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«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.




«Tendrá una mirada burlona cuando le hable de vampiros.
No es que crea en esas cosas, pero…»



Mascarada (Masquerade) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de mayo de 1942 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead).

Mascarada, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de una pareja durante su segunda luna de miel. Una tormenta los obliga a detener la marcha y buscar refugio. Lo encuentran entre una familia de degenerados endógamos [que pueden o no ser vampiros], quienes viven en un antiguo manicomio abandonado.

Para mi asombro, Mascarada es un buen relato. Acierta en todos los blancos hacia los que apunta. No pretende ser otra cosa que un comentario [o crítica] sobre las historias de vampiros «modernas» [en 1942]. En el camino efectúa una autopsia sobre los clichés del género en clave humorística.

Han pasado algo más de ochenta años desde 1942, por lo que buena parte de los códigos que desbarata Henry Kuttner ya no forman parte del imaginario del lector del género. En otras palabras, el giro final es previsible en 2025. De modo tal que, cuando se nos revela que esta pobre pareja en realidad son dos vampiros, y la familia de locos y degenerados son la presa, no hay asombro ni consternación. Sin embargo, Mascarada es más que un plot twist.

En la apertura, el protagonista, que además es el narrador de la historia, sugiere que podría tratarse de un escritor. De entrada, justo antes de pedir asilo en el manicomio abandonado, Charlie le dice a su esposa, Rosamond: «Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo». Es decir, comenta que lo que les está sucediendo parece sacado de un cuento por debajo de lo genérico. Por supuesto, Charlie y Rosamond son Henry Kuttner y su esposa, Catherine L. Moore, otra prolífica escritora.

Todo participa de este gran cliché al que se refiere en la apertura: en su segunda luna de miel, durante una fuerte tormenta, Charlie y Rosamond llaman a la puerta de un manicomio cerrado y son recibidos por una familia desquiciada, los Carta, quienes se comportan como caníbales. Disfrutan mucho hablando de la leyenda de chupasangres locales: los vampiros Henshawe, sugiriendo que podrían ser ellos mismos. El giro final es que el narrador y su esposa son los vampiros Henshawe, y lo que nosotros, los lectores, interpretamos como miedo y recelo a los idiotas rurales es, de hecho, cierto desagrado por tener que beber sangre humana para sobrevivir [ver: mitos y leyendas de vampiros]

Queda claro que Henry Kuttner elaboró cuidadosamente los diálogos para mantener esta revelación a salvo hasta el final, sin inducir información falsa en el proceso. Charlie, el narrador, parece demasiado bromista para la situación en la que está, incluso se burla de los Carta, pero, siendo un personaje bidimensional, no estorba demasiado y, al final, funciona. De hecho, el humor exacerbado de Charlie es como un caballo de Troya que relaja las defensas de los Carta y los vuelve presas fáciles.

En cuanto a los vampiros, no cuentan con atributos particulares, salvo el hecho de que Charlie menciona que el whisky alivia la sed [de sangre], y que Rosamond parece algo asqueada de por sus hábitos alimenticios, sin llegar a la depresión de un Louis de Pointe du Lac. Por lo demás, deben evitar las corrientes de agua y, quizás, dormir en la tierra donde se convirtieron en vampiros. Afortunadamente para ellos, son de la zona, por lo que pueden descansar en el manicomio. Ya al final de la historia, Charlie hace algunas comparaciones con el Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Mascarada se aleja de la faceta de Henry Kuttner como acólito de H. P. Lovecraft, y apunta en la dirección opuesta de sus anteriores colaboraciones a los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia parece estar en la vena de Ray Bradbury, que también aportó algunos vampiros bastante inusuales [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]




Mascarada.
Masquerade, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Mira —le dije a Rosamond con amargura—. Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo…

—Eres demasiado modesto, Charlie —dijo—. Es la típica broma de que el rechazo no implica necesariamente falta de mérito, pero que la historia huele mal. Así que aquí estamos. De luna de miel. Se avecina una tormenta. Relámpagos cruzan el cielo. La lluvia cae a cántaros. Y esa casa a la que nos dirigimos es, obviamente, un manicomio abandonado. Cuando llamemos a la puerta, se oirán pasos arrastrados y un viejo cascarrabias de aspecto repugnante nos abrirá. Se alegrará mucho de vernos, pero tendrá un brillo burlón en los ojos cuando empiece a hablar de una leyenda de vampiros que rondan por aquí. No es que crea en esas cosas, pero…

—¿Pero qué hace que sus dientes sean tan afilados?

Rosamond sonrió.

Entonces estábamos en el porche destartalado golpeando el panel de roble que el relámpago nos había mostrado. Lo hicimos de nuevo. Rosamond dijo:

—Prueba con el llamador. No debemos usar la fórmula equivocada.

Así que llamé a la puerta con un golpe seco y oí pasos arrastrados. Rosamond y yo nos miramos, incrédulos, y sonreímos. Es muy guapa. Nos gustan las mismas cosas —sobre todo las poco convencionales— y por eso nos llevamos bien.

En fin, la puerta se abrió y allí estaba un viejo cascarrabias de aspecto repugnante, con una lámpara de aceite en una mano nudosa. No parecía muy sorprendido. Pero su rostro estaba tan lleno de arrugas que era difícil descifrar cualquier cambio en su expresión. Tenía una nariz aguileña que sobresalía como una cimitarra, y sus pequeños ojos eran verdosos en la penumbra. Curiosamente, tenía el pelo negro, grueso y áspero. Del tipo que le quedaría bien a un cadáver, pensé.

—Visitantes —dijo con voz ronca—. Aquí recibimos pocas visitas.

—Debes de tener mucha hambre entre visita y visita —bromeé, y llevé a Rosamond al pasillo.

Olía a humedad. El anciano también.

Cerró la puerta para protegerse del viento y nos hizo señas para que entráramos en un salón. Rozamos unas cortinas de cuentas antiguas y nos encontramos de nuevo en la época victoriana. El abuelo tenía sentido del humor.

—Nosotros no nos comemos a las visitas —comentó—. Simplemente las matamos y les robamos el dinero. Pero hoy en día hay poca comida —rió como una gallina triunfante con quintillizos en ciernes—. Yo —dijo—, soy Jed Carta.

—¿Carter?

—Carta, siéntense, pónganse cómodos mientras preparo la chimenea.

Estábamos empapados.

—¿Podemos pedir prestada algo de ropa? Llevamos años casados, por si te lo preguntabas. Pero aún nos sentimos pecadores. Nos llamamos Denham, Rosamond y Charlie.

—¿No son recién casados? —Carta pareció decepcionado.

—Es nuestra segunda luna de miel. Más divertida que la primera. ¡Qué romántico! —le dije a Rosamond.

Carta asintió.

Mi esposa es la única mujer más inteligente que yo a la que no odio. Es muy guapa, incluso cuando parece un gatito mojado.

Carta estaba encendiendo la chimenea.

—Mucha gente vivió aquí antes —comentó—. Solo que no querían. Estaban locos. Pero ya no es un manicomio.

—Esa es tu historia —dije.

Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la puerta.

—Les traeré algo de ropa —dijo por encima del hombro—. Eso sí, si no les importa quedarse solos aquí.

—¿No crees que estamos casados? —preguntó Rosamond—. De verdad, no necesitamos un chaperón.

Carta mostró algunos dientes torcidos.

—Oh, no es eso. La gente de por aquí tiene ideas raras. Como... —rió entre dientes—. ¿Han oído hablar de vampiros? Dicen que últimamente ha habido muertes en esta región.

—El rechazo no implica necesariamente falta de mérito —dije débilmente.

—¿Eh?

—No importa. —miré a Rosamond y ella me devolvió la mirada.

—No es que crea en esas cosas —dijo Carta.

Sonrió de nuevo, se humedeció los labios y salió dando un portazo. También cerró la puerta con llave.

—Sí, cariño —dije—. Tenía los ojos verdes. Me fijé.

—¿Tenía los dientes afilados?

—Solo tenía uno. Y estaba destrozado hasta el hueso. Quizá algunos vampiros tienen problemas de caries, aunque no suena convencional.

—Quizá los vampiros no siempre son convencionales.

Rosamond miraba fijamente al fuego. Las sombras danzaban por la habitación. Un relámpago iluminó el exterior.

El rechazo no siempre es inevitable.

Encontré unas mantas afganas polvorientas y las sacudí. Colgamos nuestras prendas junto al fuego, envolviéndonos en las mantas hasta parecer indigentes.

—Quizá no sea una historia de fantasmas —dije—. Quizá sea una historia de sexo.

—No si estamos casados —replicó Rosamond.

Simplemente sonreí. Pero me quedé pensando en Carta. No creo en las coincidencias. Era más fácil, de alguna manera, creer en vampiros.

La puerta se abrió y el hombre que entró no era Carta. Parecía el tonto del pueblo: un hombre obeso y grotesco, con labios gruesos y babeantes y pliegues de grasa alrededor del cuello desabrochado. Se subió el mono, se rascó y nos sonrió con sorna.

—También tiene los ojos verdes —comentó Rosamond.

El recién llegado tenía paladar hendido, pero pudimos entender lo que decía.

—Todos nuestros parientes tienen los ojos verdes. El abuelo está ocupado. Me mandó con esto. Soy Lem Carta.

Lem llevaba un bulto al hombro y me lo lanzó. Ropa vieja. Camisas, mono, zapatos; bastante limpios, pero con el mismo olor a humedad.

Lem se acercó pesadamente al fuego y dejó caer su monstruoso cuerpo en cuclillas. Tenía la misma nariz aguileña que el abuelo Carta, pero medio enterrada entre almohadillas de grasa flácida. Soltó una risita ronca.

—Nos gustan las visitas —anunció—. Mamá ya viene a saludarlos. Se está cambiando.

—¿Poniéndose una mortaja limpia, eh?

—Vete, Lem —amenacé—. Y no mires por el ojo de la cerradura.

Refunfuñó, pero salió arrastrando los pies, y nos pusimos esas prendas mohosas. Rosamond se veía muy guapa del tipo campesina, dije, lo cual era mentira. Me dio una patada.

—Guarda tus fuerzas, cariño —dije—. Podríamos necesitarlas contra los Carta. Una familia horrible. Probablemente esta sea su mansión ancestral. Solían vivir aquí cuando era un manicomio. Huéspedes de pago. Ojalá tuviera una copa.

Me miró fijamente.

—Charlie, ¿empiezas a creer que...?

—¿Que los Carta son vampiros? ¡Ni hablar! Son unos idiotas que intentan asustarnos.

—Te quiero, cariño.

Casi le rompo las costillas al abrazarla. Estaba temblando.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Tengo frío —dijo—. Eso es todo.

—Claro.

La llevé hacia el fuego.

—¿Qué te parece si vamos a explorar? —dije

—Quizás deberíamos esperar a Lem.

Un murciélago revoloteó contra la ventana. Rara vez vuelan durante una tormenta. Rosamond no lo vio.

—No, no esperaremos —dije—. Vamos.

Me detuve en la puerta, porque mi esposa se había arrodillado. No estaba rezando, sin embargo. Miraba fijamente la tierra del suelo. La levanté con la mano libre.

—Claro. Es moho de cementerio. El Conde Drácula anda por ahí con los Hardy. Vamos a echar un vistazo al manicomio. Seguro que hay algunos esqueletos por ahí.

Salimos al pasillo y Rosamond se dirigió rápidamente a la puerta principal e intentó abrirla. Me miró con ojos sabios.

—Cerrada. Y las ventanas tienen rejas.

Dije: «Vamos», y la arrastré tras de mí. Regresamos por el pasillo, deteniéndonos a observar las habitaciones polvorientas y silenciosas, sumidas en la oscuridad. Ni un esqueleto. Nada. Solo un olor a moho, a humedad, como una casa deshabitada durante años. Pensé con desesperación: el rechazo no implica necesariamente...

Salimos a la cocina y vimos una luz tenue que se filtraba por una puerta. Un curioso susurro me intrigó. Un bulto oscuro se transformó en el joven Lem, la esperanza de los Kallikak.

El chapoteo cesó. La voz quebrada de Jed Carta dijo:

—Parece afilado ahora.

Algo salió volando y golpeó a Lem en la cara. Lo agarró y, mientras lo rodeábamos, vimos que estaba royendo un trozo de carne cruda.

—Bien —babeó, con sus ojos verdes brillando hacia nosotros—. ¡Buenísimo!

—Fortalece los dientes —le informé, y entramos en el cobertizo.

Jed Carta estaba afilando un cuchillo en una piedra. Quizás era una espada. En cualquier caso, era lo suficientemente grande como para batirse a duelo. Parecía algo desconcertado. Le pregunté:

—¿Preparándote para la invasión?

—Nunca termino mis tareas —murmuró—. Cuidado con esa lámpara. Este lugar está más seco que la yesca. Una chispa y arderá como pólvora.

—El fuego es una muerte tan limpia —murmuré, y gruñí cuando Rosamond me dio un codazo en las costillas. Dijo dulcemente:

—Señor Carta, tenemos muchísima hambre. Me pregunto si…

—Qué gracioso. Yo también tengo hambre —dijo él con una voz extrañamente baja y ronca.

—¿Seguro que no tienes sed? —pregunté—. A mi, en cambio, me vendría bien un whisky. Sangre para acompañar —añadí, y Rosamond me volvió a golpear.

—Hay veces —dijo con acidez— que uno se busca problemas.

—Es un disfraz —le dije—. Estoy muerto de miedo, señor Carta. De verdad. Lo tomo muy en serio. Dejó el cuchillo y esbozó una sonrisa.

—No estás habituado a las costumbres del campo, eso es todo.

—Eso es todo —dije, escuchando a Lem roer y babear sobre su carne cruda en la cocina—. Debe ser genial vivir una vida sana y limpia.

—Oh, sí, claro —rió entre dientes—. El condado de Henshawe es un buen lugar. Todos hemos vivido aquí mucho tiempo. Claro que nuestros vecinos no nos visitan mucho…

—Me sorprende —murmuró Rosamond. Parecía haber superado su recelo.

—Pero somos una comunidad antigua. Muy antigua. Tenemos nuestras costumbres, que se remontan a la época de la Revolución, incluso tenemos nuestras leyendas. —miró un trozo de carne que colgaba de un gancho—. Tenemos una leyenda sobre vampiros: los vampiros de Henshawe. Pero ya lo mencioné, ¿no?

—Sí —dije, balanceándome sobre los talones—. Dijiste que no le dabas importancia.

—Algunos sí —sonrió—. Pero no me creo esos cuentos de demonios de cara blanca con capas negras que vuelan por las grietas y se convierten en murciélagos. Me parece que un vampiro debería adaptarse a los tiempos, ¿sabes? Un vampiro del condado de Henshawe no sería como uno europeo. Incluso podría tener sentido del humor.

Carta soltó una carcajada y nos sonrió, radiante.

—Apuesto a que, si actuara como cualquier otra persona, nadie sospecharía lo que es. Y entonces podría seguir siendo como era antes de… —Carta miró sus manos curtidas por el trabajo—. Antes de morir.

—Si intentas asustarnos... —empecé.

—Solo bromeaba —dijo Carta. Se giró hacia el trozo de carne que colgaba del gancho—. Olvídalo. Dijiste que tenías hambre. ¿Te apetece un filete?

—He cambiado de opinión —dijo Rosamond apresuradamente—: Soy vegetariana —lo cual era mentira, pero secundé la moción de mi esposa.

Carta soltó una risita desagradable.

—¿Quizás te apetezca algo caliente para beber? ¿Qué tal un whisky?

—¡Claro! ¡Lem! —gritó el viejo—. ¡Trae un poco de licor antes de que te dé una buena reprimenda!

En ese momento, sostenía dos tazas rotas y una botella de bourbon barato cubierta de telarañas.

—Siéntanse como en casa —invitó Carta—. Se encontrarán con mi hija por ahí. Habla sin parar —algún pensamiento secreto pareció divertirlo, pues soltó una risita en esa rejilla grasienta y desagradable—. Lleva un diario, sí. Le dije que no era lo más sensato, pero Ruthie es muy terca.

Regresamos a la sala, nos sentamos frente a la chimenea y bebimos bourbon. Las tazas estaban sucias, así que levantamos la botella. Le dije:

—Hace mucho que no hacemos esto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos en coche al parque con una botella...?

Rosamond negó con la cabeza, pero su sonrisa era curiosamente tierna.

—Éramos tan jóvenes, Charlie. Parece que fue hace tanto tiempo.

—Nuestra segunda luna de miel. Te quiero, cariño —dije en voz baja—. Nunca lo olvides.

Le pasé la botella.

—No está mal.

Un murciélago revoloteó contra el cristal de la ventana.

La tormenta no amainaba. Los truenos y relámpagos seguían formando el telón de fondo habitual. El licor me calentó. Dije:

—Exploremos un poco. Me quedo con el primer esqueleto.

Rosamond me miró.

—¿Qué era ese cadáver colgado en el cobertizo?

—Un costillar de res —expliqué con cuidado—. Vamos, o te parto la cara. Trae la botella. Yo llevo la lámpara. Cuidado con las trampillas, los paneles secretos y las manos que te agarran.

—¿Y los vampiros de Henshawe?

—Trampas —dije con firmeza.

Subimos por unas escaleras destartaladas y crujientes hasta el segundo piso. Algunas puertas tenían rejas con barrotes. Ninguna estaba cerrada con llave. El lugar había sido un manicomio, sin duda.

—Piensa —dijo Rosamond, bebiendo whisky— en todos los pacientes que estuvieron aquí. Todos locos.

—Sí —asentí—. Y a juzgar por los Carta, la enfermedad persiste.

Nos detuvimos, mirando a través de una reja una celda ocupada. Una mujer estaba sentada en silencio en un rincón, esposada a la pared, vestida con una camisa de fuerza. Una lámpara estaba cerca de ella. Tenía el rostro plano y achatado, cetrino y feo; sus ojos eran grandes y verdes, y una mueca torcida se dibujaba en sus labios.

Empujé la puerta; se abrió con facilidad. La mujer nos miró sin curiosidad.

—¿Usted es... una paciente? —pregunté débilmente.

Se quitó la camisa de fuerza, se liberó de las cadenas y se puso de pie.

—Oh, no —dijo, con la misma sonrisa torcida y congelada—. Soy Ruth Carta. Jed me dijo que estaban aquí.

Sintiendo, al parecer, que debía dar alguna explicación, miró la camisa de fuerza.

—Estuve internada en un manicomio durante algunos años, hace ya bastante tiempo. Me dieron el alta, curada. Solo que a veces siento nostalgia.

—Sí —dije con desdén—. Lo entiendo. Como un vampiro que desea volver a su antiguo hogar cada mañana.

Se quedó paralizada, con sus ojos vacíos como cristal verde.

—¿Qué te ha estado diciendo Jed?

—Solo chismes del pueblo, señora Carta.

Le extendí la botella.

—¿Un trago?

—¿De eso? —su sonrisa se volvió amarga—. ¡No, gracias!

Parecía que estábamos en un punto muerto. Ruthie nos miraba fijamente, con esos ojos verdes e indescifrables y esa sonrisa fija, y el olor a humedad me asfixiaba. ¿Qué seguía? Rosamond rompió el silencio.

—¿Es usted la señora Carta? —preguntó—. ¿Cómo es que se llaman igual que…?

—Silencio —dije en voz baja—. Que estemos casados no significa que todos lo estén.

Pero Ruth Carta no pareció molesta.

—Jed es mi padre. Lem es mi hijo —explicó—. Me casé con Eddie Carta, mi primo. Lleva muerto años. Por eso me internaron en un psiquiátrico.

—¿Shock? —sugerí.

—No —dijo—. Lo maté. Todo se volvió rojo —su sonrisa no cambió, pero vi en ella una burla sardónica—. Eso fue mucho antes de que semejante defensa fuera ridiculizada en los tribunales. Aun así, fue cierto en mi caso. La gente se equivoca cuando cree que los clichés no son ciertos.

—Me parece que tienes mucha más educación que Lem o Jed —comenté.

—Cuando era joven estudié en un internado para señoritas. Quería quedarme allí, pero Jed no podía pagarlo. Me amargó bastante estar atada a esta rutina monótona. Pero ahora no me importa el tedio.

Ojalá Ruthie dejara de sonreír. Rosamond tomó la botella. Dijo:

—Sé cómo te sientes.

La señora Carta se recostó contra la pared, apoyando las palmas de las manos sobre ella. Sus ojos brillaban de una forma sobrenatural. Y su voz era un quejido ronco.

—No puedes saberlo. Una jovencita como tú… No puedes saber lo que es vislumbrar el glamour, la emoción, la ropa bonita y los hombres, y luego tener que volver aquí, encerrada, a fregar suelos y cocinar repollo, casada con un patán estúpido con la mente de un mono. Solía sentarme junto a la ventana de la cocina, mirar afuera y odiar todo y a todos. Eddie nunca lo entendió. Le pedía que me llevara al centro, pero decía que no podía permitírselo. Y de alguna manera, ahorré lo suficiente para un viaje a Chicago. Soñaba con eso. Pero cuando llegué allí, ya no era una niña. La gente en la calle me miraba la ropa. Tenía ganas de gritar.

Bebí bourbon.

—Sí —dije—. Lo sé… supongo.

La voz se elevó. Le caía saliva de los labios.

—Así que regresé y un día vi a Eddie besando a una chica que trabajaba aquí. Tomé el hacha y le corté la cabeza. Cayó al suelo y se convulsionó como un pez, y me sentí como una niña otra vez. Todos me miraban y decían lo maravillosa y bonita que era.

Su voz era como un fonógrafo. Gritaba monótonamente. Se deslizó contra la pared hasta quedar sentada, y la espuma le corría por los labios. Se estremecía por completo. Empezó a gritar histéricamente, pero fue menos agradable cuando empezó a reír.

Tomé a Rosamond del brazo y la empujé hacia el pasillo.

—Vamos a buscar a los chicos —dije—. Antes de que Ruthie encuentre un hacha.

Así que bajamos a la cocina y se lo contamos a Lem y Jed. Lem se rió entre dientes, con la cara gorda temblando, y se dirigió al pasillo. Jed sacó una jarra de agua y lo siguió.

—Ruthie tiene esos episodios —dijo por encima del hombro—. No suelen durar mucho.

Desapareció. Rosamond aún tenía la lámpara. Se la quité, la dejé con cuidado sobre la mesa y le di la botella. La terminamos. Luego fui a la puerta trasera y probé la cerradura. Estaba, por supuesto, cerrada.

—La curiosidad siempre ha sido mi debilidad —dijo Rosamond. Señaló una puerta en la pared—. ¿Qué te imaginas...?

—Podemos averiguarlo.

El licor estaba haciendo efecto. Armado con la lámpara, tiré del panel y nos quedamos mirando hacia la oscuridad de un sótano. Olía, como todo en esta casa, a humedad.

Bajé las escaleras delante de Rosamond. Estábamos en una cámara oscura, como una bóveda. Estaba completamente vacía. Pero a nuestros pies había una robusta trampilla de roble. El candado abierto yacía cerca, y el pestillo se había soltado. Bueno, continuamos nuestro camino alegremente por una escalera. Bajaba en línea recta unos tres metros. Luego nos encontramos en un pasadizo con paredes de tierra. El ruido de la tormenta había quedado aislado.

En un estante a nuestro lado había una libreta raída, con un lápiz atado por un trozo de cuerda mugrienta. Rosamond la abrió, mientras yo miraba por encima de su hombro.

—El libro de visitas —comentó.

Había una lista de nombres y, debajo de cada uno, anotaciones importantes. Como esta: «Thomas Dardie. 57,53 $. Reloj de oro. Anillo». Rosamond soltó una risita, abrió el libro por la última entrada y escribió: «Señor y señora Denham».

—Tu sentido del humor me mata, cariño —dije con frialdad—. Si no te quisiera, te estrangularía.

—A veces es más seguro bromear —susurró.

Seguimos adelante. Al final del pasillo había una pequeña celda con un esqueleto encadenado a la pared. En el suelo había una tapa circular de madera con un anillo. Levanté el disco, bajé la lámpara y miramos hacia las negras profundidades de un pozo. El olor no era de Chanel.

—¿Más esqueletos? —preguntó Rosamond.

—No lo sé —dije—. ¿Quieres bajar y averiguarlo?

—Odio los lugares oscuros —dijo casi sin aliento, y de repente cerré la tapa de golpe, dejé la lámpara y abracé a Rosamond con fuerza. Se aferró a mí como una niña asustada en una habitación a oscuras.

—No, cariño —murmuré, con los labios rozando su cabello. —Está bien.

—No lo está. Esto es horrible... Ojalá estuviera muerta. ¡Ay, te quiero, Charlie! ¡Te quiero muchísimo!

Nos separamos entonces, pues se oían pasos en la bóveda. Aparecieron Lem, Jed y Ruthie. Ninguno pareció sorprenderse al encontrarnos allí. Lem tenía la mirada fija en el esqueleto; se humedeció los labios y soltó una risita nerviosa. Ruthie miraba fijamente, con esa misma sonrisa fija y retorcida. Jed Carta nos lanzó una mirada verde y maliciosa, y dejó la lámpara que llevaba.

—Hola, chicos —dijo—. Así que lograron llegar hasta aquí, ¿eh?

—Nos preguntábamos si tenían un refugio antibombas —dije—. Uno se siente un poco más seguro con la situación mundial como está.

Soltó una carcajada.

—No te asustas fácilmente. Toma, Ruthie. —tomó un látigo de la pared y se lo puso en las manos a la mujer. Al instante, se puso en acción. Caminó hacia aquel esqueleto encadenado y comenzó a azotarlo. Su rostro era una horrible máscara sonriente.

—Es lo único que la calma cuando le dan esos ataques —dijo Jed—. Ha empeorado desde que murió Bess.

Miró el esqueleto.

—¿Bess? —preguntó Rosamond débilmente.

—Ella... era una sirvienta. Creemos que esto ya no le hace daño y, al menos, mantiene a Ruthie tranquila.

La señora Carta dejó caer el látigo. Su rostro seguía congelado, pero, cuando habló, su voz era completamente normal.

—¿Subimos? Debe ser desagradable para nuestros invitados.

—Sí —dije—. Vamos. ¿Tal vez tengas otra botella por ahí, Jed?

Asintió hacia el disco de madera en el suelo.

—¿Quieres mirar ahí abajo?

—Ya lo hice.

—Lem es bastante fuerte —dijo el anciano, aparentemente al azar—. Demuéstrales, Lem. Usa la cadena de Bessie. No importará si ahora está rota, ¿verdad?

Todos los Carta parecían muy divertidos. Lem se acercó pesadamente y rompió la cadena con facilidad.

—Bueno —dije—, eso es todo. El pequeño aquí usa las manos. Tú tienes un cuchillo. ¿Qué usa Ruthie? Un hacha, supongo.

Sonrió.

—¡No creerás que de verdad matamos a la gente que pasa por aquí! O, si tienen coche, los metemos en el estanque grande que hay detrás de la casa.

—No si son los vampiros Henshawe —dije—. Los mataría el miedo al agua corriente.

—No corre —dijo—. Está estancada. No deberías creer en esas cosas.

Rosamond dijo en voz baja:

—Todas las puertas están cerradas con llave y las ventanas tienen rejas. Encontramos tu libro de visitas. Revisamos tu calabozo. Todo cuadra, ¿verdad?

—Olvida esas ideas —aconsejó Carta—. Dormirás mejor si lo haces.

—No tengo sueño —dijo Rosamond.

Tomé la lámpara y la sujeté del brazo. Nos adelantamos a los demás por el pasillo, subimos la escalera hasta el sótano y de allí a la cocina. Noté que una enorme tina llena de agua se alzaba en un rincón oscuro. Podíamos oír la tormenta con toda su furia. Carta dijo:

—Les preparé una cama. ¿Quieren ir ya?

Agité la lámpara.

—¿Podrías echarle más queroseno? Mi esposa se asustaría muchísimo si se apagara en la noche.

Jed asintió a Lem, quien se alejó arrastrando los pies y regresó con un chorro de agua que chapoteaba. Llenó la lámpara.

Subimos todos. Jed fue primero, una figura de espantapájaros con una tosca peluca negra. Tras nosotros, Lem, con su sonrisa grosera, y al final Ruthie, con su sonrisa fija y sus grandes y vacíos ojos verdes.

—Oye —dije—, vas a tener que arrastrar nuestros cuerpos hasta el sótano, Jed. ¿Para qué complicarte la vida?

—Supuse que estarías cansado —rió entre dientes—. En fin, tengo algunas cosas que hacer, pero nos vemos luego.

Fue una procesión infernal escaleras arriba, un clamor de protesta bajo nuestros pies. Rosamond frunció los labios.

—Un poco melodramático.

—Deberían ser trece escalones —recordé—. Eso sería un toque sutil. Trece escalones hasta la horca —le expliqué a Jed, que nos miraba con el ceño fruncido.

Soltó una carcajada.

—Te imaginas cosas que no son ciertas. Si crees que somos asesinos, ¿por qué no te vas?

—La puerta está cerrada.

—Podrías pedirme que la abra.

No respondí, porque la burla en su voz era desagradable. Lem babeaba alegremente a nuestros talones. Recorrimos el pasillo hasta una habitación al fondo. Olía a humedad. Ramas arañaban la ventana enrejada. Un murciélago se lanzó frenéticamente contra el cristal. En la habitación, esperamos. Dejé la lámpara sobre una polvorienta mesilla de noche. Lem, Jed y Ruthie estaban junto a la puerta. Parecían tres lobos de ojos observándonos.

—¿Alguna vez se pararon a pensar —pregunté— que quizá no seamos ovejas? Ni siquiera nos han preguntado de dónde venimos ni cómo llegamos aquí.

Jed nos obsequió con una sonrisa desdentada.

—Supongo que no conoce bien el condado de Henshawe, señor. Hace mucho que no tenemos ley aquí. Hemos sido muy precavidos; dudo que el gobierno federal nos preste atención. Y el condado de Henshawe no puede mantener a un sheriff competente. No intente engañarnos, porque no le funcionará.

Me encogí de hombros.

—¿Parecemos preocupados?

Había una admiración a regañadientes en el tono de Jed.

—No te asustas fácilmente. Bueno, tengo que hacer mis tareas antes de irme a dormir. Nos vemos luego.

Desapareció en la oscuridad. Ruthie hizo un gesto brusco con la mano. Lem se humedeció los labios y desapareció. La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca congelada.

—Sé lo que estás pensando. A qué le tienes miedo —dijo—. Y tienes razón.

Entonces dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe. Oímos el clic de la cerradura.

—Jed olvidó darme otra botella —observé—. Pronto estaré sobrio. Y sediento. Mucha sed.

Noté que mi voz cambiaba un poco.

—Está bien, cariño. Ven aquí.

Los labios de Rosamond estaban fríos; pude sentirla estremecerse.

—Esta habitación es como un congelador —murmuró—. No me acostumbro al frío, Charlie. ¡No me acostumbro al frío!

No pude hacer nada más que abrazarla con todas mis fuerzas.

—Intenta recordar —le dije en voz baja—. No es de noche. No hay tormenta. No estamos aquí. Estamos en el parque, y es por la tarde. ¿Recuerdas, cariño?

Escondió la cara en mi hombro.

—Es difícil recordar, de alguna manera. Parece que ha pasado una eternidad desde que vimos la luz del día. Esta horrible casa... ¡Ay, ojalá estuviéramos muertos, mi amor!

La sacudí un poco.

—¡Rosamond!

—Lo siento, cariño. Es que... ¿por qué nos tuvo que pasar esto?

Me encogí de hombros.

—Llámalo suerte. Obviamente, no somos los primeros en este lugar. Cierra los ojos y recuerda.

—¿Crees que... sospechan?

—¿Cómo podrían? Están demasiado ocupados con su jueguito asesino.

Sentí el escalofrío de repulsión que la recorrió.

—No podemos cambiar lo que se avecina —tuve que recordarle—. No podemos cambiarlos ni a nosotros.

Lentas lágrimas se deslizaron bajo sus pestañas. Y nos aferramos el uno al otro como niños con miedo a la oscuridad. No se me ocurría ningún chiste. La lámpara parpadeó y se apagó. No tenía cerillas. Claro que ya daba igual.

—Ojalá Lem se hubiera acordado de la otra botella —murmuré al rato—. El whisky ayuda.

La tormenta amainaba rápidamente. La luz de la luna ya se filtraba débilmente por las ventanas. Recordé a Drácula y las formas que se habían materializado en los rayos de luna. Hacían que incluso las rejas de las ventanas parecieran diáfanas. Pero, me dije, los Carta no eran vampiros. Solo eran asesinos. Locos, de sangre fría, sin remordimientos. No, me recordé, si los Carta hubieran sido vampiros, no habrían fingido. Los vampiros de verdad no fingen... ¡mira a Drácula!

Abracé a Rosamond y cerré los ojos. En algún lugar, un reloj dio las doce. Y entonces...

Bueno, eran cerca de las dos cuando la llave que esperaba tintineó en la cerradura. La puerta se abrió y Jed Carta estaba en el umbral, temblando de pies a cabeza, con la lámpara temblando en su mano. Su voz se quebró al intentar hablar. No podía. Solo nos hizo señas para que lo siguiéramos. Lo hicimos. Podía oír a Rosamond gimotear muy suavemente:

—¡Ojalá estuviéramos muertos! ¡Ojalá estuviéramos muertos!

Jed nos llevó a una habitación al otro lado del pasillo. Ruthie Carta yacía en el suelo. Estaba muerta. Tenía dos pequeñas perforaciones rojas en su delgada garganta, y surcos hundidos marcaban el recorrido de los vasos sanguíneos drenados.

A través de una puerta abierta pude ver la habitación contigua y el cuerpo grotesco e inmóvil que yacía allí. Era Lem, y él también era un cadáver. Jed Carta casi gritó:

—Algo vino y…

Su rostro era una máscara temblorosa y contraída por el miedo.

—¡Los vampiros Henshawe! —dijo con dificultad, apenas capaz de articular.

—La ley del más fuerte —dije.

Miré a Rosamond. Ella me sostuvo la mirada con la repulsión que ya conocía tan bien, y tras ella, un ansia avergonzada. Sabía que era hora de volver a bromear; cualquier cosa con tal de borrar esa mirada de los ojos de Rosamond.

—Tengo una sorpresa para ti, Jed —dije, y me acerqué a él, cada vez más—. Sé que no te importan estas cosas, pero, aunque no lo creas, somos los vampiros Henshawe.

Henry Kuttner (1915-1958)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Mascarada (Masquerade), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Eso camina de noche»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Eso camina de noche»: Henry Kuttner; relato y análisis.




Eso camina de noche (It Walks by Night) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1936 de la revista Weird Tales.


«Había historias de una cosa que caminaba de noche entre las tumbas; de modo que, a veces, cuando los hombres iban a buscar a plena luz del día, encontraban fosas abiertas, ataúdes destrozados sin piedad y cadáveres desaparecidos.»


Eso camina de noche, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de Johann, un aldeano del siglo XVIII de la región de Westfalia, Alemania [se menciona la localidad de Kruschen], quien recupera el conocimiento después de haber sufrido una fiebre terrible. Se nos informa que su esposa, Elsa, falleció mientras Johann estaba inconsciente, y que los aldeanos la enterraron en un cementerio alejado, con reputación de estar embrujado, por temor a la plaga.

Hay historias escalofriantes sobre este cementerio maldito. Se dice que «en el año de la gran peste», cuando los cuerpos eran quemados «por temor a que se propagara la pestilencia», algo, quizás un Vampiro, quizás un Ghoul, «había salido de entre las tumbas y había irrumpido en las casas de las afueras de la aldea». Se calcula que, al menos, doce personas desaparecieron sin dejar rastro.

A través de esta leyenda local, Henry Kuttner establece un trasfondo muy interesante: debido a que los entierros cesaron durante la epidemia, los Ghouls, seres necerófagos que viven en las criptas y catacumbas, dejaron de recibir regularmente nuevos cadáveres de los cuales alimentarse, de modo que debieron empezar a aventurarse en las aldeas para llevarse personas vivas. Sin embargo, esas desapariciones hicieron que los cuerpos infectados por la peste dejaran de ser incinerados, y comenzaran a ser enterrados en un cementerio en desuso. Desde entonces, la aldea durmió en paz, «aunque de vez en cuando desaparecía algún viajero solitario o vendedor ambulante». Aún así, los ancianos consideraban que «era una suerte que no sucedieran cosas peores».

En El Espejo Gótico hemos hablado muchas veces sobre el Ghoul, que se remonta al folclore árabe. Su origen, sin embargo, podría estar en la Mesopotamia, de donde lo habrían incorporado los nómadas árabes [ver: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos]. En la Antigua Mesopotamia existía un monstruo llamado Gallu, que podría considerarse como uno de los orígenes del Ghoul árabe. Gallu era un demonio acadio del inframundo. Al igual que Hades con Perséfone, Gallu secuestra al dios de la fertilidad, Tammuz. En cuanto al Ghoul, su raíz árabe es ghâl que significa «matar», y también «apoderarse». La historia de Gallu [que se apodera de Tammuz y lo lleva al inframundo] explica la conexión etimológica con Ghoul [seres que se apoderan de los vivos y los llevan a sus tumbas].

Volvamos a Eso camina de noche.

Todavía delirante por la fiebre, Johann parte hacia el cementerio, solo. No es un escéptico; de hecho, es un creyente en la leyenda local, pero la idea de que la tumba de Elsa pueda ser profanada le resulta insoportable.

Johann tampoco parece ser un aristócrata, pero su esposa, Elsa, es «hija del antiguo Clan Auber», el cual podía reclamar descendencia de «Thurn y Taxis»; es decir, de la Casa de Thurn y Taxis, una antigua familia aristócrata alemana que, en 1695, gracias al favor del emperador Leopoldo I, recibió el privilegio de usar el título de príncipes. Henry Kuttner no profundiza demasiado en esto, apenas nos deja un par de referencias para establecer que Elsa pertenece a una familia antigua y poderosa. Esto será importante más adelante en la historia.

Al llegar al cementerio, Johann es interceptado por su primo, Karl, que trata de convencerlo de regresar. En ese momento descubre que la tumba de su esposa ha sido profanada:


«La luz de su lámpara cayó sobre la lápida cubierta de líquenes y la superficie carcomida y desgastada de las losas y cruces de madera. Tropezó con una lápida caída, medio enterrada, y se habría caído si Karl no lo hubiera atrapado. Este inició una frenética protesta que su primo no escuchó. Johann miraba fijamente hacia la oscuridad. Dio algunos pasos apresurados y a sus pies se alzó el negro abismo de una tumba abierta. Envió el haz de la linterna hacia allí y vio que la tapa del ataúd estaba destrozada, y que el sarcófago estaba vacío. Incluso antes de que la luz buscara la inscripción en la losa de la tumba profanada, supo lo que leería allí.»


Armado con una pistola y una linterna, Johann decide investigar un «mausoleo que se alza sobre el montículo, pálido y siniestro a la luz de las estrellas». Evidentemente es la construcción más antigua del cementerio. El mausoleo está «cubierto por una gruesa capa de musgo», pero hay una extraña inscripción en la puerta de metal oxidado, ilegible excepto por una palabra: «maranatha». Johann no presta demasiada atención a esto y sigue su camino, quizás porque la referencia es demasiado sutil. Maranatha es la transcripción griega de un término arameo que significa «el Señor viene». Pablo la utiliza en la primera Epístola a los Corintios en relación a la Segunda Venida de Cristo, a su vez, presagiada por la resurrección de los muertos.

Johann irrumpe en el mausoleo. Aparentemente está vacío, pero al final de «las paredes desnudas de granito» encuentra otra puerta, que está abierta.


«Se encontraba en un pasillo vacío, pavimentado con grandes losas de piedra, que descendía hacia la ladera de la pequeña colina. Se oyó un leve susurro, como el del agua deslizándose sobre rocas irregulares, y Johann avanzó con cautela. El pasaje giraba y serpenteaba en la roca, pero continuaba descendiendo abruptamente y Johann pasó dos veces por las bocas negras de los túneles laterales. Ahora el débil susurro era más fuerte. Reconoció el sonido de voces, pero hubo un curioso chirrido y gruñido que lo desconcertó: un sonido como el que podría originarse en un nido de ratas.»


Desde ese murmullo demoníaco se alza una voz «distinta», una voz «áspera y chirriante» que posee un tono grave, profundo, «como si viniera de muy lejos bajo tierra». Johann distingue las palabras: «hace mucho que se fue». Se oye entonces un crujido, cada vez más fuerte, que pasa junto a Johann. Un «hedor abrumador» satura sus fosas nasales. El murmullo estalla de nuevo, «esta vez con una inquietante nota de decepción».


«—¡Debes cumplir! Cada uno de nosotros alimentó a nuestros antepasados cuando no podían hacerlo por sí mismos. Es tu deber encontrarnos comida. Cuando, con el tiempo, también te vuelvas como nosotros, incapaz de salir a buscar nuevas tumbas, esperarás que el próximo heredero cumpla con su deber.»


Todo sucede muy rápido a partir de aquí: Johann advierte que la gran puerta de la tumba ya no está abierta. Aquella presencia que había pasado junto a él en la oscuridad la cerró para impedirle escapar. Johann forcejea, pero en vano, la puerta es simplemente «una placa de metal oxidado, desnuda y tachonada de remaches». La única opción es seguir avanzando en esa «cueva cimmeria» [ver: Lo Subterráneo en la ficción]

Eventualmente, Johann se encuentra con lo que parece ser «un conjunto de momias, marchitas y secas». Los cuerpos están tumbados contra los muros «en posturas grotescas». Hay por lo menos una docena. Algunos están tan desmejorados que son apenas «esqueletos con la piel oscura estirada sobre los huesos». El suelo es como un osario. Los huesos desmenuzados tienen «evidentes marcas de dientes».

Como Frodo en el cubil de Shelob, Johann utiliza la luz de su linterna. Una calavera le sonríe «en una sombría burla de alegría». Hay una agitación entre los Ghouls, que «se arrastran como gusanos alejándose ciegamente de la luz». Unos «ojos fríos y brillantes» lo observan fijamente. A lo lejos, al final del corredor, «una figura vaga» avanza hacia él, «lenta e implacablemente». Detrás se oye «un estallido de abominables chirridos y silbidos». La forma sigue avanzando. Más que caminar parece deslizarse silenciosamente, «salvo por el leve susurro de las prendas». Johann retrocede, pero algo se aferra a sus tobillos. Presa del pánico, se libera de una patada, pero la figura principal ya está sobre él. No tiene tiempo de sacar la pistola. La linterna es su única arma.

El final de Eso camina de noche es bastante previsible, lo cual no significa nada en sí mismo. A veces, lo previsible es lo más congruente con la historia. En este caso, Elsa se ha convertido en la última integrante de esta familia de Ghouls [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]. La sugerencia es que el Clan Auber ha degenerado tanto que sus miembros existen más allá de la muerte, o no encuentran descanso en ella. Tal es así que son incapaces de procurarse el sustento, de modo que utilizan a los muertos más jóvenes para proveer a los más decrépitos. El destino de Elsa es previsible, pero congruente.

Eso camina de noche es un buen relato, sobre todo si tenemos en cuenta que fue escrito cuando Henry Kuttner tenía apenas veintiún años. Las descripciones del mausoleo y las criaturas subterráneas que lo habitan son económicas y eficaces. Robert Bloch, al referise a esta historia, menciona que la influencia de Lovecraft es evidente. Supongo que esto es cierto, también que las diferencias con Lovecraft son más importantes. Eso camina de noche está escrito en un estilo sencillo y directo. No encontramos ninguna digresión académica sobre antiguas maldiciones familiares ni recursos esotéricos. Johann no es un erudito. Está impulsado por el amor, el dolor y la ira. Está buscando a su esposa [muerta], para evitar el oprobio de que su tumba sea profanada, una motivación muy poco lovecraftiana.

Henry Kuttner maneja a la excelencia el recurso de los cementerios, pero Eso camina de noche está a años luz de otro relato publicado algunos meses antes: Las ratas del cementerio (The Graveyard Rats), donde un macabro cuidador de un cementerio de Salem, Nueva Inglaterra, llamado Masson, se arrastra por interminables túneles infestados de ratas para recuperar un cuerpo recién enterrado. El desenlace es increíblemente físico, describe la amplia gama de repugnancia y asco que experimenta Masson. Eso camina de noche le presenta a Henry Kuttner una posibilidad análoga, sobre todo con esos dedos cadavéricos aferrándose a los tobillos de Johann y los cuerpos decrépitos en el mausoleo, pero, al contrario de lo que ocurre en Las ratas del cementerio, el autor se inclina por la economía y el decoro. No estoy seguro de que haya sido la decisión más acertada [ver: Masson, el profanador: análisis de «Las Ratas del Cementerio»]

Si uno se dispone a escribir sobre cementerios, mausoleos, túneles y cadáveres animados por la compulsión de roer viejos cuerpos, es esperable que se intente tocar una fibra sensible, física, donde predomine la repulsión por encima de todo. Sin embargo, Henry Kuttner es más sutil aquí, quizás porque Las ratas del cementerio despertó muchos elogios, pero también dudas y cuestionamientos de los lectores de Weird Tales. En resumen, nadie creía que tamaño relato hubiese sido escrito por un novato. De hecho, el editor de la revista, Farnsworth Wright, debió publicar una respuesta a un comentario publicado en la edición de mayo de 1936, donde se especulaba que Henry Kuttner seguramente era el seudónimo de un autor consagrado, quizás del propio H.P. Lovecraft. Farnsworth Wright lo desmintió tajantemente:


«No, Henry Kuttner no es un seudónimo. Es un escritor joven, para quien auguramos logros reales; porque posee mérito genuino.»


En años posteriores, Henry Kuttner llegó a odiar Las ratas del cementerio. Le molestaban las solicitudes de derechos de reimpresión y, sobre todo, el comentario unánime de que era lo mejor que había escrito. Su rechazo fue tan radical que eventualmente abandonó el horror por la ciencia ficción, sobre todo en colaboración con su esposa, Catherine L. Moore. Antes de eso hubo una etapa intermedia. El lector interesado en la faceta lovecraftiana de Henry Kuttner, donde incluso amplió el universo de los Mitos de Cthulhu, puede encontrar algunas piezas muy interesantes como El secreto de Kralitz (The Secret of Kralitz), El horror de Salem (The Salem Horror), La Rana (The Frog), Los Invasores (The Invaders) y Las Campanas del Horror (The Bells of Horror). El mismo tema de Eso camina de noche se encuentra [un poco mejorado] en El devorador de almas (The Eater of Souls), donde un hombre que descubre que su antepasado es un Ghoul.




Eso camina de noche.
It Walks by Night, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Johann se apoyó pesadamente contra un alto obelisco de mármol descolorido. Su cuerpo, debilitado por la fiebre, temblaba de cansancio. El cementerio era un mar negro, con losas pálidas y monolitos colocados alrededor en filas irregulares. Buscó a tientas la corredera de su linterna y un rayo blanco surgió vívidamente, grabando la figura demacrada del hombre con gran detalle.

Sombras profundas yacían en los huecos de sus mejillas y debajo de sus ojos dilatados y ardientes. Su rostro tenía un tinte de ira que delataba la fiebre que ardía en su cerebro, una fiebre que había quemado las barreras del miedo de toda la vida y lo había conducido a este antiguo cementerio donde pocos se habrían aventurado después de la puesta del sol. Porque, como todos los hombres sabían, entre aquellas tumbas habitaba un horror antiguo que había llegado a través de generaciones.

Había historias de una cosa que caminaba de noche entre las tumbas; de modo que, a veces, cuando los hombres iban a buscar a plena luz del día, encontraban fosas abiertas, ataúdes destrozados sin piedad y cadáveres desaparecidos.

De vez en cuando, uno de los aldeanos enterraba a sus parientes en el cementerio de Kruschen, treinta kilómetros al norte. Pero esto rara vez se hacía, ya que el horror había habitado en el cementerio más tiempo que el anciano de barba gris, y una especie de desesperada apatía flotaba sobre el pueblo como un manto sombrío.

Además, se contaba que, hace mucho tiempo, en el año de la gran peste, cuando todos los cuerpos eran quemados por temor a que se propagara la pestilencia, algo había salido de entre las tumbas y había irrumpido en las casas de las afueras de la aldea. Una docena de personas habían desaparecido sin dejar rastro y, por fin, ante la desesperación, los cadáveres infectados por la peste habían sido enterrados en el antiguo cementerio. A partir de entonces el pueblo durmió en paz, aunque de vez en cuando algún viajero solitario o vendedor ambulante desaparecía y nunca más se le volvía a ver. Aun así, como los hombres mayores susurraban entre ellos, era una suerte que no sucedieran cosas peores.

Pero ahora Johann se sentía empujado por un impulso feroz que le hacía ignorar la antigua amenaza que acechaba entre las tumbas. Había venido por su esposa.

Elsa, su esposa desde hacía apenas un año, había sido enterrada mientras Johann yacía delirando con la misma fiebre que había resultado fatal para ella. Creyéndolo dormido, la esposa de su primo había hablado con demasiada libertad y Johann se enteró de que Elsa había sido enterrada en el cementerio embrujado más allá de las afueras del pueblo. Su amada Elsa, hija del antiguo clan Auber que podía rastrear a sus padres a través de Thurn y Taxis: ¡presa del demonio!

El horror le había dado fuerzas a Johann para levantarse de la cama y salir desapercibido de la casa de su prima, deteniéndose sólo para tomar su pistola y una linterna. Sacó el arma de su camisa cuando de repente se oyeron pasos cerca.

Un hombre apareció a la luz de las estrellas, abriéndose camino con cautela entre las tumbas. Cuando Johann reconoció a Karl, su primo, se guardó la pistola y dejó que la luz de su linterna se encendiera. El recién llegado lanzó un grito de sorpresa, rápidamente ahogado.

***


Karl entró en el charco de luz y el alivio se reflejó en su pálido rostro.

—¡Johann! Pensé… ¿qué estás haciendo aquí? No puedes ayudar a Elsa ahora.

Johann apartó la mirada bruscamente y movió la boca. Karl puso una mano en el hombro de su primo, pero Johann la apartó con impaciencia.

—Es tu culpa, Karl —acusó, con los ojos oscuros por la ira —. Dejaste que enterraran a Elsa aquí, en este lugar plagado de demonios.

Karl hizo un gesto apaciguador.

—¿Qué querías que hiciera? Les dije que no...

—Lo sé —el resentimiento desapareció de la voz de Johann. Estaba muy amargado ahora—. Nuestras cabezas han estado inclinadas bajo el yugo durante mucho tiempo. Demasiado, Karl. Elsa no...

—Ya hace una semana que la enterraron. Y tú... no tienes pala.

Eso era cierto. Johann no había tenido tiempo de conseguir una durante su escape. Dijo lentamente:

—Pero puedo hacer guardia en su tumba. Y tú puedes volver al pueblo y conseguir dos palas.

Karl guardó silencio. Al cabo de un momento, Johann rió sin alegría.

—Entonces tráelas mañana —se burló—. No tendrás miedo de venir aquí durante el día.

Molesto, Karl respondió:

—Vuelve a casa, Johann. Podemos venir mañana. Una noche más no es tanto. ¡Es peligroso, Johann! Dicen que... dicen que ha estado caminando de nuevo.

Johann se encogió de hombros con una indiferencia que no sentía. Estaba temblando por el viento helado que soplaba sobre las tumbas abandonadas. Sus miedos, olvidados en el delirio, regresaban lentamente para atormentarlo; pero él los apartó resueltamente.

—No tengo miedo —gruñó, y avanzó entre las tumbas.

Su linterna enviaba un rayo de luz amarilla que descansaba sobre la piedra manchada de líquenes y la superficie carcomida y desgastada de las losas y cruces de madera. Una vez tropezó con una lápida caída, medio enterrada en el suelo, y se habría caído si Karl no lo hubiera atrapado.

Karl inició una frenética protesta que su primo no escuchó. Johann miraba fijamente la oscuridad; Dio algunos pasos apresurados y a sus pies se alzó el negro abismo de una tumba abierta.

Envió el haz de la linterna hacia allí y vio que la tapa del ataúd estaba destrozada, y que el sarcófago estaba vacío. Incluso antes de que la luz buscara la inscripción en la losa de la tumba profanada, supo lo que leería allí.

A su lado, Karl contuvo el aliento con un grito de miedo. Pero Johann simplemente permaneció en silencio. El viento húmedo soplaba fríamente sobre su rostro mojado, y sus pensamientos eran un remolino caótico en el que se mezclaban el horror, el dolor y la ira. Debido a su conmovedor pena y su espanto, una ira feroz atormentó su cerebro febril con oleadas de rabia roja que lo sacudieron con su intensidad. Debajo de la camisa sintió el peso de la pistola y la agarró con fuerza. ¡Elsa! ¡Su delgado cuerpo blanco es presa del ghoul!

De repente, todo el miedo de Johann quedó olvidado en su ira cegadora.

Karl le tiraba del brazo. Se giró para encontrarse con la mirada asustada de su primo.

—¡Johann! ¿Que estas esperando? No podemos quedarnos aquí. Él… ¡Ha vuelto a caminar!

—¡No! —Johann gritó la palabra con fiereza y sus ojos ardían—. Elsa…

—¡Es demasiado tarde, Johann! Elsa se ha ido.

—¿Es demasiado tarde para la venganza? —preguntó Johann en voz baja y, ante sus palabras, Karl retrocedió con una mirada de asombro.

—¿Venganza? —susurró la palabra con miedo y un escalofrío lo recorrió. Lanzó una mirada aprensiva a la penumbra que los rodeaba. Luego dijo, todavía susurrando—: Estás loco, Johann.

Deliberadamente, Johann sacó su pistola.

—Muy bien, estoy enojado. Pero… Karl, si fuera tu esposa... —se interrumpió, sus labios temblaron y, cuando continuó, su voz era fría, con un propósito inflexible—. Escúchame, Karl, voy a hacer pagare a alguien (dios, hombre o diablo) por este crimen.

Miró el negro abismo de la tumba profanada.

—Así que vete a casa, Karl. No puedes ayudarme ahora.

Karl abrió la boca, pero las palabras se le ahogaron en la garganta. Sus ojos pasaron rápidamente por el hombro de Johann, y en ellos surgió una mirada de pánico y miedo. Con un grito ahogado, se dio la vuelta y salió corriendo. Sus pasos resonaron inquietantemente en el frío silencio.

***


Johann se volvió rápidamente. Al principio no vio nada a la tenue luz de las estrellas. Luego, a lo lejos, notó un leve movimiento entre las tumbas. Hubo un destello de agitación en la distancia, donde un antiguo mausoleo se alzaba, solo, en la ladera de un pequeño montículo. Esperó un rato, apenas respirando, pero no hubo más movimiento en la lejana tumba.

Los pasos de Karl se habían apagado y no se oía ningún sonido. Johann tocó la pistola con vacilación. Luego se la guardó dentro de la camisa y se apresuró a caminar entre las tumbas hasta el mausoleo que se alzaba sobre el montículo, pálido y siniestro a la luz de las estrellas. La tumba era increíblemente antigua y erosionada, cubierta por una gruesa capa de musgo como telarañas grises. Había una inscripción encima de la puerta, pero salvo la palabra maranatha era ilegible. Johann no se detuvo a examinarla cuando vio que el gran portal de piedra estaba abierto. Con una fría ira surgiendo dentro de él, cruzó el umbral y envió la luz a toda velocidad alrededor de la tumba.

Estaba vacía. Las paredes desnudas de granito encontraron su mirada, pero había una puerta de metal oxidado en la pared más alejada, y ésta estaba entreabierta. Johann se coló por el hueco y sostuvo la linterna en alto.

Se encontraba en un pasillo vacío, pavimentado con grandes losas de piedra, que descendía hacia la ladera de la pequeña colina. Se oyó un leve susurro, como el del agua deslizándose sobre rocas irregulares, y Johann avanzó con cautela. El pasaje giraba y serpenteaba en la roca, pero continuaba descendiendo abruptamente y Johann pasó dos veces por las bocas negras de los túneles laterales. Ahora el débil susurro era más fuerte. Reconoció el sonido de voces, pero hubo un curioso chirrido y gruñido que lo desconcertó: un sonido como el que podría originarse en un nido de ratas.

La fría marea de cordura estaba aumentando lentamente en el cerebro de Johann, y los recelos comenzaban a asaltarlo; pero el pensamiento de la tumba saqueada de Elsa le permitió sacarlos de su mente. Volvió a colocar la corredera en la linterna y avanzó en completa oscuridad, tanteando el camino y esforzándose por distinguir una palabra inteligible del murmullo de charlas y susurros que escuchaba. Avanzó lentamente, deslizando su mano por la pared. Y de repente una voz sonó distinta y clara por encima de los murmullos.

Era áspera y chirriante, poseía una curiosa cualidad de profundidad, como si viniera de muy lejos bajo tierra. Y decía claramente:

Hace mucho que se fue.

Una ola de miedo se apoderó de Johann. Se aferró desesperadamente al pensamiento de Elsa y su venganza. Luchando contra su horror, avanzó. Como ante una señal, se hizo un repentino silencio.

Johann captó un susurro.

… Volveré. Para traernos comida.

Detrás de él se escuchó un crujido que se hizo cada vez más fuerte. En la oscuridad no se veía nada, pero Johann se arrojó contra la pared. El crujido pasó a su lado y, por un momento, un hedor abrumador llenó sus fosas nasales. Era consciente de que algo había pasado cerca de él, algo que no podía ver por la oscuridad, aunque se sentía mareado por su proximidad. Se apoyó contra la pared, agradecido, y los susurros y chillidos estallaron de nuevo, esta vez con una inquietante nota de decepción.

Una nueva voz habló, una voz tranquila y sin emociones con un espantoso ronroneo felino.

—No pude encontrar comida, mis antepasados. Nada de comida ni bebida.

—¿Debemos pasar hambre? —gimió otra voz, y una serie de gritos quejumbrosos surgieron de la oscuridad que palpitaba con una vida invisible y horrible—. ¡Debes alimentarnos!

—¡Es tu deber!

—No podemos…

Habló una voz más profunda.

—¡Debes cumplir! Cada uno de nosotros alimentó a nuestros antepasados que no podían alimentarse por sí mismos. Es tu deber encontrarnos comida. Cuando, con el tiempo, vosotros también os volváis como nosotros, incapaces de salir a buscar nuevas tumbas, esperaréis que el próximo heredero cumpla con su deber.

—Encontré comida para ti hace dos noches —ronroneó la otra voz, y Johann contuvo el aliento y se estremeció en la oscuridad protectora.

—¡Es tu deber y tu privilegio! —interrumpió la voz profunda, quebradiza y áspera—. Esta es la maldición y la bendición de nuestra sangre, que no conoce otra vida después de la muerte.

—¡Pero hay tantos! —gritó el otro, y un aullido ahogado, de miedo, salió de los rígidos labios de Johann.

Se hizo un tenso silencio.

A su lado se escuchó un suave crujido, que casi rozó su cuerpo entumecido y se apagó rápidamente. Entonces no hubo ningún sonido, sólo la oscuridad sepulcral que lo envolvía. Y detrás de él escuchó un ruido sordo.

***


Johann volvió a la vida, se dio la vuelta y, presa del miedo, volvió corriendo por el retorcido corredor de regreso al aire libre y a la limpia luz de las estrellas.

Sintió un fuerte golpe en el pecho y se tambaleó hacia atrás, casi cayendo; la linterna se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un ruido sordo. Mientras se tambaleaba en la oscuridad, oyó el abominable crujido pasar de nuevo a su lado y desvanecerse en el silencio. Jadeando, cayó sobre manos y rodillas y buscó frenéticamente la linterna.

Por un momento la linterna eludió sus dedos, y Johann sintió que se le erizaba la piel de la espalda ante la expectativa de un ataque. Luego, con un sollozo de alivio, encontró la linterna y arrancó la corredera, rezando para que no se hubiera apagado.

No fue así. Un rayo de luz amarilla iluminó despiadadamente lo que había detenido la huida de Johann: la gran puerta de la tumba, la puerta por la que había entrado en esta cueva cimmeria de noche y horror. Pero ahora ya no estaba entreabierta.

Se dio cuenta de lo que había sucedido. ¡El crujido que había pasado a su lado, el ruido sordo! La criatura (Johann no se atrevió a darle un nombre) pasó junto a él y cerró la puerta para impedirle escapar.

Respirando pesadamente, Johann dejó la lámpara y examinó la puerta. No había manijas ni pomos; era una placa de metal oxidado, desnuda y tachonada de remaches. Apoyó el hombro contra ella y se esforzó hasta que la cabeza le dio vueltas, pero no pudo mover la puerta.

De nuevo la ira creció dentro de él, y el pensamiento de Elsa alimentó la chispa de su furia. Con la rabia y el miedo luchando en su interior, sacó su pistola, la examinó para ver si la humedad de la bóveda había amortiguado la carga y lentamente comenzó a desandar sus pasos. De vez en cuando se detenía para iluminar detrás de él, pero nada acechaba allí, sólo las bocas de túneles negros que parecían observarlo siniestramente. Y entonces vio que estaba en el umbral de un arco que conducía a una oscuridad silenciosa e inquietante.

Dos veces Johann avanzó y dos veces retrocedió, asustado. Por fin levantó la pistola y cruzó el umbral, iluminando rápidamente la gran bóveda en la que se encontraba.

Por un momento pensó que se enfrentaba a un conjunto de momias, marchitas y secas. Estaban tumbadas contra las paredes en posturas grotescas, una docena de cuerpos marrones y arrugados, algunos de ellos simplemente esqueletos con la piel oscura estirada sobre los huesos. El suelo estaba enterrado bajo una alfombra de huesos, de colores que variaban desde el negro desmenuzado hasta huesos blancos brillantes en los que las marcas de dientes eran terriblemente evidentes. A los pies de Johann, una calavera le sonrió en una sombría burla de alegría.

Cuando la luz brilló a través de la tumba, un espantoso crujido y una agitación recorrieron los cuerpos marchitos. Hubo un movimiento y un retorcimiento monstruosos, y Johann vio moverse lo que nunca debería moverse, lo que siempre debería permanecer silencioso, quieto y muerto bajo la tapa del ataúd. Las cosas se arrastraban como gusanos alejándose ciegamente de la luz, y Johann seguía allí, con la linterna en una mano y la pistola en la otra, sin mover un músculo ni apartar la vista del osario que tenía ante él. La luz brilló en unos ojos fríos y brillantes que lo miraban especulativamente.

Detrás de él se oyó un crujido y Johann se giró y su luz atravesó la oscuridad. A lo lejos, al final del pasillo, una figura vaga avanzaba hacia él, lenta e implacablemente. Detrás de él se oyó un estallido de abominables chirridos y silbidos.

Johann levantó su pistola, pensando en Elsa para estabilizar su mano. Esperaría hasta que la cosa estuviera casi encima de él, y entonces...

Pero su miedo lo traicionó. El estrépito de la explosión envió ecos agudos a través de la bóveda.

La espantosa forma no se detuvo. Se deslizó hacia adelante, silenciosamente salvo por el leve susurro de las prendas. Johann dio un paso atrás. Algo se aferró a su tobillo y, en un frenesí de miedo, se liberó de una patada. Por un segundo le había dado la espalda a la figura medio vista que inexorablemente se acercaba, y cuando se giró, ya casi estaba sobre él. No hubo tiempo para recargar la pistola; Johann levantó el brazo como si la linterna fuera un arma.

Dos cosas sucedieron casi simultáneamente. Una voz ronroneante salió de la forma oscura, y dijo triunfalmente:

¡No pasaremos hambre!

La luz reveló el rostro del horror que se acercaba. Johann dejó caer la linterna y comenzó a gritar una y otra vez:

—¡Elsa! ¡Elsa!

Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Eso camina de noche (It Walks by Night), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El secreto de Kralitz»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«El secreto de Kralitz»: Henry Kuttner; relato y análisis.




El secreto de Kralitz (The Secret of Kralitz) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de octubre de 1936 de la revista Weird Tales.

El Secreto de Kralitz, tal vez uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, es además uno de los primeros aportes de este autor a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]

En su lecho de muerte, el barón Kralitz le revela a su hijo, Franz, una terrible malición familiar que recae sobre el primer hijo varón de cada generación. Cuenta la leyenda que el primer barón de Kralitz persiguió a una joven hasta un monasterio cercano, donde había solicitado refugio. Cuando los monjes se negaron a entregarla, el barón quemó el monasterio hasta sus cimientos. Antes de morir, el abad lanzó una maldición sobre la Casa Kralitz, la cual afectó a todos los primogénitos a partir de entonces.


«Desperté de un sueño profundo para encontrar dos formas envueltas en negro, de pie, en silencio, a mi lado, con sus rostros pálidos y borrosos recortados contra la penumbra. Mientras parpadeaba para aclarar mis ojos nublados por el sueño, uno de ellos me hizo señas con impaciencia, y de repente me di cuenta del propósito de esta convocatoria de medianoche. Durante años la había estado esperando, desde que mi padre, el barón Kralitz, me había revelado el secreto y la maldición que se cernía sobre nuestra antigua casa. Y así, sin decir una palabra, me levanté y seguí a mis guías mientras me conducían por los lúgubres pasillos del castillo que había sido mi hogar desde que nací.»


El Secreto de Kralitz es un relato gótico clásico: tenemos un castillo ancestral, una antigua maldición que pesa sobre una familia aristocrática, y al hijo mayor de cada generación que descubre su infausto destino al alcanzar la madurez. La historia de fondo incluye a un ancestro diabólico [con trato con seres subterráneos] que comete un espantoso crimen.

El Narrador de la historia es un barón alemán, el vigésimo primero de la Casa de Kralitz, llamado Franz. Por supuesto, Franz sabe que está atado a una maldición familiar. Sabe que, hace siglos, el primer barón de Kralitz asesinó a todos los monjes de un monasterio cercano porque la mujer que deseaba se había refugiado allí; y sabe que el abad lanzó una maldición transgeneracional. Sin embargo, Franz no sabe en qué consiste exactamente esta maldición, solo que algún dia será visitado por unos hombres y que deberá seguirlos.

El Secreto de Kralitz comienza en el lecho de muerte del padre de Franz, la noche en la que el joven finalmente adquiere el pleno conocimiento del alcance de la maldición del abad. Franz despierta y encuentra dos figuras misteriosas junto a su cama. Lo conducen por un pasadizo secreto y descienden por una larga escalera debajo del castillo. Eventualmente llegan a una vasta caverna subterránea con un lago. Franz observa «formas oscuras, medio vislumbradas (...) y grandes sombras vagas» revoloteando sobre su cabeza:


«¡Demonios, monstruos, cosas innombrables! Colosos de pesadilla caminaban rugiendo a través de la oscuridad, y cosas grises y amorfas, como babosas gigantes, andaban erguidas sobre patas rechonchas. Criaturas de pulpa blanda e informe, seres con ojos llameantes esparcidos sobre cuerpos deformes como el legendario Argus, se retorcían en el resplandor maligno. Cosas aladas que no eran murciélagos revoloteaban en el aire tenebroso, susurrando… susurrando… con voces humanas.»


Cerca hay «una larga mesa rectangular de piedra, y en ella estaban sentadas dos veintenas de hombres» de aspecto cadavérico. Son los veinte barones anteriores, los antepasados de Franz, que han sido condenados a existir como no-muertos [ver: Ghouls: historia de los Necrófagos en la ficción]. Henry Kuttner no utiliza la palabra «vampiro», pero el «licor rojo en las copas enjoyadas» con «un sabor ligeramente salobre» sugiere que los Kralitz beben sangre. Además, «al acercarse el amanecer», los barones «regresan a sus ataúdes de piedra para yacer en un trance parecido a la muerte» hasta que el ocaso vuelve a despertarlos.

Aunque están condenados a no morir, los Kralitz parecen estar divirtiéndose. Celebran un gran festín, incluso tienen sirvientes [algo parecido a un niño desollado llena la copa de Franz]. También están en comunicación con Yuggoth y conocen la existencia de Cthulhu, Yog-Sothoth y otros secretos lovecraftianos:


«Aprendí sobre los seres fungoides e inhumanos que habitan en el lejano y frío Yuggoth, sobre las formas ciclópeas que acompañan al insomne Cthulhu en su ciudad submarina, sobre los extraños placeres de los seguidores del leproso y subterráneo Yog-Sothoth, y también aprendí sobre la adoración de Iod, la Fuente, más allá de las galaxias exteriores.»


Iod es el principal aporte de Henry Kuttner al panteón de los Mitos de Cthulhu, y El Secreto de Kralitz es su primera aparición. Iod es un Dios Exterior [Outer God] de constitución, digamos, integral. Es parte vegetal, animal y mineral. Descendió a la Tierra en la juventud de nuestro mundo. Fue adorado en Mu, y los etruscos y los griegos lo conocieron con los nombres de Vediovis y Trofonio, sus respectivas divnidades del inframundo. Fuera de la Tierra, los otros Dioses Exteriores consideran que Iod es la «Fuente» [no sabemos de qué], y en calidad de tal lo veneran. Algunos nigromantes han intentado invocarlo, pero no se conoce ninguna ceremonia completa, ni siquiera en El Libro de Iod (The Book of Iod), escrito en una mezcla de copto y griego, obra que pondera una filosofía proto-gnóstica.

Ahora bien, después del banquete en las catacumbas del Castillo Kralitz, los barones se retiran a sus respectivas criptas. El giro final, muy previsible, establece que Franz ya es un no-muerto cuando desciende acompañado de sus guías. No puede regresar a la superficie y tiene que descansar en una tumba con su nombre tallado [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano]

Solo podemos especular sobre las actividades de los no-muertos durante las horas de oscuridad, aunque las catacumbas parecen estar a resguardo de la luz del sol. El primer Kralitz sostiene que deben permanecer en sus tumbas durante el día, de modo que hay poco para discutir al respecto. Más interesante es conjeturar por qué en las catacumbas proliferan estas espantosas criaturas interdimensionales. ¿Hay alguna relación entre estos seres y la maldición del abad? Definitivamente no son carceleros, de hecho, parece haber una relación cordial con los barones. ¿Acaso la prolongada existencia subterránea de los Kralitz les ha permitido adquirir increíbles conocimientos esotéricos y tener trato con los seguidores de Yog-Sothoth [quienes, se nos dice, están familiarizados con «placeres extraños»]. No suena como una maldición ordinaria, de hecho, no suena como una maldición en absoluto si tenemos en cuenta el evidente disfrute de los Kralitz. Si el abad maldijo al barón, así como a sus descendientes, a ser no-muertos, la maldición se convirtió en una bendición para ellos. Esta gente esta pasándolo genial ahí abajo [ver: Lo Subterráneo en la ficción]

Todo esto nos lleva a considerar la malevolencia de la Casa Kralitz. Sabemos que el primer barón fue un asesino que quemó a docenas de monjes simplemente porque estaban resguardando a la mujer que él deseaba. Pero, ¿qué tal sus descendientes? ¿Son todos malévolos por naturaleza? ¿Todos llevan en su sangre el mismo germen de maldad? ¿O acaso fueron adquiriendo su malevolencia durante su estancia en las catacumbas? El propio Franz parece ser un individuo sensato, sin embargo, cede demasiado rápido a las crueldades de ultratumba [«No puedo hablar de las cosas innombrables que vi... ¡y que hice!»], aunque en este punto ya no es humano. Indudablemente hay un fuerte componente judeo-cristiano en esta historia, un motivo bíblico que podríamos resumir como «los pecados del padre que recaen sobre el hijo».

El Secreto de Kralitz pertenece a la vena lovecraftiana de Henry Kuttner, una etapa de su obra pre-Catherine L. Moore / ciencia ficción. La progresión del relato es sorprendentemente cercana a la secuencia de sonetos XVI, XVII y XVIII de Hongos de Yuggoth (Fungi from Yuggoth); titulados: La ventana (The Window), Un recuerdo (A Memory) y Los jardines de Yin (The Gardens of Yin). En estos tres sonetos de Lovecraft, el Narrador penetra en el secreto de su mansión ancestral y comulga con la vida [o no-muerte] de sus ancestros, quienes celebran toda clase de ritos blasfemos. Sin embargo, la semejanza es fortuita. Lovecraft todavía estaba trabajando en Hongos de Yuggoth cuando Henry Kuttner le envió el manuscrito de El Secreto de Kralitz. ¿Acaso Lovecraft fue influenciado por este cuento de un joven Henry Kuttner?

En cualquier caso, Lovecraft se mostró gratamente sorprendido por El Secreto de Kralitz. En una carta a Henry Kuttner, fechada el 15 de octubre de 1936, escribe:


«A pesar de un exceso de color juvenil en algunas partes, me gustó inmensamente. Tiene ese toque de atmósfera gótica que disfruto muchísimo: un elemento intangible que hace que una historia extraña sea realmente potente y fascinante a mis ojos. Es una lástima que la mayoría de los cuentos extraños pierdan esta cualidad fundamental en un esfuerzo por ser modernos y vivaces.»


Después de El Secreto de Kralitz, Henry Kuttner escribiría algunos cuentos más en su vena lovecraftiana: El Devorador de Almas (The Eater of Souls), Hidra (Hydra), Las campanas del horror (The Bells of Horror) y Los invasores (The Invaders), entre otros, donde utiliza algunos nombres y conceptos de los Mitos de Cthulhu, pero pronto abandonaría este marco para dedicarse a la ciencia ficción. En cualquier caso, la filosofía de Lovecraft está prácticamente ausente de su obra. Henry Kuttner utiliza los nombres de Yuggoth, Cthulhu y Yog-Sothoth, pero de forma marginal. Lo que parece atraer a la mayoría de los autores del Ciclo de Cthulhu no es tanto el estilo y la filosofía de Lovecraft, sino su intrigante mitología [ver: Tentáculos «por default»]

Seguramente era una tentación para los amigos por correspondencia de Lovecraft ampliar el panteón de los Mitos de Cthulhu, quizás añadir unos cuantos libros prohibidos a las estanterías de la Universidad de Miskatonic, y Henry Kuttner no fue inmune.

Pero incluso estas referencias marginales terminaron teniendo cierto arraigo en el desarrollo posterior de los Mitos. En El Secreto de Kralitz, por ejemplo, Henry Kuttner hace una sola referencia al «leproso y subterráneo Yog-Sothoth», que no vuelve a retomar jamás en su obra. Es solo una frase. Nunca sabemos por qué Yog-Sothoth es «leproso y subterráneo»; sin embargo, esta nota marginal podría ser el origen de la posterior categorización de Yog-Sothoth [fabricada por August Derleth] como un elemental de la tierra [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]




El secreto de Kralitz.
The Secret of Kralitz, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Desperté de un sueño profundo para encontrar dos formas envueltas en negro, de pie, en silencio, a mi lado, con sus rostros pálidos y borrosos en la oscuridad. Mientras parpadeaba para aclarar mis ojos nublados por el sueño, uno de ellos me hizo una seña con impaciencia y de repente me di cuenta del propósito de esta convocatoria de medianoche. La esperaba desde hacía años, desde que mi padre, el barón Kralitz, me reveló el secreto y la maldición que se cernía sobre nuestra antigua casa. Y así, sin decir palabra, me levanté y seguí a mis guías mientras me conducían por los lúgubres pasillos del castillo que había sido mi hogar desde mi nacimiento.

Mientras avanzaba apareció en mi mente el rostro severo de mi padre, y en mis oídos resonaron sus solemnes palabras mientras me hablaba de la legendaria maldición de la Casa de Kralitz, el secreto desconocido que le era impartido al hijo mayor de cada generación.

—¿Cuándo? —le había preguntado a mi padre mientras yacía en su lecho de muerte, luchando contra la proximidad de la disolución.

—Cuando seas capaz de entender —me había dicho, observando mi rostro atentamente desde debajo de sus espesas cejas blancas—. A algunos se les cuenta el secreto antes que a otros. Desde el primer barón Kralitz, el secreto se ha transmitido de generación en generación...

Se agarró el pecho y se detuvo. Pasaron cinco minutos antes de que reuniera fuerzas para hablar de nuevo con su voz poderosa y ondulante. ¡Nada de confesiones jadeantes en el lecho de muerte para el barón Kralitz!

Dijo finalmente:

—Has visto las ruinas del antiguo monasterio cerca del pueblo, Franz. El primer barón lo quemó y pasó a espada a los monjes. El abad interfirió con demasiada frecuencia en los caprichos del barón. Una muchacha buscó refugio y el abad se negó a entregarla ante la exigencia del barón y su paciencia estaba llegando a su fin; ya conoces las historias que todavía se cuentan sobre él.

»Mató al abad, quemó el monasterio y se llevó a la chica. Antes de morir, el abad maldijo a su asesino y a sus hijos durante generaciones no nacidas. La naturaleza de esta maldición es el secreto de nuestra casa.

»Puede que no te diga cuál es la maldición. No busques descubrirla antes de que te la revele. Espera pacientemente y, a su debido tiempo, los guardianes del secreto te llevarán escaleras abajo hasta la caverna subterránea. Entonces aprenderás el secreto de Kralitz.

Cuando la última palabra salió de los labios de mi padre, murió, con su rostro severo todavía marcado por sus líneas duras.

Sumido en lo profundo de mis recuerdos, no había notado el camino, pero ahora las formas oscuras de mis guías se detuvieron junto a un hueco en la losa de piedra, donde una escalera que nunca había visto durante mis paseos por el castillo conducía a profundidades subterráneas. Me condujeron escaleras abajo y pronto me di cuenta de que había una especie de luz: un resplandor tenue y fosforescente que no provenía de ninguna fuente reconocible, y que parecía ser menos luz real que el acostumbramiento de mis ojos a la oscuridad.

Descendí durante mucho tiempo. La escalera giraba y se retorcía en la roca, y las formas que se balanceaban delante eran mi único alivio de la monotonía del interminable descenso. Por fin, en las profundidades del subsuelo, la escalera terminó y miré por encima de los hombros de mis guías hacia la gran puerta que cerraba mi camino. Estaba toscamente cincelada en piedra sólida, y sobre ella había grabados curiosos y extrañamente inquietantes, símbolos que no reconocí. Se abrió, pasé y me detuve, mirando a mi alrededor a través de un mar gris de niebla.

Me encontraba en una suave pendiente que se perdía en la distancia oculta por la niebla, de la que surgía un pandemonium de gritos ahogados y chillidos agudos y estridentes, vagamente parecidos a una risa obscena. Formas oscuras, medio vislumbradas, aparecieron a través de la bruma y desaparecieron de nuevo, y grandes sombras vagas pasaron sobre nuestras cabezas con alas silenciosas. Casi a mi lado había una larga mesa rectangular de piedra, y en ella estaban sentadas dos veintenas de hombres, mirándome con ojos que brillaban apagadamente desde sus profundas cuencas.

Mis dos guías ocuparon silenciosamente sus lugares entre ellos.

De repente la espesa niebla empezó a disiparse. Fue arrastrada irregularmente por el soplo de un viento helado. Los confines más lejanos y oscuros de la caverna quedaron revelados cuando la niebla se disipó, y me quedé en silencio, presa de un miedo poderoso y, extrañamente, de un estremecimiento de deleite igualmente potente e inexplicable. Una parte de mi mente parecía preguntar: «¿Qué horror es este?» Y otra parte susurraba: «¡Conoces este lugar!»

Pero nunca podría haberlo visto antes. Si me hubiera dado cuenta de lo que había debajo del castillo nunca podría haber dormido por la noche. Porque, de pie, en silencio, mientras oleadas contradictorias de horror y éxtasis corrían a través de mí, vi a los extraños habitantes del mundo subterráneo.

¡Demonios, monstruos, cosas innombrables! Colosos de pesadilla caminaban rugiendo a través de la oscuridad, y cosas grises y amorfas, como babosas gigantes, caminaban erguidas sobre patas rechonchas. Criaturas de pulpa blanda e informe, seres con ojos llameantes esparcidos sobre sus cuerpos deformes como el legendario Argus, se retorcían en el resplandor maligno. Cosas aladas que no eran murciélagos se abalanzaban y revoloteaban en el aire tenebroso, susurrando… susurrando… con voces humanas.

A lo lejos, al pie de la pendiente, podía ver el frío brillo del agua, un mar escondido y sin sol. Formas afortunadamente casi ocultas por la distancia y la penumbra jugueteaban y lloraban, perturbando la superficie del lago, cuyo tamaño sólo podía conjeturar. Una cosa aleteante, cuyas alas coriáceas se extendían como una tienda de campaña sobre mi cabeza, se abalanzó y flotó por un momento, mirándome con ojos llameantes, y luego salió disparada y se perdió en la oscuridad.

Y todo el tiempo, mientras me estremecía de miedo y odio, dentro de mí estaba este júbilo maligno, esta voz que susurraba: «¡Conoces este lugar! ¡Perteneces aquí! ¿No es bueno estar en casa?»

Miré detrás de mí. La gran puerta se había cerrado silenciosamente y escapar era imposible. Entonces el orgullo vino en mi ayuda. Yo era un Kralitz. ¡Y un Kralitz no reconocería el miedo ante el mismísimo diablo!

Di un paso adelante y me enfrenté a los guardias, que todavía estaban sentados, mirándome atentamente con ojos en los que parecía arder un fuego latente. Luchando contra un miedo loco de encontrar ante mí una serie de esqueletos descarnados, me acerqué a la cabecera de la mesa, donde había una especie de tosco trono, y miré de cerca a la figura silenciosa a mi derecha.

No era un cráneo desnudo lo que miraba, sino un rostro barbudo y de una palidez mortal. Los labios curvos y voluptuosos eran carmesí, casi parecían pintados de rojo, y los ojos apagados me miraban sombríamente. Una agonía inhumana se había grabado en profundas líneas en el rostro pálido, y una angustia persistente ardía en los ojos hundidos. No creo que pueda transmitir la absoluta extrañeza, la atmósfera sobrenatural que lo rodeaba, casi tan palpable como el fétido hedor a tumba que brotaba de sus ropas oscuras.

Agitó un brazo envuelto en negro hacia el asiento vacío en la cabecera de la mesa y yo me senté.

¡Pesadilla de irrealidad! Parecía estar en un sueño, con una parte oculta de mi mente despertando lentamente del sueño a la vida malvada para tomar el mando de mis facultades. La mesa estaba puesta con copas y platos anticuados que no se habían utilizado durante cientos de años. Había carne en las bandejas y licor rojo en las copas enjoyadas. Una fragancia embriagadora y abrumadora nadó hasta mis fosas nasales, mezclada con el olor a tumba de mis compañeros y el olor a humedad de un lugar sin sol.

Todos los rostros blancos se volvieron hacia mí, rostros que me parecían extrañamente familiares, aunque no sabía por qué. Cada rostro era parecido en sus labios sensuales, de color rojo sangre, y en su expresión de agonía. Ojos negros, ardientes como los abismales pozos del Tártaro, me miraron fijamente hasta que sentí erizarse los pelos de mi nuca. Pero... ¡yo era un Kralitz! Me levanté y dije con audacia en un alemán arcaico que de alguna manera salió familiarmente de mis labios:

—Soy Franz, el vigésimo primer barón Kralitz. ¿Qué quieren de mí?

Un murmullo de aprobación recorrió la larga mesa. Hubo un gran revuelo. De la cabecera de la mesa se levantó un hombre enorme y barbudo, un hombre con una cicatriz espantosa que convertía el lado izquierdo de su rostro en un horror de tejido blanco. De nuevo me recorrió el extraño escalofrío de familiaridad. Había visto ese rostro antes, vagamente, en la penumbra del crepúsculo.

El hombre habló en un viejo alemán gutural.

—Te saludamos, Franz, barón Kralitz. Te saludamos y juramos, Franz... ¡Juramos por la Casa de Kralitz!

Dicho esto, tomó la copa que tenía delante y la sostuvo en alto. A lo largo de la mesa se levantaron los vestidos de negro, y cada uno levantó su copa enjoyada y me saludó. Bebieron profundamente, saboreando el licor, y yo hice la reverencia que exigía la costumbre. Dije, con palabras que surgieron casi espontáneamente de mi boca:

—Os saludo a vosotros, que sois los guardianes del secreto de Kralitz.

A mi alrededor, hasta los confines más lejanos de la oscura caverna, se hizo el silencio. Ya no se oían los bramidos, los aullidos ni las risitas dementes de los seres voladores. Mis compañeros se inclinaron hacia mí, expectantes. Levanté mi copa y bebí. El licor era embriagador, estimulante y con un sabor ligeramente salobre.

De repente supe por qué el rostro atormentado por el dolor de mi compañero me había parecido familiar. Lo había visto a menudo entre los retratos de mis antepasados, el rostro desfigurado y ceñudo del fundador de la Casa de Kralitz que miraba desde la penumbra del gran salón. En esa feroz luz blanca de la revelación, reconocí a mis compañeros tal como eran. Los reconocí, uno por uno, recordando sus homólogos de lienzo. ¡Pero había un cambio! Como un velo impalpable, el sello de un mal indestructible yacía en los rostros torturados de mis anfitriones, alterando extrañamente sus rasgos, de modo que no siempre podía estar seguro de reconocerlos. Un rostro pálido y sardónico me recordó a mi padre, pero no podía estar seguro, tan monstruosamente alterada estaba su expresión.

Estaba cenando con mis antepasados: ¡la Casa de Kralitz!

Mi copa todavía estaba en alto y la apuré, porque de alguna manera la sombría revelación no fue del todo inesperada. Un extraño brillo corrió por mis venas y me reí a carcajadas por el maligno deleite que había en mí.

Los demás también se rieron, una alegría ahogada como el ladrido de los lobos: risas torturadas de hombres tendidos en el potro, risas locas en el infierno. ¡Y por toda la brumosa caverna llegó el clamor de la prole del diablo! Grandes figuras que se alzaban a muchos metros de altura se balanceaban con atronadora alegría, y las cosas voladoras reían disimuladamente en lo alto. Y por la vasta extensión se esparció una ola de espantosa alegría, hasta que las cosas medio visibles en las aguas negras lanzaron fuelles que desgarraron mis tímpanos, y el techo invisible, muy arriba, devolvió los ecos rugientes del clamor.

Y me reí con ellos, me reí como un loco, hasta que me dejé caer, exhausto, en mi asiento, y observé al hombre con cicatrices al otro extremo de la mesa mientras hablaba.

—Eres digno de estar en nuestra compañía y digno de comer en la misma mesa. Nos hemos comprometido mutuamente y tú eres uno de nosotros; comeremos juntos.

Y desgarrando como bestias hambrientas la suculenta carne blanca en los platos enjoyados. Monstruos extraños nos sirvieron, y al sentir un toque helado en mi brazo, me volví y encontré una cosa espantosa de color carmesí, como un niño desollado, llenando mi copa. Extraña, extraña y absolutamente blasfema fue nuestra fiesta. Gritábamos, reíamos y nos alimentamos bajo la luz brumosa, mientras a nuestro alrededor tronó la horda maligna. Había un infierno debajo del castillo Kralitz, y esa noche se celebraba un gran carnaval.

Luego cantamos una feroz canción de bebida, balanceando las copas hacia adelante y hacia atrás al ritmo de nuestro canto. Era una canción arcaica, pero las palabras obsoletas no fueron un obstáculo, porque las pronuncié como si las hubiera aprendido en las rodillas de mi madre. Y al pensar en mi madre, un temblor y una debilidad me invadieron bruscamente, pero los disipé con un trago de aquel licor embriagador.

Gritamos, cantamos y nos divertimos durante mucho tiempo en la gran caverna, y después de un tiempo nos levantamos y nos dirigimos en tropel hacia donde un puente estrecho y de altos arcos cruzaba las tenebrosas aguas del lago. No puedo hablar de lo que había al otro extremo del puente, ni de las cosas innombrables que vi... ¡y que hice!

Aprendí sobre los seres fungoides e inhumanos que habitan en el lejano y frío Yuggoth, sobre las formas ciclópeas que acompañan al insomne Cthulhu en su ciudad submarina, sobre los extraños placeres de los seguidores del leproso y subterráneo Yog-Sothoth, y también aprendí sobre la adoración de Iod, la Fuente, más allá de las galaxias exteriores. Sondeé los pozos más negros del infierno y regresé riendo. Yo era uno con el resto de esos guardianes oscuros, y me uní a ellos en las saturnales de horror hasta que el hombre con cicatrices nos habló de nuevo.

—Nuestro tiempo se acorta —dijo, con su rostro blanco, barbudo y lleno de cicatrices, como el de una gárgola en la penumbra—. Pronto debemos partir. Pero eres un verdadero Kralitz, Franz, y volveremos a encontrarnos, a festejar y divertirnos durante más tiempo del que crees. ¡Un último saludo!

Se lo dí a él.

—¡A la Casa de Kralitz! ¡Que nunca caiga!

Y con un grito exultante apuramos el licor ardiente.

Entonces me invadió una extraña lasitud. Con los demás le di la espalda a la caverna y a las formas que hacían cabriolas, bramaban y se arrastraban por allí, y subí a través del portal de piedra tallada. Subimos las escaleras en fila, subiendo y subiendo, sin cesar, hasta que al fin salimos por el enorme agujero en las losas de piedra y continuamos, una compañía oscura y silenciosa, de regreso a través de esos interminables pasillos. Los alrededores comenzaron a volverse extrañamente familiares y de repente los reconocí.

Estábamos en las grandes criptas situadas debajo del castillo, donde fueron enterrados ceremoniosamente los barones Kralitz. Cada barón había sido colocado en su ataúd de piedra en su cámara separada, y cada cámara estaba, como cuentas en un collar, adyacente a la siguiente, de modo que procedíamos desde las tumbas más alejadas de los primeros barones Kralitz hacia las bóvedas desocupadas. Según una costumbre inmemorial, cada tumba permanecía desnuda, como un mausoleo vacío, hasta que llegaba el momento de su uso, cuando el gran ataúd de piedra, con la inscripción conmemorativa tallada en él, era llevado a su lugar. De hecho, era apropiado que el secreto de Kralitz estuviera escondido aquí.

De repente me di cuenta de que estaba solo, salvo por el hombre barbudo con la cicatriz. Los demás habían desaparecido y, en lo más profundo de mis pensamientos, no los había echado de menos. Mi compañero extendió su brazo envuelto en negro y detuvo mi avance. Me volví hacia él inquisitivamente. Dijo con su voz sonora:

—Debo dejarte ahora. Debo regresar a mi propio lugar.

Y señaló el camino por donde habíamos venido.

Asentí, porque ya había reconocido a mis compañeros tal como eran. Sabía que cada barón Kralitz había sido enterrado en su tumba, sólo para levantarse como una cosa monstruosa, ni muerta ni viva, para descender a la caverna de abajo y participar en las malvadas saturnales. También me di cuenta de que al acercarse el amanecer habían regresado a sus ataúdes de piedra, para yacer en un trance parecido a la muerte hasta que el sol poniente les trajera una breve liberación. Mis propios estudios ocultistas me habían permitido reconocer estas terribles manifestaciones.

Hice una reverencia a mi compañero y habría seguido mi camino hacia las partes superiores del castillo, pero él me cerró el paso. Sacudió la cabeza lentamente, su cicatriz era horrible en la oscuridad fosforescente.

—¿Puedo irme ahora? —dije.

Me observó con ojos torturados y ardientes que habían mirado al mismísimo infierno, y señaló lo que había a mi lado. En un alucinado destello de comprensión supe el secreto de la maldición de Kralitz.

Llegó a mí el conocimiento, la terrible comprensión que cada barón Kralitz había recibido al ser iniciado en la hermandad de sangre. Supe… supe que jamás se había colocado ningún ataúd desocupado en las tumbas. Leí en el sarcófago de piedra a mis pies la inscripción que me hizo conocer mi destino: mi propio nombre: «Franz, vigésimo primer barón Kralitz».

Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: El secreto de Kralitz (The Secret of Kralitz), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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