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«A través de los páramos»: William F. Harvey; relato y análisis


«A través de los páramos»: William F. Harvey; relato y análisis.




A través de los páramos (Across the Moors) es un relato de fantasmas del escritor inglés William F. Harvey (1885-1937), publicado originalmente en la antología de 1910: La Casa de Medianoche y otros cuentos (Midnight House and Other Tales).

A través de los páramos, uno de los mejores cuentos de William F. Harvey, relata la historia de una institutriz que debe caminar a través de los páramos, de noche, para buscar un médico para su alumna. En el camino se encuentra con un clérigo que le cuenta una extraña historia, la cual, lejos de atenuar su miedo, lo excita (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror)

SPOILERS.

Aquí, la señora Workington Bancroft envía a señorita Craig a buscar un médico a la granja vecina, situada a unas cuatro millas, debido a la enfermedad de su hija: la pequeña Peggy, cuya fiebre elevada y un dolor punzante en el costado parecen ser síntomas de apendicitis. Para llegar debe atravesar los páramos, un territorio inhóspito, accidentado, y, según las leyendas locales, el lugar predilecto de los fantasmas de la zona (ver: El Pantano Arquetípico en el Horror). Cuando por fin llega a su destino, la señorita Craig descubre que el médico se ha ido a Liverpool. Se ve obligada a hacer el viaje de regreso, sola, hasta que un clérigo se encuentra con ella en el camino. El hombre se ofrece a acompañarla y le cuenta una inquietante historia sobre su último viaje por los páramos.

A través de los páramos es un relato ambiental, a pesar de que no hay grandes descripciones y sí mucho parlamento. Con muy poco William F. Harvey nos introduce en la inquietante atmósfera de los páramos, y de algún modo esta permanece a lo largo de todo el relato sin necesidad de reavivarla. La historia combina dos motivos muy comunes en el relato de fantamas: el miedo a la oscuridad y a la soledad (ver: El ABC de las historias de fantasmas). Al principio, la señorita Craig parece bastante resuelta. No tiene miedo, sino más bien disgusto por tener que emprender una larga caminata de noche. Sin embargo, a medida que se introduce en los páramos, la atmósfera sombría del lugar se va apoderando de ella hasta despertar sus miedos primordiales.

Eventualmente nos enteramos que este misterioso clérigo que aparece en medio de la noche es, en realidad, un espíritu. En efecto, le cuenta a la señorita Craig su historia en los páramos la noche en la que fue asesinado. Esto ya es lo suficientemente inquietante, pero ese crimen posee algunos elementos secundarios más extraños todavía. Por ejemplo, sabemos que el clérigo fue asesinado por un maleante que merodeaba por los páramos, o al menos eso es lo que él afirma. Su narración insinúa otra cosa: el asesino lo ataca con una estaca de fresno, básicamente el arma típica para matar a un vampiro. ¿Acaso el clérigo era un vampiro que fue atacado por una especie de rústico cazador de monstruos, y no por un maleante? De ser así, A través de los páramos seguramente es el primer relato [y el único que yo recuerde] sobre el fantasma de un vampiro.

William F. Harvey es uno de esos autores de transición entre el relato victoriano de fantasmas y el cuento de terror de comienzos del siglo XX, con algunos elementos de la vieja tradición pero despojados de buena parte de sus lugares comunes. En sus relatos, principalmente en A través de los páramos y Calor de agosto (August Heat) [este último sobre un hombre que ve su propia lápida y termina al borde de la locura esperando su muerte] se nota claramente la influencia de M.R. James, no tanto en la conformación de los espectros que pueblan esas historias, sino en términos psicológicos (ver: El relato de fantasmas de M.R. James). Lo sobrenatural rara vez entra abiertamente en los relatos de William F. Harvey, pero se agita en sus fronteras, carcomiendo la realidad de los protagonistas a través de pequeñas coincidencias que prefiguran un destino más bien ingrato.




A través de los páramos.
Across the Moors, William F. Harvey (1885-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Realmente fue de lo más lamentable.

Peggy tenía fiebre y un fuerte dolor en el costado, y la señora Workington Bancroft sabía que era apendicitis. Pero no había nadie a quien enviar por un médico. James había ido con el coche a disfrutar una semana de cacería. Adolph había sido enviado a lo de los Eversham sólo media hora antes, con una nota para lady Eva. La cocinera no podía caminar, incluso si la cena se pudiera servir sin ella. Kate, como de costumbre, no era de fiar. Quedaba la señorita Craig.

—Por supuesto, debes entender que Peggy está realmente enferma —dijo, cuando la institutriz entró en la habitación en respuesta a su llamada—. La dificultad es que no hay absolutamente nadie a quien pueda enviar por el médico.

La señora Workington Bancroft hizo una pausa; siempre estuvo dispuesta a que sus sirvientes tuvieran el privilegio de ofrecer los servicios que ella tenía derecho a ordenar.

—Entonces, tal vez, señorita Craig —continuó—, no le importaría caminar hasta la granja de Tebbit. Escuché que hay un médico de Liverpool allí. Por supuesto que no sé nada sobre él, pero debemos correr el riesgo. Son casi cuatro millas, lo sé, y nunca soñaría con pedírselo si no fuera porque tanto le temo a la apendicitis.

—Muy bien —dijo la señorita Craig—, supongo que debo ir, pero no conozco el camino.

—Oh, no te puedes perder —dijo la señora Workington Bancroft.

En su ansiedad había perdonado temporalmente la evidente falta de consentimiento de su institutriz.

—Sigues la carretera que cruza el páramo durante dos millas, hasta llegar a Redman's Cross. Allí gira a la izquierda, y sigue un camino accidentado que conduce a través de una plantación de alerces. La granja de Tebbit se encuentra justo ahí, en el valle. Llévate a Pontiff —añadió, mientras la chica abandonaba la habitación—. No hay absolutamente nada que temer, pero espero que te sientas más tranquila con el perro.

—Bueno, señorita —dijo la cocinera, cuando la señorita Craig fue a la cocina a buscar sus botas, que se habían estado secando junto al fuego—; por supuesto que ella sabe más, pero no creo que sea correcto, después de todo lo que ha sucedido, que la señora te envíe a través de los páramos en una noche como esta. No es como si el médico pudiera hacer algo por la señorita Peggy si usted lograra traerlo. Los niños simplemente se sienten mal de vez en cuando. El médico solo dirá que guarde cama, lo cual ya está haciendo.

—No veo de qué hay que temer—dijo la señorita Craig mientras se ataba las botas—, a menos que creas en fantasmas.

—No estoy tan segura de eso. De todos modos, no me gusta dormir en una cama donde las sábanas son demasiado cortas y los pies quedan al descubierto. Pero no se asuste, señorita; si hay fantasmas, ladran, no muerden.

Pero aunque la señorita Craig se entretuvo durante unos minutos tratando de imaginar el ladrido de un fantasma (algo completamente diferente del clásico aullido fantasmal), no se sintió del todo a gusto.

Naturalmente, estaba nerviosa y, al vivir como vivía en el interior del salón de los criados, había oído vagos detalles de historias que eran sólo mitos en el salón. El mismo nombre de Redman's Cross le produjo un escalofrío; debe haber sido el lugar donde se cometió ese horrible asesinato. Había olvidado el cuento, aunque recordaba el nombre.

El primer problema se presentó bastante pronto.

Pontiff, que era naturalmente lento de ingenio, tardó más de cinco minutos en descubrir que era sólo la institutriz a quien escoltaba, pero una vez que hubo hecho el descubrimiento, rápidamente se volvió, sin prestar la menor atención al débil silbido de la señorita Craig. Y luego, para aumentar su malestar, llegó la lluvia, no en forma de gotas pesadas, sino en capas de fina lluvia que borró los pocos puntos de referencia que había en el páramo.

Fueron muy amables en la granja de Tebbits. Le informaron que el médico había vuelto a Liverpool el día anterior. La señora Tebbit le dio leche caliente y pasteles, y le ofreció a su hijo reacio que le mostrara a la señorita Craig un camino más corto hacia el páramo, que evitaba el bosque de alerces. Era un joven monosilábico, pero su presencia la animó, tanto es así que ella sintió la noche doblemente negra cuando él la dejó sola, casi sin despedirse.

Caminó con cansancio. Sus pensamientos ya habían vuelto a los fantasmas cuando escuchó pasos en el camino detrás de ella, que al menos eran materiales. Al minuto siguiente apareció la figura de un hombre: la señorita Craig se sintió aliviada al ver que el extraño era un clérigo. Levantó su sombrero.

—Creo que ambos vamos en la misma dirección —dijo—. Quizás tenga el placer de acompañarla.

Ella le agradeció.

—Es bastante raro por la noche —continuó—, y con todas las historias de fantasmas que uno escucha de la gente del campo, he terminado por tener un poco de miedo yo misma.

—Puedo entender su nerviosismo —dijo—, especialmente en una noche como esta. En un momento solía sentir lo mismo, porque mi trabajo a menudo significaba caminatas solitarias a través del páramo hacia granjas a las que solo se llegaba por caminos accidentados lo suficientemente difíciles para encontrar incluso durante el día.

—¿Y nunca vio nada que lo asustara? Nada inmaterial, quiero decir.

—Realmente no puedo decir que sí, pero tuve una experiencia hace once años que sirvió como un punto de inflexión en mi vida, y como parece que ahora está usted en el mismo estado mental en el que yo estaba entonces, se lo contaré.

»La época del año era finales de septiembre. Había ido a Westondale para ver a una anciana que se estaba muriendo, y luego, justo cuando estaba a punto de emprender el camino a casa, me llegó la noticia de otro de mis feligreses que había enfermado repentinamente esa misma mañana. Eran más de las siete cuando por fin me puse en marcha. Un granjero me vio en el camino, volviendo atrás cuando llegué a la carretera del páramo.

»La puesta de sol de la noche anterior había sido una de las más hermosas que recuerdo haber visto. Toda la bóveda del cielo estaba sembrada de copos de nubes blancas y jirones rosados, como los pétalos esparcidos de una rosa en toda regla.

»Pero esa noche todo cambió. El cielo era de un color absolutamente apagado, excepto en un rincón del oeste donde una delgada grieta mostraba el último tinte azafrán de la sombría puesta de sol. Mientras caminaba, rígido y dolorido, mi ánimo se hundió. Debe haber sido el marcado contraste entre las dos noches, una tan hermosa, llena de promesas (el maíz todavía estaba en los campos estropeándose por el buen tiempo), la otra tan lúgubre, tan triste con todo el peso muerto del otoño y los días de invierno por venir.

»Y luego, añadido a esta sensación de fuerte depresión, vino otro sentimiento diferente que me sorprendí a mí mismo al reconocerlo como miedo.

»No sabía por qué tenía miedo.

»Los páramos se extendían a ambos lados, ininterrumpidos excepto por una línea desordenada de arbustos que se encontraba a un tiro de piedra de la carretera. El único sonido que había escuchado durante la última media hora era el grito del urogallo asustado: regresa, regresa, regresa, parecía decir. Pero, sin embargo, la sensación de miedo estaba ahí, afectando mi cerebro a través de algún canal físico.

»Cerré mi abrigo y traté de distraer mis pensamientos pensando en el sermón del próximo domingo.

»Había elegido predicar sobre Job. Hay mucho en Job que atrae a la gente del campo; la pérdida de rebaños y cosechas, por ejemplo; pero no me hubiera atrevido a predicar sobre el tema si yo mismo no hubiera sido también un granjero. Mi propia tierra se había inundado tres semanas antes, y supongo que iba a perder tanto como cualquier hombre de la parroquia. Así que seguí caminando, repitiéndome a mí mismo el primer capítulo del libro. Me detuve en el verso duodécimo:

»Y el Señor dijo a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu poder...

»El pensamiento de la mala cosecha (y ese es un pensamiento terrible en estos valles) se desvaneció. Me pareció contemplar un océano de oscuridad infinita.

»Yo había usado a menudo, con la palabrería dominical del sacerdote cansado, cuyo deber es predicar tres sermones en un día, el viejo símil del tablero de ajedrez. Dios y el diablo eran los jugadores: y estábamos ayudando a un lado u otro con nuestras acciones. Pero hasta esa noche no había pensado en la posibilidad de que yo fuera sólo un peón en el juego, un peón que Dios pudiera sacrificar para ganar la partida.

»Había llegado al lugar donde estamos ahora, lo recuerdo por ese abrevadero de piedra tosca, cuando un hombre saltó repentinamente desde el borde del camino.

»—¿En qué dirección va, jefe? —dijo.

»Sabía, por su forma de hablar, que el hombre era un extraño. Hay muchos en esta época del año que vienen del sur, caminando hacia el norte siguiendo la cosecha del maíz. Le dije mi destino.

»—Iremos juntos —respondió.

»Estaba demasiado oscuro para ver gran parte del rostro del hombre, pero lo poco que distinguí era grosero y brutal. Entonces comenzó el gemido medio amenazador que conocía tan bien: había caminado millas ese día, no había comido desde el desayuno.

»—Dame un cobre —dijo—, es sólo para una noche de alojamiento.

»Estaba cortando con un gran cuchillo una estaca de fresno que había tomado de un seto.

El clérigo se interrumpió.

—¿Son esas las luces de la casa que busca, señorita? —preguntó—. Estamos más cerca de lo que esperaba, pero tendré tiempo para terminar mi historia. Creo que lo haré, porque puede correr a casa en un par de minutos, y no quiero que se asuste cuando salga a los páramos de nuevo.

»En fin. Mientras el hombre hablaba, parecía haber salido del trasfondo mismo de mis pensamientos, su sórdida historia, con las tristes mentiras que ocultaban una verdad mucho más triste.

»Me preguntó la hora.

»Faltaban cinco minutos para las nueve. Cuando volví a poner el reloj en mi bolsillo miré su rostro. Tenía los dientes apretados y había algo en el brillo de sus ojos que me dijo de inmediato su propósito.

»¿Alguna vez ha sabido cuánto dura un segundo? Durante un tercio de segundo me quedé de pie frente a él, lleno de una compasión abrumadora por mí y por él; y luego, sin una palabra de advertencia, él estaba sobre mí.

»No sentí nada.

»Un relámpago recorrió mi espina dorsal, escuché el ruido sordo de la estaca de fresno, y luego un golpeteo muy suave, como el sonido de un riachuelo lejano. Por un minuto me quedé tumbado en perfecta felicidad, mirando las luces de la casa mientras se encendían hasta que todo el cielo pareció titilar.

»No podría haber tenido una muerte más indolora.

La señorita Craig miró hacia arriba. El hombre se había ido; estaba sola en el páramo.

Corrió a la casa, castañeteando los dientes, corrió hacia la sombra sólida que cruzaba y volvía a cruzar la persiana de la cocina.

Al entrar en el pasillo, el reloj de la escalera dio la hora. Eran las nueve en punto.

William F. Harvey (1885-1937)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de William F. Harvey.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de William F. Harvey: A través de los páramos (Across the Moors), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Valle Muerto»: Ralph Adams Cram; relato y análisis


«El Valle Muerto»: Ralph Adams Cram; relato y análisis.




El Valle Muerto (The Dead Valley) —a veces traducido al español como El valle de la muerte— es un relato de terror del escritor norteamericano Ralph Adams Cram (1863-1942), publicado en la antología de 1895: Espíritus blancos y negros: un libro de historias de fantasmas (Black Spirits and White: A Book of Ghost Stories).

El Valle Muerto, quizás uno de los cuentos de Ralph Adams Cram más reconocidos, narra la historia de dos muchachos, quienes emprenden una larga caminata por una tierra árida, desconocida, que poco a poco se va tornando más y más desolada, hasta que por fin llegan al Valle Muerto: un sitio onírico, irreal, donde la propia naturaleza parece haber adquirido una consciencia amenazante.

Ralph Adams Cram fue un destacado arquitecto que revitalizó la arquitectura gótica en los Estados Unidos, y que solo ocasionalmente incursionó en el relato fantástico; de hecho, apenas publicó una colección de cuentos. Como no podía ser de otro modo, El Valle Muerto se inscribe dentro de la tradición de la literatura gótica, con una maestría tal que capturó el elogio de H.P. Lovecraft, quien escribió:


En El Valle Muerto, el eminente arquitecto y medievalista, Ralph Adams Cram, logra un memorable registro de vago horror regional a través de sutilezas en la atmósfera y descripción.


SPOILERS.

Lovecraft estaba en lo cierto. En El Valle Muerto todo tiene que ver con la atmósfera y la descripción. Aquí, dos niños, Olof Ehrenvärd y Nils Sjöberg, emprenden un viaje en soledad hacia una aldea lejana, con la esperanza de comprar un cachorro. La noche se precipita sobre ellos y los muchachos pronto se encuentran en un escenario inusual, premonitorio, como si la propia naturaleza se tornara hostil con ellos.

El Valle Muerto de Ralph Adams Cram es uno de esos relatos que calan hondo, quizas porque la fuente del peligro es desconocida. De hecho, el autor no explica absolutamente nada sobre el origen de aquel mal que pesa sobre el Valle Muerto, y esto funciona. Le otorga a la historia un sentimiento mítico, algo profundo, primitivo. El pequeño y valiente Olof lo experimenta no solo una vez, por casualidad, sino una segunda cuando regresa semanas más tarde para investigar la fuente de aquel paisaje onírico.

La eficacia de El Valle Muerto se ve reforzada por el oscuro e imprivisible giro hacia el final del cuento. Aunque comienza como un recuento bucólico, pronto se transforma en la desgarradora historia de dos niños perdidos en una tierra desprovista de vida y esperanza. No hay refugio, ni alivio, en el Valle Muerto. Los protagonistas se encuentran rodeados por ese paisaje aterrador, esa niebla espesa, que parece alimentarse del temor y la desesperación que crecen con cada paso.

No es ilógico suponer que la idea de dos niños de 12 años, y un cachorro, perdidos en un bosque que, a su vez, es una proyección psíquica de sus miedos, bien podría haber inspirado a los creadores de Silent Hill.

El Valle Muerto posee algo del Horror Cósmico de Algernon Blackwood y Arthur Machen, sobre todo en el empleo de la naturaleza como agente de una hostilidad antigua y alejada de los intereses humanos. En este contexto, podemos aventurar que la esencia del Valle Muerto, aquello que lo resguarda de los curiosos, y que torna el ambiente en una verdadera réplica de las pesadillas lovecraftianas, es un Genius Loci (ver: Genius Loci: el espíritu del lugar), aquellos espíritus guardianes de ciertos lugares, aunque en este caso también cabe la posibilidad de que el Valle Muerto sea una proyección de la psique perturbada del pequeño Olof.



El Valle Muerto.
The Dead Valley, Ralph Adams Cram (1863-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Tengo un amigo, Olof Ehrensvärd, sueco de nacimiento. Debido a una extraña y melancólica tendencia desde su temprana infancia, su familia lo trajo al Nuevo Mundo. Es, entonces, una historia muy curiosa. Los detalles no importan aquí, pero son lo suficientemente concretos como para tejer una red de romance alrededor del hombre alto de barba amarilla, ojos tristes y una voz capaz de entonar perfectamente las quejumbrosas canciones suecas recordadas de la infancia.

En las tardes de invierno jugamos ajedrez juntos, él y yo, y después de esas batallas feroces, por lo general luego de mi derrota, llenamos nuestras pipas, y Ehrensvärd me cuenta historias de la lejana patria, antes de lanzarse al mar: historias que se vuelven muy extrañas e increíbles a medida que la noche se profundiza y el fuego se apaga, pero historias que, sin embargo, creo completamente.

Una de ellos me causó una gran impresión. La comparto aquí, lamentando no poder reproducir el inglés curiosamente perfecto y el delicado acento que aumentaba la fascinación del relato. Sin embargo, de todo aquello que puedo recordar, aquí está.


Nunca te conté cómo Nils y yo fuimos por las colinas hasta Hallsberg, y cómo encontramos el Valle Muerto, ¿verdad? Bueno, así es como sucedió. Debo haber tenido unos doce años, y Nils Sjöberg, cuyo patrimonio familiar se unió al nuestro, era unos meses más joven. Éramos inseparables justo en ese momento, y lo todo lo que hacíamos, lo hacíamos juntos.

Una vez por semana se abría el mercado en Engelholm, y Nils y yo siempre íbamos allí para ver los extraños productos que el mercado reunía en todo el país circundante. Un día perdimos nuestros corazones, porque un anciano del otro lado del Elfborg había traído un perrito para vender, que nos parecía el más hermoso del mundo. Era un cachorro redondo y lanudo, tan divertido que Nils y yo nos sentamos en el suelo y nos reímos de él, hasta que vino y jugó con nosotros de una manera tan alegre que sentimos que solo había una cosa realmente deseable en la vida, y eso era el perrito del viejo del otro lado de las colinas.

Pero, ¡ay!, no teníamos ni la mitad de dinero suficiente para comprarlo, así que nos vimos obligados a rogarle al anciano que no lo vendiera antes del próximo día de mercado, prometiéndole que le traeríamos el dinero en ese momento. Nos dio su palabra y corrimos a casa muy rápido e imploramos a nuestras madres que nos dieran dinero para el perrito.

Obtuvimos el dinero, pero no podíamos esperar a la fecha acordada. Teníamos miedo que el dueño lo vendiese de todos modos. La idea nos asustó, así que suplicamos que se nos permitiera cruzar las colinas hasta Hallsberg, donde vivía el anciano, y recoger el perrito nosotros mismos. Al final nos dijeron que podríamos ir.

Al comenzar temprano en la mañana deberíamos llegar a Hallsberg a las tres en punto, y se acordó que deberíamos quedarnos allí esa noche con la tía de Nils y, al partir al mediodía del día siguiente, volver a casa al atardecer.

Poco después del amanecer estábamos en camino, después de haber recibido instrucciones minuciosas sobre lo que deberíamos hacer en todas las circunstancias posibles e imposibles, y finalmente el mandato reiterado de que deberíamos regresar a casa a la misma hora del día siguiente.

Para nosotros era un plan magnífico. Cargamos nuestros rifles, llenos de un vano sentido de importancia. El viaje fue bastante tranquilo a lo largo de un buen camino, a través de las grandes colinas que conocíamos tan bien. Nils y había disparado sobre la mitad del territorio a este lado de la cresta divisoria del Elfborg. Detrás de Engelholm se extendía un largo valle, desde el cual se elevaban las montañas bajas, y tuvimos que cruzar esta área, y luego seguir el camino a lo largo de la ladera de las colinas durante tres o cuatro millas, antes de que un sendero estrecho se bifurcara a la izquierda, conduciendo a través del paso.

Nada ocurrió de interés en el camino, y llegamos a Hallsberg a su debido tiempo, descubrimos para nuestra alegría inexpresable que el perrito no se vendió, así fuimos a la casa de la tía de Nils para pasar la noche.

No recuerdo bien por qué no salimos temprano al día siguiente. En todo caso, sé que nos detuvimos en un campo de tiro a las afueras de la ciudad, donde los cerdos de cartón más atractivos se deslizaban lentamente a través del follaje pintado. El resultado fue que nos demoramos. Finalmente nos encontramos cruzando la ladera de la montaña con el sol peligrosamente cerca de sus cumbres. Creo que estábamos un poco asustados ante la perspectiva de una caminata nocturna, y del posible castigo que nos esperaba si volvíamos después de medianoche.

Por lo tanto, nos apresuramos por la ladera de la montaña, mientras el anochecer azul se cerraba sobre nosotros y la luz se apagaba en el cielo púrpura. Al principio habíamos estado bromeando, y el perrito había estado saltado delante de nosotros con la mayor alegría. Últimamente, sin embargo, nos llegó una curiosa opresión; no hablábamos, ni silbábamos, mientras el perro se quedó atrás, siguiéndonos con vacilación en cada músculo.

Habíamos pasado por las estribaciones bajas de las montañas, y estábamos casi en la cima de la cordillera principal, cuando la vida parecía apagarse del todo, dejando el mundo muerto. Repentinamente silencioso, el aire del bosque se volvió estancado. Instintivamente nos detuvimos para escuchar.

Un silencio perfecto: el silencio aplastante de los bosques profundos en la noche; y más, para siempre, incluso en las más impenetrables profundidades de las montañas boscosas, es el murmullo multitudinario de pequeñas vidas, despertadas por la oscuridad, exageradas e intensificadas por la quietud del aire y la gran oscuridad: pero aquí y ahora el silencio parecía intacto incluso con el giro de una hoja, el movimiento de una ramita, la nota de un pájaro nocturno o de un insecto. Podía escuchar la sangre latir por mis venas. El crujido de la hierba bajo nuestros pies mientras avanzábamos con pasos vacilantes sonaba como la caída de un árbol.

Y el aire estaba estancado, muerto. La atmósfera parecía descansar sobre el cuerpo como el peso del mar sobre un buzo que se ha aventurado demasiado lejos en sus terribles profundidades. Lo que generalmente conocemos como silencio es apenas un paréntesis en relación con el estruendo de la experiencia ordinaria. Esto era un silencio absoluto, que aplastaba la mente mientras intensificaba los sentidos, aumentando el terrible peso del miedo inextinguible.

Sé que Nils y yo nos miramos el uno al otro con terror, escuchando nuestra respiración rápida y pesada, que sonaba a nuestros agudos sentidos como la agitada oleada de las aguas. Y el pobre perrito justificó nuestro terror. La opresión negra parecía aplastarlo incluso como a nosotros. Se tumbó cerca del suelo, gimiendo débilmente, y arrastrándose dolorosa y lentamente más cerca de los pies de Nils. Creo que esta exhibición de miedo animal fue la última señal que inhibió nuestra razón, la mía de todos modos; pero justo entonces, mientras estábamos temblando en los límites de la locura, llegó un sonido, tan horrible que pareció despertarnos del hechizo que pesaba sobre nosotros.

En el fondo del silencio llegó un grito, que comenzó como un gemido bajo y doloroso, que se convirtió en un grito tembloroso, que culminó en un grito que pareció desgarrar la noche en un sol y destrozar el mundo como por un cataclismo. Tan temeroso fue que no podía creer que tuviera una existencia real: pasó la experiencia previa, los poderes de la creencia, y por un momento pensé que era el resultado de mi propio terror animal, una alucinación nacida de una razón vacilante.

Una mirada a Nils disipó este pensamiento en un instante. A la pálida luz de las altas estrellas, él era la encarnación de todos los posibles miedos humanos, temblando de dolor, con la mandíbula caída, la lengua afuera, sus ojos sobresalían como los de un hombre ahorcado. Sin una palabra, huimos, el pánico del miedo nos dio fuerzas, y juntos, el perrito atrapado en los brazos de Nils, nos apresuramos por la ladera de las montañas malditas, hacia cualquier lugar, el objetivo no tenía importancia: solo teníamos fuerzas para alejarnos de ese lugar.

Entonces, debajo de los árboles negros y las estrellas blancas y lejanas que brillaron a través de las hojas quietas en lo alto, saltamos por la ladera de la montaña, independientemente del camino o de cualquier punto de referencia, directamente a través de la maleza, a través de arroyos de montaña, a través de pantanos y cadáveres. En cualquier caso, nuestro curso era descendente.

Cuánto tiempo corrimos así, no tengo idea, pero poco a poco el bosque quedó atrás, y nos encontramos entre las estribaciones. Nos echamos exhaustos sobre la corta y seca hierba, jadeando como perros cansados.

Era más claro aquí a la intemperie, y ahora miramos a nuestro alrededor para ver dónde estábamos, y cómo íbamos a encontrar el camino que nos llevaría a casa. Buscamos en vano una señal familiar. Detrás de nosotros se alzaba la gran muralla del bosque negro en el flanco de la montaña: ante nosotros yacían los montículos ondulantes de colinas bajas, y más allá, solo la caída del cielo negro, brillante con las estrellas multitudinarias que volvieron su profundidad aterciopelada a un gris luminoso.

Según recuerdo, no nos hablamos. El terror nos pesaba demasiado para eso, pero poco a poco nos levantamos simultáneamente y comenzamos a cruzar las colinas.

Permanecía el mismo silencio, el mismo aire muerto e inmóvil, un aire que era a la vez tibio y escalofriante, como la quemadura del acero congelado. Aun cargando al perro indefenso, Nils siguió adelante a través de las colinas, y yo lo seguí de cerca. Por fin, frente a nosotros, se alzó una ladera cuya cumbre rozaba las estrellas blancas. Ascendimos con esfuerzo. Llegamos a la cima y nos encontramos mirando hacia un valle grande y llano, lleno la mitad con... ¿qué?

Hasta donde alcanzaba la vista se extendía una llanura de color blanco ceniciento, ligeramente fosforescente, un mar de niebla que yacía como agua inmóvil, o más bien como un piso de alabastro. Si fuera posible, creo que el mar de niebla blanca y muerta aterrorizó aún más mi alma que el pesado silencio o el grito mortal: tan ominoso, tan irreal, tan fantasmal, tan imposible, ya que yacía allí como un océano muerto bajo las estrellas constantes. ¡Sin embargo, a través de esa niebla debíamos seguir! No parecía haber otro camino a casa.

Destrozado por el miedo, e impulsado por el único deseo de regresar, comenzamos a descender la cuesta hacia donde cesaba el mar de niebla lechosa sobre los tallos de hierba áspera.

Puse un pie en la niebla fantasmal. Un escalofrío de muerte me atravesó, deteniendo mi corazón, y me eché hacia atrás. En ese instante llegó de nuevo el chillido, cercano, mucho más cercano, al otro lado de ese maldito mar, Vi la niebla fría levantarse como una boca de agua y arrojarse en lo alto, retorciéndose, arremolinándose. Las estrellas comenzaron a oscurecerse a medida que el vapor espeso las atravesaba, y en la oscuridad creciente vi una gran luna acuosa levantarse lentamente sobre el mar palpitante.

Esto fue suficiente: giramos y huimos a lo largo del margen del mar blanco que ahora palpitaba con movimientos irregulares debajo de nosotros, subiendo, subiendo, lenta y constantemente, llevándonos más y más arriba por las faldas.

Fue una carrera por la vida. No sé cómo, pero lo hicimos, y finalmente vimos el mar blanco caer detrás de nosotros mientras avanzábamos tambaleantes hacia el final del valle, y luego hacia una región que conocíamos: el viejo camino. Lo último que recuerdo fue escuchar una voz extraña, la de Nils, pero horriblemente cambiada, tartamudeando:

—¡El perro está muerto!

Y luego el mundo entero se dio la vuelta dos veces, lenta e incesantemente, y la conciencia se estrelló.

Recuerdo que unas tres semanas después desperté en mi habitación y encontré a mi madre sentada al lado de la cama. Al principio no podía pensar muy bien, pero de a poco comenzaron a aparecer vagos destellos de recuerdos, hasta recuperar toda la secuencia de eventos de esa horrible noche en el Valle Muerto.

Me informaron que, tres semanas antes, me habían encontrado en mi propia cama, muy enfermo, y que mi enfermedad se convirtió rápidamente en fiebre cerebral. Traté de hablar de las cosas terribles que me habían sucedido, pero vi de inmediato que nadie me prestaba atención, salvo los fantasmas de un frenesí moribundo, así que cerré la boca.

Sin embargo, debía ver a Nils, así que pregunté por él. Mi madre me dijo que él también había estado enfermo, pero que ahora estaba bastante recuperado. Luego lo trajeron y, cuando estuvimos solos, comencé a hablarle de la noche en la montaña. Nunca olvidaré la conmoción que me golpeó cuando el niño negó todo: negó haber ido conmigo, haber escuchado el grito, haber visto el valle o sentir el frío mortal de la niebla fantasmal. Nada sacudiría su decidida ignorancia. A pesar de mí mismo, me vi obligado a admitir que sus negaciones no provenían de una política de ocultamiento, sino del olvido.

Mi cerebro debilitado estaba en crisis. ¿Fue todo producto del delirio de la fiebre? ¿O el horror de lo real había borrado la mente de Nils en lo que respecta a los eventos de la noche en el Valle Muerto? La última explicación parecía la única razonable, de lo contrario, ¿cómo explicar la repentina enfermedad que en una noche nos había golpeado a los dos? No dije nada más, ni a Nils ni a mi propia gente, pero esperé, con una determinación creciente. Encontraría ese valle si realmente existía.

Pasaron algunas semanas antes de que estuviera lo suficientemente fuerte como para ir, pero finalmente, a fines de septiembre, elegí un día brillante, cálido y tranquilo, la última sonrisa del verano agonizante, y caminé temprano en la mañana a lo largo del camino que conducía a Hallsberg. Estaba seguro de saber dónde se abría el camino a la derecha, por donde habíamos venido del valle de aguas muertas, porque un gran árbol crecía junto al camino de Hallsberg en el punto donde, con un sentido de salvación, habíamos encontrado el camino a casa.

Pronto lo vi a la derecha, un poco más adelante.

Creo que la brillante luz del sol y el aire limpio funcionaron como un tónico, ya que cuando llegué al pie del gran pino, había perdido bastante la certeza en aquella visión que me perturbaba, creyendo ahora que no había sido más que una pesadilla. Sin embargo, giré bruscamente a la derecha, en la base del árbol, sobre un camino estrecho que conducía a través de la espesura. Mientras lo hacía, me tropecé con algo. Un enjambre de moscas cantaba en el aire a mi alrededor, y al mirar hacia abajo, vi el vellón enmarañado, los pequeños huesos del perro que habíamos comprado en Hallsberg.

Entonces supe que todo era cierto, y estaba asustado. Sin embargo, el orgullo y el deseo de aventura me impulsaron, y avancé contra la espesura que me impedía el paso. El camino apenas era visible: simplemente era un sendero abierto por pequeñas bestias, porque, aunque se lo veía sobre la hierba fresca, los arbustos de arriba eran gruesos y apenas penetrables. La tierra se elevó lentamente, hasta que finalmente llegué a una gran ladera, sin árboles o arbustos, muy parecida a mi recuerdo de esa subida que habíamos rematado para poder encontrar el Valle Muerto y la niebla helada Miré al sol; era brillante y claro. Los insectos alrededor zumbaban en el aire otoñal, y los pájaros volaban de un lado a otro. Seguramente no había peligro, al menos hasta el anochecer; así que comencé a silbar, y con prisa subí a la última cresta de la colina marrón.

¡Allí yacía el Valle Muerto! Una gran cuenca ovalada, casi tan suave y regular como si estuviera hecha por el hombre. Por todos lados, la hierba se deslizaba por el borde de las colinas circundantes, un verde polvoriento en las crestas, luego se desvanecía en un marrón ceniciento y, por lo tanto, hacia una tonalidad blanca y mortal. Este último color formaba un anillo delgado que se extendía en una larga línea alrededor de la pendiente. ¿Y entonces? Nada. Tierra desnuda, marrón, dura, brillante con granos de álcali, pero por lo demás muerta y estéril. Ni un mechón de hierba, ni un palo de matorral, ni siquiera una piedra, sino solo una vasta extensión de arcilla batida.

En medio de la cuenca, quizás a una milla y media de distancia, la extensión yerma era rota por un gran árbol muerto, que se elevaba sin hojas y demacrado en el aire. Sin dudarlo, comencé a descender hacia el valle y logré este objetivo. Cada partícula de miedo parecía haberme dejado, e incluso el valle en sí no parecía tan aterrador. En cualquier caso, me atrajo una curiosidad abrumadora, y parecía que solo había una cosa en el mundo: ¡llegar a ese Árbol!

Mientras caminaba por la tierra dura, noté que las voces multitudinarias de pájaros e insectos habían desaparecido. Ninguna abeja o mariposa flotaba en el aire, ningún insecto saltó o se arrastró sobre la tierra opaca. El aire mismo estaba estancado.

Cuando me acerqué al esqueleto del árbol, noté el destello de la luz del sol en una especie de montículo blanco alrededor de sus raíces. No fue hasta que me acerqué que vi su naturaleza.

Alrededor de las raíces y el tronco sin corteza se amontonaba un montículo de pequeños huesos. Pequeños cráneos de roedores y pájaros, miles de ellos, que se alzaban alrededor del árbol muerto y se alejaban varios metros en todas las direcciones, hasta que la terrible pila terminaba en cráneos aislados y esqueletos dispersos. Aquí y allá aparecía un hueso más grande: el muslo de una oveja, las pezuñas de un caballo y, a un lado, sonriendo lentamente, un cráneo humano.

Me quedé quieto, observándolo todo, cuando de repente el silencio denso fue roto por un débil y triste llanto en lo alto. Miré hacia arriba y vi un gran halcón girando justo sobre el árbol. En un instante cayó sobre los huesos.

El horror me golpeó, y corrí a casa. Un extraño entumecimiento crecía en mí. Corrí de todos modos, hasta que por fin levanté la vista. ¿Dónde estaba la subida de la colina? Miré a mi alrededor salvajemente. Cerca de mí estaba el árbol muerto con su montón de huesos. Lo había estado dando vueltas y vueltas, y la pared del valle todavía estaba a una milla y media de distancia.

Me quedé aturdido. El sol se estaba hundiendo, rojo y apagado, hacia la línea de las colinas. En el este, la oscuridad crecía rápidamente. ¿Todavía había tiempo? Mis pies parecían obstruidos como en una pesadilla. Apenas podía arrastrarlos sobre la tierra estéril. Y luego sentí el lento escalofrío, atravesándome. Miré hacia abajo. De la tierra se alzaba una fina neblina que se acumulaba en pequeños charcos que se hacían cada vez más grandes hasta que se unían aquí y allá, sus corrientes giraban lentamente como un fino humo azul. Las colinas del oeste redujeron a la mitad el sol de cobre. Cuando oscureciera, volvería a escuchar ese chillido y luego moriría. Lo sabía, y con cada átomo de voluntad restante me tambaleé hacia el oeste rojo a través de la bruma que se retorcía alrededor de mis tobillos, retrasando mis pasos.

Y mientras luchaba por salir de la influencia de Árbol, el horror creció, hasta que por fin pensé que iba a morir. El silencio me persiguió como u fantasma, el aire quieto contuvo el aliento, la niebla infernal atrapó mis pies con sus manos frías.

¡Pero triunfé!

Mientras me arrastraba sobre mis manos y rodillas por la pendiente marrón, escuché, a lo lejos, el grito que casi me había despojado de la razón. Era débil y vago, pero inconfundible en su horrible intensidad. Miré hacia atrás. La neblina era densa y pálida, subiendo sin cesar la pendiente marrón. El cielo era dorado bajo el sol poniente, pero debajo estaba el gris ceniciento de la muerte. Me paré por un momento al borde de este mar infernal, y luego salté cuesta abajo. La noche se cerró y, cuando me arrastraba débilmente hacia casa, agotado, la oscuridad se cerró sobre el Valle Muerto.

Ralph Adams Cram (1863-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ralph Adams Cram.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ralph Adams Cram: El Valle Muerto (The Dead Valley), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

El virus de la carretera: Stephen King

Les dejamos el primer capítulo de una serie de televisión llamada Pesadillas y alucinaciones (Nightmares & Dreamscapes), basada en los 14 relatos de terror de Stephen King publicados en la antología de 2002: Todo es eventual (Everything's Eventual).

En esta primera entrega nos ofrece una versión del cuento: El virus de la carretera viaja hacia el norte (The Road Virus Heads North); una historia que da cuenta de la fascinación de Stephen King por los retratos como catalizadores del mal, y que acaso también opera como un homenaje a relatos de terror como El retrato oval (The Oval Portrait), de Edgar Allan Poe; El retrato de Edward Randolph (Edward Randolph's Portrait), de Nathaniel Hawthorne, y El viejo retrato (The Old Portrait), de Hume Nisbet.

El virus de la carretera viaja hacia el norte cuenta la historia de Richard Kinnell, un célebre escritor que, al regresar a casa después de una consulta médica, decide comprar un cuadro bastante extraño; cuya imagen parece cambiar ligeramente con cada nueva mirada, hasta transformarse en una entidad siniestra que busca trascender el plano (literalmente) en el que habita.


Pesadillas y alucinaciones (capítulo I)
El virus de la carretera viaja hacia el norte, The Road Virus Heads North.




El resumen de El virus de la carretera viaja hacia el norte (The Road Virus Heads North) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Relatos de terror de viajes


Relatos de terror de viajes.




Hablar de relatos de terror de viajes es, quizás, ir demasiado lejos, y no de un modo irónico.

Sin embargo, algunas antologías fantásticas se ocuparon de este tópico narrativo. Una de ellas, El coche fantasma: trece jornadas hacia lo desconocido (The Phantom Coach: Thirteen Journeys into the Unknown), recopilada por Peter C. Smith en 1979, da cuenta de esta faceta intinerante del horror.






El coche fantasmas: trece jornadas hacia lo desconocido.
The Phantom Coach: Thirteen Journeys into the Unknown.
  • El coche fantasma (The Phantom Coach, Amelia B. Edwards)
  • El guardavías (The Signalman, Charles Dickens)
  • En el metro (In the Tube, E.F. Benson)
  • La boda de John Charrington (John Charrington's Wedding, Edith Nesbit)
  • Ámame y ama mi auto (Love Me Love My Car, James Turner)
  • El expreso del ático (The Attic Express, Alex Hamilton)
  • El reino de lo irreal (The Realm of the Unreal, Ambrose Bierce)
  • El salón del Buick (The Buick Saloon, Ann Bridge)
  • La mujer de negro (The Woman in Black, Peter Hackett)
  • Los pasajeros que no pagan (Non-Paying Passengers, R. Chetwynd-Hayes)
  • Polizón silencioso (Silent Stowaway, Rick Ferreira)
  • Sinópsis de una pesadilla (Synopsis of a Nightmare, Peter C. Smith)
  • Sin pasaje (No Ticket, Mary Williams)




Antologías. I Relatos góticos.


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Relatos de terror de caminos


Relatos de terror de caminos.








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«En el camino de Brighton»: Richard Middleton; relato y análisis.


«En el camino de Brighton»: Richard Middleton; relato y análisis.




En el camino de Brighton (On the Brighton Road) es un relato de fantasmas del escritor inglés Richard Middleton (1882-1911), publicado de manera póstuma en la antología de 1912: El barco fantasma y otras historias (The Ghost Ship and Other Stories).

En el camino de Brighton, uno de los grandes cuentos de Richard Middleton, relata el encuentro de un vagabundo con un joven que afirma haber muerto cuatro veces.

En el camino de Brighton comienza en una mañana de invierno. Un vagabundo despierta en un campo, al principio está confundido porque cree que está en una cama caliente. Al despertar del todo se sorprende de no haber muerto congelado durante la noche. El campo muestra evidencias de una fuerte nevada. De todos modos, no está seguro de sentise feliz de estar vivo, dada la difícil vida que lleva.

El vagabundo continúa caminando hacia Brighton. En el camino, ve a alguien, a quien toma por un chico de unos 15 años, encendiendo un cigarrillo. El chico pregunta si puede caminar con él; asegura tener 18 años y que lleva seis años sin hogar; de hecho, nota que el vagabundo no lleva mucho tiempo sin hogar y le da algunos consejos. Aunque hace más calor en Londres, dice, es más difícil conseguir comida, y añade que la gente es más amable en el campo.

La noche anterior, un granjero dejó al chico dormir en un granero y a la mañana le trajo el desayuno. El vagabundo dice que durmió a la intemperie, y que se sorprende de no haber muerto de frío. El chico le pregunta si puede estar seguro de que no ha muerto. Él mismo, asegura, ha muerto cuatro veces: se ahogó en el mar, fue asesinado por alguien que le golpeó en la cabeza con una púa, y murió congelado dos veces. El chico sostiene que a las personas como él y el vagabundo no se les permite descansar, y tienen que seguir deambulando en la tierra después de morir.




En el camino de Brighton.
On the Brighton Road, Richard Middleton (1882-1911)

Lentamente había trepado el sol por las colinas blancas y duras hasta alumbrar, sin el misterioso ritual del amanecer, un centelleante mundo de nieve. Una fuerte helada había caído por la noche, y los pájaros que saltaban ateridos de un lado a otro no dejaban huellas de su paso en los plateados caminos. En algunos lugares, las abrigadas cavernas de los setos mitigaban la monotonía de blancura que había descendido sobre la coloreada tierra, y allá arriba se fundían los torsos del cielo, del anaranjado al azul profundo, y del azul profundo a un celeste tan pálido que más que espacio ilimitado sugería una tenue pantalla de papel. Un viento frío y silencioso soplaba de los campos, arrancando a los árboles un fino polvillo de nieve, pero sin alcanzar a mover los pesados setos. Una vez superado el horizonte, el sol pareció ascender con mas rapidez, y a medida que se elevaba, su calor luchaba con la gelidez del viento.

Quizá haya sido esta extraña alternativa de calor y frío lo que arrancó al vagabundo de su sumo; lo cierto es que forcejeó un instante con la nieve que lo cubría, como un hombre que se revuelve incómodo entre las sábanas, y después se sentó con ojos abiertos e interrogantes.

- ¡Cielos! Pensé que estaba en cama -dijo para sus adentros, observando el desnudo paisaje-, y en realidad no me he movido de aquí.

Se desperezó, y levantándose cuidadosamente se sacudió la nieve que le cubría el cuerpo. El viento lo hizo tiritar, y comprendió entonces que su lecho había sido tibio.

"Vamos, me siento bastante bien -pensó-. Supongo que es una suerte haber despertado. O una desgracia… no es demasiado agradable volver al mundo." Alzó la vista y vio las colinas que resplandecían contra lo azul como los Alpes de una tarjeta postal. "Esto significa, si no me equivoco – prosiguió lúgubremente- que aún debo marchar unas cuarenta millas. Sabe Dios lo que anduve a ver. Caminé hasta sentirme exhausto, y ahora no me habré alejado más de doce millas de Brighton. ¡Maldita sea la nieve, maldito Brighton, maldito todo el mundo!"

El sol subía cada vez más, y él echo a andar pacientemente a lo largo del camino, dando la espalda a las colinas.

"¿Me causa pena o alegría saber que fue sólo el sumo quien se apoderó de mí, pena o alegría, pena o alegría" Sus pensamientos parecían ordenarse en un acompañamiento métrico al ritmo constante de sus pasos, y no se esforzó por hallar una respuesta a su pregunta. Le bastaba con marchar a compás de ella.

Había dejado atrás tres piedras miliares cuando alcanzó a un muchacho que se agachaba para encender un cigarrillo. Iba sin sobretodo y en aquel contorno de nieve parecía indeciblemente frágil.

—¿Va por este camino, señor? —preguntó hoscamente el muchacho.

—Sí —respondió el vagabundo.

—Ah, entonces lo acompañaré un trecho, si no va usted demasiado rápido. Uno se siente solo a esta hora del día.

El caminante asintió y el muchacho comenzó a andar, cojeando, a su lado.

—Tengo dieciocho años —dijo, como al azar—. Seguramente usted me habrá creído más joven.

—Pensé que no tendrías más de quince.

—Se equivoca. Cumplí los dieciocho años en agosto, hace seis que camino. Cinco veces huí de casa cuando era pequeño, y otras tantas me prendió la policía y me llevó de vuelta. La policía ha sido muy buena conmigo. Ahora no tengo casa de donde huir.

—Yo tampoco —dijo tranquilamente el vagabundo.

—Oh, va sé lo que es usted —exclamó el muchacho, jadeante—. Un caballero venido a menos. Para usted es más difícil que para mí.

El vagabundo miró de soslayo la magra figura del joven que renqueaba a su lado, y aminoró el paso.

—No he caminado tanto como tú —admitió.

—No, se le adivina en el paso. Aún no se ha fatigado. ¿Quizá espera llegar a alguna parte?

El caminante reflexionó.

—No sé —dijo amargamente—. Uno siempre espera algo.

—Ya perderá la costumbre —comentó el muchacho—. En Londres hace más calor, pero es más difícil hallar de comer. En realidad, rara vez se encuentra algo.

—Pero siempre existe la posibilidad de encontrar a alguien que comprenda…

—La gente del campo es mejor —comentó el muchacho—. Anoche arrendé por nada un granero y dormí con las vacas, y esta mañana el granjero me sacó de allí, pero me dio té y tocino porque me vio pequeño. Por supuesto, ésa es una ventaja; pero en Londres, sopa de noche en el Embankment, y después policías que lo echan a uno de todas partes.

—Yo me caí anoche a la vera del camino y me quedé dormido. Es un milagro que no me haya muerto.

El muchacho le lanzó una mirada perspicaz.

—¿Cómo sabe que no se ha muerto? —dijo.

—No me parece —respondió el caminante después de una pausa.

—Pues yo le digo —exclamó el muchacho— que gente como nosotros no podemos escapar de esto aunque queramos. Siempre hambrientos, sedientos, cansados como perros, caminando. Y sin embargo, si alguien me ofrece trabajo y un hogar tranquilo, mi estómago se enferma. ¿Acaso parezco fuerte? Se que soy pequeño para mí edad, pero he ambulado seis años, ¿y cree usted que no estoy muerto? Me ahogué mientras me bañaba en Margate, y un gitano me mató con una lanza; me atravesó la cabeza, y dos veces me helé como usted anoche, y en este mismo camino me destrozó un automóvil; y sin embargo, aquí me ve, caminando, caminando en dirección a Londres, para irme de Londres caminando, porque no puedo evitarlo. ¡Muerto! Le digo que no podemos escapar aunque queramos.

El niño se interrumpió en un acceso de tos, y el caminante se detuvo a esperar que se recobrara.

—Será mejor que te preste mi abrigo, Tommy —dijo—: Tienes una tos muy fea.

—¡Váyase al diablo! —le gritó fieramente, chupando su cigarrillo—. Estoy perfectamente. Le estaba hablando del camino. Usted aún no lo sabe, pero lo descubrirá. Estamos todos muertos, todos los que vamos por el camino, y estamos todos cansados, pero no podemos dejarlo. En verano está el aire perfumado, el polvo y el heno y el viento le golpean a uno en la cara en los días calientes; y es hermoso despertarse en la hierba húmeda en una límpida mañana. No sé, no sé…

Súbitamente cayó hacia adelante, y el vagabundo lo tomó entre sus brazos.

—Estoy enfermo —susurró el muchacho—, estoy enfermo. . .

El vagabundo miró a un lado y a otro, pero no vio casas ni señales de vida. Sin embargo, cuando aún sostenía vacilante al muchacho en mitad del camino, un automóvil apareció de pronto a la distancia y se acercó suavemente sobre la nieve.

—¿Qué ocurre? —dijo quedadamente el conductor, deteniendo el automóvil—. Yo soy medico.

Miró atentamente al muchacho y oyó su pesada respiración.

—Pulmonía —comentó—. Lo llevaré al hospital, y a usted también, si quiere.

El vagabundo pensó en la casa de corrección y meneó la cabeza.

—Prefiero ir a pie —dijo.

El muchacho le hizo un guiño apenas perceptible mientras lo subían al automóvil.

—Nos encontraremos más allá de Reigate —murmuró—. Ya verá.

Y el automóvil se desvaneció por la blanca carretera. Toda la mañana anduvo el peregrino chapoteando sobre la nieve fundida, pero al mediodía pidió un mendrugo en una choza y entró en un solitario granero para comerlo. Allí hacía calor, y después de comer se quedó dormido entre el heno. Estaba todo oscuro cuando despertó y echo a andar una vez más por los anegados caminos.

Dos millas más allá de Reigate, una figura, una frágil figura, salió de la oscuridad a su encuentro.

—¿Va por este camino, señor? —dijo una voz ronca—. Entonces lo acompanaré un trecho, si no anda usted demasiado rápido. Uno se siente solo caminando a esta hora.

—¡Pero, la pulmonía…! —exclamó el vagabundo, aterrado.

—Morí en Crawley esta mañana —dijo el muchacho.

Richard Middleton (1882-1911)




Relatos de Richard Middleton. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Richard Middleton: En el camino de Brighton (On the Brighton Road) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El espectro y el salteador de caminos»: Daniel Defoe; relato y anáisis


«El espectro y el salteador de caminos»: Daniel Defoe; relato y anáisis.




El espectro y el salteador de caminos (The Specter and the Highwayman) es un relato de fantasmas del escritor inglés Daniel Defoe (1661-1731), escrito alrededor de 1727.

El espectro y el salteador de caminos, uno de los cuentos de Daniel Defoe menos conocidos, nos sitúa en la región de Huntingdonshire, donde uno de los asaltantes más conocidos de la zona tiene un encuentro inquietante con un fantasma no menos célebre.




El espectro y el salteador de caminos.
The Specter and the Highwayman, Daniel Defoe (1661-1731)

Cuenta la historia que Hind, aquel famoso asaltante y proscripto, el más renombrado desde Robin Hood, encontró un espectro en el camino de un lugar llamado Stangate-hole, en Huntingdonshire, donde él acostumbraba a cometer sus robos y era famoso desde entonces por sus muchos asaltos.

El espectro se apareció con el traje de un simple ganadero de la zona. Y como el diablo, como podéis suponer, conocía muy bien los refugios y escondrijos que Hind frecuentaba, vino a la posada y, habiendo tomado cuarto, puso en lugar seguro su caballo y ordenó al posadero que le llevara su maleta, que era muy pesada, a su cámara. Cuando estuvo en ella, abrió el equipaje, tomó el dinero, que estaba distribuido en pequeños envoltorios y colocó todo en en más de dos bolsas, que tendrían igual peso a cada lado del caballo, y las hizo tan evidentes como le fue posible.

Las casas que alojan bandidos están pocas veces libres de espías que les proporcionan debida relación de lo que pasa. Hind recibió noticias del dinero, vio al hombre, vio el caballo al que sabía que volvería a ver; averiguó qué camino seguiría; lo encontró en Stangatehole, justo en el valle entre las dos colinas y lo detuvo diciéndole que debía entregarle la bolsa. Cuando habló de la plata, el ganadero fingió sorprenderse, mostró pánico, tembló y atemorizado y con un tono miserable dijo: "¡Como puedes ver yo sólo soy un pobre hombre! Por cierto, señor, no tengo dinero." (Ahí mostró el diablo que podía decir la verdad cuando se presentaba la ocasión.)

"¡Ah, perro!" -dijo él- "¿No tienes dinero? Vamos, aparta tu capa y dame las dos bolsas, esas que están a cada lado de la silla. ¡Qué! ¿No tienes dinero y sin embargo tus bolsas son demasiado pesadas para ponerlas de un solo lado? ¡Vamos, termina o te cortaré en pedazos en este mismo momento!"

(Aquí se puso fuera de sí, y lo amenazó de la peor manera que pudo.)

Bien, el pobre diablo lloraba y le decía que debía estar equivocado; que lo había tomado por otro hombre, seguro, porque realmente él no tenía dinero.

"¡Vamos, vamos!" -dijo Hind- "¡Ven conmigo!" Entonces tomó el caballo por la rienda y lo sacó fuera del sendero, hacia el bosque, que es muy oscuro en aquel lugar, porque el negocio era demasiado largo para quedarse en el camino durante todo el tiempo que durara.

Cuando estuvo en el bosque, "¡Vamos, señor ganadero" -ordenó-, "desmonta y dame las bolsas al instante!". En suma, hizo bajar al pobre hombre, le cortó las riendas y la cincha y abrió la alforja donde encontró las dos bolsas.

"Muy bien" -dijo- "aquí están y tan pesadas como antes". Las arrojó al suelo, las cortó para abrirlas; en una encontró una cuerda y en la otra una pieza de latón maciza con la forma exacta de una horca. Y el ganadero, detrás de él exclamó: "He aquí tu destino, Hind. ¡Ten cuidado!"

Si él se sorprendió por lo que encontró en las bolsas -pues no había ni un cuarto de penique en la alforja donde estaba la cuerda -más se sorprendió cuando oyó al ganadero llamarlo por su nombre, y se volvió para matarlo porque creyó que lo había reconocido. Pero se quedó sin aliento y sin vida cuando, volviéndose (como ya dije) para matar al hombre, no vio nada sino el pobre caballo.

Yo insinúo que no había allí más dinero que una moneda que la historia dice era escocesa: una pieza llamada allí de catorce peniques y en Inglaterra de trece y medio. De donde se supone que, desde entonces y hasta nuestros días, se dice que trece peniques y medio es el salario del verdugo.

Daniel Defoe (1661-1731)




Relatos góticos. I Relatos de Daniel Defoe.


Más literatura gótica:
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«Una odisea del norte»: Jack London; relato y análisis


«Una odisea del norte»: Jack London; relato y análisis.




Una odisea del norte (An Odyssey of the North) es un relato del escritor norteamericano Jack London (1876-1916), publicado originalmente en la edición de octubre de 1899 de la revista Atlantic Monthly, y desde entonces recopilado en numerosas antologías.

Una odisea del norte, uno de los cuentos de Jack London más ingeniosos, relata la historia de Naass, un joven aleutiano que gana la mano de una hermosa joven de la tribu, Unga, solo para que ésta sea secuestrada en la noche de bodas por un tal Axel Gunderson, un hombre blanco de siete pies de altura. Naass pasa años rastreando a su enemigo, decidido a reclamar a su novia y vengarse.




Una odisea del norte.
An Odyssey of the North, Jack London (1876-1916)

Los trineos dejaban oír su eterna queja, a la que se mezclaba el chirriar de los arneses y el tintineo de las campanillas de los perros que iban en cabeza. Pero los hombres y los animales, rendidos de fatiga, guardaban silencio. Una capa de nieve reciente dificultaba la marcha sobre la pista. Estaban ya muy lejos del punto de partida. Los perros, arrastrando una carga excesiva de ancas de alce congeladas, duras como el pedernal, se apalancaban con todas sus fuerzas en la blanda superficie de la nieve y avanzaban con una terquedad casi humana. Caía la noche, pero nadie pensaba en acampar. La nieve descendía suavemente por el aire inmóvil, no en copos, sino en diminutos cristales de dibujos delicados y sutiles. La temperatura era bastante alta - sólo veintitrés grados bajo cero - y los hombres no sentían frío. Meyers y Bettles habían levantado las orejeras de sus pasamontañas y Malemute Kid incluso se había quitado los guantes.

Los perros, aunque fatigados desde las primeras horas de la tarde, empezaron a dar muestras de un nuevo vigor. Entre los más sagaces reinaba cierta desazón. Se impacientaban ante las limitaciones que imponían a su marcha los arreos; sus movimientos eran rápidos, pero indecisos; olfateaban nerviosamente y levantaban las orejas. Estos canes se enfurecían ante la flema de algunos de sus congéneres y los estimulaban con continuos e insidiosos mordiscos en los cuartos traseros, proceder que las víctimas imitaban en perjuicio de otros. De súbito, el perro que abría la marcha en el primer trineo lanzó un agudo gemido de satisfacción y, casi echándose en la nieve, descargó todo el peso de su cuerpo sobre el collar. Todos los demás perros hicieron lo mismo, de modo que se tensaron los arreos y los trineos dieron un salto hacia adelante. Los hombres se asieron con fuerza a las varas y aceleraron la marcha para no ser atropellados por las otras traíllas. El cansancio de la jornada les abandonó y empezaron a alentar con sus gritos a los perros, que respondieron con gozosos ladridos. El avance a través de las crecientes tinieblas cobró gran vivacidad.

—¡Arre, arre! —gritaban los hombres cuando su trineo abandonaba de pronto la pista principal, escorando por efecto de la tracción de una sola fila de perros, como lugres que reciben el viento de costado.

Luego emprendieron con frenesí la carrera final para cubrir el centenar de metros que los separaba de la ventana iluminada, cubierta por un pergamino, que indicaba la presencia de una acogedora cabaña, con su llameante estufa del Yukon y sus teteras humeantes. Pero el anhelado refugio estaba ocupado. Sesenta perros esquimales de cuerpo peludo llenaron el espacio con sus gruñidos de desconfianza y se arrojaron sobre la traílla que tiraba del primer trineo. En esto la puerta de la cabaña se abrió de par en par y apareció un hombre que vestía la guerrera escarlata de la Policía del Noroeste. El policía se internó en aquella masa de enfurecidos perros que le llegaba a las rodillas, y, manejando con la mayor equidad el mango de un látigo especial para este género de animales, restableció la calma.

Después, los hombres se dieron la mano. Así fue recibido Malemute Kid por un extraño en su propia cabaña. Stanley Prince era quien en realidad debió salir a recibirle, pero estaba muy ocupado, pues tenía que atender a la estufa del Yukon, a las teteras y a sus huéspedes, que, en número aproximado de una docena, formaban el grupo más abigarrado que jamás había servido a la Reina y que se cuidaba de repartir el correo y de imponer el respeto a las leyes. Aquellos hombres eran de los más diversos orígenes, pero la vida que llevaban les había dado un sello común característico: todos eran hombres delgados y fuertes, de piernas endurecidas por las caminatas, rostro curtido por el sol y almas apacibles que se mostraban en sus miradas francas, nobles y enérgicas. Conducían los perros de la Reina, inspiraban temor a los enemigos de Su Majestad, comían lo que la soberana les asignaba, que no era mucho, y se sentían felices y contentos.

Habían visto la vida cara a cara, y, aunque ellos no lo sabían, habían realizado verdaderas hazañas y corrido aventuras novelescas. Estaban como en casa propia. Dos de ellos, tendidos en la litera de Malemute Kid, entonaban canciones que ya cantaban sus antepasados franceses cuando ocuparon las regiones del Noroeste y se unieron a las mujeres indias. La litera de Bettles había sufrido una invasión similar: tres o cuatro fornidos voyageurs habían introducido los dedos de los pies entre las mantas y escuchaban el relato de otro que había servido en la brigada flotante de Wolseley, cuando logró llegar a Jartum peleando desde sus barcas. Luego tomó la palabra un vaquero y empezó a hablar de las cortes, los reyes, las damas y los caballeros que había visto cuando acompañó a Búfalo Bill en su viaje por las capitales de Europa. En un rincón, dos mestizos, antiguos camaradas de armas en una campaña que había fracasado, remendaban arneses y hablaban de los días en que reinaba Luis Riel y las llamas de la insurrección se alzaban en todo el Noroeste.

Se oían rudas chanzas y bromas más rudas aún y se referían las más extraordinarias y arriesgadas aventuras - ocurridas en la pista y en el río - con la mayor naturalidad, como si sólo merecieran recordarse por alguna nota de humor o algún detalle ridículo. Prince se sintió subyugado por aquellos héroes anónimos que habían asistido a la formación de la historia y medían por el mismo rasero lo grande y romántico que los pequeños incidentes de la vida cotidiana. Les dio de fumar con despreocupada esplendidez, y entonces se aflojaron las cadenas enmohecidas de los recuerdos, y, para deleite suyo, se rememoraron odiseas olvidadas. La conversación decayó al fin. Los viajeros llenaron las últimas pipas, desataron las pieles fuertemente arrolladas y se dispusieron a dormir. Entonces Prince se volvió hacia su camarada para pedirle más noticias.

—Ya sabes quién es el vaquero —respondió Malemute Kid, empezando a desatarse los mocasines—; y no es difícil adivinar la sangre que corre por las venas de su compañero de cama. En cuanto a los restantes, son todos hijos de los coureurs du bois, mezclados con sabe Dios cuántas otras sangres. Los dos que ahora entran son mestizos corrientes, boisbrûlés. Ese muchacho que lleva una bufanda de tela de pantalones (observa sus cejas y la caída de su quijada) demuestra que un escocés lloró entre el humo que llenaba la tienda de su madre. Y aquel tipo tan apuesto que se está colocando el capote como almohada es un mestizo francés, como habrás notado al oírle hablar. No tiene la menor simpatía a los indios que se disponen a acostarse a su lado. Ya sabes que cuando los mestizos se alzaron acaudillados por Riel, los pura sangre no tomaron parte en la lucha; desde aquel día no se ha prodigado el amor entre ambas comunidades.

—Pero dime: ¿quién es aquel individuo de aspecto fúnebre que está junto a la estufa? No debe de saber inglés: no ha dicho esta boca es mía en toda la noche.

—Te equivocas. Habla el inglés perfectamente. ¿No has visto cómo miraba a uno y a otro durante la conversación? Yo sí que lo he advertido. Pero no tiene parentesco alguno ni amistad con los demás. Cuando ellos hablaban en su argot, él no comprendía ni una palabra. Me he preguntado quién será. Vamos a averiguarlo.

Y Malemute Kid, levantando la voz y mirando fijamente al desconocido, le ordenó:

—¡Echa un poco de leña a la estufa!

Éste se apresuró a obedecer.

—En algún sitio le han inculcado la disciplina a palos —comentó Prince en voz baja.

Malemute Kid asintió y, después de quitarse los calcetines, se dirigió a la estufa, sorteando los cuerpos tendidos. Cuando estuvo junto al fuego, colgó sus húmedas prendas entre una veintena de calcetines puestos a secar.

—¿Cuándo crees que llegarás a Dawson? —preguntó al desconocido.

Éste le observó un momento antes de contestar.

—Dicen que está a unos ciento veinte kilómetros. Yo creo que tardaré unos dos días. Apenas se le notaba acento extranjero y hablaba sin dificultad alguna.

—¿Habías estado en esta región?

—No.

—¿Y en el Noroeste?

—Sí.

—¿Naciste allí?

—No.

—Pues ¿dónde demonios naciste? Tú no eres como ésos —Malemute Kid señaló a los conductores de los perros, incluyendo a los dos policías que se habían acostado en la litera de Prince—. ¿De dónde eres? He visto caras como la tuya más de una vez, aunque no recuerdo dónde ni cuándo.

—Yo te conozco —dijo el misterioso individuo sin que viniese a cuento, como si quisiera esquivar las preguntas de Malemute Kid.

—¿De dónde? ¿Nos habíamos visto ya?

—Tú y yo, no; a quien vi fue a tu socio el sacerdote, hace ya mucho tiempo, en Pastilik. Me preguntó si te había visto, Malemute Kid. Me dio de comer. No estuve allí mucho tiempo. ¿No te habló de mí?

—¡Ah! ¿Tú eres aquel que cambiaba pieles de nutria por perros?

El hombre asintió, golpeó su pipa para vaciarla y se envolvió en sus pieles como prueba de que no se sentía inclinado a seguir conversando. Malemute Kid apagó de un soplo la lámpara de sebo y se introdujo bajo las mantas con Prince.

—Dime, ¿quién es ese hombre? —preguntó éste.

—No lo sé. Esquivó mis preguntas y después se cerró como una ostra. Sin duda es uno de esos tipos que despiertan la curiosidad. Ya había oído hablar de él. Su nombre corría por toda la costa hace ocho años. Es un individuo misterioso. Bajó del Norte en pleno invierno, de un punto situado a muchos miles de kilómetros de aquí, siguiendo la orilla del mar de Behring y caminando como si el diablo le pisara los talones. Nadie supo jamás de dónde había partido, pero seguramente llegaba de muy lejos, pues estaba deshecho por las penalidades sufridas durante el viaje cuando el misionero sueco de la bahía de Golovin le dio de comer y le indicó el camino del Sur. Yo me enteré más tarde. Después abandonó la costa y se internó en el estuario del Norton. Allí le recibió un tiempo infernal: ventiscas y fuertes vendavales. Pero consiguió salir con vida de aquel lugar donde cualquier otro habría dejado la piel. Pasando por Pastilik, no por St. Michael, volvió a la costa. Lo había perdido casi todo y estaba muerto de hambre. Pero aún le quedaban dos perros. Ansiaba seguir adelante. El padre Roubeau le proporcionó víveres, pero no pudo prestarle ningún perro: tenía que salir de viaje y, para partir, sólo esperaba que llegase yo. Nuestro amigo Ulises tenía demasiada experiencia para continuar la marcha sin perros, y durante varios días permaneció allí. Estaba en ascuas. En su trineo llevaba un buen montón de pieles de nutria magistralmente curtidas..., de nutria marina, por supuesto, que es una piel que vale su peso en oro.

En Pastilik residía entonces un mercader ruso, un émulo de Shylock, que tenía gran cantidad de perros. En la entrevista que tuvo con él, el forastero no perdió demasiado tiempo regateando, y cuando regresó al Sur, de su trineo tiraba una hermosa traílla de perros. No hay que decir que el Shylock de Pastilik se había apropiado las pieles de nutria. Yo vi esas pieles. Eran estupendas. Hice un cálculo y llegué a la conclusión de que los perros le habían resultado a nuestro hombre a quinientos cada uno como mínimo. Sin embargo, todo parecía indicar que el vendedor sabía perfectamente lo que valían las pieles de nutria. Desde luego, era indio, y lo poco que decía dejaba entrever que había vivido entre hombres blancos. Cuando el mar se desheló, de la isla de Nunivak llegó la noticia de que nuestro forastero se había presentado allí en busca de comida. Luego dejó de saberse de él y ésta es su primera reaparición después de ocho años de ausencia. Y yo me pregunto: ¿De dónde es? ¿Qué hacía en su patria? ¿Por qué ha venido? Es indio, nadie sabe dónde ha estado y le han metido la disciplina en el cuerpo, lo cual es muy raro en un indio. Otro misterio del Norte que puedes aclarar, Prince.

—Muchísimas gracias, pero de momento ya tengo bastantes problemas por resolver —contestó Prince.

Malemute Kid respiraba ya con la profundidad del sueño; pero el joven ingeniero de minas, aunque estaba echado, tenía los ojos abiertos y miraba hacia arriba como si quisiera perforar las espesas tinieblas, en espera de que desapareciese la extraña excitación que le agitaba. Y cuando se durmió, su cerebro siguió funcionando. Esta vez también él vagó por la blanca extensión desconocida, avanzando penosamente con los perros por pistas interminables y viendo como los hombres vivían, luchaban y morían como hombres. A la mañana siguiente, unas horas antes del amanecer, los conductores de perros y los policías continuaron su marcha hacia Dawson. Pero las autoridades que velaban por los intereses de Su Majestad y regían los destinos de los súbditos más modestos concedían poco descanso a los correos, los cuales aparecieron una semana después en el río Stuart con la excesiva carga de la abundante correspondencia destinada a Salt Water.

Verdad es que llevaban perros de refresco; pero los perros eran siempre perros. Los hombres deseaban encontrar un lugar de descanso. Por otra parte, Klondike, la nueva región del Norte, les seducía: ansiaban ver aquella Ciudad del Oro, donde el polvo amarillo corría como el agua y en la que había salones de baile donde el bullicio y la alegría eran continuos. Antes de acostarse, pusieron a secar sus calcetines y fumaron sus pipas con el mismo placer que en su viaje anterior. Dos de aquellos hombres, llevados de su temeridad, convinieron que era posible una deserción para cruzar las inexploradas Montañas Rocosas que se alzaban en el Este, y regresar, siguiendo el curso del Mackenzie, a los terrenos de la región de Chippewyan, donde habían triturado mineral.

Otros dos o tres estaban decididos a regresar a sus hogares por aquella misma ruta, una vez terminado el servicio, y empezaron a trazar planes, ansiosos dé acometer la arriesgada empresa que para ellos era, poco más o menos, lo que para un hombre de la ciudad una excursión de un día a la montaña. El de las pieles de nutria daba muestras de gran intranquilidad, aunque apenas desplegaba los labios. Al fin, se llevó a Malemute Kid a un rincón y estuvo un buen rato conversando con él en voz baja. Prince les dirigía miradas llenas de curiosidad y todo aquello le pareció mucho más misterioso cuando ambos salieron de la cabaña después de ponerse los guantes y las gorras. Cuando volvieron a entrar, Malemute Kid puso sus balanzas en la mesa, pesó sesenta onzas de oro y las echó en el saco del forastero. Entonces el jefe de los conductores de perros se incorporó a la reunión y participó en algunas transacciones. Al día siguiente, el grupo se fue río arriba, pero el hombre de las pieles de nutria se aprovisionó de víveres y emprendió el regreso a Dawson.

—No sabía cómo complacerlo —dijo Malemute Kid en respuesta a las preguntas de Prince—. El pobre hombre quería que le diese de baja en el servicio con cualquier pretexto. Sin duda, tenía para ello alguna razón importante, pero ni siquiera me insinuó cuál era. Verás, es como en el servicio militar. Él se había alistado por dos años, y el único medio para dejarlo era pagar como si fuese un soldado de cuota. Si desertaba, no podía quedarse aquí, cosa que deseaba por encima de todo. Dice que tuvo esta idea cuando llegó a Dawson. Pero no tenía un céntimo y allí no conocía a nadie. Yo era la única persona con la que había cambiado algunas palabras. Habló con el teniente gobernador y éste le dijo que yo le daría dinero, prestado, como es natural. Me ha dicho que me lo devolverá dentro de un año y que, si quiero, me proporcionará algo que vale la pena. Ignora lo que es, pero sabe que vale la pena.

Óyeme: cuando me hizo salir, estaba a punto de echarse a llorar. Entre ruegos e imploraciones, se arrojó a mis pies, sobre la nieve, y no se levantó hasta que yo le obligué a hacerlo. Hablaba como si se hubiese vuelto loco. Me ha asegurado que para llegar hasta aquí ha tenido que luchar durante varios años y que no podía sufrir tener que volverse a marchar. Yo le pregunté qué quería decir con eso de poder llegar hasta aquí, pero él no quiso explicármelo. Dijo que tal vez le destinaran a la otra mitad del recorrido, por lo que estaría dos años sin poder ir a Dawson, y que entonces sería ya demasiado tarde. Nunca había visto a un hombre tan fuera de sí. Y cuando le dije que le prestaría el dinero, tuve que levantarlo de la nieve por segunda vez. Le advertí que le hacía el préstamo que necesitaba para equipo y provisiones, a cambio de una participación en sus beneficios si descubría alguna mina.

¿Crees que aceptó? Pues no. Me aseguró que me daría todo lo que encontrase, que me enriquecería mucho más de lo que pudiera soñar el hombre más avaro, y me hizo otras promesas parecidas. Pero no cabe duda de que un hombre que prefiere exponer su vida y perder su tiempo a conceder una participación en sus beneficios, no es lógico que entregue ni siquiera una mitad de lo que encuentre. óyelo bien, Prince: detrás de todo esto hay algo. Oiremos hablar de ese hombre si se queda en la región.

—¿Y si no se queda?

—Entonces habré de arrepentirme de mi generosidad y perderé sesenta onzas de oro.

Con las largas noches volvió el frío. El sol reanudó su antiguo juego de atisbar por encima del nevado horizonte meridional, donde nadie había oído hablar de la proposición de Malemute Kid. Una tenebrosa mañana de principios de enero, una caravana de trineos excesivamente cargados se detuvo ante la cabaña enclavada más allá del río Stuart. El hombre de las pieles de nutria llegaba con ellos y a su lado iba uno de esos seres que ya apenas existen: Axel Gunderson. La gente del Norte nunca hablaba de suerte, de valor ni de dinero, sin mencionar este nombre. junto a las hogueras de los campamentos no se podían referir actos de fuerza y audacia ni temerarias aventuras sin citar a Axel Gunderson. Y si la charla languidecía, bastaba mencionar a la mujer que compartía su suerte, para que los contertulios se animaran. Axel Gunderson era uno de aquellos hombres que nacían cuando el mundo era joven.

Rebasaba los dos metros de estatura y vestía de un modo tan pintoresco que se le podía tomar por un rey de Eldorado. Su pecho, su cuello y sus miembros eran los propios de un gigante. Al tener que soportar ciento treinta y cinco kilos de hueso y músculo, sus esquís superaban en un metro la medida de los corrientes. Su rostro de toscas facciones, frente recia, mandíbulas poderosas, ojos azules, claros y penetrantes, revelaba que era un hombre que no conocía más ley que la de la fuerza. Su cabello, sedoso y amarillo como el trigo maduro, presentaba mil incrustaciones de escarcha, cruzaba su frente dando la impresión de que el día atravesaba la noche, y caía abundantemente sobre su chaqueta de piel de oso.

Una especie de aureola marinera parecía rodearle cuando bajaba por la estrecha pista precediendo a los perros, y al golpear con el mango de su látigo la puerta de la cabaña de Malemute Kid, dio la impresión de ser un vikíngo que llamase con fuertes golpes a la puerta de un castillo para pedir alojamiento durante una de sus correrías por el Sur. Prince se arremangó, dejando al descubierto sus brazos de formas femeninas, y empezó a amasar pan ázimo. Mientras se dedicaba a esta tarea, dirigía continuas miradas a sus huéspedes, tres viajeros que tal vez no volverían a hallarse bajo aquel techo en toda su vida. El forastero al que Malemute Kid había puesto el sobrenombre de Ulises seguía fascinándole, pero el interés de Prince se concentraba en Axel Gunderson y su compañera. Ésta acusaba el cansancio de la jornada.

Cierto que había descansado en cómodas cabañas desde que su esposo se había adueñado de las riquezas que ofrecían aquellos helados caminos, pero la fatiga había acabado por apoderarse de ella. Apoyó la cabeza en el ancho pecho de Axel, como una flor que descansara en un muro, y respondió perezosamente a las amables bromas de Malemute Kid, mientras hacía hervir de vez en cuando la sangre de Prince con la mirada de sus ojos oscuros y profundos. Y es que Prince era un hombre sano y vigoroso que había visto muy pocas mujeres desde hacía mucho tiempo. Aquélla era mayor que él y, además, de raza india; pero era distinta a todas las mujeres indígenas que había conocido. Aquella mujer había viajado por diversos países, sin excluir el suyo, según se deducía de su conversación. Estaba impuesta de todo aquello que conocían las mujeres de su raza y, además, de otras muchas cosas que no era natural que éstas supiesen.

Sabía preparar una comida de pescado secado al sol y hacer una cama en la nieve. No obstante, les explicaba el modo de servir un banquete de numerosos platos, y los ponía en evidencia y provocaba discusiones al hablarles de antiguas recetas culinarias que ellos casi habían olvidado. Conocía las costumbres del alce, del oso y del pequeño zorro azulado, así como la vida de los salvajes anfibios que poblaban los mares del Norte. Dominaba la ciencia de navegar por los arroyos, y las huellas que dejaban los hombres, las aves y los animales terrestres sobre la blanca superficie de la nieve, eran para ella como las páginas de un libro abierto. Prince la vio parpadear con un gesto de comprensión cuando oyó las reglas del campamento, obra de Bettles, que las había dictado en una época en que su sangre hervía y que eran notables como notas de humor espontáneo y sencillo. Prince volvía el cartelito de cara a la pared cuando sabía que tenían que llegar mujeres al campamento; pero quién podía imaginarse que aquella visitante indígena... En fin, el mal ya no tenía remedio.

Ésta era la esposa de Axel Gunderson, aquella mujer cuya fama rivalizaba con la de su marido y se extendía, como la de él, por todo el Norte. Cuando se sentaron a la mesa, Malemute Kid la provocó con la confianza que le permitía su antigua amistad con ella, y Prince se sobrepuso a la timidez propia del primer encuentro y se unió a las bromas. Pero ella supo salir airosa de la lucha desigual, mientras que su esposo, más tardo de entendimiento, sólo se atrevía a aplaudirla. ¡Qué orgulloso estaba de ella! Esto se veía claramente. Todas sus miradas, todos sus actos revelaban el gran espacio que ella ocupaba en su vida. El hombre de las pieles de nutria comía en silencio, olvidado por los protagonistas de la alegre contienda, y cuando ya hacía rato que los demás habían terminado de comer, se levantó y se fue a hacer compañía a los perros. Pero, por desgracia, sus compañeros de viaje se pusieron demasiado pronto los guantes y las chaquetas de piel con caperuza y le siguieron.

No había nevado desde hacía muchos días y los trineos se deslizaban por la endurecida pista del Yukon con tanta facilidad como si corriesen sobre hielo resbaladizo. Ulises conducía el primer trineo; con el segundo iban Prince y la mujer de Axel Gunderson; Malemute Kid y el gigante rubio conducían el tercero.

—No es más que un presentimiento, Kid —dijo Axel—, pero creo que acierta. Él nunca ha estado allí, pero su relato es convincente y además exhibe un mapa del que yo ya había oído hablar hace años, cuando estuve en la región de Kootenay. Me gustaría que tú vinieses; pero es un hombre extraño y dijo rotundamente que lo dejaría todo si venía alguien más. Pero cuando yo vuelva tendrás opción antes que nadie. Tu puesto estará inmediatamente después del mío. Además, puedes contar con la mitad del terreno de la ciudad... ¡No, no! —exclamó, cuando el otro trató de interrumpirle— Esto lo llevo yo y, antes de haber terminado, necesitaré contar con otro. Si todo sale bien, ese lugar será un segundo Cripple Creek. ¿Comprendes lo que esto significa? ¡Un segundo Cripple Creek! Para que te enteres, se trata de cuarzo, no de un placer, y si lo explotamos bien nos haremos los amos, pues tendremos millones. Yo ya había oído hablar de ese sitio, y tú también. Construiremos una ciudad... Millares de obreros... Buenas comunicaciones fluviales... Líneas de vapores... Grandes empresas de transporte... Vapores de poco calado para llegar a las fuentes del río... Tal vez tendremos una línea de ferrocarril... Y tendremos serrerías, central de energía eléctrica, una banca propia, una compañía comercial, un sindicato... ¿Qué te parece? Pero tú, calladito hasta que yo vuelva.

Los trineos se detuvieron al llegar al punto en que la pista cruzaba la desembocadura del río Stuart, mar de hielo que se extendía hasta perderse en el Este misterioso. Desataron las raquetas de nieve, que llevaban en los trineos. Axel Gunderson estrechó las manos a los demás y se situó a la vanguardia. Sus grandes raquetas se hundían medio metro en la superficie algodonosa, que apisonaba para que los perros no se atascasen. Su esposa marchaba detrás del último trineo. Evidenciaba una larga práctica en el uso del engorroso calzado de nieve. El silencio fue rasgado por alegres gritos de despedida; los perros gimieron y el de las pieles de nutria hizo restallar su látigo para estimular a un can recalcitrante. Una hora después el convoy parecía un lápiz negro trazando una larga línea recta sobre una inmensa hoja de papel.


Una noche, muchas semanas después, Malemute Kid y Prince resolvían juntos problemas de ajedrez que figuraban en una hoja arrancada a una vieja revista. Kid acababa de regresar de sus propiedades de Bonanza y había decidido descansar antes de emprender una larga cacería de alces. Prince había pasado también casi todo el invierno siguiendo arroyos y pistas y anhelaba la paz y el sosiego de una semana en la cabaña.

—Salta el caballo negro y da jaque al rey. No, eso no sirve. Vamos a ver esta otra jugada.

—¿Por qué avanzas el peón dos casillas? Así te lo como y, con el alfil tan mal colocado...

—¡Eso es malo, hombre! Te descubres y...

—No, este lado está protegido. ¡Adelante! Verás como da resultado.

Cuando más enfrascados estaban en la solución del problema, llamaron con los nudillos a la puerta. Hubieron de llamar dos veces para que Malemute Kid dijese: «¡Adelante!» La puerta se abrió. Alguien entró tambaleándose. Prince miró hacia el recién llegado y se puso en pie de un salto. El horror que había en su mirada movió a Malemute Kid a volverse vivamente. También Kid se sobresaltó, aunque estaba acostumbrado a ver cosas desagradables. Aquel ser se acercó a ellos sin verles y con paso vacilante. Prince se apartó y se dirigió al clavo del que pendía su Smith & Wesson.

—¡Santo Dios! ¿Qué es esto? —preguntó en voz baja a Malemute Kid.

—No lo sé. Parece un caso de congelación y de hambre —repuso Kid apartándose hacia el lado opuesto—. ¡Cuidado! Puede estar loco.

Advertido esto, fue a cerrar la puerta. El extraño ser avanzó hacia la mesa. Sus ojos abotagados advirtieron la alegre llama de la lámpara de sebo. Aquello pareció divertirle y dejó escapar una especie de cloqueo que quería expresar alegría. Luego, de pronto, aquel hombre - pues era un hombre - se echó hacia atrás y, dando un tirón a sus pantalones de piel, empezó a canturrear una tonada parecida a la que cantan los marineros al dar vueltas al cabrestante mientras el mar brama en sus oídos: El barco del yanqui baja por el río. ¡Hala, muchachos, hala! ¿No queréis saber quién es su capitán? ¡Hala, muchachos, hala! Es Jonatán Jones de Carolina del Sur. ¡Hala, mucha...!

Se interrumpió de súbito, se acercó, tambaleándose y lanzando gruñidos de lobo, a la alacena donde estaba la carne, y, antes de que Kid y Prince lo pudieran evitar, se apoderó de un jamón y empezó a devorarlo, desgarrándolo con los dientes. Malemute Kid se abalanzó sobre él y los dos empezaron a luchar como condenados. Pero la fuerza de loco que asistía al recién llegado le abandonó tan súbitamente como le había asaltado, y entregó el jamón sin ofrecer resistencia. Entre Kid y Prince lo sentaron en un escabel, y él se echó de bruces en la mesa. Una pequeña dosis de whisky lo reanimó y entonces pudo introducir una cucharilla en el bote de azúcar que Malemute Kíd puso ante él. Una vez hubo calmado un poco su apetito, Prince le ofreció una taza de caldo muy claro de carne de buey. Los ojos del hombre brillaban con sombrío frenesí, que llameaba y se desvanecía a cada cucharada.

Tenía casi todo el rostro desollado. Su cara, chupada y macilenta, apenas recordaba un semblante humano. Una helada tras otra la habían roído profundamente, al formarse una serie de capa de costras sobre otra de llagas, producidas por las heladas y todavía a medio curar. Aquella mascarilla de sangre negruzca, reseca y dura, estaba cruzada por horribles grietas que dejaban ver la carne viva de color rojo. Su traje de pieles estaba sucio y hecho jirones. Además, se observaban quemaduras en uno de sus costados, lo que demostraba que el hombre se había caído en una hoguera. Malemute Kid señaló un lugar donde la piel, curtida al sol, había sido cortada a tiras, dramática prueba del hambre que había pasado su dueño.

—¿Quién eres? —preguntó Kid con voz lenta y clara.

El desconocido no le hizo caso.

—¿De dónde vienes?

—El barco del yanqui baja por el río —contestó el extraño ser con voz cascada.

—Ya sé que ese pordiosero bajó por el río —le dijo Kíd, zarandeándolo para ver si lograba que hablase con más coherencia.

El desgraciado lanzó un grito y se llevó la mano al costado con un gesto de dolor. Luego se puso lentamente en pie, y quedó apoyado en la mesa.

—Ella se rió de mí... Me miraba con odio... Y no quiso... venir...

Su voz se apagó, y se dejó caer de nuevo en el escabel. Malemute Kid le aprisionó la muñeca y le preguntó:

—¿Quién? ¿Quién no quiso venir?

—Ella, Unga. Se reía y me pegó. Y después...

—¿Qué?

—Y después...

—¿Qué?

—Después estuvo mucho rato tendida en la nieve, sin moverse. Aún sigue allí..., en la... nieve.

Kid y Prince se miraron con un gesto de impotencia.

—¿Quién está en la nieve?

—Ella, Unga, Unga. Me miró con odio, y después...

—Después ¿qué?

—Después sacó el cuchillo..., y me dio una, dos... Estoy muy débil... He venido muy despacio... Hay mucho oro allí, muchísimo oro...

—¿Dónde está Unga?

Malemute Kid se dijo que tal vez aquella mujer se estuviese muriendo a un kilómetro de allí. Sacudió furioso al hombre, repitiendo una y otra vez:

—¿Dónde está Unga? ¿Quién es Unga?

—Está... en... la... nieve.

—¡Habla!

Kíd le retorcía cruelmente la muñeca.

—Yo... también... estaría... en... la nieve..., pero... yo... tenía... que... pagar... una deuda. Ha sido... un fastidio... esto de tener... que... pagar... una deuda...

Interrumpió su penosa cantinela para rebuscar en su bolsillo y sacar una bolsa de piel de gamo.

—Una... deuda... que... saldar... Cinco... libras...de... oro... Participación... Mal...e...mute ... Kid...

Exhausto, dejó caer la cabeza sobre la mesa. Esta vez, Malemute Kid no pudo hacérsela levantar de nuevo.

—Es Ulises —dijo con voz queda, tirando la bolsa de polvo de oro sobre la mesa—. Yo creo que Axel Gunderson y su mujer están listos. Bueno; metámoslo entre las mantas. Es indio; por lo tanto, vivirá. Y entonces nos lo contará todo.

Cuando cortaron sus ropas para quitárselas, junto a su tetilla derecha vieron los orificios, de bordes duros y amoratados, de dos puñaladas sin cicatrizar.


—Os contaré las cosas a mi manera; pero estoy seguro de que vosotros me entenderéis. Empezaré por el principio y os hablaré, primero de mí y de la mujer, y después del hombre. El de las pieles de nutria se acercó a la estufa, cosa muy explicable, pues, de haberse visto privado del fuego, temía que este regalo de la naturaleza pudiera desvanecerse en cualquier momento. Malemute Kid colocó la lámpara de sebo de modo que iluminase las facciones del narrador. Prince se levantó de su litera y fue a reunirse con ellos.

—Yo soy Naass, jefe e hijo de jefe, nacido entre la puesta y la salida del sol, a orillas del mar oscuro, en el umiak 2 de mi padre. Durante toda la noche los hombres manejaron con afán los canaletes y las mujeres achicaron el agua que nos enviaban las olas. Así luchamos con el temporal. La espuma salada se heló sobre el seno de mi madre, que exhaló su postrer aliento cuando amainó la marea. Pero yo..., yo levanté mi voz con el viento y la tempestad y viví... Nuestra morada estaba en Akatan...

—¿Dónde? —preguntó Malemute Kid.

—En Akatan, isla de las Aleutianas; en Akatan, que está más allá de Chignik, y de Kardalak, y de Unimak. Como digo, nuestra morada estaba en Akatan, que se halla en medio del mar, al borde del mundo. Recorríamos los mares salados en busca de peces, focas y nutrias, y nuestros hogares se amontonaban en la lengua rocosa que se extendía entre la linde del bosque y la playa amarillenta donde teníamos nuestros kayaks. No éramos muchos y nuestro mundo era muy pequeño. Hacia el Este había tierras extrañas, islas como Akatan, lo que nos hacía creer que todo el mundo eran islas, y no queríamos saber nada más. Yo no era como los míos. En las arenas de la playa se veían los hierros retorcidos y las maderas deformadas por las olas de una embarcación distinta de las que construía mi pueblo. Recuerdo que en la punta de la isla que tenía tres lados en contacto con el océano se alzaba un pino que no podía haber crecido allí naturalmente, pues era alto y de tronco liso y derecho. Se decía que dos hombres se turnaron para vigilar desde allí durante muchos días, a las horas de luz. Estos dos hombres habían llegado en el barco que yacía en la playa hecho pedazos. Eran como vosotros, y tan débiles como las crías de las focas cuando están lejos sus madres y pasan cazadores que regresan con las manos vacías. Yo sé estas cosas por los viejos y las viejas, que las supieron por sus padres y sus madres.

Aquellos extraños hombres blancos no se adaptaron de momento a nuestras costumbres, pero el pescado y el aceite les dio con el tiempo vigor y temeridad. Y cada uno de ellos se construyó una casa. Luego eligieron lo mejor de nuestras mujeres y, andando el tiempo, tuvieron hijos. Así nació el que había de ser padre del padre de mi padre. Como he dicho, yo era distinto de los míos, pues por mis venas corría la sangre fuerte y extraña de uno de aquellos hombres blancos que llegaron por el mar. Se dice que nosotros teníamos otras leyes antes de la llegada de estos hombres; pero ellos eran feroces y pendencieros y pelearon con nuestra gente hasta que no quedó nadie que se atreviese a enfrentarse con ellos. Entonces se erigieron en jefes, desecharon nuestras viejas leyes y nos dieron otras. A partir de entonces el dueño del hijo fue el padre y no la madre, como había sido siempre entre nosotros. También decretaron que el primogénito heredara todos los bienes de su padre y que los hermanos y hermanas se las compusieran como pudiesen. También nos enseñaron nuevos modos de pescar peces y matar los osos que infestaban nuestros bosques; y nos acostumbraron a acumular grandes reservas de víveres en previsión de las épocas de hambre. Y los nativos vieron que todas estas cosas eran buenas.

Pero cuando se erigieron en jefes y ya no tuvieron a nadie sobre quien descargar su ira, aquellos extraños hombres blancos lucharon entre sí. Y aquel cuya sangre corre por mis venas clavó su arpón de cazar focas en el cuerpo del otro, tan profundamente que la herida tenía el largo de un brazo. Sus hijos continuaron la lucha, y también los hijos de sus hijos. Y siempre hubo gran odio entre ellos, y alevosas acciones que han llegado incluso hasta mis días. A consecuencia de ello sólo sobrevivió un vástago de cada familia para transmitir la sangre de su estirpe. De mi sangre sólo quedaba yo; de la familia del otro hombre sólo una muchacha, Unga, que habitaba con su madre. Su padre y el mío no volvieron de la pesca una noche; pero después la marea los arrojó a la playa estrechamente abrazados. La gente se preguntaba la causa del odio entre las dos casas, y los viejos sacudían la cabeza y decían que la lucha continuaría cuando Unga tuviera hijos y yo engendrara los míos. Me lo decían cuando era niño y, a fuerza de oírlo, llegué a creerlo y a considerar a Unga como una enemiga, coino la madre de unos hijos que lucharían contra los míos. Pensaba en estas cosas todos los días, y, cuando ya era mozo, pregunté la razón de ello. Los viejos me contestaron: Nosotros no lo sabemos, pero así obraron vuestros padres.

Y yo me maravillaba de que aquellos que tenían que nacer hubieran de luchar por aquellos que habían muerto, y no veía la razón de ello. Pero mi pueblo decía que así debía ser, y yo no era más que un mozo. Y dijeron que debía darme prisa a tener hijos para que crecieran y se hiciesen fuertes antes que los de Unga. Esto era cosa fácil, porque yo era jefe y mi pueblo me respetaba por las hazañas y las leyes de mis antepasados y por mis riquezas. Cualquier doncella hubiera venido a mí de buen grado, pero yo no encontraba ninguna de mi gusto. Y los ancianos y las madres de las doncellas me daban prisa, porque los cazadores ya hacían excelentes ofertas a la madre de Unga; y si los hijos de ella crecían y cobraban fuerza antes que los míos, los míos morirían, a buen seguro. Al fin, una noche, al regresar de la pesca encontré a la mujer soñada. El sol estaba bajo y me daba en los ojos; el viento desatado y los kayaks competían en velocidad con las olas espumantes. De pronto, el kayak de Unga pasó junto al mío y ella me miró, mientras sus negros cabellos flameaban al viento como una nube oscura y la espuma mojaba sus mejillas. Como he dicho, el sol me daba en los ojos y yo era muy joven; pero, de pronto, lo vi todo claro y comprendí que aquello era la llamada de igual a igual. Cuando ella me adelantó, se volvió para mirarme entre dos golpes de canalete. Me miró como sólo podía mirar Unga. Y de nuevo comprendí que era la amada de mi casta. Los demás gritaron cuando pasamos velozmente junto a los perezosos umiaks y los dejamos atrás, muy atrás. Pero ella manejaba el canalete con brío y celeridad, y mi corazón, henchido como una vela, no la alcanzaba. El viento se hizo más fresco, el mar se cubrió de espuma, y nosotros, saltando como focas hacia barlovento, avanzábamos sobre la áurea senda del sol.

Naass estaba encogido, casi saliéndose del escabel, en la actitud del hombre que maneja un canalete, y le parecía participar de nuevo en la carrera. Al otro lado de la estufa creía ver el cabeceante kayak de Unga y su cabello ondeando el viento. En sus oídos resonaba la voz del viento, y el olor salobre del mar penetraba de nuevo en sus pulmones.

—Pero ella consiguió llegar a la orilla antes que yo y echó a correr por la arena, riendo, hacia la casa de su madre. Aquella noche tuve una gran idea, una idea digna del jefe de todo el pueblo de Akatan. Y cuando la luna salió, fui a casa de la madre de Unga y vi los regalos de Yash-Noosh, amontonados junto a la entrada. Yash-Noosh era un gran cazador que quería ser el padre de los hijos de Unga. Otros jóvenes habían depositado sus regalos allí (al fin se los tendrían que llevar), y cada uno de ellos había hecho un montón mayor que el anterior. Yo me eché a reír mirando la luna y las estrellas y volví a mi casa, donde guardaba mis riquezas. Hube de hacer muchos viajes, pero, al fin, mi montón excedió al de Yash-Noosh en un palmo de altura. Puse allí pescado secado al sol y bien curado; cuarenta pieles de foca velluda, y veinte de las ordinarias; y cada piel estaba atada por la boca y llena de aceite. Añadí diez pieles de oso cazados por mí en los bosques, cuando hicieron su aparición en primavera. Había allí, además, cuentas de colores, mantas y telas de color escarlata, que yo obtenía comerciando con pueblos que estaban más al Este, los que, a su vez, conseguían comerciando con otros pueblos más orientales. Y al contemplar el montón de Yash-Noosh, no pude contener la risa. Yo era jefe en Akatan y mis riquezas eran mayores que las de todos los jóvenes de allí, y mis antepasados habían realizado grandes hazañas, habían legislado y los labios de mi pueblo repetirían eternamente sus nombres.

Cuando vino la mañana, volví a la playa, mirando de reojo la casa de la madre de Unga. Mi oferta seguía intacta. Y las mujeres sonrieron y se dijeron cosas al oído. Yo me extrañé, porque nunca se había ofrecido semejante precio por una mujer. Aquella noche añadí más cosas al montón y puse a su lado un kayak de pieles bien curtidas que aún no había surcado los mares. Pero al día siguiente seguía allí, convertido en objeto de mofa para todos los hombres. La madre de Unga era astuta y yo me encolericé: me irritaba que me avergonzasen ante todo mi pueblo. Aquella noche llevé más cosas al montón, que se elevó a gran altura, y arrastré hasta ella mi umiak, que valía por veinte kayaks. Y a la mañana siguiente el montón había desaparecido. Entonces inicié los preparativos para la boda y vinieron gentes incluso del Este para asistir a la ceremonia y participar en el festín y en el reparto de presentes. Unga era mayor que yo: me llevaba cuatro soles, que así llamábamos nosotros a los años. Yo no era más que un mozo, pero también era jefe e hijo de jefe, y no importaba mi juventud. Pero aparecieron las velas de un barco en el horizonte. A impulsos del viento, se acercaban y parecían mayores. Por sus imbornales arrojaban agua clara y sus hombres manejaban afanosamente las bombas. Sobre la proa se alzaba la figura de un hombre fornido, que miraba hacia abajo y daba órdenes con voz de trueno. Sus ojos tenían el color azul pálido de las aguas profundas y su cabeza ostentaba una melena semejante a la de un león marino. Su cabello era dorado como el trigo que cosechan en el Sur y el hilo de abacá que los marineros trenzan para hacer cabos.

En los últimos años habíamos visto alguna vez un barco a lo lejos; pero aquél era el primero que arribaba a la playa de Akatan. Se interrumpió el festín y las mujeres y los niños se refugiaron en las casas, mientras los hombres esperamos con nuestros arcos y nuestras lanzas apercibidos. Pero cuando el tajamar del barco tocó la playa, aquellos hombres extraños no nos hicieron caso, sino que siguieron enfrascados en sus afanosas tareas. Durante la bajamar, carenaron la goleta, la calafatearon y taponaron un gran agujero que tenía en el casco. Entonces las mujeres salieron sigilosamente y reanudamos el festín. Cuando subió la marea, aquellos aventureros de la mar fondearon en aguas más profundas y entonces vinieron a visitarnos y a entregarnos regalos para demostrarnos su amistad. Yo les ofrecí sitio entre nosotros y, generosamente, les obsequié con presentes como a todos mis invitados, porque celebraba mis esponsales y yo era el jefe de Akatan. El de la melena de león marino también estaba allí. Era tan alto y fuerte, que uno esperaba que la tierra temblase bajo sus pies. No apartaba los ojos de Unga. La miraba de hito en hito con los brazos cruzados, y se quedó con nosotros hasta que el sol desapareció y salieron las estrellas. Sólo entonces regresó a su barco. Después de esto, tomé a Unga de la mano y la conduje a mi propia casa. Y hubo allí cantos y risas, y las mujeres se dijeron cosas al oído, como suelen hacer siempre en tales ocasiones. Pero nosotros no les hacíamos caso. Después, todos nos dejaron y volvieron a sus casas.

Apenas se apagaron las últimas voces, el jefe de los aventureros del mar se acercó a mi puerta. Llevaba consigo unas botellas negras, y bebimos y nos alegramos. No olvidéis que yo no era más que un mozo y que mis días habían transcurrido hasta entonces en la orilla del mundo. Mi sangre pareció convertirse en fuego y mi corazón se hizo tan ligero como la espuma que el viento arranca al oleaje para lanzarla contra el acantilado. Unga permanecía sentada en silencio en un rincón entre las pieles, con los ojos muy abiertos, como temerosa. Y el de la melena de león marino no hacía más que mirarla. Entonces entraron sus hombres cargados de presentes y amontonaron ante mí riquezas nunca vistas en Akatan. Había allí armas de fuego, grandes y pequeñas, pólvora, perdigones y cartuchos, hachas brillantes, cuchillos de acero, finas herramientas y otras cosas extrañas que yo no había visto jamás. Cuando me dijo por señas que todo aquello era mío, yo, ante tales muestras de generosidad, pensé que era un hombre extraordinario; pero entonces él me indicó que Unga debía acompañarle a su barco... ¿Comprendéis...? ¡Unga tenía que irse con él en el barco! La sangre de mis antepasados se encendió de súbito en mí e intenté atravesarlo con mi lanza. Pero la bebida de sus botellas había quitado la fuerza a mi brazo y él me asió por el cuello y me golpeó la cabeza contra las paredes. Yo me sentía débil como un recién nacido. Mis piernas se negaron a sostenerme. Unga profirió gritos de desesperación y se aferró a todo cuanto la rodeaba, haciendo caer las cosas, cuando él se la llevó a rastras hacia la puerta. Luego la levantó con sus potentes brazos, y cuando ella tiró de sus cabellos dorados, él se rió con bramidos semejantes a los de una gran foca marina en celo.

Arrastrándome, conseguí llegar hasta la playa y llamé a los míos. Nada conseguí, pues todos estaban atemorizados. Sólo Yash-Noosh demostró ser un hombre. Pero ellos le golpearon en la cabeza con un remo y él cayó de bruces en la arena y allí quedó inmóvil. Entonces desplegaron las velas, entonando sus canciones, y el barco se alejó impelido por el viento. Mi pueblo dijo que esto era lo mejor, pues, así, se habría terminado para siempre la guerra de linajes en Akatan. Yo callé y esperé a que llegase el tiempo de la luna llena. Entonces cargué cierta cantidad de pescado y aceite en mi kayak y me alejé hacia el Este. Vi gran número de islas y multitud de gentes, y como yo había vivido siempre en el límite del mundo, comprendí que este mundo era muy grande. Conseguí hacerme entender por señas; pero nadie había visto una goleta ni un hombre con melena de león marino, y señalaban siempre hacia el Este. Dormí en sitios extraños, comí cosas raras, vi rostros distintos de los que conocía. Algunos se reían de mí, porque me creían loco; pero a veces los viejos volvían mi cara hacia la luz y me bendecían, y los ojos de las jóvenes se llenaban de ternura al preguntarme por el barco extranjero, por Unga y por los hombres del mar.

De este modo, a través de mares embravecidos y grandes borrascas, llegué a Unalaska. Había allí dos goletas, pero ninguna de ellas era la que yo buscaba. Hube, pues, de continuar hacia el Este, y vi que el mundo se ensanchaba cada vez más. En la isla de Unamok nadie había oído hablar del barco, y tampoco en Kadiak ni en Atognak. Así llegué un día a una región rocosa donde los hombres abrían grandes agujeros en la montaña. Allí había una goleta, pero no era la que yo buscaba. Los hombres cargaban en ella las rocas que arrancaban de la montaña. Esto me pareció cosa de niños, ya que todo el mundo está hecho de rocas; pero ellos me dieron comida y trabajo. Cuando la goleta se hundía en el agua por el exceso de carga, el capitán me dio dinero y me dijo que me fuese, pero yo le pregunté hacia dónde se dirigía, y él me señaló hacia el Sur. Yo le pedí por señas que me permitiese ir en su barco, y él, primero se echó a reír, pero luego, como andaba escaso de hombres, me aceptó para que ayudase en los trabajos de a bordo. Así fue como aprendí el lenguaje de aquellos hombres, y a halar las cuerdas, y a tomar rizos en las velas cuando se levantaba una súbita borrasca, y a hacer guardias en el timón. Sin embargo, aquello no me resultaba extraño, porque la sangre de mis antepasados era la sangre de los hombres del mar.

Creí que sería tarea fácil encontrar al hombre que buscaba, una vez me hallase entre los de su propia raza, y cuando un día avistamos tierra y penetramos en un puerto, pensé que tal vez vería tantas goletas como dedos tienen las manos. Resultó que los barcos se apretujaban como pececillos junto a los muelles ocupando un espacio de varias millas, y cuando me acerqué a ellos, para preguntar por un hombre que tenía una melena de león marino, los marineros se echaron a reír y me contestaron en lenguas de muchos pueblos. Luego supe que procedían de los más distantes confines de la tierra. »Entré en la ciudad para mirar las caras de todos los hombres que viera. Pero había tantos como peces en los bancos de pesca; no se podían contar. El barullo me ensordeció y la cabeza me daba vueltas al ver tanto movimiento. Pero yo continué por las tierras que cantan bajo los cálidos rayos del sol; donde los campos de trigo se extienden, opulentos, en las llanuras; donde hay grandes ciudades repletas de hombres que viven como mujeres, con falsas palabras en la boca y el corazón ennegrecido por el afán del oro. Entre tanto, mis paisanos de Akatan cazaban y pescaban, y se sentían dichosos al pensar que el mundo era pequeño.

Pero la mirada que vi en los ojos de Unga aquel atardecer, al regreso de la pesca, no se apartaba de mi imaginación, y yo estaba seguro de que la encontraría un día u otro. Ella caminaba por los tranquilos senderos, invisible en la penumbra del anochecer, o huía ante mí por los ubérrimos campos, húmedos del rocío matinal, con los ojos llenos de aquella promesa que sólo Unga, la mujer única, podía hacerme. De este modo recorrí un millar de ciudades. En algunas fueron bondadosos conmigo y me dieron de comer, en otras se rieron de mí, y en otras me maldijeron. Pero yo me mordía la lengua y me adaptaba a las extrañas costumbres de aquel mundo y me acostumbraba a sus sorprendentes espectáculos. A veces, yo, que era jefe e hijo de un jefe, trabajé para otros hombres..., unos hombres que hablaban con aspereza y eran duros como el hierro, unos hombres que amasaban el oro con el sudor y el sufrimiento de sus semejantes. Sin embargo, no supe nada de aquel a quien buscaba hasta que volví al mar, como una foca que regresara a su cubil. Esto ocurrió en otro puerto, en otro país situado al Norte. Allí oí confusos relatos acerca del aventurero de áureos cabellos que recorría los mares, y supe que era cazador de focas y que entonces se encontraba en el océano.

Al saber esto me embarqué con los perezosos siwashes en una goleta que iba a cazar focas, y seguí la invisible pista hacia el Norte, donde la caza mencionada estaba en su apogeo. La expedición duró una serie de meses, que fueron duros y fatigosos, y yo hablé con gran número de hombres de la flota, que me contaron infinidad de proezas y hazañas salvajes del hombre que buscaba. Pero no nos acercamos a él durante nuestro viaje de caza. Fuimos más al Norte, llegamos hasta las Pribilofs, y matamos focas por manadas en la playa. Llevábamos los cuerpos aún calientes a bordo, y llegó un momento en que nuestros imbornales vomitaban grasa y sangre y nadie podía permanecer en cubierta. Entonces nos persiguió un vapor de marcha lenta, que disparó contra nosotros potentes cañones. Pero nosotros largamos trapo hasta que la mar saltó sobre nuestra cubierta y la lavó, y nos perdimos en la niebla. Dicen que en aquellos días, mientras nosotros huíamos asustados, el aventurero de rubios cabellos tocó en las Pribilofs, desembarcó en la factoría y, mientras parte de sus hombres tenían a raya a los empleados de la compañía, los restantes cargaron diez mil pieles que estaban en salazón. Esto es lo que cuentan, y yo lo creo, porque durante los tres viajes que hice por los mares del Norte sin encontrarlo, no cesé de oír hablar de sus hazañas y de su osadía.

Y, al fin, las tres naciones que tienen tierras en aquellas latitudes se lanzaron en su busca con sus naves. También oí hablar de Unga. Los capitanes se hacían lenguas de ella, y supe que le acompañaba siempre. Me dijeron que había aprendido las costumbres del pueblo de él y que era dichosa. Pero yo sabía que esto no era verdad, sino que ella suspiraba por volver junto a los suyos, a la amarillenta playa de Akatan. Así, después de mucho tiempo, volví al puerto que está junto a un paso que da a la mar, y allí me enteré de que él se había ido al otro lado del gran océano, al este de las cálidas tierras que descienden hacia el Sur desde los mares rusos, para cazar focas. Y yo, que me había convertido en navegante, me embarqué con hombres de su raza que iban a cazar focas, y fui en pos de él. A la altura de aquellas tierras nuevas encontramos pocos barcos y nos mantuvimos al costado de la manada de focas y la acosamos en su viaje hacia el Norte durante toda la primavera de aquel año. Y cuando las hembras iban a parir y cruzaron la línea de las aguas rusas, nuestros hombres gruñeron y dieron muestras de temor, pues la niebla era muy espesa y todos los días se perdían algunos botes con sus hombres. Se negaron a trabajar, y el capitán tuvo que emprender el regreso. Pero yo sabía que el aventurero de la rubia cabellera no conocía el miedo y no abandonaría la manada aunque tuviese que dirigirse a las islas rusas, visitadas por muy pocos hombres. Y una noche, cuando las tinieblas eran más densas y el vigía dormitaba en el castillo de proa, yo lancé al agua un bote y me dirigí solo a las tierras cálidas. Viajé hacia el Sur para reunirme con los hombres de la bahía de Yeddo, que son salvajes y no temen a nada. Las muchachas de Yoshiwara son menudas, graciosas y brillantes como el acero; pero yo no podía detenerme, porque sabía que Unga se balanceaba a bordo de un barco que mecía las aguas de los reductos septentrionales de las focas.

Los hombres de la bahía de Yeddo habían llegado de todos los puntos de la tierra; no tenían dioses ni patria y se habían enrolado bajo la bandera de los japoneses. Yo fui con ellos a las ricas playas de la isla del Cobre, donde amontonamos piel sobre piel en nuestros compartimientos de salazón. En aquel mar silencioso no vimos ni un alma hasta que estábamos a punto de marcharnos. Al fin, la niebla se levantó, empujada por un vendaval, y vimos que poco faltó para que nos abordara una goleta sobre cuya estela se alzaban las chimeneas humeantes de un acorazado ruso. Emprendimos la huida con viento de costado. La goleta navegaba en conserva con nosotros, casi tocando nuestra borda y ganándonos terreno poco a poco. Y en la popa se alzaba el hombre de la melena de león marino, ordenando que izasen todas las velas y riendo con su risa llena de vitalidad. Y Unga también estaba allí —la reconocí inmediatamente—; pero él la mandó abajo cuando los cañones empezaron a hablar a través del mar. La goleta nos ganaba terreno imperceptiblemente, y al fin vimos alzarse ante nosotros su verde timón cada vez que levantaba la popa. Yo hacía girar la rueda del timón y maldecía, con la espalda vuelta a la artillería rusa. Porque comprendimos que aquel hombre nos había tomado la delantera, sólo para poder huir mientras nos prendían a nosotros. Nos derribaron los mástiles y, al fin, nos arrastramos por el mar como una gaviota herida. Él, en cambio, consiguió desaparecer en el horizonte... llevándose a Unga.

¿Qué podíamos hacer? Las pieles frescas eran una prueba harto elocuente. Nos llevaron a un puerto ruso y de allí a un país desierto, donde nos pusieron a trabajar en unas minas de sal. Algunos murieron, pero otros conservaron la vida. Naass apartó la manta que le cubría los hombros y dejó al descubierto su carne atravesada por las inconfundibles estrías impresas por el knut. Prince se apresuró a cubrir sus hombros, desagradablemente impresionado.

Pasábamos muchas penalidades. Algunos penados se escapaban hacia el Sur, pero siempre regresaban. Los que procedíamos de la bahía de Yeddo nos levantamos una noche, nos apoderamos de los fusiles de nuestros guardianes y nos fuimos hacia el Norte. Aquel país era inmenso, y tenía llanuras cenagosas y grandes bosques. Pero vinieron los fríos. Había mucha nieve en el suelo, y nadie conocía el camino. Durante meses y meses avanzamos fatigosamente por el bosque interminable... No recuerdo bien, pero sí que teníamos poca comida y que con frecuencia nos tendíamos en el suelo a esperar la muerte. Mas, al fin, llegamos al mar frío. Ya sólo quedábamos tres para contemplarlo. Uno de ellos había zarpado de Yeddo como capitán y recordaba la configuración de las grandes tierras y de los lugares por donde los hombres pueden pasar de unas a otras sobre el hielo. Y él nos condujo (no lo recuerdo bien, porque fue muy largo), hasta que sólo quedamos dos. Cuando llegamos a aquel sitio encontramos a cinco de los extraños hombres que viven en aquellos parajes. Tenían perros y pieles y nosotros éramos muy pobres. Luchamos en la nieve y ellos murieron. El capitán también murió y yo me quedé con los perros y las pieles. Entonces crucé el hielo, que estaba resquebrajado. Una vez fui a la deriva hasta que una tempestad de poniente me arrojó sobre la costa. Y después de esto llegué a la bahía de Golovin, a Pastilik, y, en fin, adonde residía el sacerdote. Luego me dirigí al Sur, siempre al Sur, hacia los países cálidos y soleados que había recorrido primero.

Pero la mar ya no daba casi nada: los que iban a ella a cazar focas obtenían míseras ganancias y corrían grandes riesgos. Las flotas se dispersaron y ni los capitanes ni sus hombres tenían noticias de aquellos que yo buscaba. Entonces abandoné el mar, siempre inquieto, y me interné en la tierra, donde los árboles, las casas y las montañas no se mueven nunca de su sitio. Viajé hasta muy lejos y aprendí muchas cosas, incluso el arte de leer y escribir, gracias a los libros. Esto me hacía feliz, porque me decía que Unga debía de haber aprendido también estas cosas, y así, cuando llegase el momento... nosotros... ¿Comprendéis...? Fui a la deriva como barquillas que levantan una vela al viento pero que no se pueden dirigir. Sin embargo, mis ojos y mis oídos estaban siempre abiertos y hablaban con hombres que viajaban mucho, pues sabía que éstos podían haber visto a los que yo trataba de encontrar. Por último, conocí a un hombre que acababa de llegar de las montañas. Llevaba pedazos de roca en las que había granos de oro puro del tamaño de los guisantes, y éste sí había oído hablar de ellos. Incluso los había visto y los conocía. Me dijo que eran ricos y que vivían en un lugar donde sacaban el oro de la tierra.

Este lugar estaba en un país salvaje y remoto; pero, con el tiempo, yo llegué a aquel campamento oculto entre las montañas, donde los hombres trabajaban noche y día sin ver el sol. Sin embargo, el momento no había llegado aún. Oyendo lo que decía la gente, supe que él se había ido - y ella con él - a Inglaterra en busca de hombres ricos para formar compañías. Vi la casa en que habían vivido. Parecía un palacio como los que se ven en los países antiguos. Por la noche me introduje por una ventana, para ver cómo había vivido ella con él. Pasé de una estancia a otra y me dije que así debían de vivir los reyes y las reinas, tan suntuoso era todo. Me dijeron que él la trataba como a una reina, y la gente se preguntaba, maravillada, de qué raza sería aquella mujer. Y es que no era como las demás mujeres de Akatan, ya que era una reina, y nadie lo sabía. Sí, ella era una reina; pero yo era un jefe e hijo de un jefe, y había pagado por ella un precio incalculable en pieles, embarcaciones y cuentas de colores. Pero esto poco importa. El caso es que yo era un hombre de mar y estaba acostumbrado a la vida marinera. Los seguí a Inglaterra y de allí a otros países. Unas veces oía hablar de ellos; otras, leía cosas sobre ellos en los periódicos. Pero no conseguía verlos, porque tenían mucho dinero y viajaban por los medios más rápidos, y yo, en cambio, era pobre. Luego tuvieron ciertos reveses de fortuna y, al fin, su riqueza se disipó como el humo. Los periódicos hablaron mucho de ellos entonces, pero después el mayor silencio les rodeó, y yo supe que habían vuelto al país donde se podía arrancar el oro de las entrañas de la tierra.

Parecían haber abandonado el mundo avergonzados de su pobreza, y yo tuve que ir de campamento en campamento. Así llegué, por el Norte, hasta el país de Kootenay, donde descubrí de nuevo su rastro. Habían pasado por allí y se habían ido, unos decían que en esta dirección, y otros que en aquélla. Pero algunos aseguraban que se habían dirigido a la región del Yukon, y hacia allí fui yo, y después a otro sitio, y seguí viajando de un lugar a otro hasta que empecé a sentirme fatigado y miré con aversión la inmensidad del mundo. En Kootenay recorrí una pista pésima e interminable con un mestizo del Noroeste, que murió de hambre. Había llegado al Yukon utilizando un camino desconocido a través de las montañas, y cuando comprendió que se acercaba su fin, me entregó un mapa y el secreto de un lugar donde me juró por sus dioses que había oro a espuertas. Después de esto, todo el mundo empezó a dirigirse al Norte. Yo era pobre y, por un sueldo, empecé a trabajar como conductor de perros. El resto ya lo sabéis. Los encontré en Dawson. Ella no me conoció. Cuando nos separamos yo era un mozo. Había pasado mucho tiempo, y era natural que no se acordase de aquel que había pagado por ella un precio incalculable.

Después, gracias a ti, no hube de cumplir el tiempo que me faltaba de servicio. Volví para hacer las cosas a mi modo. Había esperado mucho tiempo y ahora que le había echado el guante no tenía prisa. Como digo, pensaba hacer las cosas a mi modo, porque veía toda mi vida abierta ante mis ojos como un libro en el que se contara lo mucho que había visto y sufrido. Me acordé, sobre todo, del frío y el hambre que había pasado en los bosques interminables que se extienden a orillas de los mares de Rusia. Como sabéis, me lo llevé hacia el Este (y a Unga con él), adonde muchos han ido y pocos han vuelto. Les conduje al lugar donde yacen los huesos y resuenan aún las maldiciones de los hombres junto al oro que no pueden tener. El camino era largo y la pista estaba cubierta de nieve blanda. Nuestros perros eran muchos y necesitaban gran cantidad de comida, y nuestros trineos no podían seguir viajando hasta la primavera. Debíamos regresar antes de que el río se deshelase. Por lo tanto, de vez en cuando nos deteníamos para ocultar provisiones, con el fin de aligerar la carga y evitar el hambre durante el viaje de regreso. En McQuestion había tres hombres; cerca de ellos escondimos víveres. Y en Mayo hicimos lo mismo. Había allí un campo de caza de una docena de pieles rojas que había cruzado desde el Sur la línea divisoria. Continuamos la marcha hacia el Este, y ya no vimos ni un alma: sólo el río dormido, la selva inmóvil y el silencio blanco del Norte. Como he dicho, el camino fue largo y la pista mala. A veces, después de avanzar penosamente toda la jornada, sólo habíamos conseguido recorrer doce kilómetros. Avanzábamos dieciséis a lo sumo, y por la noche caíamos rendidos de cansancio. Ni por asomo supusieron nunca que yo fuese Naass, jefe de Akatan, el enderezador de entuertos.

Entonces ya guardábamos menos cosas en los escondrijos, y por la noche yo volvía a la pista que habíamos dejado y cambiaba los depósitos de modo que se pudiese pensar que los habían descubierto los carcayús 4. Luego pasamos por un sitio donde las pendientes del río eran abruptas. Allí las aguas revueltas se habían llevado la parte de abajo del hielo que aparecía en la superficie. En este lugar el trineo que yo conducía se hundió con los perros y se perdió. Él y Unga lo atribuyeron a la mala suerte. En aquel trineo había mucha comida y sus perros eran los más fuertes. Pero él se echó a reír, porque era valeroso y estaba lleno de vida. Acortó las raciones de los perros que quedaban, y después los fuimos quitando de la traílla uno por uno y entregándolos a sus compañeros para que los devorasen. Él decía que regresaríamos rápidamente, deteniéndonos para comer de escondrijo en escondrijo, sin perros ni trineos, pues las provisiones que llevábamos eran ya tan escasas, que el último perro murió enganchado al trineo la noche en que llegamos al sitio donde estaba el oro junto a los huesos y los ecos de las maldiciones de los hombres.

Para alcanzar aquel sitio (el mapa lo indicaba con exactitud), situado en el corazón de las grandes montañas, tallamos escalones en el muro de hielo que nos cerraba el paso. Esperábamos encontrar un valle al otro lado, pero no había tal valle: la nieve se extendía hasta muy lejos, lisa como los grandes campos de trigo, y a nuestro alrededor las altivas montañas alzaban sus blancos cascos hasta las estrellas. En el centro de aquella extraña llanura formada sobre un valle, la tierra y la nieve se hundían como si cayesen hacia el corazón del mundo. Si no hubiésemos sido gente de mar, la cabeza nos habría dado vueltas ante aquel espectáculo, pero nosotros nos detuvimos sin asomo de vértigo al borde de la sima tratando de descubrir el camino para bajar. Por un lado la abrupta pared se había desmoronado y aparecía inclinada como la cubierta de un barco cuando la vela más alta del palo mayor recibe el soplo del viento. Yo no sé por qué era así, pero así era.

—Esto es la boca del infierno —dijo él—. Bajemos.

Y bajamos. En el fondo había una cabaña hecha de troncos que su constructor había arrojado desde lo alto. Era una cabaña muy vieja en la que habían muerto hombres solitarios en épocas diferentes. Sus últimas palabras y sus desesperadas maldiciones estaban escritas en trozos de corteza de abedul, y pudimos leerlas. Uno murió de escorbuto; el socio de otro le robó los últimos víveres y la pólvora y huyó; un tercero fue gravemente herido por un oso gris de cara lampiña; otro se fue a cazar y pereció de hambre. Así murieron muchos. No querían dejar el oro, y murieron junto a él de una manera o de otra. Y aquel oro inútil que ellos habían recogido amarilleaba en el suelo de la cabaña como en un sueño. Pero el alma de aquel hombre era firme y su cabeza se mantenía despejada, aun después del largo viaje.

—No tenemos nada que comer —dijo—. Sólo miraremos un momento este oro.

Veremos de dónde procede y cuánto hay. Después nos iremos inmediatamente, antes de que nos entre por los ojos y nos haga perder el juicio. Y así podremos volver más adelante, con más comida, para cogerlo todo. Entonces vimos el gran filón. Atravesaba la pared del pozo de modo inconfundible. Lo medimos y lo señalamos por encima y por debajo, y clavamos las estacas que marcaban nuestra denuncia y quemamos los árboles para que se conocieran nuestros derechos. Entonces, con las rodillas temblorosas por falta de alimento, sintiendo un gran vacío en el estómago, y pareciéndonos que el corazón se nos iba a salir por la boca, escalamos la abrupta pared por última vez y nos dispusimos a emprender el regreso. En el último trecho arrastramos a Unga entre los dos y caímos varias veces, pero, al fin, llegamos al escondrijo. La comida había desaparecido. Yo había hecho un buen trabajo, porque él creyó que aquello había sido obra de los carcayús y los maldijo a ellos y a sus dioses. Pero Unga era valerosa, y sonrió, y puso su mano en la de él. Entonces yo tuve que volverme para no delatarme.

—Descansaremos junto al fuego —dijo ella— hasta que llegue la mañana y nos alimentaremos con los mocasines.

Entonces cortamos la parte superior de nuestros mocasines a tiras y las pusimos a hervir. Las tuvimos hirviendo hasta media noche, para poder masticarlas y tragarlas. Y por la mañana comentamos nuestra mala suerte. El siguiente escondrijo estaba a cinco días de viaje. No podíamos llegar a él. Teníamos que encontrar caza. Y él dijo entonces:

—Iremos a cazar.

Yo respondí:

—Sí, iremos a cazar.

Y él dispuso que Unga se quedara junto al fuego para no fatigarse. Y salimos a cazar. Él fue en busca de alces y yo del escondrijo que había cambiado de lugar. Por la noche él cayó muchas veces mientras regresaba al campamento. Y yo hice ver que estaba también muy débil, dando traspiés, de modo que cada paso que daba pareciese que iba a ser el último. Y para cobrar fuerzas, seguimos comiéndonos nuestros mocasines. ¡Qué hombre tan extraordinario! Su alma sostuvo su cuerpo hasta el final. Nunca se quejó en voz alta, y sólo se lamentó de la suerte que pudiera correr Unga. Durante el segundo día yo le seguí, para presenciar su final. Él se echaba a descansar con más frecuencia. Aquella noche ya estaba medio muerto, pero por la mañana lanzó un juramento con voz apenas perceptible y volvió a salir. Andaba como un borracho. Me pareció muchas veces que iba a rendirse, pero era fuerte como el hierro y tenía alma de gigante. Consiguió mantenerse en pie durante todo aquel día, a pesar de su extrema extenuación. Y cazó dos lagópodos. Se los podía haber comido sin encender fuego, y aquellas aves le habrían devuelto las fuerzas, pero no quiso hacerlo: sólo pensaba en Unga y en regresar al campamento con la caza. Ya no andaba: avanzaba arrastrándose sobre la nieve con las manos y las rodillas. Yo me acerqué a él y leí la muerte en sus ojos. Todavía no era demasiado tarde para que se comiera los lagópodos; pero él tiró el rifle, cogió las aves como un perro, y así continuó su avance.

Yo iba a su lado, y él, cuando se detenía a descansar, me miraba, sorprendido de mi resistencia. Esta sorpresa la tuve que leer en sus ojos, porque él ya no podía hablar: sus labios se movían, pero de su boca no salía sonido alguno. Desde luego, era un hombre extraordinario y mi corazón se inclinaba a la piedad; pero volvía a ver el libro de mi vida abierto ante mis ojos, volvía a acordarme del frío y del hambre que me habían atormentado en los inmensos bosques del litoral ruso... Además, Unga era mía, y había pagado por ella un precio elevadísimo en pieles, embarcaciones y valiosas cuentas. Atravesamos la selva blanca. El silencio nos abrumaba como la húmeda niebla marina, y, entre tanto, los fantasmas del pasado flotaban en el aire y me rodeaban. Volví a ver la playa amarillenta de Akatan, y los kayaks que regresaban velozmente de la pesca, y las casas que se alzaban en la linde del bosque. También estaban allí los hombres que se habían erigido en jefes, los legisladores cuya sangre llevaba yo en mis venas y con la que, además, me había unido por medio de Unga... Y Yash-Nooss me acompañaba, con el cabello lleno de húmeda arena y en la mano la lanza, aquella lanza que él mismo había roto, al caer muerto sobre ella. Y recordé la promesa que percibí en la mirada de Unga.

Atravesamos la selva blanca y, al fin, hirió nuestro olfato el humo del campamento. Entonces yo me incliné hacia mi compañero y le arranqué los lagópodos de la boca. Él se echó de costado para descansar, y vi que aumentaba la sorpresa que expresaban sus ojos, y que su mano se deslizaba lenta y disimuladamente hacia el cuchillo que llevaba en su cintura. Yo le quité el cuchillo, acerqué mi rostro al suyo y sonreí. Al advertir que ni siquiera entonces comprendía, repetí los movimientos que hice cuando bebí en las botellas negras, y cuando él amontonó regalos sobre la nieve, y reproduje todas las escenas de mi noche de bodas. No pronuncié ni una palabra, pero él, entonces, me entendió. Sin embargo, no demostró temor alguno, sino que hizo acopio de entereza y sonrió desdeñosamente, presa de una fría cólera. No estábamos lejos del campamento, pero la nieve era blanda y él se arrastraba con gran lentitud. Una vez permaneció tendido tanto tiempo, de bruces, que le di la vuelta y lo miré a los ojos. Me pareció leer la muerte, pero luego vi que él me miraba también. Esto ocurrió varias veces. Y cuando dejé de mirarle, él continuó su penoso deslizamiento. Al fin, llegamos junto a la hoguera. Unga acudió a su lado, y él movió los labios y me señaló, con el deseo de hacerle comprender lo que había ocurrido. Después quedó inmóvil y así permaneció largo rato. Aún está allí, tendido en la nieve. Yo asaba los lagópodos en silencio. Cuando hube terminado, hablé a Unga en su propia lengua, aquella lengua que ella no había oído desde hacía muchos años. Entonces ella se irguió, asombrada, con los ojos muy abiertos, y me preguntó quién era y dónde había aprendido a hablar de aquel modo.

—Soy Naass —le contesté.

—¿Es posible? —exclamó.

Y se acercó a mí para poder examinarme mejor.

—Sí —insistí—, soy Naass, jefe de Akatan, el último de mi estirpe, así como tú eres el último vástago de la tuya.

Entonces ella se echó a reír. He corrido mucho mundo y he visto muchas cosas, pero nunca he oído una risa como aquélla. Al verme allí, en el silencio blanco, junto a la muerte y oyendo la risa de aquella mujer, un escalofrío recorrió mi alma. Creyendo que Unga desvariaba, le dije:

—Cómete esto y vámonos. Akatan está muy lejos.

Pero ella ocultó el rostro en los rubios cabellos de aquel hombre y siguió riéndose de tal modo, que yo creí que el cielo iba a desplomarse sobre nuestras cabezas. No comprendía la actitud de Unga: me había imaginado que experimentaría una inmensa alegría al verme y que se conmovería al recordar los tiempos pasados.

—¡Vámonos! —exclamé, tomándola de la mano y tirando de ella fuertemente—. El camino es largo y oscuro. Tenemos que partir en seguida.

—¿Adónde me quieres llevar? —me preguntó Unga, sentándose en la nieve y ya sin reír de aquel modo extraño.

—A Akatan —respondí escrutando su rostro y esperando que le vería iluminarse al oír este nombre.

Pero su semblante expresó una fría cólera semejante a la que había visto en el rostro del hombre. Y sus labios se torcieron en una sonrisa despectiva.

—Sí —dijo mordazmente—, nos iremos tomaditos de la mano a Akatan, y viviremos en aquellas sucias chozas, y nos alimentaremos de pescado y aceite, y engendraremos hijos, de los que nos sentiremos orgullosos toda la vida. Nos olvidaremos del mundo y seremos felices. ¡Será magnífico! ¡Vámonos! Partamos ahora mismo. Volvamos a Akatan.

Y empezó a acariciar los rubios cabellos de aquel hombre y sonrió de un modo que me mortificó. En sus ojos no leí ninguna promesa. Permanecí sentado en la nieve, en silencio, atónito ante el extraño proceder de las mujeres. Recordaba la noche en que él me la arrebató, y ella gritó y le tiró de los cabellos, de aquellos mismos cabellos que ahora acariciaba y de los que no se quería apartar. Después recordé el precio que pagué por ella, y los largos años que pasé esperándola. Y entonces la atenacé con mis manos y me la llevé a rastras como él se la había llevado aquella noche. Y ella se resistió como se había resistido entonces, luchó como una gata por sus hijuelos. Cuando la hoguera quedó entre nosotros y el hombre rubio, la solté y ella se sentó para escucharme.

Le conté todo lo que había sucedido; le hablé de mis penalidades en mares extraños, de todo cuanto había hecho en tierras desconocidas, de mi agotadora busca, de mis años de hambre y de la promesa que ella me había hecho antes que a nadie. Sí, se lo conté todo, incluso lo ocurrido entre aquel hombre y yo. Y mientras hablaba, vi surgir en su mirada la promesa, plena y grandiosa como un amanecer. Y leí en sus ojos la piedad, la ternura de mujer, el amor..., el amor de Unga. Me sentí rejuvenecido, pues aquella mirada era la misma que yo había visto en sus ojos cuando corrió por la playa, entre risas, hacia la casa donde vivía con su madre. Mi horrible inquietud había terminado, y también el hambre, y la angustia de la espera. Había llegado el momento. Sentí la llamada de su pecho y me dije que ya podía apoyar en él la cabeza y olvidar. Unga me abrió los brazos y yo me acerqué a ella. Entonces, súbitamente, el odio llameó en sus ojos, su mano rozó mi cintura y sentí dos puñaladas.

—¡Perro! —me dijo, como escupiéndome las palabras, mientras yo caía en la nieve.

Luego rasgó el silencio con su risa y volvió al lado de su muerto. Sí, me apuñaló dos veces; pero estaba débil, hambrienta, y mi destino no era morir entonces. Me propuse quedarme allí y cerrar los ojos para el último y largo sueño, junto a aquellos seres cuyas vidas se habían cruzado con la mía y que me habían llevado a recorrer caminos que yo ignoraba. Pero me acordé de que tenía que saldar una deuda y entonces me dije que no podía descansar. El camino fue largo, el frío atroz, apenas tenía nada que llevarme a la boca. Los pieles rojas no encontraron alces y saquearon mi escondrijo. Lo mismo hicieron los tres hombres blancos, pero de poco les sirvió, pues, al pasar junto a su cabaña, vi que sus cuerpos resecos tenían la rigidez de la muerte.

Después de esto no recuerdo nada, hasta que llegué aquí y encontré comida y fuego..., un buen fuego. Cuando terminó su relato se encogió, pegado a la estufa, como si temiera perder aquel calor. Durante largo rato, las sombras proyectadas por la lámpara de sebo simularon trágicas representaciones sobre la pared.

—Pero ¿y Unga? —exclamó Prince, todavía bajo los efectos de la impresión que la presencia de esta mujer le había producido.

—¿Unga? No quiso comer. Se tendió junto a él, le rodeó el cuello con los brazos y ocultó su rostro en la rubia cabellera. Yo le acerqué el fuego para que el frío no la torturase, pero ella Pasó arrastrándose al otro lado del cadáver. Entonces encendí en este lado una nueva hoguera. Pero de poco sirvió, pues Unga se negó a comer. A estas horas ambos deben de yacer aún en la nieve.

—Y ¿tú que vas a hacer? —le preguntó Malemute Kid.

—No sé, no sé... Akatan es pequeño y tengo muy pocos deseos de volver a vivir a la orilla del mundo. Sin embargo, no tengo ante mí muchos caminos. Podría ir a Constantina, donde me cargarían de cadenas y un día harían un nudo corredizo para mí. Entonces dormiría tranquilo. Pero no sé, no sé...

—Oye, Kid —dijo Prince—. Se trata de un asesinato.

—¡Silencio! —le ordenó Malemute Kid—. Hay cosas superiores a nuestra sabiduría... y que están más allá de nuestra justicia. Nosotros no podemos decir si esto está bien o está mal. No podemos erigirnos en jueces.

Naass se acercó aún más al fuego. Reinó un gran silencio y ante los ojos de aquellos hombres pasaron y se esfumaron muchas imágenes...

Jack London (1876-1916)




Relatos góticos. I Relatos de Jack London.


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El análisis y resumen del cuento de Jack London: Una odisea del norte (An Odyssey of the North), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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