Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Misterios.
Relato de Jean Lorrain.
Ilustraciones de Gerald Brom.

Mitología.
Relato de Rubén Darío.
Ilustraciones de Yoshitaka Amano.


El entierro de Roger Malvin: Nathaniel Hawthorne


El entierro de Roger Malvin (Roger Malvin's burial) es un relato del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne, publicado en 1832.

La trama del cuento, por un lado histórica y por el otro alegórica, refiere al viaje de dos colonos que regresan al hogar tras una batalla. Hawthorne la llama Lovell's Fight, disimulando muy poco el verdadero nombre del combate: Lovewell's Fight.

Dejando de lado los detalles, este relato habla de la Culpa, un estado que Hawthorne ha explorado con mucha frecuencia en su obra.


El entierro de Roger Malvin.
Roger Malvin's burial
, Nathaniel Hawthorne (1804-1864)


Uno de los escasos incidentes de la guerra india que puede ser visto bajo una romántica luz lunar fue el de la expedición llevada a cabo en defensa de las fronteras en el año 1725, que dio lugar al bien conocido «Combate de Lovell». La imaginación, dejando judicialmente en la sombra determinadas circunstancias, puede encontrar mucho que admirar en el heroísmo de un pequeño grupo que combatió contra un número dos veces superior en el corazón del territorio enemigo. La valentía mostrada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas del valor; y la caballerosidad no debería sonrojarse al registrar los hechos de uno o dos individuos. La batalla, aunque de consecuencias tan fatales para aquellos que combatieron, no tuvo consecuencias desafortunadas para el país, pues rompió la fuerza de una tribu y llevó a la paz que perduró en los siguientes años. La historia y la tradición son inusualmente minuciosas en su recuerdo de este asunto; y el capitán de un grupo de exploradores de hombres de la frontera ha adquirido una fama militar tan real como muchos victoriosos líderes de miles de soldados. Algunos de los incidentes incluidos en las siguientes páginas serán reconocidos, a pesar de la sustitución de los nombres reales por ficticios, por aquéllos que hayan oído de labios de un anciano el destino de los pocos combatientes que pudieron retirarse tras el «Combate de Lovell».

Los primeros rayos de sol se hallaban alegremente suspendidos sobre las copas de los árboles bajo los que dos hombres fatigados y heridos se habían tumbado la noche anterior. Habían extendido su lecho de hojas marchitas de roble sobre el pequeño espacio llano situado al pie de una roca próxima a la cumbre de una de las suaves prominencias que servían para diversificar la faz del país. La masa de granito elevaba su superficie lisa y plana unos cinco o seis metros por encima de sus cabezas, y no dejaba de asemejarse a una lápida gigantesca en la que las vetas parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una zona de varios acres alrededor de esta roca, los robles y otros árboles de madera dura habían ocupado el lugar de los pinos, que eran los que habitualmente crecían en aquella tierra; y justo al lado de los viajeros se levantaba un arbolito joven y vigoroso.

La herida grave del hombre de más edad probablemente le había impedido dormir; por eso, en cuanto el primer rayo de sol se posó sobre la copa del árbol más alto, se levantó dolorosamente de la postura en que se hallaba reclinado y se quedó sentado. Los surcos profundos de su semblante y las canas esparcidas por sus cabellos señalaban que había pasado ya de la mediana edad; pero de no haber sido por los efectos de su herida, su cuerpo musculoso habría sido capaz de soportar la fatiga como cuando tenía el vigor de la primera parte de su vida. El desánimo y el agotamiento se aposentaban ahora sobre sus rasgos ojerosos; y la mirada de desesperación que envió hacia las profundidades del bosque demostraba la convicción de que su peregrinaje había llegado al final. Volvió después la mirada hacia el compañero reclinado a su lado.

El joven —pues apenas había alcanzado los años de la madurez— se hallaba con la cabeza sobre el brazo en un sueño inquieto, que un estremecimiento del dolor de sus heridas parecía a punto de romper a cada momento. Con la mano derecha aferraba un mosquete; y a juzgar por la acción violenta de sus rasgos, su sueño le estaba devolviendo una visión del conflicto del que era uno de los escasos supervivientes. Un grito, que en la imaginación de su sueño era profundo y fuerte, se abrió camino en sus labios como un murmullo imperfecto; y sobresaltándose incluso del ligero sonido de su propia voz, despertó repentinamente. Lo primero que hizo al recuperar la memoria de dónde estaba fue preguntar ansiosamente por la condición de su compañero de viaje herido. Este último sacudió la cabeza.

—Reuben, muchacho —dijo éste—. Esta roca bajo la que estamos sentados servirá de lápida para un viejo cazador. Ante nosotros hay todavía muchos largos kilómetros de espesura; pero aunque el humo de mi propia chimenea estuviera al otro lado de ese promontorio, no me serviría de nada. l a bala india fue más mortal de lo que yo pensaba.
—Estás fatigado por los tres días de viaje —contestó el joven—. Con un poco más de descanso te recuperarás. Quédate aquí sentado mientras busco en el bosque hierbas y raíces para que comamos; y cuando hayamos comido te apoyarás en mí y volveremos nuestro rostro hacia el hogar. No dudo de que con mi ayuda podrás llegar a alguna de las guarniciones de frontera.
—No quedan en mí ni dos días de vida, Reuben —contestó el otro con calma—. Y no permitiré que cargues con mi cuerpo inútil cuando apenas si puedes sostener el tuyo. Tus heridas son profundas y tu fuerza desaparece rápidamente; pero si te apresuraras solo, podrías salvarte. Para mí no hay esperanza y aguardaré la muerte aquí.
—Si eso es lo que ha de ser, me quedaré y vigilaré a tu lado —contestó Reuben con resolución.
—No, hijo mío, no —contestó su compañero—. Acata el deseo de un moribundo; dame un apretón de manos y vete de aquí. ¿Piensas que mis últimos momentos serían mejores si pensara que te iba a dejar morir lentamente? Te he querido como un padre, Reuben; y en un momento como éste debo tener la autoridad de un padre. Te ordeno que te vayas para que pueda morir en paz.
—¿Y porque has sido un padre para mí voy a dejar que perezcas y yazcas sin enterrar en el bosque? —preguntó el joven—. No, si verdaderamente tu fin se aproxima, vigilaré junto a ti y recibiré tus últimas palabras. Cavaré una tumba aquí, junto a la roca, y si mi debilidad me vence descansaremos en ella juntos; y si el cielo me da fuerzas, buscaré el camino de regreso.
—En las ciudades y donde habitan los hombres entierran a sus muertos —contestó el otro—. Los ocultan de la vista de los vivos, pero aquí, por donde quizás no pase nadie en cien años, ¿no podría descansar bajo el cielo abierto, cubierto sólo por las hojas de roble cuando el viento otoñal las esparza? Y en cuanto a monumento, aquí está esta roca gris sobre la que mi mano moribunda tallará el nombre de Roger Malvin; y el viajero de los tiempos futuros sabrá que aquí duerme un cazador y un guerrero. No te retrases por una locura como ésta; apresúrate, sino por ti mismo, por aquélla que quedaría desolada.

Malvin pronunció estas últimas palabras con voz titubeante y el efecto que produjeron en su compañero fue visible. Le recordaron que había otros deberes menos cuestionables que el de compartir el destino de un hombre a quien su propia muerte no serviría. Tampoco puede afirmarse que ningún sentimiento egoísta tratara de entrar en el corazón de Reuben, aunque su conciencia le hacía resistirse fuertemente a las órdenes de su compañero.

—¡Qué terrible es aguardar el lento acercamiento de la muerte en esta soledad! — exclamó—. Un valiente no retrocede en la batalla, y cuando los amigos se encuentran alrededor del lecho, hasta las mujeres pueden morir con compostura; pero aquí...
—Tampoco aquí retrocederé, Reuben Bourne —le interrumpió Malvin—. No soy hombre de corazón débil, y si lo fuera, hay un apoyo más seguro que el de los amigos terrenales. Tú eres joven, y la vida te es querida. En tus últimos momentos necesitarás más consuelo que yo; y cuando me hayas dejado en la tierra, y esté solo, y la noche caiga sobre el bosque, sentirás toda la amargura de la muerte que ahora se te escapa. Pero no apelo a tu naturaleza generosa con ningún motivo egoísta. Déjame por mi propio bien, para que tras haber dicho una oración por tu seguridad tenga tiempo para arreglar mis cuentas sin que se vean turbadas por las penas terrenales. —¿Y tu hija, cómo me atrevería a mirarla a los ojos? —exclamó Reuben—. Me preguntará por el destino de su padre, cuya vida juré defender con la mía propia.

¿Debo decirle que viajó tres días conmigo desde el campo de batalla y que luego le dejé perecer en el bosque? ¿No sería mejor tumbarme y morir a tu lado que volver a salvo y decirle eso a Dorcas?
—Dile a mi hija que aunque estabas gravemente herido, débil y fatigado, dirigiste mis pasos tambaleantes durante muchos kilómetros, y sólo me abandonaste cuando te lo ordené fervientemente porque no quería llevar tu sangre sobre mi alma. Dile que en el dolor y el peligro me fuiste fiel, y que si tu sangre hubiera podido salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile que serás alguien más querido que un padre, y que os doy a ambos mi bendición, y que mis ojos moribundos pueden ver un largo y agradable camino que recorreréis juntos.

Malvin casi se levantó del suelo al hablar, y la energía de sus últimas palabras pareció llenar el bosque salvaje y solitario con una visión de felicidad; pero cuando se dejó caer agotado sobre su lecho de hojas de roble, la luz que se había encendido en la mirada de Reuben se apagó. Sintió como si fuera al mismo tiempo locura y pecado pensar en la felicidad en tal momento. Su compañero observaba su semblante cambiante, y con generosa astucia trataba de engañarle por su propio bien.

—Quizás me engañe con respecto al tiempo que me queda por vivir —siguió diciendo—. Puede ser que si recibo ayuda rápidamente me recupere de mi herida. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya hasta la frontera la noticia de nuestra batalla fatal, y habrán partido grupos para socorrer a los que se hallan en una condición como la nuestra. Si te encontraras con uno de esos grupos y lo guiaras hasta aquí, quién sabe si no podré volver a sentarme junto al fuego de mi chimenea.

Una sonrisa triste cruzó los rasgos del moribundo cuando insinuó esa esperanza infundada, aunque no dejó de producir su efecto en Reuben. Ni los motivos egoístas ni la desolación de Dorcas podrían haberle inducido a abandonar a su compañero en esos momentos; pero sus deseos se aferraron a la idea de que la vida de Malvin podría preservarse mientras su naturaleza sanguínea convertía casi en certidumbre la posibilidad remota de obtener ayuda humana.

—Seguramente hay razones, razones poderosas, para esperar que los amigos no estén muy distantes —dijo con voz bastante alta—. Un cobarde huyó, sin haber sido herido, al principio de la batalla, y probablemente lo hizo a buena velocidad. Todo verdadero hombre de la frontera se echaría el mosquete a los hombros ante la noticia; y aunque ningún grupo podría recorrer los bosques hasta un punto tan distante como éste, quizás los encuentre aun día de marcha. Aconséjame fielmente —añadió dirigiéndose a Malvin, pues desconfiaba de sus propios motivos—. Si tu situación fuera la mía, ¿me abandonarías mientras me quedara vida?
—Hace ya veinte años desde que escapé con un querido amigo de la cautividad india cerca de Montreal —contestó Roger Malvin, con un suspiro, pues secretamente se daba cuenta de la gran diferencia que había entre los dos casos—. Viajamos muchos días por los bosques hasta que al final nos venció el hambre y la debilidad. Mi amigo se echó al suelo y me pidió que le abandonara, pues sabía que si yo me quedaba los dos pereceríamos; y con escasas esperanzas de obtener ayuda, puse una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré.
—¿Y regresaste a tiempo para salvarle? —preguntó Reuben aferrándose a las palabras de Malvin como si fueran a resultar proféticas de su propio éxito.
—Lo hice —respondió el otro—. Llegué a un campamento de cazadores antes de que anocheciera. Les guié hasta donde mi camarada estaba aguardando la muerte; y ahora es un hombre sano y fuerte que se encuentra en su granja, mucho más allá de la frontera, mientras yo estoy aquí herido en las profundidades de los bosques.

Este ejemplo, que afectó profundamente a la decisión de Reuben, se vio ayudado, aunque éste no lo comprendiera, por la fuerza oculta de muchos otros motivos. Roger Malvin se dio cuenta de que la victoria estaba casi ganada.

—¡Y ahora vete, hijo mío, y que el cielo te favorezca! —dijo—. No regreses con tus amigos cuando los encuentres, no vaya a ser que te venzan tus heridas y tu debilidad; que vengan aquí a buscarme dos o tres que estén libres de servicio; y créeme, Reuben, que mi corazón se hará más ligero con cada paso que des hacia la seguridad.

Sin embargo, mientras así hablaba se produjo quizás un cambio en su semblante y en su voz; pues al fin y al cabo era un destino horrible el de quedarse a morir en el bosque. Reuben Bourne, medio convencido de que actuaba correctamente, se levantó por fin del suelo y se dispuso a marcharse. Primero, en contra de los deseos de Malvin, recogió raíces y hierbas que habían sido su único alimento durante los últimos días. Colocó ese inútil suministro al alcance del moribundo, para el que preparó también un lecho de hojas secas de roble. Después, subiéndose encima de la roca, que por un lado era desigual, se inclinó sobre el retoño de roble y ató su pañuelo a la rama más alta. Esta precaución era necesaria para dirigir a cualquiera que acudiera en busca de Malvin; por todas partes la roca, salvo por su parte delantera ancha y lisa, quedaba oculta a poca distancia por los densos matorrales del bosque. El pañuelo había sido el vendaje de una herida del brazo de Reuben, y al atarlo al árbol juró por la sangre que lo manchaba que regresaría para salvar la vida de su compañero o poner su cuerpo en la tumba.

Descendió después y se quedó con la mirada baja para escuchar la despedida de Roger Malvin. La experiencia de este último le sugirió muchos y minuciosos consejos respecto al viaje del joven a través del bosque sin caminos. Sobre este tema habló con seriedad tranquila, como si estuviera enviando a Reuben a la batalla o a cazar mientras él se quedaba a salvo en casa, y no como si el semblante humano que iba a irse fuera el último que iba a contemplar en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.

—Dale mi bendición a Dorcas y dile que mi última oración será para ella y para ti. Dile que no piense duramente de ti por haberme dejado aquí —a Reuben le dolió el corazón—, porque no habrías valorado tu vida si su sacrificio me hubiera podido hacer algún bien. Ella se casará contigo después de guardar un tiempo de luto por su padre.

¡Y el cielo os concederá muchos y felices días, y quiera que los hijos de vuestros hijos estén alrededor de vuestro lecho mortuorio! Y Reuben —añadió conforme se abría paso la debilidad de la muerte—, vuelve cuando tus heridas estén curadas y te hayas recuperado de la fatiga... vuelve junto a esta roca y pon mis huesos en la tumba, y di una oración sobre ella.

Los habitantes de la frontera tenían respecto a los ritos de la sepultura un respeto casi supersticioso, debido quizás a las costumbres de los indios, quienes libraban la guerra tanto con los vivos como con los muertos; y hay muchos ejemplos de vidas sacrificadas en el intento de enterrar a aquellos que habían caído por la «espada del bosque». Por tanto Reuben era plenamente consciente de la promesa que solemnemente hizo de regresar y llevar a cabo las exequias de Roger Malvin. Era notable que este último, hablando con todo su corazón en sus palabras de despedida, ya no intentara persuadir al joven de que un veloz socorro podría ayudarle a mantener la vida. Reuben estaba interiormente convencido de que no volvería a ver vivo a Malvin. Su naturaleza generosa de buena gana le habría retrasado a cualquier precio hasta que la muerte se hubiera producido; pero el deseo de existir y la esperanza de felicidad se habían fortalecido en su corazón y era incapaz de resistirse.

—Es suficiente —dijo Roger Malvin tras escuchar la promesa de Reuben—. ¡Vete, y que Dios te dé alas!
El joven le apretó la mano en silencio, se dio la vuelta y se dispuso a marchar. Sin embargo, apenas sus pasos lentos y vacilantes le habían alejado un poco cuando le detuvo la voz de Malvin.
—Reuben, Reuben —dijo aquél débilmente; y éste se dio la vuelta y se arrodilló junto al moribundo.
—Levántame y déjame apoyado contra la roca —le pidió—. Así mi rostro estará vuelto hacia el hogar, y te veré un momento más mientras te vas entre los árboles.

Reuben, tras cambiar la postura de su compañero tal como éste deseaba, inició de nuevo su solitario peregrinaje. Al principio caminó con mayor velocidad de la adecuada para sus fuerzas; por una especie de sentimiento de culpa, que atormenta a veces a los hombres en sus actos más justificados, trataba de ocultarse de los ojos de Malvin; pero tras haber recorrido un gran trecho sobre las crujientes hojas del bosque, retrocedió, impulsado por una curiosidad potente y dolorosa, y al abrigo de las raíces cubiertas de tierra de un árbol caído, contempló al hombre desolado. Era una mañana soleada y sin nubes y los árboles y los matorrales embebían el aire fragante del mes de mayo; sin embargo parecía haber una tristeza en la faz de la naturaleza, como si ésta sintiera simpatía por la pena y el dolor mortales. Roger Malvin tenía las manos elevadas en una plegaria ferviente, algunas de cuyas palabras se deslizaron a través de la quietud de los bosques y entraron en el corazón de Reuben, torturándolo con una punzada que no es posible expresar. Era el acento roto de una petición por la felicidad de Reuben y la de Dorcas; y mientras el joven le escuchaba se introdujo poderosamente en él la conciencia, o algo similar, de que debía regresar y volver a tumbarse junto a la roca. Comprendió lo duro que era el destino del ser amable y generoso al que había abandonado en una situación de necesidad extrema. La muerte se presentaría como la aproximación lenta de un cadáver a través del bosque, mostrándole sus rasgos fantasmales y horribles tras un árbol más y más cercano. Pero ése sería también el destino del propio Reuben si se retrasaba un día más; ¿y quién podría culparle si se apartaba de un sacrificio tan inútil?

Cuando lanzó una mirada de despedida una brisa hizo ondear la pequeña bandera colocada sobre el retoño de roble, recordándole a Reuben su promesa. Muchas circunstancias se combinaron en retrasar al viajero herido en su camino hacia la frontera. En el segundo día las nubes, volviéndose densas en el cielo, impedían la posibilidad de orientarse por la posición del sol; y él sabía que cada vez que agotara sus fuerzas casi exhaustas se estaría alejando más del hogar que buscaba. Su escaso alimento consistía en bayas y otros productos naturales del bosque. Es cierto que a veces oía a su espalda rebaños de ciervos, y que las perdices se levantaban aleteando a menudo delante de él; pero había gastado la munición en el combate y no tenía medios para matarlas. Sus heridas, irritadas por el esfuerzo constante que era su única esperanza de vida, le agotaban las fuerzas y a veces confundían su razón. Pero incluso con su intelecto extraviado, el corazón joven de Reuben se aferraba fuertemente a la existencia; y sólo por la absoluta incapacidad de moverse finalmente se dejó caer bajo un árbol, obligado a aguardar allí la muerte.

En esa situación fue descubierto por un grupo que nada más enterarse de la lucha había acudido en ayuda de los supervivientes. Le condujeron al asentamiento más cercano, que resultó ser su propia residencia. Dorcas, con la simplicidad de los viejos tiempos, vigiló a su amante herido junto al lecho, administrándole todos los consuelos que sólo la mano y el corazón de una mujer conoce. Durante varios días la memoria de Reuben se perdió en sus sueños entre los peligros y las duras situaciones por las que había pasado, y fue incapaz de responder de manera coherente a las preguntas con que muchos le acosaban. No se conocían todavía los hechos auténticos de la batalla; y las madres, esposas e hijos no podían saber si sus seres queridos estaban detenidos por la cautividad o por la cadena, más potente, de la muerte. Dorcas alimentó sus aprensiones en silencio hasta que una tarde, cuando Reuben despertó de un sueño intranquilo, pareció reconocerla mejor que en cualquier momento anterior. Ella vio que su intelecto se había recuperado y ya no pudo resistir su ansiedad filial.

—¿Y mi padre, Reuben? —empezó a preguntar, pero el cambio que se produjo en el semblante de su amado la hizo detenerse.
El joven se encogió como atacado por un amargo dolor, y la sangre afloró velozmente a sus mejillas huecas y pálidas. Su primer impulso fue el de cubrirse el rostro; pero haciendo un esfuerzo que parecía desesperado, se enderezó a medias y habló con vehemencia, defendiéndose de una acusación imaginaria.
—Tu padre fue gravemente herido en la batalla, Dorcas; y me ordenó que no cargara con él, y que me limitara a conducirle hasta el lago para que pudiera apagar la sed y morir. Pero no abandoné al anciano en su extrema necesidad, y aunque yo mismo sangraba, lo llevé; le di la mitad de mi fuerza y lo saqué de allí conmigo. Durante tres días viajamos juntos, y tu padre aguantaba más de lo que yo esperaba, pero al despertar, en el amanecer del cuarto día, le encontré débil y agotado; era incapaz de seguir; su vida se le estaba escapando con rapidez; y...
—¡Murió! —exclamó Dorcas débilmente.
A Reuben le fue imposible reconocer que su amor egoísta hacia la vida le había llevado a alejarse antes de que el destino del padre de ella estuviera decidido. No dijo nada; sólo inclinó la cabeza; y entre la vergüenza y el agotamiento, se dejó caer hacia atrás y ocultó el rostro en la almohada. Cuando sus miedos se vieron así confirmados, Dorcas lloró; pero el dolor, como desde hacía tiempo lo estaba anticipando, fue por ello menos violento.
—Reuben, ¿cavaste una tumba para mi pobre padre en el bosque? —fue la pregunta con la que manifestó su piedad filial.
—Mis manos estaban débiles; pero hice lo que pude —contestó el joven con un tono apagado—. Allí se levanta una noble lápida encima de su cabeza; ¡y ojalá el cielo me conceda dormir tan profundamente como él!

Al darse cuenta Dorcas de la extravagancia que había en esas últimas palabras, no quiso preguntar más por el momento, pero su corazón encontró alivio en el pensamiento de que a Roger Malvin no le habían faltado los ritos funerarios que la ocasión permitía. No se perdió nada de la fidelidad y el valor de Reuben en el relato que hizo ella a sus amigos; y el pobre joven, al salir tambaleándose de su cámara de enfermo para respirar el aire soleado, experimentó en todas las lenguas la tortura miserable y humillante del valor no merecido. Todos reconocían que podía solicitar dignamente la mano de la hermosa doncella a cuyo padre había sido «fiel hasta la muerte»; y como mi relato no es de amor, baste con decir que en el espacio de unos meses Reuben se convirtió en esposo de Dorcas Malvin. Durante la ceremonia matrimonial, la novia se hallaba sonrojada, pero el rostro del novio estaba pálido.

Había en el pecho de Reuben Bourne un pensamiento que no podía comunicar, algo que iba a tener que ocultar especialmente a aquélla a quien amaba y en quien confiaba. Lamentaba profunda y amargamente la cobardía moral que había impedido que brotaran sus palabras cuando iba a revelar la verdad a Dorcas; pero el orgullo, el miedo a perder su afecto, el temor al desprecio de todos, le impidieron rectificar esa falsedad. Sentía que no merecía ser censurado por haber abandonado a Roger Malvin. Su presencia, el sacrificio gratuito de su propia vida, sólo habría añadido otro dolor innecesario a los últimos momentos del moribundo; pero el ocultamiento había impartido a un acto justificable gran parte del efecto secreto de la culpa, y Reuben, aunque la razón le decía que había hecho lo correcto, experimentaba en grado nada pequeño los horrores mentales que castigan a quien ha cometido un crimen que ha quedado sin descubrir. Por una cierta asociación de ideas, a veces casi se imaginaba a sí mismo como un asesino. Durante años, además, ocasionalmente le venía un pensamiento que, aunque se daba cuenta de que era una locura y extravagancia, no tenía capacidad para desterrarlo de su mente. Era la fantasía torturadora de que su suegro se encontraba todavía sentado al pie de la roca, sobre las hojas marchitas del bosque, vivo y aguardando la ayuda que le había prometido. Sin embargo esos engaños mentales aparecían y desaparecían y nunca llegó a tomarlos erróneamente como realidades; no obstante, con su estado de ánimo más tranquilo y claro, era consciente de que tenía una promesa profunda sin cumplir, y un cadáver sin enterrar estaba llamándole desde el bosque. Pero la naturaleza de su tergiversación era tal que no podía acudir a esa llamada. Era ya demasiado tarde para pedir ayuda a los amigos de Roger Malvin para darle por fin sepultura; y miedos supersticiosos, a los que tan proclive eran las personas de los asentamientos exteriores, impedían a Reuben ir solo. Tampoco sabía dónde, en ese bosque ilimitado y sin caminos, buscar esa roca lisa en la base de la cual yacía el cuerpo: su recuerdo de las distintas partes del viaje se había vuelto confuso, y la última parte no dejó impresión alguna en su mente. Sin embargo había un impulso continuo, una voz que sólo él podía oír, que le exigía ir a cumplir la promesa; y tenía la impresión extraña de que si se sometía a la prueba sería conducido directamente hasta los huesos de Malvin. Pero un año tras otro esas llamadas, que no oía pero sí sentía, eran desobedecidas. Su único pensamiento secreto se convirtió en una cadena que ataba su espíritu y en una serpiente que le roía el corazón; y se transformó en un hombre triste y abatido, pero irritable.

En el curso de unos años a partir de su matrimonio empezaron a hacerse visibles varios cambios en la prosperidad exterior de Reuben y Dorcas. La única riqueza del primero había sido su corazón valiente y su brazo fuerte, y ella, heredera universal de su padre, había convertido a su marido en dueño de una granja cultivada desde antiguo, más grande y mejor provista que la mayoría de las haciendas de la frontera. Pero Reuben Bourne era un esposo negligente; y mientras las tierras de los otros colonos se iban haciendo cada año más fructíferas, las suyas se deterioraron en la misma proporción. Los inconvenientes de la agricultura se redujeron mucho cuando acabó la guerra india, durante la cual los hombres sostenían el arado en una mano y el mosquete en la otra, y eran afortunados si el producto de su peligroso trabajo no era destruido en el campo o en el granero por el enemigo salvaje. Pero Reuben no se benefició de que cambiara la condición del país; tampoco puede negarse que sus intervalos de atención laboriosa a sus asuntos fueron recompensados, aunque escasamente, con el éxito. La irritabilidad por la que se había distinguido recientemente fue otra causa de que menguara su prosperidad, pues ocasionaba frecuentes disputas en su trato inevitable con los colonos vecinos. La consecuencia de tales disputas fueron pleitos innumerables, pues las gentes de Nueva Inglaterra, en las primeras fases y en las circunstancias más salvajes del país, adoptaban siempre que era posible la manera legal de decidir sus diferencias. En resumen, las cosas no le iban bien a Reuben Bourne; y aunque eso no sucedió hasta muchos años después de su matrimonio, llegó a ser un hombre arruinado que sólo podía hacer una cosa contra el terrible destino que le había perseguido: tenía que abrir un claro en algún profundo lugar del bosque y buscar la subsistencia en el fondo virginal de éste.

El único hijo de Reuben y Dorcas era un varón que había llegado ahora a la edad de quince años, de muy buen aspecto en su juventud, y prometedor de una gloriosa vida de adulto. Estaba peculiarmente cualificado para las hazañas de la vida fronteriza y salvaje, en las que empezaba ya a sobresalir. Sus pies eran ágiles, su puntería exacta, su juicio rápido, su corazón alegre y animoso. Y todos los que pensaban que iba a volver la guerra india hablaban de Cyrus Bourne como un futuro líder de la zona. El padre amaba al muchacho con una fuerza profunda y silenciosa, como si todo lo bueno y feliz de su propia naturaleza se hubiera transferido al niño, llevando sus afectos con él. Ni siquiera a Dorcas, aunque la quería, la amaba tanto como a él; pues los pensamientos secretos y las emociones aisladas de Reuben le habían convertido gradualmente en un hombre egoísta, y ya sólo podía amar en profundidad aquello en lo que veía o imaginaba un reflejo o semejanza con su propia mente. En Cyrus reconocía lo que él mismo había sido en otro tiempo; y a veces parecía compartir el espíritu del muchacho, y revivir en una vida nueva y feliz. A Reuben le acompañó su hijo en la expedición destinada a seleccionar un trozo de tierra y talar y quemar los árboles, operación que necesariamente precedía al cambio de los penates o dioses domésticos.

Ocuparon en ello dos meses del otoño tras los cuales Reuben Bourne y su hijo regresaron para pasar su último invierno en los asentamientos. A principios del mes de mayo la pequeña familia rompió los pequeños hilos de afecto que les sujetaban a los objetos inanimados y se despidió de las pocas personas que, en la mala fortuna, siguieron llamándose sus amigos. La tristeza del momento de la partida significó un alivio peculiar para cada uno de los peregrinos. Reuben, un hombre melancólico y misántropo por su infelicidad, avanzó con su habitual ceño fruncido y la mirada abatida, sintiendo pocas lamentaciones, y negándose a reconocer ninguna. Dorcas, aunque lloró en abundancia la ruptura de los vínculos que su naturaleza simple y afectiva había creado con todo, sintió que los habitantes de lo más interno de su corazón se mudaban con ella, y que todo lo demás lo obtendría donde quiera que fuera. Y el muchacho reprimió unas lágrimas y pensó en las aventuras y placeres del bosque virginal.

¿Quién no ha deseado en el entusiasmo de una ensoñación ser un vagabundo en un mundo selvático y veraniego con una persona hermosa y amable cogida del brazo? En la juventud su paso libre y alegre no conocía otra barrera que el océano ondulante o la montaña de cumbres nevadas; con la vida adulta, más tranquila, prefirió una casa en la que la naturaleza hubiera esparcido una riqueza doble en el valle de alguna corriente transparente; y cuando la vejez canosa le encontrara allí tras muchísimos años de vida pura, sería el padre de una raza, el patriarca de un pueblo, el fundador de una nación poderosa todavía por hacer. Y cuando la muerte, como ese sueño dulce al que damos la bienvenida tras un día de felicidad, llegara sobre él, sus lejanos descendientes llorarían sobre su polvo venerado. Envuelto por la tradición en atributos misteriosos, los hombres de las generaciones futuras le considerarían divino; y la remota posteridad le vería erguido, oscuramente glorioso, en el valle de cien siglos.

El bosque enmarañado y tenebroso que recorrían los personajes de mi historia era muy diferente de la tierra fantástica del soñador; pero había algo en su modo de vida que la naturaleza afirmaba como propio, y los recuerdos atenazadores que llevaban con ellos desde el mundo era lo único que impedía ahora su felicidad. Un corcel robusto y peludo, el portador de toda su riqueza, no se negó a aceptar también el peso de Dorcas; aunque su educación para la resistencia la mantenía en la última parte del viaje, cada día, al lado de su esposo. Reuben y su hijo, con los mosquetes al hombro y las hachas colgadas detrás, mantenían un paso constante, vigilando cada uno de ellos con mirada de cazador las piezas que eran su alimento. Cuando el hambre lo exigía, se detenían y preparaban la comida a orillas de algún torrente limpio del bosque que, cuando se arrodillaban junto a él para beber con sus labios sedientos, murmuraba una dulce desgana, como una doncella ante el primer beso de amor. Dormían bajo una choza de ramas, y al despertar encontraban la luz renovada para los trabajos de otro día. Dorcas y el muchacho avanzaban gozosamente, e incluso a veces brillaba el espíritu de Reuben con una alegría exterior; pero interiormente sentía una pena fría que comparaba con la nieve amontonada en las oquedades y zonas estrechas de los riachuelos mientras arriba las hojas tenían un color verde brillante.

El conocimiento de Cyrus Boume de los viajes por el bosque era suficiente como para darse cuenta de que su padre no estaba siguiendo la misma dirección que en la expedición del otoño anterior. Se desviaban ahora hacia el norte, alejándose más directamente de los asentamientos, hacia una región en la que los únicos dueños seguían siendo los animales y los hombres salvajes. A veces el muchacho sugería su opinión sobre el tema, y Reuben le escuchaba atentamente, cambiando la dirección de la marcha en una o dos ocasiones de acuerdo con el consejo de su hijo; pero en cuanto lo había hecho así, parecía sentirse inquieto. Sus miradas rápidas y errantes cubrían el frente, aparentemente buscando enemigos que se ocultaran tras los troncos de los árboles; y al ver que no había nada allí, volvía los ojos hacia atrás, como si temiera la existencia de algún perseguidor. Cyrus, dándose cuenta de que su padre volvía a tomar gradualmente la dirección antigua, se abstenía de interferir; pues, además, aunque había algo que empezaba a pesar en su corazón, su naturaleza aventurera no le permitía lamentar que aumentara la duración y el misterio del viaje.

En la tarde del quinto día se detuvieron y prepararon su sencillo campamento una hora antes del atardecer. En los últimos kilómetros la faz del país había cambiado por promontorios de tierra semejantes a enormes olas de un mar petrificado; y en una de las oquedades, un lugar salvaje y romántico, la familia había levantado su choza y encendido el fuego. Había algo que resultaba al mismo tiempo escalofriante y cálido al pensar en ellos tres, unidos por los fuertes vínculos del amor y aislados de todos los demás seres. Los pinos oscuros y tristes les contemplaban, y cuando el viento agitaba sus copas se oía en el bosque un sonido semejante a una lamentación; ¿o es que aquellos viejos árboles gemían por miedo a que los hombres acabaran atacando con el hacha sus raíces? Mientras Dorcas preparaba la comida, Reuben y su hijo decidieron salir a buscar caza, de la que no se habían provisto en el último día de marcha. El muchacho, prometiendo no abandonar la proximidad del campamento, partió con un paso tan ligero y elástico como el del ciervo que esperaba matar; y el padre, sintiendo una felicidad pasajera al contemplarle, iba a coger la dirección opuesta. Entretanto Dorcas se había sentado junto al fuego de ramas caídas sobre el tronco cubierto de musgo y moho de un árbol desenraizado años antes. Además de lanzar una mirada ocasional a la cazuela, que empezaba a hervir ahora sobre el fuego, se dedicaba a leer detenidamente el Almanaque de Massachusetts de ese año, que junto con una vieja Biblia impresa en letras góticas era toda la riqueza literaria de la familia. Ninguno prestaba una gran importancia a las divisiones arbitrarias del tiempo, como hacen aquéllos que están excluidos de la sociedad; pero Dorcas mencionó, como si la información tuviera importancia, que estaban a doce de mayo. Su esposo se sobresaltó.

—¡Doce de mayo! Debería recordarlo bien —murmuró mientras una multiplicidad de pensamientos producía una confusión momentánea en su mente—. ¿Dónde estoy? ¿Adónde me dirijo? ¿Dónde le dejé?

Dorcas, demasiado acostumbrada a los variables estados de ánimo de su marido como para observar alguna peculiaridad en esa conducta, dejó a su lado el almanaque y se dirigió a él en ese tono triste al que se amolda un corazón tierno cuando la pena se ha enfriado y muerto.

—Fue cerca de esta época del mes, hace dieciocho años, cuando mi pobre padre abandonó este mundo para irse a otro mejor. En sus últimos momentos Reuben le prestó su amable brazo para sostenerle la cabeza y le alegró con su agradable voz; y el pensamiento de lo fielmente que te ocupaste de él me ha consolado muchas veces desde entonces. ¡Ay, la muerte habría sido horrible para un hombre solitario en un lugar salvaje como éste!
—¡Dorcas, ruego al cielo para que ninguno de nosotros tres muera solo y quede sin enterrar en este lugar salvaje! —exclamó Reuben con voz entrecortada. Después se marchó presurosamente, dejándola a ella para que cuidara del fuego bajo los oscuros pinos.

Reuben Boume aflojó gradualmente su paso rápido conforme se fue haciendo menos agudo el dolor que, sin intención alguna, le habían provocado las palabras de Dorcas. Le acosaban sin embargo numerosas y extrañas reflexiones; y avanzando más como un sonámbulo que como un cazador, no prestó ninguna atención a que su curso no le desviara de la vecindad del campamento. Imperceptiblemente sus pasos le conducían casi en círculo; tampoco se dio cuenta de que estaba en la linde de una extensión de tierra muy arbolada, pero no por pinos. En lugar de éstos abundaban los robles y otros árboles de madera dura; y alrededor de sus raíces se arracimaba un denso matorral bajo que dejaba sin embargo espacios vacíos entre los árboles recubiertos de hojas marchitas. Siempre que el crujido de las ramas o de los troncos producía un sonido, como si el bosque fuera a despertar de su sueño, instintivamente Reuben levantaba el mosquete que llevaba en el brazo y miraba rápida y fijamente a todos los lados; pero convencido por una observación parcial de que no había cerca ningún animal, se abandonaba de nuevo a sus pensamientos. Estaba meditando sobre la influencia extraña que le había alejado de la dirección que previamente había pensado y le había hecho profundizar tanto en el bosque. Incapaz de entrar en el lugar secreto de su alma, en el que estaban ocultos sus motivos, creía que una voz sobrenatural le pedía que avanzara, y que un poder sobrenatural había impedido su retirada. Confiaba en que el cielo intentara darle una oportunidad de expiar su pecado; deseaba poder encontrar los huesos tanto tiempo desenterrados; y que tras haber puesto tierras sobre ellos la paz volviera a iluminar con su luz el sepulcro de su corazón. De esos pensamientos le despertó un crujido en el bosque a cierta distancia de donde se encontraba entonces. Percibiendo el movimiento de algún objeto tras unos matorrales espesos, disparó con el instinto de un cazador y la puntería de un tirador experimentado. Reuben-Bourne no prestó atención a un gemido bajo, que indicaba su éxito, con el que incluso los animales expresan el dolor por su muerte. ¿Cuáles eran los recuerdos que ahora le asaltaban?

La espesura contra la que Reuben había disparado estaba cerca de la cumbre de un promontorio y se arracimaba alrededor de la base de una roca que, por la forma y la lisura de una de sus superficies, no dejaba de parecerse a una lápida gigantesca. Era como si reflejara en un espejo algo semejante a lo que había en la memoria de Reuben. Incluso reconoció las vetas que parecían formar una inscripción en caracteres olvidados: todo permanecía igual, salvo que unos matorrales espesos envolvían la parte inferior de la roca y habrían ocultado a Roger Malvin de seguir sentado allí todavía. Pero al momento siguiente la mirada de Reuben captó otro cambio que había producido el tiempo desde la última vez que había estado donde se encontraba ahora, tras la raíces cubiertas de tierra del árbol desenraizado. El arbolito al que había atado el símbolo teñido en sangre de su promesa había crecido convirtiéndose en un fuerte roble, plenamente maduro, pero que no extendía ramas que dieran sombra. En ese árbol había una singularidad que hizo temblar a Reuben. Las ramas medias e inferiores tenían una vida abundante y una vegetación excesiva rodeaba el tronco casi hasta el suelo; pero una enfermedad parecía haber afectado la parte superior del roble, por lo que las ramas más altas estaban marchitas, sin savia, totalmente muertas. Reuben recordó la pequeña bandera que aleteaba en la rama más alta cuando era verde y atractiva, dieciocho años antes. ¿Por culpa de quién se había agostado?

Dorcas, tras la partida de los dos cazadores, continuó preparando la comida de la noche. Su mesa rústica era el tronco cubierto de musgo de un árbol grande caído, en cuya parte más ancha había extendido un paño blanco como la nieve, disponiendo encima lo que quedaba de los cacharros de peltre brillante que habían sido su orgullo en el asentamiento. Producía un aspecto extraño ese único punto de comodidad hogareña en el corazón desolado de la naturaleza. La luz del sol seguía posándose sobre las ramas superiores de los árboles que crecían en la parte elevada; pero las sombras de la noche habían aumentado en la oquedad en la que habían instalado el campamento, y la luz del fuego empezó a enrojecer mientras iluminaba los altos troncos de los pinos o quedaba suspendida sobre la masa densa y oscura del follaje que rodeaba el lugar. El corazón de Dorcas no estaba triste; pues sentía que era mejor viajar por el bosque con las dos personas a las que amaba que ser una mujer solitaria entre una multitud que no se ocupara de ella. Mientras se disponía a arreglar los asientos de madera mohosa cubiertos de hojas, para Reuben y su hijo, su voz bailó por el bosque sombrío en la forma de una canción que había aprendido de joven. La tosca melodía, la producción de un bardo que no había conseguido hacerse un nombre, describía una tarde invernal en una casa de la frontera, cuando a salvo de las incursiones de salvajes por los altos montones de nieve, la familia disfrutaba junto al fuego de la chimenea. La canción entera poseía ese encanto inexpresable del pensamiento inapropiado, pero cuatro versos que se repetían continuamente se separaban del resto como las llamas del hogar cuyas alegrías celebraban. Haciendo magia con unas simples palabras, el poeta había instilado en esos versos la esencia misma del amor y la felicidad familiar, uniendo en una sola cosa poesía e imagen. Mientras Dorcas cantaba las paredes de su hogar abandonado parecían rodearla; ya no veía los tristes pinos, ni escuchaba el viento que, cuando iniciaba cada verso, seguía soplando con fuerza entre las ramas, y desaparecía en un quejido hueco de la carga de la canción. Le sobresaltó un escopetazo cerca del campamento; y, ya fuera por lo repentino del sonido, o por su soledad junto al fuego ardiente, tembló de forma violenta. Un momento después se reía con el orgullo de su corazón materno.

—¡Mi hermoso hijo el cazador! ¡Mi hijo ha matado un ciervo! —exclamó recordando que Cyrus había ido a cazar en la dirección desde la que oyó el disparo.
Aguardó un tiempo razonable para oír los pasos ligeros de su hijo sobre las hojas crujientes, deseoso de contarle su éxito. Pero no apareció inmediatamente; y ella envió su voz alegre entre los árboles para buscarle.
—¡Cyrus! ¡Cyrus!

Su llegada seguía retrasándose; y como le parecía haber oído el disparo muy cerca, decidió ir a buscarlo personalmente. Su ayuda podía ser necesaria para traer el venado, que suponía que su hijo habría ya cobrado. Se puso en marcha, dirigiendo sus pasos hacia el lugar desde el que oyó el sonido, y avanzó cantando para que el muchacho se enterara de que se aproximaba y corriera a su encuentro. Detrás del tronco de cada árbol, y en cada escondite en el espeso follaje de los matorrales, esperaba encontrar el semblante de su hijo, riendo con esa malicia que nace del afecto. El sol estaba ahora por debajo del horizonte, y la luz que bajaba entre las hojas era tan oscura que creaba muchas ilusiones en su imaginación expectante. En varias ocasiones le pareció ver vagamente el rostro de su hijo mirándola desde las hojas; y una vez imaginó que la estaba llamando desde la base de una roca mellada. Pero al fijar los ojos en el objeto resultó que no era más que el tronco de un roble rodeado hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las cuales, muy apartada de las demás, era sacudida por la brisa.

Abriéndose camino alrededor del pie de la roca, se encontró de pronto con su esposo, que había llegado hasta allí desde el otro lado. Apoyado en la culata de la escopeta, cuya boquilla descansaba sobre las hojas marchitas, parecía estar absorto en la contemplación de un objeto que había a sus pies.
—¿Qué pasa, Reuben? ¿Has matado al ciervo y te has quedado dormido encima?—preguntó Dorcas echándose a reír alegremente al darse cuenta de la postura y apariencia de su marido.
Éste no se movió, ni dirigió su mirada hacia ella; y un miedo frío y estremecedor, indefinido en su origen, empezó a deslizarse por la sangre de Dorcas. Se dio cuenta ahora de que el rostro de su esposo estaba mortalmente pálido, y de que sus rasgos eran rígidos, como si fuera incapaz de asumir cualquier otra expresión que la de la poderosa desesperación que los había endurecido. No dio la menor prueba de que se hubiera dado cuenta de la proximidad de ella.

—¡Por amor al cielo, Reuben, háblame! —gritó Dorcas; y el extraño sonido de su propia voz la asustó todavía más que el silencio mortal.
Su esposo la miró, la miró al rostro, la condujo hasta la parte frontal de la roca y señaló con el dedo.
¡Ay, allí yacía el muchacho, dormido pero sin soñar, sobre las hojas caídas del bosque! La mejilla reposaba sobre el brazo —sus bucles apartados de la frente—, los miembros ligeramente relajados. ¿Una fatiga repentina había vencido al joven cazador? ¿Le despertaría la voz de la madre? Ella supo que estaba muerto.
—Esta roca ancha es la tumba de tus parientes más próximos, Dorcas —dijo el marido—. Tus lágrimas caerán al mismo tiempo sobre tu padre y tu hijo.

Ella no le escuchó. Lazando un grito salvaje que pareció abrirse camino desde lo más interior de su alma sufriente, cayó sin sentido al lado de su hijo muerto. En ese momento la rama marchita, la más alta del roble, se soltó en el aire quieto y cayó en fragmentos suaves y ligeros sobre la roca, sobre las hojas, sobre Reuben, sobre su esposa y su hijo, y sobre los huesos de Roger Malvin. Entonces quedó sobrecogido el corazón de Reuben y las lágrimas brotaron de él como el agua de una roca. La promesa que el joven herido había hecho al moribundo había sido redimida. Su pecado estaba expiado: la maldición había desaparecido; y en la hora en que había derramado una sangre que para él era más querida que la propia, una oración, la primera en años, subió al cielo desde los labios de Reuben Bourne.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864)


Más relatos de Nathaniel Hawthorne. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


Más literatura:
El resumen del cuento de Nathaniel Hawthorne: El entierro de Roger Malvin (Roger Malvin's burial) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

0 comentarios: