Yvala: Catherine L. Moore


Yvala (Yvala) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Catherine L. Moore, publicado en la edición de febrero de 1936 de la revista Weird Tales, confirmándose como uno de los mejores relatos pulp de aquella edición, la cual contó, entre otros, con El templo (The Temple), de H.P. Lovecraft.

Yvala, además de explorar la posibilidad de un apetito vampírico bastante curioso, y de la aparición rutilante de Lilith, la madre de los vampiros; fue firmado con un seudónimo: Amaryllis Ackerman.




Yvala.
Yvala, Catherine L. Moore (1911-1987)

Northwest Smith estaba apoyado en una pila de balas envueltas en cáñamo procedentes de las Tierras Áridas, y observaba con ojos inexpresivos, más pálidos que el pálido acero, la confusión del espaciopuerto de Lakkdarol. En la claridad del día marciano, los desgarrones de sus ropas de hombre del espacio se apreciaban de manera inmisericorde, quemaduras de rayos y cortes de cien peleas accidentales. Sólo con verle, era evidente que Smith estaba pasando por una mala racha. Cualquiera hubiera adivinado, por lo raído de sus ropas, que tenía los bolsillos vacíos y que la carga de su pistola de rayos estaba baja. Junto al desaliñado terrestre, en cuclillas y con la mirada ausente, Yarol el venusiano inclinaba su rubia cabeza sobre el puñal de sutil hoja con el que se entretenía, en uno de aquellos extraños e interminables juegos de los venusianos que tan inútiles parecen a los extranjeros. El peso del infortunio también parecía gravitar duramente sobre él. Era evidente por lo desaliñado de sus ropas y su pistolera vacía. Pero el rostro despreocupado que alzó hacia Smith fue tan irreverente como siempre y en sus sesgados ojos negros sólo apareció la mirada cansada, sagaz y puramente felina que Smith estaba acostumbrado a ver en ellos. El rostro de Yarol era el de un serafín, como el de tantos otros venusianos, ero el rictus de su boca hablaba de una disipación y una violencia desenfrenada que desmentían los rasgos armónicos de su raza.

-Otra media hora y comemos –dijo con una mueca a su compañero de elevada estatura.
Smith echó un vistazo a la triple esfera de su reloj de pulsera.
-Siempre que no hayas tenido otro sueño alucinado –dijo, con un gruñido-. Llevamos una racha tan larga de mala suerte que no acabo de creerme que vaya a cambiar ahora.
-Te lo juro por Pharol –sonrió Yarol-. El hombre en cuestión me abordó ayer por la noche en “La Nueva Chicago” y me explicó con pelos y señales todo el dinero que nos aguardaba si nos reuníamos con él aquí, a mediodía.

Smith rezongó nuevamente y, deliberadamente, estrechó un agujero más el cinturón que rodeaba su enflaquecida cintura. Yarol rió en voz baja, con un murmullo típicamente venusiano por lo sutil, y se agachó de nuevo para seguir jugueteando con su cuchillo. Por encima de su inclinada cabeza rubia, Smith reanudó la observación del ajetreado espaciopuerto. Lakkdarol es un enclave terrestre en suelo marciano que reúne los elementos más violentos de ambos mundos en su corazón sin ley. La escena que contemplaba tenía matices secretos que sólo podía apreciar plenamente quien hubiera recorrido las rutas del espacio. Se mantenía cierta apariencia de disciplina, pero sólo quien hubiera viajado por el espacio conocía cuán superficial era. Smith sonrió, en parte para sí, porque sabía que las balas que estaban descargando de la nave marciana Inghti llevaban en su interior una buena cantidad de la preciada “lana de cordero” marciana, que tan elevadas tasas paga en la aduana. La última noche, mientras estaban sentados en “La Nueva Chicago”, contemplando sus vasos de whisky de segir, habían oído que el cargamento procedente de Denver, que debía llegar a mediodía en el Friedland, ocultaba en su interior un fuerte alijo de opio. Aquellos rumores corrían de boca en boca en las conversaciones de los viajeros interplanetarios, pero nunca de un modo directo, de modo que los proscritos del espacio siempre sabían mucho más que la gente de la Patrulla.

Smith observaba cómo un pequeño carguero, de un tamaño que, escasamente, llegaba a la cuarta parte de los monstruosos navíos de las Líneas, rodaba pesadamente fuera del hangar municipal hasta el otro extremo de la zona cuadrada. Un leve estremecimiento frunció sus cejas. La nave sólo llevaba las cifras de registro que todos los cargueros presentan a modo de identificación, pero aquella secuencia particular era notoria entre los iniciados. Se trataba de una nave dedicada al tráfico de esclavos. El mercado de carne humana había sufrido un considerable impulso con el incremento de los viajes espaciales, cuando la tentación de tanta tribu salvaje de planetas desconocidos fue demasiado grande para quedar ignorada de los terrestres sin escrúpulos que, de repente, vieron abrirse ante ellos vastos horizontes. Pues incluso sobre la Tierra la esclavitud no había muerto del todo, y Marte y Venus ya conocían un pequeño tráfico legal antes de que John Willard y su banda de forajidos convirtieran la expresión “trata de esclavos” en anatema para los tres mundos. Tres generaciones después, los Willard aún seguían enviando sus naves piratas a lo largo de los caminos del espacio, y Smith sabía que se encontraba viendo una de ellas, a punto de descargar, para su distribución en los mercados secretos de Marte, un cargamento de miseria. El curso de sus posteriores pensamientos sobre aquella cuestión fue interrumpido por Yarol, que, rápidamente, se levantó. Smith volvió lentamente la cabeza y vio muy cerca a un hombrecillo que ocultaba su regordeta humanidad bajo un manto largo, como el que tanto les gusta llevar a las clases más bajas de los comerciantes marcianos cuando van de viaje. Pero el rostro que les miraba desde él era innegablemente céltico. Los inexpresivos rasgos de Smith se distendieron, a su pesar, en una sonrisa mientras observaba el buen humor expansivo de aquel irlandés rollizo que llegaba de su tierra. No había puesto el pie sobre la Tierra desde hacía más de un año –el precio de la libertad era demasiado caro en su planeta natal-, y unos curiosos accesos de nostalgia le asaltaban en los momentos menos oportunos. Incluso los viajeros del espacio más encallecidos suelen sentirlos en ocasiones. Los lazos con el planeta natal de uno son fuertes.

-¿Es usted Smith? –preguntó el hombrecillo, con una voz de ricos acentos célticos.
Smith le miró durante un instante, en el silencio dominado por sus fríos ojos. Había mucho más en aquella pregunta de lo que implicaba una respuesta. El nombre de Northwest Smith era demasiado conocido en los anales de la Patrulla para que pudiese identificarse como tal sin ningún tipo de precaución. La pregunta directa del pequeño irlandés implicaba lo que había estado esperando: al reconocer como suyo aquel nombre se colocaba en el bando de los proscritos, lo que supondría que el empleo en perspectiva sería tan ilegal como había pensado. Los alegres ojos azules chispearon al mirarle. El hombre se reía para sus adentros por la sutileza céltica con que había presentado la cuestión. Y, una vez más, los prietos labios de Smith se distendieron en una sonrisa involuntaria.

-Lo soy –dijo.
-He estado buscándole. Hay un trabajo por hacer y bien pagado, siempre que quiera arriesgarse.
Los pálidos ojos de Smith echaron una rápida mirada de desconfianza. No podía oírlos nadie. El lugar parecía tan bueno como cualquier otro para discutir acuerdos extra-legales.
-¿De qué se trata? –preguntó.
El hombrecillo bajó la mirada hacia Yarol, que había vuelto a poner una rodilla en tierra y seguía, incansable, dando vueltas a su cuchillo en los entresijos de su complicado juego. Al parecer, no había prestado atención a todo lo que se había dicho.
-Los contrataré a los dos –dijo el irlandés con su alegre voz, rica en inflexiones-. ¿Ven ese carguero que está allí? –y señaló con la cabeza la nave esclavista.
Smith asintió en silencio.
-Es una nave de Willard, como supongo que ya sabían. Pero el negocio anda muy flojo en estos días. Los cargamentos están que arden. La Patrulla vigila de cerca y los ingresos han bajado una barbaridad en el último año. Supongo que ya lo habrían oído.
Smith asintió de nuevo, sin hablar. Lo sabía.
-Bien, lo que perdemos en cantidad lo ganamos en calidad. ¿Recuerda los precios que alcanzaban las jóvenes de Minga?
El rostro de Smith se había quedado sin expresión. Lo recordaba muy bien, pero no dijo nada.
-Era tanto que, al final, los reyes podían pagar a muy duras penas los precios que les pedían por ellas. Ésa es la mejor mercancía si uno quiere dedicarse al comercio del “marfil”. Mujeres. Y ahí en donde quería llegar. ¿Han oído hablar alguna ver de Cembre?
Con los ojos en blanco, Smith negó con la cabeza. Por una vez se tropezaba con un nombre que jamás había oído mencionar en las habladurías de taberna.
-Bueno, pues en una de las lunas de Júpiter (más tarde diré cuál, si deciden aceptar), un venusiano llamado Cembre naufragó hace años. Sobrevivió de milagro y consiguió escapar; pero las pruebas por las que tuvo que pasar afectaron su juicio, y ya sólo pudo delirar respecto a las hermosas sirenas que había visto mientras vagaba a través de las junglas de aquel lugar. Nadie le hizo ningún caso hasta que volvió a repetirse lo mismo, esta vez hará cosa de un mes. Otro hombre regresó medio chiflado después de pelearse con la jungla, balbuciendo acerca de mujeres tan hermosas que un hombre podía volverse loco con sólo mirarlas.

“La cuestión es que los Willard se enteraron. Quizá todo el asunto sea tan irreal como un sueño, pero han pensado que bien vale la pena investigarlo. Y, como saben, pueden permitirse todos los caprichos que quieran. Por eso están equipando una pequeña expedición para comprobar qué puede haber de cierto en el mito de las sirenas de Cembre. Si desean investigarlo, están contratados. Una mirada de Smith, cargada de prudencia, se cruzó de soslayo con la oscura de Yarol, que acababa de alzar la cabeza. Ninguno habló.

-Quizá quieran discutirlo –dijo el pequeño irlandés, con tono comprensivo-. Supongamos que al ponerse el sol se encuentran conmigo en “La Nueva Chicago” y que me dicen lo que han decidido.
-Me parece bien –rezongó Smith.
El rollizo celta esbozó una mueca y se fue, en un remolino de manto negro y un relámpago de alegría irlandesa.
-Tiene sangre fría ese diablillo –murmuró Smith, viendo cómo se alejaba el terrestre-. Es un negocio sucio, Yarol.
-El dinero siempre es limpio –observó con ligereza Yarol-. No soy hombre que deje que los escrúpulos le impidan comer. Digo que aceptemos. Ya que alguien tiene que ir, ¿por qué no vamos nosotros?
Smith se encogió de hombros.
-Hay que comer –admitió.
-Ahí tenemos –murmuró Yarol, mientras contemplaba apoyándose sobre manos y pies en la portilla de la nave espacial- el infierno más endiablado que jamás hubiera esperado ver.

La nave estaba describiendo una larga curva alrededor de la luna de Júpiter, mientras su piloto frenaba lentamente para aterrizar y un panorama de jungla voraz desfilaba en medio de la inalterada espesura que se abría bajo la portilla. Su presencia en aquel lugar, mientras pasaban rozando la atmósfera externa del pequeño satélite selvático, suponía el fin de su largo viaje, el más placentero que jamás hubieran realizado. La organización Willard era perfecta en los tres planetas, en sus satélites colonizados y en las naves a su servicio que recorrían el espacio. Aquella primorosa navecilla de exploración, con su tripulación de tres traficantes de esclavos, hoscos y zafios, les esperaba cuando salieron de Lakkdarol. Estaba provista de víveres y de todos los accesorios que pudiera desear el aventurero más al día. Incluso disponía de una prisión de paredes acolchadas para las hipotéticas sirenas que, si el viaje tenía éxito, debían ser llevadas para que la organización Willard les diese el visto bueno antes de distribuirlas en sus mercados.

-Hasta ahora todo ha sido demasiado fácil –observó Smith, mirando hacia atrás por encima del hombro al pequeño venusiano-. No es cuestión de esperarse lo peor, pero este lugar me da mala espina.
El piloto de rostro poco comunicativo que estaba en los controles emitió un gruñido de ferviente asentimiento, mientras estiraba el cuello para divisar el pequeño mundo que se desplazaba por debajo de ellos.
-No sabéis lo condenadamente contento que estoy de no acompañaros –pronunció a duras penas, con la boca llena de tabaco de mascar.

Yarol le respondió con un cordial improperio venusiano, pero Smith no habló. Sentía poca simpatía y menos confianza en aquella tripulación adusta y silenciosa. Si estaba en lo cierto –y raramente dejaba de estarlo al juzgar a los hombres-, tendrían problemas con ellos antes de haber terminado su viaje de regreso a la civilización. Por eso dio la espalda al piloto y miró hacia abajo. Desde tan alto, el satélite aparecía cubierto del peor tipo de jungla supertropical, cálida y lívida bajo el arrebol de Júpiter, hambrienta y casi viviente, que olía a vitalidad y a muerte súbita. Mientras la nave se hundía en su larga curva sobre la jungla no vieron signos de vida humana en ningún momento. Las cimas de los árboles se extendían en una superficie continua a lo largo de toda la superficie esférica del satélite. Yarol, mirando hacia abajo, murmuró:

-No hay agua. No sé por qué, pero siempre me había imaginado a las sirenas con cola de pez.
De su pasado misterioso y heterogéneo, Smith extrajo los versos de un antiguo poema: “... Golfos encantados, donde cantan las sirenas”, y dijo en voz alta:
-Se supone que también cantaban. ¡Vaya! Es muy probable que al final terminen siendo un puñado de salvajes feísimos, si es que lo sucedido se apoya en algo más que en el delirio.

La nave había comenzado a describir una espiral, y la jungla se dirigía a su encuentro a enorme velocidad. Una vez más el pequeño satélite se desplazó bajo sus ojos que no perdían detalle, engalanado de flores, verde por su fértil vida, espesa por la maraña de vegetación desenfrenada. En aquel momento, las manos del piloto se crisparon sobre los mandos y, con un estremecimiento de protesta, la pequeña nave espacial se deslizó en un largo picado hacia la ininterrumpida jungla que se extendía debajo. Con un enorme estruendo de materiales rompiéndose, se hundió a través de los diferentes estratos de la vegetación que impedía cualquier visión a través de las portillas y que sumió el interior de la nave en un crepúsculo verde. Casi sin acusar el peso del vehículo, el suelo de la jungla los acogió. El piloto se echó hacia atrás en su asiento y suspiró, entre relentes a tabaco. Ya había hecho su trabajo. Indolente, echó una mirada hacia la portilla. Yarol avanzó a gatas por el suelo de cristal, que no mostraba más que lianas y ramas aplastadas, además del barro pegajoso de la superficie del satélite. Se reunió con Smith y el piloto junto a la portilla de proa. Les sumergía la jungla. Grandes ramas serpentiformes y lianas como cables caían sobre ellos en toda su longitud desde los árboles aplastados que marcaban su entrada en ella. Era una jungla animada, llena de cosas hambrientas que brotaban en salvaje y prolífica maraña del fértil barro. Aquí y allá, flores de colores crudos, de muchas yardas de largo, volvían a ciegas sus bocas succionadoras contra el cristal, con hambre insensata, manchando su superficie transparente de jugo verde. Una liana erizada de púas azotó el cristal por donde miraban y se deslizó descuidadamente por él, para volver a azotarlo con ciega insistencia una y otra vez, hasta que sus púas perdieron su dureza y un jugo verde manó de ellas.

-Bueno, después de todo, habrá que limpiar el monte –murmuró Smith mientras miraba la voraz jungla-. No me extraña que esos pobres diablos se chiflasen un poco. Lo que no comprendo es cómo pudieron salir de aquí. Es...
-Pero... ¡Que Pharol se me lleve! –exclamó Yarol, con voz desfallecida, pero tan sobrecogida que Smith se interrumpió en mitad de su discurso y giró en redondo, mientras llevaba una mano a su pistola, para mirar al pequeño venusiano, que se había dirigido a la portilla de popa con intención de atisbar desde ella.
-¡Es una carretera! –añadió sin fuerzas-. ¡Que el Negro Pharol se me coma si eso de ahí delante no es una carretera!

El piloto cogió un infecto cigarrillo marciano y se desperezó voluptuosamente, sin manifestar el menor interés. Pero Smith estaba al lado del venusiano antes de que éste hubiese terminado de hablar. Ambos contemplaban en silencio la sorprendente escena enmarcada por la portilla trasera. Una amplia carretera penetraba tan recta como una flecha en la penumbra de la jungla. En sus márgenes, las hambrientas cosas de la vegetación desaparecían bruscamente, sin aventurar siquiera un zarcillo o una hoja en la tersura del camino. Incluso por arriba, a las ramas les estaba vedado entrar en él; por eso formaban una bóveda sobre la carretera, con sus verdes hojas surcadas de venas. Era como si un rayo destructor hubiera surcado la jungla, matando a su paso todo tipo de vida. Incluso el viscoso fango se había endurecido, convirtiéndose en un suave pavimento. Vacía y enigmática, la despejada carretera se alejaba de su campo visual, penetrando en la retorcida jungla.

-Vaya –dijo Yarol, interrumpiendo el silencio-, esto parece un buen comienzo. Todo lo que tenemos que hacer es seguir la carretera. Creo que podría apostar sin temor a perder que ninguna de esas damas adorables andarán vagabundeando por ahí en medio de la jungla. Y, a juzgar por el aspecto de esta carretera, después de todo debe haber gente civilizada en esta luna.
-Me sentiría mejor si supiera quién la construyó –dijo Smith-. En algunos asteroides y satélites hay cosas endiabladamente extrañas.
Los ojos de gato de Yarol relucían.
-Eso es lo que me gusta de esta vida –e hizo una mueca-. Que uno jamás se aburre. Veamos, ¿qué registran los instrumentos?
Desde su asiento junto al panel de control, el piloto observó los instrumentos que daban la lectura automática del aire y gravedad exteriores.
-Todo O. K. –rezongó-. Mejor será que cojáis las pistolas térmicas.
Smith se encogió de hombros, súbitamente inquieto, y se volvió hacia el armero.
-Y también bastantes cargas de recambio –dijo-. No sabemos con qué podremos encontrarnos.
Mientras ambos se volvían hacia la compuerta de salida, el piloto movió entre los labios un venenoso cigarrillo y dijo:
-Suerte. La necesitaréis.

Tenía toda la indiferencia de los de su clase ante cualquier otra cosa que no fuera su propia comodidad y el cumplir las tareas que le incumbían con un mínimo de esfuerzo; apenas se molestó en volver la cabeza cuando la compuerta se abrió, dejando entrar una racha nauseabunda de aire denso y caliente, que apestaba a las cosas que crecían entre el verde y al miasma de una rápida corrupción. El extremo de una liana se abatió con violencia por el hueco de la compuerta mientras Smith y Yarol se habían detenido para mirar. Yarol masculló un juramento en venusiano y se echó hacia atrás, desenfundando su pistola térmica. Instantes después, la cegadora llama que brotó de ella abrió un camino de destrucción a través de la lujuriante vegetación carnívora, hasta la carretera que se encontraba escasamente a una docena de pies más adelante. Entre la aniquilada materia vegetal hubo silbidos y chisporroteos inmensos, y un sendero vacío se abrió ante ellos en el pequeño espacio que separaba de la carretera la compuerta exterior de la nave. Yarol penetró en el apestoso cieno, que burbujeó alrededor de sus botas con un relente de vida y de putrefacción. Juró de nuevo y se hundió hasta las rodillas en su negrura. Smith, haciendo ascos, se reunió con él. Codo con codo, metidos en el légamo, avanzaron hacia la carretera. Aunque la distancia era corta, les llevó diez largos minutos recorrerla. Unas cosas verdes les fustigaban desde las paredes que habían tallado en la espesura las llamas de la pistola, y ambos no tardaron en sangrar por una docena de pequeños cortes y arañazos producidos por las espinas, sin resuello, enfadados y encenagados antes de llegar a su meta y conseguir pisar el firme de la carretera.

-¡Caramba! –musitó Yarol, sacudiendo el cieno que rodeaba sus botas-. Que Pharol me lleve consigo si después de esto doy un paso fuera de esta carretera. No existe sirena viva que pueda seducirme y obligarme a volver de nuevo a aquel infierno. ¡Pobre Cembre!
-Adelante –dijo Smith-. Pero, ¿por dónde?
Yarol se secó el sudor de la frente y respiró hondamente, arrugando la nariz por el asco.
-Por donde sople el viento, ya que lo preguntas. ¿Habías olido alguna vez semejante pestazo? ¡Y el calor! ¡Dioses! ¡Estoy completamente empapado!

Smith asintió, sin hacer mayores comentarios, y torció a la derecha, donde una débil brisa agitaba el aire pesado, cargado de humedad. La delgadez de su propio cuerpo solía hacerle insensible incluso a las grandes variaciones del clima, pero hasta Yarol, que provenía del Planeta Cálido, había comenzado a sudar. El rostro de Smith, curtido como el cuero, estaba brillante y la camisa comenzaba a pegársele en los hombros. La fresca brisa chocó agradablemente contra sus rostros cuando se orientaron hacia ella. En un silencio lleno de jadeos avanzaron por la carretera, tambaleándose confusos, y su asombro fue en aumento a medida que avanzaban. A cada paso, la finalidad de aquella carretera se iba convirtiendo en un misterio. Ninguna huella de vehículos marcaba su firme, ni tampoco de pisadas. Y el bosque no invadía nunca la calzada, ni aunque se tratase del zarcillo más menudo. En ambas márgenes, más allá de los límites precisos del camino, continuaba la vida lujuriante y caníbal de la vegetación. Las lianas hacían bambolear por el aire denso grandes ventosas y sarmientos erizados de espinas, dispuestos a lanzarse mortalmente contra cualquiera que se pusiera a su alcance. Pequeñas cosas reptilianas se escabullían por el apestoso cieno del pantano, lanzando de vez en cuando gritos agudos al caer en alguna trampa espinosa, y en dos o tres ocasiones oyeron el hueco mugido de algún monstruo invisible. Una atroz vida primigenia retumbaba, luchaba y devoraba todo lo que les rodeaba, propia de un planeta en los primeros espasmos de la vida animada.

Pero allí, sobre aquella carretera que sólo podía ser el resultado de una civilización muy avanzada, la voraz jungla parecía muy lejana, como un mundo irreal que representase sobre un escenario el drama de sus orígenes. Al poco de caminar sobre ella habían dejado de prestarle atención, y los mugidos, el azote de las hambrientas lianas y la ávida espesura de la floresta comenzaban a borrarse en el olvido. Nada de aquel mundo invadía la carretera. A medida que avanzaban, el calor agotador disminuyó por el efecto de la constante brisa que soplaba a lo largo del sendero. Había en ella un tenue perfume levemente dulzón, completamente ajeno al hedor de los repugnantes pantanos que bordeaban el camino. Aquel aroma a perfume acariciaba suavemente sus rostros. Smith no dejaba de mirar por detrás de su hombro a intervalos regulares, y una arruga de incomodidad fruncía sus cejas.

-Si no tenemos problemas con nuestra tripulación antes de que volvamos, te compraré una caja de segir –dijo.
-Acepto –replicó Yarol, de muy buen humor, volviendo hacia Smith sus sesgados ojos de gato que contenían tanto salvajismo reprimido como la jungla que los rodeaba-. Aunque creo que forman un feo trío de criminales.
-Quizá se les haya ocurrido dejarnos aquí y repartirse nuestro dinero a la vuelta –comentó Smith-. O deshacerse de nosotros una vez que tengamos a las chicas, y así quedarse con ellas. Si aún no han pensado en ello, lo pensarán.
-De ésos no saldrá nada bueno –añadió Yarol con una mueca -. Son..., son...

Su voz dudó y se desvaneció en el silencio. La brisa les traía un sonido. Smith se paró en seco, tan inmóvil como un muerto, y aguzó el oído para conseguir captar el eco de aquel murmullo que había llegado hasta ellos en alas de la brisa. Un sonido como aquél sólo podría haberse escapado de los mismísimos muros del paraíso. Mientras permanecían en silencio y recobraban el aliento, volvieron a escucharlo: un eco de la risa más encantadora y elusiva. Desde muy lejos llegaba flotando hasta sus oídos el delicioso fantasma de una risa de mujer. Había en él la caricia de un delicado beso. Rozó los nervios de Smith como hubieran hecho unos dedos acariciantes y murió en un silencio palpitante que parecía reacio a dejar que su exquisito sonido se perdiera entre ecos y se extinguiese. Los dos hombres se miraron mutuamente, en la enajenación de aquel instante. Finalmente, Yarol consiguió hablar.

-¡Sirenas! –exclamó sin resuello-. ¡Si ríen de ese modo no necesitan cantar! ¡Vamos!
Apretaron el paso y avanzaron por la carretera. La brisa soplaba fragante sobre sus rostros. Instantes después, su aliento perfumado llevó a sus oídos otro eco débil y lejano de aquella risa celestial, más dulce que la miel, que flotaba en el viento en desmayadas cadencias que iban muriendo de modo imperceptible, hasta que ya no pudieron asegurar si lo que oían era aquella risa adorable o el precipitado latido de sus corazones. Pero la carretera seguía apareciendo ante ellos tan vacía como siempre, ciertamente silenciosa en el crepúsculo verde que se extendía bajo la bóveda poco alta de los árboles. Parecía darse allí una especie de bruma, de suerte que aunque la calzada corriese en línea recta, la verde opacidad velaba lo que había ante ellos; por eso caminaban en un silencio irreal a lo largo de la carretera que penetraba junglas voraces cuyo aspecto y ruidos bien hubieran podido pertenecer a otro mundo. Sus oídos estaban en tensión, a la espera de la repetición de aquella risa tenue y adorable, y aquella esperanza los atenazaba con un encantamiento de olvido que hacía que se despreocupasen de cualquier otra cosa que no fuera aquel delicioso eco. Ninguno de ellos hubiera podido decir cuándo fueron conscientes del pálido destello en el verde crepúsculo que se extendía ante sus ojos. Pero, sin saber por qué, no les sorprendió que una joven caminase tranquilamente por la carretera a su encuentro, medio velada por la penumbra de jungla que se extendía bajo los árboles.

Para Smith fue como una imagen que acabara de salir directamente de su sueño. Incluso a aquella distancia, su belleza tenía un encantamiento de calma que le hizo estremecerse y que sumió todas sus dudas en una paz extraña y mágica. La belleza fluía a lo largo de las esbeltas líneas curvas de su cuerpo, velado y revelado al mismo tiempo por el flotante vestido de sus cabellos; su donaire lento y ondulante, al caminar, era un potente conjuro que le sumía, inerme, en su encantamiento. Después, otro destello en la penumbra arrancó sus ojos del hechizamiento que se iba acercando y, atónito, vio que otra joven caminaba bajo los árboles que se cernían sobre ellos, con el cabello flotante en lentas ondulaciones que ocultaban y desvelaban la belleza de un cuerpo tan exquisito como el primero. Y como éste ya se hallaba más cerca, Smith pudo contemplar el encanto de su rostro, de tez como el oro pálido, más adorable que un sueño, con el modelado sutil y delicado de su pómulos y de sus mejillas, que se alzaban con una deliciosa suavidad para llegar a una frente ancha y baja, donde el cabello de un color muy vivo caía hacia abajo en zarcillos que se retorcían como llamas. Había un sutil matiz eslavo en aquellos rasgos del color de la miel, en la anchura de sus mejillas y en la suave curva con que los pómulos anunciaban una boca roja como una brasa ardiente, curvada en una sonrisa que prometían... el Cielo.

Ella estaba muy cerca. Podía ver la piel de melocotón de sus pálidos miembros dorados, el latido del pulso en su torneada garganta, los ojos velados que buscaban los suyos. Pero, detrás de ella, la segunda joven se iba acercando, tan hermosa en todo como la primera, con una belleza que atraía magnéticamente su mirada hacia aquel ondulante fluir de encantos. Mas, detrás de ella –sí-, llegaba otra y, detrás de ésta, una cuarta; y, en el crepúsculo verde que se abría tras ella, unas manchas pálidas anunciaban la presencia de muchas más. Y todas eran idénticas. Los aturdidos ojos de Smith recorrieron aquellos rostros, buscando y descubriendo lo que su cerebro aún no podía creer. Rasgo a rasgo, curva a curva, eran idénticas. Cinco, seis, siete cuerpos del color de la miel, medio velados por cabellos ricamente encendidos, que se dirigían hacia él. Siete, ocho, diez rostros exquisitos sonriendo en una promesa de éxtasis. Extrañado e incrédulo, sintió que una mano agarraba su hombro. La voz del aturdido Yarol murmuró, casi en un susurro:

-¿Estamos en el paraíso... o es que nos hemos vuelto locos?
Al oír aquello, Smith, que se encontraba como hechizado, salió de su trance. Sacudió fuertemente la cabeza, como un hombre aún no despierto del todo que intenta despejarse, y dijo:
-¿A ti también te parecen todas la misma?
-Sí. Son exquisitas..., exquisitas... ¿Viste alguna vez cabellos como los suyos, negros como el satén?
-¿Negros..., negros? –murmuró estúpidamente Smith, mientras se preguntaba qué era lo que no andaba bien. Cuando, finalmente, lo comprendió, la impresión que sintió fue lo suficientemente fuerte para hacerle apartar la mirada del encantamiento que tenía delante y volverla, rápidamente, hacia el arrobado rostro del menudo venusiano.
Su tersura impoluta se había convertido en una máscara de estupor casi sagrado. Incluso la sagacidad, el cansancio y el salvajismo de sus negros ojos se habían perdido entre el encanto de lo que miraban. Casi para sí mismo, murmuró:
-Y blancas, tan blancas como lirios. ¿No crees?... De cabellos más negros y de piel más blanca que...
-¿Estás loco?
La voz de Smith interrumpió brutalmente el arrebato del venusiano. La máscara congelada en el trance se quebró ante el impacto de aquella exclamación. Como un hombre que despertara de un sueño, Yarol se volvió parpadeando hacia su amigo.
-¿Loco? ¿Por qué..., por qué? ¿No lo estaremos los dos? ¿Cómo, si no, podríamos ver algo así?
-Uno de nosotros tiene que estarlo –dijo Smith, misterioso-. Estoy viendo mujeres jóvenes de cabellera rojiza y del color del... melocotón.
Yarol parpadeó nuevamente. Sus ojos recorrieron el ramillete de desconcertantes bellezas que estaban en la carretera. Y dijo:
-Entonces eres tú. Todas tienen el cabello negro, todas y cada una de ellas, reluciente y suave como el largo satén, y nada de la Creación es más blanco que sus cuerpos.

Los pálidos ojos de Smith se dirigieron nuevamente hacia la carretera. De nuevo volvieron a encontrarse con aquellos perfiles y curvas de carne aterciopelada, medio velados por cabellos que oscilaban como llamas. Y una vez más agitó la cabeza, desconcertado. Las jóvenes revolotearon a su alrededor en la verde penumbra, moviéndose con pasos levemente inquietos en uno y otro sentido sobre la calzada, con pies que parecían pétalos de rosa al caer por su ligereza, y cabellos que se enredaban en las suaves redondeces de sus cuerpos y que ondeaban a su alrededor en continuo movimiento. Volvían sus ojos lánguidos hacia los dos hombres, pero no hablaban. Después, con el viento llegó el lejano eco a la deriva de aquella risa exquisita y cantarina. Su dulzura hacía más ligero el roce de la brisa sobre sus rostros. Era una caricia y una promesa, además de una invitación irresistible, que flotaba entre ellos y se perdía en la distancia en débiles cadencias desmayadas que acariciaban sus oídos aún después de que su música audible hubiese cesado. Su sonido sacó a Smith de su aturdimiento, y se volvió hacia la joven que tenía más cerca, preguntando de sopetón:

-¿Quiénes sois?
Entre el enjambre que revoloteaba corrió un pequeño espasmo de excitación. Aquellos rostros adorables, idénticos todos ellos, se volvieron hacia él, y aquella a la que había interpelado sonrió de manera desconcertante.
-Yo soy Yvala –dijo con una voz más suave que la seda, concebida para acariciar los oídos y deslizarse ondulante sobre las mismísimas fibras nerviosas, con una dulzura lenta y relajante. ¡Y había hablado en inglés! Hacía mucho que Smith no oía su lengua materna. El sonido de la lengua de su patria pronunciado por una voz de dulzura encantadora hizo vibrar con intolerable emoción alguna cuerda oculta de su corazón. Durante un momento se quedó sin habla.
El silencio fue interrumpido cuando el sorprendido Yarol silbó por lo bajo.
-Ahora sé que estamos locos –murmuró-. No hay otro modo de explicar que hablara en alto venusiano. Pero... ¡si no ha podido...!
-¡Alto venusiano! –exclamó Smith, que salía de su mutismo-. ¡Habló en inglés!
Se miraron el uno al otro, con la sospecha naciente en sus ojos. En su desesperación, Smith se volvió y repitió a gritos la pregunta a otra de las beldades de aquel grupo, conteniendo la respiración mientras esperaba su respuesta, para estar seguro de que sus oídos no le habían engañado.
-Yvala... Soy Yvala –respondió con la misma voz sedosa que la primera. Inconfundiblemente era inglés, cargado de dulzura con los recuerdos de la patria.

Detrás de ella, entre aquel vergel de cuerpos torneados de piel del color del melocotón, velados por cabellos de colores rojizos, otros labios plenos se movieron y otras voces aterciopeladas murmuraron: “Yvala, Yvala, soy Yvala”, como ecos moribundos que flotasen de boca en boca, hasta que la última sílaba de aquel nombre tan extraño y bonito se desvaneció en el silencio. A través del extraño silencio que cayó cuando sus murmullos murieron, la brisa sopló de nuevo y, una vez más, aquella risa dulce y casi inaudible llegó desde muy lejos para insinuarse en sus oídos, subiendo y bajando en el viento hasta hacer latir sus corazones al unísono, decayendo después, debilitándose, muriendo a su pesar en la fragante brisa.

-¿Qué era eso?... ¿Quién era? –preguntó Smith en voz baja a las jóvenes que se arremolinaban a su alrededor, mientras lo que quedaba de la voz se desvanecía en el silencio.
-Era Yvala –dijo el coro de voces acariciantes como el eco múltiple de un mismo tono lánguido y lleno de matices-. Yvala ríe... Yvala llama... Ven con nosotros hasta Yvala.
-¿Geth morri a’ Yvali? –dijo Yarol, con una súbita nota de inflexiones musicales, en el mismo momento en que Smith preguntaba lo mismo en su propia lengua materna, que sólo usaba muy raramente:
-¿Quién es, entonces, Yvala?
Pero no hubo contestación a aquella pregunta, sólo señas y la reiteración entre murmullos del mismo nombre: “Yvala, Yvala, Yvala...”, y risas que consiguieron que el pulso de ambos latiera más fuerte. Yarol alargó tímidamente una mano hacia la joven que tenía más cerca, pero ella se escapó como el humo, sin conseguir nada más que rozar la aterciopelada carne de su hombro, que dejó en sus dedos una sensación deliciosa. Ella sonrió ardientemente por encima del hombro, mientras Yarol cogía a Smith del brazo.

-Vámonos –dijo con urgencia.
En un placentero sueño de voces apenas pronunciadas y adorables cuerpos cálidos dando vueltas alrededor, apenas al alcance de la mano, avanzaron lentamente contra el viento a lo largo de la carretera, en medio de aquel ondulante grupo, hacia donde había sonado aquella risa digna de un Tántalo, mientras las seductoras jóvenes daban vueltas a su alrededor, con pies inquietos y sin rumbo, con sus cabelleras flotando y enroscándose alrededor de la belleza de sus cuerpos entrevistos, mientras lo ecos de aquel simple nombre subían y bajaban en cadencias tan ricas y suaves como la nata: “Yvala... Yvala... Yvala...”, un ensalmo mágico que les impelía a seguirlas. Jamás supieron el tiempo que estuvieron caminando. La inmutable jungla se deslizaba tras ellos sin que lo notasen; el ancho y enigmático pavimento seguía adelante; una penumbra misteriosa y verde oscurecía por completo el recorrido de aquella carretera encantada por la risa. Fuera del círculo de jóvenes, que murmuraban con voces que eran como los ecos de un sueño mientras hacían girar sus cuerpos ondulantes y sus flotantes cabelleras, nada tenía sentido para ellos. Toda la maravilla, la incredulidad y la estupefacción de las mentes de aquellos dos hombres se habían abismado en la nada, anegadas y engullidas por la fragante música de sus encantadoras. Después de un largo instante de arrebato, al ver que llegaban al fin de la carretera, Smith alzó su soñadores ojos pálidos y, como a través de un velo, tan vagamente como si la escena tuviera poco significado para él, vio que ante ellos comenzaba a abrirse un gran espacio, una especie de parque, a medida que las paredes de la jungla se apartaban a cada lado. En él cesaban de repente los pantanos primigenios y la vida vegetal animada para dar paso a una escena que bien hubiera podido provenir de un millón de años atrás en el tiempo. El claro estaba surcado por grandes árboles patriarcales que habían evolucionado de las cosas serpenteantes que crecían en la hambrienta jungla. Sus hojas techaban el lugar con un verdor ondulante a través del cual una luz que poseía la suavidad del crepúsculo se filtraba sobre una alfombra de musgo constelado de flores. De un solo paso, franquearon eras de evolución y entraron en aquel espléndido claro lleno de penumbra que bien hubiera podido provenir de un mundo con un millón de años más que la jungla que, impotente, bostezaba de hambre alrededor de su contorno.

El musgo era aterciopelado bajo sus pies. A través del crepúsculo, con ojos que apenas comprendían lo que veían, Smith contempló paisajes que se extendían bajo la penumbra verde agazapada bajo los árboles. Era un lugar silencioso, misterioso, muy tranquilo. En ocasiones le pareció ver un destello de vida entre las hojas que se extendían sobre él, una agitación entre los árboles, como si pequeñas cosas se cruzaran en su camino y pájaros revoloteasen entre las hojas, pero no pudo asegurarlo. Una o dos veces le pareció captar el eco del canto de un pájaro, como si la melodía hubiera sonado en sus oídos instantes antes y sólo después, cuando el sonido se desvanecía, hubiese sido consciente de ella. Pero ni una sola vez escuchó de manera efectiva la nota de una canción, ni tampoco vio ninguna vida animada, aunque su presencia fuera frecuente bajo las hojas bañadas por el crepúsculo verde. Avanzaron lentamente. En una ocasión podría haber jurado que vio un ciervo salpicado de manchas que le miraba con grandes ojos de infelicidad desde un abrigo de ramas, pero cuando miró desde más cerca no vio más que hojas balanceándose en el viento. Y en otro momento, en lo más profundo de su oído, como si fuese el eco de un sonido que acabara de producirse, le pareció distinguir el agudo relincho de un garañón. Pero después de todo, aquello no tenía gran importancia. Las jóvenes seguían comportándose como si fueran sus pastoras mientras los conducían por el florido musgo, rodeándoles con voces profundas de palomas cuya única música era: “Yvala... Yvala... Yvala...”, en una armonía interminable de notas que subían y bajaban.

Caminaban como en un sueño, los árboles y las musgosas perspectivas del parque deslizándose lenta e interminablemente en sentido contrario al de su avance, en una calma inmutable. Cada vez con más insistencia, aquella impresión de vida entre los árboles seguía acaparando la atención de Smith. Se preguntaba si no estaría sufriendo alucinaciones, pues ninguna disposición de las ramas y de las sombras hubiera podido explicar la cabeza de jabalí salvaje que le pareció haber visto entre la vegetación, mirándole durante un instante con ojillos llenos de vergüenza, antes de fundirse bajo su mirada en el cúmulo de sombras. Parpadeó y se restregó los ojos, por el terror momentáneo de que su propio cerebro le estuviera traicionando; pero instantes después observaba, sin saber a qué atenerse, el espacio que se abría entre dos árboles de ramas bajas, donde le había parecido ver con el rabillo del ojo un magnífico garañón blanco que se detenía indeciso, con la cabeza alzada y una mirada extrañísima y cargada de urgencias, mezcla de advertencia, miedo... y vergüenza. Pero se desvaneció en una mera sombra arrojada por las hojas cuando Smith se volvió. De repente, se sobresaltó al tropezar con lo que no era más que una rama poblada de hojas que se cruzaba en su camino, aunque un instante antes le hubiera parecido, de una manera muy inverosímil, una bestia felina que caminara agachada por el musgo, cuyos ojos ardientes se volvían hacia él cargados de odio, advertencia y disgusto. Había algo en aquellos animales que suscitaba en su mente una vaga inquietud cuando los miraba, algo en sus ojos que era advertencia, agonía y un reflejo de inteligencia mayor de lo que se aprecia en los ojos de las bestias, algo espantosamente extraño y embrujadoramente familiar en la forma en que sus cabezas se erguían sobre sus hombros..., algo que sugería horriblemente una postura que no era la usual de cuatro patas.

Finalmente, cuando una hembra de gamo saltó con gracia de entre las hojas, dudando un instante antes de salir huyendo con ligereza impropia de un cuadrúpedo, mientras volvía hacia él, al desaparecer, una mirada de agonía con ojos muy abiertos que, como advertencia, era tan eficaz como un grito, Smith se detuvo bruscamente. Un malestar demasiado profundo para desvanecerse por el efecto de las muchachas que canturreaban le avisó del peligro. Se detuvo y miró con incertidumbre a su alrededor. La gama se había fundido entre las sombras de las hojas que fluctuaban sobre el musgo, pero él no podía olvidar la persistente vergüenza y la advertencia de sus ojos. Escrutó la verde penumbra que se extendía bajo el arbóreo techo del claro. ¿Era un sueño de loto, una ilusión de la fiebre de la jungla, o un súbito extravío de su mente? ¿No se habría imaginado aquellas bestias con sus ojos angustiados y los contornos terriblemente familiares de un cuello y una cabeza puestos encima de cuatro patas? ¿Había algo de realidad en todo aquello? Más para asegurarse que por cualquier otro motivo, adelantó rápidamente una mano y cogió súbitamente a la joven de piel del color de la miel que tenía más cerca. Sí, era tangible. Sus dedos se cerraron alrededor de un brazo firme y redondeado, y su tacto fue dulcemente suave a lo largo de toda su superficie de piel de melocotón. La muchacha no huyó. Se detuvo como muerta a su contacto y volvió lentamente la cabeza, alzando, con la gracia de un sueño, el rostro hasta el suyo. Su altanero mentón revelaba la curva larga y plena de su garganta, de modo que él pudo apreciar el fuerte latido de su cuello bajo su carne aterciopelada. Entreabrió con suavidad los labios y bajó las pestañas.

El otro brazo de Smith se movió como si tuviese vida propia, atrayendo a la joven hacia sí. Luego, las manos de ella fueron a sus cabellos y atrajeron su cabeza hacia la suya. Y todas sus inquietudes, sus angustias y sus terrores latentes desaparecieron con el beso de sus labios entreabiertos. Después fue consciente de que caminaba bajo los árboles, llevando del brazo el grácil y flexible cuerpo de una joven. Sólo su proximidad era una delicia que le producía mareo, de tal suerte que la verde región boscosa era tan vaga como un sueño y la única realidad se hallaba en aquella dulzura adorable del color de la miel que llevaba del brazo. Tenía la vega conciencia de que Yarol caminaba paralelamente a él, a poca distancia entre el follaje, con una cabeza dorada sobre uno de sus hombros, otra espléndida joven apoyada en su brazo. Era una réplica tan perfecta de su adorable cautiva que hubiera podido tomarse por su imagen en un espejo. Un recuerdo inquietante afloró en la mente de Smith. ¿Le parecería a Yarol que una doncella blanca como la nieve paseaba a su lado, apoyando la negra cabeza sobre su hombro? ¿Había cedido la mente del pequeño venusiano al encanto de aquel lugar, o se trataba de la suya? ¿Cuál sería la lengua hablada por las jóvenes, inglés, según Smith, o las musicales cadencias del alto venusiano, según Yarol? ¿Acaso ambos estaban locos? Entonces, aquel sutil cuerpo dorado se agitó en su brazo, y el rostro delicadamente sombreado se volvió hacia el suyo. La floresta se desvaneció como humo ante la magia de sus labios. Había pequeños claros de penumbra entre los árboles, donde montones de ruinas blancas iban, en ocasiones, al encuentro de los ojos de Smith, sin dejar apenas más que un simple recuerdo consciente. Vagas preguntas afloraron en su mente respecto a quién pudiera ser la raza desaparecida antaño que había arrebatado aquel claro a la jungla y que había muerto sin dejar ningún otro rastro. Pero aquello no le preocupaba. No tenía importancia. Incluso las bestias vislumbradas en aquellos momentos en que volvían hacia él sus ojos, más llenos de pena y desesperación que de advertencia, habían perdido en su cerebro encantado todo su significado. En un sueño de loto, vagó por donde le llevaban, sin pensar en nada, sin alarmarse. Le resultaba muy agradable pasear en aquella penumbra verdosa con la más pura de las magias al brazo. Estaba contento.

Dejaron atrás las blancas ruinas de edificios derruidos, bajo grandes árboles inclinados que moteaban sus cuerpos de sombras. El musgo se hundía bajo sus pies con la misma suavidad que si caminasen sobre una gruesa pila de alfombras. Una y otra vez, animales nunca vistos pasaban furtivos cerca de ellos, de suerte que con el rabillo del ojo Smith no dejaba de observar los casi totales rasgos de humanidad de aquellos cuerpos, la forma en que las cabezas encajaban sobre los bestiales hombros, el fulgor de sus ojos que le avisaban. Pero, realmente, no conseguía verlos. Con una dulzura..., con una dulzura y un encanto intolerables, la risa se escuchó a través del bosque. La cabeza de Smith se irguió como la de un garañón asustado. La risa era más fuerte que antes y llegaba de cerca, de algún lugar muy próximo de entre las hojas. Le pareció que la voz debía proceder de alguna hurí ardiente y adorable apoyada en lo alto de las murallas del paraíso... y él, que había recorrido un largo trecho en su búsqueda, tembló al término de su viaje. El sonido dulce y encantador suscitaba ecos a través de los árboles, resonando bajo los verdes pasillos sumidos en el crepúsculo, haciendo estremecer las hojas. Estaba en todas partes, un pequeño mundo musical sobre impuesto al mundo de la materia, que encantaba todo lo que se hallaba a su alcance con un ensalmo mágico que no dejaba sitio para nada que no fuera su deliciosa presencia, y su llamada resonaba a través de la mente de Smith con la agudeza de una espada clavada en su carne, llamando, llamando insoportablemente a través del bosque.

Poco después abandonaron los árboles y salieron a un pequeño claro musgoso en cuyo centro se levantaba un pequeño templo blanco. Yarol ya estaba allí... Sin saber por qué, se habían quedado solos. Aquellas exquisitas jóvenes habían desaparecido como humo en el olvido. Los dos hombres permanecieron muy quietos, con la mirada perdida. Aquel edificio era lo único que veía con columnas aún intactas, y sólo gracias a él pudieron constatar que la arquitectura de aquellos muros caídos, cuyas ruinas habían sembrado de manchas los claros del bosque, era diferente de las de cualquiera de los mundos conocidos. Pero no tenían ningún deseo de profundizar en aquel misterio, pues la mujer que moraba entre aquellas sutiles columnas reclamaba todos y cada uno de los pensamientos de sus aturdidas mentes. Estaba de pie en el centro del pequeño templo. Parecía de oro pálido, medio velada en el largo manto de sus rizos. Y si las jóvenes sirenas les habían parecido encantadoras, allí se encontraba el encanto hecho carne. Aquellas jóvenes llevaban su forma y su rostro. En ella veían el mismo cuerpo exquisitamente moldeado, con el color de la miel, medio velado por los rizos de cabellos que se adherían a él, retorciéndose como incipientes llamas. Pero aquellas muchachas desconcertantes eran meros ecos de la belleza que, en aquel momento, tenían delante. Smith la miró fijamente, mientras sus ojos sin color comenzaban a encenderse.

Ante él estaba Lilith..., Helena..., Circe... Ante él, allí, estaba toda la belleza de todas las leyendas de la humanidad, sobre aquel suelo de mármol, mirándolos con solemnidad con ojos que no sonreían. Por primera vez miró aquellos ojos que iluminaban el dulce y espléndido rostro, y hasta su mismísima alma se quedó sin respiración al hundirse de manera tan súbita en la intensidad de su azul. No era un azul vivo, ni tampoco deslumbrante, pero su intensidad trascendía con mucho cualquier calificativo. En aquella inmensidad azul, el alma de un hombre podría hundirse para siempre, sin tocar fondo, sin ser llevada por las corrientes, abismándose más y más en un infinito de luz absoluta. Cuando el azul, el azul de la mirada le liberó, recobró la respiración, como un hombre que hubiera estado a punto de ahogarse, y se quedó mirando fijamente, con estupor jamás experimentado antes, aquella realidad cuya comprensión se le había escapado hasta entonces. Aquel instante de éxtasis, mientras se hallaba sumergido en las azules profundidades de sus ojos, debió de abrir una puerta en su cerebro hacia nuevos conocimientos, pues, mientras miraba, observó una peculiaridad ciertamente extraña en aquel encanto. En él había una belleza tangible, algo substancial que podía echar raíces en la carne humana y vestir de belleza un cuerpo como si fuese una ropa más. Pero se trataba de algo más que la belleza de la carne, de algo más que una mera simetría del rostro y del cuerpo. De una cualidad como una llama casi visible –no, más que visible- que brotaba de cada una de las formas y de las suaves curvas de su cuerpo de piel de melocotón, que realzaba el esplendor de la orgullosa turgencia de su pecho, de la larga y sutil curva de sus muslos y de la exquisita línea de sus hombros que anunciaba una belleza plena, medio velada por su flotante cabellera.

En aquel momento de aturdimiento y revelación, sus encantos rielaron ante él, con demasiada intensidad para que sus sentidos humanos pudieran percibir algo más que el deslumbramiento de intolerable belleza que cegó sus ojos, medio atónitos por lo que veían. Levantó las manos para protegerse del resplandor y permaneció unos instantes con los ojos tapados, en una oscuridad impuesta conscientemente a través de la cual aquella belleza refulgía con una intensidad que trascendía lo visible y que afectaba de un modo insoportable a todas las fibras de su ser, hasta que se encontró bañado en la luz que empapaba hasta los últimos átomos de su alma. Entonces el resplandor murió. Smith bajó sus manos temblorosas y vio aquel adorable rostro de oro pálido fundirse lentamente en una sonrisa de tan celestiales promesas que, por un instante, sus sentidos estuvieron a punto de abandonarle de nuevo y el universo comenzó a girar alocadamente alrededor de un polo de rasgos del color de la miel pálida, que se disgregó en arcos y en curvas tenuemente sombreadas cuando la aterciopelada boca se curvó lentamente en una sonrisa.

-Todos los extranjeros son bienvenidos aquí –canturreó una voz que era como el roce de la más ligera de las sedas, más dulce que la miel y acariciante como el roce de unos labios al besar. Había hablado en el más puro inglés de la Tierra. Smith recobró el habla.
-¿Quién... eres? –preguntó, mientras su voz se quebraba extrañamente, como si se le parase hasta el aliento por la magia a la que se enfrentaba.
Antes de que ella pudiera contestar, la indecisa voz de Yarol se interpuso entre ambos, cargada de súbita y salvaje ira.
-¿No puedes responderle en la misma lengua en que ella se dirige a ti? –preguntó con voz cargada de amenazas-. Lo menos que puedes hacer es preguntarle su nombre en alto venusiano. ¿Por qué supones que sabe hablar en inglés?
Completamente estupefacto, Smith dirigió una desconcertada mirada gris a su compañero. Vio cómo la llamarada del fuerte carácter venusiano se desvanecía como la niebla de los negros ojos de Yarol cuando éste se volvió hacia el tesoro de aquel templo. Y en las primorosas y líquidas cadencias de su lengua nativa, que con tanta exquisitez rebosa de hipérboles y simbolismos, dijo:
-Oh, adorada dama, de cabellos oscuros como la noche, ¿qué nombre os fue dado para revelar lo que en blancura vuestra belleza excede a la espuma del mar?

Por un momento, mientras escuchaba la belleza de la frase y del sonido contenidos en el alto venusiano, Smith puso en duda lo que oía. Pues aunque ella había hablado en inglés, la belleza de la lengua de Yarol parecía infinitamente más acorde a la curvatura de lira de su aterciopelada y roja boca.
“Aquellos labios –se dijo- no debieran emitir más que pura música, y el inglés no es una lengua musical.”
Pero no podía explicar la ilusión visual de Yarol, pues sus propios ojos pálidos como el acero se hallaban prendados de una cabellera de tonos rojizos y de una piel como el oro pálido, y ningún esfuerzo de la imaginación podía transformar aquello en las negras trenzas y la blancura de nieve que su compañero insistía en ver. Mientras hablaba Yarol, un asomo de burla que se dibujó en los labios de la joven rompió la suavidad de su boca. Contestó a ambos en el mismo idioma, y Smith supuso que, si para él era perfecto inglés, a Yarol debía de sonarle con las musicales cadencias del alto venusiano.

-Soy la belleza –dijo con serenidad-. Soy la belleza hecha carne. Pero me llamo Yvala. Cese la disputa entre vosotros, pues cada hombre me escucha en la lengua en que habla su corazón, y me ve con la imagen que en su alma ha dado a la belleza. Yo soy el deseo de todos los hombres encarnado en un solo ser, y no hay más belleza que la mía.
-Pero... ¿y las demás?
-Soy la única que habita aquí..., pero habéis conocido las sombras de mí misma, llevándoos por caminos tortuosos a la presencia de Yvala. Si no hubierais contemplado antes esos reflejos de mi belleza, su plenitud os hubiese cegado y destruido totalmente. Quizá más tarde me veáis más claramente...
“Pero no, aquí sólo vive Yvala. Excepto vosotros, en este parque mío no hay ninguna criatura viviente. Todo es ilusión excepto yo. ¿Acaso no os basto? ¿Podéis desear cualquier otra cosa de la vida o de la muerte que lo que ahora veis?
La pregunta vibró en un silencio cargado de música, y ellos supieron que no podrían. El dulce murmullo celestial de aquella voz constituía un puro encantamiento y bajo su sonido ninguno de los dos hombres fue capaz de otra emoción que no fuese la de adorar a la belleza que estaba ante ellos. De aquella perfección hecha carne brotaban ondas pulsantes que los envolvían de tal forma que, fuera de Yvala, nada en el universo tenía existencia. Ante el esplendor que les quemaba el rostro, Smith sintió subir en él un sentimiento de adoración tan fuerte como la sangre al manar por una arteria cortada. Pues se derramaba como la sangre vital y, como un fluido vital, salía de su cuerpo, dejándole cada vez más débil... Era algo extraño, como si alguna parte esencial de él se perdiera a borbotones por la intensa adoración. Pero algo profundamente sumergido bajo las más hondas profundidades del subconsciente de Smith, una vaga inquietud, comenzó a agitarse. La rechazó, porque alteraba la tersa superficie como de espejo de su arrebato de adoración; pero no pudo hacerse con ella y, gradualmente, aquel malestar fue abriéndose camino entre las distintas capas de su arrobamiento, hasta que afloró a su mente consciente, perturbando con un ligero estremecimiento la exquisita quietud de su trance. No era un malestar definido, pero tenía que ver en cierta manera con los escasos animales que había entrevisto -¿realmente los había vislumbrado?- en el bosque. Aquello, y también el recuerdo de una antigua leyenda de la Tierra que, a pesar de todo, no había podido expulsar completamente de su memoria: la leyenda de una mujer hermosísima... y de hombres convertidos en animales... No conseguía comprenderlo del todo, pero aquel recuerdo evanescente le aguijaba con pinchazos inconfundibles, avisándole del peligro tan insistentemente que, con desagrado infinito, su mente se vio en la obligación de tener que pensar una vez más.

Yvala lo percibió. Sintió la disminución de aquel flujo vital de adoración incondicional que se derramaba sobre su belleza. Sus ojos insondables se volvieron sobre los suyos en una oleada insoportable de azul y, al impacto de aquella luz, los bosques dieron vueltas a su alrededor. Pero en el interior de Smith, bajo el último peldaño de sus pensamientos conscientes, bajo el último estremecimiento de sus instintos, reflejos y deseos animales, yacía una roca viva de vitalidad salvaje que ningún poder con el que se había encontrado podría vencer jamás, ni siquiera aquél..., ni siquiera Yvala. Profundamente arraigado en aquella solidez inamovible, el pequeño murmullo de inquietud persistió: “Aquí hay algo anormal. No debo permitir que ella se apodere nuevamente de mí... Debo saber por qué ocurre todo esto...”

Y ya no fue consciente de nada más. Pues Yvala se volvió. Con ambos brazos aterciopelados echó hacia atrás el telón de su cabellera y, a su alrededor, en un espejeo de belleza tangible, irradió la energía que moraba en ella, con tan terrible intensidad que toda la consciencia de Smith se apagó como si fuese la llama de una vela. De una manera vaga, después de lo que le parecieron eones, fue recobrando la noción de las cosas. No se trataba de la completa consciencia, sino de una especie de conocimiento ciego y opaco de lo que tenía lugar alrededor de él, en él, a través de él. Era como el que pudiera tener un animal, sin el menor rastro de una conciencia real. Pero, por encima de todo, la ensimismada adoración de la completa belleza seguía manteniendo su atracción ardiente en el centro de su universo y le devoraba del mismo modo que una llama hace con su combustible, absorbiendo toda su adoración, dejándole completamente vacío. Inerme, incorpóreo, se derramaba a través de la adoración en la ávida llama que le mantenía cautivo; y mientras tanto se sentía desfallecer y hundirse de alguna manera hasta más debajo del umbral de lo que es un ser humano. En su entumecida conciencia no hizo esfuerzo alguno para comprender, pero sintió que comenzaba a... degenerar. Era como si el apetito insaciable de admiración que consumía a Yvala y que le estaba consumiendo a él, absorbiese toda su humanidad hasta dejarle seco. Incluso sus pensamientos iban cayendo más abajo a medida que ella le absorbía, y su mente se agitaba en figuras y dibujos por debajo del nivel de los pensamientos humanos...

Ya no era tangible. Era una memoria oscura e inarticulada, incorpórea, sin alma, llena de extrañas sensaciones famélicas... Recordaba que corría. Recordaba la tierra oscura desplazándose bajo sus ágiles pies, el penetrante viento sobre sus fosas nasales, lleno de olores de mil cosas exquisitas. Recordaba la manada que le rodeaba, aullando a las heladas estrellas, su propia voz elevándose, exultante, uniéndose con gutural clamor a los demás. Recordaba el dulzor de la carne que cedía bajo sus colmillos, el cálido flujo de la sangre bajo una lengua voraz. Recordaba poco más que eso. La exultación de la caza, el agradable vaho de la carne caliente bajo los colmillos que la desgarraban... Todo aquello daba vueltas y más vueltas por su memoria, dejando espacio para poco más. Pero gradualmente, en ecos vagos e indistintos, otros recuerdos fueron abriéndose paso entre el círculo formado por el hambre y la necesidad de alimentarse. Era algo intangible, simplemente el tenue conocimiento de que, en cierta forma, en algún lugar, en alguna remota existencia, él había sido... diferente. Él había...

Bruscamente, a través de la ronda de recuerdos apareció la conciencia de las presencias. Fue consciente de ellas no con los sentidos físicos, pues no poseía sentidos físicos en absoluto. Pero su consciencia, su mente obtusa y muda, supo que había llegado..., supo qué eran. A su memoria afluyó el recuerdo del acre olor del hombre, que conmovía su sangre, y sintió cómo la lengua pasaba sobre unos colmillos súbitamente húmedos de saliva; recordó el hambre volcándose sobre tosas sus sensaciones. En aquel momento se hallaba ciego y carecía de forma en un vacío informe, y si reconocía aquellas presencias era sólo porque se habían topado con la suya. Pero el ser consciente de la presencia de seres humanos tan cerca de él le afectó. Ellos le había sentido, acechando muy cerca, hambriento, y el que sus mentes recibieran el hambriento impacto de la suya, había originado que sus cerebros tradujeran aquella proximidad famélica en una imagen instantánea, pues, desde algún lugar fuera del gris vacío que era su existencia, una voz dijo, claramente:

-¡Mira! ¡Mira! No, ya se ha ido, pero durante un minuto me pareció haber visto un lobo...
Las palabras penetraron en su conciencia con la violencia de un cañonazo; pues, en aquel instante, “supo”. Comprendía el lenguaje que utilizaba el hombre, recordaba que antaño había sido el suyo..., comprendió en qué se había convertido. También supo que aquellos hombres, quienesquiera que fuesen, se encaminaban hacia el mismo peligro que le había vencido a él, y la urgencia de avisarlos acalló su mutismo. Hasta entonces no había comprendido claramente, con los pensamientos de un hombre expresados en palabras, que carecía de ser. No era real... Sólo era los recuerdos de un lobo vagando en la oscuridad. Había sido un hombre. Pero ya sólo era un puro lobo, una bestia, y su alma había sido despojada de su humanidad hasta el mismísimo núcleo de salvajismo que mora en cada hombre. La vergüenza le invadió. Olvidó a los hombres, el idioma que utilizaban, el hambre que sentía. Se disolvió en una nada de recuerdos de lobo y de vergüenza de hombre. A través de su aturdimiento, una necesidad urgente comenzó a imponérsele. En algún lugar del vacío sonó una voz que le requería irresistiblemente. Le llamaba con tanta fuerza que todo su incierto ser comenzó a dar vueltas alrededor de su cabeza, en respuesta a las corrientes que le arrastraban irresistiblemente hacia la voz.

Brillaba una llama. Llameaba en medio de la nada universal, llamando, ordenando, atrayéndole con tanta dulzura que respondió con todo su ser, pues en aquel fuego había un elemento que despertaba su deseo más profundamente arraigado. Le recordaba la comida, el cálido chorro de sangre, el crujido del hueso entre los dientes, la satisfactoria familiaridad de la carne hundiéndose bajo los colmillos. El deseo de todo aquello brotaba de él como la vida misma, vaciándole..., vaciándole... Iba cayendo lentamente por debajo del lobo, cada vez más bajo, más bajo... El terror le apuñaló a través del olvido que se acercaba. Era la súbita comprensión de su humanidad perdida desde hacía tanto, un último destello que iluminaba la oscuridad en que se hundía. Y sobre la roca viva de inquebrantable fortaleza que era el núcleo de su ser, aún más bajo, que el nivel del lobo, mucho más que el olvido hacia el que se sentía atraído..., brotó la chispa de la rebelión. Hasta entonces no había hecho más que patalear impotente, sin ningún apoyo firme donde asentar el pie para luchar; pero a partir de aquel momento, llegado al último extremo, mientras las últimas gotas de vida consciente se escapaban de él, la roca viva de donde brotaban las fuentes de su fortaleza y de su salvajismo comenzó a elevarse, y en aquel último bastión del yo llamado Smith, éste se decidió al instante por la rebelión y comenzó a luchar con toda su naturaleza de lobo, que era el terreno donde había arraigado su alma de hombre. Luchó como un lobo, con el salvajismo de una animal y la fuerza de un hombre, sostenido por la firmeza de la roca viva que apoyaba a ambos. El espacio giró a su alrededor, llameando con fuegos ávidos, oscureciéndose con los exabruptos del olvido, furioso y devorador ante la ardiente presencia de Yvala. Pero él estaba venciendo. Lo sabía y se empeñaba más en la lucha, hasta que, de repente, sintió que se quebraba la fuerza que se le oponía y de nuevo fue lúcidamente consciente, lúcidamente humano. Yacía sobre el blando musgo como un muerto, terriblemente relajado en todos sus miembros y músculos. Pero la vida volvía rápidamente a él, y la humanidad se derramaba como un río crecido sobre las vacías oquedades de su alma. Durante un instante permaneció a punto de comenzar a flotar, y tuvo que hacer esfuerzos para volver a entrar en su interior. Finalmente, con esfuerzo infinito, alzó los párpados y permaneció a la expectativa, mortalmente quieto.

Ante él se levantaba el sagrario de mármol blanco que albergaba la belleza. Pero ya no era la delirante hermosura de Yvala lo que veía. Había arrostrado el fuego del más profundo de sus peligros y la contemplaba como realmente era... No en la forma con que le había hechizado y que para él, tal y como había adivinado -lo mismo que para cualquier ser vivo, ya fuese hombre o animal, que la mirase-, representaba la pura belleza, sino como una llama de ávida luz flameando en el interior del sagrario. La luz estaba viva, se estremecía, temblaba y se movía, pero ya no adoptaba forma humana. No era humano. Era una vida tan alejada de la humana que se preguntó tímidamente cómo sus ojos podrían haberle engañado dándole la belleza hecha carne de Yvala. E incluso en el corazón del peligro tuvo tiempo de lamentar la desaparición de aquella belleza..., de aquella exquisita ilusión que jamás había existido, salvo en su propio cerebro. Y supo que, mientras la llama de la vida ardiese en él, jamás podría olvidar su sonrisa. Lo que allí ardía era una cosa de orígenes tan terribles como remotos. Adivinaba que su poder había atenazado su cerebro en cuanto se puso a su alcance, y que le había ordenado que la viera bajo aquella forma encantadora que sólo para él representaba el ideal de su corazón. Debía haber hecho lo mismo a un número incontable de seres... recordó las espectrales presencias animales que en el bosque se habían impuesto a sus percepciones con su tímida y vergonzosa presencia. En efecto, él había sido una de ellas..., en ese momento lo supo. Entonces comprendió la advertencia y la angustia en sus ojos. También recordó las ruinas que había visto en la espesura. ¿Qué raza había morado allí antaño, imponiendo su civilización y la huella de sus tranquilos claros y arboledas sobre la voraz jungla? Quizá una raza humana, que vivió apartada bajo la vegetación hasta que llegó Yvala la Destructora. O quizá no fuera humana, ya que sabía que Yvala adoptaba una forma diferente para cada criatura viviente, la encarnación del deseo supremo de cada individuo.

Entonces oyó voces. Después de un esfuerzo infinito consiguió girar la cabeza sobre el césped, hasta que pudo comprobar de dónde venían. Y lo que vio le habría hecho levantarse si hubiera estado en condiciones, pero un cansancio mortal cayó sobre él con el peso de los mundos y fue incapaz de moverse. Aquellas presencias humanas que había sentido cuando revestía forma animal estaban cerca de él... Eran los tres traficantes de esclavos de la pequeña astronave. Debía de haberlos seguido desde no muy lejos, por oscuros motivos que jamás conocería, pues la magia de Yvala había hecho presa en ellos y estaban a punto de perder lo poco de humanidad que les quedaba. Se habían detenido en fila ante el sagrario, con un éxtasis casi sagrado en sus rostros. Y tuvo la certeza de que reflejaban la gloria de Yvala, aunque, a sus ojos, la cosa que miraban no era más que una llama sin forma. Entonces supo por qué Yvala había cedido tan rápidamente en la desesperada lucha que había mantenido contra ella: porque se ofrecía pasto fresco a su avidez, nuevos adoradores de los que beber. Había dejado a un lado sus fuentes vitales, prácticamente agotadas, para vaciar de su humanidad a otra presa. Él los observó mientras seguían allí, de pie, embriagados por la belleza de lo que creían que era una mujer incomparable, velada por una cabellera flotante, que esplendía con un ardor más que mortal..., donde, para él, sólo ardía una llama clara. Pero aún veía más. Alrededor de aquellas tres figuras en éxtasis ante el sagrario podía ver cimbreándose... ¿No sería alguna extraña reflexión de ellos mismos bailoteando en el aire? Los contornos vaporosos oscilaron, y Smith supuso -con ojos que a la luz de lo que le acababa de pasar le permitían penetrar hasta la carne- que aquel espejeo que parecía bailar debía ser, sin duda, el reflejo de algún componente vital de los tres hombres, visible de manera tan extraña en aquellos momentos por la evocación mágica de Yvala.

Los reflejos en cuestión tenían forma humana. Tendían hacia Yvala desde sus anclajes en los respectivos cuerpos que los albergaban, tirando de ellos como si quisieran abandonar sus raíces carnales y fundirse en un todo con la belleza hecha carne que los llamaba de modo tan irresistible. Los tres permanecían rígidos, con los rostros inexpresivos por el éxtasis, inconscientes del peligroso tirón que iba a sufrir su alma. Entonces Smith vio cómo al hombre que estaba más cerca se le aflojaban las rodillas, vacilaba y se derrumbaba sobre el musgo. Permaneció inmóvil durante un momento, mientras que, de su cuerpo caído, aquel tenue reflejo de sí mismo daba un tirón tras otro hasta conseguir soltarse en un esfuerzo final y flotar como un espectro de humo en la ardiente luminosidad blanca del sagrario. La llama lo engulló y relució con mayor intensidad, como si acabara de recibir más combustible. Cuando aquella súbita luminosidad murió, el espectro de humo se movió a la deriva y se arrastró a través de las columnas con una forma que incluso a los debilitados ojos de Smith presentaba una extraña distorsión. Ya no era el alma de un hombre. Toda su humanidad había sido consumida para alimentar la llama que era Yvala. Los bestiales fundamentos, que en todas las criaturas humanas se hallan tan poco profundos bajo el barniz de civilización y humanidad, habían quedado al desnudo, libres. Smith sintió un escalofrío al constatar aquello, mientras observaba el núcleo de instintos bestiales que era todo lo que quedaba después de desaparecer el barniz de humanidad, un núcleo de recuerdos animales arraigados desde hacía eones, desde aquel lejanísimo pasado en que todos los antepasados del hombre corrían a cuatro patas.

Lo que quedaba era un animal taimado, lleno de la astucia del zorro. Vio su forma neblinosa alejarse furtivamente en la verde penumbra del bosque y nuevamente comprendió por qué, cuando se dirigía a aquel lugar, había visto en el parque fugaces reflejos de animales, todos con aquella terrible familiaridad en la manera de erguir la cabeza, y en la línea de sus hombros y en el cuello, que evocaban actitudes diferentes de las de animales de cuatro patas. Debían de ser espectros como aquel, a la deriva entre los bosques, bestias fantasmales que aún conservaban jirones y andrajos de la humanidad de la que habían sido despojados, y que habían rozado con sus mentes la de él, consiguiendo por el impacto de la viveza de su evocación una visión de su realidad de pieles y de carne, pero muy fugaz, antes de que el espectro se desvaneciese. Y él se estremeció espantado al pensar en el elevado número de hombres que habían debido servir de alimento a la llama, despojados de su humanidad como de un vestido y errando en aquellos momentos en la desnudez de su bestial naturaleza a través de los bosques encantados. Era Circe. Lo comprendió con un escalofrío de repulsión y de espanto. La encantadora Circe, que convirtió a los hombres de la leyenda griega en animales. ¡Y qué tremendo fondo de realidad y mito aparecía vagamente, como una niebla, después de lo que acababa de suceder ante sus mismísimos ojos! La encantadora Circe: una antigua leyenda de la Tierra hecha carne en una luna de Júpiter, muy lejos, en el espacio. El espanto de aquello sacudió todos sus fundamentos. Circe... Yvala... Una entidad extraterrestre que, por lo tanto, debía vagar por el universo y las eras, dejando a lo largo de los siglos vagos rumores sobre su paso. La adorable Circe en su isla azul del mar Egeo... Yvala en su luna encantada bajo el arrebol de Júpiter... pasado y presente fundidos en un todo cegador.

La maravilla de todo aquello le absorbió de tal modo que, cuando fue nuevamente consciente de lo que ocurría, los dos traficantes de esclavos que quedaban yacían postrados ante el musgo, como unos cuerpos abandonados que hubieran perdido su vitalidad, absorbida como si fuese sangre por la llama que era Yvala. Ésta llameaba con luz más roja y, ante su pulsación, Smith vio cómo huía el impreciso residuo del tercero de los espectros con que acababa de alimentarse, una bestia porcina cuyos gruñidos y bufidos eran casi audibles, al igual que sus colmillos y cerdas eran casi visibles, mientras se escabullía en el bosque. Después de aquello, la llama ardió nuevamente con más claridad, teñida de rosa claro, palpitando con latidos regulares como hubiera hecho un corazón, saciado e inmóvil en su sagrario. Y le pareció que se recogía en sí misma, como si la entidad que ardía en él se replegase sobre sí, dejando intacto el mundo que dominaba, adormecida por la digestión de la substancia que su vampírico apetito por la adoración había devorado. Smith se agitó ligeramente sobre el musgo. Tenía que intentar escapar, en aquel momento o nunca, mientras la cosa del sagrario siguiera saciada e indiferente ante lo que la rodeaba. Yacía allí, temblando por el agotamiento, obligándose a permanecer en su cuerpo y haciendo acopio de fuerzas para levantarse, para ir al encuentro de Yarol, para regresar como pudiera hasta la nave abandonada. Y, poco a poco, lo consiguió. Le llevó bastante tiempo pero, finalmente, se arrastró hasta un árbol y se quedó apoyado en él, tambaleándose, mientras sus ojos pálidos parpadeaban por el agotamiento, pero también por el esfuerzo de localizar el lugar bajo los árboles donde pudiera estar Yarol.

El pequeño venusiano yacía a pocos pasos, con una mejilla apoyada en el suelo mientras sus rubios rizos se derramaban alegremente sobre el musgo. Con los ojos cerrados parecía un serafín dormido, dulcificados todos los rasgos de una vida llena de azares y empresas, y oculto el salvajismo de su oscura mirada. Incluso en aquel peligro de muerte, Smith no pudo reprimir una pequeña sonrisa mientras recorría vacilante la media docena de pasos que le separaban del cuerpo de su amigo, antes de caer de rodillas ante él. Aquel movimiento apresurado le había mareado, pero no tardó en recuperarse en un momento y tomar del hombro a Yarol, para zarandearlo sin contemplación. No se atrevió a hablar, pero siguió zarandeándolo, mientras su cerebro lanzaba una llamada silenciosa a cualquiera de los espectros vagabundos que merodeaban por los árboles que rodeaban el sagrario y que pudieran albergar el alma desnuda de Yarol. Se inclinó sobre la rubia cabeza inmóvil y repitió aquella llamada una y otra vez, poniendo en ella toda la intensidad de su determinación, mientras la debilidad comenzaba a caer sobre él en grandes y lentas oleadas. Después de un largo momento le pareció escuchar una vaga respuesta que llegaba de algún lugar muy lejano. Insistió en la llamada, mientras volvía con aprensión sus ojos hacia la pulsante llama rosa del sagrario y se preguntaba si su muda convocatoria no llegaría hasta aquella entidad de un modo tan tangible como las palabras. Pero la saciedad de Yvala debía ser muy profunda, porque no hubo alteración en su llama.

La respuesta le llegó con nitidez desde el bosque. La sintió dirigiéndose hacia él del mismo modo que un pescador siente que el pez cede, finalmente, al tirón de su caña. En aquel momento, entre las frondosas soledades de los árboles, un pequeño espectro vaporoso llegó deslizándose. Hubiera podido jurar que, durante un breve instante, vio el rampante contorno de una pantera sobre el musgo, brumosa, agachada, que le miraba con los astutos ojos negros de Yarol, con la negra mirada de su amigo, que no parecía afectada por su pérdida de humanidad. Y algo en aquella mirada familiar hizo que un escalofrío le bajase por la espalda. ¿Sería... sería posible que el barniz de humanidad que cubría su naturaleza felina fuera tan tenue en Yarol que, incluso después de desaparecer, la mirada de sus ojos no hubiese cambiado? La bestia vaporosa ondeó sobre la yaciente figura del venusiano. Durante un instante, se retorció alrededor de los hombros de Yarol, se fue difuminando y desapareció. Yarol se agitó sobre el musgo. Smith tendió hacia él una mano temblorosa. Las largas pestañas del venusiano temblaron y se apartaron. Los sesgados ojos negros fueron al encuentro de la pálida mirada de Smith. Éste, agitado por un escalofrío de incertidumbre, no supo si la humanidad había vuelto al cuerpo de su amigo o no, si lo que se elevaba hacia sus ojos era la mirada de una pantera o si ésta estaba velada por la exigua presencia del alma de un hombre, porque los ojos de Yarol siempre habían mirado de aquella forma.

-¿Estás... bien? -preguntó con un susurro, conteniendo la respiración.
Yarol parpadeó de asombro una o dos veces, y después hizo una mueca. Una chispa se encendió en su negra mirada felina. Asintió e hizo un ligero esfuerzo para levantarse. Smith le ayudó a incorporarse. El venusiano no sentía ni una fracción de la debilidad que acusaba el terrestre. Después de un breve instante de respiración agitada, luchó para ponerse en pie y ayudó a Smith a levantarse, con la aprensión reflejándose en toda su conducta mientras miraba la llama que palpitaba en su blanco sagrario. Hizo un gesto brusco con la cabeza.

-¡Vámonos en seguida de aquí! -dijeron sus labios, hasta entonces silenciosos.
Y Smith se volvió hacia la dirección que le indicaba, sin objeción alguna, esperando que Yarol supiera a dónde se dirigían. Estaba demasiado agotado para hacer otra cosa que no fuese lo que le decía. Avanzaron por los bosques. Sin dudar en ningún momento, Yarol se dirigió todo derecho hacia la carretera que habían tomado hacía tanto tiempo. Poco después, cuando el sagrario que albergaba la llama hubo desaparecido entre los árboles que quedaban tras ellos, la suave voz del venusiano murmuró, como para sí:

-Me hubiera gustado que no me llamaras. Los bosques son tan frescos y tan tranquilos... Me recordaban tantas cosas maravillosas... Matar y matar... me hubiera gustado...
La voz quedó en silencio. Pero Smith, tambaleándose junto a su amigo, comprendió. Sabía por qué aquellos bosques le eran tan familiares a Yarol, tanto que podía dirigirse hacia la carretera sin confundirse. Sabía por qué Yvala, en su saciedad, no había despertado al nuevo surgir de la humanidad en Yarol... Porque era tan escasa que su pérdida no significaba nada. En aquel momento, tuvo una intuición acerca de la naturaleza del venusiano que no le abandonaría hasta su muerte. Después apareció un hueco entre los árboles que estaban ante ellos, y sintió el hombro de Yarol sosteniendo su cuerpo. El camino hacia la salvación espejeó más adelante, en la verde penumbra que se abría bajo la bóveda de los árboles.

C.L. Moore (1911-1987)



Más relatos de Catherine L. Moore. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El resumen del cuento de Catherine L. Moore: Yvala (Yvala) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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