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«El castillo oscuro»: Walter de la Mare; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Walter de la Mare; poema y análisis.




«En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí.»



El castillo oscuro (The Dark Château) es un poema gótico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado en la antología de 1916: Los oyentes (The Listeners).

El castillo oscuro, situado entre los grandes poemas de Walter de la Mare, explora uno de los motivos tradicionales de la literatura gótico: el castillo, la casa vacía, abandonada, pero que todavía conserva algo en su interior, listo para manifestarse ante la persona indicada [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

En cierto modo, Walter de la Mare comparte con el lector una de sus obsesiones, a la cual puede acceder incluso en sueños, un «castillo oscuro» que permanece «siempre abierto» para él:


En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí;
en lejanos barrancos fluyen aguas oníricas,
descendiendo silenciosamente;
sobre sus cumbres flota el águila,
solitaria en un cielo sin sol;
mudas son las gargantas doradas
del bosque donde los pájaros revolotean.

Ninguna voz se oye. El viento
duerme en su paz.
Ninguna flor de la luz encuentra
refugio bajo sus árboles;
solo la hiedra oscura trepa
con la rosa silvestre
y el ciprés, mañana y tarde,
proyectando la negra sombra del tiempo.

Todo vacío y desconocido;
solo el soñador camina
de piedra en piedra hueca,
donde duerme el musgo verde,
y mira los ríos en sus profundidades,
el águila solitaria en el cielo,

mientras gotea el rocío del atardecer,
fría y silenciosamente.

¡Ojalá pudiera entrar!
En cada habitación secreta;
ojalá mis ojos brillantes por el sueño
pudieran penetrar en la oscuridad interior;
contemplar desde sus altas ventanas,
a lo lejos, sus muros mohosos,
donde fluye el Leteo, aún claro como el ámbar,
y caen cascadas espumosas.

Pero, mientras contemplo,
de un sueño suave surge
algún toque que eleva mis sentidos
a su antiguo hogar terrenal;
se desvanece entonces ese cielo sereno;
y en la cima de las nieves eternas
se deshace en un verde pálido,
iluminado por el amanecer,
mi oscuro castillo.


Walter de la Mare establece una comparación entre la arquitectura y el escenario de este castlllo oscuro con las estructuras de la mente. Se trata de una representación profunda, constante, aparentemente vacía de parafernalia psicoanalítica pero con algunos ingredientes que habrían deleitado a Sigmund Freud y Carl Jung [ver: La experiencia de Carl Jung en una casa embrujada]. El postulado podría ser el siguiente: en el territorio de las subjetividades de nuestro mundo interior, en los complejos paisajes de la memoria, la fantasía y la imaginación, a veces surge un «castillo oscuro»; un lugar, un espacio interior, que siempre está «abierto» para nosotros.

Sin embargo, esa accesibilidad es aparente. De hecho, el Orador del poema exclama: «¡Ojalá pudiera entrar!». Y se lamenta por el deseo de visitar «cada habitación secreta», «penetrar en la oscuridad interior». En realidad, estas «habitaciones secretas» representan aquellos espacios a los que la consciencia no puede acceder. Están ahí, en alguna parte de nuestro inconsciente «donde fluye el Leteo», es decir, donde el olvido ha cubierto todo con su oscuridad [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

Al final del poema, cuando todo el paisaje se desvanece y el «toque» del despertar «eleva» sus «sentidos a su antiguo hogar terrenal» [la vigilia], el Orador sabe que «mi oscuro castillo» sigue ahí.

De este modo, Walter de la Mare expresa su anhelo de mayor intimidad con sus secretos, de poder recorrer esas «habitaciones secretas». Sin embargo, solo le está permitido saber que existen, que están ahí, lo cual coincide con un proceso que Carl Jung llamó individuación, es decir, la integración de los aspectos oscuros de nuestra psique [la Sombra], que afloran en determinadas circunstancias, como los sueños. Lo que anhela el Orador del poema, entonces, es poder integrar su castillo oscuro al resto de su personalidad.

Siempre es un riesgo aplicar el enfoque psicoanalítico a la obra de cualquier autor, sobre todo si se trata de un tipo como Walter de la Mare, pero el germen de aquel anhelo del Orador, de aquel deseo [que muchos de nosotros compartimos] de conocernos más y mejor incluso en nuestros aspectos más tenebrosos, se basa en la idea psicoanalítica de que no existe un Yo estable, sino más bien un punto de vista, una perspectiva, alrededor de la cual se extienden tierras desconocidas.

Dicho esto, hay otro nivel de interpretación, más próximo a la superficie, que vincula a El castillo oscuro con otro poema de Walter de la Mare: Los oyentes (The Listeners). En esta pieza onírica conocemos a un Viajero que llama a la puerta de un antiguo castillo, pero no obtiene respuesta. Sin embargo, en el interior están los Oyentes, seres incorpóreos, fantasmas o recuerdos, que oyen el llamado del Viajero pero no responden. En cierto modo, se manifiestan a través del silencio, del acto de oír. No es descabellado que estos dos poemas, que forman parte de la misma colección, aborden el mismo castillo oscuro pero desde diferentes perspectivas. También hay un tercer poema [y un cuarto, titulado En vano (In Vain), que describe a un niño llamando a una puerta], titulado El viajero (The Traveller), el cual podría tratar sobre lo que sucede después de que el Viajero de Los oyentes abandonara la puerta del castillo sin respuesta.




El castillo oscuro.
The Dark Château, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En sueños, un castillo oscuro
permanece siempre abierto ante mí;
en lejanos barrancos fluyen aguas oníricas,
descendiendo silenciosamente;
sobre sus cumbres flota el águila,
solitaria en un cielo sin sol;
mudas son las gargantas doradas
del bosque donde los pájaros revolotean.

Ninguna voz se oye. El viento
duerme en su paz.
Ninguna flor de la luz encuentra
refugio bajo sus árboles;
solo la hiedra oscura trepa
con la rosa silvestre
y el ciprés, mañana y tarde,
proyectando la negra sombra del tiempo.

Todo vacío y desconocido;
solo el soñador camina
de piedra en piedra hueca,
donde duerme el musgo verde,
y mira los ríos en sus profundidades,
el águila solitaria en el cielo,

mientras gotea el rocío del atardecer,
fría y silenciosamente.

¡Ojalá pudiera entrar!
En cada habitación secreta;
ojalá mis ojos brillantes por el sueño
pudieran penetrar en la oscuridad interior;
contemplar desde sus altas ventanas,
a lo lejos, sus muros mohosos,
donde fluye el Leteo, aún claro como el ámbar,
y caen cascadas espumosas.

Pero, mientras contemplo,
de un sueño suave surge
algún toque que eleva mis sentidos
a su antiguo hogar terrenal;
se desvanece entonces ese cielo sereno;
y en la cima de las nieves eternas
se deshace en un verde pálido,
iluminado por el amanecer,
mi oscuro castillo.


In dreams a dark château
Stands ever open to me,
In far ravines dream-waters flow,
Descending soundlessly;
Above its peaks the eagle floats,
Lone in a sunless sky;
Mute are the golden woodland throats
Of the birds flitting by.

No voice is audible. The wind
Sleeps in its peace.
No flower of the light can find
Refuge beneath its trees;
Only the darkening ivy climbs
Mingled with wilding rose,
And cypress, morn and evening, time's
Black shadow throws.

All vacant, and unknown;
Only the dreamer steps
From stone to hollow stone,
Where the green moss sleeps,
Peers at the rivers in its deeps,
The eagle lone in the sky,

While the dew of evening drips,
Coldly and silently.

Would that I could steal in! —
Into each secret room;
Would that my sleep-bright eyes could win
To the inner gloom;
Gaze from its high windows,
Far down its mouldering walls,
Where amber-clear still Lethe flows,
And foaming falls.

But ever as I gaze,
From slumber soft doth come
Some touch my stagnant sense to raise
To its old earthly home;
Fades then that sky serene;
And peak of ageless snow;
Fades to a paling dawn-lit green,
My dark château.


Walter de la Mare (1873-1956)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter de la Mare: El castillo oscuro (The Dark Château), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche.»



El castillo oscuro (The Dark Chateau) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la antología de 1951: El castillo oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

El castillo oscuro, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, está plagado de referencias a la literatura gótica clásica, muchas de ellas lo suficientemente vagas como para ser casi indetectables.


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen en regiones desoladas
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún conocido y solitario castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
donde aún se agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos de lo que fuiste, pasa.
Por armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas que se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas apagadas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


El punto de partida de cualquier análisis de este poema debería ser la significativa dedicatoria del autor: «A la memoria de Edgar Allan Poe». Por otro lado, Clark Ashton Smith no emplea la palabra castle [«castillo»], sino chateau, lo cual nos proporciona otra pista. Y si pensamos en Edgar Allan Poe y chateau debemos apuntar al relato de 1842: El retrato oval (The Oval Portrait).

El escenario de este cuento de E.A. Poe es un chateau, el cual se describe como un edificio lúgubre, lleno de viejos tapices y pinturas, situado en los Apeninos. La historia comienza con el narrador, herido o discapacitado [E.A. Poe no ofrece explicaciones] y su criado, quienes buscan refugio en un chateau abandonado. El narrador pasa las horas admirando las pinturas y leyendo un extraño libro dejado sobre una almohada, que las describe. Al acercar la vela al libro, el narrador descubre un cuadro que hasta entonces no había visto, el cual muestra la cabeza y los hombros de una joven. La imagen lo cautiva [«quizás durante una hora»]. Después de meditarlo, descubre que lo le fascina de la pintura es su «absoluta verosimilitud». El narrador consulta con avidez el libro en busca de una explicación. El resto de la historia es una cita de este libro: una historia dentro de otra historia.

Entonces, ¿el chateau de Edgar Allan Poe es el escenario del poema de Clark Ashton Smith?

Es probable, no tanto por el contenido de El castillo oscuro, básicamente un recorrido por una casa antigua y abandonada, aunque lena de fantasmas, sino por el estilo, casi tan arcaico como la prosa de las novelas góticas de Ann Radcliffe. Clark Ashton Smith utiliza términos como gales [«vendavales»]; spiceries [«especiarios», que son un tipo de habitación en una casa real o nobiliaria]; gule [«rojo», en descripciones heráldicas]; niche [que puede traducirse como «nicho» (como hemos hecho), aunque «hornacina» sería mejor, es decir, un hueco en forma de arco en el que se colocan estatuas, jarrones u otros adornos]; coigne [forma arcaica de quoin, «esquina», ángulo externo de una pared o edificio]; jambart [pieza de armadura para la pierna, por debajo de la rodilla]; lampadephore [del griego lampadephóros, «portador de antorcha», una persona que lleva una antorcha]; por mencionar algunos ejemplos.

Otra probable inspiración de Clark Ashton Smith es el poema de Walter de la Mare: The Dark Château, el cual presenta un «castillo» onírico, soñado, en el que el orador desea entrar. No es tan lúgubre como el chateau de Edgar Allan Poe, aunque comparte algunas similitudes con el de Smith; entre ellas, su estado de abandono, el hecho de que ninguna voz en su interior sea audible, etc. El estilo, sin embargo, es muy diferente; más etéreo en el caso de De la Mare, en línea con los espacios mágicos de Lord Dunsany.

Finalmente debemos mencionar una autorreferencia: el cuento de Clark Ashton Smith de 1930: El final de la historia (The End of the Story), primera entrega del ciclo de Averoigne. La historia transcurre en 1789. Christophe Morand, un joven estudiante, viaja para visitar a su padre, pero se pierde en el bosque durante una tormenta nocturna. Desesperado, busca refugio en la Abadía de Perigon. Allí conoce a Hilaire, el abad, quien lo lleva a recorrer la biblioteca, «repleta de tomos raros». Uno de ellos, un manuscrito en francés antiguo, llama la atención de Christophe, pero Hilaire le prohíbe leerlo, y le advierte: «Hay una maldición sobre las páginas que tienes en tus manos: un hechizo maligno, un poder perverso que las acecha». Christophe se las ingenia para regresar solo a la biblioteca y leer el libro prohibido. Descubre que trata sobre un tal Gerard, conde de Venteillon, quien se encontró con un sátiro en el bosque de Averoigne.

La Abadía de Perigon no es el chateau de El castillo oscuro, sin embargo, al progresar en la historia seguimos a Christophe por pasadizos subterráneos hasta que emerge en otro mundo, en otra realidad, donde se alza un «castillo oscuro». Este, quizás, es el chateau del poema; e incluso el orador de este último podría ser el propio Christophe Morand.




El castillo oscuro.
The Dark Chateau, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde las agujas sin día se oxidan,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
y viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen, en regiones desoladas,
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego, cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún solitario y conocido castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
aún agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos que fuiste tú, pasa.
Desde armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


The mysteries of your former dust,
Your lives declined from solar light—
These would you know, or these surmise?
Beneath a swathed and mummied sun,
Descend where dayless dials rust,
Where the, void hourglass fills with night;
And seeing with still-living eyes
Dim Acherontic rivers run,

Follow where shrouded barges float
And fall, in regions of the dead,
Into the sable-foaming depths.
Then over ghostland mountains go
To find, beyond a bridgeless moat,
What stairs with shadow carpeted
Crumble behind the climber's steps
In some foreknown forlorn chateau.

Where exile ghosts of gales that blew
At eve from vintages antique
Still stir the blurring tapestries,
And empty armor guards the rooms
By rotting portraits that were you,
Pass on. From airless cupboards bleak
Startle memorial spiceries
And plagues adrowse in attared glooms.

By oriels charged with stifled stains,
With night-blent purples, gules embrowned,
And spring's lost verdure, graver now
Than cypress at the set of day,
Pause, and look forth: no ghost remains
Save you to gaze on that dim ground
Where once the budding almond-bough
Waved, and the oleander-spray.

Hoar silence is the seneschal
Of court and keep, of niche and coigne.
With drumless ear no lute annoys,
Nor clang from farring jambarts drawn,
Death, with dlulled arrasses for pall,
Waits whitely there; and none will join
Your quest, nor ever any voice
Speak from. the chambered epochs gone:

Till from the vaults with shadows brimmed
Shall come a cowled lampadephore,
holding his lamp, by no breath blown,
To mirrors moony-clear and still
Where never living face is limned,
But wan reflections fixed of yore—
Long-mouldered shapes that were your own—
Graven in glass, unchanged and chill.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: El castillo oscuro (The Dark Chateau), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El pequeño huerto verde»: Walter de la Mare; poema y análisis.


«El pequeño huerto verde»: Walter de la Mare; poema y análisis.




«Cuando más solo estás,
todo menos el silencio se va.
Alguien está esperando y observando ahí,
en el pequeño huerto verde.»



El pequeño huerto verde (The Little Green Orchard) es un poema gótico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado originalmente en la antología de 1913: Peacock Pie; y luego recopilado por August Derleth en la colección de Arkham House: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon)

El pequeño huerto verde. uno de los poemas de Walter de la Mare menos conocidos, nos sitúa en un huerto [simbólico] donde el Orador siente que alguien, o algo, «siempre está sentado allí».

Este «siempre» es precisamente eso: la presencia siempre está en el huerto, día y noche. No hay demasiados indicios, excepto por unas voces suaves que llaman al anochecer y ciertos sonidos nocturnos. El Orador no siente miedo; y si bien la sensación de estar siendo observado es extraña, tal vez incómoda, no es aterradora.

Visitemos primero el huerto de Walter de la Mare y luego intentemos desentrañar sus misterios:


Siempre hay alguien sentado ahí,
en el pequeño huerto verde;
incluso cuando el sol está alto
en el cielo despejado del mediodía
y la abeja va zumbando débilmente
de rosa en rosa,
siempre hay alguien sentado en la sombra,
en el pequeño huerto verde.

Sí, y cuando el crepúsculo cae suavemente
en el pequeño huerto verde;
cuando el perlado rocío destila
y cada copa de flor se llena;
cuando el último mirlo dice:
"¡Qué, qué!" y se va.
He oído voces que llaman delicadamente
en el pequeño huerto verde.

No es que tenga miedo de estar ahí,
en el pequeño huerto verde;
porqué, cuando la luna brilla,
derramando su luz solitaria
y las polillas vienen como fantasmas,
y el cornudo caracol abandona su hogar:
me he sentado ahí, susurrando y escuchando
en el pequeño huerto verde.

Sólo que es extraño sentarse ahí,
en el pequeño huerto verde;
ya sea que pintes o dibujes,
caves, martilles, cortes o serruches;
cuando más solo estás,
todo menos el silencio se va...
Alguien está esperando y observando ahí,
en el pequeño huerto verde.


Está sentado, esperando, observando, en el pequeño huerto verde. Pero, ¿quién?

Lo único claro es que el Orador siente una presencia en el huerto, invisible, tranquila, que aguarda. No es simplemente una experiencia aparicional, es decir, cuando sentimos que no estamos solos en un lugar [ver: Sentir «presencias» cuando estás solo]. El Orador percibe algunas características de la entidad, que podría definirse como algo consciente que espera y observa en silencio. De hecho, el Orador no siente miedo, sino que experimenta una sensación de asombro y serenidad.

Walter de la Mare es un maestro capturando misterios cotidianos: sensaciones y emociones que aparecen y desaparecen tan fugazmente que no podríamos asegurar que hayan ocurrido en primer lugar.

El misterio central de El pequeño huerto verde está cerrado a la lógica. Sabemos que es una presencia, que es constante, que observa, que espera, que está sentada a la sombra. Leído fríamente, Walter de la Mare fabrica una atmósfera serena pero inquietante, pero creo que el poeta busca que nos coloquemos en una perspectiva infantil, que volvamos a ser niños por un momento. En este sentido, el poema expresa la naturaleza imaginativa de la infancia, donde las cosas mágicas no son analizadas para desentrañar sus mecanismos internos. La magia, en el huerto de la infancia, se acepta. Simplemente está ahí.

Es agradable pesar que la presencia en el huerto tal vez sea el adulto que regresa en la memoria a los días de su infancia.

Esto explicaría porqué el Orador no siente miedo por la presencia; sin embargo, también dice que oye «voces» [en plural] que «llaman delicadamente». De todos modos, esto tampoco lo asusta ni le impide estar en el huerto. ¿Acaso la presencia es otro tipo de fuerza benévola, como un genius loci? Quizás seamos nosotros, quizás, mientras Walter de la Mare escribía su huerto, percibió la presencia silenciosa, observadora y expectante del lector.

El pequeño huerto verde no necesita estas interpretaciones. Todas son válidas y ninguna es incorrecta. En lo personal, creo que Walter de la Mare está hablando del proceso artístico, o, mejor dicho, de la creatividad, como sinónimo del acto de vivir. No importa realmente cuál sea la actividad, «ya sea que pintes o dibujes, caves, martilles, cortes o serruches; cuando más solo estás, todo menos el silencio se va». Sin embargo, «alguien está esperando y observando ahí, en el pequeño huerto verde».

En efecto, alguien está.

Y quien aguarda, y siempre aguardará, es la muerte.




El pequeño huerto verde.
The Little Green Orchard, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Siempre hay alguien sentado ahí,
en el pequeño huerto verde;
incluso cuando el sol está alto
en el cielo despejado del mediodía
y la abeja va zumbando débilmente
de rosa en rosa,
siempre hay alguien sentado en la sombra,
en el pequeño huerto verde.

Sí, y cuando el crepúsculo cae suavemente
en el pequeño huerto verde;
cuando el perlado rocío destila
y cada copa de flor se llena;
cuando el último mirlo dice:
"¡Qué, qué!" y se va.
He oído voces que llaman delicadamente
en el pequeño huerto verde.

No es que tenga miedo de estar ahí,
en el pequeño huerto verde;
porqué, cuando la luna brilla,
derramando su luz solitaria
y las polillas vienen como fantasmas,
y el cornudo caracol abandona su hogar:
me he sentado ahí, susurrando y escuchando
en el pequeño huerto verde.

Sólo que es extraño sentarse ahí,
en el pequeño huerto verde;
ya sea que pintes o dibujes,
caves, martilles, cortes o serruches;
cuando más solo estás,
todo menos el silencio se va..
. Alguien está esperando y observando ahí,
en el pequeño huerto verde.


Some one is always sitting there,
In the little green orchard;
Even when the sun is high
In noon's unclouded sky,
And faintly droning goes
The bee from rose to rose,
Some one in shadow is sitting there,
In the little green orchard.

Yes, and when twilight is falling softly
In the little green orchard;
When the grey dew distils
And every flower-cup fills;
When the last blackbird says,
"What - what!" and goes her way - s-sh!
I have heard voices calling softly
In the little green orchard.

Not that I am afraid of being there,
In the little green orchard;
Why, when the moon's been bright,
Shedding her lonesome light,
And moths like ghosties come,
And the horned snail leaves home:
I've sat there, whispering and listening there,
In the little green orchard.

Only it's strange to be feeling there,
In the little green orchard;
Whether you paint or draw,
Dig, hammer, chop, or saw;
When you are most alone,
All but the silence gone...
Some one is waiting and watching there,
In the little green orchard.


Walter de la Mare (1873-1956)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter de la Mare: El pequeño huerto verde (The Little Green Orchard), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El enigma»: Walter de la Mare; relato y análisis.


«El enigma»: Walter de la Mare; relato y análisis.




«Estas cosas le trajeron a la memoria a su madre,
que con su resplandeciente vestido blanco solía leerle al anochecer.
Se metió al baúl; y la tapa se cerró suavemente sobre él.»



El enigma (The Riddle) es un relato de terror del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado originalmente en la edición de febrero de 1903 de la revista Monthly Review, y luego reeditado en la antología de 1947: Cuentos recopilados para niños (Collected Stories for Children).

El Enigma, uno de los mejores cuentos de Walter de la Mare, relata la historia de siete niños huérfanos que van a vivir con su abuela. Son libres de vivir sin reglas en la enorme mansión, siempre y cuando se mantengan alejados del cuarto de invitados, donde se encuentra un baúl con propiedades asombrosas.

El Enigma comienza como un cuento de hadas moderno, tal es así que uno espera encontrar el clásico «y vivieron felices para siempre al final»; sin embargo, pronto se hace evidente que la voz temblorosa de la abuela delata algo más que su avanzada edad: a medida que pasan los años, los niños desaparecen uno a uno en el baúl [ver: Los cuentos de hadas no son para chicos]

Aunque nunca se hace explícito, podemos deducir que los niños han ido a vivir con su abuela debido a la muerte de sus padres [la anciana dice que sus caritas le recuerdan a la de su hijo Harry]. Ella les informa que pueden ir a verla dos veces al día, por la mañana y por la noche. El resto del tiempo tienen libertad para recorrer la casa y los terrenos aledaños, con la excepción del gran dormitorio de invitados, donde hay un viejo baúl de roble [más viejo que la propia abuela de la anciana]. El Narrador no lo dice explícitamente, pero por su descripción podemos pensar que el baúl está decorado como un ataúd.

Cada niño tiene una personalidad definida, que se expresa en sus respectivos estilos de juego. Y es durante sus juegos que el baúl comienza a atraerlos uno a uno. Harry es el primero. Al abrir el cofre, encuentra algo extrañamente seductor que le recuerda a su madre, así que se mete dentro y la tapa se cierra sola. Cuando sus hermanos le cuentan a la abuela sobre la desaparición de Harry, ella responde:


«Entonces debe irse por un tiempo... Pero recuerden, todos ustedes, no se entrometan con el baúl de roble.»


Ann es la última niña que se ve atraída por el baúl, y camina hacia él como en un sueño, como si la llevaran de la mano.

Si El Enigma es un cuento de hadas [y creo que lo es a su manera], la Abuela evidentemente no es el Hada Madrina que dispensa obsequios y dones mágicos, sino la Bruja que seduce a los niños [ver: Mæra: la bruja de todos los cuentos de hadas]. De hecho, ésa parece ser la respuesta al enigma; pero las cosas nunca son tan simples con Walter de la Mare: la Abuela no rejuvenece mágicamente con cada desaparición [como ocurriría en un cuento mediocre], y al final, cuando todos los niños han desaparecido y ella vuelve a estar sola en la casa, entra en el cuarto de invitados, y parece olvidar todo lo sucedido, incluso a sus nietos:


«Apoyó la mano en el marco de la puerta y miró hacia el reluciente cuadrado de la ventana en la silenciosa penumbra. Pero no podía ver muy lejos, porque su vista estaba borrosa y la luz del día era débil. Tampoco podía percibir la leve fragancia, como de hojas otoñales. Pero en su mente había una maraña de recuerdos: risas y lágrimas, y niños pequeños que ahora no estaban.»


Estas son las pistas que tenemos para resolver el enigma que plantea Walter de la Mare. ¿Será que los niños están siendo «transferidos» a un plano de existencia diferente después de la muerte de sus padres? La gran casona parece un espacio intermedio, liminal, debido a la ausencia de reglas terrenales. Después de todo, los niños son libres, no tienen obligaciones; excepto saludar a la Abuela dos veces al día y no abrir el baúl.. Durante un tiempo viven en este espacio intermedio y, cuando están listos, son llamados por el baúl, y ascienden o se reincorporan a otro plano. La Abuela, que se queda atrás, no puede hacer su duelo por su hijo muerto, por lo que se queda eternamente donde está. Al final, ella ni siquiera puede ver el baúl.

Es evidente que el baúl está enviando a los niños a otro lugar. No funciona exactamente como el ropero de C.S. Lewis, donde los niños son transportados físicamente a otro mundo, Narnia [especie de turismo de ultratumba], pero posee algunas propiedades singulares. Por ejemplo, los niños en El Enigma siempre son «llamados» por el baúl cuando están utilizando su imaginación: o bien interpretando un papel en sus juegos infantiles, o bien soñando. Más que una guardiana, la Abuela parece estar atrapada en este reino intermedio, perdiendo la memoria progresivamente hasta que sólo le queda el vago recuerdo de su hijo y un baúl peligroso; pero incluso esto se pierde al final.

Por otro lado, el baúl [con forma de ataúd] podría ser un símbolo de la muerte, y por lo tanto algo cuyo llamado es inevitable. La Abuela sabe que los niños morirán, pero no puede cambiar el momento o la naturaleza de su muerte.

Cuando se publicó esta historia, la mayoría de los críticos asumió que la Abuela está alimentando al baúl con los niños, y que probablemente también sacrificó a su propio hijo. Pero, ¿qué obtiene ella de este proceso? No se hace más joven, no pasa la «maldición» a alguien más, ni parece querer irse del lugar. ¿Seguir viviendo? Quizás, aunque en el transcurso de la historia la vemos deteriorarse. Entonces, ¿el baúl le otorga una vida antinaturalmente larga? Recibe recuerdos nuevos y coloridos de los niños, pero luego los olvida.

No estoy seguro de nada de todo esto. Todas las respuestas al «enigma» parecen demasiado simples, pero a veces las respuestas simples terminan siendo las correctas. Walter de la Mare podría estar hablando del enigma de la muerte, que todos deberíamos intentar evitar [como al baúl de la Abuela], pero que tarde o temprano nos terminará llamando, y responderemos, no importa qué tan inmersos estemos en nuestras fantasías, juegos e ilusiones mundanas.

Los relatos de Walter de la Mare son cuentos de hadas disfrrazados de preocupaciones modernas. En todas sus historias encontramos el mismo patrón: el mundo cotidiano en el que vivimos, nuestras experiencias terrenales, son un velo que nos separa del mundo real. Ahora bien, no es necesario atravesar un ropero mágico para acceder a esta realidad, más bien, el velo puede perforarse a través de los sueños y el cultivo de la imaginación. En este sentido, entre la realidad que conocemos y el mundo real [más allá de nuestros sentidos] no existe, según palabras de Walter de la Mare, «ningún abismo infranqueable». Sólo necesitamos dar un paso en la dirección correcta.

El Enigma es un cuento de hadas, insisto, porque desmiente una realidad subyacente. Esboza la textura de la experiencia humana normal con exquisito detalle, construye su estructura con tal lucidez que el lector se sorprende al encontrar el horror dentro de lo que es aparentemente mundano, «normal». En las historias de Walter de la Mare, el velo que nos separa del «otro lado» es sumamente delgado. Pensemos, por ejemplo, en Los oyentes (The Listeners), donde un viajero solitario se adentra en un bosque y siente que hay algo allí, algo opresivo. Pregunta en voz alta: «¿hay alguien ahí?», y sólo responde el silencio, que en este caso no significa ausencia, sino la presencia de los «oyentes», los mudos espíritus del bosque. En definitiva, el lector debe decidir cuál es el significado del baúl prohibido. Lo único que sabemos con certeza es que, en El Enigma, la infancia y la vejez no son extremos, sino los estados de la vida en los que más cerca nos encontramos del misterio de nuestro orígen y destino.




El enigma.
The Riddle, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Así que estos siete niños, Ann y Matilda, James, William y Henry, Harriet y Dorothea, fueron a vivir con su abuela. La casa fue construida en la época georgiana. No era una casa bonita, pero sí espaciosa, sólida y cuadrada; y un olmo extendía sus ramas casi hasta las ventanas.

Cuando los niños salieron del coche (cinco atrás y dos al lado del conductor), fueron llevados ante su abuela. Se pararon en un pequeño grupo delante de la anciana, sentada en su ventana salediza. Y ella les preguntó a cada uno sus nombres, y repitió cada nombre con su voz amable y temblorosa. Luego a uno le dio una caja de herramientas, a William una navaja, a Dorothea una pelota pintada; a cada uno un regalo según la edad. Y besó a todos sus nietos, hasta al más pequeño.

—Queridos míos —dijo—, deseo verlos a todos alegres y brillantes en mi casa. Soy una mujer mayor, así que no puedo jugar con ustedes, pero Ann y la señora Fenn los cuidará. Y todas las mañanas y todas las tardes vendrán a verme y me traerán caras sonrientes que me recuerden a mi propio hijo Harry. Pero el resto del día, cuando termine la escuela, harán lo que les plazca, queridos míos. Hay una sola cosa, sólo una, que quiero que recuerden. En el gran dormitorio de invitados hay en un rincón un viejo baúl roble; sí, más viejo que yo, queridos, mucho más viejo; más viejo que mi abuela. Jueguen en cualquier otro lugar de la casa, pero no allí.

Les habló a todos con dulzura, sonriéndoles; pero era muy mayor y sus ojos parecían no ver nada de este mundo.

Y los siete niños, aunque al principio se sentían tristes y extraños, pronto empezaron a sentirse felices, como en casa. Había mucho que les interesaba y divertía allí; todo era nuevo para ellos. Dos veces al día, por la mañana y por la tarde, iban a ver a su abuela, que cada día parecía más débil, y ella les hablaba con cariño de su madre y de su infancia, pero nunca se olvidaba de visitar su almacén de confites. Y así pasaban las semanas.

Era el crepúsculo cuando Henry subió solo las escaleras desde el cuarto de los niños para mirar el baúl de roble. Presionó los dedos sobre las frutas y flores talladas y habló a las cabezas de sonrisa oscura que estaban en las esquinas; luego, mirando por encima del hombro, abrió la tapa y miró dentro. Pero el baúl no ocultaba ningún tesoro, ni oro ni baratijas, ni había nada que alarmara la vista. El baúl estaba vacío, forrado con seda de color rosa añejo, que parecía más oscura en la penumbra y olía dulcemente a popurrí.

Y mientras Henry miraba dentro, oyó las risas suaves y el tintineo de las tazas en el cuarto de los niños, y por la ventana vio que el día oscurecía. Estas cosas le trajeron a la memoria a su madre, que con su resplandeciente vestido blanco solía leerle al anochecer. Se metió al baúl; y la tapa se cerró suavemente sobre él.

Cuando los otros seis niños se cansaron de jugar, entraron en fila en la habitación de su abuela, como de costumbre, para darle las buenas noches. Ella los miró entre las velas como si no estuviera segura de algo en sus pensamientos. Al día siguiente, Ann le dijo a su abuela que Henry no estaba por ningún lado.

—Dios mío, niño. Entonces debe irse por un tiempo —dijo la anciana. Hizo una pausa—. Pero recuerden todos ustedes, no se entrometan con el baúl de roble.

Pero Matilda no podía olvidar a su hermano Henry, pues no encontraba placer en jugar sin él. Así que se quedaba en la casa pensando dónde podría estar. Llevaba su muñeca de madera en sus brazos desnudos, cantando en voz baja todo lo que podía inventar sobre él. Y cuando una mañana clara se asomó al baúl, no volvió a verse, tal como el propio Henry.

Así que Ann, James, William, Harriet y Dorothea se quedaron en casa para jugar juntos.

—Algún día tal vez regresen con ustedes, queridos míos —dijo su abuela—, o tal vez ustedes vayan con ellos. Hagan caso de mi advertencia lo mejor que puedan.

Harriet y William eran amigos y fingían ser novios, mientras que a James y Dorothea les gustaban los juegos salvajes de caza, pesca y batallas.

Una tarde silenciosa de octubre, Harriet y William conversaban en voz baja mientras contemplaban los verdes campos desde el tejado. Oyeron el chillido y los saltos de un ratón detrás de ellos en la habitación. Fueron juntos a buscar el pequeño agujero oscuro por donde había salido. Pero al no encontrar ningún agujero, empezaron a tocar la talla del baúl y a ponerle nombre a las cabezas de sonrisas oscuras, tal como lo había hecho Henry.

—¡Ya sé! Vamos a fingir que tú eres la Bella Durmiente, Harriet —dijo William—, y yo seré el Príncipe que se abre paso entre las espinas y entra.

Harriet miró a su hermano con dulzura y extrañeza, pero se metió en el baúl y se acostó, fingiendo estar profundamente dormida. William se puso en puntas de pie y, al ver lo grande que era el baúl, entró para besar a la Bella Durmiente y despertarla de su tranquilo sueño. Lentamente, la tapa tallada giró sobre sus silenciosas bisagras. Sólo el ruido de James y Dorothea llegaba a veces para hacer que Ann se distrajera de su libro.

Pero su abuela estaba muy débil, tenía la vista borrosa y el oído extremadamente malo.

La nieve caía en el aire quieto sobre el tejado. Dorothea era un pez en el baúl de roble, y James estaba de pie sobre el agujero en el hielo, blandiendo un bastón como arpón, fingiendo ser un esquimal. La cara de Dorothea estaba roja, y sus ojos salvajes brillaban a través de su pelo enmarañado. Y James tenía un rasguño torcido en la mejilla.

—Debes luchar, Dorothea, y luego nadaré de regreso y te sacaré. ¡Date prisa! —gritó entre risas mientras lo arrastraban hacia el baúl abierto.

Y la tapa se cerró suave y delicadamente como antes.

Ann, abandonada a sí misma, era demasiado mayor para preocuparse por las ciruelas confitadas, pero iría sola a darle las buenas noches a su abuela. La anciana la miró con nostalgia por encima de sus anteojos.

—Bueno, querida —dijo con la cabeza temblorosa, y tomó su mano entre las suyas—. ¡Qué viejas solitarias somos!

Ann besó la suave y relajada mejilla de su abuela. Dejó a la anciana sentada en su sillón, con las manos sobre las rodillas y la cabeza vuelta hacia ella.

Cuando Ann se iba a la cama, solía sentarse a leer su libro a la luz de las velas. Encogía las rodillas bajo las sábanas y apoyaba el libro sobre ellas. Su historia era sobre hadas y gnomos, y la suave luz de la luna que fluía del relato parecía iluminar las páginas blancas. Podía oír con su fantasía voces de hadas, tan silenciosa estaba la gran casa de muchas habitaciones y tan dulces eran las palabras de la historia. En ese momento apagó la vela y, con una confusa babel de voces cerca de su oído y tenues imágenes rápidas ante sus ojos, se quedó dormida.

En medio de la noche se levantó de la cama en sueños, con los ojos bien abiertos pero sin ver nada de la realidad. Avanzó en silencio por la casa vacía. Pasó junto a la habitación donde su abuela roncaba en un breve y profundo sueño, y caminó con paso ligero y seguro por la amplia escalera. La estrella Vega, que brillaba a lo lejos, estaba frente a la ventana, sobre el tejado. Ann entró en la extraña habitación como si la guiara una mano hacia el baúl de roble. Allí, como si soñara que era su cama, se acostó en la vieja seda rosa, en el lugar fragante. Pero estaba tan oscuro en la habitación que el movimiento de la tapa era indistinguible.

Durante todo el día, la abuela se sentó en su ventanal. Tenía los labios fruncidos y miraba con un escrutinio vago e inquisitivo la calle por donde pasaba la gente de un lado a otro. Al atardecer subió la escalera y se detuvo en la puerta del gran dormitorio de invitados. La subida le había dificultado la respiración. Se colocó las gafas sobre la nariz. Apoyó la mano en el marco de la puerta y miró hacia el reluciente cuadrado de la ventana en la silenciosa penumbra. Pero no podía ver muy lejos, porque su vista estaba borrosa y la luz del día era débil. Tampoco podía percibir la leve fragancia, como de hojas otoñales. Pero en su mente había una maraña de recuerdos: risas y lágrimas, y niños pequeños que ahora no estaban, y la llegada de amigos y largas despedidas. Y, chismorreando entre dientes, sin poder articular palabra, la anciana dama volvió a sentarse en su asiento junto a la ventana.

Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Walter de la Mare.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Walter de la Mare: El enigma (The Riddle), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Las Criaturas»: Walter de la Mare; relato y análisis.


«Las Criaturas»: Walter de la Mare; relato y análisis.




«Sus pequeños ojos azules me miraron con una expresión fugaz que no supe traducir.
—¿Y viste a alguna de las Criaturas? —me preguntó con una voz que no era del todo la suya.»



Las Criaturas (The Creatures) es un relato de fantástico del escritor inglés Walter de la Mare (1873-1956), publicado originalmente en la edición de enero de 1920 del periódico London Mercury, y luego reeditado en la antología de 1923: El enigma y otros cuentos (The Riddle and Other Stories).

Las Criaturas, como muchos cuentos de Walter de la Mare, comienza estableciendo una postura metafísica sobre la naturaleza de la realidad [el mundo que nos rodea es un sueño creado por la conciencia], y luego procede a narrar una experiencia personal que ilustra esa posición. La historia relata una experiencia del pasado del Narrador, quien se encontró por casualidad con uno de los pocos individuos que parecen ser conscientes de la naturaleza imaginativa de la realidad.

En uno de sus viajes [casi todos los personajes de Walter de la Mare son caminantes, viajeros, peregrinos], el hombre se topa con «país de ensueño». Su encuentro con los habitantes de esta región [una mujer encorvada, un hombre «oscuro», demacrado, y sus dos hijos enanos] bordea algunas ideas desarrolladas más ampliamente por J.R.R. Tolkien y Lord Dunsany: un país liminal, a medio camino entre la realidad y la imaginación, y habitado por gente que parece real. Por ejemplo, el Narrador advierte que el hombre oscuro podría pertenecer a la estirpe de los «los ermitaños, los lamas, los faquires», mientras que los enanos lucen como si «animales y ángeles hubieran conspirado en su creación». El Narrador siente que ha regresado a los límites del Edén, «mirando de un sueño a otro, nostálgico, abandonado». Por supuesto, Walter de la Mare no proporciona ninguna explicación sobre la naturaleza de las Criaturas.

Al regresar al mundo ordinario, el Narrador le pregunta a una anciana [cuyos rasgos son parecidos a los de su cerdo] sobre aquel extraño lugar. Ella primero quiere saber si ha visto a alguna de las «Criaturas». El Narrador se sorprende ante esa palabra. Eventualmente se da cuenta de que «Criaturas» es el nombre del anfitrión y que María y Christus son los nombres de los dos jardineros enanos. Pero el Narrador está interesado en «la mujer del mar», muda, que dio a luz a dos niños «naturales» [¿elementales?]. La anciana con cara de cerdo le dice que esta mujer está enterrada en el cementerio local. Cuando él lo visita, las últimas palabras de la historia [en latín] están talladas en una lápida: Femina Creature [«Criatura Femenina»].

Esta ambigüedad sobre la naturaleza de las Criaturas [no puede saberse si son seres de otro plano o personas comunes llamadas Criaturas] no se resuelve al final. Quizás la inscripción en la lápida no sólo revele el nombre de la mujer, pero también su estatus o raza.

Las Criaturas es una historia necesariamente ambigua: trata sobre la frontera entre la realidad y el sueño, la conciencia y la inconsciencia, elementos que aquí se encuentran inextricablemente entrelazados. Las Criaturas del título son, en efecto, criaturas, en el sentido de que han sido creados. Es como si el Narrador tropezara con el mundo de las historias populares y los cuentos de hadas.

Las Criaturas no es un relato para cerrar en un análisis prolijo. No hay nada que entender en él, excepto lo que es: un vistazo fragmentario e incoherente sobre la Imaginacón. Exigirle lógica y cohesión sería pedirle algo que no es.


«¿No somos nosotros quienes creamos nuestro mundo? ¿No es ésa nuestra responsabilidad? (...) ¿No son nuestras mentes disecadas y hastiadas las que continuamente se alejan de la libertad, de lo vasto y desconocido, de la presencia infinita, eligiendo un viaje estúpido de un hecho sensual a otro, a la cola de ese burro llamado Razón? Sugiero que, en esa soledad, el espíritu que hay dentro de nosotros nota que está pisando las afueras de una región llamada Imaginación.»


Nunca encontraremos un cuento o poema de Walter de la Mare que explique cabalmente los misterios que plantea, lo que hace imposible saber exactamente qué está buscando. Esto está fuera de su universo. La fantasía pierde fuerza en la medida en que se vuelve racional, y por lo tanto reducible al ejercicio intelectual. Walter de la Mare aborda la ficción como si se tratara de un sueño, no los episodios oníricos que podemos recordar en mayor o menor medida, sino el sentimiento, la emoción profunda que nos causó. A diferencia del panteísmo Arthur Machen y Algernon Blackwood, los otros dos grandes maestros de lo sobrenatural, le interesaba escribir sobre cosas que no pudieran explicarse mediante el razonamiento ordinario. En este sentido, De la Mare es un autor mucho más hermético y difícil de leer.

Las Criaturas parece darnos un vistazo fugaz a un espacio primordial, edénico, un sitio donde la naturaleza y los seres mágicos que lo pueblan resultan indistinguibles entre sí; pero en realidad es un cuento que visualiza una instancia previa, un estado pre-edénico. Algernon Blackwood también utiliza este concepto, llevándonos desde la naturaleza ordinaria a un espacio liminal, pero Walter de la Mare es más conciente de la diferencia entre el Edén [en términos de lugar idílico, mitológico, anterior a la «caída»] y el concepto de pre-edénico. Después de todo, el Edén fue hecho para los humanos en todas las mitologías, y regresar a él, o al menos echar un vistazo a su realidad, es una especie de retorno al hogar en la Edad de Oro. El pre-Edén, en cambio, fue hecho para los semidioses y seres angelicales, como los Elfos de Tolkien; y no es apto para los seres humanos; de modo que produce inquietud, intranquilidad, o directamente terror. Pensemos en los Hobbits de la Comunidad, que pasaron un tiempo en Rivendel y Lórien y fueron capaces de percibir su increíble belleza y sutileza, pero también el pavor que evocan los sitios hechos y habitados por inmortales.

El Narrador de Las Criaturas se refiere a este espacio como su «paraíso particular, un país lejano», con «un fugaz parecido con el país de los sueños». Es atraído hacia él por sonidos [«lo que parecía el tañido de un arpa»], aunque no encuentra su origen. Reflexiona: «Regresé a los límites del Edén, encorvado y cansado, mirando desde el sueño hacia el sueño». Hay un jardín, pero es una mezcla desconcertante de belleza y brutalidad. Eventualmente descubre que los seres que ha visto son reales, incluso poseen apellido [Criaturas], y son bien conocidos en los alrededores, aunque tienen una reputación misteriosa. Este extraño apellido es lo más parecido a una pista que podemos encontrar en el contexto pre-edénico: las Criaturas [en términos de «creados»] son seres humanos, pero vistos y nombrados desde la perspectiva de los seres angelicales. Tolkien también explora esta idea en el primer encuentro de los Elfos con los Hombres, a quienes se les da el título de «Segundos Nacidos».

Supongo que Las Criaturas también podría interpretarse como una alegoría, pero es más elusiva que eso. Ciertamente no es una historia alegórica en el sentido de que todos los significados y correspondencias son fijos.




Las Criaturas.
The Creatures, Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Fue la luz menguante de la tarde lo que me hizo salir de mi relato y tomar conciencia de mi paradero. Dejé caer el pequeño y rechoncho libro rojo sobre mis rodillas y miré por la estrecha y sucia ventana rectangular. Estábamos bordeando la costa oriental de acantilados, en cuyo borde mismo un labrador, tropezando detrás de sus dos grandes caballos, estaba abriendo el último de sus oscuros surcos. En una hendidura muy abajo entre las rocas, un mar frío y tranquilo dejaba silenciosamente sus gélidas guirnaldas de espuma. Miré fijamente la extensión plana de aguas, luego giré la cabeza y miré con una especie de brusquedad el rostro de mi único compañero de viaje.

Había subido al vagón, casi sin que nadie lo notara, en la última estación rural. Sus rasgos estaban un poco borrosos en la luz que se desvanecía entre nuestras cuatro paredes estrechas, pero aparentemente sus ojos habían estado fijos en mi rostro durante un breve tiempo.

Entrecerró los párpados ante esta inesperada confrontación, echó la cabeza hacia atrás y lanzó una mirada por su catalejo turbio al fragmento de luna verdosa que luchaba por alcanzar su máximo esplendor sobre las tierras altas, pardas y onduladas.

—Viajar en tren es una experiencia extraña —empezó en voz baja, casi despectiva, pasándose la mano por los ojos—. Uno se ve arrojado a una intimidad pasajera con un compañero desconocido y luego se va.

Era como si hubiera esperado pacientemente la atención de un oyente.

Asentí, mirándolo.

—Esa privacidad también —exclamó.

Mis ojos se volvieron hacia la ventana de nuevo: un seto desnudo, espinoso y negro de enero, una inhóspita costa salada, un páramo de agua del norte. Nuestro maquinista apagó de inmediato el vapor y nos deslizamos casi sin hacer ruido fuera de la vista del cielo y el mar hacia un desfiladero.

—Es un país desolado —me aventuré a comentar.

—Oh, sí, desolado —repitió con cierta fatiga—. Pero lo que me preocupa es la manera en que nos arrogamos los cargos de juez, jurado y abogado, todo a la vez. Como si esta tierra... Nunca lo olvido: la futilidad, la presunción. No conducen a ninguna parte. Nos adentramos en todo este silencio, este... este abandono, este sueño de un mundo entre las luces del día y la noche. Profanamos. ¡La conciencia! ¡Qué monos inquietos son los hombres! —Se recobró y se tragó la indignación—. Como si —continuó, en tono más escarmentado—, como si esa otra puerta no estuviera siempre entreabierta, hacia Dios sabe qué lugar de paz y misterio. —Se inclinó hacia adelante, delgado, oscurecido—. ¿No somos nosotros quienes creamos nuestro mundo? ¿No es ésa nuestra bendita, nuestra traicionada responsabilidad?

Asentí y me acurruqué, como un perro en la paja, en la más baja de todas las respuestas a una rara, aunque excéntrica, sinceridad: la cautela.

—Bueno —continuó, un poco cansado—, esa es la acusación. No es de extrañar que necesite una trompeta para llamarnos a esa última Oración Familiar. Entonces, tal vez, algunos solitarios, sólo unos pocos, saldrán de sus agujeros y escondites, y obtendrán misericordia de los misericordiosos, en las ciudades de la llanura. El talento enterrado no brillará peor por la larga, larga aparición de su manto tejido a partir del sueño y el deseo.

—Hace unos años, diez o quince, me topé con el ejemplar más extraño de este tipo de «talentosos». Y más o menos el mismo país. Éste —dijo, dirigiendo la mirada hacia el mar, ahora invisible— es una especie de réplica enana del mismo. ¡Más desnudo, más liso, más repentino y escarpado, más abandonado, más melancólico! Los árboles están podados allí, como con tijeras monstruosas, por los vendavales invernales. El aire es salado. Es un país de piedras y prados esmeralda, de senderos verdes, sinuosos y sin rumbo, de granjas enclavadas en sus acantilados y valles como toscas joyas empañadas por el tiempo, como si las hubiera creado un ángel de la humanidad, vagando entre la oscuridad y el amanecer.

»Yo era más joven entonces... de cuerpo: la juventud de la mente es para los hombres de cierta edad; la tuya, tal vez, y la mía. Incluso entonces, en ese momento, me asqueaban las multitudes, ese Londres inimaginable, un desierto lleno de humanidad en el que un pobre perro perdido y sediento de Otro Lugar prueba por primera vez el significado completo de esa palabra ociosa: abandonado. ¿Abandonado por quién?, es la pregunta que me hago ahora. Los visitantes de mi paraíso particular eran pocos entonces, como si, mi querido señor, no fuéramos todos visitantes, aparecidos, ansiando tiempo para contar y compartir nuestros secretos, vagando en busca de señales que demuestren que nuestra búsqueda no es vana, no es inaudita, no es una traición. Pero que así sea.

»Salía mañana tras mañana, con pan y queso en el bolsillo, de la vieja casa en la que me alojaba, rumbo a ese imprevisto lugar que anhela el corazón. Los mediodías calurosos y prolongados me encontraban tendido en un estado medio comatoso, pero vigilante, sobre el césped de los campos o los acantilados, sobre las arenas y rocas calentadas por el sol, absorbiendo el paisaje y la vida que me rodeaban como un camaleón peregrino. Me ponía en camino con la esperanza de perderme. ¿Cómo puede un hombre encontrar su camino si no lo pierde? De vez en cuando lo conseguía. Ese país es grande, y sus marcas terrestres y marítimas engañan fácilmente al extraño. Yo todavía tenía una edad, ya ves, en que mi «pequeña puerta» estaba entreabierta, y planté un pie sólido para evitar que se cerrara. Pero, ¿cómo podía saber lo que buscaba? Uno simplemente sacude el árbol de la vida y los raros frutos caen rodando para pudrirse en su mayor parte en las exuberantes hierbas.

»Lo más inquietante y provocador de ese país lejano era su fugaz parecido con el país de los sueños. Te quedas de pie, te sientas o te tumbas boca abajo en sus alturas llenas de estrellas y miras hacia abajo: un paisaje verde se extiende, disperso y sin árboles, con sus laderas cóncavas y llenas de montículos, sus granjas apiñadas y sus aldeas, todas inmóviles bajo la vasta capa de sol y azul, como el escenario de una casa de teatro encantada de siglos de antigüedad. Así también, los visionarios promontorios embrujados por los pájaros, velados débilmente en una niebla de irrealidad sobre sus piedras rotas y el enorme platillo del mar.

»Allí no puedes adivinar qué es lo que no puedes encontrar por casualidad, o con quién. Las campanas chocan, retumban y riñen huecamente al borde de la oscuridad en esas olas. Las voces vacilan a través de los vientos más débiles. Los pájaros gritan en una lengua desconocida. El cielo es de los halcones y las estrellas. Allí uno se encuentra al borde de la vida, de lo imprevisto, mientras que nuestras ciudades... ¿No son nuestras mentes disecadas y hastiadas las que continuamente se alejan cada vez más de la libertad, de lo vasto y desconocido, de la presencia infinita, eligiendo un viaje estúpido de un hecho sensual a otro, a la cola de ese burro llamado Razón? Sugiero que en esa soledad el espíritu que hay dentro de nosotros se da cuenta de que está pisando las afueras de una región que se llama la Imaginación. Afirmo que nos hemos extraviado y que en nuestra ceguera hemos abandonado...

Mi extraño se detuvo en su frenesí, me miró desde su rincón oscuro como si hubiera tenido la intención de aturdirme, de asombrarme con alguna herejía violenta. Salimos resoplando lenta y laboriosamente de un Alto en el que, en la oscuridad creciente y la luz de la luna, habíamos estado parados durante algún tiempo. Nunca un invitado estuvo más desesperadamente a merced de un viejo marinero.

—Pues bien —continuó, alzando un poco la voz para dominar los resonantes latidos del corazón de nuestra máquina de vapor—, una tarde, en mis vagabundeos sin rumbo, subí a la cima de un empinado camino de carros cubierto de hierba que serpenteaba entre setos densos y descuidados. Incluso entonces podría haber pasado por alto la casa a la que conducía, porque, como una horquilla, el camino giraba bruscamente sobre sí mismo, y sólo un sendero mucho más débil conducía a la cima de la colina. Podría, digo, haber pasado por alto la casa y... y a sus ocupantes, si no hubiera oído el sonido musical de lo que parecía el tañido de un arpa. Ese gorjeo suave, fino, brotaba sobre la hierba tupida como si surgiera del espacio. La verdad no puedo decir si era ese aire o de mi propia fantasía. Tampoco descubrí nunca qué instrumento, si del hombre o de Ariel, había emitido una melodía tan pura y, sin embargo, tan incorpórea.

»Seguí avanzando y me encontré frente a un terreno que se extendía a unos cientos de pasos a través del abrupto y repentino valle que había en medio. En una entrada en forma de V a la izquierda, y hacia el sol, se extendía una lengua azul y perezosa del mar. Y mientras mi mirada se deslizaba de allí hacia arriba y a lo largo de la nítida y verde línea del horizonte contra el turquesa transparente del espacio, capté el brillo de una chimenea cuadrada. Seguí avanzando y pronto me encontré ante la puerta de un patio de granja.

»Unas cuantas aves tomaban el sol en sus baños de polvo. Palomas blancas se acicalaban y arrullaban en el techo de un edificio anexo tan dorado por sus líquenes como si el sol del oeste hubiera esparcido su polvo durante siglos sobre las grandes losas. Sólo esa vida y el susurro del viento: nada más. Sin embargo, con sólo echar un vistazo me pareció haber traspasado una paz que había perdurado durante siglos, haber cruzado la frontera invisible que divide el tiempo de la eternidad. Me incliné, descansando, sobre la puerta, y podría haber permanecido allí durante horas, sumido cada vez más en la bendita quietud que se había apoderado de mis pensamientos.

»Una mujer encorvada apareció en la oscura entrada de un cobertizo de piedra frente a mí y, protegiéndose los ojos, se detuvo a escrutarme prolongadamente. En ese momento entré por la puerta y, explicándole que me había extraviado y que estaba cansado y sediento, le pedí un poco de leche. No respondió, pero después de mirarme con algo entre sospecha en su rostro viejo y curtido por el clima, me condujo hacia la casa que se encontraba a la izquierda en la ladera del valle, oculta hasta entonces por arbustos.

»Era una casa baja y grave, con chimeneas grises, con las paredes de piedra atravesadas por una profunda sombra proyectada por el sol poniente, las ventanas oscuras, redondeadas y sin cortinas, la puerta abierta de par en par que daba al porche. Entró y yo me detuve en el umbral. En el interior reinaba una quietud profunda, como la del agua de una cueva renovada por la marea. Sobre una mesa colgaba una corona de flores silvestres. A la derecha había un roble macizo sobre las losas. Un rayo de sol atravesaba el aire de la escalera desde una ventana superior.

»De pronto apareció un hombre moreno, de rostro alargado y demacrado, que me contemplaba mientras avanzaba con unos ojos que no parecían tanto fijar al intruso como rodear su imagen, como el mar contiene la mota lejana de un barco en su ancho seno de agua. Podrían haber sido los ojos de un ciego; las ventanas de una casa en sueños a la que el ocupante debe hacer una especie de peregrinación para contemplar la realidad. Entonces sonrió, y sus rasgos alargados y oscuros, melancólicos pero serenos, se iluminaron como un peñasco bajo un tenue rayo de sol pasajero. Con un gesto me dio la bienvenida a la gran cocina de losas oscuras, fresca como un sótano, aireada como un campanario, su aire dulce atravesado por un largo rectángulo de luz que venía del oeste.

»Los amplios estantes de la cómoda estaban cargados de vajilla. Una corona de flores recién cortadas colgaba sobre la repisa de la chimenea. Cuando entramos, una nube de pájaros pequeños, petirrojos, gorriones, pinzones revolotearon a pocos centímetros del suelo, el alféizar y el asiento de la ventana, y una vez más, con diminutos ojos oscuros como estrellas, observándome, se posaron silenciosamente. Podía oír el infinitesimal tic-tac de sus diminutas garras sobre la pizarra. Mi mirada se desvió por la ventana hacia el jardín que había más allá, una caverna de un cristal y un color más claros que los que asombraron los ojos del joven Aladino.

»Aparte de la retorcida guirnalda de flores silvestres, el metal de la estufa y el candelabro de cobre, y la vajilla brillante, no había ningún adorno en la habitación excepto un marco tosco, colgado de un clavo en la pared y que encerraba lo que parecía ser un fragmento de seda azul o lino fino con un patrón tenue. Las sillas y la mesa eran viejas y pesadas. Un gorjeo bajo y suave, un ocasional aleteo, un zumbido como de neblina de abejas y moscas: estos eran los únicos sonidos que bordeaban un silencio intensificado en su profundidad por los movimientos remotos del mar.

»La casa se quedó en silencio como por un hechizo, pero el pensamiento que había en mi interior no hacía preguntas; la especulación dormía en su perrera. Me senté a la mesa a tomar la leche y el pan, la miel y la fruta que la anciana había dispuesto, y su amo se sentó frente a mí, ya en un susurro bajo y sibilante (una lengua que ellos parecían entender), dirigiéndose a los pájaros, ya, como si hiciera un esfuerzo, alzando esos extraños ojos verdegrisáceos suyos para dedicarme una observación tranquila. Me hizo, más por cortesía que por interés activo, algunas preguntas, referidas al mundo, a sus negocios y transportes (nuestro hermoso mundo), como un astrónomo de madrugada podría murmurar unas palabras al invitado enviado por casualidad a su soledad sobre los secretos de Urano o Saturno. Hay otro lado inexplorable de la luna. Sin embargo, dijo lo suficiente para que yo comprendiera que él también pertenecía a esa pequeña tribu de los distantes y salvajes a los que se podría aplicar nuestra vieja y agrietada palabra «abandonado», ermitaños, lamas, faquires de esteras de arcilla y similares; los pájaros nevados que juegan y gritan en medio de las olas del océano; la vida de un oasis en el desierto; que comparten una realidad sólo lejanamente soñada por las congregaciones de hombres impulsadas por el tiempo y corroídas por el pensamiento.

»Sin embargo, de alguna manera me di cuenta de que el borde de la camaradería (¿debería llamarlo así?) que compartíamos, él y yo, era tan estrecho y peligroso que una y otra vez la fantasía dentro de mí parecía flotar sobre ese precipicio que la Noche conoce como miedo. Era él, al parecer, con esa contemplación abrasadora, con esa sonrisa lejana pero tranquilizadora, quien mantenía mi equilibrio. «No», parecía pronunciar una voz dentro de él, «estás a salvo; los límites están fijados; Aunque la alucinación cante su señuelo, no pasarás irremediablemente. Come y bebe, y pronto volverás a la vida». Y escuché, y, como un niño somnoliento en su cuna, mi conciencia se hundió más y más, se calmó, se apaciguó en el sueño que, según parecía, esta casa de piedra silenciosa ahora alzaba sus paredes.

»Casi había terminado mi comida cuando oí pasos que se acercaban por las losas de afuera. El murmullo de otras voces, claramente estridentes pero guturales incluso a la distancia, y a pesar de las densas piedras y vigas de la casa que habían embotado su timbre, ya habían llegado hasta mí. Entonces los pies se detuvieron. Giré la cabeza, con cautela, incluso tal vez con aprensión, y me enfrenté a dos figuras en la puerta.

»Ahora no puedo adivinar la edad de mi anfitrión. Estos niños —en cuanto a rostros, gestos y apariencia, en cuanto a figura y estatura, aparentemente, ya estaban en la última etapa de la adolescencia— eran mucho más problemáticos. Digo «figura y estatura», pero obviamente eran enanos. Tenían la cabeza clavada entre los hombros, el pelo espeso, los ojos desconcertantemente hundidos. Eran desgarbados; sus rasgos eran peculiarmente irregulares, como si dos razas venidas de los confines de la tierra hubieran mezclado en ellos su sangre y su extrañeza; como si, más bien, un animal y un ángel hubieran conspirado para crearlos.

»Pero si alguna luz interior se reflejaba en los ojos inmóviles, en el rostro demacrado, triste y quijotesco que ahora estaba total e intensamente clavado en el mío, esa luz era también la de ellos. Él les habló; ellos respondieron, en inglés, mi propia lengua; pero un inglés arrastrado, entrecortado e ininteligible para mí, aunque claro como una campana, inquietante, penetrante, anhelante como la voz de un pez o de una sirena. Mis oídos absorbieron el sonido mientras un árabe reseco por la arena del desierto se deja caer sobre su vientre seco y traga a sorbos el agua cristalina. Los pájaros se acercaban saltando como si estuvieran bajo la vara de un hechicero. Un clamor dulce y continuo surgió de sus pequeñas gargantas. Los exquisitos colores de la pluma y el pecho ardían, reverdecían, se derretían en el rayo de sol, en el aire oscuro que había más allá.

»Una especie de alegría triste, una felicidad lamentable, como los anillos en las cadencias de una vieja canción popular, inundó mi corazón. Había regresado a los límites del Edén, encorvado y cansado, mirando de un sueño a otro, nostálgico, «abandonado».

—Bueno, han pasado años —murmuró mi compañero de viaje con desdén—, pero no he olvidado los árboles primigenios y la sombra de ese Edén.

»Me sacaron, esos extraños compañeros, un él y una ella, si puedo decirlo tan crudamente como lo hizo entonces mi percepción. A través de una amplia puerta me condujeron —si se puede decir que alguien que guía es conducido— a su jardín. ¡Jardín! De una milla de largo, entre muros invisibles, se inclinaba y se estrechaba hacia un mar cuyo azul oscuro y sin espuma, incluso a esta distancia, deslumbraba mis ojos. Sin embargo, ¿cómo se puede llamar jardín a eso que no revela el más mínimo rastro de ordenación humana, de esclavitud humana, de pala o azada?

»Grandes rocas se alzaban en relieve, espolvoreadas con mil musgos y líquenes diversos, entre un verdor florido de malezas. Árboles atrofiados por el viento, de color esmeralda claro, cubiertos de líquenes, suavizaban y crujían los aires entrantes del océano con sus hojas y espinas, silbando una música tenue y apenas audible. Frutas escasas, rancias y sin cultivar colgaban cerca de las ramas nudosas, con sus mejillas de vivos colores. Era el refugio de los pájaros, la pequeña sala de estar de su casa de vida, bajo un cielo vespertino, puro y brillante como una gota de agua. Gritaba: «¡Hospital!» a los vagabundos del universo.

»Cuando miro hacia atrás, con un recuerdo cada vez más tenue y nebuloso, a mis dos compañeros, oigo sus voces guturales, dulces y estridentes, vuelvo a captar su ser, por así decirlo, me doy cuenta de que había una especie de orientalismo en su efecto. Su cortesía no era occidental; las sonrisas que me saludaban, cada vez que giraba la cabeza para mirarlos, eran infinitamente amistosas, pero infinitamente remotas. Tan desgarbados, tan alejados de nuestras nociones de belleza y simetría eran sus cuerpos y rostros, esas cabezas pesadamente hundidas entre sus hombros, sus brazos y manos desproporcionados pero gráciles, que los niños de algunos de nuestros pueblos ingleses podrían sentirse impulsados a apedrearlos, mientras sus mayores miraban y reían.

»El anochecer se acercaba; pronto llegaría la noche. Los colores del atardecer, chupando su tinte más extremo de cada hoja, brizna y pétalo, tocaron mi conciencia incluso entonces con una vaga y fugaz alarma.

»Recuerdo que pregunté a estos seres extraños y felices, repitiendo mi pregunta dos o tres veces, mientras nos acercábamos a la entrada del valle en cuyas arenas un pequeño arroyo vertía su agua fresca; les pregunté si eran ellos quienes habían plantado esta multitud de flores, muchas de una especie desconocida para mí y ajena a un país inagotablemente rico. «¡Esperamos; esperamos!», creo que gritaron. Y fue como si su grito despertara el eco de los valles verdes de la mente en los que me había extraviado. ¿Debo confesar que las lágrimas brotaron de mis ojos mientras miraba, hambriento, a mi alrededor, la cosecha de su paciencia?

»Nunca la realidad estuvo tan cerca del sueño. No era sólo un país desconocido, deslizado entre estas plácidas colinas, en el que me había topado por casualidad en mis divagaciones. Había entrado por unos breves momentos en una extraña región de la conciencia. Estaba caminando, así acompañado, en medio de un mundo de vida acogedora y sin miedo; los caminos de la imaginación del hombre, el reino del cual el pensamiento y la curiosidad, el escrutinio molesto y la lujuria habían demostrado prehistóricamente el medio insensato de su destierro. «Realidad», «Conciencia»: ¿se habían extraviado por el momento?

»Ahora especulo. En esa extraña, sí, y posiblemente siniestra compañía, siniestra sólo porque me era ajena, no especulé. En su jardín, lo familiar se había convertido en extraño, «lo extraño» que acecha en lo más íntimo del corazón, descarga sus riquezas en trance, arroja su luz y su dorado sobre el amor, da un sabor celestial al cuenco intemperante de la pasión y es el secreto de nuestra piedad incomunicable. Lo que es aún más extraño, estas cosas evidentemente se alegraban de mi compañía. Caminaban tras de mí (como hombres amarillos perseguirían a un cuadrúpedo occidental nunca antes visto) en alegre complicidad de asentimientos y sonrisas envueltas ante esta intrusión tal vez sin precedentes.

»Me quedé un momento mirando la plácida superficie del mar. Un barco a vela flotaba como un fantasma en el horizonte. Anhelaba anunciar mi descubrimiento a sus marineros. La marea se desató, se rompió, se agotó en las rocas desnudas, de repente sentí frío y me sentí solo, y me volví felizmente hacia el jardín, mis compañeros se separaron instintivamente para dejarme pasar entre ellos. Respiré el calor raro, casi exótico, el aire tenue, meloso, cargado de almendras de sus flores y pájaros: gaviota, pato silvestre, chorlito, lavandera, pinzón, petirrojo, que, como me di cuenta medio enfadado, medio tristemente, revoloteaban en un momento de consternación solo por mi presencia: el espectro encarnado de su enemigo, el hombre. ¿El hombre? Entonces, ¿quiénes eran estos?

»Me perdí de nuevo en un camino esa mañana, mientras andaba con dificultad. Llegó la oscuridad, cálida y estrellada. Estaba abatido y exhausto más allá de las palabras. Aquella noche dormí en un granero y me despertó poco después del amanecer el canto de los gallos. Salí, aturdido y parpadeando por la luz del sol, me lavé la cara y las manos en un arroyo cercano y llegué a un pueblo antes de que se moviera un alma. Así que me senté bajo un muro cubierto de espinas en un prado y una vez más me quedé dormido. Cuando me desperté de nuevo eran las diez. El reloj de la iglesia en su torre dio las campanadas y entré en una posada a comer.

»Una mujer corpulenta, rubia, amable y hospitalaria, con un rostro que se parecía cómodamente al de su propia cerda, que resopló y husmeó en la puerta abierta mientras yo estaba sentado en mi taburete, me sirvió lo que pedí. Le describí, no sin cierta vergüenza, como si fuera una traición, mi granja, su paradero.

»Sus pequeños ojos azules me miraron con una expresión fugaz que no supe traducir. El nombre de la granja, al parecer, era Trevarras.

»—¿Y viste a alguna de las Criaturas? —me preguntó con una voz que no era del todo la suya.

»—¿Criaturas?

Me recosté un instante y la miré; luego me di cuenta de que Criatura era el nombre de mi anfitrión, y María y Christus (aunque en esto su dialecto puede haberme engañado) los nombres de los dos jardineros. Ella contó una historia absurda, hasta donde pude unirla y hacerla coherente. Cosas supersticiosas sobre este hombre que había llegado a los curiosos habitantes del distrito y se había instalado en Trevarras, un extraño y peregrino, un extranjero, al parecer, de pocas palabras y modales dudosos.

»Y luego había algo (puso sus dos manos regordetas, una de ellas con un anillo de boda, sobre el cinc de la barra del bar y me miró). Dijo algo sobre una mujer «del mar». Con un «vestido azul» y muda, inarticulada o maestra de una lengua extranjera. Debía de haber vivido en pecado, además, esos ojos de cerdo parecían anhelar, ya que los niños eran «simples», «naturales», como Dios manda en estos asuntos. Era inútil. El estómago a veces puede rechazar el agua fría y sanadora y gasificada de «la mañana siguiente», y mi ridícula embriaguez me había dejado seco pero todavía no del todo sobrio.

»De todos modos, esto es lo que me dijo: mi mujer azul, tan rubia como el lino, había muerto y estaba enterrada en el cementerio vecino (el más cercano, aunque a millas de distancia de Trevarras). Me aseguró repetidamente, como si de otro modo pudiera dudar de un hecho tan sofisticado, que allí encontraría su tumba, su «lápida».

»Y así fue, lejos de los elegidos y en un rincón sombrío al noroeste de la tierra soñolienta y sin cosechas: una losa de granito, apenas redondeada, con un solo nombre grabado a mordiscos en la superficie oscura y áspera: «Femina Creature».

Walter de la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Walter de la Mare


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Walter de la Mare: Las Criaturas (The Creatures), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El extraño»: Walter De la Mare; poema y análisis.


«El extraño»: Walter De la Mare; poema y análisis.




El extraño (The Stranger) es un poema gótico del escritor inglés Walter De la Mare (1873-1956), publicado originalmente en la antología de 1912: Los oyentes (The Listeners).

El extraño, quizás uno de los poemas de Walter de la Mare menos conocidos, explora un motivo frecuente en la obra de este gran maestro. Escondidas en la naturaleza, remotas pero de algún modo accesibles, se alzan estructuras misteriosas: a veces una casa, una iglesia, un cementerio; cuya aparente inmovilidad se derriba cuando se la examina detenidamente. Nunca es aconsejable dar por sentado un poema de Walter de la Mare. No solo poseen una complejidad evidente, sino que, debajo de la superficie, se expanden territorios inexplorados.

El extraño nos sitúa en un cementerio, a la sombra de un tejo, donde hay una vieja tumba con su «lápida verde y torcida» cuyo epitafio se ha degastado por la lluvia, de manera tal que ni siquiera sabemos quién está enterrado allí. Con estos elementos Walter de la Mare construye una breve e inquietante historia.

A pesar del elogio de H.P. Lovecraft, Walter de la Mare sigue siendo una figura marginal, menos representativa del gótico que M.R. James o Sheridan Le Fanu. Esto se debe, quizás, a la originalidad de su obra. Algo [indefinible] está torcido en sus poemas, algo que se aparta de las características de lo fantasmagórico. T.S. Eliot alude a ese «algo» en su poema de 1948: Para Walter de la Mare (To Walter de la Mare), como «el misterio inexplicable del sonido». En efecto, los fantasmas de Walter de la Mare nunca son identificados o explicados con el tipo de lógica que suelen tener las historias de fantasmas: una lógica que aclara los motivos, los efectos y los propósitos de aquellos que regresan de la muerte. La fantasmalidad de Walter de la Mare es sensorial, como un escalofrío, una vaga sensación, una respuesta involuntaria del cuerpo. El extraño participa de esta elusiva sensorialidad interna, inmaterial e inexplicable que el lector puede captar [ver: Lo olfativo, lo visual, lo auditivo y lo táctil en el Horror Cósmico]

En Lo sobrenatural en la ficción (The Supernatural in Fiction), una conferencia dada en el Trinity College, Walter de la Mare considera el potencial de lo fantasmal como si buscara tantear sus límites:


«A menos que, de hecho, seamos meras máquinas, estos cuerpos nuestros son en sí mismos casas embrujadas. Una breve hora de soledad y oscuridad; un furtivo sonido que surge de lo desconocido, el chillido de un búho, un suspiro de viento en las chimeneas, y el fantasma inquieto que llevamos dentro se agita, despierta, escucha.»


De eso se trata El extraño. Describir sus elementos sería absurdo, porque su valor consiste en despertar en el lector la sensación de estar al límite de «algo», sin aliento, al borde de una revelación. Todo eso se traduce en algo sensorial, algo que reacciona dentro del cuerpo, quizás ese «fantasma inquieto que llevamos dentro» que «se agita, despierta, escucha» cuando algo externo vibra en su misma sintonía.




El extraño.
The Stranger, Walter De la Mare (1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Medio escondida en un cementerio,
a la negrura de un tejo,
donde ninguna criatura se mueve
ni los rayos del sol atraviesan,

hay una lápida verde y torcida,
su leyenda desvanecida,
solo una cabeza de querubín desgastada por la lluvia
canta a lo desconocido.

Allí, cuando cae el crepúsculo,
el silencio se hace tan profundo
que parece que todo el viento que respira
sopla desde los campos del sueño.

El día amanece en una belleza descuidada,
encendiendo cada gota de rocío,
pero una sombra implacable
mora bajo el solitario este tejo.

Y, todo lo demás perdido y olvidado,
sólo esta cabeza que escucha
guarda con una extraña sonrisa muda
su secreto con los muertos.


Half-hidden in a graveyard,
In the blackness of a yew,
Where never living creature stirs,
Nor sunbeam pierces through,

Is a tombstone green and crooked,
Its faded legend gone,
And but one rain-worn cherub’s head
To sing of the unknown.

There, when the dusk is falling,
Silence broods so deep
It seems that every wind that breathes
Blows from the fields of sleep.

Day breaks in heedless beauty,
Kindling each drop of dew,
But unforsaking shadow dwells
Beneath this lonely yew.

And, all else lost and faded,
Only this listening head
Keeps with a strange unanswering smile
Its secret with the dead.


Walter De la Mare
(1873-1956)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Walter De la Mare.


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El análisis, traducción al español y resumen del poema de Walter De la Mare: El extraño (The Stranger), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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