«Estacas»: Karl Edward Wagner; el relato que inspiró a la «Bruja Blair»


«Estacas»: Karl Edward Wagner; el relato que inspiró a la «Bruja Blair».




Estacas (Sticks) es un relato de terror del escritor norteamericano Karl Edward Wagner (1945-1994), publicado originalmente en la edición de marzo de 1974 de la revista Whispers, y luego reeditado en la antología de 1975: Escalofríos (Night Chills).

Estacas, probablemente el mejor cuento de Karl Edward Wagner, pertenece a los Mitos de Cthulhu —de hecho, fue incluido por Arkham House en la colección de 1990: Cuentos de los Mitos de Cthulhu (Tales of the Cthulhu Mythos)—. Ese vínculo entre Estacas y el universo de los Mitos adquiere varias formas dentro del argumento, pero la principal es su protagonista, llamado Leverett, quien es una especie de versión actualizada del propio H.P. Lovecraft.

Si bien ninguno de los realizadores de la película de terror de 1999: El proyecto de la bruja Blair (The Blair Witch Project) mencionó abiertamente a Estacas como fuente de inspiración, lo cierto es que algunas características del film —como las ramitas de madera con extraños signos y símbolos atribuidos a un culto ignoto—, son idénticas a las del relato de Karl Edward Wagner.

Si bien el argumento de Estacas difiere bastante del de El proyecto de la bruja Blair —en este caso, más relacionado a los relatos de vampiros que a los cuentos de brujas—, tenemos aquí una vieja casa abandonada en el bosque, una serie de extraños símbolos y diseños hechos con ramitas de madera, similares a pentagramas, los cuales parecen registrar la historia de un culto macabro, vinculado a la magia negra, y un artista incauto que logra descifrar aquellos sombríos misterios solo para descubrir que no puede escapar de ellos.




Estacas.
Sticks, Karl Edward Wagner (1945-1994)

El arroyo Mann se perdía en los bosques al norte del estado de Nueva York. El Ford de Leverett cruzó el puente que conducía hasta allí mucho antes de que proliferaran los vehículos, con caña, aparejos, una petaca en el bolsillo y una sartén de hierro calzada en el cinturón. Desde el puente, el valle se abría a una extensión de pastos bajos, pero corriente abajo del arroyo la tierra había dejado de ser cultivada y estaba llena de plantas silvestres y manzanos descuidados. Leverett pasó junto a la vieja instalación ferroviaria, abandonada en 1870, y vio un trozo de madera que se ramificaba en varias estacas. Pensó que originalmente debía de decir «prohibido el paso», pero el mensaje, si es que existió, estaba borrado.

Su entrenado ojo de artista percibió, sin embargo, que los clavos eran nuevos. No le prestó más atención hasta que un poco más allá encontró otro, y otro, y otro más.

—¿Cosas de niños? —se preguntó.

No, la disposición de las estacas era demasiado sofisticada, los ángulos, las distancias, el trabajo, eran sumamente hábiles. Había además algo inquietante en el efecto que producían.

Algo más abajo, rodeadas por la maleza, aquellas extrañas estructuras de madera estaban por todas partes: estacas hechas con ramas de árboles y trozos de tablones clavados juntos en una fantástica disposición. Además, no había dos iguales.

Leverett se olvidó de las truchas, rebuscó en sus bolsillos un pequeño cuaderno de notas y un lápiz y empezó a dibujar las estructuras más elaboradas. Quizá alguien pudiera explicarlas.

Estaba aproximadamente a dos millas del puente cuando llegó a las ruinas de una casa, una antigua granja colonial construida al estilo holandés, medio desmoronada y tragada por la maleza. Las estacas la abrazaban por completo e incluso la cubrían sobre el tejado, tan agpretadas unas a las otras que casi parecían una telaraña.

Maravillado, las dibujó, mientras se acercaba cautelosamente a la casa abandonada. Su aspecto era francamente amenazador, entre aquella desolación y aquella demente construcción de estacas. En ese punto cualquiera en su sano juicio hubiese dado media vuelta; pero Leverett, en cambio, se sentía intrigado. La puerta estaba sacada de sus goznes, y entró con cuidado. La casa estaba vacía. Sólo había motas de polvo flotando en la luz del sol de la tarde, sobre hojas, cascotes y maderas podridas.

Alguien había estado allí recientemente y había cubierto las paredes enmohecidas con la vertiginosa complejidad del diagrama de las estacas. Su lápiz voló sobre el cuaderno, comparando esquemas: ¿era el lugar donde se había diseñado toda esa locura? El oscuro hueco de una puerta se abría al sótano, ¿también habría dibujos allí? ¿Y qué más?

Se preguntó si era prudente bajar. El sótano estaba a oscuras salvo por la poca luz que se colaba por las rendijas.

—¡Hola! —llamó—, ¿hay alguien ahí?

Pensó que podría encontrarse con un lunático, que podría ocurrirle cualquier cosa, y que nadie nunca llegaría a saberlo.

Empezó a bajar cuidadosamente la escalera. Era de piedra y, por lo tanto, sólida, pero traicionera debido al musgo y los escombros. Al llegar abajo se detuvo para que sus ojos se acostumbraran a la tinieblas húmedas. El sótano era demasiado grande para la casa. De hecho, quizás el sótano era anterior a la casa.

Los grandes bloques de piedra de los muros le hicieron pensar en una fortaleza. El lugar parecía estar vacío, aunque sin luz no podía estar seguro de lo que ocultaban las sombras. Había rincones y zonas de las paredes de una sombra más oscura, como si se abrieses a otros sitios. A su pesar, empezó a sentirse inquieto.

Había algo más: un amplio bulto parecido a una mesa en el centro del sótano, quizás de piedra.

Se acercó, le llegaba hasta la cintura: una losa de piedra burdamente labrada, sostenida por pilares también de piedra. Pasó su mano a lo largo de la losa. Parecía tener una ranura que la atravesaba a lo largo. Sus dedos encontraron una textura fría, blanda, unas correas enmohecidas, pensó con desagrado.

Entonces algo se cerró sobre su muñeca y clavó unas uñas heladas en su carne.

Leverett gritó y tiró hacia atrás con frenética fuerza, pero sin éxito. El bulto comenzó a levantarse. Leverett gritó de nuevo, desesperado. Su mano libre aferró la sartén de hierro que llevaba sujeta al cinturón. Soltándola de un tirón, lo golpeó en lo que parecía ser una cabeza con toda su fuerza, hendiendo carne y rompiendo huesos.

La cosa lo soltó.

Vio una frente hendida, rezumando una sangre espesa y unos ojos que brillaban con una horrible vida.

Por fin acabó de liberarse y huyó, sacando fuerzas para correr sin descanso del recuerdo de los pasos que había oído subir torpemente la escalera del sótano detrás de él.

Cuando Colin Leverett regresó a la ciudad, era un hombre cambiado. Había envejecido. Su enérgica forma de caminar había languidecido. Sus ojos parecían extraviados. Con el tiempo sus amigos pudieron ver que su afición por lo macabro se había convertido en una morbosa obsesión.

Los editores de revistas de terror para los que trabajaba empezaron a devolver sus dibujos por ser demasiado horrendos. Leverett intentaba suavizarlos, pero entonces los sentía insípidos. Los encargos dejaron de llegar. Empezó a vivir de magros pedidos ocasionales para alguna galería.

Nunca contó a nadie lo ocurrido en el arroyo Mann, y cuando lo recordaba, trataba de convencerse de que a quien había herido era a un vagabundo cuya forma se había distorsionado a causa del horror. Esta explicación le ayudaba a recuperar la cordura cuando se despertaba en medio de la noche, con el rostro de la cosa todavía observándolo desde sus pesadillas.

Años después, recibió el encargo de un viejo amigo y colega, que ahora era el editor de la Gothic House, una pequeña editorial especializada en libros fantásticos y sobrenaturales: quería que ilustrara los tres volúmenes en edición de lujo del maestro del género, Ken Allard, muerto hacía unos años. Leverett aceptó al instante.

Pasó horas enteras releyendo los relatos. tomando notas y haciendo bocetos. Su amigo le había pedido dibujos especialmente horribles para la edición. No estaba mal lo que le estaba saliendo, pero sentía que a los dibujos les faltaba algo de la siniestra maldad de la obra de Allard, que tanto le recordaba aquella tarde en el arroyo Mann. Recuperó el viejo cuaderno de aquel entonces y empezó a incluir fragmentos de esos entramados de estacas.

Los rostros burlones de las criaturas degeneradas de Allard se hicieron más amenazantes.

El editor le escribió una carta al finalizar el trabajo.

—Por el amor de dios, Colin, ¿qué son esas estacas que has metido por todas partes? Esas malditas cosas hacen que te estremezcas realmente.

Leverett le contestó explicándole su experiencia en el bosque, sin mencionar nada de esa criatura que había aferrado su muñeca en el sótano. El editor le puso en contacto con un científico que estudiaba aquella zona, por considerarse una de las que se había realizado magia negra en la época colonial. Este le habló de granjas abandonadas con un dolmen en sus cimientos, una especie de losa de granito con un profundo surco, que era utilizada como altar para sacrificios.

Al cabo de poco tiempo, cuando salía de la imprenta el segundo volumen, fue él quien le anunció la salvaje muerte del editor a manos de unos ladrones.

No pasó mucho cuando un hombre delgado y elegante se presentó en su casa. Era el sobrino de Allard. Recientemente muerto su padre, había descubierto una obra inédita en el desván, y quería saber su opinión sobre su autenticidad y sobre la posibilidad de editarla. Creía que eran historias especialmente horribles, acordes con los últimos años de vida de su tío.

Leverett encontró en ellas referencias a estructuras megalíticas que, en cierto modo, se parecían a los diseños de las estacas. Acordaron que la obra se editaría, y que Leverett la ilustraría. El sobrino de Allard mencionó explícitamente sus dibujos de estacas, que tanto le habían gustado en la última obra de su tío. Revisaron los cuadernos y le pidió que incluyera todos los dibujos.

El exceso de trabajo agravó la pesadilla recurrente:

Se encontraba en un túnel de paredes de piedra por el que debía arrastrarse. Las piedras húmedas se apretaban contra su vientre. Tras varios pasadizos llegaba al interior de una cámara subterránea, que a su vez se abría hacia otras madrigueras. Una gigantesca losa se encontraba en el centro, con una ranura a lo largo por la que bajaba un líquido espeso. Una figura desde las sombras aferraba su muñeca, y Leverett se despertaba con el eco de sus propios gritos.

Se levantaba entonces para seguir dibujando y reflejar algunos detalles de la pesadilla.

Lo primero que hizo al acabar el último dibujo y recibir el cheque fue comprarse una caja de botellas de buen whisky e intentar recuperar el sueño. Volvía a entrar en aquel sótano al que llegaban toda clase de madrigueras de piedra. En la losa del medio, esta vez, había un hombre que se debatía furiosamente, como si estuviese atado, mientras él le clavaba un cuchillo en el corazón.

Al despertar, se vio recubierto por una sustancia pegajosa.

Leverett subió al coche y se dirigió a toda prisa a la casa del sobrino de Allard. Llegó casi al anochecer. Aquel tardó en responder sus frenéticas llamadas, pero se alegró de verlo, porque justamente acababan de llegar los libros impresos.

—¡Tenemos que destruirlos! —le gritó Leverett—. Esos signos, esas estacas, pertenecen a un culto. Tienen un significado oculto en sus rituales. Y el culto sigue vivo. Mataron a mi editor, están detrás de mí, y te matarán para impedir que se publique el libro —le gritó horrorizado.

—Colin, eso suena disparatado —dijo el sobrino de Allard—. Ven. Te mostraré los libros. Están en el sótano.

Leverett dejó que su anfitrión lo condujera escalera abajo. El sótano era muy grande, revestido de piedra, y seco.

—Los he colocado aquí para que la casa no se hundiera debido al peso —dijo el sobrino de Allard—. Mañana se enviarán a los distribuidores.

Leverett abrió un ejemplar y contempló sus dibujos, que habían conseguido retratar a esas grotescas criaturas, las cámaras subterráneas, los altares teñidos de sangre, y las enigmáticas estructuras de estacas.

—Son antiguos glifos —le dijo el sobrino de Allard—, inexplicables para la mente humana, fragmentos de un pentagrama de varias millas de ancho. Los estaba evocando nuestro supremo cuando usted lo golpeó en la cabeza, y perdimos esa parte esencial del diseño. Pero entonces descubrimos sus dibujos, y luego sus notas. Ahora miles de nuevas mentes podrán leer las evocaciones, y se unirán a nosotros en los Lugares Ocultos.

Leverett se volvió para echar a correr, pero las figuras salían ya arrastrándose de las sombras del sótano y los túneles. Se puso a gritar mientras el sobrino de Allard también empezaba a arrastrarse, pero no podía despertar, únicamente echarse al suelo, y seguirlo.


Karl Edward Wagner (1945-1994)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El análisis y resumen del cuento de Karl Edward Wagner: Estacas (Sticks), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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