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Yo, el vampiro: Henry Kuttner; relato y análisis

Yo, el vampiro (I, the Vampire) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Henry Kuttner (1915-1958), publicado en la edición de febrero de 1953 de la revista pulp Weird Tales.

Yo, el Vampiro barre con todos los estereotipos del vampiro del relato gótico, transformándolo en alguien digno de compasión, en una víctima de su propia condición de criatura antinatural.

Mart Prescott, el protagonista de la historia, asiste a una fiesta donde se reúnen varias celebridades del cine. Allí conoce a Pierre Futaine, un misterioso actor contratado para encabezar una película de vampiros. El rodaje del film, llamado Sed Roja (Red Thirst), se ve perturbado por la muerte de la actriz protagónica, Sandra Colter.

Uno de los camarógrafos le revela a Prescott un hecho inexplicable: Futaine no puede ser captado por las cámaras.

Tras la sospechosa muerte del camarógrafo, Prescott acude a la casa de Futaine. Lo encuentra con Jean Hubbard, otra despampanante actriz. Después de una breve escaramuza Futaine derrota a Prescott y lo obliga a seguirlo. Es allí cuando aquel confiesa ser un vampiro real. Se ha enamorado de Jean por su similitud con Sonya, su antiguo amor asesinado por la estaca implacable de un sacerdote.

Yo, el Vampiro concluye de un modo notable, sin paralelos con cualquier otro cuento de vampiros del período. Futaine ingresa en su cripta y libera a Prescott. No obstante, antes de marcharse le deja un cuchillo y la llave de plata de su cripta para que éste pueda destruirlo.

Una trama similar a la de Yo, el vampiro, quizás un homenaje, puede encontrarse en la película de vampiros de 2000: La sombra del vampiro (Shadow of the vampire), donde el actor que encarna a Nosferatu, Max Schreck, es un vampiro real.





Yo, el vampiro.
I, The Vampire, Henry Kuttner (1915-1958)

I. El caballero Futaine

La fiesta era aburrida. Yo había llegado demasiado pronto. Hubo antes un pase privado en el Grauman's Chinese, y varios de los invitados más importantes del party llegaron cuando ya casi se acababa. Para colmo, Jack Hardy, director de cine de la productora Summit Pictures, con quien yo había trabajado como ayudante, aún no había aparecido por allí, y eso que era el anfitrión. Pero Hardy nunca se hacía notar por su puntualidad.

Salí al porche y me apoyé en una columna, sorbiendo lentamente mi cocktail y contemplando desde allí las tintineantes luces de Hollywood. La mansión de Hardy se alzaba en la cumbre de una baja colina que dominaba la capital del cine, cerca de Falcon Lair, la famosa villa, por no decir castillo, de Valentino.

Sentí un escalofrío. Desde Santa Mónica ascendía la neblina, velando las luces por el oeste.
Jean Hubbard, una muchacha algo ingenua que trabajaba en la Summit, se acercó hasta mí y me quitó la copa de la mano.

—Hola, Mart —me dijo y tomó un sorbo de mi copa—, ¿dónde te has metido últimamente?

—Ando por ahí, con el equipo de Murder Desert, haciendo localizaciones en Mojave —le respondí—. ¿Me echabas de menos, cariño?

La apreté contra mí. Me sonrió alzando sus finas cejas, que ponían un delicioso toque de diablesa en su carita adorable. Alguna vez había pensado en casarme con ella, pero nunca supe cuándo hacerlo.

—Te he echado de menos. —aproximando sus labios a los míos y se los besé.

—¿Y qué hay de ese vampiro? —le pregunté después.

—¡Ah, el Caballero Futaine! —dijo sonriendo burlona—. ¿No has leído el guión de Lolly Parsons paraScript? Jack Hardy contrató a ese tipo el mes pasado en Europa y se lo trajo enseguida... Dicen que será una buena publicidad.

—¡Pues tres hurras por la publicidad! —dije— Recuerda lo que hicieron con El nacimiento de una nación... Aunque ahí, la verdad, no había sitio para un vampiro, desde ningún punto de vista.

—El Caballero Futaine es un hombre realmente misterioso. Nadie ha podido fotografiarle; la verdad es que nadie le ha visto... Sólo Weird Tales ha hablado de su vida en París. Por eso se han inventado lo de que es un vampiro de verdad, para dar publicidad a la película... Trabajará también en Sed roja, dirigida y producida por Jack... Quieren hacer con él lo que la Universal hizo con Karloff gracias a Frankenstein. El Caballero Futaine —añadió Jean con tono zumbón— para mí que es el camarero de cualquier café cantante de París;  yo  tampoco  le  conozco,  pero  estoy  segura  de  no equivocarme... Mart, la verdad es que quiero pedirte que hagas algo por mí... Bueno, y por Deming...

—¿Hess Deming? —levanté las cejas extrañado.

Hess Deming era el actor más importante de la Summit, su gran estrella, y su esposa, Sandra Colter, acababa de morir dos días antes. También era actriz, aunque no tan famosa como su marido. Hess la adoraba, todos lo sabíamos. No me imaginaba qué podía hacer yo por él.

—He oído decir que está muy afectado, que anda por ahí dando tumbos como una peonza —apostillé.

—Creo que quiere matarse —dijo Jean muy triste—. Yo... me siento responsable de lo que le pueda pasar, me preocupa mucho, Mart. Después de todo, fue él quien me llevó a la Summit. Ahora está realmente afectado.

—Bueno, veré qué puedo hacer —le dije—. Pero no creo que el trato sea justo; llevarte a la Summit fue lo mejor que pudo hacer Hess, desde luego, pero no sé si ahí empecé a perderte, Jean...

Me callé. No quería hablar más de eso. Jean asintió.

—Intenta ayudarle, de todas formas —me dijo—. La muerte de Sandra ha sido un golpe muy duro para él.

—¿Cómo ocurrió? Estaba fuera, leí algo, pero...

—Murió, sin más —dijo Jean—. De anemia perniciosa, dicen. Pero, según Hess, en realidad los médicos no saben qué le ocurrió a Sandra... Comenzó a adelgazar y a debilitarse, hasta que murió en poco tiempo.

Asentí, besé a Jean y entré de nuevo en la casa. Antes de salir había visto deambulando por allí a Hess Deming con una copa en la mano. Se volvió al sentir mi palmadita en la espalda.

—¡Hola, Mart! —me dijo con voz de borracho.

Aunque podía sostener en su mano una copa, me pareció, por sus ojos enrojecidos, que pendía de una cuerda. Era un capullo bien guapo, de acuerdo, grande y fuerte, vale, con unos ojos grises más que azules y una boca perfecta y siempre sonriente, muy bien... Pero la verdad es que ahora no sonreía. Estaba hecho una pena, tenía una cara horrible, bañado en sudor.

—¿Sabes lo de Sandra? —me preguntó.

—Sí —respondí—. Lo siento muchísimo, Hess.

Vació de un trago lo que le quedaba en la copa e hizo un gesto de desagrado, mientras repasaba sus labios con la lengua.

—Estoy borracho, Mart —me confió—. Tengo que estarlo, y cuanto más lo esté, mejor... He pasado unos días terribles. Y ahora, incinerar a Sandra, eso me resulta espantoso.

No dije una palabra.

—Sí, Mart, tengo que incinerarla, ¡Dios mío! —siguió lamentándose—. Un cuerpo tan hermoso como el suyo, reducido a cenizas. Antes de morir me hizo prometerle que la haría incinerar.

—La cremación es el mejor final, Hess, lo más limpio —le dije—. Sandra fue una chica preciosa y limpia, además de una gran actriz.

Acercó mucho su cara sudorosa a la mía.

—Sí —dijo—, pero es que no quiero incinerarla. Antes, me mato, Mart. ¡Dios mío! —y dejó su copa en una mesa, y comenzó a mirar a su alrededor, dando vueltas como una peonza que empieza a perder fuerza.

Me pregunté por qué razón habría dispuesto Sandra que la incinerasen. Había leído una entrevista que le hicieron tiempo atrás, en la que manifestaba su horror al fuego y decía que por nada del mundo querría ser incinerada cuando muriese. Las estrellas dicen muchas tonterías en las entrevistas, pero aquello no lo parecía. Debía de saber por qué tenía Sandra tanto miedo al fuego. Una vez la vi en el plato sufrir un ataque de histeria, porque en un descanso del rodaje su compañero de escena encendió una pipa cerca de ella.

—Disculpa, Mart —me dijo Hess, deteniéndose—. Voy a buscar otra copa.

—Espera —dije tomándole por el brazo—. Mira cómo estás, Hess, creo que has bebido demasiado.

—Sí, estoy un poco tocado —respondió—, pero aún debo estarlo mucho más —y siguió, aunque se detuvo tras dar unos pasos vacilantes, para volverse hacia mí con sus ojos de borracho y decirme—: Limpio. Eso es lo que Sandra dijo. La incineración es algo limpio. Sí, eso fue lo que Sandra me dijo, Mart. Dijo que la cremación es una muerte definitiva y limpia. Pero, ¡Dios mío! Ese cuerpo tan blanco y tan hermoso. ¡No puedo hacerlo, Mart, no puedo, me voy a volver loco! Dame un trago, por favor te lo pido, sé buen amigo.

—Espera, Hess, te traeré una copa. —le dije, pero no que me disponía a llevársela llena de agua.

Se dejó caer en una silla, dándome las gracias en un susurro. Mientras me alejaba de él me sentí mal. Había visto a muchos actores despeñarse como lo estaba haciendo Hess. Tuve la sensación de que su carrera comenzaba a irse al garete. Empezaría a sufrir largos tiempos de espera entre una película y otra; su desastrosa apariencia personal lo iría apartando del cine, y al final, para combatir la pobreza, no tendría más remedio que aceptar papeles de poca monta y mal pagados en seriales. El final más probable para Hess quizá fuera el de tantos: hallado muerto en el dormitorio de un modesto apartamento de Main Street, con la espita del gas abierta. Había un montón de gente en el bar.

—¡Hombre, aquí está Mart! —oí decir a alguien—. Ven a conocer al vampiro.

Me quedé mudo. Vi a Jack Hardy, el anfitrión, mi jefe, el director con el que había trabajado, apoyado en la barra del bar con toda la pinta de ser un cadáver que aún se sostuviera en pie. Recordaba haberle visto mucho peor cara alguna vez, si bien nunca me había causado tan mala impresión, ni en la peor de sus borracheras... Un tipo bien borracho, o bien colocado de marihuana, no podía tener un aspecto tan desastroso como el suyo. Nunca le había visto con aquella pinta de cadáver. Parecía haber perdido toda tensión nerviosa, como si no le circulara la sangre.

La última vez que lo vi parecía incluso saludable, con sus buenos bíceps, con su mata de cabello amarillo, por no decir muy rubio, con su cara fea pero natural. Ahora, la verdad, parecía un esqueleto al que aún le colgaran algunos pellejos, sobre todo en la cara, con aquellas bolsas negras alrededor de los ojos, tan negras como el pañuelo de seda que llevaba al cuello, tan negras como la pequeña cicatriz que asomaba por el pañuelo.

—¡Por Dios, Jack! —exclamé—. ¿Qué demonios te pasa? Levantó los ojos y me miró.

—Tranquilo, hombre, estoy bien —dijo—. Quiero que conozcas al Caballero Futaine. Le presento a Mart Prescott.

—Hola, soy Pierre, nada más —me dijo una vocecilla—. Creo que no es Hollywood un lugar en el que valgan los títulos, así que llámeme Pierre, sólo Pierre. Señor Mart Prescott, el placer es mío — concluyó alargándome su mano.

Miré de arriba abajo al Caballero Futaine. Estrechamos nuestras manos. Mi primera impresión fue la de hallarme ante un tipo seco, frío como el hielo; quizá solté su mano rápidamente, sin estrechársela el tiempo necesario como para ser correcto y educado. El Caballero Futaine seguía sonriéndome, sin embargo. Un tipo encantador, el Caballero. O eso me pareció, a pesar de todo. Blando, más bien bajo y de poco peso, su cara se me antojó extrañamente juvenil,  incongruentemente juvenil,  más  bien. Llevaba el cabello rubio muy repeinado, aplastado. Me fijé especialmente en sus mejillas sonrosadas, acaso excesivamente sonrosadas, lo que me hizo suponer que iba maquillado. Pero bajo aquel tono sonrosado acerté a ver, gracias a que lo examinaba con mucha atención, una palidez propia de quien está enfermo, algo así. O puede que fuese que no tenía un buen cutis. No llevaba pintados los labios, sin embargo. Los tenía tan rojos como la sangre.

Iba  perfectamente afeitado, eso sí, y vestía un smoking impecable. Tenía los ojos negros como una piscina llena de tinta.

—Encantado de conocerle —le dije—. Usted es el vampiro, ¿no? Sonrió.

—Bueno, de alguna manera hemos de rendir tributo al gran dios de la publicidad, ya sabe, señor Prescott. Su nombre es Mart, ¿no?

—Sí. —respondí sin dejar de mirarle con atención.

Vi entonces que también él me miraba con atención, que pasaban sus ojos sobre mí mientras se le iluminaba la cara extraordinariamente, con expresión a la vez amable y descreída, distante; como si me examinara con gran agudeza. Me volví al observar que se acercaba hasta nosotros Jean.

—¿Es el Caballero? —preguntó.

Pierre Futaine estaba ante ella, con una sonrisa en los labios.

—Hola, Sonya. —dijo el Caballero.

—¿Sonya? —se extrañó Jean. Los presenté como era debido.

—Ya ve usted, no me llamo Sonya. —dijo Jean.

El Caballero movió la cabeza contrariado, con una extraña expresión en sus ojos negros.

—Perdone —se disculpó con la vocecilla aún más blanda—. Es que conozco a una chica exactamente igual a usted. Exactamente igual a usted. ¡Qué extraño!

—¿Me disculpa? —dije al darme cuenta de que Jack Hardy se alejaba del bar.

Salí tras él. Antes de que alcanzara el porche le di un golpecito en el hombro y se volvió con su cara tan pálida que parecía una máscara.

—¡No me toques, Mart, maldito seas! ¡Me has asustado! —me soltó malhumorado.

No le hice caso y lo abracé.

—¿Qué demonios te pasa? —le pregunté—. Mira, Jack, a mí no me engañas, no puedes mentirme, lo sabes bien. Ya te he ayudado alguna vez y estoy dispuesto a hacerlo de nuevo, si es necesario. Permite que lo haga.

Su rostro pareció aún más arruinado, pero ahora por la tristeza. Se le fue la cólera y me tomó las manos. Las suyas estaban tan frías como las del Caballero Futaine.

—No puedes hacer nada, Mart —me dijo—. Además, ¿por qué? Estoy bien, de veras. Lo pasé estupendamente en París.

Estábamos contra una pared muy blanca. De repente, y de manera involuntaria, me vino a la mente algo que me salió de inmediato por la boca sin pararme a meditar.

—¿Qué tienes en el cuello? —le pregunté abruptamente. No respondió. Se limitó a negar con la cabeza.

—He tenido una pequeña infección de garganta —me dijo tras la pausa—. Por eso llevo puesto el pañuelo, hay mucha neblina.

Se tocó la garganta. Se tocó la pequeña cicatriz negra. Sentí entonces a mi espalda un rumor, algo así como lo que harían los sapos en una charca respirando al unísono, un ruido no precisamente humano. Me volví y era Hess Deming. Sollozaba un poco más allá, junto a la puerta. Le caía la saliva por la barbilla y tenía los ojos aún más rojos que antes.

—Sandra también murió de una infección en la garganta, Hardy, estoy seguro. —dijo con una voz que, de tan inexpresiva, me pareció venir de ultratumba.

Jack siguió en silencio. Dio un paso atrás, hasta apoyarse en la pared.

—Empezó a ponerse blanca y se murió —siguió lamentándose Hess–. El médico dijo que no tenía ni idea de lo que le pasaba, pero anemia perniciosa. ¿Tú tienes alguna enfermedad que hubieras podido contagiarle a Sandra, Jack? Porque, si es así, te mataré.

—¿Cómo? —dije—. ¿Una infección de garganta? No comprendo nada...

—Sandra tenía también dos pequeñas marcas en el cuello, a la altura de  la  garganta —siguió  diciendo Hess—. Dos marcas pequeñitas, muy juntas. Pero eso no pudo matarla, sólo una enfermedad contagiosa, quizás...

—Estás loco, Hess —le dije—. Estás muy borracho. Escucha: Jack no tuvo nada que ver con... eso.

Hess no me miraba. Miraba a Jack Hardy con los ojos ahora inyectados en sangre. Volvió a dirigirse a él en su monótono y amenazante tono de ultratumba:

—¿Crees que Mart tiene razón, Jack? Dime si lo crees. —Los labios de Jack permanecieron agónicamente sellados.

—¡Vamos, Jack, dile que no tiene razón, díselo! —lo animé a que hablara.

Hardy hizo un gran esfuerzo para que le saliese la voz.

—No veía a tu mujer desde hace mucho tiempo, Hess. —dijo apesadumbrado.

—Esa no es la respuesta que quiero oír. —murmuró Hess y se abalanzó sobre el otro.

Hess estaba muy borracho y Jack muy débil, por lo que era difícil que pudieran pelearse como es debido. Se enzarzaron, en cualquier caso, lo que me obligó a intervenir. Hess, sin embargo, alcanzó a Jack con un manotazo cuando estaba a punto de separarlos. Le dio de lleno en la pequeña cicatriz del cuello, haciendo que le sangrara un poco. Vi entonces las marcas que tenía Jack Hardy en el cuello. La leve línea negra se había transformado en dos pequeños puntos rojos a la altura de la yugular.


II. La cremación de Sandra

—Mart —me dijo—, a la caída de la tarde vamos a rodar en el estudio una escena de Sed roja, en el plató 6. Han decidido que seas el nuevo asistente de dirección, no sé por qué no te lo anunció el propio Jack anoche. Últimamente anda bastante despistado...

—Gracias, encanto —respondí—. No sabía que estuvieses en el equipo de rodaje.

—Es que no lo estaba —me dijo—; alguien ha decidido que trabaje en esto hoy mismo, creo que ha sido el Caballero Futaine. El jefe me llamó hace un rato para decírmelo y para pedirme que te llamara, ya ves. La verdad es que estoy hecha polvo, he pasado una noche horrible y hubiera preferido descansar.

—Lo siento —le dije—. Estabas muy bien cuando me largué de la fiesta.

—He tenido una pesadilla horrible —comenzó a contarme lentamente, con voz pastosa—. Una cosa muy rara, y a la vez divertida, o al menos eso me parece ahora, aunque no puedo recordar muy bien de qué se trataba, sólo guardo imágenes confusas. En fin. ¿Vas a estar en casa? Si quieres paso luego a recogerte.

Dije que sí, pero no pude mantener mi promesa porque Hess Deming me telefoneó para pedirme que le fuera a recoger a su casa de Malibú para llevarlo al crematorio. Dijo que no tendría fuerzas para sostener entre sus manos el volante del coche y conducirlo hasta donde se haría la incineración de Sandra. En veinte minutos estuve en la casa de playa de Deming. Me abrió el criado, que me hizo una respetuosa reverencia para darme la bienvenida.

—El señor Deming está muy mal —me dijo—. Se ha pasado la mañana bebiendo ginebra.

Oí la voz de Hess desde la segunda planta.

—¿Eres tú, Mart? Vale, enseguida estaré listo. ¡Sube, Jim!

El criado japonés me miró como si me pidiera permiso y se fue escaleras arriba. Me acerqué a una mesa llena de revistas para echarles un vistazo. Por la ventana entornada entraba una brisa suave y agradable. De entre el montón de revistas cayó un papel, al que eché también un vistazo. Lo que leí, sin embargo, llamó poderosamente mi atención. Era una nota dirigida a Hess y decía:

Querido Hess, estoy segura de que voy a morir muy pronto y quiero que hagas algo muy importante por mí. Sé que puede parecer que he perdido la cabeza por lo que voy a pedirte, pero no me incineres, Hess. Creo que, aun muerta, sentiría el fuego y eso me aterroriza. Entiérrame en el cementerio de Forest Lawn, sin embalsamarme. Ya habré muerto cuando leas esta nota; estoy segura de que harás cumplir mi última voluntad, cariño. Viva o muerta, siempre te amaré.

Firmaba la nota Sandra Colter, la esposa de Hess. Era extraño. Muy extraño. Me preguntaba si Hess había leído aquello. Sentí unos leves pasos a mis espaldas. Era Jim, el criado japonés de Hess.

—Señor Prescott —me dijo—, vi esa nota anoche. El señor Hess aún no la ha leído. Está escrita por la señora Colter.

Estaba nervioso, leí el miedo en sus ojos, un miedo incontrolable. Señaló con un dedo la nota.

—Vea eso, señor Prescott.

Apuntaba a un pequeño borrón que oscurecía un tanto la firma.

—¿Y bien? —dije.

—Fui yo, señor Prescott, lo hice sin querer cuando encontré la nota. Aún no se había secado la tinta.

Lo miré, supongo que inquisitivamente. Noté que se ponía extremadamente nervioso al oír los pasos de Hess Deming en los peldaños, que bajaba un tanto convulso. Cada vez me impresionaba más el descubrimiento de la horrible verdad que acababa de hacer. No podía creer apenas lo que había leído. Parecía demasiado fantasioso, increíble, aunque aquella verdad se iba imponiendo poco a poco en mi mente, no había más explicación posible que eso que se colegía de la lectura de la nota y del momento en que la había encontrado Jim.

—¿Qué tienes ahí, Mart? —me preguntó Hess.

—Nada —respondí tranquilamente, doblando la nota y guardándomela en un bolsillo—. ¿Nos vamos?

Asintió y salimos. Observé que Jim nos miraba. No sé cómo definir aquella extraña mirada que tenía. La cremación se haría en Pasadena, y allí llevé a Hess. Hubiera querido quedarme a su lado, pero sabía que él no lo deseaba, que no permitiría a nadie asistir a la ceremonia de cremación de Sandra. Me pareció normal que deseara estar solo. Salí, tomé un atajo para llegar cuanto antes a Hollywood, y allí empezaron los problemas. Sufrí una avería. Las últimas lluvias habían dejado en muy mal estado las carreteras y no fui capaz de esquivar un socavón. Tuve que andar varias millas hasta encontrar el teléfono más próximo, y hube de esperar después un buen rato hasta que llegara el taxi que iba a buscarme. Eran casi las ocho de la tarde cuando llegué al estudio.

El vigilante me abrió y me dirigí raudo al plato 6. Todo estaba a oscuras. Sin resuello volví sobre mis pasos y de tan aprisa como iba a punto estuve de chocar con un hombre bajito. Era Forrest, un cámara. Soltó un par de palabrotas y me tomó por el brazo.

—¡Vaya, Mart, por poco me arrollas! Oye, ¿me harías un favor? Quiero que veas un plano que he tomado... que...

—Ahora no puedo —me disculpé—. ¿Has visto a Jean? Tengo

—De eso quería hablarte —me dijo Forrest, un tipo con cara de mono pero un magnífico cámara—. Se han largado. Jean, Hardy y el Caballero ese. Es un tipo que me da mucha risa...

—¿Te parece gracioso? Bien, telefonearé a Jean. Veré mañana ese plano que quieres mostrarme.

—No creo que encuentres a Jean en su casa —me dijo Forrest—. Se fue con el Caballero al Grove, eso oí decir. Escucha, Mart, tienes que ver ese plano. O yo no he sabido enfocar con una cámara en mi vida, y tendré que ponerme a trabajar como molinero, o ese francés es el tipo más raro al que jamás he tenido que filmar. Ven a la sala de proyección, Mart, ya tengo la cinta puesta. Quiero que veas lo que he filmado.

—De acuerdo. —dije, y le seguí a la sala de proyección.

Me senté en una butaca de la pequeña sala de proyección mientras oía a Forrest preparar el proyector en la cabina.

—A Hardy no le gustaron las tomas que hicimos —me dijo a través del interfono—, pero tengo otras que el jefe me ordenó que hiciera con la cámara automática, que dejé conectada aunque sin sonido. Quería ver cómo daba ese francés en cámara sin que supiese que lo filmábamos, mientras ensayaba la escena. Aquí lo tienes, Mart.

Oí el clic que cerraba la comunicación por el interfono. La luz blanca se estrelló contra la pantalla. Desapareció la luz y empezó la película. El plato 6. El decorado me pareció un tanto incongruente, a medias un salón victoriano con sillas barrocas y cuadros modernos. Jack Hardy entraba en cámara dando órdenes. Su cara, en la pantalla, me pareció realmente la de un muerto que mantuviese los ojos abiertos. Tenía la piel macilenta. Entró en cámara también, siguiéndole, Jean. Vestía un elegante traje sastre. Tras ella...

Pestañeé repetidamente, creyendo que mis ojos me engañaban. Algo parecido a una espesa neblina —oval y con el volumen de un hombre— se movía por allí. ¿Han visto ese nimbo de luz en la pantalla, que se produce cuando un foco da directamente en el objetivo de la cámara? Bien, pues era algo así, es lo único con lo que puedo comparar lo que vi. Pero se movía como lo haría un hombre.

Oí de nuevo el clic del interfono.

—Cuando vi el negativo —me dijo Forrest— pensé que había metido la pata, Mart, pero al revelar la película comprobé que todo estaba en orden, que no había ningún foco mal puesto en el plato.

Aquella especie de neblina oval y con la talla y movimientos de un hombre iba detrás de Jean. Ella se volvía y le dirigía una amplia sonrisa.

—Cuando se filmó eso, te juro, Mart, que Jean hablaba tranquilamente con ese francés. —añadió Forrest.

—Para la imagen, ¡ahí! —pedí a Forrest.

Cesó el movimiento en la pantalla. Jean ofrecía su flanco izquierdo a la cámara. Miré atentamente. Había observado antes algo en su cuello. Ahora lo veía con mayor claridad. Una leve marca sobre la yugular. La misma marca que había visto en el cuello de Hardy la noche anterior. No había duda.

Oí de nuevo el clic del interfono, cerrando la comunicación. Después se hizo un fundido en negro y la sala quedó a oscuras. Esperé unos instantes, pero no oí nada más en la cabina.

—¡Forrest! —lo llamé—. ¿Ocurre algo?

No recibí respuesta. No oí absolutamente nada. Era como si al proyector se le hubiese muerto el motor. Me levanté raudo y fui hasta la salida. Había dos puertas en la sala; una daba a los peldaños que subían hasta la cabina de proyección y la otra era la de salida y entrada. Subí a la cabina, con una opresión ominosa en el pecho. Forrest estaba allí. Muerto. Yacía en el suelo boca arriba, con los ojos abiertos en su cara de mono que ahora tenía un rictus trágico, con el cuello doblado de manera imposible. Parecía haber muerto de inmediato, apenas le troncharon el pescuezo. Miré al proyector y vi que se habían llevado la película. La puerta que comunicaba la cabina con el exterior estaba entreabierta. Me precipité hacia ella, aun sabiendo que no vería a nadie. El pasillo que comunicaba los platos 6 y 4 estaba vacío, alumbrado por su leve luz blanca. Todo en silencio. Oí unos pasos al fondo y vi después a un hombre. Era uno de los publicitarios y lo llamé.

—Perdone, señor Prescott, no puedo atenderle ahora. —me dijo, aunque deteniéndose.

—¿Has visto a alguien por aquí, ahora mismo? ¿Quizá al Caballero Futaine? —le pregunté casi en un grito.

Negó con la cabeza.

—No, pero... —me di cuenta de que estaba pálido y nervioso— Hess Deming se ha vuelto loco. Tengo que ponerme ahora mismo en contacto con la prensa.

Se me heló el corazón. Corrí hacia él y lo tomé de los brazos casi con violencia.

—¿Qué quieres decir, qué ha pasado? —inquirí con el corazón en un puño—. Hess estaba bien cuando lo dejé en Pasadena, un poco bebido, nada más.

Aquel hombre sudaba profusamente.

—Esto es una locura —me dijo—. Aún no sé bien qué ha ocurrido. Dicen que su mujer, Sandra Colter, revivió cuando la estaban incinerando. Al parecer la vieron a través de la ventana del crematorio, ya sabe. Dicen que gritaba y golpeaba el cristal mientras la quemaban viva. Hess no pudo hacer nada, aunque lo intentó, según me han contado. Se volvió loco, como un perro rabioso. Y por lo que acaban de contarme, está como muerto, sin reaccionar. Perdone, señor Prescott, tengo que telefonear de inmediato a los periódicos.

Se fue en dirección a los despachos de la administración del estudio.

Metí la mano en el bolsillo y saqué la maldita nota. Las palabras allí escritas parecían estremecerse ante mis ojos.

«No puede ser verdad, esto no está ocurriendo, esas cosas no pasan», decía una y otra vez para mis adentros.

No pensaba, desde luego, en que Sandra Colter hubiera vuelto a la vida. Puede que sufriera un episodio de catalepsia, nada más; era la única explicación plausible que se me ocurría. Pero, a la vez, chocaba aquello, o se conjugaba, más bien, con unas cuantas cosas más, todas realmente extrañas, que habían ido pasando en apenas unas horas. Mis conjeturas no me ofrecían una conclusión, sin embargo, pero ahí estaban. No podía volverles la espalda.

¿Qué me había dicho el pobre Forrest? ¿Que el Caballero Futaine se había ido con Jean al Coconut Grove? Bien. Había un taxi en la parada.

—Al Ambassador —dije al taxista—. Veinte pavos si me llevas en un minuto.


III. El ataúd negro

Me pasé la noche recorriendo Hollywood en vano. No encontré en el Grove al Caballero Futaine ni a Jean. Nadie sabía dónde se hospedaba el Caballero. Llamé al estudio, pero no supieron decirme nada. Me contaron de nuevo la desgracia de Hess y me hablaron de la muerte del pobre Forrest. Recorrí todos los antros de Hollywood, incluidos The Trocadero, Sardi's y los tres locales del Brown Derbies, así como los más famosos y mejores sitios del Sunset, para nada. Llamé a Jack Hardy una docena de veces, sin que alguien descolgara el teléfono.

Ya avanzaba la mañana cuando al fin, en un club privado del Culver City, pareció que me asistía la suerte.

—El señor Hardy está en la planta superior —me dijo el propietario, que me pareció nervioso—. ¿Algo va mal, señor Prescott? He oído lo de Deming...

—No pasa nada, habladurías —respondí —. Lléveme junto a Hardy.

—Es que está durmiendo —me dijo aquel hombre—. Bebió hasta caerse y tuvimos que subirlo a la planta superior.

—Supongo que no será la primera vez que lo hacen —dije—. Bueno, pues démosle café hasta que reviente. Supongo que también tendrá usted café, ¿no? Café bien cargado, por supuesto. Tengo que hablar con él como sea.

Pasó media hora hasta que Hardy pudo entender más o menos lo que le decía. Al fin se incorporó y, frotándose los ojos, me dijo:

—Prescott, ¿podrías dejarme en paz un rato?

Me acerqué a él cuanto pude y le dije pronunciando bien cada palabra, lentamente, para que me entendiese:

—Sé bien qué demonios es ese Caballero Futaine.

Esperé por una confirmación de mis temores, o porque me hiciera ver que me había vuelto loco. Pero se limitó a mirarme confiado.

—¿Cómo lo has sabido? —me preguntó al fin.

Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. Hasta ese preciso momento no había creído realmente lo que se me pasaba por la cabeza, a pesar de las evidencias que iba acumulando. Hardy acababa de ratificar mis sospechas. No respondí a su pregunta, sin embargo.

—¿Sabes lo de Hess? —le dije.

Asintió en silencio, con un gesto de tanta pesadumbre y dolor que sentí compasión por él. No pude por menos que pensar en Jean.

—¿Sabes dónde está ahora mismo ese Caballero Futaine? —le solté abruptamente.

—No. ¿A qué te refieres? —me dijo sorprendido entonces—. ¿Acaso te has vuelto loco, Mart?

—No estoy loco. Hess Deming es quien se ha vuelto loco.

Me miró con ojos de perro acobardado.

—Dime la verdad de una maldita vez —le conminé con tono agrio—. Anda, dime también por qué te salieron esas dos marcas en el cuello. ¿Cómo conociste a esa... criatura? ¿Dónde crees que puede haberse llevado a Jean?

—¡Jean! —se estremeció entonces, como si entrara en razón—. ¿Acaso él...? ¡No lo sé, Mart, no lo sé! ¡No sé dónde están! Aunque puede que... me temo que... Eres un buen amigo, Mart, siempre has sido un buen amigo y tengo que decirte la verdad. Por tu bien y por el de Jean. Lamentablemente puede que sea muy tarde para ella.

«Le conocí en París. Yo iba por ahí en busca de sensaciones nuevas, ya sabes. Pero no esperaba encontrar algo como aquello, un club satánico. Adoradores del demonio, Mart. Ya sabes lo que hacen en esos sitios, copular, blasfemar, todo eso. Allí le conocí.

«Puede ser fascinante cuando se lo propone. Pronto me cautivó y empezó a preguntarme cosas acerca de Hollywood, acerca de las mujeres de aquí, todo eso, las estrellas, ya sabes. Yo estaba encantado respondiendo a sus preguntas, hablándole de las chicas, diciéndole que sí, que eran tan hermosas como en las películas. Me escuchaba mirándome con los ojos hambrientos, Mart.

«Una noche tuve una pesadilla espantosa. Una especie de monstruo negro, que no puedo recordar bien, entraba por la ventana de mi habitación y me atacaba. Soñé que me mordía en el cuello y que no podía hacer nada para defenderme. Después quedaba en su poder.

«El Caballero, al día siguiente, me dijo la verdad de lo que había sucedido, me dijo quién era. Me había convertido en su esclavo, sin remisión posible. Sus poderes no son humanos».

Tenía secos mis labios y la garganta. Hardy prosiguió:

—Me obligó a traerlo aquí, a presentarlo a todos como mi gran descubrimiento para Sed roja. Yo le había hablado de la película antes de que ocurriese todo, antes de saber quién era en realidad.
¡Cuánto se ha reído de mí, Mart! ¡Cuánto me ha vejado desde entonces! No puedes imaginarte las cosas que me ha obligado a hacer. Y como no quería fotógrafos, ni cámaras, ni espejos, me hizo urdir esa estratagema publicitaria para presentarlo como un vampiro que se convierte en actor. A cambio, me permite seguir vivo.

Me apenaba Hardy, sabía que me estaba diciendo la verdad, pero algo en mi mente se resistía a aceptar todo aquello.

—¿De veras no sabes dónde esta Jean? —le pregunté con toda la frialdad que pude—. ¿Dónde vive ese tal Caballero Futaine?

—No puedes hacer nada, Mart, olvídalo —me dijo con gran abatimiento—. Se hizo construir una cripta bajo su casa, a la que puso una puerta especial que sólo se abre con una llave de plata que guarda él mismo. Según él, no podría derribarse esa puerta ni con una carga de dinamita.

—Bueno, si es de verdad una de esas malditas criaturas, se le puede matar. —dije.

—No es tan fácil —replicó Jack Hardy—. Sandra Colter fue una de sus víctimas. Después de morir se convirtió en vampiro, durmiendo de día y vagando por ahí de noche. El fuego la destruyó, sí. Pero te aseguro que nadie podrá entrar en la cripta de la casa de Futaine y reducirlo a cenizas.

—No estoy pensando en el fuego —dije—. Podría bastar un cuchillo...

—¡Clavarle un cuchillo en el corazón! —exclamó Hardy, súbitamente recobrado—. Sí, eso es. Y decapitarle después. Me gustaría hacerlo con mis propias manos, pero no puedo, Mart. Soy su esclavo.

No respondí; toqué el timbre de aquella habitación y poco después se hacía presente el propietario del club.

—¿Podría  conseguirme  un  cuchillo  de  carnicero?  —dije señalando con mis manos el tamaño de cómo lo quería.

Aquel hombre, acostumbrado a las más insólitas peticiones de sus clientes, asintió.

—Claro —dijo—, enseguida se lo consigo, señor Prescott.

Salí tras él.

—Mart —me dijo Hardy con voz temblorosa—. Buena suerte.

—Gracias —le dije un tanto forzadamente—. No te culpo por todo lo que ha pasado. Yo hubiera hecho lo mismo.

Allí lo dejé, postrado, mirándome con ojos que parecían clamar por su salvación desde el infierno. Empezaba a caer la tarde cuando salí de Culver City en mi coche, con el cuchillo de carnicero bajo mi abrigo. El día había pasado rápidamente. La llamé varias veces por teléfono, pero Jean no estaba en casa. Me llevó más de una hora dar con cierto tipo, un hombre que había trabajado para el estudio haciendo algunos trabajos delicados. Había pocas cosas que no supiera sobre las cerraduras, según admitía, aunque a regañadientes, la propia policía.

Se llamaba Alex Ferguson y era un sueco grande, muy fuerte, bien parecido; tenía unos dedos tan enormes, que más parecía dedicarse a cavar con una pala que a trastear en los mecanismos de las cerraduras. En tiempos fue ilusionista profesional, por lo que poseía la habilidad del mismísimo Houdini.

La puerta de la verja que aislaba la residencia del francés no ofreció resistencia a los hábiles dedos de Ferguson ni a la especie de fina lámina de acero que utilizó para abrirla. La residencia, una casa moderna de dos plantas, parecía desierta. Pero ya me había avisado Hardy de que el Caballero vivía en la cripta.

Bajamos, tras abrir Ferguson la puerta principal sin problemas, por la escalera que conducía a dicho sótano, o cripta. Llegamos así a un largo pasillo muy estrecho que concluía en una formidable pieza de acero. Era la puerta. Una puerta acerada en la que no se percibía un resquicio, salvo el mínimo necesario para introducir la llave. Ferguson se puso a trabajar de inmediato. Al principio respiraba agitadamente; luego, más sosegada su respiración, le vi el rostro bañado en sudor. Yo también sudaba, pero de impaciencia.

Un rato después, la luz de la lámpara portátil que llevaba consigo empezó a apagarse. Rápidamente insertó en la caja una nueva batería, la luz se hizo de nuevo, y me dio la lámpara para que la sostuviese mientras él echaba mano de otro artilugio que llevaba, un soplete del que salió una llama azul intensa y brillante que aplicó a la puerta.

No sirvió de nada. Acabó Ferguson por descartar el uso del soplete y volvió a utilizar las finas herramientas de acero que llevaba. Usó también un estetoscopio, con el que parecía auscultar la puerta. Pero todo fue en vano.

—No puedo abrirla—me dijo al cabo de un largo espacio de tiempo, con el rostro desencajado—. Y si yo no puedo, nadie será capaz de abrir esta puerta. Ni Houdini podría hacerlo. Sólo podrá abrirse con la maldita llave.

—Está bien, Axel, déjalo —le dije, sin más—. Aquí tienes tu dinero.

Suspiró nerviosamente, mirándome con angustia.

—¿Se va a quedar aquí, señor Prescott? —me preguntó.

—Sí —respondí—. Me quedaré un rato más...

—Bueno, pues le dejo la lámpara, ya me la dará cuando nos veamos, ¿de acuerdo?

Esperó un poco, pero como no le respondí nada, agitó la cabeza y se fue bastante contrariado. Me impresionó el silencio en el que me sentí apenas se hubo ido Ferguson. Saqué el cuchillo de mi abrigo y probé su filo pasando mi dedo pulgar por la hoja. Lo volví a guardar. No había pasado media hora cuando, silenciosamente, la puerta se abrió por sí sola unas pulgadas. Sorprendido, me levanté del suelo, donde me había sentado con la espalda apoyada en la pared, y con bastante cautela me aproximé hasta el resquicio que ofrecía a la vista aquella apertura. Vi una habitación desnuda, perfectamente acorazada, con las paredes cubiertas por láminas de acero que se me antojaron muy gruesas. Y en el medio de la misma, en el suelo, algo negro y largo. Era un ataúd.

Miré con más atención, procurando guardarme, y vi una figura leve vestida con un blanco camisón de seda. Era Jean. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en algún punto. Parecía una sonámbula. Lentamente se le acercaba un hombre, impecablemente vestido de etiqueta y perfectamente peinado, que se limpiaba los labios delicadamente con un pañuelo. Había una leve mancha carmesí en la línea que separaba sus labios.


IV. Yo, el vampiro.

Jean pasó muy cerca de donde yo observaba la escena, sin reparar en mí, a pesar de que me asomaba entonces más descuidadamente. El Caballero Futaine sí me vio, alzando las cejas con una sonrisa sarcástica y clavándome sus ojos negros.

Bajo el abrigo, sentí muy caliente en mi mano la empuñadura del cuchillo. Me dejé ver completamente, entrando en la cripta para ponerme frente al vampiro. De soslayo vi entonces que Jean, en un rincón, parecía reparar en mi presencia. El Caballero Futaine seguía sonriéndome burlón mientras jugueteaba con su pañuelo.

—Vaya, pero si es Mart, Mart Prescott —dijo lentamente.

Saqué el cuchillo, empuñándolo con fuerza, y se rió al verlo.

—Sabe a qué he venido, ¿verdad? —le dije.

—Sí, claro que lo sé; hace ya un buen rato que supe de su presencia, pero descuide, no me ha molestado ni interrumpido. Lamento que hayan sido vanos sus intentos de abrir esa puerta, pero sólo una cosa podría hacerlo.

Y sacó de su bolsillo una fina llave de plata que me mostró sin dejar de sonreír.

—Sólo esto, señor Prescott, puede abrir esa puerta, pero observe que he tenido el detalle de abrírsela yo mismo para que no desesperase. Por lo demás, señor Mart Prescott, permítame decirle que su cuchillo no sirve de nada.

—Quizá sí —dije blandiéndolo ante él—. ¿Qué le ha hecho usted a Jean?

Una expresión curiosa, acaso de dolor, veló entonces sus ojos sonrientes.

—Es mía —dijo con rabia—. Usted no puede hacer nada, porque... yo...

Me abalancé sobre él... o al menos quise hacerlo. Pero la verdad es que el cuchillo acabó en el suelo, sin que yo pretendiera soltarlo. El Caballero no se había movido, sin embargo. Sentí sus ojos clavándose terriblemente en los míos y sentí a la vez que perdía mis fuerzas, mi energía, la violencia con que había intentado atacarle. Estaba paralizado, rendido aunque no quisiera rendirme. Rígido ante su presencia. Me agaché a duras penas para recoger el cuchillo del suelo; lo hice pero no pude levantarlo amenazante contra él. Me sentí inmóvil, como una estatua.

El Caballero pasó entonces a mi lado.

—Sígame. —me dijo.

Lo seguí como un autómata, saliendo al pasillo donde antes había aguardado. ¿Qué poder hipnótico me impedía defenderme, a pesar de que intentaba hacerlo? Futaine comenzó a subir los peldaños que llevaban a la casa. Lo seguí hasta el salón y a un gesto suyo, sin poder resistirme, caí sentado en una silla. Aún no había oscurecido por completo, pero el sol se ponía por el oeste. Había a mi lado una mesa baja. El Caballero Futaine me tocó suavemente un brazo y tuve la sensación no del todo desagradable de que una fuerte descarga eléctrica me recorría el cuerpo. Cayó de nuevo el cuchillo de mis manos, yendo a parar a la mesa baja.

Jean nos había seguido, me di cuenta entonces porque la vi rígida en el salón, con los ojos inexpresivos de antes. Futaine dio unos pasos hacia ella y enlazó con un brazo su cintura. Quise hablar, pero sentí como si tuviera la boca llena de barro. Tuve que hacer un gran esfuerzo para mascullar unas palabras.

—¡Maldito sea, Futaine! ¡Déjela libre!

Se separó de ella y avanzó unos pasos hacia mí, mirándome con un profundo desprecio.

—¡Es usted un imbécil! Podría matarle fácilmente, ¿es que no se da cuenta? Podría hacer que se fuese de aquí, que anduviera hasta el callejón más sucio de Hollywood y que allí, con sus propias manos, hundiera ese cuchillo en su cuello. Tengo el poder de hacerlo, si me viene en gana. Y usted lo sabe. Lo acaba de descubrir todo. Lo sabe todo acerca de mis poderes.

—Sí —dije—. Sé bien quién es usted, un maldito endemoniado. ¡Suelte a Jean de una vez!

El rostro de la bestia se contrajo dolorosamente.

—No es suya, es mía... ¡No es Jean, es Sonya! —dijo ahora con una voz mucho más grave y gutural.

Recordé entonces la noche en que el Caballero Futaine conoció a Jean, en el party de Jack.

Leyó bien la interrogación que había en mis ojos.

—Hace muchos años conocí a una muchacha preciosa —comenzó a decir—. Era Sonya. La mataron clavándole una estaca en el pecho. Ha pasado mucho tiempo desde aquello, y ahora que he conocido a esta mujer, que es la reencarnación de Sonya, no puedo perderla. Nadie hará que me separe de ella.

—La ha convertido en un ser demoníaco, como usted mismo —logré decir aunque sentía paralizados mis labios—. Quizá tenga que matarla también.

Futaine miró entonces a Jean con angustia.

—No, usted no la matará —me respondió—. Es mía, ya tiene los estigmas de nuestra estirpe. Aunque aún está viva. No será un vampiro hasta que haya muerto. O hasta que haya probado la sangre, cosa que es preciso que haga esta misma noche.

Lo insulté con todas las palabrotas que me vinieron a la boca. Pero tocó mis labios y no pude emitir ni un sonido más, ni un lamento. Entonces se fueron. Oí la puerta al cerrarse.

Corría la noche. Todos mis fútiles esfuerzos por levantarme de aquella silla me convencieron de que no tenía escapatoria. Ni siquiera podía gritar, nada me salía de entre los labios. Más de un vez pensé con terror que acabaría volviéndome loco, irremisiblemente loco. Pensaba en Jean y recordaba las ominosas palabras de Futaine. La desesperación agónica que sentía, al no poder siquiera gritar, me hizo caer en un estado parecido al coma, del que aún no sé cuánto tiempo pasó hasta que logré recuperar la consciencia. Sólo sé que transcurrieron varias horas hasta que sentí pasos.

Abrí los ojos entonces y vi a Jean. La miré ardientemente, tratando de adivinar en ella los rasgos de la siniestra metamorfosis, pero nada aprecié, salvo las marcas en su cuello. Estaba tan hermosa como siempre. Se tumbó tranquilamente en un sofá y cerró los ojos.

El Caballero Futaine pasó ante mí y se sentó en el borde del sofá donde dormía Jean. La miraba con absoluta admiración. Ya he hablado de su rostro incongruentemente juvenil. Bien, pues ahora parecía viejo, muy viejo. Inconcebiblemente viejo.

Así estuvo, contemplando a Jean con absoluto embeleso, mucho rato. Al fin levantó los ojos para mirarme. Fue hasta mí y tocó mis labios con sus dedos. Pude hablar. Sentí que la sangre corría de nuevo por mis venas, que recuperaba mi vitalidad, que la vida volvía a mí con toda su intensidad. Moví un brazo para cerciorarme de que había cesado mi parálisis.

—Aún está inmaculada —me dijo el Caballero Futaine con mucha emoción—. No he podido hacerlo.

Me miraba comprensivo, aunque no le creí, seguí sin fiarme, esperando cualquier artimaña de su parte.

Futaine me sonrió entonces amargamente.

—Le digo la verdad, créame. Puedo convertirla en un muerto viviente, como yo mismo. Estuve a punto de hacerlo pero en el último instante decidí que sería injusto, que ella no se lo merece — miró entonces a la ventana y dijo tristemente—: Amanecerá muy pronto.

Intenté alcanzar el cuchillo, que seguía en la mesa. El Caballero Futaine se adelantó, apartándolo.

—Espere —me rogó—. Tengo que contarle algo, señor Prescott. Usted sabe qué y quién soy.

Asentí.

—Eso no quiere decir —prosiguió— que me conozca; sabe quién soy, sabe qué soy, pero no tiene ni idea del porqué, lo desconoce todo acerca de mí. Bueno, al fin y al cabo usted es un hombre, un humano, y yo soy un muerto viviente. Hace mucho tiempo fui víctima de un vampiro, y como vampiro yo mismo he vivido a través de las edades, sumido constantemente en el mismo y amargo suplicio de Tántalo. Así ha sido, señor Prescott, a través de los siglos. He conocido a Ricardo, a Enrique y a Isabel de Inglaterra. Allí por donde fui sembré el terror y la destrucción apenas caía la noche. Soy un ser ajeno a la vida. Soy un muerto viviente.

Su vocecilla parecía más apagada y meliflua según iba haciéndome aquella confesión.

Yo, el vampiro —siguió diciendo el Caballero Futaine—; yo, el que acecha en las sombras; yo, la criatura demoníaca; yo, quien hace de su existencia negotium perambulans in tenebris.

«Pero créame si le digo que no siempre fui así. En tiempos, en Turena, antes de que fuese convertido en una criatura de las sombras, amé a una dama, una joven deliciosa. Sonya. Y cuando más enamorado estaba fui víctima de un vampiro. Enfermé hasta morir. Y reviví. Ya era un vampiro. Seguía amando a Sonya, sin embargo, como aman los vampiros, por lo que la visitaba todas las noches para hacer de ella otro vampiro. Sonya, igualmente, enfermó hasta morir. Y durante un tiempo fuimos juntos a través de las noches, como vagamos los vampiros: ni vivos ni muertos. Sabía bien que Sonya no era mi Sonya, sin embargo. Tenía su cuerpo, pero Sonya era malvada. Comprendí entonces que había destruido su alma.

«Un día, abrieron su tumba y un sacerdote le clavó una estaca en el pecho, atravesándole el corazón. Luego la redujeron a cenizas. A mí no me encontraron, no hallaron dónde estaba mi ataúd. Comprendí entonces que el amor no era para mí, que el amor es algo de lo que no puede gozar un vampiro.

«Pero renació en mi corazón la esperanza cuando conocí a Jean. Habían pasado cientos de años desde que Sonya fue reducida a cenizas, pero creí haberla encontrado de nuevo. Y la tomé para mí con una fuerza que hubiera resistido cualquier empeño humano por impedírmelo.

Al Caballero Futaine le caían pesadamente los párpados sobre los ojos. Parecía infinitamente anciano.

—Ningún empeño humano hubiera podido apartarme de ella. Pero comprendí —siguió diciendo tras una pausa— que no podía condenarla a la misma existencia infernal que yo sufro. Tenía que olvidar mi amor por ella, tenía que evitarle lo que le hice a Sonya precisamente a causa del amor que la tenía. Recordé que la había destruido. Y no quise destruir también a esta encantadora muchacha.

Miré con bastante melancolía a Jean, que dormía en el sofá. El Caballero la miró también, asintiendo con un gesto lleno de ternura.

—Sí, tiene los estigmas del vampiro —dijo—. Morirá, salvo que yo sea destruido —añadió haciéndome un gesto significativo—. Si usted me hubiera clavado ese cuchillo en el corazón, ella sería libre —miró de nuevo a la ventana—: Muy pronto saldrá el sol.

Volvió a mirar a Jean con una dulzura extraordinaria.

—Es bellísima —dijo—. Demasiado bella para convertirse en una criatura infernal.

El Caballero Futaine se dirigió a la puerta. Al pasar a mi lado depositó cuidadosamente algo sobre la mesa. Ya en la puerta, se volvió para sonreírme tristemente con sus labios escarlata. Me miraba confiado, sin miedo; creo que incluso feliz. Abatió sus brazos en un gesto que podía parecer teatral, pero que no tenía nada de eso.

—Ha llegado el momento de despedirnos, amigo. Ha llegado la hora de mi muerte.

Oí sus pasos dirigiéndose a la cripta. Oí también la puerta de acero cerrándose. Ya me había abandonado por completo la parálisis. Temblaba, pues sabía que tenía que hacer lo que era debido muy pronto. No podía fallar.

Miré a la mesa baja que había junto a la silla donde seguía sentado. Junto al cuchillo vi una pequeña llave de plata.


Más relatos de Henry Kuttner. I Relatos de vampiros.


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El resumen y análisis del relato de vampiros de Henry Kuttner: Yo, el vampiro (I, The Vampire) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Warlord dijo...

Buen relarto aunque Prescot sea demasiado debil para dejarse hipnotizar

warlord dijo...

A y ademas el vampiro no conoce la palabra suicidio?