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Después: Edith Wharton


Después (Afterward) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Edith Wharton, publicado en la edición de 1910 de la Century Magazine, y recogido ese mismo año en la colección de relatos de fantasmas: Cuentos de hombres y fantasmas (Tales of men and ghosts).

Después transita todas las facetas del gótico norteamericano, con la particularidad de que Edith Wharton pone el acento en lo cotidiano como vehículo de lo inquietante. De hecho, Edith Wharton es quien mejor testimonia aquel célebre axioma de la literatura de terror, el cual postula: el verdadero horror es lo extraño dentro de lo familiar.



Después.
Afterward, Edith Wharton (1862-1937)

―Sí; hay uno, por supuesto; pero no sabréis que lo es.

La aseveración, lanzada alegremente seis meses antes en un radiante jardín de junio, volvió a Mary Boyne con una nueva dimensión de su significado, en la oscuridad de diciembre, mientras esperaba a que trajesen las lámparas a la biblioteca. Estas palabras las había pronunciado su amiga Alida Stair, cuando tomaba el té en su jardín de Pangbourne, refiriéndose a la misma casa cuyo «elemento» principal era la biblioteca en cuestión. A su llegada a Inglaterra, Mary Boyne y su marido, buscando un rincón apartado en uno de los condados del sur o el sureste, habían confiado esta misión a Alida Stair, quien lo había resuelto perfectamente; aunque no sin que antes hubiesen rechazado, casi caprichosamente, varias sugerencias prácticas y prudentes que les brindó: «Bueno, está Lyng, en Dorsetshire. Perteneces a los primos de Hugo, y podéis conseguirla por un precio de ganga».

Las razones que dio por las que podían comprarla tan barata ―estar lejos de la estación; no tener luz eléctrica ni instalación de agua caliente y demás necesidades vulgare―, eran exactamente las que concurrían a favor para una pareja de románticos americanos que buscaban perversamente aquellas gangas que se asociaban, en su tradicción, con la inusitada gracia arquitectónica.

―Jamás creeré que vivo en una casa vieja, a menos que sea completamente incómoda ―había insistido en broma Ned Boyne, el más extravagante de los dos―; el más pequeño indicio de comodidad me haría pensar que la había comprado en una exposición, con las piezas numeradas y vueltas a montar.

Y se habían puesto a recitar con humorística precisión la lista de sus diversas dudas y exigencias, negándose a creer que la casa que la prima les recomendaba fuese realmente de estilo Tudor, hasta que se enteraron de que carecía de calefacción central, y de que la iglesia del pueblo estaba literalmente en su terreno, además de recalcarles la lamentable incertidumbre en cuanto al abastecimiento de agua.

―¡Es demasiado incómoda para ser cierto!

Edward Boyne se había ido animando a medida que le sonsacaban la confesión de un nuevo inconveniente, y de repente interrumpió su rapsodia para preguntar, con súbita desconfianza:

―¿Y el fantasma? ¡Nos estás ocultando que no tiene fantasma!

Mary, en ese momento, se había reído con él; aunque, casi mientras reía, dotada como estaba de dotes perceptivas independientes, había captado una nota de sequedad en la respuesta alegre de Alida.

―Bueno, Dorsetshire está lleno de fantasmas.
―Sí, sí; pero eso no me vale. Yo no quiero tener que viajar diez millas para ver el fantasma de otro. Lo que quiero es uno que sea mío particular. ¿Hay alguno en Lyng?

La respuesta había hecho reír a Alida otra vez; y fue entonces cuando había exclamado tentadoramente:

―¡Sí, hay uno, por supuesto; pero no sabréis que lo es!
―¿No lo sabremos? ―la atajó Boyne―. Pero ¿qué demonios da razón de ser a un fantasma sino el hecho de aparecerse a alguien?
―No sé; pero ésa es la historia.
―¿Qué hay un fantasma, pero nadie sabe que es un fantasma?
―Bueno; en todo caso, hasta después.
―¿Hasta después?
―Hasta mucho, mucho después.
―Pero si ha sido identificado alguna vez como tal visitante extramundano, ¿por qué no se ha transmitido ese signalement1 en la familia? ¿Cómo se las ha arreglado para conservar su anonimato?
Alida solo pudo negar con la cabeza:
―No me preguntes; pero lo hay.
―Y luego, de repente ―dijo Mary como desde las profundidades cavernosas de la adivinación―, de repente, mucho tiempo después, te dices a ti misma, ¿era él?

Se estremeció ante el sonido sepulcra con que la pregunta cayó sobre el humorismo de los otros dos, y vio cruzar fugazmente la sombra de la misma sorpresa en las pupilas de Alida.

―Supongo que sí. El único remedio es esperar.

―¡Bah, el diablo la espera! ―interrumpió Ned―. La vida es demasiado corta para tener un fantasma del que sólo se puede disfrutar retrospectivamente. ¿No podríamos conseguir algo mejor, Alida?

Pero al parecer no pudieron, porque a los tres meses de su conversación con la señora Stair habían tomado posesión de Lyng, y la vida por la que habían suspirado, hasta el punto de planearla con todos sus detalles cotidianos, había empezado realmente para ellos. Estar sentada, en la espesa oscuridad de diciembre, junto a una chimenea como ésta, de ancha campana, bajo unas vigas de roble ennegrecido, y con la sensación de que, más allá de los cristales, las llanuras se entenebrecían en una soledad más profunda: por permitirse el goce último de tales sensaciones era por lo que Mary Boyne, precipitadamente exiliada de Nueva York por los negocios de su marido, había soportado durante casi catorce años la desoladora fealdad del Medio Oeste, y por lo que había luchado Boyne tenazmente en su ingeniería, hasta que de una manera tan repentina que aún le hacía parpadear, la prodigiosa bicoca de la mina Blue Star les había puesto de golpe en situación de disponer de su vida y de los medios para saborearla. Jamás se les había ocurrido ni por un instante, en este nuevo estado, entregarse a la oscuridad; pero se habían hecho el propósito de dedicarse sólo a actividades amables. Ella pensaba en la pintura y la jardinería (sobre un fondo de muros grises); el soñaba con escribir su largamente planeado libro sobre el «fundamento económico de la cultura»; y con tan absorbente obra por delante, ninguna existencia podía ser demasiado aislada: no podrían alejarse lo suficiente del mundo, ni sumergirse lo suficiente en el pasado.

Dorsetshire les había atraído desde el principio por su aire de lejanía, independientemente de su situación geográfica. Para los Boyne, una de las maravillas de toda la increíblemente apretujada isla ―nido de condados, como ellos la llamaban―, era que una pequeña cantidad de una cualidad dada tuviera tanto efecto: que tan pocas millas produjesen una distancia, y tan poca distancia una diferencia.

―Es ―había explicado una vez Ned con entusiarmo― lo que da esa profundidad a sus efectos, ese relieve a sus contrastes. Han sido capaces de poner una buena capa de mantequilla en cada bocado delicioso.

A decir verdad, habían puesto buena cantidad de maquillaje en Lyng: la vieja casa, oculta bajo el lomo de las colinas, reunía casi todos los signos hermosos del comercio con un pretérito dilatado. El mero hecho de que no fuese grande ni extraordinaria hacía, para los Boyne, más perfecto su encanto especial: el de haber sido durante siglos un profundo y oscuro depósito de vida. Probablemente no había sido una vida de las más animadas: durante largos períodos, indudablemente, se había ido hundiendo silenciosamente en el pasado mientras la apacible llovizna del otoño caía, hora tras hora, en el estanque de peces entre los tejos; pero estos remansos de existencia alimentaban a veces, en sus perzosas profundidades, extrañas sacudidas de emoción; y Mary Boyne había sentido desde el principio la misteriosa agitación de unos recuerdos más intensos.

Nunca había sido más grande esta impresión que una tarde en que, esperando en la biblioteca a que trajesen las lámparas, se levantó de la butaca y se quedó de pie entre las sombras del hogar. Su marido había salido después de comer a dar uno de sus largos paseos por las colinas. Había observado que últimamente prefería ir solo; y con la probada seguridad de sus relaciones personales, se había visto obligada a concluir que le tenía preocupado su libro, y que necesitaba las tardes para meditar en soledad los problemas surgidos durante el trabajo de la mañana. Ciertamente, el libro no marchaba tan bien como había creído, y entre sus ojos aparecieron unas arrugas de perplejidad que nunca habían existido en sus tiempos de ingeniero. En aquel entonces traía a casa muchas veces un aspecto fatigado que rayaba en la enfermedad; pero el demonio innato de la preocupación jamás había marcado su entrecejo. Sin embargo, las pocas páginas que habían llegado a leerle ―la introducción y un resumen del capítulo primero― mostraban un firme dominio del tema, y una creciente confianza en sus fuerzas.

El hecho le sumió en una perplejidad aún mayor, porque, ahora que había dejado los negocios y sus enojosas contingencias, la otra posible fuente de ansiedad quedaba eliminada. A menos que fuese su salud, entonces. Pero físicamente había mejorado desde que se habían venido a Dorsetshire: estaba más fuerte, con mejor color y tenía aspecto más sano. Sólo desde hacía una semana había notado en él ese cambio indefinible que la llenaba de inquietud cuando estaba ausente y la enmudecía en su presencia, como si fuese ella quien ocultara un secreto. El pensamiento de que había un secreto entre los dos le sobrevino como un golpe inesperado; y miró a su alrededor, por toda la habitación.

―¿Será la casa? ―pensó.
La misma habitación podía estar llena de secretos. Parecían acumularse, mientras caía la tarde, como las capas y capas de sombras aterciopeladas que colgaban del bajo techo, las filas de libros, los relieves ahumados de la chimenea.

―¡Pues claro; la casa está encantada! ―reflexionó.

El fantasma ―el fantasma inaprensible de Alida―, tras figurar abundantemente en las bromas de los primeros meses en Lyng, se había ido quedando arrinconado poco a poco por su influencia como estimulante imaginativo: Mary, convertida en moradora de una casa encantada, había hecho las habituales preguntas a la gente campesina de la vecindad; pero aparte de un vago «eso dicen, señora», los lugareños no pudieron añadir más. Al parecer, el escurridizo espectro nunca había tenido identidad suficiente para que cristalizase una leyenda a su alrededor; y al cabo de un tiempo los Boyne tomaron el asunto a beneficio de inventario, conviniendo en que Lyng era una de las pocas casas lo bastante buenas en sí mismas para necesitar de aditamentos sobrenaturales.

―Y supongo que por eso el pobre demonio inocuo bate inútilmente sus alas en el vacío ―había concluido Mary alegremente.
―O tal vez ―había contestado Ned en el mismo tono humorístico―; en un ambiente tan fantasmal como éste no logra afirmar su existencia separada como el fantasma.

Y a partir de entonces el invisible compañero de residencia había quedado definitivamente al margen de sus conversaciones, que eran suficientemente abundantes para hacerles olvidar dicha pérdida. Ahora, de pie junto al hogar, el tema de su anterior curiosidad revivió en ella con un sentido nuevo de su sifnificado, un sentido adquirido poco a poco a través del contacto con el escenario del misterio oculto. Era la casa misma, por supuesto, que poseía el don de la evocación fantasmal, y conversaba visual aunque secretamente con su propio pasado. Si consiguiese entrar en íntima comunión con la casa, podría sorprender la visión del fantasma. Quizá su marido lo había visto ya en sus largas horas pasadas en esta misma habitación, donde jamás se demoraba ella después del atardecer, y sobrellevaba en silencio el peso de lo que le hubiese revelado. Mary conocía demasiado bien el código del mundo espectral para ignorar que uno puede ver fantasmas y no hablar con ellos: hacerlo suponía una falta de tacto casi tan grande como mencionar a una dama en un club. Pero esta explicación no le satisfacía verdaderamente.

«Al fin y al cabo ―pensó―, ¿qué interés puede tener para él un viejo fantasma, aparte de proporcionarle algún divertido escalofrío?». Y volvió una vez más al dilema fundamental: al hecho de que la mayor o menor susceptibilidad a los influjos espectrales no tenía que ver con el caso, ya que, cuando uno veía al fantasma de Lyng, no lo sabía. Al menos hasta mucho después», había dicho Alida Stair. Bueno, ¿y si Ned lo había visto al principio de llegar, y se había enterado hacía apenas una semana de lo que le había pasado? Sumida cada vez más en el hechizo de la hora, se retrotrajo a los primeros días de mudarse; al principio, sólo para recordar una viva confusión de deshacer equipajes, instalarse, ordenar libros, y llamarse el uno al otro desde los remotos rincones de la casa cada vez que descubrían alguno de sus tesoros. Precisamente en relación con esto recordaba ahora cierta tarde suave del octubre anterior en que, al pasar del entusiasmo de las primeras exploraciones a la inspección detallada del viejo edificio, había presionado (como una heroína de novela) un entrepaño, y se había abierto al acceso a una escalera de caracol que conducía a una plataforma hacia la que, visto desde abajo, el tejado subía desde todos los lados con demasiada pendiente para poder escalar hasta ella, a menos que uno tuviese los pies avezados.

La vista desde esta meseta era espléndida; y había corrido a arrancar a Ned de sus papeles para hacerlo participar de su descubrimiento. Aún recordaba cómo, al ponerse a su lado, la había rodeado con su brazo mientras sus miradas se extendían hasta la línea ondulada del horizonte de lomas, y luego retrocedían tranquilamente para recorrer el arabesco de setos de tejo alrededor del estanque de los peces, y la sombra del cedro en el prado.

―Y ahora, en la otra dirección ―había dicho él, volviéndola con el brazo que la rodeaba; y fuertemente apretada con él, había absorbido, como un largo trago reparador, el cuadro del patio de muros grises, los leones sentados en la entrada, y el paso de tilos que llegaba hasta la carretera, al pie de las lomas.

Fue precisamente entonces, mientras contemplaban cogidos el uno del otro, cuando notó que se aflojaban los brazos de su marido, y oyó un agudo «¡caramba!», que hizo que se volviera hacia él.
Sí; ahora recordaba claramente que había visto, al mirar fugazmente, que una sombra de ansiedad, de perplejidad más bien, ensombrecía su rostro; y, siguiendo la dirección de sus ojos, había visto la figura de un hombre ―un hombre vestido con ropas sueltas y grises, según le pareció― andando por el paseo de tilos hacia el patio, con el paso vacilante del extraño que trata de encontrar el camino. Los ojos miopes de Mary habían captado una imagen confusa, indistinta y gris, de aspecto extranjero, o al menos no local, en la silueta de la figura o en su ropa. Pero su marido había visto más, al parecer: había visto lo bastante para apartarla con un enérgico «¡espera!», y echar a correr escaleras abajo sin detenerse a ayudarla.

Su ligera propensión al vértigo la obligó, tras agarrarse momentáneamente a la chimenea contra la que se había estado apoyando, a seguir con precaución; y cuando llegó al rellano, se detuvo otra vez por un motivo menos definido, se inclinó sobre la barandilla, y se asomó a las silenciosas y oscuras profundiades rayadas de sol. Se demoró allí hasta que, en algún lugar de abajo, oyó cerrarse una puerta; entonces, movida por un impulso maquinal, bajó los breves tramos de escalera hasta que llegó al vestíbulo de la planta baja. La puerta de la entrada estaba abierta al sol del patio, y tanto el vestíbulo como el patio estaban desiertos. La puerta de la biblioteca estaba abierta también; y tras escuchar en vano, por si oía voces en el interior, cruzó el umbral, y encontró a su marido solo, hojeando vagamente los papeles de su escritorio. Levantó la vista como sorprendido de verla entrar, pero la sombra de ansiedad había desaparecido de su rostro, dejándolo sereno, según le pareció a ella, y algo más animado y alegre de lo habitual.

―¿Qué ha pasado? ¿Quién era? ―preguntó ella.
―¿Quién? ―repitió él, sorprendido todavía.
―Ese hombre que hemos visto venir hacia la casa.
Boyne pareció reflexionar.
―¿El hombre? Bueno, me pareció que era Peters; he hechado a correr tras él para hablarle de los desagües del establo, pero había desaparecido antes de llegar yo.
―¿Había desaparecido? Pero si parecía caminar muy despacio cuando lo hemos visto.
Boyne se encogió de hombros.
―Eso me ha parecido a mí; pero debe de haber espesado la niebla en ese momento. ¿Qué te parece si subimos al Meldon Steep antes de la puest del sol?

Eso fue todo. En aquel momento, el incidente no había tenido la menor trascendencia; había sido olvidado ante la magia del panorama que se desplegaba ante ellos desde el Meldon Steep, una cima que siempre habían soñado con escalar desde la primera vez que contemplaron su pico desnudo alzándose por encima del tejado de Lyng. Sin duda fue la coincidencia de que el otro incidente ocurriera el mismo día de la subida al Meldon, lo que hizo que éste quedara arrumbado en un rincón de la memoria, de donde ahora emergía; porque en sí mismo no tenía ningún detalle presagioso. En aquel momento, nada podía haber sido tan natural como que Ned bajara corriendo del tejado en persecución de un operario premioso. En esos días andaban siempre detrás de algún técnico del lugar, siempre esperando a que viniese, y acosándolo con preguntas, reproches o advertencias. Y desde luego, de lejos, la figura gris parecía Peters.

Ahora, en cambio, al evocar el incidente, se daba cuenta de que la explicación de su marido la desmentía la expresión de ansiedad de su rostro. ¿Por qué el aspecto familiar de Peters le había despertado tanta inquietud? ¿Por qué, sobre todo, si corría tanta prisa hablar con él de los desagües del establo, el hecho de no encontrarle le había producido tanto alivio? Mary no podía decir que ninguna de estas preguntas se le hubiera ocurrido entonces; sin embargo, por la facilidad con que ahora surgían ante su evocación, le parecía que habían estado allí, aguardando su momento.

II.
Cansada de sus propios pensamientos, se acercó a la ventana. La biblioteca estaba ahora totalmetne a oscuras, y se sorprendió al ver la luz que había aún en el mundo exterior. Al mirar hacia el patio, vio recortarse una figura a lo lejos, en la perspectiva de tilos desnudos: parecía un borrón de un gris más oscuro en la grisalla del paisaje; y al verlo venir hacia ella, el corazón le latió con fuerza ante el pensamiento: «¡Es el fantasma!».

Tuvo tiempo, en ese instante largo, de comprender de pronto que el hombre que había visto a lo lejos, dos meses antes, desde el tejado, estaba ahora, en su hora predestinada, a punto de revelar que no era Peters; y el alma se le encogió de terror ante esta inminente revelación. Pero casi al segudno siguiente marcado por el reloj, la figura, aumentando en consistencia y definición, se mostró a sus ojos debilitados como la de su marido; y salió a su encuentro al oírlo entrar, y le confesó su quimérica tontería.

―Es realmente absurdo ―rió ella―; ¡pero nunca consigo acordarme!
―¿Acordarte de qué? ―preguntó Boyne, al tiempo que ella llegaba a su lado.
―De que cuando ves al fantasma de Lyng, no lo sabes.

Había posado una mano sobre su manga, y él la retubo allí, pero sin que asomara una respuesta a su gesto ni a las arrugas de su rostro preocuopado.

―¿Creías que lo habías visto? ―preguntó al cabo de bastante rato.
―¡Bueno, en realidad te he tomado por él!, en mi insensata decisión de desacreditarlo.
―¿A mí... ahora? ―su brazo cayó y se apartó de ella con una débil risita―. Verdaderamente, cariño, deberías dejar eso; es lo mejor que puedes hacer.
―¡Ah, sí; lo dejaré! ¿Y tú? ―preguntó, volviéndose hacia él de repente.

La criada había entrado con la correspondencia y una lámpara, y la luz iluminó de lleno el rostro de Boyne al inclinarse sobre la bandeja que le presentaban.

―¿Y tú? ―insistió Mary perversamente, cuando la criada hubo desaparecido, cumplida la orden de traer la lámpara.
―¿Y yo qué? ―replicó él ensimismado, mientras la luz ponía de relieve la profunda huella de preocupación entre sus cejas, mientras examinaba las cartas.
―Que si has renunciado a intentar ver al fantasma ―el corazón se le aceleró un poco ante la prueba que estaba haciendo.
Su marido, dejando las cartas a un lado, fue a situarse a la sombra del lugar.
―Nunca lo he intentado ―dijo, rompiendo la faja de un periódico.
―Bueno, naturalmente ―persistió Mary―. Lo exasperante es que no sirve intentarlo, ya que uno no puede estar seguro hasta mucho tiempo después.

Comenzó a desdoblar el periódico como sin no la hubiese oído; pero tras una pausa, durante la cual las hojas susurraron espasmódicamente entre sus manos, alzó los ojos para preguntar:

―¿Tienes alguna idea de cuánto después?

Mary se había hundido en una butaca baja junto a la chimenea. Alzó la mirada desde su asiento y se estremeció al ver el perfil de su marido recortado contra el círculo de luz de la lámpara.

―No, ninguna. ¿Y tú? ―replicó ella, repitiendo su anterior frase cargada de intención.

Boyne arrugó el periódico en una pelota y luego, inconsecuentemente, se volvió con él hacia la lámpara.

―¡Dios mío, no! Sólo me refería ―exclamó, con un atisbo de impaciencia― si hay alguna leyenda, alguna tradicción sobre eso.
―Que yo sepa, no ―contestó ella; pero cuando iba a añadir: «¿qué te hace preguntarlo?», entró la criada con el té y una segunda lámpara, y se contuvo.

Con la disipación de las sombras y la repetición de la rutina doméstica, Mary Boyne se sintió menos oprimida por esa sensación de algo inminente y solapado que había ensombrecido la tarde. Durante unos momentos se entregó a los pormenores de su labor; y cuando alzó la vista se sorprendió hasta el desconcierto ante el cambio operado en el semblante de su marido. Se había sentado cerca de la lámpara más alejada y estaba absorto leyendo las cartas. Pero ¿había encontrado algo en ellas, o era meramente un cambio de su propio punto de vista lo que había devuelto a sus facciones su aspecto normal? Cuanto más lo miraba, más veía afirmarse el cambio mismo. Se le habían disipado las arrugas de la tensión; y las huellas de cansancio que perduraban eran de naturaleza fácilmente atribuible a un esfuerzo intelectual continuado.

―Me muero de ganas de tomar el té; y aquí hay una carta para ti ―dijo.
Cogió la carta que él le tendía a cambio de la taza que ella le ofrecía y, regresando a su asiento, rompió el sello con el gesto lánguido del lector cuyos intereses se circunscriben a la presencia de la persona querida. Su siguiente movimiento consciente fue levantarse de golpe, con lo que se le cayó la carta al suelo, y mostrarle a su marido un recorte de periódico.

―¡Ned! ¿Qué es esto? ¿Qué significa?

Él se había levantado también, así como si hubiese oído el grito antes de que ella lo profiriese. Y durante un espacio de tiempo perceptible se estudiaron mutuamente como dos adversarios que esperan una ventaja, a través del trecho que se abría entre la butaca de ella y la mesa de él.

―¿Qué es? ¡Me has hecho dar un salto! ―dijo Boyne por fin, acercándose con una risa súbita y semiforzada. La sombra del recelo había asomado a su rostro otra vez; ahora no era una mirada de firme presentimiento, sino una cambiante vigilancia de labios y ojos que le hizo comprender que su marido se sentía invisiblemente asediado.

Le temblaba tanto la mano que le costó darle el recorte.

―Es un artículo de Waukesha Sentinel en el que se dice que un hombre llamado Elwell ha presentado una demanda judicial contra ti... y que algo va mal en la mina Blue Star. Sólo he entendido la mitad.

Seguían mirándose mientras ella hablaba y, para su asombro, vio que sus palabras habían producido el efecto casi inmediato de disipar la tensa expectación de sus ojos.

―¡Ah, es eso! ―Echó una mirada a la tira impresa y luego la plegó con el gesto del que maneja algo inofensivo y familiar―. ¿Qué te ocurre esta tarde, Mary? Creí que habías tenido malas notcias.

Mary estaba de pie delante de él; su indefinible terror se fue apaciguando lentamente ante la confianza de su tono.

―Tú sabías esto, entonces... ¿Est{ todo bien?
―Desde luego que lo sabía; y todo est{ bien.
―Pero ¿qué pasa? No lo entiendo. ¿De qué te acusa ese hombre?
―De casi todos los crímenes del código ―Boyne había arrojado el recorte y se había dejado caer en una butaca junto al fuego―. ¿Quieres saber la historia? No es especialmente interesante... Se trata de una querella sobre los intereses de la Blue Star.
―Pero ¿quién es ese Elwell? No me suena el nombre.
―Es un individuo al que metí en el negocio, al que cedí la dirección. Te hablé de él en su día.
―Seguramente. Debo de haberlo olvidado ―trató de rebuscar en vano entre sus recuerdos―. Pero si lo ayudastes, ¿por qué te lo paga de ese modo?
―Probablemente lo ha cogido por banda algún abogado picapleitos, y lo ha convencido. Es todo un poco técnico y complicado. Pensé que ella la clase de cosas que te aburren.

Su esposa sintió una punzada de remordimiento. En teoría, lamentaba la indiferencia de la mujer americana respecto a los intereses profesionales del marido; pero en la práctica, siempre encontraba difícil fijar su atención en lo que Boyne le contaba sobre las operaciones en las que le metían sus diversos intereses. Además, había notado, durante los años que llevaba gozando del éxito, que en una comunidad en la que las dulzuras de la vida se conseguían a costa de esfuerzos tan arduos como los agobios profesionales de su marido, un descansao tan breve como este que habían llegado a alcanzar, debían aprovecharlo para evadirse de las preocupaciones inmediatas y disfrutar de la vida que siempre habían soñado vivir. Una o dos veces, ahora que esta nueva vida había trazado efectivamente su círculo mágico en torno a ellos, se había preguntado si había hecho bien; pero hasta entonces, tales conjeturas no habían sido otra cosa que excursiones retrospectivas de una imaginación activa. Ahora, por primera vez, le sobresaltó descubrir lo poco que sabía acerca de los cimientos materiales sobre los que se asentaba su felicidad.

Miró a su marido, y nuevamente se tranquilizó ante la expresión serena de su rostro; sin embargo, sentía la necesidad de una base más concreta para su confianza.

―Pero ¿no te preocupa ese pleito? ¿Por qué no me has hablado nunca de él?
Contestó a las dos preguntas a un tiempo.
―No te hablé de él al principio porque me preocupaba... Me atormentaba, más bien. Pero eso es ya agua pasada. La persona que te escribe ha debido de echar mano de un número atrasado del Sentinel.
Mary sintió un vivo estremecimiento de alivio:
―¿Quiere decir que está todo arreglado? ¿Ha perdido el caso?
Hubo una demora perceptible en la respuesta de Boyne:
―La demanda ha sido retirada... eso es todo.
Pero ella insistió, como para descargarse de la culpa interior de ser tan fácilmente apartada:
―¿La ha retirado porque ha visto que no tenía ninguna posibilidad?
―¡Ah!, no tenía ninguna ―contestó Boyne.
Aún siguió ella luchando con una sensación de oscura perplejidad en el fondo de su cerebro.
―¿Cuánto tiempo hace que la ha retirado?
Él guardó silencio, como si volviese levemente a su anterior incertidumbre:
―Acabo de recibir la noticia ahora mismo, pero la estaba esperando.
―¿Ahora mismo... en una de tus cartas?
―Sí. En una de mis cartas.

Mary no contestó, y sólo se enteró, tras un breve intervalo de espera, de que se había levantado y cruzado la habitación, al notar que se acomodaba en el sofá, a su lado. Sintió cómo la rodeaba con el brazo, cómo las manos de él buscaban las suyas y se las apretaban; y volviéndose lentamente, atraída por el calor de su mejilla, se encontró con sus ojos sonrientes.

―¿Está todo bien... todo bien? ―preguntó, en medio de un mar de dudas cada vez más brumosas.
―¡Te doy mi palabra de que nunca ha ido todo tan bien! ―le contestó él con una risa, y la atrajo hacia sí.

III.
Una de las cosas más extrañas que habría de recordar después, de todas las que ocurrieron al día siguiente, fue la súbita y completa recuperación de su propia sensación de seguridad. La notó en el aire, al despertar en su habitación oscura, la acompañó cuando bajó a desayunar, la iluminó desde el fuego y se multiplicó desde los flancos de la olla y las vigorosas estrías de la tetera georgian. Era como si, indirectamente, todos sus vagos temores del día anterior, con su instante de suprema concentración en el artíaculo de periódico, como si este oscuro interrogante del futuro y sobresaltado retorno al pasado, hubieran liquiado las deudas de alguna obsesionante obligación moral. Si efectivamente había sido indiferente a los negocios de su marido era, como su nuevo estado parecía probar, porque su fe en el justificaba instintivamente tal diferencia; y el derecho de Boyne a la confianza de su esposa quedaba afirmado ahora ante el mismo rostro de la amenaza y la sospecha. Jamás había visto a su marido ser más despreocupado, natural e inconscientemente él mismo, que después del interrogatorio a que lo había sometido: era casi como si hubiera estado enterado de sus dudas y hubiese deseado despejar la atmósfera tal como ella había hecho.

Estaba tan limpia ahora, gracias al cielo, como la radiante luz exterior que la sorprendió con una pincelada casi veraniega, al salir de la casa para dar su paseo diario por el parque. Había dejado a Boyne ante su mesa, tras dirigir ―al pasar por delante de la biblioteca― una última mirada a su rostro tranquilo, inclinado sobre sus papeles, con la pipa en la boca. Y ahora emprendía sus tareas de la mañana. Las tareas incluína en estos días encantadores de invierno deambular por los diferentes rincones de sus dominios, casi tan feliz como si la primavera hubiese empezado ya a hacerse sentir. Tenía tal cantidad de posibilidades ante sí, tantas oportunidades de sacar a la luz los encantos latentes del viejo lugr, sin infligirle una sola alteración irreverente, que el invierno resultaba demasiado corto para planear lo que la primavera y el otoño ejecutarían. Y su recuperada sensación de seguridad confería, en esta mañana particular, un incentivo especial a sus progresos en el pasaje dulce y apacible. Primero visitó el huerto, donde los perales de espaldera trazaban formas complicadas en los muros y las palomas revoloteaban y ordenaban sus plumas sobre la techumbre plateada del palomar. Ocurría algo con la calefacción del invernadero, y esperaba a una autoridad de Dorchester, que debía venir en un tren y marcharse en el siguiente, para que emitiese su diagnóstico sobre la caldera. Pero cuando se sumergió en el húmedo calor de los invernaderos, entre olores aromáticos y las rosas y rojos de cera de anticuadas plantas exóticas ―¡incluso la flora de Lyng conservaba su fragancia!―, se enteró de que el gran hombre no había llegado; y dado que el día era demasiado extraordinario para pasarlo en una atmósfera artificial, salió otra vez y se dirigió por el esponjoso césped del campo de bolos, a la parte del parque que quedaba detrás de la casa. En el último extremo se elevaba una terraza de hierba que asomaba, por encima del estanque de los peces y de los setos de tejo, a la larga fachada de la casa con sus retorcidas chimeneas y los ángulos azules del tejado relucientes con la humedad pálida y dorada del aire.

Vista así, por encima del trazado horizontal del parque, sintió que le transmitía, desde las ventanas abiertas y las acogedoras chimeneas humeantes, un mensaje de cálida presencia humana, de espíritu lentamente madurado en un soleado muro de experiencia. Nunca había sentido esa impresión de intimidad con la casa, esa convicción de que sus secretos eran todo benévolos, guardados «por el bien de uno», como se decía a los niños; esa confianza en su capacidad de acoger su vida y la de Ned en el armonioso esquema de la larga, larga historia que la casa iba tejiendo al sol. Oyó pasos detrás, y se volvió, esperando ver al jardinero acompañado del técnico de Dorchester. Pero sólo vio una figura: la de un hombre de aspecto joven y delgado, y que por alguna razón que de momento no podía precisar, no encajaba ni remotamente con la idea que ella se hacía de una autoridad en invernaderos. El recién llegado, al verla, se quitó el sombrero y se detuvo con el adem{n del caballero ―quizá del viajero― que desea dar a entender que su instromisión es invonluntaria. De vez en cuando, Lyng atraía al viajero cultivado, y Mary medio esperó ver al desconocido disimular una cámara o justificar su presencia sacándola. Pero no hizo gesto alguno en ese sentido, y un momento después preguntó ella, en tono acorde con la cortés vacilación de su actitud:

―¿Desea ver a alguien?
―He venido a ver al señor Bpyne ―contestó. Su entonación, m{s que su acento, era ligeramente americana, y Mary, al notarlo, lo miró con más atención. El ala de sus sombrero de fieltro proyectaba una sombra sobre su rostro que, oscurecido de ese modo, adoptaba para su mirada miope un aspecto serio, como una persona que llegaba en misión de negocios, cortés aunque claramente consciente de sus derechos.

La experiencia del pasado la había vuelto igualmente sensible a tales peticiones; pero era celosa con las horas matinales de su marido, indecisa en cuanto a conceder a nadie el derecho a molestarlo durante ese tiempo.

―¿Tiene cita con mi marido? ―preguntó. El visitante vaciló, como si no estuviese preparado para esta pregunta.
―Creo que me espera ―replicó.
Ahora le tocó vacilar a Mary:
―Estas horas suele dedicarlas a trabajar; no recibe nunca por la mañana.

El desconocido la miró un instante sin contestar; luego, como aceptando su decisión, se dispuso a irse. Al darse la vuelta, Mary lo vio dirigir una mirada a la fachada pacífica de la casa. Había algo en él que sugería cansancio y desencanto, el desaliento del viajero que ha venido de muy lejos y cuyo tiempo está limitado por el horario. Se le ocurrió entonces que si era ese el caso, su negativa podía hacer infructuosa su misión, y un súbito remordimiento le impulsó a correr tras él.

―¿Puedo preguntarle si ha venido de lejos?
El desconocido le dirigió la misma mirada grave.
―Sí... he venido de lejos.
―Entonces, si va a la casa, seguro que mi marido le recibe. Lo encontrará en la biblioteca.

No sabía por qué había añadido la última frase, a no ser por un vago deseo de reparar su anterior falta de hospitalidad. El visitante pareció a punto de darle las gracias; pero la atención de ella se distrajo al ver acercarse al jardinero con un acompañante con toda la pinta de ser el experto de Dorchester.

―Por ahí ―dijo, indic{ndole la casa al desconocido; y un instantes después se había olvidado de él, atenta como estaba al caldero.

La revisión dio un amplio resultado que el técnico acabó por considerar más conveniente olvidarse de su tren, y Mart estuvo distraída el resto de la mañana en absorta confabulación entre tiestos de flores. Cuando el coloquio terminó, se sorprendió al descubrir que era casi la hora de comer; y medio esperó, mientras regresaba a la casa apresuradamente, ver salir a su marido a su encuentro. Pero no encontró a nadie en el patio, salvo al ayudante del jardinero que rastrillaba la grava. El vestíbulo, al entrar, estaba tan silencioso que pensó que Boyne aún seguía trabajando.

Como no quería molestarlo, se dirigió al salón; y allí, en su escritorio, se enfrascó en nuevos cálculos de los gastos que le iba a suponer la consulta de la mañana. El poder permitirse tales caprichos no había perdido su novedad; y de alguna manera, en contraste con los temores indefenidos de los días anteriores, ahora parecía formar parte de su recuperada seguridad, de esa sensación de que, como Ned había dicho, las cosas en general nunca habían ido «mejor».

Aún estaba disfrutando con el juego fastuoso de las cifras, cuando la criada, desde la puerta, la interrumpió con una pregunta sobre la conveniencia de servir la comida. Una de sus bromas consistía en comentar que Trimmle anunciaba la comida como si divulgase un secreto de estado; y Mary, absorta en sus papeles, murmuró unas abstraídas palabras de aquiescencia. Notó que Trimmle vacilaba en el umbral, como si reprochase tan desconsiderado asentimiento; luego, al retirarse, sonaron sus pasos en el corredor, y Mary, apartando los papeles, cruzó el vestíbulo y fue a la puerta de la biblioteca. Aún seguía cerrada, y vaciló a su vez: no le gustaba molestar a su marido, ni que se excediese en su habitual jornada de trabajo. Mientras estaba allí sopesando sus impulsos, volvió Trimmle con el anuncio de la comida. Y Mary, así apremiada abrió la puerta.

Boyne no estaba ante su mesa. Miró a su alrededor, esperando descubrirlo junto a las estanterías, en algún lugar de la habitación. Pero su llamada no obtuvo respuesta, y poco a poco se le hizo evidente que no estaba allí. Se volvió a la criada.

―El señor Boyne debe de estar arriba. Por favor, dile que la comida está servida.

Trimmle pareció vacilar entre el claro deber de la obediencia y la igualmente clara convicción del sinsentido de la orden que se le daba. El debate acabó al manifestar:

―Con su permiso, señora, el señor Boyne no está arriba.
―¿No está en su habitación? ¿Estás segura?
―Sí, señora.
Mary consultó su reloj:
―¿Dónde está, entonces?
―Ha salido ―anunció Trimmle con el aire superior de quien ha aguardado respetuosamente a la pregunta que un espíritu ordenado habría formulado en primer lugar.

La suposición de Mary Había sido correcta, entonces: Boyne debió de salir al parque en su busca, y al no encontrarla, evidentemente, había escogido el camino más corto por la puerta sur, en vez de dar la vuelta al patio. Así que cruzó el vestíbulo y se dirigió a la cristalera que daba directamente al jardín de tejos. Pero la criada, tras otro momento de conflicto interior, decidió manifestar:

―Con su permiso, señora, el señor Boyne no ha salido por ahí
May se volvió:
―¿Adónde ha ido? ¿Y cuando?
―Ha salido por la puerta principal, al paseo de coches.
Para Trimmle era cuestión de principios no contestar más de una pregunta cada vez.
―¿Al paseo de coches? ¿A estas horas?

Mary se dirigió a la puerta y miró, más allá del patio, hacia el túnel de tilos desnudos. Pero su perspectiva estaba tan vacía como cuando la había visto al entrar.

―¿No ha dejaado el señor ningún recado?
Trimmle pareció renunciar a una última batalla con las fuerzas del caos.
―No señora. Salió con el caballero.
―¿El caballero? ¿Qué caballero? ―Mary dio media vuelta como para afrontar este nuevo factor.
―El caballero que ha venido, señora ―dijo Trimmle resignadamente.
―¿Cuándo ha venido un caballero? ¡Explícate Trimmle!

Sólo el hecho de que Mary estaba hambrienta y que necesitaba consultr a su marido sobre los invernaderos, podían moverla a imponer tan inusitada orden a su sirvienta; y aun ahora se sentía lo bastante despegada para notar en los ojos de Trimmle el creciento desafío de la respetuosa subordinada que ha sido presionada en exceso.

―No puedo decirle la hora exacta, señora, porque yo no dejé pasar al caballero ―replicó, con aire de ignorar discretamente la irregularidad del rumbo de la señora.
―¿No lo has pasado tú?
―No señora. Cuando sonó la campanilla yo estaba ocupada, y Agnes...
―Ve a preguntarle a Agnes, entonces ―dijo Mary. Trimmle siguió con su expresión de paciente magnanimidad:
―Agnes no lo sabe, señora, porque desgraciadamente se ha quemado la mano cuando arreglaba la luz de la la nueva l{mpara que han traído del pueblo ―Trimmle, como Mary sabía, se había opuesto siempre a utilizar la nueva l{mpara―. Así que la señora Dockett tuvo que mandar abrir a la fregona.
Mary miró otra vez el reloj.
―¡Son las dos pasadas! Ve y pregúntales a la fregona si el señor Boyne ha dejado algún recado.

Entró a comer sin esperar y, poco después, Trimmle le trajo la información de la fregona de que el caballero había llegado sobre las once y que el señor Boyne había salido con él sin dejar ningún recado. La fregona no sabía siquiera el nombre del visitante, ya que lo había escrito en una tira de papel, que después dobló y la tendió, con el ruego de que la entregase inmediatamente al señor Boyne. Mary tomó su almuerzo, extrañada todavía, y cuando hubo terminado, y Trimmle le hubo servido el café en el salón, su extrañeza se convirtió en una débil sombra de inquietud. No era propio de Boyne ausentarse din dar explicaciones a una hora tan inoportuna, y la dificultad de identificar al visitante a cuyo requerimiento había obedecido al parecer, hacía su desaparición más inexplicable. La experiencia de Mary Boyne como esposa de un atareado ingeniero, sujeto a llamadas repentinas y obligado a tener un horario irregular, le había ejercitado para una filosofíca aceptación de las sorpresas. Pero desde que Boyne se había retirado de los negocios, había adoptado una regularidad benedictina de vida. Como para compensar los años de agobio y agitación, con sus comidas «de pie» y sus cenas en los traqueteantes coches-comedor, cultivaba los últimos refinamientos de la puntualidad y la monotonía, desalentando la aficción de su esposa a lo inesperado y declarando que para un paladar delicado había infinitas gradaciones de placer en la repetición de los hábitos.

Sin embargo, como ninguna vida puede defenderse de lo imprevisible, era evidente que, tarde o temprano, las precauciones de Boyne iban a acabar revelándose ineficaces; y Mary concluyó que había querido abreviar una molesta visita dando un paseo con su visitante hasta la estación, o al menos acompañándolo un trecho. Esta conclusión la liberó de la preocupación, y salió a celebrar su conferencia con el jardinero. De aquí se dirigió a la oficina de correos del pueblo, que distaba una milla más o menos, y cuando emprendió el regreso empezaba ya a declinar la tarde. Había cogido un sendero que cruzaba las colinas; y como Boyne, entretanto, habría regresado de la estación por la carretera, er muy poco probable que se encontraran. Estaba segura, no obstante, de que había llegado a casa antes que ella. Tan segura se sentía, que al entrar, sin pararse a preguntarle a Trimmle, fue directamente a la biblioteca. Pero la biblioteca seuía vacía; y con una insólita precisión de memoria visual observó que los papeles de la mesa de su marido estaban exactamente como los había visto al entrar a llamarlo para comer.

Luego, de pronto, le sobrevino un vago temor a lo desconocido. Había cerrado la puerta al entrar, y al encontrarse sola en la larga habitación silenciosa su temor pareció adquirir forma y sonido, estar allí respirando y acechando entre las sombras. Esforzó sus ojos miopes, medio distinguiendo una presencia real, algo apartada, que vigilaba y sabía. Y para rechazar esta presencia intangible, corrió al cordón de la campanilla y dio un enérgico tirón. La violenta llamada hizo acudir a Trimmle precipitadamente con una lámpara; y Mary respiró otra vez ante esta tranquilizadora reaparición de lo habitual.

―Puede traer el té, si el señor Boyne está en casa ―dijo, para justificar su llamada.
―Muy bien, señora, pero el señor Boyne no está ―dijo Trimmle, dejando la lámpara.
―¿No está? ¿Quieres decir que ha regresado y ha salido otra vez?
―No señora; no ha regresado.
El miedo se agitó en ella otra vez, y se dio cuenta de que ahora la había atenazado.
―¿No ha vuelto desde que salió con... el caballero?
―No ha vuelto desde que salió con el caballero.
―Pero, ¿quién era ese caballero? ―insistió Mary, con el agudo acento del que intenta que le oigan en medio de una confusión de ruidos.
―Eso no se lo puedo decir, señora.

Trimmle, de pie junto a la lámpara, pareció de pronto menos rozagante y sonrosada, como si la hubiese eclipsado la misma solapada sombra de aprensión.

―Pero la fregona sí lo sabe... ¿No ha sido ella quien le ha abierto?
―Pero no lo sabe, señora, porque escribió su nombre en un papel y luego lo dobló.

Mary, en medio de su agitación, se dio cuenta de que las dos designaban al desconocido con un pronombre vago, en vez de la fórmula convencional que hasta entonces había mantenido sus ilusiones dentro de los límites de la conformidad. Y en ese mismo instante su cerebro se fijó en la alusión al papel doblado.

―¡Pero debe tener un nombre! ¿Dónde está el papel?

Se dirigió a la mesa del escritorio y empezó a examinar los documentos que la cubrían. Lo primero que captaron sus ojos fue una carta inacabada con la letra de su marido y la pluma puesta encima como dejada allí por una súbita interrupción.

«Querido Parvis (¿quién era Parvis?): Acabo de recibir tu carta anunciándome la muerte Elwell, y aunque supongo que ahora ya no hay peligro de que surjan nuevos problemas, sería más seguro...».

Apartó la carta y siguió buscando. Pero no apareció ningún papel doblado entre las cartas y las páginas manuscritas ordenadas en un montón, como por un gesto apresurado o nervioso.

―Pero la fregona lo ha visto. Dile que venga ―ordenó, asombrándose de su torpeza al no haber pensado antes en una solución tan sencilla.

Trimmñe desapareció al instante, como agradecida de salir de la habitación; y cuando reapareció, trayendo a la aturrullada fregona, Mary había recobrado su dominio de sí y tenía preparadas las preguntas. El caballero era extranjero, sí; eso había notado ella. Pero ¿qué había dicho? Y sobre todo, ¿cómo era? La primera pregunta fue contestada con bastante facilidad por la sencilla razón de que había dicho muy poco: había preguntado tan sólo por el señor Boyne. Y tras garabatear algo en un trozo de papel, había pedido que se lo entregase inmediatamente.

―Entonces, ¿no sabes qué escribió? ¿No est{s segura de si fue un nombre?

La fregona no estaba segura, pero creía que sí, ya que lo había escrito cuando ella le preguntó a quién debía anunciar.

―Y cuando le llevaste el papel al señor Boyne, ¿qué dijo él?

La fregona creía que el señor Boyne no había dicho nada; aunque estaba segura, porque en cuanto le pasó el papel y lo abrió, se dio cuenta de que el visitante había entrado tras ella en la habitación. Así que salió y dejó a los dos caballeros reunidos.

―Pero entonces, si los dejaste en la biblioteca, ¿cómo sabes que salieron de la casa?

Esta pregunta sumió a la testigo en un mutismo momentáneo, del que fue rescatada por Trimmle, quien por medio de ingeniosos circunloquios le sacó la declaración de que antes de haber tenido ella tiempo de cruzar el vestíbulo en dirección al corredor, había oído a los dos caballeros detrás de ella y los había visto salir juntos por la puerta principal.

―Entonces, si viste al extranjero dos veces, podrás decirme cómo era.

Pero esta última prueba puso de manifiesto que la capacidad de expresión de la fregona había llegado al límite. La obligación de ir a la puerta principal a abrirla a un visitante era en sí misma tan subversiva del orden natural de las cosas, que había sumido sus facultades en un caos desesperado, y sólo fue capaz de tartamudear, tras agitados esfuerzos:

―Su sombrero, señora, era diferente. Podría decirse...
―¿Diferente? ¿Cómo diferente? ―a Mary le vino de pronto al cerebro una imagen grabada esa mañana y sepultada luego bajo las capas de las impresiones siguientes―: ¿Qué era de ala ancha, quieres decir; tenía la cara pálida... una cara joven? ―la apremió Mary, con los labios blancos por la intensidad de la pregunta. Pero si la ayudante de la cocinera encontró una respuesta adecuada a esta prueba, quedó borrada por la impestuosa corriente de las convicciones de su interlocutora. ¡El desconocido..., el desconocido del jardín! ¿Por qué no había caído Mary en él antes? Ahora no necesitó que nadie le dijese que era él quien había venido a buscar a su marido y se lo había llevado. Pero ¿quién era, y por qué Boyne le había obedecido?

IV.
Se le ocurrió de repente, como una mueca surgió de la oscuridad, que a menudo habían llamado a Inglaterra «un maldito lugar para perderse».

¡Un maldito lugar para perderse! La frase era de su marido. Y ahora, con toda la maquinaria de la investigación oficial barriendo con sus linternas el país de costa a costa y los estrechos que la separaban; ahora, con el nombre Boyne difundido en las paredes de cada pueblo y ciudad, y su retrato (¡cómo le angustiaba eso!) multiplicado por todas partes como la imagen de un criminal perseguido; ahora la pequeña y densamente poblada isla, tan ordenada, vigilada y administrada, se revelaba como una esfinge guardiana de misterios insondables, devolviendo la mirada de los angustiados ojos de la esposa como con un gozo perverso de saber algo que ellos ignoraban.

En las dos semanas transcurridas desde la desaparición de Boyne, no se había sabido una palabra de él, ni se hubiera descubierto el menor rastro de sus movimientos. Incluso las habituales informaciones erróneas a que da lugar la expectación de los pechos torturados habían sido escasas y efímeras. Nadie más que la fregona había visto a Boyne salir de casa, y nadie más había visto al «caballero» que lo acompañaba. Ninguna de las averiguaciones en la vecindad había logrado dar con alguien que recordase haber visto a un extranjero ese día en las proximidades de Lyng. Y nadie había visto tampoco a Edward Boyne solo o acompañado, en ninguno de los pueblos cercanos ni en la carretera que cruzaba las colinas, ni en las estaciones de ferrocarril de esas localidades. El británico y soleado mediodía se lo había engullido tan completamente como si se hubiese sumergido en la noche cimmeria.

Mientras todos los medios oficiales de investigación trabajaban con la mayor diligencia, Mary había examinado los papeles de su marido en busca de alguna pista: anteriores complicaciones, problemas u obligaciones desconocidos por ella, que pudiesen arrojar luz sobre esa oscuridad. Pero si había existido algo en la anterior vida de Boyne, había desaparecido tan completamente como la tira de papel en la que el visitante había escrito su nombre: no quedaba ningún otro hilo, a excepción ―si efectivamente era una excepción― de la carta que al parecer había estado escribiendo cuando recibió la misteriosa visita. Esa carta, leída y releída por su esposa, y entregada por ella a la policía, aportaba lo imprescindible para alimentar conjeturas.

«Acabo de recibir tu carta anunciándome la muerte de Eldewll; y aunque supongo que ahora ya no hay peligro de que surjan nuevos problemas, sería más seguro...».

Eso es todo. El «peligro de que surjan problemas» se explicaba fácilmente por el recorte de periódico que había informado a Mary de la demanda presentada contra su marido por uno de los socios de la empresa Blue Star. El único dato nuevo que proporcionaba la carta era que Boyne, en el momento en que le estaba escribiendo, tenía aún recelos sobre el resultado del litigio, aunque había dicho a su esposa que habían retirado la demanda, y a pesar de que la carta misma probaba que el demandante había muerto. Transcurrieron varios días entre unos cablegramas y otros, hasta establecer la identidad del Parvis al que iba dirigida la carta inacabada; pero aun después de averiguar que se trataba de un abogado de Waukesha, no se sacó en claro ningún nuevo dato sobre la demanda de Elwell. Al parecer, este abogado no tenía relación directa con el caso, sino que se había interesado sólo en calidad de amigo, y posiblemente intermediario; y se confesó incapaz de adivinar con qué objeto prentedía Boyne pedirle ayuda.

Esta información negativa, fruto único de la indagación de los primeros quince días, no se incrementó un ápice durante las lentas semanas que siguieron. Mary sabía que las investigaciones continuaban, pero tenía la vaga sensación de que languidecían gradualmente, a medida que la marcha real del tiempo parecía aminorar. Era como si los días, huyendo horrorizados de la amortajada imagen del día inescrutable, ganaran seguridad a medida que aumentaba la distancia, hasta alcanzar finalmente su paso normal. Y lo mismo ocurrió con las imaginaciones humanas centradas en el enigmático suceso. Evidentemente, aún las ocupaba; pero, semana tras semana, y hora tras hora, se iba volviendo menos absorbente, recibía menos tiempo e iba siendo lenta pero inexorablemente desplazado del primer plano de la conciencia por nuevos problemas que perpetuamente burbujean en el humeante caldero de la experiencia humana.

Incluso la conciencia de Mary Boyne sentía el aumento gradual de esa lentitud. Aún basculaba con las incesantes oscilaciones de las conjeturas; pero se habían vuelto más leves, más rítmicas en sus latidos. Aún había momentos de cansancio en que, como la inmoviliza de un veneno que deja lúcido el cerebro pero inmoviliza el cuerpo, se sentía ya acostumbrada al horror, y aceptaba su constante presencia como una de las condiciones estables de la vida. Estos momentos se prolongaban horas y días, hasta que entró en una fase de imperturbable aquiescencia. Observaba la rutina diaria con los ojos indiferentes de un salvaje al que los procesos sin sentido de la civilización dejan escasísima huella.

Había llegado a considerarse a sí misma parte de esa rutina, el rayo de una rueda que gira con el movimiento de ésta. Se sentía casi como el mueble de la habitación en el que estaba sentada, un objeto insensato al que había que limpiar el polvo y correr junto con las sillas y las mesas. Y esta honda apatía la ataba fuertemente a Lyng, a pesar de los ruegos de los amigos, y de las habituales recomendaciones médicas de un «cambio». Sus amigos pensaban que su negativa a mudarse se debía a la creencia de que su marido regresaría un día al lugar del que había desaparecido, lo que dio lugar a una hermosa leyenda sobre este imaginario estado de espera. Pero en realidad no creía tal cosa: las profundidades de la angustia que la enclaustraban no se iluminaban ya con los destellos de la esperanza. Estaba segura de que Boyne no volvería, que había desaparecido de su vida como si la propia Muerte hubiese aguardado ese día en el umbral. Había renunciado incluso, una tras otra, a las diversas teorías sobre su desaparición que la prensa, la policía y su propia imaginación angustiada habían sugerido. Por puro agotamiento, su espíritu había desechado estas alternativas de horror y se había sumido de nuevo en el hecho simple de que se había ido.

No, nunca sabría qué había sido de él... Nadie lo sabía. Pero la casa sí lo sabía. Porque era aquí donde se había desarrollado la última escena, aquí donde había venido el desconocido y había pronunciado la palabra que había hecho que Boyne se levantara y lo siguiera. El suelo que ella pisaba había sentido sus pisadas; los libros de las estanterías habían visto su rostro; y había momentos en que la intensa conciencia de las viejas paredes polvorientas parecía a punto de prorrumpir en alguna audible revelación de su secreto. Pero esta revelación no llegaba, y sabía que nunca llegaría. Lyng no era una de esas viejas casas locuaces que traicionaban los secretos que se les confían. Su misma leyenda demostraba que había sido siempre cómplice mudo, guardiana incorruptible de los misterios que había sorprendido. Y Mary Boyne, sentada frente a frente con el silencio, sentía la inutilidad de tratar de romperlo por medio humano ninguno.

V.
―No digo que fuese correcto ni que no. Eran negocios.

Ante estas palabras, Mary irguió la cabez con sobresalto y miró atentamente a su interlocutor. Cuando, media hora antes, le pasaron la tarjeta de un tal «señor Parvis», se dio cuenta en el acto de que había tenido ese nombre en la conciencia desde que lo leyera en el encabezamiento de la carta inacabada de Boyne. En la biblioteca había encontrado esperándola a un hombre menudo, cetrino, de cabeza calva y lentes de oro, que le transmitió una vibración por la que supo que era la persona a la que su marido había dirigido el último pensamiento conocido. Parvis, cortésmente, pero sin preámbulos inútiles ―a la manera del hombre que tiene el reloj en la mano―, había expuesto el objeto de su visita. Había «pasado» por Inglaterra por cuestiones de negocios, y dado que se encontraba cerca de Dorchester, no había querido marcharse sin presentar sus respetos a la señora Boyne; y preguntarle, si tenía ocasión, qué pensaba hacer por la familia de Bob Elwell.

Estas palabras tocaron el resorte de algún oscuro temor en el pecho de Mary. ¿Sabía el visitante, en definitiva, lo que Boyne quiso decir en su frase incompleta? Le pidió una aclaración de la pregunta, y observó inmediatamente que lo sorprendía por su ignorancia del asunto. ¿Era posible que supiese tan poco como decía?

―No sé nada... debe contármelo ―balbuceó; así que el visitante pasó a contarle la historia. Arrojó, aun para sus confusas perceptciones y su visión imperfecta, una luz lívida sobre todo el brumoso episodio de la mina Blue Star: su marido había hecho su fortuna en esa brillante especulación a costa de «ganarle la delantera» a alguien menos atento a aprovechar la oportunidad; y la víctima de su ingenio había sido el joven Robert Elwell, al que había «engañado» con el proyecto de la Blue Star.

Parvis, a la primera exclamación de Mary, le había lanzado una mirada grave a través de sus lentes imparciales.

―Bob Elwell no fue lo bastante listo, eso es todo; de haberlo sido, podía haberse resuelto y haber utilizado a Boyne del mismo modo. Esas cosas pasan a diario en los negocios. Creo que es lo que los científicos llaman la supervivencia del más apto... ¿comprende? ―dijo el señor Parvis, evidentemente complacido con la oportunidad de su analogía.

Mary sintió un encogimiento físico ante la siguiente pregunta que trató de formular: era como si las palabras tuviesen en sus labios un gusto que le producía náuseas.

―Pero entonces, ¿acusa usted a mi marido de haber hecho algo deshonroso?
El señor Parvis meditó la pregunta desapasionadamente.
―¡Ah, no; yo no he dicho eso? Ni siquiera he dicho que no fuese correcto ―miró de arriba abajo las filas de libros, como si alguno de ellos pudiese proporcionarle la definición que buscaba―. No digo que no fuera correcto, aunque tampoco que lo fuera. Era una cuestión de negocios ―en realidad, ninguna definición podía ser más esquemática que ésta.

Mary se quedó mirandolo con expresión de terror. Le parecía el emisario indiferente de algún poder maligno.

―Pero parece que los abogados del señor Elwell no lo consideraron como usted, ya que supongo que la demanda fue retirada por consejo de ellos.
―¡Ah, sí!; ellos sabían que técnicamente no tenía ninguna posibilidad. Cuando le aconsejaron que retirase la demanda, él se sintió desesperado. Verá, había pedido prestada la mayor parte del dinero que perdió en la Blue Star, y se encontraba entre la espada y la pared. Fue por eso por lo que se pegó un tiro, cuando le dijeron que no tenía ninguna posibilidad.
El horror invadió a Mary a grandes oleadas ensordecedoras.
―¿Se pegó un tiro? ¿Se mató por eso?
―Bueno, no se mató exactamente. Siguió viviendo de mala manera un par de meses, hasta que murió.
Parvis refirió el hecho con la misma falta de emoción que el gramófono arañando un disco.
―¿Quiere decir que intentó suicidarse y no pudo? ¿Y que lo intentó otra vez?
―No, no tuvo necesidad de intentarlo otra vez ―dijo Parvis, espantosamente.

Se quedaron en silencio, sentados el uno frente al otro, él balanceando sus lentes pensativamente en torno a su dedo; y ella, inmóvil, con los brazos extendidos hasta las rodillas, en una actitud de rígida tensión.

―Pero si sabía usted todo esto ―empezó Mary finalmente, incapaz de levantar la voz por encima del susurro―, ¿cómo es que cuando le escribí en las fechas de la desaparición de mi marido dijo que no entendía la carta que él estaba escribiendo?
Parvis encajó la pregunta sin el menor embarazo.
―Bueno, no la entendía... estrictamente hablando. Y aunque la hubiese entendido, no era el momento de hablar de eso. El asunto de Elwell quedó resuelto cuando se retiró la demanda. Nada de lo que hubiese podido decir habría ayudado a encontrar a su marido.
Mary seguía escrutándolo.
―Entonces, ¿por qué me lo dice ahora?
Tampoco vaciló Parvis.
―Bueno, para empezar, suponía que usted sabía más de lo que aparentaba... Me refiero a las circunstancias de la muerte de Elwell. Por otro lado, la gente empieza a hablar ahora; ha vuelto a salir el asunto a la luz. Y he considerado que si no estaba usted al tanto, debía estarlo.
Mary siguió callada, y él prosiguió:
―Mire; recientemente se ha averiguado lo mal que se encontraban los negocios de Elwell. Su esposa es una mujer con orgullo, y ha luchado todo lo que ha podido, saliendo a trabajar y cosiendo en casa, hasta que ha caído enferma... del corazón creo. Pero tenía a su cargo a la madre de él, además de los hijos. Y se desmoronó; al final se vio obligada a pedir ayuda. Eso ha llamado la atención sobre el caso; los periódicos lo han aireado, y han iniciado una suscripción. Todo el mundo quería a Bob Elwell; la mayoría de los nombres más prominentes del lugar se encuentran en esa lista, y la gente empieza a preguntarse por qué...

Parvis se interrumpió para hurgarse en el bolsillo interior:

―Aquí ―prosiguió―; aquí tengo una información de todo el asunto, aparecida en el Sentinel... Un poco sensacionalista, por supuesto; pero creo que es mejor que le eche usted una ojeada.

Le tendió el periódico, y Mary lo desplegó despacio, recordando, al hacerlo, la noche en que, en esta misma habitación, la lectura de un recorte del Sentinel había sacudido por primera vez los cimientos de su seguridad. Al abrir el periódico sus ojos,rehuyendo los deslumbrantes titulares: «La viuda de la víctima de Boyne obligada a suplicar ayuda», descendieron por la columna hasta los retratos insertos en el texto. El primero era el de su marido, sacado de una fotografía hecha el año en que se habían venido a Inglaterra. Era la foto de Edward que a ella más le gustaba, la que tenía en el escritorio de su propia habitación. Al encontrarse los ojos de la fotografía con los suyos, sintió que le iba a ser imposible leer lo que se decía de él, y cerró los párpados con la fuerza del dolor.

―Pensé que si estuviera usted dispuesta a suscribir... ―oyó que seguía diciendo Parvis.

Abrió los ojos con esfuerzo, y cayeron sobre el otro retrato. Era el de un joven delgado, con el semblante semioculto por la sombra que proyectaba el ala del sombrero. ¿Dónde había visto ella esta cara anteriormente? Siguió mirándolo, confundida, con el pulso latiéndole en los oídos. Entonces dio un grito.

―¡Es el hombre... el hombre que se llevó a mi marido!
Oyó a Parvis ponerse de pie, y tuvo conciencia confusamente, de que su propio cuerpo se había derrumbado hacia una esquina del sofá, y que él se inclinaba sobre ella alarmado. Mary se sobrepuso y recogió el periódico que había dejado caer.

―¡Es el hombre! ¿Lo habría reconocido en cualquier parte! ―insisitió con una voz que sonó en sus propios oídos como un grito.
La respuesta de Parvis le pareció llegar de muy lejos, desde infinitas volutas de espesa niebla.
―Señora Boyne, no se encuentra bien. ¿Llamo a alguien? ¿Le traigo un vaso de agua?
―¡No, no, no! ―se abalanzó sobre él, empuñando frenéticamente el periódico―. ¡Le digo que es el hombre! ¡Le conozco! ¡Habló conmigo en el jardín!
Parvis le cogió el periódico y enfocó sus lentes hacia el retrato.
―No puede ser, señora Boyne. Es Robert Elwell.
―¿Robert Elwell? ―su mirada vacía pareció desplazarse en el espacio―. Entonces fue Robert Elwell el que vino a por él.
―¿Qué se llevó a Boyne? ¿El día que Boyne se fue de aquí? ―la voz de Parvis se apagó, al tiempo que se elevó la de ella. Se inclinó y posó una mano fraternal sobre la de Mary, como para apaciguarla―. ¡Pero si Elwell había muerto! ¿No se acuerda?

Mary siguió con los ojos fijos en el retrato, sin enterarse de lo que le decían.

―¿No recuerda la carta que Boyne dejó inacabada... la que encontró usted en su escritorio ese día? La estuvo escribiendo justo después de enterarse de la muerte de Elwell ―ella notó una extraña inflexión en la voz neutra de Parvis―. ¡Sin duda lo recuerda! ―le apremió

Sí, lo recordaba; eso era lo más espantoso de todo. Elwell había muerto el día antes de la desapación de su marido; y éste era el retrato de Elwell; el del hombre que había hablado con ella en el jardín. Alzó la cabeza y miró lentamente la biblioteca. La biblioteca podía haber atestiguado que era también el retrato del hombre que había entrado aquel día a arrancar a Boyne de su carta incabada. A través de las brumosas agitaciones de su cerebro, oyó el débil bordoneo de frases semiolvidadas... de frases pronunciadas por Alida Stair en el prado de Pangbourne, antes de que Boyne y ella hubiesen visto la casa de Lyng ni pensasen que un día vivirían en ella.

―Éste fue el hombre que habló conmigo ―repitió.

Miró otra vez a Parvis. Él trataba de ocultar su turbación bajo lo que probablemente imaginaba que era una expresión de indulgente conmiseración; pero las comisuras de sus labios estaban azules. «Me cree loca, pero no lo estoy», reflexionó; y de súbito se le ocurrió un modo de justificar su extraña afirmación. Guardó silencio, dominando el temblor de sus labios, en espera de poder confiar en su voz; luego dijo, mirando directamente a Parvis:

―¿Podría contestarme a una pregunta, por favor? ¿Cuándo intentó Robert Elwell quitarse la vida?
―¿Cuándo... cu{ndo? ―tartamudeó Parvis.
―Sí, la fecha; por favor, trate de recordar ―veía que cada vez la miraba con m{s recelo―. Lo pregunto por un motivo ―insisitió.
―Sí, sí. Sólo que no recuerdo. Unos dos meses antes, creo.
―Necesito saber la fecha ―replicó ella.
Parvis cogió el periódico.
―Podríamos verla aquí ―dijo, siguiéndole la corriente. Recorrió la página con la mirada―. Aquí está. A finales de octubre... el...

Mary le quitó las palabras de la boca.

―El veinte, ¿no?
Tras dirigirle una mirada penetranta, confirmó:
―Sí, el veinte. ¿Así que lo sabía usted?
―Lo sé ahora ―los ojos de Mary seguían fijos por encima de él―. El domingo, veinte... fue el día que vino por primera vez.
La voz de Parvis se hizo casi inaudible.
―¿Que vino aquí por primera vez?
―Sí.
―¿Lo vió usted dos veces, entonces?
―Sí, dos veces ―dijo con un suspiro―. La primera fue el veinte de octubre. Recuerdo la fecha porque fue el día que subimos al Meldon Steep por primera vez ―sintió un débil acceso de ris en su interior, al pensar que de no ser por eso lo habría olvidado.

Parvis seguía mirándola, como tratando de interceptar su mirada.

―Lo vimos desde el tejado ―prosiguió―. Bajaba por el paseo de los tilos en dirección a la casa. Iba vestido tal como está el retrato. Mi marido lo vio primero. Se asustó y echó a correr hacia abajo, delante de mí; pero no vio a nadie. Se había desvanecido.
―¿Elwell se había desvanecido? ―balbuceó Parvis.
―Sí ―los susurros de ambos parecieron buscarse a tientas mutuamente―. No podía imaginar qué había sucedido. Ahora lo veo. Trató de venir entonces; pero no había muerto del todo... No pudo llegar hasta nosotros. Tuvo que esperar dos meses para morir; entonces vino otra vez... y se llevó a Ned.

Hizo un gesto de asentimiento a Parvis, con la expresión de triunfo del niño que ha logrado completar un difícil rompecabezas. Pero de repente, alzó las manos con gesto desesperado, apretándose las sienes.

―¡Dios mío! ¡Fui yo quien se lo envi; le dije dónde estaba! ¡Se lo envié a esta habitación! ―gritó.

Sintió que las paredes de libros se precipitaban sobre ella, como el derrumamiento de unas ruinas y oyó a Parvis, muy distante, a través de las ruinas, que le gritaba y luchaba por llegar hasta ella. Pero Mary era insensible a su tacto; no sabía qué le decía. A través del tumulto solo oyó una nota distinta; la voz de Alida Stair, que decía en el prado de Pangbourne.

―No lo sabr{s hasta después. Hasta mucho, mucho después.

Edith Wharton (1962-1937)



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El resumen del cuento de Edith Wharton: Después (Afterward) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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