El montículo: H.P. Lovecraft, Zealia Bishop


El montículo (The Mound) es un relato de terror del escritor norteamericano H.P. Lovecraft, escrito en colaboración con Zealia Bishop, y publicado en la edición de noviembre de 1940 de la revista Weird Tales.

El montículo, así como El lazo de Medusa (Medusa's Coil) y La maldición de Yig (The Curse of Yig), todos escritos entre H.P. Lovecraft y Zealia Bishop, esconden una faceta poco analizada de la obra de Lovecraft: sus relatos por encargo.

Los tres cuentos mencionados fueron escritos íntegramente por H.P. Lovecraft en base a una o dos ideas planteadas por Zealia Bishop. Por esta tarea H.P. Lovecraft recibía una suma irrisoria (cuando la recibía), en general, el 10% de lo que Zealia Bishop embolsaba al venderlo a Weird Tales o cualquier otra revista pulp.

Para profundizar aún más los problemas económicos de H.P. Lovecraft, El montículo fue publicado tres años después de su muerte.



El Montículo.
The Mound
, H.P. Lovecraft (1890-1937) Zealia Bishop (1897-1968)


Tan sólo en estos últimos años la mayoría de la gente se ha parado a pensar en el Oeste como una nueva tierra. Supongo que la idea ganó terreno porque nuestra propia y peculiar civilización era nueva aquí; pero, hoy en día, los exploradores están excavando bajo la superficie y sacando a la luz aquellos capítulos de la vida que surgieron y cayeron entre estas llanuras y montañas antes de que comenzara la histeria que recordamos. Nada sabemos acerca de un emplazamiento pueblo de 2.500 años de antigüedad, y fue un duro golpe para nosotros cuando los arqueólogos fecharon la cultura subpedregal de México en 17.000 o 18.000 años antes de Cristo. Escuchamos rumores sobre cosas aún más antiguas, lo bastante — hombres primitivos contemporáneos de animales extintos que hoy en día conocemos sólo a través de unos pocos y fragmentarios huesos y utensilios— como para que la idea de novedad se desvanezca vertiginosamente. Los europeos normalmente captan el sentido de antigüedad inmemorial, y los profundos sedimentos de sucesivas corrientes vitales, mejor que nosotros. Sólo hace unos pocos años, un autor británico dijo de Arizona que es «una región de brumas lunares, muy atractiva a su manera, tanto como severa y vieja… una tierra antigua y solitaria».

Aun así, creo sentir más profundamente la apabullante — casi horrible—. Antigüedad del Oeste que cualquier europeo. Todo comenzó con un incidente sucedido en 1928, un suceso que he tratado de rechazar por todos los medios como una alucinación en sus tres cuartas partes, pero que ha dejado una espantosa e imborrable impresión en mi memoria de la que no me es fácil librarme. Sucedió en Oklahoma, adonde mi trabajo como etnólogo de los indios americanos me llevaba constantemente y en donde había apreciado ya antes ciertos temas desconcertantes y diabólicamente extraños. No se equivoquen. Oklahoma es mucho más que una mera frontera de pioneros y empresarios. Hay viejas, viejas tribus con viejos, viejos recuerdos allí, y cuando los tam-tam truenan incesantemente sobre las expectantes llanuras en el otoño, los espíritus de los hombres se acercan peligrosamente a murmurados asuntos primordiales.

Yo mismo soy blanco y procedo del Este, pero cualquiera es bienvenido a participar de los ritos de Yig, Progenitor de Serpientes, lo que uno de estos días me ocasionará un susto de muerte. He visto y oído demasiado para ser «sofisticado» en tales asuntos. Y sobre esto versa ese incidente de 1928. Podría tornarlo a risa… pero no puedo. Había ido a Oklahoma para rastrear y cotejar un cuento de fantasmas, uno entre la multitud que es corriente entre los colonos blancos, pero que tenía fuertes matices indios y — estaba seguro— una fuente indígena última. Aquellos cuentos sobre espectros del aire libre eran muy curiosos y, aunque sonaban insípidos y prosaicos en labios del pueblo blanco, tenían resabios de parentesco con los estadios, más oscuros y ricos, de la mitología nativa. Todos ellos estaban tramados alrededor de los grandes, solitarios y, a simple vista, artificiales montículos de la parte occidental del estado, y todos ellos incluían apariciones de aspecto y equipajes sumamente extraños. El más extendido, y uno de los más antiguos, llegó a ser muy famoso en 1892, cuando un alguacil del gobierno llamado John Willis penetró en una región de montículos en pos de unos cuatreros y volvió con un cuento inverosímil sobre justas nocturnas de caballos en el aire entre incontables legiones de invisibles espectros… batallas acompañadas del ajetreo de cascos y pies, el sonar de golpes, el entrechocar de metales, los amortiguados gritos de los guerreros y la caída de cuerpos humanos y equinos. Eso sucedió a la luz de la luna, y espantó a su caballo tanto como a él mismo. Los sonidos duraron más o menos una hora, nítidos pero amortiguados, como llegados en alas del viento desde cierta distancia, y sin ir acompañada por vislumbre alguno de tales ejércitos. Más tarde, Willis supo que el emplazamiento de los sonidos era un lugar notorio, esquivado tanto por colonos como por indios. Muchos habían visto, o entrevisto, a los belicosos jinetes en el cielo, y habían suministrado oscuras y ambiguas descripciones. Los colonos habían descrito los fantasmales luchadores como indios, aunque de u tribu desconocida, y portando los más insólitos vestidos y armamentos. Incluso llegaban tan lejos como afirmar que no estaban seguros de que los caballos fueran realmente tales.

Los indios, por su parte, no parecían considerar a los espectros como gente de su raza. Se referían a ello como «esa gente», «la vieja gente» o «los moradores inferiores, y parecían guardarles, el suficiente espantado respeto como para hablar mucho acerca de ellos. Ningún etnólogo había sido capaz de arrancar a un cuentista una descripción detallada de los seres, y, aparentemente, nadie había tenido una clara visión de ellos. Los indios tenían uno o dos viejos proverbios acerca de tal fenómeno, diciendo que «hombre muy viejo, hacer gran espíritu; no tan viejo, no tan grande; más viejo que el tiempo, entonces espíritu tan grande que casi corpóreo; aquella vieja gente y espíritus se mezclaban… ser lo mismo».

Ahora todo esto, claro está, son «viejos temas para un etnólogo., un fragmento de las persistentes leyendas sobre ciudades ocultas y razas subterráneas que nacieron alrededor de los indios pueblo y los de las llanuras, y que lanzaron a Coronado siglos atrás en su vana búsqueda de la fabulosa Quivira. Lo que me llevaba a Oklahoma Occidental era algo mucho más definido y tangible… un cuento local y distintivo que, aunque verdaderamente viejo, era relativamente nuevo en el externo mundo de la investigación e incluía la primera descripción clara de los fantasmas sobre los que versaba. Había un aliciente añadido en el hecho de proceder de la remota ciudad de Binger, en el condado de Caddo un lugar que conocí tiempo atrás como el escenario de un terrible y parcialmente inexplicable suceso conectado con el mito del dios-serpiente. El cuento, a simple vista, era extremadamente cándido y simple, centrado en un inmenso y solitario túmulo o pequeña colina que se alzaba sobre la llanura como a medio kilómetro al oeste del pueblo… un montículo que algunos creían producto de la naturaleza, pero al que otros consideraban un lugar de enterramiento o un estrado ceremonial construido por tribus prehistóricas. Este montículo, decían los aldeanos, era constantemente visitado por dos figuras indias que aparecían alternativamente: un anciano que paseaba adelante y atrás por la cima desde el alba al ocaso, a despecho del tiempo y con sólo breves intervalos de desaparición, y una mujer que ocupaba su lugar durante la noche, con una antorcha de llama azul que alumbraba continuamente hasta el amanecer.

Cuando la luna brillaba, la peculiar figura de la mujer podía ser vista bastante bien, y casi la mitad de los aldeanos añadían que la aparición estaba decapitada. La opinión local se dividía sobre los motivos y cualidad de espectros de ambas apariciones. Algunos sostenían que el hombre no era un fantasma del todo, sino un indio vivo que había dado muerte y decapitado a una mujer por causa del oro, y la había enterrado en algún lugar del montículo. Según estos teóricos, paseaba por la elevación preso de remordimientos, afligido por el espíritu cíe su víctima, quien tomaba forma visible tras la caída de la noche. Pero otros teóricos, más consecuentes en sus creencias espectrales, sostenían que tanto el hombre como la mujer eran espectros, y que el primero había dado muerte tanto a la mujer como a sí mismo, si bien en algún tiempo lejano. Estas y otras versiones con variaciones menores parecían haber circulado desde el doblamiento del condado de Wichita en 1889, donde, según me habían dicho, sobrevivía gracias a un asombroso grado de persistencia de tales fenómenos, que cualquiera podía observar por si mismo. Pocos fantasmas dan una prueba tan libre y abierta, y me sentía muy ansioso de ver qué extraños milagros podían aguardar en este pueblo pequeño y oscuro, alejado tanto de los caminos frecuentados por las multitudes como de los de la inexorable búsqueda de la luz del conocimiento científico. Así, en el tardío verano de 1928, tomé un tren para Binger y me sumí en extraños misterios según los vagones traqueteaban tímidamente a lo largo de la vía única, a través de un paisaje progresivamente más y más solitario.

Binger es una modesta agrupación de casas de madera y almacenes en mitad de una aplanada y ventosa región llena de nubes de polvo rojo. Hay unos 500 habitantes junto a los indios de una reserva vecina; la principal ocupación parece ser la agricultura. El suelo es razonablemente fértil, y el «boom» del petróleo no ha alcanzado a esta parte del estado. Mitren llegó entre dos luces, y me sentí un tanto perdido e inseguro — separado de las cosas saludables y cotidianas— mientras se alejaba hacia el sur sin mí. El andén estaba repleto de gandules curiosos, y todos parecieron ansiosos de dirigirme cuando pregunté por el hombre para quien tenía cartas de presentación. Me guiaron por una tópica calle mayor, cuya superficie llena de rodadas era roja debido a la arenisca del lugar, y finalmente alcancé la puerta de mi probable anfitrión. Quienes me habían preparado las cosas lo habían hecho a conciencia, puesto que Mr. Compton era un hombre de gran inteligencia y con responsabilidades locales, mientras que su madre — que vivía con él y era familiarmente conocida como «Abuela Compton— pertenecía la primera generación de pioneros, y una verdadera mina de anécdotas y folklore.

Aquella tarde, los Compton me resumieron las leyendas corrientes entre la vecindad, probando que el fenómeno que había ido a estudiar era, en efecto, un asunto desconcertante e importante. Los fantasmas, según parecía, eran aceptados como algo normal por todo el mundo en Binger. Dos generaciones habían nacido y crecido conociendo ese extraño y solitario montículo, así como sus incansables figuras. La vecindad del montículo era, naturalmente, temible y estremecedora, por lo que el pueblo y las granjas no se habían extendido hacia allí durante las cuatro décadas de colonización, aunque individuos audaces lo habían visitado en ocasiones. Algunos habían vuelto para comunicar que no habían visto ningún fantasma cuando se acercaron al reseco montículo, quizás porque el solitario centinela se había ocultado antes de que alcanzaran el lugar, dejándolos libres de trepar la escarpada ladera y explorar la plana cima. No había nada allí, decían… simplemente una rústica acumulación de matorrales. Dónde pudiera haberse escondido el vigilante indio, no tenían idea. Debía, reflexionaban, haber descendido la ladera, ingeniándoselas de alguna manera para escapar sin ser visto por la llanura, a pesar de no haber ningún escondrijo visible. De cualquier forma, no parecía haber abertura alguna en el montículo, una conclusión a la que se llegó tras una intensa exploración de la maleza y la alta hierba por todos lados. En algunos pocos casos, ciertos buscadores más sensitivos declararon haber sentido una especie de presencia invisible que se les oponía, pero no pudieron describirla más definidamente. Era simplemente como si el aire se espesara contra ellos en la dirección donde deseaban ir. Es innecesario mencionar que todos estos osados buscadores acudieron de día.

Nada en el universo podría haber inducido a un ser humano, blanco o rojo, a aproximarse a esta siniestra elevación tras ponerse el sol, y, en efecto, ningún indio tendría la ocurrencia de acercarse ni siquiera bajo el sol más brillante. Pero no era de los relatos de tales cuerdos y atentos investigadores de donde emanaba el terror generalizado que despertaba ese montículo espectral; de hecho, de haber sido típicas sus experiencias, el fenómeno podría haber menguado mucho en el escalafón de las leyendas locales. Lo más temible era el hecho de que muchos otros buscadores habían regresado extrañamente dañados en cuerpo y mente, o no habían vuelto en absoluto. El primero de tales casos tuvo lugar en 1891, cuando un joven llamado Heaton había acudido con una pala para ver qué secretos podía desenterrar. Había oído curiosas historias a los indios, y se había reído ante el estéril informe de otro joven que había ido al montículo sin encontrar nada. Heaton había escrutado el montículo con un catalejo mientras el otro joven hacía su viaje, y, mientras el explorador alcanzaba el lugar, vio cómo el centinela indio se sumía deliberadamente en el túmulo, como si existieran una trampilla y escaleras en la cumbre. El otro joven no se percató de la desaparición del indio, sencillamente descubrió que se había ido cuando llegó al montículo.

Cuando Heaton hizo su propio viaje, decidió llegar al fondo del misterio, y los mirones del pueblo le vieron desbrozar diligentemente la maleza en lo alto del montículo. Luego, vieron su figura difuminarse lentamente hasta hacerse invisible, para no reaparecer durante largas horas, hasta que llegó el anochecer, y la antorcha de la mujer decapitada refulgió temiblemente en la distante elevación. Unas dos horas después de la caída de la noche, irrumpió en el pueblo sin su pala ni otras pertenencias, y prorrumpió en un vociferante monólogo de desatinos inconexos. Aulló sobre espantosos abismos de monstruos, terribles tallas y estatuas, sobre captores inhumanos y grotescas torturas, y sobre otras fantásticas anormalidades, demasiado complejas y quiméricas incluso para poder ser recordadas.

-¡Viejos! ¡Viejos! ¡Viejos! — No podía por menos que gemir, una y otra vez—.Dios Mío, son más viejos que la tierra, y llegaron aquí desde algún otro sitio… saben lo que piensas y te hacen saber lo que piensan ellos… son medio hombres y medio espíritus… crucé la línea… se derretían y tomaban forma de nuevo… haciéndolo una y otra vez, aunque todos descendemos en un principio de ellos… hijos de Tulu… todo hecho de oro… animales monstruosos, semihumanos… esclavos muertos… locura… ¡Iä! ¡Shub-Niggurath!… ese hombre blanco… ¡Oh, Dios mío, que han hecho con él!… Heaton fue el tonto del pueblo durante unos, ocho años, hasta que murió de un ataque epiléptico. Tras aquella catástrofe, hubo dos casos más de locura del montículo y ocho desapariciones para siempre. Inmediatamente después del regreso de Heaton, enloquecido, tres hombres desesperados y resueltos fueron juntos a la colina solitaria, fuertemente armados y con palas y zapa picos. Los atentos pueblerinos vieron al fantasma indio desaparecer cuando los exploradores se aproximaban, y después vieron a los hombres ascender por el montículo y comenzar a batir la maleza. Luego se esfumaron y no volvieron a ser vistos. Un mirón, con un telescopio sumamente potente, pensó haber visto otras formas materializarse débilmente junto a los desdichados y arrastrarlos al interior del túmulo, pero esto está sin confirmar. Sólo cuando los incidentes de 1891 fueron totalmente olvidados, osó alguien emprender posteriores exploraciones.

Así, hacia 1910, un tipo demasiado joven para recordar los viejos horrores hizo un viaje al rehuido lugar sin encontrar nada. En 1915, la salvaje y temible leyenda de 1891 había degenerado totalmente en los comunes e inimaginables cuentos de fantasmas que han llegado hasta el presente… es decir, se había desvanecido entre los blancos. En la cercana reserva había ancianos indios que pensaban bastante y tenían sus propias opiniones. En este tiempo tuvo lugar una segunda oleada de curiosidad activa y aventura, y algunos audaces buscadores hicieron el viaje hasta el montículo y regresaron. Entonces sucedió lo de la excursión de dos visitantes del Este con palas y otros aparatos… un par de arqueólogos aficionados, relacionados con una pequeña universidad, que habían estado haciendo estudios entre los indios. Nadie observó su periplo desde el pueblo, pero nunca regresaron. El grupo de búsqueda que partió en su rescate — entre quienes estaba mi anfitrión Clyde Compton— no encontró nada en absoluto en el montículo. Una nueva expedición fue la solitaria aventura del viejo capitán Lawton, un canoso pionero que había ayudado a abrir la región en 1889, pero que desde entonces no había estado allí. Siempre había recordado el montículo, así como su fascinación, a lo largo de los años, y, disfrutando entonces de un confortable retiro, decidió emprender un viaje y resolver el antiguo enigma. Su inmensa familiaridad con los mitos indios le había dotado de ideas bastante más extrañas que las de los simples pueblerinos y se había pertrechado para intensas excavaciones. Remontó la colina en la mañana del jueves 11 de mayo de 1916, observado mediante catalejos por más de veinte personas del pueblo en la llanura adyacente. Su desaparición fue muy brusca, y sucedió mientras desbrozaba la maleza con una podadera. Nadie pudo ver más que estaba en un instante y al siguiente había desaparecido. Durante una semana ninguna noticia suya llegó a Binger, y luego en mitad de la noche— se arrastró hasta el pueblo el ser sobre el que aún se enconan las disputas.

Dijo ser — o haber sido— el capitán Lawton, pero era definitivamente mas joven, tanto como unos cuarenta años, que el anciano que había subido al montículo. Su pelo era negro como el azabache, y su rostro — ahora distorsionado con indescriptible horror— carente de arrugas. Pero recordaba misteriosamente, según la Abuela Compton, al capitán que había visto en 1889. Sus pies estaban cortados cerca de los tobillos, y los muñones limpiamente cicatrizados hasta un extremo increíble, si el ser era realmente el hombre que caminaba por su propio pie una semana antes. Balbucía cosas incomprensibles, y no cesaba de repetir el nombre «George Lawton, George E. Lawton» como tratando de asegurarse a sí mismo de su propia identidad. Las cosas que farfulló, pensaba Abuela Compton; eran curiosamente parecidas a las alucinaciones del pobre chico Heaton en 1891; aunque había diferencias menores.

-¡La luz azul!… ¡La luz azul!… — musitaba el ser— siempre abajo, antes de cualquier ser viviente.., más Viejos que los dinosaurios… siempre lo mismo, sólo algo más débiles … nunca muertos… acechando, acechando y acechando… el mismo pueblo, medio-hombre y medio gas… la muerte que anda y obra… oh, esas bestias, esos unicornios semihumanos… casas y ciudades de oro… viejo, viejo, viejo, más viejo que el tiempo… llegados de las estrellas… Gran Tulu… Azathoth… Nyarlathotep… aguardando, aguardando…

El ser murió antes del alba. Por supuesto, hubo una investigación, y los indios de la reserva fueron acosados sin piedad. Pero ellos no dijeron nada, ni tenían nada que decir. Al final, nadie despegó los labios salvo el viejo Águila Gris, un cabecilla de los wichitas con más de un siglo de edad, lo que le ponía a salvo de los miedos comunes. Sólo él se dignó a gruñir una advertencia.

—Dejadlos en paz, blancos. No buenos… esa gente. Todos allá abajo, todos abajo, los antiguos. Yig, gran padre de las serpientes, allí. Yig es Yig. Tiráwa, gran padre de los hombres, allí. Tiráwa es Tiráwa. No envejecer. Igual que el aire. Sólo viven y esperan. Una vez vinieron, vivieron y lucharon. Construir tienda de arena. Traer oro… tener mucho. Irse y hacer nuevas casas. Yo de ellos. Vosotros de ellos. Entonces llegar las grandes aguas. Todo cambiar. Nadie sale, no dejar entrar a nadie. Entrar y no salir. Dejadlos solos, vosotros no tenéis mala medicina. Hombre rojo sabe, no tener problema. Hombre blanco entrometerse, no volver. Apartaos de las pequeñas colinas. No buenas. Águila Gris ha hablado.

Si Joe Norton y Rance Wheelock hubieran hecho caso de la advertencia del viejo jefe, probablemente estarían aún aquí; pero no lo hicieron. Eran grandes lectores y materialistas, no temían a nada en el cielo o en la tierra, y pensaban que algunos bandidos indios tenían un cuartel secreto en el montículo. Habían estado antes en el túmulo, y de nuevo volvieron, esta vez para vengar al viejo capitán Lawton… afirmando que allanarían la colina si fuera preciso. Clyde Comptom los observó con unos prismáticos y les vio circundar la base de la siniestra colina. Evidentemente, pensaban inspeccionar el territorio muy gradual y minuciosamente. Los minutos pasaban y no reaparecieron. Y no fueron vistos más. Una vez más, el montículo fue objeto de temor y pánico, y sólo la conmoción de la Gran Guerra sirvió para devolverlo al lejano trasfondo del folklore de Binger. No fue visitado de 1916 a 1919, y podría haber permanecido así de no mediar la osadía de algunos de los jóvenes licenciados del servicio en Francia. De 1919 a 1920, no obstante, hubo una verdadera epidemia de visitantes del montículo entre los prematuramente endurecidos jóvenes veteranos… una epidemia que se extendía según un mozo tras otro volvía sano y salvo. En 1920 — tan corta es la memoria humana— el montículo era casi una broma, y la domesticada historia de la mujer muerta comenzó a desplazar a insinuaciones más oscuras en la boca de todos. Entonces, dos audaces hermanos — los especialmente prosaicos y cabeza dura chicos Clay— decidieron ir y desenterrar la sepultada mujer, así como el oro por el que el viejo indio le había dado muerte.

Partieron una tarde de septiembre… sobre la época en que los tam-tam indios comenzaban su anual e incesante batir sobre la lisa llanura de polvo rojo. Nadie estaba observándolos, y sus padres no se alarmaron hasta que no volvieron al cabo de algunas horas. Se dio la alarma y se organizó una partida de búsqueda, y de nuevo se resignaron al misterio de silencio y dudas. Pero, al final, uno volvió. Era Ed, el mayor, y su cabello y barbas pelirrojas se habían vuelto de un blanco nieve hasta cinco centímetros de las raíces. En su frente había una extraña cicatriz que era como un jeroglífico marcado a friego. Tres meses después de que él y su hermano Walker se desvanecieran, se deslizó en su casa durante la noche y desnudo a excepción de una manta extrañamente decorada que arrojó al fuego tan pronto como se puso sus propias ropas. Contó a sus padres que habían sido capturados por unos extraños indios — no wichitas o caddos— y hechos prisioneros en algún lugar hacia el oeste. Walker había muerto bajo tortura, pero él se las había arreglado para huir pagando un alto precio. La experiencia había sido particularmente terrible y no quería hablar de aquel asunto. Debía guardar reposo… y, de todas formas, no saldría ningún bien de dar la alarma para tratar de encontrar y castigar a los indios. No eran de una especie que pudieran ser capturados y castigados, y era especialmente importante para el bien de Binger — para el bien del mundo— que no fueran perseguidos a su escondrijo secreto. Mejor no despertar al pueblo con noticias de su llegada… debía subir las escaleras y dormir. Antes de ascender los desvencijados escalones hacia su cuarto, tomó papel y pluma de la mesa del vestíbulo, así como una pistola automática del cajón del escritorio de su padre.

Tres horas más tarde sonó un disparo. Ed Clay se había metido una bala en la sien con la pistola que empuñaba en la zurda, dejando una nota garrapateada sobre un folio en la destartalada mesa cercana a su cama. Había, según se vio después por el recortado cañón de la pluma y la estufa llena de papeles carbonizados, escrito originalmente mucho más, pero finalmente había decidido no contar cuanto sabía, excepto vagas insinuaciones. Los fragmentos supervivientes eran sólo un loco aviso garabateado en una escritura curiosamente vuelta del revés — los desatinos de una mente obviamente desquiciada por las penalidades— y que tenía que leerse de esa forma, algo bastante sorprendentemente para alguien que había sido siempre patán y prosaico: Por amor de Dios nunca os acerquéis a ese montículo que es parte de alguna especie de mundo tan diabólico y viejo que no puedo hablar de ello Walker y yo fuimos y fuimos cogidos en la cosa casi se fundía a veces y se arreglaba luego y el mundo entero del exterior está tan indefenso por mucho que puedan hacer, ellos que son jóvenes por siempre como desean y vosotros podéis decir si son realmente hombres o sólo espectros, y que hacen no puede decir y ésta es sólo una entrada, podéis decir cuán grande la cosa entera es, después de lo que vimos no quiero vivir más Francia no era nada al lado de esto, y que la gente se aparte por dios están en peligro si le ven pobre Walker como estaba al final.
Sinceramente vuestro.
Ed Clay.

La autopsia reveló que todos los órganos del joven Clay estaban traspuestos de derecha a izquierda en su cuerpo, como si hubiera sido vuelto del revés. Si era algo que siempre fue, no pudo decirse de momento, pero más tarde se supo, por los archivos del ejército, que Ed había sido perfectamente normal cuando se incorporó a filas en mayo de 1919. Si había un error en algún sitio, o alguna metamorfosis sin precedentes había tenido lugar verdaderamente, es aún un misterio sin dilucidar, como lo es el origen de la cicatriz jeroglífica en su frente. Esto supuso el final de las exploraciones del montículo. En los siguientes ocho años nadie se acercó al lugar, y pocos osaban aún enfocar un catalejo hacia él. De tiempo en tiempo, la gente continuaba observando nerviosamente la solitaria colina que se alzaba hoscamente contra el cielo occidental, y se estremecían ante la mota pequeña y oscura que paseaba durante el día, y ante el reluciente fuego fatuo que danzaba durante la noche. La cosa era aceptada en su totalidad como un misterio sin resolver, y, por común consenso, el pueblo rehuyó el asunto. Era, después de todo, bastante fácil evitar la colina, ya que el espacio era ilimitado en todas direcciones, y la vida comunitaria siempre sigue caminos trillados. Simplemente, el lado del pueblo que daba al montículo se dejó sin caminos, como si hubiera mar, o pantanos o desierto. Y es un curioso signo de la estolidez y esterilidad imaginativa del animal humano que las murmuraciones con, las que se advertía a niños y extraños para que se alejaran del túmulo derivaran de nuevo hacia el tosco cuento de un indio homicida y su mujer víctima. Sólo los hombres de la tribu de la reserva, y reflexivos ancianos como Abuela Compton, recordaban las sugerencias de implicaciones funestas y profundas amenazas cósmicas que redundaban en los desatinos de quienes habían vuelto cambiados y destruidos.

Era ya muy tarde, y Abuela Compton se había Ido hacía mucho a la cama, escaleras arriba, cuando Clyde acabó de contarme esto. No sabía qué pensar de este enigma espantoso, aunque me rebelaba contra cualquier indicio de conflicto con el cuerdo materialismo. ¿Qué influencia había llevado la locura, o el impulso de huir y vagabundear, a tantos que habían visitado el montículo? Aunque sumamente impresionado, yo estaba más espoleado que disuadido. Seguramente llegaría al fondo de este asunto, a condición de guardar la cabeza fría y una decisión inquebrantable. Compton vio mi disposición y agitó la cabeza con preocupación. Luego me invitó a seguirle fuera. Caminamos desde la casa de madera a la tranquila senda o calle lateral y deambulamos unos pasos bajo la luz de una menguante luna de agosto por donde las casas comenzaban a clarear. La media luna aún estaba baja y no ocultaba demasiadas estrellas del cielo, así pude ver no sólo los occidentales reflejos de Altair y Vega, sino también el místico resplandor de la Vía Láctea, mientras miraba la vasta extensión de cielo y tierra en la dirección que Compton me señalaba. Entonces, todo cuanto vi fue una chispa que no era una estrella… una brasa azulada que se movía y resplandecía contra la Vía Láctea, cerca del horizonte, y que parecía de algún modo más maligna y fatídica que nada en la bóveda que la cubría. En otro instante quedó claro que esta chispa llegaba desde la cumbre de alguna altura distante en la extensa y débilmente iluminada llanura; me volví hacia Compton con una pregunta.

— Sí — repuso—. Ésa es la luz-fantasma azul… y ése es el montículo. No hay una noche en toda la historia que no haya sido vista… ni ser viviente en Binger que quiera ir por la llanura hacia ella. Es un mal asunto, joven, y sería de sabios que dejara las cosas corno están. Mejor haría buscando en otro sitio, hijo; aborde cualquier otra leyenda injun de por aquí. Las tenemos para mantenerlo plenamente ocupado. ¡Bien lo sabe Dios!

II.
Pero yo no estaba de humor para consejos, y, a pesar de que Compton me dio una acogedora habitación, no pude dormir ni un instante, aguardando lleno de impaciencia la siguiente mañana, con sus oportunidades para ver al espectro diurno y preguntar a los indios de la reserva. Pensaba abordar todo el asunto lenta y concienzudamente, haciéndome con todos los datos avalables de blancos y rojos antes de comenzar mis investigaciones arqueológicas. Me levanté y me vestí al alba, y en cuanto oí otros movimientos bajé las escaleras. Compton estaba encendiendo el fuego de la cocina mientras su madre se afanaba en la despensa. Al yerme cabeceó y, tras un momento, me invitó a salir al resplandor de la alborada. Sabía dónde íbamos, y mientras caminábamos por la senda yo lanzaba miradas hacia el oeste, sobre las llanuras. Allí estaba el montículo… muy lejos y con un aspecto muy curioso de artificial regularidad. Debía tener diez o doce metros de altura y unos cien metros de norte a sur, según vi. No era tan ancho corno de este a oeste, dijo Compton, ya que tenía el contorno aproximado de una elipse. Él, yo lo sabía, había ido y vuelto de allí varias veces. Mientras contemplaba el borde perfilado contra el azul intenso del Oeste, traté de vislumbrar cualquier irregularidad y comencé a percibir algo moviéndose sobre él. Mi pulso se aceleró y así precipitadamente los poderosos binoculares que Compton me ofreció tranquilamente. Enfocando apresuradamente, al principio sólo distinguí una profusión de maleza en el distante borde del montículo… luego algo apareció en mi campo de visión.

Era, indudablemente, una forma humana, y supe enseguida que estaba viendo al «fantasma indio» diurno. No me asombré de las descripciones, y que seguramente la figura alta, enjuta y vestida de oscuro, con el pelo negro sujeto por una banda, y un rostro surcado y cobrizo, inexpresivo y aquilino, parecía más un indio que cualquier otra cosa, según mi experiencia previa. Aunque mi entrenado ojo de etnólogo me dijo al mismo tiempo que ése no era un piel roja de cualquier clase conocida por la historia, sino una criatura de amplia variación racial y una cultura completamente diferente. Los indios modernos son braquicéfalos — cráneos redondeados—, y no es posible encontrar un dolicocéfalo, o cráneo alargado, salvo en los antiguos depósitos de los pueblo, datados hace 2.500 años o más, aunque la dolicocefalia de este hombre era tan pronunciada que la reconocí al momento, a pesar de la gran distancia y la mala definición de los binoculares. También vi que los bordados de su ropa mostraban una tradición decorativa totalmente distinta a cualquiera que nosotros conozcamos en el arte nativo del suroeste. Asimismo, llevaba atavíos de brillante metal y una espada corta o algo parecido en el costado, todo de un estilo completamente ajeno a cuanto antes hubiera conocido.

Mientras él paseaba de un lado a otro por la cima del montículo le seguí durante algunos minutos con los prismáticos, percatándome de la flexibilidad de sus zancadas y el porte sereno de su cabeza; allí nació en mi la fuerte y persistente convicción de que este hombre, quienquiera que fuese o de donde fuese, ciertamente no era un salvaje. Era un producto de la civilización, sentí instintivamente, aunque de cuál era algo que no podía imaginar. Al cabo, desapareció más allá del extremo más alejado del montículo, corno si descendiera por la invisible y opuesta ladera, y yo bajé los prismáticos con una curiosa mezcla de desconcertados sentimientos. Compton me miraba enigmáticamente y cabeceó sin comprometerse.

—¿Qué le parece? —aventuró—. Esto es lo que hemos estado viendo en Binger cada día de nuestras vidas.

El mediodía me sorprendió en la reserva india hablando con el anciano Águila Gris… quien, merced a algún milagro, aún vivía, aunque debía de tener cerca de ciento cincuenta años. Poseía una figura extraña e imponente — este adusto e indomable jefe de su gente, que había conocido forajidos y tratantes con ropas de piel de gamo adornadas con flecos, y oficiales franceses de calzón y tricornio— y me congratulé de ver que, gracias a mi aire de deferencia hacia él, pareció gustar de mí. Su aprecio, no obstante, tomó una desafortunada forma de oposición tan pronto supo lo que buscaba, y todo cuanto hizo fue precaverme contra la búsqueda que había emprendido.

—Tú, buen mozo… no molestar esa colina. Mala medicina. Muchos demonios bajo ella… cogerte si cavar. No cavar, no daño. Ir y cavar, no volver. Igual que cuando yo joven, igual que cuando mi padre ser joven. Siempre macho pasear de día y hembra sin cabeza pasear de noche. Siempre desde que hombre blanco con chaquetas metálicas llegar del alba y cruzar gran río, hace mucho, tres, cuatro veces más atrás que Águila Gris dos veces más que los franceses—, todo igual desde entonces. Más antes de eso, aquellos antiguos no ocultos, salir y hacer pueblos. Sacar mucho oro. Yo de ellos. Tú de ellos. Entonces llegar las grandes aguas, todo cambiar. Nadie salir, no dejar entrar a nadie. Entrar, no salir. No morir… no envejecer corno Águila Gris con valles en rostro y nieve en la cabeza. Casi corno el aire… algo hombres, algo espíritus. Mala medicina. A veces, durante la noche, un espíritu sale en medio hombre medio caballo con cuernos y lucha donde los hombres lucharon una vez. Guárdate de ese lugar. No bueno. Tu buen mozo… márchate y deja solos a los antiguos.

Esto fue cuanto pude obtener del anciano jefe, y el resto de los indios no quiso decir nada. Pero si yo estaba preocupado, Águila Gris lo estaba aún más: obviamente, sentía gran pesar ante el pensamiento de que yo invadiera aquel sitio que él tanto temía. Mientras me volvía para dejar la reserva, me retuvo para una ceremonia de despedida final y, una vez más, trató de obtener mi promesa de abandonar la búsqueda. Cuando vio que sería infructuoso, extrajo algo, con cierta timidez, de un saco de piel de gamo que llevaba y me lo tendió solemnemente. Era un desgastado disco metálico, finamente cincelado, de unos cinco centímetros de diámetro, extrañamente decorado, perforado y pendiente de un cordel de cuero.

-Tú no prometer, entonces Águila Gris no poder decir qué ser de ti. Pero si nada ayudarte, esto buena medicina. Recibirlo de mi padre, y éste de su padre que lo recibió de su padre, siempre atrás, cerca de Tiráwa, padre de todos los hombres. Mi padre decir: «Aléjate de los antiguos, aléjate de las pequeñas colinas y de los valles con cuevas. » Pero si los antiguos llegan hasta ti, entonces muéstrales esta medicina. Ellos saben. Ellos hacerla hace mucho tiempo. Ellos mirar y no hacer mala medicina. Pero no puedo hablar. Aléjate de todas formas. Ellos no buenos. No hablar de lo que hacen.

Mientras hablaba, Águila Gris colgaba la cosa alrededor de mi cuello y vi que era en efecto un objeto sumamente curioso. Cuanto más lo miraba, más me maravillaba, ya que no sólo era pesado, oscuro, lustroso y de una materia ricamente jaspeada, un metal totalmente desconocido para mí, sino que lo que quedaba de sus grabados parecían ser obra de un arte maravilloso y una factura completamente desconocida. Una cara, tanto como pude ver, llevaba el grabado de una exquisitamente modelada serpiente, mientras que la otra mostraba una especie de pulpo u otro monstruo tentaculado. Había también jeroglíficos medio borrados, de una especie que ningún arqueólogo pudo identificar o siquiera ubicar conjeturalmente. Más tarde, con el permiso de Águila Gris, consulté a historiadores, antropólogos, geólogos y químicos, quienes estudiaron cuidadosamente el disco sin obtener más que una sarta de frustraciones. Desafiaba cualquier análisis o clasificación. Los químicos me dijeron que era una aleación de elementos metálicos desconocidos de gran peso atómico, y un geólogo sugirió que la sustancia debía tener origen meteórico, proveniente de desconocidos abismos del espacio interestelar. Que realmente salvara mi vida cordura o existencia como ser humano es algo que no me atrevo a afirmar, aunque Águila Gris está seguro de que así fue. Está de nuevo en su poder, ahora, y me pregunto si tiene alguna conexión con su extraordinaria edad. Todos sus antepasados pasaron del siglo, muriendo sólo en batalla. ¿Será posible que Águila Gris, si escapa a los accidentes, viva para siempre? Pero me estoy adelantando a mi historia.

Cuando volví al pueblo trate de conseguir más relatos sobre el montículo, pero sólo encontré chismes y oposición. Era realmente descorazonador ver cuán solícita era la gente sobre mi seguridad, pero tenía que hacer a un lado sus casi frenéticas demostraciones. Les mostré el amuleto de Águila Gris, y nadie había oído hablar de él o visto nada que se le pareciera remotamente. Concordaban en que no podía ser una reliquia india, e imaginaban que los antepasados del viejo jefe pudieron haberla obtenido de cualquier comerciante. Cuando vieron que no podrían impedir mi viaje, los ciudadanos de Binger hicieron, con tristeza, lo que pudieron para equiparme. Sabiendo de antemano el trabajo que emprendía, ya tenía conmigo la mayor parte de mis suministros — machete y bayoneta para desbrozar la maleza y excavar, linternas eléctricas para las fases subterráneas que vendrían, cuerda, prismáticos, cinta métrica, microscopio y diversos objetos para las emergencias—; todo lo que, de hecho, pudiera ser convenientemente guardado en un petate adecuado. A este equipo sólo añadí el pesado revólver que el sheriff me obligó a usar, así como el pico y la pala con el que pensaba podría dejar expedito mi trabajo. Decidí llevar estos complementos sobre el hombro, con una soga… ya que pronto vi que no podía esperar ayudantes o acompañantes. El pueblo podría mirarme, sin duda, a través de los telescopios y gemelos disponibles, pero no enviarían a ningún ciudadano a más de un metro por la aplanada llanura, hacia el solitario altozano. Mi partida quedó fijada para la siguiente mañana, y el resto del día fui tratado con el temeroso y molesto respeto que la gente da a quien se aproxima a un fatal desenlace.

Al amanecer — una nubosa aunque no amenazadora mañana—, el pueblo entero acudió a presenciar mi partida por la llanura polvorienta. Los binoculares mostraban al hombre solitario paseando como era habitual por el montículo, y decidí tenerlo a la vista tanto como me fuera posible durante mi aproximación. En el ultimo instante, un leve sentimiento de miedo me asaltó y me noté lo bastante débil y caprichoso como para dejar que el talismán de Águila Gris se balanceara por fuera de mi pecho, bien visible para cualquier ser o fantasma que pudieran sentir inclinación a respetarlo. Despidiéndome de Compton y su madre, partí con paso ligero a pesar del bulto en mi zurda, y el pico y la pala que resonaban colgados de mi hombro; llevando mis gemelos en la diestra y lanzando de tiempo en tiempo ojeadas al silencioso paseante. Según me acercaba al montículo, veía más claramente al hombre, e imaginé que podía detectar una expresión de infinita maldad y decadencia en sus arrugadas y lampiñas facciones. Era capaz también de ver su arnés de resplandores dorados con jeroglíficos muy similares a aquellos que mostraba el enigmático talismán. Las ropas y atavíos de la criatura mostraban exquisita factura y primor. Enseguida, con demasiada brusquedad, le vi partir hacia la parte más lejana del montículo y ponerse fuera de la vista. Cuando alcancé el lugar, unos diez minutos después de mi partida, no había nadie. No es necesario describir cómo malgasté la primera parte de mi búsqueda en inspeccionar y circundar el montículo, tomando medidas y retrocediendo para verlo desde distintos ángulos. Me había impresionado tremendamente mientras me aproximaba, y parecía haber una especie de latente amenaza en sus contornos demasiado regulares. Era la única elevación de cualquier clase en aquella ancha y nivelada llanura, y no pude dudar ni por un instante que era un túmulo artificial. Las escarpadas laderas parecían completamente intactas y sin marcas de ocupación humana o pasaje. No había trazas de un camino hacia la cumbre, y, cargado como iba, sólo conseguí alcanzarla después de considerables dificultades. Cuando llegué a la cima, me encontré ante una meseta aproximadamente elíptica, cuyas dimensiones eran de unos 90 por 15 metros, uniformemente cubierta de hierba rala y espesos matorrales, algo totalmente incompatible con la constante presencia del andarín centinela. Esto me produjo un verdadero sobresalto, ya que mostraba, friera de toda duda, que el «Viejo Indio», real como parecía, no podía ser más que una alucinación colectiva.

Observé a mi alrededor con considerable perplejidad y alarma, contemplando pensativamente el pueblo y la masa de puntos negros que sabía formada por la multitud expectante. Enfocando mis gemelos hacia ellos, vi que estaban estudiándome a su vez con avidez; entonces, para tranquilizarlos, hice ondear mi sombrero, demostrando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir. Luego, poniendo manos a la obra, descolgué pico, pala y bagaje; sacando de este último el machete, comencé a desbrozar la maleza. Era una penosa tarea, y a cada momento sentía un curioso estremecimiento, como si perversas ráfagas de viento trataran de estorbar mis movimientos con habilidad casi deliberada. A veces sentía una fuerza medio tangible trabándome mientras trabajaba… casi como si el aire se espesara ante mí, o como si manos informes tiraran de mis muñecas. Mi energía parecía gastarse sin producir resultados adecuados, aunque después de todo hice algunos progresos. Por la tarde había percibido claramente que, hacia el borde norte del montículo, había una ligera depresión con forma de escudilla en la tierra tramada con raíces. Aunque quizás no significara nada, podía ser un buen lugar para comenzar al llegar el momento de excavar, y tomé nota mental de ello. Al mismo tiempo, me percaté de otra y muy peculiar cosa… a saber, que el talismán indio colgado de mi cuello parecía tirar de forma extraña hacia un punto como a cinco metros al sureste de la sugerente oquedad. Sus giros se alteraban al acercarme a ese punto y tiraba hacia abajo como atraído por algún magnetismo del suelo. Cuanto más me fijaba en esto, más me intrigaba, hasta que al final decidí hacer una excavación preliminar allí mismo y sin mayores demoras.

Mientras alzaba la tierra con mi bayoneta no pude por menos que maravillarme de la relativa delgadez de la capa rojiza local. Todo el país por entero es de arenisca roja, pero allí descubrí un extraño barro negro a menos de treinta centímetros de profundidad. Era un suelo como el que se encuentra en extraños y profundos valles muy lejos hacia el oeste y el sur, y seguramente había sido acarreado desde considerables distancias en la edad prehistórica en que fue construido el túmulo. Arrodillándome y cavando, sentí el cordón de cuero alrededor de mi cuello tirar más y más fuerte, como si algo en la tierra pareciera atraer más y más al pesado talismán de metal. Entonces sentí mis útiles chocar con una superficie dura, y me pregunté si habría debajo una capa de roca. Tanteando con la bayoneta, descubrí que no era así. De hecho, con gran sorpresa e interés febril, hallé algo enterrado, un pesado objeto de forma cilíndrica — de unos treinta centímetros de largo y diez de diámetro— hacia el que mi pendiente talismán tiraba con adhesiva tenacidad. Cuando lo limpie de negro limo, mi asombro y tensión subieron al ver los bajorrelieves que salieron a la luz durante el proceso. El cilindro completo, de principio a fin, estaba cubierto de figuras y jeroglíficos, y vi con creciente excitación que eran del mismo estilo que los del amuleto de Águila Gris y los del metal amarillo de los atavíos del fantasma que había visto con mis prismáticos.

Sentándome, proseguí frotando el cilindro magnético contra la rústica textura de mis polainas y observé que estaba hecho del mismo metal pesado, lustroso y desconocido que el amuleto… de ahí, sin duda, la singular atracción. Las tallas y grabados eran muy extraños y horribles — monstruos indescriptibles y diseños trazados con insidiosa maldad— y todo con el más perfecto acabado y factura. Al principio no pude encontrar cabeza o cola en él, y lo sostuve en la mano sin propósito hasta, descubrir una hendidura cerca de un extremo. Entonces busqué ansiosamente una forma de abrirlo, descubriendo por fin que el final simplemente se desenroscaba. La caperuza cedió con dificultad, pero al fin salió, liberando un olor curiosamente aromático. El único contenido era un abultado rollo de sustancia amarillenta parecida al papel, con caracteres verdosos, y durante un instante sentí el supremo estremecimiento de imaginar que tenía la clave escrita de antiguos y desconocidos mundos, y abismos más allá del tiempo. Casi inmediatamente, no obstante, al desenrollar el final, se reveló que el manuscrito estaba en español… aunque en el español formal y pomposo de días pretéritos: Bajo la dorada luz del ocaso, observé el encabezamiento y el primer párrafo, intentando descifrar la enrevesada y mal puntuada escritura del desaparecido autor. ¿Qué clase de reliquia era ésta? ¿Con qué clase de descubrimiento había tropezado? Las primeras palabras me provocaron un nuevo frenesí de excitación y curiosidad, ya que en lugar de alejarme de mi búsqueda original me confirmaban alarmantemente en tal dirección. El rollo amarillo con la escritura verde comenzaba con un audaz encabezamiento de identificación y una llamada ceremoniosamente desesperada a creer en las increíbles revelaciones que le seguían:

RELACIÓN DE PÁNFILO DE ZAMACONA Y NÚÑEZ, HIDALGO DE LUARCA EN ASTURIAS, TOCANTE AL MUNDO SOTERRÁNEO DE XINAJAN, A. D. MDXLV.

En el nombre de la santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu-santo, tres personas distintas y uno solo. Dios verdadero, y de la santísima Virgen nuestra Señora, YO, PÁNFILO DE ZAMACONA, HUO DE PEDRO GUZMÁN Y ZAMACONA, HIDALGO, Y DE LA DOÑA INÉS ALVARADO Y NÚÑEZ, DE LUARCA EN ASTURIAS, juro para que todo quede como está verdadero como sacramento…

Me detuve a reflexionar sobre el portentoso significado de lo que estaba leyendo. «Relación de Pánfilo de Zamacona y Núñez, hidalgo de Luarca en Asturias, Tocante al mundo subterráneo de Xinaián, A. D. 1545»… Aquí, seguramente, había demasiado para que cualquier mente pudiera aceptarlo de golpe. Un mundo subterráneo… de nuevo aquella persistente idea que subyace en todos los cuentos indios y en todas las declaraciones de quienes habían regresado del túmulo. Y la fecha, 1545, ¿qué podía significar? En 1540, Coronado y sus hombres se habían internado, desde México, en las soledades del norte, pero, ¿no habían regresado en 1542? Mi ojo rastreó la parte abierta del rollo, y casi inmediatamente se posó en el nombre Francisco Vázquez de Coronado. El autor de aquel escrito, lógicamente, era uno de los hombres de Coronado… ¿Pero qué hacía él en estos remotos parajes después de que su grupo se hubiera vuelto? Debía leer más, ya que otro vistazo me mostró que la parte desenrollada era simplemente un sumario de la marcha de Coronado hacia el norte, no difiriendo esencialmente de los sucesos conocidos por la historia.

Fue tan sólo la menguante luz lo que me contuvo de desenrollar y leer más, y en mi impaciente desconcierto casi me olvidé de espantarme ante la inminencia de la noche en este espantoso lugar. Otros, sin embargo, no habían olvidado el acechante terror, y escuché el distante griterío de un puñado de hombres que se habían acercado al borde de la ciudad. Respondiendo a las ansiosas llamadas, devolví el manuscrito a su extraño cilindro, al que el disco alrededor de mi cuello seguía adherido hasta que lo separé, y lo guardé junto con mi somero equipo, preparándome para partir. Dejando pico y pala para el trabajo del día siguiente, tomé mi bulto y descendí las empinadas laderas del túmulo, y en otro cuarto de hora estaba de vuelta al pueblo, comentando y mostrando mi curioso hallazgo. Mientras caía la noche, mire atrás, hacia el montículo que acababa de dejar, y vi con un sobresalto que la débil antorcha azulada de la mujer-fantasma nocturna había comenzado a brillar. Me aguardaba un duro esfuerzo ante el relato de arcaico español, pero sabía que debía conseguir tranquilidad y sosiego para lograr una buena traducción, por lo que renuentemente postergué la tarea hasta última hora de la noche. Prometiendo a las gentes una clara relación de mis descubrimientos por la mañana y dándoles amplias oportunidades de examinar el extraño e incitante cilindro, acompañé a Clyde Compton a casa y me retiré a mi cuarto para el proceso de traducción tan pronto como me fue posible. Mi anfitrión y su madre estaban ávidos de escuchar la historia, pero pensé que sería mejor esperar hasta que pudiera descifrar por completo el texto y les proporcioné un resumen conciso e infalible.

Abriendo mi bolsa bajo la luz de una sencilla bombilla, torné nuevamente el cilindro y noté el instantáneo magnetismo que atraía al talismán indio hacia su superficie cincelada. Los relieves centelleaban malignamente en el pulido y desconocido metal, y no pude menos que estremecerme mientras estudiaba las anormales y blasfemas formas que me espiaban con tal exquisita destreza. Ahora, desearía haber fotografiado tal trabajo… aunque quizás es mejor que no lo hiciera. De algo estoy realmente contento, y es de no haber podido identificar entonces el agazapado ser con cabeza de pulpo que dominaba la mayoría de los adornos, y que el manuscrito llamaba Tulu. Recientemente lo he asociado, así como a las leyendas del manuscrito conectadas con él, con algún folclor reciente sobre el monstruoso e inmencionable Cthulhu, un horror que bajó de las estrellas cuando la joven Tierra todavía estaba medio formada; de haber conocido las conexiones entonces, no podría haber permanecido en la misma habitación que el ser. El motivo secundario, una serpiente semiantropomórfica, lo ubiqué con bastante facilidad como un prototipo de las concepciones sobre Yig, Quetzalcóatl y Kukulcan. Antes de abrir el cilindro, probé los poderes magnéticos sobre otros metales distintos del disco de Águila Gris, descubriendo que no existía atracción. No era un magnetismo común el que saturaba este mórbido fragmento de mundos desconocidos y lo ligaba a su estirpe. Por fin, tomé el manuscrito y procedí a su traducción… trazando anotaciones sinópticas en inglés mientras lo hacía y, a cada paso, lamentando la falta de un diccionario de español cuando llegaba a alguna construcción o palabra especialmente oscura o arcaica. Había un aura de inefable extrañeza sobre aquel retroceso de casi cuatro siglos en mitad de mi continuada búsqueda… hacía un año en el que mis propios antepasados se asentaron, antiguos gentilhombres de Somerset y Devon bajo Enrique VIII, con sólo una noción de la aventura que emprendía su sangre en Virginia y el Nuevo Mundo; aunque entonces, como ahora, ese nuevo mundo tenía el mismo misterio oculto del túmulo que formaba mi actual esfera y horizonte. El sentido de retroceso era el más fuerte porque instintivamente sentía que el problema común al español y a mí era uno de tal intemporalidad abismal de tal impía y ultraterrena eternidad— que la brecha de cuatrocientos años entre ambos no era nada en comparación. No necesitaba más que una mirada a aquel monstruoso e insidioso cilindro para percatarme de los vertiginosos golfos que se abren entre todos los hombres de la tierra conocida y los misterios primordiales que representaba. Ante este abismo, Pánfilo de Zamacona y yo éramos contemporáneos; casi tanto como Aristóteles o Kéops y yo podríamos haberlo sido.

III.
Sobre su juventud en Luarca, un pequeño y plácido puerto del Cantábrico, Zamacona cuenta poco. Fue un muchacho problemático, el menor de sus hermanos, y había llegado a Nueva España en 1532, con tan sólo veinte años. De sensible imaginación, había escuchado fascinado los perennes rumores acerca de ricas ciudades y mundos desconocidos en el norte… y en especial el relato del franciscano Marcos de Niza, que volvió de un viaje en 1539 con ardientes historias sobre la fabulosa Cíbola y sus grandes ciudades amuralladas con casas de azoteas de piedra. Oyendo hablar de la proyectada expedición de Coronado en busca de tales maravillas —y de los aún mayores prodigios que se murmuraba que aguardaban más allá, en la tierra de los bisontes—, el joven Zamacona se las ingenió para formar parte de aquellos trescientos y partió con ellos hacia el norte en 1540. La historia da cuenta de tal expedición… cómo se descubrió que Cíbola era simplemente el mísero poblado Pueblo de Zuñi, y cómo De Niza fue enviado de vuelta a México, caído en desgracia por sus floridas exageraciones; cómo Coronado vio por primera vez el Gran Cañón y cómo en Cicuyé, en el Pecos, oyó de labios de un indio llamado El Turco hablar sobre la misteriosa tierra de Quivira, muy lejos hacia el noreste, donde el oro, la plata y los bisontes abundaban, y por donde fluía un río de dos leguas de anchura. Zamacona habla someramente de la estancia invernal en Tiguex, en el Pecos, y de la partida hacia el noreste en abril, donde el guía indígena demostró ser un falsario llevando a la expedición a extraviarse en una tierra de perros de la pradera, charcas salinas y errantes tribus cazadoras de bisontes. Cuando Coronado despachó al grueso de sus fuerzas y realizó su marcha final de cuarenta y dos días con un destacamento muy pequeño y selecto, Zamacona se las arregló para ser incluido en tal partida de reconocimiento. Habla del fértil país y de los grandes barrancos arbolados, visibles sólo desde el borde de sus escarpadas laderas, y de cómo todos los hombres se alimentaban exclusivamente de carne de bisonte. Y luego llegaba la mención a los límites más lejanos de la expedición… la presumible pero descorazonadora tierra de Quivira con sus pueblos de cabañas de hierba, sus arroyos y ríos, su suelo rico y negro, sus ciruelas, nueces, uvas y moras, así como sus campos de maíz y los atavíos de cobre de los indios. La ejecución de El Turco, el falso guía nativo, se comenta de pasada, y hay un comentario sobre la cruz que Coronado levantó en la ribera de un gran río en el otoño de 1541, una cruz que ostentaba la inscripción:

“Hasta aquí llegó el gran general, Francisco Vázquez de Coronado”. Esta supuesta Quivira estaba sobre el paralelo 40 de latitud norte, y supe bastante más tarde que un arqueólogo de Nueva York, el doctor Hodge, la identificaba con el curso del río Arkansas por los condados de Barton y Rice, en Kansas. Ese era el antiguo hogar de los wichitas antes de que los siux los empujaran hacia el sur hasta lo que ahora es Oklahoma, y algunas de las aldeas de casas de hierba han sido encontradas y excavadas en busca de restos. Coronado realizó considerables exploraciones secundarias, llevado de acá para allá por los persistentes rumores sobre ricas ciudades y mundos ocultos que Insinuaban atemorizados los indios. Aquellos indígenas norteños parecían más temerosos y reacios a hablar sobre las supuestas ciudades y mundos que los indios mexicanos, aun que a la vez parecían más capaces de dar pistas certeras que los mexicanos, de haber querido u osado hacerlo. Sus imprecisiones exasperaron al jefe español, y, tras muchas búsquedas infructuosas, comenzó a castigar severamente a quienes le llevaban aquellas historias. Zamacona, más paciente que Coronado, encontró sumamente interesantes aquellos cuentos y aprendió lo bastante de la lengua local como para mantener largas conversaciones con un joven llamado Búfalo Acometedor, cuya curiosidad le había llevado hasta lugares mucho más lejanos de lo que sus compañeros de tribu habían osado penetrar.

Fue Búfalo Acometedor quien habló a Zamacona sobre los extraños portales de piedra, puertas o bocas de caverna existentes en el fondo de algunos de aquellos profundos y escarpados barrancos arbolados que la expedición había descubierto en su marcha hacia el norte. Aquellas aberturas, dijo, estaban casi ocultas por matorrales, y pocos las habían cruzado desde tiempos inmemoriales. Quienes los traspasaron, nunca volvieron… o en ciertas ocasiones lo hicieron locos o curiosamente mutilados. Pero todo aquello eran leyendas, ya que no se sabía de nadie que hubiera penetrado más allá de cierta distancia y que fuera recordado por los abuelos de los más ancianos. Búfalo Acometedor probablemente había ido más lejos que nadie y había visto lo bastante como para refrenar tanto su curiosidad como la sed del oro que se rumoreaba había allí. Más allá de la abertura por la que había penetrado, había un largo pasadizo corriendo anárquicamente arriba y abajo, y dando vueltas, cubierto de espantosos relieves de monstruos y horrores como jamás hombre alguno viera. Por fin, tras indecibles millas de giros y descensos, había un resplandor de terrible luz azul, y el pasadizo se abría a un impactante mundo inferior. Sobre esto, el indio no quiso hablar más, ya que lo que había visto bastó para hacerle retroceder apresuradamente. Pero las ciudades doradas debían estar en alguna parte allí abajo, añadió, y quizás un blanco con la magia del bastón de trueno podría alcanzarlas. No osaba hablar de ello con el gran jefe Coronado, ya que éste no quería escuchar más cuentos de indios. Sí… podía mostrar a Zamacona el camino si el blanco quería abandonar la expedición y aceptar su guía. Pero él no traspasaría la abertura con el blanco. Había mal allí.

El lugar estaba a unos cinco días de marcha hacia el sur, cerca de la región de los grandes túmulos. Éstos tenían algo que ver con el maligno mundo de allí abajo: probablemente eran antiguos y primitivos pasadizos hacia él, ya que los Antiguos de abajo tuvieron en tiempos colonias en la superficie y comerciaron con hombres de todos sitios, aun en las tierras que se hundieron bajo las grandes aguas. Fue al sumergirse tales tierras cuando los Antiguos se encerraron abajo, rehusando tratar con la gente de la superficie. Los refugiados de los lugares hundidos les habían dicho que los dioses de la tierra exterior estaban enemistados con la humanidad y que ningún hombre podría sobrevivir en la tierra exterior, a no ser que friera un demonio aliado a dioses malvados. Fue por eso que se aislaron de la gente de la superficie e hicieron cosas espantosas a quienes se aventuraron abajo, donde ellos moraban. Habían colocado centinelas en cada una de las aberturas, pero en el transcurso de las edades se hizo poco necesario. No había muchos que osaran hablar sobre los ocultos Antiguos, y las leyendas sobre ellos probablemente habían degenerado en ciertos recuerdos fantasmales sobre su esporádica presencia. Parecía que la infinita antigüedad de esas criaturas les había acercado extrañamente a las fronteras del espíritu, porque sus fantasmales emanaciones eran habitualmente frecuentes y vívidas. Así, la región de los grandes túmulos se veía aún convulsa por espectrales batallas nocturnas, remedos de aquellas que se habían producido en los días anteriores a que las aberturas se cerraran.

Los propios Antiguos eran medio fantasmas… de hecho, se decía que no envejecían mucho ni se reproducían, vacilando eternamente en un estado entre carne y espíritu. El cambio no era completo, empero, ya que necesitaban respirar. Era porque el mundo subterráneo necesitaba aire que los portales de los grandes valles no estaban bloqueadas como las aberturas-túmulo de la llanuras. Dichas puertas, añadía Búfalo Acometedor, estaban probablemente basadas en fisuras naturales de la tierra. Se murmuraba que los Antiguos bajaron al mundo desde las estrellas cuando éste era muy joven, y que habían construido sus ciudades de oro puro porque la superficie no era apta para su forma de vida. Ellos eran los antepasados de todos los hombres, aunque nadie podía conjeturar de qué estrella — o de qué lugar más allá de las estrellas— vinieron. Sus ocultas ciudades estaban aún repletas de oro y plata, pero los hombres harían mejor en dejarlos solos, a no ser que estuvieran protegidos por magias verdaderamente poderosas. Tenían bestias terribles, con leves trazas de sangre humana, sobre las que cabalgaban y a las que utilizaban para otros propósitos. Los seres, o eso se decía, eran carnívoros, y, como sus amos, gustaban de la carne humana; aunque los Antiguos ya no se reproducían, tenían una especie de clase esclava semihumana que también servia para alimentar a la población humana y animal. Había sido reclutada de forma muy extraña, y estaba complementada con una segunda casta de esclavos formada por cadáveres reanimados. Los antiguos sabían cómo convertir un cadáver en un autómata que podía durar casi indefinidamente y hacer alguna clase de trabajo dirigidos por órdenes mentales. Búfalo Acometedor dijo que toda la gente había llegado a comunicarse por medio de pensamientos puros: habían hallado, según pasaban eones de descubrimientos y estudios, la comunicación verbal rústica e innecesaria excepto para ritos religiosos y expresiones emocionales. Adoraban a Yig, el gran padre de las serpientes, y a Tulu, el ser con cabeza de pulpo que les había guiado desde las estrellas, y aplacaban a estas odiosas monstruosidades por medio de sacrificios humanos ofrendados de curiosas formas que Búfalo Acometedor no osó describir.

Zamacona quedó embelesado por el relato del indio, y resolvió inmediatamente aceptar su guía hacia el críptico portal del barranco. No creía en los detalles sobre extraños poderes atribuidos por la leyenda al pueblo oculto, ya que su experiencia en la expedición había sido una constante decepción de los mitos nativos sobre tierras desconocidas; pero sintió que algún territorio bastante maravilloso de riquezas y aventuras podía, no obstante, esconderse más allá de los pasadizos subterráneos extrañamente tallados. Al principio, pensó persuadir a Búfalo Acometedor para que contara su historia a Coronado ofreciéndole su amparo contra cualquier efecto del escepticismo del irritable jefe— pero más tarde decidió que una aventura en solitario sería mejor. Si no contaba con ayuda, no tendría que repartir lo encontrado y quizás podría convertirse en un gran descubridor y propietario de inmensas riquezas. Un éxito que le haría una figura más grande que el mismo Coronado… quizás un personaje más grande que nadie en Nueva España, incluso que el poderoso virrey don Antonio de Mendoza. El 7 de octubre de 1541, estando próxima la medianoche Zamacona abandonó el campo español anexo a la población de casas de hierba y se reunió con Búfalo Acometedor para el largo periplo rumbo al sur. Viajó tan ligero como le fue posible, sin su pesado casco ni peto. De los pormenores del viaje, el manuscrito habla muy poco, pero Zamacona registra su llegada al gran barranco el 13 de octubre. El descenso por la ladera densamente arbolada no llevó mucho, y, aunque el indio tuvo problemas para localizar la entrada oculta tras la maleza, el Jugar finalmente apareció. El portal era una abertura angosta formada por monolíticas jambas y dintel de arenisca, y ostentaba signos de tallas recientemente borradas, ya indistinguibles. Su altura era de quizás metro y medio, y su anchura no más de noventa centímetros. Había oquedades en las jambas que indicaban la existencia antaño de una puerta con goznes, pero cualquier otro resto había desaparecido hacía mucho tiempo.

Ante esa boca negra, Búfalo Acometedor mostró considerable temor y abandonó sus suministros apresuradamente. Había provisto a Zamacona de un buen acopio de antorchas resinosas y provisiones, y le había guiado honestamente y bien, pero rehusó acompañarle en la aventura que les esperaba delante. Zamacona le dio las joyas que había guardado para una ocasión así y obtuvo su promesa de volver a la región en un mes; más tarde le mostró el camino del sur hacia las aldeas de los pueblos del Pecos. Una prominente roca, en la llanura sobre éstos, fue elegida como lugar de reunión; quien primero llegara acamparía hasta que el otro pudiera alcanzarle. En el manuscrito, Zamacona se interroga pensativamente sobre cuánto aguardaría su vuelta el indio, ya que él mismo nunca pudo hacerlo. En el último momento, Búfalo Acometedor trató de disuadirle de sumirse en la oscuridad, pero pronto vio que era inútil y esbozó una estoica despedida. Antes de encender su primera antorcha y cruzar el umbral con su abultado fardo, el español observó la enjuta figura del indio trepando apresuradamente, y bastante aliviado, por entre los árboles. Era el fin de su último lazo con el mundo, aunque él no sabía que nunca volvería a ver a un ser humano — en el verdadero sentido del término— de nuevo. Zamacona no sintió una inmediata premonición de maldad tras cruzar el ominoso portal, aunque desde el principio se vio sumergido en una extraña e insalubre atmósfera. El pasadizo, ligeramente más alto y ancho que la abertura, era durante muchos metros un túnel nivelado de ciclópea albañilería, con desgastadas losas bajo sus pies y bloques de granito y arenisca grotescamente tallados en los lados y el techo. Las tallas debieron ser espantosas y terribles a juzgar por la descripción de Zamacona, y, según parece, la mayoría de ellas giraban alrededor de los monstruosos entes Yig y Tulu. No se parecían a nada que el aventurero hubiera visto antes, aunque añadía que la arquitectura de los nativos de México era, en el mundo exterior, lo más similar. Tras de alguna distancia el túnel comenzaba a descender abruptamente, e irregular roca natural apareció por todos lados. El pasadizo parecía sólo parcialmente artificial, y las decoraciones estaban limitadas a ocasionales escenas con impactantes bajorrelieves. Siguiendo un interminable descenso, cuyo desnivel creaba a veces grave peligro de resbalar y caer, la dirección del pasadizo se volvió sumamente errática y sus contornos variaban. A veces se estrechaba hasta una hendidura o se hacía tan bajo que era necesario detenerse y aun reptar, mientras que en otras ocasiones se ampliaba hasta desembocar en grandes cuevas o series de cuevas. Ciertamente, había muy pocas obras humanas en esa parte del túnel, aunque ocasionalmente un siniestro mural de jeroglíficos tallados en el muro, o un pasadizo lateral bloqueado, recordaban a Zamacona que esto era realmente el camino olvidado por los eones hacia un primordial e increíble mundo de seres vivientes.

Durante tres días, según sus cómputos, Pánfilo de Zamacona avanzó arriba, abajo, adelante o dando vueltas, pero predominantemente hacia abajo, hacia esa oscura región de la noche paleogénica. En una ocasión, escuchó cómo algún Ignorado ser de las tinieblas se ale jaba de su camino correteando o aleteando, y en otra ocasión medio vislumbró un gran ser albino que le hizo estremecerse. La calidad del aire era habitualmente tolerable, a pesar de les fétidas zonas donde a cada paso se veía sumido, lo mismo que les grandes cavernas de estalactitas y estalagmitas provocaban una deprimente humedad. Esto último, como Búfalo Acometedor había advertido, obstruía bastante seriamente el camino, ya que los depósitos calizos de eras habían construido nuevos pilares en el camino de los primordiales habitantes del abismo. El indio, no obstante, había pasado a través de ellos rompiéndolos, por lo que Zamacona no encontró impedimentos a su viaje. Había un inconsciente alivio en el hecho de que alguien del mundo exterior hubiera estado allí antes… y la minuciosa descripción del indio había tocado les fibras de la sorpresa y lo inesperado. Además, el conocimiento de Búfalo Acometedor sobre el túnel le habían llevado a abastecerle de antorchas para la ida y la vuelta, conjurando el peligro de extraviarse en la oscuridad. Zamacona acampó dos veces, encendiendo un fuego cuyo humo fue despejado por la ventilación natural. Durante lo que creyó finales del tercer día — aunque su fabuloso sentido del tiempo no era siempre tan digno de confianza como él supone—, Zamacona encontró los prodigiosos descenso y consiguiente ascenso que Búfalo Acometedor había ubicado en la última fase del túnel. Como en el primer tramo, se veían marcas de mejoras artificiales, y a veces el empinado talud era salvado por tramos de escalones toscamente tallados. La antorcha perfilaba cada vez más las monstruosas tallas de los muros, y finalmente el fulgor resinoso pareció mezclarse con una débil luz que aumentaba según Zamacona ascendía el último trecho descendente. Al cabo, cesó el ascenso, y un nivelado pasadizo de albañilería artificial con oscuros bloques de basalto le llevó directamente hacia adelante. No hubo entonces necesidad de antorchas, ya que todo el aire brillaba con una radiación azulada y casi eléctrica que relumbraba corno una aurora. Era la extraña luz del mundo interior que había descrito el indio… y, en el instante siguiente, Zamacona salió desde túnel a una estéril y rocosa ladera que ascendía sobre él hasta un hirviente e impenetrable cielo de fulgores azulados y descendía vertiginosamente hacia una aparentemente ilimitada llanura velada de bruma azul.

Por fin había llegado al mundo desconocido, y de su manuscrito se deduce que escrutó el informe paisaje tan orgullosa y exaltadamente corno su compatriota Balboa contempló el recién descubierto Pacífico desde aquella inolvidable punta de Darién. Búfalo Acometedor había vuelto sobre sus pasos en este punto, espoleado por el miedo a algo que sólo podía describir vaga y evasivamente corno un rebaño de maligno ganado, ni caballo ni búfalo sino más bien como los seres que los espíritus del túmulo cabalgaban de noche… pero Zamacona no podía detenerse ante tales bagatelas. A pesar del miedo, se sintió colmado por un extraño sentimiento de gloria, ya que tenía suficiente imaginación corno para saber lo que significaba el estar sólo en un inexplicable mundo inferior cuya existencia no sospechaba ningún otro hombre blanco. El suelo de la gran ladera que se remontaba sobre su cabeza y descendía bajo sus pies era de un gris oscuro, cubierto de rocas, sin vegetación, y de origen probablemente basáltico, y con una factura ultraterrena que le hacía sentirse como un invasor en un planeta extraño. La vasta y distante llanura, centenares de metros más abajo, no mostraba trazas que pudiera distinguir, ya que aparecía ampliamente velada por un vapor azulado e hirviente Pero más que ladera o llanura o nube, el fulgurante cielo de un luminoso azul impresionó al aventurero con una sensación de supremo misterio y asombro. Qué había creado aquel cielo en el interior de un mundo, él no podía decirlo, aunque sabía de las luces del norte e incluso las había visto una o dos veces. Concluyó que esta luz subterránea era un pariente lejano de la aurora, un punto de vista que los modernos pueden aprobar, aunque parece más probable que ciertos fenómenos radiactivos puedan estar implicados en el asunto. A espaldas de Zamacona, la boca del túnel que había recorrido bostezaba oscuramente, enmarcada por un zaguán de piedra muy parecido al que había cruzado en el mundo superior, excepto que era de basalto negro grisáceo en vez de arenisca roja. Había odiosas esculturas, aún en buen estado de conservación y quizás acordes con aquellas otras del portal exterior que el tiempo había desgastado. La ausencia de erosión allí indicaba un clima seco y templado; de hecho, el español casi comenzó a notar la deliciosa estabilidad de temperatura que caracteriza al aire del interior del norte. En las jambas de piedra había trabajos que indicaban la antigua presencia de bisagras, pero no había restos de puerta o portón. Sentándose para descansar y pensar, Zamacona aligeró su bulto, apartando comida y antorchas suficientes como para llevarle de vuelta por el túnel. Luego procedió esconderlos en la abertura, bajo un montón de piedras formado apresuradamente con los fragmentos rocosos que había por doquier. Después, reajustando su aligera do bagaje, comenzó el descenso hacia la distante llanura, preparándose para invadir una región en la que ningún ser viviente de la tierra exterior había penetrado en un siglo o más, y que el hombre blanco jamás había pisado, y de la que, si las leyendas eran ciertas, ninguna criatura orgánica había regresado jamás cuerda.

Zamacona se encaminó con paso vivo por la empina da e interminable cuesta; sus progresos eran entorpecidos a veces por resbalones causados por fragmentos de rocas sueltos o por la excesiva pendiente. La distancia a la llanura envuelta en brumas debía ser enorme, ya que muchas horas de andar no le dejaron más cerca, aparentemente, de lo que había estado, Sobre él, se alzaba la gran cuesta ascendiendo hacia un brillante mar aéreo de azulados fulgores. El silencio era total, por lo que sus pisadas y la caída de piedras que hacía rodar resonaban en sus oídos con pasmosa claridad. Aproximadamente al mediodía, descubrió por primera vez las anormales huellas que le hicieron pensar en las terribles insinuaciones de Búfalo Acometedor, su precipitada huida y el terror que le perduraba de forma tan extraña. La naturaleza del suelo sembrado de rocas presentaba pocas oportunidades para huellas de ningún tipo, pero un lugar de bastante desnivel había propiciado la perdida de detritos que se acumulaban en una cresta, dejando una considerable área de tierra gris negruzca absolutamente desnuda. Allí, en una entremezclada confusión que indicaba el amplio deambular sin objeto de un gran rebaño, Zamacona encontró las extrañas pisadas. Cuánto atemorizó esto al español puede deducirse de sus posteriores insinuaciones sobre las bestias. Describe las pisadas como «ni pezuñas, ni manos, ni pies, y no exactamente garras… no lo bastante para que esto provoque alarma». Porque cuánto tiempo hacía que estuvieron los seres allí, no era fácil de colegir. No había vegetación visible, por lo que el forrajeo estaba fuera de cuestión; pero, por supuesto, si las bestias eran carnívoras podían haber estado cazando pequeños animales cuyos rastros ocultarían los suyos propios. Mirando hacia atrás, desde este lugar a las alturas, Zamacona creyó detectar indicios de un gran y tortuoso camino que una vez habría llevado desde la boca del túnel a la llanura. La visión de que este primitivo camino sólo era posible gracias a una amplia vista panorámica, ya que la acumulación de fragmentos rocosos caídos lo había obstruido hacia mucho tiempo, pero el aventurero no pudo tener la certeza de que hubiera existido realmente Probablemente, no había sido una gran ruta pavimentada, ya que, por el pequeño túnel del que partía, más parecía un camino hacia el mundo exterior. Eligiendo una ruta directa de descenso, Zamacona no había seguido aquella carretera serpenteante, aunque debió cruzarlo una o dos veces. Atento ahora a esta circunstancia, observó hacia delante para ver si podía seguir su trazado hasta la llanura, y finalmente creyó haberlo conseguido. Se decidió a investigar su superficie la próxima vez que lo cruzara y quizás seguir su trazado el resto del camino, si podía distinguirlo.

Retomando la marcha, Zamacona llegó algún tiempo más tarde a lo que consideró una curva del antiguo camino. Había signos de pendiente y antiguos trabajos sobre la superficie rocosa, aunque no lo bastante para que mereciera la pena seguir la ruta. Mientras escarbaba el suelo con su espada, el español descubrió algo que relucía bajo la eterna luz diurna azul, y se estremeció al descubrir una especie de moneda o medalla de un oscuro, desconocido y lustroso metal con odiosos diseños a cada lado. Era total y desconcertantemente extraño para él, y por su descripción no me queda ninguna duda de que era un duplicado del talismán que me dio Águila Gris casi cuatro siglos más tarde. Guardándoselo tras un largo y atento examen, prosiguió el camino, acampando por fin a una hora que él estimó sería la tarde del mundo exterior. El día siguiente, Zamacona se levantó temprano y prosiguió el descenso a través de aquel mundo de brumas de luces azuladas, desolación y silencio sobrenaturales. Según avanzaba, por fin comenzó a discernir unos pocos objetos en la distante llanura de abajo: árboles, matorrales, rocas y un pequeño río que quedó a la vista desde la derecha, curvándose hacia un punto a la izquierda de su curso visible. El río parecía estar cruzado por un puente conectado con el camino de bajada, y, prestando atención, el explorador pudo distinguir el trazado de la carretera de más allá, en una línea recta sobre la llanura. Al fin, fue capaz de detectar ciudades desparramadas a lo largo de la rectilínea cinta; ciudades cuyos flancos izquierdos llegaban al río y a veces lo cruzaban. Cuando esto ocurría, según vio mientras descendía, había siempre signos de puentes, bien en ruinas, bien conservados. Ahora se hallaba en el centro de una dispersa vegetación herbosa, y vio que más abajo se espesaba más y más. El camino era fácil de distinguir ahora, ya que su superficie desnudaba el suelo estéril de hierba. Los fragmentos rocosos eran menos frecuentes, y los áridos paisajes a su espalda parecían desolados y poco acogedores en contraste con el presente panorama.

Fue en ese día cuando vio la borrosa mancha desplazándose sobre la distante llanura. Desde su primer encuentro con las siniestras huellas no había encontrado nada más, pero algo en aquella lenta y deliberada masa móvil le asqueó. Nada excepto un rebaño de animales paciendo podía moverse así, y, tras ver las pisadas, no deseaba encontrarse con los seres que las habían hecho. Todavía, la masa móvil no estaba cerca del camino… y su curiosidad y avidez por el fabuloso oro eran grandes. ¿Además, quién podría realmente juzgar las cosas basándose en vagas y entremezcladas pisadas, o a las confidencias estremecidas de pánico de un indio ignorante? Forzando la vista para distinguir la masa móvil, Zamacona comenzó a percatarse de algunas otras cosas interesantes. Una era que algunas partes de las ahora inconfundibles ciudades resplandecían de forma extraña en la brumosa luz azul. Otra era que, cerca de las ciudades, algunas estructuras más aisladas de similares fulgores se desparramaban por doquier a lo largo de la ruta o sobre la llanura. Parecían alzarse entre masas de vegetación, y aquellas que estaban fuera de la carretera tenían pequeñas avenidas que las conectaban con el camino. Ni humo ni otras señales de vida podían discernirse sobre ninguna de las ciudades o construcciones. Por fin, Zamacona vio que la llanura no era infinita, aunque la entrevelante bruma azul se lo había hecho parecer. Estaba limitada en la remota distancia por una cadena de bajas colinas, cerca de una brecha en la que el río y la carretera parecían confluir. Todo esto — especialmente el resplandor de algunos pináculos de las ciudades— era sumamente visible cuando instaló su segundo campamento entre la interminable bruma azul. Igualmente, descubrió la presencia de bandadas de aves que volaban muy alto y cuya exacta naturaleza no pudo describir. La siguiente tarde — usando el lenguaje del mundo exterior, tal y como lo hace en todo momento el manuscrito—Zamacona alcanzó la silenciosa llanura y cruzó el tranquilo y silencioso río por un puente de basalto de extrañas tallas y excelente estado de conservación. El agua era clara y contenía grandes peces de un aspecto verdaderamente extraño. El camino estaba ahora pavimentado y a veces cubierto de malas hierbas y lianas rastreras, y su curso ocasionalmente estaba flanqueado por pequeños pilares que ostentaban oscuros símbolos. A cada lado había hierba con esporádicas agrupaciones de árboles o matorrales, y desconocidas flores azules salpicando irregularmente todo el área. En todo momento, algún movimiento espasmódico de la hierba delataba la presencia de serpientes. En el transcurso de algunas horas, el viajero alcanzó un soto de antiguos árboles de hoja perenne y aspecto extraño que sabía, por distantes vistazos, protegía una de las aisladas estructuras de techumbres resplandecientes.

Entre la apretada vegetación, vio los pilares odiosamente esculpidos de un pórtico de piedra que daba al camino, y tuvo que abrirse paso a través de zarzas sobre un enlosado camino cubierto de musgo y flanqueado por inmensos árboles y bajos pilares monolíticos. Por fin, en aquellos silenciosos contraluces verdes, vio la desmoronada e increíblemente antigua fachada del edificio… un templo, sin duda. Era una masa de nauseabundos bajorrelieves, representaciones de escenas y seres, objetos y ceremonias que verdaderamente no podían tener lugar ni en éste ni en cualquier otro planeta cuerdo. Ante tales cosas, Zamacona muestra por primera vez un temor pío y estremecido que contrasta con el valor informativo del resto de su manuscrito. No podemos por menos que lamentar que el ardor católico de aquel español renacentista haya calado tan hondo en su pensamiento y sentimientos. Las puertas del lugar estaban abiertas de par en par, y una oscuridad absoluta colmaba el interior sin ventanas. Superando la repulsión provocada por las esculturas murales, Zamacona entrechocó pedernal y acero, encendiendo una antorcha resinosa, y, haciendo a un lado las lianas que le estorbaban, cruzó audazmente el ominoso umbral. Durante un instante quedó estupefacto ante lo que vio. No era que todo estuviera cubierto por el polvo y las telarañas de eones inmemoriales, ni los palpitantes seres alados o las espantosamente repugnantes esculturas de las paredes, las extravagantes formas de los múltiples cuencos y pebeteros, el siniestro altar piramidal con la cúspide hueca o la monstruosa anormalidad con cabeza de pulpo, forjada en algún extraño y oscuro metal, que acechaba agazapado sobre su pedestal recubierto de jeroglíficos y que tuvo el poder de arrancarle incluso un grito sobresaltado. No era nada tan ultraterreno como eso… sino simplemente el hecho de que — excepto el polvo, las telarañas, los seres alados y el gigantesco ídolo de ojos esmeralda— cada partícula de materia visible era de oro puro y evidentemente macizo.

Aún el manuscrito, redactado con posterioridad a que Zamacona supiera que el oro era el material más comúnmente empleado en la construcción en aquel mundo inferior que contenía inagotables aluviales y filones de este metal, refleja la excitación desaforada que el viajero sintió al descubrir súbitamente la fuente real de todas las leyendas indias sobre ciudades de oro. Durante un tiempo, la capacidad de observación le abandonó, pero, al fin, recobró sus facultades ante una peculiar sensación de tracción en el bolsillo de su jubón. Buscando la causa, descubrió que el disco de extraño metal que había encontrado en la abandonada carretera era fuertemente atraído por el inmenso ídolo de cabeza de pulpo y ojos de esmeralda aposentado en el pedestal, y que ahora vio que estaba forjado en el mismo y exótico metal desconocido. Más tarde aprendería que esa extraña sustancia magnética — tan poco común en el mundo interior como en el exterior de los hombres— es el metal más preciado del abismo iluminado de azul. Nadie sabe qué es o dónde existe en estado natural: llegó a este planeta de las estrellas junto con la gente cuando el gran Tulu, el dios de cabeza de pulpo, lo trajo por primera vez a este mundo. De hecho, su única fuente conocida era un depósito de artefactos preexistentes que incluían multitudes de ídolos ciclópeos. Jamás pudo ser clasificado o analizado, y aun su magnetismo se daba sólo con los metales de su propia clase. Era el supremo metal ceremonial del pueblo oculto, y su uso estaba regulado por costumbres, de tal manera que sus propiedades magnéticas no pudieran causar inconvenientes. Una aleación muy débilmente magnética con metales como el oro, la plata, el cobre o el cinc, había sido la unidad monetaria del pueblo oculto en un periodo de su historia. Las reflexiones de Zamacona sobre el extraño ídolo y su magnetismo se vieron turbadas por un tremendo espasmo de miedo cuando, por primera vez en aquel silencioso mundo, escuchó el rumor de un sonido que obvia y definidamente se acercaba. No había posibilidad de error sobre su naturaleza. Era la atronadora carga de un rebaño de grandes bestias, y, recordando el pánico del indio, las huellas y la distante masa en movimiento, el español se sobresaltó con aterrorizada anticipación No analizó su posición o el significado de esta estampida de grandes bestias destructivas, sino que simplemente respondió a la elemental urgencia de la autoprotección. Los rebaños desbocados no se detienen a buscar víctimas en lugares oscuros, y, en el mundo exterior, Zamacona hubiera sentido poca o ninguna alarma en el interior de un masivo edificio resguardado por un soto. Algún instinto, no obstante, provocó en esta ocasión un profundo y peculiar terror en su alma, y él buscó frenéticamente a su alrededor alguna forma de salvación.

No hallando refugios útiles en el gran interior patinado de oro, supo que debía cerrar la puerta, durante largo tiempo fuera de uso, que aún colgaba de sus antiguos goznes abierta contra el muro interior. Tierra, raíces y musgo habían invadido el interior, por lo que hubo de excavar un camino para el gran portón dorado con su espada, pero se las arregló para hacer tal trabajo velozmente bajo el espantado acicate del ruido que se aproximaba. El batir de cascos era más alto y amenazador en el momento en que comenzó a tirar de la pesada puerta, y por un instante sus miedos alcanzaron cotas frenéticas, mientras que las esperanzas de desatascar el metal atorado por la edad se debilitaban. Entonces, con un crujido, la puerta cedió a sus fuerzas juveniles y se enfrascó en una enloquecida serie de empujones y tirones. Entre el bramido de desbocadas e invisibles pezuñas, acabó lográndolo; y la pesada puerta dorada se cerró, sumiendo a Zamacona en una total oscuridad sólo rota por la antorcha encendida que había colocado entre las patas de un trípode. Había una tranca, y el espantado aventurero rezó a su santo patrón para que aún estuviera en funcionamiento. El sonido fue la única respuesta que recibió al fugitivo. Al estar aquel rugido prácticamente encima, se dispersó en pisadas diferenciadas, como si el soto de hoja perenne hubiera obligado al rebaño a disminuir velocidad y a desbandarse. Pero las patas continuaron aproximándose, y se le hizo evidente que las bestias avanzaban entre los árboles para circundar los muros odiosamente tallados del templo. En la curiosa intencionalidad de sus pisadas, Zamacona notó algo alarmante y repulsivo, y no le gustaron los hostiles sonidos, audibles aún a través de los gruesos muros de piedra y las pesadas puertas doradas. En una ocasión, la puerta resonó sobre sus antiguos goznes, corno si hubiera recibido un pesado impacto, pero afortunadamente resistió. Entonces, tras lo que pareció un intervalo eterno, escuchó pasos que retrocedían y comprendió que sus desconocidos visitantes se marchaban. Ya los rebaños no parecían ser muy numerosos, podía quizás aventurarse con seguridad en el exterior en media hora o menos, pero Zamacona no quiso correr riesgos. Abriendo su bagaje, preparó su campamento sobre las doradas baldosas del sucio del templo, con la gran puerta aún trabada contra cualquier visitante, y cayó rápidamente en un sueño más profundo que cualquiera de los habidos en los espacios iluminados de azul del exterior. Ni siquiera pensó en la infernal masa con cabeza de pulpo del gran Tulu, forjado en un metal des conocido, acechándole con ojos de pescado color verde mar y que se agazapaba en la oscuridad sobre él en su monstruoso pedestal cubierto de jeroglíficos.

Sumido en la oscuridad por primera vez desde que abandonara el túnel, Zamacona durmió larga y profundamente. Debió ser más tiempo que el sueño que habla perdido en su dos acampadas previas, cuando el eterno fulgor del cielo le habla mantenido despierto a. pesar de la fatiga, ya que otros pies vivientes cubrieron grandes distancias mientras yacía en su saludable descanso sin sueños. Fue bueno que reposase profundamente, ya que había muchas cosas extrañas que ver en su siguiente periodo de consciencia.

IV.
Finalmente, fue un atronador golpeteo sobre la puerta lo que despertó a Zamacona. Se abrió paso entre sus sueños y disipó las persistentes brumas de la somnolencia tan pronto como supo lo que era. No podía haber error: era una llamada humana, definida y perentoria, realizada aparentemente con algún objeto metálico y con toda la medida cualidad de un pensamiento consciente o voluntad implicados en el hecho. Cuando el somnoliento hombre se alzó desmañadamente sobre sus pies, una aguda nota vocal se añadió al requerimiento: fue alguien llamando con una voz no exenta de musicalidad, una fórmula que el manuscrito trata de transcribir como «oxi, oxi, giathcán ycá relex». Cerciorándose de que los visitantes eran hombres y no demonios, y pensando que no tenían ningún motivo para considerarlo un enemigo, Zamacona decidió encararlos abiertamente y al instante, y, por consiguiente, tiró del antiguo pestillo hasta que la puerta dorada crujió, abriéndose bajo la presión de quienes estaban fuera. Al abrirse el gran portón, Zamacona quedó frente a un grupo de unos veinte individuos cuyo aspecto no parecía calculado para provocarle alarma. Parecían ser indios; aunque sus ropas de buen gusto, arreos y espadas no se parecían a nada que hubiera visto entre las tribus del mundo exterior, y sus rostros mostraban multitud de sutiles diferencias con el tipo indio. No tenían aspecto de ser ciegamente hostiles, eso estaba claro, ya que en vez de amenazarle de cualquier forma, simplemente le miraron atenta y significativamente a los ojos, corno si esperaran que su mirada diera paso a algún tipo de comunicación. Cuanto más le miraban, más creía conocer su misión; porque, aunque nadie había hablado desde la llamada vocal previa a la apertura de la puerta, se encontró descubriendo lentamente que habían llegado de la gran ciudad más allá de las bajas colinas a lomos de animales y que habían sido reclamados por bestias que habían informado de su presencia; que ellos no estaban seguros de la clase de persona que era o de dónde había llegado, pero sabían que debía estar asociado con aquel mundo exterior brumosamente recordado y que a veces visitaban en curiosos sueños. Cómo leyó todo esto en la mirada de los dos o tres cabecillas, no le fue posible explicarlo, aunque lo supo un instante después.

Primero trató de dirigirse a sus visitantes en el dialecto wichita que había aprendido de Búfalo Acometedor, y, al no obtener una respuesta verbal, lo intentó sucesivamente en azteca, español, francés y latín, añadiendo posteriormente fragmentos de vacilante griego, gallego y portugués, e incluso el bable campesino de su Asturias natal, todo cuanto fue capaz de recordar. Pero ni siquiera este despliegue políglota — todo su bagaje lingüístico —obtuvo una respuesta. Cuando, sin embargo, se detuvo perplejo, uno de los visitantes comenzó a hablar en un lenguaje completamente extraño y bastante fascinante cuyos sonidos el español tuvo más tarde muchas dificultades para trasladar al papel. Ante su incapacidad de entenderlo, su interlocutor señaló primero sus propios ojos, luego la frente y después sus ojos de nuevo, como conminándole a mirarle para absorber lo que trataba de trasmitirle. Zamacona obedeciendo, se encontró rápidamente en posesión de alguna información. Esa gente, aprendió, conversaba usualmente por medio de emisiones no vocales de pensamiento, aunque primitivamente habían utilizado un idioma que aún sobrevivía, así como la lengua escrita, y que todavía empleaban con motivos tradicionales o cuando fuertes sentimientos requerían una salida espontánea. Pudo entender esto simplemente concentrando su atención en aquellos ojos, y pudo responder creando una imagen mental de cuanto deseaba decir y enviando la esencia de esto con la mirada. Cuando el emisor cesó, aparentemente invitándole a responder, Zamacona intentó, lo mejor que pudo, seguir las instrucciones; pero parece que no le fue demasiado bien. Entonces movió la cabeza y trató de describirse a sí mismo y a su periplo mediante signos. Apuntó arriba, como hacia el mundo exterior, luego cerró los ojos e hizo signos que indicaban cavar como un topo. Después abrió los ojos de nuevo y apuntó abajo, tratando de indicar su descenso por la gran ladera. Experimentalmente, mezcló una o dos palabras con los gestos: por ejemplo, apuntándose sucesivamente y señalando a todos sus visitantes, dijo «un hombre», y luego, apuntándose a sí mismo en particular pronunció muy cuidadosamente su propio nombre: Pánfilo de Zamacona.

Antes de que terminara la conversación, habían intercambiado un buen caudal de informaciones. Zamacona había comenzado a aprender la forma de emitir sus pensamientos y, asimismo, había aprendido algunas palabras del arcaico lenguaje oral de la región. Sus visitantes, por su parte, habían asimilado algunos conceptos de un elemental vocabulario de español. Su propio y antiguo lenguaje era completamente distinto a cuanto hubiera escuchado el español, aunque hubo posteriores momentos en los que imaginó encontrarle un lazo remoto con el azteca, como si este último representase algún tardío estado de corrupción o estuviera muy diluido por la infiltración de palabras extranjeras. El mundo subterráneo, como aprendió Zamacona, ostentaba un antiguo nombre que el manuscrito transcribe como «Xinaián», pero que, por las explicaciones complementarias del redactor y las marcas diacríticas, probablemente estaría mejor representado, a oídos de un anglosajón, por la transcripción fonética K’nyan. No resulta sorprendente que esta conversación preliminar no fuera más allá de lo meramente esencial, pero esos fundamentos eran sumamente importantes. Zamacona supo que el pueblo de K’n-yan era casi infinitamente antiguo, y que provenía de una remota zona del cosmos donde las condiciones físicas eran muy similares a las de la tierra. Todo esto, por supuesto, era ahora leyenda, y uno no puede decir cuanto de verdad hay en todo ello o cuanto trabajo fue realmente realizado por el ser de cabeza de pulpo Tulu, que, según la tradición, los había guiado y a quien aún reverenciaban por razones estéticas. Sin embargo, conocían de la existencia del mundo exterior, y era de hecho el grupo original que lo había poblado tan pronto como la corteza estuvo lista para aceptar la vida. Entre las eras glaciales habían levantado notables civilizaciones de superficie, especialmente en el Polo Sur, cerca de la montaña Kadath.

En algún momento infinitamente lejano del pasado, la mayor parte del mundo exterior se había sumido bajo las aguas, de forma que sólo unos pocos refugiados sobrevivieron para llevar la noticia a K’n-yan. Tal suceso fue indudablemente debido a la ira de demonios espaciales, hostiles tanto a los hombres como a sus dioses… ya que tenía resabios de una inmersión primordial que había sumergido a los mismos dioses, incluido el gran Tulu, que aún yacía hundido, soñando en las inundadas bóvedas de la semicósmica ciudad de Relex. Ningún hombre que no fuera un esclavo de los demonios del espacio, se argumentaba, podía vivir mucho en el mundo exterior, y se decidió que todos los seres que allí permanecían debían estar malignamente confabulados. El comercio con las tierras iluminadas por el sol y las estrellas se interrumpió bruscamente. Los pasadizos subterráneos a K’n-yan, o los que podían ser recordados, fueron cegados o cuidadosamente guardados, y todos los invasores fueron tratados como peligrosos espías y enemigos. Pero eso había sucedido hacía mucho tiempo. Con el transcurso de las edades menos y menos visitantes llegaban a K’n-yan, y eventualmente se retiraron los centinelas de los pasadizos abiertos. La mayoría de la gente olvidó — excepto en forma de distorsionadas memorias y mitos, así como de algunos sueños muy singulares— la existencia de un mundo exterior; aunque la gente culta nunca olvidó los hechos esenciales. Los últimos visitantes recordados — siglos atrás— no habían sido tratados como espías al servicio de los demonios: la fe en las viejas leyendas hacía mucho que habían muerto. Habían sido interrogados ávidamente sobre las fabulosas regiones exteriores, ya que la curiosidad científica en K’n-yan era entusiasta, y los mitos, memorias, sueños y fragmentos históricos sobre la superficie de la tierra habían colocado desde siempre a los eruditos al borde de una expedición al exterior, pero que, sin embargo, nunca osaron acometer. Lo único que se pedía a esos visitantes era que se abstuvieran de retroceder e informar al mundo exterior sobre la existencia de los K’nyanos; ya que, después de todo, uno no podía estar seguro sobre aquellas tierras exteriores. Codiciaban el oro y la plata, y podrían mostrarse invasores muy problemáticos. Aquellos que habían obedecido el aviso habían vivido felices, aunque lamentablemente poco, y habían contado cuanto sabían de su mundo… bastante poco, no obstante, ya que sus informes eran tan fragmentarios y contradictorios que uno difícilmente podía decidir en qué creer y qué dudar. Uno deseaba que hubiera más visitantes. Y respecto a aquellos que desobedecieron intentando escapar… la desgracia se cebó en ellos. El mismo Zamacona fue muy bienvenido, ya que parecía ser un hombre instruido y saber mucho más sobre el mundo exterior que cualquiera que hubiera llegado desde que recordaba la memoria. Podía contarles bastante… y ellos ansiaban que les sacara de su aislamiento secular.

Mucho de lo que aprendió Zamacona sobre K’n-yan en estos primeros instantes le dejó casi sin aliento. Supo, por ejemplo, que en los últimos siglos el fenómeno del envejecimiento y muerte había sido vencido, y que los hombres no envejecían mucho ni morían excepto por violencia o voluntad propia. Por regulación del sistema, uno podía ser tan joven fisiológicamente e inmortal como deseara, y la única razón por la que se abocaban voluntariamente a la vejez era que gozaban de tal sensación en un mundo donde reinaban el estatismo y la complacencia. Podían volver fácilmente a la juventud con sólo desearlo. No había nacimientos, excepto para propósitos experimentales, ya que una superpoblación fue considerada innecesaria por una raza que controlaba la Naturaleza y los organismos rivales. Muchos, no obstante, buscaban morir al cabo del tiempo, a pesar de los mayores esfuerzos por inventar nuevas diversiones: la prueba de la consciencia se volvía demasiado ardua para almas sensibles, especialmente para quienes el tiempo y la hartura habían cegado los instintos primarios y las emociones de la autoconservación. Todos los miembros del grupo que se presentó ante Zamacona tenían entre 500 a 1.500 años, y algunos habían visto ya antes visitantes de la superficie, aunque el tiempo había empañado su recuerdo. Esos visitantes, por supuesto, habían tratado de imitar la longevidad de la raza subterránea, pero sólo lo habían logrado parcialmente, debido a las diferencias evolutivas desarrolladas durante uno o dos millones de años de separación. Tales diferencias evolutivas se manifestaban aún más claramente en otro particular, uno todavía más extraño que el milagro de la inmortalidad. Era la habilidad de la gente de K’n-yan para regular el equilibrio entre materia y energía, incluso cuando los cuerpos de seres orgánicos vivientes estaban involucrados, por la mera fuerza de la voluntad técnicamente entrenada. En otras palabras, con considerable esfuerzo, un adiestrado hombre de K’n-yan podía desmaterializarse y rematerializarse a si mismo… o, con un esfuerzo algo mayor y técnicas más avanzadas, hacerlo con el objeto que deseara, reduciendo la materia sólida a partículas libres externas y recombinando las partículas de nuevo sin daño.

De no haber respondido Zamacona a los golpes de los visitantes como lo hizo, habría descubierto esto de una forma mucho más desconcertante; ya que sólo la tensión y fastidio del proceso refrenó a los veinte hombres de cruzar corporalmente la puerta sin detenerse a llamar. Este arte era mucho más antiguo que el de la vida perpetua, y podía ser aprendido hasta cierto punto, nunca a la perfección, por una persona inteligente. Rumores sobre esto habían alcanzado el mundo exterior en edades pasadas, sobreviviendo en tradiciones secretas y leyendas de fantasmas. Los hombres de K’n-yan se habían divertido con los primitivos y distorsionados cuentos de espíritus traídos por los dispersos visitantes del mundo exterior. En la vida práctica, este principio tenía algunas aplicaciones industriales; pero generalmente era lo suficientemente fatigoso como para ser relegado a pesar de los incentivos para su uso. Su principal uso remanente estaba ligado al sueño, cuando, para divertirse, muchos soñadores recurrían a él para realzar la intensidad de sus visionarios vagabundeos. Con ayuda de este método, los soñadores aún realizaban visitas en un estado semimaterial a un extraño y nebuloso reino de colinas, valles y luces tililantes que algunos consideraban el olvidado mundo exterior. Podían ir allá en sus bestias y, en aquella edad pacífica, revivir a las viejas y gloriosas batallas de sus antepasados. Algunos filósofos pensaban que en ciertos casos actuaban en unión fuerzas inmateriales dejadas atrás por aquellos ancestros guerreros. Toda la población de K’n-yan moraba en la gran y elevada ciudad de Tsath, mas allá de las montañas. Primitivamente, algunas razas habían habitado todo el mundo subterráneo, que abarcaba insondables abismos y que incluía la región iluminada de azul y una región iluminada de rojo llamada Yoth, donde los restos de una raza no-humana y aún más antigua habían sido encontrados por los arqueólogos. Con el transcurso del tiempo, no obstante, la gente de Tsath había conquistado y esclavizado a todos los demás, cruzándolos con algunos cuadrúpedos astados de la región de luz rojiza, cuyas inclinaciones semihumanas eran muy peculiares y que, aun poseyendo algunos elementos artificialmente creados, podrían ser en parte los degenerados descendientes de aquellas peculiares entidades que habían dejado las ruinas. Con el paso de las eras, mientras los descubrimientos mecánicos hacían la vida extremadamente fácil, sobrevino una concentración de la gente en Tsath, por lo que el resto de K’nyan quedó relativamente desierto.

Era más fácil vivir en un solo lugar, y no tenía sentido mantener una población descomunal. Muchos de los viejos artefactos estaban aún en servicio, aunque otros habían sido abandonados cuando se vio que eran inútiles para dar placer, o que no eran necesarios para una raza de reducida población cuya fuerza mental podía gobernar un amplio plantel de organismos inferiores e semihombres industriales. Esta gran clase esclava estaba formada por elementos heterogéneos, habiendo sido engendrada a partir de antiguos enemigos vencidos, invasores del mundo exterior y cadáveres curiosamente revividos, y por los miembros inferiores, por naturaleza, de la raza gobernante de Tsath. El tipo predominante mismo se había superado a través de la eugenesia y la evolución social: la nación había pasado por un periodo de utópica democracia industrial que daba iguales oportunidades a todos, y esto, por el natural ascenso de la inteligencia al poder, privó a la masa de toda inteligencia y vigor. La industria, resultando esencialmente inútil excepto para suministrar las necesidades básicas y la gratificación de los ineludibles anhelos, se había vuelto muy simple. El bienestar físico estaba asegurado mediante la agricultura y ganadería científicas. Los viajes largos se habían abandonado, y la gente volvió a usar las semihumanas bestias astadas, en lugar de mantener la profusión de máquinas transportadoras de oro, plata y acero que una vez cubrieran la tierra, el agua y el aire. Zamacona apenas pudo creer que tales cosas pudieran haber existido excepto en los sueños, pero dice que pudo ver ejemplares de ellos en los museos. También pudo contemplar las ruinas de otros inmensos artefactos mágicos para realizar un viaje de un día al valle de Do-Hna, adonde se había extendido la raza durante periodos de gran población. Las ciudades y templos de tal llanura pertenecían a un periodo mucho más arcaico, y no eran otra cosa que santuarios religiosos y museos de la supremacía de las gentes de Tsath. El gobierno de Tsath era una especie de estado comunista o semianarquista: la costumbre antes que la ley determinaban el diario orden de las cosas. Esto era posible por la añeja experiencia y el aburrimiento que agarrotaba a la raza, cuyos deseos y necesidades se ceñían a fundamentos físicos y nuevas sensaciones. Una larga tolerancia de eras más que una creciente reacción había abolido toda ilusión de valores y principios, y nada excepto algo parecido a la costumbre era aceptado o esperado. Evitar que el mutuo abuso en la búsqueda de placeres nunca dañara a la vida común de la comunidad… esto era cuanto se deseaba. La organización familiar había desaparecido mucho tiempo atrás, y las distinciones sociales y civiles entre sexos se habían esfumado.

La vida diaria estaba organizada en patrones ceremoniales: juegos, intoxicaciones, tortura de esclavos, ensoñaciones, orgías gastronómicas y emocionales, ejercicios religiosos, experimentos exóticos, discusiones artísticas y filosóficas, y cosas por el estilo, eran las principales ocupaciones. La propiedad… principalmente las tierras, esclavos y animales eran parte de la común empresa ciudadana de Tsath, y los lingotes del magnético metal de Tulu, la primitiva moneda patrón, eran distribuidos mediante una compleja base que incluía un cierto monto igual dividido entre todos los hombres libres. La pobreza era desconocida, y el trabajo consistía sólo en unos ciertos deberes administrativos impuestos por un intrincado sistema de prueba y selección. Zamacona tuvo dificultades en describir condiciones tan distintas a todo cuanto hubiera conocido antes, y el texto de su manuscrito da muestras poco habituales de desconcierto en estos temas. Arte e intelecto, según parece, habían alcanzado cotas muy altas en Tsath, pero se había convertido en indiferencia y decadencia. El predominio de la maquinaria había al tiempo quebrantado el desarrollo de la estética normal, introduciendo una inerte tradición geométrica, fatal para la expresión sonora. Todo esto había quedado pronto desfasado, pero había dejado su impronta sobre la creación pictórica y decorativa, y, con excepción de los convencionales diseños religiosos, había poca profundidad o sentimiento en cualquier trabajo posterior. Las reproducciones arcaizantes de trabajos antiguos se encontraron mucho mejores para el solaz general. La literatura era sumamente individual y analítica, aunque la mayor parte era completamente ininteligible para Zamacona. La ciencia había sido profundizada y asegurada, y abarcaba todos los campos, con la única excepción de la astronomía, Todo esto, no obstante, caía en la decadencia, y la gente encontraba progresivamente inútil gravar sus mentes con memorizaciones de una enloquecedora multitud de detalles y ramificaciones. Se consideraba más sensato abandonar las más profundas especulaciones y relegar la filosofía a las formas convencionales. La tecnología, por supuesto, podía ser decretada a dedo. La historia se abandonaba más y más, pero existían en las bibliotecas copiosas y puntuales crónicas del pasado. Era aún un asunto interesante, y hubo gran regocijo ante el nuevo conocimiento sobre el mundo exterior prestado por Zamacona. Sin embargo, en general, la moderna tendencia era sentir más que pensar, por lo que la gente estaba más motivada a inventar nuevas diversiones que en preservar los viejos sucesos o empujar la frontera de los misterios cósmicos. La religión era un interés primordial en Tsath, aunque muy pocos creían en aquellos tiempos en lo sobrenatural. Lo que les movía era la exaltación estética y emocional prestada por los gestos místicos y los sensuales ritos que arropaban la colorida fe ancestral. Los templos del Gran Tulu, un espíritu de universal armonía antiguamente simbolizado en el dios con cabeza de pulpo que había guiado a los hombres desde las estrellas, eran los objetos más ricamente forjados de toda K’n-yan, mientras que los crípticos santuarios de Yig, el principio de la vida simbolizado como el Padre de todas las Serpientes, eran casi tan abundantes y destacados. En su momento, Zamacona aprendió mucho sobre las orgías y sacrificios ligados a esta religión, pero parece piadosamente reacio a describirlos en su manuscrito. Él mismo nunca participó de ningún rito salvo aquellos que confundió con degeneraciones de su propia fe; no obstante, no perdió oportunidad de intentar convertir a la gente a la fe de la Cruz que los españoles ansiaban hacer universal.

Destacado dentro de la contemporánea religión de Tsath era una revivida y casi genuina veneración hacia el raro y sagrado metal de Tulu: el oscuro, lustroso y magnético material que no se encontraba jamás en la Naturaleza, pero que había estado siempre con los hombres en la forma de los ídolos y complementos de culto. Desde los primeros tiempos, cualquier vista de éste en su estado puro habían impelido al respeto, mientras que todos los archivos sagrados y las letanías estaban guardadas en cilindros forjados en su más pura sustancia. Ahora, mientras el abandono de la ciencia y el intelecto iba turbando el crítico espíritu analítico, la gente comenzaba de nuevo a tejer alrededor del metal la misma red de reverente superstición que ya existiera en tiempos primitivos. Otra de las funciones de la religión era la regulación del calendario, nacida en una época en que el tiempo y la velocidad eran contemplados como fetiches primordiales en la vida emocional del hombre. Periodos de alterna vigilia y sueño, prolongados, acortados e invertidos según dictaran el humor y la conveniencia, y datados por el batir de la cola del Gran Yig, la Serpiente, correspondían muy someramente a los días y noches humanos; aunque las sensaciones de Zamacona le dijeron que debían ser actualmente algo más largos. El año, medido por la muda anual de piel de Yig, era como un año y medio del mundo externo. Zamacona creyó haber dominado plenamente este calendario cuando escribió el manuscrito, por lo que da el dato confidencial de 1545; pero el documento fracasa al sugerir que su aseveración en tal sentido está plenamente justificada. Cuando el interlocutor de la partida de Tsath le dio tal información, Zamacona sintió una creciente repulsión y alarma. No era sólo lo dicho, sino la extraña manera telepática de hacerlo y la total conclusión de que la vuelta al mundo exterior sería imposible, lo que hizo desear al español no haber descendido nunca a esta región de magia, anormalidad y decadencia. Pero sabía que nada puede ser mejor política que una amistosa aceptación, de ahí que decidiera cooperar con todos los planes de sus visitantes y suministrarles toda la información que pudieran requerir. Ellos, por su parte, estaban fascinados ante las informaciones del mundo exterior que él trató vacilantemente de trasmitir.

Era verdaderamente la primera fuente de información relevante que tenían desde la caída de la Atlántida y Lemuria eras antes, ya que los siguientes emisarios del exterior fueron miembros de grupos pequeños y locales sin ningún conocimiento del gran mundo: mayas, toltecas, aztecas si acaso, o miembros de las aún más ignorantes tribus de las llanuras. Zamacona era el primer europeo que nunca vieran, y el hecho de que fuera un joven de educación e inteligencia le daba aún mayor valor como fuente de conocimiento. El grupo visitante mostró un incesante interés en todo cuanto les suministró, y era evidente que su llegada haría mucho por el renacimiento del menguante interés de la cansada Tsath en temas de geografía e historia. Lo único que pareció disgustar a los hombres de Tsath fue el hecho de que curiosos y aventureros extranjeros estuvieran comenzando a derramarse por aquellas partes donde había los pasadizos de K’n-yan. Zamacona les habló del descubrimiento de Florida y Nueva España, y dejó claro que gran parte del mundo degustaba el sabor de la aventura: españoles, portugueses, franceses e ingleses. Tarde o temprano, México y Florida serían parte de un gran imperio colonial, y entonces sería difícil guardarse de los buscadores de los rumoreados oro y plata del abismo. Búfalo Acometedor sabía del periplo de Zamacona al interior de la tierra. ¿Podría contárselo a Coronado, o quizás enviar un mensaje al gran virrey cuando él no encontrara al viajero en el acordado lugar de reunión? La alarma por la pervivencia del secreto y seguridad de K’n-yan se reflejó en el rostro de los visitantes, y Zamacona leyó en sus mentes el hecho de que, sin duda, de nuevo se apostarían centinelas en todos los pasadizos abiertos al mundo exterior que los hombres de Tsath pudieran recordar.

V.
La larga conversación entre Zamacona y sus visitantes tuvo lugar bajo la media luz verde azulada del soto, al pie de las puertas del templo. Algunos hombres se recostaban en el musgo y los pastos cercanos al descuidado camino, mientras que otros, entre quienes se encontraban el español y el jefe portavoz del grupo de Tsath, se sentaban en los ocasionales pilares bajos y monolíticos que se alineaban en las cercanías del templo. Casi un día terrestre completo se había consumido en el coloquio, ya que Zamacona sintió repetidas veces la necesidad de alimento y comió de su bien provisto fardo, mientras algunos del grupo de Tsath retrocedían en busca de provisiones hasta la carretera donde habían dejado a sus monturas. Por fin, el jefe principal de la partida dio por concluida la conversación, indicando que había llegado el momento de ir a la ciudad. Había, según afirmaba, algunas bestias adicionales en la comitiva, y Zamacona habría de cabalgar sobre una de ellas. La perspectiva de montar uno de aquellos ominosos seres híbridos cuya fabulosa nutrición era tan alarmante, y un simple vistazo de las cuales había bastado para que Búfalo Acometedor emprendiera una huida frenética, no era algo muy apetecible para el viajero. Había, además, otro punto sobre esos seres que le perturbaba enormemente: la aparente y preternatural inteligencia de algunos de los miembros de la manada ambulante del día anterior, que habían informado su presencia a los hombres de Tsath y guiado a la presente expedición. Pero Zamacona no era un cobarde, por lo que siguió audazmente a los hombres por el camino infectado de hierbas hacia la carretera donde aguardaban los seres. Aun así, no pudo contener un grito de terror ante lo que vio al rebasar los grandes pilares cubiertos de lianas y salir a la antigua carretera. No se maravilló de que el curioso wichita hubiera huido aterrorizado, y tuvo que cerrar los ojos durante un instante para conservar la cordura. Es una desgracia que algún sentido de piadosa reticencia le impidiera describir detalladamente en su manuscrito la indescriptible visión que contempló. Así, solamente insinuó la estremecedora morbidez de aquellos grandes y achaparrados seres blancos con pelo negro en los flancos, un rudimentario cuerno en el centro de la frente e inconfundibles trazas de sangre humana o antropoide, delatadas por sus rostros de narices aplastadas y labios carnosos. Eran, declaró más tarde en su manuscrito, las entidades materiales más terribles que jamás viera en su vida, tanto en K’n-yan como en el mundo exterior. Y la cualidad esencial de este inmenso terror era algo ajeno a cualquier característica fácilmente reconocible o descriptible. El principal problema consistía en que no eran producto íntegramente de la Naturaleza.

El grupo observó el temor de Zamacona y le apremió a tranquilizarse lo antes posible. Las bestias, o gvaayothn, explicaron, seguramente eran seres curiosos, pero no eran realmente dañinos. La carne que comían no era la de la gente inteligente de la raza dominante, sino simplemente la de una clase esclava especial que en su mayor parte no era completamente humana, y que de hecho era la principal fuente de carne de K’n-yan. Ellos -o sus principales elementos ancestrales- habían sido descubiertos en estado salvaje entre las ciclópeas atinas del desierto mundo de luz roja de Yoth, que estaba bajo el mundo de luz azul de K’n-yan. El hecho de que eran parcialmente humanos resultaba bastante claro, pero los hombres de ciencia nunca pudieron determinar si eran los descendientes de las pretéritas entidades que habían vivido y reinado en las extrañas ruinas. El principal argumento para tal suposición era el hecho probado de que los desaparecidos habitantes de Yoth habían sido cuadrúpedos. Mucho de todo esto era conocido por los escasos manuscritos y tallas encontrados en las criptas de Zin, bajo la inmemorialmente arruinada ciudad de Yoth. Pero también se sabía por aquellos manuscritos que los seres de Yoth habían poseído el arte de la producción artificial de vida, y habían creado y destruido algunas razas animales industriales y de transporte, eficientemente diseñadas, en el transcurso de su historia… por no hablar de la producción de toda clase de formas vivientes fantásticas, destinadas a provocar diversión y nuevas sensaciones, durante el largo periodo de decadencia. Los seres de Yoth, indudablemente, habían sido de estirpe reptiliana, y la mayoría de los fisiólogos de Tsath coincidían en que las actuales bestias fueron sumamente reptilianas antes de ser cruzadas con la clase esclava mamífera de K’n-yan. Dice mucho sobre el intrépido talante de aquellos españoles renacentistas que conquistaron la mitad del nuevo mundo, el que Pánfilo de Zamacona y Núñez montara una de las morbosas bestias de Tsath y se colocara junto al jefe de la comitiva, el hombre llamado Gll’ Hthaa-Ynn, quien fuera el más activo en el previo cambio de información. Era algo repulsivo, pero, después de todo, el asiento era muy cómodo, y el paso de los desmañados gyaa-yoth era sorprendentemente firme y regular. No se necesitaban riendas, y el animal no parecía necesitar guía alguna. La procesión avanzó con paso vivo, deteniéndose sólo en algunas ciudades y templos abandonados acerca de los que Zamacona mostró curiosidad, y sobre los que Gll’-Hthaa-Ynn se mostró dispuesto a enseñar y explicar. La mayor de tales ciudades, Bgraa, era una maravilla de oro finamente forjado, y Zamacona estudió la arquitectura curiosamente adornada con ávido interés. Las construcciones se apiñaban elevándose hacia lo alto, con tejados coronados por multitud de pináculos. Las calles eran angostas, curvilíneas y en ocasiones pintorescamente onduladas, pero Gll’-Hthaa-Ynn dijo que las posteriores ciudades de K’n-yan eran de diseño mucho más espacioso y regular. Todas esas viejas ciudades de la llanura mostraban rastros de abatidos muros… restos de los arcaicos días, cuando fueron sucesivamente conquistadas por los ahora desaparecidos ejércitos de Tsath.

Había algo a lo largo de la ruta que Gll’-Hthaa-Ynn mostró por propia iniciativa, aunque eso implicó un desvío de más de un kilómetro por un camino lateral cubierto de lianas. Era un templo achaparrado y sencillo construido con bloques de basalto, sin una simple talla y conteniendo sólo un vacío pedestal de ónice. Lo que le hacía notable era su cualidad de lazo con un fabuloso mundo pretérito, comparado con el cual incluso el críptico Yoth era algo de ayer. Había sido construido a imitación de algunos templos pintados en las criptas de Zin y albergaba un terrible ídolo negro con aspecto de sapo llamado Tsathoggua en los manuscritos yóthicos. Había sido un dios potente y fanáticamente adorado, y, tras su adopción por el pueblo de K’n-yan, había dado su nombre a la ciudad que más tarde sería la dominante en esa región. La leyenda yóthica decía que había llegado de un misterioso reino interior que estaba bajo el mundo de luz roja: un dominio negro de seres peculiarmente sensitivos que no conocían la luz, pero que habían tenido una gran civilización y poderosos dioses antes aún de que los reptilianos cuadrúpedos de Yoth hubieran llegado y alcanzado el ser. Había muchas imágenes de Tsathoggua en Yoth, todas las cuales se suponía provenientes del negro mundo inferior, y que los arqueólogos yóthicos creían que representaban la raza de tal dominio, extinta eones atrás. El mundo negro, llamado N’kai en los manuscritos yóthicos, fue explorado tanto como fue posible por esos arqueólogos, y el hallazgo de singulares artesas o madrigueras de piedra habían provocado infinidad de especulaciones. Cuando los hombres de K’n-yan descubrieron el mundo de luz roja y descifraron los extraños manuscritos, rindieron culto al Tsathoggua y se llevaron todas las espantosas imágenes de sapo a la tierra de la luz azul, emplazándolas en santuarios de piedra extraída de Yoth como el que Zamacona veía ahora. El culto floreció hasta casi rivalizar con los antiguos cultos de Yig y Tulu, y una rama de la raza incluso salió al mundo exterior, donde las más pequeñas de las imágenes encontraron, eventualmente, un santuario en Olathoë, en la tierra de Lomar, cerca del Polo Norte. Se rumoreaba que este culto del mundo exterior sobrevivió incluso después de que la glaciación y los peludos gnophekehs destruyeran Lomar, pero de tales asuntos no se tenían demasiados detalles en K’n-yan. En el mundo de la luz azul, el culto tuvo un abrupto final, aun cuando, a través del nombre de Tsath, estaba condenado a perdurar.

Lo que acabó con el culto fue la parcial exploración del negro reino de N’kai bajo el mundo iluminado de rojo de Yoth. Según los manuscritos yóthicos, no había vida superviviente en N’kai, pero algo debió suceder en los eones transcurridos entre los días de Yoth y la llegada del hombre a la tierra, algo que quizás no era ajeno al fin de Yoth. Quizás tuvo lugar un terremoto, abriendo estancias inferiores del mundo sin luz que habían permanecido cerradas para los arqueólogos yóthicos, o quizás una más espantosa yuxtaposición de energía y electrones, completamente inconcebible para la mente de una forma vertebrada. De cualquier forma, cuando los hombres de K’nyan se introdujeron en el negro abismo de N’kai con lámparas atómicas de gran potencia, encontraron seres vivos… seres vivos que medraban en canales de piedra y veneraban efigies de ónice y basalto de Tsathoggua. Pero no eran sapos como Tsathoggua. Nada más lejos: eran masas amorfas de viscoso limo negro que asumían temporales formas para diversos propósitos. Los exploradores de K’n-yan no se detuvieron para observaciones detalladas, y aquellos que escaparon vivos sellaron el pasadizo que llevaba desde el mundo de luz roja Yoth a los golfos de horror inferior. Luego, todas las imágenes de Tsathoggua en la tierra de K’nyan frieron disueltas en el éter mediante rayos desintegradores, y el culto fue abolido para siempre. Eones más tarde, cuando los miedos infantiles fueron desterrados y suplantados por la curiosidad científica, las viejas leyendas sobre Tsathoggua y N’kai fueron recordadas, y una partida de exploración convenientemente armada y equipada descendió a Yoth para encontrar la clausurada puerta del abismo negro e indagar sobre qué podía habitar allí. Pero no pudieron encontrar la puerta, ni lo pudo ningún hombre a pesar de buscarse en todas las edades que siguieron. En el presente, había quienes dudaban de que tal abismo hubiera existido, pero los pocos eruditos que aún eran capaces de descifrar los manuscritos yóthicos creían que la evidencia sobre tal cosa era suficiente, aunque los archivos medios de K’n-yan, con registros de una espantosa expedición a Nkai, estaban más abiertos a la duda. Algunos cultos religiosos posteriores intentaron suprimir el recuerdo de la existencia de N’kai y adoptaron severas sanciones contra su mención, pero eso no se tomaba en serio en el tiempo en que Zamacona llegó a K’n-yan.

Cuando la comitiva regresó al viejo camino y se aproximó a la baja cadena de montañas, Zamacona vio que el río estaba muy cerca, a la izquierda. Algo más tarde, mientras el terreno se elevaba, la corriente entraba en una garganta y pasaba entre las colinas, mientras que la carretera atravesaba la brecha por un nivel algo más alto, cerca del borde. Fue ése el momento en que comenzó la lluvia luminosa. Zamacona descubrió las ocasionales gotas y la llovizna, y miró hacia el refulgente aire azul, pero no había ninguna mengua en la extraña radiación. GlI-Hthaa-Ynn le dijo que tales condensaciones y precipitaciones de vapor de agua no eran infrecuentes, y que nunca reducía el resplandor de la bóveda superior. Una especie de bruma, no obstante, pendía eternamente sobre las tierras bajas de K’n-yan y compensaba la total ausencia de verdaderas nubes. El leve ascenso del paso montañoso permitió a Zamacona, mirando atrás, ver la antigua y desierta llanura en panorámica, tal como la había visto desde el otro lado. Parece haber degustado su extraña belleza y lamentado vagamente abandonarla, porque comenta haber sido instado por Gll’-Hthaa-Ynn a guiar más rápido su bestia. Cuando volvió la vista hacia delante se encontró que la cúspide de la carretera estaba muy cerca: el camino tapizado de hierba llevaba directo arriba y finalizaba contra un sólido vacío de luz azul. La escena era sin duda sumamente impresionante: la verde pared de un risco a la derecha, una profunda hoz a la izquierda con otra pared rocosa más allá y, al frente, el agitado mar de azul brillante en el que se sumía el camino. Luego, llegó la cresta misma y con ella el mundo de Tsath se desplegó en una panorámica fabulosa. Zamacona contuvo el aliento ante la gran extensión de poblado paisaje, ya que había enjambres de poblaciones y más actividad de la que hubiera visto o soñado hasta el momento. La propia ladera de descenso de la colina estaba relativamente poco cubierta por pequeñas granjas y ocasionales templos, pero más allá yacía una inmensa llanura similar a un tablero de ajedrez, con árboles plantados, irrigada por estrechos canales desde el río y enhebrado con caminos anchos y de precisa geometría, de oro y bloques de basalto. Grandes cables de plata colgaban en lo alto de pilares dorados, enlazando los bajos y amplios edificios, y grupos de construcciones que se alzaban por doquier; en algún lugar podían verse alineaciones de pilares parcialmente ruinosos y sin cables.

Los objetos móviles indicaban aquellos campos que estaban siendo labrados y, en algunos casos, Zamacona vio hombres arando con ayuda de los repulsivos cuadrúpedos semihumanos. Pero lo más impresionante de todo era la anonadante visión de arracimados chapiteles y pináculos que se alzaban en lontananza, cruzando la llanura, y que rielaban como flores espectrales bajo la fulgurante luz azul. Al principio, Zamacona pensó que era una montaña cubierta de casas y templos, similar a las pintorescas ciudades-colina de su España natal, pero una segunda mirada le mostró que no era así. Era una ciudad de la llanura, pero edificada con tales torres-rascacielos que su perfil era en verdad el de una montaña. Sobre todo esto pendía una curiosa calima grisácea, a través de la cual la luz azul relucía y provocaba la sugestión de radiación del millón de minaretes dorados. Observando a Gll’-Hthaa-Ynn, Zamacona supo que ésta era la monstruosa, gigantesca y todopoderosa ciudad de Tsath. Mientras la carretera descendía hacia la llanura, Zamacona sintió una especie de intranquilidad y un sentimiento de maldad. No le gustaba ni la bestia que cabalgaba, ni el mundo capaz de albergar a tal bestia, ni tampoco la atmósfera que pendía sobre la distante ciudad de Tsath. Cuando la comitiva comenzó a cruzar las esporádicas granjas, el español se percató de los seres que trabajaban en los campos, y no le gustaron sus movimientos y proporciones, ni las mutilaciones que descubrió en la mayoría de ellos. Además, le disgustó la forma en que esos seres estaban apiñados en corrales, o la manera en que se alimentaban en los espesos pastizales. GlI’-HthaaYnn le señaló que tales seres eran miembros de la clase de los esclavos, y sus actos eran controlados por el amo de la granja, quien les daba sugestiones hipnóticas por la mañana sobre cuanto debían hacer durante el día. Como máquinas semiconscientes su eficacia industrial era casi perfecta Aquellos de los corrales eran especímenes inferiores, clasificados simplemente como ganado. Hasta donde alcanzaba la llanura, Zamacona vio grandes granjas y se percató de los trabajos casi humanos realizados por los repulsivos astados gyaa-yothn. Asimismo, observó las figuras más humanoides que se afanaban en los surcos y sintió un curioso miedo y disgusto hacia algunos, cuyos movimientos eran más mecánicos que los del resto. Ésos, explicó Gll’-Hthaa-Ynn, eran llamados los ym-bhi: organismos muertos, mecánicamente reanimados para su utilización industrial por medio de la energía atómica y el poder mental. Los esclavos no participaban de la inmortalidad de los hombres libres de Tsath, por lo que con el tiempo el número de y’m-bhi había llegado a ser muy numeroso. Eran perrunos y leales, pero no tan sumisos a las órdenes mentales como lo eran los esclavos vivientes. Lo que más repelió de ellos a Zamacona fueron aquellos cuyas mutilaciones eran mayores: algunos estaban decapitados, mientras que otros habían sufrido singulares y al parecer caprichosas ablaciones, distorsiones, trasposiciones e injertos en varios lugares. El español no pudo dejar constancia de tal condición, pero Gll’-Hthaa-Ynn le aclaró que habían sido esclavos usados para diversión del pueblo en las grandes arenas, puesto que los hombres de Tsath gustaban de las delicadas sensaciones y requerían constante suministro de nuevos e inéditos estímulos para sus hastiados impulsos. Zamacona, aunque poco escrupuloso, tuvo una desfavorable impresión de cuanto vio y escuchó.

Al acercarse, la inmensa metrópolis se volvió ligeramente horrible por su monstruosa extensión e inhumanas alturas. Gll’-Hthaa-Ynn explicó que la parte superior de las grandes torres no eran muy usadas, y que muchas habían sido abandonadas para evitar la molestia de mantenerlas. La llanura alrededor del área original urbana estaba cubierta con moradas más nuevas y pequeñas, que en muchos casos eran preferidas a las antiguas torres. Desde toda la masa de oro y piedra, el monótono rugir de la actividad zumbaba sobre la llanura, mientras las cabalgatas y trenes de vagones entraban y salían constantemente por las grandes carreteras pavimentadas de oro o piedra. A veces, Gll’-Hthaa-Ynn se detenía a mostrar a Zamacona algún objeto de particular interés, especialmente templos de Yig, Tulu, Nug, Yeb y El Innombrable, que se alineaban en la carretera a intervalos dispersos, cada uno en mitad de sus emparrados sotos, de acuerdo con la tradición de K’n-yan. Tales templos, al contrario de los de la desierta llanura del otro lado de las montañas, estaban aún en uso: grandes grupos de adoradores montados llegaban y partían en un flujo constante. Gll’-Hthaa-Ynn guió a Zamacona al interior de algunos, y el español observó los sutiles ritos orgiásticos con fascinación y repulsión. Las ceremonias de Nug y Yeb le asquearon especialmente, tanto que, de hecho, obvia el describirías en su manuscrito. Cruzaron un achaparrado y negro templo de Tsathoggua, pero se había convertido en santuario de Shub-Niggurath, la Madre-Universal y esposa del Innombrable. Esta deidad era una especie de sofisticada Astarté, y su culto resultó al piadoso católico algo sumamente detestable. Lo que menos le gustó de todo fueron los ruidos emocionales emitidos por los celebrantes… chirriantes sonidos de una raza que había desdeñado el habla vocal para propósitos ordinarios. Cerca de los compactos arrabales de Tsath, ya bajo la sombra de sus aterradoras torres, GIl’-Hthaa-Ynn señaló una monstruosa construcción circular ante la que enormes muchedumbres se apiñaban. Ése, indicó, era uno de los muchos anfiteatros donde curiosos deportes y espectáculos se suministraban al hastiado pueblo de K’n-yan. Quiso detenerse y guiar a Zamacona al interior de la vasta fachada curva, pero el español, recordando las mutiladas formas que había visto en los campos, rehusó violentamente. Este fue el primero de aquellos amistosos conflictos de gustos que convencerían a la gente de Tsath de que su invitado seguía extraños y estrechos patrones. Tsath misma era una red de extrañas y antiguas calles, y, a pesar del creciente sentido de horror y extrañeza, Zamacona quedó prendado de sus insinuaciones de misterio y cósmica maravilla. El desconcertante gigantismo de sus imponentes torres, la monstruosa agitación de innumerables gentíos por sus ornadas avenidas, las curiosas tallas en portales y ventanas, y las extrañas vistas panorámicas desde plazas balaustradas e hiladas de titánicas terrazas, así como la envolvente bruma gris que parecía posesionarse de las calles parecidas a desfiladeros a modo de bajo cielo, todo se combinaba para producirle un sentido de expectación aventurera como nunca antes conociera. Enseguida fue llevado a deliberar con los dirigentes que gobernaban en un palacio de oro y cobre, tras un parque ajardinado y lleno de fuentes, y, durante algún tiempo, fue sometido a un estrecho aunque amistoso interrogatorio en un salón abovedado recubierto de vertiginosos arabescos. Mucho era lo que se esperaba de él, según pudo ver, en cuanto a información histórica sobre el mundo exterior, pero, a cambio, todos los misterios de K’n-yan le serían revelados. La gran pega era la ley inexorable de que no podría nunca regresar a aquel mundo de sol y estrellas; a esa España que era adonde pertenecía.

Se estableció un programa diario para el visitante, con el tiempo juiciosamente distribuido entre distintas clases de actividades; Sostendría conversaciones con estudiosos en varios lugares y recibiría lecciones sobre muchas de las ramas de la sabiduría tsáthica. Se le permitirían amplios periodos de investigación, y todas las bibliotecas de Kn-yan, tanto seglares como sagradas, le serían abiertas de par en par tan pronto como dominara los lenguajes escritos. Asistiría a ritos y espectáculos excepto cuando se opusiera rotundamente—, y tendría multitud de ocasiones para entregarse a la ilustrada búsqueda de placer y estimulación emocional que eran la meta primaria y el núcleo de la vida diaria. Se le asignaría una casa en los suburbios o un apartamento en la ciudad, y sería iniciado en una de las amplias hermandades — que incluían multitud de mujeres nobles de la mayor belleza, artísticamente realzada— que en los últimos tiempos de K’n-y-an habían suplantado a las unidades familiares. Se le asignarían algunos gyaa-yothn para su transporte y desplazamiento, y diez esclavos vivientes de cuerpo intacto le serían suministrados para gobernar sus posesiones y protegerle en las vías públicas de ladrones, sádicos y orgiastas religiosos. Había muchos artefactos mecánicos que debería aprender a usar, pero Gll’Hthaa-Ynn podía instruirle inmediatamente en el uso de los principales. Tras elegir un apartamento en vez una villa suburbana, Zamacona fue despedido por los gobernantes con gran cortesía y ceremonia, y fue guiado a través de calles parecidas a desfiladeros hacia una estructura de setenta u ochenta plantas semejante a un risco tallado. Se habían hecho preparativos para su llegada, y, en un espacioso aposento a ras de suelo de estancias abovedadas, los esclavos se afanaban en colocar colgaduras y mobiliario. Había taburetes lacados y taraceados, reclinatorios y tumbonas púrpuras y plateados, e infinitas casillas alineadas de teca y ébano con cilindros de metal conteniendo algunos de los manuscritos que pronto estaría en disposición de leer; los clásicos complementos que todo apartamento urbano poseía. Halló estantes con gruesos pergaminos y boles del habitual pigmento verde en cada estancia: cada uno con su adecuado equipo de pinceles y otros pocos y extraños útiles de escritorio. Encontró artefactos de escritura mecánica sobre ornados trípodes dorados, y sobre todo flotaba tina brillante luz azul procedente de los globos de energía emplazados en el techo. Había ventanas, pero en este oscuro nivel del suelo tenían poco valor como fuente de luz. En algunas de las estancias había elaborados baños, mientras que la cocina era un laberinto de artilugios mecánicos. Los suministros llegaban, según le dijeron a Zamacona, por la red de pasadizos subterráneos que había bajo Tsath y que, a su vez, estaban formados por curiosos transportes mecánicos. Descubrió un establo en ese nivel subterráneo para las bestias, y Zamacona podía al instante, ser instruido en cómo encontrar el camino más cercano para alcanzar la calle. Antes de terminar su inspección, el grupo permanente de esclavos llegó, Siéndole presentado; y poco después aparecieron media docena de hombres libres y damas nobles de su futura hermandad, quienes serían sus compañeros durante algunos días, contribuyendo a su instrucción y divertimento. A su partida, otro grupo tomaría su lugar, y de esta forma el grupo de unos cincuenta miembros iría rotando sucesivamente.

VI.
Así se vio Pánfilo de Zamacona y Núñez absorto durante cuatro años en la vida de la siniestra ciudad de Tsath, en el mundo interior de K’n-yan, iluminado de azul. No todo de cuanto aprendió y vio es explicado claramente en su manuscrito: una piadosa reticencia le sofrena cuando comienza a escribir en su lengua española nativa, y no osa profundizar en nada. Es mucho lo que observó con evidente repulsión, y se niega tenazmente a ver, hacer o comer una infinidad. Otros actos los espía con un continuo pasar de las cuentas de su rosario. Exploró todo el mundo de K’n-yan, incluyendo las desiertas ciudades-máquinas del periodo medio en llanura cubierta de aulaga de Nith, y realizó un descenso al mundo de luz roja de Yoth para ver las ruinas ciclópeas. Atestigua prodigios de habilidad e ingeniería que le dejaban sin respiración, y contempló metamorfosis humanas, desmaterializaciones, rematerializaciones y reanimaciones que le hicieron hacerse cruces una y otra vez. Su gran capacidad de maravillarse se veía desafiada por la plétora de nuevas maravillas que contemplaba cada día. Pero cuanto más permanecía allí, más deseaba marcharse, ya que la vida interior de K’n-yan estaba basada en impulsos muy ajenos a él. Mientras progresaban sus conocimientos históricos, entendía más, y ese saber aumentaba su disgusto. Sentía que el pueblo de Tsath era una antigua y peligrosa raza — más peligrosa para ellos mismos de lo que creían—, y su creciente frenesí por combatir la monotonía y buscar novedades les llevaban rápidamente a un precipicio de desintegración y horror supremo. Su propia visita, podía verlo, había acelerado el proceso; no sólo despertando el temor a una invasión exterior, sino incitándoles a desear salir fuera y degustar el variopinto mundo exterior que él describía. Con el paso del tiempo, se percató que la gente tendía cada vez más a practicar la desmaterialización como un divertimento, por lo que los apartamentos y anfiteatros se convirtieron en verdaderos aquelarres de transmutaciones, reajustes de edad, experimentos mortíferos y proyecciones. Vio que, con el incremento del hastío y la agitación, la crueldad, las argucias y la revuelta crecían rápidamente. Había más y más cósmicas anormalidades, más y más sadismos curiosos, más y más Ignorancia y superstición, y más y más deseos de escapar de la vida física a través de un estado medio espectral de dispersión electrónica.

Todos sus esfuerzos por partir, no obstante, quedaron en nada. La persuasión era ineficaz, como probaron repetidos intentos; aunque la clara advertencia de las clases superiores a su llegada le disuadieron de demostrar un abierto interés por marcharse. En el año qué él acepta como 1543, Zamacona hizo un intento de escapar a través del túnel por donde había llegado a K’n-yan, pero, tras un fatigoso viaje por la desértica llanura, encontró fuerzas en el oscuro pasadizo que le disuadieron de futuros intentos en ese sentido. Como una forma de sostener la esperanza y guardar la imagen del hogar en la mente, comenzó sobre este tiempo a hacer los primeros apuntes de este manuscrito describiendo sus aventuras, deleitándose en las viejas y queridas palabras españolas y en las familiares letras del alfabeto romano. De algún modo, esperando poder enviar el manuscrito al mundo exterior y convencer a los suyos, decidió guardarlo en uno de los cilindros del metal-Tulu utilizados para archivos sacros. Esta extraña y magnética sustancia no podía por menos que confirmar la increíble historia que tenía que contar. Pero aun planeándolo así, mantenía leves esperanzas cíe poder establecer contacto con la superficie de la tierra. Cada paso conocido, sabía, estaba guardado por personas o fuerzas a las que era mejor no oponerse. Su intento de escapar no podía esperar ayudas, ya que podía ver aumentar la hostilidad hacia el mundo exterior que representaba. Esperaba que ningún otro europeo encontrara la forma de entrar, ya que era posible que los siguientes visitantes no fueran tan bien tratados como él. Él mismo había sido una aplaudida fuente de información, lo que le había brindado una privilegiada posición. Otros, siendo menos necesarios, podrían recibir un trato bastante diferente. Se preguntó qué le sucedería cuando los sabios de Tsáth le consideraran vacío de nuevos datos, y, como autodefensa, comenzó a ser más gradual al hablar de las tradiciones cíe la tierra, dando siempre que podía la impresión de tener vastos conocimientos en reserva. Otra cosa que puso en peligro la posición de Zamacona en Tsath fue su persistente curiosidad por ver el postrer abismo de N’kai, bajo el mundo iluminado de rojo Yoth, cuya existencia los cultos religiosos predominantes estaban progresivamente inclinados a negar. Cuando exploró Yoth, trató en vano de encontrar la entrada bloqueada; y mas tarde había experimentado el arte de desmaterialización y proyección, esperando llegar a ser capaz de enviar su consciencia más allá de los abismos que sus ojos físicos no podían descubrir. Y aunque nunca progresó lo bastante en tal arte, se las arregló para tener una serie de monstruosos y portentosos sueños que pensaba incluían algunos elementos actuales de N’kai; sueños sumamente impactantes y perturbadores para los jefes de los cultos de Yig y Tulu cuando los contó, y que sus amigos le aconsejaron ocultar en vez de explotar. Con el tiempo, esos sueños se volvieron más frecuentes y enloquecedores, conteniendo cosas que no osa registrar en su manuscrito, pero sobre las cuales preparó una relación especial para cierto hombre instruido de Tsath.

Puede ser lamentable — o quizás misericordiosamente afortunado— el que Zamacona mostrara tantas reticencias y reservas en muchos temas y descripciones del manuscrito secundario. El documento principal abunda en detalles sobre usos, costumbres, pensamiento, lenguaje e historia de K’n-yan, suficiente para formar una descripción de aspecto visual sobre la vida diaria de Tsath. Uno queda atónito, también, por las motivaciones reales de la gente, su extraña pasividad y cobarde temor a la guerra y su casi rastrero temor hacia el mundo exterior, a pesar de poseer poderes de desmaterialización y atómicos que podrían haberlos hecho inconquistables de haberse tomado la molestia de organizar un ejército como en otros tiempos. Es evidente que K’n-yan estaba desde hacia mucho en decadencia, reaccionando con una mezcla de apatía e histeria ante la estandarizada y cronometrada vida de embrutecedora regularidad que la maquinaria había provocado durante su periodo medio. Aun las costumbres grotescas y repulsivas y las formas de pensar y sentir pueden rastrease a tales orígenes, ya que, en su investigación histórica, Zamacona encontró evidencia de pasadas eras en las que K’n-yan había tenido ideas mucho más parecidas a las del clasicismo y el renacimiento del mundo exterior, y había poseído un arte y carácter nacional lleno de lo que los europeos llaman dignidad, bondad y nobleza. Cuanto más estudiaba Zamacona tales cosas, más aprensivo se volvía sobre su futuro, porque vio que la omnipresente desintegración moral e intelectual poseía una ominosa aceleración que se agudizaba de forma tremenda. Aun durante su estancia, los signos de decadencia se multiplicaban. El racionalismo degeneraba cada vez más en supersticiones fanáticas y orgiásticas, centradas en una profusa adoración del magnético metal-Tulu, y la tolerancia continuamente se disolvía en una serie de odios frenéticos, especialmente hacia el mundo exterior del que tanto estaban aprendiendo sus eruditos a través de él.

A veces casi temía que la gente pudiera perder algún día su apatía inmemorial y decaimiento y revolverse como ratas desesperadas contra las desconocidas tierras superiores, arrasando todo lo que se cruzara en su camino gracias a sus singulares y todavía recordados poderes científicos. Pero de momento, ellos combatían su aburrimiento y vacuidad de otras formas: multiplicando sus odiosas salidas emocionales y aumentando la loca parodia y anormalidad de sus diversiones. Las arenas de Tsath debieron ser lugares malditos e inconcebibles a los que Zamacona nunca se acercaba. Y lo que ocurriría en otro siglo, o incluso en otra década, él no osaba conjeturar. El piadoso español se hacía cruces y repasaba su rosario más incluso de lo normal en aquellos días. En el año 1545, según su cuenta, Zamacona llegó a lo que bien podría llamarse como sus intentos finales de dejar K’n-yan. La nueva oportunidad tuvo un origen inesperado: una hembra de su hermandad que le otorgaba una atención curiosa individual basada en alguna memoria hereditaria sobre los días de matrimonio monogámico en Tsath. Sobre esta hembra —una noble de moderada belleza y, como poco, mediana inteligencia llamada T’la-yub— Zamacona obtuvo el más extraordinario ascendiente, induciéndola finalmente a ayudarle en su huida, bajo promesa de dejarla acompañarle. La suerte jugó un gran papel en el transcurso de los eventos, ya que T’la-yub procedía de una antiquísima familia de señores del portal que habían guardado tradiciones orales sobre un pasadizo al mundo exterior, que la gente había olvidado ya incluso en tiempos del gran cierre: un pasaje hacia un túmulo en las planas llanuras de la tierra que, en consecuencia, nunca fue sellado o guardado. Explicó que los antiguos señores del portal no eran ni guardias ni centinelas, sino simples propietarios ceremoniales y económicos, de posición semifeudal y baronial, en una era anterior al corte de relaciones con la superficie. Su propia familia se había visto menguada en el momento del cierre de aquel portal que había sido completamente olvidado, y ellos habían preservado siempre el secreto de su existencia como una especie de misterio hereditario: una fuente de orgullo, y de sentido de poder propio, para contrarrestar el sentimiento de opulencia e influencia desvanecida que tan constantemente les irritaba.

Zamacona, ahora trabajando febrilmente para dar al manuscrito su forma final, en previsión de que algo pudiera sucederle, decidió llevar consigo, en su viaje al exterior, tan sólo cinco bestias cargadas de oro puro en forma de pequeños lingotes usados para decoraciones menores; bastante, según sus cálculos, para hacerle un personaje de poder ilimitado en su propio mundo. Había llegado a endurecerse ante la vista de los monstruosos gyaa-yothn en esos cuatro años de residencia en Tsath, de ahí que no dudara en usar las criaturas, aunque decidió matarlas y enterrarlas, y esconder el oro tan pronto corno alcanzara el mundo exterior, ya que sabía que un simple vistazo a uno de los seres podía volver loco a un indio ordinario. Más tarde, armaría una expedición apropiada para llevar el tesoro a México. A T’la-yub quizás le permitiera compartir tal fortuna, ya que no le faltaba atractivo, aunque probablemente se las ingeniaría para dejarla entre los indios de la llanura, ya que no estaba demasiado ávido de conservar lazos con la forma de vida de Tsath. Corno mujer, por supuesto, podría elegir una dama española o, en el peor de los casos, una princesa india de descendencia normal exterior y pasado regular e intachable, Pero en aquellos momentos, T’la-yub debía ser utilizada corno guía. Llevaría el manuscrito consigo, dentro de un portarrollos del sagrado y magnético metal-Tulu. La propia expedición se describe en el suplemento al manuscrito de Zamacona, escrito más tarde con mano que demuestra signos de tensión nerviosa. Partieron entre las más cuidadosas precauciones, eligiendo un periodo de descanso y alejándose lo más posible por los débilmente iluminados pasadizos inferiores de la ciudad. Zamacona y T’la-yub, disfrazados con ropajes de esclavos llevando mochilas de provisiones y guiando a pie sus cinco bestias de carga, pasaron sin problemas por trabajadores ordinarios, y siguieron cuanto les fue posible por la ruta subterránea, utilizando un largo y poco frecuentado ramal que originariamente llevaba a los transportes mecánicos hacia el ahora derruido suburbio de L’thaa. Entre las minas de L’thaa salieron a la superficie, tras lo que cruzaron tan rápido corno fue posible la desierta llanura iluminada de azul de Nith hacia la cadena de bajas colinas de Grh-yan. Allí, entre los tupidos matorrales, T’la-yub encontró la desusada y medio fabulosa entrada del túnel olvidado que ella viera una vez antes, eones en el pasado, cuando su padre la había llevado allí para mostrarle aquel monumento a su orgullo familiar. Costó grandes trabajos el llevar a las cargadas bestias a través de los sarmientos y espinos que obstruían el camino, y uno de ellos mostró una renuencia destinada a traer calamitosas consecuencias… huyendo del grupo y alejándose hacia Tsath sobre sus pies detestables, con su dorada carga y todo.

Fue un trabajo de pesadilla alumbrado por la luz de las antorchas azules: arriba, abajo, adelante y arriba de nuevo a través de un malsano y obstruido túnel donde ningún pie había hollado desde eras antes del hundimiento de la Atlántida; y, en cierto momento, T’la-yub tuvo que practicar el temible arte de la desmaterialización sobre sí misma, Zamacona y las cargadas bestias para pasar un punto completamente bloqueado por el corrimiento de los estratos terrestres. Fue una terrible experiencia para Zamacona, ya que, aunque había presenciado bastantes desmaterializaciones en otros e incluso practicado consigo mismo para alcanzar la proyección del sueño, nunca antes había sido sometido tan completamente a la prueba. Pero T’la-yub era ducha en las artes de K’nyan y realizó la doble metamorfosis con perfecta seguridad. Tras eso, resume el odioso viaje a través de criptas de horror colmadas de estalactitas donde monstruosos relieves acechaban a cada paso; acampando y avanzando alternativamente durante periodos que Zamacona considera de unos tres días, pero que probablemente eran menos. Por fin, llegaron a un lugar sumamente angosto donde las naturales y sólo ligeramente labradas paredes de roca daban paso a muros de albañilería totalmente artificial, cincelados con terribles bajorrelieves. Tales muros, tras un kilómetro de empinado ascenso, remataban en un par de inmensos nichos, uno a cada lado, en los que las imágenes monstruosas e incrustadas de nitratos de Yig y Tulu se acuclillaban observándose el uno al otro a través del pasadizo, tal como habían hecho desde la temprana juventud del mundo humano. En este lugar, el pasadizo se abría en una estancia circular y prodigiosamente abovedada de factura humana, completamente cubierta de horribles tallas y revelando en el extremo más alejado un pasadizo de arcos con el comienzo de una serie de escalones. T’layub conocía por las historias familiares que éste debía estar muy cercano a la superficie terrestres pero no pudo decir cuánto. Aquí el grupo acampó para lo que debía ser su último periodo de descanso en el mundo subterráneo.

Debieron ser unas cuatro horas más tarde cuando el resonar de metales y el ruido de pies de bestias despertaron a Zamacona y T’la-yub. Un resplandor azulado surgía del estrecho pasadizo entre las imágenes de Yig y Tulu, y en un instante la verdad se hizo evidente. Se había dado la alarma en Tsath — como más tarde se rebeló, por el gyaa-yoth huido que se había revelado en la entrada cubierta de espinos— y una veloz partida de perseguidores acudió para detener a los fugitivos. La resistencia era evidentemente inútil, y no hubo ninguna. La partida de doce jinetes se comportó de forma estudiadamente cortés, y la vuelta comenzó casi sin una palabra o mensaje mental entre ambos bandos. Fue un viaje ominoso y depresivo, y la ordalía de desmaterialización y rematerialización en el lugar obstruido aún más terrible, porque carecía de la esperanza y expectación que paliara durante el proceso en el viaje de ida. Zamacona escuchó discutir a sus captores acerca de la inminente apertura de tal obstáculo mediante radiaciones intensivas, ya que en el futuro habría que poner centinelas en el, hasta entonces, desconocido portal exterior. No debía permitirse a los forasteros penetrar por el pasadizo, porque, entonces, quien pudiera escapar sin el debido tratamiento, podría tener un indicio de la inmensidad del mundo interior y quizás ser lo bastante curioso para volver con refuerzos. Como en los otros pasadizos desde la llegada de Zamacona, debían estacionarse centinelas por el túnel hasta el portal exterior, centinelas reclutados entre los esclavos, los muertos vivientes y’m-bhi, o los hombres libres caídos en desgracia. Con la invasión de las llanuras americanas por millares de europeos, tal como predijera el español, cada pasaje era una potencial fuente de peligro y debía ser rigurosamente guardado hasta que los tecnólogos de Tsath pudieran disponer de energía para preparar un bloqueo total que ocultara las entradas, tal como habían hecho con muchos túneles en épocas anteriores y más vigorosas. Zamacona y T’la-yub fueron llevados ante los tres gn‘agn del tribunal supremo, en el palacio de oro y cobre tras el parque de jardines y fuentes, y el español obtuvo la libertad merced a la vital información sobre el mundo exterior que aún podía suministrar. Se le indicó que volviera a su apartamento y a su hermandad, llevara la vida de antes y continuara reuniéndose con los grupos de eruditos según el último horario que había seguido. Ninguna restricción se le impondría en tanto pudiera estar pacíficamente en K’n-yan… pero se le indicó que tal indulgencia no se repetiría ante otro intento de huida. Zamacona había notado cierta ironía en las palabras de despedida del jefe gn‘agn al asegurarle que todos sus gyaa-yothn, incluido el que se había rebelado, le serían devueltos. La Suerte de T’la-yub fue menos afortunada. No tenía objeto retenerla, y su antiguo linaje de Tsath daba a su acto mayor aspecto de traición del que tuviera el de Zamacona, se la condenó a ser entregada a las curiosas diversiones del anfiteatro y después, con algunas mutilaciones y forma semidesmaterializada, cumplir las funciones de un y’m-bhi o esclavo revivido y emplazarse entre los centinelas que guardaban el pasadizo cuya existencia había ocultado. Zamacona lo supo pronto, no sin muchas punzadas de remordimiento que apenas podía haber anticipado, ya que la pobre T’la-yub salió de la arena sin cabeza y con forma incompleta, siendo destinada como guardián exterior sobre el túmulo donde se descubrió que terminaba el pasadizo. Ella era, decía, un centinela nocturno cuya automática obligación era ahuyentar a los visitantes con una antorcha e informar a un pequeño pelotón de doce muertos y’m-bhi y seis hombres libres, vivos pero parcialmente desmaterializados, situados en la abovedada y circular estancia, silos visitantes no hacían caso de su aviso. Obraba, decía, en combinación con un centinela diurno, un hombre libre vivo que eligió este puesto en lugar de otros castigos por sus ofensas contra el estado. Zamacona, por supuesto, sabía desde hacía mucho que la mayoría de los centinelas jefes eran desacreditados hombres libres.

Se le hizo saber, aunque de forma indirecta, que su propio castigo por otro intento de fuga sería servir como centinela del portal, aunque en forma de esclavo y’m-bhi o muerto viviente, y tras un tratamiento de anfiteatro aún más pintoresco del que T’la-yub, según le dijeron, había sufrido. Se le dijo que él — o partes suyas— podría ser reanimado para guardar alguna sección interior del pasadizo y la vista de otros, pues su cuerpo destrozado sería el permanente símbolo de la recompensa a la traición. Pero, añadía siempre su informador, por supuesto era inconcebible que pudiera correr tal destino. Mientras permaneciera pacíficamente en K’n-yan, podría continuar siendo un personaje libre, privilegiado y respetable. Pero al final, Pánfilo de Zamacona acabó corriendo el destino que tan directamente le insinuaban. Por supuesto, no esperaba realmente encontrarlo, pero la nerviosa parte final del manuscrito muestra claramente que estaba preparado para afrontar tal posibilidad. Lo que le llevó a un intento final cíe desesperada huida de K’n-yan fue su creciente dominio del arte de la desmaterialización. Habiéndolo estudiado durante años y habiendo aprendido aún más en las dos veces en que había sido sometido a él, se sintió ahora progresivamente capaz de usarlo independiente y efectivamente. El manuscrito consigna algunos notables experimentos en este arte — proezas menores realizadas en su apartamento— y refleja que el anhelo de Zamacona de poder ser pronto capaz de asumir la espectral forma en su plenitud, alcanzando la completa invisibilidad y preservando tal condición tanto como deseara. Al alcanzar tal estado, razona, el camino hacia el exterior quedaría expedito. Por supuesto que no podría llevarse oro, pero la simple fuga sería bastante. Podría, empero, desmaterializar y llevar consigo este manuscrito en el cilindro de metal-Tulu, aunque a costa de algún esfuerzo adicional, ya que su registro y prueba podrían llegar al mundo exterior en cualquier caso. Ahora conocía el pasadizo a seguir y, si pudiera hacerlo en un estado de dispersión atómica, no veía cómo persona o fuerza alguna podría detectarlo o detenerlo. El único problema era si fracasaba en mantener su condición espectral durante todo el tiempo. Tal era el omnipresente peligro, según descubrió en sus experimentos. ¿Pero no hay siempre un riesgo de muerte y cosas peores en una vida de aventuras? Zamacona era un hidalgo de la vieja España, de la estirpe que había afrontado lo desconocido y se había abierto paso entre las civilizaciones del Nuevo Mundo.

Durante muchas noches tras su decisión final, Zamacona rogó a San Pánfilo y otros santos guardianes y pasó las cuentas de su rosario. La última anotación del manuscrito, que al final toma progresivamente la forma de un diario, era una simple frase: «Es más tarde de lo que pensaba, tengo que marcharme. » Tras lo cual, sólo tenemos silencio y conjeturas… y la evidencia suministrada por la presencia del propio manuscrito y lo que este indica.

VII.
Cuando acabé mi anonadante tarea de leer y tomar notas, el sol matutino estaba alto en los cielos. La bombilla estaba aún encendida, pero tales cosas del mundo real — el moderno mundo exterior— estaban muy lejos de mi turbado cerebro. Sabía que estaba en mi habitación de la casa de Clyde Compton en Binger, ¿pero, con qué monstruoso panorama me había tropezado? ¿Era esta cosa un truco o una crónica de locura? Si era una mistificación, ¿Era algo del siglo XVI o actual? La antigüedad del manuscrito era aparentemente genuina para mis ojos, no inexpertos del todo, y, sobre el problema representado por el extraño cilindro metálico, no me atrevía a pensar. Además, qué monstruosamente exacta explicación de todo el desconcertante fenómeno del túmulo… de las aparentemente insensatas y paradójicas acciones de los fantasmas diurnos y nocturnos, y ¡de los extraños casos de locura y desapariciones! Era incluso una explicación condenadamente plausible — diabólicamente consistente —, si uno pudiera aceptar lo increíble. Debía ser una tremenda falsedad pergeñada por alguien que conocía todo el asunto del túmulo. Había incluso indicios de sátira social en aquel increíble mundo inferior de horror y decadencia. Seguramente era una inteligente falsificación, obra de algún cínico oculto, algo así como las plúmbeas cruces de Nuevo México, que algún payaso plantara y pretendiera descubrir como reliquia de alguna olvidada Edad Oscura colonia de Europa. Al bajar a desayunar, apenas sabía qué decir a Compton y su madre, así como a los preguntones que habían ya comenzado a llegar. Todavía aturdido, corté el nudo gordiano dando unos pocos esbozos de las notas que había tomado e insinuando mi creencia de que la cosa era un sutil e ingenioso fraude realizado por algún explorador previo del montículo; una creencia con la que todo el mundo pareció estar de acuerdo cuando comenté la esencia del manuscrito. Es curioso cómo todo el grupo del desayuno — y todos los demás de Binger con quienes repetí la discusión— parecieron encontrar un gran alivio en la noción de que alguien estaba jugando a reírse de los demás. Pero habíamos olvidado que la conocida y reciente historia del túmulo presentaba misterios tan extraños como los del manuscrito, y tan alejados de soluciones aceptables como él.

Los miedos y dudas volvieron cuando pedí voluntarios para acompañarme en mi visita al túmulo. Deseaba una gran partida de excavación, pero la idea de ir a aquel desazonador lugar no parecía más atractiva para la gente de Binger de lo que era el día anterior. Yo mismo sentí un creciente horror al mirar el túmulo y contemplar la móvil mancha que sabía era el centinela diurno, ya que, a despecho de mi escepticismo hacia las fantasías de aquel manuscrito, me impresionaba y daba a todo lo tocante al lugar un nuevo y monstruoso significado. Me faltó completamente el valor para enfocar a la mota móvil con mis binoculares. En cambio, lo rehuí con esa especie de desesperación que desplegamos en las pesadillas… cuando, sabiendo que soñamos, nos zambullimos desesperadamente en lo más profundo de los horrores, esperando así que desaparezcan antes. Mi pico y pala estaban todavía allí, y sólo tenía que llevar mi equipo y toda la parafernalia menor. A eso añadí el extraño cilindro y su contenido, sintiendo vagamente que podría tener algún valor el cotejar parte del verde escrito del texto español. Incluso una astuta mistificación podía fundarse en algún atributo verdadero del túmulo descubierto por un primitivo explorador, ¡y aquel metal magnético era condenablemente extraño! El críptico talismán de Águila Gris pendía de su cordel de cuero alrededor de mi cuello. No presté excesiva atención al túmulo mientras me aproximaba, pero cuando lo alcancé no había nadie a la vista. Repitiendo mi ascenso previo del anterior día, me sentí turbado por pensamientos de lo que podía yacer cerca si por merced de algún milagro parte del manuscrito tuviera algo de razón. En tal caso, no podía evitar pensar, el hipotético español Zamacona podía realmente haber alcanzado el mundo exterior cuando le sobrevino algún desastre, quizás una involuntaria rematerialización. Pudiera naturalmente, en aquel caso; haber sido capturado por cualquier centinela que estuviera de guardia en aquel momento — tanto el hombre libre caído en desgracia como, oh suprema ironía, la misma T’la-yub que había planeado y ayudado en su primer intento de fuga— y, en la consiguiente lucha, el cilindro con el manuscrito podía muy bien haber caído en la cima del montículo, siendo olvidado y gradualmente enterrado durante los siguientes cuatro siglos. Pero, añadía para mí mientras trepaba hacia la cumbre, uno no podía pensar en cosas tan extravagantes. Es más, si había algo de cierto en el relato, Zamacona debió sufrir un monstruoso destino cuando fue llevado de vuelta… el anfiteatro… mutilación… guardias en algún lugar del malsano y nitroso túnel como esclavo muerto en vida… unos lisiados fragmentos corporales como centinela automático del interior…

Fue un verdadero golpe lo que provocaron estas enfermizas especulaciones en mi cabeza, pues al mirar alrededor de la cumbre elíptica vi que mi pico y pala habían desaparecido. Era un descubrimiento sumamente provocador y desconcertante; enigmático, también, en vista de la aparente reluctancia de toda la gente de Hinger a visitar el túmulo. ¿Era tal renuencia fingida, y los chistosos del pueblo estaban burlándose ahora de mi desconcertada llegada, cuando me miraban solemnemente apenas diez minutos antes? Cogí mis prismáticos y estudié el boquiabierto grupo al borde del pueblo. No… No parecían tener aspecto de haber alcanzado ningún cómico clímax, ni el asunto parecía ser el remate de una colosal broma en el que todos los aldeanos y la gente de la reserva estuvieran involucrados… ¿leyendas, manuscrito, cilindro y todo? Pensé en cómo había visto al centinela en la distancia y cómo se había desvanecido inexplicablemente; pensé también en la conducta del anciano Águila Gris y en las palabras y expresiones de Compton y su madre, y en el inconfundible miedo de la mayoría de la gente de Binger. En conjunto, no podía ser una broma pueblerina. El miedo y el problema eran seguramente reales, aunque obviamente había uno o dos bromistas temerarios en Binger que se habían escurrido hasta el túmulo para retirar los útiles que había dejado en él. Todo en el montículo estaba como lo dejara: la maleza cortada con mi machete, la pequeña depresión en forma de cuenco hacia el borde norte, y el agujero que había hecho con mi bayoneta siguiendo el magnetismo revelado por el cilindro. Juzgando demasiado grande una concesión a los desconocidos bromistas el volver a Binger en busca de otro pico y pala, decidí seguir con mi plan lo mejor que pudiera con el machete y la bayoneta de mi equipo; así que, sacándolas, comencé a excavar la depresión en forma de cuenco que había determinado como un posible lugar para una primitiva entrada al túmulo. Mientras procedía, sentí de nuevo la sugestión de un repentino viento soplando contra mi tal como había notado el día anterior… una sugestión que parecía más fuerte, e insinuar aún más fuerte la presencia de invisibles e informes manos oponentes sujetando mis muñecas mientras cavaba más y más profundo por el suelo rojo lleno de raíces y alcanzaba el exótico barro negro de debajo. El talismán alrededor de mi cuello parecía sacudirse de forma extraña en la brisa… pero no en una sola dirección, como cuando era atraído por el cilindro enterrado, sino vaga y difusamente, en una forma totalmente inexplicable.

Entonces, sin previo aviso, la tierra negra y llena de raíces bajo mis pies comenzó a hundirse estrepitosamente, mientras escuchaba un débil sonido de materia suelta cayendo bajo mi peso. El viento, fuerzas o manos oponentes parecían estar operando de nuevo desde el mismo lugar del hundimiento, y sentí que ayudaban a mi retroceso mientras me apartaba del agujero para evitar yerme arrastrado por un derrumbamiento. Inclinándome sobre el borde y cortando el mohoso enredo de raíces con mi machete, sentí que de nuevo me atacaba… pero no lo bastante fuerte como para detener mi trabajo. Cuantas más raíces cortaba, más materia escuchaba caer. Finalmente, el agujero comenzó a ahondarse hacia el centro y vi que la tierra se deslizaba hacia una gran cavidad inferior, dejando una abertura de gran tamaño en donde las raíces estaban cercenadas. Unos cuantos tajos del machete abrieron la trampa y, con un parcial derrumbe y la expulsión de aire extraño y de un curioso frío, el último obstáculo cedió. Bajo el sol matutino, bostezaba una gran abertura de no menos de noventa centímetros, mostrando el tramo final de una fila de escalones de piedra por donde aún resbalaba la tierra liberada por el derrumbe. ¡Mi búsqueda había dado con algo por fin! Con una sacudida de culminación que casi anulaba momentáneamente el miedo, devolví bayoneta y machete a mi bulto, tomando mi poderosa linterna y preparándome para una triunfante, solitaria y totalmente imprudente invasión del fabuloso mundo inferior que había puesto al descubierto. Fue bastante difícil alcanzar los primeros escalones, tanto porque la tierra caída los había sepultado como por la siniestra salida de un frío viento inferior. El talismán alrededor de mi cuello se balanceaba curiosamente, y comencé a lamentar la mengua del cuadro de luz diurna sobre mi cabeza. La linterna descubría muros malsanos, mojados e incrustados de sal, construidos con inmensos bloques de basalto, y a cada instante creía descubrir algunos restos de tallas bajo los depósitos nitrosos, Asía con fuerza mi bulto y me sentía satisfecho por el confortante peso del pesado revólver del sheriff en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Tiempo después el pasadizo comenzó a serpentear, y tanto éste como las escaleras quedaron libres de obstrucciones. Las tallas del muro no eran definidamente identificables, y me estremecí cuando vi cuán claramente cómo las grotescas figuras recordaban a los monstruosos bajorrelieves del cilindro que encontrara. El viento y las fuerzas continuaban soplando malévolamente contra mí y, en un par de ocasiones, imaginé que la linterna daba atisbos de pequeñas y transparentes figuras no muy diferentes al centinela del túmulo, tal como lo habían mostrado mis binoculares. Al alcanzar este estado de caos visual, me detuve por un instante para recobrar la compostura. No debía permitir a mis nervios privarme de mis facultades en el inicio de lo que seguramente sería una difícil experiencia y la más importante hazaña arqueológica de mi carrera,

Pero pronto deseé no haberme detenido en aquel lugar, porque tal acto fijó mi atención en algo sumamente perturbador. Era tan sólo un pequeño objeto caído cerca del muro, en uno de los escalones bajo mí, pero tal objeto supuso una dura prueba para mi razón y me llevó a una serie de las más alarmantes especulaciones. Que la abertura sobre mí había estado cerrada contra toda forma material durante generaciones era totalmente obvio debido a la acumulación de raíces de matorrales y tierra amontonada, pero el objeto ante mí no era, perceptiblemente, de muchas generaciones atrás. Ya que era una linterna eléctrica, combada e incrustada de la humedad sepulcral, pero aun así no dejaba ningún lugar a dudas. Descendí unos pocos escalones y la cogí, limpiando los malignos depósitos contra mi rústica chaqueta. Una de las bandas niqueladas llevaba un nombre grabado y una dirección, y la reconocí, con un sobresalto, en el momento de leerla. Rezaba «Jas. C. Williams, 17 Trowbridge St., Cambridge, Mas.», y supe que había pertenecido a uno de los dos atrevidos profesores universitarios desaparecidos el 28 de junio de 1915. Sólo treinta años atrás, ¡pero yo acababa de abrirme paso a través del césped de siglos! ¿Cómo había llegado esa cosa allí? Había otra entrada o había algo de verdad en aquella loca idea de desmaterialización y rematerialización? La duda y el horror se apoderaron de mí mientras descendía aún más por la escalera aparentemente sin fin. ¿No acabaría nunca? Las tallas se volvían más y más visibles, y adquirieron una cualidad de narración pictórica que me colocó al borde del pánico al reconocer las inconfundibles correspondencias con la historia de K’nyan reseñada por el manuscrito que descansaba en mi equipo. Por primera vez comencé a preguntarme seriamente acerca de la sabiduría de mi descenso, y decirme si no sería mejor volver al aire superior, antes de encontrar algo que nunca me permitiera volver como un hombre cuerdo. Pero no titubeé mucho, porque como virginiano sentía la sangre de ancestrales luchadores y gentilhombres aventureros latir su protesta contra el retroceso ante el peligro, fuera conocido o desconocido. Mi descenso se volvió más rápido, y evité estudiar los terribles bajorrelieves y tallas que me habían enervado. Vi una abertura en arco delante y advertí que la prodigiosa escalera había finalizado por fin, todo a la vez. Pero con esta comprensión llegó el horror en creciente magnitud, ya que ante mí bostezaba una enorme cripta abovedada de líneas demasiado familiares.., un gran espacio circular respondiendo en cada detalle a la estancia abarrotada de tallas que describiera el manuscrito de Zamacona. Éste era, en efecto, el lugar. No cabía el error. Y si en cualquier sitio quedara para la duda, fue suprimida por lo que vi cruzando directamente la gran bóveda. Era un segundo arco que daba pie a un largo y estrecho pasadizo, conteniendo en su entrada a dos gigantescos nichos opuestos que albergaban espantosas y titánicas imágenes de impresionante factura familiar. En aquella oscuridad, el inmundo Yig y el odioso Tulu se agazapaban eternamente, observándose mutuamente por el pasaje, tal como se habían contemplado desde la más temprana juventud del mundo humano.

De aquí en adelante no pido que se crea lo que contaré… pero sé que lo vi. Es demasiado antinatural, demasiado monstruoso e increíble para ser parte de cualquier experiencia u objetiva realidad cuerda humana. Mi linterna, aun que lanzando un poderoso rayo al frente, naturalmente no podía proporcionar una iluminación general de la ciclópea cripta, por lo que comencé a moverme alrededor para explorar minuciosamente los gigantescos muros. Y mientras lo hacía, vi para mi horror que el espacio no estaba medio vacío, sino que, de hecho, estaba lleno de extraños muebles y utensilios, y pilas de bultos que indicaban una populosa y reciente ocupación… no eran nitrosas reliquias del pasado, sino objetos de formas extrañas y suministros modernos de uso cotidiano. Mientras mi linterna descansaba en cada artículo o grupo de artículos, no obstante, la alienidad de los diseños pronto comenzó a difuminarse, hasta que al fin pude apenas decir si tales cosas pertenecían al reino de la materia o al de los espíritus. Mientras tanto, el viento contrario soplaba con creciente fuerza, y las invisibles manos me aferraban malevolentemente, asiendo mi extraño talismán magnético. Ideas extrañas invadieron mi mente. Pensé en el manuscrito y lo que decía sobre la guarnición estacionada en este lugar doce esclavos muertos y’m-bhi y seis hombres libres, vivos pero parcialmente desmaterializados—, eso fue en 1545… Trescientos ochenta y tres años atrás… ¿Qué había sucedido desde entonces? Zamacona predijo cambios… sutil desintegración… mayor desmaterialización… más y más débil… ¿Era el talismán de Águila Gris lo que les contenía — su sagrado metal Tulu— y trataban de rechazarme, más debilitados que frente a quienes habían llegado antes?… Se me ocurrió con fuerza súbita que estaba basando mis especulaciones en una plena creencia en el manuscrito de Zamacona… no podía ser… debía calmarme… Pero, maldita sea, cada vez que trataba de serenarme veía alguna nueva imagen que derrumbaba mi aplomo. En este instante, tal y como sí un poder de voluntad estuviera conduciendo la entrevista parafernalia de la oscuridad, mi mirada, y el rayo de la linterna, cayeron sobre dos cosas de muy distinta naturaleza; dos cosas pertenecientes al mundo eminentemente real y cuerdo; aunque hicieron más para sacudir mi tambaleante razón que nada de lo visto anteriormente… porque sabía lo que eran y conocía con cuanta seguridad, según las leyes de la naturaleza, no debían estar allí. Eran mi pico y pala perdidos, juntos y descansando apoyados contra los muros tallados de forma blasfema de aquella infernal cripta. ¡Dios del cielo… y yo había murmurado para mí mismo acerca de osados bromistas de Binger!

Fue el colmo. Tras esto, el maldito hipnotismo del manuscrito se apoderó de mí y vi las medio transparentes formas de los seres que empujaban y cogían, empujaban y cogían aquellos leprosos y patógenos seres con algo de humanidad aún pegada a ellos— las formas completas y las formas que estaban enfermizas y perversamente incompletas.., todas ellas, y las otras y odiosas entidades… las blasfemias cuadrúpedas con rostro simiesco y cuerno protuberante… y ningún sonido en todo el nitroso infierno del mundo interior… Entonces llegó un sonido… un flojo, un blando, un apagado ruido que anunciaba, incuestionablemente, la llegada de un ser tan material como el zapapico y la pala… algo completamente diferente de los seres de sombra que me rodeaban, aunque igualmente ajeno a cualquier forma de vida tal como la entendemos en la superficie de la tierra. Mi perturbado cerebro intentó prepararme para lo que venía, pero no pudo colegir una imagen adecuada. Sólo pude decir una y otra vez para mí mismo: «Pertenece al abismo, pero no está desmaterializado. »

El sonido débil era más distinguible, y de su movimiento mecánico deduje que se trataba de un muerto que merodeaba en la oscuridad. Luego… Dios, vi a plena luz de la linterna; vi que encuadraba a un centinela del estrecho pasadizo entre los ídolos de pesadilla de la serpiente Yig y el pulpo Tulu… Me permitirán detenerme un poco para insinuar cuanto vi; para explicar por qué dejé caer la linterna, el bulto y huí con las manos Vacías en la total oscuridad, sumido en una piadosa inconsciencia que no remitió hasta que el sol y el distante griterío y vocerío desde el pueblo me reanimaron mientras yacía boqueando en la cima del maldito túmulo. No sé qué fue lo que me guió de vuelta a la superficie de la tierra. Sólo sé que los observadores de Binger me vieron retornar a las tres horas de haber desaparecido y salir tambaleándome para derrumbarme como alcanzado por un disparo. Ninguno se atrevió a acercarse para auxiliarme, pero sabían que debía estar malparado, y trataron de animarme lo mejor que pudieron, gritando a coro y disparando sus revólveres. Esto acabó produciendo sus frutos, y casi rodé cuesta abajo en mi ansiedad por apartarme cíe la negra abertura que aún bostezaba abierta. Me tambaleé por la llanura y entré en el pueblo, sin atreverme a contar cuanto había visto. Sólo musité vaguedades acerca de tallas y estatuas y serpientes y nervios rotos. Y no volví a desmayarme hasta que alguien dijo que el centinela fantasma había reaparecido mientras me tambaleaba de vuelta al pueblo. Abandoné Binger esa tarde, y nunca he vuelto, aunque me cuentan que los fantasmas todavía regresan al túmulo como de costumbre. Pero, al fin, me he decidido a contar cuanto no me atreví a decir a la gente de Binger aquella terrible tarde de agosto. No sé si hago bien… ni si finalmente considerarán extrañas mis reticencias, pero tan sólo recuerden que una cosa es imaginar un horror y otra muy distinta es verlo. Lo vi. Supongo que recordarán mi previa mención, en este relato, al caso de un inteligente mozo llamado Heaton que fue al túmulo en 1891 y volvió de noche convertido en el tonto del pueblo, farfullando horrores durante ocho años, para acabar muriendo de un ataque epiléptico. Y que lo que solía gimotear era: «Ese hombre blanco… oh, Dios mío, que le han hecho…»

Bueno, vi lo que el pobre Heaton había visto — y lo vi tras leer el manuscrito, por lo que conozco la historia mejor que él—. Eso lo empeoraba… y yo conocía las implicaciones; eso debe estar rumiando y ulcerándose y aguardando allí abajo. Dije que había venido hacia mí por el estrecho pasadizo y se había detenido como un centinela en la entrada, ante las espantosas efigies de Yig y Tulu. Era natural e inevitable, ya que era un centinela, Un centinela como castigo, y estaba bastante muerto… carente de cabeza, brazos, parte inferior de las piernas y otras partes normales del ser humano. Si… fue una vez un ser humano y además blanco. Obviamente, si el manuscrito era tan veraz como yo pensaba, aquel ser había sido usado para las diversiones del anfiteatro antes de que su vida se extinguiera y fuera suplantada por impulsos automáticos controlados desde el exterior. En su pecho blanco y ligeramente peludo habían grabado unas palabras, con cuchillo o hierro candente… no me detuve a investigar, sino que simplemente me percaté de que estaban en un desmañado y torpe español; un burdo español que implicaba una especie de irónica utilización del lenguaje por parte de algún extraño escriba no familiarizado con el idioma ni con las letras romanas utilizadas para grabarlo. La inscripción rezaba: «Secuestrado a la voluntad de Xinaián en el cuerpo decapitado de Tlayúb.»

H.P. Lovecraft (1890-1937) Zealia Bishop (1897-1968)



Más relatos de H.P. Lovecraft. I Relatos góticos. I Cuentos de terror.


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El resumen del cuento de H.P. Lovecraft y Zealia Bishop: El montículo (The Mound) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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