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«Los familiares»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.


«Los familiares»: H. P. Lovecraft; poema y análisis.




«Solía perder el tiempo con unos libros extraños
que encontró en el ático,»



Los familiares (The Familiars) es un poema gótico del escritor norteamericano H. P. Lovecraft (1890-1937), publicado originalmente en la edición de julio de 1930 de la revista Driftwind, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1943: Más allá del muro del sueño (Beyond the Wall of Sleep).

Los familiares, uno de los poemas de Lovecraft menos conocidos, pertenece al ciclo Hongos de Yuggoth (Fungi from Yuggoth), y nos lleva de regreso a una zona geográfica crucial en los Mitos de Cthulhu: Dunwich.


John Whateley vivía a una milla del pueblo,
allá donde las colinas comienzan a agruparse;
nunca pensé que fuera muy inteligente,
viendo como su granja llegó a deteriorarse.
Solía perder el tiempo con unos libros extraños
que encontró en el ático,
hasta que le salieron arrugas en la cara,
y la gente decía que no les gustaba su aspecto.

Cuando empezó a aullar por la noche,
decidimos que lo mejor era mantenerlo a salvo,
así que tres hombres de la granja de Aylesbury
fueron a buscarlo, pero volvieron solos y asustados.
Lo encontraron hablando con dos criaturas agazapadas
que, al oír sus pasos, en alas negras se fueron volando.


Los «familiares» del título aparecen fugazmente como «dos cosas agazapadas» con «grandes alas negras». La categoría «familiar» se inscribe en la tradición de la brujería, en la cual existen ciertos espíritus menores que asisten a las brujas y nigromantes en sus tratos con entidades más poderosas [ver: Los espíritus familiares en la brujería]

Lovecraft menciona a un tal John Whateley en el centro de la acción. Podría tratarse del Viejo Whateley de El horror de Dunwich (The Dunwich Horror), un practicante de las artes negras que cría a un nieto híbrido, Wilbur Whateley, para liberar a los Primigenios, aunque en ningún momento se sugiere que su nombre fuera «John». De todos modos, el nombre resuena, por lo que el flaco de Providence seguramente lo utilizó con esa intención.

Wilbur Whateley, mitad humano, mitad estirpe de Yog-Sothoth, madura anormalmente rápido y, movido por su herencia, intenta abrir un portal a dimensiones superiores. Tal vez John Whateley es un pariente cercano, teniendo en cuenta que este es un linaje degenerado de la zona rural de Dunwich [ver: Las «familias extrañas» de Lovecraft]. De hecho, El horror de Dunwich localiza la granja del Viejo Whateley a una distancia remota del pueblo, mientras que el poema sitúa la granja de John Whateley a solo una milla de Dunwich [*], por lo que bien podrían tratarse de dos individuos distintos de la misma familia, área, y evidentemente con la misma afición por los «libros extraños», en particular por el Necronomicón.

En efecto, el Vejo Whateley utiliza una versión incompleta del Necronomicón y logra que Yog-Sothoth fecunde a su hija, Lavinia, quien engendraría al híbrido Wilbur Whateley [ver: La Biblia de Yog-Sothoth: análisis de «El horror de Dunwich»]

[*] Ahora bien, la granja del relato es, en realidad, una gran casa de campo situada en la ladera de una colina [el pueblo ficticio de Aylesbury también aparece en El horror de Dunwich]. Lovecraft emplea la palabra «remota», aunque de hecho está a cuatro millas del pueblo, pero solo a una milla y media de la vivienda más cercana. El John Whateley de Los familiares está «a una milla del pueblo», lo cual deja las cosas en un limbo de interpretación. Este Whateley puede o no ser el Whateley de El horror de Dunwich, pero definitivamente están relacionados. Pensemos que el Viejo Whateley poseía una gran colección de «libros antiguos y fragmentos de volúmenes podridos», los cuales podrían ser los «libros extraños» que el John Whateley de Los familiares «encontró en el ático de su casa».

Dicho esto, John Whateley es quizás un ancestro del Viejo Whateley, ya que este último heredó su biblioteca a través de dos siglos de presencia de la familia en la zona. En algún punto de esa línea temporal puede situarse a John.

Tradicionalmente, las brujas utilizaban familiares en calidad de ayudantes o asistentes en la práctica mágica, y a veces como intermediarios con fuerzas sobrenaturales. En las historias de Lovecraft a menudo asumen la forma de tutores o instructores que ayudan al practicante a aprender el oficio, o en el caso del Viejo Whateley, a comprender el Necronomicón e invocar correctamente a Yog-Sothoth. Otra diferencia es que los familiares de la brujería asumen la forma de gatos y pájaros, y en raras ocasiones se muestran como homúnculos; mientras que Lovecraft despliega dos figuras demoníacas con «grandes alas negras», aunque en Sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House) utiliza un familiar clásico, a quien describe como un «pequeño y ágil objeto peludo» [ver: Brujería no euclidiana: análisis de «Los sueños en la casa de la bruja»]




Los familiares.
The Familiars, H. P. Lovecraft (1890-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


John Whateley vivía a una milla del pueblo,
allá donde las colinas comienzan a agruparse;
nunca pensé que fuera muy inteligente,
viendo como su granja llegó a deteriorarse.
Solía perder el tiempo con unos libros extraños
que encontró en el ático de su casa,
hasta que le salieron arrugas raras en la cara,
y la gente decía que no les gustaba su aspecto.

Cuando empezó a aullar por la noche,
decidimos que lo mejor era mantenerlo a salvo,
así que tres hombres de la granja de Aylesbury
fueron a buscarlo, pero volvieron solos y asustados.
Lo encontraron hablando con dos criaturas agazapadas
que, al oír sus pasos, en alas negras se fueron volando.


John Whateley lived about a mile from town,
Up where the hills began to huddle thick;
We never thought his wits were very quick,
Seeing the way he let his farm run down.
He used to waste his time on some queer books
He’d found around the attic of his place,
Till funny lines got creased into his face,
And folks all said they didn’t like his looks.

When he began those night-howls we declared
He’d better be locked up away from harm,
So three men from the Aylesbury town farm
Went for him—but came back alone and scared.
They’d found him talking to two crouching things
That at their step flew off on great black wings


H. P. Lovecraft (1890-1937)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de H. P. Lovecraft.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de H. P. Lovecraft: Los familiares (The Familiars), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Soneto de los muertos insomnes»: Anthony Boucher; poema y análisis.


«Soneto de los muertos insomnes»: Anthony Boucher; poema y análisis.




«Y entonces vi (este fue el cuchillo
que liberó mi mente de la frágil red de la cordura)
sus ojos, demasiado brillantes con aquello que no era vida.»



Soneto de los muertos insomnes (Sonnet of the Unsleeping Dead) es un poema gótico del escritor norteamericano Anthony Boucher (1911-1968), publicado bajo el seudónimo William Anthony Parker White en la edición de marzo de 1935 de la revista Weird Tales. Más tarde sería reeditado por August Derleth en la antología de Arkham House 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Soneto de los muertos insomnes, uno de los poemas de Antony Boucher menos conocidos, combina varios tropos de la literatura gótica al recrear una escena que parece sacada de un cuento de Edgar Allan Poe.


Aquella noche, cuando el clamor del mar
se unió al repiqueteo de la lluvia
para cubrir su tumba recién excavada,
pensé con angustia que jamás
volvería a conocer la desesperación.
Viudo de belleza, decidí
llevar el horror a mi lecho solitario.
Entonces, versado en conocimientos arcanos,
resolví el enigma de la vida y la muerte.
Se pronunciaron las últimas palabras perdidas
y se aplicaron los últimos ungüentos sobre la carne rígida.
Su gélida estancia más allá de la tumba había terminado;
se movía. Y entonces vi (este fue el cuchillo
que liberó mi mente de la frágil red de la cordura)
sus ojos, demasiado brillantes con aquello que no era vida.


El Orador de Soneto de los muertos insomnes nos sitúa en «aquella noche», cerca del mar [su «clamor» es audible], durante una tormenta. Estamos frente a la tumba recientemente profanada de una mujer.

El Orador decide exhumar el cuerpo de su amada y llevarlo a su «lecho solitario». Entonces, afirma, emplea sus «conocimientos arcanos», aquellos que le permitieron resolver «el enigma de la vida y la muerte», para traerla de regreso a la vida. Pronuncia «las últimas palabras» del rito, aplica «los últimos ungüentos sobre la carne rígida» y, de repente, la muerta se mueve.

Entonces, como si el horror del retorno de la tumba no fuera suficiente, el Orador observa algo en la mujer que arrebata su «mente de la frágil red de la cordura». Los ojos de la mujer brillan «con aquello que no era vida».

El Orador de Soneto de los muertos insomnes es un reanimador de cadáveres, pero no al estilo de Victor Frankenstein, que emplea la ciencia y la tecnología para llevar a cabo sus experimentos. En cambio, utiliza «conocimientos arcanos», es decir, la nigromancia, a través de «palabras» [mágicas] y «ungüentos» [ver: Nigromancia: el arte de invocar a los muertos y regresarlos a la vida]. Tampoco parece haber nada especial en el lugar de entierro de la mujer. No estamos en un Cementerio de animales, es decir, en una tierra con atributos especiales.

En todo caso, el Orador bordea la misma línea de algunos cuentos macabros de E.A. Poe, como Berenice, Morella y Ligeia, aunque desconocemos los motivos de la exhumación [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]. También se aleja de Poe en otro punto: el Orador pierde la «cordura» recién cuando la reanimada abre los ojos y estos brillan «con aquello que no era vida»; es decir, con un tipo de existencia intermedia, una no-muerte [ver: No-Muertos en el folklore y la psicología]. Esto implica que durante todo el proceso de exhumación y rituales [en los cuales se incluye la aplicación de «ungüentos» sobre el cadáver] el hombre permaneció en dominio de sus facultades; por lo que puede deducirse que se trata de un individuo curtido. Lo que sea que haya brillado en los ojos debió ser terrible.

Otra interpretación podría afirmar que esta «locura» a la que accede el Orador toca otra cuerda de E.A. Poe cuando habla de «la locura como sublime forma de la inteligencia». En este sentido, el horror final de la reanimación se convierte en sabiduría. El Orador pierde la cordura y accede a un grado de conocimiento que solo puede coexistir con la locura [ver: E.A. Poe y la Locura como sublime forma de la inteligencia]

Tal vez el Orador sea simplemente un imprudente estudioso de las artes negras que, desesperado por la muerte de su amada, decide revivirla una noche de tormenta. Después de todo, el resultado final lo sorprende, por lo que es lícito suponer que se trata de su primer procedimiento []habida cuenta que pierde la cordura en este]. Sin embargo, algunos elementos en el poema hacen pensar otra cosa. Por ejemplo, el hecho de que el Orador lleve a su cama a la muerta [dice: «mi lecho solitario»], le susurre palabras mágicas, unte su cuerpo desnudo con sustancias, y ella, después de toda esa agitación, de pronto se mueva, entreabra los ojos y revele un destello inusual en el humor vítreo, podría ser el resultado de otro tipo de maniobras detestables, además de la magia negra [ver: El cuerpo de la mujer en el Gótico]




Soneto de los muertos insomnes.
Sonnet of the Unsleeping Dead, Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Aquella noche, cuando el clamor del mar
se unió al repiqueteo de la lluvia
para proteger su tumba recién excavada,
pensé con angustia que jamás
volvería a conocer la desesperación.
Viudo de belleza, decidí
llevar el horror a mi lecho solitario.
Entonces, versado en conocimientos arcanos,
resolví el enigma de la vida y la muerte.
Se pronunciaron las últimas palabras perdidas
y se aplicaron los últimos ungüentos sobre la carne rígida.
Su gélida estancia más allá de la tumba había terminado;
se movía. Y entonces vi (este fue el cuchillo
que liberó mi mente de la frágil red de la cordura)
sus ojos, demasiado brillantes con aquello que no era vida.


That night when all the clamor of the sea
met with the pelting clatter of the rain
to guard her fresh-dug tomb, despairingly
I thought I could not know despair again.
The widower of beauty, I resolved
to take fair horror to my lonely bed.
Now wise in arcane learning, I had solved
the riddle of the living and the dead.
The last lost words were spoken, and the last
unguents bestowed upon the rigid flesh.
Her chill sojourn beyond the tomb was past;
she moved. And then I saw (this was the knife
which freed my mind from sanity's frail mesh)
her eyes too bright with that which was not life.


Anthony Boucher (1911-1968)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Anthony Boucher.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Anthony Boucher: Soneto de los muertos insomnes (Sonnet of the Unsleeping Dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» [Samuel Coleridge]


«En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» de Samuel Coleridge.




«En el roce de este pecho se obra un hechizo.»



Hoy en El Espejo Gótico analizaremos el poema de Samuel Taylor Coleridge: Christabel (Christabel), publicado en 1816 junto a Kubla Khan (Kubla Khan) y Los dolores del sueño (The Pains of Sleep). Antes de entrar en el poema es importante mencionar que se trata de una pieza dividida en dos partes. La primera fue escrita en 1797, y la segunda en 1800. Coleridge planeó tres partes más, que nunca se completaron.

Resumen:

Coleridge comienza hablando de sir Leoline, un poderoso barón muy apegado a su perra, una mastín que tiene la costumbre de responder al reloj del castillo. Cuando aúlla, dicen, la perra es capaz de ver el espíritu de la difunta baronesa. Pero el verdadero orgullo de sir Leoline es lady Christabel, su hija, que en esta medianoche camina sola por el bosque. Encuentra un viejo y robusto roble, se arrodilla ante él y reza por la salvación de su prometido; sin embargo, un lastimoso gemido interrumpe sus plegarias. Detrás del árbol hay una mujer vestida de blanco, descalza, pero con ricas gemas en su cabello.

Con una voz delicada, musical, le dice a Christabel que su nombre es Geraldine. Según cuenta, fue secuestrada por un grupo de caballeros. Logró deshacerse de ellos pero pronto volverán. Afirma no recordar nada mas. Christabel trata de consolarla. Le dice que su padre se encargará de que regrese a salvo a casa. Por ahora, lo mejor es pasar la noche en su cuarto.

Las dos mujeres llegan al castillo de sir Leoline sin incidentes, pero, al antes de cruzar las puertas de hierro, Geraldine se desploma en el suelo. No se desmaya, sino que tiene un súbito ataque de dolor. Christabel la ayuda a incorporarse y la invita a orar a la Virgen, pero Geraldine dice que está demasiado cansada. Al cruzar el patio, la perra ladra furiosamente y las brasas del salón se agitan en extrañas lenguas de fuego. Ya en la habitación, Christabel le ofrece a Geraldine un licor que preparó su madre, quien, según confiesa, murió al darla a luz. Entonces, como si Geraldine pudiera «ver a los muertos sin cuerpo», le advierte a Christabel que tiene un «espíritu guardián» junto a ella, y que ya es hora de liberarse de él, habida cuenta que la propia Geraldine se encargará de cuidarla.

Christabel cree que su nueva amiga está algo confundida por la terrible experiencia que acaba de tener, pero Geraldine le dice que «los habitantes del cielo» la aman y que incluso ella intentará corresponderle. Le pide a Christabel que se vaya a dormir mientras ella reza. Christabel obedece, pero no puede conciliar el sueño, así que observa a Geraldine mientras se desviste, «una visión para soñar, no para contar», porque uno de sus pechos y la mitad de su cuerpo son, digamos, indescriptibles.

Geraldine se acuesta en la misma cama y abraza a Christabel. Por alguna razón, el roce de sus senos hace Christabel sea incapaz de recordar lo que sucedió esa noche, excepto que encontró en el bosque a una «dama brillante», una muchacha «de una belleza excepcional» a quien ha traído a casa. En pocas horas, Christabel deja de ser aquella damisela inocente que rezaba por su prometido para yacer en los brazos de Geraldine. Durante este encuentro todos los «pájaros nocturnos» permanecen en silencio.

Al oír las campanas de servicio matutino, Geraldine se levanta para arreglarse. Christabel despierta y descubre que su nueva «amiga» es aún más hermosa que la noche anterior, antes de derramarle su «dulce agradecimiento». Está claro que Christabel es consciente de que ha pecado.

Sir Leoline, presa de una severa depresión, da la bienvenida a Geraldine. Se asombra al saber que su padre es Roland de Vaux de Tryermaine, un viejo amigo de la juventud con quien tuvo una disputa. No lo ha visto en décadas, pero piensa que no ha encontrado un mejor amigo desde entonces. Al ver a Roland en Geraldine, sir Leoline jura castigar a sus secuestradores [dice que les arrancará sus «almas de reptil»] y la abraza. Al observar esta escena, Christabel vuelve a notar el monstruoso pecho que Geraldine reveló la noche anterior. Advierte también una especie de «jadeo sibilante» en ella.

Sir Leoline dice que enviará a su bardo, Bracy, a informar a Roland que desea recuperar su amistad, por lo que cabalgará con sus tropas para llevar a su hija a casa. Bracy se conmueve, pero ruega que el viaje se retrase. Anoche tuvo un sueño extraño: vio a Christabel como una paloma, sola, gimiendo de angustia en el bosque, enroscada en una serpiente verde. Bracy teme que algo impío esté acechando, por lo que sugiere ir a purificar el bosque con su música.

Sir Leoline, estupefacto por la belleza de Geraldine, apenas escucha al bardo. Le dice a Geraldine que él y Roland son más fuertes que el arpa o la canción; y que juntos aplastarán a esa serpiente. Geraldine acepta su beso con un aire puro, virginal, pero sus ojos, que brillan con un «odio sordo y traicionero», como los de una serpiente, miran de reojo a Christabel.

Christabel cae de rodillas y le ruega a su padre que expulse a Geraldine. Sir Leoline, por supuesto, está indignado por esa deshonra a la hospitalidad de su casa, y todo por celos. Le ordena a Bracy que se vaya a Tryermaine de inmediato. Luego, sir Leoline se aleja de Christabel y acompaña a Geraldine fuera del salón para «expresar el exceso de su amor con palabras de amargura involuntaria».

***


Lo primero que salta a la vista de Christabel es su influencia en el relato de Sheridan Le Fanu: Carmilla (Carmilla). Por ejemplo, en ambas historias una vampiresa atrae a una joven inocente, logra ser invitada a su castillo y, una vez instalada, se gana el favor de su padre. Además, las dos heroínas, Christabel y Laura, son hijas de madres fallecidas durante el parto, y las dos están a cargo de sus padres enfermos. Más aún: la presencia de Geraldine provoca en Christabel síntomas similares a los que Carmilla estimula sobre Laura, y ambas protagonistas experimentan problemas de sueño y debilidad por la mañana después de pasar la noche con sus invitadas [ver: Carmilla y la leyenda de los nombres de los vampiros]

Si bien sabemos que Carmilla es una vampiresa, no conocemos la naturaleza de Geraldine. Puede ser una vampiresa, un súcubo, una lamia o una bruja. Uno de los «síntomas» de su maldad es la aversión por determinados símbolos; por ejemplo, se rehúsa a rezar a la Virgen, la luz ejerce una influencia negativa sobre ella, y se desmaya al rozar casualmente una cadena de plata. Es probable que Coleridge pensara brindar más información sobre ella en las siguientes tres partes del poema.

Se habla mucho de Christabel, pero el personaje más interesante es Geraldine. Es carismática y adapta su perfil de acuerdo a su víctima. Puede actuar como una damisela aterrorizada y, un momento después, ejercer una poderosa influencia sexual sobre hombres y mujeres por igual.

No está claro qué es Geraldine. Sabemos que hay algo extraño en su «pecho desnudo» y «la mitad de su costado», algo visible, y por lo tanto físico. La sugerencia es que Geraldine no es humana, o al menos no del todo humana. Sabemos también que el roce de su pecho hechiza a Christabel, la hace olvidar el encuentro sexual de la noche anterior, lo cual sugiere que no necesariamente es sangre, sino algún tipo de magia. Uno tiende a pensar que debe ser algo bello, atractivo, pero cuando Coleridge dice que es «una imagen para soñar, no para contar» podría estar hablando de un pecho de aspecto cadavérico, o, por otros indicios, escamado, como la piel de una serpiente. Tampoco puede descartarse que Christabel y Leoline se sientan atraídos por el pecho de Geraldine por motivos diferentes. La madre de Christabel murió en el parto, por lo que ella no pudo experimentar la lactancia. Leoline es viudo, y se encuentra privado de la cercanía de una amante. En ambos casos, el pecho de la difunta madre/esposa es una privación para la hija y el esposo [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

Si tuviese que jugar al detective literarios, diría que Geraldine se acuesta con Christabel para llegar a sir Leoline. Es decir, el sexo captura nuestra atención, pero es curioso que Geraldine resulte ser la hija de un viejo amigo, ahora adversario, y que su situación [secuestro] desencadene en sir Leoline una serie de arrepentimientos. Este podría ser el trasfondo político del poema. Leoline, ya anciano y con una salud frágil, cede a la influencia de Geraldine, incluso ignora las visiones del bardo [lo cual nunca es buena idea] pero Christabel interrumpe el hechizo lo suficiente como para plantear su desconfianza.

Supongo que, en las sucesivas partes, Christabel iría ganando terreno y terminaría imponiéndose sobre Geraldine. También veríamos más a Bracy y a la perra, y tal vez descubriríamos qué es Geraldine, su pasado, sus motivaciones.

El pecho de Geraldine es un aspecto misterioso del poema. Se dice que Percy Shelley, que poseía una sensibilidad morbosa, como la mayoría de los románticos, tuvo un ataque de pánico en Villa Diodati luego de escuchar a lord Byron recitando Christabel. Al parecer, Percy tuvo una visión de su esposa, Mary Shelley, con ojos en lugar de pezones, y salió corriendo de la habitación. Tuvo que ser atendido por John Polidori, que era médico. ¿Será que Percy Shelley, en su ataque de nervios, captó algo en las palabras de Coleridge? ¿Será que Geraldine tiene ojos en lugar de pezones?

Una lectura religiosa del poema de Coleridge sugiere que Geraldine es la serpiente del Edén que corrompe a Christabel, quien representa a Eva. Después de todo, tienta a Christabel en la naturaleza, cerca de un árbol, y libera su sexualidad, hasta ese punto latente e inexplorada. Pero esta figura termina aquí, porque Geraldine también influye sobre sir Leoline, quien se interesa sexualmente por ella. Leoline, evidentemente, no es Adán; de hecho, es el padre de Christabel, no su amante. Sin embargo, Coleridge insiste en recordarnos que la madre de Christabel murió en el parto, y que la chica se convirtió en una gran compañía para su padre; en cierto modo, asumió el rol de esposa, Tanto es así que Christabel reacciona únicamente cuando Geraldine pone en peligro la relación con su padre.

Coleridge es un maestro de la insinuación. Nunca vincula lo sobrenatural con nada concreto, trata de ser lo más impreciso posible, logrando en el lector un efecto de misterio que roza la frustración. Lo que en otros autores es «información», en Coleridge son detalles. Por ejemplo, es evocador que el poema comience a la medianoche, horario propicio para lo sobrenatural, y que todos los animales que menciona el poeta [los búhos, el gallo, la perra] se muestren inquietos, como si percibieran la llegada de un visitante del otro mundo. La insinuación de la presencia del espíritu de la madre de Christabel completa la atmósfera, y nos da la certeza de que algo sobrenatural está a punto de ocurrir. Sin afirmar nada en concreto, Coleridge nos prepara para la aparición de Geraldine.

El efecto que logra es más convincente que si solo proporcionara información directa. Lo sobrenatural en la ficción es un fenómeno mental, está lleno de dudas, contradicciones e incertidumbre. Christabel siente un temor vago al ver a Geraldine. No hay nada objetivamente sobrenatural aquí; solo tenemos la noche [con luna], el bosque, los animales inquietos, el roble [con una hoja roja que cuelga de la rama más alta], la mujer hermosa. Sin embargo, Coleridge logra el efecto deseado, que es insinuar la presencia de algo sobrenatural apelando a una secuencia de elementos naturales que, en sí mismos, no tienen nada de extraño.

Geraldine, por su parte, procede como un vampiro, aunque no sabemos si la sangre está involucrada. Sus ataques giran en torno a lo sexual, posee un gran atractivo físico, su personalidad es hipnótica y más fuerte por la noche, lleva una marca corporal que revela su naturaleza sobrenatural y, después del encuentro físico con sus víctimas, estas quedan incapacitadas. Si el vampiro se define únicamente por la acción de beber sangre, Geraldine no es un vampiro. Si se define por el resto de sus caracterísicas o atributos, evidentemente pertenece a esa estirpe [ver: Razas y clanes de vampiros]

Hay otro detalle que nos lleva a pensar que Geraldine es un vampiro: al llegar al umbral del castillo, finge un desmayo. No puede cruzar las puertas hasta que Christabel la carga en sus brazos. Una vez adentro, su dolor desaparece misteriosamente. El motivo folklórico de la invitación del vampiro terminó de definirse en la novela de Bram Stoker: Drácula, pero ya estaba presente en Carmilla y, antes de eso, en Christabel. La prevalencia de este motivo deja en claro que el problema del mal es un asunto complejo, tanto en la ficción como en el folklore. Indica que el mal necesita ser invocado, invitado a entrar en nuestras vidas, y por lo tanto se deduce que existe en una esfera externa [ver: ¿Por qué los vampiros deben ser invitados a entrar?]

En este sentido, Christabel, sobre todo su comienzo arquetípico, posee cierta atmósfera de cuento de hadas, con esta pura doncella vagando a medianoche por el bosque que rodea el castillo. Todo parece inocente, pero, en cierto modo Christabel se expone a la influencia del mal. Tiene buenas intenciones, es devota, buena hija y ama a su prometido, pero al salirse del camino, es decir, al andar por el bosque a la hora equivocada, se expone a la influencia del mal [ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror]

Esto, en nuestros días, puede sonar inapropiado, como si estuviéramos culpando a la víctima, pero el folklore no tiene esos reparos. Aún la personas buenas que actúan con buenas intenciones deben tener algún tipo de afinidad con el mal; deben atraerlo, buscarlo inconscientemente. En definitiva, si Christabel es tan pura como parece, ¿por qué sale a rezar a medianoche en el bosque? ¿Cuál es el motivo por el que decide hacerlo a esta hora y no, digamos, al mediodía? ¿Acaso no es lógico deducir que a medianoche sus plegarias pueden ser respondidas por algo más?

Evidentemente, Christabel actúa con secretismo, oculta sus movimientos. Coleridge dice: «se escabulló sin decir nada», y, más tarde, sostiene que la chica se «arrastró sigilosamente» fuera del castillo. ¿Por qué procede de este modo? Bueno, ha tenido un sueño con su «caballero», un «sueño que la hizo gemir». En otras palabras, Christabel se escapa del castillo, a la medianoche, al bosque, en pleno despertar de su sexualidad. Simbólicamente, está buscando algo, está exponiéndose a un entorno poco seguro. Su sexualidad es como una baliza que solo puede atraer a alguien, o algo, como Geradine.

También es justo decir que, si bien Geraldine trae problemas, no está nada claro que el castillo estuviera en paz hasta su llegada: la madre de Christabel murió al dar a luz, sir Leoline culpa a su hija por el fallecimiento de su esposa e impone un luto interminable que hace que el castillo parezca una tumba más que un hogar. Geraldine, quizás, no genera el mal en la casa, simplemente explota los resentimientos y conflictos latentes. Ciertamente despierta los instintos sexuales que aún no se han manifestado [ver: El enlace entre el Vampiro y su víctima]

Christabel y Geraldine parecen aspectos opuestos; la primera es [supuestamente] «buena», la otra es [aparentemente] «mala». Cuando Bracy relata su sueño, donde una serpiente ataca a una paloma, Geraldine es claramente la serpiente y Christabel la paloma. Sin embargo, las dos se enfrentan del mismo modo, casi como un reflejo: la serpiente hincha su cuello mientras la paloma hincha el suyo. Podría decirse que cada una es el doppelgänger de la otra.

Para aquellos que quieran seguir explorando el lore de Christabel recomendamos el poema de Edgar Allan Poe: La durmiente (The Sleeper), así como en la pieza de Mary Elizabeth Coleridge [sobrina-nieta de Samuel] titulada La bruja (The Witch).




Vampiros. I Poemas de Samuel Taylor Coleridge.


Más literatura gótica:
El artículo: «En este pecho se obra un hechizo»: análisis de «Christabel» de Samuel Coleridge fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Embrujada»: Amy Lowell; poema y análisis.


«Embrujada»: Amy Lowell; poema y análisis.




«Sus uñas arañan las copas de los árboles,
sus labios succionan la ventana abierta,
su aliento se desliza por mi cuerpo
se acumula en charcos bajo mis rodillas.»



Embrujada (Haunted) es un poema de vampiros de la escritora norteamericana Amy Lowell (1874-1925), publicado originalmente en la antología de 1919: Imágenes del mundo flotante (Pictures of the Floating World); y luego reeditado por Margaret Widdemer en La hora embrujada (The Haunted Hour, 1920). Finalmente volvería a aparecer gracias a August Derleth en la colección de Arkham House de 1947: El lado oscuro de la luna: poemas de fantasía y lo macabro (Dark of the Moon: Poems of Fantasy and the Macabre).

Emrbujada, uno de los grandes poemas de Amy Lowell, comienza dirigiendo la vista del lector: «¡Mira!», exclama; y agrega: «él arrastra los dedos de los pies / bajo los largos rayos de la luna». La Oradora añade varios detalles más sobre su misterioso visitante: las «uñas de sus dedos [esta vez de las manos] brillan» y «arañan entre las copas de los árboles».

En este punto, el visitante es un misterio. Puede ser un fantasma, un vampiro, incluso un recuerdo que retorna durante la noche. Si enfocamos la mirada un poco más veremos que, en apariencia, se trata de una criatura de tamaño colosal. Los dedos de sus pies se arrastran «bajo la luz de la luna», pero los de sus manos «arañan entre las copas de los árboles».

La Oradora de Amy Lowell sostiene que los «labios» de la criatura «succionan mi ventana abierta». A la luz de todo lo anterior, la «ventana abierta» parece ser eso, una ventana, pero inmediatamente añade: «su aliento se desliza por mi cuerpo / se acumula en charcos bajo mis rodillas». Creo que esto no requiere demasiado análisis: la Oradora está excitada. Lo mismo podría decirse de los siguiente: «puedo ver su boca temblando / pegándose al marco de mi ventana» [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

El final de Embrujada deja abiertos otros interrogantes: mientras la boca se «pega» y «succiona» la «ventana abierta», la Oradora advierte que «la luz de la luna brilla en el suelo / sin sombras»; es decir, la criatura no proyecta sombra. Esto puede deberse al carácter sobrenatural de la criatura [un íncubo, por ejemplo], o bien a su naturaleza imaginaria, una fantasía nocturna que llega con fuerza pero que carece de consistencia física. Sin embargo, el poema comienza diciéndole al lector que mire, que observe, por lo que el visitante, de acuerdo al contexto, debe ser visible,

El poema concluye con un cambio de sentidos. Primero, la Oradora nos pide que miremos; al final, nos dice que agudicemos el oído: «¡Escucha!», exclama: «una liebre se ahoga [es decir, grita en agonía] en el bosque / y el viento arranca una contraventana». ¿Acaso estamos ante el clímax de la Oradora, que gime agónicamente mientras la boca que «succiona» la «ventana abierta» termina arrancando un postigo?. Es posible, también que el misterioso visitante sea simplemente el viento: se arrastra por el suelo, sacude las ramas de los árboles, succiona, agita las ventanas. Pero, si es el viento, ¿por qué «se acumula en charcos» bajo las rodillas de la Oradora? ¿Se trata de una tormenta?

Embrujada es todo eso, y probablemente más. Amy Lowell fue una gran poeta, por lo que sus piezas tienen diferentes niveles de interpretación. La idea del amante sobrenatural resulta plausible, pero la propia Lowell era lesbiana, y el poema aclara específicamente que el visitante es un «él». De todos modos, la Oradora bien podría estar sufriendo, y no gozando, como especulamos anteriormente.




Embrujada.
Haunted, Amy Lowell (1874-1925)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Mira! Él arrastra los dedos de los pies
bajo los largos rayos de la luna,
y las uñas de sus dedos brillan;
destellan y arañan entre las copas de los árboles.
Sus labios succionan mi ventana abierta,
su aliento se desliza por mi cuerpo
se acumula en charcos bajo mis rodillas.
Puedo ver su boca temblando,
pegándose al marco de la ventana,
pero la luz de la luna brilla en el suelo,
sin sombras.
¡Escucha! Una liebre se ahoga en el bosque,
y el viento arranca una contraventana.


See! He trails his toes
Through the long streaks of moonlight,
And the nails of his fingers glitter;
They claw and flash among the tree-tops.
His lips suck at my open window,
And his breath creeps about my body
And lies in pools under my knees.
I can see his mouth sway and wobble,
Sticking itself against the window-jambs,
But the moonlight is bright on the floor,
Without a shadow.
Hark! A hare is strangling in the forest,
And the wind tears a shutter from the wall.


Amy Lowell (1874-1925)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Amy Lowell.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Amy Lowell: Embrujada (Haunted), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Un Drácula de las colinas»: Amy Lowell; poema y análisis.


«Un Drácula de las colinas»: Amy Lowell; poema y análisis.




«Sé que me muero. Pero no moriré.
Ya verás. Encontraré la manera.
Aunque me entierren, viviré,
si hay un Diablo que me ayude.»



Un Drácula de las colinas (A Dracula of the Hills) es un poema de vampiros [en verso libre] de la escritora norteamericana Amy Lowell (1874-1925), publicado originalmente en la edición de junio de 1923 de la revista The Century Magazine, y luego reeditado de manera póstuma en la antología de 1926: Viento del Este (East Wind). Un par de décadas después, August Derleth lo incluiría en la colección de 1947: El lado oscuro de la luna: poemas de fantasía y lo macabro (Dark of the Moon: Poems of Fantasy and the Macabre)

El poema de Amy Lowell: Un Drácula de las colinas, es una de las piezas más extrañas con las que nos hemos topado en El Espejo Gótico. Todo gira en torno a Florella Perry, una mujer joven y hermosa que enferma repentinamente de tuberculosis y, según sus vecinos, comienza el lento y doloroso proceso de convertirse en vampiro [ver: Bloofer Lady: la transformación de Lucy Westenra]

Florella es una vampiresa interesante. No hay otra en la ficción exactamente como ella, aunque comparte algunas características físicas con las protagonistas de Lamia y La Belle Dame Sans Merci de John Keats, y especialmente con Ligeia de Edgar Allan Poe [ambas son incapaces de renunciar a la vida, aunque eso implique arrebatársela a los vivos], pero en el contexto rural de Nueva Inglaterra. Es interesante, entre otras cosas, porque Amy Lowell rechaza al vampiro europeo y, en cambio, recurre a supersticiones autóctonas. Paradójicamente, incorpora el nombre Drácula, tal vez el vampiro europeo más prominente, en el título de su poema. Podría haber escrito simplemente Un vampiro de las colinas, sin embargo, eligió Drácula. Veremos las razones de esto más adelante.

Florella sigue el patrón del vampire panic de Nueva Inglaterra a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, que fue una reacción a sucesivos brotes de tuberculosis. Florella asesina en silencio desde la tumba, comenzando con su esposo, Joe. Amy Lowell sitúa este drama en un período posterior, tal vez a fines del siglo XIX. Esto queda establecido por los pobladores más ancianos, quienes recuerdan «cosas que habían sucedido años atrás» y por una declaración de la Oradora [«no era la primera vez que algo así sucedía»]. Además, tenemos al médico local, el doctor Smilie, quien diagnostica a Florella, y luego a Joe, como enfermos de tuberculosis, no como potenciales vampiros. No hay un Van Helsing en esta historia.

Un Drácula de las colinas es un poema en verso libre, al estilo de una balada. La Oradora es una vecina de Florella, llamada Becky Wales. Toda la historia se desarrolla desde su perspectiva, aunque de vez en cuando incorpora episodios cruciales de oídas, que no pudo presenciar por ser demasiado joven. Becky rememora el incidente en su adultez, y aunque algunos de estos recuerdos están «todos mezclados», declara que hay «algunas cosas extrañas y aterradoras de las que no puedo olvidarme por mucho que lo intente».

Florella Perry es una mujer amable, amorosa con su marido, que ama a la naturaleza. Lamentablemente, contrae tuberculosis y es confinada a la cama. Durante este proceso, Florella se aferra a la vida con una tenacidad asombrosa. Resiste mucho más de lo esperable para la época, y aún en el peor momento de deterioro físico asegura que vencerá a la muerte, aunque sea con la ayuda del diablo. Cuando el doctor Smilie dice que ya no hay nada que hacer, Florella visita a «una mujer extraña» llamada Anabel Flesche, con reputación de conocer todos los secretos de las hierbas y semillas. En pocas palabras, Anabel es una bruja.

A pesar del conocimiento de Anabel sobre, la condición de Florella no cambia, sigue consumiéndose hasta que «no quedó nada de ella excepto ojos y huesos». Muere de noche.

Becky describe el cadáver de Florella en el funeral:


«No soporto ver un cadáver, y el de Florella era espantoso. No es que no fuera bonita; lo era. Ni siquiera la enfermedad había estropeado su belleza. Era como ella misma en un espejo, de alguna manera, un espejo viejo donde no se ve con claridad. Era como música mirarla, solo por su boca. Había una sonrisa extraña y horrible en su boca.»


Poco después, el esposo de Florella, Joe, empieza a mostrar los mismos síntomas. Al igual que su esposa, consulta con Anabel, pero el doctor Smilie interviene para que ella «deje de molestar a un hombre enfermo con sus historias de brujas».

Un día, mientras Becky está cuidando a Joe, un retrato de Florella cae al piso. Joe lo ve como un presagio de muerte y se desmaya. Becky recoge los pedazos y nota que el retrato se ha cortado a la altura de la boca, «haciendo que se vea como el cadáver de Florella». Joe no vuelve a despertar.

Después del entierro de Joe, el padre de Becky se cruza con la bruja, Anabel Flesche, quien asegura que «Joe se ha ido, pero habrá otros». Asustado, el hombre informa a las autoridades, quienes son lo suficientemente viejos como para recordar incidentes similares. Organizan la exhumación del cuerpo de Florella, de noche, «para no asustar a la gente».

Al abrir el ataúd, el cuerpo de Florella se había convertido en polvo, aunque no había pasado mucho más de un año desde su entierro. Lo único que quedaba era su corazón; estaba intacto, fresco como el de una persona viva; casi parecía latir. Despide una especie de luz propia. Irradiaba más fuerte que las luces de las lámparas. El poema concluye de la siguiente manera:


«Lo quemaron; siempre lo hacen en estos casos, nadie está a salvo hasta que se quema.
Ahora, señor, ¿duda usted de que estas cosas pasaron? Parece que ya no pasan, pero esto pasó. Puede ver la tumba de Joe en el cementerio de Penowasset si va por allí. Los feligreses no permitieron que las cenizas de Florella se devolvieran a su tumba, así que no encontrará eso. Solo un espacio abierto con un arce en el centro; plantaron el árbol para que nadie volviera a ser enterrado en ese lugar.»


Ligeia, como Florella, no puede aceptar la muerte. Quiere vencerla, conquistarla; y lo logra, en cierto modo, suplantando físicamente a la nueva esposa de su marido [ver: Mi esposa nigromante: análisis de «Ligeia»]. Florella procede con más sencillez. Directamente vampiriza a su esposo.

Amy Lowell conocía a la perfección la tradición del Pánico Vampírico (Vampire Panic) de Nueva Inglaterra. Nació en el seno de una familia aristocrática de Massachusetts, muy cerca de Boston. Curiosamente, Bram Stoker, autor de Drácula (Dracula) también estaba familiarizado con el caso; de hecho, entre sus notas preliminares se encuentra un artículo periodístico sobre el tema, titulado Vampiros en Nueva Inglarerra (Vampires in New England), fechado el 2 de febrero de 1896. Un año después de la creación de Un Drácula de las colinas [y dos años antes de su publicación], H. P. Lovecraft escribió La casa maldita (The Shunned House), también inspirada en el Vampire Panic del folclore local de Nueva Inglaterra [ver: El vampiro de Benefit Street: análisis de «La Casa Maldita»]

Amy Lowell y H.P Lovecraft toman el mismo material de base pero lo desarrollan en estructuras disímiles. El Flaco de Providence odiaba el verso libre [que no se ajusta a una rima o métrica en particular], y Amy Lovell era buena en ese aspecto. No hay ningún comentario en las cartas privadas de Lovecraft, ni en las enviadas a Weird Tales, que insinúen que alguna vez leyó Un Drácula de las colinas. Creo que habría apreciado el tema, el dialecto vernáculo [que él utiliza, en menor medida, en La casa maldita] pero despreciado su ejecución. Lo cierto es que las colinas de Amy Lowell son las mismas que rodean Arkham [ver: ¡Vamos a Arkham!: Lovecraft y sus paisajes]

¿Por qué Amy Lowell introduce el nombre de Drácula en una leyenda local de Nueva Inglaterra? La respuesta es simple: publicidad. Una referencia al Drácula de Bram Stoker garantizaba un reconocimiento del tema entre los lectores y, además, capturaba el interés de los aficionados al género. Lovecraft solía hacer algo parecido, aunque con más pudor, nunca en el título, con citas de Arthur Machen y Algernon Blackwood, entre otros. Amy Lowell utiliza «Drácula» como sinónimo del más genérico «Vampiro».

La casa maldita de Lovecraft se inspiró en el caso de Mercy Brown; Amy Lowell, según escribió al editor de The Century, parece haberse inspirado en un caso de Vermont, a fines de 1890, donde se desenterró el cuerpo de una mujer para evitar que los miembros de su familia se convirtieran en sus víctimas.

Por tratarse de un poema en verso libre, decidí darle a Un Drácula de las colinas un formato más narrativo. El original en inglés puede leerse más abajo.




Un Drácula de las colinas.
A Dracula of the Hills, Amy Lowell (1874-1925)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Sí, entiendo que hay cierto placer en coleccionar viejas costumbres y alinearlas como una tarjeta de mariposas. Algunas son realmente pintorescas, creo, pero una cosa es parecer y otra vivir. La gente no se fija en lo pintoresco. Los tiempos han cambiado desde mi juventud; no parece el mismo mundo en el que vivía. Con los teléfonos y los automóviles, y la gente de ciudad yendo de un lado para otro en verano, muchas cosas se han desvanecido. Pero recuerdo algunos sucesos extraños; ahora, al mirar atrás.

Pasamos muchos buenos momentos, claro, pero cuando pienso en ello, se me mezclan. No puedo recordarlos todos, y hay cosas terriblemente extrañas que no puedo olvidar, por mucho que lo intente. Me gustaría olvidarme de Florella Perry, pero nunca lo lograré. No sé si se le llamaría costumbre. No era la primera vez que pasaba algo así, lo sé, pero ya no hay cosas así. Me pregunto si cambian los caminos del Señor. Superstición lo llaman, pero no lo sé. Ver es creer, como lo hizo mi padre y otros además de él. Yo no, porque era jovencita y no me dejaron, pero presencié los comienzos; y lo que mis ojos no vieron, mis oídos oyeron, y eso antes de que otros lo vieran era frío, por así decirlo.

Fue hace casi cuarenta años; era apenas una niña que se acercaba a la etapa de belleza, pero aún no la había alcanzado. Un día no pensaba más que en cintas, y al siguiente me pasaba la tarde despreocupada con los chicos. Florella me hizo mujer para ser justa; quizá fue algo bueno, ya era hora. Pero ya soy mujer desde hace bastante tiempo y me gusta recordar lo que pasó. No vivía aquí entonces; mi marido era de Rockridge y vine aquí al casarme. Me crié al otro lado de Bear Mountain, en Penowasset. Mi padre tenía la tienda allí. Lo tenían en gran estima en el pueblo y tuve una infancia feliz. No vivíamos encima de la tienda, sino más bien al final del pueblo, en una casa que mi madre recibió de su padre.

Teníamos un par de campos y un bosque, y contratábamos a un peón. Papá solía ir y venir en calesa por las mañanas y por las tardes, pero mamá y yo no echábamos de menos a nuestros vecinos. Jared Pierce tenía una granja grande y hermosa justo al lado de la nuestra, y la de Joe Perry estaba al otro lado del camino. Florella era la esposa de Joe, una criatura realmente hermosa, frágil como un plato de porcelana y brillante y pulcra como un clavel de junio bajo el sol. Amaba las flores; su jardín era como un ramillete de mayo a octubre. Nunca vi tantas flores como las suyas; nadie más podía hacerlas florecer así. Sus campanillas siempre brotaban primero en primavera, y bastaban un par de heladas para matar sus ásteres tardíos. Sabíamos que estaba enferma cuando el jardín empezaba a llenarse de maleza.

Ella y Joe llevaban casados unos siete años, Pero no serían felices. Salvo por no tener hijos, no creo que quisieran nada. Y entonces Florella enfermó. Un invierno le dio tos y no lograba recuperar las fuerzas. Cuando llegó la época de plantar, no pudo. Joe hizo lo suyo, pero ese año el jardín no era nada del otro mundo. Florella solía sentarse en su mecedora en la terraza, mirándolo y llorando.

Muchas veces me acerqué y rastrillé para ella. Al principio le gustaba que lo hiciera, pero después de un tiempo me dijo que lo dejara en paz; si no era su jardín, dijo, no le importaba nada. Habló casi con ferocidad, pensé, y no volví a acercarme por un buen rato. Cuando lo hice, Florella se había acostado. Era una especie de inválida. No podías ayudarla en nada. Te dejaba hacer cosas y te agradecía, pero siempre enojada porque tuvieras que ir. Un día estaba quitando el polvo de su habitación, y me dijo:

«Becky, no me voy a morir».

«Claro que no, Florella», dije, «¿Quién te metió eso en la cabeza?»

Se enfureció al oír eso.

«De nada sirve mentirme, Becky Wales. Sé que me muero. Pero no moriré. Ya verás. Encontraré la manera de vivir. Aunque me entierren, viviré. No puedes matarme, no soy de las que matan. ¡Viviré! ¡Viviré, te lo aseguro, si hay un Diablo que me ayude!»

Me gritó esto, incorporándose en la cama y señalando con el dedo. Tenía tanto miedo que tuve que agarrarme a una silla para no caerme. Joe entró corriendo del granero. La abrazó y la calmó, y ella rompió a llorar y se desplomó en un pequeño bulto en la gran cama. Apenas se la podía ver de tan delgada. Joe me envió a casa. Me dijo que no le hiciera caso, que era inconstante y no sabía lo que decía. Después de eso las cosas empeoraron. Florella tenía un ataque tras otro; se la podía oír llorar y gritar a lo lejos, calle abajo. Siempre era lo mismo: no moriría, nadie podía obligarla a morir. Era terriblemente lastimoso oírla. A veces gemía y gemía, y luego estallaba, enloquecida y furiosa, gritando por su vida.

Joe estaba desesperado. El doctor Smilie dijo que no había nada que hacer, salvo darle pociones tranquilizantes. Pero Florella no quería; decía que eran un poco mortales y tiraba la taza al suelo cada vez que se la daban. Entonces se le ocurrió ver a Anabel Flesche. Era una mujer rara, Anabel, vivía en un pequeño cobertizo cerca de Chester. Algunos decían que tenía sangre india, era experta en hierbas y muestras; afirmaba saber exactamente cuándo recogerlas y decía un montón de tonterías sobre la luna llena, las tres horas antes del amanecer, el rocío del segundo viernes y cosas así.

Bueno, Florella tenía hierbas, y preparaba sus infusiones y lociones de manzanilla con hojas y plantas que había recogido, y jugueteaba con trozos de cera y cuerda, pero no cambiaba nada. Se hundía sin parar, y los ataques de llanto eran cada vez más frecuentes. Lloraba casi todo el tiempo. Yo solía sentarme en la escalera cuando debería estar en la cama, escuchando. Me ponía los pelos de punta oír su pobre voz quebrada declarando que no moriría. Nunca vi a nadie con tantas ganas de vivir, aunque de hambre se moría. Incluso cuando no quedaba de ella nada más que ojos y huesos, hablaba y hablaba de la vida a la que tenía derecho, y que iba a tener, ¡pasara lo que pasara!

Era un poco solitario por aquel entonces; la mayoría de los que pasaban tenían que ir por Brook Road. No estaba tan cerca ni por dos millas, pero nadie soportaba oír a Florella llamar y gemir. No se podían contar las veces que se quedó quieta. Era un sonido horrible, como de brujas, que llegaba a través de la noche; sé que me agoté y perdí el sueño al oírlo.

Mamá y la señorita Pierce solían turnarse para cuidarla, y era un verdadero gesto de bondad, pues les ponía los nervios de punta. Un sábado por la tarde, la señorita Pierce estaba con ella cuando de repente saltó de la cama, llorando, diciendo que iba al jardín, que ya estaba bien y que no la iban a retener más. La señorita Pierce la atrapó justo cuando iba a cruzar la puerta y supongo que hubo un forcejeo. Joe lo oyó en el patio, desgranando judías. Estaba muerto de miedo, se subió la azada al hombro y entró corriendo. Florella lo vio venir con la azada al hombro y lanzó un grito terrible y salvaje:

«¡Tú también, Joe!», dijo, «¿Quieres matarme igual que a los demás? Pero no lo harás. Viviré gracias a ti.»

Se burlaba, sonreía, tosía y lo amenazaba con el dedo, y su cabeza se movía de un hombro a otro como la de una muñeca de trapo. La señorita Pierce corrió y le dijo a mamá si podría hablar un minuto, y esas fueron sus palabras. Florella amaba a Joe como solo unas pocas mujeres aman; pero para entonces estaba completamente loca, preocupada porque la vida la abandonaba y consumida por la tuberculosis. Pero a Joe no le importaba, él la amaba. Simplemente la levantó y la acostó en la cama, y ella se desmayó y nunca volvió en sí. Murió esa noche.

Lo recuerdo bien, porque los chotacabras hicieron mucho ruido la noche anterior; cuando los oí, pensé que había llegado la hora de Florella. Siempre he odiado los funerales; no soporto ver un cadáver, y el de Florella era espantoso. No es que no fuera bonita; lo era. Ni siquiera la enfermedad había estropeado su belleza. Era como ella misma en un espejo, de alguna manera, un espejo viejo donde no se ve con claridad. Era como música mirarla, solo por su boca. Había una sonrisa extraña y horrible en su boca. La hacía parecer burlona, nada que ver con el aspecto de Florella. Si cierro los ojos puedo ver esa cara ahora, azul y delgada, y los labios torcidos y congelados. Creo que he visto esa cara en mi mente todos los días durante cuarenta años, más o menos.

Bueno, la enterraron, y nosotras, las chicas, pusimos pensamientos y lobelias alrededor de su tumba y nos turnamos para cuidarla, semana tras semana. Yo había amado a Florella, y cuando murió, la recordé como era antes de que llegara su enfermedad y olvidé el resto. Dos años es mucho tiempo para ver morir a una persona, y Joe había cuidado más que la mayoría de los maridos. Se sintió un poco triste cuando todo terminó, pero los vecinos no dejaban de ir a verlo, y mi madre y la señorita Pierce lo ayudaban de vez en cuando, poco a poco se fue recuperando. Era un buen granjero y todo le iba bien, salvo su pena, que, naturalmente, nada podía aliviar cuando el invierno siguiente se pescó un fuerte resfriado.

Supongo que lo dejó pasar antes de ver al médico; en fin, se le apoderó por completo y no podía quitárselo de encima. Nadie le habría dado mucha importancia, supongo, de no ser porque Florella empezó de la misma manera. Joe no estaba preocupado; dijo que estaría bien en primavera, pero no fue así. Intentaba hacer su trabajo como siempre, pero pronto se rendía y se sentaba. Era muy paciente, pero no mejoraba. El doctor Smilie empezó a preocuparse. Un día fui con un tazón de sopa de mamá. Joe estaba sentado en el jardín, junto a un macizo de verdolaga; son flores brillantes y crueles, y Joe parecía tan gris a su lado que me sobresalté al verlo.

«Becky», dijo, «sé que querías a Florella y me gustaría que te quedaras con sus flores», añadió. «Le dejé la granja a mi hermano en Hillsborough, pero puedes cortar las flores antes de que tome posesión.»

«Joe», dije, «Joe…», y no pude articular palabra más.

«Sí», continuó, «claro que me voy. Le di todo lo que pude, pero esto no puede durar. Anabel Flesche estuvo aquí ayer y me lo contó. Con gusto la ayudaré, lo sabes, pero esto no puede durar.»

¿Se alegraba de haber ayudado a Anabel Flesche? Sabía que no lo decía en serio. Corrí directo a casa y se lo conté a mamá, y ella se lo contó a papá, y esa misma noche fueron a casa del doctor Smilie. El doctor dijo que era tuberculosis, pero ya estaba bastante enfadado con Anabel Flesche.

«Me encargaré de que esa fulana deje de hacer trampas», dijo. «Está poniendo nerviosa a un enfermo con sus historias de brujas», dijo. «La echaré del pueblo si vuelve».

Anabel no volvió, pero supongo que lo hizo a la primera, porque a Joe no parecía interesarle mucho curarse. Cuando un hombre no quiere vivir, no vive, y esa es la ley del evangelio.

Joe se deterioró tan rápido que a mediados de verano ya no había esperanza. Solía pasar mucho tiempo con él, y era curioso lo diferente que era de Florella. Creo que era el hombre más tranquilo que he conocido. No parecía disfrutar más que hablando de Florella. A veces me lo contaba todo: cómo la cortejaba, lo que ella decía y su mirada cuando la traía a casa. Me acostumbré terriblemente a lo que me contaba. He estado casada y viuda desde entonces, pero no sé si alguna vez me acerqué a esas cosas como en las conversaciones de Joe. Los hombres no se parecen, las mujeres tampoco, y los matrimonios son todos distintos. Mi matrimonio, cuando llegó, no se parecía al de Joe y Florella más que un pino a una col. Pero esta no es mi historia.

«Florella tenía una voluntad férrea», me dijo Joe una tarde.

Para entonces ya había llegado el otoño, y algunas hojas habían caído, y las que aún quedaban eran tan brillantes que parecían embellecer el sol. Joe estaba acostado en su cama con una colcha de retazos encima, preciosa, con el diseño de las escaleras de la Casa del Estado; la había hecho Florella; era maravillosamente hábil con la aguja. Toda la habitación era un rayo de sol. Justo en la chimenea colgaba un cuadro de Florella que un artista ambulante había pintado el año en que se casó. No creo que la gente de la ciudad le hubiera dado mucha importancia, pero a mí me pareció una preciosidad, una imagen viva de Florella.

«Florella tenía una voluntad férrea», dijo Joe de nuevo. «Me poseía en cuerpo y alma, y eso era un orgullo poco común para mí».

No supe qué responder, así que no lo hice.

«Supongo que todavía me posee», dijo, y no sé si realmente me estaba hablando a mí. «Me alegro de que así sea. Tenemos que ser los dos, todos o ninguno, juntos».

Sonrió ante eso, muy lenta y cansadamente, casi como si le dolieran los labios al hacerlo.

«Quizás no lo entiendas, pequeña Becky», dijo.

No sé si lo entendí o no, y no tuve oportunidad de decirlo, porque de repente el retrato de Florella se desplomó en el suelo con la cuerda rota. Casi pegué un salto, creo que también grité, pero Joe ni siquiera tembló.

«Sí», dijo, mirándome con su sonrisa firme, «Esto lo prueba. Recuerda lo que te digo. No puede durar mucho más. ¡Pobre Florella!»

Suspiró y se acostó, pensé que se había dormido. Recogí la pintura, pero el cristal la había cortado gravemente, incluso en toda la boca. Le daba el mismo aspecto que el cadáver de Florella, lo que me asustó. Temía que Joe la viera al despertar, así que la puse de cara a la pared. Pero no tenía por qué molestarme, porque Joe nunca despertó. Cuando llegó mi madre mandó llamar al doctor Smilie. No estaba muerto cuando llegó el doctor, pero estaba inconsciente y apenas respiraba; así permaneció un día y una noche.

Y entonces todo terminó. Todo terminó para Joe, sí, pero no para nosotros.

Aproximadamente una semana después del funeral, papá se cruzó con Anabel Flesche.

«Así que Joe Perry ha muerto», gimió Anabel, y papá estaba seguro de que la vieja bruja parecía complacida. Solo respondió:

«Sí, ha muerto», y siguió adelante cuando Anabel lo detuvo.

«"Florella tenía una voluntad férrea», se rió entre dientes, «¿no temes que intente con alguien más?»

«¿Qué demonios quieres decir?», gritó papá.

«Amaba la vida», dijo Anabel, de una manera extraña y astuta, «Joe se ha ido, pero hay otros».

Papá estaba tan enojado que no podía confiar en sí mismo para hablar, simplemente rascó su caballo y siguió adelante. Pero lo que dijo Anabel le dolió. Él y mamá lo hablaron esa noche. Se suponía que no debía oír, pero lo hice. Me sentí muy conmocionada por lo que había sucedido y no me atrevía a quedarme sola en la cama, así que solía escabullirme y sentarme en las escaleras hasta que papá y mamá subían.

Me reconfortaba saber que estaban en la habitación de al lado y que podía dormir. Mi madre era muy estricta y siempre me mandaban a la cama a las nueve; subían sobre las diez y yo fijaba esa hora en la escalera, desde donde podía mirar hacia la cocina. Así es como me enteré. Después dije que lo sabía y me lo contaron todo. Para resumir, mi padre y Jared Pierce fueron directamente a ver a los concejales y les contaron lo que Anabel insinuaba. Entonces, unas personas mayores recordaron cosas que habían sucedido años atrás y, atando cabos, decidieron verlo con sus propios ojos. Los concejales estaban allí, mi padre y Jared Pierce; lo hicieron de noche para no asustar a la gente.

Yo no estuve allí, pero papá me lo contó, así que creo haberlo visto: las hojas segando y cayendo, la luz de la linterna sacudiéndose en el suelo, el ruido de picos y palas. Levantaron el ataúd y lo abrieron. El cuerpo de Florella se había convertido en polvo, aunque no sería mucho más de un año después de que la enterraran, pero su corazón estaba tan fresco como el de una persona viva.

Papá dijo que brillaba como un granate cuando le quitaron la tapa al ataúd. Estaba tan vivo que casi parecía latir. Papá dijo que emanaba una luz tan fuerte que creaba sombras mucho más densas que las de la linterna, y que se extendían en otra dirección.

Lo quemaron; siempre lo hacen en estos casos, nadie está a salvo hasta que se quema.

Ahora, señor, ¿duda usted de que estas cosas pasaron? Parece que ya no pasan, pero esto pasó. Puede ver la tumba de Joe en el cementerio de Penowasset si va por allí. Los feligreses no permitieron que las cenizas de Florella se devolvieran a su tumba, así que no encontrará eso. Solo un espacio abierto con un arce en el centro; plantaron el árbol para que nadie volviera a ser enterrado en ese lugar.


Yes, I can understan' ther's a sort o' pleasure collectin' old customs
An' linin' up like a card o' butterflies.
Some on real quaint, I dessay,
But lookin's one thing an' livin's another.
Folks don't figger on th' quaintness o' th' things they're doin',
Ther' ain't no knick-knack about it then, I guess.
Times is changed since my young days,
Don't seem like th' same world I used to live in.
What with th' telephones an' th' automobiles,
An' city folks rampin' all over th' place Summers,
Lots o' things has kind o' faded out.
But I remember some queer goin's on;
They seem queer 'nough to me now, lookin' back.
We had good times a-plenty, nat'rally,
But they're all jumbled up together when I think on 'mdash,
I can't git aholt o' one more'n another,
While ther's some fearful strange things I can't ever lose a mite of,
No matter how I try.
I'd like to forgit 'bout Florella Perry,
But I ain't never be'n able to.
I don't know as you'd call it a custom,
'Twarn't th' first time th' like had happened, I know,
But ther' ain't never no such doin's nowadays.
Do the Lord's ways change, I wonder?
Superstition, you call it—but I don't know.
Seein's believin' all th' world over,
An' 'twas my own father seed
An' others besides him.
I didn't, 'cause I was a young girl an' not let,
But I watched th' beginnin's;
An' what my eyes didn't see, my ears heerd,
An' that afore other folks' seein' was cold, as you might say.
'Twas all of forty year ago;
I was jest a slip of a girl drawin' toward th' beau stage but not yit ther'.
One day I'd be thinkin' o' nothin' but ribbons,
An' th' next I'd go coastin' bellybumps all afternoon with th' boys.
Florella made me a woman for fair;
P'raps that was a good thing, 'twas time for it,
But I be'n a woman long 'nough now
An' I kind o' like to look back to what went afore.
I warn't livin' here then;
My husband was a Rockridge man
An' I come here when I married.
I was raised t'other side o' Bear Mountain to Penowasset.
Father kep' th' store ther'.
They thought a heap o' him in th' town
An' I had a happy childhood.
We didn't live over th' shop,
But quite along by th' end o' th' village
In a house my mother got from her father.
We had a couple o' fields an' a wood lot
An' kep' a hired man.
Father used to drive back an' forth in a buggy mornin's an' evenin's,
But Mother an' me didn't miss for neighbors.
Jared Pierce owned a fine big farm just beyond us,
An' Joe Perry's was t'other side th' road.
Florella was Joe's wife,
An' a real pretty creatur she was,
Fragile as a chiney plate
An' bright an' tidy as a June pink in sunshine.
She loved flowers;
Her door-yard was like a nosegay from May till October.
I never seen sich flowers as hers;
Nobody else couldn't make 'mdash bloom so,
Even when she give 'mdash th' seeds.
Her snowdrops was al'ays first up in th' Spring,
An' it took more'n a couple o' frosts to kill her late asters.
Th' way we knew she was ill was when th' garden begun to git weedy.
She an' Joe'd be'n married 'bout seven year then,
An' My! but they'd be'n happy!
Exceptin' for not havin' a child, I don't think ther' was a thing they wanted.
An' then Florella took sick.
It come with a cough one Winter,
An' she couldn't seem to git back her stren'th.
Come plantin' time, she couldn't do it.
Joe done his best, but that year th' garden warn't nothin' perticlar.
Florella used to set in her rocker on th' piazza lookin' at it an' cryin'.

Many's th' time I've slipped over an' done a little rakin' for her.
At first she liked me to do it,
But after a while she said to let it alone;
Ef it warn't her garden, she said, she didn't care nothin' 'bout it.
She spoke almost fierce, I thought, an' I didn't go over agin for quite a spell.
When I did, Florella had took to her bed.
She was a queer kind of invalid. You couldn't seem to help her any.
She'd let you do things an' thank you,
But she al'ays seemed angry that you had to come.
One day I was dustin' her room, an' she said to me:
“Becky, I ain't a-goin' to die.”
“'Course you ain't, Florella,” says I,
“Whatever put that into your head?”
She flared up at that.
“'Tain't no use lyin' to me, Becky Wales, I know I'm dyin'.
But I won't die. You'll see.
I'll find some way o' livin'.
Even ef they bury me, I'll live.
You can't kill me, I ain't th' kind to kill.
I'll live! I'll live, I tell you,
Ef there's a Devil to help me do it!”
She screamed this out at me, settin' up in bed
An' p'intin' with her finger.
I was so scared I had to grab a chair to keep from fallin',
An' Joe come runnin' in from th' barn.
He took her in his arms an' soothed her,
An' she bust out cryin' an' sunk into a little heap in th' big bed
So's you couldn't hardly see her, she was so thin.
Joe sent me home. He said not to mind Florella,
That she was flighty an' didn't know what she was sayin'.
Well, after that things got worse.
Florella had spell after spell;
You could hear her cryin' an' hollerin' way down th' road.
It was al'ays th' same thing: she wouldn't die,
Nobody could make her die.
'Twas awful pitiful to hear her takin' on.
Sometimes she'd moan an' moan,
An' then she'd break out crazy mad an' angry, screamin' for life.
Joe was at his wits' end.
Dr. Smilie said ther' warn't nothin' to do for her
'Cept give her quietin' draughts.
But Florella wouldn't take 'mdash;
She said they was a little death,
An' she'd throw down th' cup every time they give it to her.
Then she took a notion to see Anabel Flesche.
She was a queer sort of woman, was Anabel,
She lived in a little shed of a place over Chester way.
Some said she had Indian blood in her,
Anyway she was learn'd in herbs an' semples;
She claimed to know jest when to pick 'mdash,
An' she talked a lot o' foolishness about th' full o' th' moon,
An' three hours before dawn, an' th' dew o' th' second Friday,
An' things like that.
Well, Florella had her in,
An' she made her camomile teas an' lotions, out o' leaves an' plants she'd gathered,
An' fussed around with bits o' wax an' string,
But Florella didn't change none.
She kep' sinkin' an' sinkin',
An' th' cryin' spells got to comin' oftener.
She cried most o' th' time then.
I used to set in th' stair winder
When I'd oughter be'n in bed, listenin'.
It made my flesh creep to hear her poor cracked voice declarin' she wouldn't die,
An' all th' time she was dyin' plain as pikestaff.
I never see nobody so hungry for life;
She was jest starvin' for it.
Why, even when ther' warn't nothin' lef' of her but eyes an' bones,
She'd talk an' talk 'bout th' life she'd a right to, an' she was goin' to have, come what or nothin'!
It was kind o' lonesome out our way then;
Most o' th' passin' got to go by th' Brook Road.
'Twarn't so handy by a good two mile,
But nobody couldn't a-bear to hear Florella
Callin' an' wailin'.
You couldn't count ten th' times she was still.
'Twas a awful witchin' sound, comin' through th' night th' way it did;
I know I got all frazzled out losin' my sleep for hearin' it.

Mother an' Mis' Pierce used to take it in turns to watch her,
An' 'twas a real kindness to do it,
It wore th' nerves so.
One Saturday afternoon Mis' Pierce was with her,
When all of a suddint she jumped out o' bed,
Cryin' she was goin' int' th' garden,
That she was well now an' wouldn't be kep' back no more.
Mis' Pierce caught her just as she was goin' through th' door
An' ther' was a struggle, I guess.
Joe heerd where he was out in th' yard hoein' beans.
He was scared to death, an' jest heaved his hoe up onto his shoulder
An' run in as he was.
Florella seed him comin' with th' hoe up on his shoulder,
An' she screamed a fearful wild scream:
“You too, Joe!” she said,
“You want to kill me same as th' others?
But you shan't do it.
I'll live to spite you,
I'll live because o' you.”
She was mockin', an' grinnin', an' coughin',
An' menacin' him with her finger,
An' her head joggin' back an' forth from shoulder to shoulder like a rag-doll's.
Mis' Pierce run'd over an' tell'd Mother soon's she could git a minit,
An' them was her very words.
Now Florella loved Joe as only a rare few women do love;
But she was jest plumb crazy by this time,
Worryin' 'bout th' life was leavin' her, an' all eat up with consumption.
But it didn't make no diff'rence to Joe,
He loved her al'ays.
He jest picked her up an' laid her back in bed,
An' she went off unconscious an' never come to.
She died that night.
I mind it well, 'cause th' whippoorwills'd be'n so loud th' night before;
When I'd heerd 'mdash I'd thought Florella's time was come.
I've al'ays hated funerals,
I can't a-bear to look on a corpse
An' Florella's was dretful.
Not that she warn't pretty;
She was. Even her sickness hadn't sp'iled her beauty.
She was like herself in a glass, somehow,
An old glass where you don't see real clear.
'Twas like music to look at her,
Only for her mouth.
Ther' was a queer, awful smile 'bout her mouth.
It made her look jeery, not a bit th' way Florella used to look.
Ef I shut my eyes I can see that face now,
Blue, an' thin an' th' lips all twisted up an' froze so.
I guess I've seen that face in my mind every day for forty year, more or less.

Well, they buried her, an' we girls set pansies an' lobelia all about her grave
An' took turns tendin' 'mdash, week by week.
I'd loved Florella,
An', when she was dead, I rec'llected her as she was 'fore her sickness come
An' forgot th' rest.
Two years is a long time to watch a person die,
An' Joe'd done more nussin' than most husbands.
He kind o' pined when 'twas all finished,
But th' neighbors kep' a-droppin' in to see him,
An' Mother an' Mis' Pierce did him up every so often,
An' bimeby he got aholt of himself,
An' seemed to be gittin' on nicely.
He was a proper good farmer
An' things was goin' well with him,
All 'ceptin' his sorrow, which nothin' couldn't lift, nat'rally,
When th' next Winter he caught a bad cold.
I guess he let it go too far afore he saw th' doctor;
Anyhow it got a good settle on him an' he couldn't shake it off.
Nobody'd have thought much of it, I guess, but for Florella beginnin' th' same way.
Joe warn't concerned, he said he'd be all right come Spring,
But he warn't. He'd try to do his work as usual,
But soon he'd give over an' set down.
He was real patient, but he didn't git no better.
Dr Smilie begun to look grave.
One day I went over with a bowl o' soup from Mother.
Joe was settin' in th' garden, by a bed o' portulaca;
They's cruel bright flowers, an' Joe looked so grey beside
I got a start to see him.
“Becky,” says he, “I know you loved Florella,
An' I should like you to have her flowers,” says he.
“I've willed th' farm to my brother over to Hillsborough,
But you can dig up th' flowers afore he takes possession.”
“Joe,” I said, “Joe—” an' I couldn't git out another word for th' life o' me.
“Yes,” he went on, “o' course I'm goin'. I've give her all I could, but it can't last.
Anabel Flesche was here yesterday, an' she told me.
I'm glad to ease her any, you know that,
But it can't last.”
Glad to ease Anabel Flesche—I thought,
But I know'd he didn't mean that.
I run right home an' told Mother, an' she told Father,
An' that evenin' they druv down to Dr. Smilie's.
The doctor 'lowed 'twas consumption, but he was angry enough 'bout Anabel Flesche.
“I'll see that hussy stops her trapesin',” he said,
“Rilin' up a sick man with her witch stories,” he said.
“I'll witch her, I'll run her out o' town if she comes agin.”
Anabel didn't come agin, but I guess she done it th' first time,
For Joe didn't seem to take much int'rest in gittin' well.
When a man don't want to live, he don't live, an' that's gospel.

Joe went down hill so fast that by Mid-summer ther' warn't no hope.
I used to set with him a good deal,
An' 'twas queer how diff'rent he was to Florella.
I think he was th' quietest man I ever see.
He didn't seem to have no pleasure 'cept in speakin' 'bout Florella.
By times he told me everythin':
How he courted her, an' what she said, an' th' way she looked when he brought her home.
I got awful near life for a young girl with th' things he told me.
I've be'n married an' widowed since, but I don't know as I ever got nearer to things than Joe's talk brought me.
Men ain't alike, an' women ain't alike, an' marriages is th' most unlike of all.
My marriage, when it come, was no more like Joe's an' Florella's
Than a piney's like a cabbage.
But this ain't my story.
“Florella had a strong will,” says Joe to me one afternoon.
Autumn had come by then, an' some o' th' leaves had fell,
An' those that hung on were so bright they seemed to fairly smarten up th' sun.
Joe was layin' in his bed with a patchwork quilt over him,
A lovely one 'twas, the State House Steps pattern;
Florella'd made it, she was wonderful clever with her needle.
Th' whole room was a blaze o' sunshine.
Right on th' chimbley hung a picture o' Florella
Some travellin' artist had painted th' year she was married.
I don't suppose city folk would have made much of it,
But I thought 'twas a sweet pretty thing, an' th' spon-image o' Florella.
“Florella had a mighty strong will,” says Joe agin.
“She owned me body an' soul, an' that was a rare pride to me.”
I couldn't figger what to answer, so I didn't.
“I guess she owns me still,” he says, an' I don't know ef he was really talkin' to me.
“I'm glad she does. It's got to be both o' us, all or neither, together.”
He smiled at that, very slow an' tired, almost as though it hurt his lips to do it.
“Perhaps you don't understand, little Becky,” said he.
I don't know whether I did or not, an' I didn't have a chance to say,
For all of a sudden crash down come Florella's picture on th' floor with th' cord broke.
I jumped nearly out o' my skin, I expect I screamed too,
But Joe didn't so much as shiver.
“Yes,” he said, lookin' at me with his steady smile,
“This proves it. You mark my words. It can't go on much longer. Poor Florella!”
He sighed then an' layed down, an' I thought he went to sleep.
I picked up th' picture, but th' glass had cut it badly,
All about th' mouth too.
It make it look th' way Florella's corpse did an' give me a turn.
I was afeerd Joe'd see it when he waked up,
So I set it with its face aginst th' wall.
But I needn't have bothered, for Joe never waked up.
When Mother come, she didn't think he looked right,
An' she sent for Dr. Smilie.
He warn't dead when th' doctor got ther',
But he was unconscious an' hardly breathin';
He stayed like that for a day an' a night
An' then 'twas all over.
All over for Joe, yes,
But not for us.
About a week after th' funeral, Father met Anabel Flesche.
“So Joe Perry's dead,” whined Anabel, an' Father was sure th' old hag looked pleased.
He only said, “Yes, he's dead,” an' was pushin' on when Anabel stopped him.
“Florella's a determined woman,” she cackled, “ain't you afeerd she'll try somebody else?”
“What th' Hell do you mean?” cried out Father.
“She loved life,” said Anabel, in a queer, sly way,
“Joe's gone, but ther's others.”
Father was so angry he couldn't trust himself to speak,
He jest touched up his horse an' druv on.
But what Anabel said rankled.
He an' Mother talked it over that night.
I warn't supposed to hear, but I did.
I was all shook up with th' things had happened
An' I daresn't stay in bed alone with nobody near,
So I used to creep out an' set on th' stairs
Till Father an' Mother come up.
It comforted me to know they was in th' next room,
An' I could sleep then.
Mother was real strict, an' I was al'ays sent to bed at nine;
They'd come up 'bout ten, an' I'd set that hour on th' stairs
Where I could look int' th' kitchen an' see 'mdash.
That's how I come to hear.
Afterwards I 'lowed I knew, an' they told me everythin'.
Well, to make a long story short,
Father an' Jared Pierce went straight to th' Selectmen,
An' told 'mdash what Anabel was hintin'.
Then some old people rec'llected things which had happened years ago,
An', puttin' two an' two together, they decided to see for themselves.
The Selectmen was all ther', an' Father, an' Jared Pierce;
They did it at night so’s not to scare folks.
I warn’t ther’, but Father told it so I think I seen it:
Th’ leaves Mowin' an’ sidlin’ down,
Th’ lantern light jerkin’ Tong th’ ground,
Th’ noise o’ th’ pickaxes an’ spades.
They got up th’ coffin an' opened it.
Florclla’s body was all gone to dust,
Though ’twam't much niore’n a year she’d be’n buried,
But her heart was as fresh as a livin’ person’s.
Father said it glittered like a garnet when they took th' lid off th' coffin.
It was so 'live, it seemed to beat almost.
Father said a light come from it so strong it made shadows
Much heavier than tli' lantern shadows an’ runnin’ in a diff’rent direction.
Oh, they burnt it; they al’ays do in such cases,
Nobody’s safe till it’s burnt.
Now, sir, will you tell me how such things used to be?
They don’t happen now, seemingly, but this happened.
You can see Joe's grave over to Penowasset buryin’-ground
Ef you go that way.
The church-members wouldn’t let Florella’s ashes be put back in hers.
So you won’t find that.
Only an open space with a maple in th’ middle of it;
They planted th’ tree so’s no one wouldn’t ever be buried in that spot agin.


Amy Lowell (1874-1925)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de vampiros.


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