«El sombrío tercer piso»: Ellen Glasgow; relato y análisis


«El sombrío tercer piso»: Ellen Glasgow; relato y análisis.




El sombrío tercer piso (The Shadowy Third) es un relato de fantasmas de la escritora norteamericana Ellen Glasgow (1873-1945), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1916 de la revista Scribner's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1923: El sombrío tercer piso y otros relatos (The Shadowy Third and Other Stories).

El sombrío tercer piso, probablemente uno de los mejores cuentos de Ellen Glasgow, relata la historia de la señorita Randolph, quien es contratada como enfermera por el doctor Roland Maradick para ocuparse de la delicada salud de su esposa. No obstante, la señorita Randolph comienza a sospechar de los supuestos síntomas de su paciente. Quizás no esté enferma en absoluto, tal como insiste en diagnosticar su esposo.

De hecho, las alucinaciones de la señora Maradick tal vez sean visiones, o recuerdos, de su hija Dorothea, quien falleció en circunstancias misteriosas, y cuyo fantasma parece acechar el tercer piso.

El sombrío tercer piso de Ellen Glasgow posee algunas similitudes interesantes con el clásico de Charlotte Perkins Gilman: El tapiz amarillo (The Yellow Wallpaper). En ambos casos se nos sitúa en una supuesta casa embrujada, donde dos madres son tratadas como locas, cuando en realidad simplemente sufren una honda depresión tras la muerte de sus respectivos hijos.




El sombrío tercer piso.
The Shadowy Third, Ellen Glasgow (1873-1945)

Recuerdo que, después de la conversación, me aparté del teléfono Aunque sólo había hablado una vez con el gran cirujano, Roland Maradick, aquella tarde de diciembre pensaba yo que el hablar con él, aunque fuese una sola vez, el verle en la sala de operaciones una hora nada más era una aventura que dejaba sin color ni interés todo el resto de la vida. Después de tantos años de trabajar en casos de tifoidea y pulmonía, todavía siento el delicioso temblor de mis jóvenes latidos; aún veo los rayos del sol invernal cayendo oblicuamente, a través de las ventanas del hospital, sobre las batas de las enfermeras.

—No ha pronunciado mi nombre. ¿No podría tratarse de una equivocación?

Yo estaba de pie, incrédula, pero estática, delante de la inspectora del hospital.

—No, no ha habido ningún error. Estuve hablando con él antes de que usted bajara.

La enérgica faz de la señorita Hemphill se suavizaba al mirarme. Era una mujer alta, decidida, pariente lejana de mi madre, y una de esas enfermeras, esto lo había descubierto yo durante el mes que hacía desde que llegara de Richmond, que los hospitales del Norte, aunque quizá no los pacientes del Norte, parecen preferir y elegir instintivamente. Desde el primer momento, y a pesar de su aspereza, había concebido cierto aprecio, no me atrevería llamar cariño a una preferencia tan impersonal por su prima de Virginia. Al fin y al cabo, no todas las enfermeras del Sur recién terminados sus estudios, pueden presumir de parentesco con una inspectora de un hospital de Nueva York.

—¿Y le ha dado a entender claramente que se refería a mí?

—Ha preguntado particularmente por la enfermera que estaba con la señorita Hudson la semana pasada, cuando él operó. Creo que ni se acordaba siquiera de que tengas un nombre.

—Entonces, supongo que es cierto, realmente cierto. ¿Y tengo que estar aquí a las seis?

—Ni un minuto más tarde. La enfermera de día deja el servicio a dicha hora, y a la señora Maradick no la dejan sola ni un instante.

—Es cosa mental, ¿verdad que sí?

Hemphill estaba sonriendo, y yo me preguntaba si cuando sonreía las demás enfermeras la reconocían.

Yo sentí que la sangre se me agolpaba a las mejillas, más arriba del almidonado cuello del uniforme.

—He hablado con el doctor Maradick una sola vez —murmuré—, pero es realmente encantador. ¿Verdad?. Sus pacientes le adoran.

Como los pacientes y las demás enfermeras, yo también me había acostumbrado, deliciosa, paulatina y casi imperceptiblemente, a procurar asistir a las visitas diarias del doctor Maradick. Supongo que aquel hombre había nacido para ser idolatrado por las mujeres. Desde mi primer día en el hospital, desde el momento que le vi, por entre los semientornados postigos, cuando él bajaba del coche, jamás dudé de que le habían asignado el papel de protagonista de la función. Si no hubiese estado enterada ya de su encanto, del hechizo que ejercía sobre aquel hospital, lo habría percibido en el silencio expectante, como un aliento contenido, que se produjo después de haber pulsado él el timbre de la puerta y que precedió a sus imperiosas pisadas por las escaleras.

Aun después de los terribles acontecimientos del año siguiente, la primera impresión que conservo de él consiste en un recuerdo a la vez despreocupado y magnífico. En aquel instante, mientras estaba mirando por las rendijas de los postigos y le veía con su abrigo de piel oscura, cruzando la acera sobre los pálidos rayos de sol, comprendí más allá de toda duda, lo supe por una especie de presentimiento infalible, que en el futuro mi hado estaría indisolublemente unido al suyo. Lo sabía, repito, a pesar de que miss Hemphill siguiera insistiendo en que esta premonición nacía de una recolección sentimental e indiscriminada efectuada en toda suerte de novelas. Pero no; no fue un flechazo amoroso, por muy impresionable que mi pariente me pudiera considerar.

Era solamente la figura de aquel hombre. Y aún más que su aspecto, más que el negro brillante de aquellos ojos, el castaño plateado del cabello, el fulgor moreno de su rostro, aún más que su hechizo y su majestad, creo que lo que me ganó el corazón fue la hermosura y simpatía de su voz. Era una voz que, tal como oí más tarde decir a no sé quién, hubiera debido estar recitando siempre poemas. De modo que ustedes verán por qué —¡si no puedo hacérselas comprender desde el principio, jamás podré confiar en que comprendan cosas imposibles!—, de modo que ustedes verán por qué acepté la llamada, cuando llegó, como una orden imperativa. No habría podido permanecer alejada, después de haberme llamado él. Por más que hubiese intentado no ir, sé que al final habría acudido.

Por aquellos días, cuando aún tenía la esperanza de escribir novelas, solía hablar mucho del destino; desde entonces he aprendido ya lo tontas que son esa clase de digresiones y supongo que era mi destino el verme atrapada en la tela de araña de la personalidad de Roland Maradick. Pero no soy la primera enfermera enferma loca de amor por un médico que jamás se fijó en ella.

—Me alegra que te llamase, Margaret. Puede significar muchísimo para ti. Trata únicamente de no ser demasiado emocional.

Recuerdo que mientras hablaba, la señorita Hemphill tenía una flor en la mano. Una paciente suya se la había dado, de una maceta que tenía en el cuarto, y el olor todavía persiste en mi olfato, o en mi recuerdo. Desde entonces, oh, sí, muchísimas veces desde entonces, me he preguntado si también se había dejado atrapar en la tela de araña.

—Me gustaría estar más enterada del caso —Yo insistía en que me iluminasen—. ¿Ha visto usted alguna vez a la señora Maradick?

—Oh, sí, querida. Hace poco más de un año que se casaron; y al principio ella solía venir al hospital y aguardaba fuera mientras el doctor hacía las visitas. Entonces era una mujer de aspecto dulce, no bonita, precisamente, pero rubia y esbelta, con la sonrisa más adorable, creo yo, que haya visto en mi vida. Durante aquellos primeros meses, estaba tan enamorada que nosotros soliamos comentarlo y reírnos. Ver cómo se iluminaba la cara cuando el doctor salía del hospital y cruzaba la acera para subir al coche era todo un espectáculo. No nos cansábamos de observarla. Yo no era inspectora entonces, de manera que tenía más tiempo para mirar por la ventana, cuando estaba de guardia de día. Un par de veces, la dama trajo a su hijita para que viese a un paciente. La niña se le parecía tanto, que cualquier persona habría adivinado, sin que se lo dijeran, que eran madre e hija. A mí me habían dicho que, cuando conoció al doctor, ella era viuda y tenía una sola hija.

—Había una gran cantidad de dinero de por medio, ¿verdad?

—Una gran fortuna. Si no hubiera sido tan atractiva, supongo que la gente habría dicho que el doctor Maradick se casaba con ella por el dinero. Sólo que —y parecía hacer un esfuerzo por recordar—, creo haber oído algo relativo a que estaba depositado de forma tal que la señora Maradick perdía todo derecho sobre el mismo, si volvía a casarse. No podría recordar exactamente cómo era; pero se trataba de un testamento extraño, y sé que ella tampoco podía entrar en posesión del dinero salvo en el caso de que la niña no llegase a mayor. Lo lamentable del caso...

Una enfermera joven entró en el despacho a pedir algo —las llaves del quirófano, creo— y la señorita Hemphill se interrumpió sin terminar la frase y salió corriendo.

Los preparativos me costaron muy pocos minutos. Por aquellos días yo siempre tenía una maleta preparada, y no eran todavía las seis cuando doblaba para entrar en la Quinta Avenida, y me paraba un minuto, antes de subir los escalones, a contemplar la casa en la que vivía el doctor Maradick. Era una casa antigua; las paredes parecían húmedas, y tenía una reja en forma de araña que subía junto a los peldaños de piedra hasta la puerta negra, a través de cuyo anticuado abanico percibí un leve destello de luz.

Más tarde me enteré de que la dueña de casa había nacido allí —su apellido de soltera era Calloran— y que nunca quiso vivir en ninguna otra parte. Cuando la conocí mejor, supe que era una mujer que tomaba muchísimo apego lo mismo a las personas que a los lugares, y aunque, después de la boda, el doctor Maradick probó de convencerla de que se trasladaran a las afueras de la ciudad, ella no atendió a los deseos del marido y continuó fiel a la antigua casa de la parte baja de la Quinta Avenida.

Esas mujeres dulces, amables, especialmente si son ricas desde la infancia, resultan a veces singularmente obstinadas. Desde entonces he cuidado a tantas —mujeres de afectos muy fuertes e intelectos débiles— que he llegado a reconocer su especie con sólo verlas.

Toqué el timbre y acudieron con cierto retraso. Al entrar en la casa advertí que el vestíbulo estaba completamente a oscuras salvo por el reflejo mortecino de un fuego encendido en la biblioteca. Cuando dije cómo me llamaba, y añadí que era la enfermera de noche, el anciano mayordomo opinó, al parecer, que mi humilde persona no merecía mayores explicaciones. Mientras pasaba junto a mí, le oí murmurar vagamente, en un inglés casi incomprensible que no iba a encender las luces hasta que la niña hubiese terminado de jugar.

A la derecha del vestíbulo, un leve resplandor me llevó hacia la biblioteca y, cruzando el umbral con paso tímido, me paré junto al fuego para que se me secara el mojado abrigo. Mientras permanecía inclinada hacia la lumbre, con la intención de erguirme en cuanto oyera una pisada, iba pensando en lo acogedora que resultaba aquella habitación después de haber visto las húmedas paredes del exterior, a las que se pegaban unas despojadas plantas trepadoras, y estaba contemplando las extrañas formas y los raros dibujos que el fuego proyectaba sobre la vieja alfombra persa, cuando los faros de un motor que giraba lentamente posaron su luz sobre mí, a través de las blancas cortinas de la ventana.

Todavía cegada por aquel resplandor, volví la cabeza y vi venir rodando hacia mí, saliendo de la habitación vecina, una pelota de goma de colores rojo y azul. Un momento después, mientras realizaba un infructuoso intento por tomar la bola que rodaba por mi vera, cruzó la puerta airosamente una niñita dotada de una ligereza y una gracia singulares; pero se detuvo de pronto, como sorprendida al ver a una persona extraña. Era menudita, tan pequeña y delgada que sus pasos no producían el menor ruido en el pulido suelo del umbral, y recuerdo que al mirarla pensé que tenía la cara más seria y dulce que hubiera visto en mi vida. No podía tener —esto me lo dije luego— más de seis o siete años, y, sin embargo, permanecía plantada allí con un curioso aire de dignidad remilgada, como la que habría correspondido a una persona mayor, y me miraba con ojos enigmáticos.

Vestía una falda escocesa a pliegues, con un trocito de cinta encarnada en el pelo, que llevaba cortado formando flequillo sobre la frente y cayendo, lacio, sobre los hombros. Con todo su hechizo, desde el cabello castaño hasta los calcetines blancos y las zapatillas negras de sus piececitos, lo que recuerdo más vivamente es la mirada singular de sus ojos, que a la oscilante luz parecían de un color indeterminado. Porque lo raro de aquella mirada era que no correspondía, en modo alguno, a una niña. No era el mirar de la infancia, sino de una experiencia profunda, de un conocimiento amargo.

—¿Entrabas a buscar la pelota? —pregunté.

Pero mientras tenía aún en los labios la amistosa pregunta, oí que el criado negro regresaba. En mi confusión, hice un intento inefectivo por coger el juguete, que se alejaba rodando y se perdía en las sombras de la sala de estar. Luego, al levantar la cabeza, vi que también la niña había desaparecido de aquellas habitaciones, y, sin buscarla, seguí al negro hasta el agradable estudio del piso superior, donde me esperaba el famoso cirujano. Hace diez años, cuando el duro trabajo de enfermera no se había cobrado todavía una contribución tan onerosa de mi espíritu, yo me sonrojaba con gran facilidad, de modo que en el instante en que cruzaba el estudio del doctor Maradick me daba cuenta de que tenía las mejillas del color de las peonías.

Naturalmente, era una tonta —nadie lo sabe mejor que yo—, pero hasta entonces nunca había estado a solas con él, ni por un instante, y para mí aquel hombre era más que un héroe; era, y ahora ya no hay motivo alguno para que me sonroje al confesarlo, casi un dios. Por aquellos años yo perdía el juicio ante las maravillas de la cirugía, y, en el quirófano, Roland Maradick tenía bastantes facultades de mago para hacerle perder la carta de navegar a una cabeza más madura y sensata que la mía. Añádase a su reputación y a su maravillosa pericia el hecho de ser —estoy completamente segura— el hombre más guapo, incluso a sus cuarenta y cinco años, que se pueda imaginar.

Si se hubiera mostrado descortés conmigo, y hasta francamente grosero, yo habría seguido adorándole; pero cuando me tendió la mano y me saludó con el hechizo especial que tenía para las mujeres, comprendí que habría sido yo capaz de morir por él. No es raro que por el hospital corriera la voz de que todas las mujeres que operaba se enamoraban de él. En cuanto a las enfermeras, bueno, no había ni una sola que se hubiera librado de su fascinación; ni siquiera la señorita Hemphill, a pesar de que no podía faltarle ni un solo día para cumplir los cincuenta años.

—Me alegra que haya podido venir. ¿Estaba usted la semana pasada, cuando operaba yo?

Asentí con un movimiento de cabeza. Ni para salvar la vida habría podido pronunciar una palabra sin sonrojarme muchísimo más.

— Me fijé entonces en la animación de su cara. Animación, creo yo, es lo que necesita mi esposa. A la enfermera de día la encuentra deprimente.

Sus ojos se posaron en mí con una expresión tan cariñosa que desde entonces he sospechado que no le pasaba por alto la adoración que yo sentía por él. El cielo sabe que era un muy pequeño motivo de halago a su vanidad, una enfermera recién salida del colegio, pero en algunos hombres no hay tributo demasiado insignificante para que no les dé placer.

—Usted hará cuanto pueda, estoy seguro.

Vaciló un instante, bastante largo solamente para que yo percibiese la ansiedad escondida bajo la sonrisa jovial de su rostro, y luego añadió gravemente:

—Deseamos evitar, siempre que sea posible, el mandarla fuera de casa.

Yo sólo supe murmurar unas breves frases de respuesta, y después de unas palabras cuidadosamente escogidas sobre la enfermedad de su mujer, el doctor tocó el timbre e indicó a la doncella que me acompañase arriba, a mi habitación. Hasta el momento de subir las escaleras del tercer piso no se me ocurrió que, en realidad, el doctor Maradick no me había explicado nada. Estaba tan en ayunas respecto la naturaleza de la enfermedad de la señora Maradick como cuando entré en la casa.

Hallé mi habitación suficientemente agradable. Habían decidido —por indicación del doctor, supongo— que dormiría en la casa, y después de la austera cama del hospital tuve una agradable sorpresa ante el alegre aspecto de la habitación en que me introdujo la doncella. El papel de las paredes lucía un dibujo de rosas y en la ventana había una cortina de quimón floreado. La ventana daba sobre un cuidado jardincito de la parte trasera de la casa. Esto lo supe por la doncella, porque la oscuridad era demasiado densa para que yo pudiera distinguir algo más que un surtidor de mármol y un abeto que parecía viejo, aunque luego supe que habían de replantarlo casi todos los años.

A los diez minutos, me había puesto ya el uniforme y estaba en disposición de acudir al lado de mi paciente; pero por no sé qué motivo —en el día de hoy todavía no he averiguado la causa que la volvió contra mí en el principio— la señora Maradick se negó a recibirme. Mientras permanecía delante de la puerta, oía cómo, dentro, la enfermera de día trataba de persuadirla. Pero fue completamente inútil, y al final me vi obligada a regresar a mi dormitorio y aguardar hasta que a la pobre señora se le hubiera pasado el antojo y consintiera en verme.

Esto sucedió después de la comida —estarían ya más cerca las once que las diez—, y la señorita Peterson se sentía completamente agotada cuando vino a buscarme.

—Me temo que pasará usted una mala noche —me decía mientras bajábamos las escaleras juntas.

Pronto vi que éste era el estilo de la señorita Peterson: esperar lo peor de todo y de todos.

—¿Y la tiene a usted así, en vela, muy a menudo?

—Oh, no, habitualmente es muy considerada. Jamás vi un carácter más amable. Pero sigue siempre con esa alucinación...

Y una vez más, igual que en la escena con el doctor Maradick, comprendí que la explicación sólo había servido para hacer más impenetrable el misterio. Evidentemente, la alucinación, fuese cual fuere la forma que asumiera, era una fuente de evasivas y subterfugios en aquella casa.

Llegamos delante de la puerta de la señora Maradick, y mi colega me indicó con un ademán que guardara silencio. La puerta se abrió apenas como para dejarme paso, y vi que la señora Maradick estaba acostada ya y todas las luces apagadas, excepto una lamparilla de noche encendida sobre un candelabro, al lado de un libro y una botella de agua.

—Yo no entraré —dijo en un susurro la señorita Peterson.

Por mi parte, estaba a punto de cruzar el umbral cuando vi a la chiquilla, con su vestido escocés, deslizándose desde las sombras de la habitación hacia el pasillo iluminado. Llevaba una muñeca en brazos, y al pasar se le cayó en el umbral una cestita de labor de muñeca. Sin duda, la señorita Peterson recogió prestamente el juguete, porque cuando me volví, al minuto, buscándolo con la mirada, hallé que había desaparecido.

Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niñita continuara levantada, y que parecía delicada, además, pero, al fin y al cabo, no era asunto mío, y los cuatro años de estancia en el hospital me habían enseñado a no mezclarme en cosas que no me incumbieran.

Cuando crucé la habitación hasta la silla al lado de la cama, la señora Maradick se volvió sobre el costado y me dirigió la sonrisa más dulce y triste.

—Usted es la enfermera de noche —dijo con voz afable, y apenas abrió los labios comprendí que su manía, o su alucinación, como la llamaban, no tenía nada de histérico ni de violento—. Me han dicho cómo se llama usted; pero he olvidado el nombre.

—Randolph. Margaret Randolph.

Le tomé afecto desde el primer instante, y creo que ella debió de darse cuenta.

—Parece usted muy joven.

—Tengo veintidós años; pero supongo que no los represento. La gente suele considerarme más joven.

Ella permaneció callada un minuto, y mientras me sentaba en la silla, junto a la cama, pensaba en cuán extraordinariamente se parecía a la chiquilla que había visto aquella tarde por primera vez, y, luego, cuando salía de la habitación unos momentos antes. Ambas tenían la cara en forma de corazón y con un color levísimo y delicado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y blondo; y los mismos ojos grandes, graves, muy separados bajo unas arqueadas cejas. Sin embargo, lo que más me sorprendía era que ambas me miraban con aquella expresión enigmática y vagamente meditativa, sólo que en la faz de mi paciente la vaguedad parecía transformarse de vez en cuando en un miedo definido, un chispazo, habría dicho yo casi, de estremecido horror.

Permanecí muy quieta en mi silla, y hasta que llegó la hora de que la señora Maradick tomase la medicina no se cruzó ni una sola palabra entre nosotras. Luego, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, ella levantó la cabeza de la almohada y dijo en un susurro:

—Usted parece bondadosa. Me pregunto si no habrá visto a mi hijita.

Mientras deslizaba el brazo bajo la almohada probé de dirigirle una sonrisa alegre.

—Sí, la he visto dos veces. Y la conocería en cualquier parte por lo mucho que se parece a usted.

Una hermosa luz brilló en sus ojos, y pensé en lo bonita que debía de ser cuando la enfermedad no se había llevado aún la vida y la animación de sus rasgos.

—En esto reconozco que usted es una buena persona —Lo decía con una voz tan fatigada y baja que apenas la oía—. Si no fuese buena, no habría podido verla.

Un temblor pasó por sus finos rasgos, y por un minuto temí que fuera a estallar en llanto. Cuando se hubo tomado la medicina, dejé el vaso en el estante, me incliné sobre la cama y le alisé el cabello, fino y suave como seda hilada, apartándoselo de la frente. Aquella mujer tenía un algo —no sé qué sería— que hacía que bastaba que te mirase para que la amaras.

—Siempre ha tenido ese aire ligero y etéreo; pero no ha estado enferma ni un solo día en su vida —respondió sosegadamente después de una pausa. Luego, buscando mi mano a tientas, susurró apasionadamente—: ¡No se lo diga a él, no le diga a nadie que la ha visto!

De nuevo tuve la impresión que había experimentado por primera vez en el estudio del doctor Maradick y luego en las escaleras, con la señorita Peterson, de estar buscando un rayo de luz en medio de la oscuridad.

—¿Está segura de que no nos escucha nadie, de que no hay nadie a la puerta? —me preguntó, apartándome el brazo e incorporándose en las almohadas.

—Segura, completamente segura. Han apagado las luces del pasillo.

—¿Y no se lo contará a él? Prométame que no se lo contará —En la vaga extrañeza de su expresión se encendió de nuevo el chispazo de horror—. No le gusta que vuelva, porque él la mató.

¡De manera que aquélla era la alucinación! Creía que su hijita había muerto, la niñita a quien yo había visto, con mis propios ojos, salir de la habitación; y creía que su marido, el gran cirujano a quien todos los del hospital idolatrábamos, la había asesinado.

No era extraño que envolviesen en misterio aquella espantosa obsesión. Tampoco que la señorita Peterson hubiera querido evitar cualquier mención. Simplemente era una de esas alucinaciones con las que nadie tiene valor suficiente para enfrentarse.

—No sirve de nada contarle a la gente cosas que nadie cree —resumió ella pausadamente, siempre sujetándome la mano con una fuerza que me habría causado dolor, si ella no hubiera tenido los dedos tan frágiles—. Nadie cree que la mató. Nadie cree que ella vuelve a casa todos los días. Nadie lo cree, y, sin embargo, usted la ha visto.

—Sí, la he visto. Pero, ¿por qué la habría matado su marido?

Se lo dije con acento apaciguador, tal como se habla a una persona que está loca de remate. Pero no estaba loca; mientras la miraba, habría jurado que no lo estaba, en absoluto. Por un momento la mujer gimió inarticuladamente, como si el horror de sus pensamientos fuese demasiado grande para convertirse en palabras. Luego disparó los delgados, desnudos brazos en un gesto desesperado.

—¡Porque nunca me amó! —explicó—. ¡Porque no me ha amado nunca!

—Pero se casó con usted —le encarecí dulcemente, al mismo tiempo que le acariciaba el cabello—. Si no la hubiese amado, ¿por qué se habría casado con usted?

—Quería el dinero, el dinero de mi niña. Cuando yo muera, pasará todo a sus manos.

—Pero él es rico. Ha de amasar una fortuna con su profesión.

—No le basta. Quería millones —Se había puesto seria y trágica—. No, no me amó nunca. Amaba a otra persona desde antes de conocerme a mí.

Vi que sería perfectamente inútil querer razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba en un estado de terror y desconfianza tan negros que casi cruzaban la frontera de la demencia. Por un momento tuve la idea de subir al cuarto de la niña y bajársela; pero después de un momento de vacilación comprendí que la señorita Peterson y el doctor Maradick debían de haber ensayado ya desde mucho tiempo atrás estas medidas. Evidentemente no podía hacer nada, excepto tranquilizarla y sosegarla cuanto pudiese, y así lo hice hasta que se sumió en un sueño ligero que se prolongó hasta bien entrada la mañana.

A las siete, yo estaba exhausta; no a causa del trabajo, sino de la tensión de mis sentimientos de ternura por aquella mujer, y cuando entró una doncella a traerme una taza de café, lo agradecí de veras. La señora Maradick seguía durmiendo —le había administrado una mezcla de bromuro y cloral— y no se despertó hasta mi colega entró de servicio, una o dos horas después. Luego, cuando bajé, encontré el comedor desierto a excepción de la vieja ama de llaves, que estaba repasando el servicio de plata. Al cabo de un rato me explicó que el doctor Maradick se hacía servir el desayuno en la sala de la mañana, en la otra parte de la casa.

—¿Y la niña? ¿Come siempre en su habitación?

La mujer me dirigió una mirada alarmada. Más tarde me pregunté si era de desconfianza o de aprensión.

—No hay ninguna niña. ¿No está enterada?

—¿Enterada? No. ¡Caramba, si ayer la vi!

La mirada que me dirigió la mujer, sí, estaba segura, rebosaba de alarma.

— La niña, que era la criatura más dulce que he visto en mi vida, murió de pulmonía, hace dos meses exactamente.

—Pues, no es posible que muriera. Le digo que ayer la vi.

—Ese es el mal que padece la señora. Cree que sigue viéndola.

—¿Y usted no la ve?

— No —La mujer puso los labios muy tirantes—. Yo nunca veo nada.

De modo que yo me equivocaba, después de todo, y la explicación, cuando llegó, sólo acentuaba el terror. La niña había muerto, falleció de pulmonía dos meses atrás, y, sin embargo, yo la había visto.

—¿Hay alguna otra niña en la casa? ¿Podría tratarse de la hija de algún sirviente?

—No, no hay ninguna más. El doctor probó de traer una; pero la pobre señora se puso de tal forma que por poco muere. Además, no se hallaría otra niña tan sosegada y dulce como Dorothea. El verla saltar por ahí con su vestido escocés plisado me hacía pensar en un hada, aunque digan que las hadas sólo visten de blanco o de verde.

—¿No la ha visto nadie más? A la niña, quiero decir. ¿Ningún criado?

—Sólo Gabriel, el mayordomo, que vino con la madre de la señora Maradick de Carolina del Sur. Me ha contado que es frecuente que la gente de color posea una especie de segunda visión, aunque no sé si ése es el nombre que ustedes le darían, exactamente. Pero parece que creen en lo sobrenatural, y Gabriel está tan viejo y chocho que sólo acude cuando tocan el timbre de la puerta y limpia la plata. Nadie hace mucho caso de lo que vea.

—El cuarto de la niña, ¿lo tienen igual como cuando vivía?

—Oh, no. El doctor hizo enviar todos los juguetes al hospital de niños. Esto le causó muchísima pena a la señora; pero el doctor Brandon creyó, y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él, que le convenía no conservar el cuarto como cuando Dorothea vivía.

—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?

—Sí. Significa regalo de Dios, ¿verdad? Se lo pusieron porque era el nombre de la señora Ballard, madre del primer marido de la señora Maradick. Ese primer marido era un hombre serio, callado. No se parecía en nada al doctor.

Yo me pregunté si la otra espantosa obsesión de la señora Maradick había llegado también, por conducto de las enfermeras o las criadas, a oídos del ama de llaves; pero ésta no hizo la menor alusión al tema, y, tratándose como se trataba, a mi parecer, de una persona muy charlatana, me pareció más cuerdo suponer que dicha habladuría no había llegado a su conocimiento.

Un poco más tarde, terminado el desayuno y antes de subir a mi cuarto, tuve la primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista que atendía a la enferma. Yo no le había visto nunca; pero desde el primer momento hice su valoración casi intuitivamente. Era, supongo, suficientemente honrado, cualidad que le he reconocido siempre, a pesar del resentimiento que me ha inspirado. Si le faltaba sangre roja en el cerebro, y si por un prolongado contacto con fenómenos anormales había adquirido el hábito de mirar la vida entera como una enfermedad, no era culpa suya. Era uno de esos médicos, y todas las enfermeras entenderán qué quiero decir, que trata instintivamente con grupos y no con individuos.

Era alto y solemne; tenía la cara muy redonda, y no había hablado yo ni diez minutos con él que ya sabía que se había educado en Alemania, y que allá había aprendido a tratar todo sentimiento como una manifestación patológica. Yo solía preguntarme qué sacaba él de la vida, qué sacaba de la vida todo aquel que a fuerza de análisis lo hubiera eliminado todo excepto la estructura descarnada. Cuando, por fin, llegué a mi cuarto estaba tan cansada que apenas podía recordar ni las preguntas que me había hecho el doctor Brandon ni las instrucciones que me había dado.

Me quedé dormida —lo sé— tan pronto como la cabeza tomó contacto con la almohada, y la doncella que entró a ver si quería tomar algo prefirió dejar que terminase el sueño. Por la tarde, cuando vino de nuevo, trayéndome una taza de té, me encontró todavía pesada y soñolienta. Aunque estaba acostumbrada a las guardias de noche, me sentía como si hubiera bailado desde la puesta del sol hasta la llegada de la aurora. Mientras tomaba el té, me decía que era una suerte que no todos los casos afectaran los sentimientos de una tan vivamente como la alucinación de la señora Maradick había afectado los míos.

Durante el día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subía, después de comer temprano, a ocupar el puesto de la señorita Peterson, que se había quedado de servicio una hora más que de costumbre, me encontró en el vestíbulo y me pidió que entrase en su estudio. A mí me pareció más guapo que nunca, con su traje de noche y luciendo una flor blanca en el ojal. Tenía que asistir a un banquete, me dijo el ama de llaves; aunque lo cierto era que siempre asistía a esta u otra solemnidad. Creo que aquel invierno no cenó en casa ni una sola noche.

—¿Ha pasado bien la noche?

Había cerrado la puerta detrás de nosotros, y al volverse dirigiéndome la pregunta, me sonreía amablemente, como si quisiera hacerme sentir a mis anchas desde el comienzo.

—Después de tomar la medicina, ha dormido muy bien. Se la di a las once.

Estuvo un minuto mirándome en silencio, y me di cuenta de que enfocaba sobre mí su personalidad, su hechizo. Era casi como si yo me encontrase en el centro de unos rayos convergentes de luz, tan viva era la impresión que me causaba.

—¿Aludió de alguna forma a su... su alucinación? —preguntó él.

Jamás he sabido de qué forma recibí la advertencia, qué invisibles ondas de percepción sensorial me transmitieron el mensaje; pero mientras permanecía allí, de cara al esplendor de la presencia de aquel hombre, todas las intuiciones de mi espíritu me decían que había llegado el momento en que me debía de pronunciar en favor de uno u otro bando, en aquella casa. Mientras permaneciera allí, o había de estar con la señora Maradick, o contra ella.

—Habló con mucha cordura —respondí al cabo de un momento.

—¿Qué dijo?

—Me explicó cómo se encontraba, que echaba de menos a la niña y que todos los días paseaba un rato por la habitación.

La cara del doctor Maradick cambió, aunque primero no supe determinar en qué sentido.

—¿Ha visto al doctor Brandon?

—Ha venido esta mañana a darme instrucciones.

—Le ha parecido encontrarla peor. Me aconseja que la envíe a Rosedale.

Jamás he intentado, ni aun en secreto, explicarme la conducta del doctor Maradick. Es posible que fuese sincero. Yo sólo cuento lo que sé, no lo que creo o imagino, y lo humano es, a veces, tan inescrutable, tan inexplicable, como lo sobrenatural. Mientras él me miraba, yo tenía consciencia de una batalla interior, como si en algún punto de las profundidades de mi ser unos ángeles enemigos estuvieran en lucha. Cuando tomé, por fin, una decisión, comprendí yo misma que actuaba guiada menos por la razón que obedeciendo al impulso de cierta corriente secreta de pensamiento. Pero el cielo sabe que incluso entonces, mientras le desafiaba, aquel hombre me tenía cautiva.

—Doctor Maradick —dije, levantando francamente por primera vez, los ojos al encuentro de los suyos—, yo creo que su esposa está tan sana como yo o como usted.

El tuvo un sobresalto.

—Puede estar equivocada, destemplada, presa de una tremenda aflicción —lo dije sin el menor énfasis—, pero no está loca. Llevarla a Rosedale sería una crueldad.

—¿Crueldad, dice? —Una expresión atormentada cruzó su rostro, y su voz tomó un acento extraordinariamente dulce—. ¿Verdad que no me cree capaz de ser cruel con ella?

—No, no le creo.

—Dejaremos las cosas tal como están. Quizá el doctor Brandon pueda hacernos otras indicaciones.

Sacó el reloj de bolsillo, y lo comparó con el de pared. Nerviosamente, observé yo, como si la acción fuese una pantalla que escondiera su desazón, o su perplejidad.

— Ahora tengo que irme. Por la mañana hablaremos de nuevo.

Pero por la mañana no hablamos, y durante el mes que cuidé a la señora Maradick no volvieron a llamarme al estudio de su marido. Cuando le encontraba en el vestíbulo, o por las escaleras, cosa poco frecuente, se mostraba tan encantador como de costumbre; no obstante, a pesar de su cortesía, yo tenía la persistente sensación de que aquella noche me valoró suficientemente y decidió que ya no podía sacar partido alguno de mí.

A medida que pasaban los días, mi paciente parecía cobrar fuerzas. Después de aquella primera noche con ella, nunca más me habló de su hija, nunca más aludió, ni con una sola palabra, a la terrible acusación que había levantado contra su marido. Era como una mujer que se recobrara de una gran pena, excepto que se mostraba más dulce y amable.

No es maravilla que todos los que se acercaban a ella la amasen; porque la rodeaba un encanto que era como el misterio de la luz, no de la oscuridad. Siempre he tenido la idea de que se parecía muchísimo a un ángel, todo lo que pueda parecérsele una mujer de este mundo. Y con todo, a pesar de su cualidad angélica, había ocasiones en que odiaba y temía, a la vez, a su marido. Aunque mientras yo estuve allí nunca entró en el cuarto de su mujer, ni escuché nunca su nombre de labios de ella hasta una hora antes del fin; la expresión de terror de la cara de la dama me advertía, siempre que las pisadas del doctor cruzaban el vestíbulo, de que el alma misma de la pobre mujer se estremecía al oírle acercarse.

En todo el mes no volví a ver a la niña, aunque una noche, al entrar repentinamente en el dormitorio encontré un jardincito, de esos que los niños improvisan con chinitas y trocitos de madera, en el alféizar de la ventana. Nodije nada, y más tarde, cuando la criada bajó las cortinas, advertí que el jardín había desaparecido. Desde entonces me he preguntado con frecuencia si la niña era invisible para el resto de nosotros y sólo su madre podía verla. Pero no había manera de averiguarlo, salvo preguntando, y la señora Maradick estaba tan bien y era tan buena que nunca tuve valor para interrogarla.

Las cosas, por su parte, no podían marchar mejor de lo que marchaban, y yo me estaba diciendo que pronto podría salir a tomar el aire, cuando he ahí que el final se presentó repentinamente. Era un suave día de enero, de esos que traen un sabor anticipado de primavera en mitad del invierno, y cuando bajé por la tarde, me paré un minuto junto a la ventana del final del pasillo para contemplar el laberinto de tiestos de flores del jardín. Había allí un antiguo surtidor con dos muchachos de mármol, riendo, en el centro del paseo engravillado, y el agua, que aquella mañana había dado para contentar a la señora Maradick, brillaba como plata bajo el chorro de los rayos del sol.

Nunca en enero había encontrado una atmósfera tan tranquila y primaveral, y, contemplando el jardín, se me ocurrió que sería buena idea que la señora saliese a broncearse un rato bajo los rayos del sol. Me parecía raro que no le permitiesen respirar otro aire puro que el que le entraba por la ventana. Sin embargo, cuando entré en su habitación, hallé que ella no tenía ganas de salir. Estaba sentada, envuelta en chales, junto a la ventana abierta, que daba sobre el surtidor, y al oírme entrar levantó la vista de un librito que estaba leyendo. En el alféizar de la ventana había un tiesto de narcisos trompones. Las flores le gustaban mucho, y procurábamos que siempre tuviera algún tiesto en la habitación.

— ¿Sabe qué estoy leyendo? —me preguntó con aquella voz suya, tan suave. Y me leyó una estrofa en voz alta, mientras yo me acercaba al estante para prepararle una dosis de medicina—. Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra narcisos; porque el pan alimenta el cuerpo; pero los narcisos deleitan el alma. Esto es muy hermoso, ¿no le parece a usted?

—Sí.

Y luego le pregunté si no le gustaría bajar a dar un paseo por el jardín.

—A él no le gustaría —me respondió. Era la primera vez que mencionaba a su marido desde la noche que entré, en aquella casa—. No quiere que salga.

Quise hacerle abandonar la idea, tomándola a broma; pero fue inútil, y al cabo de unos minutos renuncié a mi empeño y me puse a conversar de otras cosas. Ni siquiera entonces se me ocurrió la idea de que el miedo que tenía a su marido fuese otra cosa que una fantasía. Por supuesto, veía perfectamente que no estaba loca; pero también sabía yo que a veces hay personas muy cuerdas afectadas de prejuicios inexplicables, y acepté su desafecto como un mero capricho, o una aversión.

Entonces no lo entendía y —tanto da que lo confiese antes de llegar al final— hoy sigo sin entenderlo. Anoto las cosas que vi realmente, y repito que mi espíritu jamás se inclinó hacia el terreno de lo milagroso. Las primeras horas de la tarde las pasamos en amable conversación; conversaba animadamente, cuando surgía algún tema que le interesase, y fue la última hora del día, esa hora grave y quieta en que los movimientos de la vida parecen cesar y vacilar durante unos cortos, preciosos minutos, la que nos trajo aquello que yo había temido en silencio desde mi primera noche en la casa. Recuerdo que me había levantado a cerrar la ventana y asomaba el cuerpo fuera para respirar unas bocanadas de aire agradable, cuando en el pasillo, sonaron unas pisadas intencionadamente leves, y llegó a mis oídos la llamada habitual del doctor Brandon.

Antes de que yo pudiera cruzar la habitación, la puerta se abrió, y entraron el doctor y la señorita Peterson. Yo sabía que la enfermera de día era una mujer estúpida; pero nunca me lo había parecido tanto, nunca la había visto tan acorazada y encajonada en su actitud profesional como en aquel momento.

—Me alegra verla tomando el aire.

Mientras el doctor Brandon se acercaba a la ventana, yo me preguntaba maliciosamente qué clase de contradicciones le habían convertido en un distinguido especialista en enfermedades nerviosas.

—¿Quién era el otro médico que ha traído usted esta mañana? —preguntó gravemente la señora Maradick.

—Una persona deseosa de curarla a usted. —El doctor se dejó caer en una silla, a su vera, y le dio una palmadita en la mano con los largos, pálidos dedos—. Estamos tan ansiosos por curarla que queremos enviarla al campo un par de semanas. La señorita Peterson ha venido para ayudarla a prepararse, y yo tengo el coche abajo, esperando. No podría ofrecérsenos un día mejor para hacer un viaje, ¿verdad que no?

El momento había llegado por fin. Comprendí al instante lo que quería decir el médico, y se lo expliqué a la señora Maradick. Una oleada de color acudió a sus mejillas y las abandonó, y cuando me aparté de la ventana y le rodeé los hombros con el brazo, noté que su cuerpo se estremecía. Me di cuenta nuevamente, como me la había dado aquella noche, en el estudio del doctor Maradick, de una corriente de pensamiento que penetraba en mi cerebro desde el aire de mi entorno. Aunque me costase mi carrera de enfermera y una reputación de demencia, comprendí que había de obedecer aquel aviso invisible.

—Van a llevarme a un asilo —dijo ella.

El médico se escudó tras una negativa o unas evasivas tontas; pero antes de que hubiera terminado, yo me enfrenté con él impulsivamente. En una enfermera, esto equivalía a una rebelión franca y clara, y sabía que el gesto arruinaba mi futuro profesional. A pesar de todo, no me importaba, y no vacilé. Me impulsaba una fuerza más poderosa que yo.

—Doctor Brandon —dije—, le suplico, le imploro que espere hasta mañana. Hay cosas que debo contarle.

En la faz del médico apareció una expresión rara.

—Muy bien, muy bien, lo escucharemos todo —contestó él en tono apaciguador.

Pero vi que miraba a la señorita Peterson, y ésta fue al armario a buscar el abrigo de pieles y el sombrero de la señora Maradick. De pronto ésta, sin previo aviso, arrojó los chales lejos de sí y se puso en pie.

—Si me envían fuera —dijo—, no volveré nunca más. No viviré lo suficiente para poder regresar. ¡No puedo marcharme! ¡No puedo alejarme de mi hija!

Vi su rostro claramente, oí su voz, y entonces... —¡el horror de la escena se me echa encima de nuevo!— vi que la puerta se abría lentamente y la niñita cruzaba la habitación corriendo en dirección a su madre. Vi que la niña levantaba los bracitos, y vi que la madre se inclinaba y la estrechaba contra su pecho. Tan estrechamente unidas estaban en aquel apasionado abrazo que sus formas parecían mezclarse en la penumbra que las envolvía.

—¿Y después de esto, pueden dudar?

Escupí las palabras con furia casi salvaje. Luego, al apartar la vista de la madre y la hija para fijarla en el doctor Brandon y en la señorita Peterson, comprendí, desalentada, que estaban ciegos para la niña. Sus rostros impasibles revelaban la consternación de la ignorancia, no de la convicción. No habían visto nada, salvo los brazos vacíos de la madre y el rápido, estrambótico gesto con que se había inclinado para abrazar una presencia invisible.

Sólo mi visión, y desde entonces me he preguntado si el poder de la simpatía me permitía penetrar la telaraña de hechos materiales y ver la forma espiritual de la niña, sólo mi visión no quedaba cegada por la arcilla a través de la cual miraba.

—¿Y después de esto, puede dudar?

El doctor Brandon me devolvía mis propias palabras. ¿Tenía él la culpa, pobre hombre, si la vida no le había concedido más que los ojos de la carne? ¿Era culpa suya si sólo podía ver la mitad de las cosas que tenía delante? En todo caso, ellos no veían, y como no veían, comprendí que sería inútil explicárselo.

Antes de una hora, llevaban a la señora Maradick al asilo; y la pobre se marchó pacíficamente, aunque cuando llegó el momento de separarse de mí mostró un vestigio leve de sentimiento. Recuerdo que en el último instante, mientras estábamos paradas en la acera, se levantó el negro velo, que llevaba por la niña, y dijo:

—Quédese con ella todo el tiempo que pueda. Yo no regresaré.

Luego subió al coche, y se la llevaron, mientras yo la seguía con la mirada, conteniendo los sollozos en la garganta. Con lo espantoso que me parecía el caso, no comprendía, por supuesto, todo el horror que encerraba; porque si lo hubiera comprendido, no me habría quedado allí, quieta, en la acera. La verdad es que no lo comprendí hasta varios meses después, cuando llegó la noticia de que había muerto en el asilo.

Nunca supe de qué dolencia falleció, aunque recuerdo vagamente que se dijo algo sobre un fallo cardíaco, que es una expresión sobradamente indefinida. Por mi parte, estoy convencida que murió de miedo a vivir. Con gran sorpresa mía, el doctor Maradick me pidió que me quedase, después de haber llevado su esposa a Rosedale como enfermera oficinista suya, y cuando llegó la noticia de la muerte nadie habló de que yo hubiera de marcharme.

En el día de hoy todavía no sé para qué me quería en aquella casa. Acaso pensara que si seguía viviendo bajo su techo tendría menos oportunidades de chismorrear; quizá todavía deseara poner a prueba el poder de su hechizo sobre mí. Tenía una vanidad increíble para un hombre tan realmente importante. Le he visto sonrojarse de placer cuando la gente se volvía, para mirarle, por la calle, y sé que no era incapaz de aprovecharse de la debilidad sentimental de sus pacientes. ¡Pero era guapísimo en verdad, el cielo lo sabe! Imagino que pocos hombres han sido objeto de tan estúpidos enamoramientos.

El verano siguiente, el doctor Maradick se fue un par de meses al extranjero. Mientras estuvo fuera yo pasé mis vacaciones en Virginia. Cuando regresó, tenía más trabajo que nunca —su fama no conocía límites— y mis días estaban tan llenos de citas y escapadas precipitadas hacia casos de urgencia que apenas me quedaba un minuto para recordar a la pobre señora Maradick. Desde la tarde que la llevaron al asilo, la niña no había vuelto a frecuentar la casa, yo me estaba convenciendo ya, por fin, de que aquella figurita había sido una ilusión óptica, el efecto de un cambio de luces en la penumbra de las viejas habitaciones, y no la aparición que en otro tiempo creí contemplar.

No se necesita mucho tiempo para que un espectro se borre de la memoria, especialmente si una persona lleva la vida activa y metódica que yo me vi obligada a llevar aquel invierno.

Quizá, ¿quién sabe?, quizá los médicos tuvieran razón, después de todo, y la pobre señora no estuviera en sus cabales. Con esta visión del pasado, el juicio que me merecía el doctor Maradick iba cambiando insensiblemente. Creo que terminé por absolverle del todo. Pero entonces, cuando se levantaba, limpio y espléndido en el veredicto que yo pronunciaba sobre él, la inversión vino tan precipitadamente que me quedo sin aliento, ahora, cuando trato de revivir aquellas circunstancias. La violencia del sesgo que tomaron de pronto los acontecimientos me dejó, imagino a menudo, con una desorientación perpetua de la imaginación.

Fue en mayo cuando nos enteramos de la defunción de la señora Maradick, y un año después, exactamente, en medio de una tarde perfumada en la que los jacintos florecían en grupos en torno del viejo surtidor, el ama de llaves entró en el despacho, donde yo me entretenía repasando unas cuentas, para traerme la noticia del próximo casamiento del doctor.

—No es sino lo que podíamos esperar —concluyó muy sensata—. La casa debe de parecerle vacía, ¡es un hombre tan sociable! Pero yo no puedo dejar de imaginarme —añadió lentamente después de una pausa durante la cual me sentí recorrida por un escalofrío—, no puedo dejar de imaginarme que ha de ser duro para esa otra mujer el disponer del dinero que la pobre señora Maradick heredó de su primer marido.

—¿Se trata, pues, de una cantidad de dinero muy grande? —pregunté con viva curiosidad.

—Muy grande. —Y movió la mano como si las palabras fueran una cosa demasiado inconsistente para expresarla—. ¡Millones y millones!

—Abandonarán esta casa, por supuesto.

—Esto ya está hecho, querida mía. El año que viene, por estas fechas, no quedará ni un ladrillo. La derribarán, y sobre el solar edificarán una casa de apartamentos.

Otro escalofrío me recorrió de nuevo. No podía soportar la idea de que el viejo hogar de la señora Maradick pudiera caerse a pedazos.

—No me ha dicho cómo se llama la novia —comenté—. ¿Es alguna que conoció estando en Europa?

—¡Oh, no, Dios mío! Es la misma con la cual estaba prometido antes de casarse con la señora Maradick; sólo que, según dice la gente, le dejó porque no era bastante rico. Luego ella se casó con no sé qué lord o príncipe de ultramar; pero más tarde se divorciaron, y ahora ha vuelto a su primer amor. ¡Ahora ya es bastante rico, me figuro, hasta para una mujer como ésa!

Todo aquello era perfectamente cierto, supongo; sonaba tan verosímil como un reportaje de un periódico; y, sin embargo, mientras el ama de llaves me lo explicaba, yo percibía, o creía percibir, una especie de silencio, impalpable, siniestro, en el aire. Estaba nerviosa, sin duda; me había trastornado lo repentino con que el ama de llaves me había espetado la noticia; pero mientras permanecía sentada allí tenía, vivamente, la impresión de que la vieja casa estaba escuchando, de que había una presencia real, auténtica, aunque invisible, en la habitación o en el jardín.

Sin embargo, un instante después, cuando miré por la larga ventana que se abría sobre la terraza de ladrillo, sólo vi la leve luz solar sobre el jardín desierto, con su laberinto de tiestos, su surtidor de mármol y sus trechos de jacintos trompones. El ama de llaves se había marchado —creo que vino a llamarla una criada— y yo continuaba sentada detrás de la mesa cuando las palabras de la señora Maradick en aquella última noche emergieron en mi pensamiento.

Los jacintos me trajeron el recuerdo de la mujer; porque mientras los miraba crecer tan tranquilos y áureos bajo la luz del sol, se me ocurrió pensar en el placer que le habría dado a ella el contemplarlos. Casi inconscientemente, me repetí la estrofa que la difunta señora me leyó: Si tienes dos hogazas de pan, vende una y compra jacintos...

Y fue en aquel instante, mientras tenía aún las palabras en los labios, cuando volví la vista hacia el laberinto de tiestos y vi a la niña saltando a la comba por el sendero engravillado que iba hasta el surtidor. Con toda claridad, con la claridad de la luz del día, la vi venir con ese andar que las niñas llaman paso de danza, entre los bajos bordes de las macetas hasta el lugar donde crecían los jacintos, junto al surtidor. Desde el lacio cabello castaño hasta el vestido escocés plisado y los piececitos, que brincaban, calzados con calcetines blancos y zapatos negros, sobre la cuerda en movimiento, era para mí un ser tan real como el suelo que pisaba o los risueños muchachos de mármol apostados bajo el chapoteo del agua.

Me levanté de la silla y di un paso hacia la terraza. Si podía alcanzarla, si podía al menos hablar con ella, comprendía que quizá, por fin, pudiera resolver el misterio. Pero con el primer revuelo de mi vestido en la terraza, la etérea forma se disolvió en la quieta penumbra del laberinto. Ni un soplo de aire agitó las flores, ni una sombra pasó sobre el disperso chorro del agua; y, no obstante, débil y estremecida en todos mis nervios, me senté en el peldaño de ladrillo de la terraza y estallé en llanto.

Debía de comprender que ocurirría algo terrible antes de que derribasen la casa.

Aquella noche el doctor comió fuera. Estaba con la dama con quien iba a casarse, me dijo el ama de llaves, y seria casi medianoche cuando le oí llegar y subir a su cuarto. Yo estaba en el piso inferior porque no podía dormir, y aquella tarde había dejado en el despacho el libro que ahora quería terminar de leer. El libro —ya no recuerdo cuál era— me pareció muy interesante cuando lo empecé, por la mañana; pero después de la visita de la niña, aquella novela romántica se me antojaba tan sosa como un tratado sobre cuidado de enfermos. Me resultaba imposible seguir las líneas, y estaba a punto de irme a la cama cuando el doctor Maradick abrió la puerta con el llavín y subió las escaleras.

Yo continuaba sentada allí cuando sonó el teléfono de mi mesa, de una manera que a mis nervios sobrexcitados les pareció singularmente brusca, y la voz de la inspectora me dijo apresuradamente que al doctor Maradick se le necesitaba con gran urgencia en el hospital. Estaba yo tan habituada a estas llamadas nocturnas de urgencia que me quedé muy tranquilizada después de haber llamado al doctor, a su cuarto, y haber escuchado el tono amable, cordial de su voz al responder. Todavía no se había desnudado —me dijo—, y bajaría inmediatamente, mientras yo ordenaba que viniera de nuevo su coche, que debía de haber llegado apenas al garaje.

—¡Estaré ahí dentro de cinco minutos! —dijo con la misma animación que si le hubiera llamado para su boda.

Le oí cruzar su habitación, y antes de que pudiera llegar a la cima de las escaleras, abrí la puerta y salí al vestíbulo para encender la luz y esperarle con el sombrero y el abrigo preparados. El interruptor eléctrico estaba en el extremo del vestíbulo, y mientras me dirigía allá, guiada por el leve resplandor que bajaba del descansillo de arriba, levanté los ojos hacia las escaleras que ascendían en la penumbra, con la esbelta balaustrada de caoba, hasta el tercer piso. Y fue entonces, en el mismo momento que el doctor, tarareando alegremente, empezaba a descender a toda prisa las escaleras, cuando vi con toda claridad —y así lo juraré hasta en mi lecho de muerte— una cuerda de saltar a la comba, enrollada al descuido en el suelo, como si se hubiera caído de una manita distraída, en la curva de las escaleras.

De un salto llegué al interruptor, inundando el vestíbulo de luz. Y en el preciso momento que encendía las luces, mientras tenía el brazo estirado todavía hacia atrás, oí que el canturreo se convertía en un grito de terror o sorpresa, y vi que la figura de las escaleras tropezaba y se desplomaba pesadamente mientras sus manos parecían buscar apoyo en el vacío. El grito de advertencia murió en mi garganta al mismo tiempo que veía al doctor Maradick rodando por el largo tramo de escaleras hasta llegar abajo, junto a mis pies. Antes de inclinarme sobre él, antes de limpiarle la sangre de la frente y tentar con la mano su silencioso corazón, ya sabía que estaba muerto.

Algo —pudo ser, como cree la gente, un paso en falso en la oscuridad, o acaso fuese, como yo me siento inclinada a creer y atestiguar, un juicio invisible—, algo le había matado en el momento en que más ganas tenía de vivir.

Ellen Glasgow (1873-1945)




Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El análisis y resumen del cuento de Ellen Glasgow: El sombrío tercer piso (The Shadowy Third), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Toda una venganza sobrenatural. Una buena historia.



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