Ninguna mujer nacida: C.L. Moore


Ninguna mujer nacida (No Woman Born) es un relato fantástico de la escritora norteamericana C.L. Moore (esposa de Henry Kuttner), publicado en la edición de diciembre de 1944 de la revista Astounding Stories.






Ninguna mujer nacida.

No Woman Born, Catherine L. Moore (1911-1987)

Ella había sido el ser más hermoso cuya imagen re­corriera las vías aéreas. John Harris —que otrora fuera su representante—, recordaba obstinadamente su belle­za, mientras subía en el ascensor silencioso hacia la ha­bitación en la que Deirdre lo esperaba sentada.

Desde el incendio que hacía un año la había destrui­do en la sala del teatro, él nunca se había permitido re­cordar claramente su belleza, salvo cuando algún viejo póster hecho jirones ostentaba su rostro o cuando un sensiblero programa en memoria de Deirdre presentaba de improviso su imagen en la pantalla de los televisores. Pero ahora él tenía que recordar. El ascensor se detuvo con un susurro y la puerta se abrió. John Harris titubeó. Mentalmente sabía que debía continuar, pero sus músculos renuentes estuvieron a pun­to de fallarle. Pensaba, vanamente, cómo no se había dado el lujo de pensar, hasta ese momento, en la fabu­losa gracia que había surgido de su maravilloso cuerpo de bailarina, y recordaba su voz suave y ligeramente ron­ca que había fascinado a los espectadores de todo el mundo.

Nunca había existido un ser tan hermoso. Anteriormente, otras actrices habían sido hermosas y admiradas, pero nunca, hasta los tiempos de Deirdre, el mundo entero fue capaz de aficionarse tan plenamen­te a una mujer. Muy pocos, aparte de los habitantes de las grandes capitales, habían visto a la Bernhardt o a la magnífica Jersey Lily. Y las beldades del cine habían vis­to su público limitado a los que podían acceder a las salas. Pero antaño, la imagen de Deirdre había recorri­do vivamente las pantallas de los televisores de todos los hogares del mundo civilizado e, incluso, muchas de más allá de los confines de la civilización. Sus canciones me­lancólicas y graves habían penetrado hasta lo más re­cóndito de las selvas; su cuerpo grácil y lánguido había trazado sus rítmicos arabescos en las tiendas del desier­to y en las cabañas polares. Todo el mundo conocía los delicados movimientos de su cuerpo, las cadencias de su voz y el modo en que un pálido resplandor parecía ilu­minar su semblante desde atrás al sonreír.

Y todo el mundo la había llorado cuando murió en el incendio de la sala. Harris sólo podía pensar en ella como en una muer­ta, aunque sabía qué le esperaba en el asiento de la ha­bitación. Una y otra vez evocó los antiguos versos que James Stephens escribiera mucho tiempo atrás para otra Deirdre, también hermosa, amada y recordada después de dos mil años:

Llega el momento en que nuestros corazones se acongojan profundamente,
Cuando recordamos a Deirdre y su historia,
y que sus labios son polvo...
No hubo ninguna mujer nacida
que fuera tan hermosa; ninguna tan bella,
entre todas las mujeres nacidas...

Pero esto no era totalmente cierto: hubo una. Quizá, después de todo, esa Deirdre que había muerto hacía un año no fue hermosa en el sentido de la perfección. Harris pensó que la otra quizá tampoco lo fue, porque en el mundo siempre hay mujeres con rasgos perfectos, pero no son las que la leyenda recuerda. Fue la luz interior que brillaba a través de sus rasgos encantadores e imperfectos lo que tornó tan hermoso el rostro de esta Deirdre. Ninguna otra persona que él hubiese conocido po­seía algo que se pareciera a la magia de la Deirdre per­dida.

Que todos los hombres se aparten y lloren juntos...
Ningún hombre podrá amarla jamás.
Ningún hombre puede soñar con ser su amante... Ningún hombre dice...
¿Qué podría decirle a ella? No hay palabras que uno pueda decirle a ella.

No, no hay palabras. Y sería imposible sobrellevar ese encuentro. Harris lo supo abrumadoramente en el mismo momento en que su dedo apretó el pulsador. Pero la puerta se abrió casi instantáneamente y ya era dema­siado tarde. Maltzer estaba en pie y miraba a través de sus grue­sas gafas. Se notaba con cuánta tensión había esperado. Harris quedó algo sorprendido al ver que el hombre temblaba. Resultaba difícil pensar en el confiado e im­perturbable Maltzer, al que conocía hacía apenas un año, presa de semejante inquietud. Se preguntó si Deirdre estaba tan temblorosa de puro nerviosismo... Pero to­davía no había llegado el momento de pensar en ello.

—Pase, pase —dijo Maltzer, irritado.

No había motivos para estar irritado. El año de tra­bajo, la mayor parte del tiempo en secreto y en soledad, debió de conducirlo física y mentalmente hasta el límite.

—¿Está bien ella? —preguntó Harris neciamente. Y entró.
—Oh, sí..., sí, ella está bien. —Maltzer se mordió la uña del pulgar y miró por encima del hombro hacia una puerta interior detrás de la cual, supuso Harris, ella es­peraba—. No —agregó Maltzer mientras daba un paso involuntario hacia la puerta—. Será mejor que antes ha­blemos. Acérquese y siéntese. ¿Un trago?

Harris asintió y vio que las manos de Maltzer temblaban al inclinar la botella. Evidentemente, el hombre estaba al borde del colapso y Harris sintió que una sú­bita y fría incertidumbre surgía en el punto en donde hasta ahora se había sentido extrañamente confiado.

—¿Ella está bien? —inquirió al coger la copa.
—Oh, sí, está perfectamente. Se siente tan confiada que me asusta.

Maltzer vació su copa y se sirvió otro trago antes de sentarse.

—¿Qué anda mal entonces?
—Supongo que nada. O..., bueno, no lo sé. Ya no es­toy seguro. Durante cerca de un año he trabajado con miras a este encuentro pero ahora..., bueno, no estoy se­guro de que el momento haya llegado. Simplemente no estoy seguro.

Miró fijamente a Harris, con ojos grandes y confusos detrás de las gafas. Era un hombre delgado y tenso como un alambre, y los huesos y los tendones aparecían clara­mente debajo de la piel oscura de su rostro. Ahora esta­ba más delgado que un año atrás, cuando Harris lo viera por última vez.

—He estado demasiado cerca de ella —agregó aho­ra—. Ya no tengo perspectiva. Lo único que puedo ver es mi propio trabajo. Y no estoy seguro de que ya esté listo para que usted u otra persona lo vean.
—¿Comparte ella su opinión?
—Nunca vi una mujer tan confiada. —Maltzer bebió y el cristal rechinó en sus dientes. Súbitamente lo miró a través de las lentes distorsionadoras—. Naturalmente, un fracaso a esta altura significaría..., bueno, el colapso absoluto —agregó.

Harris asintió. Pensaba en el año de esfuerzo increí­blemente esmerado que había conducido a ese encuen­tro, en el inmenso fondo de conocimientos, de paciencia infinita, en la colaboración secreta de artistas, esculto­res, diseñadores y científicos, y en el genio de Maltzer que los dirigía a todos como un director de orquesta di­rige a sus músicos. También pensaba con ciertos celos irracionales en la intimidad extraña, fría y desapasionada que Maltzer y Deirdre habían compartido durante ese año, una intimi­dad más estrecha que la que dos seres humanos pudie­ron compartir jamás. En un sentido, la Deirdre a la que vería dentro de pocos minutos sería Maltzer, del mismo modo que de vez en cuando creía detectar en Maltzer amaneramientos de inflexión y movimiento que habían sido de Deirdre. Entre ellos había tenido lugar una espe­cie de matrimonio inimaginable más extraño que cual­quier relación que hubiese existido alguna vez.

—...demasiadas complicaciones —decía Maltzer con voz preocupada y con un lejano eco del ritmo hermoso y cadencioso de Deirdre. (La ronquera suave y dulce que Harris nunca volvería a oír.)—. Naturalmente, sufrió una conmoción. Una terrible conmoción. Y un gran temor al fuego. Tuvimos que superarlo antes de dar los primeros pasos. Y lo logramos. Es probable que cuando entre la encuentre sentada ante el fuego. —Captó la pregunta, sorprendida, en la mirada de Harris y sonrió—. No, na­turalmente, ahora no puede sentir calor. Pero le gusta mirar las llamas. Ha superado maravillosamente cual­quier temor anormal hacia ellas.
—Entonces puede... —Harris se detuvo—. ¿Ahora su visión es normal?
—Perfecta —replicó Maltzer—. Fue bastante fácil lo­grar una visión perfecta. Después de todo, ese tipo de cuestión ya se ha resuelto en otras conexiones. Desde nuestro punto de vista, hasta me atrevería a decir que su visión es algo mejor que perfecta —meneó la cabeza irritado—. No estoy preocupado por los mecanismos de la cuestión. Afortunadamente, llegaron a ella antes de que el cerebro fuera alcanzado. La conmoción era el úni­co peligro que sus centros sensitivos corrían y, en cuanto pudimos establecer la comunicación, fue lo primero de lo que nos ocupamos. Aun así, fue necesario un gran va­lor por parte de ella. Un gran valor —guardó silencio un instante con la vista fija en la copia vacía—. Harris —añadió súbitamente, sin levantar la mirada—, ¿he co­metido un error? ¿Debimos dejarla morir?

Harris sacudió la cabeza con impotencia. Era una pregunta imposible de responder. Hacía un año que ator­mentaba a todo el mundo. Existían cientos de respues­tas y miles de palabras escritas sobre el tema. ¿Alguien tiene el derecho a conservar con vida un cerebro cuando el cuerpo está destruido? Aunque se le pueda suminis­trar un nuevo cuerpo, ¿necesariamente ha de ser tan distinto al anterior?

—No se trata de que ahora ella sea... horrible —con­tinuó Maltzer apresuradamente, como si temiera una respuesta—. El metal no es horrible. Y Deirdre..., bueno, ya verá. Evidentemente, yo mismo no me doy cuenta. Conozco tan bien todo el mecanismo... Para mí, sólo es mecánica. Tal vez ella sea... grotesca, no estoy segu­ro. Con frecuencia deseé no haber estado allí, con todas mis ideas, en el instante en que estalló el incendio. O que se hubiese tratado de cualquier otra persona en lugar de Deirdre. Era tan hermosa... Pero creo que, si se hu­biese tratado de otra persona, toda la cuestión habría fracasado por completo. Hace falta algo más que un ce­rebro ileso. Exige fuerza y valor más allá de lo común y..., bueno, algo más. Algo... inextinguible. Deirdre lo tiene. Ella sigue siendo Deirdre. En cierto sentido, sigue siendo hermosa. Pero no estoy seguro de que otra per­sona, sin contarme a mí, pueda percibirlo. ¿Sabe qué piensa hacer?
—No. ¿Qué?
—Volverá a la pantalla aérea.

Harris lo miró con azorada incredulidad.

—Todavía es hermosa —le dijo Maltzer impetuosa­mente—. Tiene valor y una serenidad que me desconcier­ta. Y no se siente preocupada ni resentida en lo más mínimo por lo que ocurrió. Ni teme cuál será el vere­dicto del público. Pero yo sí, Harris, yo estoy aterrori­zado.

Se miraron durante un instante más, pero ninguno habló. Después, Maltzer se encogió de hombros y se puso en pie.

—Ella está allí dentro —agregó, y señaló con la copa.

Harris giró sin decir palabra y sin darse tiempo para vacilar. Avanzó hacia la puerta interior. La habitación estaba bañada por una luz suave, cla­ra e indirecta que alcanzaba su punto culminante en el fuego que chisporroteaba en una chimenea de mosaicos blancos. Harris se detuvo al atravesar la puerta, mien­tras su corazón latía agitadamente. En un primer mo­mento, no la vio. Era una habitación común, brillante, clara, con muebles confortables y con flores en las me­sas. Su perfume dulzón teñía el aire despejado. Harris no vio a Deirdre. Entonces un sillón situado junto a la chimenea cru­jió cuando ella acomodó el peso del cuerpo. El alto res­paldo la ocultaba, pero habló. Y durante un espantoso instante, la voz que sonó en la habitación fue la de un autómata, metálica y sin inflexión.

—Hola... —dijo la voz. Entonces ella echó a reír y volvió a intentarlo. Y allí apareció la vieja, conocida y dulce ronquera que no esperaba volver a oír en su vida.
—¡Deirdre! —exclamó a su pesar, y la imagen de ella se elevó ante él como si ella misma se hubiese levanta­do inalterable de la silla, alta, dorada, meciéndose lige­ramente con su maravillosa pose de bailarina, con sus rasgos hermosos e imperfectos iluminados por el res­plandor que los tornaba preciosos. Era la jugada más cruel que la memoria podía jugarle a Harris. Pero la voz..., después de ese único lapso, la voz era perfecta.
—Acércate y mírame, John —dijo ella.

Harris cruzó lentamente la habitación y se esforzó en moverse. Ese relámpago instantáneo de recuerdo vi­vido había estado a punto de desbaratar su pose dolorosamente lograda. Intentó mantener la mente totalmen­te vacía mientras se encaminaba para ver lo que nadie, con excepción de Maltzer, había visto o conocido en su totalidad hasta ese momento. Nadie había sabido qué forma forjarían para cubrir a la mujer más hermosa de la tierra ahora que su belleza había desaparecido. Había imaginado muchas formas. Formas grandes, de robot tambaleante, cilíndricas, con brazos y piernas en­goznados. Una caja de cristal en cuyo interior flotaba el cerebro y apéndices que satisficieran sus necesidades. Visiones grotescas, como pesadillas prácticamente hechas realidad. Y cada una más inadecuada que la anterior, pues ¿qué forma metálica podría hacer algo más que al­bergar sin gracia la mente y el cerebro que otrora habían fascinado a todo un mundo? En ese momento rodeó la cabecera del sillón y pudo verla.

Con frecuencia, el cerebro humano es un mecanismo demasiado complicado para funcionar a la perfección. El cerebro de Harris se vio obligado a realizar una serie muy compleja de impresiones cambiantes. En primer lu­gar, incongruentemente, recordó una extraña figura in­humana que una vez había visto asomada en la cerca de una granja. Durante un instante, la forma había perma­necido integrada, desgarbada, imposiblemente humana, antes de que el ojo observador la resolviera en una dis­posición de escobas y cubos. Lo que el ojo había encon­trado sólo aproximadamente humanoide, el cerebro sugestionable lo había aceptado plenamente formado. Y ahora, con Deirdre, ocurría lo mismo. La primera impresión que sus ojos y su mente toma­ron de la habitación de ella fue conmocionada e incré­dula, ya que su cerebro le decía, sin poder creerlo: «¡Ésta es Deirdre! ¡No ha cambiado en absoluto!»

Después, el cambio de perspectiva lo dominó y, aún más conmocionado, ojo y cerebro dijeron: «No, no es Deirdre..., no es humana. Solamente espirales de metal. En modo alguno es Deirdre...» Y eso fue lo peor. Era como salir de un sueño con alguien amado y perdido, y enfrentarse de nuevo, después de esa desgarradora tran­quilidad del sueño, con el hecho inflexible de que nada puede dar nuevamente vida a los seres perdidos. Deirdre se había ido y eso sólo era maquinaria amontonada en un sillón floreado. Después, la maquinaria se movió exquisita y suave­mente, con una gracia tan conocida como la pose de bamboleo que él recordaba. La voz dulce y ronca de Deirdre dijo:

—Soy yo, querido John. Realmente lo soy y tú lo sabes.

Y lo era. Ésa fue la tercera y última metamorfosis. La ilusión se estabilizó y se tornó factual, real. Era Deirdre. Harris se sentó sin sentir los huesos. Carecía de músculos. La miró sin voz y sin pensar, dejando que sus sentidos capturaran la visión de ella sin tratar de racio­nalizar lo que veía. Ella aún era dorada. Habían conservado ese detalle: la primera impresión de calidez y color que otrora había pertenecido a su pelo lacio y a los matices de albaricoque de su piel. Pero habían tenido la sensatez de no ir más lejos. No habían intentado hacer una imagen de cera de la Deirdre perdida. (Ninguna mujer nacida que fuera tan hermosa; ninguna tan bella, entre todas las mujeres nacidas...) Y por ello carecía de rostro. Sólo tenía un óvalo sua­ve y delicadamente modelada a modo de cabeza con una..., una especie de máscara en forma de media luna a través de la zona frontal, donde habrían estado sus ojos si los hubiese necesitado. Un cuarto de luna estrecho y curvado, con los cuernos hacia arriba. Estaba cubierto por algo translúcido, como un cristal ahumado, y teñido con el aguamarina de los ojos que Deirdre había tenido. Entonces, a través de eso ella veía el mundo. A través de eso miraba sin ojos, y detrás, como detrás de los ojos de un ser humano..., ella era.

Con excepción de esto, no tenía rasgos. Él compren­dió en ese momento lo acertado de la decisión por par­te de los diseñadores. Inconscientemente, había temido un intento torpe de rasgos humanos que rechinarían como los de una marioneta en las parodias de animación. Tal vez habían tenido que colocar los ojos en el mismo lugar de la cabeza, y separados por la misma distancia, a fin de facilitarle a ella la adaptación a la visión este­reoscópica que había tenido. Pero él se alegraba de que no le hubiesen dado dos aberturas en forma de ojos con canicas de cristal en el interior. La máscara era mejor. (Extrañamente, no pensó de inmediato en el cerebro desnudo que debía reposar dentro del metal. La másca­ra era símbolo suficiente de la mujer del interior. Era enigmática; uno no sabía si la mirada lo seguía inquisi­tivamente o estaba totalmente apartada. Y carecía de matices de brillantez como los que otrora habían reco­rrido la incomparable movilidad del rostro de Deirdre. Pero los ojos, incluso los humanos, suelen ser, de hecho, bastante enigmáticos. Carecen de expresión salvo la que comunican los párpados; reciben toda la animación de los rasgos. Miramos automáticamente los ojos del ami­go con el que hablamos, pero si está echado de modo que habla por encima del hombro y su rostro está vuel­to, también automáticamente miramos la boca. La mi­rada vaga nerviosamente entre boca y ojos, en un orden invertido, ya que no es el rasgo en sí sino la posición del rostro lo que estamos acostumbrados a aceptar como la morada del alma. La máscara de Deirdre se encontra­ba en el lugar adecuado; era fácil aceptarla como una máscara sobre los ojos.)

Superada la primera conmoción, Harris comprendió que ella tenía una cabeza maravillosamente modelada: un cráneo desnudo y dorado. La movió ligera y graciosa­mente sobre el cuello de metal y él vio que el artista que la diseñara le había dado la sugerencia más delicada de los pómulos, estrechándolos en el hueco debajo de la máscara hasta insinuar un rostro humano. No demasia­do. Lo suficiente para que cuando la cabeza se moviera uno viera en su modelado que se había movido, otorgan­do perspectiva y escorzo al casco dorado e inexpresivo. La luz no se deslizaba ininterrumpida como la superficie de un huevo dorado. Brancusi nunca había logrado algo más sencillo ni más sutil que el modelado de la cabeza de Deirdre. Naturalmente, toda expresión había desaparecido. Toda expresión se había esfumado con el humo del in­cendio en la sala, con las facciones hermosas, móviles y radiantes que habían caracterizado a Deirdre. En cuanto al cuerpo, Harris no lograba distinguir su forma. Una prenda la cubría. Pero ellos no llevaron a cabo el intento incongruente de devolverle las ropas que otrora la lanzaran a la fama. Incluso la suavidad de la tela habría evocado en la mente, con demasiada crudeza, el recuerdo de que debajo de los pliegues no se encon­traba ningún cuerpo humano y, de que, además, el me­tal no necesita de lo estrafalario de la tela para prote­gerse. Él comprendió que, sin vestimenta, ella habría parecido extrañamente desnuda, puesto que su nuevo cuerpo no era una maquinaria angulosa sino humanoide.

El diseñador había resuelto esa paradoja dotándola de una túnica de finísima malla de metal. Caía desde la pendiente suave de sus hombros en pliegues rectos y fle­xibles como los de una clámide griega, pero más larga, con peso suficiente para no aferrarse demasiado revela­doramente a la forma metálica que se encontraba debajo. Los brazos que le dieron estaban al descubierto, así como los pies y los tobillos. Y Maltzer había hecho su mayor milagro con los miembros de la nueva Deirdre. Básicamente, se trataba de un milagro mecánico, pero el ojo apreciaba al principio que él también había puesto un arte y una comprensión supremos. Sus brazos eran de un dorado pálido y brillante, lige­ramente ahusados, sin modelar y flexibles a lo largo de los brazaletes metálicos que disminuían y encajaban en­tre sí hasta las muñecas delgadas y redondas. Las manos eran más aproximadamente humanas que cualquier otro de sus rasgos, aunque también encajaban en sectores de­licados y pequeños que se deslizaban casi con la flexi­bilidad de la carne. Las bases de los dedos eran más sólidas que las de los seres humanos, y éstos se abusaban hasta rematar en yemas más largas. También sus pies, debajo de los anillos ahusados más anchos de los tobillos de metal, habían sido construidos según el modelo de los pies humanos. Los segmentos co­rredizos delicadamente labrados le otorgaban un empei­ne, un talón y una sección delantera flexible formados casi como los soliereis de la armadura medieval.

Ciertamente, ella se parecía mucho a un ser con ar­madura, con sus miembros delicadamente chapeados, su cabeza sin rasgos como un casco con un visor de cristal y su túnica de cota de malla. Pero ningún caballero ar­mado se movió como lo hiciera Deirdre ni vistió la ar­madura sobre un cuerpo de proporciones tan inhumana­mente delicadas. Sólo un caballero de otro mundo o un caballero de la corte de Oberón podrían haber converti­do esa delicada semejanza. Había quedado ligeramente sorprendido por la pe­queñez y las proporciones exquisitas de ella. Había es­perado la masa pesada semejante a las de los robots que había visto, autómatas totales. Y entonces comprendió que, en ellos, era necesario consagrar gran parte del es­pacio a los inadecuados cerebros mecánicos que guiaban sus tareas. El cerebro de Deirdre conservaba y demos­traba todavía la maestría de un artesano mucho más diestro que el hombre, Únicamente el cuerpo era de me­tal y no parecía complejo, aunque todavía no le habían explicado cómo funcionaba. Harris no tenía idea de cuánto tiempo pasó sentado, con la vista fija en la figura del asiento acolchado. Ella seguía siendo hermosa —ciertamente, todavía era Deir­dre—, y mientras la miraba, él dejó relajar la cuidadosa disciplina de su rostro. No era necesario que le ocultara sus pensamientos.

Ella se movió sobre los almohadones, y los brazos alargados y flexibles se agitaron con una agilidad que no era totalmente humana. El movimiento lo perturbó como el cuerpo no lo había hecho y, a su pesar, su rostro se endureció ligeramente. Tenía la sensación de que ella lo observaba con toda atención desde detrás de la másca­ra de media luna. Ella se puso lentamente de pie. El movimiento fue muy sereno. También serpentino, como si el cuerpo de debajo de la cota de malla estuvie­ra hecho con las mismas secciones entrelazadas que sus miembros. Él había esperado y temido cierta rigidez me­cánica; nada lo había preparado para esto que era algo más que la flexibilidad humana. Ella se alzó lentamente y dejó que los pesados plie­gues de malla de su ropa se acomodaran a su alrededor. Éstos cayeron con un débil resonar, como campanillas lejanas, y colgaron maravillosamente en pliegues esculpi­dos de color dorado pálido. Harris se levantó automáti­camente, al mismo tiempo que ella. Estaban frente a frente y la miraba. Nunca la había visto perfectamente inmóvil, y ahora ella no estaba así. Se mecía ligeramente y la vitalidad ardía de manera inextinguible en su cere­bro como otrora lo había hecho en su cuerpo y, como siempre, la estólida inmovilidad le resultaba imposible. La vestimenta dorada captaba puntos de luz del fuego y brillaba tenuemente formando pequeños reflejos cuan­do ella se movía.

Después inclinó ligeramente a un lado su cabeza como un casco y sin rasgos, y él oyó su risa, tan conocida en su sonido breve, ronco e íntimo como la que siempre ha­bía salido de su garganta viva. Y todo gesto, toda acti­tud, todo fluir del movimiento hacia el movimiento per­tenecían tan profundamente a Deirdre que la ilusión sobrecogedora volvió a cubrir su mente, y ésta era la mujer de carne y hueso tan claramente como si la vie­ra allí de pie, en su totalidad una vez más, como el ave Fénix que renace de las cenizas.

—Bien, John —dijo ella con la voz suave, ronca y di­vertida que él recordaba a la perfección—. Bien, John, ¿soy yo? —Sabía que lo era. La seguridad total se tras­lucía en la voz—. Ya sabes, la sorpresa se disipará. Será cada vez más fácil, a medida que pase el tiempo. Ahora estoy totalmente acostumbrada a mí misma. ¿Te das cuenta?

Se alejó de él y cruzó el cuarto serenamente, con el deslizar antiguo y sereno de bailarina, hasta el espejo que cubría una pared de la habitación. Y delante de éste, tal como él la había visto arreglarse tan frecuentemente, la vio arreglarse ahora, pasar las flexibles manos metáli­cas por los pliegues de la prenda de metal, girar para admirar uno de sus hombros metálicos, hacer tintinear los pliegues de malla y mecerse mientras adoptaba una postura arabesca delante del espejo. Las rodillas de Harris lo abandonaron en la silla que ella había desocupado. El asombro y el alivio mezclados relajaron todos sus músculos, y ella estaba más serena y confiada que él.

—Es un milagro —afirmó él, convencido—. Eres tú. Pero no comprendo cómo... —había querido decir «cómo, sin rostro ni cuerpo...», pero, evidentemente, no podía terminar esa frase.

Ella la terminó mentalmente en su lugar y replicó sin timidez:

—Es movimiento, principalmente —todavía admiraba su propia flexibilidad en el espejo—. ¿Ves? —Ligeramen­te, con sus pies elásticos y cubiertos por la armadura, trazó un encadenamiento de pasos brillantes, girando con una pirueta para situase frente a él—. Eso es lo que Maltzer y yo resolvimos después de que comencé a con­trolarme nuevamente. —Su voz se ensombreció un ins­tante, al recordar un momento oscuro del pasado. Des­pués prosiguió—: Naturalmente, no fue fácil, pero sí fascinante. ¡Nunca comprenderás cuan fascinante, John! Sabíamos que no podíamos encontrar un facsímil de lo que había sido mi aspecto, de modo que tuvimos que buscar otra base de la cual partir. Y el movimiento es la otra base de reconocimiento, después de la semejanza física real.

Caminó ligeramente sobre la alfombra hacia la ventana y se detuvo a mirar hacia abajo, con su rostro sin rasgos, apenas vuelto y la luz brillante en las curvas de­licadamente sugeridas de los pómulos.

—Por fortuna —dijo con voz divertida—, nunca fui hermosa. Se trataba de..., bueno, supongo que de viva­cidad y de coordinación muscular. Años y años de entre­namiento y todo marcado aquí —y dio a su casco dora­do un golpe ligero y resonante con los nudillos dora­dos—, en las pautas de costumbres registradas en mi cerebro. Por eso este cuerpo... ¿te lo dijo él?... funcio­na totalmente a través del cerebro. Las corrientes elec­tromagnéticas fluyen de anillo en anillo, así —y deslizó hacia él un brazo sin huesos, con un movimiento como el del agua corriente—. Nada me une..., ¡nada!..., salvo los músculos de las corrientes magnéticas. Y si yo hu­biese sido otra persona..., alguien que se movía de otro modo, pues también los anillos flexibles se habrían mo­vido de otro modo, guiados por el impulso de otro ce­rebro. No soy consciente de hacer algo distinto a lo que he hecho siempre. Los mismos impulsos que solían lle­gar a mis músculos, ahora llegan a... esto.

Con ambos brazos, trazó un movimiento estremecedor y serpentino hacia él, como una bailarina camboyana, y después rió con entusiasmo; el sonido de la risa resonó por la habitación con una alegría tan ronca que él no pudo dejar de ver nuevamente el rostro conocido y arrugado de placer, los brillantes dientes blancos.

—Ahora todo es absolutamente inconsciente —le ex­plicó—. Al principio exigió mucha práctica, como es ló­gico, pero ahora hasta mi firma tiene el mismo aspecto de siempre... La coordinación se ha duplicado con la misma delicadeza.

Volvió a agitar sus brazos ante él y sonrió.

—Pero también la voz —protestó Harris intempesti­vamente—. Es tu voz, Deirdre.
—¡Mi querido Johnnie, la voz no es sólo una cuestión de conformación de la garganta y control de la respira­ción! ¡Al menos, eso me aseguró hace un año el profesor Maltzer y, a decir verdad, no tengo ninguna razón para dudar de sus palabras!

Volvió a reír. Reía demasiado, con ese toque de alegre e histérica sobreexcitación que él recordaba tan bien. Pero si algu­na vez una mujer había tenido motivos para una histe­ria moderada, seguramente Deirdre los tenía ahora. La risa ondeó, concluyó y ella volvió a hablar, con voz ansiosa:

—Dice que el control de la voz es casi en su totali­dad una cuestión de oír lo que pronuncias pero, como es lógico, siempre que tengas el mecanismo adecuado. Por ese motivo los sordos, con las mismas cuerdas voca­les de siempre, cambian totalmente de voz y pierden toda inflexión cuando llevan bastante tiempo sufriendo de sordera. ¡Pero, afortunadamente, yo no soy sorda!

Giró a su alrededor y los pliegues de su bata tinti­nearon y resonaron, iniciando una escala clara y autén­tica hasta una nota maravillosamente alta, para caer nuevamente como el agua de una cascada. Pero no le dio tiempo para aplaudir.

—Como puedes ver, es totalmente simple. ¡Bastó un poco de genio del profesor a fin de resolverlo para mí! Comenzó con una nueva variación del antiguo Vodor, del que seguramente oíste hablar hace años. Como es lógico, al principio, la cuestión resultaba pesadísima. Ya sabes cómo funcionaba: el habla reducida a unos pocos sonidos básicos y construida nuevamente en combinacio­nes producidas a partir de un teclado. Creo que al prin­cipio, los sonidos eran una especie de ktch y chuchin, pero lo resolvimos hasta alcanzar una flexibilidad y una escala bastante parecidas a las humanas. Todo lo que hago consiste en..., bueno, toco mentalmente el teclado de mi..., mi unidad sonora, como supongo que se llama. Como comprenderás, es mucho más complicado, pero he aprendido a hacerlo inconscientemente. Y ahora lo regulo de oído, casi automáticamente. Si tú estuvieras... aquí, en mi lugar, y tuvieras la misma práctica, tu propia voz saldría del mismo teclado y diafragma en lugar de la mía. Todo reside en los condicionamientos cerebra­les que operaron en el cuerpo y ahora operan en la ma­quinaria. Emiten impulsos muy potentes que se elevan tanto como es preciso en algún lugar de aquí... —y sus manos recorrieron vagamente el cuerpo con túnica de malla.

Permaneció un momento en silencio, mientras mira­ba por la ventana. Después giró y caminó hasta la chime­nea, para volver a sentarse en el sillón floreado. Su crá­neo-casco giró la máscara hacia él, y Harris percibió un sereno escrutinio tras el aguamarina de su mirada.

—Es... extraño —agregó ella—, el hecho de estar en esto..., esto..., en lugar de estar en un cuerpo. Pero no tan extraño o raro como podrías suponer. Lo he pensado mucho..., he tenido tiempo de sobra para pensar, y he comenzado a comprender que, en realidad, el ego huma­no es una fuerza tremenda. No estoy segura de querer sugerir que posee un poder místico capaz de influir en cosas mecánicas, pero parece contener algún tipo de po­der. Instila su propia fuerza en los objetos inanimados y éstos adoptan una personalidad propia. Sabes que las personas estampan su personalidad en las casas que ha­bitan. Lo he notado con frecuencia. Incluso en las habi­taciones vacías. Y también ocurre con otras cosas, su­pongo que, sobre todo, con las cosas inanimadas de las que los hombres dependen para vivir. Y las naves, por ejemplo..., siempre tienen personalidad propia. Y los aviones... Durante las guerras siempre te enteras de avio­nes demasiado destrozados para volar, pero que de al­gún modo luchan para regresar con su tripulación. Has­ta las armas adquieren una especie de ego. Las naves, las armas y los aviones son «ella» para los hombres que las operan y dependen de ellas para vivir. Es como si la maquinaria con partes móviles complicadas simulara casi la vida y adquiriera de los hombres que la utilizan..., bueno, no exactamente vida, como es lógico, sino perso­nalidad. Un no sé qué. Tal vez absorba parte de los impulsos eléctricos reales que despide el cerebro, sobre todo en épocas de tensión. Bueno, después de un tiempo co­mencé a aceptar la idea de que éste, mi nuevo cuerpo, al menos podía comportarse tan receptivamente como una nave o un avión. Al margen del hecho de que mi pro­pio cerebro controla sus «músculos». Creo que existe una afinidad entre los hombres y las máquinas que hacen. En realidad, las hacen con sus cerebros, se trata de una especie de concepción y gestación mental, y el resultado responde a las mentes que crearon y a todas las mentes humanas que las comprenden y las manipulan.

Se agitó inquieta y con una mano flexible rozó el músculo metálico cubierto por la túnica de malla.

—De modo que esto soy yo misma —agregó—. Metal... pero yo. Y cada vez se convierte más en mí misma, cuan­to más vivo en él. Es mi casa y la máquina de la cual depende mi vida, pero en ambos casos mucho más ínti­mamente que cualquier casa o máquina verdadera lo fue­ra con anterioridad para cualquier otro ser humano. Y te diré algo más. Me pregunto si con el tiempo olvidaré cómo es la carne... mi propia carne, cuando la toque así... y si el metal contra el metal será hasta tal punto lo mis­mo que nunca notaré la diferencia.

Harris no intentó responderle. Permaneció inmóvil y observó su rostro inexpresivo. Un instante después, ella prosiguió:

—Te contaré qué es lo mejor, John. —Su voz alcanzó la vieja intimidad que él recordaba tan bien, que en el cráneo vacío pudo ver superpuesta la mirada cálida y concentrada que pertenecía a la voz—. No viviré eterna­mente. Quizás esto no parezca... lo mejor, pero lo es, John. ¿Sabes? Durante un tiempo eso fue lo peor, des­pués que supe que estaba..., después que volví a desper­tar. La idea de vivir y vivir en un cuerpo que no era el mío, de ver que todas las personas que conozco envejecen y mueren y de no poder detener... Pero Maltzer dice que probablemente mi cerebro se agotará con toda normali­dad... ¡Claro que, naturalmente, no tendré que preocuparme por parecer vieja! Y cuando se canse y se detenga, el cuerpo en el que estoy ya no existirá. Los músculos magnéticos que sustentan mi propia forma y movimiento se soltarán cuando el cerebro se detenga, y no habrá nada sino una..., una pila de anillos desconectados. Si vuelven a montarlo, no seré yo —vaciló—. Eso me gusta, John —agregó, y él percibió, desde detrás de la máscara, un reconocimiento de su rostro.

Conocía y comprendía esa satisfacción sombría. No podía ponerla en palabras. Ninguno de los dos podía hacerlo. Pero comprendía. Era la convicción de la mortalidad, a pesar del cuerpo inmortal. Ella no estaba apartada del resto de su raza en la esencia de su humanidad, pues aunque ella poseía un cuerpo de acero y éstos carne perecedera, Deirdre también debía perecer, y los mismos temores y esperanzas la unían todavía a los mortales y a los seres humanos, a pesar de que llevaba el cuerpo del caballero inhumano de Oberón. Incluso durante su muer­te sería singular —la disolución en una lluvia de anillos tintineantes y estruendosos, pensó él, y casi le envidió la resolución y la belleza de esa muerte particular—, pero después, alcanzaría la unidad con la humanidad en lo mucho o poco que aguardara a todos. De modo que ella podía sentir que, a pesar de todo, este exilio en el metal era sólo interino.

(Siempre que, naturalmente, la mente que estaba dentro del metal no se apartara de la humanidad here­dada con el correr de los años. El morador de una casa puede imprimir su personalidad a las paredes, pero éstas también pueden, sutilmente, estampar su propia forma en el ego del hombre. En ese momento, ninguno de los dos pensó en ello.)

Deirdre permaneció sentada un momento más en silencio. Después, ese estado de ánimo desapareció, se levantó y giró hasta que la túnica se infló y resonó a la altura de sus tobillos. Entonó otra escala, impecablemente y con la misma y conocida dulzura de tono que la había hecho famosa.

—Por eso volveré a la escena, John —afirmó serena­mente—. Todavía puedo cantar. Y bailar. Sigo siendo yo misma en todo lo que importa y no puedo imaginarme haciendo otra cosa durante el resto de mi vida.

Harris no pudo responder sin vacilar ligeramente:

—¿Crees... te aceptarán, Deirdre? Después de todo...
—Me aceptarán —declaró con voz confiada—. Oh, al principio irán a ver un fenómeno, como es lógico, pero se quedarán para ver... a Deirdre. Y volverán una y otra vez, igual que siempre. Ya lo verás, querido.

Al percibir su seguridad, súbitamente Harris mismo se sintió inseguro. Maltzer tampoco había tenido certezas. Ella estaba tan majestuosamente confiada y la decepción sería un golpe tan letal a todo lo que quedaba de ella... En realidad, ahora era un ser muy delicado. Sólo una mente brillante y radiante suspendida en el metal, domi­nándolo, curvando el acero hacia la ilusión de su belleza perdida con una confianza absoluta en sí misma que res­plandecía a través del cuerpo metálico. Pero el cerebro mantenía delicadamente su postura racional. Ella ya ha­bía sufrido tensiones insoportables, quizá profundidades de desesperación y autoconocimiento más terribles que las que cualquier cerebro humano hubiese podido sopor­tar, puesto que —desde que lo hiciera Lázaro—, ¿quién había resucitado de entre los muertos? Pero si el mundo no la aceptaba como hermosa, ¿qué ocurriría? Si se reían, la compadecían o sólo iban a mirar un capricho articulado que actuaba como movido por cuerdas allí donde la hermosura de Deirdre otrora los había fascinado, ¿qué ocurriría? Y él no estaba total­mente seguro de que no lo harían. La había conocido de­masiado bien en la carne para verla objetivamente aho­ra, en el metal. Cada inflexión de su voz evocaba el re­cuerdo vivido del rostro que había mostrado su belleza efímera en un gesto concordante con el tono. Para Harris, ella era Deirdre simplemente porque todas sus poses y actitudes habían sido tan íntimamente conocidas duran­te tantos años. Pero las personas que sólo la conocieron ligeramente o que la vieran por primera vez en metal... ¿qué verían? ¿Una marioneta? ¿O la verdadera gracia y hermosura que se colaban?

No tenía modo de averiguarlo. La había visto dema­siado claramente tal como había sido como para verla ahora, tan enlazada con el pasado que ella no era total­mente metálica. Y comprendió lo que Maltzer temía, pues «u ceguera psíquica hacia ella se encontraba en el otro extremo. Jamás había conocido a Deirdre salvo como ana máquina, y era tan incapaz como Harris de verla ob­jetivamente. Para Maltzer, ella era metal puro, un robot que sus manos y su cerebro habían ideado, misteriosa­mente animado por la mente de Deirdre, sin duda alguna, pero a juzgar por todas las apariencias exteriores, una cosa únicamente de metal. Él había trabajado tanto tiem­po en cada parte compleja de su cuerpo y conocía tan bien cada articulación unida a éste que no podía ver la totalidad. Como es lógico, había estudiado muchos ar­chivos filmados de ella tal como había sido, a fin de eva­luar la exactitud de su facsímil, pero lo que había crea­do sólo era una copia. Estaba demasiado cerca de Deir­dre para verla. Y Harris, en cierto sentido, demasiado lejos. La indomable Deirdre resplandecía tan vividamente a través del metal que su mente seguía superponiendo una con la otra. ¿Cómo reaccionaría el público ante ella? ¿En qué lu­gar de la escala, entre los dos extremos, caería el vere­dicto? Para Deirdre, sólo existía una respuesta posible.

—No estoy preocupada —dijo Deirdre serenamente, y acercó sus manos doradas al fuego para ver las luces cuyos reflejos bailaban en la superficie brillante—. Sigo siendo yo misma. Siempre tuve..., bueno, poder sobre mis públicos. Y los buenos artistas saben cuándo lo tienen. El mío no ha desaparecido. Todavía puedo darles lo que siempre les di, sólo que ahora con más variedad y más profundidad de las que tuve antes. Bien, mira... —lanzó una ligera risita de entusiasmo—. ¿Conoces el principio del arabesco... conseguir la máxima distancia posible de la punta de los dedos de la mano a la punta de los dedos de los pies con una larga y lenta curva a través de toda la longitud? ¿Y el enlace de la otra pierna y el otro bra­zo, que producen un contraste? Bueno, mírame. Ahora ya no me muevo sobre goznes. Si quiero, puedo conver­tir todo un movimiento en una larga curva. Ahora mi cuerpo es lo bastante diferente como para desarrollar una escuela de danza totalmente nueva. Claro que hay cosas que solía hacer y que ahora no intentaría, por ejem­plo, se acabó la danza sur les pointes, pero las cosas nue­vas harán algo más que compensar la pérdida. He practi­cado. ¿Sabes que ahora puedo realizar un centenar de fouettés sin cometer un solo error? Y supongo que, si quisiera, podría llegar a mil.

Dejó que la luz del fuego jugara con sus manos y la túnica resonó musicalmente cuando movió los hombros con toda suavidad.

—Ya he creado una nueva danza para mí —agregó—. Dios sabe que no soy coreógrafa, pero quería experimen­tar primero. Tal vez más tarde hombres realmente crea­tivos, como Massanchine o Fokhileff, quieran hacer algo totalmente nuevo para mí..., toda una nueva secuencia de movimientos basados en una nueva técnica. Y la mú­sica... también podría ser muy distinta. ¡Ah, las posi­bilidades son infinitas! Hasta mi voz tiene más escalas y potencia. Afortunadamente, no soy actriz... Sería estú­pido tratar de interpretar el papel de Camila o de Julieta con un reparto de personas comunes. No es que no pudie­ra, ya lo sabes —giró la cabeza para observar a Harris a través de la máscara de cristal—. Creo sinceramente que podría hacerlo. Pero no es necesario. Hay muchas co­sas más. ¡Oh, claro que no estoy preocupada!
—Maltzer está preocupado —le recordó Harris.

Se apartó del fuego, haciendo tintinear su túnica me­tálica, y su voz recuperó la vieja nota de congoja que acompañaba de un fruncimiento de la frente y de una inclinación lateral de la cabeza. La cabeza se ladeó, como siempre lo había hecho, y él pudo ver el entrecejo frun­cido casi con la misma claridad como si la carne toda­vía la cubriera.

—Lo sé. Y estoy preocupada por él, John. Ha traba­jado conmigo hasta el agotamiento. Supongo que ahora ha llegado el período del abatimiento, de la relajación. Sé qué piensa. Teme que, para el mundo, yo parezca lo mismo que parezco para él. Metal trabajado. Se encuen­tra en una posición que hasta ahora nadie alcanzó, ¿no? Algo así como Dios —su voz se estremeció, ligeramente divertida—. Supongo que, para Dios, nosotros debemos de parecer un conjunto de células y de corpúsculos. Pero Maltzer carece de la perspectiva imparcial de un dios.
—De todos modos, él no puede verte del mismo modo que yo. —Harris escogía las palabras con dificultad—. Por eso me pregunto... ¿le serviría de algo que tú pos­tergaras un tiempo tu estreno? Creo que has estado de­masiado cerca de él. No te das cuenta cuan cerca está del colapso. Quedé asombrado al verlo hace un rato.

La cabeza dorada se balanceó.

—No. Tal vez él esté al borde del colapso, pero yo pienso que la acción es la única cura. John, él quiere que me retire y que no aparezca en público. Para siempre. Con excepción de unos pocos y viejos amigos que me re­cuerdan tal como fui, él tiene miedo de que alguien me vea. Puede confiar en que estas personas serán... ama­bles —rió. Resultaba muy extraño escuchar esa onda ri­sueña proveniente del cráneo vacío y sin rasgos. La idea de la reacción que podía provocar en un público de des­conocidos hizo que un pánico repentino se apoderara de Harris. Como si él hubiese mencionado ese temor en voz alta, la voz de ella lo negó—: No necesito amabilidad. Y Maltzer no es amable al ocultarme bajo un arbusto. Sé que él ha trabajado con gran ahínco. Ha llegado al pun­to límite. Pero el hecho de que ahora yo me ocultara sería la negación total de su trabajo. John, no puedes imaginarte qué terrible genio y arte se dedicaron a mí.

Desde el principio, la idea consistía en recrear lo que yo había perdido a fin de poder demostrar que no es nece­sario sacrificar la belleza y el talento por la destrucción de todo el cuerpo o de sus partes. No sólo por mí quería­mos demostrarlo. Habrá otros que sufrirán daños que en otra época los podrían haber arruinado. Así se pondría un fin definitivo a todos los sufrimientos de este tipo. Era el regalo de Maltzer a toda la raza, así como a mí. John, como la mayoría de los grandes hombres, él es real­mente una persona humanitaria. Jamás habría dedicado un año de su vida a este trabajo si hubiese sido para un solo individuo. Mientras trabajaba, veía más allá de mí a millares de personas. Y no le permitiré que arruine todo lo que ha logrado porque, ahora que lo tiene, teme demostrarlo. El maravilloso logro carecería de valor si yo no diera el último paso. Creo que, a la larga, si yo nunca lo intentara, su colapso sería peor y más definitivo que si lo intento y fracaso.

Harris continuó sentado, en silencio. No tenía respues­ta para ese planteamiento. Esperó que la pequeña pun­zada de vergonzosos celos que sintió súbitamente no se notara, celos que experimentó al recordar de nuevo la intimidad más profunda que la matrimonial que, por ne­cesidad, había unido a estos dos. Y comprendió que toda reacción suya sería casi tan parcial como la de Maltzer, por un motivo que era, a la vez, igual y totalmente con­trario. Salvo que él era nuevo en el problema, en tanto que el punto de vista de Maltzer estaba matizado por un año de exceso de trabajo y de agotamiento físico y mental.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.

Ella se encontraba delante del fuego cuando él habló, y se mecía ligeramente, de modo que los toques de luz danzaban a lo largo de su cuerpo dorado. Giró con gra­cia serpentina y se dejó caer en el sillón acolchado, junto a él. Harris comprendió de pronto que ella era mucho más que humanamente graciosa... así como había temi­do que fuera menos que humana.

—Ya he organizado una función —le respondió con la voz ligeramente temblorosa por la conocida mezcla de entusiasmo y desafío.

Harris se irguió sorprendido.

—¿Cómo? ¿Dónde? Todavía no han hecho la publici­dad, ¿verdad? No sabía...
—Bueno, bueno, Johnnie —su voz divertida lo sere­nó—. En cuanto vuelva al trabajo, volverás a ocuparte de todo como siempre..., bueno, si quieres hacerlo. Pero esto lo he organizado por mi cuenta. Será una sorpresa. Yo..., yo sentía que tenía que ser una sorpresa —se agitó entre los almohadones—. La psicología del público es algo que siempre sentí más que conocerla y siento que éste es el modo en que debe hacerse. No existen prece­dentes. Nunca ha ocurrido algo así. Tendré que guiarme por mi intuición.
—¿Quieres decir que será una sorpresa total?
—Creo que debe serlo. No quiero que el público asis­ta con ideas preconcebidas. Quiero que primero me vean exactamente como soy ahora, antes de que sepan a quién o qué ven. Deben comprender que puedo realizar una actuación tan buena como las que recuerdan de antes y compararla con mis actuaciones anteriores. No quiero que vengan preparados para compadecerse de mis des­ventajas, ¡aunque no tengo ninguna!, ni llenos de mór­bida curiosidad. Así que saldré al aire después de la tele­difusión normal de las ocho en punto del programa de Teleo City. Haré una especialidad en el programa de vodevil de siempre. Está todo arreglado. Naturalmente, lo presentarán como el acontecimiento descollante de la tar­de, pero no dirán quien soy hasta que la actuación ter­mine..., si es que todavía el público no me ha recono­cido.
—¿Público?
—Por supuesto. Supongo que no has olvidado que en Teleo City siguen actuando delante de un público de tea­tro. Por eso quiero hacer la presentación allí. Siempre actué mejor cuando había gente en el estudio, porque podía evaluar las reacciones. Supongo que la mayoría de los artistas lo hacen. De cualquier manera, está todo arre­glado.
—¿Maltzer lo sabe?

Se agitó incómoda.

—Todavía no.
—Pero él también tendrá que dar su permiso, ¿no? Quiero decir...
—¡Un momento, John! Ésa es otra idea que Maltzer y tú tendréis que quitaros de la cabeza. Yo no soy de su propiedad. En cierto sentido, ha sido mi médico durante una larga enfermedad, pero tengo la libertad de despe­dirlo cuando quiera. Supongo que si existiera algún de­sacuerdo legal, le otorgarían una gran cantidad de dinero por el trabajo que ha realizado en mi nuevo cuerpo..., en realidad, por el cuerpo propiamente dicho, ya que, en cierto sentido, es su propia máquina. Pero no es propie­tario de éste ni de mí. No estoy segura de cómo resolve­rían el problema los tribunales... Nos encontraríamos una vez más ante un caso sin precedentes. Tal vez el cuerpo sea su obra, pero el cerebro que lo convierte en algo más que un conjunto de anillos metálicos soy yo y, aunque quisiera, él no podría retenerme contra mi voluntad. Ni legalmente ni... —vaciló y apartó la mirada.

Por primera vez, Harris tuvo conciencia de que, debajo de la superficie de la mente de ella, había algo que le re­sultaba totalmente extraño.

—Bueno, de todos modos, ese problema no se plan­teará —prosiguió—. Durante todo el año pasado, Maltzer y yo hemos estado demasiado juntos como para reñir por algo tan esencial. En su corazón, él sabe que estoy en lo cierto y no intentará retenerme. Su trabajo no estará com­pleto hasta que yo haga aquello para lo que fui cons­truida. Y me propongo hacerlo.

Ese extraño y ligero temblor de algo que había pal­pitado tan brevemente bajo la superficie de la familiari­dad —algo impropio de Deirdre—, apareció en la mente de Harris como algo que debía recordar y analizar más tarde. Ahora sólo dijo:

—Está bien. Supongamos que estoy de acuerdo con­tigo. ¿Cuándo vas a hacerlo?

Apartó la cabeza de tal modo que incluso la máscara de cristal a través de la cual miraba el mundo quedaba es­corzada para Harris, y el casco dorado con su insinua­ción de pómulo esculpido resultaba totalmente enigmá­tico.

—Esta noche —respondió.

La delgada mano de Maltzer temblaba tanto que no podía girar el disco. Lo intentó dos veces, rió nerviosa­mente y se encogió de hombros ante Harris.

—Póngalo usted —pidió.

Harris miró la hora.

—Todavía es temprano. No aparecerá hasta dentro de media hora.

Maltzer hizo un gesto de violenta impaciencia.

—¡Enciéndalo, enciéndalo!

Harris también se encogió de hombros y giró el dis­co. Encima de ellos, en la pantalla inclinada, las sombras y el sonido se confundieron hasta mostrar un sombrío salón medieval, enorme, abovedado y personas con trajes alegres que se movían como pigmeos por entre la pe­numbra. Puesto que la obra se refería a María de Esco­cia, los actores estaban vestidos con algo que se parecía al atuendo isabelino, pero como cada era suele traducir los trajes en términos de las modas del momento, el peinado de las mujeres era de un estilo que habría sor­prendido a Isabel, y su calzado resultaba totalmente ana­crónico. El salón desapareció y un rostro quedó suavemente enfocado en la pantalla. La belleza oscura y exuberante de la actriz que interpretaba a la reina Estuardo brilló ante ellos en su aterciopelada perfección desde las nubes de su cabello salpicado de perlas. Maltzer gimió.

—Ella competirá con eso —afirmó huecamente.
—¿Cree que no puede?

Maltzer golpeó con furia los brazos del sillón. Pareció reparar súbitamente en el temblor de sus dedos y mur­muró a media voz:

—¡Mírelas! Ni siquiera estoy en condiciones de soste­ner un martillo y una sierra —pero el murmullo era casi un comentario aparte—. Claro que no puede competir —gritó irritado—. No tiene sexo. Ya no es una hembra. Todavía no lo sabe, pero se enterará.

Harris lo miró con fijeza, ligeramente azorado. La ilu­sión de la antigua Deirdre se había aferrado tan vivida­mente a la nueva que, por alguna razón, la idea no se le había ocurrido con anterioridad.

—Ahora ella es una abstracción —prosiguió Maltzer tamborileando ritmos rápidos y nerviosos con las pal­mas en el sillón—. No sé cómo influirá en ella, pero ha­brá un cambio. ¿Recuerda a Abelardo? Ella ha perdido todo lo que la convertía esencialmente en lo que el pú­blico quería, y lo descubrirá por el camino más doloroso. Después de eso... —hizo una mueca salvaje y guardó si­lencio.

—Ella no lo ha perdido todo —la defendió Harris—. Puede bailar y cantar tan bien como siempre, quizá me­jor. Todavía posee gracia, encanto y...
—Sí, pero ¿de dónde salieron la gracia y el encanto? No salieron de las pautas de costumbres de su cerebro. Ni de los contactos humanos, de todas las cosas que es­timulan la creatividad de las mentes sensibles. Y ha per­dido tres de los cinco sentidos. Todo lo que no pueda ver u oír ha desaparecido. Uno de los estímulos más podero­sos para una mujer de su tipo era el conocimiento de la competencia sexual. ¿Sabe cómo resplandecía cuando un hombre entraba en la habitación? Todo eso ha desapare­cido y era esencial. ¿Sabe cuánto la estimulaba el alco­hol? También lo ha perdido. Aunque lo necesitara, no podría degustar la comida ni la bebida. El perfume, las flores, todos los olores a los que respondemos, ahora no significan nada para ella. Ya no puede sentir nada con la delicadeza del tacto. Solía rodearse de lujos de los que extraía estímulos..., y todo eso también ha desaparecido.

Está apartada de todo contacto físico. Bizqueó ante la pantalla, sin verla, con el rostro arru­gado como el de una calavera. Parecía que toda la carne había disuelto sus huesos a lo largo del año anterior, y Harris pensó, casi celosamente, que a cada semana que pasaba, incluso de ese modo él parecía acercarse a Deirdre en su incorporeidad.

—La vista —agregó Maltzer— es el sentido más tar­díamente desarrollado. Fue el último en aparecer. Los demás sentidos nos relacionan íntimamente con las raí­ces mismas de la vida; creo que con ellos percibimos más agudamente de lo que suponemos. Las cosas que compren­demos a través del gusto, el olfato y el tacto estimulan directamente, sin un rodeo en torno a los centros del pensamiento consciente. ¿Sabe con cuánta frecuencia un gusto o un olor le evocan un recuerdo tan sutil que no sabe exactamente qué lo provocó? Necesitamos esos sen­tidos primitivos para unirnos con la naturaleza y la raza. Deirdre obtenía su vitalidad a través de esos lazos, sin comprenderlo. En comparación con los demás sentidos, la vista es algo frío e intelectual. Pero ahora es lo único que ella tiene como apoyo. Ya no es un ser humano y creo que lo que le queda de humanidad se apagará poco a poco y nunca será reemplazado. En cierto sentido, Abe­lardo era un prototipo. Pero la pérdida de Deirdre es total.
—Ella no es humana —reconoció Harris lentamente—. Pero tampoco es un robot puro. Es algo que se encuentra entre ambos, y opino que sería un error tratar de adivi­nar exactamente dónde o cuál será el resultado.
—Yo no necesito adivinar —dijo Maltzer con voz tor­va—. Lo sé. Ojalá la hubiera dejado morir. Le he hecho algo mil veces peor que lo que el incendio le podría ha­ber ocasionado. Debí dejarla morir durante el incendio.
—Espere —agregó Harris—. Espere y verá. Creo que está equivocado.

En la pantalla de televisión, María de Escocia subió por el cadalso hacia su muerte, con la tradicional túnica de color escarlata que se aferraba cálidamente a las cur­vas jóvenes y flexibles, tan anacrónicas como las zapati­llas que aparecían debajo, pues —como todos saben con excepción de los dramaturgos— María había entrado en la madurez mucho antes de morir. Esta moderna María inclinó graciosamente la cabeza, apartó la larga cabellera y se arrodilló ante el patíbulo. Maltzer observaba con frialdad y veía otra mujer to­talmente distinta.

—No debí dejarla —murmuró—. No debí dejar que lo hiciera.
—¿Cree realmente que la habría detenido si hubiese podido? —preguntó Harris serenamente.

Después de una breve pausa, el otro hombre sacudió la cabeza nerviosamente.

—No, supongo que no. Pero sigo pensando que si hu­biese trabajado y esperado un poco más tal vez podría haberle facilitado todo pero..., no, supongo que no. Sien­do como es, tarde o temprano tenía que aparecer ante ellos —se levantó bruscamente y echó hacia atrás el asiento—. Si no fuera tan..., tan frágil. No comprende cuan delicadamente equilibrada está su cordura. Le di­mos lo que podíamos... Los artistas, los diseñadores y yo le dimos lo mejor que teníamos... pero a pesar de todo lo que hicimos está tan lastimeramente en desventaja... Siempre será una abstracción y un..., un fenómeno apar­tado del mundo por desventajas peores que las que cual­quier ser humano ha sufrido con anterioridad. Y tarde o temprano lo comprenderá. Y entonces... —comenzó a caminar con pasos rápidos y desparejos y cruzó las ma­nos. Su rostro se contorsionaba con un ligero tic que le levantaba un ojo y volvía a soltarlo a intervalos irregu­lares. Harris vio cuan cerca del colapso se encontraba el hombre—. ¿Puede imaginar cómo es? —inquirió Malt­zer impetuosamente—. Acorralada en un cuerpo mecáni­co como ése, aislada de todos los contactos humanos sal­vo lo que se recibe a través de la vista y el oído. ¿Se imagina cómo sería saber que uno ya no es humano? Ella ha sufrido bastantes conmociones. Cuando ésta la alcance de lleno...
—Cállese —dijo Harris secamente—. No la ayudará en nada que usted se desanime. Mire..., el vodevil ha co­menzado.

Los grandes telones dorados se habían cerrado sobre la desdichada reina de Escocia y ahora se abrían nueva­mente, desaparecidos una vez más el dolor y la frustra­ción tan limpiamente como que los siglos transcurridos ya los habían borrado. Bajo el tremendo arco del esce­nario, una línea de pequeños bailarines pateaba y saltaba con la precisión de diminutos muñecos mecánicos dema­siado pequeños y perfectos para ser verdaderos. La vi­sión se apresuró sobre ellos y recorrió la fila, rostro tras rostro rígidamente sonriente que jaraneaban como las estacas de una cerca. Después la visión se elevó hasta las vigas y cayó sobre ellos desde una gran altura: las figuras grotescamente escorzadas todavía saltaban siguiendo un ritmo perfecto desde ese ángulo inhumano. Se oyeron los aplausos de un público invisible. Des­pués apareció alguien que realizó una danza con antor­chas que trazaban largas y entretejidas cintas de fuego entre las nubes de lo que parecía algodón en rama pero que probablemente era amianto. Luego una compañía con alegres trajes supuestamente de época se abrió paso se­gún la nueva forma de baile de ballet cantante, siguiendo aproximadamente un argumento que había sido anun­ciado como Les Sylphides, pero que tenía muy poco que ver con él. Después volvieron a aparecer los bailarines de precisión, solemnes y encantadores como muñecos ac­tuantes.

Maltzer comenzó a mostrar indicios de una tensión peligrosa a medida que los actos se sucedían. Natural­mente, el de Deirdre sería el último. A decir verdad, pa­reció transcurrir mucho tiempo hasta que el primer pla­no de un rostro cubrió el escenario y un maestro de cere­monias con rasgos como los de un amable títere anunció un número muy especial como final. Su voz casi se cas­caba de agitación..., quizás él también se había enterado a último momento de lo que esperaba al público. Ninguno de los hombres que escuchaban oyó lo que él dijo, pero ambos tuvieron conciencia de una cierta agi­tación indefinible que crecía entre el público, murmullos, crujidos y una expectación en aumento, como si aquí el tiempo hubiese retrocedido y el secreto de la gran sor­presa ya estuviese revelado para ellos. Los telones dorados volvieron a aparecer. Se estreme­cieron y se elevaron en largos arcos y, entre ellos, el esce­nario quedó pletórico de una bruma dorada y trémula. Durante un instante, Harris comprendió que se trataba, sencillamente, de una serie de cortinas de gasa, pero pro­ducía un efecto de extraña y maravillosa expectación, como si algo sumamente espléndido estuviera escondido en la bruma. El mundo podría haber tenido ese aspecto la primera mañana de la creación, antes de que cielo y tierra tomaran forma en la mente del Señor. Por su sim­bolismo, era un decorado elegido con gran acierto, aun­que Harris se preguntó cuánto había exigido su selec­ción, ya que no pudieron contar con mucho tiempo para preparar un decorado intrincado.

El público permanecía totalmente inmóvil y la atmós­fera era tensa. Éste no era un intervalo común antes de un acto. Seguramente, nadie había sido informado, pero parecían adivinar. La gasa trémula tembló y comenzó a ralear, velo tras velo. Más allá estaba la oscuridad y algo que parecía una hilera de columnas brillantes situadas en una balaustra­da que tomó forma gradualmente, a medida que la nebli­na se retiraba en pliegues brillantes. En ese momento, vieron que la balaustrada ascendía en curva de izquierda a derecha hasta el extremo de una escalinata. Escenario y escalones estaban alfombrados con terciopelo negro; detrás de la galería, los cortinajes de terciopelo negro caían apenas entreabiertos, dejando ver el cielo oscuro que temblaba con las pálidas estrellas sintéticas. La última cortina de gasa dorada desapareció. El es­cenario estaba vacío. O eso parecía. Incluso a través de las distancias aéreas entre esta pantalla y el lugar que reflejaba, Harris pensó que el público no esperaba que el artista surgiera de los bastidores. No había crujidos, toses ni sensación de impaciencia. Una presencia en el escenario lo dominaba todo desde la primera retirada de los cortinajes; ocupaba el teatro con su sereno domi­nio. Evaluó el tiempo y controló al público del mismo modo que un director con la batuta levantada atrae y sostiene la mirada de su orquesta.

Durante un instante, todo permaneció inmóvil en el escenario. Después, en el extremo de la escalera donde las dos curvas de la balaustrada con columnas se unían, se movió una figura. Hasta ese momento, ella había parecido otra brillan­te columna de la hilera. Ahora se meció deliberadamente, mientras la luz se agitaba, palpitaba y se derretía a lo largo de sus miembros y de su túnica de tela metálica. Se balanceó apenas lo suficiente para mostrar que estaba allí. Después, con todas las miradas sobre ella, permane­ció inmóvil para que ellos la observaran hasta satisfa­cerse. Las cámaras no tomaron un primer plano. Su enig­ma continuaba inviolado, y los telespectadores no la vie­ron con más claridad que el público del teatro. Muchos debieron considerarla, en principio, un robot maravillosamente animado, que quizá pendía de hilos in­visibles contra el terciopelo, porque evidentemente no era una mujer vestida con metal...; sus proporciones eran demasiado delgadas y finas. Quizás, al principio, ella de­seaba transmitir una impresión de robotismo. Permane­ció en el mismo lugar, apenas balanceándose: una figura enmascarada e inescrutable, sin rostro, muy esbelta en su túnica que caía en pliegues tan puros como los de una clámide griega, aunque en modo alguno parecía griega. En el casco dorado con visor y la túnica de malla volvió a aparecer esa extraña semejanza con un caballero, con sus implicaciones de riqueza medieval tras las líneas sencillas. Pero en su exquisita delgadez ella no evocaba nin­guna figura con armadura, ni siquiera la delicadeza com­parativa de una Juana de Arco. En sus contornos estaban implícitos la caballerosidad y la delicadeza de algún otro mundo.

Una oleada de sorpresa agitó al público cuando se mo­vió. Volvieron a quedar tensamente silenciosos, expectan­tes. Y la tensión, la expectación, eran muy superiores a la importancia superficial que la escena podría haber evocado. Incluso aquellos que la consideraban un ma­niquí parecían sentir el preludio de revelaciones mayores. En ese momento se balanceó y bajó lentamente la es­calinata, con una flexibilidad ligeramente mejor que la humana. El balanceo creció. Cuando llegó al suelo del escenario, ya había comenzado a bailar. Pero no era una danza que un ser humano pudiera interpretar. Los ritmos prolongados, lentos y lánguidos de su cuerpo habrían re­sultado imposibles para una figura que depende de las articulaciones, como les ocurre a las figuras humanas. (Harris recordó incrédulamente que antes había temido encontrarla engoznada como a un robot mecánico. Pero ahora, por contraste, era la humanidad la que parecía engoznada y mecánica.) La languidez y el ritmo de sus figuras parecían impro­visados, como en toda buena danza, pero Harris sabía cuántas horas de composición y ensayo quedaban atrás, qué costosa fijación en su cerebro de senderos nuevos y extraños, los primeros para reemplazar a los antiguos y alcanzar el dominio de los miembros metálicos.

De un lado a otro de la alfombra de terciopelo, contra el fondo también aterciopelado, trazó las complejidades de su danza serpentina, ociosamente pero con un efecto tan hipnótico que el aire parecía cargado de ritmos ri­zados, como si sus miembros largos y ahusados hubiesen dejado réplicas tendidas del aire que sólo desaparecían lentamente a medida que ella se alejaba. Harris sabía que en la mente de ella el escenario era una totalidad, un fondo a cubrir completamente con las figuras medidas de su danza, y parecía que ella transmitía casi por com­pleto el baile a su público, de modo que la veían en todas partes a la vez y sus ritmos dorados desaparecían mucho después de que ella se hubiera marchado. También la música, rizada y tendida en ecos tras ella, a semejanza de los brillantes festones que entretejía con su cuerpo. Pero no era música orquestal. Tarareaba pro­funda, dulcemente y sin palabras mientras se deslizaba de manera suelta y compleja por el escenario. Y el vo­lumen de la música resultaba sorprendente. Parecía lle­nar el teatro, pero no había altavoces ocultos que lo am­plificaran. Uno se daba cuenta de ello. De algún modo, hasta que se oía la música que ella tarareaba, uno no cap­taba las distorsiones sutiles provocadas por la amplifica­ción. Era una música totalmente pura y sincera como tal vez nadie entre su público oyera con anterioridad.

Mientras bailaba, el público parecía no respirar. Tal vez ya habían comenzado a sospechar quién y qué era lo que se movía ante ellos sin la fanfarria de la publicidad que, desde hacía semanas, esperaban a medias. Pero, sin publicidad, no resultaba fácil creer que la bailarina que miraban no era un maniquí astutamente manipulado que se balanceaba en el escenario, movido por tenues hilos ocultos. Hasta el momento, no había hecho nada humano. Se trataba de una danza que un ser humano no hubiese po­dido realizar. La música que tarareaba provenía de una garganta carente de cuerdas vocales. Pero ahora, los rit­mos prolongados y lentos se acercaban a su conclusión, la figura se contraía hacia su final. Y concluyó tan inhu­manamente como había comenzado, deseosa de que no la interrumpieran con aplausos, dominándolos como siempre había hecho. Porque daba a entender que una máquina podría haber realizado el baile y que una má­quina no espera aplausos. Si ellos pensaban que los ope­radores ocultos le habían hecho realizar esos pasos ma­ravillosos, aguardarían a que éstos aparecieran para sa­ludar. Pero el público se mostró obediente. Permaneció sentado en silencio, a la espera del acto siguiente. Pero era un silencio tenso y jadeante.

La danza concluyó como había comenzado. Lenta, casi descuidadamente, subió por la escalinata de terciopelo, balanceándose con ritmos tan perfectos como su música. Pero al llegar al extremo giró para mirar a su público y permaneció inmóvil un instante, como un ser de metal, sin volición, con las manos del operador fláccidas sobre sus hilos. Entonces, sorprendentemente, se echó a reír. Era una risa hermosa, suave, dulce y ronca. Echó la cabeza hacia atrás, dejó que su cuerpo se meciera y sus hombros temblaran y la risa, al igual que la música, llenó el teatro, ganó volumen a partir del enorme hueco del te­cho y resonó en los oídos de cada oyente, no alta sino íntimamente, como si cada uno de ellos estuviera a solas con la mujer que reía. Y ahora, ella era una mujer. La humanidad había caí­do sobre ella como una prenda tangible. Nadie que hu­biese oído esa risa con anterioridad, podría confundirla. Pero antes de que la realidad de su identidad pudiera ser comprendida por los espectadores, dejó que la risa se convirtiera en música, como ninguna voz humana podría haber hecho. Tarareaba una tonada conocida, al oído de cada oyente. Y el tarareo, a su vez, se convirtió en pala­bras. Entonó con su voz clara, ligera y hermosa:

La rosa amarilla del Edén, florece en mi corazón...

Era la canción de Deirdre. La había cantado por pri­mera vez en las vías aéreas, un mes antes del incendio del teatro que la consumió. Se trataba de una melodía común, lo bastante sencilla para ocupar el primer lugar de la fantasía de una nación a la que siempre le habían gustado las canciones sencillas. Pero poseía cierta since­ridad y carecía de la vulgaridad de tono y ritmo que con­dena al olvido a tantas canciones populares en cuanto la novedad desaparece. Nunca nadie pudo cantarla como Deirdre lo hiciera. Estaba tan identificada con ella que después del acciden­te, durante cierto tiempo, los cantantes intentaron con­vertirla en un homenaje a ella, pero fallaron tan notable­mente en el intento de otorgarle su instinto inequívoco, que la canción murió porque eran totalmente incapaces de cantarla. Nadie la entonaba sin pensar en ella y en la tristeza placentera y nostálgica de algo hermoso y per­dido. Pero ahora no era una canción triste. Si alguien ha­bía dudado acerca del cerebro y el ego que motivaban esa flexibilidad del metal brillante, ya no podía dudar. Por­que la voz y la canción eran Deirdre. Y la gracia hermosa y equilibrada de sus modismos volvía el reconocimiento tan certero como el hecho de ver un rostro conocido.

No había concluido el primer verso de la canción cuan­do el público la reconoció. Y no la dejaron terminar. El espaldarazo de la inte­rrupción fue un tributo más elocuente que una espera amable. Al principio, un suspiro de incredulidad estre­meció el teatro, y un prolongado y suspirante jadeo que, mientras Harris escuchaba, le hizo recordar tontamente el jadeo que aún provocaba en los públicos la primera vi­sión del fabuloso Valentino, muerto hace tantas genera­ciones. Pero este jadeo no se perdió y desapareció. Esta­ba sustentado por una terrible tensión, y la marea cre­ciente de entusiasmo se mezcló con ligeros murmullos y salpicaduras de aplausos que se unieron en un rugido estremecedor. El teatro tembló. La pantalla de televisión tembló y se desenfocó ligeramente a causa del volumen de ese aplauso transmitido. Silenciada por éste, Deirdre permaneció en el escena­rio, haciendo un gesto, saludando y saludando mientras el ruido retumbaba a su alrededor, notablemente estre­mecida por el triunfo de su propia emoción. Harris experimentó la sensación insoportable de que ella sonreía radiante y de que las lágrimas caían por sus mejillas. Incluso pensó —mientras Maltzer se adelantaba para oscurecer la pantalla— que ella lanzaba besos al público en ese gesto secular de la actriz agradecida, mostrando sus dorados brazos brillantes mientras arrojaba ' besos desde el casco sin rasgos, el rostro sin boca.

—¿Y bien? —preguntó Harris, no sin triunfalismo.

Maltzer sacudió nerviosamente la cabeza, con las ga­fas flojas sobre la nariz, de modo que los ojos nublados parecieron moverse detrás.

—Claro que aplaudieron, imbécil —dijo desaforada­mente—. Tendría que haber sabido que, con este tingla­do, lo harían, pero eso no prueba nada. Oh, fue astuta al sorprenderlos..., lo reconozco. Pero la aplaudían a ella tanto como a sí mismos. Agitación, gratitud por dejarlos participar de una actuación histórica, histeria de ma­sas..., usted ya sabe. A partir de ahora se presentará la prueba, y esto no ha contribuido a prepararla. La curio­sidad mórbida cuando se conozca la noticia..., la gente que se reirá cuando ella olvide que no es humana. Y lo harán, usted lo sabe. Siempre habrá alguien que lo hará. Y la novedad decaerá. El lento alejamiento de la humani­dad por la falta de contacto con algún estímulo huma­no ya...

Súbitamente y de mala gana, Harris recordó el mo­mento de esa tarde que había aislado mentalmente, para analizar después. La sensación de algo desconocido bajo la superficie del discurso de Deirdre. ¿Acaso Maltzer te­nía razón? ¿Había comenzado ya el alejamiento? ¿O exis­tía algo más profundo que esta respuesta evidente a la pregunta? Ciertamente, ella había sufrido experiencias demasiado terribles para que las personas las compren­dieran. Quizá todavía quedaran cicatrices. ¿O acaso con su cuerpo había introducido algo extraño y metálico en la mente, que no hablaba con un sentido al cual las men­tes humanas pudieran responder? Durante algunos minutos, ninguno de los dos habló. Después, Maltzer se levantó bruscamente y miró a Harris con expresión abstracta.

—Me gustaría que ahora se marchara —dijo.

Sorprendido, Harris levantó la mirada hacia él. Maltzer volvió a caminar, con pasos rápidos y desparejos. Dijo por encima del hombro:

—He tomado una decisión, Harris. Tengo que poner fin a esto.

Harris se puso en pie.

—Escuche —pidió—. Dígame una cosa. ¿Por qué está tan seguro de que tiene razón? ¿Acaso puede negar que es prácticamente una especulación... rumores? Recuerde que yo hablé con Deirdre, y ella estaba tan segura como usted, pero en todo lo contrario. ¿Tiene alguna explica­ción válida para lo que piensa?

Maltzer se quitó las gafas y se restregó cuidadosamen­te la nariz; esto le llevó largo rato. No parecía deseoso de responder. Pero cuando finalmente lo hizo, su voz deno­taba una confianza que Harris no esperaba.

—Tengo un motivo —repuso—. Pero nadie lo creería.
—Pruebe conmigo.

Maltzer negó con la cabeza.

—Nadie podría creerlo. Nunca antes dos personas sostuvieron la misma relación que Deirdre y yo hemos mantenido. La ayudé a salir del... olvido total. La conocí antes de que tuviera voz u oído. Sólo era una mente fre­nética cuando establecí contacto con ella por primera vez, enloquecida a medias por todo lo que había sucedi­do, y aterrorizada por lo que ocurriría después. En un sentido muy literal, renació a partir de ese estado y tuve que guiarla a cada paso del camino. Terminé por conocer sus pensamientos antes de que los elaborara. Y cuando uno ha estado tan cerca de otra mente, no se pierde fácil­mente el contacto. —Volvió a ponerse las gafas y miró confusamente a Harris a través de las gruesas lentes—. Deirdre está preocupada. Lo sé. Aunque no me crea, pue­do..., bueno, sentirlo. Le aseguro que he estado demasia­do cerca de su mente como para cometer un error. Tal vez usted no lo vea. Tal vez ella ni siquiera lo sepa toda­vía. Pero la preocupación está allí. Y la siento cuando estoy con ella. Y no quiero que se acerque a la superficie de su mente más de lo que ya lo está. Voy a poner fin a esto antes de que sea demasiado tarde.

Harris no hizo ningún comentario. Todo era demasia­do ajeno a su propia experiencia. Durante un instante, no dijo nada, pero después preguntó con sencillez: —¿Cómo?

—Todavía no estoy seguro. He de decidirlo antes de que ella regrese. Y quiero verla a solas.
—Creo que se equivoca —le dijo Harris serenamente—. Creo que imagina cosas. Y no creo que pueda detenerla. Maltzer lo miró de soslayo.
—Puedo detenerla —aseguró con un tono extraño. Prosiguió rápidamente—: Ya ha tenido bastante... Es casi humana. Puede vivir normalmente como otras per­sonas, sin volver a las tablas. Tal vez este gusto sea sufi­ciente. He de convencerla de que lo es. Si se retira ahora, nunca sabrá cuan crueles podrían ser sus públicos, y tal vez esa profunda sensación de... congoja, inquietud o lo que sea... no salga a la superficie. No debe salir. Es de­masiado frágil para soportarlo. —Juntó bruscamente las manos—. Tengo que detenerla. ¡Tengo que hacerlo por ella! —Giró hasta quedar frente a Harris—. ¿Se marcha­rá ahora?

Nunca en su vida Harris había sentido menos deseos de abandonar un lugar. Pensó responder simplemente: «No, no lo haré». Pero para sus adentros reconoció que Maltzer, al menos parcialmente, tenía razón. Ésta era una cuestión entre Deirdre y su creador, tal vez la culminación de la prolongada intimidad de ese año, tan parecida al matrimonio que esta prueba definitiva de la supremacía era una necesidad que reconoció. Pensó que, aunque pudiera, no impediría la confron­tación. Tal vez todo el año se había encaminado hacia este instante en el que uno de los dos debía resultar vic­torioso. Después de las prolongadas tensiones del año anterior, ninguno de los dos se encontraba en una situa­ción muy estable. Tal vez la salvación mental de uno o de ambos residía en el resultado de la confrontación. Pero como cada uno estaba poderosamente motivado, no por una preocupación egoísta, sino por la solicitud hacia el otro en este extraño combate, Harris sabía que debía dejar que resolvieran a solas la cuestión.

Estaba en la calle y hacía señas a un taxi cuando com­prendió el significado pleno de algo que Maltzer había dicho. «Puedo detenerla», había declarado con una extra­ña inflexión de la voz. Repentinamente, Harris sintió frío. Maltzer la había hecho... Claro que podía detenerla si quería. ¿Existía en ese cuerpo dorado y flexible una llave que podía inmovi­lizarlo a voluntad de su hacedor? Pensó que, a lo largo de toda la historia, ningún cuerpo, salvo el de Deirdre, pudo ser diseñado más auténticamente para convertirse en una prisión de la mente, si es que Maltzer elegía girar la llave que la encerraba. Seguramente existían muchos modos de hacerlo. Podía, simplemente, ocultar la fuente de alimentos que mantenía con vida su cerebro, si es que ése era el camino que elegía. Pero Harris no podía creer que lo hiciera. El hombre no estaba loco. No derrotaría a su propia obra. Su deci­sión surgía por su preocupación por Deirdre; ni siquiera en el último de los casos intentaría salvarla encerrándola en la cárcel de su propio cráneo.

Durante un instante, Harris vaciló en la esquina, a pun­to de regresar. Pero, aunque Maltzer recurriera a esas tácticas, contraproducentes en su propia naturaleza, ¿cómo podía un hombre impedirlo si lo hacía con la suti­leza necesaria? Pero nunca lo haría. Harris supo que nun­ca lo haría. Subió lentamente al taxi, con el ceño frunci­do. Al día siguiente vería a los dos. No los vio. Harris estuvo ocupado con las agitadas llamadas sobre la actuación del día anterior, pero el men­saje que esperaba no llegó. El día transcurrió con suma lentitud. Hacia el anochecer se rindió y llamó al aparta­mento de Maltzer. Fue la cara de Deirdre la que respondió, y de inme­diato vio que los rasgos recordados no estaban super­puestos en el vacío de su casco. Enmascarada y sin ros­tro, lo miró inescrutablemente.

—¿Todo está bien? —preguntó algo incómodo.
—Sí, por supuesto —respondió, y su voz pareció algo metálica por primera vez, como si estuviera tan concen­trada en alguna cuestión que no se preocupaba por ento­narla correctamente—. Anoche sostuve una larga charla con Maltzer, si es que te refieres a eso. Ya sabes qué quie­re. Pero todavía no hay nada decidido.

Harris se sintió extrañamente desairado por la súbita comprensión de lo metálico que había en ella. Resultaba imposible descifrar algo de su rostro o de su voz. Cada una llevaba su máscara.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Exactamente lo que pensaba —replicó sin inflexión en la voz.

Harris se debatió. Después, en un intento de espíritu práctico, agregó:

—Entonces ¿quieres que prepare las escrituras?

Sacudió su cráneo delicadamente modelado.

—Todavía no. Supongo que hoy has visto las críticas. Ellos... les gusté. —Era una exposición incompleta y, por primera vez, su voz tenía una nota cálida. Pero la preocupación también persistía—. Pensaba hacerles es­perar un poco después de mi primera actuación —prosi­guió—. Alrededor de un par de semanas. ¿Recuerdas esa pequeña granja que tengo en Jersey, John? Me marcho hoy para allí. Con excepción de los criados, no veré a nadie. Ni siquiera a Maltzer. Tampoco a ti. Tengo que meditar muchas cosas. Maltzer está de acuerdo en dejarlo todo como está hasta que ambos hayamos meditado. Él también se tomará un descanso. John, te veré en cuanto regrese. ¿Estás de acuerdo?

Desapareció mientras una tartamudeada frase de asen­timiento seguía en los labios de Harris. Quedó allí sen­tado, mirando a la pantalla. Las dos semanas que transcurrieron hasta que Maltzer lo llamó, fueron las más largas de la vida de Harris. Durante ese período pensó en muchas cosas. Creía haber percibido en la última conversación con Deirdre algo de la inquietud interior que Maltzer había mencionado, más abstracción que congoja, pero era evidente que algún pensamiento que no estaba dispuesta a compartir —¿o acaso no podía?— ni siquiera con sus confidentes más ín­timos había ocupado su mente. Si su mente estaba tan precariamente equilibrada como Maltzer temía, ¿sabría uno si había declinado o no?, se preguntó. Había dema­siadas pocas pruebas en uno u otro sentido en su forma externa imperturbable. Pero, sobre todo, se preguntó qué harían en su cuer­po sin estrenar y en su cerebro recientemente pautado dos semanas en un nuevo entorno. Si Maltzer estaba en lo cierto, tal vez habría un... drenaje perceptible cuando volvieran a encontrarse. Intentó no pensar en ello. Maltzer lo televisó la mañana del día fijado para su regreso. Éste tenía muy mal aspecto. El descanso no de­bió ser reparador. Su rostro era casi un cráneo y los ojos borrosos ardían tras los lentes. Pero parecía extrañamen­te en paz, a pesar de su aspecto. Harris supuso que había tomado una decisión, pero cualquiera que ésta fuese, no había impedido que sus manos dejaran de temblar ni el tic nervioso que, a intervalos, contraía un lado de su cara.

—Venga —dijo concisamente y sin preámbulos—. Ella llegará dentro de media hora —y desapareció sin esperar una respuesta.

Cuando Harris llegó, Maltzer miraba por la ventana y apoyaba sus manos temblorosas en el alféizar.

—No puedo detenerla —dijo monótonamente y, una vez más, sin preámbulos.

Harris tuvo la impresión de que durante dos semanas sus pensamientos debieron recorrer la misma senda, has­ta que toda palabra hablada era solamente un intervalo vocal en los vericuetos de su mente.

—No podría hacerlo. Incluso probé con amenazas, pero ella supo que no hablaba en serio. Sólo queda una salida, Harris. —Levantó la mirada, con los ojos vacíos tras las lentes—. No se preocupe. Se lo explicaré más tarde.
—¿Le explicó a ella todo lo que me explicó a mí?
—Casi todo. Incluso la acusé de esa..., esa sensación de congoja que sé que siente. Lo negó. Pero mentía. Am­bos lo supimos. Empeoró después de la actuación. Cuan­do la vi aquella noche, le aseguro que supe... Ella presien­te que algo está mal, pero no lo reconoce. —Se encogió de hombros—. Bueno...

En el silencio, oyeron débilmente el sonido del ascen­sor que bajaba desde la plataforma para helicópteros del tejado. Ambos hombres se volvieron hacia la puerta. Ella no había cambiado en lo más mínimo. Estúpida­mente, Harris quedó algo sorprendido. Después se contu­vo y recordó que ella nunca cambiaría..., nunca, hasta que muriera. Él podría volverse canoso y senil; ella se movería ante él como lo hacía ahora: flexible, dorada, enigmática. Pero creyó que ella contenía ligeramente la respira­ción cuando vio a Maltzer y la profundidad de su acele­rada degeneración. Ella no tenía respiración que conte­ner, pero su voz tembló al saludarlos. Me alegro de que ambos estéis aquí —dijo, con una ligera vacilación en la voz—. Afuera hace un día maravilloso. Jersey estaba glo­rioso. Había olvidado cuan hermoso es en verano. Malt­zer, ¿sirvió de algo el sanatorio? Irritado, éste sacudió la cabeza y no respondió. Ella siguió hablando con voz ligera, rozando la superficie, sin decir nada importante. En esta ocasión, Harris la vio como suponía que sus públicos la verían a la larga, cuando la sorpresa hubiera desaparecido y la imagen de la Deirdre viva se hubiese hundido en el recuerdo. Ahora, ella era todo metal, la Deirdre que conocerían a partir de ese día. Pero no era menos hermosa. Ni siquiera menos humana..., todavía. Su movimiento era un milagro de gracia flexible, un derroche de plasticidad en todos sus miembros. (A partir de ese momento, comprendió Harris súbitamente: era su cuerpo y no su rostro el que tendría movilidad para ex­presar emociones; debería actuar con sus miembros y con su cuerpo esbelto cubierto por la túnica.)

Pero algo estaba mal. Harris lo sintió casi perceptible­mente en sus inflexiones, su evasividad, en el modo en que se protegía con palabras. A esto se había referido Maltzer, esto era lo que Harris mismo había sentido an­tes de que se marchara al campo. Salvo que ahora era potente..., seguro. Entre ellos y la antigua Deirdre cuya voz todavía les hablaba se había corrido un velo de... se­paración. Tras él, ella estaba acongojada. De algún modo, en algún punto, había hecho un descubrimiento que la afectó profundamente. Y Harris temía enormemente sa­ber cuál debía ser ese descubrimiento. Maltzer tenía razón. Seguía apoyado contra la ventana y miraba sin ver el enorme panorama de Nueva York, entrelazado con los puentes de tránsito, parpadeante en los cristales ilumi­nados por el sol y sus distancias vertiginosas zambullén­dose en las sombras azules del nivel de la tierra. En ese momento interrumpió la cháchara trivial y preguntó:

—Deirdre, ¿te encuentras bien?

Ella rió. Fue una risa hermosa. Se movió esbeltamen­te por la habitación, mientras la luz del sol tintineaba en su musical túnica de malla, y se agachó ante una cigarre­ra situada en la mesa. Sus dedos eran hábiles.

—¿Quieres uno? —preguntó, y acercó la cigarrera a Maltzer. Él le permitió acomodar el cilindro marrón en­tre sus labios y acercarle el mechero, pero parecía no darse cuenta de lo que hacía. Ella volvió a poner la ciga­rrera en su lugar, caminó hasta un espejo situado en la otra pared y comenzó a probar una serie de ondas resba­ladizas que trazaban figuras de color oro pálido en el cristal—. Claro que me encuentro bien —afirmó.
—Estás mintiendo.

Deirdre no se volvió. Lo miraba por el espejo, pero la onda de movimiento continuó lenta y lánguidamente, im­perturbable.

—No —les aseguró a ambos.

Maltzer chupó profundamente el cigarrillo. Abrió con un golpe brusco la ventana y arrojó la colilla humeante hacia los abismos de abajo.

—Deirdre, no puedes engañarme. —Súbitamente, su voz sonaba muy serena—. Querida mía, yo te he creado. Lo sé. He sentido que esa inquietud ha crecido y crecido en ti durante bastante tiempo. Hoy es mucho más poten­te que hace dos semanas. Algo te pasó en el campo. No sé de qué se trata, pero has cambiado. Deirdre, ¿estás dispuesta a reconocer interiormente de qué se trata? ¿Ya has comprendido que no debes regresar a las tablas?
—Pues no —respondió Deirdre, sin mirarlo, a no ser de soslayo a través del espejo. Ahora sus gestos eran más lentos, y trazaba figuras perezosas en el aire—. No, no he cambiado de idea.

Ella era todo metal... exteriormente. Se aprovechaba injustamente de su metalidad. Se había retirado al inte­rior, tras la máscara de su voz y de su falta de rostro. In­cluso su cuerpo —cuyos movimientos involuntarios tal vez traicionaran lo que sentía del único modo en que aho­ra podía estar sometida a la revelación—, al que sometía a movimientos rituales que lo ocultaban totalmente. Mientras estas figuras rizadas y entretejidas la mantuvie­ran ocupada, nadie tendría modo de adivinar, a partir de sus movimientos, qué pasaba por el cerebro oculto dentro del casco. Súbitamente, y por primera vez, Harris quedó sor­prendido por la totalidad de su repliegue. Cuando la vio por última vez en este apartamento, había sido totalmen­te Deirdre, para nada enmascarada, desbordando el me­tal con la calidez y el ardor de la mujer que había cono­cido tan bien. Desde entonces —desde la actuación en es­cena—, él no había vuelto a ver a la Deirdre conocida. Se preguntó apasionadamente por qué. ¿Acaso había co­menzado a sospechar incluso en el instante de su triunfo que el público podía ser un amo veleidoso? ¿Acaso ha­bía percibido los susurros y las risas de un grupo peque­ño de sus espectadores, a pesar de que la gran mayoría la alabó? ¿O Maltzer tenía razón? Tal vez la primera entrevista de Harris con ella había sido el último ardor encendido de la Deirdre perdida, animada por la agitación y el pla­cer de encontrarse después de tanto tiempo, la animación reunida en un último y poderoso esfuerzo por convencer­lo. Ahora estaba ida, pero él no sabía si para protegerse de las crueldades posibles de los seres humanos o si se replegaba en la metalidad. Tal vez la humanidad la aban­donara rápidamente y la mancha desapacible del metal penetraba el cerebro que albergaba. Maltzer apoyó una mano temblorosa en el borde de la ventana abierta y miró al exterior. Dijo con voz profun­da y, por primera vez, sin tono quejumbroso:

—He cometido un error terrible, Deirdre. Te he hecho un daño irreparable. —Se detuvo un instante, pero Deir­dre continuó en silencio. Harris no se atrevía a hablar. Maltzer continuó un momento después—: Te he hecho vulnerable y no te he dado armas para luchar contra tus enemigos. Y la raza humana es tu enemigo, querida mía, lo reconozcas ahora o más tarde. Creo que lo sabes. Creo que por eso estás tan silenciosa. Supongo que debiste sos­pecharlo hace dos semanas, en el escenario, y comprobar­lo cuando marchaste a Jersey. Después de un tiempo te odiarán porque todavía eres hermosa y te perseguirán porque eres distinta... y desvalida. Querida mía, en cuan­to la novedad se disipe, tu público se convertirá simple­mente en una turba.

No la miraba. Estaba ligeramente inclinado y miraba por la ventana y hacia abajo. Su pelo se agitaba a causa del viento que soplaba fuertemente a esa altura y gemía en los bordes de la ventana abierta.

—Me proponía que lo que hice por ti fuera para to­dos los que sufren accidentes que pueden arruinarlos. Debí saber que mi don significaría una ruina peor que cualquier mutilación. Ahora sé que sólo existe un modo legítimo de que un ser humano pueda crear la vida. Cuando lo intenta de otra forma, como lo hice yo, tiene que aprender una lección. ¿Recuerdas la lección del es­tudiante Frankenstein? Él también aprendió. En cierto sentido, tuvo suerte... por la forma en que aprendió. No tuvo que ver lo que ocurrió después. Tal vez no ha­bría tenido valor suficiente para ello... Sé que yo no lo tengo.

Harris se descubrió de pie sin recordar que se había levantado. Supo súbitamente qué ocurriría. Comprendió el aire decidido de Maltzer, su nueva calma artificial. Incluso supo por qué Maltzer le había pedido que estu­viera allí: para que Deirdre no quedara sola. Porque él también recordaba que Frankenstein había pagado con su vida la creación ilícita de vida. Maltzer ya había asomado la cabeza y los hombros por la ventana y miraba hacia abajo casi con hipnotiza­da fascinación. Su voz le llegaba remotamente a causa de la brisa, como si entre ellos ya se hubiese interpuesto una barrera. Deirdre no se había movido. Su máscara inexpresiva lo observaba serenamente por el espejo. Ella debía ha­ber comprendido. Pero no lo demostró, aunque el balan­ceo de sus brazos casi se había detenido y se movía muy lentamente. Como una danza vista en una pesadilla, bajo el agua. Obviamente, le resultaba imposible expresar emocio­nes. Con justicia, el hecho de que en ese momento su rostro fuera inexpresivo, no podía esgrimirse contra ella. Pero ella miraba tan plenamente y sin sentir... Ninguno de los dos se acercó a la ventana. Ahora, un paso en fal­so podía significar que cayera. Permanecieron quietos, mientras escuchaban su voz.

—Los que traemos vida al mundo ilícitamente —agre­gó Maltzer, casi pensativamente—, debemos hacerle lu­gar retirando la nuestra. Parece una regla inflexible. Funciona automáticamente. La cosa que creamos torna insoportable la vida. No, querida mía, no es algo que puedas evitar. Te he pedido que hagas algo, pero te creé incapaz de hacerlo. Te hice cumplir una función y te he pedido que renuncies a lo único para lo que fuiste hecha. Creo que si lo haces, te destruirá, pero la culpa es total­mente mía, no tuya. Ya ni siquiera te pido que abando­nes las tablas. Sé que no puedes hacerlo y seguir vivien­do. Pero yo no puedo vivir y verte. Puse toda mi capaci­dad y mi amor en una última obra maestra y no puedo soportar el verla destruida. No puedo vivir y ver que haces sólo aquello para lo que te creé y que te arruinas porque debes hacerlo. Pero antes de marcharme debo cerciorarme de que comprendes. —Se asomó un poco más, miró hacia abajo y su voz se tornó más remota cuando el cristal se interpuso entre ellos. Ahora decía cosas casi insoportables, pero muy lejanas, con un tono frío y desapasionado que se filtraba a través del viento y del cristal y se mezclaba con el zumbido distante de la ciudad, de modo que las palabras estaban extrañamente despojadas de patetismo—. Tal vez sea un cobarde y huya de las consecuencias de lo que he hecho, pero no puedo marcharme y dejarte... sin comprender. Sería aún peor que la idea de tu fracaso el pensar en ti perpleja y confundida cuando la turba se abalance sobre ti. Queri­da, estoy diciendo algo que no es una verdadera noti­cia..., creo que ya lo sientes, aunque tal vez no lo reco­nozcas. Hemos estado demasiado cerca para mentirnos, Deirdre..., sé cuándo no dices la verdad. Conozco la con­goja que ha crecido en tu mente. Querida, tú no eres to­talmente humana. Creo que lo sabes. A pesar de todo lo que pude hacer, siempre serás menos que humana en muchos sentidos. Has perdido los sentidos de percep­ción que te mantenían en contacto con la humanidad. La vista y el oído son lo único que queda y, como ya he dicho, la vista fue el último sentido en desarrollarse y el más frío. Y estás tan delicadamente equilibrada en una especie de delgado filo de la razón... Sólo eres una mente clara y brillante que anima un cuerpo de metal, como la llama de una vela en un cristal. Y eres igual­mente vulnerable al viento...

Hizo una pausa y poco después agregó: —Intenta impedirles que te arruinen por completo. Cuando se vuelvan contra ti, cuando descubran que eres más desvalida que ellos... Deirdre, ojalá hubiese podi­do hacerte más fuerte. Pero no pude. Tenía demasiada capacidad para tu bien y para el mío, pero no suficien­te para eso. Volvió a guardar un breve silencio y miró hacia aba­jo. Ahora estaba precariamente equilibrado, con más de la mitad del cuerpo al otro lado del alféizar, y sólo se sostenía del cristal con una mano. Harris observaba con acongojada incertidumbre, sin saber si con un salto re­pentino podría cogerlo a tiempo o provocar su caída. Deirdre todavía trazaba sus figuras doradas, lenta e in­mutablemente; observaba el espejo y su imagen con un enigma en el rostro y los ojos enmascarados.

—Sólo deseo una cosa —agregó Maltzer con su voz remota—. Me gustaría..., antes de terminar..., que me dijeras la verdad, Deirdre. Me sentiría más feliz si estu­viera más seguro de que he... llegado hasta ti. ¿Com­prendes lo que he dicho? ¿Me crees? Si no es así, enton­ces sé que estás perdida más allá de toda esperanza. Si reconoces tus dudas, y sé que dudas, podré pensar que, después de todo, tal vez haya una posibilidad para ti. ¿Me mentías, Deirdre? ¿Sabes cuan..., cuan equivocada­mente te hice?

Se produjo un silencio. Después Deirdre replicó sua­vemente, con una exhalación de sonidos. La voz parecía colgar en mitad del aire, porque no tenía labios que la imaginación pudiera localizar.

—¿Escucharás, Maltzer? —preguntó.
—Esperaré —repuso—. Adelante. ¿Sí o no?

Ella dejó caer lentamente los brazos a los costados. Giró suave y lentamente y quedó frente a él. Se balan­ceó un poco e hizo resonar su túnica de metal.

—Te responderé —agregó—. Pero no creo que a eso.

De todos modos, no será con sí o no. Voy a caminar un poco, Maltzer. Tengo que decirte algo y no puedo hablar si estoy inmóvil. ¿Permitirás que me mueva... sin saltar? Asintió desde la lejanía.

—Desde esa distancia no puedes interferir —dijo—. Pero mantenía. ¿Qué quieres decir?

Comenzó a caminar de un lado a otro de la parte de la habitación donde se encontraba, con líquida facilidad. La mesa de la cigarrera estaba en su camino y la apartó con cuidado, observando a Maltzer y sin realizar movi­mientos rápidos que lo sorprendieran.

—Yo no soy... bueno, subhumana —afirmó con una débil nota de indignación en la voz—. En seguida lo de­mostraré, pero antes quiero decir otra cosa. Debes pro­meterme que esperarás y escucharás. En tu argumento hay un error que me ofende. Yo no soy un monstruo de Frankenstein hecho con carne muerta. Soy yo misma..., viva. Tú no creaste mi vida, sólo la conservaste. No soy un robot con obligaciones incorporadas que he de obede­cer. Maltzer, gozo de libre albedrío, soy independiente y... humana.

Harris se relajó ligeramente. Ella sabía qué hacía. Él no tenía idea de qué tramaba, pero ahora estaba dispues­to a esperar. Ella no era la autómata indiferente que él había pensado. La vio acercarse nuevamente a la mesa en una etapa de su caminata y agacharse sobre ella, con la máscara sin ojos vuelta hacia Maltzer para cerciorar­se de que una variación de sus movimientos no lo des­concertaba.

—Soy humana —repitió, canturreando ligeramente y con voz muy dulce—. ¿Crees que no? —preguntó; se irguió y quedó frente a ambos.

Entonces, súbita y casi sobrecogedoramente, la cali­dez y el viejo encanto ardoroso volvieron a irradiar a su alrededor. Ya no era un robot, ya no era enigmática. Harris podía verlo con tanta claridad como cuando en el primer encuentro la carne recordada, todavía gracio­sa y hermosa, fue evocada por su voz. Se balanceó ligeramente, como siempre lo hacía, con la cabeza ladeada, y rió entre dientes ante ambos. Era un sonido suave y hermoso, cálidamente conocido.

—Claro que soy yo misma —les dijo, y cuando las palabras resonaron en sus oídos, ninguno tuvo dudas. Su voz hipnotizaba. Giró y volvió a caminar; la persona­lidad humana que evocaba a su alrededor era tan poten­te que llegaba hasta ellos en profundos latidos, como si su cuerpo fuera un horno que emitía esas reconfortantes oleadas de calor—. Sé que tengo desventajas —afirmó—. Pero mis públicos nunca lo sabrán. No permitiré que lo sepan. Supongo que me creéis cuando digo que podría interpretar a Julieta tal como soy ahora, con un elenco de personas comunes, y lograr que el mundo lo acepte. ¿Crees que podría, John? Maltzer, ¿no me crees capaz de hacerlo?

Se detuvo al final de la caminata y giró hacia ellos y ambos la miraron sin hablar. Para Harris era la Deirdre que siempre había conocido, de color dorado pálido, ex­quisitamente graciosa en las posturas recordadas, con el resplandor interior de su brillo a través del metal tan deslumbrante como había sido a través de su carne. En ese momento, no se preguntó si era real. Más tarde vol­vería a pensar que tal vez sólo se trataba de un disfraz, algo parecido a una prenda que ella se había quitado con su cuerpo perdido y que sólo volvería a usar cuando qui­siera. Ahora, el hechizo de su encanto convincente era demasiado poderoso para asombrarse. Él miraba, con­vencido por el momento de que ella era todo lo que pa­recía ser. Podría interpretar a Julieta si decía que podía hacerlo. Podía influir en todo un público con la misma facilidad que en él. A decir verdad, en ese preciso mo­mento había en ella algo más convincentemente huma­no que todo lo que había percibido con anterioridad. Lo comprendió en esa décima de segundo de conciencia an­tes de ver de qué se trataba. Ella miraba a Maltzer. Él también miraba, hechiza­do a su pesar, sin disentir. Ella paseaba la mirada de uno a otro. Después echó hacia atrás la cabeza y la risa brotó y estalló en una enorme y ronca marea. Se estre­meció a causa de su fuerza. Harris creyó distinguir su garganta redonda, que palpitaba con las dulces y graves oleadas de risa que la sacudían. Una risa honesta, ligera­mente burlona.

Después ella levantó un brazo y arrojó el cigarrillo a la chimenea vacía. Harris se atragantó y durante un ins­tante su mente quedó vacía en una ciega negación. Él no había estado sentado viendo fumar a un robot y acep­tándolo como algo normal. ¡No podía hacerlo! Pero lo había hecho. Ése había sido el toque final de convicción que hizo que su mente hipnotizada aceptara su huma­nidad. Y ella lo había hecho con tanta destreza y natu­ralidad, había utilizado su radiante humanidad con tanta exactitud que su mente observadora ni siquiera cuestio­nó lo que hacía. Miró a Maltzer. El hombre seguía asomado a medias sobre el alféizar, pero, a través de la abertura de la ven­tana, él también miraba con estupefacta incredulidad, y Harris comprendió que habían compartido la misma ilusión. Deirdre todavía se estremecía a causa de la risa.

—Bueno, después de todo, ¿soy un robot? —pregun­tó, y la densa risa hizo temblar su voz.

Harris abrió la boca para hablar, pero no pronunció una sola palabra. Éste no era su espectáculo. La acción aparte correspondía plenamente a Deirdre y a Maltzer; no debía interferir. Giró la cabeza hacia la ventana y es­peró. Por un instante, la convicción de Maltzer pareció de­rrumbarse.

—Tú..., tú eres una actriz —reconoció lentamente—. Pero yo... no estoy convencido de que me equivoco. Creo... —Se detuvo. La nota quejumbrosa volvía a sonar en su voz y parecía asolado nuevamente por las viejas dudas y la consternación.

Entonces, Harris vio que Maltzer se ponía tenso. Percibió que la decisión retornaba y comprendió por qué. Maltzer ya había ido demasiado lejos por el frío y soli­tario camino que había elegido como para retroceder, ni siquiera ante pruebas mucho más convincentes que ésta. Había alcanzado las conclusiones sólo después de un torbellino mental demasiado terrible como para volver a enfrentarlo. La seguridad y la paz aparecían en el ca­mino que había decidido seguir. Estaba demasiado can­sado y agotado por los meses de conflicto como para desandar lo andado y comenzar de nuevo. Harris podía ver que buscaba una salida y que la encontraba un ins­tante después.

—Eso fue un truco —afirmó Maltzer irónicamente—. Tal vez también podrías hacerlo ante un público muy numeroso. Quizá puedas utilizar más trucos. Es posible que me equivoque. Pero, Deirdre... —su voz se tornó apremiante—, no has respondido a lo único que necesi­to saber. No puedes responder. Tú sientes... consterna­ción. Por mucho que puedas ocultarla entre nosotros, incluso ante nosotros..., conoces tu propia incapacidad. Yo lo sé. Deirdre, ¿puedes negarlo?

Ella ya no reía. Dejó caer los brazos, y el cuerpo fle­xible y dorado pareció encogerse un poco, como si el cerebro que un instante antes había emitido ondas po­tentes y seguras de confianza hubiese aflojado su poder y los músculos intangibles de sus miembros lo acompa­ñaran. Parte de la humanidad resplandeciente comenzó a apagarse. Se perdió en su interior y desapareció, como si el fuego del horno de su cuerpo se apagara y se en­friara.

—Maltzer —respondió insegura—, no puedo replicar a... todavía. No puedo...

Entonces, mientras esperaban angustiados a que con­cluyera la frase, ella se inflamó. Dejó de ser una figura estancada... y se inflamó. Era algo que ningún ojo po­día observar y traducir en términos que el cerebro pu­diera seguir; su movimiento era demasiado veloz. Malt­zer, en la ventana, se encontraba a una distancia equivalente a la longitud de la habitación. Se había considerado seguro a esa distancia porque sabía que ningún ser hu­mano normal podría alcanzarlo antes de que él mismo se moviera. Pero Deirdre no era normal ni humana. En el mismo instante en que permanecía lánguida junto al espejo, se encontraba simultáneamente al lado de Maltzer. Su movimiento negaba el tiempo y destruía el espacio. Del mismo modo que una colilla que alguien mueve rápidamente en la oscuridad parece describir círculos cerrados, Deirdre se inflamó en un rayo conti­núo de movimiento dorado a través de la habitación. Pero lo extraño fue que no quedó desdibujada. Harris, que observaba, sintió que su mente volvía a vaciar­se, pero menos sorprendido porque ningún ojo ni cere­bro normales podían percibir qué era lo que veía.

(En ese instante de intolerable suspenso, su comple­jo cerebro humano se detuvo súbitamente, aniquilando el tiempo a su manera, y se retiró a un rincón fresco para analizar en una fracción de segundo qué era lo que aca­baba de ver. El cerebro podía hacerlo intempestivamen­te; las palabras son lentas. Pero sabía que había presen­ciado una especie de imitación del movimiento humano, una parábola de actividad cuatridimensional. Un punto unidimensional, movido a través del espacio, crea una línea bidimensional, que en movimiento crea un cubo tridimensional. Teóricamente, el cubo en movimiento produciría una figura cuatridimensional. Ningún ser hu­mano había visto jamás una figura de tres dimensiones que se moviera a través del espacio y el tiempo... hasta ese momento. Ella no se había desdibujado; todos sus movimientos eran discernibles, pero no como las figu­ras móviles de una película. No como algo que los que utilizan nuestro idioma hubiesen visto con anterioridad; tampoco habían creado palabras para expresarlo. La mente veía, pero sin percibir. Ni las palabras ni los pen­samientos podían resolver lo ocurrido en términos ase­quibles para los cerebros humanos. Y tal vez ella no se había movido real y literalmente a través de la cuarta dimensión. Tal vez —puesto que Harris pudo verla— había sido casi, pero no del todo, esa cosa inimagina­ble. Pero se aproximaba bastante a ello.)

Mientras para el ojo lento de la mente ella seguía en el extremo de la habitación, ya estaba al lado de Maltzer y sus dedos alargados y flexibles aferraban suavemente pero con toda firmeza sus brazos. Ella aguardó... La habitación hirvió. Un calor súbito y violento azotó el rostro de Harris. La atmósfera volvió a serenarse, y Deirdre decía suavemente, en un compungido susurro:

—Lo siento..., tenía que hacerlo. Lo siento..., no era mi intención que supieras...

El tiempo alcanzó a Harris. Vio que también se apo­deraba de Maltzer, que éste se sacudía convulsivamente tratando de zafarse de las manos que lo aferraban, en un intento ridículamente inútil de impedir lo que ya ha­bía ocurrido. Hasta el pensamiento era lento en compa­ración con la velocidad de Deirdre. El brusco salto hacia fuera fue potente. Lo bastante para quebrar el apretón de las manos humanas y cata­pultar a Maltzer hacia los abismos natatorios de Nueva York. La mente saltó hacia una conclusión lógica y lo vio retorciéndose, girando y convirtiéndose con espan­tosa rapidez en un minúsculo punto de oscuridad que caía a través de la luz del sol hacia las sombras próxi­mas a la tierra. La mente incluso conjuró un grito agu­do y sutil que cayó a plomo junto con el cuerpo y per­sistió tras él en el aire estremecido. Pero la mente contaba con factores humanos. Con toda suavidad y delicadeza, Deirdre levantó a Maltzer del alféizar y lo trasladó sin esfuerzos hacia el interior seguro de la habitación. Lo dejó delante de un sofá y sus dedos dorados se apartaron lentamente de sus brazos, para que pudiera recuperar el control de su pro­pio cuerpo antes de que ella lo soltara. Maltzer se dejó caer en el sofá sin decir palabra. Na­die habló durante un lapso incalculable. Harris no podía hacerlo. Deirdre aguardaba pacientemente. Fue Maltzer el primero en recuperar el habla, y lo hizo por la vieja senda, como si su mente todavía no hubiese abandonado la huella tan profundamente surcada.

—Está bien —dijo jadeante—. Está bien, esta vez puedes detenerme. Pero lo sé. ¡Lo sé! Deirdre, no puedes ocultarme lo que sientes. Conozco el problema que tie­nes. Y la próxima vez.., ¡la próxima vez no esperaré para hablar!

Deirdre emitió el sonido de un suspiro. Carecía de pulmones que emitieran el suspiro que imitaba, pero re­sultaba difícil darse cuenta de ello. Era difícil compren­der por qué no jadeaba violentamente a causa del te­rrible esfuerzo de los últimos minutos; la mente conocía el motivo pero no podía aceptarlo. Ella todavía era de­masiado humana.

—Todavía no lo ves —dijo—. ¡Piensa, Maltzer, piensa!

Junto al sofá había un cojín. Ella se sentó graciosa­mente y unió sus rodillas cubiertas por la túnica. Echó la cabeza hacia atrás para observar el rostro de Maltzer. En ese momento sólo percibió una embotada estupidez; él había soportado demasiados tormentos emocionales para pensar.

—Está bien —le dijo ella—. Escucha..., lo reconoz­co. Tienes razón. Soy desdichada. Sé que lo que dijiste es verdad..., pero no por el motivo que supones. La hu­manidad y yo estamos muy separadas y cada vez nos alejamos más. Será difícil salvar la brecha. ¿Me oyes, Maltzer?

Harris vio el terrible esfuerzo que el despertar de Maltzer exigía. Vio que el hombre volvía a enfocar su mente y se erguía en el sofá con agobiada dureza.

—Tú..., ¿entonces lo reconoces? —preguntó con voz desconcertada.

Deirdre meneó bruscamente la cabeza.

—¿Todavía me consideras delicada? —inquirió—. ¿Sabes que te llevé en un brazo de un extremo a otro de la habitación? ¿Te das cuenta que no pesas nada para mí? Podría... —miró la habitación y señaló con una violencia repentina y bastante horrible— derribar este edificio —dijo lentamente—. Supongo que podría abrirme paso a través de estas paredes. Todavía no he encontrado límite a la fuerza que puedo desplegar si me lo propongo. —Levantó sus manos doradas y las miró—. Tal vez el metal se rompería —agregó reflexivamente—, pero puesto que no tengo tacto...
—Deirdre... —jadeó Maltzer.

Ella levantó la mirada con lo que debió de ser una sonrisa. Se percibió claramente en su voz.

—Oh, no lo haría. Si quisiera, no tendría que hacer­lo con las manos. ¡Mira..., escucha!

Echó la cabeza hacia atrás y un zumbido profundo y brillante se arremolinó y creció en lo que uno todavía con­sideraba su garganta. Se ahondó profundamente y los oídos comenzaron a zumbar. Se tornó aún más profun­do y los muebles vibraron. Casi imperceptiblemente, las paredes comenzaron a estremecerse. La habitación esta­ba llena y estallaba con un sonido que hacía estremecer sus átomos con una fuerza terrible y destructora. El sonido cesó. El zumbido se apagó. Después, Deir­dre rió y produjo otro sonido, de tono totalmente dis­tinto. Pareció extenderse como un brazo en una sola di­rección: hacia la ventana. El panel abierto tembló. Deir­dre intensificó el zumbido y, lentamente, con sacudidas imperceptibles que se confundían con la fluidez, la ven­tana se cerró.

—¿Te das cuenta? —preguntó Deirdre—. ¿Te das cuenta?

Pero Maltzer sólo era capaz de mirar. Harris también observaba y su mente comenzaba a aceptar lentamente lo que sus acciones implicaban. Ambos estaban demasia­do azorados para arribar a alguna conclusión. Deirdre se levantó con impaciencia y volvió a cami­nar, con un resonar de la túnica metálica y un parpa­dear de las luces reflejadas. Su elasticidad la asemejaba a una pantera. Ahora, ellos percibieron el poder tras ese movimiento flexible; ya no la consideraban desvalida, pero aún estaban muy lejos de captar la verdad.

—Te equivocaste con respecto a mí, Maltzer —afir­mó en un esfuerzo paciente—. Pero también tenías ra­zón, en un sentido que no imaginaste. No tengo miedo a la humanidad. No tengo nada que temer de ellos. Pues... —su voz adoptó un tono desdeñoso— ya he mar­cado una moda en la ropa de mujer. La semana próxi­ma, no verás en la calle a una mujer sin una máscara como la mía, y todos los vestidos que no estén cortados como una clámide, estarán fuera de moda. ¡No temo a la humanidad! No perderé el contacto con ellos a menos que quiera hacerlo. He aprendido mucho..., ya he apren­dido demasiado.

Su voz se apagó un instante y Harris tuvo una visión rápida y espantosa de sus experimentos en la soledad de la granja, las pruebas del alcance de su voz, las prue­bas de su visión... ¿Podía ver microscópica y telescópi­camente y su oído era tan anormalmente flexible como su voz?

—Tú temías que yo hubiese perdido el tacto, el olfa­to y el gusto —prosiguió, moviéndose todavía con ese paso poderoso y atigrado—. ¿Crees que el oído y la vis­ta no eran suficientes? Pero ¿por qué crees que la vista es el último de los sentidos? Quizá sea el último, Malt­zer, Harris..., pero ¿por qué creéis que es el último?

Tal vez ella no lo susurró. Tal vez fue el oído de ellos el que hizo que pareciera apagado y distante, mientras el cerebro se contraía y no permitía el paso del pensa­miento con su pasmosa totalidad.

—No —agregó Deirdre—, no he perdido el contacto con la raza humana. Nunca lo haré, a no ser que quiera. Es demasiado fácil..., demasiado fácil.

Miraba sus pies brillantes mientras caminaba, y su rostro enmascarado estaba apartado. Ahora el dolor se traslucía en su voz suave.

—No tenía intención de que lo supieras —dijo—. Nunca te lo habría dicho, si esto no hubiera ocurrido. Pero no podía permitir que siguieras creyendo que habías fracasado. Hiciste una máquina perfecta, Maltzer. Más perfecta de lo que suponías.
—Pero, Deirdre... —suspiró Maltzer, con sus ojos fas­cinados y todavía incrédulos, fijos en ella—, pero, Deir­dre, si tuvimos éxito... ¿qué es lo que está mal? Puedo sentirlo ahora..., lo he sentido en todo momento. Eres tan desdichada... Todavía lo eres. ¿Por qué, Deirdre?

Ella levantó la cabeza y lo miró sin ojos, pero con una mirada penetrante.

—¿Por qué estás tan seguro de eso? —preguntó sua­vemente.
—¿Crees que podría equivocarme, conociéndote como te conozco? Pero yo no soy Frankenstein... Dices que mi creación es impecable. Entonces, ¿qué...?
—¿Podrías hacer un duplicado de este cuerpo? —in­quirió.
Maltzer miró sus manos temblorosas.
—No lo sé, pero lo dudo. Yo...
—¿Alguien podría hacerlo?
Él permaneció en silencio. Deirdre respondió en su lugar.
—Creo que nadie podría hacerlo. Creo que yo soy un accidente. Una especie de mutación a mitad de camino entre la carne y el metal. Algo accidental y..., y no na­tural, que se aleja por un sendero erróneo de la evolu­ción que nunca llega a un punto muerto. En un cuerpo como éste, otro cerebro podría morir o enloquecer, como pensaste que me ocurriría. Las sinapsis son demasiado delicadas. Pero conmigo tuviste... llámalo suerte. Por lo que ahora sé, no creo que... un barroquismo corno yo pudiera volver a existir. —Se detuvo un momento—. En cierto sentido, lo que hiciste fue encender el fuego para el Fénix. Y el Fénix se eleva perfecto y renovado de sus propias cenizas. ¿Recuerdas por qué tenía que reprodu­cirse de ese modo?
Maltzer negó con la cabeza.
—Te lo diré. Porque sólo había un Fénix. Sólo uno en todo el mundo.
Se miraron en silencio. Luego, Deirdre se encogió li­geramente de hombros.
—Naturalmente, siempre surgía perfecto del fuego. Maltzer, yo no soy débil. No dejes que esa idea siga per­turbándote. No soy vulnerable ni desvalida. Tampoco soy subhumana —rió secamente—. Supongo que soy... suprahumana.
—Pero... no eres feliz.
—Supongo que sí. No es infelicidad, Maltzer..., sino temor. No quiero alejarme tanto de la raza humana. Desearía no tener necesidad de hacerlo. Por eso vuelvo a las tablas..., para mantenerme en contacto con ellos mientras pueda. Me gustaría que existieran otros como yo. Estoy..., estoy sola, Maltzer.

Silencio una vez más. Después, Maltzer agregó, con una voz tan lejana como aquella con la que les había ha­blado a través del cristal, sobre abismos tan profundos como el olvido:

—Entonces, después de todo, soy Frankenstein.
—Tal vez lo seas —repuso Deirdre con toda suavi­dad—. No lo sé. Tal vez lo seas.

Giró y caminó poderosa y suavemente por la habita­ción, hasta la ventana. Ahora que Harris lo conocía, casi podía oír el poder total que ronroneaba en sus miem­bros mientras caminaba. Apoyó su frente dorada contra el cristal —tintineó débilmente, con un sonido musical— y miró las profundidades sobre las cuales Maltzer había estado suspendido. Su voz sonaba reflexiva mientras mi­raba esos espacios vertiginosos que habían ofrecido el olvido a su creador.

—Sólo puedo pensar en un límite —susurró, casi im­perceptiblemente—. Sólo uno. Dentro de más o menos cuarenta años, mi cerebro se desgastará. Entre el pre­sente y ese momento aprenderé..., cambiaré..., sabré más de lo que hoy puedo adivinar. Cambiaré... Es aterra­dor. No me gusta pensar en ello. —Apoyó una mano cur­vada y dorada en el pestillo y, con gran facilidad, abrió ligeramente la ventana. El viento gimió en el borde—. Si quisiera, podría ponerle fin ahora mismo —agregó—. Si quisiera. Pero, en realidad, no puedo. Hay tantas co­sas todavía sin probar... Mi cerebro es humano y ningún cerebro humano podría dejar de poner a prueba tantas posibilidades... Pero me pregunto..., me pregunto...

Su voz sonaba suave y conocida en los oídos de Harris; era la voz con la que Deirdre había hablado y can­tado, tan dulce como para fascinar a un mundo. Pero a medida que la preocupación se apoderaba de ella, cier­ta monotonía dominó el sonido. Cuando ella no escucha­ba su propia voz, ésta no conservaba totalmente el tono de autenticidad. Sonaba como si ella hablara en una ha­bitación de latón, y los ecos de las paredes resonaban en los tonos pronunciados allí.

—Me pregunto... —repitió, y su voz ya mostraba esa lejana tacha metálica.

C.L. Moore (1911-1987)



Relatos de C.L. Moore. I Relatos góticos. I Cuentos fantásticos.


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El resumen del cuento de C.L. Moore: Ninguna mujer nacida (No Woman Born) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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