«El diablo estaba enfermo»: Bruce Elliot; relato y análisis


«El diablo estaba enfermo»: Bruce Elliot; relato y análisis.




El diablo estaba enfermo (The Devil Was Sick) es un relato fantástico del escritor norteamericano Bruce Elliot (1914-1973), publicado originalmente en la edición de abril de 1951 de la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1958: Pactos con el diablo (Deals with the Devil).

El diablo estaba enfermo, uno de los grandes cuentos de Bruce Elliot —un autor casi desconocido, salvo por el relato pulp: Los lobos no lloran (Wolves Don't Cry)—, combina dos elementos aparentemente irreconciliables: la ciencia ficción y la demonología.

El relato nos sitúa en un futuro sumamente distante, donde la humanidad parece completamente exhausta y donde todos sus asuntos son administrados por una computadora omnisciente. En este contexto, un hombre busca desesperadamente un rincón del conocimiento que no haya sido explorado para desarrollar una tesis. De este modo llega a una rama del saber olvidada durante siglos: la demonología.

En poder de aquellos conocimientos arcanos, propiedad de la nigromancia y la magia negra, el protagonista logra contactar con el diablo, el cual no ha sido invocado durante incontables años. Así descubre que Satán, la fuente del mal, es en realidad un ángel enfermo.

El diablo estaba enfermo utiliza varios clichés de la ciencia ficción, como su escenario futurista y la presencia omnipotente de una supercomputadora controlando el destino de la humanidad. No obstante, su desarrollo y conclusión tienen mucho de filosófico; sobre todo el final, que por prudencia no comentaremos aquí.



El diablo estaba enfermo.
The Devil Was Sick, Bruce Elliot (1914-1973)

Transcurrieron evos desde que un paciente violento atravesó por la fuerza el umbral del Asilo de Cuerdos, Había pasado tanto tiempo, que el ojo del observador ya no se detenía para leer las palabras fundidas en el duradero cristometal que figuraba en la entrada. Antaño un desafío a lo desconocido, el tiempo las había convertido en una frase típica:


Un malvado no es más que un héroe enfermo.


La autenticidad de tal divisa era probada, ya no merecía consideración. Pero las palabras permanecieron allí hasta el día en el que Acleptos tomó el cincel para cambiar dos de ellas. Todo comenzó porque hallar un tema inédito para una tesis se había hecho más difícil que graduarse. Acleptos descubrió, después de ardua investigación, tres temas que creyó podrían ser aceptados por la Máquina como originales. Tragó saliva al presentar la lista al ojo omnisciente del computador. Decía: Sedimento activado y qué hacían los antiguos con él. La Caída de la democracia y por qué se produjo. Diablos, demonios y demonología:

La Máquina contestó:

—En el año 4357 Jac Bard escribió la última palabra sobre el sedimento activado. Doscientos años más tarde el último elemento desconocido con relación a la caída de la democracia fue analizado detalladamente por el historiador Hermios.

Hubo una breve pausa. Acleptos contuvo la respiración. Si el último había sido ya estudiado, necesitaría otros veinte años de trabajo para hallar más posibles temas. La Máquina respondió:

—Hay dos aspectos de los demonios que hasta ahora nadie me ha propuesto. Consiste en si son reales o imaginables, y si son reales, lo que son. Si son imaginarios, cómo se producen.

Acleptos sintió que su interior se inundaba de una nueva vida y esperanza. Enderezó sus hombros y se alejó de la: Máquina. Por fin, después de tantos años tenía una oportunidad. Por supuesto —y el pensamiento le hizo dudar—, era probable que no consiguiera arrojar nueva luz sobre tal problema. Pero ya disponía de algo con qué trabajar. Los años pasados en las enormes bibliotecas, y todo el trabajo efectuado en casi todos los campos del saber humano, habían producido al fin algún resultado.

Una década atrás, la última vez que presentó una lista a la Máquina, había creído encontrar un tema cuando descubrió referencias, en la sala de documentos antiguos, sobre alguien conocido bajo el nombre de Dios. Lo que le había llamado la atención había sido la letra D mayúscula aplicada al nombre. Pero la Máquina le había proporcionado una gran cantidad de detalles sobre aquel tema, terminando con un texto escrito hacía unos mil años y en el que se demostraba la inexistencia de tal ser. Esta tesis, así creía la Máquina, había acabado con todas las futuras especulaciones sobre el tema.

Por simple curiosidad, Acleptos había comprobado la referencia y se mostró conforme como siempre, con el dictamen de la Máquina. Había sido en verdad un golpe de genio pensar en la antitesis de Dios. Ahora podría seguir adelante. Realizaría sus investigaciones, se graduaría, y entonces ya no habría nada que le detuviese. Podría abandonar la Tierra y dar su próximo paso. Echó la cabeza hacia atrás para contemplar las estrellas. Aquel era el camino a seguir. Se permanecía atado a la Tierra hasta efectuar alguna investigación original, pero una vez terminada el derecho autorizaba emigrar adonde se quisiera.

Había un planeta más allá de Alfa Centauro, que ella había elegido. Y le había prometido esperarle por mucho tiempo que pasara. Acleptos no se sintió tan deprimido en su vida como el día que la Máquina aprobó la tesis de ella. Durante largo tiempo tuvo la impresión de haberla perdido para siempre. Pero ahora los años ya no parecían interminables. Su investigación había dado resultado.

Silbando alegremente accedió al archivo y comenzó a trabajar. Oprimiendo el botón que mostraba las letras d-i-a y d-e-m-o, esperó a que el intrincado sistema de relés ejecutase su función. Con un suave zumbido resbalaron por el tubo neumático los carretes adecuados. Tres semanas más tarde decidió que poseía más conocimientos sobre demonios que cualquier otro habitante de la Tierra. Acleptos movió la cabeza pensativo. ¡Pensar que el hombre había descendido tan bajo como para creer en tales cosas!

Se vio obligado a trabajar horas extra en la máquina de traducir. Todo cuanto había encontrado estaba en latín. Y pensar que durante todos sus años de estudio jamás había oído hablar de aquella lengua. ¡Qué tontería! Acleptos se indignaba al descubrir la existencia de una época en la que el homo sapiens había creído en tales cosas. Se encogió de hombros. Llegó el momento de ponerse a trabajar sobre el problema básico. Su más íntimo amigo, Ttom, entró en el laboratorio. Todavía no le había comunicado su éxito.

—¿Qué?

Ttom examinó la impecable estancia verde. Sobre la mesa de cristal, un cocodrilo disecado lo miraba fijamente. Descansando contra su escamosa piel había vasijas de vidrio de diferentes formas y rodeaban al saurio cajas y bandejas con polvillo. Sobre la pared una máquina del tiempo anunció:

—Esta noche habrá luna llena.

Acleptos la apagó.

—Llegas a tiempo —exclamó con alegría.

—¿Para qué? —Tras esta pregunta el rostro de Ttom se sonrojó como el de un niño y exclamó a continuación—. ¡Lo has conseguido! ¡Has encontrado un tema! ¡Acleptos, me alegro tanto!

—Gracias —Y acto seguido Acleptos se vio obligado a preguntar a su vez—: ¿Y tú?

—Todavía nada —Pero Ttom se sentía demasiado contento por el éxito de su amigo que volvió a preguntar—: ¿Y se puede saber qué has encontrado?

—Diablos y demonios —respondió Acleptos, iniciando de nuevo la mezcla de unos cuantos polvos.

—¿Qué es eso?

—Una superstición primitiva. Mi trabajo consiste en averiguar si fueron reales o sólo una palabra para designar a los malvados o a los enfermos, o lo que sea que los antiguos denominaban con estas palabras.

—¿Cómo piensas hacerlo? ¿Qué son todas esas cosas que tienes ahí?

—Voy a seguir las fórmulas anotadas en unos viejos grimorios y observar qué sucede. Son muchos los elementos intervienen en el proceso de invocar demonios. Si quieres esperar, quizá lo encuentres interesante.

—Naturalmente. No tengo nada que hacer. Acleptos, ¿qué sucederá cuando ya no queden más campos de saber humano, cuando no haya temas que tratar, ni nada sobre lo que escribir?

—Yo me hacía esa misma pregunta hasta que descubrí a los demonios. Pero creo que eso tardará en ocurrir y que la Máquina habrá tomado ya sus medidas.

—Estoy empezando a creer que ya ha llegado el momento. Acleptos, eres el único que ha encontrado un tema en cinco años.

Y al pronunciar estas últimas palabras, Ttom trató de esconder una nota de amargura.

—Sé lo que diría la Máquina, Ttom —le respondió Acleptos—. Diría que si yo he descubierto un tema también puedes hacerlo tú.

Mientras hablaba, Acleptos vertió un liquido rojo en una probeta y luego añadió cierta cantidad de polvillo violeta.

Ttom gruñó:

—Supongo que tienes razón. Sin embargo, olvidemos mis problemas. ¿Qué sucede ahora?

—Nada hasta la medianoche. Cuando la luna esté llena, pronunciaré ciertas palabras, encenderé estas cosas que hay aquí —en el grimorio las llaman velas— y aguardaré la aparición de un diablo o un demonio.

Ambos se echaron a reír.

A medianoche, todavía sonriente, Ttom, tomó asiento al borde de un dibujo peculiar que Acleptos había trazado en el suelo. Se llamaba pentáculo. Acleptos había colocado una vela negra en cada uno de sus ángulos. También había quemado ciertos productos químicos, pronunciando unas frases que Ttom ni siquiera trató de entender. Al principio fue divertido. A medida que pasaba el tiempo, los dos hombres se impacientaron. Nada sucedía. Acleptos dejó de pronunciar sus extrañas frases y dijo:

—Bien, ya conozco la respuesta a la primera pregunta de la Máquina. Los demonios son imaginarios y no reales.

Y entonces fue cuando sucedió. Se extendió por la estancia un olor mucho más intenso que el de los productos químicos. Luego se produjo una especie de gris luminosidad cerca del dibujo trazado en el suelo. Acleptos gritó:

—¡Ttom, lo olvidé! Los antiguos libros dicen que es preciso permanecer dentro del pentáculo para protegerse de...

Poniéndose en pie de un salto, Ttom se acercó precipitadamente al pentáculo. Pero antes de lograrlo, la cosa se había hecho ya sólida. Alzó sus cerrados párpados y cuando sus ojos se fijaron en él, vio tanta malevolencia concentrada en aquella mirada que Ttom sintió algo que jamás había experimentado antes. Sólo gracias a sus numerosas y variadas lecturas supo que tal sensación se denominaba antiguamente miedo. La cosa dijo:

—Por fin.

Hasta su voz era enervante. Acleptos estaba aturdido. Había realizado el experimento porque era el sistema lógico de investigación, pero nunca imaginó que tal experimento llegase a tener éxito. La cosa se frotó unos extraños dedos que mostraban muchas falanges, y dijo:

—Miles de años, esperando en la obscuridad la llamada que nunca llegaba. Al principio creí que Él había vencido, pero entonces yo habría dejado de existir.

Encogió sus escamosos hombros y abrió más los ojos rojizos. Eran fascinantes. Las extrañas pupilas cambiaban constantemente de color. Miró primero a Acleptos y luego a Ttom y dijo:

—Así que nada ha cambiado. Los adeptos y el sacrificio, como siempre —La cosa cloqueó en un terrible estertor. Luego añadió—: ¿Qué recompensa deseas a cambio? —preguntó mirando a Acleptos.

La cosa no esperó respuesta. Volvió a frotarse los largos dedos. El sonido resultante fue lo único que se oyó en la estancia. La cosa miró a Acleptos y dijo:

—Ya veo, nada ha cambiado. Una mujer. Muy bien, aquí está.

La cosa hizo una serie de gestos en el aire y antes de que Acleptos pudiese aclarar la garganta para negar, ella ya estaba allí. Parecía atemorizada. Sus cabellos eran lo más hermoso que Acleptos hubiese visto en su vida. Y también su cuerpo. Estaba desnuda, como él había imaginado, puesto que el planeta elegido por ella era cálido. Pero no había vergüenza en su actitud. Sólo temor.

—¡Envíala de nuevo allí! ¿Cómo te atreves a arrastrarla por el espacio interestelar? ¡Estúpido! ¡Podías haberla matado!

Acleptos ya no le temía la cosa. El único pánico que experimentaba era por su amada. La mujer desapareció con la misma rapidez que se había presentado. La cosa gruñó:

—No sabía que la amabas. Creí que era únicamente su cuerpo lo que deseabas, ¿acaso quieres oro? Todos codician oro...

Y una vez más hizo extraños gestos en el aire. Acleptos comprendió que la situación se estaba haciendo ridícula. Se aclaró la garganta y dijo:

—¡Basta!

La cosa se detuvo en su trabajo, y de ser capaz de exteriorizar alguna emoción, ésta habría sido la sorpresa. Luego preguntó:

—¿Ahora qué? ¿Cómo conseguiré oro para ti si me interrumpes?

Acleptos estaba indignado. La indignación al igual que el temor que la había Precedido, era una nueva emoción para él. Respondió:

—No te muevas. Soy el amo y tú el esclavo.

Aquellas palabras estaban en las indicaciones que había leído. Ignoraba el significado de ambas palabras, pero el libro ponía mucho énfasis en ellas.cLa cosa mantuvo inmóvil su cabeza, pero sus ojos observaron con deseo el cuerpo de Ttom.cDominando su nueva emoción, Acleptos dijo:

—No pareces comprender. No deseo oro.

Ttom dijo:

—Recuerdo esa palabra en mis lecturas. Los antiguos solían cambiarlo por plomo o por algún metal valioso que fuera parecido.

Acleptos prosiguió:

—Y, desde luego, no quiero que ella regrese de Alfa Centauro.

—¡Poder! —exclamó la cosa sonriendo—. Eso nunca falla. Cuando son demasiado viejos para el sexo y demasiado ricos para el oro, siempre desean poder.

Y sus manos comenzaron a moverse nuevamente.

—¡Alto! —gritó Acleptos por primera vez en su vida.

La cosa se paralizó.

—No hagas eso otra vez. Me molesta. No quiero poder y no me digas lo que es porque no me interesa. Ahora, no te muevas de ahí y contesta algunas preguntas.

La cosa pareció encogerse un poco, y preguntó casi con timidez:

—Pero, ¿para qué me has llamado? Si no quieres nada de mí, tampoco puedo aceptar nada de ti.

La cosa abrió los ojos y los clavó en Ttom, mientras con la punta de la lengua humedecía sus escamosos labios.

—Quiero información. ¿Cuánto tiempo vivís... los demonios?

—¿Vivir? Siempre, por supuesto.

—¿Y cuál es vuestra función?

—Tentar al hombre para apartarle de la senda del bien.

Las palabras surgían velozmente de labios de la cosa, pero Acleptos no acababa de entenderlas del todo. Sin embargo, quedaban grabadas para volver a escucharlas más tarde y darles algún sentido.

—¿Por qué deseáis hacer eso?

El demonio le miró como si dudase de su estado mental.

—Para que el hombre disponga libremente de su voluntad, desde luego. Debe escoger entre el bien y el mal.

—¿Qué significan esas palabras... el bien y el mal?

El demonio tomó asiento sobre sus talones sin prestar la menor atención a las espuelas que se hundían en su carne.

—Todos estos años sentado en la oscuridad, y que ahora me llamen para esto...

Agitó la cabeza y de pronto pareció adoptar una especie de decisión. Se puso en pie y luego se lanzó sobre Ttom. Acleptos alzó el arma y oprimió el botón. La extraña criatura se paralizó de modo instantáneo para caer al suelo boca abajo.

Ttom tragó saliva y dijo:

—Creí que nunca ibas a usarla. Llamaré al Asilo de Cuerdos para que se lleven a esta pobre criatura enferma.

Asintiendo con un movimiento de cabeza, Acleptos dijo:

—Esto es mucho más interesante de lo que había supuesto.

Luego tomó asiento, pensativo, hasta que llegó el ambu-bus. Era la primera llamada urgente que el Asilo recibía desde hacía un siglo, pero los dispositivos funcionaron perfectamente. Ttom y Acleptos observaron cómo los robots recogían a la cosa y la alzaban en sus brazos de metal. Después les siguieron hasta que colocaron la cosa en el ambu-bus, que partió velozmente hacia el Asilo. A medio camino, Acleptos habló por primera vez:

—¿Te das cuenta de la ironía que hay en todo esto? —preguntó.

—¿A qué te refieres?

Ttom todavía contemplaba a la cosa, que yacía como si estuviese muerta.

—Los diablos, ¿te das cuenta de lo que son? No son más que seres de otra dimensión. De alguna manera, en alguna época, un ser humano, en épocas muy remotas, utilizó las matemáticas, para superar la barrera de las dimensiones. Sin saber que hacía, envuelto en plena superstición, pensó que los sortilegios constituían una llamada, cuando el dibujo, el calor de las velas y las palabras misteriosas, se combinan en una clave que abría esa otra dimensión.

—Parece razonable. ¿Dónde está la ironía?

Acleptos parecía a punto de llorar.

—¿No comprendes? La humanidad luchaba por salir de las tinieblas, cuando sus hermanos ignorados e inmortales podían conquistar el espacio simplemente colocando sus manos en el punto preciso. El hombre, ciego por sus creencias supersticiosas, fue incapaz de aprender nada de estos diablos. Pero la peor ironía es que ellos no podían ayudar al hombre porque eran enfermos mentales.

Ttom asintió.

—Una raza casi imbécil y de talento increíble vivía cerca de nosotros y nunca lo supimos. La Máquina tiene razón. Tenemos mucho que aprender. Me equivocaba cuando dije que todo era ya conocido.

Tal vez el arma usada no se hallaba a punto o el diablo poseía formidables poderes de recuperación, pero el caso es que al apearse del ambu-bus la extraña criatura despertó. Empezó a gritar, cuando los robots intentaron que traspasase el umbral del Asilo de Cuerdos. Se debatió de tal manera que incluso las cintas de metal que animaban a los robots se tensaron. Acleptos vio como las manos de la criatura comenzaban a moverse como antes. Gritó a los androides que le retenían:

—¡Sujetarle las manos!

Las manos metálicas se plegaron sobre los largos dedos que se retorcían y la cosa dejó de luchar. Se abrió una puerta y uno de los doctores le dirigió hacia ellos. Dijo:

—¿Qué es eso?

Mientras Acleptos se lo explicaba, Ttom pasó un dedo suavemente sobre las palabras que formaban la divisa de la puerta. Veía las palabras, sus dedos las sentían, pero las había visto demasiadas veces. No quedaron grabadas en su mente. Cuando Acleptos terminó, el doctor dijo:

—Entiendo. Bien, lo arreglaremos inmediatamente. ¡Será curioso hacer recuperar el sentido común a otra criatura dimensional!

—Cree usted que está enfermo o que se trata de un estúpido?

—Enfermo. Estoy seguro. Ningún ser sano se hubiese comportado de ese modo. ¿Le gustaría verlo?

—Desde luego. Siento un gran interés.

Acleptos tomó por un brazo a Ttom y añadió:

—Imagínate, si logramos curarle, significará la Comunicación con toda una raza de criaturas. ¿No es maravilloso?

—Acleptos —murmuró Ttom con tono preocupado—, hay algo que no hemos tenido en cuenta. En todas mis lecturas, en todos los datos de que disponemos sobre el Universo y sus extrañas criaturas, nunca hallé nada referente a la inmortalidad. ¿Has pensado en esto?

—Naturalmente, pero eso es otra prueba de la razón que tiene la Máquina al asegurar que no lo conocemos todo. ¡Es tan emocionante! Me cuesta trabajo esperar a contárselo. ¿No será una sorpresa para ella saber que no fue un sueño su presencia en mi laboratorio, sino que realmente estuvo allí, atravesando el espacio y el tiempo junto a una criatura enferma que ha vivido siempre?

En la sala de operaciones no había escalpelos, esponjas, ni grapas. El doctor extendió a la cosa sobre la mesa. Los androides la sostuvieron por las manos. El doctor tomó un instrumento. Una luz intermitente surgió de sus lentes en forma de S. El doctor bañó la cosa con la luz y luego dijo:

—Sólo será un momento. Es decir, si da resultado. De lo contrario habrá que tomar otras muchas medidas.

Súbitamente su voz se quebró. Acleptos retrocedió de la mesa hasta que su espalda tocó la pared. Ttom abrió la boca, asombrado. Únicamente los robots permanecieron impasibles. Pues la cosa estaba cambiando. En los lugares dondonde llegaba la luz caían las escamas. El doctor ordenó a los robots:

—¡Dejadla libre!

Al hacerlo así la criatura se alzó en todo su esplendor. Una luz dorada iluminaba su dulce rostro. Se acercó hasta la ventana y la sonrisa que esbozaron sus labios era como una despedida. Subió un momento al alféizar y se detuvo unos segundos antes de extender unas enormes alas blancas. Luego murmuró:

Pax vobiscum.

Las alas se agitaron y se fue, envuelto en serenidad.

Esa fue la razón de que Acleptos cambiara las palabras de la divisa que campeaba en la entrada del Asilo de Cuerdos. Ahora decían:


Un diablo no es más que un ángel enfermo.


La máquina se ha detenido, por supuesto. Su razón de ser y su fuerza era la infalibilidad. Y estaba equivocada sobre la tesis relativa a la existencia de Dios con D mayúscula.

Bruce Elliot (1914-1973)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


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El análisis y resumen del cuento de Bruce Elliot: El diablo estaba enfermo (The Devil Was Sick), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Shampii dijo...

¡Me gustó! Finalmente creo que es cierto...

Jes-kun dijo...

No parecían humanos Acleptos y Ttom. Cómo cambió la psique en cuestión de milenios.



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