Brujería no euclidiana: análisis de «Los Sueños en la Casa de la Bruja».


Brujería no euclidiana: análisis de «Los Sueños en la Casa de la Bruja».




En El Espejo Gótico hoy analizaremos el relato de H.P. Lovecraft: Los Sueños en la Casa de la Bruja (The Dreams in the Witch House), escrito en 1932 y publicado originalmente en la edición de julio de 1933 de la revista Weird Tales. Más adelante sería reeditado por Arkham House en la antología de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).


[«Parecía saber lo que se avecinaba: el estallido monstruoso del ritmo de Walpurgis, en cuyo timbre cósmico se concentrarían todos los hervores primarios y últimos del espacio-tiempo que se encuentran detrás de las esferas aglomeradas de materia.»]


Walter Gilman, estudiante de la Universidad de Miskatonic, empieza a a trazar una conexión entre el folclore antiguo, las matemáticas y la física moderna. Estudia el Necronomicón y el Libro de Eibon hasta que sus profesores le cortan el acceso a la biblioteca de la universidad, pero no pueden impedir que alquile una habitación en la casa que una vez perteneció a Keziah Mason, una bruja que compareció ante el tribunal de Salem en 1692, admitiendo su lealtad al Hombre Negro [Black Man].

Keziah Mason afirmó conocer líneas y curvas que conducían más allá de nuestro mundo, luego escapó de su celda dejando esos patrones en las paredes. Esta leyenda fascina a Gilman. No le importan los rumores que afirman que Keziah y su familiar, Brown Jenkin, todavía frecuentan la casa. De hecho, elige la misma habitación en la que ambos practicaban sus ritos. Es una habitación particular, con una pared inclinada hacia adentro y el techo torcido hacia abajo, por lo que los dos planos crean ángulos singulares. También hay un desván entre el techo y la pared exterior, pero este espacio ha sido sellado y el propietario se niega a abrirlo.

Ya sea por la atmósfera tenebrosa de Arkham [la versión lovecraftiana de Salem, Massachusetts] o por la naturaleza de sus estudios, Gilman cae en sueños febriles donde se sumerge en un «crepúsculo inexplicablemente coloreado». Ángulos imposibles pueblan estos sueños, algunos inorgánicos, otros vivos, y su propia organización física y facultades se ven «maravillosamente transmutadas».

De estos «vórtices de completa alienación», sus sueños cambian a visiones de Brown Jenkin y Keziah Mason, acercándose cada vez más. Su oído se vuelve agudísimo y escucha algo que rasca en el desván. En clase inventa teorías extravagantes. Con los conocimientos matemáticos adecuados, afirma, un hombre podría pasar a través de la cuarta dimensión a otras regiones del espacio. Por alguna razón está convencido de que esa transición solo mutaría nuestra integridad biológica, no la destruiría. Además, en ciertos lugares del cosmos el tiempo podría no existir, por lo que un viajero podría ganar la inmortalidad, envejeciendo solo al regresar al espacio «cronometrado» [ver: Lovecraft, la Gran Raza y viajes en el tiempo]

Pasan los meses. Los inquilinos polacos dicen que Gilman camina sonámbulo y le advierten que se cuide de la próxima Noche de Walpurgis. Gilman se encoge de hombros, pero se preocupa por una vieja que ha visto en las calles. En sus sueños, Keziah aparece desde ese rincón inclinado de su habitación. Intuye que ella y Brown Jenkin deben ser los «iridiscentes cúmulos de burbujas» y el «pequeño poliedro» que lo conducen en sueños por los abismos cósmicos.

Recurrentemente sueña con un lugar bajo tres soles. Una ciudad alienígena se extiende debajo. Keziah y Brown Jenkin se acercan con seres extraterrestres [en forma de barril y con cabeza de estrella]. Se despierta con el escozor de las quemaduras solares. Más tarde, la dueña descubre una imagen de metal en su cama, con forma de barril y cabeza de estrella, y Gilman recuerda haber roto un adorno de la balaustrada de la terraza en su sueño.

El siguiente sueño lleva a Gilman al desván, una guarida de brujas llena de libros y objetos extraños. Keziah le presenta a un hombre enorme de piel negra, con túnica oscura, que quiere que le firme un libro. Keziah proporciona la pluma. Brown Jenkin muerde la muñeca de Gilman para proporcionarle la sangre. Este se desmaya en el sueño, pero luego recuerda un nuevo viaje onírico por «curvas y espirales alienígenas de algún vórtice etéreo» donde se oye el acorde de «flautas monótonas». Se despierta con la muñeca lastimada.

Gilman busca la ayuda de su compañero de estudios e inquilino de la casa, Elwood. Llevan la imagen a la universidad. Nadie puede identificarla, ni siquiera pueden identificar los elementos de su aleación. Elwood deja que Gilman duerma en su habitación, pero Keziah aún lo arrastra a un callejón donde espera el Hombre Negro, con Brown Jenkin jugueteando como un perro en sus tobillos.

Keziah roba un bebé de una vivienda. Gilman intenta huir, pero el Hombre Negro lo agarra y lo estrangula. Las marcas de sus dedos permanecen por la mañana y los periódicos informan del secuestro del hijo de una lavandera polaca. Los polacos no están sorprendidos: tales secuestros son comunes en tiempos peligrosos, como el inminente Sabbat de Walpurgis.

El 30 de abril, víspera de Walpurgis, encuentra a Gilman en la habitación de Elwood. Oye el pulso de los adoradores que [supuestamente] se encuentran en un barranco cerca de Arkham. El mismo ritmo late en los abismos por los que lo conduce Brown Jenkin. Emergen en el desván, donde Keziah está a punto de sacrificar al niño robado. Gilman se siente obligado a ayudar. Estrangula a Keziah con la cadena de un crucifijo que uno de los inquilinos polacos le ha obligado a llevar. Pero Brown Jenkin muerde la muñeca del niño y recoge su sangre en un recipiente de metal. Gilman patea al familiar hacia el espacio entre el piso y la pared. Luego se atreve a lanzarse sin ayuda por el abismo.

Al día siguiente, un médico encuentra que los tímpanos de Gilman están reventados. Y aunque pudo haber matado a Keziah y herido a Brown Jenkin, este lo visita esa noche para morderle el pecho y devorar su corazón.

Años más tarde, un vendaval destroza el techo de la Casa de la Bruja. Los trabajadores encuentran el espacio sellado del desván, el cual revela huesos de niños, tanto antiguos como recientes, el esqueleto de una anciana y objetos ocultos. También encuentran el crucifijo de Gilman y un pequeño esqueleto que desconcierta al departamento de anatomía de la Universidad de Miskatonic. En su mayoría es el esqueleto de una rata, pero con patas como las de un mono y un cráneo parecido al humano. Los polacos encienden velas en la iglesia de San Stanislaus para agradecer que la risita fantasmal de Brown Jenkin nunca más se ha vuelto a oír.


En Los Sueños en la Casa de la Bruja encontramos tres elementos recurrentes en los relatos de Lovecraft. El primero está relacionado con los «supersticiosos extranjeros» [en este caso, polacos], cuyas tradiciones están en lo cierto. El segundo es Nyarlathotep [el Hombre Negro] tratando de convencer a la gente de que salte a los vacíos interdimensionales; sin embargo, esta es la primera vez que necesita que el otro firme un formulario de consentimiento. Finalmente tenemos el concepto de Brujería, el cual atraviesa toda la obra de Lovecraft. Si en una de sus historias encontramos a un joven preocupado por su historia familiar, podemos estar seguros de que encontraremos a un antepasado colgado en Salem.

Los Sueños en la Casa de la Bruja socava la pureza existencialista de los Mitos de Cthulhu. Aquí no estamos ante un cosmos indiferente y sin sentido: hay patrones de sonido que unen a todo el universo, Nyarlathotep no procede con impunidad, sino que requiere la aprobación de sus víctimas, e incluso una cruz tiene efecto contra las entidades que perturban a Gilman. De hecho, la posterior herejía maniquea de August Derleth, que convirtió a los Mitos de Cthulhu en una vulgar lucha entre el Biel y el Mal, parece tener aquí su forma original [ver: August Derleth: el creador de los Mitos de Cthulhu]

Hay otros aspectos en Los Sueños en la Casa de la Bruja que están más en consonancia con los Mitos de Cthulhu, como el papel del folclore y las matemáticas. Cualquier profesor de la Universidad de Miskatonic sabe que hay que tener cuidado con ambas: el folclore te dice lo que estás haciendo y por qué es una mala idea; y las matemáticas te explican cómo hacerlo. Lovecraft no era un gran aficionado a las matemáticas, como lo demuestra en varios pasajes [hablaremos sobre esto más adelante]; sin embargo, la sugerencia de que las matemáticas pueden abrir los secretos del cosmos [secretos que, por otro lado, solo pueden amenazar nuestra cordura], es fundamentalmente cierta.

August Derleth reaccionó negativamente a Los Sueños en la Casa de la Bruja [mencionó por carta que la historia era «pobre» pero «vendible»], y esto parece haber golpeado a Lovecraft. Estuvo casi de acuerdo con Derleth en que era un «miserable desorden» y se negó a enviarlo para su publicación. Irónicamente [o tal vez característicamente], el propio August Derleth envió el relato a Weird Tales, que lo publicó. De hecho, el editor de la revista, Farnsworth Wright, le pidió autorización a Lovecraft para adaptarlo a la radio; pedido que, por supuesto, fue rechazado [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]

Lovecraft no estaba satisfecho con el relato. Creía que la diferencia entre «vendible» y «bueno» era algo importante, e incluso llegó a cuestionar si sus días de escritor habían terminado. Afortunadamente, no llegó a tanto, aunque también es cierto que Los Sueños en la Casa de la Bruja es un caldero donde hierven ideas que Lovecraft había extraído de sus lecturas de «Einstein, Planck, Heisenberg y de Sitter», condimentadas con el ambiente gótico y profano de Arkham. Es una emulsión singular, como mínimo.

Así como Randolph Carter rápidamente descubre que lo que sucede en los sueños no se queda en los sueños, Lovecraft tiene mucho cuidado de hacernos saber que los viajes oníricos de Walter Gilman son experiencias que dejan secuelas en la vigilia. De alguna manera, Gilman está convencido de que un hombre podría viajar a la cuarta dimensión, mutando para adaptarse a este plano superior, sin sufrir daño físico. ¿Por qué? ¡Porque él mismo lo ha hecho! Cuando el travieso Brown Jenkin muerde a Gilman, este despierta con la muñeca lastimada; cuando viaja a un planeta con tres soles, despierta con quemaduras en la piel; además, trae un souvenir cuya aleación, según los investigadores de la Universidad de Miskatonic, contiene elementos desconocidos.

Es importante aclarar que Keziah Mason y Brown Jenkin no son fantasmas. Están tan vivos como en 1692, gracias a que pasan buena parte de su existencia en regiones atemporales donde no envejecen. Al menos eso es lo que insinúa Gilman en una conversación con Elwood. De hecho, Lovecraft invierte mucho tiempo en una charla entre los dos estudiantes para justificar por qué Keziah Mason y Brown Jenkin siguen vivos 235 años después de los juicios de Salem.

El trasfondo de Keziah Mason es similar al de otros personajes de Lovcraft. Es una anciana de Arkham que fue arrestada por brujería durante los juicios de Salem en 1692. En su testimonio ante el juez John Hathorne [ancestro real de Nathaniel Hawthorne, quien cambió su apellido por la vergüenza que le causaron estos procesos], Kaeziah Mason habla sobre «líneas y curvas que podrían trazarse para señalar direcciones que atraviesan las paredes y cruzar a otros espacios más allá». También menciona al Hombre Negro, su juramento de fidelidad, y su nuevo nombre secreto: Nahab. Más tarde, Keziah Mason desaparece de su celda, dejando atrás «curvas y ángulos marcados en las paredes de piedra gris con un líquido rojo y pegajoso» [ver: Lovecraft y las lenguas extraterrestres]. Estas «curvas y ángulos» son en realidad los símbolos que le enseñó Nyarlathotep para que ella acceda a dimensiones superiores para adorarlo y servirlo [ver: Aragorn, el Sendero de los Muertos y un pasaje a la Cuarta Dimensión]

En cuanto al aspecto de la Bruja, Lovecraft no proporciona demasiado, solo que tiene «la espalda encorvada, nariz larga y barbilla arrugada», una «expresión de horrible malevolencia y júbilo» y «una voz ronca que persuade y amenaza».

Cualquier historia en la que aparece Nyarlathotep es una buena historia, pero esa es mi opinión. En este caso, es una aparición sostenida tanto por el folclore como por las religiones dominantes. Para los puritanos, Satanás podía tomar muchas formas, desde un animal hasta un humano [un Hombre Negro con las tradicionales pezuñas hendidas siempre era una buena opción]. Por lo tanto, el Hombre Negro de Los Sueños en la Casa de la Bruja es un avatar adecuado para que Nyarlathotep asuma entre los puritanos [ver: El nido de Nyarlathotep]

Lovecraft tiene cuidado de establecer que el Hombre Negro no es un afrodescendiente, aunque en dos ocasiones se lo confunde con uno. Su piel es dead black [«negro muerto»], supongo que refiriéndose a la negrura del carbón o del ónix, un tono antinatural para la piel humana. Sin embargo, Lovecraft es tímido con respecto a las pezuñas: están escondidos detrás de una mesa, luego en el lodo, y sus huellas se comparan con las marcas que dejarían las patas de un mueble. ¿Por qué no decir que parecen huellas de pezuñas? ¿Por qué Gilman no da ese salto deductivo en este punto de la historia?

Walter Gilman es un hombre de intereses variados. Es estudiante de «cálculo no euclidiano y física cuántica», así como del folclore oculto. En una especie de eufemismo, Lovecraft escribe:


[«El cálculo no euclidiano y la física cuántica son suficientes para estirar cualquier cerebro; y cuando uno los mezcla con el folclore y trata de rastrear un extraño trasfondo de realidad multidimensional detrás de las macabras insinuaciones de los cuentos góticos y los salvajes susurros al fuego de la chimenea, difícilmente se puede esperar estar completamente libre de tensión mental.»]


Gilman busca activamente la experiencia de vivir en una Casa Embrujada [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]. De hecho, es parte de su investigación, y quizás, a nivel teórico, también de Lovecraft: ¿cómo interactúa lo sobrenatural con el rigor de la ciencia y las matemáticas? ¿Cómo se puede dar realismo a los eventos sobrenaturales a través del método científico? En parte, Lovecraft resuelve esta tensión utilizando una frondosa verba seudocientífica, pero sobre todo superponiendo eventos perturbadores del mundo real, por ejemplo, el secuestro de un niño, sobre un trasfondo sobrenatural.

Sin embargo, el arma más efectiva contra Keziah Mason, la Bruja, es un crucifijo. No es la ciencia lo que salva a Gilman [al menos temporalmente], sino las creencias de sus vecinos polacos. Lovecraft usa un motivo similar en Psicopompos (Psychopompos), donde un crucifijo ahuyenta a una manada de lobos liderada por un licántropo vengativo.

Hay un extraordinario volumen de símbolos psicosexuales en Los Sueños en la Casa de la Bruja. Por un lado tenemos el cuchillo sacrificial, simultáneamente fálico y castrador, empuñado por Keziah Mason, el cual es arrancado por Walter Gilman «de las garras de la anciana; enviándolo ruidosamente sobre el borde del estrecho golfo triangular». Más aún, el cuchillo fálico no solo penetra en el golfo vúlvico: pasa por el borde y se desvanece; como el pene infantil. El varón fálico se pierde dentro las cámaras uterinas del inframundo femenino, que todo lo devora. Este miedo [básicamente castrador] a la insuficiencia masculina también se refleja en la dicotomía estándar entre lo grande y lo pequeño con respecto a las extrañas entidades de Lovecraft en comparación con los humanos [ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa]


[«A menudo sucede que los hombres neuróticos afirman que, para ellos, hay algo unheimliche («siniestro»; literalmente: «poco hogareño») en los genitales femeninos [ver: Lo Siniestro en la ficción]. Es decir que lo que estos hombres encuentran «poco hogareño» es en realidad la entrada al antiguo «hogar», el lugar donde todos vivieron alguna vez.» Sigmund Freud, Lo Siniestro]

Los Sueños en la Casa de la Bruja es un intrigante ejemplo de las ansiedades de Lovecraft, expresadas a través de la sensación de «perdición» creada por el «tiempo y el espacio infinitos» del universo. Pero este viaje a los horrores uterinos comienza en la habitación «locamente angular» de Gilman en la Casa de la Bruja. Esta habitación conduce a un desván prohibido «donde se decía que Keziah había practicado sus hechizos», es decir, un espacio intersticial que lo consume en su búsqueda por comprender las matemáticas superiores. La Casa de la Bruja, en términos arquitectónicos, observa el arquetipo gótico de la Casa como representación del cuerpo materno; en este caso, no un cuerpo que da vida, sino un cuerpo que la consume, volviéndose unheimliche, «poco hogareño» [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

Walter Gilman reúne todos los atributos de la heroina gótica, sobre todo el temperamento «histérico». En cierto modo, es un réplica biológicamente masculina de la Emily St. Aubert de Ann Radcliffe [Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho)] y la Catherine Moreland de Jane Austen [La abadía de Northanger (Northanger Abbey)], sobre todo en la forma en la que Gilman anticipa que la «vieja casa misteriosa» estará llena de horrores desconocidos, e imagina histéricamente estos horrores cuando no se presentan. Se nos dice que Gilman «sabía que su habitación estaba en la antigua Casa de la Bruja; de hecho, esa era la razón por la que la había tomado», y que «resolvió vivir en el lugar a toda costa» después de enterarse de que Keziah le había hablado al juez sobre aquellas «líneas y curvas» que podían conducir a espacios «más allá». Gilman, entonces, se lanza a la investigación de los «abismos ilimitados» de la Casa de la Bruja, es decir, al [re]conocimiento del olvidado cuerpo materno.

El deseo [y la ansiedad] de penetrar y apoderarse de este cuerpo se hace explícito cuando Lovecraft explica maliciosamente:


[«Gilman no podría haber dicho qué esperaba encontrar allí, pero sabía que quería estar en el lugar donde alguna circunstancia le dio a una anciana mediocre del siglo XVII una visión de las profundidades matemáticas quizás más allá de las más modernas excavaciones de Planck, Heisenberg, Einstein y de Sitter.»]


Cuando el obsesivo estudio de Gilman de los ángulos en su habitación sugiere que «Keziah realmente había dominado el arte de atravesar puertas dimensionales», las matemáticas creadas por el hombre para comprender la cuarta dimensión se vuelven impotentes [ver: Borges, Lovecraft y el Feng Shui de la cuarta dimensión]

La habitación de Walter Gilman en la Casa de la Bruja es una especie de interfaz de acceso a las dimensiones superiores. Lovecraft utiliza la alteración de la proporción arquitectónica del mismo modo en que la literatura gótica clásica altera la proporción y la escala de sus castillos, abadías y casas embrujadas para reflejar el desmoronamiento físico y mental del protagonista. En ambos casos se destruye la idea de la Casa como un lugar seguro y heimliche: «hogareño» y, por lo tanto, «familiar» [ver: La Casa como entidad orgánica y consciente en el Gótico]

Lovecraft es un verdadero maestro en la creación de lugares irregulares y confusos en los que el protagonista no logra encontrar la salida, proporcionando lo contrario a la sugerencia de Sigmund Freud de que «cuanto mejor orientada está una persona en un lugar, menos susceptible será a la impresión de algo siniestro respecto a los objetos y eventos en él» [ver: Freud, el Hombre de Arena, y una teoría sobre el Horror]. En otras palabras, Lovecraft defiende la percepción de la escala y la proporción como útiles para la rectitud y la bondad, pero representa lo contrario, derribando las normas arquitectónicas, sociales y estéticas. En lugar de representar una belleza tranquilizadora que reafirma afirma la vida, la Casa de la Bruja provoca inquietud al desviarse de esos parámetros que consideramos, tal vez por costumbre, tranquilizadores.

El efecto inquietante de la Casa de la Bruja surge de la ruptura entre lo interior y lo exterior, porque el mal se entromete en el espacio doméstico, pervirtiendo su seguridad. La naturaleza malvada de la Casa se refleja en su apariencia, pero sobre todo en su influencia sobre las personas que viven dentro. El aspecto de la Casa de la Bruja es un recordatorio visual de que hay una escala y una proporción que son repulsivas para los humanos, pero que quizás resultan hogareñas para seres con una subjetividad distinta a la nuestra [ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu]. Este es uno de los principales elementos de Lovecraft: cuestionar la idea de que los humanos habitan un mundo coherente o racional. Por ese motivo, el acercamiento puramente científico, racionalista, a los misterios que aborda Gilman, en última instancia resulta inadecuado.

Este punto queda expresado con insistencia cuando Gilman recupera aquel extraño artefacto de uno de sus viajes a la cuarta dimensión. Ninguno de los especialistas locales puede determinar nada concluyente sobre los orígenes del objeto. Luego se lo somete a un análisis químico, aparentemente un método objetivo y seguro, que también resulta ser limitado en sus capacidades para explicar racionalmente de qué está hecho el objeto:


[«El profesor Ellery encontró platino, hierro y telurio en la extraña aleación; pero mezclados con estos había por lo menos otros tres elementos de alto peso atómico que la química era absolutamente incapaz de clasificar. No sólo no se correspondían con ningún elemento conocido, sino que ni siquiera ocupaban los lugares vacantes reservados para los elementos probables en la tabla periódica.»]


El hecho de que el profesor Ellery no haya podido determinar la composición exacta del artefacto confirma la inadecuación del conocimiento humano, otro de los motivos principales de Lovecraft. Por un lado, la ignorancia humana hace que seamos presa fácil de las fuerzas del cosmos; pero, por el otro, el conocimiento de la verdad tampoco puede salvarlos ya que no hay refugio contra ellas.

El conocimiento de Keziah sugiere que hay fuerzas que no pueden ser racionalizadas, y que cualquier intento de explicarlas por medio de la ciencia fracasará. Además de esto, parece que estas fuerzas son hostiles, tal vez no intencionalmente, ni siquiera maliciosamente, sino más bien con la hostilidad de un niño que ensarta un escarabajo con una ramita. En cualquier caso, el conocimiento de Keziah Mason se ilustra en la extraña geometría de la habitación en la que una vez realizó sus rituales. La naturaleza inexplicable de estas formas geométricas socava la percepción de las matemáticas como base firme para la cognoscibilidad del universo [ver: Einstein, la Relatividad y los Antiguos]

Lovecraft insinúa una serie de ritos sexuales al describir cómo «la anciana y la pequeña cosa peluda» [¿la vulva de la bruja?] avanzan hacia Walter Gilman, quien está solo en su habitación, de noche; mientras una especie de parálisis [uno de los poderes arquetípicos de la Bruja] sofoca sus «intentos de gritar». La marca de la Bruja dada a Gilman juega un rol importante en esta secuencia, ya que, como menciona Margaret Murray en El culto de la brujería en Europa Occidental (The Witch Cult in Western Europe), uno de los libros de cabecera de Lovecraft para darle sustento a su visión de la brujería, tales marcas se daban a los iniciados después de tener relaciones con el Diablo. La avanzada edad de Keziah Mason tampoco es un problema; dado que, como observa Murray, se creía que el diablo tenía relaciones con brujas «de todas las clases y edades».

En Historia del satanismo y la brujeria (La Sorcière), publicado en 1862, Jules Michelet aborda específicamente los aspectos incestuosos del sabbath de las brujas [«Satanás hizo de este crimen en particular una virtud», observa Michelet]; sin embargo, Lovecraft no leyó esta obra; su traducción al inglés apareció dos años después de su muerte. De todos modos, en una carta a Donald Wandrei, fechada el 27 de febrero de 1933, Lovecraft confirma su propia asociación del incesto con el sabbath. Hay que destacar, además, ese abismo triangular simbólico en el que cae el cuchillo de Keziah Mason, y que, más tarde, nos enteramos que conduce a un osario que contiene los huesos de numerosos niños pequeños. Este útero simbólico mata, aún cuando da vida [ver: Horror Uterino]

Cuando Walter Gilman encuentra en su habitación la «exótica figura puntiaguda que en su monstruoso sueño había roto la fantástica balaustrada», se vuelve incapaz de hacer pasar sus visiones del hiperespacio como meros sueños. Sin embargo, el título de la historia habla de «sueños», como si reflejara el deseo de Gilman de negar la realidad de sus viajes cósmicos, que encuentra a la vez fascinantes y aterradores. Pero tal deseo se torna absurdo cuando se enfrenta a esta prueba material y objetiva de sus viajes [ver: H.P. Lovecraft y los viajes en el tiempo]

En apariencia, los conocimientos de Gilman del «cálculo no euclidiano y la física cuántica» parecen tener alguna relevancia para comprender la naturaleza de sus «sueños»; sin embargo, es su llegada a esta habitación construida con ángulos extraños lo que le permite dar el salto al hiperespacio. La ciencia, entonces, es una de las claves para la revelación de la realidad. Pero, ¿acaso no es ciencia lo que utiliza esta bruja del siglo XVII para entrar en el hiperespacio [la cuarta dimensión]? En efecto: Los Sueños en la Casa de la Bruja reinterpreta con elegancia las creencias de la brujería a través de las matemáticas superiores [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]

Los Sueños en la Casa de la Bruja presenta un patrón engañosamente simple. En apariencia, es una narración cronológica, que comienza con Gilman entrando en la Casa de la Bruja hasta su eventual muerte. Sin embargo, en realidad se trata de una narración dentro de una narración, es decir los «sueños» de Gilman en la cuarta dimensión y sus experiencias en la «vida real» en Arkham. Estas dos narraciones no pueden separarse, a pesar de que Gilman, la figura central en ambas, intenta hacer una distinción entre su existencia «real» y sus «sueños», algo difícil de sostener cuando ciertos detalles del «sueño» [como la figura de metal arrancada de la balaustrada] se entromete en su «vida real». A través de estas dos narrativas simultáneas, Lovecraft insinúa que Gilman vive en dos planos de la realidad: el espacio tridimensional y el hiperespacio, simultáneamente [ver: Lovecraft vs. Freud: la interpretación de los sueños según Cthulhu]

Pero lo más interesante de Los Sueños en la Casa de la Bruja es la utilización de las teorías de Albert Einstein, así como otros avances de la física moderna. Al principio del relato se menciona la «física cuántica», y poco después se nos da una pista sobre el origen de los poderes de Keziah Mason:


[«Alguna circunstancia había dado más o menos repentinamente a una anciana mediocre del siglo XVII una visión de las profundidades matemáticas quizás más allá de las más modernas excavaciones de Planck, Heisenberg, Einstein y de Sitter.»]


Willem de Sitter fue conocido por haber introducido la teoría de la relatividad en los países angloparlantes a través de una serie de artículos, en los cuales desarrolla una visión del universo lo suficientemente diferente de la de Einstein como para ganarse un lugar propio. Lovecraft asistió a una conferencia suya el 9 de noviembre de 1931 [El tamaño del universo (The Size of the Universe)], tres meses antes de escribir Los Sueños en la Casa de la Bruja. En aquella conferencia, de Sitter explicó su idea sobre la posibilidad de usar las dimensiones superiores del espacio no euclidiano como atajos a través del espacio normal [ver: Un viaje en el tiempo inducido por el opio: análisis de «El Caos Reptante»]

La mención de Werner Karl Heisenberg tiene que ver con su trabajo en la teoría cuántica, y sobre todo con su célebre Principio de Indeterminación, a través del cual establece que las leyes naturales, que antes se creían fijas e inamovibles, en realidad constituyen un mero promedio estadístico [ver: El relato de Borges que se anticipó a la física cuántica]. Es tentador afirmar que toda la obra de Lovecraft, la cual se basa en la suspensión o violación de las leyes del tiempo y el espacio, se apoya en las ideas de Heisenberg; sin embargo, estaríamos cometiendo un error, ya que cualquier «suspensión» o «violación» de las leyes naturales solo puede ocurrir en un universo donde esas leyes son la norma general.

Lovecraft mantiene una asombrosa coherencia en su visión sobre la posibilidad de viajar en el tiempo, o a través del hiperespacio, en muchas historias. Comparemos, por ejemplo, esta audaz declaración en Los Sueños en la Casa de la Bruja [1932]: «el tiempo podría no existir en ciertos cinturones del espacio»; con la siguiente expresión poética de la misma idea en La nave blanca (The White Ship, 1919): «En la tierra de Sona-Nyl no existe el tiempo ni el espacio, ni el sufrimiento ni la muerte; y allí habité durante muchos eones». Ambas historias son totalmente diferentes, pero exponen el mismo concepto. Esto, creo, evidencia que Lovecraft absorbió tempranamente muchos conceptos de la física moderna, e incluso le permitieron expandir su alcance imaginativo. «Cuanto más aprendemos sobre el cosmos, más desconcertante parece», comenta en una de sus cartas.

Para Lovecraft, los descubrimientos científicos son una fuente de inquietud. El narrador de Desde el más allá (From Beyond) comenta: «Que Crawford Tillinghast haya estudiado alguna vez ciencia y filosofía fue un error», similar a lo que podemos leer en Los Sueños en la Casa de la Bruja: «Quizás Gilman no debería haber estudiado tanto. El cálculo no euclidiano y la física cuántica son suficientes para estirar cualquier cerebro». Un pasaje posterior en Desde el más allá prefigura los viajes de Walter Gilman al hiperespacio:


[«Ahora estaba en un vórtice de sonido y movimiento, con imágenes confusas ante mis ojos. Después de eso, la escena era casi completamente caleidoscópica, y en el revoltijo de imágenes, sonidos e impresiones sensoriales no identificadas, sentí que estaba a punto de disolverme o de alguna manera perder la forma sólida.» ver: ¡No te metas con la glándula pineal!: análisis de «Del más allá»]


En Los Sueños en la Casa de la Bruja, Lovecraft correlaciona algunos libros prohibidos, como el Necronomicón, el Libro de Eibon y el Unaussprechlichen Kulten, con el estudio de la física cuántica. El nexo, aparentemente distante, es el propio Walter Gilman, un estudiante de posgrado que trata de aplicar las «fórmulas abstractas sobre las propiedades del espacio y la vinculación de las dimensiones conocidas y desconocidas». Lovecraft supone que hay dos etapas para acceder a esos «golfos extradimensionales». Primero habría que salir de la esfera tridimensional que conocemos. Segundo, habría que encontrar un pasaje de regreso a la misma esfera pero desde otro punto, tal vez desde una distancia infinita. El secreto de este movimiento consiste en una especie de salto de dimensión en dimensión.

El conocimiento de este «salto» proviene de una conciencia prehumana, o no humana en absoluto, muy superior a la nuestra. Esta conciencia se manifiesta de diversas formas en la obra de Lovecraft, y una de las más recurrentes es el sonido, o mejor dicho, «un sonido que concentra todos los hervores primarios del espacio-tiempo detrás de las esferas de materia que conocemos». En nuestro rango audible, el sonido se manifiesta como un pulso, un ritmo «que estalla en reverberaciones que penetran en cada capa de la que somos conscientes».

Ahora bien, el Hombre Negro en Los Sueños en la Casa de la Bruja evidentemente es Nyarlathotep, ¿pero qué significaba Nyarlathotep para Lovecraft? En el ensayo de 1919: Un Copérnico literario (A Literary Copernicus), Fritz Leiber reflexiona lo siguiente:


[«Nyarlathotep representa la intelectualidad autodestructiva del hombre, su terrible capacidad para ver el universo tal como es y, por lo tanto, matar en sí mismo todos sus sueños ingenuos y hermosos.»]


Nyarlathotep, entonces, representa la inclinación del ser humano por la ciencia, la cual nos permitirá, algún día, «ver el universo tal como es», y eventualmente destruirnos. En otras palabras, la búsqueda del conocimiento no es algo malo en sí mismo, pero lo que nos permitiría descubrir, es decir, el objeto final de esa búsqueda, potencialmente podria destruirnos. Tal vez por eso Lovecraft sitúa a Azathoth, «que gobierna todo el tiempo y el espacio» desde un trono «en el centro del Caos». En apariencia, Azathoth es el «dios» principal del panteón de los Mitos de Cthulhu, pero su descripción sugiere que no es más que un símbolo de los misterios de un universo desconocido. En cuanto a Los Sueños en la Casa de la Bruja, las experiencias de Gilman parecen intensificarse cuando sueña que firma el Libro de Azathoth bajo las órdenes de Keziah, Brown Jenkin y el infame Hombre Negro [ver: El libro de Azathoth: ¿los pactos de sangre son una muestra de ADN?]

El Hombre Negro, entonces, es un avatar de Nyarlathotep dentro del culto tradicional de las brujas. En otros términos, el Hombre Negro es la forma que Nyarlathotep asume entre las brujas, la cual coincide con la figura satánica que gobernaba en el sabbath: un hombre de piel oscura y pezuñas en los pies. En El Dios sin Rostro (The Faceless God), Robert Bloch comenta que los cruzados llevaron de vuelta a Europa el culto a Nyarlathotep bajo esta forma.

«Cálculo no euclidiano», una de las especialidades de Walter Gilman, es una definición que no tiene sentido, porque no hay una conexión real entre la geometría y el cálculo, pero esa insensatez tal vez es intencional. Gilman trata de exprimir su cerebro especulando sobre objetos de cuatro dimensiones, pero eso solo puede abordarse desde las matemáticas. Nuestro cerebro, cableado en un sistema tridimensional, no puede imaginar lo que las matemáticas sí pueden inferir. Algo parecido le sucede a Lovecraft. El flaco de Providence a menudo imagina dimensiones o planos de existencia donde nociones geométricas simples, como la distancia, no tienen un significado inmediato, lo cual es perfectamente posible. Sin embargo, el problema consiste en introducir una dimensión de estas características en una historia escrita y leída por cerebros perfectamente tridimensionales.

Las teorías de Albert Einstein inquietaron a Lovecraft, pero eventualmente resolvieron su visión del universo, como puede verse en la evolución de sus historias. La teoría cuántica le produjo la misma inquietud, tal es así que hizo que Lovecraft suspirara por vivir en el siglo XVII, una época más simple donde la ciencia describía una realidad fundamentalmente estable. En este contexto, no sorprende que el viaje en el tiempo [la posibilidad de salir de nuestro flujo de tiempo newtoniano] apareciera periódicamente en sus relatos. Albert Einstein esencialmente relacionó el espacio con el tiempo. De repente, el tiempo ya no era lineal. ¡Qué agradable sería estar de vuelta en el siglo XVII! Paradójicamente, esto solo podría lograrse de acuerdo a las mismas teorías de las cuales Lovecraft estaba tratando de escapar.

Para Newton, el Tiempo era como una flecha: no puede cambiar su curso y se mueve linealmente en una dirección. Con la Teoría de la Relatividad General de Einstein, el Espacio [y por lo tanto el Tiempo] podría deformarse. En lugar de pensar en el Tiempo como una flecha, Lovecraft tuvo que ajustarse a la idea del Tiempo como un río [en realidad, la representación del Tiempo como un río es de Michio Kaku], acelerando en sus segmentos rápidos y disminuyendo la velocidad en pequeños remolinos que incluso revierten su curso. Este concepto del Tiempo, que incluye remolinos, retrocesos y saltos, también preocupó a Einstein, particularmente cuando uno de sus contemporáneos, W. J. Van Stockum, encontró una solución a las ecuaciones de Einstein que permitía la posibilidad de viajar en el tiempo.

Por lo tanto, viajar en el tiempo es posible, pero se necesitaría tanta energía que solo podría obtenerse de la fuerza gravitatoria de un agujero negro. Esto es un problema, sobre todo para Walter Gilman, quien está convencido de que es posible acceder al hiperespacio. Lamentablemente, la gran cantidad de energía necesaria para abrir estas dimensiones superiores no está disponible para nosotros. Entonces, ¿qué proporciona la energía necesaria para que Gilman y, Keziah Mason antes de él, logren dar este salto temporal?

Respuesta: Nyarlathotep.

Muchas de las entidades de Lovecraft son de dimensiones con un conjunto diferente de leyes naturales, por lo tanto, no es asombroso que Nyarlathotep pueda administrar la energía necesaria para viajar en múltiples espacios-tiempos. Desde nuestra perspectiva [tridimensional y, para colmo, homínida], cualquier atisbo fragmentario de esta tecnología nos parecería magia [ver: La tercera Ley de Clarke en la Tierra Media: la magia como forma avanzada de tecnología]. En otras palabras, la «brujería» de Keziah Mason no tiene nada que ver con los viajes en el tiempo, y mucho con conectarse con inteligencias superiores, como el Hombre Negro, quien sí puede proporcionar una vía [aparentemente «mágica»] de acceder al hiperespacio.

La sugerencia de un espacio que debería estar ahí pero no está, o no es visible en circunstancias ordinarias, desconcierta a Gilman y sacude su cordura. Por eso, la vida cotidiana en la Casa de la Bruja está llena de una sensación de aprensión, de terror ante algo vago pero que puede suceder en cualquier instante. De hecho, para lidiar con la arquitectura anómala de la Casa de la Bruja, Gilman comprende que no puede confiar sus propios sentidos. Sin embargo, está tan absorto en la extraña geometría del lugar, y sus significados ocultos, que se encuentra a sí mismo «mirando cada vez más fijamente la esquina donde el techo inclinado hacia abajo se encuentra con la pared reclinada hacia adentro», desarrollando en el proceso un conjunto de síntomas psicosomáticos: fiebre, un sentido de la audición exagerado, una aguda sensación de temor y «sueños» extremadamente vívidos.

En estos «sueños», que de hecho son realidad, Gilman experimenta la intrusión de la cuarta dimensión, donde ve a Brown Jenkin. ¿Quién es [o qué es] este sujeto]. Desde un punto de vista biológico, es una curiosa hibridación: tiene el tamaño y el cuerpo de una rata, con rostro humano y cuatro manos humanas en lugar de patas. La sola presencia de Brown Jenkin implica el colapso final de las leyes de la naturaleza:

[«Abismos ilimitados de crepúsculos inexplicablemente coloreados y sonidos desconcertantemente desordenados; abismos cuyas propiedades materiales y gravitatorias, y cuya relación con su propia entidad ni siquiera podría empezar a explicar.»]


Walter Gilman pierde aquí el sentido de la coherencia, incluso el pleno dominio de su cuerpo, que percibe desde una perspectiva anamórfica, casi cubista, con todo sentido de la proporción o de la escala alterado:


[«No caminó ni trepó, ni voló ni nadó, ni gateó ni se retorció. Sin embargo, experimentó un tipo de movimiento en parte voluntario, en parte involuntario. No podía juzgar bien su propia condición, porque la vista de sus brazos, piernas y torso parecía cortada por algún extraño desorden de perspectiva; pero sintió que su organización física y sus facultaes mentales se transmutaron maravillosamente y se proyectaron oblicuamente, aunque no sin cierta relación grotesca con sus proporciones y propiedades normales.»]

Gilman se encuentra en un reino habitado por entidades anorgánicas, formas geométricas, colores y sonidos que no puede identificar ni describir, pero que le causan «una constante sensación de pavor». Este aspecto de Los Sueños en la Casa de la Bruja, el uso que hace Lovecraft de imágenes geométricas para representar el espacio donde reside lo desconocido, es el más valioso de una historia que, a pesar de las duras críticas que ha recibido, aquí en El Espejo Gótico nos parece valiosísima.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


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