«La Gorgona»: Clark Ashton Smith; relato y análisis


«La Gorgona»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




La Gorgona (The Gorgon) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de abril de 1932 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1944: Mundos perdidos (Lost Worlds).

La Gorgona, uno de los grandes cuentos de Clark Ashton Smith, reinterpreta un antagonismo clásico de los mitos griegos: Perseo y Medusa, una de las tres Gorgonas: mujeres temibles con poderes extraordinarios, en el caso de Medusa, convertir en piedra a todo aquel que la mirara.

En esta versión del mito de Clark Ashton Smith el encuentro se produce en la ciudad de Londres, en pleno siglo XX; donde el narrador conoce a un misterioso anciano, quien asegura haberle ganado la cabeza de la Medusa el propio Perseo, aquel héroe que logró vencer a la gorgona utilizando el reflejo de su escudo como espejo, y de ese modo no mirarla directamente.

Quizás el aspecto más interesante de La Gorgona es la alternativa que emplea Clark Ashton Smith para explicar por qué todo aquel que ve la cabeza de Medusa queda convertido en piedra. Después de todo, quizá los hombres se petrifican ante ella debido a su sobrenatural belleza.




La Gorgona.
The Gorgon, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Y, aún así, es menos el espanto que la gracia
lo que convierte en piedra al espíritu que la contempla.
(Shelley)


No tengo ninguna intención de que alguien crea mi relato. Si fuera el de otro, quizás yo mismo me sentiría incrédulo. La narro aquí con la esperanza de que esa simple acción, la simple articulación en en palabras de esta macabra aventura, sirva para aliviar mi mente de su peso execrable. Han habido momentos en los que sólo el grosor de un cabello me ha separado de la locura; ya que el espantoso conocimiento, las memorias ennegrecidas por el horror que he guardado por tanto tiempo, nunca fueron concebidas para ser soportadas por el intelecto humano.

Esta es una confesión singular, sin duda, para alguien habituado a los horrores. Las cosas mortales, malignas, que acechan en el laberinto de la existencia, han ejercido una fascinación profana y poderosa sobre mí. Las he buscado y observado como alguien que contempla los fatales ojos del Basilisco en un espejo; o como un sabio que manipula venenos corrosivos en su laboratorio. Ellas nunca me habían mostrado la más leve insinuación de amenaza. He investigado muchas pistas de lo espectral, lo fantasmagórico, en laberintos en los cuales otros hubiesen retrocedido con precaución. Ahora deseo que hubiese existido una atracción, un laberinto, que mi curiosidad no hubiese explorado.

Más increíble es el hecho de que todo ocurrió en Londres, en el siglo XX. El puro anacronismo del suceso me ha hecho dudar de la veracidad del tiempo y el espacio; como si hubiese vagado a través de dimensiones desconocidas. Nunca he sido capaz de reorientarme, de estar seguro de que no me extravié en otras épocas, en otras tierras que aquellas registradas por la cronología y la geografía del presente. Tengo una continua necesidad de muchedumbres modernas, de luces brillantes, de risas, para sentirme seguro; y siempre estoy temeroso de que tales cosas sean apenas una barrera insustancial; que tras ellas yazga el reino del antiguo e inmemorial horror que tuve ocasión de observar. Constantemente siento que el velo se disolverá, de un momento a otro, dejándome cara a cara con aquello que temo.

No hay necesidad de detallar los eventos que me trajeron a Londres. Baste decir que he padecido un gran dolor, la muerte de la única mujer que he amado. He viajado como otros lo han hecho para olvidar, para buscar distracción entre las novedades de escenarios extranjeros; y he permanecido mucho tiempo en Londres porque su vastedad, su niebla, sus muchedumbres, y el inagotable laberinto de calles, eran de alguna manera similares al olvido. No puedo decir cuánto tiempo estuve en la ciudad. El tiempo significaba poco para mí, excepto como una tortura. No le presté atención a su curso. Es difícil recordar lo que hice, los sitios en los que estuve, porque todas las cosas fueron tragadas por la monotonía.

No obstante, mi encuentro con el anciano es tan claro como cualquier impresión presente; o quizás más. Entre las débiles memorias de ese periodo, está grabado a fuego. No puedo recordar el nombre de la calle en donde lo vi; pero no estaba muy lejos de la Strand, y se encontraba llena de gente al cerrar la tarde, debajo de un cielo de elevada niebla a través de la cual el sol no había penetrado en semanas. Yo caminaba sin sentido, entre rostros apresurados que no significaban nada para mí. Mis pensamientos eran vacíos, inmateriales, ociosos.

En esos días había retomado mi búsqueda por los misterios más oscuros de la existencia. Me encontraba sin ninguna expectativa, sin ninguna anticipación de nada excepto la diaria monotonía de las calles. Entonces, de esa anónima masa de humanidad el anciano se me presentó con el repentino terror de una aparición; y no hubiese podido jurar desde qué dirección había venido.

No era inusual, al menos en complexión y estatura, aparte de rigidez con la que se mantenía a pesar de su extrema y manifiesta edad. Tampoco su vestimenta era fuera de lo común, excepto por el hecho de que ella también era excesivamente vieja, y parecía exhalar un aire venerable, más grande de lo que dejaba suponer tanto su diseño como su fabricación. No fueron esto, sino su fisonomía, lo que electrificó mis soñolientas facultades en una atención sumida en el asombro. Con la palidez mortal de sus agrietadas facciones, con sus barbas y cabellos largos, rizados, blancos como el vapor tocado por la luna, con sus ojos que brillaban en sus hundidas cuencas, como carbones ardiendo en cavernas subterráneas, el anciano hubiese servido como un modelo viviente de Caronte, el barquero que transporta a los muertos hacia el Hades a lo largo de la silenciosa Estigia.

Parecía haber llegado desde tiempos antiguos; y la extraña impresión que me dejó no fue en nada modificada por su traje. Presté tan poca atención a este que, posteriormente, no podía recordar sus detalles; si bien me parece que el color predominante era el negro, que había comenzado asumir el gris del tiempo, y sugería el plumaje de algún ave siniestra. Mi estupor fue incrementado cuando me di cuenta de que nadie más entre la muchedumbre parecía notar nada inusual acerca de él; sino que todos continuaban su camino como si nada; a lo sumo, con el breve escrutinio que cualquiera le dispensaría a un viejo méndigo.

En cuanto a mí, estaba petrificado por un terror que no podría definir. El anciano también se había detenido; y vi que ambos estábamos un poco separados del trayecto de la multitud, que avanzaba pendiente de sus propios asuntos. Comprendiendo que había llamado mi atención, y percibiendo el efecto que había ejercido sobre mí, el anciano se acercó, sonriendo con una horrible malevolencia. Hubiese podido retroceder; pero estaba privado de cualquier movimiento. Justo a mi lado, y observándome con la mirada de sus orbes oscuros, me habló en en un tono tan bajo que no hubiese podido ser escuchado por ningún transeúnte:

—Puedo ver que sientes atracción por el horror. El oscuro y espantoso secreto de la muerte, los igualmente siniestros misterios de la vida, atraen tu interés. Si no te importa venir conmigo, te mostraré algo especial. Habrás de contemplar la cabeza de Medusa con sus rizos de serpientes: la misma cabeza que fue cortada por la espada de Perseo.

Mi asombro no conoció límites frente a esas palabras, proferidas con un acento que parecía ser escuchado por la mente y no por el oído. De alguna forma —por increíble que pueda parecer— nunca estuve del todo seguro del idioma en que me habló: pudo haber sido inglés, pudo haber sido griego, el cual comprendo perfectamente. Las palabras penetraron mi entendimiento sin dejar ningún sentido definitivo de su verdadero sonido o su naturaleza lingüística.

Y sobre la voz misma, sólo sé que únicamente podría haber emanado de los labios de Caronte. Era gutural, profunda, maligna, con un eco de golfos insondables y grutas inaccesibles para el sol. Por supuesto, mi razón luchó por descartar los inenarrables sentimientos que se apoderaron de mí. Me dije que todo aquello era fruto de la imaginación; que el hombre era alguna clase de lunático, o simplemente un embaucador, un extravagante que adoptó este método para llamar la atención. Pero su aspecto y sus palabras eran de una rareza nigromántica; ellas parecían prometer aquello que había buscado en otros tiempos.

Le respondí del siguiente modo:

—En efecto, querría ver la cabeza de Medusa. Pero entiendo que sería mortal mirarla; que aquellos que la contemplaron fueron convertidos en piedra.

—Eso puede ser evitado. Te proporcionaré un espejo: y si eres verdaderamente cuidadoso, y logras contener tu curiosidad, la podrás ver incluso como la vio Perseo. Pero tendrás que ser muy circunspecto. Ella es tan fascinante que pocos han sido capaces de evitar mirarla directamente. Sí, debes ser cuidadoso.

Su risa era aún más horrible que su sonrisa, y mientras reía, comenzó a tirar de mi manga, con una mano nudosa, la cual pudo muy bien haber sostenido a través de incontables edades los oscuros remos de la barca estigia.

—Ven conmigo, no es muy lejos —siguió—. Nunca tendrás una segunda oportunidad. Soy el propietario de la Cabeza; y no suelo mostrarla. Pero puedo ver que eres uno de los pocos que pueden apreciarla.

Me resulta inexplicable el hecho de que pudiera aceptar su invitación. La personalidad del hombre era aberrante, el sentimiento que me provocaba era una mezcla de irresistible pánico y repugnancia. Con toda probabilidad era un demente; quizás un maniático peligroso. Era una locura ir con él, incluso prestar atención a sus palabras; y, por supuesto, su descabellada declaración concerniente a la cabeza de la Gorgona, era demasiado ridícula para tomarla en serio. Si tal cosa ha existido alguna vez, aún en la Grecia mítica, ciertamente no iba a ser encontrada en la Londres de hoy y en manos de un anciano de aspecto dudoso.

Todo el asunto era delirante, pero aún así fui con él. Estaba bajo el encantamiento del misterio, de lo desconocido, de lo absurdo. No pude negarme más a su oferta de lo que un hombre muerto podía negarse al transporte de Caronte hacia el reino de Hades.

—Mi casa no es muy lejos —me aseguró varias veces mientras abandonábamos las calles atiborradas y nos zambullíamos en un callejón estrecho y oscuro.

Me guió por senderos desconocidos en esa parte de Londres; por lo que me encontré extraviado más allá de toda esperanza. Las casas eran domicilios espantosos, obviamente muy antiguas, intercaladas con algunas mansiones decadentes que sin dudas eran mucho más viejas, como remanentes de alguna ciudad más temprana. Me sorprendió el hecho de que no nos topáramos con nadie, aparte de furtivos rezagados que parecían evitarnos. El aire se había vuelto extremadamente frío, cargado con olores repelentes que de alguna manera servían para reforzar la sensación de frialdad y total vejez.

Sobre nosotros se encontraba un cielo muerto, con su catafalco de un gris opresivo. No pude recordar las calles que atravesamos, a pesar de que estoy seguro de que debí haber recorrido esa sección de la ciudad anteriormente. Me parecía que el anciano me estaba guiando a un insoluble laberinto de irrealidad, de decepción, de incertidumbre, donde nada era normal, familiar o incluso real.

El aire se oscureció, a pesar de que aún faltaba una hora de sol. Bajo este crepúsculo precipitado arribamos a nuestro destino. Era una de las mansiones dilapidadas que pertenecía a un periodo que era incapaz de nombrar a pesar de mis amplios conocimientos de arquitectura. Se alzaba un poco retirada; y mucha de la penumbra prematura parecía adherirse a sus paredes y ventanas. Me impresionó; si bien nunca he estado lo bastante seguro acerca de sus verdaderas dimensiones: tampoco puedo recordar los detalles de su fachada aparte de la pesada y alta puerta frente a una escalera extrañamente degastada por el andar de incontables generaciones.

La puerta se abrió sin sonido bajo los dedos nudosos del ancianoa. Me encontré en un pasillo alto, iluminado por lámparas de plata. Me pareció que había antiguas cortinas y vasijas; así como un piso de mosaico; pero las lámparas son lo único que recuerdo claramente. Ardían con unas llamas blancas, perpetuamente quietas y heladas. Pensé que siempre habían ardido de esa manera, sin estremecerse, sin ser alimentadas, a través de una gélida eternidad cuyos días no eran diferentes de sus noches.

Al final del pasillo penetramos en un salón, cuyos muebles recordaban más el periodo clásico. En el lado opuesto había una puerta abierta, que conducía a un segundo salón atiborrado de estatuas; pues podía ver las siluetas de figuras estáticas, parcialmente iluminadas por lámparas ocultas.

—Toma asiento —dijo mi anfitrión indicándome un lujoso mueble—. Te mostraré la cabeza en unos minutos; pero la prisa es innecesaria.

Obedecí. El anciano se veía más pálido, más viejo, bajo la fría luz de la lámpara. Percibí un vigor antinatural, una diabólica vitalidad, la cual era terriblemente incongruente con su extrema edad. Temblé por algo más que el frío húmedo de la mansión. Por supuesto, aún sentía que la invitación era una especie de truco. Pero las circunstancias en la que me encontraba eran anormales e inexplicables. Sin embargo, reuní el suficiente coraje como para hacer algunas preguntas:

—Estoy sorprendido de descubrir que la cabeza de la Gorgona ha sobrevivido hasta los tiempos modernos. A menos que la curiosidad sea una impertinencia, ¿no me revelaría usted cómo la llegó a poseer?

—¡Ja, ja! —rio el anciano con una espantosa mueca—. Eso es fácil de responder: le gané la cabeza a Perseo en un juego de dados, ya estando en una extrema vejez.

—Pero, ¿cómo es eso posible? —exclamé—. Perseo vivió hace miles de años.

—Sí, de acuerdo a tu concepto. Pero el tiempo no es simplemente lo que tú crees que es. Existen atajos, saltos, desviaciones entre las edades. También veo que te sorprende que la cabeza esté aquí. Pero Londres después de todo es sólo un nombre; y existen cambios, abreviaciones e intercambios de espacio así como de tiempo.

Estaba estupefacto por aquel razonamiento, si bien me vi forzado a admitir internamente que no carecía de cierta lógica.

—Entiendo el punto. Y ahora, por supuesto, ¿me mostrará la cabeza de la Gorgona?

—En un momento. Pero debo advertirte nuevamente que tengas cuidado; y también, que te prepares para su excesiva y abrumadora belleza, no menor a su horror. El peligro yace, como bien podrías imaginar, en la calidad de lo primero.

Abandonó el salón pero regresó pronto, sosteniendo entre sus manos un espejo de metal. Su superficie era muy pulida y reflectante, semejante al cristal; pero el respaldo y la agarradera, con sus extraños tallados de figuras iguales a Laoconte, retorciéndose en una agonía innombrable, eran negras con el empañamiento de siglos. Bien podría ser el mismo espejo empleado por Perseo. El anciano lo colocó en mis manos.

—Sígueme —dijo, y se volvió hacia la puerta abierta a través de la cual vi el grupo de estatuas—. Mantén tus ojos en el espejo —agregó— y no mires más allá de él. Te encontrarás en gran peligro tan pronto penetres en esta habitación.

Él me precedió, mirando hacia atrás con vigilantes orbes de fuego maligno. Con mis ojos fijos en el espejo, lo seguí.

La habitación era inesperadamente grande; y estaba alumbrada por muchas lámparas que colgaban de cadenas forjadas de plata. A primera vista, pensé que estaba llena de estatuas de piedra, algunas de ellas paradas con posturas de doloroso rigor, y otras yaciendo sobre el piso en eternas contorsiones de agonía. Entonces, moviendo el espejo un poco, vi que había un espacio despejado por donde se podía caminar, y que contenía una especie de altar. No podía verlo en su totalidad, pues el anciano se encontraba en ese momento obstruyendo la visión del espejo. Pero las figuras a mi lado, a las cuales me atreví a mirar sin la mediación del espejo, eran suficientes para absorber mi atención por el momento.

Todas ellas eran de tamaño natural y ofrecían la mezcla más singular de periodos históricos. Y aún así, pareciera como si todas ellas, por la semejanza de su oscuro material, una especie de mármol negro, y el uniforme realismo y la verosimilitud de su técnica, hubiesen sido esculpidas por las mismas manos. Había muchachos y hombres barbados a la usanza de Grecia, monjes medievales, caballeros en armaduras, había soldados, académicos, grandes damas del Renacimiento y de la Restauración. Había personas de los siglos XVIII, XIX y XX. Y en cada músculo estaba impreso un indecible sufrimiento, un inenarrable temor.

El anciano se colocó a mi lado, contemplándome con una malicia demoniaca.

—Estás admirando mi colección —dijo—. Y puedo ver que te encuentras impresionado por su realismo. Pero quizás ya has adivinado que las estatuas son idénticas a sus modelos. Estas fueron las desafortunadas personas que no se sintieron conformes con ver a Medusa sólo en el espejo. Les advertí, de la misma manera que te he advertido a ti, pero la tentación fue demasiado para ellos.

No pude decir nada. Mis pensamientos eran presas de la consternación y el asombro. ¿Era cierto todo aquello? ¿Poseía realmente alguna cosa tan imposible como la cabeza de la Gorgona? Las estatuas se asemejaban demasiado a la vida, demasiado verídicas en sus características, en sus poses que conservaban un temor letal, con sus rostros marcados por un tormento subyacente. Ningún escultor humano pudo esculpirlas, o pudo haber reproducido las fisonomías y las vestimentas con una fidelidad tan consumada y atroz.

—Ahora —dijo mi anfitrión—, habiendo visto a los que fueron vencidos por la belleza de Medusa, es tu turno de contemplar a la Gorgona.

Se apartó mirándome fijamente, y vi en el espejo de metal la totalidad de ese extraño altar que su cuerpo me había ocultado parcialmente. Estaba cubierto con una tela negra y fúnebre; y a ambos lados había lámparas ardiendo con sus altas y heladas llamas; en el centro, sobre una ancha bandeja de plata, se encontraba la Cabeza, incluso como la habían descrito los mitos antiguos, con serpientes arrastrándose y alzándose.

¿Cómo delinear, o incluso sugerir, lo que está más allá del alcance de la imaginación humana? Vi en el espejo un rostro de inexplicable y radiante palidez; un rostro muerto donde se derramaba la luminosa y ciega gloria de la corrupción celeste. Con unos ojos intolerables, sin párpadoss, con labios agrietados en una sonrisa agonizante, era encantadora, siniestra, más allá de cualquier visión jamás concedida a un místico o artista, y la luz que emanaba de sus facciones era la luz de mundos que yacían demasiado profundos, o elevados, para la percepción mortal.

Por largo rato miré el espejo, con el asombro tembloroso del que contempla el semblante desvelado del último misterio. Estaba fascinado hasta centro de mi ser; pues eso que veía era la muerte. Quise, a pesar de que no me atreví, volverme y alzar mis ojos a la realidad cuyo mero reflejo era un fatal esplendor. El anciano se acercó; miraba al espejo al tiempo que me echaba ojeadas furtivas.

—¿No es hermosa? ¿No podrías pasarte toda una eternidad contemplándola?¿No deseas mirarla sin la mediación del espejo, que apenas le hace justicia?

Me estremecí.

—¡No! —grité con vehemencia—. Reconozco lo que dices, pero ya no observaré más; no estoy lo suficientemente loco como para convertirme en una estatua de piedra.

Arrojé el espejo en sus manos mientras hablaba y me volví para marcharme, impulsado por un acceso de abrumador temor. Temía el encanto de Medusa; y abominé de ese antiguo mal con una repugnancia. El espejo se estrelló contra el suelo, pues el anciano lo dejó caer al tiempo que saltó sobre mí con una agilidad felina. Me aferró con sus manos nudosas, y si bien percibí su vigor sobrenatural, no estaba preparado para la fuerza demoniaca con la cual me arrojó sobre el altar.

—¡Mira, mira! —chilló, y su voz era como la de un demonio que urgiera a un condenado hacia algún abismo más profundo de perdición.

Instintivamente había cerrado los ojos, pero incluso a través de mis párpados sentía la ardiente radiación. Creía implícitamente en la suerte que correría si me atrevía a mirar cara a cara a Medusa. Luché impotentemente contra el agarre que me sostenía; y concentré toda mi voluntad en evitar que mis párpados se abrieran aun al grosor de una pestaña.

De repente mis brazos fueron liberados y sentí los diabólicos dedos en mi frente, moviéndose con presteza para encontrar mis ojos. Sabía cual era su propósito, y sabía también que el anciano debió haber cerrado sus propios ojos para evitar la condena que diseñó para mí.

Me deshice de él, me volví, luché con él; y peleamos frenéticamente mientras intentó darme la vuelta con un brazo y desgarrar mis párpados cerrados con su otra mano. Joven como yo era, y musculoso, no era contrincante para él, y me deslicé lentamente hacia el altar con mi cabeza inclinada hacia atrás hasta que mi cuello estuvo a punto de romperse, en un vano esfuerzo por evitar el tanteo de sus dedos de hierro. Un momento más y él habría triunfado; pero el espacio en el cual luchábamos era estrecho, y él me había empujado contra una fila de figuras de piedra, algunas de las cuales estaban tiradas en el piso.

Debió haber tropezado, ya que cayó con un grito salvaje, desesperado, liberándome mientras lo hacía. Lo escuché golpear el piso con un impacto singularmente pesado; como de algo más duro, masivo y pesado que el cuerpo humano.

Esperé de pie con los ojos todavía cerrados; pero ningún sonido o movimiento vino de parte del anciano. Inclinándome hacia el piso, me atreví a mirar con los párpados medios abiertos. El viejo yacía a mis pies, junto a la figura con la cual tropezó; no necesité una segunda mirada para reconocer en todos sus miembros, en todos sus contornos, la misma rigidez y el mismo horror que caracterizaba las otras estatuas. Como ellas, él había sido convertido instantáneamente. Al caer, había vista el rostro mismo de Medusa, de la misma forma que sus víctimas lo habían visto.

De alguna forma, sin echar una mirada atrás, huí de la habitación y encontré el camino de salida de esa horrible mansión, busqué perderla de la vista y la memoria a través de misteriosos callejones medio desiertos, que se encontraban en ninguna parte de Londres.

El frío antiguo de la muerte pendía sobre mí; colgaba de las redes de crepúsculos intemporales a lo largo de esos irreconocibles caminos, alrededor de esas casas innominables; me siguió mientras avanzaba. Pero, al fin, a causa de un milagro que desconozco, salí a una calle familiar, donde las personas se reunían bajo la luz del atardecer, y no había frialdad en el aire a excepción de la niebla que lentamente descendía.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


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El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: La Gorgona (The Gorgon), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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