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Una tumba sin fondo: Ambrose Bierce


Una tumba sin fondo (A Bottomless Grave) es un relato fantástico del escritor norteamericano Ambrose Bierce.

Este cuento bien podría contar entre las grandes sátiras de la literatura de terror y la literatura gótica, sin embargo ha pasado, como muchos relatos de Ambrose Bierce, absolutamente desapercibido.

Ciertamente hay una faceta de Ambrose Bierce que ha sido alabada y justamente reconocida. Pero nuestra modernidad literaria parece sólo aceptar los artificios de este genio cáustico sólo cuando está ligado al horror clásico, como por ejemplo: Un habitante de Carcosa; o bien cuando su acidez se manifiesta decididamente humorística; como en El diccionario del diablo.

No obstante; la penetración y el humor de Ambrose Bierce van más allá de los juegos literarios. Fue un gran escritor, y como tal, sus mejores páginas pertenecen a la narrativa.

Una tumba sin fondo es una clara muestra de su genio.



Una tumba sin Fondo.

A Bottomless Grave
; Ambrose Bierce (1842-1914)

Me llamo John Brenwalter. Mi padre, que era borracho, tenía la patente de un invento para hacer granos de café con arcilla; pero como era un tipo honrado, no quiso dedicarse personalmente a su fabricación. Por eso nunca llegó a ser rico, ya que los derechos de su invento apenas le alcanzaban para pagar los pleitos entablados. En consecuencia, no pude disfrutar de muchas de las ventajas propias de los hijos con padres indecentes y sin escrúpulos y, de no haber sido por una madre justa y cariñosa que relegó al resto de los hermanos y se encargó personalmente de mi educación, habría crecido en la ignorancia y me habría visto obligado a dedicarme a la enseñanza. Verdaderamente, ser el hijo de una mujer buena vale oro.

Papá tuvo la desgracia de morirse cuando yo tenía diecinueve años. Como había disfrutado de una salud de hierro, él fue el primer sorprendido por el hecho, que se produjo de repente durante la comida. Aquella misma mañana le habían comunicado la concesión de la patente de un artefacto que reventaba cajas fuertes por medio de presión hidráulica sin el menor ruido. El Comisario de Patentes había considerado el invento como el más ingenioso, efectivo y digno de mérito que jamás le habían presentado, y mi padre, como era de esperar, se había hecho la ilusión de una vejez llena de prosperidad y honores. Su repentina muerte le supuso por tanto una gran decepción, aunque a mi madre, piadosa y resignada ante la voluntad de la Providencia, le afectó bastante menos. Al finalizar la comida, y una vez retirado el cuerpo de mi pobre padre, nos llevó a la habitación de al lado y se dirigió a nosotros del siguiente modo:

-Hijos, el extraño suceso que acabáis de presenciar es uno de los más desagradables acontecimientos en la vida de un hombre de bien, y uno de los que menos me gustan, os lo aseguro. Creedme si os digo que nada tuve que ver en ello. Pero desde luego -añadió tras una pausa, bajando los ojos como en profunda meditación- es mejor que haya muerto.

Dijo esto con un sentimiento tan natural que nadie se atrevió a pedirle una explicación. Y es que la actitud de sorpresa que mi madre adoptaba cuando nos equivocábamos resultaba terrible. Recuerdo que un día, después de un acceso de mal humor en el que me había tomado la libertad de arrancarle una oreja a mi hermano pequeño, sus únicas palabras fueron: -John, ¡me sorprendes!. Me pareció un reproche tan severo que, tras una noche en vela, me dirigí a ella y, entre lágrimas, me arrojé a sus pies exclamando: -Madre, perdóname por haberte sorprendido.- Todos, pues, incluyendo al crío desorejado, consideramos que nos iría mejor si aceptábamos la manifestación que acababa de hacer sin el menor pestañeo. Y prosiguió:

-Debéis saber, hijos míos, que en caso de muerte repentina y misteriosa la ley exige que se presente un forense, trocee el cadáver y entregue los pedazos a varios señores que, después de haberlos analizado, certifican la muerte. Por este trabajo el forense cobra un montón de dinero. Desearía en nuestro caso evitar esta formalidad tan dolorosa, pues es algo que nunca habría tenido la aprobación de vuestro padre. John -dijo dirigiéndose a mí con cara angelical-, tú eres un chico educado y muy discreto. Ahora tienes la ocasión de mostrar tu gratitud por los sacrificios que tu educación nos ha supuesto a todos los demás. Así que ve y acaba con el forense.

No puedo expresar con palabras lo que dicha muestra de confianza me complació, pues me daba la oportunidad de distinguirme con una acto que iba perfectamente con mi disposición natural. Entonces, arrodillándome ante ella, besé su mano y la bañé con lágrimas. Poco antes de las cinco de aquella misma tarde había acabado con el forense.

Fui detenido inmediatamente y enviado a la cárcel, donde pasé una noche de lo más incómoda, incapaz de conciliar el sueño por las blasfemias que soltaban mis compañeros de calabozo, dos curas, cuya formación teológica les había dotado de un sin fin de ideas impías y de un dominio sin par del lenguaje irreverente. Pero entrada la noche, el carcelero, que dormía en una habitación contigua y estaba siendo igualmente importunado, entró en la celda y, lanzando un tremendo exabrupto, advirtió a aquellos reverendísimos caballeros que si volvía a oír más palabrotas no tendría en cuenta su condición y los pondría de patitas en la calle. Sólo entonces bajaron el tono de su insoportable conversación y sacaron un acordeón, permitiéndome así dormir el sueño pacífico y refrescante de la juventud y la inocencia.

A la mañana me llevaron ante el juez Superior, que era quien tenía competencia en el caso, y me sometieron a los interrogatorios preliminares. Me declaré inocente alegando que el hombre al que había asesinado era un demócrata célebre (mi madre, que era republicana, me había instruido, desde mi más tierna infancia, en los principios de un gobierno honrado y en la necesidad de acabar con la oposición facciosa). Al juez, que había sido fraudulentamente elegido en un colegio electoral republicano, mi alegato le impresionó sensiblemente y me ofreció un cigarro.

-Con la venia, su Señoría -comenzó el fiscal-. No considero necesario presentar prueba alguna en este caso. Usted preside la sala como magistrado y, con la ley en la mano, su misión es resolver. Testimonios y pruebas supondrían, por igual, poner en duda la voluntad de su Señoría de llevar a cabo dicha misión aceptada bajo juramento. Por tanto no tengo más que añadir.

Mi abogado, hermano del difunto forense, poniéndose en pie dijo:

-Con la venia de la Sala. El representante de la acusación ha manifestado tan clara y elocuentemente que es tarea de ley entender en este caso que sólo me queda demandar hasta qué punto él mismo se ha ajustado a ella. Ciertamente, su Señoría, usted ha de resolver. ¿Y qué va a resolver? Eso es algo que la ley deja sabia y justamente a su elección, e inteligentemente usted siempre se ha eximido de las obligaciones que la legislación impone. Desde que le conozco, su Señoría ha resuelto cometer cohecho, hurto, incendio, perjurio, adulterio, asesinato, en definitiva, todos y cada uno de los delitos previstos en el código y todos los excesos típicos de seres desaprensivos y depravados, entre los que incluyo al representante del ministerio público. Ha cumplido pues, ampliamente, el cometido de resolver y, como no hay pruebas contra mi respetable joven cliente, solicito su libre absolución.

Hubo un silencio impresionante. El juez se levantó, se puso el birrete y, con una voz llena de turbación, me condenó de por vida, ordenando mi puesta en libertad. Entonces se volvió hacia mi abogado y le espetó fría pero significativamente:

-Ya nos veremos.

A la mañana siguiente, aquél que tan concienzudamente me había defendido contra la acusación de homicidio en la persona de su hermano (con el que, por cierto, había tenido un altercado por la propiedad de unas tierras), había desaparecido y hasta el día de hoy se ignora su paradero. Entretanto, el cuerpo de mi padre había sido clandestinamente enterrado a medianoche en el patio de su último domicilio, con sus botas puestas y las vísceras sin analizar. -Estaba en contra de todo exhibicionismo -dijo mi madre mientras acababa de apisonar la tierra sobre su cuerpo y ayudaba a sus hijos a esparcir paja sobre su tumba-; sus instintos eran hogareños y amaba la vida tranquila.

En la solicitud que mi madre hizo del acta de defunción manifestaba que tenía buenas razones para creer que mi padre había fallecido, pues hacía días que no aparecía por casa a comer; pero el juez de la Sala de Usurpasucesiones -como más tarde mamá siempre la llamaría con desprecio- decidió que las pruebas eran insuficientes y puso la herencia en manos del Administrador Público, que era su yerno. Se comprobó que los haberes eran iguales a las deudas; sólo quedaba la patente del artilugio para reventar cajas fuertes silenciosamente, que había pasado a pertenecer ahora al juez que intervino en el asunto y al Administraidor Público. De este modo, una familia digna y respetable se vio rebajada del bienestar al delito en unos pocos meses: la necesidad nos obligó a trabajar.

En la selección de quehaceres nos regimos por una serie de consideraciones tales como capacidad personal, preferencias, etc. Mi madre abrió una selecta escuela privada en la que enseñaba el arte de cambiar las pintas en las alfombras de piel de leopardo; mi hermano mayor, George Henry, aficionado a la música, se hizo corneta en un asilo para sordomudos que había cerca; mi hermana Mary María aprendió a preparar la Esencia de Llavines del Profesor Pan de Centeno, que daba diferentes sabores a las aguas minerales, y yo me establecí como ajustador y dorador de vigas para horcas. El resto de los hermanos, demasiado jóvenes aún para trabajar, siguieron robando pequeños artículos, tal y como se les había enseñado. Durante los ratos de ocio engañábamos a los viajeros para que se alojaran en casa y, después de robarles, enterrábamos sus cuerpos en la bodega.

En una parte de esta estancia teníamos vinos, licores y provisiones. Como se agotaban con mucha rapidez, creímos supersticiosamente que las personas allí enterradas salían por la noche y celebraban una fiesta. Más de una mañana, a pesar de que la puerta había sido cerrada y atrancada contra cualquier intruso, descubrimos trozos de carne adobada, latas de conserva vacías y desperdicios por el estilo tirados por el suelo. Alguien propuso tomar las provisiones y almacenarlas en otro lugar, pero nuestra madre, siempre tan generosa y hospitalaria, dijo que era mejor hacer frente a las pérdidas que exponernos arriesgadamente. Si les negábamos esa insignificante gratificación a los fantasmas podrían poner en marcha una investigación que acabaría con nuestro esquema de división del trabajo y desviaría las energías de toda la familia hacia la tarea que yo ejercía: pasaríamos uno a uno a decorar con nuestros cuerpos las vigas de las horcas. Aceptamos pues su decisión con sumisión filial, ya que reverenciábamos su astucia y pureza de carácter.

Una noche que estábamos todos en la bodega (ninguno se atrevía a bajar solo) dedicados a la labor de dar cristiana sepultura al alcalde de una localidad cercana, mi madre y los críos, con una vela cada uno, y George Henry y yo con el pico y la pala, mi hermana soltó un alarido y se cubrió la cara con las manos. Todos nos sobresaltamos y suspendimos las exequias; pálidos y con voces temblorosas, pedimos a Mary María que nos dijera qué le había asustado. Los pequeños estaban tan nerviosos que las velas temblequeaban en sus manos y en las paredes las sombras de nuestras figuras parecían bailar con movimientos toscos y groseros, adoptando unas actitudes de lo más extrañas. La cara del interfecto tan pronto mostraba a la luz su tez cadavérica como desaparecía por efecto de alguna sombra: cada vez tomaba una nueva expresión más condenatoria, un ceño más ladino. Las ratas, aún más asustadas que nosotros por el grito, corrían en tropel de un lado a otro, emitiendo agudos chillidos, o se quedaban inmóviles con los ojos fijos en la oscuridad de algún rincón. Esos pequeños puntos de luz verde hacían juego con la débil fosforescencia de la descomposición que llenaba la fosa a medio cavar y parecían la manifestación visible del ligero olor a muerto que impregnaba aquel aire malsano. Los pequeños soltaron las velas y comenzaron a lloriquear mientras se agarraban a las piernas de sus mayores, y nos habríamos quedado entre tinieblas de no haber sido por aquella luz siniestra que brotaba de la tierra e inundaba los bordes de la fosa como si de un manantial se tratara.

Mi hermana, en cuclillas sobre la tierra que habíamos sacado, se había descubierto la cara y miraba fijamente con ojos desorbitados a un hueco oscuro entre dos barriles.

-¡Ahí está! ¡Ahí está! -gritó mientras señalaba-. ¡Dios santo!, pero ¿es que no lo veis?

¡Claro que lo vimos! Una figura humana apenas reconocible en la oscuridad, que se tambaleaba como si se fuera a caer y se agarraba a los barriles en busca de apoyo, dio un paso y por un momento se hizo visible a la luz de las pocas velas que nos quedaban; después, se incorporó con esfuerzo y cayó de bruces. Todos habíamos reconocido la apariencia, el rostro y el porte de nuestro padre (muerto hacía diez meses y enterrado con nuestras propias manos), en pie y completamente borracho.

No quisiera extenderme sobre los incidentes de nuestra precipitada huida lejos de aquel lugar; sobre la desaparición de todo sentimiento humano en aquella tumultuosa y enloquecida ascensión por las húmedas escaleras desvencijadas, en las que nos escurrimos, tropezamos y caímos, empujándonos y encaramándonos unos sobre otros mientras pisoteábamos a unas criaturas que fueron rechazadas y enviadas a la muerte por su propia madre. Sólo ella, mis hermanos mayores y yo conseguimos escapar. Los demás perecieron abajo, unos por las heridas, otros de miedo y el resto abrasados, ya que, después de dedicar una hora a recoger algunas ropas y lo que de valor teníamos, pegamos fuego a la casa y huimos hacia las colinas. Ni siquiera nos detuvimos a coger la póliza del seguro, único pecado de omisión que mi madre reconocería años después en su lecho de muerte, muy lejos de allí. Su confesor, un santo, nos aseguró que, teniendo en cuenta las circunstancias, Dios perdonaría su descuido.

Unos diez años después de nuestra partida, y siendo ya un próspero falsificador, volví de incógnito a aquel lugar con la intención de conseguir los efectos de valor que habían quedado enterrados en la bodega. Todo fue en vano: el descubrimiento de restos humanos entre las ruinas había movido a las autoridades a continuar las excavaciones, por lo que acabaron encontrando nuestras riquezas, apropiándose de ellas honestamente. La casa nunca se reconstruyó y el barrio estaba, de hecho, abandonado. Se había hablado de tantas visiones y ruidos sobrenaturales en aquella zona que nadie quería vivir allí. Al no encontrar a quién preguntar o importunar, decidí satisfacer mi piedad filial echando un último vistazo al rostro de mi padre por si, después de todo, nuestros ojos nos habían traicionado y seguía todavía en su tumba. Recordé, además, que siempre llevaba un enorme anillo de diamantes y, como no había vuelto a saber nada de él desde su muerte, pensé que podría estar enterrado con él. Una vez conseguida una pala, localicé rápidamente la tumba en lo que había sido el patio y comencé a cavar. Llevaba poco más de un metro cuando el fondo cedió y, a través de un largo conducto, fui a caer a una cloaca.

No había ningún cuerpo ni rastro de él.

Sin poder salir, me arrastré por el sumidero y, después de retirar, no sin dificultad, algunos escombros y restos de mampostería ennegrecida que obstruían el hueco, aparecí en lo que había sido la fatídica bodega.

Por fin todo estaba claro. Mi padre, cualquiera que fuera la causa que le había hecho caer enfermo durante la comida (y creo que el testimonio de mi santa madre podría haber arrojado alguna luz sobre el asunto) había sido enterrado vivo. Su tumba se cavó accidentalmente sobre el centro de la bóveda de una alcantarilla y rompió, en sus esfuerzos por volver a la vida, la podrida pared y consiguió deslizarse hasta llegar finalmente a la bodega. Al comprobar que no era bienvenido en su propia casa, y como no tenía otra, vivió en su encierro subterráneo, testigo de nuestros ahorros y sustentado por nuestros alimentos; era él, ¡el muy ladrón!, el que se apoderaba de nuestra comida y se bebía nuestro vino. En un momento de embriaguez necesitó compañía, como le pasa a todos los borrachos, y abandonó su escondrijo sin darse cuenta de las funestas consecuencias que acarreaba a su familia: un error que fue casi un crimen.

Ambrose Bierce (1842-1914)


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El resumen del cuento de Ambrose Bierce: Una tumba sin fondo (A Bottomless Grave) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com