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El cuenco de cobre: George Fielding Eliot

El cuenco de cobre (The Copper Bowl) es un relato de terror del escritor australiano George Fielding Eliot (1894-1971), publicado en la edición de diciembre de 1928 de la revista Weird Tales.

Sin dudas El cuenco de cobre integra el grupo de los mejores relatos pulp de terror de la década de los '20. Claro que cuando hablamos de relatos pulp lo "mejor" a menudo termina siendo lo más reprochable de un cuento, o al menos lo más desacertado.

En este caso, George Fielding Eliot, que era menos escritor que teniente del ejército australiano durante la Gran Guerra, busca capturar los miedos que flotaban sobre la sociedad occidental. Para ello utiliza a un villano arquetípico, Yuan Li, un mandarín tal desalmado que incluso se atreve a mantener de rehén a una deliciosa mujer occidental (lo que se dice un verdadero espanto), que además es la amada del teniente Fournet; fácilmente identificable como el propio Eliot.

Aquí conviene hacer un alto y no dejarnos llevar por el sarcasmo, algo demasiado fácil cuando nos enfrentamos a un estilo de literatura con estructuras que actualmente parecen absurdas o excesivamente articuladas. El cuenco de cobre posee algo indefinible, que acaso podamos pensar como una atmósfera o un algo que trasciende las deficiencias del propio autor, y que por su propia fuerza alcanza a estremecernos del modo más intenso.

Pensemos en nuestro cuento de terror favorito, en alguna escena sorprendente, en un momento de espanto sublime e inesperado. Eso mismo encontraremos en El cuenco de cobre: un algo impreciso pero que se ajusta a los grandes momentos del relato corto de terror.



El cuenco de cobre.
The Copper Bowl, George Fielding Eliot (1894-1971)

Yuan Li, el mandarín, se recostó en su sillón de palisandro y habló sin alzar la voz:

—Está escrito que un buen servidor es un don de los dioses, mientras que uno malo...

El alto y corpulento hombre que permanecía humildemente en pie ante la figura enfundada en una túnica y sentada en su sillón, hizo tres reverencias apresuradas y sumisas. A pesar de que iba armado y de que le consideraban un hombre valiente, el miedo brilló en sus ojos. Podría haber quebrado al menudo mandarín de rostro lampiño doblándolo sobre su rodilla, y sin embargo...

—Diez mil perdones, ¡oh magnánimo! —le dijo—. Lo he hecho todo obedeciendo vuestra honorable orden de no matar al hombre ni causarle una lesión permanente... He hecho todo cuanto he podido, pero...
— ¡ Pero no habla! — murmuró el mandarín —. ¿Y me vienes con el cuento de que has fracasado? ¡No me gustan los fracasos, capitán Wang!

El mandarín jugueteó con un pequeño cortaplumas que estaba sobre la mesita baja, a su lado. Wang se estremeció.

—Bien, pase por esta vez —dijo el mandarín al cabo de un momento. Wang exhaló un hondo suspiro de alivio, y el mandarín esbozó una sonrisa tenue y huidiza—. No obstante —añadió—, nuestra tarea todavía ha de llevarse a cabo. Tenemos al hombre..., y él tiene la información que necesitamos. Sin duda, ha de haber algún sistema para que hable. El servidor ha fracasado y ahora debe probar el amo. Tráeme al hombre.

Wang hizo una reverencia y se marchó apresuradamente. El mandarín permaneció sentado en silencio, mirando a través de la amplia y soleada sala a una pareja de aves cantoras en una jaula de mimbre que colgaba al lado de la ventana más alejada. Entonces, hizo un breve y satisfecho gesto de asentimiento, y tocó una campanilla de plata que estaba sobre la mesa bellamente taraceada. Al instante, entró un servidor vestido con una túnica blanca, se acercó con pasos silenciosos e inclinó la cabeza, esperando la venia de su amo. Yuan Li le dio unas órdenes rápidas e incisivas. Apenas se había ido el hombre de la túnica blanca, cuando Wang, el capitán de la guardia del mandarín, entró de nuevo en la espaciosa estancia.

—El prisionero, ¡oh magnánimo! —anunció.

El mandarín hizo un ligero movimiento con su fina mano; Wang Li gritó una orden y, escoltado por dos guardianes musculosos y semidesnudos, entró un hombre de baja estatura, macizo, descalzo y vestido tan sólo con una camisa andrajosa y unos pantalones caqui, pero cuyos ojos azules, bajo la masa de su pelo desgreñado, miraron directamente, sin temor, a Yuan Li. ¡Un hombre blanco!

—¡Ah, el excelente teniente Fournet! —dijo Yuan Li, con su tono sosegado, en un francés impecable—. ¿Todavía obstinado?

Fournet le maldijo vivamente en francés y en tres dialectos chinos.

—¡Pagarás por esto, Yuan Li! —terminó diciendo—. ¡No creas que tus brutos asquerosos pueden someter a un oficial francés a la tortura de los nudillos y otros procedimientos diabólicos, y salir indemnes!

Yuan Li jugueteó con su cortaplumas, sonriendo.

—Me amenaza usted, teniente Fournet —respondió—, pero sus amenazas son como pétalos de rosa impulsados por la brisa matinal. A menos, claro está, que regrese a su puesto para hacer un informe.
—¡Maldito seas! —exclamó el prisionero—. ¡No hace falta que lo intentes! ¡Sabes muy bien que no puedes matarme! Mi comandante conoce mis movimientos a la perfección, ¡y llamará a tu puerta con una compañía de la Legión a su espalda si no me presento mañana a la hora de diana!

Yuan Li sonrió de nuevo.

—Sin duda..., pero aun así tenemos la mayor parte del día por delante. Mucho es lo que puede conseguirse en una tarde y una noche.

Fournet soltó otro juramento.

—Puedes torturarme, pero sabes tan bien como yo que no te atreverás a matarme o lesionarme de tal manera que no pueda volver a Fort Deschamps. Por lo demás, haz lo que quieras, ¡bruto de piel amarilla!
—¡Vaya, un desafío! —exclamó el mandarín—. ¡Pues bien, teniente Fournet, recojo su guante! Mire, lo que necesito de usted es que me informe del número de efectivos y la situación de su puesto de avanzada en el río Mephong. De modo que...
—De modo que tus malditos bandidos, cuyos asesinatos y rapiñas te permiten vivir aquí revolcado en el lujo, puedan atacar el fuerte alguna noche oscura y abrir la ruta del río a sus embarcaciones. Te conozco, Luán Yi, y conozco tu oficio, ¡mandarín de ladrones! El gobernador militar de Tonkin envió aquí un batallón de la Legión Extranjera para tratar con la gente como tú y restaurar la paz y el orden en la frontera, ¡no para ceder ante amenazas infantiles! Ése no es el sistema de la Legión, deberías saberlo. Lo mejor que puedes hacer es rendirte, o te aseguro que dentro de quince días tu cabeza se pudrirá sobre la puerta norte de Hanoi, como una advertencia para otros que pudieran seguir tu mal ejemplo.

La sonrisa del mandarín no se alteró, aunque sabía bien que la amenaza no era vana. Con los tiradores tonquineses, incluso con la infantería colonial, podía hacer algún progreso, pero aquellos legionarios tres veces malditos eran diablos del mismo infierno. Y él, Yuan Li, que había gobernado como rey en el valle del Mephong y a quien media provincia china y muchos kilómetros cuadrados del Tonkin francés pagó humildemente tributo, sentía que su poderoso trono se tambaleaba bajo él. Pero le quedaba una esperanza: río abajo, más allá de los puestos de avanzada franceses, había barcos cargados de hombres y el botín de una docena de pueblos, el saqueo de mayor éxito de todos los que había ordenado. Si llegaban aquellos barcos, si sus hombres regresaban (y eran los mejores) y ponía sus manos en el botín, quizá podría hacerse algo. Oro, joyas, jade..., y aunque los soldados de Francia eran terribles, había en Hanoi ciertos funcionarios civiles que no eran indiferentes a esas cosas. Pero en las orillas del Mephong, como si conocieran sus esperanzas, la Legión Extranjera había establecido un puesto de avanzada. Tenía que saber exactamente dónde estaba y cuáles eran sus fuerzas, pues hasta que ese puesto junto al río no desapareciera, los barcos nunca podrían llegar hasta él.

Y ahora, el teniente Fournet, oficial del estado mayor del comandante, había caído en sus manos. Durante toda la noche, los torturadores habían razonado con el joven y testarudo normando, y no le habían dejado ni un minuto durante la mañana. No le habían dejado ninguna marca, ni roto hueso alguno, ni siquiera le habían producido un corte o un moratón. ¡Pero hay otras maneras! Fournet se estremeció de nuevo al pensar en lo que había padecido durante aquella noche y aquella mañana que le parecieron eternas. Para Fournet, su deber era lo primero; para Yuan Li, que Fournet hablara era cosa de vida o muerte. Para ello, el mandarín había tomado unas medidas que ahora se acercaban a su ejecución.

No se atrevía a utilizar un método extremo con Fournet, pues la justicia francesa aún no podía conectar al mandarín Yuan Li con los bandidos del Mephong. Quizá tuvieran sospechas, pero no podían probar nada, y un ultraje como la muerte o la mutilación de un oficial francés en su propio palacio era más de lo que Yuan Li se atrevía a intentar. En aquellos días veraniegos caminaba realmente sobre una fina capa de hielo, y lo hacía con cautela. Sin embargo, había tomado ciertas medidas.

—Tengo la cabeza segura sobre los hombros —replicó a Fournet— . No creo que llegue a decorar vuestras puertas clavada de una pica. Así pues, ¿no vas a hablar?
—¡Desde luego que no!

Las palabras del teniente Fournet eran tan firmes como su mandíbula.

—Claro que lo harás. ¡Wang!
—¡Sí, magnánimo!
—Otros cuatro guardias. Asegurad al prisionero.

Wang dio una palmada. Al instante, otros cuatro hombres semidesnudos entraron en la sala; dos de ellos se arrodillaron y cogieron a Fournet de las piernas; otro rodeó con sus musculosos brazos la cintura del teniente y el último permaneció al lado, con un garrote en la mano, como reserva en caso de..., ¿qué?

Los dos primeros guardianes seguían aferrando los brazos de Fournet. Ahora, cogido por tantas y tan poderosas manos, estaba inmóvil, totalmente impotente, como una estatua viviente.

Yuan Li, el mandarín, volvió a sonreír. Quien no le conociera habría pensado que su sonrisa reflejaba una ternura infinita, una compasión divina. Hizo sonar una campanilla que estaba a su lado. Inmediatamente, por la puerta más alejada, entraron dos servidores que conducían a una persona cubierta por un velo, una mujer vestida con ropas oscuras. A una orden de Yuan Li, ásperas manos apartaron el velo a un lado, revelando, extenuada entre los impasibles servidores que la sujetaban, a una encantadora muchacha de apenas veinte años, morena y esbelta, con los grandes y tiernos ojos de un corzo, ojos que se abrieron de súbito al ver al teniente Fournet.

—¡Lily! —exclamó el militar, y sus cinco guardianes le sujetaron con fuerza mientras se debatía—. ¡Maldito demonio! —le gritó a Yuan Li —. Si le tocas a esta muchacha un solo pelo, te juro por la santa Virgen de Yvelot que te asaré vivo en las llamas de tu propio palacio. Dios mío, Lily, ¿cómo...?
—Es muy sencillo, mi querido teniente —le interrumpió la sedosa voz del mandarín—. En el norte de Tonkin, todo criado doméstico es uno de mis espías y, naturalmente, sabíamos que usted le tenía afecto a esta mujer. Por eso, cuando supe que se mostraba usted obstinado bajo las pequeñas atenciones de mis hombres, pensé en ir a buscarla. El bungalow de su padre no está lejos del fuerte; como usted sabe, incluso se encuentra en territorio chino. Así que la tarea no resultó difícil. Y ahora...
—¡André! ¡André! —gritó la muchacha, debatiéndose a su vez para zafarse de los servidores—. Sálvame, André. Estos bestias...
—No temas, Lily —replicó André Fournet—. No se atreverán a hacerte daño, igual que a mí. Fanfarronean.
—¿Lo ha considerado bien, teniente? —preguntó el mandarín en tono suave—. Usted, naturalmente, es un oficial francés. El brazo de Francia, que es un brazo largo y que no perdona, se estirará para coger a sus asesinos. No quieran los dioses que ese brazo me alcance, a mí y a los míos. Pero esta muchacha, ¡ah, es diferente!
—¿Diferente? ¿Qué quiere decir? Esta muchacha es una ciudadana francesa.
—Creo que no, mi buen teniente Fournet. Es cierto que en sus tres cuartas partes tiene sangre francesa, pero su padre es medio chino, y es un ciudadano de China. Ella reside en este país... Me temo que la justicia francesa no estará dispuesta a vengar su muerte con tanta prontitud como la de usted. En cualquier caso, es un riesgo que pienso correr.

La sangre de Fournet pareció helársele en las venas. ¡El sonriente demonio tenía razón! Lily, su encantadora y blanca Lily, cuya única señal de sangre oriental era la oblicuidad tan atractiva de sus grandes ojos, no tenía derecho a la protección de la tricolor. ¡Señor, qué posición la suya! Tenía que elegir entre traicionar a su bandera, su regimiento, sus camaradas, todos los cuales morirían, o ver a su Lily asesinada ante sus propios ojos.

—Bien, teniente Fournet, creo que ahora nos entendemos —siguió diciendo Yuan Li, tras una breve pausa para que todo el horror de la situación embargara el alma del prisionero—. Supongo que ahora será capaz de recordar los datos de ese puesto avanzado...

Fournet miró al hombre en tenso silencio, pero las palabras habían proporcionado a la sagaz Lily una clave de la situación, que al principio apenas había comprendido.

—¡No, no, André, no se lo digas! — gritó —. ¡ Prefiero morir a que seas un traidor! Mira, estoy dispuesta.

Fournet echó atrás la cabeza, recuperada su vacilante resolución.

—¡Esta muchacha hace que me avergüence! ¡Mátala si debes hacerlo, Yuan Li, y si Francia no la venga, yo lo haré! ¡Pero no seré un traidor!
—No creo que ésa sea su última palabra, teniente —susurró entonces el mandarín—. Si fuera a estrangular a la chica, sí, quizá. Pero primero debe gritar pidiéndole ayuda, y cuando usted oiga gritar en su agonía a la mujer que ama, quizá entonces olvidará esos nobles gestos heroicos.

Volvió a batir palmas, y de nuevo unos silenciosos servidores entraron en la sala. Uno de ellos llevaba un braserillo con carbones encendidos; otro sostenía una pequeña jaula de gruesa tela metálica, dentro de la cual algo se movía horriblemente, y un tercero llevaba un cuenco de cobre con asas a cada lado, al que estaba adherida una faja de acero que brillaba a la luz del sol. A Fournet se le erizó el vello de la nuca. ¿Qué horror les esperaba ahora? Algo en su interior le advertía de que lo que iba a ocurrir sería tan maligno que ningún hombre mortal podría concebirlo. Los ojos del mandarín parecieron brillar súbitamente con fuegos infernales. ¿Era realmente un hombre o un demonio?

Tras una áspera palabra en algún dialecto de Yunnan que Fournet desconocía, los sirvientes tendieron a la muchacha en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos, en una postura de penoso desamparo, sobre una magnífica alfombra con el dibujo de un pavo real. Otra palabra de los delgados labios del mandarín y desgarraron ásperamente las ropas de la parte superior del cuerpo de la muchacha. Yacía blanca y silenciosa sobre la espléndida alfombra, sus ojos todavía fijos en los de Foumet: guardaba silencio para que sus palabras no destruyeran la resolución del hombre al que amaba. Fournet se debatía furiosamente con sus guardianes, pero eran cinco hombres fuertes y le tenían bien sujeto.

—¡Recuerda, Yuan Li! —jadeó—. ¡Pagarás por esto! ¡Maldita sea tu alma amarilla!

El mandarín hizo caso omiso de la amenaza.

-Adelante —les dijo a los servidores—. Observe cuidadosamente lo que estamos haciendo, Monsieur le Lieutenant Fournet. Verá primero que atan las muñecas y los tobillos de la muchacha a postes y muebles pesados, adecuadamente colocados para que no pueda moverse. ¿Se pregunta usted por la resistencia de la cuerda, por el número de vueltas que le damos para sujetar a una persona tan frágil? Le aseguro que serán las necesarias. Bajo el cuenco de cobre, he visto a un débil viejo liberar su muñeca de una cadena de hierro.

El mandarín hizo una pausa; ahora la muchacha estaba tan bien atada que apenas podía mover un músculo de su cuerpo. Yuan Li contemplaba los preparativos.

—Bien hecho —aprobó—. Sin embargo, si libera alguno de sus miembros, el hombre que se lo haya atado sufrirá una hora bajo las varas de bambú. ¡Ahora, el cuenco! Dejadme verlo.

Tendió una mano delgada. Un sirviente le ofreció respetuosamente el cuenco, con su colgante faja de acero flexible. Fournet, que observaba con los ojos rebosantes de temor, vio que la faja tenía un cierre, adaptable a diversas posiciones. Era como un cinturón, una correa.

—Muy bien —asintió el mandarín, haciendo girar el objeto entre sus dedos, casi acariciándolo—. Pero me estoy adelantando, quizá el teniente y la joven no están familiarizados con este pequeño dispositivo. Permítanme que se lo explique, o más bien que se lo demuestre. Coloca el cuenco en su sitio, Kan-Su. No, no, esta vez sólo el cuenco.

Otro servidor que se había adelantado, regresó a su rincón. El hombre llamado Kan-Su cogió el cuenco, se arrodilló al lado de la muchacha, pasó la faja de acero por debajo de su cuerpo y situó el cuenco, con el fondo hacia arriba, sobre su abdomen desnudo, tirando del cinto hasta que el borde del recipiente apretó la suave carne. Entonces, accionó el cierre, haciendo así que el cuenco quedara firmemente en su lugar mediante la correa de acero adherida a las asas y que rodeaba la cintura de la muchacha. El sirviente se levantó y, cruzado de brazos, permaneció en silencio.

Fournet se estremeció de horror. Durante todo este tiempo Lily no había dicho una sola palabra, aunque el apretado cinto y la presión del borde circular del cuenco debían de haberle causado considerable dolor. Pero ahora habló, y lo hizo con valentía.

—No cedas, André —le dijo—. Puedo soportarlo. No me..., ¡no me duele!
—¡Dios! —gritó André Fournet, que en vano continuaba debatiéndose contra las manos amarillas que le atenazaban.
—¡No duele! —El mandarín repitió las últimas palabras de la muchacha—. Bueno, quizá no, pero de todos modos se lo quitaremos. Debemos ser misericordiosos.

A su orden, el servidor levantó el cuenco y la correa. Un círculo de un color rojo intenso apareció en la piel blanca del vientre de la muchacha, allí donde había descansado el borde.

—Me temo que siguen sin comprender, Mademoiselle y Monsieur —siguió diciendo el mandarín—. Ahora hemos de aplicar el cuenco de nuevo, y cuando lo hagamos, pondremos en su interior... ¡Esto!

Con un rápido movimiento del brazo, arrebató del sirviente que estaba en el rincón la jaula metálica, y la alzó para que le diera la luz del sol. Las miradas de Fournet y Lily se fijaron horrorizadas en la jaula, pues en su interior, que ahora veían claramente, se movía una gran rata gris, una rata bigotuda, de ojos como cuentas de vidrio, inquieta, escabrosa, sus blancos dientes en forma de cincel brillantes a través de la tela metálica.

—¡Dieu de Dieu! —exclamó Fournet.

La mente del oficial francés se negaba a comprender el pleno significado del terrible destino que le esperaba a Lily; sólo podía mirar al inquieto roedor, mirar y mirar...

—Estoy seguro de que ahora comprende —ronroneó el mandarín—, La rata bajo el cuenco..., observe el fondo del recipiente y vea el pequeño reborde. Ahí ponemos el carbón encendido, el cobre se calienta, el calor es enorme, la rata no puede soportarlo, y sólo tiene un modo de escapar: ¡roe su camino a través del cuerpo de la dama! ¿Qué me dice ahora del puesto de avanzada, teniente Fournet?
—¡No, no, no! —exclamó Lily—. ¡No lo harán! Tratan de asustarnos. Son seres humanos, y los hombres no pueden hacer cosas así. Cállate, André, cállate, pase lo que pase. ¡No dejes que te venzan! ¡No permitas que hagan de ti un traidor!

A una señal del mandarín, el servidor con el cuenco se aproximó de nuevo a la muchacha semidesnuda. En esta ocasión también se adelantó el hombre de la jaula. Diestramente, introdujo una mano, evitó los dientes de la alimaña y la agarró por el cogote. Colocaron el cuenco en posición. Fournet luchó desesperadamente para liberarse... ¡Si sólo pudiera disponer de un brazo y hacerse con algún arma! De pronto, Lily lanzó un grito ahogado. Habían introducido la rata bajo el cuenco.

Se oyó un ruido metálico: el cierre del cinturón de acero. Ahora amontonaban las brasas sobre el fondo del cuenco, colocado al revés, mientras Lily se retorcía en sus ligaduras al notar el horroroso contacto de la rata, bajo aquel cuenco demoníaco, sobre su piel desnuda. Uno de los servidores entregó un pequeño objeto al impasible mandarín.

Yuan Li lo levantó para mostrarlo. Era un llavín.

—Esta llave, teniente Fournet, abre el cinto de acero que mantiene el cuenco en su sitio. Es suya, como recompensa por la información que necesito. ¿No va a ser razonable? ¡Pronto será demasiado tarde!

Fournet miró a Lily. Ahora la muchacha estaba quieta, había dejado de debatirse; si no tuviera los ojos abiertos, el teniente la habría creído desmayada. El carbón al rojo brillaba sobre el fondo del cuenco de cobre, y bajo su superficie tallada, Fournet podía imaginar a la gran rata gris moviéndose sin cesar, dando vueltas, buscando una escapatoria a aquel calor creciente y, al final, hundiendo los dientes en aquella piel blanca y suave, royendo, ahondando desesperadamente...

¡Dios!

¡Su deber..., su bandera..., su regimiento..., Francia! El joven subteniente Pierre Desjardins, el joven y alegre Fierre, y veinte hombres, que serían sorprendidos y asesinados horriblemente, algunos torturados, por una abrumadora horda de bandidos diabólicos, y todo por su traición. En lo más profundo de su corazón sabía que no podía hacerlo.

Tenía que ser fuerte y mantener su firmeza. Si pudiera ser él quien sufriera en lugar de Lily..., la pequeña y adorable Lily, la valiente Lily que jamás había hecho daño a nadie. Un grito terrible se expandió por la sala.

André se volvió, horrorizado, y vio que el cuerpo de Lily se tensaba y arqueaba sobre la alfombra, parecía a punto de arrancar las ligaduras que lo sujetaban. Vio lo que antes le había pasado desapercibido: una pequeña muesca en el borde del cuenco. Por la abertura y sobre la blanca superficie del cuerpo arqueado de la muchacha, corría un pequeño reguero de sangre. La rata había atacado.

Entonces, algo estalló en el centro de André y se volvió loco. Con la fuerza que les es dada a los dementes, apartó el brazo derecho del guardián que lo retenía, se soltó y descargó los puños contra el rostro del hombre. El guardián del garrote saltó adelante sin cautela; un momento después, André tenía el arma y golpeaba a su alrededor con la furia de un poseso. Tres guardianes cayeron al suelo antes de que Wang desenvainara su espada e interviniera en la pelea.

Wang era un soldado capaz y bien adiestrado. Acero contra madera, golpeó, acometió y paró las embestidas de su contrincante durante un momento y, finalmente, obtuvo la recompensa de su estrategia. Los otros dos guardianes, a los que había hecho una señal, y un par de servidores se arrojaron contra la espalda de Fournet y le derribaron rugiendo al suelo.

La muchacha gritó de nuevo, quebrando los sonidos más ásperos de la batalla. Incluso en su locura, Fournet la oyó. Y al mismo tiempo, la empuñadura de un cuchillo que pendía del cinto de un servidor rozó su mano. Lo cogió y acometió salvajemente: un hombre gritó; el peso sobre la espada de Fournet se hizo más liviano, y la sangre se deslizó sobre su cuello y sus hombros. Golpeó de nuevo, se liberó de la carga y vio que un hombre agonizaba con la garganta abierta, mientras otro, con las dos manos en la ingle, se retorcía en el suelo, en silenciosa agonía.

André Fournet hincó la rodilla en el suelo y se impulsó como una pantera hacia la garganta del capitán Wang. Los dos hombres cayeron al suelo y rodaron un trecho. Las armas de Wang tintineaban contra las losas. Un cuchillo se alzó y penetró en la carne.

Con un grito de triunfo, André Fournet se puso en pie, su terrible cuchillo en una mano y la espada de Wang en la otra.

Gritando, los restantes servidores huyeron ante aquel hombre enloquecido. Yuan Li, el mandarín, se quedó solo frente a aquella encarnación de la venganza.

—¡ La llave!

Fournet lanzó la orden con voz ronca; en su cerebro enfebrecido sólo había espacio para un pensamiento: «¡La llave, demonio amarillo!».

Yuan Li retrocedió un paso, hacia una tronera, a través de la cual todavía soplaba dulcemente la brisa de la tarde, con su aroma a jazmín. El palacio estaba construido en el borde de un precipicio; bajo el saledizo de la tronera había una altura de quince metros hasta las rocas y los bajíos del Mephong superior. Yuan Li sonrió una vez más, sin que su calma se alterase.

—Me has vencido, Fournet —le dijo—, pero también yo te he vencido. Te deseo alegría en tu victoria. Aquí está la llave.

Levantó el objeto en la mano, y cuando André se abalanzó gritando, Yuan Li dio media vuelta, avanzó hasta el reborde de la tronera y, sin decir nada más, se lanzó al vacío, llevándose consigo la llave. Su cuerpo se estrelló contra las rocas, tiñéndolas de rojo, y las aguas del turbulento Mephong se cerraron para siempre sobre la llave del cuenco de cobre. André corrió al lado de Lily. La sangre ya no corría desde el borde del cuenco, y la muchacha permanecía muy quieta y muy fría...

¡Dios! ¡Estaba muerta!

En el torturado pecho no latía su corazón. En vano, André tiró del cuenco y del cinto de acero, tiró con los dedos ensangrentados, con los dientes rotos, con furia. En vano. No pudo moverlos. Y Lily estaba muerta. ¿O no lo estaba? ¿Qué era aquello? Oyó un latido en el costado de la muchacha, un latido fuerte, cada vez más fuerte...  ¿Había aún esperanza? El enloquecido Fournet empezó a frotarle el cuerpo y los brazos. ¿Podría revivirla? Sin duda, no estaba muerta... ¡No podía estar muerta! Seguía oyendo el latido... Era extraño que sólo lo oyera en un lugar: en el blanco y suave costado, bajo la última costilla.

Besó sus fríos e insensibles labios.

Cuando levantó la cabeza, el latido había cesado. En el lugar donde lo había oído, la sangre brotaba perezosamente, sangre oscura, fluyendo como un horror purpúreo.

Y, desde el centro del costado de la muchacha, salía la cabeza gris y puntiaguda de la rata, su hocico goteando sangre y fragmentos de entrañas, sus ojillos brillantes como cuentas de vidrio mirando al hombre que farfullaba y echaba espuma por la boca.

Una hora después, sus camaradas encontraron a André Fournet y a Lily, su amada. El torturado maniaco llorando sobre la muerta torturada.

Pero a la rata gris no la encontraron jamás.

George Fielding Eliot (1894-1971)




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El resumen del cuento de George Fieldig Eliot: El cuenco de cobre (The Copper Bowl) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com