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«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.


«La aldea de los vampiros»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




«Nosotros, los de Transilvania,
sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen.»



La aldea de los vampiros (Vampire Village) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado en la edición de noviembre de 1932 de la revista Weird Tales bajo el seudónimo Hugh Davidson.

La aldea de los vampiros, uno de los cuentos de Edmond Hamilton más populares de la época, es una historia convencional, bastante entretenida, sobre un pueblo abandonado de Transilvania que una vez al año es habitado por no-muertos. Por supuesto, dos forasteros racionalistas desoyen las recomendaciones de los supersticiosos lugareños y visitan este pueblo en la noche equivocada.

Detrás de los lugares comunes, que abundan aquí, creo que Edmond Hamilton expande una idea que Bram Stoker utilizó en Drácula, sin aprovecharla demasiado; me refiero a la insinuación de que en la víspera del Día de San Jorge todo el mal que se encuentra dormido, de repente despierta. Hamilton se pregunta por qué los vampiros eligen o están limitados a esa noche en particular. La respuesta, que se aleja del marco folklórico utilizado por Bram Stoker, a pesar de que se encuentra presente en la principal fuente para Drácula: La Tierra más allá del Bosque (The Land Beyond the Forest), es que hay diferentes razas de vampiros. Están los que son mordidos y transformados por otro no-muerto, y están los vampiros que fueron confinados en sus tumbas por la acción del clero. Es decir que en la Víspera de San Jorge todos los vampiros, incluso los que ya fueron tratados con la Cruz y el suelo sagrado, pueden romper los lazos que los atan y levantarse de sus tumbas.


«Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas hasta que los sacerdotes hayan realizado los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.»


En Drácula, cuando Jonathan Harker se dispone a irse del hotel Golden Krone, una anciana le dice:


«Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder?»


Diría que La aldea de los vampiros es una historia entretenida, a pesar de que el truco argumental se ve venir desde el principio. Los dos viajeros, Barton [el narrador] y Croft proceden como dos sujetos que no conocen absolutamente nada sobre vampiros. La cultura popular de la época no los ha tocado. Están inmaculados de toda superstición.

Solo así se entiende que recorran Transilvania a pie, de noche, buscando refugio en el pueblo de Kranzak. Los lugareños les niegan la entrada porque es la Víspera de San Jorge y sospechan que todos son potenciales vampiros. No obstante, esta buena gente les aconseja seguir camino hasta un pueblo cercano llamado Wieslant. Así lo hacen, y descubren que los habitantes de Wieslant están en plena celebración en la plaza del pueblo. Estos aldeanos son amables, pero inquietantes, y les repugna inexplicablemente la cruz de madera que el narrador encontró en la puerta de la posada en Kranzak y luego guardó distraídamente en el bolsillo de su saco.

Uno diría que hay demasiadas red flags para 1932, pero me molestan menos los protagonistas y ese recurso fácil de utilizar el escepticismo como sinónimo de estrechez de miras, que los aldeanos de Kranzak, quienes sí creen en vampiros y así y todo les dan direcciones para llegar a una aldea abandonada, justo en esa noche del año, justo cuando los vampiros se reúnen en algún sitio próximo pero indeterminado.

Otro asunto que exaspera es la dificultad de los protagonistas para deducir que Wieslant es la infame aldea habitada por vampiros, cuando el lector llega a esa conclusión casi de inmediato [y no solo porque la historia se titula: «La aldea de los vampiros»]. Uno puede comprender cierta falta de perspicacia, ¡pero estos aldeanos le temen a las cruces! ¡En Transilvania! [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]




La aldea de los vampiros.
Vampire Village, Edmond Hamilton (1904-1977)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—¡Toca otra vez! —le dije a Croft.

—Ya —respondió—. Estas posadas del pueblo duermen como muertos, ¡y todavía no es medianoche!

—¿Qué pasa? —pregunté. Él sacudía la mano con pesar.

—Me he golpeado los nudillos con algo en la puerta —dijo irritado. La desprendió y me la pasó. Vi que era una pequeña cruz de madera. —¡Una forma muy incómoda de expresar fervor religioso! —exclamó Croft, mientras volvía a tocar la puerta.

Miré a lo largo del camino blanco, que brillaba bajo la luz de las estrellas. Se alineaban una veintena de casas de madera con tejados a dos aguas que formaban el pueblo de Kranzak. Croft y yo habíamos contado, tras recorrer las colinas de Transilvania durante todo el día y la noche, con una cena tardía y alojamiento para pasar la noche. Pero ahora Kranzak parecía ofrecer pocas perspectivas de cena o descanso, pues desde las ventanas cerradas de sus casas no se veía luz, y nuestros golpes en la puerta de la posada no habían obtenido respuesta. Habíamos oído voces dentro de la posada al acercarnos, pero al primer golpe se callaron de repente.

Croft, molesto por haberse lastimado la mano con la cruz, exclamó ahora en nuestro húngaro imperfecto:

—¡Déjennos entrar! Esto es una posada, ¿no?

Una voz anciana y temblorosa respondió.

—Sí, es la posada de Kranzak, pero esta noche no abre para nadie.

—¿Por qué no? —preguntó mi compañero.

La misma voz respondió:

—¡Porque esta es la noche de los vampiros, señores! La noche de San Jorge, cuando todos los que en vida fueron vampiros y sirvientes del mal se levantan de nuevo para obrar el mal hasta el amanecer. Ninguna puerta se abrirá hasta el amanecer.

—¡Noche del diablo! —exclamé—. ¿Qué clase de locura es esta?

Croft rió, apartándose de la puerta.

—No sirve de nada, Barton. Nos hemos topado con sus supersticiones y parece que no tendremos alojamiento esta noche.

Una voz diferente y más aguda llamó desde dentro.

—¡Si queréis alojamiento, id a Wieslant! —nos dijo, y fue seguida por un murmullo de tres o cuatro voces desde dentro.

Retrocedimos al camino, desconcertados, mirando las casas del pueblo. Cada una tenía una especie de cruz en su puerta y todas seguían oscuras.

—Bueno, parece que vamos a Wieslant, o donde sea —dije.

—Wieslant, no lo recuerdo en el mapa —dijo Croft—. Pero estos pueblos están todos bastante juntos, así que no puede estar lejos.

—Adelante, entonces —ordené, y comenzamos a caminar por el camino a la luz de las estrellas—. La noche de San Jorge... la noche de los vampiros —repetí, mientras salíamos del pueblo y nos adentrábamos en el oscuro bosque de pinos—. ¿Acaso todo ese pueblo estaba encerrado por miedo a esa vieja superstición, Croft?

Asintió.

—Es una creencia muy arraigada aquí en Transilvania. Estos transilvanos creen firmemente que cuando mueren las personas que se han vendido al mal, no se convierten en muertos, sino en no-muertos, en vampiros que se levantan de sus tumbas por la noche para chupar la sangre y la vida de los demás.

—He leído algo sobre esa creencia, por supuesto —dije—, pero creía que los vampiros podían levantarse cualquier noche entre el atardecer y el amanecer. No sabía que la noche de San Jorge era la única del año en que podían hacerlo.

Croft rió.

—Hay una distinción entre los vampiros, Barton. Todos los vampiros pueden levantarse de sus tumbas cada noche hasta que los sacerdotes hayan realizado sobre ellas los ritos de atadura y exorcismo que los aprisionan allí. Pero en esta única noche del año, la noche de San Jorge, incluso estos vampiros aprisionados, que superan en número a los demás, pueden levantarse y hacer el mal hasta el amanecer.

—Por eso la noche de San Jorge los encuentra encerrados —dije, negando con la cabeza—. ¿Y esas cruces en las puertas? —pregunté, señalando con el pulgar la pequeña de madera que Croft me había dado, la cual me había guardado en el bolsillo del pecho.

Él sonrió.

—Para protegerlos de los vampiros, por supuesto. Una cruz es el arma infalible contra los vampiros, ya sabes, lo único que temen. Es muy interesante toda esta superstición vampírica.

—Y muy inconveniente para nosotros —añadí—. Si la gente de Wieslant está tan aterrorizada por los vampiros esta noche como la de Kranzak, estamos perdidos.

Ajustamos nuestras mochilas sobre nuestros hombros y nos inclinamos para la tarea constante de caminar. El camino blanco serpenteaba a través de densos bosques, subiendo por una larga pendiente que parecía un paso entre las colinas que teníamos delante y a la derecha. No había luna, pero la tenue luz de las estrellas delineaba el camino en sus curvas a través del oscuro pinar.

Mientras avanzábamos, kilómetro tras kilómetro, comprendí que la misma penumbra de este paisaje transilvano debía ser la raíz de las creencias de su gente. Sería fácil creer, especulé, que en la oscuridad de medianoche de las colinas que nos rodeaban se movían seres sobrenaturales, liberados esa noche de la tumba. Pudimos ver una o dos veces siluetas negras voladoras de considerable tamaño moviéndose a la luz de las estrellas, bajas sobre los bosques distantes. Y aunque para Croft y para mí era bastante evidente que debían ser halcones o búhos buscando presas en los bosques, pensé que era fácil imaginar cómo cualquier transilvano que los viera podría creer que se trataba de vampiros sueltos en esta, su noche.

La voz de Croft finalmente interrumpió mis especulaciones.

—Ahí abajo se ven las luces de un pueblo —anunció.

—Supongo que es Wieslant.

Habíamos llegado al borde de un valle en forma de cuenco, de varios kilómetros de ancho, rodeado de colinas. En la oscuridad del centro brillaba un pequeño conjunto de luces, con un punto donde se veía el resplandor rojizo de las hogueras.

—Al parecer, Wieslant está lleno de vida —dije con optimismo—. Quizás podamos cenar y dormir esta noche.

—Parece que hay posibilidades —coincidió Croft.

Descendimos al valle, hacia las luces del pueblo. Wieslant, al entrar, se hizo evidente que era un lugar inusualmente antiguo, pues las casas a lo largo de sus callejuelas parecían más antiguas que cualquiera que hubiéramos visto hasta entonces. Tenían los grotescos grabados en espiral y las puertas y ventanas de formas extrañas, típicas de las casas de la zona hace unos siglos. Estaban iluminadas con luz amarilla de velas, pero no vimos a nadie dentro mientras pasábamos. La razón de esto se explicó cuando nos acercamos al espacio verde en el centro del pueblo; allí ardían grandes hogueras, se oía música alegre y animada, y alrededor del césped iluminado por el fuego, bailando al son de la música, se encontraban los habitantes de Wieslant.

Mientras Croft y yo nos acercábamos, solo podíamos ver a estas personas como siluetas que danzaban entre nosotros y las llamas. Sus oscuras formas giraban con tal rapidez que, con la luz en nuestros ojos, parecían desprenderse del suelo y girar en el aire al frenético ritmo de la danza. Nos acercamos y nos detuvimos en las sombras, fuera del círculo verde iluminado por el fuego, observando con asombro. Media docena de hogueras derramaban una luz rojiza sobre el césped, y alrededor de cada una de ellas se desarrollaba una de las extrañas danzas. Los hombres iban vestidos con chaquetas brillantes y pantalones ajustados, las mujeres con faldas y corpiños igualmente brillantes, la indumentaria festiva de los campesinos de Transilvania. Sin embargo, estos trajes eran de un estilo más antiguo y peculiar que cualquier otro que hubiéramos visto. Alrededor del borde del césped, a la luz del fuego, había un centenar de aldeanos que observaban y aplaudían la danza.

En un punto, una orquesta campesina de instrumentos de cuerda destilaba una música salvaje y vertiginosa. Junto a ella, un anciano alto, de bigote blanco y rostro fiero, gritaba por encima del estruendo a los bailarines mientras giraban. Jamás había visto una escena tan extraña de alegría desenfrenada, y Croft y yo observábamos maravillados desde la penumbra. Estos aldeanos, vestidos con ropas antiguas, parecían entregarse a la alegría del baile con total desenfreno. Los ojos de bailarines y espectadores brillaban de color carmesí, aparentemente por el reflejo del fuego. De repente, uno de los espectadores nos vislumbró a Croft y a mí en la oscuridad. Lanzó un grito agudo, e instantáneamente todos corrieron hacia nosotros.

En nuestra momentánea estupefacción, casi nos pareció que se abalanzaban por los aires para atacarnos, una visión densa de ojos carmesí y dientes blancos y brillantes. Pero cuando Croft y yo estábamos casi encima, se detuvieron en seco, ¡como si nos hubieran atacado! Nos rodearon, lanzando un murmullo de gritos excitados en un dialecto húngaro casi incomprensible, mientras sus ojos brillantes y excitados nos miraban fijamente. El estruendo era inmenso.

—Campesinos muy nerviosos, ¿no? —dijo Croft—. ¿Puedes entender lo que gritan?

—No, mientras griten todos a la vez —respondí—. ¿Qué les pasa? Por un momento pensé que nos atacaban.

—Estos transilvanos son todos muy nerviosos —dijo—. Parece que viene el jefe del pueblo, y debería poder calmarlos.

Era el anciano alto y de bigote blanco que había estado llamando a los bailarines el que se abría paso entre la multitud hacia nosotros. Iba vestido como los demás, con el brillante traje festivo, que realzaba bastante bien su alta figura. Nos hizo una reverencia, con la mirada fija en la nuestra.

—Bienvenidos a Wieslant, señores —nos saludó, en el dialecto extrañamente retorcido de los demás—. No esperábamos extraños aquí esta noche.

—Lamento si hemos interrumpido sus celebraciones —le dijo Croft—. No era nuestra intención.

El otro restó importancia a la disculpa con una sonrisa.

—Soy Mihail Hallos, jefe de Wieslant. Vemos pocos extraños y por eso se emocionan cuando alguno visita nuestra pequeña aldea.

—Bueno, no era nuestra intención venir —dijo Croft—. En el último pueblo, Kranzak, todos estaban encerrados por miedo a los vampiros. Debían de tener miedo de que nosotros mismos fuéramos vampiros, porque no nos dejaron entrar y nos mandaron a Wieslant.

La sonrisa de Hallos se acentuó y una risa recorrió la multitud.

—La gente de Kranzak tiene mucho miedo a los vampiros esta noche, es cierto —dijo el jefe—, porque no muy lejos de Kranzak se encontraba la aldea de los vampiros.

—¿Aldea de vampiros? —repitió Croft con tono interrogativo, pero Hallos hizo un gesto con la mano.

—Es una creencia en esta parte de Transilvania. Les contaré la historia más tarde. Mantiene a muchos pueblos atemorizados esta noche.

—Bueno, me alegro de que al menos no los mantenga encerrados en Wieslant —comenté—. No nos apetecía caminar toda la noche.

—Encontrarán un alojamiento excelente aquí en Wieslant —me aseguró Hallos—. De hecho, no podrían haber venido en mejor momento que esta noche.

De nuevo, la risa burlona recorrió la multitud, aunque no le encontré la gracia a sus palabras. Estos aldeanos de ojos brillantes y vestimenta extraña nos incomodaban bastante, tanto a Croft como a mí, con sus miradas fijas desde todos los ángulos. Hallos debió de darse cuenta.

—Nuestra posada está allí, al borde del prado —dijo—. Puedo acompañarlos.

Protestamos por su insistencia, pero con la cortesía típica de Transilvania, desestimó nuestras protestas. Hallos hizo señas a los aldeanos para que nos abrieran paso y se estaba girando de nuevo hacia nosotros cuando choqué torpemente con él, cara a cara. Para mi sorpresa, se tambaleó y cayó de rodillas, con la mano en el corazón y el rostro contraído por un espasmo de agonía.

Se puso de pie antes de que pudiéramos ayudarlo a levantarse. Me disculpé lo mejor que pude por mi torpeza.

—No fue culpa tuya —dijo con la mano aún sobre el pecho—, pero tengo una herida aquí y lo que llevabas en el bolsillo me pinchó cuando chocamos.

Miré hacia abajo y vi que sobresalía de mi bolsillo la pequeña cruz de madera que Croft me había dado en Kranzak, la cual había olvidado.

—Lo siento mucho —dije—. Fue una torpeza.

Hallos sonrió y negó con la cabeza, pero noté, mientras nos abríamos paso entre la multitud hacia la posada, que mantenía a Croft entre él y yo. Al parecer, no tenía intención de volver a confiar en mí.

Mientras avanzábamos entre los aldeanos alegremente vestidos que se apartaban para dejarnos pasar, incluso pensé que se alejaban más de mí que de Croft. Me resultó un poco incómodo. Hallos siguió hablando con cortesía mientras nos guiaba hacia la posada. La música a nuestras espaldas había vuelto a sonar y los aldeanos ya estaban bailando de nuevo cuando llegamos a la posada de aspecto antiguo que se encontraba al borde de la plaza.

Seguimos al jefe hasta la sala, empedrada y con amplias vigas de madera. Un gran fuego crepitaba en una chimenea, y detrás de la pequeña barra al fondo de la sala, el posadero, gordo y de pelo blanco, servía botellas de formas extrañas y retorcidas a una docena de hombres y mujeres disfrazados.

Habían estado charlando y riendo a carcajadas cuando entramos, pero se quedaron en silencio al vernos a Hallos y a nosotros, mirándonos fijamente. Me sorprendió de nuevo el efecto de la luz del fuego sobre los rostros de estas personas, que hacía que sus ojos parecieran de un rojo intenso.

El posadero se adelantó y Hallos lo presentó.

—Este es Kallant, posadero de Wieslant, y uno de los mejores que se pueden encontrar en Transilvania —nos dijo sonriendo—. Estará encantado de antenderlos. No suele alojar a forasteros.

—No muy a menudo —admitió el gordo Kallant, riendo de una manera extraña—. De hecho, no suelo tener clientes de ningún tipo. ¿Quieren dos habitaciones, señores?

—Oh, una habitación nos bastará —respondió Croft—. Ahora mismo nos preocupa más la cena que la habitación.

—Si nos hacen el honor —intervino Hallos—. Nuestras festividades continúan toda la noche, y algunos de nosotros, los aldeanos más importantes, siempre cenamos aquí a las dos. Nos honrarían acompañándonos.

—Será un honor —dijo Croft—. Ya son casi las dos, así que será mejor que Barton y yo nos aseemos un poco.

—Les mostraré la habitación, señores —dijo Kallant, volviéndose con una vela hacia la estrecha escalera que se alzaba en las sombras.

Entrábamos con él en la oscura escalera cuando la voz de Hallos nos detuvo. Señalaba con una sonrisa divertida la cruz de madera que aún sobresalía del bolsillo de mi chaqueta.

—Ese símbolo de piedad es mejor dejarlo en su habitación, señor —me dijo sonriendo—. Esta noche la piedad se olvida y solo pensamos en divertirnos.

Croft y yo nos reímos.

—En realidad no es mío —le dije al jefe—, pero por supuesto que lo dejaré. No quiero ser el esqueleto en su banquete.

Mientras subíamos por la oscura y estrecha escalera tras el gordo Kallant, oí un repentino murmullo de voces salvajes que irrumpió en la taberna que acabábamos de abandonar. La voz aguda de Hallos las interrumpió y las silenció, y sonreí ante esta prueba de que nuestro cortés anfitrión podía comportarse como un tirano con sus sencillos súbditos. La escalera conducía a un largo vestíbulo tenuemente iluminado por una o dos velas en los portalámparas de la pared. Había puertas apenas visibles entre las sombras, y Kallant nos condujo a una de ellas y la abrió, señalando hacia adentro mientras colocaba su vela en un portalámparas dentro de la puerta.

—Esto les servirá, señores —nos dijo—. Huele un poco a humedad No solemos tener clientes aquí, pero debería ser bastante cómodo.

—Está bien —le aseguramos.

—Dígale a Hallos que bajaremos en unos instantes.

Hizo una reverencia y se retiró. Miramos a nuestro alrededor.

—Huele a humedad, sí —comenté—. Parece que no se ha usado en siglos.

La habitación, de hecho, estaba cubierta de una gruesa capa de polvo que cubría el suelo, los muebles y la cama de madera antigua. A través de las ventanas de forma peculiar, pudimos vislumbrar el verde exterior, donde aún ardían las hogueras y se veían las oscuras sombras de los bailarines girando al ritmo de la música salvaje.

Croft y yo nos arreglamos lo mejor que pudimos. Cuando salimos de la oscura escalera y volvimos a la taberna de la posada, encontramos allí al jefe, Hallos, con una veintena o más de hombres y mujeres. Todos iban vestidos, sin excepción, con los trajes festivos de antaño a los que ya estábamos acostumbrados. Hallos casi se abalanzó sobre nosotros al entrar en la taberna, con los ojos brillantes. Pero a un paso de nosotros se detuvo, mirando fijamente mi pecho.

Bajé la mirada y vi que había olvidado sacar la pequeña cruz de madera del bolsillo.

—Oh, lo siento —dije—. Pero supongo que tenerla no importa realmente, ¿verdad?

—Por supuesto que no —me dijo cortésmente—. ¿No quieren conocer a algunos de los nuestros? Son mis dos hijas.

Hizo las presentaciones y charlamos lo mejor que pudimos en nuestro titubeante húngaro. Me sentí algo disgustado, lo admito, al ver que tendían a reunirse alrededor de Croft y a evitarme. Recordando las palabras del jefe, supuse que, por la cruz que sobresalía de mi bolsillo, juzgaban que yo era un devoto estricto. Croft notó mi aislamiento y me lanzó miradas divertidas de vez en cuando, pues estaba progresando mucho con las dos bellezas de mejillas brillantes que Hallos le había presentado como sus hijas. El propio Hallos conversó conmigo, aunque a cierta distancia, hasta que el gordo Kallant apareció desde otra habitación para anunciar que la cena estaba lista.

Entramos en el comedor donde nos esperaba una larga mesa repleta de platos y vinos de Transilvania. Hallos se sentó al final de la mesa, con Croft y la hija menor a su derecha, y yo con la mayor a su izquierda. Pero antes de que pudiera dirigirle una palabra a la mayor, apartó su silla lo más posible y me dio la espalda para hablar con su otra vecina.

La cena fue animada, y Croft y la hermana menor que estaba frente a mí eran de los más alegres, aunque me sentía algo disgustado por el trato frío que me daban. Lo compensé atacando con vigor la comida picante y los vinos fuertes, y Croft no se quedó atrás, ya que llevábamos doce horas sin comer. La comida y el vino estaban tan deliciosos como nunca antes había probado, pero me parecieron extrañamente poco sustanciosos; de hecho, después de terminar media docena de platos y varias copas, tenía tanta hambre como al principio. Sin embargo, aunque Croft también parecía un poco desconcertado, los demás en la mesa no parecieron darse cuenta.

La sala resonaba con risas, charlas y el tintineo de copas, con ecos de la música de baile que venía de afuera. Kallant merodeaba para asegurarse de que todos estuvieran servidos, y al final de la mesa Hallos era la imagen de un anfitrión cortés. Durante una pausa en el murmullo de las voces, Croft se dirigió a él.

—Dijiste que nos contarías sobre la aldea de vampiros ubicada cerca de Kranzak —le recordó—. Me gustaría escuchar la historia si al resto no le importa.

Hallos sonrió y vi una alegría contenida en los rostros de nuestros compañeros.

—Bueno, todos aquí conocen la historia —dijo el jefe—, pero si les interesa... Nosotros, los transilvanos, sabemos desde hace muchos siglos que los vampiros existen. Sabemos que los hombres y mujeres que en vida se entregan a las fuerzas del mal no mueren, sino que se convierten en vampiros, no-muertos. De día, los vampiros yacen como muertos en sus tumbas, pero de noche se levantan y chupan la sangre y la vida de cualquier persona desprotegida que encuentren. Y nosotros, los transilvanos, también sabemos que contra la cruz los vampiros son impotentes. Así que, siempre que se descubre la tumba de un vampiro en este condado, los sacerdotes realizan sobre ella ceremonias de la cruz que atan al vampiro a su tumba. Sin embargo, incluso los vampiros así atados y aprisionados pueden, una noche al año, la noche de San Jorge, levantarse y trabajar hasta el amanecer. Hace casi doscientos cincuenta años, en esta sección de Transilvania, había un pueblo situado no lejos de Kranzak. Y este pueblo cerca de Kranzak llegó a estar embrujado por vampiros como ningún otro pueblo lo había estado antes.

«¡Era, pues, un pueblo de vampiros! Los vivos que quedaban huyeron a Kranzak y otros lugares, pero los vampiros permanecieron. Cada día, el pueblo yacía desierto y deshabitado bajo el sol. Pero cada noche, los vampiros se levantaban para recorrerlo y habitarlo como si estuvieran vivos, aventurándose a menudo a atacar a la gente de los pueblos cercanos. Así que, finalmente, la gente de los alrededores llegó con muchos sacerdotes para acabar con este pueblo. Sobre cada tumba, los sacerdotes realizaron sus ritos de atadura, aprisionando así a cada vampiro. Desde entonces, aunque ningún vivo volvió a habitarlo, los vampiros no volvieron a salir de noche, salvo esa noche del año, la noche de San Jorge, cuando todos los vampiros son liberados. Esa noche, el pueblo vuelve a bullir hasta el amanecer con sus no-muertos.

—Y como la noche de San Jorge es esta noche —sonrió Croft—, temían en Kranzak que nosotros dos fuéramos del pueblo de vampiros.

—Así es —dijo Hallos, sonriendo también—, porque a pesar de los siglos transcurridos, los habitantes de Kranzak y de los demás pueblos siguen temiendo esta noche del año.

—¿Pero ustedes aquí en Wieslant no parecen tenerle mucho miedo a la aldea de vampiros? —dije.

Todos se rieron.

—Es porque San Jorge es nuestro patrón, y en su noche festiva contamos con su protección —explicó Hallos—, y podemos entregarnos a la alegría sin miedo.

Croft negó con la cabeza.

—Qué extraño es el poder de estas creencias —dijo—. Sin embargo, de alguna manera, encajan con sus antiguas casas y vestimentas.

La mayor de las Hallos se rió.

—Estos trajes que usamos en esta noche deben parecerles muy extraños —le dijo a Croft.

—Parecen hermosos —le respondió él—. Sin embargo, me hacen sentir como si Barton y yo hubiéramos viajado al pasado.

—Nuestros bailes también son antiguos esta noche —dijo—. ¿No vendrás con mi hermana y conmigo a verlos?

Su invitación me excluyó tan claramente que Croft me lanzó una mirada sonriente al aceptar.

—¿Vamos, Barton? —preguntó mientras nos levantábamos.

Negué con la cabeza.

—Voy a subir a dormir un poco, me hace falta —dije—. Ya casi amanece.

Nuestro grupo regresó a la taberna, Croft entre las dos hermanas y yo con Hallos a mi lado. Era evidente que Croft había causado una buena impresión en las dos bellezas, pues sus ojos y sus pequeños dientes blancos brillaban por igual mientras reían al verlo, apretando sus brazos con caricias casi posesivas.

—Subiré enseguida, Barton —me dijo Croft mientras se dirigían a la puerta—. Yo también necesito dormir un poco.

—¡Dormir! ¡Ya hay suficiente sueño en el mundo! —exclamó la hermana menor—. Esta noche es una noche festiva, no para dormir, sino para vivir... ¡para vivir!

Habló con una vehemencia asombrosa y con los ojos realmente ardientes, lo que sorprendió bastante a Croft, y también a mí. Hallos la miró con furia, y ella bajó las pestañas con recato.

Cuando Croft salió con ellos, le lancé una mirada diciéndole que no hiciera el ridículo por culpa de las dos bellezas transilvanas. La mayoría de los presentes los siguieron y les deseé buenas noches en general. A Hallos y Kallant, que se quedaron, les di las gracias antes de subir las escaleras. Mientras subía, creí oír unos pasos rápidos abajo y me giré, pero no había nadie. Oí la voz de Hallos siseando a alguien, evidentemente Kallant:

—¡Todavía no, tonto, aún lo tiene consigo!

La respuesta murmurada de Kallant fue inaudible.

Seguí subiendo a la habitación. A la tenue luz de las velas, la cama mohosa resultaba poco atractiva, pero me senté, bostezando, mirando por la ventana polvorienta. Las hogueras en el prado aún brillaban en rojo, pero la música había cesado y las siluetas oscuras de los aldeanos parecían agrupadas alrededor de algún objeto de interés.

Me aflojé el cuello de la camisa y, con una sonrisa, arrojé sobre la mesa la cruz de madera cuyo simbolismo de piedad había provocado tal aversión entre los aldeanos. Entonces se me ocurrió buscar la ubicación exacta de Wieslant en mi guía de viaje. Croft había dicho que Wieslant no aparecía en el mapa, y así fue: no había ningún pueblo marcado entre Kranzak y el lejano Holf. Algo desconcertado, me dirigí al texto, pero tampoco encontré ninguna descripción de Wieslant. Estaba a punto de rendirme, disgustado por la ineficiencia de los creadores de guías, cuando el nombre «Wieslant» en una nota a pie de página me llamó la atención.

Mientras empezaba a leerla, fui consciente de dos cosas: de un ajetreo y un alboroto entre la multitud que se encontraba en la plaza, y del crujido de alguien moviéndose en el pasillo, fuera de mi puerta. No obstante, si un trueno hubiera resonado a mi alrededor no habría despertado el horror inefable que creció en mí mientras leía la fina tipografía de la nota al pie. Las palabras parecían danzar ante mis ojos:

«Wieslant... aproximadamente a medio camino entre Kranzak y Holf... completamente desierto en 1683 por miedo a los vampiros... todavía llamado en esa sección el pueblo de los vampiros... ahora casi totalmente en...»

Y justo cuando la terrible verdad se estrellaba contra mi cerebro, un grito agonizante en la voz de Croft llegó a mis oídos desde el exterior.

Corrí por la habitación y abrí la puerta de golpe. Hallos y Kallant estaban afuera, con los ojos de un rojo infernal, como demonios. Los dos se lanzaron hacia mí y, mientras me empujaban hacia atrás, sentí sus afilados colmillos en mi garganta, sentí en mi rostro el aliento corrupto de la tumba.

Pero mientras retrocedía con esos dos vampiros infernales encima, mi mano extendida tocó la mesa. Mis dedos agarraron algo instintivamente, la pequeña cruz. Al tocarlos, los arrojó de nuevo al otro lado de la habitación, contra la pared, como si fuerzas titánicas los hubieran golpeado.

Con los ojos como llamas del infierno. Hallos y Kallant me fulminaron desde allí mientras me tambaleaba hacia la puerta, el grito de Croft resonando de nuevo, más débil, en mis oídos.

Me arrojé escaleras abajo, con Hallos y Kallant tras de mí, la cruz aún aferrada a mi mano. Me tambaleaba hacia el césped para oír de nuevo el grito ahogado de Croft. Estaba en el suelo y la multitud de vampiros de ojos escarlata, girando frenéticamente, se abalanzaba sobre él, sus dientes blancos buscando su garganta.

La mitad de ellos corrían hacia mí, figuras negras de demonios contra las llamas que se atenuaban mientras una promesa de luz se asomaba hacia el este. De pronto retrocedieron y se apartaron cuando tropecé hacia adelante, extendiendo la cruz. Se enfurecieron a mi alrededor como sombras infernales, gritando.

Estaba al lado de Croft, y los que lo rodeaban se reagruparon cuando caí a su lado con la cruz. Parecía inconsciente, y sentí que mis propios sentidos se desvanecían y la cruz se me escapaba de los dedos mientras rugía la horda de vampiros. Se acercaban cuando la cruz se me resbaló de la mano entumecida; los rostros demoníacos de Hallos, sus hijas y todos los demás giraban cada vez más cerca en un frenético espectáculo de ojos rojos, labios ávidos y dientes blancos y afilados.

Entonces, desde el este llegó un rayo gris del amanecer. Al instante, fue como si una niebla envolviera a la multitud de vampiros y a todo el pueblo que nos rodeaba, una niebla que se oscureció en mi mente al perder el conocimiento.

La luz del amanecer había cambiado del gris al dorado cuando recuperé la consciencia. Croft se movía débilmente, y cuando se incorporó, recogió del suelo a mi lado, automáticamente, una pequeña cruz de madera.

Nos pusimos de pie y miramos aturdidos a nuestro alrededor. Antiguas ruinas cubiertas de maleza se extendían bajo la luz dorada. Se veían los contornos rotos de cimientos de edificios, y en un lugar, un recinto de lápidas desgastadas por el tiempo, apenas visibles, pero no había ninguna casa ni estructura en pie, ni señal alguna de vida. Croft y yo observábamos con la mirada perdida, mientras el mundo entero permanecía en silencio bajo la luz del sol matutino.

Edmond Hamilton (1904-1977)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edmond Hamilton: La aldea de los vampiros (Vampire Village), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El cantante en la niebla»: Robert E. Howard; poema y análisis.


«El cantante en la niebla»: Robert E. Howard; poema y análisis.




«Al nacer, una bruja me lanzó hechizos monstruosos,»



El cantante en la niebla (The Singer in the Mist) es un poema del escritor norteamericano Robert E. Howard (1906-1936), publicado de manera póstuma en la edición de abril de 1938 de la revista Weird Tales,y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

El cantante en la niebla, uno de los poemas de Robert E. Howard menos conocidos, introduce a un Orador anónimo, quien sostiene que, al nacer, fue maldecido con «hechizos monstruosos» por una «bruja». Desde entonces se ve obligado a vagar por «sendas grises e impías», encontrándose con fantasmas, mujeres-serpiente, demonios. A pesar del destino al que se ve arrastrado, el Orador lo acepta, atraviesa la niebla de su existencia con la certeza de encontrarse, alguna vez, «con el día».


Al nacer, una bruja me lanzó hechizos monstruosos,
y he recorrido extraños caminos toda mi vida,
llevando mis pies por sendas grises e impías.
Busco a tientas los tallos de asfódelos rotos
por páramos desolados, acechados por entes diabólicos,
sigo huellas hendidas que arden;
guiado por fantasmas a través de la bruma de la luna
para hablar con demonios en sus infiernos de granito.

Los mares rompen contra largas costas custodiadas por dragones,
estallando en lunas carmesí de ardiente espuma,
y castillos de hierro me abren sus puertas,
y mujeres serpiente me seducen con arpa y canto.
Las olas brumosas ahora tiemblan al compás de remos fantasma;
no me busques; navego para encontrarme con el día.


El cantante en la niebla forma parte del ciclo Sonetos escapados del manicomio (Sonnets Out of Bedlam), junto con El devorador de almas (The Soul-Eate), El sueño y la sombra (The Dream and the Shadow), La última hora (The Last Hour) y Columnas fantasmales (Haunting Columns). Este ciclo, escrito en la década de 1930, conversa con otros ciclos poéticos pertenecientes al Círculo de Lovecraft, particularmente con los sonetos de H. P. Lovecraft reunidos en Hongos de Yuggoth (Fungi From Yuggoth), y el ciclo de Donald Wandrei: Sonetos de las horas de medianoche (Sonnets of the Midnight Hours) [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»].

¿Quién es el orador del poema? Si bien no se nos menciona su nombre, ciertas características nos hacen pensar en Conan el Cimmerio.

El Orador de El cantante en la niebla sostiene que fue maldecido al nacer por una bruja, y que a raíz de eso se vio obligado a llevar una vida errante, llena de peligros, algunos de ellos sobrenaturales. Por otro lado, el nacimiento de Conan es probablemente el más espectacular de toda la ficción: su madre lo da a luz en el campo de batalla. Con sus últimas fuerzas, la mujer llama al niño «Conan» antes de morir [ver: Conan y la barbarie como estado natural del ser humano]

¿Es el nombre «Conan» el «hechizo monstruoso» que lanza la «bruja» al Orador? Es una idea peregrina. Que yo sepa, la madre de Conan, llamada Greshan, y a veces Gresian por Robert E. Howard [y Piala en algunas adaptaciones] no era una bruja, sino la esposa de un herrero llamado Corin. Tampoco parece que Conan guardara rencor hacia su madre, aunque, si lo pensamos bien, el Orador del poema no se queja de su destino, que no es otra cosa que vivir una vida de dificultades hasta llegar al final de sus días; y eso, inevitablemente, comenzó con su nacimiento, es decir, con su madre [ver: ¡POR CROM! La teología de Conan el cimmerio]

Dicho esto, la mención Mujeres Serpiente [Serpent-Women] se acerca bastante a los Hombres Serpiente [Serpent Men], raza creada por Robert E. Howard para el universo de Kull. Tanto la familia como la tribu de Kull fueron destruidos por una inundación cuando él aún era un niño pequeño, y se crió solo y salvaje. Se desconoce el nombre de su madre.





El cantante en la niebla.
The Singer in the Mist, Robert E. Howard (1906-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Al nacer, una bruja me lanzó hechizos monstruosos,
y he recorrido extraños caminos toda mi vida,
llevando mis pies por sendas grises e impías.
Busco a tientas los tallos de asfódelos rotos
por páramos desolados, acechados por entes diabólicos,
sigo huellas hendidas que arden;
guiado por fantasmas a través de la bruma de la luna
para hablar con demonios en sus infiernos de granito.

Los mares rompen contra largas costas custodiadas por dragones,
estallando en lunas carmesí de ardiente espuma,
y castillos de hierro me abren sus puertas,
y mujeres serpiente me seducen con arpa y canto.
Las olas brumosas ahora tiemblan al compás de remos fantasma;
no me busques; navego para encontrarme con el día.


At birth a witch laid on me monstrous spells,
And I have trod strange highroads all my days,
Turning my feet to gray, unholy ways.
I grope for stems of broken asphodels;
High on the rims of bare, fiend-haunted fells,
I follow cloven tracks that lie ablaze;
And ghosts have led me through the moonlight's haze
To talk with demons in their granite hells.

Seas crash upon long dragon-guarded shores,
Bursting in crimson moons of burning spray,
And iron castles ope to me their doors,
And serpent-women lure with harp and lay.
The misty waves shake now to phantom oars—
Seek not for me; I sail to meet the day.


Robert E. Howard (1906-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Robert E. Howard.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Robert E. Howard: El cantante en la niebla (The Singer in the Mist), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Se oyó en el tejado a medianoche.»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.


«Se oyó en el tejado a medianoche.»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.




«Una noche, sentada junto al fuego,
oí a unas brujas en el tejado.
Oí gruñir y relinchar sus escobas,
y a una anciana decir:
bienvenidas a la oscuridad.»



Se oyó en el tejado a medianoche. (Heard on the Roof at Midnight) es un poema gótico de la escritora norteamericana Leah Bodine Drake (1904-1964), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1946 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Se oyó en el tejado a medianoche, uno de los grandes poemas de Leah Bodine Drake, ofrece un breve retrato de la creencia en las brujas, doblemente interesante si se tiene en cuenta que la autora era descendiente del experto en demonología Jean Bodin, autor del tratado de 1580: De la démonomanie des sorciers [«Sobre la adoración demoníaca de las brujas»]

El poema abre con la Oradora «sentada junto al fuego» durante la Noche de Walpurgis. De repente, oye «a unas brujas en el tejado», incluso oye «relinchar sus escobas» y a una anciana, de nombre Lib, llamando a sus hermanas y «compañeros del aquelarre». Estos compañeros son espíritus familiares que forman parte del coven: gatos, una gallina [«disfrazada de comadreja»] y una kelpie, especie de ninfa acuática del folklore escocés, quienes «surcan el aire con furia», es decir, vuelan hacia el «Sabbat».

Entonces la Oradora oye «gritar a las brujas», llamándola, invitándola a unirse, a abrir el «alma a la antigua alegría». Sabemos que se dirigen a ella porque la anciana alude a alguien que «dormita junto al hogar», y la Oradora comienza el poema sentada junto al fuego. Sabemos también que la Oradora es mujer porque la bruja la invita a bajar «la escoba» del «estante», y luego añade: «¡Abre de par en par la ventana, monta y cabalga! / ¡La noche de Walpurgis está afuera!»

Las Piedras Sarsen que menciona la bruja son bloques de arenisca tallados por los pueblos neolíticos de Europa. Se encuentran principalmente en Inglaterra, como Stonehenge, Avebury y otros lugares. Esto pone en duda la ubicación geográfica del poema. Por la mención a la kelpie, parece ser Escocia, por la mención a las Piedras Sarsen, parece ser Inglaterra. En Escocia no tienen este nombre, pero sin duda existen monumentos de este tipo.

Al final, la Oradora se aferra al Libro, es decir, la Biblia, mientras oye a las brujas «surcar los cielos de medianoche». Finalmente se atreve a mirar por la ventana, pero «todo estaba vacío», excepto por «dos murciélagos», que se alejan volando «a través de la luna».

Tal como lo anuncia su título, Se oyó en el tejado a medianoche es un poema repleto de imágenes que nunca son vistas, sino reconstruidas a partir de sonidos. Lo único que alcanza a ver la Oradora son dos murciélagos. Las voces, los gritos, los correteos por el techo, las escobas, pueden ser parte del terror de la noche de Walpurgis, la fantasía de una mujer sola, pero creo que Leah Bodine Drake intenta decirnos que, en ciertas noches, algunos simplemente son llamados a los misterios de la noche.




Se oyó en el tejado a medianoche..
Heard on the Roof at Midnight, Leah Bodine Drake (1904-1964)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Una noche, sentada junto al fuego,
oí a unas brujas en el tejado.
Oí gruñir y relinchar sus escobas,
y a una anciana decir:

«Bienvenidas a la oscuridad, Tess, muchacha.
¿Has visto pasar a nuestros compañeros del aquelarre?»
«¡Sí, Lib! ¡El Kelpie de su estanque
y la mitad de los gatos del granero
surcaron el aire con furia,
cada uno creciendo hasta duplicar su tamaño!
La gallina pasó disfrazada de comadreja.
¡Oh, el coven se reúne para el Sabbat!»

Entonces mi sangre se heló, y volvió a arder,
al oír gritar a las brujas (las oí claramente):
«¡Tú que dormitas junto al hogar!
¡Abre tu alma a la antigua alegría!
¡No encadenes más tu ser secreto!
¡Baja la escoba de su estante!
El búho ha ululado dos veces, gime el viento nocturno.
La luna sonríe sobre las Piedras Sarsen.
¡Abre de par en par la ventana, monta y cabalga!
¡La noche de Walpurgis está afuera!»

Entonces cerré la ventana, recé una oración
(¡No me atreví a escuchar más!)
abracé el Libro y cerré los ojos...
Las oí surcar los cielos de medianoche.
Miré por la ventana y todo estaba vacío.
El techo, la cumbrera y el aire lechoso.
Y solo dos murciélagos, que pronto desaparecieron,
volaban a través de la luna.


As I sat by my fire one night
Witches I heard on the roof alight.
I heard their broomsticks whinny and neigh.
And then I heard one beldame say:

"Well met in darkaess,Tess,my lass I
Have you seen our coven comrades pass?”
"Aye,Lib! The Kelpie from her tarn,
And half the cats from miller's barn
Tore through the air with fiery
Each one grown to twice his size!
The hen-wife passed in a weasel’s habit -
Oh,the coven gathers for the Sabbat!"

Then my blood ran cold, and hot again,
As I heard the witches (Heard them plain).
Cry,"You who doze by the dullard hearth.
Open your soul to the ancient mirth!
Chain no longer your secret self.
Take down the besom from its shelf!
The owl ’s cried twice, the night wind moans.
The moon grins over the Sarsen Stones.
Fling wide the casement,mount and ride -
Walpurgis Night is all outside!"

Then I barred the window, I said a prayer
(To listen longer I didn't dare!)
I clasped the Book and I closed my eyes...
I heard them rush through the midnight skies.
So I looked out the windows all was bare.
Roof and ridgepole and milky air.
And only two bats, who vanished soon,
Were winging their way across the moon.


Leah Bodine Drake (1904-1964)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Leah Bodine Drake.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Leah Bodine Drake: Se oyó en el tejado a medianoche. (Heard on the Roof at Midnight), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Nictálope»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Nictálope»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas.
Hemos visto los soles negros
derramando la noche»



Nictálope (Nyctalops) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de octubre de 1929 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Nictálope, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, despliega un vasto repertorio de criaturas mitológicas, arquetípicas de la noche.

El título del poema posee una doble faz. Por un lado, «nictálope» designa a una persona que padece nictalopía, la cual se caracteriza por una disminución de la visión en condiciones de poca luz. No es una enfermedad en sí misma, sino el síntoma. Sin embargo, Clark Ashton Smith emplea el término en su sentido original, contrario al uso médico, el cual describe a una persona [o animal] con la capacidad de ver en la oscuridad. La palabra proviene del griego nyktos, «noche»; y optos, «vista».

El poema abre con una pregunta a los que «ven en la oscuridad», es decir, a los nictálopes:


Vosotros que veis en la oscuridad
cuando la luna se ahoga
en la bruma pantanosa
que se extiende a lo largo del suelo;
vosotros que veis en la oscuridad,
decid, ¿qué habéis encontrado?


La respuesta del nictálope es un catálogo de horrores cósmicos, seres mitológicos y sutilezas cuánticas:


Hemos visto extraños átomos
concertando citas en el aire.;
el polvo de amantes desaparecidos,
separados hace mucho tiempo
en la desesperación,
y polvo de flores que se marchitaron
en otros mundos.

Hemos visto pesadillas
descender del cielo,
silenciosas, como murciélagos,
hacia donde yacen los durmientes;
hemos visto los pechos
de los súcubos.

Hemos visto el cristal
de las lágrimas de la Medusa muerta.
Hemos observado a las ondinas
menguar en presas estancadas,
y a las mandrágoras danzando frenéticamente
junto a lagos negros, hinchados de sangre.

Hemos visto a los sátiros
renovar sus antiguos amores
con ninfas blancas como la luna de los cipreses,
pálidas dríades del tejo,
en la hierba alta de los cementerios
cargados con el rocío de la tarde.

Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas,
donde átomo se mueve con átomo
en una brillante y veloz formación,
como constelaciones ordenadas
en algún camino sideral.

Hemos visto hermosos colores
que no habitan en la luz:
oro más intenso e iris
oculto y recóndito;
hemos visto los soles negros
derramando la noche.


En 1933, cuatro años después de la publicación de este poema, Clark Ashton Smith volvería a utilizar el término nyctalops en El viaje del rey Euvoran (The Voyage of King Euvoran). En una escena, Euvoran está en una celda y es visitado por una especie de búho, «un nictalopo de ojos amarillos brillantes» pero «con las robustas patas de un megápodo». Como es lógico en una situación semejante, Euvoran está incómodo, en especial debido a la mirada del ave, «que lo fulminaba con un brillo más intenso a medida que la penumbra se intensificaba».

En una carta a H. P. Lovecraft, fechada en febrero de 1931, Clark Ashton Smith deja en claro que considera a Nictálope como uno de sus mejores poemas:


«Si realmente tuviera la energía que me atribuyes, intentaría hacer algo con mis traducciones, poemas, etc. Pero con las condiciones actuales del mercado, imagino que sería doblemente difícil interesar a alguien. Sin embargo, todavía se publica poesía; recientemente he recibido solicitudes de colaboración de las editoriales de dos antologías proyectadas. Una de ellas incluirá cinco de mis mejores poemas cortos: Símbolos (Symbols), Nictálope (Nyctalops), La nereida (The Nereid), Palmeras (Palms) y Sepultura (Sepulture).»


En lo personal, creo que Nictálope es un homenaje de Clark Ashton Smith a todos los autores del género macabro, en particular a Lovecraft y sus camaradas de Weird Tales, quienes eran, en cierto modo, aquellos que «veían en la oscuridad», es decir, quienes se permitían observar en las tinieblas de la naturaleza para proporcionarnos todas esas visiones extrañas [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]




Nictálope.
Nyctalops, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Vosotros que veis en la oscuridad
cuando la luna se ahoga
en la bruma pantanosa
que se extiende a lo largo del suelo;
vosotros que veis en la oscuridad,
decid, ¿qué habéis encontrado?

Hemos visto extraños átomos
concertando citas en el aire.;
el polvo de amantes desaparecidos,
separados hace mucho tiempo
en la desesperación,
y polvo de flores que se marchitaron
en otros mundos.

Hemos visto pesadillas
descender del cielo,
silenciosas, como murciélagos,
hacia donde yacen los durmientes;
hemos visto los pechos
de los súcubos.

Hemos visto el cristal
de las lágrimas de la Medusa muerta.
Hemos observado a las ondinas
menguar en presas estancadas,
y a las mandrágoras danzando frenéticamente
junto a lagos negros, hinchados de sangre.

Hemos visto a los sátiros
renovar sus antiguos amores
con ninfas blancas como la luna de los cipreses,
pálidas dríades del tejo,
en la hierba alta de los cementerios
cargados con el rocío de la tarde.

Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas,
donde átomo se mueve con átomo
en una brillante y veloz formación,
como constelaciones ordenadas
en algún camino sideral.

Hemos visto hermosos colores
que no habitan en la luz:
oro más intenso e iris
oculto y recóndito;
hemos visto los soles negros
derramando la noche.


Ye that see in darkness
When the moon is drowned
In the coiling fen-mist
Far along the ground—
Ye that see in darkness,
Say, what have ye found?

—We have seen strange atoms
Trysting on the air—
The dust of vanished lovers
Long parted in despair,
And dust of flowers that withered
In worlds of otherwhere.

We have seen the nightmares
Winging down the sky,
Bat-like and silent,
To where the sleepers lie;
We have seen the bosoms
Of the succubi.

We have seen the crystal
Of dead Medusa's tears.
We have watched the undines
That wane in stagnant weirs,
And mandrakes madly dancing
By black, blood-swollen meres.

We have seen the satyrs
Their ancient loves renew
With moon-white nymphs of cypress,
Pale dryads of the yew,
In the tall grass of graveyards
Weighed down with evening's dew.

We have seen the darkness
Where charnel things decay,
Where atom moves with atom
In shining swift array,
Like ordered constellations
On some sidereal way.

We have seen fair colors
That dwell not in the light—
Intenser gold and iris
Occult and recondite;
We have seen the black suns
Pouring forth the night.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Nictálope (Nyctalops), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Conan y la barbarie como estado natural del ser humano.


Conan y la barbarie como estado natural del ser humano.




«—La barbarie es el estado natural de la humanidad —dijo el fronterizo—.
La civilización es antinatural. Es un capricho de las circunstancias.»
[Más allá del Río Negro (Beyond the Black River], Robert E. Howard)]



Uno de los elementos más interesante de las historias del ciclo de Conan el cimmerio [Robert E. Howard] es esta idea de que la barbarie no solo es exitosa, sino el estado por defecto del ser humano, y por lo tanto el estado natural. Por el contrario, la civilización es retratada simplemente como un lapso o episodio intermedio en la historia del mundo.

En relato de 1932: El fénix en la espada (The Phoenix on the Sword) leemos lo siguiente:


«[Conan] se alzó como la imagen del primigenio invencible (...) Los hombres vacilaron; aunque salvajes y disolutos, provenían de una raza que los hombres llamaban civilizada. Frente a ellos estaba el bárbaro, el asesino natural.»


Conan, entonces, representa el «estado natural» del ser humano, la barbarie; pero esta no es exactamente opuesta a la civilización. Para Robert E. Howard, la idea de «civilización» trae consigo un sinnúmero de cuestiones que reducen al ser humano a la condición de esclavo de un sistema. En este contexto, la barbarie no equivale a crueldad; es un retorno o liberación de las cadenas de la civilización.

En La ciudadela escarlata (The Scarlet Citade) leemos:


«El rostro curtido de Conan estaba aún más oscuro por la pasión; su armadura estaba hecha jirones y su gran espada estaba salpicada de sangre hasta el mango. Todo el barniz de la civilización se había desvanecido; era un bárbaro quien se enfrentaba a sus conquistadores.»


Es fácil distraerse con la fuerza, los músculos, la lujuria y la determinación de Conan, pero en el fondo de estas historias, Robert E. Howard plantea que solo en la barbarie puede encontrarse el heroísmo. Más aún, la barbarie de Conan es heroica. Ciertamente es un tipo destructivo, pero también encarna los principios de la lealtad, y hasta cierto punto es altruista, se involucra en causas ajenas, todas cualidades que reconoceríamos como virtudes en nuestro mundo, aparentemente, civilizado.

Del mismo modo, los representantes de la civilización en el universo de Conan son personas que no vacilan en mentir, son perezosos, cobardes, proclives a la intriga y los cultos secretos. Tal es así que desde la perspectiva del lector la barbarie parece civilizada y la civilización un sistema bárbaro.

Robert E. Howard construye su universo sobre esta piedra basal. Desde esa posición se permite atacar la idea o suposición de que la civilización es moralmente superior a la barbarie.

El propio Robert E. Howard comenta en una de sus cartas que Conan reúne un amplio catálogo de atributos de hombres que conoció, y que vivían, en mayor o menor medida, en los márgenes de la civilización moderna:


«Él [Conan] es simplemente una combinación de varios hombres que he conocido, y creo que por eso pareció cobrar vida en mi conciencia cuando escribí la primera historia de la serie. Un mecanismo en mi subconsciente tomó las características dominantes de varios boxeadores, pistoleros, contrabandistas, matones petroleros, jugadores y trabajadores honestos con los que tuve contacto, y, combinándolas, produjo la amalgama que llamo Conan el Cimmerio.»


Si Robert E. Howard hubiera sido el autor de El Señor de los Anillos, Aragorn nunca hubiese entrado en Gondor al final, y menos aún se habría convertido en rey. La moral indomable del montaraz está en clara oposición con las necesidades políticas de un rey. Es cierto, Conan también llega al trono, pero no por linaje, sino por la fuerza.

No parece que Conan fuera filosófico en su postura moral. La barbarie es lo que le permite sobrevivir, y su actitud incivilizada, sobre todo hacia la muerte, sin miedo ni remordimiento, suele ser demasiado para sus adversarios, atados a ciertas comodidades como la propiedad privada, la religión [a menudo bajo la forma de la magia negra] y el deseo de vivir.

En La hora del Dragón (The Hour of the Dragon) —también publicado como Conan el conquistador (Conan the Conqueror)— Conan, rey por entonces, se esconde en la casa de un súbdito para obtener información sobre la posible invasión de un culto entregado a la brujería. Pronto descubre que la situación es desesperada, pero no procede «como lo haría un hombre civilizado en las mismas condiciones», sino que decide realizar una incursión personal al castillo de sus enemigos.

Es cierto, esta es una historia de aventuras, no la crónica de un regente y sus intrigas palaciegas. Conan nunca podría hacer «lo más razonable», desde nuestra perspectiva [civilizada]; nunca podría ser cauteloso ni político. Ni siquiera podría ser un general que prepara las defensas de su reino. Conan es un hombre de acción, no un hombre sensato; es astuto, no un estratega; es cínico y no soporta la corrupción: no un gobernante que solo la condena públicamente. De modo que directamente se escabulle tras las líneas enemigas.

Es importante mencionar que Robert E. Howard creía en la naturaleza cíclica de la civilización, y sobre ese principio se basa el universo de Conan. Estamos en una Era [Hiboria] donde los los reinos precataclísmicos, otrora grandiosos y civilizados, están en decadencia, corruptos y degenerados, y por lo tanto son presa fácil para los pueblos bárbaros. En este universo literario, las civilizaciones surgen para luego caer a través de una progresiva degradación moral. Cuando Conan toma el poder en Aquilonia, los nobles lo apoyan, pero no implementa ninguna reforma que mejore las cosas, o que retrase la inevitable decadencia. Es rey, pero sigue actuando como un lobo  la mayoría del tiempo.

Robert E. Howard, como cualquiera que haya leído algo de historia, entendía que las civilizaciones son cíclicas: surgen, alcanzan su esplendor, y se vuelven decadentes y corruptas. En este punto son conquistadas por otro pueblo, otra cultura, a menudo bárbara [en términos de marginalidad de la cultura predominante], quienes eventualmente se vuelven corruptos y complacientes. Conan no colabora con este ciclo. Cuando toma el poder, no hace nada para detener el deterioro, quizás porque sabe que es inevitable.

Howard nación y vivió toda su vida en la zona de Peaster, Texas, una pequeña comunidad que se vio invadida por el auge del petróleo a principios del siglo XX. Cuando esos vientos dejaron de soplar, la gente que acudió en masa se fue, así como los servicios y el aparente bienestar que había traído el progreso. Lo que quedó fue una comunidad deteriorada, aislada, débil, muy diferente [en el recuerdo de Howard] del pueblo robusto, trabajador y primitivo que supo ser en sus orígenes. En este contexto, Conan es el individuo que no se debilita ni se corrompe por la sociedad civilizada, y por lo tanto destinada a caer.

La mejor ficción de este tipo se ambienta en un escenario similar. Si tomamos El Señor de los Anillos podríamos decir que estamos en un período de la historia de la Tierra Media [finales de la Segunda Edad] donde la civilización humana ya alcanzó su apogeo técnico, militar y político [Númenor, la Gondor de los reyes] y ahora se encuentra en declive. Tanto Conan como Aragorn existen entre las ruinas que dejó una civilización muerta. Aragorn vive exclusivamente para retornar a ese pasado de grandeza. Conan intuye que el patrón está condenado a repetirse.

Robert E. Howard se quitó la vida a los treinta años de edad, pero alcanzó a vivir seis años después de la Gran Depresión. En cierto modo, prefería la barbarie personal, y sus delitos asociados, a la delincuencia de los banqueros, en última instancia, ladrones mucho más eficientes debido a que operan bajo el amparo de la civilización.

En una carta a H. P. Lovecraft, fechada el 9 de agosto de 1932, Howard escribió:


«Soy incapaz de sentir interés en ninguna raza, país o época altamente civilizada, incluida esta. Cuando una raza —casi cualquier raza— emerge de la barbarie, o aún no lo ha hecho, capta mi interés. Parece que puedo comprenderla y escribir sobre ella con inteligencia. Pero a medida que avanza hacia la civilización, mi interés comienza a debilitarse, hasta que finalmente se desvanece por completo, y sus costumbres, pensamientos y ambiciones me resultan completamente ajenos y desconcertantes.»


Después de la muerte de Robert E. Howard, Lovecraft escribió en una de sus cartas:


«Si le hubieran dado la oportunidad de nacer en una época anterior, sin ningún recuerdo de esta vida, Howard habría elegido ser un bárbaro, crecer duro, delgado y lobuno, adorando a dioses paganos y viviendo la dura y estéril vida de un bárbaro.»




Más Robert E. Howard. I Taller gótico.


Más literatura gótica:
El artículo: Conan y la barbarie como estado natural del ser humano fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.


«Mascarada»: Henry Kuttner; relato y análisis.




«Tendrá una mirada burlona cuando le hable de vampiros.
No es que crea en esas cosas, pero…»



Mascarada (Masquerade) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado originalmente en la edición de mayo de 1942 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1947: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead).

Mascarada, uno de los cuentos de Henry Kuttner menos conocidos, relata la historia de una pareja durante su segunda luna de miel. Una tormenta los obliga a detener la marcha y buscar refugio. Lo encuentran entre una familia de degenerados endógamos [que pueden o no ser vampiros], quienes viven en un antiguo manicomio abandonado.

Para mi asombro, Mascarada es un buen relato. Acierta en todos los blancos hacia los que apunta. No pretende ser otra cosa que un comentario [o crítica] sobre las historias de vampiros «modernas» [en 1942]. En el camino efectúa una autopsia sobre los clichés del género en clave humorística.

Han pasado algo más de ochenta años desde 1942, por lo que buena parte de los códigos que desbarata Henry Kuttner ya no forman parte del imaginario del lector del género. En otras palabras, el giro final es previsible en 2025. De modo tal que, cuando se nos revela que esta pobre pareja en realidad son dos vampiros, y la familia de locos y degenerados son la presa, no hay asombro ni consternación. Sin embargo, Mascarada es más que un plot twist.

En la apertura, el protagonista, que además es el narrador de la historia, sugiere que podría tratarse de un escritor. De entrada, justo antes de pedir asilo en el manicomio abandonado, Charlie le dice a su esposa, Rosamond: «Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo». Es decir, comenta que lo que les está sucediendo parece sacado de un cuento por debajo de lo genérico. Por supuesto, Charlie y Rosamond son Henry Kuttner y su esposa, Catherine L. Moore, otra prolífica escritora.

Todo participa de este gran cliché al que se refiere en la apertura: en su segunda luna de miel, durante una fuerte tormenta, Charlie y Rosamond llaman a la puerta de un manicomio cerrado y son recibidos por una familia desquiciada, los Carta, quienes se comportan como caníbales. Disfrutan mucho hablando de la leyenda de chupasangres locales: los vampiros Henshawe, sugiriendo que podrían ser ellos mismos. El giro final es que el narrador y su esposa son los vampiros Henshawe, y lo que nosotros, los lectores, interpretamos como miedo y recelo a los idiotas rurales es, de hecho, cierto desagrado por tener que beber sangre humana para sobrevivir [ver: mitos y leyendas de vampiros]

Queda claro que Henry Kuttner elaboró cuidadosamente los diálogos para mantener esta revelación a salvo hasta el final, sin inducir información falsa en el proceso. Charlie, el narrador, parece demasiado bromista para la situación en la que está, incluso se burla de los Carta, pero, siendo un personaje bidimensional, no estorba demasiado y, al final, funciona. De hecho, el humor exacerbado de Charlie es como un caballo de Troya que relaja las defensas de los Carta y los vuelve presas fáciles.

En cuanto a los vampiros, no cuentan con atributos particulares, salvo el hecho de que Charlie menciona que el whisky alivia la sed [de sangre], y que Rosamond parece algo asqueada de por sus hábitos alimenticios, sin llegar a la depresión de un Louis de Pointe du Lac. Por lo demás, deben evitar las corrientes de agua y, quizás, dormir en la tierra donde se convirtieron en vampiros. Afortunadamente para ellos, son de la zona, por lo que pueden descansar en el manicomio. Ya al final de la historia, Charlie hace algunas comparaciones con el Drácula de Bram Stoker [ver: Drácula visita Salem's Lot]

Mascarada se aleja de la faceta de Henry Kuttner como acólito de H. P. Lovecraft, y apunta en la dirección opuesta de sus anteriores colaboraciones a los Mitos de Cthulhu. De hecho, esta historia parece estar en la vena de Ray Bradbury, que también aportó algunos vampiros bastante inusuales [ver: Los Mitos de Khut-N’hah]




Mascarada.
Masquerade, Henry Kuttner (1915-1958)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Mira —le dije a Rosamond con amargura—. Si yo empezara una historia como esta, cualquier editor la rechazaría de un plumazo…

—Eres demasiado modesto, Charlie —dijo—. Es la típica broma de que el rechazo no implica necesariamente falta de mérito, pero que la historia huele mal. Así que aquí estamos. De luna de miel. Se avecina una tormenta. Relámpagos cruzan el cielo. La lluvia cae a cántaros. Y esa casa a la que nos dirigimos es, obviamente, un manicomio abandonado. Cuando llamemos a la puerta, se oirán pasos arrastrados y un viejo cascarrabias de aspecto repugnante nos abrirá. Se alegrará mucho de vernos, pero tendrá un brillo burlón en los ojos cuando empiece a hablar de una leyenda de vampiros que rondan por aquí. No es que crea en esas cosas, pero…

—¿Pero qué hace que sus dientes sean tan afilados?

Rosamond sonrió.

Entonces estábamos en el porche destartalado golpeando el panel de roble que el relámpago nos había mostrado. Lo hicimos de nuevo. Rosamond dijo:

—Prueba con el llamador. No debemos usar la fórmula equivocada.

Así que llamé a la puerta con un golpe seco y oí pasos arrastrados. Rosamond y yo nos miramos, incrédulos, y sonreímos. Es muy guapa. Nos gustan las mismas cosas —sobre todo las poco convencionales— y por eso nos llevamos bien.

En fin, la puerta se abrió y allí estaba un viejo cascarrabias de aspecto repugnante, con una lámpara de aceite en una mano nudosa. No parecía muy sorprendido. Pero su rostro estaba tan lleno de arrugas que era difícil descifrar cualquier cambio en su expresión. Tenía una nariz aguileña que sobresalía como una cimitarra, y sus pequeños ojos eran verdosos en la penumbra. Curiosamente, tenía el pelo negro, grueso y áspero. Del tipo que le quedaría bien a un cadáver, pensé.

—Visitantes —dijo con voz ronca—. Aquí recibimos pocas visitas.

—Debes de tener mucha hambre entre visita y visita —bromeé, y llevé a Rosamond al pasillo.

Olía a humedad. El anciano también.

Cerró la puerta para protegerse del viento y nos hizo señas para que entráramos en un salón. Rozamos unas cortinas de cuentas antiguas y nos encontramos de nuevo en la época victoriana. El abuelo tenía sentido del humor.

—Nosotros no nos comemos a las visitas —comentó—. Simplemente las matamos y les robamos el dinero. Pero hoy en día hay poca comida —rió como una gallina triunfante con quintillizos en ciernes—. Yo —dijo—, soy Jed Carta.

—¿Carter?

—Carta, siéntense, pónganse cómodos mientras preparo la chimenea.

Estábamos empapados.

—¿Podemos pedir prestada algo de ropa? Llevamos años casados, por si te lo preguntabas. Pero aún nos sentimos pecadores. Nos llamamos Denham, Rosamond y Charlie.

—¿No son recién casados? —Carta pareció decepcionado.

—Es nuestra segunda luna de miel. Más divertida que la primera. ¡Qué romántico! —le dije a Rosamond.

Carta asintió.

Mi esposa es la única mujer más inteligente que yo a la que no odio. Es muy guapa, incluso cuando parece un gatito mojado.

Carta estaba encendiendo la chimenea.

—Mucha gente vivió aquí antes —comentó—. Solo que no querían. Estaban locos. Pero ya no es un manicomio.

—Esa es tu historia —dije.

Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la puerta.

—Les traeré algo de ropa —dijo por encima del hombro—. Eso sí, si no les importa quedarse solos aquí.

—¿No crees que estamos casados? —preguntó Rosamond—. De verdad, no necesitamos un chaperón.

Carta mostró algunos dientes torcidos.

—Oh, no es eso. La gente de por aquí tiene ideas raras. Como... —rió entre dientes—. ¿Han oído hablar de vampiros? Dicen que últimamente ha habido muertes en esta región.

—El rechazo no implica necesariamente falta de mérito —dije débilmente.

—¿Eh?

—No importa. —miré a Rosamond y ella me devolvió la mirada.

—No es que crea en esas cosas —dijo Carta.

Sonrió de nuevo, se humedeció los labios y salió dando un portazo. También cerró la puerta con llave.

—Sí, cariño —dije—. Tenía los ojos verdes. Me fijé.

—¿Tenía los dientes afilados?

—Solo tenía uno. Y estaba destrozado hasta el hueso. Quizá algunos vampiros tienen problemas de caries, aunque no suena convencional.

—Quizá los vampiros no siempre son convencionales.

Rosamond miraba fijamente al fuego. Las sombras danzaban por la habitación. Un relámpago iluminó el exterior.

El rechazo no siempre es inevitable.

Encontré unas mantas afganas polvorientas y las sacudí. Colgamos nuestras prendas junto al fuego, envolviéndonos en las mantas hasta parecer indigentes.

—Quizá no sea una historia de fantasmas —dije—. Quizá sea una historia de sexo.

—No si estamos casados —replicó Rosamond.

Simplemente sonreí. Pero me quedé pensando en Carta. No creo en las coincidencias. Era más fácil, de alguna manera, creer en vampiros.

La puerta se abrió y el hombre que entró no era Carta. Parecía el tonto del pueblo: un hombre obeso y grotesco, con labios gruesos y babeantes y pliegues de grasa alrededor del cuello desabrochado. Se subió el mono, se rascó y nos sonrió con sorna.

—También tiene los ojos verdes —comentó Rosamond.

El recién llegado tenía paladar hendido, pero pudimos entender lo que decía.

—Todos nuestros parientes tienen los ojos verdes. El abuelo está ocupado. Me mandó con esto. Soy Lem Carta.

Lem llevaba un bulto al hombro y me lo lanzó. Ropa vieja. Camisas, mono, zapatos; bastante limpios, pero con el mismo olor a humedad.

Lem se acercó pesadamente al fuego y dejó caer su monstruoso cuerpo en cuclillas. Tenía la misma nariz aguileña que el abuelo Carta, pero medio enterrada entre almohadillas de grasa flácida. Soltó una risita ronca.

—Nos gustan las visitas —anunció—. Mamá ya viene a saludarlos. Se está cambiando.

—¿Poniéndose una mortaja limpia, eh?

—Vete, Lem —amenacé—. Y no mires por el ojo de la cerradura.

Refunfuñó, pero salió arrastrando los pies, y nos pusimos esas prendas mohosas. Rosamond se veía muy guapa del tipo campesina, dije, lo cual era mentira. Me dio una patada.

—Guarda tus fuerzas, cariño —dije—. Podríamos necesitarlas contra los Carta. Una familia horrible. Probablemente esta sea su mansión ancestral. Solían vivir aquí cuando era un manicomio. Huéspedes de pago. Ojalá tuviera una copa.

Me miró fijamente.

—Charlie, ¿empiezas a creer que...?

—¿Que los Carta son vampiros? ¡Ni hablar! Son unos idiotas que intentan asustarnos.

—Te quiero, cariño.

Casi le rompo las costillas al abrazarla. Estaba temblando.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Tengo frío —dijo—. Eso es todo.

—Claro.

La llevé hacia el fuego.

—¿Qué te parece si vamos a explorar? —dije

—Quizás deberíamos esperar a Lem.

Un murciélago revoloteó contra la ventana. Rara vez vuelan durante una tormenta. Rosamond no lo vio.

—No, no esperaremos —dije—. Vamos.

Me detuve en la puerta, porque mi esposa se había arrodillado. No estaba rezando, sin embargo. Miraba fijamente la tierra del suelo. La levanté con la mano libre.

—Claro. Es moho de cementerio. El Conde Drácula anda por ahí con los Hardy. Vamos a echar un vistazo al manicomio. Seguro que hay algunos esqueletos por ahí.

Salimos al pasillo y Rosamond se dirigió rápidamente a la puerta principal e intentó abrirla. Me miró con ojos sabios.

—Cerrada. Y las ventanas tienen rejas.

Dije: «Vamos», y la arrastré tras de mí. Regresamos por el pasillo, deteniéndonos a observar las habitaciones polvorientas y silenciosas, sumidas en la oscuridad. Ni un esqueleto. Nada. Solo un olor a moho, a humedad, como una casa deshabitada durante años. Pensé con desesperación: el rechazo no implica necesariamente...

Salimos a la cocina y vimos una luz tenue que se filtraba por una puerta. Un curioso susurro me intrigó. Un bulto oscuro se transformó en el joven Lem, la esperanza de los Kallikak.

El chapoteo cesó. La voz quebrada de Jed Carta dijo:

—Parece afilado ahora.

Algo salió volando y golpeó a Lem en la cara. Lo agarró y, mientras lo rodeábamos, vimos que estaba royendo un trozo de carne cruda.

—Bien —babeó, con sus ojos verdes brillando hacia nosotros—. ¡Buenísimo!

—Fortalece los dientes —le informé, y entramos en el cobertizo.

Jed Carta estaba afilando un cuchillo en una piedra. Quizás era una espada. En cualquier caso, era lo suficientemente grande como para batirse a duelo. Parecía algo desconcertado. Le pregunté:

—¿Preparándote para la invasión?

—Nunca termino mis tareas —murmuró—. Cuidado con esa lámpara. Este lugar está más seco que la yesca. Una chispa y arderá como pólvora.

—El fuego es una muerte tan limpia —murmuré, y gruñí cuando Rosamond me dio un codazo en las costillas. Dijo dulcemente:

—Señor Carta, tenemos muchísima hambre. Me pregunto si…

—Qué gracioso. Yo también tengo hambre —dijo él con una voz extrañamente baja y ronca.

—¿Seguro que no tienes sed? —pregunté—. A mi, en cambio, me vendría bien un whisky. Sangre para acompañar —añadí, y Rosamond me volvió a golpear.

—Hay veces —dijo con acidez— que uno se busca problemas.

—Es un disfraz —le dije—. Estoy muerto de miedo, señor Carta. De verdad. Lo tomo muy en serio. Dejó el cuchillo y esbozó una sonrisa.

—No estás habituado a las costumbres del campo, eso es todo.

—Eso es todo —dije, escuchando a Lem roer y babear sobre su carne cruda en la cocina—. Debe ser genial vivir una vida sana y limpia.

—Oh, sí, claro —rió entre dientes—. El condado de Henshawe es un buen lugar. Todos hemos vivido aquí mucho tiempo. Claro que nuestros vecinos no nos visitan mucho…

—Me sorprende —murmuró Rosamond. Parecía haber superado su recelo.

—Pero somos una comunidad antigua. Muy antigua. Tenemos nuestras costumbres, que se remontan a la época de la Revolución, incluso tenemos nuestras leyendas. —miró un trozo de carne que colgaba de un gancho—. Tenemos una leyenda sobre vampiros: los vampiros de Henshawe. Pero ya lo mencioné, ¿no?

—Sí —dije, balanceándome sobre los talones—. Dijiste que no le dabas importancia.

—Algunos sí —sonrió—. Pero no me creo esos cuentos de demonios de cara blanca con capas negras que vuelan por las grietas y se convierten en murciélagos. Me parece que un vampiro debería adaptarse a los tiempos, ¿sabes? Un vampiro del condado de Henshawe no sería como uno europeo. Incluso podría tener sentido del humor.

Carta soltó una carcajada y nos sonrió, radiante.

—Apuesto a que, si actuara como cualquier otra persona, nadie sospecharía lo que es. Y entonces podría seguir siendo como era antes de… —Carta miró sus manos curtidas por el trabajo—. Antes de morir.

—Si intentas asustarnos... —empecé.

—Solo bromeaba —dijo Carta. Se giró hacia el trozo de carne que colgaba del gancho—. Olvídalo. Dijiste que tenías hambre. ¿Te apetece un filete?

—He cambiado de opinión —dijo Rosamond apresuradamente—: Soy vegetariana —lo cual era mentira, pero secundé la moción de mi esposa.

Carta soltó una risita desagradable.

—¿Quizás te apetezca algo caliente para beber? ¿Qué tal un whisky?

—¡Claro! ¡Lem! —gritó el viejo—. ¡Trae un poco de licor antes de que te dé una buena reprimenda!

En ese momento, sostenía dos tazas rotas y una botella de bourbon barato cubierta de telarañas.

—Siéntanse como en casa —invitó Carta—. Se encontrarán con mi hija por ahí. Habla sin parar —algún pensamiento secreto pareció divertirlo, pues soltó una risita en esa rejilla grasienta y desagradable—. Lleva un diario, sí. Le dije que no era lo más sensato, pero Ruthie es muy terca.

Regresamos a la sala, nos sentamos frente a la chimenea y bebimos bourbon. Las tazas estaban sucias, así que levantamos la botella. Le dije:

—Hace mucho que no hacemos esto. ¿Te acuerdas de cuando íbamos en coche al parque con una botella...?

Rosamond negó con la cabeza, pero su sonrisa era curiosamente tierna.

—Éramos tan jóvenes, Charlie. Parece que fue hace tanto tiempo.

—Nuestra segunda luna de miel. Te quiero, cariño —dije en voz baja—. Nunca lo olvides.

Le pasé la botella.

—No está mal.

Un murciélago revoloteó contra el cristal de la ventana.

La tormenta no amainaba. Los truenos y relámpagos seguían formando el telón de fondo habitual. El licor me calentó. Dije:

—Exploremos un poco. Me quedo con el primer esqueleto.

Rosamond me miró.

—¿Qué era ese cadáver colgado en el cobertizo?

—Un costillar de res —expliqué con cuidado—. Vamos, o te parto la cara. Trae la botella. Yo llevo la lámpara. Cuidado con las trampillas, los paneles secretos y las manos que te agarran.

—¿Y los vampiros de Henshawe?

—Trampas —dije con firmeza.

Subimos por unas escaleras destartaladas y crujientes hasta el segundo piso. Algunas puertas tenían rejas con barrotes. Ninguna estaba cerrada con llave. El lugar había sido un manicomio, sin duda.

—Piensa —dijo Rosamond, bebiendo whisky— en todos los pacientes que estuvieron aquí. Todos locos.

—Sí —asentí—. Y a juzgar por los Carta, la enfermedad persiste.

Nos detuvimos, mirando a través de una reja una celda ocupada. Una mujer estaba sentada en silencio en un rincón, esposada a la pared, vestida con una camisa de fuerza. Una lámpara estaba cerca de ella. Tenía el rostro plano y achatado, cetrino y feo; sus ojos eran grandes y verdes, y una mueca torcida se dibujaba en sus labios.

Empujé la puerta; se abrió con facilidad. La mujer nos miró sin curiosidad.

—¿Usted es... una paciente? —pregunté débilmente.

Se quitó la camisa de fuerza, se liberó de las cadenas y se puso de pie.

—Oh, no —dijo, con la misma sonrisa torcida y congelada—. Soy Ruth Carta. Jed me dijo que estaban aquí.

Sintiendo, al parecer, que debía dar alguna explicación, miró la camisa de fuerza.

—Estuve internada en un manicomio durante algunos años, hace ya bastante tiempo. Me dieron el alta, curada. Solo que a veces siento nostalgia.

—Sí —dije con desdén—. Lo entiendo. Como un vampiro que desea volver a su antiguo hogar cada mañana.

Se quedó paralizada, con sus ojos vacíos como cristal verde.

—¿Qué te ha estado diciendo Jed?

—Solo chismes del pueblo, señora Carta.

Le extendí la botella.

—¿Un trago?

—¿De eso? —su sonrisa se volvió amarga—. ¡No, gracias!

Parecía que estábamos en un punto muerto. Ruthie nos miraba fijamente, con esos ojos verdes e indescifrables y esa sonrisa fija, y el olor a humedad me asfixiaba. ¿Qué seguía? Rosamond rompió el silencio.

—¿Es usted la señora Carta? —preguntó—. ¿Cómo es que se llaman igual que…?

—Silencio —dije en voz baja—. Que estemos casados no significa que todos lo estén.

Pero Ruth Carta no pareció molesta.

—Jed es mi padre. Lem es mi hijo —explicó—. Me casé con Eddie Carta, mi primo. Lleva muerto años. Por eso me internaron en un psiquiátrico.

—¿Shock? —sugerí.

—No —dijo—. Lo maté. Todo se volvió rojo —su sonrisa no cambió, pero vi en ella una burla sardónica—. Eso fue mucho antes de que semejante defensa fuera ridiculizada en los tribunales. Aun así, fue cierto en mi caso. La gente se equivoca cuando cree que los clichés no son ciertos.

—Me parece que tienes mucha más educación que Lem o Jed —comenté.

—Cuando era joven estudié en un internado para señoritas. Quería quedarme allí, pero Jed no podía pagarlo. Me amargó bastante estar atada a esta rutina monótona. Pero ahora no me importa el tedio.

Ojalá Ruthie dejara de sonreír. Rosamond tomó la botella. Dijo:

—Sé cómo te sientes.

La señora Carta se recostó contra la pared, apoyando las palmas de las manos sobre ella. Sus ojos brillaban de una forma sobrenatural. Y su voz era un quejido ronco.

—No puedes saberlo. Una jovencita como tú… No puedes saber lo que es vislumbrar el glamour, la emoción, la ropa bonita y los hombres, y luego tener que volver aquí, encerrada, a fregar suelos y cocinar repollo, casada con un patán estúpido con la mente de un mono. Solía sentarme junto a la ventana de la cocina, mirar afuera y odiar todo y a todos. Eddie nunca lo entendió. Le pedía que me llevara al centro, pero decía que no podía permitírselo. Y de alguna manera, ahorré lo suficiente para un viaje a Chicago. Soñaba con eso. Pero cuando llegué allí, ya no era una niña. La gente en la calle me miraba la ropa. Tenía ganas de gritar.

Bebí bourbon.

—Sí —dije—. Lo sé… supongo.

La voz se elevó. Le caía saliva de los labios.

—Así que regresé y un día vi a Eddie besando a una chica que trabajaba aquí. Tomé el hacha y le corté la cabeza. Cayó al suelo y se convulsionó como un pez, y me sentí como una niña otra vez. Todos me miraban y decían lo maravillosa y bonita que era.

Su voz era como un fonógrafo. Gritaba monótonamente. Se deslizó contra la pared hasta quedar sentada, y la espuma le corría por los labios. Se estremecía por completo. Empezó a gritar histéricamente, pero fue menos agradable cuando empezó a reír.

Tomé a Rosamond del brazo y la empujé hacia el pasillo.

—Vamos a buscar a los chicos —dije—. Antes de que Ruthie encuentre un hacha.

Así que bajamos a la cocina y se lo contamos a Lem y Jed. Lem se rió entre dientes, con la cara gorda temblando, y se dirigió al pasillo. Jed sacó una jarra de agua y lo siguió.

—Ruthie tiene esos episodios —dijo por encima del hombro—. No suelen durar mucho.

Desapareció. Rosamond aún tenía la lámpara. Se la quité, la dejé con cuidado sobre la mesa y le di la botella. La terminamos. Luego fui a la puerta trasera y probé la cerradura. Estaba, por supuesto, cerrada.

—La curiosidad siempre ha sido mi debilidad —dijo Rosamond. Señaló una puerta en la pared—. ¿Qué te imaginas...?

—Podemos averiguarlo.

El licor estaba haciendo efecto. Armado con la lámpara, tiré del panel y nos quedamos mirando hacia la oscuridad de un sótano. Olía, como todo en esta casa, a humedad.

Bajé las escaleras delante de Rosamond. Estábamos en una cámara oscura, como una bóveda. Estaba completamente vacía. Pero a nuestros pies había una robusta trampilla de roble. El candado abierto yacía cerca, y el pestillo se había soltado. Bueno, continuamos nuestro camino alegremente por una escalera. Bajaba en línea recta unos tres metros. Luego nos encontramos en un pasadizo con paredes de tierra. El ruido de la tormenta había quedado aislado.

En un estante a nuestro lado había una libreta raída, con un lápiz atado por un trozo de cuerda mugrienta. Rosamond la abrió, mientras yo miraba por encima de su hombro.

—El libro de visitas —comentó.

Había una lista de nombres y, debajo de cada uno, anotaciones importantes. Como esta: «Thomas Dardie. 57,53 $. Reloj de oro. Anillo». Rosamond soltó una risita, abrió el libro por la última entrada y escribió: «Señor y señora Denham».

—Tu sentido del humor me mata, cariño —dije con frialdad—. Si no te quisiera, te estrangularía.

—A veces es más seguro bromear —susurró.

Seguimos adelante. Al final del pasillo había una pequeña celda con un esqueleto encadenado a la pared. En el suelo había una tapa circular de madera con un anillo. Levanté el disco, bajé la lámpara y miramos hacia las negras profundidades de un pozo. El olor no era de Chanel.

—¿Más esqueletos? —preguntó Rosamond.

—No lo sé —dije—. ¿Quieres bajar y averiguarlo?

—Odio los lugares oscuros —dijo casi sin aliento, y de repente cerré la tapa de golpe, dejé la lámpara y abracé a Rosamond con fuerza. Se aferró a mí como una niña asustada en una habitación a oscuras.

—No, cariño —murmuré, con los labios rozando su cabello. —Está bien.

—No lo está. Esto es horrible... Ojalá estuviera muerta. ¡Ay, te quiero, Charlie! ¡Te quiero muchísimo!

Nos separamos entonces, pues se oían pasos en la bóveda. Aparecieron Lem, Jed y Ruthie. Ninguno pareció sorprenderse al encontrarnos allí. Lem tenía la mirada fija en el esqueleto; se humedeció los labios y soltó una risita nerviosa. Ruthie miraba fijamente, con esa misma sonrisa fija y retorcida. Jed Carta nos lanzó una mirada verde y maliciosa, y dejó la lámpara que llevaba.

—Hola, chicos —dijo—. Así que lograron llegar hasta aquí, ¿eh?

—Nos preguntábamos si tenían un refugio antibombas —dije—. Uno se siente un poco más seguro con la situación mundial como está.

Soltó una carcajada.

—No te asustas fácilmente. Toma, Ruthie. —tomó un látigo de la pared y se lo puso en las manos a la mujer. Al instante, se puso en acción. Caminó hacia aquel esqueleto encadenado y comenzó a azotarlo. Su rostro era una horrible máscara sonriente.

—Es lo único que la calma cuando le dan esos ataques —dijo Jed—. Ha empeorado desde que murió Bess.

Miró el esqueleto.

—¿Bess? —preguntó Rosamond débilmente.

—Ella... era una sirvienta. Creemos que esto ya no le hace daño y, al menos, mantiene a Ruthie tranquila.

La señora Carta dejó caer el látigo. Su rostro seguía congelado, pero, cuando habló, su voz era completamente normal.

—¿Subimos? Debe ser desagradable para nuestros invitados.

—Sí —dije—. Vamos. ¿Tal vez tengas otra botella por ahí, Jed?

Asintió hacia el disco de madera en el suelo.

—¿Quieres mirar ahí abajo?

—Ya lo hice.

—Lem es bastante fuerte —dijo el anciano, aparentemente al azar—. Demuéstrales, Lem. Usa la cadena de Bessie. No importará si ahora está rota, ¿verdad?

Todos los Carta parecían muy divertidos. Lem se acercó pesadamente y rompió la cadena con facilidad.

—Bueno —dije—, eso es todo. El pequeño aquí usa las manos. Tú tienes un cuchillo. ¿Qué usa Ruthie? Un hacha, supongo.

Sonrió.

—¡No creerás que de verdad matamos a la gente que pasa por aquí! O, si tienen coche, los metemos en el estanque grande que hay detrás de la casa.

—No si son los vampiros Henshawe —dije—. Los mataría el miedo al agua corriente.

—No corre —dijo—. Está estancada. No deberías creer en esas cosas.

Rosamond dijo en voz baja:

—Todas las puertas están cerradas con llave y las ventanas tienen rejas. Encontramos tu libro de visitas. Revisamos tu calabozo. Todo cuadra, ¿verdad?

—Olvida esas ideas —aconsejó Carta—. Dormirás mejor si lo haces.

—No tengo sueño —dijo Rosamond.

Tomé la lámpara y la sujeté del brazo. Nos adelantamos a los demás por el pasillo, subimos la escalera hasta el sótano y de allí a la cocina. Noté que una enorme tina llena de agua se alzaba en un rincón oscuro. Podíamos oír la tormenta con toda su furia. Carta dijo:

—Les preparé una cama. ¿Quieren ir ya?

Agité la lámpara.

—¿Podrías echarle más queroseno? Mi esposa se asustaría muchísimo si se apagara en la noche.

Jed asintió a Lem, quien se alejó arrastrando los pies y regresó con un chorro de agua que chapoteaba. Llenó la lámpara.

Subimos todos. Jed fue primero, una figura de espantapájaros con una tosca peluca negra. Tras nosotros, Lem, con su sonrisa grosera, y al final Ruthie, con su sonrisa fija y sus grandes y vacíos ojos verdes.

—Oye —dije—, vas a tener que arrastrar nuestros cuerpos hasta el sótano, Jed. ¿Para qué complicarte la vida?

—Supuse que estarías cansado —rió entre dientes—. En fin, tengo algunas cosas que hacer, pero nos vemos luego.

Fue una procesión infernal escaleras arriba, un clamor de protesta bajo nuestros pies. Rosamond frunció los labios.

—Un poco melodramático.

—Deberían ser trece escalones —recordé—. Eso sería un toque sutil. Trece escalones hasta la horca —le expliqué a Jed, que nos miraba con el ceño fruncido.

Soltó una carcajada.

—Te imaginas cosas que no son ciertas. Si crees que somos asesinos, ¿por qué no te vas?

—La puerta está cerrada.

—Podrías pedirme que la abra.

No respondí, porque la burla en su voz era desagradable. Lem babeaba alegremente a nuestros talones. Recorrimos el pasillo hasta una habitación al fondo. Olía a humedad. Ramas arañaban la ventana enrejada. Un murciélago se lanzó frenéticamente contra el cristal. En la habitación, esperamos. Dejé la lámpara sobre una polvorienta mesilla de noche. Lem, Jed y Ruthie estaban junto a la puerta. Parecían tres lobos de ojos observándonos.

—¿Alguna vez se pararon a pensar —pregunté— que quizá no seamos ovejas? Ni siquiera nos han preguntado de dónde venimos ni cómo llegamos aquí.

Jed nos obsequió con una sonrisa desdentada.

—Supongo que no conoce bien el condado de Henshawe, señor. Hace mucho que no tenemos ley aquí. Hemos sido muy precavidos; dudo que el gobierno federal nos preste atención. Y el condado de Henshawe no puede mantener a un sheriff competente. No intente engañarnos, porque no le funcionará.

Me encogí de hombros.

—¿Parecemos preocupados?

Había una admiración a regañadientes en el tono de Jed.

—No te asustas fácilmente. Bueno, tengo que hacer mis tareas antes de irme a dormir. Nos vemos luego.

Desapareció en la oscuridad. Ruthie hizo un gesto brusco con la mano. Lem se humedeció los labios y desapareció. La sonrisa de la mujer se convirtió en una mueca congelada.

—Sé lo que estás pensando. A qué le tienes miedo —dijo—. Y tienes razón.

Entonces dio un paso atrás y cerró la puerta de golpe. Oímos el clic de la cerradura.

—Jed olvidó darme otra botella —observé—. Pronto estaré sobrio. Y sediento. Mucha sed.

Noté que mi voz cambiaba un poco.

—Está bien, cariño. Ven aquí.

Los labios de Rosamond estaban fríos; pude sentirla estremecerse.

—Esta habitación es como un congelador —murmuró—. No me acostumbro al frío, Charlie. ¡No me acostumbro al frío!

No pude hacer nada más que abrazarla con todas mis fuerzas.

—Intenta recordar —le dije en voz baja—. No es de noche. No hay tormenta. No estamos aquí. Estamos en el parque, y es por la tarde. ¿Recuerdas, cariño?

Escondió la cara en mi hombro.

—Es difícil recordar, de alguna manera. Parece que ha pasado una eternidad desde que vimos la luz del día. Esta horrible casa... ¡Ay, ojalá estuviéramos muertos, mi amor!

La sacudí un poco.

—¡Rosamond!

—Lo siento, cariño. Es que... ¿por qué nos tuvo que pasar esto?

Me encogí de hombros.

—Llámalo suerte. Obviamente, no somos los primeros en este lugar. Cierra los ojos y recuerda.

—¿Crees que... sospechan?

—¿Cómo podrían? Están demasiado ocupados con su jueguito asesino.

Sentí el escalofrío de repulsión que la recorrió.

—No podemos cambiar lo que se avecina —tuve que recordarle—. No podemos cambiarlos ni a nosotros.

Lentas lágrimas se deslizaron bajo sus pestañas. Y nos aferramos el uno al otro como niños con miedo a la oscuridad. No se me ocurría ningún chiste. La lámpara parpadeó y se apagó. No tenía cerillas. Claro que ya daba igual.

—Ojalá Lem se hubiera acordado de la otra botella —murmuré al rato—. El whisky ayuda.

La tormenta amainaba rápidamente. La luz de la luna ya se filtraba débilmente por las ventanas. Recordé a Drácula y las formas que se habían materializado en los rayos de luna. Hacían que incluso las rejas de las ventanas parecieran diáfanas. Pero, me dije, los Carta no eran vampiros. Solo eran asesinos. Locos, de sangre fría, sin remordimientos. No, me recordé, si los Carta hubieran sido vampiros, no habrían fingido. Los vampiros de verdad no fingen... ¡mira a Drácula!

Abracé a Rosamond y cerré los ojos. En algún lugar, un reloj dio las doce. Y entonces...

Bueno, eran cerca de las dos cuando la llave que esperaba tintineó en la cerradura. La puerta se abrió y Jed Carta estaba en el umbral, temblando de pies a cabeza, con la lámpara temblando en su mano. Su voz se quebró al intentar hablar. No podía. Solo nos hizo señas para que lo siguiéramos. Lo hicimos. Podía oír a Rosamond gimotear muy suavemente:

—¡Ojalá estuviéramos muertos! ¡Ojalá estuviéramos muertos!

Jed nos llevó a una habitación al otro lado del pasillo. Ruthie Carta yacía en el suelo. Estaba muerta. Tenía dos pequeñas perforaciones rojas en su delgada garganta, y surcos hundidos marcaban el recorrido de los vasos sanguíneos drenados.

A través de una puerta abierta pude ver la habitación contigua y el cuerpo grotesco e inmóvil que yacía allí. Era Lem, y él también era un cadáver. Jed Carta casi gritó:

—Algo vino y…

Su rostro era una máscara temblorosa y contraída por el miedo.

—¡Los vampiros Henshawe! —dijo con dificultad, apenas capaz de articular.

—La ley del más fuerte —dije.

Miré a Rosamond. Ella me sostuvo la mirada con la repulsión que ya conocía tan bien, y tras ella, un ansia avergonzada. Sabía que era hora de volver a bromear; cualquier cosa con tal de borrar esa mirada de los ojos de Rosamond.

—Tengo una sorpresa para ti, Jed —dije, y me acerqué a él, cada vez más—. Sé que no te importan estas cosas, pero, aunque no lo creas, somos los vampiros Henshawe.

Henry Kuttner (1915-1958)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Henry Kuttner.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Henry Kuttner: Mascarada (Masquerade), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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