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«Se oyó en el tejado a medianoche.»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.


«Se oyó en el tejado a medianoche.»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.




«Una noche, sentada junto al fuego,
oí a unas brujas en el tejado.
Oí gruñir y relinchar sus escobas,
y a una anciana decir:
bienvenidas a la oscuridad.»



Se oyó en el tejado a medianoche. (Heard on the Roof at Midnight) es un poema gótico de la escritora norteamericana Leah Bodine Drake (1904-1964), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1946 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Se oyó en el tejado a medianoche, uno de los grandes poemas de Leah Bodine Drake, ofrece un breve retrato de la creencia en las brujas, doblemente interesante si se tiene en cuenta que la autora era descendiente del experto en demonología Jean Bodin, autor del tratado de 1580: De la démonomanie des sorciers [«Sobre la adoración demoníaca de las brujas»]

El poema abre con la Oradora «sentada junto al fuego» durante la Noche de Walpurgis. De repente, oye «a unas brujas en el tejado», incluso oye «relinchar sus escobas» y a una anciana, de nombre Lib, llamando a sus hermanas y «compañeros del aquelarre». Estos compañeros son espíritus familiares que forman parte del coven: gatos, una gallina [«disfrazada de comadreja»] y una kelpie, especie de ninfa acuática del folklore escocés, quienes «surcan el aire con furia», es decir, vuelan hacia el «Sabbat».

Entonces la Oradora oye «gritar a las brujas», llamándola, invitándola a unirse, a abrir el «alma a la antigua alegría». Sabemos que se dirigen a ella porque la anciana alude a alguien que «dormita junto al hogar», y la Oradora comienza el poema sentada junto al fuego. Sabemos también que la Oradora es mujer porque la bruja la invita a bajar «la escoba» del «estante», y luego añade: «¡Abre de par en par la ventana, monta y cabalga! / ¡La noche de Walpurgis está afuera!»

Las Piedras Sarsen que menciona la bruja son bloques de arenisca tallados por los pueblos neolíticos de Europa. Se encuentran principalmente en Inglaterra, como Stonehenge, Avebury y otros lugares. Esto pone en duda la ubicación geográfica del poema. Por la mención a la kelpie, parece ser Escocia, por la mención a las Piedras Sarsen, parece ser Inglaterra. En Escocia no tienen este nombre, pero sin duda existen monumentos de este tipo.

Al final, la Oradora se aferra al Libro, es decir, la Biblia, mientras oye a las brujas «surcar los cielos de medianoche». Finalmente se atreve a mirar por la ventana, pero «todo estaba vacío», excepto por «dos murciélagos», que se alejan volando «a través de la luna».

Tal como lo anuncia su título, Se oyó en el tejado a medianoche es un poema repleto de imágenes que nunca son vistas, sino reconstruidas a partir de sonidos. Lo único que alcanza a ver la Oradora son dos murciélagos. Las voces, los gritos, los correteos por el techo, las escobas, pueden ser parte del terror de la noche de Walpurgis, la fantasía de una mujer sola, pero creo que Leah Bodine Drake intenta decirnos que, en ciertas noches, algunos simplemente son llamados a los misterios de la noche.




Se oyó en el tejado a medianoche..
Heard on the Roof at Midnight, Leah Bodine Drake (1904-1964)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Una noche, sentada junto al fuego,
oí a unas brujas en el tejado.
Oí gruñir y relinchar sus escobas,
y a una anciana decir:

«Bienvenidas a la oscuridad, Tess, muchacha.
¿Has visto pasar a nuestros compañeros del aquelarre?»
«¡Sí, Lib! ¡El Kelpie de su estanque
y la mitad de los gatos del granero
surcaron el aire con furia,
cada uno creciendo hasta duplicar su tamaño!
La gallina pasó disfrazada de comadreja.
¡Oh, el coven se reúne para el Sabbat!»

Entonces mi sangre se heló, y volvió a arder,
al oír gritar a las brujas (las oí claramente):
«¡Tú que dormitas junto al hogar!
¡Abre tu alma a la antigua alegría!
¡No encadenes más tu ser secreto!
¡Baja la escoba de su estante!
El búho ha ululado dos veces, gime el viento nocturno.
La luna sonríe sobre las Piedras Sarsen.
¡Abre de par en par la ventana, monta y cabalga!
¡La noche de Walpurgis está afuera!»

Entonces cerré la ventana, recé una oración
(¡No me atreví a escuchar más!)
abracé el Libro y cerré los ojos...
Las oí surcar los cielos de medianoche.
Miré por la ventana y todo estaba vacío.
El techo, la cumbrera y el aire lechoso.
Y solo dos murciélagos, que pronto desaparecieron,
volaban a través de la luna.


As I sat by my fire one night
Witches I heard on the roof alight.
I heard their broomsticks whinny and neigh.
And then I heard one beldame say:

"Well met in darkaess,Tess,my lass I
Have you seen our coven comrades pass?”
"Aye,Lib! The Kelpie from her tarn,
And half the cats from miller's barn
Tore through the air with fiery
Each one grown to twice his size!
The hen-wife passed in a weasel’s habit -
Oh,the coven gathers for the Sabbat!"

Then my blood ran cold, and hot again,
As I heard the witches (Heard them plain).
Cry,"You who doze by the dullard hearth.
Open your soul to the ancient mirth!
Chain no longer your secret self.
Take down the besom from its shelf!
The owl ’s cried twice, the night wind moans.
The moon grins over the Sarsen Stones.
Fling wide the casement,mount and ride -
Walpurgis Night is all outside!"

Then I barred the window, I said a prayer
(To listen longer I didn't dare!)
I clasped the Book and I closed my eyes...
I heard them rush through the midnight skies.
So I looked out the windows all was bare.
Roof and ridgepole and milky air.
And only two bats, who vanished soon,
Were winging their way across the moon.


Leah Bodine Drake (1904-1964)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Leah Bodine Drake.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Leah Bodine Drake: Se oyó en el tejado a medianoche. (Heard on the Roof at Midnight), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Nictálope»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Nictálope»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas.
Hemos visto los soles negros
derramando la noche»



Nictálope (Nyctalops) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de octubre de 1929 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Nictálope, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, despliega un vasto repertorio de criaturas mitológicas, arquetípicas de la noche.

El título del poema posee una doble faz. Por un lado, «nictálope» designa a una persona que padece nictalopía, la cual se caracteriza por una disminución de la visión en condiciones de poca luz. No es una enfermedad en sí misma, sino el síntoma. Sin embargo, Clark Ashton Smith emplea el término en su sentido original, contrario al uso médico, el cual describe a una persona [o animal] con la capacidad de ver en la oscuridad. La palabra proviene del griego nyktos, «noche»; y optos, «vista».

El poema abre con una pregunta a los que «ven en la oscuridad», es decir, a los nictálopes:


Vosotros que veis en la oscuridad
cuando la luna se ahoga
en la bruma pantanosa
que se extiende a lo largo del suelo;
vosotros que veis en la oscuridad,
decid, ¿qué habéis encontrado?


La respuesta del nictálope es un catálogo de horrores cósmicos, seres mitológicos y sutilezas cuánticas:


Hemos visto extraños átomos
concertando citas en el aire.;
el polvo de amantes desaparecidos,
separados hace mucho tiempo
en la desesperación,
y polvo de flores que se marchitaron
en otros mundos.

Hemos visto pesadillas
descender del cielo,
silenciosas, como murciélagos,
hacia donde yacen los durmientes;
hemos visto los pechos
de los súcubos.

Hemos visto el cristal
de las lágrimas de la Medusa muerta.
Hemos observado a las ondinas
menguar en presas estancadas,
y a las mandrágoras danzando frenéticamente
junto a lagos negros, hinchados de sangre.

Hemos visto a los sátiros
renovar sus antiguos amores
con ninfas blancas como la luna de los cipreses,
pálidas dríades del tejo,
en la hierba alta de los cementerios
cargados con el rocío de la tarde.

Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas,
donde átomo se mueve con átomo
en una brillante y veloz formación,
como constelaciones ordenadas
en algún camino sideral.

Hemos visto hermosos colores
que no habitan en la luz:
oro más intenso e iris
oculto y recóndito;
hemos visto los soles negros
derramando la noche.


En 1933, cuatro años después de la publicación de este poema, Clark Ashton Smith volvería a utilizar el término nyctalops en El viaje del rey Euvoran (The Voyage of King Euvoran). En una escena, Euvoran está en una celda y es visitado por una especie de búho, «un nictalopo de ojos amarillos brillantes» pero «con las robustas patas de un megápodo». Como es lógico en una situación semejante, Euvoran está incómodo, en especial debido a la mirada del ave, «que lo fulminaba con un brillo más intenso a medida que la penumbra se intensificaba».

En una carta a H. P. Lovecraft, fechada en febrero de 1931, Clark Ashton Smith deja en claro que considera a Nictálope como uno de sus mejores poemas:


«Si realmente tuviera la energía que me atribuyes, intentaría hacer algo con mis traducciones, poemas, etc. Pero con las condiciones actuales del mercado, imagino que sería doblemente difícil interesar a alguien. Sin embargo, todavía se publica poesía; recientemente he recibido solicitudes de colaboración de las editoriales de dos antologías proyectadas. Una de ellas incluirá cinco de mis mejores poemas cortos: Símbolos (Symbols), Nictálope (Nyctalops), La nereida (The Nereid), Palmeras (Palms) y Sepultura (Sepulture).»


En lo personal, creo que Nictálope es un homenaje de Clark Ashton Smith a todos los autores del género macabro, en particular a Lovecraft y sus camaradas de Weird Tales, quienes eran, en cierto modo, aquellos que «veían en la oscuridad», es decir, quienes se permitían observar en las tinieblas de la naturaleza para proporcionarnos todas esas visiones extrañas [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]




Nictálope.
Nyctalops, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Vosotros que veis en la oscuridad
cuando la luna se ahoga
en la bruma pantanosa
que se extiende a lo largo del suelo;
vosotros que veis en la oscuridad,
decid, ¿qué habéis encontrado?

Hemos visto extraños átomos
concertando citas en el aire.;
el polvo de amantes desaparecidos,
separados hace mucho tiempo
en la desesperación,
y polvo de flores que se marchitaron
en otros mundos.

Hemos visto pesadillas
descender del cielo,
silenciosas, como murciélagos,
hacia donde yacen los durmientes;
hemos visto los pechos
de los súcubos.

Hemos visto el cristal
de las lágrimas de la Medusa muerta.
Hemos observado a las ondinas
menguar en presas estancadas,
y a las mandrágoras danzando frenéticamente
junto a lagos negros, hinchados de sangre.

Hemos visto a los sátiros
renovar sus antiguos amores
con ninfas blancas como la luna de los cipreses,
pálidas dríades del tejo,
en la hierba alta de los cementerios
cargados con el rocío de la tarde.

Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas,
donde átomo se mueve con átomo
en una brillante y veloz formación,
como constelaciones ordenadas
en algún camino sideral.

Hemos visto hermosos colores
que no habitan en la luz:
oro más intenso e iris
oculto y recóndito;
hemos visto los soles negros
derramando la noche.


Ye that see in darkness
When the moon is drowned
In the coiling fen-mist
Far along the ground—
Ye that see in darkness,
Say, what have ye found?

—We have seen strange atoms
Trysting on the air—
The dust of vanished lovers
Long parted in despair,
And dust of flowers that withered
In worlds of otherwhere.

We have seen the nightmares
Winging down the sky,
Bat-like and silent,
To where the sleepers lie;
We have seen the bosoms
Of the succubi.

We have seen the crystal
Of dead Medusa's tears.
We have watched the undines
That wane in stagnant weirs,
And mandrakes madly dancing
By black, blood-swollen meres.

We have seen the satyrs
Their ancient loves renew
With moon-white nymphs of cypress,
Pale dryads of the yew,
In the tall grass of graveyards
Weighed down with evening's dew.

We have seen the darkness
Where charnel things decay,
Where atom moves with atom
In shining swift array,
Like ordered constellations
On some sidereal way.

We have seen fair colors
That dwell not in the light—
Intenser gold and iris
Occult and recondite;
We have seen the black suns
Pouring forth the night.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Nictálope (Nyctalops), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Hombre lobo»: Arthur Inman; poema y análisis.


«Hombre lobo»: Arthur Inman; poema y análisis.




«Soy movimiento incorpóreo en la noche.»



Hombre lobo (Werewolf) es un poema de hombres lobo del escritor norteamericano Arthur Inman (1895-1963), publicado por Akham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Hombre lobo, uno de los grandes poemas de Arthur Inman, nos sitúa en la piel de un licántropo, desde su despertar en la noche hasta la aceptación final de su condición.


Y despierto en la oscuridad y encuentro que palidece ante la luz refulgente;
mi cuerpo se desprende; estoy en cuatro patas cerca del fétido suelo;
soy un espíritu liberado, impulsado a volar, aceptando la noche,
hechizo primigenio atado a una extraña misión licántropa.

El grito en mi garganta no pronuncia voz alguna de la mente,
su lamento se eleva hasta estrellas más nítidas que los soles cósmicos,
y no me regresa ningún eco de la humanidad ni del sufrimiento del hombre,
del corazón, del cansancio de la vieja desesperación.

Las largas estepas ondulan bajo la audaz luz de la luna, mis pies apenas rozan
las altas cumbres de las delicadas hierbas, ningún sonido sigue a mi vuelo,
y sensuales yacen los inmóviles pelos de mi pelaje liso y tenebroso:
soy movimiento incorpóreo en la noche fluida e inconmensurable.

Superar a los trenes del hombre con su rugiente velocidad reptiliana;
ir más rápido que las alas en el cielo; ser corpóreo e incorpóreo;
conocer un único llamado lujurioso y una codicia solitaria;
ser criatura que se mueve lascivamente hacia un fin, sin músculos, incansable.

Los perros aúllan a mi paso, los gallos despiertan para cantar,
la presencia de cosas incorpóreas fluye a mi alrededor mientras avanzo,
y de toda la extraña vida soy la esencia veloz y excepcional,
no formulada ante las restricciones de la compulsión.

Me desvío hacia el agua, evito el fuego, las armas con punta de plata;
por lo demás, soy libre como un rayo de fría luna
arrojado a través de distancias impermeables; la inquietante suma
de todo terror soy, ajeno al mundo del hombre, criatura solitaria.


El Orador del poema comienza despertando «en la oscuridad». Lo primero que descubre es que sus ojos pueden ver en la negrura [«palidece ante la luz»]. Está «en cuatro patas», se siente «liberado», «impulsado a volar», Todo eso forma parte del «hechizo» o maldición que lo ata a una «extraña misión licántropa». Grita, pero no pronuncia palabras; quiere decir, lamentarse, pero no oye «ningún eco de humanidad». Podemos imaginar que, al gritar, lo que le sale es un aullido lobuno. Entonces el Orador se lanza a correr por «las largas estepas» bajo la luz de la luna. Su velocidad es tal que sus «pies apenas rozan las delicadas hierbas». Siente el viento en su «pelaje liso y tenebroso». Dice atinadamente: «soy movimiento en la noche». Experimenta un «llamado lujurioso y una codicia solitaria». En cierto modo, se siente libre porque responde a sus impulsos animales. Es una criatura «que se mueve lascivamente hacia un fin» [ver: Análisis psicológico del Hombre Lobo en la ficción]

Es interesante como, en este punto, el Orador [vuelto ya un licántropo] sienta a su alrededor «la presencia de cosas incorpóreas». ¿Acaso son otros licántropos? ¿Acaso ahora puede percibir toda una flora y fauna sobrenatural, invisible a los ojos humanos?

Al final, el Orador comenta algunos elementos del folklore: evita el agua corriente, el fuego y la plata. «Por lo demás», dice, «soy libre como un rayo de fría luna». Toda su presencia, su misma existencia, es «la inquietante suma de todo terror», y por lo tanto «ajeno al mundo del hombre, criatura solitaria» [ver: Razas y clanes de hombres lobo]

Hombre lobo es un buen poema, tal vez porque Arthur Inman tenía algo de licántropo, no en términos sobrenaturales sino por lo marginado, lo solitario, lo nocturno. Su obra no tuvo éxito, de hecho, se la calificó de mediocre, y para colmo sufría una rara compulsión: la hipergrafía; es decir, escribía diarios personales de forma obsesiva, quizás debido a un trastorno bipolar o a una lesión en el lóbulo temporal. De sus cuadernos, que abarcan desde 1919 hasta su muerte en 1963, se desprenden alrededor de 17.000.000 de palabras que conforman uno de los diarios en inglés más voluminosos que se conservan.

Si bien es cierto que Arthur Inman tenía una formación literaria un tanto pobre, su sensibilidad, su excentricidad, sus obsesiones, entre ellas, su salud, le permitieron conectar con algunos aspectos de la experiencia humana vedados para la mayoría de los individuos «normales». Pasó buena parte de su vida adulta encerrado en departamentos oscuros, insonorizados, presa de frecuentes migrañas, dando rienda suelta a toda clase de prejuicios raciales. Al final, se quitó la vida con un revólver en el baño. Si alguien reuniera las condiciones de aislamiento y sufrimiento para escribir sobre la maldición de ser o sentirse una criatura de la noche, ese fue Arthur Inman.




Hombre lobo.
Werewolf, Arthur Inman (1895-1963)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Y despierto en la oscuridad y encuentro que palidece ante la luz refulgente;
mi cuerpo se desprende; estoy en cuatro patas cerca del fétido suelo;
soy un espíritu liberado, impulsado a volar, aceptando la noche,
hechizo primigenio atado a una extraña misión licántropa.

El grito en mi garganta no pronuncia voz alguna de la mente,
su lamento se eleva hasta estrellas más nítidas que los soles cósmicos,
y no me regresa ningún eco de la humanidad ni del sufrimiento del hombre,
del corazón, del cansancio de la vieja desesperación.

Las largas estepas ondulan bajo la audaz luz de la luna, mis pies apenas rozan
las altas cumbres de las delicadas hierbas, ningún sonido sigue a mi vuelo,
y sensuales yacen los inmóviles pelos de mi pelaje liso y tenebroso:
soy movimiento incorpóreo en la noche fluida e inconmensurable.

Superar a los trenes del hombre con su rugiente velocidad reptiliana;
ir más rápido que las alas en el cielo; ser corpóreo e incorpóreo;
conocer un único llamado lujurioso y una codicia solitaria;
ser criatura que se mueve lascivamente hacia un fin, sin músculos, incansable.

Los perros aúllan a mi paso, los gallos despiertan para cantar,
la presencia de cosas incorpóreas fluye a mi alrededor mientras avanzo,
y de toda la extraña vida soy la esencia veloz y excepcional,
no formulada ante las restricciones de la compulsión.

Me desvío hacia el agua, evito el fuego, las armas con punta de plata;
por lo demás, soy libre como un rayo de fría luna
arrojado a través de distancias impermeables; la inquietante suma
de todo terror soy, ajeno al mundo del hombre, criatura solitaria.


And I wake in the darkness and find darkness paled to refulgent light;
My body is shed; I am quadruped close to the odorous ground;
I am loosened spirit impulsed to flight, acceptive of night,
Primal spell upon strange lycanthropic errand bound.

Cry in my throat utters no voice of mind, and the wail
Of it rises to stars that are sharper than cosmic stars,a nd there
Is returned no echo to me of mankind and of man's travail,
Of the human heart, of the weariness of old despair.

The long steppes undulate in the bold moonlight, and my feet scarcely stir
The tall tips of the delicate grasses, and no sound trails my flight,
And sensuous lie the still hairs of my smooth and tenebrous fur:
Discarnate motion am I in a fluent and measureless night.

Outstrip the trains of man with their roaring reptilic speed;
Go faster than wings in the sky; be bodied and bodiless;
Know a single lusting call and a solitary greed;
Be creature lasciviously moving toward an end, unmuscled, tireless.

Dogs howl as I pass, and cocks awake to crow, and the presence
Of incorporeal things flows past as I progress,
And I am of all weird life the swift exceptional essence
Unformulated to constrictions of duress.

Swerve I for water, avoid fire, weapons tipped with silver come
Not near; for the rest be free as a beam of cold moonlight thrown
Across distances imperviable; the eerie sum
Of all terror am I, alien to man's world, creature alone.


Arthur Inman (1895-1963)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de hombres lobo.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Arthur Inman: Hombre lobo (Werewolf), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.


«Un visitante de medianoche»: Elizabeth Akers Allen; poema y análisis.




«¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?»



Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor) es un poema gótico de la escritora norteamericana Elizabeth Akers Allen (1832-1911), publicado en la antología de 1902: La canción del atardecer y otros versos (The Sunset Song and Other Verses).

Un visitante de medianoche, uno de los grandes poemas de Elizabeth Akers Allen, versifica la historia de una mujer que todas las noches recibe en su habitación a su «visitante», un fantasma de tiempos antiguos que toca melodías olvidadas.

Esta aparición surge cuando «la casa está a oscuras» y lo único que se ve en la habitación es la «sombra nítida de la rama del olmo». Debe ser una casa señorial, aristocrática, y por lo tanto apartada, porque la Oradora menciona que «las luces del pueblo» también están apagadas y los perros [guardianes] duermen. En ese momento, en el «silencio mudo» de la medianoche, cuando «ni una hoja muerta se atreve a caer» y lo único que se escucha es el «tictac del reloj» en la pared, el Visitante aparece «con una mirada de saludo y una flauta antigua en su mano».

No hay dudas de que se trata de un espíritu. Se deja ver «desde el rincón sombreado por la cortina» y posee modales cortesanos. Es un músico, evidentemente, porque saca «un taburete de tres patas» que, afirma la Oradora, «no estaba allí antes» y nunca logra encontrarlo a la luz del día. El Visitante coloca el taburete al lado de la cama mientras ella lo observa en silencio, «hechizada por su mística presencia», se sienta y toca su música [ver: El hombre al pie de mi cama]

En este punto, la Oradora deja en claro que el Visitante es una aparición del pasado. Viste «jubón», «volantes», «hebillas de plata» y «medias de seda»; su cabello está «empolvado y trenzado». Todo el conjunto responde al «pintoresco y elaborado estilo de hace cien años» [ver: Espíritus que no abandonan su antigua casa]

Si nos adjudicáramos la profesión de parapsicólogos literarios, diríamos que el Visitante de Medianoche es es simplemente un brote de energía residual, habida cuenta que repite una y otra vez la misma operación, a la misma hora y en el mismo lugar [ver: ¿Los fantasmas son «grabaciones» impresas en la realidad?]. Además, no presenta fenómenos paranormales adicionales. Es como una cinta que se reproduce incesantemente cuando se dan las condiciones adecuadas [ver: Teoría de la Cinta de Piedra]

También es una aparición sutil. Si la Oradora se mueve, él «desaparece»; si habla, se retira, pero si se queda «en completo silencio, él se sienta y toca durante horas». ¿Qué tipo de música? «Melodías menores», algo «melancólicas», como «las que agradaban a las doncellas de hace cien años». A pesar de tratarse de un músico, el Visitante no canta, no cuenta «historias fantasmales de errores no confesados ni perdonados». «No dice una sola palabra», aunque muestra cierto grado de consciencia sobre el entorno. Si bien parece estar atrapado en un bucle, mira «fijamente» a la Oradora.

Al final de Un visitante de medianoche no encontramos ninguna explicación. No sabemos quién es el Visitante ni por qué repite el mismo acto. Es una decisión venturosa. El placer está en el misterio, pocas veces en su resolución. Sin embargo, hay algunas pistas que podemos seguir.

Por ejemplo, la melodía que toca es «como las que agradaban a las doncellas de hace cien años», en otras palabras, es una melodía amorosa, sentimental. El Visitante, tal vez, está cortejando a la Oradora, o quizás repitiendo una escena pasada, el cortejo a una antigua habitante de la casa, probablemente una ancestro de la Oradora. Sin embargo, está consciente de ella: la mira, responde a su voz y a sus movimientos. Si hubiese que dar un veredicto, presentaría dos opciones:

a- El fantasma, como lo dice el título del poema, simplemente está «visitando» a la nueva señora de la casa. Toca para ella como lo hizo para sus predecesoras.

b- La Oradora, de algún modo, se desliza hacia el pasado, donde el músico está vivo y también toca para ella.

Esta última opción invierte los términos del título y hace que la Oradora sea la visitante de medianoche.





Un visitante de medianoche.
A Midnight Visitor, Elizabeth Akers Allen (1832-1911)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Al final la casa está a oscuras,
el último delicado paso es silencioso
y la sombra nítida de la rama del olmo
parpadea en el alféizar de la ventana.
Cuando las luces del pueblo se apagan,
y todos los perros duermen,
y el resplandor plateado y brumoso
hace que la sombra parezca negra y profunda,
cuando la noche es tan silenciosa
que ni una hoja muerta se atreve a caer
y solo oigo el tictac del reloj
de la muerte en la pared,
cuando ningún ratón escondido se atreve
a roer el silencio muerto y mudo,
y el aire mismo parece esperar
algo que debería venir,
ningún susurro agita el aire;
sin embargo, él permanece allí, valiente y mudo,
con una mirada de saludo
y una flauta antigua en su mano.
Entonces, con toda la gracia cortesana
de la antigua escuela colonial,
desde el rincón sombreado por la cortina
saca un taburete de tres patas.
(¡Ah, no estaba allí antes!
¡Por más que lo busque,
nunca, nunca lo encontraré
a la luz del día!)
Lo coloca al lado de mi cama,
y mientras lo contemplo en silencio,
hechizada por su mística presencia,
se sienta allí y toca
con gracia, majestuoso, serio y alto,
vestido de pies a cabeza
con el pintoresco y elaborado estilo
de hace cien años.
Jubón, medias de seda
lleva mi melodista de medianoche,
volantes de nieve en su pecho,
volantes de nieve en su muñeca,
hebilla de plata en la rodilla,
hebilla de plata en el zapato;
cabello empolvado, peinado y trenzado
en una coleta rígida al estilo antiguo.
Si me muevo, desaparece;
si hablo, vuela;
si me quedo en completo silencio,
se sienta y toca durante horas;
toca viejas melodías menores,
melancólicas, salvajes y lentas,
tal vez como las que agradaban
a las doncellas de hace cien años.
En vano espero escuchar historias fantasmales
de errores no confesados ni perdonados,
no vengados y sufridos
durante mucho tiempo;
No cuenta ninguna historia,
no dice una sola palabra;
sólo se sienta y me mira fijamente,
y toca y toca.
¿Quién es él, mi visitante de medianoche?
¿Por qué me atormenta,
viniendo de las sombras brumosas
de hace cien años?


After all the house is dark,
And the last soft step is still,
And the elm-bough's clear-cut shadow
Flickers on the window sill—

When the village lights are out,
And the watch-dogs all asleep,
And the misty silver radiance
Makes the shade look black and deep—

When, so silent is the night,
Not a dead leaf dares to fall,
And I only hear the death-watch
Ticking, ticking in the wall—

When no hidden mouse dares gnaw
At the silence dead and dumb,
And the very air seems waiting
For a Something that should come—

Suddenly, there stands my guest,
Whence he came I cannot see;
Not a door has swung before him,
Not a hand touched latch or key,

Not a rustle stirred the air;
Yet he stands there, brave and mute,
In his eyes a look of greeting,
In his hand an old-time flute.

Then, with all the courtly grace
Of the old Colonial school,
From the curtain-shadowed corner
Forth he draws a three-legged stool—

(Ah, it was not there before!
Search as closely as I may,
I can never, never find it
When I look for it by day!)

Places it beside my bed,
And while silently I gaze
Spell-bound by his mystic presence,
Seats himself thereon and plays.

Gracious, stately, grave and tall,
Always dressed from crown to toe
In the quaint elaborate fashion
Of a hundred years ago.

Doublet, small-clothes, silk-clocked hose;
Wears my midnight melodist,
Snowy ruffles in his bosom,
Snowy ruffles at his wrist.

Silver buckle at his knee,
Silver buckle on his shoe;
Powdered hair smoothed back and plaited
In a stiff old-fashioned queue.

If I stir he vanishes;
If I speak he flits away;
If I lie in utter silence,
He will sit for hours and play;

Play old wailing minor airs,
Melancholy, wild and slow,
Such, mayhap, as pleased the maidens
Of a hundred years ago.

All in vain I wait to hear
Ghostly histories of wrong
Unconfessed and unforgiven,
Unavenged and suffered long;

Not a story does he tell,
Not a single word he says—
Only sits and gazes at me
Steadily, and plays and plays.

Who is he, my midnight guest?
Wherefore does he haunt me so;
Coming from the misty shadows
Of a hundred years ago?


Elizabeth Akers Allen (1832-1911)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de fantasmas.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Akers Allen: Un visitante de medianoche (A Midnight Visitor), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.


«A la fantasmal luz de la luna»: Thomas Lovell Beddoes; poema y análisis.




«El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.»



A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine) es un poema gótico del escritor inglés Thomas Lovell Beddoes (1803-1849), publicado de manera póstuma en la antología de 1851: Poemas escogidos (Collected Poems).

A la fantasmal luz de la luna agrupa las tres grandes obsesiones de los poemas de Thomas Lovell Beddoes: la muerte, el amor y lo sobrenatural. Este poema en particular gira entorno a un joven que atrae a una mujer al cementerio para asesinarla

Este motivo, así como la estructura del poema, pertenecen a la fórmula de la balada medieval. Cuando uno piensa en la Edad Media supone que sus cantos tratan sobre caballeros, hadas, magos y bosques embrujados, pero no es así. La balada es una forma de tradición oral, y aborda todos los temas, algunos épicos, dinásticos, otros enfocados en los llamados crímenes pasionales, incluso en la violencia doméstica. La poesía gótica, heredera del macabre del medioevo, atenuó el motivo de la chica engañada y arrastrada a su muerte; en cambio, presenta a una damisela en apuros que es atraída a un lugar solitario [no obligada], a menudo un castillo o una abadía en ruinas. Las baladas son más crudas: la mujer ofrece poca o ninguna resistencia, es asesinada y su cuerpo es abandonado, aunque a menudo retorna espiritualmente. En ocasiones se aparece un elemento adicional: el arrepentimiento, por lo que el asesino es castigado a través de la locura o la muerte [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]

El estribillo de A la fantasmal luz de la luna sugiere la interminable recreación de un crimen, lo cual puede verse como una especie de infierno personal. El poema comienza con una serie de acciones aterradores aunque mediante un lenguaje que evoca amor y ternura. Pronto es evidente que no estamos ante dos amantes en la intimidad del dormitorio, sino frente a un asesino y su víctima:


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.


El «cálido trueno» es un oximoron que expresa el trastorno mental del Orador, el cual llama «esposa» a su víctima. Ella «tiembla» y «llora»; no es para menos, está en manos de un psicópata que está a punto de concretar su fantasía homicida. Su «mayor deseo», afirma, es verla «pálida» [es decir, muerta], y «recostada en el más suave féretro a la fantasmal luz de la luna».


¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.


La segunda estrofa comienza mostrando el desconcierto de la víctima. Deduce que está en un cementerio, oye la pala de su torturador mientras cava su futura tumba. Ahora bien, es importante aclarar que esta es solo una interpretación. El Orador quizás no es un psicópata humano, sino la propia Muerte, una figura sobrenatural que lleva a su víctima a la consumación de su vida. Conociendo la obsesión de Thomas Lovell Beddoes con la muerte, podrían ser ambas cosas, tal vez simultáneamente, siendo el asesino una encarnación momentánea de la Muerte [ver: Muerte no te enorgullezcas]

En esta segunda estrofa está el elemento más inquietante del poema. En el romanticismo [y en todo el camino hasta nuestros días], la niñez está asociada a la inocencia, y la inocencia a la ignorancia de la muerte. En otras palabras, los adultos intentamos mantener a los pequeños lo más alejados posible de estos temores. El desquiciado orador de Thomas Lovell Beddoes invierte esta idea, otorgándoles a los niños una fría percepción de la mortalidad. Los adultos, en realidad, somos los inocentes porque podemos expresarnos con eufemismos, podemos rodear los temas que nos preocupan; mientras que los pequeños, en cambio, van al grano, y en cierto modo se enfrentan a sus miedos de manera más directa. El ataúd, dice el Asesino/Muerte, es una «cama agradable» «que los niños llaman tumba a la fría luz de la luna».


¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


En la tercera estrofa aparece una nueva voz, tal vez la del lector, que interroga al asesino sobre sus actos.

Lo que observa el lector es que el asesino ha estado viviendo una fantasía, el embellecimiento de un acto detestable. Thomas Lovell Beddoes sugiere que la mujer está desnuda [la cadena no la adorna, la cubre], lo cual alimenta la sensación de que estamos ante un crimen de índole psicosexual. Hay estrangulamiento y apuñalamiento, que implican proximidad física en la comisión del crimen.

El estribillo cambia aquí, sufre un ajuste, aunque sigue siendo impenetrable. Los dos «diablos» se convierten en un goblin [duende] «que sopla a través de las costillas del asesino». Al parecer, los espíritus pueden experimentar una especie de segunda muerte [subjetiva] y resucitar para experimentarla una y otra vez en «su propia luz de luna» [ver: «Y con eones extraños incluso la muerte puede morir»]

Thomas Lovell Beddoes estudió medicina, pero no soportó sus métodos a principios del siglo XIX. Pasó gran parte de su vida sufriendo depresión y estaba obsesionado con la muerte. Todo esto, sumado a una inusual imaginación, lo llevó escribir algunos de los poemas más macabros y originales de la época.

Es casi imposible hacer un resumen de sus poemas que tratan sobre la muerte. Es un motivo ubicuo en su obra. A veces son crímenes recreados después de la muerte, muertes antinaturales, horribles, remordimientos insoportables. Es interesante notar que esta obsesión lo hizo menos solemne que Edward Young, Robert Blair, y otros poetas de cementerio. La obsesión implica frecuencia, familiaridad. Mientras otros autores pensaban ocasionalmente en la muerte, Thomas Lovell Beddoes pensaba en ella todo el tiempo [ver: Y la Muerte no tendrá dominio]

Thomas Lovell Beddoes se suicidó bebiendo veneno en la ciudad de Basilea, Suiza, el 26 de enero de 1849, a la edad de 45 años.




A la fantasmal luz de la luna.
The Ghosts' Moonshine, Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Es medianoche, mi esposa;
yacemos bajo
la tempestad radiante y sin temor,
en el cálido trueno:
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué puedes temer?)
El mayor deseo de mi corazón
es verte pálida, recostada
en el más suave féretro,
a la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios, que soplan
a través de las costillas del asesino
de un lado a otro,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Quién anda ahí, dijo asustada,
agitando y despertando al pobre muerto?
Es su pala, cavando
(¡No tiembles ni llores! ¿Qué anhelas?)
donde se entrelazan las hierbas,
una cama agradable, doncella mía,
que los niños llaman tumba,
a la fría luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo dos demonios que soplan
de un lado a otro entre las costillas del asesino,
a la fantasmal luz de la luna.

¿Qué estiras sobre la blancura
de su hermosa garganta?
¿Una cadena de seda para cubrir
el brillo de su pecho?
(No tiembles ni llores: ¿qué temes?)
Mi sangre se ha derramado como vino;
me has estrangulado y asesinado, amor mío,
me has apuñalado, querido,
bajo la fantasmal luz de la luna.
¿Es el viento? No, no;
solo su duende que sopla
a través de las costillas del asesino,
bajo su propia luz de luna.


It is midnight, my wedded;
Let us lie under
The tempest bright undreaded,
In the warm thunder:
(Tremble and weep not! What can you fear?)
My heart's best wish is thine, -
That thou wert white, and bedded
On the softest bier,
In the ghost's moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

Who is there, she said afraid, yet
Stirring and awaking
The poor old dead? His spade, it
Is only making, -
(Tremble and weep not! What do you crave?)
Where yonder grasses twine,
A pleasant bed, my maid, that
Children call a grave,
In the cold moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only two devils, that blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In the ghosts' moonshine.

What doest thou strain above her
Lovely throat's whiteness?
A silken Chain, to cover
Her bosom's brightness?
(Tremble and weep not: what dost thou fear?)
- My blood is spilt like wine,
Thou hast strangled and slain me, lover,
Thou hast stabbed me dear,
In the ghosts' moonshine.
Is that the wind? No, no;
Only her goblin doth blow
Through the murderer's ribs to and fro,
In its own moonshine.


Thomas Lovell Beddoes (1803-1849)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Thomas Lovell Beddoes.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Thomas Lovell Beddoes: A la fantasmal luz de la luna (The Ghosts' Moonshine), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.


«Bestias»: Richard Wilbur; poema y análisis.




«Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche.»



Bestias (Beasts) es un poema del escritor norteamericano Richard Wilbur (1921-2017), publicado en la antología de 1956: Cosas del mundo (Things of This World).

Bestias, uno de los poemas de Richard Wilbur más reconocidos, nos introduce en un reino salvaje, primordial, donde las «bestias» [«en su mayor libertad»] ejercen su derecho a vagar por la imaginación del poeta.

La primera «bestia» que encontramos es «la gaviota en su cornisa», soñando; pero sus sueños [sobre «las olas que abajo arranca la luna»] no se producen en su mente, sino en sus «entrañas». La segunda es el pez que dormita «en el agua que canta». Luego llega el «ciervo», el «ratón desgarrado» en las garras del «búho»:


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad.


Entre las «Bestias» y nosotros media «el cristal de la ventana», una barrera entre la luna, la noche, y el interior de una habitación. A pesar de ese distanciamiento con la luna, pronto descubrimos que su poder y su influencia no se diluyen. Mientras estamos seguros en la habitación, «esa misma luna» produce «la dolorosa transformación del hombre lobo»:


mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.


La transformación en lobo es una especie de retorno a una forma de vida primaria, a la versión por defecto del ser humano. Por lo tanto, en el contexto del poema de Richard Wilbur, la metamorfosis en lobo es menos sobrenatural que natural. Vemos al hombre luchando por conservar su humanidad, pero al final, «dejándose llevar», cede a sus impulsos. Sus sentidos se agudizan, percibe «los tonos del viento», el «pánico de las hojas», los «arroyos revueltos», mientras siente que su «feroz pelo de fiera» va creciendo en su rostro.

Bestias expresa una enorme nostalgia, no por el pasado personal, no por la infancia del individuo, sino por la existencia animal, primordial e inconsciente de la especie humana. Siguiendo esta línea evolutiva, el poema de Richard Wilbur progresa desde las «bestias» al ser humano, pasando por una criatura intermedia: el hombre lobo. La presencia de la luna, la reacción de las «bestias», el licántropo y el hombre ante su luz, guía al lector a lo largo de todo el proceso.

El hombre lobo funciona aquí como el eslabón intermedio entre la existencia animal [inconsciente] y la condición humana [consciente]. El licántropo está unido a la luna, sincronizado a sus fases, pero los seres humanos, aquellos que están «lejos de la espesura» [alejados de la naturaleza], la observan a través de las «altas ventanas» y encuentran su belleza «dolorosa». La luna nos conmueve, pero entre ella y nosotros existe el cristal de la venana, una lente pero también una separación. El hombre estudia la naturaleza como si fuera un agente externo. Las «bestias» la experimentan en primera persona.


Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Richard Wilbur hace una última distinción, por cierto, intrigante, entre «bestias» y «monstruos». Todas las «bestias» pertenecen a la naturaleza, pero solo el ser humano es capaz de crear «monstruos». En este contexto, la ciudad representa a la civilización como la máxima expresión del orden y la consciencia, pero también una especie de caída de la naturaleza.




Bestias.
Beasts, Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Las bestias, en su mayor libertad,
duermen en paz esta noche. La gaviota, en su cornisa,
sueña en sus entrañas con las olas que abajo arranca la luna,
y el pez se apoya en una piedra, adormecido
por el agua que canta,

donde las inmaculadas patas
del ciervo salpican dulcemente, a las cuales
el destripado ratón, a salvo en las garras del búho, grita
en armonía. Aquí no existe tal daño
ni tal oscuridad

mientras la misma luna,
deformada en el cristal de la ventana, asiste
a la dolorosa transformación del hombre lobo. Apartando su cabeza
de la sudorosa almohada, intenta recordar
el estado de ánimo humano,

pero yace al fin, como siempre,
dejándose llevar, que el feroz pelo de fiera llene su rostro,
escuchando con oídos agudos los exaltados tonos del viento,
el pánico de las hojas y la degradación
de los arroyos revueltos.

Entretanto, en las altas ventanas,
lejos de la espesura y las sordas pisadas, los mejores pretendientes
suspiran y abandonan su trabajo para recostruir la dolorosa
belleza del cielo, la diáfana luna
y el cazador despierto,

creando para los hombres tales sueños
que romperán sus corazones como siempre, trayendo
monstruos a la ciudad, cuervos en las estatuas públicas
y flotas alimentando a los peces en las oscuras
y desenfrenadas aguas.


Beasts in their major freedom
Slumber in peace tonight. The gull on his ledge
Dreams in the guts of himself the moon-plucked waves below,
And the sunfish leans on a stone, slept
By the lyric water,

In which the spotless feet
Of deer make dulcet splashes, and to which
The ripped mouse, safe in the owl’s talon, cries
Concordance. Here there is no such harm
And no such darkness

As the selfsame moon observes
Where, warped in window-glass, it sponsors now
The werewolf’s painful change. Turning his head away
On the sweaty bolster, he tries to remember
The mood of manhood,

But lies at last, as always,
Letting it happen, the fierce fur soft to his face,
Hearing with sharper ears the wind’s exciting minors,
The leaves’ panic, and the degradation
Of the heavy streams.

Meantime, at high windows
Far from thicket and pad-fall, suitors of excellence
Sigh and turn from their work to construe again the painful
Beauty of heaven, the lucid moon
And the risen hunter,

Making such dreams for men
As told will break their hearts as always, bringing
Monsters into the city, crows on the public statues,
Navies fed to the fish in the dark
Unbridled waters.


Richard Wilbur (1921-2017)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Richard Wilbur.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Richard Wilbur: Bestias (Beasts), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La bruja del pueblo»: Madison Cawein; poema y análisis.


«La bruja del pueblo»: Madison Cawein; poema y análisis.




«Algunos decían que era una bruja
y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios.»



La bruja del pueblo (The Town Witch) es un poema gótico del escritor norteamericano Madison Julius Cawein (1865-1914), publicado en la antología de 1909: Nuevos poemas (New Poems).

La bruja del pueblo, uno de los poemas de Madison Cawein más interesantes, presenta la historia de una anciana acusada [injustamente] de brujería y asesinada por la gente de su pueblo.

En general, el soneto suele asociarse a la poesía sentimental, amorosa, no a una anciana malhumorada, solitaria y sin amigos; pero de algún modo resulta pertinente aquí.

Madison Cawein describe a esta mujer como la típica bruja de pueblo: antipática, decrépita, que no tiene trato con sus vecinos. Vive en una «choza», y la gente evita pasar por allí. No se nos dice nada específico sobre el pueblo ni sobre la época en la que transcurre el drama. De hecho, el autor le da un tratamiento bastante genérico al contexto, aunque la creencia en brujas, sabbats, el ahorcamiento de una mujer acusada y la lapidación de su perro sugieren que podríamos estar en la Nueva Inglaterra puritana, en particular en la época de los juicios de Salem.

Esta es una conjetura sin demasiados fundamentos. No hay ninguna referencia directa a Salem, ni siquiera a los Estados Unidos. El «pueblo» de esta bruja podría estar en cualquier lugar donde la creencia en la brujería estuviera lo suficientemente arraigada como para acusar a alguien de su práctica y ejecutarlo por el clamor popular.

La situación es similar a la que podríamos encontrar en los casos registrados por el Malleus Maleficarum, donde la mujer acusada de bruja solía ser una anciana que vivía sola, alienada y marginada. No se nos da su nombre ni su historia; la vemos como una simple anciana y sólo en relación con su entorno: es la «bruja del pueblo», como si cumpliera un papel involuntario en esta comunidad, atrapada en la percepción que los demás tienen de ella:


Algunos decían que era una bruja y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios; en la piedra áspera de su hogar.


Lo cierto es que la anciana no está completamente sola. Tiene un perro, que desde luego es visto por la comunidad como un espíritu familiar, un demonio menor que asiste a las brujas, a menudo tomando la forma de un animal [gatos, perros, sapos]:


un demonio estaba sentado siempre con ojos demacrados que brillaban,
como un perro peludo cuyos colmillos estaban al descubierto.


Madison Cawein revela gradualmente que este «familiar» es sólo un perro. Sin embargo, los habitantes del pueblo, que ya la han declarado una bruja, no pueden ver en el animal otra cosa que su asistente demoníaco. Desde una tranquilizadora perspectiva moderna podríamos decir que este perro simplemente está sincronizado con la actitud general de su dueña, y que se muestra hostil con los demás porque su ama se siente de ese modo.

Recién al final del poema se introduce algo de acción: se produce una racha de mala suerte. Una vaca muere, un niño enferma, y todos dirigen sus sospechas hacia la anciana:


Así que, un día, cuando la vaca de un vecino murió y el bebé de alguien enfermó,
unos buenos hombres encerraron a la vieja en prisión,
la arrastraron a la corte y la juzgaron;
luego la colgaron por bruja y quemaron su choza.


La mujer es ejecutada, y esto no causa demasiada antipatía en el lector. Después de todo, hasta aquí hemos visto a la anciana y a su perro desde el punto de vista de los habitantes del pueblo. No necesariamente la compartimos, pero es la perspectiva que nos dan: ella es hostil, desdeñosa, marginal, muy probablemente una bruja; y su perro es agresivo y cruel, quizás un demonio familiar.

En los versos finales, de manera brillante, Madison Cawein nos da una fugaz visión de la vida interior de la presunta bruja. No tiene amigos y no se menciona a ningún marido o hijo, vivo o muerto. ¿Qué vínculo emocional, qué forma de amor ha entrado alguna vez en la vida de esta mujer?

El perro.


Días después, sobre su tumba, todo piel y huesos,
encontraron al perro, y lo mataron a pedradas.


El perro, ahora hambriento [«todo piel y huesos»] sin su ama que lo alimente, se queda fielmente junto a su tumba. Es una imagen conmovedora, sugiere un vínculo profundo entre dos criaturas aisladas y no queridas. La gente del pueblo lo mata a piedrazos [castigo bíblico]. Nada ha cambiado su perspectiva; no pueden ver a un perro leal que, guiado por su olfato, llegó hasta la tumba de su dueña porque la ama, porque ha perdido a la única persona que probablemente le dispensó cuidados y afecto. Hasta ese gesto de amor es interpretado como una prueba más de brujería, la confirmación de que no han cometido una atrocidad.




La bruja del pueblo.
The Town Witch, Madison Cawein (1865-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Con el rostro contorsionado, la lengua ennegrecida, ojos hundidos y fijos,
hostil y sin amigos, la vieja vivía sola en su choza,
frente a la cual rara vez pasaba algún aldeano.
Algunos decían que era una bruja y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios; en la piedra áspera de su hogar,
un demonio estaba sentado siempre con ojos demacrados que brillaban
como un perro peludo cuyos colmillos estaban al descubierto.
Así que, un día, cuando la vaca de un vecino murió y el bebé de alguien enfermó,
unos buenos hombres encerraron a la vieja en prisión,
la arrastraron a la corte y la juzgaron;
luego la colgaron por bruja y quemaron su choza.
Días después, sobre su tumba, todo piel y huesos,
encontraron al perro, y lo mataron a pedradas.


Crab-Faced, crab-tongued, with deep-set eyes that glared,
Unfriendly and unfriended lived the crone
Upon the common in her hut, alone,
Past which but seldom any villager fared.
Some said she was a witch and rode, wild-haired,
To devils' revels: on her hearth's rough stone
A fiend sat ever with gaunt eyes that shone
A shaggy hound whose fangs at all were bared.
So one day, when a neighbour's cow had died
And some one's infant sickened, good men shut
The crone in prison: dragged to court and tried:
Then hung her for a witch and burnt her hut.
Days after, on her grave, all skin and bones
They found the dog, and him they killed with stones.


Madison Cawein (1865-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Madison Cawein.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Madison Cawein: La bruja del pueblo (The Town Witch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.


«El Hombre-Polilla»: Elizabeth Bishop; poema y análisis.




«Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando te devuelve la mirada.»



El Hombre-Polilla (The Man-Moth) es un poema de la escritora norteamericana Elizabeth Bishop (1911-1979), escrito en 1935 y publicado en la antología de 1946: Norte y sur (North and South).

El Hombre-Polilla, uno de los mejores poemas de Elizabeth Bishop, está inspirado en un error tipográfico en un artículo del New York Times, en el que se utilizó equivocadamente el término manmoth [«hombre-polilla»] en lugar de la palabra correcta: mammoth [«mamut»]. En una entrevista, la autora mencionó que es errata «parecía estar destinada» a ella:


«Un oráculo me habló desde la página del New York Times (...) A una le ofrecen este tipo de declaraciones oraculares todo el tiempo, pero a menudo se las pasa por alto, o el significado se niega a permanecer en su lugar.»


El Hombre-Polilla nos introduce en un escenario urbano, nocturno: la luz de la luna se filtra por las grietas de los edificios, y esto atrae a una criatura humanoide, extraordinariamente delgada, que emerge de las alcantarillas. El El Hombre-Polilla no puede ver la luna, pero sí sentir su luz. Comienza a trepar por un edificio; cree que la luna es en realidad una pequeña abertura en el cielo por la cual podrá meter su cabeza. Está asustado, pero la luz lo atrae inexorablemente.


«Aquí, arriba,
las grietas de los edificios están llenas de la maltrecha luz de la luna.
La sombra del Hombre es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como el pedestal circular de una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades,
sintiendo la extraña luz en sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en los termómetros.»


Como en otras ocasiones, el Hombre-Polilla cae y regresa a su mundo subterráneo. Abatido por una sensación general de lentitud, se sube a un vagón del metro. Por alguna razón siempre elige sentarse «al revés», es decir, de espaldas a la dirección en la que se mueve el tren. «No se atreve a mirar por la ventana» a causa del tercer raíl [siendo mitad polilla, probablemente termine siendo atraído y carbonizado por la electridad]. Temeroso, el Hombre-Polilla no se permite tocar o interactuar con su entorno [«Tiene que mantener / sus manos en los bolsillos»], limitando aún más sus oportunidades de conexión y hace que su soledad sea aún más completa. Todas las noches de luna se repite la misma escena: el ascenso por los edificios, la caída y el retorno a los túneles «a soñar los mismos sueños» [ver: El Hombre Polilla: una leyenda urbana]

Elizabeth Bishop concluye el poema con una advertencia: si el lector llega a encontrarse por casualidad con el Hombre-Polilla, debe iluminarle los ojos con una linterna. No tiene iris; todo es negro, como el cielo nocturno. Sus párpados son como el horizonte, se contraen cuando te miran. Entonces se le escapa una lágrima: lo único que tiene para ofrecer. Pero, cuidado, intentará esconderla en su mano y, si no estás atento, se la comerá.


Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando él te devuelve la mirada y cierra sus ojos. Entonces, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja.
La recoge disimuladamente y, si no estás atento, se la traga.
Pero si la ves, te la entregará,
fresca como los manantiales subterráneos y lo bastante pura como para beberla.


Elizabeth Bishop escribió El Hombre-Polilla a los veinticuatro años, justo después de graduarse de la universidad. Es un poema diferente del resto de su obra, mucho más surrealista, casi abstracto, y que por lo tanto permite una variedad de interpretaciones. La más obvia, y debido a eso probablemente equivocada, sugiere que los intentos metódicos de esta polilla de llegar a la luna, que cree es un agujero, y meter la cabeza, son una expresión alegórica de la sexualidad masculina. El mismo argumento puede utilizarse en relación a la espiritualidad o a la ambición.

En efecto, el Hombre-Polilla cree que la luna es un agujero en el cielo, y trata repetidamente [sin éxito] de alcanzarla. Esto podría verse como un ejemplo de perseverancia; al mismo tiempo, estos intentos podrían representar un deseo [inútil] de escape que deja al Hombre-Polilla atrapado en un ciclo de esperanza y decepción.

Si el Hombre-Polilla alcanzara la luna [esta es su teoría], cree que podría ver más allá, tal vez incluso salir de su lúgubre morada en la ciudad. Nunca ha estado ni cerca de lograrlo, pero eso no importa demasiado. En cada intento, el Hombre-Polilla cree que «se las arreglará para meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia» y abrirse paso hacia el otro lado. El Orador del poema señala que, «por supuesto, falla» una y otra vez, resaltando tanto el empeño como la inutilidad de sus esfuerzos. ¿Será que el Hombre-Polilla no está buscando algo exterior [a sí mismo] sino tratando de escapar del mundo ordinario que lo rodea, paradójicamente, a través de una rutina?

Elizabeth Bishop nos anima a identificarnos con el Hombre-Polilla. Después de todo, es difícil no sentir simpatía por esta criatura que existe en una soledad opresiva e intenta alcanzar un objetivo heróico. Entonces, de repente, se dirige al lector como si fuera parte de esta fábula. Donde antes invocaba nuestra identificación, ahora afirma que no sólo compartimos el mismo mundo del Hombre-Polilla: podemos encontrarlo y despojarlo de su única posesión [sus lágrimas]. Esto, de algún modo, nos hace ver como intrusos de la noche, seres que patrullan la oscuridad con la fría luz de nuestras linternas, perfectamente capaces de actuar con la mayor crueldad. De este modo, la escala sobrenatural del poema se funde con una escena familiar. Pasamos de observar desde una prudente distancia a intervenir.

Al final del poema, la imaginación es derrotada. El Hombre-Polilla se ve obligado a esconderse, a enfrentar la posibilidad de ser asesinado, aunque sea de manera incidental, mientras el ser humano saquea su único tesoro.

El Hombre-Polilla es un poema singular, casi expresionista [como el juego de sombras de Murnau], una exploración al estilo de Kafka [ver: Kafka y lo Kafkiano]. El propio Hombre-Polilla es una figura lógica dentro del mundo que esboza Elizabeth Bishop, salida desde los túneles de la imaginación; de hecho, su incomodidad durante esta «visita a la superficie» es palpable. La naturaleza de su otra vida, bajo tierra, en los túneles, es desconocida [ver: En el Metro: el horror subterráneo de lo reprimido]

Algunos asocian ciertos aspectos de El Hombre-Polilla con el alcoholismo que sufría Elizabeth Bishop. Esas asociaciones derivan de sus cuadernos de trabajo, donde se forja una relación directa entre el fatal tercer raíl y los peligros del alcohol, haciendo del poema un retrato simbólico del artista como adicto. Es una interpretación plausible, pero alejada de lo más interesante de El Hombre-Polilla, que son sus puntos ciegos. La criatura intenta repetidamente [y sin éxito] perforar los límites físicos de la realidad [«meter su cabecita a través de esa abertura redonda y limpia»], y quizás nacer a una nueva existencia. Pero, ¿por que piensa que la luna es «como un pequeño agujero en lo alto del cielo»? ¿Por qué «debe atravesar túneles artificiales y tener sueños recurrentes»? Podríamos perdernos sin remedio en este laberinto de asociaciones.

Lo único cierto es que la luna ejerce una atracción compulsiva sobre el Hombre-Polilla. Todo el poema está atravesado por un patrón de verticalidad, desde los túneles a las alturas de los edificios y de vuelta hacia abajo: ascenso imposible y caída inevitable. Todo esto acaso tiene relación con el proceso de creación artística. En este contexto, la compulsión por escalar hasta la luna es un sustituto del poeta que intenta lograr algo elevado y significativo, algo que requiere, en primer lugar, superar el miedo [«lo que el Hombre-polilla más teme es lo que debe hacer»]; y en segundo la perseverancia ante el fracaso seguro.




El Hombre-Polilla.
The Man-Moth, Elizabeth Bishop (1911-1979)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Aquí, arriba, las grietas de los edificios están llenas de la maltrecha luz de la luna.
La sombra del Hombre es tan grande como su sombrero.
Yace a sus pies como el pedestal circular de una muñeca,
y él es como un alfiler invertido, con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; sólo observa sus vastas propiedades,
sintiendo la extraña luz en sus manos, ni cálida ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en el termómetro.

Pero cuando el Hombre-Polilla
hace sus raras, aunque ocasionales, visitas a la superficie,
la luna le parece bastante diferente. Él emerge
de una abertura bajo el borde de una de las aceras
y nerviosamente comienza a escalar las fachadas de los edificios.
Cree que la luna es un pequeño agujero en lo alto del cielo,
lo que demuestra que el cielo es bastante inútil para protegerse.
Tiembla, pero debe descubrir hasta dónde puede escalar.

Por las fachadas,
arrastrando su sombra como el paño de un fotógrafo,
asciende, temeroso, pensando que esta vez logrará
introducir su cabecita por esa limpia abertura redonda
y que la luz lo obligará a pasar, como por un tubo, en volutas negras.
(El hombre, de pie debajo de él, no alberga tales ilusiones.)
Pero lo que más teme el Hombre-Polilla es lo que debe hacer,
aunque fracase, por supuesto, y caiga hacia atrás, asustado pero ileso.

Luego regresa
a los pálidos túneles del subterráneo que considera su hogar.
Revolotea, se agita y no logra subir a bordo de los trenes silenciosos
con la rapidez necesaria. Las puertas se cierran rápidamente.
El Hombre-Polilla siempre se sienta mirando hacia el lado equivocado
y el tren arranca de inmediato a toda su terrible velocidad,
sin cambios de marcha ni gradación de ningún tipo.
No puede calcular a qué velocidad viaja hacia atrás.

Cada noche
debe atravesar túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
Así como los durmientes se repiten bajo su tren, éstos subyacen
bajo su mente acelerada. No se atreve a mirar por la ventana,
porque el tercer raíl, la corriente ininterrumpida de veneno,
corre a su lado. Lo considera como a una enfermedad
cuya propensión ha heredado. Tiene que mantener
las manos en los bolsillos, como otros deben usar bufandas.

Si llegas a verlo,
acércale una linterna a los ojos. Pupilas negras,
todo noche, cuyo horizonte veteado se contrae
cuando él te devuelve la mirada y cierra sus ojos. Entonces, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como el aguijón de una abeja.
La recoge disimuladamente y, si no estás atento, se la traga.
Pero si la ves, te la entregará,
fresca como los manantiales subterráneos y lo bastante pura como para beberla.


Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.

But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.

Up the façades,
his shadow dragging like a photographer’s cloth behind him
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.

Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man-Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.

Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window,
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards it as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.

If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It’s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee’s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you’re not paying attention
he’ll swallow it. However, if you watch, he’ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.


Elizabeth Bishop (1911-1979)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Elizabeth Bishop.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Elizabeth Bishop: El Hombre-Polilla (The Man-Moth), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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