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"Puedes llamar desde aquí": Algernon Blackwood; cuando los muertos llaman por teléfono


Puedes telefonear desde aquí (You May Telephone From Here) es un relato de terror del escritor inglés Algernon Blackwood (1869-1951), publicado en la edición del 27 de febrero de 1909 de la revista The Westminster Gazette.

De corte netamente paranormal, Puedes telefonear desde aquí admite a la tecnología como nuevo vehículo de lo sobrenatural, en este caso: relatando la historia de dos mujeres muy preocupadas que aguardan una llamada telefónica, sin imaginarse que desde el más allá la conectividad rara vez es un problema.



Puedes telefonear desde aquí.
You May Telephone From Here, Algernon Blackwood (1869-1951)

A las diez y media mandó a la criada a la cama, y permaneció levantada ella sola en el piso.

«Abriré yo a mi prima —se dijo—; puede que venga tarde.»

Leyó, hizo punto, empezó una carta, atizó el fuego, y miró las fotografías de su marido que tenía sobre la chimenea; pero no paraba de mirar en torno suyo, nerviosa, yendo unas veces a la puerta a escuchar, levantando otras un canto de la persiana para asomarse sobre las farolas de North Kensington, que contendían con la oscuridad. La niebla era más espesa que nunca. Un rumor de tráfico se elevaba flotando hasta ella desde abajo.

Pero al fin sonó furioso el timbre de la puerta, y corrió a abrir a su prima, la cual había prometido pasar con ella las dos noches de ausencia de su marido, que había salido para París. Se besaron. Se pusieron a hablar las dos a la vez.

—Creí que no ibas a llegar nunca, Sybil…

—La función ha terminado tarde… y hay una niebla horrible. Envié mis cosas esta tarde por eso.

—Han llegado puntualmente; y tienes la habitación preparada. Espero que puedas arreglártelas sin doncella. ¡Me alegro muchísimo de que hayas venido!

—¡Mi tímida avecilla campestre!

—Oh, no es eso; aunque confieso que Londres me aterra por la noche; pero tú sabes que es la primera vez que él no está… y supongo…

—Lo sé, querida; lo comprendo perfectamente —la prima era animada y alegre—. Te sientes sola, claro —se besaron otra vez—. Ayúdame a desabrocharme, ¿quieres? —añadió—; voy a ponerme la bata, y luego nos sentaremos confortablemente junto al fuego.

—Le he despedido en la estación Victoria a las nueve menos cuarto —dijo la mujercita una vez terminada la operación.

—¿Va por Newhaven y Dieppe?

—Sí. Llegará a París a las siete de la mañana. Ha prometido telefonearme antes.

—¡Ah, eres un diablillo caro!

—¿Por qué?

—Cuestan diez chelines los tres minutos o algo así; y tienes que ir a Correos o al Ayuntamiento o a un sitio de ésos, creo.

—Pero yo creía que era como una conferencia interurbana normal, directa aquí al piso. Él no me ha dicho eso.

—¡Probablemente no le diste ocasión!

Se echaron a reír y siguieron charlando con los pies en la pantalla de la chimenea y las faldas arremangadas. La prima encendió su segundo cigarrillo. Eran las doce pasadas.

—Me temo que no tengo nada de sueño —dijo la esposa, disculpándose.

—Yo tampoco; por una vez, me ha entusiasmado la obra de teatro —se puso a contarla animadamente. A mitad del relato sonó el teléfono en el recibimiento. Tintineó débilmente; no fueron los timbrazos acostumbrados.

La otra se sobresaltó.

—¡Otra vez! No para de hacer eso… desde que Harry lo instaló, la semana pasada. A mí no me acaba de gustar —habló con voz contenida.

Su prima la miró con curiosidad:

—Oh, no debes inquietarte por eso —rió tranquilizadora—; suele hacer esas cosas cuando no funciona la línea. Aún no estás acostumbrada a las triquiñuelas del teléfono. Tienes que llamar a la central y quejarte. Hay que quejarse continuamente en este mundo si quieres que…

—Ya empieza de nuevo —la interrumpió su amiga, nerviosa—. ¡Oh, quisiera que parase de una vez! Es como si hubiese alguien ahí en el recibimiento, intentando hablar…

La prima se levantó de un salto. Fueron juntas al recibimiento, y la entendida llamó enérgicamente a la central y preguntó si alguien estaba intentando «comunicar». Con delicada indignación, se quejó de que en el piso nadie podía pegar ojo a causa de ese ruido. Tras una breve conversación, se volvió, receptor en mano, a su compañera.

—El telefonista dice que lo siente mucho, pero que tu línea anda mal esta noche por alguna razón. Tiene interferencias o algo así. No sabe. Te aconseja que dejes descolgado el teléfono hasta mañana por la mañana. ¡Así no habrá posibilidad de que suene!

Dejaron colgando el receptor, y regresaron junto a la chimenea.

—Siento parecer una tonta —dijo la esposa, riendo un poco—, pero aún no estoy acostumbrada. En la granja no había teléfono —se volvió con un súbito sobresalto, como si hubiese oído el timbre otra vez—. Y esta noche —añadió en voz baja, aunque con un esfuerzo visible para dominarse—, no sé por qué, me noto desasosegada, nerviosa, rara, creo.

—¿Cómo? ¿Rara?

—Bueno, no sé exactamente; casi como si hubiese alguien en el piso. Además de nosotras y la criada, quiero decir.

La prima se levantó bruscamente. Encendió las luces eléctricas de la pared, junto a ella.

—Sí, pero eso es sólo cosa de la imaginación, en realidad —dijo con decisión—. Es natural. Se debe a la niebla, y a lo extraño que te resulta Londres después de tu vida aislada en la granja, y al hecho de estar ausente tu marido. En cuanto te pones a analizar esas raras sensaciones, desaparecen.

—¡Escucha! —exclamó la esposa en voz baja—. ¿No ha sido una pisada en el pasillo? —se enderezó en su asiento, con la cara pálida y los ojos muy brillantes. Escucharon un momento. La noche estaba absolutamente en silencio alrededor de ellas.

—¡Tonterías! —exclamó la prima en voz alta—. He sido yo, que he dado con el pie en la pantalla; así… ¡mira! —repitió enérgicamente el ruido.

—Te creo —dijo la otra, convencida sólo a medias—. Pero es raro. Noto como si hubiese entrado alguien en el piso… hace poco; estando tú aquí ya, quiero decir: justo antes de que empezaran los ruidos del teléfono, en realidad.

—Vamos, vamos —rió la prima—; conseguirás que nos asustemos las dos. A la una de la madrugada es fácil imaginar cualquier cosa. ¡Acabarás oyendo elefantes en la escalera! —echó una atenta mirada a su alrededor—. Vamos a tomarnos un chocolate y a meternos en la cama —añadió—. Dormiremos como troncos.

—¡La una ya! Entonces a estas horas Harry se encuentra a mitad de viaje —dijo la esposa, sonriendo ante la expresión de su amiga—. Pero me alegro muchísimo, muchísimo, de que estés aquí —añadió—; y creo que es un detalle maravilloso por tu parte el haber dejado una casa grande y comodísima… —se volvieron a besar, y se echaron a reír.

Poco después, tras escaldarse la garganta con el chocolate ardiendo, se metieron en la cama.

—¡Desde luego, ahora no puede sonar! —comentó la prima, triunfal, al pasar junto al receptor que colgaba en el aire.

—Es un alivio —dijo su amiga—. Me siento menos nerviosa. La verdad es que siento vergüenza por cualquier cosa.

—La niebla está aclarando, también —añadió Sybil, mirando un momento por la estrecha ventana que había junto a la puerta principal.

Una hora después, el pisito estaba silencioso como una tumba. No se oía rumor alguno de tráfico. Incluso el incidente del teléfono parecía haber sucedido veinticuatro horas atrás, cuando de repente… comenzó de nuevo: primero con una serie de ruiditos vacilantes, muy débiles, atropellados, casi inaudibles, sofocados en el interior de la caja; luego, éstos se fueron haciendo más fuertes, con bruscas sacudidas; por último, se convirtieron en un repiqueteo desafiante, alarmante. La esposa, que había dejado abierta la puerta de su dormitorio sin pretensiones de dormir, lo oyó desde el principio. En un instante se encontró en el pasillo; Sybil, despertada por su grito, la siguió.

Encendieron las luces y se quedaron mirándose la una a la otra. El recibimiento olía como sólo huelen las cosas de noche: a frío, a humedad.

—¿Qué pasa? Me has asustado. Te he oído gritar

—El teléfono estaba sonando otra vez, con furia —susurró la esposa, pálida hasta los labios—. ¿No lo has oído? Esta vez hay alguien ahí. ¡De verdad!

La prima se quedó mirándola. Se le ahogó la risa en la garganta.

—Yo no oigo nada —dijo desafiante, aunque sin confianza en su voz—. Además, el aparato sigue descolgado. No puede sonar: ¡Mira! —señaló el receptor que colgaba inmóvil junto a la pared—. Pero estás blanca como un fantasma —añadió, avanzando con presteza. Su amiga echó a correr de repente hacia el aparato y lo cogió.

—Es alguien que me llama —dijo, con ojos aterrados—. ¡Alguien que quiere hablar conmigo! ¡Oh, escucha! ¡Escucha cómo suena! —le temblaba la voz.

Se llevó el pequeño disco al oído y esperó, mientras su amiga, de pie, la miraba con asombro sin saber qué hacer. ¡Ella no había oído nada!

—¡Harry! —susurró la esposa al micrófono, con breves intervalos de silencio para escuchar las respuestas—. ¿Eres tú? Pero ¿cómo es posible, tan pronto? Sí, te oigo, pero muy débilmente. Tu voz suena a millas y millas de distancia. ¿Cómo? ¿Un viaje maravilloso? ¡Y más rápido de lo que yo me esperaba! ¿No estás en París? ¿Dónde, entonces? ¡Oh, mi vida! No, no te oigo bien; no sé… no comprendo… ¿Las molestias del mar no son nada… no son qué? ¿Que no te has enterado de qué…?

La prima se acercó con determinación. Le cogió el brazo.

—¡Pero niña, no hay nadie al otro lado, por favor! Estás soñando… tienes fiebre, o algo…

—¡Chist! ¡Por el amor de Dios, calla! —alzó una mano. En su rostro había una expresión indescriptible: de miedo, de asombro. Su cuerpo vaciló un poco, se apoyó contra la pared—. ¡Chist! Todavía le oigo; pero a millas y millas de distancia… Dice que lleva horas intentando ponerse en contacto conmigo. Primero directamente, a través de mi cerebro; luego… luego… ¡Oh! Dice que no puede volver conmigo otra vez, pero que no lo comprende, que no se explica por qué: el frío, un frío espantoso, impide que sus labios… ¡Oh!

Profirió un grito, soltó el receptor, y se escurrió al suelo como un fardo.

—No lo entiendo… ¡Es la muerte, la muerte!

La colisión ocurrida en el Canal esa noche, como supieron más tarde, tuvo lugar unos minutos después de la una; entretanto Harry, que estuvo inconsciente varias horas tras recogerle el bote, sólo recordaba que lo último que sintió al cogerle el golpe de mar fue un intenso deseo de comunicarse con su mujer y decirle lo que había ocurrido. De lo único que tenía conciencia, a continuación, era de que abrió los ojos en un hotel de Dieppe. El otro detalle singular lo facilitó el técnico que fue a reparar el teléfono al día siguiente. En la central, declaró, desde las doce de la noche hasta cerca de las tres de la madrugada, el cable había estado despidiendo chispas y llamaradas que nadie pudo explicar de forma natural.

—¡Qué extraño! —se dijo el hombre, tras hurgar y examinar el aparato unos diez minutos—; a esta conexión no le pasa nada. Es al abonado, lo más probable. ¡Normalmente suele ser así!

Algernon Blackwood (1869-1951)



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El análisis y resumen del relato de Algernon Blackwood: Puedes telefonear desde aquí (You May Telephone From Here), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com