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«Sepultura»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Sepultura»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«En lo profundo de mi corazón, como en la lápida hueca
y el silencio de algún antiguo sepulcro,
yace tu belleza plateada, y no se moverá,
olvidada, incorruptible, sola.»



Sepultura (Sepulture) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de octubre de 1918 de la revista The Mart Set, y luego reeditado en la antología de 1922: Ébano y cristal (Ebony and Crystal), esta vez con el título: Sepulchre [«sepulcro»].

Sepultura, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, explora un motivo tradicional de la literatura gótica: el merodeo melancólico de un hombre alrededor de la tumba de su amada.


En lo profundo de mi corazón, como en la lápida hueca
y el silencio de algún antiguo sepulcro,
yace tu belleza plateada, y no se moverá,
olvidada, incorruptible, sola:

Aunque los altares se oscurezcan, y sople un viento
desde mares sin estrellas sobre las hogueras que fueron,
dentro de tu tumba, con aceites de bálsamo y mirra,
arderán por siempre las desconocidas lámparas de ónice.

Y aunque los desolados jardines de noviembre produzcan
polvo de rosas y hojas de hiedra, y no se encuentre flor alguna
en el bosque bermellón o en el campo pálido,
aún, aún el asfódelo y el loto yacen alrededor de tu lecho,
y hora tras hora silenciosa
exhalan una fragancia inmortal, como un suspiro.


¿Quién es esta mujer cuya «belleza plateada» yace «olvidada, incorruptible, sola», en el sepulcro? Si el poeta fuera Edgar Allan Poe, o incluso H. P. Lovecraft, sería sencillo adivinarlo, pero Clark Ashton Smith no era lo que se dice estable con sus afinidades sentimentales. De hecho, se labró una reputación de seductor entre 1909 y 1930, durante su etapa en Sierra Nevada, cerca de Auburn, California, llegando a mantener varios romances clandestinos, en simultáneo, con las esposas de sus vecinos y otras mujeres. Es decir que su vida amorosa no se limitó a un par de grandes amores, sino a un verdadero catálogo de mujeres casadas, antes de contraer matrimonio con Carol Jones Dorman a una edad lo suficientemente avanzada como para que tales aventuras le fueran imposibles de continuar.

El Amor y los Amantes [condenados], son temas centrales en la poesía de Clark Ashton Smith, pero es la Mujer, sus arquetipos, quienes están más ligados al temperamento decadente, exótico y cósmico del autor. Lejos de lo que ocurre con otros autores de la época, sus personajes femeninos rara vez ocupan roles tradicionales, y nunca aparecen como damiselas en apuros. Repasemos, a grandes rasgos, los cuatro arquetipos femeninos en la obra de Clark Ashton Smith y veamos si podemos encontrar uno que se ajuste a la silenciosa y anónima habitante de Sepulcro.

1- La Hechicera: motivo clásico en las historias de Averoigne y Zothique. Clark Ashton Smith subvierte las normas de género de estas épocas imaginarias, con mucho de medieval, al situar a la Hechicera en una posición de poder y dominio político gracias a su magia y capacidad de manipulación. No parece ser nuestra chica.

2- La Tentadora: no es exactamente una femme fatale, sino un principio femenino sobrenatural, extradimensional, y a veces botánico. A su modo destructivo, la Tentadora llama, seduce, y, en última instancia, devora física o espiritualmente al hombre. Puede ser apenas una conciencia depredadora que existe en un limbo entre lo animal y lo vegetal, como las mujeres-flor. Definitivamente no es la mujer en el sepulcro.

3- La Entidad: la deidad femenina arquetípica por excelencia en los panteones de Clark Ashton Smith. Está más allá del entendimiento humano.

4- La Inalcanzable: esta podría ser la mujer en la sepultura. Es, en esencia, un amor perdido, generalmente una mujer muerta. El protagonista [en este caso, el orador del poema] a menudo sufre espantosamente, crea ilusiones para mantenerse en contacto con ella, incluso puede llegar a viajar a otras dimensiones para encontrarla. Desde luego, es un ideal inalcanzable, se encuentra al otro lado de la frontera de la muerte. De todos modos, la función del poeta es mantenerla viva, cercana, de la única manera que puede, recordándola, venerándola en su memoria. y aunque...


Aunque los altares se oscurezcan, y sople un viento
desde mares sin estrellas sobre las hogueras que fueron,
dentro de tu tumba, con aceites de bálsamo y mirra,
arderán por siempre las desconocidas lámparas de ónice.




Sepultura.
Sepulture, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En lo profundo de mi corazón, como en la lápida hueca
y el silencio de algún antiguo sepulcro,
yace tu belleza plateada, y no se moverá,
olvidada, incorruptible, sola:

Aunque los altares se oscurezcan, y sople un viento
desde mares sin estrellas sobre las hogueras que fueron,
dentro de tu tumba, con aceites de bálsamo y mirra,
arderán por siempre las desconocidas lámparas de ónice.

Y aunque los desolados jardines de noviembre produzcan
polvo de rosas y hojas de hiedra, y no se encuentre flor alguna
en el bosque bermellón o en el campo pálido,
aún, aún el asfódelo y el loto yacen alrededor de tu lecho,
y hora tras hora silenciosa
exhalan una fragancia inmortal, como un suspiro.


Deep in my heart, as in the hollow stone
And silence of some olden sepulcher,
Thy silver beauty lies, and shall not stir—
Forgotten, incorruptible, alone:

Though altars darken, and a wind be blown
From starless seas on beacon-fires that were—
Within thy tomb, with oils of balm and myrrh,
For ever burn the onyx lamps unknown.

And though the bleak Novembral gardens yield
Rose-dust and ivy-leaf, nor any flower
Be found through vermeil forest or wan field—
Still, still the asphodel and lotos lie
Around thy bed, and hour by silent hour,
Exhale immortal fragrance like a sigh.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Sepultura (Sepulture), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«El castillo oscuro»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche.»



El castillo oscuro (The Dark Chateau) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la antología de 1951: El castillo oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

El castillo oscuro, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, está plagado de referencias a la literatura gótica clásica, muchas de ellas lo suficientemente vagas como para ser casi indetectables.


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde se oxidan las agujas sin día,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen en regiones desoladas
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún conocido y solitario castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
donde aún se agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos de lo que fuiste, pasa.
Por armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas que se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas apagadas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


El punto de partida de cualquier análisis de este poema debería ser la significativa dedicatoria del autor: «A la memoria de Edgar Allan Poe». Por otro lado, Clark Ashton Smith no emplea la palabra castle [«castillo»], sino chateau, lo cual nos proporciona otra pista. Y si pensamos en Edgar Allan Poe y chateau debemos apuntar al relato de 1842: El retrato oval (The Oval Portrait).

El escenario de este cuento de E.A. Poe es un chateau, el cual se describe como un edificio lúgubre, lleno de viejos tapices y pinturas, situado en los Apeninos. La historia comienza con el narrador, herido o discapacitado [E.A. Poe no ofrece explicaciones] y su criado, quienes buscan refugio en un chateau abandonado. El narrador pasa las horas admirando las pinturas y leyendo un extraño libro dejado sobre una almohada, que las describe. Al acercar la vela al libro, el narrador descubre un cuadro que hasta entonces no había visto, el cual muestra la cabeza y los hombros de una joven. La imagen lo cautiva [«quizás durante una hora»]. Después de meditarlo, descubre que lo le fascina de la pintura es su «absoluta verosimilitud». El narrador consulta con avidez el libro en busca de una explicación. El resto de la historia es una cita de este libro: una historia dentro de otra historia.

Entonces, ¿el chateau de Edgar Allan Poe es el escenario del poema de Clark Ashton Smith?

Es probable, no tanto por el contenido de El castillo oscuro, básicamente un recorrido por una casa antigua y abandonada, aunque lena de fantasmas, sino por el estilo, casi tan arcaico como la prosa de las novelas góticas de Ann Radcliffe. Clark Ashton Smith utiliza términos como gales [«vendavales»]; spiceries [«especiarios», que son un tipo de habitación en una casa real o nobiliaria]; gule [«rojo», en descripciones heráldicas]; niche [que puede traducirse como «nicho» (como hemos hecho), aunque «hornacina» sería mejor, es decir, un hueco en forma de arco en el que se colocan estatuas, jarrones u otros adornos]; coigne [forma arcaica de quoin, «esquina», ángulo externo de una pared o edificio]; jambart [pieza de armadura para la pierna, por debajo de la rodilla]; lampadephore [del griego lampadephóros, «portador de antorcha», una persona que lleva una antorcha]; por mencionar algunos ejemplos.

Otra probable inspiración de Clark Ashton Smith es el poema de Walter de la Mare: The Dark Château, el cual presenta un «castillo» onírico, soñado, en el que el orador desea entrar. No es tan lúgubre como el chateau de Edgar Allan Poe, aunque comparte algunas similitudes con el de Smith; entre ellas, su estado de abandono, el hecho de que ninguna voz en su interior sea audible, etc. El estilo, sin embargo, es muy diferente; más etéreo en el caso de De la Mare, en línea con los espacios mágicos de Lord Dunsany.

Finalmente debemos mencionar una autorreferencia: el cuento de Clark Ashton Smith de 1930: El final de la historia (The End of the Story), primera entrega del ciclo de Averoigne. La historia transcurre en 1789. Christophe Morand, un joven estudiante, viaja para visitar a su padre, pero se pierde en el bosque durante una tormenta nocturna. Desesperado, busca refugio en la Abadía de Perigon. Allí conoce a Hilaire, el abad, quien lo lleva a recorrer la biblioteca, «repleta de tomos raros». Uno de ellos, un manuscrito en francés antiguo, llama la atención de Christophe, pero Hilaire le prohíbe leerlo, y le advierte: «Hay una maldición sobre las páginas que tienes en tus manos: un hechizo maligno, un poder perverso que las acecha». Christophe se las ingenia para regresar solo a la biblioteca y leer el libro prohibido. Descubre que trata sobre un tal Gerard, conde de Venteillon, quien se encontró con un sátiro en el bosque de Averoigne.

La Abadía de Perigon no es el chateau de El castillo oscuro, sin embargo, al progresar en la historia seguimos a Christophe por pasadizos subterráneos hasta que emerge en otro mundo, en otra realidad, donde se alza un «castillo oscuro». Este, quizás, es el chateau del poema; e incluso el orador de este último podría ser el propio Christophe Morand.




El castillo oscuro.
The Dark Chateau, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Los misterios de tu antiguo polvo,
tus vidas declinadas por la luz solar:
¿esto lo sabrías o lo supondrías?
Bajo un sol envuelto y momificado,
desciende donde las agujas sin día se oxidan,
donde el vacío reloj de arena se llena de noche;
y viendo correr con ojos aún vivos
tenues ríos como el Aqueronte,

Sigue el rastro de barcazas envueltas en telas
que flotan y caen, en regiones desoladas,
a las profundidades espumosas de color sable.
Luego, cruza montañas fantasmales para descubrir,
más allá de un foso sin puente,
qué escaleras, alfombradas de sombras,
se desmoronan tras los pasos del escalador
en algún solitario y conocido castillo.

Donde exilian fantasmas de vendavales
que soplaban al atardecer de cosechas antiguas,
aún agitan los tapices borrosos,
y la armadura vacía custodia las habitaciones
con retratos podridos que fuiste tú, pasa.
Desde armarios sin aire, desoladores,
especiarios conmemorativos
y plagas se adormecen en tinieblas amargas.

Junto a miradores cargados de manchas sofocadas,
de púrpuras difuminados por la noche, rojizos,
y el verdor perdido de la primavera, más serio ahora
que el ciprés al atardecer, detente y mira hacia adelante:
ningún fantasma queda salvo tú para contemplar ese suelo
donde una vez se meció la rama de almendro
y el ramillete de adelfa.

El silencio áspero es el senescal
de la corte y la fortaleza, del nicho y la cuña.
Con oído sordo, ningún laúd molesta,
ni repican las lejanas botas,
la muerte, con telas por sudario,
espera allí, blanca; y nadie se unirá a tu búsqueda,
ni jamás hablará voz alguna
desde las épocas pasadas:

Hasta que de las bóvedas ensombrecidas
surja el encapuchado con su antorcha,
sin aliento alguno,
a espejos claros como la luna, inmóviles,
donde nunca se dibuja un rostro vivo,
sino pálidos reflejos fijos de antaño
—formas moldeadas que fueron tuyas—
grabadas en vidrio, inmutables y frías.


The mysteries of your former dust,
Your lives declined from solar light—
These would you know, or these surmise?
Beneath a swathed and mummied sun,
Descend where dayless dials rust,
Where the, void hourglass fills with night;
And seeing with still-living eyes
Dim Acherontic rivers run,

Follow where shrouded barges float
And fall, in regions of the dead,
Into the sable-foaming depths.
Then over ghostland mountains go
To find, beyond a bridgeless moat,
What stairs with shadow carpeted
Crumble behind the climber's steps
In some foreknown forlorn chateau.

Where exile ghosts of gales that blew
At eve from vintages antique
Still stir the blurring tapestries,
And empty armor guards the rooms
By rotting portraits that were you,
Pass on. From airless cupboards bleak
Startle memorial spiceries
And plagues adrowse in attared glooms.

By oriels charged with stifled stains,
With night-blent purples, gules embrowned,
And spring's lost verdure, graver now
Than cypress at the set of day,
Pause, and look forth: no ghost remains
Save you to gaze on that dim ground
Where once the budding almond-bough
Waved, and the oleander-spray.

Hoar silence is the seneschal
Of court and keep, of niche and coigne.
With drumless ear no lute annoys,
Nor clang from farring jambarts drawn,
Death, with dlulled arrasses for pall,
Waits whitely there; and none will join
Your quest, nor ever any voice
Speak from. the chambered epochs gone:

Till from the vaults with shadows brimmed
Shall come a cowled lampadephore,
holding his lamp, by no breath blown,
To mirrors moony-clear and still
Where never living face is limned,
But wan reflections fixed of yore—
Long-mouldered shapes that were your own—
Graven in glass, unchanged and chill.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: El castillo oscuro (The Dark Chateau), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Nictálope»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Nictálope»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




«Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas.
Hemos visto los soles negros
derramando la noche»



Nictálope (Nyctalops) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de octubre de 1929 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1947: El lado oscuro de la luna (Dark of the Moon).

Nictálope, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, despliega un vasto repertorio de criaturas mitológicas, arquetípicas de la noche.

El título del poema posee una doble faz. Por un lado, «nictálope» designa a una persona que padece nictalopía, la cual se caracteriza por una disminución de la visión en condiciones de poca luz. No es una enfermedad en sí misma, sino el síntoma. Sin embargo, Clark Ashton Smith emplea el término en su sentido original, contrario al uso médico, el cual describe a una persona [o animal] con la capacidad de ver en la oscuridad. La palabra proviene del griego nyktos, «noche»; y optos, «vista».

El poema abre con una pregunta a los que «ven en la oscuridad», es decir, a los nictálopes:


Vosotros que veis en la oscuridad
cuando la luna se ahoga
en la bruma pantanosa
que se extiende a lo largo del suelo;
vosotros que veis en la oscuridad,
decid, ¿qué habéis encontrado?


La respuesta del nictálope es un catálogo de horrores cósmicos, seres mitológicos y sutilezas cuánticas:


Hemos visto extraños átomos
concertando citas en el aire.;
el polvo de amantes desaparecidos,
separados hace mucho tiempo
en la desesperación,
y polvo de flores que se marchitaron
en otros mundos.

Hemos visto pesadillas
descender del cielo,
silenciosas, como murciélagos,
hacia donde yacen los durmientes;
hemos visto los pechos
de los súcubos.

Hemos visto el cristal
de las lágrimas de la Medusa muerta.
Hemos observado a las ondinas
menguar en presas estancadas,
y a las mandrágoras danzando frenéticamente
junto a lagos negros, hinchados de sangre.

Hemos visto a los sátiros
renovar sus antiguos amores
con ninfas blancas como la luna de los cipreses,
pálidas dríades del tejo,
en la hierba alta de los cementerios
cargados con el rocío de la tarde.

Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas,
donde átomo se mueve con átomo
en una brillante y veloz formación,
como constelaciones ordenadas
en algún camino sideral.

Hemos visto hermosos colores
que no habitan en la luz:
oro más intenso e iris
oculto y recóndito;
hemos visto los soles negros
derramando la noche.


En 1933, cuatro años después de la publicación de este poema, Clark Ashton Smith volvería a utilizar el término nyctalops en El viaje del rey Euvoran (The Voyage of King Euvoran). En una escena, Euvoran está en una celda y es visitado por una especie de búho, «un nictalopo de ojos amarillos brillantes» pero «con las robustas patas de un megápodo». Como es lógico en una situación semejante, Euvoran está incómodo, en especial debido a la mirada del ave, «que lo fulminaba con un brillo más intenso a medida que la penumbra se intensificaba».

En una carta a H. P. Lovecraft, fechada en febrero de 1931, Clark Ashton Smith deja en claro que considera a Nictálope como uno de sus mejores poemas:


«Si realmente tuviera la energía que me atribuyes, intentaría hacer algo con mis traducciones, poemas, etc. Pero con las condiciones actuales del mercado, imagino que sería doblemente difícil interesar a alguien. Sin embargo, todavía se publica poesía; recientemente he recibido solicitudes de colaboración de las editoriales de dos antologías proyectadas. Una de ellas incluirá cinco de mis mejores poemas cortos: Símbolos (Symbols), Nictálope (Nyctalops), La nereida (The Nereid), Palmeras (Palms) y Sepultura (Sepulture)


En lo personal, creo que Nictálope es un homenaje de Clark Ashton Smith a todos los autores del género macabro, en particular a Lovecraft y sus camaradas de Weird Tales, quienes eran, en cierto modo, aquellos que «veían en la oscuridad», es decir, quienes se permitían observar en las tinieblas de la naturaleza para proporcionarnos todas esas visiones extrañas [ver: El Círculo de Lovecraft y la aristocracia de «Weird Tales»]




Nictálope.
Nyctalops, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Vosotros que veis en la oscuridad
cuando la luna se ahoga
en la bruma pantanosa
que se extiende a lo largo del suelo;
vosotros que veis en la oscuridad,
decid, ¿qué habéis encontrado?

Hemos visto extraños átomos
concertando citas en el aire.;
el polvo de amantes desaparecidos,
separados hace mucho tiempo
en la desesperación,
y polvo de flores que se marchitaron
en otros mundos.

Hemos visto pesadillas
descender del cielo,
silenciosas, como murciélagos,
hacia donde yacen los durmientes;
hemos visto los pechos
de los súcubos.

Hemos visto el cristal
de las lágrimas de la Medusa muerta.
Hemos observado a las ondinas
menguar en presas estancadas,
y a las mandrágoras danzando frenéticamente
junto a lagos negros, hinchados de sangre.

Hemos visto a los sátiros
renovar sus antiguos amores
con ninfas blancas como la luna de los cipreses,
pálidas dríades del tejo,
en la hierba alta de los cementerios
cargados con el rocío de la tarde.

Hemos visto la oscuridad
donde se descomponen las cosas,
donde átomo se mueve con átomo
en una brillante y veloz formación,
como constelaciones ordenadas
en algún camino sideral.

Hemos visto hermosos colores
que no habitan en la luz:
oro más intenso e iris
oculto y recóndito;
hemos visto los soles negros
derramando la noche.


Ye that see in darkness
When the moon is drowned
In the coiling fen-mist
Far along the ground—
Ye that see in darkness,
Say, what have ye found?

—We have seen strange atoms
Trysting on the air—
The dust of vanished lovers
Long parted in despair,
And dust of flowers that withered
In worlds of otherwhere.

We have seen the nightmares
Winging down the sky,
Bat-like and silent,
To where the sleepers lie;
We have seen the bosoms
Of the succubi.

We have seen the crystal
Of dead Medusa's tears.
We have watched the undines
That wane in stagnant weirs,
And mandrakes madly dancing
By black, blood-swollen meres.

We have seen the satyrs
Their ancient loves renew
With moon-white nymphs of cypress,
Pale dryads of the yew,
In the tall grass of graveyards
Weighed down with evening's dew.

We have seen the darkness
Where charnel things decay,
Where atom moves with atom
In shining swift array,
Like ordered constellations
On some sidereal way.

We have seen fair colors
That dwell not in the light—
Intenser gold and iris
Occult and recondite;
We have seen the black suns
Pouring forth the night.


Clark Ashton Smith (1893-1961)


(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Nictálope (Nyctalops), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Para Howard Phillips Lovecraft»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Para Howard Phillips Lovecraft»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




Para Howard Phillips Lovecraft (To Howard Phillips Lovecraft) es un poema gótico del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de julio de 1937 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la colección de 1944: Marginalia (Marginalia).

Para Howard Phillips Lovecraft, uno de los poemas de Clark Ashton Smith más sentimentales, fue escrito el 31 de marzo de 1937, diecisiete días después de la muerte de Lovecraft.

En 1922 —a través de Samuel Loveman—, Clark Ashton Smith comenzó una larga correspondencia con Lovecraft, la cual forjó una sólida amistad entre ambos. CAS y HPL compartían muchos gustos y puntos de vista, sobre todo en materia de arqueología, astronomía, idiomas antiguos y el interés subsiadiario en la invención sistemática de lenguas, nombres y lugares. Nunca se conocieron personalmente.

Para Howard Phillips Lovecraft es un tributo de Clark Ashton Smith, no solo al maestro, sino al amigo. Aunque la cadencia del poema no sea exactamente «lovecraftiana», está lleno de reminiscencias a los Mitos de Cthulhu: Kadath, Cthulhu, Ulthar, la Llave de Plata, Arkham.

Basta repasar superficialmente la correspondencia entre Lovecraft y Clark Ashton Smith para advertir que tenían una relación encantadora. Aunque el Flaco de Providence es sujeto de absurdas críticas a nivel personal, nadie podría insinuar que no era un amigo devoto. Las relación con CAS está repleta de afinidades y disidencias, pero las segundas nunca fueron motivo de discusión, sino de enriquecimiento mutuo. En una carta a R. H. Barlow, fechada el 17 de mayo de 1937, Clark Ashton Smith menciona: «la barbarie, el arte bárbaro, los pueblos bárbaros, me atraen cada vez más. Nunca podría vivir en ninguna ciudad moderna; soy más outsider que HPL». En efecto, la mayor afinidad entre Lovecraft y Clark Ashton Smith era el desagrado por el mundo moderno. En otra carta, fechada un año antes, CAS comenta a Lovecraft: «no hay muchas personas con un sentido de extrañeza y misterio cósmico». Clark Ashton Smith reconocía estos atributos en el Flaco de Providence, y viceversa.

A partir de la muerte de Lovecraft, la producción de cuentos de Clark Ashton Smith comenzó a disminuir paulatinamente. A finales de la década de 1930, prácticamente dejó de escribir ficción; sin embargo, continuó escribiendo poesía hasta su muerte en 1961. Las razones de este cese en la ficción de CAS no están claras: quizás su fuente de imaginación [aparentemente inagotable] se agotó, quizás su daimon personal dejó de sugerirle «cuentos de inconcebible miedo»; o quizás creyó que la única persona [además de Robert E. Howard] capaz de ese «sentido de extrañeza y misterio cósmico» ya no estaba en este mundo para leerlo. Además de estos duros golpes, su madre, Fanny Smith, murió en 1935; y su padre, Timeus Smith, falleció en 1937.

La muerte de Lovecraft le arrebató a CAS uno de sus amigos más comprensivos. HPL siempre demostró ser un lector entusiasta y perceptivo; de hecho, solían intercambiar y comentar sus manuscritos antes de publicarlos. Poco a poco, Clark Ashton Smith fue dedicánose más a la escultura, la pintura, la poesía, y alguna ficción ocasional.

Para Howard Phillips Lovecraft no es el único homenaje que Clark Ashton Smith le dedicó a Lovecraft. Publicó una carta en The Eryie, una sección de Weird Tales, en el mismo número en el que apareció este poema. También había publicado dos tributos en prosa antes: In Memoriam: H.P. Lovecraft (In Memoriam—H.P. Lovecraft) [edición de abril de 1937 de Tesseract]; y una carta publicada en mayo de ese año en The Science-Fiction Critic, titulada: Una nota del editor (A Note From The Editor). Su último homenaje fue el soneto de 1959: H.P.L. (H.P.L), que apareció en La habitación cerrada y otras piezas (The Shuttered Room and Other Pieces).

Antes de morir, Lovecraft también rindió homenaje a CAS en el soneto: Para Clark Ashton Smith (To Clark Ashton Smith), publicado póstumamente en la edición de abril de 1938 de Weird Tales, donde llama a su amigo «Señor Oscuro de Averoigne» [Dark Lord of Averoigne]. Tal vez por eso el Orador de Para Howard Phillips Lovecraft dice estar escribiendo desde «la solitaria colina occidental de Averoigne».

En mi opinión, Lovecraft es tan importante como J.R.R. Tolkien en lo que respecta a sus contribuciones al caldero de conceptos de la fantasía. A nivel superficial, sin HPL no tendríamos monstruosidades tentaculares de más allá del espacio-tiempo o libros blasfemos que contienen secretos que el hombre no debería conocer, por citar dos ejemplos que el Flaco de Providence popularizó. Más significativos, creo, son sus temas: la insignificancia de la humanidad en la escala cósmica, la inmensidad de ese universo indiferente, y la espada de doble filo del conocimiento científico. Todo eso se ha inflitrado tan profundamente en nuestra cultura popular que lo damos por sentado. En tiempos de HPL era una novedad, y Clark Ashton Smith, entre otros, supo reconocer de inmediato su valor. Para Howard Phillips Lovecraft es un pequeño reconocimiento al aporte de Lovecraft a la ficción, por lo tanto, también a la vida de muchos de nosotros:




Para Howard Phillips Lovecraft.
To Howard Phillips Lovecraft, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Amante de las colinas, los campos y las ciudades antiguas,
¿cómo te has desviado del aquí
por caminos que antes no habías encontrado,
más allá de las torres de Providence al amanecer?
¿Has ido a buscar algún país más antiguo,
algún Arkham de las hechicerías primordiales?
¿O, con félidos familiares,
exploras ahora algún bosque nuevo y secreto,
más allá de la pared más lejana de los sentidos,
donde la primavera y el ocaso trascienden el sendero eterno
de la Tierra al éter en dimensiones nemorales?
¿O acaso la Llave de Plata
te ha abierto maravillas y sueños y mundos ulteriores?
¿Has ido a tu hogar en Ulthar o en Pnath?
¿Ha llamado el alto rey que reina en la oscura Kadath
a su cortés y sabio embajador?
¿O el oscuro Cthulhu envió la Señal
que te convierte ahora en un consejero
dentro de esa fortaleza hundida de las profundidades,
donde los Antiguos se agitan en el sueño,
hasta que poderosos temblores sacudan su continente dormido?

¡Escucha! En este breve intervalo de días,
¡cuán lejos se aceleran tus pies
sobre los caminos fabulosos
donde andan los muertos míticos.
Para nosotros queda el dolor, queda el misterio.
Y, sin embargo, no te has ido,
ni te has entregado por completo al sueño y al olvido:
porque, incluso en esta solitaria colina occidental de Averoigne,
que tu carne nunca había visitado,
me encuentro con tu espectro sensible y sabio,
una presencia que no se marcha, graciosa y augusta.
Más luminosa para ti es la hierba vernal,
más mágicamente oscura que la piedra del druida,
y en el recuerdo apareces siempre
como en el espejo de un mago;
y de la página del espíritu tus runas nunca se borrarán.


Lover of hills and fields and towns antique,
How hast thou wandered hence
On ways not found before,
Beyond the dawnward spires of Providence?
Hast thou gone forth to seek
Some older bourn than these —
Some Arkham of the prime and central wizardries?
Or, with familiar felidae,
Dost now some new and secret wood explore,
A little past the senses' farther wall —
Where spring and sunset charm the eternal path
From Earth to ether in dimensions nemoral?
Or has the Silver Key
Opened perchance for thee
Wonders and dreams and worlds ulterior?
Hast thou gone home to Ulthar or to Pnath?
Has the high king who reigns in dim Kadath
Called back his courtly, sage embassador?
Or darkling Cthulhu sent
The Sign which makes thee now a councilor
Within that foundered fortress of the deep
Where the Old Ones stir in sleep,
Till mighty temblors shake their slumbering continent?

Lo! in this little interim of days,
How far thy feet are sped
Upon the fabulous and mooted ways
Where walk the mythic dead!
For us the grief, for us the mystery.
And yet thou art not gone
Nor given wholly unto dream and dust:
For, even upon
This lonely western hill of Averoigne
Thy flesh had never visited.
I meet some wise and sentient wraith of thee,
Some undeparting presence, gracious and august.
More luminous for thee the vernal grass,
More magically dark the Druid stone
And in the mind thou art for ever shown
As in a wizard glass;
And from the spirit's page thy runes can never pass.


Clark Ashton Smith
(1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Para Howard Phillips Lovecraft (To Howard Phillips Lovecraft), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Lamia»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«Lamia»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




Lamia (Lamia) es un poema de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la edición de invierno de 1948 de la revista The Arkham Sampler, y luego reeditado en la antología de 1951: El Chateau oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

Lamia, uno de los grandes poemas de Clark Ashton Smith, está directamente relacionado con el relato: Morthylla (Morthylla) y su evocador final:


[«Para asombro suyo, una mujer, o lo que parecía serlo, se sentaba al lado del mausoleo. No podía verla con claridad, pues la sombra de la tumba la envolvía desde los hombros hasta abajo. Sólo el rostro, resplandeciendo débilmente, se elevaba hacia la luna. Su perfil era como el que había visto en monedas antiguas.

—¿Quién eres?—preguntó con una curiosidad que sobrepasaba su cortesía.

—Soy la lamia Morthylla —contestó ella.»]


El poema de Clark Ashton Smith: Lamia exuda el mismo ambiente sepulcral, y vuelve a situarnos en la guarida de la vampiresa:


Su letal belleza, como un filtro, se agitó
a través mi sangre y llenó mi corazón de luz:
la desposé con ardor sin dejarme intimidar

por las extrañas manchas de su cuerpo blanco,
por las cosas que se arrastraban en su guarida
y los muertos que yacían a nuestro lado.


Los vínculos temáticos entre los relatos y poemas de Clark Ashton Smith suelen ser estrechos, y el ciclo Zothique a menudo proporciona el hilo conductor. Este parece ser el caso de Lamia, ya que el poema proporciona una especie conclusión de Morthylla.


Pero, ah, fue hace mil años
que tomé a la encantadora lamia por esposa...
y jamás los que me encuentren
sabrán que hace mil años que he muerto.


Morthylla, publicado en la edición de mayo de 1953 de Weird Tales, está ambientado en Zothique, el último continente de la Tierra en un futuro donde «el sol es una estrella decadente, envejecida más allá de la crónica, más allá de la leyenda». La acción tiene lugar en la ciudad de Umbri, donde un poeta, llamado Valzain, no logra encontrar placer ni siquiera en las célebres orgías de su mentor, Famurza, donde hay «vinos, licores, afrodisíacos, y carnes y frutas que hinchaban las legumbres flácidas». Valzain está presente en estas celebraciones, pero espiritualmente ausente, «con una indiferencia que se convierte en repugnancia». Famurza toma nota de la apatía de su protegido y le pregunta si hay algo que pueda hacer para aliviar su aburrimiento.


[—No hay medicina para lo que me aqueja —replicó Valzain—. En cuanto al amor, ya no me importa si es correspondido o no. El tedio acecha en medio de todos los besos.]


Famurza siente lástima por Valzaín, y admite que, a pesar de tener el doble de edad, aún encuentra placer en «las buenas carnes jugosas, las mujeres, el vino, y la música». Valzain afirma que sus únicos placeres están en los sueños.


[«He abrazado a súcubos que eran más que carne, habiendo conocido deleites demasiado intensos para que el cuerpo despierto los sostenga. ¿Tienen tales sueños alguna fuente fuera del propio cerebro terrenal? Daría mucho por encontrar esa fuente, si existe. Mientras tanto, no hay nada para mí más que desesperación.»]


Al escuchar esto, Famurza le cuenta a Valzain sobre una «antigua necrópolis» que está embrujada por el espíritu de la princesa Morthylla, quien murió hace varios siglos y, en raras ocasiones, toma amantes mortales. Si Valzain realmente no se complace en los placeres mundanos, tal vez debería buscar a Morthylla. De camino a casa después de la fiesta, Valzain busca el cementerio, donde decide pasar la noche. En medio de su ensoñación, observa a una mujer sentada junto a un mausoleo, una mujer cuyo «perfil era como el que había visto en monedas antiguas».


[—¿Quién eres?

—Soy la lamia Morthylla —respondió ella, con una voz que dejaba tras de sí una vibración débil y esquiva como la de un arpa—. Ten cuidado conmigo, porque mis besos están prohibidos para aquellos que están entre los vivos.]


Valzain duda de que esta mujer sea Morthylla, pero decide seguirle el juego y, al hacerlo, se siente intrigado por ella: «había una dulzura en su boca, una sombra de fatiga o tristeza en sus ojos». Durante las semanas posteriores, los dos se reúnen todas las noches en el cementerio, conversando animadamente hasta cerca del amanecer, ya que Morthylla, según ella, es «una criatura de la noche».

Escéptico, Valzain ve a Morthylla como una mujer con inclinaciones macabras afines a las suyas, sin embargo, no puede encontrar en ella ningún indicio de mundanalidad, ningún conocimiento de las cosas presentes, sino una extraña familiaridad con el pasado y la leyenda de la Lamia. Sus ojos, sus labios, parecen ocultar secretos olvidados y prohibidos. Sus respuestas siempre son vagas y ambiguas.


[—He soñado con la vida—le dijo ella crípticamente—. Y he soñado también con la muerte. Ahora bien, quizá haya otro sueño... en el que tú has entrado.

—Yo también quisiera soñar—dijo Valzaín.]


Morthylla es uno de los mejores cuentos de Clark Ashton Smith. En una carta a L. Sprague de Camp, fechada el 21 de octubre de 1953, el autor comenta que se trata de la historia de «una pseudo-lamia que, en realidad, es una mujer normal que intenta complacer los gustos de su amante». En otras palabras, la mujer intenta complacer las fantasías de Valzain, pero interpreta tan bien el papel de Lamia que este termina suicidándose. Pero la historia no termina ahí. Después de que el Valzain se suicida, olvida que está muerto, y se encuentra con Morthylla una vez más, solo que esta vez no es su amante mortal interpretando un papel, sino una Lamia real.

Todos los Vampiros de Clark Ashton Smith viven en los reinos de Averoigne y Zothique, entre otros, y la mayoría son mujeres, generalmente Lamias. Estas criaturas de los mitos griegos son muy antiguas, pero Clark Ashton Smith se basa especialmente en el escritor griego del siglo II d.C., Flegón, sobre todo en la historia de una novia muerta que regresa de la tumba para cazar a su prometido [ver: Lamias: vampiresas de la mitología griega]. Esta misma estructura es la base del poema de Goethe: La novia de Corinto (Die Braut von Korinth). [ver: La primera Vampiresa moderna: análisis de «La Novia de Corinto»]

Para Clark Ashton Smith, la figura de la Lamia es una versión sexualizada de lo que él entendía como la característica definitoria de la ficción: escapar de la realidad, pero no hacia el consuelo y la esperanza [como por ejemplo en las obras de J.R.R. Tolkien], sino hacia la autodestrucción. Por otro lado, la similitud entre las actividades y apetitos de la Lamia en diversas obras de ficción [seducir y devorar a su amante] no es caprichosa, sino más bien una cuestión etimológica. La palabra Lamia [lit. «tragadora»] proviene de laimos, que significa «garganta» [o «esófago»]. Eso es lo que vemos en las Lamias de Clark Ashton Smith y Goethe: depredadoras que devoran a sus víctimas.




Lamia.
Lamia, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


De su guarida en el desierto surgió la lamia,
una hermosa serpiente con forma de mujer.
Al encontrarme allí, me saludó con el nombre
que mis amados labios habían usado en días lejanos;
y cuando la lamia cantaba, me parecía escuchar
la voz del amor en algún viejo avatar.
Su letal belleza, como un filtro, se agitó
a través mi sangre y llenó mi corazón de luz:
la desposé con ardor, sin dejarme intimidar
por las extrañas manchas de su cuerpo blanco,
por las cosas que se arrastraban en su guarida
y los muertos que yacían a nuestro lado durante la noche.
Más fría su carne que las serpientes del pantano,
sin embargo, en su pecho perdí mi antiguo dolor
y encontré el gozo prohibido a los hombres vivos.
Pero, ah, fue hace mil años
que tomé a la encantadora lamia por esposa...
y jamás los que me encuentren
sabrán que he muerto hace mil años.


Out of her desert lair the lamia came,
A lovely serpent shaped as women are.
Meeting me there, she hailed me by the name

Belovèd lips had used in days afar;
And when the lamia sang, it seemed I heard
The voice of love in some old avatar.

Her lethal beauty like a philtre stirred
Through all my blood and filled my heart with light:
I wedded her with ardor undeterred

By the strange mottlings of her body white,
By the things that crept across us in her den
And the dead who lay beside us through the night.

Colder her flesh than the serpents of the fen,
Yet on her breast I lost mine ancient woe
And found the joy forbid to living men.

But, ah, it was a thousand years ago
I took the lovely lamia for bride...
And nevermore shall they that meet me know

It is a thousand years since I have died.


Clark Ashton Smith
(1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: Lamia (Lamia), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Poeta habla con los Ghouls»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.


«El Poeta habla con los Ghouls»: Clark Ashton Smith; poema y análisis.




El Poeta habla con los Ghouls (Le poète parle avec les goules) es un poema de vampiros del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado por Arkham House en la antología de 1951: El castillo oscuro y otros poemas (The Dark Chateau and Other Poems).

El Poeta habla con los Ghouls, tal vez uno de los poemas de Clark Ashton Smith menos conocidos, originalmente fue escrito en francés. En El Espejo Gótico hemos traducido la versión en inglés que aparece en El emperador de los sueños (Emperor of Dreams).

Si bien estableció su popularidad como colaborador de Weird Tales, Clark Ashton Smith se consideraba a sí mismo, ante todo, como poeta. En sus exóticos poemas resuenan las imágenes extravagantes del surrealismo, quizás originadas en Charles Baudelaire, y el distante eco de los antiguos poemas medievales. Algo de todo eso puede percibirse en El Poeta habla con los Ghouls, un poema surrealista que expresa las ideas de Clark Ashton Smith sobre la poesía. Para él, la única cualidad significativa del ser humano es la imaginación, y la mejor herramienta para catalizar ese recurso vital es la poesía.

En El Poeta habla con los Ghouls, Clark Ashton Smith parece homenajear el estilo de Charles Baudelaire, añadiendo ciertos elementos místicos y grotescos de Edgar Allan Poe, refractados a través de su propia visión poética. Aquí encontramos a un Poeta [posiblemente el propio Clark Ashton Smith] que interroga a un grupo de Ghouls [ver: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción]; quienes, al parecer, no son los Necrófagos tradicionales que merodean por los cementerios para exhumar cadáveres y roer huesos, sino más bien criaturas del pensamiento, entes que merodean en la psique del Poeta para desenterrar viejos recuerdos; la mayoría, ingratos:


Oh, Ghouls de medianoches fétidas y fúnebres,
¿qué habéis descubierto en vuestras tristes labores?
—Hemos desenterrado la Empusa de tus miedos
y la espantosa Gorgona con sus ojos lívidos
en nuestras labores lúgubres.

Oh, excavadores diligentes, sabios Ghouls,
¿qué habéis encontrado en vuestros prodigiosos trabajos?
—Hemos exhumado, con sus antiguos males,
todos tus amores, con facciones carcomidas por los gusanos,
en nuestros prodigiosos trabajos.


Podemos pensar que estos Ghouls son una expresión de esa imaginación transpersonal, transcorpórea, que constantemente hurga en la mente aquello que ha sido olvidado, incluso reprimido, pero que mediante el ejercicio imaginativo logra exhumarse:


Abridores mugrientos de pirámide y osario,
¿qué os reveló la tarde carmesí?
—Hemos desenterrado el suelo negro y ceniciento
para revelar la ninfa sin mortaja
que fue puesta a dormir por la noche.

Ghouls, ¿qué haríais esta noche para vuestro placer,
dentro de estas tumbas bajas, lúgubres y abiertas?
—Venimos a desenterrar a los muertos vivientes,
los faunos nunca castrados de tus viejos vicios,
dentro de estas tumbas abiertas.


El acto de escribir no es un simple ejercicio estético para Clark Ashton Smith. Exige el compromiso máximo: desenterrar los aspectos más tenebrosos del Poeta, desenterrarlos de la tenebrosa oscuridad de la tumba, y exhibirlos ante el lector. En este contexto, es lícito suponer que de eso se trata El Poeta habla con los Ghouls: de un escritor que se dispone a indagar en su propio cementerio personal, en los confines subterráneos de su inconsciente, para dar cuenta de su Verdad, por grotesca y corrupta que pueda ser.

Si bien El Poeta habla con los Ghouls fue escrito en francés, el propio Clark Ashton Smith lo tradujo al inglés, cambiando el título por El Poeta habla con los biógrafos (The Poet Talks with the Biographers). ¿Podrían ser estos profanadores una representación del biógrafo que [literalmente] trata de sacar a la luz hechos enterrados en la vida de su objeto de estudio? Tal vez. Clark Ashton Smith nunca tuvo demasiados complejos en examinar la genealogía de sus demonios personales.




El Poeta habla con los Ghouls.
Le poète parle avec les goules, Clark Ashton Smith (1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Oh, Ghouls de medianoches fétidas y fúnebres,
¿qué habéis descubierto en vuestras tristes labores?
—Hemos desenterrado la Empusa de tus miedos
y la espantosa Gorgona con sus ojos lívidos
en nuestras labores lúgubres.

Oh, excavadores diligentes, sabios Ghouls,
¿qué habéis encontrado en vuestros prodigiosos trabajos?
—Hemos exhumado, con sus antiguos males,
todos tus amores, con facciones carcomidas por los gusanos,
en nuestros prodigiosos trabajos.

Abridores mugrientos de pirámide y osario,
¿qué os reveló la tarde carmesí?
—Hemos desenterrado el suelo negro y ceniciento
para revelar la ninfa sin mortaja
que fue puesta a dormir por la noche.

Ghouls, ¿qué haríais esta noche para vuestro placer,
dentro de estas tumbas bajas, lúgubres y abiertas?
—Venimos a desenterrar a los muertos vivientes,
los faunos nunca castrados de tus viejos vicios,
dentro de estas tumbas abiertas.


O ghouls of fetid and funereal midnights,
Say, what do you uncover in your sad labors?
—We have disinterred the Empusa of thy fears
And the frightful Gorgon with her livid eyeballs
In our mournful labors.

O diggers all so diligent, O sapient ghouls,
What have you found in your prodigious toils?
—We have exhumed with all their antique evils
Thy loves, with features gutted by the worms,
In our enormous toils.

Grimed openers of pyramid and ossuary,
What revealed ye yesterday at crimson evening?
—We have dug up the black and ashen soil
To anatomize the shroudless nymph
Who was laid to sleep at evening.

Ghouls, what would ye do, tonight, for your pleasure,
Within these low, lugubrious and gaping tombs?
—We come to disenswathe the living dead—
The never-gelded fauns of thine old vices—
Within these gaping tombs.


Clark Ashton Smith
(1893-1961)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Poemas góticos. I Poemas de Clark Ashton Smith.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de Clark Ashton Smith: El Poeta habla con los Ghouls (Le poète parle avec les goules), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Amina»: Edward Lucas White; relato y análisis.


«Amina»: Edward Lucas White; relato y análisis.




Amina (Amina) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), escrito en 1906 y publicado originalmente edición del 1 de junio de 1907 de la revista The Bellman. Más adelante formaría parte de la antología de 1927: Lukundoo y otros relatos (Lukundoo and Other Stories); y desde entonces sería reeditado en numerosas colecciones, entre ellas: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the Dead) y El libro negro del hombre lobo (The Black Book of the Werewolf).

Amina, uno de los grandes cuentos de Edward Lucas White [escrito sobre la base de un poema anterior: La Ghoula (The Ghoula)], relata la historia de Waldo, un joven de Maine que se aleja de su campamento en el desierto persa. Es ayudado por una extraña mujer, llamada Amina, que habita en una antigua tumba con sus hijos, muchos hijos, una verdadera jauría de pequeños Ghouls hambrientos [ver: Razas de vampiros]

SPOILERS.

Amina de Edward Lucas White relata la historia de Waldo, un joven aventurero de Rhode Island que emprende un viaje al interior de Persia bajo la protección de un cónsul, presumiblemente estadounidense. A pesar de la advertencia del cónsul, Waldo se separa de su grupo y se encuentra con una mujer de aspecto inusual, exótico, llamada Amina. Ella lleva el rostro descubierto, sin adornos, lo cual ya es extraño en aquellas tierras, pero no tanto como su excepcional musculatura y las largas uñas, como garras, que crecen en sus pies.

Amina, inesperadamente, habla inglés [«aunque apenas mueve los labios»]. No es cristiana, ni musulmana, sino que afirma pertenecer al «Pueblo Libre», sobre el cual se abstiene de brindar mayores comentarios. Amina le ofrece refugio a nuestro protagonista, sediento y desorientado, que resulta ser una tumba en ruinas, muy antigua, habitada por numerosos niños deformes. Eventualmente, Edward Lucas White revela que Amina es un Ghoul, y que aquellos niños son su última camada de crías [ver: Danny Glick y los niños-vampiro de Stephen King]

Finalmente, el cónsul intercede y dispara a Amina dos veces. Cuando Waldo lo acusa de asesinar a una mujer, el cónsul le señala el cuerpo tendido en el suelo de la tumba, el cual revela todas las características de esta temible raza del folclore árabe: los Ghouls [ver: Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción]

Edward Lucas White introduce varias innovaciones en Amina. Por ejemplo, enfatiza la naturaleza salvaje de los Ghouls, pero sin mencionar sus hábitos como necrófagos, y los reduce a una rareza zoológica, como si se trataran de una versión degradada del ser humano. En definitiva, los clasifica como una amenaza temporal, no espiritual, y lo hace a través de la fuerte atracción sexual que Waldo siente hacia Amina.

Resulta inevitable citar la historia de Sidi Nouman, de Las mil y una noches, como fuente de inspiración para el relato. Allí, la novia de Sidi, llamada Amina, resulta ser un Ghoul. Al darse cuenta de que ella evita comer en varias ocasiones, Sidi Nouman finge dormir y, en medio de la noche, la sigue hasta un cementerio abandonado. Allí la sorprende sentada en una tumba con una manada de pequeños y hambrientos Ghouls dándose un festín macabro con un cadáver. Evidentemente, la Amina de Edward Lucas White es la misma que la de Las mil y una noches; de hecho, en el relato, Waldo reconoce su nombre de Las mil y una noches, pero ella responde que los del Pueblo Libre [los Ghouls] «no saben nada de tales locuras».

Si bien es un relato muy breve, con escasa caracterización, el personaje de Amina exhibe una profundidad que me impresionó. Por supuesto, se trata de un Ghoul que se alimenta de viajeros desprevenidos y, en épocas de escasez, de cadáveres; pero su accionar, de algún modo, su naturaleza maternal [tiene una gran camada que alimentar], la vuelve sumamente terrenal, casi como una leona que caza para sus cachorros. Definitivamente es una de las vampiresas más agradables que he conocido [ver: La maternidad fallida en «Drácula»]

La historia de Amina es recurrente en el relato de terror. Por ejemplo, Clark Ashton Smith ambienta su historia de 1934: El Ghoul (The Ghoul), durante el reinado del califa Vathek; y narra la historia de un joven que realiza un pacto con un Ghoul para asegurarse de que el cadáver de su difunta esposa, llamada Amina [que aquí no es un necrófago sino su posible cena], no sea profanado.

Uno de los cuentos favoritos de H.P. Lovecraft [aunque no lo menciona en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura a pesar de su evidente influencia en su propia obra] es Amina. Sin embargo, se refirió al autor en términos elogiosos:


[Muy notables, a su manera, son algunas de las extrañas concepciones del novelista y cuentista Edward Lucas White, la mayoría de cuyos temas surgen de sueños reales. El Sr. White imparte una cualidad muy peculiar a sus cuentos: una especie de glamour oblicuo que tiene su propio tipo distintivo de convencimiento.]


Podemos observar claramente la influencia de Amina en la ficción de Lovecraft a través de la naturaleza canina de los Ghouls de Edward Lucas White:


[Waldo sintió náuseas. Lo que vio no fue el frente de una mujer, sino más bien la parte inferior de un viejo fox-terrier con cachorros, o de una cerda blanca, con su segunda camada; desde la clavícula hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y flácidas.]


H.P. Lovecraft parece haberse inspirado en este modelo canino del Ghoul de Edward Lucas White para sus propios necrófagos en El modelo de Pickman (Pickman's Model) [ver: De la luz a la oscuridad: psicología de «El modelo de Pickman»]. Así relata el narrador un cuadro del artista maldito, titulado: La lección (The Lesson), cuyas conclusiones coinciden con las de Edward Luchas White en cuanto a la similitud, incluso a un posible vínculo genético, entre los Ghouls y los Humanos:


[Imagina un círculo de cosas parecidas a perros, en cuclillas, enseñándole a un niño humano a alimentarse como ellos. Ya conoces el viejo mito de los Changelings, supongo. Pickman estaba mostrando lo que les sucede a esos bebés robados, cómo crecen, y luego comencé a ver una relación horrible en los rostros de las figuras humanas y no humanas. Estaba, en todas sus gradaciones de morbosidad, entre lo no humano y lo degradadamente humano, estableciendo un vínculo y una evolución sardónica. ¡Las cosas caninas se desarrollaron a partir de mortales!]


Los Ghouls de Edward Lucas White y Lovecraft influyeron poderosamente en Los moradores debajo de las tumbas (The Dwellers Under the Tomb) de Robert E. Howard, donde la relación entre los Ghouls y los Humanos continúa. Para Edward Lucas White, estas criaturas son una antigua raza que habita en un mundo de engaño, en las fronteras de nuestra realidad física. Para Lovecraft y Howard, son el producto de la decadencia genética, de la involución del ser humano que ha mutado en una bestia repugnante [ver: Los Perros de Tindalos y los ángulos del tiempo]




Amina.
Amina, Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Waldo, frente a la realidad de lo increíble —como él mismo lo habría expresado— estaba completamente aturdido. En silencio, permitió que el cónsul lo condujera desde la tibia penumbra del interior, a través del portal ruinoso, hacia el cálido y deslumbrante brillo del paisaje desértico. Hassan lo siguió, sin mirar atrás. Sin decir palabra, había tomado la pistola de Waldo de su mano insensible.

El cónsul atravesó la arena de grava, a unos cincuenta pasos de la esquina suroeste de la tumba, hasta un trozo de pared no del todo arruinada desde la que se veía claramente la entrada de la tumba.

—Hassan —ordenó—, mira.

Hassan dijo algo en persa.

—¿Cuántas crías había? —preguntó el cónsul a Waldo.

Waldo se quedó mudo.

—¿Cuántos jóvenes viste? —preguntó de nuevo el cónsul.

—Casi veinte o más —respondió Waldo.

—Eso es imposible —espetó el cónsul.

—Parecía haber dieciséis o dieciocho —afirmó Waldo.

Hassan sonrió y gruñó. El cónsul le quitó dos pistolas, le entregó las suyas a Waldo y rodearon la tumba hasta un punto aproximadamente a la misma distancia de la esquina opuesta. Al lado de la tumba había un bloque de piedra a la sombra de la pared.

—Conveniente —dijo el cónsul—. Siéntate en esa piedra y apóyate contra la pared, ponte cómodo. Estás un poco conmocionado, pero estarás bien en un momento. Deberías comer algo, pero no tenemos nada. De todos modos, toma un buen trago de esto.

Se quedó junto a él mientras Waldo jadeaba por el brandy.

—Hassan te traerá su cantimplora antes de irse —prosiguió el cónsul—. Bebe mucho, porque debes quedarte aquí por algún tiempo. Y ahora, préstame atención. Debemos extirpar estas alimañas. El macho, juzgo, está ausente. Si hubiera estado en algún lugar, ahora no estarías vivo. Las crías no pueden ser tantas como dices, pero supongo que tenemos que lidiar con diez, una camada llena. Debemos ahuyentarlos. Hassan regresará al campamento en busca de combustible y el guardia. Mientras tanto, tú y yo debemos asegurarnos de que ninguno escape.

Tomó la pistola de Waldo, abrió la recámara, la cerró, examinó el cargador y se la devolvió.

—Ahora mírame de cerca —dijo.

Se alejó, mirando a su izquierda más allá de la tumba. Luego se detuvo y juntó varias piedras.

—¿Ves estas?

Waldo asintió.

El cónsul regresó, pasó en la misma línea, mirando a su derecha más allá de la tumba, y luego, a una distancia similar, levantó otro pequeño túmulo, volvió a gritar y volvió a ser respondido. De nuevo regresó.

—¿Ahora estás seguro de que no puedes confundir esas dos marcas que hice?

—Muy seguro —dijo Waldo.

—Es importante —advirtió el cónsul—. Voy a volver a donde dejé a Hassan, para mirar allí mientras él no está. Vigilarás aquí. Puedes caminar con la frecuencia que desees a cualquiera de esos montones de piedras. De cualquiera de los dos deberías poder verme. No te desvíes, porque tan pronto como Hassan se pierda de vista, dispararé a cualquier cosa en movimiento. Siéntate aquí hasta que me veas establecer límites similares para mi guardia: ve al lado más alejado y luego dispara a cualquier cosa en movimiento que no esté en mi línea de patrulla. Mantente alerta a tu alrededor. Existe una posibilidad entre un millón de que el macho regrese a la luz del día; la mayoría son nocturnos, pero esta guarida es evidentemente excepcional. Mantente alerta.

»Y ahora escúchame. No debes tener ningún sentimentalismo tonto acerca de cualquier parecido imaginario de estas alimañas con los seres humanos. Dispara y dispara a matar. No solo es nuestro deber, en general, abolirlos, sino que será muy peligroso para nosotros si no lo hacemos. Hay poca o ninguna solidaridad en las comunidades musulmanas, pero en los comparativamente pocos puntos sobre los que existe consenso se actúa con asombrosa rapidez y vigor. Un asunto en el que no hay desacuerdo es que incumbe a cada hombre ayudar a erradicar estas criaturas. La buena y antigua costumbre bíblica de apedrear hasta la muerte es el modo de linchar a los indígenas aquí. Estos asiáticos modernos son bastante capaces de aplicarlo contra cualquiera de estos monstruos. Si dejamos que uno se escape y corra el rumor, podemos precipitar un estallido de prejuicio racial difícil de afrontar. Dispara, digo, sin vacilación ni piedad.

—Entiendo —dijo Waldo.

—No me importa si lo entiendes o no —dijo el cónsul—, quiero que actúes. Dispara si es necesario.

Y se fue.

En ese momento apareció Hassan, y Waldo bebió de su cantimplora casi todo su contenido. Después de su partida, el primer estado de alerta de Waldo pronto dio lugar a la mera resistencia a la monotonía de la observación y la intensidad del calor. Su malestar se convirtió en sufrimiento, y con la furia del resplandor seco, los dolores de la sed y su desconcierto mental, Waldo se movía en un sueño despierto cuando Hassan regresó con dos burros y una mula cargada con matorrales. Detrás de las bestias se rezagaba el guardia.

El trance de Waldo se convirtió en una pesadilla cuando el humo hizo efecto y comenzó la batalla. Sin embargo, no solo no se le exigió que se uniera a la matanza, sino que también se le ordenó que se mantuviera alejado. Se mantuvo mucho en segundo plano, viendo solo una parte de la matanza, ya que su curiosidad no le permitió abstenerse de ver.

Sin embargo, se sintió todo un asesino al contemplar los diez pequeños cadáveres dispuestos en fila, y el recuerdo de su vigilia y su final, de hecho, de todo el día, aunque fue el día de su aventura más maravillosa, permanece para él como el recuerdo roto de una fantasmagoría.

Esa mañana Waldo se había despertado temprano. Las experiencias de su viaje por mar, las vistas en Gibraltar, en Port Said, en el canal, en Suez, en Adén, en Mascate y en Basora habían formado una transición del todo inadecuada de la decorosa regularidad de la vida en Nueva York e Inglaterra a la asombrosa maravilla de las inmensidades del desierto.

Todo parecía irreal y, sin embargo, la realidad de su extrañeza lo asediaba tanto que no podía sentirse como en casa. No podía dormir profundamente en una tienda de campaña. Después de recomponerse, estuvo largo rato consciente y se levantó temprano, como esta mañana, justo al comienzo del falso amanecer.

El cónsul estaba profundamente dormido, roncando ruidosamente. Waldo se vistió tranquilamente y salió; mecánicamente, sin ningún propósito ni previsión, tomando su arma. Afuera encontró a Hassan, sentado, con la pistola sobre las rodillas, la cabeza hundida hacia adelante, tan profundamente dormido como el cónsul. Ali e Ibrahim habían abandonado el campamento el día anterior en busca de suministros. Waldo era la única criatura despierta; porque los guardias, acampados a poca distancia, no eran más que troncos alrededor de las cenizas de su fuego.

Parecía un momento para disfrutar bajo el resplandor blanco del falso amanecer, la reaparición mágica de las constelaciones y la breve y última gloria del firmamento cargado de estrellas, ese breve frescor que compensó un poco la mañana calurosa, el día ardiente y el noche cálida. Se sentó en una roca, a algunos pasos de la tienda. Al girar la pistola en las manos, sintió una tentación irresistible de vagar solo, de pasear solo por el fascinante vacío del árido paisaje.

Cuando comenzó la vida en el campamento, esperaba encontrar al cónsul, esa combinación de deportista, explorador y arqueólogo, un guardián particularmente tranquilo. Había esperado una libertad absolutamente ilimitada en la espaciosa extensión de los páramos. La realidad que había encontrado era exactamente contraria a sus ideas preconcebidas. La primera orden judicial del cónsul fue:

—Nunca te pierdas de vista de mí o de Hassan a menos que él o yo te enviemos con Ali o Ibrahim. No dejes que nada te tiente a deambular solo. Incluso un paseo es peligroso. Es posible que pierda de vista el campamento antes de darse cuenta.

Al principio, Waldo accedió, luego protestó:

—Tengo una buena brújula de bolsillo. Sé cómo usarla. Nunca perdí mi camino en los bosques de Maine.

—No hay kurdos en los bosques de Maine —dijo el cónsul.

Sin embargo, al poco tiempo, Waldo notó que los pocos kurdos que vio parecían gente sencilla y pacífica. No había encontrado peligro, ni siquiera el atisbo de una aventura. Su guardia armada, de una docena de grasientos andrajosos, había pasado el tiempo holgazaneando con inquietud.

Waldo también notó que el cónsul parecía indiferente a las ruinas, que su sentido de la topografía era más frío que tibio, que no mostraba ardor en la búsqueda de la caza. Había aprendido suficientes dialectos para escuchar conversaciones repetidas sobre «ellos». «¿Has oído hablar de alguno por aquí?» «¿Alguien ha sido asesinado?» «¿Algún rastro de ellos en este distrito?» Y tales consultas que pudo hacer en las diversas conversaciones con los nativos. En cuanto a quiénes eran «ellos», no recibió ninguna aclaración.

Luego le preguntó a Hassan por qué estaba tan restringido en sus movimientos.

Hassan hablaba algo de inglés y lo obsequió con historias de Afrits, Ghouls, espectros y otras extrañas presencias legendarias; de los genios que aparecen en forma humana, que hablan todos los idiomas, siempre alerta para atrapar a los infieles; de la mujer cuyos pies se torcían al revés a la altura de los tobillos, atrayendo a los desprevenidos a un estanque y ahogando a sus víctimas; de los fantasmas malignos de los bandoleros muertos, más terribles que sus compañeros vivos; del espíritu en la forma de un asno salvaje, o de una gacela, atrayendo a sus perseguidores al borde de un precipicio y él mismo pareciendo correr sobre una extensión de arena, un mero espejismo, disolviéndose cuando la víctima caía a la muerte; del duende en la apariencia de una liebre que finge cojear, o de un pájaro terrestre que finge tener un ala rota, arrastrando a su perseguidor tras él hasta que encuentra la muerte en un pozo invisible.

Ali e Ibrahim no hablaban inglés. Por lo que Waldo pudo entender, sus largas arengas contaban historias similares o insinuaban peligros igualmente vagos e imaginarios. Estos cuentos de fantasmas infantiles simplemente despertaron el anhelo de Waldo.

Ahora, mientras estaba sentado en una roca, anhelando disfrutar del cielo perfecto, el aire claro y temprano, el paisaje amplio y solitario, junto con la sensación de tenerlo para él solo, le parecía que el cónsul era simplemente cauteloso por naturaleza, demasiado cauteloso. No había peligro. Daría un buen paseo, quizá mataría algo y seguro que estaría de vuelta en el campamento antes de que el sol calentase.

Se incorporó.

Unas horas más tarde estaba sentado sobre un albardilla a la sombra de una tumba en ruinas. Toda la zona que habían estado atravesando estaba llena de tumbas y restos de tumbas, prehistóricas, bactrianas, persas, sasánidas o mahometanas, esparcidas por todas partes en grupos o solitarias. Desaparecidos por completo están los rastros más débiles de las ciudades, pueblos y aldeas, casas efímeras o chozas temporales en las que habían vivido las innumerables generaciones de dolientes. Las tumbas, construidas de manera más duradera que las meras viviendas de los vivos, permanecieron.

Completas o ruinosas, o reducidas a meros fragmentos, estaban por todas partes. En ese distrito eran todas de un mismo tipo. Cada una estaba abovedada y debajo era cuadrada, su única puerta miraba hacia el este y se abría a una gran habitación vacía, detrás de la cual estaban las cámaras mortuorias.

A la sombra de tal tumba se sentó Waldo. No había disparado a nada, se había perdido, no tenía idea de la dirección del campamento, estaba cansado, acalorado y sediento. Había olvidado su botella de agua.

Recorrió con la mirada la vasta y desolada perspectiva, el turquesa invariable del cielo se arqueaba sobre el ondulado desierto. Lejanas colinas rojizas a lo largo del horizonte se enroscaban en los menos lejanos montículos pardos que, sin diversificarlo, amontonaban el paisaje amarillo. La arena y las rocas con uno o dos arbustos flacos y hambrientos componían la vista más cercana, interrumpida aquí y allá por ruinas desmoronadas de un blanco deslumbrante o veteadas, de gris. El sol no había estado mucho tiempo sobre el horizonte, pero toda la superficie del desierto temblaba de calor.

Mientras Waldo estaba sentado contemplando el panorama, una mujer dobló la esquina de la tumba.

Todas las mujeres del pueblo que Waldo había visto usaban yashmaks o alguna otra forma de cubrirse la cara o velo. Esta mujer tenía la cabeza descubierta y sin velo. Llevaba una especie de prenda de color marrón amarillento que la envolvía desde el cuello hasta los tobillos, sin mostrar la línea de la cintura. Sus pies, desafiando las arenas abrasadoras, estaban descalzos.

Al ver a Waldo, se detuvo y lo miró fijamente como él la miraba a ella. Observó la postura poco europea de sus pies, no vueltos hacia afuera, pero con las líneas internas paralelas. No llevaba tobilleras, observó, ni pulseras, ni collares ni pendientes.

Pensó que sus brazos desnudos eran los más musculosos que jamás había visto en un ser humano.

Sus uñas eran puntiagudas y largas, tanto en las manos como en los pies. Su pelo era negro, corto y despeinado, pero no parecía salvaje ni desagradable. Sus ojos sonreían y sus labios tenían el efecto de sonreír, aunque no se abrían ni un poco, sin mostrar los dientes detrás de ellos.

—Qué lástima —dijo Waldo en voz alta—, que ella no hable inglés.

—Hablo inglés —dijo la mujer, y Waldo notó que, mientras hablaba, sus labios no se abrieron perceptiblemente—. ¿Qué quiere el caballero?

—¡Hablas ingles! —exclamó Waldo, poniéndose de pie de un salto—. ¡Qué suerte! ¿Dónde lo aprendiste?

—En la escuela de la misión —respondió ella, con una sonrisa divertida jugando en las comisuras de su boca—. ¿Qué puedo hacer por ti?

Hablaba sin apenas acento extranjero, sino muy despacio y con una especie de gruñido que iba de sílaba en sílaba.

—Tengo sed —dijo Waldo—, y me he perdido.

—¿El caballero vive en una tienda de campaña marrón, con forma de medio melón? —inquirió ella con una extraña y retumbante nota entre sus labios apenas separados.

—Sí, ese es nuestro campamento —dijo Waldo.

—Yo podría guiar al caballero —murmuró—; pero está lejos, y no hay agua por ese lado.

—Primero quiero agua —dijo Waldo—, o leche.

—Si te refieres a la leche de vaca, no tenemos. Pero tenemos leche de cabra. Hay de beber donde yo vivo —dijo, cantando las palabras—. No está lejos.

—Guíame —dijo él.

Ella comenzó a caminar, Waldo, con su arma bajo el brazo, a su lado, caminaba rápida y silenciosamente. Waldo apenas podía seguirle el ritmo. Mientras caminaban, a menudo se rezagaba y notaba cómo sus prendas de vestir se aferraban a una espalda esbelta y bien formada, una cintura prolija y caderas firmes.

Cada vez que se apresuraba y la alcanzaba, la examinaba con miradas intermitentes, desconcertado de que su cintura, tan bien marcada en la columna, no mostrara una definición particular al frente; que el contorno desde el cuello hasta las rodillas, perfectamente informe bajo sus envolturas, no tuviese ni sugerencia de firmeza u ondulación. También remarcó el parpadeo divertido de sus ojos y la línea comprimida de sus labios rojos, demasiado rojos.

—¿Cuánto tiempo estuviste en la escuela de la misión? —inquirió él.

—Cuatro años —respondió ella.

—¿Eres cristiana? —preguntó.

—El Pueblo Libre no se somete al bautismo —afirmó simplemente, pero con un poco más de gruñido monótono entre sus palabras.

Sintió un extraño escalofrío al observar los labios apenas movidos por los que se abrían paso las sílabas.

—Pero no llevas velo —no pudo resistirse a decir.

—El Pueblo Libre nunca lleva velo —replicó.

—¿Entonces no eres mahometana?

—El Pueblo Libre no es musulmán.

—¿«Pueblo Libre»? ¿Quiénes son? —soltó él imprudentemente.

Ella le lanzó una mirada siniestra. Waldo recordó que tenía que lidiar con una asiática. Recordó las tres preguntas permitidas.

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió.

Amina.

—Ese es un nombre de las Las mil y una noches —aventuró.

—El Pueblo Libre no sabe nada de tales locuras.

La invariable cerrazón de sus labios al hablar, el lento murmullo entre las sílabas, lo golpearon aún más cuando sus labios se curvaron pero no se abrieron.

—Pronuncias tus palabras de una manera extraña —dijo.

—Tu idioma no es el mío —respondió ella.

—¿Cómo es que aprendiste mi idioma en la escuela de la misión y no eres cristiana?

—Enseñan a todos en la escuela de la misión —dijo—, y las doncellas del Pueblo Libre son como las otras doncellas a las que enseñan, aunque, cuando crecen, no son como los habitantes de las ciudades. Por eso me enseñaron como a cualquier muchacha de pueblo, sin conocerme por lo que soy.

—Te enseñaron bien.

—Tengo el don de lenguas —pronunció enigmáticamente, con una extraña nota de triunfo haciendo retumbar las palabras a través de sus labios inmóviles.

Waldo sintió un horrible escalofrío en todo su cuerpo.

—¿Estás lejos de tu casa?

—Mi casa está allí —dijo, señalando la entrada de una gran tumba justo delante de ellos.

El arco totalmente abierto los admitió en un interior bastante espacioso, fresco con la temperatura constante de la gruesa mampostería. No había basura en el suelo. Waldo, aliviado de escapar del resplandor abrasador del exterior, se sentó en un bloque de piedra a medio camino entre la puerta y el tabique interior, y apoyó la culata de la pistola en el suelo. Por el momento lo cegó el cambio del insistente brillo de la mañana del desierto a la borrosa luz gris del interior.

Cuando se le aclaró la vista, miró a su alrededor y observó, frente a la puerta, el agujero irregular que dejaba abierto el mausoleo profanado. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, se sobresaltó tanto que se puso de pie. Le pareció que desde sus cuatro esquinas la habitación bullía de niños desnudos. Para su inexperta conjetura parecían tener dos años, pero se movían con la seguridad de niños de ocho o diez.

—¿De quién son estos niños? —exclamó él.

—Míos —dijo ella.

—¿Todos? —protestó.

—Todos —respondió ella con un curioso bullicio reprimido en su comportamiento.

—Pero hay veinte de ellos —gritó.

—Cuentas mal en la oscuridad —dijo ella—. Hay menos.

—Ciertamente hay una docena —sostuvo él, girando mientras los niños bailaban y correteaban.

—El Pueblo Libre tiene familias numerosas —dijo.

—Pero todos tienen la misma edad —exclamó Waldo con la lengua seca contra el paladar.

Ella se rio, una risa desagradable y burlona. Estaba entre él y la entrada, y como la mayor parte de la luz provenía de ella, no podía ver sus labios.

Waldo estaba confundido y volvió a sentarse. Los niños circulaban a su alrededor, parloteando, riendo, haciendo ruidos que indicaban alegría.

—Por favor, tráeme algo fresco para beber —dijo Waldo, y su lengua no solo estaba seca sino grande en su boca.

—Podremos beber en breve —dijo—, pero estará caliente.

Waldo comenzó a sentirse incómodo. Los niños hacían cabriolas a su alrededor, balbuceando extraños ruidos guturales, lamiéndose los labios, señalándolo, con los ojos fijos en él, lanzando miradas ocasionales a su madre.

—¿Dónde está el agua?

La mujer permaneció en silencio, con los brazos colgando a los costados. A Waldo le pareció que era más baja de lo que había sido afuera.

—¿Dónde está el agua? —repitió.

—Paciencia, paciencia —gruñó ella, y dio un paso cerca de él.

La luz del sol caía sobre su espalda y formaba una especie de halo alrededor de sus caderas. Parecía aún más baja que antes. Había algo furtivo en su porte, y los pequeños se rieron maliciosamente.

En ese instante sonaron dos disparos de fusil casi como uno solo. La mujer cayó boca abajo en el suelo. Los bebés chillaron en un coro estridente. Luego saltaron en cuatro patas con una rapidez explosiva, se tambalearon en una carrera tambaleante hacia el agujero en la pared y, con un grito espantoso, ella levantó los brazos y giró hacia atrás, se dobló y se contorsionó como un pez moribundo. Entonces se puso rígida, se estremeció y se quedó quieta.

Waldo, con sus ojos horrorizados fijos en su rostro, incluso en su asombro notó que sus labios no se abrían.

Los niños, lanzando leves gritos de consternación, treparon por el agujero en la pared interior, desapareciendo en el vacío más allá. Apenas se había ido el último cuando el cónsul apareció en la puerta con la pistola humeante en la mano.

—Ni un segundo demasiado pronto, muchacho —exclamó—. Ella solo iba a saltar.

Amartilló el arma y empujó el cuerpo con el cañón.

—Muerta —comentó—. ¡Qué suerte! Generalmente se necesitan tres o cuatro balas para hacer el trabajo.

—¿Asesinaste a esta mujer? —acusó Waldo ferozmente.

—¿Asesinar? —resopló el cónsul—. ¡Asesinar! Mira eso.

Se arrodilló y abrió los labios, dejando al descubierto no dientes humanos, sino pequeños incisivos, muelas en forma de cúspide, muy separadas; y caninos superpuestos, largos y afilados, como los de un galgo: una dentición feroz, mortal, carnívora, amenazante y combativa.

Waldo sintió escalofríos, pero el rostro y la forma aún dominaban su horrorizada simpatía por su humanidad.

—¿Le disparas a las mujeres porque tienen los dientes largos? —insistió Waldo, asqueado por la horrible muerte que había presenciado.

—Eres difícil de convencer —dijo el cónsul con severidad—. ¿Llamas a eso una mujer?

Le quitó la ropa al cadáver.

Waldo sintió náuseas. Lo que vio no fue el frente de una mujer, sino más bien la parte inferior de un viejo fox-terrier con cachorros, o de una cerda blanca, con su segunda camada; desde la clavícula hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y flácidas.

—¿Qué clase de criatura es? —preguntó débilmente.

—Un Ghoul, muchacho —respondió el cónsul solemnemente, casi en un susurro.

—Pensé que no existían —balbuceó Waldo—. Pensé que eran míticos. Pensé…

—Puedo creer muy bien que no haya ninguno en Rhode Island —dijo el cónsul con gravedad—. Pero esto es Persia, y Persia está en Asia.

Edward Lucas White (1866-1934)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Edward Lucas White.


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