Mostrando entradas con la etiqueta relatos norteamericanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos norteamericanos. Mostrar todas las entradas

«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.


«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




«Nosotros, los de Transilvania,
sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen.»



La aldea de los vampiros (Vampire Village) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado en la edición de noviembre de 1932 de la revista Weird Tales bajo el seudónimo Hugh Davidson.

La aldea de los vampiros, uno de los cuentos de Edmond Hamilton más populares de la época, es una historia convencional, bastante entretenida, sobre un pueblo abandonado de Transilvania que una vez al año es habitado por no-muertos. Por supuesto, dos forasteros racionalistas desoyen las recomendaciones de los supersticiosos lugareños y visitan este pueblo en la noche equivocada.

Detrás de los lugares comunes, que abundan aquí, creo que Edmond Hamilton expande una idea que Bram Stoker utilizó en Drácula, sin aprovecharla demasiado; me refiero a la insinuación de que en la víspera del Día de San Jorge todo el mal que se encuentra dormido, de repente despierta. Hamilton se pregunta por qué los vampiros eligen o están limitados a esa noche en particular. La respuesta, que se aleja del marco folklórico utilizado por Bram Stoker, a pesar de que se encuentra presente en la principal fuente para Drácula: La Tierra más allá del Bosque (The Land Beyond the Forest), es que hay diferentes razas de vampiros. Están los que son mordidos y transformados por otro no-muerto, y están los vampiros que fueron confinados en sus tumbas por la acción del clero. Es decir que en la Víspera de San Jorge todos los vampiros, incluso los que ya fueron tratados con la Cruz y el suelo sagrado, pueden romper los lazos que los atan y levantarse de sus tumbas.


«Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas hasta que los sacerdotes hayan realizado los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.»


En Drácula, cuando Jonathan Harker se dispone a irse del hotel Golden Krone, una anciana le dice:


«Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder?»


Diría que La aldea de los vampiros es una historia entretenida, a pesar de que el truco argumental se ve venir desde el principio. Los dos viajeros, Barton [el narrador] y Croft proceden como dos sujetos que no conocen absolutamente nada sobre vampiros. La cultura popular de la época no los ha tocado. Están inmaculados de toda superstición.

Solo así se entiende que recorran Transilvania a pie, de noche, buscando refugio en el pueblo de Kranzak. Los lugareños les niegan la entrada porque es la Víspera de San Jorge y sospechan que todos son potenciales vampiros. No obstante, esta buena gente les aconseja seguir camino hasta un pueblo cercano llamado Wieslant. Así lo hacen, y descubren que los habitantes de Wieslant están en plena celebración en la plaza del pueblo. Estos aldeanos son amables, pero inquietantes, y les repugna inexplicablemente la cruz de madera que el narrador encontró en la puerta de la posada en Kranzak y luego guardó distraídamente en el bolsillo de su saco.

Uno diría que hay demasiadas red flags para 1932, pero me molestan menos los protagonistas y ese recurso fácil de utilizar el escepticismo como sinónimo de estrechez de miras, que los aldeanos de Kranzak, quienes sí creen en vampiros y así y todo les dan direcciones para llegar a una aldea abandonada, justo en esa noche del año, justo cuando los vampiros se reúnen en algún sitio próximo pero indeterminado.

Otro asunto que exaspera es la dificultad de los protagonistas para deducir que Wieslant es la infame aldea habitada por vampiros, cuando el lector llega a esa conclusión casi de inmediato [y no solo porque la historia se titula: «La aldea de los vampiros»]. Uno puede comprender cierta falta de perspicacia, ¡pero estos aldeanos le temen a las cruces! ¡En Transilvania! [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]




La aldea de los vampiros.
Vampire Village, Edmond Hamilton (1904-1977)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Toca otra vez! —le dije a Croft.

—Ya —respondió—. Estas posadas del pueblo duermen como muertos, ¡y todavía no es medianoche!

—¿Qué pasa? —pregunté. Él sacudía la mano con pesar.

—Me he golpeado los nudillos con algo en la puerta —dijo irritado. La desprendió y me la pasó. Vi que era una pequeña cruz de madera. —¡Una forma muy incómoda de expresar fervor religioso! —exclamó Croft, mientras volvía a tocar la puerta.

Miré a lo largo del camino blanco, que brillaba bajo la luz de las estrellas. Se alineaban una veintena de casas de madera con tejados a dos aguas que formaban el pueblo de Kranzak. Croft y yo habíamos contado, tras recorrer las colinas de Transilvania durante todo el día y la noche, con una cena tardía y alojamiento para pasar la noche. Pero ahora Kranzak parecía ofrecer pocas perspectivas de cena o descanso, pues desde las ventanas cerradas de sus casas no se veía luz, y nuestros golpes en la puerta de la posada no habían obtenido respuesta. Habíamos oído voces dentro de la posada al acercarnos, pero al primer golpe se callaron de repente.

Croft, molesto por haberse lastimado la mano con la cruz, exclamó ahora en nuestro húngaro imperfecto:

—¡Déjennos entrar! Esto es una posada, ¿no?

Una voz anciana y temblorosa respondió.

—Sí, es la posada de Kranzak, pero esta noche no abre para nadie.

—¿Por qué no? —preguntó mi compañero.

La misma voz respondió:

—¡Porque esta es la noche de los vampiros, señores! La noche de San Jorge, cuando todos los que en vida fueron vampiros y sirvientes del mal se levantan de nuevo para obrar el mal hasta el amanecer. Ninguna puerta se abrirá hasta el amanecer.

—¡Noche del diablo! —exclamé—. ¿Qué clase de locura es esta?

Croft rió, apartándose de la puerta.

—No sirve de nada, Barton. Nos hemos topado con sus supersticiones y parece que no tendremos alojamiento esta noche.

Una voz diferente y más aguda llamó desde dentro.

—¡Si queréis alojamiento, id a Wieslant! —nos dijo, y fue seguida por un murmullo de tres o cuatro voces desde dentro.

Retrocedimos al camino, desconcertados, mirando las casas del pueblo. Cada una tenía una especie de cruz en su puerta y todas seguían oscuras.

—Bueno, parece que vamos a Wieslant, o donde sea —dije.

—Wieslant, no lo recuerdo en el mapa —dijo Croft—. Pero estos pueblos están todos bastante juntos, así que no puede estar lejos.

—Adelante, entonces —ordené, y comenzamos a caminar por el camino a la luz de las estrellas—. La noche de San Jorge... la noche de los vampiros —repetí, mientras salíamos del pueblo y nos adentrábamos en el oscuro bosque de pinos—. ¿Acaso todo ese pueblo estaba encerrado por miedo a esa vieja superstición, Croft?

Asintió.

—Es una creencia muy arraigada aquí en Transilvania. Estos transilvanos creen firmemente que cuando mueren las personas que se han vendido al mal, no se convierten en muertos, sino en no-muertos, en vampiros que se levantan de sus tumbas por la noche para chupar la sangre y la vida de los demás.

—He leído algo sobre esa creencia, por supuesto —dije—, pero creía que los vampiros podían levantarse cualquier noche entre el atardecer y el amanecer. No sabía que la noche de San Jorge era la única del año en que podían hacerlo.

Croft rió.

—Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas cada noche hasta que los sacerdotes hayan realizado sobre ellas los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.

—Por eso la noche de San Jorge los encuentra encerrados —dije, negando con la cabeza—. ¿Y esas cruces en las puertas? —pregunté, señalando con el pulgar la pequeña de madera que Croft me había dado, la cual me había guardado en el bolsillo del pecho.

Él sonrió.

—Para protegerlos de los vampiros, por supuesto. Una cruz es el arma infalible contra los vampiros, ya sabes, lo único que temen. Es muy interesante toda esta superstición vampírica.

—Y muy inconveniente para nosotros —añadí—. Si la gente de Wieslant está tan aterrorizada por los vampiros esta noche como la de Kranzak, estamos perdidos.

Ajustamos nuestras mochilas sobre nuestros hombros y nos inclinamos para la tarea constante de caminar. El camino blanco serpenteaba a través de densos bosques, subiendo por una larga pendiente que parecía un paso entre las colinas que teníamos delante y a la derecha. No había luna, pero la tenue luz de las estrellas delineaba el camino en sus curvas a través del oscuro pinar.

Mientras avanzábamos, kilómetro tras kilómetro, comprendí que la misma penumbra de este paisaje transilvano debía ser la raíz de las creencias de su gente. Sería fácil creer, especulé, que en la oscuridad de medianoche de las colinas que nos rodeaban se movían seres sobrenaturales, liberados esa noche de la tumba. Pudimos ver una o dos veces siluetas negras voladoras de considerable tamaño moviéndose a la luz de las estrellas, bajas sobre los bosques distantes. Y aunque para Croft y para mí era bastante evidente que debían ser halcones o búhos buscando presas en los bosques, pensé que era fácil imaginar cómo cualquier transilvano que los viera podría creer que se trataba de vampiros sueltos en esta, su noche.

La voz de Croft finalmente interrumpió mis especulaciones.

—Ahí abajo se ven las luces de un pueblo —anunció.

—Supongo que es Wieslant.

Habíamos llegado al borde de un valle en forma de cuenco, de varios kilómetros de ancho, rodeado de colinas. En la oscuridad del centro brillaba un pequeño conjunto de luces, con un punto donde se veía el resplandor rojizo de las hogueras.

—Al parecer, Wieslant está lleno de vida —dije con optimismo—. Quizás podamos cenar y dormir esta noche.

—Parece que hay posibilidades —coincidió Croft.

Descendimos al valle, hacia las luces del pueblo. Wieslant, al entrar, se hizo evidente que era un lugar inusualmente antiguo, pues las casas a lo largo de sus callejuelas parecían más antiguas que cualquiera que hubiéramos visto hasta entonces. Tenían los grotescos grabados en espiral y las puertas y ventanas de formas extrañas, típicas de las casas de la zona hace unos siglos. Estaban iluminadas con luz amarilla de velas, pero no vimos a nadie dentro mientras pasábamos. La razón de esto se explicó cuando nos acercamos al espacio verde en el centro del pueblo; allí ardían grandes hogueras, se oía música alegre y animada, y alrededor del césped iluminado por el fuego, bailando al son de la música, se encontraban los habitantes de Wieslant.

Mientras Croft y yo nos acercábamos, solo podíamos ver a estas personas como siluetas que danzaban entre nosotros y las llamas. Sus oscuras formas giraban con tal rapidez que, con la luz en nuestros ojos, parecían desprenderse del suelo y girar en el aire al frenético ritmo de la danza. Nos acercamos y nos detuvimos en las sombras, fuera del círculo verde iluminado por el fuego, observando con asombro. Media docena de hogueras derramaban una luz rojiza sobre el césped, y alrededor de cada una de ellas se desarrollaba una de las extrañas danzas. Los hombres iban vestidos con chaquetas brillantes y pantalones ajustados, las mujeres con faldas y corpiños igualmente brillantes, la indumentaria festiva de los campesinos de Transilvania. Sin embargo, estos trajes eran de un estilo más antiguo y peculiar que cualquier otro que hubiéramos visto. Alrededor del borde del césped, a la luz del fuego, había un centenar de aldeanos que observaban y aplaudían la danza.

En un punto, una orquesta campesina de instrumentos de cuerda destilaba una música salvaje y vertiginosa. Junto a ella, un anciano alto, de bigote blanco y rostro fiero, gritaba por encima del estruendo a los bailarines mientras giraban. Jamás había visto una escena tan extraña de alegría desenfrenada, y Croft y yo observábamos maravillados desde la penumbra. Estos aldeanos, vestidos con ropas antiguas, parecían entregarse a la alegría del baile con total desenfreno. Los ojos de bailarines y espectadores brillaban de color carmesí, aparentemente por el reflejo del fuego. De repente, uno de los espectadores nos vislumbró a Croft y a mí en la oscuridad. Lanzó un grito agudo, e instantáneamente todos corrieron hacia nosotros.

En nuestra momentánea estupefacción, casi nos pareció que se abalanzaban por los aires para atacarnos, una visión densa de ojos carmesí y dientes blancos y brillantes. Pero cuando Croft y yo estábamos casi encima, se detuvieron en seco, ¡como si nos hubieran atacado! Nos rodearon, lanzando un murmullo de gritos excitados en un dialecto húngaro casi incomprensible, mientras sus ojos brillantes y excitados nos miraban fijamente. El estruendo era inmenso.

—Campesinos muy nerviosos, ¿no? —dijo Croft—. ¿Puedes entender lo que gritan?

—No, mientras griten todos a la vez —respondí—. ¿Qué les pasa? Por un momento pensé que nos atacaban.

—Estos transilvanos son todos muy nerviosos —dijo—. Parece que viene el jefe del pueblo, y debería poder calmarlos.

Era el anciano alto y de bigote blanco que había estado llamando a los bailarines el que se abría paso entre la multitud hacia nosotros. Iba vestido como los demás, con el brillante traje festivo, que realzaba bastante bien su alta figura. Nos hizo una reverencia, con la mirada fija en la nuestra.

—Bienvenidos a Wieslant, señores —nos saludó, en el dialecto extrañamente retorcido de los demás—. No esperábamos extraños aquí esta noche.

—Lamento si hemos interrumpido sus celebraciones —le dijo Croft—. No era nuestra intención.

El otro restó importancia a la disculpa con una sonrisa.

—Soy Mihail Hallos, jefe de Wieslant. Vemos pocos extraños y por eso se emocionan cuando alguno visita nuestra pequeña aldea.

—Bueno, no era nuestra intención venir —dijo Croft—. En el último pueblo, Kranzak, todos estaban encerrados por miedo a los vampiros. Debían de tener miedo de que nosotros mismos fuéramos vampiros, porque no nos dejaron entrar y nos mandaron a Wieslant.

La sonrisa de Hallos se acentuó y una risa recorrió la multitud.

—La gente de Kranzak tiene mucho miedo a los vampiros esta noche, es cierto —dijo el jefe—, porque no muy lejos de Kranzak se encontraba la aldea de los vampiros.

—¿Aldea de vampiros? —repitió Croft con tono interrogativo, pero Hallos hizo un gesto con la mano.

—Es una creencia en esta parte de Transilvania. Les contaré la historia más tarde. Mantiene a muchos pueblos atemorizados esta noche.

—Bueno, me alegro de que al menos no los mantenga encerrados en Wieslant —comenté—. No nos apetecía caminar toda la noche.

—Encontrarán un alojamiento excelente aquí en Wieslant —me aseguró Hallos—. De hecho, no podrían haber venido en mejor momento que esta noche.

De nuevo, la risa burlona recorrió la multitud, aunque no le encontré la gracia a sus palabras. Estos aldeanos de ojos brillantes y vestimenta extraña nos incomodaban bastante, tanto a Croft como a mí, con sus miradas fijas desde todos los ángulos. Hallos debió de darse cuenta.

—Nuestra posada está allí, al borde del prado —dijo—. Puedo acompañarlos.

Protestamos por su insistencia, pero con la cortesía típica de Transilvania, desestimó nuestras protestas. Hallos hizo señas a los aldeanos para que nos abrieran paso y se estaba girando de nuevo hacia nosotros cuando choqué torpemente con él, cara a cara. Para mi sorpresa, se tambaleó y cayó de rodillas, con la mano en el corazón y el rostro contraído por un espasmo de agonía.

Se puso de pie antes de que pudiéramos ayudarlo a levantarse. Me disculpé lo mejor que pude por mi torpeza.

—No fue culpa tuya —dijo con la mano aún sobre el pecho—, pero tengo una herida aquí y lo que llevabas en el bolsillo me pinchó cuando chocamos.

Miré hacia abajo y vi que sobresalía de mi bolsillo la pequeña cruz de madera que Croft me había dado en Kranzak, la cual había olvidado.

—Lo siento mucho —dije—. Fue una torpeza.

Hallos sonrió y negó con la cabeza, pero noté, mientras nos abríamos paso entre la multitud hacia la posada, que mantenía a Croft entre él y yo. Al parecer, no tenía intención de volver a confiar en mí.

Mientras avanzábamos entre los aldeanos alegremente vestidos que se apartaban para dejarnos pasar, incluso pensé que se alejaban más de mí que de Croft. Me resultó un poco incómodo. Hallos siguió hablando con cortesía mientras nos guiaba hacia la posada. La música a nuestras espaldas había vuelto a sonar y los aldeanos ya estaban bailando de nuevo cuando llegamos a la posada de aspecto antiguo que se encontraba al borde de la plaza.

Seguimos al jefe hasta la sala, empedrada y con amplias vigas de madera. Un gran fuego crepitaba en una chimenea, y detrás de la pequeña barra al fondo de la sala, el posadero, gordo y de pelo blanco, servía botellas de formas extrañas y retorcidas a una docena de hombres y mujeres disfrazados.

Habían estado charlando y riendo a carcajadas cuando entramos, pero se quedaron en silencio al vernos a Hallos y a nosotros, mirándonos fijamente. Me sorprendió de nuevo el efecto de la luz del fuego sobre los rostros de estas personas, que hacía que sus ojos parecieran de un rojo intenso.

El posadero se adelantó y Hallos lo presentó.

—Este es Kallant, posadero de Wieslant, y uno de los mejores que se pueden encontrar en Transilvania —nos dijo sonriendo—. Estará encantado de antenderlos. No suele alojar a forasteros.

—No muy a menudo —admitió el gordo Kallant, riendo de una manera extraña—. De hecho, no suelo tener clientes de ningún tipo. ¿Quieren dos habitaciones, señores?

—Oh, una habitación nos bastará —respondió Croft—. Ahora mismo nos preocupa más la cena que la habitación.

—Si nos hacen el honor —intervino Hallos—. Nuestras festividades continúan toda la noche, y algunos de nosotros, los aldeanos más importantes, siempre cenamos aquí a las dos. Nos honrarían acompañándonos.

—Será un honor —dijo Croft—. Ya son casi las dos, así que será mejor que Barton y yo nos aseemos un poco.

—Les mostraré la habitación, señores —dijo Kallant, volviéndose con una vela hacia la estrecha escalera que se alzaba en las sombras.

Entrábamos con él en la oscura escalera cuando la voz de Hallos nos detuvo. Señalaba con una sonrisa divertida la cruz de madera que aún sobresalía del bolsillo de mi chaqueta.

—Ese símbolo de piedad es mejor dejarlo en su habitación, señor —me dijo sonriendo—. Esta noche la piedad se olvida y solo pensamos en divertirnos.

Croft y yo nos reímos.

—En realidad no es mío —le dije al jefe—, pero por supuesto que lo dejaré. No quiero ser el esqueleto en su banquete.

Mientras subíamos por la oscura y estrecha escalera tras el gordo Kallant, oí un repentino murmullo de voces salvajes que irrumpió en la taberna que acabábamos de abandonar. La voz aguda de Hallos las interrumpió y las silenció, y sonreí ante esta prueba de que nuestro cortés anfitrión podía comportarse como un tirano con sus sencillos súbditos. La escalera conducía a un largo vestíbulo tenuemente iluminado por una o dos velas en los portalámparas de la pared. Había puertas apenas visibles entre las sombras, y Kallant nos condujo a una de ellas y la abrió, señalando hacia adentro mientras colocaba su vela en un portalámparas dentro de la puerta.

—Esto les servirá, señores —nos dijo—. Huele un poco a humedad No solemos tener clientes aquí, pero debería ser bastante cómodo.

—Está bien —le aseguramos.

—Dígale a Hallos que bajaremos en unos instantes.

Hizo una reverencia y se retiró. Miramos a nuestro alrededor.

—Huele a humedad, sí —comenté—. Parece que no se ha usado en siglos.

La habitación, de hecho, estaba cubierta de una gruesa capa de polvo que cubría el suelo, los muebles y la cama de madera antigua. A través de las ventanas de forma peculiar, pudimos vislumbrar el verde exterior, donde aún ardían las hogueras y se veían las oscuras sombras de los bailarines girando al ritmo de la música salvaje.

Croft y yo nos arreglamos lo mejor que pudimos. Cuando salimos de la oscura escalera y volvimos a la taberna de la posada, encontramos allí al jefe, Hallos, con una veintena o más de hombres y mujeres. Todos iban vestidos, sin excepción, con los trajes festivos de antaño a los que ya estábamos acostumbrados. Hallos casi se abalanzó sobre nosotros al entrar en la taberna, con los ojos brillantes. Pero a un paso de nosotros se detuvo, mirando fijamente mi pecho.

Bajé la mirada y vi que había olvidado sacar la pequeña cruz de madera del bolsillo.

—Oh, lo siento —dije—. Pero supongo que tenerla no importa realmente, ¿verdad?

—Por supuesto que no —me dijo cortésmente—. ¿No quieren conocer a algunos de los nuestros? Son mis dos hijas.

Hizo las presentaciones y charlamos lo mejor que pudimos en nuestro titubeante húngaro. Me sentí algo disgustado, lo admito, al ver que tendían a reunirse alrededor de Croft y a evitarme. Recordando las palabras del jefe, supuse que, por la cruz que sobresalía de mi bolsillo, juzgaban que yo era un devoto estricto. Croft notó mi aislamiento y me lanzó miradas divertidas de vez en cuando, pues estaba progresando mucho con las dos bellezas de mejillas brillantes que Hallos le había presentado como sus hijas. El propio Hallos conversó conmigo, aunque a cierta distancia, hasta que el gordo Kallant apareció desde otra habitación para anunciar que la cena estaba lista.

Entramos en el comedor donde nos esperaba una larga mesa repleta de platos y vinos de Transilvania. Hallos se sentó al final de la mesa, con Croft y la hija menor a su derecha, y yo con la mayor a su izquierda. Pero antes de que pudiera dirigirle una palabra a la mayor, apartó su silla lo más posible y me dio la espalda para hablar con su otra vecina.

La cena fue animada, y Croft y la hermana menor que estaba frente a mí eran de los más alegres, aunque me sentía algo disgustado por el trato frío que me daban. Lo compensé atacando con vigor la comida picante y los vinos fuertes, y Croft no se quedó atrás, ya que llevábamos doce horas sin comer. La comida y el vino estaban tan deliciosos como nunca antes había probado, pero me parecieron extrañamente poco sustanciosos; de hecho, después de terminar media docena de platos y varias copas, tenía tanta hambre como al principio. Sin embargo, aunque Croft también parecía un poco desconcertado, los demás en la mesa no parecieron darse cuenta.

La sala resonaba con risas, charlas y el tintineo de copas, con ecos de la música de baile que venía de afuera. Kallant merodeaba para asegurarse de que todos estuvieran servidos, y al final de la mesa Hallos era la imagen de un anfitrión cortés. Durante una pausa en el murmullo de las voces, Croft se dirigió a él.

—Dijiste que nos contarías sobre la aldea de vampiros ubicada cerca de Kranzak —le recordó—. Me gustaría escuchar la historia si al resto no le importa.

Hallos sonrió y vi una alegría contenida en los rostros de nuestros compañeros.

—Bueno, todos aquí conocen la historia —dijo el jefe—, pero si les interesa... Nosotros, los transilvanos, sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen. Sabemos que los hombres y mujeres que en vida se entregan a las fuerzas del mal no mueren, sino que se convierten en vampiros, no-muertos. De día, los vampiros yacen como muertos en sus tumbas, pero de noche se levantan y chupan la sangre y la vida de cualquier persona desprotegida que encuentren. Y nosotros, los transilvanos, también sabemos que contra la cruz los vampiros son impotentes. Así que, siempre que se descubre la tumba de un vampiro en este condado, los sacerdotes realizan sobre ella ceremonias de la cruz que atan al vampiro a su tumba. Sin embargo, incluso los vampiros así atados y aprisionados pueden, una noche al año, la noche de San Jorge, levantarse y trabajar hasta el amanecer. Hace casi doscientos cincuenta años, en esta sección de Transilvania, había un pueblo situado no lejos de Kranzak. Y este pueblo cerca de Kranzak llegó a estar embrujado por vampiros como ningún otro pueblo lo había estado antes.

«¡Era, pues, un pueblo de vampiros! Los vivos que quedaban huyeron a Kranzak y otros lugares, pero los vampiros permanecieron. Cada día, el pueblo yacía desierto y deshabitado bajo el sol. Pero cada noche, los vampiros se levantaban para recorrerlo y habitarlo como si estuvieran vivos, aventurándose a menudo a atacar a la gente de los pueblos cercanos. Así que, finalmente, la gente de los alrededores llegó con muchos sacerdotes para acabar con este pueblo. Sobre cada tumba, los sacerdotes realizaron sus ritos de atadura, aprisionando así a cada vampiro. Desde entonces, aunque ningún vivo volvió a habitarlo, los vampiros no volvieron a salir de noche, salvo esa noche del año, la noche de San Jorge, cuando todos los vampiros son liberados. Esa noche, el pueblo vuelve a bullir hasta el amanecer con sus no-muertos.

—Y como la noche de San Jorge es esta noche —sonrió Croft—, temían en Kranzak que nosotros dos fuéramos del pueblo de vampiros.

—Así es —dijo Hallos, sonriendo también—, porque a pesar de los siglos transcurridos, los habitantes de Kranzak y de los demás pueblos siguen temiendo esta noche del año.

—¿Pero ustedes aquí en Wieslant no parecen tenerle mucho miedo a la aldea de vampiros? —dije.

Todos se rieron.

—Es porque San Jorge es nuestro patrón, y en su noche festiva contamos con su protección —explicó Hallos—, y podemos entregarnos a la alegría sin miedo.

Croft negó con la cabeza.

—Qué extraño es el poder de estas creencias —dijo—. Sin embargo, de alguna manera, encajan con sus antiguas casas y vestimentas.

La mayor de las Hallos se rió.

—Estos trajes que usamos en esta noche deben parecerles muy extraños —le dijo a Croft.

—Parecen hermosos —le respondió él—. Sin embargo, me hacen sentir como si Barton y yo hubiéramos viajado al pasado.

—Nuestros bailes también son antiguos esta noche —dijo—. ¿No vendrás con mi hermana y conmigo a verlos?

Su invitación me excluyó tan claramente que Croft me lanzó una mirada sonriente al aceptar.

—¿Vamos, Barton? —preguntó mientras nos levantábamos.

Negué con la cabeza.

—Voy a subir a dormir un poco, me hace falta —dije—. Ya casi amanece.

Nuestro grupo regresó a la taberna, Croft entre las dos hermanas y yo con Hallos a mi lado. Era evidente que Croft había causado una buena impresión en las dos bellezas, pues sus ojos y sus pequeños dientes blancos brillaban por igual mientras reían al verlo, apretando sus brazos con caricias casi posesivas.

—Subiré enseguida, Barton —me dijo Croft mientras se dirigían a la puerta—. Yo también necesito dormir un poco.

—¡Dormir! ¡Ya hay suficiente sueño en el mundo! —exclamó la hermana menor—. Esta noche es una noche festiva, no para dormir, sino para vivir... ¡para vivir!

Habló con una vehemencia asombrosa y con los ojos realmente ardientes, lo que sorprendió bastante a Croft, y también a mí. Hallos la miró con furia, y ella bajó las pestañas con recato.

Cuando Croft salió con ellos, le lancé una mirada diciéndole que no hiciera el ridículo por culpa de las dos bellezas transilvanas. La mayoría de los presentes los siguieron y les deseé buenas noches en general. A Hallos y Kallant, que se quedaron, les di las gracias antes de subir las escaleras. Mientras subía, creí oír unos pasos rápidos abajo y me giré, pero no había nadie. Oí la voz de Hallos siseando a alguien, evidentemente Kallant:

—¡Todavía no, tonto, aún lo tiene consigo!

La respuesta murmurada de Kallant fue inaudible.

Seguí subiendo a la habitación. A la tenue luz de las velas, la cama mohosa resultaba poco atractiva, pero me senté, bostezando, mirando por la ventana polvorienta. Las hogueras en el prado aún brillaban en rojo, pero la música había cesado y las siluetas oscuras de los aldeanos parecían agrupadas alrededor de algún objeto de interés.

Me aflojé el cuello de la camisa y, con una sonrisa, arrojé sobre la mesa la cruz de madera cuyo simbolismo de piedad había provocado tal aversión entre los aldeanos. Entonces se me ocurrió buscar la ubicación exacta de Wieslant en mi guía de viaje. Croft había dicho que Wieslant no aparecía en el mapa, y así fue: no había ningún pueblo marcado entre Kranzak y el lejano Holf. Algo desconcertado, me dirigí al texto, pero tampoco encontré ninguna descripción de Wieslant. Estaba a punto de rendirme, disgustado por la ineficiencia de los creadores de guías, cuando el nombre «Wieslant» en una nota a pie de página me llamó la atención.

Mientras empezaba a leerla, fui consciente de dos cosas: de un ajetreo y un alboroto entre la multitud que se encontraba en la plaza, y del crujido de alguien moviéndose en el pasillo, fuera de mi puerta. No obstante, si un trueno hubiera resonado a mi alrededor no habría despertado el horror inefable que creció en mí mientras leía la fina tipografía de la nota al pie. Las palabras parecían danzar ante mis ojos:

«Wieslant... aproximadamente a medio camino entre Kranzak y Holf... completamente desierto en 1683 por miedo a los vampiros... todavía llamado en esa sección el pueblo de los vampiros... ahora casi totalmente en...»

Y justo cuando la terrible verdad se estrellaba contra mi cerebro, un grito agonizante en la voz de Croft llegó a mis oídos desde el exterior.

Corrí por la habitación y abrí la puerta de golpe. Hallos y Kallant estaban afuera, con los ojos de un rojo infernal, como demonios. Los dos se lanzaron hacia mí y, mientras me empujaban hacia atrás, sentí sus afilados colmillos en mi garganta, sentí en mi rostro el aliento corrupto de la tumba.

Pero mientras retrocedía con esos dos vampiros infernales encima, mi mano extendida tocó la mesa. Mis dedos agarraron algo instintivamente, la pequeña cruz. Al tocarlos, los arrojó de nuevo al otro lado de la habitación, contra la pared, como si fuerzas titánicas los hubieran golpeado.

Con los ojos como llamas del infierno. Hallos y Kallant me fulminaron desde allí mientras me tambaleaba hacia la puerta, el grito de Croft resonando de nuevo, más débil, en mis oídos.

Me arrojé escaleras abajo, con Hallos y Kallant tras de mí, la cruz aún aferrada a mi mano. Me tambaleaba hacia el césped para oír de nuevo el grito ahogado de Croft. Estaba en el suelo y la multitud de vampiros de ojos escarlata, girando frenéticamente, se abalanzaba sobre él, sus dientes blancos buscando su garganta.

La mitad de ellos corrían hacia mí, figuras negras de demonios contra las llamas que se atenuaban mientras una promesa de luz se asomaba hacia el este. De pronto retrocedieron y se apartaron cuando tropecé hacia adelante, extendiendo la cruz. Se enfurecieron a mi alrededor como sombras infernales, gritando.

Estaba al lado de Croft, y los que lo rodeaban se reagruparon cuando caí a su lado con la cruz. Parecía inconsciente, y sentí que mis propios sentidos se desvanecían y la cruz se me escapaba de los dedos mientras rugía la horda de vampiros. Se acercaban cuando la cruz se me resbaló de la mano entumecida; los rostros demoníacos de Hallos, sus hijas y todos los demás giraban cada vez más cerca en un frenético espectáculo de ojos rojos, labios ávidos y dientes blancos y afilados.

Entonces, desde el este llegó un rayo gris del amanecer. Al instante, fue como si una niebla envolviera a la multitud de vampiros y a todo el pueblo que nos rodeaba, una niebla que se oscureció en mi mente al perder el conocimiento.

La luz del amanecer había cambiado del gris al dorado cuando recuperé la consciencia. Croft se movía débilmente, y cuando se incorporó, recogió del suelo a mi lado, automáticamente, una pequeña cruz de madera.

Nos pusimos de pie y miramos aturdidos a nuestro alrededor. Antiguas ruinas cubiertas de maleza se extendían bajo la luz dorada. Se veían los contornos rotos de cimientos de edificios, y en un lugar, un recinto de lápidas desgastadas por el tiempo, apenas visibles, pero no había ninguna casa ni estructura en pie, ni señal alguna de vida. Croft y yo observábamos con la mirada perdida, mientras el mundo entero permanecía en silencio bajo la luz del sol matutino.

Edmond Hamilton (1904-1977)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edmond Hamilton: La aldea de los vampiros (Vampire Village), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.


«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.




«Si tan solo le hubiera dicho desde el principio
que no le gustaba la casa, todo habría ido bien.»



La gente nueva (The New People) es un relato de terror del escritor norteamericano Charles Beaumont (1929-1967), publicado originalmente en la edición de agosto de 1958 de la revista Rogue, y luego reeditado en la antología de 1960: Paseo nocturno y otros viajes (Night Ride and Other Journeys).

La gente nueva, uno de los grandes cuentos de Charles Beaumont, relata la historia de una joven pareja y su hijo pequeño, quienes se mudan a un vecindario aparentemente tranquilo y descubren que sus vecinos esconden secretos oscuros, incluyendo actividades satánicas.

Resulta evidente que La gente nueva fue una poderosa influencia para la novela de Ira Levin: El bebé de Rosemary (Rosemary's Baby), publicada nueve años después. Todos los ingredientes están ahí, cada uno, aunque en diferente orden.

Si bien el tropo del vecino extraño, amigable al principio, querible incluso, que eventualmente se revela como una suma de elementos perturbadores, ha sido utilizado con frecuencia, en 1958 todavía permitía cierta originalidad. En definitiva, no todos los días uno descubre que sus vecinos son satanistas. No burdos adoradores del Maligno, sino un grupo bien organizado, bien financiado, integrado por individuos intachables, y decididos a ampliar su coven con sangre joven.

Pero, claro, «lo de todos los días» no es el terreno de Charles Beaumont. El tropo del vecino extraño [asesino, vampiro, fantasma, hechicero, etc.] utiliza aquí un ambiente suburbano. No hay edificios malditos ni leyendas de fondo con historias trágicas; solo un grupo de personas maduras, ricas, que no consiguen sacudirse de encima el aburrimiento si no es apelando a las artes oscuras, al satanismo, más precisamente;

Charles Beaumont, un autor bastante menospreciado en nuestros días, casi olvidado, construye una historia tan persuasiva que deja al lector con la sensación de que podría ponerse tranquilamente en el lugar del protagonista. En cierto modo, somos un poco como Prentice, quiero decir, ignoramos lo que está sucediendo, vamos descubriendo con él los peligros que rodean a su familia, con la dificultad que estos residen en un lugar que, en teoría, debería ser el menos peligroso: un suburbio para profesionales adinerados y acostumbrados a la buena vida.

Los cuentos de Charles Beaumont suelen convertir lo ordinario en extraordinario, pero no mediante maniobras forzadas, tampoco apelando a lo sobrenatural, sino al indagar en lo «normal». Basta rascar un poco en la superficie para descubrir que esa normalidad es solo una apariencia. Debajo ocurren cosas interesantes, macabras a veces.

El bebé de Rosemary, decíamos, le debe mucho a La gente nueva de Charles Beaumont [y otro tanto a La gente de verano (The Summer People) de Shirley Jackson]; todo, en realidad, desde el argumento al escenario; aunque Ira Levin jamás mencionó que tal influencia existiera. No hablo de influencias vagas, genéricas, como un suburbio estadounidense o un matrimonio joven, aparentemente feliz, que esconde secretos que van revelándose sutilmente; sino directas, concretas. Por ejemplo, nunca llegamos a conocer el nombre de lugar donde transcurre La gente nueva, pero se insinúa que es un sitio donde viven guionistas de Hollywood. Recordemos que Guy, en El bebé de Rosemary, se une a los satanistas porque ambiciona hacer una carrera en Hollywood. También tenemos una residencia cuyo antiguo ocupante se quitó la vida, una fiesta de bienvenida, un sutil trabajo de seducción de parte de los viejos residentes, y finalmente una ordalía donde todas esas personas amables y «normales» se muestran como realmente son.

Poco después de mudarse a su nuevo hogar, el matrimonio formado por Hank y Ann, junto Davey, su hijo adoptivo, empiezan a entablar relaciones sociales con sus vecinos. Aunque Davey no quiere tener nada que ver con los lugareños, Hank y Ann organizan una pequeña reunión para los nuevos amigos. A medida que avanza la noche, uno de los vecinos, Matt Dystal, le insinúa a Hank que posee información secreta e importante que debe compartir. En un giro imprevisto, Hank descubre que su nuevo amigo no es para nada un inocente, sino un miembro más del culto satanista.

Para ser honestos, el grupo de satanistas de Charles Beaumont no tiene demasiado que ver con los vecinos de Rosemary. Son simplemente degenerados, gente que comienza a realizar actividades algo inocentes, como el intercambio de parejas, y progresivamente se meten en la magia negra, pero solo porque están «aburridos». Es decir, no son verdaderos creyentes en el satanismo, sino gente rica, poderosa y decadente.




La gente nueva.
The New People, Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Si tan solo le hubiera dicho desde el principio que no le gustaba la casa, todo habría ido bien. Podría haber inventado alguna historia creíble sobre problemas de plomería o mala construcción —¡cualquier cosa!— y ella le habría seguido la corriente. Quizás no sin discutir: Recordaba la expresión de su cara cuando pararon el coche. Pero podría haberla convencido de que no lo hiciera. Ahora, claro, era demasiado tarde.

¿Para qué?, se preguntó, intentando no pensar en la fiesta y todo el ruido que conllevaría. ¿Demasiado tarde para qué? Es una buena casa, bien construida, bien cuidada, espaciosa. Excepto por esa mancha de sangre, alegre. Cualquiera en su sano juicio...

—Cariño, ¿no te vas a afeitar?

Bajó el periódico con cuidado y dijo: «Claro». Pero Ann lo miraba con esa expresión de dolor y reproche.

Hank, ¿qué te pasa?, pensó, dirigiéndose al baño.

—Hank —dijo ella.

Él se detuvo, pero no se giró.

—¿Sí?

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo él.

—Cariño, por favor.

La miró. El vestido rosa se ceñía a su cuerpo, que conservaba la firmeza de la juventud; su rostro era impecable, el lápiz labial y el maquillaje impecables; su cabello, largo y corto, caía suavemente sobre sus blancos hombros: en siete años, Ann no había cambiado. Prentice apartó la mirada con resentimiento. Y se sintió avergonzado. «Uno pensaría que con el tiempo me acostumbraría», pensó.

—¡Maldita sea! ¡Lo está haciendo!

—Dime —dijo Ann.

—¿Decirte qué? Todo está bien —dijo él.

Ella se acercó y él pudo oler el perfume, pudo ver las pequeñas pecas que salpicaban su pecho. Se preguntó cómo sería dormir con ella. Probablemente muy agradable.

—Se trata de Davey, ¿verdad? —dijo ella, bajando la voz a un susurro. Estaban a pocos metros de la habitación de su hijo.

—No —dijo Prentice—, pero era cierto: Davey tenía algo que ver. Desde hacía una semana, Prentice se había aferrado a la esperanza de que la reparación de la locomotora cambiara las cosas. Un niño sin tren, se había dicho, seguro que se comporta de forma extraña. Pero había reparado la locomotora y la había traído a casa, y Davey ni siquiera se había molestado en montar las vías.

—Lo agradeció, cariño —dijo Ann—. ¿No te dio las gracias?

—Sí, me dio las gracias.

—¿Y bien? —dijo ella—. Cariño, ya te lo he dicho: Davey está pasando por una etapa, eso es todo. Los niños pasan por eso. De verdad.

—Lo sé.

—Y las clases han terminado hace casi un mes.

—Lo sé —dijo Prentice, y pensó—: ¡Mudarse a un barrio donde no hay ni un solo niño con quien jugar en toda la cuadra también podría tener algo que ver!

—Entonces —dijo Ann—, soy yo.

—No, no, no —intentó sonreír. No tenía sentido discutir: ya habían hablado de eso docenas de veces, y ella tenía respuesta para todo. Recordaba la firmeza en su voz: Me encanta la casa, Hank. Y me encanta el barrio. Es con lo que he soñado toda mi vida, y creo que me lo merezco, ¿no crees? (Era la primera vez que se lo recordaba conscientemente). El problema es que has vivido tanto tiempo en apartamentos pequeños y mugrientos que te has acostumbrado a ellos. No puedes adaptarte a un lugar decente, y Davey no es diferente. Son tal para cual: dos viejecitos que no soportan los cambios, ¡ni siquiera para mejor! Pues yo sí. Me da igual que cincuenta personas se suicidaran aquí, soy feliz. ¿Lo entiendes, Hank? Feliz.

Prentice lo había entendido y se había propuesto hacer un verdadero esfuerzo por acostumbrarse al nuevo lugar. Si no podía, al menos podría ocultarle sus sentimientos a Anne, pues sabía que eran una tontería, una auténtica tontería. Todo lo que ella decía era cierto, y debía estar agradecido. Sin embargo, de alguna manera, no podía dejar de soñar con el anciano que una noche había tomado una navaja y se había cortado el cuello...

Ann lo miraba fijamente.

—Quizás —dijo—, yo también estoy pasando por una mala racha. Le dio un suave beso en la frente.

—Vamos, que la gente va a llegar en cualquier momento, y pareces Lady Macbeth.

Ella le sujetó el brazo un instante.

—Te estás adaptando a la casa, ¿verdad? —dijo—. Quiero decir, cada vez la sientes más como tu hogar, ¿no?

—Sí —dijo Prentice.

Su esposa hizo una pausa y luego sonrió.

—Bien, aféitate. Rhoda cree que eres muy guapo.

Entró al baño y enchufó la afeitadora eléctrica. Rhoda, pensó. Ya nos llamamos por nuestro nombre y no llevamos aquí tres semanas.

—¿Papá?

Miró a Davey, que se había colado con el sigilo de un niño de nueve años.

—Hola.

Como de costumbre, le pasó la afeitadora por la barbilla. Davey no respondió. Retrocedió y preguntó:

—Papá, ¿viene el señor Ames esta noche?

Prentice asintió.

—Supongo que sí.

—¿Y el señor Chambers?

—Ajá. ¿Por qué?

Davey no contestó.

—¿Qué quieres saber?

—Vaya. —Los ojos de Davey estaban rojos y muy abiertos—. ¿Puedo quedarme en mi habitación?

—¿Por qué? ¿Estás enfermo?

—No. Un poco.

—¿Dolor de estómago? ¿Dolor de cabeza?

—Solo estoy enfermo —dijo Davey. Tiró de un hilo de su camisa y volvió a quedarse callado. Prentice frunció el ceño.

—Pensé que tal vez te gustaría mostrarles tu tren —dijo.

—Por favor —dijo Davey. Su voz se había alzado un poco y Prentice vio que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Papá, por favor, no me hagas salir. Déjame quedarme en mi habitación, no haré ruido, lo prometo, y me iré a dormir a mi hora.

—Vamos, ¡no le des tanta importancia! —Prentice le pasó el frío metal por la cara. La ira iba y venía, rápidamente. Qué tontería enfadarse—. Davey, ¿qué hiciste? ¿Montaste en bici en su césped o algo así? ¿Rompiste una ventana?

—No.

—Entonces, ¿por qué no quieres verlos?

—Simplemente no quiero.

—Al señor Ames le caes bien. Me lo dijo ayer. Cree que eres un buen chico, y el señor Chambers también. Ellos...

—¡Por favor, papá! —El rostro de Davey estaba pálido; empezó a llorar—. Por favor, por favor, por favor. ¡No dejes que me atrapen!

—¿De qué estás hablando? Davey, basta. ¡Ahora mismo!

—Vi lo que estaban haciendo en el garaje. Y ellos saben que los vi. Lo saben. Y...

—¡Davey! —la voz de Ann era aguda, fuerte y resonante en el baño revestido de azulejos. El niño dejó de llorar al instante. Levantó la vista, dudó un momento y salió corriendo. Cerró la puerta de golpe. Prentice dio un paso atrás.

—No, Hank. Déjalo en paz.

—Está molesto.

—Déjalo que se moleste. —le lanzó una mirada furiosa hacia el dormitorio—. Supongo que te contó esa historia tan desagradable sobre el garaje, ¿verdad?

—No —dijo Prentice—. No me la contó. ¿De qué se trata?

—De nada. Absolutamente nada. Esa fantasía suya la sacó de alguien, y no de nosotros. Vas a tener que hablar con él, Hank. Lo digo en serio. De verdad.

—¿De qué?

—¡Qué historias tan locas! ¿Y si el señor Ames las oyera? Me moriría. Y encima se ha portado tan bien con Davey.

—No he oído esas historias —dijo Prentice.

—Oh, ya las oirás —dijo Ann, desabrochándose el delantal y doblándolo con rabia—. ¡De verdad! A veces creo que ustedes dos se empeñan en hacerme la vida imposible.

El timbre sonó con fuerza.

—Intenta ser amable, ¿quieres? Al fin y al cabo, es una fiesta de inauguración. Y date prisa.

Ella cerró la puerta. Él la oyó decir: «¡Hola!» y luego la voz grave de Ben Roth: «¡Hola!».

Ridículo, se dijo a sí mismo, enchufando la maquinilla de afeitar de nuevo. Absolutamente ridículo. Nadie se quejó más que yo cuando nos tropezábamos en ese pequeño ataúd del piso de arriba en Friar; yo era el que no paraba de quejarse por una casa, no Ann. Y ahora tenemos una...

Miró la pequeña mancha de sangre marrón que no se quitaba del papel pintado y suspiró.

—Ahora tenemos una,

—¡Hank!

—¡Ya voy! —se arregló la corbata y entró en el salón.

Los Roth, por supuesto, estaban allí. Ben y Rhoda. «Hazlo bien», pensó, «porque todos vamos a ser amigos».

—Hola, Ben.

—Pensé que nos habías abandonado, muchacho —dijo el hombre grande y rosado, riendo.

—No. Jamás haría eso.

—Hank —indicó Ann—. Ya conoces a Beth Cummings, ¿verdad?

La mujer alta y elegantemente vestida rio entre dientes y le tendió la mano.

—Nos hemos visto —dijo—, Hola.

Su marido, un hombre pálido de pelo blanco, le apretó los dedos a Prentice.

—Es broma —dijo, riendo con dificultad.

Intentando no hacer una mueca, Prentice retiró la mano. Un hombre corpulento y calvo, vestido con un traje marrón de doble botonadura, la agarró al instante. «Reiker», dijo el hombre. «Llámame Bud. Todo el mundo lo hace. No sé por qué; me llamo Oscar».

—Por eso —dijo una mujer, acercándose—. Ann nos presentó, pero probablemente no te acuerdes de que conozco a hombres. Soy Edna.

—Claro —dijo Prentice—. ¿Cómo estás?

—Bien. Pero claro, soy mujer: ¡me gustan las fiestas!

—¿Cómo dices?

—¡Hank!

Prentice se disculpó y entró rápidamente a la cocina. Ann sostenía un paquete.

—Cariño, ¡mira lo que nos trajo Rhoda!

Tomó con cuidado el salero y el pimentero y los volvió a dejar.

—Qué bonitos.

—Giras la cabeza del gallo —dijo la señora Roth—, y muele la pimienta.

—Maravilloso —dijo Prentice.

—Y Beth nos dio este precioso bol para ensalada, ¿ves? ¡Lo necesitábamos desde hace siglos! ¡Y de plástico!

—Maravilloso —dijo Prentice. De nuevo sonó el timbre. Miró a la señora Roth, que lo observaba pensativa, y regresó a la sala.

—¿Cómo estás, Hank? —preguntó Lucian Ames, entrando y frotándose las manos con energía—. ¡Vaya! Ya está todo el grupo, veo. ¿Pero dónde está tu hijo?

—¿Davey? —dijo Prentice—, está enfermo.

—¡Tonterías! Los chicos de esa edad nunca se enferman. ¡Nunca!

Ann rio nerviosamente desde la cocina.

—Debe ser algo que ha comido.

—Espero que no sean los dulces que le mandamos.

—Oh, no.

—Bueno, dile que su tío Lucian le manda saludos.

Ames, un hombrecillo bronceado, de ojos brillantes y un bigote que no le sentaba bien, le recordaba un poco a Prentice a esos oficinistas que se sentaban en silencio en taburetes altos de madera, anotando cifras minúsculas en enormes libros de contabilidad. Sin embargo, era el director de una agencia de publicidad de renombre nacional. Su esposa, Charlotte, representaba un contraste notable. Parecía pertenecer a la década de 1920, con su rostro de porcelana, su cuerpo delgado y delicadamente anguloso, su aire de fragilidad.

—Linda —se dijo Prentice.

Recogió los abrigos y los colgó en los armarios. Estrechó manos y sonrió hasta que le empezó a doler la cara. Miró los regalos, dio las gracias a las mujeres. Repartió sándwiches. Preparó bebidas. A las ocho y media ya habían llegado todos los vecinos de la cuadra: los Johnson, los Ames, los Roth, los Reiker, los Klementaski, los Chambers; y otros cuatro o cinco cuyos nombres que Prentice no recordaba, aunque Ann se había encargado de presentárselos.

Lo que sucede, decidió, mirando a la gente, los regalos que habían traído, recordando sus muchas atenciones y cómo Ann ya había hecho más amigos que nunca, es que simplemente soy un antisocial.

Después de la tercera ronda de whiskies y martinis, alguien encendió la radio FM y otro sugirió bailar. Prentice siempre había creído que solo se bailaba en las fiestas de Nochevieja, pero finalmente se hartó y trató de relajarse.

—¿Bailamos? —preguntó la señora Ames.

Quiso decir que no, pero Ann lo estaba observando. Así que, en cambio, dijo:

—Claro, si tienes los pies fuertes.

Casi de inmediato empezó a sudar. El humo, las bebidas, el calor de la habitación llena de gente, le provocaban dolor de cabeza; y, como siempre, se sentía profundamente avergonzado de tener que abrazar tan de cerca a una desconocida. Pero siguió sonriendo.

La señora Ames bailaba bien, lo seguía con un instinto infalible; y en cuestión de segundos, le hablaba sin parar al oído. Le contó sobre el viejo señor Thomas, el hombre que había vivido allí antes, y lo sorprendidos que estaban todos por lo sucedido; le contó la curiosidad que sentían por los recién llegados y el alivio que les dio encontrarlos a él y a Ann tan agradables; le dijo que tenía brazos fuertes. Herb Johnson hacía girar a Ann. Ella sonreía.

Entonces empezó un interminable y lento tres pasos, y la señora Ames apoyó su mejilla junto a la de Prentice. En medio de una frase incoherente, dijo de repente, en un susurro: «Sabes, creo que fue muy valiente de tu parte adoptar al pequeño Davey. Quiero decir, considerando...»

—¿Considerando qué?

Se apartó y lo miró.

—Nada —dijo—. Lo siento muchísimo.

Enrojecido de furia, Prentice se dio la vuelta y entró a la cocina. Contuvo su ira, pensando: «Dios mío, ¿se lo estará contando a desconocidos? ¿Será tema de chismes de barrio? Mi marido es impotente, ¿sabes? ¿El tuyo también?»

Se sirvió whisky en un vaso y se lo bebió de un trago. Le lloró los ojos y, al abrirlos, vio a una figura a su lado. ¿Quién era? «Dystal. Matthew Dystal; soltero; guionista o algo así; vive a la vuelta de la esquina. Llámalo Matt.»

—Qué pena, ¿verdad? —dijo el hombre, quitándole la botella de la mano a Prentice.

—¿Qué quieres decir?

—Todo —dijo el hombre. Llenó su vaso y se lo bebió de un trago—. Esos de ahí fuera.. —volvió a llenar el vaso.

—Buena gente —se obligó a decir Prentice.

—¿De verdad lo crees?

El hombre estaba borracho. Claramente. Y solo eran las nueve y media.

—¿De verdad lo crees? —repitió.

—Claro. ¿Tú no?

—Por supuesto. Soy uno de ellos, ¿no?

Prentice observó atentamente a su invitado y luego se dirigió a la sala. Dystal lo tomó del brazo.

—Espera —dijo—. Escucha. Eres un buen tipo. No te conozco muy bien, pero me caes bien, Hank Prentice. Así que te voy a dar un consejo —su voz bajó a un susurro—. Vete de aquí —dijo.

—¿Qué?

—Justo lo que te dije. Vete, vete a otra ciudad.

Prentice sintió una punzada de fastidio, pero la contuvo.

—¿Por qué? —preguntó sonriendo.

—No te preocupes —dijo Dystal—. Hazlo. Esta noche. ¿Quieres? Tenía el rostro lívido, empapado en sudor; los ojos muy abiertos.

—Creí que habías dicho que te caíamos bien. ¿Y ahora quieres deshacerte de nosotros?

—No bromees —dijo Dystal, señalando la ventana—. ¿Es que no ves la luna? ¡Qué idiota! ¿No la ves...?

—¡Oye, oye!

Al oír la voz, Dystal se quedó paralizado. Cerró los ojos un instante y los abrió lentamente, pero no se movió. Lucian Ames entró en la cocina.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, poniendo el brazo sobre el hombro de Dystal—. ¿Intentas acaparar a nuestro anfitrión toda la noche?

Dystal no respondió.

—¿Qué tal si me sirves otra copa, Hank? —dijo Ames, retirando la mano.

Prentice dijo:

—Claro —y preparó la bebida. De reojo, vio a Dystal darse la vuelta y salir de la habitación con paso rígido. Escuchó que la puerta principal se abría y se cerraba.

Ames se reía entre dientes.

—Pobre Matt —dijo—. Mañana tendrá resaca. Es una lástima, ¿no? O sea, uno pensaría que un gran guionista de Hollywood aguantaría bien el alcohol. Pero no Matt. Se emborracha con solo mirar las etiquetas. ¿Te estaba contando una de sus pesadillas más disparatadas?

—¿Qué? No, solo estábamos hablando. De cosas.

Ames dejó caer un cubito de hielo en su bebida.

—¿Cosas? —preguntó.

—Sí.

Ames tomó un sorbo de whisky y se acercó a la ventana, luciendo ágil, de alguna manera, y a la vez pequeño. Tras lo que pareció una larga espera, dijo:

—Bueno, es una noche preciosa, ¿verdad? Clara y despejada, una luna hermosa —se giró y sacó un cigarrillo de un paquete rojo, lo encendió—. Hank —dijo, dejando que el humo gris saliera por las comisuras de sus labios—, dime algo. ¿Qué haces para divertirte?

Prentice se encogió de hombros. Era una pregunta extraña, pero esa noche todo le parecía extraño.

—No lo sé —dijo—. Voy al cine de vez en cuando. Veo la tele. Lo de siempre.

Ames ladeó la cabeza.

—Pero... ¿no te aburres? —preguntó.

—Sí, supongo. De vez en cuando. Ser contador público certificado, ya sabes, no es precisamente el trabajo más fascinante del mundo.

Ames rió con comprensión.

—Es horrible, ¿verdad?

—¿Ser contador público certificado?

—No. Aburrirse. Es de lo peor del mundo, ¿no crees? Alguien comentó una vez que creía que era el único pecado real que un ser humano podía cometer.

—Espero que no —dijo Prentice.

—¿Por qué?

—Bueno, quiero decir... todo el mundo se aburre, ¿no?

—No —dijo Ames—, si tienen cuidado.

Prentice se sentía cada vez más irritado por la conversación.

—Supongo que ayuda —dijo— ser el director de una agencia de publicidad.

—No, la verdad es que no. Es como cualquier otro trabajo: interesante al principio, pero luego te acostumbras. Se vuelve rutinario, así que buscas otras distracciones.

—¿Como qué?

—Oh, cualquier cosa. De todo —Ames le dio una palmada amistosa en el brazo a Prentice—. Me caes bien, Hank —dijo.

—Gracias.

—Lo digo en serio. No te imaginas lo contentos que estamos de que te hayas mudado aquí.

—¡Nosotros también!

Ann se dirigió con paso vacilante al fregadero con varios vasos vacíos.

—Quiero disculparme de nuevo por Davey, Lucian. Le comentaba a Charlotte que últimamente se ha portado fatal. Debería haberte dado las gracias por arreglarle el asiento de la bici.

—Olvídalo —dijo Ames alegremente—. El niño está enfadado porque no tiene con quién jugar —miró a Prentice—. Algunos de nosotros, los mayores, tenemos hijos, Hank, pero ya son casi adultos. Probablemente sepas que nuestra hija, Ginnie, está en la universidad. Y el hijo de Chris y Beth vive en Nueva York. Pero, ya sabes, no te preocupes. En cuanto empiecen las clases, Davey se portará bien. Ya verás.

Ann sonrió.

—Seguro que tienes razón, Lucian. Pero te pido disculpas de todas formas.

Ames regresó a la sala y se puso a bailar con Beth Cummings. Prentice pensó entonces en preguntarle a Ann qué demonios hacía al contarle su vida privada a desconocidos, pero decidió no hacerlo. No era el momento. Estaba demasiado enfadado, demasiado confundido.

La fiesta duró otra hora. Entonces Ben Roth dijo:

—¡Mejor dejemos que esta familia descanse! —y, poco a poco, la gente se fue. Ann cerró la puerta. Parecía radiante de satisfacción, luciendo más joven y guapa que en los últimos años.

—En casa —dijo en voz baja, y empezó a recoger ceniceros, vasos y platos—. Quitemos todo esto de en medio para no tener que verlo mañana por la mañana —añadió.

—De acuerdo —dijo Prentice con tono neutro. Estaba a punto de volver a colocar la mesa en su sitio cuando sonó el teléfono.

—¿Sí?

La voz que contestó era un susurro áspero, como una ráfaga de viento entre las hojas.

—Prentice, ¿ya se fueron?

—¿Quién es?

—Matt Dystal. ¿Ya se fueron?

—Sí.

—¿Todos? ¿Ames? ¿Se fue?

—Sí. ¿Qué quieres, Dystal? Es tarde.

—Más tarde de lo que crees, Prentice. Te dijo que estaba borracho, pero mintió. No estoy borracho. Estoy...

—¿Qué quieres?

—Tengo que hablar contigo —dijo la voz—. Ahora mismo. Esta noche. ¿Puedes venir?

—¿Ahora?

—Sí. Prentice, escúchame. No estoy borracho y no estoy bromeando. Esto es cuestión de vida o muerte. La tuya. ¿Entiendes lo que te digo?

Prentice vaciló, confundido.

—Sabes dónde está mi casa: la cuarta casa desde la esquina, a la derecha. Ven ahora mismo. Pero escucha con atención: sal por la puerta de atrás. La puerta de atrás. Prentice, ¿me escuchas?

—Sí —dijo Prentice.

—Mi luz estará apagada. Da la vuelta por la parte de atrás. No te molestes en llamar, simplemente entra, pero hazlo en silencio. No deben verte.

Prentice oyó un clic, luego silencio. Se quedó mirando el auricular un rato antes de colgarlo.

—¿Y bien? —dijo Ann. —¿Conversación de hombres?

—No exactamente —Prentice se secó las palmas de las manos en los pantalones—. Ese tal Matt Dystal, al parecer está enfermo. Quiere que vaya a su casa.

—¿Ahora?

—Sí. Creo que mejor; sonaba bastante mal. Vete a dormir, vuelvo enseguida.

—Vale, cariño. Espero que no sea nada grave. Pero, es agradable hacer algo por ellos, ¿verdad?

Prentice besó a su esposa, esperó a que se cerrara la puerta del baño y salió a la fría noche. Caminó por el borde de hierba del callejón, cruzó los pequeños jardines y subió los escalones hasta la puerta trasera de Dystal. Lo pensó un momento y entró.

—¿Prentice? —susurró una voz.

—Sí. ¿Dónde estás?

Una mano le tocó el brazo en la oscuridad.

—Entra en el dormitorio.

Se encendió una lámpara tenue. Prentice vio que las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas color canela. Hacía frío en la habitación, frío y húmedo.

—¿Y bien? —preguntó Prentice con irritación.

Matthew Dystal se pasó la mano por su cabello color cuerda.

—Sé lo que estás pensando —dijo—. Y no te culpo. Pero era necesario, Prentice. Era necesario. Ames te ha contado sobre mis «pesadillas» y sé que eso te va a marcar; pero entiéndelo bien —apretó el puño—. Todo lo que voy a decir es cierto. Por muy descabellado que parezca, es cierto, y tengo pruebas. Todo lo que necesitas. Así que quédate quieto, Prentice, y escúchame. Puede que te cueste la vida: la tuya, la de tu esposa y la de tu hijo. Y, tal vez, la mía… —su voz se apagó; entonces, de repente, dijo—: ¿Quieres algo de beber?

—No.

—Deberías beber un trago. Apenas estás al borde de la confusión, amigo mío. Pero hay cosas peores que la confusión, créeme —Dystal se acercó a una estantería y se quedó allí casi un minuto. Cuando se giró, su semblante era algo más sereno—. ¿Qué sabes de la casa en la que vives?

Prentice se removió incómodo.

—Sé que un hombre se suicidó allí, si a eso te refieres.

—¿Pero sabes por qué?

—No.

—Porque perdió —dijo Dystal, riendo—. Le tocó el papelito corto. ¿Qué te parece esa motivación?

—Creo que mejor me voy —dijo Prentice.

—Espera. —Dystal sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente—. No quería empezar así. Es que nunca se lo he contado a nadie, y es difícil. Ya verás por qué. Por favor, Prentice, prométeme que no te irás hasta que haya terminado.

Prentice miró al hombrecillo delgado y nervioso y maldijo la debilidad que lo había metido en semejante lío. Quería irse a casa. Pero sabía que no podía marcharse ahora.

—De acuerdo —dijo—. Continúa.

Dystal suspiró. Luego, mirando por la ventana, empezó a hablar.

—Construí esta casa —dijo— porque pensaba que me iba a casar. Cuando me di cuenta de que estaba equivocado, la obra ya estaba terminada. Debería haberla vendido, lo sé, lo entiendo, pero me sentía demasiado mal para ocuparme del papeleo. Además, ya había dejado mi apartamento. Así que me mudé —tosió—. Ten paciencia conmigo, Prentice: esta es la única manera de contarlo, desde el principio. ¿En qué estaba?

—Te mudaste.

—¡Sí! Todos fueron muy amables. Me invitaron a cenar a sus casas, pasaron a saludarme, me hicieron pequeños favores. Pensé: Qué vecinos tan estupendos. Normales. Auténticos. Eso era: eran auténticos. Ames, publicista; Thomas, abogado; Johnson, de una empresa de pinturas; Chambers, de seguros; Reiker y Cummings, ingenieros. ¿Qué más se puede pedir?

Dystal hizo una pausa. Una mueca desagradable apareció en su rostro.

—Me gustaban —dijo—. Y estaba realmente encantado con todo. Pero, claro, ya sabes cómo es cuando una mujer te deja plantado. Todavía me estaba lamiendo las heridas. Y supongo que se notó, porque Ames vino una noche. Simplemente pasó a saludar, como buen vecino. Tomamos unas copas. Hablamos de mujeres. Entonces, de repente, me hizo la pregunta: ¿Estás aburrido?

Prentice se puso rígido.

—Bueno, cuando pierdes a tu chica, pierdes gran parte de tu ambición. Le dije que sí, que estaba muy aburrido. Y él dijo: «Yo también lo estaba». Recuerdo sus palabras exactas. «Yo también lo estaba», dijo. «El largo camino hacia el éxito, la lucha, las noches en vela: se acabó, lo había logrado», dijo. «Dinero en el banco. Socio en una agencia importante. Hija mayor y en la universidad. Estaba listo para jubilarme, Matt. ¡Pero el caso es que solo tenía cincuenta y dos años! Me quedaban quizás veinte años más. Y casi todos los demás en el edificio estaban igual: Ed, Ben y Oscar, todos iguales. Ya sabes: con sus trabajos, pero ya no les interesaban, en realidad. Porque los trabajos ya no los necesitaban. Estaban aburridos».

Dystal se acercó a la mesita de noche y se sirvió una copa.

—Eso fue hace cinco años —murmuró—. Ames anduvo con rodeos un rato, tanteándome, probándome; luego me dijo que había decidido hacer algo al respecto. Al respecto del aburrimiento. Había organizado a todos los vecinos. Una vez a la semana, explicó, jugaban. Era una verdadera actividad grupal. Un esfuerzo comunitario. Empezaron con mímica, pero se cansaron enseguida. Luego probaron con las cartas. Para hacerlo más interesante, apostaban fuerte. Todos tenían su turno de perder. Entonces, dijo Ames, alguien sugirió hacer el juego aún más interesante, porque se estaba volviendo aburrido. Así que una noche experimentaron con el póker de striptease. Solo por diversión, ¿entiendes? Rhoda perdió. La siguiente vez fue Charlotte. Y así siguió un tiempo, hasta que, finalmente, Beth perdió. Todos lo estaban esperando. Sin embargo, después de eso, la cosa se volvió decepcionante, así que las apuestas cambiaron de nuevo. Cada uno se emparejó con la esposa de otro; el equipo con la puntuación más baja tenía que... —Dystal inclinó la botella—. ¿Seguro que no quieres un trago?

Prentice aceptó la bebida sin protestar. Tenía un sabor amargo y fuerte, pero le ayudó.

—Bueno —continuó Dystal—. Me costó muchísimo creer todo eso, quiero decir, ya sabes: Ames, después de todo, un tipo bajito con aspecto de contable, canoso y con gafas… Aun así, por cómo hablaba, sabía —de alguna manera— que era verdad. ¡Quizás porque no creía que un tipo como Ames pudiera inventárselo todo! En fin: cuando probaron todas las combinaciones posibles, la cosa volvió a aburrirse. Algunas de las mujeres querían parar, pero, claro, ya estaban demasiado metidas en el lío. Durante una Noche Divertida en particular, Ames había sacado fotos. Así que tenían que seguir. Cada semana era algo nuevo. Algo diferente. Los intercambios los mantuvieron ocupados un tiempo, me contó Ames: Chambers se fue de vacaciones dos semanas con Jacqueline, Ben y Beth fueron a Acapulco, y cosas así. Y ahí es donde entré yo en escena.

Dystal levantó la mano.

—Lo sé, no hace falta que me lo digas, debería haberme echado atrás. Pero era más joven entonces. Era un escritor de renombre, un hombre de mundo. Me estaba formando en Hollywood. No podía decirle que estaba impactado: habría sido traicionar mi oficio. Y él también lo pensó así: por eso me lo contó. Además, sabía que tarde o temprano me enteraría. Podían ocultárselo a casi todo el mundo, pero no a alguien que vivía en el mismo barrio. Así que le seguí el juego. Acepté su invitación para unirme a la siguiente actividad grupal, que es como él las llama. A la mañana siguiente, pensé que había soñado toda la visita, de verdad. Pero el sábado, efectivamente, sonó el teléfono y Ames dijo: «Empezamos a las ocho en punto». Cuando llegué a su casa, la encontré abarrotada. Todo el vecindario. Con el mismo aspecto de siempre. Bebidas, baile. Al cabo de un rato, empecé a preguntarme si no sería todo una broma elaborada. Pero, a las diez, Ames nos contó la sorpresa de la noche.

Dystal se estremeció.

—Fue una sorpresa, sin duda —dijo—. Les dije que no quería tener nada que ver, pero Ames había puesto algo en mi bebida. Parecía que no podía controlarme. Me llevaron al dormitorio y…

Prentice esperó, pero Dystal no terminó la frase. Sus ojos brillaban.

—No importa —dijo—. ¡No importa lo que haya pasado! El caso es que estaba borracho y... bueno, lo hice. Tenía que hacerlo. ¿Lo entiendes, verdad?

Prentice dijo que sí.

—Ames me señaló que el único pecado, el único, era el aburrimiento. Esa era su justificación, ese era su incentivo. Simplemente no quería pecar, eso era todo. Así que las actividades del grupo continuaron. Y empeoraron. Mucho. Una vez planearon un crimen y lo llevaron a cabo: el robo al Union Bank, tal vez hayas leído sobre ello: 1953. Yo conduje el coche para ellos. En otra ocasión, decidieron que para combatir el aburrimiento prenderían fuego a un almacén cerca de los muelles. El fuego se propagó. Prentice, ¿te acuerdas de aquel DC-7 que se estrelló entre aquí y Detroit?

Prentice dijo:

—Sí, me acuerdo.

—Su trabajo —dijo Dystal—. Ames lo planeó. En cierto modo, creo que es un genio. Podría pasarme toda la noche contándote lo que hicimos, pero no hay tiempo. Tengo que irme.

Se tapó los ojos con los dedos.

—Juana de Arco —dijo—, fue el punto de inflexión. Ames decidió que sería entretenido recrear escenas famosas de la literatura, así que él y Bud fueron a la calle principal, creo que era, y encontraron a una chica bohemia a la que le pareció divertido. Le dieron veinticinco dólares, pero nunca tuvo la oportunidad de gastarlos. Recuerdo que se rió hasta que Ames prendió fuego a la pila de trapos empapados en aceite... Después, recrearon otras escenas. La ejecución de María Antonieta. El asesinato del padre de Hamlet. ¿Conoces El hombre de la máscara de hierro? También la hicieron. Y muchas más. Duró bastante tiempo, pero Ames empezó a impacientarse.

Dystal extendió las manos de repente y las miró fijamente.

—El siguiente juego era una especie de ruleta rusa. Quien sacara la pajita más corta tenía que suicidarse, a su manera. Se entendía que, si fallaba, las consecuencias serían mucho peores, y Ames había desarrollado unas técnicas bastante interesantes. Como las pinzas para los nervios, por ejemplo. Thomas perdió. Le dieron doce horas para acabar con todo.

Prentice sintió un frío sudor frío sobre su piel. Intentó hablar, pero le fue imposible. El hombre, por supuesto, estaba loco. Completamente demente. Pero tenía que escuchar el final de la historia.

—Continúa —dijo.

Dystal se lamió el labio inferior, se sirvió otra copa y continuó:

—Cummings y Chambers se asustaron —dijo—. Argumentaban que un desconocido se mudaría a la casa y que entonces habría un montón de problemas. Tuvimos una reunión en Reiker's, y a Chris se le ocurrió la idea de que todos pusiéramos dinero y compráramos la casa. Pero a Ames no le gustó. «No seamos tan excluyentes», dijo. «Al fin y al cabo, los nuevos también podrían aburrirse. Dios sabe que nos vendría bien sangre nueva en el Grupo». Cummings era pesimista. Dijo: «¿Y si te equivocas? ¿Y si no quieren unirse a nosotros?». Ames se lo tomó a broma: «Espero», dijo, «que no pienses que somos los únicos. ¡Claro! Todas las ciudades tienen su barrio como el nuestro. No somos tan especiales.» Y luego añadió que, si la gente nueva no funcionaba, él se encargaría de la situación. No dijo cómo.

Dystal volvió a mirar por la ventana.

—Veo que está a punto de invitarte, Prentice. Cuando eso suceda, estás acabado. O te unes a ellos o aceptas la única alternativa.

De repente, la habitación quedó en silencio.

—No me crees, ¿verdad?

Prentice abrió la boca.

—No, claro que no. Son desvaríos de un loco.

—Pues te lo voy a demostrar, Prentice.

Empezó a dirigirse a la puerta.

—Vamos. Sígueme; pero no hagas ruido.

Dystal salió por la puerta trasera, la cerró y se movió silenciosamente sobre la suave hierba negra.

—Están en plan místico ahora mismo —le susurró a Prentice—. Ames está intentando invocar al diablo. La semana pasada sacrificamos un perro y leímos los Mandamientos al revés; la anterior, recitamos unos cánticos de un libro viejo que Ben encontró en la biblioteca; antes de eso, orgías —sacudió la cabeza—. Pero no está funcionando. Dios sabe por qué. Uno pensaría que el diablo estaría tan encantado con Ames que lo habría reclutado para el equipo.

Prentice siguió a su vecino por los jardines, caminando con cuidado y preguntándose por qué. Pensó en su pulcra oficina en la calle Harmon, en la anciana señora Gleason, en el restaurante limpio y bien iluminado donde almorzaba y leía los titulares del periódico; y todo parecía terriblemente lejano. ¿Por qué, se preguntó, ando merodeando por los patios traseros con un lunático a medianoche?

¿Por qué?

—Hay luna llena esta noche, Prentice. Eso significa que lo intentarán de nuevo.

En silencio, sin hacer el menor ruido, Matthew Dystal se movió por el césped, manteniéndose siempre en las sombras. Un minuto después levantó la mano y se detuvo. Estaban en la parte trasera de la casa de los Ames. Dentro estaba oscuro.

—Vamos —susurró Dystal.

—Espera un momento —de alguna manera, la visión de su propia sala, aún iluminada, tranquilizó a Prentice—. Creo que ya he tenido suficiente por esta noche.

—¿Suficiente? —el rostro de Dystal se contrajo grotescamente. Apretó la manga de la chaqueta de Prentice con fuerza—. Escucha —siseó—, escucha, idiota. Estoy arriesgando mi vida para ayudarte. ¿Aún no lo entiendes? Si se enteran de que he hablado… —soltó la manga—. Prentice, por favor. Tienes una oportunidad ahora, una oportunidad para salir de este maldito lío; pero no la tendrás por mucho tiempo. ¡Créeme!

Prentice suspiró.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó.

—Nada. Ven conmigo, en silencio. Están en el sótano.

Respirando con dificultad, Dystal rodeó la casa. Se detuvo ante una pequeña ventana a ras de suelo. Estaba cerrada.

—Prentice. Con cuidado. Agáchate y que no te vean.

Con movimientos lentos, Dystal extendió la mano y empujó la ventana. Se abrió un centímetro. La empujó de nuevo. Se abrió otro centímetro. Prentice vio un rayo de luz amarilla que salía por la rendija. Al instante sintió la garganta muy seca y dolorida. Se oyó un ruido. Un murmullo bajo, un susurro, como un tarareo lejano.

—¿Qué es eso?

Dystal se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto:

—Aquí.

Prentice se arrodilló junto a la ventana y miró hacia la luz. Al principio no podía creer lo que veían sus ojos. Era un sótano, como otros sótanos de casas antiguas, con una gran caldera de hierro, suelo de cemento y vigas pesadas. Esto sí lo reconoció y comprendió. El resto, no. En el centro del suelo había un dibujo, obviamente hecho con tizas de colores. A Prentice le pareció una Estrella de David, aunque había otros dibujos alrededor y dentro. No eran particularmente artísticos, pero sí intrincados. En el centro había una gran taza, parecida a una ensaladera, vagamente familiar, vacía.

—Ahí —susurró Dystal, retirándose.

Ligeramente a la izquierda se veían un círculo y un pentagrama, cuyos cinco vértices tocaban la circunferencia por igual. Prentice parpadeó y dirigió su atención a la gente. De pie sobre un bloque de madera, rodeado de hombres y mujeres, había una figura con una túnica negra y una corona en forma de serpiente. Era Ames.

Su esposa, Charlotte, vestida con un vestido blanco, estaba a su lado. Sostenía una lámpara.

También vestidos con túnicas estaban Ben y Rhoda Roth, Bud Reiker y su esposa, los Cummings, los Chambers, los Johnson… Prentice se sacudió el repentino mareo y se cubrió los ojos con la mano. A la derecha, cerca del horno, había una mesa cubierta con una sábana blanca. Y a sesenta centímetros, una extraña estructura hexagonal con velas negras encendidas desde una docena de aberturas.

—Escucha —dijo Dystal.

Ames tenía los ojos cerrados. En voz baja, recitaba:

Toda degradación, toda infamia, la sufrirás.
Tu cabeza bajo el fango, la droga de mujeres despreciables,
como en un sueño odioso, para finalmente yacer;
la mujer debe pisotearte mientras respiras ese humo mortal;
los gusanos más viles deben arrastrarse,
los vampiros más repugnantes deben acechar…

—La Gran Bestia —rio Dystal.

—Yo —dijo Ames— soy Ipsissimus —y los demás corearon—: Él es Ipsissimus.

—He leído los libros, Señor Oscuro. ¡He leído el Libro de la Magia Sagrada de Abramelin el Mago, y lo rechazo!

—¡Lo rechazamos! —murmuraron los Roth.

—El poder del Bien siempre estará al servicio del poder de la Oscuridad —levantó las manos—. En tu altar está la estela de Ankf-f-nKhonsu; allí también, el Libro de los Muertos y el Libro de la Ley, seis velas a cada lado, mi Señor, la Campana, el Buril, el Lamen, la Espada, la Copa y los Pasteles de la Vida…

Prentice miró a las personas que había visto hacía solo unas horas en su sala de estar y se estremeció. Se sentía muy débil.

—Nosotros, tus siervos —dijo Ames, haciendo señas—, imploramos tu presencia, Señor de la Noche y de la Vida Eterna, Soberano de las Almas de los hombres en todo tu vasto dominio.

Prentice comenzó a levantarse, pero Dystal lo agarró de la chaqueta.

—No —dijo—. Espera. Espera un minuto más. Esto es algo que debes ver.

—...Vivimos para servirte, concédenos...

—Está suplicando al diablo que aparezca —susurró Dystal.

—...esta noche, y que le ofrezca el regalo más grande y preciado. ¡Acepta nuestra ofrenda!

—¡Acéptala! —gritaron los demás.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Prentice, afiebrado.

Entonces Ames dejó de hablar y los demás guardaron silencio. Ames levantó la mano izquierda y la bajó. Chris Cummings y Bud Reiker hicieron una reverencia y retrocedieron hacia las sombras, donde Prentice no podía verlos. Charlotte Ames se acercó a la estructura hexagonal con las velas y recogió un objeto largo y delgado. Regresó y se lo entregó a su esposo. Era un cuchillo.

—¡No matarás! —gritó Ed Chambers, y cruzó el pentagrama hasta la mesa cubierta con una sábana.

Prentice se frotó los ojos.

Bud Reiker y Chris Cummings regresaron al centro de luz. Llevaban un bulto envuelto en mantas. El bulto se agitaba y emitía extraños ruidos amortiguados. Los hombres lo levantaron y lo colocaron sobre la mesa. Ames asintió y bajó del bloque de madera. Caminó hacia la mesa y se detuvo; el cuchillo de carnicero de hoja larga brillaba con el resplandor de las velas.

—¡A Ti, oh Señor del Inframundo, te ofrecemos esto! ¡A Ti, el regalo más preciado de todos!

—¿Qué es? —preguntó Prentice—. ¿Qué es?

La voz de Dystal era firme y ansiosa.

—Una virgen —dijo.

Entonces retiraron la manta. Prentice sintió que los ojos se le salían de las órbitas, que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

—Ann —susurró con voz ahogada—. ¡Ann!

El cuchillo se alzó.

Prentice se puso de pie de un salto y luchó contra el mareo.

—Dystal —gritó—. Dystal, por Dios, ¿qué están haciendo? ¡Detenlos! ¿Me oyes? ¡Detenlos!

—No puedo —dijo Matthew Dystal con tristeza—. Es demasiado tarde. Me temo que tu esposa dijo algunas cosas que no debió haber dicho, Prentice. Verás, llevamos mucho tiempo buscando a alguien así…

Prentice intentó abalanzarse, pero el esfuerzo le hizo perder el equilibrio. Cayó al suelo. Sentía los brazos y las piernas entumecidos, y recordó, de repente, el sabor amargo de la bebida que había tomado.

—En realidad era inevitable —dijo Dystal—. Es decir, el chico lo sabía, y te lo habría contado tarde o temprano. Y habrías empezado a investigar, y… oh, ya me entiendes. Le dije a Lucian que deberíamos haber comprado la casa, pero es tan obstinado; ¡cree que lo sabe todo! Ahora, claro, tendremos que quemarla, y eso sí que parece un desperdicio —negó con la cabeza—. Pero no te preocupes. Para entonces estarás dormido y, te lo prometo, no sentirás nada. De verdad.

Prentice apartó la mirada de la ventana y gritó en silencio durante un largo rato.

Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Beaumont.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charles Beaumont: La gente nueva (The New People), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.




«Tendrá una mirada burlona cuando le hable de vampiros.
No es que crea en esas cosas, pero…»



Mascarada (Masquerade) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de mayo de 1942 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead).

Mascarada, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de una pareja durante su segunda luna de miel. Una tormenta los obliga a detener la marcha y buscar refugio. Lo encuentran entre una familia de degenerados endógamos [que pueden o no ser vampiros], quienes viven en un antiguo manicomio abandonado.

Para mi asombro, Mascarada es un buen relato. Acierta en todos los blancos hacia los que apunta. No pretende ser otra cosa que un comentario [o crítica] sobre las historias de vampiros «modernas» [en 1942]. En el camino efectúa una autopsia sobre los clichés del género en clave humorística.

Han pasado algo más de ochenta años desde 1942, por lo que buena parte de los códigos que desbarata Henry Kuttner ya no forman parte del imaginario del lector del género. En otras palabras, el giro final es previsible en 2025. De modo tal que, cuando se nos revela que esta pobre pareja en realidad son dos vampiros, y la familia de locos y degenerados son la presa, no hay asombro ni consternación. Sin embargo, Mascarada es más que un plot twist.

En la apertura, el protagonista, que además es el narrador de la historia, sugiere que podría tratarse de un escritor. De entrada, justo antes de pedir asilo en el manicomio abandonado, Charlie le dice a su esposa, Rosamond: «Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo». Es decir, comenta que lo que les está sucediendo parece sacado de un cuento por debajo de lo genérico. Por supuesto, Charlie y Rosamond son Henry Kuttner y su esposa, Catherine L. Moore, otra prolífica escritora.

Todo participa de este gran cliché al que se refiere en la apertura: en su segunda luna de miel, durante una fuerte tormenta, Charlie y Rosamond llaman a la puerta de un manicomio cerrado y son recibidos por una familia desquiciada, los Carta, quienes se comportan como caníbales. Disfrutan mucho hablando de la leyenda de chupasangres locales: los vampiros Henshawe, sugiriendo que podrían ser ellos mismos. El giro final es que el narrador y su esposa son los vampiros Henshawe, y lo que nosotros, los lectores, interpretamos como miedo y recelo a los idiotas rurales es, de hecho, cierto desagrado por tener que beber sangre humana para sobrevivir [ver: mitos y leyendas de vampiros]

Queda claro que Henry Kuttner elaboró cuidadosamente los diálogos para mantener esta revelación a salvo hasta el final, sin inducir información falsa en el proceso. Charlie, el narrador, parece demasiado bromista para la situación en la que está, incluso se burla de los Carta, pero, siendo un personaje bidimensional, no estorba demasiado y, al final, funciona. De hecho, el humor exacerbado de Charlie es como un caballo de Troya que relaja las defensas de los Carta y los vuelve presas fáciles.

En cuanto a los vampiros, no cuentan con atributos particulares, salvo el hecho de que Charlie menciona que el whisky alivia la sed [de sangre], y que Rosamond parece algo asqueada de por sus hábitos alimenticios, sin llegar a la depresión de un Louis de Pointe du Lac. Por lo demás, deben evitar las corrientes de agua y, quizás, dormir en la tierra donde se convirtieron en vampiros. Afortunadamente para ellos, son de la zona, por lo que pueden descansar en el manicomio. Ya al final de la historia, Charlie hace algunas comparaciones con el Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Mascarada se aleja de la faceta de Henry Kuttner como acólito de H. P. Lovecraft, y apunta en la dirección opuesta de sus anteriores colaboraciones a los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia parece estar en la vena de Ray Bradbury, que también aportó algunos vampiros bastante inusuales [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]




Mascarada.
Masquerade, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Mira —le dije a Rosamond con amargura—. Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo…

—Eres demasiado modesto, Charlie —dijo—. Es la típica broma de que el rechazo no implica necesariamente falta de mérito, pero que la historia huele mal. Así que aquí estamos. De luna de miel. Se avecina una tormenta. Relámpagos cruzan el cielo. La lluvia cae a cántaros. Y esa casa a la que nos dirigimos es, obviamente, un manicomio abandonado. Cuando llamemos a la puerta, se oirán pasos arrastrados y un viejo cascarrabias de aspecto repugnante nos abrirá. Se alegrará mucho de vernos, pero tendrá un brillo burlón en los ojos cuando empiece a hablar de una leyenda de vampiros que rondan por aquí. No es que crea en esas cosas, pero…

—¿Pero qué hace que sus dientes sean tan afilados?

Rosamond sonrió.

Entonces estábamos en el porche destartalado golpeando el panel de roble que el relámpago nos había mostrado. Lo hicimos de nuevo. Rosamond dijo:

—Prueba con el llamador. No debemos usar la fórmula equivocada.

Así que llamé a la puerta con un golpe seco y oí pasos arrastrados. Rosamond y yo nos miramos, incrédulos, y sonreímos. Es muy guapa. Nos gustan las mismas cosas —sobre todo las poco convencionales— y por eso nos llevamos bien.

En fin, la puerta se abrió y allí estaba un viejo cascarrabias de aspecto repugnante, con una lámpara de aceite en una mano nudosa. No parecía muy sorprendido. Pero su rostro estaba tan lleno de arrugas que era difícil descifrar cualquier cambio en su expresión. Tenía una nariz aguileña que sobresalía como una cimitarra, y sus pequeños ojos eran verdosos en la penumbra. Curiosamente, tenía el pelo negro, grueso y áspero. Del tipo que le quedaría bien a un cadáver, pensé.

—Visitantes —dijo con voz ronca—. Aquí recibimos pocas visitas.

—Debes de tener mucha hambre entre visita y visita —bromeé, y llevé a Rosamond al pasillo.

Olía a humedad. El anciano también.

Cerró la puerta para protegerse del viento y nos hizo señas para que entráramos en un salón. Rozamos unas cortinas de cuentas antiguas y nos encontramos de nuevo en la época victoriana. El abuelo tenía sentido del humor.

—Nosotros no nos comemos a las visitas —comentó—. Simplemente las matamos y les robamos el dinero. Pero hoy en día hay poca comida —rió como una gallina triunfante con quintillizos en ciernes—. Yo —dijo—, soy Jed Carta.

—¿Carter?

—Carta, siéntense, pónganse cómodos mientras preparo la chimenea.

Estábamos empapados.

—¿Podemos pedir prestada algo de ropa? Llevamos años casados, por si te lo preguntabas. Pero aún nos sentimos pecadores. Nos llamamos Denham, Rosamond y Charlie.

—¿No son recién casados? —Carta pareció decepcionado.

—Es nuestra segunda luna de miel. Más divertida que la primera. ¡Qué romántico! —le dije a Rosamond.

Carta asintió.

Mi esposa es la única mujer más inteligente que yo a la que no odio. Es muy guapa, incluso cuando parece un gatito mojado.

Carta estaba encendiendo la chimenea.

—Mucha gente vivió aquí antes —comentó—. Solo que no querían. Estaban locos. Pero ya no es un manicomio.

—Esa es tu historia —dije.

Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la puerta.

—Les traeré algo de ropa —dijo por encima del hombro—. Eso sí, si no les importa quedarse solos aquí.

—¿No crees que estamos casados? —preguntó Rosamond—. De verdad, no necesitamos un chaperón.

Carta mostró algunos dientes torcidos.

—Oh, no es eso. La gente de por aquí tiene ideas raras. Como... —rió entre dientes—. ¿Han oído hablar de vampiros? Dicen que últimamente ha habido muertes en esta región.

—El rechazo no implica necesariamente falta de mérito —dije débilmente.

—¿Eh?

—No importa. —miré a Rosamond y ella me devolvió la mirada.

—No es que crea en esas cosas —dijo Carta.

Sonrió de nuevo, se humedeció los labios y salió dando un portazo. También cerró la puerta con llave.

—Sí, cariño —dije—. Tenía los ojos verdes. Me fijé.

—¿Tenía los dientes afilados?

—Solo tenía uno. Y estaba destrozado hasta el hueso. Quizá algunos vampiros tienen problemas de caries, aunque no suena convencional.

—Quizá los vampiros no siempre son convencionales.

Rosamond miraba fijamente al fuego. Las sombras danzaban por la habitación. Un relámpago iluminó el exterior.

El rechazo no siempre es inevitable.

Encontré unas mantas afganas polvorientas y las sacudí. Colgamos nuestras prendas junto al fuego, envolviéndonos en las mantas hasta parecer indigentes.

—Quizá no sea una historia de fantasmas —dije—. Quizá sea una historia de sexo.

—No si estamos casados —replicó Rosamond.

Simplemente sonreí. Pero me quedé pensando en Carta. No creo en las coincidencias. Era más fácil, de alguna manera, creer en vampiros.

La puerta se abrió y el hombre que entró no era Carta. Parecía el tonto del pueblo: un hombre obeso y grotesco, con labios gruesos y babeantes y pliegues de grasa alrededor del cuello desabrochado. Se subió el mono, se rascó y nos sonrió con sorna.

—También tiene los ojos verdes —comentó Rosamond.

El recién llegado tenía paladar hendido, pero pudimos entender lo que decía.

—Todos nuestros parientes tienen los ojos verdes. El abuelo está ocupado. Me mandó con esto. Soy Lem Carta.

Lem llevaba un bulto al hombro y me lo lanzó. Ropa vieja. Camisas, mono, zapatos; bastante limpios, pero con el mismo olor a humedad.

Lem se acercó pesadamente al fuego y dejó caer su monstruoso cuerpo en cuclillas. Tenía la misma nariz aguileña que el abuelo Carta, pero medio enterrada entre almohadillas de grasa flácida. Soltó una risita ronca.

—Nos gustan las visitas —anunció—. Mamá ya viene a saludarlos. Se está cambiando.

—¿Poniéndose una mortaja limpia, eh?

—Vete, Lem —amenacé—. Y no mires por el ojo de la cerradura.

Refunfuñó, pero salió arrastrando los pies, y nos pusimos esas prendas mohosas. Rosamond se veía muy guapa del tipo campesina, dije, lo cual era mentira. Me dio una patada.

—Guarda tus fuerzas, cariño —dije—. Podríamos necesitarlas contra los Carta. Una familia horrible. Probablemente esta sea su mansión ancestral. Solían vivir aquí cuando era un manicomio. Huéspedes de pago. Ojalá tuviera una copa.

Me miró fijamente.

—Charlie, ¿empiezas a creer que...?

—¿Que los Carta son vampiros? ¡Ni hablar! Son unos idiotas que intentan asustarnos.

—Te quiero, cariño.

Casi le rompo las costillas al abrazarla. Estaba temblando.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Tengo frío —dijo—. Eso es todo.

—Claro.

La llevé hacia el fuego.

—¿Qué te parece si vamos a explorar? —dije

—Quizás deberíamos esperar a Lem.

Un murciélago revoloteó contra la ventana. Rara vez vuelan durante una tormenta. Rosamond no lo vio.

—No, no esperaremos —dije—. Vamos.

Me detuve en la puerta, porque mi esposa se había arrodillado. No estaba rezando, sin embargo. Miraba fijamente la tierra del suelo. La levanté con la mano libre.

—Claro. Es moho de cementerio. El Conde Drácula anda por ahí con los Hardy. Vamos a echar un vistazo al manicomio. Seguro que hay algunos esqueletos por ahí.

Salimos al pasillo y Rosamond se dirigió rápidamente a la puerta principal e intentó abrirla. Me miró con ojos sabios.

—Cerrada. Y las ventanas tienen rejas.

Dije: «Vamos», y la arrastré tras de mí. Regresamos por el pasillo, deteniéndonos a observar las habitaciones polvorientas y silenciosas, sumidas en la oscuridad. Ni un esqueleto. Nada. Solo un olor a moho, a humedad, como una casa deshabitada durante años. Pensé con desesperación: el rechazo no implica necesariamente...

Salimos a la cocina y vimos una luz tenue que se filtraba por una puerta. Un curioso susurro me intrigó. Un bulto oscuro se transformó en el joven Lem, la esperanza de los Kallikak.

El chapoteo cesó. La voz quebrada de Jed Carta dijo:

—Parece afilado ahora.

Algo salió volando y golpeó a Lem en la cara. Lo agarró y, mientras lo rodeábamos, vimos que estaba royendo un trozo de carne cruda.

—Bien —babeó, con sus ojos verdes brillando hacia nosotros—. ¡Buenísimo!

—Fortalece los dientes —le informé, y entramos en el cobertizo.

Jed Carta estaba afilando un cuchillo en una piedra. Quizás era una espada. En cualquier caso, era lo suficientemente grande como para batirse a duelo. Parecía algo desconcertado. Le pregunté:

—¿Preparándote para la invasión?

—Nunca termino mis tareas —murmuró—. Cuidado con esa lámpara. Este lugar está más seco que la yesca. Una chispa y arderá como pólvora.

—El fuego es una muerte tan limpia —murmuré, y gruñí cuando Rosamond me dio un codazo en las costillas. Dijo dulcemente:

—Señor Carta, tenemos muchísima hambre. Me pregunto si…

—Qué gracioso. Yo también tengo hambre —dijo él con una voz extrañamente baja y ronca.

—¿Seguro que no tienes sed? —pregunté—. A mi, en cambio, me vendría bien un whisky. Sangre para acompañar —añadí, y Rosamond me volvió a golpear.

—Hay veces —dijo con acidez— que uno se busca problemas.

—Es un disfraz —le dije—. Estoy muerto de miedo, señor Carta. De verdad. Lo tomo muy en serio. Dejó el cuchillo y esbozó una sonrisa.

—No estás habituado a las costumbres del campo, eso es todo.

—Eso es todo —dije, escuchando a Lem roer y babear sobre su carne cruda en la cocina—. Debe ser genial vivir una vida sana y limpia.

—Oh, sí, claro —rió entre dientes—. El condado de Henshawe es un buen lugar. Todos hemos vivido aquí mucho tiempo. Claro que nuestros vecinos no nos visitan mucho…

—Me sorprende —murmuró Rosamond. Parecía haber superado su recelo.

—Pero somos una comunidad antigua. Muy antigua. Tenemos nuestras costumbres, que se remontan a la época de la Revolución, incluso tenemos nuestras leyendas. —miró un trozo de carne que colgaba de un gancho—. Tenemos una leyenda sobre vampiros: los vampiros de Henshawe. Pero ya lo mencioné, ¿no?

—Sí —dije, balanceándome sobre los talones—. Dijiste que no le dabas importancia.

—Algunos sí —sonrió—. Pero no me creo esos cuentos de demonios de cara blanca con capas negras que vuelan por las grietas y se convierten en murciélagos. Me parece que un vampiro debería adaptarse a los tiempos, ¿sabes? Un vampiro del condado de Henshawe no sería como uno europeo. Incluso podría tener sentido del humor.

Carta soltó una carcajada y nos sonrió, radiante.

—Apuesto a que, si actuara como cualquier otra persona, nadie sospecharía lo que es. Y entonces podría seguir siendo como era antes de… —Carta miró sus manos curtidas por el trabajo—. Antes de morir.

—Si intentas asustarnos... —empecé.

—Solo bromeaba —dijo Carta. Se giró hacia el trozo de carne que colgaba del gancho—. Olvídalo. Dijiste que tenías hambre. ¿Te apetece un filete?

—He cambiado de opinión —dijo Rosamond apresuradamente—: Soy vegetariana —lo cual era mentira, pero secundé la moción de mi esposa.

Carta soltó una risita desagradable.

—¿Quizás te apetezca algo caliente para beber? ¿Qué tal un whisky?

—¡Claro! ¡Lem! —gritó el viejo—. ¡Trae un poco de licor antes de que te dé una buena reprimenda!

En ese momento, sostenía dos tazas rotas y una botella de bourbon barato cubierta de telarañas.

—Siéntanse como en casa —invitó Carta—. Se encontrarán con mi hija por ahí. Habla sin parar —algún pensamiento secreto pareció divertirlo, pues soltó una risita en esa rejilla grasienta y desagradable—. Lleva un diario, sí. Le dije que no era lo más sensato, pero Ruthie es muy terca.

Regresamos a la sala, nos sentamos frente a la chimenea y bebimos bourbon. Las tazas estaban sucias, así que levantamos la botella. Le dije:

—Hace mucho que no hacemos esto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos en coche al parque con una botella...?

Rosamond negó con la cabeza, pero su sonrisa era curiosamente tierna.

—Éramos tan jóvenes, Charlie. Parece que fue hace tanto tiempo.

—Nuestra segunda luna de miel. Te quiero, cariño —dije en voz baja—. Nunca lo olvides.

Le pasé la botella.

—No está mal.

Un murciélago revoloteó contra el cristal de la ventana.

La tormenta no amainaba. Los truenos y relámpagos seguían formando el telón de fondo habitual. El licor me calentó. Dije:

—Exploremos un poco. Me quedo con el primer esqueleto.

Rosamond me miró.

—¿Qué era ese cadáver colgado en el cobertizo?

—Un costillar de res —expliqué con cuidado—. Vamos, o te parto la cara. Trae la botella. Yo llevo la lámpara. Cuidado con las trampillas, los paneles secretos y las manos que te agarran.

—¿Y los vampiros de Henshawe?

—Trampas —dije con firmeza.

Subimos por unas escaleras destartaladas y crujientes hasta el segundo piso. Algunas puertas tenían rejas con barrotes. Ninguna estaba cerrada con llave. El lugar había sido un manicomio, sin duda.

—Piensa —dijo Rosamond, bebiendo whisky— en todos los pacientes que estuvieron aquí. Todos locos.

—Sí —asentí—. Y a juzgar por los Carta, la enfermedad persiste.

Nos detuvimos, mirando a través de una reja una celda ocupada. Una mujer estaba sentada en silencio en un rincón, esposada a la pared, vestida con una camisa de fuerza. Una lámpara estaba cerca de ella. Tenía el rostro plano y achatado, cetrino y feo; sus ojos eran grandes y verdes, y una mueca torcida se dibujaba en sus labios.

Empujé la puerta; se abrió con facilidad. La mujer nos miró sin curiosidad.

—¿Usted es... una paciente? —pregunté débilmente.

Se quitó la camisa de fuerza, se liberó de las cadenas y se puso de pie.

—Oh, no —dijo, con la misma sonrisa torcida y congelada—. Soy Ruth Carta. Jed me dijo que estaban aquí.

Sintiendo, al parecer, que debía dar alguna explicación, miró la camisa de fuerza.

—Estuve internada en un manicomio durante algunos años, hace ya bastante tiempo. Me dieron el alta, curada. Solo que a veces siento nostalgia.

—Sí —dije con desdén—. Lo entiendo. Como un vampiro que desea volver a su antiguo hogar cada mañana.

Se quedó paralizada, con sus ojos vacíos como cristal verde.

—¿Qué te ha estado diciendo Jed?

—Solo chismes del pueblo, señora Carta.

Le extendí la botella.

—¿Un trago?

—¿De eso? —su sonrisa se volvió amarga—. ¡No, gracias!

Parecía que estábamos en un punto muerto. Ruthie nos miraba fijamente, con esos ojos verdes e indescifrables y esa sonrisa fija, y el olor a humedad me asfixiaba. ¿Qué seguía? Rosamond rompió el silencio.

—¿Es usted la señora Carta? —preguntó—. ¿Cómo es que se llaman igual que…?

—Silencio —dije en voz baja—. Que estemos casados no significa que todos lo estén.

Pero Ruth Carta no pareció molesta.

—Jed es mi padre. Lem es mi hijo —explicó—. Me casé con Eddie Carta, mi primo. Lleva muerto años. Por eso me internaron en un psiquiátrico.

—¿Shock? —sugerí.

—No —dijo—. Lo maté. Todo se volvió rojo —su sonrisa no cambió, pero vi en ella una burla sardónica—. Eso fue mucho antes de que semejante defensa fuera ridiculizada en los tribunales. Aun así, fue cierto en mi caso. La gente se equivoca cuando cree que los clichés no son ciertos.

—Me parece que tienes mucha más educación que Lem o Jed —comenté.

—Cuando era joven estudié en un internado para señoritas. Quería quedarme allí, pero Jed no podía pagarlo. Me amargó bastante estar atada a esta rutina monótona. Pero ahora no me importa el tedio.

Ojalá Ruthie dejara de sonreír. Rosamond tomó la botella. Dijo:

—Sé cómo te sientes.

La señora Carta se recostó contra la pared, apoyando las palmas de las manos sobre ella. Sus ojos brillaban de una forma sobrenatural. Y su voz era un quejido ronco.

—No puedes saberlo. Una jovencita como tú… No puedes saber lo que es vislumbrar el glamour, la emoción, la ropa bonita y los hombres, y luego tener que volver aquí, encerrada, a fregar suelos y cocinar repollo, casada con un patán estúpido con la mente de un mono. Solía sentarme junto a la ventana de la cocina, mirar afuera y odiar todo y a todos. Eddie nunca lo entendió. Le pedía que me llevara al centro, pero decía que no podía permitírselo. Y de alguna manera, ahorré lo suficiente para un viaje a Chicago. Soñaba con eso. Pero cuando llegué allí, ya no era una niña. La gente en la calle me miraba la ropa. Tenía ganas de gritar.

Bebí bourbon.

—Sí —dije—. Lo sé… supongo.

La voz se elevó. Le caía saliva de los labios.

—Así que regresé y un día vi a Eddie besando a una chica que trabajaba aquí. Tomé el hacha y le corté la cabeza. Cayó al suelo y se convulsionó como un pez, y me sentí como una niña otra vez. Todos me miraban y decían lo maravillosa y bonita que era.

Su voz era como un fonógrafo. Gritaba monótonamente. Se deslizó contra la pared hasta quedar sentada, y la espuma le corría por los labios. Se estremecía por completo. Empezó a gritar histéricamente, pero fue menos agradable cuando empezó a reír.

Tomé a Rosamond del brazo y la empujé hacia el pasillo.

—Vamos a buscar a los chicos —dije—. Antes de que Ruthie encuentre un hacha.

Así que bajamos a la cocina y se lo contamos a Lem y Jed. Lem se rió entre dientes, con la cara gorda temblando, y se dirigió al pasillo. Jed sacó una jarra de agua y lo siguió.

—Ruthie tiene esos episodios —dijo por encima del hombro—. No suelen durar mucho.

Desapareció. Rosamond aún tenía la lámpara. Se la quité, la dejé con cuidado sobre la mesa y le di la botella. La terminamos. Luego fui a la puerta trasera y probé la cerradura. Estaba, por supuesto, cerrada.

—La curiosidad siempre ha sido mi debilidad —dijo Rosamond. Señaló una puerta en la pared—. ¿Qué te imaginas...?

—Podemos averiguarlo.

El licor estaba haciendo efecto. Armado con la lámpara, tiré del panel y nos quedamos mirando hacia la oscuridad de un sótano. Olía, como todo en esta casa, a humedad.

Bajé las escaleras delante de Rosamond. Estábamos en una cámara oscura, como una bóveda. Estaba completamente vacía. Pero a nuestros pies había una robusta trampilla de roble. El candado abierto yacía cerca, y el pestillo se había soltado. Bueno, continuamos nuestro camino alegremente por una escalera. Bajaba en línea recta unos tres metros. Luego nos encontramos en un pasadizo con paredes de tierra. El ruido de la tormenta había quedado aislado.

En un estante a nuestro lado había una libreta raída, con un lápiz atado por un trozo de cuerda mugrienta. Rosamond la abrió, mientras yo miraba por encima de su hombro.

—El libro de visitas —comentó.

Había una lista de nombres y, debajo de cada uno, anotaciones importantes. Como esta: «Thomas Dardie. 57,53 $. Reloj de oro. Anillo». Rosamond soltó una risita, abrió el libro por la última entrada y escribió: «Señor y señora Denham».

—Tu sentido del humor me mata, cariño —dije con frialdad—. Si no te quisiera, te estrangularía.

—A veces es más seguro bromear —susurró.

Seguimos adelante. Al final del pasillo había una pequeña celda con un esqueleto encadenado a la pared. En el suelo había una tapa circular de madera con un anillo. Levanté el disco, bajé la lámpara y miramos hacia las negras profundidades de un pozo. El olor no era de Chanel.

—¿Más esqueletos? —preguntó Rosamond.

—No lo sé —dije—. ¿Quieres bajar y averiguarlo?

—Odio los lugares oscuros —dijo casi sin aliento, y de repente cerré la tapa de golpe, dejé la lámpara y abracé a Rosamond con fuerza. Se aferró a mí como una niña asustada en una habitación a oscuras.

—No, cariño —murmuré, con los labios rozando su cabello. —Está bien.

—No lo está. Esto es horrible... Ojalá estuviera muerta. ¡Ay, te quiero, Charlie! ¡Te quiero muchísimo!

Nos separamos entonces, pues se oían pasos en la bóveda. Aparecieron Lem, Jed y Ruthie. Ninguno pareció sorprenderse al encontrarnos allí. Lem tenía la mirada fija en el esqueleto; se humedeció los labios y soltó una risita nerviosa. Ruthie miraba fijamente, con esa misma sonrisa fija y retorcida. Jed Carta nos lanzó una mirada verde y maliciosa, y dejó la lámpara que llevaba.

—Hola, chicos —dijo—. Así que lograron llegar hasta aquí, ¿eh?

—Nos preguntábamos si tenían un refugio antibombas —dije—. Uno se siente un poco más seguro con la situación mundial como está.

Soltó una carcajada.

—No te asustas fácilmente. Toma, Ruthie. —tomó un látigo de la pared y se lo puso en las manos a la mujer. Al instante, se puso en acción. Caminó hacia aquel esqueleto encadenado y comenzó a azotarlo. Su rostro era una horrible máscara sonriente.

—Es lo único que la calma cuando le dan esos ataques —dijo Jed—. Ha empeorado desde que murió Bess.

Miró el esqueleto.

—¿Bess? —preguntó Rosamond débilmente.

—Ella... era una sirvienta. Creemos que esto ya no le hace daño y, al menos, mantiene a Ruthie tranquila.

La señora Carta dejó caer el látigo. Su rostro seguía congelado, pero, cuando habló, su voz era completamente normal.

—¿Subimos? Debe ser desagradable para nuestros invitados.

—Sí —dije—. Vamos. ¿Tal vez tengas otra botella por ahí, Jed?

Asintió hacia el disco de madera en el suelo.

—¿Quieres mirar ahí abajo?

—Ya lo hice.

—Lem es bastante fuerte —dijo el anciano, aparentemente al azar—. Demuéstrales, Lem. Usa la cadena de Bessie. No importará si ahora está rota, ¿verdad?

Todos los Carta parecían muy divertidos. Lem se acercó pesadamente y rompió la cadena con facilidad.

—Bueno —dije—, eso es todo. El pequeño aquí usa las manos. Tú tienes un cuchillo. ¿Qué usa Ruthie? Un hacha, supongo.

Sonrió.

—¡No creerás que de verdad matamos a la gente que pasa por aquí! O, si tienen coche, los metemos en el estanque grande que hay detrás de la casa.

—No si son los vampiros Henshawe —dije—. Los mataría el miedo al agua corriente.

—No corre —dijo—. Está estancada. No deberías creer en esas cosas.

Rosamond dijo en voz baja:

—Todas las puertas están cerradas con llave y las ventanas tienen rejas. Encontramos tu libro de visitas. Revisamos tu calabozo. Todo cuadra, ¿verdad?

—Olvida esas ideas —aconsejó Carta—. Dormirás mejor si lo haces.

—No tengo sueño —dijo Rosamond.

Tomé la lámpara y la sujeté del brazo. Nos adelantamos a los demás por el pasillo, subimos la escalera hasta el sótano y de allí a la cocina. Noté que una enorme tina llena de agua se alzaba en un rincón oscuro. Podíamos oír la tormenta con toda su furia. Carta dijo:

—Les preparé una cama. ¿Quieren ir ya?

Agité la lámpara.

—¿Podrías echarle más queroseno? Mi esposa se asustaría muchísimo si se apagara en la noche.

Jed asintió a Lem, quien se alejó arrastrando los pies y regresó con un chorro de agua que chapoteaba. Llenó la lámpara.

Subimos todos. Jed fue primero, una figura de espantapájaros con una tosca peluca negra. Tras nosotros, Lem, con su sonrisa grosera, y al final Ruthie, con su sonrisa fija y sus grandes y vacíos ojos verdes.

—Oye —dije—, vas a tener que arrastrar nuestros cuerpos hasta el sótano, Jed. ¿Para qué complicarte la vida?

—Supuse que estarías cansado —rió entre dientes—. En fin, tengo algunas cosas que hacer, pero nos vemos luego.

Fue una procesión infernal escaleras arriba, un clamor de protesta bajo nuestros pies. Rosamond frunció los labios.

—Un poco melodramático.

—Deberían ser trece escalones —recordé—. Eso sería un toque sutil. Trece escalones hasta la horca —le expliqué a Jed, que nos miraba con el ceño fruncido.

Soltó una carcajada.

—Te imaginas cosas que no son ciertas. Si crees que somos asesinos, ¿por qué no te vas?

—La puerta está cerrada.

—Podrías pedirme que la abra.

No respondí, porque la burla en su voz era desagradable. Lem babeaba alegremente a nuestros talones. Recorrimos el pasillo hasta una habitación al fondo. Olía a humedad. Ramas arañaban la ventana enrejada. Un murciélago se lanzó frenéticamente contra el cristal. En la habitación, esperamos. Dejé la lámpara sobre una polvorienta mesilla de noche. Lem, Jed y Ruthie estaban junto a la puerta. Parecían tres lobos de ojos observándonos.

—¿Alguna vez se pararon a pensar —pregunté— que quizá no seamos ovejas? Ni siquiera nos han preguntado de dónde venimos ni cómo llegamos aquí.

Jed nos obsequió con una sonrisa desdentada.

—Supongo que no conoce bien el condado de Henshawe, señor. Hace mucho que no tenemos ley aquí. Hemos sido muy precavidos; dudo que el gobierno federal nos preste atención. Y el condado de Henshawe no puede mantener a un sheriff competente. No intente engañarnos, porque no le funcionará.

Me encogí de hombros.

—¿Parecemos preocupados?

Había una admiración a regañadientes en el tono de Jed.

—No te asustas fácilmente. Bueno, tengo que hacer mis tareas antes de irme a dormir. Nos vemos luego.

Desapareció en la oscuridad. Ruthie hizo un gesto brusco con la mano. Lem se humedeció los labios y desapareció. La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca congelada.

—Sé lo que estás pensando. A qué le tienes miedo —dijo—. Y tienes razón.

Entonces dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe. Oímos el clic de la cerradura.

—Jed olvidó darme otra botella —observé—. Pronto estaré sobrio. Y sediento. Mucha sed.

Noté que mi voz cambiaba un poco.

—Está bien, cariño. Ven aquí.

Los labios de Rosamond estaban fríos; pude sentirla estremecerse.

—Esta habitación es como un congelador —murmuró—. No me acostumbro al frío, Charlie. ¡No me acostumbro al frío!

No pude hacer nada más que abrazarla con todas mis fuerzas.

—Intenta recordar —le dije en voz baja—. No es de noche. No hay tormenta. No estamos aquí. Estamos en el parque, y es por la tarde. ¿Recuerdas, cariño?

Escondió la cara en mi hombro.

—Es difícil recordar, de alguna manera. Parece que ha pasado una eternidad desde que vimos la luz del día. Esta horrible casa... ¡Ay, ojalá estuviéramos muertos, mi amor!

La sacudí un poco.

—¡Rosamond!

—Lo siento, cariño. Es que... ¿por qué nos tuvo que pasar esto?

Me encogí de hombros.

—Llámalo suerte. Obviamente, no somos los primeros en este lugar. Cierra los ojos y recuerda.

—¿Crees que... sospechan?

—¿Cómo podrían? Están demasiado ocupados con su jueguito asesino.

Sentí el escalofrío de repulsión que la recorrió.

—No podemos cambiar lo que se avecina —tuve que recordarle—. No podemos cambiarlos ni a nosotros.

Lentas lágrimas se deslizaron bajo sus pestañas. Y nos aferramos el uno al otro como niños con miedo a la oscuridad. No se me ocurría ningún chiste. La lámpara parpadeó y se apagó. No tenía cerillas. Claro que ya daba igual.

—Ojalá Lem se hubiera acordado de la otra botella —murmuré al rato—. El whisky ayuda.

La tormenta amainaba rápidamente. La luz de la luna ya se filtraba débilmente por las ventanas. Recordé a Drácula y las formas que se habían materializado en los rayos de luna. Hacían que incluso las rejas de las ventanas parecieran diáfanas. Pero, me dije, los Carta no eran vampiros. Solo eran asesinos. Locos, de sangre fría, sin remordimientos. No, me recordé, si los Carta hubieran sido vampiros, no habrían fingido. Los vampiros de verdad no fingen... ¡mira a Drácula!

Abracé a Rosamond y cerré los ojos. En algún lugar, un reloj dio las doce. Y entonces...

Bueno, eran cerca de las dos cuando la llave que esperaba tintineó en la cerradura. La puerta se abrió y Jed Carta estaba en el umbral, temblando de pies a cabeza, con la lámpara temblando en su mano. Su voz se quebró al intentar hablar. No podía. Solo nos hizo señas para que lo siguiéramos. Lo hicimos. Podía oír a Rosamond gimotear muy suavemente:

—¡Ojalá estuviéramos muertos! ¡Ojalá estuviéramos muertos!

Jed nos llevó a una habitación al otro lado del pasillo. Ruthie Carta yacía en el suelo. Estaba muerta. Tenía dos pequeñas perforaciones rojas en su delgada garganta, y surcos hundidos marcaban el recorrido de los vasos sanguíneos drenados.

A través de una puerta abierta pude ver la habitación contigua y el cuerpo grotesco e inmóvil que yacía allí. Era Lem, y él también era un cadáver. Jed Carta casi gritó:

—Algo vino y…

Su rostro era una máscara temblorosa y contraída por el miedo.

—¡Los vampiros Henshawe! —dijo con dificultad, apenas capaz de articular.

—La ley del más fuerte —dije.

Miré a Rosamond. Ella me sostuvo la mirada con la repulsión que ya conocía tan bien, y tras ella, un ansia avergonzada. Sabía que era hora de volver a bromear; cualquier cosa con tal de borrar esa mirada de los ojos de Rosamond.

—Tengo una sorpresa para ti, Jed —dije, y me acerqué a él, cada vez más—. Sé que no te importan estas cosas, pero, aunque no lo creas, somos los vampiros Henshawe.

Henry Kuttner (1915-1958)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Mascarada (Masquerade), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Relato de Arthur Machen.
Relato de Edmond Hamilton.
Poema de Laura Riding.


Relato de Maurice Level.
Poema de Clark Ashton Smith.
Taller gótico.