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«El extranjero del Kurdistán»: E. Hoffmann Price; relato y análisis


«El extranjero del Kurdistán»: E. Hoffmann Price; relato y análisis.




El extranjero del Kurdistán (The Stranger from Kurdistan) es un relato de terror del escritor norteamericano E. Hoffmann Price (1898-1988), publicado originalmente en la edición de julio de 1925 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1967: Extraños portales (Strange Gateways).

El extranjero del Kurdistán, uno de los mejores cuentos de E. Hoffmann Price, relata la historia de un misterioso forastero que observa subrepticiamente una misa negra celebrada por los yazidíes, quien finalmente se revela como algo más que un mendigo.

SPOILERS.

El extranjero del Kurdistán de E. Hoffmann Price fue uno de los relatos que suscitó mayor controversia entre los lectores de Weird Tales. Originalmente, la historia presentaba un diálogo entre Cristo y Satanás, pero luego fue corregida. En la versión publicada, el extranjero que observa la abominable parodia de la misa cristiana es nada menos que Satanás, vestido humildemente, quien irrumpe en la ceremonia para negar a sus devotos. Weird Tales recibió muchas críticas por publicar este relato, y algunos lectores lo consideraron una blasfemia, pero también resultó ser muy popular y estimado por otros autores. De hecho, H.P. Lovecraft consideraba que El extranjero del Kurdistán era un cuento especialmente poderoso, y Farnsworth Wright, editor de Weird Tales, lo contaba entre las mejores historias publicadas en la revista.

Weird Tales, así como otras revistas pulp de la época, contienen muchas historias protagonizadas por demonios, incluso por Satanás y Lucifer; ciertamente más de las que vale la pena mencionar, aunque algunas se destacan. El extranjero del Kurdistán es una de ellas. Aquí, E. Hoffmann Price presenta un punto de vista completamente original: el diablo, en su forma yazidí como Melek Taus, se presenta de incógnito en una misa negra celebrada por sus devotos, y los rechaza, afirmando que aquellos ritos que pretenden homenajearlo al blasfemar a Cristo en realidad lo ofenden. El Nazareno, para el diablo, es un oponente digno al que se debe respetar.

En realidad, los yazidíes no eran adoradores del diablo. Adoraban a Melek Taus, un ángel que puede verse como una versión alternativa de Satanás. No obstante, durante muchos años fueron etiquetados como adoradores del demonio por los otomanos, siendo estos la fuente de la cual obtuvieron toda su información los ocultistas occidentales, como Helena Blavatsky, quienes luego serían consultados frecuentemente por los escritores pulp.

El extranjero del Kurdistán de E. Hoffmann Price serviría de inspiración, por ejemplo, para los yezidíes del Kurdistán mencionados por H.P. Lovecraft en El horror de Red Hook (The Horror at Red Hook) como una raza perversa y adoradora del diablo. Sin embargo, este pueblo ya había sido retratado del mismo modo por Robert W. Chambers en Los asesinos de almas (The Slayer of Souls); y posteriormente podemos encontrar el mismo concepto en No caven mi tumba (Dig Me No Grave), de Robert E. Howard.

El extranjero del Kurdistán de E. Hoffmann Price es un relato notable. Evita los lugares comunes en la utilización de la figura del demonio hasta ese entonces y, en cambio, lo sitúa bajo una luz completamente novedosa. Casi cien años después de su publicación uno puede entender perfectamente porqué causó tanta controversia en su época.




El extranjero del Kurdistán.
The Stranger from Kurdistan, E. Hoffmann Price (1898-1988)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Usted afirma que la demonolatría dejó de existir al final de la Edad Media, que el culto al diablo está extinto... No, no hablo de los yazidíes de Kurdistán, que afirman que el Maligno es tan digno de adoración como Dios, ya que, en virtud de la dualidad de todas las cosas, el bien no podría existir sin su antítesis, el mal; hablo más bien de un culto al diablo que existe hoy, en este siglo XX, en la Europa cristiana civilizada; secreto, escondido, sin embargo, bastante real; un culto basado en una perversión sacrílega del ritual de la iglesia... ¿Cómo lo sé? Eso está al margen de la pregunta; baste decir que sé lo que sé.


Tan alta era la torre de Semaxii que parecía acariciar las mismas estrellas; tan profundamente arraigados estaban sus cimientos que había más de su gran masa debajo de la tierra que arriba. Bañada por la luz de la luna estaba su cresta; envuelta en siete velos de oscuridad estaba su pesada base. Tan vieja como las pirámides era este gran montón de granito que tomó su nombre de la ciudad en ruinas, de igual antigüedad, que se extendía a sus pies.

Una forma oscura se acercó, avanzando velozmente a través de las ruinas empapadas de penumbra, una oscuridad entre las sombras, un fantasma que se movía con siniestra certeza.

De repente, la sombra se detuvo y, en su inmovilidad, se convirtió en parte de la oscuridad circundante. Otras formas menores pasaron, deslizándose silenciosamente hacia la cavernosa entrada de Semaxii, desapareciendo en sus oscuras profundidades. Y todos desconocían la forma que los había mirado desde su posición ventajosa.

Una nube se partió. Un rayo de luz de luna se abrió paso a través de las sombras cimerias, disolviéndolas, salvo una, la más oscura; y esta sombra más oscura se reveló como la forma alta de un hombre envuelto en una capa negra y con un sombrero alto de seda.

Otra grieta en las nubes; más luz, que ahora revelaba tanto los rasgos como la forma del extraño sombrío; rasgos altivos con nariz como el pico de un ave de rapiña; el ojo frío y despiadado de un ídolo azteca; labios delgados, caídos a la sombra de una sonrisa cínica; un hombre implacable en la victoria y magnífico en la derrota.

—Los necios se han reunido para pagar tributo a su necedad; setenta y siete de ellos que esta noche adorarán a su amo y señor. ¡Y con qué ritos! Hace mucho que no he presenciado algo así…

Hizo una pausa en sus reflexiones para contar los golpes de una campana cuyo sonido se deslizaba suavemente a través del yermo.

—Poco queda de mi última noche; sin embargo, déjame usarla bien.

Dicho esto, se arropó con su capa y se dirigió rápidamente a la entrada de la torre.

—¡Alto! —espetó una voz desde la puerta de entrada.

El rayo de una antorcha mordió la oscuridad y cayó de lleno sobre el rostro del extraño.

—Detente y da la señal.

—¿Quién soy yo para dar, o tú para recibir? —respondió el extraño, como si entonara un encantamiento o recitara una fórmula.

—Entra.

Y así, el extraño pasó la guardia exterior del santuario demoníaco, el lugar santísimo donde Satanás recibía el homenaje de sus vasallos. Más allá de la guardia estaba el extraño, pero lejos del santuario donde se celebraba la Misa Negra, donde se adoraba al Señor del Mundo con ritos blasfemos.

Mil escalones de granito helado, serpenteando en interminable sucesión como los anillos de una vasta lombriz de tierra, conducían a los cimientos de la torre. Y a intervalos, guardianes encapuchados detenían al extraño y le exigían la contraseña, y cada uno por turno, al recibirla, se encogía ante la mirada dura e inescrutable del extraño.

Descendió hasta los mismos sótanos de la tierra; y luego se detuvo ante una puerta custodiada por dos figuras enmascaradas vestidas de bermellón. De nuevo hubo un intercambio de señas, tras lo cual las dos figuras se inclinaron mientras la puerta se abría para dejarlo entrar al santuario abovedado donde el diablo esa noche sería invocado.

El extraño se quitó el sombrero de copa, luego, después de una cortés reverencia a la asamblea, caminó por el pasillo y se sentó en uno de los taburetes de bronce que se colocaron, fila tras fila, como los bancos de una capilla. Una vez sentado, miró a su alrededor, haciendo un balance de lo que le rodeaba.

El altar negro que tenía ante él, con su crucifijo con un Cristo horriblemente caricaturizado, no recibió más que una mirada pasajera; tampoco le prestó atención a las paredes y al techo abovedado cuyas tallas grotescamente obscenas le miraban lascivamente a través del aire acre y cargado de humo como las fantasías distorsionadas de un cerebro pervertido. Al parecer, tampoco se fijó en el acólito que estaba recortando las velas negras del altar, ni pareció extrañarse de que el suelo bajo sus pies estuviera salpicado de azufre en polvo. Fue la compañía misma la que estudió, observando con interés a los viejos y jóvenes sibaritas, hombres y mujeres, los setenta y siete que se habían reunido para adorar a Satanás, su amo y señor.

En general, los setenta y siete eran personas de riqueza y distinción, quienes, habiendo probado y superado todos los campos del esfuerzo y logro humanos, habían buscado emociones en la inmundicia y degradación de los ritos medievales del culto al diablo; libertinos cuyos hastiados apetitos buscaban saciarse en las orgías que seguían a la celebración de la Misa Negra; ateos que, considerando el ateísmo pasivo como una forma inadecuada de rebelión, encontraron expresión en un ritual cuyo sacrilegio satisfizo sus deseos iconoclastas.

Los asistentes se abrieron paso entre los setenta y siete, ofreciéndoles vasos de vino y pequeñas pastillas de color ámbar. Estas últimos los devotos las tragaban o las disolvían en su vino.

El extraño se volvió hacia el iniciado que ocupaba el taburete a su lado.

—Dime, hermano, la naturaleza de los ritos que se celebrarán esta noche.

El iniciado lo miró fijamente mientras sorbía su vino.

—¿Qué quieres decir?

—Soy un extranjero —dijo el extraño con suavidad—, y me imaginaba que el ritual aquí puede ser diferente al de mi tierra natal. Debo confesar —continuó—, que estoy perplejo al ver un altar y un crucifijo en este santuario dedicado a la adoración del Maligno.

El iniciado lo miró asombrado.

—Debe ser un rito curioso el de tu tierra. ¿No sabéis que tenemos un sacerdote que celebra la misa, y luego…?

—¿Un sacerdote? —interrumpió el extraño—. ¿La misa? Por qué…

—Si no un sacerdote, si no una misa, ¿cómo podría el archienemigo encarnarse en el pan que nosotros, los adoradores de Satanás, profanamos y contaminamos como tributo a nuestro señor y maestro? Seguramente usted debe ser un extranjero de alguna tierra pagana para no saber que solo un sacerdote ordenado de la iglesia puede hacer que se produzca el milagro de la transubstanciación. Pero dime, ¿quién eres tú?

—Te sorprendería saber quién soy —respondió el extraño, sonriendo enigmáticamente.

Entonces, antes de que el iniciado pudiera continuar con sus preguntas, un gong sonó, débilmente, más como el silbido de una serpiente que como el sonido metálico del bronce; un panel de la bóveda se abrió, dejando paso al bulto deforme y vestido de bermellón del sacerdote. Lo seguían nueve acólitos, igualmente vestidos y portando incensarios humeantes. Mientras marchaban lentamente por el pasillo, alzaron la voz en un cántico estridente. Los setenta y siete cayeron de rodillas, con la cabeza gacha.

El sumo sacerdote se detuvo ante el altar, se inclinó solemnemente, luego, con los gestos y frases habituales, siguió el ritual de la misa, y los acólitos arrodillados respondieron en latín. Luego descendió al escalón inferior del altar y comenzó su invocación de Satanás.

—Oriflama de iniquidad, tú que guías nuestros pasos y nos das la fuerza y el valor para resistir, recibe nuestras peticiones y acepta nuestra alabanza; Señor del Mundo, escucha las oraciones de tus siervos; Padre del Orgullo, defiéndenos de las hipocresías, Maestro, tus fieles servidores te imploran que bendigas sus iniquidades que destruyen el alma y la conciencia; poder, gloria y riquezas te suplican, Rey de los Desheredados, Hijo que lucha con el Padre inexorable: todo esto te pido, y más, Maestro de los Engaños, Amo del Crimen, Señor del Vicio y del Pecado Monumental, Satanás, tú a quien adoramos, Dios justo.

El sumo sacerdote se levantó, miró hacia el altar y el crucifijo con su Cristo caricaturizado, y con acentos agudos y malignos gritó sus blasfemias:

—Y tú, en mi oficio de sacerdote, te obligo a descender a esta hostia, a encarnarte en este pan, Jesús, ladrón de cariño. ¡Escucha! Desde el día en que la virgen te dio a luz, no cumpliste tus promesas; ¡Los siglos han llorado esperándote, dios mudo y fugitivo! Tú ibas a redimir a la humanidad, y has fracasado; aparecías en gloria y dormías; Tú que ibas a interceder por nosotros ante el Padre, has fallado en tu misión, para que no se turbe tu sueño eterno. ¡Te has olvidado de los pobres a quienes les has predicado! ¡Tú que te has atrevido a castigar en virtud de leyes inauditas, martillamos tus uñas, colocamos tu corona de espinas, sacamos sangre de nuevo de tus heridas! ¡Y esto podemos hacer, y esto lo haremos, al violar el reposo de tu cuerpo, profanador de vicios magníficos, nazareno maldito, rey ocioso, dios perezoso!

—Amén —fue la respuesta ronca de los setenta y siete a través del aire sofocante y cargado de incienso.

El sacerdote, habiendo vuelto a subir los escalones del altar, se volvió y con su mano izquierda bendijo a los adoradores de Satanás. Luego, de cara al Crucificado, en tono solemne pero burlón pronunció:

—Hoc est enim corpus meum.

Al oír estas palabras, los setenta y siete, enloquecidos por el vino y las pastillas de color ámbar, así como por la locura sacrílega de la ceremonia, se arrastraron sobre el suelo salpicado de azafrán, aullando y gimiendo, abrumados por un frenesí demoníaco. El sacerdote agarró el pan consagrado, escupió sobre él, lo sometió a indignidades innombrables, lo rompió en pedazos y lo ofreció a los adoradores de Satanás, que se acercaron sigilosamente para recibir esta burla de la comunión.

El primero de ese loco grupo de adoradores del diablo se puso de rodillas y estaba a punto de recibir su porción cuando se produjo una sorprendente interrupción.

—¡Tontos, cesen con esta burla!

Era la voz del extraño, una voz cuya arrogante nota de mando, resonando a través de esa capilla abovedada como el querido y frío repique de la destrucción, silenció a los devotos frenéticos, de modo que no se oyó ni un suspiro. Los acólitos estaban paralizados ante el altar. Solo el sumo sacerdote retuvo el control de sí mismo; pero incluso él se sintió momentáneamente avergonzado, encogiéndose ante los ojos llameantes y feroces del extraño.

Sin embargo, el sacerdote se recuperó rápidamente.

—¿Quién eres tú —gruñó—, para interrumpir el sacrificio?

Los setenta y siete, aunque todavía sin habla, se habían recuperado de la completa parálisis que habían sufrido sus facultades. Vieron al extraño enfrentarse al sumo sacerdote en los escalones del altar; oyeron su voz, en respuesta, rica, sonora, majestuosa:

—¿Tú, el sumo sacerdote de Satanás, me preguntas quién soy? Soy Ahrimán, a quien temían los persas; soy Malik Taus, el pavo real blanco al que los hombres adoran en el lejano Kurdistán; soy Lucifer, la estrella de la mañana; soy ese Satanás a quien invocaste. He aquí, he regresado en forma mortal para enfrentar y desafiar a mi adversario.

Señaló al Cristo y luego continuó:

—Y un adversario digno es. Tampoco pienses que ese simulacro es el Cristo que he jurado derrocar. ¡Tontos! Bestias, ¿creen que me están sirviendo al burlarse de un enemigo que me ha mantenido a raya en estos incontables siglos? ¿Creen que me servirán con esta farsa? Esta misma misa que habéis celebrado, aunque burlándose de Él y desafiándolo, reconoce su divinidad; y aunque en broma, lo han aceptado al tomar este pan como su cuerpo. ¿Me están sirviendo a mí, vuestro Señor y amo?

—¡Impostor! —chilló el sumo sacerdote, su estaba rostro distorsionado por la rabia—. ¡Impostor! ¿Acaso dices ser Satanás?

Ese grito agudo sacó a los setenta y siete de su inercia, los despertó de nuevo en su frenesí. Balbuceando y aullando, se pusieron de pie de un salto y se acercaron al extraño.

Pero en ese instante un manto de fuego elemental, la llama roja y cegadora de mil soles, envolvió la forma de Satanás, y de ella sonó la misma voz clara y fría:

—¡Necios! ¡Locos! Los repudio y niego por completo.

Una vez más, en las ruinas al pie de la Torre de Semaxii estaba el extraño, Satanás, tal como se había revelado a sus seguidores. Parecía estar solo, pero hablaba, como si tuviera a alguien frente a él.

—Nazareno —dijo—, en ese día en que te desafié a luchar por el imperio del mundo, fui un tonto y no supe de lo que hablaba.

Hizo una pausa, bajó los ojos por un momento, como para descansarlos de la tensión de mirar un resplandor terrible e intolerable, luego continuó:

—A ti te crucificaron; a mí me habrían hecho pedazos. A ambos nos han negado. Me pregunto de quién es la mayor locura, la tuya al buscar redimir a la humanidad, o la mía por tratar de convertirla.

Y con estas palabras Satanás se volvió, su cabeza altiva se inclinó y desapareció entre las ruinas.

E. Hoffmann Price (1898-1988)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de E. Hoffmann Price.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de E. Hoffmann Price: El extranjero del Kurdistán (The Stranger from Kurdistan), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Una noche en el burdel con Lovecraft


Una noche en el burdel con Lovecraft.




H.P. Lovecraft era mucho menos puritano de lo que algunos de sus exégetas suponen. Tampoco podemos decir que haya sido una persona afín a los excesos; de hecho, era extremadamente moderado y reservado, salvo cuando se trataba de alguna delicia gastronómica de su preferencia. En un viaje a Nueva Orléans, por ejemplo, el escritor E. Hoffmann Price recibió a Lovecraft en su casa y le preparó un tazón de chile casero que, en palabras del anfitrión: habría levantado ampollas en una silla de montar. El maestro de Providence, que se enorgullecía de su tolerancia a los platos calientes y picantes, admitió que el chile de Price era vigoroso pero excelente.

A propósito de aquel viaje a Nueva Orléans, hay una curiosa anécdota que involucra a los mismos protagonistas: Lovecraft, Price, y una visita a un burdel local.

En junio de 1932, Lovecraft realizó una visita de una semana a la ciudad de Nueva Orleans. Allí fue recibido por un miembro del Círculo de Lovecraft, también escritor de Weird Tales, E. Hoffman Price, quien escribió una minuciosa memoria de aquella visita: El hombre que fue Lovecraft (The Man Who Was Lovecraft), publicada por Arkham House en la antología de 1949: Algo sobre los gatos y otras piezas (Something about Cats and Other Pieces).

Aparentemente, Price lo llevó por varios recorridos por la ciudad, aunque evitó los burdeles debido a la sensibilidad conservadora de Lovecraft. Me salté a las concubinas por completo, escribe Price, y añade que el maestro de Providence se hospedó en un hotel de tercera clase en Charles Street.

El antiguo Barrio Francés fue la decisión más exitosas de aquel recorrido turístico, ya que satisfacía los intereses arquitectónicos de Lovecraft. En esta área también se encontraba el apartamento de Price, en el 305 de Royal Street. Allí, tal vez, perfilaron juntos el inicio de A través de las puertas de la llave de plata (Through the Gates of the Silver Key), el cual inicia en un escenario de Nueva Orleans (ver: En la cama de Lovecraft)


Charlamos veintiocho horas consecutivas, intercambiamos ideas, fantasías. Lovecraft tenía un enorme entusiasmo por la vista, el sonido, y el patrón de las palabras, de las ideas. En todo mi tiempo me he encontrado con sólo uno o dos sujetos más que se le acercaron en lo que yo llamo «codicia mental». Era un glotón de palabras, ideas, pensamientos. Elaboraba, combinaba, destilaba conceptos al ritmo de una ametralladora.


Sin embargo, la relación de E. Hoffmann Price con Lovecraft no tuvo un comienzo auspicioso. En una carta a Donald Wandrei, fechada en agosto de 1927, Lovecraft comenta que su relato: La extraña casa en la niebla (The Strange High House in the Mist), había sido rechazado por Farnsworth Wright, editor de Weird Tales, después de una seria consulta con E. Hoffman Price, y añade, no lo consideramos lo suficientemente claro para las mentes agudas de nuestros lectores.

A pesar de este desencuentro, cuando Lovecraft visitó Nueva Orleans en junio de 1932, telegrafió a Price para alertarlo de su presencia, y los dos escritores pasaron gran parte de la semana siguiente juntos. En sus memorias, Price omite cualquier mención que comprometa a Lovecraft, pero en otros ámbitos corrieron ciertos rumores, probablemente maliciosos, que aseguraban que Price llevó a Lovecraft a un burdel, donde el maestro de Providence se divirtió mucho al descubrir que varias de sus empleadas, ávidas lectoras de Weird Tales, eran admiradoras de su trabajo.

La historia, apócrifa o no, es casi idéntica a una anécdota que circuló alrededor de otro maestro del relato pulp: Seabury Quinn; en este caso, más afín a este tipo de establecimientos.

A partir de aquella noche en el burdel, real o imaginaria, los dos escritores entablaron una amistad entrañable. La correspondencia entre ambos continuó hasta la muerte de Lovecraft en 1937. Incluso planearon formar un equipo literario, cuya producción, estimada de manera conservadora, llegaría a un millón de palabras al mes, según la exagerada predicción de Lovecraft. El seudónimo propuesto para esta ambiciosa colaboración fue Etienne Marmaduke de Marigny, nombre ligeramente alterado de un personaje de la única historia en la que Lovecraft y Price colaboraron: A través de las puertas de la llave de plata.

Este cuento se debe casi exclusivamente al entusiasmo de E. Hoffmann Price por un relato anterior de Lovecraft: La llave de plata (The Silver Key). Es una de mis historias favoritas de HPL, dice Price en sus memorias de 1944, y al contarle el placer que había tenido al releerlo, sugerí una secuela para dar cuenta de las acciones del protagonista [Randolph Carter] después de su desaparición. Después de convencer a un Lovecraft reacio a colaborar en una secuela de este tipo, Price escribió un borrador de 6,000 palabras en agosto de 1932. En abril de 1933, Lovecraft produjo una versión de 14,000 donde apenas quedaron menos de cincuenta de mis palabras originales, según estima el propio Price.

En cualquier caso, Price estaba satisfecho con el resultado, y sostuvo que Lovecraft tenía razón, por supuesto, al descartar todo menos el esquema básico. Solo podía maravillarme de que hubiera dado tanta importancia a mi comienzo inadecuado y torpe. La historia apareció bajo la firma de ambos autores en la edición de julio de 1934 de Weird Tales. El borrador de Price se publicó en una edición de 1982 de la revista Crypt of Cthulhu, con el título original: El señor de la ilusión (The Lord of Illusion).

Price visitó Lovecraft en Providence en el verano de 1933, durante el transcurso de un viaje en automóvil por todo el país. Cuando él y un amigo en común se presentaron en la casa del maestro de Providence con un pack de seis cervezas, se dice que el abstemio Lovecraft comentó: ¿Y qué piensas hacer con tanto de «eso»?

A la luz de esta última anécdota parece imposible que Price haya llevado a Lovecraft a un burdel, y más aun que el maestro de Providence hubiese aceptado esa hipotética propuesta. No obstante, este tipo de visitas se caracterizan por la discreción. Sería absurdo esperar una confesión abierta al respecto, pero sí podemos buscar pistas, indicios.

Lo único que puede usarse como prueba circunstancial, aunque inadmisible seriamente, de aquella visita de Lovecraft a un burdel de Nueva Orléans, se encuentra en una postal que el maestro de Providence le envió a E. Hoffmann Price el 11 de marzo de 1933.

En ella, Lovecraft se refiere brevemente a la historia de Price, El regreso de Balkis (The Return of Balkis), que acababa de publicarse en Weird Tales. Demostrando, o fingiendo, que tenía una alta estima por el talento de Price, Lovecraft le pide que critique una historia de uno de sus protegidos, Bernard Austin Dwyer. Lo que quiere es producir un trabajo realmente artístico aunque, naturalmente, no le importaría recibir de vez en cuando un cheque del Emperador Wright, señala Lovecraft, refiriéndose a Farnsworth Wright, editor de Weird Tales.

Hasta aquí, nada inusual.

Más adelante, Lovecraft comenta: Me deleité en las casas antiguas de los suburbios todavía pintorescos de Hartford. El comentario es inocuo, pero intrigante.

Lovecraft se refiere aquí a la ciudad de Hartford, Connecticut. Un trabajo de investigación especial me llevó a Hartford la semana pasada. No es una ciudad muy interesante, pero me gustaron mucho los suburbios de Farmington y Weatherfield, dice al final. Esto, se sabe, era mentira.

Lovecraft visitó Connecticut no para realizar un trabajo de investigación sino para encontrarse con Sonia H. Greene, con quien el escritor se había casado en 1924 y separado en 1926 (ver: Lovecraft y Sonia Greene: una historia de amor). Según las memorias de la propia Sonia Greene, vertidas en el libro: La vida privada de H.P. Lovecraft (The Private Life of H. P. Lovecraft), aquel reencuentro fue casto, pero no deja de sorprender que todos los lugares de Hartford que Lovecraft menciona en la postal a Price se caractericen por sus burdeles.

A buen entendedor pocas palabras, dice el refrán.

Esto, desde luego, no prueba absolutamente nada, pero resulta fascinante como uno de los tantos aspectos misteriosos en la vida del maestro de Providence. La posibilidad, por cierto, remotísima, de que las prostitutas de aquel burdel de Nueva Orleans le hayan manifestado su admiración es demasiado atractiva como para pasarla por algo.




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


Más literatura gótica:
El artículo: Una noche en el burdel con Lovecraft fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La carta astral de Lovecraft


La carta astral de Lovecraft.




El escritor norteamericano E. Hoffmann Price (1898-1988), que conoció personalmente a H.P. Lovecraft, e incluso entabló con una cordial amistad con él —además de escribir en colaboración el relato: A través de las puertas de la llave de plata (Through the Gates of the Silver Key)—, se propuso abordar el misterio de la vida del maestro de Providence desde un ángulo novedoso: la astrología.

Esta especie de carta astral de Lovecraft que hemos traducido al español para El Espejo Gótico se titula: Lovecraft y las estrellas (Lovecraft and the Stars). Fue escrita por E. Hoffmann Price en base a sus propios estudios astrológicos de la vida de Lovecraft, y publicada en la edición de primavera de 1949 de la revista The Arkham Sampler.



Lovecraft y las estrellas.
Lovecraft and the Stars, E. Hoffmann Price (1898-1988)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Como nadie hasta ahora ha podido darme la hora y el minuto del nacimiento de Howard Phillips Lovecraft en Providence, el 20 de agosto de 1890, acepté el desafío (que ningún astrólogo en toda regla dignificaría) de trabajar sobre la suposición de que Lovecraft nació al mediodía. Al erigir una carta astral, noté que Venus, Urano y la Luna estaban en Libra y en la Duodécima Casa.

Dado que esos tres planetas podrían haber estado realmente en cualquiera de las Doce Casas en el momento del nacimiento de Lovecraft, verifiqué las delineaciones de cada una y en cada Casa. Después de eliminar absurdos como Relaciones amorosas secretas, que conducen a la enemistad de las mujeres... amor por los caballos y los animales grandes... (Venus en XII) y favores de mujeres... matrimonio fructífero (Venus en XI) y pérdida del primer hijo... inconstancia en las aventuras amorosas... apegos románticos e impulsivos (Urano en V), y relaciones cambiantes con el sexo opuesto... enemistad femenina (Luna en VII), llegué a una delineación para la Tercera Casa que daba una representación cercana a Lovecraft (ver: Lovecraft y Sonia Greene: una historia de amor)

Esto sugeriría que la hora del nacimiento de Lovecraft fue entre las 4:00 a.m. y las 6:00 a.m., ya que durante esas dos horas, Venus, Urano y la Luna estuvieron en la Tercera Casa (aunque, por supuesto, todas en Libra). Por favor, no confundir una Casa con un Signo Zodiacal, de los cuales también hay doce.

A continuación, el Ascendente:

Leo estaría ascendiendo entre las 4:00 a.m y las 6:00 a.m. Ahora, cada signo se divide en tres decenas de diez grados cada una. Mi problema era determinar qué decanato estaba ascendiendo entonces. El tercer decanato claramente no era para H.P. Lovecraft, es decir, capaz y deseoso del mando, inclinado a las hazañas peligrosas, gobierna con mano alta y triunfa sobre sus enemigos. El Lovecraft que yo conocía no era un espadachín, ni yo tampoco, aunque siempre me etiquetó como tal.

El segundo decanato, gobernado por Júpiter, atribuye a los nativos una disposición amable y humana, que seguramente sí tenía Lovecraft, y también una facultad artística; aunque carecía de naturaleza afortunada y provechosa, fortuna en la especulación, y confianza en sí mismo. De hecho, Lovecraft no obtuvo ningún éxito a través del matrimonio, de manera tal que no necesitaba comprobar esto de cerca.

Cualesquiera que fueran sus cualidades, no eran joviales; no pudo haber nacido durante el surgimiento de un decanato gobernado por Júpiter. Pero el primer decanato, gobernado por Saturno (y Lovecraft era saturniano en su escritura de tumbas, criptas, lo siniestro y subterráneo) fue revelador.

Naturaleza fuerte, contundente, difícil de controlar: ningún editor de Weird Tales le hizo recortar jamás una historia o cambiar siquiera una coma.

Pobreza y problemas en la vida; infelicidad doméstica —datos extremadamente precisos—, falta de simpatía por la naturaleza: Lovecraft era un hombre amable, pero estaba fuera de contacto con la amplia gama de actividades humanas comunes.

Carácter austero, marcado por el falso orgullo: seguramente era austero en el mejor sentido de la palabra, y con la misma certeza padecía de falso orgullo al afirmar que le parecía repugnante la sola idea de escribir por dinero.

La autoimposición y el engaño estropearán la vida: se engañó a sí mismo al aceptar las limitaciones de su talento. El realismo tan evidente en su extraña ficción lo habría hecho distinguido en la ficción de la vida cotidiana, que él mismo profesaba ser incapaz de escribir debido a su «ignorancia».

El nativo desconfía de los demás y también carece de confianza en sí mismo, pero aprende a afirmar su independencia en momentos inoportunos: más de un manuscrito se mantuvo enterrado durante años porque no tenía la confianza para enviarlo. Cualquier rechazo lo deprimía desastrosamente; muchos manuscritos finalmente se vendieron solo porque un amigo lo instó a enviarlo. Sin embargo, Lovecraft se negaría obstinadamente a hacer cambios menores o concesiones. Ni siquiera intentaba facilitarle las cosas a un editor porque creía que esto le haría perder su integridad artística.

Mucha enfermedad y pérdida de poderes vitales; naturaleza cuidadosa y vigilante que rara vez logra un gran trabajo, pero siempre laboriosa: ¡Realmente laborioso! Durante veintiocho horas consecutivas, Lovecraft y yo nos sentamos en mi estudio en Nueva Orleans, la primera vez que nos conocímos, mientras él criticaba a Tarbis of the Lake, cortando minuciosamente cada frase en pedazos; con encanto, afable, planteando las cuestiones de verosimilitud más espeluznantes, y también las más remotas. 

Lovecraft era laborioso, sí. Y cuidadoso, también. Solo una vez le encontré un error. Fue en La llamada de Cthulhu, tenía un inspector de policía en Nueva Orleans viviendo en una cuadra de una calle en el Vieux Carre donde no existían residencias. ¡Nos reímos mucho de eso!

Ya hemos dejado la coincidencia en el polvo. Pero vayamos más lejos. Saturno es el señor del primer decanato; y Saturno está en el quinto grado de Virgo. William Lilly da esta descripción de alguien cuyo significador, Saturno, está en ese signo:


«Una persona de cuerpo alto, delgado, moreno, de cabello negro y abundante; una cabeza larga, semblante sólido; generalmente desafortunado; inclinado a la melancolía, reteniendo la ira; un proyector de muchos asuntos curiosos con poco propósito; estudioso, sutil, reservado.»


Según recuerdo, Lovecraft era alto, aunque estaba inclinado a encorvarse, por lo que no parecía tener su estatura. Su cabello era oscuro, aunque no notablemente abundante; Quien haya visto su imagen estará de acuerdo con la descripción de Lilly. Difícilmente lo llamaría moreno, sin embargo, considerando su vida sedentaria, su tez era ligeramente oscura, y tenía ojos marrones.

Un nacimiento tan temprano como las 3:14 a.m. excluiría a Leo como ascendente; mientras que si hubiera nacido después de las 3:50 a.m., Urano habría estado en la Cuarta en lugar de en la Tercera Casa. La influencia de Urano en las cualidades mentales no habría sido como realmente fue, ya que la Tercera y Novena afectan notablemente la mentalidad.

Ahora completemos la imagen:

-Sol en la Primera Casa: honor y éxito. Una disposición orgullosa; franco, generoso; independiente y firme. Amor por la exhibición y la publicidad, acompañado de nobles intenciones.

-Saturno en la Segunda Casa: pérdidas comerciales; naturaleza ahorrativa; trabajo duro por poca ganancia; a veces pobreza.

-Mercurio en la Tercera Casa: mucha actividad; muchos viajes cortos; mucha escritura; una mente ocupada, entregada a la búsqueda de diversos conocimientos, especialmente de literatura y ciencia.

-Luna en la Tercera Casa: viajes constantes; publicidad de algún tipo; muchos cambios de profesión y ocupación; fantasías curiosas y caprichosas.

-Venus en Tercera Casa: fuerte inclinación por las bellas artes; éxito en escritos; relaciones pacíficas entre miembros de la familia; disposición amable, intelecto brillante y fructífero. La poesía, la música, el canto y la pintura se encuentran entre las actividades de quienes están bajo esta influencia.

-Urano en el Tercera Casa: mente descarriada, curiosa e inventiva; ideas impopulares que, si se comentan abiertamente, solo incurren en graves pérdidas y críticas adversas.

(Esta última, si no se toma demasiado literalmente, describe la carrera de Lovecraft hasta que finalmente fue descubierto. Sus ideas eran «impopulares»; y en comparación con lo que podría haber escrito, le causaron «graves pérdidas» financieras. Finalmente, en la revisión de August Derleth vemos cómo, en la niñez temprana, su impopularidad con sus compañeros de juego lo llevó a los libros y el estudio).

-Marte en la Sexta Casa: dolores estomacales, inflamación en las entrañas (Murió de cáncer de intestino). Extravagancia en la comida y el vestir (No es cierto que Lovecraft haya sido un extravagante. Solo su expreso su deseo de haber vivido en el período georgiano para poder vestirse de acuerdo con sus gustos puede ser visto como un signo de extravagancia)

-Júpiter en la Octava Casa: el matrimonio trae prosperidad: la pareja es o será rica; ganancia por legado; una muerte feliz. (Tengo entendido que Lovecraft tenía un pequeño ingreso de una cantera de granito. No he tenido un relato de primera mano de sus últimos días, o del día de su muerte. El matrimonio no le trajo prosperidad).

-Neptuno en la Undécima Casa: amigos y alianzas seductoras, asesores poco fiables; traición entre supuestos amigos; pérdidas y problemas por ello. La esposa es propensa a la delincuencia moral. Atracciones y asociaciones extrañas e inexplicables.

(Sin comentarios, aparte de que la mayoría de las veces le pagaban muy mal por su servicio de revisión de colaboración. Consideraba vulgar regatear las ganancias de una colaboración; la mera idea de discutir la división del cheque que obtuvimos por A través de las puertas de la llave de plata lo hizo retorcerse. Me imagino que habrá sido un shock para él cuando dije: «Toma el setenta y cinco por ciento»)

-Urano, en Libra, hace que la persona sea entusiasta del razonamiento, aficionado a los viajes, excéntrico, ambicioso; poseedor de imaginación, gusto, intuición y facultades estéticas. A veces conduce a un matrimonio apresurado, con peligro de distanciamiento o divorcio. La persona es propensa a suscitar críticas, rivalidad, oposición.


Este es apenas un boceto.

No está sintetizado ni adaptado a los eventos más destacados de su vida. Mi motivo para hacer esta investigación fue, al estilo Lovecraft, probar científicamente la astrología en general, y específicamente, el método de «rectificar» los horóscopos cuando no se conocen la hora y el minuto de nacimiento.

Dado que Lovecraft fue uno de los personajes más llamativos que he conocido, razoné que su gráfico contendría características inusuales que permitirían una rápida «rectificación» trabajando hacia atrás, desde la personalidad a las estrellas, y deduciendo así la hora y minutos de su nacimiento en un paréntesis no demasiado amplio.

Si a través de la circulación de The Arkham Sampler algún amigo o familiar de Lovecraft (si alguno de estos sobrevive) confirma o contradice que nació no mucho antes o después de las 3:50 a.m., le estaría muy agradecido.

Para terminar, presento esta cita de Llewellyn George, el decano de los astrólogos estadounidenses:


«Tu signo solar en esta encarnación será tu signo ascendente en la próxima; es decir, tu individualidad actual o cualidades inherentes se manifestarán entonces, exteriormente, como personalidad; se deduce entonces que el actual signo ascendente era el signo solar de la encarnación anterior. Cuando el signo solar y el ascendente son el mismo, indica que el individuo está repitiendo la experiencia (de la encarnación anterior) y la continuará repitiendo hasta que se aprendan las lecciones de la vida y se utilicen como un escalón en la Escalera de Jacob para ascender hacia reinos de expresión superiores».


Notarás que el Sol estaba en Leo, grado 27, y que el grado 9 de Leo estaba ascendiendo en el momento del nacimiento de Lovecraft. De esto solo puedo concluir que Lovecraft, en su próxima encarnación, puede volver a nacer cuando el Sol esté en Leo, y Leo esté ascendiendo.

¿Por qué? Porque era un hombre inflexible e inmutable; ni la lógica ni la pobreza podían afectarlo, tampoco las súplicas y la persuasión. No era un hombre terco, ni antagónico; sino simplemente un hombre que tomó una posición y la mantuvo. Hasta la muerte y al máximo: afable, agradable, cordial, pero con firmeza.

Cuando Harry Brobst y yo compramos cerveza y preparamos una olla de curry de las Indias Orientales en 66 College Street, el 5 de julio de 1933, Lovecraft sonrió y se mostró amistoso con nuestra bebida. Había cambiado a lo largo de los años. Hubo un tiempo en que la sola mención de la cerveza habría provocado toda su severidad y desaprobación. Seabury Quinn, me dice, discutió con él sobre el tema del alcohol. Pero el Lovecraft que yo conocí era cordial en presencia de bebedores como Brobst y yo. Él simplemente se maravillaba, como científico, de que dos hombres pudieran compartir seis botellas de cerveza y no caer de bruces.

En resumen, Lovecraft podría nacer en su próxima encarnación bajo otros signos. Me gustaría nacer en la misma época, y con el mismo signo, para volver a verlo.

E. Hoffmann Price (1898-1988)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




H.P. Lovecraft. I Mitos de Cthulhu.


Más literatura gótica:
El artículo: La carta astral de Lovecraft fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El Señor de la Ilusión»: E. Hoffmann Price; relato y análisis


«El Señor de la Ilusión»: E. Hoffmann Price; relato y análisis.




El Señor de la Ilusión (The Lord of Illusion) —también conocido en español como: El Señor de lo Irreal— es un relato fantástico del escritor norteamericano E. Hoffmann Price (1898-1988), publicado en la edición número 10 de 1982 de la revista Crypt of Cthulhu.

El Señor de la Ilusión, tal vez uno de los cuentos de E. Hoffmann Price más crípticos, pertenece a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft. Aquí nos enteramos de los sucesos que siguieron a la desaparición de Randolph Carter en el cuento: La llave de plata (The Silver Key).

SPOILERS.

En junio de 1932, Lovecraft visitó Nueva Orleans. Previamente contactó por telegrama a un estimado miembro del Círculo de Lovecraft que vivía en la zona: E. Hoffmann Price, con quien se reunió y recorrió la ciudad y sus alrededores. En algún momento, E. Hoffmann Price le confesó a Lovecraft su debilidad por uno de sus relatos: La llave de plata, y le sugirió escribir una secuela en colaboración donde narrarían el destino de su protagonista, Randolph Carter, después de su misteriosa desaparición.

Lovecraft se mostró reticente al principio, pero finalmente cedió. E. Hoffmann Price escribió un borrador de 6.000 palabras en agosto de 1932, y Lovecraft lo corrigió y amplió, llevándolo a 14.000 palabras. Según la estimación de E. Hoffmann Price, de su borrador original sobrevivieron apenas unas cincuenta palabras, aunque el maestro de Providence mantuvo los conceptos fundamentales de la historia. El resultado final aparecería con el título: A través de las Puertas de la Llave de Plata (Through the Gates of the Silver Key) en la edición de julio de 1934 de la revista Weird Tales.

El Señor de la Ilusión es esencialmente aquel primer borrador de E. Hoffmann Price. Si bien la historia presenta algunos conceptos muy interesantes, uno no puede más que maravillarse ante la maestría con la que Lovecraft fue ampliando y retocando el argumento inicial.

Aquí, Randolph Carter accede a las dimensiones superiores, donde un extraño ser extradimensional, llamado 'Umr At-Tawil —avatar de Yog-Sothoth—, le revela la naturaleza de la realidad, ciertamente, una ilusión de los sentidos, o mejor dicho, una trama incompleta y ajustada a las limitaciones de nuestro universo tridimensional (ver: Seres interdimensionales en los Mitos de Cthulhu).

Naturalmente, El Señor de la Ilusión de E. Hoffmann Price solo revela algunos de los elementos que luego veríamos en A través de las Puertas de la Llave de Plata, pero lo esencial está aquí: Carter cruza el portal usando la Llave de Plata y conversa con el mítico 'Umr At-Tawil. Este le otorga el permiso para cruzar La Última Puerta y penetrar en la Estancia de Yog Sothoth, donde Randolph Carter pretendía que el Dios Exterior le permitiera viajar entre las dimensiones. Este accede, y Carter usa la Llave de Plata para viajar al pasado, pero advierte demasiado tarde que olvidó llevar consigo el pergamino que servía para iniciar el viaje de regreso.




El Señor de la Ilusión.
The Lord of Illusion, E. Hoffmann Price (1898-1988)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Cuentan la historia de un tal Randolph Carter, y de una llave de plata con la que trató de abrir la jerarquía de puertas que impiden la marcha del hombre desde esta fantasía tridimensional, que llamamos realidad, hacia el mundo superespacial que llamamos ilusión.

Se dice que Randolph Carter, al encontrar esa llave de plata arcaica, empañada de negro azulado por edades de desuso, de modo que las runas crípticas con las que estaba grabada eran apenas legibles para cualquier ojo que pudiera haber leído sus prodigiosos signos, volvió a su hogar en Arkham; y que allí buscó lo que en los viejos tiempos se llamaba la Guarida de las Serpientes, una gruta profunda en un lugar ominosamente sombreado donde pocos nativos de la región se atrevían a ir, y mucho menos quedarse. Carter, desde ese día, no ha vuelto a ser visto; y se ha insinuado que logró su antiguo sueño de marchar hacia la Tierra de la Ilusión.

Allí termina la crónica, dejando un relato cuya exquisita belleza sólo se compara con su incompletitud. El erudito cronista, que con toda probabilidad se ha adentrado en los reinos del misterio y los abismos ultracósmicos más que cualquiera de sus contemporáneos, soltó solo lo que sabía y ocultó todo menos un indicio de lo que sospechaba. Sin embargo, han pasado cuatro años; y varios acontecimientos sorprendentes han dado lugar a una convicción bien fundada de que Randolph Carter no se ha perdido irremediablemente en los golfos que, después de sonar como una fantasía, finalmente sondeó en persona. El último de estos fragmentos de evidencia justifica una declaración, que tenderá a mostrar que la intuición del cronista era asombrosamente correcta y carecía solo de detalles.

Randolph Carter, debe recordarse, dejó en su automóvil, el día de su desaparición, un cofre de roble tallado. Se llevó consigo esa llave de plata antigua que abriría las puertas sucesivas que impedían su marcha libre por los poderosos corredores del espacio y el tiempo, hasta la misma Frontera que ningún hombre ha cruzado. Nómadas enloquecidos por la sed han vuelto para contar destellos de su portal monumental y de la Mano que está esculpida sobre la piedra angular del arco; pero ningún hombre ha pasado y regresado para decir que sus huellas en las arenas cubiertas de granates del interior dan testimonio de su visita. Carter, por tanto, se llevó consigo esa llave; pero, por ignorancia, dejó tras de sí el palimpsesto que se encontró en ese arcón de roble inquietantemente tallado, varios días después de que su desaparición hubiera suscitado comentarios y una vana búsqueda.

Ese pergamino amarillo, cuyos caracteres desconcertaron a los estudiosos familiarizados con los idiomas perdidos, cayó en manos del cronista que primero trató de dar cuenta de la desaparición de Carter; pero a la luz de los acontecimientos posteriores, en particular un encuentro casual en Nueva Orleans en el verano de 1932, parece que Randolph Carter habría hecho bien en haber tomado pergamino además de llave. Tal era, al menos, la contención de un anciano que, inmóvil y silencioso, salvo por algún que otro murmullo y una ocasional reposición del olibanum cuyos vapores se elevaban de los trípodes de hierro extrañamente forjados que flanqueaban la alfombra.

Randolph Carter, con la llave plateada en el bolsillo, se abrió paso a lo largo de un camino familiar, aunque casi borrado, que hacía tiempo que no se usaba. Esa tarde, Carter observó que la hendidura en la ladera de granito se parecía extrañamente a los bastiones de forma tosca a cada lado de las puertas de una determinada ciudad amurallada. Pero este cambio, en lugar de molestar a Carter, sirvió para asegurarle que el día era auspicioso y la hora también. Y, lamentablemente, su exaltación por poseer la Llave conspiró con su erudita omisión para hacerle olvidar cualquier posible necesidad del pergamino. Si bien, en vista del destino que le sobrevino a quien con Carter, años antes, se había aventurado a leer un pergamino similar, puede ser que Carter considerara más prudente no tener esa portentosa regla con él en el extraño dominio que se proponía invadir, y así lo abandonó intencionalmente.

Mientras Carter se adentraba en la penumbra y sacaba del bolsillo la llave plateada y una linterna con la que iluminar la gruta, que sabía que estaba más allá de la estrecha fisura en la parte trasera de la antesala, consideró la cueva en la que se encontraba, y por un momento se asombró al descubrir que había mucha iluminación. Después de lo cual abandonó su linterna y, llave en mano, como ahora se dio cuenta de que debería ser su procedimiento, avanzó hacia lo que esperaba sería la gruta de techos altos que una vez, cuando era niño, había explorado.

Su expectativa, sin embargo, fue superada. Y durante varios momentos de desconcierto no se dio cuenta del anciano que lo había saludado cortésmente mientras entraba en la bóveda. Porque, por extraño que parezca, Carter había entrado en una gran cámara y no en una gruta. Un techo hemisférico se curvaba sobre él con un poderoso barrido que empequeñecía todas las comparaciones que hacía mientras buscaba reconciliar la inmensidad de la cúpula con la masa exterior de la colina que la contenía. Se preguntó cómo una parte podía superar al todo; y luego se dio cuenta de que esta prodigiosa bóveda podría no ser, ni tenía por qué ser, parte de la colina en cuyo centro presumiblemente se curvaba.

Los pilares ciclópeos que sostenían la bóveda hicieron que aún ignorara al anciano que se había acercado. Hubo una enormidad escarpada que perturbó a Carter, y le dejó con la impresión de que ni la naturaleza ni el cincel de ningún albañil habían trabajado la piedra en su solemne y majestuosa sencillez. Buscó por un momento nombrarse a sí mismo bajo la curva de la cúpula, que ahora percibía no era verdaderamente hemisférica como había pensado al principio, sino de una curvatura que trascendía no sólo las esferas, sino los elipsoides de revolución y los paraboloides que le eran familiares.

Entonces, sobresaltado, Carter se dio cuenta de que no le había devuelto el cortés saludo del anciano y, algo desconcertado, quiso enmendar su falta de cortesía. Pero no podía pensar en un comentario o saludo adecuado. Como nunca lo había visto, ni a nadie que se pareciera ni remotamente a esa figura erguida con su cabeza orgullosamente serena y rasgos solemnes como de esfinge, obviamente no debía hacer ningún comentario banal. Parecía, después de un instante de reflexión, que lo más apropiado era encontrarse con esta persona cuyo majestuoso porte se veía aliviado por un centelleo en un par de ojos de apariencia más antigua que la misma bóveda. Además, Carter dudaba que supiera, o incluso pudiera nombrar un idioma en el que dirigirse a él. Y finalmente, Carter, mientras miraba, avergonzado y olvidándose de la Llave, sintió que estaba ante una Presencia.

—Te hemos estado esperando —dijo el sabio barbudo, en un idioma que Carter entendía—. Bienvenido, aunque con retraso. Tienes la Llave y las puertas esperan tu juicio...

Hizo una pausa por un instante, luego continuó, sintiendo con tacto que Carter no podía tener una respuesta apropiada:

—Si tienes el coraje.

Sus últimas palabras estuvieron desprovistas de amenaza, sin embargo, Carter tembló ante la implicación del discurso. El alma de Randolph Carter y la herencia de todos aquellos Carters visionarios antes que él sintieron más que entendieron el significado; y temblaron ante el riesgo de traspasar el umbral de que hablaba la Presencia.

—Soy ‘Umr at-Tawil, su guía —dijo el anciano—. O al menos, para que me llames de algún modo, porque tengo muchos nombres.

Luego sonrió al notar la consternación ahora perceptible de Carter ante la mención de ese nombre que había leído en la escritura cúfica arcaica del Necronomicón prohibido, cuyas páginas impías se había atrevido una vez, y sólo una vez, a repasar.

Esta Presencia, entonces, era 'Umr at-Tawil, ese Terrible Anciano sobre quien el árabe loco Abdul Alhazred escribió vagamente:

«Y aunque hay quienes han tenido la temeridad de hacerlo, buscar vislumbres de más allá del Velo, y aceptarlo a ÉL como guía, sería más prudente evitar el comercio con ÉL; porque está escrito en el Libro de Thoth cuán tremendo es el precio de un solo vistazo; y nadie que pase podrá regresar, porque estarán firmemente atados por aquellos que acechan en las inmensidades que trascienden nuestro mundo. Los terrores de la noche y los males de la creación, y aquellos que vigilan la salida secreta, y prosperan con lo que crece de sus inquilinos; estos son poderes menores que el que guarda el Portal, y se ofrece a guiar a los incautos al reino más allá de este mundo y todos sus Devoradores innombrables y sin nombre. Porque ÉL es 'UMR AT-TAWIL, que significa, EL MÁS ANTIGUO, que el escriba ha traducido como EL DE LA VIDA PROLONGADA.»

—De hecho, soy el más Antiguo —dijo 'Umr at-Tawil—, y si tienes miedo, Randolph Carter, todavía puedes irte, sano y salvo. Pero, si eliges avanzar...

La pausa fue ominosa, pero la sonrisa del Anciano fue benigna. Carter se preguntó por un momento si las terribles y blasfemas insinuaciones del árabe loco y los extractos del perdido Libro de Thoth podrían no haber surgido de la envidia y la frustración del deseo de ensayar lo que Carter estaba a punto de lograr.

—Avanzaré —declaró Carter—. Y te acepto como mi guía, ‘Umr at-Tawil.

La voz de Carter sonaba extrañamente en sus propios oídos mientras hablaba. Entonces se dio cuenta de que había respondido en ese lenguaje sonoro que todos, salvo tres oscuros eruditos, consideran muerto: Guezz, que es para el amárico como el latín para el inglés.

'Umr at-Tawil hizo un gesto de aceptación. Y luego hizo con su mano izquierda otra señal; pero ahora Carter estaba más allá de sentirse perturbado, a pesar de haber reconocido ese curioso movimiento y la inusual posición de los dedos. Randolph Carter sabía ahora que se estaba acercando a la entrada, que podía navegar en sus galeras por el río Oukranos, pasando las torres doradas de Thran, y marchar con sus caravanas de elefantes a través de las perfumadas selvas de Kled, donde palacios olvidados con columnas de marfil veteado duermen bajo la luna. Por lo tanto, eligió olvidar el peligro.

Pero antes de avanzar para seguir a su guía, miró hacia atrás y vio que la fisura por la que había entrado ya estaba cerrada, y que la prodigiosa bóveda estaba teñida de una bruma verdosa atravesada por rayos de azufre azul. Y, mientras seguía al más Antiguo, percibió que la bóveda no estaba desierta como había pensado al principio. En la bruma que colgaba a lo largo de la pared curva notó un grupo de hombres barbudos que estaban sentados sobre prismas hexagonales de obsidiana. Y cuando se acercó lo suficiente para ver los detalles de las tallas de los tronos hexagonales, comenzó a darse cuenta de lo que había sentido por algunos momentos: que estaba en presencia de quienes no eran del todo hombres. Carter se preguntó cómo habían asumido la forma de hombres, pero estaba más allá del terror ahora. Una resolución desesperada lo enardeció.

—Si no hubiera aspirado a esta búsqueda —dijo, mientras sus pies se hundían en los granos de arena azul, metálica, del piso de la bóveda—, mi cuerpo habría vivido años después de que mi alma pereciera. Por tanto, es bueno afrontar esta aventura, ¿para qué un hombre salva su alma si se pudre miserablemente en las cadenas clavadas por sacerdotes y médicos? Es mejor que un alma se pierda en esta gran empresa, solo para poder decir al final que nadie se perdió nunca antes de esta manera.

Vio que los que estaban sentados tenían barbas largas, recortadas y rizadas de una manera que no era del todo desconocida; y las altas mitras grises que llevaban sugerían extrañamente las figuras que un escultor olvidado había cincelado en los eternos acantilados de esa alta montaña de Tartaria. Recordó a quién servían y el precio de su servicio; sin embargo, Carter todavía estaba contento, porque en esta gran aventura lo aprendería todo. Y condenación no es más que una palabra difundida por aquellos cuya ceguera les lleva a condenar a quien ve claramente incluso con un ojo.

Cada uno tenía en la mano un cetro cuya cabeza tallada representaba un misterio arcaico, pero incluso entonces, Carter se alegraba de haber avanzado, aunque sabía más allá de toda duda quiénes eran y de dónde venían.

Carter se asombró de la colosal presunción de aquellos que balbucean sobre los malignos Antiguos; como si ELLOS pudieran hacer una pausa en sus sueños eternos para causar ira sobre la humanidad. Mientras miraba sus rostros, parecía que un dinosaurio también perseguiría con frenética venganza a un gusano angular.

Lo estaban saludando con un gesto de esos cetros extrañamente tallados. Luego alzaron la voz, hablando al unísono.

—Te saludamos, Más Antiguo, y a ti, Randolph Carter, porque tu temeridad te ha convertido en uno de nosotros.

Carter percibió que un trono prismático había sido reservado para él, y el Más Antiguo le hizo un gesto que indicaba que debía sentarse. Las brillantes arenas de un azul metálico crujieron bajo sus pies mientras caminaba hacia su trono. Y luego vio al Más Antiguo sentado en una eminencia similar, pero más elevada, en el centro de la media luna de los Antiguos.

'Umr at-Tawil se inclinó hacia delante y arrancó de su trono una cadena de metal iridiscente cuyo último eslabón estaba sujeto a un globo rodeado por una banda de plata. Extendió el brazo y sostuvo el dispositivo para que los otros lo miraran. Luego comenzó a cantar en esa lengua oscura y sonora en la que se había dirigido a Carter.

El canto estaba dirigido a los Antiguos en los tronos de obsidiana, en lugar de a Carter. Vio sus ojos brillar con una fosforescencia terrible, sobrenatural, espléndida, mientras contemplaban el globo que ardía, flameaba y latía al final de la cadena. Se balanceaban con la cadencia del canto; y uno a uno, levantaron la voz hasta que hubo una armonía que surgió y retumbó a través de la bóveda como el redoble de los tambores y el estruendo de las trompetas. Halos de llamas verdosas jugaban sobre sus cabezas mientras asentían al ritmo del canto del Maestro, y rayos de luz salpicaban sus facciones.

Y luego, uno por uno, reanudaron su silencio, hasta que finalmente solo se escuchó la voz del Maestro. Carter percibió que los Antiguos estaban dormidos; y se preguntó qué estarían soñando en ese letargo del que los habían despertado para liberarlo. Entonces, por primera vez, Carter comenzó a comprender el sentido y las palabras que el Maestro estaba pronunciando a sus Compañeros.

Sabía que el Más Antiguo las había cantado en ese sueño desde cuya profundidad estaban contemplando inmensidades insondables. Sabía cómo iban a lograr lo que su presencia les había exigido. El Más Antiguo cantaba a sus oídos una imagen de lo que deseaba que imaginaran; y Carter sabía que cuando cada uno de los Antiguos imaginara el pensamiento que estaba prescribiendo 'Umr at-Tawil, habría una manifestación visible a sus ojos. Cuando hubieran alcanzado la unidad, el impacto de su concentración materializaría lo que él requería.

Carter había visto, en Indostán, cómo una concentración de pensamiento puede convertirse en una entidad con presencia tangible y existencia material, tomando sustancia de la voluntad proyectada de un círculo de adeptos. Y estos Antiguos estaban proyectando un vórtice por su voluntad.

La Llave de Plata estaba en su mano. Pero la pared en blanco a la que se enfrentaba seguía siendo de una firmeza inflexible. No quedaba ni rastro del ojo de la cerradura. Apenas se veía la línea que marcaba el encuentro de la puerta con su jamba.

El Más Antiguo había dejado de cantar. Por primera vez, Carter se dio cuenta de lo terrible que podía ser el silencio. El silencio anterior de la gruta había sido animado por el pulso de la tierra, esa vibración de tono bajo que, aunque inaudible, impide sin embargo una sensación de silencio absoluto. Pero ahora la propia respiración de Carter ya no era perceptible. El silencio del abismo flotaba como una presencia en la bóveda. Los ojos del Más Antiguo estaban ahora fijos en el globo que sostenía, y alrededor de su cabeza también brillaba un nimbo de fuego, verdoso, salpicado de destellos de azufre.

Un mareo se apoderó de Carter, un torbellino, una total falta de orientación como nunca había conocido en las tinieblas más impenetrables. Podía ver a los Antiguos a cada lado de su trono de obsidiana, pero había una sensación aterradora de aislamiento. Luego se sintió flotando a través de inconmensurables profundidades. Olas de calor perfumado lamieron su rostro como si nadara en un tórrido mar teñido de rosas. Parecía un mar de vinos cuyas olas rompían espumando contra orillas de fuego descarado. Un gran miedo se apoderó de Carter cuando vio esa vasta extensión de mar embravecido rompiendo contra la costa lejana.

—El hombre de la verdad está más allá del Bien y del Mal —entonó una gran voz que llenó la bóveda—. El hombre de la verdad ha aprendido que la ilusión es la única realidad y que la sustancia es un impostor.

El contorno de la puerta ahora era muy claramente visible. Carter finalmente se dio cuenta de que la Llave era un símbolo que permitía abrir cualquier cerradura; porque ese mar borracho de rosas que lamía sus mejillas era la masa adamantina de la pared de granito cediendo ante el vórtice de pensamientos que los Antiguos habían dirigido contra él.

Su avance a través de esa prodigiosa masa de granito eterno fue una caída por los inconmensurables abismos entre las estrellas. Desde una gran distancia, escuchó las oleadas triunfantes y divinas de dulzura mortal. Luego, cuando esa tremenda fanfarria se apagó, escuchó el susurro de alas y extraños chirridos y murmullos. Miró por encima del hombro, vio lo que clamaba en la puerta; y se alegró de que su granito no tuviera cerradura y de que solo él tuviera la llave.

La mente desconcertada de Carter, mientras se recuperaba del horror momentáneo de aquellos que clamaban en vano a la puerta que no podían abrir, recibió una conmoción más asombrosa. De repente se dio cuenta de que en un tiempo había sido muchas personas.

El cuerpo y la mente de Randolph Carter, de Arkham, seguían asentados sobre ese bloque hexagonal de obsidiana con sus terribles esculturas que la mente de un hombre habría calificado de grotescamente obsceno. Y esto que él consideraba su ego, esa entidad a la que tanto le había complacido dejar atrás a los que clamaban en la puerta, aún no era suyo. Incluso como lo que estaba entronizado entre los Antiguos no lo era.

Randolph Carter sintió ahora un horror supremo como no se había insinuado ni siquiera en el apogeo de esa terrible noche en la que dos se habían aventurado a entrar en una tumba y solo uno había emergido. Ninguna muerte, ninguna condenación, ninguna angustia puede despertar la inmensa desesperación ante la pérdida de identidad. Fusionarse con la nada es un olvido pacífico; sino existir, ser consciente de la existencia y, sin embargo, saber que uno ya no retiene una identidad que servirá como distinción de cualquier otra entidad; saber que uno ya no tiene un yo.

Sabía que había existido un Randolph Carter de Arkham; pero en su terrible confusión, no sabía si había sido ese o algún otro Carter. En su terror, tuvo la salvaje e indignante sensación de ser al mismo tiempo una multiplicidad de Carters. Su yo había sido aniquilado y, sin embargo, él —si es que, en vista de esa absoluta nulidad de la existencia individual, podía haber algo como él— era consciente de ser, de alguna manera inconcebible, una legión. Era como si su cuerpo se hubiera transformado repentinamente en una de esas efigies de muchos miembros y cabezas esculpidas en los templos indios.

Entonces, el terror devastador se volvió insignificante ante lo que enfrentaba y rodeaba la integración de la personalidad de la que Randolph Carter de Arkham se había convertido en infinitesimal. Era a la vez un SER, una fuerza, una plenitud ilimitada del espacio y una presencia personal; tampoco hubo ninguna incongruencia en esa combinación de conceptos hasta ahora no relacionados. Ante esa espantosa maravilla, el cuasi-Carter olvidó el horror de la individualidad destruida. La presencia espacial se dirigía al elemento de esa suma de Carters. Emanaba olas prodigiosas que golpeaban, quemaban y atronaban con una concentración de energía que atacaba a Carter con una violencia insoportable. Era como si soles, mundos y universos hubieran convergido en un punto cuya misma posición en el espacio habían conspirado para aniquilar con un impacto de furia irresistible.

—Randolph Carter —dijo ESO—, mis manifestaciones, los Antiguos, te han enviado como alguien que reinaría en el trono de ópalo de Ilek-Vad, cuyas fabulosas torres e innumerables cúpulas se elevan poderosamente hacia una única estrella roja y espeluznante que brilla en ese firmamento extraño cuya bóveda alberga el reino de la Ilusión. Pero será de otra manera. El misterio último está a punto de ser develado, en lugar de cualquier trono que no sea más que la transfiguración de una fantasía terrenal y el refugio de quien no se complace con lo que considera realidad. Sin embargo, antes de contemplar el último y el primero de los secretos, puedes, como antes, ejercer tu libre elección y regresar al otro lado de la Frontera sin que te quiten el último velo de los ojos.

Luego, las oleadas de energía supercósmica disminuyeron. Hubo una negación de vibración que dejó a Carter en una terrible quietud y soledad. Estaba en una inmensidad ilimitada y en un vacío. Y después de un momento, Carter se dirigió al vacío:

—Acepto y no me retiraré.

Entonces la Presencia Espacial regresó y Carter entendió lo que decía.

—Tú, Randolph Carter, has atravesado los abismos más profundos de horror, y has sondeado el abismo más profundo del espacio. Por lo tanto, te iluminaremos.

»Has venido de un mundo en el que cada entidad tiene un yo, una individualidad, una personalidad; y donde todo está limitado por tres direcciones, arriba-abajo, adelante-atrás, derecha-izquierda. Algunos de sus eruditos han insinuado vagamente que puede haber otras direcciones que las que reconocen sus sentidos. Pero nadie ha traspasado los velos y ha visto lo que tú has visto.

»En tu cosmos tridimensional de largo, ancho y grosor, has creado dioses con furia tridimensional, odio, venganza, vanidad y ansias de adulación. Tus deidades se han degradado a sí mismas ansiando sacrificios y forzando la creencia de aquello que es repugnante para la parte de ti que ha conservado su contacto con el reino en el que solo tú has penetrado. La adoración principal en su mundo de tres direcciones es la de una trinidad cuyos antropófagos antojos son saciados por su comida simbólica del cuerpo de un dios que también era un hombre.

»Sois una raza de idólatras que han hecho de Dios a su propia imagen. Has negado tu herencia.

Por un momento, Carter se asombró de las implicaciones de lo que había oído; y luego percibió lo que hasta entonces, en su terror y asombro, no había notado: que se encontraba en un espacio de dimensiones más allá de las concebibles para los sentidos humanos. Ahora vio en las inquietantes sombras de lo que había sido primero un vórtice de poder, y luego un vacío ilimitado, un barrido de la creación que lo aturdió. Desde su posición ventajosa, contempló formas prodigiosas cuyas dimensiones trascendían las tres que limitaban esa forma lejana que él sabía que todavía estaba sentada inmóvil sobre un prisma hexagonal de basalto. Sin embargo, aunque lejos, también tenía su contraparte en este superespacio cuyas desalentadoras direcciones lo desconcertaron. Entonces la voz se elevó y lo ayudó a buscar a tientas esa iluminación que se filtraba en su ser y lo reconciliaba con la personalidad multitudinaria de la que era un elemento infinitesimal.

—En tu mundo tienes una forma espacial que es un cuadrado. Y sus geómetras han explicado que esta forma no es más que el resultado de cortar un cubo con un plano. Y eso que ustedes llaman círculo no es más que el resultado de pasar un plano a través de una esfera. De modo que cada figura plana de largo y ancho que conoces no es más que la proyección de una forma tridimensional.

»Sin embargo, así como un círculo es una sección de una esfera, así también una esfera es una sección de una forma superior de la cual tus sentidos no pueden tener visión. Y así tu mundo con sus hombres y dioses tridimensionales no es sino la sección transversal de este superespacio. Una proyección, y una sombra, nada más, de la Realidad. Y esta sombra que tienes, salvo tú mismo, consideró la realidad y la sustancia a la que has llamado ilusión.

»Perversamente, en tu mundo has afirmado que el Tiempo es fugaz. Consideras que el tiempo posee movimiento y es la causa del cambio. Pero eso es equivocado: el tiempo es inmóvil y literalmente sin principio ni fin. Más verdaderamente, el tiempo es una ilusión, y no existe, en el sentido de que existe un así llamado vuelo del tiempo que produce la fantasía y los engaños que nombras futuro, pasado y presente. ¡No hay futuro ni pasado ni presente!

Esas últimas palabras fueron dichas con una solemnidad que dejó a Carter sin capacidad para dudar. Creía, pero no podía, ni siquiera en la multitud de sus personalidades, concebir lo que se le había presentado.

—Entonces, si no es el Tiempo, dado que no hay Tiempo, ¿qué es lo que causa el cambio? —preguntó finalmente, desconcertado por la paradoja.

—No hay cambio. Todo lo que fue y todo lo que será tiene una existencia simultánea. El cambio es una ilusión que ha engendrado otra ilusión. No habría tiempo en tu mundo si no fuera por eso que llamas cambio.

Cuando la voz se detuvo, Carter reflexionó y vio que podía aceptar esa última declaración. Obviamente, si nada cambiara, entonces no habría sentido terrenal del tiempo. El tiempo estaba marcado en su vuelo por el curso de las estrellas, por el movimiento de las manecillas de un reloj; y si ni esto ni ninguna otra cosa cambia, seguramente no habría tiempo.

—¡Pero sí cambian! —protestó—. Y por lo tanto debe haber tiempo. Mi cabello es gris y mi piel está arrugada, he cambiado. Y mi alma está cansada de recordar lo que fue una vez, pero ya no es. Estoy devorado por el dolor que vino de las amistades que murieron, y me regocijo, a veces, por el recuerdo de aquellos cuya presencia espiritual ha sobrevivido al cambio en sus cuerpos. ¡Hay un cambio, y me ha marcado a mí ya todos los hombres! Entonces, ¿todo eso es ilusión? —preguntó Carter, mientras una tremenda desesperación lo corroía.

—No hay cambio —pronunció la voz con una solemne majestad. —Mire usted, Carter, y vea que su universo no es más que la proyección de un cosmos de dimensiones superiores. Y considere, en sus propios términos limitados, la forma que llama cono. Tus geómetras lo cortaron con un plano. La sección es un círculo. Lo cortan con un plano que pasa en un ángulo diferente, y la sección es una elipse. Y nuevamente, es una parábola cuyas ramas se extienden hasta los límites más extremos de su espacio. Y, sin embargo, es el mismo cono y no ha habido ningún cambio. Lo has cortado en un ángulo diferente. No tienes al final ni más ni menos que al principio; y así las elipses, las parábolas y las hipérbolas son ilusiones que llamas cambio, olvidando que su forma madre es una figura espacial inalterable.

»Tu mundo no es más que una sección del superespacio —repitió la Presencia Espacial, mientras la iluminación se hundía en Carter—. Y el tiempo y el cambio no son más que las ilusiones causadas en esa existencia fantasma tuya, debido al ángulo cambiante del plano que corta el mundo de la realidad.

—¡Entonces hay un cambio! —gritó Carter triunfalmente, al ver que por fin había forzado a la Presencia Espacial a una contradicción—. ¡El ángulo de corte cambia!

Luego, ante la sonrisa divina e indulgente de la Presencia, Carter se sintió muy pequeño e infantil, y su triunfo aún más tonto, al escuchar la respuesta.

—Si todavía debes dividir los pelos a la manera humana, Randolph Carter —dijo la voz—, te concederemos tu punto y no te recordaremos que ese ángulo y ese plano son de este mundo y no del tuyo. ¡Y es extraño —continuó la voz—, que un miembro de una raza lo suficientemente crédula como para creer que un Dios ordenó la matanza de su otro yo, como una lección objetiva de gentileza, pudiera objetar un ángulo!

El monstruoso espacio multidimensional se estremeció con una risa como la que Carter había atribuido en sus imaginaciones terrenales al júbilo de los dioses jóvenes mientras retozaban infantilmente, descartando mundos de los que se habían cansado. Sin embargo, había una nota inquietante de solemnidad detrás de ese regocijo que hacía que la broma fuera más antigua que el tiempo mismo, y mordaz con una tristeza teñida de... pesar, Carter finalmente se dio cuenta. Lamentó su monumental estupidez.

Entonces Carter comenzó a percibir, vaga y aterradoramente, el trasfondo del enigma de esa pérdida de individualidad que al principio lo había sacudido. Su intuición integró los fragmentos de verdad que la Presencia Espacial había vertido sobre él. Y, sin embargo, no pudo ver el resumen.

—Hubo una vez un yo —dijo finalmente—, e incluso eso ha sido destruido por esta negación del tiempo y el cambio. Y si no hay pasado ni futuro, entonces, ¿qué pasa con todos esos Carters antes que yo, todos los cuales siento que soy, y sin embargo no soy…

Cuando propuso la pregunta, su voz se convirtió en una tenue nada; porque aún no podía expresar lo que lo asombraba y lo desconcertaba. No se atrevía a enfrentarse a la certeza, como le parecía ahora, de que nunca hubo un Carter que luchara ante los muros de Ascalón, un Carter aficionado a la magia negra en los días de la reina Isabel, un Carter desvanecido cerca de la guarida de las serpientes, y uno cuyos estudios prohibidos lo hubieran llevado peligrosamente cerca del cadalso. Éstos habían sido su herencia y el baluarte de su ego; e incluso ellos habían sido destruidos por esta Presencia despiadada que no había perdonado ni a Dios, ni al Tiempo, ni al Cambio.

—Todos esos Carter —respondió la voz a su pregunta—, son un Carter en este dominio ultraespacial; y este Carter multivariante es eterno como nosotros lo somos. Y aquellos que consideraste antepasados no son más que secciones transversales en tres espacios direccionales de ese de nuestros Compañeros que son todos Carters en uno. Usted es sólo una proyección. Un plano de sección diferente, por así decirlo, es responsable de su manifestación, la causa de ese antepasado que desapareció de manera tan extraña. Escuche de nuevo, Randolph Carter de Arkham: usted que ha estado tan terriblemente desconcertado por la destrucción de su ego, no es más que una de las secciones, así como cualquier elipse es una de las infinidad de secciones de un cono.

Carter reflexionó en el poderoso silencio que siguió a esa declaración; y poco a poco, sus implicaciones se hicieron explícitas. Y sabía que si lo hubiera entendido bien, en su mismo cuerpo podría hacer lo que antes había hecho, pero en sueños.

Intentó poner a prueba su comprensión poniéndola en palabras.

Entonces, si mi plano de sección se desplaza en su ángulo, ¿puedo convertirme en cualquiera de esos Carter que han existido? ¿Ese Carter, por ejemplo, que estuvo preso once años en la fortaleza de Alamut, en el mar Caspio, en manos de aquel que afirmaba falsamente ser el Guardián de las Llaves? ¿Ese Geoffrey Carter, que por fin escapó de su celda y con sus propias manos estranguló a ese falso maestro y le quitó la llave de plata que aún ahora tengo en mis manos?

—Ese, o cualquier otro Carter —pronunció la Presencia—. Eres todos ellos, pero eso ya lo sabes. Y si esa es tu elección, la tendrás, aquí y ahora...

Luego vino un zumbido y un tamborileo que se convirtió en un tremendo trueno. Una vez más, Carter se sintió como el punto focal de una intensa concentración de energía que golpeaba, martillaba y quemaba insoportablemente, hasta que no pudo decir si era un calor increíblemente intenso o el frío que todo congelaba del abismo. Bandas y rayos de color completamente ajenos a cualquier espectro de este mundo jugaban, tejían y se entrelazaban ante él; y estaba consciente de una espantosa velocidad de movimiento…

Vio fugazmente a alguien que estaba sentado solo en un trono hexagonal de basalto.

Entonces se dio cuenta de que estaba sentado entre las ruinas derruidas de una fortaleza que una vez había coronado esta montaña que dominaba el extremo más meridional del sombrío mar Caspio.

Geoffrey Carter, extrañamente, conservaba algunos recuerdos vestigiales de ese Randolph Carter que aparecería unos 550 años después. Y no era del todo indignante para él, la idea de recordar a alguien que no existiría hasta cinco siglos después de que el señor Timur despedazara el castillo de Alamut, piedra por piedra, y matara a espada a cada una de sus guarniciones de forajidos.

Carter sonrió levemente ante la falibilidad humana. Ahora sabía por qué ese castillo de Alamut estaba en ruinas. Se dio cuenta, demasiado tarde, del error que Randolph Carter había cometido, ¿o que cometería?; al haber exigido un cambio del plano de Carter sin un desplazamiento correspondiente del plano terrestre, de modo que Geoffrey-Randolph Carter pudiera hacer lo que una vez no había logrado: viajar en el tren de ese inquietante y sombrío Timur, que había destruido terriblemente a Alamut y lo había liberado.

Geoffrey Carter recordaba lo suficiente de Randolph Carter como para que su posición anómala no fuera del todo insoportable. Tenía todos los recuerdos que Randolph Carter iba a tener dentro de cinco siglos; y lo más extravagante de la paradoja era que él, Geoffrey Carter, estaba vivo, en un mundo quinientos años más antiguo de lo que debería ser. Se sentó sobre un enorme bloque de mampostería y reflexionó. Por fin se levantó y salió a pie con las manos vacías.



—Esto —dijo uno de las reuniones en cierta casa en Nueva Orleans—, es plausible hasta cierto punto, a pesar de la confusión terriblemente incomprensible del tiempo, el espacio y la personalidad, y la reducción blasfema de Dios a una fórmula matemática, y el tiempo a una expresión fantasiosa, y el cambio a un engaño, y toda la realidad a la nada de un plano geométrico totalmente falto de sustancia. Pero aún no resuelve el asunto de la herencia de Randolph Carter, que sus herederos claman por dividir.

El anciano que estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra de Bokhara murmuró y hurgó distraídamente en el lecho de carbón casi muerto que había brillado en el cuenco de los trípodes de hierro forjado.

Y luego habló:

—Randolph Carter logró adentrarse en el enigma del tiempo y el espacio, hasta cierto punto, pero su éxito habría sido mayor si se hubiera llevado no solo la llave de plata, sino también el pergamino. Porque si hubiera pronunciado sus frases, el plano terrestre se habría desplazado con el plano de Carter, y habría logrado el deseo inalcanzable del Geoffrey Carter en el que se convirtió, en lugar de regresar a la sección del mundo 550 años después.

Luego dijo otro:

—Todo es plausible, aunque fantástico. Sin embargo, a menos que Randolph Carter regrese de su trono hexagonal, su patrimonio debe dividirse entre sus herederos.

El anciano que estaba sentado con las piernas cruzadas miró hacia arriba; sus ojos brillaron y sonrió de manera extraña.

—Podría resolver la disputa muy fácilmente —dijo—, pero nadie me creería.

Hizo una pausa, se acarició la barbilla por un momento y luego continuó:

—Si bien soy Randolph Carter, el que regresó de las ruinas de Alamut, también soy Geoffrey Carter. Y así, aunque lo que me corresponde es la propiedad de dos Carter, mi porción, lamentablemente, no es ninguna de las dos.

Lo miramos fijamente, y luego el erudito cronista, que lo miró por más tiempo, dijo medio en voz alta, medio para sí mismo:

—Y pensé que un nuevo rey reinaba, en Ulthar, más allá del río Skai, en el trono de ópalo de Ilek-Vad.

E. Hoffmann Price (1898-1988)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de E. Hoffmann Price.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de E. Hoffmann Price: El Señor de la Ilusión (The Lord of Illusion), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«De Adán, para Lilith»: E. Hoffmann Price; poema y análisis


«De Adán, para Lilith»: E. Hoffmann Price; poema y análisis.




De Adán, para Lilith (Adam, to Lilith) es un poema mitológico del escritor norteamericano E. Hoffmann Price (1898-1988), publicado en la edición de enero de 1926 de la revista Weird Tales, y desde entonces prácticamente olvidado por las grandes antologías del género.

De Adán, para Lilith, posiblemente uno de los poemas de E. Hoffmann Price más conocidos, regresa sobre el mito bíblico de Lilith, la primera esposa de Adán, anterior a Eva, quien fue condenada a la noche eterna por desobedecer a Dios y negarse a mostrarse sumisa ante su esposo.

En este contexto, De Adán, para Lilith, nos muestra a un Adán melancólico, ya establecido con Eva en una relación afectuosa pero ausente de pasión, quien extraña a su primer amor, Lilith, y los momentos que compartieron juntos. Podemos pensar que se trata de un poema acerca de esa mezcla de tristeza y de distancia que sobrevienen cuando recordamos algún gran amor del pasado.




De Adán, para Lilith.
Adam, to Lilith, E. Hoffmann Price (1898-1888)

Y ahora, en estos días sin incidentes
donde la vida asume el lustre de una sombría quietud,
y el pálido tono leproso de la virtud
me fatiga, me cansa, pienso en ti,
quien me atrajo a su sedoso lupanar,
perfumado con almizcle y el morado nenúfar,
la caverna de un demonio en una isla oriental,
una oscuridad iluminada por tu sonrisa de jacinto.
Lilith, las telas de la medianoche de tu cabello
a través de mi camino errante han tendido una trampa,
un laberinto de sutiles brujerías
que irresistiblemente me atan.


And now, in these my uneventful days
When life assumes a dreary, sallow glaze,
And pallid virtue's leprous hue
Sickens and wearies me, I think of you
Who lured me to your silken lupanar,
Perfumed with musk and purple nenuphar,
An afreet's cavern on an eastern isle,
A darkness lumined by your hyacinthine smile.
Lilith, the twining midnight of your hair
Across my wandering path has laid a snare,
A coilling maze of subtle witchery
That binds and traps me irresistibly


E. Hoffmann Price
(1898-1988)




Poemas góticos. I Poemas de E. Hoffmann Price.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del poema de E. Hoffmann Price: De Adán, para Lilith (Adam, to Lilith), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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