico [los árboles y los pájaros] que está sincronizado con la naturaleza; y aún más allá, al Hombre, al Caminante inquieto que comienza a esperar el descanso de la muerte. En este sentido, Canción nocturna del caminante es un poema muy visual, casi una panorámica, similar a un zoom que comienza en la distancia [las cumbres], que sigue sobre el horizonte más cercano [el bosque] y que termina en los pensamientos más íntimos del hombre.

Canción nocturna del caminante expresa algunos paradigmas del Romanticismo, otro desplazamiento o movimiento dentro del poema, esta vez de lo racional a lo irracional [ver: Filosofía del Romanticismo]. Recordemos que, para los poetas románticos, la racionalidad no era precisamente una virtud; sino más bien una anestesia para el dolor y el sufrimiento. El «pronto tú también descansarás» parece reafirmar esta aceptación del sufrimiento.

Canción nocturna del caminante, entonces, parece expresar la insignificancia del ser humano frente a la naturaleza, pero no de un modo amenazante o intimidante. En todo caso, la naturaleza es abrumadora; la sola consciencia del entorno [el cielo, las montañas, el bosque] son avasallantes, y le recuerdan al poeta que todo tiene un ciclo natural, también nuestra vida, y por eso todos pronto descansaremos cuando finalice nuestro ciclo natural.

Por supuesto, la naturaleza nos induce a pensar en nuestra mortalidad, pero también nos permite descansar de nuestras preocupaciones mundanas. Los pensamientos de Caminante probablemente son una reacción al entorno natural, lo cual le permite ahondar en preocupaciones más profundas, y quizas menos accesibles en un entorno urbano. En esencia, Canción nocturna del caminante de Goethe deja a su narrador en absoluta inferioridad ante la majestuosidad de la naturaleza, algo necesario para el entendimiento final de que él también forma parte del mismo ciclo.




Canción nocturna del caminante [I y II].
Wanderers Nachtlied, Goethe (1749-1832)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


I
Tú que eres del cielo,
que aquietas todo dolor y pena,
refrescando dos veces
a los que son dos veces miserables;
oh, estoy cansado del ajetreo y el bullicio!
¿Por qué este éxtasis y tormento?
¡Dulce paz,
ven, oh, ven a mi pecho!


II
Sobre todas las cumbres
hay silencio,
sobre todas las copas de los árboles
sientes
sólo una brisa;
los pajaritos callan en el bosque.
Espera, pronto
tu también descansarás.


I
Der du von dem Himmel bist,
Alles Leid und Schmerzen stillest,
Den, der doppelt elend ist,
Doppelt mit Erquickung füllest;
Ach, ich bin des Treibens müde!
Was soll all der Schmerz und Lust?
Süßer Friede,
Komm, ach komm in meine Brust!


II
Über allen Gipfeln
Ist Ruh,
In allen Wipfeln
Spürest du
Kaum einen Hauch;
Die Vögelein schweigen im Walde
Warte nur, balde
Ruhest du auch!


Goethe
(1749-1823)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Goethe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Johann Wolfgang von Goethe: Canción nocturna del caminante (Wanderers Nachtlied), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre que le vendió soga a los Gnoles»: Margaret St. Clair; relato y análisis.


«El hombre que le vendió soga a los Gnoles»: Margaret St. Clair; relato y análisis.




El hombre que le vendió soga a los Gnoles (The Man Who Sold Rope to the Gnoles) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Margaret St. Clair (1911-1995), publicado originalmente en la edición de octubre de 1951 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y desde entonces reeditado en numerosas antologías.

El hombre que le vendió soga a los Gnoles, uno de los cuentos de Margaret St. Clair menos conocidos, relata la historia de Mortensen, un vendedor locuaz, persuasivo, extraordinariamente hábil, quien resuelve vederle soga y cuerdas a los Gnoles, unas criaturas biológicamente singulares que se especializan en engordar y asar a sus visitantes indeseados.

SPOILERS.

El hombre que le vendió soga a los Gnoles de Margaret St. Clair es una versión moderna e inteligente del relato de Lord Dunsany: Cómo Nuth habría practicado su arte sobre los Gnoles (How Nuth Would Have Practiced His Art Upon the Gnoles). El título de Margaret St. Clair anuncia con precisión de qué trata la historia, esencialmente una sátira sobre los vendedores de puerta en puerta. En nuestro mundo, estos no siempre consiguen una venta; en el de Margaret St. Clair [construido sobre la mitología de Lord Dunsany], no siempre sobreviven.

El trabajo de vendedor es duro, como lo demuestra Mortensen, quien está decidido a venderle sogas y cuerdas a los Gnoles [unas criaturas biológicamente muy curiosas]. Mortensen está actualizado en las últimas técnicas discursivas de ventas: la noción de que el producto se vende solo; habilidad para comparar y contrastar los diferentes materiales, usos y durabilidad de un producto sobre otro; manejo de las reacciones instintivas del cliente, etc. Estar en ventas requiere una piel dura. Se debe mantener una «cortesía inquebrantable», como describe la copia del Manual moderno del arte de vender de Mortensen. También que el cliente vea en el producto una solución a un problema. Pero Mortensen es un vendedor innato, instintivo; y está increíblemente cerca de tener éxito. Irónicamente, lo que lo destruye son sus propios escrúpulos éticos.

Después de hacer una presentación completa de sus muestras de cuerda al Gnole mayor, acuerdan la longitud y el material de la cuerda [aunque los Gnoles no se comunican como nosotros], y Mortensen presenta su precio. El Gnole vacila, luego toma la piedra preciosa más pequeña que se exhibe en el salón, una esmeralda que, sin embargo, podría rescatar a «un Rockefeller o toda una familia de Guggenheim». Pero tomar la piedra preciosa sería exceder una ganancia legítima, violando lo que el Manual llama el «alto estándar ético que debe mantenerse en todo momento». Mortensen busca un objeto de menor valor y comete el error fatal de escoger el par de ojos extra del Gnole de un gabinete. Como explica Margaret St. Clair:


[«La preocupación que la buena gente cristiana debería sentir por el bienestar de su alma es una sombra, una ficción, una nada, comparada con lo que el gnole completamente pagano siente por esos ojos. Preferiría, creo, ser un miserable ser humano antes de que algún vándalo les pusiera las manos encima.»]


Ignorando el tabú que significa tocar esos ojos adicionales, Mortensen «sonríe para mostrar el encanto de los modales aconsejados en el Manual, alzando las cejas como quien dice: Gracias, con esto será suficiente», se mete los ojos en el bolsillo. El castigo es rápido. Antes de que pueda huir de la casa, Mortensen siente la ira de los tentáculos del Gnole. Atrapado en el sótano, Mortensen es engordado y asado. Luego, los Gnoles lo sirven apropiadamente en la cena:


[«Aunque engordaron diligentemente a Mortensen y, más tarde, lo asaron, lo salaron y se lo comieron con verdadero apetito, los gnoles lo mataron de una manera bastante humana y nunca pensaron en torturarlo. Eso es inusual para los gnoles. Y adornaron la tabla en la que le sirvieron con un hermoso borde de nudos elaborados con cordón de algodón de su propia caja de muestras.»]


El hombre que le vendió soga a los Gnoles de Margaret St. Clair sirve como un recordatorio de que la ficción extraña no siempre tiene que esforzarse por lograr un tono trágico, sino que también puede adoptar tonos humorísticos y oscuramente satíricos. También comparte esa dinámica metacognitiva común en muchas historias del género, donde el protagonista muere debido a su incapacidad para adaptar su forma de pensar a un contexto extraordinario [ver: ¿Qué es el «Weird» o Ficción Extraña?]

El hombre que le vendió soga a los Gnoles de Margaret St. Clair, decíamos, es una versión de Cómo Nuth habría practicado su arte sobre los Gnoles de Lord Dunsany, publicado en El libro de las maravillas (The Book of Wonders, 1912). El cuento de Dunsany narra la historia de un hombre sigiloso, su desafortunado aprendiz, y los peligrosos Gnoles, cuyo tesoro intentan robar. Aunque los Gnoles son los monstruos obvios de la historia, podría decirse que Nuth es aún más monstruoso. La historia comienza en el ámbito de la realidad y explora el capitalismo a través del «negocio» del robo de Nuth: tiene competidores, hace contratos y consigue un aprendiz. En este punto, el comportamiento de Nuth se asemeja a lo que el lector encuentra más tarde en los Gnoles [ver: La biología de los Monstruos]

El «arte» de Nuth, por supuesto, es su habilidad para robar, análoga a la habilidad en ventas de Mortensen en el cuento de Margaret St. Clair. Tanto Nuth como Mortensen intentan «practicar su arte» sobre los Gnoles, aunque con resultados diferentes, es cierto. Los Gnoles de esta historia y los gibelinos de El tesoro de los gibelinos (The Hoard of the Gibbelins) son sorprendentemente similares: ambos poseen una gran cantidad de riqueza y son bestias temibles. Sus ataques al final de cada historia también son similares: una repentina abducción seguida de una muerte implícita [y explícitamente horrible]. Pero, ¿hasta qué punto los Gnoles son responsables de los asesinatos que cometen?

Lord Dunsany es un maestro de estilo. Sus prosa tiene un ritmo perfecto para transmitir drama y suspenso incluso en una situación extravagante; y creo que Margaret St. Clair lo homenajea de forma brillante en El hombre que le vendió soga a los Gnoles. Así como Nuth [el ladrón] y Mortensen [el vendedor] se entrometen en la realidad de los Gnoles, lo extraño se entromete en la realidad mundana del lector, tal vez la única cualidad indispensable del cuento extraño.




El hombre que le vendió soga a los Gnoles.
The Man Who Sold Rope to the Gnoles, Margaret St. Clair (1911-1995)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Los gnoles tienen mala reputación, y Mortensen era muy consciente de ello. Pero razonó, bastante correctamente, que el cordaje debía ser algo que los gnoles necesitaban desde hacía mucho tiempo, y no vio ninguna razón por la que no debería ser él quien se los vendiera. ¡Qué triunfo sería tal venta! El gerente de ventas del distrito podría elegir a Mortensen para una mención especial en la cena anual. Ayudaría enormemente a su porcentaje. Y, después de todo, no era de su incumbencia para qué usaban la soga los gnoles.

Mortensen decidió llamar a los gnoles el jueves por la mañana. El miércoles por la noche repasó su Manual moderno del arte de vender, subrayando algunas cosas:

—Los estados mentales por los que pasa la mente al hacer una compra —leyó—, han sido catalogados como: 1) despertar de interés 2) aumento del conocimiento 3) ajuste a las necesidades...

Se enumeraban siete estados mentales, y Mortensen los subrayó todos. Luego volvió y anotó dos veces el No. 1, despertar de interés, el No. 4, apreciación de la idoneidad y el No. 7, decisión de compra.

Pasó la página.

—Dos cualidades son de excepcional importancia para un vendedor —leyó—: Adaptabilidad y conocimiento de la mercancía —Mortensen subrayó las cualidades—. Otros atributos altamente deseables son la aptitud física, un alto estándar ético, encanto en los modales, una tenaz persistencia y una cortesía inquebrantable.

Mortensen también los subrayó. Pero siguió leyendo hasta el final del párrafo sin subrayar nada más, y puede que el hecho de no poner «agudo tacto y poder de observación» en pie de igualdad con los otros atributos de un vendedor fuera responsable de lo que le sucedió.

Los gnoles viven en el borde mismo de Terra Cognita, en el lado más alejado de un bosque que todas las autoridades coinciden en describir como dudoso. Su casa es estrecha y alta, una mezcla de estilo gótico victoriano y chalet suizo. Aunque la casa necesita pintura, se mantiene en buen estado. Hacia allí se dirigió Mortensen el jueves por la mañana.

Ningún sendero conduce a la casa de los gnoles, y siempre está oscuro en el dudoso bosque. Pero Mortensen, recordando lo que había aprendido en las rodillas de su madre acerca del olor de los gnoles, encontró la casa con bastante facilidad. Por un momento se quedó vacilante ante ella. Sus labios se movieron mientras repetía para sí mismo:

—Buenos días. He venido a satisfacer sus necesidades de soga.

Las palabras eran el comienzo de su charla de ventas. Luego subió y llamó a la puerta.

Los gnoles lo observaban a través de los agujeros que habían abierto en los troncos de los árboles; es una ingeniosa costumbre suya de la que da fe la primera autoridad sobre los gnoles. La llamada de Mortensen casi los confundió, hacía tanto tiempo que nadie tocaba a su puerta. Entonces el gnole mayor, el que nunca sale de la casa, salió corriendo del sótano y abrió.

El gnole mayor es un poco como una alcachofa de Jerusalén hecha de caucho de la India, y tiene pequeños ojos rojos facetados de la misma manera que las piedras preciosas. Mortensen esperaba algo inusual, y cuando el gnole abrió la puerta, se inclinó cortésmente, se quitó el sombrero y sonrió.

Había superado la oración sobre los requisitos del cordaje y había enumerado los diferentes tipos de soga que fabricaba su empresa cuando el gnole, girando la cabeza hacia un lado, le mostró que no tenía orejas. Tampoco había nada en su cabeza que pudiera ocupar su lugar en la conducción del sonido. Entonces el gnole abrió su pequeña boca llena de colmillos y dejó que Mortensen mirara su lengua estrecha y fina.

Como lengua, no era más adecuado para el habla humana que la de una serpiente. A juzgar por su apariencia, el gnole no podía ser asignado con seguridad a ninguno de los cuatro tipos fisio-caracterológicos mencionados en el Manual; y por primera vez Mortensen sintió un escrúpulo definido.

No obstante, siguió al gnole sin vacilar cuando la criatura le indicó que entrara. Adaptabilidad, se dijo. Suficiente adaptabilidad y sus rodillas podrían incluso perder su tendencia a temblar.

El gnole lo condujo a un salón. Los ojos de Mortensen se agrandaron mientras miraba a su alrededor. Había cosas en los rincones, y gabinetes de curiosidades, y sobre la mesa calada un álbum con cerrojos dorados; ¿Quién sabe de quién eran las fotos? Alrededor de las paredes, entre paréntesis, donde en las casas menores la gente exhibe platos ornamentales, había esmeraldas del tamaño de tu cabeza. Los gnoles dan gran importancia a sus esmeraldas. Toda la luz de la habitación en penumbra procedía de ellas.

Mortensen repasó mentalmente las frases de su charla de ventas. Le angustiaba que esa fuera la única forma en que podía llegar a sus clientes. Aun así, ¡adaptabilidad! El interés del gnole ya se había despertado, o nunca habría invitado a Mortensen a la sala; y tan pronto como el gnole viera los diversos cordeles que contenía el estuche de muestra, sin duda procedería por su propia voluntad de la «apreciación de la idoneidad» al «deseo de poseer».

Mortensen se sentó en la silla que le indicó el gnole y abrió su caja de muestras. Sacó una soga de henequén cableada, una variedad de artículos de capas e hilos, y una soga de fibra de abacá superlativa y delgada. Incluso le mostró al gnole algunos hilos suaves y cordeles hechos de algodón y yute.

En el reverso de un sobre escribió los precios de las madejas, cordeles y cuerdas de 550 pies de largo. Laboriosamente agregó detalles sobre la fuerza, durabilidad y resistencia a las condiciones climáticas de cada tipo de cordón. El gnole mayor lo observaba atentamente, poniendo sus pequeños pies en el peldaño superior de su silla y pinchando las facetas de su ojo izquierdo de vez en cuando con un tentáculo. En los sótanos de vez en cuando alguien gritaba.

Mortensen comenzó a hacer demostraciones de sus mercancías. Le mostró al gnole el deslizamiento y la resistencia de una cuerda, la tenacidad y la fuerza obstinada de otra. Cortó en dos una cuerda de cáñamo alquitranada y colocó un trozo de metro y medio en el suelo del salón para mostrarle al gnole lo absolutamente «neutral» que era, sin tendencia a desenroscarse por sí sola. Incluso le mostró lo bien que algunos de los hilos de algodón estaban hechos con nudos cuadrados.

Se instalaron por fin en dos cuerdas de fibra de abacá, de 3/16 y 5/8 pulgadas de diámetro. El gnole quería una cantidad enorme. El comentario de Mortensen sobre la «resistencia y durabilidad ilimitadas» de estas cuerdas pareció haberlo atraído.

Sobriamente, Mortensen anotó los detalles en su libro de pedidos, pero la ambición estaba incendiando su cerebro. Los gnoles, al parecer, serían clientes regulares; y después de ellos, ¿por qué no probar con los gibelinos? Ellos también debían tener una necesidad de cuerda.

Mortensen cerró su cartera de pedidos. En el reverso escribió, para que el gnole lo viera, que la entrega se haría dentro de diez días. Los plazos eran del 30 por ciento con pedido, saldo a la recepción de mercancías.

El gnole mayor vaciló. Disimuladamente miró a Mortensen con sus ojitos rojos. Luego bajó la más pequeña de las esmeraldas de la pared y se la entregó.

El vendedor la sopesó en sus manos. Era la esmeralda más pequeña de los gnoles, pero era tan clara como el agua, tan verde como la hierba. En el mundo exterior habría rescatado a un Rockefeller o a toda una familia de Guggenheim. Sin embargo, una ganancia legítima de una transacción era una cosa, y esto era otra; «un alto estándar ético» —cualquier tipo de estándar ético— prohibiría a Mortensen quedarse con la esmeralda. La sopesó un momento más. Luego, con un profundo, profundo suspiro, la devolvió.

Echó un vistazo a la habitación para ver si podía encontrar algo que fuera más negociable. En un momento se fijó en los ojos auxiliares del gnole mayor.

El gnole mayor guarda su par adicional de ópticas en el tercer estante del gabinete de curiosidades. Se ven como finas esmeraldas oscuras del tamaño de la punta de su pulgar. Y si los gnoles en general se fijan en sus gemas, no es nada comparado con las emociones del gnole mayor acerca de sus ojos adicionales. La preocupación que la buena gente cristiana debería sentir por el bienestar de su alma es una sombra, una ficción, una nada, comparada con lo que el gnole completamente pagano siente por esos ojos. Preferiría, creo, ser un miserable ser humano antes de que algún vándalo les pusiera las manos encima.

Si Mortensen no hubiera estado eufórico por su éxito hasta el punto de la anestesia, habría visto al gnole ponerse rígido, lo habría oído silbar, cuando se acercó al gabinete. Inocente, Mortensen abrió la puerta de cristal, sacó los ojos gemelos e hizo malabares sacrílegos con sus manos; el gnole podía sentirlos tintinear. Sonriendo para mostrar el encanto de los modales aconsejados en el Manual, y alzando las cejas como quien dice: «Gracias, con esto será suficiente», Mortensen se metió los ojos en el bolsillo.

El gnole gruñó.

El gruñido despertó a Mortensen de su trance de euforia. Era un gruñido cuyo significado nadie podía confundir. Era evidente que no era el momento de ser obstinadamente persistente. Mortensen se abrió paso hacia la puerta.

El gnole mayor estaba allí ante él, con su red de tentáculos extendida. Atrapó a Mortensen con facilidad y lo enrolló con esos apéndices, planos como vendas, alrededor de los tobillos y las manos. La mejor fibra de abacá no es más extraña que esos tentáculos; aunque a los gnoles les parecería conveniente la cuerda, se las arreglan muy bien sin ella. ¿Te desnudarías, lector muerto, si dejaran de fabricarse cremalleras? Gruñendo, indignado, el gnole sacó sus ojos embelesados de los bolsillos de Mortensen y luego lo llevó al sótano, a los corrales de engorde.

Pero grandes son las virtudes del comercio legítimo. Aunque engordaron diligentemente a Mortensen y, más tarde, lo asaron, lo salaron y se lo comieron con verdadero apetito, los gnoles lo mataron de una manera bastante humana y nunca pensaron en torturarlo. Eso es inusual para los gnoles. Y adornaron la tabla en la que le sirvieron con un hermoso borde de nudos elaborados con cordón de algodón de su propia caja de muestras.

Margaret St. Clair (1911-1995)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Margaret St. Clair.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Margaret St. Clair: El hombre que le vendió soga a los Gnoles (The Man Who Sold Rope to the Gnoles), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El cerebro en el frasco: análisis de «El que susurra en la oscuridad» de Lovecraft.


El cerebro en el frasco: análisis de «El que susurra en la oscuridad» de Lovecraft.




Hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness), publicado originalmente en la edición de agosto de 1931 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).


[«Me encontré con nombres y términos que había escuchado en otros lugares: Yuggoth, Gran Cthulhu, Tsathoggua, Yog-Sothoth, R'lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el lago de Hali, Bethmoora, el Signo Amarillo, L'mur-Kathulos, Bran y el Magnum Innominandum, y fui arrastrado a través de eones sin nombre y dimensiones inconcebibles a mundos de entidades externas tan antiguas que el enloquecido autor del Necronomicón solo había adivinado de forma vaga. Me hablaron de los pozos de la vida primigenia y de los arroyos que se habían filtrado desde allí; y finalmente, del diminuto riachuelo de uno de esos arroyos que se había enredado con los destinos de nuestra propia tierra.»]


El que susurra en la oscuridad de Lovecraft comienza mencionando una serie de inundaciones que se produjeron en 1928 y los rumores de cuerpos extraños en los ríos crecidos de la zona rural de Vermont. Estos rumores se basan en historias más antiguas sobre seres alados, parecidos a cangrejos, quienes habrían establecido un puesto de avanzada en las colinas. Albert Wilmarth, profesor de folclore en la Universidad de Miskatonic, se interesa en los informes de cadáveres de animales extraños encontrados al retroceder las aguas:


[«Eran cosas rosadas de aproximadamente cinco pies de largo; con cuerpos crustáceos que tenían grandes pares de aletas dorsales o alas membranosas y varios juegos de extremidades articuladas.»]


Wilmarth está desconcertado: las descripciones son más o menos congruentes con las viejas leyendas de las tribus locales y las historias transmitidas por los primeros colonos. Wilmarth responde a las cartas de los periódicos locales, comparte su experiencia y quizás cuestiona algunas de las afirmaciones más escandalosas de algunos de los corresponsales. Pero una carta se destaca: un caballero llamado Akeley tiene información adicional y algunas especulaciones convincentes. Los dos comienzan a comunicarse y pronto se hace evidente que Akeley «sabe demasiado» sobre la presencia de extraterrestres en las colinas más remotas de Vermont [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]. A la distancia, Wilmarth se preocupa cada vez más. Su desconcierto se convierte en sospecha; luego en alarma.

Henry Akeley, un educado agricultor de Vermont, insiste en que tiene evidencia sobre la veracidad de los rumores. Ha visto a las criaturas, tomado fotografías de sus huellas, incluso hizo una grabación y encontró una extraña piedra negra cubierta con jeroglíficos, evidencia que se ofrece a compartir con Wilmarth. Pero las criaturas y sus espías humanos ahora lo acosan, tratando de recuperar estos objetos. Wilmarth, inexplicablemente convencido de la cordura y la sinceridad de Akeley, ahora cree que las historias están respaldadas por un fenómeno real.

Akeley le envía a Wilmarth algunas fotografías de las huellas de estas criaturas con forma crustácea, y de la piedra negra de aspecto alienígena. Los jeroglíficos parecen vinculados al Necronomicón, y sugieren cosas anteriores a la formación de la Tierra [ver: «¡Iä! ¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn!»: análisis del R'lyehian, la lengua de Cthulhu]. La carta también transcribe conversaciones escuchadas en el bosque por la noche, e inferencias sobre las conexiones de las criaturas con los horribles nombres y lugares de los Mitos de Cthulhu. Wilmarth encuentra persuasivo todo esto. Incluso ahora, cuando el tiempo ha opacado sus primeras impresiones, haría cualquier cosa para mantener a la gente alejada de esas colinas de Vermont.

El descubrimiento de un mundo más allá de Neptuno le preocupa profundamente, al igual que las recientes exploraciones del Himalaya. Él y Akeley determinan que las leyendas sobre los Mi-Go están conectadas con las criaturas de Vermont. Mientras tanto, siguen intentando descifrar la piedra. Ante la insistencia de Akeley, no se lo cuentan a nadie. El propio Akeley envía su fonógrafo desde Brattleboro, ya que cree que las líneas del norte están comprometidas. Asegura haber grabado voces extrañas en una lengua desconocida [ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas]. Wilmarth lee la transcripción, luego escucha las voces inhumanas y zumbantes, junto con la voz de un humano que lleva a cabo un ritual alabando a Cthulhu, Shub-Niggurath y Nyarlathotep. Wilmarth cree que esa letanía recitada por el agente humano podría ser un juramento de lealtad.

Los dos hombres analizan la grabación y concluyen que esta insinúa repulsivas alianzas entre humanos y los habitantes fungoides de Yuggoth, un planeta en el borde del sistema solar, el cual podría ser un puesto de avanzada de estos extraterrestres. Acto seguido, elaboran una estrategia para enviar por correo la piedra negra sin interferencia externa, una preocupación más urgente ya que algunas de sus cartas nunca llegan. De hecho, cuando Akeley finalmente envía la piedra, ésta desaparece. Aparentemente, un empleado de confianza se la entregó a un persuasivo extraño.

Akeley ahora escribe que las criaturas se están acercando y sus cartas se vuelven frenéticas. Las líneas telefónicas se cortan regularmente y sus perros guardianes son asesinados. Habla de mudarse con su hijo a California, pero algo más allá de su apego a Vermont parece detenerlo. Luego, finalmente escribe que las criaturas le han hablado y tienen la intención de llevarlo a Yuggoth de una «manera terrible». Está resignado. Siente que es imposible escapar.

Wilmarth insta a Akeley a actuar, pero al día siguiente recibe una carta sorprendentemente tranquila. Akeley ha hablado con el mensajero humano de los Exteriores [Outer Ones] y considera que los ha juzgado mal. Ahora cree que estos seres trabajan en secreto para protegerse de los cultos humanos malvados, pero no pretenden hacernos daño: solo desean vivir en paz y aumentar la relación intelectual con nuestra especie. Akeley invita a Wilmarth a visitarlo y compartir todo lo que ha descubierto para revisar juntos el material. Este repentino cambio en la actitud de Akeley confunde a Wilmarth, pero la oportunidad es irresistible. Viaja a Vermont, donde se encuentra con Noyes, un supuesto amigo de Akeley. La aprensión de Wilmarth crece a medida que viajan a la casa de Akeley.

Akeley espera en la oscuridad, incapaz de hablar por encima de un susurro. Una túnica y vendajes cubren todo menos sus manos y su rostro, tenso y rígido. Da la bienvenida a su invitado, prometiéndole grandes revelaciones. Habla de Yuggoth, de los viajes por el espacio y el tiempo, y de los grandes misterios del cosmos [ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo]. Por fin explica cómo él, y Wilmarth, si quiere, viajarán más allá de la Tierra. Solo los extraterrestres alados pueden hacer tales viajes en sus propias formas, pero han aprendido cómo extraer inofensivamente los cerebros de otros, llevándolos en recipientes que pueden conectarse a entradas visuales y auditivas y altavoces. Y, ¡mira, hay algunos en ese estante!

Wilmarth conecta uno de los recipientes y habla con un humano que ha viajado en la cosmopolita compañía de los Exteriores. Aturdido, Wilmarth se va a la cama. Su curiosidad científica es reemplazada por el odio. Lo despiertan las voces de abajo: dos Exteriores, Noyes, otro humano y alguien que usa el dispositivo de altavoz. Solo puede distinguir unas pocas palabras, pero el recipiente parece angustiado. Algo no anda bien.

Akeley está siendo amenazado o hipnotizado, y debe ser rescatado. Pero abajo Wilmarth solo encuentra la ropa y los vendajes vacíos de Akeley. Deja vagar su linterna por el lugar y huye de lo que ve. Las autoridades que trae más tarde no encuentran a nadie, ni rastros de la correspondencia devuelta. Pero los registros de las líneas telefónicas cortadas de Akeley y su repetida compra de perros sugieren que hay más en este misterio que un engaño elaborado. El reciente descubrimiento de Plutón sugiere que se avecinan más peligros. Cuando su linterna cayó sobre una silla, esa última noche, Wilmarth vio tres objetos: las manos y la cara de Henry Akeley.


El que susurra en la oscuridad de H.P. Lovecraft menciona prácticamente a todos los seres y razas importantes en los Mitos de Cthulhu, desde Cthulhu a los Perros de Tindalos [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]. Lo más desconcertante de esta historia es cómo ha proliferado el conocimiento arcano entre los no iniciados. Si bien la Universidad de Miskatonic mantiene su copia del Necronomicón bajo llave, todo el mundo parece haberlo leído, aunque Wilmarth es probablemente la única persona en describirlo como un libro «misericordioso».

A pesar de todas esas menciones, gran parte de lo que ocurre en El que susurra en la oscuridad es evidencia ambigua y aparente paranoia; de hecho, el «repulsivo ritual» que describe Lovecraft parece una misa bastante pedestre. Sin embargo, el flaco de Providence es consciente de esta ambigüedad entre lo que se menciona y lo que se muestra, juega con ella y luego la rompe en pedazos. Lo más espeluznante de la historia, al menos para mí, es este curioso procedimiento de extracción y conservación [no consensuada] de cerebros, que tres años después será ampliada en La sombra fuera del tiempo (Shadow Out of Time). De hecho, El que susurra en la oscuridad insintúa todo lo que veremos en esa historia: viajes en el espacio-tiempo, sobre todo, para los que es necesario renunciar al cuerpo [ver: Ciclo de Yith, la Gran Raza y viajes en el tiempo]

A simple vista, los extraterrestres ofrecen todo lo que un hombre científicamente curioso podría desear, y la vida con los Exteriores no es tan diferente de la vida con los Yith en La sombra fuera del tiempo: ¡viaja junto a las mentes más aventureras de todos los mundos y épocas, y aprende los secretos más oscuros y maravillosos de la existencia! [mientras no estés demasiado apegado a tu cuerpo, claro].

Sin embargo, los humanos debemos parecerles extraños. Somos apegados a nuestros cuerpos; en parte porque nos ayudan a tener respuestas emocionales adecuadas. Vamos, uno se acostumbra a tener una cognición encarnada. Pero los extraterrestres no parecen captar estas menudencias. Prometen una «vida sensorial plena y articulada» con nuestro cerebro encerrado en un frasco. ¿Cómo funciona esto exactamente? [ver: ¿Los pactos de sangre son una muestra de ADN para los Antiguos?]

Por supuesto, los extraterrestres aseguran que puedes recuperar tu cuerpo más adelante, lo cual hace que todo el proceso sea un poco más atractivo para el turista interdimensional [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]

Si analizamos El que susurra en la oscuridad desde la óptica filosófica de Lovecraft, la premisa de la historia se vuelve más aterradora. Los puestos de avanzada de los Exteriores se describen explícitamente como «cosmopolitas», y la naturaleza multicultural de sus comunidades de cerebros en frascos está destinada a ser uno de los aspectos más repulsivos de todo el asunto, no tanto para nosotros, pero sí para Lovecraft. De hecho, la moraleja de El que susurra en la oscuridad parece ser la siguiente: si aceptas al extraterrestre [extranjero por definición], este te controlará y te volverá completamente indefenso.

Es sorprendente cómo los cuentos más largos de Lovecraft podrían expandirse fácilmente en novelas completas si el flaco de Providence lo hubiese querido. Solo sería necesario desarrollar lo que apenas se insinúa en la historia. Por otro lado, debemos atravesar dos tercios de El que susurra en la oscuridad antes de leer una escena real y un diálogo cara a cara, e incluso estos están llenos de descripciones. El resto es la narración de los hechos por parte de Wilmarth, las cartas de Akeley y una transcripción fonográfica. Casi no hay acción real en la historia.

El que susurra en la oscuridad emplea muchos de los dispositivos típicos de Lovecraft. Tenemos al narrador académico dividido entre la incredulidad y la creencia, un entorno rural remoto, con su complemento habitual de gente del campo supersticiosa que al final termina estando más cerca de la verdad. Al igual que en El color que cayó del espacio (The Color Out of Space) y El horror oculto (The Lurking Fear), los animales evitan esta región maldita [ver: La degeneración de la familia Martense]. Las extrañas voces apagadas y los profundos cambios en la caligrafía epistolar de aquellos cuyos cerebros han sido transplantados también recuerdan a Charles Dexter Ward. Luego está el rostro imperturbable de Akeley, que resulta ser una máscara que oculta facciones inhumanas. Lovecraft usó esa misma carta en El ceremonial (El Festival).

Wilmarth no es el único personaje de Lovecraft en perder evidencia valiosa durante una crisis final, pero puede que sea el más estúpido. La pérdida de las cartas es especialmente tediosa, ya que requiere que Wilmarth tenga una memoria fotográfica. A propósito, Wilmarth recita las estaciones de tren en Massachusetts del mismo modo que el protagonista de En las Montañas de la Locura (At the Mountains of Madness) recita las estaciones del metro de Boston como una forma de mantenerse cuerdo mientras huye de los shoggoth [ver: Lovecraft y la IA: el futuro es de los Shoggoth]. La minuciosa descripción de la zona se basa en un viaje que Lovecraft hizo a Vermont con Arthur Goodenough [el segundo nombre del hijo de Akeley], donde aparentemente conoció a un hombre llamado Akely.

El que susurra en la oscuridad es uno de los relatos de Lovecraft más espesos, pero definitivamente es una buena historia, incluso si la tomamos como un ensayo de La sombra fuera del tiempo. Ambas historias inician con fascinantes vistas del tiempo y el espacio, ambas se refieren a razas alienígenas intedimensionales, y en ambas estas razas son, en esencia, historiadores y bibliotecarios del universo. Sin embargo, para Nathaniel Peaslee [La sombra fuera del tiempo] el viaje en el tiempo seguramente fue la mejor experiencia de su vida; mientras que Akeley [El que susurra en la oscuridad] parece menos reconfortado. Por supuesto, la consciencia de Peaslee fue transplantada a un organismo extraterrestre vivo, mientras que el cerebro de Akeley está guardado en un frasco, de modo que no hay motivos para juzgar su reticencia.

También es cierto que los Mi-Go y los Yith tienen diferentes tecnologías. Los primeros son maestros de la cirugía, manipulación biológica e interfaces biomecánicas, habilidades menos sofisticadas que el dominio de los Yith de la transferencia mental a través del espacio y el tiempo. Por otro lado, los cuerpos de los que se someten a la extirpación del cerebro están tan bien preservados que no envejecen, lo que confiere a los invitados de los Mi-Go una especie de inmortalidad corporal. Es decir, si las fuentes de Wilmarth no le están mintiendo, tal vez los Mi-Go conserven los cuerpos de sus invitados y eventualmente los devuelvan a sus formas originales. También está la posibilidad de que arrojen los frascos a la basura.

En cualquier caso, me quedo con el método de los Yith; quienes, si bien son biológicamente aterradores, resultan ser bastante cuidadosos. Para los Mi-Go, en cambio, el primer contacto consiste en asediar a su víctima humana, volverla loca, extirparle el cerebro a la fuerza, y luego darle un recorrido gratuito [y no solicitado] por el universo, después de lo cual puede recuperar su cuerpo si lo quiere. Todo esto podría volverse absurdo, pero Lovecraft lo evita con el pulcro detalle sobre Plutón, recientemente degradado a planetoide por la ciencia. Sin embargo, Lovecraft hace que el descubrimiento de Plutón sea el resultado de la manipulación mental de los astrónomos por parte de los Mi-Go. Aparentemente, su propósito es hacer un contacto oficial.

Por el título de El que susurra en la oscuridad, un lector desprevenido probablemente esperaría una historia sobrenatural; en cambio, Lovecraft nos entrega esta historia de ciencia ficción con mucha información sobre tecnología, no solo extraterrestre, sino humana. Incluso dejando de lado la grabación, Lovecraft introduce las fotos «Kodak», algo bastante vanguardista para la época. Además, tenemos el descubrimiento muy reciente de Plutón, y las inundaviones en Vermont, eventos tan reales como el terremoto al que se hace referencia en La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu) [ver: Un sueño, un terremoto, y el nacimiento de Cthulhu]

Los Exteriores [Outer Ones] se describen en El que susurra en la oscuridad como «miembros de una raza de todo el cosmos, de la cual todas las demás formas de vida son simplemente variantes degeneradas». Nuestros antepasados, más o menos. Pero, a pesar de todo ese poder y conocimiento, son bastante desconsiderados. En su primera carta a Wilmarth, Akeley menciona que «podrían conquistar fácilmente la Tierra», pero que «preferirían dejar las cosas como están para ahorrarse molestias». Me encanta esto. Parece que estos seres están cansados de toda esa extracción y transporte de minerales a través de «infinitos abismos de espacio transcósmico» y solo quieren relajarse.

En todo caso, una raza primigenia que abarca todo el cosmos debería ser capaz de hacer contacto con las mentes receptivas más fácilmente. y con más gracia. En cuanto a la piedra negra, esta fue sacada directamente de Arthur Machen.

En comparación con la mayoría de los autores de su época, Lovecraft parece haber tenido una particular intuición para anticipar los puntos de vista científicos que se sostienen hoy. En el siguiente pasaje de El que susurra en la oscuridad describe algo muy similar al concepto de Multiverso que los astrofísicos están promoviendo hoy [ver: El Multiverso en los Mitos de Cthulhu]:


[«El cuerpo principal de los seres habita en abismos extrañamente organizados que están más allá del alcance de cualquier imaginación humana. El glóbulo de espacio-tiempo que reconocemos como la totalidad de toda entidad cósmica es sólo un átomo en la genuina infinidad.»]


Otro problema de El que susurra en la oscuridad es que el cerebro no es una entidad independiente. Para mantener un cerebro incorpóreo en funcionamiento, capaz de cognición y comunicación, no es suficiente extirparlo mediante «fisiones tan hábiles que sería burdo llamar a la operación cirugía», colocarlo en un frasco y proporcionarle alimento y cambios ocasionales del líquido conservante. Eso podría ser suficiente para mantenerlo vivo, por un tiempo, en un profundo estado de hibernación, pero el cerebro tiene el metabolismo más activo de todos los órganos. Su funcionamiento requiere un flujo constante de oxígeno y otros nutrientes, eliminación de desechos y un control preciso de los factores ambientales, incluida la temperatura. Lovecraft resolvió todo eso con más elegancia en otras historias a través de la transferencia de personalidad.

Hay algo tan aterrador como emocionante en la perspectiva de volar con los yuggothianos. La emoción del descubrimiento intelectual que promete tal viaje parece algo similar al viaje temporal que experimenta Peaslee en La sombra fuera del tiempo. El pasaje clave de la historia se encuentra en el cuarto capítulo, en el que Lovecraft evoca una visión inolvidable de seres alienígenas gigantes que se mueven en una biblioteca extraña llena de «horribles anales de otros mundos y otros universos».

A pesar de sus fallas, El que susurra en la oscuridad es uno de los mejores cuentos de Lovecraft. Es una de sus últimas obras y muestra su transformación de escritor de terror a escritor de ciencia ficción. Aunque se hace referencia a la adoración y la evocación de los Antiguos a través de la mención del Necronomicón y sus deidades principales, lo que lo convierte sólidamente en una historia de los Mitos de Cthulhu, el énfasis está en la intención maligna de los extraterrestres, a quienes Lovecraft conecta con «la infernal Mitología del Himalaya». Es decir que su preocupación por la religión primordial sigue presente, como en mucho de lo que escribió.

El que susurra en la oscuridad es un eficaz precursor de muchas historias de ciencia ficción que se han ocupado de invasiones extraterrestres, conspiraciones y la colaboración entre humanos y seres de otros mundos. En este contexto, el suspenso y la paranoia son esenciales en la historia. Lovecraft se basa en tecnología contemporánea real para reforzar la credibilidad de la historia, en lugar de la parafernalia pseudocientífica común en la ciencia ficción barata de la época [ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan]

Otro punto fuerte de El que susurra en la oscuridad, y en la ficción de Lovecraft en general, es la representación única de las especies alienígenas. No se parecen en nada a la vida terrestre, y sus motivos e intenciones son apenas comprensibles. Se proporcionan detalles visuales, auditivos y biológicos: «Son más vegetales que animales… y tienen una estructura un tanto fungoide; aunque la presencia de una sustancia parecida a la clorofila y un sistema nutritivo muy singular los diferencian por completo», permitiendo al lector imaginar una forma de vida completamente desconocida.

En cuanto a sus intenciones, los extraterrestres solo quieren que los dejen tranquilos y les permitan explotar las colinas de Vermont en busca de metales específicos. ¿O acaso tienen otros planes? Para darle más verosimilitud a su existencia, Akeley observa que los extraterrestres son torpes, odian a los perros y no pueden volar muy bien en nuestra gravedad.

Pero las cosas van de mal en peor en la casa de Akeley. No está seguro de cuánto tiempo más podrá resistir a los extraterrestres que lo acosan todas las noches. Entonces el tono de sus cartas cambia abruptamente e invita a Wilmarth a la granja para una explicación completa de lo que ha descubierto. Wilmarth sospecha y está perturbado, pero accede. Siendo esta una historia de Lovecraft, ya sabemos que es poco probable que la visita sea placentera o relajante. La necesidad de Akeley de explicar su verdad es análoga a la de Lovecraft tratando de que creamos en sus invenciones. ¿Cómo convencer a los demás de que una idea extravagante y aterradora puede experimentarse como una realidad, como una verdad? El término literario para esto [que es un componente de la «suspensión de la incredulidad» de Samuel Coleridge], es verosimilitud. El concepto generalmente se refiere a la credibilidad de una obra de ficción, cuán realista es en su concepción.

Pero el término «verosimilitud» también contiene implicaciones filosóficas más generales. Después de todo, el objetivo de la investigación científica es llegar a alguna afirmación razonable y objetivamente verdadera sobre un objeto de estudio. Sin embargo, la historia de la investigación científica muestra que, a lo largo del tiempo, las sucesivas teorías sobre varios fenómenos han sido falsas o solo aproximadamente verdaderas. Del mismo modo, algunas historias de ciencia ficción y terror son más efectivas porque son más «creíbles» que otras.

Lovecraft fue principalmente un escritor de terror que incorporó el estilo y las técnicas de Edgar Allan Poe, Lord Dunsany y otros, y finalmente desarrolló su propio enfoque. También hizo numerosos intentos, algunos más exitosos que otros, en el ámbito de la ciencia ficción, como El que susurra en la oscuridad. Todas estas historias involucran tecnologías o procesos que finalmente desafían la comprensión preconcebida del universo del protagonista. Es cierto que la mayoría de los relatos de ciencia ficción de Lovecraft son obras de transición, a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción, que surgiría más tarde en la Edad de Oro. ¿Cómo hizo Lovecraft para que estas ideas, algunas de las cuales se originaron en sueños, fueran creíbles y efectivas?

El que susurra en la oscuridad ejemplifica la habilidad de Lovecraft para persuadir al lector de una noción esencialmente extravagante: que las inundaciones en un área remota de Vermont sacarán a la luz pruebas convincentes de una colonia de adoradores extraterrestres de Yuggoth. Lovecraft establece la verosimilitud a través de una variedad de técnicas convencionales. Convierte a Wilmarth, el narrador, en un «experto», un observador racional, imparcial y presumiblemente objetivo y escéptico. Por lo tanto, los lectores pueden confiar en sus conclusiones, porque es un catedrático. Akeley, su condenado corresponsal, informando en vivo desde la escena de una infestación extraterrestre, es descrito de manera similar, como «un notable estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y folclore», y anteriormente en la historia se lo menciona como proveniente de «una larga y distinguida línea de juristas, administradores y caballeros agricultores».

Ambos hombres son, por lo tanto, acreditados y creíbles, una protección contra ser percibidos como delirantes. Hasta hace muy poco tiempo se suponía que los pronunciamientos de personas adineradas, educadas y aventajadas eran más creíbles que los provenientes de clases bajas o de diferentes etnias.

Lo que los dos hombres descubren en Vermont está respaldado por una amplia documentación: Wilmarth revisa artículos de periódicos locales, cartas, su propia investigación folclórica y jeroglíficos en un extraño artefacto de piedra, cuyos símbolos se parecen mucho a los del Necronomicón. Lovecraft estaba escribiendo en un momento en que la reverencia por la veracidad de la palabra impresa todavía era fuerte, y varias de sus historias muestran a un diligente erudito y anticuario que recopila hechos confiables que poco a poco sacan a relucir el horror. Pocos asumirían hoy que lo que se publica es necesariamente cierto.

Es interesante notar la presencia de dos dispositivos importantes en El que susurra en la oscuridad de Lovecraft. El primero es el aparato de grabación. Uno de los puntos fuertes de la historia, insistimos, es el uso que hace Lovecraft de una tecnología emergente, todavía novedosa a fines de la década de 1920, para respaldar la credibilidad de la historia. Akeley tiene pruebas, incluso fotografías. El segundo dispositivo, por supuesto, es el medio por el cual los seres de Yuggoth transportan las mentes de sus cautivos a través de vastas distancias estelares:


[«Allí, en una fila ordenada, había más de una docena de cilindros de un metal que nunca había visto antes: cilindros de aproximadamente un pie de alto y algo menos de diámetro, con tres curiosas cavidades colocadas en un triángulo isósceles sobre la superficie frontal convexa de cada uno. Uno de ellos estaba conectado en dos de los enchufes a un par de máquinas de aspecto singular que se encontraban en el fondo. No necesité que me explicaran su significado».


El descubrimiento de este dispositivo [y de sus dueños extraterrestres] proporciona a Wilmarth una comprensión nueva del lugar de la humanidad en el cosmos, uno mucho más peligroso y aterrador que lo que sus pintorescos estudios de folclore han revelado hasta la fecha: «A veces temo lo que traerán los años, especialmente desde que ese nuevo planeta, Plutón, ha sido descubierto», dice Wilmarth cerca del final. Muy típico de Lovecraft, la ciencia ficción no parece trabajar con la esperanza de encontrar algo bueno en lo desconocido, sino con lo opuesto.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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El artículo: El cerebro en el frasco: análisis de «El que susurra en la oscuridad» de Lovecraft fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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