«Mi amada desde la tumba»: E. Hoffmann Price; relato y análisis


«Mi amada desde la tumba»: E. Hoffmann Price; relato y análisis.




Mi amada desde la tumba (Sweetheart from the Tomb) es un relato de terror del escritor norteamericano E. Hoffmann Price (1898-1988), publicado originalmente en las ediciones de abril y mayo de 1938 de la revista Horror Stories, y luego reeditado por Arkham House en la antología del año 2000: Maestros del horror de Arkham (Arkham's Masters of Horror).

Mi amada desde la tumba, quizás uno de los cuentos de E. Hoffmann Price más conocido, relata la historia de un grupo de arquéologos que investiga una antigua tumba egipcia, de la cual emerge una mujer sumamente misteriosa y astuta. Si bien a simple vista parece un típico relato fantástico, en realidad se asemeja más a una historia de detectives donde lo sobrenatural queda prolijamente explicado al final.

Es importante señalar que E. Hoffmann Price fue un verdadero maestro del relato pulp, con una gran cantidad de participaciones en Weird Tales y otras revistas del género, e incluso un miembro activo del Círculo de Lovecraft, los Mitos de Cthulhu y el Ciclo Onírico. De hecho, escribió en colaboración con H.P. Lovecraft el clásico: A través de las puertas de la llave de plata (Through the Gates of the Silver Key), del ciclo de Randolph Carter.




Mi amada desde la tumba.
Sweetheart from the Tomb, E. Hoffmann Price (1898-1988)

Pasó muchos años exhumando cuerpos, pero allí, parado a cubierto del ardiente sol egipcio, y al encontrarse uno en el suelo de su oficina, Howard Fenwick no pudo evitar retroceder hacia el umbral. Su padre yacía al lado de la larga mesa en la que habían extendido los mapas de la zona arqueológica de Saqqara. Su rostro, habitualmente rubicundo, tenía un color violáceo; la boca estaba entreabierta y la lengua asomaba por ella, tenía los ojos desorbitados y miraban las vigas y juncos que sostenían el techo de barro. Había sido estrangulado hacía unas horas, mientras su hijo se encontraba en El Cairo; el enfermizo zumbido de las moscas que revoloteaban alrededor del cuerpo corroboraba aquella suposición. Pero ese zumbido no podía penetrar el estruendo que bullía en los oídos de Howard Fenwick.

—Maldita sea, es imposible. Papá, ¿qué ha sucedido?

Pero era más que posible, lo era tanto que Fenwick no podía ni maldecir bajo aquel sol ardiente. Las manos de su padre muerto aún agarraban las muñecas del estrangulador, en un intento por romper el abrazo de los dedos que habían cortado su respiración. Eran los brazos de una momia, ennegrecidos y ásperos, con tiras de vendajes andrajosos y oscurecidos por el tiempo colgando aún de la apergaminada piel.

Un hombre muerto había asesinado al más viejo de los Fenwick. Un hombre enterrado cuarenta siglos atrás había venido a vengarse de la intromisión sacrílega de los arqueólogos. El suelo estaba cubierto con tiras de vendas y especias de embalsamar. El estómago de Howard Fenwick se revolvió al imaginarse los esfuerzos de su padre por evitar a la muerte. Seguramente había forcejeado con aquel cuerpo animado por todo el suelo. Una de sus piernas aún permanecía doblada hacia arriba, como si hubiera intentado alejar a la momia, arrancando de esta forma los horribles brazos de su asaltante.

De los amarillentos huesos aún colgaban trozos de carne marchita y arrugada. Fenwick se sentía incapaz de gritar ni pensar correctamente. Tan sólo la jamba de la puerta le mantenía en pie. Permaneció allí, contemplando la pavorosa evidencia que se calentaba bajo la luz del sol que entraba a través de la venta que había en la pared de enfrente. Quería avanzar, apartar aquellas espeluznantes manos del cuello de su padre, pero no podía. De sus labios aún surgía un murmullo de negación ante la cosa que yacía delante de sus ojos.

—Es imposible. No puede suceder algo así.

Luego empezó a reaccionar. Fenwick se forzó a sí mismo a calmarse. Miró lo que tenía delante. La ligera camisa tropical que llevaba su padre estaba rota, la chaqueta color crema llena de manchas de tierra y las punteras de los zapatos arañadas por la refriega. El chaleco estaba roto. Una de las sillas se encontraba tirada en el piso y por todo el suelo había marcas de pies. Aún se sentía enfermo y débil, pero poco a poco iba controlando sus emociones. Un hombre no debe dejarse dominar por ellas, no en Egipto, donde el ardiente sol y su voz susurrante minan el cuerpo y la mente de los extranjeros. Los americanos no se dejaban asustar por las supersticiones insanas que acosan a los nativos. Fenwick se arrodilló y meditó sobre el siguiente hecho: que dos manos habían cortado la respiración de su padre.

—La muerte —razonó— no quiere decir que no tengan el poder para moverse. Fuera lo que fuese que atacó a mi padre, podía moverse con plena libertad. Y lo hizo. Lo cual quiere decir que no estaba muerto. Era algo vivo. Alguien que está vivo puso las manos de la momia en el cuello de mi padre después del crimen.

Hablaba en voz alta. Su voz le tranquilizaba. Se levantó y se sacudió el polvo de las rodillas con cuidado.

—¡Se trata de una maldita y macabra trampa! —Habló con una calma deliberada. No existían otras palabras para describir un asesinato tan morboso—. ¿Por qué se tomaría tantas molestias? Para asustar a los vivos. Eso podría hacer que mis obreros se sublevaran. Un motín. Negarse a cavar.

Creyendo haber encontrado el motivo, Fenwick dejó de pensar. Contuvo las lágrimas mientras contemplaba el cuerpo de aquel hombre bondadoso.

—Padre —dijo—, los atraparé. Aunque sea lo último que haga en mi vida.

¿Qué iba a hacer? ¿Cómo podría arreglar este macabro asunto que llenaba de horror todos y cada uno de los rincones de su cerebro? Giró, con la intención de tomar el coche y acercarse a la aldea para que el cabecilla, Shaykh Ismail, lo notificara a las autoridades de El Cairo. Entonces vio la sombra que se acercaba lentamente a una puerta interior que comunicaba con la habitación. Se trataba de la silueta de una mujer que se dibujaba sobre la pared encalada. Pudo ver el contorno de la barbilla, el arco altivo de una nariz aquilina, y llevaba la alta corona doble del antiguo Egipto con el aureus mortal dispuesto para ser usado.

Todo ello presagiaba a una mujer de la familia real y los Fenwick habían estado buscando la tumba de una reina. Sus delgadas manos aparecieron formando un gesto que ya había visto pintado en las paredes de los mausoleos, un gesto de imprecación, la llamada sorda de lo condenado. No había lugar para el error. Su larga familiaridad con el arte egipcio y sus propias convicciones no dejaban duda de que aquella aparición estaba invocando una maldición. Y aquel gesto borró por completo de la mente de Fenwick la cordura que tanto le había costado recuperar, dejando en su lugar todas las murmuraciones que había oído de boca de los supersticiosos trabajadores mientras supervisaba su trabajo.

Poco a poco, día tras día, se había ido endureciendo contra aquellas morbosas tradiciones, aquellas historias acerca de las terribles maldiciones que caían sobre los profanadores de tumbas, sobre muertes extrañas, desapariciones, seres monstruosos que moraban en el interior de la tierra en compañía de los muertos, y que salían de noche para caer sobre los vivos. Nadie puede olvidar por completo lo que antes ha oído, simplemente cree que lo ha olvidado. Y todas esas cosas, esas cosas insanas e intangibles, estaban evocadas en aquel gesto sombrío, desfilaban ante él, nublaban su razón, hacían perder el juicio a un hombre ya de por sí atormentado por la pena y el horror.

Desapareció con la misma rapidez con la que se hizo presente. No como algo que se mueve hasta desaparecer sino como una presencia que se desvanece de pronto, total e instantáneamente. Un chillido salió bruscamente de los labios grises de Howard Fenwick. No se acordó del coche que estaba aparcado al lado de la achaparrada edificación. Corrió con la cabeza descubierta hacia la aldea, rodeado por campos desiertos. No se paró ni un momento a pensar; tenía que seguir moviéndose, no fuera que su rugiente cerebro acabara por estallar. Las negras manos que se enroscaban en el cuello de su padre parecían estar ahora alrededor del suyo, y la sombra de aquellas manos que se elevaban en una maldición final emborronaban la luz del desierto, oscureciendo el camino.

Fenwick tropezó, cayendo sobre la ardiente arena. Las poderosas manos lo agarraron. Se retorció, pateó, luchó contra lo que intentaba tirar de su pie, pero finalmente una voz tranquila se abrió paso entre la histeria. Pudo darse cuenta de que media docena de árabes, atraídos por sus gritos, habían dejado el trabajo y acudían en su ayuda. El caudillo de la aldea, Shaykh Ismail, estaba diciendo:

—Las prisas son malas, sahib. No es bueno andar descubierto bajo este sol.

La voz calmosa y sonora del árabe hizo que Fenwick recuperara sus sentidos. Se sintió como un idiota, un loco. Había salido corriendo de un lugar en la sombra, había salido al exterior sin protegerse la cabeza, lo peor que podía hacer a los ojos de los nativos, mucho peor incluso que salir completamente desnudo. Ismael se acarició su negra barba, contemplando al americano con inquietud. Hizo un gesto a los trabajadores para que se dispersaran. Fewick, el blanco que había mancillado la dignidad que la tradición prescribía, balbuceó una explicación:

—Mi padre. Muerto. Un ladrón le ha matado. Ve a El Cairo a avisar a la policía.

La expresión de Ismail cambió. La muerte de un padre o de un pariente cercano no sólo permite sino que demanda demostraciones de gran pena. Un árabe se habría quitado el turbante de la cabeza y lo habría arrojado a la arena. La explicación de Fenwick había restituido el aprecio de Shaykh, de cuyo buen juicio dependía la expedición.

—Sahib —Ismail expresó sus condolencias—, ¡Alá siempre hace lo que considera oportuno! ¡No existe otro poder ni otra majestad más que Dios! Pero lo mejor es que usted mismo vaya a El Cairo.

Sin duda lo era; pero Fenwick aún estaba luchando con los miedos que le habían paralizado. Tenía que volver a aquella casucha maldita y encarar lo que contenía. Todas aquellas tradiciones y supersticiones durante tanto tiempo negadas habían hecho presa en él, alarmándole y encorajinándole a la vez. Había una respuesta racional, alguien había urdido una venganza macabra, la venganza de alguien que había ido acumulando su odio contra el viejo arqueólogo. Fenwick necesitaba saber la respuesta o, de otra manera, la grotesca imagen del hombre estrangulado por las manos de una momia acabaría por hacerle perder el juicio.

—Ve tú, Ismail —ordenó Fenwick con firmeza—. Yo esperaré. Es lo correcto. Yo, mi familiar muerto y mi pena permaneceremos bajo el mismo techo.

—Está bien, sahib —asintió el árabe—. Usted es un hombre valiente. Como su padre. Les advertí sobre la búsqueda de la tumba de la reina Nefertiti. Ella no es como cualquier otro muerto. El tiempo de su resurrección está cerca y su espíritu camina bajo la luz de la luna, buscando un amante con cuyos besos podrá revivir su carne marchita. Y si los ladrones asesinaron a su padre, entonces es una maldición de los que duermen en sus tumbas.

—¡Tú, hombre supersticioso! —gruñó Fenwick en árabe—. ¡Padre de la locura!

—Sabemos todas esas cosas gracias a nuestros hermanos coptos cuyos antepasados reinaron en estas tierras. Se lo aviso, si su tumba es profanada, ella no podrá resucitar su cuerpo.

—¡Cállate! —cortó Fenwick—. ¡Si los hombres te oyen repetir ese cuento jamás podré organizarles de nuevo!

Se dio la vuelta lleno de ira. Y antes de que Fenwick ni tan siquiera pudiera pensar en pedir al árabe que le ayudara a mover el cuerpo de su padre, Ismail desapareció sin querer oír nada más. Fenwick se dijo a sí mismo que aquella extraña sombra en la pared había sido causada por alguna muchacha nativa que rondaba por la parte trasera de la caseta, y que la silueta distorsionada de la corona que había visto sobre su cabeza podría haber sido la de una simple jarra de agua que se balanceaba mientras andaba. Se obligó a sí mismo a tapar el cuerpo con una sábana. Una vez hecho llevó los demás restos a un catre que había en el estudio. Pero se sintió feliz de que la ley prohibiese quitar aquellas manos muertas que aún persistían en su abrazo mortal.

Fenwick se dejó caer en una silla y se sirvió un vaso de whisky. Luego se levantó con las piernas temblorosas y se acercó a la mesa de su padre. El polvo de Egipto supuraba de las vendas de la momia, estaba mezclado con la carne desmenuzada que el viento levantaba, como si soplara entre las tumbas desmoronadas. Egipto era un gigantesco cadáver; los árabes y los arqueólogos no eran más que gusanos que se arrastraban sobre él y hurgaban su carne putrefacta. Siempre había sentido que algo muerto moraba en esta tierra, algo que florecía y terminaba por devorar a la humanidad desde incontables generaciones. Su padre siempre se mofaba de esas sensaciones.

Fenwick rebuscó sobre la mesa. Tenía que saber los detalles de todo aquel asunto, de manera que pudiera tratar con Eustace Beggs, el inspector de antigüedades británico. Beggs supervisaba el trabajo de todos los arqueólogos, permitiendo o denegando la exportación de sus descubrimientos. Encontró un sobre dirigido a él. La página mecanografiada comenzaba:


La sociedad arqueológica cree que estoy loco.


Se trataba de una vieja historia; durante varios años se habían burlado del mayor de los Fenwick tras la publicación de una nota en la que se intentaba probar la existencia de la momia de la reina Nefertiti. Fenwick pasó por alto los argumentos reiterativos que tantas veces había oído. La carta finalizaba de la siguiente manera:

»Así que, si nada me ocurre, la llevaré y probaré que no eres el hijo de un loco. Para estar seguro de que lo harás he puesto todo mi capital en un fondo que no podrás tocar para ninguna otra cosa hasta que no encuentres la tumba de Nefertiti. No prestes atención a los tambores. Ignora a Nefertiti si intenta hablar contigo. No puede hacerte daño. Ni tampoco los tambores. Jamás te he hablado de ello. Supongo que no la has oído ni visto. Ella me inquieta mucho, pero está realmente muerta. Debería saber que no puede resucitar en el mismo cuerpo. Le dije que parara la música, que no podía asustarme...

El papel resbaló de las temblorosas manos de Fenwick. Se las sujetó con violencia mientras una brisa vagabunda las acariciaba. ¡Así que su padre había visto y oído cosas de las que nadie tenía conocimiento! Eso explicaba sus taciturnos silencios, sus ataques de ira, aquel temperamento irracional que había hecho que los árabes trabajaran con desgana. Fenwick tenía que resolver el acertijo, probar que no era el hijo de un hombre cuyo cerebro había sido trastornado por el sol. ¡La memoria de su padre tenía que ser vindicada!

Se echó en el catre de campaña. Aquel extraño mensaje daba vueltas en su cerebro una y otra vez hasta que el cansancio le venció, borrando sus esfuerzos por intentar explicar unos hechos que no tenían explicación posible. Al principio pensó que el golpe sordo provenía de su propio corazón. Pero cuando se irguió, temblando a causa del sudor que le cubría, supo que se trataba de tambores. Aquel vago e insistente latir era la voz de Egipto, cuyos muertos maldecían, susurraban y se levantaban a la búsqueda de los vivos. Fenwick se puso en pie, buscando enfebrecidamente unos fósforos. Encontró uno y lo encendió, acercando la llama a una vela. No quería esperar a prender la lámpara de gasóleo que había sobre la mesa. Sus pies desnudos sentían la vibración que sacudía el suelo. Eso hizo que la llama de la vela se agitara y que las sienes de Fenwick se acomodaran a su cadencia. Tomó la escopeta.

—Son esos malditos obreros otra vez —musitó para sus adentros mientras se humedecía los labios—. Por Dios que les haré parar.

Trastabilló por la senda que ondulaba en dirección a la aldea. Ya no se oía ningún sonido. Estaba solo en medio del silencio y del frío mortal del desierto de Libia. Fenwick emitió un suspiro trémulo. Su alta figura parecía indefensa.

—No hay tambores en la aldea. Están en mi cabeza. Eso es todo. El sol me ha afectado. O quizás un poco de fiebre.

Eso tenía sentido.

¡Al infierno con los tambores! Se dio la vuelta para emprender el camino de regreso. Un llanto espantoso le detuvo. Desde algún lugar cercano en medio de aquel enorme sepulcro le llegó la voz de una mujer, una voz repleta de ecos que parecía provenir de una cripta subterránea. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Se le puso carne de gallina y se le erizó el pelo de detrás de la nuca. En su mente se dibujó la figura de una mujer que gritaba mientras luchaba por deshacerse de los vendajes de embalsamar que le cubrían el rostro. Se limpió el sudor de la frente.

—¡Un chacal! —se dijo a sí mismo —. Está cavando la tierra. Lo mismo que hacemos papá y yo.

Corrió de vuelta a la caseta. La llama vela se había apagado. La brisa vagabunda debía de haberla extinguido. Pero cuando Fenwick cruzó el umbral, sus exaltados nervios parecieron adormecerse. Quería gritar, pero no pudo. Tan sólo fue capaz de permanecer en pie y lamer con su lengua la dulzura venenosa que la brisa vagabunda había depositado sobre él. Pudo descubrir el sabor del lino viejo y curtido, el de la mirra y la casia, y un olor a putrefacción que hacía unos minutos no estaba allí presente. Sabía que ya no estaba solo. Durante su ausencia, un invasor había venido de más allá del borde para buscarle. Sus dedos se congelaron alrededor del cerrojo del rifle. Una figura indeterminada apareció de entre las sombras y se perfiló de luz sobre el claro de luz de luna que entraba por la puerta.

Se trataba de una mujer. Sus ropajes sin forma se inflaban a su espalda mientras se movía, revelando claramente unas curvas voluptuosas que ascendían y descendían bajo sus delicadas prendas. Según iba acercándose, el pulso de Fenwick aumentaba de ritmo, y no por causa del miedo; aquella muchacha tenía las formas de Hator, la diosa egipcia del amor. Y sin embargo, esta criatura exquisita se parecía tanto a las pinturas de las tumbas que no podía estar viva; tenía el mentón, una nariz aguileña y una boca imperiosa como las de aquellos que llevan largo tiempo muertos y sólo pueden ser ya contemplados en las pinturas que adornan desmoronados templos. Aquel rostro entrevisto era el terror puro envuelto en un cuerpo hermoso. Y sin embargo lo más terrible era que sentía un irresistible deseo de estrechar aquella figura entre sus brazos.

—Sahib —susurró ella, ahora tan cercana a él que podía sentir la redondez de sus miembros y de su figura—, te llevaré al pasaje secreto que se abre ante la tumba de Nefertiti.

Su piel exhalaba el aroma del jazmín y el almizcle, y de su pelo emanaba el perfume del aceite que lo hacía brillar bajo la luz de la luna. Fenwick empezó a dejar de temblar. Puso el rifle a un lado. No podía tratarse de un fantasma; aquel calor que emanaba de su cuerpo y la firmeza del pecho que se aplastó unos instantes contra él antes de que ella se apartara. Aquella mujer estaba hecha para el amor.

—¿Quién eres? —tartamudeó.

—Malakah —murmuró ella—. Soy descendiente de la reina Nefertiti. Jamás encontrarás su tumba si no te digo dónde buscar. Pero yo te mostraré el camino.

La respiración de Fenwick era entrecortada. Ninguna de las curvas de Malakah tenía desperdicio. Incluso en aquella luz tenebrosa, su rostro era perturbador, de una palidez impactante.

—¿Dónde?

Malakah sonrió enigmáticamente.

—¿Me llevarás contigo a tu país cuando regreses? Llévame con el cuerpo de mi antepasada, de manera que pueda hacer las ofrendas de la muerte, las ofrendas que demandan los ritos ancestrales.

¡Todo era tan lógico! En pocas palabras le explicó por que los obreros habían murmurado acerca del cuerpo de una mujer que se paseaba por las noches en busca de amantes. La belleza sobrenatural de Malakah había estimulado sus supersticiones; a lo mejor ella pretendía ahuyentarles de la tumba de sus antepasados. Los coptos del moderno Egipto eran descendientes directos de los faraones y sus creencias cristianas tan sólo son una máscara para encubrir su antigua fe.

Los brazos de Malakah se deslizaron sobre él con un movimiento lento y sensual, más tentador que cualquier otra caricia más fuerte. A través del semitransparente camisón sintió las formas de un cuerpo que parecía hecho de una infinidad de llamas ardientes. El deseo le inundó; ella se rendía a sus besos, suspirando con éxtasis. De repente, sus brazos ansiosos abrazaban el vacío. Se dio la vuelta, justo para ver cómo su figura resplandecía en el umbral de la puerta. Se había quitado la túnica y sus piernas brillaban bajo la luz de la luna. Se deslizó rápidamente, como un fantasma en la noche, y pasó al lado de una pirámide semienterrada en la arena. Caminaba presurosa, como un espejismo, pero sus largas zancadas pronto le permitieron alcanzarla.

Sofocada y riéndose a carcajadas, se detuvo en una hondonada en medio del torturado paisaje, pero Fenwick no tenía la menor idea de adónde le había llevado su persecución. Ya no sabía si la aldea estaba delante o atrás, o en uno de sus costados. Se echó sobre ella, pero Malakah se escurrió con un movimiento de caderas. Sólo pudo abrazar el vacío, trastabilleó y cayó de cabeza en una mohosa oscuridad. Los escalones cubiertos de desechos no le fueron de ninguna ayuda, pero finalmente cayó sobre la arena suave y tamizada. Las tinieblas eran atravesadas por estrechos parches de luz de luna que se introducían entre las grietas del techo. Sobre las paredes pudo distinguir vagamente las figuras de unos dioses con cabeza de perro y de otras entidades sentadas en tronos que portaban la doble corona de Egipto.

Fenwick supo que se hallaba en el interior de una tumba real, pero tuvo que hacer grandes esfuerzos para proseguir. Olía el perfume tenue de la decadencia. El polvo que se había levantado tras su caída era asfixiante, enfermizo, cargado del aroma de la carne putrefacta que, a la luz del día, había cobrado vida para estrangular a su padre. Malakah, como si tuviera ojos de gato, le guió a través de la profunda oscuridad. Ella sentía su miedo, que ni tan siquiera su presencia cercana y la sensualidad de su cuerpo podían aplacar.

—Éstos son mis muertos —murmuró a su oído—. Mi gente. No te maldecirán. Ya no puedo procurarles la comida que precisan, pues el día de su resurrección está cerca.

Malakah hablaba en voz baja, pero la estrechez de las paredes aumentaba su sonido y llegaba a sus oídos como el rugir de un trueno.

—Quizás sería mejor no perturbar el reposo de Nefertiti. Los árabes están acostumbrados a tus devaneos nocturnos. Así que podrías traerme aquí las cosas que necesito para su resurrección. Hay una vieja magia en este lugar; a lo mejor puedes quedarte aquí conmigo, en este hogar eterno que mis antepasados pronto abandonarán.

Aquella voz dulce de morbosa entonación heló la sangre en las venas de Fenwick. De nuevo pensó en los moradores de las tumbas, las criaturas medio humanas, medio bestias que encierran a los merodeadores en criptas solitarias y devoran su carne. Incluso en Estados Unidos había habido casos de canibalismo, una apetencia antinatural por la carne humana, un ansia que ningún otro alimento podía satisfacer. No se trataba de una superstición, sino de un hecho espantoso que durante el último año había aterrorizado a la policía de su país. En Egipto podría suceder lo mismo, o incluso peor; caníbales atávicos y rituales que se valían del miedo que suscitaban las tumbas para protegerse. Quizás uno de ellos había asesinado a su padre.

—No tengas miedo —susurró la muchacha—. Nuestras tumbas son como nuestra casa. No son como las vuestras, que sirven para ocultar a los muertos de los que permanecen vivos. No tienes por qué estar conmigo, si no lo deseas. Puedes dejarme aquí sola...

Sus brazos se enroscaron alrededor de él, su esbelto cuerpo bloqueó el camino de huida. Los labios encontraron los de él en la oscuridad y Fenwick, instintivamente, la estrechó con más fuerza. Los labios de Malakah besaban, no devoraban carne humana. Era una mujer normal, ardiente y apasionada, y su único misterio era el de la tierra en la que moraba. Los egipcios se referían a las tumbas como hogares eternos. Su carne palpitante no le dejaba otro pensamiento que el de aceptar el amor que le ofrecía. La acarició, y la apasionada respuesta llenó de fuego sus venas. Entonces, bruscamente, se deshizo del abrazo y jadeó.

—No deberíamos, no aquí. Ven, te enseñaré.

Fenwick prendió una cerilla. Tenía los ojos borrosos, los labios semiabiertos. Le hacía señas en busca de su mano. Pero por el rabillo del ojo pudo verla pared. Sobre ella, tan nítidos como si hubieran sido dibujados ayer, había unos jeroglíficos con el sello real, el símbolo familiar de la reina Nefertiti. Aquélla era su tumba, la misma que los eruditos decían que había sido destruida, saqueada siglos atrás. Por un momento el triunfo y el reconocimiento de las vindicaciones de su padre hicieron que Fenwick se olvidara del deseo ardiente que aquella extraña muchacha le había inflamado. Ella sonrió, con cierta tristeza, como si la molestara la competencia de los jeroglíficos. Luego dijo:

—Veo que puedes leerlos y entenderlos. Eres uno de nosotros. Créeme.

Luego le hizo una seña y Fenwick fue tras ella. La tomó por la cintura y se dirigieron al recinto en el cual ella no podía rechazarle nada. La misteriosa muerte de su padre era algo lejano e irreal. Algún trabajador contrariado que había sido azotado con demasiada frecuencia. Aquellas manos muertas habían sido una idea diabólica, pero podían explicarse. Prendió otro fósforo. Malakah le miró con un brillo en los ojos lleno de promesas que hicieron temblar de excitación a Fenwick. Pronto se encontraron en un recinto espacioso, de cara a un enorme sarcófago de color rojo. Habían quitado la tapa. Muy cerca, sobre el suelo, se encontraba el envoltorio de una momia que había sido abierto con gran habilidad. Estaba vacío, excepto por un montón de vendas de lino enredadas.

No había sido cortadas, sino desenrolladas. Y la máscara dorada, esculpida en la tapa del sarcófago en representación de su ocupante, heló a Fenwick hasta la médula. Se trataba de la imagen de Malakah. Se volvió y, a la luz de la cerilla, vio que los labios de ella se retorcían con la misma sonrisa críptica que destacaba en la imagen dorada. Por vez primera se percató de que llevaba el místico ushekh, un collar que se ponía alrededor del cuello de las momias para darles el poder suficiente de volver a la vida cuando llegara la hora de la resurrección. Contempló el sarcófago vacío y a la mujer que lo miraba; intentó vencer el horror que crecía en su cerebro, pero no pudo. La sonrisa de Malakah, la suave inclinación de su cabeza, le afirmaron que ella sabía la pregunta que no podía salir de sus labios.

—Por fin lo sabes —dijo—. Soy Nefertiti. Nefertiti y la muchacha copta son la misma persona. No tenía otra forma de traerte a su morada eterna. No pude engañar a tu padre, así que le maté. Pero tú, que compartes su secreto, vivirás con nosotros y lo preservarás.

Hizo aquel gesto simbólico que le había aterrado cuando lo vio por primera vez en su sombra. La belleza de Malakah se tornó cruel y triunfante. El fósforo se apagó. Su risa suave resonó en medio de la escalofriante oscuridad, convirtiéndose en una carcajada burlona que provocaba ecos en lejanas criptas. Pero todo sonido fue engullido por el grito inarticulado y lleno de repugnancia de Fenwick. Tras besar a una mujer que, después de treinta siglos de muerte, había salido del sepulcro sentía un veneno abrumador en sus labios; pero el saberse perdido en la morada de los muertos era peor. Corrió a ciegas en dirección a un débil rayo de luz que debía de provenir de la carcomida escalera. Intentaba decirse a sí mismo que todo era un truco, que Malakah estaba viva y Nefertiti muerta.

Pero las palabras escritas por su padre danzaban en letras de fuego delante de sus ojos y los ciegos aullidos de terror eran aplastados por unas voces aún más sonoras. Emitían un canto triunfal en un lenguaje antiguo y grandilocuente, la lengua sacra de los dioses y sacerdotes que le condenaban a la locura y la sed, ofreciendo su carne a los moradores de las tumbas. ¡El lugar bullía de unas presencias que no había visto antes! Estaban cerca. ¡Oía sus pasos!

Intentó agarrarse, pero las furtivas partículas de arena resbalaban entre sus dedos con mayor rapidez de la que podía emplear para subir. Ya no se sentía capaz de gritar ni de rezar, el polvo le sofocaba, el polvo de los muertos, el venenoso polvo de Egipto. La cabeza de Fenwick era como una ola de rugiente fuego. Y, antes de que perdiese por completo la conciencia, escuchó la suave risa de la mujer y una voz susurrante que se deslizaba dentro de su mente:

—Ahora permanecerás aquí y me amarás, y no revelarás al mundo la situación de mi morada eterna.

El resplandeciente sol de Egipto y un terrible dolor de cabeza despertaron a Fenwick. Estaba tendido en el suelo de la caseta. El zumbido nauseabundo de las moscas le recordó que aún no había tapado por completo el cuerpo de su padre que descansaba en la otra habitación. Maldijo a Shaykh Ismail por su tardanza en notificar a los oficiales el grotesco crimen que había tenido lugar el día anterior. Sabía que no podría encontrar el camino maldito que había seguido por el desierto la noche anterior. El viento habría borrado todas las huellas. Se dijo a sí mismo que Malakah tenía que ser una muchacha de la aldea y que se había golpeado la cabeza contra una pared de piedra en su precipitada huida del horror.

Pero si Malakah era una muchacha árabe, ¿por qué los aldeanos no habían saqueado la tumba tiempo atrás? Fenwick no pudo quitarse de encima la cada vez más firme convicción de haber estado intercambiando besos con una mujer muerta y que, por algún extraño motivo, había escapado a la venganza que acabó con su padre.

Por fin llegó la policía egipcia. Ismail les llevó a la caseta, y Eustace Beggs, el inspector de antigüedades, iba con ellos. De su delgado rostro sobresalía un gran mostacho de cuyos extremos tiraba constantemente, de tal manera que la cabeza estaba siempre inclinada hacia delante y tenía los hombros un poco cargados. Después de oír las murmuraciones de los policías que habían destapado el cuerpo del más mayor de los Fenwick, dijo:

—Pero afirmo que es completamente imposible que una momia sea capaz de estrangular a un hombre.

Sin embargo, los oficiales de la policía no parecían tan escépticos. Asintieron lúgubremente cuando Shaykh Ismail dijo:

—Advertí a este hombre acerca de la búsqueda de su tumba. Está especialmente maldita.

Se negaron con vehemencia a tocar las manos marchitas que se cerraban en torno al cuello hinchado del padre de Fenwick. Eustace Beggs resopló y, tragándose su asco, con ciertas dificultades, quitó las manos de la momia.

—¿Puedo preguntar —añadió, después de que la policía se hubo llevado el cuerpo del viejo arqueólogo— cuáles son ahora tus planes?

—Voy a seguir —declaró Fenwick—. Cueste lo que cueste.

Beggs sacudió la cabeza.

—Mi querido amigo, está completamente equivocado. Nefertiti fue enterrada en Biban-ul-Molouk. Y esa tumba fue saqueada hace varios siglos.

—¡Está loco! —gritó Fenwick lleno de ira—. Seguramente usted nunca ha oído que muchas momias eran trasladadas a criptas secretas para prevenir los saqueos. Mi padre tenía pruebas.

—Sí, sí, claro —le tranquilizó Beggs—. Era un hombre de mucho talento, pero estaba un poco perdido en todo este asunto. Debería olvidar a Nefertiti.

Fenwick enrojeció y se puso muy furioso, conteniéndose a duras penas para no desvelar los increíbles sucesos de la noche anterior, pero sabía que, de hacerlo, acabaría internado en un manicomio. Cerró los puños y avanzó un paso.

—De cualquier manera —prosiguió Beggs, despectivo—, esas manos de momia delatan un descubrimiento que no ha sido declarado. Jamás pensé que su padre pudiera actuar tan mal en sus excavaciones, aunque no hubiera encontrado la verdadera tumba de Nefertiti.

Aquella frase fue la gota que colmaba el vaso, considerar al padre de Fenwick un ladrón que ocultaba ilegalmente sus descubrimientos. Una mano callosa y delgada quitó de un guantazo el monóculo del pálido ojo de Beggs. Al mismo tiempo, el americano le golpeó con el puño cerrado, lanzándole a una esquina. Beggs se incorporó dispuesto a luchar, pero la mayor envergadura de Fenwick prevaleció. El inspector salió despedido por la entrada y cayó sobre la arena del desierto.

—¡Fuera! —gritó Fenwick—. ¡Y no vuelva, a no ser por asuntos oficiales!

El chofer de Beggs ayudó a su grogui patrón a entrar en el coche, que estaba aparcado bajo la sombra de las palmeras. Fenwick se dejó caer en la silla y se sirvió un vaso de whisky. Lo necesitaba. Ahora sus problemas se habían duplicado, además del terrible final de su padre y de su propia locura, ahora se enfrentaba también a la sospecha del parricidio.

Tenía que tranquilizarse. Era preferible perder el honor de su padre. Egipto les había maldecido a ambos con la locura. Leyó la carta de su padre de nuevo y ahora sí entendió plenamente las alusiones sobre Nefertiti. La proximidad de la noche hizo que el miedo de Fenwick volviera a aumentar. Aún no quería irse, pues sabía que sería una especie de huida para evitar los interrogantes que rodeaban a la muerte de su padre. Pero tampoco se atrevía a quedarse, no con aquel resplandor demencial de la luna y con lo que el desierto podía depararle.

Encendió una lámpara y se mantuvo ocupado empaquetando. Cualquier actividad era preferible a estar quieto, esperando el sonido de aquellos tambores que habían sacudido el cerebro de su padre. Tomó una carpeta que estaba llena de hojas de papel escritas a máquina. Maldijo y las arrojó a una esquina. Quemaría todas las pruebas antes de irse. Se acercó para recoger la carpeta. Al ver las hojas al descubierto se puso a temblar. Estaban fechadas el día después de la terrible muerte de su padre y contenían una descripción detallada de todos los increíbles y tenebrosos acontecimientos que habían tenido lugar. Estaban narrados en primera persona; se había anticipado a los besos de Malakah.

—¡Yo no lo escribí! —jadeó—. ¿Cómo podría haberlo hecho? Pero tenía que haber sido así. ¿Quién si no habría descrito el reflejo de la sombra en la pared, los engaños de Nefertiti, el descubrimiento de su tumba? Lo escribí... cuando regresé de la tumba, antes de recuperar los sentidos. Algo hizo que me pusiera a escribir... lo mismo que con papá, sobre los tambores... y Nefertiti.

Arrugó las hojas mientras derramaba el whisky sobre la mesa tras llenar el vaso hasta el borde. Necesita valor para soportar la espera, el redoble de los tambores, la visita de la mujer que sin duda llegaría esa noche. Era adorable. ¿Por qué no iba a vivir con ella en la tumba? Besar unos labios muertos no resultaba tan espantoso. Cualquiera podría acostumbrarse. Tan sólo hay que olvidar que las momias son seres horribles, marchitos, carne acartonada que emana el aroma de la lenta descomposición. Y son diferentes cuando regresan a la vida. Cuando el místico ushekh les da fuerzas para poder desprender las vendas de sus cuerpos embalsamados por sí solas; vuelven a ser cuerpos puros, dulces y adorables, amantes apasionados dispuestos a compartir su morada eterna.

Se rió de aquella idea. Luego se dio cuenta de que se estaba clavando las uñas en las palmas de las manos con los puños fuertemente cerrados. Estaba perdiendo el juicio. El sudor empezó a resbalar sobre sus mejillas mientras luchaba desesperadamente contra la locura. Luego se quedó quieto y su piel se erizó como el lomo de un caballo al ser picado por un tábano. Había un sonido de pasos en el umbral, un taconeo vago, indeciso, furtivo y sigiloso. Ella había vuelto.

Sus sentidos se embotaron. Sabía que no podía ocultarse ni negar a Nefertiti. Ni tan siquiera se corregiría a sí mismo llamándola Malakah. Trastabilló hasta la puerta, avanzando como un ser recientemente revivido y que aún no estaba habituado a su cuerpo. Se detuvo ante la puerta. Una mujer estaba tendida a lo largo un poco hacia la izquierda de la entrada. Era blanca. La falda dejaba entrever unos muslos esbeltos y bien torneados. Fenwick, aliviado aunque perplejo, se arrodilló. Vio que tenía los zapatos sucios y que la blusa estaba desgarrada, dejando entrever atisbos de seda y piel blanca. Tenía la frente manchada y se tocaba la sien con una mano, como intentando soportar un dolor profundo.

La piedad conmovió a Fenwick. Como también lo hizo su rostro adorable y pálido enmarcado en una negra cabellera. Aquí, en medio de aquel endiablado desierto, existía alguien aún más desamparado que él mismo, alguien que necesitaba ayuda. La abrazó y la llevó al camastro de campaña. Pero, mientras se volvía en busca del whisky para reanimarla, ella abrió los labios y le habló completamente desconcertada.

—¿Dónde estoy? ¿Quién...?

Estaba perpleja, aturdida, y de nuevo hizo aquel vago gesto del templo. El nombre de Fenwick no significaba nada para ella. Cuando le preguntó quién era, gimió:

—No lo sé. No me mire así. No estoy loca. Tan sólo no puedo recordar. No puedo recordar nada. Estoy perdida... terriblemente perdida.

Algún acompañante sin alma, pensó Fenwick, debía de haberla arrojado del coche en la carretera de Fayyum, que se dirige hacia el sur, adentrándose en el desierto, a unos ocho kilómetros al Oeste de la necrópolis. Pero ella no podía pensar ni recordar nada, ni había forma de que recuperase la memoria. Finalmente, decidió ponerle un nombre.

—De momento, la llamaré Señorita Amnesia.

—Al menos es preferible a no tener ninguno.

Fenwick comenzaba a olvidar su inminente locura. Amnesia había perdido el bolso, así que sugirió:

—¿Tiene algún objeto en el que vengan sus iniciales? ¿Cualquier cosa?

Los ojos azules de Amnesia se entrecerraron.

—Ahora que lo dice… —Se levantó un poco la falda y mostró el broche de una liga que brilló sobre su blanco muslo a la luz de la luna— «A» —dijo.

—¡Eso encaja perfectamente con Amnesia! —suspiró—. No, no puedo recordar. Me duele la cabeza pero no sé por qué.

—La llevaré en coche a El Cairo —propuso Fenwick—. Hablaremos con la policía.

Amnesia se estremeció.

—No, no por favor… resolvámoslo entre nosotros. Sea quien sea no quiero preocupar a mis amigos, si es que tengo alguno. Hábleme de usted. De su trabajo. Debe de haber alguna razón por la que yo me dirigía aquí. Qué está haciendo aquí. Recuerdo algo sobre tumbas, osarios, pirámides.

—Soy arqueólogo. Pero hablemos de otras cosas.

Pero Amnesia insistió. Le contó la horrible muerte de su padre y las sospechas injustas del inspector, aunque no fue capaz de mencionarle a Malakah.

—Me he quedado aquí. Entre los muertos. Ahora ellos sospechan que yo he asesinado a mi padre. Por Dios, en el fondo usted tiene suerte. ¡Yo no puedo olvidar!

Estuvieron hablándose y conociéndose mutuamente durante más de una hora, pero el hombre que no podía olvidar y la muchacha que no podía recordar nada se sentían irresistiblemente atraídos el uno por el otro, como dos mentes atormentadas y solitarias que buscasen ayuda. La abrazó. Durante un momento ella se resistió instintivamente. Luego emitió un suspiro, le devolvió el beso y se abrazó más fuerte.

—Ya no me siento tan espantosamente perdida —murmuró—. Pero temo ir a El Cairo y sentirme observada por la gente que intente reconocerme —echó una mirada a la habitación adyacente—. Me pregunto si podría quedarme. Sé que pronto empezaré a recordar. Sé que estoy a punto de recobrar la memoria.

—Por supuesto —respondió Fenwick—. Arreglaré el camastro de mi padre. No, mejor quédese en el mío. Yo me acostaré en el de mi padre. —Ella hizo un gesto ante sus palabras—. Estoy acostumbrado a la muerte. Siento decírselo. Ellos no la molestarán.


Un gritó despertó a Fenwick de un sueño inquieto y perturbador. Saltó de su camastro y abrió la puerta que comunicaba con el cuarto adyacente. Una fosforescencia fantasmagórica iluminaba la habitación. En aquella luminosidad sobrecogedora y verdosa, la muchacha desconocida estaba forcejeando con tres captores inhumanos. Tenía los cabellos despeinados y su vestido de seda estaba hecho jirones: su pálida piel brillaba bajo la luz sobrenatural mientras se retorcía en medio del abrazo de aquellas tres monstruosas figuras. Los cuerpos eran humanos, pero uno de ellos tenía cabeza de chacal, mientras que las de los otros dos eran de ibis y halcón.

¡Los dioses del viejo Egipto gustaban de merodear en la noche! Aquel pensamiento increíble heló por unos instantes a Fenwick. Luego se le ocurrió algo más, aún peor. Aquéllos eran los cazadores bestiales de tumbas de las leyendas; los ghouls, ni totalmente humanos ni totalmente animales, habían hecho presa en la muchacha desconocida para llevársela a sus cubiles subterráneos. El aullido inarticulado de Fenwick borró los gritos de la chica. Empujado por la impresión, se movió sin voluntad propia. Tomó una silla, se lanzó al ataque. Pero jamás llegó a descargar el golpe sobre el dios con cabeza de halcón. Un tremendo impacto chocó contra su cabeza. Trastabilló hacia atrás, conmocionado, paralizado, mientras los gritos de Amnesia eran engullidos por la misma oscuridad que emborronaba su cuerpo retorcido.

Cuando Fenwick recuperó los sentidos se vio envuelto por las tinieblas familiares y horribles, impregnadas de ese aroma a decadencia mezclado con otros perfumes más dulces y aromáticos. De nuevo se encontraba en la tumba de Nefertiti; lo supo cuando unas manos suaves y frías acariciaron su frente, y sintió los esbeltos contornos de una mujer cuya piel cubierta de velos exhalaba el sensual aroma del jazmín. Se sentía confuso. No podía recordar por entero lo que había sucedido. No sentía ningún dolor, no tenía las náuseas que suelen producirse tras la pérdida del conocimiento. Parecía estar flotando entre nubes aromáticas, sentía una especie de incorporeidad que apenas le permitía percibir las cosas externas.

Entonces empezó a tener conciencia de la mujer que estaba a su lado. Palpó a tientas. Tenía el pelo liso, un cuello suave y terso. Pero en su cerebro se confundían dos mujeres distintas. Una le iba a ayudar a luchar contra la maldición de Egipto. La otra era una moradora de tumbas, una lamia espantosa que destruía cuerpos y almas. Si al menos pudiera ver algo. Si tuviera el sentido del tacto tan desarrollado como los ciegos. Sus hombros eran adorables, pero las dos mujeres tenían...

La delicada túnica de seda que cubría aquel cuerpo exquisito no le decía nada. La otra muchacha también llevaba un vestido de seda muy suave. Luego acarició su piel y su mano retrocedió de inmediato como si fuera una serpiente: acariciando aquellos montículos firmes sobresalían los colgantes de ushekh, el collar de la resurrección.

—No estás muerto, querido —susurró mientras se estremecía, como si sus caricias hubieran dado vida a algo inanimado—. Los dioses te han traído de vuelta a mi morada eterna.

Habría gritado de horror, pero el beso de ella bloqueó sus labios. Su cabello le sofocaba. Su excitante cuerpo presionaba contra el suyo y sus brazos parecían como un sinfín de serpientes. La odiaba, pero tembló y se agarró a ella. Luego, desde las profundidades de aquella cripta tenebrosa, se escuchó el roce metálico de un sistrum, el instrumento sagrado y terrible que portaban los altos sacerdotes cuando invocaban la presencia de los dioses. Malakah se zafó de sus brazos.

—Me llaman de vuelta a mi ataúd —gimió—. Luchaste contra ellos, así que ambos seremos castigados.

Fenwick se tambaleó hasta conseguir ponerse en pie. Una luminosidad verdosa danzaba entre las sombras lejanas. Se dirigió hacia ella, luego se detuvo como si se hubiera acordado de algo: Amnesia, la muchacha que no podía recordar. Pero el dios con cabeza de ibis y sus otros dos bestiales compañeros no se recortaban contra la luz espectral. Tan sólo vio un rostro dorado, la cara de la reina Nefertiti, sonriendo tras la tapa de un ataúd de sicómoro. Sus brazos se agitaron frenéticamente en la oscuridad, pero Malakah ya no estaba a su lado. Se encontraba solo. No podía apartar la vista del ataúd, era como un remolino de horror que le estuviera succionando lentamente a su interior. Estaba paralizado por el espanto pero, al mismo tiempo, tembloroso y agitado, sin apenas darse cuenta, pronunció en voz alta:

—Mira si está vacío, Nefertiti... Malakah. Por Dios, ese maldito ataúd tiene que estar vacío. Si no lo está...

Fue dando tumbos hacia delante. Se paró, aturdido. La caja, que antes estaba vacía, contenía ahora una momia: la piel reseca, marchita y renegrida espantosamente pegada a los huesos. Los labios, entreabiertos en una sonrisa macabra, dejaban ver unos dientes blancos, ¡tan blancos como los de Malakah! El cadáver marchito era la burla macabra del cuerpo de una mujer. Y alrededor de su cuello estaba el ushekh. La noche anterior, con Malakah a su lado, el ataúd estaba vacío; sin embargo ahora, tras su desaparición, se encontraba ocupado. Se dijo a sí mismo que se escondía en la misma cripta; sin embargo, la lógica no siempre salva a los hombres de la locura.

Su mente estaba llena de interrogantes. Pero no fueron contestados. De detrás le llegó un grito escalofriante. No podía reconocer la voz. Pero esperaba que fuera la de Malakah, de tal forma que pudiera saber de una vez por todas que Malakah estaba viva. La posibilidad de que aquel cuerpo marchito hubiera estado vivo y lleno de pasión, palpitante por el deseo, tan sólo un momento antes, era demasiado horrible para que su destrozado cerebro pudiera soportarlo. Se giró, rezando para ver simultáneamente la figura de ella y la de la momia espantosa que había dentro del ataúd. Pero mientras se movía, unas manos poderosas lo agarraron y la fuerza de unos seres irresistibles lo empujaron contra el suelo arenoso.

La mujer que gritaba era Amnesia. Pudo ver de refilón su rostro contraído por el terror, el cuerpo pálido y desnudo, y las piernas caídas mientras era arrastrada al interior de aquella luminosidad verdosa. Intentó abrirse paso entre los seres que lo rodeaban, pero eran demasiados. Rodó hasta una esquina en tinieblas y ya no pudo ver a sus atacantes. Mientras forcejeaba vio que Malakah salía de entre las sombras. Llevaba el ushekh abrochado alrededor del cuello, el místico collar que acababa de ver en la momia. A su lado estaba Tot, el místico dios de la magia con cabeza de ibis. Pudo ver toda esta escena antes de derrumbarse, jadeante y casi sin sentido. Podía ver y oír, pero era incapaz de moverse.

—Reina Nefertiti —dijo el dios con cabeza de ibis—, todo sarcófago demanda su inquilino. Puesto que tenemos a esa mujer para ocupar su puesto, está libre de las leyes de la muerte. Puede pasar todas las noches con su amante.

Mientras Tot hablaba, varios hombres que parecían haber salido de las pinturas que adornaban las tumbas sacaron el ataúd de sicómoro del interior del sarcófago. Ahora estaba vacío. La momia de Nefertiti se había ido. Tomaron las vendas de lino y empezaron a envolver con ellas a la muchacha del mundo exterior. Vuelta tras vuelta, aprisionaron su cuerpo pálido que aún seguía forcejeando. Ya casi no podía gritar, y poco a poco los sucios vendajes envolvieron su rostro. Fenwick, enfermo de horror, tambaleándose ante la proximidad de la locura, observaba cómo tapaban sus caderas. La depositaron en la caja de sicómoro y luego introdujeron ésta en el sarcófago; después, los seis ghouls se acercaron para levantar la enorme tapa de granito.

Una mujer viva iba a ahogarse entre el polvo de las tumbas y los vendajes de una momia. Fenwick forcejeó y gimió, pero apenas si pudo moverse. Y Malakah, la mujer de la noche, se deslizó hacia él. Su cuerpo bronceado se contorsionaba, sus labios se entreabrían seductores. La doble corona de Egipto brillaba sobre su cabellera. Los esclavos de Tot desfilaban hacia la oscuridad, dejándole solo con el fantasma del amor, aquella mujer muerta hace dos mil años, y con la otra muchacha viva que se asfixiaba lentamente bajo varias toneladas de granito. ¿Qué sucedería si él escapaba? Ella moriría antes de que pudiera conseguir ayuda.

Sus captores se detuvieron para escuchar las palabras guturales de Tot. Entonces Fenwick pudo echarle un vistazo al pasadizo, se iluminó cuando un soplo de aire vagabundo hizo que la luz de las antorchas se agitara. El sepulcral grupo estaba tomando algo del suelo: una momia. Vio los pies rígidos y marchitos. Aquella simple imagen reunió toda la rabia apabullante que lo embargaba. Aquella visión dejó a la vista la jugarreta tan simple que el horror le había impedido detectar. Cuando le arrastraron lejos del sarcófago ocupado ellos aprovecharon para sacar a la momia. Un detalle insignificante, pero necesario para construir toda aquella horripilante escena y hacerle creer que Malakah y aquel cuerpo marchito eran dos manifestaciones distintas del mismo ser.

Su ira, nacida repentinamente tras darse cuenta del engaño, tomó por sorpresa a sus captores. Se echó sobre ellos antes de que pudieran pararle. Derrumbó a uno de un puñetazo. Malakah gritó:

—¡Dejadle ir! ¡Volverá! ¡Por supuesto que volvería con ayuda para liberar a la muchacha desconocida! Y se pasaría el resto de su vida repitiéndose que los dioses del antiguo Egipto la habían enterrado en un sarcófago de piedra. Desvaríos de un hombre loco.

Los que portaban la momia dejaron caer el bulto. Por unos instantes el oscuro pasadizo se convirtió en una confusión de hombres a los que Fenwick golpeaba con sus puños. Cuando pudo escapar de aquella muchedumbre, tomó el hueso del fémur de la momia. Un grito, y Malakah escapó. Una de las antorchas, derribada en la refriega, había prendido entre los despojos de piel marchita y cabellos, y en las inflamables resinas de embalsamar. Entonces Fenwick chocó con Tot, el dios con cabeza de ibis. Hubo un aullido y el destello del metal. Sintió el silbido de la espada, se echó a un lado y golpeó hacia abajo con el hueso amarillento. La monstruosa cabeza de ibis se abolló como el cartón. Fenwick reconoció la cara que se ocultaba bajo aquella máscara grotesca: ¡Shaykh Ismail: el caudillo de la aldea!

Fenwick cargó con los hombros sobre su estómago. Ismail cayó al suelo y Fenwick, poniéndose encima de él, acercó la espada a su cuello.

—¡Llámalos! ¡Saca ese ataúd o te rebanaré la garganta! —amenazó Fenwick.

—¡Por Dios! —aulló el árabe mientras intentaba recuperar la respiración—. Se han ido.

—¡Me da igual! —Fenwick hundió la espada lo justo para que penetrase un poco en la carne—. ¡Llámalos o te mataré y luego iré tras ellos!

El grito de Ismail fue atendido por los dos que estaban poniéndose en pie a duras penas. Amenazado por la espada de Fenwick, el shaykh les suplicó que le ayudaran a abrir el sarcófago.

—Si está asfixiada te cortaré en trocitos lentamente.

—¡Dios es testigo! —protestó el shaykh—. La tapa no está lo suficientemente ajustada para asfixiarla. Mire las pequeñas piedras que puse para prevenirlo. No quería arriesgarme a matar a nadie. Lo juro.

Con la espada lista a sus espaldas, el trío empujó la tapa. Ésta pronto cayó al suelo. Y luego, mientras Shaykh Ismail desenrollaba con dedos temblorosos los vendajes que cubrían el rostro de la muchacha desconocida, se escucharon las voces de protesta de una mujer que provenían de la entrada. Unos rayos de luz hendieron el aire lleno de polvo.

Eustace Beggs y una patrulla de la policía egipcia entraron en el recinto. Un sargento que iba al lado de Beggs arrastraba consigo a Malakah que apenas ocultaba su delicioso cuerpo por la doble corona y unos cuantos brazaletes.

—¿Qué significa todo esto, Fenwick? —escupió Mr. Beggs, mirando a los cuatro hombres que había delante del sarcófago—. ¿Dónde está mi sobrina?

Amnesia, casi histérica y cubierta con los restos del vendaje de la momia, salió del sarcófago de piedra.

—¡Tío Eustace! —gritó, y luego se volvió a Fenwick.

—¡Annette! —tosió Beggs, sofocado por el polvo de la cripta.

—Annette —dijo Fenwick, tomándola en sus brazos mientras la policía llevaba a los prisioneros a la superficie—, no es tan distinto de Amnesia. El shock te ha hecho recuperar la memoria.

No fue hasta muy tarde, al regresar a la casa de campaña de Fenwick, cuando éste descubrió toda la verdad. Malakah, bajo la acusación de conspiración con intento de asesinato, había confesado todo el plan, traicionando a Ismail.

—Es realmente simple, Fenwick —resumió Eustace Beggs—. Ismail descubrió la tumba de la reina Nefertiti hace varios meses. La estaba saqueando en secreto y vendía pequeños objetos a los turistas que tenían derecho a llevarse de Egipto cosas genuinas aunque no demasiado importantes. De esta manera podían comprar valiosos especímenes a Ismail y declararlos legítimamente, con los permisos oficiales. Todo funcionaba de maravilla hasta que yo empecé a sospechar. Por eso pensaba que usted había hecho un descubrimiento que no había declarado.

—Eso lo explica todo —admitió Fenwick—. Incluyendo por qué Ismail intentaba ponerme en una situación en la que acabaría siendo considerado un loco; suponiendo que realmente no llegase a serlo. Pero Annette...

La sobrina del inspector le interrumpió.

—La treta de la pérdida de memoria fue para investigar un poco mientras tú notificabas a las autoridades el descubrimiento de una mujer que no podía recordar su nombre. Funcionó a las mil maravillas hasta que aquellas terribles criaturas me capturaron. Al principio pensé que estabas loco, sobre todo cuando leí las anotaciones de tu diario y del de tu padre. Se hablaba tanto de ello. Pero, tras demostrarse la existencia real de la tumba de Nefertiti, su buen nombre será reivindicado.

Fenwick ya no quería saber nada de aquella tierra maldita, pero aún había ciertas cosas que le intrigaban.

—Me gustaría que me lo aclararan: ¿la tumba donde estuvimos era la de la reina?

—No —contestó Beggs—. Esa tumba había sido saqueada varios siglos antes. Ismail la acondicionó para poder llevar a cabo sus planes. Falsificaron el rostro de la momia para que se pareciera al de Malakah, la muchacha copta. Se las ingeniaron para que usted creyera que en realidad se trataba de un lugar secreto. Lo mismo que hicieron con la macabra muerte de su padre. La muchacha insiste en que Ismail le estranguló y que luego puso alrededor de su cuello un par de manos de momia de las que habían conseguido quitar temporalmente la rigidez gracias al uso de unos disolventes que suavizaban el efecto de los líquidos de embalsamar. Tras secarlas y enfriarlas las cerraron alrededor del cuello de su padre, quedando tan firmes y rígidas como si fueran las causantes del abrazo mortal.

—Pero ¿y la tumba de Nefertiti? —se interesó Fenwick.

—La verdadera tumba —explicó Beggs— está justo debajo de nuestros pies. Lo cual explica ese golpeteo invisible.

Le enseñó un montón de hojas sueltas. Eran de Fenwick y estaban repletas de frases descabelladas escritas a máquina sobre una reina que caminaba por las noches. Beggs prosiguió.

—La muchacha o Ismail se encargaron de escribir todas estas majaderías en su máquina de escribir. Lo encontré todo cuando decidí acercarme hasta aquí, alarmado por la tardanza de mi sobrina.

—¡Así que eso es todo! —Fenwick frunció el ceño—. Y la presencia inesperada de Annette le dio la oportunidad a Ismail de acabar conmigo. ¡Me habría acusado de meterla dentro del sarcófago! Pero ¿por qué no me mató desde el primer momento?

Eustace Beggs se llevó los dedos a la punta del mostacho y dijo arrastrando las palabras:

—Mi querido amigo, tenía que conseguir que le declarasen loco, completamente chiflado, o de otra manera las últimas notas que escribió su padre podrían ser aceptadas como válidas por algún otro arqueólogo antes de que Ismail terminara de saquear la tumba.

—Los americanos son realmente burros —añadió Annette en son de burla—. Mira que contar todos sus asuntos a una mujer totalmente desconocida.

Pero cuando Fenwick la tomó en sus brazos, ignorando por completo a Beggs, y la besó en los labios, ella gimió y admitió que, afortunadamente, tampoco eran unos timoratos.

—Tú no eras una mujer totalmente desconocida. Eras exactamente lo que había estado buscando desde siempre, y tu amnesia me dio la esperanza de que olvidaras a cualquier otro que te hubiera dicho lo mismo.

E. Hoffmann Price (1898-1988)




Relatos góticos. I Relatos de E. Hoffmann Price.


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El análisis y resumen del cuento de E. Hoffmann Price: Mi amada desde la tumba (Sweetheart from the Tomb), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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