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«Algo desde arriba»: Donald Wandrei; relato y análisis


«Algo desde arriba»: Donald Wandrei; relato y análisis.




Algo desde arriba (Something from Above) es un relato de ciencia ficción del escritor norteamericano Donald Wandrei (1908-1987), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1930 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por August Derleth en la antología de 1949: El otro lado de la luna (The Other Side of the Moon).

Algo desde arriba, tal vez uno de los cuentos de Donald Wandrei menos conocidos, relata la historia de Lars Loberg, un hombre cuya granja aparece cubierta por una extraña nieve roja, fétida, con propiedades completamente desconocidas... y probablemente de origen orgánico (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción)

SPOILERS.

Hay un punto donde el Horror y la Ciencia Ficción se cruzan casi inevitablemente: no es infrecuente que el autor comience la historia con un fenómeno misterioso y desconcertante. A menudo, este evento es impactante, y a simple vista resulta incomprensible, como una muerte misteriosa, un asesinato, o alguna perturbadora violación de las leyes naturales. A partir de allí, el autor reconstruye el panorama a partir de pequeños detalles estratégicamente ubicados, hasta que eventualmente se nos revela la causa de aquellos fenómenos y sus consecuencias para los personajes (ver: ¿Es el Horror mejor que la Ciencia Ficción?). Algo desde arriba de Donald Wandrei no es la excepción, y participa de esta dinámica con bastante ingenio.

Algo desde arriba comienza siendo un relato de terror, incluso de Horror Cósmico, con algunas reminiscencias a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, pero termina recurriendo a la ciencia ficción para revelar la naturaleza inexplicable de los fenómenos que observamos al principio. En este contexto, el relato pierde fuerza en el proceso, se debilita progresivamente a medida que gana credibilidad (ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan)

La segunda parte de Algo desde arriba esencialmente se dedica a responder las preguntas que plantea la primera parte. Por ejemplo, la hedionda nieve roja que cae sobre la granja de Lars Loberg en la primera parte se explica como el residuo de una nave alienígena invasora que ha sido vaporizada en las alturas por amigables entidades gaseosas de Saturno. La esposa del granjero, Helga, quien es succionada hacia los cielos misteriosamente, se explica como un efecto accidental de los rayos empleados durante la batalla, capaces de suspender los efectos de la gravedad. Finalmente, el testimonio de un piloto abducido, Larry Greene, revela que las entidades gaseosas de Saturno están en guerra con unos seres invasores de otra galaxia, y de este modo todos los fenómenos extraños que hacen de la primera parte de Algo desde arriba un excelente relato se deslucen notablemente.

Algo desde arriba de Donald Wandrei intenta contrarrestar el misterio inicial con descripciones con algún grado de realismo, tal vez para atenuar el cliché del contacto extraterrestre. La historia es mucho más efectiva cuando se enfoca en los fenómenos extraños, pero falla cuando trata de explicarlos. Incluso la forma en la que se nos explican estos sucesos carece de toda lógica. ¿Por qué una raza extraterrestre tecnológicamente avanzada necesitaría capturar a un piloto que vuela sobre Minnesota para notificar al mundo de su posible derrota en una guerra interestelar? La única respuesta a esta pregunta es: para que los lectores podamos entender el origen de la nieve roja en la granja de Lars Loberg (ver: Gandalf y la tercera ley de Clarke: la magia como forma avazada de tecnología)

Los cuentos de Donald Wandrei parecen extrañamente despoblados, con solo un puñado de personajes que rara vez hablan entre sí. Tiende a imitar la verbosidad de H.P. Lovecraft, y a incluir nombres y palabras extraterrestres impronunciables, como el Seggglyn, un metal fuerte e invisible con asombrosas propiedades antigravedad (ver: Lovecraft y las lenguas prehumanas). El problema es que estos términos no poseen una fisionomía admisible, y terminan teniendo el efecto de errores tipográficos que deslucen la legibilidad del texto. Dicho esto, Algo desde arriba también tiene algunos puntos fuertes: sus descripciones visuales son vívidas, y algunas de las ideas que plantea son tremendamente imaginativas para la época.

Hemos sido bastante duros en el análisis de Algo desde arriba de Donald Wandrei, probablemente porque el relato despierta un gran interés en la primera parte, con escenas excelentes [la pobre Helga proyectada hacia el espacio como en una caída invertida es notable], pero luego se derrumba estrepitosamente. Sin embargo, Donald Wandrei no tiene nada que ver con todo esto. Algo desde arriba nos sitúa en esa incierta encrucijada entre el Horror y la Ciencia Ficción desde la perspectiva de 1930. Nosotros tenemos la ventaja de haber leído a los grandes maestros de la era dorada de la ciencia ficción, mientras que Donald Wandrei estaba explorando un territorio relativamente desconocido.




Algo desde arriba.
Something from Above, Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En sí mismos los hechos tuvieron todo el horror de una pesadilla, pero una pesadilla se puede explicar para que deje de oprimir la mente. Los incidentes en Norton, en el oeste de Minnesota, fueron diferentes, y es posible que nunca se expliquen por completo. No son tanto las cosas que sabemos las que nos aterrorizan como las cosas que no sabemos, las cosas que rompen todas las leyes y reglas conocidas, las cosas que nos sobrevienen sin darnos cuenta y rompen el agradable sueño de nuestro pequeño mundo. Lo ocurrido en Norton fue de tal naturaleza tan espantosa e increíble que ninguno de los involucrados podrá olvidarlo jamás.

Todo lo que pueda tener alguna relación con una explicación se incluye en la siguiente narración para que la verdad no se pase por alto por omisión. Puede ser que algunos hechos aún no hayan salido a la luz, y quizás se hayan incluido algunos detalles que realmente no pertenecen al asunto. Los incidentes en sí pueden no estar en el orden correcto. Si alguien posee más información, la narración será corregida con gusto, ya que cualquier cosa que pueda ayudar será bien recibida por los científicos y el público por igual. Caminamos en la oscuridad con fantasmas y espectros que no conocemos, y nuestro pequeño mundo se sumerge ciegamente en abismos hacia una meta de la que no tenemos concepción.

Ese pensamiento es un golpe a nuestras creencias y comprensión. Solíamos contentarnos pensando que sabíamos todo sobre nuestro mundo, al menos; pero ahora es diferente, y nos preguntamos si realmente sabemos algo, o si puede haber seguridad y paz en cualquier parte del amplio universo.

Los fenómenos que nos interesan aquí comenzaron con la desaparición de las estrellas, un acertijo astronómico que fue estudiado inicialmente por tres observadores: el profesor Grill de Harvard; su asistente, el señor Thorndyke; y un astrónomo aficionado en California, el señor Nelson. Una característica extraña de la observación es que el apagado ocurrió muy abajo en el horizonte occidental, mientras que el señor Nelson informó que tuvo lugar cerca de Saturno. ¿Debemos creer que una observación fue inexacta o que en realidad hubo dos fenómenos simultáneos en diferentes partes de los cielos? A la luz de los acontecimientos anteriores y posteriores, la última conclusión parece más probable.

Además, la observación del señor Nelson, realizada la noche del 28 de marzo, aparentemente está relacionada con una que había hecho la noche anterior. Según una nota que había enviado al Observatorio de Mount Wilson, había estado examinando distraídamente el planeta Saturno la noche del 27 de marzo. La atmósfera era excepcionalmente clara, la observación perfecta. Los anillos eran tan nítidos y el planeta tan impresionante en su peculiar forma que se quedó mirándolo minuto a minuto. Así fue como sucedió lo inesperado incluso mientras miraba. Poco después de la una, apareció en su superficie una mancha de un resplandor tan cegador y deslumbrante que pensó que su visión estaba fatigada y que simplemente estaba viendo cosas.

Apartó la mirada por un minuto de su telescopio; cuando la reanudó descubrió que donde había estado el punto de brillo incandescente ahora había un punto de negrura. Mientras lo miraba con curiosidad, lo vio hacerse más y más ligero hasta que finalmente el planeta presentó su apariencia normal. El señor Nelson podría haber ignorado el asunto por completo si no hubiera tenido la formación científica suficiente para respetar el principio cardinal de nunca pasar por alto ningún hecho o dato. Así fue como escribió su observación y la envió debidamente.

La desaparición de las estrellas, como se lo ha llamado, ocurrió la noche del 28 de marzo, y fue un fenómeno aún más extraño. En el acto de enfocar su telescopio en Saturno nuevamente para buscar una reaparición del punto radiante, el señor Nelson notó que una estrella repentinamente parpadeaba y desaparecía, otra se desvanecía y volvía a brillar un instante después. Al principio pensó que debía ser víctima de una ilusión óptica, pero siguió observando y vio que las estrellas que desaparecían y volvían a brillar estaban en una línea recta que, calculó, se encontraban en el curso entre Saturno y la Tierra.

Fue un espectáculo curioso de ver, según Nelson.

Era como si estuvieras paseando por una calle al mediodía y te detuvieras a mirar un diamante en un cojín de felpa negro en el escaparate de un joyero; y luego, de repente, el diamante no estuviera allí, para aparecer nuevamente un segundo después. No era como si un cuerpo sólido se hubiera interpuesto entre tú y el diamante, sino como si algo invisible hubiera cruzado tu campo de visión, algo que no pudieras ver pero que interceptaba los rayos de luz. La observación de los dos astrónomos de Harvard duplicó la de Nelson, pero dijeron que el borrado tuvo lugar en el horizonte occidental, lejos de Saturno. Más extraño aún es su afirmación de que las estrellas desaparecieron en una línea recta que progresaba en la dirección general de la Tierra.

No se prestó mucha atención a estas observaciones inusuales, e incluso los tres observadores no tenían mucho más que una curiosidad ociosa. Por esa razón, debido a que nadie estaba preparado, el terror en Norton acechaba en la noche como un sueño espantoso, tan abrumador como la propia locura. Quizás el resto de la historia debería contarse a través de los ojos de Lars Loberg, un granjero noruego impasible que vive a unas tres millas de Norton, porque fue alrededor de su granja donde se centró el terror, y él mismo fue un testigo de primera mano hasta que enloqueció y se suicidó.

Se levantó temprano, como de costumbre, la mañana del 30 de marzo. Hacía frío en la granja y salió a cortar un montón de leña. Ya era de día y estaba nevando cuando abrió la puerta. Se detuvo más allá del umbral y miró a su alrededor con una expresión perpleja en su rostro. Con cuidado volvió sobre sus pasos hasta la habitación que acababa de dejar y se quedó allí, mirando a través del corral y los campos abiertos.

—¡Helga! —gritó en un tono curioso a su esposa—. ¡Ven aquí!

Llegó su esposa y los dos se quedaron en la puerta mirando un espectáculo como nunca antes habían visto. Todo el aire parecía rezumar sangre. No se movía ni un soplo de viento, ni una nube flotaba en el cielo, pero caía una fina niebla, una sustancia que no era ni nieve ni polvo ni sangre, pero que tenía algo de la naturaleza de los tres. Los montones de nieve alrededor de la casa de campo que aún no se habían derretido por completo en los deshielos primaverales ya estaban cubiertos con un manto de color rojo pardusco, y minuto a minuto, mientras la materia extraña seguía cayendo del cielo, la capa del suelo se hacía más gruesa. Los dos se quedaron allí en la tranquilidad del amanecer con asombro y un poco de miedo, mirando la caída inusual y un mundo que estaba sangriento.

Había un olor extraño en el aire, casi un hedor. A Lars le recordó a un gato muerto de dos días con el que se tropezó una vez, y a un cerdo al que había muerto desangrado recientemente.

Lars estiró el brazo y agarró algunas de las cosas que caían en su mano.

—¡Mira! —le dijo simplemente a Helga.

La sustancia se derritió. No se escurrió como el agua. Se quedó en pequeños glóbulos aceitosos de un color como sangre vieja. En lugar de tener el olor fresco y terroso de la nieve o la lluvia, desprendía un olor desagradable que sugería ofensivamente algo muerto.

Helga era supersticiosa. Se estremeció y se apartó de la palma extendida de Lars.

—¡Nieve roja! —dijo con inquietud—. No es natural, no me gusta. ¡Oh, Lars, cierra la puerta!

Lars se quedó pensativo.

—Sí, nieve roja. Tal vez signifique un mal año para los cultivos —luego se encogió de hombros y medio sonrió a Helga—. Pero probablemente solo es polvo en el aire que se mezcló con la nieve. Nada de qué asustarse y…

—¡Escucha! —interrumpió Helga bruscamente.

Lars dejó sin terminar lo que había comenzado a decir. Desde el chiquero llegó un alboroto de gruñidos y chillidos como nunca habían oído. En el establo, los caballos relinchaban estridentemente, y se escuchó el ruido salvaje de los cascos al pisar. Por encima del estruendo de los animales asustados se oyó el aullido lúgubre y lloroso de Jerry, el collie escocés.

Lars salió corriendo de la casa.

—¡Quédate aquí! —gritó en respuesta cuando Helga comenzó a seguirlo—. ¡Veré qué está ocurriendo!

La nieve roja seguía cayendo. Lars corrió primero al granero, pero no había huellas de ningún intruso en la nieve recién caída, ni pudo encontrar ninguna evidencia de que un hombre o una bestia hubiera estado merodeando por la pocilga.

Lars corrió al establo, abrió las puertas e hizo todo lo posible por silenciar a los caballos. Algo los había asustado mucho, pero tenía poco tiempo para especular sobre qué era. Por primera vez en su vida, los animales apenas prestaron atención a sus esfuerzos por calmarlos, y Lars se volvió más perplejo y desconcertado a cada momento. Luego oyó a Jerry aullar más cerca, el golpeteo de pies corriendo cruzó el patio y el perro saltó por la puerta abierta, sacudiéndose y dando tumbos a sus pies.

—Tranquilo, Jerry —canturreó Lars, inclinándose para acariciar al perro.

Se dio cuenta de que los animales tenían miedo de la extraña nieve.

No había mucho que pudiera hacer hasta que dejó de nevar, así que caminó entre ellos, hablando y dándoles palmaditas hasta que se quedaron un poco más tranquilos. Alrededor de las siete, la nieve dejó de caer. Los caballos todavía estaban nerviosos, pero gradualmente terminaron sus locos relinchos. Lars decidió que era seguro dejarlos ahora y regresó a la granja, secándose la frente.


II. La cosa en el campo.

Más allá del tocino, los huevos y el café humeante, Lars y Helga discutieron el fenómeno, pero con estos elementos de desayuno hogareños ante ellos y una sensación cálida en el interior, la extraña nieve se volvió menos misteriosa y alarmante para ellos.

—No es de extrañar que los animales estuvieran asustados —dijo Lars, medio en broma—. Supongo que cualquiera se sentiría raro al ver nieve roja en lugar de blanca. Pero no hay nada de qué preocuparse. Probablemente sea solo polvo en el aire como dije.

—Tal vez sea así —respondió Helga con duda—. ¿Pero dónde hay polvo rojo por aquí?

La pregunta dejó perplejo a Lars. Conocía Minnesota, las Dakotas, Montana y Nebraska, pero en ninguno de esos Estados había nada con el peculiar color de la nieve.

—Desearía que te quedaras por aquí hoy —continuó Helga lentamente—. No me siento bien de alguna manera. Las cosas no son naturales como deberían ser.

—No hay necesidad de preocuparse —respondió Lars brevemente—. Todo está bien.

Como burlándose de sus palabras, toda la casa se estremeció, el café se derramó sobre la mesa y un terrible estallido retumbó en sus oídos.

Sin una palabra, Lars echó a correr hacia la puerta. Helga, con un miedo supersticioso, aferrándose fuerte a su corazón, se quedó atrás para enderezar la mesa. Alguna intuición le advirtió que algo andaba mal en el mundo. La nieve roja, y ahora este choque explosivo, ¿qué podrían significar? Oyó a Lars y Jerry caminar mientras buscaban la causa del disturbio, pero cuando Lars volvió a entrar en la casa, diez minutos después, el ceño fruncido en su rostro mostraba la inutilidad de su búsqueda.

—¿Qué era? —preguntó Helga.

—Nada que yo pudiera encontrar —respondió, desconcertado e irritado—. Sonaba como un árbol o algo caído en el granero, pero no había nada. Supongo que tal vez estemos escuchando cosas.

Fue un pobre consuelo. Los dos terminaron su desayuno en silencio. Al concluir la comida, Lars dijo brevemente:

—Voy a ver cómo está el terreno. Si me necesitas, grita y te oiré —Helga no respondió a pesar de sus temores, sabía la inutilidad de discutir con Lars.

Su esposo llamó a Jerry y los dos partieron. Había salido el sol y el cielo estaba bastante despejado. La temperatura estaba aumentando rápidamente. La nieve roja ya parecía derretirse y el aire tenía un olor rancio.

Un camino conducía desde la parte trasera de la granja hasta pasar los gallineros, atravesaba el corral de cerdos, luego corría por un campo abierto y finalmente subía una pequeña colina, al otro lado de la cual se extendían los cuarenta acres, un tracto utilizado para el trigo. Lars caminó por el sendero pasando el granero y cruzó el corral de cerdos. Cuando comenzaron a cruzar el campo abierto, Jerry se paró en seco y empezó a gruñir salvajemente. Lars miró a su alrededor, pero no vio nada inusual.

—Vamos, Jerry —dijo y siguió caminando.

El perro se quedó atrás de él, gruñendo y gimiendo. Entonces Lars se detuvo abruptamente, sorprendido. Unos diez metros por delante había un gran corte en la tierra húmeda. Parecía reciente, porque la tierra se abultaba alrededor de sus bordes y todavía no había ningún charco de agua en ella.

Mientras Lars continuaba caminando después de su pausa momentánea, Jerry lanzó un ladrido furioso que terminó en un aullido largo y quejumbroso y se negó a avanzar.

—Deja de ladrar y ven conmigo.

Lars maldijo con irritación. Sus nervios se estaban alterando, pero el perro no se movió, y Lars continuó, pensando que lo seguiría si tomaba la delantera.

Estaba a unos metros del borde cuando algo que no había visto le agarró el tobillo y tropezó hacia adelante. En un loco segundo de horror, el abismo del infierno pareció abrirse ante él. Algo más que no pudo ver lo golpeó en la frente, y sus brazos extendidos estaban magullados con una sustancia dura. Estaba inclinado hacia adelante en un ángulo de cuarenta y cinco grados sobre el profundo corte. Miró hacia abajo y vio el fondo a unos cuatro metros por debajo de él, pero no se cayó. No había absolutamente nada a la vista.

Un gran burbujeo de sudor lo cubrió. La sangre del moretón de su frente goteaba, pero colgaba suspendida en el aire a unos centímetros de su cara. Con los ojos vidriosos de terror, Lars se incorporó lentamente y se quedó temblando un momento. Volvió a extender la mano y sus dedos sintieron algo duro como el acero, más fríos que el hielo, con protuberancias aquí y allá y surcos extraños. Había una depresión en la superficie sólida en la que metió el puño y la mano desapareció de la vista.

Ante eso, el miedo se apoderó de él y se volvió y echó a correr con todas sus fuerzas mientras Jerry gimoteaba pisándole los talones. El terrible accidente ya no seguía siendo un misterio. ¡Quiera Dios que así fuera! Algo que nunca fue de esta tierra había caído en medio de un campo abierto, ya sea por accidente o intencionalmente. Todas las viejas leyendas populares de su raza surgieron en sus pensamientos para aumentar su pánico. Pero también pensó en Helga mientras corría, y decidió que no diría nada que pudiera alarmarla más.

Se detuvo un minuto fuera de la granja para recuperar el aliento. Luego entró, tratando de ser el mismo de siempre.

—¿Eres tú, Lars? —preguntó Helga gritó. Un momento después entró a la cocina. Cuando lo vio, corrió hacia adelante—. ¡Vaya, Lars, tu cara está sangrando!

—Sí, tropecé.

Helga lo miró a los ojos, que aún eran salvajes y dilatados, y la verdad de la intuición saltó a su corazón.

—¡Lars! ¡Ese estruendo, sabes lo que fue! ¡Había algo en el campo!

—No —respondió deliberadamente—, no había nada en el campo.


III. La caída inversa.

Era una pareja solemne la que se sentó al mediodía para almorzar. El peso opresivo del misterio y el miedo colgaba sobre la mesa, y detuvo incluso la pequeña charla que solían tener Lars y Helga. Por consentimiento tácito, no dijeron nada más sobre los incidentes de la mañana.

Hacia las dos de la tarde, el cielo comenzó a nublarse y afuera se enfrió; pero la nieve roja se había derretido con el calor del final de la mañana, y alrededor de la granja flotaba un olor pútrido, rancio y nauseabundo, el olor de un osario o de una tumba.

Lars deambulaba por la cocina y el sótano, haciendo trabajos ocasionales para pasar el tiempo. No salió de la casa. Sus nervios estaban al límite y no sabía qué pasaría a continuación. La nieve roja y la cosa en el campo pesaban sobre su corazón. La seguridad y la confianza de toda una vida se habían desvanecido en una breve hora. ¿Qué podía hacer en presencia de un misterio que parecía no tener explicación y cosas que iban en contra de las leyes de la vida en las que había confiado? Mientras las grandes masas de nubes plomizas se amontonaban en lo alto y las ráfagas de viento helado gimoteaban por el jardín y la casa, el indefinible miedo a lo desconocido se cernía sobre sus pensamientos. Solo tenía un rayo de esperanza: que el periódico que el cartero rural dejaría por la tarde explicara la misteriosa nevada. Lo que había en el campo, trató en vano de olvidarlo, fingiendo que debía ser un nuevo tipo de cometa.

Eran alrededor de las cuatro cuando Lars escuchó el silbido del cartero. Dejó el martillo y los clavos, luego caminó por un pasillo corto hasta la cima de las escaleras. Desde allí, mirando al otro lado del dormitorio delantero y por la ventana, pudo ver el buzón de correo en el lugar donde la carretera del condado pasaba unos noventa o cien metros frente a la casa. Allí se detuvo el familiar caballo y carruaje del cartero. Para su sorpresa, Helga también estaba parada allí, hablando con él pero evidentemente a punto de regresar a la casa. Ella debió haberlo visto venir por la carretera y salir a su encuentro.

La vista de Helga lo inquietó curiosamente. Deseó que ella hubiera esperado para dejarlo ir tras el correo. Cuando comenzó a descender el tramo de escaleras, decidió que le pediría que se quedara adentro durante un día o dos. Pero todos los pensamientos fueron alejados de su cabeza y el terror negro lo abrumó en una oleada enfermiza cuando estaba a mitad de camino.

Porque llegó a sus oídos un sonido que era muchos sonidos. Hubo un extraño y largo zing-g-g, el loco relincho de un caballo y el repentino y penetrante chillido de una mujer. Y luego vino de nuevo ese largo y extraño zing-g-g, y el ruido de un gran viento.

Lars despejó el resto de los escalones de un salto y se torció un tobillo torcido al doblar hacia la puerta principal. El miedo ciego que había sentido mientras colgaba sobre el pozo esa mañana no era nada comparado con la oleada de horror que se apoderó de él ahora.

Porque no había nadie a la vista. El buzón estaba desierto. El camino se extendía hacia la izquierda, sin ningún viajero humano, durante tres cuartos de milla, y hacia la derecha, igual de vacío durante media milla. Y en el campo que se extendía al otro lado del camino, no se veía ningún ser viviente. Helga y el cartero con su caballo y su carruaje se habían desvanecido como si nunca hubieran existido.

Pero había algo curioso: todo alrededor estaba gris por las nubes que oscurecían el cielo, excepto una mancha redonda de azul de unos cien metros de diámetro a través de la cual la luz del sol se derramaba sobre el buzón. Lars levantó la vista mecánicamente. En lo alto estaba la única grieta en los bancos de nubes, una grieta que las nubes en aumento volvían a llenar rápidamente. Incluso mientras miraba, algunas cosas blancas revolotearon hacia la tierra: cartas y papeles. Lars tomó un puñado como si estuviera aturdido o loco y se tambaleó de regreso a la casa. Apenas fue consciente del repentino rugido del viento que se levantó, o del muro de aguanieve que se precipitó en una salvaje pendiente desde las nubes.

De la misma manera mecánica e irresponsable, volvió a girar y salió a la penumbra con la desesperada esperanza de que sus ojos y oídos le hubieran jugado una mala pasada. Caminó en cualquier dirección, buscó a través del campo, llamó y gritó hasta que su voz se volvió ronca, pero no encontró nada, y nadie respondió a sus vanos gritos. Luego, por fin, cuando el aguanieve se transformó en una fina llovizna que cesó en breve, volvió a la granja, todavía con esa sensación de aturdimiento.

Las cartas estaban tiradas en el suelo donde las había dejado, y automáticamente escogió de ellas el papel que había pensado que podría contener una noticia explicativa. Pero no podía concentrar sus pensamientos, y eran solo frases inconexas que su ojo detectaba aquí y allá: Cae nieve roja, polvo volcánico en la atmósfera superior, nubes de polvo de las praderas occidentales, un organismo desconocido y curioso desconcierta a los científicos, un químico afirma que encontró rastros de una sustancia como la sangre, fueron las explicaciones del párrafo y el comentario que corrió en un revoltijo por sus pensamientos; y en otro lugar de la página, algunas otras frases: Extraña exhibición de auroras boreales, rayos de color rojo, verde, violeta, amarillo, fenómeno observado en Norton, un astrónomo de la universidad no ofrece ninguna explicación.


IV. Algo desde arriba.

Al anochecer de ese día de locura, nuevamente estaba parcialmente despejado afuera. En el este todavía colgaba un banco bajo de nubes, pero arriba y hacia el oeste las estrellas estaban saliendo.

Lars se sentó junto a una ventana mirando la noche durante horas. Su mente se había calmado mientras cavilaba sobre misterios que no podía sondear, pero había una luz en sus ojos que nunca antes había estado allí. Hasta el momento, sólo la impasibilidad de su raza le había impedido volverse loco. En sus oídos aún resonaba esa mezcla de sonidos, y sus ojos horrorizados mantenían ante ellos el camino vacío y los papeles revoloteando hacia abajo. Era increíble, impensable; sin embargo, todos sus pensamientos terminaron con una explicación que no tenía lógica: de alguna manera, el cartero y Helga habían sido arrebatados de la superficie de la tierra.

Había pensado en un tornado, pero nada más había sido perturbado. ¿Qué era lo que podía llegar a la tierra en un breve segundo o dos y desaparecer instantáneamente hacia el cielo con su presa? El sudor frío brotó de su frente. Una vez, de niño, se había preguntado cómo se sentiría si viera caer una manzana de un árbol y, en lugar de caer a la tierra, navegar hacia los cielos. Ahora conocía esa terrible sensación, la sensación de que la naturaleza se había torcido repentinamente.

Volvió a mirar al cielo directamente arriba, donde las estrellas brillaban frías, esperando en vano que pudiera sacar una solución de esas profundidades insondables. Pasaron los minutos. La Vía Láctea resplandeció con su misteriosa belleza. La noche estaba tranquila sin viento.

Cuándo fue que tomó conciencia de algo nuevo, no pudo decirlo. Pero en el fondo de sus inútiles pensamientos, una frase olvidada buscó expresión a tientas: Extraña exhibición de auroras boreales, rayos de color rojo, verde, violeta, amarillo.

Entonces lo supo. Muy por encima de él, tan débilmente que al principio no pudo estar seguro, rayos de luz de muchos colores pulsaron a través de las estrellas. Y a Lars le sorprendió y le invadió una especie de nuevo temor de que no se viera en ningún otro lugar. En el pasado, había visto con frecuencia la aurora boreal descender desde el norte, ardiendo más brillante hasta que serpentinas y cataratas de un extraño resplandor jugaban en todo el cielo.

Pero nunca antes la había visto confinada a un lugar tan pequeño en el cielo. Estos rayos parpadeantes de verde y violeta, rojo y amarillo, no parecían tan remotos como solían ser las auroras boreales, y era extraño que ocurrieran en un área tan pequeña, aunque debía ser inmensamente más grande en el espacio. A veces, sólo dos rayos bailaban alrededor del otro, a veces todos desaparecían, luego, un minuto después, rayos de diferentes colores saltaban sobre el terciopelo estrellado de la noche. Y la parte más extraña de la exhibición fue la claridad y rectitud de la luz; no había nada de la vaguedad, ni el cambio y la fusión lenta en otros patrones y colores que tenía la aurora; esto se parecía más al encendido y apagado de linternas gigantes.

Durante varios minutos, Lars miró las extrañas luces con la torpeza de una mente aturdida por demasiadas conmociones. Incluso en este estado se dio cuenta de algo nuevo: le pareció ver una o dos motas negras en el aire entre él y las luces, como las motas danzantes ante los ojos de alguien que ha sido golpeado en la cabeza; y llegó a sus oídos una ráfaga de viento, y dos objetos se precipitaron furiosamente a su lado para estrellarse contra el suelo.

Un momento después, creyó escuchar un ruido sordo en la carretera y otro desde algún lugar lejano, pero tal vez solo eran ecos, o sus oídos pudieron haberle jugado una mala pasada. No podía estar seguro. Como un autómata, se levantó y bajó a tropezones las escaleras hacia la noche fría y tranquila.

Había algo extrañamente familiar en ese objeto más cercano, y se acercó a él con un zumbido lejano en los oídos y un torbellino salvaje de sueños locos en su mente. Se inclinó sobre la forma inmóvil; un olor a quemado le llegó a la nariz, reconoció el pobre y destrozado cuerpo de Helga, la piel horriblemente blanca. Canturreó una palabra de dolor y se inclinó para acariciar la arcilla sin vida. Y luego volvió a apartar la mano, porque ardía como el fuego de un horno, pero sabía que no era fuego lo que tocaba, ni calor alguno, sino el frío absoluto y penetrante del espacio exterior. Como Helga se había desvanecido, en misterio y terror, también había regresado, pero el horror para ella había terminado. Para él continuó. La noche estaba en silencio, pero ese zumbido enloquecedor era más fuerte en su cerebro. Sacudió la cabeza para deshacerse de él y sus ojos se posaron en el otro objeto.

Por un segundo, el tiempo y el espacio y el mundo se detuvieron para Lars. Ningún ojo podía mirar sin cambios esa mancha viscosa de carne líquida, hongos e icor, con sus repugnantes tentáculos y picos, su negrura de corrupción, su monstruosa mezcla de todo lo que era obsceno en los reinos vegetal y animal, y más horrible aún, el núcleo metálico de la cosa todavía se movía débilmente con una espantosa parodia de la vida; y en su centro, un bulbo podrido y enfermizo de un ojo ciego miraba malévolamente a Lars con su luz moribunda.

El zumbido en sus oídos se convirtió en un estruendo chirriante, algo se rompió, sus dientes crujieron y la locura se apoderó de él. Murmuró palabras cariñosas para Helga, gritó blasfemias a la cosa viscosa desde arriba, estalló en carcajadas sin alegría y sollozos ásperos. Su mente enloquecida se fue por otra tangente, y dejó de murmurar y chillar tan repentinamente como había comenzado; en cambio, se rió entre dientes con una astucia loca, como si hubiera pensado en una manera de engañar a su enemigo.

Retrocedió disimuladamente hasta la casa de campo y reapareció con un gran puñado de leña. Volvió a buscar más y más. Hizo una tosca pira, arrastró el cuerpo de Helga sobre ella aunque sus manos ardían como en un horno al rojo vivo; volvió corriendo, reapareció con una lata y echó querosén en la pira. La encendió con lágrimas de locura y dolor corriendo por su rostro.

Entonces la furia entró en su corazón, y arrojó el resto de la leña sobre la cosa obscena y la empapó con el querosén. Cuando las llamas se encendieron, bailó con dolor, odio y locura retorciéndose alternativamente en sus rasgos. Corrió de regreso a la leñera en busca de más combustible. Estaba a punto de regresar con una carga de leña cuando escuchó el rugido de una pequeña explosión, vio una fuente de chispas y leña ardiendo en el aire. Se quedó boquiabierto por un segundo, luego corrió locamente hacia los fuegos.

La monstruosidad obscena ya no existía: algo en ella había explotado, y en dos o tres lugares ardían trozos en el techo de la granja. Pero Lars no les prestó atención, tampoco a las llamas que comenzaban a lamer los aleros, porque algo medio olvidado golpeaba en el fondo de sus pensamientos.

¡La cosa en el campo! ¡La cosa en el campo! La frase le pasó por la cabeza como un cántico, y estalló en otra carcajada salvaje. Apenas miró el humo negro que surgió de la pira funeraria de Helga, mientras se giraba y regresaba rápidamente a la pila de leña.

Recogió todo lo que pudo llevar y tropezó por el camino, tambaleándose bajo el peso. Cuando llegó a la brecha en la tierra, débilmente iluminada por el resplandor rojo que comenzaba a salir del techo en llamas de la casa de campo, arrojó todo sobre la cosa invisible y gritó. Regresó una y otra vez hasta que toda la madera estuvo esparcida alrededor y sobre lo que no se podía ver. En su último viaje, trajo dos latas de querosén de un galón y las vertió sobre tanta madera como estaba a su alcance, luego la arrojó a la parte superior de la pila y encendió la masa.

Una lengua de fuego saltó y corrió sobre la pila, y salió un volumen de espeso humo negro. El campo a su alrededor ya estaba iluminado por un resplandor espeluznante de la granja que ahora estaba completamente en llamas. Como un nigromante pronunciando su ritual de encantamiento y hechicería oscura, Lars saltaba, bailaba y aullaba alrededor de la gran hoguera que había construido.

Una torre de humo negro se elevó en el aire, la madera crujió, el calor se volvió abrasador. Y bajo la metamorfosis del fuego, Lars vio cómo se formaba un último y extraño acertijo ante sus ojos. Se estaban formando contornos, la sugerencia de una vasta estructura incrustada profundamente en la tierra.

Balbuceó a las estrellas mientras veía planos, ángulos y cubos que parecían la geometría de otra dimensión. Su risa maníaca volvió a sonar cuando miró a través de las paredes transparentes y brillantes y vio objetos que no podía nombrar, dispositivos mecánicos montados de manera extraña, artículos fantásticos que ninguna mente en la tierra podría haber imaginado o moldeado. Y alrededor de ellos había docenas de esas cosas infernales y viscosas que no eran ni animales ni vegetales ni materia, pero que participaban repugnantemente de la naturaleza de los tres. Gritó con triste júbilo mientras vislumbraba brevemente otras cosas: sustancias extrañas y gaseosas en el suelo que mantenían su forma tan rígidamente como cadáveres.

Se oyó un silbido, como un gran suspiro, un estruendo de advertencia, y Lars abrió los brazos como si quisiera abrazar el fuego purificador. Fue su último gesto, porque la tierra, el cielo y la vida temblaron y fueron destrozados antes de la titánica explosión que acabó con la cosa en el campo.


V. Un acertijo de las estrellas.

La tarde del 30 de marzo, poco después de las 2:00 p.m., Larry Greene despegó del campo de vuelo de Twin City con un envío especial de despachos bancarios para Seattle. Su avión fue visto por última vez en Elk Forks, veinte millas al este de Norton, aproximadamente a las cuatro en punto. Cuando no se lo volvió a ver durante varias horas y no se recibió ningún informe, la importancia de su carga hizo que se enviara un grupo de búsqueda.

Temprano en la mañana del 31 de marzo, su avión fue encontrado cerca de la granja quemada de Loberg. Estaba completamente destrozado, pero el cuerpo del piloto no estaba por ningún lado. El grupo de búsqueda continuó recorriendo la zona. Una hora más tarde, lo encontraron deambulando, aturdido, por un campo cerca de Norton. Su relato de lo que había sucedido era tan singular y fantástico que se cuestionó su cordura. Sin embargo, cuando se descubrió que estaba sufriendo mucho por la exposición, lo llevaron de inmediato a las Ciudades Gemelas para recibir atención médica. Todos los esfuerzos por salvar su vida fueron inútiles. Murió varios días después de una infección gangrenosa.

Entre sus efectos se encontraron dos elementos significativos: un objeto negro y la siguiente comunicación extraordinaria, que aparentemente fue escrita en algún momento durante el primer día de su confinamiento para atención médica:


***

A otros les dejo la tarea de decidir si he sido víctima de la locura o de las alucinaciones. Yo mismo dudo ya del testimonio de mis propios ojos y oídos. Si no fuera por el disco que traje conmigo, creería que todo fue una ilusión o un sueño, pero a menos que el disco resulte ser producto de una imaginación trastornada, no puedo dudar de la verdad de lo que tengo que decir y de la realidad de lo que vi.

A las dos y diez de la noche del 30 de marzo, despegué del campo de vuelo de Twin City con un paquete de despachos bancarios para Seattle. Me dirigí hacia el oeste. Las condiciones meteorológicas fueron favorables durante la primera hora y mantuve el nivel de vuelo relativamente bajo de dos mil pies. En este punto, a algo menos de ciento sesenta kilómetros de las Ciudades Gemelas, me estaba acercando a una región para la que se pronosticaban tormentas de nieve o aguanieve. Los bancos de nubes se estaban acumulando más adelante, así que inmediatamente comencé a escalar en busca de altitud. La última ciudad que vi fue Elk Forks. Después de eso, las nubes debajo de mí oscurecieron todo.

Había subido a seis mil pies, luego siete mil quinientos, y ahora me mantenía a una altitud de nueve mil pies. Calculé que ahora debía estar acercándome a Norton.

Sin una palabra de advertencia, vino el terror.

Mi avión se vio envuelto repentinamente en una luz verdosa. El motor y la hélice zumbaron, pero mi progreso se detuvo por completo. Mi altímetro marcaba once, trece, quince mil pies tan rápido que apenas podía seguirlo. Nada de lo que podía hacer tenía ningún efecto en el avión o su increíble ascenso. La sensación era repugnante. Tenía el motor completamente abierto, pero no avanzamos ni un pie. En cambio, el avión se elevó hacia arriba como un globo. Apenas tuve tiempo de ajustar mi tanque de oxígeno y encender la corriente para el traje hermético calentado eléctricamente que siempre uso cuando vuelo en climas fríos. El altímetro se disparó a cuarenta mil pies, luego se congeló.

Todo había sucedido tan instantáneamente que casi me quedé atónito. Unos pocos segundos como máximo podrían haber pasado entre el momento en que llegó la luz verdosa y el altímetro se congeló.

A través de mi traje, comencé a sentir un frío intenso. No tenía conocimiento de qué tan alto estaba ahora, pero sabía que si mi extraño ascenso no se detenía rápidamente, perecería en el cero absoluto o casi absoluto del nivel superior de la atmósfera. El motor ahora se congeló y se apagó. En lugar de caer, el avión permaneció en su suspensión antinatural, todavía bañado en luz verde. El cielo sobre mí se había vuelto tan oscuro que estaba seguro de que debía estar cerca del borde exterior de la atmósfera de la Tierra. El frío era más punzante que nunca.

En este momento, creí escuchar dos leves clics. Unos segundos más tarde, se repitieron. La luz verde desapareció.

Arriba, las estrellas se apagaron. El efecto fue precisamente como si estuviera mirando a través de un cristal invisible pero no pudiera ver nada. Y a solo unos metros de mi avión habían aparecido repentinamente los cuerpos de un hombre y una mujer muertos. El intenso frío disminuyó rápidamente en severidad, pero si hubiera sido mil veces más helado, no podría haber sido tan entumecedor como el extraño horror de todo lo que me había sucedido en un breve minuto.

Estaba en medio de una pesadilla infernal infinitamente más desgarradora que cualquier otra que hubiera tenido. El terror y el miedo al misterio nauseabundo se apoderaban de mí, apenas sabía si estaba soñando o despierto, vivo o más allá de la frontera de la muerte. Y esos dos cadáveres colgando en el aire cerca de mí, su apariencia era tan espantosa como inexplicable.

Todo fue como una visión delirante. Me sentí como si estuviera encerrado, el terrible frío había cesado, pero no había una estrella en el cielo sobre mí ni podía ver la tierra debajo. Si no fuera por el avión y los dos cuerpos, habría creído que me había quedado ciego.

Apenas había entendido —o mejor dicho, me había dado cuenta de mi situación ya que no la entendía en absoluto— cuando me vino de nuevo este leve clic, desde arriba, y automáticamente miré hacia allí.

No sé lo que esperaba ver, excepto cualquier cosa o nada. Pero no fue la respuesta a ninguna de las mil preguntas que vinieron a mi mente, sino un misterio más oscuro y profundo. Había nubes de vapor a una docena de pies por encima de mí. Nunca antes había visto una sustancia gaseosa mantener su forma rígidamente, y con una sensación de desvanecimiento lateral me di cuenta de que la cosa parecida a una nube estaba viva. Tuve la impresión de que mis ojos ardían. Mi cerebro recibió una orden, pero mis oídos no escucharon ningún sonido. De alguna manera que no pude comprender, la monstruosa sustancia viviente sobre mí había puesto en mis pensamientos una imagen de mí mismo saliendo de la cabina.

¿Salir de la cabina de un avión, Dios sabe cuántas millas sobre la tierra, era una locura, un suicidio. Luché con todas mis fuerzas para retener mi asiento. Pero estaba impotente, y lentamente accioné las trabas de la cabina y me encontré con el espacio vacío.

Debería haberme caído como un peso muerto. Pero estaba de pie tan erguido como si hubiera tierra sólida bajo mis pies. ¿Dónde estaba el último frío que debería congelarme? ¿Por qué no me caí? ¿Cuál era el significado de todos los inquietantes eventos de los últimos minutos? Temblaba violentamente, me inundó un sudor frío y caliente, un miedo mortal carcomía mi corazón por primera vez en mi vida.

Entonces pensé que debía haber entrado en un estado hipnótico, porque una repentina sensación de paz se apoderó de mí y, en respuesta a otra orden silenciosa, subí a lo que parecía ser una escalera corta, y bajé un momento después a otra invisible. La cosa gaseosa se retiró a medida que avanzaba, y ahora colgaba a unos pocos metros de mí. Pero apenas me di cuenta, porque mis ojos estaban desconcertados por la vista a mi alrededor, y una tenue luz de comprensión comenzó a despejar la niebla sobre mis pensamientos.

Montones de intrincada y reluciente maquinaria y delicados mecanismos estaban por todas partes a mi alrededor, junto con elaborados diales, controles y otros dispositivos cuyo propósito ni siquiera podía conjeturar. Alrededor de cada control se agrupaban decenas de cosas gaseosas. Soñé que estaba en un dirigible de algún tipo nuevo, pero no había paredes que lo cerraran y no podía ver ningún piso debajo de mí, sin embargo, el cielo estaba desprovisto de estrellas.

Todo esto lo noté en un breve instante antes de que mi captor me ordenara en silencio que caminara unos pasos hacia adelante y me sentara. Demasiado aturdido y abrumado para ofrecer resistencia, lo hice. La cosa se dirigió hacia mí y se quedó colgando a unos metros de distancia. La miré, y tuve la impresión de ojos ardiendo que no podía ver. Pero me invadió de nuevo esa extraña sensación de paz.

¿Cómo puedo describir el extraño terror y fascinación de la escena, o lo que siguió? Sin duda, ningún hombre había sido tan repentinamente apartado de los hábitos y pensamientos de toda una vida como yo entonces. Sin darme cuenta hasta después, debí haber sido puesto nuevamente bajo control hipnótico, porque el mecanismo y las formas gaseosas que me rodeaban se desvanecieron repentinamente en el vacío, y luego, mientras tenía la sensación incorpórea de alguien que sueña, una sucesión de imágenes fantásticas fueron impuestas a mi imaginación. No se intercambió ninguna palabra, porque ninguno de los dos podría haber entendido el idioma del otro. Mediante una especie de transferencia de pensamientos, se me hizo comprender todo lo que me había sucedido y algunas cosas que no conocía, y algunas de las cuales probablemente nunca tendré más conocimiento para certificar su verdad.

Como había comenzado a sospechar, ahora estaba en una nave espacial de un tipo y construcción completamente nuevos para mí. El ser que colgaba a unos metros de distancia era Relelpa, director de una expedición desde Saturno en una misión de la que dependía la existencia o muerte del sistema solar.

Durante miles de años, su civilización había progresado allí hasta que sus habitantes estuvieron tan por delante de nosotros como nosotros de los simios de la jungla. La fuerza vital persiste en una variedad infinita de organismos producidos en Saturno, sustancias gaseosas opacas como Relelpa. Muchos años antes de nuestro encuentro, estos inquietantes habitantes de Saturno habían descubierto en las entrañas de su planeta uno de los elementos más raros de todo el universo. Saturno mismo contenía solo unos pocos miles de toneladas del mineral del que este elemento, Seggglyn, fue extraído.

Seggglyn resiste el frío incluso hasta el cero absoluto, pero si se expone a suficiente calor, explota. Su propiedad más curiosa y más valiosa es su impermeabilidad a la gravitación. Por ejemplo, un trozo del elemento puro aislado bajo un cielo abierto es arrojado inmediatamente hacia el cielo por la fuerza centrífuga del planeta giratorio, ya que la gravitación no tiene ningún efecto sobre él. Hasta que finalmente se rompe en partículas atómicas, se precipita para siempre a través del universo, rebotando nuevamente de cualquier atracción gravitacional a la que pueda acercarse.

Al extraer el elemento y al experimentar con él, los saturnianos no solo descubrieron cómo controlarlo, sino que obtuvieron subproductos de un valor inestimable. Seggglyn es completamente transparente, pero nada más allá es visible, como si se mirara a través de un cristal. Quizás pueda aclarar esto diciendo que es como un punto ciego. Seggglyn actúa como un punto ciego a cualquier distancia del ojo del espectador.

Al extraer el elemento, los saturnianos encontraron que la última impureza eliminada tenía el efecto de contrarrestar el elemento; es decir, hasta que se eliminó la impureza, Seggglyn se mantuvo por atracción gravitacional. Por lo tanto, al volver a colocar la impureza, o recubrir Seggglyn con ella, el elemento solo tenía propiedades minerales normales.

Sólo había una cantidad limitada del material en Saturno, y nunca se encontró rastro de él en el espectro de ninguna estrella. ¿Qué se debería hacer con él? Los saturnianos consideraron todos los usos posibles, y finalmente decidieron que sería el más valioso como ofensiva y defensa contra cualquier peligro; por lo que construyeron esta vasta nave espacial y la armaron con todos sus rayos de destrucción. La nave no se podía ver ni su ubicación adivinada a menos que cruzara delante de una estrella.

En la parte exterior de la nave se colocaron decenas de placas delgadas de la impureza. Éstas fueron controladas por radio desde el interior de la nave. Podían ajustarse a cualquier posición en el exterior, de modo que se pudiera regular la velocidad, y la suficiente fuerza gravitacional para permitir que la nave se eleve y aterrice de manera segura.

Así los saturnianos habían explorado el sistema solar hace cientos de años, e incluso se habían aventurado en la galaxia más allá, porque aparentemente no había límite para la velocidad que podía alcanzar. Si su tasa de velocidad fuera constante cuando dejara la influencia gravitacional de Saturno, seguiría yendo a ese ritmo. Pero si su velocidad estuviera controlada de modo que aumentara constantemente en el punto en el que pasara más allá de la influencia de Saturno, su aceleración continuaría al mismo ritmo, y si valiera la pena el riesgo, se podría alcanzar una velocidad de cientos o miles de años luz por segundo.

Después de sus primeras exploraciones y experimentos, los saturnianos mantuvieron la nave inactiva, pero siempre preparada para cualquier peligro. Habían descubierto muchos asuntos inquietantes en sus viajes, pero mientras no sucediera nada, mantuvieron su política de esperar.

Y de la noche, sin previo aviso, había surgido repentinamente el único peligro cataclísmico que no habían anticipado. Desde su gran observatorio central, los saturnianos mantuvieron un estudio constante de los cielos por razones astronómicas. Una semana la observación había mostrado una vista normal de la región de la estrella vespertina. Y la semana siguiente, las estrellas desaparecieron momentáneamente en una línea recta que viajaba hacia el sistema solar.

No podían dar crédito a esto, pero solo había una explicación posible. Alguna estrella o mundo fuera del alcance de su telescopio más lejano había poseído el mineral raro, y una nave espacial hecha de Seggglyn, ya fuera un grupo de exploración o una expedición de invasores, avanzaba cada hora distancias estelares colosales hacia el sistema solar. Su sorpresa se convirtió casi en pánico cuando descubrieron que, en lugar de una, ¡había tres naves espaciales!

Tan breve fue la advertencia que se tuvieron que tomar medidas desesperadas. Cálculos apresurados mostraron que los invasores se dirigían primero hacia la Tierra, tal vez para reconocer o usarla como un rebote para alcanzar Saturno. Relelpa fue convocado para liderar el grupo. La necesidad de llegar a la Tierra antes que los invasores fue desesperada. No se pudo lograr ni siquiera con la aceleración normal. En la crisis, en el momento en que las placas anuladoras fueron despojadas del exterior de la nave, el explosivo más poderoso de Saturno se utilizó para lanzarla con un destello cegador y darle la aceleración inicial requerida.

Sobre la Tierra interceptaron a los invasores se dieran cuenta. El rayo rojo de aniquilación de la nave de Saturno apuñaló la primera nave invasora, la cual se disolvió en un polvo marrón. El rayo rojo volvió a dispararse, pero falló; la segunda nave usó algún otro medio además de placas negras para usar la fuerza gravitacional, y cayó repentinamente para escapar del rayo mortal; pero la nave detrás de ella también se zambulló y se estrelló contra la punta de su propia camarada , y cuando el frío glacial del espacio arrasó con sus ocupantes, la segunda nave se precipitó hacia la Tierra. Algunos de sus ocupantes se derramaron al espacio, y uno de ellos fue instantáneamente atrapado y arrastrado hacia la nave saturniana por el rayo magnético verde.

Se desconoce de dónde vinieron los invasores, porque su mundo se encuentra más allá de cualquier galaxia o nebulosa conocida por los astrónomos del sistema solar. Ellos también habían descubierto Seggglyn en su mundo, y lo habían descubierto en el último momento, porque su mundo estaba muriendo y había casi llegado a su fin. Con sus súper telescopios, habían encontrado rastros de Seggglyn en el espectro de Saturno mucho antes de que estuviera aislado. El tiempo no tenía precio para estas horribles criaturas de los espacios más allá. Habían construido tres naves, pero éstas no eran suficientes para transportar a todos los habitantes de su mundo antes de que llegara el fin. Si pudieran obtener el mineral de Saturno y construir dos naves más o incluso una gran nave nodriza, se salvarían.

Y así empezaron las tres naves, cada una cargada con mil de las criaturas repugnantes. Una nave debía aterrizar en el más habitable de los planetas, la Tierra, y acabar con toda la vida. Los otros dos iban a descender en Saturno, y mientras una banda destruía a los habitantes, la otra extraería Seggglyn del mineral y construiría tantas naves como fuera posible. Tan pronto como las tres naves hubieran aterrizado, debían regresar a su mundo, vacías excepto por las tripulaciones, a fin de traer de regreso a otros miles de cosas repugnantes y obscenas.

Y su plan infernal habría tenido éxito si no hubieran descuidado una posibilidad: pensaron que los saturnianos desconocían la propiedad de Seggglyn, y que el mineral aún no estaba trabajado; o que, en cualquier caso, sus propias naves eran invencibles. Y así, sin estar preparados, en el mismo momento de su triunfo, la fuerza de los invasores se redujo en dos tercios.

Pero ahora se advirtió a la tercera nave; y durante todo el día los saturnianos habían estado involucrados con ella en una lucha de la que dependía el destino de los mundos. Si los saturnianos eran derrotados, la Tierra y Saturno estaban condenados.

Relelpa me mostró un gran disco metálico en el que se reflejaban los cielos. Y allí, cerca del centro del disco que marcaba nuestra posición, vi las estrellas borradas donde estaban los invasores.

—¿Qué puedo hacer? ¿Por qué me quieres? —fueron las dos preguntas silenciosas que le hice a Relelpa; y la respuesta llegó, no había nada que pudiera hacer aquí arriba. Relelpa había avistado mi avión y ordenó que lo recogieran. Me había dicho todo lo que quería, y ahora estaba a punto de ser liberado para advertir a la gente de mi mundo en caso de que los saturnianos fueran derrotados.

No tenía fuerza de voluntad propia al lado de este gigante mental, simplemente seguí sus instrucciones. Hubiera sido fatal intentar usar mi avión a esta altura, y mi paracaídas probablemente se habría desgarrado. Relelpa me dio un curioso disco negro cuando leyó mis pensamientos, y nuevamente por imagen mental me mostró como usarlo.

De repente me mostró la imagen de que la batalla final y desesperada estaba cerca. En el mismo instante, me empujó hacia la cámara exterior a través de la cual había entrado originalmente. Vi su extraña forma como una nube por última vez. Lo sentí desearme buena suerte mientras yo a su vez le deseaba éxito, y entonces la puerta se cerró detrás de mí. Sostuve el disco sobre mi cabeza, manipulándolo como me había explicado, de modo que partes de la cubierta negra se deslizaran del Seggglyn. Escuché otro clic, y luego, de repente, me dejé caer, y mi avión pasó a mi lado y se precipitó hacia abajo y, tras él, los cuerpos de las dos personas que habían estado en la tierra en el camino del rayo verde cuando su poder magnético me recogió, se aceleraron junto a mí, y detrás de ellos el espantoso monstruo que habían capturado los saturninos.

Mientras caía lentamente, todavía sintiéndome como si hubiera soñado una horrible pesadilla, miré por encima de mí; y mis ojos se agrandaron cuando vi un rayo rojo y verde destellando contra un rayo amarillo y violeta. Seguramente fue la batalla más extraña e importante jamás presenciado por el hombre. A veces, los cuatro rayos se lanzaban y ardían, a veces solo uno o dos; o ambos rayos de una nave se desvanecían solo para reaparecer repentinamente en otro lugar.

Escuché el silbido del viento a mi lado, miré la tierra muy abajo, y un gran miedo se apoderó de mí; pero no estaba cayendo más rápido de lo que lo haría con un paracaídas, y la imagen mental de Relelpa regresó para tranquilizarme.

Una vez más miré hacia arriba. Solo vi los rayos rojos y verdes saltando locamente por el cielo en un himno de victoria: ¡la batalla estaba ganada!

El médico me dice que la gangrena ha comenzado. Supongo que estaba más frío de lo que pensaba en esos espacios superiores. Creen que estoy loco. Tal vez lo estoy, pero juro que vi todas las cosas que he escrito tan claramente como veo ahora mi catre de hospital o el tragaluz sobre mí o el disco negro debajo de mi almohada. Bueno, eso debería convencerlos si nada más lo hace.

Larry Greene.

***


VI. El disco negro.

Debajo de la almohada del catre en el que había muerto Larry Greene, se encontró un pequeño disco. La enfermera que lo descubrió lo miró con curiosidad, desconcertada sobre su propósito y preguntándose qué hacer con él. Finalmente llamó al médico que había intentado en vano salvar la vida del piloto.

—¿Qué es? —preguntó bruscamente.

—No lo sé —respondió ella—. Lo encontré en el catre del señor Greene. ¿Qué debo hacer con él?

El médico tomó el objeto y lo examinó de cerca. Era un disco negro, de forma ligeramente ovalada y de aproximadamente un pie de diámetro. Era perfectamente plano, con un grosor invariable de media pulgada. En dos lados tenía una sangría, y en cada hendidura había una hilera de pequeñas protuberancias.

—Hmmm —reflexionó el médico—, nunca había visto nada parecido.

Tocó las perillas meditativamente. Hubo un leve clic, y la cubierta negra del disco de alguna manera pareció deslizarse o colapsar. Y de repente, se encontró sin nada en sus manos. Escuchó un viento repentino, el estallido de cristales rotos, un sonido como una ráfaga de aire.

El médico, atónito, miró a una enfermera asombrada, mientras pedazos de vidrio del tragaluz roto caían a su alrededor. El disco negro que habían estado examinando hace unos segundos había desaparecido.

Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Donald Wandrei.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Donald Wandrei: Algo desde arriba (Something from Above), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La Dama de Gris»: Donald Wandrei; relato y análisis


«La Dama de Gris»: Donald Wandrei; relato y análisis.




La Dama de Gris (The Lady in Gray) es un relato de terror del escritor norteamericano Donald Wandrei (1908-1987), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1933 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: El ojo y el dedo (The Eye and the Finger).

La Dama de Gris, uno de los mejores cuentos de Donald Wandrei, relata la historia de un hombre acechado desde la infancia por los sueños más horrorosos, los cuales eventualmente se revelan como visiones espantosas de otros universos y dimensiones (ver: Horror Cósmico: el universo conspira para destruirnos)

SPOILERS.

La Dama de Gris de Donald Wandrei pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, aunque bien podría existir independientemente. Su vínculo se construye a partir de algunas referencias directas —El que Susurra en la Oscuridad, la Llamada de Cthulhu, y algunas otras— en un párrafo más o menos irrelevante de la historia. Sin embargo, también es justo decir que La Dama de Gris explora el Horror Cósmico desde una perspectiva claramente lovecraftiana (ver: Cosmicismo: la filosofía del Horror Cósmico)

El protagonista de La Dama de Gris de Donald Wandrei padece esta especie de visión remota a través de sus pesadillas que le permite acceder a planos y realidades más allá de la comprensión humana. A pesar de que su condición desconcierta a los especialistas, logra seguir funcionando en su vida, al menos lo suficiente como para enamorarse de una mujer, Miriam, quien muere inoportunamente en un accidente aéreo. No obstante, Miriam logra comunicarse con él a través de sus sueños, donde se manifiesta como la Dama de Gris.

La presencia de la Dama de Gris revela otras influencias de Donald Wandrei. La muerte prematura de la hermosa e inocente Miriam, y su posterior manifestación como una especie de vampiresa cósmica, evidencian la presencia de Edgar Allan Poe, y aquel tópico fundamental de su obra: la muerte de una mujer hermosa (ver: Ligeia y Lady Rowena: dos arquetipos femeninos en la obra de Edgar Allan Poe)

La Dama de Gris de Donald Wandrei es un buen relato que integra el terror psicológico y la morbosidad de Edgar Allan Poe con algunos de los principales elementos del horror cósmico de Lovecraft.




La Dama de Gris.
The Lady in Gray, Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Durante toda mi vida, las horas desde el atardecer hasta el amanecer, cuando otras personas duermen, han sido acechadas por el miedo. Desde la más tierna infancia he sido objeto de sueños aterradores, de los que ni los médicos ni los psicólogos han podido ofrecerme el más mínimo alivio.

Los médicos no pudieron encontrar ningún trastorno orgánico, salvo algunos problemas menores, que son comunes a todos los hombres. Mi vida ha estado singularmente libre de accidentes, conmociones, tragedias y desgracias. Las preocupaciones financieras nunca me han acosado. He seguido mi carrera, en la que el éxito llegó de manera constante.

Los psiquiatras han dedicado meses a analizarme, a sondear mi vida, mi desarrollo emocional, mi mente consciente y subconsciente, a hipnotizarme, hacer innumerables pruebas y buscar miedos u obsesiones secretas que pudieran explicar mis pesadillas, pero en vano.

Sedantes, opiáceos, dietas, viajes, descanso: todo eso me han recomendado en un momento u otro y todo lo he intentado sin éxito. Para los médicos soy un hombre sano de treinta y cuatro años. Para los psiquiatras, soy una persona mentalmente sana, normal y equilibrada, cuyos sueños extraordinarios ellos simplemente descartan o desacreditan.

Esto no es un consuelo para mí. He llegado a temer las horas en que se acerca la noche.

Gustosamente gastaría mi fortuna si pudiera ser liberado de las visiones que dominan mi mente nocturna, pero los grandes diagnosticadores de América y los principales psiquiatras de Europa han trabajado en vano.

Mientras estoy sentado aquí, ahora, escribiendo estas últimas palabras, una calma y una desesperación me agobian, aunque mi cabeza parece clara como pocas veces antes, a pesar del horror, el aborrecimiento, la repulsión y el miedo que se combinan en una sola emoción indecible ante lo que ocurrió hace apenas unos minutos, en plena luz del día, y que aplastó las esperanzas que tenía de tener mi vida. El espantoso mosaico está a mi lado mientras escribo; y cuando haya terminado, lo destruiré.

Déjame regresar en el tiempo.

He estado, repito, sujeto desde la primera infancia a horribles sueños. Cabezas incorpóreas que rodaban detrás de mí; ciudades de estatuas colosales y extrañas; fuegos y bestias, caídas desde precipicios titánicos; pozos de un mal antiquísimo, vuelos a través de la eterna negrura de la nada; el chirriar de infernales máquinas de tortura contra mi carne; monstruos de flores y animales, peces y pájaros y piedras, madera y metal y gas unidos increíblemente; los pálidos vengadores; descensos a regiones necrofílicas; la mirada lasciva de un ojo incorpóreo en medio de vastas y llanuras desoladas; un cadáver que se levantó y se volvió hacia mí con el rostro de un amigo, con tentáculos y cintas de carne negra andrajosa que se retorcían hacia afuera como si lo llevaran ráfagas de viento; los pequeños que me golpeaban con extrañas súplicas; la luz del sol sobre una colina cubierta de robles, la luz del sol cuya malignidad, su color sin nombre, su olor, me infundieron un odio irracional aliado con la locura; orquídeas levantando flores como caras de niños y bebiendo sangre; los muertos que vinieron y volvieron; ese momento espantoso en que me ahogué; estas y otras innumerables pesadillas similares, infligidas a través del sueño desde que tengo memoria, engendraron en mí una profunda y arraigada aversión al sueño.

Sin embargo, debo dormir, como todos los hombres mortales. ¿Y qué diré de esos sueños más oscuros, esas procesiones fantasmales que no correspondían ni corresponden a ningún conocimiento que poseo?

¿Qué hay de la ciudad bajo el mar, hecha de mármol bermellón y bronce corroído, en cuya geometría curiosamente curvada descansan las configuraciones resplandecientes de cosas que la tierra nunca soportó? ¿Qué pasa con El que Susurra en la Oscuridad y la Llamada de Cthulhu? Vi las siete muertes de Commorion y los veintitrés durmientes donde Hali levanta sus agujas negras en Carcosa. ¿Quién más ha presenciado el despertar de los titanes muertos, o el color fuera del espacio, o el icor de los dioses de piedra?

Estos me atormentaban y me despertaban con fiebre y sudor en las horas posteriores a la medianoche, y el silencio antes del gris del amanecer. Pero eran cosas pequeñas, viejos sueños, comparados con los últimos.

No puedo ahora narrar los hechos que llevaron a mi relación con Miriam, ni el amor breve pero ilimitado que disfrutamos, el matrimonio eterno que planeamos y su trágica muerte cuando el avión en el que se volvía a la ciudad, después de visitar a sus padres, se estrelló en vísperas de nuestra boda. Quizás la conmoción de esa pesadilla despierta completó la lenta devastación a la que casi me habían llevado las pesadillas nocturnas.

Miriam estaba muerta, toda su extraña belleza, el gris de sus ojos, el tono moderado de su personalidad, la palidez de sus mejillas, su espíritu atormentado y errante, prisionero dentro de ella, se había ido.

Pensaba en ella como la Dama de Gris mientras yacía en su féretro, como una mujer de Poe, o una criatura misteriosa de Otra vuelta de tuerca. Tan encantadora, tan irreal, tan extraña y, sin embargo, tan inquietantemente dulce. Muerta.

Hasta el día era gris, esa tarde salvaje y otoñal, y las hojas que soplaba el viento susurraban con un eco seco y triste, hasta que la lluvia comenzó a caer más tarde, y el mundo se tornó de un gris más apagado donde el ruido de las gotas cortantes rivalizaba con el viento.

Estaba solo con mi soledad.

En el santuario de mi cámara, esa noche, soñé un sueño.

Soñé que Miriam se me acercaba, me tomaba de la mano y me guiaba. Llegamos a un mar grande y viscoso, cuyo color espantoso me horrorizaba más que su hedor. La negrura del mar y la atmósfera de descomposición me enfermaron antes de que ella me condujera a él, de modo que el contacto de ese fluido me produjo un doble horror.

Lejos en el mar, mientras luchaba con los pulmones ahogados, la Dama de Gris, que flotaba luminosa sobre su superficie, se volvió sin motivo ni advertencia y me guió de regreso.

No pude explicar, por la mañana, el olor mefítico en mi habitación. Solo después de arduas labores pude quitármelo de encima, y me vi obligado a quemar cada artículo que la sustancia viscosa y nauseabunda había manchado.

Aquella noche soñé simplemente con cielos en llamas y tierras cuyas siniestras masas rojas de rocas se elevaban desde áridos valles donde nada vivía y ninguna planta florecía hacia una metrópoli ciclópea suspendida en los cielos; y así, durante muchas noches, mis viejos sueños se repitieron, hasta que llegó un momento en que volví a ver a la Dama de Gris; y mientras dormía, me tomó de la mano y me levantó de la cama. Caminamos por llanuras de un gris polvoriento y ella me condujo hasta un pilar.

Ahora bien, en esta columna habitaba un gran gusano blanco, como una babosa, toda gris, y con la cara —si esto puede llamarse así— de una criatura racional; un rostro con cuernos cuya pulpa roja, blanca y gris me enfermaba; pero Miriam ordenó y yo obedecí. Caminé hacia el pilar, y he aquí que este se vino abajo.

De esos fragmentos surgió el repugnante gusano y lo recogí en mis brazos. Se retorció. Entonces mi Dama de Gris me condujo a través de esa tremenda y desolada llanura hasta mi habitación, donde me dejó, encomendando a mi cuidado al morador de la columna. Se inclinó sobre mí y la cosa gris besó a la Dama de Gris con su boca picuda; y luego se inclinó sobre mí y me acarició los labios, y siguió su camino, como una niebla, silenciosa y sin pasos visibles.

Me asusté por la mañana cuando descubrí esa enorme y horrible babosa a mi lado. Según recuerdo, salté de la cama y con las tenazas de la chimenea golpeé y la aplasté hasta convertirla en espuma. Luego envolví la pulpa en las hojas manchadas y la quemé. Luego me bañé. Vi el polvo gris en mis zapatos, mientras me vestía, y el miedo me invadió de nuevo.

De hecho, en el Cementerio Afterglow, donde habían enterrado a Miriam, hay una especie de suelo ceniciento; y aunque la hierba se vuelve verde y las flores silvestres crecen altas, nunca han conquistado el suelo; de modo que en primavera se ve el gris, y en otoño el polvo yace ligeramente sobre hojas muertas y briznas agonizantes. Pero no iría allí para encontrar mis huellas; porque si las encontraba el horror del sonambulismo se agregaría a mi delirio; y si no encontraba mis pasos, tendría un miedo más punzante. Donde había estado ¿De dónde vino el gusano gigantesco?

A partir de entonces, durante muchas noches, tantas que la pérdida de Miriam se convirtió en un dolor sordo en parte borrado en el tiempo y en la memoria, soñé los viejos sueños, de caer y huir y ciudades bajo el mar; de tortura, de bestias desconocidas y de ojos abiertos.

Luego, la Dama de Gris volvió una noche a principios del invierno, cuando empezaba a olvidar, tanto como podía. Esa noche fue anoche. Todo el día había estado nevando, y el viento del noroeste, con un prolongado gemido, había empujado a la nieve hacia adelante y la había azotado en montones, mientras las ramas de los árboles desnudos se molían y se agitaban tristemente. Al acercarse la noche me convertí en presa de la melancolía y me deprimió el pensamiento de Miriam, que había muerto. El grito helado del viento se hizo más fuerte, y con ese grito lejano me quedé dormido.

Y, al dormir, ella vino a mí para guiarme.

Me condujo a través de las llanuras desoladas hasta las sombras de un bosque, donde penetramos más y más profundamente entre los troncos de árboles tremendos que se elevaban cada vez más a nuestro alrededor; y así llegamos a la caverna en la que ella entró; y yo la seguí, esforzándome por acercarme pero incapaz de cerrar ni una pulgada la distancia entre nosotros.

Entonces sucedió algo extraño, porque la caverna se deslizó bruscamente hacia abajo, hasta que se volvió vertical, hundiéndose hacia las entrañas de la tierra; y algo más extraño, pues nos hundimos, como si cayéramos suavemente, y sin embargo debíamos hacer un esfuerzo, como si camináramos con normalidad, pero la horizontal se había convertido en la vertical.

Poco a poco me acerqué por fin a Miriam, hasta que después de una eternidad de caídas, llegamos a descansar muy, muy, increíblemente lejos bajo la superficie de la tierra. Estábamos en medio de una bóveda cuyo techo se extendía hacia adelante en arcos de mayor amplitud y curvas más grandes, mientras que los muros retrocedían como las naves de una catedral cósmica y enterrada; y así la seguí por el pasillo de ese espacioso edificio; y velas fantasmales, elevándose como antorchas gigantes junto a nuestro camino, proyectaban sombras grotescas y vacilantes sobre el suelo; y las túnicas grises de Miriam, las vestiduras grises de la muerte, revoloteaban detrás de ella, fluyendo casi hasta mi rostro a medida que la distancia entre nosotros disminuía.

Así llegamos a la puerta de madera negra, que se abrió amplia y silenciosamente sobre sus grandes goznes cuando nos acercábamos; y la Dama de Gris entró a la deriva y yo la seguí. Ahora me encontraba dentro de una cripta, cuyas tres velas rojas, cayendo hasta el final, arrojaban un resplandor sombrío y siniestro; una a su cabeza, otra a sus pies, y una que goteaba sobre su pecho.

Porque allí yacía Miriam, mi Dama de Gris, en reposo sobre el mármol eterno. En su cabeza, un cuenco de lodo del mar negro; a sus pies, resucitó el gusano blanco; y en sus manos, cruzadas sobre su pecho, una cirio y una gardenia, cuya fragancia, picante y virginal, dominaba el olor de la cámara de la muerte.

Con la extraña lógica de los sueños, pensé que esto era natural y no tuve miedo; así que fui a ver a mi Dama de Gris, y he aquí que, al llegar, el cuenco se derramó, pero lo aparté, y el gran gusano se levantó, pero lo pisoteé, mientras las velas se apagaban y la gardenia brillaba extrañamente. fosforescente.

Por esa luminiscencia, débil como era, vi que Miriam se movía, y un suspiro la atravesó y la levanté en mis brazos. Ahora la gardenia iluminó pálidamente mi camino, y a través de la oscuridad susurrante la cargué, y el gris de su túnica se deslizó hacia abajo y alrededor de mis tobillos mientras caminaba; hasta que llegué al corredor y los cirios que ardían, y la marcha majestuosa de arcos en gradas catedralescas.

Entonces el corredor vertical desapareció, y caminé por la vasta cámara hasta que emergí a la llanura. El polvo gris se levantó, pero la túnica gris de Miriam cayó a mi alrededor y el polvo se disipó. Los cielos estaban vacíos de estrellas. Caminé en la oscuridad, salvo por la única flor cuyo aroma endulzaba el aire y cuyo resplandor iluminaba un camino.

Me aferré a Miriam y llevé a mi Dama de Gris a mi habitación.

Hace poco desperté de mi sueño.

Miré fijamente por toda la eternidad, con ciclos de opresivos y violentos círculos de gélida negrura alternando con holocaustos rojos de llamas para romper la tranquilidad de mi mente, y para siempre.

No son para mí los caminos del hombre, ni las moradas mortales de la tierra, ni las transitorias y efímeras incertidumbres de la vida. He escrito, y ahora moriré, por mi propia mano y por mi propia elección.

Porque, cuando desperté, vi a la Dama de Gris sentada junto a mi cama.

En su rostro estaban los vestigios podridos de la tumba, y su túnica colgaba andrajosa y mohosa; pero estas tres cosas sacudieron todo mi ser: la gardenia fresca en sus manos, sus uñas, largas y amarillas, como sólo han crecido las uñas de los muertos y enterrados seis meses o más; y la forma espantosa en que sus manos giraban la flor, mientras sus ojos negros y licorosos se centraban en mí.

Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Donald Wandrei.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Donald Wandrei: La Dama de Gris (The Lady in Gray), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Los Vampiros de Fuego»: Donald Wandrei; relato y análisis


«Los Vampiros de Fuego»: Donald Wandrei; relato y análisis.




Los Vampiros de Fuego (The Fire Vampires) es un relato de ciencia ficción del escritor norteamericano Donald Wandrei (1908-1987), publicado originalmente en la edición de febrero de 1933 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1965: Extraña cosecha (Strange Harvest).

Los Vampiros de Fuego, quizás uno de los mejores cuentos de Donald Wandrei, pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft, y nos sitúa varios siglos en el futuro, donde Gustav Norby, descubre un misterioso cometa en curso de colisión con la Tierra, y cuyo comportamiento no solo es irreglar, sino que además parece estar siendo dirigido por algún tipo de inteligencia extraterrestre, que luego conoceremos como Fthaggua, Señor de Ktynga.

SPOILERS.

Este extraño cometa es, en realidad, un cuerpo celeste dirigido por seres interdimensionales, a quienes se les conoce Vampiros de Fuego en nuestro planeta (ver: Seres Interdimensionales en los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft). No son una forma de vida biológica, sino más bien incorpórea, energética (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción), y se dirigen hacia la Tierra para alimentarse progresivamente de la raza humana. Su objetivo no es invadir el planeta. De hecho, nos visitan cada cinco años, realizando verdaderas masacres entre la población. Además de obtener alimento, los Vampiros de Fuego absorben todo el conocimiento y recuerdos de sus presas; de manera tal que su menú predilecto son las mentes más selectas de la Tierra.

A pesar del título, Los Vampiros de Fuego de Donald Wandrei no es exactamente un relato de vampiros; o tal vez sí, solo que las criaturas que describe no pertenecen a ninguna raza de vampiros conocida, ni siquiera aquellas de origen estelar, como la propuesta por Robert Bloch en El vampiro estelar (The Shambler from the Stars); el cual también pertenece al Multiverso de Lovecraft.

En cada visita a la Tierra, Gustav Norby va descubriendo más y más sobre los Vampiros de Fuego. Por ejemplo, se sabe que todos ellos responden al liderazgo de Fthaggua, y que habitan con él en el cometa, que no es otra cosa sino una colosal nave interestelar llamada Ktynga. Su apariencia es difusa. Se los ve únicamente como descargas eléctricas incandescentes, y, al igual que su señor, se alimentan de la carne pero también de la energía vital de los seres inteligentes, tanto aquí, en la Tierra, como presumiblemente en otros mundos.

Durante el proceso de alimentación, rápido y doloroso, la víctima arde en llamas mientras el Vampiro de Fuego consume no solo su cuerpo físico, sino además sus recuerdos y su conocimiento. Este saber robado se añade a la conciencia global de la especie, permitiéndoles de este modo planificar futuras excursiones con un grado de eficacia casi infalible.

Sin embargo, el sagaz Norby descubre que, en realidad, Fthaggua es el único organismo invasor real, y que todos los Vampiros de Fuego son simplemente apéndices de su propio ser. Por lo tanto, si la humanidad encuentra la forma de destruir a Fthaggua, también serían destruidos todos aquellos voraces tentáculos de energía.





Los Vampiros de Fuego.
The Fire Vampires, Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Esta es una historia de guerra, terror, tiranía y muerte llameante. Es una historia que comienza en los sombríos abismos del espacio y termina en la Tierra. Es la historia de toda la humanidad durante un período de dos décadas. Sin embargo, también es la historia de un hombre y un demonio de monstruosos los vacíos.

Yo, Alyn Marsdale, venerable historiadora de la Federación Unida de Naciones, he sido elegida en este, el año de nuestro Señor 2341, para narrar la llegada del cometa; pero no puedo establecer los hechos como una historia muerta, porque las mismas acciones arden ante mis ojos y la extrañeza de todo vuelve a vivir. Ningún hombre ahora existente podría contar esta historia y permanecer impasible, ni yo tampoco, aunque mi trabajo se basa en archivos que acumulan polvo y papeles que se doran con la edad.

Comenzaré por el principio, o tanto como probablemente sepamos; y desplegaré los eventos a medida que se desarrollaron para nosotros que vivimos el desastre. Al mirar hacia atrás ahora, con la sabiduría adquirida en el sacrificio más querido que el hombre ha hecho, nos preguntamos cómo podríamos haber sido tan ciegos. Pero lo fuimos, ni estamos seguros de cuánto habría ayudado si lo hubiéramos anticipado.

El nuevo cometa fue descubierto por Norby, Gustav Norby, la autoridad en formas de vida cósmicas. Los hombres se habían reído de algunas de sus especulaciones en los viejos tiempos, pero ahora no se ríen. Fue Norby quien vio el cometa el 7 de julio de 2321. Fue Norby quien planeó su curso y envió la noticia de que pasaría más cerca de la tierra que cualquier cuerpo celestial. Fue Norby quien predijo que podría haber peligro, que los fenómenos concomitantes se generalizarían, que la existencia misma de la Tierra estaba posiblemente en peligro. Y fue Norby quien, por derecho de descubrimiento, dio su nombre al nuevo cometa.

Cuando se vio por primera vez, el cometa de Norby estaba aproximadamente a cinco años luz más allá del sistema solar. A su velocidad estimada de cincuenta mil millas por segundo, se necesitarían unos dieciocho años para llegar a la Tierra. En consecuencia, los pronósticos de peligro futuro pesaron ligeramente en la mente del público. ¿Dieciocho años? Eso estaba demasiado lejos para preocuparse.

Los astrónomos observaron el cometa distante durante todo julio y parte de agosto. Apareció claramente como un núcleo curvo, con una cola en forma de abanico que se alejaba millones y millones de millas detrás de él. Además de su velocidad fenomenal, fue notable principalmente por su tenue coloración de azul rojizo.

El 10 de agosto, cuando el nuevo cometa se acercaba a la región de Alfa Centauro, los astrónomos quedaron electrificados por su misteriosa desaparición. Ni el más mínimo rastro se encontró. Se había ido, desapareció como si nunca hubiera estado. El público se burló. Los científicos parecían perplejos mientras trataban de explicar lo que finalmente no pudieron.

El 14 de agosto, el mundo se sorprendió por la información de que el cometa de Norby se encontraba a menos de mil millones de millas más allá de Plutón, ¡y se acercaba al sol a su velocidad anterior de cincuenta mil millas por segundo! ¡Dentro de dieciséis horas estaría pasando cerca de la Tierra! ¿Había cruzado más de cuatro años luz de espacio en cuatro días? ¡Imposible! respondieron los sabios.

El mundo miraba atentamente. Los científicos de todo el mundo estaban frenéticos. Debe ser otro cometa. Pero, ¿cómo podría un cometa acercarse tanto sin haber sido observado?

A la medianoche del 14 de agosto llegó el famoso boletín de Norby en el observatorio de Mount Wilson. Merece ser citado en su totalidad:

«El nuevo cometa es definitivamente el cometa de Norby, observado por primera vez el 7 de julio. La reconstrucción del camino teórico lo lleva al último punto en el que se vio el cometa de Norby el 10 de agosto. Solo dos posibles explicaciones. Una, observación previa defectuosa. Inaceptable debido a la cantidad de observadores y testigos independientes. Dos, el cometa de repente aumentó su velocidad más allá de la de la luz y saltó a través de cinco años luz de espacio tan rápido que los rayos de luz aún no nos han alcanzado y no lo harán en años. De ahí la misteriosa desaparición aparente del cometa. El cometa estaba presente pero se acercaba mucho más rápido que la luz de los rayos no habían llegado. Control inteligente del cometa por pronóstico de organismos vivos. Su acción por lo demás no es atribuible a ninguna ley conocida.»

Visible sin la ayuda de gafas, el nuevo cometa llamó la atención de ojos ansiosos donde las condiciones climáticas lo permitieron. Los hombres se sentían incómodos o aprensivos. Este no podría ser un cometa ordinario. Incluso su peculiar tinte azul rojizo era diferente. Donde las creencias primitivas aún sobrevivían, sobre todo en África e India y las selvas de América del Sur, a la llegada del cometa asistió una especie de histeria salvaje. Y en las grandes metrópolis, los hombres no podían mirar al recién llegado sin emociones de asombro y duda.

Hora a hora el cometa de Norby se hizo más brillante, se acercó. Pasó junto a Plutón y se precipitó hacia el sol. Los cálculos rápidos mostraron que se acercaría peligrosamente a la Tierra. Su masa no era suficiente para alterar realmente al sistema solar, pero existía el peligro más grave de una colisión, y la posibilidad de que gases fatales envenenen la atmósfera de la Tierra. Al amanecer, el cometa atravesaba la órbita de Neptuno.

Las transmisiones de radio y la televisión habían difundido la noticia, pero los periódicos de la mañana del 15 de agosto se vendieron como ladrillos de oro, por lo que el público estaba ansioso por leer cada fragmento de información sobre el invasor amenazante. Titulares de página completa y serpentinas en llamas contaron la historia. Se imprimieron las profecías del desastre, las advertencias de una catástrofe. Norby saltó a la fama instantánea. Pero, ¿de qué servía la fama?, preguntaban los hombres, si este era el final. ¿Quién podría predecir lo que sucedería después?

Un extraño silencio recorrió las grandes ciudades a lo largo de un día sensual. Cuando las sombras del crepúsculo se oscurecieron en el suelo, los hombres salieron solos y en grupos, por millones, para observar al recién llegado. Y mucho antes de que llegara la oscuridad, mucho antes de que brillara la primera estrella, el cometa de Norby brotó azulado y brillante, terriblemente cerca del cenit, con su cola barrida en abanico en una majestuosa pero impresionante serpentina de tremenda longitud. Era una maravilla de los cielos, un presagio, un prodigio que los hombres compararon con la Estrella Oscura que había barrido del espacio en el siglo XX.

¿Destrozaría la Tierra? ¿Se lanzaría hacia adelante en su prisa salvaje y se estrellaría sobre un continente? ¿Se soldaría con el sol y causaría quién sabe qué desastres de colisión o calor inconmensurable? La humanidad se estremeció ante la aterradora y amenazante belleza del cometa: tan cerca, tan terriblemente cerca, y tan radiante que todas las estrellas, y hasta la luna, brillaban pálidamente en comparación.

Un murmullo de voces creció por las calles de la ciudad; En el campo abierto se oía el susurro inquieto de los animales, el chirrido estridente de los caballos frenéticos. La noche se convirtió en una especie de día. Gigante y sobrenatural, el cometa se acercó visiblemente, se hizo más brillante, como un segundo sol más grande con una franja de esplendor que se alejaba a millones de millas detrás de él.

El murmullo de la humanidad fue silenciado por un minuto, luego se convirtió en una babel mientras la televisión y los periódicos transmitían el último boletín de Norby:

«Cambio inexplicable en el curso del cometa de Norby. A las 10:41 p. m. el cometa giró en ángulo recto hacia la Tierra. Distancia estimada de menos de medio millón de millas. Curso actual en dirección opuesta a la rotación de la Tierra. Demasiado pronto para determinar si se convertirá en un satélite permanente, o si continuará en una nueva trayectoria y saldrá del sistema solar. No hay explicación para la desviación repentina, excepto el control por parte de seres racionales. Norby.»

Mientras la noche corría hacia el oeste alrededor del mundo, así corría el intruso. América estaba iluminada como por un día oscuro; el cometa brilló reflejado desde el Pacífico como un fuego volcánico hundido; se extendió por Asia mientras los sacerdotes y los faquires se arrodillaban suplicantes; nada más en la memoria atrajo a multitudes tan vastas en las capitales de Europa. Lívido y llameante, se precipitó hacia el oeste. Los pasajeros de los transatlánticos lo vieron brillar desde el este y arder en lo alto. Siguió la oscuridad alrededor del mundo, y cuando llegó a América nuevamente, los ojos ansiosos lo vieron arder arriba, pero más lejos.

A medianoche, era muy débil sobre el valle del Mississippi. La gente en las llanuras occidentales apenas podía discernirlo. No estaban decepcionados, porque habían visto la última comunicación de Norby:

«Cometa alejándose de la Tierra después de completar el círculo del globo. Un nuevo camino lo llevará fuera del sistema solar hacia la región de Antares. Fenómeno inexplicable. Nada en la historia de la astronomía lo iguala. Todo peligro ha pasado. Norby.»

En la mañana del 16 de agosto, dos hombres entablaron una conversación furiosa en el observatorio Mount Wilson. Gustav Norby lucía una mirada de confianza. Su joven asistente, Hugh Arver, era alternativamente escéptico e irritado.

—¡Es absurdo! —estalló—. Solo porque un cometa actúe como ningún otro se ha comportado piensas que está controlado por seres inteligentes. En ese caso, el hombre debería aprender a controlar su propio mundo.

—Quizás el hombre controle todos los movimientos de la tierra algún día, Hugh —respondió el hombre mayor en voz baja—. Recuerda, nuestra civilización tiene solo cinco mil años. Y nuestros logros científicos son producto de solo seiscientos o setecientos años. No hay razón para pensar que solo nuestro mundo contiene vida.

—Puede ser, pero la temperatura de la superficie del cometa que tú mismo calculaste en unos 1100° centígrados indica que nada podría vivir con tanto calor.

—Nada que conocemos podría. ¿Pero qué hay de las cosas que no sabemos? ¿Cómo explicas esto?

Norby recogió una pila de periódicos, telegramas y radiogramas.

—Aquí están los relatos de más de quince mil muertes misteriosas, anoche, en cada país que se encontraba bajo el camino del cometa: Estados Unidos, Filipinas, China, Rusia, Alemania, Francia, España, y una docena más. Cada muerte fue exactamente igual: un destello en el aire como un rayo, un hombre o una mujer que repentinamente estallaban en llamas como por combustión espontánea; y luego, solo un montón de huesos. Hay quince mil casos de esas muertes ardientes, y los informes aún están entrando. ¿Cómo lo explicas, Hugh? ¿No te parece extraño que todas ocurrieran precisamente cuando llegó el cometa?

—¿Y qué si así fuese? Todos esperábamos algún peligro si se acercaba demasiado. Fácilmente podría haber soltado gases o energía que de alguna manera golpearon a esas miles de personas.

—¿Alguna vez escuchaste de un gas que sacara a un hombre de una multitud, lo matara y dejara a los demás ilesos? ¿Alguna vez escuchaste de un rayo que se desviara hacia un hombre, repentinamente, lo rodeara y lo consumiera al instante? No, no, Hugh, había un método detrás de esto, método y propósito.

—¿Qué? ¿De quién?

Norby se encogió de hombros.

—No lo sé. Espera y verás.

—El cometa se ha ido. No puedes probar nada.

—El cometa se ha ido, como tú dices. Pero, ¿y si vuelve?

Hugh lo miró por un minuto.

—No lo hará en nuestra vida. La historia no registra su apariencia anterior. El curso que siguió cuando se fue no lo devolvería de nuevo por casi mil años, en todo caso.

—Si procedió de acuerdo con las leyes naturales. Pero no lo hizo. Cruzó casi cinco años luz de espacio en cuatro días. Giró en ángulo recto a su trayectoria y rodeó la Tierra como un satélite. Luego se disparó en un curso diferente. Se comportó como uno podría imaginarse que se comportaría una nave espacial de Marte, aumentando su velocidad para llegar a la Tierra, dando vueltas alrededor de la Tierra para inspeccionarla, y luego yéndose hacia otros mundos, ¡después de probar las provisiones de la Tierra!

—¡Norby! ¡Estás loco!

—¿Puedes ofrecer una mejor explicación?

Hugh guardó silencio. Era escéptico, como todos los demás eran escépticos. Sin embargo, pensó, como pensaban cientos de otras personas con visión de futuro, tratando de entender este enigma de los cielos.

El cometa fue la noticia más importante del año, de siglos. Su misteriosa llegada y partida, la muerte peculiar y aterradora que mató a miles de seres humanos a su paso, el rayo que no era un rayo, ejerció un hechizo en la imaginación y, sin embargo, desconcertó la mente con hechos que no se correlacionaron. ¿Quién podría imaginarlo? Parece tan fácil ahora, y sin embargo…

En otro caluroso día de agosto, seis años después, Norby y Hugh descendían del observatorio a primera hora de la tarde. Habían tomado docenas de fotografías con el nuevo reflector de 800 pulgadas la noche anterior, y habían pasado la mañana examinando las imágenes.

—Ese nuevo telescopio es ciertamente una maravilla —decía Norby—. Su alcance es docenas de veces mayor que el del antiguo. Y el tubo de fuerza de Pletzka que crea un vacío a través de la atmósfera terrestre elimina las ondas de calor y todas las distorsiones que solían molestar a los astrónomos. Ellos nunca habrían podido ver esa nueva estrella en el cúmulo de Antares.

—Es extraño que la estrella no apareciera en fotografías anteriores.

Los dos hombres llegaron a la puerta exterior y salieron a la luz del día. Un par de trabajadores pasaban a unos cien metros de distancia.

—Deberíamos tener una tormenta esta noche —comentó Hugh después de mirar al cielo—. Parece que hay muchos rayos de calor alrededor. Mira esa bola de fuego junto a esos árboles.

Norby ya estaba mirando fijamente los árboles. Una luz estriada, azulada, parecía envolverlos. Estrictamente hablando, no era tanto una bola de fuego como una red de electricidad curiosamente inmóvil.

—Hay algo antinatural en ese rayo —dijo Norby—. ¡Nunca he visto uno así!

La red azulada de repente saltó hacia los trabajadores que pasaban y se arrojó a su alrededor en forma de bobinas de fuego con dos dedos de luz crujiendo en la cabeza de cada hombre.

Un grito torturado estalló en ellos. Un parpadeo más intenso irradió momentáneamente la red. Hubo dos chorros de cegadoras llamas lívidas, dos volúmenes de humo amarillo saliendo, y donde estaban los hombres yacían dos esqueletos calcinados. Por un instante, el extraño rayo cayó sobre los huesos. Sin previo aviso, y se dirigió hacia Norby y Hugh. Pero la puerta del observatorio estaba sellada: un profundo instinto los había hecho entrar y cerrar la puerta incluso cuando el relámpago simplemente había brillado.

La cara de Hugh estaba blanca.

—¡Cielos! —jadeó—. ¿Qué era? ¿Por qué esa cosa actuó como si estuviera viva, como un animal que salta tras una presa? Esos hombres, ¡nunca los olvidaré!

Norby tenía una mirada tensa y extraña en sus ojos cuando respondió:

—Me temo que tienes razón, Hugh. Como un animal sobre su presa.

—¡Pero no puede ser, no puede ser! ¡Eso fue un rayo!

—¿Lo fue? ¿Alguna vez viste un rayo actuar así? ¿Te has olvidado?

El reconocimiento brilló en los ojos de Hugh.

—¡El cometa de Norby!

—Sí. ¿Recuerdas la epidemia de muertes que ocurrió cuando el cometa entró en el ´21? Miles y miles de ellas. Y los informes, las muertes deben haber ocurrido de la misma manera que estos dos. Ese cometa ha regresado, Hugh, y tengo miedo de lo peor. Partió hacia Antares, ya sabes, y anoche encontramos…

—¡Una nueva estrella en la región de Antares!

—Probablemente fue el cometa. Puede que esté a una distancia sorprendente de la Tierra, ¡debe estarlo!

—¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos escapar, si tienes razón?

—No podemos hacer nada más que quedarnos aquí mientras estemos sellados. Todas las otras muertes ocurrieron al aire libre. Creo que estamos a salvo por el momento.

Durante toda la tarde permanecieron adentro, sin embargo, escucharon y vieron la tragedia que se extendió por todo el mundo. La televisión les trajo imágenes de muertes adicionales. Escucharon la historia de una plaga eléctrica que parecía haber estallado en todas partes. Hora por hora, el total de vidas perdidas aumentó. Hombres, mujeres y niños fueron golpeados en las calles, envueltos al salir de los edificios, quemados mientras trabajaban en los campos, incinerados en las carreteras públicas y a bordo de barcos en el mar, asesinados incluso en aviones. En ninguna parte del mar o tierra o en el cielo había seguridad. Todos los países del mundo, desde Alaska hasta la Antártida, desde Europa hasta Australia, informaron la muerte ardiente.

Fue al anochecer cuando el pánico y el terror acumulados llegaron a su punto culminante. Al anochecer, comenzando a lo largo de la costa atlántica, y siguiendo la oscuridad hacia el oeste alrededor de la Tierra, la increíble, monstruosa y espantosa verdad ardió en los cielos en letras de fuego de una milla de altura.

Norby y Hugh escucharon la transmisión que anunciaba que el cometa de Norby había sido visto nuevamente, cruzando China. Escucharon atónitos de incredulidad el relato de ese nuevo fenómeno que también había aparecido por primera vez en China. Pero no podían creer, no creerían, hasta que la tarde hubiera pasado y llegara la noche.

Luego lo vieron: el cometa avanzando desde el este, brillante, rojo azulado y extraño, con su cola que se desplegaba en una vasta curva. Vieron las estrías y rayos que se movieron a través de los cielos, de modo que las estrellas fueron eclipsadas, líneas que se movieron y se formaron en letras, palabras y un mensaje, a una milla de alto, de millas de largo, brillando en una llama terrible contra la oscuridad detrás.

Asombrado y sin palabras, Norby miró mientras un gesto tenso se posaba en la cara de Hugh. Vieron cómo el mensaje se deletreaba, un mensaje muy simple y, sin embargo, de tan estupenda importancia para la humanidad.

«Gente de la tierra —decía—, ustedes son nuestros por derecho de conquista. En adelante y para siempre, pertenecen a los de Ktynga, conocido por ustedes como el cometa de Norby. No pueden derrotarnos, ni evadirnos. Somos superiores en todos los sentidos. Volveremos a intervalos irregulares y reclamaremos como vencidos de veinte a cincuenta mil de sus habitantes. No deseamos nada más. Pero insistimos en el pago, y lo tomaremos. Si se resisten, tomaremos más. En nuestra próxima visita, reclamaremos a John Hanby, el presidente de las Naciones Federadas; Axel Gruno, científico principal del mundo; Tsin Lo Hoy, comandante en jefe del ejército internacional; y Gustav Norby del observatorio Mount Wilson. Estos hombres deben colocarse en la tarde del 27 de agosto de 2332, en la cima del monte Wilson. Si no están allí, tomaremos cien mil vidas en lugar de veinte».

Fthaggua, señor de Ktynga.


—¿Qué puede significar? —jadeó Hugh.

—¡Es una locura! ¡Es increíble! ¡Tú, Norby! ¿Por qué deberías ser elegido? ¡Es todo un engaño!

—Tranquilo, Hugh —respondió Norby a su asistente—. El peligro aparentemente ha terminado por el momento, y tenemos cinco años completos para hablar. No es un engaño.

—Por el amor de Dios, ¿qué es?

El hombre mayor parecía cansado y respondió gentilmente:

—Lo que temí y advertí al público. Estamos amenazados por los invasores del exterior. Esto puede marcar el fallecimiento de la humanidad.

—¡Imposible! ¡Lucharemos!

—¿Con qué?

Hugh guardó silencio.

Norby continuó:

—Ni siquiera podemos llegar al cometa. ¿Y cómo vamos a luchar contra una forma de vida totalmente extraña de la que hasta ahora no sabemos prácticamente nada?

—Si es que es vida.

—Lo es, y es una vida viciosa y aterradora.

—Debe ser un engaño. ¡Debe serlo! ¿Cómo pudieron las criaturas haber sabido inglés? ¿Qué tipo de cosas podrían ser? ¡Por qué no hay nada en la tierra que los justifique!

—Cierto, pero olvídalo. El mensaje que vimos apareció en español sobre España, en francés sobre Francia, en ruso sobre Rusia, y así sucesivamente. Cada país leyó el mensaje en su propio idioma. ¿Fue una broma? Fue una broma milagrosamente inteligente, si lo fuera. No olvides la visita anterior del cometa. Tenía una teoría que nadie aceptaría. Brevemente, Hugh, el cometa está controlado por una forma de vida con la que no estamos familiarizados. Son cosas eléctricas, energía pura que tiene inteligencia y razón.

»De alguna manera, se alimentan de la vida humana, de la energía humana. Mataron a miles en su primera visita. Aspiraron la vida de los hombres vivos. Vampiros —Vampiros de fuego—, eso es lo que son. Y también succionaron conocimiento, mente, alma y cerebro, para que pudieran estudiar y dominar la naturaleza de la Tierra antes de regresar por segunda vez.

»No me preguntes cómo lo hicieron. Solo puedo mirar los resultados y adivinar. De alguna manera se alimentan de nuestra fuerza vital, espíritu, energía, llámalo como quieras. Al hacerlo, también absorben todo el conocimiento de la víctima. De las decenas de miles de personas que ahora han asesinado, han obtenido nueva energía para sí mismos, y una gran sección transversal, si no prácticamente todo el conocimiento de la Tierra. El hombre está condenado. La Tierra se ha convertido en un planeta esclavo, propiedad de Vampiros de Fuego.

»Dios sabe hacia dónde se dirige el cometa ahora: hacia sus otros planetas esclavos, supongo, o para explorar nuevos mundos habitados para subyugar. Es fácil ver por qué eligieron a Hanby, Gruno y Hoy: son tres de las mentes principales de planeta. Información que los vampiros podrían haber absorbido de casi cualquiera de sus víctimas. Pero también es fácil ver que no pueden buscar y encontrar víctimas específicas; de lo contrario, no habrían ordenado que estas tres personas fueran segregadas en un lugar aislado.

—¿Pero por qué tú, Norby? ¡No puedo entender eso!

—Creo que es porque me temen. Nadie creía en mis teorías y advertencias, Hugh, pero mucha gente las leyó. Los Vampiros de Fuego probablemente razonaron que si estaba varios saltos por delante del mundo al conocerlos, también podría encontrar algún medio para frustrarlos. Podrían haber esperado mientras nosotros cuatro, los futuros sacrificados, fuésemos reunidos y reclamarnos, pero deben haber tenido razones urgentes para partir, o de lo contrario están tan seguros de su poder que simplemente quieren nuestras vidas como precaución, y puede darse el lujo de esperar unos años.

—¿Qué se puede hacer? ¿Qué hay que hacer?

—No lo sé, Hugh, pero te voy a necesitar. Tenemos cinco años... un tiempo lo suficientemente corto.

El 27 de agosto de 2332, Norby volvió a pararse en el observatorio. Los años intermedios habían estado llenos de trabajos, planes y proyectos que parecían no llegar a ninguna parte. El pánico creado por el cometa ya se había desvanecido del mundo, y se habían adelantado innumerables explicaciones para explicar el fenómeno. La víspera de su regreso se acercaba, y la emoción aumentó a lo largo de todas las carreteras y ciudades del mundo una vez más, la emoción, la incertidumbre y el miedo.

Norby se asomó por la protección de una pesada cortina verde como si esperara a alguien. Parecía diez años mayor, y un peso sombrío caía sobre sus hombros. Su cabello estaba blanqueándose rápidamente. Las arrugas fruncieron el rostro y la frente. De repente, su semblante se iluminó levemente. Unos minutos más tarde, Hugh golpeó con cautela el almacén que ocultaba a Norby. El científico lo dejó entrar.

—¿Lo llevaste a cabo con éxito? —preguntó ansioso.

—Sí. He corrido la voz de que habías caído al río mientras salías conmigo, que no habías podido subir, que no podía contactarte debido a las empinadas orillas, y que todos los puntos debían ser rastrillados para dar con tu cadáver. La policía me detuvo varias horas para interrogarme, lo que me retrasó, pero finalmente me liberó por mi propio reconocimiento.

—¡Buen trabajo! ¿Estás seguro de que mi muerte está firmemente implantada en la mente de todos?

—Sí. La noticia incluso fue transmitida por los medios de comunicación.

—¿Algún otro dato?

—Hanby, Hoy y Gruno están en camino. Estarán en el lugar designado al mediodía, sin ti, y firmemente convencidos de tu muerte.

—Si hubiera algo que ganar, Hugh, estaría allí con ellos, pero no lo hay. En cinco años, el mundo no ha sido capaz de lograr una cosa definitiva para repeler a los Vampiros de Fuego. Si las muertes de esos tres hombres salvarán una pérdida innecesaria de vidas, su martirio no se desperdiciará. Toda la raza está en peligro, Hugh, y nadie puede pensar en sí mismo primero. Pero tengo esperanzas. Es un riesgo el que estoy tomando, y si pierdo, la sangre de miles manchará mis manos, pero si gano, el peligro habrá terminado. Y tu ayuda es esencial.

—Sabes que puedes contar conmigo —Hugh caminó hacia la única ventana de su escondite y echó hacia atrás un borde de la cortina para mirar hacia afuera. Al hacerlo, se enroscó con un chasquido.

—¡Rápido! —Norby gritó—: ¡Baja la cortina antes de que alguien nos vea!

Demasiado tarde. Hugh tiró de la cortina, pero un miembro del personal que pasaba por el exterior levantó la vista. Norby se lanzó a un rincón oscuro con la esperanza de que no lo hubieran visto. ¡Vana esperanza! Una sonrisa de reconocimiento iluminó el rostro del hombre de afuera, una sonrisa que se convirtió en una retorcida agonía cuando una red giratoria de fuego se lanzó en ondulaciones estridentes a su alrededor.

—¡Han venido otra vez! —jadeó Hugh.

—Y el daño ya está hecho —dijo Norby con un endurecimiento apretado de las líneas alrededor de su boca—. Pero no te culpes —agregó al ver la mirada abatida en la cara de Hugh—. Debería haber sabido mejor antes de confiar en esas cortinas anticuadas.

Cuán terriblemente acertado estaba, supo, a medida que avanzaba el día. Veinte mil vidas si Norby, Gruno, Hoy y Hanby fueran sacrificados; así lo había dicho el mensaje. Cien mil si no se obedecían las instrucciones. Al caer la noche, los cien mil e incontables más habían perecido solo en América. Toda la furia de los Vampiros de Fuego parecía concentrada en el país donde vivía una de sus víctimas. Y Norby sabía que los Vampiros de Fuego, al absorber la vida del hombre que lo reconoció, también habían absorbido su última impresión: las figuras de Hugh y él mismo en el almacén.

El destino lo había derrotado, pero aún no se rendiría, ni siquiera cuando, después del anochecer, vio otro mensaje en llamas en el cielo, un mensaje que anunciaba el próximo regreso de las criaturas el 17 de julio de 2339, y amenazaba con la extinción de toda la vida humana en el continente norteamericano a menos que Norby fuera sacrificado. Se le pidió que fuera ese día al mismo lugar donde Gruno y sus compañeros habían encontrado la muerte.

Norby miró el mensaje con ojos fríos y asesinos. Con una calma mortal, llamó a Hugh, y se prepararon para una parte de su trabajo. Ajustaron el reflector gigante para seguir al cometa que ahora brillaba triunfante en el cenit. Lanzaron el tubo de fuerza de Pletzka que creó un vacío de 800 pulgadas a través de la capa de aire sobre el telescopio. Y cuando Norby finalmente miró el cometa, inmensamente magnificado, y mucho más cerca que incluso la luna, lanzó un grito de sorpresa.

—¡Hugh! ¡Hay una vasta estructura de algún tipo en esa superficie candente!

Juntos lo miraron. La tenue luz del aura del cometa brillaba en su superficie casi fundida, y en ella se alzaba un gran espacio más oscuro, de arquitectura fantástica, de ensueño, irreal, con ángulos curvos y geometría alienígena de belleza siniestra. Pero de otros edificios no había señal, y no había rastro de los Vampiros de Fuego.

Después de un largo escrutinio, y después de que se tomaron cientos de fotografías, Norby comentó con aire desconcertado:

—Hay algo curioso en esto. No lo entiendo. ¡Si tan solo pudiera unir las cosas!

—¿Cuál es el problema? —preguntó Hugh.

—¿Por qué solo hay un edificio en el cometa? Es tan grande como una ciudad, por supuesto, y podría albergar a miles de Vampiros de Fuego, pero parece extraño. Nuevamente, ¿no es extraño que asalten la Tierra y no dejar a nadie detrás, ni siquiera un guardia?

—No es tan extraño —dijo Hugh—. Es posible que todavía haya una gran cantidad de cosas contenidas en la estructura donde, por supuesto, no podríamos verlas.

Norby sacudió la cabeza, dubitativo. En algún lugar de estos hechos se encontraba la debilidad de los Vampiros de Fuego, la debilidad que temían que descubriera. ¿Pero dónde? Y para el caso, ¿cómo podría saber, entre las innumerables fotografías de los Vampiros de Fuego que se habían tomado en varias partes del mundo, cuál era Fthaggua, señor de Ktynga?

—¡Lo tengo! —de repente le gritó a Hugh—: ¡Eureka!

Hugh parecía como si pensara que su superior se había vuelto loco bajo la tensión.

—¿Encontraste qué? —preguntó.

—¡La debilidad! ¡Todos los Vampiros de Fuego son rojizos, excepto Fthaggua, el azul que nosotros mismos vimos!

—¿Y bien?

Pero más que eso, Norby se negó a divulgar.

Debo dejar a otros la historia del colapso social y económico que desorganizó al mundo entre 2332 y 2339. Es seguro decir que la civilización se hundió a mitad de camino hacia el lodo del que había surgido tan dolorosamente. La mayoría de la gente llegó a considerar la próxima llegada del cometa como el día del juicio final. Una sensación de fatalismo combinada con un deseo de extraer todo el placer posible de los años restantes creó un caos prevaleciente en el que la anarquía, el desorden, el crimen y el vicio de todo tipo eran universales. Los científicos, es cierto, trabajaron febrilmente en esfuerzos para idear nuevas armas de destrucción, para descomponer el átomo, para controlar las leyes de la mecánica estelar, para inventar transportes espaciales que, en última instancia, podrían llevar a la población a otro planeta. Pero el tiempo fue demasiado corto. A lo largo del período, se produjo un tremendo éxodo desde Estados Unidos, que resultó en una grave sobrepoblación de los países más cercanos y causó disturbios, luchas y guerras intermitentes casi continuas.

Norby tenía planes, planes secretos, en parte porque estaba apostando por una oportunidad, en parte porque el secreto era imperativo para su éxito, y en parte porque su vida estaba en peligro constantemente. Marcado como un cobarde y un traidor por no sacrificarse con Gruno, Hanby y Loy, acusado de ser directamente responsable de cien mil muertes, su trabajo se vio seriamente obstaculizado.

De alguna manera, con ese coraje indomable que el hombre logra en su desesperación más profunda, y a pesar del cabello blanco que ahora colgaba sobre su cara demacrada, continuó. Hubo rumores de operaciones alrededor del monte Wilson, pero toda la montaña ahora estaba prohibida por las autoridades. Hubo varias cargas de trenes que se abrieron camino hacia el observatorio: se estaban haciendo reparaciones que se necesitaban desde hacía mucho tiempo, era la palabra oficial.

Pero todos los eventos abarrotados de esos años sí deben dejarse para que otras manos los registren. Paso a ese fatídico día del 17 de julio de 2339.

—¿Estás seguro de que tienes todas las indicaciones correctas? —preguntó Norby ansioso, mientras él y Hugh se paraban en la cima del monte Wilson.

—Sí —y Hugh las repitió brevemente.

El hombre de pelo blanco asintió y fueron a sus estaciones.

En el antiguo pico del Monte Wilson ahora se encontraba un profundo cráter, como si una explosión volcánica hubiera volado su cima. La cuidadosa dinamita y el camuflaje paciente que fueron hechos por el hombre habían logrado crear una ilusión de erupción natural. Cerca del centro de este pozo estaba lo que parecía una gran roca plana, sobre la cual Norby se puso de pie.

Las paredes del cráter se alzaron casi quinientos pies y estaban alineadas en la parte superior con una serie de proyecciones y repisas irregulares. Hacia el más grande de estos, en la base, Hugh se abrió paso. Un observador se habría sorprendido de verlo aparentemente caminar a través de la roca sólida y desaparecer.

Desde la sombra y la protección de una caverna, Hugh miró a Norby, que estaba impasible en la roca. Detrás de él había un laberinto de maquinaria, que incluía enormes dinamos que zumbaban con un ritmo apagado. Frente a él había varios instrumentos, un electrointerferómetro para detectar la carga eléctrica de la atmósfera dentro de un radio de diez millas y un interruptor triple escalonado.

Las horas se arrastraron. Un sol caliente golpeó el cráter. La espera silenciosa forzó los nervios tensos de ambos hombres. Sintieron la carga de este último intento de derrotar a los Vampiros de Fuego. Un resbalón, y los sacrificios humanos, el cebo vivo que era Norby, se encontrarían con una muerte llameante. Un error y millones de seres humanos perecerían al despoblarse un continente entero.

Así que el día portentoso se prolongó, y el sol se movió por encima y ardió hacia el oeste, y las sombras se alejaron más lejos de las paredes occidentales del cráter y se alargaron sobre el suelo irregular. Se acercó el crepúsculo. Aún no había encontrado rastros de los Vampiros de Fuego. En los pensamientos de Hugh vino una esperanza.

¡Quizás no vendrían! Tal vez el cometa se había perdido en los confines del espacio, tal vez había sido derrotado por una raza superior en algún lugar de los vacíos cósmicos, tal vez incluso nunca había tenido la intención de regresar.

Cuando llegó la oscuridad, la esperanza de Hugh se hizo más fuerte. La tensión del día había sido excelente, se sentía muy cansado, y cada minuto que pasaba significaba una mayor posibilidad de seguridad. Volvió a mirar el espejo de mercurio que, debajo de toneladas de roca, todavía reflejaba los cielos. Y allí brilló el cometa, destellando a la vista, enorme y brillante, como si se hubiera materializado de la nada.

—¡Norby! ¡Ha llegado!

Miró el electrointerferómetro. Su puntero estaba saltando y balanceándose locamente. Luego levantó la vista y su corazón dio un vuelco. Una gran masa de relámpagos azulados flotaba ominosamente sobre el pozo, como si sospechara, pero hambriento. En la oscuridad, Hugh no pudo distinguir la reacción de Norby, y si sucedía lo peor, no quería presenciar el destino de su colega.

La cosa siniestra se situó muy por encima de su víctima, se contrajo, y como la luz se precipitó hacia abajo para arrojar bobinas de fuego vivo alrededor de Norby. La mano de Hugh, que ya descansaba sobre el interruptor escalonado, se cerró con un movimiento convulsivo que provocó tres agudos clics de staccato.

Al primer clic, Norby se perdió de vista a través de una trampilla mientras las serpentinas de energía azulada se agitaban furiosamente donde su presa había desaparecido. Al segundo clic, una sólida hoja de fuego atravesó el borde superior del cráter, cerrándolo por completo con un techo de incandescencia.

El vampiro de fuego azulado de repente sintió peligro y saltó hacia arriba, demasiado tarde. Como un animal atrapado, se detuvo ante la llama sólida que lo encerró. Un sonido como un grito penetrante, un ruido como un silbido, emanó de él.

En el tercer clic, desde un centenar de puntos en esas repisas irregulares, se dispararon cien centelleantes rayos de electricidad: corrientes de diez millones de voltios que tronaban, chisporroteaban y crujían, atravesando todo el cráter con un infierno de poder creciente. En esa mirada loca y espantosa, ante el choque ensordecedor de rayos gigantes, Fthaggua, el vampiro de fuego azul, se retorció en un esfuerzo frenético por escapar. Solo por un instante fueron visibles sus golpes, solo hasta ese momento, cuando la electricidad rugiente crujió a través de él, y se produjo un destello titánico como un cortocircuito cósmico, y siguió una negrura de oscuridad.

Y en todo el mundo barrió un destello en los cielos y una llama en el suelo, se vio que cada vampiro de fuego se retorcía en tormento y desaparecía en un estallido de incandescencia difusa.

Así, los Vampiros de Fuego desaparecieron para siempre, dejando atrás solo el cometa que ahora es un satélite de la Tierra, con un período de rotación regular, de modo que cada punto sobresale por encima del horizonte oriental y se arrastra a lo largo los cielos.

Ante mí, mientras escribo, se encuentra una comunicación de Norby, en respuesta a una solicitud mía. Parece más apropiado cerrar este registro con un extracto de esa misiva.

»Me preguntas cómo fueron derrotados los Vampiros de Fuego. Solo puedo decir que fue tanto por conjeturas, buena fortuna, como por conocimiento. Varios hechos que había reunido me impresionaron. ¿Por qué solo había un edificio en el cometa? ¿Por qué no dejaban una guardia permanente en su ausencia? ¿Por qué todos los Vampiros de Fuego eran rojos excepto uno, que era azul?

»Se me ocurrió una de esas conjeturas en la oscuridad. La respuesta es, me dije, que el vampiro azul es Fthaggua, señor de Ktynga. ¡Y solo hay un vampiro de fuego en absoluto! De alguna manera, este monstruoso creció como una unidad compuesta de individuos, un organismo desconectado que, sin embargo, podría morir si su miembro principal fuera asesinado. Ese miembro principal, razoné, debía ser Fthaggua. Todos los Vampiros de Fuego rojos eran extremidades, tentáculos, apéndices, pero capaces de comportarse como individuos separados dentro de un territorio limitado, aunque unidos por lazos invisibles.

»Si mis especulaciones fueran ciertas, entonces solo necesitaríamos destruir a Fthaggua, y las otras innumerables partes de este extraño organismo también perecerían necesariamente. Y dado que la cosa era energía pura, razoné que la energía pura podría provocar un cortocircuito o difundirla. Juntos, Hugh y yo resolvimos los detalles, ocultando ánodos y cátodos para llevar una carga enorme por todo el cráter. Los resultados que sabes.

»El peligro ya pasó. Sin embargo, no puedo evitar sentir cierto respeto por una entidad que casi cumplió su ambicioso plan, que casi logró fingir que había millones de Vampiros de Fuego cuando en realidad solo había uno: Fthaggua, señor de Ktynga.»

Donald Wandrei (1908-1987)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Donald Wandrei.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Donald Wandrei: Los Vampiros de Fuego (The Fire Vampires), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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