«La víctima»: May Sinclair; relato y análisis


«La víctima»: May Sinclair; relato y análisis.




La víctima (The Victim) es un relato de terror de la escritora inglesa May Sinclair (1863-1946), publicado originalmente en la edición de octubre de 1922 de la revista The Criterion, y luego reeditado en la antología de 1923: Historias increíbles (Uncanny Stories).

La víctima, uno de los cuentos de May Sinclair más reconocidos, invierte los términos del clásico relato de fantasmas de la era victoriana, y transforma al espíritu de un hombre asesinado en alguien menos rencoroso que satisfecho con su condición. Este extraño fantasma, naturalmente, se reserva una última carta para vengarse de su agresor.

La víctima de May Sinclair fue un relato decisivo para cambiar los parámetros del género, incorporando a la psicología, y especialmente a las ideas de Sigmund Freud, logrando así un mayor nivel de profundidad, de inquietud, que superan por mucho los esfuerzos victorianos por causar escalofríos, precisamente porque se conectan de forma orgánica con los aspectos más tenebrosos de nuestro inconsciente.




La víctima.
The Victim, May Sinclair (1863-1946)

Steven Acroyd el chofer del señor Greathead, estaba malhumorado en el garaje. Todo el mundo le tenía miedo. Todo el mundo lo odiaba menos el señor Greathead, su patrón, y Dorsy, su novia. Y ahora, después de lo de ayer, incluso Dorsy.

Se había hecho de noche. A un lado, las puertas del patio estaban abiertas al túnel negro de la carretera particular. Al otro, el gran páramo se alzaba por encima de la tapia, inmenso, más oscuro que la oscuridad. La linterna de Steven en la puerta abierta del garaje y la lámpara de Dorsy en la ventana de la cocina arrojaban una luz crepuscular y amarillenta sobre el patio que había en medio. Desde donde él estaba sentado, en el estribo del automóvil, veía de soslayo a través de la ventana iluminada la mesa con la lámpara y a Dorsy cosiendo acurrucada, hecha una masa blanca, tal y como la había dejado hacía un momento, cuando se puso de pie de un salto y huyó, salió huyendo. Porque ella le tenía miedo.

Ella había ido derecha al ver al señor Greathead en el estudio, y Steven, malhumorado, se había precipitado al patio. Miraba fijamente la ventana, dando vueltas a su pensamiento. Todo el mundo lo odiaba. Lo sabía por la forma de mirarlo, condenadamente rencorosa, en el bar de King’s Arms; una especie de mirada de reojo, con los ojos huidizos, esfumándose para quitarse de su camino.

Había dicho a Dorsy que le gustaría saber qué era lo que él había hecho. Se había limitado a dejarse caer por allí para tomar una copa, como de costumbre. Había mirado alrededor y había dicho «Buenas noches», educadamente, y los muy guarros le habían hecho tanto caso como a un sapo. La señora Oldishaw, la tía de Dorsy, que lo odiaba, con su cara de jamón cocido e hinchada de inquina, había empujado el vaso hacia él, alargando todo lo posible el brazo, sin decir nada, como si fuera una asquerosa cucaracha.

Todo por la paliza que le había pegado al joven Ned Oldishaw. Si ella no quería que le partieran el cuello a su cachorro, mejor haría evitando que se metiese en líos. El joven Ned ya sabía lo que se buscaba si se metía con su novia. Esto había ocurrido ayer por la tarde, domingo, cuando acompañó a Dorsy al King’s Arms a visitar a su tía. Estaban sentados en el banco de madera, contra la pared de la taberna, cuando el joven Ned comenzó. Todavía lo veía con el brazo alrededor del cuello de Dorsy y la boca abierta. Y Dorsy se reía como una tonta de remate y la vieja se carcajeaba, retorciéndose de risa. Aún lo oía:

—Es mi prima aunque sea tu novia. No puedes impedir que la bese.

¡Vaya si podía!

Pero ¿qué era lo que se pensaban? ¿No había dejado él su buen empleo en los talleres Darlington para trasladarse a Eastthwaite y ocuparse de las botas negras del señor Greathead, de cortar la leña, de acarrearle carbón y agua, y de conducir su automóvil de segunda mano? Y no es que le importara lo que hacía mientras viviese en la misma casa que Dorsy Oldishaw. Pero era imposible que él se quedase como un embobado Moisés, mirando, mientras Ned…

Seguro que lo había dejado medio muerto. Sintió como a Ned se le hinchaba el cuello y se le estiraba bajo la presión de sus manos, de sus dedos. Primero lo había golpeado, lanzándolo contra la pared, y luego lo había acorralado… hasta que acudió la gente y los separó a rastras. Y ahora todos estaban en contra suya. Dorsy estaba en contra suya. Había dicho que le tenía miedo.

—Steven —le había dicho—, casi lo matas.

—Que la próxima vez lo piense mejor antes de tocar a mi nena.

—Yo no seré tu nena, si no dejas de zurrar a la gente. Te voy a temer toda la vida. Ned no iba a hacer nada malo.

—Si vuelves a hacerlo, si se mete entre tú y yo, Dorsy, me lo cargo.

—No debes hablar así.

—Es la pura verdad. El que se meta entre tú y yo, mi vida, me lo cargo. Si es tu tía, le parto el pescuezo como se lo he partido a Ned.

—¿Y a mí, Steven, qué?

—A ti, si me dejas… Ay, no me preguntes, Dorsy.

—Ves, eso es lo que me asusta.

—Pero tú no vas a dejarme: te estás haciendo el traje de novia.

—Sí, mi traje de novia.

Ella se había puesto a manosear la tela blanca, mirándola con la cabeza ladeada y con una bonita sonrisa. Luego, de improviso, la había tirado, dejándola hecha un montón, y había estallado en lágrimas. Cuando él quiso consolarla, lo apartó y salió corriendo del cuarto en busca del señor Greathead. Eso hacía una media hora que había ocurrido y ella aún no había vuelto. Él se puso de pie y anduvo, cruzando las puertas del patio, por el camino a oscuras. Luego, se acercó a la fachada de la casa y a la ventana iluminada del estudio. Escondido detrás de unos arbustos de tejo, miró adentro.

El señor Greathead, se había levantado de su asiento. Era un anciano bajito, encogido y dolorido, con la espalda estrecha y curvada y el cuello delgado bajo las madejas de pelo cano. Dorsy estaba de pie delante de él, de cara a Steven. La luz de la lámpara le daba de pleno. Tenía encendida su dulce cara de nata. Estaba llorando.

—Bueno, ése es mi consejo —dijo el señor Greathead—. Piénsatelo bien, Dorsy, antes de hacer nada.

Aquella noche Dorsy hizo sus maletas y al día siguiente, a mediodía, cuando Steven entró a comer, se había ido de la casa. Regresaba a la de sus padres en Garthdale. Escribió a Steven diciéndole que se lo había pensado bien y había llegado a la conclusión de que no deseaba casarse con él. Le tenía miedo. Hubiera sido muy desgraciada. Aquello había sido obra del viejo, del viejo. Él la había convencido de que lo abandonara. De no ser por eso, Dorsy nunca lo hubiese dejado. A ella nunca se le hubiera ocurrido por su cuenta. Y tampoco se habría ido, de haber estado él para impedírselo. La culpa no era de Ned. Ned iba a casarse con Nancy Peacock, allá en Morfe. Ned no le había hecho nada malo.

Era el señor Greathead quien se había interpuesto entre ellos. Odiaba al señor Greathead. Su odio se convirtió en náuseas, en una repugnancia física constante. Dentro de casa, le hacía al señor Greathead de mayordomo y de ayuda de cámara, le servía las comidas, le preparaba el agua caliente del baño, le ayudaba a vestirse y desvestirse. De modo que no podía alejarse de él en ningún momento. Cuando lo llamaba por la mañana, Steven sentía bascas al ver el cuerpo encogido bajo las ropas de cama y el rostro colorado y acongojado, con su nariz puntiaguda y remilgada, respingona, y el fino mechón de pelo plateado enhiesto al borde de la almohada. Steven tenía escalofríos de odio al oír la ruidosa tos del anciano y el susurro de sus pasos al arrastrarse por las losas de los pasillos.

Antes había sentido ternura por el señor Greathead, cuando era el vínculo que lo ligaba a Dorsy. Incluso le había cepillado el abrigo y el sombrero con ternura, como si los quisiera bien. Hubo un tiempo en que la sonrisa apretada del señor Greathead —el bulto gris del labio inferior sobresaliente, el labio superior levantado por las comisuras— y su flojo y amable «Gracias, muchacho» habían hecho que Steven le devolviera la sonrisa, contento de servir al patrón de Dorsy. Y el señor Greathead volvía a sonreírle y decirle: «Me sienta bien ver tu buena cara, Steven». Ahora la cara de Steven se contorsionaba en una mueca al responder a las amabilidades del señor Greathead, a la vez que se le secaba el gaznate y el corazón le palpitaba de odio.

Desde su puesto junto a la mesa, observaba a las horas de comer al señor Greathead con una larga mirada de disgusto. Hubiera retirado el plato de debajo de las manos lentas y torpes que temblaban y vacilaban. Captaba las palabras que se le ocurrían a solas: «Tendría que estar muerto. Tendría que estar muerto». Pensar que aquel ser que tendría que estar muerto, que aquel viejo saco arrugado de huesos crujientes tuvo que interponerse entre él y Dorsy, y que había sido capaz de apartar a Dorsy de él…

Un día, cuando estaba cepillando el sombrero de fieltro del señor Greathead, tuvo un ataque de odio. Odiaba el sombrero del señor Greathead. Cogió un bastón y se puso a darle golpes y golpes. Lo tiró al suelo y lo estuvo pisoteando, con los dientes apretados y la respiración convertida en un silbido agudo. Recogió el sombrero, mirando furtivamente hacia todas partes, por miedo a que el señor Greathead o la sucesora de Dorsy, la señora Blenkiron, lo hubiesen visto. Lo estrujó y lo estiró hasta devolverle la forma original, lo cepilló cuidadosamente y lo repuso en el perchero. Estaba avergonzado, no de la violencia sino de la futilidad de la violencia.

Sólo un loco perdido, se dijo, hubiera hecho una cosa así. Debía de estar loco. Y no es que no supiera lo que iba a hacer. Lo había sabido desde el mismo día que lo dejó Dorsy. «No volveré a ser el que era hasta que no me lo haya cargado», pensaba. Se limitaba a esperar hasta tenerlo bien planeado, hasta estar seguro de todos los detalles, hasta sentirse en forma y tranquilo. Entonces no dudaría lo más mínimo, no habría ninguna indecisión en el último momento ni menos aún ninguna clase de violencia ciega y precipitada. Nadie que no fuera tonto mataría en un ataque de locura, olvidándose de los detalles, para que lo pillaran y lo ahorcaran. Sin embargo, eso era lo que todos hacían. Siempre quedaba algo en lo que no habían pensado, que hacía que los descubrieran.

Steven pensó en todo, incluso en la fecha, incluso en la meteorología.

El señor Greathead tenía la costumbre de asistir en Londres a los debates de una sociedad científica, de la que era socio, que celebraba sus sesiones en mayo y noviembre. Siempre viajaba en el tren de las cinco, para así poder acostarse y descansar en cuanto llegaba. Siempre se estaba una semana y concedía una semana de vacaciones a su ama de llaves. Steven eligió un oscuro y tenebroso día de noviembre en que el señor Greathead partiría hacia sus sesiones y la señora Blenkiron se había ido de Eastthwaite a Morfe en el autobús de primera hora de la mañana. De modo que en la casa no había más que el señor Greathead y Steven.

Eastthwaite Lodge es un lugar aislado, gris, escondido entre el páramo y los fresnos que bordean la carretera particular. Se accede por un camino de herradura que atraviesa el páramo, una desviación de la carretera que va desde el Eastthwaite de Rathdale al Shawe de Westleydale, a una milla de distancia del pueblo y a una milla de distancia del pueblo y a una milla del puerto de Hardraw. Ningún comerciante servía a domicilio. Las cartas y los periódicos del señor Greathead se recibían en el buzón sujeto a un fresno del recodo.

El agua caliente de la casa no estaba lo bastante caliente para el baño del señor Greathead, de manera que todas las mañanas, mientras el señor se afeitaba, Steven le subía un cubo de agua hirviendo. El señor Greathead, vestido con un pijama a rayas malva y gris, se afeitaba de pie delante del espejo que colgaba contra la pared junto a la gran bañera blanca. Steven aguardó, con la mano en el grifo del agua fría, viendo curvarse y resplandecer el agua que caía, salpicando, con un ruido sordo. A la luz blanca y estática que entraba por los cristales desencajados, la llama en forma de cuchillo de la estufita de petróleo flameaba de un modo raro. El petróleo chisporroteaba y apestaba. De pronto, el aire silbó en las cañerías y se cortó el caño centelleante. A Steven le pareció que eso suspendía toda la operación. Esperaría a que volviese a fluir el agua antes de empezar. Procuró no mirar al señor Greathead ni los colgajos que le caían de su enjuto cuello. Clavó la mirada en la larga grieta de la pared pintada al temple, de color verde sucio. Tenía los nervios de punta mientras esperaba a que volviese a salir el agua. Los humos de la estufa de petróleo le afectaban como una bebida fuerte. La pared verde pintada al temple le provocaba un malestar físico.

Tomó una toalla y la colgó en el respaldo de la silla. Al hacerlo se vio el rostro reflejado en el espejo por encima de la cara del señor Greathead; se le veía lívido contra la pared verde. Steven se echó a un lado para eludir la visión.

—¿No te encuentras bien, Steven?

—No, señor. —Steven tomó una esponjita y se quedó mirándola.

El señor Greathead había dejado la navaja de afeitar y se estaba quitando la espuma de la barbilla. En ese instante, gorgoteando y a tirones entrecortados, el agua volvió a mandar del grifo. Entonces fue cuando Steven llevó a cabo su rápido y silencioso ataque. Primero amordazó al señor Greathead con la esponja, luego lo empujó y lo puso de espaldas contra la pared, y lo sostuvo en peso con las dos manos alrededor del cuello, lo mismo que había hecho con Ned Oldishaw. Apretó en la garganta del señor Geathead hasta estrangularlo. Las manos del señor Greathead aletearon en el aire, tratando débilmente de apartar a Steven. Luego los brazos quedaron colgando, echados atrás por el peso y el empuje de los hombros de Steven. Después del cuerpo del señor Greathead se derrumbó, deslizándose contra la pared hasta el suelo. Steven aún retuvo la presa, montándose encima y ayudándose con las rodillas. Sus dedos apretados cortaban el paso de la sangre. El rostro del señor Greathead se hinchó, alterándose de un modo horripilante. La garganta hacía un ruido crujiente y castañeante. Steven estuvo apretando hasta que cesó.

Luego se desnudó hasta la cintura. Quitó al señor Greathead el pijama y le puso el cuerpo desnudo, bocabajo, dentro de la bañera. Levantó el tapón del desagüe y dejó que el cuerpo se enjuagara bajo el agua corriente. Lo tuvo así todo el día y toda la noche. Se había fijado en que los asesinos se pierden por falta de atención a los pequeños detalles como éste, en que se pringan y pringan todo el lugar de sangre, en que siempre se olvidan de algo fundamental. Él no tenía tiempo para pensar en horrores. Desde el momento en que había asesinado al señor Greathead, su propio cuello corría peligro. Tenía que usar todo su cerebro y todo su valor para salvar el cuello. Actuó con el rigor frío y decidido del hombre que realiza una tarea desagradable pero necesaria.

Lo tenía todo absolutamente pensado. Incluso había pensado en la vaquería. Ésta estaba en la parte trasera de la casa, al abrigo del alto páramo. Se entraba a través de un fregadero, que la separaba del patio. Los cristales de las ventanas habían sido sustituidos por planchas de zinc perforadas. Un gran techo de cristal ondulado dejaba entrar la luz solar. Era imposible verla o acceder a ella desde el exterior. Estaba provista de una larga plancha de pizarra, colocada, para comodidad de quienes hacían la mantequilla, a la altura de un banco de trabajo ordinario. Steven tenía sus herramientas —una navaja, un cuchillo de trinchar, una hachuela de carnicero y una sierra— colocadas allí, listas para usarlas, junto a una gran pila de desechos de algodón.

A la mañana siguiente, temprano, sacó del baño el cadáver del señor Greathead, lo envolvió en una toalla por el cuello y la cabeza, lo acarreó hasta la vaquería y lo extendió sobre la pizarra. Y allí lo partió en diecisiete trozos. Cada uno de éstos los envolvió en varias capas de periódico, comenzando por la cara y las manos, porque en el último momento estas partes le despertaron miedo. Lo metió todo dentro de dos sacos y escondió los sacos en la bodega. Quemó la toalla y los desechos de algodón en el horno de la cocina, limpió sus herramientas concienzudamente y las devolvió a su sitio, y fregó la plancha de mármol. No quedaba ni una mancha en el suelo, excepto en la losa sobre la que habían caído unas gotas de color rosa al aclarar la plancha. Las estuvo rascando durante media hora, pero seguía viendo los bordes color herrumbre del goteo mucho después de haberlo limpiado. Luego se lavó y se vistió con esmero.

Como eran tiempos de guerra, Steven sólo podía trabajar durante el día, pues la luz del tejado de la vaquería hubiese llamado la atención de los vigilantes. Había asesinado al señor Greathead un martes; ahora eran las tres de la tarde del jueves. Exactamente a las cuatro y diez había sacado el coche, con la capota negra puesta y las cortinas laterales echadas. Había hecho la maleta del señor Greathead y la había colocado en el coche, junto con el paraguas, la manta y la gorra de viaje. Además, en un fardo, llevaba las ropas que se hubiera puesto su víctima para ir a Londres. Los dos sacos que contenían el cadáver los acomodó junto a él, en el asiento delantero.

Cerca del puerto de Hardraw, a mitad de camino entre Eastthwaite y Shawe, hay tres pozos redondos, llamados las Mantequeras, excavados en la roca gris y que se dice que no tienen fondo. Steven había tirado piedras del tamaño del tronco de un hombre por el pozo más grande, para comprobar si se enganchaban en alguna clase de saliente. Se habían ido al fondo sin hacer el menor ruido. Llovía copiosamente; la lluvia con que Steven había contado. El puerto estaba oscuro bajo las nubes y desierto. Steven ladeó el coche de modo que la luz de los faros iluminase la boca del pozo. Luego, rajó los sacos y fue lanzando, una por una, las diecisiete partes del cadáver del señor Greathead, y a continuación los sacos y las ropas. No bastaba con deshacerse del cadáver del señor Greathead; debía comportarse como si el señor Greathead siguiera vivo. El señor Greathead había desaparecido y él debía avisar de su desaparición. Se dirigió a la estación de Shawe a tiempo para el tren de las cinco, teniendo cuidado de llegar cerca de la hora en punto. Un tren militar saldría un momento antes. Steven, que había contado con la lluvia y la oscuridad, contaba también con las prisas y la confusión de los andenes.

Tal como tenía previsto, no había porteros en la entrada de la estación; nadie que pudiera darse cuenta de si el señor Greathead iba o no iba en el automóvil. Llevó el equipaje al andén y entregó la maleta a un viejo para que la etiquetase. Corrió a la ventanilla y compró el billete del señor Greathead, y luego se apresuró por el andén como si estuviera buscando a su patrón. Se oyó a sí mismo gritar a un mozo de estación:

—¿Ha visto usted al señor Greathead?

Y el mozo respondió:

—¡No!

Luego lanzó su inspirada frase:

—Entonces debe haberse acomodado en la parte delantera. —Echó a correr hacia la cabeza del tren, abriéndose paso a codazos entre los soldados. Las cortinas cerradas de los coches lo favorecían.

Steven metió el paraguas, la manta y la gorra de viaje en un compartimiento vacío, y lo cerró de un portazo. Hizo como que gritaba algo por la ventanilla abierta; pero notó la lengua tiesa y seca al tocar el cielo del paladar y no le salió sonido alguno. Se quedó allí de pie, cubriendo la ventanilla, hasta que el maquinista pitó. Cuando el tren estuvo en marcha, corrió siguiéndolo, con la mano en el marco de la ventanilla, como si estuviese recibiendo las últimas instrucciones de su patrón. Un portero le hizo retroceder.

—Va deprisa la cosa —dijo Steven.

Antes de abandonar la estación, envió un telegrama al hotel del señor Greathead en Londres anunciando la hora de su llegada. No sentía nada, nada más que el intenso alivio del hombre que se ha salvado gracias a su ingenio de la más espantosa de las muertes. Incluso hubo momentos del día siguiente en que, de tan fuerte como era la ilusión de su inocencia, estaba convencido de haber despedido verdaderamente al señor Greathead en el tren de las cinco. Hubo momentos en que literalmente se paralizaba de asombro ante su propia e increíble impunidad. En otros momentos, una especie de vanidad lo encumbraba. Había cometido un asesinato que, por su absoluta audacia y por ser obra de un cerebro frío, superaba a los más famosos de la historia criminal. No había dejado el menor rastro.

Ni el menor rastro.

Sólo cuando se despertaba durante la noche lo apesadumbraba una duda. Quedaba el cerco herrumbroso de las salpicaduras del suelo de la vaquería. Se preguntaba si verdaderamente lo habría limpiado del todo. Y se levantaba y encendía una vela para ir hasta la vaquería a cerciorarse. Recordaba el lugar exacto; agachándose sobre ese sitio con la vela, se imaginaba que aún veía un leve contorno. La luz del día le devolvía la tranquilidad. Él sabía el lugar exacto, pero nadie más lo sabía. Aquello en nada se distinguía de las manchas naturales del resto de las losas. Nadie lo adivinaría. Pero se alegró de que regresara la señora Blenkiron. El día en que el señor Greathead debería haber llegado en el tren de las cuatro, Steven fue en el coche a Shawe y compró un pollo para la cena de su patrón. Aguardó al tren de las cuatro y se mostró sorprendido de que el señor Greathead no llegara. Dijo que seguro que llegaría en el de las siete. Pidió la cena para las ocho. La señora Blenkiron asó el pollo y Steven fue a esperar el tren de las siete. Esta vez se mostró preocupado.

Al día siguiente acudió a todos los trenes y mandó un telegrama al hotel del señor Greathead solicitando información. Cuando la dirección le respondió con otro telegrama, diciéndole que el señor Greathead no había estado allí, escribió a sus parientes y dio cuenta a la policía. Pasaron tres semanas. La policía y los parientes del señor Greathead aceptaron la versión de Steven, respaldada como estaba por el testimonio del vendedor de billetes, el empleado de telégrafos, el mozo de estación, el portero que había etiquetado el equipaje del señor Greathead y el director del hotel que había recibido el telegrama. Se publicó la foto del señor Greathead en la prensa ilustrada, solicitando cualquier información que pudiera colaborar a localizarlo. No ocurrió nada, y muy pronto él y su desaparición cayeron en el olvido. El sobrino que compareció en Eastthwaite para hacerse cargo de sus asuntos lo encontró todo bien. El saldo bancario era escaso, debido a que no se habían cobrado varios dividendos, pero las cuentas y el contenido de la caja y del escritorio del señor Greathead estaban en orden, y Steven había anotado cada penique de sus gastos. El sobrino pagó a la señora Blenkiron su sueldo y la despidió, y convino con el chófer que él seguiría allí y cuidaría de la casa. Y como Steven comprendió que aquella era la mejor forma de eludir toda sospecha, se quedó.

Sólo en Westleydale y en Rathdale se prolongó la curiosidad. La gente se preguntaba y especulaba. El señor Greathead había sido asaltado y asesinado en el tren (Steven dijo que llevaba algo de dinero consigo). Había perdido la memoria y andaba vagando Dios sabría por dónde. Se había tirado del ferrocarril en marcha. Steven dijo que el señor Greathead no haría eso, pero que no le sorprendería que hubiese perdido la memoria. Había conocido a un hombre que se olvidó de quién era y de dónde vivía. No reconocía a su mujer ni a sus hijos. Neurosis de guerra. Y por último que la memoria del señor Greathead ya no era la que había sido. En cuanto la recuperase, regresaría. A Steven no le sorprendería verlo entrar por su pie cualquier día.

Pero en general la gente se percató de que no le gustaba hablar demasiado del señor Greathead. Consideraron que eso manifestaba el sentimiento propio del caso. Se apiadaron de Steven. Había perdido a su patrón y había perdido a Dorsy Oldishaw. Y aunque había medio matado a Ned Oldishaw, bueno, el joven Ned no tenía por qué haber tocado a su novia. Y cuando Steven se acercaba a la barra del King’s Arms, todo el mundo le decía «Buenos días, Steve» y le dejaba un sitio cerca de la chimenea. Ahora Steven iba de un lado a otro como si no hubiera ocurrido nada. Se esforzó en mantener la casa como si el señor Greathead estuviese vivo. La señora Blenkiron, que iba cada quince días a fregar y limpiar, encontraba encendida la chimenea del estudio del señor Greathead y sus zapatillas al borde del guardafuego. En la planta alta tenía la cama hecha, con el embozo abierto, todo listo. Steven se atenía a ese ritual, no sólo por las sospechas de los extraños, sino para su propia conciencia. Conduciéndose como si creyese que el señor Greathead seguía vivo, casi conseguía creérselo. Al no conseguir que sus pensamientos volviesen sobre el crimen, llegó a olvidarlo. Su imaginación lo estaba salvando, siguiendo el juego que lo mantenía en su juicio, hasta que el crimen se convirtió en algo vago y fantástico como las cosas que ocurren en sueños. Ahora se había despertado y ésta era la realidad; aquella rutina de quehaceres, ocuparse de la casa y aguardar el regreso del señor Greathead. Había dejado de levantarse por las noches a examinar el suelo de la vaquería. Ya no se asombraba de su impunidad.

Luego, de improviso, cuando verdaderamente lo había olvidado, todo acabó. Fue un sábado de enero, alrededor de las cinco. Steven se había enterado de que Dorsy Oldishaw había vuelto y vivía con su tía en el King’s Arms. Tenía unos deseos locos, incontrolables, de volverla a ver. Pero a quien vio no fue a Dorsy. Para ir de la cocina al camino particular de la casa, tenía que atravesar las puertas del patio y recorrer el sendero pavimentado que pasaba bajo la ventana del estudio. Cuando giró andando sobre las losas, lo vio avanzar delante de él. La luz que salía por la ventana lo iluminaba. Distinguía con toda claridad al anciano con su abrigo largo, negro y raído, con la bufanda de lana gris anudada al cuello y sobresaliendo sobre la espalda, colgándole el fino pelo canoso que le caía bajo el ala flexible del sombrero negro.

En el primer momento de verlo, Steven no sintió miedo. Simplemente sintió que no había cometido el crimen, que verdaderamente lo había soñado y que era el señor Greathead que regresaba, vivo, entre los vivos. Luego el fantasma se había parado en la puerta de la casa, con la mano en el pomo, como si estuviese a punto de entrar. Pero cuando Steven se acercó a la puerta ya no estaba allí. Se quedó quieto, paralizado, con la mirada perdida en el espacio que se había vaciado de un modo tan espantoso. El corazón le palpitaba y vacilaba, cortándole la respiración. Y de repente se le vino encima el recuerdo del crimen. Se vio en el cuarto de baño, encerrado con su víctima dentro de las paredes verdes pintadas al temple. Olió la emanación de la estufa de petróleo. Oyó el agua que caía del grifo. Sintió los pies abalanzándose de un salto y del señor Greathead. Vio las manos del señor Greathead aleteando inútilmente, sus ojos aterrorizados, el rostro que se le hinchaba y palidecía, transformándose en algo horrible, y su cuerpo que se desmoronaba al suelo.

Luego se vio a sí mismo en la vaquería. Oía los golpes sordos, de machacar y serrar, de sus herramientas. Se vio en el puerto de Hardraw y vio los faros que iluminaban la boca del pozo. Y el miedo y el horror que no había sentido entonces los padeció ahora. Se dio la vuelta. Echó el pestillo a las puertas del patio y a todas las de la casa y se encerró en la iluminada cocina. Cogió su revista, The Autocar, y se esforzó en leerla. Al instante le desapareció el terror. Se dijo que aquello no era nada. Nada más que una fantasía suya. Suponía que nunca volvería a ver ninguna otra cosa.

Pasaron tres días. La noche del tercero, Steven había encendido la lámpara del estudio y cerrado la ventana, cuando volvió a ver lo mismo. Estaba de pie en el sendero del exterior, muy cerca de la ventana, mirando hacia dentro. Vio el rostro con claridad, el bulto gris del labio sobresaliente y la encorvadura de la nariz contraída. Los ojillos lo miraban brillantes. Toda la figura se veía vidriosa, flotando entre la oscuridad y el cristal. Estuvo allí fuera un momento, mirando hacia el interior; y al siguiente se había confundido con la imagen reflejada del cuarto iluminado que se repetía sobre la negrura de los árboles. Entonces dio la sensación de que el señor Greathead estuviera, reflejado, dentro de la habitación, con Steven.

Y luego otra vez estaba fuera, mirándolo, mirándolo a través del cristal. A Steven se le encogía y revolvía el estómago, provocándole náuseas. Bajó las persianas, para interponerlas entre él y el señor Greathead, las reforzó con los postigos y corrió las cortinas por encima. Echó dos pestillos a la puerta de la fachada y cerró todas las puertas, para mantener al señor Greathead en la calle. Pero aquella noche, en un momento dado, oyó el susurro de unos pasos que avanzaban por los pasillos enlosados, en el piso alto, y que cruzaban el rellano de fuera de su dormitorio. Se oyó ruido en la cerradura de la puerta, pero no entró nadie. Estuvo despierto hasta por la mañana, con el sudor corriéndole sobre la piel, el corazón desbocado y estremeciéndose de terror.

Al levantarse, vio una cara blanca y asustada en el espejo. Una cara con la boca semiabierta, a punto de hablar, de escupir su secreto. Le daba miedo ir con aquella cara a Eastthwaite o a Shawe. De manera que se encerró en la casa, medio desfalleciendo con sus magras reservas de pan, tocino y otros pocos víveres. Transcurrieron dos semanas; y luego volvió a aparecer a plena luz del día. Era la mañana que iba la señora Blenkiron. Él había encendido la chimenea del estudio y había puesto las zapatillas del señor Greathead junto al guardafuego. Cuando se alzó del suelo —estaba agachado— y se dio la vuelta, vio al fantasma del señor Greathead de pie sobre la alfombrilla del hogar, muy cerca de él. En el primer momento lo vio sólido y exactamente igual que si estuviese vivo. Lo contemplaba sonriente, con una especie de gesto burlón, como si le divirtiera lo que estaba haciendo Steven. Steven reculó movido por el terror, alejándose (le daba miedo girarse y encontrárselo a su espalda), y los pies perdieron corporeidad. Como si se deshiciera, toda la estructura se desmoronó y cayó en el suelo hecha una masa, formando un charco de una sustancia blancuzca y reluciente que se confundió con el dibujo de la alfombra, que lo absorbió.

Era la cosa más horrible que le había sucedido hasta entonces, y los nervios de Steven se desataron. Fue en busca de la señora Blenkiron, a la que encontró fregando en la vaquería. Suspiraba mientras restregaba la bayeta por el suelo.

—Ay, mira estas manchas pardas que no se quitan por más que una rasque.

—No —dijo él—. Por más que rasque y rasque no las va a limpiar.

Ella lo miró…

—Ay, hijo, ¿qué te pasa? Tienes cara de trapo escurrido puesto a secar en la pila.

—He tenido un cólico.

—Sí, no tengas cuidado con la humedad y la niebla y vete comiendo mal… Deja que me acerque al King’s Arms y te traiga un whisky.

—Ya me acerco yo.

Ahora sabía que le daba miedo quedarse solo en la casa.

En el King’s Arms, Dorsy y la señora Oldishaw estaban preocupadas por él. Pero esta vez estaba verdaderamente enfermo de miedo. Dorsy y la señora Oldishaw le dijeron que era un constipado. Le hicieron acomodarse junto al fuego de la cocina y lo taparon con una manta y le hicieron beberse un ponche fuerte y caliente. Se durmió y, al despertar tenía a Dorsy sentada al lado, con su costura. Se sentó y ella le puso una mano en el hombro.

—Estate quieto, hombre.

—Tengo que levantarme y marchar.

—No, no tienes por qué irte. Estate quieto y te hago una taza de té.

Se estuvo quieto. La señora Oldishaw le había preparado una cama en el dormitorio de su hijo y lo tuvieron allí aquella noche, hasta las cuatro del día siguiente. Cuando se levantó para irse, Dorsy le puso el abrigo y el sombrero.

—¿Tú también sales a la calle, Dorsy?

—Sí. Para que no te vayas tú solo y lo hagas todo solo. Estaré contigo hasta que se haga de noche.

Ella lo acompañó y estuvieron el uno junto al otro, en la cocina de la casa, junto al hogar, como solían hacer cuando trabajaban allí los dos, cogidos de la mano y sin decir nada.

—Dorsy —dijo él, por fin—, ¿a qué has venido? ¿Has venido a decirme que no vas a hablarme nunca más?

—No. Tú bien que lo sabes.

—¿A decirme que te casas conmigo?

—Sí.

—No puedo casarme contigo, Dorsy. No estaría bien.

—¿No estaría bien? ¿Qué dices? No estaría bien que venga y me esté contigo así si no me caso.

—No. No me atrevo. Decías tú que te daba miedo. No quiero que pases miedo. Decías que eras desgraciada. Yo no quiero que tú seas desgraciada.

—Eso era el año pasado. Ahora ya no me asustas, Steve.

—Es que no me conoces, nena.

—Sí que te conozco. Conozco que estás malo y que te mueres por mí. No puedes vivir sin tu nena que te cuide.

Ella se puso en pie.

—Tengo que irme ya. Pero voy a venir mañana y al día siguiente.

Y mañana y al día siguiente, y al siguiente, al anochecer, a la hora de los mayores terrores de Steven, acudió Dorsy. Se sentaba junto a él hasta mucho después de que hubiese oscurecido. Steven se hubiera sentido a salvo durante todo el tiempo que ella lo acompañaba, de no ser por el pánico que le daba que el señor Greathead apareciendo estando Dorsy y que ella lo viera. Si Dorsy llegaba a saber que estaba embrujado, podría preguntarle porqué. O bien el señor Greathead podría adoptar alguna horrible apariencia, manando sangre y desmembrado, que la informase de cómo había sido asesinado. Sería muy propio de él, una vez muerto, interponerse entre ellos lo mismo que había hecho en vida.

Estaban sentados a la mesa redonda que había junto a la chimenea. Tenían la lámpara encendida y Dorsy se inclinaba sobre su costura. De repente levantó la cara, con la cabeza echada a un lado, escuchando. Lejos, en la parte interior de la casa, en el pasillo enlosado que daba a la puerta principal, se distinguía el susurro de unos pasos. Él casi creía que Dorsy temblaba. Y de algún modo, por la razón que fuera, esta vez no tenía miedo.

—Steven —dijo ella—, ¿no oyes algo?

—No. Es sólo el viento en el tejado.

Ella lo miró. Una larga mirada interrogativa. En apariencia, su respuesta la había convencido, puesto que contestó:

—Puede ser que no sea más que el viento —y prosiguió con la costura.

Él acercó su silla a la de ella, para protegerla si venía el fantasma. Casi podía tocarla a aquella distancia. Se levantó el pestillo, se abrió la puerta y, sin que se le viera entrar ni avanzar, el señor Greathead se alzó ante ellos. La mesa ocultaba la parte inferior de la figura, pero por encima estaba completo y sólido, con su terrible semblante de carne y hueso. Steven miró a Dorsy. Ella tenía los ojos clavados en el fantasma, con un gesto inocente y asombrado, sin el menor asomo de miedo. Luego miró a Steven. Una mirada incómoda, amedrentadora e inquisitiva, como para asegurarse de que él lo estaba viendo. Ése era el temor de ella: que él lo viese, que él tuviese miedo, que él estuviera embrujado.

Él se acercó aún más y le pasó el brazo por el hombro. Pensó que quizás ella se apartaría de él, dándose cuenta de que era él el embrujado. Pero, muy al contrario, levantó una mano y cogió la de él, mirándolo a la cara y sonriéndole. Luego, para asombro de Steven, el fantasma les devolvió la sonrisa, no en forma de burla, sino con una rara y terrible dulzura. El rostro de la aparición resplandeció un momento con una súbita luz, hermosa y radiante; luego desapareció.

—¿Lo has visto, Steven?

—Sí.

—¿Lo habías visto antes?

—Sí, tres veces lo tengo visto.

—¿Es lo que te da miedo?

—¿Quién te ha dicho que estoy asustado?

—Yo que lo sé. Porque yo sé todo lo que a ti te pasa.

—¿Y qué piensas tú, Dorsy?

—Que no tienes que tener miedo. Es un fantasma bueno. Sea lo que sea, no quiere hacerte daño. El viejo nunca te hizo daño en vida.

—¿No? No me hizo daño. Me hizo lo peor que podía metiéndose entre tú y yo.

—¿Por qué piensas eso?

—No lo pienso, lo sé.

—No, mi vida, tú no lo sabes.

—Se metió. Se metió, te lo digo yo.

—Ni lo digas —gritó ella—. Ni lo digas, Steven.

—¿Por qué no?

—Eso hace que la gente diga lo que dice.

—¿Qué sabe la gente para tener que hablar?

—Se acuerda de lo que dijiste.

—¿Y qué dije?

—Pues que te ibas a cargar a todo el que se metiera entre tú y yo.

—No lo decía por él. Bien lo sabe Dios.

—La gente eso no lo sabe —dijo ella.

—¿Lo sabes tú? ¿Sabes tú que yo no estaba pensando en él?

—Yo sí que lo sé, Steven.

—¿Y no te asusto, Dorsy? ¿Ya no te doy miedo?

—No, hijo. Te quiero demasiado. Nunca más me vas tú a dar miedo. ¿Iba a estar contigo teniendo miedo?

—Ahora sí que vas a tener miedo.

—¿De qué voy a tener miedo?

—Pues… de él.

—¿De él? Me da mucho más miedo saber que estás tú aquí con él, tú solo. ¿No quieres venir a dormir a casa de mi tía?

—No quiero. Te acompaño un trozo hasta pasado el páramo.

Fue con ella por el camino de la herradura, cruzando el páramo, y por la carretera principal que conducía a Eastthwaite. Se separaron en el recodo donde surgían a la vista las luces del pueblo. Había salido la luna y Steven regresó por el páramo. El fresno del camino de herradura sobresalía con claridad, con sus ramas dobladas y ganchudas, negras contra la hierba parda del páramo. Las sombras de las rodadas corrían como rayas sobre el sendero, negras sobre el gris. La casa se distinguía gris oscuro en la oscuridad del desvío. Sólo la ventana iluminada del estudio dibujaba un rectángulo dorado en medio del muro.

Antes de acostarse debía apagar la luz del estudio. Estaba nervioso, pero ya no sentía el malestar ni el terror sudoroso de las primeras apariciones. O bien se estaba habituando, o bien… algo le había pasado. Había cerrado los postigos y apagó la lámpara. La vela ponía un círculo de luz alrededor de la mesa que ocupaba el centro del cuarto. Estaba a punto de cogerla y marcharse cuando oyó una voz sin fuerza que pronunciaba su nombre:

—Steven.

Alzó la cabeza para escuchar. Aquel sonido inconsistente parecía llegar del exterior, de muy lejos, del final del camino de herradura.

—Steven, Steven…

Esta vez hubiera jurado que el sonido procedía de dentro de su cabeza, como el zumbido de los oídos.

—Steven…

Ahora reconoció la voz. Estaba detrás de él, dentro del cuarto. Se dio la vuelta y vio al fantasma del señor Greathead sentado, tal como él acostumbraba a sentarse, en el sillón que había junto al hogar. La figura estaba muy borrosa en la penumbra de la habitación, fuera del alcance del resplandor de la vela. El primer impulso de Steven fue adelantar la vela, interponiéndola entre él y el fantasma, confiando en que la luz lo hiciera desaparecer. En vez de desaparecer, la figura se volvió más nítida y sólida, indistinguible de un hombre de carne y hueso vestido de paño negro y lino blanco. Sus ojos tenían la transparencia de un cristal azul y estaban clavados en Steven, con una mirada tranquila, de benevolente atención. La boca, pequeña y estrecha, estiraba las comisuras, sonriente.

Habló.

—No tienes que tener miedo —dijo.

Ahora la voz era natural, tranquila, mesurada, ligeramente trémula. En lugar de asustar a Steven, lo sosegó y calmó. Puso la vela sobre la mesa que tenía detrás y se quedó de pie frente al fantasma, fascinado.

—¿Por qué tienes miedo? —le preguntó el fantasma.

Steven no fue capaz de contestar. Sólo podía mirar, paralizado por los ojos brillantes que lo hipnotizaban.

—Tienes miedo —dijo el fantasma—, porque crees que soy lo que se dice un fantasma, un ser sobrenatural. Crees que estoy muerto y que tú me mataste. Crees que te tomaste una horrible venganza por una mala faena que crees que yo te hice. Crees que regreso para asustarte, para vengarme a mi vez. Y todas esas cosas que piensas, Steven, son falsas. Soy real, mi apariencia es tan real y natural como cualquier otra de las cosas que hay en este cuarto; más natural y más real, si lo supieras bien. No me mataste, como ves, pues aquí estoy, tan vivo o más que tú. Tu venganza consistió en hacerme pasar de un estado que se me había vuelto insoportable a un estado más agradable de lo que eres capaz de imaginarte. No me importa decirte, Steven, que estaba pasando por serias dificultades económicas (lo cual, dicho sea de paso, te viene bien, pues proporciona un motivo plausible para mi desaparición).

»De manera que, por lo que respecta a la venganza, la cosa fue un completo fiasco. Tú fuiste mi benefactor. Tus métodos fueron algo violentos y admito que me hiciste pasar algunos momentos desagradables antes de alcanzar mi actual liberación. Pero como padecía una artritis reumática progresiva, no cabe duda de que mi muerte a manos tuyas fue más caritativa de lo que hubiera sido dejada a la mera naturaleza. En cuanto a las medidas posteriores, te felicito, Steven, por tu frialdad y tus recursos. Yo siempre dije que estabas a la altura de cualquier embrollo. Cometiste un crimen asombroso y peligroso, un crimen es la cosa más difícil de ocultar de todas, y te las ingeniaste para que no fuera descubierto ni lo sea nunca. Y sin duda los pormenores de ese crimen te resultarían horribles y nauseabundos hasta lo indecible; y cuanto más horribles y nauseabundos eran, más tuviste que controlar los nervios para llevar la cosa adelante sin ningún tropiezo.

»No quiero quitarte el menor mérito. Fue algo muy digno para un principiante, realmente muy digno. Pero permíteme que te diga que la idea de que las cosas puedan ser horribles y nauseabundas es pura ilusión. Estos términos son totalmente relativos, dependen de tu limitada percepción.

»Me estoy dirigiendo en este momento a tu inteligencia; y no me refiero a esa ingenuidad práctica que te permitió desembarazarte de mí tan limpiamente. Cuando digo inteligencia quiero decir inteligencia. Lo único que hiciste, entonces, fue volver a distribuir las cosas. Para nuestros sentidos incorruptibles, la materia nunca adopta ninguna de esas formas ofensivas bajo las que tan a menudo las ves. La naturaleza ha creado todo ese horror y toda esa repulsión exclusivamente para evitar que la gente haga demasiados experimentos pequeños como el tuyo. No debes imaginarte que esas cosas tengan una importancia imperecedera. No te jactes de haber electrizado al universo. Para los entendimientos que ya no están sujetos a ser de carne y hueso, esa horrible carnicería de que tan orgulloso te sientes, Steven, es sencillamente una bobada. No tiene de terrible más que una salpicadura de tinta roja o la recomposición de un rompecabezas. Yo fui testigo de todo y puedo asegurarte que no sentí otra cosa que ganas de reírme. Se te puso la cara tan ridículamente seria, Steven… No puedes hacerte ni idea del aspecto que tenías con la hachuela aquella. Me hubiera gustado aparecerme ante ti entonces y decírtelo así, pero sabía que te hubiera dado un ataque de miedo…

»Y otro gran error, muchacho, es que pienses que te persigo con ánimo de venganza, que busco atemorizarte… Mi querido Steven, si quisiera asustarte aparecería ante ti con un aspecto muy distinto. No es menester que te recuerde con qué aspecto podría haberme aparecido… ¿A qué supones tú que vengo?

—No lo sé —dijo Steven, con un susurro ronco—. Dígamelo.

—He venido a perdonarte. Y a salvarte del horror que hubieras padecido más pronto o más tarde. Y para hacer que no sigas adelante con tu crimen.

—No hacía falta —dijo Steven—. No voy a seguir. No voy a hacer más crímenes.

—Ya vuelves a las andadas. ¿Es que no puedes entender que no estoy hablando de tu estúpida carnicería? Me refiero a tu auténtico crimen. Tu verdadero crimen era odiarme. Y tu mismo odio era un disparate, Steven. Me odiabas por algo que yo no había hecho.

—¿Sí? ¿Qué hizo usted entonces? Dígamelo.

—Tú crees que me interpuse entre tu novia y tú. Aquella noche, cuando Dorsy habló conmigo, pensaste que le había dicho que te dejara, ¿no es cierto?

—Sí. ¿Y qué fue lo que usted le dijo?

—Le dije que se quedara contigo. Fuiste tú, Steven, quien la obligó a irse. Asustaste a aquella pobre niña. Ella me dijo que temía por su vida. No porque hubieras medio matado a aquel pobre muchacho, sino por la cara que ponías cuando estabas haciéndolo. La cara de odio, Steven. Yo le dije que no te tuviera miedo. Le dije que si te dejaba, bien podías tú irte al diablo, y que ella incluso sería responsable de algún crimen. Le dije que si se casaba contigo y te era fiel, si te amaba, yo respondía por ti de que nunca harías nada malo. Pero ella estaba demasiado asustada para escucharme. Entonces le dije que reflexionara sobre lo que le había dicho antes de tomar alguna decisión. Eso fue lo que tú me oíste decirle.

—Sí, eso fue lo que oí a usted decirle. Yo no sabía, yo no sabía… Yo creía que usted la había puesto en mi contra.

—Si no me crees, pregúntale a ella, Steven.

—Eso fue lo que ella dijo la otra noche. Que usted no se metió nunca entre ella y yo. Nunca.

—Nunca —dijo el fantasma—. ¿Ahora ya no me odias?

—No, no. Yo no lo habría odiado nunca, yo nunca le habría tocado a usted un dedo de haberlo sabido.

—Lo que importa no es que me pusieras la mano encima, sino tu odio. Si hemos acabado con eso, hemos acabado con todo el asunto.

—¿De verdad? ¿De verdad? Si se sabe, me cuelgan. ¿Puedo darme por perdonado? Dígame, ¿puedo darme por perdonado?

—¿Quieres que yo lo decida por ti?

Le pareció que el fantasma del señor Greathead se estaba debilitando un poco, como si sólo fuera a durar unos instantes. Nunca había deseado tanto que se fuera como ahora deseaba que se quedara y le ayudase.

—Bueno, Steven, cualquier hombre de carne y hueso te diría que fueras y te dejaras ahorcar mañana, que eso no era ni más ni menos tu obligación. Y yo me atrevo a decir que hay algunos espíritus mezquinos y resentidos, incluso en mi mundo, que dirían lo mismo, no porque ellos crean que la muerte es importante, sino porque saben que tú lo crees, y quieren ajustarte las cuentas por ese procedimiento. No es mi procedimiento. Yo considero que este asunto de nada es algo sólo entre nosotros. No existe jurado de hombres de carne y hueso que lo comprendiera. Todos consideran que la muerte es muy importante.

—¿Qué quiere usted que haga yo entonces? ¡Dígamelo y lo hago! ¡Dígamelo!

Gritaba muy fuerte, pues el fantasma del señor Greathead se iba volviendo cada vez más débil. Menguaba y flameaba como una luz que se extingue. Su voz le llegó desde algún lugar lejano y situado fuera de la casa, desde la otra punta del camino de herradura.

—Sigue viviendo —decía—. Cásate con Dorsy.

—No me atrevo. Ella no sabe que lo maté a usted.

—Oh, sí —los ojos del fantasma parpadeaban, amables e irónicos—, sí que lo sabe. Siempre lo ha sabido.

Y tras esto, el fantasma desapareció.


May Sinclair (1863-1946)




Relatos góticos. I Relatos de May Sinclair.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de May Sinclair: La víctima (The Victim), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

M. Cabrera dijo...

No conocía a Mary Sinclair... ¡Qué buen giro en el cuento! No me lo esperaba. Muchas gracias por publicarlo y por la reseña. Gracias por el blog tan prolífico.



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