«La máscara»: Robert W. Chambers; relato y análisis


«La máscara»: Robert W. Chambers; relato y análisis.




La máscara (The Mask) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert W. Chambers (1865-1933), publicado en la antología de 1895: El rey amarillo (The King in Yellow).

La máscara, uno de los grandes cuentos de Robert W. Chambers, pertenece tanto al ciclo del Signo Amarillo (Yellow Sign) como a los Mitos de Cthulhu, de H.P. Lovecarft. Si bien es cierto que Robert W. Chambers no perteneció al Círculo de Lovecraft, algunas de sus espeluznantes e inconcebibles creaciones —Hastur, el lago de Hali, Alar, Aldebarán y las Híades— fueron integrada a los Mitos por el maestro de Providence.

El relato narra la historia del escultor Boris Yvain, quien ha descubierto un método para transformar casi cualquier material en mármol. El artista diseña una escultura muy particular de Los Hados, la misma que se menciona en el cuento: El reparador de reputaciones (The Repairer of Reputations), producto de sus investigaciones respecto de un libro prohibido: El rey amarillo (The King in Yellow), el cual le permite descubrir un misterioso líquido con propiedades tan asombrosas como inquietantes.




La máscara.
The Mask, Robert W. Chambers (1865-1933)


Camilla: Señor, deberíais quitaros la máscara.
Forastero: ¿De veras?
Cassilda: En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces, salvo vos.
Forastero: No llevo mascara.
Camilla (aterrada): ¿No lleva máscara? ¿No la lleva?
(Acto 1. Escena 2a.)


Aunque yo no sabía nada de química, escuchaba fascinado. El tomó un lirio de Pascua que Geneviève había traído esa mañana de Nôtre Dame y lo dejó caer en el cuenco. Instantáneamente el líquido perdió su cristalina claridad. Por un segundo el lirio se vio envuelto de una espuma blanco lechosa que desapareció dejando el fluido opalescente. Sobre la superficie jugaron cambiantes tintes anaranjados y carmesíes y luego, lo que pareció un rayo de pura luz solar surgió desde el fondo donde se encontraba el lirio. En el mismo instante sumergió la mano en el cuenco y extrajo la flor.

—No hay peligro —explicó— si se escoge el instante preciso. Ese rayo dorado es la señal.

Me tendió el lirio y yo lo tomé en mi mano. Se había convertido en piedra, en el más puro mármol.

—Ya lo ves —me dijo—, ni la menor mácula. ¿Qué escultor podría reproducirlo?

El mármol era blanco como la nieve, pero en sus profundidades las vetas del lirio se teñían del más leve azul celeste y un ligero arrebol se demoraba en lo profundo de su corazón.

—No me preguntes la razón —dijo sonriente al advertir mi asombro—, no tengo idea de por qué se colorean las vetas y el corazón, pero siempre sucede así. Ayer hice la prueba con el pez dorado de Geneviève: helo aquí.

El pez parecía esculpido en mármol. Pero si se lo sostenía a la luz, la piedra estaba hermosamente veteada de un pálido azul, y desde cierto sitio interior surgía una luz rosada como la que dormita en el ópalo. Miré el cuenco. Una vez más parecía lleno del más puro cristal.

—¿Si lo tocara ahora? —pregunté.

—No lo sé —replicó—, pero es mejor que no hagas la prueba.

—Hay una cosa por la que siento curiosidad —dije—: ¿de dónde proviene el rayo de sol?

—Parece un verdadero rayo de sol —dijo—. No lo sé, siempre aparece cuando sumerjo un ser viviente. Quizá —continuó sonriente—, quiza sea la chispa vital de la criatura que escapa de la fuente de donde vino.

Vi que se burlaba y lo amenacé con un tiento, pero él se limitó a reír y cambió de tema.

—Quédate a comer. Geneviève llegará en seguida.

—La vi dirigirse a misa temprano por la mañana —dije— y lucía tan fresca y tan dulce como ese lirio... antes que lo destruyeras.

—¿Crees que lo he destruido? —preguntó Boris con gravedad.

—Destruido, preservado. ¿Quién puede decirlo?

Estábamos sentados en un rincón del estudio cerca de Los Hados, su grupo sin acabar. Se apoyó en el respaldo del sofá dando vueltas en las manos a su sinsel y mirando con fijeza su obra.

—Entre paréntesis —dijo—. He dado fin a esa vieja pieza académica Ariadna y supongo que tendré que presentarla en el Salón. Es todo lo que tengo listo este año, pero después del buen éxito que tuve con la Madonna, me da vergüenza mandar algo semejante.

La Madonna, un exquisito mármol para el que había posado Geneviève, había sido la sensación del Salón del año pasado. Miré la Ariadna. Era una magnífica pieza desde el punto de vista técnico, pero estuve de acuerdo con Boris en que el mundo esperaría de él algo mejor. Sin embargo, era imposible terminar a tiempo para el Salón ese espléndido y terrible grupo, a medias amortajado en el mármol detrás de mi. Los Hados tendrían que esperar. Estábamos orgullosos de Boris Yvain. Le exigíamos y él nos exigía a nosotros por el hecho de haber nacido.en América, aunque su padre era francés y su madre rusa. Todos en las Beaux Arts lo llamábamos Boris. Y, sin embargo, él sólo a dos de nosotros se dirigía de esa manera familiar: a Jack Scott y a mí.

Quizás el hecho de que estuviera yo enamorado de Geneviève tuviera algo que ver con el afecto que me profesaba. No que lo hubiéramos nunca reconocido entre nosotros. Pero después que todo se hubo arreglado y ella me dijo con lágrimas en los ojos que era a Boris a quien amaba, fui a su casa y lo felicité. La perfecta cordialidad de esa entrevista no nos engañó a ninguno de los dos, siempre lo he creído, aunque para una al menos, fue un gran consuelo. No creo que él y Geneviève hablaran nunca del asunto, pero Boris lo sabía.

Geneviève era adorable. La pureza de Madona de su cara podría haberse inspirado en el Sanctus de la Misa de Gounod. Pero me alegraba siempre que abandonara ese estado de ánimo por el que la llamábamos Maniobras de Abril. Era a menudo tan variable como un día de abril. En la mañana grave, digna y dulce; al mediodía riente y caprichosa; al atardecer, lo que menos uno esperara. La prefería así a la tranquilidad de Madonna que estremecía las profundidades de mi corazón. Estaba soñando con Geneviève cuando él volvió a hablar.

—¿Qué piensas de mi descubrimiento, Alec?

—Creo que es una maravilla.

—No haré uso alguno de él, lo sabes, salvo satisfacer mi curiosidad en la medida de lo posible, y el secreto morirá conmigo.

—Sería un golpe para la escultura ¿no lo crees? Para nosotros los pintores la fotografía es más pérdida que ganancia.

Boris asintió con la cabeza mientras jugaba con el borde del sinsel.

—Este nuevo descubrimiento maligno corrompería el mundo del arte. No, jamás confiaré el secreto a nadie —dijo lentamente.

Sería difícil encontrar a alguien menos informado acerca de tales fenómenos que yo; pero por supuesto, había oído hablar de fuentes minerales tan saturadas de sílice que las hojas y las ramillas que caían en ellas se convertían en piedra al cabo de un tiempo. Comprendía el proceso de manera oscura: el sílice reemplaza al tejido vegetal átomo por átomo, y el resultado era un duplicado del objeto en piedra. Esto, lo confieso, nunca me había interesado demasiado, y en cuanto a los fósiles antiguos producidos de esta manera, me disgustaban. Boris, según parecía, sintiendo curiosidad en lugar de repugnancia, había investigado el tema e indidentalmente había tropezado con una solución que atacaba al objeto sumergido con ferocidad inaudita, en un segundo cumplía la obra de años. Esto fue todo lo que pude comprender de la extraña historia que acababa de contarme. Volvió a hablar al cabo de un largo silencio.

—Casi me da miedo cuando pienso en lo que he descubierto. Los científicos enloquecerían si se enteraran. Por lo demás, fue tan simple; se descubrió por sí mismo. Cuando pienso en esa fórmula y el nuevo elemento precipitado en escamas metálicas...

—¿Qué nuevo elemento?

—Oh, no he pensado en darle un nombre, y no creo que nunca se lo dé. Ya hay suficientes metales preciosos en el mundo con los que cortar cuellos.

—¿Has producido oro, Boris?

—No, algo mejor —dijo riéndose y poniéndose en pie—. Tú y yo tenemos todo lo que necesitamos en este mundo. ¡Ah, qué siniestro y codicioso es ya tu aspecto!

También yo reí, y le dije que me devoraba el deseo del oro y era mejor hablar de otra cosa; de modo que cuando llegó Geneviève poco después le habíamos dado la espalda a la alquimia. Geneviève estaba vestida de gris plateado de la cabeza a los pies. La luz resplandeció a lo largo de las suaves ondulaciones de su cabello claro al volverle la mejilla a Boris; me vio y devolvió mi saludo. Nunca antes había olvidado de enviarme un beso con la puntas de sus blancos dedos, y yo prestamente me quejé de la omisión. Ella se sonrió y me tendió la mano que cayó casi antes de rozar la mía; luego dijo mirando a Boris:

—Debes invitar a Alec a que se quede a comer.

También esto era algo nuevo. Siempre antes lo había hecho ella misma.

—Ya lo hice —dijo Boris lacónico.

—Y tú aceptaste, espero —dijo ella.

Se volvió hacia mí con una encantadora sonrisa convencional. Podría haber estado dirigida a una amistad iniciada anteayer. Le hice una reverencia.

J'avais bien l'honneur, madame.

Pero ella, rehusándose a adoptar el tipo de chanza acostumbrado, murmuró un hospitalario lugar común y desapareció. Boris y.yo nos miramos.

—Quizá sería mejor que me marchara ¿no crees?

—¡Que me cuelguen si lo sé! —respondió él con franqueza.

Mientras discutíamos la conveniencia de mi partida, Geneviève reapareció en la puerta sin sombrero. Estaba maravillosamente hermosa, pero su color era demasiado profundo y sus bellos ojos brillaban en exceso. Vino directamente hacia mí y me tomó del brazo.

—La comida está pronta. ¿Me mostré malhumorada, Alec? Creí que tenía jaqueca, pero no la tengo. Ven aquí, Boris —y deslizó su otro brazo bajo el de él—. Alec sabe que después de ti no hay nadie a quien quiera tanto, de modo que si alguna vez se siente desdeñado no ha de ofenderse.

¡A la bonheur! —exclamé—. ¿Quién dice que no hay tormentas en abril?

—¿Estáis listos? —canturreó Boris.

—¡Sí que lo estamos!

Y tomados del brazo nos precipitamos corriendo al comedor con escándalo de los sirvientes. Después de todo, no se nos podía inculpar demasiado; Geneviève tenía dieciocho años, Boris ventitrés y yo no había cumplido todavía los veintiuno.

Cierto trabajo que hacía por entonces, destinado a la decoración del boudoir de Geneviève, era causa de que estuviera constantemente en el extraño petit hotel de la rue Sainte-Cécile. Boris y yo en esos días trabajábamos duro, pero cuando nos venía en gana, lo cual sucedía irregularmente, de modo que los tres, junto con Jack Scott, compartíamos el ocio. Una tranquila tarde estaba yo recorriendo solo la casa examinando curiosidades, examinando extraños rincones, encontrando confituras y cigarros en extravagantes escondrijos, y por fin me detuve en el cuarto de baño. Allí estaba Boris cubierto de arcilla lavándose las manos. El cuarto era de mármol rosado con excepción del suelo, tareceado de rosa y de gris.

En el centro había un estanque cuadrado por debajo del nivel del suelo; se descendía a él por algunos escalones y pilares esculpidos sostenían un cielo raso en el que había pintados frescos. En el extremo del cuarto, un delicioso Cupido de mármol parecía acabar de posarse en su pedestal. Todo el interior era obra de Boris y mía. Boris, en sus ropas de trabajo de lona blanca, se quitaba huellas de arcilla y cera roja de modelar de sus hermosas manos, y coqueteaba por sobre el hombro con el Cupido.

—Te veo —insistía—, no trates de mirar a otra parte y fingir que tú no me ves a mí. Bien sabes quién te hizo, pequeño hipócrita.

En estas conversaciones siempre me correspondía el papel de intérprete de los sentimientos del Cupido, y cuando me llegó el turno, respondí de manera tal que Boris me tomó del brazo y me arrastró hacia el estanque declarando que me echaría en él. Instantáneamente me soltó el brazo y empalideció.

—¡Dios mío! —dijo— ¡Había olvidado que el estanque está lleno de la solución!

Tuve un ligero estremecimiento y secamente le aconsejé recordar mejor donde almacenaba el precioso líquido.

—¡Por todos los cielos! ¿Cómo se te ocurre guardar precisamente aquí una laguna de esa sustancia horripilante? —le pregunté.

—Quiero experimentar con algo grande —replicó.

—¡Conmigo, por ejemplo!

—¡Ah, estuve muy cerca de hacerlo como para gastar bromas! Pero por cierto quiero observar la acción de esa solución en un cuerpo viviente más elaboradamente organizado; he allí ese gran conejo blanco —dijo siguiéndome al estudio.

Jack Scott, con una chaqueta manchada de pintura, entró errante en la estancia, se apoderó de todas las confituras orientales en las que pudo meter mano, saqueó la caja de cigarros y finalmente, junto con Boris, fueron a visitar la galería de Luxemburgo, donde un nuevo bronce de Rodin y un paisaje de Monet reclamaban la exclusiva atención de la Francia artística. Yo volví al estudio y reanudé mi trabajo. Era un biombo renacentista que Boris quería que pintara para el boudoir de Geneviève. Pero el niñito que de mala gana posaba para él, hoy rechazaba todo soborno que le ofrecía para que adoptara la actitud adecuada. No se quedaba un instante en la misma posición, y en el término de cinco minutos, tuve otros tantos esbozos del pequeño miserable.

—¿Estás posando o estás ejecutando un baile y una canción? —inquirí.

—Lo que plazca a monsieur —replicó con una sonrisa angelical.

Por supuesto, lo despedí por ese día y, por supuesto, le pagué por sesión entera, pues así es como corrompemos a nuestros modelos. Después que el diablillo se hubo marchado, dediqué al trabajo unas pocas pinceladas rutinarias, pero estaba de humor tan destemplado, que me llevó el resto de la tarde deshacer lo hecho, de modo que por fin raspé la paleta, metí los pinceles en un cuenco de aguarrás y me dirigí al cuarto de filmar. En realidad creo que, con excepción de los apartamentos de Geneviève, ningún cuarto de la casa estaba tan despojado de olor de tabaco como éste. Era un extraño caos de objetos diversos y tapices gastados. Junto a la ventana había una antigua espineta de dulces tonos en buen estado.

Había mostradores de armas, de armaduras indias y turcas sobre la repisa de la chimenea, dos o tres buenos cuadros y una colección de pipas. Aquí solíamos venir en busca de nuevas sensaciones al fumar. Dudo que haya existido nunca un tipo de pipa que no estuviera representado en esa colección. Cuando habíamos elegido una, íbamos con ella a otro sitio y la fumábamos; porque en conjunto el lugar era el más lóbrego y el menos acogedor de toda la casa. Pero esa tarde el crepúsculo era tranquilizante, las alfombras y las pieles sobre el suelo lucían pardas, suaves y somnolientas; el gran diván estaba cubierto de cojines y me tendí allí para fumar una desacostumbrada pipa en el cuarto de fumar. Había elegido una con largo cañón flexible y al encenderla me sumí en ensueños. Al cabo de un rato se apagó, pero no me moví. Seguí con mis ensueños y no tardé en quedarme dormido.

Me despertó la música más triste que hubiera escuchado nunca. El cuarto estaba totalmente a oscuras, no tenía idea de la hora. Un rayo de luna plateaba un ángulo de la vieja espineta, y la madera pulida parecía exhalar los sonidos como flota el perfume sobre una caja de madera de sándalo. Alguien se levantó en la oscuridad y se alejó llorando quedamente, y yo fui lo bastante necio como para exclamar:

—¡Geneviève!

Ella, al sonido de mi voz, se desvaneció, y yo tuve tiempo de maldecirme mientras encendía una luz y trataba de alzarla del suelo. Ella me rechazó con un murmullo de dolor. Estaba muy quieta y pidió ver a Boris. La llevé hasta el diván y fui en su busca, pero no se encontraba en la casa y los sirvientes habían ido a acostarse. Perplejo y ansioso, fui de nuevo al encuentro de Geneviève. Estaba donde la había dejado y lucía muy blanca.

—No encuentro a Boris ni a ninguno de los sirvientes —dije.

—Lo sé —respondió débilmente—. Boris ha ido a Ept con el señor Scott. No lo recordé cuando te envié en su busca.

—Pero en ese caso no puede estar de regreso antes de mañana por la tarde y... ¿te has hecho daño? ¿Te caíste por el susto que te di? Qué estúpido soy, pero estaba sólo despierto a medias.

—Boris creyó que te habías marchado antes de la cena. Perdóname, por favor, por dejarte estar aquí todo este tiempo.

—Dormí una larga siesta —dije riendo—, tan profunda que no sabía si soñaba todavía cuando vi una figura que avanzaba sobre mí y pronuncié tu nombre. ¿Has estado probando la vieja espineta? Debiste de haberla tocado muy despacio.

Había contado mil mentiras peores que aquélla por ver la mirada de alivio que percibí en su cara. Se sonrió de un modo adorable y dijo con su voz natural:

—Alec, tropecé en la cabeza de ese lobo y creo que me luxé el tobillo. Por favor, llama a Marie y luego vete a casa.

Hice lo que me pedía y la dejé allí cuando vino la doncella. Al día siguiente a mediodía, cuando fui de visita, encontré a Boris que andaba agitado por el estudio.

—Geneviève duerme ahora —me dijo—, la luxación no ha sido nada, pero ¿por qué le habrá subido tanto la fiebre? El doctor no puede explicarlo o quizá no quiera hacerlo —musitó.

—¿Geneviève tiene fiebre? —pregunté.

—Ya lo creo, y por momentos anoche tuvo mareos. Vaya la idea, la alegre pequeña Geneviève sin una sola preocupación... no deja de decir que tiene el corazón destrozado y que quiere morir.

Mi propio corazón se detuvo. Boris se apoyaba en la puerta del estudio con la mirada baja, las manos en los bolsillos, sus bondadosos ojos penetrantes anublados y una nueva línea de inquietud tendida sobre el bondadoso ángulo de la boca que trazaba la sonrisa. La doncella tenía órdenes de llamarlo en el instante mismo en que Geneviève abriera los ojos. Esperamos y esperamos, y Boris, inquieto, erraba manipulando cera de modelar y arcilla roja. De pronto se dirigió al cuarto vecino.

—Ven a ver mi baño color rosa lleno de muerte —exclamó.

—¿De muerte? —le pregunté para seguirle el humor.

—No pretenderás llamarla vida, supongo —respondió. Mientras hablaba tomó a un solitario pececillo dorado de la pecera que se retorcía y se agitaba—. Enviaremos a éste en pos del otro... dondequiera que esté.

Había una febril agitación en su voz. La fiebre me embotaba los miembros y el cerebro cuando lo seguí al hermoso estanque de cristal de lados rosados; y arrojó al animalito dentro. Al caer, sus escamas resplandecieron con un cálido brillo anaranjado en medio de sus coléricas contorsiones; en el momento de penetrar en el líquido, se puso rígido y se hundió pesadamente hasta el fondo. Luego se produjo la espuma lechosa, los espléndidos matices irradiaron a la superficie y luego el rayo de pura luz serena irrumpió desde lo que parecía una infinita profundidad. Boris sumergió la mano y extrajo un objeto de mármol exquisito de venas azuladas, rosado y con refulgentes gotas opalescentes.

—Un juego de niños —murmuró, y me miró fatigado, anhelante, como si yo pudiera dar respuesta a semejantes preguntas. Pero llegó Jack Scott y se unió al juego, como lo llamaba con vehemencia.

No había otro remedio que intentar el experimento con el conejo blanco allí mismo en ese preciso instante. Deseaba que Boris se distrajera de sus preocupaciones, pero no quería ver privado de vida a esa cálida criatura y me negué a estar presente. Tomando un libro al azar, me senté en el estudio a leer. Había tomado, ¡ay!, El Rey de Amarillo. Al cabo de unos instantes que parecieron siglos, lo dejé a un lado con un estremecimiento nervioso, cuando Boris y Jack entraron con el conejo de mármol. Boris desapareció como un rayo y en seguida gritó:

—Jack, ve corriendo en busca del doctor; tráelo contigo. Alec, ven aquí.

Fui a la habitación de Geneviève y aguardé a la puerta. Una doncella asustada salió de prisa y se alejó corriendo a buscar un remedio. La joven, sentada rígidamente con mejillas enrojecidas y ojos brillantes balbuceaba sin cesar y oponía resistencia a Boris, que con gentileza intentaba retenerla. Me llamó pidiéndome ayuda. A mi primer contacto, la joven suspiró, se dejó caer de espaldas cerrando los ojos y entonces -entonces- mientras estábamos todavía inclinados sobre ella, volvió a abrirlos, miró a Boris directamente a la cara, la pobre muchacha enloquecida por la fiebre, y confesó su secreto. En ese mismo instante, nuestras tres vidas siguieron nuevos senderos; el vínculo que nos había mantenido unidos durante tanto tiempo estalló para siempre y un nuevo vínculo se forjó en su lugar, porque había pronunciado mi nombre y como la fiebre la torturaba, su corazón dejó escapar el peso de su dolor oculto.

Atónito y confundido incliné la cabeza mientras el rostro me ardía como carbón encendido y la sangre me fluía a las orejas, dejándome estupefacto con su clamor. Incapaz de moverme, incapaz de hablar, escuché sus febriles palabras en medio de una agonía de vergüenza y dolor. No me era posible hacerla callar, no me era posible mirar a Boris. Entonces sentí un brazo sobre mi hombro y Boris volvió hacia mí una cara exangüe.

—No es tu culpa, Alec, no te apenes si te ama...

Pero no pudo terminar; el doctor entró de prisa a la habitación diciendo:

—¡Ah, la fiebre!

Yo tomé del brazo a Jack Scott y me lo llevé conmigo a la calle diciendo:

—Boris prefiere estar solo.

Cruzamos la calle para dirigirnos a nuestros apartamentos y esa noche, al ver que también yo enfermaría, Jack fue nuevamente en busca del doctor. Lo último que recuerdo haber oído con distinción fue a Jack que decía:

—¡Por Dios, doctor! ¿Qué puede tener para que se le haya puesto así la cara?

Y yo pensé en El Rey de Amarillo y en la Máscara Pálida.

Estuve muy enfermo, porque la tensión que padecí durante dos años desde la mañana de mayo en que Geneviève murmuró:

—Te amo, pero creo que amo más a Boris.

Nunca imaginé que podría superar mi capacidad de resistencia. Exteriormente tranquilo, me había engañado a mí mismo. Aunque la batalla interior se libraba furiosa noche tras noche y solo en mi cuarto me maldecía por concebir rebeldes pensamientos desleales para con Boris e indignos de Geneviève, la mañana siempre me traía alivio, y volvía a Geneviève y a mi querido Boris con el corazón lavado por las tempestades de la noche. Nunca de palabra, hecho o pensamiento había delatado mi dolor delante de ellos, ni siquiera a mí mismo. La máscara del autoengaño no era ya una máscara para mí, era una parte de mí mismo. La noche me la quitaba dejando al desnudo la verdad sofocada por debajo; pero no había nadie que la viera con excepción de mí mismo, y cuando rompía el día la máscara se me ajustaba nuevamente de manera espontánea.

Estos pensamientos me pasaban por la mente perturbada mientras yacía enfermo, pero se entremezclaban implacables con visiones de blancas criaturas, pesadas como la piedra, que se arrastraban por la tina de Boris: de la cabeza de lobo sobre la alfombra que con la boca espumante trataba de morder a Geneviève, que estaba tendida junto a ella sonriente. También pensaba en el Rey de Amarillo envuelto en los fantásticos colores de su capa harapienta y el amargo grito de Cassilda:

—¡No a nosotros, oh Rey, no a nosotros!

Febrilmente luchaba por apartarlo de mí, pero veía el lago de Hali, incoloro e inmóvil sin onda ni ráfaga que lo agitara, y veía las torres de Carcosa tras la luna. Aldebarán, las Hiadas, Alar, Hastur se deslizaban por entre las nubes desgarradas que ondulaban y flameaban como los harapos bordados del Rey de Amarillo. Entre todos estos, un pensamiento sano persistía. Jamás oscilaba, no importa qué fuera lo que acaecía en mi mente desordenada: que la razón fundamental de mi existencia era satisfacer algún requerimiento de Boris y Geneviève. Nunca estuvo claro en qué consistía esta obligación; a veces parecía protección, otras apoyo en medio de una gran crisis.

Lo que fuere, su peso recaía todo sobre mí, y nunca me sentí tan débil o enfermo que no estuviera dispuesto a responder con toda el alma. Siempre me rodeaba una multitud de rostros, extraños en su mayoría, aunque a algunos los reconocía, al de Boris entre ellos. Después me dijeron que no era posible que ocurriera, pero sé que una vez al menos se inclinó sobre mí. Fue sólo un contacto, un eco ligero de su voz, luego mis sentidos se anublaron nuevamente y lo perdí, pero él estaba allí, y se inclinó sobre mi una vez al menos.

Por fin, una mañana me desperté y la luz del sol iluminaba mi cama y Jack Scott estaba leyendo a mi lado. No tenía fuerzas suficientes como para hablar en alta voz, ni me era posible pensar y mucho menos recordar, pero sonreí débilmente cuando Jack me miró. Se puso en pie de un salto y me preguntó ansioso si necesitaba algo. Pude musitar:

—Sí, a Boris.

Jack se dirigió a la cabecera de mi cama y se inclinó para arreglar la almohada; no le vi la cara, pero me contestó cordial:

—Debes esperar, Alec, estás demasiado débil aun para ver a Boris.

Esperé y fortalecí; en unos pocos días fui capaz de ver a quien quería, pero entretanto había pensado y recordado. Desde el momento en que el pasado volvió a serme claro, ni por un instante dudé de lo que haría cuando el instante llegara, y me sentí plenamente seguro de que Boris habría adoptado las mismas medidas en lo que a él le concernía; en cuanto a lo que a mí solo me incumbía, sabía que vería las cosas como yo. Ya no pedí ver a nadie. Nunca pregunté por qué no me llegaban mensajes de ellos; todavía más, durante la semana que me estuve acostado esperando y fortaleciéndome no oí pronunciar su nombre una sola vez. Preocupado por mi propia búsqueda del camino correcto y mi débil pero decidida lucha contra la desesperación. sencillamente acepté la reticencia de Jack. teniendo por seguro que no se animaba a hablar de ellos por temor de que me volviera ingobernable e insistiera en verlos.

Entretanto me repetía una y otra vez cómo irían las cosas cuando la vida recomenzara para todos nosotros. Reemprenderíamos nuestras relaciones exactamente como habían sido antes que Geneviève cayera enferma. Boris y yo nos miraríamos a los ojos, y no habría rencor, ni cobardía, ni desconfianza en esa mirada. Estaría una corta temporada en la querida intimidad de su hogar y luego, sin explicación alguna, desaparecería para siempre de sus vidas. Boris sabría, Geneviève... el único consuelo era que no lo sabría nunca. Cuando lo volví a pensar, me pareció que había descubierto el significado de esa sensación de obligación que no me abandonó nunca durante mi delirio, y la única respuesta que le cabía. De modo que cuando estuve pronto, le hice señas a Jack de que se me acercara un día y le dije:

—Jack, quiero ver a Boris en seguida: y da mis cariñosos saludos a Geneviève.

Cuando por fin me hizo entender que los dos habían muerto, fue tan grande la cólera que se apoderó de mí, que mis escasas fuerzas de convalesciente quedaron reducidas a átomos. Rabié y me maldije hasta recaer en la enfermedad, de la que salí arrastrándome al cabo de una semana convertido en un muchacho de veintiún años convencido de que había perdido la juventud para siempre. Parecía haber perdido la capacidad de sufrir más todavía, y un día, cuando Jack me dio una carta y las llaves de la casa de Boris, las tomé tembloroso y le pedí que me lo contara todo. Era cruel de mi parte pedírselo, pero no era posible evitarlo, y él se inclinó fatigado sobre sus delgadas manos para reabrir la herida que nunca podría curar por completo. Empezó a hablar con plena calma.

—Alec, a no ser que tengas una clave de la que nada sé, no podrás explicar más que yo lo que ha sucedido. Sospecho que preferirías no escuchar estos detalles, pero debes saberlos, de otro modo te ahorraría el relato. Dios es testigo de que querría hacerlo. Utilizaré pocas palabras.

»Ese día en que te dejé al cuidado del doctor y volví a lo de Boris, lo encontré trabajando en los Hados. Geneviève, dijo, estaba dormida bajo el efecto de sedantes. Había estado por completo fuera de sí, me dijo. Siguió trabajando sin decir ya nada y yo me quedé observándolo. Antes que no mucho transcurriera, advertí que la tercera figura del grupo —la que mira directamente hacia adelante por sobre el mundo— tenía su cara; no como nunca se la viste, sino como lucía entonces y como lució hasta el final. Me gustaría encontrar una explicación para esto, pero no me será nunca posible.

»Bien, él trabajaba y yo lo observaba en silencio, y así seguimos casi hasta medianoche. Entonces oímos una puerta que se abría y se cerraba después de un golpe, y una rápida carrera en el cuarto vecino. Boris salió disparado por la puerta y yo fui tras él; pero llegamos demasiado tarde. Ella estaba en el fondo del estanque con las manos cruzadas sobre el pecho. Entonces Boris se disparó un tiro en el corazón.

Jack dejó de hablar, tenía gotas de sudor bajo los ojos y las delgadas mejillas le temblaban. Tras unos instantes continuó.

—Llevé a Boris a su habitación. Luego volví y quité el infernal fluido del estanque y, dejando correr el agua, lavé el mármol hasta la última gota. Cuando por fin me atreví a descender los peldaños, la encontré yacente allí, blanca como la nieve. Por último, cuando hube decidido cuál sería la mejor medida por adoptar, fui al laboratorio, y primero vertí la solución del cuenco en el tubo de evacuación; luego, tras ella, vertí el contenido de todas las botellas y todos los frascos. Había leña en el hogar, de modo que hice un fuego y rompiendo el cerrojo del gabinete de Boris, quemé todos sus papeles, las libretas de notas y las cartas que allí había. Con un mazo que hallé en el estudio, hice pedazos todas las botellas vacías y cargándolas en un cubo para carbón, las llevé al sótano y las arrojé al suelo calentado al rojo del horno.

»Seis veces repetí el viaje, y por fin ni el menor vestigio quedó de nada que pudiera servir de ayuda para reencontrar la fórmula que Boris había descubierto. Entonces, por fin, me atreví a llamar al doctor. Es un buen hombre y juntos luchamos por mantener el secreto ante el público. Sin su ayuda nunca yo lo habría logrado. Por último pagamos a los sirvientes y los enviamos al campo, donde el viejo Rosier los mantiene tranquilos. con el cuento de los viajes de Boris y Geneviève por tierras distantes, desde donde no retornarán en largos años. Dimos sepultura a Boris en el pequeño cementerio de Sèvres. El doctor es un buen hombre y sabe cuándo tener piedad de alguien a quien no le es posible soportar ya más. Dio su certificado de una enfermedad cardíaca y no me formuló preguntas.

Entonces, levantando la cabeza de las manos, dijo:

—Abre la carta, Alec; es para los dos.

Rompí el sobre. Era el testamento de Boris fechado un año antes. Dejaba todo a Geneviève, y en caso de que ella muriera sin tener hijos, yo debía hacerme cargo de la casa de la rue Sainte-Cécile, y Jack Scott, de la administración en Ept. Al morir nosotros, la propiedad debía volver a la familia de su madre en Rusia, con excepción de los mármoles esculpidos ejecutados por él. Estos me los dejaba a mí.

La página se anubló ante nuestros ojos y Jack se puso de pie y se dirigió hacia la ventana. En seguida volvió y se sentó nuevamente. Tenía miedo de oír lo que iba a decir, pero él habló con la misma sencillez y gentileza.

—Geneviève yace ante la Madonna en el cuarto de mármol. La Madonna se inclina tiernamente sobre ella, y Geneviève sonríe a su vez a esa cara serena que jamás habría existido de no haber sido por ella.

Se le quebró la voz, pero me tomó la mano diciendo:

—Coraje, Alec.

A la mañana siguiente partió a Ept para cumplir el cometido de su cargo.

Esa misma tarde tomé las llaves y me dirigí a la casa que tan bien conocía. Todo estaba en orden, pero el silencio era terrible. Aunque fui dos veces hasta la puerta del cuarto de mármol, no me decidí a entrar. Estaba más allá de mis fuerzas. Fui al cuarto de fumar y me senté frente a la espineta. Sobre el teclado había un pañuelito de encaje y me alejé ahogado por la congoja. Era evidente que no podía quedarme allí, de modo que cerré todas las puertas, todas las ventanas y los tres portales delanteros y traseros y partí. A la mañana siguiente Alcide preparó mi maleta y dejándolo a cargo de mis apartamentos, tomé el expreso Oriente en dirección de Constantinopla.

Durante los dos años que erré por el Oriente, en un principio nunca mencionábamos a Geneviève y a Boris en nuestras cartas, pero gradualmente sus nombres fueron apareciendo. Recuerdo en particular un pasaje de una de las cartas de Jack en respuesta a una de las mías.

—Lo que me dices de que viste a Boris inclinándose sobre ti y que te tocó la cara y que oíste su voz, por supuesto, me perturba. Lo que describes debió de haber sucedido una semana después de haber muerto. Me digo a mí mismo que estabas soñando, que eso formaba parte de tu delirio, pero la explicación no me satisface, ni tampoco te satisfaría a ti.

Hacia fines del segundo año me llegó una carta de Jack a la India tan distinta de nada que pudiera esperarse de él, que decidí volver a París sin demora. Escribía:

—Me encuentro bien y vendo mis cuadros como suelen hacerlo los artistas que no necesitan dinero. No tengo preocupaciones propias, pero me encuentro tan inquieto como si las tuviera. Me es imposible desembarazarme de cierta ansiedad por ti. No es aprensión, es más bien una expectativa extrema de Dios sabe qué. Por la noche siempre sueño contigo y con Boris. No recuerdo nunca nada después, pero me despierto a la mañana con el corazón palpitante y durante todo el día la excitación aumenta hasta que me quedo dormido a la noche para repetir la misma experiencia. Ello me tiene agitado, y me he decidido a terminar con tan mórbida situación. Debo verte. ¿Iré yo a Bombay o vendrás tú a París?

Le telegrafié diciéndole que me esperara en el próximo vapor.

Cuando nos encontramos, lo encontré muy poco cambiado; yo, insistía él, tenía aspecto de gozar una perfecta salud. Era bueno escuchar nuevamente su voz, y cuando nos sentamos y conversamos acerca de lo que la vida nos tenía aún reservado, sentimos que era hermoso estar vivos en el esplendor de la primavera. Nos quedamos en París una semana juntos, y luego fui con él por una semana a Ept, pero antes que nada visitamos el cementerio de Sévres donde yacía Boris.

—¿Pondremos los Hados en el bosquecillo sobre su cuerpo? —preguntó Jack.

—Creo que sólo la Madonna debería vigilar la tumba de Boris —le respondí.

Pero mi regreso en nada mejoró la situación de Jack. Los sueños de los que no podía retener ni el menor esbozo definido continuaron, y decía que en ocasiones la sensación de expectativa intensa le resultaba sofocante.

—Ya ves que te hago daño en lugar de bien —le dije—. Prueba un cambio de vida sin mí.

De modo que él inició un viaje entre las Islas del Canal y yo regresé a París. No había entrado en casa de Boris, ahora mía, desde mi retorno, pero sabía que tendría que hacerlo. Jack la había mantenido en orden; había sirvientes en ella, de modo que abandoné mi propio apartamento y fui a vivir allí. En lugar de la agitación que había temido, descubrí que podía pintar allí tranquilamente. Visité todos los cuartos... menos uno. No podía decidirme a entrar en el cuarto de mármol donde yacía Geneviève y, sin embargo, sentía día a día crecer el anhelo de verla la cara, de arrodillarme junto a ella.

Una tarde de abril estaba tendido soñando en el cuarto de fumar, como lo había estado dos años antes, y mecánicamente busqué la piel de lobo entre las atezadas alfombras orientales. Por fin distinguí las orejas puntiagudas y la cruel cabeza achatada, y recordé el sueño en que había visto a Geneviève reclinada junto a ella. Los yelmos todavía colgaban sobre los raídos tapices, entre ellos el antiguo morrión español que Geneviève se había puesto una vez cuando nos divertíamos con las viejas armaduras. Miré nuevamente la espineta; cada una de las teclas amarillentas parecía dar expresión a su mano acariciante, y me puse en pie, atraído por la fuerza de la pasión de mi vida hacia la puerta sellada del cuarto de mármol. Las pesadas puertas giraron hacia adentro bajo mis manos temblorosas.

La luz del sol se vertía por la ventana tiñendo de oro las alas de Cupido y se demoraba como una aureola sobre la frente de la Madonna. Su tierna cara se inclinaba compasiva sobre una forma de mármol tan exquisitamente pura, que me arrodillé y me persigné. Geneviève yacía en la sombra bajo la Madonna y, sin embargo, a través de sus blancos brazos veía la pálida vena azul, y bajo sus manos ligeramente asidas los pliegues de su vestido estaban teñidos de rosa, como si emanara de alguna luz apenas cálida dentro de su pecho. Inclinándome con el corazón roto, roce con los labios los pliegues de mármol, y luego volví a la casa silenciosa.

Vino una doncella que me trajo una carta, y me senté en el pequeño conservatorio para leerla; pero cuando estaba por romper el sello, al ver que la joven se demoraba, le pregunté qué quería. Tartamudeó algo acerca de un conejo blanco que había sido atrapado en la casa y preguntó qué debía hacerse con él. Le dije que lo dejara libre en el jardín vallado tras la casa y abrí la carta. Era de Jack, pero tan incoherente que pensé que habría perdido el juicio. No era más que una serie de ruegos de que no abandonara la casa hasta que él regresara; no podía decirme por qué, eran los sueños, decía; no le era posible explicar nada, pero estaba seguro de que no debía abandonar la casa de la rue Sainte-Cécile.

Cuando terminé de leer, levanté la vista y vi a la misma sirvienta a la puerta que sostenía una pecera de cristal en la que nadaban dos pececillos dorados.

—Ponlos de nuevo en el tanque y explícame por qué me interrumpes —le dije.

Con un gemido a medias reprimido vació agua y peces en un acuario que había en el extremo del conservatorio, y volviéndose hacia mí me pidió permiso para abandonar su puesto a mi servicio. Dijo que la gente se estaba burlando de ella evidentemente con el fin de perjudicarla; habían robado el conejo de mármol y habían introducido otro vivo en la casa; los dos hermosos peces de mármol habían desaparecido y acababa de encontrar otros dos vivos saltando en el suelo del comedor. La consolé y le despedí diciéndole que yo mismo vigilaría.

Fui al estudio; no había nada allí fuera de mis telas y algunos vaciados, con excepción del Lirio Pascual de mármol. Lo vi sobre una mesa en el otro extremo del cuarto. Me acerqué a él con enfado. Pero la flor que elegí de la mesa estaba fresca y frágil y llenaba el aire con su fragancia.

Entonces de pronto comprendí y me precipité por la puerta hacia el cuarto de mármol. Las puertas se abrieron bruscamente, la luz del sol me dio en la cara a través de ellas, y la Madonna sonreía mientras Geneviève levantaba su cara arrebolada de su lecho de mármol y abría sus ojos somnolientos.

Robert W. Chambers (1865-1933)




Relatos góticos. I Relatos de Robert W. Chambers.


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El análisis y resumen del cuento de Robert W. Chambers: La máscara (The Mask), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Wiechert dijo...

Apreciados,
buscaba en la red el querido cuento
Silba y acudiré, y me he tropezado con este maravilloso blog. Sencillamente, no me esperaba encontrar un trabajo tan exhaustivo, riguroso, y de una extrema sensibilidad literaria.
Se el enorme esfuerzo que esto representa. Solo me queda agradecerlo profundamente.
A partir de hoy lo seguiré asiduamente.

Kikke2 dijo...

Camilla: Señor, deberíais quitaros la máscara.
Forastero: ¿De veras?
Cassilda: En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces, salvo vos.
Forastero: No llevo mascara.
Camilla: (Aterrada a Cassilda) ¿No lleva máscara? ¿No la lleva?
Acto 1. Escena 2a.

Aelfwine por favor, este fragmento es de alguna obra o algo?? porque realmente, con sólo 4 lineas me espanto!!, cosa que ningún otro fragmento me ha sucedido...es una parte de algúna obra más extensa?? Por favor sigue asi que me encanta el blog..y si puedes actualiza El libro secretos de los Ángeles!!!

SAludos



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