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«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.


«Abrir la puerta»: Arthur Machen; relato y análisis.




Est enim magnum chaos.
[«Porque existe un gran abismo»]



Abrir la puerta (Opening the Door) es un relato fantástico del escritor galés Arthur Machen (1863-1947), escrito en 1931 y publicado en la antología del mismo año: Cuando los cementerios bostezan (When Churchyards Yawn).

Abrir la puerta, uno de los grandes cuentos de Arthur Machen, relata la historia de un clérigo que trasciende los límites del tiempo y el espacio, y de algún modo queda desincronizado con el presente.

Arthur Machen combina en esta historia dos facetas de su personalidad: su experiencia periodística y su interés, su obsesión se diría, con lo que actualmente llamamos «horror cósmico» [ver: Cosmicismo]. La premisa es sencilla: un clérigo, llamado Jones, desaparece tras cruzar la puerta de su jardín. Al reaparecer, seis semanas después, el tiempo de su ausencia no coincide con su experiencia interior.

Abrir la puerta es narrado por un periodista que investiga el caso. La primera parte es poco menos que insufrible, está llena de anécdotas y elementos insignificantes, como el problema del tráfico. Superado esto, las cosas vuelven al cauce normal de Arthur Machen. Jones, el clérigo, es erudito en folklore celta, por lo que cruzar la puerta en el muro de su jardín incita que creer que, del otro lado, transcurre el tiempo anormal de las hadas y los elfos, a los que se refiere como odd-looking “children” [«"niños" de aspecto peculiar»]. Esto, naturalmente, lo deja desincronizado de nuestra realidad ordinaria.

Esta distorsión temporal es resumida en una frase de la Biblia: Est enim magnum chaos [«Porque existe un gran abismo (o vacío)»], el cual apunta al espacio entre el cielo y el infierno. Arthur Machen utiliza la palabra inglesa gulf, no chaos, pero su intención se acerca más al concepto griego de Caos, es decir, una subdivisión de la realidad, el desorden antes del cosmos ordenado, donde otros seres inteligentes, reducidos a «hadas» o «elementales» en la tradición, todavía existen. Jones, aparentemente, cruzó esa puerta y regresó, completamente transformado, desorientado, lidiando con problemas mentales, lagunas, y la aterradora constatación de una realidad diferente a la nuestra [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

La noción de «velo» es común en Arthur Machen, no simplemente como realidad alternativa, numinosa, que se superpone a nuestra existencia terrenal. El velo, aquí, es nuestra realidad, nuestro mundo o tierra-media, cuya constitución es permeable. En este contexto, «abrir la puerta» equivale a dar un paso transversal en el espacio-tiempo y acceder a un plano para el cual nuestro aparato psicológico no está equipado. Por supuesto, la historia solo insinúa, sugiere, dejando al lector con más preguntas que respuestas. Jones no recuerda lo que vio, el otro lado de la puerta permanece en el misterio, y el énfasis recae en el recuerdo emocional tras su regreso: la impresión de haber estado en un lugar «donde todo estaba bien».

La puerta por la que cruza Jones se asemeja mucho a la que aparece en El pueblo blanco (The White People), donde un cazador sigue a un ciervo blanco hasta un portal en la ladera de una colina [ver: La chica que hablaba con las hadas: análisis de «El Pueblo Blanco»]. Algo similar ocurre en La alegría de Londres (The Joy of London) donde un hombre transita por una calle que no conoce y descubre una puerta en la pared. Al cruzar, se encuentra con «un mundo nuevo e insospechado».



Abrir la puerta.
Opening the Door, Arthur Machen (1863-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


El periodista, por la naturaleza de su trabajo, tiene que lidiar con asuntos cotidianos. Se esfuerza por encontrar algo singular e impactante en el espectáculo de los acontecimientos del día; pero, a pesar de sí mismo, suele verse obligado a confesar que, sea lo que sea que haya bajo la superficie, la superficie en sí es bastante aburrida.

Debo admitir, sin embargo, que durante mis aproximadamente diez años en Fleet Street, me topé con algunos casos que no estaban exentos de rarezas. Estaba, por ejemplo, el asunto de Campo Tosto. Eso nunca salió en los periódicos. Campo Tosto, debo explicar, era un belga, establecido durante muchos años en Inglaterra, que había dejado todos sus bienes al hombre que lo cuidaba.

A mi editor de noticias le llamó la atención algo extraño en la breve noticia que apareció en el periódico matutino y me envió a investigar. Bajé del tren en Reigate; Allí descubrí que el señor Campo Tosto había vivido en un lugar llamado Burnt Green —que es la traducción de su nombre al inglés— y que disparaba a los intrusos con arco y flechas. Me llevaron a su casa y, a través de una puerta de cristal, vi parte de la propiedad que había legado a su sirviente: trípticos del siglo XV, oscuros, ricos y dorados; estatuas talladas de santos; grandes candelabros de altar con puntas; incensarios de plata deslustrada con varias historias; y muchos otros tesoros antiguos de la iglesia. El legatario, cuyo nombre era Turk, no me dejó entrar; pero, como recompensa, me quitó el periódico del bolsillo y lo leyó al revés con gran precisión y facilidad. Escribí esta historia tan peculiar, pero Fleet Street no la aceptó. Creo que les pareció demasiado extraña para sus serias columnas.

Y luego estaba el asunto de la J.H.V.S. Syndicate, que trataba sobre un cifrado cabalístico, el fenómeno llamado en el Antiguo Testamento «la Gloria del Señor» y el descubrimiento de ciertos objetos enterrados bajo el emplazamiento del Templo de Jerusalén; esa historia quedó a medias y nunca supe el final. Y nunca entendí el asunto del tesoro de monedas que una tormenta reveló en la costa de Suffolk, cerca de Aldeburgh. Por lo que contaban los estibadores, que vigilaban entre las dunas, parecía que una gran ola llegó y arrastró un trozo del acantilado justo debajo de ellos. Vieron objetos brillantes cuando el mar retrocedió y recuperaron lo que pudieron. Vi el tesoro: era una colección de monedas; la más antigua del siglo XII, la más reciente, peniques, tres o cuatro, de Eduardo VII, y una medalla de bronce de Charles Spurgeon. Hay, por supuesto, explicaciones para el enigma; pero también dificultades para aceptar cualquiera de ellas. Resulta evidente, por ejemplo, que el tesoro no fue reunido por un coleccionista de monedas; ni los peniques del siglo XX ni la medalla del gran predicador bautista atraerían a un numismático.

Pero quizás la historia más extraña que conocí gracias a mis contactos periodísticos fue la del reverendo Jones, el «clérigo de Canonbury», como lo llamaban los titulares.

Para empezar, se trató de una desaparición. Creo que personas de todo tipo desaparecen por decenas cada año, y nadie se entera de ellas ni de sus desapariciones. Quizás reaparecen, o quizás no; en cualquier caso, nunca se mencionan en los periódicos, y ahí termina todo. Tomemos, por ejemplo, a aquel hombre desconocido en el coche en llamas, que le costó la vida al viajante de comercio enamorado. En cierto modo, todos supimos de él; pero debió de desaparecer de la nada. Así sucede a menudo; pero de vez en cuando surge alguna circunstancia que llama la atención sobre el hecho de que A. o B. estaba en su lugar el lunes y desapareció el martes y el miércoles; entonces se hacen averiguaciones y, por lo general, se encuentra al desaparecido, vivo o muerto, y la explicación suele ser bastante sencilla.

Pero en cuanto al caso de Jones... Este caballero, clérigo como ya he dicho, pero que, al parecer, rara vez ejercía su sagrado oficio, vivía retirado en una brumosa casa de 1830-1840 en los rincones de Canonbury. Se sabía que se dedicaba a algún tipo de investigación académica, era una figura conocida en la Sala de Lectura del Museo Británico y aparentaba entre cincuenta y sesenta años. Parece probable que, si se hubiera contentado con ese logro, podría haberse ausentado cuando quisiera sin que nadie lo molestara; pero una noche, mientras estudiaba hasta tarde en la tranquilidad de aquel rincón apartado, un camión pasó por una carretera cercana a Tollit Square, rompiendo el silencio con un fuerte estruendo y provocando un temblor que se sintió en el estudio de Jones. Una taza y un platillo sobre una mesita auxiliar se tambalearon ligeramente, y Jones apartó la vista de sus libros y cuadernos.

Esto ocurrió en febrero o marzo de 1907, cuando la industria automotriz aún estaba en sus inicios. Si preferías un autobús de caballos, aún quedaban muchos en las calles. Los autocares eran inexistentes, los coches de caballos seguían trotando y tintineando alegremente en su camino; y había muy pocas furgonetas pesadas en circulación. Pero a Jones, perturbado por el tintineo de su taza y platillo, se le concedió una visión del futuro, muy colorida, y comenzó a escribir a los periódicos. Imaginó las calles de Londres casi como las conocemos hoy; calles donde un vehículo de caballos sería casi un motivo para mostrar a los hijos para que lo recordaran en su vejez; calles por las que una gran procesión de enormes ómnibus que transportaban cincuenta, setenta, cien personas pasaba continuamente; calles por las que furgonetas y remolques cargados mucho más allá de la capacidad de cualquier equipo manejable de caballos harían temblar el suelo sin cesar.

El erudito retirado, con esa alegre actividad que a veces distingue al pez fuera del agua, continuó sin escatimar críticas. Newton vio caer la manzana y construyó un universo matemático; Jones oyó el tintineo de la taza de té y redujo a ruinas el universo de Londres. Señaló que ni las carreteras ni las casas adyacentes estaban construidas para soportar el peso y la vibración del tráfico. Redujo a polvo todas las tiendas de Oxford Street y Piccadilly; agrietó la cúpula de San Pablo, derribó la Abadía de Westminster y redujo los Tribunales de Justicia a polvo fino. Lo que quedó fue arrasado por el fuego, las inundaciones y la peste. El profético Jones demostró que las carreteras se derrumbarían, afectando a los diversos servicios subterráneos. Aquí, las tuberías de agua y el alcantarillado principal inundarían las calles; allí, se escaparían enormes cantidades de gas y los cables eléctricos se fundirían; la tierra se rasgaría con explosiones y las innumerables calles de Londres arderían en una gran llamarada. Nadie creía que sucedería, pero era una lectura amena, y Jones concedió entrevistas, inició debates y disfrutó enormemente. Así se convirtió en el «Clérigo de Canonbury». «El Clérigo de Canonbury afirma que la catástrofe es inevitable»; «El Clérigo de Canonbury predice la perdición de Londres»; «El pronóstico del Clérigo de Canonbury: Londres, un carnaval de inundaciones, incendios y terremotos»: ese tipo de cosas.

Y así, Jones, aunque sus principales intereses eran litúrgicos, logró publicar algunos párrafos en la prensa antes de desaparecer, más de un año después de su gran campaña, que no se olvidó del todo, pero tampoco se recordaba con claridad.

«Unos párrafos», dije, y guardé la mayoría en rincones recónditos de los periódicos. Parecía que la señora Sedger, la mujer que compartía con su marido el cuidado de Jones, llevaba el té en una bandeja a su estudio a las cuatro en punto, como de costumbre, y volvía, también como de costumbre, a recogerlo a las cinco. Y, para su gran asombro, el estudio estaba vacío. Concluyó que su amo había salido a dar un paseo, aunque él nunca salía a pasear entre el té y la cena. No regresó para la cena; y Sedger, al inspeccionar el salón, señaló que los sombreros, abrigos, bastones y paraguas del amo estaban en sus perchas. Los Sedger conjeturaron esto, aquello y lo otro, esperaron una semana, y luego acudieron a la policía, y la historia salió a la luz y perturbó a algunos amigos y corresponsales eruditos: el prebendado Lincoln, autor de El canon romano en el siglo III; el Dr. Brightwell, experto en el Rito de Malabar; y Stokes, el hombre mozárabe. El resto de la población no mostró mucho interés en el asunto, y cuando, al cabo de seis semanas, aparecieron un par de líneas que decían que «el reverendo Jones, cuya desaparición a principios del mes pasado de su casa en Tollit Square, Canonbury, causó cierta inquietud entre sus amigos, regresó ayer», no hubo ni entusiasmo ni curiosidad. La última línea decía que el incidente se debía a un malentendido; y nadie siquiera preguntó qué significaba esa afirmación.

Ahí habría terminado todo si Sedger no hubiera chismorreado en el bar. Una persona misteriosa y extraoficial, con contactos en ese círculo, se coló en presencia de mi editor y le contó la historia de Sedger. La señora Sedger, una mujer meticulosa, mantenía todas las habitaciones impecables y limpias. El martes por la tarde abrió la puerta del estudio y vio, para su asombro y alegría, a su amo sentado a la mesa con un gran libro abierto a su lado y un lápiz en la mano. Exclamó:

—¡Oh, señor, me alegra verlo de nuevo!

—¿De nuevo? —dijo el clérigo—. ¿Qué quiere decir? Creo que me apetece otro té.

—No tengo ni idea de qué se trata —dijo el editor—, pero podría ir a ver a Jones y charlar con él. Quizás haya alguna historia.

Había una historia, pero no para mi periódico, ni para ningún otro.

Entré en la casa de Tollit Square con un pretexto poco honroso relacionado con el susto del tráfico que Jones había causado el año anterior. Al principio me lanzó una mirada perdida, pero mi presentación del diseño propuesto para un «transporte gigantesco» lo aclaró, empezó a hablar con entusiasmo y, según me pareció, lúcidamente, sobre la grave amenaza del nuevo transporte mecánico.

—¿Pero de qué sirve hablar? —concluyó—. Intenté alertar a la gente sobre los peligros que se avecinaban. Pareciera que lo conseguí durante unas semanas; y luego lo olvidaron. Se podría decir que la mayoría son como soñadores, como sonámbulos. Sí; como hombres que caminan en un sueño, ajenos a la realidad, a los hechos de la vida. Saben que, de hecho, caminan al borde de un precipicio; y, sin embargo, parecen creer que el precipicio es un sendero de jardín; y se comportan como si lo fuera, tan seguro como ese sendero que ves ahí abajo, que lleva a la puerta al final de mi jardín.

El estudio se encontraba en la parte trasera de la casa y daba al extenso jardín, cubierto de arbustos silvestres que se entremezclaban entre sí, algunos en plena floración, ocultando y difuminando armoniosamente los rígidos muros grises que sin duda separaban cada jardín de los vecinos. Sobre los altos arbustos crecían olmos, plátanos y fresnos aún más altos, sin podar y con un aspecto descuidado; y bajo esta densa capa de ramas verdes, el sendero descendía hasta una puerta verde, apenas visible entre una nube de rosas blancas.

—Tan seguro como ese sendero —repitió el Jones, y, al mirarlo, me pareció que su expresión cambió ligeramente; muy levemente, en efecto, pero a una cierta duda, podría decirse, a una vacilación meditativa. Me recordó a un hombre enfrascado en una discusión, que expone su argumento con firmeza y decisión; y luego duda una fracción de segundo al ocurrírsele una idea que nunca antes había considerado; una idea aún no sopesada, no valorada. Vagamente presente, más como una sombra que como una figura.

El periodista necesita tanto los gestos de la serpiente como su astucia. Olvidé cómo pasé del tema seguro del peligro del tráfico al terreno dudoso que me habían enviado a explorar. En cualquier caso, mis contorsiones fueron las más elegantes que pude idear; pero fueron completamente inútiles. El rostro amable, delgado y bien afeitado de Jones adquirió una expresión de angustia. Me miró como si estuviera perplejo; parecía buscar en su mente no la respuesta que debía darme, sino alguna respuesta que le correspondía a él mismo.

—Lamento muchísimo no poder darle la información que busca —dijo, tras una larga pausa—. Pero la verdad es que no puedo profundizar en el asunto. De hecho, es completamente imposible. Debe decirle a su editor que todo esto se debe a un malentendido, a una idea errónea, que no estoy en posición de explicar. Pero lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.»

Había una disculpa y un arrepentimiento genuinos, no solo en sus palabras, sino en su tono y en su semblante. No podía simplemente despedirme con una breve frase, como un emisario decepcionado y algo disgustado; así que entablamos una conversación informal, y resultó que ambos proveníamos de la frontera galesa, y que hacía mucho tiempo habíamos recorrido las mismas colinas y bebido de los mismos pozos. De hecho, creo que demostramos nuestro parentesco, de séptimo grado aproximadamente, y nos sirvieron el té. Jones estaba inmerso en problemas litúrgicos, de los cuales yo sabía lo suficiente como para hacer de oyente. De hecho, cuando le comenté que el hwyl, o elocuencia cantada, de los metodistas galeses era, en realidad, el tono del prefacio del Misal Romano, se mostró sumamente agradecido e interesado, tomó nota en uno de sus libros y dijo que el punto era sumamente curioso e importante. Era una tarde agradable, y paseamos por las puertas francesas hacia el jardín florido, sombreado por el verde, y continuamos nuestra conversación hasta que llegó la hora —y ya era hora— de que me marchara. Me había quitado el sombrero al salir del estudio, y mientras estábamos junto a la puerta verde en la pared al final del jardín, sugerí que podría usarla.

—Lo siento mucho —dijo el Jones, con un aire que me pareció algo preocupado—, pero me temo que está atascada, o algo parecido. Siempre ha sido una puerta incómoda, y casi nunca la uso.

Así que cruzamos la casa, y en la puerta me insistió en que volviera, y fue tan cordial que acepté su sugerencia del sábado por la mañana. Y así, por fin, obtuve una respuesta a la pregunta que mi periódico me había encomendado originalmente; pero una respuesta que, desde luego, no era para uso periodístico. El relato, la experiencia, la impresión, o como quiera que se le llame, me fue transmitido muy lentamente, con vacilaciones y con una sugerencia tentativa que a menudo me recordaba nuestra primera conversación. Era como si Jones se cuestionara una y otra vez el contenido de sus palabras, como si dudara si no deberían considerarse sueños y descartarse como nimiedades sin importancia.

Una vez me dijo:

—Sé que la gente cuenta sus sueños; pero, ¿no suele parecer que no dicen nada? Eso es lo que me preocupa.

Le dije que creía que podríamos esclarecer muchos aspectos oscuros si se contaran más sueños.

—Pero ahí —dije— reside la dificultad. Dudo que los sueños en los que estoy pensando puedan contarse. Hay sueños perfectamente lúcidos de principio a fin, y también perfectamente insignificantes. Hay otros que se ven borrosos por un fallo de memoria, quizás solo en un detalle: sueñas con un muerto como si estuviera vivo. Luego están los sueños proféticos: en general, no parece haber duda de ello. Y luego puede que tengas un sinsentido absoluto; una vez perseguí a Julio César por todo Londres para conseguir su receta de huevos al curry. Pero, además de estos, hay un tipo de sueño de otro orden: lucidez absoluta hasta el momento de despertar, y luego percibido como algo indescriptible. No tiene sentido ni es un sinsentido; tiene, quizás, su propia notación, pero... bueno, no se puede tocar a Euclides en el violín.

Jones negó con la cabeza.

—Me temo que mis experiencias son bastante parecidas —dijo. Era evidente, en efecto, que le resultaba muy difícil encontrar una fórmula verbal que transmitiera alguna pista de sus aventuras.

Eso fue después. Al principio, todo anduvo bastante fácil; aunque, como era de esperar, empezó a contar su historia antes de que me diera cuenta. Yo estaba hablando de las extrañas travesuras que a veces le juega la memoria a uno. Decía que unos días antes me habían interrumpido en un trabajo que estaba haciendo. Tenía que recoger mi escritorio rápidamente, junté un montón de papeles sueltos y esperé a mi visitante con un bloc de notas nuevo. El hombre llegó. Me ocupé del asunto que le preocupaba y volví a lo mío cuando se marchó. Pero no pude encontrar el fajo de papeles. Creí haberlos guardado en un cajón. No estaban en el cajón; no estaban en ningún cajón, ni en el secante, ni en ningún sitio donde uno esperara encontrarlos. Los encontró a la mañana siguiente el sirviente que limpiaba el polvo de la habitación, metidos a presión en el hueco entre el asiento y el respaldo de un sillón, cuidadosamente escondidos bajo un cojín.

—Y —terminé—, no tenía el más mínimo recuerdo de haberlo hecho. Mi mente estaba en blanco.

—Sí —dijo Jones—, supongo que todos sufrimos eso a veces. Hace aproximadamente un año tuve una experiencia del mismo tipo. Me preocupó bastante en su momento. Fue poco después de haber abordado la cuestión del nuevo tráfico y sus probables —sus seguras— consecuencias. Como habrás podido deducir, he estado absorto la mayor parte de mi vida en mis propios estudios, que están bastante alejados de las actividades e intereses actuales. No ha sido mi costumbre escribir a la prensa para decir que hay demasiados perros en Londres, ni para denunciar a los músicos callejeros. Pero debo decir que los extraordinarios peligros de usar nuestro sistema vial actual me impresionaron profundamente; y me atrevo a decir que me dejé llevar por un interés y una excitación excesivos.

—Hay mucho que decir a favor de la máxima apostólica: «Estudia para el silencio y ocúpate de tus propios asuntos». Me temo que me obsesioné con aquello y descuidé mi trabajo, que en aquel momento, si mal no recuerdo, consistía en investigar una cuestión curiosa: la validez o invalidez de la fórmula de consagración del Gran Santo Grial: Car chou est li sanc di ma nouviele loy, li miens meismes. En lugar de eso, me dejé arrastrar por la discusión que había iniciado, y durante una o dos semanas no pensé en otra cosa: incluso cuando consultaba fuentes en el Museo Británico, no podía sacarme de la cabeza el ruido de la furgoneta. Así pues, como ves, me dejé llevar por la ansiedad, la preocupación y la distracción, y atribuí lo que siguió a toda la agitación que estaba experimentando. El otro día, cuando tuviste que dejar el trabajo a medias y empezar con otra cosa, supongo que te sentiste molesto y frustrado, y apartaste esos papeles sin pensar realmente en lo que hacías, y supongo que a mí me pasó algo parecido. Aunque creo que fue aún más raro.

Hizo una pausa, pareció meditar con dudas, y luego soltó una risa de disculpa:

—¡Suena bastante loco! —y después—: Olvidé dónde vivo.

—¿Pérdida de memoria por exceso de trabajo y nerviosismo?

—Sí, pero no de la forma habitual. Tenía muy claro mi nombre y mi identidad. Y conocía mi dirección a la perfección: 39, Tollit Square, Canonbury.

—Pero usted dijo que había olvidado dónde vivía.

—Lo sé; pero ahí está la dificultad de expresión de la que hablábamos. Fue así: había estado trabajando hasta la mañana en la sala de lectura con el peligro del tráfico en mente, y al salir del museo, sintiendo una especie de pesadez y confusión, decidí caminar a casa. Pensé que el aire me refrescaría. Empecé a buen ritmo. Conocía cada metro del trayecto, pues lo había hecho muchas veces, y avancé mecánicamente, con la mente absorta en un asunto muy importante relacionado con mis estudios. De hecho, había encontrado en un lugar de lo más inesperado una declaración que arrojaba una luz completamente nueva sobre el Rito de la Iglesia Celta, y sentí que podría estar a punto de hacer un descubrimiento importante. Estaba perdido en un laberinto de conjeturas, y cuando levanté la vista me encontré de pie en la acera junto al Angel, en Islington, totalmente sin saber adónde tenía que ir después. Reconocí al Ángel, y sabía que vivía en Tollit Square; pero la relación entre ambos se había desvanecido de mi conciencia. Para mí, ya no existían los puntos cardinales; no había dirección alguna, ni norte ni sur, ni izquierda ni derecha, una sensación extraordinaria que creo no haberle explicado con claridad. Estaba bastante perturbado y sentía que debía irme a algún sitio, así que me puse en marcha y me encontré en la estación de tren de King's Cross. Entonces hice lo único que podía hacer: tomé un coche de caballos y volví a casa, sintiéndome bastante tembloroso.

Comprendí que este fue el primer incidente en una serie de extrañas experiencias que le ocurrieron a este erudito y afable clérigo. Su memoria se volvió poco fiable, o eso creyó al principio.

Empezó perder papeles importantes de su escritorio. Una serie de notas, en tres hojas marcadas con las letras A, B y C, las había dejado debajo de un pisapapeles una noche, justo antes de acostarse. Habían desaparecido a la mañana siguiente. Estaba seguro de haberlas puesto en ese lugar, debajo del pisapapeles de cristal con rosas incrustadas en su interior; pero no estaban. Entonces la señora Sedger llamó a la puerta y entró con los papeles en la mano. Dijo que los había encontrado entre la cama y el colchón en el dormitorio principal y que pensó que podrían ser necesarios.

Jones no podía entenderlo. Supuso que debía haber puesto los papeles ahí y luego lo olvidó, pero estaba intranquilo, temiendo estar al borde de una crisis nerviosa. Luego estaban las dificultades con sus libros, con los que era muy meticuloso. Una mañana quiso consultar el Misal de Arbuthnott, un gran volumen rojo, que se encontraba al final de un estante inferior cerca de la ventana. No estaba. El hombre subió a su dormitorio, palpó la cama por todas partes, miró debajo de sus camisas en la cómoda, y buscó por toda la habitación en vano.

Después fue a la Sala de Lectura, verificó su referencia y regresó a Canonbury: y allí estaba el volumen rojo en su lugar. Ahora, parecía seguro, no había lugar para la pérdida de memoria; Jones empezó a sospechar que sus sirvientes le gastaban bromas y trató de encontrar una explicación a su imbecilidad o maldad; no sabía cómo llamarla. No le sirvió de nada. Papeles y libros desaparecían y reaparecían, a veces se esfumaban sin dejar rastro. Una tarde, luchando, según me contó, contra una creciente confusión, había llenado con considerable dificultad dos hojas de papel rayado con varios extractos necesarios para el tema que tenía entre manos. Al terminar, sintió que su desconcierto se espesaba como una nube a su alrededor:

—Era, física y mentalmente, como si los objetos de la habitación se volvieran indistintos, como si se presentaran envueltos en una bruma o oscuridad resplandeciente.

Sintió miedo, se levantó y salió al jardín. Las dos hojas de papel que había dejado sobre la mesa yacían en el camino junto a la puerta.

A decir verdad, pensé que estos casos eran más propios de un psiquiatra que de mí. Había indicios suficientes de una grave crisis nerviosa y, a mi parecer, de delirios. Me pregunté si era mi deber aconsejarle al hombre que acudiera al mejor médico que conociera, y sin demora. Entonces, Jones continuó:

—Sé que son tonterías, trucos y artimañas, ilusionismo infantil; despreciable todo ello. Pero me asustó. Me sentía como un hombre caminando en la oscuridad, acosado por sonidos inciertos y débiles ecos de pasos que parecían provenir de una profundidad inmensa. Había algo desconocido en mí; y me aferraba con fuerza a lo que sabía, preguntándome si lograría mantenerme firme.

Después de una pausa, continuó.

—Una tarde me encontraba en un estado de profunda tristeza. No podía concentrarme en mi trabajo. Salí al jardín y caminé de un lado a otro intentando calmarme. Abrí la puerta del jardín y miré hacia el estrecho pasaje que recorre el final de todos los jardines de este lado de la plaza. No había nadie allí, excepto tres niños jugando a algún juego. Eran criaturas extrañas y raquíticas, así que volví al jardín y entré en el estudio. Acababa de sentarme y me había puesto a trabajar con la esperanza de encontrar alivio, cuando la señora Sedger, mi criada, entró y exclamó que se alegraba de verme de nuevo. Me inventé una historia. No sé si la creyó. Supongo que piensa que me he visto envuelto en algo turbio.

—¿Y qué pasó?

—No tengo ni la más remota idea.

Nos quedamos mirándonos un buen rato.

—Supongo que lo que pasó fue esto —dije por fin—. Tu sistema nervioso andaba mal. Colapsó por completo; perdiste la memoria, la identidad, todo. Puede que hayas pasado las últimas seis semanas escribiendo direcciones en la calle.

Se giró hacia uno de los libros de la mesa y lo abrió. Entre las hojas se veían los pétalos rojos y blancos, algo apagados, de una flor parecida a una anémona.

—Recogí esta flor —dijo— mientras caminaba por el sendero aquella tarde. Fue la primera de su especie en florecer, muy temprano. Todavía la tenía en la mano cuando volví a entrar en esta habitación, seis semanas después, como todo el mundo cuenta. Pero estaba muy fresca.

No había nada que decir. Guardé silencio durante cinco minutos antes de preguntarle si su mente estaba en blanco respecto a las seis semanas durante las cuales nadie lo había visto; si no tenía ningún tipo de recuerdo, por vago que fuera.

—Al principio, absolutamente nada. No podía creer que hubieran transcurrido más de unos segundos entre que abrí la puerta del jardín y la cerré. Luego, al cabo de un par de días, tuve la vaga impresión de haber estado en un lugar donde todo era absolutamente perfecto. No puedo decir más. Ni alegrías de cuento de hadas, ni paraísos de dicha, ni nada por el estilo; ninguna sensación de nada extraño o inusual. Pero allí no había ninguna preocupación. Est enim magnum chaos.

Eso significa: «porque hay un gran vacío», o «un gran abismo».

Nunca volvimos a hablar del tema. Dos meses después me contó que los nervios le habían estado dando problemas y que iba a pasar un mes o seis semanas en una granja cerca de Llanthony, en las Montañas Negras, a pocos kilómetros de su antigua casa. Tres semanas después recibí una carta escrita de puño y letra de Jones. Dentro había un papelito en el que había escrito:

Est enim magnum chaos.

El día que envió la carta, salió una tarde de otoño con un temporal muy fuerte y nunca regresó. Jamás se encontró rastro de él.

Arthur Machen (1863-1947)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur Machen.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur Machen: Abrir la puerta (Opening the Door), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El cantante en la niebla»: Robert E. Howard; poema y análisis.


«El cantante en la niebla»: Robert E. Howard; poema y análisis.




«Al nacer, una bruja me lanzó hechizos monstruosos,»



El cantante en la niebla (The Singer in the Mist) es un poema del escritor norteamericano Robert E. Howard (1906-1936), publicado de manera póstuma en la edición de abril de 1938 de la revista Weird Tales,y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

El cantante en la niebla, uno de los poemas de Robert E. Howard menos conocidos, introduce a un Orador anónimo, quien sostiene que, al nacer, fue maldecido con «hechizos monstruosos» por una «bruja». Desde entonces se ve obligado a vagar por «sendas grises e impías», encontrándose con fantasmas, mujeres-serpiente, demonios. A pesar del destino al que se ve arrastrado, el Orador lo acepta, atraviesa la niebla de su existencia con la certeza de encontrarse, alguna vez, «con el día».


Al nacer, una bruja me lanzó hechizos monstruosos,
y he recorrido extraños caminos toda mi vida,
llevando mis pies por sendas grises e impías.
Busco a tientas los tallos de asfódelos rotos
por páramos desolados, acechados por entes diabólicos,
sigo huellas hendidas que arden;
guiado por fantasmas a través de la bruma de la luna
para hablar con demonios en sus infiernos de granito.

Los mares rompen contra largas costas custodiadas por dragones,
estallando en lunas carmesí de ardiente espuma,
y castillos de hierro me abren sus puertas,
y mujeres serpiente me seducen con arpa y canto.
Las olas brumosas ahora tiemblan al compás de remos fantasma;
no me busques; navego para encontrarme con el día.


El cantante en la niebla forma parte del ciclo Sonetos escapados del manicomio (Sonnets Out of Bedlam), junto con El devorador de almas (The Soul-Eate), El sueño y la sombra (The Dream and the Shadow), La última hora (The Last Hour) y Columnas fantasmales (Haunting Columns). Este ciclo, escrito en la década de 1930, conversa con otros ciclos poéticos pertenecientes al Círculo de Lovecraft, particularmente con los sonetos de H. P. Lovecraft reunidos en Hongos de Yuggoth (Fungi From Yuggoth), y el ciclo de Donald Wandrei: Sonetos de las horas de medianoche (Sonnets of the Midnight Hours) [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»].

¿Quién es el orador del poema? Si bien no se nos menciona su nombre, ciertas características nos hacen pensar en Conan el Cimmerio.

El Orador de El cantante en la niebla sostiene que fue maldecido al nacer por una bruja, y que a raíz de eso se vio obligado a llevar una vida errante, llena de peligros, algunos de ellos sobrenaturales. Por otro lado, el nacimiento de Conan es probablemente el más espectacular de toda la ficción: su madre lo da a luz en el campo de batalla. Con sus últimas fuerzas, la mujer llama al niño «Conan» antes de morir [ver: Conan y la barbarie como estado natural del ser humano]

¿Es el nombre «Conan» el «hechizo monstruoso» que lanza la «bruja» al Orador? Es una idea peregrina. Que yo sepa, la madre de Conan, llamada Greshan, y a veces Gresian por Robert E. Howard [y Piala en algunas adaptaciones] no era una bruja, sino la esposa de un herrero llamado Corin. Tampoco parece que Conan guardara rencor hacia su madre, aunque, si lo pensamos bien, el Orador del poema no se queja de su destino, que no es otra cosa que vivir una vida de dificultades hasta llegar al final de sus días; y eso, inevitablemente, comenzó con su nacimiento, es decir, con su madre [ver: ¡POR CROM! La teología de Conan el cimmerio]

Dicho esto, la mención Mujeres Serpiente [Serpent-Women] se acerca bastante a los Hombres Serpiente [Serpent Men], raza creada por Robert E. Howard para el universo de Kull. Tanto la familia como la tribu de Kull fueron destruidos por una inundación cuando él aún era un niño pequeño, y se crió solo y salvaje. Se desconoce el nombre de su madre.





El cantante en la niebla.
The Singer in the Mist, Robert E. Howard (1906-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Al nacer, una bruja me lanzó hechizos monstruosos,
y he recorrido extraños caminos toda mi vida,
llevando mis pies por sendas grises e impías.
Busco a tientas los tallos de asfódelos rotos
por páramos desolados, acechados por entes diabólicos,
sigo huellas hendidas que arden;
guiado por fantasmas a través de la bruma de la luna
para hablar con demonios en sus infiernos de granito.

Los mares rompen contra largas costas custodiadas por dragones,
estallando en lunas carmesí de ardiente espuma,
y castillos de hierro me abren sus puertas,
y mujeres serpiente me seducen con arpa y canto.
Las olas brumosas ahora tiemblan al compás de remos fantasma;
no me busques; navego para encontrarme con el día.


At birth a witch laid on me monstrous spells,
And I have trod strange highroads all my days,
Turning my feet to gray, unholy ways.
I grope for stems of broken asphodels;
High on the rims of bare, fiend-haunted fells,
I follow cloven tracks that lie ablaze;
And ghosts have led me through the moonlight's haze
To talk with demons in their granite hells.

Seas crash upon long dragon-guarded shores,
Bursting in crimson moons of burning spray,
And iron castles ope to me their doors,
And serpent-women lure with harp and lay.
The misty waves shake now to phantom oars—
Seek not for me; I sail to meet the day.


Robert E. Howard (1906-1936)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Robert E. Howard.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Robert E. Howard: El cantante en la niebla (The Singer in the Mist), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«San Sapo»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.


«San Sapo»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.




«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!»



San Sapo (St. Toad's) es un poema gótico del escritor norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937), publicado de manera póstuma por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep).

San Sapo, uno de los poemas de Lovecraft menos conocidos, forma parte del ciclo Hongos de Yuggoth (Fungi from Yuggoth), el cual consta de 36 poemas. La mayoría de las piezas de Yuggoth son sonetos narrativos, básicamente microficciones con finales abiertos, como es el caso de este poema.

San Sapo resulta doblemente interesante. Por un lado, es una pieza onírica; por el otro, refleja la actitud de Lovecraft hacia la religión. El Orador del poema vaga «por laberintos oscuros e indefinidos», donde unos ancianos andrajosos le advierten tres veces: «¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!». El Orador intenta huir, pero la dirección que toma lo lleva inevitablemente a la Iglesia de San Sapo, como si todos los caminos de ese laberinto condujeran hacia allí.


¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo! —le oí gritar
mientras me adentraba en esos callejones extraños
que serpentean en laberintos oscuros e indefinidos
al sur del río donde sueñan las antiguas centurias—.
Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,
y en un instante se había escabullido de mi vista,
así que seguí avanzando en la noche
hacia donde se alzaban más tejados, malignos y dentados.

Ninguna guía habla de lo que allí acecha,
pero entonces oí a otro anciano gritar:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Y, ya débil, me detuve cuando un tercero de barba gris graznó, aterrado:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Horrorizado, huí,
hasta que de repente aquella aguja negra se alzó imponente ante mí.


Uno se pregunta de qué podría ser patrono San Sapo. Difícil saberlo. Von Junzt no registra en el Unaussprechlichen Kulten («Cultos sin Nombre») ni la práctica ni la doctrina, pero su identidad quizás tenga algo que ver con Tsathoggua.

Dios Sapo está inspirado en una pesadilla de Lovecraft, tal como él mismo lo menciona en una carta a Clark Ashton Smith:


«Mis investigaciones me han brindado un sueño magníficamente inquietante , que esta mañana me dejó con una profunda sensación de opresión y maldad cósmica. Buscaba por callejones oscuros y arcaicos en Southwark, al otro lado del Puente de Londres, la rumoreada y primigenia Iglesia de San Sapo, de la que se habla solo en susurros (como algo que siempre se oye de segunda o tercera mano) y en cuya cripta prenormanda se dice que perdura cierta influencia . No la encontré. En mi visión, crucé el Puente hasta ese mismo enredo de barrios marginales, buscando la horrible y fabulosa iglesia de San Sapo, cuyas campanas agrietadas oyen por la mañana por los lunáticos, por encima de la sana música de campanas más saludables.»


La carta de Lovecraft a Clark Ashton Smith parece echar por tierra la posibilidad de que San Sapo sea, Tsathoggua. Después de todo, la iglesia [del sueño] está situada en Londres, y aunque su torre se alce en un «enredo de barrios marginales», convengamos que no es lo mismo mantener las cosas en secreto en una ciudad de este tamaño que en Arkham. Aunque, ¿qué Londres soñó Lovecraft? ¿De qué año?

San Sapo y la imponente «aguja negra» de su iglesia resuenan con el relato de Robert E. Howard: La piedra negra (The Black Stone) y aquel detestable dios-sapo. Sin embargo, no hay ninguna torre aquí, sino un monolito negro, que es el sitio de veneración. Supongo que podríamos pensar que el monolito es una especie de iglesia; de hecho, Howard lo describe tres veces en el relato como «aguja», aunque definitivamente no se encuentra en la ciudad de Londres. ¿Será que este culto bárbaro, una nueva religión, se propagaría en las grandes ciudades?

En lo personal, creo que San Sapo y su iglesia son la síntesis de un motivo recurrente en los cuentos de Lovecraft: un terror antiguo, profundamente enterrado, que despierta con el tañido de las campanas. En El descendiente (The Descendant), El libro (The Book) y Las campanas (The Bells) [este último dentro del ciclo de Yuggoth] repiten la misma dinámica. De hecho, los tres ancianos que le anuncian al Orador la proximidad de la iglesia, quizás sea solo uno, y con nombre propio: lord Nottham [El descendiente] quien «grita cuando suenan las campanas de la iglesia».

San Sapo también guarda algunos parecidos con El clérigo malvado (The Evil Clerygman). Más aún, el poema parece una precuela del relato, con sus representaciones oníricas entre callejuelas oscuras que desembocan en una iglesia donde habita un malvado sacerdote anglicano, y también donde un anciano guía y advierte el narrador.

La mejor fuente para develar el misterio de San Sapo es Robert M. Price, quien escribió dos artículos muy interesantes, titulados: Hagiografía de San Sapo (St. Toad's Hagiography) y San Sapo revisitado ("St. Toad's" Revisited), donde especula que el soneto de Lovecraft se inspiró en una escena de La sombra sobre Innsmouth (The Shadow over Innsmouth), donde el protagonista, Robert Olmstead, se topa con una iglesia similar, en un contexto similar. Sin la carta del flaco de Providence, donde menciona explícitamente la ciudad de Londres, no sería difícil creer que Innsmouth es el hogar de San Sapo. Sin embargo, la carta contradice a Robert M. Price. ¿O será que el culto de Innsmouth de algún modo ha logrado trascender las fronteras de Nueva Inglaterra?




San Sapo.
St. Toad's, H. P. Lovecraft (1890-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo! —le oí gritar
mientras me adentraba en esos callejones extraños
que serpentean en laberintos oscuros e indefinidos
al sur del río donde sueñan las antiguas centurias—.
Era una figura furtiva, encorvada y harapienta,
y en un instante se había escabullido de mi vista,
así que seguí avanzando en la noche
hacia donde se alzaban más tejados, malignos y dentados.

Ninguna guía habla de lo que allí acecha,
pero entonces oí a otro anciano gritar:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Y, ya débil, me detuve cuando un tercero de barba gris graznó, aterrado:
«¡Cuidado con las campanas agrietadas de San Sapo!».
Horrorizado, huí,
hasta que de repente aquella aguja negra se alzó imponente ante mí.


Beware St. Toad’s cracked chimes!” I heard him scream
As I plunged into those mad lanes that wind
In labyrinths obscure and undefined
South of the river where old centuries dream.
He was a furtive figure, bent and ragged,
And in a flash had staggered out of sight,
So still I burrowed onward in the night
Toward where more roof-lines rose, malign and jagged.

No guide-book told of what was lurking here—
But now I heard another old man shriek:
“Beware St. Toad’s cracked chimes!” And growing weak,
I paused, when a third greybeard croaked in fear:
“Beware St. Toad’s cracked chimes!” Aghast, I fled—
Till suddenly that black spire loomed ahead.


H. P. Lovecraft (1890-1937)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de H. P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de H. P. Lovecraft: San Sapo (St. Toad's), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los familiares»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.


«Los familiares»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.




«Solía perder el tiempo con unos libros extraños
que encontró en el ático,»



Los familiares (The Familiars) es un poema gótico del escritor norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937), publicado originalmente en la edición de julio de 1930 de la revista Driftwind, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep).

Los familiares, uno de los poemas de Lovecraft menos conocidos, pertenece al ciclo Hongos de Yuggoth (Fungi from Yuggoth), y nos lleva de regreso a una zona geográfica crucial en los Mitos de Cthulhu: Dunwich.


John Whateley vivía a una milla del pueblo,
allá donde las colinas comienzan a agruparse;
nunca pensé que fuera muy inteligente,
viendo como su granja llegó a deteriorarse.
Solía perder el tiempo con unos libros extraños
que encontró en el ático,
hasta que le salieron arrugas en la cara,
y la gente decía que no les gustaba su aspecto.

Cuando empezó a aullar por la noche,
decidimos que lo mejor era mantenerlo a salvo,
así que tres hombres de la granja de Aylesbury
fueron a buscarlo, pero volvieron solos y asustados.
Lo encontraron hablando con dos criaturas agazapadas
que, al oír sus pasos, en alas negras se fueron volando.


Los «familiares» del título aparecen fugazmente como «dos cosas agazapadas» con «grandes alas negras». La categoría «familiar» se inscribe en la tradición de la brujería, en la cual existen ciertos espíritus menores que asisten a las brujas y nigromantes en sus tratos con entidades más poderosas [ver: Los espíritus familiares en la brujería]

Lovecraft menciona a un tal John Whateley en el centro de la acción. Podría tratarse del Viejo Whateley de El horror de Dunwich (The Dunwich Horror), un practicante de las artes negras que cría a un nieto híbrido, Wilbur Whateley, para liberar a los Primigenios, aunque en ningún momento se sugiere que su nombre fuera «John». De todos modos, el nombre resuena, por lo que el flaco de Providence seguramente lo utilizó con esa intención.

Wilbur Whateley, mitad humano, mitad estirpe de Yog-Sothoth, madura anormalmente rápido y, movido por su herencia, intenta abrir un portal a dimensiones superiores. Tal vez John Whateley es un pariente cercano, teniendo en cuenta que este es un linaje degenerado de la zona rural de Dunwich [ver: Las «familias extrañas» de Lovecraft]. De hecho, El horror de Dunwich localiza la granja del Viejo Whateley a una distancia remota del pueblo, mientras que el poema sitúa la granja de John Whateley a solo una milla de Dunwich [*], por lo que bien podrían tratarse de dos individuos distintos de la misma familia, área, y evidentemente con la misma afición por los «libros extraños», en particular por el Necronomicón.

En efecto, el Vejo Whateley utiliza una versión incompleta del Necronomicón y logra que Yog-Sothoth fecunde a su hija, Lavinia, quien engendraría al híbrido Wilbur Whateley [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de «El horror de Dunwich»]

[*] Ahora bien, la granja del relato es, en realidad, una gran casa de campo situada en la ladera de una colina [el pueblo ficticio de Aylesbury también aparece en El horror de Dunwich]. Lovecraft emplea la palabra «remota», aunque de hecho está a cuatro millas del pueblo, pero solo a una milla y media de la vivienda más cercana. El John Whateley de Los familiares está «a una milla del pueblo», lo cual deja las cosas en un limbo de interpretación. Este Whateley puede o no ser el Whateley de El horror de Dunwich, pero definitivamente están relacionados. Pensemos que el Viejo Whateley poseía una gran colección de «libros antiguos y fragmentos de volúmenes podridos», los cuales podrían ser los «libros extraños» que el John Whateley de Los familiares «encontró en el ático de su casa».

Dicho esto, John Whateley es quizás un ancestro del Viejo Whateley, ya que este último heredó su biblioteca a través de dos siglos de presencia de la familia en la zona. En algún punto de esa línea temporal puede situarse a John.

Tradicionalmente, las brujas utilizaban familiares en calidad de ayudantes o asistentes en la práctica mágica, y a veces como intermediarios con fuerzas sobrenaturales. En las historias de Lovecraft a menudo asumen la forma de tutores o instructores que ayudan al practicante a aprender el oficio, o en el caso del Viejo Whateley, a comprender el Necronomicón e invocar correctamente a Yog-Sothoth. Otra diferencia es que los familiares de la brujería asumen la forma de gatos y pájaros, y en raras ocasiones se muestran como homúnculos; mientras que Lovecraft despliega dos figuras demoníacas con «grandes alas negras», aunque en Sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House) utiliza un familiar clásico, a quien describe como un «pequeño y ágil objeto peludo» [ver: Brujería no euclidiana: análisis de «Los sueños en la casa de la bruja»]




Los familiares.
The Familiars, H. P. Lovecraft (1890-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


John Whateley vivía a una milla del pueblo,
allá donde las colinas comienzan a agruparse;
nunca pensé que fuera muy inteligente,
viendo como su granja llegó a deteriorarse.
Solía perder el tiempo con unos libros extraños
que encontró en el ático de su casa,
hasta que le salieron arrugas raras en la cara,
y la gente decía que no les gustaba su aspecto.

Cuando empezó a aullar por la noche,
decidimos que lo mejor era mantenerlo a salvo,
así que tres hombres de la granja de Aylesbury
fueron a buscarlo, pero volvieron solos y asustados.
Lo encontraron hablando con dos criaturas agazapadas
que, al oír sus pasos, en alas negras se fueron volando.


John Whateley lived about a mile from town,
Up where the hills began to huddle thick;
We never thought his wits were very quick,
Seeing the way he let his farm run down.
He used to waste his time on some queer books
He’d found around the attic of his place,
Till funny lines got creased into his face,
And folks all said they didn’t like his looks.

When he began those night-howls we declared
He’d better be locked up away from harm,
So three men from the Aylesbury town farm
Went for him—but came back alone and scared.
They’d found him talking to two crouching things
That at their step flew off on great black wings


H. P. Lovecraft (1890-1937)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de H. P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de H. P. Lovecraft: Los familiares (The Familiars), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El mensaje de Thuba Mleen»: Aleister Crowley; poema y análisis.


«El mensaje de Thuba Mleen»: Aleister Crowley; poema y análisis.




«Muchos creen que fue un mensaje de Thuba Mleen,
el misterioso emperador de aquellas tierras,
nunca visto por ningún hombre,
quien ordenó que Bethmoora debía quedar vacía.»

—Lord Dunsany, Bethmoora.



El mensaje de Thuba Mleen (The Message of Thuba Mleen) es un poema gótico del escritor y ocultista inglés Aleister Crowley (1875-1947), publicado originalmente en la edición de 1911 de la revista The Equinox en 1911.

El mensaje de Thuba Mleen, uno de los mejores poemas de Aleister Crowley, nos sitúa «más allá de Utnar Véhi» y «las colinas de Hap», donde el «gran Emperador», Thuba Mleen, está sentado en su trono, jugueteando con un collar entre los dedos, cuyas cuentas «alguna vez fueron el globo ocular de su hijo no nacido». Mientras tanto, observa cómo su propia madre es torturada.

Pero, «al desgarrar la última carne», Thuba Mleen se cansa, y dirige su atención a unos «esclavos de la brillante Bethmoora», quienes le tributan vino y hachís. Ebrio, Thuba Mleen, «el hermano bastardo del desierto», envía a los esclavos de regreso a Bethmoora para anunciar que «esa serpiente antigua, la Bruja de Utnar Véhi, ha despertado».

Los esclavos quedan aterrotizados. Conocen bien «las artes de Utnar Véhi» y «lo que anhela la Vieja Gris». Bethmoora está condenada,

En 1911, Aleister Crowley se encontraba en Francia, escribiendo sus libros de Thelema. Durante ese período leyó una obra que desató su imaginación: Cuentos de un soñador (A Dreamer’s Tales) de lord Dunsany, escrito un año antes. Tanto es así que escribió una reseña y un poema adjunto: El mensaje de Thuba Mleen, donde explora algunos aspectos de la mitología de lord Dunsany [ver: Los Mitos de Pegana: la mitología de Lord Dunsany]

El propio Thuba Mleen aparece en dos cuentos de lord Dunsany. El primero es El hombre del hachís (The Hashish-Man), donde nos enteramos que Bethmoora fue abandonada por orden del emperador Thuba Mleen:


«¿Fue por la maldición del Desierto? —pregunté. Y él respondió—: En parte fue la furia del Desierto y en parte el consejo del Emperador Thuba Mleen, pues esa temible bestia está relacionada de alguna manera con el Desierto por parte de su madre.»


H. P. Lovecraft nunca recurrió al nombre de Thuba Mleen, pero sí menciona a Bethmoora en El que susurra en la oscuridad (The Whisperer in Darkness), por lo que el flaco de Providence comparte referencias con Aleister Crowley [ver: Lovecraft, Crowley y un sueño compartido]. De hecho, El mensaje de Thuba Mleen se complementa perfectamente con el Ciclo Onírico de H. P. Lovecraft [también inspirado en Dunsany], con sus extraños y evocativos nombres de antaño. Muchos aficionados a lo oculto buscaron una fuente común en la magia para estos dos autores, un vínculo entre el Necronomicón y el Liber AL vel Legis [libro de la Ley]. Sin embargo, esa fuente común está en la fantasía, en el mito compartido de Lord Dunsany [ver: El Necronomicón astral: la conexión Lovecraft-Crowley]

La fascinación de Crowley por Dunsany quedó registrada en su reseña de 1911 [publicada en The Equinox], donde examina solo 5 de los 16 relatos porque «aún no los he leído cuarenta veces». Elogia El pobre viejo Bill (Poor Old Bill) [«parece derivado de La balada del viejo marinero»], La espada y el ídolo (The Sword and the Idol) [«lo leo una y otra vez, y cuanto más lo leo, más me fascina»], Poltarnees, sobre el cual dice que «es el mejor relato jamás escrito sobre la seducción del mar», y menciona que Bethmoora y El hombre del hachís, donde aparece Thuba Mleen, «son en realidad un solo cuento».

El otro cuento de Dunsany donde aparece Thuba Mleen es Bethmoora. En esta historia se barajan varias hipótesis para explicar el abandono de Bethmoora basándose en el mensaje de los tres esclavos que envía Thuba Mleen a la ciudad [que también aparecen en el poema de Crowley]. El propio Emperador es un misterio, ya que ningún humano alcanzó a verlo. Este detalle se aleja del poema, donde Thuba Mleen parce hablarle directamente a los esclavos.

Lovecraft coquetea con el aspecto elusivo del emperador. En La búsqueda onírica de la desconocida Kadath (The Dream-Quest of Unknown Kadath), el flaco de Providence introduce al Sumo Sacerdote de Leng, un clérigo no humano que porta una máscara amarilla. En Bethmoora se menciona que Thuba Mleen tiene el rostro amarillo. El hecho de que nunca fuera visto por ojos humanos podría haberle sugerido a Lovecraft el motivo de la máscara.

Una de las razones por las que lord Dunsany no es tan popular es debido a la ausencia de una mitología coherente, cuando, en realidad, la inconsistencia es una característica primaria de los Mitos. Estamos acostumbrados a las franquicias estandarizadas y hemos perdido tacto con los conjuntos de historias dispersas y, a menudo, contradictorias entre sí. Dunsany, creo, puede ser visto como la materia prima sobre la que Lovecraft, Crowley, Robert E. Howard, incluso J. R. R. Tolkien, extrajeron motivos fundamentales para sus respectivos ciclos literarios.

Cada una de las historias de Dunsany es un mundo independiente. En el mejor de los casos, hay algunos hilos que se entrelazan, y que el lector puede identificar: Días de ocio en el Yann (Idle Days on the Yann) tiene sus secuelas, y algunos topónimos y figuras arquetípicas reaparecen, como Thuba Mleen, pero siempre con alteraciones. Por ejemplo, Yann es un río, pero, en Bethmoora, Thuba Mleen sugiere que es una lengua, el yannish.

De todos modos, los conceptos de base de Dunsany fueron aprovechados por Lovecraft. Por ejemplo, en Celephais toma una idea de El hombre del hachís: estos reinos fantásticos existen en algún lugar fuera de la percepción ordinaria, y podemos visitarlos a través de nuestros sueños [o del consumo de ciertas sustancias]. Hablando de sustancias, Aleister Crowley le escribió una carta a Dunsany glorificando los Cuentos de un soñador, y bromea diciéndole que, por lo visto, «solo conoces el hachís de oídas, no por experiencia». También le envió un par de revistas eróticas. Dunsany no se ofendió, de hecho, aparentemente se divirtió y, en una típica muestra de su humor, le envió a Crowley una nota de agradecimiento diciendo que la droga más fuerte que tomaba era té.

No creo que sea conveniente seguir hurgando en este mundo de referencias. Podríamos cometer el desatino de sugerir que Dunsany tuvo en mente al Rey de Amarillo de Robert E. Chambers al crear a su propio Emperador Amarillo, Thuba Mleen; y que Jorge Luis Borges, quizás, pensó en la vaciada Bethmoora al crear su propia ciudad imaginaria, Uqbar, que se desliza hacia nuestra realidad en el relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.




El mensaje de Thuba Mleen.
The Message of Thuba Mleen, Aleister Crowley (1875-1947)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Mucho más allá de Utnar Véhi, mucho más allá
de las colinas de Hap,
se sienta el gran Emperador coronado con diamantes,
moviendo el rosario en su regazo:
el rosario cuyas cuentas, perfectamente ordenadas
con una dicha impecable,
alguna vez fueron el globo ocular de su hijo no nacido.

Bebió el olor de la sangre viva, que silbaba
sobre el acero blanco como el fuego.
Rió disimuladamente mientras los miembros de su madre
eran besados por los anzuelos de la Rueda
que desgarraba alma y forma, más finos que la niebla
rasgada por el viento sombrío
que sopla desde Kragua y las tierras desconocidas tras ella.

Al desgarrar la última carne, se cansó;
esclavos de la brillante Bethmoora
se adelantaron con cuencos tallados cuyo carmesí
ansiaba vino verde de hachís, vino negro de datura,
como las primeras y últimas olas del Yann.
Estos vinos calmaron el rencor de Thuba Mleen,
el hermano bastardo del Desierto.

Bebió y miró a los esclavos. «Mwass, Dagricho, Xu-Xulgulura,
¡ensillen sus mulas!», susurró, «cabalguen a toda velocidad
hacia Bethmoora
y díganle a la gente de la ciudad
que esa serpiente antigua,
la Bruja de Utnar Véhi, ha despertado».

Así retorció su daga en los corazones
de aquellos esclavos
que le llevaban vino; porque conocían bien las artes
de Utnar Véhi —¡lo que anhela la Vieja Gris!—;
sabían cómo sus parientes en las viñas y mercados
de la brillante Bethmoora, así malditos,
se arrojarían a merced de la sed del Desierto.

Ojalá Mana-Yood-Sushai se inclinara y escuchara,
y oyera al epiceno, barbudo y risueño
enano, orlado de miedo,
hermano bastardo del Desierto, Thuba Mleen.
Pues Él despertaría y gritaría
la Palabra para aniquilar el sueño.


Far beyond Utnar Véhi, far beyond
The Hills of Hap,
Sits the great Emperor crowned with diamond,
Twitching the rosary in his lap—
The rosary whose every bead well-conned
With sleek unblinking bliss
Was once the eyeball of an unborn child of his.

He drank the smell of living blood, that hissed
On flame-white steel.
He tittered while his mother’s limbs were kissed
By the fish-hooks on the Wheel
That shredded soul and shape, more fine than mist
Is torn by the bleak wind
That blows from Kragua and the unknown lands behind

As the last flesh was flicked, he wearied; slaves
From bright Bethmoora
Sprang forward with carved bowls whose crimson craves
Green wine of hashish, black wine of datura,
Like the Yann’s earlier and its latter waves!
These wines soothed well the spleen
Of the Desert‘s bastard brother Thuba Mleen.

He drank, and eyed the slaves “Mwass, Dagricho, Xu-Xulgulura,
Saddle your mules!” he whispered, “ride full slow
Unto Bethmoora
And bid the people of the city know
That that most ancient snake,
The Crone of Utnar Véhi, is awake.”

Thus twisted he his dagger in the hearts
Of those two slaves
That bore him wine ; for they knew well the arts
Of Utnar Véhi—what the grey Crone craves!—
Knew how their kindred in the vines and marts
Of bright Bethmoora, thus accurst,
Would rush to the mercy of the Desert’s thirst.

I would that Mana-Yood-Sushai would lean
And listen, and hear
The tittering, thin-bearded, epicene.
Dwarf, fringed with fear,
Of the Desert’s bastard brother Thuba Mleen!
For He would wake, and scream
Aloud the Word to annihilate the dream.


Aleister Crowley (1875-1947)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Aleister Crowley.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Aleister Crowley: El mensaje de Thuba Mleen (The Message of Thuba Mleen), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Ooze»: Anthony M. Rud; relato y análisis.


«Ooze»: Anthony M. Rud; relato y análisis.




«Es mejor no pensar en ese último salto,
ni en la lucha de un hombre demente
en las garras del monstruo moribundo.»



Ooze (Ooze) es un relato de terror del escritor norteamericano Anthony M. Rud (1893-1942), publicado originalmente en la edición de marzo de 1923 de la revista Weird Tales.

Ooze, uno de los grandes cuentos de Anthony M. Rud, fue la primera historia de tapa de la primera entrega de Weird Tales. En cierto modo, el relato funciona como un manifiesto: una definición y una guía de las intenciones de la revista a sus lectores: aquí encontrarán este tipo de historias.

Ooze es una historia no lineal. El protagonista, cuyo nombre no se revela, investiga la muerte de su antiguo compañero de universidad y poco a poco reconstruye lo sucedido. Comienza con el científico John Corliss Cranmer, que sitúa sus experimentos con microorganismos y división celular en una zona rural de Alabama. Su objetivo es aprovechar biología del «crecimiento protozoario» y trasladarla a los animales superiores, de tal forma que resulte posible «criar cerdos del tamaño de elefantes» y «novillos cuyas cabezas podrían chocar contra el tercer piso de un rascacielos». ¿Qué podría salir mal?

El hijo del científico, escritor de ciencia ficción, Lee Cranmer, aparece de visita y observa «una ameba del tamaño de un hígado de res grande». Su padre, respetuoso de los protocolos, le dice a su hijo que la destruya, pero su Lee, en cambio, la arroja a un pozo de barro y tiene la brillante idea de cultivarla en secreto. El proyecto no se interrumpe cuando Lee viaja a Cuba; antes hace arreglos con el borracho local, Rori Pailleron, para mantener a la ameba alimentada con carne de cerdo.

La ameba sigue creciendo. Atrapa a Peggy, la esposa de Lee, con sus pseudópodos, y la devora. Lee corre para intentar salvarla y también es devorado. Las descripciones de los cuerpos engullidos, fundidos en esa masa amorfa y gelatinosa, se anticipa a muchas historias posteriores. El mayor de los Cranmer idea un plan para matar a la ameba. La alimenta constantemente para que permanezca en el pozo y construye un muro alrededor de él. Una vez contenida, intenta quemarla, pero no funciona, así que simplemente deja de alimentarla y espera que muera de hambre. La ameba destruye la casa [aledaña al pozo] en su intento de encontrar comida.

John Corliss Cranmer, enloquecido por el dolor, se lanza al pozo de barro, creyendo que la criatura está lo suficientemente debilitada. El científico termina vagando por el pantano, vestido con andrajos y balbuceando incoherencias. Al enterarse de todo esto, la policía local tortura al hombre negro más cercano para averiguar qué ha sucedido. Al no funcionar, buscan a Cranmer y lo encierran en un manicomio.

Esto deja a Elsie, la nieta del científico, sin familia, por lo que queda al cuidado del narrador, antiguo compañero de cuarto de la universidad de Lee Cranmer, quien finalmente decide investigar lo sucedido para limpiar el nombre de la familia. El narrador va reconstruyendo lo sucedido, lo que nos da la oportunidad de entender algunos detalles espeluznantes. El final de la ameba es un poco decepcionante: ha muerto de hambre y es solo un montón de lodo con olor a pescado podrido.


Ooze es uno de esos cuentos que da la impresión de ya haber sido leído; sin embargo, fue el primero de su especie en Weird Tales. El deja vu se debe, quizás, a que cada elemento del relato vuelve a aparecer en muchísimas otras historias. Ooze también anticipa algunos rasgos del protagonista lovecraftiano promedio: torpe, estudioso, «desgarbado y dispéptico».

El punto más oscuro de la historia es un comentario al pasar, intrascendente para el autor pero que impacta al lector moderno: el narrador está enamorado de Peggy, la esposa de Lee. Cuando estos últimos son devorados por la ameba, dejan a una hija huérfana, Elsie. El narrador se encarga de criarla con la esperanza de que «Elsie volviera a ser Peggy», y añade, «que llegara a quererme como algo más que un padre adoptivo era mi mayor deseo». Estos comentarios perturbadores aparecen justo después de que la niña lo llama «papá» por primera vez.

Fremte a estas insinuaciones perversas, la carga de racismo en la historia es casi candorosa. Por ejemplo, un «negro de campo» es sometido a doce horas de tortura por la policía local, creyéndolo involucrado en las muertes. Pero, ¿por qué debemos suponer que el autor está a favor de esto? Ooze sólo muestra una reacción común en las historias de este tipo: gente normal que se lanza a la caza de brujas ante la primera oportunidad. En muchas novelas modernas [zombis/postapocalúpticas], la principal amenaza no son los «monstruos», sino personas normales que entran en pánico ante el colapso social y llevan las cosas demasiado lejos [ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos]

La ciencia detrás de Ooze se inspira en cuestiones simples como cultivos de laboratorio, y quizás algunas teorías genéticas tempranas. Un siglo después, todo esto suena tan anticuado para nosotros que es difícil calcular su impacto sobre el lector de la época. La ciencia ficción tiene su prehistoria, y esta podría definirse como historias con un tipo de ciencia cuyos parámetros han demostrado ser falsos. Por supuesto, todavía podemos disfrutar de estas reliquias, pero no con el elemento de plausibilidad que tuvieron en su tiempo. Tampoco quiero decir que lo único que hace Ooze es tomar una ameba y hacerla inmensamente grande y voraz, porque es más que eso [ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción]

Anthony M. Rud inaugura una mecánica muy extendida en los relatos de Weird Tales posteriores: muchos rumores al principio, luego el protagonista investiga esos rumores y, al final, se hace una reconstrucción de los hechos. Es sencillo criticar este método en 2025, pero en 1923 era novedoso. Y no sólo eso: funciona, a pesar de las repeticiones y detalles que obstaculizan la progresión de la historia. El mayor desacierto de Ooze, creo, es revelar demasiado. Lo ideal sería brindar la información justa para despertar nuestra imaginación, sin acorralarnos con certezas. La ameba gigante de Anthony M. Rud no brinda demasiado espacio para eso [ver: Vermifobia: gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción]

H. P. Lovecraft comenta en una de sus cartas que admiraba este cuento de Anthony M. Rud. Parece lógico porque Ooze insinúa muchos elementos lovecraftianos. Por ejemplo, la forma en que Lee Cramner alimenta a una criatura hasta que crece demasiado y pierde el control sobre ella resuena en El Horror de Dunwich (The Dunwich Horror), donde se atrapa a una entidad relacionada con Yog-Sothoth en una granja. Año tras año, la entidad crece hasta alcanzar proporciones monstruosas, lo que obliga a los Whateley a realizar frecuentes modificaciones [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de «El horror de Dunwich»]

Podríamos aislar varios elementos dee Ooze y encajarlos perfectamente en la ficción de Lovecraft. Mencionemos cuatro:

a- Una cosa amorfa requiere cantidades cada vez mayores de alimento, hasta que ya no se la puede contener [El Horror de Dunwich]

b- Un nativo ofrece información clave [en dialecto] después de ser emborrachado por el narrador [La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth)]

c- Un colaborador del [científico] protagonista es asesinado por un miembro de una secta tras compartir sus conocimientos [La Llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu)]

d- Arrogancia científica, extralimitación en los métodos de investigación, etc [el 80% de los cuentos de HPL]

Evidentemente, Anthony M. Rud y Lovecraft son espíritus afines pero con destrezas diferentes. Ambos se apoyan en un tipo de horror atávico, primoridial, anterior a la humanidad. Cthulhu representa una etapa temprana de la evolución, cuando la vida orgánica aún estaba en su infancia y los reyes del mundo habitaban en el limo de las profundidades oceánicas. La ameba de Ooze se inspira en el mismo principio: es algo más antiguo que el cerebro humano [ver: Cthulhu: anatomía de un Primigenio]

El estilo de Ooze, hay que admitirlo, es confuso; pero esto es propio de las investigaciones realizadas a posteriori. El investigador descubre información sobre los hechos pero no en el orden en que ocurrieron, de modo que la reconstrucción es laboriosa y, por momentos, tediosa.

En cierta manera, Ooze es una metaficción. La definición «weird tales» aparece dentro del relato [se aplica a las historias que cuentan los lugareños], señal de que Anthony M. Rud está trabajando con plena consciencia de lo que la revista necesitaba en su primer cuento de tapa: un enfoque científico o periodístico, recopilación de relatos insólitos, sucesos extraños, etc. En este sentido, Ooze es autoconsciente. Funciona simultáneamente como una declaración de intenciones, un perfil de estilo, así como introducción, bienvenida y guía para los lectores.

Entonces, ¿Ooze fue escrito específicamente para Weird Tales?

No lo sabemos. Las investigaciones transcurren en 1913, una década antes de la publicación de ese primer número. Anthony M. Rud era bastante joven entonces, pero podría ser una historia contemporánea. Sabemos que pasó el invierno y la primavera de 1921 en Alabama, donde recopiló material para un par de cuentos. Tal vez Ooze date de este período.

*La palabra ooze presenta algunos problemas al ser traducida al español, de modo que decidimos dejarla en paz. Originalmente aludía a la emisión de humedad, algo que rezuma, segrega o supura. Proviene del Inglés Antiguo wos, que significa «jugo» [o «savia»].




Ooze.
Ooze, Anthony M. Rud (1893-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


I

EN EL CORAZÓN de una jungla de pinares del sur de Alabama, una región escasamente poblada por negros y cajanos de zonas rurales —ese pueblo extraño y semisalvaje descendiente de exiliados acadianos de mediados del siglo XVIII— se alza una extraña y enorme casa en ruinas.

Interminables racimos de rosales cherokee, cubiertos de blanco durante un solo mes de primavera, trepan por las tres paredes restantes. Abanicos de palmito se alzan hasta la rodilla sobre la base. Una docena de robles vivos dispersos, que ahora desmienten su nombre debido a las asfixiantes matas de musgo y círculos de sesenta centímetros de parásitos del muérdago que han despojado de follaje las ramas nudosas y retorcidas, apoyan sus fantásticas barbas contra el ladrillo desmoronado.

Justo más allá, donde el suelo se vuelve húmedo y bajo, descendiendo sin hacia la maraña de cornejos, acebos, y plantas carnívoras que constituyen el Pantano Moccasin, la maleza ha formado una muralla protectora impenetrable, salvo para los furtivos. Unos pocos marginados utilizan las apestosas profundidades de ese siniestro pantano, destilando licor para el comercio ilícito.

La tradición afirma que así es, al menos, una tradición que antecede a la de la ruina prematura por muchas décadas. Lo creo, pues, durante las tardes, entre las exploraciones del imponente lugar, a menudo me abordaban como posible cliente los leñadores, que no entendían cómo alguien se atrevía a acercarse sin una abundante dosis de líquido para fortalecer su ánimo. Conozco el licor. Una docena de veces compré un cuarto o dos, simplemente para ganarme la confianza de los Cajanos, tirando la vil sustancia de inmediato. Parecía entonces que solo filtrando y condensando sus docenas de cuentos extraños sobre la Casa Daid podía llegar a comprender el misterio y el peso del horror que se cernía sobre el lugar.

Lo cierto es que de todas las advertencias supersticiosas, los gestos de incredulidad y los susurros absurdos, solo obtuve dos hechos indiscutibles. El primero fue que ni el dinero ni ninguna batería de escopetas cargadas con munición fría podrían inducir ni a los Cajanos ni a los negros de la región a acercarse a menos de quinientos metros de ese muro florido. Sobre el segundo hecho me detendré más adelante.

Quizás sea bueno, ya que solo soy un portavoz en esta crónica, relatar brevemente por qué vine a Alabama en esta misión.

Soy un escritor de artículos de hechos generales, no un escritor de ficción como Lee Cranmer, aunque la confesión es superflua. Lee fue mi compañero de cuarto durante la universidad. Conocía bien a su familia; admiraba a John Corliss Cranmer aún más que a su hijo y amigo, y casi tanto como a Peggy Breede, con quien Lee se casó. Peggy me apreciaba, pero nada más. Atesoro su recuerdo precisamente por eso, como ninguna otra mujer, antes o después, le ha concedido a este desgarbado dispéptico un atisbo de intimidad, alegre y triste.

El trabajo me mantuvo en la ciudad. Lee, en cambio, proveniente de una familia adinerada —y, desde el principio, ganando más con sus relatos y regalías de novelas de lo que yo obtenía de las arcas editoriales— no necesitaba ningún tipo de refugio. Él y Peggy hicieron un viaje de luna de miel de cuatro meses a Alaska, visitaron Honolulu el invierno siguiente, pescaron salmón en el río Cain, Nuevo Brunswick, y en general disfrutaron del aire libre en todas las estaciones.

Tenían un apartamento en Wilmette, cerca de Chicago; sin embargo, durante las pocas temporadas de primavera y otoño que pasaban en casa, preferían alquilar una suite en uno de los clubes de campo a los que pertenecía Lee. Supongo que gastaban tres o cinco veces más de lo que Lee realmente ganaba, pero, por mi parte, solo honraba que ambos encontraran tanta felicidad en la vida y, aun así, alcanzaran el éxito artístico.

Eran jóvenes estadounidenses honestos y entusiastas, el tipo —casi el único tipo— que dos millones de dólares no pueden echar a perder. John Corliss Cranmer, padre de Lee, tan diferente de su hijo como un microscopio de un cuadro de Remington, estaba aún más lejos de ser consciente del dinero. Vivía en un mundo limitado únicamente por el horizonte cada vez mayor de la ciencia biológica y su amor por los dos que perpetuarían su apellido. Muchas veces me preguntaba cómo era posible que un caballero tan gentil, puro y amable se hubiera aventurado tanto en la investigación científica sin alcanzar un ateísmo de menor calibre. Pocos lo hacen. Creía tanto en Dios como en la humanidad. Acusarlo de asesinar a su hijo y a su esposa, a quien había llegado a amar como madre de la pequeña Elsie —además de sangre y carne de su propia familia—, ¡era un absurdo espantoso y terrible! Sí, ¡incluso cuando John Corliss Cranmer fue declarado inequívocamente loco!

A falta de parientes en el mundo, la pequeña Elsie me fue entregada a mí, y a la pareja de mediana edad que los había acompañado como sirvientes. Elsie volvería a ser Peggy. La veneraba, sabiendo que si mi gestión de sus intereses podía convertirla en una mujer de la belleza y el valor de Peggy, no habría vivido en vano. A los cuatro, Elsie me extendió los brazos tras un vano intento de arrancarle la cola a Lord Dick, mi tolerante y viejo Airedale, y me llamó «papá». Sentí una profunda opresión... sí, esas pestañas negras, extrañamente largas, algún día podrían caer en broma o coquetería, pero ahora la pequeña Elsie albergaba una seriedad melancólica y confiada en la profundidad de sus ojos ultramarinos; esa misma seriedad que solo Lee había infundido en Peggy.

En un instante, la responsabilidad se duplicó. Que llegara a quererme como algo más que un padre adoptivo era mi mayor deseo. Aun así, por egoísmo, no podía despojarla de su legítima herencia; debía saberlo años después. ¡Y la historia que le contaría no debía ser la horrible sospecha que se había extendido en la conversación!

Me fui a Alabama, dejando a Elsie en las competentes manos de la señora Daniels y su esposo, quienes la habían cuidado desde su nacimiento. Antes del viaje, poseía los escasos datos que las autoridades conocían al momento de la fuga y desaparición de John Corliss Cranmer. Eran bastante increíbles. Para realizar investigaciones biológicas sobre formas de vida protozoaria, John Corliss Cranmer había dado con esta región de Alabama. Cerca de un gran pantano repleto de organismos microscópicos, y situado en una zona semitropical donde las heladas rara vez endurecían las ciénagas, el lugar parecía ideal para su propósito.

A través de Mobile podía conseguir suministros diariamente en camión. El aislamiento le convenía. Con solo un hombre para servir de cocinero, encargado de la limpieza y ayuda de cámara cuando recibía visitas, llevó aparatos científicos y se instaló temporalmente en el pueblo de Burdett's Corners mientras se construía su casa en el bosque.

Según todos los informes, la Cabaña, como él la llamaba, era un conjunto considerable de ocho o nueve habitaciones, construidas con troncos y madera comprada en Oak Grove. Se esperaba que Lee y Peggy pasaran una parte del año con él; abundaban las codornices, los pavos salvajes y los ciervos, lo que hacía que esas vacaciones fueran un placer para la pareja. En otras ocasiones, todas las habitaciones, salvo cuatro, estaban cerradas.

Esto fue en 1907, el año del matrimonio de Lee. Seis años después, cuando estuve allí, no quedaba rastro de la casa, salvo ciertas vigas retorcidas y podridas que sobresalían de la tierra viscosa, o lo que parecía tierra. ¡Y se había construido un muro de ladrillo de tres metros y medio para cerrar la casa por completo! ¡Una parte se había derrumbado hacia adentro!


II

Desperdicié semanas de tiempo entrevistando a funcionarios del departamento de policía de Mobile, a los alguaciles y sheriffs de los condados de Washington y Mobile, y a funcionarios del hospital psiquiátrico del que Cranmer escapó. En esencia, la historia trataba sobre una manía homicida sin fundamento. Cranmer, padre, había estado ausente hasta finales del otoño, asistiendo a dos congresos científicos en el norte, y luego viajó al extranjero para comparar algunos de sus hallazgos con los del doctor Gemmler, de la Universidad de Praga. Desafortunadamente, Gemmler fue asesinado poco después por un fanático religioso. El fanático expresó su virulenta objeción a toda la investigación mendeliana, considerándola blasfema. Esta fue su única defensa. Fue ahorcado.

La búsqueda de las notas y los efectos personales de Gemmler no reveló nada, salvo una inmensa cantidad de datos de laboratorio sobre cariocinesis: el proceso de ordenación cromosómica que ocurre en las primeras células en crecimiento de embriones de animales superiores. Al parecer, Cranmer esperaba encontrar algunas similitudes o señalar diferencias entre los factores hereditarios presentes en formas de vida inferiores y los que se manifestaban a medias en el gato y el mono. Las autoridades no encontraron nada que me ayudara. Cranmer se había vuelto loco; ¿no era esa una explicación suficiente?

Quizás lo fuera para ellos, pero no para mí, ni para Elsie.

Pero, en cuanto a la escasa base de datos que pude desenterrar, expongo lo siguiente: Nadie se extrañó cuando pasaron dos semanas sin que apareciera ningún habitante de la Cabaña. ¿Por qué preocuparse? Un vendedor de provisiones de Mobile llamó dos veces, pero simplemente se encogió de hombros. Los Cranmer se habían ido de viaje. En una semana, un mes, un año, volverían. Mientras tanto, él perdía comisiones, ¿pero qué importaba? No tenía ninguna responsabilidad por esos locos allá arriba, en los pinares. ¿Locos? ¡Claro! ¿Por qué un tipo con millones para gastar se encerraría entre los Cajanos y dibujaría en su cuaderno, ampliadas con microscopio, imágenes de lo que el vendedor llamaba «gérmenes»?

Al final de la quincena se armó un revuelo, pero la conmoción se limitó a los círculos de la construcción. Veinte vagones llenos de ladrillos, cincuenta albañiles y un cuarto de acre de alambre de malla fina —del tipo que se usa para apantallar corrales de roedores y pequeños marsupiales en un zoológico— fueron encargados por un hombre sin afeitar y andrajoso que se identificó con dificultad como John Corliss Cranmer.

Su aspecto era extraño, incluso entonces. Sin embargo, un cheque certificado por el importe total, entregado por adelantado, y otro cheque de un tamaño absurdo lanzado a un empresario laboral, acallaron las objeciones. Estos millonarios eran propensos a ser volubles. Cuando querían algo, lo querían al instante. Un hombre pobre habría sido desalojado en un día. El oro líquido de Cranmer lo protegió de las críticas.

Se construyó el muro circundante y se techó con una malla de alambre que se extendía alrededor del terreno bajo de la Cabaña. Las preguntas de los obreros quedaron sin respuesta hasta el último día.

Entonces Cranmer, que se mostró más andrajoso que un vagabundo del muelle, reunió a todos los obreros. En una mano sostenía un fajo de billetes. En la otra sostenía una Luger automática.

—¡Ofrezco mil dólares a cada uno por silencio! —anunció—. Como alternativa: ¡la muerte! Saben poco. ¿Consienten todos en jurar por su honor que nada de lo ocurrido aquí se mencionará en otro lugar? ¡Con esto me refiero a silencio absoluto! No volverán aquí a investigar nada. No se lo dirán a sus esposas. ¡No abrirán la boca ni siquiera en el estrado de los testigos si los llaman! Mil dólares por persona. ¡En caso de que uno de ustedes me traicione, les doy mi palabra que este hombre morirá! Soy rico. Puedo contratar hombres para cometer asesinatos. Bueno, ¿qué dicen?

Los hombres miraron con aprensión a su alrededor. La amenazante Luger los decidió. Aceptaron el dinero, y, salvo un testigo que perdió todo sentido de miedo y moralidad por la bebida, ninguno de los cincuenta y seis ha roto su promesa, que yo sepa. Ese albañil murió más tarde en pleno delirium tremens.

Podría haber sido diferente si John Corliss Cranmer no hubiera escapado.


III

Lo encontraron murmurando frases sin sentido sobre una ameba, una de las diminutas formas de vida protoplásmica que había estudiado. Se llenó de autoacusaciones histéricas. ¡Había asesinado a dos inocentes! La tragedia fue su crimen. ¡Los había ahogado en el cieno! ¡Ay, Dios! Por desgracia para todos los implicados, Cranmer, aturdido y completamente loco, decidió realizar una extraña farsa pescando a cuatro millas al oeste de su cabaña, en el otro extremo del Pantano Moccasin. Su ropa estaba hecha jirones, su sombrero había desaparecido y estaba cubierto de pies a cabeza con un lodo pegajoso. No era de extrañar que la buena gente de Shanksville, que nunca había visto al excéntrico millonario, no lo asociara con Cranmer.

Lo recogieron, le registraron los bolsillos, sin encontrar rastro alguno salvo una suma desorbitada de dinero, y luego lo pusieron bajo atención médica. Transcurrieron dos semanas antes de que el doctor Quirk reconociera que no podía hacer nada más por este paciente y notificara a las autoridades competentes. Entonces se perdió tiempo. Transcurrieron el caluroso abril y la mitad de un mayo aún más caluroso antes de que se ataran los cabos sueltos. De poco sirvió saber que este delirante era Cranmer, o que las dos personas a las que gritaba en un delirio inconexo habían desaparecido. Los alienistas lo absolvieron de responsabilidad. Fue confinado en una celda reservada para violentos.

Mientras tanto, sucedían cosas extrañas en la Cabaña, que ahora, con razón, se estaba convirtiendo en la Casa de los Muertos entre los habitantes del bosque. Sin embargo, hasta que uno de los muros se derrumbó, no había habido posibilidad de ver, a menos que uno tuviera la temeridad de trepar a uno de los altos robles o subirse a la propia barrera. ¡No se habían colocado puertas ni aberturas de ningún tipo en ese muro construido a toda prisa!

Para cuando cayó el lado oeste del muro, no quedaba ningún nativo en kilómetros a la redonda que temiera el lugar más que a las ciénagas insondables e infestadas de serpientes que se extendían al oeste y al norte.

Esta simple declaración fue todo lo que John Corliss Cranmer dio al mundo. Resultó suficiente. Se inició una búsqueda inmediata. Demostró que menos de tres semanas antes del día del ajuste de cuentas inicial, su hijo y Peggy habían ido a visitarlo por segunda vez ese invierno, dejando a Elsie en compañía de la pareja Daniels. Habían alquilado un par de Gordons para cazar codornices y habían salido. Esa fue la última vez que se los vio. El negro del bosque que los vio acechando una bandada detrás de sus dos perros no supo nada más, ni siquiera después de doce horas de sudar la gota gorda. Ciertas circunstancias sospechosas (relacionadas únicamente con su búsqueda habitual de transporte) hicieron que cayera bajo sospecha al principio. Lo descartaron.

Dos días después, el propio científico fue aprehendido: un idiota farfullante que dejó caer su caña, agarrado al anzuelo con cebo, en un pantano donde solo caimanes errantes o anfibios podrían haber sido atrapados. Su mente estaba casi muerta. Cranmer se encontraba entonces en el estado del drogadicto que se despierta y se sienta para preguntar seriamente cuántos bolcheviques mató Julio César antes de ser apuñalado por Bruto, o por qué los canarios solo cantaban los miércoles por la noche. Sabía que una tragedia lo había acechado en la vida, pero poco más, al principio.

Más tarde, la policía obtuvo la declaración de que había asesinado a dos seres humanos, pero nunca se pudo determinar el motivo ni los medios. La hipótesis oficial sobre los medios no era más que una conjetura descabellada; mencionaba haber atraído a las víctimas a las fétidas profundidades del Pantano Moccasin para que se hundieran.

Eran su hijo y su nuera, ¡Lee y Peggy!


IV

Fingiendo un coma —despertando para atacar a tres asistentes con increíble ferocidad y fuerza— John Corliss Cranmer escapó del Hospital Elizabeth Ritter. Cómo se escondió, cómo logró recorrer más de sesenta millas y aun así evitar ser detectado, sigue siendo un misterio que solo se explica suponiendo que su astucia maníaca bastó para burlar a mentes más sensatas.

Se suponía que había escapado como polizón en uno de los barcos bananeros o que se había enterrado en algún lugar de los bosques cercanos donde era desconocido. La verdad debería ser bienvenida por los habitantes de Shanksville, Burdett's Corners y alrededores, esos excusablemente prudentes que hasta el día de hoy mantienen a mano escopetas cargadas y atrincheran sus puertas al anochecer.

Los primeros diez días de mi investigación pueden ser resumidos brevemente. Establecí mi cuartel general en Burdett's Corners y salía cada mañana, llevando el almuerzo y regresando por mi sémola y mi cerdo o cordero antes del anochecer. Mi primer plan fue acampar al borde del pantano, pues rara vez me encontraba con la oportunidad de disfrutar del aire libre. Sin embargo, tras un rápido vistazo a las instalaciones, descarté la idea. No quería acampar solo allí. Y soy menos supersticioso que un agente inmobiliario. Fue, quizás, una advertencia psíquica; más probablemente, el extraño y tenue olor a sal, como a pescado en descomposición, que flotaba en las ruinas, causó una impresión demasiado desagradable en mi olfato. Sentía un escalofrío cada vez que las sombras que se alargaban me alcanzaban cerca de la Casa Muerta.

El olor me impresionó. En los artículos periodísticos sobre el caso se había encontrado una ingeniosa explicación. Detrás del lugar donde se alzaba la Casa Muerta, dentro del muro, había un hueco pantanoso de forma circular. Ahora solo quedaba un poco de barro en el fondo de la depresión con forma de cuenco, pero un reportero del equipo de The Mobile Register supuso que durante la ocupación del albergue había sido un estanque para peces. La desecación del agua había matado a los peces, que ahora impregnaban el lodo restante con este olor nauseabundo. La posibilidad de que Cranmer hubiera necesitado tener pescado fresco a mano para algunos de sus experimentos silenció la objeción natural de que, en una región donde cada arroyo alberga lucio, lubina, bagre y muchas otras variedades comestibles, a nadie se le ocurriría repoblar un charco estancado.

Después de recorrer el recinto, examinando la frágil y reseca capa superior de tierra, y especulando sobre el posible propósito del muro, corté una rama larga y sondeé el barro. Un fragmento de espina dorsal de pescado confirmaría la suposición de aquel imaginativo reportero. No encontré nada parecido a un esqueleto de piscal, pero establecí varios hechos. Primero, este cráter de lodo tenía un fondo definido a solo tres o cuatro pies por debajo de la superficie del lodo restante. Segundo, el hedor a pescado se intensificaba al removerlo. Tercero, en algún momento el lodo, el agua, o lo que fuera que compusiera el resto del contenido, había alcanzado el borde del cuenco. Esto último se notaba con ciertas marcas bastante evidentes al desprenderse la costra de cinco centímetros de la capa superior. Era desconcertante.

La naturaleza de ese efluvio delgado y desecado que parecía cubrirlo todo, incluso hasta los primeros treinta o sesenta centímetros de ladrillo, fue objeto de una nueva inspección. Era una materia extraña, diferente a cualquier tierra que hubiera visto, aunque sin duda se trataba de algún tipo de espuma que se drenó del pantano durante las crecidas de los ríos o los chaparrones (que en esta zona son bastante comunes en primavera y otoño). Se desmoronaba bajo los dedos. Al caminar sobre ella, crujía huecamente. También poseía un leve olor a pescado.

Tomé algunas muestras donde el suelo era más espeso, y otras donde parecía tener solo el grosor de una hoja de papel. Más tarde, haría un análisis de laboratorio. Aparte de cualquier posible relación que el material pudiera tener con la desaparición de mis tres amigos, sentí la atracción del interés por el artículo: esa curiosidad por cualquier cosa extraña o aparentemente inexplicable que confiere a la búsqueda de la verdad un encanto y un romanticismo propios. Tarde o temprano, me preguntaba por qué esta capa cubría todo el espacio interior de las paredes y no era perceptible en el exterior. Sin embargo, el enigma podía esperar, o eso decidí.

Mucho más interesantes eran las huellas de violencia en la pared y en lo que una vez fue una casa. Esta última parecía haber sido arrancada de sus cimientos por una mano gigante, aplastada hasta dejar de parecer una vivienda, y luego destrozada en fragmentos alrededor de la base de la pared, principalmente en el lado sur, donde abundaban montones de vigas retorcidas y rotas. En el lado opuesto hubo montones similares, pero ahora solo quedaban palos carbonizados, cubiertos con esa omnipresente capa negruzca de desecación. Las autoridades habían tamizado y examinado cuidadosamente estos montones de carbón, ya que se había propuesto la teoría de que Cranmer había quemado los cuerpos de sus víctimas. Sin embargo, no se encontró evidencia de restos humanos.

El incendio, sin embargo, reveló un hecho curioso que contradecía las reconstrucciones realizadas por los detectives. Estos, al sugerir que la escoria seca se había filtrado desde el pantano, creían que la madera de la casa había flotado hacia los lados del muro para apilarse allí. Lo absurdo de tal teoría se hacía aún más evidente al ver que, si la escoria se había filtrado en semejante inundación, ¡la madera seguramente había sido apilada previamente! Algunas se habían quemado, ¡y la escoria cubría sus superficies carbonizadas!

¿Qué fuerza había destrozado la cabaña como si estuviera envuelta en una furia rencorosa? ¿Por qué se quemaron sólo algunas partes de los restos?

Sentí que ahí estaba la clave del misterio, pero no podía imaginar ninguna explicación. Era difícil creer que el propio John Corliss Cranmer —físicamente sano, pero un hombre que durante décadas había llevado una vida sedentaria— hubiera podido llevar a cabo tal destrucción sin ayuda.


V

Volví mi atención hacia el muro, esperando encontrar evidencia que me indicara otra teoría. Ese muro había sido un ejemplo de la peor construcción. Aunque tenía poco más de un año, las partes que quedaban en pie mostraban indicios de que habían empezado a deteriorarse el día en que se colocó el último ladrillo. El mortero se había desprendido de los intersticios. Aquí y allá, algún ladrillo se había agrietado y desprendido. Las fibras de las enredaderas se habían infiltrado en las grietas, propiciando una destrucción prematura. Y un lado ya se había derrumbado.

Fue entonces cuando me asaltó la primera sospecha de la terrible verdad. Los ladrillos esparcidos, incluso los que habían rodado hacia el saliente de los cimientos, ¡no estaban cubiertos de escoria! Era curioso, pero podía explicarse con la suposición de que la propia inundación había socavado la parte más débil del muro. Retiré un montón de ladrillos del lugar donde se alzaba la estructura; para mi sorpresa, ¡la encontré excepcionalmente firme! ¡Debajo yacía arcilla roja y dura! La idea de la inundación era errónea; solo una gran fuerza, ejercida desde dentro o desde fuera, pudo haber causado tal destrucción.

Cuando una cuidadosa medición, análisis y deducción me convencieron —principalmente por el hecho de que las capas inferiores de ladrillo se habían derrumbado hacia afuera, mientras que las superiores se derrumbaron—, comencé a relacionar esta misteriosa y aterradora fuerza con la que había destrozado la Cabaña. Parecía como si un tifón o una gigantesca centrifugadora hubiera necesitado espacio para derribar la estructura de madera.

No llegué a ninguna parte con la teoría, aunque en la vida cotidiana se me considera un hombre con demasiadas tendencias imaginativas. Al menos tres editores me han advertido sobre este punto. Quizás fue la influencia limitante de una gran compasión personal —sí, y del amor—. No pongo excusas, aunque más allá de una vaga comprensión de que alguna fuerza terrible e implacable debió haber actuado, terminé mi noveno día de toma de notas e investigación casi tan a oscuras como lo había estado a mil millas de distancia, en Chicago.

Entonces empecé a trabajar entre los negros y los Cajanos. Escuché durante todo el día las historias de los días que precedieron a la fuga de Cranmer del Hospital Elizabeth Ritter; días en que hombres furtivos olfateaban aire envenenado a kilómetros de la Casa de los Muertos, encontrando el olor intolerable. Días en que parecía que nadie tenía el valor suficiente para acercarse. Días en que se contaban los cuentos más fantasiosos de supersticiones medievales. No contaré estos cuentos; la verdad es bastante increíble.

Al mediodía del undécimo día me encontré con Rori Pailleron, un Cajano, y uno de los menos atractivos de todos con quienes había tenido contacto. «Casualmente» quizás sea una mala palabra. Había enumerado a todos los habitantes del bosque en un radio de ocho kilómetros. Rori estaba en el decimosexto lugar de mi lista. Acudí a él después de entrevistar a los cuatro Crabber y a dos familias enteras de Pichon. Rori me miró con la mayor sospecha hasta que le regalé los dos cuartos de galón de licor que le había comprado a los Pichon.

Como la larga práctica me ha perfeccionado en la técnica de aparentar beber el horrible licor de otro —no, no soy un prohibicionista; el buen vino o el bourbon de doce años en barrica despiertan mi interés—, engañé a Pailleron desde el principio. Omitiré los preliminares y me lanzaré a la primera confesión suya: sabía más sobre la Casa Muerta y sus antiguos residentes que cualquiera de los otros negros o Cajanos de la zona.

—... Pero no hablo. ¡Sacre! Si abriera la boca, ¿qué podría salir? ¡Es por callar, con toda razón!...

Estuve de acuerdo. Era un hombre sabio, educado hasta cierto punto en las extrañas escuelas e iglesias mantenidas exclusivamente por Cajanos en lo más profundo del bosque, pero aun así ingenuo.

Bebimos. Y nunca tuve que hacerle otra pregunta capciosa. El licor le hacía querer interesarme; y lo único extraordinario en toda esta zona era la Casa de los Muertos. Tres cuartos de pinta de un fluido acre y nauseabundo, y él insinuó oscuramente. Una pinta, y me dijo algo que apenas podía creer. Otra media pinta... Pero daré su confesión de forma resumida.

Había conocido a Joe Sibley, el cocinero, criado y ayuda de cámara de los Cranmer. A través de Joe, Rori había proporcionado ciertos alimentos indispensables a la familia Cranmer. Al principio, estos artículos vendibles habían sido exclusivamente vegetales: nabo blanco y amarillo, batatas, maíz y frijoles, pero más tarde, ¡carne! Sí, carne sobre todo: corderos enteros, sacrificados y descuartizados, la variedad más basta de cerdo y ternera de los bosques de pino, ¡todo en inmensas cantidades!


VI

En diciembre del fatídico invierno, Lee y su esposa se alojaron en la Cabaña durante unos diez días. Iban de camino a Cuba, con la intención de estar fuera cinco o seis semanas. Su plan original había sido esperar un día o dos en el bosque de pinos, pero algo cambió el plan. Los dos se entretuvieron. Lee parecía estar absorto en algo, tanto que solo cuando Peggy insistió en continuar el viaje pudo irse. Fue durante esos diez días que empezó a comprar carne. Al principio, pocos trozos: un conejo, un par de ardillas, o quizás unas cuantas codornices, además de las que él y Peggy cazaron. Rori proporcionaba la carne, sin importarle nada más que el doble de precio que Lee pagaba, e insistía en mantener las compras en secreto para los demás miembros de la familia.

—¡Se lo voy a decir al gobernador, Rori! —dijo una vez con un guiño—. Le voy a dar el susto de su vida. Así que no debes revelarle, ni siquiera a Joe, lo que quiero que hagas. Quizás no funcione, pero si funciona... ¡Papá tendrá al mundo científico a sus pies! No se precia lo suficiente, ¿sabes?

Rori no lo sabía. No tenía ni la menor idea de lo que hablaba Lee. Aun así, si este joven rico e idiota quería pagarle medio dólar por una codorniz que cualquiera, incluido él mismo, podría derribar con munición de cinco centavos. Rori se conformaba con callarse. Cada noche traía algo de caza menor. Y cada día Lee Cranmer parecía necesitar una codorniz más o menos...

Cuando estaba listo para partir hacia Cuba, Lee le hizo la más extraña de las propuestas. ¡Casi susurró su vehemencia y su deseo de secreto! Se lo diría a Rori y le pagaría al Cajano quinientos dólares —la mitad por adelantado y la otra mitad al cabo de cinco semanas, cuando Lee regresara de Cuba—, ¡siempre que Rori accediera a adherirse estrictamente a cierto programa secreto! El dinero era más que una fortuna para Rori; una riqueza inimaginable. El Cajano accedió.

—Me estaba contando entonces cómo el viejo había criado una mascota —confesó Rori—, y quería librarse de ella. Así que se la dio a Lee, diciéndole que la matara, pero Lee se empeñó en engañarlo. Lo que te pregunto es, ¿qué clase de mascota es esa que vive en un pozo de barro y se come un par de salchichas cada noche?

No me lo podía imaginar, así que le presioné para que me diera más detalles. ¡Por fin había algo que parecía una pista!

Realmente sabía muy poco. El acuerdo con Lee estipulaba que si Rori cumplía con las disposiciones al pie de la letra, se le pagaría un extra, según su exorbitante escala de gastos adicionales, a su regreso. El joven le dio un horario diario que Rori le mostró. Cada noche debía conseguir, sacrificar y cortar una cantidad definida —y creciente— de carne. Cada artículo era revisado, ¡y vi que variaban desde cinco libras hasta cuarenta!

—¡Qué demonios hiciste con la carne! —pregunté, ahora excitado, y le serví otro trago por temor a que volviera a la cautela.

—La llevé por los arbustos de atrás y la tiré al lodo. ¡Y algo subió y se la llevó!

—¿Un caimán?

—¡Diablos! ¿Cómo voy a saberlo? Estaba oscuro. No me acercaría —se estremeció, y los dedos que levantaron su vaso temblaron como si sintieran un frío repentino—. Quizás lo hubieras hecho tú, ¿eh? ¡Yo no! El joven me dijo que lo tirara, y lo tiré. Un par de veces me acerqué con la luz, pero no se veía nada. Solo barro y un poco de agua. Quizás no salía de día…

—Quizás no —asentí, esforzándome por imaginar qué podría haber sido la siniestra mascota de Lee—. ¿Pero dijiste algo sobre dos cerdos al día? ¿Qué quisiste decir con eso? Este papel prueba que dices la verdad hasta ahora, dice que al trigésimo quinto día debías echar 20 kilos de carne, de cualquier tipo. ¡Dos cerdos, incluso los de pino, pesan mucho más de 20 kilos!

—¡Eso fue después… después de que regresara!

A partir de ese momento, el relato de Rori se enredó cada vez más con las divagaciones propias del mal licor. Relataré su historia sin intentar reproducir más barbaridades verbales ni las ocasionales insistencias que tuve que darle para evitar que divagase en jerga absurda.

Lee había pagado generosamente. Su única objeción a la forma en que Rori había cumplido sus órdenes era que estas habían sido deficientes. La mascota, dijo, había crecido enormemente. Tenía hambre. El propio Lee había complementado la comida con enormes cubos de sobras de la cocina. Desde ese día, Lee le compró a Rori ovejas y cerdos enteros. El Cajano siguió trayendo los cadáveres al anochecer, pero Lee ya no le permitía acercarse al estanque. El joven parecía eternamente excitado. Tenía un secreto tremendo, uno cuya magnitud ni siquiera su padre adivinaba, ¡y que asombraría al mundo! Solo una o dos semanas más y lo revelaría. Primero tendría que organizar ciertos datos.

Entonces llegó el día en que todos desaparecieron de la Casa de los Muertos. Rori regresó varias veces, pero concluyó que todos los ocupantes habían plegado sus tiendas y se habían marchado, sin duda llevándose consigo a su misteriosa «mascota». Solo cuando vio desde lejos a Joe, el sirviente rojizo, regresando a pie por el camino hacia la Cabaña, sus lentos procesos mentales comenzaron a fermentar. Esa tarde, Rori visitó el extraño lugar por penúltima vez.

No fue a la Cabaña en persona, y había razones para ello. ¡A cientos de metros del lugar, un grito terrible y prolongado llegó a sus oídos! Era una voz débil, pero inconfundible. Rori metió un par de cartuchos en la recámara de su escopeta y se apresuró a seguir su camino habitual entre la maleza. Vió —y, como me contó, incluso la borrachera más leve desapareció de su parloteo— a Joe, el octogenario. Sí, estaba en el patio, lejos del charco donde Rori había arrojado los cadáveres, ¡y Joe no podía moverse!

Rori no pudo explicarlo con detalle, pero algo, una cosa viscosa y amorfa, que brillaba a la luz del sol, ¡ya lo había envuelto hasta los hombros! Se quedó sin aliento. El rostro contorsionado de Joe se retorcía de horror y asfixia. Una mano —¡lo único que le quedaba libre!— golpeó débilmente la cosa gomosa y translúcida que envolvía su cuerpo.

Entonces desapareció de la vista...


VII

Pasaron cinco días de excesos antes de que Rori, solo en su miserable choza, se convenciera de haber visto una fantasía nacida del alcohol. Regresó la última vez, ¡y se encontró con un alto muro de ladrillo que rodeaba la Cabaña, incluyendo el charco de barro donde había arrojado la carne!

Mientras dudaba, dando vueltas alrededor del lugar sin descubrir una abertura —que no se habría atrevido a usar, incluso de haberla encontrado—, un crujido de vigas, un persistente sonido de sobrecogedora destrucción provenía del interior. Se subió a uno de los robles cerca del muro. ¡Y llegó justo a tiempo de ver cómo los últimos puntales de la Cabaña cedían!

Toda la estructura se derrumbó. El techo también, ¡pero pareció moverse después de caer!

Eso fue todo. Borracho como una cuba, Rori murmuró más frases, dándome la idea de que otro día, cuando recuperara la sobriedad, podría añadir más cosas, pero a mí, atontado hasta el alma, me daba igual. Si lo que contaba era cierto, ¡qué pesadilla de locura se habría consumado allí!

Ahora podía imaginar algunas cosas que concernían a Lee y Peggy, cosas horribles. Solo el recuerdo de Elsie me mantuvo con la vista puesta en la búsqueda; pues ahora parecía casi preferible la obra de un loco a lo que Rori afirmaba haber visto. ¿Qué había sido esa cosa siniestra y translúcida? ¿Esa cosa brillante que saltaba alrededor de un hombre, asfixiándolo, envolviéndolo?

Curiosamente, aunque la teoría que ahora me venía con más facilidad, me habría ultrajado la razón si se hubiera referido a completos desconocidos, me pregunté únicamente qué detalles de la revelación de Rori habían sido exagerados por el miedo y los vapores del alcohol. Y mientras estaba sentada en el banco crujiente de su choza, mirándolo sin ver cómo se tambaleaba hacia el suelo, buscando a tientas una caja de hojalata verde que yacía debajo de su catre: ¡murmurando la respuesta a todas mis preguntas estaba al alcance de la mano!

Sin embargo, no fue hasta el día siguiente que lo descubrí. Con el corazón abatido, reexaminé el lugar donde había estado la Cabaña y luego me dirigí de nuevo a la choza del Cajano, buscando una confirmación seria de lo que me había dicho durante la borrachera. Pero, al imaginar que semejante juerga terminaría en una sola noche, me equivoqué. Yacía despatarrado casi como lo había dejado. Solo dos factores cambiaron. No quedaba nada, y abierta, con su contenido esparcido por todas partes, estaba la caja de hojalata. Rori, de alguna manera, había logrado abrirla con la llavecita aún aferrada en la mano.

Solo la preocupación por su seguridad fue lo que me hizo fijarme en la caja. Era un receptáculo para pequeños aparejos de pesca, como los que cualquier deportista llevaba de vez en cuando. Marañas de pececillos Dowagiac, anzuelos de carrete de distintos tamaños hasta anzuelos de 8 con dorso plateado; tres carretes con sedal de diferentes pesos, cucharillas, cañas de pescar, señuelos flotantes, todo estaba desparramado sobre el suelo de tablones rugosos. Los recogí para evitarle un accidente.

Sin embargo, me detuve en seco. Algo me había llamado la atención: ¡algo que yacía al ras del fondo de la caja! Me quedé mirando y luego, rápidamente, arrojé los ganchos y demás impedimentos sobre la mesa. ¡Lo que había vislumbrado allí en la caja era un cuaderno de hojas sueltas, de esos que se usan para registrar datos de laboratorio! ¡Y Rori apenas sabía leer, y mucho menos escribir!

Febrilmente, con un torbellino de reconocimiento, conjeturas, esperanza y miedo bullendo en mi cerebro, agarré el libro y lo abrí. Supe al instante que era el final. Las páginas estaban garabateadas a lápiz, pero la caligrafía era tan precisa que la reconocí como la de John Corliss Cranmer, el científico.

«... ¿Cómo no habría obedecido mis instrucciones? ¡Dios mío! Esto... »

Estas fueron las palabras en la parte superior de la primera página que vi.

Dado que el conocimiento de las circunstancias, cuyo relato le sonsaqué al reticente Rori solo unos días después, cuando lo tuve en Mobile como testigo policial para la reivindicación de mi amigo, es necesario para comprenderlo, voy a interpolar.

Rori no me lo había contado todo. En su última visita a las inmediaciones de la Casa Muerta, vio más. Una figura agachada, sentada a la turca sobre la pared, parecía escribir con diligencia. Rori reconoció al hombre como Cranmer, pero no lo saludó. No tuvo oportunidad. Justo cuando el Cajano se acercó, Cranmer se levantó, metió el cuaderno, que había descansado sobre sus rodillas, en la caja. Luego se giró y arrojó fuera de la pared tanto la caja cerrada como una cinta a la que estaba sujeta la llave. Entonces, sus brazos se alzaron hacia el cielo. Durante cinco segundos, pareció invocar la misericordia de un Poder que estaba más allá de toda introspección científica humana. ¡Y finalmente saltó, dentro...!

Rori no subió a investigar. ¡Sabía que justo debajo de esa porción de pared se encontraba el pozo de barro en el que había arrojado los trozos de carne!


VIII

Esta es una transcripción fiel de la declaración que escribí, que relata la secuencia de los hechos reales en la Casa de la Muerte. El original se encuentra ahora en los archivos del departamento de detectives.

El cuaderno de Cranmer, aunque escrito con letra precisa, delataba la locura del hombre por su incoherencia y frecuentes repeticiones. Mi declaración ha sido aceptada tanto por alienistas como por detectives que habían barajado diferentes teorías sobre el caso. Desmiente las insinuaciones y sospechas sobre tres de los mejores estadounidenses de todos los tiempos, y también una extraña suposición sobre las presuntas tendencias criminales del pobre Joe, el octogenario.

¡John Corliss Cranmer perdió la razón!

Como bien saben los lectores de ficción popular, la especialidad de Lee Cranmer era escribir lo que se conoce —entre los expertos— como la historia pseudocientífica. En pocas palabras, se trata de una historia basada en hechos concretos en el campo de la astronomía, la química, la antropología y demás, que lleva a su conclusión lógica teorías no demostradas de hombres que dedican sus vidas a la búsqueda de nuevos puntos débiles.

En cierto modo, estos hombres son aliados de la ciencia. A menudo visualizan algo que ni siquiera los mejores hombres han imaginado, abriendo así nuevos horizontes de posibilidades. En gran medida, Julio Verne fue uno de estos hombres en su época; Lee Cranmer se comprometió a continuar la obra con dignidad; una obra que un inglés llamado Wells retomó pero abandonó por historias de un tipo diferente y, en mi humilde opinión, menos absorbente.

Lee escribió tres novelas, todas publicadas, que abordaron estos temas: dos de ellas provenientes de la labor de su padre, y la otra especulando sobre el descubrimiento y los posibles usos de la energía interatómica. Tras el regreso de John Corliss Cranmer de Praga aquel invierno fatal, su padre le informó a Lee que se podía explorar un tema más trascendental que cualquiera de los que el joven había abordado hasta entonces. Cranmer, padre, había ideado una forma de anular los factores limitantes de la vida y el crecimiento protozoario; con el tiempo, y con la colaboración de biólogos especializados en cariocinesis y embriología de formas superiores, esperaba —para expresar la teoría en términos pragmáticos— poder criar cerdos del tamaño de elefantes, codornices o becadas con pechugas de las que se pudiera extraer un quintal de carne blanca, y novillos cuyas cabezas descornadas podrían chocar contra el tercer piso de un rascacielos.

Este resultado revolucionaría los métodos de suministro de alimentos, por supuesto. También representaría una esperanza para todos los especímenes humanos de tamaño inferior al normal, siempre y cuando, si se pudieran eliminar los factores que inhiben el crecimiento.

Cranmer, padre, mediante el uso de un cultivo no descrito (en el cuaderno), uno de cuyos componentes era agar y emanaciones de radio, había logrado un crecimiento aparentemente sin restricciones en el protozoo paramecio, en algunos de los crecimientos vegetales (entre ellos, bacterias) y en la célula amorfa de protoplasma conocida como ameba; esta última, una sola célula que contiene únicamente núcleo y un espacio conocido como vacuola contráctil, que de alguna manera ayudaba a expulsar partículas imposibles de asimilar directamente. Este punto puede recordarse con respecto a los montones de madera abandonados cerca de los muros exteriores que rodean la Casa de los Muertos.

Cuando Lee Cranmer y su esposa vinieron al sur de visita, John Corliss Cranmer le mostró a su hijo una ameba —normalmente un organismo visible con un microscopio de baja potencia— a la que había liberado de las inhibiciones naturales de crecimiento. Esta ameba, una masa gomosa y amorfa de protoplasma, tenía entonces el tamaño de un hígado de res grande. Podría haberse sostenido con dos manos ahuecadas, una al lado de la otra.

—¿Cuánto podría crecer? —preguntó Lee, con los ojos abiertos e interesado.

—Que yo sepa —respondió su padre—, ¡ahora no hay límite! ¡Podría, si se alimentara lo suficiente, llegar a ser tan grande como el Templo Masónico!

—Pero sáquenla y mátenla. Destruyan el organismo por completo, quemando los fragmentos; de lo contrario, no hay forma de saber qué podría pasar. La ameba, como ya he explicado, se reproduce por simple división. Cualquier fragmento restante podría ser peligroso.

Lee tomó la célula gigante, gomosa y translúcida, pero no obedeció las órdenes. En lugar de destruirla como le había indicado su padre, ideó un plan. ¿Y si lograba que este organismo creciera hasta alcanzar un tamaño descomunal? ¿Y si, al difundirse la historia del logro de su padre, aparecía una ameba de muchas toneladas? Lee, de mentalidad algo sensacionalista, decidió al instante mantener en secreto que no estaba destruyendo el organismo, sino fomentando su crecimiento. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de un posible peligro.

Se las arregló para que lo alimentaran, permitiendo así el crecimiento normal de un ser anormal. Lo engañó solo porque creció mucho más rápido. Cuando regresó de Cuba, la ameba prácticamente llenó la cavidad del lodo. Tuvo que proporcionarle muchos más suministros...

La célula gigante llegó a absorber hasta dos cerdos en un solo día. Sin embargo, durante el día, mientras el hambre aún estaba saciada, nunca emergía. Eso se mantuvo mientras no pudiera conseguir más alimento a mano. para saciar su voraz y creciente apetito.

Solo su instinto sensacionalista impidió que Lee le contara a Peggy, su esposa, todo el asunto. Lee esperaba dar un golpe que inmortalizara a su padre y sorprendiera a su esposa de forma espectacular. Por lo tanto, se guardó sus secretos y llegó a un acuerdo con el Cajano, Rori, quien proveía de comida diariamente al monstruo informe de la piscina.

La tragedia misma llegó repentina e inesperadamente. Peggy, alimentando a los dos setters Gordon que Lee y ella usaban para cazar codornices, estaba en el patio de la cabaña antes del atardecer. Correteaba sola, mientras Lee se vestía. ¡De repente, sus gritos cortaron el aire quieto! Sin que ella lo supiera, seudópodos de tres metros —esos tentáculos de protoplasma fluidos lanzados por el siniestro ocupante de la piscina— se deslizaron alrededor de sus tobillos enfundados en polainas.

Por un momento, al principio, no comprendió. Luego, ante la horrible sospecha de la verdad, sus gritos rasgaron el aire. Lee, que en ese momento luchaba por atarse los zapatos, se enderezó, palideció y agarró un revólver mientras salía corriendo. En otra habitación, un científico, absorto en sus notas, levantó la vista, frunció el ceño y, al reconocer la voz, se quitó la bata blanca y salió. Era demasiado tarde para hacer otra cosa que jadear de horror.

En el patio, Peggy estaba medio envuelta en una sustancia escamosa y gomosa que al principio no pudo analizar. Lee, su hijo, luchaba con los pliegues pegajosos y, lenta pero seguramente, ¡perdía el contacto con la tierra!


IX

John Corliss Cranmer no era en absoluto un cobarde; se quedó mirando, gritó y luego corrió, apoderándose de las dos primeras armas que tuvo a mano: una escopeta y un cuchillo de caza que yacía envainado en un cinturón. El cuchillo medía veinticinco centímetros de largo y era afilado como una navaja. Cranmer salió corriendo de nuevo. Vio un fluido indecente, algo que aún no había tenido tiempo de clasificar, amontonado en un centro de dos metros de altura. ¡Parecía uno de los microorganismos que había estudiado! Uno que había alcanzado dimensiones aterradoras. ¡Una ameba!

Allí, asfixiados durante unos minutos entre los pliegues gomosos, pero aún visibles bajo el reluciente exudado de este monstruo, había dos cuerpos. Estaban muertos. Lo sabía. Sin embargo, atacó al monstruo fluido e insensible con su cuchillo. Disparar no serviría de nada. Y descubrió que incluso los profundos y terribles cortes de su cuchillo se cerraban en un instante y sanaban. ¡El monstruo era invulnerable a un ataque común!

Un par de seudópodos buscaron sus tobillos, intentando derribarlo. Los cercenó y escapó. ¿Por qué lo intentó? No lo sabía. Los dos a quienes había intentado rescatar estaban muertos, enterrados bajo los pliegues de esa cosa horrible que sabía que era su propio descubrimiento e invención.

Entonces fue cuando la repulsión y la locura lo invadieron.

Así terminaba la historia de John Corliss Cranmer, salvo por un párrafo garabateado a toda prisa, evidentemente escrito cuando Rori lo vio en lo alto del muro.

¿No podemos asegurar los pasos intermedios?

Se sabía que Cranmer compró un corral entero de cerdos uno o dos días después de la tragedia. Nunca más se volvió a ver a estos animales. Durante la construcción del muro, ¿no es razonable suponer que alimentó al gigantesco organismo interior para acallarlo? Su mente científica debió visualizar con claridad los estragos y el horror que podría causar esa repugnante criatura si el hambre la impulsaba a huir de la Cabaña y a depredar el campo.

Una vez construido el muro, evidentemente imaginó que la inanición o cualquier otro medio que pudiera proporcionar lo mataría. Uno de los medios había sido prender fuego a varias pilas de madera desprendida; probablemente esto no tuvo ningún efecto. La ameba iba a causar aún más destrucción. En medio del hambre, lanzó su gigantesca e informe fuerza contra los muros desde el interior; entonces, cada bocado comestible del interior fue asimilado por la casa, y los troncos, vigas y otros fragmentos fueron extraídos a través de la vacuola contráctil.

Durante algunos de sus últimos esfuerzos, sin duda, el muro lateral de ladrillo se debilitó, pero no se derrumbó hasta que la ameba gigante ya no pudo aprovechar la brecha. En el letargo final, la ameba se extendió formando una fina capa sobre el suelo. Allí sucumbió, aunque no hay forma de calcular cuánto tiempo transcurrió.

El último párrafo del cuaderno de Cramer, tan mal garabateado que es posible que no haya descifrado bien algunas palabras, dice así:

«En mi trabajo he encontrado la manera de crear un monstruo. Lo antinatural, a su vez, ha destruido mi trabajo y a mis seres queridos. Es en vano que me afirme en mi inocencia de espíritu. El mío es el delito de la presunción. Ahora, como expiación, por inútil que sea, me entrego.»

Es mejor no pensar en ese último salto, ni en la lucha de un hombre demente en las garras del monstruo moribundo.

Anthony M. Rud (1893-1942)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Anthony M. Rud.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Anthony M. Rud: Ooze (Ooze), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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