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El Demonio en la Tierra: Robert Bloch


El Demonio en la Tierra (Hell on Earth) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Bloch, publicado en la edición de marzo de 1942 de la revista Weird Tales.






El Demonio en la Tierra.

Hell on Earth, Robert Bloch (1917-1994)

I. El Instituto.

—Permita que le haga una pregunta —me espetó mi visitante—. ¿Quisiera ir usted al infierno por diez mil dólares?
—Amigo mío, enséñeme el dinero y dígame cuándo sale el primer tren —repliqué.
—Hablo en serio —repuso con gravedad el profesor Keith.

Al cabo de un instante cerré la boca, que había abierto de par en par.

—Un momento —pedí—. Usted no posee pezuñas ni se aparece entre nubes de azufre, ni está loco ni toma drogas. Usted es el profesor Phillips Keith, director asociado del Instituto Rocklynn. Y me ofrece diez mil dólares por ir al infierno.

El hombrecillo que estaba ante mí se ajustó los lentes y sonrió. Su aspecto era de obispo apacible.

—Si alguien ha de ir al infierno en mi lugar, deseo que sea usted —declaró muy solemne.
—Muy amable, profesor y le agradezco la deferencia. Pero quisiera que se explicara mejor y entonces tai vez me decidiese. Un hombre no recibe este ofrecimiento todos los días.
Por toda respuesta me tendió un recorte de periódico.
—Lea esto.

INSTITUTO CIENTÍFICO A PUNTO DE CONVERTIRSE EN UN ANTRO DE BRUJERÍA

El mundialmente famoso Instituto Rocklynn se transformará en un lugar de reunión de demonios y duendes, según los proyectos de Thomas M. Considine, el famoso filántropo. Considine ha donado cincuenta mil dólares para quese utilicen en lo que él califica de "estudio científico de la hechicería y la magia negra". El profesor Phillips Keith ha anunciado hoy que el Instituto Rocklynn se propone estudiar seriamente las posibilidades del proyecto. Las bases científicas de los miagas antiguos son Los vendedores de gatos negros, sapos disecados y filtros de amor, hallarán muy ventajoso entablar relaciones con el Instituto Rocklynn.

—¡Es repugnante que hablen así del Instituto! —exclamé, devolviendo el recorte a Keith—.Ahora, cuénteme la verdad.

Keith se puso de pie.

—¿Por qué no me acompaña y lo averigua por sí mismo?
—Encantado.

Salimos de mi casa y, subiendo al coche del profesor, nos internamos entre el tráfico callejero.

—Por lo visto, no se trata de ninguna exageración periodística —comenté—. ¿De veras proyecta semejante experimento?
—Nunca he pensado nada con mayor seriedad —replicó el profesor—. Yo fui quien convenció a Considine para que donase ese dinero. Durante muchos años ha sido mi ambición llevar a cabo un experimento de esa clase. Lamento que los periódicos se hayan enterado del asunto; pero, de ahora en adelante, ya no habrá más publicidad. Nadie debe saber que el Instituto Rocklynn intenta resucitar lo muerto y conjurar a los demonios en la ciudad más moderna de la tierra.
—Bien —quise saber—, ¿cuál es mi papel en este asunto?
—Muy sencillo. Me citaron su nombre como el de un escritor de novelas terroríficas o fantásticas. Por tanto, pensé que usted se hallaría más capacitado que otros para comprender esas verdades.
—Pero yo no creo en esas patrañas —objeté.
—Naturalmente. A eso voy. Usted se halla capacitado para comprender lo que intentamos; pero es escéptico; no cree en lo que escribe; por ello se le ha elegido como testigo oficial e historiador de nuestros experimentos. O sea que le contratamos como testigo.
—¿Quiere decir que me pagarán diez mil dólares por verles hacer brujerías? ¿Por acompañarles montado en una escoba?

Keith se echó a reír.

—Es usted demasiado incrédulo. Venga, necesita un ejemplo inmediatamente.

Entramos en el rascacielos, subimos en el ascensor particular, cruzamos el vestíbulo del Instituto Rocklynn, situado en el ático, y atravesamos una puerta señalada como "Privado". Si alguna vez esta palabra ha estado bien empleada era en esta ocasión, pues era la simple barrera que separaba la cordura de la demencia. Una demencia negra en una habitación tapizada enteramente de negro. Iluminada por las rojas llamas de un brasero, cuyas ascuas eran como parpadeantes ojos infernales y llena de perfumes de especias, humedad y tumba. Era una estancia que pertenecía al siglo XV, arrancada a los sueños de los hechiceros y alquimistas. Cierto que las mesas y estantes eran modernos, pero gemían bajo el peso de viejos horrores.

Una hilera de tubos de ensayo, de moderno cristal Pyrex, pero con etiquetas tan infernales como éstas: "Sangre de murciélago", "Raíz de mandrágora", "Polvo de momio", "Grasa de cadáver", y aún otras peores. En un rincón se veían unas neveras modernísimas, que contenían innumerables cuerpos. Junto a un fuego de leña, sobre unos trébedes, veíanse extraños calderos. Un estante contenía instrumentos de alquimia. Frascos con hierbas se hallaban junto a otros que contenían huesos pulverizados. El suelo estaba cruzado por dibujos pentagonales y signos del zodíaco, hechos con pintura azul fosforescente, y alguna otra materia que emitía radiaciones rojizas.

Una pared estaba cubierta de libros. La luz se reflejaba en polvorientos y resecos volúmenes, que en un tiempo estuvieron en contacto con las manos de las brujas y los nigromantes. Por un momento, permanecí junto al profesor Keith, en tanto la férrea puerta que acabábamos de cruzar se cerraba detrás de nosotros. Unos ojos, de pronto, se fijaron en los dibujos y horrores de aquella habitación. De repente algo se movió en un extremo de la estancia y avanzó hacia mí. De momento, sólo era una sombra blanca, pero luego... Di un salto que por poco me obliga a chocar mi cabeza con el techo.

—Le presento al doctor Ross —le presentó el profesor.
—¡Ejem! —carraspeé.

El ovalado rostro del doctor Ross se inclinó hacia delante. Una fina mano estrechó la mía y, con deliciosa voz, el doctor declaró:

—Tengo un gran placer en conocerle.
—¡Ejem! —repetí.
—¿Sólo sabe decir "ejem"? —preguntó muy curioso el doctor Ross.
—Creo que también usted perdería la voz si le metiesen en un cuarto lleno de horrores, y cuando esperase encontrarse delante de un fantasma viese avanzar hacia usted a la muchacha más hermosa...

Me interrumpí. Sin embargo, no me arrepentía de mi desliz, pues el doctor Ross era en realidad la doctora Ross, una joven bellísima. Su cabello rubio no estaba oculto por ninguna gorrita médica y sus atractivas facciones estaban debidamente maquilladas, y su cuerpo esbelto quedaba bien modelado por la bata blanca.

—Muchas gracias —dijo la doctora Ross sin ningún embarazo—. Bien venido al Instituto Rocklynn. Supongo qué se interesa por la magia negra ¿verdad?
—Si todas las brujas son como usted...
—Lily Ross no es ninguna Circe —me interrumpió el profesor Keith—, y a usted no se le contrata para que la piropee. Hay mucho trabajo que hacer. Esta tarde invocaremos a un demonio.
—¡Demonio! —exclamé en broma—. ¿Habla en serio?

Keith sacó del bolsillo unos papeles y los colocó sobre la mesa, junto a un crucifijo invertido en el que estaba clavado un murciélago, cabeza abajo. Sacando una pluma estilográfica me lo tendió.

—Firme.
—¿Qué he de firmar?
—El contrato que compromete sus servicios por tres meses. Diez mil dólares. Cinco mil ahora y otros cinco mil al término de nuestro ¡experimento. ¿Conforme?
—Desde luego —asentí.

Con mano temblorosa firmé el contrato, recibiendo del profesor Keith el cheque extendido por él mismo.

—Bien —sonrió Keith, guardando los documentos—. ¿Podemos empezar ya, Lily?
—Todo está dispuesto, profesor —replicó la joven.
—Entonces, trace el pentagrama —murmuró Keith—. En la nevera encontrará la sangre perfectamente conservada. Recite la invocación y encienda los fuegos. Yo la protegeré con los revólveres. Si ocurriese algo dispararía a matar.

Con una amable sonrisa, Keith sacó dos revólveres que llevaba en sus fundas sobaqueras y los empuñó fuertemente.

II. La Aparición.
—Están cargados con balas de plata —me explicó el profesor—. Son excelentes contra los vampiros, los hombres-lobo y los vrykolas. No sé lo eficaces que puedan ser contra los dracónibus...
—¿Qué?
—Un dracónibu es un cacodemonio de la noche. Una especie de íncubo. Si el abate Richalmus no se engaña. Empleamos su invocación del libro Líber revelatonium de insídiate versutiis daemonum adversus homines. Dice que esos seres son negros, escamosos, de aspecto casi humano, aparte de las alas y los colmillos, pero de un orden inferior de inteligencia. Son algo semejantes a los elementales. Si las balas nada pueden contra ellos, siempre queda el pentagrama. Ya sabe qué es: una estrella de cinco puntas, que representa a Satanás, el macho cabrío del sábado.
—Oiga ¿está loco? —le pregunté a mi pesar.
—Un momento —se enojó Keith—. Desde el principio aclaremos una cosa: nada me importa su escepticismo. Y le ruego que no dude de mi buen juicio ni de la sinceridad de mis actos.
—¡Pero todo esto es demasiado pueril y absurdo! —me quejé—. ¡Mezclar la ciencia con la brujería!
—¿Por qué no? —inquirió Keith—. La magia de ayer es la ciencia de hoy. Los brujos de los siglos precedentes al nuestro trataban de alejar los demonios del cuerpo humano de que se habían apoderado. Actualmente, los psiquiatras curan la locura mediante el hipnotismo, casi de igual forma. Hubo un tiempo en que los alquimistas trataban de convertir en oro otros metales más bajos. Actualmente, ese mismo esfuerzo se continúa sobre la base de las mismas investigaciones. ¿No intentan en la actualidad los médicos obtener el elixir de larga vida empleando sangre humana y animal, como antes hacían los magos? ¿No se quiebran los cascos nuestros sabios con los vitales problemas de la Vida y la Muerte? ¿No conservan, vivas, cabezas de perros y gallinas a pesar de haber sido ya cercenadas? En otras épocas, esos trabajos costaban la hoguera. Aquellos sabios morían por enfrentarse con los problemas que hoy atacan abiertamente nuestros hombres de ciencia. Pero estoy convencido de que los sabios de antaño obtuvieron en algunos casos un éxito mayor que los de ahora.
—Entonces ¿cree que los hechiceros consiguieron resucitar a los muertos e invocar los espíritus elementales?
—Quiero decir que lo intentaron y que tal vez tuvieron éxito. Que sus teorías no eran erróneas, pero que quizás lo fueron sus sistemas y métodos de trabajo. Y opino que la ciencia moderna puede hacerse con las mismas teorías, aplicar los 'debidos métodos y obtener un éxito mayor. Y eso es lo que me dispongo a hacer.
—Pero...
—Observe.

Obedecí. Observé. La grácil figura de Lily Ross iba de un lado a otro de la estancia. Sus dedos, al acercarse al brasero, parecían poblarse de llamitas. De una bolsa que llevaba a la cintura sacó unos polvos que derramó sobre las ascuas, de las cuales se elevaron unas llamas verdes, azules y purpúreas. Un calidoscopio de diabólica luminosidad inundó la amplia estancia. Rojas llamas brotaban de las velas y saltaban de los pabilos a la oscuridad. Lily inclinóse al suelo y trazó un dibujo plateado. Una estrella de cinco puntas. El espacio interior de la estrella se llenó con un líquido rojo.

—Sangre —susurró Keith—. Sangre tipo B.
—¿Cómo?
—Sí, tipo B. ¿No le he contado que utilizábamos métodos científicos modernos? El hechicero de la Edad Media era casi un charlatán. Algunos rondaban por las cortes de los nobles o príncipes, pasando por astrólogos, por lectores quirománticos y halagando en todo a sus amos. Otros no hacían más que solicitar dinero para conseguir la transmutación del plomo en oro, lograr el elixir de la juventud o encontrar la piedra filosofal. Charlatanes y sólo charlatanes. Otra clase de vividores eran los que vendían filtros de amor, prometían echar mal de ojo a los enemigos de sus clientes y pretendían curar los males, desde la epilepsia al cólera. Mezclados entre esos impostores se hallaban los psicópatas. Los demonomaníacos que danzaban desnudos en los cerros y colinas durante el Walpurgis, afirmando cabalgar sobre escobas voladoras, conversar con los muertos y tener amantes infernales. Pero siempre existieron hombres que tomaron en serio los estudios de esa ciencia. De sus escritos, de sus hechizos e invocaciones, nos valemos ahora.

Keith hizo una pausa para indicar las estancias.

—Me costó largo tiempo reunir esta colección. Manuscritos, pergaminos, fragmentos de tratados, documentos secretos de todos los países y edades. Valiosos incunables que cuestan una fortuna. Pero la valen.
—¿Y no están llenos de las mismas necedades que los demás? —quise saber—. He leído algunos de tales libros y más parecen obra de algunos locos.
—Entre las solemnes necedades puede haber verdades enormes. Se descubren fácilmente. Algunas invocadas están equivocadas, otras son auténticas.
—¿O sea que si lee un conjuro aparecerá un demonio, un vampiro o un fantasma?
—Sí, si se lee correctamente —asintió Keith—. Ésa es la base. Ahí es donde interviene la ciencia. En muchos casos, por temor, no se ha escrito la invocación completa. En otros el conjuro tiene palabras cambiadas debido a una traducción incorrecta. La Iglesia quemó tolos los manuscritos y libros de esa clase que pudo hallar. Lo hizo durante varios siglos. Y tuvimos que emplear varios meses en los preparativos, seleccionando lo bueno entre lo malo, uniendo fragmentos sueltos, estudiando las fuentes de origen. Ha sido un trabajo muy arduo para la doctora Ross y para mí. No obstante, podemos hoy asegurar que poseemos en nuestras manos casi un centenar de conjuros legítimos para la invocación de las fuerzas sobrenaturales. Si se recitan como es debido, se obtiene, como con las oraciones corrientes, un resultado inmediato. Además, algunas de las invocaciones exigen ceremonias como ésta. Hemos gastado una enorme cantidad de dinero para reunir el instrumental y los materiales necesarios para estos experimentos. Cuesta mucho encontrar sangre de mandril y obtener los cadáveres necesarios. Es repulsivo, bien lo sé, pero imprescindible.
—Pero sangre del tipo B... —repetí, encogiéndome de hombres.
—Es una simple demostración de lo cuidado de nuestro método de trabajo. Atacaremos lo natural con métodos modernos. Tenga en cuenta los fracasos de nuestros antecesores. Ya he dicho que la mayoría de los hechiceros eran unos farsantes. Los que trabajaban seriamente utilizaban, a veces, traducciones equivocadas, como ya he demostrado. Como es natural, no triunfaban. Otras veces, carecían de los materiales debidos. Si el conjuro exigía el empleo de sangre de mandril, ellos utilizaban otra clase de sangre y, por simple reacción química, el conjuro quedaba destruido. Al utilizar sangre humana hay que tener en cuenta la cantidad tan variada de tipos existentes y, por consiguiente, un hechizo que surtiría efecto empleando la sangre debida, puede fracasar con el uso de otra sangre. Si ahora nos hallamos con una receta que exige el empleo de polvos de cuerno de unicornio, la echamos al cesto de los papeles pues sabemos que es un fraude. En fin, tal vez a usted todo eso le parezcan detalles sin valor, pero en ellos puede residir el triunfo, como resultado de un razonamiento científico. Hemos repasado bien nuestros hechizos e invocaciones, hemos comprobado las fórmulas, reuniendo los ingredientes más auténticos. En tales condiciones no podemos fracasar, si existe alguna verdad en las historias sobrenaturales que han privado en el mundo durante las edades anteriores a la nuestra. Hoy, empleando la sangre de tipo B, vamos a poner en práctica la invocación de Richalmus para evocar un dracónibus. La doctora Ross ha trazado el pentagrama y ha alimentado los fuegos con los tres colores. Ahora leerá la invocación en su original latino. Si las condiciones se producen exactamente como está mandado, pronto veremos al alado demonio de la noche que el buen abad describió tan gráficamente. Quizás lo podamos capturar y lo ofrezcamos como prueba viviente al mundo.
—¿Quiere capturarlo? —murmuré. Keith sonrió.
—¿Por qué no? Esa es la prueba que necesitamos para confundir a los escépticos. El mismo Tom Considine, cuando me dio el dinero, se rió de mí. Me gustaría ver su expresión cuando le enviase el dracónibus.

Keith soltó una carcajada y señaló al techo.

—Si la cosa aparece y es peligrosa, tengo siempre a mano las balas de plata para dominarlo, pero preferiría mucho más capturarla viva. Hay que tener en cuenta la importancia científica.

Miré hacia donde señalaba con el dedo. Suspendida por cadenas, en el techo, se veía como una cabina de cristal. Pendía directamente encima del espacio en que se veía el pentagrama.

—Fíjese en la palanca que se ve junto a la puerta —indicó Keith—. Sólo hay que moverla para que la jaula caiga sobre el ser que aparezca en este lugar.
—Pero el demonio romperá el cristal —objeté.
—En absoluto —sonrió el profesor—. Dentro del cristal hay una cantidad muy grande de cruces nada agradables para el demonio. Las junturas del cristal están protegidas por tubos de agua bendita y otro tubo penetra al interior para dar paso al aire y, en caso de necesidad, para descargar el suficiente monóxido de carbono que convierta la jaula en una cámara letal. Por tanto, si ocurre algo mueva la palanca.

Las palabras de Keith me impresionaron fuertemente. Parecían las palabras de un loco, pero el loco era nada menos que el profesor Keith del Instituto Rocklynn. El aire estaba lleno del hedor de las velas hechas con grasa de cadáver. La sangre manchaba el viejo símbolo trazado en el suelo. El silencio y la oscuridad se poblaban de rumores. Lily Ross, con un viejo pergamino en la mano, dio un paso hacia el azulado brasero. Permaneció allí, como una estatua, como una bruja blanca, pronunciando las primeras palabras de la invocación. Su boca era como una flor escarlata de la que emanase corrupción. Sus labios parecían el cielo; pero su voz era el infierno. Veíase una hermosa joven y escuchaba a una vieja repulsiva y bruja.

Pronunciaba las palabras en latín, pero más que palabras eran sonidos, una invocación. La voz de la joven era el instrumento. Entonces comprendí el inmenso poder de la palabra como plegaria y corno invocación del diablo. El rumor de la voz se mezclaba con la oscuridad que, a su vez, se confundía con las luces y los fuegos. El pentagrama comenzó a vibrar. Las llamas corrían por el suelo. Las sombras se poblaban de zumbidos.

De pronto, se oyó un fuerte latido, las paredes se estremecían; adquirieron luego el compás de las palabras de la joven, el estruendo se confundió con ellas y como tomando energías, resonó más fuerte. El humo brotó de los braseros a la vez que un viento impetuoso soplaba en la habitación. Me estremecí bajo la helada ráfaga que no era de aire. Una blanca figura inclinóse hacia el suelo. De pronto, sentí que me sacudían violentamente y una voz gritó:

—¡Despierte! Se ha dormido de pie. No soplaba ya viento. No se oía rumor alguno. Lily Ross estaba delante de mí, inmóvil, abatida.
—¡Hemos fracasado! —refunfuñó Keith.
—Sin embargo, yo noté...
—Autosugestión. No dio resultado. Déjeme ver esa copia de la invocación —le pidió a Lily. Tomó el papel y lo leyó atentamente.
—¡Maldición!

Lily abrió mucho los ojos.

—¿Qué ocurre?
—Aquí tenemos un ejemplo perfecto de lo que intentaba explicarle. Se ha cometido un error. No es la invocación que necesitábamos. No es la invocación de Richalmus sino otra muy parecida. Es la invocación del demonio, recopilada por Georgioso.
—¿Cómo puede haber ocurrido? —se apuró la joven—. Yo juraría que...
—Por error ha recitado la invocación al demonio —respondió Keith—. No me extraña que no ocurriese nada.

Volvióse de nuevo hacia mí, mas no pude decir nada, porque los ruidos y los zumbidos se habían reanudado. Y esta vez no cabía pensar en la autosugestión. La habitación se estremeció como si todo el edificio fuese conmovido por un terremoto. Lily y el profesor Keith vacilaban junto a mí. Los braseros ardían con potentes llamas. Un rugido de tormenta llenaba nuestros cerebros. A nuestros pies el pentagrama dibujado ardía materialmente. Dentro de él una negra sombra iba tomando consistencia: la figura del Macho Cabrío del Sábado. Por el rabillo del ojo vi a Lily Ross avanzar con manos temblorosas y dejar caer el pergamino en el que había leído la invocación equivocada. ¡La que llamaba al demonio a este mundo! ¡Y ahora, dentro de los límites del trazado ¡pentagonal, envuelto en llamas rugientes, que danzaban, proyectando sus sombras contra los muros, donde parecían bailar una danza macabra, se veía ya una sombra más densa que las demás!

III. El Diablo.
Ninguno de los tres que allí nos encontrábamos tenía fuerzas para mover un solo dedo. Mientras tanto, la presencia permanecía acurrucada en el centro del dibujo cabalístico, con su negra cara de macho cabrío iluminada por los fuegos. La peluda cabeza, los retorcidos cuernos, el diabólico y familiar rostro, todo fue cobrando forma y vida. Era, un cuadro, fruto de un sueño infernal. De pronto, la figura entró en acción. Movió los brazos y los pies y comenzó a avanzar. De un salto, obedeciendo más al instinto que a la voluntad, llegué a la puerta y accioné la palanca. Oyóse el chirriar de cadenas y, con fuerte estrépito, la jaula de cristal inastillable cayó sobre la figura, aprisionando en su interior a Satanás, Príncipe de las Tinieblas. Aquel monstruo saltó contra los muros de cristal y retrocedió rápidamente.

—¡Dios mío! —exclamó en aquel momento Keith, que había recuperado el habla.

Me eché a reír. No pude evitarlo.

—¿Qué le ocurre? —susurró Lily.
—He luchado contra el propio Satanás y le he vencido —me envanecí.
—Es para volverse loco —musitó la joven—. Tenemos a Satanás encerrado en la habitación de un rascacielos.
—¿Sigue incrédulo? —preguntó Keith.
—Los incrédulos no sudan —repliqué, secándome la frente—, pero si no soy incrédulo, al menos soy práctico. ¿Qué hacemos ahora?
—Ante todo, encender la luz.

Keith fue hacia el interruptor y la estancia se llenó de prosaicas luces, convirtiendo la habitación en una estancia completamente vulgar... a no ser por la figura que había dentro de la jaula de cristal. A oscuras, aquella visión era desagradable, pero a plena luz resultaba infinitamente peor. El satánico prisionero nos contemplaba orgullosamente erguido. La luz ponía de manifiesto todos los detalles. Demasiados detalles. Su piel negra relucía de manera opaca.

—Es tal como lo había imaginado —murmuró el profesor—. La perilla, el monóculo, la roja epidermis...
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Dice que su piel es roja? ¡Es negra!
—Es escamosa —declaró Lily.
—¡Nada de escamas! —protesté—. ¿Qué dicen? ¿Y el monóculo donde está? ¡Si parece un macho cabrío negro!
—¿Está loco? —se irritó Keith—. Se ve claramente que es un hombre vestido de etiqueta, de cara roja, con un monóculo.
—¿Y su cola ahorquillada? —exclamó Lily—. ¡Eso es lo peor!
—¡No tiene cola! —grité—. Ninguno de ustedes lo ve bien.

Keith dio un paso atrás.

—Un momento —pidió—. Estudiemos eso. Usted cree ver un macho cabrío, negro, con facciones humanas ¿verdad? —me preguntó.
Asentí con el gesto.
—¿Y usted, Lily?
—Yo veo un ser escamoso, de cola ahorquillada. Parecido a un lagarto gris.
—Bien, yo veo a un hombre vestido de etiqueta, de cara roja —terminó el profesor—. Y todos tenemos razón.
—No entiendo.
—En realidad, nadie sabe cuál es el verdadero aspecto del diablo. Cada uno de nosotros se ha formado su imagen mental extraída de las ilustraciones de los libros consultados. Los adoradores y los enemigos de Satanás lo han pintado de distintas maneras. Para unos era el macho cabrío de las bacanales sabáticas; para otros era la encarnación de la tentadora serpiente. Para los modernos es un caballero rojo. Cada cual lo ve a su manera por lo que nosotros vemos una misma figura de tres formas distintas. Y no podemos dilucidar cuál es su aspecto verdadero. Puede ser gas, luz, o simplemente llama; pero nuestro cerebro le da forma material.
—Quizá tenga razón —se avino Lily.
—Todo esto es muy interesante —intervine—, pero ¿qué hacemos ahora? ¿Avisar a la prensa?
—¿Se burla? ¿Sabe qué ocurriría si el mundo se enterase de que lo tenemos prisionero en esta habitación? ¿No comprende la locura y el pánico que se desencadenaría sobre la tierra? Además, tenemos que realizar experimentos. Sí, ésta es nuestra oportunidad. La Providencia debió de guiarnos al cometer aquel error.
—¿Está seguro de que fue la Previdencia? —gimió Lily—. Tengo la impresión de que este regalo no nos viene del cielo.
—No se excite —le rogó el profesor—. Piense en lo que tenemos entre manos. ¡Es lo más grande que se ha legrado jamás!
—Keith, esto es peligroso —aduje—. No me gusta. Aparentemente, nuestro visitante está embotellado bajo esa campana de cristal, pero ¿y si fuerza la salida?
—No puede huir —declaró el profesor—. ¿Tiene usted miedo? ¿No se da cuenta de que en esta habitación tenemos la prueba de la existencia del demonio y de todo lo sobrenatural?
—Al demonio prefiero tenerlo lo más lejos posible —mascullé.
—Habla usted como un hombre miedoso.
—Es posible que los miedosos estén más en lo cierto que los científicos. Llevamos muchos siglos luchando contra ese ser y es posible que su inteligencia sea superior a la de ustedes. Sobre todo, en este caso.
—Examinaremos al demonio con todos los medios de investigación a nuestro alcance —declaró el profesor—. Lo someteremos a análisis de sangre, a rayos X... Volví la cabeza, disgustado ante tanta locura.
—Quizás ese ser pueda hablar —dijo Lily, a quien me había yo vuelto en busca de un poco de normalidad—. Impresionaremos fotografías...
—¡Es el éxito... el verdadero triunfo de la ciencia! —blasonó el profesor—. Haremos un estudio científico de todo lo diabólico. La potencia que el hombre temió desde los primeros días de la creación está ahora en nuestras manos. ¡El gran dios Pan! ¡La serpiente! ¡El Ángel Caído! ¡Satanás! ¡Lucifer! ¡Luzbel! ¡Belcebú! ¡Azriel! ¡Asmodeo! ¡Sammael! ¡Zamiel! ¡El Príncipe de las Tinieblas! ¡El Macho Cabrío negro del Sábado! Ariman, Malik, Mefistófeles, el arquetipo del mal conocido por los hombres con infinidad de nombres.

Sentí deseos de soltar una nerviosa carcajada. ¡Era demasiado! Lily me salvó.

—Salgamos de aquí —propuso—. En seguida. Mañana podremos discutir sobre esto y convencernos de que no estamos locos.
—Sí, es mejor —asintió Keith—. Aquí está seguro. No puede escapar. La puerta se cierra automáticamente y nadie podrá entrar sin nuestro consentimiento.

El profesor fue hacia la puerta y yo le seguí, pero antes de salir me volví, tropezando con la mirada de unos ojos terribles que brillaban al otro lado del cristal. ¡Los mismos ojos que viera Fausto!

IV. El Fausto Suelto.
—Esta es mi historia —concluí—. Ahora cuénteme la suya.

Lily Ross levantó su vaso, en el que tintineaba el hielo.

—Sólo un poco de bioquímica —sonrió—. Un empleo en el Instituto Rocklynn, como ayudante del profesor Keith.
—No se burle de mí. Ahora es usted- una mujer bellísima ataviada con un traje de baile, color verde, que le sienta a maravilla. No sabe nada de química y sólo desea bailar. Deseaba bailar, pero cuando volvimos a nuestra mesa observé que estaba muy preocupada.
—Estoy inquieta por el profesor Keith —susurró—. Tiene los nervios destrozados. No sé si mañana estará bien para los experimentos. Marchóse a casa para acostarse al momento.
—No se apure por él —reí—. Lo peor que puede ocurrirle es un fuerte dolor de cabeza, a consecuencia de una buena borrachera.
—¿Por qué dice esto? —se extrañó la joven.
—Eche una mirada hacia la mesa próxima a la orquestina. Si Keith pensaba acostarse es indudable que ha cambiado de opinión.

Lily miró hacia donde yo le indicaba y sus ojos se desorbitaron.

—¡Está ahí! —exclamó—. ¡Con una mujer!
—¡Y vaya mujer! —comenté—. Es Eva Vernon, la cantante. No lo hubiera creído un hombre tan de mundo.
—¡No lo es! —protestó Lily—. Jamás va a ninguna parte. No he sabido de él que acompañase nunca a una mujer. Y bebe champán...
—Vivir para ver —sonreí—. Está tranquilizando sus nervios. ¿Quiere que nos sentemos a su mesa?
—No, se disgustaría. Además, esto lo encuentro muy raro.

Me encogí de hombros, pero al cabo de un rato empecé a inquietarme. Keith se había bebido él solo una botella de champán, cantaba como un borracho y estaba colorado como un tomate.

—¡Es... es repugnante! —proclamó Lily, al salir del local.
—Olvídelo —le aconsejé.

Nos separamos a la puerta de su domicilio y a la mañana siguiente, cuando llegué al Instituto la encontré esperando.

—¿Dónde está el profesor? —pregunté viendo que estaba sola.
—No ha venido.
—Estará durmiendo el champán ingerido anoche. ¿Le ha telefoneado?
—Sí, y su ama de llaves afirma que no ha vuelto a casa.
—Es raro, ¿Qué hacemos?
—Vayamos al laboratorio y aguardemos. Podemos echar una mirada a nuestro prisionero.

Lily fue hacia la puerta. Sacó una llave y al insertarla en la cerradura, exclamó:

—¡Está abierto!

Entramos. La estancia se hallaba a oscuras. Sólo ardía un brasero. Un solo brasero y los ojos dentro de la jaula de cristal. Delante de la jaula había un cuerpo tendido.

—¡Keith!

Lo sacudí. Trabajosamente se puso de pie.
—Oh, debí quedarme dormido. He pasado aquí toda la noche. Observando lo que hacía...
El profesor tenía el rostro demacrado. Y farfullaba, como si estuviese medio dormido.
—Vale más que se vaya a casa y duerma un poco —le recomendó Lily—. Nosotros nos quedaremos aquí. Si más tarde se encuentra bien trazaremos nuestros planes.
—Nada de eso —replicó el profesor, haciendo un esfuerzo como sacudiendo la fatiga de su cuerpo—. Estoy perfectamente bien. Lo que tengo que hacer es buscar a Considine. Necesito más dinero. Ustedes quédense aquí y vigilen. Nos veremos esta noche en el baile del Tubo de Ensayo. Dispondré allí un encuentro con Considine y otros amigos.

Salió precipitadamente de la habitación, dejándome a Lily y a mí mudos de asombro.

—¿El baile del Tubo de Ensayo? —repetí.
—Sí, es un baile que celebramos anualmente los protectores del Instituto Rocklynn. Sirve para allegar fondos. Mas no entiendo qué hará allí el profesor. Nunca le ha gustado asistir a esta clase de fiestas.
—Olvida lo de anoche.
—Pues no, no puedo olvidarlo. Estoy segura de que el profesor no se encuentra bien. Algo le ha ocurrido.
—No es él único que no se encuentra bien —repliqué—. Mire hacia la jaula.

Satanás se hallaba acurrucado en el suelo. Y sus ojos rojos brillaban cada vez con menos intensidad.

—¿Está enfermo? —inquirió Lily.
—No tiene aire ni comida —contesté—. ¿Qué debe comer Su Majestad Infernal?
Iba a seguir hablando, pero algo en el aspecto" del cautivo me detuvo.
—¡Ojalá Keith estuviera aquí! —exclamó Lily—. Deberíamos de hacer algo.
De pronto, Satanás se incorporó, avanzó lentamente hacia la barrera de cristal y nos miró. En sus ojos no brillaba el odio sino la comprensión. Su gesto era de súplica.
—Quiere hablarnos —murmuró Lily. Los labios del monstruo se movían, dejando ver sus colmillos.
—Si pudiésemos entender su mensaje —dije, observando los gestos del cautivo.

Todo inútil. De repente, aquel extraño ser se inclinó hacia el suelo y cogió algo que allí había. Era un fragmento de yeso fosforescente, del que se habían servido para trazar el pentagrama. ¡Y el demonio empezó a escribir! ¡Con letras de fuego! Pronto, deténganle antes de que sea demasiado tarde. Se ha introducido dentro de mí esta mañana y sé lo que piensa hacer. Al pie de este horrible escrito había una firma en letras de fosforescencia plateada: Phillips Keith. Junto a mí, Lily temblaba convulsivamente.

—Vamos —dije.
—¿Adonde?
—En busca del profesor. Al baile del Tubo de Ensayo.

V. El Diablo Baila.
Hacía diez minutos que aguardábamos en el baile cuando por fin llegó el profesor Keith. Iba disfrazado de Mefistófeles. Barba postiza, capa roja, rostro teñido de escarlata. Era su concepto de Satanás. Jamás me había parecido tan alto. Alto, y delgado. Su disfraz era perfecto. No fuimos los únicos en fijarnos en él. La orquesta acaba de interpretar una pieza y la concurrida sala constituía un excelente marco para su entrada en escena. Recordé a Lon Chaney en su caracterización de la Muerte Roja, en El Fantasma de la Ópera.

—¡Qué disfraz!
—Perfecto.
—Hasta renquea.

En efecto, Keith al andar cojeaba marcadamente. Keith avanzó orgullosamente por entre las circunstantes. Le vi saludar a un hombre disfrazado de pirata.

—Es Considine —susurró Lily.

Considine parecía reírse del disfraz del profesor. Otro de los invitados reunióse con ellos. La orquesta inició la interpretación de otra pieza. Los tres hombres desaparecieron.

—Démonos prisa —apremié a Lily—. Va a ocurrir algo.

Llegamos a la calle en el instante en que el coche negro en que iban los dos hombres y el demonio se ponía en marcha. La suerte nos deparó en seguida otro taxi. Hice subir a Lily y le ordené al chofer:

—Siga a ese auto... —me interrumpí—. ¡No! Sé adonde van. Llévenos al Instituto Rocklynn.

Parecíamos vivir en otro mundo, mientras cruzábamos las calles persiguiendo al demonio, y mientras ascendíamos en el ascensor por el rascacielos. Cuando nos detuvimos frente a la puerta del laboratorio oímos una voz. Se parecía a la del profesor. Era una voz que utilizaba la boca y la laringe de Keith, pero en la que había unas notas que nada tenían de humanas.

—Ya ven lo que he conseguido, caballeros —decía—. Ni usted, señor Considine, ni usted, señor Wintergreen, pueden dudar ya de la evidencia de sus sentidos...
—¡Es espantoso! —se horrorizó Considine—. ¡El diablo en una cárcel de cristal!
—¿Espantoso? ¡Glorioso! ¿No ve las posibilidades que eso ofrece?
—Sí, desde el punto de vista científico el interés debe ser muy grande, pero prácticamente ¿qué ventaja nos ofrece? ¿Lo exhibirá por las ferias?
—Habla usted como un necio, Considine —replicó la voz ronca que era la de Keith—. ¿No comprende que ahí tenemos algo que puede convertirse en la fuerza más grande de la tierra?
—¿Fuerza? —preguntó Wintergreen.
—Sí, una fuerza todopoderosa. Piensen, por un, momento, lo que para nosotros puede significar este cautivo. Durante siglos, los hombres han rendido pleitesía al demonio. Convencidos de que el Reino de los Cielos está regido por Dios, afirman que la tierra está gobernada por Satanás. Por eso le han adorado. Si les concede la felicidad en la tierra, están dispuestos a ceder su dicha celestial.
—¡Qué locura!
—Sí —prosiguió burlona la voz ¡del profesor—, se reunían en lugares ocultos, en bodegas de casas viejas, en criptas de iglesias ruinosas, en la noche de Walpurgis. Velas fabricadas con grasa de niños no bautizados iluminaban las ceremonias, que se celebraban sobre el altar formado por el cuerpo de una doncella. Todos los fieles proclamaban en alta voz sus pecados y confesaban, arrepentidos, las buenas acciones.
—No hable así —intervino Wintergreen—. No somos niños para asustarnos con esas tonterías.
—Tampoco lo son los miles de satanistas que llevan a cabo esos ritos. Sin embargo, la mayoría de ellos son engañados por unos farsantes. Yo, en cambio, les ofrezco la representación física de Lucifer. Con su dinero 'pude disponer lo necesario para atraerlo a la tierra. Ahora pueden aprovechar su inversión. Tenemos el poder y la riqueza al alcance de la mano. Somos los dueños de Satanás, de lo que hasta ahora se consideraba un cuento infantil o una conseja de viejas, y con ello construiremos un imperio. Podremos dominar a las naciones, al mundo entero.
—¿Se ha vuelto loco, Keith? —balbuceó tembloroso Considine—. Primero se presenta con ese, disfraz y luego nos habla de locuras, nos enseña ese monstruo y nos está convenciendo de su locura.
—Sí —añadió Wintergreen, débilmente—, yo me marcho.
—¡No! ¡No saldrán de aquí! Conocen mi secreto y no permitiré que lo divulguen. Ninguno de ustedes saldrá de aquí hasta que hayan aceptado mis condiciones.

Yo no sabía exactamente qué hacer, pero aquel era el mejor momento para irrumpir en la habitación. Abrí, pues, la puerta y penetré en la negra estancia, acompañado de Lily. Considine y Wintergreen nos contemplaron boquiabiertos. En la cárcel de cristal, la figura apresada agitaba frenéticamente los brazos. Keith se abalanzó contra mí, pero antes de que me alcanzase saqué del bolsillo un frasco, lo destapé y eché su contenido al rostro del profesor. Un hedor insoportable llenó la estancia. Densas nubes de humo brotaron de la carne rojiza. Cuando aquel ser cayó al suelo, me precipité sobre él y le obligué a tragarse el resto del líquido. La lucha concluyó al instante.

—Creí que iba a matarle —exclamó Lily—. Cuando usted le arrojó el ácido...
—No era ningún ácido —le informé—. Era agua bendita.

VI. La Amenaza de Satanás.
En la figura tendida en el suelo se había verificado un cambio absoluto. Desapareció el tinte rojo y el. rostro de Keith recobró su aspecto normal. Un momento después se incorporó.

—¿Qué ocurrió? —preguntó con voz débil. Le conté todo lo sucedido.
—El agua bendita me ha salvado. Oh —añadió—, estuvo usted muy inspirado.
—Muy desesperado —le corregí.
—¿De qué están hablando? —se interesó Considine.
—Que el demonio se apoderó de mí.
—¿Cree eso?
—Usted mismo lo vio. No se trata de una novedad. La Biblia nos habla de ello. No sé cómo pudo ocurrir. Sin duda, la emoción debilitó mis defensas, y el mal halló fácil acceso dentro de mí. Por la noche regresé, ese ser que tenemos ahí dentro me hipnotizó y aunque no perdí totalmente la noción de las cosas, roe sentí empujado por una euforia y una ansias desconocidas.

Volvimos la vista hacia la jaula de cristal. Satanás estaba de nuevo dentro de ella, pero resultaba evidente que su poder transpasaba las frágiles barreras.

—Puede apoderarse de un cuerpo humano —advirtió el profesor—, y caminar por el mundo.
—Es necesario deshacernos de él —observé—. Que vuelva a su infierno.
—¡Hacerle volver! —repitió el profesor.
—No hay manera —objetó Lily—. No se conoce ningún medio para alejar al demonio.

Volví la cabeza hacia la cárcel. ¿Por qué no enviarle de nuevo al infierno? Examiné la figura que se encontraba allí prisionera. La examiné y sonreí. Luego, mi sonrisa se trocó en una carcajada. ¿Aquello era el fabuloso Lucifer? ¡Era demasiado cómico para ser verdad! Me sentía más fuerte que él. Al fin y al cabo, le había vencido. Le dominé en la lucha cuerpo a cuerpo. ¡Yo era su amo! ¡El amo de Lucifer! Sentía que unas inmensas energías penetraban en mi interior. ¡Yo era el amo!

—Ya sé —exclamé de repente.
—¿Sabe cómo hacerle volver al infierno? —preguntaron Lily y Keith.
—No, no es preciso. Soy más fuerte que Satanás. Lo he dominado. Lo seguiré dominando y emplearé ese poder.

Vi el espanto reflejado en todos los rostros.

—¿Por qué desprendernos de esa fuerza? —continué seguro de mí mismo—. ¿Por qué no ha de dominar Satanás en el mundo? ¿Por qué no he ser yo el amo de todo? Luché contra Dios y me venció, pero ahora...

De pronto, lo comprendí todo. Había dicho "luché contra Dios". Pero fue Luzbel el que se rebeló contra el Todopoderoso. Y yo creía haber sido yo mismo. ¡Yo! ¡El demonio! Keith y los demás me miraban aterrados. Contemplaban mi rostro. Y yo advertía el cambio que se verificaba en él. Lily me tendió un espejo. Comprendí la horrible verdad. Lo que le había sucedido al profesor me estaba ocurriendo a mí. Satanás se apoderaba de mi cuerpo. ¡Yo era Satanás!

El espejo cayó al suelo y se hizo añicos. Sentía horror y alegría. Examiné mis manos. Eran ya unas garras negras... Cuando sus manos buscaron las culatas de sus dos revólveres cargados con balas de plata, adiviné la intención del profesor. Estaban ambas armas sobre una mesa y yo llegué allí antes que él.

—¡Quieto! —ordené ferozmente, apuntándole yo a él y haciendo frente a todos los presentes—. Si alguien ha de disparar, ese alguien seré yo. ¡Soy el amo! ¡El dueño, dispensador de todos los males, de todos los pecados! ¡El señor absoluto de la tierra!
—¡Dios mío! —gimió Lily.

Sentí como un trallazo en pleno rostro. El nombre del Señor abrasaba mis oídos. Luego, Lily empezó a avanzar hacia mí, con las manos tendidas en actitud suplicante.

—¡Quieta o disparo! —le grité.

Ella continuó avanzando. En su mirada no había odio alguno, y sus labios murmuraban unas plegarias que me abrasaban el cuerpo y, sobre todo, el rostro, aquel rostro rojo, los cuernos que ya apuntaban, mi pelo leonado, crespo, hirsuto. Mis manos, convertidas en garras negras...

¡Tenía que terminar con aquel fuego que me abrasaba! ¡Debía matar a Lily! Pero cuando por fin me decidí a disparar, lo hice con el cañón del arma que empuñaba con la mano derecha, aplicado a mi propia sien.

VII. La Caída de Lucifer.
—¡Cuidado! —exclamé—. ¡Cuidado!
—Lo siento —se excusó Keith—. Aunque sea una bala de plata existe el peligro de la infección.
—¿Se ha marchado? —pregunte, sin citar al ser cuya huida deseaba.
—Sí —contestó Lily—. En, cuanto usted disparó el revólver, la campana de cristal quedó vacía. No se vio ni humo ni fuego. Desapareció como una luz que se apaga.
—Fue un tiro muy afortunado —declaró Keith—. Rozó la carne y se perdió en el techo. Pero pudo haber sido fatal.
—No entiendo por qué me pegue el tiro ni por qué desapareció Satanás.
—Es la eterna verdad —replicó-el profesor—. La virtud triunfando sobre el mal. Aunque usted no se dio cuenta, su conciencia luchó contra el diablo... y le venció.
—Es difícil no creer que todo ha sido un sueño. Lily apoyó una mano sobre mi hombro.
—Olvidémoslo.

Los demás se mostraron de acuerdo.

—¿Y cómo? —quise saber.
—Si no está demasiado enfermo—sonrió Lily.
—¿Enfermo? Me encuentro perfectamente.
—Entonces, vayamos a celebrar nuestra victoria —propuso Considine.
—¡Oh, no! —protesté—. La celebración la haremos nosotros dos solos ¿verdad, doctora Ross?

Lily tardó unos instantes en contestar con su más encantadora sonrisa:

—Verdad... pero no está bien abandonar a nuestros buenos amigos...
—¿No? ¿Por qué no? —protesté. Y dejándome llevar de mi indignación, exclamé—: ¡Que se vayan al diablo!

Robert Bloch (1917-1994)


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El resumen del cuento de Robert Bloch: El Demonio en la Tierra (Hell on Earth) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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