Mostrando entradas con la etiqueta poemas ingleses. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta poemas ingleses. Mostrar todas las entradas

«El castillo oscuro»: Walter de la Mare; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Walter de la Mare; poema y análisis.




«En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí.»



El castillo oscuro (The Dark Château) es un poema gótico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado en la antología de 1916: Los oyentes (The Listeners).

El castillo oscuro, situado entre los grandes poemas de Walter de la Mare, explora uno de los motivos tradicionales de la literatura gótico: el castillo, la casa vacía, abandonada, pero que todavía conserva algo en su interior, listo para manifestarse ante la persona indicada [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

En cierto modo, Walter de la Mare comparte con el lector una de sus obsesiones, a la cual puede acceder incluso en sueños, un «castillo oscuro» que permanece «siempre abierto» para él:


En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí;
en lejanos barrancos fluyen aguas oníricas,
descendiendo silenciosamente;
sobre sus cumbres flota el águila,
solitaria en un cielo sin sol;
mudas son las gargantas doradas
del bosque donde los pájaros revolotean.

Ninguna voz se oye. El viento
duerme en su paz.
Ninguna flor de la luz encuentra
refugio bajo sus árboles;
solo la hiedra oscura trepa
con la rosa silvestre
y el ciprés, mañana y tarde,
proyectando la negra sombra del tiempo.

Todo vacío y desconocido;
solo el soñador camina
de piedra en piedra hueca,
donde duerme el musgo verde,
y mira los ríos en sus profundidades,
el águila solitaria en el cielo,

mientras gotea el rocío del atardecer,
fría y silenciosamente.

¡Ojalá pudiera entrar!
En cada habitación secreta;
ojalá mis ojos brillantes por el sueño
pudieran penetrar en la oscuridad interior;
contemplar desde sus altas ventanas,
a lo lejos, sus muros mohosos,
donde fluye el Leteo, aún claro como el ámbar,
y caen cascadas espumosas.

Pero, mientras contemplo,
de un sueño suave surge
algún toque que eleva mis sentidos
a su antiguo hogar terrenal;
se desvanece entonces ese cielo sereno;
y en la cima de las nieves eternas
se deshace en un verde pálido,
iluminado por el amanecer,
mi oscuro castillo.


Walter de la Mare establece una comparación entre la arquitectura y el escenario de este castlllo oscuro con las estructuras de la mente. Se trata de una representación profunda, constante, aparentemente vacía de parafernalia psicoanalítica pero con algunos ingredientes que habrían deleitado a Sigmund Freud y Carl Jung [ver: La experiencia de Carl Jung en una casa embrujada]. El postulado podría ser el siguiente: en el territorio de las subjetividades de nuestro mundo interior, en los complejos paisajes de la memoria, la fantasía y la imaginación, a veces surge un «castillo oscuro»; un lugar, un espacio interior, que siempre está «abierto» para nosotros.

Sin embargo, esa accesibilidad es aparente. De hecho, el Orador del poema exclama: «¡Ojalá pudiera entrar!». Y se lamenta por el deseo de visitar «cada habitación secreta», «penetrar en la oscuridad interior». En realidad, estas «habitaciones secretas» representan aquellos espacios a los que la consciencia no puede acceder. Están ahí, en alguna parte de nuestro inconsciente «donde fluye el Leteo», es decir, donde el olvido ha cubierto todo con su oscuridad [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Al final del poema, cuando todo el paisaje se desvanece y el «toque» del despertar «eleva» sus «sentidos a su antiguo hogar terrenal» [la vigilia], el Orador sabe que «mi oscuro castillo» sigue ahí.

De este modo, Walter de la Mare expresa su anhelo de mayor intimidad con sus secretos, de poder recorrer esas «habitaciones secretas». Sin embargo, solo le está permitido saber que existen, que están ahí, lo cual coincide con un proceso que Carl Jung llamó individuación, es decir, la integración de los aspectos oscuros de nuestra psique [la Sombra], que afloran en determinadas circunstancias, como los sueños. Lo que anhela el Orador del poema, entonces, es poder integrar su castillo oscuro al resto de su personalidad.

Siempre es un riesgo aplicar el enfoque psicoanalítico a la obra de cualquier autor, sobre todo si se trata de un tipo como Walter de la Mare, pero el germen de aquel anhelo del Orador, de aquel deseo [que muchos de nosotros compartimos] de conocernos más y mejor incluso en nuestros aspectos más tenebrosos, se basa en la idea psicoanalítica de que no existe un Yo estable, sino más bien un punto de vista, una perspectiva, alrededor de la cual se extienden tierras desconocidas.

Dicho esto, hay otro nivel de interpretación, más próximo a la superficie, que vincula a El castillo oscuro con otro poema de Walter de la Mare: Los oyentes (The Listeners). En esta pieza onírica conocemos a un Viajero que llama a la puerta de un antiguo castillo, pero no obtiene respuesta. Sin embargo, en el interior están los Oyentes, seres incorpóreos, fantasmas o recuerdos, que oyen el llamado del Viajero pero no responden. En cierto modo, se manifiestan a través del silencio, del acto de oír. No es descabellado que estos dos poemas, que forman parte de la misma colección, aborden el mismo castillo oscuro pero desde diferentes perspectivas. También hay un tercer poema [y un cuarto, titulado En vano (In Vain), que describe a un niño llamando a una puerta], titulado El viajero (The Traveller), el cual podría tratar sobre lo que sucede después de que el Viajero de Los oyentes abandonara la puerta del castillo sin respuesta.




El castillo oscuro.
The Dark Château, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí;
en lejanos barrancos fluyen aguas oníricas,
descendiendo silenciosamente;
sobre sus cumbres flota el águila,
solitaria en un cielo sin sol;
mudas son las gargantas doradas
del bosque donde los pájaros revolotean.

Ninguna voz se oye. El viento
duerme en su paz.
Ninguna flor de la luz encuentra
refugio bajo sus árboles;
solo la hiedra oscura trepa
con la rosa silvestre
y el ciprés, mañana y tarde,
proyectando la negra sombra del tiempo.

Todo vacío y desconocido;
solo el soñador camina
de piedra en piedra hueca,
donde duerme el musgo verde,
y mira los ríos en sus profundidades,
el águila solitaria en el cielo,

mientras gotea el rocío del atardecer,
fría y silenciosamente.

¡Ojalá pudiera entrar!
En cada habitación secreta;
ojalá mis ojos brillantes por el sueño
pudieran penetrar en la oscuridad interior;
contemplar desde sus altas ventanas,
a lo lejos, sus muros mohosos,
donde fluye el Leteo, aún claro como el ámbar,
y caen cascadas espumosas.

Pero, mientras contemplo,
de un sueño suave surge
algún toque que eleva mis sentidos
a su antiguo hogar terrenal;
se desvanece entonces ese cielo sereno;
y en la cima de las nieves eternas
se deshace en un verde pálido,
iluminado por el amanecer,
mi oscuro castillo.


In dreams a dark château
Stands ever open to me,
In far ravines dream-waters flow,
Descending soundlessly;
Above its peaks the eagle floats,
Lone in a sunless sky;
Mute are the golden woodland throats
Of the birds flitting by.

No voice is audible. The wind
Sleeps in its peace.
No flower of the light can find
Refuge beneath its trees;
Only the darkening ivy climbs
Mingled with wilding rose,
And cypress, morn and evening, time's
Black shadow throws.

All vacant, and unknown;
Only the dreamer steps
From stone to hollow stone,
Where the green moss sleeps,
Peers at the rivers in its deeps,
The eagle lone in the sky,

While the dew of evening drips,
Coldly and silently.

Would that I could steal in! —
Into each secret room;
Would that my sleep-bright eyes could win
To the inner gloom;
Gaze from its high windows,
Far down its mouldering walls,
Where amber-clear still Lethe flows,
And foaming falls.

But ever as I gaze,
From slumber soft doth come
Some touch my stagnant sense to raise
To its old earthly home;
Fades then that sky serene;
And peak of ageless snow;
Fades to a paling dawn-lit green,
My dark château.


Walter de la Mare (1873-1956)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter de la Mare: El castillo oscuro (The Dark Château), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A la Muerte»: Caroline Southey; poema y análisis.


«A la Muerte»: Caroline Southey; poema y análisis.




«¡Oh Muerte! Ven en silencio, amorosamente,
cierra mis ojos, róbame el aliento;
entonces, voluntariamente, me iré contigo.»



A la Muerte (To Death) es un poema gótico de la escritora inglesa Caroline Anne Bowles Southey (1786-1854) —esposa del poeta Robert Southey—, publicado en la antología de 1836: El cumpleaños; un poema en tres partes, al que se añaden versos ocasionales (The birth-day; a poem, in three parts: to which are added, occasional verses).

A la Muerte, uno de los mejores poemas de Caroline Southey, introduce a un Orador anónimo [probablemente mujer, quizás la propia autora] que se dirige a la Muerte. No es una plegaria; más bien se trata de una petición.


No vengas ataviada con terror, a reclamar
una presa invencible:
¡Ven como una sombra vespertina, Muerte!
¡Tan sigilosa, tan silenciosa!
Y cierra mis ojos, y róbame el aliento;
entonces, voluntariamente,
oh, voluntariamente, ¡me iré contigo!


La mayoría de los poemas que aluden a la Muerte como una entidad autónoma suelen referirse a ella en términos ominosos [«Y con eones extraños incluso la muerte puede morir»], o bien desafiantes [«Muerte no te enorgullezcas» / «Y la Muerte no tendrá dominio»], pero Caroline Southey se dirige a la Muerte como una figura capaz de tener sentimientos humanos, incluso ternura. Sucede que su faz aterradora es empleada con aquellos que le temen. Nuestra Oradora, en cambio, le dice a la Muerte que no hay necesidad de ataviarse con su «aspecto oscuro». Ella partirá silenciosamente:

El tono de este pedido no es imperativo, es incluso suave, cauteloso, y hasta se podría decir que íntimo:


¿Qué necesidad de aferrarme con garras de hierro
si el más suave roce basta?
¿Qué necesidad de aterrar con aspecto oscuro,
tan espantoso, tan terrible,
de modo que al alma fatigada no le importe,
si la llamas en silencio, si la llamas con ternura
para quebrantarte por tu terrible poder?

No es como cuando distingues a los jóvenes,
a los bienaventurados, a los alegres,
a los amados, a los que aman, aquellos que sueñan
tan felices, tan esperanzados;
entonces tu llamado más amable puede parecer duro,
y con reticencia y de mala gana,
los convocados podrían obedecer.

Pero he bebido bastante de la vida
—la copa que me fue asignada,
derramada con un poco de dulce,
tan escasamente—
para saber muy bien que el resto
será más amargo, más amargo,
drogado hasta el final.

Y puede que yo viva para encontrar un corazón
que me cuide con cariño:
para causarle daño, no para bendecirlo.
¡Oh Muerte! Ven en silencio —ven amorosamente—
cierra mis ojos, róbame el aliento;
entonces, voluntariamente,
¡oh, voluntaramente, me iré contigo!


A cierta edad, todos abrimos una especie de negociación con la Muerte, o, mejor dicho, con la noción de nuestra propia mortalidad. Algunos han visto a la Muerte de cerca, su cara y formas particulares, otros la intuyen o perciben como una entidad todavía lejana, pero todos negociamos con ella. A la Muerte de Caroline Southey es una de estas negociaciones, solo que la autora no solicita prórrogas, sino una partida íntima, voluntaria, silenciosa.

En cierto modo, Caroline Southey le pide a la Muerte que le quite dramatismo a la situación. Además, en su discurso está implícita una mirada despojada de puntos de vista tradicionales. De hecho, la Muerte aparece casi como un alivio, no como un castigo. No hay alegrías perdidas, solo la carga, el agotamiento de la vida.

Por supuesto, toda negociación con la Muerte es unilateral. No hay agencia, ni forma arquetípica que pueda respondernos. Sin embargo, el tono que emplea Caroline Southey expresa nobleza. No se ve a sí misma como una víctima o presa de la mortalidad. Al contrario, toma una posición más elevada. No hay necesidad de tanto dramatismo. Cuando la Muerte venga, ella irá sin ofrecer resistencia.




A la Muerte.
To Death, Caroline Southey (1786-1854)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


No vengas ataviada con terror, a reclamar
una presa invencible:
¡Ven como una sombra vespertina, Muerte!
¡Tan sigilosa, tan silenciosa!
Y cierra mis ojos, y róbame el aliento;
entonces, voluntariamente,
oh, voluntariamente, ¡me iré contigo!

¿Qué necesidad de aferrarme con garras de hierro
si el más suave roce basta?
¿Qué necesidad de aterrar con aspecto oscuro,
tan espantoso, tan terrible,
de modo que al alma fatigada no le importe,
si la llamas en silencio, si la llamas con ternura
para quebrantarte por tu terrible poder?

No es como cuando distingues a los jóvenes,
a los bienaventurados, a los alegres,
a los amados, a los que aman, aquellos que sueñan
tan felices, tan esperanzados;
entonces tu llamado más amable puede parecer duro,
y con reticencia y de mala gana,
los convocados podrían obedecer.

Pero he bebido bastante de la vida
—la copa que me fue asignada,
derramada con un poco de dulce,
tan escasamente—
para saber muy bien que el resto
será más amargo, más amargo,
drogado hasta el final.

Y puede que yo viva para encontrar un corazón
que me cuide con cariño:
para causarle daño, no para bendecirlo.
¡Oh Muerte! Ven en silencio —ven amorosamente—
cierra mis ojos, róbame el aliento;
entonces, voluntariamente,
¡oh, voluntaramente, me iré contigo!


Come not in terrors clad, to claim
An unresisting prey:
Come like an evening shadow, Death!
So stealthily, so silently!
And shut mine eyes, and steal my breath;
Then willingly, O willingly,
With thee I'll go away!

What need to clutch with iron grasp
What gentlest touch may take?
What need with aspect dark to scare,
So awfully, so terribly,
The weary soul would hardly care,
Call'd quietly, call'd tenderly,
From thy dread power to break?

'Tis not as when thou markest out
The young, the blest, the gay,
The loved, the loving—they who dream
So happily, so hopefully;
Then harsh thy kindest call may seem,
And shrinkingly, reluctantly,
The summon'd may obey.

But I have drunk enough of life—
The cup assign'd to me
Dash'd with a little sweet at best,
So scantily, so scantily—
To know full well that all the rest
More bitterly, more bitterly,
Drugg'd to the last will be.

And I may live to pain some heart
That kindly cares for me:
To pain, but not to bless. O Death!
Come quietly—come lovingly—
And shut mine eyes, and steal my breath;
Then willingly, O willingly,
I'll go away with thee!


Caroline Southey (1786-1854)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de muerte.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Caroline Southey: A la Muerte (To Death), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El borracho»: Edith Sitwell; poema y análisis.


«El borracho»: Edith Sitwell; poema y análisis.




«En rincones oscuros, secreta y astuta,
la Eternidad, como una araña,
teje extraños hilos para sujetar el Tiempo.»



El borracho (The Drunkard) es un poema de la escritora inglesa Edith Sitwell (1887-1964), publicado en la antología de 1920: El pegaso de madera (The Wooden Pegasus).

El borracho, uno de los mejores poemas de Edith Sitwell, parece retratar la escena dramática de una adicción, el alcoholismo, y el comportamiento criminal del protagonista, que ha asesinado a su esposa. Sin embargo, esta es apenas la primera capa del poema.

En esencia, El borracho versifica la historia de un hombre que mató a su esposa mientras estaba alcoholizado, y ahora, atrapado en una especie de bucle, se ve obligado a revivir el crimen una y otra vez.

Este infierno personalizado adquiere la arquitectura de una «torre negra». El Orador accede a una «estrecha habitación» y nota que hay una mujer en la cama, inmóvil, «sin decir palabra»:


Creo que apenas me oyó
cuando llegué con pasos tambaleantes
y pronuncié su nombre en voz baja.
Pero aún así ella no duerme.
Sus ojos observan con sorpresa
el cuchillo sediento que la compadeció;
esos párpados no se mueven,
aunque el miedo insidioso aún roe
el hueco de su cerebro.


El Orador ni siquiera advierte que ella está muerta. Piensa que su inmovilidad responde a «algún plan astuto», un «truco», porque antes ella solía desgarrar «el aire mudo» con sus gritos cuando el se acercaba sigilosamente [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El borracho concluye con una nota densa. El Orador, atrapado en el bucle, ni siquiera entiende que está inmerso en su propio infierno. Intuye que hay algo extraño en el flujo del tiempo, pero nada más. Es un infierno que él mismo ha fabricado para sí, y del cual es imposible salir:


Ella solo sonríe al ver
cómo en rincones oscuros, secreta y astuta,
la Eternidad recién nacida,
como una araña, teje y teje
extraños hilos para sujetar el Tiempo.




El borracho.
The Drunkard, Edith Sitwell (1887-1964)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Esta torre negra absorbe la luz cegadora.
Extrañas ventanas, de un blanco lívido,
tiemblan bajo la maldición de Dios.
Sin embargo, la maleza aún asiente
al enorme sol, un ojo diabólico
que rastrea las almas que mueren.
El reloj late como el corazón de la fatalidad
en la estrecha habitación;
y, susurrando con un aire espectral,
las cortinas flotan y se agitan.
Pero ella sigue sin decir palabra;
creo que apenas me oyó
cuando llegué con pasos tambaleantes
y pronuncié su nombre en voz baja.
Pero aún así ella no duerme.
Sus ojos observan con sorpresa
el cuchillo sediento que la compadeció;
esos párpados no se mueven,
aunque el miedo insidioso aún roe
el hueco de su cerebro.
Debe tener algún plan astuto, el truco,
para permanecer tan quieta. El ritmo
que una vez palpitó como un tambor apagado
por el miedo de oírme llegar,
ya no suena cuando me acerco sigilosamente.
¡Oh! Siempre fue astuta.
Y si para fastidiarla me atrevía a escabullirme
tras su cama y palpar
con dedos torpes su corazón,
antes de poder tocarla,
un grito tras otro desgarraba el aire mudo y estremecido...
y aun así, nunca me habla.
Solo sonríe al ver
cómo en rincones oscuros, secreta y astuta,
la Eternidad recién nacida,
como una araña, teje y teje
extraños hilos para sujetar el Tiempo.


THIS black tower drinks the blinding light.
Strange windows livid white,
Tremble beneath the curse of God.
Yet living weeds still nod
To the huge sun, a devil’s eye
That tracks the souls that die.
The clock beats like the heart of Doom
Within the narrow room;
And whispering with some ghastly air
The curtains float and stir.
But still she never speaks a word;
I think she hardly heard
When I with reeling footsteps came
And softly spoke her name.
But yet she does not sleep. Her eyes
Still watch in wide surprise
The thirsty knife that pitied her;
But those lids never stir,
Though creeping Fear still gnaws like pain
The hollow of her brain.
She must have some sly plan, the cheat,
To lie so still. The beat
That once throbbed like a muffled drum
With fear to hear me come,
Now never sounds when I creep nigh.
Oh! she was always sly.
And if to spite her, I dared steal
Behind her bed, and feel
With fumbling fingers for her heart ...
Ere I could touch the smart,
Once more wild shriek on shriek would tear
The dumb and shuddering air....
And still she never speaks to me.
She only smiles to see
How in dark corners secret-sly
New-born Eternity,
All spider-like, doth spin and cast
Strange threads to hold Time fast.


Edith Sitwell (1887-1964)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Edith Sitwell.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Edith Sitwell: El borracho (The Drunkard), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Despierto y siento la caída de la oscuridad»: Gerard Manley Hopkins; poema y análisis.


«Despierto y siento la caída de la oscuridad»: Gerard Manley Hopkins; poema y análisis.




«Soy hiel, soy acidez. El decreto más profundo de Dios,
el más amargo, me haría probar: el sabor era yo.»



Despierto y siento la caída de la oscuridad, no del día (I wake and feel the fell of dark, not day) es un poema del escritor inglés Gerard Manley Hopkins (1844-1889), publicado de manera póstuma en la antología de 1918: Poemas de Gerard Manley Hopkins (Poems of Gerard Manley Hopkins).

Despierto y siento la caída oscuridad, como muchos poemas de Gerard Manley Hopkins, es un misterio a pesar de la sencillez del lenguaje. Es importante tener en cuenta que Hopkins sufría una depresión severa, de modo que toda su obra está impregnada de sentimientos de soledad, angustia y duda existencial, y este poema en particular, que forma parte de los sonetos terribles (terrible sonnets), es una síntesis de esas emociones negativas.


«Despierto y siento la caída de la oscuridad, no del día.
¡Qué horas, oh, qué horas negras hemos pasado esta noche!
¡Qué visiones viste, corazón! ¡Qué caminos recorriste!
Y más debe haber, en la aún más larga demora de la luz.»


El Orador despierta y siente «la caída de la oscuridad», es decir, despierta en mitad de la noche. Parece haber tenido pesadillas [«visiones»] en esas «horas negras». El «hemos pasado» no indica que hay alguien más con él; es un recurso que quizás refiere a la mente y al corazón del Orador, es decir, a sus pensamientos y emociones, de modo que todos los aspectos de su ser se vieron afectados por esos «caminos» que recorrió en sueños.

El sufrimiento de la vigilia es una continuación de la pesadilla. El Orador ha despertado con una terrible angustia, y seguirá sufriendo porque «más debe haber en la aún más larga demora de la luz», es decir, durante las horas de oscuridad que quedan. Tampoco puede decirse que esta sea una noche aislada. En los siguientes versos vemos que la experiencia de este despertar en la oscuridad es la continuación de una vida de profunda depresión:


«Con testimonio digo esto. Pero cuando digo horas,
quiero decir años, quiero decir vida. Y mi lamento
son llantos incontables, llantos como cartas muertas
enviadas a mi querido que vive, ¡ay!, lejos.»


La frase: «con testimonio digo esto» señala que estamos ante una experiencia personal; y añade que, cuando dice «horas», en realidad está hablando de «años», por lo que las «horas negras» se traducen en años de depresión, en toda una vida. Del mismo modo, su «lamento» es una síntesis de «llantos incontables» que son como «cartas muertas» a «mi querido». Este «querido» no es otro que Dios, que desde la perspectiva funesta del Orador se encuentra alejado de él. Recordemos que Hopkins era jesuita,

Las «cartas muertas» simbolizan a las plegarias desoídas. Los rezos del Orador a Dios son como «cartas muertas», un desesperado pedido de ayuda que nunca llega. Dios no está ahí, está «lejos», por lo que el Orador solo experimenta su ausencia, como si no viviera entre nosotros, sino en una esfera inalcanzable.


«Soy hiel, soy acidez. El decreto más profundo de Dios,
el más amargo, me haría probar: el sabor era yo;
huesos formados en mí, carne llena, sangre que rebosaba de maldición.»
La levadura del espíritu agria una masa insulsa.
Veo que los perdidos son así,
y su azote es como yo, su sudoroso yo, pero peor.»


Hopkins habla aquí de su condición. Es lícito considerarla tanto un padecimiento mental, o depresión, como un sufrimiento físico. Por eso dice: soy «hiel» [una sustancia muy amarga] y también «ácido». Lo que el Orador siente en su mente repercute en su cuerpo. Ese es el «decreto» de Dios, es decir, el Orador cree que su sufrimiento es la voluntad divina. Dios quiere que saboree la amargura hasta que se esta se convierta en el propio Orador. Por eso dice: «el sabor era yo», es decir, ya no siente el dolor como algo que proviene desde afuera, él mismo es «hiel».

Este «decreto» va más allá de la tradición cristiana sobre el sufrimiento. El Orador considera que su angustia mental y física son cosas que Dios introdujo en su ser. Por eso sus huesos están embebidos en ellas, su carne rebosa de esta «maldición». Aquí, creo, hay otro juego de palabras. La «maldición» se refiere a la depresión insuflada por Dios, pero también a la fe cristiana, más precisamente al mito bíblico de Adán y Eva, donde la humanidad es castigada por desobedecer a Dios.

«Maldita será la tierra por tu causa», dice Dios en el Génesis, y «con dolor comerás de ella todos los días de tu vida». Este podría ser «el decreto más profundo de Dios» al que se refiere Hopkins.

Pero Despierto y siento la caída de la oscuridad no solo echa la culpa a Dios, es un poema profundamente autocrítico. Hopkins se culpa a sí mismo por ser la «levadura» que se expande, crece y contamina su ser. Es un comentario bíblico porque la levadura se usa frecuentemente como analogía del pecado en los textos sagrados. El Orador parece convencido de que su yo fue contaminado, y que esa «levadura» agrió toda su vida.

A pesar de este oscuro estado mental, el Orador se preocupa por los «perdidos», es decir, por los no creyentes. Considera que su «azote» será como el suyo [de naturaleza divina e interna], «pero peor», por carecer de fe en una futura redención. Entonces, el castigo de los «perdidos» es el mismo: ser ellos mismos, pero sin fe. Esto es curioso, porque a pesar de la fe Dios nunca responde [ver: IA y el Golem de Dios]

El Orador está atravesando «la noche oscura del alma», que viene con una explosión del ego. No lo digo en términos peyorativos, sino por experiencia personal. Nunca he sufrido depresión severa, pero tuve mi «noche oscura del alma» en la forma poco elegante de un diagnóstico médico, hace cuatro años. En esos instantes el ego estalla. Me refiero a quedar absorto en uno mismo, a sumirse en las regiones más profundas del ser y, por lo tanto, a sentirse aislado, separado de todo lo demás.

Es curioso que a lo largo del poema el Orador entienda la matriz de su sufrimiento: no puede salir de sus sentimientos negativos. Está inmerso en un infierno de su propia creación.




Despierto y siento la caída de la oscuridad.
I wake and feel the fell of dark, Gerard Manley Hopkins (1844-1889)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Despierto y siento la caída de la oscuridad, no del día.
¡Qué horas, oh, qué horas negras hemos pasado esta noche!
¡Qué visiones viste, corazón! ¡Qué caminos recorriste!
Y más debe haber, en la aún más larga demora de la luz.

Con testimonio digo esto. Pero cuando digo horas,
quiero decir años, quiero decir vida. Y mi lamento
son llantos incontables, llantos como cartas muertas
enviadas a mi querido que vive, ¡ay!, lejos.

Soy hiel, soy acidez. El decreto más profundo de Dios,
el más amargo, me haría probar: el sabor era yo;
huesos formados en mí, carne llena, sangre que rebosaba de maldición.

La levadura del espíritu agria una masa insulsa.
Veo que los perdidos son así,
y su azote es como yo, su sudoroso yo, pero peor.


I wake and feel the fell of dark, not day.
What hours, O what black hours we have spent
This night! what sights you, heart, saw; ways you went!
And more must, in yet longer light's delay.

With witness I speak this. But where I say
Hours I mean years, mean life. And my lament
Is cries countless, cries like dead letters sent
To dearest him that lives alas! away.

I am gall, I am heartburn. God's most deep decree
Bitter would have me taste: my taste was me;
Bones built in me, flesh filled, blood brimmed the curse.

Selfyeast of spirit a dull dough sours. I see
The lost are like this, and their scourge to be
As I am mine, their sweating selves, but worse.


Gerard Manley Hopkins (1844-1889)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Gerard Manley Hopkins.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Gerard Manley Hopkins: Despierto y siento la caída de la oscuridad, no del día (I wake and feel the fell of dark, not day), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El mensaje de Thuba Mleen»: Aleister Crowley; poema y análisis.


«El mensaje de Thuba Mleen»: Aleister Crowley; poema y análisis.




«Muchos creen que fue un mensaje de Thuba Mleen,
el misterioso emperador de aquellas tierras,
nunca visto por ningún hombre,
quien ordenó que Bethmoora debía quedar vacía.»

—Lord Dunsany, Bethmoora.



El mensaje de Thuba Mleen (The Message of Thuba Mleen) es un poema gótico del escritor y ocultista inglés Aleister Crowley (1875-1947), publicado originalmente en la edición de 1911 de la revista The Equinox en 1911.

El mensaje de Thuba Mleen, uno de los mejores poemas de Aleister Crowley, nos sitúa «más allá de Utnar Véhi» y «las colinas de Hap», donde el «gran Emperador», Thuba Mleen, está sentado en su trono, jugueteando con un collar entre los dedos, cuyas cuentas «alguna vez fueron el globo ocular de su hijo no nacido». Mientras tanto, observa cómo su propia madre es torturada.

Pero, «al desgarrar la última carne», Thuba Mleen se cansa, y dirige su atención a unos «esclavos de la brillante Bethmoora», quienes le tributan vino y hachís. Ebrio, Thuba Mleen, «el hermano bastardo del desierto», envía a los esclavos de regreso a Bethmoora para anunciar que «esa serpiente antigua, la Bruja de Utnar Véhi, ha despertado».

Los esclavos quedan aterrotizados. Conocen bien «las artes de Utnar Véhi» y «lo que anhela la Vieja Gris». Bethmoora está condenada,

En 1911, Aleister Crowley se encontraba en Francia, escribiendo sus libros de Thelema. Durante ese período leyó una obra que desató su imaginación: Cuentos de un soñador (A Dreamer’s Tales) de lord Dunsany, escrito un año antes. Tanto es así que escribió una reseña y un poema adjunto: El mensaje de Thuba Mleen, donde explora algunos aspectos de la mitología de lord Dunsany [ver: Los Mitos de Pegana: la mitología de Lord Dunsany]

El propio Thuba Mleen aparece en dos cuentos de lord Dunsany. El primero es El hombre del hachís (The Hashish-Man), donde nos enteramos que Bethmoora fue abandonada por orden del emperador Thuba Mleen:


«¿Fue por la maldición del Desierto? —pregunté. Y él respondió—: En parte fue la furia del Desierto y en parte el consejo del Emperador Thuba Mleen, pues esa temible bestia está relacionada de alguna manera con el Desierto por parte de su madre.»


H. P. Lovecraft nunca recurrió al nombre de Thuba Mleen, pero sí menciona a Bethmoora en El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness), por lo que el flaco de Providence comparte referencias con Aleister Crowley [ver: Lovecraft, Crowley y un sueño compartido]. De hecho, El mensaje de Thuba Mleen se complementa perfectamente con el Ciclo Onírico de H. P. Lovecraft [también inspirado en Dunsany], con sus extraños y evocativos nombres de antaño. Muchos aficionados a lo oculto buscaron una fuente común en la magia para estos dos autores, un vínculo entre el Necronomicón y el Liber AL vel Legis [libro de la Ley]. Sin embargo, esa fuente común está en la fantasía, en el mito compartido de Lord Dunsany [ver: El Necronomicón astral: la conexión Lovecraft-Crowley]

La fascinación de Crowley por Dunsany quedó registrada en su reseña de 1911 [publicada en The Equinox], donde examina solo 5 de los 16 relatos porque «aún no los he leído cuarenta veces». Elogia El pobre viejo Bill (Poor Old Bill) [«parece derivado de La balada del viejo marinero»], La espada y el ídolo (The Sword and the Idol) [«lo leo una y otra vez, y cuanto más lo leo, más me fascina»], Poltarnees, sobre el cual dice que «es el mejor relato jamás escrito sobre la seducción del mar», y menciona que Bethmoora y El hombre del hachís, donde aparece Thuba Mleen, «son en realidad un solo cuento».

El otro cuento de Dunsany donde aparece Thuba Mleen es Bethmoora. En esta historia se barajan varias hipótesis para explicar el abandono de Bethmoora basándose en el mensaje de los tres esclavos que envía Thuba Mleen a la ciudad [que también aparecen en el poema de Crowley]. El propio Emperador es un misterio, ya que ningún humano alcanzó a verlo. Este detalle se aleja del poema, donde Thuba Mleen parce hablarle directamente a los esclavos.

Lovecraft coquetea con el aspecto elusivo del emperador. En La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of Unknown Kadath), el flaco de Providence introduce al Sumo Sacerdote de Leng, un clérigo no humano que porta una máscara amarilla. En Bethmoora se menciona que Thuba Mleen tiene el rostro amarillo. El hecho de que nunca fuera visto por ojos humanos podría haberle sugerido a Lovecraft el motivo de la máscara.

Una de las razones por las que lord Dunsany no es tan popular es debido a la ausencia de una mitología coherente, cuando, en realidad, la inconsistencia es una característica primaria de los Mitos. Estamos acostumbrados a las franquicias estandarizadas y hemos perdido tacto con los conjuntos de historias dispersas y, a menudo, contradictorias entre sí. Dunsany, creo, puede ser visto como la materia prima sobre la que Lovecraft, Crowley, Robert E. Howard, incluso J. R. R. Tolkien, extrajeron motivos fundamentales para sus respectivos ciclos literarios.

Cada una de las historias de Dunsany es un mundo independiente. En el mejor de los casos, hay algunos hilos que se entrelazan, y que el lector puede identificar: Días de ocio en el Yann (Idle Days on the Yann) tiene sus secuelas, y algunos topónimos y figuras arquetípicas reaparecen, como Thuba Mleen, pero siempre con alteraciones. Por ejemplo, Yann es un río, pero, en Bethmoora, Thuba Mleen sugiere que es una lengua, el yannish.

De todos modos, los conceptos de base de Dunsany fueron aprovechados por Lovecraft. Por ejemplo, en Celephais toma una idea de El hombre del hachís: estos reinos fantásticos existen en algún lugar fuera de la percepción ordinaria, y podemos visitarlos a través de nuestros sueños [o del consumo de ciertas sustancias]. Hablando de sustancias, Aleister Crowley le escribió una carta a Dunsany glorificando los Cuentos de un soñador, y bromea diciéndole que, por lo visto, «solo conoces el hachís de oídas, no por experiencia». También le envió un par de revistas eróticas. Dunsany no se ofendió, de hecho, aparentemente se divirtió y, en una típica muestra de su humor, le envió a Crowley una nota de agradecimiento diciendo que la droga más fuerte que tomaba era té.

No creo que sea conveniente seguir hurgando en este mundo de referencias. Podríamos cometer el desatino de sugerir que Dunsany tuvo en mente al Rey de Amarillo de Robert E. Chambers al crear a su propio Emperador Amarillo, Thuba Mleen; y que Jorge Luis Borges, quizás, pensó en la vaciada Bethmoora al crear su propia ciudad imaginaria, Uqbar, que se desliza hacia nuestra realidad en el relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.




El mensaje de Thuba Mleen.
The Message of Thuba Mleen, Aleister Crowley (1875-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mucho más allá de Utnar Véhi, mucho más allá
de las colinas de Hap,
se sienta el gran Emperador coronado con diamantes,
moviendo el rosario en su regazo:
el rosario cuyas cuentas, perfectamente ordenadas
con una dicha impecable,
alguna vez fueron el globo ocular de su hijo no nacido.

Bebió el olor de la sangre viva, que silbaba
sobre el acero blanco como el fuego.
Rió disimuladamente mientras los miembros de su madre
eran besados por los anzuelos de la Rueda
que desgarraba alma y forma, más finos que la niebla
rasgada por el viento sombrío
que sopla desde Kragua y las tierras desconocidas tras ella.

Al desgarrar la última carne, se cansó;
esclavos de la brillante Bethmoora
se adelantaron con cuencos tallados cuyo carmesí
ansiaba vino verde de hachís, vino negro de datura,
como las primeras y últimas olas del Yann.
Estos vinos calmaron el rencor de Thuba Mleen,
el hermano bastardo del Desierto.

Bebió y miró a los esclavos. «Mwass, Dagricho, Xu-Xulgulura,
¡ensillen sus mulas!», susurró, «cabalguen a toda velocidad
hacia Bethmoora
y díganle a la gente de la ciudad
que esa serpiente antigua,
la Bruja de Utnar Véhi, ha despertado».

Así retorció su daga en los corazones
de aquellos esclavos
que le llevaban vino; porque conocían bien las artes
de Utnar Véhi —¡lo que anhela la Vieja Gris!—;
sabían cómo sus parientes en las viñas y mercados
de la brillante Bethmoora, así malditos,
se arrojarían a merced de la sed del Desierto.

Ojalá Mana-Yood-Sushai se inclinara y escuchara,
y oyera al epiceno, barbudo y risueño
enano, orlado de miedo,
hermano bastardo del Desierto, Thuba Mleen.
Pues Él despertaría y gritaría
la Palabra para aniquilar el sueño.


Far beyond Utnar Véhi, far beyond
The Hills of Hap,
Sits the great Emperor crowned with diamond,
Twitching the rosary in his lap—
The rosary whose every bead well-conned
With sleek unblinking bliss
Was once the eyeball of an unborn child of his.

He drank the smell of living blood, that hissed
On flame-white steel.
He tittered while his mother’s limbs were kissed
By the fish-hooks on the Wheel
That shredded soul and shape, more fine than mist
Is torn by the bleak wind
That blows from Kragua and the unknown lands behind

As the last flesh was flicked, he wearied; slaves
From bright Bethmoora
Sprang forward with carved bowls whose crimson craves
Green wine of hashish, black wine of datura,
Like the Yann’s earlier and its latter waves!
These wines soothed well the spleen
Of the Desert‘s bastard brother Thuba Mleen.

He drank, and eyed the slaves “Mwass, Dagricho, Xu-Xulgulura,
Saddle your mules!” he whispered, “ride full slow
Unto Bethmoora
And bid the people of the city know
That that most ancient snake,
The Crone of Utnar Véhi, is awake.”

Thus twisted he his dagger in the hearts
Of those two slaves
That bore him wine ; for they knew well the arts
Of Utnar Véhi—what the grey Crone craves!—
Knew how their kindred in the vines and marts
Of bright Bethmoora, thus accurst,
Would rush to the mercy of the Desert’s thirst.

I would that Mana-Yood-Sushai would lean
And listen, and hear
The tittering, thin-bearded, epicene.
Dwarf, fringed with fear,
Of the Desert’s bastard brother Thuba Mleen!
For He would wake, and scream
Aloud the Word to annihilate the dream.


Aleister Crowley (1875-1947)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Aleister Crowley.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Aleister Crowley: El mensaje de Thuba Mleen (The Message of Thuba Mleen), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El pequeño huerto verde»: Walter de la Mare; poema y análisis.


«El pequeño huerto verde»: Walter de la Mare; poema y análisis.




«Cuando más solo estás,
todo menos el silencio se va.
Alguien está esperando y observando ahí,
en el pequeño huerto verde.»



El pequeño huerto verde (The Little Green Orchard) es un poema gótico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado originalmente en la antología de 1913: Peacock Pie; y luego recopilado por August Derleth en la colección de Arkham House: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon)

El pequeño huerto verde. uno de los poemas de Walter de la Mare menos conocidos, nos sitúa en un huerto [simbólico] donde el Orador siente que alguien, o algo, «siempre está sentado allí».

Este «siempre» es precisamente eso: la presencia siempre está en el huerto, día y noche. No hay demasiados indicios, excepto por unas voces suaves que llaman al anochecer y ciertos sonidos nocturnos. El Orador no siente miedo; y si bien la sensación de estar siendo observado es extraña, tal vez incómoda, no es aterradora.

Visitemos primero el huerto de Walter de la Mare y luego intentemos desentrañar sus misterios:


Siempre hay alguien sentado ahí,
en el pequeño huerto verde;
incluso cuando el sol está alto
en el cielo despejado del mediodía
y la abeja va zumbando débilmente
de rosa en rosa,
siempre hay alguien sentado en la sombra,
en el pequeño huerto verde.

Sí, y cuando el crepúsculo cae suavemente
en el pequeño huerto verde;
cuando el perlado rocío destila
y cada copa de flor se llena;
cuando el último mirlo dice:
"¡Qué, qué!" y se va.
He oído voces que llaman delicadamente
en el pequeño huerto verde.

No es que tenga miedo de estar ahí,
en el pequeño huerto verde;
porqué, cuando la luna brilla,
derramando su luz solitaria
y las polillas vienen como fantasmas,
y el cornudo caracol abandona su hogar:
me he sentado ahí, susurrando y escuchando
en el pequeño huerto verde.

Sólo que es extraño sentarse ahí,
en el pequeño huerto verde;
ya sea que pintes o dibujes,
caves, martilles, cortes o serruches;
cuando más solo estás,
todo menos el silencio se va...
Alguien está esperando y observando ahí,
en el pequeño huerto verde.


Está sentado, esperando, observando, en el pequeño huerto verde. Pero, ¿quién?

Lo único claro es que el Orador siente una presencia en el huerto, invisible, tranquila, que aguarda. No es simplemente una experiencia aparicional, es decir, cuando sentimos que no estamos solos en un lugar [ver: Sentir «presencias» cuando estás solo]. El Orador percibe algunas características de la entidad, que podría definirse como algo consciente que espera y observa en silencio. De hecho, el Orador no siente miedo, sino que experimenta una sensación de asombro y serenidad.

Walter de la Mare es un maestro capturando misterios cotidianos: sensaciones y emociones que aparecen y desaparecen tan fugazmente que no podríamos asegurar que hayan ocurrido en primer lugar.

El misterio central de El pequeño huerto verde está cerrado a la lógica. Sabemos que es una presencia, que es constante, que observa, que espera, que está sentada a la sombra. Leído fríamente, Walter de la Mare fabrica una atmósfera serena pero inquietante, pero creo que el poeta busca que nos coloquemos en una perspectiva infantil, que volvamos a ser niños por un momento. En este sentido, el poema expresa la naturaleza imaginativa de la infancia, donde las cosas mágicas no son analizadas para desentrañar sus mecanismos internos. La magia, en el huerto de la infancia, se acepta. Simplemente está ahí.

Es agradable pesar que la presencia en el huerto tal vez sea el adulto que regresa en la memoria a los días de su infancia.

Esto explicaría porqué el Orador no siente miedo por la presencia; sin embargo, también dice que oye «voces» [en plural] que «llaman delicadamente». De todos modos, esto tampoco lo asusta ni le impide estar en el huerto. ¿Acaso la presencia es otro tipo de fuerza benévola, como un genius loci? Quizás seamos nosotros, quizás, mientras Walter de la Mare escribía su huerto, percibió la presencia silenciosa, observadora y expectante del lector.

El pequeño huerto verde no necesita estas interpretaciones. Todas son válidas y ninguna es incorrecta. En lo personal, creo que Walter de la Mare está hablando del proceso artístico, o, mejor dicho, de la creatividad, como sinónimo del acto de vivir. No importa realmente cuál sea la actividad, «ya sea que pintes o dibujes, caves, martilles, cortes o serruches; cuando más solo estás, todo menos el silencio se va». Sin embargo, «alguien está esperando y observando ahí, en el pequeño huerto verde».

En efecto, alguien está.

Y quien aguarda, y siempre aguardará, es la muerte.




El pequeño huerto verde.
The Little Green Orchard, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Siempre hay alguien sentado ahí,
en el pequeño huerto verde;
incluso cuando el sol está alto
en el cielo despejado del mediodía
y la abeja va zumbando débilmente
de rosa en rosa,
siempre hay alguien sentado en la sombra,
en el pequeño huerto verde.

Sí, y cuando el crepúsculo cae suavemente
en el pequeño huerto verde;
cuando el perlado rocío destila
y cada copa de flor se llena;
cuando el último mirlo dice:
"¡Qué, qué!" y se va.
He oído voces que llaman delicadamente
en el pequeño huerto verde.

No es que tenga miedo de estar ahí,
en el pequeño huerto verde;
porqué, cuando la luna brilla,
derramando su luz solitaria
y las polillas vienen como fantasmas,
y el cornudo caracol abandona su hogar:
me he sentado ahí, susurrando y escuchando
en el pequeño huerto verde.

Sólo que es extraño sentarse ahí,
en el pequeño huerto verde;
ya sea que pintes o dibujes,
caves, martilles, cortes o serruches;
cuando más solo estás,
todo menos el silencio se va..
. Alguien está esperando y observando ahí,
en el pequeño huerto verde.


Some one is always sitting there,
In the little green orchard;
Even when the sun is high
In noon's unclouded sky,
And faintly droning goes
The bee from rose to rose,
Some one in shadow is sitting there,
In the little green orchard.

Yes, and when twilight is falling softly
In the little green orchard;
When the grey dew distils
And every flower-cup fills;
When the last blackbird says,
"What - what!" and goes her way - s-sh!
I have heard voices calling softly
In the little green orchard.

Not that I am afraid of being there,
In the little green orchard;
Why, when the moon's been bright,
Shedding her lonesome light,
And moths like ghosties come,
And the horned snail leaves home:
I've sat there, whispering and listening there,
In the little green orchard.

Only it's strange to be feeling there,
In the little green orchard;
Whether you paint or draw,
Dig, hammer, chop, or saw;
When you are most alone,
All but the silence gone...
Some one is waiting and watching there,
In the little green orchard.


Walter de la Mare (1873-1956)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter de la Mare: El pequeño huerto verde (The Little Green Orchard), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.


«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.




«El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.»



A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine) es un poema gótico del escritor inglés Thomas Lovell Beddoes (1803-1849), publicado de manera póstuma en la antología de 1851: Poemas escogidos (Collected Poems).

A la fantasmal luz de la luna agrupa las tres grandes obsesiones de los poemas de Thomas Lovell Beddoes: la muerte, el amor y lo sobrenatural. Este poema en particular gira entorno a un joven que atrae a una mujer al cementerio para asesinarla

Este motivo, así como la estructura del poema, pertenecen a la fórmula de la balada medieval. Cuando uno piensa en la Edad Media supone que sus cantos tratan sobre caballeros, hadas, magos y bosques embrujados, pero no es así. La balada es una forma de tradición oral, y aborda todos los temas, algunos épicos, dinásticos, otros enfocados en los llamados crímenes pasionales, incluso en la violencia doméstica. La poesía gótica, heredera del macabre del medioevo, atenuó el motivo de la chica engañada y arrastrada a su muerte; en cambio, presenta a una damisela en apuros que es atraída a un lugar solitario [no obligada], a menudo un castillo o una abadía en ruinas. Las baladas son más crudas: la mujer ofrece poca o ninguna resistencia, es asesinada y su cuerpo es abandonado, aunque a menudo retorna espiritualmente. En ocasiones se aparece un elemento adicional: el arrepentimiento, por lo que el asesino es castigado a través de la locura o la muerte [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El estribillo de A la fantasmal luz de la luna sugiere la interminable recreación de un crimen, lo cual puede verse como una especie de infierno personal. El poema comienza con una serie de acciones aterradores aunque mediante un lenguaje que evoca amor y ternura. Pronto es evidente que no estamos ante dos amantes en la intimidad del dormitorio, sino frente a un asesino y su víctima:


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.


El «cálido trueno» es un oximoron que expresa el trastorno mental del Orador, el cual llama «esposa» a su víctima. Ella «tiembla» y «llora»; no es para menos, está en manos de un psicópata que está a punto de concretar su fantasía homicida. Su «mayor deseo», afirma, es verla «pálida» [es decir, muerta], y «recostada en el más suave féretro a la fantasmal luz de la luna».


¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.


La segunda estrofa comienza mostrando el desconcierto de la víctima. Deduce que está en un cementerio, oye la pala de su torturador mientras cava su futura tumba. Ahora bien, es importante aclarar que esta es solo una interpretación. El Orador quizás no es un psicópata humano, sino la propia Muerte, una figura sobrenatural que lleva a su víctima a la consumación de su vida. Conociendo la obsesión de Thomas Lovell Beddoes con la muerte, podrían ser ambas cosas, tal vez simultáneamente, siendo el asesino una encarnación momentánea de la Muerte [ver: Muerte no te enorgullezcas]

En esta segunda estrofa está el elemento más inquietante del poema. En el romanticismo [y en todo el camino hasta nuestros días], la niñez está asociada a la inocencia, y la inocencia a la ignorancia de la muerte. En otras palabras, los adultos intentamos mantener a los pequeños lo más alejados posible de estos temores. El desquiciado orador de Thomas Lovell Beddoes invierte esta idea, otorgándoles a los niños una fría percepción de la mortalidad. Los adultos, en realidad, somos los inocentes porque podemos expresarnos con eufemismos, podemos rodear los temas que nos preocupan; mientras que los pequeños, en cambio, van al grano, y en cierto modo se enfrentan a sus miedos de manera más directa. El ataúd, dice el Asesino/Muerte, es una «cama agradable» «que los niños llaman tumba a la fría luz de la luna».


¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


En la tercera estrofa aparece una nueva voz, tal vez la del lector, que interroga al asesino sobre sus actos.

Lo que observa el lector es que el asesino ha estado viviendo una fantasía, el embellecimiento de un acto detestable. Thomas Lovell Beddoes sugiere que la mujer está desnuda [la cadena no la adorna, la cubre], lo cual alimenta la sensación de que estamos ante un crimen de índole psicosexual. Hay estrangulamiento y apuñalamiento, que implican proximidad física en la comisión del crimen.

El estribillo cambia aquí, sufre un ajuste, aunque sigue siendo impenetrable. Los dos «diablos» se convierten en un goblin [duende] «que sopla a través de las costillas del asesino». Al parecer, los espíritus pueden experimentar una especie de segunda muerte [subjetiva] y resucitar para experimentarla una y otra vez en «su propia luz de luna» [ver: «Y con eones extraños incluso la muerte puede morir»]

Thomas Lovell Beddoes estudió medicina, pero no soportó sus métodos a principios del siglo XIX. Pasó gran parte de su vida sufriendo depresión y estaba obsesionado con la muerte. Todo esto, sumado a una inusual imaginación, lo llevó escribir algunos de los poemas más macabros y originales de la época.

Es casi imposible hacer un resumen de sus poemas que tratan sobre la muerte. Es un motivo ubicuo en su obra. A veces son crímenes recreados después de la muerte, muertes antinaturales, horribles, remordimientos insoportables. Es interesante notar que esta obsesión lo hizo menos solemne que Edward Young, Robert Blair, y otros poetas de cementerio. La obsesión implica frecuencia, familiaridad. Mientras otros autores pensaban ocasionalmente en la muerte, Thomas Lovell Beddoes pensaba en ella todo el tiempo [ver: Y la Muerte no tendrá dominio]

Thomas Lovell Beddoes se suicidó bebiendo veneno en la ciudad de Basilea, Suiza, el 26 de enero de 1849, a la edad de 45 años.




A la fantasmal luz de la luna.
The Ghosts' Moonshine, Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


It is midnight, my wedded;
Let us lie under
The tempest bright undreaded,
In the warm thunder:
(Tremble and weep not! What can you fear?)
My heart's best wish is thine, -
That thou wert white, and bedded
On the softest bier,
In the ghost's moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

Who is there, she said afraid, yet
Stirring and awaking
The poor old dead? His spade, it
Is only making, -
(Tremble and weep not! What do you crave?)
Where yonder grasses twine,
A pleasant bed, my maid, that
Children call a grave,
In the cold moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

What doest thou strain above her
Lovely throat's whiteness?
A silken Chain, to cover
Her bosom's brightness?
(Tremble and weep not: what dost thou fear?)
- My blood is spilt like wine,
Thou hast strangled and slain me, lover,
Thou hast stabbed me dear,
In the ghosts' moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only her goblin doth blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In its own moonshine.


Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Lovell Beddoes.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Lovell Beddoes: A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La alegoría del muchacho lobo»: Thom Gunn; poema y análisis.


«La alegoría del muchacho lobo»: Thom Gunn; poema y análisis.




«Entonces, clara excepción a las leyes naturales,
solo al instinto y a la luna, se deja caer sobre sus pies.
Sin embargo, tiene las patas sangrantes.»



La alegoría del muchacho lobo (The Allegory of the Wolf Boy) es un poema del escritor inglés Thom Gunn (1929-2004), publicado en la antología de 1957: El sentido del movimiento (The Sense of Movement).


Las causas están en el Tiempo; solo su resultado
se materializa en la carne, en los poderes finitos.
¿Y cómo adivinar que en ese firme tejido esconde
las semillas de la división? Jugando al tenis y tomando el té
en el suave césped, no es nuestro,
sino que juega con nosotros con una triste duplicidad.


La primera estrofa de La alegoría del niño lobo, uno de los grandes poemas de Thom Gunn, comienza describiendo a un muchacho sociable, común, que comparte el «tenis» y el «té» con los demás [entre los que se incluye el orador]; sin embargo, alberga el germen de lo diferente, una especie de alienación secreta [«semillas de división»]. El orador afirma: «él no es nuestro, sino que juega con nosotros en una triste duplicidad». Esta condición alienante no proviene del entorno, es decir, de presiones externas: es intrínseca [«encarnada»] y de origen incognoscible [«las causas están en el tiempo»]


Esta noche, el muchacho, todavía un muchacho abierto y rubio,
sale de la casa, mete su ropa entre
dos urnas de jardín y va más allá
de su comprensión, a través de la oscuridad y el polvo:
campos de rastrojos afilados, abandonados por la máquina
a la enemistad zumbante de la lujuria de los insectos.


La segunda estrofa muestra al muchacho escapando de su entorno social, por la noche, desnudo, adentrándose en la naturaleza.


Aún sin dorarse en la densa y calurosa noche,
los tallos se clavan en sus pies: busca la luna,
que, con el roce de su luz infértil,
liberará los deseos atesorados contra su voluntad
por el largo apremio de la tarde.
Lentamente, el duro borde se desplaza sobre la colina.


En la tercera estrofa, el muchacho entra en un campo que fue recientemente cosechado, siente los «tallos» clavándose en sus pies [nótese que todavía tiene pies]. Persigue la luna, anticipa la transformación, que ha sentido como impulsos reprimidos [«deseos atesorados contra su voluntad»].


Pálido bajo el haz de luz, se detiene, lo enfrenta directamente,
y en el mismo instante, al saltar del suelo,
siente la familiar picazón del pelo oscuro y denso;
entonces, clara excepción a las leyes naturales,
solo al instinto y a la luna, se deja caer sobre sus pies.
Sin embargo, tiene las patas sangrantes.


La última estrofa describe la transformación en hombre lobo. La luz de la luna cae sobre su cuerpo desnudo, empieza a sentir «la familiar picazón del cabello oscuro y denso». Después de esta experiencia marcada por el dolor, y un toque de erotismo, el muchacho se deja caer en el suelo, pero en vez de pies tiene «patas sangrantes».

En la década de 1960, el movimiento gay se apropió de La alegoría del muchacho lobo, y con dos buenas razones: Thom Gunn era homosexual, y el título del poema declara ser una alegoría. Por lo tanto, la transformación del muchacho en lobo es una metáfora. ¿Sobre qué? Sobre deseos reprimidos, impulsos que no pueden expresarse libremente. Sin embargo, esto no significa que el poema sólo posea un subtexto gay. Thom Gunn se refiere a todos los impulsos sexuales. Si el poema es una alegoría, es una alegoría sobre la sexualidad, no únicamente sobre la homosexualidad [ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror]

El propio Thom Gunn sostuvo que La alegoría del muchacho lobo fue inspirado en un cuento de Saki [H. H. Munro], titulado: Gabriel Ernesto (Gabriel-Ernest), que tiene la misma trama, aunque con un tinte más oscuro: un lobo acecha en el bosque y ataca a la gente de una aldea cercana. El lobo, por supuesto, es un muchacho llamado Gabriel Ernesto, quien al final se lleva a un niño de la escuela dominical y lo convierte en licántropo porque lo que ansía, además de sangre, es compañía. Gabriel Ernesto y La alegoría del muchacho lobo coinciden en describir a alguien que termina cediendo, o aceptando, sus impulsos reprimidos.

Es una simplificación decir que La alegoría del muchacho lobo es la historia de un hombre joven que sale del closet. El material reprimido [y, por lo tanto, no reconocido] se ha ido acumulando tanto a lo largo de su vida, que su expresión final, en la forma de un lobo, no es una revelación feliz [ver: Cuando lo que sale del closet es un Monstruo]. Cuando el lobo se apodera de la persona que se resiste a reconocerlo, actúa como una bestia. Más bien, diría que La alegoría del muchacho lobo es un poema sobre los peligros de no reconocer y aceptar nuestros impulsos [no solo de índole sexual]. Esto no significa abrazar esos impulsos o llevarlos a cabo. Significa saber que están ahí, que existen, y que son una parte de quienes somos.

La disociación entre el cuerpo humano y sus impulsos animales no es un motivo aislado en la poesía de Thom Gunn. Debajo del subtexto personal del autor, que en 1957 todavía luchaba por aceptar su identidad sexual, La alegoría del muchacho lobo explora la dualidad [«semillas de división»] entre el ser humano y la naturaleza, y utiliza el tema de la metamorfosis en lobo para expresarla. Recordemos que, en las leyendas medievales de hombres lobo, el proceso de transformación no se realiza plenamente; siempre queda algo humano en el lobo, y viceversa. De tal modo que no pertenece a ninguno de los dos mundos. Del mismo modo, en el refinado mundo social [del tenis y el té), el muchacho «juega con nosotros con una triste duplicidad». «Juega», aquí, se refiere a la forma en que interpreta un papel y engaña a los demás [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

Al caer la noche, el muchacho escapa, deja atrás a la sociedad, y se adentra en los campos. No comprende su agitación interior, esta energía incontenible de los deseos acumulados contra su voluntad, pero percibe que la «picazón» le resulta familiar. La luz de la luna es «infértil», dice Thom Gunn, porque los actos que ansía cometer el muchacho son con los de su mismo sexo. Entonces se convierte en animal, en bestia. En términos de la sociedad que reprimía a Thom Gunn, el muchacho se convierte en una clara excepción a las leyes naturales.

A pesar de esto, el muchacho nunca podrá ser lobo, y es aquí donde el poema se vuelve brillante. El muchacho tiene las «patas sangrantes», es decir, algo permanece humano, o incompleto desde la perspectiva del lobo. La transición no se ha completado.

Creo que Thom Gunn trataba de decir que la tensión entre el hombre y la bestia nunca se resuelve. Nunca podemos pertenecer enteramente a ninguno de esos dos estados.




La alegoría del muchacho lobo.
The Allegory of the Wolf Boy, Thom Gunn (1929-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las causas están en el Tiempo; solo su resultado
se materializa en la carne, en los poderes finitos.
¿Y cómo adivinar que en ese firme tejido esconde
las semillas de la división? Jugando al tenis y tomando el té
en el suave césped, no es nuestro,
sino que juega con nosotros con una triste duplicidad.

Esta noche, el muchacho, todavía un muchacho abierto y rubio,
sale de la casa, mete su ropa entre
dos urnas de jardín y va más allá
de su comprensión, a través de la oscuridad y el polvo:
campos de rastrojos afilados, abandonados por la máquina
a la enemistad zumbante de la lujuria de los insectos.

Aún sin dorarse en la densa y calurosa noche,
los tallos se clavan en sus pies: busca la luna,
que, con el roce de su luz infértil,
liberará los deseos atesorados contra su voluntad
por el largo apremio de la tarde.
Lentamente, el duro borde se desplaza sobre la colina.

Pálido bajo el haz de luz, se detiene, lo enfrenta directamente,
y en el mismo instante, al saltar del suelo,
siente la familiar picazón del pelo oscuro y denso;
entonces, clara excepción a las leyes naturales,
solo al instinto y a la luna, se deja caer sobre sus pies.
Sin embargo, tiene las patas sangrantes.


The causes are in Time; only their issue
Is bodied in the flesh, the finite powers.
And how to guess he hides in that firm tissue
Seeds of division? At tennis and at tea
Upon the gentle lawn, he is not ours,
But plays us in a sad duplicity.

Tonight the boy, still boy open and blond,
Breaks from the house, wedges his clothes between
Two moulded garden urns, and goes beyond
His understanding, through the dark and dust:
Fields of sharp stubble, abandoned by machine
To the whirring enmity of insect lust.

As yet ungolden in the dense, hot night
The spikes enter his feet: he seeks the moon,
Which, with the touch of its infertile light,
Shall loose desires hoarded against his will
By the long urging of the afternoon.
Slowly the hard rim shifts above the hill.

White in the beam he stops, faces it square,
And the same instant leaping from the ground
Feels the familiar itch of close dark hair;
Then, clean exception to the natural laws,
Only to instinct and the moon being bound,
Drops on four feet. Yet he has bleeding paws.


Thom Gunn (1929-2004)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thom Gunn: La alegoría del muchacho lobo (The Allegory of the Wolf Boy), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Fitz-James O'Brien.
Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.


Poema de Laura Riding.
Relato de Maurice Level.
Poema de Clark Ashton Smith.