«El cerebro rojo»: Donald Wandrei; relato y análisis


«El cerebro rojo»: Donald Wandrei; relato y análisis.




El cerebro rojo (The Red Brain) es un relato de terror del escritor norteamericano Donald Wandrei (1908-1987), publicado originalmente en la edición de octubre de 1927 de la revista Weird Tales —la misma en la que aparecería: El modelo de Pickman (Pickman's Model)—, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: El ojo y el dedo (The Eye and the Finger).

El cerebro rojo, sin dudas el mejor cuento de Donald Wandrei, fue escrito cuando el autor tenía apenas dieciséis años. La historia narra la presencia de un misterioso Polvo Cósmico que arrasa el universo, devorando estrellas y galaxias enteras a su paso. Solo Antares, habitada por una extraña raza de seres, sobrevive. Este último refugio de la conciencia universal confía su destino en el Cerebro Rojo, creado artificialmente, y cuya naturaleza, para no arruinar el relato, dejamos en manos del autor.

Antes de pasar al cuento es importante mencionar un par de datos en relación a Donald Wandrei.

Si bien, como hemos visto, era un adolescente cuando escribió y publicó El cerebro rojo, Donald Wandrei ya integraba el Círculo de Lovecraft, es decir, aquel grupo de autores que veneraban a H.P. Lovecraft y colaboraron en la expansión del universo de los Mitos de Cthulhu. De hecho, fue gracias a las acaloradas cartas de Donald Wandrei a Weird Tales, que su editor, Farnsworth Wright, finalmente se decidió a publicar un relato de Lovecraft que no le agradaba particularmente: La llamada de Cthulhu (The Call of Cthulhu).

A los quince años de edad, Donald Wandrei emprendió una gran aventura. Solo con la información provista por la única carta que había recibido de H.P. Lovecraft, viajó a dedo desde Minnesota a Providence, Rhode Island. Se presentó en la casa de H.P. Lovecraft, y éste lo recibió con cierto asombro pero también con amabilidad. Lo llevó a recorrer la ciudad, y tal como lo comenta Donald Wandrei en un apéndice del libro: Marginalia (Marginalia) —que recoge textos inéditos y no tanto del maestro de Providence—, H.P. Lovecraft lo desafió a superar un récord personal bastante singular: probar veintiocho sabores de helados en una sola tarde.

Si bien El cerebro rojo pertenece a los Mitos de Cthulhu, también es justo decir que el relato sigue su propia agenda, sin fatigar con referencias a los dioses lovecraftianos. Se trata de un gran cuento, un tanto oscurecido, quizás, por el devenir impopular del autor.




El cerebro rojo.
The Red Brain, Donald Wandrei (1908-1987)

Una tras otra, las pálidas estrellas que poblaban el firmamento titilaron cada vez más débilmente, hasta desaparecer. Una tras otra, aquellas luces llameantes se atenuaron y oscurecieron. Una tras otra se habían desvanecido para siempre, y en su lugar se formaron como enormes manchas de tinta que ensombrecían inmensas áreas del cielo que en otro tiempo estaban iluminadas por las estrellas.

Transcurrieron años; siglos enteros huyeron hacia el pasado; los milenios se acumularon hasta convertirse en millones, y también ellos se perdieron en el olvido de la Eternidad. La Tierra había desaparecido. El Sol se había enfriado y endurecido y se disolvió en el polvo de su tumba. Tanto el sistema solar como otros innumerables sistemas se desmenuzaron y desaparecieron, y sus fragmentos se convirtieron en nubes de polvo que fueron tragándose el universo entero.

A lo largo de billones de años, y barriéndolo todo hacia un destino común, los inmensos cuerpos, en otro tiempo incontables, que habían salpicado el firmamento desplazándose a través de distancias inconmensurables en el espacio, fueron disminuyendo en número a medida que se desintegraban, hasta que en el negro dosel del firmamento quedaron unos pocos y aislados puntos de luz tenue, que cada vez se iba haciendo más débil y macilenta. Nadie sabía cuándo empezó a concentrarse el polvo, pero lejos, en el aura olvidada de los tiempos, los mundos muertos desaparecieron sin que nadie volviera a recordarlos ni lo lamentara.

Aquéllos fueron los embriones del polvo. Fueron los progenitores de la disolución universal que ahora tocaba a su fin. Fueron las primeras estrellas que se consumieron, murieron y se desperdigaron en miríadas de átomos. Fueron el primer cultivo que se redujo a la nada convertido en una mota de polvo. Poco a poco, los claros enjambres se transformaron en nubes, las nubes en mares, y los mares en monstruosos océanos de polvo que lentamente se iba acumulando, polvo que procedía de mundos muertos y agonizantes, de colisiones interestelares causadas por los astros en su caída, de meteoros y cometas que, envueltos en llamas, llegaban del vacío para precipitarse en el abismo.

El polvo se extendía más y más. La apagada luminosidad de los cielos siguió debilitándose a medida que en las profundidades del espacio iban apareciendo grandes tachaduras negras. A lo largo de los millones, billones y trillones de años que habían huido hacia el pasado, el polvo cósmico siguió agrupándose. Hubo un tiempo en que el universo estaba formado por centenares de millones de estrellas, planetas y soles; pero eran tan efímeros como la vida o los sueños, y se apagaron y desvanecieron uno tras otro.

En primer lugar fueron destruidos los mundos más pequeños; les siguieron los mayores, y así en una escala que ascendía hacia los gigantes que jamás sufrieron desafío alguno y que, alzándose en medio de la noche frente al empuje conquistador del polvo, bramaron su furia e hicieron resplandecer su claridad. En su infernal e implacable guerra contra el universo, el Polvo Cósmico jamás concedió tregua; ahogó a los pequeños aerolitos; engulló a los satélites indefensos; se arremolinó en torno a los cometas, que, lanzados como cohetes, saltaban de un oscuro extremo del universo al otro, dejando un espléndido rastro de llamas, abriendo sendas de salvaje aventura a través de un infinito sin horizontes que el polvo había ya sometido; clavó sus garras en los planetas y sorbió su esencia; cargado de odio y rencor, fue barriendo a los monarcas y asolando sus tierras y desiertos.

Cada vez más y más denso, el Polvo Cósmico fue creciendo hasta que a los gigantes les resultó ya imposible avizorarse mutuamente en sus giros a través del vacío. Por ello, alzaron sus voces tonantes a través del desierto, solitarios, sin esperanza y perdidos. En solitaria grandeza, consumieron en llamas su brillante hermosura. En solitaria derrota y muerte, desaparecieron.

De todas las estrellas de las incontables miríadas que una vez salpicaron los cielos, solamente quedaba Antares. Sólo subsistía Antares, la más inmensa de las estrellas, el último cuerpo del universo, habitado por la última raza qu aún poseía conciencia, que aún poseía vida. Esta raza, sumida en una compasión sin esperanza, había asistido al oscurecimiento de los cielos y, con cicatería, llevo la cuenta de las estrellas que todavía resistían. Se les desgarraba el corazón cada vez que una dejaba de titilar; cada una que abandonaba la lucha y era engullida por la marea de polvo, añadía un nuevo acento en el himno nacional, esa melodía indescriptible, esa salmodia a la fatalidad infinitamente sombría que arrancaba solemnes armonías de cada corazón de aquella raza agonizante.

Los habitantes de Antares habían construido una gran cúpula de cristal alrededor de su mundo a fin de impedir que penetrase el polvo y la atmósfera se dispersara; protegidos por esta cúpula, los vigías mantenían su observación silenciosa. Las sombras llegaban avasalladoras, con más ímpetu cada vez, desde los lejanos reinos de la oscuridad, engullendo apresuradamente a la última de las estrellas. La tarea de los astrónomos se había convertido en la más sencilla, y al propio tiempo la más triste, de Antares: observar a la Muerte y el Olvido extendiendo un palio de oscuridad sobre cuanto era, sobre cuanto pudo ser.

La última estrella, Mira, la segunda después de Antares, había brillado con palidez glacial, su titilar se oscureció... y se desvaneció. En el espacio quedó tan sólo una extensión ilimitada de polvo que se expandía más y más en todas direcciones; sólo esto y Antares. Ya no volvieron los astrónomos a escudriñar los cielos par ver cómo una estrella moribunda sucumbía antes que ellos. No volvieron a explorar los más lejanos confines. Por todas parte s el polvo, envolviendo el espacio en una oscuridad sofocante. Hubo un tiempo a través de los abismos, en que fueron sembradas multitud de hermosas estrellas de blanco, casi enfermizo resplandor.

Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que existió luz en el cielo. Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que se veía una tenue fosforescencia en la bóveda Ahora sólo había un pesado crespón de ébano un lóbrego reino huérfano de radiación, algo sofocante constituido por una oscuridad eterna e infinita.

—Nos reunimos otra vez en esta Mansión de la Niebla, no con la esperanza de haber encontrado un remedio sino para ver cuál es la mejor forma de aceptar nuestra muerte. Nos reunimos, no en la vana esperanza de que podamos controlar el polvo, sino en la esperanza d que podamos triunfar aun cuando seamos destruidos. Sólo podemos ganar la batalla aceptando nuestra muerte heroicamente.

El orador hizo una pausa. A su alrededor se desplegaba una extraña sala del Espacio. A gran altura se extendía un vago techo cuyos bordes ondulantes se diluían pedidos en la distancia; un techo sustentado por paredes invisibles y poderosas columnas que, separadas por largos intervalos, emergían ondulantes del liso suelo de mármol. Una vaga neblina parecía flotar en el aire, debido a las dimensiones inconmensurables de aquella cclosal arquitectura.

Difuminado por la distancia, el orador se reclinó en la plataforma de metal que se alzaba por encima del mar de seres que se extendía frente a él. Aun que en realidad no era un orador, ni tampoco un ser como los que una vez habitaron el mundo llamado Tierra.

Debido a las insólitas condiciones de Antares, la evolución se desarrolló, según esquemas completamente distintos a los que siguió en cuerpos que habían poblado el firmamento cuando, en un pasado remoto, el infinito estaba salpicado de estrellas. Antares fue el sol más intenso de cuantos surgieron del caos primitivo. Cuando se enfrió, lo hizo mucho más lentamente que los demás, y cuando en él apareció la vida, tenía por delante una existencia, no de miles ni de millones de años, sino de millardos.

Esta vida, en sus comienzos, había evolucionado desde las formas más simples a las de la edad de las primeras sociedades humanas, y siguió recorriendo la escala paso a paso. Las civilizaciones de otros mundos alcanzaron su cenit y los propios mundos se enfriaron y murieron cuando la poderosa civilización de Antares no hacía más que empezar. La estrella pasó entonces por un período de guerras, hasta que se vio azotada por espantosas destrucciones, de tal magnitud, que, en la Guerra de los Dos Días, produjeron siete billones de víctimas de los ocho billones y medio de habitantes con que contaba el planeta. Aquellos dos días de carnicería terminaron con la guerra para siempre.

A partir de entonces empezó la edad de oro. La mente de los pobladores de Antares aumentó más y más, al tiempo que sus cuerpos se reducían proporcionalmente, hasta que el ciclo se completó. Cada ser situado frente al orador era un montón monstruoso de sustancia negra y viscosa, cada masa un enorme cerebro, un ente híbrido que vivía sólo para el Pensamiento. Mucho tiempo atrás se descubrió que la vida podía crearse artificialmente mediante tejidos formados en los laboratorios químicos. Entonces se destruyó el deseo y los habitantes dejaron de consumir su tiempo ocupándose de la familia. Casi todas las incontables horas que de esta forma se ahorraron, fueron dedicadas al desarrollo científico, con el resultado de que la estrella experimentó un salto prodigioso hacia una era de progreso sin parangón.

En su rápida transformación en cerebros, los seres descubrieron que mediante la exterminación de los parásitos y las bacterias de Antares y modificando su propia estructura orgánica, y por medio de la voluntad de vivir se aproximaban a la inmortalidad. Descubrieron los secretos del tiempo y del espacio; conocieron la extensión del universo y supieron que el espacio, en sus límite extremos, se convierte en autoaniquilante. Supieron que la vida se creó a sí misma y controlaron su propio período de duración. Aprendieron que cuando, cansada de la existencia, una vida se daba muerte a sí misma, estaba muerta para siempre; no podría vivir de nuevo, pues la muerte era el último cambio químico de la vida.

Esas eran las formas que se desparramaban en vasto mar ante el orador. Eran formas porque podían adoptar cualquier apariencia que desearan. Sus mentes todopoderosas tenían un absoluto control de sí mismas. Cuando los Cerebros deseaban viajar, se relajaban, abandonando su habitual semirrigidez, y fluían de un lugar a otro como un reguero de tinta deslizándose cuesta abajo; cuando estaban cansados, se aplanaban hasta convertirse en discos; al exponer sus ideas, se convertían en arrogantes columnas de rígida exudación; y cuando se sumían en la abstracción o se perdían en una placentera contemplación de mundos sin límites creados en sus mentes, mundos por entre los que a menudo vagaban, ofrecían el aspecto de enormes esferas durmientes.

Ningún sonido había emitido el orador pese a que impartió sus pensamientos a la sensitiva asamblea. Cuando sus mentes lo permitían, los pensamientos de los Cerebros fluían instantáneamente hacia quienes les rodeaban, lo mismo que ondas eléctricas. Antares era un mundo de silencio jamás quebrantado.

Los pensamientos del Gran Cerebro siguieron fluyendo:

—Hace mucho tiempo llegó a conocimiento de todos nosotros el destino que nos esperaba. Nada podíamos hacer. Ello no importaba mucho, desde luego, pues la existencia es algo inútil que a nadie beneficia. Sin embargo, en aquella reunión celebrada en fecha ya olvidada, solicitamos que quien quisiera ocuparse de ello, intentara pensar en alguna posible forma de salvación para nuestra propia estrella cuando menos, si no para las demás. No se ofreció ninguna recompensa porque no existía para ello recompensa adecuada. El Cerebro recibiría tan sólo la gloria de ser uno de los mayores que jamás se hubieran producido. En cuanto al resto de nosotros, recibiría solamente los efectos de esta gloria mediante el conocimiento de que habíamos dominado el Destino, considerado en aquel entonces, y todavía hoy, como inexorable; el placer que de ello obtendríamos se debería tan sólo al hecho de que nosotros, que nos hemos autocreado pero que no somos supremos, nos habríamos convertido a nosotros mismos en supremos por la conquista de la más poderosa amenaza que jamás haya atacado a la vida, el tiempo y el universo: el Polvo Cósmico.

»Nuestros cerebros más inteligentes estuvieron pensando en este tema durante incalculables millones de años. Excluyeron de sus pensamientos cualquier cosa que no fuera la pregunta: ¿cómo es posible dar jaque al polvo? Elaboraron innumerables planes, que se probaron concienzudamente. Todos fallaron. Lanzamos al vacío descargas de rayos imposibles de controlar, llamadas interplanetarias con la esperanza de poder fundir masas de polvo y convertirlas en nuevos mundos incandescentes. Hemos anclado en el espacio inmensos imanes con la esperanza de atraer el polvo, que es ligeramente magnético, y de esta forma solidificarlo o extraer de él gran parte de los escombros.

Provocamos espantosas perturbaciones haciendo estallar nuestros compuestos más poderosos en las regiones que nos rodean, con la esperanza de agitar tan violentamente el polvo que, en el seno de las tempestades así formadas, se conmocionarán las tormentas de la creación. Con nuestros rayos aniquiladores hemos abierto billones de brechas a través del incesante flujo de polvo. Destruimos la vida en Betelgeuse y emplazamos allí titánicos generadores de vacío, descomunales máquinas zumbantes destinadas a succionar el polvo del espacio y amontonarlo en aquella estrella. Liberamos enormes cantidades de gas, lo incendiamos y lanzamos el fuego ardiente y furioso en enloquecidas llamaradas, a través del polvo estremecido.

En nuestra desesperación, llegamos a llamar en nuestra ayuda a los Devoradores de Éter. Finalmente, sí, utilizamos nuestra Voluntad-Potente para barrer las oleadas arrolladoras ¡Fue en vano! ¿Qué ocurrió? El polvo, que por un momento había cedido terreno, se tomó un respiro y volvió a lanzarse adelante, en oleadas. Retornó triunfante, en silencio, y de nuevo colgó su palio de oscuridad sobre un Espacio acosado por el temor y cabalgado por las pesadillas.

Henchidos de silenciosa aflicción, los pensamientos del Gran Cerebro seguían fluyendo y esparciéndose por la Mansión de la Niebla:

—Con una amarga tenacidad que jamás antes habían desplegado, nuestros químicos dedicaron su tiempo a la producción de Supercerebros, con la esperanza de llegar a obtener uno que fuera capaz de vencer al Polvo Cósmico. Cambiaron los componentes utilizados en nuestra génesis; experimentaron con moldes y formas, ensayaron todas las posibilidades. ¿Cuál fue el resultado? Salieron monstruos rabiosos, locas abominaciones, horrores satánicos y asquerosos entes devoradores que chillaban salvajemente bajo el influjo de los innúmeros e indescriptibles fantasmas que atestaban sus mentes.

»Les matamos para salvarnos. ¡Y el Polvo siguió avanzando! Hemos pedido ayuda a todos los Cerebros vivientes. En los siglos remotos, cubiertos por el velo del pasado, hemos apelado a cualquier clase de ayuda. De vez en cuando se nos han propuesto planes que durante cierto tiempo han causado estragos terribles en el Polvo, pero que, por último, siempre han fracasado.

»Está a punto de producirse el triunfo del Polvo Cósmico. Nos queda ya tan poco tiempo que los esfuerzos que podamos hacer ahora serán inevitablemente vanos. Pero hoy, la esperanza de que algún Cerebro, ya sea de los viejos o de los nuevos y gigantescos, haya descubierto una posibilidad aún no ensayada, nos ha movido a convocar esta conferencia, la primera que se celebra desde hace más de doce mil años.

El silencio tenso y alerta que reinaba en el Salon se suavizó, relajándose, cuando dejaron de fluir los pensamientos del Gran Cerebro. Las ondas eléctricas que habían llenado la vasta Mansión de la Niebla se extinguieron y durante largo rato el recinto se vio invadido por una extraña tranquilidad. Pero la masa no permanecía nunca inmóvil. El mar que se extendía frente a la tarima se agitaba en un flujo y reflujo cuando lo atravesaban las olas de pensamiento. Pero ningún Cerebro se ofreció para hablar, y toda la extensión visible se fue aquietando a medida que transcurrían los minutos.

En forma de fina columna que emergía de la tarima, elevándose hasta gran altura, el Gran Cerebro se balanceaba una y otra vez recorrió con la mirada todo el Salón, escudriñando entre las ondulantes formas con la esperanza de encontrar en algún punto, entre aquella multitud una que pudiera ofrecer una sugerencia. Pero transcurrieron los minutos y el tiempo se alargaba sin que llegara ninguna respuesta; la tristeza del fin inmutable y fijo se infiltró a través de la última raza. Y los Cerebros, absortos en su meditación, vieron cómo el Polvo presionaba sobre la concha de cristal de Antares, mostrando una mueca de triunfo.

El Gran Cerebro no había esperado obtener respuesta, ya que desde hacía siglos se consideraba inútil combatir al Polvo; así, pues, cuando su previsión, aunque no su deseo sé vio cumplida, se relajó y se dejó caer en señal de que la reunión había terminado. Pero antes de que se hubiera completado su movimiento, en el centro de aquel mar, surgiendo de las profundidades, se produjo una violenta agitación; en un instante todo un sector se replegó y, precipitándose en tromba como un surtidor, se lanzó hacia arriba silbando al cortar el aire; el chorro ascendió en dirección al techo hasta que empezó a ondular, fino y tenue como una columna de humo desde la oscuridad de las alturas de la Sala, la cúspide del Cerebro, miró fijamente hacia abajo.

—¡He encontrado un plan infalible! ¡El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo Cósmico!

Una terrible tensión cayó sobre los Cerebros entumecidos por el lamento que en oleadas silenciosas se extendía desde la Mansión de la Niebla hasta el sepulcro vacío y huérfano de sueños hecho de mármoles exótico . El Cerebro Rojo era una de las últimas creaciones de los químicos, y se había obtenido durante los experimentos que se realizaron para producir cerebros más perfectos. En el pasado, todos habían sido negros, pero quizá debido a impurezas en los componentes químicos éste había evolucionado hacia un color rojo mate muy oscuro. Sus compañeros sintieron admiración por él sobre todo cuando descubrieron que muchos de sus pensamientos no podían ser captados por ellos. De entre las cosas que pasaban por su interior y que él permitía a los demás conocer, había una considerable porción que les resultaba incomprensible. Nadie sabía cómo juzgar al Cerebro Rojo, pero muchos pusieron sus esperanzas en él.

Por lo tanto, cuando el Cerebro Rojo lanzó su anuncio, los demás formaron un ancho círculo alrededor de él, con las mentes pasivas y abiertas hacia la explicación. Así, pues, se tendieron silenciosamente, a la espera del descubrimiento, y se recostaron, completamente desprevenidos para lo que iba a suceder. Ya que, en cuanto el Cerebro Rojo se halló suspendido en el aire inició un lento pero incansable balanceo; a medida qué se balanceaba, sus pensamientos se verían en forma de canto rítmico. Descollaba en lo alto por encima de todos, igual que una columna lisa y tenue cuyo altivo capitel se moviera cada vez más rápidamente a medida que un estremecimiento nervioso recorría toda su extensión en oleadas que subían y bajaban.

El tono del extraño canto se fue haciendo cada vez más y más fuerte, hasta convertirse en un salvaje y ditirámbico salmo, dedicado a la belleza del pasado, a la gloria del presente y al esplendor del futuro. Y la balada se convirtió en una quejumbrosa loa, en una exaltación; ramalazos de furiosa alegría la recorrieron, repitiendo:


El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo. Otros fracasaron, pero él no. Cantemos el himno nacional en honor del Cerebro Rojo, porque él ha triunfado. Exaltémosle, porque ha demostrado ser el más grande de todos. Veneremos al que es más grande que Antares, más grande que el Polvo Cósmico, más grande que el Universo.


De repente se detuvo. Los Cerebros, perplejos, miraron hacia lo alto. Por un momento, el Cerebro Rojo había detenido su cabeceo, acercando a ellos sus pensamientos. Pero, a lo largo de toda su extensión, inició un giro vertiginoso, que fue acelerándose hasta alcanzar una increíble velocidad. De pronto, algo antagónico emanó de él y antes de que los Cerebros lograran captar la situación, antes de que pudieran protegerse cerrando sus mentes, los impulsos de voluntad del Cerebro Rojo, cargados de odio y muerte, latieron sobre ellos y penetraron en sus mentes abiertas. Como un remolino, el Cerebro Rojo giraba arrastrándoles a su destino.

Igual que balones semihinchados, los demás Cerebros yacían a su alrededor; durante un segundo se pusieron rígidos como burbujas de vidrio al enfriarse; y a medida que sus pensamientos, y por lo tanto, sus vidas, ya que Pensamiento era Vida, iban siendo aniquilados, quedaban instantáneamente aplastados como globos pinchados, disolviéndose en charcos de limo evanescente. Sucumbían por decenas y por centenares, destruidos por los pensamientos devastadores, imparables, del Cerebro Rojo, que llenaba todo el Salón; por grupos, por secciones, por doquier.

Alrededor del círculo caían los cerebros sentenciados por el destino en aquel único momento de descuido, mientras fluía una espesa tinta que formaba charcos, que se arrastraba y se convertía en ríos de brea que se precipitaban por el suelo de mármol pulido con un suave siseo sedoso.

La esperanza del universo se había cifrado en el Cerebro Rojo. Y el Cerebro Rojo estaba loco.


Donald Wandrei (1908-1987)




Relatos góticos. I Autores en El Espejo Gótico.


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El análisis y resumen del cuento de Donald Wandrei: El cerebro rojo (The Red Brain), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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