Cuando lo que sale del closet es un Monstruo


Cuando lo que sale del closet es un Monstruo.




Salir del closet —también sirven los armarios y los roperos— parece una premisa simple, liberadora. Uno deja detrás los prejuicios y deja salir una parte de sí mismo que estuvo encerrada en las sombras. El problema, al menos dentro de la ficción, es que incluso algo inocente y bueno por naturaleza, cuando es reprimido, se transforma en una bestia salvaje con el tiempo.

Claro que si esa salida del closet se realiza de forma correcta, las dos partes: la libre —aparentemente— y la encerrada, se funden en un mismo ser; es decir, en alguien que ya no necesita reprimir nada, que puede expresarse con absoluta libertad. Esto rara vez ocurre en el Horror. Lo más frecuente es que el closet se abra de vez en cuando, esporádicamente, apenas una rendija por la cual solo puede emerger un Monstruo (ver: Los Monstruos y lo Monstruoso).

La represión de los deseos inconfesables del ser, o bien la circunscripción a rajatabla de las orientaciones supuestamente naturales, es uno de los temas predilectos del Horror. La psicología, al menos desde la aparición de las teorías de Sigmund Freud, y luego las de Carl Jung, ha estudiado esa conexión entre los contenidos reprimidos de la psique y su expresión simbólica a través de la ficción. En este contexto, la Histeria Masculina, para emplear un término vetusto pero acorde a la época que nos proponemos visitar en los siguientes párrafos, es uno de los ejemplos más notables al respecto.

La novela de Robert Louis Stevenson: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde), es probablemente la expresión más acabada de esa Histeria Masculina, desde luego, en un sentido psicoanalítico. El argumento de la novela es bastante conocido por todos, al menos en lo que refiere a su superficie, es decir, a los aspectos visibles de la historia, pero debajo de aquellas transformaciones espeluznantes se esconde el gérmen de una idea, o mejor dicho, de una preocupación, que vale la pena analizar con mayor profundidad.

Si abandonamos la brillante prosa de Stevenson —que narra hechos, no interpretaciones—, y descendemos hacia los sótanos del argumento, veremos que la historia de Jekyll y Hyde es la historia de un hombre fragmentado, dividido —Jekyll—, que para expresar sus deseos rebeldes, en contraste con lo natural, necesita recurrir a un alter ego, un doppelgänger, si se quiere —Hyde—, quien es capaz de llevar a cabo esos impulsos de forma radical.

Jekyll, en esencia, es un histérico, y Hyde, la manifestación exterior de esa histeria.

Lo primero que llama la atención en la novela de Stevenson es la ausencia de mujeres. Ni siquiera en un rol secundario parecen tener cabida en el desarrollo de los hechos. No hay machismo aquí, ni patriarcado, sino más bien la mirada de un autor que intenta reflejar la vida casi monástica de un caballero de la Inglaterra victoriana, quien además tiene una doble vida.

Existen varios paralelos entre la novela y la vida de Stevenson. Estas semejanzas echan algo de luz sobre una cuestión áspera en la era victoriana: la tensión entre las expectativas patriarcales tradicionales acerca del comportamiento masculino aceptado, y los horrores que pueden sobrevenir si se subvierten esas expectativas, por ejemplo, a través de una mayor intimidad entre caballeros.

Naturalmente, quien lleva a cabo esa subversión de las expectativas sobre lo que significa ser hombre es Hyde, el monstruo que ocasionalmente sale del closet para cometer toda clase de actos ilícitos. Poco se sabe sobre sus actividades nocturnas, ya que Jekyll no es consciente de ellas. En general, Stevenson las resume en la novela como actos indescriptibles.

En este punto es importante aclarar que El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde se publicó en una época en donde la homosexualidad comenzaba a ser cada vez más criminalizada, además de ser concebida como un delicado trastorno psicológico. Por ejemplo, aproximadamente una década después de la publicación del libro, el poeta Oscar Wilde fue arrestado y encarcelado por mantener una relación sentimental con Lord Alfred Douglas.

En este contexto, el temor a salir del closet no tenía que ver exclusivamente con el miedo a la discriminación, a la mirada del otro, sino a ir preso, y posteriormente a convertirse en un paria de la sociedad.

Stevenson no puede sacarse de encima algunos elementos típicos de la literatura gótica, cuestiones que sí se inscriben dentro del canon patriarcal, al cual se suscribe la novela gótica como género. (SPOILER adelante) La novela concluye con un suicidio, acto que constituye la única forma de darle un cierre narrativo apropiado para un personaje homosexual en aquellos años. En este sentido, la muerte del protagonista funciona tanto como castigo, como martirio, y como forma de retribución.

Aquel suicidio —ahogándose— mezcla en cierto modo el destino trágico de alguien que abrió la puerta del closet demasiado tarde, y las fantasías autodestructivas del autor, que eran muchas, por cierto, y casi todas relacionadas con enfermedades que lo atormentaron durante toda su vida.

El Horror es uno de los pocos géneros literarios capaz de expresar de forma simbólica y, por lo tanto, más efectiva, la idea de que la homosexualidad acecha a la heterosexualidad, la persigue, la acosa desde las sombras, a veces desde el interior del closet, otras como un monstruo debajo de la cama.

En este contexto, lo diferente funciona como una fuente de incomodidad, de terror, de espanto, para quienes transitan las impolutas normas de lo natural, precisamente porque estos, en muchos casos, se definen a sí mismos en oposición a lo diferente.

El Horror es un género conservador, no tanto porque sus autores lo sean, sino debido a su estructura, casi inmutable desde hace trescientos años (ver: Horror: 300 años de un género que agoniza). Lo normativo es parte del Horror, y si este no puede separarse de las expectativas tradicionales, ¿cómo podemos esperar que trascienda las expectativas patriarcales?

El closet, en todo caso, sigue vigente, con un diseño más moderno, eso sí, más funcional, pero igualmente oscuro y húmedo cuando sus puertas se cierran.

No hay solución para este dilema, porque la aplicación de diferentes teorías sobre la ficción, como el Feminismo (ver: El Feminismo de hoy visto desde la ciencia ficción de ayer) y el Marxismo (ver: El Marxismo en el Horror: los pobres siempre mueren primero), ha dado ejemplos tan deplorables como aquellos producidos desde el patriarcado más rabioso. Cualquier ideología, por noble que sea, se deshace cuando se la instrumenta irreflexivamente, cuando no tiene otro objetivo que formularse a sí misma.

Sin embargo, también hay ejemplos que, afortunadamente, tiñen un poco esta afirmación temeraria (ver: Transgénero en la literatura: diversidad y discriminación).

De acuerdo al contexto actual, parece fácil abrir la puerta del closet en las sociedades más avanzadas e igualitarias; y lo es. Esa apertura le ha permitido a la ficción cuestionar y deconstruir algunas preocupaciones sociológicas, en particular aquellas que tienen que ver con la orientación y la identidad sexual, e incluso la noción de identidad de género de las personas.

No obstante, el Horror está lejos, muy lejos, de que esa demolición concluya. El Otro —cuya otredad continúa siendo retratada como algo monstruoso, dentro y fuera del closet— sigue vigente.

El cine le ha hecho mucho daño a El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. La necesidad de expresar esa transformación a través de efectos especiales, incluso en las versiones más antiguas, destroza el argumento de la novela de Stevenson. Recién al final del libro nos enteramos que Jekyll y Hyde son la misma persona, que ambos, en cierto modo, viven encerrados en el closet, uno en la asfixiante oscuridad de su interior, y el otro asumiendo un comportamiento exterior que no se condice con sus verdaderos deseos (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror).




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