Conan y la barbarie como estado natural del ser humano.


Conan y la barbarie como estado natural del ser humano.




«—La barbarie es el estado natural de la humanidad —dijo el fronterizo—.
La civilización es antinatural. Es un capricho de las circunstancias.»
[Más allá del Río Negro (Beyond the Black River], Robert E. Howard)]



Uno de los elementos más interesante de las historias del ciclo de Conan el cimmerio [Robert E. Howard] es esta idea de que la barbarie no solo es exitosa, sino el estado por defecto del ser humano, y por lo tanto el estado natural. Por el contrario, la civilización es retratada simplemente como un lapso o episodio intermedio en la historia del mundo.

En relato de 1932: El fénix en la espada (The Phoenix on the Sword) leemos lo siguiente:


«[Conan] se alzó como la imagen del primigenio invencible (...) Los hombres vacilaron; aunque salvajes y disolutos, provenían de una raza que los hombres llamaban civilizada. Frente a ellos estaba el bárbaro, el asesino natural.»


Conan, entonces, representa el «estado natural» del ser humano, la barbarie; pero esta no es exactamente opuesta a la civilización. Para Robert E. Howard, la idea de «civilización» trae consigo un sinnúmero de cuestiones que reducen al ser humano a la condición de esclavo de un sistema. En este contexto, la barbarie no equivale a crueldad; es un retorno o liberación de las cadenas de la civilización.

En La ciudadela escarlata (The Scarlet Citade) leemos:


«El rostro curtido de Conan estaba aún más oscuro por la pasión; su armadura estaba hecha jirones y su gran espada estaba salpicada de sangre hasta el mango. Todo el barniz de la civilización se había desvanecido; era un bárbaro quien se enfrentaba a sus conquistadores.»


Es fácil distraerse con la fuerza, los músculos, la lujuria y la determinación de Conan, pero en el fondo de estas historias, Robert E. Howard plantea que solo en la barbarie puede encontrarse el heroísmo. Más aún, la barbarie de Conan es heroica. Ciertamente es un tipo destructivo, pero también encarna los principios de la lealtad, y hasta cierto punto es altruista, se involucra en causas ajenas, todas cualidades que reconoceríamos como virtudes en nuestro mundo, aparentemente, civilizado.

Del mismo modo, los representantes de la civilización en el universo de Conan son personas que no vacilan en mentir, son perezosos, cobardes, proclives a la intriga y los cultos secretos. Tal es así que desde la perspectiva del lector la barbarie parece civilizada y la civilización un sistema bárbaro.

Robert E. Howard construye su universo sobre esta piedra basal. Desde esa posición se permite atacar la idea o suposición de que la civilización es moralmente superior a la barbarie.

El propio Robert E. Howard comenta en una de sus cartas que Conan reúne un amplio catálogo de atributos de hombres que conoció, y que vivían, en mayor o menor medida, en los márgenes de la civilización moderna:


«Él [Conan] es simplemente una combinación de varios hombres que he conocido, y creo que por eso pareció cobrar vida en mi conciencia cuando escribí la primera historia de la serie. Un mecanismo en mi subconsciente tomó las características dominantes de varios boxeadores, pistoleros, contrabandistas, matones petroleros, jugadores y trabajadores honestos con los que tuve contacto, y, combinándolas, produjo la amalgama que llamo Conan el Cimmerio


Si Robert E. Howard hubiera sido el autor de El Señor de los Anillos, Aragorn nunca hubiese entrado en Gondor al final, y menos aún se habría convertido en rey. La moral indomable del montaraz está en clara oposición con las necesidades políticas de un rey. Es cierto, Conan también llega al trono, pero no por linaje, sino por la fuerza.

No parece que Conan fuera filosófico en su postura moral. La barbarie es lo que le permite sobrevivir, y su actitud incivilizada, sobre todo hacia la muerte, sin miedo ni remordimiento, suele ser demasiado para sus adversarios, atados a ciertas comodidades como la propiedad privada, la religión [a menudo bajo la forma de la magia negra] y el deseo de vivir.

En La hora del Dragón (The Hour of the Dragon) —también publicado como Conan el conquistador (Conan the Conqueror)Conan, rey por entonces, se esconde en la casa de un súbdito para obtener información sobre la posible invasión de un culto entregado a la brujería. Pronto descubre que la situación es desesperada, pero no procede «como lo haría un hombre civilizado en las mismas condiciones», sino que decide realizar una incursión personal al castillo de sus enemigos.

Es cierto, esta es una historia de aventuras, no la crónica de un regente y sus intrigas palaciegas. Conan nunca podría hacer «lo más razonable», desde nuestra perspectiva [civilizada]; nunca podría ser cauteloso ni político. Ni siquiera podría ser un general que prepara las defensas de su reino. Conan es un hombre de acción, no un hombre sensato; es astuto, no un estratega; es cínico y no soporta la corrupción: no un gobernante que solo la condena públicamente. De modo que directamente se escabulle tras las líneas enemigas.

Es importante mencionar que Robert E. Howard creía en la naturaleza cíclica de la civilización, y sobre ese principio se basa el universo de Conan. Estamos en una Era [Hiboria] donde los los reinos precataclísmicos, otrora grandiosos y civilizados, están en decadencia, corruptos y degenerados, y por lo tanto son presa fácil para los pueblos bárbaros. En este universo literario, las civilizaciones surgen para luego caer a través de una progresiva degradación moral. Cuando Conan toma el poder en Aquilonia, los nobles lo apoyan, pero no implementa ninguna reforma que mejore las cosas, o que retrase la inevitable decadencia. Es rey, pero sigue actuando como un lobo  la mayoría del tiempo.

Robert E. Howard, como cualquiera que haya leído algo de historia, entendía que las civilizaciones son cíclicas: surgen, alcanzan su esplendor, y se vuelven decadentes y corruptas. En este punto son conquistadas por otro pueblo, otra cultura, a menudo bárbara [en términos de marginalidad de la cultura predominante], quienes eventualmente se vuelven corruptos y complacientes. Conan no colabora con este ciclo. Cuando toma el poder, no hace nada para detener el deterioro, quizás porque sabe que es inevitable.

Howard nación y vivió toda su vida en la zona de Peaster, Texas, una pequeña comunidad que se vio invadida por el auge del petróleo a principios del siglo XX. Cuando esos vientos dejaron de soplar, la gente que acudió en masa se fue, así como los servicios y el aparente bienestar que había traído el progreso. Lo que quedó fue una comunidad deteriorada, aislada, débil, muy diferente [en el recuerdo de Howard] del pueblo robusto, trabajador y primitivo que supo ser en sus orígenes. En este contexto, Conan es el individuo que no se debilita ni se corrompe por la sociedad civilizada, y por lo tanto destinada a caer.

La mejor ficción de este tipo se ambienta en un escenario similar. Si tomamos El Señor de los Anillos podríamos decir que estamos en un período de la historia de la Tierra Media [finales de la Segunda Edad] donde la civilización humana ya alcanzó su apogeo técnico, militar y político [Númenor, la Gondor de los reyes] y ahora se encuentra en declive. Tanto Conan como Aragorn existen entre las ruinas que dejó una civilización muerta. Aragorn vive exclusivamente para retornar a ese pasado de grandeza. Conan intuye que el patrón está condenado a repetirse.

Robert E. Howard se quitó la vida a los treinta años de edad, pero alcanzó a vivir seis años después de la Gran Depresión. En cierto modo, prefería la barbarie personal, y sus delitos asociados, a la delincuencia de los banqueros, en última instancia, ladrones mucho más eficientes debido a que operan bajo el amparo de la civilización.

En una carta a H. P. Lovecraft, fechada el 9 de agosto de 1932, Howard escribió:


«Soy incapaz de sentir interés en ninguna raza, país o época altamente civilizada, incluida esta. Cuando una raza —casi cualquier raza— emerge de la barbarie, o aún no lo ha hecho, capta mi interés. Parece que puedo comprenderla y escribir sobre ella con inteligencia. Pero a medida que avanza hacia la civilización, mi interés comienza a debilitarse, hasta que finalmente se desvanece por completo, y sus costumbres, pensamientos y ambiciones me resultan completamente ajenos y desconcertantes.»


Después de la muerte de Robert E. Howard, Lovecraft escribió en una de sus cartas:


«Si le hubieran dado la oportunidad de nacer en una época anterior, sin ningún recuerdo de esta vida, Howard habría elegido ser un bárbaro, crecer duro, delgado y lobuno, adorando a dioses paganos y viviendo la dura y estéril vida de un bárbaro.»




Más Robert E. Howard. I Taller gótico.


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