Relatos sobrenaturales


Relatos sobrenaturales.








El artículo: Relatos sobrenaturales fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

La misteriosa tumba de Edgar Allan Poe


La misteriosa tumba de Edgar Allan Poe.




Edgar Allan Poe fue un hombre enigmático. Su vida fue arrasada por diversas tragedias, y su muerte, acaso en sintonía con su magnífica imaginación, no estuvo al margen de las elucubraciones más fantásticas.

Lo cierto es que, dejando de lado la fantasía, la tumba de Edgar Allan Poe resguarda no solo los restos del autor, sino que además custoria un misterio, un último párrafo, si se quiere, de su extraña historia.

Poe Toaster es el nombre que la prensa sensacionalista le ha dado a una misteriosa persona —en realidad, a un grupo de personas—, que desde 1949 realiza un extraño rito en la tumba de Edgar Allan Poe. Todos los 19 de enero, fecha de nacimiento del escritor, una figura sombría, ataviada con ropas oscuras, con el rostro cubierto por una bufanta blanca y apoyándose en un bastón plateado, visita la tumba de Edgar Allan Poe en Baltimore, Maryland, durante las primeras horas de la madrugada.

El rito, más bien modesto, consiste en dejar tres rosas y una botella de coñac, llena por la mitad. Comedidos de toda clase, e incluso enviados especiales de la prensa, han intentado captar el instante de ese reconocimiento póstumo, sin obtener mayores resultados que una fotografía difusa y algunas descripciones que rozan lo fantástico.

Edgar Allan Poe murió a los cuarenta años de edad, en la ciudad de Baltimore, el 7 de octubre de 1849. Las circunstancias que rodean su muerte son, como mínimo, extrañas. Se dice que la tradición del Poe Toaster comenzó en el centenario de su muerte, en 1949. Cada año, este personaje desconocido se presenta en el Westminster Hall and Burying Ground de Baltimore, e ingresa a la tumba de Edgar Allan Poe, hoy marcada con una lápida conmemorativa. Allí deposita tres rosas rojas, que representan, según dicen, al propio E.A. Poe, a su joven esposa, Virginia Clemm, y a su suegra, María Clemm, ya que esa parcela del cementerio resguardó originalmente los cadáveres de los tres.

Luego, el Poe Toaster derrama media botella de coñac Martell sobre la tumba. Nadie ha sabido interpretar acertadamente este homenaje, aunque se le asigna un valor simbólico. De hecho, varias de estas botellas todavía se conservan en el museo de Edgar Allan Poe (ver: Edgar Allan Poe House and Museum, Balimore).

De acuerdo con el reporte de varios testigos, especialmente del más antiguo empleado del cementerio de Baltimore, el Poe Toaster orginal comenzó su obra en 1949, y concluyó en 1998, fecha en la que habría muerto. Se presume que su hijo es quien ha tomado la posta desde entonces. Curiosamente, en 2010 el Poe Toaster no apareció por el cementerio, tampoco en 2011, finalizando un homenaje que se extendió durante sesenta años ininterrumpidos. De su figura fantasmagórica nos queda apenas una difusa fotografía, publicada en la revista Life, y no mucho más.



En varias ocasiones el Poe Toaster dejó pequeñas notas junto a las ofrendas de rosas y alcohol, algunas, francamente deplorables; otras, en cambio, contienen mensajes crípticos, pero quizás comprensibles para el lector obsesivo de los relatos de Edgar Allan Poe.

Estas anotaciones causaron un revuelo considerable en la comunidad, como aquella que condena el homenaje deportivo efectuado por los Baltimore Ravens, cuyo nombre homenajea al gran poema de Edgar Allan Poe: El cuervo (The Raven).

En 2006, un grupo de entusiastas intentó interceptar al Poe Toaster, despertando la ira de aquellas personas temerosas de la tradición, quienes emboscaron a los emboscadores y los retuvieron durante todo el día en la entrada del cementerio, permitiendo de este modo que el rito se llevase a cabo en tiempo y forma.

El último reporte del homenaje se produjo en 2009, año del bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe. Desde entonces, la vieja tumba del cementerio de Baltimore recibe el mejor rito al que un autor puede aspirar: la visita de lectores eternamente agradecidos.




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«La poesía y los dioses»: H.P. Lovecraft - Anna Helen Crofts.


«La poesía y los dioses»: H.P. Lovecraft - Anna Helen Crofts.




La poesía y los dioses (Poetry and the Gods) es un relato fantástico del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), escrito en colaboración con Anna Helen Crofts (1889-1975), publicado en septiembre de 1920 en la revista The National Amateur, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1959: La habitación cerrada y otras piezas (The Shuttered Room and Other Pieces).






La poesía y los dioses.
Poetry and the Gods, H.P. Lovecraft (1890-1937), Anna Helen Crofts (1889-1975)

Una tarde húmeda y oscura de abril, poco después de terminar la Gran Guerra, Marcia se encontraba sola, sumida en extraños pensamientos, y sus deseos y anhelos inauditos se elevaban del amplio salón del siglo XX a las profundidades del aire, y hacia el este, hacia los olivares de la lejana Arcadia que ella sólo había visto en sueños. Había entrado en la habitación abstraída, había apagado las luminosas arañas y se había recostado en el blando sofá, junto a una lámpara solitaria que derramaba sobre la mesa de lectura un resplandor verdoso tan sedante como la luna cuando emerge entre el follaje de algún antiguo santuario.

Vestida sencillamente, con un largo y negro traje de noche, parecía un producto típico de la civilización moderna; sin embargo, esa noche sentía el abismo inmenso que separaba su alma del prosaísmo de su alrededor. ¿Se debía a la extraña casa en que vivía, esa morada fría donde las relaciones eran siempre tensas y sus habitantes eran poco menos que unos desconocidos? ¿Era eso, o se debía a algún desplazamiento en el tiempo y en el espacio, más grande y menos explicable, por el cual había nacido ella demasiado tarde, demasiado pronto, o demasiado lejos de las regiones de su espíritu, para armonizar jamás con las cosas feas de la realidad contemporánea? Para disipar ese estado de ánimo que la estaba hundiendo en una depresión cada vez mayor, cogió una revista de la mesa y buscó un poco de saludable poesía. La poesía siempre aliviaba su mente desasosegada más que ninguna otra cosa, aunque se daba cuenta de que la perjudicaba en muchos aspectos la moderna influencia. Había partes aun en los versos más sublimes sobre las que flotaba un vapor frío de estéril fealdad y limitación, como el polvo en el cristal de una ventana a través del cual se contempla una magnífica puesta de sol.

Hojeaba indiferente las páginas de la revista como el que busca un esquivo tesoro, cuando tropezó de pronto con algo que le disipó la languidez. Un observador habría podido leer sus pensamientos y decir que había descubierto una imagen o un sueño capaz de acercarle a su meta inalcanzable más que ninguna de las imágenes o sueños contemplados hasta entonces. Era sólo un trozo de verso libre, ese lastimoso compromiso del poeta que supera la prosa pero no llega a la divina melodía de los números; sin embargo, contenía toda la música natural del bardo que vive y que siente, y que trata de encontrar a tientas, extáticamente, la belleza desvelada. Desprovisto de regularidad, tenía, sin embargo, la armonía de las palabras aladas y espontáneas, armonía que faltaba en el verso formalista y convencional que ella conocía. Al leerlo, su entorno se fue volviendo gradualmente difuso, y no tardó en sentirse rodeada de brumas de ensueños tan sólo, brumas purpúreas salpicadas de estrellas que iban más allá del tiempo, hasta donde sólo los dioses y los soñadores pueden llegar:

¡Luna sobre el Japón, Luna blanca de mariposas! Donde sueñan los Budas de párpados pesados Al son de la llamada del cuco… Las blancas alas de las mariposas lunares Aletean inseguras por las calles Silenciando con rubor la mecha inútil de las linternas en manos de las muchachas. Luna sobre los trópicos, Capullo blanco y curvo Que abre lento sus pétalos al calor de los cielos… El aire está lleno de perfumes, De lánguidos, cálidos sones… Una flauta eleva su música de insecto a la noche Bajo el curvo pétalo-luna de los cielos. Luna sobre la China, Luna cansada sobre el río del firmamento, Agitación luminosa entre los sauces, como un centelleo de pececillos plateados Que se deslizan por oscuros bajíos; Las tejas de las tumbas y los templos podridos cabrilean como los rizos del agua; El cielo se motea de nubes como escamas de dragón. En medio de las brumas del sueño, la lectora gritó a las rítmicas estrellas su gozo ante la llegada de una nueva era de la canción, el renacimiento de Pan. Entornando los ojos, repitió palabras cuyas melodías estaban ocultas como cristales en el lecho de un arroyo antes del amanecer, pero que centellean resplandecientes al nacimiento del día. ¡Luna sobre el Japón, Luna blanca de mariposas! Luna sobre los trópicos, Capullo blanco y curvo Que abre lento sus pétalos al calor de los cielos. El aire está lleno de perfumes, De lánguidos, cálidos sones… Luna sobre la China, Luna cansada sobre el río del firmamento…

De las brumas surgió resplandeciente y divina la figura de un joven con el yelmo alado y las sandalias aladas, portando el caduceo, y dotado de una belleza sin parangón en la tierra. Movió tres veces, ante el rostro de la soñadora, el cetro que Apolo le diera a cambio de la concha de nueve cuerdas de la melodía, y colocó sobre su frente una corona de mirto y de rosas. Luego, con adoración, dijo Hermes:

—¡Oh, ninfa, más bella que las hermanas de dorados cabellos de Ciene y que las Atlántidas celestes, amada por Afrodita y bendecida por Pallas, tú has descubierto el secreto de los dioses que encierran la belleza y las canciones! ¡Oh, profetisa, más amable que la Sibila de Cumas cuando Apolo la conoció, tú has hablado certeramente de la nueva era, pues incluso ahora, en Maenalus, Pan suspira y se despereza en su sueño, deseoso de despertar y ver en torno suyo a los faunos coronados de rosas y a los sátiros antiguos! En tu anhelo, has adivinado lo que ningún mortal, salvo unos pocos rechazados por el mundo, recuerda: que los dioses no han muerto jamás, sino que duermen tan sólo y sueñan sueños de dioses en los jardines hespéridos poblados de lotos, más allá del dorado crepúsculo. Se acerca el momento de su despertar, momento en que perecerán el frío y la fealdad, y en que se sentará Zeus de nuevo en el Olimpo. Ya el mar de Pafos tiembla y alza una espuma que sólo los cielos han visto anteriormente; y por la noche, en Helicón, los pastores oyen extraños murmullos y notas semiolvidadas. Los bosques y los campos se vuelven trémulos al anochecer con un centelleo de blancas formas saltarinas, y el inmemorial océano ofrece curiosas visiones bajo tenues lunas. Los dioses son pacientes, y han dormido mucho tiempo; pero ni hombres ni gigantes podrán desafiar eternamente a los dioses. Los titanes se retuercen en el Tártaro, y bajo las llamas del Etna rugen los hijos de Urano y de Gea. Ya está cerca el día en que el hombre ha de responder por haberlos negado durante siglos; pero durmiendo, los dioses se han vuelto amables y no quieren arrojarle al abismo destinado a los que se atreven a negarlos. En vez de eso, su venganza aplastará las tinieblas, la falacia y la fealdad que han trastornado la mente del hombre; y bajo el dominio del barbado Saturno, los mortales, dedicándole sacrificios, se recrearán en la belleza y en el gozo. Esta noche conocerás el favor de los dioses, y contemplarás en el Parnaso aquellos sueños que los dioses envían a la tierra, a lo largo de los siglos, para hacer saber que no han muerto. Pues los poetas son los sueños de los dioses; y en todas las épocas ha habido alguien que cantara sin saberlo el mensaje y la promesa de los jardines de lotos que hay más allá del crepúsculo.

A continuación cogió Hermes en brazos a la doncella dormida y cruzó los cielos.

Soplaron de la torre de Aiolas suaves brisas que les elevaron por encima de mares cálidos y fragantes, hasta que de pronto llegaron adonde Zeus presidía un consejo sobre el Parnaso bicéfalo, su trono de oro, flanqueado por Apolo y las Musas a su derecha, y Dionisos coronado con hojas de parra y las bacantes ruborizadas de placer a su izquierda. Jamás había visto Marcia tanto esplendor, ni despierta ni dormida; sin embargo, no le hacía daño tanta luz, como se lo habría hecho la del elevado Olimpo; pues en esta corte menor, el padre de los dioses había atemperado su gloria a fin de que pudiese ser contemplado por ojos mortales. Ante la entrada de la cueva Gorizia, cubierta de laureles, había sentados en fila seis nobles figuras de aspecto mortal, pero con semblante de dioses. La soñadora les reconoció por las imágenes que había visto de ellas, y supo que no eran otros que el divino Maeónidas, el infernal Dante, el inmortal Shakespeare, el Milton explorador del caos, el cósmico Goethe, y Keats, amado de las Musas. Tales eran los mensajeros a quienes los dioses habían enviado a anunciar a los hombres que Pan no había dejado de existir, sino que dormía tan sólo; porque es mediante la poesía como hablan los dioses a los hombres. Entonces, exclamó Zeus, tonante:

—¡Oh, hija (porque al ser de mi estirpe interminable, eres efectivamente hija mía), contempla en estos tronos de honor a los augustos mensajeros que los dioses enviaron para que dejasen en las palabras y los escritos de los hombres algún vestigio de belleza divina! Los hombres han dado justamente laureles duraderos a otros bardos; pero a éstos los ha coronado Apolo, y yo les he otorgado un lugar aparte, como mortales que hablaron el lenguaje de los dioses.

Mucho tiempo hemos soñado en los jardines de lotos que hay más allá de Occidente, y hemos hablado sólo a través de nuestros sueños; pero se acerca el tiempo en que nuestras voces abandonen su mutismo. Será el momento del despertar y del cambio. Una vez más ha descendido Faetón con su carro, abrasando los campos y secando los arroyos. En la Galia, lloran solas las ninfas con los cabellos alborotados junto a las fuentes que han dejado de manar, y languidecen junto a los ríos que se han vuelto rojos con la sangre de los mortales.

Ha salido Ares con su séquito, dominado por la locura divina, y han regresado Deimos y Fobos saciados de placer antinatural. Tello medita con pesar, y la cara de los hombres es como el rostro de las Erinnias cuando Astraea huyó a los cielos y las olas, a una orden nuestra, envolvieron la tierra toda, salvo esta cumbre elevada. En medio de este caos, dispuesto a anunciar su advenimiento, aunque a ocultar su llegada, avanza ahora el último de nuestros mensajeros nacidos cuyos sueños contienen todas las imágenes que soñaron los que le precedieron. Es a él a quien hemos elegido para que una en un todo glorioso la belleza que el mundo ha conocido, y escriba palabras en las que resuene toda la sabiduría y el encanto del pasado. El será quien proclame nuestro retorno y quien cante nuestros días venideros, cuando los Faunos y las Dríadas llenen de belleza sus acostumbradas florestas. Nuestra elección ha sido guiada por los que ahora se sientan ante la gruta Gorizia en tronos de marfil, y en cuyas canciones oirás notas sublimes por las que dentro de unos años reconocerás al más grande mensajero, llegado el momento. Escucha sus voces cuando ahora te canten una a una. Oirás cada una de sus notas otra vez, en la poesía que está por venir, la cual traerá paz y gozo a tu alma, aunque habrás de buscarla durante años de desolación. Escucha con atención, pues cada acorde que brote y se desvanezca volverá a surgir para ti cuando regreses a la tierra, como Alfeo — hundiendo sus aguas en el alma de Elade— aparece como cristal de Aretusa en la remota Sicilia.

A continuación se levantó Homero, el más antiguo de los bardos, tomó su lira y cantó un himno a Afrodita. Marcia no conocía una sola palabra de griego; sin embargo, no llegó el mensaje en vano a sus oídos> pues el ritmo oculto contenía aquello que habla a los mortales y a los dioses, y no necesita de intérprete.

Y lo mismo ocurrió con las canciones de Dante y de Goethe, cuyas palabras desconocidas surcaron el éter con melodías sencillas de leer y de adorar. Y por último se entonaron acentos que la joven recordaba. Era el cisne de Avon, en otro tiempo dios entre los hombres, y ahora entre los dioses:

Escribe, escribe, que del curso sangriento de la guerra, Queridísimo señor, tu querido hijo pueda huir; Bendito sea en casa, en paz, mientras yo, lejos de él Con celoso fervor su nombre santifico. Y sonaron acentos aún más familiares cuando Milton, recobrada la vista, declamó con inmortal armonía: Que tu lámpara, a la medianoche, Se vea en alguna torre solitaria, De donde pueda yo vigilar la Osa Con el triplemente grande Hermes, o haz Que al espíritu de Platón desvele Qué mundos, qué vastas regiones contiene La mente inmortal, que ha olvidado Su mansión en este refugio de carne. Que alguna vez la tragedia espléndida Con cetro y bajo pallo desfile, Presentando a Tebas, o la estirpe de Pélope, O la historia de Troya divina. Por último se alzó la voz joven de Keats, el más próximo de los mensajeros al pueblo hermoso de los faunos: Dulces son las melodías escuchadas; pero aún son más Las no escuchadas; por tanto, dulces flautas, seguid… Cuando, vieja, esta generación termine, Seguirás tú, en medio de un dolor Ajeno al nuestro, amigo del hombre, a quien dijiste «La belleza es la verdad; la verdad, belleza»; eso es Cuanto sabes en la tierra; cuanto necesitas saber.

Al terminar el cantor se oyó un sonido traído por el viento que venía del Egipto lejano, donde llora de noche Aurora junto al Nilo a su Memnón asesinado. A los pies del Tonante se echó la diosa de dedos rosados; y arrodillada, imploró:

«Señor, es hora de abrir las Compuertas de Oriente.» Y Febo, tendiendo su lira a Calíope, la Musa a la que había desposado, se dispuso a partir con destino al Palacio del Sol, erigido sobre columnas y resplandeciente de joyas, donde se agitaban los corceles ya enganchados al dorado carro del día. De modo que Zeus descendió de su trono de la caverna, y posando una mano sobre la cabeza de Marcia, dijo:

—Hija, el amanecer se acerca; conviene que regreses antes de que despierten los mortales de tu casa. No llores por el vacío de tu vida, porque pronto desaparecerá la sombra de las falsas creencias, y otra vez los dioses andarán entre los hombres. Busca sin descanso a nuestro mensajero, y encontrarás el consuelo y la paz. Su palabra guiará tus pasos hasta la felicidad, y en sus sueños de belleza encontrará tu espíritu aquello que anhela.

Cuando Zeus hubo terminado de hablar, el joven Hermes cogió suavemente a la doncella y la elevó hacia las pálidas estrellas, en dirección a Occidente, sobrevolando mares invisibles.

Han pasado muchos años desde que Marcia soñó con los dioses y con el cónclave de su Parnaso. Esta noche se encuentra sentada en el mismo amplio salón, pero no está sola. Ha desaparecido el viejo espíritu de la inquietud, pues junto a ella hay alguien cuyo nombre resplandece de celebridad: es el joven poeta de los poetas, a cuyos pies se sienta el mundo entero. Está leyendo palabras manuscritas que nadie ha oído aún, pero que cuando se escuchen traerán a los hombres las fantasías que perdieron hace siglos, cuando Pan se tendía a dormitar en Arcadia, y los grandes dioses se retiraban a descansar a los jardines de lotos, más allá de las tierras de las Hespérides. En las sutiles cadencias y ocultas melodías del bardo, el espíritu de la doncella había encontrado al fin el sosiego, pues transmitían las más divinas notas del Orfeo tracio; notas que conmovían a las mismas rocas y a los árboles de las riberas del Hebro. Calla el cantor, y espera con ansiedad un veredicto; aunque, ¿qué puede decir Marcia, sino que la melodía es «digna de los dioses»?

Y mientras ella habla, le llega otra vez la visión del Parnaso, y el sonido lejano de una voz poderosa que dice: «Su palabra guiará tus pasos hasta la felicidad, y en sus sueños de belleza encontrará tu espíritu aquello que anhela.»

H.P. Lovecraft (1890-1937)
Anna Helen Crofts (1889-1975)




Relatos de Lovecraft. I Relatos góticos.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de H.P. Lovecraft y Anna Helen Crofts: La poesía y los dioses (Poetry and the Gods) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«¿Él?»: Guy de Maupassant (audio relato)


«¿Él?»: Guy de Maupassant (audio relato)




Audio relato de terror basado en el cuento de Guy de Maupassant: ¿Él? (Lui ?), publicado en la edición del 3 de julio de 1883 deel periódico Gil Blas.




¿Él?
Lui ?, Guy de Maupassant (1850-1893)
Interpretado por Alberto Laiseca.





Audio relatos de terror. I Relatos de Guy de Maupassant.


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«El grabado en la casa»: H.P. Lovecraft; relato y análisis


«El grabado en la casa»: H.P. Lovecraft; relato y análisis.





El grabado en la casa (The Picture in the House) es un relato de terror del escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado originalmente en la edición de julio de 1919 de la revista The National Amateur y reeditado en la edición de enero de 1924 de la revista Weird Tales. Finalmente reaparecería en la antología de Arkham House de 1939: El extraño y otros (The Outsider and Others).

El grabado en la casa, uno de los grandes cuentos de Lovecraft, relata la historia de un genealogista que recorre en bicicleta el Valle de Miskatonic, Nueva Inglaterra, el cual busca refugio en una casa aparentemente abandonada, pero que en realidad está habitado por un anciano singularmente inquietante [ver: El horror en el patio trasero: análisis de «El grabado en la casa»]

SPOILERS.

Además de habla del anciano, sumamente inusual, como si hablara un dialecto olvidado, la casa está repleta de libros antiguos, artefactos exóticos y muebles anteriores a la Revolución Americana. Al principio, el anciano parece inofensivo; sin embargo, parece estar obsesionado con un grabado en un libro prohibido, el Regnum Congo, el cual, aparentemente, le indujo hambre de cosas inimaginables, entre las cuales podemos deducir la carne humana (ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte)

El grabado en la casa sugiere que el anciano ha estado asesinando a viajeros imprudentes para satisfacer el ansia que le infundió el grabado, logrando prolongar anormalmente su propia vida a través del canibalismo. De hecho, el narrador va recogiendo pequeños indicios que sugieren que el anciano ha estado vivo durante más de un siglo. De repente, una gota de sangre cae del techo, proveniente del piso de arriba, y salpica una página del libro. En ese momento, un rayo destruye la casa, y el narrador sobrevive para contar su terrible experiencia.

El final de El grabado en la casa es un claro homenaje al clásico de Edgar Allan Poe: La caída de la Casa Usher (The Fall of the House of Usher). Algunos años después, Lovecraft escribiría El extraño (The Outsider), una especie de secuela simbólica del cuento de Poe (ver: «El Extraño» de Lovecraft como secuela de «La Casa Usher» de Poe)

A simple vista, El grabado en la casa de Lovecraft parece un relato sin demasiadas luces, chato, en una palabra. Sin embargo, también es una historia muy delicada, sutil, a pesar de abordar el tema del canibalismo, precisamente porque evita los lugares comunes. En cierto modo, hay un meticuloso realismo en El grabado en la casa, cierta moderación que aspira a generar un estado de ánimo en el lector, no mediante el impacto, sino del cuidadoso uso del lenguaje.




El grabado en la casa.
The Picture in the House, H.P. Lovecraft (1890-1937)

Los aficionados al horror suelen buscar los sitios llenos de misterio pero lejanos, como las catacumbas de Ptolomeo o los magníficos mausoleos de tantas partes. Preferentemente a la luz de la luna, se entregan a trepar a las ruinosas torres de los castillos del Rhin o a transitar tambaleantes entre las lóbregas escaleras repletas de telarañas que aún subsisten entre los restos de algunas ciudades asiáticas. Sus templos son los bosques encantados o las montañas inaccesibles y sus reliquias están dadas por los horribles monolitos que se levantan en islas despobladas. Sin embargo, para el verdadero sensual del horror, aquél que ante un estremecimiento nuevo puede llegar a sentir justificada toda una existencia, las viejas y solitarias granjas de Nueva Inglaterra son particularmente atractivas, puesto que es allí donde se produce la combinación precisa de elementos tales como la fantasía, la soledad, lo ignorado y la presencia de fuerzas sombrías que en conjunto pueden producir altas cumbres de lo tenebroso.

Los paisajes más interesantes, en este sentido, son necesariamente aquellos que se encuentran a gran distancia de los caminos más transitados, donde se levantan pequeñas casas sin pintar, casi siempre recubiertas de hiedra y ocultas bajo alguna ladera agreste o algún peñasco gigantesco. Han estado allí a veces por más de doscientos años viendo sucesivas generaciones de árboles inmensos o de viboreantes enredaderas. Actualmente ha triunfado la vegetación, que casi las ha devorado amortajándolas con su verdosa sombra; sin embargo, sobreviven pequeñas ventanas, por lo general de guillotina, como si fueran ojos que parpadean agobiados por la imposibilidad de expresar todo lo que saben. En esas casas han vivido decenas de gentes de las más diversas layas y de las más variadas procedencias. Fanatizados en oscuras creencias que los obligaron a apartarse de sus congéneres, ellos y sus descendientes buscaron en esos páramos cierta libertad para entregarse a sus raras actividades.

Los hijos encontraron ciertamente las facilidades que buscaban y se desarrollaron al margen de cualquiera de las compunciones que les habría impuesto la sociedad, pero en cambio debieron soportar un lamentable servilismo impuesto por el siniestro culto que se había posesionado de su imaginación. Marginados completamente de los avances de la civilización, toda la tecnología de estos curiosos puritanos provenía de desarrollos autóctonos. El aislamiento, su patológica autorrepresión y la implacable lucha contra un medio inhóspito, dibujaron rasgos sombríos sobre los ya de por sí oscuros trazos de su ancestral ascendencia septentrional. Esencialmente prácticos y necesariamente austeros, éstos no eran hombres que se solazaran en el pecado. Expuestos al error, como cualquier mortal, su peculiar código moral los obligaba a encubrirlo y así llegó el momento en que fueron completamente incapaces de identificar lo que encubrían. Sólo las deshabitadas casas, insomnes y majestuosas, en apartadas y frondosas regiones, albergan lo que desde tiempos inmemoriales permanece oculto. Pero habitualmente se muestran poco dispuestas a sacudir su letargo y tornarse comunicativas. Ciertas veces, al contemplarlas, uno siente que lo que mejor podría hacerse con ellas es demolerlas de una buena vez.

Una tarde de noviembre de 1896, mientras paseaba por la zona, se desató un aguacero tan furioso que me vi obligado a buscar refugio en una de estas casas semiderruidas por el tiempo. En verdad, hacía ya algún tiempo que recorría la región aledaña al valle de Miskatonic en procura de cierta información genealógica y en virtud de la geografía del lugar y de la propia índole de mis movimientos, pese a la época del año, había decidido servirme de una bicicleta. De este modo, la tarde en cuestión me había encontrado en un camino de aspecto abandonado, por el que me había aventurado creyéndolo el atajo más conveniente para ir hasta Arkham. En este tránsito, cuando me encontraba en el punto más alejado de cualquier pueblo, el cielo pareció derrumbarse en un violento diluvio y no tuve otra alternativa que correr hacia un ruinoso edificio de madera que surgió en mi reducido campo visual. Flanqueada por dos enormes olmos ya casi sin hojas y recostada contra un cerro rocoso, desde un primer momento la casa no me inspiró ninguna confianza. Las empañadas ventanas, como taimados ojos entrecerrados, los cimientos aún con la mayor solidez y las paredes exteriores bastante enteras, significaban elementos básicos que se correspondían con otros tantos que aparecían en leyendas que había recogido en mis investigaciones y que me predisponían contra lugares como al que entonces debía recurrir. En efecto, la fuerza de la tempestad era tal que no tuve más que desechar mis aprensiones, lanzar la bicicleta por la pendiente enmarañada de malezas que llevaba hasta la casa y así pronto me encontré ante la puerta que, de cerca, mostraba una gran sugerencia.

Llegué con la convicción que no podía tratarse sino de una casa abandonada, pero al estar frente a ella, algunos indicios, por ejemplo los senderos cubiertos de maleza pero no desdibujados, me hicieron pensar que el lugar no se encontraba totalmente abandonado. Por eso, en vez de abrir la puerta sin más, opté por golpear cautelosamente; mientras tanto se iba apoderando de mí una ansiedad cuyas fuentes no sabría explicar. De pie sobre la roca que hacía las veces de escalón de entrada, me dediqué a examinar las ventanas que tan mal me habían impresionado desde lejos y pude comprobar que, pese al deterioro del tiempo y a la mugre que las cubría, ni los marcos ni los vidrios estaban rotos. Evidencia adicional para mi sospecha que pese al abandono y al aislamiento, la casa debía estar habitada. Sin embargo, los golpes en la puerta no tenían la menor respuesta. Volví a golpear en la puerta y tras una prudente espera, que también resultó infructuosa, me decidí a hacer girar el oxidado picaporte; sin demasiada sorpresa advertí que la puerta estaba destrabada. Ingresé a un vestíbulo pequeño, de cuyas paredes se desprendía el yeso. A través de la puerta se deslizaba un olor especialmente desagradable. Aún con la bicicleta en la mano, ya en el interior, cerré la puerta tras de mí. Descubrí una escalera angosta que terminaba en una también estrecha puerta y que, sin duda, debía llevar al sótano. A la izquierda y a la derecha se veían otras tantas puertas que debían comunicar con las otras habitaciones de la planta baja.

Apoyé la bicicleta contra la pared, abrí la puerta de la izquierda e ingresé a una habitación pequeña, de techo muy bajo, iluminada por dos ventanas con vidrios casi opacos por el polvo y las telarañas, y prácticamente sin muebles. Parecía haber sido una sala de estar, si se tenía en cuenta el mobiliario constituido por una mesa, algunas sillas y una gran chimenea sobre cuya repisa se veía un antiguo reloj del que aún se oía el tic-tac. Había algunos libros, aunque la difusa luz que llegaba hasta aquel lugar me impedía leer sus títulos. Me resultaba interesante lo arcaico que se respiraba en cualquiera de los detalles de aquel lugar. Estaba acostumbrado a encontrar abundantes reliquias del pasado en las casas de la región, pero aquí era impresionante la presencia de lo antiguo; por ejemplo, en la habitación donde me encontraba no había un solo objeto que correspondiera a una fecha posterior a la Revolución. Pese a la modestia del mobiliario, aquella casa hubiese sido el paraíso de un coleccionista.

La animadversión que había concebido hacia la casa al verla desde lejos no hizo más que crecer a medida que iba recorriendo con la mirada el panorama que se me presentaba. Fue imposible determinar cuál era la fuente que me inspiraba temor o desagrado; baste con decir que había algo vago en la atmósfera que me hacía pensar en reminiscencias de tiempos licenciosos, en la más crasa brutalidad, en situaciones que más valía sepultar en el olvido. Nada me invitaba a sentarme tranquilamente a esperar que cesara la lluvia, así que continué dando vueltas y examinando los objetos que había descubierto al entrar. Me llamó la atención un libro de formato mediano que estaba sobre la mesa; su aspecto era tan gutemberiano que sorprendía verlo fuera de un museo. Tenía encuadernación en cuero guarnecido en metal y su estado de conservación era excelente. Por cierto que no era cosa de todos los días encontrar semejante volumen en una casa tan modesta. Lo abrí y con sorpresa descubrí que se trataba de la descripción del Congo que hace Pigafetta a partir de las observaciones del marinero Lope; estaba escrito en latín y había sido impreso en Frankfurt en 1598.

Muchas veces había oído hablar de aquella obra, curiosamente ilustrada por los hermanos de Bry, así que absorto en su examen terminé por olvidar el malestar que me producía el lugar. Las ilustraciones eran verdaderamente singulares, decididamente inclinadas hacia la imaginación, con relativa fidelidad a las descripciones del texto: una presencia recurrente en ellos era la de los negros de piel blanca y rasgos caucásicos. Estuve un largo rato hojeando el precioso volumen y habría seguido así mucho más si una trivialidad no hubiese venido a fastidiarme y a revivir mi desasosiego. Me irritaba el hecho que, lo quisiera o no, el libro se abría siempre en la Lámina XII, una estremecedora representación en las caníbales Anziques. No dejé de avergonzarme por semejante exceso de susceptibilidad, pero en verdad subsistía la circunstancia que aquel grabado no me gustaba en lo más mínimo, especialmente en los detalles que referían la gastronomía anziqueña.

Lo dejé sobre la mesa y me volví hacia el estante que había advertido al comienzo. Había pocos libros, una Biblia del siglo XVIII, un Pilgrim’s Progress del mismo siglo ilustrado con burdos grabados de madera e impreso por el autor de almanaques Isaiah Thomas, un lamentable Magnalia Christi Americana de Cotton Mather y unos pocos volúmenes más de la misma época. De pronto todo mi cuerpo se tensó al escuchar el inconfundible sonido de pasos en la habitación de arriba. La sorpresa se debía a la falta de respuesta a mis reiterados llamados a la puerta, pero no tardé en calmarme pensando que fuera quien fuese seguramente acababa de despertarse de una profunda siesta y, ya con mucha mayor tranquilidad, recibí el sonido chirriante de la escalera acusando a alguien que descendía por ella. Eran pasos firmes, aunque parecían trasmitir algo de cautela. Por mi parte había tenido la precaución de cerrar tras de mí la puerta de la habitación en la que ahora me encontraba. Se produjo un silencio al otro lado de la puerta, tiempo en el que seguramente quien fuese se dedicaba a examinar la bicicleta que había dejado apoyada contra la pared. Luego escuché un familiar movimiento en el picaporte y vi como la puerta se abría.

Por ella apareció alguien con una apariencia tan peculiar que si no la recibí con un grito de asombro fue debido a mi muy esmerada y controlada educación. Se trataba de un anciano de barba canosa, vestido sólo con andrajos, pero con un rostro y un porte que inspiraban admiración y respeto. Medía no menos de un metro noventa y pese a su aspecto general y a la clara miseria en que se encontraba, era de complexión fuerte y casi deportiva. Oculta por una barba que le cubría totalmente las mejillas, la piel de su cara mostraba un tinte extraordinariamente rosado y casi no tenía arrugas. Los ojos azules, ligeramente empañados en sangre, eran de una notable vivacidad y proyectaban miradas de honda intensidad. De no ser por su apariencia bizarra, el hombre hubiese impuesto su porte distinguido y su excepcional contextura física. Precisamente, el aspecto estrafalario era el que lo contaminaba irremediablemente con un aire repulsivo. No es posible describir lo que en otro tiempo había constituido su vestimenta, ahora reducida a un montón de jirones que caían sobre un par de botas de caña. Tampoco es posible dar cuenta del grado de suciedad de toda su persona.

Todo ello, más el miedo instintivo que me poseía desde antes de su llegada, produjo en mí un sentimiento de hostilidad hacia el anciano. Sin embargo, fue una gran sorpresa verlo, en abierta contradicción con su aspecto y con los sentimientos que experimentaba, como me invitaba con un elegante gesto a que tomara asiento y dirigirse en voz débil, pero muy agradable, para expresarme su respetuosa hospitalidad. Manejaba un idioma particular, una especie de variante del dialecto yanqui a la que suponía extinguida hacía mucho tiempo y que ahora encontraba ocasión de estudiar, mientras conversábamos tranquilamente frente a frente
—¿Lo sorprendió la lluvia? —inició la conversación—. Afortunadamente me hallaba cerca de la casa. Supongo que debí haber estado dormido. De lo contrario, lo habría escuchado… No soy joven y necesito dormir muchas horas todos los días. ¿Va muy lejos? No es mucha la gente que pasa por ese camino desde que suprimieron la diligencia de Arkham.

Le dije que efectivamente me dirigía a Arkham y me disculpé por haber irrumpido de aquel modo en su casa.

El anciano volvió a hablar.

—Me alegra verlo, caballero. Son muy pocas las caras nuevas que suelen verse por aquí y no hay mucho con qué entretenerse. Supongo que usted es de Boston. Nunca estuve allí, pero soy capaz de distinguir a alguien de esa ciudad con sólo verle. En el 84 tuvimos un maestro para todo el distrito, pero un día se fue y nadie volvió a saber de él.

El anciano soltó una especie de risa contenida y no me respondió sobre la causa de la misma al preguntarle yo. Parecía de muy buen humor, pero evidenciaba las excentricidades propias de alguien con su apariencia. Durante un rato siguió hablando solo, como si encontrara un señalado placer en ello, hasta que se me ocurrió preguntarle cómo había llegado hasta sus manos un libro tan raro como el Regnum Congo de Pigafetta. Aún no me había recobrado del asombro que me produjo encontrar aquel volumen allí y por algunos momentos había contenido mis deseos de hablar acerca de ello, pero finalmente mi curiosidad triunfó por encima de todas las demás aprensiones. Afortunadamente, la pregunta no supuso el ingreso a algún tema embarazoso para mi anfitrión, quien se entregó a una locuaz explicación.

—¿El libro africano? Se lo cambié al capitán Ebenezer Holt, creo que en el año 68, antes que él muriera en la guerra, por algún objeto que ahora no recuerdo.

El nombre Ebenezer Holt hizo que prestara atención de inmediato. Durante mis pesquisas genealógicas me había topado con aquel nombre, pero no había podido encontrar datos precisos acerca de él desde los tiempos de la Revolución. Se me ocurrió que aquel hombre podría ayudarme en la ubicación de esos datos, pero decidí aplazar la pregunta para después. Mientras tanto, él continuaba con su relato:

—Ebenezer navegó durante muchos años en una nave mercante de Salem y no había puerto donde anclara en el que no se encaprichara con alguna bendita rareza. Me parece que este libro lo había adquirido en Londres. Le gustaba mucho visitar las tiendas para comprar estas cosas. Cierta vez visité su casa en las montañas, donde había ido a vender caballos, y vi este libro. Me gustaron mucho los grabados y le propuse cambiárselo. Es un libro muy raro. Veámoslo… Necesito mis lentes…

El anciano introdujo una mano entre sus harapos y de allí sacó un par de lentes mugrientos e increíblemente antiguos, de aquellos con pequeñas lentes octogonales y patillas de acero. Se las caló, tomó con sumo cuidado el libro y se puso a pasar las páginas.

—Ebenezer podía leer este libro. Está en latín. ¿Lo sabía? Dos o tres maestros me leyeron algunas partes, el reverendo Clark, de quien se rumorea que murió ahogado en la laguna, también me leyó algo… ¿Usted entiende lo que dice?

Le dije que sí y para corroborarlo le traduje un fragmento del principio. Tal vez cometí algunos errores, pero el anciano no era ningún latinista que pudiera corregirme. Además, parecía encantado con mi versión. Su cercanía se iba intensificando y, al mismo tiempo, haciéndoseme cada vez más insoportable, pero no se me ocurría modo alguno de recuperar la distancia sin que se sintiera ofendido. Me regocijaba el infantil entusiasmo de aquel anciano ignorante ante los grabados de un libro que no podía leer; me preguntaba si acaso sabría leer los libros en inglés que estaban sobre el estante. Reparé en esa sencillez y de pronto sentí como ridículos todos los temores que había estado alentando.

—Es curioso como los grabados pueden hacerlo pensar a uno. Veamos, por ejemplo, éste que está al comienzo. ¿Ha visto usted alguna vez árboles más grandes que éstos, con hojas tan enormes colgando de las ramas? Y estos hombres…, no pueden ser negros…, da la impresión que fueran indios, a pesar que están en África. Algunos de estos seres que están aquí miran como si fuesen monos, o medio monos y medio hombres. Nunca oí de nada parecido a esto —dijo señalando una extraña criatura que semejaba un dragón con cabeza de lagarto—. Sin embargo, todavía no hemos visto el mejor de todos. Veamos, está por aquí, en la mitad del libro…

Su hablar se volvió más pastoso y sus ojos se encendieron con un extraño brillo. El libro se abrió inevitablemente en la página que contenía la Lámina XII. Me volvió a asaltar la sensación de intranquilidad, aunque traté que ella no se reflejara en mi rostro. Volví a mirarla y comprobé que lo realmente curioso era que el artista había dibujado a los africanos como si se tratase de hombres blancos. De las paredes del establecimiento colgaban piernas y brazos, en un espectáculo ciertamente repugnante, mientras que el carnicero, hacha en mano contribuía al clímax. No obstante, mientras a mí aquel cuadro me horrorizaba, al anciano, en cambio, le encantaba.

—¿Qué le parece? ¿A que nunca ha visto nada parecido? Apenas lo vi, le dije a Eb Holt que era algo como para calentarle la sangre a uno. Cuando leo en las Escrituras acerca de matanzas (la de los medianitas, por ejemplo) me imagino escenas así. Aquí está todo lo que se precisa para imaginárselo. Tal vez sea pecado, pero, ¿acaso no vivimos todos en pecado? Cada vez que veo a este hombre cortado en pedazos siento como un hormigueo que me recorre todo el cuerpo. No puedo apartar la vista del grabado. ¿Ve cómo el carnicero cortó los pies de un solo hachazo? Sobre el banco está la cabeza y un brazo; el otro está más lejos…

En su peculiar lengua, el anciano era poseído por un siniestro éxtasis, su velluda cara cobró una intensa expresividad, pero curiosamente el tono de su voz iba desvaneciéndose. Por mi parte, era un mar de sensaciones encontradas. Había vuelto a sentir todo el terror que difusa e intermitentemente me había rondado desde que vi la casa, produciéndome un fuerte rechazo hacia aquella abominable criatura que tenía a mi lado. No podía comprender la locura y la perversión de la que hacía ostentación, pero lo que más me estremecía era su voz, que ahora no pasaba de ser un ronco susurro mucho más horrible que cualquier aullido.

—Realmente, es muy curiosa la capacidad de los grabados para hacerlo pensar a uno. Me refiero a éste, joven. Cuando Eb me dio el libro solía entregarme a mirarlo muy a menudo, especialmente después que el empelucado reverendo Clark despotricaba todos los domingos. Si no se asusta, joven, me permitiré contarle una travesura que se me ocurrió cierta vez. Antes de sacrificar las ovejas para venderlas en el mercado, acostumbraba mirar el grabado. Era mucho más agradable matar las ovejas luego de mirarlo…

La voz del anciano continuaba adelgazándose; por momentos no podía oír algunas de sus palabras que eran tapadas por el ruido de la lluvia o por el golpeteo de algunas maderas sueltas. Súbitamente se descargó el ruido de un rayo, fenómeno ciertamente extraño para la época del año en que nos encontrábamos. El resplandor primero y el ruido a continuación produjo el estremecimiento hasta de los cimientos de la casa. Sin embargo, el anciano, totalmente abstraído en su relato, parecía no haberlo advertido.

—Matar ovejas era muy agradable… ¿sabe usted?, pero no tanto. Es verdaderamente extraño como uno llega a entusiasmarse con un grabado. Confío en que usted no revelará lo que voy a decirle. Le juro por Dios que veía el grabado y se me desataba un hambre de alimentos que no podía comprar ni cultivar…, no se ponga nervioso… ¿le sucede algo? Después de todo no hice nada… Sólo me preguntaba qué habría sucedido de haberlo hecho… Se dice que la carne es buena para el cuerpo humano, que renueva la vida, así que me preguntaba si el hombre no podría prolongar mucho más su vida si se diese a consumir una carne más parecida a la suya…

En este punto el susurro del anciano se extinguió completamente. La interrupción no se debió al terror que evidentemente yo no podía disimular, ni a la tempestad cada vez más furiosa. La razón estuvo dada por un hecho mucho más sencillo, aunque extraordinario.

Frente a nosotros se hallaba el libro abierto, naturalmente con el abominable grabado mirando hacia arriba. Al pronunciar el anciano la frase más parecida a la suya, se oyó un sutil goteo sobre el papel amarillento del grabado. En un principio pensé que se trataría de una gotera que se había filtrado por alguna de las tantas grietas del techo, pero la lluvia no es roja. Sobre la carnicería de los caníbales de Anzique refulgía una pequeña gota de color rojo que agregaba una intensidad adicional al ya de por sí espantoso detalle. Fue al ver esa gota que el anciano dejó de hablar; de inmediato alzó la cabeza dirigiendo la mirada al piso de la habitación de la que había bajado un rato antes.

Acompañé la trayectoria de su mirada y exactamente encima de nosotros vi una gran mancha irregular de una sustancia húmeda y carmesí que parecía ir expandiéndose a medida que la mirada continuaba posada sobre ella. Permanecí inmóvil y en silencio donde me encontraba, pero sin poder aguantar el espectáculo cerré los ojos. Instantes después oí cómo se descargaba otro descomunal rayo, que esta vez acertó de lleno en la casa haciéndola saltar por los aires y disipando para siempre sus inextricables secretos. También derramó el olvido, que permitió la salvación de mi mente.

H.P. Lovecraft (1890-1937)




Relatos de H.P. Lovecraft. I Relatos góticos.


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El análisis y resumen del cuento de Lovecraft: El grabado en la casa (The Picture in the House) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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