«El que pisa el polvo»: Clark Ashton Smith; relato y análisis


«El que pisa el polvo»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




El que pisa el polvo (The Treader of the Dust) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de agosto de 1935 de revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en numerosas antologías; entre ellas: El ciclo Klarkash-Ton (The Klarkash-Ton Cycle), donde se repasa la extensa colaboración de Clark Ashton Smith en los Mitos de Cthulhu.

El que pisa el polvo, uno de los grandes relatos de Clark Ashton Smith, introduce a otra criatura abominable de los Mitos de Cthulhu: Quachil Uttaus, especie de polvo cósmico capaz de reducir a cenizas a todo el tejido vivo que entre en contacto con él.

En parte, esta criatura es similar a Ubbo-Sathla, otro ser de la mitología de Clark Ashton Smith. Invocarlo es extremadamente peligroso, tal como se observa en el relato, ya que incluso en un día benévolo Quachil Uttaus es capaz de inducir pensamientos de suicidio en sus seguidores.

También es importante mencionar que El que pisa el polvo incorpora un nuevo libro prohibido a la vasta bibliografía de libros apócrifos de los Mitos de Cthulhu: El testamento de Carnamagos (The Testament of Carnamagos), un volumen demencial, de menor importancia que el Necronomicón, por cierto, pero igualmente peligroso para aquellos que se aventuren en sus páginas.




El que pisa el polvo.
The Treader of the Dust, Clark Ashton Smith (1893-1961)


Los antiguos magos lo conocían, y lo llamaban Quachil Uttaus. Raramente se manifiesta: porque él mora más allá del círculo exterior, en el oscuro limbo fuera del tiempo y del espacio. Mortal es la palabra que le llama,a no ser que permanezca en la mente sin ser pronunciada: porque Quachil Uttaus es la última corrupción; y el instante de su llegada es como el paso de muchas eras; y ni la carne ni la piedra pueden resistir su paso, sino que todas las cosas se desmenuzan átomo sobre átomo bajo el. Y por esto, algunos lo han llamado: El que pisa el polvo.

(El Testamento de Carnamagos)


Fue después de una discusión y un debate interminables consigo mismo, después de muchos intentos para exorcizar la oscura, incorporea legión de sus miedos, que John Sebastian volvió a la casa que tan rápidamente había abandonado. Sólo había estado ausente tres días, pero incluso eso era una interrupción sin precedentes en la vida de reclusión y estudio a la que se había entregado completamente después de haber heredado la vieja Mansión junto con una generosa suma de dinero. En ningún momento hubiera podido definir completamente la razón de su fuga: no obstante, ésta había parecido imperativa. Había habido una horrible urgencia que le había llevado a hacerla; pero ahora, desde que se había propuesto volver, la urgencia había quedado en una mera cuestión de nervios alterados por una dedicación a sus libros demasiado larga y prolongada.

Había imaginado ciertas cosas, pero las imaginaciones eran patentamente absurdas y sin base alguna. Si bien los fenomenos que le habían perturbado no eran en absoluto imaginarios, tenía que haber alguna explicación natural que no se le hubiera ocurrido a su excitada mente hasta ese momento. El repentino amarillear de un cuaderno recientemente comprado, el desmenuzamiento de los bordes de sus hojas, no tenía dudas, se debñian a una latente imperfección del papel; y el extraño descoloramiento de las frases escritas en él, que de la noche a la mañana se habían vuelto apagadas, como escritos antiguos, era claramente el resultado del uso de productos baratos y defectuosos en la tinta.

El aspecto de la fina, quebradiza, agujereada por los gusanos antigüedad que se había manifestado por si misma en ciertos muebles, ciertas partes de la mansión, no era más que la repentina revelación de una oculta desintegración que había apsado inadvertida para él en su asidua dedicación a oscuras pero absorbentes investigaciones. Y era la misma dedicación, con sus años ininterrumpidos de tarea y confinamiento, que había provocado su prematuro envejecimiento; por eso, al haberse mirado en el espejo en la mañana de su huída había quedado tan sobrecogido e impactado como con la aparición de una momia marchita. Como su sirviente, Timmers —bueno, Timmers había sido viejo desde que podía recordar—. Sólo fue la exageración de unos nervios enfermos lo que hizo que hallara en Timmers una decrepitud tan extrema que parecía que podía caer, sin el paso intermedio de la muerte, en la corrupción de la tumba.

De hecho, podía explicar todo lo que le había perturbado sin referencias al salvaje, remoto saber, los sistemas y demonologías olvidados en los que había ahondado. Esos pasajes de El Testamento de Carnamagos, que el había examinado con extraña consternación, eran pertinentes sólo en los horrores evocados por hechiceros locos en eones pasados. Sebastian, firme en sus convicciones, volvió al atardecer a su casa. No tembló ni vaciló mientras cruzaba los campos repletos de pinos y subió rapidamente las escaleras frontales. Pensó, pero no pudo estar seguro, que había signos recientes de dilapidación en las escaleras; y la propia casa, mientras se aproximaba a ella, parecía inclinarse un poco oblicuamente, como por una ruinosa instalación de los cimientos; pero esto, se dijo, era una ilusión producida por la llegada del crepúsculo.

No había lamparas encendidas, pero Sebastian no estaba indebidamente sorprendido por esto, porque sabía que Timmers, dedicado a sus propips asuntos, tendía a estar en la oscuridad como un buho envejecido, mucho después de que hubiera llegado el momento apropiado para encender las lámparas. Por otro lado, Sebastian siempre había sentido aversión a la oscuridad o incluso a las sombras oscuras; y últimamente la aversión se había acrecentado. Invariablemente encendía todas las bombillas de la casa tan pronto como la luz del día empezaba a desvanecerse. Rezongando ahora por la falta de puntualidad de Timmers, empujo la puerta y llegó deprisa al vestibulo para encender la luz.

Puede que por una agitación nerviosa de la que no era dueño, andó a tientas varios minutos sin encontrar el interruptor. La sala estaba extrañamente oscura, y un destello del ceniciento anochecer, que se había dirigido entre altos pinos al portal detrás de él, parecía no poder penetrar en el umbral. No podía ver nada; era como si la noche de eras muertas hubiera morado en ese vestíbulo; y sus fosas nasales, mientras permanecía buscando a tientas, fueron asaltadas por un seco resquemor como de polvo ancestral, un olor como de cadaveres y feretros indistinguible de decaimiento polvoriento.

Al final encontró el interruptor; pero la luz que surgió era de algún modo oscura e insuficiente, y pareció haber un sombrío titilar, como si el circuito tuviera un fallo. De algún modo, le tranquilizó ver que la casa, a todas luces, estaba en gran parte como la había dejado. Puede que, inconscientemente, hubiera temido encontrar los paneles de roble desmenuzados en cribada podredumbre, la alfombra convertida en colgajos devorados por las polillas; hubiera aprehendido el rompedor pasar de las podridas tablas bajo su paso.

¿Dónde, se preguntó, estaba Timmers? El anciano factotum, en despecho de su creciente senilidad, había sido siempre rápido en aparecer, y aunque no hubiera oído entrar a su amo, el encenderse las luces podía haberle señalado el retorno de Sebastian. Sin embargo, por más que Sebastian escuchara con laboriosa atención, no oyó el crujido de los familiares pasos vacilantes. El silencio estaba por todas partes, como un funerario, inmóvil tapiz. Sin lugar a dudas, pensó Sebastian, había alguna explicación de sentido común. Timmers se había ido al pueblo cercano, puede que para renovar la despensa, o esperando recibir una carta de su amo, y Sebastian no le había encontrado camino a casa desde la estación.

O puede que el anciano hubiera caído enfermo y estuviera ahora tumbado y desvalido en su habitación. Con este último pensamiento en mente, fue directo al dormitorio de Timmers, que estaba en la planta baja, en la parte trasera de la mansión. Estaba vacio, y la cama estaba limpiamente hecha y obviamente no había sido ocupada desde la noche anterior. Con un suspiro de alivio que pareció extirpar un horrible incubo de su pecho, decidió que su primera conjetura había sido correcta.

Ahora, pendiente el retorno de Timmers, se animó a si mismo a hacer otro acto de inspección y fue sin dilación a su estudio. No podía admitir con precisión lo que había temido ver, pero tras una primera mirada, la habitación no había cambiado, y todas las cosas estaban como habían estado en su aturullada salida. El confuso y apilado montón de manuscritos, volumenes, cuadernos en su mesa de escribir había permanecido al parecer sin ser tocado por nada excepto su propia mano, y sus estanterías, con su bizarra y terrorífica formación de autoridades en demonología, necromancia, nigromancia, en todas las ciencias ridiculizadas y descastadas, estaban en su sitio e intactas. En el viejo atril que usaba para sus tomos más pesados, El Testamento de Carnamagos, con sus cubiertas de piel de tiburón con pasadores de huesos humanos, yacía abierto en la página que le había asustado de forma tan inexplicable con sus horribles insinuaciones.

Entonces, mientras caminaba entre el atril y la mesa, percibió por primera vez la inexplicable abundancia de polvo en todo. El polvo estaba por todas partes: un fino polvo gris como el polvillo de atomos muertos había cubierto sus manuscritos con una película espesa, se había colocado espesamente entre las sillas, las pantallas, los volumenes; y los ricos rojos y amarillos como amapolas de las alfombrillas orientales estaban oscurecidos por su acumulación. Era como si muchos desolados años hubieran pasado por la camara desde su propia salida, y hubieran agitado de sus ropas como mortajas el polvo de todas las cosas ruinosas. El misterio de ello pasmó a Sebastian: sabía que la sala había sido barrida sólo tres días antes, y Timmers tendría que haber echado polvo en el lugar cada mañana con meticuloso cuidado durante su ausencia.

Ahora el polvo se elevaba en una luminosa nube arremolinándose alrededor suyo, llenando los agujeros de su nariz con el mismo olor seco, como de disolución fantásticamente antigua, que había encontrado en la sala. Al mismo tiempo percibió una fría corriente de aire que había entrado de algún modo en la habitación. Pensó que una de las ventanas se había quedado abierta, pero una mirada le hizo saber que estaban cerrdas, con cortinas estrechamente corridas, y la puerta estaba cerrada detrás de él. La corriente era ligera como el suspiro de un fantasma, pero donde quiera que pasara, el polvo sin peso se levantaba hacia arriba, llenando el aire y colocándose de nuevo con extrema lentitud.

Sebastian sintió una alarma extraña, como si el viento le hubiera soplado desde alguna dimensión extraña, o a través de alguna grieta o hendidura, y simultaneamente fue víctima de un paroxismo de prolongada y violenta tos. No pudo localizar la fuente de la corriente, pero mientras se movía de forma inquieta alrededor, su ojo fue atraído por un bajo y extenso montón del polvo gris que hasta ahora había permanecido oculto de la vista desde la mesa. Yacía al lado de la silla en la que usualmente se sentaba mientras escribía. Cerca del montón estaba el plumero que usaba Timmers en su ronda diaria de la limpieza del hogar.

Le pareció a Sebastian que la inclemencia de un gran, letal frío había invadido todo su ser. No pudo seguir inspeccionado por varios minutos, pero permaneció escudriñando el inexplicable montón. En el centro de ese montón había visto una vaga depresión, que podía haber sido la marca de una huellamuy pequeña medio borrada por las rafagas de viento que evidentemente habían tomado mucho del polvo y lo habían esparcido por la cámara. Al final volvió la capacidad de moverse de Sebastian. Sin consciente reconocimiento del impulso que le movía, fue a tomar el plumero, pero mientras sus dedos lo tocaron, el mango y las plumas se desmenuzaron en fino polvo que, colocado en una pila pequeña, preservaba vagamente el contorno del objeto original.

Una debilidad vino de Sebastian, como si la carga de la edad excesiva y la mortalidad se hubiera reunido aplastantemente en sus hombros entre un instante y el siguiente. Hubo un remolino de vertiginosas sombras ante sus ojos en la luz de la lámpara, y sintió que se iba a desmayar a no ser que se sentara inmediatamente. Asomo su mano para alcanzar la silla a su lado- y la silla, con su toque, se derrumbó en numerosas nubes de polvo que se desmoronaron hacia abajo.

Después —tanto tiempo después que él no pudo decir cuánto— se encontró a si mismo sentado en la gran silla ante la lectura en la que El Testamento de Carnamagos estaba abierta. Estaba confusamente sorprendido de que el asiento no se hubiera desmoronado bajo él. Sentía, como ya había sucedido antes, la urgencia de una rapida, repentina huída de esa casa maldita, pero pareció que se había hecho demasiado viejo, demasiado fatigado y débil, y que nada importaba demasiado, ni siquiera el gris destino en el que parecía atrapado. Ahora, mientras permanecía en un estado mitad terror mitad estupor, sus ojos se sintieron atraídos hacía el libro mágico ante él: los escritos de aquel maligno sabio y vidente, Carnamagos, que habían sido recuperados hacía mil años de una tumba greco-bactriana, y transcritos por un monje renegado del griego original, con la sangre de un monstruo concebido por un incubo.

En ese volumen estaban las crónicas de grandes hechiceros de edad, y las historias de demonios terrenos y ultra-cósmicos, y los hechizos verdaderos con los que los demonios podían ser llamados y controlados y expulsados. Sebastian, un profundo estudiante de semejante saber, creyó durante mucho tiempo que el libro era una mera leyenda medieval; y se sobresaltó tanto como se alegró cuando encontró esa copia en los estantes de un mercader de manuscritos viejos e incunables. Se decía que sólo han existido dos copias, y que la otra había sido destruída por la Inquisición Española en el siglo trece.

La luz vaciló como si ominosas alas hubieran volado a través de ella, y los ojos de Sebastian se empañaron mientras el reúma se le acumulaba y leía de nuevo aquel siniestro pasaje fatal que había servido para provocarle miedos sombríos:


Aunque Quachil Uttaus venga raramente, debe decirse que su llegada no es siempre en respuesta a la runa hablada y al pentáculo dibujado... Claro está que pocos magos llamarían a un espíritu tan pernicioso... pero ha de comprenderse que quien lea para si en el silencio de su cámara, la fórmula aquí debajo, incurrirá en un grave riesgo si en su corazón mora abiertamente u oculto el menor deseo de muerte y aniquilación. Por ello puede que Quachil-Uttaus vaya a él, dándole ese destino tocando su cuerpo y convirtiéndolo en plovo eterno, y convirtiendo el alma en vapor indisoluble. Y la llegada de Quachil-Uttaus se puede predecir con ciertas señales; en la persona del evocador, y tal vez en la de aquellos alrededor suyo, aparecerán los signos de la vejez repentina; y su casa, y las pertenencias que haya tocado asumirán las marcas del decaimiento y de la antigüedad precoces.


Sebastian no supo que estaba musitando las frases medio en voz alta mientras las leía, que también estaba musitando el terrible encantamiento que las seguía... Sus pensamientos hormigueaban como a través de una atmósfera fría y congelante. Con una empañada, horrible certeza, supo que Timmers no había ido al pueblo. Debió haber advertido a Timmers antes de irse; debió haber cerrado y encerrado bajo llave el Testamento de Carnamagos... porque Timmers era, a su manera, como un estudiante, y no estaba sin curiosidad concerniente a los estudios ocultos de su amo. Timmers era bien capaz de leer el griego de Carnamagos... incluso esa horrible y devoradora fórmula a la que Quachil Uttaus, demonio de la última corrupción, podía responder desde el vacio exterior.

Sebastian adivinó demasiado bien el origen del polvo gris, la razón de los misteriosos desmoronamientos... De nuevo sintió el impulso de huír, pero su cuerpo era un seco y muerto incubo que rehusaba obedecer su voluntad. De cualquier modo, reflexionó, era ya demasiado tarsde, porque los signos de condena se habían reunido en él y a su alrededor... Hasta ahora, seguramente no había habido en su corazón el menor deseo de muerte y destrucción. Sólo había deseado continuar sus incursiones en los misterios más negros que rodeaban el estado mortal. Y siempre habia sido cauteloso, había tenido cuidado de meterse con círculos mágicos y evocaciones de presencias. Había aprendido que había espíritus del mal, espíritus de la ira, perdición, aniquilación; pero nunca, por voluntad propia, habría invocado a ninguno de ellos desde sus abismos en los confines de la noche...

Su letargo y debilidad parecieron incrementarse; le pareció que lustros, décadas enteras de senectud habían caido sobre él en el suspirar de un aliento. El hilo de sus pensamientos estaba roto a intervalos, y se recuperó con dificultad. Sus memorias, excepto sus miedos, parecían titubear en el filo de algún olvido final. Con oídos embotados oyó un sonido como de maderas rompiéndose y cayendo en algun sitio de la casa; con ojos nublados como los de un anciano vio las luces balancearse y desvanecerse bajo el vuelo de una oscuridad con forma de murciélago negro. Era como si la noche de alguna catacumba desmoronándose se hubiera cerrado sobre él. Sintió por momentos el frío y delicado aliento de la corriente que le había confundido antes con su misterio, y de nuevo el polvo elevándose en sus fosas nasales.

Entonces se percató de que la habitación no estaba completamente oscura, porque pudo discernir el oscuro contorno del atril ante él. Seguramente ningún rayo era admitido por las cortinas corridas, pero de algún modo había luz. Sus ojos, levantándose con enorme esfuerzo vieron por primera vez que un tosco e irregular hueco había aparecido en la otra pared de la habitación, encima de la esquina norte. A traves de él, una única estrella brillaba en la cámara, fría y remota como el ojo de un demonio viendo a traves de golfos intercósmicos.

Desde esa estrella —o de los espacios detrás de ella— un rayo de radiación lívida, pálida y mortal fue arrojado como una lanza hacia Sebastian. Quieto como una tabla, firme, inamovible, pareció atravesar su propio cuerpo y formar un puente entre si mismo y los mundos de inimaginable oscuridad. Estaba como alguien petrificado por la mirada de la Gorgona. Entonces, a traves de la apertura, vino algo que se deslizó firme y rápidamente por la habitación hacia él, junto con el rayo. El muro pareció desmoronarse, la grieta ensancharse mientras entraba.

Era una figura no mayor que la de un niño, pero arrugada como una momia milenaria. Su cabeza sin pelo y su cara sin rasgos, sujetas por un cuello de esquelética delgadez, estaban cubiertas de miles de arrugas reticuladas. Su cuerpo era como una especie de monstruoso y marchito feto abortado, que nunca hubiera llegado a respirar. Sus extremidades tubulares, terminadas en garras óseas, estaban extendidas como anquilosadas en una eterna y horrible postura de brazos abiertos.Las piernas, con pies como los de una Muerte pigmea, estaban estrechamente unidas como si hubieran sido aprisionadas por una especie de faja en la tumba; tampoco había nungún movimiento, ni pasos ni zancadas. Derecho y rígido, el horror flotó velozmente hacia abajo por el descolorido, mortal rayo gris hacia Sebastian.

Ahora estaba cerca de él, la cabeza al nivel de su frente y sus pies frente a su pecho. Por un efímero instante supo que el horror le había tocado con sus manos, con sus rígidamente flotantes pies. Parecía fundirse con él, ser uno con su ser. Sintió que sus venas eran ahogadas con polvo, que su cerebro se desmenuzaba célula por célula. Ya no existía John Sebastian, sino un universo de estrellas muertas y mundos que cayeron arremolinándose en la oscuridad antes del tremendo soplido de algún viento intraestelar... La cosa a la que magos inmemoriales habían llamado Quachil Uttaus se había ido, y la noche y la luz de las estrellas habían vuelto a la ruinosa cámara. Sin embargo, en ninguna parte había vestigios de John Sebastian: solo un pequeño montón de polvo en el suelo al lado del atril, sustentando una vaga depresión parecida a la de un pie pequeño... o dos pies que fueron presionados juntos.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


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El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: El que pisa el polvo (The Treader of the Dust), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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