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«Se oyó en el tejado a medianoche.»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.


«Se oyó en el tejado a medianoche.»: Leah Bodine Drake; poema y análisis.




«Una noche, sentada junto al fuego,
oí a unas brujas en el tejado.
Oí gruñir y relinchar sus escobas,
y a una anciana decir:
bienvenidas a la oscuridad.»



Se oyó en el tejado a medianoche. (Heard on the Roof at Midnight) es un poema gótico de la escritora norteamericana Leah Bodine Drake (1904-1964), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1946 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Se oyó en el tejado a medianoche, uno de los grandes poemas de Leah Bodine Drake, ofrece un breve retrato de la creencia en las brujas, doblemente interesante si se tiene en cuenta que la autora era descendiente del experto en demonología Jean Bodin, autor del tratado de 1580: De la démonomanie des sorciers [«Sobre la adoración demoníaca de las brujas»]

El poema abre con la Oradora «sentada junto al fuego» durante la Noche de Walpurgis. De repente, oye «a unas brujas en el tejado», incluso oye «relinchar sus escobas» y a una anciana, de nombre Lib, llamando a sus hermanas y «compañeros del aquelarre». Estos compañeros son espíritus familiares que forman parte del coven: gatos, una gallina [«disfrazada de comadreja»] y una kelpie, especie de ninfa acuática del folklore escocés, quienes «surcan el aire con furia», es decir, vuelan hacia el «Sabbat».

Entonces la Oradora oye «gritar a las brujas», llamándola, invitándola a unirse, a abrir el «alma a la antigua alegría». Sabemos que se dirigen a ella porque la anciana alude a alguien que «dormita junto al hogar», y la Oradora comienza el poema sentada junto al fuego. Sabemos también que la Oradora es mujer porque la bruja la invita a bajar «la escoba» del «estante», y luego añade: «¡Abre de par en par la ventana, monta y cabalga! / ¡La noche de Walpurgis está afuera!»

Las Piedras Sarsen que menciona la bruja son bloques de arenisca tallados por los pueblos neolíticos de Europa. Se encuentran principalmente en Inglaterra, como Stonehenge, Avebury y otros lugares. Esto pone en duda la ubicación geográfica del poema. Por la mención a la kelpie, parece ser Escocia, por la mención a las Piedras Sarsen, parece ser Inglaterra. En Escocia no tienen este nombre, pero sin duda existen monumentos de este tipo.

Al final, la Oradora se aferra al Libro, es decir, la Biblia, mientras oye a las brujas «surcar los cielos de medianoche». Finalmente se atreve a mirar por la ventana, pero «todo estaba vacío», excepto por «dos murciélagos», que se alejan volando «a través de la luna».

Tal como lo anuncia su título, Se oyó en el tejado a medianoche es un poema repleto de imágenes que nunca son vistas, sino reconstruidas a partir de sonidos. Lo único que alcanza a ver la Oradora son dos murciélagos. Las voces, los gritos, los correteos por el techo, las escobas, pueden ser parte del terror de la noche de Walpurgis, la fantasía de una mujer sola, pero creo que Leah Bodine Drake intenta decirnos que, en ciertas noches, algunos simplemente son llamados a los misterios de la noche.




Se oyó en el tejado a medianoche..
Heard on the Roof at Midnight, Leah Bodine Drake (1904-1964)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Una noche, sentada junto al fuego,
oí a unas brujas en el tejado.
Oí gruñir y relinchar sus escobas,
y a una anciana decir:

«Bienvenidas a la oscuridad, Tess, muchacha.
¿Has visto pasar a nuestros compañeros del aquelarre?»
«¡Sí, Lib! ¡El Kelpie de su estanque
y la mitad de los gatos del granero
surcaron el aire con furia,
cada uno creciendo hasta duplicar su tamaño!
La gallina pasó disfrazada de comadreja.
¡Oh, el coven se reúne para el Sabbat!»

Entonces mi sangre se heló, y volvió a arder,
al oír gritar a las brujas (las oí claramente):
«¡Tú que dormitas junto al hogar!
¡Abre tu alma a la antigua alegría!
¡No encadenes más tu ser secreto!
¡Baja la escoba de su estante!
El búho ha ululado dos veces, gime el viento nocturno.
La luna sonríe sobre las Piedras Sarsen.
¡Abre de par en par la ventana, monta y cabalga!
¡La noche de Walpurgis está afuera!»

Entonces cerré la ventana, recé una oración
(¡No me atreví a escuchar más!)
abracé el Libro y cerré los ojos...
Las oí surcar los cielos de medianoche.
Miré por la ventana y todo estaba vacío.
El techo, la cumbrera y el aire lechoso.
Y solo dos murciélagos, que pronto desaparecieron,
volaban a través de la luna.


As I sat by my fire one night
Witches I heard on the roof alight.
I heard their broomsticks whinny and neigh.
And then I heard one beldame say:

"Well met in darkaess,Tess,my lass I
Have you seen our coven comrades pass?”
"Aye,Lib! The Kelpie from her tarn,
And half the cats from miller's barn
Tore through the air with fiery
Each one grown to twice his size!
The hen-wife passed in a weasel’s habit -
Oh,the coven gathers for the Sabbat!"

Then my blood ran cold, and hot again,
As I heard the witches (Heard them plain).
Cry,"You who doze by the dullard hearth.
Open your soul to the ancient mirth!
Chain no longer your secret self.
Take down the besom from its shelf!
The owl ’s cried twice, the night wind moans.
The moon grins over the Sarsen Stones.
Fling wide the casement,mount and ride -
Walpurgis Night is all outside!"

Then I barred the window, I said a prayer
(To listen longer I didn't dare!)
I clasped the Book and I closed my eyes...
I heard them rush through the midnight skies.
So I looked out the windows all was bare.
Roof and ridgepole and milky air.
And only two bats, who vanished soon,
Were winging their way across the moon.


Leah Bodine Drake (1904-1964)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Leah Bodine Drake.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Leah Bodine Drake: Se oyó en el tejado a medianoche. (Heard on the Roof at Midnight), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La bruja»: Adelaide Crapsey; poema y análisis.


«La bruja»: Adelaide Crapsey; poema y análisis.




«¿Habéis oído (y yo he oído)
de hombres perplejos que juzgaron
y la colgaron en el prado de Salem?»



La bruja (The Witch) es un poema de la escritora norteamericana Adelaide Crapsey (1878-1914), publicado en la antología de 1922: Verso (Verse).

La bruja, uno de los poemas de Adelaide Crapsey más reconocidos, explora diferentes concepciones de la feminidad a lo largo del tiempo: de sacerdotisa y oráculo en tiempos antiguos a ser quemada en la hoguera. Esta idea de la mujer como vínculo con lo sagrado que, eventualmente, se transforma en una asociación con las fuerzas del mal, puede no ser tan novedosa hoy en día, pero fue disruptiva en ti época:


Cuando era una chica junto a la corriente del Nilo
vi surgir las estrellas del desierto;
mi amante, que soñó con la Esfinge,
inspiró todos sus sueños de mis ojos.

En Grecia llevé un nombre ardiente,
y en Italia fui
la Madonna de un joven pintor
y la amante de un Medici.

¿Y habéis oído (y yo he oído)
de hombres perplejos de semblante decoroso,
que juzgaron —el potro sabe demasiado—
y la colgaron en el prado de Salem?


Los poemas de Adelaide Crapsey tienen menor impacto en su lectura que en la forma en la que prosperan en la imaginación. Al principio parecen, bueno, aceptables: pero luego uno empieza a pensar en ellos. Perduran en la memoria. Parecen haber sido escritos para ser recordados más que para ser leídos.

La carrera de Adelaide Crapsey pudo haber sido más auspiciosa. Problemas económicos, familiares y, posteriormente, de salud, le impidieron dedicarse a su obra. Fue diagnosticada con tuberculosis, que a fines del siglo XIX y comienzos del XX se consideraba una enfermedad sedentaria. Pero Adelaide Crapsey estaba lejos de encajar en el estereotipo del poeta lánguido, enfermizo, mórbido. Era sociable, cordial, robusta y con afición por el pensamiento científico.

La bruja explora cómo podría haber sido la vida de cualquier mujer moderna en tiempos antiguos. En Egipto, Grecia y Roma podría haber sido adorada, ocupado cargos espirituales, y después, bajo la influencia de otros vientos ideológicos, colgada en «el prado de Salem».

No creo que se trate de un poema sobre la tolerancia, como se ha postulado, sino sobre cómo algo tan bien establecido como la idea de que la mujer posee un vínculo con la espiritualidad puede convertirse en motivo de persecución.




La bruja.
The Witch, Adelaide Crapsey (1878-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuando era una chica junto a la corriente del Nilo
vi surgir las estrellas del desierto;
mi amante, que soñó con la Esfinge,
inspiró todos sus sueños de mis ojos.

En Grecia llevé un nombre ardiente,
y en Italia fui
la Madonna de un joven pintor
y la amante de un Medici.

¿Y habéis oído (y yo he oído)
de hombres perplejos de semblante decoroso,
que juzgaron —el potro sabe demasiado—
y la colgaron en el prado de Salem?


When I was a girl by Nilus stream
I watched the desert stars arise;
My lover, he who dreamed the Sphinx,
Learned all his dreaming from my eyes

I bore in Greece a burning name,
And I have been in Italy
Madonna to a painter-lad,
And mistress to a Medici.

And have you heard ( and I have heard)
Of puzzled men with decorous mien,
Who judged - The wrench knows far too much-
And hanged her on the Salem green?


NOMBRE (1793-1864)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Adelaide Crapsey.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Adelaide Crapsey: La bruja (The Witch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La Hora de las Brujas [¿por qué a las 03:00 AM?]


La Hora de las Brujas [¿por qué a las 03:00 AM?]




«Ha sonado la medianoche, la hora de las brujas,
cuando en los cementerios bostezan las tumbas
y el hálito del Infierno se escapa por ellas.
En esta hora sería capaz de beber sangre tibia
y cometer crímenes que causarían espanto a la luz del día.»

[Hamlet, William Shakespeare]



Despertar a mitad de la noche, especialmente a las 03 de la mañana, y sentir que algo no anda del todo bien [un escalofrío, la sensación de estar siendo observado], puede resultar particularmente inquietante. Uno puede lamentarse de haber visto demasiadas películas de terror, o escuchado demasiadas historias donde el mal se manifiesta con mayor intensidad a las 03:00 AM. Definitivamente hay algo sobre la Hora de las Brujas que toca una fibra común [ver: ¿Qué ocurre a las 03:33 de la madrugada?]

La Hora de las Brujas se ha asociado con una variedad de supersticiones y creencias. Por ejemplo, algunas personas creen que despertar a las 03:00 AM significa que alguien te está observando o que un espíritu está tratando de comunicarse contigo. Otros creen que si llaman a la puerta en ese momento, no debes abrir, ya que podría ser un espíritu maligno [ver: Un golpe: «SÍ»; dos golpes: «NO»; tres golpes: «DÉJAME ENTRAR»]

Muchos «expertos» en lo paranormal consideran que las 03:00 de la madrugada es un momento donde los demonios o entidades del mundo espiritual hacen sentir su presencia con mayor intensidad. Esto, por supuesto, hunde sus raíces en el folclore. La Hora de las Brujas [o la Hora del Diablo, Hora Muerta, etc.] es un momento de la noche asociado históricamente con eventos sobrenaturales, donde las brujas, los demonios y fantasmas se muestran en su máximo poder. Ahora bien, la definición «Hora de las Brujas» varía dependiendo de la época, y apunta, en algunos casos, a la hora inmediatamente posterior a la medianoche; y en otros al lapso de tiempo entre las 3:00 AM y las 4:00 AM.

La creencia popular de que las 03:00 AM es la Hora de las Brujas [cuando las entidades tienen más poder] puede haber surgido de la idea de que ese momento de la noche es la «hora más oscura», y por lo tanto la más alejada de la luz del sol, cuando la mayoría de las personas están durmiendo y el mundo se siente más tranquilo y silencioso. Esta sensación de aislamiento y falta de actividad puede contribuir a experimentar sentimientos de inquietud o miedo.

La explicación más cercana a la ciencia tiene que ver con los ritmos circadianos y los ciclos de sueño, que experimentan una caída en las primeras horas de la madrugada, de manera tal que en estos momentos las personas son más propensas a tener sueños vívidos, pesadillas y despertarse sobresaltadas. Esto podría contribuir a las experiencias aparicionales, comunes entre las 02:00 AM y las 04:00 AM, cuando la cantidad de melatonina en el cuerpo alcanza su pico máximo.

Sin embargo, esto sólo es aplicable a los tiempos modernos; porque en la época en la que se forjó la creencia en la Hora de las Brujas las personas estaban despiertas. En efecto, durante la Edad Media existía el primer sueño [aproximadamente entre las 19:00 y las 23:00]. Las personas se levantaban y realizaban sus actividades normales durante dos o tres horas, y volvían a acostarse. Es decir que durante la época en la que se originó la Hora de las Brujas, la mayoría de las personas tenían horarios de sueño donde estaban despiertas durante la mitad de la noche.

La Hora de las Brujas, como lo indica su nombre, tiene sus orígenes en la creencia en la brujería y el ocultismo, no en la actividad paranormal como la entendemos en la actualidad. Desde un punto de vista racional, no hay razón para creer que las 03:00 AM tenga algún significado especial para una entidad sobrenatural. El momento en que se producen fenómenos paranormales parece aleatorio y no está vinculado a ninguna hora del día o de la noche. En todo caso, la Hora de las Brujas apunta a un espacio de tiempo en la madrugada donde las brujas están más activas.

¿Y por qué las brujas están activas a las 03:00 AM?

En primer lugar, por una cuestión práctica: esa es la hora en que los buenos ciudadanos están durmiendo. Pero hay una razón adicional. El cristianismo relaciona a las 03:00 AM con la actividad demoníaca, siendo este momento de la madrugada el horario opuesto a las 15:00 [03:00 PM], hora en la que supuestamente murió Cristo en la cruz. Aceptando este cálculo, la inversión se consideraba entonces como la Hora del Diablo. Lo cierto es que durante toda la Edad Media se creyó que cualquier barrera entre los vivos y los muertos era más delgada entre la medianoche y las 03:00 AM.

La asociación de las brujas con las 03:00 de la madrugada, entonces, está relacionada con la creencia de que los fenómenos sobrenaturales son más frecuentes en determinados momentos del día y del año. Al igual que los sucesos estacionales, como los solsticios y los equinoccios, entre la medianoche y las 03:00 AM evocaba magia negra. Entre los demonólogos clásicos existen dos explicaciones que no son excluyentes: algunos afirman que durante la Hora de las Brujas los vivos son más sensibles a los espíritus de los muertos; otros que los muertos poseen poderes más fuertes en estos momentos y por eso llevan a cabo sus «travesuras» durante la noche.

Si tomamos ambas explicaciones podríamos decir que la Hora de las Brujas es cuando las brujas, los demonios y los fantasmas están más activos, ya sea debido a una distorsión en la frontera entre los vivos y los muertos, o a causa de una mayor actividad mágica. En la Hora de las Brujas los vivos pueden sentir más fácilmente la presencia de los muertos, y los muertos pueden interferir en el plano físico; pero su nombre depende de la suposición de que las brujas lanzaban sus hechizos en la oscuridad de la noche, cuando podían pasar desapercibidas y el velo entre la vida y la muerte es más débil [ver: Transitus Fluvii: el idioma secreto de las brujas]

Una versión más moderna de esta creencia afirma que cuando despiertas a las 03:00 AM hay una entidad observándote en la habitación. Sin embargo, esa sensación podría tener una explicación fisiológica: a las 03:00 de la madrugada la mayoría de las personas están en medio del ciclo REM, que es el sueño más profundo que se experimenta durante la noche. En este momento tu frecuencia cardíaca baja, tu respiración se hace más lenta y tu temperatura corporal disminuye. El cuerpo pasa por estos cambios para ayudarte a tener el mejor descanso posible, pero puede ser preocupante despertar durante este período, ya sea a causa de un ruido o de un llamado de la naturaleza. Despertar durante el sueño profundo te deja sintiéndote desorientado y frío, y tu cuerpo reacciona con miedo, incluso con terror. La creencia popular utiliza todo esto y le da una explicación sobrenatural: un fantasma o un demonio te ha hecho una visita [ver: Sentir que hay un espíritu en casa]

La investigación paranormal seria no le da ninguna importancia a la hora. Después de todo, ¿porqué importaría tal o cual hora, la medición humana del tiempo, si un lugar está embrujado? Más bien podríamos pensar que la noche, independientemente de la hora, puede marcar la diferencia en algunas situaciones, y que ciertas entidades parecen ser más activas en las horas de oscuridad. Incluso podríamos aceptar, como los demonólogos medievales, que los muertos tienen más poder durante la noche, en el sentido de que en ese contexto somos más propensos a sentir miedo, y por lo tanto a ceder a él ante una interacción con una entidad inteligente. Si fuésemos espíritus atados al plano físico seguramente haríamos algunas cosas durante el día si surge la oportunidad, pero la mejor recompensa sería por la noche, cuando el miedo es más fácil de provocar.

La energía residual [el fantasma promedio] generalmente se manifiesta al azar, durante el día o la noche. Las cosas simplemente suceden y a veces los vivos podemos percibirlo. Encuentras un armario abierto, sientes como si alguien estuviera en la habitación contigo, un portarretratos o un libro se cae, pero no hay límites ni restricciones de tiempo. Si estás despierto a las 03:00 de la madrugada es posible que notes todo eso con mayor intensidad debido al silencio y el poco movimiento en la casa [ver: Pasos, golpes, objetos que caen y otros ruidos inexplicables]

A principios del siglo XX, la parapsicología se ocupó de estudiar la Hora de las Brujas, no necesariamente en términos fijos [las 03:00 de la mañana], sino como lapso de tiempo entre las 02:00 y las 04:00 AM. Muchos autores sugieren que hay más energía disponible por alguna razón. Entonces, si una entidad, humana o no, normalmente no tiene la fuerza para producir un efecto físico, a la madrugada podría obtener suficiente energía para que esto suceda. Es una hipótesis vaga que depende de demasiadas suposiciones sin fundamento [ver: Libros, cuadros y portarretratos que se caen solos]

Es absurdo pensar que la Hora de las Brujas empieza y termina en algún momento. Annie Besant, C.W. Leadbeater, y otros teósofos, afirman que la energía requerida para que una entidad se manifiste en el plano físico necesita acumularse a lo largo del tiempo. Es decir que la Hora de las Brujas no empezaría a las 03:00 AM, sólo está llegando a su pico, y no se cortará abruptamente a las 04:00 AM, sino que se apagará progresivamente [ver: Espíritus y «ambientes cargados»]. Esto también suena a un intento por poner algo de orden en la aleatoriedad. En definitiva, el enfoque de las 03:00 de la mañana [en términos de energía paranormal más fuerte o mejor percibida] podría ser una especie de tradición espiritual mal interpretada que se sigue difundiendo como un conocimiento técnico.

Dicho esto, es claro que hay buenas razones para esperar hasta la noche para tener este tipo de experincias. En general, hay menos contaminación acústica y lumínica, y la temperatura ha bajado al mínimo. Tu entorno físico está más tranquilo. Hay menos cosas que distraigan la mente, menos ruido de fondo. Cada experiencia tiene la oportunidad de destacarse con claridad [también las que tienen causas naturales]. Eres más consciente de ti mismo y de lo que sientes o experimentas, y tienes menos excusas para culpar a la actividad de fondo. Por lo tanto, no es tanto una cuestión de tiempo, sino más bien de conciencia aumentada.

El problema con este tipo de creencias es que sirven para explicar cualquier cosa extraña que ocurra dentro de sus parámetros: ruidos extraños, pasos, susurros, puertas que se abren y cierran solas, cuestiones que durante el día serían explicadas fácilmente por causas naturales, pero que se vuelven ominosas a la Hora de las Brujas. De todas formas, esta tradición popular admite tantas posibilidades que resulta dificultoso precisar qué ocurre exactamente a las 03:00 AM; en realidad, todo parece ocurrir:


a- Escuchar una voz que suena como la de un ser querido que ha fallecido [ver: Espíritus que imitan la voz humana]

b- Otra experiencia común durante la Hora de las Brujas son las apariciones. Estas pueden ser cualquier cosa, desde apariciones en toda regla [personas o animales] hasta figuras de sombras y orbes.

c- Puntos fríos, que según algunos son causados por espíritus que extraen energía del entorno para manifestarse. Pueden sentirse en toda la casa o en áreas específicas.

d- Quizás la experiencia más vaga durante la Hora de las Brujas es tener una sensación general de malestar. Esta puede ser causada por una variedad de factores, como sentir que te están observando o sentir una presencia en la habitación [ver: Sentir «presencias» cuando estás solo]


En términos ocultistas, la Hora de las Brujas o la Hora del Diablo define el momento de la noche en que los poderes de la oscuridad son más fuertes, no necesariamente una hora específica, como las 03:00 de la madrugada. Según la tradición, es durante la Hora de las Brujas cuando el practicante de las artes negras está en el apogeo de sus poderes y los seres sobrenaturales son los más activos. Tal vez por eso, durante la Edad Media la Iglesia Católica prohibió a las mujeres salir a la calle entre las 03:00 y las 04:00 de la mañana. Las mujeres que no respetaban esa regla eran vistas como sospechosas de practicar la brujería.

La creencia primitiva en la Hora de las Brujas tiene una base bastante lógica: a la madrugada era cuando se ofrecían menos oraciones «oficiales» a Dios, es decir, oraciones hechas por agentes de la Iglesia [la única arma espiritual eficaz contra Satanás]. En consecuencia, se creía que los espíritus de la oscuridad podían hacer su trabajo sin la interferencia de rezos y plegarias. Este lapso entre oraciones oficiales forma parte de la Liturgia de las Horas. Los monjes medievales llevaban a cabo el oficio de Maitines [Entre las 02:00 AM y las 03:00 AM], y recién volvían a sus rezos a las 05:00 AM [hasta las 06:00] en el oficio de Laudes. Este período de tiempo, entre las 03:00 y las 05:00 AM, en teoría, era el responsable del supuesto aumento de la actividad demoníaca.

En la Alta Edad Media todavía no existía un consenso general sobre el significado de las apariciones y fantasmas: todo se resumía a la actividad del Maligno y sus agentes terrenales. Recién cuando la Iglesia acuñó la idea de Purgatorio, el concepto de «fantasma» ganó más terreno. Las almas con más probabilidades de volver a atormentar a los vivos eran aquellas cuyos rituales funerarios no se habían realizado correctamente, o que bien tenían asuntos pendientes que necesitaban cerrarse: suicidios, mujeres que morían al dar a luz o personas que morían sin tiempo para la confesión y la absolución.

De hecho, fue en esta época que comenzaron los ritos estandarizados para que los vivos pudieran despedirse adecuadamente y hacer frente a la pérdida de un ser querido. En cierto modo, estos ritos tenían varios objetivos: dejar ir a la persona fallecida, darle un cierre a los vivos, y evitar incómodos retornos de ultratumba durante las horas de la noche.

Sin embargo, con la llegada del concepto de Purgatorio, los espíritus de los muertos comenzaron a verse como entidades no exclusivamente demoníacas, pero rápidamente se viró teológicamente para evitar confusiones. Si una entidad aparecía en la forma de un ser querido fallecido, lo más probable es que fuera un demonio que asumía esa forma para tentar a las personas a cuestionar el plan divino. La noción de que un fantasma podía no ser demoníaco amenazaba toda la estructura espiritual post-mortem [cielo, infierno y purgatorio]; no sólo porque estaba fuera de lugar, sino que había regresado adonde ya no pertenecía [el plano terrenal]. Si Dios tenía realmente el control, ¿cómo un fantasma podía irse de su lugar asignado para regresar a los vivos?

Antes del surgimiento del Cristianismo, los fantasmas [espíritus humanos] se entendían como un aspecto natural, aunque incómodo, de la existencia humana. Al final, la Iglesia acabaría aceptando la misma concepción de «fantasma» de los sistemas de creencias paganos: que los espíritus de los muertos podían regresar para pedir ayuda a los vivos, castigarlos por la falta de ritos funerarios apropiados, o para cerrar asuntos pendientes. De hecho, es lícito afirmar que el concepto de Purgatorio no es original de la Iglesia. Su visión fue expresada por primera vez por Platón [Fedón], donde se describe la existencia de almas que llevan el peso de pecados no lo suficientemente malos como para ser sentenciados al nivel más bajo del inframundo, el Tártaro, pero sin las virtudes suficientes para acceder a los Campos Elíseos. No es asombroso que estos espíritus de los que habla Platón fueran más activos en horas de la madrugada.

Para finalizar, hemos consultado con el profesor Lugano sobre la Hora de las Brujas, pero se abstuvo de brindar demasiados detalles. Simplemente sostuvo que, la mayoría de las veces, el bar Teufel de Chacarita cierra alrededor de las 03:00 AM, por lo que históricamente la gente del barrio sabe que a esa hora comienzan a suceder cosas extrañas.




Consultorio Paranormal. I Fenómenos paranormales.


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El artículo: La Hora de las Brujas [¿por qué a las 03:00 AM?] fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción, enviar consultas o compartir tu experiencia, escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La bruja del pueblo»: Madison Cawein; poema y análisis.


«La bruja del pueblo»: Madison Cawein; poema y análisis.




«Algunos decían que era una bruja
y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios.»



La bruja del pueblo (The Town Witch) es un poema gótico del escritor norteamericano Madison Julius Cawein (1865-1914), publicado en la antología de 1909: Nuevos poemas (New Poems).

La bruja del pueblo, uno de los poemas de Madison Cawein más interesantes, presenta la historia de una anciana acusada [injustamente] de brujería y asesinada por la gente de su pueblo.

En general, el soneto suele asociarse a la poesía sentimental, amorosa, no a una anciana malhumorada, solitaria y sin amigos; pero de algún modo resulta pertinente aquí.

Madison Cawein describe a esta mujer como la típica bruja de pueblo: antipática, decrépita, que no tiene trato con sus vecinos. Vive en una «choza», y la gente evita pasar por allí. No se nos dice nada específico sobre el pueblo ni sobre la época en la que transcurre el drama. De hecho, el autor le da un tratamiento bastante genérico al contexto, aunque la creencia en brujas, sabbats, el ahorcamiento de una mujer acusada y la lapidación de su perro sugieren que podríamos estar en la Nueva Inglaterra puritana, en particular en la época de los juicios de Salem.

Esta es una conjetura sin demasiados fundamentos. No hay ninguna referencia directa a Salem, ni siquiera a los Estados Unidos. El «pueblo» de esta bruja podría estar en cualquier lugar donde la creencia en la brujería estuviera lo suficientemente arraigada como para acusar a alguien de su práctica y ejecutarlo por el clamor popular.

La situación es similar a la que podríamos encontrar en los casos registrados por el Malleus Maleficarum, donde la mujer acusada de bruja solía ser una anciana que vivía sola, alienada y marginada. No se nos da su nombre ni su historia; la vemos como una simple anciana y sólo en relación con su entorno: es la «bruja del pueblo», como si cumpliera un papel involuntario en esta comunidad, atrapada en la percepción que los demás tienen de ella:


Algunos decían que era una bruja y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios; en la piedra áspera de su hogar.


Lo cierto es que la anciana no está completamente sola. Tiene un perro, que desde luego es visto por la comunidad como un espíritu familiar, un demonio menor que asiste a las brujas, a menudo tomando la forma de un animal [gatos, perros, sapos]:


un demonio estaba sentado siempre con ojos demacrados que brillaban,
como un perro peludo cuyos colmillos estaban al descubierto.


Madison Cawein revela gradualmente que este «familiar» es sólo un perro. Sin embargo, los habitantes del pueblo, que ya la han declarado una bruja, no pueden ver en el animal otra cosa que su asistente demoníaco. Desde una tranquilizadora perspectiva moderna podríamos decir que este perro simplemente está sincronizado con la actitud general de su dueña, y que se muestra hostil con los demás porque su ama se siente de ese modo.

Recién al final del poema se introduce algo de acción: se produce una racha de mala suerte. Una vaca muere, un niño enferma, y todos dirigen sus sospechas hacia la anciana:


Así que, un día, cuando la vaca de un vecino murió y el bebé de alguien enfermó,
unos buenos hombres encerraron a la vieja en prisión,
la arrastraron a la corte y la juzgaron;
luego la colgaron por bruja y quemaron su choza.


La mujer es ejecutada, y esto no causa demasiada antipatía en el lector. Después de todo, hasta aquí hemos visto a la anciana y a su perro desde el punto de vista de los habitantes del pueblo. No necesariamente la compartimos, pero es la perspectiva que nos dan: ella es hostil, desdeñosa, marginal, muy probablemente una bruja; y su perro es agresivo y cruel, quizás un demonio familiar.

En los versos finales, de manera brillante, Madison Cawein nos da una fugaz visión de la vida interior de la presunta bruja. No tiene amigos y no se menciona a ningún marido o hijo, vivo o muerto. ¿Qué vínculo emocional, qué forma de amor ha entrado alguna vez en la vida de esta mujer?

El perro.


Días después, sobre su tumba, todo piel y huesos,
encontraron al perro, y lo mataron a pedradas.


El perro, ahora hambriento [«todo piel y huesos»] sin su ama que lo alimente, se queda fielmente junto a su tumba. Es una imagen conmovedora, sugiere un vínculo profundo entre dos criaturas aisladas y no queridas. La gente del pueblo lo mata a piedrazos [castigo bíblico]. Nada ha cambiado su perspectiva; no pueden ver a un perro leal que, guiado por su olfato, llegó hasta la tumba de su dueña porque la ama, porque ha perdido a la única persona que probablemente le dispensó cuidados y afecto. Hasta ese gesto de amor es interpretado como una prueba más de brujería, la confirmación de que no han cometido una atrocidad.




La bruja del pueblo.
The Town Witch, Madison Cawein (1865-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Con el rostro contorsionado, la lengua ennegrecida, ojos hundidos y fijos,
hostil y sin amigos, la vieja vivía sola en su choza,
frente a la cual rara vez pasaba algún aldeano.
Algunos decían que era una bruja y que cabalgaba, con el pelo alborotado,
hacia las fiestas de los demonios; en la piedra áspera de su hogar,
un demonio estaba sentado siempre con ojos demacrados que brillaban
como un perro peludo cuyos colmillos estaban al descubierto.
Así que, un día, cuando la vaca de un vecino murió y el bebé de alguien enfermó,
unos buenos hombres encerraron a la vieja en prisión,
la arrastraron a la corte y la juzgaron;
luego la colgaron por bruja y quemaron su choza.
Días después, sobre su tumba, todo piel y huesos,
encontraron al perro, y lo mataron a pedradas.


Crab-Faced, crab-tongued, with deep-set eyes that glared,
Unfriendly and unfriended lived the crone
Upon the common in her hut, alone,
Past which but seldom any villager fared.
Some said she was a witch and rode, wild-haired,
To devils' revels: on her hearth's rough stone
A fiend sat ever with gaunt eyes that shone
A shaggy hound whose fangs at all were bared.
So one day, when a neighbour's cow had died
And some one's infant sickened, good men shut
The crone in prison: dragged to court and tried:
Then hung her for a witch and burnt her hut.
Days after, on her grave, all skin and bones
They found the dog, and him they killed with stones.


Madison Cawein (1865-1914)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Madison Cawein.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Madison Cawein: La bruja del pueblo (The Town Witch), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Todos los Santos»: Edith Wharton; relato y análisis.


«Todos los Santos»: Edith Wharton; relato y análisis.




Todos los Santos (All Souls') es un relato de terror del escritora norteamericana Edith Wharton (1862-1937), publicado originalmente en la antología de 1937: Fantasmas (Ghosts); y luego reeditado en la colección Relatos de fantasmas de Edith Wharton (The Ghost Stories of Edith Wharton). Más adelante aparecería en 65 grandes cuentos de lo sobrenatural (65 Great Tales Of The Supernatural).

Todos los Santos, uno de los últimos cuentos de Edith Wharton, relata la historia de Sara Clayburn, una anciana rica, viuda e independiente que despierta en una enorme casa vacía, excepto por un silencio inusualmente opresivo.

Los hechos ocurren en la Noche de Todos los Santos, «la noche en que los muertos pueden caminar». La tarde anterior, la señora Clayburn da un paseo por los alrededores de su inmensa casona de campo [Whitegates] y se encuentra con una extraña mujer. Con acento extranjero, la mujer le dice que va a Whitegates a ver a «una de las niñas» [sirvientas]. Media hora después, Sara tropieza y se rompe el tobillo. El médico la obliga a descansar en cama para no empeorar su estado. Mientras tanto, afuera comienza a nevar, pero Sara niega la posibilidad de sentirse sola ya que puede contar con sus sirvientes para hacerle compañía.

Atendida por la cuidadosa Agnes, Sara se prepara para la noche, pero su dolor y una sensación de «febril» perturban su descanso. Espera pacientemente la llegada de Agnes, pero nadie responde a su llamada. Pronto se da cuenta de que la corriente eléctrica está cortada, el teléfono no funciona y los radiadores están fríos. Aunque el médico le ha ordenado que no se mueva, Sara decide levantarse y averiguar qué está pasando. Apenas logra caminar con la ayuda de un bastón, pero el dolor frena sus movimientos; la casa está inmersa en un silencio aterrador.

Cansada y dolorida, Sara comienza a explorar cada habitación de la casa, deteniéndose un momento frente a cada puerta y temiendo lo que pueda encontrar. Al otro lado de las puertas puede haber un extraño, un asesino, un cadáver o, peor aún, nadie.

La sensación de soledad de Sara crece con cada paso que da. Pronto el silencio se vuelve «frío», «una sustancia impenetrable hecha del cese mundial de toda vida y todo movimiento». En la medida en que se lo permite su mente, Sara siente que «no había límite para este silencio, ningún margen exterior, nada más allá». Al contrario de lo que ocurre con otras protagonistas de Edith Wharton, como Lily en La casa de la alegría (The House of Mirth), que se rinde y abraza su destino, Sara Clayburn es más fuerte. Siente que «debe enfrentar lo que sea que esté al acecho». Pero cada habitación que recorre es «fría, ordenada y vacía». Encuentra las camas de los sirvientes sin usar, pero ve que su ropa todavía cuelga en los armarios. Parecen haber conspirado para dejarla sola.

En esta completa soledad el silencio es absoluto, y Sara lo percibe como una presencia real. Instintivamente, busca «la clave del misterio» en la cocina, que es el lugar más acogedor y femenino de la casa. Al acercarse oye una voz masculina, «grave pero rotunda», que rompe el silencio. Es la voz de un extraño que habla un idioma extranjero, y cuyo tono es «apasionadamente serio, casi amenazante». Sara vacila en entrar, pero se deja arrastrar irresistiblemente, como la mayoría de los personajes femeninos de Edith Wharton, hacia esa enigmática y posiblemente violenta masculinidad. Sin embargo, la cocina está vacía. La voz proviene de una radio portátil.

Sara consigue volver a su habitación y encerrarse en ella: el miedo no ha desaparecido sino que se ha transformado. Ya no teme a la posibilidad de intrusos, sino a quedarse «sola y sin atención hasta que muera de frío».

Al día siguiente todo vuelve a la normalidad; Agnes, la sirvienta, declara que nunca se fue: sugiere que tal vez el dolor y la fiebre confundieron a la señora Clayburn. Sara está segura «de que algo raro había pasado en su casa», no obstante, decide no discutir abiertamente el asunto. Guarda silencio, como Alice Hartley en La campana de la doncella (The Lady’s Maid’s Bell). Solo quiere olvidar su miedo a la soledad y el silencio y la muerte. Un año después, en la Víspera de Todos los Santos, Sara se reencuentra con la extraña mujer de acento extranjero, y decide dejar Whitegates para siempre, buscando consuelo en casa de su prima, en Nueva York, quien es la narradora de esta historia.


La sensación de soledad y muerte que impregna a Todos los Santos nos induce a interpretar la historia como autobiográfica. Habiendo perdido recientemente a muchos amigos, Edith Wharton describe el temor a quedarse sola en el momento en que más se necesita compañía: la vejez.

Todos los Santos fue escrito pocos meses antes de la muerte de Edith Wharton, que en su faceta pública se mostraba un poco como Sara Clayburn, una mujer anciana fuerte, decidida, que aceptaba con cierto estoicismo el curso natural de su vida. Pero el terror al abandono, a la soledad y el silencio de la muerte expresados en Todos los Santos sugieren que incluso alguien con esta fortaleza interior no podría sostenerla hasta el final. Quiero decir, todos creemos que tenemos una postura tomada respecto a nuestra propia muerte. Algunos se imaginan a sí mismos completamente aterrorizados, paralizados; otros suponen que asumirán cierta resignación, indiferencia, y los más audaces se ven a sí mismos [o dicen que se ven a sí mismos] aceptando y abrazando a la muerte. Todo esto es una farsa, porque solo en presencia de la muerte, es decir, en su proximidad real, podemos saber qué sentiremos.

Asumir una conducta desafiante con la muerte cuanto esta parece lejana es una farsa, porque solo en ese momento de proximidad podemos reaccionar insintivamente. Edith Wharton estaba cerca de su propia muerte cuando escribió Todos los Santos. Tal vez por eso Sara Clayburn puede tener integridad ante los demás, pero, cuando está sola, está aterrorizada. Conoces el verdadero peso del miedo cuando la amenaza es la desintegración.

Todos los Santos describe el terror por excelencia de todas las personas mayores, pero especialmente de aquellas que viven solas: el miedo a una transición repentina de la independencia a la impotencia. Si bien es una mujer fuerte, con carácter, la señora Clayburn depende del cuidado de sus sirvientes, quienes de hecho son devotos, sobre todo Agnes, que la atiende como si fuera su niñera. Sin embargo, la vida personal de sus cuidadores es un agujero negro para Sara. Quiero decir, ella supone que se han confabulado para dejarla sola. Nunca se le ocurre que tienen otras lealtades, familia propia, quizás un amante. La noche de Todos los Santos [Halloween], con sus sugerencias de desenfreno pagano, es una representación de la desconocida pero vagamente imaginada vida privada de las sirvientas, algo tan poderoso, tan atractivo, que tiene prioridad sobre sus responsabilidades hacia ella.

Sara explora las habitaciones del personal, encontrando camas sin usar pero armarios llenos de ropa, evidencia de que volverán después de haber satisfecho sus necesidades privadas. Estas prendas son tanto un consuelo como una amenaza. Prometen el regreso de sus cuidadores, pero dan testimonio de su dependencia. En este punto, el miedo de Sara Clayburn es el miedo al abandono; pero no el de un niño que cuenta con un cuidador inalienable en quien depositar su confianza, alguien con lazos de sangre que siempre regresará. La impotencia y el miedo al abandono hacen que la vejez sea muy parecida a la infancia, pero con desventajas adicionales para los ancianos.

En 1937, cuando escribió Todos los Santos, la independencia de Edith Wharton se derrumbó junto con su salud. Primero perdió a Walter Berry, su servidor más entrañable; y en un período de seis meses la muerte reclamó a sus dos sirvientas de confianza: Elise Duvlenck y Catherine Gross. Una tercera sirvienta estaba tan triste por esas pérdidas que se fue. En una carta a Mary Berenson, Edith Wharton escribe: «Quiero alejarme lo más rápido posible de esta Casa Usher». En Todos los Santos la ausencia de los sirvientes presagia la muerte, en primer lugar, la muerte de la casa, cuyas actividades se detienen por completo: no hay luz eléctrica, el teléfono no funciona y no hay calefacción; lo cual se traduce en una amenaza a la vida de su propietaria.

La casa de Edith Wharton había sido atendida durante mucho tiempo por la amabilidad de sus fieles sirvientes. Su ausencia dejó la casa estática y fría; y a pesar de las visitas de muchos amigos devotos, Edith Wharton, como Sara Clayburn, se sentía sola. La idea del regreso de los muertos comienza a volverse un motivo frecuente, no solo en su ficción sino en sus pensamientos diarios. En una carta escribe sobre esos amigos «que todos los años en la Noche de Todos los Santos vienen y se sientan conmigo junto al fuego». En ese momento, 1933, estos muertos que regresan de la tumba son visitantes que Edith Wharton recibía con alegría en su hogar, recordándolos; pero cuatro años más tarde, cuando escribió Todos los Santos, este estado de ánimo de aceptación fue perturbado por el miedo. En este, su último relato, el que regresa de la muerte es una figura oscura, amenazadora, una mujer misteriosa que atrae a sus fieles sirvientes para que abandonen a quien confía en ellos para que la sigan al otro mundo, en este caso representado en un coven.

En el prefacio de Fantasmas (Ghosts), la última antología de Edith Wharton, donde aparece esta historia, la autora escribe: «Los fantasmas, para manifestarse, requieren dos condiciones aborrecibles para la mente moderna: silencio y continuidad». Aunque la narradora al principio afirma que «esta no es exactamente una historia de fantasmas», Todos los Santos se convierte en un estudio magistral del silencio:


«Silencio, ¡más silencio! Parecía amontonarse como la nieve en el techo y en las canaletas. Silencio. Cuántas personas que ella conocía tenían alguna idea de lo que era el silencio, y lo fuerte que resuena cuando realmente lo escuchas?»


Edith Wharton se enfoca en construir una historia gótica a través del escenario y la ambientación, pero no recae en los estereotipos del género. El escenario es una remota y solitaria casa de campo de Connecticut; el tiempo es la víspera de víspera de Todos los Santos, el año nuevo pagano y la noche en la que los «muertos pueden caminar». A pesar de las comodidades modernas de la casa [electricidad, teléfono, calefacción], las habitaciones y los jardines bien ordenados, y la presencia de sirvientes leales [que heredó de su suegra, por lo tanto, son ancianos como ella], las convenciones del gótico van surgiendo a medida que estos elementos se apagan: se corta el suministro energético, el teléfono, la calefacción, y los sirvientes se van. Lo que queda es una clásica casa gótica [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]. Incluso el valle de Connecticut se transforma para evocar un ambiente hostil.

Los acontecimientos de esa noche han transformado Whitegates, dejándola inhabitable para Sara. Lo Siniestro aquí realmente es unheimlich, es decir, lo desconocido en lo familiar [ver: Lo Siniestro en la ficción]. A pesar de toda la parafernalia de la vida moderna y civilizada, Halloween, lo pagano, se impone. La sensación de seguridad de Sara se hace añicos, no porque sus sirvientes se hayan convertido en agentes del mal, sino porque siguen siendo personas leales, confiables, y también asiduos concurrentes al coven. Para la voz de clase alta de la narradora, solo hay una explicación posible para los eventos que aterrorizaron a su tía: lo sobrenatural. Sin embargo, hay una historia oculta en Todos los Santos.

La «mujer extraña», cuya palidez facial y su tono «extranjero» sugieren indirectamente vampirismo, aparece cuando el doctor se ausenta, primero a Baltimore, luego a las Indias Occidentales y finalmente a Suiza. La teoría de Sara, que comenta a la narradora un año después, es que la mujer es un fetch, una criatura sobrenatural del folclore irlandés, cuyo avistamiento se considera un presagio de muerte. Aquí, sin embargo, se piensa que la mujer llega a Whitegates para invitar a los sirvientes a formar parte de un coven. En realidad, no estoy seguro de incluir al chofer, porque la mujer dice que ha ido a ver a las niñas, refiriéndose a las criadas. No es caprichoso que la principal sirvienta de confianza de Sara se llame Agnes, y que haya nacido en la Isla de Skye, cerca de Escocia.

Si la teoría de Sara y la narradora son correctas, Agnes fue convocada por un fetch y participa en el aquelarre vestida con el sombrero y el abrigo desechados por su ama; junto con, al parecer, la otra criada y el chofer. Nuestra hipótesis es que la «mujer extraña» es simplemente una mujer, una bruja, que todos los años se reúne con un grupo de personas para entregarse a placeres que normalmente se les niega. La liberación de Agnes y sus compañeros de su habitual decoro es sexual.

Sin embargo, quedan muchas preguntas pendientes al final del cuento. ¿Qué trama toda esta gente? ¿Simplemente son encuentros sexuales amparados bajo el manto de superstición de Halloween o puede haber algo sobrenatural? Para mí, el misterio más importante [que no he logrado resolver] es el doctor Selgrove. ¿Por qué Edith Wharton nos da tanta información sobre la repentina enfermedad del doctor, su ausencia y posterior abandono del área? ¿Realmente se enfermó? ¿Qué relación tiene su ausencia con la aparición de la mujer misteriosa? Edith Wharton no nos da las respuestas, pero claramente se supone que no debemos aceptar la florida explicación de los hechos planteados por la narradora.

Más bien, creo que Edith Wharton quiere que el lector preste atención al enfoque de Sara Clayburn, no en términos literales, porque la mirada de la mujer está tamizada por su estatus social. En definitiva, Todos los Santos es una historia de apariciones misteriosas e inexplicables ausencias. El eje alrededor del cual giran estas apariciones y ausencias es el coven, el aquelarre, y sus encuentros sexuales. Incluso la narradora, apegada a la explicación sobrenatural, no puede dejar de reconocer que la fascinación de estos encuentros es fundamentalmente sexual:


«Cualquiera que alguna vez haya sentido la más mínima curiosidad por asistir a un coven pronto encuentra que esta se convierte en deseo, el deseo en un anhelo incontrolable que, cuando se presenta la oportunidad, rompe todas las inhibiciones; porque aquellos que alguna vez han tomado parte en un coven moverán cielo y tierra para volver a participar.»


Bajo esta luz, la explicación sobrenatural de la narradora es indicativa de una mentalidad regresiva, incapaz de comprender el poder disruptivo del deseo, un poder que no respeta las diferencias de clase, género y edad. Porque lo cierto es que Agnes no es una joven criada, sino una mujer madura, probablemente anciana, que una vez al año se permite participar en estas reuniones ilícitas mientras su ama lucha desesperadamente por mantener su posición de clase, su autoridad, incluso el dominio sobre su propio hogar. Porque sin la asistencia de las clases bajas, Sara es solo una anciana aterrorizada e impotente en la oscuridad [ver: ¿Quién podría creer que los muebles se quedan quietos durante la noche?]




Todos los Santos.
All Souls', Edith Wharton (1862-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Por extraño e inexplicable que fuera el asunto, en la superficie parecía bastante simple, al menos en ese momento; pero con el paso de los años, y debido a que no hay un solo testigo de lo sucedido salvo la propia Sara Clayburn, las historias al respecto se han vuelto tan exageradas, y muchas veces ridículamente inexactas, que parece necesario que alguien relacionado con el asunto registre los pocos hechos conocidos.

En aquellos días yo estaba en Whitegates, de hecho, no mucho antes y casi inmediatamente después de los extraños sucesos de esas treinta y seis horas. Jim Clayburn y su viuda eran primos míos, y debido a eso se pensó que yo era más capaz que nadie para llegar al fondo de los hechos, en la medida en que pueden llamarse hechos. Así que he escrito, lo más claro que he podido, lo esencial de las diversas charlas que tuve con la prima Sara —no era frecuente que hablara— de lo ocurrido durante ese misterioso fin de semana.

Leí el otro día en el libro de un ensayista de moda que los fantasmas se fueron cuando llegó la luz eléctrica. ¡Qué tontería! El escritor, aunque es aficionado a incursionar en lo sobrenatural, ni siquiera ha llegado al umbral del tema. Entre castillos patrullados por víctimas sin cabeza y la cómoda casa suburbana con refrigerador y calefacción donde sientes, tan pronto como estás dentro, que algo anda mal, dame esto último como motivo de escalofríos. ¿Has notado que no son las personas nerviosas e imaginativas las que ven fantasmas, sino aquellas tranquilas y prácticas, las que no creen en ellos? Bueno, ese fue el caso de Sara Clayburn y su casa.

La casa, a pesar de su antigüedad —fue construida, creo, alrededor de 1780— era abierta, aireada, de techo alto, con electricidad, calefacción central y todos los electrodomésticos modernos; y su señora era, bueno, muy parecida a su casa. De todos modos, esto no es exactamente una historia de fantasmas, y he arrastrado la analogía solo como una forma de mostrarles qué tipo de mujer era mi prima, y lo poco probable de los hechos que aparentemente sucedieron en Whitegates.

Cuando Jim Clayburn murió, toda la familia pensó que, como la pareja no tenía hijos, su viuda dejaría Whitegates y se mudaría a Nueva York o a Boston, ya que siendo de buena estirpe colonial, con muchos parientes y amigos, habría encontrado un lugar en cualquiera de los dos. Pero Sara Clayburn rara vez hizo lo que los demás esperaban, y en este caso hizo exactamente lo contrario: se quedó en Whitegates.

—¿Darle la espalda a la vieja casa, romper todas las raíces familiares e ir a una jaula de pájaros en uno de esos nuevos rascacielos en Lexington Avenue? No, gracias. Este es mi lugar, y aquí me quedaré hasta que mis albaceas entreguen el lugar al pariente más cercano de Jim, ese estúpido y gordo Presley... Bueno, no hablemos de él. Pero te diré algo: lo mantendré fuera de aquí todo el tiempo que pueda.

Y lo hizo, porque todavía tenía poco más de cincuenta años cuando murió su esposo, y era musculosa y resuelta. Asistió a su funeral en perfecto duelo pero con una leve sonrisa bajo su velo.

Whitegates era una casa agradable y de aspecto hospitalario, situada en una altura que dominaba las majestuosas ondulaciones del río Connecticut; pero estaba a cinco o seis millas de Norrington, el pueblo más cercano, y su situación habría parecido remota y solitaria a los sirvientes modernos. Sin embargo, Sara Clayburn había heredado de su suegra a dos o tres viejos sirvientes que parecían formar parte de la tradición familiar.

La casa, en la época colonial, tenía cuatro habitaciones espaciosas en la planta baja, divididas por un vestíbulo con piso de roble, la cocina habitual en la parte trasera y un buen ático bajo el techo. Pero los abuelos de Jim, cuando el interés en «lo colonial» comenzó a revivir a principios de los años ochenta, agregaron dos alas, en ángulo recto con el frente sur, de modo que el antiguo «círculo» antes de la puerta principal se convirtió en un patio con un gran olmo en el medio. Así, la casa se convirtió en una vivienda espaciosa, en la que las tres últimas generaciones de Clayburn habían ejercido una gran hospitalidad.

Pero el arquitecto había respetado el carácter de la casa antigua, y la ampliación la hizo más cómoda sin menoscabar su sencillez. Había mucha tierra alrededor, y Jim Clayburn, como sus padres antes que él, la cultivó, no sin ganancias, y desempeñó un papel considerable y respetado en la política estatal. Siempre se habló de los Clayburn como una «buena influencia» en el condado, y la gente del pueblo se alegró cuando se supo que Sara no tenía la intención de abandonar el lugar, «aunque debe ser solitario en invierno, viviendo sola allí arriba en la cima de esa colina», comentaron mientras los días se acortaban y las primeras nevadas comenzaban a amontonarse bajo la hilera de olmos.

Creo que ya te le dado una idea clara de Whitegates y los Clayburn, que compartían con su antigua casa una especie de orden y dignidad. Ahora contaré su historia, no en las palabras de mi prima, porque eran demasiado confusas y fragmentarias, llenas de confesiones a medias y reticencias nerviosas. Si el asunto realmente sucedió, y debo dejar que usted juzgue eso, creo que debe haber sucedido de esta manera…


I

La mañana había sido fría, con aguanieve torrencial (aunque solo era el último día de octubre), pero después del almuerzo un sol acuoso apareció a través de nubes lanosas y tentó a Sara Clayburn a salir. Era una caminadora enérgica, capaz de andar tres o cuatro millas a lo largo del camino del valle y regresar por el bosque de Shaker. Había hecho su ronda habitual y estaba siguiendo el camino principal hacia la casa cuando alcanzó a una mujer vestida con sencillez que caminaba en la misma dirección. Si la escena no hubiera sido tan solitaria (el camino a Whitegates al final de un día de otoño no era muy frecuentado), la señora Clayburn no habría prestado atención a la mujer, pero cuando la alcanzó mi prima se sorprendió al descubrir que era una extraña, porque la dueña de Whitegates se enorgullecía de conocer, al menos de vista, a la mayoría de sus vecinos del campo. Estaba casi oscuro y apenas se veía el rostro de la mujer, pero la señora Clayburn me dijo que la recordaba como de mediana edad, fea y algo pálida.

La señora Clayburn la saludó y luego agregó:

—¿Vas a la casa?

—Sí, señora —respondió la mujer, con una voz que el valle de Connecticut en los viejos tiempos habría llamado «extranjera», pero que habría pasado desapercibida para los oídos acostumbrados a la multiplicidad de lenguas modernas.

«No, no sabría decir de dónde venía», decía siempre Sara. «Lo que me pareció extraño fue que no la conocía».

Le preguntó cortésmente a la mujer qué quería, y la mujer respondió:

—Solo ver a una de las niñas.

La respuesta fue bastante natural, y la señora Clayburn asintió y salió del camino de entrada a la parte inferior de los jardines, de modo que no volvió a ver a la visitante ni entonces ni después. De hecho, media hora más tarde sucedió algo que sacó completamente de su mente a la extraña. La enérgica y ágil señora Clayburn, mientras se acercaba a la casa, resbaló en un charco helado, se torció el tobillo y quedó repentinamente indefensa.

Price, el mayordomo, y Agnes, la vieja y adusta doncella escocesa que Sara había heredado de su suegra, sabían exactamente qué hacer. No tardaron en tener a su señora tumbada en un sofá y llamaron al doctor Selgrove desde Norrington. Cuando llegó, ordenó a la señora Clayburn que se acostara, hizo el examen y los vendajes necesarios. Temía que el tobillo estuviera fracturado. Pensó, sin embargo, que si ella juraba no levantarse, o incluso cambiar la posición de su pierna, él podría evitarle la incomodidad de enyesarla.

La señora Clayburn estuvo de acuerdo, tanto más pronto cuanto que el médico le advirtió que cualquier movimiento precipitado prolongaría su inmovilidad. Su naturaleza rápida e imperiosa hizo que la perspectiva fuera difícil, y estaba molesta consigo misma por haber sido tan torpe. Pero el mal ya estaba hecho, y de inmediato pensó en la oportunidad que tendría de repasar sus cuentas y ponerse al día con su correspondencia. Así que se acomodó resignada en su cama.

—Y no se perderá mucho. Está empezando a nevar y parece que nos espera una buena racha —comentó el doctor, mirando por la ventana mientras recogía sus implementos—. Bueno, no solemos tener nieve tan pronto como ahora; pero el invierno tiene que empezar en algún momento —concluyó filosóficamente.

En la puerta se detuvo para agregar:

—¿No quiere que envíe una enfermera de Norrington? No para cuidarla, no hay mucho que hacer hasta más que recuperarse. Pero este es un lugar bastante solitario cuando empieza a nevar, y pensé que tal vez…

Sara Clayburn se rió.

—¿Solitario? ¿Con mis antiguos sirvientes? Olvidas cuántos inviernos he pasado aquí sola con ellos. Dos de ellos estuvieron conmigo en tiempos de mi suegra.

—Así es —estuvo de acuerdo el doctor Selgrove—. Es usted mucho más afortunada que la mayoría de la gente. Bueno, déjeme ver; tendremos que dejar que baje la inflamación antes de poder hacerle una radiografía. El lunes por la mañana, a primera hora, estaré aquí con el técnico de rayos X. Si me necesita antes, llámame.

Y se fue.


II

El pie, al principio, no le había dolido mucho, pero hacia la madrugada la señora Clayburn empezó a sufrir. Era una mala paciente, como la mayoría de las personas sanas y activas. No estando acostumbrada al dolor no supo soportarlo; y las horas de vigilia e inmovilidad parecían interminables. Agnes, antes de dejarla, había puesto una jarra de limonada a su alcance e incluso (a la señora Clayburn le pareció extraño después) insistió en llevar una bandeja con bocadillos y un termo de té.

—En caso de que tenga hambre en la noche, señora.

—Gracias; pero nunca tengo hambre en la noche. Y ciertamente no tendré esta noche, solo sed. Creo que tengo fiebre.

—Bueno, ahí está la limonada, señora.

—Llévate las otras cosas, por favor. (Sara siempre había odiado ver comida en su habitación)

—Muy bien, señora. Pero…

—Por favor, llévatela —repitió irritada la señora Clayburn.

—Muy bien, señora.

Pero cuando Agnes salió, su ama la oyó dejar suavemente la bandeja sobre una mesa detrás del biombo que cerraba la puerta.

¡Vieja obstinada!, pensó, algo conmovida por la insistencia de la anciana.

El sueño, una vez que se había ido, no volvía, y las largas horas negras avanzaban cada vez más lentamente. ¡Qué tarde amaneció en noviembre! «Si tan solo pudiera mover la pierna», se quejó.

Se quedó inmóvil y aguzó el oído para escuchar los primeros pasos de los sirvientes. Seguramente no pasaría mucho antes de que llegara una de las mujeres. Estuvo tentada de llamar a Agnes, pero se contuvo. La mujer se había quedado hasta tarde, y era domingo por la mañana, cuando a la familia siempre se le permitía un poco de tiempo extra. La señora Clayburn reflexionó inquieta:

«Fui una tonta al no dejar el té al lado de la cama como ella quería. Me pregunto si podría levantarme y traerlo.

Pero recordó la advertencia del médico y no se atrevió a moverse. Cualquier cosa antes que arriesgarse a prolongar su encarcelamiento.

Ah, ahí estaba el reloj dando la hora. ¡Qué fuerte sonaba en la quietud de la nieve! Uno, dos, tres, CUATRO, CINCO…

¿Qué? ¿Solo cinco? Tres horas y cuarto más antes de que pudiera esperar oír girar el pomo de la puerta…

Al cabo de un rato volvió a quedarse dormida, incómoda.

Otro sonido la despertó. De nuevo el reloj. Ella lo escuchó, pero la habitación todavía estaba en una profunda oscuridad, y solo cayeron seis golpes.

Pensó en recitar algo, pero rara vez leía poesía y, como naturalmente dormía bien, no recordaba ninguno de los remedios habituales contra el insomnio. Su pierna se sentía como plomo. Los vendajes se habían vuelto terriblemente apretados, su tobillo debía haberse hinchado.

Yacía mirando las ventanas oscuras, esperando el primer destello del amanecer. Por fin vio un pálido filtro de luz diurna a través de las persianas. Uno a uno los objetos entre la cama y la ventana recuperaron primero su contorno, luego su volumen, y parecían reagruparse sigilosamente, después de quién sabe qué desplazamientos secretos durante la noche. ¿Quién que haya vivido en una casa antigua podría creer que los muebles se quedan quietos toda la noche? A la señora Clayburn casi le pareció ver una mesita de patas delgadas que se deslizaba apresuradamente hacia su lugar.

«Ya viene Agnes, y tiene miedo», pensó caprichosamente. Su mala noche debe haberla vuelto imaginativa, porque nunca antes se le había ocurrido una tontería como la de los muebles.

Por fin, después de más horas, el reloj dio las ocho. Sólo otro cuarto de hora.

Observó la manecilla que se movía lentamente por la esfera del pequeño reloj junto a su cama. Diez minutos… cinco… ¡solo cinco! «Agnes es tan puntual como el destino: en dos minutos vendrá». Pasaron los dos minutos y ella no venía. Pobre Agnes, se veía pálida y cansada la noche anterior. Se había quedado dormida, sin duda, o tal vez se sentía enferma y enviaría a la criada a reemplazarla. La señora Clayburn esperó.

Esperó media hora; luego alargó la mano hacia la campanilla de la cabecera de la cama. Pobre Agnes, su ama se sentía culpable por despertarla. Pero Agnes no apareció, y después de un considerable intervalo, la señora Clayburn, ahora con cierta impaciencia, volvió a llamar. Llamó una, dos, tres veces, pero aun así nadie vino.

Una vez más esperó; luego se dijo a sí misma: «Debe haber algún problema con la electricidad». Podía averiguarlo encendiendo la lámpara de la cama (¡qué admirablemente equipada estaba la habitación con todos los electrodomésticos prácticos!). La encendió, pero no salió ninguna luz. Corte de corriente eléctrica; y era domingo, nada se podía hacer al respecto hasta la mañana siguiente. A menos que resultara ser solo un fusible quemado que Price podría remediar. Bueno, en un momento alguien seguramente vendría a su puerta.

Eran las nueve en punto cuando admitió para sí misma que algo extraordinariamente inusual debía haber sucedido en la casa. Empezó a sentir una aprensión nerviosa; pero ella no era la mujer para alentarla. ¡Ojalá hubiera hecho poner el teléfono en su habitación! Midió mentalmente la distancia que debía recorrer hasta el rellano, recordó la advertencia del doctor Selgrove y se preguntó si su tobillo roto soportaría. Temía la perspectiva de que la enyesaran, pero tenía que ponerse al teléfono, pasara lo que pasara.

Se envolvió en su bata, tomó un bastón y, apoyándose pesadamente, se arrastró hasta la puerta. La cuidadosa Agnes había cerrado y asegurado los postigos, de modo que no había mucha más luz que al amanecer; pero afuera, en el corredor, la fría blancura de la mañana nevada parecía casi tranquilizadora. Cosas misteriosas, cosas espantosas, estaban asociadas con la oscuridad; y aquí estaba la saludable y prosaica luz del día viniendo de nuevo para desterrarlas.

La señora Clayburn miró a su alrededor y escuchó. Silencio. Un profundo silencio nocturno en aquella casa iluminada por el día, en la que presumiblemente cinco personas iban y venían haciendo su trabajo. Ciertamente era extraño.

Miró por la ventana con la esperanza de ver a alguien cruzando el patio o viniendo por el camino. Pero no había nadie, y la nieve parecía tener el lugar para sí misma: una nieve tranquila y constante. Seguía cayendo con regularidad, amortiguando el mundo exterior en capas sobre capas de grueso terciopelo blanco e intensificando el silencio interior. Un mundo sin ruido. La gente siempre dice que le gusta el silencio: ¡Que primero prueben una casa de campo solitaria en una tormenta de nieve de noviembre!

Se arrastró por el pasillo hasta el teléfono. Cuando descolgó el auricular notó que le temblaba la mano. Llamó a la despensa, no hubo respuesta. Volvió a llamar. ¡Silencio, más silencio! Parecía amontonarse como la nieve en el techo y en las canaletas. Silencio. ¿Cuántas personas que conocía tenían alguna idea de lo que era el silencio y de lo fuerte que sonaba cuando realmente lo escuchabas?

De nuevo esperó; luego llamó a «Central». Sin respuesta. Lo intentó tres veces. Después de eso, volvió a probar en la despensa. El teléfono se cortó entonces; como la corriente eléctrica. ¿Quién estaba trabajando abajo, aislándola así del mundo? Su corazón comenzó a martillar. Por suerte había una silla cerca del teléfono y se sentó para recuperar fuerzas, ¿o era su coraje?

Agnes y la criada dormían en el ala más cercana. Podía llegar cuando recuperara el aire. ¿Tenía el coraje? Sí, por supuesto que lo tenía. Siempre se la había considerado una mujer valiente; y así se había considerado a sí misma. Pero este silencio…

Se le ocurrió que mirando desde la ventana de un baño vecino podía ver la chimenea de la cocina. Debería salir humo a esa hora; y si lo hubiera, pensó que tendría menos miedo de continuar. Llegó hasta el baño y, mirando por la ventana, vio que no salía humo de la chimenea. Su sensación de soledad se agudizó. Fuera lo que fuera lo que había sucedido abajo, debió haber ocurrido antes de que comenzara el trabajo matutino. El cocinero no había tenido tiempo de encender el fuego; los otros sirvientes aún no habían comenzado su ronda.

Se dejó caer en la silla más cercana, luchando contra sus miedos. ¿Qué sería lo siguiente que descubriría si continuaba con sus investigaciones?

El dolor en el tobillo dificultaba el progreso; pero sólo se daba cuenta de ello como un obstáculo. No importaba el sufrimiento físico, debía averiguar lo que estaba sucediendo, o lo que había sucedido. Pero primero iría a la habitación de la criada. Y, si estuviera vacía, bueno, de alguna manera tendría que bajar las escaleras.

Cojeó por el pasillo, y en el camino se estabilizó apoyando la mano en un radiador. Estaba frío como una piedra. Sin embargo, la calefacción central nunca se apagaba del todo, y a las ocho de la mañana un calor suave invadía las habitaciones. El frío helado de las tuberías la sobresaltó. Era el chofer quien se encargaba de cuidar la calefacción, así que él también estaba involucrado en el misterio, fuera lo que fuera, como los sirvientes de la casa. Pero esto solo profundizó el problema.


III

La señora Clayburn se detuvo en la puerta de Agnes y llamó. No esperaba respuesta, y no la hubo. Abrió la puerta y entró. La habitación estaba oscura y muy fría. Fue hasta la ventana y abrió los postigos; luego miró a su alrededor, vagamente preocupada por lo que pudiera ver. La habitación estaba vacía; pero lo que la asustaba no era tanto su vacío como su aire de orden escrupuloso e imperturbable. No había señales de que alguien se hubiera estado allí últimamente, o se hubiera desvestido la noche anterior. Nadie había dormido en la cama.

La señora Clayburn se apoyó contra la pared; luego cruzó la habitación y abrió el armario. Ahí era donde Agnes guardaba sus vestidos; y los vestidos estaban allí, cuidadosamente colgados. En el estante de arriba estaban los pocos y pasados de moda sombreros de Agnes. La señora Clayburn, que los conocía a todos, miró el estante y vio que faltaba uno. Y también el cálido abrigo que le había dado a Agnes el invierno anterior.

Agnes, entonces, estaba fuera; había salido, sin duda, la noche anterior, ya que la cama estaba sin usar y los utensilios de vestir y de lavar no habían sido tocados. Agnes, que nunca ponía un pie fuera de la casa después del anochecer, que despreciaba las películas tanto como lo hacía con la radio y nunca pudo convencerse de que un poco de diversión inocente era un elemento necesario en la vida, había abandonado la casa en una nevada noche de invierno mientras su ama yacía arriba, sufriendo e indefensa.

¿Por qué se había ido y adónde había ido? Cuando estaba desvistiendo a la señora Clayburn la noche anterior, tomando sus órdenes, tratando de hacerla sentir más cómoda, ¿ya estaba planeando este misterioso escape nocturno? ¿O algo —el Algo misterioso que la señora Clayburn todavía buscaba a tientas— había ocurrido más tarde esa noche, enviando a la doncella abajo y afuera en la amarga noche? Tal vez uno de los hombres del garaje, donde vivían el chofer y el jardinero, se había enfermado repentinamente y alguien había corrido a la casa por Agnes. Sí, esa debe ser la explicación… Sin embargo, cuánto dejaba sin explicar.

Al lado de la habitación de Agnes estaba el cuarto de la ropa blanca; más allá estaba la puerta de la criada. La señora Clayburn se acercó y llamó. «¡María!» Nadie respondió, y ella entró. La habitación estaba en el mismo orden inmaculado, y aquí también la cama estaba sin dormir. Sin duda, las dos mujeres habían salido juntas... ¿adónde?

El frío silencio de la casa pesaba sobre la señora Clayburn. Nunca había pensado en ella como una casa grande, pero ahora, en esta luz nevada de invierno, parecía inmensa y llena de siniestros rincones alrededor de los cuales una no se atrevía a mirar. Más allá de la habitación de la criada estaban las escaleras traseras. Era el camino más corto hacia abajo, y cada paso que daba la señora Clayburn era cada vez más doloroso. Decidió retroceder lentamente, todo el pasillo, y bajar por las escaleras de la entrada. No sabía por qué hizo esto; pero sintió que en ese momento no podía razonar y que era mejor obedecer su instinto.

Más de una vez había explorado de madrugada la planta baja en busca de insólitos ruidos de medianoche; pero ahora no era la idea de ruidos lo que la asustaba, sino ese silencio inexorable y hostil, la sensación de que la casa había conservado en plena luz del día su misterio nocturno, y la miraba como ella la miraba; que al entrar en aquellas habitaciones vacías y ordenadas podría estar perturbando alguna confabulación invisible en la que sería mejor que los seres de carne y hueso no se entrometieran.

Los anchos escalones de roble estaban bellamente pulidos y eran tan resbaladizos que tuvo que agarrarse a la barandilla y dejarse caer peldaño a peldaño. Y mientras descendía, el silencio descendió con ella, más pesado, más denso, más absoluto. Parecía sentir sus pasos justo detrás, siguiendo suavemente el ritmo de los suyos. Tenía una cualidad de la que nunca había sido consciente en ningún otro silencio, como si no fuera simplemente una ausencia de sonido, una delgada barrera entre el oído y el creciente murmullo de la vida más allá, sino una sustancia impenetrable hecha del cese de toda vida y movimiento.

Sí, eso fue lo que la estremeció: la sensación de que no había límite para este silencio, ningún margen exterior, nada más allá. Para entonces ya había llegado al pie de la escalera y cruzaba cojeando el vestíbulo hasta el salón. Lo que sea que encontrara allí, estaba segura, sería mudo y sin vida; pero, ¿qué? ¿Los cuerpos de sus sirvientes segados por algún maníaco homicida? ¿Y si fuera su turno a continuación, si él la estuviera esperando detrás de las pesadas cortinas de la habitación en la que estaba a punto de entrar? Bueno, debía averiguarlo, enfrentar lo que sea que estuviera al acecho. No la impulsada la valentía —había rezumado hasta la última gota de coraje—, sino porque cualquier cosa era mejor que quedarse encerrada sin saber si estaba sola o no. «Debo averiguarlo, debo averiguarlo», se repetía a sí misma en una especie de cantinela sin sentido.

La fría luz exterior inundaba el salón. Los postigos no habían sido cerrados, ni las cortinas corridas. Miró a su alrededor. La habitación estaba vacía y cada silla en su lugar habitual. Su sillón fue empujado hacia la chimenea, y en el frío hogar se amontonaron las cenizas del fuego en el que se había calentado antes de emprender su fatídico paseo. Incluso su taza de café vacía estaba sobre una mesa cerca del sillón. Era evidente que los sirvientes no habían estado en la habitación desde que ella la había dejado el día anterior después del almuerzo.

De pronto se apoderó de ella la convicción de que, tal como encontraba el salón, encontraría el resto de la casa: fría, ordenada y vacía. No encontraría nada, no encontraría a nadie. Ya no sentía ningún temor por los peligros humanos ordinarios que acechaban en esos espacios mudos. Sabía que estaba completamente sola bajo su propio techo. Se sentó para descansar su tobillo dolorido y miró lentamente a su alrededor.

Había otras habitaciones para visitar, y estaba decidida a revisarlas todas, pero sabía de antemano que no le darían respuesta a su pregunta. Ella lo sabía, aparentemente, por la calidad del silencio que la envolvía. No había ninguna rotura, ni la más mínima grieta en ninguna parte. Tenía la fría continuidad de la nieve que aún seguía cayendo fuera.

No tenía idea de cuánto tiempo esperó antes de armarse de valor para continuar con su inspección. Ya no sentía el dolor en el tobillo, sino que sólo era consciente de que no debía soportar su peso sobre él, por lo que se movía muy lentamente, apoyándose en cada mueble que encontraba a su paso. En la planta baja no se había cerrado ningún postigo, ninguna cortina, y avanzaba sin dificultad de una habitación a otra: la biblioteca, su sala de estar, el comedor. En cada uno de ellas, cada mueble estaba en su lugar habitual. En el comedor, la mesa estaba puesta para la cena de la noche anterior y los candelabros, con las velas apagadas, se reflejaban en la caoba oscura. No era la clase de mujer que mordisqueaba un huevo escalfado en una bandeja cuando estaba sola, pero siempre bajaba al comedor y disfrutaba de lo que ella llamaba una comida civilizada.

Del comedor entró en la despensa, y allí también todo estaba en un orden intachable. Abrió la puerta y miró hacia el pasillo trasero con su pulcro revestimiento de linóleo. El profundo silencio la acompañó; todavía lo sentía moverse a su lado, como si fuera su prisionera y pudiera arrojarse sobre ella si intentaba escapar. Siguió cojeando hacia la cocina. Por supuesto, también estaría vacía e inmaculada. Pero ella tenía que verlo.

Se apoyó un minuto en el alféizar de una ventana del pasillo. Es como el Mary Celeste, pero en tierra firme, pensó, recordando el misterio marino sin resolver de su infancia. Nadie supo nunca lo que pasó a bordo del Mary Celeste. Y tal vez nadie sepa nunca lo que ha sucedido aquí. Incluso yo no lo sabré.

Al pensarlo, su miedo latente pareció adquirir una nueva cualidad. Era como un líquido helado que corría por cada vena y yacía en un charco alrededor de su corazón. Entendió que nunca antes había sabido lo que era el miedo, y que la mayoría de las personas que había conocido probablemente tampoco. Porque esta sensación era diferente…

La absorbió tan completamente que no supo cuánto tiempo permaneció inclinada allí. Pero de pronto un nuevo impulso la empujó hacia la parte de atrás cocina. Fue allí porque había un elevador de servicio en la pared, a través del cual podía mirar dentro de la cocina sin ser vista; porque un instinto indefinible le dijo que la cocina tenía la clave del misterio. Todavía sentía con fuerza que, fuera lo que fuera lo que había pasado en la casa, debía tener su origen y centro en la cocina.

En la parte de atrás de la cocina, como esperaba, todo estaba limpio y ordenado. Fuera lo que fuera lo que había pasado, nadie en la casa parecía haber sido tomado por sorpresa; no había signos de confusión o desorden. Parece como si lo hubieran sabido de antemano y lo hubieran puesto todo en orden, pensó. Miró la pared que daba a la puerta y vio que el elevador estaba abierto. Y entonces, mientras se acercaba, el silencio se rompió. Una voz estaba hablando en la cocina, una voz de hombre, baja pero enfática, y que ella nunca había escuchado antes.

Se quedó inmóvil, fría de miedo. Pero este miedo era diferente. Sus terrores anteriores habían sido especulativos, conjeturales, una emanación fantasmal del silencio circundante. Este era un simple temor cotidiano de malhechores. Oh, Dios, ¿por qué no se había acordado del revólver de su marido, que desde su muerte había estado en un cajón de su habitación?

Dio media vuelta para retroceder por el suelo liso, pero su bastón se resbaló a mitad de camino y se estrelló contra las baldosas. El ruido parecía resonar una y otra vez a través del vacío, y ella se quedó inmóvil, horrorizada. Ahora que había traicionado su presencia, la huida era inútil. Quienquiera que estuviera más allá de la puerta de la cocina estaría sobre ella en un segundo.

Pero, para su asombro, la voz siguió hablando. Era como si el hablante y sus oyentes no la hubieran escuchado. El extraño habló tan bajo que ella no pudo entender lo que estaba diciendo, pero el tono era apasionadamente serio, casi amenazante. Al momento siguiente, se dio cuenta de que estaba hablando en un idioma extranjero, un idioma desconocido para ella. Una vez más, su terror se vio superado por el deseo urgente de saber qué estaba pasando. Se deslizó hasta el elevador, miró con cautela hacia la cocina y vio que estaba tan ordenada y vacía como las otras habitaciones. Pero en medio de la mesa cuidadosamente fregada había una radio inalámbrica portátil, y la voz que escuchaba salía de ahí.

Debió haberse desmayado entonces, supuso; en cualquier caso, se sentía tan débil y mareada que su recuerdo de lo que sucedió a continuación permaneció confuso. Con el paso del tiempo volvió a tientas a la despensa y allí encontró una botella de licor: brandy o whisky, no podía recordar cuál. Encontró un vaso, se sirvió un trago y, mientras le corría por las venas, logró, nunca supo con cuántos estremecedores retrasos, arrastrarse por la planta baja, subir las escaleras y recorrer el pasillo hasta su habitación. Allí, aparentemente, cayó al otro lado del umbral, nuevamente inconsciente.

Cuando volvió en sí, recordó, su primer cuidado había sido encerrarse; luego recuperar el revólver de su marido. No estaba cargado, pero encontró algunos cartuchos y logró cargarlo. Entonces recordó que Agnes, al dejarla la noche anterior, se había negado a llevarse la bandeja con el té y los bocadillos, y se abalanzó sobre ellos con un hambre repentina. También recordó haber notado que una botella de brandy había sido puesta al lado del termo y estar vagamente sorprendida. La partida de Agnes, entonces, había sido planeada deliberadamente, y sabía que su ama, que nunca bebía alcohol, podría necesitar un estimulante. La señora Clayburn vertió un poco de brandy en su té y lo tragó con avidez.

Después de eso (me contó después) recordó que había logrado encender un fuego en la chimenea y, después de calentarse, se había vuelto a meter en la cama, amontonando sobre ella todas las cobijas que pudo encontrar. La tarde transcurrió en una neblina de dolor de la que surgía una vaga forma de miedo: el miedo de que pudiera yacer sola y desatendida hasta que muriera de frío y terror.

Porque estaba segura de que la casa estaba vacía, completamente vacía, desde la buhardilla hasta el sótano. Sabía que era así, no podía decir por qué; pero de nuevo sintió que estaba relacionado a esta cualidad peculiar del silencio, el silencio que había seguido sus pasos dondequiera que iba, y que ahora se había plegado sobre ella como un paño mortuorio. Estaba segura de que la cercanía de cualquier otro ser humano, por mudo y secreto que fuera, habría hecho una leve grieta en la textura de ese silencio, lo habría viciado como se resquebraja una lámina de vidrio cuando se le arroja una piedra.


IV

—¿Se siente un poco mejor? —preguntó el doctor mientras examinaba el tobillo—. Parece que se ha estado moviendo, ¿no? Supongo que el doctor Selgrove le dijo que se quedara quieta hasta que la volviera a ver, ¿verdad?

El orador era un extraño, a quien la señora Clayburn conocía solo por su nombre. Su propio médico había sido llamado esa mañana para atender a un paciente anciano en Baltimore, y le había pedido a este joven, que comenzaba a ser conocido en Norrington, que lo reemplazara. El recién llegado era tímido y algo familiar, como suelen serlo los tímidos, y la señora Clayburn decidió que no le agradaba mucho. Pero antes de que pudiera transmitir esto por el tono de su respuesta (y ella era una maestra en el arte de la desaprobación) oyó hablar a Agnes, sí, Agnes, la misma, la Agnes de siempre, de pie detrás del médico, pulcra y severa.

—La señora Clayburn debe haberse levantado y andado por la noche en lugar de llamarme, como debería haberlo hecho —intervino Agnes con severidad.

¡Eso fue demasiado! A pesar del dolor, que ahora era intenso, la señora Clayburn se echó a reír.

—¿Llamarte? ¿Cómo hubiese podido con la electricidad cortada?

—¿Se cortó la electricidad? —la sorpresa de Agnes fue magistral—. ¿Cuándo?

Presionó su dedo en el interruptor al lado de la cama, y la llamada tintineó a través de la habitación silenciosa.

—Anoche probé esa campana antes de dejarla, señora, porque si le hubiera pasado algo habría venido a dormir en el vestidor antes que dejarla aquí sola.

La señora Clayburn yacía sin habla, mirándola.

—¿Anoche? Pero anoche estaba sola en la casa.

Las firmes facciones de Agnes no se alteraron. Cruzó las manos con resignación sobre su delantal.

—Tal vez el dolor la confundió un poco, señora —miró al doctor, quien asintió.

—El dolor en su pie debe haber sido bastante fuerte —dijo.

—Lo fue —respondió la señora Clayburn—. Pero no fue nada comparado con el horror de estar solo en esta casa vacía desde anteayer, con la calefacción y la electricidad cortadas, y el teléfono sin funcionar.

El médico la miraba con evidente asombro. El rostro cetrino de Agnes se sonrojó levemente, pero solo como si estuviera indignada por una acusación injusta.

—Pero, señora, anoche encendí su fuego con mis propias manos y, mire, todavía está ardiendo. Me estaba preparando para avivarlo justo ahora, cuando llegó el médico.

—Es cierto. Cuando llegué estaba de rodillas ante el fuego —corroboró el médico.

De nuevo la señora Clayburn se rió. Ingeniosamente, mientras el tejido de mentiras se entrelazaba a su alrededor, sintió que aún podía atravesarlo.

—Yo misma encendí el fuego ayer, no había nadie más para hacerlo —dijo, dirigiéndose al médico, pero manteniendo los ojos en su criada—. Me levanté dos veces para poner más carbón, porque la casa era como un sepulcro. La calefacción central debe haber estado apagada desde el sábado por la tarde.

Ante esta increíble declaración, el rostro de Agnes expresó solo una cortés angustia; pero el nuevo médico estaba evidentemente avergonzado de verse envuelto en una controversia que no tenía tiempo para tratar. Dijo que había traído al especialista de rayos X con él, pero que el tobillo estaba demasiado hinchado para ser fotografiado en este momento. Le pidió a la señora Clayburn que disculpara su prisa, ya que tenía que visitar a todos los demás pacientes del doctor Selgrove, y prometió volver esa noche para decidir si le podían hacer una radiografía en ese momento y si, como evidentemente temía, habría que enyesar el tobillo. Luego, después de entregarle sus recetas a Agnes, se fue.

La señora Clayburn pasó un día febril y doloroso. No se sentía lo suficientemente bien como para continuar la conversación con Agnes. Empezó a adormecerse y comprendió que su mente estaba confundida por la fiebre. Agnes y la criada la atendieron tan atentamente como de costumbre, y cuando el doctor regresó por la noche, su temperatura había bajado; pero decidió no hablar de lo que tenía en mente hasta que reapareciera el doctor Selgrove. Debía estar de regreso la noche siguiente, y el nuevo médico prefirió esperarlo antes de decidirse a enyesar el tobillo, aunque temía que esto fuera inevitable.


V

Esa tarde, la señora Clayburn me hizo llamar por teléfono y llegué a Whitegates al día siguiente. Mi prima, que se veía pálida y nerviosa, se limitó a señalar su pie, que había sido enyesado, y me agradeció por hacerle compañía. Explicó que el doctor Selgrove había enfermado repentinamente en Baltimore y no regresaría hasta dentro de varios días, pero que el joven que lo reemplazó parecía bastante competente. No hizo alusión a los extraños incidentes que he relatado, pero sentí de inmediato que había recibido un golpe que su accidente, por doloroso que fuera, no podía explicar.

Una noche me contó la historia de su extraño fin de semana tal como la he registrado anteriormente. Todavía estaba arriba en ese momento y obligada a dividir sus días entre su cama y el salón. Durante esas interminables semanas intermedias, me dijo que había pensado en todo el asunto; y aunque los sucesos de las misteriosas treinta y seis horas todavía eran vívidos para ella, ya habían perdido algo de su terror, y finalmente había decidido no reabrir la cuestión con Agnes.

La enfermedad del doctor Selgrove no solo había sido grave sino prolongada. Todavía no había regresado, y se informó que tan pronto como estuviera bien se iría en un crucero por las Indias Occidentales y no reanudaría su práctica en Norrington hasta la primavera. El doctor Selgrove, como bien sabía mi prima, era la única persona que podía probar que habían transcurrido treinta y seis horas entre su visita y la de su sucesor; y este último, un joven tímido, agobiado por la pesada práctica adicional que repentinamente le arrojaron sobre los hombros, me dijo (cuando me arriesgué a tener una pequeña conversación privada con él) que en la prisa de la partida del doctor Selgrove las únicas instrucciones que había dado sobre señora Clayburn se resumieron en el breve memorando: «Tobillo roto. Hágase una radiografía».

Conociendo el carácter autoritario de mi prima me sorprendió su decisión de no hablar con los sirvientes de lo sucedido; pero pensándolo bien concluí que tenía razón. Todos eran exactamente como habían sido antes de ese episodio inexplicable: eficientes, devotos, respetuosos y respetables. Dependía de ellos y se sentía a gusto con ellos, y evidentemente prefería apartar todo el asunto de su mente. Estaba absolutamente segura de que algo extraño había sucedido en su casa, y yo estaba más convencida que nunca de que había recibido un susto que la fractura de tobillo no bastaba para explicar; pero al final estuve de acuerdo en que no se ganaba nada con interrogar a los sirvientes o al nuevo médico.

Estuve en Whitegates de vez en cuando ese invierno y durante el verano siguiente, y cuando regresé definitivamente a Nueva York a principios de octubre, dejé a mi prima con la salud y el ánimo de antes. El doctor Selgrove había sido enviado a Suiza para el verano, y este nuevo aplazamiento de su regreso parecía haber sacado de su mente los acontecimientos del extraño fin de semana. Su vida transcurría tan pacífica y normalmente como de costumbre, y la dejé sin ansiedad; de hecho, sin pensar en el misterio que ahora tenía casi un año.

Vivía yo sola en un piso pequeño en Nueva York, y apenas me había instalado en él cuando, muy tarde una noche, el último día de octubre, ¡oí sonar mi campana! Como era la salida nocturna de mi doncella y yo estaba sola, fui yo misma a la puerta y en el umbral, para mi asombro, vi a Sara Clayburn. Estaba envuelta en una capa de piel, con un sombrero calado sobre la frente y un rostro tan pálido y demacrado que me di cuenta de que algo terrible le debía haber sucedido.

—Sara —jadeé, sin saber lo que estaba diciendo—, ¿de dónde diablos has venido a esta hora?

—De Whitegates. Perdí el último tren y vine en auto —entró y se sentó en el banco cerca de la puerta.

Vi que apenas podía mantenerse en pie y me senté a su lado, rodeándola con mi brazo.

—Por el amor de Dios, dime lo que ha pasado.

Ella me miró sin parecer verme.

—Llamé a casa de Nixon y alquilé un coche. Tardé cinco horas y cuarto en llegar aquí —miró a su alrededor—. ¿Puedes dejarme a pasar la noche? He dejado mi equipaje abajo.

—Por tantas noches como quieras. Pero te ves tan enferma.

Ella sacudió su cabeza.

—No; no estoy enferma. Solo estoy asustada, mortalmente asustada —repitió en un susurro.

Su voz era extraña, y las manos que apretaba entre las mías estaban frías. La levanté y la conduje a mi pequeña habitación de invitados. Mi apartamento estaba en un edificio anticuado, de no muchos pisos de altura, y yo estaba en términos más humanos con el personal de lo que es posible en una de las Babel modernas. Llamé por teléfono para que subieran las maletas de mi prima y, mientras tanto, llené una bolsa de agua caliente, calenté la cama y la metí en ella lo más rápido que pude. Nunca la había visto incuestionable y sumisa, y eso me alarmó aún más que su palidez. No era mujer que se dejara desnudar y acostar como un bebé; pero ella se sometió sin una palabra, como si supiera que había llegado al final de su cuerda.

—Es bueno estar aquí —dijo en un tono más bajo, mientras la arropaba y alisaba las almohadas—. No me dejes todavía, ¿quieres? Todavía no.

—No voy a dejarte más de un minuto, solo para traerte una taza de té —le aseguré.

Dejé la puerta abierta para que me oyera moverme en la pequeña despensa al otro lado del pasillo, y cuando le llevé el té lo tragó agradecida y se le sonrojó un poco la cara. Me senté con ella en silencio durante algún tiempo, pero finalmente comenzó:

—Es exactamente un año después...

Hubiera preferido que dejara para la mañana todo lo que tenía que decirme; pero vi en sus ojos ardientes que estaba resuelta a librar su mente de lo que la agobiaba. Hasta que no lo hiciera sería inútil ofrecer el somnífero que tenía preparado.

—¿Un año desde qué? —pregunté estúpidamente, sin asociar aún su precipitada llegada con los misteriosos sucesos del año anterior en Whitegates.

Ella me miró sorprendida.

—Un año desde que conocí a esa mujer. ¿No te acuerdas de la extraña mujer que venía por el camino esa tarde cuando me rompí el tobillo? No pensé en eso en ese momento, pero fue en la víspera de Todos los Santos que la conocí.

—Sí, dije.

—Bueno, y esta es la Víspera de Todos los Santos, ¿no es así?

—Sí. Esta es la Víspera de Todos los Santos.

—Ya me lo imaginaba Bueno, esta tarde salí a dar mi paseo habitual. Había estado escribiendo cartas y pagando facturas, y no empecé hasta tarde; no hasta que era casi el anochecer. Pero era una hermosa tarde clara. Y cuando me acerqué a la puerta, estaba entrando la mujer, la misma mujer… yendo hacia la casa…

Presioné la mano de mi prima, que ahora estaba caliente y febril.

—Si estaba anocheciendo, ¿podrías estar perfectamente segura de que era la misma mujer? —pregunté.

—Oh, perfectamente segura; la tarde era tan clara. Yo la conocía y ella me conocía; y pude ver que estaba enfadada por haberme visto. La detuve y le pregunté: «¿Adónde vas?», tal como le había preguntado el año pasado. Y ella dijo con la misma extraña voz medio extranjera: «Sólo para ver a una de las niñas». Entonces me enojé y dije: «No volverás a poner un pie en mi casa. ¿Me escuchas? Te ordeno que te vayas». Y ella se rió; sí, se rió, muy bajo, pero claramente.

»En ese momento ya había oscurecido bastante, como si una tormenta repentina estuviera azotando el cielo, de modo que, aunque estaba cerca de mí apenas podía verla. Estábamos paradas junto a la mata de cicutas en la vuelta del camino, y cuando me acerqué a ella, furiosa por su impertinencia, ella pasó detrás de las cicutas, y cuando la seguí no estaba allí.

»En la oscuridad me apresuré a regresar a la casa, temerosa de que ella se me escapara y llegara primero. Y lo raro fue que cuando llegué a la puerta la nube negra se desvaneció y volvió a aparecer el crepúsculo transparente. En la casa todo parecía como de costumbre, y los sirvientes estaban ocupados en su trabajo; pero no podía quitarme de la cabeza que la mujer, bajo la sombra de esa nube, de alguna manera había llegado allí antes que yo.

Hizo una pausa para tomar aliento y comenzó de nuevo:

—En el pasillo me detuve en el teléfono y llamé a Nixon, le dije que me enviara un automóvil de inmediato para ir a Nueva York. El propio Nixon vino.

Su cabeza se hundió en la almohada y me miró como una niña asustada.

—Fue amable de parte de Nixon —dijo.

—Sí, fue muy amable de su parte. Pero cuando te vieron salir, me refiero a los sirvientes…

—Sí. Bueno, cuando subí a mi habitación llamé a Agnes. Ella vino, luciendo tan tranquila como siempre. Y cuando le dije que saldría para Nueva York en media hora le falló la presencia de ánimo por primera vez. Se olvidó de parecer sorprendida; incluso se olvidó de hacer una objeción, y ya sabes Agnes objeta todo. Mientras la miraba pude ver una pequeña chispa de alivio en sus ojos.

»Ella solo dijo: «Muy bien, señora», y me preguntó qué quería llevar conmigo. ¡Como si tuviera la costumbre de salir corriendo a Nueva York después del anochecer para cumplir un compromiso! No, cometió un error al no mostrar ninguna sorpresa, y ni siquiera al preguntarme por qué no tomé mi propio automóvil. Eso me asustó más que cualquier otra cosa, porque vi que estaba tan agradecida de que me fuera que apenas se atrevía a hablar, por temor a que se traicionara a sí misma o que yo cambiara de opinión.

Después de eso, la señora Clayburn permaneció largo rato en silencio, respirando con menos inquietud. Por fin cerró los ojos, como si se sintiera más tranquila ahora que había hablado y quisiera dormir. Cuando me levanté en silencio para dejarla, giró un poco la cabeza y murmuró:

—Nunca volveré a Whitegates.

Luego cerró los ojos y vi que se estaba quedando dormida.


***

Espero no haber omitido nada esencial en el registro de la extraña experiencia de mi prima tal como me la contó. De lo que pasó en Whitegates eso es todo lo que puedo dar fe personalmente. El resto —y, por supuesto, hay un resto— es pura conjetura, y lo comparto como tal.

La doncella de mi prima, Agnes, era de la isla de Skye, y las Hébridas, como todo el mundo sabe, están llenas de cosas sobrenaturales, ya sea en forma de presencias fantasmales o en la sensación casi más fantasmal de observadores invisibles que pueblan las largas noches de esos días tormentosos. Mi prima, en cualquier caso, siempre consideró a Agnes como el canal —quizás inconsciente— a través del cual las comunicaciones del otro lado del velo llegaban a la casa de Whitegates.

Aunque Agnes había estado con la señora Clayburn durante mucho tiempo sin ningún incidente que revelara esta afinidad con las fuerzas desconocidas, el poder de comunicarse con ellas puede haber estado latente en la mujer, esperando solo un toque afín; y ese toque puede haber sido dado por la visitante desconocida con quien mi prima, dos años seguidos, se había encontrado subiendo por el camino de Whitegates en la víspera de Todos los Santos. Ciertamente, la fecha confirma mi hipótesis; porque supongo que, aun en esta época carente de imaginación, algunas personas aún recuerdan que la Víspera de Todos los Santos es la noche en que los muertos pueden caminar, y cuando, por la misma razón, otros espíritus, piadosos o malévolos, también son liberados de las restricciones que aseguran la tierra a los vivos en los demás días del año.

Si la recurrencia de esta fecha es más que una coincidencia, y por mi parte creo que lo es, entonces entiendo que la extraña mujer que subió dos veces por el camino de Whitegates en la víspera de Todos los Santos era un fetch, o, de lo contrario, una mujer viva habitada por una bruja.

La historia de la brujería, como es bien sabido, abunda en tales casos, y tal mensajero bien podría haber sido delegado por los poderes que gobiernan en estos asuntos para convocar a Agnes y sus compañeros sirvientes a un coven de medianoche. Para saber qué sucede en un coven y la razón de la irresistible fascinación que ejerce sobre los timoratos y los supersticiosos, basta con dirigirse a la inmensa bibliografía que trata de estos misteriosos ritos. Cualquiera que alguna vez haya sentido la más mínima curiosidad por asistir a un coven pronto encuentra que esta se convierte en deseo, el deseo en un anhelo incontrolable que, cuando se presenta la oportunidad, rompe todas las inhibiciones; porque aquellos que alguna vez han tomado parte en un coven moverán cielo y tierra para volver a participar.

Tal es mi explicación —conjetural— de los extraños sucesos en Whitegates. Mi prima siempre decía que no podía creer que incidentes que podrían encajar en el desolado paisaje de las Hébridas pudieran ocurrir en el alegre y populoso valle de Connecticut; pero si no creía, por lo menos temía —este tipo de paradojas morales no son infrecuentes— y aunque insistió en que debía haber alguna explicación natural del misterio, nunca volvió a investigarlo. «No, no», dice con un pequeño escalofrío cada vez que tocaba el tema de su regreso a Whitegates, «no quiero arriesgarme a volver a ver a esa mujer nunca más». Y nunca volvió.

Edith Wharton (1862-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edith Wharton.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Edith Wharton: Todos los Santos (All Souls'), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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