«Junto de las aguas del Paraíso»: Francis Marion Crawford; relato y análisis


«Junto de las aguas del Paraíso»: Francis Marion Crawford; relato y análisis.




Junto a las aguas del Paraíso (By the Waters of Paradise) es un relato de fantasmas del escritor norteamericano Francis Marion Crawford (1854-1909), publicado originalmente en el anuario de 1887 Unwin's Annual, y luego reeditado en la antología de 1911: Cuentos misteriosos (Uncanny Tales).

Junto a las aguas del Paraíso, uno de los más reconocidos relatos de F. Marion Crawford, presenta la curiosidad de ser considerado uno de los pocos cuentos de fantasmas en donde los fantasmas están completamente ausentes.

Se trata de la historia de un muchacho melancólico, quien experimenta la visión de una hermosa mujer en su jardín. Asume, desde luego, que ella es un fantasma, de modo tal que continúa normalmente con su vida, hasta que, tiempo después, vuelve a encontrarla, esta vez en la ciudad de París; y no ya como una deslumbrante visión, sino como una mujer real.

En este sentido quizá podríamos hablar de un relato premonitorio, pero que sin dudas cuenta con los elementos sobrenaturales típicos del cuento de fantasmas del siglo XIX.




Junto a las aguas del Paraíso.
By the Waters of Paradise, Francis Marion Crawford (1854-1909)

Recuerdo con nitidez mi niñez. No creo que esto signifique una buena memoria porque nunca fui bueno para aprender palabras de memoria, en prosa o verso. Creo que mi remembranza de los hechos depende más de los hechos en sí que de cualquier facilidad para recordarlos. Tal vez soy muy imaginativo, y las primeras impresiones que recibí fueron de esas que estimulan anormalmente la memoria. Una serie de eventos desafortunados, tan relacionados entre sí como para sugerir algún lazo de extraña fatalidad, formaron mi temperamento melancólico cuando era niño de manera que, antes de llegar a la madurez, creía sinceramente estar bajo una maldición. No solamente yo mismo, sino mi familia entera y cada individuo que llevase mi apellido.

Nací en el mismo lugar que mi padre, mi abuelo y todos sus predecesores hasta el confín de la memoria humana. Era una casa muy antigua, y la parte más amplia originariamente había sido un castillo fortificado y rodeado por un foso en el que siempre había agua que, proveniente de las colinas, llegaba por un acueducto oculto. Muchas de las fortificaciones habían sido destruidas y el foso había sido rellenado. El agua del acueducto provocaba varias fuentes y bajaba en grandes estanques en las terrazas de los jardines, una debajo de la otra, rodeadas de anchas aceras de mármol. El agua que rebasaba, al fin, escapaba a través de una gruta artificial, unas treinta yardas más allá, rumbo a un distante río. El edificio se amplió unos doscientos años atrás, en la época de Carlos II, pero desde entonces poco se hizo para mejorar las instalaciones, salvo las reparaciones de turno, realizadas según las épocas de fortuna.

En los jardines había terrazas y altos vallados de arbustos, algunos de los cuales eran podados en forma de animales, al estilo italiano. Puedo recordar que cuando era chico solía tratar de deducir que representaban esas formas y a veces le pedía explicación a Judith, mi nana galesa. Ella tenía una extraña mitología propia y poblaba los jardines de grifos, dragones, buenos y malos geniecillos, los que terminaban habitando mi imaginación. La ventana de mi cuarto de juegos me daba una vista a las grandes fuentes del estanque superior, y en noches de luna llena la galesa me llevaba contra el cristal, haciéndome mirar hacia la niebla en la que creía ver formas misteriosas que se movían místicamente como si fueran seres vivientes.

—Es la Mujer del Agua —solía decirme; y algunas veces ella me atemorizaba con que si no me dormía, la Mujer del Agua treparía por la ventana y me llevaría en sus húmedos brazos.

El lugar era lúgubre. Los estanques de agua y el vallado de arbustos daban un aspecto funeral de forma que el mármol parecía estar hecho de lápidas. Las paredes grises y las torres, las oscuras habitaciones, llenas de muebles inmensos, huecos misteriosos y pesadas cortinas afectaron mi espíritu. Fui silencioso y melancólico desde mi niñez. Había un gran reloj en la torre que tocaba las horas con tristeza durante el día y daba dos lúgubres toques a la medianoche. No había luz ni vida en la casa, ya que mi madre era inválida y mi padre se enfermó de melancolía en su tarea de cuidarla. Era un hombre delgado, con mirada triste; era un buen hombre, pero silencioso e infeliz. Después de mi madre, creo que me amaba más que a nada en este mundo; sufrió bastantes penurias para educarme y todo aquello que me explicó, nunca lo he olvidado. Tal vez esa fuera su única diversión y la razón por la que, mientras él vivía, nunca tuve nana o institutriz.

Solía ver a mi madre todos los días, a veces dos veces al día, durante una hora solamente. Me sentaba en un pequeño taburete cerca del pie de la cama y ella me preguntaba que había estado haciendo y que querría hacer. Me atrevería a decir que ella veía las raíces de una profunda melancolía en mi naturaleza, ya que siempre me miraba con una sonrisa triste y me besaba con un sollozo cuando me llevaban de su vista.

Una noche, cuando tenía seis años, me desperté en mi cuarto. La puerta no estaba bien cerrada, y la nana galesa estaba sentada, cosiendo, en el cuarto de al lado. De repente escuché su voz, y decía:

—¡Uno... dos... uno... dos!

Me asusté, y salté y corrí por la puerta, descalzo como estaba.

—¿Qué es eso, Judith? —le grité, trepando a sus faldas.

Aún puedo recordar la mirada de sus extraños ojos oscuros cuando respondió:

—¡Uno... dos ataúdes sellados, bajan por el techo! —cantaba, sentada en su silla—. ¡Uno, dos, un ataúd liviano y uno pesado, bajan al piso!

Hasta que se dio cuenta de mi presencia, y me llevó de nuevo a la cama, cantándome una vieja canción de cuna galesa.

No sabía como, pero tenía la impresión de que ella sabía que mi padre y mi madre iban a morir muy pronto. Ellos murieron en esa misma habitación donde ella estaba sentada. Era un cuarto grande, era mi cuarto de juegos donde de día, cuando había, daba el sol, y cuando no, aún era la habitación más alegre de la casa. Mi madre se desmejoró rápidamente y me mudaron a otra parte de la casa para hacer lugar para ella. Supongo que habrán pensado que mi cuarto sería más alegre para ella, pero no vivió mucho. Estaba muy bella cuando murió y lloré muy amargamente.

—El liviano, el liviano... el pesado está por venir —cantaba la galesa.

Y tenía razón. Mi padre tomó ese dormitorio cuando mi madre murió y día a día se puso más delgado y pálido.

—El más pesado, el más pesado... los dos sellados —canturreaba mi nana, una noche de diciembre, después de ponerme en cama.

Ella me envolvió en una manta y me llevó consigo al cuarto de mi padre. Golpeó, pero nadie respondía. Ella abrió la puerta y lo encontramos sentado en su silla, frente al fuego, bien pálido y muerto.

Así que me quedé solo con la galesa hasta que vinieron unos parientes que nunca antes había visto. Los escuché decir que me tenían que llevar a otro lugar más alegre. Eran gente buena y no lo creería solamente porque yo iba a ser una persona muy rica al ser mayor. El mundo nunca me pareció un lugar del todo malo para mí, así como tampoco creía que las personas que me rodeaban eran miserables o malvadas. No recuerdo que nadie me infringiera ninguna injusticia, ni haber sido presionado o maltratado de ninguna manera, ni siquiera por los chicos en la escuela. Yo era triste, suponía, porque mi niñez había sido lúgubre y, más tarde, porque todo en lo que hacía me iba mal. Al final terminé creyendo que ese era mi destino y empecé a soñar con que la vieja nana galesa y la Mujer del Agua habían jurado perseguirme hasta mi fin. Pero mi disposición natural debería haber sido más alegre.

Entre los chicos de mi edad nunca fui el último ni estuve entre los últimos, en ninguna disciplina; pero tampoco primero. Si había una carrera, seguro que me torcía un tobillo el mismo día del certamen. Si había competencia de remos, mi remo seguro se quebraba. Si había algún premio en juego, algún evento desafortunado de último momento me impedía competir. Nada de lo que estaba librado a la suerte me era favorable, y tuve reputación de mala suerte; hasta mis compañeros creían que era seguro apostar en contra mía, sin importar lo que fuera. Me desanimaba y desatendía todo, hasta que claudiqué en la idea de competir por cualquier distinción en la Universidad, conformándome con la idea de que no podía fallar en el examen por el título ordinario.

El día antes del examen empecé a sentirme mal y cuando al fin me recuperé, después de huirle a la muerte, me fui de Oxford. Aún débil de salud y profundamente disgustado y desanimado, marché rumbo al viejo lugar donde nací. Tenía veintiún años, era mayor de edad y dueño de mi fortuna, pero estaba tan profundamente convencido de esta larga serie de pequeñas desgracias que quería encerrarme del mundo y vivir como ermitaño, para morir lo más rápido posible. La muerte me parecía la única posibilidad de esperanza en mi existencia.

Nunca había tenido deseo de regresar a mi vieja casa desde que fui llevado de ahí cuando niño, y nadie me había presionado para tal cosa. El lugar se había mantenido en orden y no parecía haber sufrido ningún deterioro en los quince años de mi ausencia. Nada en este mundo podría afectar esas viejas paredes que habían ofrecido resistencia a los elementos durante tantos siglos. El jardín estaba un poco más crecido de como lo recordaba; los mármoles se veían más amarillentos y ajados y el lugar entero me parecía más pequeño. No fue hasta varias horas después de recorrer la casa y el terreno que comprendí su enormidad. Entonces comencé a disfrutarlo y mi resolución de vivir solo se fortaleció.

La gente me dio la bienvenida y, por supuesto, traté de reconocer en sus caras cambiadas al viejo jardinero y la vieja ama de llaves, y los llamé por sus nombres. Reconocí a mi vieja nana. Había envejecido desde que los ataúdes bajaron quince años atrás, pero sus ojos estaban igual y al mirarla volvieron todos aquellos recuerdos. Ella vino a la casa conmigo.

—¿Y cómo está la Mujer del Agua? —pregunté, para sonreír un poco—. ¿Sigue jugando bajo la luz de la luna?

—Está hambrienta —dijo la galesa, en un tono bajo.

—¿Hambrienta? Entonces la alimentaremos —reí.

Pero la vieja Judith se puso un poco pálida, y me miró extrañada.

—¿Alimentarla? ¡Ay! Tú la alimentarás muy bien —murmuró, mirando detrás suyo a la vieja ama de llaves, que nos había seguido con paso enclenque a través del vestíbulo y los pasillos.

No pensé mucho en sus palabras. Siempre hablaba extrañamente, como hacen las galesas, y creí que yo estaba melancólico. De seguro no era supersticioso, pero tampoco tímido. Solamente, como en un ensueño, me pareció verla parada con la vela en su mano y murmurando aquello de "el pesado, todos de plomo", para luego conducir a un niño a través de los corredores para ver a su padre muerto sentado en una silla frente a la chimenea. Así que recorrimos la casa y escogí los cuartos donde me instalaría; y los sirvientes entraron para arreglar y ordenar todo, y ya no tenía más problemas. No me preocupaba qué habían hecho y me dejaron en paz sin que les diera ninguna orden. Estaba completamente indiferente y atribuía al colegio los efectos de mi enfermedad.

Cené en una solitaria estancia y me complació la melancólica grandeza del vasto comedor. Luego fui al cuarto que seleccioné como estudio y me senté en un sillón frente a la chimenea para pensar, o mejor para dejar que mis pensamientos vagaran por sus propios laberintos, sin importarme en lo absoluto qué curso pudieran tomar.

Los ventanales del cuarto estaban abiertos y daban a la terraza superior del jardín. Estábamos a fines de julio y todo estaba abierto, ya que el clima era cálido. Cuando me senté solo a escuchar el incesante salpicar de las fuentes, me puse a pensar en la mujer del agua. Me levanté y salí en la quietud de la noche, sentándome en un banco de la terraza, entre dos macetones de flores italianas. El aire era deliciosamente suave y dulce con el aroma de las flores, y el jardín estaba más agradable que el resto de la casa. Las personas tristes siempre gustan del sonido del agua que corre y de los ruidos de la noche, pero no sabría decir los motivos. Me senté y escuché en la penumbra, ya que aún la luna no se había asomado por encima de los riscos pero el cielo ya transmitía sus primeros rayos. Lentamente el halo blanco comenzó a teñir la bóveda celeste y también el bosque, haciendo los contornos de las montañas más intensamente negros por contraste, como si fuera que la cabeza de algún prominente santo estuviera elevándose desde detrás de una pantalla en alguna enorme catedral, lanzando glorias místicas desde atrás.

Esperé para ver la luna propiamente, y traté de estimar los segundos antes de que apareciera. De repente, apareció y se colgó redonda y perfecta en el cielo. La observé y luego vi las brumas flotantes en las fuentes altas que bajaban a los estanques, donde los lirios de agua se agolpaban suavemente en su sueño sobre el reflejo de terciopelo de la luna llena. En ese momento un enorme cisne se puso a flotar silenciosamente en medio del estanque, sumergiendo su largo cuello y sorbiendo agua con su amplio pico para luego esparcirla como en lluvia de diamantes sobre sí mismo.

De repente vi algo que se interpuso frente a la luz. Miré instantáneamente. Frente al disco lunar apareció el luminoso rostro de una mujer, con ojos grandes y raros, y una boca llena y suave, pero no sonriente sino oscurecida. Estaba observándome fijo mientras yo seguía sentado en mi banco. Estaba tan cerca de mí, tan cerca, que la podría haber tocado con mi mano. Pero me sentía completamente inmóvil e indefenso. La imagen se quedó paralizada un momento, pero su expresión no cambió. Luego, rauda, pasó de largo y, mientras que la brisa fría de su vestido blanco surcaba mis sienes, se me erizó el cabello de la nuca. La luz de la luna, brillando a través del agua que salpicaba de la fuente, formaba sombras entre los pliegues de luz de la lunar vestimenta. Fue un instante, y ya no había nada más y volví a estar solo.

Me sentí muy alterado por la visión, y pasó un rato hasta que pude ponerme de pie. Aún estaba débil por mi enfermedad y el contemplar semejante imagen podría haber destemplado a cualquiera. Sentía que había sido testigo de una aparición de ultratumba y, al no haberlo racionalizado, no había argumento que pudiera refutar tal creencia. Finalmente pude levantarme y observé en la dirección en la que creí que el rostro se había esfumado... pero ya no había nada, más allá de los anchos caminos, los altos y oscuros arbustos, las fuentes y la bruma. Me volví a sentar y recordé la cara que había visto. Era extraño, pero una vez que la primera impresión había pasado, no sentía nada espantoso en el recuerdo. Por el contrario, tenía una sensación de fascinación por la imagen, y habría dado cualquier cosa por volverla a ver. Podría haber dibujado las bellas facciones, los anchos ojos negros, y esa boca maravillosa ya que la tenía fresca en mi mente. Cuando hube recordado cada detalle de mi memoria me di cuenta que el rostro entero era bello, y que podría haberme enamorado de alguien con semejante cara.

—Me pregunto si esta es la mujer del agua —me dije a mí mismo.

De vuelta me levanté y vagué por el jardín, descendiendo de terraza en terraza por el sendero de mármol a través de las sombras y de la luz de luna. Crucé el agua por el rústico puente sobre la gruta artificial y trepé lentamente a la más alta de las terrazas por el lado opuesto. El aire parecía más dulce y me sentía muy calmo, así que me propuse sonreír mientras caminaba, como si una nueva felicidad me hubiera tocado. Me parecía como si la cara de la mujer estuviera detrás mío y la idea me da daba una desacostumbrada y placentera emoción, algo como nunca antes había sentido.

Me di vuelta cuando llegué a la casa, y vi el paisaje. En la breve hora que estuve paseando, lo notaba ciertamente cambiado y con él, también había cambiado mi humor. Era algo ideal de mi suerte, pensé, ¡enamorarme de un fantasma! Tiempo atrás habría suspirado e ido a acostarme más triste que de costumbre, ante tal conclusión. Esa noche me sentía feliz, diría que por primera vez en mi vida. El viejo estudio me dio una impresión alegre cuando entré. Los antiguos cuadros me sonreían desde las paredes y cuando me senté en el sillón sentí que ya no estaba solo. La idea de haber visto un fantasma y el hecho de sentirme mejor por ello, eran tan absurdos que sonreí al respecto y tomé uno de los libros que había traído conmigo y me senté a leer.

Aquella impresión permaneció. Me dormí pacíficamente y en la mañana abrí las ventanas al aire estival y miré abajo, al jardín, a los trechos de verde y a las coloridas flores, a las fuentes circulares y al agua cristalina.

—Un hombre puede hacer un paraíso de su casa —exclamé—. ¡Un hombre y una mujer, juntos!

A partir de ese día, el viejo caserón ya no me pareció lúgubre, y pensé que mi tristeza se había ido. Durante algún tiempo empecé a interesarme en el lugar, y traté de darle más vida. Traté de evitar a mi vieja nana galesa, no fuera cosa que me desalentara con alguna de sus profecías y me recordara algún episodio tétrico de mi niñez. Pero en lo que más pensaba era en la figura fantasmal que había visto en el jardín la primera noche después de mi arribo. Salía cada noche y vagaba a través de los caminos y senderos, pero no volví a ver mi aparición de nuevo. Después de varios días, el recuerdo se empezó a hacer más tenue y mi antigua naturaleza volvió a opacar gradualmente aquel temporal estado de excitación que había experimentado.

El verano se volvió otoño y me volví inquieto. Comenzaron las lluvias. La humedad se cebó en los jardines y los vestíbulos externos comenzaron a oler a moho, como tumbas; el cielo gris me oprimía intolerablemente. Me fui del lugar y salí para el extranjero, con la determinación de intentar cualquier cosa que pudiera sacarme de la monótona melancolía que venía sufriendo.

La mayoría de la gente notaría la profunda insignificancia de los pequeños eventos que, luego de la muerte de mis padres, influenciaron mi vida y la hicieron infeliz. Los espantosos presentimientos de una nana galesa que, a través de caprichosas coincidencias, parecieron hechos reales, no parece suficiente como para cambiar la naturaleza de un niño y guiar su carácter a través de los años. Las pequeñas decepciones de la vida escolar y aquellas ocurridas durante una mediocre y aburrida carrera académica, no deberían bastar para hacerme llegar a los veintiuno como un melancólico indiferente e inútil. Tal vez pudiera contribuir cierta debilidad de mi carácter, pero en mayor grado fue debido a esa reputación de mala suerte que me rodeaba.

No intentaré analizar las causas de mi estado, porque no sería satisfactorio para nadie, salvo para mí mismo. Tampoco voy a intentar explicar por qué experimenté un breve renacimiento de mi espíritu luego de mi aventura en el jardín. Me había enamorado del rostro que vi, y que esperaba volver a ver; por eso cuando perdí toda esperanza de una segunda visión, me puse más triste hasta que empaqué todo y me marché al extranjero. Pero en mis sueños vuelvo a mi casa y siempre me parece que es un día soleado, como aquella mañana de verano después de haber visto a la mujer de la fuente.

Fui a París. Luego fui más lejos, y recorrí Alemania. Traté de entretenerme, pero fracasé miserablemente. Con el caprichoso derrotero de un inútil me asaltaron todo tipo de ideas de buenas resoluciones. Un día se me ocurrió que me iría a enterrar en alguna universidad alemana por un tiempo, viviendo simplemente como un pobre estudiante. Primero quise ir a Leipzig, pensando quedarme ahí hasta que pasase algo que encarrilara mi vida o bien alterara mi humor. El tren expreso se detuvo en cierta estación cuyo nombre ignoraba. Caía el sol de una tarde invernal y me asomé a través del grueso cristal de la ventana de mi compartimento. De repente otro tren pasó deslizándose desde la dirección opuesta, y frenó justo al lado nuestro. Miré al vagón que estaba delante del mío y leí las letras negras del cartel que pendulaba en el barandal: Berlín--Colonia--París. Luego observé, por encima, una ventana.

Me sobresalté violentamente, y un sudor frío surgió sobre mis sienes. Bajo una luz tenue, no más allá de seis pies de donde yo estaba sentado, vi el rostro de la mujer, ese rostro que amaba, el semblante fino y recto, los ojos extraños, la boca maravillosa, esa pálida piel. Como redecilla tenía un velo oscuro que parecía prendido encima de su cabeza y caerle sobre los hombros hasta debajo de su mentón. Cuando abrí la ventana y me arrodillé sobre el asiento, acercándome lo más posible para tener una mejor visión, un largo silbido se escuchó en toda la estación, siendo seguido de una veloz serie de sonidos metálicos y campanadas. Hubo un suave tirón y mi tren se puso en marcha. Felizmente la ventana era estrecha y no era el único en el compartimento, ya que si no, creo que habría saltado de un tren a otro. En un instante la velocidad aumentó y me vi transportado rápidamente en la dirección opuesta del ser que amaba.

Durante un cuarto de hora yací en mi lugar, sorprendido por lo fulminante de la aparición. Finalmente uno de los otros dos pasajeros, un rechoncho capitán de cuirassiers de Konigsberg, sugirió de manera muy civilizada pero con firmeza que debería cerrar la ventana porque estaba cayendo la noche y hacía frío. Así lo hice, disculpándome, y adoptando silencio. El tren marchó a toda velocidad por un largo rato, y estaba desacelerando para entrar en la próxima estación. Me puse de pie y tomé una decisión súbita. Mientras el vagón se detenía ante la plataforma iluminada, tomé mis pertenencias, saludé a mis colegas-pasajeros y salí, determinado a tomar el primer tren que volviese a París.

Esta vez las circunstancias de la visión habían sido tan naturales que no me dieron la impresión de que hubiera nada sobrenatural acerca del rostro o de la mujer a la que pertenecía. No intenté explicarme cómo había sido que la cara y la mujer estaban viajando en el rápido de Berlín a París en una tarde de invierno, cuando en mi mente ambas estaban asociadas indeleblemente con la luna llena y las fuentes de mi vieja casa en Inglaterra. Por supuesto que no admitiría haberme confundido o haber visto algo que realmente no existía. En mi mente no tenía la menor duda y estaba positivamente seguro de que nuevamente había visto la cara que amaba. No dudé en ningún momento, y al cabo de unas horas estaba en camino a París. No podía evitar meditar sobre mi lánguida suerte. Vagando como había hecho durante los últimos meses, fácilmente podría haber estado viajando en el mismo tren con esa mujer, en vez de ir en la otra dirección. Pero mi suerte estaba destinada a cambiar por un tiempo.

Busqué en París durante varios días. Cené en los principales hoteles; fui a los teatros; durante las mañanas recorrí el parque Bois de Boulogne hasta que tomé familiaridad con el lugar. Fui a misa en la Madeleine, y asistí a los servicios de la Iglesia británica. Entré en el Louvre y Notre Dame. Visité Versailles. Pasé horas en la Rue de Rivoli, en el barrio de Meurice, cruzado por turistas de la mañana a la noche. Finalmente fui invitado a una recepción en la Embajada Inglesa. Fui, y encontré lo que había buscado tanto tiempo.

Ahí estaba ella, sentada junto a una anciana vestida de satén gris y diamantes, que tenía un rostro arrugado pero gentil y ojos muy grises que parecían tomar todo aquello que veían y con poca inclinación a dar mucho a cambio. Pero no me interesaba el chaperone. Solo miraba el rostro que me había hechizado meses atrás, y en la excitación del momento caminé cerca de las mujeres, olvidando menudencia tal como la necesidad de una presentación.

Ella era más hermosa de lo que jamás había pensado, y nunca tuve la menor duda de que había sido ella y no otra. Con o sin visión, ésta era la realidad y lo sabía. Dos veces su cabello la había cubierto, pero ahora al fin la veía y la belleza de su magnificencia glorificaba a la mujer. El cabello era fino y abundante, dorado, con profundos tintes rojizos como adornos de bronce rojo. No tenía ningún ornamento, ni una rosa, ni una hebilla de oro, y sentí que no necesitaba nada para reforzar su esplendor; nada salvo su rostro pálido, sus extraños ojos oscuros y sus gruesas cejas. Mientras estaba sentada tranquilamente observando la escena móvil, en medio de las luces brillantes y del susurro de una conversación perpetua, pude ver que ella era delgada pero también fuerte.

Recordé el detalle de la presentación a tiempo, y me volví para buscar a mi anfitrión. Al fin lo encontré y le supliqué me presentara frente a esas damas, mientras se las señalaba.

—Sí... er... sin duda... eh —replicó su Excelencia con una sonrisa placentera.

Evidentemente no tenía idea de mi nombre, lo cual no tuvo necesidad de preguntarme.

—Soy Lord Cairngorm —expresé.

—Oh, por cierto —respondió el Embajador con la misma sonrisa hospitalaria—. Si, pero el hecho es que debo tratar de averiguar quienes son; usted sabe, con tanta gente.

—Oh, si me las presenta, trataré de averiguarlo por usted —dije, sonriendo.

—Ah sí, qué amable de su parte, venga —dijo mi anfitrión.

Cruzamos por la multitud y en un minuto estábamos parados frente a las dos damas.

—Permítame presentarle a Lord Cairngorm —dijo; luego se volvió hacia mi—. Venga a cenar mañana, ¿le parece bien? —luego de lo cual se deslizó con su sonrisa placentera y desapareció por entre la multitud.

Me senté cerca de la bella joven, conciente de que la mirada de la dueña estaba sobre mí.

—Creo que estuvimos muy cerca de conocernos antes —remarqué, como manera de iniciar la conversación.

Mi compañera volvió sus ojos llenos sobre mí con un aire de estudio. Evidentemente no recordaba mi cara, si es que alguna vez la había visto.

—Realmente, no puedo recordarlo —observó, con una voz grave y musical, y luego añadió—. ¿Cuándo?

—En primer lugar, hace diez días atrás usted vino desde Berlín en el expreso. Yo iba camino en la dirección opuesta, y nuestros vagones se detuvieron frente a frente. La vi por la ventana.

—Sí, vinimos desde ahí, pero no lo recuerdo —vaciló.

—En segundo lugar —continué—, durante el último verano yo estaba solo, sentado en mi jardín, hacia fines de julio, ¿recuerda? Usted debía estar paseando cerca, por el parque; usted apareció desde la casa y me miró.

—¿Era usted? —preguntó, evidentemente sorprendida. Entonces rompió a reír—. Les conté a todos que había visto un fantasma; no había habido ningún Cairngorm en el lugar desde hacía mucho tiempo. Nos fuimos al día siguiente, y nunca supe que usted había estado ahí; sin embargo, no sabía que el castillo le perteneciera.

—¿Dónde estaban viviendo? —pregunté.

—¿Dónde? Con mi tía, donde siempre estuvimos. Ella es su vecina, ya que es usted.

—Perdón, pero entonces, ¿su tía es Lady Bluebell?

—No tema, ella es sorprendemente sorda. Sí. Ella es una reliquia de mi amado tío, el décimo sexto o séptimo Barón Bluebell... olvidé el número exacto de cuantos le precedieron. Y yo, ¿sabe quién soy? —rió, sabiendo bien que no lo sabía.

—No —respondí con franqueza—. No tengo la menor idea. Rogué que fuéramos presentados debido a que la reconocí. Tal vez, tal vez... ¿usted es Miss Bluebell?

—Considerando que usted es un vecino, le diré quien soy —respondió—. No; soy de la tribu de los Bluebell, pero mi nombre es Lammas, y he sido bautizada como Margaret. Siendo de una familia floral, me llaman Daisy. Un espantoso norteamericano una vez me dijo que siendo mi tía una Bluebell, yo debería ser una Harebell. Le advierto, así usted evitará en lo futuro hacer tales juegos de palabras.

—¿Parezco un hombre que juega a los retruécanos? —pregunté, muy conciente de mi rostro melancólico y mi apariencia triste.

Miss Lammas me observó críticamente.

—No; usted tiene un temperamento apesadumbrado. Creo que puedo confiar en usted —respondió—. ¿Cree poder comunicarle a mi tía que usted es un Cairngorm y vecino nuestro? Estoy segura de que le gustará saberlo.

Me incliné sobre la anciana, inspirando mis pulmones para gritar. Pero Miss Lammas me detuvo.

—Esa no es la forma más sutil —remarcó—. Usted podría escribirle en un trozo de papel. Ella es más sorda que una tapia.

—Tengo un lápiz —respondí—; pero no tengo papel conmigo. ¿Cree que mi bocamanga serviría?

—¡Oh, sí! —replicó Miss Lammas, con chispa—; a menudo los hombres lo hacen.

Escribí en mi bocamanga: Miss Lammas desea que le explique que yo soy un vecino, Cairngorm.

Entonces lo extendí frente a las narices de la vieja dama. Ella parecía perfectamente acostumbrada al procedimiento, así que se puso los anteojos, leyó las palabras, sonrió e inclinó su cabeza en señal de aprobación, diciéndome con una voz extraterrenal que suelen tener las personas que no escuchan nada:

—Conocí muy bien a su abuelo —dijo. Luego me sonrió y se volvió a su sobrina, reincidiendo en el silencio.

—Está todo bien —remarcó Miss Lammas—. Tía Bluebell sabe que es sorda, así que no habla mucho. Ella conoció a su abuelo. ¡Qué raro que, habiendo sido vecinos, nunca antes nos hemos visto!

—Si usted me hubiera dicho que vio a mi abuelo cuando apareció en el jardín, no habría estado ni mínimamente sorprendido —respondí quitándole relevancia—. De hecho, pensé que usted era el fantasma en la vieja fuente. ¿Cómo fue que apareció ahí y a esa hora?

—Éramos un grupo grande y salimos a dar un paseo. Después se nos ocurrió asomarnos a ver como se veía su parque bajo la luz de la luna, y nos metimos en su terreno. Me separé del resto, y mientras iba caminando admirando el aspecto fantasmagórico de la casa y preguntándome si alguien pudiera alguna vez vivir ahí nuevamente, me topé accidentalmente con usted. Parece el castillo de Macbeth, o una escena de la ópera. ¿Usted conoce a alguien aquí?

—¡Ni un alma! ¿Y usted?

—No. Tía Bluebell dijo que era nuestro deber venir. Es fácil para ella salir; nunca tiene que sobrellevar el peso de la conversación.

—Lamento que lo considere un peso —dije—. ¿Debería irme?

Miss Lammas me observó con la mayor gravedad de sus bellísimos ojos, y hubo una dubitación en las líneas de su suave boca.

—No —dijo al fin, con gran simpleza—. No se vaya. Podemos disfrutar uno del otro, si usted se queda un rato más, y deberíamos dado que somos vecinos.

Supongo que debí haber tenido la impresión de que Miss Lammas era una joven muy extraña. Sin embargo, debe ser una especie de masonería entre la gente que descubre que han vivido uno cerca del otro y que deberían haberse conocido antes. Pero había una inesperada franqueza y simpleza en su ameno carácter que habría hecho notar a cualquiera que se trataba de un ser singular. A mí, sin embargo, todo me había parecido suficientemente natural. Había soñado demasiado con su rostro como para no sentirme profundamente feliz cuando al fin había logrado encontrarla y ponerme a conversar con ella. Para mí, el hombre de la mala suerte en todo, el mero encuentro parecía algo demasiado bueno para ser cierto. Nuevamente sentí la rara sensación de luminosidad que había experimentado luego de verla en el jardín.

Los salones amplios me parecían más brillantes, valía la pena vivir la vida; mi sangre melancólica y lenta comenzó a circular con rapidez y me inyectó nueva fuerza. Me dije a mí mismo que sin esta mujer, yo sólo era un ser imperfecto, pero con ella podría llevar a cabo todo lo que me propusiera. Como el gran Doctor, cuando cree que al fin ha logrado vencer a Mefistófeles, podría haber pegado un alarido en ese mismo fugaz momento.

—¿Siempre es así de feliz? —pregunté, de repente—. ¡Cuan feliz debe ser!

—Si fuera triste, los días serían mucho más largos —respondió precavidamente—. Creo que encuentro la vida muy placentera, y así lo manifiesto.

—¿Cómo puedes manifestarlo? —pregunté—. Si yo pudiera entender mi vida y hablar acerca de ello, la entristecería prodigiosamente, le aseguro.

—Usted tiene un carácter melancólico. Debería vivir más afuera, plantar patatas, hacer heno, disparar, cazar, tropezar en zanjas y volver a casa embarrado y hambriento para la cena. Eso sería mucho mejor que abatirse en su torre odiando todo.

—Es mucho más solitario allá —murmuré a modo de apología, sintiendo que Miss Lammas tenía toda la razón.

—Entonces cásese y discútalo con su esposa —sonrió—. Cualquier cosa es preferible a estar solo.

—Soy una persona muy apacible. Nunca discuto con nadie. Usted puede intentarlo. Lo encontrará más que imposible.

—¿Me permitirá intentarlo? —preguntó, siempre sonriendo.

—Por supuesto, pero solamente como fase preliminar —respondí.

—¿Qué quiere decir? —preguntó, volviéndose rápidamente hacia mi.

—Oh, nada. Usted puede intentar seguir mi punto de una perspectiva de discusión, no me imagino como lo hará. Pero terminará recurriendo al inmediato y directo abuso.

—No. Solo le diré que si a usted no le gusta su vida, es su propia culpa. ¿Cómo un hombre de su edad puede hablar de melancolía, del vacío de la existencia? ¿Es tísico? ¿Sufre alguna enfermedad congénita? ¿Es sordo como mi tía Bluebell? ¿Es pobre, tal como la mayoría de la gente? ¿Ha sido traicionado en el amor? ¿Ha perdido su mundo por una mujer, o una mujer en particular por el mundo? ¿Es usted débil mental, lisiado o marginado? ¿Es usted feo o repulsivo? —Volvió a reir—. ¿Hay alguna razón por la que usted no pudiera gozar de todo lo que tiene en la vida?

—No. No hay razón alguna, excepto de que tengo una espantosa mala suerte, especialmente con las cosas pequeñas.

—Entonces inténtelo con cosas más grandes, sólo para cambiar —sugirió Miss Lammas—. Inténtelo, y cásese, para ver cómo evoluciona.

—Si resulta mal, sería un asunto bastante serio.

—Pero no la mitad de serio que terminar abusando de todo sin razón. Si su talento particular es el abuso, abuse de algo que merezca ser abusado. Abuse de los Conservadores, o de los Liberales, no importa de cual, ya que cada uno abusa del otro. Permita que las personas se involucren con usted. Si no les gusta, a usted le gustará. Hará un hombre de usted. Llénese la boca con guijarros y aúlle al mar, si es que no puede hacer otra cosa. Demóstenes no terminó bien, pero tendrá la satisfacción de imitar a un gran hombre.

—En verdad, Miss Lammas, estoy pensando en la nómina de ejercicios inocentes que me propone...

—Muy bien. Si no le interesa nada de eso, interésese por otras cosas. Pero interésese por algo, odie algo. No sea indiferente. La vida es corta, los tiempos malos duran mucho y vienen llenos de dificultades también.

—Me interesa algo... o mejor dicho, alguien —dije.

—¿Una mujer? Entonces cásese. No lo dude.

—No sé si ella se casaría conmigo —repliqué—. Nunca se lo he preguntado.

—Entonces hágalo de una vez —respondió Miss Lammas—. Yo moriría de felicidad si sintiera que he persuadido a una criatura melancólica de lanzarse a la acción. Pregúntele, sin dudarlo, y vea que responde. Si no lo acepta al principio, tal vez lo haga la próxima vez. En tanto usted habrá entrado en la carrera.

—¿Puedo hacerle caso, Miss Lammas?

—Espero que así sea —respondió.

—Ya que usted me aconsejó, lo haré. Miss Lammas, ¿me concedería el honor de casarse conmigo?

Por primera vez en mi vida la sangre se precipitó en mi cabeza y mi vista se nubló. No puedo explicar por qué dije eso. Sería inútil tratar de explicar la extraordinaria fascinación que la chica ejercía sobre mí, o el aún más extraordinario sentido de intimidad que ella había inspirado durante esa media hora. Solitario, triste, desafortunado, así había sido durante toda mi vida, pero no era ni miedoso ni tímido. Sin embargo proponerle matrimonio a una mujer treinta minutos después de conocerla era una locura de la que nunca me habría creído capaz, y que, estando en la misma situación, nunca más volvería a sentirme capaz. Era como si todo mi ser hubiera cambiado en un momento de magia, la magia blanca de su encanto en contacto conmigo.

La sangre volvió a mi corazón, y al rato estaba mirándola fíjamente con ojos ansiosos. Para mi sorpresa ella seguía apacible, hasta que su boca sonrió, y hubo un brillo malicioso en sus ojos marrones.

—Sorpresa —respondió—. Para un individuo que pretende ser indiferente y triste, usted no carece de sentido del humor. Yo no tenía la menor idea de lo que iba a decir. ¿No sería singularmente embarazoso para usted si yo hubiera dicho ? ¡Nunca he visto a nadie que comenzase a poner en práctica tan velozmente aquello que le fue predicado, con tan poca pérdida de tiempo!

—Tal vez, nunca conoció a un hombre que hubiera soñado con usted durante siete meses antes de ser presentado.

—No, nunca —respondió alegremente—. Tiene gusto romántico. Tal vez usted sea un personaje romántico, después de todo. Si le creyera pensaría que lo es. Muy bien; usted ha seguido mi consejo, entró a una carrera extraña y perdió. Intente la carrera de postas. Tiene otra bocamanga y un lápiz. Propóngaselo a Tía Bluebell; ella quedará atónita, y hasta podría recobrar el oído.

Así fue como, por primera vez, propuse a Margaret Lammas ser mi esposa y estoy de acuerdo con cualquiera que diga que me porté como un tonto. Pero no me arrepentí de ello, y nunca lo haré. Hace mucho comprendí que en esa noche estaba fuera de mí, pero creo que la insania temporaria de esa ocasión tuvo el efecto de tornarme un hombre más sano desde entonces. Su forma de ser me dio vuelta la cabeza, porque fue muy diferente de lo que esperaba. Escuchar a esa criatura encantadora que, en mi imaginación había sido heroína de romances o tragedias, hablándome tan familiarmente y riéndose era más de lo que mi ecuanimidad podía tolerar, así que perdí tanto mi cabeza como mi corazón. Pero en primavera, cuando volví a Inglaterra, comencé a hacer ciertos arreglos en el castillo. Ciertos cambios y mejoras que serían absolutamente necesarias. Había ganado la carrera en la que entré tan precipitadamente e íbamos a casarnos en Junio.

No sé si el cambio fue debido a las órdenes que había dejado al jardinero y al resto de la servidumbre, o a mi propio estado mental. En cualquier caso, el viejo lugar no lucía igual cuando abrí mi ventana la mañana después de mi llegada. Estaba el muro gris debajo mío y las torretas grises flanqueando el edificio; estaban las fuentes, los caminos de mármol, los estanques, los setos, los lirios y los cisnes, tal y como antes. Pero había algo más... algo en el aire, en el agua, en el verde. Algo que no podía identificar... una luz que lo recubría todo por la que todo se veía transfigurado. El reloj en la torre dio las siete, y el repique de la antigua campana sonó como tañido de bodas. El aire cantaba con la conmovedora melodía de los pájaros, con la plateada música del agua y la suave armonía de las hojas mecidas por la fresca brisa matinal. Había un aroma a gramilla recién cortada desde el distante prado y a rosas florecientes que trepaba por mi ventana. Me detuve frente al amanecer y absorbí el aire, con todos los sonidos y aromas que había en él. Miré abajo, a mi jardín, y dije:

—Es el Paraíso, después de todo.

Creo que los hombres de antes estaban en lo cierto cuando decían que el Cielo era un jardín, y el Edén un jardín habitado por un hombre y una mujer, el Paraíso Terrenal. Es necesaria la repetición?

Me volví, preguntándome que había pasado con los lúgubres recuerdos que siempre asocié con mi hogar. Traté de recordar la impresión que me dio la horrible profecía de mi nana antes de la muerte de mis padres, una impresión que se mantenía suficientemente vívida. Traté de recordar mi propia forma de ser, mi abatimiento, mi indiferencia, mi mala suerte y mis insignificantes decepciones. Me esforcé en pensar como solía hacerlo, solamente para satisfacer mi idea que no había perdido mi personalidad. Pero no logré ninguno de estos propósitos. Era un hombre diferente, un ser nuevo, incapaz de apenarse, de tener mala suerte o de caer en tristeza. Mi vida había sido un sueño, no maléfico, pero infinita e irremediablemente triste. Ahora era la realidad, llena de esperanza, alegría y todo tipo de parabienes.

Mi hogar, que había sido una tumba, era ahora un Paraíso. Mi corazón petrificado como una roca sin vida, latía ese día con la fuerza, juventud y la certeza de la felicidad concretada. Empecé a gozar de la belleza del mundo y a disfrutar del encantador futuro antes de que el tiempo me los diera, como viajero que desde las planicies mira hacia las montañas y que ya degusta el aire fresco a través del polvillo del camino.

Aquí, pensaba, íbamos a vivir por años. En las noches de luna llena nos sentaríamos en la fuente. Bajo esos senderos vagaríamos juntos. En aquellos bancos descansaríamos y conversaríamos. Entre esas lomas cabalgaríamos durante el dulce atardecer, y en la vieja casa nos contaríamos historias en las noches de invierno, cuando los leños ardieran en el hogar, las bayas del muérdago estén rojas y el viejo reloj marque las últimas horas del fin de año. Un día, en estos viejos escalones, en estos pasillos oscuros y habitaciones augustas, se oirán ruidos de piececillos, y unas risas infantiles sonarán por toda la casa. Esos pequeños pasitos no serán lentos y tristes como fueron los míos ni sus palabras precoces serán dichas como tétricos susurros. No habrá ninguna galesa sombría que asuste a nadie con horrores estrambóticos ni profecías de muerte y cosas malignas. Todo será joven y fresco, encantador y feliz, y tendremos una suerte que nos hará olvidar que alguna vez hubo tristeza.

Todo eso pensaba, mientras miraba a través de mi ventana esa mañana y por muchas mañanas tras esa, y cada día todo me parecía más real que antes, y más cercano. Pero a veces la anciana nana me observaba con desaprobación y murmuraba viejos dichos sobre la Mujer del Agua. Yo era tan feliz que todo eso me importaba muy poco.

Al fin llegó el momento de la boda. Lady Bluebell y toda su tribu, como Margaret la llamaba, habían llegado a la Granja Bluebell, ya que habíamos decidido casarnos en la comarca y a continuación irnos derecho al Castillo. No nos interesaba viajar y no teníamos la mínima intención de realizar ninguna ceremonia populosa en San Jorge de Hanover Square, con todas las tediosas formalidades posteriores. Solía cabalgar todas los días a la Granja, y frecuentemente Margaret venía junto a su tía y algunos primos al Castillo. Tenía dudas sobre mi propio gusto, así que me alegraba la simple idea de permitirle a ella indicar las alteraciones y mejoras de nuestro hogar.

La boda sería el 30 de julio. La noche del 28, Margaret vino junto a algunos de sus Bluebell. En esa tarde de verano fuimos todos a dar un paseo por el jardín. Naturalmente, Margaret y yo nos alejamos un poco del grupo y nos fuimos por los estanques de mármol.

—Es una extraña coincidencia —dije—; hoy hace un año que te vi por primera vez.

—Considerando que estamos en julio —respondió Margaret con una sonrisa—, y que hemos estado aquí cada día, no creo que, después de todo, la coincidencia sea tan extraordinaria.

—No, querida —dije—, supongo que no. No sé por qué me sobresalto. Vamos a estar aquí un año después de hoy, un año después de eso y así. Lo raro es verte aquí. Pero mi suerte ha cambiado. Ya no debo temer que suceda nada raro ahora que te tengo. Seguramente todo esto es bueno.

—Un leve cambio en tus ideas desde aquella remarcable interpretación tuya en París —dijo Margaret—. Sabes que creo que eres el hombre más extraordinario que he conocido.

—Y yo creo que eres la mujer más encantadora que jamás he visto. Naturalmente, nunca deseo perder ni un segundo en frivolidades. Escuché cada una de tus palabras, seguí tu consejo, te propuse matrimonio, y este es el satisfactorio resultado. ¿Cuál es el problema?

Margaret se detuvo de repente, y su mano se aferró a mi brazo. Una anciana estaba viniendo por el camino y la vimos recién cuando estaba casi frente a nosotros, ya que la luna había salido y estaba brillante en nuestros rostros. La mujer era mi antigua nana.

—Sólo es Judith, querida, no te asustes —dije. Entonces le dije a la galesa—: ¿Qué haces, Judith? ¿Estabas alimentando a la Mujer del Agua?

—Ay, cuando el reloj marque la hora, Willie, mi Señor —susurró la anciana, moviéndose a un lado para dejarnos pasar, y clavando su extraña mirada en la cara de Margaret.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Margaret, cuando la dejamos atrás.

—Nada, querida. La vieja está medio loca, pero tiene buen alma.

Nos quedamos en silencio por un momento, mientras íbamos a un puente rústico por encima de la gruta artificial desde la que el agua corría con velocidad a través de sus angostos canales por todo el parque. Nos detuvimos y reclinamos sobre la baranda de madera. La luna estaba ahora detrás de nosotros, y alumbraba estanques, muros y torres del Castillo.

—¡Qué orgulloso debes sentirte de este lugar, tan grande y antiguo! —dijo Margaret, suavemente.

—Es tuyo ahora, querida —respondí—. Tienes tanta razón para amarlo como yo, pero yo sólo lo amo porque tu estás en él, querida.

Su mano se soltó y ambos nos quedamos en silencio. Cuando el reloj comenzó a repicar allá lejos en la torre, conté: ocho, nueve, diez, once. Miré mi reloj. Doce, trece, y reí. La campana siguió sonando.

—El viejo reloj se volvió loco, como Judith —exclamé.

Aún seguía sonando, nota tras nota repicando monótonamente a través de la quietud de la noche. Nos reclinamos sobre la baranda, instintivamente mirando en la dirección en la que venía el sonido. Y seguía sonando. En absoluta curiosidad, conté cerca de cien. Evidentemente algo se había roto, ya que la cosa seguía sonando.

De repente un crujido como de madera rota, un grito, un fuerte salpicón, y estaba solo, aferrado al extremo quebrado de la baranda del puente rústico.

Ni siquiera lo pensé mientras mi pulso subía al doble. Me zambullí del puente al torrente de agua oscura y nadé hacia el fondo, regresando con las manos vacías y volviendo a sumergirme hacia la gruta, en la espesa oscuridad, lanzándome hacia cada recodo y golpeando mi cabeza y manos contra las rocas y las esquinas hasta entrelazar algo en mis manos que lo arrastré hacia arriba con toda mi fuerza. Grité y pegué un alarido, pero no había respuesta.

Estaba solo en la negrura de la noche con mi carga, a unas quinientas yardas de la casa. Aún pegando brazadas, sentí una superficie firme bajo mi pie, y vi un rayo de luna en la apertura de la gruta, mientras las aguas profundas iban dando paso a una corriente más limpia y de menos profundidad. Tropecé en las rocas hasta que al final pude dejar el cuerpo de Margaret en un banco, en la inmediación del parque.

—¡Ay, Willie, cuando el reloj repicó! —dijo la voz de Judith, la nana galesa, mientras bajaba y miraba el rostro pálido. La anciana habría pegado la vuelta y siguió nuestros pasos, viendo el accidente y descendiendo por la puerta inferior del jardín—. Ay —bramó—, has alimentado a la Mujer del Agua esta noche, Willie, mientras el reloj estaba repicando.

Apenas la escuchaba, de rodillas sobre el cuerpo inanimado de la mujer que amaba, friccionando sus húmedas y blancas sienes y observando fijamente sus grandes ojos. Sólo recuerdo su primera mirada al recuperar la conciencia, su primera bocanada de aliento, el primer movimiento de aquellas manos que se aferraron a las mías.

Esta no es una gran historia. Pero es la historia de mi vida. Sólo eso. Y no pretende ser nada más.

La vieja Judith dijo que mi suerte cambió esa noche de verano mientras estaba bregando en el torrente para salvar todo aquello por lo que valía la pena vivir. Un mes más tarde había un puente de piedra sobre la gruta, y Margaret y yo nos paramos encima, mirando el Castillo a la luz de la luna, como hacíamos antes y como hemos hecho muchas veces más después de eso. De todas estas cosas que pasaron hace diez años, siendo ésta la décima Nochebuena que pasamos juntos en torno a los leños crujientes de la vieja chimenea, hablamos cuando conversamos sobre los viejos tiempos; y cada año que pasa, hay más viejos tiempos de los cuales hablar.

Hay niños de cabello arremolinado, ambos con cabello rubio rojizo y ojos marrón oscuro, tal como los de la madre, y una pequeña Margaret, con ojos negros como los míos. ¿Por qué no se pareció a su madre, como los demás?

El mundo parece más vivo en estas gloriosas Navidades, y tal vez es inútil recordar la tristeza de antaño, salvo para tener la impresión de que el fuego del hogar es más divertido, el rostro de la esposa luce más alegre y las risas de los niños suenan más felices, en contraste con todo aquello que se ha ido. Tal vez, algún joven de cara triste, indiferente y melancólico, que siente que el mundo es muy hueco y que la vida es como un servicio funerario perpetuo, tal y como yo sentía antes, pueda tomar coraje de mi ejemplo y, habiendo encontrado a la mujer de su corazón, le pida casamiento después de media hora de conocerla. Pero, en general, no recomendaría a ningún joven proponer matrimonio así, por el simple motivo de que nadie podría encontrar una esposa como la mía, con lo cual, estando obligado a hacerlo, le iría necesariamente mal. Mi esposa ha hecho milagros, pero no aseguraría que cualquier otra mujer fuera capaz de seguir su ejemplo.

Margaret siempre decía que el lugar era hermoso y que yo debía estar orgulloso. Me atrevo a decir que tiene razón. Siempre tuvo más imaginación que yo. Pero tengo una buena respuesta, clara, que es ésta: toda la belleza del castillo proviene de ella. Ella ha respirado en él, mientras los niños soplaban sobre el vidrio frío durante el invierno; y así como sus alientos cálidos cristalizaban paisajes de reinos de hadas, llenos de formas exquisitas y huellas sobre la superficie blanca, su espíritu transformó cada roca gris de las viejas torres, cada añoso árbol y risco en los jardines, cada pensamiento en mi apesadumbrada mente. Todo lo que era viejo, se tornó joven, y todo lo que era triste, feliz, y ahora soy el más feliz de todos. De cualquier forma que pueda ser el cielo, no existiría paraíso terrenal sin una mujer, así como no hay lugar tan desolado, espantoso y extremadamente miserable que una mujer no pueda hacerlo parecer el cielo para el hombre que ella ama y que la ama.

Escucho algunas risas cínicas y gritos de que todo esto ya ha sido dicho antes. No ría, mi buen cínico. Aún eres demasiado chico para reír ante cosa tan grande como el amor. Muchos han rezado antes, y tal vez tú tengas tus propias oraciones. No creo que se pierda nada por repetirlas, ni tú te echarás a perder por tal cosa. Dices que el mundo es amargo, y está bañado por las Aguas de la Amargura. Ama y la vida te hará ser amado; entonces el mundo se tornará dulce para ti y podrás descansar, tal como yo, junto a las aguas del Paraíso.

F. Marion Crawford (1854-1909)




Relatos góticos. I Relatos de Francis Marion Crawford.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Francis Marion Crawford: Junto a las aguas del paraíso (By the Waters of Paradise), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

Anónimo dijo...

kozagoo: que puedo decir.....simplemente exepcional......tiene un gran mensaje...y es que apesar de todo hay k entender k la vida no es mas que nuestra amante ingrata



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