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La cita: Edgar Allan Poe


La Cita (The Assignation) es un relato gótico del escritor norteamericano Edgar Allan Poe; publicado por primera vez en 1834 y reeditado con algunas correcciones en 1845. Se trata de un cuento muy estudiado debido a que la historia de amor, aparentemente, está basada en la relación de Lord Byron con la Condesa Teresa Gamba Guiccioli.

La Cita es, esencialmente, un cuento gótico, con una atmósfera concebida y ejecutada de manera genial. La historia está atravesada por un amor inconcluso, que desemboca en el suicidio. Pero detrás de esta trama, cuidadosamente urdida por Edgar Allan Poe, subyace toda una concepción artística del amor y sus implicancias éticas.

Lamento profundamente la imposibilidad de traducir al español algunos matices del relato. Por ejemplo, el narrador utiliza frecuentemente algunos arcaísmos (thine, thou, hath, shouldst), lo cual genera un clima de solemnidad, de tragedia, de eventos que, aunque contemporáneos, parecen emerger de un pasado remoto. Otro detalle, es el énfasis que Edgar Allan Poe marca en algunos pasajes, utilizando una repetición que en español causa espanto, pero que en inglés deja el sabor de un poema. Por ejemplo:

But the Marchesa! She will now receive her child -she will press it to her heart-she will cling to its little form...

Afortunadamente, La Cita también incluye un poema completo, más accesible a la traducción, y escrito por el pobre joven martirizado en su amor, el cual nada tiene que envidiar a otros versos de Edgar Allan Poe.


La Cita.
The Assignation; Edgar Allan Poe (1809-1849)

¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte
En el profundo valle.
(Henry King, obispo de Chichester,
Funerales en la muerte de su esposa)

¡Hombre infortunado y misterioso, deslumbrado por el brillo de tu propia imaginación y ardiendo en las llamas de tu propia juventud! ¡De nuevo te contemplo con la imaginación! ¡Una vez más tu figura se alza ante mí! No; no como tú eres en el frío valle de la sombra, sino como deberías ser, disfrutando de una vida de magnífica meditación en aquella ciudad de oscuras visiones, tú, Venecia, Elíseo amado de las estrellas, allí donde los amplios ventanales de los palacios paladianos descubren en profundas y amargas miradas los secretos de sus silenciosas aguas. ¡Sí! lo repito como tú deberías ser. Existen seguramente otros mundos distintos de éste; otros pensamientos que los pensamientos de la multitud y otras especulaciones que las especulaciones de los sofistas. ¿Quién, entonces, podría poner obstáculo a tu conducta? ¿Quién podrá censurarte por tus horas visionarias o denunciar aquellas ocupaciones tuyas como una pérdida inútil de tiempo, que no eran sino desbordamientos de tu inagotable energía? Fue en Venecia, bajo el arco cubierto del Ponte di Sospiri, donde me encontré por tercera o cuarta vez con la persona de quien hablo. Sólo muy confusamente recuerdo las circunstancias de aquel encuentro. Sin embargo, recuerdo (¡ah! ¿cómo podría olvidarlo?) la profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el romántico ensueño que parecía cernerse sobre el estrecho canal.

Era una noche de insólita oscuridad. En el gran reloj de la Piazza habían dado las cinco de la madrugada italiana. La plaza del Campanile estaba silenciosa y desierta y las luces del viejo Palacio Ducal iban desvaneciéndose rápidamente. Regresaba a mi casa desde la Piazetta, por el gran canal. Pero cuando mi góndola llegó a la desembocadura del canal de San Marcos, una voz femenina estalló de pronto en el profundo silencio de la noche con un grito salvaje, histérico y prolongado. Sobresaltado por aquel sonido, me puse de pie, mientras el gondolero dejaba su único remo, que se perdió en las aguas oscuras sin posibilidad alguna de recuperarlo, quedando, por tanto, abandonados al curso de la corriente que va desde el canal más grande al pequeño. Como un enorme cóndor de plumas negras, nuestra embarcación iba derivando hacia el Puente de los Suspiros, cuando un millar de antorchas que flameaban en las ventanas y descendían la escalinata del Palacio Ducal, convirtieron de pronto toda aquella profunda oscuridad en un día lívido y sobrenatural.

Un niño, deslizándose de los brazos de su propia madre, había caído desde una ventana superior de la alta estructura al fondo del oscuro y profundo canal. Las tranquilas aguas se habían cerrado plácidamente sobre su víctima; y aunque mi góndola era la única embarcación a la vista, muchos decididos nadadores se habían lanzado a la corriente y buscaban en vano sobre la superficie el tesoro que sólo podía encontrarse, ¡ay!, sólo podía encontrarse en el abismo. Sobre el ancho rellano de losas negras a la entrada del palacio y unos cuantos escalones por encima del agua, se alzaba una figura que nadie de los que entonces la vieron han podido olvidar jamás. Era la marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia —la más bella de las bellas, la más hermosa allí donde todas son bellas—; pero, sin embargo, joven esposa de un viejo e intrigante Mentoni y madre de aquella bella criatura, su primer y único hijo, que ahora en las profundidades del agua cenagosa estaría pensando con el corazón angustiado en las dulces caricias de ella y agotando su pequeña existencia en esfuerzos desesperados para pronunciar su nombre.

Ella estaba sola. Sus pies pequeños y plateados centelleaban en el negro espejo de mármol que tenían debajo. Su cabello, medio suelto del peinado de baile, se enroscaba entre una profusión de diamantes, rodeando su cabeza clásica, en bucles como los de la joven Jacinta. Una túnica de gasa, de una blancura nívea, parecía ser lo único que cubría su delicado cuerpo; pero el aire veraniego y de la medianoche era cálido, pesado y tranquilo, y ningún movimiento en la estatuaria forma agitaba ni siquiera los pliegues de aquella túnica tenue, que caía sobre ella como el pesado ropaje marmóreo cae sobre Niobe. Sin embargo —parece extraño decirlo—, sus ojos grandes y brillantes no se volvieron hacia aquella tumba donde su más brillante esperanza yacía enterrada, sino que estaban fijos en una dirección completamente distinta.

La prisión de la vieja república es el edificio más importante de toda Venecia; pero ¿cómo podía aquella mujer mirarlo tan fijamente entonces, cuando debajo yacía enterrado su único hijo? Allá en la oscuridad, también en aquel oscuro nicho que está precisamente frente a su ventana, ¿qué podía haber, pues, en sus sombras, en sus cornisas solemnes, que la marquesa de Mentoni no hubiera podido admirar un millar de veces antes? ¡Tonterías! ¿Quien no recuerda que en Ocasiones como aquélla, el ojo, como un espejo roto, multiplica la imagen del dolor y ve en innumerables sitios distantes lo que está al alcance de la mano?

Algunos escalones por encima de la marquesa, y bajo el arco de la puerta del desembarcadero, se hallaba de pie, completamente vestida, la figura, semejante a la de un sátiro, del mismo Mentoni. Estaba ocasionalmente ocupado en rasguear una guitarra y parecía algo molesto con la misma muerte, y a intervalos daba órdenes para recuperar a su hijo. Estupefacto y espantado, no era capaz de moverme de la postura que había adoptado al oír el grito, y debía de presentar a los ojos del agitado grupo un aspecto de aparecido cuando, con el semblante pálido y los miembros rígidos, flotaba ante ellas en aquella fúnebre góndola.

Todos los esfuerzos resultaron inútiles. Muchos de los que se habían mostrado más enérgicos en la busca acabaron cediendo a sus esfuerzos y desistieron ante un sombrío desaliento. Las esperanzas de salvar al niño eran muy débiles. ¿Cuánto menos serían las de la madre? Pero de pronto, de aquel oscuro sitio del que he hablado antes y que formaba parte de la prisión de la vieja república frente a la ventana de la marquesa, una figura embozada en una capa surgió a los rayos de luz proyectados por las antorchas, y deteniéndose un momento sobre el borde del muro, se arrojó de cabeza al canal. Cuando un instante después reapareció con el niño en sus brazos, todavía vivo y respirando, sobre el enlosado de mármol junto a la marquesa, su capa, con el peso del agua que la empapaba, se desprendió, cayendo en pliegues a sus pies, y los espectadores, maravillosamente sorprendidos, descubrieron la graciosa persona de un hombre joven, cuyo nombre tenía gran resonancia en Europa.

El salvador no dijo una palabra. Pero ¿y la marquesa? ... ¿Tomará al niño? ¿Lo estrechará contra su corazón? ¿Lo cubrirá de caricias? Pero, ¡ay! los brazos de otro son los que han tomado al niño del extranjero —los brazos de otro se lo han llevado dentro del palacio . ¿Y la marquesa, repetimos? Sus labios, sus hermosos labios, tiemblan.

Las lágrimas afluyen a sus ojos, aquellos ojos que como el canto de Plinio son "suaves y casi líquidos". Sí, las lágrimas invaden sus ojos. Toda la mujer se estremece desde lo más hondo de su ser y la estatua vuelve a la vida. La palidez de su semblante, la turgencia de su pecho níveo, la misma pureza de sus pies de mármol, los vemos cubrirse de pronto de un incontrolable carmín y un delicado estremecimiento sacude su delicado cuerpo como el suave viento de Nápoles agita los plateados lirios entre la hierba.

¿Por qué se sonrojó de aquel modo la dama? Para esta pregunta no existe respuesta, a no ser que su corazón maternal se haya olvidado de poner en sus menudos pies unas chinelas y sobre sus hombros venecianos un ropaje mas conveniente. ¿Qué otra razón posible podría haber sido la causa de su sonrojo? ¿A qué, sino a esto, podría deberse la mirada de aquellos ojos que parecían suplicar apurados? ¿Cuál, en otro caso, sería el origen del desacostumbrado palpitar de su pecho o la convulsiva agitación de su mano, de aquella mano que de modo accidental quedó en la del extranjero mientras Mentoni volvía a entrar en el palacio? ¿Qué razón podía tener el tono apagado, singularmente quedo, de su voz, cuando susurró estas palabras sin sentido, que la dama pronunció apresuradamente al despedirse?

—"Me has vencido dijo ella, si es que el murmullo del agua no me engañó—; tú has vencido. Una hora después del amanecer nos encontraremos. ¡Que así sea!

El tumulto había cesado; se habían apagado las luces en el interior del palacio y el extranjero, a quien entonces reconocí, permanecía solo sobre las losas. Se estremeció con una incontenible agitación y sus ojos miraron en torno del canal, buscando una góndola. Yo no podía menos de ofrecerle el servicio de la mía y él aceptó con cortesía. Después de conseguir un nuevo remo en el desembarcadero, seguimos por el canal hasta su residencia, mientras él rápidamente recobraba el dominio de sí mismo y hablaba de nuestro ligero encuentro anterior, aparentemente en términos de gran cordialidad.

Existen algunos temas sobre los que me complazco en ser minucioso. La persona del extranjero (y permítaseme nombrar con este título a quien para todo el mundo era todavía un extranjero); la persona del extranjero era uno de estos temas. En estatura, podía haber sido considerado más bien por debajo de la estatura media, aunque en los momentos de intensa pasión su figura realmente crecía, y puede darse crédito a esta afirmación. La ligera y casi delgada simetría de su persona prometía más aquella decidida actividad que había demostrado en el Puente de los Suspiros que esa otra fuerza hercúlea de la que se sabe había hecho gala sin esfuerzo alguno en otra ocasión de más peligrosa necesidad. Su boca y su barbilla eran las de una deidad; sus ojos, extraños, grandes y fluidos; sus tonos variaban desde el más brillante castaño al más intenso azabache. Su cabello era negro y rizado, y su frente, de una anchura inusitada, brillaba en ocasiones con el brillo intenso del marfil. El conjunto de sus facciones tenía una regularidad clásica jamás igualada, excepto en el caso del emperador Cómodo. Con todo, su semblante era uno de esos que todos los hombres vemos en algún momento de nuestras vidas y que no volvemos a ver jamás. No tenía ninguna peculiaridad es decir, no tenía ninguna expresión predominante para que quedara fija en la memoria; una expresión, vista y olvidada en un instante, pero olvidada con un vago e incesante deseo de recordarla de nuevo. No es que el espíritu de cada pasión fugaz dejara en cualquier ocasión su clara imagen sobre el espejo de aquella cara, sino que aquel espejo, como los espejos auténticos no retenía vestigio de la pasión cuando ésta se había desvanecido.

Al dejarle la noche de nuestra aventura el me pidió, de un modo que me pareció apremiante, que fuera a visitarle muy temprano a la mañana siguiente. Poco después del amanecer, me encontré, como habíamos convenido, en su Palazzo una de esos enormes edificios de una sombría y, con todo fantástica pompa, que se alzaba sobre las aguas del Gran Canal, en las cercanías del Rialto. Fui conducido, subiendo una ancha y curva escalera de mosaico a una estancia cuyo resplandor sin igual me sorprendió al abrir la puerta con un verdadero resplandor dejándome ciego y aturdido ante su lujo.

Sabía que mi amigo era rico. Se había hablado de sus posesiones en términos que yo me había aventurado a llamar ridículamente exagerados. Pero cuando miraba a mi alrededor veía que la riqueza de cualquier persona en Europa no podía haber suministrado los medios para la principesca magnificencia que lucía y resplandecía por doquier.

Aunque, como he dicho, había amanecido, la habitación todavía continuaba brillantemente iluminada. De esta circunstancia, como del aire de agotamiento de mi amigo, deduje que éste no se había acostado en toda la noche. En la arquitectura y decoración de la cámara se advertía un propósito evidente de asombrar y admirar. Se había prestado atención a eso que en decoración se llama conservación o armonía de las normas nacionales. El ojo vagaba de un lugar a otro, sin detenerse en ninguno; ni en las grotescas pinturas griegas, ni en las esculturas de los mejores tiempos italianos, ni en las enormes tallas del arte más primitivo de los egipcios. Ricos tapices, por todas partes temblaban por la vibración de una música tenue y melancólica, cuyo origen no se podía descubrir. Los sentidos se saturaban de perfumes mezclados y contradictorios que se exhalaban de incensarios extrañamente labrados, junto con multitud de llamas y lenguas de fuego color esmeralda y violeta. Los rayos del recién salido sol se reflejaban en el conjunto a través de las ventanas, que sólo tenían una sola lámina de vidrio color carmesí. Brillando aquí y allá, con múltiples irisaciones, y entre cortinas que caían en pliegues desde las cornisas como cataratas de plata fundida, los rayos de gloria natural, mezclados al fin caprichosamente con la luz artificial, se esparcían confusamente en suaves tonalidades sobre una alfombra de rico oro de Chile de aspecto líquido.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!...—rió el propietario cuando entré en la habitación, indicándome que me sentara y haciéndolo él mismo cuan largo era sobre una otomana
—. Veo —dijo, dándose cuenta de que yo no podía encajar del todo la holgura de tan singular acogida—; veo que usted está sorprendido de mi estancia, de mis estatuas, de mis cuadros, de la originalidad de conceptos en lo que se refiere a arquitectura y tapices. Completamente borracho por mi magnificencia, ¿eh? Pero perdóneme, mi querido señor (aquí su tono se hizo más cordial), perdóneme por mis risas poco caritativas. ¡Parecía usted tan asombrado! Además, hay cosas tan cómicas, que una persona no tiene más remedio que reír o morirse. Morir riendo debe de ser la muerte más gloriosa de todas. Sir Thomas More, un hombre muy educado, como usted recordará, murió riendo. También en las Absurdities, de la Ravisius Textor, hay una larga lista de personas que tuvieron el mismo magnífico final. Sabe usted —continuó pensativamente— que en Esparta, al oeste de la ciudadela, entre un caos de ruinas apenas visibles, existe una especie de zócalo sobre el cual todavía son visibles las letras:

A A E M
Indudablemente, forman parte de la palabra completa:
LEAAEMA

Ahora bien, en Esparta había un millar de templos y capillas dedicados a un millar de divinidades diferentes. ¡Qué extraño resulta que el altar de la Risa sea el que ha sobrevivido a todos los demás! Pero en el presente ejemplo prosiguió con una singular alteración de voz y expresión yo no tengo derecho a reírme a su costa. Es muy natural que usted se haya asombrado. Europa no puede producir algo tan hermoso como esto: mi pequeño salón real. Las demás habitaciones no son de ningún modo semejantes a éstas, sino simples ejemplos de la insípida moda. Ésta es mejor que la moda, ¿verdad'? Sin embargo, si llegara a conocerse, es seguro que despertaría una rabiosa envidia en muchos, que para conseguirlo no tendrían inconveniente en desprenderse de su patrimonio. Por eso lo he guardado contra el riesgo de una profanación. Con una única excepción; usted es el único ser humano, además de mi criado y yo mismo, que ha sido admitido en los misterios de estos recintos imperiales, desde que han sido adornados como usted puede ver.

Me incliné en señal de reconocimiento. pues la abrumadora sensación de esplendor, de perfume y música, junto con la inesperada excentricidad de su lenguaje y maneras, me previno de expresar en palabras el reconocimiento de lo que podía considerarse como un cumplido.

—Aquí —prosiguió levantándose y a apoyándose en mi brazo para recorrer la habitación— hay pinturas que van desde los griegos a Cimbane, y desde Cimbane hasta nuestros días. Muchos han sido seleccionados como usted ve, sin tener mucho en cuenta las opiniones de la virtud. Son todos, sin embargo, una tapicería adecuada para una cámara como ésta. Hay también algunas obras maestras de grandes desconocidos y algunos bocetos sin acabar de artistas famosos en su día, cuyo nombre la perspicacia de las academias ha dejado para el silencio para mí... ¿Qué le parece —dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba— esta Madonna della Pietá?

—Es un Guido auténtico —exclamé con todo el entusiasmo propio de mi temperamento, pues ya había estado observando detenidamente su incomparable belleza—. Es un Guido auténtico! ¿Cómo ha podido conseguirlo? Sin ningún género de dudas, esto significa en pintura lo que la Venus en la escultura.
—¡Ah! —dijo él pensativamente. ¡ La Venus! ¿La hermosa Venus? ¿La Venus de los Médicis? ¿La de la cabeza diminuta y el cabello dorado? Parte de su brazo izquierdo (y aquí su voz descendió tanto que le oía con dificultad) y todo el brazo derecho están restaurados, y la coquetería de este brazo derecho, es, creo yo, la quintaesencia de la afectación. ¡A mí deme usted a Canova! El Apolo también es una copia, de esto no cabe duda. Y puede que yo sea necio y ciego, pero no puedo ver por ninguna parte la jactanciosa inspiración del Apolo. No puedo remediarlo, compadézcame, pero prefiero el Antinoo. ¿No fue Sócrates quien dijo que el escultor encuentra su estatua en el bloque de mármol? Entonces Miguel Ángel no fue muy original en su pareado:

"Non ha l'attimo artista alcun concetto
Che un marmo solo in se non circonscriva".

Se ha observado, o debería ser observado, que en las maneras del verdadero caballero encontramos una diferencia de las del hombre vulgar, sin ser capaces de precisar con exactitud en qué consiste tal diferencia. Pudiendo aplicarse esta observación al modo de ser de mi amigo, sentí que en aquella venturosa mañana podía aplicarse aún más fecundamente a su temperamento y carácter moral. No puedo definir mejor aquella peculiaridad de espíritu que parecía colocarle tan esencialmente aparte de todos los demás seres humanos sino denominándolo un hábito de pensamientos intensos y continuos que prevalecía aun en sus acciones más insignificantes —entrometiéndose en sus momentos de alegría e interviniendo en sus relámpagos de la misma como las serpientes que brotan de los ojos de las máscaras sonrientes que rodean los templos de Persépolis.

No pude, sin embargo, menos de observar repetidamente, a través del tono medio de ligereza y solemnidad en el que en seguida se refería a asuntos de poca importancia, cierto aire trepidante, un poco de fervor nervioso en sus actos y en sus palabras, una inquieta excitabilidad en sus maneras, que me pareció a veces incomprensible y en algunas ocasiones me llenó de alarma. Además, frecuentemente solía detenerse en medio de una frase cuyo comienzo había olvidado aparentemente y parecía escuchar con la más profunda atención como si esperara de un momento a otro la llegada de un visitante u oyera ruidos que sólo debían haber existido en su imaginación.

Fue durante una de aquellas ausencias o pausas de aparente abstracción, al volver yo una pagina de la bella tragedia Orfeo, del poeta y erudito político Politian (la primera tragedia italiana pura), cuyo libro reposaba junto a mí en una otomana, cuando encontré un pasaje subrayado con lápiz. Era un pasaje hacia el final del tercer acto: un pasaje de la mayor exaltación personal un pasaje que aunque manchado de impureza, no puede leer ningún hombre sin un estremecimiento y ninguna mujer sin lanzar un suspiro. Toda la página estaba salpicada de lágrimas recientes, y entremedias había una hoja intercalada con los siguientes versos ingleses, escritos con una letra tan distinta a la peculiar de mi amigo, que tuve alguna dificultad en reconocerla como suya.

Tú fuiste para mí, oh amor,
todo lo que mi espíritu anhelaba,
isla verde en el mar, fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
oh amor, que fueron mías.
¡Ah hermoso sueño, por hermoso efímero!
¡Ah estrellada Esperanza que surgiste
para pronto morir! Una voz del futuro me reclama:
—¡Adelante! ¡Adelante!—. Mas se cierne
sobre el pasado (¡negro abismo!) mi alma
medrosa, inmóvil, muda.
¡Ay, ya no está conmigo
la luz de mi existencia!
«Ya nunca... nunca... nunca»
(así murmura el mar solemne
a las arenas de la playa),
ya nunca el árbol roto dará flores
ni el águila muriente alzará su vuelo.
Hoy mis días son vanos
y mis nocturnos sueños
andan allá donde tus ojos grises
miran, donde pisan tus plantas,
¡oh, en qué danzas etéreas, a la orilla
de itálicos arroyos!
¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor, a nuestra tierra
donde lloran los sauces en la niebla!

Que aquellos versos estuvieran escritos en inglés, lengua que no creía yo que conociera mi amigo, me produjo una gran sorpresa. Sabía perfectamente la extensión de sus conocimientos y del singular placer que él tomaba en ocultarlos de la observación, para que me asombrara ante cualquier descubrimiento similar, pero el sitio donde estaban fechados me produjo, tengo que confesarlo un poco de asombro. Había sido escrito originariamente Londres y después cuidadosamente borrado, aunque no lo suficiente como para que pudiera ocultarse a una mirada observadora. Repito que este nombre me produjo no poco asombro, pues recordaba muy bien que en una conversación anterior con mi amigo le había preguntado en particular si se había encontrado alguna vez en Londres con la marquesa de Mentoni, la cual había residido unos años de su matrimonio en aquella ciudad, y que su respuesta, si no me equivoco, me dio a entender que él nunca había visitado la capital de la Gran Bretaña. Puedo mencionar también que en más de una ocasión había llegado a mis oídos que (sin prestar desde luego crédito a una noticia que parecía tan poco verosímil) la persona de quien hablo era inglés no sólo por nacimiento, sino también por educación.

—Hay un cuadro —dijo él sin darse cuenta de que yo había advertido la tragedia —,hay un cuadro que usted no ha visto.

Y descorriendo un tapiz, dejó al descubierto un retrato de cuerpo entero de la marquesa Afrodita. El arte humano no podía haber llegado a más en la pintura de su belleza sobrehumana. La misma figura etérea que había yo visto de pie la noche anterior en las escaleras del Palacio Ducal, se encontraba ante mí una ves más. Pero en la expresión de aquel rostro, que brillaba de sonrisa por todas partes, se escondía (incomprensible anomalía) ese tinte incierto de melancolía que siempre será inseparable de la perfección de la belleza. Su brazo derecho se doblaba sobre su pecho y con el izquierdo señalaba a un vaso curiosamente adornado. Sólo uno de sus pies de hada era visible; tocando apenas la tierra, y apenas discernible en Ja brillante atmósfera que parecía rodear y enmarcar su belleza, flotaban un par de alas delicadamente imaginadas. Mi mirada se posó en la pintura de la figura de mi amigo y temblaron instintivamente en mis labios las vigorosas palabras del Bussy d'Ambois de Champan:

Está erguido como una estatua romana. ¡Y así permanecerá Hasta que la muerte lo haya vuelto mármol!

¡Vamos! dijo él finalmente, volviéndose hacia una mesa de plata maciza ricamente labrada, sobre la que se veían unas cuantas copas de cristal fantásticamente talladas, junto con dos grandes vasos decorados con el mismo y extraordinario modelo que el del fondo del retrato y llenos de le que suponía ser vino de Johamnisberger—. ¡ Vamos! —dijo él bruscamente—. ¡ Bebamos! Es muy pronto, pero bebamos. En realidad es muy temprano —continuó pensativo, al tiempo que un querubín daba la hora con un pesado martillo de oro y hacía resonar en la estancia la hora primera después de amanecer—. Es muy temprano. ¡Bebamos! Bebamos en homenaje a ese espléndido sol que estas brillantes lámparas y estos incensarios pretenden nominar!

Y luego de brindar conmigo. se bebió rápida y sucesivamente varías copas de vino.

—Soñar continuó, volviendo a adoptar el tono de su conversación inconexa, mientras levantaba uno de los magníficos vasos a la luz de un incensario soñar ha sido el objetivo de mi vida y para eso he hecho construir este retiro : para soñar. ¿Podía haber levantado uno mejor en el corazón de Venecia? Mire usted a su alrededor: es verdad que parece una mezcolanza de ornamentos arquitectónicos. La castidad jónica se ve ofendida por los designios antediluvianos, y las esfinges de Egipto se tienden sobre tapices de oro. Pero el aspecto que esto ofrece sólo puede resultar incongruente para los apocados. La unidad de lugar, y especialmente la de tiempo, son los espantajos que aterrorizan a los hombres en la contemplación de la magnificencia. En un tiempo yo mismo fui un decorador: pero aquella sublimación de la tontería acabó por cansar mi alma. Todo esto que me rodea es lo adecuado para llenar mis propósitos. Como esos incensarios árabes, mi espíritu se retuerce en el fuego, y cl carácter delirante de todo este escenario esta diseñado para las más extrañas visiones de esta tierra de auténticos suenas, hacia la cual yo estoy ahora rápidamente partiendo después, se detuvo de pronto, inclino la cabeza sobre su pecho y pareció escuchar un sonido que yo no podía oír. Al final se irguió, miró hacia arriba y recitó los versos del obispo de Chichester:

Espérame allá! Yo iré a encontrarte
En el profundo valle.

Un momento después, confesó el poder del vino, arrojándose todo lo largo que era sobre una otomana. Entonces se oyeron pasos rápidos en la escalera, seguidos de un fuerte golpe en la puerta. Me dirigí inmediatamente hacia allí para evitar una segunda repetición, cuando un paje de la casa de Mentoni se precipitó en la habitación y balbució con voz agotada por la emoción algunas incoherentes palabras.

¡Mi señora, mi señora! ¡Envenenada! ¡Envenenada! ¡Oh hermosa Afrodita!

Aturdido, volé hacia la otomana e u tenté levantar al durmiente para darle la sorprendente noticia, pelo sus miembros estaban rígidos, sus labios estaban lívidos sus ojos, hasta hacía unos momentos brillantes, parecían sellados por la muerte.

Tambaleándome, retrocedí hasta la mesa; mi mano se deslizó sobre una copa rajada y ennegrecida, y la conciencia de la total y terrible verdad sobrecogió repentinamente mi alma.

Edgar Allan Poe (1809-1849)


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El resumen del cuento de Edgar Allan Poe: La Cita (The Assignation) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

leonore9210 dijo...

La cita: Maguistral obra de Poe.No encuentro las palabras para describir la belleza de la tragedia el entorno que lo enmarca y el final sí por que al final trinfa su amor.¡Espérame allí! me encontraré contigo en ese proundo valle...a mi novio Joaquin que murio Leonore Veracruz méxico.

Marcos Ampuero - Tesorero dijo...

No logre encontrar lo que necesitaba, por lo que no fue de mi agrado esta pagina.